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    Novela del amante liberal
     Miguel de Cervantes Saavedra ; edición publicada por Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla
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Novela del amante liberal


Miguel de Cervantes Saavedra





  -133-     -fol. 38r-  

«¡O lamentables ruynas de la desdichada Nicosia1, apenas enjutas de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si, como careceys de sentido, le tuuierades aora en esta soledad donde estamos, pudieramos lamentar juntas nuestras desgracias, y quiza el auer hallado compañia en ellas aliuiara nuestro tormento. Esta esperança os puede auer quedado, mal derribados torreones, que   -fol. 38v-   otra vez, aunque no para tan justa defensa como la en que os derribaron, os podeys ver leuantados. Mas yo, desdichado, ¿que bien podre esperar en la miserable estrecheza en que me hallo, aunque buelua al estado en que estaua antes deste en que me veo? Tal es mi desdicha, que en la libertad fui sin ventura, y en el cautiuerio, ni la tengo, ni la espero.»

Estas razones dezia vn cautiuo christiano, mirando desde vn recuesto las murallas derribadas de la ya perdida Nicosia, y assi hablaua con ellas y hazia comparacion de sus miserias a las suyas, como si ellas fueran capazes de entenderle, propia condicion de afligidos que, lleuados   -134-   de sus imaginaciones, hazen y dizen cosas agenas de toda razon y buen discurso.

En esto salio de vn pauellon o tienda, de quatro que estauan en aquella campaña puestas, vn turco mancebo de muy buena disposicion y gallardia, y, llegandose al christiano, le dixo: «Apostaria yo, Ricardo amigo, que te traen por estos lugares tus continuos pensamientos.»

«Si traen», respondio Ricardo, que este era el nombre del cautiuo, «mas ¿que aprouecha, si en ninguna parte a do voy hallo tregua ni descanso en ellos?; antes me los han acrecentado estas ruynas que desde aqui se descubren.»

«Por las de Nicosia diras», dixo el turco.

«Pues, ¿por quales quieres que2 diga», repitio Ricardo, «si no ay otras que a los ojos por aqui se ofrezcan?»

«Bien tendras que llorar», replicó el turco, «si en essas contemplaciones entras. Porque los que vieron aura dos años a esta nombrada y rica isla de Chipre en su tranquilidad y sossiego, gozando sus moradores en ella de todo aquello que la felicidad humana puede conceder a los hombres, y aora los vee o contempla, o desterrados della, o en ella cautiuos y miserables, ¿como podra dexar de no dolerse de su calamidad y desuentura? Pero dexemos estas cosas, pues no lleuan remedio, y vengamos a las tuyas,   -fol. 39r-   que quiero ver si le tienen, y assi te   -135-   ruego, por lo que deues a la buena voluntad que te he mostrado, y por lo que te obliga el ser entrambos de vna misma patria y auernos criado en nuestra niñez juntos, que me digas qué es la causa que te trae tan demasiadamente triste, que, puesto caso que sola la del cautiuerio es bastante para entristezer el coraçon3 mas alegre del mundo, todavia imagino que de mas atras traen la corriente tus desgracias. Porque los generosos animos como el tuyo, no suelen rendirse a las comunes desdichas tanto, que den muestras de extraordinarios sentimientos, y hazeme creer esto, el saber yo que no eres tan pobre que te falte para dar quanto pidieren por tu rescate, ni estas en las torres del mar Negro4, como cautiuo de consideracion que tarde o nunca alcança la desseada libertad. Assi que, no auiendote quitado la mala suerte las esperanças de verte libre, y con todo esto verte rendido a dar miserables muestras de tu desuentura, no es mucho que imagine que tu pena procede de otra causa que de la libertad que perdiste, la qual causa te suplico me digas, ofreciendote quanto puedo y valgo; quiza5 para que yo te sirua ha traydo la fortuna este rodeo de auerme hecho vestir deste habito que aborrezco. Ya sabes, Ricardo, que es mi amo el cadi desta ciudad, que es lo mismo que ser su obispo. Sabes tambien lo mucho que vale, y lo mucho que con el puedo. Iuntamente con esto, no ignoras   -136-   el desseo encendido que tengo de no morir en este estado que parece que professo, pues quando mas no pueda, tengo de confessar y publicar a vozes la fe de Iesu Christo, de quien me apartó mi poca edad y menos entendimiento, puesto que se que tal confession me ha de costar la vida, que, a trueco de no perder la del alma, dare por bien empleado perder la del cuerpo. De todo lo dicho quiero que infieras y que consideres que te puede ser de algun prouecho   -fol. 39v-   mi amistad, y que, para saber que remedios o aliuios puede tener tu desdicha, es menester que me la cuentes, como ha menester el medico la relacion del enfermo, assegurandote que la depositaré en lo mas escondido del silencio.»

A todas estas razones, estuuo callando Ricardo, y viendose obligado dellas y de la necessidad, le respondio con estas: «Si assi como has acertado, ¡o amigo Mahamut!, que assi se llamaua el turco, en lo que de mi desdicha imaginas, acertaras en su remedio, tuuiera por bien perdida mi libertad, y no trocara mi desgracia con la mayor ventura que imaginarse pudiera; mas yo se que ella es tal, que todo el mundo podra saber bien la causa de donde procede, mas no aura en el persona que se atreua, no solo a hallarle remedio, pero ni aun aliuio. Y para que quedes satisfecho desta verdad, te la contare en las menos razones que pudiere; pero antes que entre en el confuso laberinto de mis males, quiero que me digas qué es la causa que   -137-   Azam baxa6, mi amo, ha hecho plantar en esta campaña estas tiendas y pauellones antes de entrar en Nicosia, donde viene proueydo por virrey o por baxa, como los turcos llaman a los virreyes.»

«Yo te satisfare breuemente», respondio Mahamut, «y assi has de saber que es costumbre entre los turcos, que, los que van por virreyes de alguna prouincia, no entran en la ciudad donde su antecessor habita, hasta que el salga della y dexe hazer libremente al que viene la residencia; y en tanto que el baxa nueuo la haze, el antiguo se esta en la campana, esperando lo que resulta de sus cargos, los quales se le hazen sin que el pueda interuenir a valerse de sobornos ni7 amistades, si ya primero no lo ha hecho. Hecha, pues, la residencia, se la dan al que dexa el cargo en vn pergamino cerrado y sellado, y con ella se presenta a la puerta del gran señor, que es como dezir en la Corte, ante el gran Consejo del turco. La qual, vista   -fol. 40r-   por el visir baxa y por los otros quatro baxaes menores, como si dixessemos ante el presidente del Real Consejo y oydores, o le premian o le castigan, segun la relacion de la residencia, puesto que si viene culpado, con dineros rescata y escusa el castigo. Si no viene culpado y no le premian, como sucede de ordinario, con dadiuas y presentes alcança el cargo que mas se le antoja, porque no se dan alli los cargos   -138-   y oficios por merecimientos, sino por dineros; todo se vende y todo se compra. Los proueedores de los cargos, roban los proueydos en ellos y los desuellan; deste oficio comprado sale la sustancia para comprar otro que mas ganancia promete. Todo va como digo, todo este imperio es violento, señal que prometia no ser durable; pero a lo que yo creo, y assi deue de ser verdad, le tienen sobre sus ombros nuestros pecados, quiero dezir los de aquellos que descaradamente y a rienda suelta ofenden a Dios, como yo hago; El se acuerde de mi por quien el es. Por la causa que he dicho, pues, tu amo, Azam baxa, ha estado en esta campaña quatro dias, y si el de Nicosia no ha salido, como deuia, ha sido por auer estado muy malo, pero va esta mejor y saldra oy o mañana, sin duda alguna, y se ha de alojar en vnas tiendas que estan detras deste recuesto, que tu no has visto, y tu amo entrará luego en la ciudad; y esto es lo que ay que saber de lo que me preguntaste.»

«Escucha, pues», dixo Ricardo, «mas no se si podre cumplir lo que antes dixe que en breues razones te contaria mi desuentura, por ser ella tan larga y desmedida, que no se puede medir con razon alguna; con todo esto, hare lo que pudiere y lo que el tiempo diere lugar. Y assi te pregunto: primero, si conoces en nuestro lugar de Trapana8 vna donzella a quien la fama daua nombre de la mas hermosa muger que auia en toda Sicilia. Vna donzella, digo, por quien dezian todas las curiosas lenguas, y afirmauan   -139-   los mas raros entendimientos,   -fol. 40v-   que era la de mas perfecta hermosura que tuuo la edad passada, tiene la presente y espera tener la que esta por venir: vna por quien los poetas cantauan que tenia los cabellos de oro y que eran sus ojos dos resplandecientes soles, y sus mexillas purpureas rosas, sus dientes perlas, sus labios rubies, su garganta alabastro, y que sus partes con el todo y el todo con sus partes, hazian vna marauillosa y concertada armonia, esparciendo naturaleza sobre todo vna suauidad de colores, tan natural y perfecta, que jamas pudo la embidia hallar cosa en que ponerle tacha. ¿Que es possible, Mahamut, que ya no me has dicho quién es y cómo se llama? Sin duda creo, o que no me oyes, o que, quando en Trapana estauas, carecias de sentido.»

«En verdad, Ricardo», respondio Mahamut, «que si la que has pintado con tantos estremos de hermosura, no es Leonisa, la hija de Rodolfo Florencio, no se quien sea, que esta sola tenia la fama que dizes.»

«Essa es, ¡o Mahamut!», respondio Ricardo, «essa es, amigo, la causa principal de todo mi bien y de toda mi desuentura. Essa es, que no la perdida libertad, por quien mis ojos han derramado, derraman y derramarán lagrimas sin cuento, y la por quien mis sospiros encienden el ayre, cerca y lexos, y la por quien mis razones cansan al cielo que las escucha y a los oydos que las oyen. Essa es por quien tu me has juzgado por loco, o, por lo menos, por de   -140-   poco valor y menos animo. Esta Leonisa, para mi leona, y mansa cordera para otro, es la que me tiene en este miserable estado. Porque has de saber que, desde mis tiernos años, o a lo menos desde que tuue vso de razon, no solo la amé, mas la adoré y serui con tanta solicitud, como si no tuuiera en la tierra ni en el cielo otra deidad a quien siruiesse ni adorasse; sabian sus deudos y sus padres mis desseos, y jamas dieron muestra de que les pesasse, considerando que yuan encaminados a fin honesto   -fol. 41r-   y virtuoso, y assi muchas vezes se yo que se lo dixeron a Leonisa, para disponerle la voluntad a que por su esposo me recibiesse9. Mas ella, que tenia puestos los ojos en Cornelio, el hijo de Ascanio Rotulo, que tu bien conoces (mancebo galan, atildado, de blandas manos y rizos cabellos, de voz meliflua y de amorosas palabras, y, finalmente, todo hecho de ambar y de alfeñique, guarnecido de telas y adornado de brocados), no quiso ponerlos en mi rostro, no tan delicado como el de Cornelio, ni quiso agradecer siquiera mis muchos y continuos seruicios, pagando mi voluntad con desdeñarme y aborrecerme; y a tanto llegó el estremo de amarla, que tomara por partido dichoso que me acabara a pura fuerça de desdenes y desagradecimientos, con que no diera descubiertos aunque honestos fauores a Cornelio. ¡Mira, pues, si llegandose a la angustia del desden y aborrecimiento,   -141-   la mayor y mas cruel rabia de los zelos, qual estaria mi alma de dos tan mortales pestes combatida! Dissimulauan los padres de Leonisa los fauores que a Cornelio hazia, creyendo, como estaua en razon que creyessen, que, atraydo el moço de su incomparable y bellissima hermosura, la escogeria por su esposa, y en ello grangearian yerno mas rico que conmigo, y bien pudiera ser, si assi fuera; pero no le alcançaran, sin arrogancia sea dicho, de mejor condicion que la mia, ni de mas altos pensamientos, ni de mas conocido valor que el mio. Sucedio, pues, que, en el discurso de mi pretension, alcancé a saber que vn dia del mes passado de mayo, que este de oy haze vn año, tres dias y cinco horas, Leonisa y sus padres, y Cornelio y los suyos, se yuan a solazar con toda su parentela y criados al jardin de Ascanio, que esta cercano a la marina, en el camino de las salinas»10.

«Bien lo se», dixo Mahamut; «passa adelante Ricardo, que   -fol. 41v-   mas de quatro dias tuue en el, quando Dios quiso, mas de quatro buenos ratos.»

«Supelo», replicó Ricardo, «y, al mismo instante que lo supe, me ocupó el alma vna furia, vna rabia y vn infierno de zelos, con tanta vehemencia y rigor, que me sacó de mis sentidos, como lo veras por lo que luego hize, que fue yrme al jardin donde me dixeron que estauan, y hallé a la mas de la gente solazandose, y debaxo de vn nogal sentados a Cornelio y a   -142-   Leonisa, aunque desuiados vn poco. Qual ellos quedaron de mi vista no lo se; de mi se dezir que quedé tal con la suya, que perdi la de mis ojos y me quede como estatua, sin voz ni mouimiento alguno. Pero no tardó mucho en despertar el enojo a la colera, y la colera a la sangre del coraçon, y la sangre a la ira, y la ira a las manos y a la lengua, puesto que las manos se ataron con el respecto, a mi parecer deuido al hermoso rostro que tenia delante. Pero la lengua rompio el silencio con estas razones: Contenta estaras, ¡o enemiga mortal de mi descanso!, en tener con tanto sossiego delante de tus ojos la causa que hara que los mios viuan en perpetuo y doloroso llanto. Llegate, llegate, cruel, vn poco mas, y enrede tu yedra a esse inutil tronco que te busca. Peyna o ensortija aquellos cabellos de esse tu nueuo Ganimedes, que tibiamente te solicita. Acaba ya entregarte a los banderizos años desse moço en quien contemplas, por que, perdiendo yo la esperança de alcançarte, acabe con ella la vida, que aborrezco. ¿Piensas por ventura, soberuia y mal considerada donzella, que contigo sola se han de romper y faltar las leyes y fueros que en semejantes casos en el mundo se vsan? ¿Piensas, quiero dezir, que este moço, altiuo por su riqueza, arrogante por su gallardia, inexperto por su edad poca, confiado por su linage, ha de querer, ni poder, ni saber guardar firmeza en sus amores, ni estimar lo inestimable, ni conocer lo que conocen los maduros y   -143-   experimentados años? No lo pienses, si lo piensas, porque   -fol. 42r-   no tiene otra cosa buena el mundo sino hazer sus acciones siempre de vna misma manera, por que no se engañe nadie, sino por su propia ignorancia. En los pocos años esta la inconstancia mucha, en los ricos la soberuia, la vanidad en los arrogantes, y en los hermosos el desden, y en los que todo esto tienen la necedad, que es madre de todo mal sucesso. Y tu, ¡o moço, que tan a tu saluo piensas lleuar el premio mas deuido a mis buenos desseos, que a los ociosos tuyos!, ¿por qué no te leuantas de esse estrado de flores donde yazes, y vienes a sacarme el alma, que tanto la tuya aborrece? Y no porque me ofendas en lo que hazes, sino porque no sabes estimar el bien que la ventura te concede, y veese claro que le tienes en poco, en que no quieres mouerte a defendelle, por no ponerte a riesgo de descomponer la afeytada compostura de tu galan vestido. Si essa tu reposada condicion tuuiera Aquiles, bien seguro estuuiera Vlisses de no salir con su empressa, aunque mas le mostrara resplandecientes armas y azerados alfanjes. Vete, vete, y recreate entre las donzellas de tu madre, y alli ten cuydado de tus cabellos y de tus manos, mas despiertas a deuanar blando sirgo, que a empuñar la dura espada.

»A todas estas razones jamas se leuantó Cornelio del lugar donde le hallé sentado, antes se estuuo quedo, mirandome como embelesado, sin mouerse; y a las leuantadas vozes con que   -144-   le dixe lo que has oydo, se fue llegando la gente que por la huerta andaua, y se pusieron a escuchar otros mas improp[er]ios, que a Cornelio dixe, el qual, tomando animo con la gente que acudio, porque todos, o los mas, eran sus parientes, criados o allegados, dio muestras de leuantarse, mas antes que se pusiesse en pie, puse mano a mi espada, y acometile, no solo a el, sino a todos quantos alli estauan. Pero apenas vio Leonisa reluzir mi espada, quando le tomó un rezio desmayo, cosa que me puso en mayor coraje   -fol. 42v-   y mayor despecho. Y no te sabre dezir, si los muchos que me acometieron atendian no mas de a defenderse, como quien se defiende de vn loco furioso, o si fue mi buena suerte y diligencia, o el cielo, que para mayores males queria guardarme, porque, en efeto, heri siete o ocho de los que hallé mas a mano; a Cornelio le valio su buena diligencia, pues fue tanta la que puso en los pies huyendo, que se escapó de mis manos.

»Estando en este tan manifiesto peligro, cercado de mis enemigos, que ya como ofendidos procurauan vengarse, me socorrio la ventura con vn remedio, que fuera mejor auer dexado alli la vida, que no, restaurandola por tan no pensado camino, venir a perderla cada hora mil y mil vezes. Y fue, que de improuiso dieron en el jardin mucha cantidad de turcos de dos galeotas de cosarios de Viserta, que en vna cala, que alli cerca estaua, auian desembarcado, sin ser sentidos de las centinelas de las torres de la   -145-   marina, ni descubiertos de los corredores o atajadores de la costa. Quando mis contrarios los vieron, dexandome solo, con presta celeridad se pusieron en cobro; de quantos en el jardin estauan, no pudieron los turcos cautiuar mas de a tres personas y a Leonisa, que aun se estaua desmayada; a mi me cogieron con quatro disformes heridas, vengadas antes por mi mano con quatro turcos, que de otras quatro dexé sin vida tendidos en el suelo. Este assalto hizieron los turcos con su acostumbrada diligencia, y, no muy contentos del sucesso, se fueron a embarcar, y luego se hizieron a la mar, y a vela y remo en breue espacio se pusieron en la Fabiana11. Hizieron reseña, por ver que gente les faltaua, y viendo que los muertos eran quatro soldados de aquellos que ellos llaman leuentes12, 13, y de los mejores y mas estimados que traian, quisieron tomar en mi la vengança. Y assi mandó el   -fol. 43r-   arraez de la capitana baxar la entena, para ahorcarme.

»Todo esto estaua mirando Leonisa, que ya auia buelto en si, y, viendose en poder de los cosarios, derramaua abundancia de hermosas lagrimas, y torciendo sus manos delicadas, sin hablar palabra estaua atenta a ver si entendia lo que los turcos dezian. Mas vno de los christianos del remo, le dixo en italiano como el arraez mandaua ahorcar a aquel christiano, señalandome a mi, porque auia muerto en su defensa quatro de los mejores soldados de las   -146-   galeotas. Lo qual oydo y entendido por Leonisa, la vez primera que se mostro para mi piadosa, dixo al cautiuo que dixesse a los turcos que no me ahorcassen, porque perderian vn gran rescate, y que les rogaua boluiessen a Trapana, que luego me rescatarian. Esta, digo, fue la primera, y aun sera la vltima caridad que vsó conmigo Leonisa, y todo para mayor mal mio. Oyendo pues los turcos lo que14 el cautiuo les dezia, le creyeron15, y mudoles el interes la colera. Otro dia por la mañana, alçando vandera de paz, boluieron a Trapana; aquella noche la passé con el dolor que imaginarse puede, no tanto por el que mis heridas me causauan, quanto por imaginar el peligro en que la cruel enemiga mia entre aquellos barbaros estaua.

»Llegados, pues, como digo, a la ciudad, entró en el puerto la vna galeota, y la otra se quedó fuera; coronose luego todo el puerto y la ribera toda de christianos, y el lindo de Cornelio, desde lexos, estaua mirando lo que en la galeota passaua; acudio luego vn mayordomo mio a tratar de mi rescate, al qual dixe que en ninguna manera tratasse de mi libertad, sino de la de Leonisa, y que diesse por ella todo quanto valia mi hazienda, y mas le ordené que boluiesse a tierra, y dixesse a sus padres de Leonisa, que le dexassen a el tratar de la libertad de su hija, y que no se pusiessen en trabajo por ella. Hecho esto, el arraez principal, que era vn   -147-   renegado griego, llamado Yzuf, pidio   -fol. 43v-   por Leonisa seys mil escudos, y por mi quatro mil, añadiendo que no daria el vno sin el otro. Pidio esta gran suma, segun despues supe, porque estaua enamorado de Leonisa, y no quisiera el rescatalla, sino darle al arraez de la otra galeota, con quien auia de partir las pressas que se hiziessen por mitad, a mi en precio de quatro mil escudos, y mil en dinero, que hazian cinco mil, y quedarse con Leonisa por otros cinco mil. Y esta fue la causa porque nos apreció a los dos en diez mil escudos. Los padres de Leonisa no ofrecieron de su parte nada, atenidos a la promesa que de mi parte mi mayordomo les auia hecho, ni Cornelio mouio los labios en su prouecho, y assi, despues de muchas demandas y respuestas, concluyó mi mayordomo en dar por Leonisa cinco mil, y por mi tres mil escudos. Aceptó Yzuf este partido, forçado de las persuasiones de su compañero y de lo que todos sus soldados le dezian. Mas como mi mayordomo no tenia junta tanta cantidad de dineros, pidio tres dias de termino para juntarlos, con intencion de malbaratar mi hazienda, hasta cumplir el rescate. Holgose desto Yzuf, pensando hallar en este tiempo ocasion para que el concierto no passasse adelante. Y boluiendose a la isla de la Fabiana, dixo, que llegado el termino de los tres dias, bolueria por el dinero.

»Pero la ingrata fortuna, no cansada de maltratarme, ordenó que, estando desde lo mas alto de la isla puesta a la guarda vna centinela de   -148-   los turcos, bien dentro a la mar descubrio seys velas latinas, y entendio, como fue verdad, que deuian ser o la esquadra de Malta, o algunas de las de Sicilia. Baxó corriendo a dar la nueua, y en vn pensamiento se embarcaron los turcos, que estauan en tierra, qual guisando de comer, qual lauando su ropa; y çarpando con no vista presteza dieron al agua los remos, y al viento las velas, y puestas las proas en Berberia, en menos de dos horas perdieron de vista las galeras, y assi   -fol. 44r-   cubiertos con la isla, y con la noche que venia cerca, se asseguraron del miedo que auian cobrado.

»A tu buena consideracion dexo, ¡o Mahamut amigo!, que considere, qual yria mi animo en aquel viage, tan contrario del que yo esperaua, y mas quando otro dia, auiendo llegado las dos galeotas a la isla de la Pantanalea16, por la parte del mediodia, los turcos saltaron en tierra a hazer leña y carne, como ellos dizen, y mas quando vi que los arraezes saltaron en tierra y se pusieron a hazer las partes de todas las pressas que auian hecho. Cada accion destas, fue para mi vna dilatada muerte. Viniendo pues a la particion mia y de Leonisa, Yzuf dio a Fetala, que assi se llamaua el arraez de la otra galeota, seys christianos, los quatro para el remo y dos muchachos hermosissimos, de nacion corços, y a mi con ellos, por quedarse con Leonisa; de lo qual se contentó Fetala; y aunque estuue presente a todo esto, nunca pude entender lo que dezian, aunque sabia lo   -149-   que hazian, ni entendiera por entonces el modo de la particion, si Fetala no se llegara a mi y me dixera en italiano: «christiano, ya eres mio; en dos mil escudos de oro te me han dado; si quieres libertad, has de dar quatro mil, si no aca morir»17. «Preguntele, si era tambien suya la christiana, dixome que no, sino que Yzuf se quedaua con ella, con intencion de boluerla mora y casarse con ella. Y assi era la verdad, porque me lo dixo vno de los cautiuos del remo, que entendia bien el turquesco, y se lo auia oydo tratar a Yzuf y a Fetala. Dixele a mi amo que hiziesse de modo, como se quedasse con la christiana, y que le daria por su rescate solo diez mil escudos de oro en oro. Respondiome no ser possible, pero que haria que Yzuf supiesse la gran suma que el18 ofrecia por la christiana, quiza, lleuado del interesse, mudaria de intención y la rescataria. Hizolo assi, y mandó que todos los de su galeota se embarcassen luego, porque se queria yr   -fol. 44v-   a Tripol de Berberia, de donde el era. Yzuf assimismo determinó yrse a Viserta, y assi se embarcaron con la misma priessa que suelen, quando descubren o galeras de quien temer, o baxeles a quien robar. Mouioles a darse priessa, por parecerles que el tiempo mudaua con muestras de borrasca. Estaua Leonisa en tierra, pero no en parte que yo la pudiesse ver, sino fue que, al tiempo del embarcarnos, llegamos juntos a la marina. Lleuauala de la mano su nueuo amo y su mas nueuo   -150-   amante, y al entrar por la escala, que estaua puesta desde tierra a la galeota, boluio los ojos a mirarme, y los mios, que no se quitauan della, la miraron con tan tierno sentimiento y dolor que, sin saber como, se me puso vna nube ante ellos, que me quitó la vista, y sin ella, y sin sentido alguno, di conmigo en el suelo. Lo mismo me dixeron despues que auia sucedido a Leonisa, porque la vieron caer de la escala a la mar y que Yzuf se auia echado tras della y la saco en braços. Esto me contaron dentro de la galeota de mi amo, donde me auian puesto sin que yo lo sintiesse; mas quando bolui de mi desmayo y me vi solo en la galeota, y que la otra, tomando otra derrota, se apartaua de nosotros, lleuandose consigo la mitad de mi alma, o por mejor dezir toda ella, cubrioseme el coraçon de nueuo y de nueuo maldixe mi ventura, y llamé a la muerte a vozes; y eran tales los sentimientos que hazia, que mi amo, enfadado de oyrme, con vn grueso palo me amenazó que, si no callaua, me maltrataria. Reprimi las lagrimas, recogi los suspiros, creyendo que, con la fuerça que les hazia, rebentarian por parte, que abriessen puerta al alma, que tanto desseaua desamparar este miserable cuerpo. Mas la suerte, aun no contenta de auerme puesto en tan encogido estrecho, ordenó de acabar con todo, quitandome las esperanças   -fol. 45r-   de todo mi remedio, y fue, que en vn instante se declaró la borrasca, que ya se temia, y el viento que de la parte de mediodia soplaua y nos   -151-   enuestia por la proa, començo a reforçar con tanto brio, que fue forçoso boluerle la popa y dexar correr el baxel por donde el viento queria lleuarle19.

»Lleuaua designio el arraez de despuntar la isla y tomar abrigo en ella por la vanda del norte, mas sucediole al reues su pensamiento, porque el viento cargó con tanta furia, que todo lo que auiamos nauegado en dos dias, en poco mas de catorze horas nos vimos a seys millas o siete de la propia isla de donde auiamos partido, y sin remedio alguno yuamos a enuestir en ella, y no en alguna playa, sino en vnas muy leuantadas peñas, que a la vista se nos ofrecian, amenazando de ineuitable muerte a20 nuestras vidas. Vimos a nuestro lado la galeota de nuestra conserua, donde estaua Leonisa, y a todos sus turcos y cautiuos remeros haziendo fuerça con los remos para entretenerse y no dar en las peñas. Lo mismo hizieron los de la nuestra, con mas ventaja y esfuerço, a lo que parecio, que los de la otra, los quales, cansados del trabajo y vencidos del teson del viento y de la tormenta, soltando los remos, se abandonaron y se dexaron yr a vista de nuestros ojos a enuestir en las peñas, donde dio la galeota tan grande golpe, que toda se hizo pedaços. Començaua a cerrar la noche, y fue tamaña la grita de los que se perdian y el sobresalto de los   -152-   que en nuestro baxel temian perderse, que ninguna cosa de las que nuestro arraez mandaua se entendia ni se hazia; solo se atendia a no dexar los remos de las manos, tomando por remedio boluer la proa al viento y echar las21 dos ancoras a la mar, para entretener con esto algun tiempo la muerte, que por cierta tenian. Y aunque el miedo de morir era general en todos, en mi era muy al contrario,   -fol. 45v-   porque, con la esperança engañosa de ver en el otro mundo a la que auia tan poco que deste se auia partido22, cada punto que la galeota tardaua en anegarse o en embestir en las peñas, era para mi vn siglo de mas penosa muerte. Las leuantadas olas, que por encima del baxel y de mi cabeça passauan, me hazian estar atento a ver si en ellas venia el cuerpo de la desdichada Leonisa. No quiero detenerme aora, ¡o Mahamut!, en contarte por menudo los sobresaltos, los temores, las ansias, los pensamientos que en aquella luenga y amarga noche tuue y passe, por no yr contra lo que primero propuse de contarte breuemente mi desuentura; basta dezirte que fueron tantos y tales, que si la muerte viniera en aquel tiempo, tuuiera bien poco que hazer en quitarme la vida.

»Vino el dia con muestras de mayor tormenta que la passada, y hallamos que el baxel auia virado vn gran trecho, auiendose desuiado de las peñas vn buen trecho y llegadose a vna   -153-   punta de la isla, y viendose tan a pique de doblarla, turcos y christianos, con nueua esperança y fuerças nueuas, al cabo de seys horas doblamos la punta y hallamos mas blando el mar y mas sossegado, de modo que mas facilmente nos aprouechamos de los remos, y, abrigados con la isla, tuuieron lugar los turcos de saltar en tierra, para yr a ver si auia quedado alguna reliquia de la galeota que la noche antes dio en las peñas, mas aun no quiso el cielo concederme el aliuio que esperaua tener de ver en mis braços el cuerpo de Leonisa; que, aunque muerto y despedaçado, holgara de verle, por romper aquel impossible que mi estrella me puso de juntarme con el, como mis buenos desseos merecian, y assi rogue a vn renegado que queria desembarcarse, que le buscasse, y viesse si la mar lo auia arrojado a la orilla. Pero, como ya he dicho, todo esto me nego el cielo, pues al mismo instante tornó a embrauecerse   -fol. 46r-   el viento de manera, que el amparo de la isla no fue de algun prouecho. Viendo esto Fetala, no quiso contrastar contra la fortuna, que tanto le perseguia, y assi mandó poner el trinquete al arbol y hazer vn poco de vela; boluio la proa a la mar y la popa al viento, y, tomando el mismo el cargo del timon, se dexó correr por el ancho mar, seguro que ningun impedimento le estoruaria su camino; yuan los remos ygualados en la crugia, y toda la gente sentada por los bancos y ballesteras, sin que en toda la galeota se descubriesse   -154-   otra persona que la del comitre, que, por mas seguridad suya, se hizo atar fuertemente al estanterol. Bolaua el baxel con tanta ligereza, que en tres dias y tres noches, passando a la vista de Trapana, de Melazo23 y de Palermo, embocó por el faro de Micina24,25, con marauilloso espanto de los que yuan dentro, y de aquellos que desde la tierra los mirauan. En fin, por no ser tan prolixo en contar la tormenta, como ella lo fue en su porfia, digo, que, cansados, hambrientos y fatigados con tan largo rodeo, como fue baxar casi toda la isla de Sicilia, llegamos a Tripol, de Berberia, adonde a mi amo, antes de auer hecho con sus leuantes la cuenta del despojo, y dadoles lo que les tocaua, y su quinto al rey, como es costumbre, le dio vn dolor de costado tal, que dentro de tres dias dio con el en el infierno. Pusose luego el rey de Tripol en toda su hazienda, y el alcayde de los muertos, que alli tiene el gran turco, que, como sabes, es heredero de los que no le dexan en su muerte, estos dos tomaron toda la hazienda de Fetala, mi amo, y yo cupe a este, que entonces era virrey de Tripol, y de alli a quinze dias le vino la patente de virrey de Chipre, con el qual he venido hasta aqui, sin intento de rescatarme, porque el me ha dicho muchas vezes que me rescate, pues soy hombre principal, como se lo dixeron los soldados de Fetala. Jamas he acudido   -fol. 46v-   a ello, antes le he dicho que le engañaron los que le dixeron grandezas de mi possibilidad.   -155-   Y si quieres, Mahamut, que te diga todo mi pensamiento, has de saber que no quiero boluer a parte, donde por alguna via pueda tener cosa que me consuele, y quiero que, juntandose a la vida del cautiuerio los pensamientos y memorias que jamas me dexan de la muerte de Leonisa, vengan a ser parte para que yo no la tenga jamas de gusto alguno. Y si es verdad que los conti[n]uos dolores forçosamente se han de acabar, o acabar a quien los padece, los mios no podran dexar de hazello, porque pienso darles rienda de manera, que a pocos dias den alcance a la miserable vida, que tan contra mi voluntad sostengo. Este es, ¡o Mahamut hermano!, el triste sucesso mio; esta es la causa de mis suspiros y de mis lagrimas; mira tu aora, y considera, si es bastante para sacarlos de lo profundo de mis entrañas, y para engendrarlos en la sequedad de mi lastimado pecho. Leonisa murio, y con ella mi esperança, que, puesto que la que tenia ella viuiendo se sustentaua de vn delgado cabello, todavia, todavia...»

Y en este «todavia», se le pegó la lengua al paladar de manera, que no pudo hablar mas palabra, ni detener las lagrimas, que, como suele dezirse, hilo a hilo le corrian por el rostro en tanta abundancia, que llegaron a humedecer el suelo.

Acompañole en ellas Mahamut; pero, passandose aquel parasismo, causado de la memoria renouada en el amargo cuento, quiso Mahamut   -156-   consolar a Ricardo con las mejores razones que supo; mas el se las atajo, diziendole: «Lo que has de hazer, amigo, es aconsejarme que hare yo para caer en desgracia de mi amo, y de todos aquellos con quien yo comunicare, para que, siendo aborrecido del y dellos, los vnos y los otros me maltraten y persigan de suerte que, añadiendo dolor a dolor y pena a pena, alcance con breuedad lo que desseo, que es acabar   -fol. 47r-   la vida.»

«Aora he hallado ser verdadero», dixo Mahamut, «lo que suele dezirse que lo que se sabe sentir, se sabe dezir, puesto que algunas vezes el sentimiento enmudece la lengua, pero como quiera que ello sea, Ricardo, ora llegue tu dolor a tus palabras, ora ellas se le auentajen, siempre has de hallar en mi vn verdadero amigo, o para ayuda o para consejo; que aunque mis pocos años y el desatino que he hecho en vestirme este habito, estan dando vozes que de ninguna destas dos cosas que te ofrezco se puede fiar ni esperar alguna, yo procuraré que no salga verdadera esta sospecha, ni pueda tenerse por cierta tal opinion. Y puesto que tu no quieras ni ser aconsejado ni fauorecido, no por esso dexaré de hazer lo que te conuiniere, como suele hazerse con el enfermo, que pide lo que no le dan y le dan lo que le conuiene. No ay en toda esta ciudad quien pueda ni valga mas, que el cadi, mi amo, ni aun el tuyo, que viene por visorrey della, ha de poder tanto. Y siendo esto assi, como lo es, yo puedo dezir que soy   -157-   el que mas puede en la ciudad, pues puedo con mi patron todo lo que quiero. Digo esto, porque podria ser dar traza con el para que viniesses a ser suyo, y estando en mi compañia, el tiempo nos dira lo que auemos de hazer, assi para consolarte, si quisieres o pudieres tener consuelo, y a mi para salir desta a mejor vida, o a lo menos, a parte donde la tenga mas segura quando la dexe.»

«Yo te agradezco», respondio Ricardo, «Mahamut, la amistad que me ofreces, aunque estoy cierto que, con quanto hizieres, no has de poder cosa que en mi prouecho resulte. Pero dexemos aora esto, y vamos a las tiendas, porque, a lo que veo, sale de la ciudad mucha gente, y sin duda es el antiguo virrey, que sale a estarse en la campaña, por dar lugar a mi amo que entre en la ciudad a hazer la residencia.»

«Assi es», dixo Mahamut; «ven, pues, Ricardo, y veras las ceremonias con que se reciben,   -fol. 47v-   que se que gustarás de verlas.»

«Vamos en buena hora26, dixo Ricardo; quiza te aure menester, si a caso el guardian de los27 cautiuos de mi amo me ha echado menos, que es vn renegado corço de nacion y de no muy piadosas entrañas.»

Con esto dexaron la platica y llegaron a las tiendas, a tiempo que llegaua el antiguo baxa, y el nueuo le salia a recebir a la puerta de la tienda. Venia acompañado Ali baxa, que assi   -158-   se llamaua el que dexaua el gouierno, de todos los genizaros que de ordinario estan de presidio en Nicosia, despues que los turcos la ganaron, que serian hasta quinientos. Venian en dos alas o hileras, los vnos con escopetas y los otros con alfanjes desnudos; llegaron a la puerta del nueuo baxa Hazan, la rodearon todos, y Ali baxa, inclinando el cuerpo, hizo reuerencia a Hazan, y el, con menos inclinacion, le saludó.

Luego se entró Ali en el pauellon de Hazan, y los turcos le subieron sobre vn poderoso cauallo ricamente adereçado, y trayendole a la redonda de las tiendas, y por todo vn buen espacio de la campaña, dauan vozes y gritos, diziendo en su lengua: «¡Viua, viua Soliman Sultan y Hazan baxa en su nombre!»

Repitieron esto muchas vezes, reforçando las vozes y los alaridos, y luego le boluieron a la tienda donde auia quedado Ali baxa, el qual con el cadi y Hazan se encerraron en ella por espacio de vna hora solos.

Dixo Mahamut a Ricardo que se auian encerrado a tratar de lo que conuenia hazer en la ciudad, cerca de las obras que Ali28 dexaua començadas. De alli a poco tiempo salio el cadi a la puerta de la tienda y dixo a vozes en lengua turquesca, arabiga, y griega, que todos los que quisiessen entrar a pedir justicia, o otra cosa contra Ali baxa, podrian entrar libremente, que alli estaua Hazan baxa, a quien el gran   -159-   señor embiaua por virrey de Chipre, que les guardaria toda razon y justicia.

Con esta licencia, los genizaros   -fol. 48r-   dexaron desocupada la puerta de la tienda, y dieron lugar a que entrassen los que quisiessen. Mahamut hizo que entrasse con el Ricardo, que, por ser esclauo de Hazan, no se le impidio la entrada. Entraron a pedir justicia, assi griegos christianos como algunos turcos, y todos de cosas de tan poca importancia, que las mas despachó el cadi, sin dar traslado a la parte, sin autos, demandas ni respuestas, que todas las causas, si no son las matrimoniales, se despachan en pie, y en vn punto, mas a juyzio de buen varon que por ley alguna. Y entre aquellos barbaros, si lo son en esto, el cadi es el juez competente de todas las causas, que las abreuia en la vña y las sentencia en vn soplo, sin que aya apelacion de su sentencia para otro Tribunal. En esto entró vn chauz29, que es como alguazil, y dixo que estaua a la puerta de la tienda vn iudio, que traia a vender vna hermosissima christiana; mandó el cadi que le hiziesse entrar. Salio el chauz, y boluio a entrar luego, y con el vn venerable iudio, que traia de la mano a vna muger vestida en habito berberisco, tan bien adereçada y compuesta, que no lo pudiera estar tan bien la mas rica mora de Fez, ni de Marruecos, que en adereçarse lleuan la ventaja a todas las africanas, aunque entren las de Argel con sus perlas tantas. Venia cubierto el rostro con vn tafetan carmesi. Por las gargantas de los   -160-   pies, que se descubrian, parecian dos carcajes, que assi se llaman las manillas en arabigo, al parecer de puro oro; y en los braços, que assimismo por vna camisa de cendal delgado se descubrian o trasluzian, traia otros carcajes de oro, sembrados de muchas perlas. En resolución, en quanto el trage, ella venia rica y gallardamente adereçada.

Admirados desta primera vista el cadi y los demas baxaes, antes que otra cosa dixessen, ni preguntassen, mandaron al iudio que hiziesse que se quitasse el antifaz la christiana. Hizolo assi,   -fol. 48v-   y descubrio vn rostro, que assi deslumbro los ojos y alegró los coraçones de los circunstantes, como el sol, que, por entre cerradas nubes, despues de mucha escuridad, se ofrece a los ojos de los que le dessean, tal era la belleza de la cautiua christiana, y tal su brio y su gallardia. Pero en quien con mas efeto hizo impression la marauillosa luz que auia descubierto, fue en el lastimado Ricardo, como en aquel que mejor que otro la conocia, pues era su cruel y amada Leonisa, que tantas vezes y con tantas lagrimas por el auia sido tenida y llorada por muerta. Quedó a la improuisa vista de la singular belleza de la christiana traspassado y rendido el coraçon de Ali, y en el mismo grado y con la misma herida, se halló el de Hazan, sin quedarse essento de la amorosa llaga el del cadi, que, mas suspenso que todos, no sabia quitar los ojos de los hermosos de Leonisa. Y para encarecer las poderosas fuerças de amor, se ha de saber   -161-   que en aquel mismo punto nacio en los coraçones de los tres vna, a su parecer, firme esperança de alcançarla y de gozarla; y assi, sin querer saber el como, ni el donde, ni el quando auia venido a poder del iudio, le preguntaron el precio que por ella queria.

El codicioso iudio respondio que quatro mil doblas, que vienen a ser dos mil escudos.

Mas apenas huuo declarado el precio, quando Ali baxa dixo que el los daua por ella, y que fuesse luego a contar el dinero a su tienda.

Empero Hazan baxa, que estaua de parecer de no dexarla, aunque auenturasse en ello la vida, dixo: «Yo assimismo doy por ella las quatro mil doblas que el iudio pide, y no las diera, ni me pusiera a ser contrario de lo que Ali ha dicho, si no me forçara lo que el mismo dira que es razon que me obligue y fuerce, y es que esta gentil esclaua no pertenece para ninguno de nosotros, sino para el gran señor solamente; y assi, digo que en su nombre la compro; veamos   -fol. 49r-   aora quien sera el atreuido que me la quite.»

«Yo sere», replicó Ali, «porque para el mismo efeto la compro, y estame a mi mas a cuento hazer al gran señor este presente, por la comodidad de lleuarla luego a Constantinopla, grangeando con el la voluntad del gran señor, que como hombre que quedo, Hazan, como tu vees, sin cargo alguno, he menester buscar medios de tenelle30, de lo que tu estas seguro por tres   -162-   años, pues oy comienças a mandar y a gouernar este riquissimo reyno de Chipre. Assi que por estas razones, y por auer sido yo el primero que ofreci el precio por la cautiua, esta puesto en razon, ¡o Hazan!, que me la dexes.»

«Tanto mas es de agradecerme a mi», respondio Hazan, «el procurarla y embiarla al gran señor, quanto lo hago sin mouerme a ello interes alguno. Y en lo de la comodidad de lleuarla, vna galeota armaré, con sola mi chusma y mis esclauos, que la lleve.»

Açorose con estas razones Ali, y, leuantandose en pie, empuñó el alfange, diziendo: «Siendo, ¡o Hazan!, mis intentos vnos, que es presentar y lleuar esta christiana al gran señor, y auiendo sido yo el comprador primero, esta puesto en razon y en justicia que me la dexes a mi, y quando otra cosa pensares, este alfange que empuño, defendera mi derecho y castigará tu atreuimiento.»

El cadi, que a todo estaua atento, y que no menos que los dos ardia, temeroso de quedar sin la christiana, imaginó como poder atajar el gran fuego que se auia encendido, y juntamente quedarse con la cautiua, sin dar alguna sospecha de su dañada intencion31; y assi, leuantandose en pie, se puso entre los dos, que ya tambien lo estauan, y dixo: «Sossiegate, Hazan, y tu, Ali, estate quedo, que yo estoy aqui, que sabre y podre componer vuestras diferencias de manera,   -fol. 49v-   que los dos consigays vuestros intentos,   -163-   y el gran señor, como desseays, sea seruido»32.

A las palabras del cadi obedecieron luego, y aun si otra cosa mas dificultosa les mandara, hizieran lo mismo (tanto es el respecto que tienen a sus canas los de aquella dañada secta); prosiguio, pues, el cadi, diziendo: «Tu dizes, Ali, que quieres esta christiana para el gran señor, y Hazan dize lo mismo; tu alegas que, por ser el primero en ofrecer el precio, ha de ser tuya; Hazan te lo contradize, y aunque el no sabe fundar su razon, yo hallo que tiene la misma que tu tienes, y es la intencion, que sin duda deuio de nacer a vn mismo tiempo que la tuya, en querer comprar la esclaua para el mismo efeto; solo le lleuaste tu la ventaja en auerte declarado primero, y esto no ha de ser parte, para que de todo en todo quede defraudado su buen desseo, y assi me parece ser bien concertaros en esta forma: que la esclaua sea de entrambos, y pues el vso della ha de quedar a la voluntad del gran señor, para quien se compró, a el toca disponer della, y en tanto pagarás tu, Hazan, dos mil doblas, y Ali otras dos mil, y quedaráse33 la cautiua en poder mio, para que en nombre de entrambos yo la embie a Constantinopla, por que no quede sin algun premio, siquiera por auerme hallado presente, y assi me ofrezco de embiarla a mi costa, con   -164-   la autoridad y decencia que se deue a quien se embia, escriuiendo al gran señor todo lo que aqui ha passado, y la voluntad que los dos aueys mostrado a su seruicio.»

No supieron, ni pudieron, ni quisieron contradezirle los dos enamorados turcos, y aunque vieron que por aquel camino no conseguian su desseo, huuieron de passar por el parecer del cadi, formando y criando cada vno alla en su animo34 vna esperança, que, aunque dudosa, les prometia poder llegar al fin de sus encendidos desseos. Hazan, que se quedaua por virrey en Chipre, pensaua dar tantas dadiuas al cadi, que, vencido y obligado,   -fol. 50r-   le diesse la cautiua.

Ali imaginó de hazer vn hecho que le asseguró salir con lo que desseaua, y, teniendo por cierto cada qual su designio, vinieron con facilidad en lo que el cadi quiso, y, de consentimiento y voluntad de los dos, se la entregaron luego, y luego35 pagaron al iudio cada vno dos mil doblas.

Dixo el iudio que no la auia de dar con los vestidos que tenia, porque valian otras dos mil doblas, y assi era la verdad, a causa que en los cabellos, que parte por las espaldas sueltos traia y parte atados y enlazados por la frente, se parecian algunas hileras de perlas, que con estremada gracia se enredauan con ellos. Las manillas de los pies y manos, assimismo venian llenas de gruesas perlas. El vestido era vna almalafa   -165-   de raso verde, toda bordada, y llena de trenzillas de oro; en fin, les parecio a todos que el iudio anduuo corto en el precio que pidio por el vestido, y el cadi, por no mostrarse menos liberal que los dos baxaes, dixo que el queria pagarle, porque de aquella manera se presentasse al gran señor la christiana.

Tuuieronlo por bien los dos competidores, creyendo cada vno que todo auia de venir a su poder. Falta aora por dezir lo que sintio Ricardo de ver andar en almoneda su alma, y los pensamientos que en aquel punto le vinieron, y los temores que le sobresaltaron, viendo que el auer hallado a su querida prenda era para mas perderla; no sabia darse a entender si estaua dormiendo36 o despierto, no dando credito a sus mismos ojos de lo que veian, porque le parecia cosa impossible ver tan impensadamente delante dellos a la que pensaua que para siempre los auia cerrado.

Llegose en esto a su amigo Mahamut, y dixole: «¿No la conoces, amigo?»

«No la conozco», dixo Mahamut.

«Pues has de saber», replicó Ricardo, «que es Leonisa.»

«¿Que es lo que dizes, Ricardo?», dixo Mahamut.

«Lo que has oydo», dixo   -fol. 50v-   Ricardo.

«Pues calla, y no la descubras», dixo Mahamut, «que la ventura va ordenando, que la tengas   -166-   buena y prospera, porque ella va a poder de mi amo.,

«¿Parecete», dixo Ricardo, «que sera bien ponerme en parte donde pueda ser visto?»

«No», dixo Mahamut, «porque no la sobresaltes o te sobresaltes, y no vengas a dar indicio de que la conoces, ni que la has visto, que podria ser que redundasse en perjuyzio de mi designio.»

«Seguire tu parecer», respondio Ricardo, y ansi anduuo huyendo de que sus ojos se encontrassen con los de Leonisa, la qual tenia los suyos, en tanto que esto passaua, clauados en el suelo, derramando algunas lagrimas37.

Llegose el cadi a ella, y assiendola de la mano, se la entregó a Mahamut, mandandole38 que la lleuasse a la ciudad, y se la entregasse a su señora Halima y le dixesse la tratasse como a esclaua del gran señor.

Hizolo assi Mahamut, y dexó solo a Ricardo, que con los ojos fue siguiendo a su estrella, hasta que se le encubrio con la nube de los muros de Nicosia.

Llegose al iudio, y preguntole que adonde auia comprado, o en que modo auia venido a su poder aquella cautiua christiana.

El iudio le respondio que en la isla de la39 Pantanalea la auia comprado a vnos turcos, que alli auian dado al traues. Y queriendo proseguir   -167-   adelante, lo estoruó el venirle a llamar de parte de los baxaes, que querian preguntarle lo que Ricardo desseaua saber, y con esto se despidio del. En el camino que auia desde las tiendas a la ciudad, tuuo lugar Mahamut de preguntar a Leonisa, en lengua italiana, que de qué lugar era. La qual le respondio, que de la ciudad de Trapana. Preguntole assimismo Mahamut si conocia en aquella ciudad a vn caballero rico y noble, que se llamaua Ricardo.

Oyendo lo qual Leonisa, dio vn gran suspiro, y dixo: «Si conozco, por   -fol. 51r-   mi mal.»

«¿Cómo por vuestro mal?», dixo Mahamut.

«Porque el me conocio a mi por el suyo y por mi desuentura», respondio Leonisa.

«Y por ventura», preguntó Mahamut, «¿conocistes tambien en la misma ciudad a otro cauallero de gentil disposicion, hijo de padres muy ricos, y el por su persona muy valiente, muy liberal y muy discreto, que se llamaua Cornelio?»

«Tambien le conozco», respondio Leonisa, «y podre dezir mas por mi mal, que no a Ricardo. Mas ¿quien soys vos, señor, que los conoceys, y por ellos me preguntays?»40.

«Soy», dixo Mahamut, «natural de Palermo, que por varios accidentes estoy en este trage y vestido diferente del que yo solia traer, y conozcolos, porque no ha muchos dias que entrambos estuuieron en mi poder, que a Cornelio le cautiuaron vnos moros de Tripol de Berberia, y le vendieron a vn turco, que le truxo   -168-   a esta isla, donde vino con mercancias, porque es mercader de Rodas, el qual fiaua de Cornelio toda su hazienda.»

«Bien se la sabra guardar», dixo Leonisa, «porque sabe guardar muy bien la suya. Pero dezidme, señor, ¿como o con quien vino Ricardo a esta isla?»

«Vino», respondio Mahamut, «con vn cosario que le cautiuó estando en vn jardin de la marina de Trapana, y con el dixo que auian cautiuado a41 vna donzella, que nunca me quiso dezir su nombre. Estuuo aqui algunos dias con su amo, que yua a visitar el sepulcro de Mahoma, que esta en la ciudad de Almedina, y al tiempo de la partida cayo Ricardo muy enfermo y42 indispuesto, que su amo me lo dexó, por ser de mi tierra, para que le curasse y tuuiesse cargo del, hasta su buelta, o que si por aqui no boluiesse, se le embiasse a Constantinopla, que el me auisaria quando alla estuuiesse. Pero el cielo lo ordenó de otra manera, pues el sin ventura de Ricardo, sin tener accidente alguno, en pocos dias se   -fol. 51v-   acabaron los de su vida43, siempre llamando entre si a vna Leonisa, a quien el me auia dicho que queria mas que a su vida y a su alma; la qual Leonisa me dixo que en vna galeota, que auia dado al traues en la isla de la Pantanalea, se auia ahogado, cuya muerte siempre lloraua y siempre plañia, hasta que le   -169-   truxo a termino de perder la vida, que yo no le senti enfermedad en el cuerpo, sino muestras de dolor en el alma.»

«Dezidme, señor», replicó Leonisa, «esse moço que dezis, en las platicas que trató con vos (que, como de vna patria, deuieron ser muchas), ¿nombró alguna vez a essa Leonisa, con todo el modo con que a ella y a Ricardo cautiuaron?»

«Si nombró», dixo Mahamut, «y me preguntó si auia aportado por esta isla vna christiana desse nombre, de tales y tales señas, a la qual holgaria de hallar para rescatarla, si es que su amo se auia ya desengañado de que no era tan rica como el pensaua, aunque podia44 ser que, por auerla gozado, la tuuiesse en menos, que como no passassen de trezientos o quatrozientos escudos, el los daria de muy buena gana por ella, porque vn tiempo la auia tenido alguna aficion.»

«Bien poca deuia de ser», dixo Leonisa, «pues no passaua de quatrozientos escudos; mas liberal es Ricardo, y mas valiente y comedido; Dios perdone a quien fue causa de su muerte, que fuy yo, que yo soy la sin ventura que el lloró por muerta; y sabe Dios si holgara de que el fuera viuo, para pagarle con el sentimiento que viera que tenia45 de su desgracia, el que el mostro de la mia. Yo, señor, como ya os he dicho, soy la poco querida de Cornelio y la bien   -170-   llorada de Ricardo, que por muy muchos y varios casos he venido a este miserable estado en que me veo, y aunque es tan peligroso, siempre por fauor del cielo he conseruado en el la entereza de mi honor, con la qual viuo contenta en mi miseria. Aora, ni se dónde estoy, ni quién es mi dueño,   -fol. 52r-   ni adonde han de dar conmigo mis contrarios hados, por lo qual os ruego, señor, siquiera por la sangre que de christiano teneys, me aconsejeys en mis trabajos, que puesto que el ser muchos me han hecho algo aduertida, sobreuienen cada momento tantos y tales, que no se cómo me he de auenir con ellos.»

A lo qual respondio Mahamut que el haria lo que pudiesse en seruirla, aconsejandola y ayudandola con su ingenio y con sus fuerças; aduirtiola de la diferencia que por su causa auian tenido los dos baxaes, y como quedaua en poder del cadi, su amo, para lleuarla presentada al gran turco Selin46 a Constantinopla; pero que antes que esto tuuiesse efeto, tenia esperança en el verdadero Dios, en quien el creia, aunque mal christiano, que lo auia de disponer de otra manera, y que la aconsejaua se huuiesse bien con Halima, la muger del cadi su amo, en cuyo poder auia de estar, hasta que la embiassen a Constantinopla, aduirtiendola de la condicion de Halima, y con essas le dixo otras cosas de su prouecho, hasta que la dexó en su casa y en poder de Halima, a quien dixo el recaudo de su amo.

  -171-  

Recibiola bien la mora, por verla tan bien adereçada y tan hermosa. Mahamut se boluio a las tiendas a contar a Ricardo lo que con Leonisa le auia passado, y, hallandole, se lo conto todo punto por punto; y quando llegó al del sentimiento que Leonisa auia hecho quando le dixo que era muerto, casi se le vinieron las lagrimas a los ojos. Dixole como auia fingido el cuento del cautiuerio de Cornelio, por ver lo que ella sentia. Aduirtiole la tibieza y la47 malicia con que de Cornelio auia hablado: todo lo qual fue pictima para el afligido coraçon de Ricardo, el qual dixo a Mahamut: «Acuerdome, amigo Mahamut, de vn cuento que me conto mi padre, que ya sabes quan curioso fue, y oyste quanta honra le hizo el Emperador Carlos Quinto, a quien siempre siruio en   -fol. 52v-   honrosos cargos de la guerra. Digo, que me conto que quando el Emperador estuuo sobre Tunez y la tomó con la fuerça de la Goleta, estando vn dia en la campaña, y en su tienda, le truxeron a presentar vna mora, por cosa singular en belleza, y que, al tiempo que se la presentaron, entrauan algunos rayos del sol por vnas partes de la tienda, y dauan en los cabellos de la mora, que con los mismos del sol, en ser rubios, competian, cosa nueua en las moras, que siempre se precian de tenerlos negros; contaua que en aquella ocasion se hallaron en la tienda, entre otros muchos, dos caualleros españoles: el vno era andaluz, y el   -172-   otro era catalan, ambos muy discretos, y ambos poetas; y auiendola visto el andaluz, començo con admiracion a dezir vnos versos, que ellos llaman coplas, con vnas consonancias o consonantes dificultosos, y parando en los cinco versos de la copla, se detuuo sin darle fin ni a la copla ni a la sentencia, por no ofrecersele tan de improuiso los consonantes necessarios para acabarla. Mas el otro cauallero, que estaua a su lado y auia oydo los versos, viendole suspenso, como si le hurtara la media copla de la boca, la prosiguio y acabó con las mismas consonancias48. Y esto mismo se me vino a la memoria, quando vi entrar a la hermosissima Leonisa por la tienda del baxa, no solamente escureciendo los rayos del sol, si la tocaran, sino a todo el cielo con sus estrellas»49.

«Paso, no mas», dixo Mahamut; «detente, amigo Ricardo, que a cada paso temo que has de passar tanto la raya en las alabanças de tu bella50 Leonisa, que, dexando de parecer christiano, parezcas gentil, dime, si quieres, essos versos, o coplas, o como51 los llamas, que despues52 hablaremos en otras cosas, que sean de mas gusto y aun   -fol. 53r-   quiza de mas prouecho.»

«En buen ora», dixo Ricardo, «y bueluote a   -173-   aduertir que los cinco versos dixo el vno, y los otros cinco el otro, todos de improuiso, y son estos:


    Como quando el sol assoma
por vna montaña baxa,
y de supito nos toma,
y con su vista nos doma
nuestra vista, y la relaxa;  5
   como la piedra balaxa,
que no consiente carcoma,
tal es el tu rostro, Axa,
dura lança de Mahoma
que las mis entrañas raxa»53.  10

«Bien me suenan al oydo», dixo Mahamut, «y mejor me suena y me parece que estes para dezir versos, Ricardo, porque el dezirlos, o el hazerlos, requieren animos de animos desapassionados.»

«Tambien se suelen», respondio Ricardo, «llorar endechas, como cantar hymnos, y todo es dezir versos. Pero dexando esto a parte, dime, ¿qué piensas hazer en nuestro negocio? que puesto que no entendi lo que los baxaes trataron en la tienda, en tanto que tu lleuaste a Leonisa, me lo conto vn renegado de mi amo, veneciano, que se halló presente, y entiende bien la lengua turquesca, y lo que es menester ante todas cosas, es buscar traza como Leonisa no vaya a mano del gran señor.»

«Lo primero que se ha de hazer», respondio Mahamut, «es que tu vengas a poder de mi amo, que esto hecho, despues nos aconsejaremos en lo que mas nos conuiniere.»

  -174-  

En esto vino el guardian de los cautiuos christianos de Hazan y lleuó   -fol. 53v-   consigo a Ricardo. El cadi boluio a la ciudad con Hazan, que en breues dias hizo la residencia de Ali, y se la dio cerrada y sellada para que se fuesse a Constantinopla. El se fue luego, dexando muy encargado al cadi que con breuedad embiasse la cautiua, escriuiendo al gran señor de modo que le aprouechasse para sus pretensiones. Prometioselo el cadi con traydoras entrañas, porque las tenia hechas ceniça por la cautiua. Ydo Ali lleno de falsas esperanças, y quedando Hazan no vazio de ellas, Mahamut hizo de modo que Ricardo vino a poder de su amo. Yuanse los dias, y el desseo de ver a Leonisa apretaua tanto a Ricardo, que no alcançaua vn punto de sossiego. Mudose Ricardo el nombre en el de Mario, porque no llegasse el suyo a oydos de Leonisa, antes que el la viesse, y el verla era muy dificultoso, a causa que los moros son en estremo zelosos, y encubren de todos los hombres los rostros de sus mugeres, puesto que en mostrarse ellas a los christianos no se les haze de mal; quiza deue de ser que, por ser cautiuos, no los tienen por hombres cauales. Auino, pues, que vn dia la señora Halima vio a su esclauo Mario, y tan visto y tan mirado fue, que se le quedó grauado en el coraçon y fixo en la memoria. Y quiza poco contenta de los abraços floxos de su anciano marido, con facilidad dio lugar a vn mal desseo; y con la misma dio cuenta del a Leonisa, a quien ya queria mucho   -175-   por su agradable condicion y proceder discreto, y tratauala con mucho respecto, por ser prenda del gran señor; dixole como el cadi auia traydo a casa vn cautiuo christiano, de tan gentil donayre y parecer, que a sus ojos no auia visto mas lindo hombre en toda su vida, y que dezian que era chilibi, que quiere dezir cauallero, y de la misma tierra de Mahamut, su renegado, y que no sabia como darle a entender   -fol. 54r-   su voluntad, sin que el christiano la tuuiesse en poco, por auersela declarado.

Preguntole Leonisa como se llamaua el cautiuo, y dixole Halima que se llamaua Mario.

A lo qual replicó Leonisa: «Si el fuera cauallero, y del lugar que dizen, yo le conociera, mas desse nombre Mario, no ay ninguno en Trapana; pero haz, señora, que yo le vea y hable, que te dire quien es y lo que del se puede esperar.»

«Assi sera», dixo Halima, «porque el viernes, quando esté el cadi haziendo la zala en la mezquita, le hare entrar aca dentro, donde le podras hablar a solas; y si te pareciere darle indicios de mi desseo, haraslo por el mejor modo que pudieres.»

Esto dixo Halima a Leonisa, y no auian passado dos horas, quando el cadi llamó a Mahamut y a Mario, y con no menos eficacia que Halima auia descubierto su pecho a Leonisa, descubrio el enamorado viejo el suyo a sus dos esclauos, pidiendoles consejo en lo que haria para gozar de la christiana y cumplir con el   -176-   gran señor, cuya ella era, diziendoles que antes pensaua morir mil vezes que entregalla54 vna al gran turco. Con tales afectos dezia su passion el religioso moro, que la puso en los coraçones de sus dos esclauos, que todo lo contrario de lo que el pensaua pensauan. Quedó puesto entre ellos que Mario, como hombre de su tierra, aunque auia dicho que no la conocia, tomasse la mano en solicitarla y en declararle la voluntad suya, y quando por este modo no se pudiesse alcançar, que vsaria el55 de la fuerça, pues estaua en su poder. Y esto hecho, con dezir que era muerta, se escusarian de embiarla a Constantinopla. Contentissimo quedó el cadi con el parecer de sus esclauos, y con la imaginada alegria ofrecio desde luego libertad a Mahamut, mandandole la mitad de su hazienda despues de sus dias; assimismo prometio a Mario, si alcançaua lo que queria,   -fol. 54v-   libertad y dineros con que boluiesse a su tierra rico, honrado y contento. Si el fue liberal en prometer, sus cautiuos fueron prodigos, ofreciendole de alcançar la luna del cielo, quanto mas a Leonisa, como el diesse comodidad de hablarla.

«Essa dare yo a Mario, quanta el quisiere», respondio el cadi, «porque hare que Halima se vaya en casa de sus padres, que son griegos christianos, por algunos dias, y estando fuera, mandaré al portero que dexe entrar a Mario dentro de casa todas las vezes que el quisiere,   -177-   y dire a Leonisa que bien podra hablar con su paysano quando le diere gusto.»

Desta manera començo a boluer el viento de la ventura de Ricardo, soplando en su fauor, sin saber lo que hazian sus mismos amos. Tomado, pues, entre los tres este apuntamiento, quien primero le puso en platica fue Halima, bien assi como muger, cuya naturaleza es facil y arrojadiza para todo aquello que es de su gusto. Aquel mismo dia dixo el cadi a Halima que, quando quisiesse, podria yrse a casa de sus padres a holgarse con ellos los dias que gustasse. Pero como ella estaua alboroçada con las esperanças que Leonisa le auia dado, no solo no se fuera a casa de sus padres, sino al fingido parayso de Mahoma no quisiera yrse; y assi le respondio que por entonces no tenia tal voluntad, y que, quando ella la tuuiesse, lo diria, mas que auia de lleuar consigo a la cautiua christiana.

«Esso no», replicó el cadi, «que no es bien