|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
José Carlos Rovira
Universidad de Alicante Hay un texto de José María Arguedas que me gustaría recordar señalando con él los límites de mi reflexión. Recibía en 1968 el premio Inca Garcilaso de la Vega y concluyó su discurso así:
Le di muchas vueltas a este texto durante tiempo. Era por una parte el comienzo del discurso de un suicida (de hecho el escritor se suicidó algunos meses después, en 1969). Era además una síntesis desafiante del mestizaje como actitud cultural, mestizaje como conflicto en cualquier caso, no como unión ideal. Era también el testimonio del conflicto personal en un tiempo en el que José María Arguedas escribía su última obra El zorro de arriba y el zorro de abajo, aun a sabiendas de que iba a entremezclar la historia narrativa con sus diarios personales en los que iba a contar el suicidio e, incluso, en carta al rector de su Universidad dejar escritos los preparativos para su entierro. El texto sigue produciendo escalofríos, como siempre los produce cuando alguien textualiza su propio final. Como los produjo en su día el italiano Cesare Pavese cuando terminó su diario con aquella frase «Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más». Intentaré asumir más adelante una reflexión que proceda de este texto, pero antes quisiera dar unos datos sobre la vida y la obra de José María Arguedas en el contexto del indigenismo. Andahuaylas, 1911 José María Arguedas nació en 1911 en Andahuaylas, al sur del Perú. La biografía tiene una serie de momentos y lugares que pueblan posteriormente su universo narrativo, dotando de una amplia intensidad memorial a sus páginas: los viajes del padre por la sierra peruana se convierten en material inicial de Los ríos profundos; la convivencia con los indios en la infancia, obligado por la madrastra, dinamiza la experiencia fundamental del bilingüismo y de la doble cultura; San Juan de Lucanas sirve para crear el símbolo literario de la aldea de San Pedro en Todas las sangres; también Puquio, otra de las geografías infantiles, está en la base de Agua y Yawar fiesta; como los internados de la infancia, fundamentalmente el de los mercedarios de Abancay, como base de la creación del material narrativo de Los ríos..., etc. Estamos
en cualquier caso ante un escritor que ha hecho de su materia
literaria una forma de autobiografía, en la que geografías
y situaciones vividas van determinando los impulsos de creación.
Pero sobre estos impulsos se desarrolla inmediatamente una
construcción lírica que genera la mejor parte
de su obra, en la que es el mundo de evocación de
la infancia el que persiste, creando una especial forma de
entender la realidad: la aproximación vivencial al
mundo indígena, como clave que explica el Perú
contemporáneo, y, para Arguedas, a partir de aquí,
el mundo contemporáneo. Heredero de una tradición
cultural, sobre la que tiene
Quisiera centrarme ahora en algunas cuestiones que tienen que ver con la reflexión sobre la lengua de Arguedas, como manera de situar mi intervención más próxima al contenido central de estas jornadas que son predominantemente lingüísticas. La
lengua y la expresión literaria El texto que leía al principio nos plantea la realidad de dos universos lingüísticos que remiten a dos universos culturales, el quechua y el español. José María Arguedas, establecido entre los dos, vincula desde el principio su creación a una cuestión teórica de orden fundamental:
El texto se sitúa en una larga reflexión en la que Arguedas da cuenta de la cuestión de la lengua como un problema personal, y angustioso, desde que escribiera sus primeros relatos. Nos dice así una vez:
Los textos que cito nos remiten una y otra vez a una conciencia angustiada en la que el conflicto de la lengua deviene el conflicto del estilo, recreado como drama de un creador que estaba intentando reunir en su obra un mundo complejo del que un elemento central estaba siendo el mundo indígena. El debate se establecía con precisiones claras, con disyuntivas precisas como las que se plantea cuando supone que una excesiva regionalización de la lengua impediría a la escritura resultante la universalidad. Es evidente que escribir en quechua la aniquilaría, si el autor no se planteaba traducirse; era evidente entonces que la propuesta es la creación de una lengua que pueda ser universal, sin dejar de transmitir el alma de las palabras de lo que está construyendo, el mundo andino. La utopía de la lengua, como explicó Alberto Escobar en su monografía sobre Arguedas101, es el conflicto y el ansia legítima que centra el mundo del escritor desde sus comienzos. Esta utopía creadora adquiere por primera vez en Arguedas resultados claros. Es común la afirmación de que fue en Los ríos profundos, sin duda la mejor novela arguediana, en la que se situaron los momentos más felices de esta creación. Porque en esta novela precisamente adquirimos una resonancia, a través de palabras quechuas que van salpicando el texto, a través de juegos con la sintaxis que crean extrañeza al lector. El esfuerzo de lenguaje de Arguedas consiste básicamente en la presencia de palabras y frases quechuas en su relato, palabras que se aclararán contextualmente o mediante la traducción102:
Podríamos
reiterar ejemplos que respondan a este sistema de aclaración
de los quechuimos del texto, mediante la presentación
progresiva del sentido de una
El argumento lo ha explicado mejor que nadie en un trabajo excepcional (y también excepcionalmente manipulador por otras cuestiones) Mario Vargas Llosa quien en La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo103 dedica un brillante epígrafe a lo que llama «El castellano amaestrado», para decirnos que: Lo explicó también como trabajoso proceso de creación el propio José María Arguedas:
Y reafirmó que aquella lucha había sido otra manera de buscar la universalidad de los textos:
Fue Rubén Darío el que desde otra tradición, desde la tradición simbolista recuperada por el modernismo, nos explicó que las palabras debían pintar el color de un sonido para apresar así el alma de las cosas. Arguedas, desde otra tradición, desde el realismo, pretendió crear con su esfuerzo una sinestesia andina que fuera capaz de dar cuenta de un mundo diferente. Y el quechua subyacente era imprescindible para su ejercicio. Y creo que consiguió rotundamente hacerlo en algunos momentos. De los momentos en los que no lo consiguió -justo a partir de Los ríos profundos- voy a hablar más tarde. Lo que sí consiguió también fue crear un clima memorial en el que los dos mundos alcanzan elementos muy eficaces de contraposición. He reiterado varias veces la rotundidad del capítulo I de Los ríos profundos, como para no volver a utilizarlo aquí como ejemplo de esa contraposición eficaz. En ese capítulo hay un espléndido recorrido en el interior de una memoria en conflicto, en la que el paseo del niño Ernesto por el Cuzco, acompañado por su padre, permite una síntesis sobresaliente de los dos universos enfrentados: el muro incaico, vivificado y transmisor de vida («la corriente que entre él y yo iba formándose», pág. 11, «este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver», pág. 13), frente al interior de la catedral, mortificadora y trasmisora de muerte:
Hay aquí una interiorización, rigurosamente biográfica, de esa apertura de las «puertas de la memoria» que se desarrolla en el capítulo citado con el brillante juego del sonido de la campana de la catedral, la «María Angola», como indicio mayor de una realidad agobiante en la que el niño protagonista encuentra elementos naturales como salvación:
Y concluye con su encuentro con el río, donde la vida son insectos zumbadores, o la misma voz poderosa de la corriente que, de nuevo, entre ternura y espanto, es capaz de despertar los «primitivos recuerdos, los más antiguos sueños». La naturaleza permite así sus evocaciones, rodeadas de una intimidad en la que no parece caber ninguna objetividad descriptiva. Se describe intimizando el paisaje, realizando con él, las más de las veces, un ejercicio de la memoria, que puede devenir memoria simbólica, en la que el antropólogo aparece al lado del niño que se crió en una cocina indígena de Puquio, construyendo paisajes en una actitud que va hacia el propio pasado y, más allá, al pasado racial, al pueblo quechua. Los mecanismos de la memoria pueden tener toda esta, múltiple, complejidad narrativa, asumir un universo indígena vivido y pensado luego, un universo emotivo e intelectual, en el que la magia, por ejemplo, se convierte en una racionalidad sustancial. «El socialismo -dice una vez Arguedas- no mató en mí lo mágico», como constatación del propio universo defendido hasta la última racionalidad mítica y mágica, la identificadora del pasado. Para una redefinición
del indigenismo arguediano Hay
un valioso trabajo de la profesora Carmen Alemany Bay en
el que se analizan las transformaciones que se operan en
los años sesenta en el panorama de la narrativa indigenista106,
centrando en Arguedas, entre otros, aquella elaboración
que nos permite hablar de neoindigenismo, frente al agotamiento
de la insistencia narrativa indigenista. Se hace referencia
en este trabajo a algunos textos
Esta vocación de verdad tiene efectivamente los procedimientos y los debates que antes he señalado. La búsqueda de una lengua y un estilo para dar cuenta de dos mundos contrapuestos me parece la novedad articulatoria más importante de la transformación que se opera en esos años. Hay otras y se puede recurrir, por ejemplo, al panorama que trazó Antonio Cornejo Polar para hablar del neoindigenismo ejemplificando en Manuel Scorza: la presencia del llamado realismo mágico, la nueva complejidad formal, la intensificación del lirismo, la vinculación de un nuevo espacio determinado por las nuevas realidades indígenas parecen características que nos permiten hablar de un nuevo proceso108. Cuando Arguedas, en otro texto principal, Razón de ser del indigenismo en el Perú109, pasa revista a las tradiciones culturales y la confrontación entre hispanistas e indigenistas, nos lleva a una tradición ideológica que responde a la razón de ser de dos ámbitos que son irreconciliables por las realidades sociales que representan. Pero él mismo rechaza una y otra vez la etiqueta de indigenista para su literatura. Tiene una razón de peso y es que él no está intentando dar una visión parcial del Perú contemporáneo. La novela Todas las sangres es el intento mayor, en 1964, de abrir una perspectiva que
de cuenta del Perú de la sierra y la costa, del indio
y del criollo. La novela se fragmenta en realidades múltiples
que, creo, no consigue ajustar por lo que resulta además
un fracaso. Pero sobre todo resulta un intento de articular
realidades contrapuestas, produciéndonos la idea de
fracaso el hecho de que nunca alcance la eficacia lingüística
y poética de Los ríos profundos. Y probablemente
no alcance tampoco la coherencia narrativa que consiga trabar
la novela. La obra,
El diseño último de la variación que Arguedas imprime al indigenismo -lo que la crítica llama neoindigenismo- tiene que ver con el propósito de Los ríos profundos, con el propósito de narración de dos mundos en conflicto y no en mestizaje entendido éste como idealidad. Los recursos de lengua y de actitudes ante el mundo que construyó no son mestizos, sino que están profundamente diferenciados. Arguedas da cuenta a veces de fusiones culturales en cuanto fusiones sincréticas, incluso advirtiendo rotundamente acerca del carácter de determinadas fusiones culturales. Recurramos de nuevo al ejemplo. Nos dice una vez:
La leyenda es sincrética en el sentido etimológico del término, en el sentido de impostura, en el de unión de dos contrarios contra un tercero. Van a perder los señores finalmente en esta perseverancia católica y animista al tiempo. No, no hay un mestizaje ni ideal ni pacífico. Hay una esencial heterogeneidad como propuesta teórica (dos culturas, la criolla y la india, profundamente diferenciadas y que evolucionan sin converger). Ésta es la relevancia de Arguedas: la diferenciación de discursos y la contraposición de los mismos. Esta fue su aventura literaria que radicalizó sus posiciones culturales progresivamente. Creo entonces, sintetizando este punto, que la transcendencia de Arguedas está en su capacidad en crear un discurso conflictivo, por tanto no mestizo, sino heterogéneo. La noción de heterogeneidad a la que me remito es la que Antonio Cornejo Polar elaboró en sus últimos años para matizar las insistencias mestizas y transculturadas de la crítica latinoamericana113.
En la heterogeneidad de Arguedas asumimos un papel minucioso de elaboraciones que quizá terminaron conduciendo a ninguna parte. En la década posterior a la escritura de Los ríos profundos, el escritor vivió muchas peripecias personales que le llevaron a no terminar voluntariamente aquel decenio. Muchas amarguras también. Relato telegráficamente algunas: los sinsabores de la polémica con Julio Cortázar que supuso Arguedas que lo ninguneaba como escritor regionalista frente al universalismo de los narradores del boom (1968); la emergencia de períodos de depresión y de la vieja obsesión por el suicidio intentado por primera vez en 1966; la crisis emocional por su divorcio con Celia Bustamante (1965) y su matrimonio con Sybila Arredondo (1967); la confesión manifiesta de su crisis psicológica de la que se trató durante tres años en Chile con la psiquiatra Hoffmann, datos que van apareciendo en los diarios que introdujo en su ultima novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo; también, y quizá sobre todo, el agotamiento de la escritura, sobre el que nos dice una vez que es el resultado de que se le han acabado los temas de la infancia, y nos narra en los diarios intercalados en los siguientes términos:
Pero, en fin, dejemos a los psicoanalistas que interpreten estas cuestiones, y no nos metamos en algo que no nos interesa. Recordemos un último párrafo del escritor, perteneciente al ensayo que he citado varias veces, La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú, en donde dice:
El vía crucis de Arguedas acabó la mañana del 28 de noviembre de 1969 en la Universidad agraria de La Molina disparándose dos tiros en la cabeza. Quizá no supo que estaba acabando también con la propuesta más rigurosa de renovación del indigenismo en la literatura. O a lo mejor sabía que ésta, por múltiples razones, había muerto ya al comienzo de ese decenio.
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||