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  Avecilla
  - I -
Don Casto Avecilla había pasado
del Archivo de Fomento, pero sin ascenso, a la dirección de Agricultura,
y de todos modos seguía siendo un escribiente, el más humilde
empleado de la casa. Los porteros, cuyo uniforme envidiaba don Casto, no por la
vanidad de los galones, sino por el abrigo de paño,
despreciábanle soberanamente. Él fingía no comprender
aquel desprecio, creyéndose superior en jerarquía a tan
subalternos personajes, siquiera ellos cobrasen mejor sueldo y tuvieran gajes
que a don Casto ni se le pasaban por las mientes, cuanto más por los
bolsillos. Cuando se le preguntaba
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la condición de su
nuevo empleo, decía con la mayor humildad y muy seriamente que estaba en
pastos, palabra con que él sintetizaba, por no sé qué
clasificación administrativa, la tarea a que consagraba el sudor de su
frente.
Era una tarde de las primeras
frías de Octubre. El concienzudo Avecilla terminaba la copia de una
minuta conceptuosa escrita por el oficial de su mesa, y mientras limpiaba la
pluma en la manga de percal inherente a su personalidad oficinesca,
sonreía a la idea de un proyecto que desde aquella mañana
tenía entre ceja y ceja. Almorzaba don Casto en la oficina y sin vino,
por lo común, pero aquel día un compañero aragonés
habíale dado a probar un Valdiñón que de Zaragoza le
enviaron los suyos, y don Casto, que no solía probarlo, con una sola
copa se había puesto muy contento, y hasta la tinta la veía de
color de rosa. Y por cierto que decía: -¿Quién ha
traído esta tinta tan clara? Es bonita para cartas de lechuguinos, pero
no es propia de la dignidad del Estado-. Porque es bueno advertir de paso, que
Avecilla, muchos años después de haber comenzado su vida
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burocrática, había averiguado que lo que él
había llamado el Gobierno siempre, no era precisamente quien le pagaba
ni a quien él servía; supo,
en suma, que existía
una entidad superior llamada Estado, y que el
Estado, es decir, yo, usted, el vecino, todos los
ciudadanos, en suma, eran los verdaderos
señores, pero no como particulares, sino
en cuanto entidad Estado. Saber esto y
engreírse el Sr. Avecilla fue todo uno. Desde entonces, se creyó
una ruedecilla de la gran máquina, y tomó la alegoría
mecánica tan al pie de la letra, que casi se volvía loco pensando
que si él caía enfermo, y se paraba, por consiguiente, en cuanto
rueda administrativa, las ruedecillas que engranaban con él, se
pararían también, y de una en otra, llegaría la
inacción a todas las ruedas, inclusive las más grandes e
interesantes. Muchas veces, cuando salía el buen escribiente a paseo con
su cara mitad y con su querida Pepita, hija única, de diecisiete
años, iba pensando cosas así. Reparaba con pena el color de ala
de mosca de la mantilla de su mujer; bien comprendía que el abrigo de
Pepilla era raquítico, muy corto y atrasado de moda y
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desairado; y ¡qué lástima!, precisamente la chiquilla
tenía un cuerpo hecho a torno. Pero por muy bien torneado que tuviera el
cuerpo, cuando apretaba el frío no había más remedio que
recurrir al abrigo desairado y tristón. Los pobres no siempre pueden
lucir la hermosura. -Para ver a Pepilla hay que verla cosiendo en su guardilla
-pensaba el padre-, cosiendo en su guardilla, en verano, en enaguas, con un
pañuelo de percal al cuello, la camisilla algo descotada, sudando
gotitas muy menudillas por el finísimo cuello... y canta que
cantarás... En invierno, la ropa mal hecha y no siempre hecha para ella,
le roba a la vista algunos encantos... Pero todas estas tristezas que iba
pensando por el paseo el señor don Casto se le olvidaban como cosa
baladí, cuando volvía a parar mientes en su propia personalidad
administrativa. -En cuanto a mí -decía-, soy un miembro
intrínseco de la sociedad de que formo parte. Y se detenía un
momento, y dejaba que madre e hija siguieran un poco adelante, para
contemplarse a su sabor en su calidad de miembro integrante (que era lo que
él quería decir con lo de intrínseco)
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de la
sociedad de que formaba parte. Llevaba siempre a paseo un gabán ruso, de
color de pasa, del más empecatado género catalán que fue
en el mundo protegido de aranceles. Ocho duros decía don Casto que
había sido el precio de tan hermosa prenda, pero esto era una de las
pocas mentirijillas que él creía necesario decir en
holocausto al decoro. El gabán
había costado cinco duros y ya se había reenganchado varias
veces, pues más de seis años atrás había cumplido
el servicio y merecido la absoluta. Decía don Casto que no el Gobierno,
sino los particulares eran los que debían proteger la industria
nacional. -¿Que cómo? -declamaba en su oficina, dando un
puñetazo, no muy fuerte, al pupitre (en ausencia del oficial)-.
¿Que cómo? Es muy sencillo; usando, como yo uso siempre,
géneros españoles -y señalaba con el dedo índice de
la mano derecha a su gabán ruso colgado de humilde percha; y en esta
actitud permanecía mucho tiempo-. No es el Estado, no, como entidad, el
que debe cuidar las industrias; somos nosotros los que debemos consumir
constantemente, y cueste lo que cueste, los productos nacionales.
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Así se hermana la libertad con la prosperidad nacional. Es preciso
confesar que Avecilla, aunque modesto por condición, sentía gran
orgullo al contemplarse inventor de esta graciosa componenda del libre cambio y
el proteccionismo. Leía los periódicos, y al llegar el verano
solía encontrar noticias como esta: «Los duques de las Batuecas
han sido para Biarritz». -¡Fuego en ellos! -gritaba don Casto-;
esta nobleza, esta respetable nobleza, sí, muy respetable, por otra
parte, no conoce sus intereses: ¡así se protege la prosperidad
nacional! Ir al extranjero... dejar allí todo el dinero de la
nación... no, en mis días, no iré yo a vestirme al
extranjero. ¿Pues y las modas? ¿Y las señoritas que
encargan sus trajes a París? Aborrecía don Casto
Le bon marché y
Le Printemps con toda su alma, tanto, que una
vez que le hablaron del Barbero de Beaumarchais: -¡No me hablen de ese
comerciante! -gritó tomando al poeta por el comercio parisiense-. Mi
hija no encarga, no, sus vestidos a esos establecimientos, que viste a la
española, y como española... lo mismo que su padre.
Decía antes que iba D. Casto con
su mujer
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y con su hija a paseo, y que las dejaba adelantarse un
poco para considerar su personalidad jurídico-administrativa a sus
anchas. Esas palabrejas compuestas, separadas por un guión, le
encantaban; cuando empezó a saber de ellas, que no hacía mucho,
las extrañó bastante, y creía que no era castellana esa
concordancia de lírico-dramática, por ejemplo. -Será
lírica-dramática -sostenía D. Casto; pero cuando se
convenció de que era lírico-dramática y
democrático-monárquica, encontró un encanto especial en
esta clase de vocablos, y a cada momento los usaba, bien o mal emparejados.
Considerando, pues, su personalidad, o
dígase entidad, que lo mismo le daba a él,
jurídico-administrativa, D. Casto sentía lo que se llama pasmos y
hasta llegaba al deliquio. Tenía soberbia imaginación; cuantas
metáforas y alegorías andan por los lugares comunes de la
retórica periodística y parlamentaria, tomábalas al pie de
la letra Avecilla y veía los respectivos objetos en la forma material
del tropo. V. gr.: el equilibrio de los poderes se lo figuraba él en
forma de romana; el rey o jefe del Estado,
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o sea poder moderador
(nombre que daba a S. M.), era el que tenía el peso; y no por falta de
respeto, ni menos por mofa, sino por inevitable asociación de ideas, se
le representaba como poder moderador el carbonero de la calle de Capellanes, su
amigo, todo negro de tiznes, pero imparcial y justo; el poder judicial era el
fiel; el poder legislativo estaba colgado de los ganchos, y el ejecutivo era la
pesa. Pensando en la arena candente de la política se le aparecía
la plaza de toros en un día de corrida en Agosto y desde tendido de sol.
En cuanto a él, D. Casto Avecilla, era, como dejo dicho, una rueda de la
máquina administrativa, siquiera fuese una rueda del tamaño de un
grano de mostaza. No por esto se afligía, pues sabía que no por
ser tan pequeña era esta ruedecilla menos importante que las otras. Tan
al pie de la letra tomaba esto de la rueda, que dos o tres veces que tuvo
tercianas soñó que tenía dientes por todo el cuerpo, y
delirando dijo a su mujer: -Dejad todas esas medicinas; lo que yo necesito es
aceite, que me unten, que me den la unción y veréis cómo
corro.
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Iban delante su mujer y su hija Pepita,
y él quedábase atrás, como ya dije dos veces;
poníase el sol en el ocaso, como suele; los celajes de grana, inmenso
incendio en el horizonte, daban a la fantasía de don Casto
inspiración para sus sueños administrativos; él llevaba en
la cabeza una epopeya burocrática; sentíase crecer; dentro de
él, por una especie de panteísmo oficinesco, veía la
esencia de cuanto es el Estado, en sus ramos distintos, pero enlazados. -Que me
muero yo ahora, de repente -pensaba-, pues no sólo dejo en la miseria a
esas dos pobres mujeres, sí que también (este giro lo
había aprendido en un periódico) sí que también, y
esto es lo más interesante, por mí se detiene el general
movimiento del bien concertado mecanismo del Estado; se para esta ruedecilla, y
se debe quedar en el lecho; acto continuo se detiene la rueda inmediata
superior; el oficial, al detenerse esta, tropieza y también se detienen
los demás oficiales y escribientes del negociado... -y de una en otra
llegaba a ver detenidas todas las direcciones del ministerio, y detenido el
ministerio de Fomento, parábase el de Gobernación
et sic de cæteris...-.
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¡Qué importancia la mía! -exclamaba
abrochándose el gabán para que una pulmonía no viniese a
interrumpir el juego de las instituciones-. ¡Qué importancia!-. Y
mirando al sol que se escondía, no se creía inferior por su
destino al astro rey; pues si por él vivía la república
ordenada de nuestro sistema planetario, en el orden sociológico era D.
Casto no menos indispensable que el luminoso rayo que se perdía... Todo
es uno y lo mismo, había leído una vez, creo que en Campoamor, y
desde entonces sin entender este, que a su buen sentido parecía un
disparate, lo repetía en las grandes ocasiones, sobre todo cuando le
faltaban argumentos.
Vengamos al día en que
había bebido una copa de Valdiñón y estaba muy
contento.
El oficial acababa de abandonar su
puesto, quedaban allí varios auxiliares y los escribientes.
-Yo sostengo que el teatro no es la
escuela de las costumbres -decía un joven auxiliar, que parecía
oficial de peluquero, y tenía una instrucción y un escepticismo
de peluquero también. -Yo al teatro voy
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a reírme y
nada más -exclamó un escribiente gordo y calvo que dormía
más que escribía. Don Casto levantó la cabeza, y mientras
se desataba la manga de percal negro dijo, porque creyó llegada la hora
de decir algo: -Caballeros, yo confieso que prefiero las comedias de magia que
encierran un fin moral. Cuando veo a la virtud triunfante en lo que llaman los
inteligentes la apoteosis, rodeada de ángeles y alumbrada por luces de
bengala, comprendo que el teatro, bien entendido, es un elemento de
educación y entra de lleno en la esfera que llamaré
artístico-administrativa, merced a los recursos de la literatura
lírico-dramática-escenográfica-. Calló don Casto,
convencido de que no en balde había dicho tanta palabra compuesta. No
replicaron los circunstantes que veían en Avecilla el oráculo del
negociado; y él, con paso majestuoso, con modestia que sienta bien a la
sabiduría, se fue derecho a su gabán, que estaba en la percha de
siempre, y bien envuelto en aquella querida prenda, salió de la oficina
diciendo: -Buenas tardes, caballeros-. Se le había ocurrido una idea:
que aquella noche debía llevar a su
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mujer e hija al
teatro. A pesar de lo mucho y bien que discurría don Casto en materias
lírico-dramáticas, como él decía, era lo cierto que
en once años había visto dos veces el teatro Español por
dentro. No había visto más que
La vida es sueño y
La redoma encantada. -¡Cómo se
va a alegrar Pepita! -iba pensando camino de su casa. Este era el proyecto que
le tenía preocupado hacía algunas horas. ¡Ir al teatro toda
la familia! Idea tentadora, pero que iba a costar muy cara... En cambio,
¡qué alegría la de Pepita, tan sensible, tan aficionada a
la comedia! ¡Oh, el alegrón que con esta noticia dio don Casto
Avecilla a los suyos, artículo aparte merece, así como las
vicisitudes de aquella noche consagrada al arte! Estos despilfarros de los
pobres, que llevan la economía hasta el hambre, tienen un fondo de
ternura que hace llorar. Cosiendo está en casa doña Petra, la
digna esposa de don Casto, bien ajena de que el demonio tentador va a entrar
diciendo, con heroico arranque de valor: -¡Ea, vamos a echar una cana al
aire! ¡Pepa, esta noche al teatro!
-¡Una cana al aire!
-gritará Pepita,
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que tiene el pelo negro como la endrina.
Las canas de los pobres son los ochavos. Dejemos a don Casto colgado del
cordón de la campanilla, jadeante, anhelando comunicar a sus queridas
esposa e hija su resolución temeraria.
-¡Tilín, tilín, tilín!... -Es él -dice Pepita
levantándose. -Él -repite la madre, y ninguna sospecha nada-.
¡Abramos!
  - II -
¡Él era! Radiante como
debió de estar César después de pasar el Rubicón;
desafiando al mundo entero con una mirada de... no se puede decir de
águila, porque si a la de algún volátil tiene que
parecerse la mirada de don Casto, será a la de la codorniz sencilla. Don
Casto iba decidido a vencer, a no dejarse dominar por la excesiva parsimonia
económica de doña Petra, su dulce pero demasiado cominera
esposa.
Avecilla expuso su atrevido proyecto en
pocas palabras, sin andarse con circunloquios.
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Pepita
abrió unos ojos como puños; su madre una boca como quinientos
ojos de Pepita.
Don Casto repetía lo de la cana
al aire y se adelantaba a todas las objeciones. -¡Se me dirá que
el teatro no educa! Pues yo digo que sí. Educa relativamente -y se
detuvo un momento, procurando acordarse de un latín que él
había oído usar en casos análogos-.
Secundum quid, era lo que
quería decir. -Casto, mejor sería que guardáramos esos
cuartos para reunir el traje de franela que te ha recomendado el médico;
mira que el invierno se echa encima...-. Don Casto tembló del
frío que le dio acordarse del reuma y del invierno. -No niego yo la
importancia del abrigo -replicó-, pero el espíritu también
necesita su refrigerio; tú no sabes, Petra, y eso explica tu
incalificable tenacidad, que así como hay ciencias que se llaman
físico-matemáticas, otras existen con el nombre de
político-morales. -¿Y qué tenemos con eso, Avecilla?
-Tenemos que Pepita se compone, como todo ser racional y libre, de alma y
cuerpo, y se pasa el santo día y gran parte de la noche igualmente
santa,
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consagrada a las tareas propias de su sexo, que más
embrutecen que elevan el espíritu; es necesario que, de vez en cuando,
dé reposo al cuerpo y trabajo al alma, con la contemplación de lo
bello, lo bueno y lo verdadero.
Doña Petra estaba muy
acostumbrada a no entender palabra de cuanto decía su querido esposo;
pero lejos de burlarse de estos discursos, creía firmemente que a ellos
debía don Casto la conservación de su destino a través de
todos los ministerios y formas de gobierno. Aquella garrulería
incomprensible representaba a los ojos y a los oídos de doña
Petra el pan de cada día; creía con fe ciega que tales sentencias
y palabrotas eran la ordinaria tarea de su marido en la oficina de pastos.
Preciso es confesar que don Casto en ninguna parte como en su casa abusaba de
las palabras compuestas, del tecnicismo que no entendía y de las citas
inoportunas; recreábale la música de sus párrafos y:
-¡Aquí que no peco! -pensaba, disparatando en el
hogar doméstico más
graciosamente que en la
plaza pública y
sin trabas ni cortapisas.
Pepita que saltaba en su silla de
costura,
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deseando apoyar la resolución de su padre, se
contuvo ante el argumento de la franela. ¡El pobre viejo necesita tanto
aquel abrigo! En cambio su madre comenzó a rendirse ante la
consideración de que Pepita tenía alma y cuerpo y todo lo
demás que había dicho el sabio. La madre miró a la hija,
con los ojos llenos de lágrimas. ¡Si sabría ella
cuál era la pasión de Pepa! No en balde tenía la
niña un padre
tan fantástico. Lo que a él se
le iba en imaginar máquinas administrativas, fábricas de gobernar
al vapor, la niña empleábalo en crear poéticas figuras y
sucesos de inverosímil grandeza. Poco había leído porque
le faltaba tiempo; pero de restos de personajes y de intrigas que en malos
libros recogiera, iba formando todo en su rica y sana fantasía que
inspiraba un corazón tierno y ardiente en el amor de lo que
llamaría don Casto lo bueno, lo bello y lo verdadero.
Doña Petra no tenía
fantasía. -Los de mi tierra (una de las Cinco villas), no son
imaginativos, -decía ella; pero
respetaba el sagrado fuego que ardía en los dos seres que más
amaba. Nunca había engañado a
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su marido; mas
tenía un secreto deseo que por nada de este mundo le hubiera revelado:
volver a ver las figuras de cera. Todos los teatros de la tierra daba ella por
el placer de contemplar aquellos hombres que parecían de carne y hueso y
eran de la materia misma con que ella suavizaba el hilo. En el teatro los
hombres eran hombres efectivamente ¡vaya una gracia!, el caso era
parecerlo y no serlo. El encanto del engaño, de la imitación de
lo humano, era el único placer estético que comprendía
doña Josefa. Aunque ella oculte el deseo de que hablo, porque sabe que a
su marido le parece indigno de la esposa de un Avecilla, bien recuerda don
Casto el placer intenso que experimentó Petra en Zaragoza durante las
ferias de la Pilarica, contemplando la exposición de figuras de
movimiento de Mr. Brunetière.
-Ya se sabe -exclamó el esposo-,
para ti no hay comedia, drama, ni tragedia que valga lo que uno de esos cuadros
de la
cerámica -así llamaba don Casto
al arte que encantaba a su esposa-. Comprendo que guste la escultura... pero
¡la cerámica! -¿Pues qué mejor escultura que las
figuras
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de cera? -se atrevió a replicar la buena
señora. -¡Profanación! -Las estatuas, vamos a ver,
¿no quieren imitar a las personas? Pues las personas no andan en cueros
vivos, por poca vergüenza que tengan, ni con esas ropas menores
ceñidas al cuerpo. Si alguna estatua me gusta es la de
Mendizábal. -¡Ilustre patricio y estatua detestable!
-exclamó el marido. -Pues esa, a lo menos, tiene capa, como se usan y no
un camisón de once varas. Pero mejor están las figuras de cera
que traen ropa como las personas; vamos, de tela y de paño y a la moda
del día. Pues ¿y la color?, ¿y los ojos?, y
¿qué me dices de aquellas que alientan y se quejan como
cristianos? ¿No te acuerdas de la madre de Cabrera en la
prisión?, ¡qué lágrimas vertía la pobrecita!
¿Y aquel oficial moribundo?, ¡qué estertor aquel!,
así se mueren las personas de verdad; dímelo tú a
mí... -Pues ¿y el czar cayendo más muerto que vivo de su
coche?, ¿y aquel señor chiquitín que se llamaba el
señor Tres o Tries?... -Thiers, Josefa, el gran repúblico. -Pues
ese. ¿Y el papa Pío IX dándole la mano al que hay ahora y
los dos risueños como ángeles? -Basta, basta... Recuerdo,
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sí, recuerdo todas aquellas ignominias del arte -y
volviéndose a la hija continúa:- Figúrate, hija
mía; anacronismo sobre anacronismo (Pepita no sabía lo que era
esto); un
tutunvulutum (totum
revolutum), un
vademecum (pandemonium) una caja de
Pandorga (Pandora), en suma... Allí vi
¡horror!, a don Alfonso XII, al poder moderador, vestido de
capitán general, con su difunta esposa Mercedes, del brazo derecho y la
reina Cristina del izquierdo, ambas en traje de boda. ¡Bigamia espantosa,
cuyo ejemplo hubiera bastado para desmoralizar toda la
administración!... Después Rita Luna codeándose con Julio
Fabre, el Empecinado mano a mano con la Emperatriz Eugenia, Mariana Pineda, a
partir un piñón con el obispo Caixal... y por último,
Calderón de la Barca, con un libro encarnado entre las manos, un libro,
hija mía, titulado, bien lo recuerdo,
Voyage sur les glaces (como suena)... En fin,
Petra, tú estás dispensada de tener ideas estéticas. Vamos
al teatro.
Vencidos los últimos
escrúpulos, más económicos que estéticos de la
digna esposa, aquella honrada familia procedió a
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los
preparativos de la extraordinaria fiesta. Era preciso cenar artes de salir;
después hacer el tocado, como con gran afectación decía
don Casto, cuyo proteccionismo se extendía al idioma. -¡Yo no uso
galicismos! -gritaba ardiendo en la pura llama del patriotismo gramatical-. Y
era verdad que no los usaba a sabiendas, que es el único modo de usarlos
que consiente la gramática de la Academia.
Lo más interesante que
sucedió aquella noche en casa de Avecilla fue el
tocado de Pepita. Lector, si eres observador
y, además, tienes un poco de corazón, alguna vez te habrá
enternecido espectáculo semejante.
¿Cómo se compone y
emperejila, si don Casto permite la palabra, la hija de un pobre, en la
ocasión solemne y extraordinaria de ir al teatro? Veamos esto.
El tocador de Pepita era muy sencillo,
tal vez demasiado: un espejo de marco negro colgado de un clavo en la pared. Su
luna recordaba un día de borrasca en el mar por lo profundas que eran
las ondulaciones aparentes de la superficie. Pepita se veía allí
en zig-zags, pero acostumbrada
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ya a ello, mediante una
rectificación que su fantasía acertaba a imaginar en un instante,
la niña se servía de aquel mueble cual si fuese hermosa luna de
Venecia. Debajo del espejo había un costurero antiguo con un agujero
grande en el medio, obra de la industria casera; en aquel agujero se colocaba
la palangana de barro pintado. Sobre el costurero había un acerico de
terciopelo carmesí muy raído, unas flores de trapo procedentes de
algún ramillete de confitería, varios frascos vacíos y
algunos peines muy limpios.
Pepita acaba de peinarse; como ya es de
noche, ha encendido una vela de sebo y ensaya distancias entre la luz y el
espejo, la cabeza y la luz, para poder contemplarse. Está satisfecha. La
verdad es que en el espejo parece un monstruo; se ven unos ojos muy estirados
de arriba abajo, una frente deprimida y un moño que parece un monte;
pero Pepita no ve eso, ve la Pepita que lleva en la cabeza, la que ha visto en
los espejos de las tiendas, y esa es bonita y de facciones correctas. Valga
esta vez la verdad, no es tan bonita como ella se lo figura, no por vanidad,
sino por optimismo
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que nace del alegrón que le ha dado su
padre. ¡Ir al teatro! ¡Para Pepita el teatro es una cosa tan
distinta de lo demás del mundo! ¡Cuánto más hermoso!
Pocas veces lo ha visto, pero ni el pormenor menos digno de recuerdo se le ha
escapado de la memoria. ¡Si este pícaro mundo fuese como el teatro
o parecido siquiera! Allí los amantes son apasionados, tiernos,
caballeros y leales; ella no ha tenido más que un novio, pero hubo de
darle calabazas, porque el papá decía que era un holgazán,
que nunca podría sustentar una familia. ¡Oh vergüenza!
¡Un novio a quien es preciso dejar porque no tiene pan que dar a su
mujer! En el teatro también los novios son pobres a veces, pero en tales
casos la novia respectiva resulta princesa, y ella lo paga todo, y otras veces
es el novio el que sale siendo hijo de un banquero riquísimo, algo
tacaño y severo, pero que al fin se ablanda y todos quedan contentos. Y
en último caso, si el trance no tiene arreglo -Pepita prefiere que lo
tenga-, el amante se desespera, y se muere o se mata, y aunque esto es una
atrocidad, un pecado muy grande, ello prueba mucho amor.
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Pues,
¿y las comidas del teatro? ¡Qué lujosa mesa!
¡Cuántas damas y señores! ¡Qué de criados con
librea! ¡Qué ramos de flores sobre la mesa! y
¡cuántos vinos exquisitos! Pepita nunca ha comido mejor que en su
casa. ¡Oh, el teatro es una ventana por donde se ve desde la triste vida
las alegrías del cielo! Pues, ¿dónde dejamos aquel hablar
en versos tan bonitos, sin que falte nunca la copla? (el consonante). ¡Y
qué bien recitan todos, hasta los graciosos más zafios!... Pepita
se vuelve loca de alegría sólo con pensar en lo que se va a
divertir.
Una vez decidido que se va al teatro
cueste lo que cueste (y costará poco), Pepita ya no se contiene; canta,
habla deprisa, casi llora de entusiasmo, dice mil tonterías...
¡está la pobre tan nerviosilla! Desde la alcoba donde se
está mudando las enaguas y toda la ropa interior, habla con su padre,
que se pasea muy satisfecho por la salita única de la casa. En la otra
alcoba, la del matrimonio, la Sra. de Avecilla se está mudando el traje
también, y al mismo tiempo reza las oraciones de su devoción,
segura de que al volver del teatro
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el sueño no le
dejará concluir ni un
Padre nuestro.
-Papá -grita la joven-, ¿a
qué teatro vamos? -Eso lo pensaremos, hija mía; es necesario
saber distinguir de arte y arte; y, como yo decía hoy en la oficina a
aquellos señores, el teatro puede moralizar, sí, señor,
puede moralizar y puede desmoralizar; de modo, que lo pensaremos.
-Papá, ¿llevarás la
corbata que no has estrenado, por supuesto? -Sí, hija mía, por
más que te confieso que todavía no he comprendido bien el
mecanismo de la tal corbatita. Cuando la compraste en la esquina del Principal,
¿no te dijeron cómo se ponía?
-Sí, papá; verás,
yo misma te la pondré.
Y Pepita sale con la corbata de su padre
entre manos.
Don Casto contempla a su hija con cierta
melancolía. -Mi hija -piensa-, está más bonita cuando no
viste sus galas. Ese abrigo, ese maldito abrigo me la desfigura.
Y es verdad, Pepita no viste bien la
ropa mala. Es posible que si entregaran su cuerpo bonito a una buena modista,
hiciera
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con él maravillas, pero la muchacha, que se pone
tan pocas veces el vestido bueno (el más viejo porque no se usa nunca),
semeja una lugareña mal pergeñada con los trapos de cristianar.
Hasta el peinado parece mal, afectado, estirado,
relamido. La poca práctica no la
permite ser hábil en su tocado, y tarda en peinarse y se soba demasiado;
está muy colorada y tiene un poco untada la frente de no sé
qué, pero ello es que tiene reflejos nada agradables: no es aquella la
Pepita de todos los días, y bien lo conoce su padre; pero se guarda de
comunicar su pensamiento.
La niña se cree más guapa
que nunca, o acaso no piensa en tal cosa: piensa en el teatro. La corbata de
plastrón ya está puesta. Don
Casto se ha quitado el ruso, la americana y el chaleco, y con el cuello
estirado, mordiendo con el labio superior el inferior, como si pretendiese
estirar la piel y evitar un pellizco del resorte de la corbata que,
francamente, le ahoga, permite que Pepita medio le sofoque con el pretexto
fútil de engalanarle. Don Casto no se ha dado cuenta del procedimiento;
para él es un misterio cómo se ponen esas
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corbatas,
que entran y salen tantas veces en unos ganchos que tienen, no sabe él
dónde.
-Pues, sí, hija mía, el
teatro moraliza, pero es necesario saber elegir. El can-can perdió a
París, perdió a Francia; en cambio, ¿sabes quién
ganó a Sedán? -Los alemanes -dice Pepita. -¡De ninguna
manera! -¿Pues quién? -El maestro de escuela -dice la mamá
saliendo de la alcoba. -¿Cómo sabes tú eso? -pregunta
Avecilla asombrado. -¡Toma, porque te lo he oído decir cien veces!
-Los franceses se lo tienen merecido. Ellos han corrompido la Europa latina...
Por ejemplo: estas corbatas, ¿quién las ha inventado sino
ellos?
Don Casto está irritado; aquella
prenda de
importación francesa le da
tormento.
Al fin salen de casa.
-¿Adónde vamos? -pregunta
la mamá.
-¿Quieres que vayamos al
Español?
-¿Qué representan
allí?
-El pelo de la
dehesa... Comedia culta; yo la he leído... y ahora que recuerdo,
tú, niña (habla con su mujer), haz memoria,
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¿no te acuerdas de que la vimos en Zaragoza?
-¡Ah, sí! Es aquella
comedia tan larga y tan pesada, donde todo el tiempo se están los
cómicos en una habitación, y pasa un acto, y nada, la misma
habitación... ¡Reniego de ella!
-Sí, verdad es que renegaste y me
hiciste abandonar el teatro antes del cuarto acto.
-Pues claro; cuando una es pobre y se
divierte pocas veces, quiere divertirse de veras. Mira tú, que para ver
no más que una sala y un señor de pueblo, una especie de
baturro... y precisamente en Zaragoza... ya ves, eso es muy aburrido.
-Pues, bien; da tu voto, mujer.
-Yo opino... que vayamos a la
Zarzuela.
-¡Ay, sí, sí, a la
Zarzuela, papá! -exclama Pepita.
Don Casto se detiene. Siente
decírselo a su señora e hija, siente contrariarlas pero... lo
dice al fin, con tono solemne y misterioso:
-¡La Zarzuela es un género
híbrido!
Pepita no insiste. Su papá es
para ella
-198-
una autoridad; no sabe lo que significa híbrido,
pero no debe de ser cosa buena.
La digna esposa de Avecilla exclama:
-Entonces, no digo nada; lo primero es
que a la chica no la abran los ojos con picardías...
Sin embargo, en su fuero interno, la
austera dama protesta, porque ella ha visto muchas zarzuelas que no eran
híbridas, sino muy inocentes y
morales... Poco después, piensa: -Eso de híbrido, acaso
signifique otra cosa.
-¿Quieres que vayamos a la
ópera, papá? Allí hay muy bonitas decoraciones y eso le
gustará a mamá.
-Te diré, Pepita: la ópera
no es híbrida, pero... ya sabes cuál es mi sistema
económico; soy libre-cambista como gobierno, en mi entidad Estado, pues
ya sabes que todos formamos parte intrínseca del Estado, pero en cuanto
particular, creo deber mío consumir productos nacionales; el arte es
producto, luego yo debo proteger el arte nacional, y en la ópera cantan
en italiano.
-Y lo peor es que no se entiende
-observó la digna esposa.
-199-
-Y además, ahora recuerdo que
está cerrado el Real -concluyó Pepita.
-¿Qué les parece a ustedes
de irnos a los caballitos, a Price? -propuso la madre.
-Eso no es arte, es decir, no es arte
bella.
-A mí no me gustan los
títeres, yo quiero teatro.
-Pero el teatro... el teatro...
¡Si no hay ninguno que os agrade!
-A mí, todos, madre.
-Pero tu padre no acaba de
decidirse.
Estaban en la Puerta del Sol; el reloj
del Principal señalaba las nueve en punto.
-¿En qué quedamos,
papá?
El entusiasmo artístico de don
Casto se había enfriado un poco. Al valor de gastarse doce o veinte
reales, protegiendo el arte nacional, había sucedido en su
espíritu una serie de reflexiones relativas a las ventajas del ahorro en
las clases pobres.
Mientras su hija decía que era
tarde y que ya no se llegaría a ningún teatro serio a buena hora,
Avecilla recordaba lo que había oído y leído de las
excelencias del interés compuesto de las cajas de ahorro, de lo que
llega a ser el
óbolo del pobre en
-200-
una
de estas instituciones benéficas que hay en el extranjero.
-Después de todo, hija
mía, el arte está perdido.
La señora de Avecilla notó
la reacción que experimentaba su amante esposo, y quiso aprovecharla en
bien de la economía doméstica, asegurando que, en efecto, estaba
perdido el arte, y añadiendo:
-¿Vamos un rato hacia la
feria?
-¿A qué feria,
mamá, a estas horas?
Era el año en que el ayuntamiento
de Madrid procuró atraer a la capital toda la riqueza de España,
haciendo en el Prado una feria digna de Pozuelo de Alarcón.
Más arriba del Prado, entre el
Dos de Mayo y el Retiro, habían sentado sus reales una multitud de
artistas errantes, de esos que van de pueblo en pueblo y de gente en gente,
enseñando monstruos de la fauna terrestre a la asombrada humanidad. Una
ciudad de barracas se había plantado a las puertas del Retiro. Don Casto
lo sabía, y aprobando el proyecto de su esposa, dirigió sus pasos
y los de su familia a la feria de maravillas zoológicas.
-201-
-¿Pero qué, ya no se va al
teatro? -preguntó tímidamente Pepita.
-A la vuelta de la feria, veremos una
pieza en Variedades o en Eslava... todo es arte. Pero antes vamos a ver si tu
madre satisface esa curiosidad que siente ante lo fenomenal y supra... y
supra... En fin, vamos a ver
la mujer gorda.
El matrimonio, sin decirse nada, se
había puesto de acuerdo para gastar poco. Buscaban sofismas que les
sugería el espíritu del ahorro, para conciliar las altas
aspiraciones estéticas de la familia Avecilla con la parsimonia en los
gastos extraordinarios, como pensaba don Casto.
Llegaron a las barracas. Pasaron sin
manifestar la menor curiosidad delante de la casa de fieras, en que se
enseñaba un tigre de Bengala, un oso blanco algo rubio, y dos lobos. En
vano, en otro de aquellos cajones de madera, gritaba el hombre de las
serpientes; y hasta se oyó con indiferencia el pregón de la
ternera con dos cabezas. Algo llamó la atención de la
señora de Avecilla; una voz que exclamaba:
-¡Aquí, aquí, a la
mona que da de mamar a un gato vivo!...
-202-
Pero la mirada imperiosa de don Casto,
que iba un poco avergonzado, hizo que el deseo de su señora muriese al
nacer.
Siguieron adelante. Por fin, entre rojas
teas, que arrojaban al espacio ondulantes columnas de humo pestífero, la
señora de Avecilla vio en un gran lienzo pintado una arrogante figura de
mujer con barbas, la cual, castamente, cultivando el arte por el arte,
enseñaba al ilustrado público una arrogante pantorrilla,
ceñida de una liga en que pudo leer don Casto difícilmente:
Honni soit qui mal y pense.
Había leído en voz alta, y el público indocto que rodeaba
la barraca (soldados y paletos, mozuelas y pillastres), se acercaron para
oír la traducción que iba a hacer de la misteriosa
inscripción aquel señor tan estirado.
-¿Qué significa eso,
Casto? -le preguntó su esposa muy hueca, facilitándole la
ocasión de lucirse en público.
La buena señora creía que
su esposo sabía, por adivinación, todas las lenguas, incluso el
griego, idioma a que sin duda pertenecía aquel letrero. D. Casto se puso
muy colorado y metió tres dedos entre la corbata, que le ahogaba, y la
nuez.
-203-
-Eso -dijo por fin- es... una divisa
que... que... que habréis visto en los forros de los sombreros... No
tiene traducción literal... pero está en inglés... de eso
estoy seguro.
El redoble de un tambor cubrió su
voz, como la de Luis XVI en el cadalso.
Desde una doble escalera de mano, de pie
en el más alto peldaño, un charlatán, cubierto de
larguísima camisa que llegaba al suelo, comenzó a predicar la
buena nueva de
Mademoiselle Ida, la señorita gigante
de
Maryland, en los Estados Unidos de
l'Amérique.
El hombre de la escalera, después
de contar la historia de nuestra mujer gorda, se atribuyó su
personalidad, y para acreditarla decía:
-¡Señores, aquí
tienen la gran camisa y las fenomenales medias!
Y por medias enseñaba dos grandes
sacos por donde metía la cabeza.
Después le echaron desde abajo
una almohada de regular tamaño, y con ella quiso imitar las turgencias
más apreciables y escultóricas de la mujer gorda.
-¡Oiga V., caballero!
-gritó, al llegar
-204-
aquí, D. Casto Avecilla, colorado
como una amapola, tanto por el rubor cuanto por el apretón que le daba
la corbata, que le estaba degollando-. ¡Oiga V., caballero, delante de mi
hija no se hacen esas indecencias, y esto es engañar al público,
que tiene derecho a que se le indemnice!...
En aquel momento se acordó de que
nada le había costado el espectáculo, que era al aire libre y sin
entrada, en medio de la feria.
-Pardon, monsieur,
mais nous sommes ici chez nous, s'il vous plaît, -dijo el de la
camisa, en francés, con acento catalán.
-Si no le gusta la función puede
usted marcharse -dijo un soldado cuyas castas orejas no lastimaban aquellas
alegorías pornográficas.
Avecilla replicó:
-Y sí, señor, que me
marcharé; y si la autoridad fuese en todo como en lo que yo me
sé, si el Estado tuviese sus representantes en todas partes, esto no
pasaría, no, señor; esto es desmoralizar al pueblo, al pobre
pueblo, que no puede permitirse el lujo...
-¡Fuera, fuera! ¡Que baile
D. Quijote!
-205-
-gritó la chusma por cuya moralidad
volvía angustiado Avecilla.
Pepita había vuelto la cara con
asco y sin remilgos; en el rostro de doña Petra había una sonrisa
triste y amarga, pues en el fondo se reconocía culpable. Por
codicia, esa codicia del pobre que se parece
tanto a una virtud, no había querido ir a un teatro de los caros, y
así había llegado, en su afán de economía, hasta a
contentarse con el espectáculo gratuito... ¡Y el
espectáculo gratuito era un hombre en camisa de once varas, imitando
lúbricos movimientos y formas abultadas de mujer gorda y desnuda...!
Ausentose de aquel sitio la honrada
familia, y a los pocos pasos vio D. Casto en otro barracón un letrero
que decía: «La verdadera mujer gorda, no
confundirla con la de enfrente. Entrada, quince céntimos personas
mayores. Niños y militares, perro chico». D. Casto consultó
a su dignísima esposa con la mirada. Ello había que cumplir a
Pepita lo ofrecido, un recreo para el espíritu, para la
imaginación de la muchacha sobre todo... y aquel que se ofrecía
delante de los ojos era barato...
La verdadera mujer gorda.
-206-
Valga la verdad, el mismo matrimonio
tenía ardientes deseos de ver un fenómeno. Entraron, pues, no sin
dejar a la puerta cuarenta y cinco céntimos. La mujer gorda, vestida de
pastora de los Alpes, estaba sobre el tablado, que tanto tenía de
escenario como de nacimiento; en el fondo había una decoración de
paisaje alpestre, cuyas montañas más altas llegaban a la mujer
gorda (Mlle. Goguenard) a las rodillas. Estaba sentada en una silla de paja, y
en la mano derecha tenía, en vez de cayado, una enorme tranca; la mano
izquierda acariciaba en aquel momento una barba de macho cabrío que
descendía por las turgencias hirsutas que revelaban de manera indudable
la autenticidad del sexo.
Las candilejas de pestífero
aceite estaban a media luz; el público llegaba poco a poco, y en pie
todos, en semicírculo, se colocaban cerca del escenario con religioso
silencio. Predominaba aquí también el elemento militar, y no
faltaban cinco o seis muchachuelas de la hez del pueblo, andrajosas, que
procuraban vestir sus harapos con la rigidez manolesca, y que reían y
cuchicheaban y se decían al oído mil picardías
-207-
que les inspiraba la presencia del monstruo.
Mlle. Goguenard hablaba en
francés con una mujer de la barraca inmediata que iba a visitarla de vez
en cuando. Decía, pero no lo entendía el público, ni el
mismo don Casto, que el oficio era horroroso y que ya estaba cansada de aquella
estupidez. Las miradas que repartía por la asamblea eran de desprecio y
de cólera.
-¡C'est
bête! ¡C'est bête! -repetía la mujer gorda,
y gruñía moviendo la feísima cabeza.
En tanto D. Casto, en voz baja, daba
explicaciones a su familia, que le escuchaba, olvidada ya la vergüenza de
la barraca de las falsificaciones, con ojos llenos de curiosidad, una
curiosidad puramente científica. Doña Petra presentaba a su
marido las más difíciles cuestiones fisiológicas y
etnográficas, segura de que Avecilla lo sabía todo. Era su
creencia fija: su esposo estaba al cabo de la calle de cuanto se puede saber en
este mundo, y la tenía indignada que todo esto no bastara para lograr un
mal ascenso en Pastos.
-Pues bien -decía D. Casto-, los
gigantes
-208-
van desapareciendo poco a poco; pero hubo un tiempo en
que ellos dominaban y tenían al mundo entero en un puño. La
historia registra varios gigantes célebres, por ejemplo, Goliat,
Gargantúa...
-Y el gigante chino -se atrevió a
decir Pepita, interrogando con la mirada.
-Y el gigante chino -repitió su
padre, que no recordaba más gigantes registrados por la historia.
-Pero esta no es gigante -objetó
doña Petra, cuyo buen sentido, sin querer ella, presentaba argumentos
invencibles a la sabiduría de su esposo.
-Distingo, señora mía,
distingo -dijo D. Casto-. No es gigante en sentido longitudinal; pero has de
saber, esposa mía, de aquí en adelante, que hay tres dimensiones:
longitud o largo, latitud o ancho, y profundidad o grueso... pero grueso vale
tanto como gordo, luego esa señora es gigante en sentido lato, o mejor
diré, en cuanto a la gordura o profundidad.
Esta vez triunfó el amo de la
casa por completo.
-¡Y pensar que a este hombre no le
llega el sueldo al último día del mes! -se
-209-
dijo a
sí misma doña Petra suspirando.
Un redoble de tambor que resonó
fuera anunció al público que empezaba la exposición.
-Cuarenta y ocho veces me
he ensenado al ilustrado público -dijo
la mujer gorda a su amiga. Y después de dar al aire un suspiro,
acercó la silla a las candilejas y comenzó su relato en un mal
español y con voz ronca y gesto displicente.
La familia de Avecilla se había
colocado en primera fila, y como don Casto era a todas luces la persona de
más representación y más estatura de las del teatro, a
él se dirigían las miradas y las palabras de la Goguenard.
Doña Petra sintió un asomo de celos. Atribuyó aquella
predilección al aire de salud de su marido.
La relación de la mujer gorda era
muy sencilla. No había en ella, como en la del farsante de marras, asomo
de lubricidad; se trataba la cuestión de sus buenas carnes desde un
punto de vista puramente antropológico. Don Casto así lo
comprendió, prestándose gustoso a ser el Santo Tomás de la
reunión, es decir, el testimonio vivo del concurso, mediante el sentido
del tacto.
-210-
La Goguenard decía:
-Señores, esta pantorrilla -y levantando la falda de color de rosa y las
enaguas mostró una mole cilíndrica de carne que se transparentaba
bajo media de seda calada-, esta pantorrilla ha llamado la atención de
las dos Américas, de las colonias inglesas, de la India y de toda la
Europa; es de carne verdadera, aquí no hay nada falso, puede palpar el
señor y se convencerá de ello...
Don Casto, como dejo dicho, no tuvo
inconveniente en palpar, previa una mirada de consulta a su esposa, que
aprobó orgullosa y muy contenta.
Bien sabe Dios que don Casto iba a tocar
aquella carne libre de todo mal pensamiento, pero fuera que su vida
exageradamente casta, si en tal virtud cabe exageración, le hubiera
conservado fuegos interiores ocultos, apagados generalmente en los de su edad,
fuera la emoción de la notoriedad, o lo que fuera, Avecilla se puso
pálido, tragó saliva y por sus ojos pasó una nube que los
oscureció por un momento. Lo que sintió don Casto es un misterio,
pero es lo averiguado que tardó algunos
-211-
minutos en
reponerse, y no sin trabajo pudo decir al numeroso público:
-¡Carne, carne y dura!
Y todos creyeron bajo la palabra de
abuelo, como le llamó inoportunamente
una chula en embrión.
Para doña Petra no pasó
sin ser notada la turbación de su esposo; Pepita sintió otra vez
la repugnancia de poco antes al ver a su padre palpar pantorrillas de
fenómenos del
sexo débil. Además, el
espectáculo, hasta entonces compatible con el más recatado pudor,
cambió de aspecto cuando dos o tres mozalbetes se acercaron a repetir la
experiencia de don Casto. Como durase la prueba del tacto más de lo que
parecía regular a la mujer gorda, esta levantó la tranca y
amenazó con ella, diciendo a la vez a los atrevidos y concupiscentes
mancebos:
-¡Fuera, canalla!... ¡Id a
palpar!...
¡Y añadió
horrores!
Carcajadas del cinismo, epigramas de la
desvergüenza, todo el repertorio de los lupanares se cruzó entre el
concurso hasta entonces comedido y la robusta pastora de los Alpes... Los
Avecilla salieron a paso
-212-
largo, corridos, muy disgustados, sin
hablarse, y llenos de remordimientos el esposo y la esposa.
Dejaron la feria, atravesaron el Prado y
subieron por la Carrera de San Jerónimo; callaban los tres. Don Casto no
se conocía, renegaba de sí. Nada de aquello era digno de una
rueda del Estado, de una entidad que no debe, que no puede tener pasiones
vergonzosas. Y no cabía duda, a sí propio tenía que
confesárselo, por más que hasta la hora de la muerte se lo
ocultase a su pobre Petra: él, don Casto, la rueda, había sentido
un extraño, profundo deleite, al tocar la carne dura y fresca entre las
mallas de seda... Sí, esta era la verdad, la verdad desnuda.
Doña Petra subía la calle
un poco amostazada, pero reprimiéndose; no quería manifestar sus
recelos; no había forma decorosa de hacerlo delante de la
niña.
¡La niña! Esto era lo peor.
¡Qué cosas había visto la niña! ¡Y eran ellos,
sus padres, los que le habían abierto los ojos, los que habían
puesto la provocación de la lascivia ante su virginal mirada!
Pepita iba un poco avergonzada. No se
-213-
atrevía a mirar a su madre; temía que le conociese
aquella excitación en que la tenían los repugnantes
espectáculos que dejaba atrás.
En la esquina de la calle del
Príncipe fue necesario hablar algo. -¿Y ahora? -se atrevió
a decir doña Petra. -A donde queráis -respondió Pepita,
resignada. -¿A casa? -Es temprano -dijo apenas don Casto, hablando como
aquel que no tiene saliva. -¿Vamos a ver una piececita a Variedades?
-Está lejos. -Pues a Eslava, que está al paso. -Vamos a Eslava-.
Y fueron.
Por el camino ya se habló algo,
para olvidar, o procurando a lo menos, las escenas de los barracones. D. Casto,
a quien la corbata se le iba metiendo carne adentro, aparentó
jovialidad. ¡En vano! Estaban todos tres cortados, se miraban unos a
otros con miedo. ¡Si algún pensamiento poco honesto, que lo dudo,
había ocupado jamás a aquellos tres espíritus sencillos,
no había sido ciertamente comunicado entre ellos, pues en todas sus
relaciones había reinado siempre la castidad más perfecta!
¡Y ahora tenían aquel fango, aquella vergüenza
-214-
en común, en la sociedad de su vida íntima! La incomodidad de
esta repugnancia la sentían ellos con mucha más fuerza que yo la
explico.
En Eslava les tocó ver una
zarzuela llena, también, de pantorrillas y de chistes verdes. Cada
alusión iba derecha a lo que guarda más el decoro del contacto de
los labios. Muchas las entendía Pepita, por demasiado transparentes;
otras, a fuerza de discurrir, sin poder contener el pensamiento, lo que
significarían aquellos chistes que el público recibía con
carcajadas maliciosas... Acabó la zarzuela y empezó el baile.
-¡Más pantorrillas!
-gritó D. Casto sin poder contenerse y a punto de ser estrangulado por
la corbata. Y puesto en pie, intimó a los suyos la orden de
retirada.
Cogieron las mujeres sus abrigos y
salieron a la calle, no sin que les acompañara el público de las
alturas con ese castañeteo de la lengua con que se echa a los perros de
todas partes y a los espectadores impacientes de los teatros, según
moderna costumbre, menos culta que bien intencionada.
-215-
Salieron los Avecilla abochornados,
llegaron a su casa, que estaba cerca, y sin hablar de las emociones de la
noche, Pepita se fue a su alcoba, después de dar un beso en la frente de
su padre. A su madre no se atrevió a besarla. Don Casto observó
que la niña estaba agitada, descompuesta, que tropezaba con las sillas;
y el color encendido, el sudor que le caía en copiosas gotas por sienes
y frente, notó que le sentaban muy mal. Aquella noche su hija no era la
de siempre, la tranquila hermosura que cosía a la máquina en
enaguas, durante el verano, enseñando la hermosa garganta, nada
más que la garganta, y alegre y sin aquellas brasas en las mejillas.
Cuando don Casto estuvo solo con su
esposa, en esa hora en que los matrimonios bien avenidos y de larga vida
conyugal, se acarician comunicando ideas, hablando de los hijos y de la
hacienda, en esa hora, resumen del día, Avecilla miró, por fin, a
Petra, cara a cara. Ella bajó los ojos, perdonando y pidiendo
perdón a un mismo tiempo. Se sentía culpable de una sordidez que
era una virtud necesaria para su miserable hacienda.
-216-
-¡Pobre hija mía!
¡Poco se ha divertido esta noche! -dijo el padre.
-¡Poco! -contestó la
madre.
Y sin decírselo, pensaron los dos
a un tiempo: -¡La hemos ultrajado! -Don Casto, exagerado en todo y amigo
de la hipérbole, hasta de pensamiento, fue más allá;
pensó también así: -¡La hemos prostituido!
Silencio otra vez. Doña Petra se
acostó primero; volvió a rezar, porque le pareció que las
oraciones de aquella tarde ya no servían, y quiso purificarse con otro
rosario de coronilla. En tanto, don Casto paseaba por la sala en mangas de
camisa, con los tirantes colgando, y así estuvo hasta que se le
ocurrió una frase que reputó oportuna porque no decía nada
y decía mucho. Mientras procuraba, maquinalmente y en vano, quitarse la
corbata, mirándose al espejo, exclamó en voz alta, para que
doña Petra le oyera:
-¡Lo barato es caro!
Este aforismo
económico-alegórico-moral, como para sí le llamó
Avecilla, no mereció respuesta ni comentarios por parte de doña
Petra, sin embargo de que lo había
-217-
entendido
perfectamente. -¡Acuéstate, Avecilla! -fue lo que ella dijo.
-Bien quisiera; pero, la verdad, esta
maldita corbata... estos malditos resortes, esta industria transpirenaica...
¡No sé por dónde metió la niña esta punta de
acero! ¡Ay!
-¿Qué es eso,
Avecilla?
-Nada, un pinchazo... ¿Pero,
Señor, por dónde se saca eso?... Y lo peor es que me aprieta, me
ahoga... ¡Parece un remordimiento esta corbata!...¡Puf!
¡Renuncio, renuncio!
-¡Ven acá, hombre, a ver si
yo puedo!
Doña Petra tampoco pudo.
Avecilla va y viene del espejo a la
cama, de la cama al espejo; ni él ni su digna Petra son capaces de
encontrar el resorte de aquella condenada máquina del
plastrón.
-Comprendo lo de Sedán
-gruñe don Casto, dando pataditas en el suelo-. No se parece la
mecánica de esta corbata a la del Estado; en la máquina
pública todo es armonía, relación; aquí...
¡no hay diablos que den en el intríngulis de este artefacto!... Si
por aquí, nada; si tiro de aquí, menos
-218-
-y sudaba
sangre el buen señor. -¡Llama a Pepita! -dijo doña
Petra.
-¡No en mis días!
¡Déjala dormir en el sueño de la inocencia! -y
continuó:
-Estoy resuelto, ¡me
acostaré con corbata y con camisa! ¡Yo, que no he consentido
jamás que me hicieran dormir con ropa almidonada! ¡Pero, en fin,
me sacrificaré! ¡Todo, antes que interrumpir el sueño de la
inocencia! Porque aún será el sueño de la inocencia,
¿verdad, Petra mía?
-¡Pues claro, hombre!
Ambos esposos pensaban en lo mismo, en
la pantorrilla de Mlle. Goguenard.
Don Casto se acostó sin quitarse
la corbata. Apagó la luz. -Duerme -dijo a su señora. -¿Y
tú? -¡Yo! ¿Quién duerme con este lazo al cuello?...
¡Soñaría que me daban garrote! -¿Pues por qué
no quieres despertar a Pepita? -¡Que duerma, que duerma la inocencia...
su padre vela!
Reinó el silencio en la
oscuridad. Don Casto, sentado en la cama, apoyada la espalda en los
almohadones, daba suspiros al viento con la fuerza de muchos fuelles.
Doña Petra no suspiraba, pero tampoco dormía. Un reloj dio las
dos.
-219-
-¡Si hubiéramos ido a la
Zarzuela! -se atrevió a decir doña Petra, como continuando una
conversación entablada de espíritu a espíritu, sin
necesidad de palabras, entre los cónyuges.
-¡Sí; debimos haber ido a
la Zarzuela!
-Pero como tú dices que es un
espectáculo
híbrido.
-Eso es cierto,
híbrido.
Nueva pausa. Nuevo atrevimiento de
doña Petra.
-¿Y qué significa eso de
híbrido?
-Petra -respondió el viejo,
ocultando mal su enfado-, diversas y varias veces te tengo reprendido, en el
tono de la más cordial amistad, ese espíritu concupiscente de
preguntarlo todo. Y sobre que más pregunta un necio que responde un
sabio, debo advertirte que yo no recuerdo en este momento lo que esa palabreja
significa; pero ten por seguro que la zarzuela es un espectáculo
híbrido, pues yo lo he leído en
críticos famosos y a ellos me atengo. Y duerme y calla, que harto tengo
yo con esta maldita corbata para martirio de esta noche, y si no fuera un
absurdo en el terreno
-220-
de la economía, ya habría
cogido unas tijeras...
-¡Jesús, hombre! ¡Una
corbata que costó tantos reales!
-¡Pues por eso digo que
sería un absurdo!
Durmió doña Petra y al
cabo don Casto también, y soñó que le llevaban al
patíbulo, como había previsto, y que por el camino del
patíbulo había tendidas mujeres gordas, entre cuyas piernas mal
cubiertas tenía que pasar don Casto, pisando carne por todos lados...
Doña Petra no soñó nada. A la mañana siguiente, la
rueda administrativa se despertó en D. Casto con grandes ansias de
funcionar. Pepita, contra su costumbre, no se había levantado
todavía. Avecilla se alegró en el fondo del alma. Salió
muy temprano, sin hacer ruido, y como las oficinas no estarían
aún abiertas, se fue al Retiro. -¡Oh! ¡La naturaleza
-pensaba don Casto-, único espectáculo gratuito y moralizador!
Cuando quiera que Pepita se distraiga y dé libre vuelo a su
imaginación, la traeré al Retiro por la mañana, en vez de
llevarla al teatro por la noche. Aquí las flores deleitan el
-221-
sentido del olfato, las aves el del oído, la naturaleza
entera el de la vista, las brisas el del tacto, que según aseguran los
sabios, está esparcido por todo el cuerpo, y por último, podemos
corrernos con un cuartillo de leche de vaca, recreo sabrosísimo del
gusto, leche con bizcochos... -y siguió perdiéndose en aquel
idilio y entre las enramadas del Retiro.
Cuando entró en la oficina, ya
estaban trabajando, es decir, leyendo periódicos, algunos
compañeros.
-¡Hola, hola, Casto! -se
permitió decirle un vejete, el único que le tuteaba-.
¡Parece que se trasnocha!...
Sero venis. ¡Y qué cara,
qué palidez, qué ojos hinchados! ¡Ah, Casto, Casto!
¡Me parece que andas en malos pasos!...
-Señores, ¿quién ha
contado aquí?...
-¡Todo se sabe! -dijo el viejo con
malicia, para descubrir algo.
-¡Me han visto en la barraca de la
mujer gorda! -pensó Avecilla horrorizado-. ¡Pues bien,
señores, juro con la mano puesta sobre el corazón, por mi honor y
por los Santos Evangelios, que mi curiosidad era puramente
artístico-científica!
-222-
Es cierto que la pantorrilla
de aquella robusta señora...
-¡Bravo, bravo, confiesa!
-gritaron todos a coro.
No se le dejó proseguir; ya no
pudo en su vida explicar aquellas palabras, y quedó como artículo
de fe en la oficina que don Casto Avecilla era como los demás, que
tenía una querida y era robusta.
-En fin, caballeros -dijo don Casto,
renunciando a explicarse porque no le dejaban-, todo lo que ustedes quieran
será; pero yo les ruego por caridad que alguno que entienda estas
trampas de las corbatas con resorte, me libre de este dogal que me sofoca.
-¡Uf! -respiró don Casto,
moviendo la cabeza, sacudido ya el ominoso yugo.
Respiró con libertad; ¡pero
ay!, su reputación de casto esposo, de modelo de padres de familia,
había desaparecido para siempre.
¿Y su hija? Su hija...
¿había perdido la inocencia aquella noche?
Yo le diré al lector, en secreto,
que no hubo tal cosa.
Pero cuando, años después,
la pobre
-223-
Pepita, como tantas otras, sucumbió a los
pérfidos halagos del amor de infantería y fue víctima de
los engaños de un subteniente, huésped de la casa, don Casto,
llorando su deshonra, se atribuyó toda la culpa de tan grande
infortunio...
-¡Sí, sí! -exclamaba
medio loco, mesándose las venerables canas-. ¡Yo la
prostituí aquella maldita noche, por no llevarla a un teatro
clásico, por querer ahorrar ocho reales! ¡Lo barato es caro, lo
barato es caro!... ¡Yo bien decía!
Y doña Petra, por todo consuelo,
repetía cien y cien veces:
-¡Si hubiéramos ido a la
Zarzuela!
Zaragoza, 1882.
-224-
-225-
-226-
-227-
  El hombre de los estrenos
Yo le conocí una vez que
mudé de fonda, que, como diría D. Juan Ruiz de
Alarcón:
|
«Sólo es mudar de dolor».
|
Entré en el comedor a las doce del
día, y me vi solo.
Habían almorzado ya todos los
huéspedes, menos uno, cuyo cubierto, intacto, estaba enfrente del
mío.
A las doce y cuarto entró un
caballero robusto, alto, blanco, de grandes ojos azules claros, con traje
flamante, si bien de corte mediano, pechera reluciente, bigote
-228-
engomado. Parecía un elegante de provincia.
Me saludó con una cabezada, y con
voz sonora, rimbombante, gritó, mientras daba una palmadita
discreta:
-¡Perico, fritos!
Pedía huevos fritos, según
colegí del contexto, o sea de los huevos que aparecieron acto continuo,
fritos efectivamente.
El caballero, a quien sin más
misterio llamaré desde ahora D. Remigio, pues este era su nombre, D.
Remigio Comella, para que se sepa todo, colocó a su lado, a la derecha,
sobre el terso mantel, cinco periódicos, uno sobre otro.
Desenvolvió el primero, después de hacer igual operación
con la servilleta, que puso sobre las rodillas no sin meter una punta por un
resquicio del chaleco de piqué blanco. Paseó una mirada de
águila... del Retiro por la plana primera del papel impreso, que
olía así como a petróleo; dio la vuelta a la hoja con
desdén, miró todas las columnas de la segunda plana de arriba a
abajo, y al llegar a la tercera, respiró satisfecho; me miró a
mí casi sonriendo, dobló otra vez el periódico a su modo y
se abismó en la lectura
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de aquellas letras borrosas, que
apestaban.
Por cada bocado de pan mojado en la yema
de huevo leía media plana. Terminó su lectura, cogió otro
periódico y volvió a las andadas. Al llegar a la plana tercera,
siempre doblaba el papel y me miraba a mí como aquel que está
reventando por decir algo. Así leyó todos los periódicos.
¡Y los huevos, fríos, sin acabar de cumplir su misión sobre
la tierra!
Yo soy muy aprensivo, sin que esto sea
pretender bosquejar mi biografía, soy muy aprensivo; y por aquel tiempo
escribía en los periódicos de Madrid revistas de teatro, que Dios
me haya perdonado. Aquellos huevos fríos se me estaban indigestando a
mí. ¿Dónde hay cosa más contraria a la higiene que
comer y andar, es decir, comer y leer al mismo tiempo? Yo, que tengo el
estómago un poco averiado -olviden ustedes este dato en cuanto quieran-
y que ya por la época a que me refiero estimaba mucho más la
salud que
el veredicto del público ilustrado y el fallo
de la crítica en la prensa periódica, estaba sintiendo las
náuseas que debiera sentir aquel señor que devoraba
párrafos incorrectos en vez de almorzar
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como Dios manda.
Dos o tres veces estuve tentado a recitar aquello de
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«Bebiendo un perro en el Nilo, |
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al mismo tiempo corría. |
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-Bebe quieto -le decía |
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un taimado cocodrilo». |
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Pero es claro que contuve mi deseo. No temía yo hacer el
papel de cocodrilo inocente, pero al
desconocido no le gustaría el de perro.
Más adelante, cuando fuimos amigos
íntimos, de esos que se insultan, le
llamé muchas veces animal, y él a mí
crítico apasionado, que era, en su
opinión, el mayor improperio. Pero entonces todavía no
teníamos confianza. No habíamos cambiado ni una palabra.
Yo conocí por la
topografía de los periódicos, que
el otro leía las revistas de teatros. La noche anterior había
habido un estreno. Demasiado lo sabía yo, que no me había
acostado hasta los dos por cumplir mi deber, mal pagado, de llamar majadero en
buenas palabras al autor del drama.
Entre los periódicos que se
tragó mi comensal estaba el mío. Fue el último que
leyó. Mi revista le hizo torcer el gesto varias
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veces y
convertir las cejas en acentos circunflejos. Y de vez en cuando me miraba a
mí, distraído, como consultándome, como preguntando
qué me parecía aquello que estaba leyendo él.
Un incidente del servicio nos
obligó a cambiar algunas palabras; él las enganchó en
otras relativas ya a la prensa, y yo aproveché la ocasión para
decirle -o reventaba- que se le habían enfriado los huevos y que era
malo leer y comer. No sé si fue indiscreción, pero se lo
dije.
Él, agradecido, empezó a
abrirme su corazón y me preguntó si había visto «el
drama de anoche».
Dije que sí. -Qué tal me
parecía. -Muy bien -respondí-; así deben ser los dramas.
-Lo mismo opinaba él, y se le antojaba que algunos críticos eran
sobrado exigentes.
-En el drama de anoche hay moralidad, hay
verosimilitud, hay exposición, enlace y desenlace imprevisto.
¿Qué más querrán estos periodistas?
Sin embargo, me confesó que
él no podía pasar sin leer todo, absolutamente todo lo que
decía la prensa acerca de un drama
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al día siguiente
del estreno; leía, comparaba, juzgaba; no había mayor placer.
-¿Es usted literato? -le
pregunté.
-No, señor; soy de Cuenca. He
venido en alzada, quiero decir, me han traído ante el Tribunal Supremo;
vengo a ver si consigo, a fuerza de recomendaciones, que se haga justicia, que
casen una sentencia; y al mismo tiempo pienso asistir a la boda de un hermano
de mi mujer, empleado en Hacienda.
-Todo es casar.
-¡Ja, ja, ja! Eso es. No está
mal. Eso es... casación... casamiento... perfectamente...
Equívoco o juego de palabras... ¿Usted escribe?
Vacilé un momento; pero como no
estoy acostumbrado a mentir, así Dios me salve, respondí al
cabo:
-Sí, señor... por cobrar...
Y como no sé hacer otra cosa... No, y eso... lo hago mal, pero es lo
único que puedo hacer...
Me embrollé en mis alardes de
modestia. Quería yo decir que escribía sin ilusiones, y que
cualquier otro oficio sería más difícil para
mí.
-¿Es V. escritor festivo?
-preguntó el
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comensal abriendo mucho los ojos, creo que
dispuesto a soltar una carcajada si yo decía que sí.
-¿Festivo?... No, señor; por
mi desgracia soy escritor de todos los días...
-¡Ja, ja, ja! Muy bien, juega V. muy
bien con el vocablo...
-Crea V. que es sin querer.
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