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    La Celestina
     Fernando de Rojas ; adaptación Félix Álvarez Sáenz
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La Celestina


Fernando de Rojas


Félix Álvarez Sáenz



Adaptación





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PERSONAJES
 

 
CALISTO,   mozo enamorado.
MELIBEA,   tontuela que se deja envolver en la telaraña de Celestina.
SEMPRONIO,    criado avisado que espera obtener provecho de los amores de su amo.
PÁRMENO,   otro que tal, aunque comience con remilgos.
CELESTINA,    incomparable en todo, campeona de maldades, vieja, bruja y puta de toda la vida.
LUCRECIA,   criada de Melibea.
ALISA,   madre de Melibea.
AREÚSA,    niña del pecado.
ELICIA,   otra que peca por la misma parte.
CENTURIO,    rufián y maniferro.
TRISTÁN,   criado de Calisto.
SOSIA,   otro criado del mismo amo.
PLEBERIO,    padre infeliz de la infeliz Melibea.




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Acto I



Escena I

 
CALISTO, que ha conocido a MELIBEA en su jardín, donde su halcón se refugió un día antes al escaparse, se imagina en sueños que está frente a su amada, enamorándola. Ambos jóvenes se hallan en el mismo jardín en el que se conocieron. MELIBEA está de pie; CALISTO, rendido a sus plantas.

 

CALISTO.-   En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA.-   ¿En qué Calisto?

CALISTO.-   En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y en hacerme el favor de verte en un lugar tan conveniente para descubrirte mi secreto dolor. No creo que exista mayor recompensa al servicio, sacrificio, devoción y obras pías que, por alcanzarla, tengo yo a Dios ofrecidos. ¿Quién ha visto en esta vida cuerpo tan feliz como está ahora el mío? Los benditos santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan lo que yo gozo en tu acatamiento. Mas en esto diferimos, por desgracia, que ellos no temen perder su bienaventuranza y yo me alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia ha de causarme.

MELIBEA.-   Pues un galardón aún mayor te he de dar, si perseveras.

  -8-  

CALISTO.-   ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!

MELIBEA.-   Desventuradas serán cuando acabes de oírme, porque la paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento. El intento de tus palabras, Calisto, ha sido de hombre que pretende salir para perderse en la virtud de una mujer como yo. ¡Vete, vete de ahí, torpe, que no puede mi paciencia tolerar que haya subido a un corazón humano el intento de alcanzar en mí el deleite del amor ilícito!

CALISTO.-   Iré como aquel a quien la adversa fortuna atormenta con odio cruel.



Escena II

 
Ambas figuras desaparecen y, echado en su cama, se despierta CALISTO. Se levanta y llama a SEMPRONIO, su criado.

 

CALISTO.-     (Yendo de un lado para otro del escenario.)  ¡Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldito?

SEMPRONIO.-   Aquí, señor, cuidando los caballos.

CALISTO.-   ¿Dónde te habías metido?

SEMPRONIO.-   Se cayó el gerifalte y vine a enderezarle la alcándara.

CALISTO.-   ¡Abre las ventanas y arregla la cama!  (Arrepintiéndose de pronto.)  Mejor, vuelve a cerrar las ventanas y deja que la tiniebla acompañe al triste y, al desdichado, la ceguedad. ¡Oh bienaventurada muerte que, al ser deseada, llega a los afligidos!

SEMPRONIO.-   ¿Qué cosa?

  -9-  

CALISTO.-   ¡Vete de aquí! No me hables, pues, si no, quizá, antes de morir, te mate.

SEMPRONIO.-   Me iré, ya que quieres sufrir solo.

CALISTO.-   ¡Vete con el diablo!

SEMPRONIO.-   No creo que venga conmigo el que contigo se queda.  (Comienza a alejarse y, mientras lo hace, reflexiona y duda.)  ¿Qué le ha pasado a este hombre? ¿Qué hago ahora? Si me voy y le dejo solo, se mata. Si vuelvo a entrar, me mata a mí. Mejor que muera aquel al que le enoja la vida, que no yo, que me complazco en ella. Debo cuidarme por mi Elicia, pero, si se mata sin otro testigo, tendré yo que dar cuenta de su vida. Mejor, entro. No, mejor que se desfogue un poco, que, si entro ahora, puede ser peligroso. Dejémosle llorar. Si se mata, que se mate. Quizá pueda quedarme con algo con que pueda mudar el pelo malo, aunque malo es esperar salud en muerte ajena. Por otra parte, dicen los sabios que es bueno que quien sufre halle a alguien en quien descargar sus cuitas. No sé qué hacer. Estoy perplejo. Entraré, lo sufriré y lo consolaré, porque, si es posible sanar sin arte ni aparejo, más fácil ha de ser curar por arte.

CALISTO.-   ¡Sempronio!

SEMPRONIO.-    (Volviendo a entrar.)  ¿Señor?

CALISTO.-   Dame el laúd.

SEMPRONIO.-   Aquí está.

CALISTO.-   ¿Qué dolor podrá igualarse con el mío?

SEMPRONIO.-    (Rasga el laúd y comenta.)  Destemplado está el laúd.

  -10-  

CALISTO.-   ¿Cómo puede templar el destemplado? ¿Cómo sentirá la armonía quien está consigo mismo tan discorde? Tañe y canta la más triste canción que sepas.

SEMPRONIO.-
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía:
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía.

CALISTO.-   Mayor es mi fuego y menor la piedad de quien yo sé.

SEMPRONIO.-   ¿Cómo puede ser mayor el fuego que atormenta a un vivo que el que quemó tal ciudad y a tanta multitud de gente?

CALISTO.-   ¿Cómo? ¡Yo te lo diré! Es mayor la llama que dura ochenta años que la que en un día pasa y mayor la que mata el alma que la que quema cien mil cuerpos. Por cierto que, si el purgatorio es tal, más querría que mi espíritu fuese con los de los animales que ganar la gloria de los santos por este medio.

SEMPRONIO.-   ¿Tú no eres cristiano?

CALISTO.-   ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.

SEMPRONIO.-   Bien sé de qué pie cojeas. Yo te sanaré.

CALISTO.-   Cosas imposibles prometes.

SEMPRONIO.-   Más bien, fáciles, que el comienzo de la salud es conocer la dolencia.

CALISTO.-   ¿Qué consejo puede regir lo que en sí no tiene orden ni consejo?

  -11-  

SEMPRONIO.-    (Riéndose.)  ¡Ja, ja, ja! ¿Éste es el fuego de Calisto? ¿Éstas, sus congojas? ¡Como si solamente contra él asestara el amor sus tiros! ¡Oh soberano Dios, cuán altos son tus misterios!

CALISTO.-   ¡Sempronio!

SEMPRONIO.-   ¿Señor?

CALISTO.-   No me dejes. ¿Qué piensas de mi mal?

SEMPRONIO.-   Que amas a Melibea.

CALISTO.-   Amo a aquella, ante quien tan indigno me hallo, que no la espero alcanzar.

SEMPRONIO.-   ¿Cómo es ella?

CALISTO.-   Porque halles placer, he de figurártela por partes y por extenso. Comienzo por los cabellos. ¿Conoces las madejas de oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos son y no resplandecen menos. Los ojos verdes, rasgados; las pestañas, largas; las cejas, delgadas y alzadas; la boca, pequeña; los dientes, menudos y blancos; los labios, colorados y grosezuelos; el torno del rostro, poco más largo que redondo; el pecho, alto; la redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién la podría imaginar? Que se despereza el hombre cuando la mira. La tez, lisa, lustrosa; su piel oscurece la nieve. Su color es mezclada, tal cual ella la escogió para sí. Las manos, pequeñas, están de dulce carne acompañadas. Sus dedos son largos; las uñas, también, largas y coloradas, que parecen rubíes entre perlas.

SEMPRONIO.-   Aunque todo esto sea verdad, tú, por ser hombre, eres más digno. Ella es imperfecta y, por tal defecto, te desea y   -12-   apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No has leído al filósofo que dice que «así como la materia apetece la forma, así la mujer al varón»?

CALISTO.-   ¿Y cuándo veré yo eso entre mí y Melibea?

SEMPRONIO.-   Yo te lo diré. Hace tiempo que conozco en esta vecindad a una vieja barbuda que se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que pasan de cinco mil los virgos que se han hecho y deshecho por su autoridad. A las duras peñas ablandará y provocará la lujuria si desea.

CALISTO.-   ¿Podría yo hablarle?

SEMPRONIO.-   Yo te la traeré hasta acá. Prepárate. Sé gracioso con ella. Sé franco. Estudia mientras me voy cómo has de contarle tu pena de modo que ella encuentre el remedio.

CALISTO.-   ¡Vete ya! ¿Por qué te tardas?

SEMPRONIO.-   Ya voy. Quede Dios contigo.



Escena III

 
Sale SEMPRONIO y va a casa de CELESTINA. Hablan ambos en la oscuridad.

 

SEMPRONIO.-   ¡Oh madre mía! Quiero que sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás pude, después de que en ti puse mi fe, desear algún bien del que no tuvieses parte.

CELESTINA.-   Abrevia y ve al hecho, que vanamente se dice con muchas palabras lo que en pocas se puede resumir.

  -13-  

SEMPRONIO.-   Así es. Calisto arde en amores de Melibea. De ti y de mí tiene necesidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos aprovecharemos, que conocer el tiempo y la oportunidad hace a los hombres prósperos.

CELESTINA.-   Basta para mí con mover el ojo. Digo que me alegro de estas nuevas, como los cirujanos de los descalabrados. Y como aquellos dañan en los principios las llagas y encarecen la promesa de salud, así entiendo lo que podemos hacer con Calisto. Le alargaré la certeza del remedio, porque, como dicen, la esperanza larga aflige el corazón y, cuando él la pierda, entonces se la prometeremos. ¡Bien me entiendes!

SEMPRONIO.-   Callemos, que a la puerta estamos y las paredes oyen.



Escena IV

 
CALISTO y PÁRMENO, su criado, en la habitación del primero. Escúchanse en la puerta ruidos de alguien que llama.

 

CALISTO.-   (Dirigiéndose a su criado con impaciencia.)  ¡Abre ya, maldito sordo! ¡Corre!

 
(Sale PÁRMENO y regresa.)

 

PÁRMENO.-   Señor, Sempronio y una puta vieja de pelo teñido eran los que llamaban.

CALISTO.-   Calla, malvado, que es mi tía. ¡Ábrele!

PÁRMENO.-   ¿Crees que es vituperio en las orejas de ésa el nombre con que la llamé? No lo creas, que tanto se enorgullece de que se lo digan como tú de que te llamen diestro caballero. Con ese título es   -14-   nombrada y conocida. Si va entre cien mujeres y alguien dice «¡Puta vieja!», sin empacho voltea la cabeza y sonríe. Si pasa cerca de los perros a «¡Puta vieja!» suenan sus ladridos; si cerca de las aves, otra cosa no cantan que no sea «¡Puta vieja!». Los ganados lo pregonan, las bestias rebuznan diciendo «¡Puta vieja!» y las ranas en los charcos no suelen mentar otra cosa. Si va entre los herreros, eso mismo dicen sus martillos, y, entre los carpinteros, armeros, herradores, caldereros y arcadores no hay instrumento que no forme en el aire su nombre, que, si una piedra tropieza con otra, enseguida se escucha: «¡Puta vieja!» ¡Oh qué gran comedor de huevos asados era su marido!

CALISTO.-   ¿Y tú cómo lo sabes? ¿La conoces?

PÁRMENO.-   Entregome a ella mi madre por sirviente, aunque no me conoce por el poco tiempo que la serví y por lo que he cambiado con la edad.

CALISTO.-   ¿De qué la servías?

PÁRMENO.-   De todo. Ayudábala en aquellos menesteres a los que mi tierna edad bastaba. Tiene la vieja seis oficios: costurera, perfumera, maestra de hacer afeites y recomponer virgos, alcahueta y un poquito de hechicera. Bajo el primer oficio se ocultan los demás. Es amiga de estudiantes y despenseros, de mozos y de abades. A muchas encubiertas he visto entrar en su casa y, tras ellas, a hombres contritos con los calzones desabrochados que iban a llorar sus pecados.

CALISTO.-   No me cuentes más, que lo que ahora importa es mi salud. ¡Ábrele!  (PÁRMENO abre la puerta y entran CELESTINA y SEMPRONIO.)  ¡Ya la veo! ¡Sano soy! ¡Vivo soy! ¡Qué reverenda persona! ¡Qué acatamiento! ¡Oh vejez virtuosa! ¡Oh virtud envejecida! Quiero   -15-   besar esas manos llenas de remedio.  (Levántase de la cama, se pone de rodillas ante CELESTINA y toma sus manos para besarlas.) 

CELESTINA.-   Dios os guarde, magnífico señor. Traigo conmigo la medicina para vuestros males.

PÁRMENO.-   Ha caído Calisto. En tierra está adorando a la más antigua de las putas, la que fregó sus espaldas en todos los burdeles. Deshecho es. Vencido es. Caído es.



Escena V

 
Están CELESTINA y PÁRMENO solos en la habitación de CALISTO.

 

PÁRMENO.-     (Refunfuñando.)  ¡Flaca puta vieja!

CELESTINA.-    (Enfrentándolo.)  ¡Putos días vivas, bellaquillo! ¿Cómo te atreves?

PÁRMENO.-   Porque te conozco.

CELESTINA.-   ¿Quién eres tú?

PÁRMENO.-   El hijo de Alberto, tu compadre. Estuve contigo cuando morabas en la cuesta del río, junto a las tenerías.

CELESTINA.-   ¿Tú eres Pármeno, el hijo de Claudina?

PÁRMENO.-   ¡Sí!

CELESTINA.-   ¡Pues mal fuego te queme, que tan puta vieja era tu madre como yo! Acércate a mí, ven acá, que mil azotes te di en este mundo y otros tantos besos. Dígote, hijo Pármeno, que tu amo me   -16-   parece que de todos espera mercedes sin nada a cambio. Ahora se presenta el caso de que todos nos beneficiemos y que tú te remedies. Mucho te aprovecharás siendo amigo de Sempronio.

PÁRMENO.-   Tiemblo al escucharte. Téngote por madre, pero, por otra parte, Calisto es mi amo. Deseo riquezas, pero no querría bienes mal ganados.

CELESTINA.-   Pues yo sí. «A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo».

PÁRMENO.-   Pues yo así no viviría contento, y tengo por cosa honesta la pobreza alegre.

CELESTINA.-   Bien dicen que no puede haber prudencia sino en los viejos, y tú eres todavía un mozo. Mira a Sempronio. Si estáis conformes, ambos podréis sacar mucho provecho y placer, que estáis en la edad de jugar, vestir, burlar, comer, beber y hacer negocios de amores. Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.

PÁRMENO.-   ¿De Areúsa, la hija de Eliso?

CELESTINA.-   La misma Areúsa.

PÁRMENO.-     (Enfático y embelesado.)  Maravillosa cosa es.

CELESTINA.-   Pues, si quieres la dicha, aquí está quien puede dártela.

PÁRMENO.-   Te creo, pero no me atrevo. Perdóname, madre. La paz no se debe negar, que bienaventurados son los pacíficos. El amor no se debe rehuir. Perdóname. Háblame. Dame tu consejo. Manda, que a tu mandato mi consentimiento se humilla.

  -17-  

CELESTINA.-   De los hombres es errar y de las bestias, porfiar. Alégrome, Pármeno, que al fin hayas limpiado las turbias telas de tus ojos. Te pareces a tu padre. A veces, como tú, defendía duros propósitos, pero luego tornaba a lo cierto. ¡Oh qué persona! ¡Qué cara tan venerable! Paréceme estar viéndolo. Pero callemos, que se acercan Calisto y tu nuevo amigo Sempronio.

 
(Entran CALISTO y SEMPRONIO.)

 

CALISTO.-   Dudas traía, madre, de hallarte con vida, pues tan grandes son mis infortunios. Aún más maravilla es que llegue, como llego, vivo. Recibe la pobre dádiva de aquel que con ella la vida te ofrece.  (Entrégale una bolsa de cuero con monedas.) 

CELESTINA.-   Como en el oro fino, labrado por la sutil mano del artífice, la obra supera a la materia de la que está hecha, así, señor, a tu magnífica recompensa aventajan la gracia y la forma de tu dulce liberalidad.

PÁRMENO.-    (A SEMPRONIO, en confidencia.)  ¿Qué le ha dado, Sempronio?

SEMPRONIO.-   Cien monedas de oro.

PÁRMENO.-    (Conteniendo la risa.)  ¡Ji, ji, ji!

SEMPRONIO.-   ¿Habló contigo la madre?

PÁRMENO.-   Calla, que sí.

SEMPRONIO.-   ¿Y cómo estamos?

PÁRMENO.-   Como tú quieras, aunque confieso que estoy espantado.

  -18-  

SEMPRONIO.-   Pues yo haré que te espantes el doble.

CALISTO.-   Ve ahora, madre, y consuela tu casa. Y, después, ven y consuela la mía. Hazlo pronto.

CELESTINA.-   Quede Dios contigo.

CALISTO.-   Y que él te guarde.



Escena VI

 
CELESTINA sola en su casa.

 

CELESTINA.-   Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos que los hirvientes, étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos y los atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas las cosas negras del reino, de Estigie y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las volantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras. Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerza de estas bermejas letras, por la sangre de aquella nocturna ave con que están escritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen, por la áspera ponzoña de las víboras de que este aceite fue hecho, con el cual unto este hilado; vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad y en ello te envuelvas y con ello estés sin separarte un momento hasta que Melibea, con aparejada oportunidad que haya, lo compre y con ello de tal manera quede enredada, que cuanto más lo mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición, y se abra y lastime del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que, perdida toda honestidad, se descubra a   -19-   mí y premie mis pasos y mensaje; y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo haces con presto movimiento, me tendrás por capital enemiga; heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre. Y otra vez y otra vez te conjuro; y así, confiando en mi mucho poder, me voy con mi hilado, donde ya te llevo envuelto.




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Acto II



Escena I

 
Llega CELESTINA a casa de MELIBEA y toca la puerta. Ábrele LUCRECIA, una criada.

 

CELESTINA.-    (Saludando.)  La paz sea en esta casa.

LUCRECIA.-   Madre Celestina, seas bienvenida. ¿Qué te trae por estos barrios?

CELESTINA.-   Hija, mi amor, el deseo de todos vosotros, traerte encomiendas de Elicia y ver a tus señoras, la vieja y la moza.

LUCRECIA.-   ¿Por eso saliste de tu casa? Me maravillo, que no es ésa tu costumbre, ni sueles dar un paso que no te traiga provecho.

CELESTINA.-   ¿Más provecho quieres, boba, que el que cumpla mis deseos? A las viejas nunca nos faltan necesidades y, como tengo que mantener hijas ajenas, vengo a vender un poco de hilado.

ALISA.-    (Desde el interior de la casa.)  ¿Con quién hablas, Lucrecia?

LUCRECIA.-   Con la vieja de la cuchillada que vivía junto a las tenerías, la que perfuma tocas y hace solimanes y tiene como treinta   -22-   oficios más. Conoce mucho de hierbas, cura niños y algunos le llaman la vieja lapidaria.

ALISA.-   Dime su nombre, si lo sabes.

LUCRECIA.-   Me da vergüenza.

ALISA.-   Anda, boba, dilo.

LUCRECIA.-   Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.

ALISA.-   Ya me acuerdo de ella. ¡Buena pieza! Algo me vendrá a pedir. Dile que entre.

CELESTINA.-    (Entrando.)  Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con tu noble hija. Mis achaques me han impedido visitar tu casa, mas Dios conoce mis limpias entrañas y el afecto que te tengo. Con la fortuna adversa me ha sobrevenido una mengua de dinero y, como no conozco mejor remedio que vender un poco de hilado, me he acercado a tu casa porque he sabido por tu criada que tienes alguna necesidad de ello.

ALISA.-   Vecina honrada, te agradezco lo dicho. Si el hilado es bueno, se te pagará bien.

CELESTINA.-     (Elogiando su hilado, lo muestra.)  Blanco como el copo de la nieve, hilado todo por estos pulgares. Aquí lo ves en madejitas. Tres monedas me daban ayer por la onza.

ALISA.-    (Dirigiéndose a MELIBEA, que está a su lado.)  Hija Melibea, quédese esta honrada mujer contigo, que se me hace tarde para visitar a mi hermana y está viniendo su paje a llamarme, porque se le ha complicado hace un rato su enfermedad.  (A CELESTINA.)  Y tú, madre, perdóname, que otro día tendremos ocasión de vernos más.  (Sale ALISA.) 

  -23-  

CELESTINA.-   De Dios seas perdonada, que buena compañía me queda. Dios la deje gozar su noble juventud y florida mocedad, que es el tiempo en el que mayores placeres y más agradables deleites se alcanzan.  (Quejándose.)  La vejez es mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de rencillas, congoja continua, llaga incurable, vecina de la muerte, choza sin ramas que por todas partes gotea, cayado de mimbre que con poca carga se doblega.

MELIBEA.-   Pues, si es así, gran pena tendrás por la edad que perdiste. ¿Querrías volver a la primera?

CELESTINA.-   Loco es, señora, el caminante que, enojado del trabajo del día, quiere volver a iniciar la jornada para tornar de nuevo a aquel lugar.

MELIBEA.-   Siquiera por vivir más es bueno desear lo que digo.

CELESTINA.-   Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan mozo que no pueda morir hoy mismo. Así que en esto poca ventaja nos lleváis.

MELIBEA.-   Espantada me tienes con lo que dices. Dime, madre, ¿eres tú Celestina, la que vivía en las tenerías, cabe el río?

CELESTINA.-   Señora, hasta que Dios quiera.

MELIBEA.-   No te habría conocido sino por la señal de la cara. Recuerdo que eras hermosa. Otra pareces. Estás muy cambiada.

LUCRECIA.-    (Para sí.)  ¡Ji, ji, ji! ¡Hermosa era con esa cicatriz que le atraviesa la cara!

CELESTINA.-   Encanecí temprano y parezco más vieja de lo que soy.

  -24-  

MELIBEA.-   Celestina, amiga, mucho he disfrutado tu visita. Toma tu dinero y vete con Dios, que me parece que no debes haber comido.

CELESTINA.-   ¡Oh angélica imagen! ¡Oh perla preciosa! Gozo viéndote hablar. ¿No sabes que por la divina boca fue dicho «no sólo de pan viviremos»? No sólo comer mantiene, sobre todo a quienes, como yo, solemos estar negociando encomiendas ajenas. Si tú me das licencia, te diré la causa de mi venida, que todos perderíamos si me fuese sin que la supieras.

MELIBEA.-   Di, madre, tus necesidades, que, si las puedo remediar, de buen grado lo haré.

CELESTINA.-   ¿Mías, señora? Antes, ajenas, que las mías de mi puerta adentro me las paso, sin que las sienta la tierra, comiendo cuando puedo y bebiendo cuando tengo.

MELIBEA.-   Pide lo que quieras, sea para quien fuere.

CELESTINA.-   ¡Doncella graciosa y de alto linaje! Tu habla suave, tu gesto alegre y la liberalidad que muestras con esta vieja me dan la osadía suficiente para decírtelo. Dejo un enfermo a las puertas de la muerte que con una sola palabra de tu boca tiene fe en que sanará.

MELIBEA.-   Vieja honrada, no te entiendo, si no declaras tu demanda. Por una parte, me alteras y causas enojo; por otra, me mueves a compasión. Dichosa soy, si de mi palabra hay necesidad para la salud de algún cristiano. Así que no ceses tu petición por empacho o por temor.

CELESTINA.-   El temor lo perdí mirando, señora, tu beldad. Bien tendrás noticia, señora, de un caballero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.

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MELIBEA.-     (Alterada.)  ¡Ya, ya, ya! Buena vieja, no me digas más, no pases adelante. ¿Es éste el doliente para quien has venido a buscar salud, desvergonzada barbuda? De locura será su mal. ¡Quemada seas, alcahueta, falsa, hechicera, enemiga de la honestidad! ¡Jesús! ¡Quítamela, Lucrecia, de mi vista, que me muero! ¿Piensas que no entiendo tu mensaje? Respóndeme, traidora, ¿cómo te has atrevido a tanto?

CELESTINA.-    (Para sí.)  A otras más bravas he amansado. Ninguna tempestad dura mucho.

MELIBEA.-   ¿Qué murmuras, enemiga? ¿Tienes alguna disculpa para satisfacer mi enojo y excusar tu yerro y tu osadía? ¿Qué palabra podías tú querer para ese tal hombre que no desdijera de mi honra?

CELESTINA.-   Una oración, señora, que a él le dijeron que sabías de Santa Apolonia para el dolor de muelas. Así mismo, tu cordón, que es fama que ha tocado todas las reliquias que hay en Roma y en Jerusalén.

MELIBEA.-   ¿Eso querías? ¿Por qué no me lo expresaste de inmediato? ¿Por qué no me lo dijiste con esas mismas palabras?

CELESTINA.-   Porque mi limpio motivo me hizo creer, señora, que no habrías de sospechar mal. Si faltó el debido preámbulo, fue porque la verdad no necesita abundar en muchos colores.

MELIBEA.-   Tanto me han alabado tus falsas mañas, que no sé si creer que me pides una oración. Concurrieron dos cosas en tu habla suficientes para sacarme de seso: nombrar a ese caballero que conmigo se atrevió a hablar y pedirme palabra sin más causa. Pero, ya que todo viene de buena parte, de lo pasado haya perdón. Es una obra pía y santa sanar a los apasionados y a los enfermos.

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CELESTINA.-   ¡Y tan enfermo, señora!

MELIBEA.-   ¿Qué tiempo hace que está enfermo?

CELESTINA.-   Ocho días, señora.

MELIBEA.-   ¡Cuánto me pesa mi falta de paciencia! En pago de tu sufrimiento, quiero darte luego mi cordón y, pues para escribir la oración no habrá tiempo hasta que venga mi madre, si esto no bastare, ven mañana por ella muy secretamente.

LUCRECIA.-    (Para sí.)  ¡Perdida está mi ama! ¡Quiere que venga Celestina secretamente! Hay fraude: ¡ha de querer más de lo que ha dicho!

CELESTINA.-   Yo parto, si me das licencia.

MELIBEA.-   Ve con Dios, que ni tu mensaje me ha traído provecho, ni de tu partida puede venirme algún daño.



Escena II

 
CALISTO y PÁRMENO en la habitación del primero. PÁRMENO mira por la ventana.

 

PÁRMENO.-   ¡Señor, señor!

CALISTO.-   ¿Qué quieres, loco?

PÁRMENO.-   A Sempronio y Celestina veo venir. Se detienen de rato en rato y, cuando están parados, hacen rayas en el suelo con la espada. No sé qué signifique esto.

  -27-  

CALISTO.-   Mira que eres negligente. ¿Los ves venir? Pues baja y ábreles corriendo la puerta.  (Sale PÁRMENO.)  ¿Qué nuevas traerán? Celestina trae en su boca el remedio o la pena de mi corazón. ¡Oh, si en sueños se pasase este corto tiempo hasta ver el principio y fin de lo que tiene que decirme! Tengo por cierto que es más penoso al delincuente esperar la cruda y capital sentencia, que el acto mismo de la muerte. ¡Pármeno, manos de muerto, qué lento eres! ¡Quita ya la enojosa aldaba y que entre esa honrada señora en cuya lengua está ahora mi vida!



Escena III

 
Entran SEMPRONIO y CELESTINA, acompañados de PÁRMENO.

 

CELESTINA.-   Mi señor Calisto, ¿cómo estás? Nuevo amador de la muy hermosa Melibea, ¡y con mucha razón! ¿Con qué pagarás a esta vieja que hoy ha puesto su vida al tablero en tu servicio?

PÁRMENO.-    (A SEMPRONIO.)  Medrar quiere la vieja. Presta atención, Sempronio, y verás cómo no quiere pedir dinero para no dividirlo con nosotros.

SEMPRONIO.-    (A PÁRMENO.)  Calla, hombre desesperado, que te matará Calisto, si te oye.