 - III -
| La nueva primavera.- Coronación de
Aben-Humeya.- La
Venta de Torbiscon.-
Torbiscon y su
rambla.- Algunos peñones
sueltos
| Nuestra caminata de aquel día
había de ser una continua serie de transiciones y contrastes.- Nada
más natural, estando, como ya estábamos, enfrascados en la tierra
clásica de los accidentes topográficos, de las bajadas y subidas,
de las quebradas y los promontorios.- La
Alpujarra tenía que resultar digna de
su nombre. | Por ejemplo: en aquel instante, cuando
aún abrumaban nuestra imaginación las escabrosidades del
Puerto de Jubiley, recorríamos ya
alegremente un apacible vallecillo, en que todo era inocente y delicioso, y
donde experimentamos una emoción tan melancólica como dulce. | Hasta entonces, los árboles
más subordinados al influjo primaveral; los que sienten correr su savia
en febrero; los que ven hinchadas sus yemas en marzo; los que computan las
estaciones del propio modo que el hombre, y tienen acaso también su
primavera médica; verbigracia, los
almendros, los cerezos, los perales, los guindos y demás frutales
—207→
tempranos, sólo nos habían mostrado flores (que,
como es sabido, preceden en ellos al follaje); pero allí, en aquel
riente vallejuelo, encontramos ya árboles con hojas, o sea
las primeras hojas del año. | No las ostentaban, es cierto,
árboles tan codiciados y preciosos como los que acabo de nombrar... En
aquel paraje no se veía vivienda humana, ni había señales
de cultivo... Pero había, en cambio, una alameda espontánea,
compuesta de alisos, olmos y abedules, muy endebles todavía,
retoños sin duda de grandes árboles inmolados por el hacha o
arrastrados por el río (pues allí había también un
río), y estos retoños, erguidos ya y gallardos como mozuelos de
quince abriles, eran los que acababan de arrojar unas hojillas tan verdes, tan
tiernas, tan nuevas, tan rizadas todavía, que parecían las
primicias del amor, de la ilusión y de la esperanza. | Aquellas plácidas sonrisas de la
Naturaleza, aquellos brotes de incipientes encantos, aquellos besos de labios
vírgenes, aquellas dulces respuestas de la adolescente tierra a las
vivificantes caricias del cielo, probábannos, mucho mejor que las flores
del
Valle de Lecrin que el sol había
llegado al Ecuador, de camino para nuestro Trópico; que no se
había equivocado el almanaque; que estábamos en la
estación juvenil de las plantas; que la primavera había entrado
aquel día. | * * * | ¡La primavera! Sea la
periódica de la zona en que vivamos, sea la única de la vida del
hombre... (y de la mujer), siempre resultará más tristemente
—208→
patética que el otoño a los ojos nublados por el
llanto... | Y ¡ay! por poco que se haya
vivido, ¿qué ojos humanos podrán permanecer enjutos en
presencia de la renovación anual de las campiñas y de los
bosques? ¿Quién no echará de menos flores de su alma y
frutos de su vida, que huyeron en alas del ábrego para nunca más
volver? ¿Quién dejará de llorar, -no ciertamente el
continuo descaecer de su existencia; no ciertamente este providencial envejecer
de cada instante, que nos deja el consuelo de vislumbrar, más
allá del sepulcro, otra primavera eterna, en cambio de los
ensueños e ilusiones terrenales que nos arrebató la edad, -pero
sí su amargo destino de sobrevivir un año y otro, como el
despojado tronco herido por el rayo, a la muerte de aquellas flores y aquellos
frutos, y a la perpetua emigración de las inocentes avecillas que
nacieron y anidaban en sus ramas?... | Doblemos la hoja. | * * * | Doblémosla, sí, y veamos
qué vallejuelo era aquél a que habíamos descendido. | Verdaderamente, más que un valle,
era una especie de
Estrecho que servía de tránsito
de un valle a otro. | Porque lo cierto es que estábamos
pura y simplemente en un escondido recodo del importante
río de Cádiar, que acababa de
regar dos leguas más arriba los amplios vergeles de aquella antigua
Corte de unos días... | |
—209→
| ¡Cádiar!... ¡El teatro del drama de
Martínez de la Rosa! ¡El lugar aristocrático, donde fue
coronado
oficialmente ABEN -HUMEYA!...-
¡Cuánto deseábamos visitarlo!-¡Y cómo
hubiéramos querido estar dotados del don de ubicuidad, para echar
río arriba, al propio tiempo que de sus orillas nos apartáramos,
e ir a hacer noche simultáneamente a aquel histórico pueblo, y a
Albuñol, y a otras muchas
partes!... | Pero ya que esto no fuera posible,
ocurriósenos leer y comentar en aquel sitio los apuntes que
llevábamos en cartera, relativos a la
gran solemnidad histórica que recuerda el nombre de
Cádiar, o sea a la Coronación
del REYECILLO, -que es como casi siempre apellida Pérez de Hita al que
había dejado de llamarse D. FERNANDO DE VALOR. | Aquellos apuntes, extractados de muchas
histonas, decían así: | | |
(Los viajeros se apean de los
caballos, y leen, al par que descansan, muellemente recostados en la verde
hierba.- Los lectores por antonomasia les prestan atención, o leen
también, asomados por encima del hombro del que lleva la voz cantante.-
Los criados, de pie, apoyados en sus escopetas, hacen grandes esfuerzos por
entender algo.- Las cabalgaduras pacen tranquilamente.)
-TABLEAU.
| |
UNO DE LOS VIAJEROS.-
(leyendo)
«Partido ABEN-FARAG de
Béznar, no tardó en seguirlo
ABEN-HUMEYA, acompañado de muchos moriscos; y llegando
—210→
a
Lanjarón, halló que el
bárbaro tintorero había quemado la iglesia, llena de
cristianos».
| |
UN CRIADO.-
(dirigiéndose a
otro) Dime: ¿dónde ha pasado eso?
| |
EL OTRO CRIADO.-
¡Qué ganso eres!
¿Pues no lo estás oyendo? ¡En Tetuán!...
| |
EL CRIADO MAYOR.-
¡Callad, zopencos!
¡Qué Tetuán ni qué calabaza! ¿No veis que ha
dicho «Lanjarón»? ¡Perros moros!
¡Harto me enteré yo ayer tarde de lo que hablaban los amos sobre
sus herejías!...
| |
UN VIAJERO.-
Pues se enteraría usted
también de que los cristianos del mismo
Lanjarón volaron una mezquita llena
de moros...
| |
EL CRIADO MAYOR.-
Señorito... Dispense usted.
¡No es lo mismo!...
| |
OTRO VIAJERO.-
Ahora es cuando ha dicho usted la
verdad... ¡NO ES LO MISMO!
| |
EL VIAJERO LEYENTE.-
(continuando) «De allí pasó
ABEN-HUMEYA a
Órgiva, donde los cercados de la
Torre se defendían, y les requirió con la paz; y viendo que no
querían oír su embajada, repartió la gente en dos partes:
la una dejó en el cerro, y la otra se llevó consigo a
Poqueira y
Ferreira».
| |
UN ALPUJARREÑO.-
«Ferreirola» habrá
querido decir el autor.
| |
OTRO.-
Sí; porque
Ferreira cae al lado allá de
Sierra Nevada...
| |
OTRO.-
Es verdad. Pero en aquel tiempo
Ferreirola se llamaba también
Ferreira...
| |
EL CRIADO MAYOR.-
Señoritos, ¿traigo el
gato?
| |
—211→
| |
LOS VIAJEROS.-
¿Qué gato?
| |
EL CRIADO MAYOR.-
El del vino...
| |
LOS VIAJEROS.-
¡Quita allá, hombre!...
¡Vino en ayunas!... Bebed vosotros... y dejadnos en paz.
| |
EL LEYENTE.-
(prosiguiendo) «El día de los inocentes
estuvo en su casa en
Valor, y el 29 de Diciembre entró en
Ugíjar de Albacete, con deseo, a lo
que dijo, de salvar la vida al Abad Mayor, que era grande amigo suyo, y a otros
que también lo eran, y cuando llegó ya los habían
muerto».
| |
UN VIAJERO.-
¿Quién dice eso?
| |
EL LEYENTE.-
Luis del Mármol...
| |
EL VIAJERO.-
Entonces, debe de ser verdad... pues
nunca favorece en nada a ABEN-HUMEYA.
| |
EL LEYENTE.-
(continuando) «Allí repartió
entre los moros las armas que habían tomado a los cristianos, y el mismo
día fue al lugar de
Andarax... y dio sus patentes a los moros
más principales de los partidos y más amigos suyos...,
mandándoles que tuviesen especial cuidado de guardar la tierra, poniendo
gente en las entradas de la
Alpujarra...
»Hecho esto, y dejando por
Alcaide de
Andarax a BEN-ZIQUÍ, uno de los
principales de aquella Taha, volvió a
Ugíjar, donde dio sus poderes a
MIGUEL DE ROJAS, su... suegro, y le hizo su Tesorero general, porque,
además del parentesco que con él tenía, era hombre
principal, descendiente de los MOHAYGUAGES o CARIMES, Alguaciles perpetuos de
aquella Taha en tiempo de los moros, a quien, por ser muy rico y de aquel
linaje, respetaban mucho los moriscos alpujarreños.
»ABEN-HUMEYA hizo todas estas
cosas en un solo
—212→
día, y aquella misma noche se fue a
dormir a
Cádiar».
| * * * | |
LOS LECTORES POR ANTONOMASIA.-
(con
indignación) ¡Alto ahí! ¡Esto es un
engaño manifiesto! Nosotros no sabíamos...
| |
EL AUTOR DE ESTE LIBRO.-
Sé lo que vais a decirme, y
tengo preparada la contestación. Lo que me vais a decir es que entre las
anteriores noticias figura una relativa al gobierno interior y vida particular
del caudillo agareno, que os ha causado tanta sorpresa como disgusto...
| |
LOS LECTORES.-
¡Sí, señor!
¡Eso mismo!...
| |
EL AUTOR.-
Pues lo peor del caso es que yo la
sabía, y que debí participárosla en el
Valle de Lecrin cuando encontramos al joven
D. FERNANDO DE VALOR en compañía de aquella morisca tan hermosa,
que, al decir de los historiadores, sólo era su querida...
(LOS
LECTORES se miran con
asombro).
Pero (creedme) no procedí de
mala fe, sino por olvido: con la gloria se me fue la memoria, y ni por asomos
recordé que aquel
raptor o
robado (fueron mis expresiones) estaba
casado con otra mujer, cuya suerte
debía de ser bien desgraciada...
Y, no habiéndome acordado de
pensarlo, mal pude acordarme de decíroslo, ni de condenar (como condeno
ahora) todo lo pérfido y escandaloso de aquella manera de viajar...
(LOS
LECTORES
principian a
calmarse).
Sin embargo, yo no puedo creer que
semejante perfidia con la legítima consorte llegase hasta el
—213→
extremo de haberla dejado abandonada en la capital y expuesta
así a crueles represalias de parte de los cristianos...
(Todos escuchan con
creciente interés) .
Y, como las historias se callen sobre este punto,
atrévome a suponer que la ultrajada esposa viviría habitualmente
en el lugar de
Valor, en lo alto de la
Alpujarra, donde ABEN-HUMEYA tenía
su primitiva casa señorial, y que éste iría aquella
mañana en su busca, -aunque tan mal acompañado...
¡Desventurada mujer, de
cualquier manera!...
(Profunda emoción
en todos.) ¡Mucho más desventurada, sin duda alguna,
de lo que nos la presenta Martínez de la Rosa en su célebre
drama! -Siquiera allí, en medio de la más horrible
catástrofe, aparece muy amada y respetada por su marido, mientras que,
como veis, la verdad de las cosas era...
(Risas).
Pero consolémonos. Tampoco tenía ya motivos para
engreírse la hasta entonces preferida morisca; pues, según
refiere Hurtado de Mendoza, el joven héroe, al ceñirse la corona
de sus mayores, montó su casa bajo un pie severamente... mahometano.
He aquí las palabras del noble
historiador:
«Tomó tres mujeres: una,
con quien él tenía conversación, y la trujo consigo
(ella): otra del río de Almanzora; y otra de Tabernas, porque con el
deudo tuviese aquella provincia más obligada; sin otra con quien
él primero fue casado, hija de uno que llamaban Rojas»...
Total... ¡cuatro!
(Estupor -general.-
Pausa.)
Ni habían de parar aquí las cosas, -como veremos
en su día.
—214→
¡Ah! El amor fue el talón
vulnerable de aquel Aquiles, -y por el amor murió efectivamente...
| | |
(Al pronunciar el
AUTOR
estas últimas palabras, dando muestras de
hallarse muy conmovido, le dicen afectuosamente.)
| |
LOS LECTORES.-
Perdone usted... Estamos satisfechos... Puede continuar la
lectura.
| | |
(El
AUTOR
se tranquiliza: todos se sientan otra vez sobre la
hierba, y aquél prosigue de este modo, después de unos instantes
de meditación):
| * * * | Pero la hora de tan justo castigo estaba
todavía distante del momento en que dejamos a ABEN-HUMEYA durmiendo en
Cádiar. | Recordaréis que aquel momento era
la víspera del día de su coronación. | Amaneció al fin este día,
y el primer acto del príncipe islamita fue nombrar su
Capitán General33 a aquel D. FERNANDO EL ZAGUER, llamado también
ABEN-XAGUAR, de quien ya hemos hablado anteriormente; el cual era tío
carnal suyo, hermano de su encarcelado padre, y hombre influyente y acaudalado,
que había sido la cabeza y el alma de toda la
conspiración...34 | Mas, pues tenemos a mano a Pérez
de Hita, inimitable siempre en la descripción de los cuadros
—215→
pintorescos de aquella Guerra en que tomó parte como
soldado, dejémosle referir a su modo el acto solemne de la
coronación de ABEN-HUMEYA.-
—216→
Algo habrá de cierto en
su relación. | * * * |
(Lee).- «Cuando ABEN-HUMEYA vido que el
negocio de todo punto era roto y que ya no podía hacer otra cosa sino
morir o pasar adelante, mandó que la gente que estaba junta, y de
guerra, se recogiese en
Cádiar, porque les quería dar
orden de lo que habían de hacer, y porque con voluntad suya
quería ser coronado. | »Y ansí, la gente en
Cádiar toda recogida, en cierta parte
cómoda para el caso (en el campo, porque toda la gente coger pudiese),
debajo de una grande y frondosa olivera, se puso un rico estrado, y en
él dos sillas ricas puestas, encima de las cuales estaba puesto un rico
dosel de seda, reliquia de los pasados Reyes de Granada, y en la una silla se
sentó D. FERNANDO MULEY, y en la otra, a su mano izquierda, su
tío ABEN CHOCHAR, el cual tenía alrededor de sí muchos
ricos-hombres de aquellos lugares y de otros. | »Y viéndolos ABEN CHOCHAR
juntos y con ellos una grande tropa de gente armada..., se levantó de la
silla, y en voz que todos lo podían oír, comenzó a hablar,
mostrando gravedad, lo siguiente:» | (Aquí su discurso, que no os leo,
porque es largo, y no tan bueno, ni por asomos, como aquél que
pronunció en el
Albaicin elogiando las cualidades de la raza
morisca.- Por lo visto, al opulento ABEN-XAGUAR le daba por la oratoria, como a
nosotros; pero sus discursos son mejores o peores según las dotes
literarias del historiador que los transcribe. La arenga del
Albaicin ha llegado a nuestros días
extractada por Hurtado de Mendoza, y así resulta ella de severa,
clásica y elegante35, mientras que en la oración que aquí omito se
echa de ver que el que nos la transmite es hombre de más
imaginación que humanidades.) | «Apenas ABEN CHOCHAR (prosigue
Pérez de Hita) había dicho estas palabras, cuando todo aquel
confuso escuadrón movió un gran alarido, diciendo: "¡Viva el Rey D. FERNANDO MULEY, a quien escogemos, y
queremos que lo sea, para que nos defienda y nos ponga en libertad!". | »Y, diciendo esto, muchos de los más cercanos
arremetieron a D. FERNANDO, y a él y su silla levantaron en alto,
diciendo: "¡Viva el Rey de Granada, MULEY
ABEN-HUMEYA!" -Y ansí le tuvieron en alto una gran pieza. | »Luego comenzaron a sonar
músicas, dulzainas y chirimías, y trompetas y atabales, con tanto
ruido, que parecía hundirse el mundo. Luego le pusieron encima de la
cabeza una corona de plata dorada, y rica, que era de una imagen de Nuestra
Señora y para aquel caso la tenía ABEN CHOCHAR
proveída. | »Después de coronado le fue
tomado juramento sobre un libro del Alcorán, que los ampararía y
defendería hasta la muerte. Todo lo cual el REYECILLO juró (que
así le llamaremos de aquí adelante), y, habiendo
—217→
hecho este juramento, todas las chirimías y dulzainas y otros
instrumentos sonaron con gran ruido. | »Luego muchos lugares vinieron a
darle la obediencia y a besar las manos... | »Luego mandó hacer bandera
y elegir capitanes para que se siguiese la guerra.- Los capitanes que se
eligieron son éstos: | »EL SORRI, de
Andarax.- ZARCA, de
Ugíjar. PUERTOCARRERO, Alcaide de
Gergal.- EL MALEH, de
Purchena.- HAZEM, de
Vélez el Blanco.- EL GRAVI, de
Vélez el Rubio.- ABEN BAYLE, de
Alcudia.- FARAG, negro, de
Jerque.- EL JORAYQUE, de
Baza.- EL LALE, Alguacil de
Macael.- ALHADRA, de
Ohanes.- ALROCAYME, de
Guadix.- EL HAVAQUÍ, de
Guadix.- EL DERE, de Andarax.- GIRONCILLO DE
LA VEGA.- EL DALI.- LOS PARTALES.- BERIO.- EL MELILUZ.- EL CORCUZ, de
Dalias.- EL GARRAS.- EL MOHAXAR.- EL
RENTÍO. | »Y, sin éstos, otros muchos
capitanes, el número de los cuales llegó a doscientos y
cincuenta, todos de hidalga sangre, nietos, biznietos de muy principales
caballeros que en los pasados tiempos gobernaron a Granada y sus tierras... | »Y sobre todos los capitanes fue
uno señalado por general de todos, llamado EL HAVAQUÍ,
varón grave, de buen juicio, valeroso de su persona, de casta de
caballeros nobles; era natural de Guadix, o de el Alcudia.- A éste le
fue dado el bastón de General contra su voluntad»... | Coronado que hubieron los moriscos a su
Rey, vistiéronle de púrpura (dice Hurtado de Mendoza),
—218→
y pusiéronle casa, como a los Reyes de Granada,
según que oyeron a sus pasados». | «Por último (concluye Luis
del Mármol), ABEN-HUMEYA, dejando gente de guarnición. en la
frontera de
Poqueira..., a 30 días del mes de
diciembre estuvo de vuelta en el
Valle de Lecrin, para si fuera menester
defender la entrada de la
Alpujarra por aquella parte al MARQUÉS
DE MONDÉJAR». | [...] | -¡Vaya bendito de su Dios; que
será ir maldito del Dios verdadero!...- exclamamos todos nosotros al
llegar a este punto. | Y, mientras el insensato entregaba su
fortuna y su vida, y las de millares de hombres, al azar de las armas,
recogimos los papeles, montamos a caballo y seguimos adelante
pacíficamente, en busca del grandioso panorama que nos
proponíamos contemplar desde lo alto de la
Contraviesa. | * * * | A poco de abandonar el frondoso lecho
del
río de Cádiar, subimos una
cuestecilla que nos condujo inmediatamente a la
Venta de Torbiscon. | Eran las nueve. Allí almorzamos
de lo que llevábamos a
bordo, en una alegre plazoletilla que hay a
la parte afuera del establecimiento; -establecimiento que nos fue muy
útil, sin embargo, puesto que nos proporcionó una mesa del
tamaño de una silla, sillas para más de la cuarta parte de los
comensales, un agua excelente, y la picaresca cháchara del Ventero y la
Ventera, tipos dignos de las novelas menores del Manco de Lepanto. | |
—219→
| La identidad de sus caracteres, su
ladina bufonería y la continua broma con que se trataban, llamaron
vivamente nuestra atención.- Pocas veces se habrá visto llevar la
cruz del matrimonio con tanto donaire, desembarazo y buen humor como ellos la
llevaban... (No habían tenido hijos.) -Con dificultad también se
hubiera dado una familia más feliz y alborozada dentro de tanta
pobreza... (No tenían hijos.) -Eran ya de cierta edad; no viejos
seguramente, pero tampoco jóvenes, y jugaban el uno con el otro como dos
muchachos de diez años... (No tenían hijos...) -Y, con todo;
aquel desmedido júbilo, aquella insustancialidad de su vida, aquel
Sacramento practicado en chanza, aquella dicha tan fácil y segura,
acabaron por inspirarnos compasión... (¡No tenían
hijos!) | -¿Quisiera usted haber tenido
cuatro hijos, haber perdido dos, y que le vivieran los dos restantes? -le
preguntó un día ferozmente a aquella mujer cierto viajero, al
tiempo de montar a caballo, procurando que nadie sino ella oyese tan brusca y
extravagante interpelación... | Y es fama que la risa se heló en
el festivo rostro de la ventera; y que sus ojos se nublaron, y que su boca se
frunció tristemente, al suspirar de una manera sorda y con una
sinceridad que llegaba al alma: | -Sí, señor. | * * * | De la
Venta de Torbiscon bajamos a la anchurosa
rambla del mismo nombre; -lo cual demostraba
—220→
que nos íbamos aproximando al propio
Torbiscon, antigua capital de la
Contraviesa. | Pero ¡ay! antes de llegar allí, habíamos de
formar juicio de lo que significa una
rambla de la
Alpujarra... Esto es: habíamos de
sufrir todas las fatigas de los desiertos africanos, -como acabábamos de
saborear en el
río de Cádiar, a la bajada del
Puerto de Jubiley, todas las dulzuras de los
oasis. | Las mutaciones escénicas de
aquella jornada no podían ser más bruscas ni más
frecuentes. | ¡Calor y arena!...- He aquí
resumida la hora interminable (de las diez a las once) que pasamos subiendo la
Rambla de Torbiscon. | No corría un pelo de aire... Se respiraba fuego...
¡Ni un palmo de sombra por ningún lado!...- Hubiérase dicho
que viajábamos por el mismo globo del Sol, o que el Sol había
incendiado la Tierra. | ¡Arena, y calor
siempre..., o, a lo menos, hasta agotar nuestro sufrimiento!...-
Aniquilado todavía mi espíritu, sólo con el recuerdo de
aquella marcha, no encuentra mejor manera de definirla.- ¡Y eso que
estábamos en marzo! | No diré, pues, más.-
Añadid vosotros ahora toda la arena y todo el calor que os dé la
gana. | Quiso, al fin, Dios... (Pero
¿qué digo
al fin? ¡Aquel
fin fue sólo
de la primera, parte!) -Quiso Dios, de todas
maneras, que
Torbiscon apareciese a nuestros ojos, anclado
en la
rambla, y sirviendo como de cobertera a un
aplastado cerrete... | -¡Bendito sea el hombre, que ha
inventado los pueblos para que descansen los caminantes!...- pudimos
—221→
exclamar en aquel momento, plagiando al Luciano del siglo
XVIII. | Ello es que pusimos la proa a
Torbiscon, en busca de unos minutos de
respiro, no sin darnos cuenta de una particularidad muy rara: y era: que no
habíamos encontrado en todo el día ni un solo caminante en
ninguna de las sendas que habíamos recorrido. | * * * | A pesar de la meseta que sirve de
asiento a la noble y vetusta villa en que íbamos a entrar, diz que sus
habitantes recelan verla sepultada bajo olas de arena, o arrancada de cuajo, el
día que menos se lo figuren, por los espantosos aluviones que la
Contraviesa envía frecuentemente a
aquella endemoniada
rambla.- Profesan, pues, los torbisconenses
cierto linaje de cariño y de agradecimiento a un enorme y hermoso
peñón enclavado en medio de ella, un poco más arriba del
pueblo, precisamente en el puesto de mayor peligro, -el
Peñón de Pinos recuerdo ahora
que se nombra, -del cual esperan que seguirá protegiéndolos como
hasta aquí contra una furiosa acometida de las aguas. | Hacen bien en confiar en él...
¡Se lo digo yo! (Así se debe hablar en este mundo.) Aquel rudo
monolito, rodado de la próxima montaña durante algún
terremoto contemporáneo de Mathusalem, y donde quiebra y tuerce
visiblemente la primitiva proyección de las avenidas, es y será
inconmovible..., mientras no ocurra otro cataclismo como el que le hizo
establecerse allí; y, para tales contingencias (de
—222→
que
Dios libre ya a nuestro planeta; pues bueno está como se halla; sobre
todo para el poco tiempo que permanecemos en él
ahora los mortales: -¡Mathusalem
vivió novecientos diez y nueve años!), fuera un exceso de lujo
tomar ningún género de precauciones. | * * * | Torbiscon, donde
paramos una media hora, nos recordó aquellas ciudades, favoritas del
sol, que tan prodigiosamente describe Eugenio Fromentin en su libro
Un eté dans le Sahara.- ¡Tan
grato nos fue el sosiego de siesta que respiraba la villa! ¡Tan sabrosa
nos resultó la sombra de sus calles! ¡Tan intensamente meridional
encontramos todo su aspecto! ¡Y tan inestimable don del cielo nos
pareció allí el agua fresca! | Aparte de esto, la discreción y
afabilidad de aquellos de sus moradores con quienes cruzamos la palabra; el
aire grave y circunspecto que conserva aquella antigua residencia de poderosos
Corregidores y cabeza luego de un juzgado de primera instancia; el sentimiento
de respeto que no pudo menos de inspirarnos, como toda desgracia inmerecida, su
decadencia oficial; las noticias que teníamos de su actual riqueza
agrícola y de lo preciados que son sus frutos en España y en el
extranjero; y, finalmente, la consideración, que ya he apuntado antes,
de que aquella era la tradicional metrópoli de la
Contraviesa36,
—223→
fueron otras tantas razones para que la
imagen de
Torbiscon, siquier entrevista tan
ligeramente, se grabase en nuestra memoria con indelebles rasgos, y hacen que
me complazca hoy de este modo en su agradabilísimo recuerdo. | * * * | A la salida de
Torbiscon nos esperaba otra hora de angustias
semejantes a las que sufrimos a la entrada. | Es decir, que desde las puertas de la
villa hasta el pie de la
Contraviesa, caminamos siempre por aquella
perdurable
rambla, circuida de cerros, privada de toda
ventilación y cada vez más encendida. | Por eso nunca olvidaré el amor
que nos inspiraron otros dos o tres peñones, semejantes al de
Pinos, que encontramos de pie, enteramente
solos, en mitad de la arena, y escalonados a larga distancia uno de otro, como
gigantescas estatuas del dios Término, o más bien como Estaciones
o Ventas colocadas allí por el verdadero Dios para hacer posible la
travesía de aquel desconsolado erial... | Sobre todo, uno de ellos, más
alto que los demás, cuadrado y erguido como una torre, y algo
cóncavo por la cara que miraba al Septentrión, nos enamoró
de tal modo y obligó tanto nuestra gratitud que, si yo fuera Rey, lo
volvería a colocar sobre la montaña de que se desprendió
contra su gusto. | Porque habéis de saber que, entre
la escasa sombra
exterior (llamémosla así) que
el Peñón proyectaba
—224→
hacia el Norte a aquella hora,
y la sembra
interior, hija de su concavidad, resultaba,
en medio del reverberante y abrasado desierto, un espacio oscuro,
fresquísimo, recamado de húmedas hierbas, y hasta de flores
salvajes, capaz de contener, como contuvo, y de consolar, como consoló,
simultáneamente, a media docena de caballeros y algunos peones, -por
más que el sol pasara a la sazón por aquel meridiano. | Allí nos guarecimos, sí,
los que íbamos a vanguardia, y allí estuvimos como unos
príncipes, hasta que llegaron nuestros compañeros y
nos relevaron, como era justo;
quedándose ellos entonces de guarnición, por otros breves
instantes, en aquella umbrosa isla rodeada por un océano de fuego.-
Todos a la vez no habríamos cabido. | Partimos, pues, nosotros en busca de
otro
peñón; -pero ya no encontramos
ninguno; visto lo cual, y como prenda de cariño, bautizamos a
aquél desde muy lejos con el nombre de
Peñón de Zorrilla, en
conmemoración de estos dos gráficos versos del príncipe de
los trovadores: |
| [...] | | | | al ronco son de bárbara guitarra, | | | | debajo de un
peñón de la Alpujarra. | | |
|
| Pero, si no encontramos otro
peñón, en cambio pusimos los caballos al galope (a riesgo de que
se asfixiasen), con tal de salir de una vez de aquella insoportable
rambla... | Y, en efecto, gracias a un remedio tan
heroico, pocos minutos después nos vimos al
fin libres de
—225→
ella, arrimados a
una altísima montaña y guarecidos a la sombra de dos o tres
corpulentos árboles. | Allí principiaba una cuesta, que
se encaramaba desde luego de roca en roca con dirección a las
nubes... | -Por ahí tenemos que subir...-
nos dijo un alpujarreño. | -¡Mejor! -contestamos los
demás, hartos de arena y de llanura. | Era la famosa
Cuesta de Barriales. | Estábamos al pie de la
Contraviesa. |
La Alpujarra : sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia
Pedro Antonio de Alarcón
|








|
|