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Guillermo Carnero
Universidad de Alicante Unamuno es un escritor de lectura
difícil y de asentimiento más difícil todavía, y
ello por dos razones fundamentales, al margen del contenido doctrinal mismo de
su pensamiento. En primer lugar, y no por tópico es menos cierto, su
carácter movedizo y contradictorio puede ser desorientador para quienes
se sientan incómodos oscilando a su compás. El propio Unamuno se
sabía y se admitía contradictorio, y consideraba además
que el serio era un síntoma de vitalidad y juventud mental, de
sinceridad y de autenticidad. Eso viene a decir en el discurso con que
agradeció el nombramiento de Ciudadano de Honor de la República
en 1935347 al referirse
a la fecunda concordancia de discordancias que a su modo de ver lo
caracterizaba como español genuino; aunque parezca
En segundo lugar, el pensamiento de Unamuno es un pensamiento en marcha, que se va haciendo a lo largo del tiempo y que en sus sucesivos estados ha quedado impreso, en lugar de ofrecernos unos resultados finales con ocultación de su proceso genético. Con lo cual, además de ser en ocasiones contradictorio, como ya he dicho, es también a menudo fragmentario: quiero decir que podemos encontrarnos en la necesidad de reconstruir un supuesto proceso lógico por el procedimiento de ir ensamblando textos separados por un notable lapso de tiempo, con todos los riesgos que ello supone348. Pero es inevitable actuar así cuando la materia del tema que nos ocupa se halla dispersa en gran cantidad de artículos, discursos y obra en volumen, y no sistematizada en un tratado único. Posiblemente a Unamuno no le gustaría lo que hay que hacer con esos escritos suyos para entenderlos. En su Diario nos dice que la inquietud religiosa lo llevaba a leer obras doctrinales y devotas, con deseo de recibir consuelo e iluminación, pero enseguida ese deseo era sustituido por la deformación profesional del profesor que llevaba dentro, y olvidando o postergando el problema íntimo, se dedicaba a tomar notas de investigador349. Que su sombra nos perdone si nos acercamos a su pensamiento con voluntad de formar, sobre la dispersión, un modelo articulado; ordenar es también una pasión. No se me oculta que hay quien piensa que
el nombre de D. Miguel, en materia de compromiso político, huele a
cuerno quemado. La resistencia democrática de nuestra posguerra
magnificó antes a Machado que a
Por lo que se sabe, la generación
del 98 fue la introductora en el vocabulario usual del concepto de
«intelectual», que vino a sustituir, con matizaciones esenciales de
significado político, al más impreciso de
Corresponde determinar cuál es la índole y los límites de la función del intelectual así definido. Se ha dicho que el intelectual es el escritor, científico o profesional en la medida en que se considere investido de una función social. Ello presupone: 1º. Que por ser los llamados intelectuales un grupo social fuertemente diferenciado, su función tendrá que ser consecuentemente muy específica. 2º. Que, si el intelectual es un ser cualitativamente diferenciado y socialmente proyectado, tendrá que seguir siendo lo primero antes de, durante y después de dicha proyección. Parece una perogrullada pero no lo es. Quiero decir que la persona carente de los conocimientos y capacidades esenciales al concepto de intelectual no podrá nunca serlo, por mucho que se proyecte; y también que el intelectual dejará de serlo si en tal proyección se desnaturaliza o pierde su ser específico. 3º. Que, si el escritor -limitémonos desde ahora a él- tiene, aun antes de considerarse intelectual, planteado un problema de comunicación con el público, ese problema se agrava cuando se trata de cumplir una función social. La incomunicación entre escritor y público puede suponer descenso o carencia de ventas, pero nadie deja de ser escritor por no vender sus libros, o no hacerlo en determinada cantidad. En cambio, no se concibe un intelectual sin un mínimo contacto con el cuerpo social. Traduciendo todo esto a un lenguaje práctico, resulta lo siguiente:
1º. Si la función social del intelectual es específica, éste se halla frente al riesgo de dejar de serlo a fuerza de querer serlo. Es decir, que hay un posible vicio por exceso del intelectual, cuando se emplea en cumplir su función social olvidando que es, fundamentalmente, un escritor, y se convierte en mero hombre político. 2º. Al intelectual le acecha otro vicio contrario, un vicio por defecto. Consiste en que, a fuerza de enfatizar su naturaleza de escritor, cultivándola por derroteros minoritarios o peregrinos, se ocupe de cuestiones que socialmente no tienen eco, o se exprese en un lenguaje inaccesible a la mayoría. 3º. Deberá haber, entre ambos vicios, una actitud intermedia correcta, entre el elitismo y el olvido de la exigencia creativa. En ella habrá de residir el verdadero papel del intelectual. Veamos ahora cómo en la obra de Unamuno se plantean las anteriores cuestiones, deducidas en abstracto del concepto de «intelectual». Selecciono textos que me parecen significativos, sin la pretensión de elaborar un catálogo exhaustivo o unas concordancias temáticas. EL VICIO POR EXCESO DEL INTELECTUAL. Lo encontramos formulado, por ejemplo, en los «Diálogos del escritor y el político»356 que aparecieron en Los Lunes de El Imparcial en noviembre y diciembre 1908. El Político empieza afirmando que el Intelectual habla pero no actúa; y el Escritor argumenta que hace algo más importante y previo a toda acción, crear conciencia colectiva con sus escritos: «El fin del escritor es escribir e influir con sus escritos en los demás». Y si se convirtiera en político profesional, perdería en la acción el tiempo para la reflexión y la independencia de criterio, al estar sujeto a consignas de partido. Lo mismo en «Hacer política» (Nuevo Mundo, 1915)357; aquí Unamuno sostiene que su misión es «hacer opinión pública, fraguar conciencia colectiva, y no hacer elecciones». Y más adelante dice: En «Maquiavelo o de la Política» (El Día, 1917)358 afirma Unamuno que la obra de un escritor es tan de utilidad pública como las actividades legislativas o ejecutivas. En «La representación política del escritor» (El Liberal, 1920)359 se niega a admitir que la labor del intelectual no inscrito en un partido político sea ineficaz, diciendo que entre escritor y público se establece una relación tan eficaz como la que cohesiona un partido. Y éstos tienen la desventaja de suponer «bandera y grito, matrícula y cuota, comités y jefes, y listines de matrícula»; y lo que es peor, una ortodoxia dogmática cuya aceptación domestica e inutiliza al intelectual, que es para Unamuno la conciencia, siempre despierta y crítica, de la sociedad. En su citado discurso de 1935 insistirá una vez más en los riesgos de ser hombre de partido. Me he referido al vicio por exceso del intelectual, que consiste en hacerse hombre político profesional. En el último decenio de su vida detecta Unamuno otro posible vicio en el mismo sentido, que preocupó profundamente a los intelectuales comprometidos de los años treinta. Me refiero a los dogmas del «Realismo socialista» y el «Arte proletario», dogmas emanados de la ortodoxia comunista del momento y responsables de la bancarrota del movimiento Superrealista desde el Congreso de Jarkov de 1930. Estos dogmas suponen en síntesis: que la lucha de clases ha de ser, en sus múltiples variedades, el tema obligado del arte; que la expresión artística ha de simplificarse todo lo necesario para que ese arte cumpla una función primordial de propaganda; y que los artistas han de someterse en su trabajo a las directrices y censura del Partido. No tuvo Unamuno que esperar a que el stalinismo lo pusiera sobre aviso de los riesgos que el arte de propaganda supone, tanto para el arte como para la credibilidad y eficacia subsiguiente de la propaganda misma. En La Lucha de Clases, diciembre 1895, comenta el estreno del drama social Juan José, de Joaquín Dicenta360, y se pregunta si tiene «tesis socialista», para contestarse que si la obra es válida no es por su tesis, sino por la habilidad dramática con que está revestida de personajes y situaciones:
En «La labor patriótica de Zuloaga» (Hermes, Bilbao, 1917)361, «¿Existe una literatura proletaria?» (Amauta, Lima, 1928)362 y «Hablemos de teatro» (Ahora, 1934)363, va Unamuno perfilando su pensamiento al respecto. Se niega a admitir que los problemas económicos y sociales sean los únicos que hayan de interesar al hombre, que deba existir un arte específicamente de clase y que pueda definirse a un hombre por la clase a la que pertenece. Considera que la idea de fabricar un arte específicamente destinado al proletario es populismo burgués basado en el desprecio hacia una clase obrera a la que se cree incapaz de sentimientos artísticos, la cual no necesita que se le predique, como si se tratara de un hato de deficientes mentales, una moraleja política que, por instinto al menos, conoce sin duda mejor que el predicador. Para Unamuno, es arte «abogadesco» o «jesuítico» el que se sustenta en fines pragmáticos de propaganda y, por proponérselos de modo apriorístico y racionalista, no puede lograr eficacia artística ni, por lo tanto, impacto ideológico. EL VICIO POR DEFECTO DEL INTELECTUAL. Consiste en que éste se olvide de lo que es y se convierta en un escritor «artificioso». «Artificioso» es, en el pensamiento de Unamuno, concepto antitético de «popular»; enseguida veremos qué entiende Unamuno por escritor popular, al margen del significado más banal o usual de este concepto. Lo artificioso, para Unamuno, se da en
el escritor que se niega a cumplir la función social que le es propia en
tanto que intelectual, y adopta una actitud elitista, de absurda superioridad,
sin darse cuenta de que el escritor popular tiene su propia superioridad,
correcta y útil, en cuanto posee mayor conciencia y capacidad expresiva
que el resto de sus semejantes. El artificioso pretende basar su superioridad
en la exhibición de una supuesta naturaleza (ideas, emociones) refinada
e inusual; se caracteriza por el cerebralismo y el desarraigo, la incapacidad
para asumir los problemas trascendentes, que para Unamuno son los
Las encontramos ya en un escrito juvenil de Unamuno, de su etapa de socialismo militante: me refiero al artículo «Función social del arte» (La Lucha de Clases, diciembre 1896)364. El arte, se dice en él, no puede reducirse a diversión o pasatiempo; debe afectar, por la vía de los sentimientos, a quienes no son capaces de acceder al nivel de las ideas. Unamuno anda en esa fecha a vueltas con el marxismo y pone el acento en la educación política de las masas por medio del arte:
En «Literatismo» (La Revista Blanca, julio 1898)365, opina que «la fórmula del Arte por el Arte suele ocultar la concepción más antisocial del Arte», es «una profunda inmoralidad» y «la gangrena del intelectualismo». El antídoto estará en popularizar la expresión artística y buscar inspiración en la realidad, no en la literatura. El Correo de Valencia inserta en agosto 1900 el artículo «Turrieburnismo»366, que vuelve a atacar el virtuosismo literario y a definir el esteticismo como resultado del desinterés por lo «hondamente humano». Y al prologar en La Nueva Era su discurso en los Juegos Florales bilbaínos de 1901367 se expresa Unamuno con mayor claridad:
Recordemos también el ensayo «El sepulcro de Don Quijote» (La España Moderna, 1906)368. Unamuno desdeñará siempre la literatura artificiosa, aun cuando se haya despegado de las implicaciones al respecto propias de su marxismo inicial. Las grandes corrientes literarias de su tiempo le parecieron a Unamuno viciadas de artificiosidad y dirigió sus burlas y censuras contra el Modernismo, Vanguardismo y Gongorismo. En «La Balada de la prisión de Reading» (Las Noticias, Barcelona, octubre 1897)369 dice:
Contesta en la revista Helios de julio 1903 a una encuesta sobre Góngora370 y publica «El Modernismo» en el Nuevo Mercurio de París de mayo 1907371. Confiesa detestar y no entender a Góngora, y no creer que valga la pena gastar esfuerzo en descifrarlo; llama a los modernistas extravagantes, blandengues y falsos, y añade:
La última frase merece ser retenida, porque nos ayudará a entender el sentido específico y no habitual que en Unamuno tiene el concepto de «popularidad»; porque para él, como veremos, un autor popular puede no gustar al pueblo. En «Culto al porvenir» (La Nación, B. Aires, 1914)372 se
burla Unamuno de la estética de Marinetti, que reduce a un efectismo
llamado a
En Cómo se hace una novela y en la contestación a la encuesta del extraordinario dedicado a Góngora por La Gaceta Literaria, en junio de 1927, insistirá en sus desdenes y censuras hacia las pretensiones de la generación de 1927. Y en el prólogo a El hermano Juan (1934)373 ridiculizará los principios freudianos y marxistas a la par, con lo cual estaba evidentemente desestimando el movimiento superrealista. 3º. CONCEPTO UNAMUNIANO DE ESCRITOR POPULAR. Para enfocarlo hemos de partir de la distinción unamuniana entre pueblo y público. La confusión entre ambos provoca, opina D. Miguel, las tradicionales y erróneas interpretaciones de la justificación del escritor sobre la base de su aceptación en el mercado del libro o de su éxito de taquilla. El pueblo, en opinión de Unamuno, es genéricamente toda la masa social, y específicamente aquéllos que están necesitados de educación y orientación. No se trata de una educación que consistiera sólo en difundir la letra muerta de los conocimientos científicos, sino de una educación superior, que confiere al hombre conciencia de su naturaleza y fines. Al abandonar su ideario marxista perderá Unamuno la convicción de que la educación pretendida consista en difundir entre el proletariado los principios necesarios desde una óptica de clase; con el concepto de «pueblo» dispone de un instrumento ecléctico y equívoco, en el que se halla el punto más débil de su razonamiento; renunciando a los planteamientos materialistas cae en un confuso regeneracionismo espiritualista que es, con todo, el ingrediente más personal de su doctrina. El público es el consumidor de
arte, y para Unamuno, tan dado a la artificiosidad o a cualquier forma de error
artístico, como los malos escritores. Hay un público elitista,
desconectado de los problemas verdaderamente humanos, que se guía ante
todo por el snobismo y el culto a la novedad, y es el responsable de la
existencia de las tendencias artísticas artificiosas. Pero nadie
llamaría populares a esas tendencias porque, aunque tengan
público, lo tienen muy reducido. El público más peligroso
es el público amplio, que no busca en el arte más que el halago
facilón de sus instintos más elementales. Por su importancia
cuantitativa, ese público puede dar la impresión de ser el
pueblo, y desnortar el concepto de literatura popular. Para Unamuno, la falsa
literatura popular
Dejemos a los doctores del marxismo la ponderación de tan graves cuestiones y tornemos al hilo de la argumentación. Lo que tiene amplia audiencia de público no es para Unamuno lo verdadero y necesariamente popular. Su concepto de literatura popular podemos encontrarlo en su conferencia en el Ateneo de Sevilla 1896 «Sobre el cultivo de la demótica»376, y en los artículos «Los cerebrales» (La Ilustración Española y Americana, 1899)377 y «A propósito de Josué Carducci» (La Nación, 1907)378, entre otros. Para Unamuno, la popularidad no
significa abdicación de la personalidad del escritor. Todo escritor,
para serlo, ha de poseer un cierto grado de cultura, que lo diferencia
ipso facto del pueblo analfabeto y le
confiere individualidad. Pero esa individualidad no debe convertirse nunca en
individualismo. El verdadero escritor, o escritor popular, es un individuo
culto que no por ello se siente desarraigado del pueblo, sino que comulga con
la forma de ser y de sentir de éste, y sabe expresar ese ser con
idoneidad artística. Su diferencia y superioridad con respecto al pueblo
no reside, como quieren para sí los artificiosos, en poseer una
mentalidad radicalmente superior por lo distinta, sino tan sólo, y
teniendo la misma mentalidad del pueblo, en ser consciente de ella (o sea,
capaz de racionalizarla más allá de los meros instintos) y capaz
de infundirla en obras de arte. Tendrá entonces ese escritor, dice
Unamuno, «individualidad social», y su obra será «alma
del pueblo individualizada».
Ante la obra del escritor popular, el pueblo adquiere conciencia de su propio ser y pensar, que desconocía hasta que le fue así revelado. Y el pueblo se desorienta y queda flotando en la pasividad y la ignorancia cuando los cultos se niegan a ser escritores populares. Ésa es, por lo tanto, la misión social del escritor, que no inscribirse en un partido; y tiene una dimensión didáctica, desde luego, pero de carácter ético y cognoscitivo, más allá del servicio a fines políticos coyunturales, utilitarios o partidistas. La justificación doctrinal del concepto de escritor como «pastor del pueblo», que se sumerge en el seno del ser de su rebaño para darle así conciencia de ser y conducirlo, está formulada en En torno al casticismo:
El escritor popular no puede ser, ya que
público y pueblo no son lo mismo, aquél que tiene éxito
inmediato y multitudinario en una sociedad dominada por la subliteratura
mercantilizada que encuentra terreno abonado por la ignorancia, sino el que
crea conciencia del ser popular, aunque no tenga éxito y aunque el
pueblo, en un primer momento, no lo lea. En este sentido conviene recordar dos
artículos de
Y en «Sobre el cultivo de la demótica»:
Para que un escritor sea popular, opina
Unamuno, ha de adoptar una actitud diametralmente opuesta a la artificiosidad:
de ella nos habla en «Orfebrería literaria» (Los Lunes de El Imparcial, 1913)383 y
«El dolor de pensar» (La Esfera, 1915)384. El
auténtico escritor no se preocupará, naturalmente, por la
originalidad o la belleza formal; sólo escribirá cuando un
impulso genuino lo lleve a expresarse; lo hará con apasionamiento,
Lo cual equivale a legitimar el derecho a escribir mal, en nombre de la verdad y la autenticidad, de lo cual dio cumplida razón Unamuno en su obra poética. Resulta, en resumen, que Unamuno propugna una suerte de compromiso del escritor que consiste en una atención auténtica, sincera y desprovista de artificio a las grandes cuestiones existenciales propias del vivir humano. Su obra poética es una excelente ilustración de tal punto de vista. El volumen de 1907, titulado Poesías, lleva dos poemas con valor de manifiesto, «Credo poético» y «Denso, denso»385:
En estas Poesías de 1907 encontramos todo un repertorio de temas «humanos»: los de la vida cotidiana, diaria, conyugal y familiar (por ejemplo, las secciones tituladas «Incidentes domésticos» y «Cosas de niños»); los existenciales (problemas, angustias y reflexiones filosóficas derivados de la condición humana: paso del tiempo, muerte, inmortalidad) en poemas como «El buitre de Prometeo», «Sísifo» o «Elegía en la muerte de un perro»; los religiosos, serenos y conflictivos («El Cristo de Cabrera» o la sección «Salmos»); y el canto a las tierras y lugares de España, con esa atención noventayochista al paisaje que parece simbolizar tanto el estado anímico del poeta como, en ocasiones, el destino del pueblo español («Tú me levantas, tierra de Castilla», «El mar de encinas», «Salamanca», «Las montañas de mi tierra»). Sin que falten poemas cívico-políticos, en forma de reflexiones interiorizadas («A la libertad», «Al pie del sauce»). El Rosario de sonetos líricos (1911) prolonga las líneas maestras del libro anterior y con El Cristo de Velázquez (1920) estamos ante el gran tema predilecto de Unamuno, el religioso, en forma de manifestaciones de misticismo, evocación de episodios de la vida, Pasión y muerte de Jesús y algunos aditamentos de teología cristológica. Tras Rimas de dentro (1923) llegamos, en 1924, a Teresa, libro de recreación del espíritu romántico y homenaje a Bécquer, con el que Unamuno se anticipa a la polémica que años después iba a estallar en torno a la «pureza» o «impureza» del arte y a la revalorización de Bécquer y Garcilaso como poetas «humanos». De Fuerteventura a París (1925) continúa los temas religiosos y existenciales, y añade los derivados del encontronazo de Unamuno con la Dictadura: tenemos sátiras contra Alfonso XIII y Primo de Rivera; la concreción, ante la circunstancia política del momento, del tema de la preocupación por España, y lo mismo el de la relación del hombre con un Dios opresor, vista ahora como castigo político de España. También el tema del exilio. Unamuno se daba cuenta de que algunas de
las novedades temáticas del libro de 1925 iban en cierto modo en contra
de sus propias ideas acerca de lo que debe y no debe ser el arte comprometido;
en el prólogo
El Cancionero, publicado póstumamente, no añade más que variaciones sobre los temas enunciados; podría destacarse el «Fragmento de un Arte Poética...», con sus invocaciones a la poesía impura o humana, insultos a Góngora y a los «torremarfileños poetisos», y referencia a la densidad expresiva de que hablaba ya su primer libro de versos. No sé si estas reflexiones serán algo más que un retrato parcial de «mi» Unamuno. He intentado recoger y ordenar un pensamiento disperso en rompecabezas a lo largo de cuarenta años de su actividad literaria, sin disfrazar la ambigüedad que hay en él. Quizás fue esa ambigüedad lo que lo hizo tan presente entre los escritores de su tiempo y la que acaso pueda seguir interesando siempre, como actitud al menos, si no en sus soluciones y contenidos; porque es una ambigüedad de buena ley.
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