 Doña Berta; Cuervo; Superchería
Leopoldo Alas

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 Doña Berta
 - I -
Hay un lugar en el Norte de España adonde no llegaron
nunca ni los romanos ni los moros; y si doña Berta
de Rondaliego, propietaria de este escondite verde y silencioso,
supiera algo más de historia, juraría que jamás
Agripa, ni Augusto, ni Muza, ni Tarick habían puesto
la osada planta sobre el suelo, mullido siempre con tupida
hierba fresca, jugosa, obscura, aterciopelada y reluciente,
de aquel rincón suyo, todo suyo, sordo, como ella,
a los rumores del mundo, empaquetado en verdura espesa de
árboles infinitos y de lozanos prados, como ella lo
está en franela amarilla, por culpa de sus achaques.
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Pertenece el rincón de hojas y hierbas de doña
Berta a la parroquia de Pie del Oro, concejo de Carreño,
partido judicial de Gijón; y dentro de la parroquia
se distingue el barrio de doña Berta con el nombre
de Zaornín, y dentro del barrio se llama Susacasa
la hondonada frondosa, en medio de la cual hay un gran prado
que tiene por nombre Aren. Al extremo Noroeste del prado
pasa un arroyo orlado de altos álamos, abedules y
cónicos humeros de hoja obscura, que comienza a rodear
en espiral el tronco desde el suelo, tropezando con la hierba
y con las flores de las márgenes del agua. El arroyo
no tiene allí nombre, ni lo merece, ni apenas agua
para el bautizo; pero la vanidad geográfica de los
dueños de Susacasa lo llamó desde siglos atrás
el río, y los vecinos de otros lugares del mismo barrio,
por desprecio al señorío de Rondaliego, llaman
al tal río el regatu, y lo humillan cuanto pueden,
manteniendo incólumes capciosas servidumbres que atraviesan
la corriente del cristalino huésped fugitivo del Aren
y de la llosa; y la atraviesan ¡oh sarcasmo!, sin necesidad
de puentes, no ya romanos, pues queda dicho que por allí
los
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romanos no anduvieron; ni siquiera con puentes que fueran
troncos huecos y medio podridos, de verdores redivivos al
contacto de la tierra húmeda de las orillas. De estas
servidumbres tiranas, de ignorado y sospechoso origen, democráticas
victorias sancionadas por el tiempo, se queja amargamente
doña Berta, no tanto porque humillen el río,
cruzándole sin puente (sin más que una piedra
grande en medio del cauce, islote de sílice, gastado
por el roce secular de pies desnudos y zapatos con tachuelas),
cuanto porque marchitan las más lozanas flores campestres
y matan, al brotar, la más fresca hierba del Aren
fecundo, señalando su verdura inmaculada con cicatrices
que lo cruzan como bandas un pecho; cicatrices hechas a patadas.
Pero dejando estas tristezas para luego, seguiré diciendo
que más allá y más arriba, pues aquí
empieza la cuesta, más allá del río
que se salta sin puentes ni vados, está la llosa,
nombre genérico de las vegas de maíz que reúnen
tales y cuales condiciones, que no hay para qué puntualizar
ahora; ello es que cuando las cañas crecen, y sus
hojas, lanzas flexibles, se columpian ya sobre el tallo,
inclinadas
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en graciosa curva, parece la llosa verde mar
agitado por las brisas. Pues a la otra orilla de ese mar
está el palacio, una casa blanca, no muy grande, solariega
de los Rondaliegos, y ella y su corral, quintana, y sus dependencias,
que son: capilla, pegada al palacio, lagar (hoy convertido
en pajar), hórreo de castaño con pies de piedra,
pegollos, y un palomar blanco y cuadrado, todo aquello junto,
más una cabaña con honores de casa de labranza,
que hay en la misma falda de la loma en que se apoya el palacio,
a treinta pasos del mismo; todo eso, digo, se llama Posadorio.
 - II -
Viven solas en el palacio doña Berta y Sabelona.
Ellas y el gato, que, como el arroyo del Aren, no tiene nombre
porque es único, el gato, su género. En la
casa de labor vive el casero, un viejo, sordo como doña
Berta, con una hija casi imbécil que, sin embargo,
le ayuda en sus faenas como un gañán forzudo,
y un criado, zafio siempre, que cada pocos días es
otro; porque el viejo sordo es
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de mal genio, y despide a
su gente por culpas leves. La casería la lleva a medias.
Aun entera valdría bien poco; el terreno tan verde,
tan fresco, no es de primera clase, produce casi nada: doña
Berta es pobre, pero limpia, y la dignidad de su señorío
casi imaginario consiste en parte en aquella pulcritud que
nace del alma. Doña Berta mezcla y confunde en sus
adentros la idea de limpieza y la de soledad, de aislamiento;
con una cara de pascua hace la vida de un muni... que hilara
y lavara la ropa, mucha ropa, blanca, en casa, y que amasara
el pan en casa también. Se amasa cada cinco o seis
días; y en esta tarea, que pide músculos más
fuertes que los suyos y aun los de la decadente Sabel, las
ayuda la imbécil hija del casero; pero hilar, ellas
solas, las dos viejas: y cuidar de la colada, en cuanto vuelve
la ropa del río, ellas solas también. La huerta
de arriba se cubre de blanco con la ropa puesta a secar,
y desde la caseta del recuesto, que todo lo domina, doña
Berta, sorda, callada, contempla risueña, y dando
gracias a Dios, la nieve de lino inmaculado que tiene a los
pies, y la verdura, que también parece lavada, que
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sirve de marco a la ropa, extendiéndose por el bosque
de casa, y bajando hasta la llosa y hasta el Aren; el cual
parece segado por un peluquero muy fino, y casi tiene aires
de una persona muy afeitada, muy jabonada y muy olorosa.
Sí. Parece que le cortan la hierba con tijeras y luego
lo jabonan y lo pulen: no es llano del todo, es algo convexo,
se hunde misteriosamente allá hacia los humeros, al
besar el arroyo; y doña Berta mil veces deseó
tener manos de gigante, de un día de bueyes cada una,
para pasárselas por el lomo al Aren, ni más
ni menos que se las pasa al gato. Cuando está de mal
humor, sus ojos, al contemplar el prado, se detienen en las
dos sendas que lo cruzan; manchas infames, huellas de la
plebe, de los malditos destripaterrones que, por envidia,
por moler, por pura malicia, mantienen sin necesidad, sin
por qué ni para qué, aquellas servidumbres
públicas, deshonra de los Rondaliegos. Por aquí
no se va a ninguna parte; en Zaornín se acaba el mundo;
por Susacasa jamás atravesaron cazadores, ejércitos,
bandidos, ni pícaros delincuentes; carreteras y ferrocarriles
quédanse allá lejos; hasta los
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caminos vecinales
pasan haciendo respetuosas eses por los confines de aquella
mansión embutida en hierba y follaje; el rechino de
los carros se oye siempre lejano, doña Berta ni lo
oye... y los empecatados vecinos se empeñan en turbar
tanta paz, en manchar aquellas alfombras con senderos que
parecen la podre de aquella frescura, senderos en que dejan
las huellas de los zapatones y de los pies desnudos y sucios,
como grosero sello de una usurpación del dominio absoluto
de los Rondaliegos. ¿Desde cuándo puede la chusma
pasar por allí? «Desde tiempo inmemorial», han dicho
cien veces los testigos. «¡Mentira! -replica doña
Berta-. ¡Buenos eran los Rondaliegos de antaño para
consentir a los sarnosos marchitarles con los calcaños
puercos la hierba del Aren!». Los Rondaliegos no querían
nada con nadie; se casaban unos con otros, siempre con parientes,
y no mezclaban la sangre ni la herencia; no se dejaban manchar
el linaje ni los prados. Ella, doña Berta, no podía
recordar, es claro, desde cuándo había sendas
públicas que cruzaban sus propiedades; pero el corazón
le daba que todo aquello debía de ser desde la caída
del antiguo régimen,
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desde que había liberales
y cosas así por el mundo. «Por aquí no se
va a ninguna parte, este es el finibusterre del mundo», dice
doña Berta, que tiene caprichosas nociones geográficas;
un mapa-mundi homérico, por lo soñado; y piensa
que la tierra acaba en punta, y que la punta es Zaornín,
con Susacasa, el prado Aren y Posadorio. «Ni los moros ni
los romanos pisaron jamás la hierba del Aren», dice
ella un día y otro día a su fidelísima
Sabelona (Isabel grande), criada de los Rondaliegos desde
los diez años, y por la cual tampoco pasaron moros
ni cristianos, pues aún es tan virgen como la parió
su madre, y hace de esto setenta inviernos. «¡Ni los moros
ni los romanos!» repite por la noche doña Berta, a
la luz del candil, junto al rescoldo de la cocina, que tiene
el hogar en el suelo; y Sabelona inclina la cabeza, en señal
de asentimiento, con la misma credulidad ciega con que poco
después repite arrodillada los actos de fe que su
ama va recitando delante. Ni doña Berta ni Isabel
saben de romanos y moros cosa mayor, fuera de aquella noticia
negativa de que
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nunca pasaron por allí; tal vez no
tienen seguridad completa de la total ruina del Imperio de
Occidente ni de la toma de Granada, que doña Berta,
al fin más versada en ciencias humanas, confunde un
poco con la gloriosa guerra de África, y especialmente
con la toma de Tetuán: de todas suertes, no creen
ni una ni otra tan remotas, como lo son, en efecto, las respectivas
dominaciones de agarenos y romanos; y en definitiva, romanos
y moros vienen a representar para ambas, como en símbolo,
todo lo extraño, todo lo lejano, todo lo enemigo;
y así, cuando algún raro interlocutor osó
decirles que los franceses tampoco llegaron jamás,
ni había para qué, a Susacasa, ellas se encogieron
de hombros; como diciendo: «Bueno, todo eso quiere decir
lo de moros y romanos». Y es que esta manía, hereditaria
en los Rondaliegos, le viene a doña Berta de tradición
anterior a la invasión francesa.
 - III -
¡Ay, los liberales! Esos sí habían llegado
a Posadorio. Se ha hablado antes de la virginidad intacta
de Sabelona. El lector habrá
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supuesto que doña
Berta era viuda, o que su virtud se callaba por elipsis.
Virtuosa era..., pero virgen no; soltera sí. Si Sabel
se hubiera visto en el caso de su ama, no estaría
tan entera. Bien lo comprendía, y por eso no mostraba
ningún género de superioridad moral respecto
de su señora. Había sido una desgracia, y bien
cara se había pagado, desgracia y todo. Eran los Rondaliegos
cuatro hermanos y una hermana, Berta, huérfanos desde
niños. El mayorazgo, don Claudio, hacía de
padre. La limpieza de la sangre era entre ellos un culto.
Todos buenos, afables, como Berta, que era una sonrisa andando,
hacían obras de caridad... desde lejos. Temían
al vulgo, a quien amaban como hermano en Cristo, no en Rondaliego;
su soledad aristocrática tenía tanto de ascetismo
risueño y resignado, como de preocupación de
linaje. La librería de la casa era símbolo
de esas tendencias; apenas había allí más
que libros religiosos, de devoción recogida y desengañada,
y libros de blasones; por todas partes la cruz; y el oro,
y la plata, y los gules de los escudos estampados en vitela.
Un Rondaliego, tres o cuatro generaciones atrás, había
aparecido
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muerto en un bosque, en la Matiella, a media legua
de Posadorio, asesinado por un vecino, según todas
las sospechas. Desde entonces toda la familia guardaba la
espalda hasta al repartir limosna. El mayor pecado de los
Rondaliegos era pensar mal de la plebe a quien protegían.
Por su parte, los villanos, tal vez un día dependientes
de Posadorio, recogían con gesto de humillación
servil los beneficios, y a solapo se burlaban de la decadencia
de aquel señorío, y mostraban, siempre que
no hubiese que dar la cara, su falta de respeto en todas
las formas posibles. Para esto, los ayudaban un poco las
nuevas leyes, y la nueva política especialmente. El
símbolo de las libertades públicas (que ellos
no llamaban así, por supuesto) era para los vecinos
de Pie del Oro el desprecio creciente a los Rondaliegos,
y la sanción legal que a tal desprecio los alentaba,
mediante recargo de contribución al distribuirse la
del concejo, trabajo forzoso y desproporcionado en las sextaferias,
abandono de la policía rural en los límites
de Zaornín, y singularmente de Susacasa, con otros
cien alfilerazos disimulados, que iban siempre a cuenta del
Ayuntamiento,
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de la ley, de los nuevos usos, de los pícaros
tiempos. En cuanto al despojo de fruta, hierba, leña,
etc., ya no se podía culpar directamente a la ley,
que no llegaba a tanto como autorizar que se robase de noche
y con escalamiento a los Rondaliegos; pero si no la ley,
sus representantes, el alcalde, el juez, el pedáneo,
según los casos, ayudaban al vecindario con su torpeza
y apatía, que no les consentían tropezar jamás
con los culpables. Todo esto había sido años
atrás; la buena suerte de los Rondaliegos fue la esquivez
topográfica de su dominio: si su carácter,
el de la familia, los alejaba del vulgo, la situación
de su casa también parecía una huida del mundo;
los pliegues del terreno y las espesuras del contorno, y
el no ser aquello camino para ninguna parte, fueron causa
del olvido que, con ser un desprecio, era también
la paz anhelada. «Bueno -se decían para sus adentros
los hermanos de Posadorio-; el siglo, el populacho aldeano,
nos desprecia, y nosotros a él; en paz». Sin embargo,
siempre que había ocasión, los Rondaliegos
ejercían su caridad por aquellos contornos.
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Todos
los hermanos permanecían solteros; eran fríos,
apáticos, aunque bondadosos y risueños. El
ídolo era el honor limpio, la sangre noble inmaculada.
En Berta, la hermana, debía estar el santuario de
aquella pureza. Pero Berta, aunque de la misma apariencia
que sus hermanos, blanca, gruesa, dulce, reposada de gestos,
voz y andares, tenía dentro ternuras que ellos no
tenían. El hermano segundo, algo literato, traía
a casa novelas de la época, traducidas del francés.
Las leían todos. En los varones no dejaban huella;
en Berta hacían estragos interiores. El romanticismo,
que en tantos vecinos y vecinas de las ciudades y villas
era pura conversación, a lo más, pretexto para
viciucos, en Posadorio tenía una sacerdotisa verdadera,
aunque llegaba hasta allí en ecos de ecos, en folletines
apelmazados. Jamás pudieron sospechar los hermanos
la hoguera de idealidad y puro sentimentalismo que tenían
en Posadorio. Ni aun después de la desgracia dieron
en la causa de ella, pensando en el romanticismo; la atribuyeron
al azar, a la ocasión, a la traición, que culpa
tuvieron también; tal vez el peor pensado llegó
hasta pensar en la
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concupiscencia, que por parte de Berta no hubo; sólo no se acordó nadie del amor inocente, de un corazón que se derrite al contacto del fuego que adora. Berta se dejó engañar con todas las veras de su alma. La historia fue bien sencilla; como la de sus libros: todo pasó lo mismo. Llegó el capitán, un capitán de los cristinos; venía herido; fugitivo; cayó desmayado delante de la portilla de la quinta; ladró el perro; llegó Berta, vio la sangre, la palidez, el uniforme, y unos ojos dulces, azules, que pedían piedad, tal vez cariño; ella recogió al desgraciado, le escondió en la capilla de la casa, abandonada, hasta pensar si haría bien en avisar a sus hermanos, que eran, como ella, carlistas, y acaso entregarían a los suyos al fugitivo, si los suyos pasaban por allí y le buscaban. Al fin era un liberal, un negro. Pensó bien, y acertó. Reveló su secreto, los hermanos aprobaron su conducta, el herido pasó de la tarima de la capilla a las plumas del mejor lecho que había en la casa; todos callaron. La facción, que pasó por allí, no supo que tenía tan cerca a tal enemigo, que había sido azote de los blancos. Dos meses cuidó Berta al liberal con sus propias manos, solícita, enamorada ya desde el primer día; los hermanos la dejaban cuidar y enamorarse; la dejaban hacer servicios de amante esposa que tiene al esposo moribundo; y esperaban que ¡naturalmente!, el día en que el enfermo pudiera abandonar a Posadorio, todo afecto se acabaría; la señorita de Rondaliego sería una extraña para el capitán garrido, que todas las noches lloraba de agradecimiento, mientras los hermanos roncaban y la hermana velaba, no lejos del lecho, acompañada de una vieja y de Sabel, entonces lozana doncella.
Cuando el capitán pudo levantarse y pasear por la huerta, dos de los hermanos, entonces presentes en Posadorio (los otros dos, el mayor y el último, habían ido a la ciudad por algunos días), vieron en el negro a un excelente amigo, capaz de distraerlos de su resignado aburrimiento; la simpatía entre los carlistas y el liberal creció de día en día; el capitán era expansivo, tierno, de imaginación viva y fuerte; quería, y se hacía querer; y a más de eso, animaba a los linfáticos Rondaliegos a inocentes diversiones, como asaltos de armas, que él dirigía, sin tomar en ellos parte muy activa, juegos de
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ajedrez y de naipes, y leía
en voz alta, con hermosa entonación, blanda y rítmica,
que los adormecía dulcemente, después de la
cena, a la luz del velón vetusto del salón
de Posadorio, que resonaba con las palabras y con los pasos.
 - IV -
Llegó el día en que el liberal se creyó
obligado por delicadeza a anunciar su marcha, porque las
fuerzas, recobradas ya, le permitían volver al campo
de batalla en busca de sus compañeros. Dejaba allí
el alma, que era Berta; pero debía partir. Los hermanos
no se lo consintieron; le dieron a entender con mil rodeos
que cuanto más tardara en volver a luchar contra los
carlistas, mejor pagaría aquella hospitalidad y aquella
vida que decía deber a los Rondaliegos. Además,
y sobre todo, ¡les era tan grata su compañía!
Vivían unos y otros en una deliciosa interinidad,
olvidados de los rencores políticos, de todo lo que
estaba más allá de aquellos bosques, marco
verde del cuadro idílico de Susacasa. El capitán
se
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dejó vencer; permaneció en Posadorio más
tiempo del que debiera; y un día, cuando las fuerzas
de su cuerpo y la fuerza de su amor habían llegado
a un grado de intensidad que producía en él
una armonía deliciosa y de mucho peligro, cayó,
sin poder remediarlo, a los pies de Berta, en cuanto la ocasión
de verla sola vino a tentarle. Y ella, que no entendía
palabra de aquellas cosas, se echó a llorar; y cuando
un beso loco vino a quemarle los labios y el alma, no pudo
protestar sino llorando, llorando de amor y miedo, todo mezclado
y confuso. No fue aquel día cuando perdió el
honor, sino más adelante; en la huerta, bajo un laurel
real que olía a gloria; fue al anochecer; los hermanos,
ciegos, los habían dejado solos en casa, a ella y
al capitán; se habían ido a cazar, ejercicio
todavía demasiado penoso para el convaleciente que
quería ir a la guerra antes de tiempo. Cantaba un
ruiseñor solitario en la vecina carbayeda; un ruiseñor
como el que oía arrobada de amor la sublime santa
Dulcelina, la hermana del venerable obispo Hugues de Dignes.
«¡Oh; qué canto solitario el de ese pájaro!»
dijo la Santa, y en seguida
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se quedó en éxtasis
absorta en Dios por el canto de aquel ave. Así habla
Salimbeno. Así se quedó Berta; el ruiseñor
la hizo desfallecer, perder las fuerzas con que se resiste,
que son desabridas, frías; una infinita poesía
que lo llena todo de amor y de indulgencia le inundó
el alma; perdió la idea del bien y el mal; no había
mal; y absorta por el canto de aquel ave, cayó en
los brazos de su capitán, que hizo allí de
Tenorio sin trazas de malicia. Tal vez si no hubiese estado
presente el liberal, que le debía la vida a ella,
Berta, escuchando aquella tarde al solitario ruiseñor,
se hubiera jurado ser otra Dulcelina, y amar a Dios, y sólo
a Dios, con el dulce nombre de Jesús, en la soledad
del claustro, o como Santa Dulcelina, en el mundo, en el
siglo, pero en aquel siglo de Susacasa, que era más
solitario que un convento; de todas suertes, de seguro aquel
día, a tal hora, bajo aquel laurel, ante aquel canto,
Berta habría llorado de amor infinito, hubiera consagrado
su vida a su culto. Cuando las circunstancias permitieron
ya al capitán pensar en el aspecto civil de su felicidad
suprema, se ofreció a sí mismo, a fuer de
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amante y caballero, volver cuanto antes a Posadorio, renunciar
a sus armas y pedir la mano de su esposa a los hermanos,
que a un guerrero liberal no se la darían. Berta,
inocente en absoluto, comprendió que había
pasado algo grave, pero no lo irreparable. Calló,
más por la dulzura del misterio que por terror de
las consecuencias de sus revelaciones. El capitán
prometió volver a casarse. Estaba bien. No estaba
de más eso; pero la dicha ya la tenía ella
en el alma. Esperaría cien años. El capitán,
como un cobarde, huye el peligro de la muerte; vuelve a sus
banderas por ceremonia, por cumplir, dispuesto a salvar el
cuerpo y pedir la absoluta; su vida no es suya, piensa él,
es del honor de Berta. Pero el hombre propone y el héroe
dispone. Una tarde, a la misma hora en que cantaba el ruiseñor
de Berta y de Santa Dulcelina, el capitán liberal
oye cantar al bronce el himno de la guerra; como un amor
supremo; la muerte gloriosa le llama desde una trinchera;
sus soldados esperan el ejemplo, y el capitán lo da;
y en un deliquio de santa valentía entrega el cuerpo
a las balas, y el alma a Dios, aquel bravo que sólo
fue feliz
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dos veces en la vida, y ambas para causar una
desgracia y engendrar un desgraciado. Todo esto, traducido
al único lenguaje que quisieron entender los hermanos
Rondaliegos, quiso decir que un infame liberal, mancillando
la hospitalidad, la gratitud, la amistad, la confianza, la
ley, la virtud, todo lo santo, les había robado el
honor y había huido. Jamás supieron de él.
Berta tampoco. No supo que el elegido de su alma no había
podido volver a buscarla para cumplir con la Iglesia y con
el mundo, porque un instinto indomable le había obligado
a cumplir antes con su bandera. El capitán había
salido de Zaornín al día siguiente de su ventura;
de la deshonra que allí dejaba no se supo, hasta que,
con pasmo y terror de los hermanos, con pasmo y sin terror
de Berta, la infeliz cayó enferma de un mal que acabó
en un bautizo misterioso y oculto, en lo que cabía,
como una ignominia. Berta comenzó a comprender su
falta por su castigo. Se le robó el hijo, y los hermanos,
los ladrones, la dejaron sola en Posadorio con Isabel y otros
criados. La herencia, que permanecía sin dividir,
se partió, y a Berta se le dejó,
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además
de lo poco que le tocaba, el usufructo de todo Susacasa,
Posadorio inclusive: ya que había manchado la casa
solariega pecando allí, se le dejaba el lugar de su
deshonra, donde estaría más escondida que en
parte alguna. Bien comprendió ella, cuando renunció
a la esperanza de que volviera su capitán, que el
mundo debía en adelante ser para la joven deshonrada
aquel rincón perdido, oculto por la verdura que lo
rodeaba y casi sumergía. Muchos años pasaron
antes que los Rondaliegos empezasen, si no a perdonar, a
olvidar; dos murieron con sus rencores, uno en la guerra,
a la que se arrojó desesperado; otro en la emigración,
meses adelante. Ambos habían gastado todo su patrimonio
en servicio de la causa que defendían. Los otros dos
también contribuyeron con su hacienda en pro de don
Carlos, pero no expusieron el cuerpo a las balas; llegaron
a viejos, y estos eran los que, de cuando en cuando, volvían
a visitar el teatro de su deshonra. Ya no lo llamaban así.
El secreto que habían sabido guardar había
quitado a la deshonra mucho de su amargura; después,
los años, pasando, habían vertido sobre la
caída de Berta esa
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prescripción que el tiempo
tiende, como un manto de indulgencia hecho de capas de polvo,
sobre todo lo convencional. La muerte, acercándose,
traía a los Rondaliegos pensamientos de más
positiva seriedad; la vejez perdonaba en silencio a la juventud
lejanos extravíos de que ella, por su mal, no era
capaz siquiera; Berta se había perdonado a sí
propia también, sin pensar apenas en ello; pero seguía
en el retiro que le habían impuesto, y que había
aceptado por gusto, por costumbre, como el ave del soneto
de Lope, aquella que se volvió por no ver llorar a
una mujer, Berta llegó a no comprender la vida fuera
de Posadorio. A la preocupación de su aventura, poco
a poco olvidada, en lo que tenía de mancha y pecado,
no como poético recuerdo, que subsistió y se
acentuó y sutilizó en la vejez, sucedieron
las preocupaciones de familia, aquella lucha con toda sociedad
y con todo contacto plebeyo. Pero si Berta se había
perdonado su falta, no perdonaba en el fondo del alma a sus
hermanos el robo de su hijo, que mientras ella fue joven,
aunque le dolía infinito, la parecía legítimo;
mas cuando la madurez del juicio le trajo la indulgencia
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para el pecado horroroso de que antes se acusaba, la conciencia
de la madre recobró sus fuerzas, y no sólo
no perdonaba a sus hermanos, sino que tampoco se perdonaba
a sí misma. «Sí -se decía-: yo debí
protestar, yo debí reclamar el fruto de mi amor; yo
debí después buscarlo a toda costa, no creer
a mis hermanos cuando me aseguraron que había muerto».
Cuando a Berta se le ocurrió sublevarse, indagar
el paradero de su hijo, averiguar si se la engañaba
anunciándole su muerte, ya era tarde. O en efecto
había muerto, o por lo menos se había perdido.
Los Rondaliegos se habían portado en este punto con
la crueldad especial de los fanatismos que sacrifican a las
abstracciones absolutas las realidades relativas que llegan
a las entrañas. Aquellos hombres buenos, bondadosos,
dulces, suaves, caballeros sin tacha, fueron cuatro Herodes
contra una sola criatura, que a ellos se les antojó
baldón de su linaje. Era el hijo del liberal, del
traidor, del infame. Conservarle cerca, cuidarlo y exponerse
con estos cuidados a que se descubrieran sus relaciones con
el sobrino bastardo, les parecía a los Rondaliegos
tanta locura,
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como fundir una campana con metal de escándalo
y colgarla de una azotea de Posadorio para que de día
y de noche estuviera tocando a vuelo la ignominia de su raza,
la vergüenza eterna, irreparable, de los suyos. ¡Absurdo!
El hijo maldito fue entregado a unos mercenarios, sin garantías
de seguridad, precipitadamente, sin más precauciones
que las que apartaban para siempre las sospechas que pudieran
ir en busca del origen de aquella criatura: lo único
que se procuró fue rodearle de dinero, asegurarle
el pan; y esto contribuyó para que desapareciera.
Desapareció. Borrando huellas, unos por un lado, por
el punto de honor, y otros por otro, por interés y
codicia, todo rastro se hizo imposible. Cuando la conciencia
acusó a los Rondaliegos que quedaban vivos, y les
pidió que buscasen al niño perdido, ya no había
remedio. El interés, el egoísmo de estas buenas
gentes se alegró de haber ideado tiempo atrás
aquella patraña de la muerte del pobre niño.
Primero se había mentido para castigar a la infame
que aún se atrevía a pedir el fruto de su enorme
pecado; después se mintió para que ella no
se desesperase de dolor,
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maldiciendo a los verdugos de su
felicidad de madre. Los dos últimos Rondaliegos murieron
en Posadorio, con dos años de intervalo. Al primero,
que era el hermano mayor, nada se atrevió a preguntarle
Berta a la hora de la muerte: cerca del lecho, mientras él
agonizaba, despejada la cabeza, expedita la palabra, Berta,
en pie, le miraba con mirada profunda, sin preguntar ni con
los ojos, pero pensando en el hijo. El hermano moribundo
miraba también a veces a los ojos de Berta; pero nada
decía de aquella respuesta que debía dar sin
necesidad de pregunta; nada decía ni con labios ni
con ojos. Y, sin embargo, Berta adivinaba que él también
pensaba en el niño muerto o perdido. Y poco después
cerraba ella misma, anegada en llanto, aquellos ojos que
se llevaban un secreto. Cuando moría el último
hermano, Berta, que se quedaba sola en el mundo, se arrojó
sobre el pecho flaco del que expiraba, y sin compasión
más que para su propia angustia, preguntó desolada,
invocando a Dios y el recuerdo de sus padres, que ni él
ni ella habían conocido; preguntó por su hijo.
«¿Murió? ¿Murió? ¿Lo sabes de fijo? ¡Júramelo,
Agustín; júramelo
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por el Señor, a quien
vas a ver cara a cara!». Y Agustín, el menor de los
Rondaliegos, miró a su hermana, ya sin verla, y lloró
la lágrima con que suelen las almas despedirse del
mundo. Berta se quedó sola con Sabel y el gato, y
empezó a envejecer de prisa, hasta que se hizo de
pergamino, y comenzó a vivir la vida de la corteza
de un roble seco. Por dentro también se apergaminaba;
pero como dos cristalizaciones de diamante, quedaban entre
tanta sequedad dos sentimientos, que tomaron en ella el carácter
automático de la manía que se mueve en el espíritu
con el tic-tac de un péndulo. La soledad, el aislamiento,
la pureza y limpieza de Posadorio, de Susacasa, del Aren...,
por aquí subía el péndulo a la actividad
ratonil de aquella anciana flaca, amarillenta (ella, que
era tan blanca y redonda), que, sorda y ligera de pies, iba
y venía llosa arriba, llosa abajo, tendiendo ropa,
dando órdenes para segar los prados, podar los árboles,
limpiar las sebes. Pero, en medio de esta actividad, a contemplar
la verdura inmaculada de sus tierras, la soledad y apartamiento
de Susacasa, la sorprendía el recuerdo del liberal,
—27→
de su capitán, traidor o no, de su hijo muerto o
perdido...; y la pobre setentona lloraba a su niño,
a quien siempre había querido con un amor algo abstracto,
sin fuerza de imaginación para figurárselo;
lloraba y amaba a su hijo con un tibio cariño de abuela;
tibio, pero obstinado. Y por aquí bajaba el péndulo
del pensar automático a la tristeza del desfallecimiento,
de las sombras y frialdades del espíritu, quejosa
del mundo, del destino, de sus hermanos, de sí misma.
De este vaivén de su existencia sólo conocía
Sabelona la mitad: lo notorio, lo activo, lo material. Como
en tiempo de sus hermanos, Berta seguía condenada
a soledad absoluta para lo más delicado, poético,
fino y triste de su alma. Las viejas, hilando a la luz del
candil en la cocina de campana, que tenía el hogar
en el suelo, parecían dos momias, y lo eran; pero
la una, Sabel, dormía en paz; la otra, Berta, tenía
un ratoncillo, un espíritu loco dentro del pellejo.
A veces, Berta, después de haber estado hablando de
la colada una hora, callaba un rato, no contestaba a las
observaciones de Sabel; y después, en el silencio,
miraba a la criada con ojillos que reventaban con el tormento
—28→
de las ideas..., y se le figuraba que aquella otra mujer,
que nada adivinaba de su pena, de la rueda de ideas dolorosas
que le andaba a ella por la cabeza, no era una mujer...,
era una hilandera de marfil viejo.
 - V -
Una tarde de Agosto, cuando ya el sol no quemaba y de soslayo
sacaba brillo a la ropa blanca tendida en la huerta en declive,
y encendía un diamante en la punta de cada hierba,
que, cortada al rape por la guadaña, parecía
punta de acero, doña Berta, después de contemplar
desde la casa de arriba las blancuras y verdores de su dominio,
con una brisa de alegría inmotivada en el alma, se
puso a canturriar una de aquellas baladas románticas
que había aprendido en su inocente juventud, y que
se complacía en recordar cuando no estaba demasiado
triste, ni Sabel delante, ni cerca. En presencia de la criada,
su vetusto sentimentalismo le daba vergüenza. Pero en
la soledad completa, la dama sorda cantaba sin oírse,
oyéndose por dentro, con desafinación
—29→
tan
constante como melancólica, una especie de aires,
que podrían llamarse el canto llano del romanticismo
músico. La letra, apenas pronunciada, era no menos
sentimental que la música, y siempre se refería
a grandes pasiones contrariadas o al reposo idílico
de un amor pastoril y candoroso. Doña Berta, después
de echar una mirada por entre las ramas de perales y manzanos
para ver si Sabel andaba por allá abajo, cerciorada
de que no había tal estorbo en la huerta, echó
al aire las perlas de su repertorio; y mientras, inclinada
y regadera en mano, iba refrescando plantas de pimientos,
y limpiando de caracoles árboles y arbustos (su prurito
era cumplir con varias faenas a un tiempo), su voz temblorosa
decía:
|
Ven, pastora, a mi cabaña, | | | | Deja el monte, deja el prado, | | | | Deja alegre tu ganado | | | |
Y ven conmigo a la mar... | | |
Llegó al extremo de la
huerta, y frente al postigo que comunicaba con el monte,
bosque de robles, pinos y castaños, se irguió
y meditó. Se le había antojado salir por allí,
—30→
meterse por el monte arriba entre helechos y zarzas. Años
hacía que no se le había ocurrido tal cosa;
pero sentía en aquel momento un poco de sol de invierno
en el alma; el cuerpo le pedía aventuras, atrevimientos.
¡Cuántas veces, frente a aquel postigo, escondido
entre follaje oscuro, había soñado su juventud
que por allí iba a entrar su felicidad, lo inesperado,
lo poético, lo ideal, lo inaudito! Después,
cuando esperaba a su sueño de carne y hueso; a su
capitán que no volvió, por aquel postigo le
esperaba también. Dio vuelta a la llave, levantó
el picaporte y salió al monte. A los pocos pasos tuvo
que sentarse en el santo suelo, separando espinas con la
mano; la pendiente era ardua para ella; además, le
estorbaban el paso los helechos altos y las plantas con pinchos.
Sentada a la sombra siguió cantando:
|
Y juntos en mi barquilla... | | |
Un ruido en la maleza, que llegó a oír cuando
ya estuvo muy próximo, le hizo callar, como un pájaro
sorprendido en sus soledades; se puso en pie, miró
hacia arriba y vio delante de sí un guapo mozo, como
de
—31→
treinta años a treinta y cinco, moreno, fuerte,
de mucha barba, y vestido, aunque con descuido -de cazadora
y hongo flexible, pantalón demasiado ancho- con ropa
que debía ser buena y elegante; en fin, le pareció
un joven de la corte, a pesar del desaliño. Colgada
de una correa pendiente del hombro, traía una caja.
Se miraban en silencio, los dos parados. Doña Berta,
conoció que por fin el desconocido la saludaba, y,
sin oírle, contestó inclinando la cabeza. Ella
no tenía miedo, ¿por qué? Pero estaba pasmada
y un poco contrariada. Un señorito tan señorito,
tan de lejos, ¿cómo había ido a parar al bosque
de Susacasa? ¡Si por allí no se iba a ninguna parte;
si aquello era el finibusterre del...! La ofendía
un poco un viajero que atravesaba sus dominios. Llegaron
a explicarse. Ella, sin rodeos, le dijo que era sorda, y
el ama de todo aquello que veía. ¿Y él? ¿Quién
era él? ¿Qué hacía por allí?
Aunque el recibimiento no fue muy cortés, ambos estaban
comprendiendo que simpatizaban; ella comprendió más:
que aquel señorito la estaba admirando. A las pocas
palabras hablaban como buenos amigos; la exquisita amabilidad
—32→
de ambos se sobrepuso a las asperezas del recelo, y cuando
minutos después entraban por el postigo en la huerta,
ya sabía doña Berta quién era aquel
hombre. Era un pintor ilustre, que mientras dejaba en Madrid
su última obra maestra colgada donde la estaba admirando
media España, y dejaba a la crítica ocupada
en cantar las alabanzas de su paleta, él huía
del incienso y del estrépito, y a solas con su musa,
la soledad, recorría los valles y vericuetos asturianos,
sus amores del estío, en busca de efectos de luz,
de matices del verde de la tierra y de los grises del cielo.
Palmo a palmo conocía todos los secretos de belleza
natural de aquellos repliegues de la marina; y por fin, más
audaz o afortunado que romanos y moros, había llegado,
rompiendo por malezas y toda clase de espesuras, al mismísimo
bosque de Zaornín y al monte mismísimo de Susacasa,
que era como llegar al riñón del riñón
del misterio. -¿Le gusta a usted todo esto? -preguntaba
doña Berta al pintor, sonriéndole, sentados
los dos en un sofá del salón, que resonaba
con las palabras y los pasos. -Sí, señora;
mucho, muchísimo -respondió
—33→
el pintor con
voz y gesto para que se le entendiera mejor. Y añadió
por lo bajo: -Y me gustas tú también, anciana
insigne, bargueño humano. En efecto; el ilustre artista
estaba encantado. El encuentro con doña Berta le había
hecho comprender el interés que puede dar al paisaje
un alma que lo habita. Susacasa, que le había hecho
cantar, al descubrir sus espesuras y verdores, acordándose
de Gayarre:
|
O paradiso... | | | | Tu m'apartieni...
| | |
adquiría de repente un sentido dramático,
una intención espiritual al mostrarse en medio del
monte aquella figura delgada, llena de dibujo en su flaqueza,
y cuyos colores podían resumirse diciendo: cera, tabaco,
ceniza. Cera la piel, ceniza la cabeza, tabaco los ojos y
el vestido. Poco a poco doña Berta había ido
escogiendo, sin darse cuenta, batas y chales del color de
las hojas muertas; y en cuanto a su cabellera, algo rizosa,
al secarse se había quedado en cierto matiz que no
era el blanco de plata, sino el recuerdo del color antiguo,
más melancólico
—34→
que el blanco puro, como ese
obstinado rosicler del crepúsculo en los días
largos, que no se decide a ceder el horizonte al negro de
la noche. Al pintor le parecía aquella dama con aquellos
colores y aquel dibujo ojival, copia de una miniatura en
marfil. Se le antojaba escapada del país de un abanico
precioso de fecha remota. Según él, debía
de oler a sándalo. El artista aceptó el chocolate
y el dulce de conserva que le ofreció doña
Berta de muy buena gana. Refrescaron en la huerta, debajo
de un laurel real, hijo o nieto del otro. Habían hablado
mucho. Aunque él había procurado que la conversación
le dejase en la sombra, para observar mejor, y fuese toda
la luz a caer sobre la historia de la anciana y sobre sus
dominios, la curiosidad de doña Berta, y al fin el
placer que siempre causa comunicar nuestras penas y esperanzas
a las personas que se muestran inteligentes de corazón,
hicieron que el mismo pintor se olvidara a ratos de su estudio
para pensar en sí mismo. También contó
su historia, que venía a ser una serie de ensueños
y otra serie de cuadros. En sus cuadros iba su carácter.
Naturaleza rica, risueña, pero misteriosa,
—35→
casi sagrada,
y figuras dulces, entrañables, tristes o heroicas,
siempre modestas, recatadas... y sanas. Había pintado
un amor que había tenido en una fuente; el público
se había enamorado también de su colunguesa;
pero él, el pintor, al volver por la primavera, tal
vez a casarse con ella, la encontró muriendo tísica.
Como este recuerdo le dolía mucho al pintor, por egoísmo
volvió a olvidarse de sí mismo; y por asociación
de ideas, con picante curiosidad, osó preguntar a
aquella dama, entre mil delicadezas, si ella no había
tenido amores y qué había sido de ellos. Y
doña Berta, ante aquella dulzura, ante aquel candor
retratado en aquella sonrisa del genio moreno, lleno de barbas;
ante aquel dolor de un amante que había sido leal,
sintió el pecho lleno de la muerta juventud, como
si se lo inundara de luz misteriosa la presencia de un aparecido,
el amor suyo; y con el espíritu retozón y aventurero
que le había hecho cantar poco antes y salir al bosque,
se decidió a hablar de sus amores, omitiendo el incidente
deshonroso, aunque con tan mal arte, que el pintor, hombre
de mundo, atando cabos y aclarando obscuridades
—36→
que había
notado en la narración anterior referente a los Rondaliegos,
llegó a suponer algo muy parecido a la verdad que
se ocultaba; igual en sustancia. Así que, cuando ella
le preguntaba si, en su opinión, el capitán
había sido un traidor o habría muerto en la
guerra, él pudo apreciar en su valor la clase de traición
que habría que atribuir al liberal, y se inclinó
a pensar, por el carácter que ella le había
pintado, que el amante de doña Berta no había
vuelto... porque no había podido. Y los dos quedaron
silenciosos, pensando en cosas diferentes. Doña Berta
pensaba: «¡Parece mentira, pero es la primera vez en la vida
que hablo con otro de estas cosas!». Y era verdad; jamás
en sus labios habían estado aquellas palabras, que
eran toda la historia de su alma. El pintor, saliendo de
su meditación, dijo de repente algo por el estilo:
-A mí se me figura en este momento ver la causa de
la eterna ausencia de su capitán, señora. Un
espíritu noble como el suyo, un caballero de la calidad
de ese que usted me pinta, vuelve de la guerra a cumplir
a su amada una promesa..., a no ser que la muerte gloriosa
le otorgue antes sus favores.
—37→
Su capitán, a mi entender,
no volvió..., porque, al ir a recoger la absoluta,
se encontró con lo absoluto, el deber; ese liberal,
que por la sangre de sus heridas mereció conocer a
usted y ser amado, mi respetable amiga; ese capitán,
por su sangre, perdió el logro de su amor. Como si
lo viera, señora: no volvió porque murió
como un héroe... Iba a hablar doña Berta,
cuyos ojillos brillaban con una especie de locura mística;
pero el pintor tendió una mano, y prosiguió
diciendo: -Aquí nuestra historia se junta, y verá
usted cómo hablándola del por qué de
mi último cuadro, el que me alaban propios y extraños,
sin que él merezca tantos elogios, queda explicado
el por qué yo presumo, siento, que el capitán
de usted se portó como el mío. Yo también
tengo mi capitán. Era un amigo del alma...; es decir,
no nos tratamos mucho tiempo; pero su muerte, su gloriosa
y hermosa muerte, le hizo el íntimo de mis visiones
de pintor que aspira a poner un corazón en una cara.
Mi último cuadro, señora, ese de que hasta
usted, que nada quiere saber del mundo, sabía algo
por los periódicos que vienen envolviendo
—38→
garbanzos
y azúcar, es... seguramente el menos malo de los míos.
¿Sabe usted por qué? Porque lo vi de repente, y lo
vi en la realidad primero. Años hace, cuando la segunda
guerra civil, yo, aunque ya conocido y estimado, no había
alcanzado esto que llaman... la celebridad, y acepté,
porque me convenía para mi bolsa y mis planes, la
plaza de corresponsal que un periódico ilustrado extranjero
me ofreció, para que le dibujase cuadros de actualidad,
de costumbres españolas, y principalmente de la guerra.
Con este encargo, y mi gran afición a las emociones
fuertes, y mi deseo de recoger datos, dignos de crédito
para un gran cuadro de heroísmo militar con que yo
soñaba, me fui a la guerra del Norte, resuelto a ver
muy de cerca todo lo más serio de los combates, de
modo que el peligro de mi propia persona me facilitase esta
proximidad apetecida. Busqué, pues, el peligro, no
por él, sino por estar cerca de la muerte heroica.
Se dice, y hasta lo han dicho escritores insignes, que en
la guerra cada cual no ve nada grande, nada poético.
No es verdad esto... para un pintor. A lo menos para un pintor
de mi carácter. Pues bueno; en
—39→
aquella guerra conocí
a mi capitán; él me permitió lo que
acaso la disciplina no autorizaba: estar a veces donde debía
estar un soldado. Mi capitán era un bravo y un jugador;
pero jugaba tan bien, era tan pundonoroso, que el juego en
él parecía una virtud, por las muchas buenas
cualidades que le daba ocasión para ejercitar. Un
día le hablé de su arrojo temerario, y frunció
el ceño. «Yo no soy temerario -me dijo con mal humor-;
ni siquiera valiente; tengo obligación de ser casi
un cobarde... Por lo menos debo mirar por mi vida. Mi vida
no es mía...; es de un acreedor. Un compañero,
un oficial, no ha mucho me libró de la muerte, que
iba a darme yo mismo, porque, por primera vez de mi vida,
había jugado lo que no tenía, había
perdido una cantidad... que no podía entregar al contrario;
mi compañero, al sorprender mi desesperación,
que me llevaba al suicidio, vino en mi ayuda; pagué
con su dinero..., y ahora debo dinero, vida y gratitud. Pero
el amigo me advirtió; después que ya era imposible
devolverle aquella suma, que con ella había puesto
su honra en mis manos... 'Vive -me dijo-, para pagarme trabajando,
ahorrando,
—40→
como puedas: esa cantidad de que hoy pude disponer,
y dispuse para salvar tu vida, tendré un día
que entregarla, y si no la entrego, pierdo la fama. Vive
para ayudarme a recuperar esa fortunilla y salvar mi honor'.
Dos honras, la suya y la mía, penden, pues, de mi
existencia; de modo, señor artista, que huyo o debo
huir de las balas. Pero tengo dos vicios: la guerra y el
juego: y como ni debo jugar ni debo morir, en cuanto honrosamente
pueda, pediré la absoluta; y, entre tanto, seré
aquí muy prudente». Así, señora, poco
más o menos me habló mi capitán; y yo
noté que al siguiente día, en un encuentro,
no se aventuró demasiado; pero pasaron semanas, hubo
choques con el enemigo y él volvió a ser temerario;
mas yo no volví a decirle que me lo parecía.
Hasta que, por fin, llegó el día de mi cuadro...
El pintor se detuvo. Tomó aliento, reflexionó
a su modo, es decir, recompuso en su fantasía el cuadro,
no según su obra maestra, sino según la realidad
se lo había ofrecido. Doña Berta, asombrada,
agradeciendo al artista las voces que este daba para que
ella
—41→
no perdiese ni una sola palabra, escuchó la
historia del cuadro célebre, y supo que en un día
ceniciento, frío, una batalla decisiva había
llevado a los soldados de aquel capitán al extremo
de la desesperación, que acaba en la fuga vergonzosa
o en el heroísmo. Iban a huir todos, cuando el jugador,
el que debía su vida a un acreedor, se arrojó
a la muerte segura, como arrojaba a una carta toda su fortuna;
y la muerte le rodeó como una aureola de fuego y de
sangre; a la muerte y a la gloria arrastró consigo
a muchos de los suyos. Mas antes hubo un momento, el que
se había grabado como a la luz de un relámpago
en el recuerdo del artista, llenando su fantasía;
un momento en que en lo alto de un reducto, el capitán
jugador brilló solo, como en una apoteosis, mientras
más abajo y más lejos los soldados vacilaban,
el terror y la duda pintados en el rostro. -El gesto de
aquel hombre, el que milagrosamente pude conservar con absoluta
actitud y trasladarlo a mi idea, era de una expresión
singular, que lo apartaba de todo lo clásico y de
todo lo convencional; no había allí las líneas
canónicas que podrían
—42→
mostrar el entusiasmo
bélico, el patriotismo exaltado; era otra cosa muy
distinta...; había dolor, había remordimientos,
había la pasión ciega y el impulso soberano
en aquellos ojos, en aquella frente, en aquella boca, en
aquellos brazos; bien se veía que aquel soldado caía
en la muerte heroica como en el abismo de una tentación
fascinadora a que en vano se resiste. El público y
la crítica se han enamorado de mi capitán;
ha traducido cada cual a su manera aquella idealidad del
rostro y de todo el gesto; pero todos han visto en ello lo
mejor del cuadro, lo mejor de mi pincel; ven una lucha espiritual
misteriosa, de fuerza intensa, y admiran sin comprender,
echándose a adivinar al explicar su admiración.
El secreto de mi triunfo lo sé yo; es este, señora,
lo que yo vi aquel día en aquel hombre que desapareció
entre el humo, la sangre y el pánico, que después
vino a oscurecerlo todo. Los demás tuvimos que huir
al cabo; su heroísmo fue inútil...; pero mi
cuadro conservará su recuerdo. Lo que no sabrá
el mundo es que mi capitán murió faltando a
su palabra de no buscar el peligro... -¡Así murió
el mío! -exclamó exaltada
—43→
doña Berta,
poniéndose en pie, tendiendo una mano como inspirada-.
¡Sí, el corazón me grita que él también
me abandonó por la muerte gloriosa! Y doña
Berta, que en su vida había hecho frases ni ademanes
de sibila, se dejó caer en su silla, llorando, llorando
con una solemnidad que sobrecogió al pintor y le hizo
pensar en una estatua de la Historia vertiendo lágrimas
sobre el polvo anónimo de los heroísmos oscuros,
de las grandes virtudes desconocidas, de los grandes dolores
sin crónica. Pasó una brisa fría; tembló
la anciana, levantose, y con un ademán indicó
al pintor que la siguiera. Volvieron al salón; y doña
Berta, medio tendida en el sofá, siguió sollozando.
 - VI -
Sabelona entró silenciosa y encendió todas
las luces de los candelabros de plata que adornaban una consola.
Le pareció a ella que era toda una inspiración,
para dar tono a la casa, aquella ocurrencia de iluminar,
—44→
sin que nadie se lo mandara, el salón oscuro. La
noche se echaba encima sin que lo notaran ni el pintor ni
doña Berta. Mientras esta ocultaba el rostro con las
manos, porque Sabel no viera su enternecimiento, el artista
se puso a pasear sus emociones hondas y vivas por el largo
salón, cabizbajo. Pero al llegar junto a la consola,
la luz le llamó la atención, levantó
la cabeza, miró en torno de sí, y vio en la
pared, cara a cara, el retrato de una joven vestida y peinada
a la moda de hacía cuarenta y más años.
Tardó en distinguir bien aquellas facciones; pero
cuando por fin la imagen completa se le presentó con
toda claridad, sintió por todo el cuerpo el ziszás
de un escalofrío como un latigazo. Por señas
preguntó a Sabelona quién era la dama pintada;
y Sabel, con otro gesto y gran tranquilidad, señaló
a la anciana, que seguía con el rostro escondido entre
las manos. Salió Sabelona de la estancia en puntillas,
que este era su modo de respetar los dolores de los amos
cuando ella no los comprendía; y el pintor, que, pálido
y como con miedo, seguía contemplando el retrato,
no sintió que dos lágrimas se le asomaban a
los ojos. Y
—45→
cuando volvió a su paseo sobre los tablones
de castaño, que crujían, iba pensando: «Estas
cosas no caben en la pintura; además, por lo que tienen
de casuales, de inverosímiles, tampoco caben en la
poesía: no caben más que en el mundo... y en
los corazones que saben sentirlas». Y se paró a contemplar
a doña Berta, que, ya más serena, había
cesado de llorar, pero con las manos cruzadas sobre las flacas
rodillas, miraba al suelo con ojos apagados. El amor muerto,
como un aparecido, volvía a pasar por aquel corazón
arrugado, yerto; como una brisa perfumada en los jardines,
que besa después los mármoles de los sepulcros.
-Amigo mío -dijo la anciana, poniéndose en
pie y secando las últimas lágrimas con los
flacos dedos, que parecían raíces-; hablando
de mis cosas se nos ha pasado el tiempo, y usted... ya no
puede buscar albergue en otra parte; llega la noche. Lo siento
por el qué dirán -añadió sonriendo-;
pero... tiene usted que quedarse a cenar y a dormir en Posadorio.
El pintor aceptó de buen grado y sin necesidad de
ruegos. -Pienso pagar la posada -dijo.
—46→
-¿Cómo?
-Sacando mañana una copia de ese retrato; unos apuntes
para hacer después en mi casa otro... que sea como
ese, en cuanto a la semejanza con el original... si es que
la tiene. -Dicen que sí -interrumpió doña
Berta, encogiendo los hombros con una modestia póstuma,
graciosa en su triste indiferencia-. Dicen -prosiguió-
que se parece como una gota a otra gota, a una Berta Rondaliego,
de que yo apenas hago memoria. -Pues bien; mi copia, dicho
sea sin jactancia... será algo menos mala que esa,
en cuanto pintura...; y exactamente fiel en el parecido.
Y dicho y hecho; a la mañana siguiente, el pintor,
que había dormido en el lecho de nogal en que había
expirado el último Rondaliego, se levantó muy
temprano; hizo llevar el cuadro a la huerta, y allí,
al aire libre, comenzó su tarea. Comió con
doña Berta, contemplándola atento cuando ella
no le miraba, y después del café continuó
su trabajo. A media tarde, terminados sus apuntes, recogió
sus bártulos, se despidió
—47→
con un cordialísimo
abrazo de su nueva amiga, y por el Aren adelante desapareció
entre la espesura, dando el último adiós desde
lejos con un pañuelo blanco que tremolaba como una
bandera. Otra vez se quedó sola doña Berta
con sus pensamientos; pero ¡cuán otros eran! Su capitán,
de seguro, no había vuelto porque no había
podido; no había sido un malvado, como decían
los hermanos; había sido un héroe... Sí,
lo mismo que el otro, el capitán del pintor, el jugador
que jugaba hasta la honra por ganar la gloria... Los remordimientos
de doña Berta, que aún más que remordimientos
eran saudades, se irritaron más y más desde
aquel día en que una corazonada le hizo creer con
viva fe que su amante había sido un héroe,
que había muerto en la guerra, y por eso no había
vuelto a buscarla. Porque siendo así, ¡qué
cuentas podía pedirle de su hijo! ¿Qué había
hecho ella por encontrar al fruto de sus amores? Poco más
que nada; se había dejado aterrar, y recordaba con
espanto los días en que ella misma había llegado
a creer que era remachar el clavo de su ignominia emprender
clandestinas pesquisas en
—48→
busca de su hijo. Y ahora... ¡qué
tarde era ya para todo!... El hijo, o había muerto
en efecto, o se había perdido para siempre. No era
posible ni soñar con su rastro. Ella misma había
perdido en sus entrañas a la madre...; era ya una
abuela. Una vaga conciencia le decía que no podía
sentir con la fuerza de otros tiempos; las menudencias de
la vida ordinaria, la prosa de sus quehaceres la distraían
a cada momento de su dolor, de sus meditaciones; volvían,
era verdad, pero duraban poco en la cabeza, y aquel ritmo
constante del olvido y del recuerdo llegaba a marearla. Ella
propia llegaba a pensar: «¡Es que estoy chocha! Esto es una
manía, más que un sentimiento». Y con todo,
a ratos pensaba, particularmente después de cenar,
antes de acostarse, mientras se paseaba por la espaciosa
cocina a la luz del candil de Sabelona, pensaba que en ella
había una recóndita energía que la llevaría
a un gran sacrificio, a una absoluta abnegación...
si hubiera asunto para esto. «¡Oh! ¡Adónde iría
yo por mi hijo... vivo o muerto! Por besar sus huesos pelados
¡qué años no daría, si no de vida, que
ya no puedo ofrecerla, qué años de gloria pasándolos
—49→
de más en el purgatorio! O porque yo soy como un
sepulcro, un alma que ya se descompone, o porque presiento
la muerte, sin querer pienso siempre, al figurarme que busco
y encuentro a mi hijo..., que doy con sus restos, no con
sus brazos abiertos para abrazarme». Imaginando estas y otras
amarguras semejantes, sorprendió a doña Berta
el mensaje que, al cabo de ocho días, le envió
el pintor por un propio. Un aldeano, que desapareció
en seguida sin esperar propina ni refrigerio, dejó
en poder de doña Berta un gran paquete que contenía
una tarjeta del pintor y dos retratos al óleo; uno
era el de Berta Rondaliego, copia fiel del cuadro que estaba
sobre la consola en el salón de Posadorio, pero copia
idealizada y llena de expresión y vida, gracias al
arte verdadero. Doña Berta, que apenas se reconocía
en el retrato del salón, al mirar el nuevo, se vio
de repente en un espejo... de hacía más de
cuarenta años. El otro retrato que le enviaba el pintor
tenía un rótulo al pie, que decía en
letras pequeñas, rojas: «Mi capitán». No era
más que una cabeza: doña Berta, al mirarlo,
perdió el aliento y dio un grito de espanto. Aquel
mi capitán
—50→
era también el suyo... el suyo,
mezclado con ella misma, con la Berta de hacía cuarenta
años, con la que estaba allí al lado... Juntó,
confrontó las telas, vio la semejanza perfecta que
el pintor había visto entre el retrato del salón
y el capitán de sus recuerdos, y de su obra maestra;
pero además, y sobre todo, vio otra semejanza, aún
más acentuada, en ciertas facciones y en la expresión
general de aquel rostro, con las facciones y la expresión
que ella podía evocar de la imagen que en su cerebro
vivía, grabada con el buril de lo indeleble, como
la gota labra la piedra. El amor único, muerto, siempre
escondido, había plasmado en su fantasía una
imagen fija, indestructible, parecida a su modo a ese granito
pulimentado por los besos de muchas generaciones de creyentes
que van a llorar y esperar sobre los pies de una Virgen o
de un santo de piedra. El capitán del pintor era como
una restauración del retrato del otro capitán
que ella veía en su cerebro, algo borrado por el tiempo,
con la pátina obscura de su escondido y prolongado
culto; ahumado por el holocausto del amor antiguo, como lo
están los cuadros de iglesia por la cera y el
—51→
incienso.
Ello fue que cuando Sabelona vino a llamar a doña
Berta, la encontró pálida, desencajado el rostro
y medio desvanecida. No dijo más que «Me siento mal»,
y dejó que la criada la acostara. Al día siguiente
vino el médico del concejo, y se encogió de
hombros. No recetó. «Es cosa de los años»,
dijo. A los tres días, doña Berta volvía
a correr por la casa más ágil que nunca, y
con un brillo en los ojos que parecía de fiebre. Sabelona
vio con asombro que a la siguiente madrugada salía
de Posadorio un propio con una carta lacrada. ¿A quién
escribía la señorita? ¿Qué podía
haber en el mundo, por allá lejos, que la importase
a ella? El ama había escrito al pintor; sabía
su nombre y el del concejo en que solía tener su posada
durante el verano; pero no sabía más, ni el
nombre de la parroquia en que estaba el rústico albergue
del artista, ni si estaría él entonces en su
casa, o muy lejos, en sus ordinarias excursiones. El propio
volvió a los cuatro días, sin contestación
y sin la carta de la señorita. Después de muchos
afanes, de mil pesquisas, en la capital del concejo le habían
admitido la misiva, dándole seguridades de entregar
—52→
el pliego al pintor, que estaría de vuelta en aquella
fonda en que esto le decían, antes de una semana.
Buscarle inmediatamente era inútil. Podía estar
muy cerca, o a veinte leguas. Se deslizaron días y
días, y doña Berta aguardaba en vano, casi
loca de impaciencia, noticias del pintor. En tanto, su carta,
en que iba entre medias palabras el secreto de su honra,
andaba por el mundo en manos de Dios sabía quién.
Pasaron tristes semanas, y la pobre anciana, de flaquísima
memoria, comenzó a olvidar lo que había escrito
al pintor. Recordaba ya sólo, vagamente, que le declaraba
de modo implícito su pecado, y que le pedía,
por lo que más amase, noticias de su capitán:
¿cómo se llamaba?, ¿quién era?, ¿su origen?,
¿su familia?, y además quería saber quién
había dado aquel dinero al pobre héroe que
había muerto sin pagar; cómo sería posible
encontrar al acreedor... Y, por último, ¡qué
locura!, le preguntaba por el cuadro, por la obra maestra.
¿Era suya aún? ¿Estaba ya vendida? ¿Cuánto
podría costar? ¿Alcanzaría el dinero que le
quedase a ella, después de vender todo lo que tenía
y de pagar al acreedor del... capitán, para comprar
el
—53→
cuadro? Sí, de todo esto hablaba en la carta,
aunque ya no se acordaba cómo; pero de lo que estaba
segura era de que no se volvía atrás. En la
cama, en los pocos días que tuvo que permanecer en
ella, había resuelto aquella locura, de que no se
arrepentía. Sí, sí, estaba resuelta;
quería pagar la deuda de su hijo, quería comprar
el cuadro que representaba la muerte heroica de su hijo,
y que contenía el cuerpo entero de su hijo en el momento
de perder la vida. Ella no tenía idea aproximada de
lo que podían valer Susacasa, Posadorio y el Aren
vendidos; ni la tenía remota siquiera de la deuda
de su hijo y del precio del cuadro. Pero no importaba. Por
eso quería enterarse, por eso había escrito
al pintor. Las razones que tenía para su locura eran
bien sencillas. Ella no le había dado nada suyo al
hijo de sus entrañas, mientras el infeliz vivió;
ahora muerto le encontraba, y quería dárselo
todo; la honra de su hijo era la suya; lo que debía
él lo debía ella, y quería pagar, y
pedir limosna; y si después de pagar quedaba dinero
para comprar el cuadro, comprarlo y morir de hambre; porque
era como tener la sepultura de los dos capitanes, restaurar
—54→
su honra, y era además tener la imagen fiel del hijo
adorado y el reflejo de otra imagen adorada. Doña
Berta sentía que aquella fortísima, absoluta,
irrevocable resolución suya debía acaso su
fuerza a un impulso invisible, extraordinario, que se le
había metido en la cabeza como un cuerpo extraño
que lo tiranizaba todo. «Esto, pensaba, será que definitivamente
me he vuelto loca; pero, mejor, así estoy más
a gusto, así estoy menos inquieta; esta resolución
es un asidero; más vale el dolor material que de aquí
venga, que aquel tic-tac insufrible de mis antiguos remordimientos,
aquel ir y venir de las mismas ideas...». Doña Berta,
para animarse en su resolución heroica, para llevar
a cabo su sacrificio sin esfuerzo, por propio deseo y complacencia,
y no por aquel impulso irresistible, pero que no le parecía
suyo, se consagraba a irritar su amor maternal, a buscar
ternuras de madre... y no podía. Su espíritu
se fatigaba en vano; las imágenes que pudieran enternecerla
no acudían a su mente; no sabía cómo
se era madre. Quería figurarse a su hijo, niño,
abandonado... sin un regazo para su inocencia... No podía;
el hijo que ella veía era un bravo
—55→
capitán,
de pie sobre un reducto, entre fuego y humo...; era la cabeza
que el pintor le había regalado. «Esto es -se decía-
como si a mis años me quisiera enamorar... y no pudiera».
Y sin embargo, su resolución era absoluta. Con ayuda
del pintor, o sin ella, buscaría el cuadro, lo vería,
¡oh, sí, verlo antes de morir!, y buscaría
al acreedor o a sus herederos, y les pagaría la deuda
de su hijo. «Parece que hay dos almas -se decía a
veces-; una que se va secando con el cuerpo, y es la que
imagina, la que siente con fuerza, pintorescamente; y otra
alma más honda, más pura, que llora sin lágrimas,
que ama sin memoria y hasta sin latidos... y esta alma es
la que Dios se debe de llevar al cielo». Transcurridos algunos
meses sin que llegara noticia del pintor, doña Berta
se decidió a obrar por sí sola: a Sabelona
no había para qué enterarla de nada hasta el
momento supremo, el de separarse. ¡Adiós, Zaornín,
adiós Susacasa, adiós Aren, adiós Posadorio!
El ama recibió una visita que sorprendió a
Sabel y le dio mala espina. El Sr. Pumariega, D. Casto,
notario retirado de la profesión y usurero en activo
servicio,
—56→
ratón del campo, esponja del concejo, gran
coleccionista de fincas de pan llevar y toda clase de bienes
raíces, se presentó en Posadorio preguntando
por la señorita de Rondaliego con aquella sonrisa
eterna que había hecho llorar lágrimas de sangre
a todos los desvalidos de la comarca. Este señor vivía
en la capital del concejo, a varios kilómetros de
Zaornín. Se presentó a caballo; se apeó,
encargó, siempre sonriendo, que le echasen hierba
a la jaca, pero no de la nueva, y, pensándolo mejor,
se fue él mismo a la cuadra, y con sus propias manos
llenó el pesebre de heno. Todavía llevaba
algunas hierbas entre las barbas, y otras pegadas en el cristal
de las gafas, cuando doña Berta le recibió
en el salón, pálida, con la voz temblorosa,
pero resuelta al sacrificio. Sin rodeos se fue al asunto,
al negocio; hubiera sido absurdo y hasta una vergüenza
enterar al Sr. Pumariega de los motivos sentimentales de
aquella extraña resolución. El por qué
no lo supo D. Casto; pero ello era que doña Berta
necesitaba, en dinero que ella se pudiera llevar en el bolsillo,
todo lo que valiera, bien vendido, Susacasa con su Aren y
con
—57→
Posadorio inclusive. La casa, sus dependencias, la llosa,
el bosque, el prado, todo... pero en dinero. Si se le daban
los cuartos en préstamo, con hipoteca de las fincas
dichas, bien, ella no pensaba pagar muchos intereses, porque
esperaba morirse pronto, y el Sr. Pumariega podía
cargar con todo; si no quería él este negocio,
la venta, la venta en redondo. Cuando el Sr. Pumariega iba
a pasmarse de la resolución casi sobrenatural de la
Rondaliego, se acordó de que mucho más útil
era pasar desde luego a considerar las ventajas del trato;
sin sorpresa de ningún género. La admiración
no venía a cuento, sobre todo desde el momento en
que se le proponía un buen negocio. Así, pues,
como si se tratase de venderle unas cuantas pipas de manzana
o la hierba de aquella otoñada, D. Casto entró
de lleno en el asunto, sin manifestar sorpresa ni curiosidad
siquiera. Y siguiendo su costumbre, al exponer sus argumentos
para demostrar las ventajas del préstamo con hipoteca,
llamaba a los contratantes A y B. «El prestamista B, la hipoteca
H, el predio C...». Así hablaba don
—58→
Casto, que odiaba
los personalismos, y no veía en la parte contraria
jamás un ser vivo, un semejante, sino una letra, elemento
de una fórmula que había que eliminar. Doña
Berta, que a fuerza de administrar muchos años sus
intereses había adquirido cierta experiencia y alguna
malicia, se veía como una mosca metida en la red de
la araña; pero le importaba poco. D. Casto insistía
en querer engañarla, en hacerla ver que no perdía
a Susacasa necesariamente en las combinaciones que él
la proponía; ella fingió que caía en
la trampa; comprendió que de aquella aventura salía
Pumariega dueño de los dominios de Rondaliego, pero
en eso precisamente consistía el sacrificio; a eso
iba ella, a que la crucificara aquel sayón. Y decidido
esto, lo que la tenía anhelante, pendiente de los
labios del judío, obsequioso, hasta adulador y servil,
era... la cantidad, los miles de duros que había de
entregarle el ratón del campo. Al fijar números
D. Casto, doña Berta sintió que el corazón
le saltaba de alegría; el usurero ofrecía mucho
más de lo que ella podía esperar; no creía
que sus dominios mermados y empobrecidos pudieran responder
de tantos miles
—59→
de duros. Cuando Pumariega salía
de Posadorio, Sabelona y el casero, que le ayudaban a montar
mirándole de reojo, le vieron sonreír como
siempre; pero además los ojuelos le echaban chispas
que atravesaban los cristales de las gafas. Poco después,
en una altura que dominaba a Zaornín, don Casto se
detuvo y dio vuelta al caballo para contemplar el perímetro
y el buen aspecto de sus nuevas posesiones. Siempre llamaba
él posesión, por falsa modestia, a lo que sabía
hacer suyo con todas las áncoras y garras del dominio
quiritario que le facilitaban el papel sellado y los libros
del Registro. Tres días después estaba Pumariega
otra vez en Posadorio acompañado del nuevo notario,
obra suya, y de varios testigos y peritos, todos sus deudores.
No fue cosa tan sencilla y breve como doña Berta deseaba,
y se había figurado, dejar toda la lana a merced de
las frías tijeras del Sr. Pumariega; este quería
seguridades de mil géneros y aturdir a la parte contraria,
a fuerza de ceremonias y complicaciones legales. A lo único
que se opuso con toda energía doña Berta fue
a personarse en la capital del concejo. Eso no; ella no quería
—60→
moverse de Susacasa... hasta el día de salir a tomar
el tren de Madrid. Todo se arregló, en fin, y doña
Berta vio el momento de tener en su cofrecillo de secretos
antiguos los miles de duros que le prestaba el usurero. Bien
comprendía ella que para siempre jamás se despedía
de Posadorio, del Aren, de todo... ¿Cómo iba a pagar
nunca aquel dineral que le entregaban? ¿Cómo había
de pagar siquiera, si vivía algunos años, los
intereses? Podría haber un milagro. Sólo así.
Si el milagro venía, Susacasa seguiría siendo
suyo, y siempre era una ventaja esta esperanza, o por lo
menos un consuelo. Sí; todo lo perdía. Pero
el caso era pagar las deudas de su hijo, comprar el cuadro...
y después morir de hambre si era necesario. ¿Y Sabelona?
D. Casto había dado a entender bien claramente que
él necesitaba garantías para la seguridad de
su hipoteca mediante la vigilancia de un diligentísimo
padre de familia sobre los bienes en que la dicha hipoteca
consistía; él no tenía inconveniente
en que el casero siguiera en la casería por ahora;
pero en cuanto a las llaves de Posadorio y al cuidado del
palacio y sus dependencias... prefería que corriesen
de
—61→
su propia cuenta. De modo que Sabelona no podía
quedar en Posadorio. El ama vaciló antes de proponerla
llevársela consigo; era cuestión de gastos;
había que hacer economías, mermar lo menos
posible su caudal, que ella no sabía si podría
alcanzar a la deuda y al precio del cuadro; todo gasto de
que se pudiese prescindir, había que suprimirlo. Sabelona
era una boca más, un huésped más, un
viajero más. Doble gasto casi. Con todo, prometiéndose
ahorrar este dispendio en el regalo de su propia persona,
doña Berta propuso a la criada llevarla a Madrid consigo.
Sabelona no tuvo valor para aceptar. Ella no se había
vuelto loca como el ama, y veía el peligro. Demasiadas
desgracias le caían encima sin buscar esa otra, la
mayor, la muerte segura. ¡Ella a Madrid! Siempre había
pensado en esas cosas de tan lejos vagamente, como en la
otra vida; no estaba segura de que hubiera países
tan distantes de Susacasa... ¡Madrid! El tren... tanta gente...
tantos caminos... ¡Imposible! Que dispensara el ama, pero
Sabel no llegaba en su cariño y lealtad a ese extremo.
Se le pedía una acción heroica, y ahí
no llegaba
—62→
ella. Sabelona, como San Pedro, negó a
su señora, desertó de su locura ideal, la abandonó
en el peligro, al pie de la cruz. Así como si doña
Berta se estuviera muriendo, Sabelona lo sentiría
infinito, pero no la acompañaría a la sepultura,
así la abandonaba al borde del camino de Madrid. La
criada tenía unos parientes lejanos en un concejo
vecino, y allá se iría, bien a su pesar, durante
la ausencia del ama, ya que el señor Pumariega quería
llevarse las llaves de Posadorio, contra todas las leyes
divinas y humanas, según Sabel. -Pero ¿no es usted
el ama? ¿Qué tiene él que mandar aquí?
-Déjame de cuentos, Isabel; manda todo lo que quiere,
porque es quien me da el dinero. Esto es ya como suyo. Doña
Berta sintió en el alma que su compañera de
tantos años, de toda la vida, la abandonase en el
trance supremo a que se arriesgaba; pero perdonó la
flaqueza de la criada, porque ella misma necesitaba de todo
su valor, de su resolución inquebrantable, para salir
de su casa y meterse en aquel laberinto de caminos, de pueblos,
de ruido y de gentes extrañas, enemigas.
—63→
Suspiró
la pobre señora, y se dijo: «Ya que Sabel no viene...
me llevaré el gato». Cuando la criada supo que el
gato también se iba, le miró asustada, como
consultándole. No le parecía justo, valga la
verdad, abusar del pobre animal porque no podía decir
que no, como ella; pero si supiese en la que le metían,
estaba segura de que tampoco el gato querría acompañar
a su dueña. Sabel no se atrevió, sin embargo,
a oponerse, por más que el animalito le había
traído ella a casa; era, en rigor, suyo. Ella tampoco
podría llevarlo a casa de los parientes lejanos: dos
bocas más eran demasiado. Y en Posadorio no podía
quedar solo, y menos con don Casto, que lo mataría
de hambre. Se decidió que el gato iría a Madrid
con doña Berta.
 - VII -
Una mañana se levantó Sabelona de su casto
lecho, se asomó a una ventana de la cocina, miró
al cielo, con una mano puesta delante de los ojos a guisa
de pantalla, y con gesto avinagrado y voz más agria
todavía,
—64→
exclamó, hablando a solas, contra
su costumbre: «¡Bonito día de viaje!». Y en seguida
pensó, pero sin decirlo: «¡El último día!».
Encendió el fuego, barrió un poco, fue a buscar
agua fresca, se hizo su café, después el chocolate
del ama; y como si allí no fuera a suceder nada extraordinario,
dio los golpes de ordenanza a la puerta de la alcoba de doña
Berta, modo usual de indicarle que el desayuno la esperaba;
y ella, Sabel, como si no se acabara todo aquella misma mañana,
como si lo que iba a pasar dentro de una hora no fuese para
ella una especie de fin del mundo, se entregó a la
rutinaria marcha de sus faenas domésticas, inútiles
en gran parte esta vez, puesto que aquella noche ya no dormiría
nadie en Posadorio. Mientras ella fregaba un cangilón,
por el postigo de la huerta, que estaba al nivel de la cocina,
entró el gato, cubierto de rocío, con la cierza
de aquella mañana plomiza y húmeda pegada al
cuerpo blanco y reluciente. Sabel le miró con cariño,
envidia y lástima. Y se dijo: «¡Pobre animal!, no
sabe lo que le espera». El gato positivamente no había
—65→
hecho ningún preparativo de viaje; aquella vida que
llevaba, para él desde tiempo inmemorial, seguramente
le parecía eterna. La posibilidad de una mudanza no
entraba en su metafísica. Se puso a lamer platos de
la cena de la víspera, como hubiera hecho en su caso
un buen epicurista. Doña Berta entró silenciosa;
vio el chocolate sobre la masera, y allí, como siempre,
se puso a tomarlo. Los preparativos de la marcha estaban
hechos, hasta el último pormenor, desde muchos días
atrás. No había más que marchar, y,
antes, despedirse. Ama y criada apenas hablaron en aquella
última escena de su vida común. Pasó
una hora, y llegó don Casto Pumariega, que se había
encargado de todo con una amabilidad que nadie tenía
valor para agradecerle. Él llevaría a doña
Berta hasta la misma estación, la más próxima
de Zaornín, facturaría el equipaje, la metería
a ella en un coche de segunda (no había querido doña
Berta primera, por ahorrar) y vamos andando. En Madrid la
esperaba el dueño de una casa de pupilos barata. Le
había escrito don Casto, para que le agradeciese el
favor de enviarle un huésped. Allí paraba él
cuando
—66→
iba a Madrid, y eso que era tan rico.
Con don Casto se presentó en la cocina el mozo a quien había alquilado Pumariega un borrico en que había de montar doña Berta para llegar a la estación, a dos leguas de Posadorio. Ama y criada, que habían callado tanto, que hasta parecían hostiles una a otra aquella mañana, como si mutuamente se acusaran en silencio de aquella separación, en presencia de los que venían a buscarla sintieron una infinita ternura y gran desfallecimiento; rompieron a llorar, y lloraron largo rato abrazadas.
El gato dejó de lamer platos y las miraba pasmado.
Aquello era nuevo en aquella casa donde el cariño no tenía expresión. Todos se querían, pero no se acariciaban. A él mismo se le daba muy buena vida, pero nada de besos ni halagos. Por si acaso se acercó a las faldas de sus viejas y puso mala cara al señor Pumariega.
Doña Berta pidió un momento a don Casto, y salió por el postigo de la huerta. Subió el repecho, llegó a lo más alto, y desde allí contempló sus dominios. La espesura se movía blandamente, reluciendo con la humedad, y parecía quejarse en voz baja. Chillaban algunos gorriones. Doña Berta no tuvo ni el consuelo de poetizar la solemne escena de despedida. La Naturaleza ante su imaginación apagada y preocupada no tuvo esa piedad de personalizarse que tanto alivio suele dar a los soñadores melancólicos. Ni el Aren, ni la llosa, ni el bosque, ni el palacio le dijeron nada. Ellos se quedaban allí, indolentes, sin recuerdos de la ausencia; su egoísmo era el mismo de Sabel, aunque más franco: el que el gato hubiera mostrado si hubiesen consultado su voluntad respecto del viaje. No importaba. Doña Berta no se sentía amada por sus tierras, pero en cambio ella las amaba infinito. Sí, sí. En el mundo no se quiere sólo a los hombres, se quiere a las cosas. El Aren, la llosa, la huerta, Posadorio, eran algo de su alma, por sí mismos, sin necesidad de reunirlos a recuerdos de amores humanos. A la Naturaleza hay que saber amarla como los amantes verdaderos aman, a pesar del desdén. Adorar el ídolo, adorar la piedra, lo que no siente ni puede corresponder, es la adoración suprema. El mejor creyente es el que sigue postrado ante el ara sin dios. Chillaban
—68→
los gorriones. Parecían decir: «A nosotros,
¿qué nos cuenta usted? Usted se va, nosotros nos quedamos;
usted es loca, nosotros no; usted va a buscar el retrato
de su hijo... que no está usted segura de que sea
su hijo. Vaya con Dios». Pero doña Berta perdonaba
a los pájaros, al fin chiquillos, y hasta al mismo
Aren verde, que, más cruel aún, callaba. El
bosque se quejaba, ese sí; pero poco, como un niño
que, cansado de llorar, convierte en ritmo su queja y se
divierte con su pena; y doña Berta llegó a
notar, con la clarividencia de los instantes supremos ante
la naturaleza, llegó a notar que el bosque no se quejaba
porque ella se iba; siempre se quejaba así; aquel
frío de la mañana plomiza y húmeda era
una de las mil formas del hastío que tantas veces
se puede leer en la naturaleza. El bosque se quejaba, como
siempre, de ese aburrimiento de cuanto vive pegado a la tierra
y de cuanto rueda por el espacio en el mundo, sujeto a la
gravedad como a una cadena. Todas las cosas que veía
se la aparecieron entonces a ella como presidiarios que se
lamentan de sus prisiones y sin embargo aman su presidio.
Ella, como era libre, podía
—69→
romper la cadena, y la
había roto...; pero agarrada a la cadena se le quedaba
la mitad del alma. «¡Adiós, adiós!» se decía
doña Berta, queriendo bajar aprisa; y no se movía.
En su corazón había el dolor de muchas generaciones
de Rondaliegos que se despedían de su tierra: El padre,
los hermanos, los abuelos..., todos allí, en su pecho
y en su garganta, ahogándose de pena con ella...
-Pero, doña Berta, ¡que vamos a perder el tren! -gritó
allá abajo Pumariega; y a ella le sonó como
si dijese: «Que va usted a perder la horca». En el patio
estaban ya D. Casto y el espolique; el verdugo y su ayudante,
y también el burro en que doña Berta había
de montar para ir al palo. El gato iba en una cesta.
 - VIII -
Amanecía, y la nieve que caía a montones,
con su silencio felino que tiene el aire traidor del andar
del gato, iba echando, capa sobre capa, por toda la anchura
de la
—70→
Puerta del Sol, paletadas de armiño, que ya
habían borrado desde horas atrás las huellas
de los transeúntes trasnochadores. Todas las puertas
estaban cerradas. Sólo había una entreabierta,
la del Principal; una mesa con buñuelos, que alguien
había intentado sacar al aire libre, la habían
retirado al portal de Gobernación. Doña Berta,
que contemplaba el espectáculo desde una esquina de
la calle del Carmen, no comprendía por qué
dejaban freír buñuelos, o, por lo menos, venderlos
en el portal del Ministerio; pero ello era que por allí
había desaparecido la mesa, y tras ella dos guardias
y uno que parecía de telégrafos. Y quedó
la plaza sola; solas doña Berta y la nieve. Estaba
inmóvil la vieja; los pies, calzados con chanclos,
hundidos en la blandura; el paraguas abierto, cual forrado
de tela blanca. «Como allá -pensaba-, así estará
el Aren». Iba a misa de alba. La iglesia era su refugio;
sólo allí encontraba algo que se pareciese
a lo de allá. Sólo se sentía unida a
sus semejantes de la corte por el vínculo religioso.
«Al fin -se decía- todos católicos, todos hermanos».
Y esta reflexión le quitaba algo del miedo que le
inspiraban todos los
—71→
desconocidos, más que uno a
uno, considerados en conjunto, como multitud, como gente.
La misa era como la que ella oía en Zaornín,
en la hijuela de Piedeloro. El cura decía lo mismo
y hacía lo mismo. Siempre era un consuelo. El oír
todos los días misa era por esto; pero el madrugar
tanto era por otra cosa. Contemplar a Madrid desierto la
reconciliaba un poco con él. Las calles le parecían
menos enemigas, más semejantes a las callejas; los
árboles más semejantes a los árboles
de verdad. Había querido pasear por las afueras...,
¡pero estaban tan lejos! ¡Las piernas suyas eran tan flacas,
y los coches tan caros y tan peligrosos!... Por fin, una,
dos veces llegó a los límites de aquel caserío
que se le antojaba inacabable...; pero renunció a
tales descubrimientos, porque el campo no era campo, era
un desierto; ¡todo pardo!, ¡todo seco! Se le apretaba el
corazón, y se tenía una lástima infinita.
«¡Yo debía haberme muerto sin ver esto!, sin saber
que había esta desolación en el mundo; para
una pobre vieja de Susacasa, aquel rincón de la verde
alegría es demasiada pena estar tan lejos del verdadero
mundo, de la verdadera tierra, y
—72→
estar separada de la frescura,
de la hierba, de las ramas, por estas leguas y leguas de
piedra y polvo». Mirando las tristes lontananzas, sentía
la impresión de mascar polvo y manosear tierra seca,
y se le crispaban las manos. Se sentía tan extraña
a |