  La Celestina
Fernando de Rojas
Félix Álvarez Sáenz
Adaptación

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PERSONAJES
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| CALISTO,
mozo enamorado. |
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| MELIBEA,
tontuela que se deja envolver en la
telaraña de Celestina. |
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| SEMPRONIO,
criado avisado que espera
obtener provecho de los amores de su amo. |
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| PÁRMENO,
otro que tal, aunque comience
con remilgos. |
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| CELESTINA,
incomparable en todo, campeona
de maldades, vieja, bruja y puta de toda la vida. |
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| LUCRECIA,
criada de Melibea. |
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| ALISA,
madre de Melibea. |
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| AREÚSA,
niña del
pecado. |
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| ELICIA,
otra que peca por la misma
parte. |
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| CENTURIO,
rufián y
maniferro. |
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| TRISTÁN,
criado de Calisto. |
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| SOSIA,
otro criado del mismo amo. |
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| PLEBERIO,
padre infeliz de la infeliz
Melibea. |
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-7-
  Acto I
Escena I
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CALISTO, que ha conocido a
MELIBEA en su jardín, donde su halcón se
refugió un día antes al escaparse, se imagina en sueños
que está frente a su amada, enamorándola. Ambos jóvenes se
hallan en el mismo jardín en el que se conocieron.
MELIBEA está de pie;
CALISTO, rendido a sus plantas.
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CALISTO.-
En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
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MELIBEA.-
¿En qué Calisto?
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CALISTO.-
En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y
en hacerme el favor de verte en un lugar tan conveniente para descubrirte mi
secreto dolor. No creo que exista mayor recompensa al servicio, sacrificio,
devoción y obras pías que, por alcanzarla, tengo yo a Dios
ofrecidos. ¿Quién ha visto en esta vida cuerpo tan feliz como
está ahora el mío? Los benditos santos, que se deleitan en la
visión divina, no gozan lo que yo gozo en tu acatamiento. Mas en esto
diferimos, por desgracia, que ellos no temen perder su bienaventuranza y yo me
alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia ha de causarme.
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MELIBEA.-
Pues un galardón aún mayor te he de dar, si
perseveras.
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CALISTO.-
¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente
tan gran palabra habéis oído!
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MELIBEA.-
Desventuradas serán cuando acabes de oírme, porque
la paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento. El intento de
tus palabras, Calisto, ha sido de hombre que pretende salir para perderse en la
virtud de una mujer como yo. ¡Vete, vete de ahí, torpe, que no
puede mi paciencia tolerar que haya subido a un corazón humano el
intento de alcanzar en mí el deleite del amor ilícito!
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CALISTO.-
Iré como aquel a quien la adversa fortuna atormenta con
odio cruel.
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Escena II
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Ambas figuras desaparecen y, echado en su cama,
se despierta
CALISTO. Se levanta y llama a
SEMPRONIO, su criado.
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CALISTO.-
(Yendo de un lado para otro del
escenario.) ¡Sempronio, Sempronio! ¿Dónde
está este maldito?
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SEMPRONIO.-
Aquí, señor, cuidando los caballos.
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CALISTO.-
¿Dónde te habías metido?
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SEMPRONIO.-
Se cayó el gerifalte y vine a enderezarle la
alcándara.
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CALISTO.-
¡Abre las ventanas y arregla la cama!
(Arrepintiéndose de
pronto.) Mejor, vuelve a cerrar las ventanas y deja que la tiniebla
acompañe al triste y, al desdichado, la ceguedad. ¡Oh
bienaventurada muerte que, al ser deseada, llega a los afligidos!
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SEMPRONIO.-
¿Qué cosa?
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CALISTO.-
¡Vete de aquí! No me hables, pues, si no,
quizá, antes de morir, te mate.
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SEMPRONIO.-
Me iré, ya que quieres sufrir solo.
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CALISTO.-
¡Vete con el diablo!
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SEMPRONIO.-
No creo que venga conmigo el que contigo se queda.
(Comienza a alejarse y, mientras lo hace,
reflexiona y duda.) ¿Qué le ha pasado a este hombre?
¿Qué hago ahora? Si me voy y le dejo solo, se mata. Si vuelvo a
entrar, me mata a mí. Mejor que muera aquel al que le enoja la vida, que
no yo, que me complazco en ella. Debo cuidarme por mi Elicia, pero, si se mata
sin otro testigo, tendré yo que dar cuenta de su vida. Mejor, entro. No,
mejor que se desfogue un poco, que, si entro ahora, puede ser peligroso.
Dejémosle llorar. Si se mata, que se mate. Quizá pueda quedarme
con algo con que pueda mudar el pelo malo, aunque malo es esperar salud en
muerte ajena. Por otra parte, dicen los sabios que es bueno que quien sufre
halle a alguien en quien descargar sus cuitas. No sé qué hacer.
Estoy perplejo. Entraré, lo sufriré y lo consolaré,
porque, si es posible sanar sin arte ni aparejo, más fácil ha de
ser curar por arte.
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CALISTO.-
¡Sempronio!
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SEMPRONIO.-
(Volviendo a entrar.)
¿Señor?
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CALISTO.-
Dame el laúd.
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SEMPRONIO.-
Aquí está.
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CALISTO.-
¿Qué dolor podrá igualarse con el
mío?
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SEMPRONIO.-
(Rasga el laúd y comenta.)
Destemplado está el laúd.
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CALISTO.-
¿Cómo puede templar el destemplado?
¿Cómo sentirá la armonía quien está consigo
mismo tan discorde? Tañe y canta la más triste canción que
sepas.
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| SEMPRONIO.- |
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Mira Nero de Tarpeya |
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a Roma cómo se ardía: |
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gritos dan niños y viejos |
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y él de nada se dolía. |
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CALISTO.-
Mayor es mi fuego y menor la piedad de quien yo sé.
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SEMPRONIO.-
¿Cómo puede ser mayor el fuego que atormenta a un
vivo que el que quemó tal ciudad y a tanta multitud de gente?
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CALISTO.-
¿Cómo? ¡Yo te lo diré! Es mayor la
llama que dura ochenta años que la que en un día pasa y mayor la
que mata el alma que la que quema cien mil cuerpos. Por cierto que, si el
purgatorio es tal, más querría que mi espíritu fuese con
los de los animales que ganar la gloria de los santos por este medio.
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SEMPRONIO.-
¿Tú no eres cristiano?
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CALISTO.-
¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a
Melibea amo.
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SEMPRONIO.-
Bien sé de qué pie cojeas. Yo te
sanaré.
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CALISTO.-
Cosas imposibles prometes.
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SEMPRONIO.-
Más bien, fáciles, que el comienzo de la salud es
conocer la dolencia.
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CALISTO.-
¿Qué consejo puede regir lo que en sí no
tiene orden ni consejo?
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SEMPRONIO.-
(Riéndose.) ¡Ja, ja,
ja! ¿Éste es el fuego de Calisto? ¿Éstas, sus
congojas? ¡Como si solamente contra él asestara el amor sus tiros!
¡Oh soberano Dios, cuán altos son tus misterios!
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CALISTO.-
¡Sempronio!
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SEMPRONIO.-
¿Señor?
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CALISTO.-
No me dejes. ¿Qué piensas de mi mal?
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SEMPRONIO.-
Que amas a Melibea.
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CALISTO.-
Amo a aquella, ante quien tan indigno me hallo, que no la espero
alcanzar.
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SEMPRONIO.-
¿Cómo es ella?
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CALISTO.-
Porque halles placer, he de figurártela por partes y por
extenso. Comienzo por los cabellos. ¿Conoces las madejas de oro delgado
que hilan en Arabia? Más lindos son y no resplandecen menos. Los ojos
verdes, rasgados; las pestañas, largas; las cejas, delgadas y alzadas;
la boca, pequeña; los dientes, menudos y blancos; los labios, colorados
y grosezuelos; el torno del rostro, poco más largo que redondo; el
pecho, alto; la redondez y forma de las pequeñas tetas,
¿quién la podría imaginar? Que se despereza el hombre
cuando la mira. La tez, lisa, lustrosa; su piel oscurece la nieve. Su color es
mezclada, tal cual ella la escogió para sí. Las manos,
pequeñas, están de dulce carne acompañadas. Sus dedos son
largos; las uñas, también, largas y coloradas, que parecen
rubíes entre perlas.
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SEMPRONIO.-
Aunque todo esto sea verdad, tú, por ser hombre, eres
más digno. Ella es imperfecta y, por tal defecto, te desea y
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apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No has leído
al filósofo que dice que «así como la materia apetece la
forma, así la mujer al varón»?
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CALISTO.-
¿Y cuándo veré yo eso entre mí y
Melibea?
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SEMPRONIO.-
Yo te lo diré. Hace tiempo que conozco en esta vecindad a
una vieja barbuda que se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas
maldades hay. Entiendo que pasan de cinco mil los virgos que se han hecho y
deshecho por su autoridad. A las duras peñas ablandará y
provocará la lujuria si desea.
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CALISTO.-
¿Podría yo hablarle?
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SEMPRONIO.-
Yo te la traeré hasta acá. Prepárate.
Sé gracioso con ella. Sé franco. Estudia mientras me voy
cómo has de contarle tu pena de modo que ella encuentre el remedio.
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CALISTO.-
¡Vete ya! ¿Por qué te tardas?
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SEMPRONIO.-
Ya voy. Quede Dios contigo.
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Escena III
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Sale
SEMPRONIO y va a casa de
CELESTINA. Hablan ambos en la oscuridad.
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SEMPRONIO.-
¡Oh madre mía! Quiero que sepas de mí lo que
no has oído, y es que jamás pude, después de que en ti
puse mi fe, desear algún bien del que no tuvieses parte.
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CELESTINA.-
Abrevia y ve al hecho, que vanamente se dice con muchas
palabras lo que en pocas se puede resumir.
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SEMPRONIO.-
Así es. Calisto arde en amores de Melibea. De ti y de
mí tiene necesidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos
aprovecharemos, que conocer el tiempo y la oportunidad hace a los hombres
prósperos.
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CELESTINA.-
Basta para mí con mover el ojo. Digo que me alegro de
estas nuevas, como los cirujanos de los descalabrados. Y como aquellos
dañan en los principios las llagas y encarecen la promesa de salud,
así entiendo lo que podemos hacer con Calisto. Le alargaré la
certeza del remedio, porque, como dicen, la esperanza larga aflige el
corazón y, cuando él la pierda, entonces se la prometeremos.
¡Bien me entiendes!
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SEMPRONIO.-
Callemos, que a la puerta estamos y las paredes oyen.
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Escena IV
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CALISTO y
PÁRMENO, su criado, en la habitación del
primero. Escúchanse en la puerta ruidos de alguien que llama.
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CALISTO.-
(Dirigiéndose a su criado con
impaciencia.) ¡Abre ya, maldito sordo! ¡Corre!
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(Sale
PÁRMENO y regresa.)
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PÁRMENO.-
Señor, Sempronio y una puta vieja de pelo teñido
eran los que llamaban.
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CALISTO.-
Calla, malvado, que es mi tía. ¡Ábrele!
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PÁRMENO.-
¿Crees que es vituperio en las orejas de ésa el
nombre con que la llamé? No lo creas, que tanto se enorgullece de que se
lo digan como tú de que te llamen diestro caballero. Con ese
título es
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nombrada y conocida. Si va entre cien mujeres y
alguien dice «¡Puta vieja!», sin empacho voltea la cabeza y
sonríe. Si pasa cerca de los perros a «¡Puta vieja!»
suenan sus ladridos; si cerca de las aves, otra cosa no cantan que no sea
«¡Puta vieja!». Los ganados lo pregonan, las bestias rebuznan
diciendo «¡Puta vieja!» y las ranas en los charcos no suelen
mentar otra cosa. Si va entre los herreros, eso mismo dicen sus martillos, y,
entre los carpinteros, armeros, herradores, caldereros y arcadores no hay
instrumento que no forme en el aire su nombre, que, si una piedra tropieza con
otra, enseguida se escucha: «¡Puta vieja!» ¡Oh
qué gran comedor de huevos asados era su marido!
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CALISTO.-
¿Y tú cómo lo sabes? ¿La
conoces?
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PÁRMENO.-
Entregome a ella mi madre por sirviente, aunque no me conoce por
el poco tiempo que la serví y por lo que he cambiado con la edad.
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CALISTO.-
¿De qué la servías?
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PÁRMENO.-
De todo. Ayudábala en aquellos menesteres a los que mi
tierna edad bastaba. Tiene la vieja seis oficios: costurera, perfumera, maestra
de hacer afeites y recomponer virgos, alcahueta y un poquito de hechicera. Bajo
el primer oficio se ocultan los demás. Es amiga de estudiantes y
despenseros, de mozos y de abades. A muchas encubiertas he visto entrar en su
casa y, tras ellas, a hombres contritos con los calzones desabrochados que iban
a llorar sus pecados.
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CALISTO.-
No me cuentes más, que lo que ahora importa es mi salud.
¡Ábrele!
(PÁRMENO abre la
puerta y entran
CELESTINA y
SEMPRONIO.) ¡Ya la veo! ¡Sano
soy! ¡Vivo soy! ¡Qué reverenda persona! ¡Qué
acatamiento! ¡Oh vejez virtuosa! ¡Oh virtud envejecida! Quiero
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besar esas manos llenas de remedio.
(Levántase de la cama, se pone de
rodillas ante
CELESTINA y toma sus manos para besarlas.)
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CELESTINA.-
Dios os guarde, magnífico señor. Traigo conmigo la
medicina para vuestros males.
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PÁRMENO.-
Ha caído Calisto. En tierra está adorando a la
más antigua de las putas, la que fregó sus espaldas en todos los
burdeles. Deshecho es. Vencido es. Caído es.
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Escena V
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Están
CELESTINA y
PÁRMENO solos en la habitación de
CALISTO.
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PÁRMENO.-
(Refunfuñando.)
¡Flaca puta vieja!
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CELESTINA.-
(Enfrentándolo.)
¡Putos días vivas, bellaquillo! ¿Cómo te
atreves?
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PÁRMENO.-
Porque te conozco.
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CELESTINA.-
¿Quién eres tú?
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PÁRMENO.-
El hijo de Alberto, tu compadre. Estuve contigo cuando morabas
en la cuesta del río, junto a las tenerías.
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CELESTINA.-
¿Tú eres Pármeno, el hijo de Claudina?
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PÁRMENO.-
¡Sí!
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CELESTINA.-
¡Pues mal fuego te queme, que tan puta vieja era tu madre
como yo! Acércate a mí, ven acá, que mil azotes te di en
este mundo y otros tantos besos. Dígote, hijo Pármeno, que tu amo
me
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parece que de todos espera mercedes sin nada a cambio. Ahora se
presenta el caso de que todos nos beneficiemos y que tú te remedies.
Mucho te aprovecharás siendo amigo de Sempronio.
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PÁRMENO.-
Tiemblo al escucharte. Téngote por madre, pero, por otra
parte, Calisto es mi amo. Deseo riquezas, pero no querría bienes mal
ganados.
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CELESTINA.-
Pues yo sí. «A tuerto o a derecho, nuestra casa
hasta el techo».
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PÁRMENO.-
Pues yo así no viviría contento, y tengo por cosa
honesta la pobreza alegre.
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CELESTINA.-
Bien dicen que no puede haber prudencia sino en los viejos, y
tú eres todavía un mozo. Mira a Sempronio. Si estáis
conformes, ambos podréis sacar mucho provecho y placer, que
estáis en la edad de jugar, vestir, burlar, comer, beber y hacer
negocios de amores. Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.
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PÁRMENO.-
¿De Areúsa, la hija de Eliso?
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CELESTINA.-
La misma Areúsa.
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PÁRMENO.-
(Enfático y embelesado.)
Maravillosa cosa es.
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CELESTINA.-
Pues, si quieres la dicha, aquí está quien puede
dártela.
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PÁRMENO.-
Te creo, pero no me atrevo. Perdóname, madre. La paz no
se debe negar, que bienaventurados son los pacíficos. El amor no se debe
rehuir. Perdóname. Háblame. Dame tu consejo. Manda, que a tu
mandato mi consentimiento se humilla.
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CELESTINA.-
De los hombres es errar y de las bestias, porfiar.
Alégrome, Pármeno, que al fin hayas limpiado las turbias telas de
tus ojos. Te pareces a tu padre. A veces, como tú, defendía duros
propósitos, pero luego tornaba a lo cierto. ¡Oh qué
persona! ¡Qué cara tan venerable! Paréceme estar
viéndolo. Pero callemos, que se acercan Calisto y tu nuevo amigo
Sempronio.
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(Entran
CALISTO y
SEMPRONIO.)
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CALISTO.-
Dudas traía, madre, de hallarte con vida, pues tan
grandes son mis infortunios. Aún más maravilla es que llegue,
como llego, vivo. Recibe la pobre dádiva de aquel que con ella la vida
te ofrece.
(Entrégale una bolsa de cuero con
monedas.)
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CELESTINA.-
Como en el oro fino, labrado por la sutil mano del
artífice, la obra supera a la materia de la que está hecha,
así, señor, a tu magnífica recompensa aventajan la gracia
y la forma de tu dulce liberalidad.
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PÁRMENO.-
(A
SEMPRONIO, en confidencia.)
¿Qué le ha dado, Sempronio?
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SEMPRONIO.-
Cien monedas de oro.
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PÁRMENO.-
(Conteniendo la risa.) ¡Ji,
ji, ji!
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SEMPRONIO.-
¿Habló contigo la madre?
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PÁRMENO.-
Calla, que sí.
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SEMPRONIO.-
¿Y cómo estamos?
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PÁRMENO.-
Como tú quieras, aunque confieso que estoy
espantado.
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SEMPRONIO.-
Pues yo haré que te espantes el doble.
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CALISTO.-
Ve ahora, madre, y consuela tu casa. Y, después, ven y
consuela la mía. Hazlo pronto.
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CELESTINA.-
Quede Dios contigo.
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CALISTO.-
Y que él te guarde.
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Escena VI
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|
CELESTINA sola en su casa.
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CELESTINA.-
Conjúrote, triste Plutón, señor de la
profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán
soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos
fuegos que los hirvientes, étnicos montes manan, gobernador y veedor de
los tormentos y los atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de
las tres furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas las
cosas negras del reino, de Estigie y Dite, con todas sus lagunas y sombras
infernales y litigioso caos, mantenedor de las volantes arpías, con toda
la otra compañía de espantables y pavorosas hidras. Yo,
Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y
fuerza de estas bermejas letras, por la sangre de aquella nocturna ave con que
están escritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este
papel se contienen, por la áspera ponzoña de las víboras
de que este aceite fue hecho, con el cual unto este hilado; vengas sin tardanza
a obedecer mi voluntad y en ello te envuelvas y con ello estés sin
separarte un momento hasta que Melibea, con aparejada oportunidad que haya, lo
compre y con ello de tal manera quede enredada, que cuanto más lo
mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi
petición, y se abra y lastime del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto
que, perdida toda honestidad, se descubra a
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mí y premie mis
pasos y mensaje; y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no
lo haces con presto movimiento, me tendrás por capital enemiga;
heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré
cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas
palabras tu horrible nombre. Y otra vez y otra vez te conjuro; y así,
confiando en mi mucho poder, me voy con mi hilado, donde ya te llevo
envuelto.
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-[20]-
-21-
  Acto II
Escena I
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Llega
CELESTINA a casa de
MELIBEA y toca la puerta. Ábrele
LUCRECIA, una criada.
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CELESTINA.-
(Saludando.) La paz sea en esta
casa.
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|
|
LUCRECIA.-
Madre Celestina, seas bienvenida. ¿Qué te trae por
estos barrios?
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|
CELESTINA.-
Hija, mi amor, el deseo de todos vosotros, traerte encomiendas
de Elicia y ver a tus señoras, la vieja y la moza.
|
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LUCRECIA.-
¿Por eso saliste de tu casa? Me maravillo, que no es
ésa tu costumbre, ni sueles dar un paso que no te traiga provecho.
|
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|
CELESTINA.-
¿Más provecho quieres, boba, que el que cumpla
mis deseos? A las viejas nunca nos faltan necesidades y, como tengo que
mantener hijas ajenas, vengo a vender un poco de hilado.
|
|
|
ALISA.-
(Desde el interior de la casa.)
¿Con quién hablas, Lucrecia?
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LUCRECIA.-
Con la vieja de la cuchillada que vivía junto a las
tenerías, la que perfuma tocas y hace solimanes y tiene como treinta
-22-
oficios más. Conoce mucho de hierbas, cura niños y
algunos le llaman la vieja lapidaria.
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|
ALISA.-
Dime su nombre, si lo sabes.
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LUCRECIA.-
Me da vergüenza.
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ALISA.-
Anda, boba, dilo.
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|
LUCRECIA.-
Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.
|
|
|
ALISA.-
Ya me acuerdo de ella. ¡Buena pieza! Algo me vendrá
a pedir. Dile que entre.
|
|
|
CELESTINA.-
(Entrando.) Señora buena,
la gracia de Dios sea contigo y con tu noble hija. Mis achaques me han impedido
visitar tu casa, mas Dios conoce mis limpias entrañas y el afecto que te
tengo. Con la fortuna adversa me ha sobrevenido una mengua de dinero y, como no
conozco mejor remedio que vender un poco de hilado, me he acercado a tu casa
porque he sabido por tu criada que tienes alguna necesidad de ello.
|
|
|
ALISA.-
Vecina honrada, te agradezco lo dicho. Si el hilado es bueno, se
te pagará bien.
|
|
|
CELESTINA.-
(Elogiando su hilado, lo
muestra.) Blanco como el copo de la nieve, hilado todo por estos
pulgares. Aquí lo ves en madejitas. Tres monedas me daban ayer por la
onza.
|
|
|
ALISA.-
(Dirigiéndose a
MELIBEA, que está a su lado.) Hija
Melibea, quédese esta honrada mujer contigo, que se me hace tarde para
visitar a mi hermana y está viniendo su paje a llamarme, porque se le ha
complicado hace un rato su enfermedad.
(A
CELESTINA.) Y tú, madre,
perdóname, que otro día tendremos ocasión de vernos
más.
(Sale
ALISA.)
|
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-23-
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|
|
CELESTINA.-
De Dios seas perdonada, que buena compañía me
queda. Dios la deje gozar su noble juventud y florida mocedad, que es el tiempo
en el que mayores placeres y más agradables deleites se alcanzan.
(Quejándose.) La vejez es
mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de rencillas,
congoja continua, llaga incurable, vecina de la muerte, choza sin ramas que por
todas partes gotea, cayado de mimbre que con poca carga se doblega.
|
|
|
MELIBEA.-
Pues, si es así, gran pena tendrás por la edad que
perdiste. ¿Querrías volver a la primera?
|
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CELESTINA.-
Loco es, señora, el caminante que, enojado del trabajo
del día, quiere volver a iniciar la jornada para tornar de nuevo a aquel
lugar.
|
|
|
MELIBEA.-
Siquiera por vivir más es bueno desear lo que digo.
|
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|
CELESTINA.-
Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan mozo
que no pueda morir hoy mismo. Así que en esto poca ventaja nos
lleváis.
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|
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MELIBEA.-
Espantada me tienes con lo que dices. Dime, madre, ¿eres
tú Celestina, la que vivía en las tenerías, cabe el
río?
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|
CELESTINA.-
Señora, hasta que Dios quiera.
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|
MELIBEA.-
No te habría conocido sino por la señal de la
cara. Recuerdo que eras hermosa. Otra pareces. Estás muy cambiada.
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LUCRECIA.-
(Para sí.) ¡Ji, ji,
ji! ¡Hermosa era con esa cicatriz que le atraviesa la cara!
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CELESTINA.-
Encanecí temprano y parezco más vieja de lo que
soy.
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-24-
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MELIBEA.-
Celestina, amiga, mucho he disfrutado tu visita. Toma tu dinero
y vete con Dios, que me parece que no debes haber comido.
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CELESTINA.-
¡Oh angélica imagen! ¡Oh perla preciosa! Gozo
viéndote hablar. ¿No sabes que por la divina boca fue dicho
«no sólo de pan viviremos»? No sólo comer mantiene,
sobre todo a quienes, como yo, solemos estar negociando encomiendas ajenas. Si
tú me das licencia, te diré la causa de mi venida, que todos
perderíamos si me fuese sin que la supieras.
|
|
|
MELIBEA.-
Di, madre, tus necesidades, que, si las puedo remediar, de buen
grado lo haré.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Mías, señora? Antes, ajenas, que las
mías de mi puerta adentro me las paso, sin que las sienta la tierra,
comiendo cuando puedo y bebiendo cuando tengo.
|
|
|
MELIBEA.-
Pide lo que quieras, sea para quien fuere.
|
|
|
CELESTINA.-
¡Doncella graciosa y de alto linaje! Tu habla suave, tu
gesto alegre y la liberalidad que muestras con esta vieja me dan la
osadía suficiente para decírtelo. Dejo un enfermo a las puertas
de la muerte que con una sola palabra de tu boca tiene fe en que
sanará.
|
|
|
MELIBEA.-
Vieja honrada, no te entiendo, si no declaras tu demanda. Por
una parte, me alteras y causas enojo; por otra, me mueves a compasión.
Dichosa soy, si de mi palabra hay necesidad para la salud de algún
cristiano. Así que no ceses tu petición por empacho o por
temor.
|
|
|
CELESTINA.-
El temor lo perdí mirando, señora, tu beldad.
Bien tendrás noticia, señora, de un caballero mancebo,
gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.
|
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-25-
|
|
|
MELIBEA.-
(Alterada.) ¡Ya, ya, ya!
Buena vieja, no me digas más, no pases adelante. ¿Es éste
el doliente para quien has venido a buscar salud, desvergonzada barbuda? De
locura será su mal. ¡Quemada seas, alcahueta, falsa, hechicera,
enemiga de la honestidad! ¡Jesús! ¡Quítamela,
Lucrecia, de mi vista, que me muero! ¿Piensas que no entiendo tu
mensaje? Respóndeme, traidora, ¿cómo te has atrevido a
tanto?
|
|
|
CELESTINA.-
(Para sí.) A otras
más bravas he amansado. Ninguna tempestad dura mucho.
|
|
|
MELIBEA.-
¿Qué murmuras, enemiga? ¿Tienes alguna
disculpa para satisfacer mi enojo y excusar tu yerro y tu osadía?
¿Qué palabra podías tú querer para ese tal hombre
que no desdijera de mi honra?
|
|
|
CELESTINA.-
Una oración, señora, que a él le dijeron
que sabías de Santa Apolonia para el dolor de muelas. Así mismo,
tu cordón, que es fama que ha tocado todas las reliquias que hay en Roma
y en Jerusalén.
|
|
|
MELIBEA.-
¿Eso querías? ¿Por qué no me lo
expresaste de inmediato? ¿Por qué no me lo dijiste con esas
mismas palabras?
|
|
|
CELESTINA.-
Porque mi limpio motivo me hizo creer, señora, que no
habrías de sospechar mal. Si faltó el debido preámbulo,
fue porque la verdad no necesita abundar en muchos colores.
|
|
|
MELIBEA.-
Tanto me han alabado tus falsas mañas, que no sé
si creer que me pides una oración. Concurrieron dos cosas en tu habla
suficientes para sacarme de seso: nombrar a ese caballero que conmigo se
atrevió a hablar y pedirme palabra sin más causa. Pero, ya que
todo viene de buena parte, de lo pasado haya perdón. Es una obra
pía y santa sanar a los apasionados y a los enfermos.
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-26-
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|
|
CELESTINA.-
¡Y tan enfermo, señora!
|
|
|
MELIBEA.-
¿Qué tiempo hace que está enfermo?
|
|
|
CELESTINA.-
Ocho días, señora.
|
|
|
MELIBEA.-
¡Cuánto me pesa mi falta de paciencia! En pago de
tu sufrimiento, quiero darte luego mi cordón y, pues para escribir la
oración no habrá tiempo hasta que venga mi madre, si esto no
bastare, ven mañana por ella muy secretamente.
|
|
|
LUCRECIA.-
(Para sí.) ¡Perdida
está mi ama! ¡Quiere que venga Celestina secretamente! Hay fraude:
¡ha de querer más de lo que ha dicho!
|
|
|
CELESTINA.-
Yo parto, si me das licencia.
|
|
|
MELIBEA.-
Ve con Dios, que ni tu mensaje me ha traído provecho, ni
de tu partida puede venirme algún daño.
|
Escena II
|
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|
CALISTO y
PÁRMENO en la habitación del primero.
PÁRMENO mira por la ventana.
|
|
|
PÁRMENO.-
¡Señor, señor!
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|
CALISTO.-
¿Qué quieres, loco?
|
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|
PÁRMENO.-
A Sempronio y Celestina veo venir. Se detienen de rato en rato
y, cuando están parados, hacen rayas en el suelo con la espada. No
sé qué signifique esto.
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-27-
|
|
|
CALISTO.-
Mira que eres negligente. ¿Los ves venir? Pues baja y
ábreles corriendo la puerta.
(Sale
PÁRMENO.) ¿Qué nuevas
traerán? Celestina trae en su boca el remedio o la pena de mi
corazón. ¡Oh, si en sueños se pasase este corto tiempo
hasta ver el principio y fin de lo que tiene que decirme! Tengo por cierto que
es más penoso al delincuente esperar la cruda y capital sentencia, que
el acto mismo de la muerte. ¡Pármeno, manos de muerto, qué
lento eres! ¡Quita ya la enojosa aldaba y que entre esa honrada
señora en cuya lengua está ahora mi vida!
|
Escena III
|
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|
Entran
SEMPRONIO y
CELESTINA, acompañados de
PÁRMENO.
|
|
|
CELESTINA.-
Mi señor Calisto, ¿cómo estás?
Nuevo amador de la muy hermosa Melibea, ¡y con mucha razón!
¿Con qué pagarás a esta vieja que hoy ha puesto su vida al
tablero en tu servicio?
|
|
|
PÁRMENO.-
(A
SEMPRONIO.) Medrar quiere la vieja. Presta
atención, Sempronio, y verás cómo no quiere pedir dinero
para no dividirlo con nosotros.
|
|
|
SEMPRONIO.-
(A
PÁRMENO.) Calla, hombre
desesperado, que te matará Calisto, si te oye.
|
|
|
CALISTO.-
(A
PÁRMENO.) Abrevia tus razones,
madre, o toma esta espada y mátame.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Espada? ¡Mala espada mate a tus enemigos y a quien
mal te quiere! Yo quiero darte la vida con la buena esperanza que traigo de
aquella a la que tú más amas.
|
|
|
CALISTO.-
Dime, por Dios, señora, ¿qué hacía?
¿Cómo entraste a su casa? ¿Qué vestido tenía
puesto? ¿Qué cara te mostró al principio?
|
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-28-
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|
|
CELESTINA.-
La que suelen los toros bravos mostrar contra quienes les lanzan
las agudas flechas en la plaza, la que los jabalíes ponen contra los
sabuesos que los acosan.
|
|
|
CALISTO.-
¿Y a éstas llamas tú señales de
salud? Pues, ¿cuáles serán las mortales? Si no quieres,
reina y señora mía, que mi alma se condene, certifícame
brevemente si tuvo o no tuvo buen fin tu gloriosa demanda.
|
|
|
CELESTINA.-
Todo el rigor de Melibea traigo convertido en miel, su ira en
mansedumbre, su aceleramiento en sosiego. Pues ¿a qué
creías que iba allá la vieja Celestina, a quien tú tan
magníficamente galardonaste, sino a ablandar su saña, a sufrir su
accidente, a ser escudo de tu ausencia, a recibir en mi manto los golpes, los
desvíos, los menosprecios y los desdenes que muestran aquellas en los
principios de sus requerimientos de amor para que después sea más
valorada su entrega? Debes saber que todo fue muy bueno.
|
|
|
CALISTO.-
¿Cómo entraste en su casa?
|
|
|
CELESTINA.-
Vendiendo hilado. Así tengo cazadas a más de
treinta de su condición. Al comenzar la venta, hubo su madre de salir,
llamada por una hermana suya, y dejó en su lugar a Melibea para que
atendiera el trato. Comuniquele, entonces, mi embajada y cómo penabas
por una palabra suya que aliviara tan gran dolor. Quedose suspensa y pensando
quién podría ser quien así penaba por una palabra de su
boca. Al escuchar tu nombre, diose una gran palmada en la frente y me
ordenó que callase, si no quería hacer de sus servidores verdugos
de mis postrimerías. Me llamó hechicera, alcahueta, vieja, falsa,
barbuda, malhechora y otros muchos nombres ignominiosos con cuyos
títulos asombran a los niños de cuna. Herida de aquella dorada
flecha, que del sonido de tu nombre le tocó, se retorcía tanto
que parecía que despedazaba sus manos,
-29-
miraba con sus ojos
a todas partes y coceaba el duro suelo. Yo, a todo esto, arrinconada, encogida
y callando, pero gozosa de su ferocidad, porque sabía que, mientras
más basqueara, más cerca estaría de rendirse.
Díjele que tu pena era mal de muelas y que la palabra que de ella
quería era una oración que ella sabía, muy devota, para tu
salud.
|
|
|
CALISTO.-
¡Oh maravillosa astucia! ¡Oh singular mujer en su
oficio!
(A sus criados.)
¿Qué os parece, mozos? ¿Hay una mujer igual en todo el
mundo?
(A
CELESTINA.) ¿Qué te
respondió a la demanda de la oración?
|
|
|
CELESTINA.-
Que la rezaría de buen grado.
|
|
|
CALISTO.-
¿De buen grado? ¡Oh Dios, qué alto don!
|
|
|
CELESTINA.-
Pues más le pedí.
|
|
|
CALISTO.-
¿Qué, mi vieja honrada?
|
|
|
CELESTINA.-
Un cordón que ella suele traer. Díjele que
sería provechoso para tu mal, pues ha tocado muchas reliquias.
|
|
|
CALISTO.-
¿Y qué dijo?
|
|
|
CELESTINA.-
¡Dame albricias! Te lo voy a decir.
|
|
|
CALISTO.-
¡Oh, por Dios, toma toda esta casa y cuanto hay en ella y
dímelo! ¡Pide lo que quieras!
|
|
|
CELESTINA.-
Señor Calisto, harto generoso has sido con una vieja
flaca como yo y en pago a tan alta liberalidad te restituyo la salud perdida,
el corazón que te faltaba, el seso que se te alteraba. Melibea
-30-
pena por ti más que tú por ella. Melibea te ama y te
desea ver. Melibea piensa más horas en tu persona que en la suya.
Melibea se llama tuya y esto tiene por título de libertad y con esto
amansa el fuego, que más que a ti la quema a ella. Ella concertó
la cita en su casa en dando el reloj las doce. La hallarás entre las
puertas.
|
|
|
CALISTO.-
Mozos, ¿estoy yo aquí? Mozos, ¿oigo yo
esto? ¿Es de día o es de noche? ¡Oh señor Dios,
padre celestial, ruégote que esto no sea un sueño! Dios vaya
contigo, mi madre. Yo quiero dormir y reposar un rato para satisfacer las
pasadas noches y cumplir con la por venir.
|
Escena III
|
|
|
PÁRMENO y
CELESTINA tratando de ingresar en la habitación
de Areúsa.
|
|
|
CELESTINA.-
Anda, paso. ¿Ves aquí su puerta? Entremos quedo,
que no nos sientan sus vecinas.
|
|
|
AREÚSA.-
¿Quién anda ahí?
|
|
|
CELESTINA.-
(Entrando con sigilo.)
Quién no te quiere mal, por cierto. Quién no da un paso sin
pensar en tu provecho. Quién se acuerda más de ti que de
sí misma. Una enamorada tuya, aunque vieja.
|
|
|
AREÚSA.-
¡Llévese el diablo a esta vieja que viene como
fantasma a semejante hora! Tía, señora, ¿a qué
viene tan tarde? Ya me desnudaba para acostarme.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Con las gallinas, hija? ¡Así vas a hacer
tu hacienda!
|
|
|
AREÚSA.-
Voy a volverme a vestir, que hace frío.
|
|
-31-
|
|
|
CELESTINA.-
No hagas tal. Métete en la cama y así hablaremos.
¡Qué fresca estas! ¡Bendita seas! ¡Qué
sábanas y qué colcha! ¡Qué almohada!
¡Qué blancura! Déjame mirarte a mi voluntad, que me
complace.
|
|
|
AREÚSA.-
Dejemos eso, que es tarde, y dime a qué viniste.
|
|
|
CELESTINA.-
Pármeno, que se queja de que aún no quieres
verle. El amor nunca se paga sino con puro amor y las obras, con obras. Ya
conoces el parentesco que existe entre Elicia y tú y que a Elicia la
tiene Sempronio en mi casa. Pármeno y él son compañeros,
sirven a ese señor que tú conoces y por quien tanto favor
podrás tener. No niegues lo que te cuesta tan poco hacer. Vosotras,
parientas; ellos, compañeros. Mira cómo viene mejor medido de lo
que queremos. Aquí está conmigo. Tú dirás si
quieres que entre.
|
|
|
AREÚSA.-
¿Y si nos ha oído? Siempre tuve vergüenza de
él.
|
|
|
CELESTINA.-
Aquí estoy yo para quitártela.
|
|
|
PÁRMENO.-
(Entrando.) Señora, Dios
salve tu graciosa presencia.
|
|
|
AREÚSA.-
Gentilhombre, buena sea tu venida.
|
|
|
CELESTINA.-
Llégate acá, asno. ¿Adónde te vas a
sentar allá al rincón?
|
|
|
PÁRMENO.-
(A
CELESTINA.) Me muero de amores ante su
vista. Ofrécele cuanto mi padre me dejó. Dile que le daré
cuanto tengo. ¡Ea, díselo, que me parece que no me quiere
mirar!
|
|
|
AREÚSA.-
¿Qué te dice ese señor a la oreja? No
será tan descortés que entre en lo vedado sin licencia.
|
|
|
CELESTINA.-
¿En cortesías y licencias estás? No espero
más aquí yo.
-32-
Como es un putillo, gallito,
barbiponiente, entiendo que en tres noches no se le caiga la cresta. De
éstos me mandaban a mí comer en mis tiempos los médicos de
mi tierra, cuando tenía mejores dientes.
|
|
|
AREÚSA.-
Ay, señor mío, ten mesura, por cortesía,
que no soy de las que están a vender sus cuerpos por dinero.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Qué es esto, Areúsa? ¿Qué
son estas extrañezas, estas novedades?
|
|
|
AREÚSA.-
Madre, si erré haya perdón y haga él lo
que quisiere, que más quiero tenerte a ti contenta, que no a mí y
antes me quebraré un ojo que enojarte.
|
|
|
CELESTINA.-
No tengo ya enojo. Quedaos con Dios, que voyme solo porque me
dais dentera con vuestro besar y retozar.
|
|
|
AREÚSA.-
Vaya Dios contigo.
|
|
|
PÁRMENO.-
Madre, ¿mandas que te acompañe?
|
|
|
CELESTINA.-
Acompáñeos Dios, que yo vieja soy y ya no temo que
me fuercen en la calle.
|
Escena IV
|
|
|
SEMPRONIO y
PÁRMENO llegan a casa de
CELESTINA.
CELESTINA está sentada a una mesa.
ELICIA y
AREÚSA están en otra
habitación.
|
|
|
CELESTINA.-
Sentaos, mis hijos, que harto lugar hay para todos.
¡Muchachas, venid, que hay aquí dos hombres que me quieren
forzar!
|
|
-33-
|
|
|
ELICIA.-
(Enojada.) Hace tres horas que
está aquí mi prima. Este perezoso de Sempronio habrá sido
la causa de la tardanza, que no tiene ojos para verme.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Calla, mi señora, mi vida, mi amor, que quien a otro
sirve no es libre. Sentémonos a comer.
|
|
|
ELICIA.-
(Sigue enojada.) ¡Eso
sí! Para sentarse a comer, muy diligente. A mesa puesta con tus manos
lavadas y poca vergüenza.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Después reñiremos. Comamos ahora. Siéntate,
madre Celestina. Comamos y hablemos, que después no habrá tiempo
para entender en los amores de nuestro amo y la graciosa y gentil Melibea.
|
|
|
ELICIA.-
Mal provecho te haga lo que comes. ¡Qué asco de
oírte llamar a aquélla gentil! ¿A quién, gentil?
¿Gentil, gentil es Melibea? Aquella hermosura por una moneda se compra
en la tienda. Por cierto que conozco en la calle donde ella vive cuatro
doncellas en las que Dios repartió más gracia que en Melibea. Si
algo tiene de hermosura es por los buenos atavíos que trae. No lo digo
por alabarme, pero me creo más hermosa que vuestra Melibea.
(Se levanta de la mesa.)
|
|
|
AREÚSA.-
No sé qué le ha visto Calisto.
|
|
|
CELESTINA.-
Por mi vida, que cesen esas razones de enojo. Y tú,
Elicia, siéntate y come.
|
|
|
ELICIA.-
¿Habría de comer yo con este malvado que en mi
cara me ha porfiado que es más gentil su andrajo de Melibea, que yo?
|
|
|
SEMPRONIO.-
Calla, mi vida, que tú la comparaste. Toda
comparación es odiosa. Tú tienes la culpa y no yo.
|
|
-34-
|
|
|
AREÚSA.-
Ven, hermana, a comer. No les des gusto a estos locos.
|
|
|
ELICIA.-
(A
SEMPRONIO.) ¡Mucho piensas que me
tienes ganada! Pues te hago saber que no has vuelto tú la cabeza cuando
está en casa otro que más quiero, más gracioso que
tú, y que no anda buscando por ahí cómo enojarme.
|
|
|
CELESTINA.-
(A
SEMPRONIO.) Hijo, déjala decir, que
delira. Mientras más de esto oyeres, más se confirma en tu amor.
Está celosa, porque habéis alabado a Melibea. Gozad vuestras
frescas mocedades. ¡Bendígaos Dios, cómo lo reís y
holgáis, putillos, loquillos, traviesos!
|
|
|
ELICIA.-
Madre, llaman a la puerta.
|
|
|
CELESTINA.-
Mira, hija, quién es.
|
|
|
ELICIA.-
O la voz me engaña o es mi prima Lucrecia.
|
|
|
CELESTINA.-
Ábrele y que entre.
|
|
|
(Se levanta
ELICIA y vuelve con
LUCRECIA. Vuelve
ELICIA a sentarse a la mesa.)
|
|
|
LUCRECIA.-
Buena pro os haga, tía, y la compañía. Dios
bendiga a tanta gente y tan honrada.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Tanta, hija? ¿Por mucha tienes a ésta?
Bien se ve que no me conociste en mi prosperidad, hace ahora veinte
años. Yo vi, mi amor, a esta mesa, donde ahora están tus primas
sentadas, nueve mozas de tus días, que la mayor no pasaba de dieciocho
años y ninguna había menor de catorce.
|
|
-35-
|
|
|
LUCRECIA.-
Trabajo tenías, madre, con tantas mozas, que es ganado
muy penoso de guardar.
|
|
|
CELESTINA.-
Hija Lucrecia, dime a qué se debe tu venida.
|
|
|
LUCRECIA.-
Mi venida, señora, es por lo que tú
sabrás: a pedirte el ceñidor y, además, a decirte que mi
señora te ruega que la visites y pronto, porque se siente muy fatigada
de desmayos y de dolor del corazón.
|
|
|
CELESTINA.-
De esos dolorcillos, más es el ruido que las nueces.
|
|
|
LUCRECIA.-
Madre, vamos presto y dame el cordón.
|
|
|
CELESTINA.-
(Levantándose.) ¡Vamos, que yo lo llevo!
|
Escena V
|
|
|
CALISTO,
SEMPRONIO y
PÁRMENO en la habitación del primero.
Éste está echado en su cama. Suenan las diez en el reloj de la
torre de una iglesia cercana.
|
|
|
CALISTO.-
Mozos, ¿qué hora da el reloj?
|
|
|
SEMPRONIO.-
Las diez.
|
|
|
CALISTO.-
¡Oh cómo me descontenta el olvido en los mozos!
|
|
|
SEMPRONIO.-
Mi amo tiene ganas de reñir y no sabe cómo.
|
|
|
PÁRMENO.-
Mejor sería, señor, que se gastase esta hora que
queda en aderezar armas que en buscar pleitos.
|
|
-36-
|
|
|
CALISTO.-
Descuelga, Pármeno, mis corazas y armaos vosotros y
así iremos a buen recaudo.
|
|
|
PÁRMENO.-
Helas aquí, señor.
|
|
|
CALISTO.-
Ayúdame a vestirlas. Mira tú, Sempronio, si viene
alguien por la calle.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Nadie aparece, señor.
|
Escena VI
|
|
|
Salen de la casa y caminan con muchas
precauciones por la calle hacia la casa de
MELIBEA. Se acercan a la casa.
|
|
|
SEMPRONIO.-
(A
PÁRMENO.) Debe haber salido
Melibea. Escucha, que hablan quedito.
|
|
|
PÁRMENO.-
Temo que no sea ella, sino alguno que finja su voz.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Dios nos libre de traidores. No nos hayan tomado la calle por
donde tenemos que huir, que otra cosa no temo.
|
Escena VII
|
|
|
Llegan a la puerta de la casa, donde los
esperan
MELIBEA y
LUCRECIA, su criada.
|
|
|
CALISTO.-
¡Señora mía!
|
|
|
LUCRECIA.-
Ésta es la voz de Calisto. ¿Quién
está fuera?
|
|
|
CALISTO.-
Aquel que viene a cumplir tu mandato.
(Recapacitando.) He sido
engañado. No era Melibea la que habló.
|
|
-37-
|
|
|
MELIBEA.-
Vete, Lucrecia, y acuéstate.
(A
CALISTO.) ¡Señor!
¿Cuál es tu nombre? ¿Quién te mandó venir
aquí?
|
|
|
CALISTO.-
La que tiene merecimiento para mandar a todo el mundo, aquella a
la que no merezco servir. El dulce sonido de tu habla, que jamás cae de
mis oídos, me certifica que tú eres mi señora Melibea. Yo
soy tu siervo Calisto.
|
|
|
MELIBEA.-
La sobrada osadía de tus mensajes me ha forzado a
hablar, señor Calisto. Mi venida sólo tiene el propósito
de despedirte. No quieras poner mi fama en la balanza de las lenguas
maldicientes.
|
|
|
CALISTO.-
¡Oh malaventurado Calisto! ¡Cómo se burlan
de ti tus sirvientes! ¡Oh engañosa mujer Celestina! Me hubieras
dejado morir antes que avivar mis esperanzas. ¿No me dijiste que mi
señora me era favorable? ¿En quién hallaré yo fe?
¿Quién osó darme tan cruda esperanza de
perdición?
|
|
|
MELIBEA.-
Cesen, señor mío, tus querellas, que ni mi
corazón puede sufrirlas ni mis ojos disimularlas. Tú lloras de
tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de placer, viéndote tan
fiel. ¡Oh mi señor y mi bien todo! Limpia, señor, tus ojos.
Ordena de mí a tu voluntad.
|
|
|
CALISTO.-
¡Oh señora mía, esperanza de mi gloria,
descanso y alivio de mi pena, alegría de mi corazón!
|
|
|
MELIBEA.-
Señor Calisto, tu mucho merecer, tus extremadas gracias
y tu alto nacimiento han hecho que, una vez que tuve noticia entera de ti, no
te apartases en ningún momento de mi corazón. Las puertas impiden
nuestro gozo y yo las maldigo y maldigo sus fuertes cerrojos y mis pocas
fuerzas, que, de no ser así, ni tú estarías quejoso, ni yo
descontenta.
|
|
-38-
|
|
|
CALISTO.-
¿Cómo, señora mía, puede un palo
impedir nuestro gozo? Permite que llame a mis criados para que lo quiebren.
|
|
|
PÁRMENO.-
(A
SEMPRONIO.) ¿Oyes, Sempronio? En
mal punto creo yo que se empezaron estos amores. Yo no espero más
aquí.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Calla, calla y escucha, que ella no consiente que vayamos
allá.
|
|
|
MELIBEA.-
¿Quieres, amor mío, perderme a mí y
dañar mi fama? Conténtate con venir mañana a esta hora por
las paredes de mi huerto, que, si ahora quebrases las crueles puertas, aunque
no fuésemos sentidos, amanecería en casa de mi padre la terrible
sospecha de mi yerro.
|
|
|
PÁRMENO.-
¡Señor, sal presto, que viene mucha gente con
hachas y serás reconocido, pues no hay donde puedas esconderte!
|
|
|
CALISTO.-
¡Oh mezquino, y cómo me veo obligado,
señora, a separarme de ti! El miedo a la muerte no me fuerza tanto como
tu honra. Que los ángeles queden contigo. Mi venida será, como
ordenaste, por el huerto.
|
|
|
MELIBEA.-
Que así sea y que Dios vaya contigo.
|
Escena VIII
|
|
|
Vanse
CALISTO y sus criados y hacen el camino de regreso a
casa.
PÁRMENO y
SEMPRONIO conversan.
|
|
|
PÁRMENO.-
¿A dónde iremos, Sempronio? ¿A la cama a
dormir o a la cocina a destapar las ollas?
|
|
-39-
|
|
|
SEMPRONIO.-
Ve tú a donde quisieres, que, antes de que llegue el
día, quiero yo ir a casa de Celestina a cobrar mi parte, que es una puta
vieja. No le quiero dar tiempo para que fabrique alguna ruindad con la que nos
excluya.
|
|
|
PÁRMENO.-
Dices bien. Lo había olvidado. Vamos ambos y, si piensa
engañarnos, démosle un susto tal que le pese, que sobre el dinero
no hay amistad.
|
-[40]-
-41-
  Acto III
Escena I
|
|
|
PÁRMENO y
SEMPRONIO al pie de la ventana de
CELESTINA. Es de noche, como en la escena
anterior.
|
|
|
SEMPRONIO.-
(A
PÁRMENO.) ¡Calla, que duerme
junto a esta ventanilla!
(Llamando con los nudillos.)
Señora Celestina, ábrenos.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Quién llama?
|
|
|
SEMPRONIO.-
Abre, que son tus hijos.
|
|
|
CELESTINA.-
No tengo yo hijos que anden a tal hora por la calle.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Ábrenos a Pármeno y a Sempronio, que venimos a
almorzar contigo.
|
Escena II
|
|
|
Abre la puerta
CELESTINA y éntranse a la casa los dos
criados.
|
|
|
CELESTINA.-
¡Locos traviesos! ¡Entrad, entrad!
¿Qué habéis hecho? ¿Qué os ha pasado?
¿Se despidió la esperanza de Calisto o vive todavía con
ella?
|
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-42-
|
|
|
SEMPRONIO.-
Si no fuera por nosotros, anduviera su alma buscando posada
para siempre, que no es suficiente su hacienda para cumplir con lo que nos
queda obligado.
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|
|
CELESTINA.-
¡Jesús! ¿Tanto es el peligro en el que os
habéis visto? Cuéntamelo, por Dios.
|
|
|
PÁRMENO.-
Cosa larga le pides, según venimos alterados y cansados
del enojo que hemos tenido. Harías mejor preparándonos el
almuerzo, que así quizá se nos amansaría algo la
alteración que traemos. Mi gloria sería ahora hallar en quien
vengar la ira que no pude en los que nos la causaron, por haberse fugado.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Pues qué os ha pasado?
|
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|
SEMPRONIO.-
Traigo, señora, todas las armas despedazadas, el broquel
sin aro, la espada como sierra, el casquete abollado en la capilla. Acordaron
verse esta noche en el huerto. ¿Cómo me compraré uno
nuevo? No tengo ni un maravedí.
|
|
|
CELESTINA.-
Pídeselo, hijo, a tu amo, pues en su servicio se
quebró.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Trae también Pármeno perdidas sus armas. A este
paso, en armas se le irá su hacienda. ¿Cómo quieres que
sea tan inoportuno de pedirle más de lo que él, de su propio
grado, hace, que es ya mucho? Dionos las cien monedas y dionos, después,
la cadena. Contentémonos con lo razonable, no sea que por querer
más lo perdamos todo, que quien mucho abarca, poco aprieta.
|
|
|
CELESTINA.-
¡Gracioso es el asno! ¿Estás en tu seso,
Sempronio? ¿Qué tiene que ver tu galardón con mi salario,
tu soldada con mis mercedes? ¿Estoy yo obligada a soldar vuestras armas,
a cumplir vuestras faltas? Que me maten si no te acoges a una palabrilla que
-43-
te dije el otro día viniendo por la calle que cuanto yo
tenía era tuyo y que cuanto pudiese con mis pocas fuerzas jamás
te faltaría. Ya sabes, Sempronio, que las palabras de buen amor no
obligan.
|
|
|
SEMPRONIO.-
No es esta la primera vez que yo he dicho que en los viejos
reina la codicia. Cuando pobre, generosa; cuando rica, avarienta. ¡Oh
Dios, y cómo crece la necesidad con la abundancia! Cuando creyó
que el provecho sería escaso, la vieja me dijo que me llevase todo y
ahora, que lo ve crecido, no quiere dar nada por cumplir el refrán de
los niños que dicen: «De lo poco, poco; de lo mucho,
nada».
|
|
|
PÁRMENO.-
Que te dé lo que te prometió o
tomémosloselo todo. Harto te decía yo quién era esta
vieja.
|
|
|
CELESTINA.-
El enojo que traéis con vosotros o con vuestro amo o con
vuestras armas no lo descarguéis en mí. Bien sé de
qué pie cojeáis. Creéis que he de teneros toda la vida
atados y cautivos a Elicia y Areúsa sin quereros buscaros otras. Callad,
que quien éstas os supo acarrear os dará otras diez.
|
|
|
SEMPRONIO.-
No mezcles tus burlas en nuestra demanda. Danos las dos partes
a cuenta de cuanto de Calisto has recibido, no quieras que descubramos
quién eres. A otros con esos halagos, vieja.
|
|
|
CELESTINA.-
¿Quién soy yo, Sempronio? ¿Me vas a quitar
de la putería? Calla tu lengua y no insultes mis canas, que soy vieja
cual Dios me hizo, no peor. Vivo de mi oficio, como cada oficial del suyo, muy
limpiamente. Y tú, Pármeno, no pienses que soy tu cautiva por
conocer mis secretos y mi vida pasada y los casos que me acaecieron a mí
y a la desdichada de tu madre.
|
|
|
PÁRMENO.-
No me hinches las narices con esas memorias. Si no, te
enviaré con ella para que te puedas quejar más a tus anchas.
|
|
-44-
|
|
|
CELESTINA.-
(Gritando.) ¡Elicia,
Elicia! Levántate. ¿Qué es esto? ¿Qué
quieren decir tales amenazas en mi casa? ¿Con una oveja mansa os
atrevéis vosotros? ¿Con una gallina atada? ¿Con una vieja
de sesenta años? Señal es de gran cobardía acometer a los
menores y a los que poco pueden.
|
|
|
SEMPRONIO.-
¡Vieja avarienta, garganta muerta de sed por el dinero!
¿No estarás contenta con la tercera parte de lo ganado?
|
|
|
CELESTINA.-
¿Qué tercera parte? ¡Vete de mi casa! No me
hagáis salir de esto. No queráis que salgan a la plaza las cosas
de Calisto y las vuestras.
|
|
|
SEMPRONIO.-
Da voces o gritos, que tú cumplirás lo que
prometiste o acabarás hoy tus días.
|
|
|
CELESTINA.-
(Gritando.) ¡Justicia,
vecinos, justicia, que me matan en mi casa estos rufianes!
|
|
|
SEMPRONIO.-
Esperad, doña hechicera, que yo te haré ir al
infierno con cartas.
|
|
|
CELESTINA.-
(Con el pecho atravesado por una
daga.) ¡Confesión, confesión!
|
|
|
PÁRMENO.-
¡Dale, dale! ¡Acábala! ¡Muera, muera!
De los enemigos, los menos.
|
|
|
CELESTINA.-
¡Confesión!
|
-45-
Escena III
|
|
|
Entra
ELICIA.
|
|
|
ELICIA.-
(Inclinándose sobre
CELESTINA, ya muerta.) ¡Oh, crueles
enemigos, en mal poder os veáis! ¡Y para quién tuvisteis
manos! ¡Muerta es mi madre y mi bien todo!
|
|
|
SEMPRONIO.-
¡Huye, huye, Pármeno, que viene mucha gente!
¡Guárdate, que viene el alguacil!
|
|
|
PÁRMENO.-
¡Oh pecador de mí, que no sé por
dónde escapar, pues la puerta está tomada!
|
|
|
SEMPRONIO.-
Saltemos por las ventanas. No muramos en poder de la
justicia.
|
|
|
PÁRMENO.-
Salta, que yo te sigo.
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Escena IV
|
|
|
Areúsa está con
CENTURIO, un rufián, con quien discute.
ELICIA está a la puerta, escuchando.
|
|
|
ELICIA.-
(Con la oreja en la puerta.)
¿Por qué vocea tanto mi prima? Ya debe de conocer las tristes
nuevas que le traigo. Que llore, pues no se hallan hombres así en
cualquier rincón. Me gusta que lo sienta y que mese, como yo he hecho,
sus cabellos. Cuánto más la quiero por el gran sentimiento que
demuestra.
|
|
|
AREÚSA.-
(A
CENTURIO, furiosa.) Vete de mi casa,
bellaco, mentiroso, burlador, que me traes engañada con tus ofertas
vanas y tus halagos. Yo te di, bellaco, sayo y capa, espada y broquel, te di
armas y
-46-
caballo y te puse con señor que no merecías.
Ahora que te pido una cosa sin importancia, inventas mil disculpas para no
hacerlo.
|
|
|
CENTURIO.-
Mándame matar con diez hombres por tu servicio y no que
ande una legua de camino a pie.
|
|
|
AREÚSA.-
¿Por qué te jugaste el caballo? Si no hubiese sido
por mí, ya estarías ahorcado. Tres veces te he librado de la
justicia. ¿Por qué lo hago? ¿Estoy loca? ¿Por
qué tengo fe en este cobarde? ¿Qué tiene de bueno?
Cabellos crespos, cara acuchillada, manco de una mano y treinta mujeres en la
putería. Sal, que no te vea más, que, si no, por la madre que me
parió, que te haré dar mil garrotazos en esas espaldas de
molinero.
|
|
|
CENTURIO.-
Si yo me ensaño, alguna llorará. Prefiero irme que
sufrirte. No sé quién entra. No nos oigan.
|
|
|
ELICIA.-
Quiero entrar, que no hacen buen llanto las amenazas.
(Éntrase.)
|
|
|
AREÚSA.-
(Abandonando su enojo.)
¿Eres tú, Elicia? ¿Qué es esto? ¿Por
qué estás triste? Me espantas, hermana mía.
¿Qué pasa?
|
|
|
ELICIA.-
Más es lo que siento y encubro que lo que muestro.
Traigo más negro el corazón que el manto. ¡Ay hermana,
hermana, que no puedo hablar! No puedo sacar la voz del pecho.
|
|
|
AREÚSA.-
Dímelo, no te rasguñes ni te maltrates.
¿Es de ambas este mal? ¿Me toca a mí?
|
|
|
ELICIA.-
¡Ay, prima mía! Sempronio y Pármeno ya no
viven. Sus almas están purgando su yerro.
|
|
|
AREÚSA.-
¿Qué me cuentas? Calla, por Dios, que me
caeré muerta.
|
|
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|
|
|
ELICIA.-
Aún te contaré más. Celestina, la que yo
tenía por madre, la que me regalaba y encubría, aquella con quien
yo me honraba, por quien yo era conocida en toda la ciudad, ya está
dando cuenta de sus obras. En mi regazo me la mataron.
|
|
|
AREÚSA.-
¡Pérdida irreparable! Cuéntame cómo
ha sucedido tan cruel caso.
|
|
|
ELICIA.-
Ya conoces, hermana, los amores de Calisto y la loca de
Melibea. Calisto dio a la desdichada de mi tía una cadena de oro. Ella
no quiso dar su parte a Sempronio ni a Pármeno, como habían
convenido. Ellos pidieron su parte de la cadena a Celestina. Ella les
negó su promesa. Así que ellos, muy enojados, discutieron largo
rato con ella. Al fin, viéndola tan codiciosa, echaron manos a sus
espadas y le dieron mil cuchilladas.
|
|
|
AREÚSA.-
Y de ellos ¿qué me dices? ¿En qué
pararon?
|
|
|
ELICIA.-
Por huir de la justicia, saltaron por las ventanas. Allí
mismo los prendieron y, sin más dilación, los degollaron.
|
|
|
AREÚSA.-
¡Oh mi Pármeno! ¡Cuánto dolor me
produce su muerte!
|
|
|
ELICIA.-
¿Adónde iré, que pierdo madre, manto y
abrigo, pierdo amigo y pierdo marido? Celestina, ¡cuántas faltas
me encubrías con tu buen saber! Tú trabajabas, yo holgaba;
tú salías fuera, yo estaba encerrada; tú rota, yo vestida;
tú entrabas como abeja por casa, yo destruía. Calisto y Melibea,
causantes de tantas muertes, mal fin hayan vuestros amores. Que las deleitosas
hierbas se os conviertan en culebras, que los umbrosos árboles del
huerto se sequen con vuestra vista y que sus flores olorosas se tornen de negra
color.
|
|
|
AREÚSA.-
Calla, hermana. Ataja tus lágrimas. Muchas cosas se
pueden vengar, y ésta es de ellas.
|
|
-48-
|
|
|
ELICIA.-
Lo que más siento es ver a Melibea ufana por la sangre
vertida a su servicio.
|
|
|
AREÚSA.-
Areúsa. Si eso es verdad, ¿de quién mejor
se puede tomar venganza?
|
|
|
ELICIA.-
Yo conozco, amiga, un compañero de Pármeno, mozo
de caballos, que se llama Sosia. Quiero sacarle todo el secreto. Éste
será buen camino para lo que dices.
|
|
|
AREÚSA.-
Envíame a Sosia. Yo le halagaré y diré mil
lisonjas y ofrecimientos, hasta que no le deje en el cuerpo cosa de lo hecho y
por hacer. Después a él y a su amo les haré devolver el
placer comido. Y tú, Elicia, alma mía, no recibas pena. Ven a mi
casa, que la tristeza es amiga de la soledad. Con un nuevo amor
olvidarás los viejos. Más lástima tengo de tu fatiga que
de los que te la ponen. Ay prima, prima, cómo sé yo, cuando me
ensaño, revolver estas tramas, aunque soy moza. De Calisto, Centurio me
vengará.
|
|
|
ELICIA.-
Lo que me dices de que venga a tu casa te agradezco mucho, y
Dios te ampare y alegre en tus necesidades. Ya me parece que es hora de irme.
Dios quede contigo, que me voy.
|
Escena V
|
|
|
CALISTO se despierta y se
despereza, estirando los brazos, en su lecho.
TRISTÁN, un criado, duerme a sus pies.
|
|
|
CALISTO.-
¡Qué bien he dormido! ¡Oh señora y
amor mío, Melibea! ¿Qué piensas ahora? ¿Duermes o
estás despierta? ¿Piensas en mí o en otro?
¿Estás levantada o acostada? ¡Oh dichoso y bienandante
Calisto, si en verdad no ha sido sueño lo pasado! ¿Soñelo
o no? No estuve solo. Mis criados me acompañaron. Eran dos. Los
llamaré para confirmar mi gozo. ¡Tristanico! ¡Mozos!
¡Tristanico! ¡Levanta de ahí!
|
|
-49-
|
|
|
TRISTÁN.-
(Poniéndose de pie.)
Señor, levantado estoy.
|
|
|
CALISTO.-
Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.
|
|
|
TRISTÁN.-
Tristán. Ya voy, señor.
(Sale
TRISTÁN.)
|
|
| CALISTO.- |
|
|
(Cantando.)
|
|
Duerme y descansa, penado, |
|
|
|
desde agora, |
|
|
|
pues te ama tu señora |
|
|
|
de tu grado. |
|
|
|
Vence placer a cuidado |
|
|
|
y no le vea, |
|
|
|
pues te ha hecho su privado |
|
|
|
Melibea. |
|
|
|
|
|
|
(Vuelve
TRISTÁN.)
|
|
|
TRISTÁN.-
Señor, no hay ningún mozo en casa.
|
|
|
CALISTO.-
Pues cierra las ventanas y déjame dormir hasta que sea
hora de comer.
|
Escena VI
|
|
|
Sale
TRISTÁN y, en la puerta de la casa, se
encuentra con
SOSIA, otro criado de
CALISTO, que se queja.
|
|
|
SOSIA.-
¡Qué pérdida tan grande! ¡Qué
mal día amaneció! ¡Desdichados mancebos!
|
|
|
TRISTÁN.-
¿Qué ocurre? ¿De qué te quejas?
¿Por qué te matas? ¿Qué mal es éste?
|
|
-50-
|
|
|
SOSIA.-
Sempronio y Pármeno...
|
|
|
TRISTÁN.-
¿Qué dices?
|
|
|
SOSIA.-
Nuestros compañeros, nuestros hermanos...
|
|
|
TRISTÁN.-
¿Estás borracho? ¿Qué dices de
estos mozos?
|
|
|
SOSIA.-
Que quedan degollados en la plaza.
|
|
|
TRISTÁN.-
¡Oh mala fortuna nuestra, si es verdad!
¿Vístelos tú o te lo contaron?
|
|
|
SOSIA.-
Ya iban sin sentido, pero uno, como sintió que lo miraba
con harta tristeza, alzó las manos al cielo como si quisiera dar gracias
a Dios y, en señal de triste despedida, bajó la cabeza, dando a
entender que no había de verme más hasta el día del gran
juicio.
|
|
|
TRISTÁN.-
Pues tan claras señas traes de este cruel dolor, vamos
presto con las tristes nuevas a nuestro amo.
|
Escena VII
|
|
|
CALISTO con sus dos criados,
SOSIA y
TRISTÁN, llega a la casa de
MELIBEA.
|
|
|
SOSIA.-
Arrima la escalera, Tristán, que éste es el mejor
lugar.
|
|
|
TRISTÁN.-
Sube, señor. Yo iré contigo.
|
|
|
CALISTO.-
Quedaos, locos, que yo entraré solo.
|
|
|
MELIBEA.-
¡Oh mi señor, no saltes de tan alto, queme
moriré de verlo!
|
|
-51-
|
|
|
CALISTO.-
¡Angélica imagen, preciosa perla ante la que el
mundo es feo, mi señora, mi gloria!
(La abraza.) En mis manos te
tengo y no lo creo.
|
|
|
MELIBEA.-
Goza los deleites de los que gozo, que es verte y llegar a tu
persona, y no pidas ni tomes aquello que, una vez tomado, no esté en tu
mano devolver. Guárdate, señor, de dañar lo que con todos
los tesoros del mundo no se restaura.
|
|
|
CALISTO.-
Señora, si por conseguir esta merced toda mi vida he
gastado, ¿cómo puedo, cuando me la ofrecen, desecharla? No me
pidas cobardía. Nadando por este fuego de tu deseo toda mi vida,
¿no quieres que me arrime al dulce puerto a descansar de mis pasados
trabajos?
|
|
|
MELIBEA.-
Queda quedo, señor mío, que del buen pastor es
propio trasquilar sus ovejas y su ganado, pero no destruirlo y estragarlo.
|
|
|
CALISTO.-
Perdona, señora, a mis desvergonzadas manos, que
jamás pensaron en tocar tus ropas con su indignidad y poco mérito
y ahora esperan llegar a tu cuerpo gentil y gozar tus lindas y delicadas
carnes.
|
|
|
MELIBEA.-
(A
LUCRECIA, su criada, que está
presente.) Apártate allá, Lucrecia.
|
|
|
CALISTO.-
¿Por qué, mi señora? Me alegro de que
estén semejantes testigos de mi gloria.
|
|
|
MELIBEA.-
Yo no los quiero de mi yerro.
|
|
|
CALISTO.-
(La desnuda con delicadeza.)
¡Oh mi amor! Hanse abierto para mí las puertas del cielo y en mis
manos siento palpitar la dicha eterna de los santos.
|
|
-52-
|
|
|
MELIBEA.-
(Acariciándolo.) Si
hubiera sabido lo que habrías de hacer, no me habría fiado de tu
cruel conversación.
|
|
|
CALISTO.-
Los montes étnicos de tu pecho, vida mía,
revientan en lava hirviente y mis labios no se cansan de beber el néctar
que de ellos mana con la frescura del manantial.
|
|
|
MELIBEA.-
¡Oh mi vida, oh mi señor! ¿Cómo has
querido que pierda mi nombre y corona de virgen por tan breve deleite?
¡Mi pobre madre! ¡Oh mi padre honrado! ¡Cómo no
miré primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran
peligro que me esperaba!
|
|
|
CALISTO.-
Quedémonos así, eternamente el uno junto al otro,
fundidos y confundidos en un solo ser.
|
|
|
MELIBEA.-
Mi señor, ¿es esto un sueño? ¿Puede
la dicha confundirnos de tal manera? ¿Vivimos? ¿Hemos muerto?
¿No es, acaso, ésta la gloria prometida?
|
|
|
CALISTO.-
(Vístese.) Ya quiere
amanecer. No me parece que haga una hora que estamos aquí y ya son las
tres.
|
|
|
MELIBEA.-
Señor, ya que no puedes negar mi amor, no me niegues tu
vista de día y de noche. Sea siempre tu venida por este secreto lugar a
la misma hora, que siempre te esperaré apercibida del gozo con que
quedo. Vete ahora con Dios, que aún no amanece.
|
|
|
CALISTO.-
Mozos, poned la escalera.
|
|
|
MELIBEA.-
(Vístese.) Señor,
yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor, el que me haces
con tu visita incomparable favor.
|
|
|
(Escúchase un estruendo de riña
en la calle.)
|
|
-53-
|
|
|
SOSIA.-
(Gritando.) ¿Así,
bellacos, rufianes, veníais a sorprender a los que no os temen? Juro que
si me esperáis os haré ir como merecéis.
|
|
|
CALISTO.-
Señora, Sosia es aquel que grita. Déjame ir a
defenderlo, que no lo maten. Dame mi capa.
|
|
|
MELIBEA.-
Lucrecia, ven presto acá, que se ha ido Calisto a un
ruido. Echémosle sus corazas, que se quedan acá.
|
|
|
TRISTÁN.-
Tente, señor, no bajes, que ya se han ido.
|
|
|
CALISTO.-
(Se cae.) ¡Válgame
Santa María! ¡Muerto soy! ¡Confesión!
|
|
|
SOSIA.-
¡Señor, señor! ¡Tan muerto está
como mi abuelo! ¡Oh gran desventura!
|
Escena VIII
|
|
|
LUCRECIA llama a la puerta de la
habitación de
PLEBERIO.
|
|
|
PLEBERIO.-
(Asomándose a la puerta.)
¿Qué quieres, Lucrecia?
|
|
|
LUCRECIA.-
(Muy agitada.) Señor,
apresúrate, si quieres verla viva, que ya no la conozco de lo
desfigurada que está.
|
|
|
PLEBERIO.-
Vamos presto.
|
|
|
(Encuentran a
MELIBEA en la torre, en trance de arrojarse al
vacío.)
|
|
|
MELIBEA.-
¡Ay dolor!
|
|
|
PLEBERIO.-
¿Qué dolor puede ser mayor que el que tengo al
verte así, hija mía? Tu madre ha quedado sin seso al oír
tu
-54-
mal. Aviva tu corazón y ven conmigo a visitarla. Dime,
alma mía, la causa de tu sentimiento.
|
|
|
MELIBEA.-
¡Pereció sin remedio!
|
|
|
PLEBERIO.-
Hija bienamada, no te desesperes. Si me cuentas tu mal,
hallaremos remedio, que no faltan médicos ni medicinas ni sirvientes
para buscar tu salud.
|
|
|
MELIBEA.-
No es igual a los otros males. Es una mortal llaga en medio del
corazón que no me permite hablar. Menester es sacarla para curarla, que
está en lo más secreto de él.
|
|
|
PLEBERIO.-
. Hija mía Melibea, ¿qué haces sola?
¿Qué deseas decirme? ¿Quieres que suba?
|
|
|
MELIBEA.-
Padre mío, no te esfuerces en subir, porque
estorbarás lo que quiero decirte. Lastimado serás brevemente con
la muerte de tu única hija. Ha llegado mi fin. Llegado es mi descanso y
tu pasión, mi alivio y tu pena, mi hora y el tiempo de tu soledad. No
necesitarás, honrado padre, instrumentos para aplacar mi dolor, sino
campanas para enterrarme. Si me escuchas sin lágrimas, conocerás
la causa de mi forzada y alegre partida. No me interrumpas con llantos ni
palabras, pues, si lo haces, quedarás más apenado por ignorar por
qué me mato, que doloroso por verme muerta. Ninguna cosa me preguntes ni
respondas, sino lo que yo quiera decirte. Oye, padre, mis últimas
palabras y, si las recibes como espero, no me culpes. Bien ves y oyes el triste
y doloroso sentimiento que hace la ciudad toda, el clamor de campanas, el
alarido de las gentes, el aullido de los canes, el gran estrépito de
armas. De todo ello yo he sido la causa. Yo he cubierto de luto y jergas la
mayor parte de la ciudadana caballería. Yo he dejado a muchos sirvientes
sin señor y he quitado raciones y limosnas a pobres y vergonzantes. Yo
he sido
-55-
la ocasión de que los muertos tengan hoy la
compañía del más acabado hombre que en gracia
nació. Yo he quitado a los vivos el dechado de su gentileza, sus galanas
invenciones, sus bordados y atavíos, su habla, su andar, su
cortesía y su virtud. Yo he sido la causa de que la tierra goce sin
tiempo el más noble cuerpo y la más fresca juventud que
había sido creada en nuestra era. Como estarás espantado de mis
delitos, quiero aclararte los hechos. Hace un tiempo que penaba por mi amor un
caballero que se llamaba Calisto, al que tú bien conociste. Conociste
así mismo a sus padres y su claro linaje, sus virtudes y su bondad, que
a todos eran manifiestas. Tanta era su pena de amor y tan poco el lugar para
hablarme, que descubrió su pasión a una astuta y sagaz mujer a la
que llamaban Celestina. Ésta sacó mi secreto amor del pecho.
Descubríale a ella lo que a mi querida madre le ocultaba, y así
concertó nuestros amores. Vencida de su amor, dile entrada en tu casa.
Quebrantó con escalas las paredes de tu huerto, quebrantó mi
propósito y perdí mi virginidad. Vino esta pasada noche y, como
las paredes eran altas, la noche oscura, la escala delgada, los sirvientes poco
diestros y él bajaba presuroso al escuchar un ruido, no vio bien los
pasos, puso su pie en el vacío y se cayó. De la triste
caída sus más escondidos sesos quedaron repartidos por las
piedras y las paredes. Cortaron las hadas sus hilos, cortáronle sin
confesión su vida, cortaron mi esperanza, cortaron mi gloria, cortaron
mi compañía. ¿Qué crueldad sería, padre
mío, muriendo él despeñado, que viviese yo penada? Su
muerte convida a la mía. Convídame y es forzoso que sea presto,
sin dilación. Salúdame a mi cara y amada madre: sepa de ti
largamente la triste razón por la que muero. ¡Gran placer tengo en
no verla ahora! Toma, padre mío, los dones de tu vejez, que en largos
días largas se sufren las tristezas. Recibe las arras de tu senectud
antigua. Gran dolor llevo de mí, mayor de ti y aún mayor de mi
vieja madre. Dios quede contigo y con ella. A él ofrezco mi alma. Pon
tú en cobro este cuerpo que allá baja.
(Se arroja de la torre.)
|
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Escena IX
|
|
|
PLEBERIO ingresa a su
habitación llorando y cargando en sus brazos el cuerpo sin vida de
MELIBEA.
|
|
|
ALISA.-
¿Qué es esto, señor Pleberio? ¿Por
qué das tan fuertes alaridos? Dime la causa de tus quejas. ¿Por
qué maldices tu honrada vejez? ¿Por qué te arrancas tus
cabellos canos? ¿Por qué te hieres la cara? ¿Qué le
ha ocurrido a Melibea? Por Dios, dímelo, porque, si ella pena, yo no
quiero seguir viviendo.
|
|
|
(PLEBERIO deposita el cuerpo de
MELIBEA en el suelo con sumo cuidado.
ALISA se arroja sobre él llorando.)
|
|
|
PLEBERIO.-
Pleberio. ¡Ay, ay, noble mujer! Nuestro gozo en un pozo.
Nuestro bien todo se ha perdido. ¡No queramos vivir más!
¿Para qué? Mira aquí a la que tú pariste y yo
engendré, hecha pedazos. ¡Oh mi hija y mi bien todo! Crueldad
sería que viva yo sobre ti. Más dignos eran de la sepultura mis
sesenta años que tus veinte. ¡Oh mis canas, salidas para conocer
el dolor! Mejor gozara de ellas la tierra que de tus rubios cabellos.
¡Mujer! Levántate y, si alguna vida te queda, gástala
conmigo en tristes gemidos. Ahora perderé contigo, mi desdichada hija,
los miedos que cada día me atemorizaban. Tu sola muerte me hace a
mí seguro de sospecha. ¿Qué haré cuando entre en tu
cámara y la halle vacía? ¿Qué haré cuando no
me respondas, si te llamo? ¿Quién podrá cubrir la falta
que tú me haces, el vacío que me dejas? Nadie perdió lo
que yo he perdido el día de hoy. ¿Quién forzó a mi
hija a morir, sino la fuerte fuerza del amor? ¡Oh amor, amor, que no
pensé que tuvieras fuerza ni poder para matar a quienes a ti
están sujetos! Herida fue por ti mi juventud y por medio de tus brasas
pasé. ¿Cómo me soltaste entonces, para cobrarme la paga de
mi fuga en mi vejez? Pensé que me había librado de tus brazos. No
pensé que tomaras en los hijos la venganza de los padres.
-57-
¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso un nombre
que no te conviene? Dulce nombre te dieron, pero amargos hechos ejecutas.
Bienaventurados los que no conociste o por los que no te interesaste. Enemigo
de toda razón, a los que menos te sirven das mayores dones. Enemigo de
amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni
concierto? Del mundo me quejo. ¡Oh mi compañera buena, oh mi hija
despedazada! ¿Por qué no tuviste lástima de tu querida y
amada madre? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre?
¿Por qué me dejaste, cuando yo te había de dejar?
¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste
triste y solo
in hac lachrymarum valle?
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PLEBERIO y
ALISA, abrazados, se arrodillan en el suelo junto al
cuerpo de su hija, mientras lentamente va cayendo el
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TELÓN

La Celestina
Fernando de Rojas ; adaptación Félix Álvarez Sáenz
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