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Juan Eloy Díaz
Jiménez
Durante nuestra permanencia, por el otoño del año 1887, en el archivo de la catedral legionense con motivo de acompañar al distinguido bibliófilo el Dr. Rodolfo Beer; tomamos, si bien á la ligera, algunos apuntes que, por lo curiosos, creímos pudieran servir de algún provecho para el esclarecimiento de la historia de aquella antiquísima sede. Al registrar los códices y manuscritos de su rica librería, con ánimo de darlos á conocer, como lo hicimos en el siguiente año de 1888, pusimos particular empeño en recoger cuantos datos y noticias existieran respecto á la historia de aquel archivo y á las tareas de los doctos varones que emplearon el talento y consumieron las fuerzas en descifrar, reunir y ordenar los numerosos documentos que, á través de largos siglos, han depositado profusamente en aquel privilegiado tesoro las manos de los grandes, de los prelados y de los reyes. Estas noticias y aquellos datos son los que nos proponemos
comunicar á la Real Academia de la Historia por medio de una
Entre los muchos asuntos dignos de atención para el hombre erudito que visite el archivo de la catedral de León, elegimos, al presente, el examen y estudio de las obras póstumas de D. Carlos Espinós del Pí, canónigo que fue de aquella santa iglesia desde el año 1741 al 1777. Tres poderosas razones nos obligan á concederle esta preferencia: el desconocimiento que se tiene en nuestra centuria de sus producciones; la necesidad de las mismas para registrar con fruto y dirigir con acierto las investigaciones en aquel archivo eclesiástico, y por último, el inmenso partido que sacó de ellas el primer continuador de la España Sagrada al redactar «las memorias de la Iglesia de León.» Dos son los manuscritos que de Espinós se conservan y cuyos títulos se conocen en el mundo erudito por haberlos transcrito, en la obra últimamente citada, el R. P. Maestro Fr. Manuel Risco492. Forma el primero, encuadernado en pasta, un folio menor de 330 hojas y contiene una copia del escrito sobre la antigüedad, exención y catálogo de los prelados legionenses, debida á la pluma del que también lo fue á fines del siglo XVI, el Ilustrísimo Sr. D. Francisco Trujillo. La copia se halla dispuesta de manera que, dejando en blanco las dos terceras partes de cada folio, pueden notarse á su pie las adiciones y reparos que se estimaren oportunas: oficio que D. Carlos Espinós cumplió á satisfacción del Excmo. Sr. D. Francisco de Lorenzana, arzobispo de Toledo, quien sabedor de la pericia que distinguía á nuestro sabio canónigo en semejantes asuntos, no dudó en honrarle con misión tan delicada. El libro aparece encabezado por su anotador con las siguientes
palabras: «D. Carlos Espinós del Pí, canónigo de la
Santa Iglesia Catedral de León y archivista que ha sido de ella,
á los que leyeren la presente obra » y sigue un prólogo en
el que se exponen los motivos que tuvo el arzobispo para encargar este trabajo.
El
Tiene dicho autógrafo 31 cm. de largo por 25 de ancho, el número de sus hojas es de 169 y por término medio, en cada página, se hallan trazadas 44 líneas de una letra regularmente formada, bastante unida y muy clara. Cúbrele un forro de pergamino y está convenientemente marginado, á fin de que, con holgura, puedan hacerse las llamadas, rectificaciones y advertencias que ocurren con frecuencia en estos escritos, tanto por su índole especial, como por el cotejo que se necesita hacer de los instrumentos entre sí y de estos con los libros á los que posteriormente fueron trasladados. El contenido es un extracto, dispuesto por orden cronológico, de los documentos que se custodian en el archivo de la catedral. Da principio con la escritura otorgada por el rey D. Silo, á 10 de las Kal. de Setiembre (23 Agosto, 775) era 813, y termina con la en que D. Alfonso V restituye á la Iglesia de León la propiedad de la villa de Villarevel, fechada á 4 de las Non. de Agosto de la era 1064 (2 Agosto, 1026). Divídese la «Serie Cronológica» en dos partes: la primera llega hasta la era 999, cerrándose con la escritura de donación hecha á favor del cenobio de los santos mártires Cosme y Damián por el presbítero Heyret, á 8 de los Idus (día 8) de Mayo, y la segunda que principia con otra donación al abad Godesteo, termina con el ya citado documento de la era 1064. Los documentos que se registran, así originales como transcritos en el Tumbo, ascienden al número de 375; de los cuales, 70 pertenecen á la clase de los primeros y el resto á la de los segundos. En las márgenes del manuscrito consigna Espinós
las eras y agrupa seguidamente, dentro de cada una, cuantos instrumentos
¿Qué motivos le impulsaron á emprender tan ímproba labor? El mismo Espinós los declara en el Prólogo de su «Serie» con estas palabras: «... me ciño á demostrar la serie y coordinación de las escrituras de nuestro archivo. A esto me ha movido, primeramente, el haber encontrado muchos pergaminos, hasta ahora ni copiados ni aun reparados, que contienen excelentes noticias con las cuales no solo se puede ilustrar la historia de nuestra Iglesia sino la de España en general; en segundo lugar, haber encontrado erradas las datas de muchas de nuestras escrituras por incuria de los copiantes, lo que sucede igualmente en las de otros archivos que suben á tanta antigüedad, y últimamente el haber hallado mucha confusión en algunas, que solo se podrá aclarar con la dependencia y concatenación de unas con otras.» Nuestro escritor recogió cuantos pergaminos hubo á la mano y formó con ellos 18 legajos, de los que 8 forman el conjunto de documentos que designa con el nombre de Miscelánea, por la heterogeneidad de los mismos. El asiduo trabajo de hombre tan competente inauguró, á no dudarlo, una nueva era en los estudios sobre la historia de la Iglesia legionense, preparando con sus elucubraciones el seguro camino que, once años más tarde, había de recorrer el P. M. del Colegio de doña María de Aragón. Lo que principalmente avalora la producción que
examinamos, son las consideraciones que preceden en unos casos, y siguen en
otros á las escrituras. Por aquellas se esclarecen algunos hechos de la
historia, dánse á conocer otros hasta entonces ignorados, se
resuelven no pocas dudas cronológicas y son de tal naturaleza los
preceptos paleográficos aplicados á la lectura de los
instrumentos de aquel archivo eclesiástico, que más que una
simple
Cómo apreció Risco el mérito de semejantes estudios, lo manifiesta el tributo de agradecimiento y respeto que rindió á su autor con estas palabras: «El segundo cuyos trabajos me han dado mucha luz, es el mismo canónigo D. Carlos Espinós, que además de las notas mencionadas, emprendió, con ocasión del encargo precedente, otra obra (se refiere á la «Serie cronológica») aún más importante para común y particular esplendor de su Iglesia... Esta obra se guarda también en el archivo legionense con otros varios y eruditos apuntamientos del autor, cuya memoria debe durar eternamente en nuestra nación, así por habernos franqueado el tesoro precioso y escondido de las epístolas de San Braulio, como por haber empleado lo mas florido y vigoroso de su edad en registrar y deletrear, como él dice, los monumentos de su Iglesia»493. No pecan de exageradas estas frases, antes bien creemos que el continuador de Florez se quedó algo corto en el elogio; pues la lectura de los manuscritos de Espinós trae sin esfuerzo á la memoria los principales fundamentos sobre los que aquel apoya su sana y segura crítica. En la imposibilidad de hacer un detenido cotejo de lo que ambos escribieron sobre la Iglesia de León, sin faltar á la sobriedad de un informe, nos circunscribiremos á exponer algunas consideraciones suficientes para demostrar nuestro aserto. El episcopologio formado por Risco, desde Cixila I, en el
año 853, hasta el de 1026 en el que Servando regía los destinos
de la diócesis, está calcado en el de Espinós, tanto por
lo que se relaciona con la sucesión de los obispos, cuanto por lo que se
refiere al comienzo y fin de sus respectivos pontificados. La única
diferencia que existe es la de que Espinós cree que desde 911 á
928 ocuparon la silla episcopal dos Frunimios y Cixila II, al cual
La colocación de D. Sebastián entre los prelados D. Pelayo y D. Pedro, en 1085495; las investigaciones sobre el origen nobiliario, apellido y excelentes servicios prestados á la Iglesia y el Estado por el obispo D. Juan Albertino, que ocupó la Sede desde 1139 á 1181496; el lugar que corresponde al Sr. D. Juan Ramírez de Guzmán y la eliminación del episcopologio del cardenal Pelagio Albano, á quien el Ilmo. Trujillo da cabida con el nombre de Pedro Albano497; todo, todo esto, unido á cuantos documentos alega Risco para su dilucidación, se desenvuelve satisfactoriamente en las notas que puso Espinós al manuscrito sobre la antigüedad de la Iglesia de León escrito por Trujillo. Como Risco no aduce los motivos que le obligaron á no considerar como obispo de León á D. Pedro Albano, citaremos lo que dice Espinós, y de este modo sus mismas palabras pondrán de manifiesto su ingenio para este género de disquisiciones: «Este capítulo (dice el prebendado) es ocioso
porque no hubo en esta Iglesia tal obispo Pedro Albano, ni sujeto con este
nombre. Nació esto de haber equivocado á este imaginario obispo
con nuestro reformador el cardenal Pelagio, obispo Albanense ó de
Albano. El error está, en que la confirmación del Rey San
Fernando, que aquí se cita, lo es de un privilegio concedido por la
reina su madre á los vecinos de Gusendos, á 3 de las Kal. de
Enero, era 1262, año 1224, á contemplación del cardenal
Pelagio que entonces era señor de aquel lugar..... y con este motivo se
nombra allí de esta suerte:
P. Alban. Ep.; pero como hubieran de leer
Pelagii Albanensis Episcopi, leyeron,
Petri Albani Episcopi, y confundiendo la
data de la confirmación de San Fernando,
Sigue Risco sus pasos al citar los testimonios que demuestran la antigüedad de la Sede legionense, entre ellos la escritura de donación al monasterio de Santiago, otorgada por el Abad Iquilano, á 6 de las Kal. de Julio de la era 955 (26 Junio, 917), y la en que dota espléndidamente á su Iglesia Frunimio II498. Otro tanto se observa al determinar el sitio que en lo antiguo ocupó la catedral y el origen y vicisitudes por que atravesó la construcción de su actual y admirable fábrica; siendo digno de notar que respecto á este extremo, repitió Risco, puntualmente, cuantos testimonios y argumentos consignó D. Carlos Espinós499. Aprovechó en buena parte las memorias de la «Serie
Cronológica», para escribir la Historia de los Monasterios
situados
intramuros de la ciudad, tales como los de
Santa Cristina, San Juan, San Pelayo, San Vicente, San Julián y muy
particularmente la del Monasterio de Santiago500. Le es asimismo deudor de las primeras noticias sobre los
orígenes de los Monasterios más antiguos del Reino de León
á contar desde el año 905 hasta el de 967, dentro de cuyos 62
años se fundan los de San Cosme y San Damián, San Cipriano,
Rozuela, el eremitorio de Parameno,
La cronología de los monarcas leoneses se enmendó, no poco, con el estudio de las escrituras del archivo capitular. Precisó Espinós el comienzo del reinado de Fruela II, en el día de los Id. de Julio de la era 963 (15 de Julio del año 925) y extendió el de D. Alfonso IV hasta la era 969 (año 931)501. Procura demostrar, frente á las aseveraciones de algunos historiadores, que el rey D. Ordoño III, ni en la era 992, ni en la de 994, había repudiado á su mujer Doña Urraca, aduciendo al efecto tres escrituras de donación, en las que aparecen unidas las firmas de los dos monarcas consortes502. Retrotrae al 12 de Enero de 958 (era 996) la usurpación que D. Ordoño, llamado el Malo, hizo á su hermano D. Sancho I, del trono de León, y antes que otro alguno, da conocimiento de las revueltas intestinas alentadas y dirigidas, en el reinado de Bermudo II, por Conancio y D. Gonzalo503 y de la verdadera filiación de doña Elvira, segunda mujer de aquel monarca, hija, no del Rey de Navarra D. García sino del conde de Castilla del mismo nombre y de la condesa doña Ava504. No descuidó las investigaciones geográficas.
Dióle propicia ocasión para ello el maduro y detenido examen que
hizo de los documentos de su iglesia; pasando de ciento las villas, lugares y
territorios cuyos nombres y situaciones respectivas determina en
correspondencia
Pone en juego sus conocimientos, nada comunes, en la Historia eclesiástica, al tratar de la antigüedad de la iglesia legionense y al dilucidar la cuestión sobre si esta fué ó no una misma con la sede de Astorga, bajo la dominación de romanos y godos. Revela tantas veces su pericia en interpretar los instrumentos del archivo catedral, que se ve uno perplejo para elegir una muestra del conocimiento que poseía de la diplomática y de la paleografía. Nos contentaremos con apuntar que es notable la defensa que hace, contra la opinión del P. Lobera, de la legitimidad del testamento de Ordoño II, tan importante para el conocimiento de los límites del obispado de León en la primera mitad del siglo X, y que no es menos curiosa la clasificación de las escrituras de más difícil inteligencia. Respecto á este particular no resistimos la tentación de insertar sus mismas palabras: «Hay (dice) otro género de escrituras que podemos llamar compuestas, porque llevan insertas otras anteriores ó parte de ellas, y en las que se ven dos clases de firmas; unas del tiempo de la escritura principal y otras de la que va inserta, y es menester precaución para no confundirlas, pues los amanuenses ó copiantes no guardan, á veces, el orden debido. »Las escrituras compuestas pueden ser de tres clases:
1.ª, cuando en el cuerpo de la escritura posterior se inserta la anterior
sin confusión, como se ve en la escritura del monasterio de Valdemimbre,
Á fin de no cansar por más tiempo la benévola atención de la Real Academia, cerraremos estas líneas con los escasísimos datos biográficos que hemos podido adquirir de tan ilustre prebendado y notable escritor. Nació en la ciudad de Barcelona en el año 1712, de
padres artesanos (de oficio galoneros), fue bautizado el día 15 de Mayo
del mismo año en la iglesia parroquial de Santa María del Mar, y
se le pusieron los nombres de Jacinto, Carlos, Andrés, Isidro y
José. De los veintinueve años subsiguientes de su vida, nada
sabemos hasta el presente, si bien nos proponemos tener muy pronto nuevas
noticias. En Agosto de 1741 aparece nombrado canónigo de la Santa
Iglesia Catedral de León por su paisano el Ilmo. prelado Sr. D.
José Lupiá y Roger, ocupando la vacante que resultó por
fallecimiento de D. Clemente Ibáñez, dando principio á su
residencia el día 1.º de Setiembre del expresado año.
Honrado, según él mismo dice, con el nombramiento de archivero,
desempeñó el cargo con el celo é inteligencia, de que son
fehaciente prueba los trabajos que hemos analizado y las
constituciones de su
capítulo,
Agobiado, más que por el peso de los años, por los achaques que contrajo con la fatiga de tan incesantes tareas, pasó á mejor vida el día 29 de Junio del año 1777. Madrid 13 de Febrero de 1889. Juan Eloy Díaz
Jiménez
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