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    Tres Églogas
     Luis Barahona de Soto ; edición de Antonio Cruz Casado
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La Égloga de Felicino y Cleanto


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Métrica

La égloga tercera de Luis Barahona de Soto está compuesta de veinticuatro estrofas o estancias, en las que se alternan versos endecasílabos y heptasílabos, como es usual en este tipo de poemas italianizantes. El esquema métrico de cada estancia es el siguiente: ABCABCEefFgGhH.

En él puede apreciarse que los endecasílabos inician la estrofa, como suele ser habitual, con seis versos en este caso, que adoptan una disposición similar a la de los tercetos encadenados. La transición a la segunda parte se marca con dos heptasílabos, uno que enlaza con los endecasílabos anteriores desde el punto de vista de la rima, siempre consonante o completa, y otro que, en el mismo sentido, sirve de puente con respecto a los versos que vienen después, si es que no está integrado ya en la parte segunda. En la parte última se alternan heptasílabos y endecasílabos en la misma proporción, con rima que semeja la disposición de los pareados, consiguiéndose en muchas ocasiones una marcada sensación de musicalidad y de armonía. Se trata de un esquema métrico bien meditado que se inicia con regularidad y cierta majestad y que en su última parte da entrada a escalas alternas de endecasílabos y heptasílabos que producen en ese momento un ritmo más marcado y sincopado.

Hay alguna irregularidad métrica, no imputable al autor, sino a la transmisión textual de que ha sido objeto su poesía, consistente en dos breves lagunas producidas por la pérdida de sendos versos, uno ya señalado por Rodríguez Marín como inexistente en el códice que copia y otro que hemos detectado nosotros en la estancia número XVIII, que bien pudiera ser omisión involuntaria del antiguo editor, puesto que éste no señala que faltase en su manuscrito. En ambas ocasiones se ha indicado su falta, como es habitual, mediante una línea de puntos. En conjunto, la égloga tendría en su origen trescientos doce versos, aunque en realidad nos han llegado dos menos, que no afectan al cómputo de nuestra edición.




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Estructura

Las veinticuatro estrofas que componen la égloga tienen una repartición armónica y equilibrada, iniciándose el texto con dos estrofas narrativas de presentación y acabándose con dos de cierre. El resto se reparte alternadamente en ocho intervenciones de los pastores Felicino y Cleanto que entonan sus cantos de amor por la pastora Olisa, cuyo nombre es parcialmente homófono con el de la Elisa garcilasiana. La tendencia general es que a una intervención de Felicino, de una sola estrofa, siga otra de Cleanto con la misma extensión, salvo la séptima intervención que ocupa dos estrofas para cada uno de los enamorados. Se rompe la correlación indicada en la segunda intervención de Felicino, cuyo canto se extiende a lo largo de dos estrofas, en tanto que Cleanto tiene una, pero vuelve a equipararse en la quinta intervención, puesto que ahora a Cleanto se le asignan dos estrofas, frente a la única que tiene Felicino.

En resumen (además de la introducción y del epílogo, ambos de carácter más presentativo y narrativo), la materia lírica se reparte equilibradamente entre el canto de los pastores enamorados, puesto que en total a cada uno de ellos le corresponde diez estancias para expresar sus sentimientos acerca de la pastora Olisa.




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Tema y contenido

El tema, tal como se ha indicado, es el amor que sienten los pastores Felicino y Cleanto por la desdeñosa pastora Olisa. No hay una competición clara entre ellos, sino que se limitan por lo general a elogiar la belleza de la dama aparentemente ausente, pero que en realidad está escuchando los cantos pastoriles, como se manifiesta tanto al principio como al final del poema. El planteamiento general se encuentra en la primera estancia, de tal forma que el desarrollo de la composición puede considerarse una especie de amplificación general de lo que aquí se apunta, con intervenciones concretas y demoradas por parte de cada uno de los pastores. La ubicación de lugar, una selva frondosa y umbría, se localiza en las orillas del Dauro o Darro granadino, tal como ocurre en otras composiciones del mismo tipo (tal la Égloga de las hamadríades) y por parte de otros poetas granadinos o relacionados con Granada, de tal forma que en alguna ocasión se dijo que Barahona era oriundo de Granada, quizás teniendo en cuenta este hecho y la fuerte relación con el grupo granadino.

No hay una competición amorosa muy pronunciada entre estos pastores, sino que tanto Felicino como Cleanto se limitan a ensalzar cada cual por su cuenta a la pastora sin interferir uno en el canto del otro, sin que haya propiamente un diálogo pastoril ni menos oposición en lo que expresan. Los dos ofrecen rasgos positivos, poco divergentes entre sí, y aparecen poco individualizados, caracterizados ambos como jóvenes, discretos y poco expertos en amor. Olisa, se dice, es superior en todo a ellos, y se contenta con guardar apaciblemente su rebaño sin prestar atención a los amores.

A continuación Barahona hace una petición a las Musas para que le ayuden en la dificultad que pueda encontrar en el canto que emprende, un rasgo que suele ser característico de la poesía épica, pero que también se da en múltiples églogas. El poeta, de una forma directa, se dirige a ellas diciéndoles que cante estas divinidades como mejor pudieren lo que seguirá. El sentido habitual de la invocación a las musas viene a indicar que la tarea emprendida es superior a las fuerzas del poeta, por lo que necesita su ayuda. En el fondo se solicita una inspiración adecuada para expresar correctamente lo que se pretende. Barahona señala además que esta composición es resultado de un mandato que se le ha hecho, sin que determine por parte de quién, tópico que recuerda los rasgos que se presentaban en algunas situaciones del amor cortés y que solían proceder del deseo o del simple capricho de la amada. No hay que descartar, tal como indicar el profesor Lara Garrido, que ese mandato provenga de un contexto académico51, puesto que nuestro poeta frecuentaba las academias granadinas.

El elogio alterno de las hermosas cualidades o aspectos de Olisa se inicia con Felicino que se refiere a los cabellos y Cleanto a los ojos. Felicino canta luego las mejillas y los labios y Cleanto echa de menos la presencia toda de la ausente. El primero la insta a bajar de los fieros montes, y el segundo agrega que en el prado el sitio es mucho más agradable y habitable. En las dos estrofas siguientes ambos se refieren al rigor climático de las alturas. Felicino vuelve a invitarla a descender a la agradable situación geográfica donde se desarrolla el canto, suponiendo al mismo tiempo que está detenida por algún otro competidor amoroso. Cleanto añade que sin ella se ha producido un cambio desgraciado en la naturaleza, que afecta tanto a las plantas como a los animales y que va a provocar incluso la muerte de los pastores, tópico con frecuencia repetido en este tipo de composiciones. Además no entiende cómo le pueden gustar los secos montes en comparación con el fértil valle por el que transcurre el transparente río Dauro. Ambos se refieren a continuación al momento feliz en que ella estaba presente y vivía con ellos, en tanto que ahora todo se ha tornado desgracias y la alegría de antes se ha vuelto infelicidad. Cleanto se pregunta acerca de quién le ayudará si la pastora se quiere dedicar a la pesca o a la caza, recordando de paso que él mismo solía antes librar de lobos o ladrones el rebaño de Olisa. Los dos vuelven a instarla para que baje, ofreciéndole regalos naturales, al igual que lo harán en su caso los demás pastores.

Terminado el canto parece como si toda la naturaleza estuviese suspensa escuchándolo. El día ha terminado, de la misma manera que ocurre en muchas otras églogas, en las que la proximidad de la noche hace cesar las canciones de los pastores. Olisa, que ha estado escuchando todo el coloquio pastoril, se levanta y sin decir nada se marcha cantando algunos versos de contento y juego, al mismo tiempo que recoge sus cabras.

Este comportamiento de la pastora Olisa recuerda un tanto al de aquella otra pastora Marcela, que aparece en la primera parte del Quijote (I, XII-XIII), que tampoco tiene ningún interés en el amor, y que ni siquiera se siente responsable del suicidio del desgraciado pastor Grisóstomo.

No llega aquí a tanto la dureza de Olisa, que se limita a desaparecer, coronada de flores y de rosas, sin conmoverse aparentemente por los elogios y reproches que ha oído, mientras conduce en el incierto anochecer su hato de cabras, en un final marcado por el anticlimax.




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Nuestra edición

Tomamos el texto, en esta ocasión, de la edición de Rodríguez Marín, op. cit., pp. 811-820, actualizando los aspectos gráficos del mismo así como algunos elementos de la puntuación, de acuerdo con la lectura que nos parece más adecuada. La anotación tiene en cuenta algunas aclaraciones del mencionado editor, indicándose en su momento cuando así se ha procedido.




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Égloga de Felicino y Cleanto




I

    Bien poco espacio arriba de aquel monte
que se dejó cortar por dar corriente
al cristalino Dauro celebrado,
en un lugar do el fuego de Faetonte52
en medio de su furia no se siente,  5
por ser de breñas y árbores cercado,
guardaban su ganado
Cleanto y Felicino,
a quien la ociosidad abrió camino
para rogar, cantando,  10
a Olisa, una pastora que, escuchando,
alegre burla dellos,
que el monte olvide y baje a entretenellos.


II
   Los dos son tiernos jóvenes iguales,
discretos ambos y en cantar mostrados  15
y nuevos en amor, y ambos pastores53
y en todo es ella más que ambos zagales,
contenta con sus pastos y ganados,
sin pena ni temor de mal de amores.
Vos, Musas, que mayores  20
cosas habéis dispuesto,
decid, según mejor pudierdes, esto;
no porque yo lo pido,
mas porque veis lo poco que he podido,
y veis que se me manda  25
y escucha el valle desta a la otra banda.

FELICINO



III

   Crespas hebras de rubïos cabellos54,
tan rubios que dirán que fuistes hechos
de aquel metal55 que esta agua helada cría;
sutiles hilos que ligáis mil cuellos,  30
tiniendo corazones mil deshechos,
y mil almas prendáis56, y más la mía;
si vuestra gallardía
y vuestra luz preciosa
quisiese comparar a alguna cosa,  35
sería comparada
a la del claro sol, y aquesto es nada,
pues casi tiene tanta
el viento, porque os tiene y os levanta...

CLEANTO



IV

      Clara hachas de Amor, ardientes, bellas,  40
que aquí alumbráis, allí abrasáis las vidas
de quien os ama y os contempla y mira;
ojos, que sois del cielo dos estrellas
grandes y en buena suerte dél nacidas,
por quien más que por cuantas tiene admira,  45
y así arrebata y tira
tras sí cualquier sentido
que a su contemplación ve convertido,
aunque terrestre y vano,
que fuera del mortal sentir profano  50
le sube, aunque no quiera,
a la pureza de la edad primera...

FELICINO



V

       Rosada luz de Amor, claras mejillas,
que os encendéis con virginal vergüenza
si veis mortales ojos, o os veen ellos,  55
y cuando, desmandadas las hebrillas,
como oro salen de la rubia trenza,
que liga y que tejieron los cabellos
del alma della y dellos,
ofendida, si mira,  60
al corazón aprieta, al rostro aíra,
la sangre arroja luego
a vosotras, que, ardiendo en aquel fuego,
me asemejáis dos soles,
inflamadas con varios arreboles  65


VI

       y dulces labios, puerta de mi gloria,
con la sangre del pez de Tiro57 ungidos,
llamas, rubíes, granas y corales,
de quien jamás Amor sacó victoria,
y con que ha despojado mil vencidos,  70
venturas de esas perlas orientales;
suavísimos panales
y ambrosia58 soberano
de donde gloria dulce y larga mano
que a más penas convida,  75
bastante premio y paga de mi vida,
en vuestro amor gastada
y en nada más que en él bien empleada...

CLEANTO



VII

       ¿Dó está vuestra presencia? ¿Dóla? ¿Dóla?59
¿Por qué no me socorre, pues que peno  80
en medio de mi gozo y me deshago?
Belleza al mundo rara, al mundo sola,
por quien aquello y esto Amor trae lleno
de su vertida sangre, y hecho un lago;
ved cuál será el estrago  85
que en las entrañas hace
de quien rendir a vuestra luz le aplace,
y más en aquel pecho
do se alimenta y vive satisfecho,
por verse aquí más vivo  90
que su alto y claro cielo, aunque captivo.

FELICINO



VIII

       ¿Cuál gozo extraño, cuál fiero deseo
en los horribles montes os detiene,
oh rayo de belleza ardiente y claro?
Bajad ante mis ojos, pues os veo  95
con la encendida luz que mi alma tiene,
aunque vuestra esquiveza os dé reparo.
No es justo ser avaro
quien sin su costa puede
hacer que rico el valle y monte quede  100
con sola su presencia,
de más valor y gracia y excelencia,
frescura y gentileza,
que suele al prado dar naturaleza.

CLEANTO



IX

       Aquí se muestra el cielo más benigno,  105
la olor más fresca y más gentil la rosa,
y el suelo más alegre y más tractable;
que apenas en las breñas hay camino,
ni hay mata fiera que no sea enojosa,
ni sombra que parezca deleitable.  110
En esta falda, amable
es todo y apacible
y para nuestra vida convenible:
la nieve no es tan fría,
ni tan ardiente el sol a medio día,  115
ni el viento tan esquivo,
ni el gozo tan ligero y fugitivo.

FELICINO



X

       Ahí mil veces turbio, espeso, obscuro,
el cielo rayos ásperos despide
y truenos que rasgando van el viento;  120
aquí sereno, alegre, claro y puro,
no hay día ni hay lugar do no convide
con sus piadosas auras a contento.
Ahí quemará el viento
los labios tiernos bellos  125
y privará del lustre a los cabellos,
y el sol, que es implacable,
[ahí tostará su tez inimitable]60,
y aquí la sombra amena
guardará sus matices de azucena.  130

CLEANTO



XI

      Ahí tu blanco pie riscos y espinas
por yerbas pisará, y aun nieve y yelo
por mollizna61 apacible y por rocío,
dando molestias a tu carne indinas,
la piel curtiendo y erizando el pelo,  135
robándote el color, la fuerza y brío.
No pienses que porfío
por mi regalo tanto
(aunque de entre los tuyos le levanto),
cuanto por ti y por ellos.  140
¿Qué flores mirarán tus ojos bellos
en esas peñas fieras?
¿Qué olores gozarás? ¿Qué bien esperas?

FELICINO



XII

       Desciende, pues, Olisa mía, desciende
a do, virtiendo lágrimas, te llama,  145
ardiendo en tu belleza, Felicino;
y si hay pastor allá que te pretende,
¿quién hay que te merezca? Y si hay quien te ama,
¿quién [es] de ser amado de ti digno?
Si es fácil el camino  150
y si el bajar es leve,
(que tras el curso natural se mueve),
no quieras empinarte
a do podrás un día despeñarte,
ni subas por tu mano  155
do después llores mi consejo en vano.

CLEANTO



XIII

       ¿Quién llevará a tu oreja, Olisa mía,
las voces dolorosas que en tu absencia
tras ti se pierden? ¿Quién del valle y río
las quejas de su daño, y quién del día,  160
que más que su luz ama tu presencia,
y siempre está nublado sin ti y frío?
Que de tu pecho fío,
según eres piadosa,
que no podrá sufrir viendo sin rosa,  165
sin flor, sin yerba el prado,
ejar morir así nuestro ganado,
dejarnos tristes, muertos,
y, cual sin sol, sin tu calor desiertos.


XIV

       ¿Cómo? ¿Qué? ¿Fue pusible que te agrada  170
el monte seco más que esta frescura
y más que esta agua viva la que es muerta?
La fuente de Alfacar62 la envió encañada
a tus dudosos pastos, pues ni dura
ni puede ser a todos siempre cierta.  175
Aquí está siempre abierta
la vena transparente
de do se sangra Dauro, y su corriente
no sólo riega al valle,
la plaza insigne y la más noble calle  180
que viste, o ver esperas,
mas parte de ese monte, aunque no quieras.

FELICINO



XV

      ¿Qué? ¿No te viene al ánimo, aunque seas
crüel desamorada, un pensamiento
alguna vez? ¿Qué? ¿No te acuerdas, fiera,  185
cuando en las breñas sola te paseas,
del tiempo que mirar te dio contento
esta apacible sombra, esta ribera?
De aquesta fuente, que era
no menos celebrada  190
de ti que fue cuando era ninfa amada
del ciego amante río,
¿no dices: «Allí estuvo el pastor mío;
allí vi yo mi cara,
y allí la vi adorar en la agua clara?»  195

CLEANTO



XVI

      ¿Qué? ¿No te acuerdas de cuando, cantando,
la selva con tu nombre resonaba,
de fieras y de peces conocido?
El cielo nueva luz iba mostrando,
y la afligida tierra se alegraba,  200
y todo me prestaba alegre oído.
Ya todo se ha perdido,
y, mudo y seco el prado,
se olvida en un silencio sosegado;
y con tristeza esquiva,  205
que no parece que haya cosa viva,
si no es que aullando el viento
con silbos representa mi lamento.

FELICINO



XVII

       Todo se fue contigo; si aquí estabas,
aquí estaban las ninfas, y aquí el miedo  210
de los sátiros, vanos los hacía.
Tú regías mil danzas; tú ordenabas
mil juegos; tú mil luchas con denuedo,
que a su belleza mucha le añadía.
Faltaste tú, y el día  215
en que de aquí te fuiste
faltó el gozo y placer; que todo es triste.
Las ninfas se volvieron
en fuentes, que en llorar se derritieron;
los sátiros faltaron  220
o en árbores helados se mudaron.


XVIII

      La selva se olvidó de dalle flores
a la cuidosa abeja, y del rocío
el cielo se olvidó, y de grama el prado;
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .63  225
y de correr también se olvidó el río
aquel nubloso día y desdichado;
y aquí y allí el ganado
se viera desvalido
dejarse perecer en muerto olvido,  230
y, al fin, todas las gentes.
No sé cómo lo sufres y consientes;
que no eres tú tan fiera
que no sepas tratar de otra manera.

CLEANTO



XIX

       Si quieres ir a caza a la montaña,  235
y si a pescar a Beiro, y si al contento
del fresco Dinadámar, di, pastora,
¿quién te lleva la red? ¿Quién te acompaña?
¿Quién te coge las frutas, y en el viento
los simples pajarillos prende ahora?  240
Y ¿quién de la traidora
y astuta zorra y lobo
liberta tu ganado, y quién del robo
les quita los despojos?
Y ¿quién ligeramente ante tus ojos  245
les sigue y hiere o mata,
y los alcanza y vivos te los ata?


XX

      Cualquier lugar me puede ser testigo
del tiempo en que por tuyo me tuviste,
aunque de amor no sepas, por mi daño:  250
que de cualquier contrario y enemigo,
o lobo sea o ladrón, librar me viste
la más pequeña res de tu rebaño;
y ahora, o ya me engaño,
o falta quien lo haga,  255
no porque alguno tema de la paga
(que harto es ver, pastora,
tu rostro, que la luz del sol colora),
mas porque no se atreve
alguno a tanto amor como te debe.  260

FELICINO



XXI

       Baja del monte, pues, bajo a lo llano,
baja a este valle y río; no le huyas
y volverásle al ser de su belleza;
baja y verás que espera de tu mano
la tierra que en su honor la restituyas,  265
y se te da y ofrece con largueza.
No hallarás corteza
ni piedra levantada
do no te veas escripta y figurada,
y no verás contento  270
do no escuches tus loores por el viento,
ya en cantos, ya en primores,
ya en juegos y ya en bailes de pastores.

CLEANTO



XXII

       Cual con sencillo rostro y pecho tierno,
al levantar del sol o al trastornarse,  275
te ofrecerá el panar recién cogido,
y cual el simple enodio