  La Égloga de Felicino y Cleanto
  Métrica
La égloga tercera de Luis Barahona de Soto está
compuesta de veinticuatro estrofas o estancias, en las que se alternan versos
endecasílabos y heptasílabos, como es usual en este tipo de
poemas italianizantes. El esquema métrico de cada estancia es el
siguiente: ABCABCEefFgGhH.
En él puede apreciarse que los endecasílabos
inician la estrofa, como suele ser habitual, con seis versos en este caso, que
adoptan una disposición similar a la de los tercetos encadenados. La
transición a la segunda parte se marca con dos heptasílabos, uno
que enlaza con los endecasílabos anteriores desde el punto de vista de
la rima, siempre consonante o completa, y otro que, en el mismo sentido, sirve
de puente con respecto a los versos que vienen después, si es que no
está integrado ya en la parte segunda. En la parte última se
alternan heptasílabos y endecasílabos en la misma
proporción, con rima que semeja la disposición de los pareados,
consiguiéndose en muchas ocasiones una marcada sensación de
musicalidad y de armonía. Se trata de un esquema métrico bien
meditado que se inicia con regularidad y cierta majestad y que en su
última parte da entrada a escalas alternas de endecasílabos y
heptasílabos que producen en ese momento un ritmo más marcado y
sincopado.
Hay alguna irregularidad métrica, no imputable al autor,
sino a la transmisión textual de que ha sido objeto su poesía,
consistente en dos breves lagunas producidas por la pérdida de sendos
versos, uno ya señalado por Rodríguez Marín como
inexistente en el códice que copia y otro que hemos detectado nosotros
en la estancia número XVIII, que bien pudiera ser omisión
involuntaria del antiguo editor, puesto que éste no señala que
faltase en su manuscrito. En ambas ocasiones se ha indicado su falta, como es
habitual, mediante una línea de puntos. En conjunto, la égloga
tendría en su origen trescientos doce versos, aunque en realidad nos han
llegado dos menos, que no afectan al cómputo de nuestra edición.
  Estructura
Las veinticuatro estrofas que componen la égloga tienen
una repartición armónica y equilibrada, iniciándose el
texto con dos estrofas narrativas de presentación y acabándose
con dos de cierre. El resto se reparte alternadamente en ocho intervenciones de
los pastores Felicino y Cleanto que entonan sus cantos de amor por la pastora
Olisa, cuyo nombre es parcialmente homófono con el de la Elisa
garcilasiana. La tendencia general es que a una intervención de
Felicino, de una sola estrofa, siga otra de Cleanto con la misma
extensión, salvo la séptima intervención que ocupa dos
estrofas para cada uno de los enamorados. Se rompe la correlación
indicada en la segunda intervención de Felicino, cuyo canto se extiende
a lo largo de dos estrofas, en tanto que Cleanto tiene una, pero vuelve a
equipararse en la quinta intervención, puesto que ahora a Cleanto se le
asignan dos estrofas, frente a la única que tiene Felicino.
En resumen (además de la introducción y del
epílogo, ambos de carácter más presentativo y narrativo),
la materia lírica se reparte equilibradamente entre el canto de los
pastores enamorados, puesto que en total a cada uno de ellos le corresponde
diez estancias para expresar sus sentimientos acerca de la pastora Olisa.
  Tema y contenido
El tema, tal como se ha indicado, es el amor que sienten los
pastores Felicino y Cleanto por la desdeñosa pastora Olisa. No hay una
competición clara entre ellos, sino que se limitan por lo general a
elogiar la belleza de la dama aparentemente ausente, pero que en realidad
está escuchando los cantos pastoriles, como se manifiesta tanto al
principio como al final del poema. El planteamiento general se encuentra en la
primera estancia, de tal forma que el desarrollo de la composición puede
considerarse una especie de amplificación general de lo que aquí
se apunta, con intervenciones concretas y demoradas por parte de cada uno de
los pastores. La ubicación de lugar, una selva frondosa y umbría,
se localiza en las orillas del Dauro o Darro granadino, tal como ocurre en
otras composiciones del mismo tipo (tal la
Égloga de las hamadríades) y
por parte de otros poetas granadinos o relacionados con Granada, de tal forma
que en alguna ocasión se dijo que Barahona era oriundo de Granada,
quizás teniendo en cuenta este hecho y la fuerte relación con el
grupo granadino.
No hay una competición amorosa muy pronunciada entre estos
pastores, sino que tanto Felicino como Cleanto se limitan a ensalzar cada cual
por su cuenta a la pastora sin interferir uno en el canto del otro, sin que
haya propiamente un diálogo pastoril ni menos oposición en lo que
expresan. Los dos ofrecen rasgos positivos, poco divergentes entre sí, y
aparecen poco individualizados, caracterizados ambos como jóvenes,
discretos y poco expertos en amor. Olisa, se dice, es superior en todo a ellos,
y se contenta con guardar apaciblemente su rebaño sin prestar
atención a los amores.
A continuación Barahona hace una petición a las
Musas para que le ayuden en la dificultad que pueda encontrar en el canto que
emprende, un rasgo que suele ser característico de la poesía
épica, pero que también se da en múltiples églogas.
El poeta, de una forma directa, se dirige a ellas diciéndoles que cante
estas divinidades como mejor pudieren lo que seguirá. El sentido
habitual de la invocación a las musas viene a indicar que la tarea
emprendida es superior a las fuerzas del poeta, por lo que necesita su ayuda.
En el fondo se solicita una inspiración adecuada para expresar
correctamente lo que se pretende. Barahona señala además que esta
composición es resultado de un mandato que se le ha hecho, sin que
determine por parte de quién, tópico que recuerda los rasgos que
se presentaban en algunas situaciones del amor cortés y que
solían proceder del deseo o del simple capricho de la amada. No hay que
descartar, tal como indicar el profesor Lara Garrido, que ese mandato provenga
de un contexto académico51,
puesto que nuestro poeta frecuentaba las academias granadinas.
El elogio alterno de las hermosas cualidades o aspectos de Olisa
se inicia con Felicino que se refiere a los cabellos y Cleanto a los ojos.
Felicino canta luego las mejillas y los labios y Cleanto echa de menos la
presencia toda de la ausente. El primero la insta a bajar de los fieros montes,
y el segundo agrega que en el prado el sitio es mucho más agradable y
habitable. En las dos estrofas siguientes ambos se refieren al rigor
climático de las alturas. Felicino vuelve a invitarla a descender a la
agradable situación geográfica donde se desarrolla el canto,
suponiendo al mismo tiempo que está detenida por algún otro
competidor amoroso. Cleanto añade que sin ella se ha producido un cambio
desgraciado en la naturaleza, que afecta tanto a las plantas como a los
animales y que va a provocar incluso la muerte de los pastores, tópico
con frecuencia repetido en este tipo de composiciones. Además no
entiende cómo le pueden gustar los secos montes en comparación
con el fértil valle por el que transcurre el transparente río
Dauro. Ambos se refieren a continuación al momento feliz en que ella
estaba presente y vivía con ellos, en tanto que ahora todo se ha tornado
desgracias y la alegría de antes se ha vuelto infelicidad. Cleanto se
pregunta acerca de quién le ayudará si la pastora se quiere
dedicar a la pesca o a la caza, recordando de paso que él mismo
solía antes librar de lobos o ladrones el rebaño de Olisa. Los
dos vuelven a instarla para que baje, ofreciéndole regalos naturales, al
igual que lo harán en su caso los demás pastores.
Terminado el canto parece como si toda la naturaleza estuviese
suspensa escuchándolo. El día ha terminado, de la misma manera
que ocurre en muchas otras églogas, en las que la proximidad de la noche
hace cesar las canciones de los pastores. Olisa, que ha estado escuchando todo
el coloquio pastoril, se levanta y sin decir nada se marcha cantando algunos
versos de contento y juego, al mismo tiempo que recoge sus cabras.
Este comportamiento de la pastora Olisa recuerda un tanto al de
aquella otra pastora Marcela, que aparece en la primera parte del
Quijote (I, XII-XIII), que tampoco tiene
ningún interés en el amor, y que ni siquiera se siente
responsable del suicidio del desgraciado pastor Grisóstomo.
No llega aquí a tanto la dureza de Olisa, que se limita a
desaparecer, coronada de flores y de rosas, sin conmoverse aparentemente por
los elogios y reproches que ha oído, mientras conduce en el incierto
anochecer su hato de cabras, en un final marcado por el anticlimax.
  Nuestra edición
Tomamos el texto, en esta ocasión, de la edición de
Rodríguez Marín,
op. cit., pp. 811-820, actualizando los
aspectos gráficos del mismo así como algunos elementos de la
puntuación, de acuerdo con la lectura que nos parece más
adecuada. La anotación tiene en cuenta algunas aclaraciones del
mencionado editor, indicándose en su momento cuando así se ha
procedido.
  Égloga de Felicino y Cleanto
I
|
|
Bien poco espacio arriba de aquel
monte
|
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|
|
que se dejó cortar por dar corriente |
|
|
|
al cristalino Dauro celebrado, |
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|
en un lugar do el fuego de Faetonte52 |
|
|
|
en medio de su furia no se siente, |
5
|
|
|
por ser de breñas y árbores cercado, |
|
|
|
guardaban su ganado |
|
|
|
Cleanto y Felicino, |
|
|
|
a quien la ociosidad abrió camino |
|
|
|
para rogar, cantando, |
10
|
|
|
a Olisa, una pastora que, escuchando, |
|
|
|
alegre burla dellos, |
|
|
|
que el monte olvide y baje a entretenellos. |
|
|
|
II
|
|
Los dos son tiernos jóvenes iguales, |
|
|
|
discretos ambos y en cantar mostrados |
15
|
|
|
y nuevos en amor, y ambos pastores53 |
|
|
|
y en todo es ella más que ambos zagales, |
|
|
|
contenta con sus pastos y ganados, |
|
|
|
sin pena ni temor de mal de amores. |
|
|
|
Vos, Musas, que mayores |
20
|
|
|
cosas habéis dispuesto, |
|
|
|
decid, según mejor pudierdes, esto; |
|
|
|
no porque yo lo pido, |
|
|
|
mas porque veis lo poco que he podido, |
|
|
|
y veis que se me manda |
25
|
|
|
y escucha el valle desta a la otra banda. |
|
|
|
FELICINO
|
III
|
|
Crespas hebras de rubïos cabellos54,
|
|
|
|
tan rubios que dirán que fuistes hechos |
|
|
|
de aquel metal55 que esta agua helada
cría;
|
|
|
|
sutiles hilos que ligáis mil cuellos, |
30
|
|
|
tiniendo corazones mil deshechos, |
|
|
|
y mil almas prendáis56, y más la
mía;
|
|
|
|
si vuestra gallardía |
|
|
|
y vuestra luz preciosa |
|
|
|
quisiese comparar a alguna cosa, |
35
|
|
|
sería comparada |
|
|
|
a la del claro sol, y aquesto es nada, |
|
|
|
pues casi tiene tanta |
|
|
|
el viento, porque os tiene y os levanta... |
|
|
|
|
CLEANTO
|
IV
|
|
Clara hachas de Amor, ardientes, bellas, |
40
|
|
|
que aquí alumbráis, allí
abrasáis las vidas
|
|
|
|
de quien os ama y os contempla y mira; |
|
|
|
ojos, que sois del cielo dos estrellas |
|
|
|
grandes y en buena suerte dél nacidas, |
|
|
|
por quien más que por cuantas tiene admira, |
45
|
|
|
y así arrebata y tira |
|
|
|
tras sí cualquier sentido |
|
|
|
que a su contemplación ve convertido, |
|
|
|
aunque terrestre y vano, |
|
|
|
que fuera del mortal sentir profano |
50
|
|
|
le sube, aunque no quiera, |
|
|
|
a la pureza de la edad primera... |
|
|
|
|
FELICINO
|
V
|
|
Rosada luz de Amor, claras mejillas, |
|
|
|
que os encendéis con virginal vergüenza |
|
|
|
si veis mortales ojos, o os veen ellos, |
55
|
|
|
y cuando, desmandadas las hebrillas, |
|
|
|
como oro salen de la rubia trenza, |
|
|
|
que liga y que tejieron los cabellos |
|
|
|
del alma della y dellos, |
|
|
|
ofendida, si mira, |
60
|
|
|
al corazón aprieta, al rostro aíra, |
|
|
|
la sangre arroja luego |
|
|
|
a vosotras, que, ardiendo en aquel fuego, |
|
|
|
me asemejáis dos soles, |
|
|
|
inflamadas con varios arreboles |
65
|
|
|
VI
|
|
y dulces labios, puerta de mi gloria, |
|
|
|
con la sangre del pez de Tiro57 ungidos,
|
|
|
|
llamas, rubíes, granas y corales, |
|
|
|
de quien jamás Amor sacó victoria, |
|
|
|
y con que ha despojado mil vencidos, |
70
|
|
|
venturas de esas perlas orientales; |
|
|
|
suavísimos panales |
|
|
|
y ambrosia58 soberano
|
|
|
|
de donde gloria dulce y larga mano |
|
|
|
que a más penas convida, |
75
|
|
|
bastante premio y paga de mi vida, |
|
|
|
en vuestro amor gastada |
|
|
|
y en nada más que en él bien empleada... |
|
|
|
|
CLEANTO
|
VII
|
|
¿Dó está vuestra
presencia? ¿Dóla? ¿Dóla?59 |
|
|
|
¿Por qué no me socorre, pues que peno |
80
|
|
|
en medio de mi gozo y me deshago? |
|
|
|
Belleza al mundo rara, al mundo sola, |
|
|
|
por quien aquello y esto Amor trae lleno |
|
|
|
de su vertida sangre, y hecho un lago; |
|
|
|
ved cuál será el estrago |
85
|
|
|
que en las entrañas hace |
|
|
|
de quien rendir a vuestra luz le aplace, |
|
|
|
y más en aquel pecho |
|
|
|
do se alimenta y vive satisfecho, |
|
|
|
por verse aquí más vivo |
90
|
|
|
que su alto y claro cielo, aunque captivo. |
|
|
|
|
FELICINO
|
VIII
|
|
¿Cuál gozo extraño,
cuál fiero deseo
|
|
|
|
en los horribles montes os detiene, |
|
|
|
oh rayo de belleza ardiente y claro? |
|
|
|
Bajad ante mis ojos, pues os veo |
95
|
|
|
con la encendida luz que mi alma tiene, |
|
|
|
aunque vuestra esquiveza os dé reparo. |
|
|
|
No es justo ser avaro |
|
|
|
quien sin su costa puede |
|
|
|
hacer que rico el valle y monte quede |
100
|
|
|
con sola su presencia, |
|
|
|
de más valor y gracia y excelencia, |
|
|
|
frescura y gentileza, |
|
|
|
que suele al prado dar naturaleza. |
|
|
|
|
CLEANTO
|
IX
|
|
Aquí se muestra el cielo más
benigno,
|
105
|
|
|
la olor más fresca y más gentil la rosa, |
|
|
|
y el suelo más alegre y más tractable; |
|
|
|
que apenas en las breñas hay camino, |
|
|
|
ni hay mata fiera que no sea enojosa, |
|
|
|
ni sombra que parezca deleitable. |
110
|
|
|
En esta falda, amable |
|
|
|
es todo y apacible |
|
|
|
y para nuestra vida convenible: |
|
|
|
la nieve no es tan fría, |
|
|
|
ni tan ardiente el sol a medio día, |
115
|
|
|
ni el viento tan esquivo, |
|
|
|
ni el gozo tan ligero y fugitivo. |
|
|
|
|
FELICINO
|
X
|
|
Ahí mil veces turbio, espeso,
obscuro,
|
|
|
|
el cielo rayos ásperos despide |
|
|
|
y truenos que rasgando van el viento; |
120
|
|
|
aquí sereno, alegre, claro y puro, |
|
|
|
no hay día ni hay lugar do no convide |
|
|
|
con sus piadosas auras a contento. |
|
|
|
Ahí quemará el viento |
|
|
|
los labios tiernos bellos |
125
|
|
|
y privará del lustre a los cabellos, |
|
|
|
y el sol, que es implacable, |
|
|
|
[ahí tostará su tez inimitable]60,
|
|
|
|
y aquí la sombra amena |
|
|
|
guardará sus matices de azucena. |
130
|
|
|
|
CLEANTO
|
XI
|
|
Ahí tu blanco pie riscos y
espinas
|
|
|
|
por yerbas pisará, y aun nieve y yelo |
|
|
|
por mollizna61 apacible y por
rocío,
|
|
|
|
dando molestias a tu carne indinas, |
|
|
|
la piel curtiendo y erizando el pelo, |
135
|
|
|
robándote el color, la fuerza y brío. |
|
|
|
No pienses que porfío |
|
|
|
por mi regalo tanto |
|
|
|
(aunque de entre los tuyos le levanto), |
|
|
|
cuanto por ti y por ellos. |
140
|
|
|
¿Qué flores mirarán tus ojos bellos |
|
|
|
en esas peñas fieras? |
|
|
|
¿Qué olores gozarás? ¿Qué
bien esperas?
|
|
|
|
|
FELICINO
|
XII
|
|
Desciende, pues, Olisa mía,
desciende
|
|
|
|
a do, virtiendo lágrimas, te llama, |
145
|
|
|
ardiendo en tu belleza, Felicino; |
|
|
|
y si hay pastor allá que te pretende, |
|
|
|
¿quién hay que te merezca? Y si hay quien te
ama,
|
|
|
|
¿quién [es] de ser amado de ti digno? |
|
|
|
Si es fácil el camino |
150
|
|
|
y si el bajar es leve, |
|
|
|
(que tras el curso natural se mueve), |
|
|
|
no quieras empinarte |
|
|
|
a do podrás un día despeñarte, |
|
|
|
ni subas por tu mano |
155
|
|
|
do después llores mi consejo en vano. |
|
|
|
|
CLEANTO
|
XIII
|
|
¿Quién llevará a tu
oreja, Olisa mía,
|
|
|
|
las voces dolorosas que en tu absencia |
|
|
|
tras ti se pierden? ¿Quién del valle y
río
|
|
|
|
las quejas de su daño, y quién del día,
|
160
|
|
|
que más que su luz ama tu presencia, |
|
|
|
y siempre está nublado sin ti y frío? |
|
|
|
Que de tu pecho fío, |
|
|
|
según eres piadosa, |
|
|
|
que no podrá sufrir viendo sin rosa, |
165
|
|
|
sin flor, sin yerba el prado, |
|
|
|
ejar morir así nuestro ganado, |
|
|
|
dejarnos tristes, muertos, |
|
|
|
y, cual sin sol, sin tu calor desiertos. |
|
|
|
XIV
|
|
¿Cómo? ¿Qué?
¿Fue pusible que te agrada
|
170
|
|
|
el monte seco más que esta frescura |
|
|
|
y más que esta agua viva la que es muerta? |
|
|
|
La fuente de Alfacar62 la
envió encañada
|
|
|
|
a tus dudosos pastos, pues ni dura |
|
|
|
ni puede ser a todos siempre cierta. |
175
|
|
|
Aquí está siempre abierta |
|
|
|
la vena transparente |
|
|
|
de do se sangra Dauro, y su corriente |
|
|
|
no sólo riega al valle, |
|
|
|
la plaza insigne y la más noble calle |
180
|
|
|
que viste, o ver esperas, |
|
|
|
mas parte de ese monte, aunque no quieras. |
|
|
|
|
FELICINO
|
XV
|
|
¿Qué? ¿No te viene al
ánimo, aunque seas
|
|
|
|
crüel desamorada, un pensamiento |
|
|
|
alguna vez? ¿Qué? ¿No te acuerdas,
fiera,
|
185
|
|
|
cuando en las breñas sola te paseas, |
|
|
|
del tiempo que mirar te dio contento |
|
|
|
esta apacible sombra, esta ribera? |
|
|
|
De aquesta fuente, que era |
|
|
|
no menos celebrada |
190
|
|
|
de ti que fue cuando era ninfa amada |
|
|
|
del ciego amante río, |
|
|
|
¿no dices: «Allí estuvo el pastor
mío;
|
|
|
|
allí vi yo mi cara, |
|
|
|
y allí la vi adorar en la agua clara?» |
195
|
|
|
|
CLEANTO
|
XVI
|
|
¿Qué? ¿No te acuerdas
de cuando, cantando,
|
|
|
|
la selva con tu nombre resonaba, |
|
|
|
de fieras y de peces conocido? |
|
|
|
El cielo nueva luz iba mostrando, |
|
|
|
y la afligida tierra se alegraba, |
200
|
|
|
y todo me prestaba alegre oído. |
|
|
|
Ya todo se ha perdido, |
|
|
|
y, mudo y seco el prado, |
|
|
|
se olvida en un silencio sosegado; |
|
|
|
y con tristeza esquiva, |
205
|
|
|
que no parece que haya cosa viva, |
|
|
|
si no es que aullando el viento |
|
|
|
con silbos representa mi lamento. |
|
|
|
|
FELICINO
|
XVII
|
|
Todo se fue contigo; si aquí
estabas,
|
|
|
|
aquí estaban las ninfas, y aquí el miedo |
210
|
|
|
de los sátiros, vanos los hacía. |
|
|
|
Tú regías mil danzas; tú ordenabas |
|
|
|
mil juegos; tú mil luchas con denuedo, |
|
|
|
que a su belleza mucha le añadía. |
|
|
|
Faltaste tú, y el día |
215
|
|
|
en que de aquí te fuiste |
|
|
|
faltó el gozo y placer; que todo es triste. |
|
|
|
Las ninfas se volvieron |
|
|
|
en fuentes, que en llorar se derritieron; |
|
|
|
los sátiros faltaron |
220
|
|
|
o en árbores helados se mudaron. |
|
|
|
XVIII
|
|
La selva se olvidó de dalle
flores
|
|
|
|
a la cuidosa abeja, y del rocío |
|
|
|
el cielo se olvidó, y de grama el prado; |
|
|
|
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .63 |
225
|
|
|
y de correr también se olvidó el
río
|
|
|
|
aquel nubloso día y desdichado; |
|
|
|
y aquí y allí el ganado |
|
|
|
se viera desvalido |
|
|
|
dejarse perecer en muerto olvido, |
230
|
|
|
y, al fin, todas las gentes. |
|
|
|
No sé cómo lo sufres y consientes; |
|
|
|
que no eres tú tan fiera |
|
|
|
que no sepas tratar de otra manera. |
|
|
|
|
CLEANTO
|
XIX
|
|
Si quieres ir a caza a la montaña,
|
235
|
|
|
y si a pescar a Beiro, y si al contento |
|
|
|
del fresco Dinadámar, di, pastora, |
|
|
|
¿quién te lleva la red? ¿Quién
te acompaña?
|
|
|
|
¿Quién te coge las frutas, y en el viento |
|
|
|
los simples pajarillos prende ahora? |
240
|
|
|
Y ¿quién de la traidora |
|
|
|
y astuta zorra y lobo |
|
|
|
liberta tu ganado, y quién del robo |
|
|
|
les quita los despojos? |
|
|
|
Y ¿quién ligeramente ante tus ojos |
245
|
|
|
les sigue y hiere o mata, |
|
|
|
y los alcanza y vivos te los ata? |
|
|
|
XX
|
|
Cualquier lugar me puede ser testigo |
|
|
|
del tiempo en que por tuyo me tuviste, |
|
|
|
aunque de amor no sepas, por mi daño: |
250
|
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que de cualquier contrario y enemigo, |
|
|
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o lobo sea o ladrón, librar me viste |
|
|
|
la más pequeña res de tu rebaño; |
|
|
|
y ahora, o ya me engaño, |
|
|
|
o falta quien lo haga, |
255
|
|
|
no porque alguno tema de la paga |
|
|
|
(que harto es ver, pastora, |
|
|
|
tu rostro, que la luz del sol colora), |
|
|
|
mas porque no se atreve |
|
|
|
alguno a tanto amor como te debe. |
260
|
|
|
|
FELICINO
|
XXI
|
|
Baja del monte, pues, bajo a lo llano, |
|
|
|
baja a este valle y río; no le huyas |
|
|
|
y volverásle al ser de su belleza; |
|
|
|
baja y verás que espera de tu mano |
|
|
|
la tierra que en su honor la restituyas, |
265
|
|
|
y se te da y ofrece con largueza. |
|
|
|
No hallarás corteza |
|
|
|
ni piedra levantada |
|
|
|
do no te veas escripta y figurada, |
|
|
|
y no verás contento |
270
|
|
|
do no escuches tus loores por el viento, |
|
|
|
ya en cantos, ya en primores, |
|
|
|
ya en juegos y ya en bailes de pastores. |
|
|
|
|
CLEANTO
|
XXII
|
|
Cual con sencillo rostro y pecho
tierno,
|
|
|
|
al levantar del sol o al trastornarse, |
275
|
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|
te ofrecerá el panar recién cogido, |
|
|
|
y cual el simple enodio64, antes que el cuerno
|
|
|
|
enseñe, ni dél sepa aprovecharse, |
|
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|
o el oso con la cama do ha nacido, |
|
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|
o el ingenioso nido |
280
|
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|
del simple pajarillo, |
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|
que no podrá, quiriéndolo, encubrillo, |
|
|
|
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65 |
|
|
|
la cual a su pesar todo lo allana; |
|
|
|
o el tarro de cuajada, |
285
|
|
|
o de la leche apenas resfriada.- |
|
|
|
XXIII
|
|
Suspenso el prado, el río, el aire,
el cielo
|
|
|
|
al vario canto de los dos estuvo, |
|
|
|
cesando en todo el cierto curso eterno; |
|
|
|
que el tiempo aquel espacio hurtó al suelo, |
290
|
|
|
y el sol al mundo sin contar estuvo |
|
|
|
esto en verano, otoño, estío ni invierno. |
|
|
|
La copia el fértil cuerno66 |
|
|
|
con variedad de flores |
|
|
|
al suelo le esparció y al aire olores |
295
|
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|
más frescos y sabrosos, |
|
|
|
suaves, claros, dulces y amorosos |
|
|
|
que nunca dado había. |
|
|
|
Cesó el cantar y aquesto, y cesó el
día.
|
|
|
|
XXIV
|
|
A tal sazón Olisa, que escuchaba |
300
|
|
|
las voces más suaves y amorosas |
|
|
|
de aquellos de quien era tan servida, |
|
|
|
se levantó de aquel lugar do estaba |
|
|
|
coronada de flores y de rosas, |
|
|
|
de aquesto ni de lo otro conmovida, |
305
|
|
|
y, por la despedida, |
|
|
|
se fue cantando luego |
|
|
|
algunos versos de contento y juego, |
|
|
|
en que era acostumbrada, |
|
|
|
y recogió a su aprisco su manada |
310
|
|
|
de cabras, que contenta |
|
|
|
está con el lugar do la apacienta. |
|
|
|
|
  La Égloga de Salicio y Filón
  Métrica
El esquema métrico de la presente égloga es
más simple y monocorde que el de las anteriores, reducido al empleo de
tercetos encadenados de versos endecasílabos que se reparten de forma
aproximada entre cada uno de los contendientes. En ocasiones, sobre todo en las
partes donde la violencia de los pastores es más explícita y
directa, el terceto puede ser compartido por ambos personajes; incluso hay
versos divididos entre ambos, recurso que será más frecuente en
la comedia áurea, y que parece enfatizar la acción dado la
brevedad de las intervenciones. No se aprecia bien como en otras ocasiones la
armonía en la repartición alternada de las estrofas entre ambos
personajes, aunque de forma aproximada tanto Salicio como Filón
intervienen de manera equilibrada en el texto.
Son doscientos veintinueve versos los que integran el
cómputo total de la égloga, lo que equivale a setenta y seis
tercetos, más un verso de cierre para que no quede ninguno suelto, como
es habitual en las composiciones que emplean los tercetos encadenados. Se trata
de la égloga más breve de las tres que editamos en esta
ocasión.
  Estructura
De nuevo estamos ante un debate amoroso y ocasionalmente
físico entre dos pastores por la misma amada: tanto Salicio, de nombre
tan garcilasiano, como Filón, se disputan los favores de la pastora
Lida. Las intervenciones de ambos se alternan a lo largo del texto, con
más brevedad al principio y algo más extensas en la parte
final.
  Tema y contenido
En contra de la placidez de la égloga anteriormente
editada, la presente es mucho más dinámica, casi violenta en
ocasiones. De tal forma que, y es éste un caso bastante inusitado en el
mundo pastoril, los pastores llegan a combatir cuerpo a cuerpo por el amor de
la amada. No es que el mundo idílico carezca de conflicto, puesto que en
ocasiones al mismo tiempo que el desamor o el olvido está también
muy presente la muerte, como se vio en la
Égloga de las hamadríades, y se
llega incluso al suicidio, pero es infrecuente la violencia física,
reducida la confrontación de manera habitual a la musica y a veces a los
juegos deportivos. La viveza de esta composición de Barahona se
acrecienta con el recurso del comienzo
in medias res. Se han producido ya
algunos hechos previos, de los que no se ha dado cuenta al lector, aunque se
deducirán a lo largo del texto, y la acción se inicia
bruscamente, sin ninguna introducción narrativa, en un momento de
especial tensión: Salicio reta a Filón a la pelea y lo
insulta.
El origen inmediato de la pelea va a ser la posesión de un
canastillo que ha tejido la hermosa Lida. Pero se interrumpen porque la ven
pasar corriendo con otras pastoras, llena la falda de olorosas flores,
sobrepasando en altura a las demás, haciendo incluso que el viento sople
más amoroso en las riberas del Dauro donde de nuevo tiene lugar la
acción. Al verla, en lugar de luchar, se dedican los dos a
ensalzarla.
De esta forma ven como la joven abate a un ciervo, ejercicio
cinegético al que tan aficionado fue Barahona, según se deduce de
los
Diálogos de la Montería.
Sale luego a relucir la desigual edad de ambos, así como
el aspecto o la hermosura, la fuerza y otras cualidades físicas, rasgos
bastantes disímiles en uno y otro. Salicio es más joven y blanco,
no tiene aún barba, sólo bozo, en tanto que Filón es
más fuerte y más alto, tiene una barba espesa, pero es menos
hermoso que el primero, que tiene pequeñas proporciones corporales
similares a las de Lida.
De acuerdo con lo expresado, en un momento determinado en que
ambos luchan cuerpo a cuerpo, Salicio lleva las de perder y le pide un respiro
a Filón: «No me aprietes, Filón; afloja un poco», le
pide. El fuerte pastor se burla del muchacho, del que dice que no «es
carne ni pescado, y con la lengua leones desquijara y montes raja»,
aludiendo a que sus hechos no están a la altura de sus palabras.
Salicio añade que será más venturoso en la
contienda del amor que en esta lucha física y alaba a la pastora
ausente, lo que causa de nuevo la ira de Filón; pero replica el joven
que no está en su mano dejar de hacerlo así. A partir de entonces
ambos se dedican a loar a Lida, con referencias a personajes y pasajes
virgilianos. En algún momento se pone de relieve si es mejor la fuerza
del esposo o la belleza del mismo y cada cual pone de relieve sus propias
cualidades al efecto.
Por último, Filón señala que el color blanco
de que se envanece Salicio es algo deleznable, porque ni la misma diosa Flora
sintió preferencia por él. La noche se acerca y ambos deciden
acabar el canto, aplazando la competición para el día siguiente,
cuando algunos pastores actúen como jueces de la competición.
Filón apostará un hermoso mastín, Melampo, y Salicio una
cabra que está preñada y que va a parir dos cabritos, y, en el
caso de que su madrastra le pregunte por ella, le dirá que se
quedó cansada y detenida en los riscos. Pero he aquí que la cabra
ha parido ya sus dos cabritos, y ambos se aprestan a cenar bajo una
peña; Salicio le señala la leña para hacer la lumbre, en
tanto que él se acerca a unas breñas donde antes ha oído
unos ruidos.
  Nuestra edición
Seguimos el texto de la edición de Rodríguez
Marín, pp. 830-837, con algunas leves modificaciones gráficas y
de puntuación, como en el caso de la égloga anterior.
  Égloga de Salicio y Filón
|
| SALICIO |
| Ora veamos si harán mis
brazos,
|
|
| pastor desvergonzado y atrevido, |
|
| que se concluyan tantos embarazos. |
|
|
|
| FILÓN |
| Peor es ser contigo comedido: |
|
| suelta el cestillo que mi dulce Lida |
5 |
| con sus hermosas manos ha tejido. |
|
|
|
| SALICIO |
| ¿Soltar? ¡Oh! ¡Qué!
Primero el alma y vida
|
|
| que tú le lleves, o que yo, viviendo, |
|
| del sagrado despojo me despida. |
|
| Mas ve ésta que con otras va
corriendo,
|
10 |
| la falda llena de olorosas flores, |
|
| de lumbre al día y de placer vistiendo. |
|
|
|
| FILÓN |
| Y vees cómo de todas las mejores |
|
| una guirnalda ciñe en su cabello, |
|
| do lleva envuelto al dios de los amores. |
15 |
|
|
| SALICIO |
| Y vees cómo con más que pecho y
cuello
|
|
| a esotras ninfas sobra y se aventaja, |
|
| sin poder ni aun la envidia obscurecello. |
|
|
|
| FILÓN |
| Y ¿vees cómo de ramas que
desgaja
|
|
| del arrayán y del naranjo y lauro, |
20 |
| el venturoso suelo siembra y cuaja? |
|
|
|
| SALICIO |
| Vees cómo en su presencia el viento
Cauro67 |
|
| sopla amoroso y en sus ondas claras |
|
| de amores va encendido nuestro Dauro. |
|
|
|
| FILÓN |
| Yo no pensé, Salicio, que tú
osaras
|
25 |
| subir el pensamiento tan arriba, |
|
| que en mi fuego las alas68 te quemaras;
|
|
| mas, pues de seso y libertad te priva |
|
| tu ciega voluntad, no es bien que ahora |
|
| tragedia triste de tu amor se escriba. |
30 |
|
|
| SALICIO |
| Veesla do está la ninfa cazadora, |
|
| corvando el arco de macizo hueso |
|
| que el viento hurta69 a un ciervo y se
mejora.
|
|
|
|
| FILÓN |
| Contempla el brazo izquierdo recio y grueso, |
|
| que, por flechar la cuerda con el diestro, |
35 |
| está del arco asido, largo y tieso. |
|
|
|
| SALICIO |
| No fue en tirar Alcón70 tan buen maestro.
|
|
| Al corazón le dio. Veeslo caído |
|
| ¡aunque primero supo dalle al nuestro! |
|
|
|
| FILÓN |
| ¡Oh venturoso golpe y mal perdido! |
40 |
| ¡Volvieras, Lida, el pasador al pecho |
|
| deste zagal que ansí es descomedido! |
|
|
|
| SALICIO |
| Algo más justo y de mayor provecho |
|
| fuera si en tus entrañas se abscondiera, |
|
| y quedara Salicio satisfecho. |
45 |
|
|
| FILÓN |
| En desamor de Lida pene y muera, |
|
| pastor, si de tu sangre no bebiere |
|
| si más oyo71 hablar de esa manera.
|
|
|
|
| SALICIO |
| No goce los favores que me diere, |
|
| si a tu despecho no cantare a Lida, |
50 |
| mientras de cuerpo el alma se vistiere. |
|
|
|
| FILÓN |
| Término corto fuera el de tu vida, |
|
| si no mirara yo tus tiernos años |
|
| y del vello tu barba aún no salida. |
|
|
|
| SALICIO |
| Con eso excusarás, Filón, tus
daños,
|
55 |
| como con estos brazos yo los míos, |
|
| que por ventura no serían tamaños72.
|
|
|
|
| FILÓN |
| ¿No veis cómo ha cobrado el duelo
bríos
|
|
| con el favor de Lida? Yo voy viendo |
|
| que no heis73
de lograr un par de estíos.
|
60 |
|
|
|
|
| FILÓN |
|
¿Estás de mí riyendo?
|
|
| Defiéndete, zagal, pues eres loco. |
|
|
|
| SALICIO |
| ¡Ay, Lida, en las tus manos me encomiendo! |
|
| No me aprietes, Filón; afloja un
poco:
|
|
| cata que me quebrantas con ventaja, |
65 |
| y yo con ambos brazos no te toco. |
|
|
|
| FILÓN |
| No pesa el tabanillo ni una paja; |
|
| ni es carne ni pescado, y con la lengua |
|
| leones desquijara74 y montes raja.
|
|
| ¿Qué es eso, di? El aliento se te
mengua;
|
70 |
| ya te he soltado; date por vencido. |
|
|
|
| SALICIO |
| Victoria con ventaja no es sin mengua. |
|
| Un brazo y otro me tenías cogido. |
|
| ¿A cuál Anteo75 o
cuál Milón76 no hubieras
|
|
| con esa astucia entre tus pies rendido? |
75 |
| Si tú los brazos ambos repartieras, |
|
| cuál por encima y cuál debajo el brazo... |
|
|
|
| FILÓN |
| ¿No vees que lo tomabas tú de veras? |
|
| Eres, cuando te enojas, embarazo |
|
| tan torpe, que, pudiendo, no dudaras |
80 |
| de darme en la cabeza con un mazo. |
|
|
|
| SALICIO |
| Si en otras cosas combatir osaras |
|
| conmigo, ya que en ésta estás medroso, |
|
| yo sé muy bien, Filón, lo que ganaras. |
|
|
|
| FILÓN |
| Huelgo de ver tu ánimo brioso; |
85 |
| mas siendo pobre, y tosco, y niño, y feo, |
|
| ¿en cuál contienda fueras venturoso? |
|
|
|
| SALICIO |
| En el amor; aunque conozco y veo, |
|
| Filón, que en todas ésas te venciera. |
|
|
|
| FILÓN |
| Pues ¿dónde habrá jüez para el deseo?
|
90 |
|
|
| SALICIO |
| Mirándolo estó yo, si él
permitiera
|
|
| que mi osadía se extendiera a tanto, |
|
| que mi proceso largo le leyera. |
|
| Aunque en el alma tengo el rostro santo, |
|
| principio de la luz que está en mis ojos, |
95 |
| y de la fuente de mi largo llanto. |
|
| Mejor que yo conoce mis enojos; |
|
| contados tiene allá mis pensamientos, |
|
| do nada halla sino sus despojos. |
|
|
|
| FILÓN |
| ¡Que no me han de bastar requerimientos!
|
100 |
| Zagal, si quiés77 tenerme
por amigo,
|
|
| no resuene mi Lida en tus acentos. |
|
|
|
| SALICIO |
| El cielo y quien le rige me es testigo, |
|
| y aun ella, que no puedo, aunque quisiese, |
|
| ni quiero, aunque me des mayor castigo. |
105 |
| Si por injurïarte lo hiciese, |
|
| pastor, tendrías razón; mas rige el seso |
|
| otro que estima en poco tu interese. |
|
|
|
| FILÓN |
| ¿Que tan encadenado estás y
preso?
|
|
|
|
| SALICIO |
| ¿Sabes qué tanto? Que mi propia vida |
110 |
| he puesto con su amor casi en un peso. |
|
|
|
| FILÓN |
| Antes que el cielo la ocasión
impida,
|
|
| yo huelgo que igualmente compitamos |
|
| quien es más digno del amor de Lida. |
|
|
|
| SALICIO |
| Veesla cubierta de azahar y ramos |
115 |
| del árbol78 que allá en Cipro79 ornó la diosa
|
|
| en cuyo fuego ahora nos quemamos. |
|
|
|
| FILÓN |
| No suele a las espinas ser la rosa |
|
| más honra que ella al corro o la manada |
|
| de ninfas, por su causa venturosa. |
120 |
|
|
| SALICIO |
| La flauta de Menalcas80
heredada
|
|
| tengo, y la [a]vena81
aquí; serás vencido,
|
|
| pues dellas cualquier cosa te es negada. |
|
| Jamás tu nombre celebrado ha sido, |
|
| ni sátiros bailaron a tus sones, |
125 |
| ni el río fue a tus voces detenido. |
|
|
|
| FILÓN |
| ¿Qué me valdrán, Salicio,
tus canciones
|
|
| si se ponen por medio mi riqueza, |
|
| do Amor tiró82 el mejor de sus arpones?
|
|
|
|
| SALICIO |
| De bello esposo es digna tal belleza, |
130 |
| pues ¿quién merece a Lida, si te excedo |
|
| (jüez tú mismo) en gracia y gentileza? |
|
|
|
| FILÓN |
| Concédote eso, aunque negarlo puedo: |
|
| que eres discreto más que yo, y hermoso, |
|
| porque te pongas más gallardo y ledo; |
135 |
| mas convïene a Lida un fuerte esposo |
|
| cual yo, que la defienda, sirva y guarde, |
|
| y no, como ella, lindo y temeroso. |
|
|
|
| SALICIO |
| El pecho de ira me revienta y arde. |
|
| ¿No puedes ser cortés en competencia, |
140 |
| sin motejar al hombre83 de cobarde?
|
|
|
|
| FILÓN |
| No valga en esto, pues, la diferencia. |
|
| Cual yo ha de ser su esposo, dulce y blando, |
|
| y tú eres loco o falto de paciencia. |
|
|
|
| SALICIO |
| En buena condición te vo igualando; |
145 |
| y, pues en hermosura te he sobrado, |
|
| la sentencia está, cierto, de mi bando. |
|
|
|
| FILÓN |
| También yo en hermosura te he
igualado;
|
|
| y, pues en condición estás vencido, |
|
| será el merecimiento en mí doblado. |
150 |
| Yo tengo el cuerpo cual ciprés
crecido,
|
|
| y no conozco, siendo tú pequeño, |
|
| de dónde esta soberbia te ha nacido. |
|
|
|
| SALICIO |
| Tan chico es el de Lida y tan
cenceño:
|
|
| novillos para un yugo destinados. |
155 |
| Loado Amor, que quiso ser su dueño. |
|
| Pues dime: ¿tus cabellos erizados, |
|
| tu barba espesa y tus feroces brazos, |
|
| serán con estos míos comparados? |
|
|
|
| FILÓN |
| Juntados con aquellos que pedazos |
160 |
| de blanca nieve son, la gran distancia |
|
| hará que más se sientan los abrazos. |
|
| Tras el descuido agrada la elegancia; |
|
| regala los oídos una falsa |
|
| tras una y otra dulce consonancia. |
165 |
| Desnudos ambos en su lago o balsa, |
|
| podrás cercarte déstos y de aquéllos, |
|
| sin distinguir el cebo de la salsa. |
|
| Verás sobre mis hombros los cabellos |
|
| que ves en sus espaldas, y ligarse |
170 |
| con ellos y los brazos ambos cuellos. |
|
|
|
| SALICIO |
| Primero que eso venga a efectuarse, |
|
| mal rayo hienda mi cabeza y cara, |
|
| de que ya pudo Lida contentarse. |
|
|
|
| FILÓN |
| No sé yo cuál mujer se contentara
|
175 |
| de ver un hombre cual de nieve o sebo, |
|
| o cuál por digno della te juzgara. |
|
|
|
| SALICIO |
| Al fin, es rostro el mío de mancebo, |
|
| que vence a tu color y greña cuanto |
|
| al sátiro barbudo el blanco Febo. |
180 |
|
|
| FILÓN |
| No te nos loes de blancura tanto; |
|
| que así la aborreció la diosa Flora84,
|
|
| que nunca della enriqueció su manto. |
|
| De colores diversos siembra y dora |
|
| las faldas de los montes y collados, |
185 |
| do siempre lo más negro habita y mora. |
|
| De cárdenos y rojos y dorados |
|
| tallos y flores viste las perfetas85 |
|
| cañadas destos cerros más pintados: |
|
| los lirios y alhelíes, las violetas,
|
190 |
| la más preciada rosa alejandrina, |
|
| que esotras son ante éstas imperfetas; |
|
| vees el jacinto, vees la clavellina, |
|
| que, entre las que a mi Lida van ciñendo, |
|
| de ser la principal ha sido dina. |
195 |
|
|
| SALICIO |
| Detente ya, Filón, que enronqueciendo |
|
| se va tu voz y las mayores sombras |
|
| de los subidos montes van cayendo. |
|
|
|
| FILÓN |
| ¡Qué apasionado estás, y
cómo escombras86 |
|
| la parte más remota si está escura, |
200 |
| y de cualquiera niebla te me asombras! |
|
| Ya es tarde, cese ya; y si al fin te dura |
|
| el brío de competir, podrás conmigo |
|
| juntarte aquí mañana a la pastura; |
|
| será Menalca o Coridón testigo,
|
205 |
| o Amintas, o Dametas87;
que tú sabes
|
|
| que te es cualquiera dellos buen amigo. |
|
| Y apostarte hé, porque después te
alabes
|
|
| de haber ganado, aquel mastín, Melampo88
|
|
| el cual pondré en tu mano antes que acabes. |
210 |
| [Ni lobo ni oso hay en todo el campo]89 |
|
| que no le tema viéndole, y no huya |
|
| si oye decir: «¡Melampo! ¡Aquí,
Melampo!»
|
|
|
|
| SALICIO |
| Contento soy, y sea la cabra tuya |
|
| si me vencieres, que dos juntos pare, |
215 |
| sin que de sus provechos nada excluya; |
|
| que, al fin, si mi madrastra90
preguntare
|
|
| por ella (que me cuenta la manada) |
|
| al tiempo que, en cenando, la tornare, |
|
| diré que, como agora está
preñada,
|
220 |
| del peso de su parto detenida |
|
| se quedó en esos riscos y cansada. |
|
| Mas véesla: allí la cabra91 está parida
|
|
| de dos cabritos juntos; so esta peña |
|
| cenemos si quisieres92, por tu vida.
|
225 |
| Y haz tú lumbre: vees aquí esta
leña.
|
|
| Yo iré con estos perros, si te place, |
|
| que no sé qué me oí en aquella
breña,
|
|
| mientras que tiempo de dormir se hace. |
|
|
|
  Apéndice
Las Hamadríades
Las hamadríades son divinidades menores de la
mitología clásica, compañeras de las ninfas, las
náyades, las dríades, los faunos y los silvanos; suelen ser
personajes frecuentes del mundo pastoril. Ofrecen numerosas afinidades con las
dríades, de tal forma que en varias ocasiones las hamadríades
parecen ser meras especializaciones de las dríades. Tanto unas como las
otras carecen de nombre propio, no están individualizadas, sino que
forman parte del grupo que suele llamarse dioses menores o
«aldeanos», como explica Pérez de Moya: «A otro
género de dioses decían aldeanos, y éstos eran tenidos por
hijos de padres mortales; decíanse aldeanos, porque habitaban en varias
partes de la tierra y agua, y tenían que ninguno estaba en el cielo,
como los dioses grandes y medios dioses, ni les daba Júpiter, padre de
los dioses, tanta dignidad, según dice Ovidio, y por esto se
decía, por otro nombre dioses terrestres, o héroes, o semones;
por este nombre entendían ser mortales, aunque eran de más
excelencia que los hombres; deste género eran las Musas, Ninfas, Lares y
Penates», Juan Pérez de Moya,
Filosofía secreta, [1585],
op. cit., I, p. 29. La referencia de
Pérez de Moya es coetánea del texto de Barahona y refleja una
misma convención literaria y mitológica. Un poco antes, en la
primera mitad del siglo XVI, se había intentado un estudio
clasificatorio de algunos de estos seres,
cfr. Theophrastus von Hehenheim, Paracelso,
Libro de las ninfas, los silfos, los pigmeos, las
salamandras y los demás espíritus, Barcelona, Obelisco,
1987; el tratado tiene interés esotérico y fue escrito antes de
1541, aunque editado por vez primera en 1591.
Entre las primeras menciones literarias de las dríades se
pueden señalar las de algunos textos de Virgilio, como la que se incluye
en la
Bucólica V, vv. 58-59:
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«Ergo alacris silvas et cetera rura voluptas |
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Panaque pastoresque tenet Driadasque puellas». |
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El texto se refiere a Dafnis, que ha muerto y que mira gozoso a sus
pies las nubes y las estrellas: «Así es como un goce alegre posee
a las selvas y demás campos, a Pan, a los pastores y a las niñas
Dríades». O la que aparece casi al principio del libro III de las
Geórgicas, vv.40-41: «Entretanto
iremos tras los bosques y breñas no holladas de las Dríades,
encargo tuyo nada cómodo, Mecenas»; apud Virgilio,
Bucólicas. Geórgicas, trad.
Bartolomé Segura Ramos, Madrid, Alianza, 1981, pp. 42-43 y 103
respectivamente. Servio, al comentar estos lugares virgilianos,
señaló que «las Dríades son las ninfas que habitan
en medio de los árboles, mientras que las Hamadríades son las que
nacen y mueren con ellos, aquellas cuya vida depende de la del
árbol», cfr. Constantino Falcón Martínez y otros,
Diccionario de la mitología
clásica, Madrid, Alianza, 1980, I, p. 191. La distinción se
encuentra ya en Sannazaro: «Salid de vuestros árboles, piadosas
Hamadríades, diligentes defensoras de éstos, y prestad
atención al fiero suplicio que mis manos de aquí a poco me
preparan. Y vosotras, Dríades, hermosísimas doncellas de las
selvas profundas, que no una vez, sino mil, habéis sido vistas por
nuestros pastores al anochecer bailando en círculo bajo la sombra de los
fríos nogales, con los cabellos rubísimos y largos cayendo por
detrás de las blancas espaldas...», Iacopo Sannazaro,
Arcadia, ed. Julio Martínez Mesanza,
Madrid, Editora Nacional, 1982, p. 89. Garcilaso retoma esta mención de
las dríades en la
Égloga II, vv. 623-628, pero no incluye
la de las hamadríades:
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¡Oh dríades, de amor hermoso
nido,
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dulces y graciosísimas doncellas, |
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que a la tarde salís de lo escondido, |
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con los cabellos rubios, que las bellas |
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espaldas dejan de oro cobijadas, |
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parad mientes un rato a mis querellas. |
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El Brocense, en sus anotaciones a Garcilaso, hace una
recapitulación de estas divinidades: «Todo esto es de Sannazaro,
como lo demás: y para que se entienda la propiedad de estas Ninfas, que
aquí pone, digo que Náyades son de los ríos; Napeas de los
collados; Dríades de los bosques; Hamadríades de los
árboles; Oreades de los montes; Henides de los prados»,
apud Antonio Gallego Morell, ed.,
Garcilaso de la Vega y sus comentaristas,
Madrid, Gredos, 1972, p. 291, grafía actualizada.
Contaba, pues, Barahona con una amplia y culta tradición en
lo que se refiere a estos seres mitológicos, de los que mantiene los
rasgos más sobresalientes, como su vinculación con los
árboles: «el bosque umbroso cría las bellas
hamadríades», señala en estos versos iniciales,
árboles a los que regresan al final del poema: «Y así las
ninfas [...]/ desnudas se metieron / en las encinas huecas do salieron» o
los cabellos sueltos por las espaldas: «las hebras de brocado a las
espaldas / sueltas», al igual que en Sannazaro y en Garcilaso.
El hecho de que las hamadríades se cobijen en los troncos de
las encinas puede deberse a la etimología de su nombre, tal como
señalaba Fernando de Herrera en sus anotaciones a Garcilaso: «Dríades] Ninfas de los árboles, porque
dris es árbol generalmente, y más
el que los Latinos llaman
quercus», Fernando de Herrera,
Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones, op.
cit., p. 570. El propio Herrera las incluye al comienzo de su
égloga tercera, titulada
Amarilis también de carácter
funeral como la de Barahona, como divinidades a las que invoca el poeta:
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Vos drïades, napeas, ninfas bellas, |
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que el canto lamentable y las querellas |
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oistes del pastor enamorado, |
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referid todas ellas |
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a quien canta su lástima y cuidado. |
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| Fernando de Herrera,
Rimas inéditas, ed. José Manuel
Blecua, Madrid, CSIC, 1948, p. 143, grafía actualizada.
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En la literatura española suelen aparecer estas ninfas en
variados contextos pastoriles:
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napeas y hamadríades hermosas |
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con frescas rosas |
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le van delante; |
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| Gaspar Gil Polo,
Diana enamorada, ed. Francisco López
Estrada, Madrid, Castalia, 1987, p. 307.
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Góngora ofrece la forma
hamadrías en las
Soledades:
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Tantas al fin el arroyuelo, y tantas |
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montañesas da el prado, que dirías |
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ser menos las que verdes Hamadrías |
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abortaron las plantas: |
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fragmento que Dámaso Alonso vierte en
prosa de la forma siguiente: «En fin, tantas montañesas hay en el
arroyuelo, tantas en el prado, que se diría ser su número mayor
que el de las Hamadrías, ninfas de los árboles, de las cuales
cada árbol tiene la suya», Dámaso Alonso,
Las «Soledades» de don Luis de
Góngora, en
Obras completas, Madrid, Gredos, 1982, vol. VI,
pp. 561 y 634 respectivamente.
El libro Tres
églogas de Luis Barahona de Soto se acabó de
imprimir en la Imprenta Caballero de la M.N. y M. L. Ciudad de
Lucena, durante los primeros días del mes de noviembre de
1997, en conmemoración del 402 aniversario de la muerte del
escritor lucentino y del segundo año de hermanamiento entre
Lucena y Archidona.
LAUS DEO

Tres Églogas
Luis Barahona de Soto ; edición de Antonio Cruz Casado
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