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    Escritos diversos de 1870 a 1874
     Antonio García Cubas
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Escritos diversos de 1870 a 1874


Antonio García Cubas




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Señor don Mariano Bárcena

La afectuosa amistad que a usted me liga, y el justo homenaje que rindo a su inteligencia e interesantes trabajos científicos, trabajos que le auguran un brillante y honroso porvenir, me han decidido a hacer pública la manifestación de mis sentimientos, poniendo el nombre de usted al frente de este libro.

Acepte usted, por tanto, esta dedicatoria como un testimonio del sincero cariño que le profesa su amigo

Antonio García Cubas.

20 de Noviembre 1874.





  -1-  
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Materiales para formar la estadística general de la República Mexicana

Apuntes relativos a la población


En diversas épocas se ha intentado la formación del censo de la República, y pocas veces se ha obtenido, aunque de una manera imperfecta. Muy conocidas son las causas que se oponen a esta clase de trabajos estadísticos, y no me ocuparé, por tanto, en su enumeración.

Sin embargo, creo que los resultados obtenidos en la formación del censo, no están distantes de la verdad, y revelan un crecimiento lento de nuestra población, cuyas causas es muy conveniente estudiar; objeto que me he propuesto, aunque no con la extensión que tal asunto merece, por carecer de los datos necesarios.

Para investigar la exactitud de los últimos datos acerca de la población de la República, es preciso recurrir a los censos que en épocas distintas se han publicado, para compararlos con el último, teniendo en cuenta las diferencias entre   -2-   nacidos y muertos, y tomando por base el antiguo censo que inspire más confianza.

Don Manuel Orozco y Berra publicó en la Memoria del Ministerio de Fomento (1857) un interesante artículo, como todos los que son obra de su talento. Discutiendo en dicho artículo los mejores datos oficiales que pudo procurarse, consignó un verdadero monumento estadístico, cuyo final resultado dio la cifra de 8.281.403. La confianza que deben inspirar los trabajos del señor Orozco, por su reconocida aptitud, y el conocimiento que tuve por los datos oficiales que sirvieron para el indicado artículo, puesto que fueron los mismos de que me serví para el censo que consigné en el Atlas, y me dieron el resultado de 8.283.088, cifra que en muy poco difiere de la anterior, me han decidido para los cálculos de hoy, a tomar por base el censo obtenido por el señor Orozco. Partir para esta operación de los datos más antiguos sería inútil, puesto que ya esta tarea ha sido hábilmente desempeñada por persona competente.


Estado de Aguascalientes

Según la Memoria del señor Orozco, la población de Aguascalientes, conforme a la noticia remitida por el Estado en 5 de Febrero de 65 (que   -3-   debe referirse a 1864), ascendió a 83.837 habitantes.

La noticia oficial que se ha recibido en el Ministerio de Gobernación últimamente (1869) da 139.115 habitantes, distribuidos de la manera siguiente:

Ciudad de Aguascalientes 31.872
Demarcación del partido 33.996
Municipalidad de Jesús María 8.237
Calpulalpam 5.823
Demarcación del partido 18.619
Calvillo 6.891
Demarcación del partido 14.308
Ocampo 3.146
Demarcación del partido 11.427
Municipalidad de Tepezala 4.796
________
Número total de habitantes 139.115

Es decir, que según ambos documentos, la población aumentó en 14 años, 63.278 habitantes; el promedio que resulta por la comparación de los datos de movimiento de la población, en tres años, me da una cifra de 2.000 individuos por año en favor de la población, o en 14 años 28.000, que sumados a los del censo de 1834, dan para 1868 el guarismo de 113.837 habitantes,   -4-   que adopto prudentemente como más aproximado.




Estado de Campeche

El dato que publiqué en mi Carta general (1863) tomado de la obra de don Tomás Aznar Barbachano, expresaba 86.453 habitantes como censo del Estado en 1858. La Memoria presentada por el gobernador a la legislatura en 1869, consigna 80.366 habitantes, distribuidos de la manera siguiente:

Campeche 19.553
Carmen 10.753
Chenes 16.943
Calkini 20.506
Champoton 12.611
________
Suma 80.366

Si ambos documentos son exactos, como es de creerse, revelan un decrecimiento deplorable en la población, debido sin duda alguna, a la funesta guerra de castas de la península.




Estado de Coahuila

Orozco y Berra asigna para 1856 al Estado 67.598 habitantes. Las últimas noticias del Ministerio   -5-   de Gobernación dan 93.150 habitantes, según consta a continuación:

Saltillo 34.721
Parras 10.268
Viesca 11.322
Mouclova 23.425
Río Grande 13.414
________
Total 93.150

Ningún dato verdadero he podido adquirir respecto del movimiento de la población, pues del que consta en la Memoria del Gobierno del Estado (1869) ningún resultado puede obtenerse, por ser formado por el registro civil que, como es sabido, presenta con exactitud su estado de defunciones, pero sumamente incompleto el de nacimientos. Debe admitirse el último dato, pues apenas manifiesta una diferencia de 25.000 en favor de la población en el período de doce años, o próximamente 2.000 individuos por año, que no puede considerarse exagerada.




Estado de Chiapas

La Memoria de 1857 da al Estado la población de 167.472 habitantes.

  -6-  

Las noticias del Ministerio de Gobernación 193.987, de la manera siguiente:

San Cristóbal las Casas 46.750
Comitán 36.364
Tuxtla Gutiérrez 23.545
Pichucalco 15.027
Chiapa 19.799
Chilón 17.845
Soconusco 13.545
Palenque 9.479
Simojovel 11.633
________
Suma 193.987

El aumento que ha habido en doce anos es de 26.515, o próximamente 2.200 al año, que corresponde a cerca de 1½ por ciento.




Estado de Chihuahua

La Memoria de 857 da 164.073 habitantes. Los datos del Ministerio de Gobernación 179.971, comprendiendo 15.000 indios tarahumares no empadronados.

Distrito Iturbide 51.643
Cantón Rayón 6.841
  -7-  
Cantón Arteaga 10.266
" Matamoros 5.770
" Galeana 3.354
" Victoria 8.000
Distrito Hidalgo 46.694
" Bravos 7.617
" Guerrero 12.324
" Mina 12.462
________
164.971
Apaches no empadronados 15.000
________
179.971

Ha aumentado la población en doce años, según ambos documentos, 15.898 habitantes, que corresponden al año 1.325 individuos por término medio, y menos de uno por ciento. El cálculo no es, por tanto, exagerado, y debe admitirse.




Estado de Durango

Memoria de 1857 144.331 habitantes
El censo último 173.402 "

Distribuidos de la manera siguiente:

  -8-  

Distrito de la capital 37.305
Tamazula 16.239
Nombre de Dios 16.025
San Juan del Río 16.227
Cuencamé 15.449
Papasquiaro 15.893
El Oro 8.055
Mapimí 12.988
Nazas 8.420
Mezquital 11.034
Indé 7.740
San Juan de Guadalupe 5.466
San Dimas 2.561
________
173.402

El aumento que conforme a estos documentos ha tenido el Estado en el período de doce años, es de 29.611 individuos, o sean 2.467 por año; aumento que corresponde a 2 por ciento próximamente.

El movimiento de la población en 1856 fue:

Nacidos 8.227
Muertos 5.586

Que revela alguna conformidad con el término medio anterior.

El dato del ministerio de Gobernación me parece no hallarse distante de la verdad.



  -9-  
Estado de Colima

El censo que de este Estado publiqué en el Atlas, era de 61.243. El movimiento en 1855 dio una diferencia en contra de la población, de catorce individuos, según se ve por el siguiente dato:

Varones Hembras Total
Nacidos 697 666 1.363
Muertos 755 622 1.377
______
Diferencia en contra 14

La población en los años subsecuentes ha de haber disminuido de una manera notable, pues el padrón que últimamente remitió el Gobierno del Estado (y en el cual se debe tener entera confianza por haberse practicado por segunda vez las operaciones para rectificar las primeras), solamente da para 1868 la población de 48.649 habitantes, distribuidos de la manera siguiente:

Municipalidad de Colima 30.404
Villa de Álvarez 6.336
Comala 4.769
Coquimatlán 2.738
Tecumán 2.003
Ixtlahuacán 1.429
Manzanillo 970
________
48.649

  -10-  

De manera que en doce años ha perdido la población 12.594 individuos; mil sesenta en el año, o más de dos por cada cien habitantes.

Evidentemente las causas principales de esta deplorable diminución, han provenido de la guerra civil, y muy particularmente de lo insalubre de la parte del Sur y Sur Oeste del Estado, debido en una gran parte a la incomunicación de la extensa laguna de Cuyutlán con el mar.




Estado de Guanajuato

Acerca de este Estado de Guanajuato, que por la proporción en que se encuentra su población respecto de su extensión territorial, se ha considerado como el más poblado de la República, se nota una gran diferencia entre los diversos datos que en distintas épocas se han publicado.

La Geografía de Almonte le da (1852) 713.388
Anales de Fomento, (1852) 718.775
Dato oficial, (1855) 672.809
Cuadro sinóptico, (1856) 697.270
Atlas de la República, (1857) 874.073
Memoria de Fomento, (1857) 729.103
Carta general, (1863) 874.000
Datos de gobernación, (1868) 729.988

  -11-  

Debo advertir que el dato de que me serví tanto para el Atlas como para la Carta general, constaba en la estadística del Estado que mandó formar el Ministerio de Fomento; los informes que después he adquirido respecto del procedimiento que empleó el comisionado para formar el censo, me han convencido de la muy poca confianza que aquel dato merece.

Tomemos para nuestros cálculos el dato oficial de 1855, que da para el censo del Estado 672.809.

El movimiento en favor de la población:

En 1855 13.682
En 1856 18.155
______
Suma 31.837
Término medio 15.818

Que corresponde a un aumento de dos y un quinto por ciento. Para no errar por exceso, admitiremos por término medio el uno y medio.

En doce años la población habrá obtenido un aumento de 125.508 individuos, que dan para 1868, 822.778 habitantes.

Los datos del Ministerio de Gobernación son los siguientes:

  -12-  

Departamento de la capital
Guanajuato 56.012
La Luz 13.670
Silao 30.738
Romita 15.352
Irapuato 25.640
Cuitzeo 20.626
Salamanca 22.889
Pueblo Nuevo 2.438
Valle de Santiago y Congregación del Jaral 21.782
Pénjamo 23.166
Congregación de Cuerámaro 4.800
237.113

Departamento de León
León 78.930
San Francisco del Rincón 16.127
Purísima del Rincón 6.919
Piedragorda 17.404
119.380

  -13-  

Departamento de Celaya
Celaya 29.203
San Miguel de Octopan 171
Rincón de Tamayo 208
San Juan de la Vega 413
Apaseo, San Pedro, Tenango, San Bartolo Ixtla 16.820
Santa Cruz 11.607
Cortázar y el Guaje 11.877
Tarimoro 7.265
Salvatierra 21.688
Moroleón 6.832
Yuriria 17.992
Uriangato 4.868
Maravatio 2.055
Acámbaro 15.671
Tarandacuao de la Constancia 2.567
Irámuco 1.471
Tócuaro 381
Jerécuaro 10.510
Coroneo 2.753
Chamacuero 7.844
Neutla 2.776
174.972

  -14-  

Departamento de Allende
Allende 36.911
Hidalgo 44.883
San Felipe 35.984
San Juan de Ocampo 4.960
San Diego del Bizcocho 11.780
134.518

Departamento de Sierra-Gorda
San Luis de la Paz 19.464
Mineral de Pozos 4.356
Iturbide 16.989
Tierrablanca 5.320
Santa Catarina 1.627
Victoria 10.685
Xichú 3.183
Atarjea 2.381
________ 64.005
_______
Suma 729.988

Sabido es que en los lugares mineros el movimiento de la población está sujeto a las eventualidades de las minas; pero éstas en Guanajuato,   -15-   aunque no se encuentran en el estado floreciente de otros tiempos, su decadencia no ha llegado al grado de influir de una manera notable en la diminución de la población. Bien pudiera por dicha causa haber decaído ésta en los minerales; pero en cambio las poblaciones industriales como León, Salamanca y Celaya, así como la agricultura en los ricos terrenos del bajío, habrían ganado los brazos que abandonaran los trabajos de las minas, si otra causa muy poderosa no lo hubiera impedido: la funesta guerra de intervención, que hizo sentir sus consecuencias en Guanajuato tanto como en la mayor parte de los Estados de la República. Por todas las razones expuestas, creo prudente tomar un término medio entre el resultado que da el cálculo y el último dato oficial.

El cálculo da 822.778 habitantes
El último dato 729.988 "
________
Suma 1.552.766
Término medio 776.383

Que a mi juicio es el censo probable para 1868, el cual revela un aumento de 47.280 individuos respecto del dato del señor Orozco y Berra, y corresponde a menos de medio por ciento anual.



  -16-  
Estado de Guerrero

En la mayor parte de obras estadísticas publicadas, se le da al Estado 270.000 habitantes; pero este dato es incierto, por haberse formado de noticias aisladas que no inspiran mucha confianza. Según creo, hoy es la primera vez que tenemos un dato completo y oficial de aquella parte de la República, y es el que debe admitirse.

La noticia recibida por el Ministerio de Fomento, es la siguiente:

Distrito del centro 28.543
Chilapa 15.359
Tavares 16.601
Ometepec 17.558
Allende 13.819
Morelos 41.593
Hidalgo 39.322
Mina 29.070
Aldama 23.052
Galeana 16.973
________
241.860



  -17-  
Estado de Jalisco

El Ministerio de Gobernación posee los datos únicamente de siete cantones, y son para mí tan inexactos, que no deben figurar en el censo general de la República. Para demostrar su inexactitud, nos bastará comparar dichos datos en lo que concierne al Cantón de Guadalajara con los de la estadística del señor Banda, que merecen mucha confianza, tanto por el sello de veracidad que revela su estadística, como por la procedencia de los datos.

Datos de Gobernación, (1869) 82.668
Datos de Banda, (1855) 200.703
________
Diferencia en favor de los datos de Banda 118.035

Diferencia enorme, que es tanto más de notar, cuanto que los datos de Banda se refieren a una época mucho más atrasada.

Según los datos oficiales que en 1857 tuve a la vista para la formación del Atlas de la República, la población de Jalisco constaba en aquella época de 804.058 habitantes.

  -18-  

Corregido este dato después por personas que conocen bastante la población del Estado, según lo expresa el señor Banda en su estadística (Boletín de la Sociedad de Geografía, tomo 11, página 612), la población del Estado para 1857 daba un total de 822.229 habitantes, distribuidos de la manera siguiente:

Cantón de Guadalajara 162.807
Cantón de Lagos 158.894
Cantón de la Barca 108.993
Cantón de Sayula 54.918
Cantón de Ahualulco 88.709
Cantón de Autlán 56.657
Cantón de Tepic 74.642
Cantón de Colotlán 48.782
Cantón de Zapotlán 67.825
________
822.229

Según los pocos datos que he podido reunir sobre el movimiento de población, el aumento de ésta se efectúa en la relación de uno por cada cien individuos. Calculando con esta base, resulta que la población para 1870 debe ser de novecientos treinta y siete mil trescientos treinta y siete.

  -19-  

En la misma estadística del señor Banda se consigna el censo de la población formado en vista de los datos ministrados por los ciento veintiún curatos que comprende el Estado de Jalisco.

La población del Estado para 1855, según estas noticias, es la que sigue:

Población de los diez y ocho curatos que comprende el cantón de Guadalajara 200.713
Ídem de los ocho curatos que encierra el cantón de Lagos 143.372
Ídem de los diez y ocho curatos del cantón de la Barca 128.115
Ídem de los veintiún curatos del cantón de Sayula 154.704
Ídem de los catorce curatos del cantón de Etzatlán 108.871
Ídem de los doce curatos del cantón de Autlán 71.157
Ídem de los doce curatos del cantón de Tepic 64.585
Ídem de los ocho curatos del cantón de Colotlán 53.063
________
Suma 924.580

  -20-  

Si admitimos este mismo dato para 1870, despreciamos el aumento que en los diez y seis años debiera haber tenido la población, y el cual sería de 73.966 almas; cifra que puede compensar la pérdida de la población por la guerra civil, la de la intervención, y sobre todo por la emigración a los Estados circunvecinos.

No vacilo en aceptar los datos anteriores, dados por los curas de las diócesis de Jalisco, por dos razones: primera, porque es sabido que los curas son los poseedores de los mejores datos respecto de población; y segunda, porque deben inspirar mayor confianza los trabajos ejecutados por mayor número de personas que a consecuencia de la subdivisión administrativa están en aptitud de conocer más la localidad cuanto menor sea la extensión de ésta.




Estados de México, Hidalgo y Morelos

En 1856 se señalaban al antiguo Estado de México 956.519 habitantes, deducida de esta cifra la suma de 56.035 que correspondían al Distrito de Tlalpam, perteneciente al Distrito Federal.

  -21-  

La Memoria del Ministerio de Fomento consignó la suma de 27.585 individuos de aumento anual a la población, cifra que corresponde a 2,7 por ciento; si admitimos solamente para nuestros cálculos el 1½, se tendrá para 1870 un aumento en los doce años de 172.273 habitantes, cifra que agregada a la anterior cantidad produce para el censo del Estado en el año a que me refiero, 1.128.774.

Para obtener una mutua comprobación entre el cálculo y los datos remitidos por los gobernadores de los Estados en que últimamente se ha subdividido el antiguo de México, y son Hidalgo, México, y Morelos, consigno aquéllos para compararlos.

Población del Estado de Hidalgo
1868
Atotonilco el Grande 25.558
Actopam 40.867
Apam 12.284
Jacala 14.580
Huichapam 31.949
Huejutla 51.988
Metztitlán 23.552
Pachuca 45.243
  -22-  
Tulancingo 43.603
Tula 28.353
Ixmiquilpam 41.163
Zacualtipán 28.235
Zimapán 16.832
________
Número de habitantes 404.207

Estado de México
Toluca 77.143
Tenango 46.325
Tenancingo 35.113
Ixtlahuaca 57.543
Lerma 37.371
Villa del Valle 30.102
Jilotepec 42.042
Sultepec 38.466
Temascaltepec 26.269
Tlalnepantla 34.563
Cuautitlán 30.189
Zumpango 25.038
Otumba 31.633
Texcoco 40.931
Chalco 46.461
________
Número de habitantes 599.189

  -23-  

Estado de Morelos
Cuernavaca 33.481
Yautepec 16.039
Cuautla 22.605
Jonacatepec 19.511
Tetecala 29.462
________
Número de habitantes 121.098

Resumen
Estado de Hidalgo 404.207
Estado de México 599.189
Estado de Morelos 121.098
________
1.124.494

Resultado que difiere poco del obtenido por el cálculo, y debe en mi concepto admitirse.




Estado de Michoacán

Por los informes que he adquirido, el gobierno del Estado de Michoacán es uno de los que más empeño han tenido en la formación del censo, y los datos que ha remitido deben considerarse como exactos, hasta donde es posible que lo sean, atendiendo a las dificultades que se presentan en la ejecución de obra de esta naturaleza; sin   -24-   embargo, debemos proceder a nuestros cálculos, aunque no sea más que para investigar la importancia del movimiento de la población.

La cifra que obtuve para mi Atlas geográfico fue la misma del Cuadro sinóptico, la cual ascendía en 1856 a 491.679.

Los datos del Ministerio de Gobernación dan la siguiente:

Morelia 96.371
Zinapécuaro 37.800
Maravatio 41.823
Zitácuaro 37.979
Huetamo 29.600
Tacámbaro 25.900
Ario 23.590
Pátzcuaro 28.612
Uruapam 41.377
Apatzingán 13.996
Coalcomán 9.573
Los Reyes 16.154
Jiquilpam 30.275
Zamora 46.765
La Piedad 48.097
Purépero 28.734
Puruándiro 61.426
________
618.072

  -25-  

Este resultado manifiesta, comparado con el anterior, que en doce años la población de Michoacán ha tenido un aumento de 126.393 habitantes, que corresponden a 1,7 por ciento al año.




Estado de Nuevo-León

La Memoria del Ministerio de Fomento consignó 145.779 habitantes para el censo del Estado en 1856.

Los datos de gobernación dan 174.000 distribuidos de la manera siguiente:

Monterrey 47.818
Cadereyta 15.012
Villaldama 11.870
Salinas Victoria 11.480
Doctor Arroyo 22.233
García 14.223
Montemorelos 20.232
Cerralvo 10.139
Linares 20.993
________
174.000

Calculando el aumento de la población en doce años 1½ por ciento que me indican los datos que tengo a la vista, resulta la cifra de 170.268, que está en consonancia con la anterior.



  -26-  
Estado de Oaxaca

La Memoria del gobernador en 1852, daba al Estado 542.938 habitantes (Memoria de Fomento). El movimiento de la población en tres años dio la suma de 27.695 habitantes en favor de ella, o sea por término medio al año 9.232, que corresponden a 1,7 por ciento. En diez y seis años la población debía haberse elevado a 690.750 habitantes. El censo que últimamente ha remitido el gobierno del Estado al Ministerio de Gobernación, sólo le da 601.850, que en diez y seis años corresponde a menos de 1 por ciento de aumento anual.

Desde luego se advierte, en vista de tales datos, cuáles son los Estados de la República que más población han perdido en la guerra de intervención.

Los últimos datos son los que a continuación se expresan:

Centro 47.220
Coixtlahuaca 12.553
Cuicatlán 14.383
Choapam 8.958
Ejutla 14.189
  -27-  
Etla 20.242
Huajuapam 34.129
Jamiltepec 28.155
Juchitan 27.916
Juquila 14.136
Juxtlahuaca 11.288
Miahuatlán 27.764
Nochistlán 27.564
Ocotlán 25.085
Pochutla 9.767
Silacayoapam 20.590
Tehuantepec 17.684
Teotitlán del Camino 21.361
Teposcolula 23.260
Tlacolula 32.226
Tlaxiaco 35.687
Tuxtepec 16.108
Villa Alta 34.837
Villa Álvarez 38.083
Villa Juárez 19.041
Yautepec 19.624
________
601.850




Estado de Puebla

El censo que se ha formado del Estado en diversas épocas, marca diferencias muy notables,   -28-   y demuestra que en Puebla más que en ningún otro Estado de la República, la guerra civil y de intervención han hecho sentir sus funestas consecuencias.

La Memoria del gobierno del Estado en 1849, dio el censo de 683.725, sin incluir los Distritos de Tlalpa y Ometepec que se segregaron para formar parte del Estado de Guerrero, así como el de Tuxpam, que se agregó a Veracruz; para 1865 la estadística consignó la cifra de 655.882; don Pascual Almazán 830.000 en su Carta de Puebla que publicó en 1868, y los últimos datos 688.788. Si comparamos las dos noticias oficiales (1849 y 1869), resulta que el aumento que ha tenido la población en diez y ocho años, apenas da la cifra de 5.063. Comparados los censos de 849 y 855, se nota una diferencia en contra de la población, de 27.843 habitantes. Si tomamos por base para nuestros cálculos la cifra que corresponde a la estadística que mandó formar el Ministerio de Fomento, tendremos:

En 1855 655.882
En 1868 688.778
________
Diferencia en favor, en trece años, que corresponde a menos de ½ por ciento al año 32.896

  -29-  

El censo que últimamente recibió el Ministerio de Gobernación, y al cual me refiero, es como sigue:

Acatlán 36.176
Atlixco 36.805
Chalchicomula 44.861
Chiautla 26.740
Cholula 31.768
Huauchinango 21.587
Huejocingo 21.364
Matamoros 32.565
Pahuatlán 18.300
Puebla 70.916
San Juan de los Llanos 30.196
Tecali 24.199
Tecamachalco 38.010
Tehuacán 50.942
Tepeaca 31.788
Tepexi 41.184
Teziutlán 19.630
Tetela 30.314
Tlatlauquitepec 14.749
Zacapoaxtla 23.376
Zacatlán 43.318
________
688.788



  -30-  
Estado de Querétaro

En 1851, según datos oficiales, el Estado contaba con 132.124 habitantes. Calculando el aumento que debe haber tenido la población en diez y siete años, a razón de 1½ por ciento al año, resulta la suma de 23.682, que agregada a la anterior, da para 1868 el censo de 155.806.

Poco difiere esta cantidad de la del dato oficial del Ministerio de Gobernación; con todo, es prudente admitir la última, pues la primera descansa únicamente en el simple cálculo.

Datos del Ministerio de Gobernación:

Distrito del centro 48.237
San Juan del Río 31.412
Amealco 12.701
Jalpam 19.300
Tolimán 22.442
Cadereyta 19.194
________
153.286




Estado de San Luis Potosí

Las únicas noticias que he obtenido del Ministerio de Gobernación, son:

  -31-  

Prefectura de Río Verde 17.365
Partido de Tamazunchale 7.092
Ciudad Fernández 9.180

Noticias incompletas y para mí muy inexactas, pues basta comparar la que se refiere a Río Verde para convencerse de ello.

Último dato 17.365
Dato oficial de 1855 48.019 el partido.
" " 86.153 el distrito.

Tomemos, por tanto, el dato oficial de 856, y con esa base calculemos el aumento de la población a razón de 1½ por ciento, que es la mitad de lo que revela el dato que sobre movimiento de ella poseo, y se refiere a 1856.

El documento oficial para 1855 es el siguiente:

Distrito de San Luis 179.139
Río Verde 86.153
Venado 86.146
Tancanhuitz 38.922
________
390.360
Aumento probable en 13 años 76.120
________
Censo para 1868 466.480

  -32-  

Después de ejecutados los cálculos anteriores se recibió la Memoria del Gobernador del Estado, correspondiente al período de 24 de Septiembre de 1868 a 31 de Julio de 1869.

El censo que consta en dicha Memoria es el siguiente:

Partidos.- Capital 127.000
" Catorce 48.500
" Santa María del Río 51.500
" Venado 34.000
" Guadalcázar 29.500
" Cerritos 29.500
" Salinas 17.000
" Río Verde 41.500
" Ciudad del Maíz 23.000
" Hidalgo 28.000
" Tancanhuitz 19.000
" Tamazunchale 16.000
" Ciudad de Valles 12.000
__________
Suma 476.500

Este dato difiere poco de la cifra obtenida por el cálculo, y siendo además el oficial, debe admitirse.



  -33-  
Estado de Sinaloa

La mayor parte de los trabajos estadísticos que acerca de la República se han publicado repiten la cifra de 160.000 habitantes como censo del Estado de Sinaloa, que consigné en el Atlas y tomé de los archivos del Ministerio de Fomento. El único dato oficial que poseo es el del Ministerio de Gobernación para 1868, el cual, comparado con el anterior, revela la lentitud con que crece la población del Estado, debido sin duda a las continuas revueltas que lo han agitado, y como éstas no han cesado, de presumir es, que marche a su crecimiento cada vez con mayor lentitud. Esta observación, en mi concepto, manifiesta que la cifra que consigné en el Atlas no estaba lejos de la verdad.

El dato oficial a que me refiero es el siguiente:

Distrito de Mazatlán 26.298
" del Rosario 15.387
" de Concordia 10.676
" de Cosalá 13.322
" de San Ignacio 8.248
" de Mocorito 12.679
  -34-  
Distrito del Fuerte 23.438
" de Sinaloa 22.016
" de Culiacán 29.093
________
161.157

Ya escritas las anteriores líneas se recibió la Memoria última del Gobierno del Estado (1869), cuyos datos se refieren al año anterior.

Los relativos al censo son los que siguen:

Distritos.- Mazatlán 26.298
" Rosario 15.387
" Concordia 10.676
" Cosalá 13.322
" San Ignacio 8.248
" Mocorito 12.679
" Fuerte 23.438
" Sinaloa 23.157
" Culiacán 29.093
________
Censo que debe admitirse para 1868 462.298




Estado de Sonora

El Atlas geográfico y el Cuadro sinóptico dan al Estado en 1856 la población de 147.000 habitantes, y la Memoria del Ministerio 139.374.   -35-   El documento oficial que obra en el Ministerio de Gobernación consigna 130.711, distribuidos del modo siguiente:

Distrito de Ures 18.282
" de Hermosillo 19.873
" de Guaymas 14.947
" de Alamos 21.800
" de Moctezuma 9.395
" de Sahuaripa 7.996
" de Arizpe 6.543
" de Altar 5.468
" de Magdalena 3.907
________
108.211

Deben agregarse según el mismo documento 13.000 yaquis.
6.500 mayos.
3.000 ópatas.
________
Total 130.711

En esta noticia no aparecen las demás razas que se encuentran en Sonora, como son los pimas, los pápagos, los apaches y los seris. Según la estadística de don Manuel Monteverde, publicada hace más de doce años, la población de Sonora   -36-   constaba de 134.000 individuos, en cuyo número figuran:

Mayos y yaquis 30.000
Ópatas 35.000
Pimas 15.000
Pápagos 15.000
Apaches 10.000
Seris 200
________
105.200

Es decir, que en la población de Sonora pertenecen a la raza indígena los 0,7. Las cifras que da a este respecto la noticia oficial, se hallan muy distantes de las ministradas por la estadística de Monteverde. Parece por las indicaciones que encontré en los datos oficiales, que no se han podido empadronar todos los indígenas de Sonora; creo prudente, en vista de tal circunstancia, aceptar las cifras que da la estadística ya citada, menos la que concierne a los apaches, por dos razones: la una, porque no tienen residencia fija, y la otra, porque establecen con más frecuencia sus rancherías en los terrenos de la Mesilla, que pertenecen a los Estados-Unidos, de manera que si se encuentran en Sonora, es debido principalmente a sus invasiones.

  -37-  

Además, por noticias que he adquirido, la población puede calcularse en la cuarta parte de raza blanca y las tres restantes de raza indígena.

Así, pues, la población de Sonora puede representarse de la manera siguiente:

Raza blanca 31.732
Yaquis y mayos 30.000
Ópatas 35.000
Pimas 15.000
Pápagos 15.000
Seris 200
________
426.933

Mas como estos datos se refieren al año de 1854, la cifra que representa la población es en la actualidad muy baja; de suerte que si calculamos a razón de 1½ por ciento anual su aumento, tendremos como un dato probable para 1868 la suma de 157.397.




Estado de Tabasco

El Atlas geográfico de la República daba al Estado en 1857 la población de 63.569 según los datos oficiales que tuve en aquella época. Los que posee el Ministerio de Gobernación y se refieren a 1868 dan la suma de 83.707.

  -38-  

El aumento de la población, según las noticias oficiales acerca de su movimiento, fue:

En 1854 1.873 individuos en favor de la población.
En 1855 1.385
________
Término medio 1.629

De manera que en doce años el aumento total ha sido de 19.538, que agregados al censo de 1867 dan para la población del Estado en 1868 la suma de 83.134, que sólo difiere del último censo oficial en 673 individuos.

En tal virtud, el aumento que ha tenido la población es a razón de 2½ por ciento al año. Debe, pues, admitirse el último censo.




Estado de Tamaulipas

El dato oficial que se consignó en el Atlas geográfico y se refiere a 1856, marca la población en 108.514.

La única noticia que poseo relativa a movimiento de la población revela un crecimiento muy lento, pues aquélla obtuvo en su favor en 1855 la pequeña cifra de 339 habitantes, que corresponden a 0,4 por ciento. Esta misma noticia   -39-   nos demuestra que la población crece en el Distrito del Centro; es de poca importancia en el del Norte, y mengua en el del Sur, que como es sabido, en él se encuentran los lugares enfermizos del Estado. Si a estas consideraciones se agrega el inconveniente de la guerra civil de que aquél ha sido presa, debemos prudentemente no alterar aquella cifra.

La población se divide según las razas:

Europea 22.399
Mixta de europea e indígena 64.811
Indígena 10.763
Africana (en los puertos) 201
Mixta de indígena y africana 5.453
Mixta de europea y africana 4.887
________
108.514

Las razas europea, indígena y mixta están en la siguiente relación:

La indígena representa la novena parte; del resto la tercera parte corresponde a la europea y las dos restantes a la mixta.




Estado de Tlaxcala

El censo de 1857, según la Memoria de Fomento, era de 90.158, que debe haber ascendido en 1868 a 106.386 habitantes, calculando a razón   -40-   de 1½ por ciento al año. Últimamente se agregó al Estado la municipalidad de Calpulalpam, cuya población es de 9.943 almas, que sumada a la cifra anterior, da 116.329 habitantes.

El censo formado últimamente, consigna la cifra de 117.941, distribuida de la manera siguiente:

Distritos
Hidalgo (Tlaxcala) 35.160
Zaragoza (Zacatelco) 23.662
Juárez (Huamantla) 30.618
Morelos (Tlaxco) 14.160
Ocampo (Calpulalpam) 14.341
________
Total número de habitantes 117.941

Suma que poco difiere de la anterior obtenida por medio del cálculo.




Estado de Veracruz

La población en 1853 constaba, según el documento oficial publicado en el Atlas, de 338.859; pero esta cifra no comprende la población de los cantones de Acayucán y Minatitlán, que pertenecen   -41-   al Estado de Veracruz desde que dejó de existir el territorio de Tehuantepec en 1857; de suerte que se deben agregar 28.000 a la cifra anterior, cuya suma da 366.859 habitantes.

El último documento oficial ministra los siguientes datos:

Cantón de Veracruz 41.914
" Tuxpan 26.166
" Misantla 6.912
" Jalapa 46.735
" Cosamaloapán 15.557
" Coatepec 25.194
" Jalacingo 30.266
" Papantla 15.609
" Acayucán 16.559
" Orizava 41.601
" Tuxtlas 21.345
" Tantoyuca 22.123
" Huatusco 13.522
" Córdoba 31.983
" Zongolica 14.793
" Minatitlán 12.583
" Tampico 23.468
" Chicontepec 31.177
________
437.507

En consecuencia, el aumento de la población en quince años ha sido de 70.648 habitantes;   -42-   cifra que corresponde a menos de uno y medio por cada cien individuos.




Estado de Yucatán

Diversas cifras se han publicado respecto de la población de Yucatán; cifras que proceden ya de trabajos oficiales, ya de cálculos extraoficiales; unos y otros revelan, o la inseguridad de la base de que parten y la dificultad de formar el censo de los habitantes de la península, o bien un movimiento muy irregular que unas veces crece poco, y otras mengua extraordinariamente. La guerra de castas que se ha entronizado desde hace tantos años sin que, para mí, haya esperanza de que algún día cese, es ciertamente la causa de las irregularidades en la marcha de la población.

Don José María Durán, en su artículo sobre población para 1862, publicó, respecto de Yucatán, los siguientes datos:

La población de este estado en 1845, según su estadística publicada en el tomo tercero del Boletín de la Sociedad de Geografía y Estadística, era de 575.361
En 1838 el Instituto 580.984
  -43-  
En 1856 Lerdo de Tejada 668.623
En 1857 el Atlas 668.632
La misma era la del Ministerio de Fomento "
El señor M. P. (1858) 450.000

Que demuestran las circunstancias que he indicado. El censo que en esta noticia aparece para mí aceptado en 1857, no lo fue en realidad, pues en el Estado respectivo del Atlas, no obstante que consigné esta cifra como el último dato, hice acerca de él consideraciones fundadas que me condujeron a estimar la población de la península para aquella época solamente, en unos doscientos ochenta a trescientos mil individuos. Indudablemente que esta cifra fue baja, si en el censo de Yucatán deben comprenderse no sólo los indígenas mayas sujetos y sustraídos de la obediencia del gobierno, sino aun los habitantes del Petén, poblado antiguamente por los itzaes, tribu de los mayas, que fue conquistada por el gobernador de Yucatán don Martín de Urzúa en 1797.

Segregada la parte de Campeche para erigirse en Estado, juntamente con la Isla del Carmen, aun cuando se admita en la actualidad para Yucatán la misma cifra que en 1857, su población habrá adquirido su aumento natural, según se comprueba con el último dato oficial.

  -44-  

En 1857 admití de 280.000 a 300.000. Los datos oficiales para 1868 dan 282.634.

Distribuidos de la manera siguiente:

Partido de Mérida 42.141
Hunucmá 18.614
Sisal 3.959
Acanché 22.258
Tixkokob 17.557
Motul 20.744
Temax 16.995
Itzamal 25.211
Zotuta 11.313
Valladolid 18.370
Ezpita 11.277
Tiximin 11.514
Tekax 15.073
Peto 8.131
Ticul 23.645
Maxcanú 15.832
________
282.634
Se encuentran además sustraídos de la obediencia del gobierno 139.731
________
Censo de 1868 422.365

En 1845 el Secretario de Gobierno del Estado presentó a la legislatura su Memoria, en que constan   -45-   los siguientes datos, que son ciertamente oficiales (sin incluir el distrito de Campeche).

Distrito de Mérida 91.229
" de Izamal 67.423
" de Tekax 35.505
" de Valladolid 23.066
________
Total 217.223

Tomando el promedio de la diferencia en favor de la población, según el movimiento de ella en cuatro años, da 10.500; y en los veintitrés años trascurridos desde aquella fecha hasta el año próximo pasado, el monto de su población debería ascender a 458.723; cifra mucho mayor que la del último censo, y que revela igualmente la irregularidad en el crecimiento de la población, según queda indicado. La relación del crecimiento, con arreglo a estos cálculos, es por lo menos de un tres por ciento anual.

En la estadística de los señores Regil y Peón se distribuye la población según sus razas: cuarta parte de blancos y castas, y tres cuartas de indígenas.

El doctor Mora ha calculado que la población de la República debía duplicarse cada diez y ocho años. Respecto únicamente de Yucatán ha habido   -46-   en su apreciación acierto, a juzgar por los datos que he manifestado, salvo los errores que pudieran resultar y son consiguientes a cálculos semejantes y a la inseguridad de la base de que se parte.




Estado de Zacatecas

El censo para 1854, según documento oficial, fue de 280.087, y el movimiento de la población dio en los años de 55 y 56 en favor de ella, 16.702, o por término medio 8.352; aumento que corresponde a tres por cada cien individuos. Calculando con esta base, se obtiene, en los catorce años trascurridos desde aquella fecha, el aumento de 116.928, que sumado al censo de 1854, da para 1868 la suma de 397.015. El cálculo comprueba el censo que remitió últimamente el gobierno del Estado, y el cual es como sigue:

Distrito de Zacatecas 65.687
Fresnillo 55.157
Sombrerete 35.745
Nieves 28.291
Mazapil 7.951
Ciudad García 44.123
  -47-  
Pinos 38.846
Villanueva 44.893
Sánchez Román 27.811
Juchipila 18.106
Nochiztlán 20.022
Ojo Caliente 8.345
________
Censo para 1868 394.977




Distrito de México

Según el último censo y los cálculos relativos a la ciudad de México, de la que trataremos en seguida, el número de habitantes puede estimarse en 315.906, distribuidos de la manera siguiente:

Ciudad de México 240.000
Prefectura de Xochimilco 29.541
" de Tlalpam 25.533
" de Tacubaya 12.758
" de Hidalgo 8.074
________
315.906



  -48-  
Territorio de la Baja-California

El censo oficial da para 1868, 21.645 habitantes, los cuales se hallan distribuidos de la manera siguiente:

Municipalidad de la Paz 3.698
" de San José 3.108
" de San Antonio 3.771
" de Todos Santos 1.084
" de Santiago 1.722
" de Mulegé 1.405
" de Comondú 1.357
" de Santo Tomás 5.500
________
21.645



  -49-  
Orden de los Estados

Por su extensión Por su población
absoluta
Habitantes Por su población
relativa
Por legua
cuadrada
Chihuahua Jalisco 924.580 1 Distrito 5.000
Sonora Guanajuato 776.383 2 Tlaxcala 534
Baja-California Puebla 688.788 3 Guanajuato 437
Coahuila Michoacán 618.972 4 Morelos 432
Jalisco Oaxaca 601.850 5 México 423
Durango México 599.189 6 Puebla 390
Yucatán San Luis 476.500 7 Aguascalientes 348
San Luis Veracruz 437.507 8 Hidalgo 323
Tamaulipas Yucatán 422.365 9 Querétaro 302
Veracruz Hidalgo 404.207 10 Michoacán 194
Oaxaca Zacatecas 394.977 11 Colima 138
Zacatecas Distrito 315.906 12 Jalisco 128
Campeche Guerrero 241.860 13 San Luis 112
Sinaloa Chiapas 193.987 14 Veracruz 108
Guerrero Chihuahua 179.971 15 Zacatecas 100
Michoacán Nuevo-León 174.000 16 Yucatán 89
Chiapas Durango 173.402 17 Nuevo-León 82
Nuevo-León Sinaloa 162.298 18 Chiapas 78
Tabasco Sonora 157.397 19 Guerrero 67
Puebla Querétaro 153.286 20 Tabasco 44
Guanajuato Morelos 121.098 21 Sinaloa 42
México Tlaxcala 117.941 22 Durango 27
Hidalgo Aguascalientes 113.837 23 Tamaulipas 26
Querétaro Tamaulipas 108.514 24 Campeche 21
Colima Coahuila 93.150 25 Oaxaca 15
Aguascalientes Tabasco 83.134 26 Chihuahua 12
Morelos Campeche 80.366 27 Coahuila 11
Tlaxcala Colima 48.649 28 Sonora 10
Distrito de México Baja-California 21.615 29 Baja-California 2
________
Número total 8.845.759

No hay datos respecto de población más difíciles de obtener, que los relativos a la ciudad de México en la época presente. Las conmociones políticas han impedido a los gobiernos fijar su   -50-   atención en tan importante asunto, y por otra parte la inveterada costumbre de los habitantes de ocultarse a los empadronamientos, temiendo nuevos impuestos o su ingreso al ejército, han hecho muy difíciles las operaciones del censo las pocas veces que la autoridad ha decidido su formación. No nos queda más que un solo recurso para investigar el censo actual de la capital de la República: el cálculo, tomando por base el censo antiguo que merezca más confianza. Este procedimiento es sin duda defectuoso, porque se carece de otros datos que nos acercarían mucho a lo cierto; tales son los que se refieren al movimiento de población. Si no poseemos un buen censo, se puede atribuir a las circunstancias que he indicado, y esto constituye una disculpa legal; pero carecer de las noticias de nacidos y muertos para averiguar el progreso o decrecimiento de la población todos los años, es una falta imperdonable. Los censos que inspiran más confianza son:

Censo de Revillagigedo (1790) 112.926
Padrón formado por el juzgado de policía (1811) 168.846
Censo por Navarro y Noriega (1820) 179.830
Boletín de la Sociedad de Geografía, para 1838 205.430

  -51-  

El censo de Revillagigedo pasa por uno de los más exactos; y siendo además el de una época más remota y el más bajo, deberemos tomarlo por base del cálculo. Si se considera como aumento probable al año únicamente 0,8 por 100, creo que no hay exageración, y el resultado no se alejará mucho de la verdad.

Así, pues, en 1790 el censo era de 112.926. Calculando el aumento progresivo en períodos de veinte años, tendremos:

Para 1810 131.026
Para 1830 151.986
Para 1850 176.306
Para 1870 204.506

El aumento anual en el último período corresponde a 1.410 habitantes.

Para investigar la certeza de este dato, es preciso recurrir a las noticias que he podido proporcionarme acerca del movimiento de la población. Debo las de nacidos a la bondad de los señores gobernadores de la Mitra, y la de defunciones a las oficinas del registro civil.



  -52-  
Noticia de los nacidos

En los años que se expresan


Parroquias 1867
Total
1868
Total
Total en
los dos años
San José 673 692 1.365
Santa Veracruz 808 799 1.607
La Palma 165 190 355
San Antonio de las Huertas 104 159 263
Salto del Agua 481 472 953
Santa Ana 273 339 612
Santa María 413 422 835
San Sebastián 454 474 928
San Pablo 656 658 1.314
Sagrario 1.513 1.489 3.002
Santa Cruz y Soledad 816 865 1.681
Santa Cruz Acatlán 74 84 158
San Miguel 491 366 857
Santa Catarina 753 789 1.542
______ ______ ______
7.674 7.798 15.472

No teniendo más dato oficial respecto de defunciones que el relativo a 1868, nos serviremos únicamente del dato respectivo de nacidos para su comparación:

Nacieron en 1868 7.798
Murieron 6.293
______
Aumentó la población 1.505

El aumento obtenido por medio del cálculo en el último período indicado, 1830 a 1870, se   -53-   encuentra próximamente conforme con el que arrojan los datos de movimiento de población en 1859 a 1868. De esto resulta de una manera comprobada, hasta donde es posible la comprobación en noticias sujetas a cálculo, que la población de la capital es de 204.000. La relación de 0,8 por ciento que ha servido de base para el cálculo, se refiere únicamente al referido censo, sin tener en cuenta ni la población ambulante, ni las milicias, ni los extranjeros. Estos nuevos elementos han aumentado desde hace tiempo la población de la ciudad de México, y no sería aventurado, por tanto, darle un censo para 1870, por lo menos de 225.000 almas.

En tiempo de la intervención se pretendió formar el padrón de la ciudad, y su resultado apenas elevó la suma de sus habitantes a 134.000.

Nuestro sistema de empadronamiento, defectuoso por una parte, y las ocultaciones por la otra, hacen presumir con fundamento, que cerca de la mitad de la población queda fuera del padrón, y mucho más en una época tan delicada y peligrosa como la del tiempo a que me refiero. El empadronamiento simultáneo, la prudencia y aptitud por parte de los empadronadores, y la buena disposición de los habitantes para cumplir con la ley relativa al asunto, son circunstancias   -54-   indispensables para lograr un censo perfecto; pero tengo la íntima convicción de que tales requisitos no se llenaron en aquel tan interesante trabajo.

Los anteriores cálculos, ejecutados con el fin de investigar el grado de exactitud que merezcan los datos remitidos al Ministerio de Gobernación, demuestran la lentitud con que marcha a su crecimiento la población. Según el doctor Mora, ésta debería duplicarse en el trascurso de diez y ocho años, y según el Barón de Humboldt en diez y nueve años, si no existiesen ciertas causas perturbadoras. Conforme a estas aserciones, la República debería contar por lo menos 14.000.000 de habitantes, y la capital 352.000, teniendo en consideración su población en 1850.

Las enfermedades reinantes de la capital, de las cuales la pulmonía ocupa el primer lugar, a consecuencia de la elevación del suelo, los aires nortes reinantes y su inconstante temperatura, pueden señalarse como causa principal del progreso lento de la población; pero es preciso apuntar las verdaderas causas de insalubridad de México para no atribuirla como muchos pretenden, a su propia naturaleza. Mi opinión a este respecto es diametralmente opuesta; porque en efecto, ¿qué medidas se han tomado alguna vez para mejorar las condiciones higiénicas de   -55-   la ciudad? ¿No vemos diariamente remover el cieno de inmundas atarjeas, impregnando el aire de miasmas nocivos? ¿Se han dictado providencias para la conveniente inhumación de los cadáveres?

En los panteones, en lugar de la fragancia de las flores, solamente se respiran, y muy particularmente en Santa Paula, miasmas deletéreos que son tan desagradables al olfato como nocivos y peligrosos para la vida; la pésima costumbre de la inhumación en nichos, la situación de los panteones en los lugares en que reinan los aires, y la de los hospitales en el centro de la población; los inmundos muladares que la rodean, y las demás circunstancias indicadas, son causas suficientes para hacer insalubre el lugar más favorecido por la naturaleza. Si todas estas circunstancias existiesen reunidas a la vez como en nuestro México, en cualquier otro lugar de la tierra, preciso es convenir que sería inhabitable.

Si, como lo espero, las autoridades, en cumplimiento de un deber sagrado, fijan su atención en tan delicado asunto y dictan las medidas propias a remediar los expresados males, disminuirán las enfermedades que hoy impiden el aumento natural de la población, o por lo menos se presentarán con mayor benignidad. La causa de tales males, repito, no está en la naturaleza, sino   -56-   más bien en la apatía, en la indiferencia o en el egoísmo.

En las poblaciones, y muy particularmente en las ciudades populosas como la nuestra, debe procurarse antes que el embellecimiento, un buen arreglo de policía en todos sus ramos; las poblaciones que disfrutan de esos beneficios, insensiblemente progresan y se embellecen como una consecuencia del bienestar.

En tal virtud, y aunque parezca repetir mis conceptos, debo manifestar que si se quiere dar la mayor salubridad a México, es preciso modificar las condiciones higiénicas, que en la actualidad no pueden ser peores, para lo cual debe atenderse de toda preferencia:

1.º Al desagüe directo y canalización del valle de México.

2.º Procurar el mejoramiento de la clase menesterosa, tanto en sus habitaciones que hoy son húmedas y malsanas, como en sus alimentos, que en la actualidad ni son variados ni nutritivos, ni los que corresponden a sus penosas ocupaciones.

3.º Cegar las innumerables acequias que son otros tantos focos de corrupción.

4.º Desecar los pantanos que rodean la ciudad.

5.º Destruir los inmundos muladares que existen en los suburbios y sustituirlos con arboledas.

  -57-  

6.º Retirar los hospitales del centro, colocar los panteones fuera de los aires reinantes, y adoptar otro sistema de inhumación.

7.º Dar vida a los barrios que perecen por falta de agua.

8.º Perfeccionar el sistema de limpieza de las atarjeas.

9.º Llevar adelante la disposición relativa a la construcción de inodoros en las casas en cuyas calles hay atarjeas, y hacer desaparecer cuanto antes los inmundos carros nocturnos que transitan aún por las mejores calles de la ciudad con detrimento del buen nombre de ésta.

10.º Plantar árboles en todas las calles anchas de una manera conveniente, y no sobre las aceras y a corta distancia un árbol de otro, como ya se ha verificado, pues creciendo su follaje y entrelazándose, impiden la libre circulación del aire y de los rayos del sol, conservando en la superficie del suelo la humedad, circunstancias que perjudican la salubridad.

11.º Sustituir las cañerías de plomo por cañerías de fierro.

Conozco suficientemente que todas estas mejoras demandan tiempo y dinero y no son fáciles de llevar a cabo desde el momento; pero deben emprenderse, pues a medida que adelanten iremos obteniendo sus beneficios.

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Me he extendido demasiado respecto de la población de México, porque conociendo sus males he deseado indicar sus remedios; pero una vez conseguido el intento, seguiré tratando de la población en general.

Para demostrar que la de la República marcha a su crecimiento con una lentitud que entristece, bastará comparar la que hoy se consigna en estas noticias y la que debería tener si progresara de una manera regular. Para obtener este último dato fijémonos en el censo del Barón de Humboldt de 1825, deduciendo la parte que corresponde a los antiguos Departamentos de Texas, Nuevo-México y Alta-California, que hoy pertenecen a la Unión norteamericana.

Censo del Barón de Humboldt 7.000.000
Territorio perdido 118.000
_________
Resta 6.882.000

En el Boletín de la Sociedad de Geografía, tomo I, página 13, se dice: «Por la observación más escrupulosa del movimiento de la población en diferentes quinquenios, se ve probado en las Tablas geográfico-políticas, que el aumento de nuestra población en años benignos corresponde a uno cuatro quintos por ciento». De suerte que según   -59-   esta relación, la República en 1870 debería tener 12.816.420 habitantes.

Población según este cálculo 12.816.420
Población actual de la República 8.845.759
_________
Diferencia 3.970.661

En que puede estimarse la pérdida que ha sufrido la población de la República, a consecuencia de las guerras civiles, la de los americanos y la de la intervención, las invasiones del cólera, etc.

Los datos estadísticos, por imperfectos que hayan sido, han dado fuerza y valor a la opinión, que para mí es un hecho, de que la raza indígena se debilita y decrece a la vez que se vigoriza y progresa la raza blanca. Este hecho está en perfecto acuerdo con las leyes de la naturaleza: el mal de la raza indígena existe, para su decrecimiento, en sus propias costumbres, en las condiciones higiénicas de su modo de vivir. Una miserable choza sirve de habitación a una numerosa familia, y en ella hacinados verdaderamente sus moradores no pueden menos que respirar un aire inficionado, siendo además sus alimentos escasos y poco nutritivos, a la vez que penosas y fuertes sus cotidianas ocupaciones. ¡Lástima causan esos desgraciados   -60-   indígenas, que sin distinción de sexo ni edad se ven en las avenidas de la población, y agobiados bajo el peso de fardos enormes, regresar a sus pueblos con el mezquino precio de sus mercancías!

Si consideramos al indio desde que nace, y aun antes de nacer, no vemos otra cosa que una serie de miseria y de abyección. Las indias, aun en la época de su mayor embarazo, no abandonan sus penosas faenas, y sin cuidado por el ser que en su vientre vive, se ocupan en la molienda del maíz y fabricación de tortillas, ocupaciones que no pueden menos que ser muy nocivas a la generación. Aún no pasada la edad de la lactancia, se cría el niño con tortillas, frutas y otros alimentos impropios de sus facultades digestivas, ocasionando a los niños con tal imprudencia diarreas y otras enfermedades que los conducen al sepulcro, o cuando menos se crían débiles y enfermizos. Las viruelas, a consecuencia del abandono e indiferencia de los padres respecto de la vacuna, causan lamentables estragos, siendo esa enfermedad de las más perniciosas en la raza indígena.

La noticia que poseo del movimiento de la población en el pueblo de Ixtacalco, y la cual revela, a juzgar por los datos, que el registro civil no ha extendido su dominio a dicho pueblo,   -61-   corrobora la opinión del decrecimiento de la raza, debido particularmente a la mortalidad de los párvulos.

En 1868 nacieron 165
" murieron 190
____
Diferencia en contra 25

Figurando en la mortandad 140 párvulos.

En el año de 869, aun cuando resulta por la comparación de los datos un aumento a la población de 59 individuos, los párvulos representan en la mortandad la cifra de 65, por 34 los adultos.

Un hecho debe llamar mucho nuestra atención, porque prueba que la degradación de la raza no está en su propia naturaleza sino en las costumbres de sus individuos. Las indias de los pueblos cercanos a las capitales, empleándose en las casas particulares como nodrizas, crían niños sanos y robustos, porque en su nuevo empleo mejoran de condición por el aseo a que se les obliga, por la buena alimentación, y en fin, por el total cambio de sus condiciones higiénicas. Pero esta misma circunstancia es un mal muy grave para la raza: guiadas las mujeres por el interés de ganar mejor sueldo, abandonan sus propios hijos a los   -62-   cuidados mercenarios de otras mujeres, como si fuera posible sustituir el amor y cuidados de una madre.

Otra de las razones que a mi modo de ver causa la degeneración de la raza indígena, es la de los matrimonios que se efectúan de una manera inconveniente y prematura. La edad núbil de la mujer en nuestro país, médicamente considerada, es a los diez y ocho años, y en la tierracaliente a los catorce; pero entre el aserto de la medicina y su consecuencia, media una enorme distancia según mi humilde concepto. Respecto de los indios se nota con frecuencia la unión entre una mujer que apenas ha llegado a la edad de su desarrollo y un hombre de cuarenta o más años, enteramente desarrollado y robustecido; la mujer, en consecuencia, se debilita y enferma, y los niños que de ella nacen son débiles y raquíticos.

Si a estas causas, que tan poderosamente obran en el decrecimiento de la raza indígena, se agrega la sensible diminución que ha sufrido a consecuencia de nuestras guerras civiles, pues la raza indígena constituye en su mayor parte el ejército, se verá corroborada la verdad de mi aserto.

¿Cómo destruir tantas y tan poderosas causas que conspiran al aniquilamiento de la raza indígena? El único medio es el de cambiarles las condiciones moral e higiénica de su vida, ilustrándoles   -63-   y criándoles necesidades de que totalmente carecen. ¿Pero el carácter del indio se ha prestado, se presta o se prestará a tal remedio? Muy difícil es; pero en nombre de la humanidad debe intentarse, y en todo caso existe otro remedio radical para más tarde: la inmigración, y como consecuencia de ésta el cruzamiento de la raza.

Estudiando el carácter, usos y costumbres de las distintas tribus que habitan la República Mexicana, se observa que no todas se encuentran en las mismas circunstancias respecto de su condición, docilidad y civilización. En unas, como las que constituyen los comanches, apaches y seris en nuestras fronteras, la barbarie se halla en toda su plenitud: la perfidia, la traición y la crueldad son las circunstancias esenciales de su carácter; ellos son principalmente los que impiden el desarrollo de los ricos elementos de nuestros Estados fronterizos y los que han diezmado la población de aquellas extensas comarcas, sin que hayan bastado a reducirlos la paz y protección con que se les ha brindado por nuestros gobiernos y por el gobierno colonial.

Pero no siempre la justicia y la razón han estado de parte de la raza blanca, según lo demuestran las siguientes líneas.

En el siglo pasado las compañías presidiales   -64-   del Altar y Horcasitas, después de la tenaz persecución que emprendieron contra los seris, lograron establecer con algunos de ellos, pueblos como el de Seris, cerca de Hermosillo, y pacificar el resto de la tribu; pero esa paz fue efímera y de poca duración, pues de nuevo se sublevaron, destruyendo haciendas y ranchos, y desde entonces han continuado siendo el azote de los caminantes, principalmente en el trayecto de Hermosillo a Guaymas. Dichosamente para la humanidad se ha reducido mucho su número, y apenas cuenta hoy unos quinientos individuos, de más de dos mil que eran a fines del siglo pasado.

Los demás indios de Sonora, tales como los yaquis, mayos, pápagos, ópatas, etc., hombres fuertes y bien constituidos, laboriosos y de carácter dócil, son otras tantas razas útiles y vigorosas, de las cuales las autoridades del Estado no han sabido sacar el ventajoso partido de que son susceptibles. Las feraces campiñas que forman las vegas de los ríos Yaqui y Mayo, y la bella cañada de Ures, ponen de manifiesto con sus producciones, la laboriosidad de los indios, así como los conceptos vertidos en las siguientes líneas que inserto, dan a conocer la conducta seguida por el gobierno del Estado.

En 1825 se dio por las autoridades de Sonora   -65-   una disposición que ordenaba la mensura y valúo de las fincas pertenecientes a los pueblos del Estado, y tenía por objeto el arreglo de las contribuciones. Los pueblos del Yaqui representaron al jefe político, por medio de una comisión, contra la tal providencia, pidiendo su revocación, apoyándose en razones más o menos bien fundadas, pero que a la autoridad correspondía escuchar.

En aquellos momentos un jefe militar recién llegado al Estado, mandó una fuerza de doscientos hombres para reducir a prisión a los autores de la representación, y esta providencia dio origen a la sublevación de los indios. El jefe de la fuerza cumplió la orden, y al ser atacado por los indios, dio muerte a sus prisioneros, incitando a sus contrarios, con tal proceder, a vengarse de sus enemigos.

Tal fue el principio de la guerra de los pueblos del Yaqui y del Mayo en 825, y que por espacio de tres años sostuvieron las fuerzas que al mando del coronel Paredes salieron de Guadalajara. Despojados los indios de sus propiedades y teniendo que luchar con enemigos que les hacían una guerra sin cuartel, continuaron haciendo uso del derecho de represalia, contribuyendo a la ruina del Estado, hasta que en 1828 se hizo con ellos la paz, que tampoco fue de larga duración, puesto   -66-   que en diversas épocas, ya por la imprudencia de algunos gobernantes o por nuestras contiendas civiles, Sonora ha sido el teatro de continuas revoluciones que lo han arruinado.

La conducta observada respecto de esos indios, susceptibles de adquirir el mayor grado de civilización y que por las bellas circunstancias que los caracterizan formarían una parte muy importante de la población mexicana, ya como valerosos y fuertes soldados, ya como diestros agricultores y mineros, ha sido las más veces imprudente. Si los indios, en el caso citado, representaron haciendo uso de uno de los más bellos derechos del ciudadano, y no opusieron viva resistencia al avalúo de sus solares, la prudencia exigía de las autoridades haber tomado otro camino que el de la guerra; en éstas residía el poder y la civilización, mientras en los pobres indios la debilidad y la ignorancia. ¿Podría esperarse que esa raza conquistada en otro tiempo, fuera tratada por los libertadores de otra manera que la trataba la raza conquistadora?

Entre las demás tribus indígenas debo citar, como más numerosa, la familia mexicana que se extiende en los Estados de Sinaloa, Jalisco, México, Querétaro, Guanajuato, Hidalgo, Puebla, Veracruz, Guerrero y Oaxaca. Estos indios, descendientes de los antiguos mexicanos, no todos   -67-   han conservado la pureza de su raza, de sus costumbres y de su idioma; los que habitan los lugares próximos a las capitales, son los más degenerados; son los mismos que, sucios y andrajosos, vemos con sus mercancías en las calles de México, ebrios las más veces y particularmente las indias. Los habitantes de las sierras y las costas, como los huauchinangos, totonacos, etc., son, por el contrario, aseados, conservan más puras sus costumbres y su idioma, tienen verdadera repugnancia al robo, y todos se dedican al principal ramo de la riqueza pública, la agricultura. Las indias no solamente son aseadas, sino que aun puedo decir, relativamente hablando, elegantes, pues cuidan de su tocado, tejiendo sus trenzas con cintas de colores, y ostentan en sus hombros el quichquemel, primorosamente bordado con estambres y sedas asimismo de colores. Por otra parte, el carácter dócil y respetuoso de estos indios facilita los medios de ilustrarles, creando verdaderos ciudadanos que hoy solamente lo son por el nombre que nuestras leyes les otorgan. Los huauchinangos se dedican a cultivar, en las laderas de las montañas, la caña de azúcar, de la cual extraen el aguardiente y fabrican panela. ¡Cuántas ventajas obtendría la República con la enseñanza e ilustración de esos indios y con la colonización   -68-   de los extensos y feraces terrenos, casi despoblados, que aquéllos poseen!

La raza yucateca, raza belicosa y crecida, ha causado muchos males a la República. Pocas veces en paz y casi siempre en una guerra desastrosa, ha arruinado la península de Yucatán, que por su posición geográfica y sus ricos elementos debería ocupar un alto rango entre los Estados de la confederación mexicana.

Muy curiosas e interesantes son las noticias que acerca de esta raza consigna el señor don Santiago Méndez en su Memoria presentada al Ministerio de Fomento en 24 de Octubre de 1861. (Véase el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, segunda época, tomo segundo, página 374.)

Después de haber tratado acerca de algunas razas que habitan la parte central de la República, las noticias que poseo me permiten extender estos apuntes a los indígenas de Tabasco y Chiapas.

Las costumbres, usos e inclinaciones, en general, de todos estos indios, no revelan ciertamente una esperanza para el mejoramiento de su raza y utilidad de la nación. Muy delicada es la tarea que me he impuesto, pues no faltan personas que atribuyen a falta de patriotismo el hablar con toda franqueza respecto de los defectos   -69-   de nuestra población; pero yo veo que la nación no marcha a su engrandecimiento con la rapidez que desean las autoridades y la parte progresiva de ella, y es preciso estudiar y señalar sus males. No quiero que los conceptos vertidos en estas líneas aparezcan como imputaciones nacidas de mi imaginación, y por tal motivo me apresuro a manifestar que tales conceptos constan en los documentos oficiales que obran en mi poder.

Los indígenas de los pueblos del partido de Jalpa, y lo mismo puede decirse en general de los demás indios de Tabasco, a pesar de su docilidad, prefieren la vida salvaje en las montañas a las ventajas de la sociedad, si por este medio pueden eludir toda carga concejil. Solamente en sus festividades religiosas se les ve reunidos, y en tales circunstancias se entregan de tal manera a la embriaguez y a la glotonería, que contraen graves enfermedades, anticipándose las más veces la muerte. Con pocas excepciones, viven continuamente en la vagancia, y propagan su especie sin respetar ningún grado de parentesco. Pretenden curar sus enfermedades con raíces y plantas nocivas a la salud, ocasionando la muerte particularmente a los niños. Tal vez todas estas circunstancias son la causa de que muy pocos individuos lleguen a la edad de 50 años.

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Los indígenas que habitan las márgenes de los ríos Usumacinta y tributarios, son, en su mayor parte, oriundos de Yucatán, y como todos los de su especie, muy afectos a la embriaguez. Los indios de Tenozique, hace unos cuarenta años eran sumamente honrados y probos; pero su unión con los petenes y emigrados de Yucatán introdujo en ellos la desmoralización.

Éstos y otros defectos, aunque con algunas excepciones, revelan los documentos respecto de los indígenas del distrito de Comitán, del Estado de Chiapas, y los cuales, por evitar repeticiones y no hacer inútilmente más extenso este artículo, me abstengo de extractar.

Las anteriores líneas manifiestan la decadencia y degeneración en general de la raza indígena, y los pocos elementos de vitalidad y vigor que ofrece para el progreso de la República; las mismas costumbres, el mismo carácter reservado y desconfiado que tenía el indio en tiempo del gobierno colonial, ha seguido manifestando bajo las leyes protectoras de la República, que le otorgan justamente el título de ciudadano; pero, como antes he manifestado, no soy de los que desesperan de su civilización, y creo que el medio más eficaz para lograrla consiste en el cruzamiento de la raza por medio de la colonización.

Este seguro remedio para contener los innumerables   -71-   males que impiden el progreso natural de la nación, no se ha logrado, porque, para mí, no han existido leyes protectoras, fundadas en la previsión, que den garantías y proporcionen trabajo a los colonos; que determinen el deslinde de los inmensos terrenos baldíos que posee la nación, y su estudio respecto de la climatología, geología y producciones; y en fin, que ordenen la manera conveniente de hacer productivos todos los terrenos del país, ya sea por la enajenación o por el arrendamiento de los terrenos que no pueden ser cultivados por sus poseedores. Nuestros propios elementos, según se ha tratado de demostrar en este artículo, por heterogéneos y por escasos, no bastan para llevar a la nación por el sendero de su engrandecimiento. La colonización, y en mi concepto solamente ella, es el remedio radical de nuestros males.

Si existiesen leyes como las a que me refiero, la nación vería a estas horas llegar sin interrupción colonos europeos a sus costas, atraídos por el brillante porvenir que nuestro fértil suelo con su hermoso clima ofrece al hombre laborioso y emprendedor; veríamos aumentar diariamente nuestra población, a la par que la de los Estados-Unidos, del Brasil y Buenos-Aires, en donde la inmigración europea es un elemento de prosperidad.

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A la autoridad toca fijar de una manera decidida su atención en este asunto, porque interesa al porvenir de la República.

México, Mayo 1.º de 1870.





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Impresiones de un viaje a la Sierra de Huauchinango

A mi querido amigo Ignacio M. Altamirano


Existen en la República Mexicana lugares muy notables y dignos de un estudio especial, ya sea que se les considere como sitios en donde la naturaleza se manifiesta pródiga y rica, ya sea que se les estudie con respecto a la importancia de la población que contienen. Uno de esos lugares es, sin duda, la parte Norte del Estado de Puebla, ocupado por la Sierra de Huauchinango. Aquellas montabas elevadas y cubiertas de una exuberante vegetación; aquellos ríos que en tiempo de crecientes corren con impetuosidad, ora abriéndose paso por entre los riscos que se han despeñado   -74-   de las montañas, ora precipitándose de alturas considerables y formando bellas cascadas como el salto del Necaxa; aquellos bosques enmarañados, en donde la multitud de bejucos pendientes de las frondosas copas de los árboles oponen grandes obstáculos al paso del atrevido viajero; aquellas aves que con su armonioso canto ahuyentan la tristeza que las soledades infunden; y en fin, aquellas risueñas aldeas, habitadas por indígenas oriundos de la verdadera raza azteca, todo convida a la meditación en tan pintorescos sitios.

Comienza la Sierra de Huauchinango a ocho o diez kilómetros al Noreste de Tulancingo (Estado de Hidalgo); desde ese punto el camino, atravesando por una serie de eminencias de suaves pendientes, conduce al pueblo de Acaxochitlán (cañaveral florido). Las poblaciones desde este lugar adquieren ese aspecto nuevo, ese carácter peculiar a todas las demás de la Sierra, así por su situación como por la forma y orden de su caserío. Situadas en un terreno accidentado, las casas se hallan edificadas con irregularidad; y a causa de las nevadas, que son tan frecuentes en el invierno, los techos inclinados que las cubren son muy elevados. La vegetación que en todo y por todas partes se manifiesta, hace desaparecer el feo y triste aspecto que en lo general presentan   -75-   los otros pueblos indígenas que no gozan de iguales favores de la naturaleza. De Acaxochitlán el camino se dirige a Huauchinango, atravesando terrenos sucesivamente más accidentados, los cuales ofrecen siempre al viajero objetos dignos de admiración.

Huauchinango, que según algunos viene de la palabra Houachinamil (Casa de caña de amilpa) y según otros de Cuatchinamil (Palo para flechas), puede considerarse como un inmenso ramillete de flores, pues abundan tantas en aquel bello recinto, que el verde follaje de los arbustos y plantas desaparece casi por completo, bajo sus matices y colores. Situada como las demás poblaciones de la Sierra en terrenos fragosos, sus calles o avenidas no se encuentran en un mismo plano. La parte principal de la población ocupa la más baja del suelo; en tanto que la avenida de las carreras, formada por dos hileras de casas y jardines, descuella en la superior. Desde esta avenida se ve, por una parte, la población con su caserío de techos elevados, sus calles y jardines; y por la otra, una tan profunda barranca, que la vista apenas puede penetrar al fondo. Esta población, que tanto sufrió en la última guerra extranjera, se halla rodeada de ásperas y elevadas montañas, a las que domina por la parte S. E., la cumbre del Zempoala.

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Desde Huauchinango el camino desciende hacia el río Necaxa, que más adelante forma el Tecolutla. Las montañas que a uno y otro lado del camino se encuentran, y la vigorosa vegetación, encubren los objetos distantes; la impetuosa corriente de las aguas, produce un ruido monótono, que a veces se aleja y a veces se escucha más cercano, según es la fuerza y dirección de las brisas; solamente esos ecos armoniosos de las selvas anuncian la proximidad de algún torrente. El viajero no descubre el río de Necaxa sino hasta el momento casi en que toca con el pie la cristalina linfa de su corriente. Indeciso delante de tantos primores reunidos a la vez en aquel pintoresco sitio, el viajero no sabe qué admirar antes, si las montañas que forman el valle, revestidas de una vegetación lozana, o las vegas del río con sus plantas y flores; si la impetuosidad de la corriente que en su curso nada respeta, o el atrevido y esbelto puente de bejuco, que sirve allí de medio de comunicación. Este puente endeble, si bien de una forma graciosa, no es colgante como se observa en otros lugares; y particularmente en la América del Sur; es un gran arco formado de troncos y ramas gruesas de árbol, ligados con bejucos; apóyanse en ambas márgenes del río las extremidades del arco, y dos árboles corpulentos las afirman; sus barandillas,   -77-   que alejan todo temor de peligro, están formadas de ramas y bejucos entrelazados. Pasado el río, el camino asciende de nuevo por el cerro de Necaxa, que es un importante punto fortificado; el río por el Sur y Oriente rodea este cerro y algunas montañas más elevadas que él, y precipicios y desfiladeros lo limitan por Occidente y Norte; por esta parte son tan considerables los desfiladeros, que el río, perdiendo su nivel, se precipita a una profundidad de más de 130 metros, y forma la bellísima cascada o salto de Necaxa, que algunos conocen con el nombre de Huauchinango. En este sitio son más notables los contrastes que el suelo de la República ofrece en otros muchos lugares. El río Necaxa, después de despeñarse en tan profunda barranca, se abre camino en el fondo de ella, por entre una vegetación enteramente tropical, en tanto que en la elevada mesa, cuya base baña el mismo río, se cultivan las gramíneas propias de las regiones templadas.

En la cumbre del Necaxa existe una fortificación con almacenes y depósitos de agua, y en las montañas inmediatas hay caminos cubiertos; circunstancias todas que convierten en un lugar inexpugnable este punto fortificado; nada extraño es, por tanto, que la historia de la intervención le consagre algunas páginas.

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El camino se convierte en un sendero abierto en las fuertes pendientes de las montañas. Desde allí se contempla en toda su grandeza el famoso salto de Necaxa, y los accidentes y detalles de un suelo bello y feraz. El camino desde donde se observa la cascada, es extraordinariamente más elevado que el lugar en que el agua se precipita para formarla. El observador puede contemplar desde allí, la corriente del río antes de precipitarse en el abismo, perder su nivel y despeñarse con grande estruendo, dividiendo sus aguas en tres ramales; seguir con la vista y contar las ondulaciones que éstas forman en su caída, y ver desprenderse de lo más profundo de la barranca con un movimiento ascensional el agua en forma de vapor, que envuelve y descubre alternativamente como con una gasa el follaje de las plantas. Si se aparta la vista de aquel espectáculo sorprendente, encuentra, cualquiera que sea el punto a que se dirija, otros tan dignos de admiración, porque en aquellos lugares reina por completo la armonía de la naturaleza; eminencias casi verticales, cuyo pie bañan las aguas, y en cuyas cumbres se extienden fértiles praderas; grietas profundas, y valles en cuyo fondo cruzan las aguas, unas veces tranquilas, y otras en impetuosos torrentes; y en fin, la vegetación tan abundante y espesa que apenas   -79-   deja entrever los precipicios. Algunas veces el viajero ve formarse las tempestades bajo sus pies, extenderse las nubes y ocultar como con un velo los primores de la naturaleza, con los que está engalanada aquella cuenca prodigiosa, al mismo tiempo que sobre su cabeza se extiende un cielo puro, límpido y sereno.

La senda conduce al ameno y pintoresco pueblo de Xicotepec, que elevado sobre colinas, en medio de un terreno ligeramente ondulado y cercado de altas eminencias, se le descubre desde el camino en una posición dominante y de las más risueñas; tan pronto la vista se fija en el contorno del pueblo, que se dibuja en su azul y diáfano cielo, tan pronto se recrea con aquellos lomeríos cubiertos de césped de un verde brillante, y en los cuales serpea el agua en cristalinos y delgados hilos.

De Xico el viajero prosigue su camino continuamente por un terreno fragoso y siempre bello y feraz, admirando unas veces los helechos gigantescos que se agrupan en las cañadas, y la multitud de plantas y preciosas flores que evidentemente aún no ha clasificado el naturalista, y extasiándose otras con la presencia de aquellas eminencias que forman el espinazo de la Sierra, con sus bases sumergidas en la cristalina linfa de los ríos y con sus cumbres coronadas de nubes,   -80-   que heridas por los rayos del sol poniente se tiñen de los más vivos y variados colores.

El terreno desciende formando una pendiente rápida, llamada Cuesta de San Marcos o Cazones. Este río se pasa en tiempo de lluvias por medio de un aparato llamado por los indígenas puente de maroma. Consiste dicho aparato en una cuerda tirante, atada a los árboles en una y otra margen del río; en la cuerda gira una polea y de ésta pende una soga con la cual se asegura el viajero; otras dos cuerdas sirven para atraerla hacia las orillas del río.

Tan impetuosas son en estos lugares las corrientes de los ríos, que no sin inminente riesgo pueden pasarse a nado; solamente los indígenas por su mucha práctica desafían los peligros, viéndoseles con la mayor destreza vencer la fuerte resistencia que el agua les opone.

Pasando el río de Jalapilla, el terreno vuelve a elevarse de nuevo para descender después; y tan pronto se pasa por el pedregal que rodea al pueblito de San Pedro Patlacotla, como se atraviesa por desfiladeros, o se camina precisamente por el espinazo de los contrafuertes de la Sierra; tan pronto observa el viajero bajo sus pies un abismo, como ve extenderse delante de sí una campiña revestida de abundantes pastos.

Al contemplar desde una de esas alturas dominantes   -81-   un terreno en extremo accidentado, en el que las enormes grietas y profundas barrancas se suceden continuamente, la imaginación se esfuerza por descubrir los arcanos de la naturaleza y la época del cataclismo que convirtió aquel suelo en un lugar de tan extraordinaria aspereza; aquella sucesión de eminencias que se extienden hasta el horizonte, pueden compararse a los oleajes del Océano; los trastornos del globo han conmovido aquel suelo, presentándonos en él la imagen viva de un mar agitado por furiosas tempestades.

La vegetación, a medida que el terreno desciende, adquiere mayor vigor y lozanía: los campos, los árboles y aun las mismas rocas, se cubren de musgo, de líquenes y de lama, brotando en graciosas formas los helechos y otras plantas parásitas. La vainilla, la purga de Jalapa, el café, la caña de azúcar, mil frutas y árboles corpulentos entre cuyo follaje descuella, meciéndose, la esbelta palma real, tales son las principales producciones de aquel suelo privilegiado.

Si a la contemplación de tantas galas, de tan espléndida naturaleza, se agrega el canto del armonioso zenzontli y el del festivo clarín de la selva, compañeros inseparables del viajero en aquellas soledades; si además de tantos primores naturales se ve éste sorprendido por el salto audaz de un ciervo que por huir de su presencia salva   -82-   un precipicio para detenerse después en airosa postura, y fijar su mirada en aquel que ha causado sus temores, no puede menos que sentir en su alma las más vivas y gratas emociones.

La naturaleza de estos sitios caracteriza la de toda la República en general; y, sin embargo, ¡cuántos la niegan, tal vez por no haber recorrido sino los lugares estériles, como el Salado, en el valle de México!

En el gran desierto de Sahara, en medio de sus abrasadores arenales existen aquellos lugares fértiles y amenos que se llaman oasis; el suelo de nuestra República, al contrario, es en toda su extensión un oasis, con tal o cual paraje estéril y desolado.

Si del examen de la naturaleza se pasa al de los pueblos que habitan tan pintorescas comarcas, las impresiones que el alma recibe son igualmente gratas.

Desde el pueblo de Acaxochitlán hasta el de Xico, es decir, en una extensión de 11 leguas, poco más o menos, el país está habitado por indios huauchinangos, los cuales, en mi concepto, constituyen una de las razas indígenas más importantes. Los huauchinangos, descendiendo de los antiguos mexicanos, hablan el bello idioma de éstos, y en algunos de ellos, he creído reconocer perfectamente caracterizado el tipo azteca,   -83-   según se nos pinta en las obras que tratan de la historia antigua de México.

Los indios huauchinangos son de mediana estatura, fuertes y en lo general bien formados: largo, negro y terso tienen el cabello, y morena la tez. Su aspecto, en atención al perfil del rostro, se distingue del de los demás indígenas conocidos en el país, tanto cuanto se asemeja al de los habitantes de algunas comarcas asiáticas.

Con respecto a su traje, los huauchinangos todos lo usan idéntico, y se compone de unos calzones blancos y anchos, remangados casi siempre hasta la rodilla, un cotón azul de género de lana, un pañuelo a manera de corbata y el sombrero tejido de palma. Sencillos y moralizados en sus costumbres, si algún vicio tienen, es sólo el de la embriaguez.

El pueblo de Xico puede considerarse como un punto de la línea divisoria entre los mexicanos y totonacos; desde este punto en adelante, ya se observan en los habitantes algunos rasgos que marcan la diferencia entre ambas razas.

Los totonacos, más dóciles y de mejor carácter que los mexicanos, de Xico en adelante ya presentan en la tez un color más amarillento, lo que, en mi concepto, proviene de la influencia de la elevada temperatura en que viven, de la humedad del suelo y de su proximidad a las costas.   -84-   El traje se diferencia del de los huauchinangos, en el jubón, cuyo tejido forma pequeños cuadros color de café y blancos, distinguiéndose muy particularmente por las pieles de animales que usan a manera de capas; ya más cerca de las costas el traje es todo de lienzo blanco.

Las indias son extraordinariamente dadas al aseo en sus cuerpos y trajes, llegando a ser éstos hasta lujosos algunas veces. Una enagua estrecha llamada chincue y un quichquemel primorosamente bordado de estambre y sedas de colores, constituyen el traje. No menos airoso es su peinado: entretejen sus negros y largos cabellos con cintas de colores, y ciñen en seguida sus cabezas con sus bien tejidas trenzas, a manera de corona.

Se engaña todo aquel que pretenda conocer la raza indígena por los desagradables tipos que se presentan en las calles de México o en sus alrededores; la importancia de esa raza, su verdadero carácter, sus usos y costumbres, deben estudiarse en las fragosidades de las sierras; allí es donde existen pueblos susceptibles de civilización, y allí mismo se pueden conocer los que son incapaces de adquirirla. La sierra de Huauchinango y la sierra alta de Zacualtipán nos presentan pueblos de distinta raza y de diverso carácter: los unos, desconfiados pero dóciles; los otros, desconfiados   -85-   igualmente y además pérfidos. En tan corta extensión de terreno se presentan dos pueblos de instintos y caracteres diametralmente opuestos; cualidades que aun en sus respectivos idiomas se revelan: dulce y armonioso el uno, áspero y gutural el otro; tales son los mexicanos y otomíes.

Los huauchinangos se ocupan en la labranza, en la pesca y en la cría de ganados, cultivan la caña de azúcar en las pendientes de las montañas, y elaboran panela y aguardiente.

Acontece muy a menudo que el viajero se vea sorprendido en medio de su reposo por los indígenas que acuden a felicitarle, tañendo arpas y otros instrumentos, con los que acompasan sus característicos cantos, o para ejecutar sus bailes pantomímicos. La música, unas veces lánguida y triste y otras viva y alegre, despierta y embarga la atención. Ejecutan sus bailes graciosa y hábilmente; el más curioso y notable es el conocido con el nombre del segador, ejecutado únicamente por varones. El que dirige el baile lleva en la mano una rama de hojite, mayor que la de los demás, y con ella indica las figuras que han de ir haciendo los danzantes. Colócanse éstos simétricamente, y a la primer señal empieza el baile; ora se les ve ejecutar figuras complicadas, siguiendo y marcando a   -86-   compás con las plantas de los pies los sonidos de la música, ora se les ve imitar las evoluciones del segador; por último, a la señal dada por el director, cambian repentinamente la figura, de manera que los que se encuentran diametralmente opuestos, se dirigen al encuentro uno del otro, dándose con el hombro, como para impulsar al cuerpo, un movimiento giratorio y cambiar de posición.

Dase fin a la danza, ejecutando la misma figura que la cadena de nuestras cuadrillas, pero de una manera más graciosa, pues jamás abandonan el compás de la música ni los movimientos con que imitan al segador. En algunos lugares, al ejecutar estas últimas evoluciones, van entretejiendo los listones de diferentes colores que cada cual lleva en la mano, de lo que resulta una vistosísima labor.

En sus fiestas públicas, en sus simulacros de guerra, en sus juegos y aun en sus actos religiosos, estos indios conservan sus antiguas tradiciones; mas un inveterado temor hacia las personas civilizadas les comunica cierta reserva y desconfianza.

Tales son, en compendio, los principales caracteres distintivos de ese pueblo que habita uno de los más bellos lugares de la República.

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¡Cuán inmensas serían las ventajas que la nación pudiera obtener, si se aprovechase de las extensas tierras baldías de las comarcas que he descrito, y si se procurase la instrucción de un pueblo tan susceptible de adquirir un alto grado de civilización!

México, Noviembre 18 de 1871.



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Sierra de Pachuca. Atotonilco el Chico

Al señor don Feliciano Herreros de Tejada, en testimonio de aprecio


¡Cuán agradable, risueño y pintoresco es el lugar en que se asienta el Mineral del Chico! La topografía del terreno y la vegetación primaveral que allí se manifiesta eternamente, ofrecen al naturalista un campo vasto para sus estudios.

Atotonilco el Chico se encuentra a tres leguas al Norte de Pachuca; y desde el momento en que el viajero sale de este punto con dirección al primero, empieza a experimentar las sensaciones más agradables. No existe entre ambos lugares una vía que merezca verdaderamente el nombre de camino, pues solamente un estrecho sendero   -90-   cruza por entre precipicios y desfiladeros que a cada paso infunden temores y sobresaltos aun al viajero más animoso, y que sólo lo pintoresco del lugar puede inspirarle el valor necesario para proseguir en su anhelado viaje. Adelántase el sendero por la muy inclinada falda del cerro de la Magdalena; y si bien su ascenso es cada vez más peligroso, ofrece, en cambio, la oportunidad de poder admirar más libremente las gigantescas obras de la naturaleza.

El acompasado y lejano ruido de las máquinas de vapor, y el que produce el martilleo incesante de los morteros en las haciendas de beneficio; el sonido confuso causado por el choque de las cadenas destinadas a las obras de desagüe; el rechinar de los malacates, el estrépito del agua empleada como fuerza motriz, y el retumbante estruendo de la pólvora en las concavidades de las minas, no producen, ciertamente, las bellas armonías de la música ni del canto de las aves; mas aquel conjunto de sonidos inarmónicos, aquellas disonancias, hieren, sin embargo, de una manera grata el oído del viajero, porque esos sonidos son la voz del trabajo, cuyos ecos, conducidos velozmente por el viento, pregonan por todas partes los triunfos de la industria.

Allí todo es movimiento; en los tenebrosos antros de la tierra, miles de trabajadores se afanan   -91-   por arrancar a ésta los tesoros que guarda en sus entrañas, mientras que exteriormente las máquinas de vapor, con el movimiento compasado de sus balancines, hieren con su varilla maestra la dura corteza de la tierra para extraer el agua que, brotando a torrentes por los vertideros, forma después arroyos cristalinos; vense girar las poderosas ruedas hidráulicas con uniforme movimiento, comunicándolo a los morteros y arrastras; grupos de acémilas en los patios de las haciendas de beneficio recorren en círculo las tortas minerales que cubren el suelo simétricamente: los pequeños carros que conducen el metal, deslizándose por una vía férrea, aparecen súbitamente por los socavones de las minas; y por último, la misma naturaleza parece que lucha contra la destrucción decretada por los consumidores de leña, porque allí mismo, donde se ven derribados, y muchas veces inútilmente, hermosos y corpulentos árboles, brotan los renuevos, como si la naturaleza tratase de enseñar al hombre un gran principio económico, que por negligencia abandona.

Poco más allá del cerro de la Magdalena, el ruido que nace en la industriosa población de Pachuca, llega al oído como un vago rumor que, debilitándose más y más, acaba por extinguirse completamente; entonces el silencio de las soledades,   -92-   la quietud de las selvas, se enseñorean de esos amenos lugares; silencio y quietud que sólo son interrumpidos de vez en cuando por los golpes del hacha del leñador, por el soplo impetuoso de los vientos, o por el fragor de las tempestades.

Desde el desfiladero de una gran eminencia, en el fondo de una barranca, y rodeado de reducidas tierras de labor, descúbrese el pintoresco pueblo de Cerezo, cuyo conjunto, por la distancia, aparece como un paisaje en miniatura.

En lo más fragoso de la sierra se encuentra un pequeño llano cubierto de césped y matizado de flores, como un rico tapiz que ha tendido allí la naturaleza. Ese llano de corta extensión y cercado de altas montañas, que se conoce con el nombre de Sabanilla, con su verde alfombra y sus límpidas corrientes, incita al viajero a descansar de sus fatigas y a mitigar su sed. A la derecha de este pequeño Edén, se levanta majestuosa la cresta de la sierra con una forma caprichosa: parece que la mano de un hábil artista ha colocado en la cumbre de la montaña las rocas que la coronan, con arreglo a las precisas reglas de la arquitectura. Una serie de ventanas, formadas por el hacinamiento natural de las rocas, hace dudar al pronto de que aquello sea obra de la naturaleza, a no revelarlo la poca simetría, que es   -93-   lo que constituye esencialmente lo sublime en las grandes obras de la naturaleza. Esta cumbre se conoce con el nombre de Ventanas del Chico.

Bellos, majestuosos, sublimes se presentan los variados paisajes que por todas partes se dibujan en el fondo de un cielo purísimo. Contémplase en primer lugar la sierra de Pachuca, con sus cumbres de formas caprichosas; el Zumate, el Jacal y los Pelados o Navajas, la Peña del Águila, las Peñas Coloradas, las Brujas y el Ahuizote; las que circundan el Mineral del Monte; los Jaspes, la Peña Alta y otras de menor importancia; pero sobre todas descuella la aglomeración de peñas llamadas las Monjas, al Suroeste del Chico, y que aparecen a lo lejos como un grupo de estatuas.

Al Noreste, terminando la Sierra de Pachuca, se extienden las llanuras de Atotonilco el Grande, limitadas al Norte por la gran barranca de Metztitlán, que es un prodigio de la naturaleza. Dibújase aquella barranca en el término de la llanura, sin que la vista pueda abarcar toda su longitud, y en vano se esforzaría la imaginación por hallar la causa de aquella obra sorprendente. La Sierra Alta de Zacualtipán, más allá de la barranca, cierra el horizonte de tan bello paisaje.

Las feraces campiñas que se distinguen a lo lejos, que con sus cimas llegan hasta la región   -94-   de las nubes; las vastas llanuras que se dilatan perdiéndose en el horizonte, todo desaparece ante el nuevo espectáculo que ofrecen las montañas de Actopan con sus gigantescos monolitos.

Hacia el Occidente, en medio de frondosas selvas, se extienden las campiñas de Actopan. Los cerros que por el Sureste circundan a esta población, cubiertos de árboles y plantas, sustentan en sus cimas aquellas rocas colosales de pórfido, aquellos monolitos, de los que algunos alcanzan a cien metros de elevación, y que aparecen como estatuas gigantescas o como soberbios edificios, verdaderas maravillas del arte o de la arquitectura.

El aspecto que tales obras naturales presentan, varía con el lugar de observación elegido; desde el camino de México al Interior, se distinguen como un grupo de estatuas representando monjes en oración, motivo por el cual se les da el nombre de los Frailes. Cerca de Actopan, se ven clara y distintamente los monolitos, irguiendo sus moles gigantescas y rasgando con sus picos elevados las nubes, que impelidas por los vientos llegan a chocar contra sus masas. Más grandioso, más sorprendente es el aspecto que presentan, observadas desde las llanuras y montañas de Pachuca; uno de aquellos monolitos, y de los más voluminosos, descuella dominando a los demás,   -95-   y otros dos a los lados de éste, y en posición más avanzada y simétrica, figuran la cúpula y las dos torres de un templo cristiano. La ilusión es completa: el viajero llega a creer por tan momento que viaja por Inglaterra, y que acercándose a Londres distingue ya próxima la famosa catedral de San Pablo.

Variado y de otro género es el paisaje que se extiende por el Sur: llanuras interrumpidas por algunas sierras cuyos accidentes y detalles se dibujan perfectamente; lagos que bañan con sus aguas una gran extensión de terreno, y los cuales, vistos desde el declive de una montaña al descender a la llanura, producen la ilusión óptica de límpidos espejos verticales; montañas gigantescas que por partes rodean esas campiñas, y que a medida que más se alejan aparecen medio veladas por la bruma, asomando resplandecientes en el último término del paisaje las nevadas frentes del Popocatepetl y el Iztaccihuatl. Tal se ve el pintoresco Valle de México.

Prosiguiendo la excursión por la Sierra de Pachuca, interrumpida por algunas horas, a causa de la contemplación de los otros lugares descritos y de que no se puede prescindir, el camino de Pachuca al Chico presenta sin interrupción objetos admirables: ya son los accidentes de aquel fragosísimo suelo; ya la selva umbría   -96-   con sus aves canoras de esmaltados plumajes; ya las rocas caprichosas que coronan las cimas de los montes; ya el aspecto que ofrece el Mineral del Chico, que surge de pronto en el fondo de una deliciosa cañada.

Desde el momento en que se comienza a descender por el fuerte declive de la montaña, se descubre el caserío diseminado en un suelo fragoso, los huertos y jardines que rodean las habitaciones, y en posición dominante el templo de orden dórico, con su elevada cúpula. Un límpido arroyo que va a unirse al río de las Adjuntas pasa serpenteando por la población y poniendo en movimiento con el impulso de su corriente la maquinaria de la hacienda de San Cayetano. Las montañas que circundan completamente la población, se hallan, en su totalidad, vestidas de una vegetación lozana, dominando entre las plantas los oyameles, que, con sus graciosas copas de figura cónica, se destacan unas de otras con cuanta simetría puede caber en las obras de la naturaleza, y se escalonan desde la base a la cima de las montañas. Brotan de las eminencias raudales de agua, que en su caída chocan y saltan de peña en peña, produciendo un sonido armonioso, se abren paso al través de un rico cortinaje de plantas y de flores silvestres y fecundizan la Cañada de San Diego, sitio de los   -97-   más pintorescos, en donde la pródiga naturaleza ostenta eternamente su espléndido ropaje primaveral. Allí los árboles corpulentos con sus nudosos troncos cubiertos de lama y plantas parásitas; el agua que juguetea multiplicando sus corrientes para encajonarse después en su cauce, acariciando con su espumosa linfa las exquisitas flores de un verde prado, y las variadas aves y mariposas que vuelan de rama en rama y de flor en flor, todo forma un bello conjunto, imagen fiel del paraíso perdido, que inmortalizó Milton con sus cantos.

Si por su buena suerte llega a presenciar el viajero alguna de aquellas escenas conmovedoras, tan frecuentes en aquellos sitios, que tan favorablemente predisponen el alma para recibir gratas sensaciones, nace la inspiración y se desea el genio del artista para trasladar al lienzo sus impresiones, o el numen del poeta para cantar las maravillas de la naturaleza. La imaginación más atrevida apenas puede forjar un cuadro como el que tuve la dicha de presenciar, y del que me permitiré hacer un pálido bosquejo.

Era una noche de invierno, muy cerca ya la época del plenilunio. En un cielo diáfano y sereno la luna derramaba sus vívidos fulgores por toda aquella espléndida naturaleza; el curso y movimiento de las cascadas se hallaba interrumpido   -98-   por la congelación del agua, la cual, herida por los resplandores del astro, suspendía sobre el abismo las yertas masas de sus cristales, o serpeaba por los declives de las montañas como ricos filones de plata virgen. Iluminado el interior del templo, de sus ventanas se desprendían los rojizos rayos de la luz artificial, contrastando con la blanca y apacible luz de la luna. El repique de las campanas, cuyos ecos repetían las montañas, anunciaba un acto religioso. En efecto, los trabajadores de las minas y algunos niños y ancianos, con cirios encendidos y entonando cánticos de alabanza, salían del templo con el mayor recogimiento, precediendo a un sacerdote que conducía el sagrado Viático. Siguiendo la procesión por las asperezas del suelo, se detuvo pocos instantes en un lugar, cual si hubiera sido intencionalmente el elegido para presentar en toda su majestad aquel cuadro conmovedor.

En ese momento la luna había llegado al punto más culminante de su carrera, desprendiendo con mayor intensidad sus rayos luminosos. La tersa superficie de las hojas de los árboles, la linfa cristalizada de los ríos, los inclinados techos de las casas, las montañas y el suelo, todo reflejaba la argentada luz de aquel astro, y no se veían más sombras que las que proyectaban las plantas o la que producía, de una manera indecisa, el humo del   -99-   incienso y de las antorchas, el que, como las plegarias de los hombres, se elevaba al estrellado firmamento. ¡Cuadro admirable, lleno de belleza y de unción; poético y pintoresco para el artista, sublime y aprobador para el creyente!

Aquella procesión continuó su marcha para llevar los consuelos de la religión al moribundo, y regresó al santuario. Algunos instantes después todo se hallaba sumergido en la más completa calma y silencio; sólo el tiempo, por el indefinido sendero de los siglos, y el esplendente astro de la noche por su camino sembrado de estrellas, prosiguieron cumpliendo con las irrevocables leyes de su destino.

El recuerdo de aquella hermosa noche vivirá eterno en mi alma.

México, Febrero 24 de 1872.



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Las estaciones en el Valle de México

A Justo Sierra


Pocos habrán de ser los lugares de la tierra que bajo el punto de vista poético y pintoresco puedan superar en belleza al Valle de México; contribuyen a esto muy poderosamente los variados fenómenos que en él ofrecen las estaciones del año.

Aseguran algunos sabios europeos, que en las regiones intertropicales se reducen a dos las estaciones del año: el tiempo de sequía y el de lluvias; mas en nuestro país no se corrobora este aserto. Verdad es que en aquellas regiones la variación del tiempo determina menos marcadamente   -102-   el cambio de las estaciones que en las zonas templadas; pero esa mudanza se efectúa en el Valle de México, según lo comprueban las hermosas y frescas mañanas de su primavera, pródiga en exquisitas y variadas flores; los calurosos días de su lluvioso estío, rico en sazonados frutos; las tibias tardes del otoño con sus bellísimos celajes, y las frías noches de invierno con su diáfano y estrellado cielo.

Al declinar las horas avanzadas de la noche en la bella estación de primavera, la densa oscuridad que envuelve la superficie de la tierra se disipa poco a poco, y vanse descubriendo los objetos a medida que la tenue luz crepuscular invade progresivamente las regiones occidentales. Propagándose los rayos del sol con un constante movimiento ondulatorio, causan reflexiones y refracciones sucesivas en la atmósfera y en las nubes, esparciendo la luz en todas direcciones y permitiéndonos distinguir aun los objetos que no están directamente iluminados por aquel astro. Si esta luz, que se conoce con el nombre de luz difusa o derramada, no existiese, la sombra proyectada por una nube o por cualquier objeto, engendraría la oscuridad de la noche; y no existiendo el crepúsculo, el sol se presentaría en el horizonte repentinamente y en todo su esplendor.

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Los dulcísimos trinos del jilguero, el gorjeo de las demás aves, el armonioso sonido de las campanas que en las poblaciones anuncian la hora del alba, y el labrador que acude al campo con sus yuntas para dar principio a sus faenas, marcan los instantes en que los espléndidos rayos de la aurora, que preceden a la salida del sol, se difunden por el trasparente fluido de la atmósfera. Antes de traspasar el sol el horizonte, la región oriental se colora sucesivamente con los brillantes tintes: rojo, naranjado, amarillo, verde y purpurino; el límite de la blanquecina luz crepuscular que en forma de arco se extiende por el espacio, va rápidamente avanzando hacia el zenit, al mismo tiempo que la parte superior del cielo que rodea este punto, adquiere progresivamente el matiz azulado más intenso.

La cresta de la cordillera oriental se dibuja y destaca sobre un fondo brillante de rosa y oro; las majestuosas cumbres nevadas del Popocatepetl e Iztaccihuatl, que se levantan como dos colosos para descubrir los primeros el orto del sol, e iluminados débilmente en su parte occidental por la luz difusa, aparecen cual si fueran formados de cristal de Bohemia. De vez en cuando una densa columna de humo, que se hace perceptible a los albores de la aurora, sale del cráter del Popocatepetl, demostrando la constante actividad   -104-   de este volcán que conserva vestigios de tremendas erupciones.

Cuando el sol, trasponiendo el horizonte, sigue su marcha ascensional, presenta un bello espectáculo, en verdad muy difícil de describir. Su disco, de un color rojizo y aumentado aparentemente a causa de la refracción atmosférica, se presenta circundado de una aureola luminosa, y disminuye paulatinamente su diámetro a medida que va elevándose. Sumergida en el horizonte la curva anticrepuscular, el Occidente adquiere la misma sucesión de tintas, y la parte superior del cielo se colora con un azul brillante, vivísimo.

Deliciosos se presentan desde ese momento los alrededores de la capital. Chapultepec con sus abundantes y limpios manantiales, su pintoresca colina, su poético palacio y su frondoso bosque de sabinos seculares, de cuyos ramajes cuelga en madejas el heno ceniciento, como cabellera digna de su ancianidad; Tacubaya con sus palacios, sus parques y jardines; Mixcoac con sus amenos con tornos y sus callejones formados de árboles frutales; San Ángel, Coyoacán y Tlalpam con sus arroyos cristalinos, sus huertas, sus campiñas y sus bellas cañadas cubiertas de plantas, de árboles y de trepadoras enredaderas.

En todos esos lugares se goza con la embriagadora frescura de la mañana, con la amenidad   -105-   de los campos, y respirando el ambiente embalsamado con el aroma de las flores. Allí muestran su belleza los enjambres de mariposas de relucientes y pintadas alas, y los colibríes, esas preciosas avecillas que dotadas de una volubilidad extraordinaria, hienden el aire como exhalaciones, o bien chupando el néctar de alguna flor, suspendidas en el espacio, baten incesantemente sus alas y ostentan a los reflejos del sol el verde y nacarado esmalte de su plumaje.

Hacia el Sur de la capital, el suelo del Valle se presenta bajo un aspecto diferente del de los lugares que se acaban de mencionar. No se encuentran allí la camelia, el lirio, la rosa de Bengala ni otras flores exquisitas debidas al esmerado cultivo; pero crecen en las chinampas, en esas islas artificiales que han convertido los pantanos en amenos pensiles, la frondosa amapola, el purpurino clavel, la elegante dahalia, la perfumada violeta, y la fragante rosa de Castilla.

El canal que une los lagos de Xochimilco y Texcoco, se ve cubierto en los días de primavera de canoas cargadas de flores y verduras, que se dirigen a los mercados de México; y todo aquel que haya concurrido a los paseos cuaresmales de la Viga, recordará siempre con agrado la animación que constantemente reina en ese lugar, en donde el pueblo encuentra uno de sus goces predilectos.   -106-   Puede decirse que allí se verifica la fiesta de la Primavera y de las flores.

* * *

La duración del día artificial que llega a su máximum durante la época del solsticio de estío, y la acción más directa de los rayos del sol en esta parte de la región intertropical, elevan la temperatura a 24 grados y aún más, convirtiendo en calurosos los días frescos y agradables de la estación florida.

La calina y las brumas, particularmente en las mañanas, empañan la atmósfera, y algunas veces su densidad llega a tal grado, que ofusca el hermoso conjunto y el relieve de las montañas que circundan el Valle, las cuales sólo aparecen como cubiertas con un velo poco diáfano.

El estío, en el Valle, así como las demás estaciones del año, tiene su atractivo particular.

Dilatadas desigualmente las capas atmosféricas por el fuerte calor de la superficie de la tierra, éste invierte, por decirlo así, el orden o disposición de aquellas que están en contacto con el suelo. Sabido es que gravitando las capas atmosféricas superiores sobre las inferiores, la densidad de éstas es mayor, y decrece progresivamente de la superficie hasta la última, la más ligera y sutil, que se llama éter. Contrariada esa ley general por   -107-   la dilatación de las capas inferiores, la refracción de los rayos luminosos, o sea la desviación que éstos sufren al atravesar de un cuerpo a otro de desigual densidad, se verifica de una manera contraria que en el caso en que las capas atmosféricas se hallan superpuestas en su orden normal, y entonces se produce el espejismo; ilusión óptica que nos hace percibir invertidos los objetos debajo del suelo o en medio de la atmósfera.

En los terrenos llanos y resecos que se encuentran en la parte Norte del Valle, se ve con frecuencia extenderse la calina sobre la superficie de la tierra, y retratarse inversamente debajo de ella las montañas con todos sus accidentes y detalles, cual si fuesen reproducidas por el límpido espejo de las aguas.

La ilusión del espejismo es aún más interesante, más admirable en el lago de Texcoco, aun cuando tal fenómeno sea menos frecuente en él. Desde las orillas del lago puede contemplarse su extensión y la tranquilidad de sus aguas en los días serenos. Las pequeñas y defectuosas embarcaciones, cuyas formas no han variado desde los días de la conquista, se ven cruzar el lago cargadas de granos y verduras, destinados a los mercados de México. Las frágiles y estrechas chalupas de los pescadores y floreras, hienden velozmente la superficie de las aguas, interrumpiendo   -108-   el silencio de la soledad solamente el chasquido de los remos o el acento de los cantos monótonos de aquellos que conducen tan débiles barquillas.

Cuando la temperatura de las aguas del lago es inferior a la del aire que con ellas está en contacto, de una manera súbita desaparecen aquellas barquillas de la superficie del agua, y se ven inversamente flotando en el aire, navegando al impulso de los remos, en un revuelto mar de nubes.

Los fuertes vientos que soplan en esta época del año, y muy particularmente en las tardes, despejan la atmósfera destruyendo la calina, y preparan los hermosos días de estío. Las montañas dibujan sus contornos y presentan los detalles de su relieve con mayor claridad. Las nubes (cumulus) en forma de caprichosas montañas de nieve, asoman por encima de la cresta de la cordillera oriental, y sucesivamente van creciendo hasta que adquieren proporciones colosales. Esas preciosas nubes, cuya forma redonda se atribuye al exceso de electricidad acumulada en ellas, hacen palidecer con su extremada blancura y brillo las nevadas cumbres del Popocatepetl e Iztaccihuatl, y flotando continuamente en la atmósfera, se unen con otras, extendiéndose sobre toda la superficie del Valle, y ocultando a éste por completo su   -109-   cielo puro y hermoso. Conviértense entonces en nimbus, que son las nubes tempestuosas sin forma determinada, cenicientas, y cuyos bordes se tiñen débilmente de gris y de un indeciso color morado.

Con frecuencia las corrientes opuestas del aire forman esas columnas de vapor, que pendiendo de las nubes y animadas de un movimiento giratorio, se ven atravesar con rapidez por el Valle, amenazando destruir con su irresistible poder todo cuanto encuentran a su paso.

El pavor y el deseo de la observación luchan en el ánimo, cuando esas trombas se ven suspendidas sobre las majestuosas torres de la Catedral, desafiando a éstas en poder y fortaleza, y cuando se les ve recorrer toda la ciudad en actitud cada vez más amenazadora, tan pronto devolviendo al ánimo la confianza con su contracción, como acobardándolo más con su acrecimiento; circunstancias que tan distintamente se advierten cual si aquellas masas flotantes de vapor y agua estuviesen movidas por invisibles resortes. Si alguna vez ese terrible meteoro toca la superficie de la tierra, arranca los árboles de raíz, destruye los edificios y abre profundas grietas en las montañas.

Desde mediados hasta el fin del estío, las lluvias son abundantes y copiosas en el Valle, y   -110-   generalmente las tardes tormentosas, formando contraste con las mañanas, en que se goza de los vivificantes rayos del sol y de una atmósfera tranquila.

Muchas veces, a pesar de hallarse despejado el cielo de las campiñas, los nimbus que se forman a lo lejos y el viento impetuoso, presagian una tempestad próxima y deshecha. El huracán forma en la superficie de la tierra nubes de polvo, que se arrastran y arremolinan velozmente; las aves, con sus alas extendidas, surcan espantadas el aire, tan pronto volando horizontalmente como inclinándose hacia la tierra, contra la cual parecen van a estrellarse; dirígense apresuradamente los rebaños al aprisco; los trigales que cubren los campos adquieren ese movimiento ondulatorio por medio del cual producen alternativamente sus dorados reflejos, y los árboles y arbustos crujen, resistiendo el fuerte empuje de los vientos que hacen inclinar las ramas y follaje, cual si trataran de arrancarlas de sus troncos.

En el transcurso de algunos minutos, el cielo se cubre de nubes amarillentas en las cuales se proyectan las aves que circularmente revolotean. Los nubarrones que cruzan con velocidad vertiginosa la atmósfera, como si tratase cada una de ellas de adquirir mayor rapidez, se juntan y se separan alternativamente, produciendo con su choque y   -111-   rozamiento las fuertes descargas eléctricas, cuyos retumbantes ecos repercuten en progresión decreciente las mismas nubes y las montañas. El espacio se ilumina por intervalos con esa luz deslumbradora que produce la chispa eléctrica. Un ruido, prolongado a veces, e intermitente otras, es la señal precursora de la lluvia de granizo, meteoro de los más interesantes y cuya teoría descansa aún en hipótesis. El agua cae a torrentes, inundándolo todo y haciendo desbordar los ríos con fuertes e impetuosas corrientes que van a aumentar el caudal de los lagos; y por último, el agua de éstos se agita, formando oleajes amenazadores para las frágiles embarcaciones que en ellos navegan, y remedando, en pequeño, las desastrosas tormentas del mar.

Cual nubes de verano pasan pronto, y cesa la tormenta. El cielo vuelve a su antigua serenidad y pureza, y los campos, con sus pastos, sus plantas y arboledas, ostentan ese verdor brillante y fresco que les comunica la humedad. A lo lejos algunas nubes se resuelven en menuda lluvia, la que, herida por los rayos del sol ya próximo al ocaso, forma el bello meteoro luminoso del arcoiris, cuyas extremidades se apoyan algunas veces en las elevadas crestas de la Sierra Nevada.

Tales son los espectáculos que la época del estío nos ofrece en el Valle de México.

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* * *

El tiempo de aguas, volviendo a la atmósfera su diafanidad y frescura, y al cielo su trasparencia, prepara las encantadoras tardes de otoño.

La lucidez de la atmósfera, reflejando ésta unas veces los rayos azules del espectro solar, imprime al cielo ese bello color que va disminuyendo de intensidad del zenit al horizonte, hasta terminar en el mismo, más tenue y apacible; y otras, reflejando los rayos amarillos y rojos, produce variadas y encendidas tintas sobre el horizonte.

Muy importante es el espectáculo que ofrecen las regiones orientales del Valle a la caída del sol. En esos momentos, como si el astro trasmitiera a las cumbres de las elevadas montañas el intenso fuego que lo enciende, trasforma la nítida blancura de la nieve en los vivos cambiantes del ópalo y de la concha nácar. Sobre el horizonte, el cielo adquiere el encendido color de las auroras boreales; y todo aquel brillante y deslumbrador colorido es tan bello, que sólo un hábil artista sería capaz de reproducirlo con su inspirado pincel.

La sucesión de eminencias que gradualmente se elevan por el Sur hasta terminar en el majestuoso Ajusco; las alturas de las Cruces y Monte Alto por el Oriente, y la Sierra de Guadalupe especialmente, a causa de su menor distancia, surgen con   -113-   todos sus detalles; y reflejándose en la tierra, en las rocas y en su vegetación la luz del sol, sus declives aparecen como regados de piedras preciosas, ofreciendo en su conjunto los variados colores y matices de un mosaico.

De los meteoros luminosos que son tan frecuentes en los días de otoño, ninguno es tan notable como el que ofrece la coloración de las nubes al declinar las tardes, y el aspecto general del cielo.

El azul de éste, de una trasparencia extraordinaria, se ve surcado por unas ráfagas luminosas que convergen en un punto del horizonte, y que extendiéndose como radios de un círculo, se hacen más perceptibles por el hermoso color que les sirve de fondo.

Las nubecillas que se conocen con el nombre de cirrus, y que a causa de su menor densidad son las que flotan en la atmósfera a mayor altura, se presentan unas veces agrupadas como vellón cardado; otras extendidas en bandas paralelas o en forma de penachos, dejando entre sí espacios que dan curso libremente a los hacecillos luminosos del sol; y otras, en fin, ocupan una gran parte del cielo o todo él, en cuyo caso se dice que éste se halla aborregado.

Heridas estas nubes por los rayos del sol, adquieren sucesivamente los más variados tintes.   -114-   El color rosado desaparece para dar lugar a otro purpurino que, desvaneciéndose, termina presentando los matices del violado. Al brillante color del oro sucede el naranjado, y a éste, por último, el amarillo cromo; trasformaciones todas que se efectúan a medida que el sol va acercándose al ocaso.

Estos efectos singulares, causados por las inflexiones de la luz, son aún más notables en las nubes de la especie cumulus, que además de presentar las formas más caprichosas, ofrecen los mismos cambiantes de vivos colores, y una orla luminosa de extremada blancura en sus contornos.

* * *

La diafanidad del cielo presagia la entrada de la rigurosa estación invernal, con sus frecuentes heladas, su luna refulgente y sus estrellas rutilantes.

El benigno clima que por lo general se disfruta en México, hace más sensible el cambio de estación, y muy particularmente la entrada del invierno. Hiela con demasiada frecuencia, y por las mañanas la escarcha, como un frágil cristal, cubre la superficie del agua.

¡Cuán bellas y embriagadoras son las noches de luna, durante el invierno, en el pintoresco Valle de México!

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Bañadas por la refulgente luz de aquel astro las heladas cúspides del Popocatepetl e Iztaccihuatl, que se proyectan en un fondo azulado, causan un efecto mágico; pero nada es comparable con el que ofrece el encantador aspecto del cielo por la sucesiva aparición de las estrellas y su uniforme y oblicuo movimiento.

El soberano de los asterismos, el precioso Orión, precedido del bello astro Aldebarán, de la constelación de Tauro, se presenta con sus numerosas y brillantes estrellas, entre las que lucen con mayor intensidad Betelguese, Rígel y los Tres Reyes Magos, o sea el Cinturón.

Con los más vivos destellos aparece en seguida la gentil y más cintiladora estrella del firmamento, el refulgente Sirio, astro principal del Can mayor. Su luz clara y brillante, examinada con atención, presenta en su parte inferior la apariencia de un fuego abrasador, y en la superior, azulados destellos.

Apenas levantado Sirio sobre el horizonte, brota hacia el Sur de éste Canopus, lucero no menos bello, estrella principal de la nave Argos.

De la misma manera van apareciendo sucesivamente los demás astros que contemplamos en nuestras regiones. Cástor y Pólux, primeras estrellas de la constelación zodiacal Géminis; Régulus, el Corazón de León; la Osa mayor, que se   -116-   ve recorrer majestuosamente su camino en torno del polo boreal; la Espiga de la Virgen; el bellísimo Arturo en el Boyero; Antares en el Escorpión, y en fin, tantos y tan bellos astros que van esparciéndose como diamantes en la azulada bóveda del firmamento.

Precedida de unas estrellas y seguida de otras aparece la luna, trasmitiéndonos los rayos del sol. En su movimiento ascensional sobre el horizonte, nos presenta análogas circunstancias a las que el astro soberano del día ofrece, y las cuales se han descrito al principio de este artículo.

Bañada por los rayos apacibles de la luna la superficie de la tierra, la perspectiva que ofrece la ciudad de México, observada desde un punto cualquiera de la parte occidental del Valle, es extremadamente bella. Levántase en primer término la ciudad con su extensa línea de edificios, sus variadas y numerosas cúpulas y torres, entre las que descuellan erguidas las de su famosa catedral. Proyectándose éstas en un claro horizonte, dejan entrever la luz de la luna por los espacios que resultan de sus detalles arquitectónicos, semejando primorosas labores de la más delicada filigrana.

Extendidos sobre la verde alfombra de los prados y con su linfa plateada, se presentan en segundo término los lagos de Texcoco y Chalco; y   -117-   en el tercero y último se levantan dominantes el Telapón, el Tlaloc, el Iztaccihuatl y Popocatepetl, ostentando los dos últimos sus relucientes y nevadas diademas.

Cuando flotan en la atmósfera los vapores condensados en estado vesicular o en heladas partículas, o bien nubecillas ligeras interponiéndose entre la luna, los rayos luminosos reflejados por ésta se modifican, ofreciéndonos entonces el hermosísimo meteoro que se conoce con el nombre de coronas. Un gran círculo de colores, entre los que domina el rojo, se dibuja en el cielo, sirviéndole de centro el hermoso satélite de la tierra.

Los fenómenos meteorológicos que se suceden en el Valle de México, la topografía y extensión de éste, su rica naturaleza y la estructura de su suelo, sobre todo, proporcionan vasta materia para escribir volúmenes enteros. En este artículo, unos cuantos rasgos descriptivos demuestran la importancia de esta bella localidad de la República, y cuán digna es de investigaciones y de un constante estudio.

México, Abril 13 de 1872.



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Extensión y población del Valle de México

Si se considera el Valle de México como región hidrográfica, la extensión de su superficie es mucho mayor de la que hasta hoy se le ha atribuido. La Sierra de Pachuca y sus ramales, cuyas elevadas cumbres se distinguen desde las llanuras, limitan por el Norte el Valle, separándolo de los planíos de Atotonilco el Grande, del Valle de Tulancingo y de las llanuras de Zinguilucan. Esa misma sierra se liga hacia el Sur con una serie de cerros que van a terminar en las montañas de las Navajas, separando los planes de Chavarría del accidentado Valle de Epazoyuca. Por el Oriente, los cerros de Zinguilucan y la elevada montaña de Xihuingo, que por sus   -120-   fuertes declives parece inaccesible, derraman en parte sus aguas hacia el Valle de México por el río del Papalote, y el cual, en la presa del Rey, forma el de las Avenidas de Pachuca. Un terreno ocupado por extensos lomeríos y surcado por enormes grietas y profundas barrancas, y el cual forma parte de los Llanos de Apam, liga las anteriores eminencias con la majestuosa Sierra Nevada que se interpone entre el pintoresco Valle de México y las ricas campiñas de Puebla. Como generalmente acontece, esta sierra, al terminar, se divide en dos ramales, uno que se deprime entre los distritos de Otumba, Apam y Tepeapulco, y el otro que forma la Sierra de Patlachique, avanzando hacia el Poniente entre los fértiles valles de Otumba y de Texcoco. Las cumbres dominantes de la Sierra Nevada, son el Popocatepetl, el Iztaccihuatl, el Telapon, el Tlaloc y Hamacas.

Por medio de las eminencias poco considerables y extensas, como son las de Tenango, al Sureste, se une la hermosa cumbre del Popocatepetl con la serranía de Ajusco, en la cual se alza la voluminosa y elevada cumbre del mismo nombre, tocando ya los límites de las nieves perpetuas.

Extiéndese por el Suroeste la no menos notable Sierra de las Cruces, que, dirigiéndose al Noroeste, forma la cordillera de Montealto, y en su   -121-   declive Noreste, el terreno accidentado de Montebajo, interponiéndose todas sus alturas entre el Valle de México y el de Toluca que forma la mesa más elevada del país.

En la historia de nuestra geografía, el cerro del Sincoque, es notable por la importancia que como límite del Valle le diera el ilustre viajero Barón de Humboldt, y porque en los terrenos próximos existe la obra colosal del canal de Nochistongo, en donde se han emprendido las importantes obras del desagüe.

La sucesión de alturas, tales como la que se acaba de mencionar, el cerro de Jalpa, y las lomas de España, Cuevas y Jilocingo, se unen al cerro de Aranda y a la Sierra de Tezontlalpan, la que dando fin cerca de la Sierra de Pachuca, termina el circuito del Valle.

El centro de éste ofrece vastas llanuras interrumpidas por algunas sierras de corta extensión, cerros elevados y lomeríos, y presentando una figura muy irregular, pues según avanzan más o menos hacia el centro de él los declives y contrafuertes de las sierras que los circundan, más o menos se estrechan las partes llanas. Forman los planíos más considerables del Valle los llanos de Chavarría, San Javier y Tizayuca, al Sur de Pachuca; el Valle de Otumba, limitado al Norte por los cerros Malinalco, Cerrogordo y otros de   -122-   menos consideración, y comunicado con la parte principal del de México por los ricos terrenos de Acolman; los valles de Texcoco y Chalco, que deben considerarse como la prolongación del de México; y por último, los llanos de Zumpango y Tlalnepantla, separados de los que rodean a la capital de la República, por la sierra de Guadalupe.

La mayor extensión del Valle, según la línea oblicua que une a Tlalpam con Pachuca, es de ciento catorce kilómetros, y su mayor latitud en el paralelo de Cuautitlán, sesenta y dos kilómetros. Respecto del área, muy difícil es determinarla con exactitud cuando no existe el plano orográfico de tan importante lugar de la República.

La población del Valle, conforme a los mejores y más verídicos datos que he podido proporcionarme, puede estimarse en 525.000 habitantes, distribuidos de la manera siguiente:

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Curatos Habitantes que
hablan castellano
Ídem mexicano Ídem otomí Total
Pachuca 14.020 - - 14.020
Tezontepec 5.638 780 - 6.418
Axapusco 5.310 - - 5.310
Otumba 6.158 - - 6.158
Tizayuca 3.414 8.000 - 11.414
Jaltenco - 2.425 - 2.425
Zumpango 2.522 5.000 - 7.522
Teoloyuca 5.939 - - 5.939
Tolcayuca 5.725 - - 5.725
________ ________ ________ ________
48.726 16.205 - 64.931
Ecatepec - 6.300 - 6.300
Tepexpan - 938 - 938
Acolman - 1.474 - 1.474
Tecamac - 3.316 - 3.316
Teotihuacán 7.359 2.143 - 9.502
Tepetlaoxtoc 2.769 1.803 - 4.572
Chautla - 2.772 - 2.772
Mexicalcingo 500 959 - 1.459
Culhuacán 200 2.000 - 2.200
Chalco 1.200 731 - 1.931
Mexquic - 2.247 - 2.247
Xochimilco 3.000 14.008 - 17.008
Tlalpam 2.387 2.300 - 4.687
Coyoacán 3.129 1.000 - 4.129
Churubusco 492 - - 492
Tlahuac - 2.000 - 2.000
Texcoco 16.815 13.469 - 30.284
Coatlinchán 1.707 - - 1.707
Chimalhuacán Atenco 4.070 2.500 - 6.570
Coatepec Chalco 1.923 - - 1.923
Ixtapaluca 2.500 643 - 3.143
Ixtapalapa 3.000 1.119 - 4.119
Ixtacalco - 2.670 - 2.670
________ ________ ________ ________
51.051 64.392 - 115.443
  -124-  
Cuautitlán 2.376 5.065 - 7.441
Tultitlán - 6.921 - 6.921
Huehuetoca 3.126 - - 3.126
Tepotzotlán 2.305 - 3.572 5.877
Coyotepec 2.752 - 3.000 5.752
Tlalnepantla 7.219 - - 7.219
Naucalpan 2.961 - 2.104 5.065
Montebajo 4.313 - 3.100 7.413
Huisquilucan - 6.544 - 6.544
San Ángel 3.218 4.599 - 7.817
Santa Fe 2.000 - - 2.000
Tacubaya 15.835 - - 15.835
Mixcoac 1.249 456 - 1.705
________ ________ ________ ________
47.354 23.585 11.776 82.715
________ ________ ________ ________
147.131 104.182 11.776 263.089
Ciudad de México 225.000 - - 225.000
________ ________ ________ ________
372.131 104.182 11.776 488.089

En esta noticia faltan los datos relativos a algunas parroquias, como son Tultepec, Tlasala, Coacalco, Ecatzingo, Cocotitlán, Ayapango, Tepetlixpa, Tlalmanalco, Ozumba, Amecameca, Ayotzingo, Guadalupe, Tacuba y Atzcapotzalco, y no parecerá por tanto exagerado si hago subir la cifra anterior, a 525.000.

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Algunas obras existen que han tratado extensamente acerca del Valle de México; motivo por el cual, me he limitado a ocuparme sólo en la extensión que debe considerársele y en el número de sus habitantes con relación a ella.

México, 4 de Mayo de 1872.



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     Antonio García Cubas
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