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    Escritos diversos de 1870 a 1874
     Antonio García Cubas
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Una excursión a la Caverna de Cacahuamilpa


I

Muy digno de describirse es el camino que conduce de México a la famosa caverna que es el objeto principal de este artículo. No fijaré mi atención en la parte recorrida de ese camino por el ferrocarril de Tlalpam, por ser demasiado conocida.

La serranía de Ajusco, que por el Sur limita el Valle de México, ligando las sierras del Popocatepetl con las eminencias de las Cruces y Monte Alto, ocupa en latitud una grande extensión de terreno, presentando en sus declives, y muy particularmente en los australes, inclinaciones en extremo rápidas.

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Preséntase el terreno, recorrido por el camino, árido, y apenas se ve en las eminencias que lo coronan una vegetación pobre en extremo. Aun cuando para el viajero, ávido de lugares amenos y pintorescos, estos lugares no tienen ningún atractivo, son, sin embargo, muy interesantes, considerándolos geológicamente. Vense por doquiera enormes grupos de rocas eruptivas que están revelando una acción volcánica tremenda, y las cuales se presentan como inmensos edificios derruidos por la acción destructora del tiempo. El ascenso para traspasar la línea de la división de las aguas, es en extremo difícil, y se llega, después de algunas horas de camino, a Topilejo y a la Venta del Guarda; lugar interesante por determinar el punto más elevado del camino y desde el cual puede observarse el Valle de México en toda su extensión, con su más bella perspectiva.

Del Guarda se llega a la Cruz del Marqués, y desde este punto, que señala los límites del Estado de Morelos, se desciende rápidamente, rapidez que crece de Huitzilac en adelante, de tal suerte, que los carruajes ruedan con una velocidad que casi se asemeja a la que adquieren los cuerpos abandonados a su propio peso; y a medida que se desciende, la temperatura se eleva, comprobando la observación tantas veces hecha, de que en México bastan unas cuantas horas de   -129-   camino para pasar de una zona en extremo fría a otra cálida. La vertiente austral de la serranía de Ajusco, que en esta parte toma el nombre de Cuesta de Huitzilac, no se presenta con la desnudez del declive septentrional. Muchos árboles de la familia de las coníferas, cubren el terreno, observándose los oyameles en las cumbres, y los ocotes, pinos, encinos y algunos cedros en los declives.

Multitud de barrancas surcan el suelo y descienden hacia los planes de Cuernavaca, encontrándose esta ciudad, antes de ahora capital del Estado de Morelos, entre dos de ellas. La mayor parte de esas barrancas se interponen entre Cuernavaca y los pueblos de Chalma y Ocuila, del Estado de México, erizando de dificultades y de fuertes pendientes, las veredas que ligan entre sí esas poblaciones.

Distínguese desde la eminencia de la cuesta, la tierracaliente ofreciendo un bello panorama. Las lomas sucesivas que tanto caracterizan la topografía de los terrenos de Cuernavaca, desaparecen a causa de la altura de donde se observan, y sólo se admiran extensos planes matizados por el frondoso follaje de las plantas tropicales y por los plantíos de caña, cuyo color esmaltado de verde más o menos intenso, según el mayor o menor crecimiento de las plantas, armoniza con los variados colores que reflejan los terrenos sin   -130-   cultivo. Descúbrense a los vivísimos resplandores del sol y diseminados en las campiñas, agrupados los edificios de las poblaciones y separado el plan de Amilpas del de Cuernavaca, por la sierra de Tetillas, Montenegro y Jiutepec, y por último, se ven a lo lejos escalonadas, sobre planos inclinados, diversas eminencias que terminan con las crestas de las elevadas sierras que por todas partes circundan el Estado de Morelos, y cierran sus horizontes.

Cuernavaca (Cuauhnahuac, rodeada de flores), se halla situada, según las observaciones astronómicas de don Francisco Jiménez, a 18º 53' 02" 31 de latitud Norte y 0º 06' 19" 50 de longitud Oeste de México, a 1.505m de altura sobre el mar y a 18 leguas Sur de la capital de la República. El terreno en que se asienta forma una loma entre dos grandes depresiones, ofreciendo en sus calles frecuentes ascensos y descensos. Desde cualquiera altura de la ciudad se abarca de una sola mirada el territorio del Estado en toda su extensión.

Se descubren las montañas que lo limitan y las que interrumpen la uniformidad de su suelo: al Norte, la serranía de Ajusco; al Oriente las nevadas y majestuosas cumbres del Popocatepetl y el Iztaccihuatl en último término, y en el primero, las cimas de formas caprichosas de la sierra de Tepoztlán. Los extensos plantíos de caña, los   -131-   platanares que extienden sus erguidas y lustrosas hojas en medio de una vegetación lozana, esmaltan los campos de un verde hermoso, revelando las riquezas de un Estado esencialmente agrícola.

El clima de la ciudad como el de todas las localidades del Estado, es cálido, marcando el termómetro como temperatura máxima en tiempos normales, a las tres de la tarde, de 24º a 25º centígrados. La declinación de la aguja es de 8º 30' al Este.

La población actual de la ciudad, es de 16.000 habitantes repartidos en 500 casas que forman el casco, y en las casuchas de sus huertos y campos. Comprende 60 calles y callejones, 5 plazas, 5 templos; el antiguo palacio de Cortés, que posee más bien el carácter de un edificio fortificado, carácter que va desapareciendo por las reedificaciones. En él residían los poderes del Estado, que se trasladaron posteriormente a Cuautla, su nueva capital.

La ciudad posee además el edificio del Instituto literario, el teatro de Alarcón, que puede contener 2.000 personas, un hospital, un matadero, doce posadas, un cuartel, casa de correos y estación telegráfica; una imprenta, cinco curtidurías, un molino de aceite, cuatro fábricas de aguardiente, ocho de ladrillos y tejas y ocho caminos vecinales.

Forman los suburbios de esta ciudad los siguientes barrios: San Pedro y Santo Cristo, por   -132-   el Sur; Amatitlán, por el Este; San Antón, por el Oeste, y Guadalupita y el Calvario por el Norte.

Pasado el pintoresco pueblecillo de San Antón, a 3 kilómetros Noroeste de Cuernavaca, se desciende a una profunda barranca por un sendero estrecho y pedregoso. En esta barranca y de una altura de 37 metros, el agua que proviene de otra barranca llamada de Toto, se precipita, formando en su caída preciosas ondulaciones, alternando con delgados hilos cristalinos que se apartan de la masa principal del torrente. De la cuenca abierta por el agua con su incesante golpeo, se eleva ésta en menudas partículas, produciendo a los vivísimos rayos del sol, los colores del iris, notables por su persistencia. El continuo movimiento del agua al pie del salto, ha descarnado la montaña, abriendo una gruta profunda que por su lobreguez contrasta tanto con la blancura de la corriente cristalina, y con el fresco verdor de los helechos, de los arbustos y plantas tropicales, que engalanan aquella cuenca. Grietas profundas surcan horizontalmente las paredes verticales de la barranca que miran al Oriente, en tanto que en el declive opuesto un grupo de prismas basálticos incrustados en el terreno, alternan con las lucientes hojas de las anonáceas. Los festones de bejuco que, pendientes de la cima, flotan a más de media altura de   -133-   la barranca, y la frondosidad de los árboles, entre cuyo follaje se descubren las esbeltas hojas del banano, contribuyen a hermosear el lugar, dándole un aspecto encantador.

Tres cuartos de legua al Este de Cuernavaca, se halla el pueblo de Chapultepec (cerro del Chapulín), ameno por sus huertas de árboles frutales y siembras de semillas y legumbres.

Hacia el Sur y a la misma distancia se encuentra el pueblo de Acapantzingo (frente del Carrizal). La industria de sus habitantes consiste en el cultivo de árboles frutales. Su situación a inmediaciones de la capital y su amenidad, hacen de este pueblo un lugar de recreo.

En él, el archiduque Maximiliano hizo construir una gruta con hermoso jardín y extensa huerta.

El Estado de Morelos se halla dividido para su administración en las siguientes fracciones:

Municipalidades Raza mixta Indígena Extranjeros Total
Distrito de Cuernavaca
Cuernavaca 8.225 5.807 44 14.076
Tepoztlán 2.456 4.149 - 6.605
Xochitepec 2.974 2.797 6 5.777
Tlaltizapan 5.468 1.800 15 7.283
Xiutepec 2.902 612 5 5.519
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Distrito de Morelos
Cuautla 10.078 1.399 29 12.106
Ayala 1.206 2.610 2 3.818
Ocuituco 1.381 6.329 - 7.710
Yecapixtla 4.835 1.580 1 6.416
Distrito de Yautepec
Yautepec 3.059 4.017 20 7.096
Tlayacapam 2.021 3.979 - 6.000
Totolapam, municipio 1.571 2.213 2 3.786
Tlalnepantla, municipio 1.044 1.786 - 2.830
Distrito de Tetecala
Tetecala 1.972 1.532 3 3.507
Miacatlán 3.619 909 13 4.541
Jojutla 3.140 3.535 14 6.689
Tlaquiltenango 1.343 3.932 11 5.286
Puente de Ixtla 2.044 1.860 6 3.910
Amacusac, municipio 1.227 1.773 2 3.002
Coatlán del Río, municipio 1.357 589 - 1.946
Mazatepec, municipio 1.103 345 - 1.448
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Distrito de Jonacatepec
Jonacatepec 5.294 2.375 6 7.675
Zacualpam Amilpas 2.469 4.854 4 7.327
Xantetelco 2.623 2.320 2 4.945
Tetelilla 2.189 2.914 - 5.103
Tepaltzinco 1.140 3.728 - 4.868
________ ________ ________ ________
Sumas 77.670 72.714 185 149.269

El camino para llegar a Cacahuamilpa recorre los terrenos pertenecientes a los distritos de Cuernavaca y Tetecala; y a medida que en él se avanza, se descubren a uno y otro lado, más o menos cerca, los pueblos y haciendas de la mayor parte de sus municipalidades.

Al Noreste de Cuernavaca se ven las montañas de Tepoztlán (lugar de fierro). La villa del mismo nombre, cabecera de la municipalidad, se encuentra situada en la cañada que se forma por los montes de Otlayuca. Esta cordillera, que se desprende de la sierra del Popocatepetl, se halla revestida casi en su totalidad de vegetación, produciendo cedros, ayacahuites, caobas, encino   -136-   de diversas clases y el oyametl. En tiempo de lluvias esas eminencias adquieren un bello aspecto, así por la frondosidad de la vegetación como por los arroyuelos que se forman y precipitan desde las alturas, serpenteando por los declives como hilos de plata, y que por su blancura tanto contrastan con las ennegrecidas superficies de las rocas. Al llegar esos arroyos a las partes más bajas, forman otras tantas cascadas y se unen por medio de varias barranquillas a un arroyo que recorre los terrenos de la municipalidad. No escasean en las mismas montañas los minerales de fierro, circunstancia de donde tomó origen el nombre de la población.

Al Suroeste de Cuernavaca y a dos y media leguas se encuentra Xiutepec (cerro de yerba) con mil doscientos setenta y nueve habitantes. El pueblo se halla situado en medio de un llano limitado al Oriente por varias eminencias que forman una cordillera rica de vegetación y entre cuyos árboles se cuentan algunos de finas y exquisitas maderas. Las principales cumbres de esa cordillera se denominan Barriga de Plata, llamada así por ser mineral; el Tajón, la Palma, Rancho del Cerrado y Monte-Negro. En este último lugar tuvo efecto el 22 de Agosto de 1870 un fenómeno que causó gran sensación entre los habitantes de aquellas comarcas. Al declinar la   -137-   tarde de ese día, inmensos nubarrones vertían el agua a torrentes, escuchándose al propio tiempo bajo de tierra fuertes detonaciones y sintiéndose un ligero terremoto. Al día siguiente se observó que la vegetación que revestía la montaña había desaparecido en una extensa zona de sus vertientes, presentando sólo rocas ennegrecidas y sin lesión alguna la cumbre. Todos los despojos de tierra, piedra y malezas, presentando una masa compacta, cubrían a poca distancia el suelo arrojados allí, sin duda alguna, por la fuerte tensión del aire, que, dilatado violentamente por el calórico interior, abriose paso por los declives de ella. Esos despojos formaron en algunos puntos un espesor que varía de una y media a tres varas.

Dos arroyos de agua permanente, fresca y abundante, riegan los terrenos de la municipalidad; ambos se conocen con el nombre de la Barranca. Uno de ellos nace en el pueblo de Chapultepec, de la jurisdicción de Cuernavaca, riega la hacienda de Atlacomulco y pasa por el centro del pueblo de Xiutepec, y el otro se forma de los veneros de Texalpam, aumentando su raudal con el agua que proviene de las vertientes de las fuentes al Noroeste y muy cerca de Xiutepec. Reúnense ambas barrancas, cuyo curso es de Norte a Sur, en el pueblo de Zacualpam, a cuatro kilómetros al Sur de la cabecera.

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Conócese con el nombre de Paseo de las Fuentes un sitio ameno, que dista dos kilómetros de Xiutepec hacia el Noroeste. Copiosos manantiales de agua cristalina forman una corriente rápida en medio de una vegetación virgen y lozana: grupos de frondosos sabinos, de fresnos y álamos, higueras silvestres, naranjos, manglares y otros árboles frutales dan sombra a ese río, a cuyas márgenes se extienden risueñas y fértiles campiñas.

Desde el camino, y a diez kilómetros de Cuernavaca, se distinguen por la parte oriental la hacienda del Puente y el pueblo de Xochitepec.

Xochitepec, que quiere decir cerro de la flor, es la cabecera de la municipalidad de su nombre, con mil quinientos habitantes, y distante de Cuernavaca veinte kilómetros al Sur. Las montañas de Colotepec, Alpuyeca, San José y Tetelpa, forman hermosos valles, y muy particularmente el que ocupan los terrenos de las haciendas llamadas Chiconcuac y el Puente, donde se cultiva la caña de azúcar y el arroz, artículos que constituyen la principal riqueza de estos lugares. Riegan estos valles dos ríos que se conocen con los nombres de Apatlaco y Alpuyeca, cuyo curso es de Norte a Sur, y su confluencia en un punto cerca de Xoxocotla. El primero nace en la barranca de Santa María,   -139-   municipalidad de Cuernavaca, y el segundo en las de Tetlama. Reúneseles en Apatlaco considerable cantidad de agua salobre que proviene de dos manantiales. En estos ríos se pescan truchas y bagres.

La hacienda de caña de Temisco, de la municipalidad de Cuernavaca, y las de Chiconcuac y San Vicente, puede decirse, que hoy forman una sola hacienda, cuyos frutos se benefician todos en esta última. El señor Bermejillo, propietario de ellas, ha logrado establecer en la de San Vicente una magnífica maquinaria para la elaboración y purificación del azúcar, cuyo costo ha ascendido a la suma de 200.000 pesos.

Estas haciendas elaboran al año:

Temisco 26.000 @ de azúcar 39.000 de miel
San Vicente 81.000 " 17.488 "
Chiconcuac
________ ________
107.000 56.488

El camino prosigue por los terrenos pertenecientes al distrito de Tetecala. Ocupan todo el distrito, extensos lomeríos y grupos de cerros de poca elevación que por su aridez forman un notable contraste con las frondosas y fértiles cañadas. Los ríos que las riegan son: el de Coatlán que nace al Norte en las montañas de Ocuila, del Estado de México, pasa por la hacienda de Cocoyotla,   -140-   Coatlán del Río, Tetecala, San Miguel Coatlán y Coachichimola, uniéndose al Amacusac; el río Tembembe nace igualmente en la barranca de Toto, pasa por terrenos de Cuentepec, Miacatlán, Mazatepec y Ahuehuecingo y se une al anterior, a una legua al Norte de Ixtla. En estos ríos se cogen camarones, bagres, cangrejos, mojarras, perros de agua, roncadores, salmiches y truchas. La laguna de Coatetelco, situada al Oriente de Mazatepec y de un kilómetro de longitud, presenta un panorama agradable por los plantíos de caña que la rodean y por la multitud de garzas que se ven sobre la superficie de las aguas. Esta laguna produce igualmente truchas y bagres. Perteneciente al distrito se encuentra otra laguna muy notable, en jurisdicción de Puente de Ixtla. Conócese esta laguna con el nombre de Tequesquitengo, cuya extensión es de cuatro leguas cuadradas. Dos particularidades notables ofrece esta laguna a la atención del viajero. La primera consiste en su gran profundidad, calculada en 50 metros hacia el centro.

Cerca de su orilla austral se halla sumergido un pueblo, pudiendo distinguirse, cuando la diafanidad de las aguas lo permiten el frontispicio del templo, sobresaliendo de la líquida superficie, la cruz con que remata la torre.

Constituye la segunda, la existencia de unos   -141-   toros, llamados caravaos que han contraído la costumbre de vivir en el agua y que en vano se ha tratado de sujetarlos al yugo. Cuando el calor del sol se hace sentir con mayor fuerza, huyen apresuradamente burlando la vigilancia de sus guardianes, y se introducen en la laguna, uncidos muchas veces a los carros o arados.

La villa de Tetecala (casas de piedra), cabecera del distrito, se halla situada a la margen izquierda del río Coatlán y a 40 kilómetros Suroeste de Cuernavaca, con 2.000 habitantes. Sus terrenos son productivos y su vegetación tan vigorosa que el maíz de riego, se cosecha antes de cuatro meses y el de temporal a los seis después de su siembra; el plátano siempre da su fruto tan sólo limpiando la planta y el terreno en que ha crecido; la caña de azúcar adquiere muchas veces en su desarrollo una longitud de tres metros; se cosecha además el frijol, chile, ajonjolí, camote y arroz, cuyo cultivo es de la mayor importancia en las vegas todas del río Coatlán; deben mencionarse entre las frutas, sandías, melones, cocos, aguacates, limas, anonas, timbirichis, chicozapote, mangos, ilamas, guanávanas, dátiles, ciruelas, mameyes y zapotes prietos, produciendo además en abundancia, toda clase de legumbres y verduras.

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El calor es insoportable en esta localidad, marcando el termómetro a la sombra hasta 31º C.

A 4 kilómetros de Tetecala, prosiguiendo el camino hacia el Poniente, se encuentra el pintoresco pueblo de Coatlán del Río (lugar de culebras). Erguidos cocoteros se agrupan en torno de la iglesia parroquial, de humilde aspecto; los cafetos y platanares, entre cuyo follaje descuella el esbelto papayo, apenas permiten descubrir, por entre sus ramas, las habitaciones de la población. El tupido ramaje de corpulentos árboles, entre los que se cuentan los naranjos, mangos, limoneros y limeros, se dibuja en las aguas de un río cristalino, que con sus vegas fértiles y amenas aumenta los encantos de tan bello paisaje.

Apenas se sale de esta población se vuelve a caminar por lomas y colinas estériles, con dirección al Sur, y sólo de trecho en trecho se distinguen algunas cañadas vestidas de vegetación.

A 6 kilómetros de Coatlán se penetra en una cañada formada por opuestas eminencias en los confines del Estado, límites con el de Guerrero, ascendiendo por una vereda pedregosa, a la falda de la montaña, hasta llegar al pueblecillo de Cacahuamilpa (siembra de cacahuates) que dista de Coatlán 8 kilómetros. Algunas casuchas y un templo pequeño, de humildísimo aspecto, ocupan la falda de un cerro, y desde este punto, caminando   -143-   siempre por desfiladeros y en continuo descenso, se llega al grupo de cerros elevados, en uno de los cuales súbitamente se descubre la abertura de la famosa Caverna de Cacahuamilpa.




II

Antes de penetrar en los antros misteriosos de la caverna, conviene dar una idea de la topografía del lugar. Los accidentes exteriores del terreno de tal manera se relacionan con aquella gigantesca obra natural, que hacen indispensable el pleno conocimiento de todos sus detalles.

Tomando por punto de partida la montaña de la caverna, extiéndense al Norte de ella, dos cordilleras opuestas que forman una cañada, cuyo thalweg tiene una dirección de Norte a Sur. De estas dos cadenas la occidental se liga inmediatamente con la montaña de la caverna, en tanto que la oriental, desviándose por enfrente de ella, deja un espacio de terreno, en el cual se eleva otra eminencia, de una altura casi nula por el lado de la cañada, pero de grande elevación por el opuesto, en donde la contrapendiente se confunde con la vertical.

Tan fuerte es por esta parte la depresión del terreno, que para descender a él, se hace preciso,   -144-   las más veces, apoyar pies y manos en las ramas y troncos de los árboles para evitar la caída por los desfiladeros. Esta cuenca da origen a otra cañada, cuya dirección es de Occidente a Oriente. El descenso rápido en tan corto espacio de terreno convierte éste en un lugar de extremada fragosidad. Vense rocas acantiladas, dominando el abismo y taladradas por las aceradas raíces de los amates. Allí la naturaleza agreste oculta con un manto de espléndido follaje una de sus obras más admirables. Saltando de uno en otro peñasco y abriéndose paso por entre las ramas de los árboles, el viajero llega a colocarse en un punto, en medio de un río cristalino, desde donde, lanzando instintivamente un grito de sorpresa, puede admirar a un tiempo mismo dos colosales y bellísimas grutas, de cuyo fondo salen serpenteando y en rápida corriente, los dos ríos que alimentan el Amacusac. Las piedras calizas que forman las bóvedas de las grutas se hallan dispuestas de tal manera, que parece que en su colocación intervino el arte con sus precisas reglas; despréndense de las grietas de las bóvedas y en forma de festones, las estalactitas con aquel desorden que aumenta los encantos de la naturaleza.

Las bóvedas disminuyen gradualmente de altura, presentando en el fondo una lóbrega abertura por donde sale el agua, dando indicios de la   -145-   profundidad de los subterráneos. La espléndida luz que ilumina la parte abierta de las grutas, lucha por penetrar en el fondo para disipar las tinieblas, y apenas con sus reflejos, hace brillar el agua en los puntos en que, por algunos obstáculos, rompe su corriente.

De vez en cuando parvadas de guacamayas, asustadas por la presencia del viajero, abandonan sus nidos, hendiendo el aire con su rápido vuelo, bajo las cenicientas rocas de las grutas, para proyectarse después en la purísima bóveda del cielo.

Esas dos grutas se hallan en opuesta posición: la una mira al Norte y la otra al Sur, reuniéndose frente de la primera los dos ríos que forman el Amacusac. Si se busca el origen de éstos, preciso es remontarse hasta las alturas de Tenancingo y de Ixtapa de la Sal, en el Estado de México, cuyo territorio riegan dirigiendo su curso hacia la montaña de Cacahuamilpa, para perderse en ella y brotar de nuevo en el agreste lugar que acaba de describirse.

Encumbrando de nuevo la eminencia, el viajero puede contemplar, desde la meseta, la extensa boca de la caverna con los verdes festones de follaje que la adornan, y algunas concreciones de estalactitas que se presentan como un indicio de las   -146-   maravillosas cristalizaciones que en sus antros aquélla encierra.

Llégase a la abertura natural por un sendero estrecho y de poca extensión. La longitud de la base de esta abertura es de 36 metros, su mayor altura de 4,75. El rumbo de la base 19º Suroeste y la temperatura a las doce del día y a la sombra, 27º R.

La existencia de la caverna permaneció ignorada hasta el año de 1833. Los mismos indios, antes de esta época, no se atrevían a penetrar en ella, creyendo, en su ciego fanatismo, que la primera estalactita en figura de chivo, era la encarnación del espíritu malo que impedía el acceso al interior.

Un incidente reveló al mundo civilizado la importancia de esa tan prodigiosa obra natural. Refugiado un criminal en la caverna, permaneció en ella durante el tiempo que duró la persecución, cesada la cual, pudo regresar a su hogar, asombrando con sus relaciones fantásticas a los vecinos de Tetecala, quienes inmediatamente dispusieron la primera expedición.

Muy dividida se encuentra la opinión respecto de las teorías referentes a la formación de las cavernas: unos la atribuyen a la acción de las aguas y otros a la plutónica.

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La existencia de los dos ríos, que perdiéndose en la montaña de Cacahuamilpa surgen de nuevo en un lugar más bajo que el suelo de la caverna, ha hecho presumir que en la formación de ésta las aguas han ejercido la acción principal; pero si se atiende a diversas circunstancias contrarias, debe creerse más bien que tal efecto tuvo por causa una dislocación violenta del terreno, de la misma manera que se observa en las grietas de los minerales, con sólo la diferencia de haber sido éstas inyectadas por las materias fundidas.

Los terrenos adyacentes, en los cuales se advierten dislocadas y metamorfoseadas las capas calizas, corroboran esta aserción.

En los mares, el continuo movimiento del agua desaloja las materias sólidas del terreno, abriendo grietas y grutas profundas, así como en las tierras continentales las aguas han contribuido principalmente a perforar las montañas. No sólo esta causa puede producir tales efectos: la eyección de materias eruptivas, el enfriamiento de las lavas, la expansión de los gases y vapores y la liquidación ígnea de las rocas, son otras tantas causas a que debe atribuirse la existencia de las grutas y cavernas que tan justamente nos admiran. Supónese igualmente que los espacios hoy libres se hallaban ocupados en tiempos remotos   -148-   por grandes masas de sal que, disuelta por el agua, fue arrastrada en su corriente; mas lo que no admite duda es, que la acción plutónica ha sido el agente principal en la formación de muchas cavernas.

Escudriñando con la mayor atención el interior de la caverna, no se ven ni cantos rodados, ni arenas, ni limo que hicieran presumir la existencia en épocas lejanas de grandes corrientes que produjeran la grande oquedad que nos admira; por el contrario, todas las rocas que se encuentran agrupadas en el suelo y provienen de fuertes derrumbes, así como las que forman las paredes y las bóvedas, son angulosas, con sus aristas bien determinadas; circunstancias que no se observan en las dos grutas de que he hecho mención. Aquí se encuentran grandes peñascos sin aristas y carcomidos por la acción del agua. La existencia de los dos ríos próximos a la caverna debe atribuirse a una coincidencia casual, como ha podido observarse en otras cavernas cuyas circunstancias son idénticas. La montaña de Cacahuamilpa, según fundadas conjeturas, se halla perforada en todas direcciones, formando galerías laterales, quizá tan interesantes por sus detalles como por el cañón principal que ya conocemos. Los ríos de Ixtapa y Tenancingo, según mi humilde juicio, que de ninguna manera puede   -149-   reputarse como una conclusión definitiva, no perforaron la montaña, sino que, encontrando sus corrientes caminos subterráneos, prosiguieron por ellos su curso.

Por otra parte, no puede creerse sin violencia, que dos ríos de tan escaso caudal hayan podido no sólo abrir el cañón principal, sino las galerías laterales que hacen del conjunto un verdadero laberinto. En la formación de la caverna de Cacahuamilpa puede haber intervenido el agua, pero no como agente principal.

Prosigamos nuestra excursión al interior de la caverna.

Descendiendo por una rampa arenosa, se penetra a la primera galería, enteramente iluminada por la luz natural. Las extensas proporciones de esta galería, con sus paredes de rocas acantiladas y de enormes peñascos que parece que se derrumban; los festones de estalactitas que se ven suspendidas de la ancha bóveda, surcada por grietas profundas; las caprichosas estalagmitas que se presentan, ora en figura de preciosas coliflores, ora representando columnas de mármol; y por último, la pavorosa oscuridad que reina ya en la segunda galería, en medio de la cual apenas se distingue el brillo de las antorchas, todo ello forma un conjunto de admiración para el hombre indiferente, y de conmoción y   -150-   asombro para el que ha recibido de la naturaleza el sentimiento de lo grande y de lo bello.

Las estalactitas y las estalagmitas no son otra cosa que las concreciones de caliza incrustante. Filtrándose el agua que lleva en disolución el bicarbonato de cal, se adhiere en el techo de la caverna a una yerba o a cualquiera objeto pequeño que forma un núcleo; por el desprendimiento del ácido carbónico, la materia caliza vuelve a su estado primitivo, revistiendo a aquel objeto. Nuevas filtraciones producen el mismo efecto, haciendo crecer, por agregación sucesiva, las estalactitas, que adquieren las más variadas figuras.

Las gotas que se desprenden de la bóveda y caen al suelo, elaboran de la misma manera otras concreciones en sentido inverso, constituyendo entonces las estalagmitas, que muchas veces se unen a las estalactitas por sus vértices.

La atención del viajero, en la primera galería, se fija preferentemente en dos objetos: primero, en la estalagmita que representa el chivo encantado, que por habérsele destruido la cabeza ha perdido su primitiva forma; y después en una preciosa columna que, con su gracioso capitel a manera de un penacho, sostiene el arranque de un arco natural. La presencia de esta columna despierta la idea de la creación de un estilo de   -151-   arquitectura a imitación de la naturaleza; así como un canastillo con la preciosa hoja de acanto, infundió a los griegos la idea del hermoso capitel corintio.

Salvando los obstáculos que ofrece el hacinamiento de las rocas desprendidas de la bóveda, se pasa al salón del Púlpito, que yo me atrevería a llamar, más bien, galería del Trono. Aquí la oscuridad es completa y apenas puede distinguirse, a la tenue luz de las antorchas, las hermosas concreciones, cuyo interés, por su forma y magnitud, crece progresivamente. Primorosas labores de encaje y filigrana bordan el suelo y rodean las enhiestas estalagmitas; en tanto que bellas incrustaciones, blancas como el mármol de Carrara, revisten las paredes y reflejan la luz con sus prismáticos cristales. En forma de elegante cortinaje circular y diestramente arrugado por la mano maestra de la naturaleza, se desprende de la bóveda un haz de estalactitas, cubriendo una concreción que gradualmente se levanta del suelo.




III

El cañón principal de la caverna, cuya dirección general es al Poniente, con poca inclinación al Sur, se halla dividido por arcos naturales o   -152-   por grandes agrupamientos de estalagmitas colosales. Solamente en el tránsito de una a otra galería, cuyo sitio preciso no recuerdo, se observa un cambio brusco de dirección al Sureste, de manera que los ejes de ambas galerías forman un ángulo agudo.

El corto tiempo que permanecí en la caverna, no me permitió anotar todos los monumentos notables que ésta encierra, para poder, cuando menos, dar una idea de ellos; me limitaré, por tanto, a describir ligeramente los que mayor impresión me causaron.

Al penetrar en una de las galerías se admiran bellas y colosales estalagmitas, que iluminadas por las bujías y vistas de lejos, aparecen como edificios principales de una gran ciudad; se ve en primer lugar, un palacio de mármol con sus farolas encendidas, efecto producido por las bujías, y a su izquierda, medio perdido por las sombras, un templo, en cuyo cementerio se elevan dos o tres erguidos pinos. La ilusión no desaparece sino hasta el momento en que casi se tocan con las manos aquellas concreciones. Entonces, como por un efecto de fantasmagoría, desaparecen los edificios, convirtiéndose el palacio en una primorosa fuente invernal. De dos tazas sobrepuestas y de mayor a menor diámetro, se desprenden chorros de agua congelada, cuyo receptáculo general es   -153-   un estanque con sus pretiles perfectamente determinados aunque irregulares. Debería llamarse este salón, «Galería de la fuente».

El extenso tramo de los monumentos se halla dividido por un grupo de voluminosas estalagmitas, y en él, durante nuestra permanencia, los fuegos de Bengala produjeron efectos maravillosos.

Hallándonos en el término de la galería, encendiéronse aquéllos en el extremo opuesto, permitiéndonos distinguir, ante un vivísimo fondo de luz, las enhiestas moles de las estalagmitas, de entre las cuales sobresalía una por sus esbeltas proporciones, su aguzada cima y disposición de sus cristales, que la hacían aparecer como la torre gótica de una catedral. Rodeada esta estalagmita por otras informes y agrupadas como los edificios de una población, cualquiera creería, atendiendo a la forma de la torre, que desde una altura contemplaba a la ciudad de Estrasburgo, a la luz del crepúsculo matinal.

Los reflejos de esa luz, interceptada por los monumentos, iluminaban muy confusamente la parte superior de la bóveda, que en el conjunto de sus grandes peñascos y profundas grietas, aparecía como un cielo nublado y tempestuoso. En vano luchaba la imaginación por desechar ese efecto ilusorio para dar cabida a la realidad; aquellos   -154-   monumentos la mantuvieron viva, hasta que extinguida la luz quedaron sumergidos en las tinieblas.

Llama mucho la atención la galería a que se da el nombre de Salón del Muerto. Refiérese que habiéndose internado un viajero en la caverna sin guías y sin la indispensable cuerda que dirigiera sus pasos a su regreso, pereció presa de las mayores angustias, afanándose por encontrar la salida. Consumida la luz de la antorcha y la que se proporcionó quemando sus propios vestidos, ya en medio de las tinieblas, vagaba a la ventura de uno en otro laberinto. Notables son las palabras con que describe este fatal incidente la viajera Calderón de la Barca, esposa del primer ministro español acreditado cerca de nuestro gobierno. La referida señora se expresa así:

«Unos viajeros descubrieron aquí el esqueleto de un hombre, tendido sobre un costado, y con la cabeza casi revestida de cristalizaciones. Probablemente habría entrado solo en estos laberintos, ya impulsado por una atrevida curiosidad, o ya huyendo de alguna persecución, y no encontrando salida moriría de hambre. Cierto que es casi imposible encontrar la salida de la cueva, sin algunas señales que guíen los pasos entre aquellas galerías, salas, entradas y salidas y corredores compartidos.

  -155-  

»Aunque hay muchos objetos tan notables que al instante se pueden reconocer, tales como el anfiteatro, por ejemplo, hay cierta monotonía hasta en esta variedad; y fácil es concebir la situación en que debió hallarse aquel infeliz vagando entre obeliscos y pirámides, y baños de alabastro y columnas griegas; entre congelados torrentes que no podían apaciguar su sed, y árboles con frutas y hojas de mármol y vegetales cristalinos, que se burlaban de su hambre, entre pálidos fantasmas que no podían socorrerlo en sus apuros; figúrasele a uno oír sus gritos pidiendo auxilio, donde las voces producen un eco como si todos los pálidos habitantes de la caverna respondiesen con burla, y verle en seguida, después de apagada el hacha, acostarse exhausto y desesperado cerca de algún portal de mármol para morir».

La galería de los Órganos es sin duda la más notable por la forma y número de las estalactitas y estalagmitas que se presentan bajo la forma de Cactus cristalizados. Las variadas figuras de unas y otras, y su agrupamiento complicado en grandes masas, dan a esta galería el aspecto de un edificio gótico. La percusión en esas cristalizaciones produce sonidos más o menos graves en proporción al grueso y densidad de aquéllas.

Sorprenden otros salones por las figuras tan   -156-   hermosas como variadas que ofrecen las concreciones, las estalactitas en forma de airosas lámparas, y las estalagmitas semejando esbeltos candelabros, elevados obeliscos y graciosas palmas; pudiendo decirse que allí la naturaleza se hallaba representada en sus tres reinos: desde la pequeña coliflor hasta el colosal sabino con sus flotantes madejas de parásitas, convertidas en hilos de cristal; así en el reptil como en el mamífero que se ve a la entrada de la caverna; y por último, tanto en las piedras oolíticas como en las columnas y rocas monolíticas.

Regadas en el suelo de la caverna se encuentran pequeñas concreciones globulosas, que llaman confites, las cuales se forman por el agrupamiento del carbonato de cal que tiene el agua en disolución, en torno de una burbuja de aire, de un grano de arena, o de un cuerpo orgánico, formándose primero el núcleo y engrosándose sucesivamente por capas. Estos granos se llaman oolitas si son pequeños y pisolitas si son grandes y bien determinadas las capas que los forman. M. Virlet pudo observar este fenómeno en nuestro lago de Texcoco, según hace notar don Juan Vilanova en su preciosa obra Compendio de geología. Fenómeno debido, como se expresa en ella, a la «consolidación o fijación del carbonato de cal alrededor de cada uno de los huevos, que   -157-   en número prodigioso, depositan en el fondo de las aguas la Corixa femorata y la Notonecta unifasciata, insectos hemípteros de la tribu de los Notonectídeos».

Las estalactitas tubulosas abundan en la caverna, blancas, huecas y traslúcidas como el cañón de una pluma; así como las estalagmitas de numerosas y pequeñas masas, agrupadas y arriñonadas en forma de coliflor.

Aun cuando en los grandes monumentos, las concreciones se presentan opacas y muy parecidas al mármol estatuario, se encuentran, sin embargo, otras muchas cristalizaciones, unas traslúcidas y otras diáfanas como el cuarzo y el cristal de roca.

El suelo de la caverna va en continuo ascenso de una a otra galería; de suerte que el viajero puede observar sucesivamente, antes de traspasar, cada uno de los tramos, el ascenso de los guías que le preceden y el hermoso efecto que producen las luces de las antorchas en las alturas de los peñascos.

Al regresar de las remotas galerías de la caverna, cree el viajero haber dado fin a sus impresiones, sin sospechar el maravilloso y mágico efecto que le preparan los primeros destellos de la luz natural. Sumergido durante largo tiempo en las tinieblas a pesar de las antorchas, cuyo   -158-   efecto en los antros de la caverna no es otro que el producido por la luz fosforescente de las luciérnagas en la inmensa extensión de los campos, la aparición súbita de los rayos solares le causan la más viva y grata impresión. Despréndense en perspectiva, como los rompimientos de una decoración, las salientes rocas de las paredes y bóvedas en forma de pilastras y arcos naturales, presentándose en último término, como el fondo de la escena, la famosa entrada de la gruta, por la cual penetra una luz verde, tenue y apacible reflejada por las plantas exteriores, y velando, como con una gasa sutil, todos los objetos, creyendo ver por último, el viajero, en todos esos detalles, los preparativos para una representación fantástica.

La total extensión de la caverna no es conocida, a pesar de haber llegado todos los viajeros que la han visitado a la galería de los Órganos, fin de aquella según la expresión de los guías. Diversas circunstancias revelan, muy fundadamente, la falsedad de tal aseveración. El aire que se respira y alimenta la luz artificial en lugares tan profundos, demuestra la existencia de comunicaciones directas con el exterior. La desconfianza y el temor que para nuevas exploraciones a la aventura revelan en sus palabras los guías, dan fuerza a mi observación; apoyándola asimismo las   -159-   tradiciones, según las cuales existen galerías en donde el estruendo de un torrente infunde cierto pavor que obliga a retroceder a los exploradores; y confírmala, por último, la opinión de un viajero observador, el señor Landecio. Desde una eminencia, que este señor llama el palco escénico, en la Sala de los Órganos, se observa la continuación de la galería independientemente de aquélla por donde los guías conducen a los viajeros, siguiendo una planta curvilínea para volver al cañón principal. Otra observación hice en aquellos subterráneos en el momento en que los referidos guías nos condujeron a la galería de los Órganos: el cambio brusco respecto de la dirección general, tal vez nos conducía a una galería lateral, única conocida de las muchas que contiene en su conjunto aquel laberinto.

No explorada suficientemente, como de hecho no lo está nuestra famosa caverna, no podemos asegurar que por su extensión sea la primera del mundo. La gruta de Mammouth, en Kentuky, cerca de Luisville, tiene la extensión enorme de cuarenta kilómetros, contándose en ella doscientas veinte avenidas, cincuenta y siete cúpulas, once lagos, siete ríos, ocho cataratas y treinta y dos pozos, que por su extraordinaria profundidad pueden considerarse como otros tantos abismos.

  -160-  

Aventaja nuestra caverna a la mayor parte de las conocidas, en que de su interior no se desprenden miasmas deletéreos como en la gruta del Perro en el antiguo reino de Nápoles, y la de la Magdalena en Francia, cerca de Montpellier; ni su suelo ofrece los precipicios y abismos como el abismo sin fondo de la caverna de Mammouth. Puede explorarse sin riesgo alguno, y, con excepción de los pedregales formados por los derrumbes de las bóvedas y que causan algunas molestias, el viajero puede admirar, sin sustos ni sobresaltos, las bellísimas concreciones que la adornan. Tal vez las nuevas exploraciones nos den a conocer otras galerías que no posean esas ventajas; pero mientras tanto, puede asegurarse que el acceso a la caverna de Cacahuamilpa no ofrece dificultades ni infunde temores.

Aun cuando existen fundadas presunciones respecto de la mayor extensión de la caverna, es de dudarse de las exageradas dimensiones que se le atribuyen. Algunos pretenden que sus galerías y ramificaciones alcanzan a las montañas de Tasco, y no falta quien asegure que aquéllas se relacionan con la caverna del Teutli, cerca de Milpa Alta, en las montañas que por el Sur limitan el Valle de México. En un cuadernillo, sin portada, que contiene una relación escrita y mandada imprimir, según se me ha dicho, por don Francisco   -161-   Ramírez Castañeda, se lee, a este respecto, lo que sigue:

«Se refiere que aquellas familias, la mayor parte acomodadas, ocultaron sus tesoros en Mexcalco, cueva que se halla junto al Teutli, y cuya caverna es una de las más raras curiosidades de la naturaleza.

»La entrada de la cueva es estrecha al principio, y a las tres o cuatro leguas de camino subterráneo, va extendiéndose progresivamente y presentando a la vista todas las creaciones de una bella gruta, con cristalizaciones, estalactitas y estalagmitas formadas por el tiempo. De trecho en trecho se presentan diversas cuevas o senderos más o menos prolongados; pero hay una vía regularmente cómoda, por donde puede practicarse una exploración, la que se comunica con la gruta de Cacahuamilpa, a más de veinticinco leguas de distancia.

»Pocas personas se han atrevido a penetrar bastante en la cueva, y sólo una vez que se introdujo por allí una manada de carneros, varias personas penetraron en ella con objeto de sacarlos de allí; lo que no consiguieron, pues las ovejas se internaron mucho en ella, y los que iban en su seguimiento, después de dos días de camino, se volvieron, ya sea por temor o por falta de alimento y de luces».

  -162-  

Increíbles por demás son los detalles que se relacionan en las anteriores noticias. No sólo la distancia, sino la muy notable diferencia de nivel entre los dos lugares, hacen del todo dudosa, si no imposible, la comunicación de la caverna de que se hace mención con la de Cacahuamilpa; con todo, la Sociedad de Geografía y Estadística, atendiendo a la importancia real de esta obra natural, y prescindiendo de aquella otra circunstancia, debe mandar explorarla y hacer los estudios que la ciencia exige.

México, Marzo 6 de 1874.





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Una excursión a la tierracaliente. De Teziutlán a Nautla.

Al señor licenciado don Rafael Martínez de la Torre


¿A quién mejor que a usted, a cuya amable invitación debí el conocer una de las más bellas y ricas regiones de la República, puedo dedicar el presente artículo? En él la verdad de los hechos me ha obligado a mencionarle a menudo, a riesgo de ofender su reconocida modestia; pero no puede ser de otra manera, cuando el nombre de usted está indisolublemente unido a las mejoras materiales y sociales que van desarrollándose rápidamente en aquellos pueblos.

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Reciba usted esta dedicatoria como una débil muestra de la profunda estimación que le profesa su siempre muy adicto amigo y seguro servidor, Antonio García Cubas.

* * *

La naturaleza, que en México se ostenta por todas partes pródiga y rica, ofrece de continuo al viajero nuevos y bellos asuntos de que tratar, por más que éste, al emprender nuevas descripciones, tenga por agotadas las facultades de su imaginación.

De las alturas de Teziutlán a la desembocadura del Nautla, en un espacio de veinticuatro leguas, el viajero puede admirar la vegetación en su mayor desarrollo y grandeza, así en la región fría como en la templada y caliente. A la variedad de las coníferas que pueblan las alturas próximas a las regiones heladas, se suceden los bosques impenetrables de la zona templada en la cuesta de Teziutlán, y a éstos las vírgenes selvas tropicales.

Fuentes y cascadas, árboles y plantas, flores y aves, todo en su conjunto da a aquellas regiones el triple y rico aspecto de frondosidad, de vida y de hermosura. Los helechos y flores, los liquen y licopodios, engalanan las profundas grietas de las montañas y matizan con los más vivos   -165-   colores los troncos de los árboles y las mismas rocas. A la belleza de la vegetación que así cubre las laderas de las montañas como reviste con su rico manto de verdura las extensas campiñas que terminan en los arenales de la playa, se aduna el confuso ruido del agua y el bellísimo canto de las aves.

De sorpresa en sorpresa, y emocionado cada vez más, el viajero traspasa sucesivamente los límites de cada zona. Al cesar de percibir el extraño zumbido que, en las tierras frías, produce el aire penetrando en el fibroso follaje del ocote, fijan su atención los ecos lejanos de los torrentes, el estruendo de los saltos y cascadas, y el armonioso canto del clarín de las selvas, que por todas partes manifiesta su existencia entre los frondosos ramajes del liquidámbar; y por último, a los bellísimos trinos de esa ave, de las regiones templadas, se siguen en las cálidas el triste lamento de la tórtola, el monótono canto de la perdiz y la incesante algazara de las cotorras y chachalacas.

Más que el simple objeto de una descripción, tiene este artículo el de dar a conocer una región que, por sus grandes riquezas, tiene marcado un gran porvenir.

Feraces en extremo sus campiñas, permiten que las plantas espontáneas adquieran todo su desarrollo, y no se resisten al cultivo de las más útiles al   -166-   hombre. Su temperatura, aunque en su mayor parte cálida, no engendra las temibles enfermedades endémicas que hacen inhabitables otras comarcas de la misma naturaleza. Los desmontes para abrir las tierras al cultivo, la desecación de algunos terrenos húmedos y pantanosos, y las providencias que se sigan al establecimiento de las colonias, darán a los lugares de que me ocupo la mayor salubridad posible, agregándose a estos ventajosos y prósperos elementos, la más completa seguridad de que se disfruta en toda la comarca; seguridad que ha llegado a ser proverbial.

Los terrenos que el camino recorre, pertenecen, en general, a los cantones de Jalacingo y Mizantla, del Estado de Veracruz, y en su menor parte al distrito de Teziutlán, del Estado de Puebla.

* * *


Teziutlán

La Cumbre de los Oyameles, punto de partida en esta descripción, es el más elevado de todo el camino, encontrándose a veintiséis kilómetros Suroeste de Teziutlán. El terreno desciende, ofreciendo, por todas partes los más variados y pintorescos   -167-   paisajes: unas veces hermosos bosques de oyameles, ocotes y pinos, y otras extensas y profundas barrancas, salvando las cuales se descubre a lo lejos Jalacingo en las vertientes de la pintoresca sierra de su nombre. La cresta ondulada, de esta sierra, por la forma caprichosa de sus cumbres, se ve coronada de corpulentos árboles que se destacan y dibujan, a pesar de la distancia, ante un purísimo cielo. Las sinuosidades del terreno ocultan unas veces y descubren otras los bellos paisajes que se suceden, apareciendo de improviso la hermosa sierra de Chinautla con el caserío de su población diseminado en sus vertientes, y enfrente de ella la pintoresca ciudad de Teziutlán.

Esta ciudad, cabecera del distrito de su nombre, antiguamente Teziuyutepetzintla (cerro de granizo o fuerte granizada al pie del cerro) se halla situada en la sierra de su nombre a treinta y seis leguas Noreste de la capital del Estado, y a los 19º 49' 30" 22 de latitud Norte, y 1º 44' 56" 3 de longitud Este de México, según las observaciones de don Francisco Jiménez, de las cuales me sirvo en el curso de este artículo. Sus calles, como las de todas las poblaciones que tienen su asiento en las fragosidades de las montañas, ofrecen ascensos y descensos continuos e irregularidades en el alineamiento de las casas; éstas, en su mayor parte,   -168-   son de dos pisos hacia el centro de la población, con sus inclinados techos de teja y salientes hasta cubrir las aceras. Su plaza, en la que se ha formado un jardín, se halla circundada al Oeste por la parroquia, cuya torre aislada, le imprime un aspecto particular; al Norte por las casas consistoriales, de buena apariencia, así por sus dimensiones como por la simétrica forma de su fachada y elevados portales; al Sur por algunas casas particulares, y al Occidente se halla ilimitada, extendiéndose el terreno hasta la barranca formada por las vertientes de la sierra de Chinautla.

El exterior del templo, por sus detalles, ofrece una extraña mezcla de estilos de construcción: romano en su primer cuerpo, y barroco en el segundo. El frontispicio corresponde a un vestíbulo que sin duda es de construcción más reciente al de todo el edificio. Una torre, destinada exclusivamente a las campanas del reloj, se levanta en el centro y en un plano reentrante respecto al del frontispicio. El interior es de tres naves, hallándose los arcos así como las bóvedas que éstos sostienen en extremo deteriorados.

La capilla del Carmen, tanto por su bella forma como por su pintoresca posición, es el templo más notable de Teziutlán. Construida sobre una colina, se asciende al templo por dos opuestas   -169-   escaleras, a las cuales se llega por una elegante portada, marcando el dintel de ésta la diferencia de nivel entre el piso de la pequeña plaza, a cuyo extremo se levanta el edificio, y el del pavimento de éste, circunstancia que aumenta la elegancia de la construcción.

Los más preciosos árboles, plantas y flores revisten las pendientes de la cercada colina. Vense allí, brotando con profusión, las fragantes rosas de Castilla, al lado de los preciosos ramos de azucena, de nardos y de alfombrilla de variados colores, y alternando con el erguido y elevado ciprés, el cónico oyamel, los pinos y los sauces. En el centro de este inmenso ramillete de plantas y flores se levanta la preciosa capilla, coronada por cuatro graciosas y simétricas torres. Tal es el aspecto encantador de este lugar.

Bellísimas y en extremo agradables son las perspectivas que ofrecen los alrededores de Teziutlán, desde las alturas del Carmen. Distínguese a lo lejos, al Norte, la sierra de Atoluca; al Oriente, los cerros de Ocotepec y cordillera de Quetzalan (criadero de quetzales), y en lontananza, las eminencias de Palomastepecques; al Sur los montes de Teziutlán, cuyas cañadas se ven matizadas por los variados colores del follaje de los encinos, eilites y robles; y al Suroeste el elevado carro, de figura caprichosa, conocido con el nombre   -170-   de Tzompantitán, y en fin, al Poniente la sierra de Chinautla, que a pesar de la distancia presenta bien determinada la estratificación de sus rocas, y aisladamente un trozo de pirámide en el extremo Norte.

Dominándose la población desde las torres del Carmen, no tanto por la elevación de este edificio cuanto por la altura de la colina en que se encuentra, preséntase aquélla en toda su extensión rodeada de floridas y selváticas colinas.

Vese el terreno surcado por barrancas que en su mayor parte, por el Norte, afluyen al río del Calvario y éste al de María de la Torre, en tanto que las del Oeste forman el río de San Pedro y éste el del Espinal; los bosques de eilites, planta cuya corteza abunda en tanino, con su tupido y vivísimo follaje, y los que forman los encinos de varias clases, los robles y otros muchos árboles, cubren esas cañadas que desde lejos se distinguen por el aspecto sombrío de sus arboledas.

Descúbrese igualmente sobre la cima de otra colina, la iglesia de San Juan, cuyas elegantes torres se apoyan en dos arcos que, arrancando desde el suelo sirven a aquéllas de contrafuertes.

La ciudad posee un hospital bien atendido, un teatro, varios talleres industriales y casas acreditadas que mantienen un comercio activo con los   -171-   pueblos de las sierras de Tlatlauqui y Zacapoaxtla. Los artesanos se distinguen por el esmero y limpieza de sus artefactos, y particularmente en el ramo de carpintería y ebanistería han adquirido justa fama, tanto por la elección de las exquisitas maderas cuanto por el gusto y solidez de los muebles que construyen.

El clima de la ciudad, aunque frío, es agradable y sano, e influye notablemente en la bella índole de sus habitantes, y sobre todo, en el hermoso y rosado color que se advierte, en general, en el cutis de las mujeres.

Las densas nieblas que en el Otoño y en el Invierno acumulan los vientos del Norte en la sierra de Teziutlán, ocasionan lluvias tenaces que, alguna vez, han durado cuarenta y seis días.

Al principio del Verano el termómetro, a la sombra y a diferentes horas del día, da las siguientes indicaciones:

6 de la mañana 15º C.
2 de la tarde 21º "
3 id. 23º "
9 de la noche 16º ½ "

Los terrenos de todo el distrito en sus tres climas, frío templado y caliente, son por lo regular fértiles y producen las siguientes frutas: pitaya,   -172-   tuna, capulín, albaricoque, durazno blanco, de hueso colorado, melocotón y prisco, pera, membrillo, pagua, nuez, granada de China y cordelina, manzana chata y camuesa, peras, tejocote, uvas, calabazas y melón, higo, zarzamora, sandía, piña, jobo, mango, chirimoya, anona, plátano guineo, macho, largo y de Manila; entre las zapotéceas, cabello, domingo, mamey, negro, blanco y chico, jinicuil, anaya, tepetomate, aguacate, bienvenido, olopio, naranja, lima, limón común y real, ciruela, guayaba, cuajilote, papaya de tres clases. Prodúcese igualmente la caña de azúcar y algunas raíces, tales como camotes, jícamas y yuca, y abundantemente la raíz de Jalapa.

Muchas y muy estimadas son las maderas que se encuentran en estos terrenos, así por su solidez como su finura y belleza, tales son: cedros (cedrela), honguillo, empoalcahuatl, pimiento, chicozapote, caoba (sivictenia), caobilla, encino blanco y prieto, cosalcuahuitl, naranjo, ocotillo, el petrificante chijol, bienvenido, pitzoyac, rosadillo, trompillo, árbol del hule, laurel, tigrillo, platanillo, haya, palosanto, madroño, mesanteco, jobo, jamalcuahuitl, moral, liquidámbar, ojancho, espino, oyamel, pino, sauz, fresno y boj. El ailite o eilite que se produce en climas fríos, se emplea en la curtiduría de pieles por la abundancia de tanino que contiene la corteza.

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Los productos de la agricultura en el distrito pueden estimarse:

Zona fría Templada Caliente Total
Maíz 15.000 cargas 3.000 cargas 10.000 cargas 28.000
Frijol 50 cargas - - 50
Raíz de Jalapa 120 quints. - - 120
Café - 25 cargas 500 cargas 525
Arroz - - 40.000 ars. 40.000
Chilepochtli - - 2.000 ars. 2.000

Cultívase además la caña de azúcar que rinde 10.000 arrobas de panela, el algodón, la vainilla, añil y achotillo.

Los indígenas se emplean en la cría de ganado lanar, cabrío y vacuno, aunque en pequeña escala, calculándose en 3.200 cabezas.

El distrito cuenta con 18.000 habitantes, de los cuales 5.820 residen en Teziutlán.

Hállanse subordinados a esta ciudad, como cabecera de distrito, las municipalidades de Atempan, Chignautla, Huaytamalco, Macuilquila y Xiutetelco.

Respecto de instrucción pública, existen en el mismo distrito 15 escuelas, a las que concurren 660 niños y 200 niñas. Enséñase en ellas a leer, escribir, aritmética, historia sagrada y moral, elementos de geometría, geografía e historia de México.

En la cabecera hay establecido un colegio, que es el Seminario Palafoxiano, destinado a órdenes   -174-   sacerdotales, a cuyo fin se hallan establecidas las siguientes cátedras: latín, lógica, metafísica, teología y rudimentos de matemáticas y física.

En el colegio municipal de Teziutlán, que abrió sus clases el 3 de Febrero anterior, se enseñan los idiomas español, latín y francés; primero, segundo, y tercer año de filosofía, derecho natural, ídem civil, ídem mercantil y teneduría de libros, botánica, física y farmacia; concurren 35 alumnos, y sirven gratuitamente las cátedras los señores doctor don Federico Casas, ingeniero Manuel López León, don Arnulfo Bello, don Félix M. Álvarez, licenciado don Quirino Domínguez, don Fernando C. Lavalle y don Bernardino H. Díaz.

Continuando el camino de esta ciudad a Tlapacoyan, se desciende por la fragosa cuesta de Teziutlán. El terreno, en extremo accidentado, presenta tres series de montañas, de las cuales la central es la que sigue el camino en continuos ascensos, puesto que, para abreviar las distancias, abriose éste por el espinazo de la cordillera. El mismo terreno, cubierto en su mayor parte de barro ferruginoso, adquiere la mayor solidez en las secas; pero de tal manera se descompone en el trayecto del camino a los primeros aguaceros, que hace éste intransitable y peligroso. Bajo tales condiciones, la apertura de un nuevo camino, siguiendo las convenientes líneas de nivel, facilitando   -175-   el paso de las cañadas, no ofrece dificultad alguna, y si sólo debe atenderse a la construcción de las calzadas de piedra, tan necesarias a su conservación. Los intereses del comercio y el próspero porvenir que está reservado a la rica comarca de que me ocupo, exigen la pronta ejecución de un nuevo camino en la cuesta de Teziutlán, único tramo que imposibilita las transacciones mercantiles de los pueblos de la sierra con la rica y feraz región de Nautla y Xicaltepec. Desde Tlapacoyan en adelante se extienden las campiñas y las fértiles vegas de los ríos de Bobos y María de la Torre, interrumpidas aquéllas en algunos trechos por poco elevados lomeríos, que de ninguna manera sirven de obstáculo a la apertura de una ancha y cómoda vía, aun tratándose de un ferrocarril. Ligeras diferencias de nivel determinan un plano ligeramente inclinado y uniforme desde aquel punto hasta el mar, y en él la vegetación se ostenta en todo su desarrollo y lozanía. La colonización, que en estos terrenos es ya un hecho, camina a su mayor estabilidad, y el gobierno no debe consentir en que aquellos pueblos, y los que nuevamente se formen, queden incomunicados de la mesa central por la hoy inaccesible barrera de la cuesta de Teziutlán. Prosiguiendo el camino en esta cuesta, como ya he manifestado, por la cresta de la cadena central,   -176-   vense a uno y otro lado fuertes declives, que unidos por su pie con los opuestos de las otras cordilleras, presentan fragosas y profundas barrancas, a las cuales se unen en gran número las afluentes. Los arroyos Consoquico y Tatahuicapa, interceptan el sendero con fuertes depresiones, muy peligrosas al caminante, pues hay que descender en zigzag por una fuerte pendiente para ascender a la opuesta de la misma manera. Las sinuosidades del terreno ofrecen por todas partes espléndidas cañadas y hermosísimos valles. Distínguese por una parte un río, que serpeando por la espesura de un bosque, y perdiendo repentinamente su nivel, se precipita en un ancho y profundo valle, mientras que por otra se ve la diversidad de plantas y flores que cubren por completo los desfiladeros de las montañas: unas veces admira el caminante las preciosas enredaderas que cuelgan en festones de las copas de los árboles o de las rocas sobre el abismo, y otras el corpulento liquidámbar, cuya copa disputa a los encumbrados montes la altura, en tanto que hunde en lo más profundo de su barranca su añoso tronco. En las cimas, el camino ahonda el terreno formando estrechos pasos cuyas paredes revisten los más variados y preciosos helechos, y en los recodos se admiran desde la más pequeña y sutil de estas plantas hasta la más crecida y   -177-   majestuosa llamada helecho arborescente. El ruido del agua que bulle por todas partes, saltando en las barrancas y derramándose en las florestas, unido al incesante trinar del clarín de las selvas, produce en aquellas soledades un encanto inexplicable.

Los pinos y otros árboles de las Coníferas desaparecen al principio de la cuesta para dar lugar al liquidámbar y a los variados helechos de gallardas formas, coronando las eminencias los cedros, el conguillo (árbol sin aroma), el rosadillo, mesanteco y el aguacate, dominando el ajcocuahuit, árbol de madera sólida, denominado palo de las alturas.

El camino, en la cuesta de Teziutlán, toca en los siguientes lugares, notables por las circunstancias que en seguida se expresan.

El Palenque, a ocho kilómetros Noreste de Teziutlán, y a mil quinientos sesenta y cuatro metros sobre el mar, determina el límite superior del liquidámbar.

Ecostoc, a quince kilómetros y mil ciento cincuenta y nueve metros de elevación, límite inferior del liquidámbar.

Dos-Cerros, a veinte kilómetros y novecientos doce metros sobre el mar, límite entre los Estados de Puebla y Veracruz, según la Carta de aquel Estado, por don Pascual Almazán. Entre Ecostoc   -178-   y Dos-Cerros se encuentra el rancho de Aguatitanapa, que produce la guayaba (psidium), la naranja, y se cultiva el café.

Buenavista, a veintidós kilómetros y seiscientos cincuenta y siete metros de elevación; desde este lugar se produce y cultiva el tabaco.

Tlapacoyan, a veinticinco y medio kilómetros y a cuatrocientos setenta y dos metros de elevación, fin de la cuesta.

Imposible es determinar con toda precisión los límites del reino vegetal y el tránsito de una a otra zona. Las plantas se confunden y la misma temperatura se hace sentir con alguna intensidad en lugares que por la vegetación pertenecen a la zona templada. Por las observaciones que pude hacer, la zona caliente termina en Ecostoc y la templada en el Palenque, hallándose la región más fría, en estos lugares que se describen, en las Cumbres de los Oyameles, cuya elevación es de dos mil novecientos veintinueve metros 37 centésimos. Es evidente que de las tres zonas, la más variada y rica, en el reino vegetal, es la templada, pues a su propia y exuberante vegetación hay que agregar la de los climas frío y cálido, de que participa cerca de sus respectivos límites.

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Tlapacoyan

La villa de Tlapacoyan (lavadero) es cabecera de la municipalidad de su nombre, del cantón de Jalacingo (Xalatzinco, arroyito de arena), y se halla situada al pie de la cuesta de Teziutlán a los 19º 58' 14" 44 latitud Norte, y 1º 64' 47" 6 de longitud Este de México.

Poco poblada y con unas cuantas casucas presentábase no ha mucho tiempo Tlapacoyan, cuyo porvenir se hallaba cifrado en sus ricos elementos agrícolas. Desarrollados éstos, particularmente por las plantaciones de café y de tabaco, adquiere cada día mayor importancia. Las grandes y hermosas hojas de la nicotiana coloran las campiñas de un verde intenso, en tanto que el verdinegro cafeto marca las simétricas líneas de su plantación en los planos inclinados de las colinas. Las galeras en que se secan las hojas del tabaco, despidiendo éstas su fuerte aroma, se ven diseminadas en los campos, alternando con los rústicos talleres donde se beneficia y elabora la misma planta.

Tan rica es Tlapacoyan en el reino vegetal como en el animal, En sus montes crece la higuera   -180-   gigantesca (ficu), la ceiba, cedro (cedrela), la caoba (sivictenia), el encino roble y encinos de todas clases, así como los naranjos, limos, limón real y limoneros. Sus huertos producen zapotes blancos, prietos, chicos, mameyes, cabellos y de otras clases; entre las anonáceas, la chirimoya y la anona amarilla; jinicuiles, grande y chico; plátanos, macho blanco, blanco hembra de dos clases, guineo grande y dominico, morado, amarillo de Costa Rica, manzano, enano, corpulento y chino.

De Tlapacoyan en adelante se encuentran jabalíes de tres clases: el cambamba prieto y grande, de quijada blanca; el común rosillo, y el tamborcillo, que es el más chico y el más bravo, aunque fácilmente se domestica. Los tres sirven de alimento. El tigre de manchas negras y amarillas, llamado el grande o tigre real: es bravo y carnicero, habita la sierra y los bosques espesos. El tigrillo, de manchas negras, existe en los mismos lugares y se alimenta de gallinas, pavos y tórtolas. Encuéntranse igualmente leopardos, la onza o gato montés, ardillas, tlacoachis, armadillos, mapaches, especie de perros que comen peces y aves, perros de agua, la zonista, especie de tejón y cazadora en el monte como las demás fieras; el tejón y la marta; los venados son de dos clases, el grande pardo, y el temazate alazán; la cuautuza o tuza real, que llama la atención   -181-   por su pintada piel, de circulitos blancos en líneas paralelas a lo largo de su piel; y por último, no escasean las comadrejas, conejos, monos, etc.

Cuéntanse entre las aves, el papan común, papan real (ostinops Moctezuma), pico de canoa, pito real, urracas, tordos, faisanes, penélopes, entre las que se cuentan el cojolite, chachalacas, perdices, clarines, tzentzontles, primaveras, especie de tórtolas cantoras, palomas, gallinas moctezumas, auras, zopilotes, patos, quebrantahuesos, gavilanes, aguiluchos, lechuzas, tecolotes, garzas, cocos blancos y rosados, pájaros verdes y otros muchos.

Reptiles.- La más venenosa de las culebras, llamada Nauyatl, víboras de cascabel, boa voladora, llamada así por su costumbre de andar por las ramas de los árboles, confundiéndose muchas veces con los bejucos, es pinta de negro y amarillo, y llega a crecer cuatro varas; la mazacuatl, más gruesa que las anteriores, coralillo, bejuquillo, que es sumamente delgada y larga, culebra prieta y culebra de agua; escorpiones, iguanas, etc.

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Vista la población de Tlapacoyan desde alguna colina, ofrece el más delicioso aspecto. Sumergidas sus casas ente el follaje de los árboles, apenas   -182-   se descubren los techos de algunas y sus calles cercadas por la muy original planta llamada pochiche y por los floridos árboles de Piocha. El pochiche es un árbol sin follaje durante la eflorescencia. En cada extremidad de sus ramas brota una flor amarilla, de la forma y tamaño de la dahalia, y cuando acaban las flores, el árbol se cubre enteramente de follaje. La sierra de Teziutlán, con sus avanzados centinelas, los dos cedros, se levanta imponente al ocaso de Tlapacoyan, mientras que por el Norte y Sur limitan el valle las eminencias cuyos pies bañan los ríos María de la Torre y Bobos. Por el Noreste se dilatan sus horizontes hasta el mar, extendiéndose sus ricas vegas, y distinguiéndose en elevada posición la hacienda del Jobo.

Si ante la vista de tan bello panorama se siente embriagada el alma, mayores encantos y sorpresas preparan al ávido viajero los alrededores de Tlapacoyan. A cuatro kilómetros Sur de esta población se encuentra el pintoresco pueblo de Tomata, con su rústica capilla, a la cual sirve de campanario una pequeña torre improvisada, con troncos de árbol. Desde Tlapacoyan al pueblo se camina por un sendero cercado por árboles de piocha que, cargados de flores, embalsaman el ambiente, dejándose ver por el lado opuesto a la florida cerca, la pintoresca, profunda y frondosa   -183-   cañada que forma el lecho del río de Bobos. Dos lugares, por la suma belleza de su paisaje, obligan al caminante a detener su marcha: la cañada del Salto de Tomata y el plan de Totoapa. Para poder admirar en toda su grandeza la caída del agua, preciso es descender de la montaña al plano superior del río de Bobos. El agua pierde su nivel a veinte varas de altura, y se precipita en una cuenca. Elevadas rocas basálticas, acantiladas y desnudas, se extienden en círculo a uno y otro lado del Salto, formando en el extremo opuesto una abertura natural, y ofreciendo notable contraste, por su oscuro color, con el fresco manto de verdura que reviste la parte superior de las eminencias. Un abundante y ancho torrente cae con rapidez y agitado como un raudal de plata fundida, que hace elevar el agua después de su caída, en menudas partículas, formando una niebla que en parte oscurece aquella cuenca.

Encerrada el agua en el fondo de ese vaso cilíndrico natural, forma un lago que participa del agitado movimiento del torrente, formando pequeños oleajes que se estrellan contra los rompientes de los basaltos, y luego se desliza tranquilamente por la abertura natural ya mencionada.

El plan de Totoapa (pájaro del agua), a poca distancia del Salto, es un bellísimo valle al que   -184-   afluyen hermosas y pintorescas cañadas. Las montañas que lo forman, de figuras caprichosas, se suceden escalonándose, presentando en su conjunto una deliciosa perspectiva. Un plan con abundante y esmaltado pasto; huertos de café que rodean una que otra granja; ganados que se ven pacer en la campiña; un río cristalino que serpea al pie de las montañas; eminencias cubiertas de árboles, plantas y flores, que se retiran gradualmente ofreciendo distintos términos de perspectiva y colorido, y un purísimo cielo, son los elementos de que allí puede disponer un hábil paisajista.

Si de las bellezas de la naturaleza pasamos a los usos y costumbres de los habitantes de Tlapacoyan, mucho hay digno de relatar. Ocúpase una gran parte de aquéllos en el cultivo del tabaco y del café y en la elaboración de puros, y los otros se emplean en el comercio; mas lo que verdaderamente llama allí la atención es la raza indígena, así por sus costumbres como por sus trajes.

Los hombres, menos activos e industriosos que las mujeres, se dedican a las labores del campo y visten sencillamente calzón blanco de manta y cotón de lana, negro o café. Las mujeres, mucho más aseadas que los hombres, usan enaguas y quichquemel de lienzo blanco; traje   -185-   sencillo que convierten en elegante vestido los domingos y días de celebración de sus fiestas. Atraen verdaderamente la atención en tales días, viéndoselas errantes por la población, casi siempre acompañadas de dos en dos y yendo y viniendo a la iglesia y a las tiendas, haciendo ostentación de sus primorosos trajes. Compónense éstos de la enagua blanca terminada en una faja de cuadros azules o rojos y de un elegante güipil que desciende en airosos pliegues hasta la rodilla, y el cual se ve curiosamente adornado con tejidos de cordones y cintas de diverso color, que forman las más vistosas labores. Hilos de rosarios rodean sus cuellos, no siendo aquéllos otra cosa que unos collares de coral, de cuentas, de chaquira, y de pequeñas monedas de plata, en tanto que adornan sus orejas largos pendientes de metal sobredorado, y por último, el mastahual, redecilla de cintas, recoge las bien tejidas trenzas de su luciente y negro cabello que tan bien cuadra a la limpia y morena tez de su rostro.

Cuando eran permitidas las demostraciones externas religiosas, esmerábanse los hombres, para la festividad del Corpus, en el adorno de los palos de tarro (bambú gigantesco), empeñándose cada cual en superar a los otros en las dimensiones del bambú y en el gusto de los adornos.

Los novios colocaban en la extremidad del   -186-   tarro una muñeca, en representación de su prometida, haciendo por ese medio, gala de su conquista y público su regocijo.

Consérvase entre estos indios una costumbre esencialmente oriental. Acatan y respetan los deberes naturales de la mujer, tanto que en sus casamientos descubren si ésta ha sabido o no guardar la pureza de sus costumbres, lo cual influye de una manera decisiva en el aprecio o desprecio de su persona.

En el primer caso, se procede en la tornaboda a la gran fiesta y baile del tehuacanzi, en el cual tiene una parte muy importante el ramillete del zempaltxcohitl. En el transcurso de la fiesta, báilanse, enfrente uno de otro, el ramo y el coconete, que es un muñeco de cera que allí se introduce con el intencional objeto de indicar a la mujer la ley de su destino. Distribúyese el axole, que es un atole de maíz y de cacao, de que todos gustan, y después de las mayores demostraciones de regocijo, concluye la fiesta retirándose los consortes; ella honrada y querida, y él contento y satisfecho.

En el segundo caso se suspende el baile del coconete, y al distribuirse el axole, ofréceseles a la novia y al padre de ésta en una jícara perforada en el fondo, de tal suerte que al tomarla aquéllos en sus manos, el líquido se escurre. El   -187-   padre y la hija saben lo que esto significa, y ambos se retiran, bajo la impresión más desagradable, a ocultar su afrenta en su humilde hogar.

El clima de Tlapacoyan es cálido, marcando el termómetro a las dos de la tarde y a la sombra 28º C. Su altura sobre el mar es de 472 metros 90. Población 1238 habitantes.

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Hacienda del Jobo

Comienzan los linderos de la Hacienda del Jobo a un kilómetro de la hacienda de Tlapacoyan. Hállase situada la capilla y casas de la hacienda sobre una loma a 6 kilómetros de Tlapacoyan y a los 20º 00' 48" 99 de latitud Norte y 1º 58' 18" 3 longitud Este de México.

La capilla es de muy buena construcción, la cual, vista desde lejos, ofrece un aspecto agradable por las dos torres que la coronan.

La casa, cómoda e igualmente bien construida, tiene un precioso jardín engalanado con las más preciosas flores, tulipanes dobles, rojos y amarillos,   -188-   el aromático nardo, la preciosa ninfa que dura todo el año, el encendido clavel, la fragante rosa de Bengala, el morado y gracioso zapatillo de la reina, la elegante acacia, y en fin, otras muchas plantas y enredaderas cercadas por piñales y esbeltos bananos, por el zacate de la playa y el frondoso árbol del mango, recrean la vista con sus vivísimos colores y embalsaman el aire con sus gratísimos perfumes.

Desde el extenso mirador que va al Oeste, se goza de la agradable perspectiva de las costas, cuyos horizontes se dilatan en la inmensa superficie del océano. Si a esto se agrega, las maneras afables y corteses del administrador de la hacienda, don Roque Salazar y de su digna familia; las atenciones y cuidados que al caminante prodiga ese inteligente cuanto modesto agricultor, considerado en la comarca como el patriarca del Jobo, la permanencia en la hacienda no puede menos que hacer pasar las horas de la vida, bellas y en extremo agradables.

La hacienda del Jobo cuenta con 286 habitantes.

La temperatura de esta localidad marca en las distintas horas del día:

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A las cinco de la mañana 21º C.
A las seis ídem 21º ½
A las ocho ídem 24º ½
A las doce ídem 28º ½
A las tres de la tarde 29º ½
A las siete de la noche 25º ½

La humedad de las tierras principalmente proviene del abundante y fuerte rocío de la noche, hasta el grado de hacer gotear los árboles por la mañana como si les hubiera llovido, contribuyendo esta circunstancia a la extremada feracidad de aquéllas.

El maíz da doscientos cuarenta por uno.

El arroz, sin necesidad de riego, da en cualquier terreno, y aun en las colinas, 100 por uno.

El chilpotle se produce con suma abundancia.

La caña de azúcar es de superior clase; y aunque cristaliza bien, hasta hoy sólo ha servido para hacer piloncillo.

La vainilla se da con profusión desde el Jobo a la playa, y su explotación produce buenas utilidades.

El café es aromático y de superior clase, y hoy se extienden sus plantíos en grande escala, desde Ocostoc en la cuesta de Teziutlán, en adelante.

El tabaco es el ramo de preferente cultivo, así por la superior clase de la planta como por sus   -190-   rendimientos. La mayor parte de los habitantes de toda la zona se halla empleada en su explotación. No es conocido este tabaco en la mesa central, porque en su totalidad se exporta para Francia.

La cría de ganados es de mucha importancia, los que, en su mayor parte, se consumen en los demás cantones de Veracruz.

Los rendimientos de los ramos agrícolas en el cantón de Jalacingo, que lo forman en su mayor parte los lugares de la región que se describe, son de alguna consideración, según lo demuestran los siguientes datos:

Maíz 29.075 fanegas, valor. ps. 87.225 00
Frijol 1.470 fanegas 5.145 00
Cebada 44.310 cargas 132.930 00
Chilpotle 957 arrobas 1.435 50
Trigo 5.860 cargas 23.440 00
Piñón 150 cargas 1.500 00
Haba 650 cargas 2.600 00
Arroz 5.200 arrobas 5.200 00
Arvejón 50 cargas 200 00
Café 2.245 quintales 31.430 00
Vainilla 50 manojos 4.000 00
Tabaco 41.700 arrobas 125.100 00
Plátanos 2.000 00
Purga 864 arrobas 5.616 00
__________
427.823 50

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Puede juzgarse de la gran importancia y riqueza de esta región por los anteriores datos, teniendo en cuenta la escasa población de ella, que no permite abrir al cultivo todas las fertilísimas tierras de que puede disponer y cultivarlas en la extensión que merecen. Además de los ramos expresados, existen otros cuyo cultivo no se ha intentado, como el cacao, el añil y el algodón, que deben indudablemente producir grandes beneficios. Las exquisitas maderas que en ella existen y la multitud de plantas útiles a la industria y a la medicina, formarán otros tantos ramos importantes de exportación.

Los alrededores del Jobo ofrecen por todas partes lugares amenos que verdaderamente embelesan.

El Salón del Encanto, majestuosa obra de la naturaleza, se encuentra a tres kilómetros Sur de la casa de la hacienda. Para admirar en toda su grandeza aquella maravilla, preciso es fijar la atención, primero, en los bosquecillos de naranjos, limos, sangre de drago y de otras plantas; bosquecillos por donde atraviesa el sendero que conduce al Encanto. Los árboles sangre de drago extienden su follaje en secciones horizontales como los cedros del Líbano, y cubren la vía en muchos puntos, haciendo sombra al viajero, quien, unas veces admira el agrupamiento de plantas, árboles   -192-   y bejucos que interceptan el bosque, y otras, las verdes plantaciones del tabaco en las pequeñas praderas. Interrúmpese la senda por la fuerte y súbita depresión del terreno, descubriéndose en bellísimo panorama la dehesa de Alseseca, circundada de montes con sus bellas campiñas en que pacen los ganados, y un río de agua cristalina que las riega. Allí la hermosa planta gramínea del tarro, que tiene todos los caracteres del bambú, se alza erguida a más de veinte varas de altura.

Esos otates gigantescos se agrupan en círculo, arqueando gallardamente sus copas de finísimo y picado follaje, de la misma manera que se observa en un haz vertical de hermosas plumas de pavo real.

Descendiendo al plan por una rapidísima pendiente, y siguiendo en el llano de Alseseca la margen izquierda del río en sentido inverso de su corriente, se llega a una ancha y profunda cañada de paredes verticales que forman el Salón del Encanto, nombre que tan bien cuadra a la grandeza del lugar. Dos altas eminencias se extienden en anfiteatro, la oriental con sus enormes cantiles completamente revestidos de verde follaje, y la opuesta que se dirige de Este a Oeste y luego tuerce al Norte, presentando inversas sus pendientes, de suerte, que los grupos de sus   -193-   elevadas rocas, avanzan hacia el espacio formando el arranque de una bóveda natural, y bajo la cual corre un arroyo cristalino. Alternando con las desnudas rocas de esa inversa pendiente, se ven las orquídeas y hermosas enredaderas, soltando al aire sus flotantes festones de flores y follaje. Otras plantas trepadoras, por sus tupidas enramadas, forman un verde y cerrado cortinaje que tapiza a grandes tramos las ennegrecidas y rocallosas paredes. La vista apenas alcanza a distinguir los árboles y plantas que coronan las alturas, en tanto que de la verde pradera, circundada por aquellas eminencias, se alzan a gran altura corpulentas y frondosas hayas. Hacia el fondo del Salón, las montañas se separan y forman una estrecha y profunda cañada que con extraordinario ímpetu recorre el río de Bobos.

Por la disposición de las montañas, el curso de éste no se percibe sino hasta el momento en que sus aguas blancas y espumosas brotan por aquella estrecha abertura y se derraman en su ancho cauce al pie de la montaña oriental. Acercándose, cuanto es posible, por la orilla del río, a la hendidura profunda, se presume, por el estruendo interior del torrente y por las menudas partículas que con fuerza hieren el rostro, que el agua salta en cascada o se desliza con rapidez por una fuerte pendiente; lo único que se advierte,   -194-   algo internado en la cavidad, es un monolito al parecer de caliza, que representa un blanco corcel naciendo de las espumas del agua. El arroyo antes indicado, une sus aguas al de Bobos en el lugar que éste establece su curso en el Salón del Encanto. Multitud de plantas inclinándose hacia el río, empapan en las cristalinas aguas sus ramas y sus follajes, dominando entre todas por sus grandes, lustrosas y acorazonadas hojas, la mafafa (arum sculentum?), las cuales, por sus dimensiones, sirven muchas veces a los indígenas de paraguas.

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Congregaciones del Jobo

Si de la hacienda del Jobo se prosigue la excursión por el camino de Nautla, nuevos y variados objetos distraen con sus galas y primores, la atención del viajero.

Del Jobo a la congregación de Palmillas, se recorre un trayecto de 4 kilómetros, y durante él se admiran los bosques de altas y corpulentas higueras, entre las cuales se encuentra la higuera de raíces aéreas, o sea ficus religiosa; sangre de   -195-   drago (euforbeasea), naranjos, encinos, cedros, limos, sucino, magnolia grandiflora, bellísimos grupos de tarro, y floridas enredaderas, que muchas veces suben a las copas más altas de los arboles, cubriéndolas por completo con sus violados festones. Como a la mitad del camino, brota de entre las floridas matas una fuente de agua de lechoso color como el del ópalo, y en ella el caminante encuentra un agradable refrigerio. Llámase esta fuente Agua del Obispo.

La congregación de Palmillas cuenta hoy con 362 habitantes, y se halla situada a la margen izquierda del río de Bobos.

Tiempo es ya de tributar al señor Martínez de la Torre, los elogios que merecen su empeño desinteresado y su anhelante deseo por desarrollar en aquella rica y feraz comarca, todos los elementos de prosperidad de que es susceptible. Cierto es que en ella tiene su magnífica y extensa finca de campo, pero es de advertir que ahora se trata de los beneficios que su propietario derrama entre todos los habitantes de la zona, sin excepción de clases ni distinción de nacionalidades. Todos éstos atestiguan con su gratitud, que el señor Martínez de la Torre no ha procurado sólo el engrandecimiento de su hacienda, sino que ha promovido y puesto los medios para   -196-   lograr el bienestar de las congregaciones que ocupan sus terrenos, y aun de las poblaciones que pertenecen a otra fracción política del Estado de Veracruz. Si todos los propietarios de fincas rústicas, a ejemplo del señor Martínez de la Torre, promovieran iguales ventajas, el país todo caminaría a pasos de gigante a su engrandecimiento, puesto que al poner los medios para su propia prosperidad, procurarían, como buenos ciudadanos, la principal y de mayores trascendencias, como es la de la nación entera.

Las ricas tierras que comprende la congregación de Palmillas son esencialmente azucareras, y poseen las ventajas de poder ser regadas por las aguas del río de Bobos, y por consiguiente susceptibles de sacar de ellas opimos frutos. Así lo comprendió el señor Martínez de la Torre, y al efecto, por su orden, se han hecho ya las debidas plantaciones de caña, se ha levantado la casa del director y puesto los cimientos para las oficinas correspondientes, debiendo elaborarse la azúcar por los mejores y más nuevos procedimientos.

Nunca he presenciado mayor alegría y entusiasmo, como el que manifestaron todos los individuos que del Jobo, del Cañizo, de Paso de Novillos y del Pital, concurrieron a la colocación de la primera piedra. Aquella ceremonia fue   -197-   una verdadera fiesta, en que el regocijo no conoció límites.

Todos comprendían que aquel acto significaba el principio de una nueva era de prosperidad, y todos en sus semblantes revelaban el regocijo que los animaba. Bajo una preciosa enramada, en la casa del director, y en medio de los trofeos formados con instrumentos de labranza y cañas de azúcar, los concurrentes confundían sus entusiastas brindis y sus palabras nacidas de su expansivo corazón, con el murmullo gratísimo del río que bañaba la base de aquella sala campestre.

Si hago mérito en este artículo de las conmovedoras palabras que el señor Martínez de la Torre dirigía a los concurrentes, y de las que en cambio de ellas recibía, no se tenga por impropia una sensibilidad nacida, por efecto de las circunstancias, de una acción noble. Cuando brotan lágrimas de los ojos de varones que, como los habitantes de aquellas regiones, demuestran su fortaleza en los rudos trabajos del campo, bajo clima tan riguroso, y cuando en ellos se observa una lucha sostenida entre la fuerza viril y el sentimiento, no puede menos que comprenderse que en sus pechos late un corazón no pervertido. Lágrimas así vertidas son hijas de una acción moral, que enaltecen al hombre en cuyos ojos asoman.

Concluida la ceremonia de la colocación de la   -198-   primera piedra, el virtuoso cura de Tlapacoyan, presbítero don Manuel de la Villa, allí presente, bendijo el principio de las obras, según sus deseos manifestados antes, dirigiendo una alocución a los concurrentes, y el señor Sánchez Facio improvisó un elocuente discurso dirigido al señor Martínez de la Torre a nombre de la autoridad municipal de aquella misma población.

Levantose una acta como término de la fiesta, redactada por mi amigo Sánchez Facio y firmada por duplicado por todos los presentes, a fin de que un ejemplar quedase en poder del mismo señor Martínez de la Torre y el otro depositado en la primera piedra.

La acta a que me refiero es del tenor siguiente:

«En el año de 1866 este lugar era montuoso y despoblado. Durante la administración del señor don Roque Salazar se hizo el desmonte y la limpia, y el aspecto risueño y pintoresco que hoy presenta, es debido a su cuidado y al impulso que ha querido dar a la finca su propietario, para quien es un bien querido al que están ligados los recuerdos tiernísimos de la familia.

»Hoy, en medio de una fiesta sencilla, se ha colocado la primera piedra de esta fábrica que dará a estas comarcas, privilegiadísimas por la naturaleza, la vida del comercio, siendo el asilo donde encuentre el obrero un trabajo que proporcione   -199-   a su familia el pan y la tranquilidad. Los que suscribimos, testigos presenciales de esta ceremonia, solemne en medio de su sencillez, llenos de fe en el porvenir, hacemos votos por la prosperidad de este establecimiento, y porque la generación que encuentre este escrito no deba su descubrimiento a la investigación de ruinas causadas por el soplo destructor de las revoluciones, sino a una nueva empresa de mayor magnitud, que siendo la continuación de la presente, perpetúe la voluntad de su fundador al construir este templo del trabajo.

»Apadrinando este acto el súbdito español don Vicente Llaguno, y asistiendo a él el digno cura párroco del pueblo de Tlapacoyan, presbítero don Manuel R. de la Villa, de la misma nacionalidad, se han asociado de esta manera a una obra en la que, como en todas aquellas que tienen por objeto la regeneración de los pueblos por medio del trabajo, no se reconocen nacionalidades ni categorías, debiendo todos los hombres contribuir a ellas con todas sus fuerzas donde quiera que puedan utilizarse.

»Hízose esta inauguración bajo la presidencia del estimable C. Manuel Mendoza Aguilar, presidente del ayuntamiento de la municipalidad de Tlapacoyan.

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»¡Dios conceda prosperidad a esta obra para bien de estas comarcas y satisfacción de su fundador y de sus descendientes!

»Ingenio de la Palmilla, Marzo 27 de 1874. -Siguen muchas firmas».

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De Palmillas a la congregación de Ixcacuaco, se cuentan 8½ kilómetros siguiendo la misma margen izquierda del río Bobos. Cuenta esta congregación 192 habitantes.

Paso de Novillos, a 4½ kilómetros de la anterior, es uno de los lugares más importantes de esta costa, así por sus ricos elementos como por su población, que asciende a 421 habitantes. Industriosos y activos sus moradores, han secundado con entusiasmo los esfuerzos del señor Martínez de la Torre en provecho de la colonización. En terrenos de la hacienda, los ingenieros que para el efecto sostiene allí aquel emprendedor y útil ciudadano, han hecho los trazos convenientes para una hermosa población, que será, sin duda alguna y dentro de pocos años, una de las más ricas del cantón de Jalacingo. Este lugar llevará en lo sucesivo el nombre de «Concepción Papanotitlán».

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Elévase la temperatura en este lugar:

A las cinco de la mañana 19º C.
A las doce de la mañana 30º
A las dos de la tarde 31º ½
A las seis de la tarde 27º

De Paso de Novillos, después de recorrer un tramo de 5½ kilómetros, rico y feraz como los anteriores, se llega a la congregación del Cañizo, nombre que sin duda le viene de la planta del mismo nombre que crece abundantemente en sus terrenos y la cual es un otate de hermoso y verde follaje. Cuenta esta congregación con 156 habitantes. El camino, después del vado del río María de la Torre, vado peligroso en las fuertes crecientes, el camino se desvía un poco de las márgenes del río de Bobos. El ingeniero Francisco Jiménez ha consultado al Ministerio de Fomento la construcción de un puente en dicho paso. En todo este extenso tramo se admira una vegetación exuberante y las higueras adquieren proporciones colosales. En éstas forman sus nidos diversas aves, y muy especialmente el hermoso Papan real (Ostinops Moctezuma), de plumaje café y cola amarilla en forma de abanico. Acostumbradas estas aves a vivir en sociedad, fijan sus nidos de figura de una bolsa alargada, agrupándolos en uno de   -202-   los más altos ramos de la higuera, y mientras que tan preciosos animales salen a buscar el alimento de sus hijuelos, o el material para la construcción de sus nidos, permanece uno de ellos al cuidado de sus flotantes habitaciones. El papan común (Psilorhinus Morio), de un solo color, se ve por todas partes, huyendo precipitado ante la presencia del viajero, así como los pericos y cotorras, aturdiendo todos con sus agudos gritos.

Antes de llegar al Pital, congregación distante de la anterior 20 kilómetros, se atraviesan unas pequeñas praderas, entre cuyo pequeño pasto crece la preciosa sensitiva.

La vegetación que circunda estas sabanas, cambia del todo, y cualquiera creería hallarse en los campos de las altas mesas. Los encinos y uveros, árboles poco crecidos que dan sus frutos parecidos a pequeñas aceitunas, son los únicos que allí se conocen, cargados en su mayor parte del fibroso heno y de otras muchas plantas parásitas. Esta extraña vegetación, en medio de una lona verdaderamente tropical, admira y no se acierta en la causa que motive tan repentina mudanza; tal vez influya en ello la naturaleza del terreno algo ferruginoso. En estas sabanas se ven pacer multitud de ganados.

El Pital cuenta hoy con 700 habitantes y se halla situado a la margen izquierda del río,   -203-   formando sus casas una sola y prolongada calle.

Digno de admiración es el corpulento y frondoso árbol, conocido allí con el muy original nombre de raspa-sombrero, y el cual se encuentra en el centro de la calle mencionada. Tan cargado de flores se halla ese árbol, flores que se parecen a la de los corpulentos laureles, que se duda mucho de que sea mayor el número de sus hojas. Este árbol sirve al mismo tiempo de campanario, pues de sus nudosos brazos y entre su tupido follaje, se ven pendientes dos o tres campanas que aumentan el encanto de tan precioso vegetal.

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Colonia de Jicaltepec

A 7 kilómetros del Pital, por un terreno feracísimo, se llega a la colonia francesa de Jicaltepec, dividida por el río de Bobos, o sea ya río de Nautla, quedando la parte principal de la población a la margen derecha y extendiéndose por la izquierda, en una distancia de 17 kilómetros, multitud de ranchos poblados por mexicanos y franceses. Esta colonia, que pertenece al cantón   -204-   de Misantla, contará con unos mil habitantes, trescientos de los cuales son de origen francés. Se halla situada a los 20º 10' 19" 33 de latitud Norte y 2º 16' 11" 1 de longitud Este de México.

Por apuntes manuscritos que poseo del señor D. E. B. de Boguslawski, me encuentro felizmente en aptitud de poder dar algunos detalles históricos acerca de la colonia de Jicaltepec, única que entre nosotros ha podido establecerse, a pesar de los obstáculos que tales empresas tienen que vencer en sus principios.

El año de 1832 don Esteban Guenot compró a don Gregorio Montoya por la suma de 850 pesos, doce leguas cuadradas, poco más o menos de terreno, situado a la orilla derecha del Nautla y separado del mar por tierras de la propiedad de otro francés, el doctor Chavert.

Por iniciativa del señor Guenot formose en Francia, el siguiente año. La compañía de Colonización franco-mexicana de Dijon, emitiendo ésta 224 acciones, mitad en favor del señor Guenot, director de la empresa, y mitad para su venta a razón de 1.000 francos la acción, pagando además la sociedad al propio señor Guenot la suma de 434.000 francos por los gastos de viaje.

La primera expedición, compuesta de 100 colonos, cruzó los mares con dirección a Jicaltepec en Septiembre de 1834, a la que siguió la segunda   -205-   formada de 112 individuos, en Abril de 1835. Habíaseles impuesto a los colonos ciertas obligaciones que no podían menos que refluir en su propio perjuicio y en el del establecimiento y subsistencia de la colonia. Obligábase a los de la primera expedición a trabajar en beneficio de la sociedad, retribuyéndose sus trabajos con el salario de 800 pesos anuales y con una corta extensión de terreno a los nueve años. Fundada bajo tales bases la formación de la colonia, desde luego existía en ella un principio antieconómico, no sólo para su prosperidad sino aun para su estabilidad. Advertida la sociedad de Dijon de ese error, modificó sus condiciones a los colonos de la segunda expedición, según las cuales aquéllos eran libres en sus trabajos, pero se les imponía el deber de ceder la tercera parte de sus productos. Como se ve, las nuevas estipulaciones en nada mejoraban la situación de los colonos, los cuales al fin tuvieron que decidirse a la rescisión, de hecho, del contrato, reuniéndose en junta y decretando el desconocimiento de M. Guenot, como director de la colonia. Esto acontecía en Febrero de 1836.

Teniendo oportuna noticia de este hecho M. Guenot, abandonó la dirección a su hermano don Justino, quien, por las circunstancias, tuvo que proseguir el mismo régimen de conducta que   -206-   su antecesor, quedando por consiguiente la colonia sometida al propio orden de cosas. Existiendo las mismas causas, forzoso era que se siguieran idénticos efectos, esto es, el desconocimiento de los colonos a toda autoridad colonial, resolviéndose a trabajar por su propia cuenta, y a depositar, bajo inventario, en la casa de la dirección, las herramientas y útiles de la sociedad, todo lo cual fue destruido en un incendio que poco tiempo después acaeció.

A la imprevisión de las compañías que se formaron en Francia debe atribuirse principalmente los males que se siguieron al establecimiento de la colonia; en primer lugar por el pésimo sistema de colonización adoptado, y en segundo, por la falta de tacto en la elección de los colonos, puesto que la mayor parte de los que vinieron nunca fueron agricultores, y por consiguiente no podían, en la región de que tratamos, acostumbrarse a los rudos trabajos del campo bajo la influencia de un clima, para ellos, abrasador.

Estableciose en París, después del acontecimiento que he referido (en 1839), una nueva sociedad que organizó otra expedición para Jicaltepec, la cual llegó a su destino en 1840. A la llegada de estos nuevos pobladores apenas existían en la colonia diez familias que habían podido mantenerse y aun adquirir una modesta fortuna.   -207-   La disolución de esta última compañía dio por resultado la decisión de los colonos para trabajar cada cual como y mejor pudiese. Desde entonces subsiste la colonia, aunque no en el estado floreciente que era de esperarse.

Los colonos, en su mayor parte, no trabajan en terreno propio, sino en el de la comunidad, y esta circunstancia engendra naturalmente la decadencia en lugar de la prosperidad. El colono trabaja con asiduidad, y adelanta en tanto que se halla en aptitud de procurarse un porvenir para él y su familia. El señor Martínez de la Torre ha procurádoles un bien, cediendo a unos y vendiendo a otros, a bajo precio y plazo largo, los terrenos que de su propiedad han deseado aquéllos adquirir a la orilla izquierda del Nautla.

Otra circunstancia muy digna de observación ha influido en la decadencia de la colonia. Aunque Jicaltepec goza de un clima sano y no tan ardiente como otros lugares de la costa, desarrollose allí en 1861 la terrible enfermedad del vómito, que causó la muerte a trescientos colonos, todos de la margen derecha del río y ni uno solo de la izquierda. Esta circunstancia, que únicamente puede explicarse por la diferencia en las condiciones climatológicas y por la elevación y resequedad del terreno, no puede admitirse aquí como causa de aquel efecto, puesto que tales condiciones son en ambas   -208-   partes las mismas. No sé, por tanto, a qué atribuir aquel fenómeno.

La temperatura de Jicaltepec hace elevar la columna mercurial:

A las seis de la mañana a 24º C.
A las doce de la mañana a 28º
A la una de la tarde a 29º
A las tres de la tarde a 29º ½
A las seis de la tarde a 24º

La temperatura aquí indicada no es, ni con mucho, semejante a la que el termómetro expresa en Paso de Novillos, lugar más retirado que el anterior, de la costa. Los vientos que soplan de las montañas y la brisa del mar refrescan el ambiente, dando salubridad a un lugar, que por su situación próxima a la costa del golfo, debería ser extremadamente malsano. El vómito no es aquí endémico como en Veracruz, y las demás enfermedades son más benignas, a pesar de existir aún montes cercanos que, al ser destruidos, aumentarán sin duda alguna la salubridad.

Tampoco existen en Jicaltepec, y aun en toda la zona que se ha descrito, la cantidad de insectos y reptiles venenosos que atormentan a los habitantes de otras regiones cálidas. Aquí los moscos y el pinolillo, que sufre algunas trasformaciones,   -209-   son los animales que causan algunas molestias. El pinolillo, insecto imperceptible que se adhiere a las ramas y hojas de los árboles en número prodigioso, se derrama en el cuerpo humano produciendo una fuerte irritación, cuando por descuido se sacude una rama sobre el transeúnte. El pinolillo se trasforma en coloradilla, insecto rojo de mayor volumen; de coloradilla pasa a conchuda, y este insecto, de mayores dimensiones, se convierte en garrapata. De la garrapata nace de nuevo el pinolillo, y así sucesivamente.

Elevada sobre un ribazo del río de Nautla, la mayor parte de la Colonia de Jicaltepec, preséntase, desde la opuesta orilla, en poética y pintoresca posición con sus boscosas colinas y montañas en el fondo, y sus hileras de frondosos mangos y árboles corpulentos bordando las riberas. Las bellezas del paisaje que se aprecian en conjunto a la clara luz del día, se tornan en mágicos efectos en tanto que reina la oscuridad de la noche. Los diamantes de la vegetación, los fosforescentes cocuyos, cubren a millares el tupido y agitado follaje de los mangos, a cuyo movimiento, impelido por la brisa, despiden aquéllos en todas direcciones sus blandos e intermitentes destellos.

Abatida la temperatura por la llegada del sol   -210-   a su ocaso, y modificada por las brisas del mar, se goza de un ambiente fresco y delicioso durante las noches y aun en las últimas horas de la tarde. Nadie sino el que haya tenido ocasión de experimentar, en las zonas cálidas, la transición de los fuertes calores del medio día al temperamento tibio y agradable de las noches, puede comprender esos goces.

* * *




Algo sobre costumbres. Un baile de tarima

Mi permanencia en Jicaltepec me dio a conocer una costumbre muy generalizada en las costas de Veracruz, tal como la de los bailes de tarima. Hallábame una tarde a las orillas del Nautla, gozando de una refrescante brisa y contemplando los efectos de los rayos del sol ya próximo al ocaso, cuando algunas detonaciones fuertes y lejanas llamaron mi atención. Me apresuré a investigar la causa y se me dijo que eran producidas   -211-   por los cohetes que se encendían como otras tantas invitaciones al pueblo y anuncios de un baile que debía efectuarse aquella misma noche. A poco, otras detonaciones siguieron a las primeras, con objeto de precisar el lugar de la reunión, informándoseme, además, de que, si al referido baile concurría, en virtud de tan extraña invitación, y era solicitado por alguna dama para tomar parte en él, no me rehusase a complacerla, por cuanto a que tal conducta era considerada por toda aquella gente como despreciativa.

A pesar de estos informes, y a riesgo de verme obligado a dar, con los tacones de los zapatos, fuertes redobles a la tarima, pues de todo es capaz el hombre decidido, me dirigí, en unión de mis compañeros de viaje, al lugar de la fiesta.

En una de las calles céntricas de la población y hacia el medio de ella, se había colocado una tarima cuadrada, poco elevada del suelo, y que tendría aproximadamente ocho metros por lado. Este improvisado salón de baile, cuyo techo era la celeste bóveda y sus paredes el espacio, se hallaba iluminado por la escasa luz de un farol que pendía del cerramiento de una puerta. En torno de la tarima se había formado el estrado, ocupado ya por los invitados que antes que nosotros habían llegado.

  -212-  

Como di entero crédito al informe, acerca de la comprometedora costumbre que he indicado, me propuse eludir, tanto como me era posible, las miradas de los concurrentes y en particular las de ellas, pues, a pesar de mi firme decisión, llegado el caso, resistíame a poner a prueba mi mucha o poca disposición para el fandango. Quiso mi buena suerte, que nadie fijara su atención en mí, y así, pude entregarme, libre de todo cuidado, a observar tan curiosa costumbre.

Una arpa, un bandolón y una jarana eran los instrumentos a cuyos primeros acordes se disponían al baile las parejas, subiéndose a la tarima. Ejecutaba la música alegres sones, muchos de ellos pertenecientes a bailes pantomímicos; pero los más arrebatadores y bulliciosos como el jarabe. La gracia y la destreza de los que bailan, consiste en no perder el compás, y en imitar con la planta de los pies el ritmo musical. Cántase el estribillo, concluido el cual, cambian de posición las parejas. El ingenio, la sátira y un fin cáustico se revelan en las estrofas, cuya gracia y mordacidad aumentan los cantantes con su picaresco modo de decir.

Muchos de aquellos versos pude coger al vuelo, como se dice vulgarmente, y retener en la memoria; pero no todos son para escritos, pues para ello sería preciso mojar la pluma en tinta   -213-   colorada; sin embargo, muchos hay que pueden trasladarse al papel, tales como los siguientes, que revelan el carácter de un pueblo muy semejante, bajo muchos aspectos, al andaluz:


   Eres delgada y alta,
Pareja y lisa,
Cual si la vara fueras
De la justicia.


   La mujer que tuvo amores
No sirve para casada,
Porque dicen los doctores
Que de su vida pasada
Le quedan los borradores.


   Negrita, flor de limón,
Dame de tu medicina
Para sacarme una espina
Que tengo en el corazón,
Y al suspirar me asesina.


   El amor que te tenía,
En una rama quedó;
Vino un fuerte remolino,
Rama y amor se llevó.

  -214-  
   Que te quise, fue verdad;
Que te adoré, fue muy cierto;
Que te tuve voluntad;
Pero aquel era otro tiempo.


   Si me quieres, dimeló,
Y si no, dame veneno,
Que no es la primera dama
Que le da muerte a su dueño.


   Si piensas que pienso ,
Si piensas que pienso no;
Si piensas que pienso en ti,
En eso no pienso yo;
Que vaya a pensar en ti
La madre que...


   Yo soy un gavilancito
Que anclo por aquí perdido,
Por ver si puedo sacarme
Una pollita del nido.


   En el mar de tu pelo
Navega un peine,
Y en sus olas blanditas
Mi amor se duerme.

  -215-  
   Desde que te vi venir
Le dije a mi corazón:
¡Qué bonita piedrecita
Para darse un tropezón!


   ¡Qué ojos me pelara el muerto
Si me viera con la viuda,
Hasta sacaría la mano
De su jonda sepultura!


   La vecina de allá enfrente
Es una buena cristiana,
Sale a misa por la noche
Y vuelve por la mañana.


   Me dijiste que fue un gato
El que entró por tu balcón;
Yo no he visto gato prieto
con sombrero y pantalón.

Según antes he manifestado, los cantores con su ademán picaresco e intencional hipocresía provocan la hilaridad de los oyentes. Al entonar las estrofas revelan o fingen la mayor serenidad, y con una indiferencia, verdaderamente estoica, lanzan   -216-   el verso más picante y mordaz, cerrando humildemente los ojos cual si se viesen agobiados por el sueño. Propónense muchas veces, y por largo tiempo, una competencia de improvisación, frecuentemente de pie forzado, y entonces los mayores desatinos se adunan a una chispeante gracia.

Uno de los bailes más notables es el que se conoce con el nombre de la banda. Extienden sobre la tarima una banda de seda en toda su longitud, y a poco, los que bailan, sin perder el compás y el ritmo musical, la enredan con los pies, tejiendo tres lazos simétricos, de los cuales el del centro es de mayor amplitud. Tejida ya la banda en forma de guirnalda, la colocan en la cabeza de la jarocha que con ellos toma parte en el susodicho baile.

Otras veces, entusiasmado alguno de los asistentes por el atractivo de los ojos picarescos de la jarocha o por su destreza en el baile, se aproxima a ella y le coloca su ancho sombrero en la cabeza. Si sólo es uno el que hace uso de esta galantería, la jarochita continúa bailando con el sombrero puesto; mas si hubiere varios imitadores, aquélla no permite, para no inferir ofensa, que uno o más sombreros se sobrepongan al primero; y en tal caso, prosigue bailando con un solo sombrero puesto, y los otros en las manos.   -217-   Concluido el baile, la que ha sido objeto de aquellas atenciones, toma asiento en el estrado, conservando los sombreros y esperando a que sus dueños los demanden. Cada cual pide el suyo, entregando a la que los ha honrado, una o varias monedas de plata a guisa de gala, con lo cual llega aquélla a reunir muy buenas propinas.

Tales son los Bailes de Tarima.

* * *




Puerto de San Rafael

Si me fuera dable convertir algunas de nuestras ricas minas en otros tantos ríos navegables, no vacilaría un momento en efectuar la transformación. La falta, casi absoluta, de tales vías expeditas de comunicación es uno de las obstáculos para el establecimiento de colonias, y por consiguiente para el progreso rápido de la industria, de la agricultura y del comercio, fuentes inagotables de la riqueza pública. El río de Nautla por sus frecuentes rápidas, por su lecho arenoso y por sus frecuentes vueltas, no se presta para una   -218-   gran navegación, cual la requiere la fértil zona que he descrito. En el Pital, a 25 kilómetros, por agua, de la barra, cesan las rápidas, estableciendo el río su curso más regular, que facilita la navegación a remos hasta Jicaltepec, y desde este punto a la barra, por embarcaciones que no midan más de 35 toneladas y cuyo calado no exceda de 0m 70, según lo demuestra el ingeniero Francisco Jiménez en su interesante informe dado al Ministerio de Fomento.

De todas las rancherías establecidas en la margen izquierda del río, la de Zopilotes es la que merece mayor atención, así por los elementos que para su prosperidad puede desarrollar, como por ser el punto objetivo para el establecimiento de una colonia bajo nuevas y convenientes bases, y la cual se halla situada a 2½ kilómetros Noroeste de Jicaltepec, en la vuelta que hace el río. Como acabo de observar, el lecho arenoso de éste es una dificultad para la navegación por buques de mediano porte; pero la canalización, removiendo la arena por medio de una draga, será, sin duda, el medio más eficaz para destruir aquélla. Entonces la nueva Colonia de San Rafael, hoy ranchería de Zopilotes, se convertirá en un puerto de exportación de nuestros más ricos frutos. Las embarcaciones pequeñas afluirán a él para trasbordar a otras mayores, azúcar, café, cacao, raíz   -219-   de Jalapa, zarzaparrilla, tabaco, vainilla, preciosas maderas de construcción, exquisitas frutas y ganados.

Tales consideraciones me hicieron recordar al señor Martínez de la Torre las ideas que desde mucho tiempo antes le había manifestado respecto de la conveniencia de unir la ciudad de México con el puerto de Nautla, por medio de un buen camino carretero, ya que no fuera posible, por la vía férrea. Tan arraigada estaba en mí esta convicción, que me apresuré a exponerla al ilustrado Ministro de Fomento, el señor don Jesús Terán, quien desde luego aceptó mis indicaciones, ordenándome que desarrollara el pensamiento. La proximidad de Nautla más que otro punto de la costa respecto de México, la feracidad de los terrenos de aquella zona caliente, la bondad del clima relativamente a los otros lugares de la misma costa, las ventajas que ofrece la navegación del Nautla, en la escala que antes hemos indicado, los menores accidentes de la Sierra Madre por el rumbo de Teziutlán, y la sucesión de llanuras desde México hasta el pie de aquella sierra por Apam, Huamantla y San Juan de los Llanos, eran otros tantos argumentos que apoyaban mis ideas para la apertura del referido camino, y hubiera insistido en ellas, atendiendo a la buena voluntad de don Jesús Terán, a no haberlo   -220-   impedido la intervención europea con sus consiguientes trastornos.

No puedo comprender la prosperidad de un país sin el desarrollo de las mejoras materiales. Un camino, un puente, un canal, valen más para una nación, que por cada una de esas obras millones de pesos en efectivo. Duéleme, por tanto, esa apatía, ese egoísmo que se advierte, con honrosas excepciones, en nuestras clases sociales que, estando en posibilidad de hacer mucho por su patria, miran con indiferencia sus males. Aquí no se conocen, como en los Estados-Unidos, en escala relativa, las empresas de colonización, ni compañías industriales; nacen las iniciativas y mueren en su cuna por falta de capitalistas emprendedores. En vano trato de inquirir la causa del adormecimiento del patriotismo, siquiera para revelarla a quien pudiera remediar tan nocivo mal.

Para evitar esta digresión en que empezaba a engolfarme, permítaseme antes de concluir, apreciar el porvenir de esta región que he visitado con inmenso placer, y para ello volvamos a Teziutlán a fin de referir una conversación que se grabó en mi memoria, y que mide bien toda la fe que en el bienestar de estos pueblos puede abrigarse.

Teziutlán es la tierra natal del señor Martínez de la Torre, quien entre sus sentimientos cuenta con   -221-   uno, para él de gran poder, el profundo amor que le profesa al pueblo en que nació. Natural es que las personas que le acompañan y visitan le hablen de todos los proyectos de mejoras morales, materiales y sociales que en aquel rumbo pueden desarrollarse.

En una tarde bellísima subimos a la bóveda de la preciosa capilla del Carmen de Teziutlán, y contemplábamos el encantador panorama de la población, dirigiendo nuestras miradas sobre todo un horizonte que se presentaba bello y halagador a nuestro espíritu de viajero, y tierno y patriótico al corazón de Martínez de la Torre.

Al admirar la belleza con que Dios ha dotado a aquella población, viene al espíritu el pensamiento de un futuro de felicidad, de progreso, de grandes adelantos para las generaciones que están por venir, y nosotros nos preguntábamos: ¿qué será Teziutlán, tan preciosa población, al pasar unos treinta años? ¿Cuántas familias la visitarán, cuando el ferrocarril llegue a Perote, y pueda hacerse el trayecto desde México en un solo día? ¿Cuántos elementos va a reunir esta ciudad que es el centro de la sierra, la capital propiamente dicho, de esos pueblos ricos de bienes de fortuna y aún más ricos por su amor al trabajo y a los adelantos?

Éste fue el tema de nuestra conversación, del   -222-   cual se desprendían vaticinios que dejaban satisfechos a los hijos de aquella preciosa población, en donde encuentran afecto sincero todos los que la visitan y una verdadera patria los extranjeros, que viven como en la tierra propia, formando luego familias honradas que se confunden en todos sus goces con los hijos del país.

El comercio en Teziutlán está dividido entre nacionales y extranjeros, y éstos, tomando afición a los hábitos del campo, invierten parte de su capital en la compra de propiedades rústicas y urbanas, asimilando en todo sus costumbres a las del lugar en que viven.

Mil reflexiones brotaban sobre esta materia, tomando parte en la conversación el activo jefe político de Teziutlán, así como el de Jalacingo, el señor don José J. Guzmán, que fue siempre nuestro apreciable compañero. Todos fijaban, como base para la prosperidad de aquellas poblaciones, el desarrollo de la gran riqueza de la tierracaliente, que partiendo de los pueblos de la sierra llega a las orillas del mar.

El reconocimiento que hice del trayecto de Teziutlán a Nautla, vino después a comprobarme que los cálculos nada tenían de exagerados. Nuestra conversación parecía un tejido de flores, como lo que los estudiantes llaman jardín en las dulces expansiones de la imaginación. Yo, que   -223-   no tenía motivos más poderosos que mi fría razón para apreciar lo que había oído, medité sobre ese halagador presagio del porvenir que brotaba de la imaginación estimulada por el patriotismo; y a semejanza de los viajeros que, al recorrer países desconocidos, aventuran aseveraciones que se refieren al futuro, voy a permitirme decir lo que creo serán esas poblaciones antes de algunos años.

Teziutlán, hoy ciudad reducida, caminará por la senda del progreso a pasos rápidos, y será siempre notable el adelanto de sus hijos, porque allí no hay conflictos privados que dividan a las familias, y la autoridad política, el párroco del pueblo y los particulares trabajan para mejorar en todo una población que por la naturaleza tiene mucho que dar y por sus actuales pobladores mucho que esperar.

Siguiendo el recuerdo de la conversación no puedo dejar de estampar aquí un deseo de muchos de los vecinos de Teziutlán. Esta población dista ocho o nueve leguas de Perote, adonde llegará dentro de poco la línea del ferrocarril, y es fácil de construir un ramal que ligue esos pueblos. El ramal de Perote a Teziutlán presenta facilidades que sabrán aprovechar aquellos pueblos llamados a ser el depósito de valiosos frutos; tal es el deseo de los teziutecos.

  -224-  

Ahora que México entra, tal vez para siempre, en el camino de la paz, es preciso tocar todas las cuestiones que más de lleno afectan su porvenir, y entre ellas la colonización tiene a mi juicio un lugar de preferente distinción. A ella tiene el gobierno que consagrar su atención, y como punto que satisface cuanto puede apetecer el inmigrante, debe designarse toda la región que atraviesa desde Perote hasta Nautla. Por esa costa de Veracruz, en la que se hallan situados también los puertos de Tecolutla, Tuxpan, Tampico, etc., sólo se necesita dirigir bien al principio la colonización, que ella vendrá abundante una vez que haya acierto en los primeros pasos.

No me creo autorizado para poner como un programa indefectible de los sucesos futuros, lo que ofrece la colonia de San Rafael; pero si el señor Martínez de la Torre, firme y constante en su propósito de fundar una gran colonia, no se detiene ante las dificultades naturales de una empresa de esa magnitud, la nueva colonia será la base de una numerosa inmigración, particularmente francesa, porque abundan en sus terrenos las mejores condiciones: 1.º Una tierra fértil con ricas maderas, regada por el copioso y fecundante rocío de la noche. 2.º Medios de expedita comunicación, porque la colonia situada a la orilla del río Nautla puede fácilmente embarcar sus   -225-   frutos para Veracruz, o traerlos para la mesa central. 3.º Grande economía de trasporte para los inmigrantes, porque desembarcando en Veracruz, pueden en veinticuatro o treinta horas llegar por Nautla a la colonia. 4.º La inmigración francesa al tocar las playas de Nautla se creerá en su propia patria porque llega a una población francesa donde hay, por instrucción del señor Martínez de la Torre y autorizada por el jefe político, una junta de mejoras materiales que tendrá entre otras atenciones la de recibir a los inmigrantes, atenderlos y procurarles trabajo y comodidad. 5.º Gran abundancia de los elementos precisos para la vida, pues que los cereales se producen prodigiosamente, y carne y pescado fresco hay de sobra. 6.º Facilidad de trabajo, porque conocidos y cultivados esos terrenos en alguna extensión por los arrendatarios franceses, sólo esperan mayor número de brazos para aumentar una producción que en su creciente progreso, hará sin duda la riqueza de esos colonos.

* * *




Puerto y barra de Nautla

Habiendo llegado a la colonia de Jicaltepec, consideraba ya como un delito no proseguir mi excursión hasta la playa. La presencia del mar   -226-   siempre sorprende, siempre impone, ora se le vea en calma, ora agitado por sus tremendas borrascas. Allí es donde la mente concibe la idea de lo maravilloso y de lo sublime. Las olas que nacen violentamente a impulso de los vientos, y que en tanto que unas mueren surgen otras de nuevo, su continuo y uniforme movimiento en dirección de la costa, con sus penachos espumosos, brillantes y agitados; el agua que se derrama sobre el plano inclinado y arenoso de la playa, depositando en ella sus calcáreos despojos; y por último, la vorágine que forman las olas precipitándose sobre el agua que de la playa se retira para volver al seno del Océano, todo causa al espectador el mayor asombro.

De Jicaltepec a Nautla hay una distancia de 11½ kilómetros por tierra, y 16 por agua. Por falta de una embarcación hube de hacer la travesía por el primer medio. Tres o cuatro eminencias de poca consideración interrumpen la planicie de la costa, y desde ellas se gozan vistas en extremo agradables. Los franceses han establecido algunas granjas y dehesas, a uno y otro lado del río, que se ofrecen a la vista del viajero como paisajes pintorescos de la Suiza, salvo la vegetación tropical, que en todo el trayecto es tan abundante y feraz como la anteriormente descrita; encuéntrase al fin del camino el agrupamiento   -227-   de casas de lodo, paja y zacate, diseminadas las más en las llanuras, y formando calles algunas, las cuales constituyen la población del puerto de Nautla, situado a 20º 12' 43" 44 latitud Norte y a 2º 21' 30" 8 de longitud Este de México.

Al llegar al puerto, mi primer cuidado fue el de procurarme una embarcación que me condujese a la barra, conseguida la cual, me instalé en ella en compañía de mi amigo Sánchez Facio. El remero, en atención a que el bote era celoso1 nos recomendó la mayor tranquilidad, y botando2 al principio para bogar3 después, surcamos las aguas del angosto estero de Nautla, y a poco nos encontramos hendiendo las cristalinas aguas de la extensa ría del mismo nombre. Las márgenes del estero se hallan sembradas por el precioso y florido ramaje de los laureles, macho y hembra, y bordado por los lirios y la preciosa majahua, planta que da una semilla parecida al ajonjolí. En las márgenes del río crece la misma vegetación, distinguiéndose, además, las impenetrables barreras de los manglares. La diafaneidad del   -228-   agua permite descubrir, muchas veces, el lecho arenoso del río y los peces que en su seno se agitan, nadando unas veces en opuestas direcciones y saltando otras sobre la superficie, produciendo un leve chasquido.

Caminábamos en dirección de la Barra, en los momentos en que estaba vaciando la marea4, como a una legua de distancia, cuando un ruido persistente y lejano, muy semejante al que producen las nubes tempestuosas antes de descargar sus fuertes granizadas, atrajo nuestra atención: eran los rugidos del Océano, enfurecido por el azote de fuertes turbonadas5, y en tanto que el mar permanecía agitado a consecuencia del pasado huracán, apenas se hacía sentir en el río una ligera y agradable brisa. La límpida superficie de las aguas formaba anillos6 y cabrillas de viento7, y no macheteaba8 como en el golfo la marejada9. A medida que nos acercábamos a la barra, mayores eran los estruendos del mar y mucho mayor mi impaciencia por contemplarle libremente. Ya cerca de la desembocadura del río fue preciso   -229-   virar10 a la derecha, pues la Barra cruzada11, y la resaca12 nos impedían salir al mar en tan débil embarcación como la nuestra. La ranchería, llamada de la Barra, fue nuestro seguro puerto, y apenas puse los pies en tierra firme, corrí precipitado por los arenales, salvando los pequeños médanos que me interceptaban la vista del mar, para contemplar la más grande y maravillosa obra del Criador sobre la tierra.

Volvime a poco a la ranchería deseoso de ver fisgar13, deseo que no logré por no estar el mar en calma chicha14 y hube de contentarme con ver solamente atarrallar15.

Las gaviotas con su rápido vuelo surcaban el aire oblicuamente y se arrastraban por la superficie de las aguas marinas para alzar de nuevo su vuelo y perderse en el espacio, en tanto que de entre los manglares y matorrales del río salían   -230-   precipitadas otras aves, como alcatraces, garzas, candiles, y el martín pescador.

Antes de regresar a Jicaltepec pasé mucho tiempo en contemplación delante del Océano; miles de ideas surgieron en mi mente, y me creí feliz pensando en que podría trasladarlas al papel. Una triste realidad ha desvanecido mi ilusión: mi insuficiencia para describir aquel prodigio de la naturaleza, pues todas aquellas ideas que su presencia me inspiró, quedaron sumergidas en su insondable abismo.

México, 25 de Abril de 1874.





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Una excursión a Perote

Al señor don Anselmo de la Portilla


Si debiera juzgarse de la fertilidad y belleza del Estado de Puebla por las llanuras de Chalchicomula y San Juan de los Llanos, que se extienden al Oriente de su hermosa capital, se adquiriría una triste idea de su territorio. Esas planicies extensas y en gran parte arenosas, sin la menor corriente que las fertilice, producen una impresión desagradable, a lo que contribuyen varios cerros aislados que en medio de aquellas se levantan, notables tan sólo por su completa desnudez. La monotonía que allí reina excita el más vivo deseo de traspasar los límites de esa   -232-   zona en busca de otra región halagadora. Créese a cada paso que el espejismo, bajo la influencia de un sol reverberante, va a ofrecer sus mágicos efectos, contribuyendo tal vez esa esperanza a hacer sentir menos las fatigas del camino. Las miradas del viajero buscan con avidez, en torno del horizonte, algún punto notable en que fijarse, y sólo uno logra su afanoso empeño en la elevada mole del Citlaltepetl.

La helada cumbre de esta eminencia, cuyas entrañas están en ignición constante, observada desde la llanura, produce una impresión que sólo puede ser comparada a la que el navegante experimenta al contemplarla desde alta mar, como la estrella luciente que le guía al término de su viaje. La absorción de los vapores atmosféricos por esa sierra, cuyo núcleo forma el Citlaltepetl, y los fuertes deshielos, dan nacimiento a varios ríos que fecundizan y vivifican la vertiente oriental que en escalones desciende hasta las playas, en tanto que tales ventajas no se observan en la vertiente opuesta, cuyo pie descansa en las campiñas de Puebla.

Sin embargo, bajo la benéfica influencia de las lluvias, el aspecto de esas llanuras cambia temporalmente, brotando el pasto en abundancia y cubriéndose por completo con el verde ropaje del maíz. Solamente los arenales que por Tepeyahualco   -233-   se extienden hasta Perote, conservan siempre el mismo aspecto triste y desconsolador. Tal vez esta circunstancia motivó la falsa apreciación de un viajero francés, según el cual nada en nuestro territorio era digno de atención y sí todo monótono y triste. Si de los arenales de Perote y Tepeyahualco hubiera aquel viajero continuado su excursión, sin salir de los límites del Estado de Puebla, a las sierras de Huauchinango, Tlatlauqui, Zacapoaxtla y Teziutlán, o bien a los bellos distritos de Oeste y Sur, se habría visto obligado, ante tanta belleza natural, a cambiar de opinión, asentada de una manera tan inexacta como indiscreta y aventurada; pero ya se sabe que la ligereza y la ignorancia son los rasgos característicos de los viajeros extranjeros, con muy pocas y honrosas excepciones. Tan convencidos estamos los mexicanos de esas cualidades de farsa y mentida sabiduría, que leemos sus obras con la preconcebida intención de reírnos de sus desaciertos.

Si bajo el punto de vista pintoresco nada ofrecen esas campiñas a la atención del viajero, preséntanse, sin embargo, muy interesantes bajo su aspecto geológico. El terreno entre Chalchicomula y Perote revela, a cada paso, la acción del fuego. Las capas de toba volcánica alternan con las de la lava basáltica en toda la zona, cubiertas por   -234-   la tierra vegetal. Los detritus y ceniza volcánica revisten las hondonadas, en donde, depositándose las aguas han formado las pequeñas lagunas de Quecholac y Alchichica. Al Norte de Chalchicomula, y adelante de la hacienda de la Capilla, se ven extensas barreras circulares de basalto escoriáceo, y en abundancia la obsidiana y piedra pómez. Ninguna corriente de lava observé que descendiendo de la cordillera ligase esta aglomeración de escorias, por lo cual es de inferirse que en ese mismo lugar abortaron del interior de la tierra, presentándose como los labios de un cráter. Cerros y colinas de diversa extensión manifiestan, por su completa desnudez, la estratificación de sus rocas calizas, más o menos compactas, y entre las cuales se encuentra la piedra litográfica en los cerros de la Cofradía, a una legua Suroeste de la hacienda de San Antonio. Cerca de la laguna de Quecholac, al Occidente de ella, se encuentran los cerros de la Preciosa, con vetas de plata, que constituyen el distrito minero del mismo nombre.

Lo que principalmente llamó mi atención en estos terrenos, después de abandonar el ferrocarril en San Marcos, fue el aspecto volcánico de algunos puntos de la hacienda de Xalapasco. Dos violentas depresiones, enteramente circulares, interrumpen la llanura, presentándose, por sus rápidos   -235-   y extensos taludes y por su fondo plano y profundo, como dos inmensas calderas. La toba volcánica, revestida de tierra vegetal, cubre las pendientes, las cuales se ven surcadas por grietas profundas que, como otros tantos barrancos, descienden desde la cumbre al fondo del valle. En estas hondonadas se depositan las aguas llovedizas en gran cantidad, pero luego desaparecen por medio de innumerables filtraciones.

En la hacienda de Xalapasco tuve noticia de la existencia de unos cerros llamados «Las Derrumbadas», al Occidente de la hacienda de la Capilla, observándose, al pie de ellos, el desprendimiento de gases, considerados en la comarca como esencialmente medicinales.

Por circunstancias independientes de mi voluntad, no me fue posible trasladarme al lugar de «Las Derrumbadas» para observar el fenómeno, tan notable como digno de estudio, de los baños de vapor allí existentes. Mi permanencia en Xalapasco fue de poca duración, y muy a pesar mío hube de abandonar aquellos lugares para proseguir mi camino con dirección a Perote.

Un alemán, dignísimo miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el señor don Carlos Sartorius, que residió entre nosotros y cuya reciente muerte lamentamos, se expresa en los siguientes términos respecto de la existencia de   -236-   los baños sulfurosos de «Las Derrumbadas», en su obra intitulada Mexiko und Mexikaner (Darmstadt 1852).

«Al Poniente del Pico de Orizaba, hacia las altas planicies, se encuentran también diversos fenómenos volcánicos. En un escorial, enteramente desnudo de vegetación, brota del suelo un vapor de azufre. Los indios aprovechan estas azufreras calientes para baños de vapor, haciendo excavaciones de tres pies de profundidad y de otro tanto de anchura, en las que se meten, cubriéndolas después, de suerte que sólo la cabeza les queda de fuera. En las cercanías está también un grupo de montañas llamado 'Los Derrumbados', de las cuales una está rajada. De la profunda grieta brotan llamas con frecuencia».

Otro escritor alemán, Karl B. Heller, a quien la ciencia geográfica debe muchas noticias interesantes sobre nuestro país, es más explícito; y en la página 90 de su libro Reisen in Mexiko (Leipzig 1853), dice así:

«Las dos montañas más altas, cuya elevación sobre la planicie puede ser de mil a mil quinientos pies, han dado a esta comarca el nombre de 'Los Derrumbados', a causa de su escarpada falda. Una montaña más baja, situada al Noroeste de Tepetitlán, se hace notar a causa de los constantes vapores y del humo que se levantan de su   -237-   cima, los que de noche esparcen hasta lo lejos una luz clara. Este cráter es muy activo y de fácil acceso; la gente de los alrededores, como su altura es poca, va allí con frecuencia para sudar con el vapor caliente y librarse de muchas enfermedades reumáticas y gotosas».

Tales son las únicas noticias que he recogido acerca de los baños de vapor de «Las Derrumbadas»; noticias que me ha facilitado, desde Berlín, mi amigo el señor don Ángel Núñez.

El objeto principal de este artículo es la descripción de Perote, según puede inferirse del título; así, pues, no me detendré más en otros pormenores ajenos de aquel lugar.

Perote es una población que muere. Su existencia ha seguido las vicisitudes del castillo del mismo nombre, y hoy sus tristes y desiertas calles son únicamente el reflejo de la destrucción y aniquilamiento de la fortaleza.

El tiempo y el olvido han hecho desaparecer los datos de la fundación del pueblo, y sólo se ha conservado la noticia de la del convento de religiosos de la Orden de la Caridad, bajo la advocación de San Hipólito, con el principal objeto de dar hospitalidad a los españoles pobres que llegaban en las flotas y transitaban por el lugar, erogando los gastos, para llenar este fin, cinco   -238-   haciendas de labor y once ranchos de las inmediaciones.

En 1709 existía ya la Hermandad de los padres hipólitos, y se cree que fueron los primeros pobladores desde tiempo inmemorial y poseedores del terreno que hoy ocupa la población en los desiertos de Pero.

En 1770 fue evacuado el convento, después de lo cual éste y la iglesia se convirtieron en ruinas. La fecha de este acontecimiento coincide con la de la construcción de la fortaleza, como se verá más adelante.

La población de Perote, antigua Pinahuizapam, pertenece al cantón de Jalacingo, Estado de Veracruz.

Su clima es extremadamente frío, marcando el termómetro, en el verano, a las cuatro de la tarde 14º C., según la única observación que pude hacer en mi tránsito por el lugar. Como antes he manifestado, el terreno en que se asienta la población es arenoso y en extremo poroso, de tal suerte, que absorbe por completo el agua que procede de las vertientes del Cofre, impidiendo que establezca su corriente. Perote llegó a tener cerca de cuatro mil habitantes; pero hoy su decadencia es tal, que no llega a mil el número de sus moradores. Por todas partes y en todas sus calles se ven casas cerradas, que sólo ostentan   -239-   las muestras de los ramos de su antiguo comercio, y apenas una que otra tienda de abarrotes abre al público sus puertas. Hállase situada la población al pie de la falda occidental del Cofre de Perote, a dos mil veinticinco metros de elevación sobre el mar, en la boca de la sierra; cuya circunstancia, unida a la topografía del terreno, decidió a la construcción de la fortaleza, como punto estratégico a inmediación del pueblo.

La noticia más antigua respecto de la existencia de este pueblo y de su nombre actual, data del año de 1542, según un testimonio de posesión de un lote situado entre Cáceres y Perote, mandada dar por el virrey don Antonio de Mendoza a Hernando de Robledo, vecino de México.

Que el nombre de Perote fue dado al antiguo Pinahuizapam, inmediatamente después de la conquista, lo comprueba la siguiente relación de Torquemada, en su Monarquía Indiana:

«De esta parte que mira al poniente, volviendo al mediodía de estas serranías dichas, hay otras iendo de México a la Veracruz y Puerto de San Juan de Ulúa, de las cuales la una se llama Sierra del Cofre; porque en lo más alto de ella está un mogote o cabeço muy señalado que le llaman el Cofre y los naturales de esta tierra le llaman Nappatecutli, que quiere decir:   -240-   Quatro veces Rey o Señor; al pie de esta sierra hay una agua que la llaman Pinahuitzatl, que quiere decir vergonçosa o de vergüenza. Otro arroyo hay cerca de este que llaman Temaicalatl por donde toma la sierra estos dos nombres Temazcalapa y Pinahuizapam y en este lugar está ahora situado el Hospital de Perote, el cual nombre cobró del primer español que allí en aquella parte hizo una venta».

Tales son las sucintas noticias que respecto del pueblo de Perote he podido recoger.

En 26 de Noviembre de 1763 el Marqués de Cruillas, dirigió al virrey de España una iniciativa para que en el llano frío y reseco de Perote se construyeran por cuenta de la Real Hacienda extensos almacenes para conservar los repuestos de armas, municiones, pólvora y harinas, a fin de socorrer prontamente a Veracruz e Islas de Barlovento en casos de guerra.

Las antiguas expediciones piráticas de Lorencillo a las costas de Veracruz y los justos temores de ser éstas invadidas por fuerza de la armada inglesa, con cuya nación se hallaba en guerra la España, inspiraron la idea no solamente de poner en estado de defensa el Castillo de Ulúa, y la fortificación de Antón Lizardo para cuyas obras se presupuestaron más de 2.700.000 pesos, sino de la construcción de la fortaleza de   -241-   Perote que además de su objeto principal indicado, se le daba el de poder servir de un lugar seguro de depósito a los caudales que periódicamente se conducían de México a Veracruz.

La resolución definitiva para la construcción de un fuerte y no de simples almacenes, llegó al Marqués de Croix por real cédula de 20 de Noviembre de 1769, aprobando el nombramiento del director de la obra, hecho en favor del ingeniero don Manuel Santiestevan, y comunicando las precisas instrucciones para la mayor ampliación del proyecto primitivo, pues al rey parecía muy reducido el frente que según ese proyecto se daba a la fortaleza y por tanto débil para resistir rudos ataques.

Púsose mano a la obra en 25 de Junio de 1770, con arreglo al plano formado por su hábil director y bajo la base del siguiente presupuesto:

Ps. Cs.
Muro principal, excavación 261
Mampostería ordinaria, diez mil quinientas noventa y ocho varas cúbicas 31.794
Muro principal, 40.311 varas cúbicas 120.933
  -242-  
Ciento cincuenta y nueve estribos para cortinas, flancos y cajas 23.413
Mil trescientos sesenta y dos varas lineales de cordón de un pie de diámetro 255 03
Siete mil cuatrocientas sesenta y nueve varas cúbicas de parapeto 22.407
Novecientas tres varas cúbicas de banqueta 1.709
Mil cuatrocientas varas longitudinales contraescarpa 100
Quince mil cuatrocientos noventa y dos varas cúbicas de mampostería pava levantar el muro de la contraescarpa 46.478
Cuatro mil doscientas varas cúbicas de mampostería ordinaria para el parapeto del camino cubierto 12.600
Construcción de ocho traversas 1.740
Excavación del foso 6.000
Excavaciones, pies derechos de empuje, costados y pilastras   -243-   para las bóvedas de los edificios interiores 21.152
Dos mil cien varas cúbicas de mampostería de ladrillo para formar la rosca 10.500
Por mampostería ordinaria de una vara de grueso para el casco de la bóveda 12.600
Muros 5.412
Cuarteles para la tropa 12.840
Edificio paralelo a los anteriores 12.620
Escaleras y corredores para los cuarteles 2.776
Edificio paralelo a la puerta principal 7.051 40
Escalera y corredor para ídem 1.059
Arsenal de artillería 10.402 05
Escaleras y corredor para el mismo 1.459
Almacenes de pólvora 4.903 25
Muralla de la cerca 9.092
Aljibes y pozos 37.017
Puente estable y levadizo 650
Puertas y ventanas con su herraje 2.613 48
Estacada 13.780 48
Cuatro Garitas para los ángulos 400
Por gastos imprevistos 100.000
____________
534.017 69

  -244-  

Muy avanzados se hallaban los trabajos de circunvalación, cuando el ingeniero director creyó conveniente hacer una modificación a su proyecto primitivo, la cual consistía en suprimir el tercer piso de los edificios interiores sustituyéndolo con otras obras, para él más importantes, que sin alterar el presupuesto daban mayor solidez a la construcción. Aprobado ese cambio por el virrey Bucareli en 1771 y a su tiempo por el rey de España, las obras continuaron sin interrupción hasta el fin de Enero de 1777, en que terminaron, habiendo excedido el total costo de las obras a la cantidad presupuestada en 125.869 pesos 60 granos.

Presentado desde luego el plano del edificio, por el ingeniero Santiestevan, y la inscripción que a juicio de él debiera ponerse en el frontispicio, el virrey Bucareli consultó a la Corte de Madrid este asunto, pidiendo al rey su aprobación. Por comunicación fechada en Aranjuez el 2 de Mayo del propio año de 1777 y firmada por el ministro don José de Gálvez, el rey aprobó el nombre de San Carlos dado a la fortaleza, y los de San Carlos, San Antonio, San José y San Julián a los cuatro baluartes.

Concluido el fuerte, púsose desde luego en estado de defensa, abasteciéndolo de todas las   -245-   armas y municiones necesarias, conforme al siguiente pormenor:

Cañones núm. Cureñas Balas
De a 24 6 9 6.000
" 16 8 10 8.000
" 12 10 13 10.000
" 8 12 16 12.000
" 4 14 18 14.000
___ ___ ______
Sumas 50 66 50.000

Cañones núm. Cureñas Balas
De a 12 pulgadas 3 5 800
De a 9 ídem 3 5 2.000
Pedreros 3 5
Granadas de mano 24.000
___ ___ ______
Sumas 9 15 26.800

Artillería para un pequeño tren de campaña
Cañones núm. Cureñas Avantrenes Balas
De a 6 12 18 18 8.000
De a 3 y 4 12 18 18 8.000
___ ___ ___ ______
Sumas 24 36 36 16.000

  -246-  

Armamento
Fusiles y bayonetas 2.500
Sables 200
Espadas 400
Carabinas 500
Pares de pistolas 200
Alabardas 100
Moldes de bala de fusil para hacer 40 a la vez 1
Moldes de carabina para hacer 40 a la vez 1
Ídem para pistola 1

Útiles y demás pertrechos de artillería
Azadas 300
Espiochas 300
Azadones 300
Palas de fierro 500
Palas de madera herrada 1.500
Hachas de Vizcaya grandes 200
Ídem de mano 200
Juegos de poleas 4
Ídem de 2 pulgadas de grueso y 30 varas de largo 12
Gatos o críes 2

Fuelles, tenazas, bigornias, martillos y todo lo correspondiente a dos fraguas.

  -247-  

Aun cuando en el recinto de la fortaleza, según la amplitud que se le había dado, podían maniobrar diez mil hombres, no se pertrechó, sin embargo, sino con lo estrictamente necesario a un tren de campaña que pudiera moverse pronta y oportunamente.

La importancia del fuerte como punto estratégico, debe de ser muy poca cuando hemos presenciado siempre su abandono en circunstancias críticas para la República. Nunca nuestras armas han contenido en ese punto a las huestes extranjeras que han invadido el territorio nacional, y sólo en los anales de su historia se registran pocos hechos notables referentes, unos, a la guerra de la independencia, y otros, a nuestras contiendas civiles.

Todos los esfuerzos hechos por el general La Llave, para destruir la fortaleza y no entregar a las fuerzas intervencionistas sino solamente sus ruinas, se estrellaron ante la solidez del edificio. La destrucción de un baluarte y de la Santa Bárbara, fue lo único que se logró con tan empeñoso afán, y para lo cual hubieron de consumirse algunos quintales de pólvora.

La fortaleza de Perote, presenta hoy el más triste aspecto de desolación. Su vestíbulo abovedado y ennegrecido, su amplio y solitario patio, cuyo pavimento enyerbado cubre profundos y   -248-   extensos aljibes, sus escaleras destruidas, sus innumerables subterráneos y paredes derruidas; sus muros, troneras y banquetas mohosas, y en fin, sus fosos desecados, todo infunde la mayor tristeza. El viajero puede hacerse la ilusión de creerse trasportado al destruido castillo de algún señor feudal, y que cada una de aquellas ruinas es un trofeo de victoria de la civilización contra la barbarie.

Un trofeo más halagador y más grandioso puede alcanzar la cultura de nuestro gobierno con la restauración del edificio, y su dedicación a una penitenciaría. Yo así lo espero, y me atrevo a iniciarlo ante quien corresponda.

México 24 de Julio de 1874.



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Un paseo a Jalapa

Al señor don Sebastián Lerdo de Tejada


Rodeando la ancha falda del Nauhcampatepetl o Cofre, se sigue el camino que de Perote conduce a Jalapa, entre cuyas poblaciones se interpone la inmensa mole de esa montaña. A medida que se avanza desaparecen las llanuras y se presentan los terrenos fragosos de la Sierra Madre oriental. Al abandonar las extensas planicies de Perote se penetra en el monte, donde se ven los ocotes elevando erguidas sus copas, en medio de los renuevos que por todas partes brotan en cantidad innumerable. Los terrenos más y más accidentados, no ofrecen al viajero, a primera vista, cosas notables y dignas de su atención, sino uno que otro pueblo de poca importancia y   -250-   algunas ruinas de edificios, que en otro tiempo fueron las oficinas de alguna hacienda de labor. Ante esos muros derruidos, rodeados de tierras incultas, y en presencia de las cruces que de trecho en trecho se levantan a los lados del camino, como otras tantas señales siniestras de nuestras contiendas civiles, que por fortuna han desaparecido, el ánimo del viajero adquiere la tristeza que naturalmente engendra la desolación, impidiéndole contemplar las maravillas de la naturaleza. Cree el viajero que bajo cada uno de esos rústicos monumentos reposa una víctima, que por bóveda sepulcral sólo tiene el frondoso follaje de los álamos y por oración fúnebre el ruido del viento que zumba entre los matorrales. Únicamente piensa en la distancia que le falta que recorrer para llegar a las Vigas, población que se asienta en el ancho collado que en este lugar forma la cresta de la cordillera.

Desde esta población, el camino desciende hacia las costas de Veracruz, y desde él la vista puede contemplar los más espléndidos y extensos panoramas. Vese primeramente la Hoya, pueblo pequeño cuyo caserío se levanta en el fondo de un profundo y estrecho valle, y cuya vegetación propia de las zonas templadas, se presenta extremadamente bella y revistiendo las faldas de las montañas. Desde la cuesta de San Miguel del   -251-   Soldado, la vista descubre una bellísima y repentina hondonada con el suelo erizado de eminencias y surcado de barrancas. Tan extensa, tan profunda es esta violenta depresión, que la vista confunde sus accidentes y apenas percibe débilmente el variado colorido que al suelo dan las plantas y las rocas. De la falda del Nauhcampatepetl se desprende una corriente de lava escoriácea, que por todas partes forma colinas y profundísimas grietas; los intersticios, con el trascurso del tiempo, se han cubierto de tierra vegetal, de la cual han nacido plantas y aun árboles corpulentos, presentando en su conjunto esas masas de rocas y vegetales el aspecto más extraordinario. La corriente volcánica se dirige al Este y continúa sin interrupción hasta la costa, formando en el mar, según se cree, los arrecifes «Boquillas de piedra». El río Sedeño nace en la montada del Cofre, al Poniente de Jalapa, pasa al Norte y se pierde bajo la lava en terrenos del Paso del Toro, continuando su curso subterráneo hasta el Descabezadero, cuatro leguas poco más o menos de distancia, para brotar de nuevo, formando una cascada de 20 a 24 metros de altura. En este lugar da principio el río de Actopan, que continúa su curso hasta el mar, formando al desembocar la barra de Chachalacas. El fondo de esta cañada es todo de lava roja y arena, constitución   -252-   física de que proviene la circunstancia que paso a indicar. Existen en Tlacolula unas horadaciones naturales y verticales, por cuyo fondo corre el agua del río sin obstáculo alguno; pero en tiempo de lluvias, no siendo suficiente la cavidad interior para contener el agua de las fuertes crecientes, brota aquélla al exterior por dicha horadación y establece su curso por la superficie, de manera que se establecen dos corrientes sobrepuestas. Varios arroyos y ríos se reúnen antes del Descabezadero, y así como el río Sedeño, ocultan su corriente en varios lugares, por la extremada porosidad del terreno.

El camino de Jalapa ofrece todos los encantos de una naturaleza lozana y los más espléndidos paisajes. Las feraces comarcas de la tierracaliente se extienden a lo lejos revestidas de su brillante vegetación tropical, y las montañas y colinas se suceden determinando el carácter áspero del terreno. La extensa cañada de Actopan se presenta en lontananza con su aspecto tenebroso, y en vano la vista se esfuerza por escudriñar el fondo de aquel abismo.

La circunstancia que paso a indicar me impide no sólo describir, ni aun enumerar, tantas bellezas naturales come las que en esos lugares sorprenden al viajero continuamente.

Al descender la cuesta de San Miguel, densos   -253-   nubarrones amenazaban verter el agua a torrentes, obligándome a apresurar la marcha e impidiéndome contemplar los bellos paisajes que por todas partes se presentaban a la vista. El que no ha presenciado una tormenta en el corazón de una sierra, no puede concebir ni la más ligera idea de un espectáculo tan sublime como imponente, espectáculo que domina el ánimo aterrorizado y acaba por inspirarle la más profunda admiración. Los nimbus, de siniestro y sombrío aspecto, avanzan por las altas regiones atmosféricas, con movimiento rápido y vertiginoso, ocultando el cielo poco antes despejado. Los relámpagos y los truenos se suceden como precursores de la tempestad; espantadas las aves vuelan precipitadamente para albergarse en las profundas grietas de las rocas, y en vano el caminante busca afanoso algún lugar que le dé un seguro asilo contra el deshecho temporal.

El árbol más corpulento se doblega a impulsos del huracán, cediendo muchas veces al irresistible poder del desencadenado elemento, y al dividirse, su añoso leño cruje fuertemente cual si lanzara un gemido el gigante de la selva. Nada en su caída lo detiene, y al desgajarse troncha y derriba con estruendo los árboles que le cercan. El estampido del rayo, la repercusión en las montañas de su estridente sonido, el movimiento ondulatorio   -254-   del follaje agitado por el aire, los rugidos del viento, y el agua que en cataratas se desprende de las nubes inundando el suelo y corriendo precipitadamente en encontradas direcciones por los pliegues y quiebras de la montaña, todo se combina allí para hacer más imponente el fragor de la tempestad.

Pasada la tormenta, el viajero, libre de su natural pavor y sobresalto, puede contemplar una atmósfera límpida y trasparente que colora de un bellísimo azul el cielo, y permite distinguir netamente el relieve de las montañas lejanas con la fresca y brillante vegetación que las reviste. Los impetuosos torrentes disminuyen lentamente su caudaloso volumen, convirtiéndose luego en delgados hilos de cristal. Las bellísimas frases musicales de la Pastoral de Beethoven no reconocen ciertamente otra fuente de inspiración que esos sublimes espectáculos de la naturaleza.

* * *

Asentada sobre la ancha falda del Macuiltepec y en pintoresca y poética posición, se descubre de improviso la bella Jalapa, que por sus bosques y jardines se presenta como un rico vergel, en medio de las selvas veracruzanas.

Los azahares y liquidámbar impregnan el ambiente   -255-   con sus gratísimos aromas, que a cada momento se renuevan, conducidos de los bosques a la población por las ráfagas del viento.

Antes de penetrar en tan bella mansión, que algún poeta ha llamado nido de palomas, permítaseme dar una ligera idea de las impresiones que se reciben al contemplar desde la cumbre del Macuiltepec, los más pintorescos paisajes.

Distínguese por el Norte el cónico cerro de la Magdalena y la sierra de Chiconquiaco, cuyos primeros escalones se forman por los altos lomeríos de la Banderilla y de la hacienda Lucas Martín; al Poniente, los cerros de San Salvador y Molino de San Andrés; al Sudoeste, el Nauhcampatepetl, elevada montaña coronada por el precioso Cofre, monolito de pórfido, y cuyas escalonadas eminencias, engalanadas con la más exuberante vegetación, ofrecen distintos términos de una hermosa perspectiva. Al pie de la montaña se extiende el ameno paisaje que forman las florestas del bien poblado Molino de Pedreguera.

Si se dirige la vista en torno del horizonte, se fija de preferencia en los hermosos panoramas que se desarrollan por el Sur, Este y Sureste. Hacia el primer rumbo, los ramales que se desprenden de la Sierra-Madre avanzan en sucesión gradual hacia las costas, distinguiéndose con claridad, enclavadas alternativamente, las colinas y cañadas   -256-   opuestas, de tal suerte, que pueden seguirse con la vista las ondulaciones de las extensas barrancas que surcan el terreno. En el primer término de ese paisaje se extienden los feraces terrenos de Xico, Teocelo y Coatepec, y en el último la erguida y nevada cumbre del Citlaltepetl, con los labios de su cráter perfectamente determinados. Muchas veces, las nubes se aglomeran en la cumbre en forma de inmensas humaredas, y al robar éstas al sol sus tintes rojos, presentan la montaña cual si se hallase agitada por una erupción desastrosa. Con la ausencia de las nubes desaparece tan ilusorio cuanto imponente espectáculo para dar lugar al real, frío y sereno aspecto de la montaña, que destaca su mole colosal y brillante ante su límpido cielo. A lo lejos apenas se dibuja la sierra de Huatusco, cuyo indeciso color se confunde con el azul blanquecino del cielo cerca del horizonte.

La feraz y hermosa cañada de Actopan, se presenta al Oriente del Macuiltepec como un insondable abismo, limitada al Noreste por la sierra de Misantla, que se levanta dominante, reflejando la luz del sol para hacer mayor su contraste con el sombrío y lóbrego aspecto que ofrece la profunda barranca.

Hacia el Noreste y salvando la cañada, se distingue el Salto y pueblo de Naolinco, que por la   -257-   distancia aparece coronando los cantiles de la sierra.

Por último, deprimiéndose el terreno por el Sureste, la vista puede dilatarse hasta el mar, término, por ese rumbo, del horizonte de Jalapa.

El hacinamiento de los edificios de esta ciudad en el inclinado plano que forma la falda del Macuiltepec, da a la población el bellísimo aspecto panorámico de todo lugar que tiene su asiento en un terreno extremadamente accidentado.

Los bosques de liquidámbar, de jinicuiles y de otras plantas aromáticas, constituyen las barreras naturales de la ciudad, formando, como el Monte de Pacho al Sur de ellos, sus más deliciosos paseos.

La población, en su interior, revela el buen gusto de sus habitantes.

Muchas de las casas son de dos pisos, y de buena apariencia las que limitan la calle principal y la del Calvario, encontrándose en esta última el edificio del hermoso Casino, en donde periódicamente tiene sus tertulias la alta clase de la sociedad. La plaza principal, aunque pequeña, es hermosa y se halla limitada al Sur por el palacio del gobierno del Estado, y al Noreste por la catedral; edificio que, aunque nada notable revela en su arquitectura, conserva cierta armonía con el resto de los edificios. Un precioso jardín, con asientos   -258-   y senderos de mármol y engalanado con bellísimas plantas y flores, ocupa la parte central de la plaza, constituyendo un paseo de los más agradables, particularmente en las noches de luna.

El cerrado bosque de Pacho al Sur de la ciudad, con sus arboles de liquidámbar, jinicuiles y muchas plantas de aromáticas flores, es uno de los sitios más pintorescos y amenos. Pocos lugares ofrecerán tantos encantos como la bellísima cañada que recorre el camino que de Jalapa conduce a Coatepec; aquí el liquidámbar ostenta su verde follaje más o menos brillante, según esté o no directamente iluminado por los rayos del sol o tan sólo por la luz difusa, cubriendo por completo, casi con exclusión de otros árboles, cerros y colinas.

La festonada bóveda de verdura, bajo la cual avanza en su camino el viajero, intercepta los ardientes rayos del sol, conservando fresco y delicioso el ambiente. Algunas corrientes cristalinas se deslizan en la espesura del bosque, ocultándose unas veces entre los matorrales, y brotando otras de las hendeduras de las rocas. Los helechos, bajo la fresca sombra de los árboles, muestran en su rica variedad las más gallardas formas; y por último, las aves interrumpen el silencio de la selva con su incesante gorjeo, y animan con su presencia aquella tan rica como risueña floresta.

  -259-  

El clima de Jalapa es templado, agradable y sano. El termómetro, a principios del verano, marca:

A las ocho de la mañana 20º C.
A las doce 25º
A las dos de la tarde 25º ½
A las siete de la noche 20º

Si las bellezas naturales de la encantadora Jalapa causan la admiración del viajero, ésta crece al contemplar la población bajo el punto de vista del orden social. La educación de la mujer, la instrucción pública y la civilización de la clase obrera, constituyen en Jalapa la base más sólida en que puede afirmarse su futura prosperidad. La virtud sin ostentación, la afabilidad sin coquetería y la instrucción sin vanidad, son los caracteres distintivos de la mujer de Jalapa, en la que se adunan los más finos modales a la franqueza veracruzana. De esa educación que engendra en la madre de familia elevados sentimientos, ha nacido el desarrollo de la instrucción pública, y del progreso intelectual la ilustración del pueblo. ¡Hermosa cadena de inestimable precio, cuyos eslabones extremos son la elegante dama y la lavandera de Jalitic y de Techacapa!

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Entre las buenas circunstancias que fueron la causa de mi atenta observación en Jalapa, una de ellas se refiere al desarrollo que en la población ha adquirido la instrucción pública.

Una ley sabiamente meditada por la junta de directores de los colegios del Estado, y decretada por la legislatura del mismo, declara obligatoria la instrucción primaria, ordenando el establecimiento de una escuela de niños y otra de niñas por cada dos mil habitantes en todas las poblaciones del propio Estado, así como el de una cuando menos, en todo lugar de algún movimiento industrial o mercantil. La misma ley impone a las autoridades políticas y municipales la obligación de establecer escuelas en las cárceles y prisiones, y recomienda por último, a los hacendados y a los dueños de fábricas y talleres, igual procedimiento en sus fincas, a fin de que en ellas reciban la instrucción primaria los hijos de los jornaleros.

Constituyeron la junta para la formación del proyecto de ley de instrucción pública los señores don Silvestre Moreno Cora, Rector del colegio de Orizaba; don Esteban Morales, Rector del de Veracruz; licenciado don José María Mena; presbítero don José de Jesús Carbajal, Rector del colegio de Córdoba; licenciado Manuel Alba, del de Jalapa, y don Miguel Cházaro, Rector del de Tlacotalpam.

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La enunciación de los nombres de las personas que formaron esa junta, convocada por el ilustrado gobernador don Francisco de Landero y Cos, basta por sí sola para infundir una plena confianza respecto a sus trabajos.

Al recorrer las calles de la ciudad fijaron mi atención las multiplicadas inscripciones de colegios que se leen a cada paso, pertenecientes unos a particulares y otros al Estado. Desde luego nació en mí el deseo de investigar la extensión de las materias de enseñanza y el adelanto de los alumnos, a cuyo efecto me propuse visitar el mayor número de escuelas que me fuera posible, empezando indeterminadamente por la primera que se me ofreciera al paso, y ésta fue la que tan acreditadamente dirige el profesor don Juan E. Longuet. Los modales afables y corteses de este caballero, me inspiraron la mayor confianza animándome a exponerle mis deseos, que en el acto fueron satisfechos.

Al penetrar en aquel modesto santuario de la inteligencia, reinaba un profundo silencio, que sólo interrumpía el chirrido que sobre el papel producían las plumas de los alumnos; silencio y quietud que fueron para mí el primer indicio del buen orden allí establecido. Los dibujos y las planas que se mostraban revelaban el adelanto de los alumnos; pero más que todo, el análisis   -262-   prosódico que todos ellos, sin excepción, hicieron de un apólogo. La seguridad empleada por el profesor en sus preguntas, y el aplomo con que los alumnos las contestaban, me demostraron el buen método del profesor y la inteligencia de sus discípulos.

Del colegio del señor Longuet pasé al Instituto Literario que dirige el profesor don Guillermo D. Muñiz, y excusado es decir que en ese establecimiento observé el orden establecido, el buen método de enseñanza y el adelanto de los alumnos, al nivel del colegio del señor Longuet.

Las mismas circunstancias concurren en el «Instituto Jalapeño», del profesor don José María Hoz, y en los establecimientos de niñas que dirigen las inteligentes señoritas Rosario Martínez y Juana Molina.

El justo temor de hacer difuso un artículo que más bien tiene el carácter de descriptivo que de estadístico, me impide dedicar una reseña especial a cada uno de los establecimientos de instrucción pública de Jalapa. La visita que de muchos de ellos hice, sin elección determinada, y los adelantos de todos demostrados, inducen a creer que los demás establecimientos deben manifestar iguales ventajas. Sin embargo, imposible me sería guardar silencio respecto del colegio preparatorio que actualmente sostiene   -263-   el Estado. Fundose el colegio en 1843, bajo los auspicios del Gobierno general, por el licenciado don Antonio M. Rivera, antiguo magistrado del tribunal superior del Estado.

Las vicisitudes políticas obligaron a los directores del Instituto a cerrar sus aulas en distintas épocas, entorpeciendo los progresos que desde su fundación se habían iniciado. Reorganizado bajo la administración del señor Hernández y Hernández, con la denominación de «Colegio del Estado», ha continuado difundiendo, sin interrupción alguna, la más sólida y útil enseñanza bajo la inteligencia y afanosa dirección de su actual rector el licenciado don Manuel M. Alva.

Las materias que se cursan en el referido colegio, son: primero y segundo año de latín, matemáticas, gramática, lógica, ideología, geografía, historia, derecho constitucional, moral, dibujo, idiomas francés e inglés y música vocal e instrumental, hallándose establecidas además, conforme a la citada ley, clases nocturnas de primera enseñanza para adultos.

A los esfuerzos del benemérito señor don Antonio María Rivera, fundador del colegio, se debe el establecimiento, en el mismo Instituto, de una biblioteca pública.

Réstame sólo hablar de la clase obrera.

Si bien es cierto que en otros lugares de la República   -264-   los artesanos honrados, rindiendo culto al saber y la caridad, han formado asociaciones más o menos numerosas, la que en Jalapa se formó por iniciativa de los ciudadanos Miguel Ortega y Andrés Villegas, ambos carpinteros, no tiene ejemplo, así por sus nobles fines como por las bases de su institución. «La Sociedad de Artesanos y Agricultores de Jalapa» se estableció en 1.º de Junio de 1867, y desde esa época la constancia de sus miembros y el exacto cumplimiento de los preceptos reglamentarios, han influido de una manera notable en la prosperidad de la asociación. Ésta tiene por objeto la creación de un fondo especial que gira mercantilmente, y a cuyos gananciales tienen derecho los socios contribuyentes que han enterado íntegra su acción de 50 pesos.

Un reglamento previsivo determina la manera de hacer las devoluciones equitativas por falta de cumplimiento al contrato.

La Sociedad no se ha limitado a este fin: sostiene un Casino, en el cual se han llenado las exigencias de la civilización actual. En el vasto y cómodo salón principal celebra sus sesiones ordinarias la Junta Directiva, se efectúan mensualmente las tertulias familiares de los socios, y se dan por los mismos lecturas semanarias sobre un punto determinado, el cual se somete a discusión.

Los demás departamentos se hallan destinados   -265-   a la biblioteca, salas de lectura, clases de gramática, aritmética, geografía y dibujo, y a los billares y cantina, de suerte que nada falta allí para la instrucción y recreo de los socios. Los bailes dados por los artesanos sorprenden verdaderamente al que por primera vez concurre a ellos. Los trajes, la compostura, la decencia, todo refleja en las familias de aquéllos la buena educación y el acatamiento a las conveniencias sociales.

* * *

Al observar la decadencia actual de Jalapa y su reducido comercio, inútilmente se procura investigar las causas que tan directamente se oponen al engrandecimiento de un pueblo que, como el de que se trata, se encuentra en tan bellas condiciones de prosperidad. En mi concepto, esa decadencia, por la razón expresada, no puede menos que ser transitoria; la vía férrea de Jalapa reanimará dentro de poco el vigor amortiguado de un pueblo que para su bienestar cuenta con sobrados elementos.

Cuatro fábricas industriales existen en Jalapa, y de ellas dos merecen citarse por su grande importancia. Una, llamada «La Libertad», se halla situada en el lugar del antiguo Molino de Pedreguera; es de la propiedad del señor don Bernardo   -266-   Sayago, el infatigable industrial y promovedor de las mejoras materiales.

Aplicada como fuerza motriz el agua que proviene particularmente de las lluvias, las labores de la fábrica se hallan sujetas a la periodicidad y eventualidad de aquéllas, y sin embargo, los operarios, durante la paralización de los trabajos, continúan percibiendo sus jornales, ocupándose en el acopio de materiales, y empleándose, como albañiles y canteros, en la construcción de casas en las inmediaciones de la fábrica, erigiendo una bonita y moderna población.

La otra fábrica, con el nombre de «Industria Jalapeña», se halla ubicada en los terrenos más bajos de Jalapa, en el lugar llamado el Dique, desde el cual la ciudad presenta el más hermoso panorama. Débese a los esfuerzos combinados de los señores don Rafael Martínez de la Torre y don Agustín Serdán la completa restauración de la fábrica. A fin de evitar la paralización de los trabajos, se ha establecido una hermosa máquina de vapor que funciona durante la escasez de las lluvias.

Entre las mejoras que su activo y emprendedor propietario ha introducido en el establecimiento, ocupa el primer lugar la creación de una escuela de instrucción primaria, obligatoria para los hijos de los operarios.

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Jalapa debe felicitarse por tener al frente de su industria a los señores Martínez de la Torre, Sayago y Serdán.

* * *

Doy fin al presente artículo, manifestando los datos relativos a los principales productos agrícolas, los cuales revelan la importancia del rico cantón de Jalapa, aun cuando el cultivo no esté actualmente en relación con la fertilidad del suelo:

Algodón 1.000 qs. al año $4.000
Tabaco 15.000 arrobas 18.750
Chile seco 2.000 arrobas 4.000
Frijol 4.120 fanegas 8.240
Leña 148.130 tareas 111.097 50
Maíz 60.500 cargas 121.000
Café 200 quintales 3.200
Palma 100.000 docenas 25.000
Vainilla 10 millares 500
Pepita pipián 1.000 fanegas 1.500
Madera 26.440 trozos 10.576
Cebada 1.225 cargas 3.675
Ocote 7.200 ídem 5.400
Papa 1.000 ídem 5.000
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Verdura 6.640 ídem 6.640
Frutas 9.600 ídem 14.400
Paja 1.500 ídem 3.000
Pastura 18.000 tercios 2.340
Purga 2.400 arrobas 95.600

México Agosto, 1.º de 1874.



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     Antonio García Cubas
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