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    Historia natural y moral de las Indias
     José de Acosta ; estudio preliminar y edición del P. Francisco Mateos
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Libro tercero



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Capítulo I


Que la historia natural de cosas de las Indias es apacible y deleitosa


Toda historia natural es de suyo agradable, y a quien tiene consideración algo más levantada es también provechosa para alabar al autor de toda la naturaleza, como vemos que lo hacen los varones sabios y santos, mayormente David,120 en diversos salmos, donde celebra la excelencia de estas obras de Dios. Y Job,121 tratando de los secretos del Hacedor; y el mismo Señor, largamente respondiendo a Job.

Quien holgare de entender verdaderos hechos de esta naturaleza, que tan varia y abundante es, tendrá el gusto que da la historia, y tanto mejor historia cuanto los hechos no son por trazas de hombres, sino del Criador: Quien pasare adelante y llegare a entender las causas naturales de los efectos, tendrá el ejercicio de buena filosofía: Quien subiere más en su pensamiento y, mirando al sumo y primer Artífice de todas estas maravillas, gozare de su saber y grandeza, diremos que trata excelente teología. Así que para muchos buenos motivos puede servir la relación de cosas naturales, aunque la bajeza de muchos gustos suele más ordinario parar en lo menos útil, que es un deseo de saber cosas nuevas, que propiamente llamamos curiosidad.

La relación de cosas naturales de Indias, fuera de ese común apetito, tiene otro, por ser cosas remotas, y que muchas de ellas, o las más, no atinaron con ellas los más aventajados maestros de esta facultad entre los antiguos. Si de estas cosas naturales de Indias se hubiese de escribir copiosamente, y con la especulación que cosas tan notables requieren, no dudo yo que se podría hacer obra que llegase a las de Plinio y Teofrasto y Aristóteles. Mas ni yo hallo en mí ese caudal, ni, aunque le tuviera, fuera conforme a mi intento, que no pretendo más de ir apuntando algunas cosas naturales, que estando en Indias vi y consideré, o las oí de personas muy fidedignas, y me parece no están en Europa tan comúnmente sabidas. Y así en muchas de ellas pasaré sucintamente, o por estar ya escritas por otros, o por pedir más especulación de la que yo les he podido dar.




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Capítulo II


De los vientos y sus diferencias y propiedades y causas en general


Habiéndose, pues, en los dos libros pasados tratado lo que toca al cielo y habitación de Indias en general, síguese decir de los tres elementos, aire, agua y tierra, y los compuestos de éstos, que son metales y plantas y animales. Porque del fuego no veo cosa especial en Indias, que no sea así en todas partes; si no le pareciese a alguno que el modo de sacar fuego que algunos indios usan, fregando unos palos con otros, y el de cocer en calabazas, echando en ellas piedras ardiendo y otros usos semejantes, eran de consideración, de lo cual anda escrito lo que hay que decir. Mas de los fuegos que hay en volcanes de Indias, que tienen digna consideración, diráse cómodamente, cuando se trate la diversidad de tierras donde esos fuegos y volcanes se hallan.

Así que, comenzando por los vientos, lo primero que digo es que, con razón, Salomón,122 entre las otras cosas de gran ciencia que Dios le había dado, cuenta y estima el saber la fuerza de los vientos y sus propiedades, que son cierto maravillosas. Porque unos son lluviosos, otros secos, unos enfermos y otros sanos, unos calientes y otros fríos, serenos y tormentosos, estériles y fructuosos, con otras mil diferencias. Hay vientos que en ciertas regiones corren y son como señores de ellas, sin sufrir competencia de sus contrarios. En otras partes andan a veces, ya vencen éstos, ya sus contrarios; a veces corren diversos, y aun contrarios juntos, y parten el camino entre sí, y acaece ir el uno por lo alto y el otro por lo bajo. Algunas veces se encuentran reciamente entre sí, que para los que andan en mar es fuerte peligro. Hay vientos que sirven para generación de animales, otros que las destruyen. Corriendo cierto viento se ve en alguna costa llover pulgas, no por manera de encarecer, sino que, en efecto, cubren el aire y cuajan la playa de la mar; en otras partes llueven sapillos.

Estas y otras diferencias, que se prueban tan ciertas, atribuyen comúnmente a los lugares por donde pasan estos vientos; porque dicen que de ellos toman sus cualidades de secos, o fríos, o húmedos, o cálidos, o enfermos, o sanos, y así las demás. Lo cual en parte es verdad y no se puede negar, porque en pocas lenguas se ven de un mismo viento notables diversidades. En España, pongo ejemplo, el solano o levante es comúnmente cálido y congojoso; en Murcia es el más sano y fresco que corre, porque viene por aquellas huertas y vega tan fresca y grande, donde se baña. Pocas leguas de ahí, en Cartagena, es el mismo viento pesado y malsano. El ábrego, que llaman los del mar océano sur, y los del Mediterráneo mezoyomo, comúnmente es lluvioso y molesto; en el mismo pueblo que digo, es sano y sereno. Plinio dice123 que en África llueve con viento del norte, y el viento de mediodía es sereno.

Y lo que en estos vientos he dicho, por ejemplo, en tan poca distancia verá, quien lo mirare con algún cuidado, que se verifica muchas veces, que en poco espacio de tierra o mar un mismo viento tiene propiedades muy diferentes, y a veces harto contrarias. De lo cual se arguye bien que el lugar por donde pasa le da su cualidad y propiedad; pero de tal modo es esto verdad, que no se puede de ninguna suerte decir que ésta sea toda la causa, ni aun la más principal de las diversidades y propiedades de los vientos. Porque en una misma región, que toma (pongo por caso) cincuenta leguas en redondo, claramente se percibe que el viento de una parte es cálido y húmedo y de la otra frío y seco, sin que en los lugares por do pasan haya tal diferencia, sino que de suyo se traen consigo esas cualidades los vientos, y así se les dan sus nombres generales, como propios, verbigracia, al septentrión, o cierzo, o norte, que todo es uno, ser frío y seco y deshacer nublados; a su contrario, el ábrego o leveche o sur, todo lo contrario, ser húmedo y cálido y levantar nublados.

Así que, siendo esto general y común, otra causa mas universal se ha de buscar para dar razones de estos efectos, y no hasta decir que el lugar por do pasan los vientos les da las propiedades que tienen, pues pasando por unos mismos lugares hacen efectos muy conocidamente contrarios. Así que es fuerza confesar que la región del cielo de donde soplan les da esas virtudes y cualidades. Y así el cierzo, porque sopla del norte, que es la región más apartada del sol, es de suyo frío. El ábrego, que sopla del mediodía, es de suyo caliente, y porque el calor atrae vapores es juntamente húmedo y lluvioso, y al revés el cierzo seco y sutil, por no dejar cuajar los vapores, y a este modo se puede discurrir en otros vientos, atribuyendo las propiedades que tienen a las regiones del aire de donde soplan.

Mas hincando la consideración en esto un poco más, no acaba de satisfacer del todo esta razón, porque preguntaré yo, ¿qué hace la región del aire, de donde viene el viento, si allí no se halla su cualidad? Quiero decir, en Germania el ábrego es cálido y lluvioso, y en África el cierzo frío y seco; cierto es que, de cualquier región de Germania donde se engendre el ábrego, ha de ser más fría que cualquiera de África, donde se engendra el cierzo. Pues, ¿por qué razón ha de ser mas frío en África el cierzo que el ábrego en Germania, siendo verdad que procede de región más cálida?

Dirán que viene del norte, que es frío. No satisface, ni es verdad, porque, según eso, cuando corre en África el cierzo, había de correr en toda la región hasta el norte. Y no es así, pues en un mismo tiempo corren nortes en tierra de menos grados, y son fríos; y corren vendavales en tierra de más grados, y son cálidos; y esto es cierto y evidente y cotidiano. Donde, a mi juicio claramente se infiere, que ni basta decir que los lugares por do pasan los vientos les dan sus cualidades, ni tampoco satisface decir, que por soplar de diversas regiones del aire tienen esas diferencias, aunque, como he dicho, lo uno y lo otro es verdad; pero es menester más que eso.

Cual sea la propia, y original causa de estas diferencias tan extrañas de vientos, yo no atino a otra, sino que el eficiente, y quien produce el viento, ese le da la primera y más original propiedad. Porque la materia de que se hacen los vientos, que según Aristóteles y razón, son exhalaciones de los elementos inferiores, aunque con su diversidad de ser más gruesa, o más sutil, más seco o más húmeda, puede causar, y en efecto causa gran parte de esta diversidad; pero tampoco basta, por la misma razón que está tocada; es a saber: que en una misma región donde los vapores y exhalaciones son de un mismo género, se levantan vientos de operaciones contrarias. Y así parece se ha de reducir el negocio al eficiente superior y celeste, que ha de ser el sol, y movimiento e influencia de los cielos que de diversas partes mueven e influyen variamente.

Y porque estos principios de mover e influirnos son a los hombres tan ocultos, y ellos en sí tan poderosos y eficaces, con gran espíritu de sabiduría dijo el santo profeta David,124 entre otras grandezas del Señor; y lo mismo replicó el profeta Jeremías;125 Qui profert ventos de thesauris suis. El que saca los vientos de sus tesoros. Cierto, tesoros son ocultos y ricos estos principios, que en su eficiencia tiene el autor de todo, conque cuando quiere, con suma facilidad saca para castigo, o para regalo de los hombres, y envía el viento que quiere. Y no como el otro Eolo, que neciamente fingieron los poetas tener en su cueva encerrados los vientos como a fieras en jaula.

El principio y origen de estos vientos no le vemos, ni aun sabemos qué tanto durarán, ni dónde procedieron, ni hasta dónde llegarán. Mas vemos y sabemos de cierto los diferentes efectos que hacen, como nos advirtió la suma Verdad y autor de todo, diciendo:126 Spiritus ubi vult spirat: et vocem ejus audis: et nescis unde venit aut quo vadat. El espíritu o viento sopla donde le parece, y bien que sientes su soplo, mas no sabes de dónde procedió, ni a dónde ha de llegar. Para que entendamos, que entendiendo tan poco en cosa que tan presente y tan cotidiana nos es, no hemos de presumir de comprender lo que tan alto y tan oculto es como las causas y motivos del Espíritu Santo.

Bástanos conocer sus operaciones y efectos, que en su grandeza y pureza se nos descubren bastantemente. Y también bastará haber filosofado esto poco de los vientos en general, y de las causas de sus diferencias, y propiedades, y operaciones, que en suma las hemos reducido a tres, es a saber: a los lugares por do pasan, a las regiones de donde soplan y a la virtud celeste movedora y causadora del viento.




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Capítulo III


De algunas propiedades de vientos que corren en el nuevo orbe


Cuestión es muy disputada por Aristóteles127 si el viento austro, que llamamos ábrego, o leveche, o sur (que por ahora todo es uno) sopla desde el otro polo antártico, o solamente de la equinoccial y mediodía, que en efecto es preguntar si aquella cualidad que tiene de ser lluvioso y caliente le permanece pasada la equinoccial Y cierto es bien para dudar, porque aunque se pasa la equinoccial, no deja de ser viento austro o sur, pues viene de un mismo lado del mundo, como el viento norte, que corre del lado contrario, no deja de ser norte, aunque se pase la tórrida y la línea. Y así parece que ambos vientos, han de conservar sus primeras propiedades, el uno de ser caliente y húmedo, y el otro de ser frío y seco: el austro de causar nublados y lluvias; y el bóreas, o norte de derramallas y serenar el cielo.

Mas Aristóteles a la contraria opinión se llega más, porque por eso es el norte en Europa frío, porque viene del polo, que es región sumamente fría; y el ábrego al revés es caliente, porque viene del mediodía, que es la región que el sol más calienta. Pues la misma razón obliga a que los que habitan de la otra parte de la línea les sea el austro frío, y el cierzo, o norte caliente, porque allí el austro viene del polo, y el norte viene del mediodía. Y aun parece que ha de ser el austro, o sur más frío allá, que es acá el cierzo o norte. Porque se tiene por región más fría la del polo del sur que la del polo del norte, a causa de gastar el sol siete días del año más hacia el trópico del Cancro que hacia el de Capricornio, como claramente se ve por los equinoccios y solsticios que hace en ambos círculos Con que parece quiso la naturaleza declarar la ventaja y nobleza, que esta media parte del mundo, que está al norte, tiene sobre la otra media, que está al sur.

Siendo así, parece concluyente razón para entender que se truecan estas cualidades de los vientos en pasando la línea. Mas en efecto no pasa así, cuanto yo he podido comprehender con la experiencia de algunos años que anduve en aquella parte del mundo, que cae pasada la línea al sur. Bien es verdad que el viento norte no es allá tan generalmente frío y sereno como acá. En algunas partes del Perú experimentan que el norte les es enfermo y pesado, como en Lima y en los llanos. Y por toda aquella costa, que corre más de quinientas leguas, tienen al sur por saludable y fresco, y lo que más es, serenísimo; pues con él jamás llueve, todo al contrario de lo que pasa en Europa, y de esta parte de la línea; pero esto de la costa del Perú no hace regla, antes es excepción, y una maravilla de naturaleza, que es nunca llover en aquella costa, y siempre correr un viento, sin dar lugar a su contrario; de lo cual se dirá después lo que pareciere.

Agora quedamos con esto, que el norte no tiene de la otra parte de la línea las propiedades que el austro tiene de ésta, aunque ambos soplan de el mediodía a regiones opuestas. Porque no es general allá que el norte sea cálido, ni lluvioso, como lo es acá el austro, antes llueve allá también con el austro, como se ve en toda la sierra del Perú, y en Chile, y en la tierra de Congo, que está pasada la línea, y muy dentro en la mar. Y en Potosí el viento que llaman tomahaui, que si no me acuerdo mal, es nuestro cierzo, es extremadamente seco y frío, y desabrido como por acá. Verdad es que no es por allá tan cierto el disipar las nubes el norte, o cierzo, como acá, antes, si no me engaño, muchas veces llueve con él.

No hay duda sino que de los lugares por do pasan, y de las próximas regiones de donde nacen, se les pega a los vientos tan grande diversidad y efectos contrarios, como cada día se experimentan en mil partes. Pero hablando en general, para la cualidad de los vientos, más se mira en los lados y partes del mundo, de donde proceden, que no en ser de ésta, o de la otra parte de la línea, como a mi parecer acertadamente lo sintió el filósofo. Estos vientos capitales, que son oriente y poniente, ni acá ni allá tiene tan notorias y universales cualidades como los dos dichos. Pero comúnmente por acá el solano o levante es pesado y mal sano, el poniente, o céfiro es más apacible y sano. En Indias, y en toda la tórrida, el viento de oriente, que llaman brisa, es, al contrario de acá, muy sano y apacible. Del de poniente no sabré decir cosa cierta ni general, mayormente no corriendo en la tórrida ese viento, sino rarísimas veces. Porque en todo lo que se navega entre los trópicos es ordinario y regular viento el de la brisa. Lo cual por ser una de las maravillosas obras de naturaleza es bien se entienda de raíz como pasa.




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Capítulo IV


Que en la tórrida zona corren siempre brisas, y fuera de ella vendavales y brisas


No es el camino de mar como el de tierra, que por donde se va por allí se vuelve. El mismo camino es, dijo el filósofo, de Atenas a Tebas, y de Tebas a Atenas. En la mar no es así, por un camino se va, y por otro diferente se vuelve. Los primeros descubridores de Indias occidentales, y aun de la oriental, pasaron gran trabajo y dificultad en hallar la derrota cierta para ir, y no menos para volver,128 hasta que la experiencia, que es la maestra de estos secretos, les enseñó que no era el navegar por el océano, como el ir por el Mediterráneo a Italia, donde se van reconociendo a ida y vuelta unos mismos puertos y cabos, y sólo se espera el favor del aire, que con el tiempo se muda. Y aun cuando esto falta, se valen del remo; y así van y vienen galeras costeando.

En el mar Océano en ciertos parajes no hay esperar otro viento: ya se sabe que el que corre ha de correr más o menos: en fin, el que es bueno para ir no es para volver. Porque en pasando del trópico, y entrando en la tórrida señorean la mar siempre los vientos que vienen del nacimiento del sol, que perpetuamente soplan, sin que jamás den lugar a que los vientos contrarios por allí prevalezcan, ni aun se sientan. En donde hay dos cosas maravillosas: una, que en aquella región, que es la mayor de las cinco, en que dividen el mundo, reinen vientos de oriente, que llaman brisas, sin que los de poniente, o de mediodía, que llaman vendavales, tengan lugar de correr en ningún tiempo de todo el año. Otra maravilla es que jamás faltan por allí brisas, y en tanto más ciertas son cuanto el paraje es más propincuo a la línea, que parece habían de ser allí ordinarias las calmas, por ser la parte del mundo más sujeta al ardor del sol; y es al contrario; que apenas se hallan calmas, y la brisa es mucho más fresca y durable. En todo lo que se ha navegado de Indias se ha averiguado ser así.

Esta, pues, es la causa de ser mucho más breve, y más fácil, y aun más segura la navegación que se hace yendo de España a las Indias occidentales que la de ellas volviendo a España. Salen de Sevilla las flotas, y hasta llegar a las Canarias sienten la mayor dificultad, por ser aquel golfo de las Yeguas vario y contrastado de varios vientos. Pasadas las Canarias, van bajando hasta entrar en la tórrida, y hallan luego la brisa, y navegan a popa, que apenas hay necesidad de tocar a las velas en todo el viaje. Por eso llamaron a aquel gran golfo el golfo de las Damas, por su quietud y apacibilidad. Así llegan hasta las islas Dominica, Guadalupe, Deseada, Marigalante, y las otras que están en aquel paraje, que son como arrabales de las tierras de Indias. Allí las flotas se dividen; y las que van a Nueva España echan a mano derecha en demanda de la Española, y reconociendo el cabo de San Antón, dan consigo en San Juan de Ulúa, sirviéndoles siempre la misma brisa. Las de Tierra Firme toman la izquierda, y van a reconocer la altísima sierra Tayrona, y tocan en Cartagena, y pasan a Nombre de Dios, de donde por tierra se va a Panamá, y de allí por la mar del sur al Perú.

Cuando vuelven las flotas a España hacen su viaje en esta forma: la de el Perú va a reconocer el cabo de San Antón, y en la isla de Cuba se entra en La Habana, que es un muy hermoso puerto de aquella isla. La flota de Nueva España viene también desde la Veracruz, o isla de San Juan de Ulúa a La Habana, aunque con trabajo, porque son ordinarias allí las brisas, que son vientos contrarios. En La Habana, juntas las flotas, van la vuelta de España buscando altura fuera de los trópicos, donde ya se hallan vendavales, y con ellos vienen a reconocer las islas de Azores, o Terceras, y de allí a Sevilla. De suerte que la ida es en poca altura, y siempre menos de veinte grados, que es ya dentro de los trópicos; y la vuelta es fuera de ellos, por lo menos en veintiocho o treinta grados.

Y es la razón, la que se ha dicho, que dentro de los trópicos reinan siempre vientos de oriente, y son buenos para ir de España a Indias occidentales, porque es ir de oriente a poniente. Fuera de los trópicos, que son en veinte y tres grados, hállanse vendavales, y tanto más ciertos, cuanto se sube a más altura; y son buenos para volver de Indias, porque son vientos de mediodía y poniente, y sirven para volver a oriente y norte.

El mismo discurso pasa en las navegaciones que se hacen por el mar del sur, navegando de la Nueva España, o el Perú a las Filipinas, o a la China, y volviendo de las Filipinas o China a la Nueva España. Porque a la ida, como es navegar de oriente a poniente, es fácil; y cerca de la línea se halla siempre viento a popa, que es brisa. El año de ochenta y cuatro salió del Callao de Lima un navío para las Filipinas, y navegó dos mil y setecientas leguas sin ver tierra: la primera que reconoció fué la isla de Luzón, a donde iba, y allí tomo puerto, habiendo hecho su viaje en dos meses, sin faltarles jamás viento, ni tener tormenta, y fué su derrota cuasi por debajo de la línea, porque de Lima, que está a doce grados al sur, vinieron a Manila, que está cuasi otros tantos al norte. La misma felicidad tuvo en la ida al descubrimiento de las islas que llaman de Salomón, Álvaro de Mendaña, cuando las descubrió, porque siempre tuvieron viento a popa, hasta topar las dichas islas, que deben de distar del Perú, de donde salieron, como mil leguas, y están en la propia altura al sur.

La vuelta es como de Indias a España, porque para hallar vendavales los que vuelven de las Filipinas, o China a Méjico, suben a mucha altura, hasta ponerse en el paraje de los Japones, y vienen a reconocer las Californias, y por la costa de la Nueva España tornan al puerto de Acapulco, de donde habían salido. De suerte, que en esta navegación está también verificado que de oriente a poniente se navega bien dentro de los trópicos, por reinar vientos orientales: y volviendo de poniente a oriente, se han de buscar los vendavales, o ponientes fuera de los trópicos en altura de veinte y siete grados arriba.

La misma experiencia hacen los portugueses en la navegación a la India, aunque es al revés, porque el ir de Portugal allá es trabajoso, y el volver es más fácil. Porque navegan a la ida de poniente a oriente, y así procuran subirse hasta hallar los vientos generales, que ellos dicen que son también de veinte y siete grados arriba. A la vuelta reconocen a las Terceras; pero esles más fácil, porque vienen de oriente, y sírvenles las brisas, o nordestes. Finalmente, ya es regla, y observación cierta de marineros, que dentro de los trópicos reinan los vientos de levante; y así es fácil navegar al poniente. Fuera de los trópicos unos tiempos hay brisas, otros, y lo más ordinario, hay vendavales; y por eso quien navega de poniente a oriente procura salirse de la tórrida, y ponerse en altura de veinte y siete grados arriba. Con la cual regla se han ya los hombres atrevido a emprender navegaciones extrañas para partes remotísimas, y jamás vistas,




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Capítulo V


De las diferencias de brisas y vendavales con los demás vientos


Siendo lo que está dicho cosa tan probada y tan universal, no puede dejar de poner gana de inquirir la causa de este secreto, ¿por qué en la tórrida se navega siempre de oriente a poniente con tanta facilidad, y no al contrario?, que es lo mismo que preguntar ¿por qué reinan allí las brisas y no los vendavales? Pues en buena filosofía lo que es perpetuo, y universal, y de per se, que llaman los filósofos, ha de tener causa propia, y de per se. Mas antes de dar en esta cuestión, notable a nuestro parecer, será necesario declarar qué entendemos por brisas y qué por vendavales, y servirá para ésta, y para otras muchas cosas en materia de vientos y navegaciones.

Los que usan el arte de navegar cuentan treinta y dos diferencias de vientos, porque para llevar su proa al puerto que quieren, tienen necesidad de hacer su cuenta muy puntual, y lo más distinta y menuda que pueden; pues por poco que se eche a un lado, o a otro, hacen gran diferencia al cabo de su camino; y no cuentan más de treinta y dos porque estas divisiones bastan, y no se podría tener cuenta con más que éstas. Pero en rigor, como ponen treinta y dos, podrían poner sesenta y cuatro, y ciento veintiocho, y doscientos y cincuenta y seis; y finalmente, ir multiplicando estas partidas en infinito. Porque siendo como centro el lugar donde se halla el navío, y todo el hemisferio su circunferencia, ¿quién quita que no puedan salir de ese centro al círculo líneas innumerables?, y tantas partidas se contarán, y otras tantas divisiones de vientos; pues de todas las partes del hemisferio viene el viento, y el partille en tantas o tantas es, a nuestra consideración, que puede poner las que quisiere.

Mas el buen sentido de los hombres, y conformándose con él también la divina Escritura, señala cuatro vientos, que son los principales de todos, y como cuatro esquinas del universo, que se fabrican haciendo una cruz con dos líneas, que la una vaya de polo a polo, y la otra de un equinoccio al otro. Estos son el norte, o aquilón, y su contrario el austro, o viento que vulgarmente llamamos mediodía; y a la otra parte el oriente donde sale el sol, y el poniente donde se pone. Bien que la sagrada Escritura129 nombra otras diferencias de vientos en algunas partes, como el euroaquilo, que llaman los del mar océano nordeste, y los del Mediterráneo, gregal, de uno hace mención en la navegación de San Pablo. Pero las cuatro diferencias solemnes que todo el mundo sabe, esas celebran las divinas letras, que son, como está dicho, septentrión, y mediodía, y oriente y poniente.

Mas porque en el nacimiento del sol, de donde se nombra el oriente, se hallan tres diferencias que son las dos declinaciones mayores que hace, y el medio de ellas, según lo cual nace en diversos puestos en invierno y en verano, y en el medio; por eso con razón se cuentan otros dos vientos, que son oriente estival, y oriente hiemal; y por el consiguiente otros dos ponientes contrarios a éstos, estival y hiemal. Y así resultan ocho vientos en ocho puntos notables del cielo, que son los dos polos, y los dos equinoccios, y los dos solsticios con los opuestos en el mismo círculo. De esta suerte resultan ocho diferencias de vientos, que son notables, las cuales en diversas carreras de mar y tierra tienen diversos vocablos.

Los que navegan el océano suelen nombrarlos así: al que viene del polo nuestro, llaman norte, como al mismo polo: al que se sigue, y sale del oriente estival, nordeste: al que sale del oriente propio y equinoccial, llaman leste: al del oriente hiemal, sueste: al del mediodía, o polo antártico, sur: al que sale del ocaso hiemal, sudueste: al del ocaso propio y equinoccial, oeste: al del ocaso estival, norueste. Los demás vientos fabrican entre estos, y participan de los nombres de aquellos a que se allegan, como nornorueste, nornordeste, lesnordeste, lessueste, susueste, sudueste, ossudueste, osnurueste, que cierto en el mismo modo de nombrarse, muestran arte, y dan noticia de los lugares de donde proceden los dichos vientos.

En el mar Mediterráneo, aunque siguen la misma arte de contar, nombran diferentemente estos vientos. Al norte llaman tramontana: a su opuesto el sur llaman mezoyomo, o mediodía: al este llaman levante: al oeste poniente; y a los que entre estos cuatro se atraviesan, al sueste dicen jiroque, o jaloque, a su opuesto, que es norueste, llaman maestral: al nordeste llamar greco, o gregal, y a su contrario el sudueste llaman leveche, que es lívico, o africano en latín.

En latín los cuatro cabos son: septentrio, auster, subsolanus, favonius; y los entrepuestos son: aquilo, vulturnus, africus y corus. Según Plinio,130 vulturnus y corus son el mismo viento que es sueste, o jaloque: favonius el mismo que oeste, o poniente: aquilo y boreas el mismo que nornordeste, o gregal tramontana: africus y lybis el mismo que sudueste, o leveche: auster, y notus el mismo que sur, o mediodía: corus, y zefyrus el mismo que norueste, o maestral. Al propio que es nordeste, o gregal, no le da otro nombre sino phenicias: otros los declaran de otra manera; y no es de nuestro intento averiguar al presente los nombres latinos y griegos de los vientos.

Ahora digamos, cuales de estos vientos llaman brisas, y cuales vendavales, nuestros marineros del mar océano de Indias. Es así que mucho tiempo anduve confuso con estos nombres viéndoles usar de estos vocablos muy diferentemente hasta que percibí bien, que más son nombres generales, que no especiales de vientos ni partidas. Los que les sirven para ir a Indias, y dan cuasi a popa, llaman brisas, que, en efecto, comprehenden todos los vientos orientales, y sus allegados, y cuartas. Los que les sirven para volver de Indias llaman vendavales, que son desde el sur hasta el poniente estival. De manera, que hacen como dos cuadrillas de vientos, de cada parte la suya, cuyos caporales son: de una parte, nordeste, o gregal: de otra parte, sudeste, o leveche.

Mas es bien saber, que de los ocho vientos, o diferencias que contamos, los cinco son de provecho para navegar, y los otros tres no; quiero decir, que cuando navega en la mar una nao, puede caminar, y hacer el viaje que pretende, de cualquiera de cinco partes que corra el viento, aunque no le será igualmente provechoso; mas corriendo de una de tres, no podrá navegar a donde pretende. Como si va al sur con norte, y con nordeste, y con norueste navegará, y también con leste, y con oeste, porque los de los lados igualmente sirven para ir, y para venir. Mas corriendo sur, que es derechamente contrario, no puede navegar al sur, ni podrá con los otros dos laterales suyos, que son sueste y sudueste.

Esto es cosa muy trillada a los que andan por mar, y no había necesidad de ponerlo aquí, sino sólo para significar, que los vientos laterales del propio y verdadero oriente, esos soplan comúnmente en la tórrida, y los llaman brisas; y los vientos de mediodía hacia poniente, que sirven para navegar de occidente a oriente, no se hallan comúnmente en la tórrida, y así los suben a buscar fuera de los trópicos, y esos nombran los marineros de Indias comúnmente vendavales.




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Capítulo VI


Qué sea la causa de hallarse siempre viento de oriente en la tórrida para navegar


Digamos ahora cerca de la cuestión propuesta, cuál sea la causa de navegarse bien en la tórrida de oriente a poniente, y no al contrario. Para lo cual se han de presuponer dos fundamentos verdaderos: el uno es, que el movimiento del primer móvil, que llaman rapto o diurno, no sólo lleva tras sí, y mueve a los orbes celestes a él inferiores, como cada día lo vemos en el sol, luna, y estrellas, sino que también los elementos participan aquel movimiento, en cuanto no son impedidos.

La tierra no se mueve así por su graveza tan grande, con que es inepta para ser movida circularmente, como también porque dista mucho del primer móvil. El elemento del agua tampoco tiene este movimiento diurno, porque con la tierra está abrazado, y hace una esfera, y la tierra no le consiente moverse circularmente. Esotros dos elementos fuego, y aire son más sutiles, y más cercanos a los orbes celestes, y así participan su movimiento, siendo llevados circularmente como los mismos cuerpos celestes. Del fuego no hay duda, si hay esfera suya, como Aristóteles, y los demás la ponen.

El aire es el que hace a nuestro caso: y que éste se mueva con el movimiento diurno de oriente a poniente, es certísimo, por las apariencias de los cometas, que clarísimamente se ven mover de oriente a occidente, naciendo y subiendo, y encumbrando y bajando; y finalmente, dando vuelta a nuestro hemisferio, de la misma manera que las estrellas que vemos mover en el firmamento. Y estando los cometas en la región, y esfera del aire, donde se engendran y aparecen, y se deshacen, imposible sería moverse circularmente, como se mueven, si el movimiento del aire donde están, no se moviese con ese propio movimiento. Porque siendo, como es, materia inflamada, estaría bien queda, y no andaría al derredor, si la esfera do está, estuviese queda. Si no es que finjamos que algún ángel, o inteligencia anda con el cometa trayéndole al derredor.

El año de mil y quinientos y setenta y siete se vio aquel maravilloso cometa, que levantaba una figura como de plumaje desde el horizonte cuasi hasta la mitad del cielo, y duró desde primero de noviembre hasta ocho de diciembre. Digo desde primero de noviembre, porque aunque en España se notó, vió a los nueve de noviembre, según refieren historias de aquel tiempo; pero en el Perú, donde yo estaba a la sazón, bien me acuerdo, que le vimos, y notamos ocho días antes por todos ellos. La causa de esta diversidad dirán otros; lo que yo ahora digo es, que en estos cuarenta días que duró, advertimos todos, así los que estaban en Europa, como los que estábamos entonces en Indias, que se movía cada día con el movimiento universal de oriente a poniente, como la luna y las otras estrellas. De donde consta, que siendo su región la esfera del aire, el mismo elemento se movía así. Advertimos también, que además de ese movimiento universal tenía otro particular, con que se movía con los planetas de occidente a oriente, porque cada noche estaba más oriental, como lo hace la luna, el sol, y la estrella de Venus.

Advertimos otrosí, que con otro tercero movimiento particularísimo se movía en el zodíaco hacia el norte; porque a cabo de algunas noches estaba más conjunto a signos septentrionales. Y por ventura fué esta la causa de verse primero este gran cometa de los que estaban más australes, como son los del Perú. Y después, como con el movimiento tercero, que he dicho, se llegaba más a los septentrionales, le comenzaron a ver más tarde los de Europa; pero todos pudieron notar las diferencias de movimientos que he dicho. De modo, que se pudo echar bien de ver que llegaba la impresión de diversos cuerpos celestes a la esfera del aire. Así que es negocio sin duda el moverse el aire con el movimiento circular del cielo, de oriente a poniente, que es el presupuesto, o fundamento.

El segundo no es menos cierto y notorio, es a saber, que este movimiento del aire, por las partes que caen debajo de la equinoccial, y son propincuas a ella, es velocísimo, y tanto más, cuanto más se acerca a la equinoccial, como por el consiguiente tanto es mas remiso y tardío este movimiento, cuanto más se aleja de la línea, y se acerca a los polos. La razón de esto es manifiesta, porque siendo la causa eficiente de este movimiento el movimiento del cuerpo celeste, forzoso ha de ser más presuroso, donde el cuerpo celeste se mueve más velozmente. Y que en el cielo la tórrida tenga más veloz movimiento, y en ella la línea más que otra parte alguna del cielo, querer mostrarlo sería hacer a los hombres faltos de vista: pues en una rueda es evidente, que la circunferencia mayor se mueve más velozmente que la menor, acabando su vuelta grande en el mismo espacio de tiempo que la menor acaba la suya chica.

De estos dos presupuestos se sigue la razón, porque los que navegan golfos grandes, navegando de oriente a poniente, hallan siempre viento a popa yendo en poca altura, y cuanto más cercanos a la equinoccial, tanto más cierto y durable es el viento; y al contrario navegando de poniente a oriente, siempre hallan viento por proa, y contrario. Porque el movimiento velocísimo de la equinoccial lleva tras sí al elemento del aire, como a los demás orbes superiores, y así el aire sigue siempre el movimiento del día yendo de oriente a poniente, sin jamas variar, y el movimiento del aire veloz y eficaz lleva también tras sí los vahos y exhalaciones que se levantan de la mar; y esto causa ser en aquellas partes y región continuo el viento de brisa, que corre de levante.

Decía el P. Alonso Sánchez, que es un religioso de nuestra Compañía, que anduvo en la India occidental, y en la oriental, como hombre tan plático, y tan ingenioso, que el navegar con tan continuo y durable tiempo debajo de la línea o cerca de ella, que le parecía a él, que el mismo aire movido del cielo era el que llevaba los navíos, y que no era aquello viento propiamente, ni exhalación, sino el propio elemento del aire movido del curso diurno del cielo. Traía en confirmación de esto, que en el golfo de las Damas, y en esotros grandes golfos que se navegan en la tórrida, es el tiempo uniforme, y las velas van con igualdad extraña, sin ímpetu ninguno, y sin que sea menester mudarlas cuasi en todo el camino. Y si no fuera aire movido del cielo, alguna vez faltara, y algunas se mudara en contrario, y algunas también fuera tormentoso.

Aunque esto está dicho doctamente, no se puede negar que sea también viento, y le haya, pues hay vahos y exhalaciones del mar; y vemos manifiestamente, que la misma brisa a ratos es más fuerte, y a ratos más remisa, tanto que a ratos no se pueden llevar velas enteras. Hase, pues, de entender, y es así la verdad, que el aire movido lleva tras sí los vahos que halla, porque su fuerza es grande, y no halla resistencia: y por eso es continuo y cuasi uniforme el viento de oriente a poniente cerca de la línea, y cuasi en toda la tórrida zona, que es el camino que anda el sol entre los dos círculos de Cancro y Capricornio.




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Capítulo VII


Por qué causa se hallan más ordinarios vendavales saliendo de la tórrida a más altura


Quien considerare lo que está dicho, podrá también entender, que yendo de poniente a oriente en altura que exceda los trópicos, es conforme a razón hallar vendavales. Porque como el movimiento de la equinoccial tan veloz es causa que debajo de ella el aire se mueva, siguiendo su movimiento, que es de oriente a poniente, y que lleve tras sí de ordinario los vahos que la mar levanta; así al revés los vahos y exhalaciones que de los lados de la equinoccial o tórrida se levantan, con la repercusión que hacen topando en la corriente de la zona, revuelven casi en contrario, y causan los vendavales, o suduestes tan experimentados por esas partes. Así como vemos que las corrientes de las aguas, si son heridas y sacudidas de otras más recias, vuelven cuasi en contrario. Al mismo modo parece acaecer en los vahos y exhalaciones por donde los vientos se despiertan a unas partes y a otras.

Estos vendavales reinan más ordinariamente en mediana altura de veintisiete a treinta y siete grados, aunque no son tan ciertos y regulares como las brisas en poca altura, y la razón lo lleva; porque los vendavales no se causan de movimiento propio y uniforme del cielo, como las brisas cerca de la línea; pero son, como he dicho, más ordinarios, y muchas veces furiosos sobremanera y tormentosos. En pasando a mayor altura, como de cuarenta grados, tampoco hay más certidumbre de vientos en la mar, que en la tierra. Unas veces son brisas, o nortes; otras son vendavales, o ponientes; y así son las navegaciones más inciertas y peligrosas.




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Capítulo VIII


De las excepciones que se hallan en la regla ya dicha, y de los vientos y calmas que hay en mar y tierra


Lo que se ha dicho de los vientos que corren de ordinario dentro y fuera de la tórrida, se ha de entender en la mar en los golfos grandes; porque en tierra es de otra suerte, en la cual se hallan todos vientos, por las grandes y desigualdades que tiene de sierras y valles, y multitud de ríos y lagos, y diversas facciones de país, de donde suben vapores gruesos y varios, y según diversos principios son movidos a unas y otras partes, así causan diversos vientos, sin que el movimiento del aire causado del cielo pueda prevalecer tanto, que siempre los lleve tras sí.

Y no sólo en la tierra, sino también en las costas del mar en la tórrida, se hallan estas diversidades de vientos por la misma causa. Porque hay terrales que vienen de tierra, y hay mareros que soplan del mar: de ordinario los de mar son suaves y sanos, y los de tierra pesados y malsanos, aunque, según la diferencia de las costas, así es la diversidad que en esto hay. Comúnmente los terrales o terrenos soplan después de medianoche hasta que el sol comienza a encumbrar; los de mar, desde que el sol va calentando hasta después de ponerse. Por ventura es la causa, que la tierra, como materia más gruesa, humea más ida la llama del sol, como lo hace la leña mal seca, que en apagándose la llama, humea más. La mar, como tiene más sutiles partes, no levanta humos, sino cuando la están calentando, como la paja, o heno, si es poca, y no bien seca, que levanta humo cuando la queman, y en cesando la llama cesa el humo. Cualquiera que sea la causa de esto, ello es cierto, que el viento terral prevalece más con la noche, y el del mar, al contrario, más con el día.

Por el mismo modo, como en las costas hay vientos contrarios, y violentos a veces, y muy tormentosos, acaece haber calmas y muy grandes. En gran golfo, navegando debajo de la línea, dicen hombres muy expertos, que no se acuerdan haber visto calmas, sino que siempre poco o mucho se navega, por causa del aire movido del movimiento celeste, que basta a llevar el navío, dando, como da, a popa. Ya dije, que en dos mil y setecientas leguas siempre debajo, o no más lejos de diez o doce grados de la línea fué una nao de Lima a Manila por febrero y marzo, que es cuando el sol anda más derecho encima, y en todo este espacio no hallaron calmas, sino viento fresco; y así en dos meses hicieron tan gran viaje. Mas cerca de la tierra, en las costas, o donde alcanzan los vapores de islas, o tierra firme, suele haber muchas y muy crueles calmas en la tórrida, y fuera de ella.

De la misma manera los turbiones, y aguaceros repentinos, y torbellinos, y otras pasiones tormentosas del aire, son más ciertas y ordinarias en las costas, y donde alcanzan los vahos de tierra que no en el gran golfo; esto entiendo en la tórrida, porque fuera de ella, así calmas, como turbiones, también se hallan en alta mar. No deja, con todo eso entre los trópicos, y en la misma línea de haber aguaceros, y súbitas lluvias a veces, aunque sea muy adentro en la mar, porque para eso bastan las exhalaciones y vapores del mar, que se mueven a veces presurosamente en el aire, y causan truenos y turbiones; pero esto es mucho más ordinario cerca de tierra, y en la misma tierra.

Cuando navegué del Perú a la Nueva España advertí, que todo el tiempo que fuimos por la costa del Perú, fué el viaje, como siempre suele, fácil y sereno, por el viento sur, que corre allí, y con él se viene a popa la vuelta de España, y de Nueva España: cuando atravesamos el golfo, como íbamos muy dentro en la mar, y cuasi debajo de la línea, fué el tiempo muy apacible, y fresco, y a popa. En llegando al paraje de Nicaragua, y por toda aquella costa, tuvimos tiempos contrarios, y muchos nublados y aguaceros, y viento que a veces bramaba horriblemente. Y toda esta navegación fué dentro de la zona tórrida, porque de doce grados al sur que está Lima, navegamos a diez y siete, que está Guatulco, puerto de Nueva España. Y creo que los que hubieren tenido cuenta en lo que han navegado dentro de la tórrida, hallarán, poco más o menos, lo que está dicho; y esto baste de la razón general de vientos que reinan en la tórrida zona por el mar.




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Capítulo IX


De algunos efectos maravillosos de vientos en partes de Indias


Gran saber sería explicar por menudo los efectos admirables que hacen diversos vientos en diversas partes, y dar razón de tales obras. Hay vientos que naturalmente enturbian el agua de la mar, y la ponen verdinegra: otros la ponen clara como un espejo. Unos alegran de suyo y recrean, otros entristecen y ahogan. Los que crían gusanos de seda tienen gran cuenta con cerrar las ventanas cuando corren esos vendavales; y cuando corren los contrarios, las abren; y por cierta experiencia hallan, que con los unos se les muere su ganado, o desmedra, con los otros se mejora, y engorda. Y aun en sí mismo lo probará el que advirtiere en ello, que hacen notables impresiones y mudanzas en la disposición del cuerpo las variedades de vientos que andan, mayormente en las partes afectas o indispuestas, y tanto más, cuanto son delicadas. La Escritura131 llama a un viento, abrasador; y a otro le llama, viento de rocío suave.

Y no es maravilla que en las yerbas, y en los animales, y hombres se sientan tan notables efectos del viento, pues en el mismo hierro, que es el más duro de los metales, se sienten visiblemente. En diversas partes de Indias vi rejas de hierro molidas y deshechas, y que apretando el hierro entre los dedos se desmenuzaba, como si fuera heno o paja seca; y todo esto causado de solo el viento, que todo lo gastaba y corrompía sin remedio. Pero dejando otros efectos grandes y maravillosos, solamente quiero referir dos: uno, que con dar angustias más que de muerte, no empece: otro, que sin sentirse corta la vida.

El marearse los hombres que comienzan a navegar, es cosa muy ordinaria; y si como lo es tanto y tan sabido su poco daño, no se supiera, pensaran los hombres que era aquel el mal de muerte, según corta, congoja, y aflige el tiempo que dura, con fuertes bascas de estómago, y dolor de cabeza, y otros mil accidentes molestos. Este tan conocido y usado efecto hace en los hombres la novedad del aire de la mar, porque aunque es así que el movimiento del navío, y sus vaivenes hacen mucho al caso para marearse más o menos, y asimismo la infección y mal olor de cosas de naos; pero la propia y radical causa es el aire y vahos del mar, lo cual extraña tanto el cuerpo y el estómago que no está hecho a ello, que se altera y congoja terriblemente, porque el aire en fin es con el que vivimos y respiramos, y le metemos en las mismas entrañas, y las bañamos con él. Y así no hay cosa que más presto, ni más poderosamente altere, que la mudanza del aire que respiramos, como se ve en los que mueren de peste.

Y que sea el aire de la mar el principal movedor de aquella extraña indisposición y náusea, pruébase con muchas experiencias. Una es que, corriendo cierto aire de la mar fuerte, acaece marearse los que están en tierra, como a mí me ha acaecido ya veces. Otra, que cuanto mas se entra en mar, y se apartan de tierra, más se marean. Otra, que yendo cubiertos de alguna isla, en embocando aire de gruesa mar, se siente mucho más aquel accidente: aunque no se niega que el movimiento y agitación también causa mareamiento, pues vemos que hay hombres que pasando ríos en barcas se marean, y otros que sienten lo mismo andando en carros, o carrozas, según son las diversas complexiones de estómago: como al contrario hay otros, que por gruesas mares que haga, no saben jamás qué es marearse. Pero, en fin, llano y averiguado negocio es, que el aire de la mar causa de ordinario ese efecto en los que de nuevo entran en ella.

Ha querido decir todo esto para declarar un efecto extraño que hace en ciertas tierras de Indias el aire o viento que corre, que es marearse los hombres con él, no menos, sino mucho más que en la mar. Algunos lo tienen por fábula, y otros dicen que es encarecimiento esto: yo diré lo que pasó por mí. Hay en el Perú una sierra altísima, que llaman Pariacaca; yo había oído decir esta mudanza que causaba, e iba preparado lo mejor que pude, conforme a los documentos que dan allá los que llaman baquianos o pláticos; y con toda mi preparación, cuando subí las escaleras, que llaman, que es lo más alto de aquella sierra, cuasi súbito me dió una congoja tan mortal, que estuve con pensamientos de arrojarme de la cabalgadura en el suelo; y porque aunque íbamos muchos, cada uno apresuraba el paso, sin aguardar compañero, por salir presto de aquel mal paraje, sólo me hallé con un indio, al cual le rogué me ayudase a tener en la bestia. Y con esto luego tantas arcadas y vómitos, que pensé dar el alma, porque tras la comida y flemas, cólera y más cólera, y una amarilla, y otra verde, llegué a echar sangre, de la violencia que el estómago sentía.

Finalmente digo, que si aquello durara, entendiera ser cierto el morir, mas no duró sino obra de tres o cuatro horas, hasta que bajamos bien abajo y llegamos a temple más conveniente, donde todos los compañeros, que serían catorce o quince, estaban muy fatigados, algunos caminando pedían confesión, pensando realmente morir. Otros se apeaban, y de vómitos y cámaras estaban perdidos; a algunos me dijeron que les había sucedido acabar la vida de aquel accidente. Otro vi yo que se echaba en el suelo y daba gritos del rabioso dolor que le había causado la pasada de Pariacaca. Pero lo ordinario es no hacer daño de importancia, sino aquel fastidio y disgusto penoso que da mientras dura.

Y no es solamente aquel paso de la sierra Pariacaca el que hace este efecto, sino toda aquella cordillera, que corre a la larga más de quinientas leguas, y por donde quiera que se pase se siente aquella extraña destemplanza, aunque en unas partes más que en otras, y mucho más a los que suben de la costa de la mar a la sierra, que no en los que vuelven de la sierra a los llanos. Yo la pasé fuera de Pariacaca, también por los Lucanas y Soras, y en otra parte por los Collaguas, y en otra por los Cabanas; finalmente, por cuatro partes diferentes en diversas idas y venidas, y siempre en aquel paraje, sentí la alteración y mareamiento, que he dicho, aunque en ninguna tanto como en la primera vez de Pariacaca. La misma experiencia tienen los demás que la han probado.

Que la causa de esta destemplanza y alteración tan extraña sea el viento o aire que allí reina, no hay duda ninguna, porque todo el remedio (y lo es muy grande) que hallan es en taparse cuanto pueden oídos y narices y boca, y abrigarse de ropa especialmente el estómago. Porque el aire es tan sutil y penetrativo, que pasa las entrañas, y no sólo los hombres sienten aquella congoja, pero también las bestias, que a veces se encalman, de suerte que no hay espuelas que basten a movellas. Tengo para mí, que aquel paraje es uno de los lugares de la tierra que hay en el mundo más alto; porque es cosa inmensa lo que se sube, que, a mi parecer, los puertos nevados de España y los Pirineos y Alpes de Italia son como casas ordinarias respecto de torres altas, y así me persuado que el elemento del aire está allí tan sutil y delicado, que no se proporciona a la respiración humana, que le requiere más grueso y más templado, y esa creo es la causa de alterar tan fuertemente el estómago y descomponer todo el sujeto.

Los puertos nevados o sierras de Europa que yo he visto, bien que tienen aire frío, que da pena, y obliga a abrigarse muy bien: pero ese frío no quita la gana del comer, antes la provoca; ni causa vómitos, ni arcadas en el estómago, sino dolor en los pies o manos; finalmente, es exterior su operación: mas el de Indias, que digo, sin dar pena a manos, ni pies, ni parte exterior, revuelve las entrañas. Y, lo que es más de admirar, acaece haber muy gentiles soles y calor en el mismo paraje, por donde me persuado que el daño se recibe de la cualidad del aire que se aspira y respira, por ser sutilísimo y delicadísimo, y su frío no tanto sensible, como penetrativo.

De ordinario es despoblada aquella cordillera, sin pueblos, ni habitación humana, pero aun para los pasajeros apenas hay tambos, o chozas donde guarecerse de noche. Tampoco se crían animales buenos, ni malos, si no son vicuñas, cuya propiedad es extraña, como se dirá en su lugar. Está muchas veces la hierba quemada y negra del aire que digo. Dura el despoblado de veinte a treinta leguas de traviesa, y en largo, como he dicho, corre más de quinientas. Hay otros despoblados o desiertos o páramos, que llaman en el Perú punas, porque, vengamos a lo segundo que prometimos, donde la cualidad del aire sin sentir corta los cuerpos y vidas humanas.

En tiempos pasados caminaban los españoles del Perú al reino de Chile por la sierra, ahora se va de ordinario por mar, y algunas veces, por la costa, que, aunque es trabajoso y molestísimo camino, no tiene el peligro que el otro camino de la sierra, en el cual hay unas llanadas donde, al pasar, perecieron muchos hombres y otros escaparon con gran ventura, pero algunos de ellos mancos o lisiados. De allí un airecillo no recio, y penetra de suerte que caen muertos cuasi sin sentirlo, o se les caen cortados de los pies y manos dedos, que es cosa que parece fabulosa y no lo es, sino verdadera historia.

Yo conocí y traté mucho al general Jerónimo Costilla, antiguo poblador del Cuzco, al cual le faltaban tres o cuatro dedos de los pies que, pasando por aquel despoblado a Chile, se le cayeron, porque, penetrados de aquel airecillo, cuando los fué a mirar estaban muertos, y como se cae una manzana anublada del árbol, se cayeron ellos mismos, sin dar dolor, ni pesadumbre. Refería el sobredicho capitán que, de un buen ejército, que había pasado los años antes, después de descubierto aquel reino por Almagro, gran parte había quedado allí muerta, y que vió los cuerpos tendidos por allí y sin ningún olor malo ni corrupción. Y aún añadía otra cosa extraña, que hallaron vivo un muchacho, y, preguntado cómo había vivido, dijo que escondiéndose en no sé qué chocilla, de donde salía a cortar con un cuchillejo de la carne de un rocín muerto, y así se había sustentado largo tiempo; y que no sé cuántos compañeros que se mantenían de aquella suerte, ya se habían acabado todos, cayéndose un día uno y otro día otro amortecidos, y que él no quería ya sino acabar allí como los demás, porque no sentía en sí disposición para ir a parte ninguna, ni gustar de nada. La misma relación oí a otros, y, entre ellos, a uno que era de la Compañía y siendo seglar había pasado por allí.

Cosa maravillosa es la cualidad de aquel aire frío, para matar y, juntamente, para conservar los cuerpos muertos sin corrupción. Lo mismo me refirió un religioso grave, dominico, y perlado de su Orden, que lo había él visto, pasando por aquellos despoblados; y aún me contó que, siéndole forzoso hacer noche allí para ampararse del vientecillo, que digo que corre en aquel paraje tan mortal, no hallando otra cosa a manos, juntó cantidad de aquellos cuerpos muertos que había al derredor y hizo de ellos una como paredilla por cabecera de su cama; y así durmió, dándole la vida los muertos.

Sin duda es un género de frío aquél, tan penetrativo, que apaga el calor vital y corta su influencia, y, por ser juntamente sequísimo, no corrompe ni pudre los cuerpos muertos, porque la corrupción procede de calor y humedad. Cuanto a otro género de aire, que se siente sonar debajo de la tierra y causa temblores y terremotos, más en Indias que en otras partes, decirse ha cuando se trate de las cualidades de la tierra de Indias. Por ahora contentarnos hemos con lo dicho de los vientos y aires, y pasaremos a lo que se ofrece considerar del agua.




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Capítulo X


Del océano, que rodea las Indias, y de la mar del norte y del sur


En materia de aguas el principado tiene el gran mar océano, por el cual se descubrieron las Indias, y todas sus tierras están rodeadas de él; porque, o son islas del mar océano, o tierra firme, que también por dondequiera que fenece y se acaba se parte con el mismo océano. No se ha hasta ahora en el nuevo orbe descubierto mar mediterráneo, como le tienen Europa, Asia y África, en las cuales entran unos brazos de aquel inmenso mar y hacen mares distintos, tomando los nombres de las provincias y tierras que bañan, y cuasi todos estos mares mediterráneos se continúan entre sí y, al cabo, con el mismo océano, en el estrecho de Gibraltar, que los antiguos nombraron columnas de Hércules. Aunque el mar Rojo, desasido de esotros mediterráneos, por sí se entra en el océano Índico, y el mar Caspio con ninguno se junta.

Mas en Indias, como digo, ningún otro mar se halla sino el océano, y éste dividen en dos: uno, que llaman Mar del Norte; otro, Mar del Sur. Porque la tierra de Indias occidentales, que fué descubierta primero por el océano que llega a España, toda está puesta al norte, y por esa tierra vinieron a descubrir mar de la otra parte de ella, la cual llamaron del sur, porque por ella bajaron hasta pasar la línea, y, perdido el norte o polo ártico, descubrieron el polo antártico, que llaman sur. Y de ahí quedó nombrar Mar del Sur todo aquel océano, que está de la otra parte de las Indias occidentales, aunque sea, grandísima parte de él puesta al norte, como lo está toda la costa de la Nueva España y de Nicaragua y de Guatimala y de Panamá. El primer descubridor de este mar del sur dicen haber sido un Vasco Núñez de Balboa; descubrióse por lo que ahora llaman Tierra Firme, en donde se estrecha la tierra lo sumo, y los dos mares se allegan tanto uno al otro, que no distan más de siete leguas, porque, aunque se andan dieciocho de Nombre de Dios a Panamá, es rodeando y buscando la comodidad del camino; mas tirando por recta línea no dista más de lo dicho un mar del otro.

Han platicado algunos de romper este camino de siete leguas y juntar el un mar con el otro, para hacer cómodo el pasaje al Perú, en el cual dan más costa y trabajo dieciocho leguas de tierra, que hay entre Nombre de Dios y Panamá, que dos mil y trescientas que hay de mar. A esta plática no falta quien diga que sería anegar la tierra, porque quieren decir que el un mar está mas bajo que el otro, como en tiempos pasados se halla por las historias haberse dejado de continuar por la misma consideración el mar Rojo con el Nilo, en tiempo del Rey Sesostris, y después del Imperio Otomano.132 Mas para mí tengo por cosa vana tal pretensión, aunque no hubiese el inconveniente que dice, el cual yo no tengo por cierto: pero eslo para mí, que ningún poder humano bastará a derribar el monte fortísimo e impenetrable que Dios puso entre los dos mares, de montes y peñas durísimas, que bastan a sustentar la furia de ambos mares. Y cuando fuese a hombres posible, sería, a mi parecer, muy justo temer del castigo del cielo querer enmendar las obras que el Hacedor, con sumo acuerdo y providencia, ordenó en la fábrica de este universo.

Cesando, pues, de este cuidado de abrir la tierra y unir los mares, hubo otro menos temerario; pero, bien difícil y peligroso de inquirir, si estos dos grandes abismos se juntaban en alguna parte del mundo. Y esta fué la empresa de Fernando Magallanes, caballero portugués, cuya osadía y constancia grande en inquirir este secreto, y no menos feliz suceso en hallarle, con eterna memoria puso nombre al estrecho, que, con razón, por su inventor, se llama de Magallanes, del cual, como de una de las grandes maravillas del mundo, trataremos un poco.

El estrecho, pues, que en la mar del sur halló Magallanes, creyeron algunos, o que no lo había, o se había ya cerrado como don Alonso de Ercilla escribe en su Araucana, y hoy día hay quien diga que no hay tal estrecho, sino que son islas entre la mar, porque lo que es tierra firme, se acaba allí, y el resto es todo islas, y al cabo de ellas se juntan el un mar con el otro amplísimamente, o, por mejor decir, se es todo un mismo mar. Pero de cierto consta haber el estrecho y tierra larguísima a la una banda y a la otra, aunque la que está de la otra parte del estrecho, al sur, no se sabe hasta dónde llegue. Después de Magallanes pasó el estrecho una nao del obispo de Plasencia, don Gutierre Carvajal, cuyo mástil dicen que está en Lima, a la entrada de Palacio.

De la banda del sur se fué después a descubrir por orden de don García de Mendoza que entonces tenía el gobierno de Chile, y así le halló y pasó el capitán Ladrillero, cuya relación notable yo leí, aunque dice no haberse atrevido a desembocar el estrecho, sino que, habiendo ya reconocido la mar del norte, dió la vuelta por el aspereza del tiempo, que era ya entrado el invierno, y venían según dice, las olas del norte furiosas, y las mares hechas todas espuma de bravas. En nuestros días pasó el propio estrecho Francisco Drac, inglés cosario; después le pasó el capitán Sarmiento por la banda del sur, y ahora, últimamente, en este año pasado de ochenta y siete, con la instrucción que dió Drac, le han pasado otros cosarios ingleses, que al presente andan en la costa del Perú. Y porque me parece notable la relación que yo tuve del piloto mayor, que le pasó, la pondré aquí.




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Capítulo XI


Del estrecho de Magallanes: cómo se pasó por la banda del sur


Año de mil y quinientos y setenta y nueve; habiendo Francisco Drac pasado el estrecho de Magallanes, y corrido la costa de Chile y de todo el Perú, y robado el navío de San Juan de Antona, donde iba gran suma de barras de plata, el virrey don Francisco de Toledo armó y envió dos navíos buenos, para que reconociesen el estrecho, yendo por capitán Pedro Sarmiento, hombre docto en astrología.

Salieron del Callao, de Lima, por principio de octubre, y porque aquella costa tiene viento contrario, que corre siempre del sur, hiciéronse mucho a la mar y, con muy próspero viaje, en poco más de treinta días se pusieron en el paraje del estrecho. Pero, porque es dificultoso de reconocer, para este efecto llegándose a tierra entraron en una ensenada grande, donde hay un archipiélago de islas. Sarmiento porfiaba que allí era el estrecho, y tardó más de un mes en buscarle por diversas calas y caletas, y subiendo sobre cerros altos de tierra. Viendo que no le hallaban, a requerimiento que los del armada le hicieron, en fin tornó a salir a la mar, y hízose a lo largo. El mismo día les dió un temporal recio, con el cual corrieron, y a prima noche vieron el farol de la capitana, y luego desapareció, que nunca más la vido la otra nao. El día siguiente, durando la furia del viento, que era travesía, los de la capitana vieron una abra que hacía la tierra, y parecióles recogerse allí y abrigarse hasta que el temporal pasase.

Sucedió que, reconocida la abra, vieron que iba entrando más y más en tierra, y sospechando que fuese el estrecho que buscaban, tomando el sol halláronse en cincuenta y un grados y medio, que es la propia altura del estrecho. Y para certificarse más echaron el bergantín, el cual, habiendo corrido muchas leguas por aquel brazo de mar adentro, sin ver fin de él, acabaron de persuadirse que allí era el estrecho. Y porque tenían orden de pasarle, dejaron una cruz alta puesta allí, y letra abajo, para que el otro navío, si aportase allí, supiese de la capitana y la siguiese.

Pasaron, pues, con buen tiempo y sin dificultad el estrecho, y, salidos a la mar del norte, fueron a no sé qué isla, donde hicieron aguada y se reformaron, y de allí tomaron su derrota a Cabo Verde, de donde el piloto mayor volvió al Perú por la vía de Cartagena y Panamá, y trajo al virrey la relación del estrecho y de todo lo sucedido, y fué remunerado conforme al buen servicio que había hecho. Mas el capitán Pedro Sarmiento, de Cabo Verde pasó a Sevilla en la nao que había pasado el estrecho, y fué a la corte, donde su majestad le hizo mucha merced, y a su instancia mandó armar una gruesa armada que envió con Diego Flores de Valdés, para poblar y fortificar el estrecho; aunque con varios sucesos la dicha armada tuvo mucha costa y poco efecto.

Volviendo ahora a la otra nao almiranta, que iba en compañía de la capitana, habiéndose perdido de ella con aquel temporal que dije, procuró hacerse a la mar lo más que pudo; mas, como el viento era travesía y forzoso, entendió de cierto parecer, así se confesaron y aparejaron para morir todos. Duróles el temporal sin aflojar tres días, de los cuales pensando dar en tierra cada hora, fué al revés, que siempre veían írseles desviando más la tierra, hasta que, al cabo del tercero día, aplacando la tormenta, tomando el sol se hallaron en cincuenta y seis grados, y viendo que no habían dado al través, antes se hallaban más lejos de la tierra, quedaron admirados; de donde infirieron (como Hernando Lamero, piloto de la dicha nao, me lo contó), que la tierra que está de la otra parte del estrecho, como vamos por el mar del sur, no corría por el mismo rumbo que hasta el estrecho, sino que hacía vuelta hacia levante, pues de otra suerte no fuera posible dejar de zabordar en ella con la travesía que corrió tanto tiempo. Pero no pasaron más adelante, ni supieron si se acababa allí la tierra (como algunos quieren decir que es isla lo que hay pasado el estrecho, y que se juntan allí los dos mares de norte y sur), o si iba corriendo la vuelta del leste hasta juntarse con la tierra de Vista que llaman, que responde al cabo de Buena Esperanza, como es opinión de otros.

La verdad de esto no está averiguada hoy día, ni se halla quien haya bojado aquella tierra. El virrey don Martín Enríquez me dijo a mí que tenía por invención del cosario inglés la fama que se había echado, de que el estrecho hacía luego isla, y se juntaban ambos mares; porque él siendo virrey de la Nueva España, había examinado con diligencia al piloto portugués que allí dejó Francisco Drac, y jamás tal entendió de él, sino que era verdadero estrecho, y tierra firme de ambas parte;. Dando, pues, vuelta la dicha nao almiranta, reconocieron el estrecho, según el dicho Hernando Lamero me refirió; pero por otra boca o entrada que hace en más altura, por causa de cierta isla grande que está a la boca del estrecho, que llaman la Campana, por la hechura que tiene; y él quiso, según decía, pasarle, y el almirante y soldados no lo consintieron, pareciéndoles que era ya muy entrado el tiempo y que corrían mucho peligro; y así se volvieron a Chile y al Perú sin haberle pasado.




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Capítulo XII


Del estrecho que algunos afirman haber en la Florida


Como Magallanes halló aquel estrecho, que esta al sur, así han otros pretendido descubrir otro estrecho, que dicen haber al norte, el cual fabrican en la tierra de la Florida, la cual corre tanto, que no se sabe su término. El adelantado Pedro Meléndez, hombre tan plático y excelente en la mar, afirmaba ser cosa cierta el haber estrecho, y que el rey le había mandado descubrirle, de lo cual mostraba grandísima gana. Traía razones para probar su opinión, porque decía que se habían visto en la mar del norte pedazos de navíos que usan los chinos, lo cual no fuera posible si no hubiera paso de la una mar a la otra.

Ítem, refería que en cierta bahía grande que hay en la Florida, y entra trescientas leguas la tierra adentro, se veían ballenas a ciertos tiempos, que venían del otro mar; otros indicios también, refería, concluyendo, finalmente que, a la sabiduría del Hacedor y buen orden de naturaleza pertenecía, que, como había comunicación, y pasó entre los dos mares al polo antártico, así también la hubiese al polo ártico, que es más principal. Este estrecho, dicen algunos, que tuvo de él noticia aquel gran cosario Drac, y que así lo significó él cuando pasó la costa de Nueva España por la mar del sur, y aún se piensan que hayan entrado por él los cosarios ingleses, que este año pasado de mil quinientos ochenta y siete robaron un navío que venía de las Filipinas con gran cantidad de oro y otras riquezas, la cual presa hicieron junto a las Californias, que siempre reconocen las naos que vuelven a la Nueva España de las Filipinas y de la China.

Según es la osadía de los hombres y el ansia de hallar nuevos modos de acrecentarse, yo aseguro que antes de muchos años se sepa también este secreto, que es cierto cosa digna de admiración, que, como las hormiguillas tras el rastro, y noticia de las cosas nuevas, no paran hasta dar con lo dulce de la codicia y gloria humana. Y la alta y eterna sabiduría del Creador usa de esta natural curiosidad de los hombres para comunicar la luz de su Santo Evangelio a gentes que todavía viven en las tinieblas oscuras de sus errores. Mas, en fin, hasta ahora el estrecho del polo ártico, si le hay, no está descubierto; y así, será justo decir las propiedades y noticias que del antártico ya descubierto y sabido nos refieren los mismos que por sus ojos las vieron.




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Capítulo XIII


De las propiedades del estrecho de Magallanes


El estrecho, como está dicho, está en altura de cincuenta y dos grados escasos al sur; tiene de espacio, desde un mar a otro, noventa, o cien leguas; donde más angosto, será de una legua, algo menos; y allí pretendían que el rey pusiese una fuerza para defender el paso. El fondo en partes es tan profundo, que no se puede sondar; en otras se halla fondo y en algunas no tiene más que dieciocho, y aun en otras no más de quince brazas. De las cien leguas que tiene de largo de mar a mar, se reconoce claro que las treinta va entrando por su parte la mar del sur, y va haciendo señal con sus olas: y las otras setenta leguas hace señal la mar del norte con las suyas.

Hay empero esta diferencia, que las treinta del sur corre entre peñas altísimas, cuyas cumbres están cubiertas perpetuamente de nieve, y, según son altas, parece que se juntan; y por eso es tan difícil reconocer la entrada del estrecho por la mar del sur. Estas mismas treinta leguas es de inmensa profundidad, sin que se pueda dar fondo en ellas; pero puédense varar los navíos en tierra, según es fondable su ribera. Las otras setenta leguas, que entra la mar del norte, se halla fondo, y tiene a la una banda y a la otra grandes campos y sabanas, que allá llaman. Entran en el estrecho muchos ríos y grandes de linda agua. Hay maravillosas arboledas y algunos árboles de madera escogida y olorosa y no conocida por acá, de que llevaron muestra los que pasaron del Perú. Hay grandes praderías la tierra adentro; hace diversas islas en medio del estrecho.

Los indios, que habitan a la banda del sur, son pocos, chicos y ruines; los que habitan a la banda del norte son grandes y valientes, de los cuales trajeron a España algunos que tomaron. Hallaron pedazos de paño azul y otras insignias claras de haber pasado por allí gente de Europa. Los indios saludaron a los nuestros con el nombre de Jesús. Son flecheros, andan vestidos de pieles de venados, de que hay copia por allí. Crecen y descrecen las aguas del estrecho con las mareas, y vense venir las unas mareas de la mar del norte y las otras de la mar del sur claramente; y en el lugar donde se encuentran, que, como he dicho, es treinta leguas del sur y setenta del norte, parece ha de haber más peligro que en todo el resto.

Pero cuando pasó la capitana de Sarmiento, que he dicho, no padecieron grave tormenta, antes hallaron menos dificultad de lo que pensaron. Porque demás de ser entonces el tiempo bonancible, vienen las olas del mar del norte muy quebrantadas, por el gran espacio de setenta leguas que entran; y las olas del mar del sur, por ser su profundo inmenso, tampoco muestran tanta furia, anegándose en aquella profundidad. Bien es verdad que en tiempo de invierno es innavegable el estrecho por la braveza de los vientos e hinchazón de los mares que allí hay, y por eso se han perdido algunas naos que han pretendido pasar el estrecho, y de la parte del sur sola una le ha pasado, que es la capitana que he dicho, de cuyo piloto mayor, llamado Hernando Alonso, tuve yo muy larga relación de todo lo que digo, y vi la verdadera descripción y costa del estrecho, que, como la iban pasando, la fueron haciendo, cuya copia trajeron al rey a España, y llevaron a su virrey al Perú.




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Capítulo XIV


Del flujo y reflujo del mar océano en Indias


Uno de los secretos admirables de naturaleza es el flujo y reflujo del mar, no solamente por la extrañeza de su crecimiento y disminución, sino mucho más por la variedad que en diversos mares se halla en esto, y aun en diversas playas de un mismo mar.

Hay mares que no tienen el flujo y reflujo cotidiano, como consta del Mediterráneo inferior, que es el Tirreno; teniendo flujo y reflujo cotidiano el Mediterráneo superior, que es el mar de Venecia, cosa, que con razón, causa admiración, porque siendo ambos Mediterráneos, y no mayor el de Venecia, aquel tiene flujo y reflujo, como el océano, y es otro mar de Italia no lo tiene; pero algunos Mediterráneos manifiestamente tienen crecimiento y menguante cada mes, otros ni al día, ni al mes. Otros mares como el océano de España, tienen el flujo y reflujo de cada día y, ultra de éste, el de cada mes, que son dos; es, a saber, a la entrada y a la llena de luna, que llaman aguas vivas. Mar que tenga el crecimiento y disminución de cada día, y no le tenga el de cada mes, no sé que le haya.

En las Indias es cosa de admiración la variedad que hay en esto; partes hay en que llena y vacía la mar cada día dos leguas, como se ve en Panamá, y en aguas vivas es mucho más. Hay otras donde es tan poco lo que sube y lo que baja, que apenas se conoce la diferencia. Lo común es tener el mar océano creciente y menguante, cotidiana y menstrua; y la cotidiana es dos veces al día natural, y siempre tres cuartos de hora menos el un día del otro, conforme al movimiento de la luna, y así nunca la marea un día es a la hora del otro.

Este flujo y reflujo han querido algunos sentir que es movimiento local del agua del mar, de suerte que el agua que viene creciendo a una parte, va descreciendo a la contraria, y así es menguante en la parte opuesta del mar cuando es acá creciente. A la manera que en una caldera hace ondas el agua, que es llano que, cuando a la una parte sube, baja a la otra. Otros afirman que el mar a un mismo tiempo crece a todas partes, y a un mismo tiempo mengua también a todas partes; de modo que es como el hervor de la olla, que juntamente sube y se extiende a todas sus partes, y cuando se aplaca, juntamente se disminuye a todas partes.

Este segundo parecer es verdadero, y se puede tener, a mi juicio, por cierto y averiguado, no tanto por las razones que para esto dan los filósofos que en sus meteoros fundan esta opinión, cuanto por la experiencia cierta que de este negocio se ha ya podido alcanzar. Porque, para satisfacerme de este punto y cuestión, yo pregunté, con muy particular curiosidad al piloto arriba dicho, como eran las mareas que en el estrecho hallaron, si por ventura descrecían y menguaban las mareas del mar del sur, al tiempo que subían y pujaban las del mar del norte, y al contrario. Porque, siendo esto así, era claro que el crecer el mar de una parte, era descrecer de otra, que es lo que la primera opinión afirma. Respondióme que no era de esa suerte, sino que, clarísimamente, a un propio tiempo venían creciendo las mareas del mar del norte y las del mar del sur, hasta encontrarse unas olas con otras, y que a un mismo tiempo volvían a bajar cada una a su mar; y que este pujar y subir, y después bajar y menguar, era cosa que cada día la veían, y que el golpe y encuentro de la una y otra creciente era (como tengo dicho) a las setenta leguas del mar del norte y treinta del mar del sur.

De donde se colige manifiestamente que el flujo y reflujo del océano no es puro movimiento local, sino alteración y fervor con que realmente todas sus aguas suben y crecen a un mismo tiempo, y a otro tiempo bajan y menguan, de la manera que del fervor de la olla se ha puesto la semejanza. No fuera posible comprender por vía de experiencia este negocio, sino en el estrecho, donde se junta todo el mar océano entre sí. Porque por las playas opuestas, saber si cuando en la una crece, descrece en la otra, sólo los ángeles lo podrían averiguar, que los hombres no tienen ojos para ver tanta distancia, ni pies para poder llevar los ojos con la presteza que una marea da de tiempo, que son solamente seis horas.




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Capítulo XV


De diversos pescados y modos de pescar de los indios


Hay en el océano multitud de pescados que sólo el Hacedor puede declarar sus especies y propiedades. Muchos de ellos son del mismo género que en la mar de Europa se hallan, como lizas, sábalos, que suben de la mar a los ríos, dorados, sardinas y otros muchos. Otros hay que no sé que los haya por acá, como los que llaman cabrillas, y tienen alguna semejanza con truchas, y los que en Nueva España llaman bobos, que suben de la mar a los ríos. Besugos, ni truchas, no las he visto; dicen que en tierra de Chile las hay. Atunes hay algunos, aunque raros, en la costa del Perú, y es opinión que a tiempos suben a desovar al estrecho de Magallanes, como en España al estrecho de Gibraltar, y por eso se hallan más en la costa de Chile, aunque el atún que yo he visto traído de allá no es tal como lo de España.

En las islas que llaman de Barlovento, que son Cuba, la Española, Puerto Rico, Jamaica, se halla el que llaman manatí, extraño género de pescado, si pescado se puede llamar animal que pare vivos sus hijos, y tiene tetas, y leche con que los cría, y pace yerba en el campo; pero en efecto habita de ordinario en el agua, y por eso le comen por pescado, aunque yo cuando en Santo Domingo lo comí un viernes, casi tenía escrúpulo, no tanto por lo dicho, como porque en el color y sabor no parecían sino tajadas de ternera, y en parte de pernil, las postas de este pescado: es grande como una vara.

De los tiburones, y de su increíble voracidad, me maravillé con razón cuando vi que de uno que habían tomado en el puerto que he dicho le sacaron del buche un cuchillo grande carnicero, y un anzuelo grande de hierro, y un pedazo grande de la cabeza de una vaca con su cuerno entero, y aun no sé si ambos a dos. Yo vi por pasatiempo echar, colgado de muy alto, en una poza que hace la mar, un cuarto de un rocín, y venir a él al momento una cuadrilla de tiburo