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    Cuentos trágicos
     Emilia Pardo Bazán
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«Dura Lex»


Cada cuatro años, hacia el fin del otoño, vienen a la ciudad y se anuncian dando mil vueltas por sus calles los rusos traficantes en pieles, que buscan manera de colocar su mercancía, y, para conseguirlo, ejercitan la ingeniosidad insinuante de los mercaderes de Oriente. Cargados con diez o doce pieles de las malas -las ricas no las enseñan sino cuando descubren un marchante serio-, aguardan a que desde un balcón se les haga una seña, y suben a vender a precios módicos el visón lustrado, el rizoso astracán y la nutria terciopelosa. Si se les ofrece una taza de café y una copa de anisado, no la desprecian, y si se les interroga, cuentan mil cosas de sus largos viajes, de los remotos y casi perdidos países donde existen esas alimañas cuya bella y abrigada vestidura constituye la base de su comercio. Son pródigos en pintorescos detalles, y describen con realismo, tuteando a todo el mundo, pues en su patria se habla de tú al padrecito zar.

Por ellos supe interesantes pormenores de la existencia de los pueblos que nos surten de pieles finas, de ese armiño exquisito que parece traído de la región de las hadas. Son los hombres quizá más antiguos de la tierra; apegadísimos a sus ritos y costumbres, miserables hasta lo increíble, alegres como niños y próximos a desaparecer como las especies animales que acosan.

-El armiño ha encarecido mucho en estos últimos tiempos -decía Igor, el más elocuente de los tres traficantes-, y es porque el animalito se acaba; pero tú deja pasar un siglo, y verás que una piel de esquimal es más rara que la del armiño, desde el mar de Baffin a las costas islandesas. ¡Es una gente! -repetía Igor en torno enfático-. ¡No se ha visto gente tan rara! Y siempre que estuve allí trabajando, a las órdenes del enviado de la Compañía que compra al por mayor toda piel, creí morir de asco de tanta suciedad. ¡Oh! ¡Los muy sucios!

Reprimimos una sonrisa, porque los rusos, en general, no gozan fama de aseados, y para que un ruso se horripile de la suciedad de algo o de alguien, ¿cómo será y qué abismos de inmundicia encerrará la vida de los cazadores de pieles del país del armiño inmaculado? ¿Y quién sabe si un holandés que estuviese presente -ellos que lavan las fachadas- sonreiría, a su vez, de nuestro sonreír?

-¡Es una gente! -repetía Igor, en cuya cara pomulosa y barbuda se leía una repugnancia antigua, evocada de nuevo-. ¡Cualquiera se asombra de lo que comen! ¡No es comer; es como si un saco tuviese la boca abierta y en él echásemos todo, crudo, medio cocido, medio perdido ya..., o perdido enteramente, que yo lo he visto! ¡Delante de mí hirieron a un reno y se comieron pedazos de su carne antes que expirase! ¡Y luego devoraron la papilla, a medio digerir, de las hierbas que el reno tenía en el estómago!

-Si esa gente no come lo mismo que fieras, no resiste el clima -observé.

Igor no apreció la excusa. Hacía gestos de desagrado, muecas de horror, y acabó por referirme un episodio que traslado, de su lenguaje semiespañol, falto de vocabulario y abundante en exclamaciones y onomatopeyas, al habla corriente.

-No son hombres como nosotros, no... Aparentan mucho afecto a sus niños; nunca les riñen ni les castigan; pero si abundan, los depositan en una cuna de hielo, al borde del mar, y allí los dejan morir de frío... El respeto a los padres es exagerado; delante de ellos no alzan la voz: ¡y he aquí lo que ocurrió a mi vista; lo que no pudimos impedir, y el jefe de la factoría me dijo que sucedía siempre y que anda escrito en los libros de los sabios!

En la ranchería de los Inuitos, donde adquirimos muchos lotes de pieles magníficas, conocí a un viejo, llamado Konega, que dirigía las ventas, por ser el mejor cazador y pescador de la tribu. Esta especie de patriarca, venerado en la tribu como si fuese adivino o mágico, ejercía verdadero mando entre una gente que no tiene forma de gobierno alguna. El mejor trozo de foca era siempre para él, y no se le escatimaba el aceite de ballena, que bebía a grandes tragos.

Un día, Konega cayó enfermo. Todos, y especialmente sus nueras y sus hijos, se desvivían por cuidarle, con tal celo, que empecé a estimar a los bárbaros por su ternura filial. Aunque nada sé de Medicina, con tanto viajar he tenido que aprender algunos remedios, y les ofrecí dos o tres drogas de que disponía. Poco después pregunté a los de la tribu que vinieron a la factoría a vender pieles y plumas de aves de mar, y supe que mis medicinas habían sentado bien al paciente.

-Lo sabemos, sin que quepa duda -me dijeron-, porque la piedra que Konega tiene debajo de su cabecera disminuye de peso, señal de que la enfermedad mengua también.

Pasó algún tiempo sin noticias del viejo pescador. No me decidí a visitarle en su cabaña o cueva subterránea, construida con pieles de foca y costillares de ballena, porque, a la verdad, aquel ambiente y aquel olor eran para tumbar de espaldas, por recio que se tenga el estómago. Llegó, sin embargo, un momento en que nos acercamos a la ranchería a fin de contratar a alguno de los esquimales más robustos y diestros en la caza, que nos acompañasen con sus trineos y sus perros en una expedición que proyectábamos, y entonces quise informarme del estado de Konega. Sin indicios de aflicción me respondieron que, ahora, la piedra pesaba más, indicio evidente de que el enfermo empeoraba...

¡Y vuelta con la piedra! ¿Quién se pone a discutir con esquimales? ¿Qué decirles a gentes que comen, a manera de confituras, el sebo y la vaselina y, cuyas mujeres os abrazan si les regaláis una pastilla de jabón, que saborean, quitándole el papel de plata, lo mismo que si fuese un marron glacé?

Al desviarnos un poco de la ranchería, vi que acababan de construir una cabaña nueva, hecha por el sistema, usual en estos pueblos del círculo polar, de emplear como materiales de construcción grandes bloques de hielo. Estos sillares transparentes son sólidos y duran mucho. Y la cabaña de hielo, al principio, es bonitísima. Un templete de cristal. Al través de hielo pasa una luz misteriosa, una claridad dulce, de infinita calma; y si el sol, al ponerse hiere los muros, les arranca reflejos de fuego y pedrería y juega con luces peregrinas, como si todo el edificio ardiese. Algunos esquimales se ocupaban en amueblar la nueva habitación con lujo: tendían cuidadosamente en el suelo pieles de reno, de oso y de perro polar, mulliendo una cama; colocaban sobre un poyo de hierro una jarra de agua de nieve derretida, y una lámpara de las que ellos usan, donde arde un puñado de musgo seco alimentado con aceite de ballena o de foca. ¿Y qué imaginé yo? Como acababa de dejar en una aldeíta, cerca de Moscú, a mi novia, y me acordaba bastante de ella en aquellas soledades, creí que la cabaña era para unos desposados, y sentí envidia, porque, aun en tierra de mujeres tatuadas y que llevan a sus hijos dentro de las botas, siempre es cosa buena el amor...

Aquella noche nos convidaron en la ranchería a un banquete. Rehusamos políticamente, porque sabíamos que se trataba de devorar cuartos de perro marino y morsa, y de beber aceite congelado; ofrecimos dos o tres botellas de aguardiente, y prometimos ir un momento, como el que dice, a los postres. Aun esto requería valor. Nos brindarían algún asqueroso regalo... Grande fue mi sorpresa al ver al anciano Konega presidiendo el festín. Estaba tan demacrado que daba miedo, y no comía, mientras los demás tenían la cara roja de indigestión; les salía por los ojos la comilona. Al final le fue presentada a Konega -supremo obsequio- una pipa rellena de tabaco, y el patriarca la apuró con voluptuosidad lenta, tragándose el humo para no perder nada del goce... Su cara expresaba perfecta beatitud.

Al otro día salimos a la expedición, en la cual hicimos una matanza regular de morsas y focas, y regresamos a los dos días, exhaustos de cansancio y habiéndosenos agotado los víveres. Para los esquimales había hartura, porque ellos devoran la foca fresca y podrida con igual deleite... Nosotros sentíamos necesidad, y la cabaña de la factoría, un poco más decente que las de ellos, nos pareció un paraíso.

Mi primera salida fue para rondar la nueva residencia, por curiosidad de ver a los novios, a quienes suponía comiendo el pescado crudo de la boda. Un silencio absoluto reinaba alrededor. Dentro se oía un gemido estertoroso, y se veía un bulto informe. Desvié el sillar de hielo que cerraba la puerta, y encontré al viejo Konega en el trance de morir. La lámpara estaba apagada, la cántara vacía. Me incliné para socorrerle; el moribundo abrió a medias los ojos y, sin articular palabra, se volvió hacia la pared. Fue como si me dijese: «Déjame irme en paz; mi hora ha llegado...»

En la factoría me enteraron luego de la costumbre. Cuando se prolonga el padecimiento, el enfermo es abandonado dentro de una cabaña, cuya puerta se cierra. Ni él protesta, ni titubea la familia. El cariño es una cosa y esto es otra...

-¿Verdad que es un pueblo extraño? -añadió Igor, que aún parecía sentir la horripilación de la cabaña que creyó tálamo y era ataúd.

-No es pueblo -respondí-. Es una plaza sitiada por hambre... ¡Sobran las bocas inútiles...!

«Blanco y Negro», núm. 991, 1910.




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El peligro del rostro


El fundador de aquel Imperio turco, que tanto dio que hacer antaño a venecianos y españoles, hasta que logramos contenerle definitivamente en sus fronteras europeas, por medio de la función de Lepanto, fue uno de esos héroes que, dotados de valor sin límites, unía a él -sucede lo mismo a casi todos los superhombres de acción- prudencia y astucia dignas de un discípulo de Maquiavelo, que aún había de tardar en nacer algunos siglos cuando vivió Gazi-Osmán.

Gazi-Osmán no nació en las gradas del trono, y todavía andaba lejos de él al ocurrir la aventura que os refiero. Los cronistas orientales se han complacido en atribuir al fundador del Imperio otomano fabulosos orígenes, remontando su genealogía hasta el diluvio; pero esto sólo prueba que en todas partes pasan las mismas cosas. No por eso se crea tampoco que Osmán hubiese nacido en las pajas: descendía de un general de la Horda, lo cual ya es honorífico. La sangre nómada que latía en las arterias de Osmán, le prestó esa energía de instinto que conduce a acometer sin recelo las más increíbles empresas. Mientras el padre de Osmán ejercía irrisorio poder feudal sobre un pedacillo de tierra, el hijo meditaba en el Imperio magnífico que extendería la palabra y la doctrina del Profeta por Europa y Asia, cogiendo a los perros cristianos entre los brazos de la tenaza del Islam; los africanos por España y los turquestanos desde el canal del Bósforo hasta Transilvania, para avanzar de allí hasta donde fuese preciso.

Como nadie podía saber lo que Gazi-Osmán pensaba, y le veían en la minúscula corte de su padre, entregado a las distracciones y al amor, al que era asaz inclinado, a fuer de magnánimo, llamábanle Osmanlick, que quiere decir Osmancillo. Y ocurrió de súbito que, habiéndole conferido el Soldán de Iconio, en el Asia Menor, el tambor y el estandarte, lo cual significaba entregarle el mando de un ejército, además del derecho a acuñar moneda y a que su nombre se pronunciase en las oraciones de las mezquitas, la gente, siempre desdeñosa, dio en decir que se había vuelto loco el Soldán al atribuir a Osmancillo tan alto puesto. Fue preciso que Osmancillo ganase algunas batallas contra griegos y tártaros para que la afectación de desdén se volviese amarilla envidia y propósito secreto de venganza.

Venganza, ¿de qué? Como todos los ambiciosos de alto vuelo, Osmán no molestaba ni dañaba a persona que no le estorbase en el logro de sus designios. Era, al contrario, servicial y afable, y alardeaba de esa fidelidad a la palabra empeñada que distingue a los pueblos arabíes. Después súpose que Osmán creía necesario, al que ha de manejar hombres y razas, pasar siempre por leal, a fin de poder valerse, en caso extremo y crítico, de la traición como arma decisiva. Por entonces, la mano de Gazi-Osmán había cumplido siempre lo que prometía su boca.

Acaso lo que le valió a Osmán enemigos fuese el presentimiento de su altura... Y no falta quien insinúe que anduvo de por medio el rostro de una mujer. Ello es que se convino en tender a Osmán una celada, convidándole a las bodas del principal conspirador, Kalil, con la hermosísima Nilufer, celebrada y cantada por los poetas. Envanecida de su hermosura, Nilufer no quería cubrir su faz con el velo que empezaba a ser ritual en las mujeres de los buenos musulmanes; y así, las maravillas de su rostro eran conocidas y comentadas, y se hacían apuestas sobre si vencían sus labios a las flores de los granados, y si sus ojos rasgados y ovales brillaban tanto o más que la luna, alumbrando aquella tan bermeja boca, donde los dientes rebrillaban como las perlas que entretejían sus trenzas pesadas, luengas hasta besar el tacón de sus curvas babuchas. Kalil, el mayor enemigo de Osmán, joven, apuesto, señor de un principado y un castillo, había logrado cautivar a la presumida Nilufer, y pensaba reunir en un mismo día dos emociones: la posesión de la mujer amada y la muerte del enemigo, acaso del rival, que esto no lo aclaran las historias. Convidó, pues, a Osmán, y este prometió asistir, y hasta dirigió a Kalil un ruego, que denotaba la confianza más absoluta: que le permitiese transportar a su castillo el harén y los tesoros, a fin de prevenir alguna sorpresa de los griegos durante su ausencia. Y Kalil se avino con júbilo, felicitándose de la imprevisión de Osmancillo, que así le entregaba, con su persona, lo más preciado: sus odaliscas, sus riquezas.

El día señalado presentóse ante la fortaleza de Kalil una dilatada comitiva regia. Al frente, rigiendo su caballo, cuyos jaeces desaparecían bajo los bordados de plata, cabalgaba Osmán, vistiendo, con su habitual sencillez, caftán de larga manga perdida, colorado bonetillo que rodeaba blanco turbante de haldas -la corona korosánica- y, según conviene al que llega a casa de un amigo, ningún arma ni escolta fuerte. Era Osmán diestro jinete, y a caballo disimulaba el defecto de su configuración, los largos brazos que descendían hasta más abajo de la rodilla. La majestad de su actitud y la gravedad de su semblante barbudo y velloso infundían respeto. Kalil sintió un recelo indefinible. Iba a asesinar al huésped, maldad que pocos de su raza osarían cometer. Pero para retroceder era tarde. Los demás conjurados, en número de doce, estaban ocultos en el castillo aguardando el momento...

Detrás de Osmán, en prolongada fila, venían las jóvenes odaliscas, rigurosamente rebozadas hasta los pies. Imposible adivinar nada de sus facciones, ni aun de sus formas: tanto cendal las envolvía. Sólo se oía el choque metálico de collares y ajorcas. Y como Nilufer, chanceramente, vibrando una mirada de sus ojos de gacela al caudillo, le preguntase si no sería lícito admirar la beldad de las huríes, Osmán respondió con naturalidad que, mientras él viviese, nadie vería la faz de mujer que fuese suya.

-¡Ah, felices las que pertenezcamos a Kalil! -exclamó con coquetería la novia.

-Felices también los amigos de Kalil -declaró Osmán, sin recargar la ironía al pronunciar la ambigua frase.

Y cruzaron la puerta de herradura del castillo, y detrás pasaron las mujeres veladas, y sus guardianes, y los carros donde pesados cofres de cuero relevado encerraban los tesoros de Osmán. Pidió éste licencia para acomodar su harén lo primero, y se encerró con las mujeres en las habitaciones reservadas. Cayeron, en menos de un minuto, los densos cendales y sutiles lanas envolvedoras, y aparecieron las gallardas figuras y los viriles rostros de los cuarenta montañeses del Aral, que seguían a Osmán en los combates y le defendían como leales perros, formando una guardia a prueba. Sus armas eran lo que sonaba a metal. Recibieron una consigna, y Osmán, con la sonrisa en los labios y el puñal corvo oculto en el pecho, bajó a reunirse con Kalil. Conocía la conjura desde que se fraguó; la suerte, prendada de los que han de ejecutar cosas memorables, quiso que entre los conjurados hubiese uno que le previno...

Dio principio el festín de bodas... Osmán, sabedor de que pronto se arrojarían sobre él, apretaba el puñal y prestaba oídos, mientras su corazón tenía el latido involuntario de los momentos supremos. Allá dentro, en lo más recóndito del castillo sin almenas, de redondas cúpulas, creyó oír voces, ruido de lucha. Eran sus montañeses que ataban y amordazaban a los conjurados. Embebecido Kalil con tener a su lado a Nilufer, que le decía mieles, nada notó, aunque extrañaba que no viniesen sus cómplices. La hermosa del rostro descubierto se levantó y tendió a Osmán una copa, no de vino, prohibido a los creyentes, sino de licor de granada, que embriagaba como el vino. Nilufer conocía la conjura, y en el licor había mezclado un narcótico para que Osmán no sufriese ni se resistiese. Con su luengo brazo izquierdo, Osmán volcó la copa al rechazarla, y con el derecho sacó el puñal, mientras gritaba:

-¡A mí!...

Los montañeses irrumpieron en la sala del festín, pero ya Kalil estaba tendido a los pies del Longibrazo, con la garganta abierta...

Una hora después, Osmán cubría la faz de Nilufer -después de estampar en ella el último beso-, con velo tupido, murmurando sin cólera, firmemente:

-No lo alzarás nunca; y ninguna mujer tendrá descubierto el rostro donde mande Osmán...

La hermosa hubo de obedecer a su vencedor, al que ya era su dueño. Se cuenta que lloró tanto, que le dieron el nombre de Nilufer al río claro, caudaloso, rodeado de nenúfares, que cruza la llanura de Brusa, de Este a Oeste.




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Recompensa


Al pie del bosque consagrado a Apolo, allí donde una espesura de mirtos y adelfas en flor oculta el peñasco del cual mana un hilo transparente, se reunieron para lavar sus pies resecos por el polvo Demodeo y Evimio, que no se conocían, y habían venido por la mañana temprano, con ofrendas al numen.

Demodeo era arquitecto y escultor. Muchos de los blancos palacios que se alzaban en Atenas eran obra suya, y se esperaba de él un monumento magnífico en que revelase la altura y el arranque vigoroso de su genio.

Evimio era un opulento negociante establecido en Tiro, que expedía flotas enteras con cargamentos de lana teñida, polvo de oro, plumas de avestruz y perlas, traficando sólo en esos géneros de lujo en que es incalculable el beneficio. Contábase que en los subterráneos de su quinta guardaba tesoros suficientes para costear una guerra con los persas, si el patriotismo a tanto le indujese.

A pesar de su riqueza, Evimio había querido venir al santuario de Apolo sin séquito, como un navegante cualquiera, subiendo a pie la riente montaña, cuyos senderos estaban trillados por el paso de los devotos; y cual los demás peregrinos, había dejado pendientes de una rama sus sandalias, y trepado descalzo hasta el edículo, donde, sobre un ara de mármol amarillento ya, se alzaba la imagen del dios del arco de plata.

Ahora, el millonario y el artista bañaban con igual fruición sus plantas incrustadas de arenas -a cuya piel se habían adherido hojas de mirto- en el hialino raudal y, respirando la fragancia de los ardientes laureles, arrancada por el sol, se comunicaban sus impresiones. Se conocían de nombre y fama, y se miraban, buscándose en la faz la causa de la inspiración del uno y del fabuloso caudal del otro.

Evimio, sentándose en la peña, dando tiempo a que se enjugasen sus pies húmedos, se quejó del peso de los negocios, mostrando fatiga; y Demodeo, inclinando la cabeza y recostándola en la mano, se lamentó de las ansias incesantes de la profesión artística, de la lucha con los envidiosos rivales y los ignorantes censores, de la mezquindad de los atenienses, que sólo construían edificios sin desarrollo para vivir mediocremente, cuando la belleza reclama lo innecesario, lo que se hace sólo por la belleza misma. Evimio, pensativo, aprobaba. También él había notado la cortedad de espíritu de los atenienses, en contraste con la asiática suntuosidad. Si se reuniesen ambas condiciones, el buen gusto de la Hélade y la generosidad de los emperadores persas, se podría realizar algo que fuese asombro del mundo. Y de repente, como iluminado por la chispa de una idea, exclamó:

-Unamos nuestras fuerzas, ilustre Demodeo. Vamos a erigirle un templo a Helios, como no se haya visto ningún templo a ninguna deidad. Ese santuario en que acabamos de depositar nuestras ofrendas, es indigno del Gran Arquero. Edificado cuando no se conocían otras exigencias, en su angosto recinto apenas caben los que a diario vienen a rendir homenaje al hermano de Latona. Yo costearé el templo; no temas hacerlo demasiado espléndido: quiero que sea admiración de las edades. A tu genio confío lo que nos ha de inmortalizar.

Demodeo, transportado, abrazó al negociante, y convinieron en que al siguiente día el arquitecto diese principio a trazar los planos, y sin levantar mano se emprendiese la fábrica.

Antes de un año salían del suelo las primeras hiladas del suntuoso edificio. Rápidamente, que es gran constructor el oro, creció la maravilla. La base de la construcción era el mármol, ese mármol puro y nítido como el arquetipo de la hermosura, trabajado profundamente por el pico y el cincel; un influjo oriental, sin embargo, se revelaba en ciertos detalles ostentosos de ornamentación, en la cámara secreta que había de albergar la estatua de Dios, y que incrustaban y engalanaban metales y piedras preciosas. Alrededor, el artista había desarrollado el sacro jardín, no menos esplendoroso de lo que iba a ser el templo. Grutas, fuentes, cascadas, estanques, a los cuales tributaba agua un inmenso acueducto; bosquecillos, terrazas llenas de flores, reemplazaban a la selva antigua y ofrecían a los devotos el más deleitoso descanso. El pueblo entero de Atenas venía en caravanas a ver adelantar la obra de Demodeo. Se reconocía su gloria; su talento no era discutido ya por nadie. Se empezaba a hablar de erigirle una estatua si muriese. De la munificencia de Evimio se hacían lenguas todos.

Por las tardes, cuando el ruido armonioso del pico se extinguía, y las cuadrillas de esclavos picapedreros se alejaban para descansar en sus lechos duros, Demodeo y Evimio recorrían la obra, se sentaban a ver cómo el sol, el protocreador Helios, entre una gloria inflamada, purpúrea, descendía a reclinarse en el seno de Anfitrite, derramando melancolía majestuosa sobre las cosas y los lugares, y también en los corazones.

-A pesar de tanta grandeza -murmuraba el opulento-, se diría que Apolo no es feliz; hay tristeza en su manera de recogerse, tristeza en su misma radiación triunfal. También nosotros frecuentemente estamos tristes, ahora que nuestro propósito se realiza y vamos a ver terminado el templo. ¿No te parece a ti ¡oh ilustre!, que Apolo nos estará agradecido? Ningún templo así le erigieron hasta el día. La fama de este portento se ha extendido por el Asia, y gente de los más remotos climas se prepara a visitarlo y a respetar el oráculo del Dios, ahora que tiene morada digna.

-Apolo -respondió el arquitecto- nos está agradecido seguramente, y no me sorprendería que se nos apareciese en su olímpica, augusta forma. A veces, en este bosquecillo de rosales, me ha parecido ver un vago nimbo de claridad, y escuchar unos pasos celestiales, ligeros. Quizá mientras nos parece que se duerme sobre la superficie del Ponto, está aquí, detrás de nosotros, y escucha los votos que formulamos.

-En ese caso -dijo Evimio-, yo le pido, como recompensa, un bien que sea el mayor, el verdadero, el soberano bien a que el hombre puede aspirar. Semejante bien, Demodeo, no será la riqueza, puesto que yo la poseo desde hace muchos años, y no por eso dejo de sentir esta inquietud, esta especie de interior desconsuelo, este vago terror a no sé qué desconocidos peligros, que me está poniendo el cabello cano y los ojos mortecinos y como velados por el humo de una hoguera.

-Semejante bien -asintió Demodeo- tampoco será la gloria artística, puesto que yo estoy seguro de haberla conquistado con la erección de un monumento que asombra a los presentes y que durará siglos y, sin embargo, lejos de bañarme en las ondas de oro de la alegría, tengo fiebre como si me hubiese dormido al borde de un pantano, y mi pensamiento, semejante a mosca negra que revolotease alrededor del cuerpo de un guerrero muerto de sus heridas, revolotea siempre alrededor de las cosas trágicas y amargas, embriagándose con su zumo. El Dios, cuya presencia siento, sabrá lo que a título de recompensa nos debe, y nos dará cumplido, colmado, ese bien que le pedimos.

-Sea como dices -respondió Demodeo, estremeciéndose, porque al desaparecer Apolo, su blanca hermana aparecía rasando las olas y un soplo frío había acariciado los pétalos de las rosas y la desnudez de las estatuas.

Poco tiempo después, se dio el templo por terminado. La imagen del Numen sólo esperaba el primer sacrificio que le sería ofrecido, al amanecer, por los dos fundadores. Evimio y Demodeo inmolarían, con sus propias manos, un blanco toro. Acostáronse rendidos de fatiga en la antecámara del santuario, y no tardaron en dormirse. La luna filtraba sus rayos al través de la columnata del peristilo, y el simulacro de Apolo, de oro puro, se erguía gallardo, alzando su divina frente. Demodeo -el de mayor fantasía de los dos durmientes-, creyó ver, al través de las paredes, que el Dios descendía de su pedestal, y regulando su armonioso andar por los sones de la lira que llevaba en la mano, se acercaba airoso, bello hasta la idealidad, al rincón en que dormían los fundadores del templo. Y con ansia invencible, con el impulso de toda su voluntad, clamó hacia la aparición:

-¡La recompensa!

El Dios inclinó la cabeza; sonrió con su sonrisa de luz, que lo ilumina todo; dejó su lira, se desciñó el arco y la aljaba, y con la gracia de movimientos que sólo él posee, envió de costados dos flechas agudas, silenciosas, que pasaron el corazón a los dos amigos.

A la mañana siguiente, la turba de madrugadores devotos, sacerdotes y sacrificadores, los pastores de la Hélade y los pescadores del golfo, vieron atónitos que Demodeo, el insigne arquitecto, y Evimio, el opulentísimo negociante, estaban muertos, bien muertos. La expresión de su cara era como la que da un sueño feliz.

«El Imparcial», 25 de julio de 1908.




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Dioses


Cuidadosamente elegidos en el mercado, según es ley cuando se trata de mercancía destinada al servicio del templo, los dos esclavos eran hermosos ejemplares de raza, y si él parecía gallarda estatua de barro cocido, modelada por dedos viriles, ella tenía la gracia típica y curiosa de un idolillo de oro. Los pliegues del huépil apenas señalaban sus formas nacientes, virginales; los aros de cobre que rodeaban su antebrazo acusaban la finura de sus miembros infantiles. Entre él y ella no sumarían treinta y cinco años y, recién cautivos, el trabajo no había alterado la pureza de sus líneas ni comunicado a sus rostros esa expresión sumisa, aborregada, que imprime el yugo.

Al encontrarse reunidos en la casa donde los soltaron -casa bien provista de ropas, vajillas y víveres-, se miraron con sorpresa, reconociendo que eran de una misma casta, la de los belicosos tecos, adoradores del Colibrí. Desde el primer instante hubo, pues, entre los esclavos confianza, y se llamaron por sus nombres -él, Tayasal; ella, Ichel-. Sin preliminares se concertó la unión. Tayasal se declaraba marido y dueño de Ichel, «la de los pies veloces», y ella le serviría a la mesa y en todo. Dócilmente, Ichel presentó a su esposo los puches de maíz, el zumo del maguey y el agua para purificarse las manos, y a su turno comió después, con buen apetito juvenil.

De la suerte que les esperaba apenas hablaron, haciendo sólo breves alusiones sobreentendidas. El quejarse hubiese sonado a cobardía. No ignoraban la costumbre del poderoso pueblo donde tenían la desgracia de sufrir esclavitud, y ni aun la censuraban, porque las de su patria eran asaz parecidas, y el Colibrí, aún más sanguinario que los dioses del agua, en cuyas aras debía ser sacrificada la joven pareja a la vuelta de un mes. Aprovecharían a solaz, eso sí, los días que restaban; harían vida descuidada y deleitosa, de engordadero y amadero, y llegada la fecha, la sexta veintena, el 7 de junio, se despedirían del mundo bailando incansables hasta que la luna, subiendo por el cielo, señalase la hora de morir.

El día fatal ascenderían a divinidades. Ichel se revestiría con los atavíos de la diosa del agua; Tayasal, con los del dios. No cabía nada más honorífico para esclavos que respetaban a las deidades, aun cuando no fuesen las que desde niños adoraban con temblor fanático. Frecuentemente hablaban de cómo pasarían la fiesta, mil veces oída describir. No se trataba de una solemnidad guerrera, sino agrícola. Las aguas estarían entradas ya; las sementeras, crecidas y con mazorcas. Los sacerdotes, a la aurora, irían a quebrar cañas de maíz y clavarlas en las encrucijadas; las mujeres acudirían con ofrendas. Por la mañana también, una niña, vestida de azul, sería llevada, entre cánticos y música, al centro del lago, en ligera canoa, y allí, con fisga de descabezar patos, la degollarían, arrojando a las ondas rosadas por su sangre el corpezuelo y la destroncada cabeza. En cada vivienda, los instrumentos de labranza, en trofeo, se verían engalanados con ramaje y adornados. En ríos y fuentes se bañaría la mocedad; en las plazas danzarían los señores, llevando en la diestra una caña, en la siniestra una cazuela de fríjoles y maíz cocido; la plebe, de puerta en puerta, mendigaría el mismo plato, la abundancia que el agua produce y asegura... Y mientras tanto, los dos esclavos, Ichel y Tayasal, diademados de oro y perlas, encollarados de oro con pinjantes de esmeraldas, vestidos de túnicas y mantos delicadísimos de plumas que reverberan como esmalte, perfumados, embriagados por continuas libaciones de zumo de maguey, danzarían entre las aclamaciones delirantes de la multitud, sin notar que el sol caía y que la terrible luna, sedienta de sangre y dolor humano, iba señalando con su majestuoso curso el instante del suplicio. Hasta el género de muerte les era notorio: víctimas civiles, de paz, no les abrirían el pecho con la rajante hoja de obsidiana, para sacarles chorreando y palpitando el corazón; se limitarían a reclinarlos en un hoyo y cubrirlos de tierra -la bendecida tierra que produce el maíz y que el agua fecunda. No pasaría más..., y habrían sido dioses, tan dioses como los ídolos que en el escondido santuario oían preces y recibían humo de gomas exquisitas...

Sin embargo, según iba aproximándose el día de la apoteosis, Tayasal se entristecía; tenía momentos de profunda preocupación. Ichel, que cantaba jubilosa, mojando las mazorcas para las frescas tortillas de la cena, solía acercarse a él preguntarle dulcemente:

-¿Qué tienes, esposo mío? ¿Sientes morir por una nación que no es la nuestra? ¿Te da miedo la fosa que ya cavan al pie del templo de Tlaloc y que nos servirá de último lecho nupcial?

Él fruncía el ceño sin responder. Una noche -faltaban tres para la del sacrificio-, apretando contra su pecho a Ichel, en medio del silencio y la oscuridad, balbució a su oído:

-No quiero que mueras, ni por esta nación ni por ninguna. ¿Entiendes, Ichel? No quiero que echen pellones de tierra sobre tu boca olorosa. Mi alma se ha pegado a ti como la goma al árbol, y te desea como la caña desea la lluvia. No morirás. Escaparemos mañana mismo, antes de que la luna cruel asome su cara blanca. Conozco el camino; soy esforzado; no nos vigilan. Nos amanecerá en la sierra. Tus pies veloces volarán. ¿Has comprendido? ¿Por qué callas? Contesta, contesta.

Ichel tardó en hacerlo. Por fin pronunció despacio:

-Y si nos escapamos, Tayasal, ¿qué ocasión tendremos nunca de ser dioses?

Él se quedó mudo. No se le había ocurrido que, en efecto, fugarse era perder la divinidad...

-Ichel -murmuró al cabo, apasionadamente-, ¿no es mejor renunciar a ser dioses un momento; ser hombre y mujer y vivir así, así, unidos como ahora?

-No, no es mejor -declaró ella-. ¿Sabes por qué no nos vigilan? Porque conocen que nadie renuncia de buen grado, neciamente, a ser dios. Si nos evadimos, si ganamos la libertad y una larga existencia, no creas tampoco que estaremos así siempre... Yo envejeceré; tú ganarás con tu brazo otras esclavas mozas, hábiles en tejer lana y moler grano, y entonces maldeciré mi ánima. Un mes hemos sido esposos. Ahora seamos dioses. Sólo hay en la vida una hora en que poder serlo; ¡esa hora es corta y no vuelve nunca! Duérmete, Tayasal, mi colibrí. No pienses en fugas... Duerme.

Y Tayasal se durmió: la de los pies veloces sonreía triunfante. Un orgullo delicioso agitaba su pecho de niña.

Al alba del tercer día, cánticos y gritos despertaron a los dos amantes, que se habían olvidado en absoluto de la muerte. Sobre la linda escultura del cuerpo de Ichel, semejante a esbelto idolillo de oro, y frotado de aromas y copal por los sacerdotes, cayeron las galas y preseas de la diosa del agua. Para colgarle el bezote de cristal de roca hubo que perforar a Ichel el labio. Estoica, no se quejó siquiera. Se sentía divina.

A su alrededor, el místico vocerío de los fieles comenzaba. Todos ansiaban tocar sus ropas, coger una hoja de haz de cañas que empuñaban, besar la huella de sus pies, robar uno de sus cabellos peinados en pabellones, como los lleva la imagen de la Dispensadora del agua, la excelsa Chalchi. La esclava creía caminar como en sueños, y al son de pitos y clarinetes, de las sonajas de barro y las tamboras de piel, que acompañaban al areyto del agua vencedora, la víctima, infatigable, danzaba, brincaba, giraba en un vértigo, moviendo los veloces pies, entornando los ojos extáticos, hasta el momento en que un sacrificador la empujó, y cayó, al lado de Tayasal, en la zanja profunda. Derramaron sobre los dos cascadas de tierra, que apisonaron reciamente, y el pueblo siguió bailando encima hasta el amanecer.

«El Imparcial», 13 de julio de 1908.




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Idilio


Desde la aldeíta de Saint-Didier la Sauve, el soñador y dulce Armando se vino derecho a París. Había estudiado para cura antes de que estallara la revolución, interrumpiendo de golpe su carrera y dejándole sin saber a qué dedicarse. El hábito de la lectura y la timidez del carácter, sus manos blancas y la delicadeza de sus gustos, le alejaban del ejército y de la ardiente y furiosa lucha social de aquel período histórico, lo mismo que de los oficios manuales y mecánicos. De buena gana sería preceptor, ayo de unos adolescentes nobles y elegantemente vestidos de terciopelo y encajes... Pero ahora esos adolescentes, con ropa de luto, lloraban en el extranjero a sus familias degolladas, o ni a llorarlas se atrevían, porque no habían podido emigrar a un país donde no fuese peligroso derramar llanto...

Y el caso es que urgía decidirse a emprender un camino, porque los padres de Armando, aldeanos menesterosos, no estaban dispuestos a mantenerle a sus expensas, y el mozo, en su afinación, no acertaba ya a coger la azada ni a guiar el arado. Bocas inútiles no se comprenden entre los labriegos. El que come, que se lo gane. A París con su hatillo al hombro. Una vez allí, ya le acomodaría de escribiente, o de lo que saltase, el ebanista Mauricio Duplay, nacido en aquel rincón y grande amigo del alcalde de Saint-Didier. En la aldehuela se contaba que Mauricio Dupley, no contento con labrarse una fortuna por medio de su trabajo, actualmente era poderoso; mandaba en la capital. ¿Cómo y por qué mandaría? No le importaba eso a Armando. Se sentía indiferente a la política, que tanto agitaba entonces los espíritus.

Los que leen la historia conceden tal vez exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven esa misma historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la subsistencia, el empleo de las horas del día. Cuando Armando llegó a París, se arrastraba de cansancio y se moría de calor. Preguntando, se dirigió al domicilio de Duplay. Cruzó la puerta cochera, entró en el vasto patio, cuyo fondo ocupaban los talleres de ebanistería, y se detuvo ante el edificio que sobre el patio avanzaba. Allí residía la familia, ocupando un piso bajo y un entresuelo. A derecha e izquierda del pabellón abríanse dos tiendecillas, una de restaurador, otra de joyero, y dos pacíficos viejos, uno calvo, el otro de nevado cabello, se dedicaban a la menuda y afiligranada labor de su oficio. En el fondo del patio se divisaban un diminuto jardín, cuyas matas de rosales, geranios y mosquetas se metían por las ventanas del piso bajo. Una impresión de calma y bienestar se apoderó de Armando, embargándole. Una mujer de edad madura le abrió la puerta, y al oír que preguntaba por el dueño de la casa, le guió a un salón. Armando no se atrevió a entrar; puso un dedo sobre los labios y escuchó atentamente.

La familia Duplay se encontraba reunida allí, y alguien leía en voz alta, con admirable entonación, versos magníficos. El joven estudiante había reconocido el texto: era el tierno pasaje de la despedida, en la Berenice, de Racine:


Pour jamais! Ah seigneur! Songez vous, en vous même,
combien ce mot cruel est affreux quand on aime?



con todas las enamoradas y sentidas razones que la princesa dice al emperador Tito. Un aire dulce balanceaba las ramas de los rosales, todavía en flor: su perfume entraba por la ventana abierta. El hombre que leía representaba unos treinta y cinco años, y era mediano de estatura, de bien delineadas facciones, de frente espaciosa, guarnecida de cabellos castaños, de profundo mirar; pulcramente vestido de chupa y casaca, con manguitos y corbata de fina muselina orlada de encaje. Al leer, sus ojos se fijaban en una de las muchachas encantadoras que, agrupadas formando círculo alrededor de su padre, la esposa de Duplay, acababan de soltar la aguja de hacer tapicería, y con las pupilas nubladas de lágrimas escuchaban los divinos alejandrinos del poeta. Armando, permanecía en el umbral, extasiado, sin respirar siquiera, por no hacer el menor ruido, esperando a que el lector terminase la escena con aquella invectiva tan propia de mujer apasionada: «¡Ingrato, si antes de morir por tu culpa quiero buscar y dejar un vengador detrás de mí, en tu corazón mismo he de encontrarlo!»

El llanto de las lindas niñas, al llegar a este pasaje, corrió ya suelto por las mejillas frescas, mezclado con la sonrisa de felicitación al que declamaba con tanta alma y tanta maestría. Sólo entonces se resolvió Armando a avanzar, arrebatado de entusiasmo poético: él también llevaba en los párpados la humedad de las emociones bellas, ese efusivo enternecimiento que produce el arte.

Sin explicación alguna se acercó al lector y le elogió calurosamente, estrechándole la mano. Nadie mostró extrañeza al verle. Le señalaron un sillón de caoba tallada y rojo terciopelo de Utrecht, y al explicar que era el recomendado del alcalde de Saint-Didier la Sauve, la mujer de Duplay le alargó la mano.

-Mi marido no está en casa en este momento, ni quizá vuelva hoy, pero conozco su manera de pensar. ¡Nos hallamos tan identificados! Sé bien venido, ciudadano, estás entre amigos. Isabel, mi hija menor, te preparará una habitación arriba, y mientras no encuentres modo de ganar tu pan, te sentarás a nuestra mesa. ¿No te parece, Maximiliano? -añadió la excelente señora, volviéndose hacia el lector.

Este aprobó, inclinando la cabeza con un gesto serio y cortés, lleno de buena voluntad. Armando sintió que el corazón se le dilataba de alegría. Un calor simpático, la hospitalidad, la bondad, le salían al encuentro.

-Gracias, señorita -murmuró dirigiéndose a Isabel, que, al salir para alojarle, le sonreía de una manera afable y picaresca. Corrigiéndose al punto, añadió:

-Gracias, ciudadana...

Los presentes rieron la rectificación. Otra de las muchachas encendió las bujías de los candelabros; la estancia aparecía como en fiesta, saludando al nuevo huésped.

-¡A cenar! -ordenó luego el ama de casa.

Se dirigieron al comedor. Armando, extenuado por la caminata a pie y en diligencia, hambriento con el hambre sana de los veintidós años, encontró deliciosa la colación, sazonada por la franqueza y sencillez de los comensales. La inflada tortilla, el pastel, las frutas, supiéronle a gloria. Habló poco, pero discretamente, y el lector, sentado a la derecha de la esposa de Duplay, sostuvo la conversación interrogándole sobre arte y literatura.

-Pronto -dijo con benignidad- te mostraré las pinturas de Gerard y de Prudhon. Verás cómo el pincel eclipsa a la naturaleza...

Acostóse Armando tan contento, tan embriagado de ventura, que ni dormir conseguía. Aquella familia ideal, aquel interior afectuoso, cordial, artístico, en que se rendía culto a la amistad y a la belleza; aquellas criaturas gentiles que le acogían como hermano... Todo ello sobrepujaba a lo que pudo haber soñado nunca.

Cuando concilió el sueño, fue un dormir el suyo a la vez ligero y febril, en que el cerebro repasaba las escenas de la víspera, mejorándolas aún. Se veía a sí mismo en un valle florido de rosas, cogiendo de la mano a Isabel, guiado por ella y por el lector hacia un templete de mármol, donde un ara revestida de hiedra sostenía a un cupido riente, que aproximaba dos antorchas para confundir su llama...

Un estrépito en la calle le despertó con sobresalto. Era día claro. Saltó del lecho, abrió la ventana y se puso de bruces en ella. Le inmovilizó el horror.

La faz de una cabeza cortada, lívida, que llevaban en el hierro de una pica, había venido casi a tropezar con la cara de Armando. Negra sangre destilaba el cuello; algunas moscas revoloteaban, porfiadas, alrededor del despojo. Y el grupo, deteniéndose bajo la ventana, rompió en vítores.

-¡Viva Robespierre! ¡Viva Maximiliano, viva!

Armando retrocedió, casi tan pálido como la faz de la cabeza cortada... ¡Acababa de comprender quién era el lector de Racine, el hombre sensible... el amigo, el inteligente comensal!...

Tambaleándose, retrocedió y se dejó caer, medio desmayado, sobre la cama, caliente aún. A la media hora, recobrando alguna fuerza, capaz de pensar, recogió su hatillo pobre y salió huyendo de aquella casa maldita. Fue suerte para él; de otra manera, le hubiesen descabezado también en Termidor.

«El Imparcial», 8 de octubre de 1906.




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Por otro


Mi profesora de francés era una viejecita con espejuelos de aro reluciente, «falla» de encaje negro decorado por lazos de cinta amaranto, bucles grises a lo reina Amelia y manos secas y finas, prisioneras en mitones que ella misma calcetaba. Sus ojos, de un azul desteñido por la edad, se encadilaban al recuerdo de la juventud, y sus labios rosa-muerto sonreían enigmáticos, al entreabrirse, sin soltar los secretos del ayer.

Su apellido, Ives de l'Escale, olía a buena nobleza de provincia; sus ideas no desmentían el apellido; legitimista acérrima, usaba, pendiente de una cadenita sutil, una medalla conmemorativa, la efigie del Delfín preso en el Temple, y que ella no creía muerto allí, sino evadido. De este misterio histórico, acerca del cual le hice mil preguntas, no quería decir nada: movía la cabeza; una compunción religiosa solemnizaba su semblante; un ligero carmín teñía sus mejillas chupadas; pero lo único que pude arrancar a su reserva fue un dicho propio para avivar la curiosidad:

-¡Ah! Eso, quien lo sabía bien era aquel que vivió por otro.

Como transacción, pues yo la acosaba, se resignó a explicarme de qué manera se puede vivir por otro. En cuanto al enigma del Delfín, tuve que resignarme a estudiarlo años después, en libros y revistas, cuando ya la anciana francesa se convertía en ceniza dentro de su olvidada sepultura.

-No le llamaremos sino Jacobo; omitamos su apellido -me había dicho exagerando la reserva, en ella característica-. Jacobo era el onceno de los catorce hijos de unos señores linajudos y escasos de dinero. Su tío y padrino ejercía en París la profesión de maestro de baile, y era hombre de porte elegante y escogidas maneras. ¡Qué tiempos aquellos tan hermosos! Hoy no se aprenden modales finos. Hoy las señoritas levantan el brazo más arriba de la cabeza y no saben hacer una reverencia ni ante Nuestro Señor sacramentado... En suma, el padrino de Jacobo contaba, entre sus alumnos, a todos los niños del arrabal de San Germán, al primer Delfín y a madame Royale. Jacobo era ágil, distinguido y guapo. Su padrino le enseñó el baile y le presentó a la nobleza y a la corte. A los trece años, Jacobo danzaba, una vez por semana, con la hija de cien reyes. Todos sabían que el nuevo profesor de baile era un caballero, aunque pobre, muy emparentado y con auténticos pergaminos. Caminaba hacia una posición, cuando la suerte ajena que había empezado a encumbrarle, le torció y le cerró el porvenir. Su padrino murió repentinamente.

No sabiendo qué hacer de sí, y teniendo alma de verdadero aristócrata, sentó plaza. En el ejército del Rin, su valentía le hizo notorio. Se batía con la misma gracia con que bailaba el minué en las Tullerías.

Después de la toma de Worms, el general Custine le nombró su ayudante de órdenes, distinción no pequeña, dada la severidad de aquel héroe, que no estimaba sino el valor tranquilo y frío. Jacobo se sentía atraído hacia Custine; atraído singularmente, como por fuerza de sortilegio. No hubiese querido obedecer a otro caudillo. Comprendía quizá, o lo sentía sin comprenderlo, que al destino del general estaba ligado su destino propio.

Poco tardó Custine, el héroe sereno, en hacerse sospechoso a la Revolución triunfante. Entonces, descollar y ser leal era jugarse la cabeza. A pretexto de un descuido en defender una plaza, Custine fue enjuiciado y sentenciado a morir. Los mismos jueces, el mismo día, condenaron al ayudante a igual pena. Cuando salían del tribunal en carreta para volver a la prisión, antesala del patíbulo, Jacobo pensaba en su suerte, sometida a la de otro. Ningún delito podía imputársele: iba a ser guillotinado por ayudante de Custine solamente.

Una tristeza horrible le embargó ante el pensamiento de su inútil y oscuro sacrificio. Era la hora del anochecer: plomizas nubes ensombrecían el horizonte y las exhalaciones lo alumbraban un momento con lividez aterradora. Un gentío hirviente se agolpaba alrededor de las carretas, que marchaban muy despacio. Había mareas, y la multitud se apelotonaba, clamorosa.

A media distancia de la prisión, un tropel separó a la primera carreta de la segunda, en la cual iba Jacobo entre dos guardias municipales. La primera siguió andando; alrededor de la segunda se arremolinó denso núcleo de hombres. Hubo tumulto, se cruzaron injurias entre la escolta y el pueblo; dos enormes carros cargados de heno se plantaron ante la carreta; el más cercano volcó adrede. Jacobo comprendió.

Al ver que, de sus guardias uno se bajaba para ayudar a poner orden, dio al que quedaba un puñetazo tremendo en los ojos. No llevaba las manos atadas; al fin era oficial del ejército del Rin. Y acordándose de las danzas y los minuetos, saltó con ligero pie y se coló entre la muchedumbre alborotada, que pugnaba y se empujaba medio a oscuras. Apenas se hubo alejado diez pasos de la carreta, una mano desconocida cubrió sus hombros con un capote; otra mano, de mujer, asió la suya, le arrastró, y una puerta entreabierta le dio paso y se cerró tras él, sigilosa. La casa tenía dos puertas: a la media hora, Jacobo se encontraba completamente a salvo. A la mañana siguiente, un frío mortal heló su sangre, que milagrosamente conservaba en las venas. Porque fue el caso que le trajeron un periódico y, leyéndolo, supo que al salvarle se había creído salvar al general, suponiendo que éste iba en la carreta segunda. El periódico lo repetía con feroz regocijo: el complot había sido vano, y la cabeza de Custine cortada al amanecer.

Estuvo Jacobo como atontado varios meses, y además gravemente enfermo. La mujer, cuya mano le había guiado al asilo, le cuidó afectuosa. Era la amada del general, y ella también le tomaba «por otro» sin querer. Se estableció al pronto tierna amistad; después, algo más íntimo, que les horripilaba y les avergonzaba, como una traición a la memoria del muerto. El amor se tragó al escrúpulo y se casaron. Parecían el matrimonio más feliz. Sin embargo, a Jacobo no se le veía sonreír nunca. Un pliegue tenaz arrugaba su frente; un abatimiento sin causa física doblegaba su gallardo cuerpo. Yo -afirmó la anciana profesora, como término de la historia extraña que me refería-, yo, a título de amiga de la mujer de Jacobo, entré mucho en aquella casa, recibí confidencias y recogí suspiros de almas cerradas ante todos, que conmigo solamente se atrevían a respirar. La esposa, deshecha en lágrimas, me decía:

-¿No sabes la tema en que ha dado mi marido? Asegura que «es otro»; que a pesar de las apariencias, él nunca ha sido Jacobo de...

-¡Cuidado! ¡Va usted a enterarme del apellido! -exclamé involuntariamente.

-¡Ay! ¡Eso no! -y la profesora se detuvo, asustada de ser tan indiscreta-. ¡Eso no! Porque hablo de personas que existieron, y cuanto he referido es verdad histórica.

Jacobo murió de pasión de ánimo; su esposa le siguió al sepulcro, minada por una languidez profunda. Al cabo se le había pegado la manía de su marido, y sostenía que Jacobo era el propio Custine. En la hora anterior a su agonía, encargó que se hiciese al héroe Custine suntuoso mausoleo... y que allí la depositasen a ella también. Jacobo siempre fue «otro» ¡hasta ante el amor!...

«El Imparcial», 9 de julio de 1906.




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La madrina


Al nacer el segundón -desmirriado, casi sin alientos- el padre le miró con rabia, pues soñaba una serie de robustos varones, y al exclamar la madre -ilusa como todas-: «Hay que buscarle madrina», el padre refunfuñó:

-¡Madrina! ¡Madrina! La muerte será..., ¡porque si éste pelecha!

Con la idea de que no era vividero el crío, dejó el padre llegar el día del bautizo sin prevenir mujer que le tuviese en la pila. En casos tales trae buena suerte invitar a la primera que pasa. Así hicieron, cuando al anochecer de un día de diciembre se dirigían a la iglesia parroquial. Atravesada en el camino, que la escarcha endurecía, vieron a una dama alta, flaca, velada, vestida de negro. La enlutada miraba fijamente, con singular interés, al recién, dormido y arrebujado en bayetes y pieles. A la pregunta de si quería ser madrina, la dama respondió con un ademán de aquiescencia. Despertóse en la iglesia la criatura y rompió a llorar; pero apenas le tomó en brazos su futura madrina, la carita amarillenta adquirió expresión de calma, y el niño se durmió, y dormido recibió en la chola el agua fría y en los labios la amarga sal.

En las cocinas del castillo se murmuró largamente, al amor de la lumbre, de aquel bautizo y aquella madrina, que al salir de la iglesia había desaparecido cual por arte de encantamiento. Un cuchicheo medroso corría como un soplo del otro mundo, hacía estremecerse el huso en manos de las mozas hilanderas, temblar la papada en las dueñas bajo la toca y fruncirse las hirsutas cejas de los escuderos, que sentenciaban:

-No puede parar en bien caso que empieza en brujería.

El segundón, entre tanto, se desarrollaba trabajosamente. Enfermedades tan graves le asaltaron, que tuvo dos veces encargado el ataúd, y siempre, al parecer iniciarse el estertor de la agonía, verificábase una especie de resurrección: el niño se incorporaba, se pasaba la mano por los ojos, sonreía y con ansia infinita pedía de comer...

-Siete vidas tiene como los gatos -decía la dueña Marimiño a Fernán el escudero-. ¡Embrujado está, y no muere así le despeñen de la torre más alta!

Este dicho se recordó con espanto pocos días después. Jugando el segundón con el mayor en la plataforma de la torre, lucharon en chanza, se acercaron a la barbacana, y colándose por una brecha, cayeron de aquella formidable altura. Del mayor, don Félix, se recogió una masa sanguinolenta e informe. El otro, don Beltrán, detenido por un reborde de la cornisa y unas matas que lo mullían algún tanto, pudo sostenerse, agarrarse a la muralla y trepar hasta la plataforma otra vez. Con asombro supersticioso refirió el lance Fernán, ocular testigo; y en las veladas del invierno, los servidores evocaron la temerosa figura de la enlutada madrina. Sólo ella podía haber dispuesto los sucesos del modo más favorable a su ahijado. Ya no ingresaría Beltrán en un monasterio; suyos eran casa y estados; de segundón pasaba a heredero universal.

Entonces se pensó en instruirle para las fatigas de la guerra. Endeble como seguía siendo, hubo de ejercitarse en las armas. Salió pendenciero, amigo de gazaperas, retos, cuchilladas, y su débil brazo hacía saltar la espada de la muñeca de los mejores reñidores, y en las funciones militares libraba sin un rasguño, a pesar de alardes de valor temerario. Mirábanle ya con aprensión los demás señores, con mezcla de veneración y terror el vulgo. Un suceso casual dio mayor pábulo a las hablillas.

Andaba perdidamente enamorado don Beltrán de doña Estrella de Guevara, viuda principal cuanto hermosa, codiciada de todos. Ella prefería a un Moncada, el duque de San Juan, y con éste dispuso casarse. En vísperas de la boda, estando el duque solazándose a orillas del río Jarama con su prometida y muchos amigos, salió un toro bravo, arremetióle y le paró tan mal, que al otro día era difunto. Llovía sobre mojado. Se alzó imponente la voz de que danzaba brujería en los asuntos de don Beltrán, y el Santo Oficio hubo de resolver mezclarse en lo que traía alborotada a la villa y corte, inspirando peregrinas fábulas. Como que se llegaba hasta la afirmación de que el toro no era toro, sino un fantástico dragón que espiraba lumbre, y en el cuerpo del mísero duque las señales parecían, no de cornadas, sino de garras candentes.

Honda marejada se produjo en el Santo Tribunal antes de prender a un noble señor. Ejercía las funciones de inquisidor general el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego Sarmiento de Valladares, caballero por los cuatro costados, y los rigores inquisitoriales no recaían sino sobre gentecilla, mercaderes y tratantes gallegos y portugueses, oscuros alumbrados y judaizantes renegados y bígamos. Una buena traílla de estos mezquinos acababa de ser agarrotada, quemada viva, encarcelada perpetuamente, relajada en estatua, azotada por las calles y embargados los bienes que no tenían, con ocasión del famoso auto de fe a que habían querido asistir Carlos II y las dos reinas, enviando el monarca el primer haz de fajina que alimentase el fuego del brasero. Mas las poderosas familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara apretaron tanto, que al fin don Beltrán fue preso y recluido en los calabozos, donde todavía no habían acabado de evaporarse las lágrimas de las infelices penitencias del auto. En las tinieblas de la mazmorra recordó confusamente palabras de su nodriza, insinuaciones de la dueña Mari Nuño, conversaciones reticentes de sus padres, auras de consejas y mentiras que oreaban sus cabellos desde niño. Y con ahínco desesperado, exclamó:

-¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!

Esparcióse por el encierro cárdena claridad, y don Beltrán vio delante a una mujer extraña, medio moza y medio vieja, por un lado engalanada; por otro, desnuda. Su cara se parecía a la de don Beltrán, como que era él mismo, «su muerte propia». Y don Beltrán recordó el dicho de cierto ilustre caballero del hábito de Santiago: «La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos».

-¿Qué se te ofrece, ahijado? -preguntó solícita ella.

-¡Salir de esta cárcel! -suplicó don Beltrán.

-No alcanza mi poder a eso. Te he servido bien; me he desviado de ti veinte veces, te he quitado de delante estorbos y te he mullido el camino con tierra de cementerio. Pero mi acción tiene límites, y el amor y el odio son más fuertes que yo. Habrá cárcel por muchos años: los deudos de tu rival han resuelto que te pudras en ella.

Mesándose el cabello, don Beltrán insistió con ardor:

-¿No hay ningún recurso, madrina? Por ahí fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos, resuenan músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan estocadas... ¡Y yo aquí, sepultado en una fosa, expuesto a que me saquen con coraza y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y respetada... ¡He sentido tantas veces tu protección terrible! ¿No acertarás a salvarme ahora?

La madrina calló un momento, y luego articuló entre un susurro lento y prolongado como el de los árboles de inmensa copa:

-Sé un remedio para darte libertad. ¿No lo adivinas? Yo saco infaliblemente a los mortales del sitio en que penan, llevándolos conmigo.

Sintió un sutil escalofrío don Beltrán y se tapó los ojos con las manos. Cuando las apartó se halló solo: la madrina había desaparecido. En más de dos años no se atrevió el ahijado a invocarla. Al contrario, a ratos la conjuraba para que no se acercase: temía la tentación de asir aquella mano blanca, lisa, marmórea, y agarrado a ella salir del cautiverio. No llamó a su madrina ni en el día en que, tendiéndole sobre el caballete del potro, le dieron por tres veces el trato de cuerda que hace crujir los huesos, estira los tendones y lleva el dolor hasta las últimas reconditeces de los nervios. Quedó moribundo y le trasladaron a una celda con reja a la calle.

Y una mañana, mirando por la reja, sucedióle que vio pasar a una mujer hermosísima, acompañada de una dueña grave y halduda y de un galán bizarro: la propia doña Estrella de Guevara. Sus crespos cabellos teñidos de rubio veneciano hacían parecer más clara su tez y sus labios más bermejos; vestía de terciopelo verde con pasamanos de oro, y en sus ojos negros como la endrina chispeaba una alegría de vivir insolente y triunfadora.

-¡Madrina! ¡Ven, acude! -gritó con fervor don Beltrán, incorporándose, a pesar del quebrantamiento de sus huesos.

Y apenas hubo llamado sinceramente a su madrina, se cerraron los párpados del caballero, se extinguió el hálito de su pecho, cayó sobre la fementida cama, una mano glacial cogió la suya, y don Beltrán salió de la prisión, libre y feliz.

«El Imparcial», 1 de diciembre de 1902.




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El pajarraco


Así como es misteriosa la vena en el juego, lo es la vena en amor. Los seductores no reúnen infaliblemente dotes que expliquen su buena sombra. Siempre que dice la voz pública: «Ese tiene con las mujeres partido loco», nos preguntamos: ¿Por qué? Y a menudo no damos con la respuesta.

Todavía, en la villa y corte, la guapeza en lances y la destreza en sports; lo escogido de la indumentaria y lo vistoso de la posición social; ese conjunto de circunstancias que rodean a los llamados por excelencia «elegantes», dan la clave de ciertos triunfos. Mas no sucede así en los pueblos, donde los profesionales del galanteo suelen gastar corbatas de raso tramado y puños postizos. Allí, sin embargo -lo mismo que aquí- existen individuos que en opinión general ejercen la fascinación, y padres y maridos los miran de reojo.

Laurencio Deza, entre los veinticinco y los treinta y tres de su edad, fue fascinador reconocido en una ciudad donde faltarán grandes industrias y actividades modernas, pero donde abundan lindos ojos negros, verdes y azules, que desde las ventanas no cesan de mirar hacia la solitaria calle, por si resuena en sus baldosas desgastadas un paso ágil y firme, y por si una cabeza morena se alza como preguntando: ¿Soy costal de paja, niña?

Laurencio ni era feo ni guapo. Tenía, eso sí, gancho, una mirada peculiar, un repertorio de frases variado, y a su alrededor flotaban, prestigiándole, las sombras melancólicas de algunas abandonadas inconsolables y de otras desdeñadas caprichosamente. A la que rondaba, sabía alternarle azúcares con hieles, rabietas de despecho con satisfacciones orgullosas, y por este procedimiento la curtía, zurraba y ablandaba a su gusto, dejándola flexible como piel de fino guante.

Jamás discutía principios de moral. Procedía como si no existiesen. Al oírle hablar con tal soltura y sencillez de enormidades, dijérase que suprimía leyes, respetos humanos y toda valla a sus antojos. Era elocuente en su charla, como lo son tantos españoles, y no carecía de donaire para poner en solfa a quien le placía. No ejercitaba jamás este don contra las mujeres, sino contra los hombres que, momentáneamente, podían estorbarle. No rehuía una cachetina, puesto que en aquella ciudad los lances dramáticos de honor eran casos rarísimos. Los cachetes, cosa quizá más seria, los afrontaba Laurencio con ímpetu juvenil, y también los repartía, si se terciaba.

Al punto de esta verdadera historia, andaba Laurencio, según murmuraban sus amigos, enredado en tres devaneos principales, sin contar los accesorios. Aunque practicase Laurencio esa discreción que el honor más elemental impone a los varones, en los pueblos pequeños todo se sabe, y a falta de otros intereses y emociones, la curiosidad vela. Sin que Laurencio se clarease, los socios del Casino estaban en ello. Tratábase de Cecilita, la hija de Mardura, el del almacén al por mayor de paños, lienzos y cotonías. De Obdulia Encina, mujer del librero de la calle Vieja. Y para broche del ramillete, de la guapetona Rosa la Gallinera, casada con un tratante en averío, Ulpiano Paredes, que empezó por despachar huevos y pollos y ahora lanzábase con brío a establecer negocios más en grande.

Era lo notable del asunto que entre Mardura, Paredes y Encinas existía íntima amistad, y se veían diariamente en la trastienda del librero. Y la consabida vocecilla pública susurraba que la hija de Mardura ya había sido burlada, la mujer de Encina pertenecía quizá al pasado, y sólo Rosa no sufría aún la fascinación. Pero la sufriría, y pronto. No podía augurarse otra cosa de una casquivana como ella.

A la verdad, era irritante lo que sucedía con Rosa. Aquello de presentarse hecha un brazo de mar en el teatro, en el paseo y hasta en los bailes del Casino, a los cuales la directiva tenía la debilidad de invitarla, poniendo la moda y hasta luciendo a veces joyas que no podían ostentar las esposas de los contados aristócratas de la ciudad, daba base y razón suficiente a las críticas. Todos recordaban, o afirmaban recordar, que no es lo mismo, a Rosa con refajo corto y pañuelo de talle, y hasta, según algunos, «en pernetas». ¡Y ahora, con salida de «teatro» de flecos y trajes de seda azul celeste, guarnecido de encaje «crudo»!

Lo más acerbo de la censura iba con el marido. ¿En qué pensaba, al consentir a su mujer ese lujo escandaloso? Lo «que sucedía» era natural...

Y llegando a preguntar lo «que sucedía», es el caso que nadie pudiera decirlo. Lo único positivo, que la Gallinera se presentaba de un modo inadecuado a su categoría social. El runrún, sin embargo, iba en aumento.

A pesar de la amistad que unía a su padre y esposo con Paredes, Cecilia Mardura y Obdulia Encina mordían a Rosa, soltando insinuaciones en los círculos de la devoción y de la clase media comercial, con una inquina en que se mezclaban los rencores celosos y el despecho de la ropa anticuada y modesta que vestían ambas, mientras la Gallinera, ayer, ayer mismo, había estrenado un sombrero de plumas..., y no de gallina, sino de legítimo avestruz.

Tomó doble incremento el rumor con motivo de una ausencia del marido de Rosa. Era Paredes activísimo en negociar, y creíase que, molestada su mujer por lo humilde, y prosaico de la esfera en que se desarrollaba su industria, deseaba salir de ella, e impulsaba a Paredes nada menos que hacía especulaciones en gran escala, negocios bancarios. Hablábase de emisión de acciones, de capitales dedicados a una fabricación vasta, de papel y serrería. Era voz unánime de la envidia, que se despereza rugiendo cuando alguien mejora de suerte, que por mucho que ascendiera Ulpiano el Gallinero, jamás llegaría a señor, ni perdería su facha ordinaria y tosca, sus manazas peludas, sus orejas coloradas y su faz ruda, en que los dientes sin limpiar, verdosos, infundían repugnancia.

Reíanse los guasones de los esfuerzos que hacía su mujer en las solemnidades para embutirle el corpachón en una levita, y las garras en unos guantes que estallaban y se descosían precipitados, y el pescuezo en un cuello alto que le ahorcaba, hasta agolpar la sangre a su cabeza, cual si fuese a sufrir una apoplejía. No faltaba, sin embargo, quien defendiese a Paredes. Era mozo muy listo, ¡vaya si lo era! En pocos años habíase abierto un porvenir, y desde la esfera social más humilde, llegaría a la más alta. Al Gallinero le verían en coche, en casa de campo, con muchos miles de duros en juego, porque bajo la apariencia zopa, torpona, del tratante, se ocultaba una resolución, una energía y una astucia de primer orden.

Y estas apologías de Paredes las hacían, en especial, Mardura y Encina. Del primero se creía que fuese socio en lo de la fábrica.

-Pero ¡si es un bruto Paredes! -decíanle al librero con retintín.

-No sé por qué ha de ser un bruto... Brutos y tontos, los que nunca pasamos de pobres.

«Es bruto cuando no ve lo de su mujer...», iba a contestar el murmurador de Casino; pero, advertido por un guiño expresivo de alguien, se limitó a decir, con diplomática reserva:

-Porque puede que ande a oscuras en lo que más le importe...

-Nadie anda a oscuras... -murmuró Encina, fosco y bilioso, clavando la quijada en el pecho-. La gente sufre a veces por prudencia..., hasta que un día u otro...

Sobre esta conversación hiciéronse infinitos comentarios. En el aire parecía flotar el drama. Algo ruidoso se preparaba, sí. La hermosa Gallinera, sola en aquel caserón viejo y enorme, en cuyo patio se recriaban las gallinas, y que tenía varias salidas y entradas: unas, al campo; otras, a callejas extraviadas y angostas, por donde no pasaba alma viviente... «Lo que es como a Rosa se le antojase..., sabe Dios, sabe Dios...», repetían los fantaseadores con sonrisa picaresca.

Ocurría esto en mitad del invierno, con una temperatura rigurosa, caso no muy frecuente en aquella ciudad, donde, si llueve a cántaros, rara vez desciende demasiado el termómetro. Y, por obra del frío, las capas treparon a envolver los rostros, igualando las figuras de los transeúntes. La capa, amplia y con embozos de felpa, subida hasta los ojos, que sepulta en sombra el ala del hongo blando, es como un disfraz protector de secretas aventuras. A Laurencio, que poseía otros abrigos, se le desarrolló en aquellos días desmedida afición a la capa; pero nadie hizo alto en ello, porque todos los moradores de la ciudad salían igualmente rebozados en los pliegues de sus pañosas.

Al par que sintió Laurencio decidida simpatía por la capa, se dedicó más que nunca a vagar por desviados y solitarios callejones. En sus correrías, le extrañó algo observar que varias noches, dos o tres bultos no menos embozados parecían coincidir en su itinerario, y que, si desaparecía a veces como por arte de magia, desvaneciéndose tras un soportal o en una rinconada sombría, otra cruzaban a lo lejos, sin que pudiese adivinar ni su edad, ni su condición social, pues la española capa, recatadora de rostros y talles, no es prenda exclusiva de gente acomodada, y el pobre artesano en ella se cobija. No obstante la impavidez del fascinador, los bultos habían llegado a inquietarle un poquillo, más por instinto que razonablemente. Laurencio era, como todos los fascinadores, un instintivo. Algo indefinible le escalofriaba.

Sin embargo, al llegar cada anochecer, después de mil revueltas, al pie de la ventana baja de Rosa la Gallinera, insistía en la súplica: «¿Cuándo se abriría, en vez de la ventana, la puerta, la que caía al campo? ¿Cuándo, en vez de palabritas insulsas, podrían entrelazar pláticas íntimas y dulces? El tiempo corría, volaba, y cuando menos se pensase, sería imposible, por lo que no ignoraba Rosa..., porque regresaría el ausente... Y ella reía, coqueteaba, se resistía... Estas resistencias, sin embargo, tienen término previsto; y una noche...

¡Oh noche, protectora de este y de tantos delitos, ya confitados en poesía, ya descarnados como la realidad! Te bendijo Laurencio, que empezaba a encontrar larga la espera, y, airosamente embozado, dio la vuelta al caserón y acercóse, como quien conoce perfectamente la topografía de los lugares, a una portezuela que salía al agro, y lindaba con un caminejo, de tierra generalmente fangosa, y ahora endurecida por la escarcha.

La luna, embozada ella también en aborregados nubarrones, alzó el velo, como fascinada a su vez, y dentro rechinó una llave y una voz de mujer, sofocada por alguna emoción intensa, profirió:

-Pase..., pase...

Hizo Laurencio lo propio que la luna, y se desembozó, para asir la ya ansiada presa... En el espacio de un segundo pudo ver que estaba en el patio de la gallinería, cerca de un alpendre o cobertizo, lleno de masas confusas de plumaje. Guardábase allí las plumas de las aves que Ulpiano, agenciador en todo, vendía desplumadas, sacando provecho del despojo, que le compraban para colchones. No supo jamás decir Laurencio por qué se fijó en aquel detalle, mientras echaba al cuello de Rosa ambos brazos. No llegaron a ceñirlo: dos hombres los asieron y los sujetaron, mientras otro descargaba el primer golpe en mitad del rostro. Y a éste, que hizo fluir de las narices copia de sangre, siguieron dos o tres más; de puños como mandarrias, en la boca, en la sien, que le tendieron desvanecido. Rosa inmóvil, presenciaba la escena, sin demostrar sorpresa; su actitud era de espectadora, aunque, a la claridad lunar, parecía de pálido mármol su cara. El esposo se restregó las manos con que acababa de infligir la feroz corrección, y ordenó:

-A casa, ahora mismo.

Retiróse Rosa, cabizbaja, volviendo, mal de su grado, la vista atrás, y los tres hombres, los tres vengadores -el librero, el almacenista, el gallinero-, procedieron a desnudar al desmayado. Cuando le hubieron dejado en cueros vivos, sólo con las botas, la frialdad del aire lo reanimó. Miró a su alrededor, espantado, y quiso alzarse, defenderse. Una lluvia de puntapiés y mojicones, sobre las carnes sin ropa, sobre el torso que el frío mordía, le aturdió de nuevo. Sus enemigos, riendo, trajeron del alpendre una orza descacharrada, en cuyo fondo dormitaba espeso líquido. Con una brocha enorme, pintaron a grandes brochazos el cuerpo inerte, untándolo de miel mezclada con pez. Y hecho esto, tomaron al fascinador, uno por los pies y dos por los sobacos, y llevándole bajo el cobertizo, le revolcaron en la pluma, hasta que lo emplumaron todo, de alto abajo. Y como en los movimientos de tal operación, segunda vez pareciese revivir, le empujaron hacia la puerta y le lanzaron a la calle en su extraño atavío, hecho una, bola de plumaje, cerrando la puerta de la corraliza con llave y cerrojo.

-Ahora -ordenó Paredes, natural director de la empresa-, vamos a tomarnos un café caliente y unas copas... ¡Hace un frío de mil diablos!

Tambaleándose, Laurencio tardó en darse a la fuga breves momentos. Hasta pensó llamar, gritar... Al fin, corrió, sin más propósito que el de verse a cien leguas y refugiarse en una cama, donde se aliviasen sus magulladuras... Fluía sangre de sus labios rotos, con dos dientes perdidos... Como sabemos, lo único que no le habían quitado eran las botas, y volaba, loco de terror aún, hacia las calles céntricas, hacia su posada, próxima a la catedral. Y he aquí que oyó risas, exclamaciones; dos transeúntes se habían fijado en su facha; un guardia le detenía severamente, amenazándole. Un grupo se reunía; las carcajadas le abofetearon; acudía gente de las bocacalles; se abrió un balcón iluminado.

-¡Vaya un pajarraco! -repetían-. ¡Buena gallina para el puchero! ¡Mira: tiene alas! ¡Hu, hu, el pajarraco!

Trémulo de frío, de vergüenza y de coraje, Laurencio imploraba:

-¡Señores...! ¡Una capa para cubrirme...! ¡Soy inocente; no me lleven a la cárcel!... ¡Que me desemplumen!

Salvado por el guardia de la rechifla y la agresión, al otro día del ridículo incidente, Laurencio estaba en la cama con fiebre; y en la cama permaneció un mes, dolorido, hecho un guiñapo. Antes de levantarse, solicitaba permuta de destino, y su primera salida la hizo furtivamente, para abandonar la ciudad testigo de su derrota.

Lo peor de su castigo fue que el mote de pajarraco le siguió ya a todas partes. La noticia iba con él, y el ridículo lo llevaba en su maleta, como llevaba Byron el esplín. Aumentaba su ignominia el que se dijese que Rosa, de acuerdo con su marido, había preparado la emboscada y sugerido la burla. Laurencio tenía impulsos de embarcarse para América o suicidarse. Al cabo, halló otro refugio, otro género de muerte. ¡Pecho al agua! Se casó...




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La leyenda de la torre


La expedición había sido fatigosa, a pie, por abruptas sendas y trochas de montañas; y des