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 Tercera parte
 - I -
Si D. Manuel Flórez inició sus visitas al
místico vagabundo, D. Nazario Zaharín, por
complacer a su señora y soberana, la Condesa de Halma-Lautenberg,
pronto hubo de repetirlas por cuenta y satisfacción
de sí mismo, porque, la verdad sea dicha, el misterioso
apóstol árabe manchego le encantaba, y cuanto
más le veía, más quería verle
y gozar de su sencillez hermosa, de la serenidad de su espíritu,
expresada con palabra fácil y concisa. Y cada vez
salía el buen presbítero social más
confuso, porque la persona del asendereado clérigo
se iba creciendo a sus ojos, y al fin en tales proporciones
le veía, que no acertaba a formular un juicio terminante.
«Yo no sé si es santo; pero lo que es a pureza de
conciencia no le gana nadie. Desde luego le declararía
yo digno de canonización, si su conducta al lanzarse
a correr aventuras por los caminos no me ofreciera un punto
negro, la rebeldía al superior... De todo lo cual
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voy coligiendo que en este hombre bendito existen confundidas
y amalgamadas las dos naturalezas, el santo y el loco, sin
que sea fácil separar una de otra, ni marcar entre
las dos una línea divisoria. Es singular ese hombre,
y en mis largos años no he visto un caso igual, ni
siquiera que remotamente se le asemeje. He conocido sacerdotes
ejemplarísimos, seglares de gran virtud; sin ir más
lejos, yo mismo, que bien puedo, acá para mí,
sin modestia, ofrecerme como ejemplo de clérigos intachables...
Pero ni los que he conocido, ni yo mismo, salimos de ciertos
límites... ¿Por qué será, Dios Poderoso?
¿Será porque este maniobra en libertad, y nosotros
vivimos atados por mil lazos que comprimen nuestras ideas
y nuestros actos, no dejándolas pasar de las dimensiones
establecidas? No sé, no sé...». Y con este
no sé, no sé, Flórez expresaba la turbación
y las dudas de su espíritu. Por aquellos días
acreció el tumulto periodístico, por estar
próximo a sentenciarse el proceso en que metidos andaban
D. Nazario y Ándara, y menudeaban las interrogaciones,
que llaman interviews; los reporters no dejaban en paz a
ninguna de las celebridades de la ruidosa causa, y al paso
que estimulaban con picantes relaciones la curiosidad del
público, se desvivían por darle pasto abundante
un día y otro, rebuscando incidentes en la vida privada
de
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los héroes de aquel drama o comedia. Echábase
Flórez al cuerpo la escalera que conduce a los pisos
altos del Hospital, cuando sintió tras sí voces
alegres, y dos jóvenes que con paso vivo subían
de dos en dos peldaños le alcanzaron antes de llegar
al tercero. «Sr. D. Manuel, aunque usted no quiera... ¿Cómo
va ese valor?». -No tan bien como ustedes... -contestó
el sacerdote parándose, más para tomar aliento
que para contestar al saludo. Y después de mirarles
fijamente y de reconocerles, añadió con severidad:-
¿Con que otra vez aquí los señores periodistas...?
¡Pero, hombre, no han mareado ya bastante a ese pobre señor!
Francamente, me parece el delirio de la publicidad. -Qué
quiere usted, D. Manuel. La fiera nos pide más carne,
más noticias, y no hay otro remedio que dárselas
-dijo el primero de los dos, vivaracho y simpático.
-Agotado tenemos ya el filón -indicó el segundo-;
pero como es forzoso servir al público diariamente,
ayer le di yo reseña exacta de lo que come Nazarín,
y una interesante noticia de los malos partos que tuvo su
madre. -Pero, hijos míos -dijo Flórez con
más bondad que enojo-, vuestra información
nos va a volver locos a todos. Habéis dicho mil cosas
inconvenientes, otras que no le importan a nadie.
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Yo no
sé cómo estos pobrecitos presos aguantan vuestro
fuego graneado de preguntas, y no os mandan a paseo cien
veces al día. -Servimos al público. -¿Pero
no sería mejor que le sirvierais dirigiéndole,
que dejándoos arrastrar por su novelería caprichosa
y malsana? -¡Ah, D. Manuel! No somos nosotros, pobres reporters,
los que encendemos la hoguera. Nos mandan llevar cuanto combustible
se encuentra, troncos bien secos si los hay; si no, leña
verde, para que estalle, y hasta paja, si no encontramos
otra cosa. -Bueno, señor, bueno. -Pues ayer, mi
querido D. Manuel -dijo el vivaracho, mostrando un periódico-,
me sacó usted de un gran apuro. No sabiendo qué
escribir, me metí con usted. Vea, vea lo que le digo:
«Le visita diariamente el venerable sacerdote D. Manuel Flórez,
que sostiene con el procesado empeñadas controversias
sobre puntos sutilísimos de teología y de alta
moral...». -¡Jesús!... ¡Mayor mentira! ¡Pero si no
hemos hablado nada de teología, ni...! Y además,
ya os he dicho que no teníais que mentarme a mí
para nada. Yo vengo aquí a cumplir mis deberes cristianos
de consolar al triste, y dar un buen consejo al que lo ha
menester. -Es, usted un santo, D. Manuel. ¡Pues menudo
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bombito le doy aquí, más abajo! Vea... -Ninguna
falta me hacen a mí vuestros bombitos, y os agradecería
mucho que no sacarais mi nombre en esta contradanza informativa.
-Déjeme que se lo lea. Digo: «Aquel venerable y ejemplar
sacerdote, que es el primero en acudir, allí donde
hay miserias que socorrer, y grandes amarguras que mitigar
con el inefable consuelo de la piedad cristiana; aquel varón
respetabilísimo, cuya modestia corre parejas con su
virtud, cuya actividad en servicio de los grandes ideales
religiosos...». -Basta, basta... No quiero oír más.
Llegaron al corredor alto que da vuelta al inmenso patio,
y el vivaracho se adelantó diciendo: «Me temo que
hoy tenga el apóstol mucha gente, y que no podamos
hablarle». Pero si esto es un escándalo -dijo D.
Manuel-. Aquí viene, en busca de satisfacciones de
la curiosidad, un público no menos numeroso que el
que va a los teatros y a las carreras de caballos. Al pobre
Nazarín le volverían loco si ya no lo estuviera,
y como es hombre que no sabe negarse a nadie ni ser descortés
y altanero, que casos hay en que la descortesía y
un poquitín de soberbia no están de más,
resulta que los que venimos a consolarle y a poner algún
concierto en sus ideas, no podemos realizar este fin.
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Arrimáronse
a una ventana el sacerdote y el segundo periodista, a echar
un cigarrillo, mientras el primero entraba en la celda de
Nazarín. Flórez sacó sus tenacillas
de plata, pues no fumaba sin este adminículo, y el
otro, al darle lumbre, le habló así: «Dígame,
Sr. de Flórez, ¿usted qué opina del resultado
del proceso? ¿Cree usted que el tribunal verá en este
hombre un criminal?». -Hijo, no sé. Poco entiendo
de Jurisprudencia criminal. -Pues ayer en el Congreso -prosiguió
el otro con gravedad-, me dijo a mí mismo don Antonio
Cánovas del Castillo... Palabras textuales: «Condenar
a Nazarín sería la mayor de las iniquidades».
-Lo mismo creo. -Pero los pareceres están divididos,
aunque la mayoría de la opinión es favorable
a la inculpabilidad del apóstol. Yo le digo a usted
la verdad. A mí me tiene medio conquistado. A poco
más, voy a la redacción descalzo, abandono
la casa de huéspedes, y me paso la noche en el hueco
de una puerta... Nada, que me seduce ese hombre, que me atrae.
-Su humildad llevada al extremo, su conformidad absoluta
con la desgracia -afirmó el sacerdote pensativo, mirando
al suelo, y quitando la ceniza del cigarro con el dedo meñique-,
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son, hay que reconocerlo, una fuerza colosal para el proselitismo.
Todos los que padecen sentirán la formidable atracción.
-Pues no hay tanta gente como yo creía -dijo el otro
chico de la prensa volviendo presuroso-. Está un actor...,
no me acuerdo de su nombre... que quiere estudiar el tipo
del Cristo para las representaciones de la Pasión
y Muerte, en no sé qué teatro. También
tenemos ahí a los pintores Sorolla y Moreno Carbonero,
que quieren hacer una cabeza de estudio, y José Antonio
de Urrea, que pretende volver a fotografiarle. -Pues ya
le cayó que hacer al pobre D. Nazario -dijo Flórez
mohíno-. Entraremos dentro de un ratito, y procuraremos
despejar la celda. Y ustedes, caballeritos, ¿se largarán
pronto? -¡Oh, sí!, tenemos que ver a Ándara.
¿Viene usted, Sr. D. Manuel? Le llevamos en coche. -Gracias.
-Pues Ándara es deliciosa: más fea que una
noche de truenos; pero con un talento para las réplicas,
y una viveza, y una energía de carácter, que
le dejan a uno pasmado. -Y una fe en Nazarín que
vale cualquier cosa. Si la ponen en una parrilla para que
reniegue de su maestro, morirá tostada, escupiendo
sangre a sus verdugos y proclamando a Nazarín, como
ella dice, el preferente de todos los santos de la tierra
y del cielo, ¡caraifa!
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Llegaron otros dos del oficio, y
saludando cortésmente al buen eclesiástico,
formaron todos corrillo junto a un ventanón de la
galería. «Parece esto la antesala de un ministro
-dijo uno de los que acababan de llegar, llamado Zárate,
hombre muy leído, según general opinión,
quiere decirse, que leía mucho». -O de un soberano
del antiguo régimen. Aquí estamos aguardando
que salga la tanda que está dentro. -Pero falta un
chambelán que ponga orden en estas audiencias. -Pues
hoy -dijo Zárate echándose hacia atrás
el sombrero-, no me voy sin interrogarle sobre las concomitancias
que veo entre el ideal nazarista... -¿Y qué?, el
misticismo ruso. -¡Hombre, por Dios! -Yo veo un parentesco
estrecho, una filiación directa entre aquellas y estas
florescencias espiritualistas, que no son más que
una manifestación más de la soberbia humana.
Pues ayer -manifestó el vivaracho-, le interrogué
yo sobre eso del rusismo. Se mostró sorprendido, y
me dijo que sus actos son la expresión
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de sus ideas,
y estas le vienen de Dios; que no conoce la literatura rusa
más que de oídas, y que siendo una la humanidad,
los sentimientos humanos no están demarcados dentro
de secciones geográficas, por medio de líneas
que se llaman fronteras. Aseguró después que
para él las ideas de nacionalidad, de raza, son secundarias,
como lo es esa ampliación del sentimiento del hogar
que llamamos patriotismo. Todo eso lo tiene nuestro D. Nazario
por caprichoso y convencional. Él no mira más
que a lo fundamental, por donde viene a encontrar naturalísimo
que en Oriente y Occidente haya almas que sientan lo mismo,
y plumas que escriban cosas semejantes. -Si es lo que yo
digo -indicó el que había entrado con Zárate-.
Ese es un tío muy largo, pero muy largo... No hay
quien me apee de la opinión que formé de él
el primer día. Estamos aquí haciéndole
la corte al patriarca de los tumbones, y popularizando al
Mesías de la gorronería... ¡Oh!, convengamos
en que hace su papel con un histrionismo perfecto, y que
ha sabido llevar hasta lo sublime el carácter del
farsante aventurero y vagabundo. Yo sostengo que este tipo
es la condensación más acabada del españolismo
en todas sus fases... sin negar que lo muy español
pueda ser también muy ruso... entendámonos.
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-Pero vengan acá, señores míos -dijo
don Manuel atrayendo con su gesto y con sus palabras la atención
benévola y cortés de toda aquella tropa-. Perdónenme
si meto baza en sus discusiones. Piense cada cual de este
desdichado Nazarín lo que quiera. Pero al demonio
se le ocurre ir a buscar la filiación de las ideas
de este hombre nada menos que a la Rusia. Han dicho ustedes
que es un místico. Pues bien: ¿a qué traer
de tan lejos lo que es nativo de casa, lo que aquí
tenemos en el terruño y en el aire y en el habla?
¿Pues qué, señores, la abnegación, el
amor de la pobreza, el desprecio de los bienes materiales,
la paciencia, el sacrificio, el anhelo de no ser nada, frutos
naturales de esta tierra, como lo demuestran la historia
y la literatura, que debéis conocer, han de ser traídos
de países extranjeros? ¡Importación mística,
cuando tenemos para surtir a las cinco partes del mundo!
No sean ustedes ligeros, y aprendan a conocer dónde
viven, y a enterarse de su abolengo. Es como si fuéramos
los castellanos a buscar garbanzos a las orillas del Don,
y los andaluces a pedir aceitunas a los chinos. Recuerden
que están en el país del misticismo, que lo
respiramos, que lo comemos, que lo llevamos en el último
glóbulo de la sangre, y que somos místicos
a raja tabla, y como tales nos conducimos sin darnos cuenta
de ello. No vayan tan lejos a
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indagar la filiación
de nuestro Nazarín, que bien clara la tienen entre
nosotros, en la patria de la santidad y la caballería,
dos cosas que tanto se parecen y quizás vienen a ser
una misma cosa, pues aquí es místico el hombre
político, no se rían; que se lanza a lo desconocido,
soñando con la perfección de las leyes; es
místico el soldado, que no anhela más que batirse,
y se bate sin comer; es místico el sacerdote, que
todo lo sacrifica a su ministerio espiritual; místico
el maestro de escuela que, muerto de hambre, enseña
a leer a los niños; son místicos y caballerescos
el labrador, el marinero, el menestral, y hasta vosotros,
pues vagáis por el campo de las ideas, adorando una
Dulcinea que no existe, o buscando un más allá,
que no encontráis, porque habéis dado en la
extraña aberración de ser místicos sin
ser religiosos. He dicho. Celebraron los buenos chicos el
discurso del venerable D. Manuel, y cuando alguno, con el
respeto debido, a contestarle se disponía, llegaron
nuevos visitantes, dos damas y dos caballeros aristocráticos,
que anhelaban conocer a Nazarín, y tres o cuatro personas
más, gente literaria o política, que ya le
habla visto, y deseaba sondearle de nuevo, porque entre sí
traían grande y enmarañada discusión
sobre si era un tunante muy largo, o un sencillote con la
cabeza trastornada.
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«¿Qué?, ¿no podemos verle?»
dijo sobresaltada una de las damas. -Habrá que esperar
a que salgan los que están dentro... la pintura, señora,
la fotografía y las artes del diseño. -¿Y
qué? -preguntó a los periodistas uno de los
de oficio literario que acababa de entrar-. ¿Saben ustedes
si ha leído el librito de su nombre que anda por ahí?
-Lo ha leído -replicó uno de los que llegaron
con Flórez-, y dice que el autor, movido de su afán
de novelar los hechos, le enaltece demasiado, encomiando
con exceso acciones comunes, que no pertenecen al orden del
heroísmo, ni aun al de la virtud extraordinaria.
-A mí me aseguró que no se reconoce en el héroe
humanitario de Villamanta, que él se tiene por un
hombre vulgarísimo, y no por un personaje poemático
novelesco. -Y dice también que en su reyerta con
los bandidos en la cárcel de Móstoles, no le
costó tanto trabajo vencer su ira como en el libro
se dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo.
-Pues para mí -manifestó el caballero aristocrático-,
el libro es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín
con el señor de la Coreja, la tengo por invención
del escritor, porque D. Pedro de Belmonte es primo mío,
le conozco
-147-
bien, y sé que en ningún caso pudo
sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que
mi primo cogiera una estaca, y le moliera los huesos, y le
plantara en medio del camino, después de soltarle
los perros, muy natural, muy verosímil. Está
en carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra
cosa de su desatinada locura. Pero agazajarle8, ponerse a
hablar con él del Papa y del Verbo divino, eso no
lo creo, eso no es verdad, es falsear a mi primo Belmonte.
¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la Coreja,
y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en
busca de la pareja de la Guardia civil! En esto vieron salir
a Urrea de la celda, seguido de los pintores y del cómico.
«Ea, ya tenemos aquí al chambelán, que viene
a anunciarnos que Su Excelencia nos espera». Pero el chambelán
traía muy distintas órdenes. «Señores
-les dijo-, tengo el sentimiento de participarles que el
amigo Nazarín les suplica por mi conducto que le dejen
solo. Siente fatiga, y si no me engaño, tiene bastante
fiebre. Le he tomado el pulso. Necesita descanso, quietud,
silencio». El efecto de estas palabras fue desastroso. Las
dos damas no tenían consuelo. «¿Pero no podremos verle,
siquiera un instante?».
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-Me ha suplicado que, por hoy,
le libre del vértigo de las visitas. -Y hace bien
en cerrar la puerta -declaró Flórez-. No sé
cómo aguanta tanta impertinencia. Ea, señores,
estamos de más aquí. -Poco a poco -dijo Urrea-.
La orden tiene una excepción. Supo que está
aquí D. Manuel, y ha manifestado deseos de verle.
Pase usted; pero solo. -¡Ay!, nosotras... podríamos
pasar también, hablarle un ratito... -indicó
una de las damas. -¡Oh!, no... sin duda quiere confesarse.
Vámonos. -¡Qué fastidio!... ¡Volveremos otro
día! Yo quiero verle. Díganme ustedes, señores
periodistas: ¿cómo es Nazarín? ¿Es cierto que
su rostro tiene tal expresión, que desconcierta a
cuantos lo miran? ¿Y cómo está vestido? ¿Qué
dice? ¿Ríe o llora? ¿Habla con los que le visitan,
les echa la bendición, o no hace más que mirarles?
Contestaban los buenos chicos a estas preguntas, excitando
la curiosidad de las nobles señoras, en vez de calmarla.
Inconsolables ellas por el chasco sufrido, y no pudiendo
anegar sus ojos, sedientos de aquella gran novedad, en la
fisonomía del apóstol errante, los clavaban
en la puerta. ¡Ah!, detrás de aquella puerta estaba...
Volverían a la mañana siguiente. Entró
D. Manuel, y desfilaron por las escaleras
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abajo todos los
demás. Alguno propuso a las aristócratas llevarlas
a ver a Ándara. Pero después de una espontánea
conformidad con esta idea, una de las dos reflexionó
y dijo: «¡Imposible! ¿Está usted loco? ¡Nosotras entrar
en la Galera!». Luego fue apuntada la idea de visitar a Beatriz,
y esto no pareció tan mal a las dos señoras.
Sí, sí, podrían ver a la mística
vagabunda y soñadora. Dividiose el grupo en la calle,
y unos se dirigieron a la inmediata de San Blas, y los otros
a la remota de Quiñones. Salio Ándara al locutorio,
y lo primero que le preguntaron los chicos fue si había
leído el libro titulado Nazarín. «Me lo leyeron
-replico la presa-, porque a mí me estorba lo negro.
¡Ay, qué mentironas dice! Yo que ustedes, pondría
en el papel que el escribiente de ese libro es un embustero,
y lo avergonzaría, para que se fuera con sus papas
a otra parte. ¿Pues no dice que yo pegué fuego ala
casa?». -Tú también lo dijiste al principio;
pero ahora, ausente de tu señor Nazarín, que
no te permite mentir, has arreglado con tu defensor, que
es hombre listo, esa salidita del fuego casual. El hecho
queda por lo menos dudoso, y la pena será relativamente
corta. -Que fue de casual, ¡ea!... ¡Caraifa con los niños
de la prensa! Yo al principio no supe lo
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que decía.
Se me derramó el condenado petróleo... Quedeme
a obscuras... Encendí un misto, y vele ahí
todo ardiendo... ¿Que no lo creen? Así costa... ¿Y
quién me lo desmiente? ¿Quién me prueba que
fue de voluntad? Si alguno de ustedes es el que ha escrito
ese arrastrado libro, arrastrado le vea yo, ¡mal ajo! -¿Sabes
que te estás volviendo otra vez muy mal hablada?
-Desde que no está con el apóstol, ha vuelto
a sus mañas. -Ándara, nosotros somos tus amigos,
y te queremos mucho. Pero si dices expresiones feas, se lo
contaremos a D. Nazario, y verás, verás. -No,
no se lo digan. Es la costumbre de antes, que sale... Pero
una palabra mala, dicha sin pensar, no hace pecado. Es que
me encalabrino cuando me hablan del maldito libraco. ¡Miren
que decir ese desgalichao autor que yo parezco un palo vestido!
Fea soy, digo, lo que es bonita, no soy ahora, como lo era
antes, aunque sea mala comparación... pero no tan
fea que me tenga miedo la gente. Él será un
esperpento, y en sus escrituras quiere hacer conmigo una
desageración. ¿Verdad que no tanto? -Tienes razón,
no tanto, Andarilla. Otra cosa: ¿Deseas mucho ver a tu maestro?
-¡Ay, no me lo diga! ¡Verle! ¡Qué diera yo por verle,
por oír su voz!... Créanme, señores
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de la prensa, y pueden ponerlo en el papel, si les viene
a mano. Por verle daría yo la salud que ahora tengo,
y la que tendré en muchos años. Me conformaría
con estar en esta cárcel o en un presidio toda mi
vida, si supiera que lo había de ver todos los días,
aunque no fuera más que un cuarto de hora. -Eso es
querer, Ándara. -Esto es querer, y creer en él,
pues no ha mandado Dios al mundo otro que se le parezca...
lo digo y lo sostengo, aunque me claven en cruz para que
cante otra cosa. Que me desuellen viva para que diga que
no le quiero, y ayudando yo misma a que me arranquen el pellejo,
diré que es mi padre, y mi señor, y mi todo.
-¡Bien, brava Ándara! -Nos contó Beatriz
que ella le ve en espíritu, y siempre que quiere le
hace revivir en su imaginación... -Esa es muy soñona.
Yo, como más bruta que mi hermana Beatriz, ¡bendita
sea!, no le veo cuando quiero, sino cuando él quiere
dejarse ver. -¡Hola, hola! Explícanos eso. -No sean
materiales, y compréndanlo sin más explicadera.
Por las noches, cuando me tumbo en mi jergón, en medio
de unas obscuridades como las del alma de Caín, si
he sido buena por el día, si no he tenido pensamientos
-152-
malos, abro los ojos, y en lo más negro de lo negro,
veo una claridad, y en ella mi Nazarín que pasa...
no hace más que pasar y mirarme sin decir nada...
Pero por los ojos que me pone, entiendo lo que quiere hablarme.
Unas veces me riñe unas miajas, otras me dice que
esta contento de mí. -Pues si le ves esta noche,
no es mala peluca la que te echa. -¿Por qué? -Por
esa mentira tan gorda de que el incendio de la casa fue de
casual. -¡Eh, que no es mentira!... Mentira lo que dice
el libro, tocante a que quise zajumar el cuarto... ¡Vaya,
que ya es por demás tanta conferencia! Lárguense
al periódico, que allá tendrán que plumear.
-Antes hemos de preguntarte otra cosa ¡caraifa! -No respondo
más. -¿A que sí? ¿La Beatriz viene a verte?
-Dos veces por semana. Ayer me trajo un vestido, que le
dio para mí una señora de la grandeza. -¡Hola,
hola...! Noticia. ¿No te dijo el nombre, de esa señora?
Y todos ellos sacaron papel y lápiz. «Sí;
pero no me acuerdo. Era un nombre muy bonito... así
como... Señor, ¿cómo era?».
-153-
-Haz memoria,
Andarilla. ¿Sería la Condesa de Halma? -Esa misma...
Bien decía yo que era cosa buena... pues... del alma
santísima. -Bien, Ándara... te dejamos ya,
caraifa. -Adiós... adiós.
 - II -9
En mal hora se metió D. Manuel Flórez en
conferencias de exploración espiritual con el apóstol
andante, porque siempre salia de la celda medio trastornado,
ya creyendo ver en Nazarín la mayor perfección
a que puede llegar alma de cristiano, ya viéndole
y juzgándole como un ser dislocado, completamente
fuera del ambiente social en que vivía. «No puede
ser, Señor, no puede ser -se decía el buen
viejo, dándose palmadas en el cráneo, ya retirado
en su vivienda, y descansando de los trajines del día-.
Cada tiempo trae su forma y estilos de santidad. No nos disloquemos,
Señor, no nos desviemos de nuestra agrupación
planetaria, si no queremos ser bólido errante, perdido
por los espacios. Lo que yo digo: la locura no es más
que eso, o mejor dicho, es precisamente eso, el escape por
la tangente... y este hombre, con toda su virtud, que hay
que reconocer, ha tomado mucha fuerza, y se escapa,
-154-
se dispara
fuera de la órbita... ¡Qué lástima,
Señor, qué lástima! Porque... lo digo
con verdad... difícilmente se encontraría un
espíritu de mayor rectitud, de mayor pureza... Pero
ha tomado la doctrina en su sentido más riguroso,
por lo más estrecho, por donde duele, y... no sé,
no sé... Él cree que el equivocado soy yo,
y yo que el equivocado es él. Él dice que procede
conforme a razón, y con plena conciencia de ajustarse
a la ley de Cristo, y yo digo... No, Señor, yo no
digo nada, no sé, he perdido los papeles; este hombre
me ha trastornado, ha llenado mi cabeza de confusión.
No, no vuelvo a verle más. La sinrazón es contagiosa...
Un loco hace mil. No más, no más». Y a pesar
de esto, volvía, pues siempre le quedaba algún
puntillo que dilucidar, o seno escondido que reconocer en
el pensamiento del peregrino. Volvía, y a nueva conferencia,
nueva turbación y desconcierto del buen clérigo
social. Se creerá que es exageración lo que
se cuenta, pero es la verdad pura. D. Manuel llegó
a perder el apetito, cosa de extraordinaria novedad en él,
dormía mal, y se desmejoró su rostro. Creyeron
sus amigos que había dado el bajón repentino
de la aproximación a los setenta, y no faltó
quien atribuyese a una causa moral la pérdida de aquel
excelso aplomo que era su característica. Quizás
su bondad se resintió
-155-
de haber encontrado una bondad
superior, o que tal le pareciera, y como vivía en
la rutina de no tratar más que inferiores, en el terreno
de conciencia, el repentino encuentro de un ser, ante el
cual alguna de las energías de su alma tenía
que hacer reverencia, le puso quizás de mal talante,
aunque sin llegar, ni por asomo, a las tristezas de la envidia,
pues era incapaz de este odioso sentimiento. ¿Consistiría
tal vez en que el trato social, las consideraciones y aun
lisonjas de que era objeto, habían llegado a formar
en su alma la concreción de amor propio (de la cual
los caracteres más dueños de sí no pueden
librarse), y el conocimiento y trato de Nazarín rebajaron
un poquito el concepto de su propio valor moral? Con independencia
de la humillación y desprecio de sí mismo que
impone la idea cristiana, todo ser conserva un poder de apreciación
o evaluación psíquica, por el cual, sin darse
cuenta de ello, a sí propio se estima y tasa. Sin
duda Flórez empezó a conocer que se había
tasado en algo más de lo que realmente valía.
Como era recto y noble, acababa por conformarse diciéndose:
«Bueno, Señor, bueno. Yo creí ser de lo mejorcito,
y ahora resulta que hay quien me da quince y raya. Pues reconozca
yo mi insignificancia, o mi inferioridad manifiesta, y alabada
sea la perfección donde quiera que se encuentre».
-156-
El buen señor no podía pensar en obra cosa,
y la fijeza de tal idea iba socavando su salud. A veces se
pasaba las noches en habilidosos distingos y paralelos; anhelando
engrandecer el concepto propio, sin rebajar excesivamente
el ajeno: «Él es bueno, yo también. No digamos
santos, porque la santidad en nuestros tiempos ¿dónde
está? Yo soy social, él individual; mi esfera
es el mundo de los ricos, la suya el de los pobres. En ambas
esferas se sirve a Dios, ¡vaya! Él fortifica su alma
en la soledad, yo en el bullicio; yunque por yunque, no sé
decir cuál es el mejor. Cierto es que si miramos a
la doctrina pura y a su aplicación a nuestras acciones,
él aparece con ventaja, yo con desventaja; pero miremos
a los resultados prácticos de una y otra forma de
ejercer el ministerio, y entonces, ¿cómo dudar que
la supremacía está de la parte acá?
Y por último, Señor, él se va del seguro,
él se corre de lo posible a lo imposible, en él
la virtud se permite hacer sus escapatorias al campo de la
extravagancia, y...». Elevando los brazos, y mirando al
techo de su alcoba, en la cual se paseaba para entretener
el insomnio, añadía: «Señor, Señor,
llevar a la práctica la doctrina en todo su rigor
y pureza, no puede ser, no puede ser. Para ello sería
precisa la destrucción de todo lo existente. Pues
qué, Jesús mío, ¿tu Santa Iglesia no
vive en
-157-
la civilización? ¿Adónde vamos a parar
si...? No, no, no hay que pensarlo... Digo que no puede ser...
Señor, ¿verdad que no puede ser?». Como pasaban días
y días sin que Catalina le interrogase sobre el examen
o estudio psicológico del apóstol vagabundo,
creyó del caso D. Manuel tomar la iniciativa en aquel
asunto, que más valía dar su opinión
antes que la dama por sí misma y por otros caminos
llegase a formarla. Todo lo temía de su talento agudo,
afinado por una voluntad persistente. «¿Y qué?» le
preguntó Halma, demostrando menos curiosidad de la
que Flórez esperaba. -Empiezo por declarar -dijo
D. Manuel con solemnidad sincera, la mano puesta sobre su
corazón-, que no conozco alma más bella que
la del desventurado sacerdote, a quien la ley ha perseguido
por vagancia, y por haber dado amparo y protección
a una mujer criminal. Si del estado de su entendimiento tengo
aún mis dudas, de su conciencia, de su intención
pura y rectamente cristiana, no puedo dudar. Quiero decir,
señora mía, que encuentro una disconformidad
irreductible entre la conciencia y el intellectus10 de ese
singular hombre, y que si yo hallara manera de conciliar
una con otro, tendría que declarar a Nazarín
el ser más perfecto que ha podido formarse dentro
del molde humano.
-158-
-Según eso, usted sigue viendo
en él las dos naturalezas, el santo y el loco, y ni
sabe separarlas, ni fundirlas, porque locura y santidad no
pueden ser lo mismo. -Exactamente. -Bien podría
deducirse de todo ello que, en nuestra imperfectísima
comprensión de las cosas del alma, no sabemos lo que
es locura, no sabemos lo que es santidad. -¡No sé,
no sé! -exclamó el limosnero extraordinariamente
turbado, llevándose las manos a la cabeza. -Serénese,
D. Manuel. ¿Será que usted, en su larga vida, nunca
se ha visto delante de un problema semejante? Contésteme
ahora: ¿el buen Nazarín practica la doctrina de Cristo
tal como los Evangelios santísimos nos la enseñan?
-Sí señora. -Y a pesar de esto, la conducta
del buen hombre nos parece desconcertada... porque nuestras
ideas así nos lo imponen. Si creyéramos otra
cosa, debiéramos imitarle, renunciar a todo, abrazando
el estado de absoluta pobreza. -Sí señora.
-Y eso no puede ser. Hay algo dentro de nosotros mismos,
y en la atmósfera que respiramos y en el mundo que
nos rodea, que nos dice que no puede ser.
-159-
-Sí...
puede ser... pero no puede ser... Ser no ser... He aquí,
señora, la gran duda. -Sigo preguntando. ¿Nazarín
es humilde? -Humildísimo. Asombra ver su tranquilidad
ante los resultados probables del proceso. Si le condenan
a presidio, lo acepta gozoso, lo mismo que si le hicieran
subir al cadalso. Si le encierran en un manicomio, en el
manicomio entrará y vivirá sin protesta. No
se queja de la Ley, ni de los jueces, ni de sus acusadores,
ni de la opinión, que con tan distintos criterios
le juzga. -Y en el caso de que saliera libre, ¿se sometería
al superior eclesiástico, sacrificando su independencia
al rigor de la disciplina? -También. Pues esto es
lo admirable. Dice que si le absuelven libremente, se someterá
y que... -¿Y qué más?... Sigo yo contando,
pues usted, mi Sr. D. Manuel, no tiene hoy la palabra tan
expedita como de costumbre. Dice también el buen Nazarín
que cuando se encuentre libre, persistirá en el cumplimiento
del voto de pobreza que ha hecho al Señor. Cosa imposible,
así tan en absoluto, pues la mendicidad, fuera de
las Órdenes que la practican por su instituto, es
contraria al decoro eclesiástico. -Y dice más...
-160-
-¿Pero cómo sabe usted...? -Dice también
que el mayor anhelo de su alma es que le devuelvan las licencias,
para poder celebrar... y que se irá a vivir al presidio
a donde sea destinado el Sacrílego, o si se lo permiten
las leyes penitenciarias, o si no, en la misma población,
con objeto de verle diariamente. Está comprometido
a conducir al cielo el alma de aquel criminal, y la conducirá.
Los mismos propósitos tiene respecto a Ándara,
y su mayor gozo sería que los encierros a que ambos
delincuentes fuesen destinados, radicaran en la misma ciudad.
Si no, compartiría su tiempo entre la vecindad de
Ándara y la proximidad del Sacrílego, llevándose
consigo a Beatriz, sin temor alguno de ser censurado y escarnecido
por la compañía de una mujer. -Tales son sus
ideas, sí señora... Tan cierto es ello como
que usted tiene algo de zahorí -dijo D. Manuel, sin
disimular su asombro-. ¿Pero usted..., acaso, le ha visto,
le ha oído...? -No; pero veo a Beatriz, de quien
soy amiga, y amiga del alma. No he querido decírselo
hasta que no viniera una coyuntura propicia. -¡Ah!... Me
parece bien... Beatriz, la discípula... -Pues bien,
Sr. D. Manuel de mi alma, esas ideas y propósitos
del D. Nazario bastardean un poco aquella pureza de alma
de que me hablaba
-161-
hace un rato. La extrema humildad, ¿no
se da la mano con el orgullo? -Tal vez, tal vez. -Por lo
cual yo, más decidida que usted, sin duda porque soy
más ignorante, veo bien patente la locura de ese santo
varón... ¿Es un loco santo, o un santo loco?... -Locura...
santidad... -murmuraba Flórez mirando al suelo, la
cabeza sostenida por ambas manos, los codos apoyados en las
rodillas, con todas las señales en rostro y acento
de una hondísima turbación.
 - III -
No pudieron detenerse, como deseaban, en buscar la explicación
de aquel contrasentido, porque entró Urrea con noticias
frescas, que hacían revivir el interés del
asunto nazarista. Según contó el joven reformado,
por los periodistas se sabía ya la sentencia del Tribunal,
que se publicaría sin tardanza. No encontraba la Sala
en D. Nazario Zaharín culpabilidad: la vagancia, el
abandono de sus deberes sacerdotales, la sugestión
ejercida sobre mendigos y criminales no eran más que
un resultado del lastimoso estado mental del clérigo,
y como en ninguno de sus actos se veía la instigación
al delito, sino que, por el contrario, sus desvaríos
-162-
tendían a un fin noble y cristiano, se le absolvía
libremente. Resultando del informe de los facultativos que
repetidas veces le habían examinado, que los actos
del apóstol errante eran inconscientes, por hallarse
atacado de melancolía religiosa, forma de neurosis
epiléptica, se le entregaba al poder eclesiástico
para que cuidase de su curación y custodia en un Asilo
religioso, o donde lo tuviere por conveniente. Don Manuel
y Catalina guardaron profundo silencio al oír esta
parte interesantísima de la sentencia. «A Beatriz
se la absuelve libremente -prosiguió Urrea-, porque
nada resulta contra ella, y la pena que merecía por
vagancia, se estima cumplida con las dos semanas que sufrió
de prisión correccional». Ándara salía
peor librada, aunque no tan mal como al principio se creyó.
De sus primeras declaraciones, y de las de Nazarín,
resultaba autora del incendio de la casa número 3
de la calle de las Amazonas. Pero su abogado, hombre muy
despierto, había conducido el asunto con rara habilidad,
demostrando que lo depuesto por Nazarín no tenía
ningún valor testifical, por hallarse este en pleno
delirio pietista, presa de la monomanía del sacrificio
y de la muerte. Ándara, en sus primeras declaraciones,
había obedecido, según su defensa, a una influencia
hipnótica del falso apóstol.
-163-
Ampliado el juicio,
y sustentada la no intencionalidad del incendio, el Tribunal
admitió la prueba, condenándola, por lesiones
a la Tiñosa, a catorce meses de reclusión penitenciaria.
La causa del Sacrílego no tenía nada que ver
con la vagancia y desafueros nazaristas. Aún no se
había sentenciado, y por bien que saliera, sus catorce
o quince años de presidio no se los quitaba nadie,
porque eran muchas y muy atroces sus audacias para llevarse
la plata y vasos sagrados de las iglesias». -Ya ve usted
-dijo al fin Catalina a su amigo y limosnero-, cómo
el Tribunal, haciendo suya la opinión de los facultativos,
da por cierto que el santo varón no tiene la cabeza
en regla. -Y sin cabeza no hay conciencia -indicó
el sacerdote con cierta alegría, como si entreviera
una solución a sus dudas. -Con todo -añadió
la Condesa-, no debemos aceptar ese criterio como definitivo.
Se equivocan los Tribunales, se equivocan los médicos.
No afirmemos nada, y sigamos, mi señor don Manuel,
en nuestras dudas. -Sigamos, sí, en nuestras dudas
-repitió el sacerdote, para quien era ya un descanso
no pensar por cuenta propia. -Y mis dudas -añadió
Halma-, van a ser el punto de partida para resolver la cuestión,
porque
-164-
si no dudáramos, no nos propondríamos,
como nos proponemos ahora, llegar a la verdad. -Sí
señora -dijo Flórez, hablando como una máquina.
-La sentencia del Tribunal, que yo esperaba, me abre camino
para poner en ejecución un pensamiento que hace días
me corre por el magín. -¡Un pensamiento! A ver...
-murmuró don Manuel perplejo, admirando de antemano
y temiendo al propio tiempo las iniciativas le su ilustre
amiga. -Yo, digo, nosotros, sabremos al fin si nuestro pobre
peregrino es santo, o es demente. Espero que podremos reconocer
en él uno de los dos estados, con exclusión
del otro. Y en el caso de que existieran juntamente santidad
y locura, en ese caso... -Arrancaremos la locura para echarla
al fuego, como hierba mala nacida en medio del trigo -dijo
D. Manuel-, conservando pura e intacta la santidad. -Y si
existieran juntas y confundidas, en una misma planta -agregó
Halma-, respetaríamos este fenómeno incomprensible,
y nos quedaríamos tristes y desconsolados, pero con
nuestra conciencia tranquila. Flórez miraba al suelo,
y Urrea no quitaba los ojos de su prima, cuyas palabras deletreaba
-165-
en los labios de ella, al mismo tiempo que las oía.
Después de una mediana pausa, y queriendo adelantarse
al pensamiento de la señora, dijo el sacerdote: «Pues
para llegar a ese conocimiento y a esa separación,
señora mía tendríamos que... digo, veríamos
de...». -No, si por más que usted discurra, no puede
adivinar lo que he pensado, lo que haremos, si Dios me ayuda,
y creo que me ayudará, pues la sentencia que acabamos
de saber viene, como de molde, a favorecer mi pensamiento,
obra magna, D. Manuel, una empresa de caridad que ha de merecer
su aprobación. Verá usted -añadió
después de otra pausita, aproximando su silla baja
al sillón del limosnero-. Pues, señor, ahora
la ley civil le dice a la eclesiástica: yo, apoyada
en la opinión de la ciencia, he debido declarar y
declaro que ese hombre está loco. Como su locura es
inofensiva, monomanía pietista nada más, que
no exige custodia ni vigilancia muy rigurosas, renunció
a albergarle en mis casas de orates, donde tengo a los furiosos,
a los lunáticos, casos mil de las innumerables clases
de desorden mental. Ahí tienes a ese hombre; encárgate
tú, Iglesia, de cuidarle, y, si puedes, de devolver
el equilibrio a su entendimiento. Es pacífico, es
bueno, es de dulce condición en su desvarío.
No te será difícil restablecer
-166-
en él
el hombre de conducta ejemplar, el sacerdote sumiso y obediente...
-Y le cogemos -dijo Flórez-, y le mandamos a un convento
de Capuchinos, o a una de las hospederías religiosas,
que existen para estos casos, y le tenemos allí un
año, dos, tres, al cabo de los cuales, estará
lo mismo que entró. -Quiere decir que no le cuidarían,
que no le observarán, mirando por su existencia y
por su razón con el interés paternal que se
debe a un alma como la suya, buena, piadosa, a un alma de
Dios... -No digo que... -Pero nada de esto pasará
-afirmó la Condesa, levantándose nerviosa,
cogiendo el bastón de Urrea para reforzar el gesto
decidido con que acentuaba la palabra. -¿Pues qué
se hará, señora? -A usted, mi Sr, D. Manuel,
le corresponderá la gloria mundana de esta prueba,
si, como creo, Dios la corona con un éxito feliz.
-¿Y qué tengo yo que hacer, señora mía?
-preguntó el eclesiástico un poco molesto,
pues no le caía en gracia aquello de hacer él
cosas que ignoraba, ni que su autoridad quedara reducida
a ejecutar órdenes superiores, como un vulgar secretario.
-Una cosa muy sencilla, y que me parece
-167-
fácil. Mañana
mismo... no hay que perder un solo día... mañana
mismo, D. Manuel Flórez y del Campo, el ejemplarísimo
sacerdote, el diplomático de la caridad, coge el sombrero
y se va a ver al señor Obispo. Su Ilustrísima,
naturalmente, le recibe con los brazos abiertos, y usted
le dice: «Señor Obispo, una dama de nuestra aristocracia...».
-¡Ah!, ya... Una dama de nuestra aristocracia... -¡Si lo
adivina, si lo sabe, si no tengo que decir más! Pues
qué: ¿no ha pensado usted lo mismo que yo? ¿No viene
hace días dando vueltas en su mente a esta solución?
¿No esperaba saber la sentencia para proponérmelo?
-Sí, sí... Yo pensaba... En efecto... La idea
es buena -dijo el limosnero, queriendo cazar al vuelo las
de su noble amiga-. Claro que había pensado yo...
Pues «Ilustrísimo señor: una dama de nuestra
aristocracia, persona de grandes virtudes y celo cristiano,
que quiere consagrar su vida al santo ejercicio de la caridad,
ha imaginado que...». Detúvose bruscamente D. Manuel,
vacilante, clavó sus ojos en Halma, después
en Urrea, para volver a mirar con escrutadora fijeza a la
ilustre señora, y en aquel punto, como si recibiera
inspiración del Cielo, o algún genio invisible
en el oído le susurrara, vio el pensamiento
-168-
de la
Condesa con toda claridad. Y recordando al instante palabras
y frases sueltas de conversaciones anteriores, y viendo en
ellas perfecto ajuste con lo que acababa de oír, ya
no necesitó más el agudo presbítero
para recobrar toda su compostura mental, y sentirse dueño
de sí mismo, y a punto de serlo de la situación.
Limpió el gaznate para aclarar la voz, tomó
de manos de Halma el bastón de Urrea, y fue marcando
con él sobre la alfombra estas o parecidas expresiones:
«La señora Condesa ha tenido un pensamiento grande
y bello, como suyo. Hace tiempo concibió el proyecto
de destinar su casa de Pedralba a un fin caritativo, estableciéndose
allí, al frente de una pequeña sociedad de
desvalidos y menesterosos, de pobres enfermos y de ancianos
sin recursos. Bueno, Señor, bueno. Pues ahora, la
señora Condesa se dirige por mi conducto al señor
Obispo, y le dice: 'A ese pobre clérigo perseguido,
absuelto y tachado de locura, yo me le llevo a Pedralba,
allí le cuido, allí le rodeo de calma, de un
bienestar modesto; doy a su espíritu la soledad campestre,
a su asendereado cuerpo descanso, y como él es bueno
y sencillo, y su corazón se conserva puro, respondo
de que en breve tiempo podré devolvérselo a
la Iglesia, limpio de las nieblas que han empañado
su mente. Entréguenme el vagabundo,
-169-
y les devolveré
el sacerdote; denme el enfermo, y les devolveré el
santo'». -¿Y eso puede ser? -preguntó vivamente la
viuda, sin admirarse de lo bien que el sagaz Flórez
le adivinaba las intenciones-. Quiero decir: ¿consentirá
el señor Obispo...? -¡Ah!... lo veremos. Mucha fuerza
ha de hacerlo su nombre, señora. -Y más aún
la intervención de usted. -En casos como este de
Nazarín, el Prelado adoptará uno de dos procedimientos:
o entregar al enfermo un vale perpetuo para el Asilo de Eclesiásticos,
o ponerle bajo la salvaguardia de una familia respetable
de reconocida virtud y piedad. Esto último se ha hecho
hace poco con un pobre clérigo que padecía
de ataquillos de enajenación. -Pues la familia respetable
a quien se encomiende la custodia y cuidado de este santo
varón, seré yo. -Sin duda. Y mucho mejor,
si se constituye el Asilo o Recogimiento en forma legal y
canónica, poniéndolo, como es natural, bajo
la tutela del jefe de la diócesis. -En fin -dijo
Halma gozosa-, que Nazarín es nuestro. Y el señor
Obispo, ya lo estoy viendo, alabará mucho este plan
al saber que es idea de usted. -Idea mía no -replicó
Flórez sin mirar a la
-170-
dama-. Si acaso, en parte...
Ambos pensamos lo mismo. Pero yo no podía pronunciar
sobre ello la primera palabra, y tuve que aguardar a que
la dijese quien debía decirla. -Quedamos en que mañana
mismo... -Mañana mismo, sí señora.
-No se nos adelante alguno... -¡Ah!, lo que es eso... Pierda
usted cuidado. Retirose D. Manuel a su casa, y aquella noche
fue acometido de una lúgubre congoja, cuyo fundamento
el buen clérigo no podía explicarse. «Esta
tristeza hondísima y que parece que me abate todo
el ser -se decía, sin poder conciliar el sueño-,
no proviene de causa puramente moral. Aquí hay algún
trastorno grave de la máquina. O el hígado
se me deshace, o la cabeza se me quiere insubordinar, o el
corazón se fatiga, y me presenta la dimisión».
 - IV -
Hízose todo como Catalina de Artal deseaba, sin
que la gestión del buen Flórez tropezase con
ninguna dificultad ni obstáculo de importancia. Notaban
en él cuantos en aquella ocasión le vieron,
lo mismo en las oficinas eclesiásticas, que en las
casas nobles que ordinariamente visitaba una gran decadencia
física, la cual parecía más grave por
la pérdida de la jovialidad. Además,
-171-
claramente
se advertía cierta inseguridad en las ideas, y dispersión
de las mismas en el momento de querer expresarlas, vamos,
como si se le fuera el santo al cielo, según el dicho
vulgar. No era ya el mismo hombre; en pocos días su
cuerpo perdió la derechura que le hacía tan
gallardo; su cara se había vuelto terrosa, sus manos
temblaban, y cuando quería sonreírse, su habitual
expresión afable le resultaba fúnebre. «O D.
Manuel está muy malo -decían sus amigos-, o
algún hondo pesar silenciosamente le mina». Una mañana,
el Marqués de Feramor le mandó llamar cuando
descendía del aposento de la Condesa, y encerrándose
con él en su despacho, puso la cara de las grandes
solemnidades para decirle: «¡Parece mentira que nuestro querido
Flórez, desmintiendo su grave carácter, se
haya prestado a favorecer las increíbles extravagancias
de mi hermana! Primero, la tontería de meterse a redentores
de José Antonio, poniéndose en ridículo,
y dando lugar al desbordamiento de las hablillas y chirigotas.
No era esto bastante, y entre mi hermana y su limosnero inventan
este sainetón grotesco de llevarse a Pedralba, toda
la cuadrilla nazarista... porque supongo irán también
las discípulas, para mayor edificación... Ya
ha principiado el coro de burlas, que a mí no me afectan,
no señor, porque
-172-
todo el mundo sabe que permito a
mi hermana lanzarse por su cuenta y riesgo a estas aventuras
locas, para que encuentre en la ruina y en el ludibrio de
las gentes el castigo de su soberbia». La actitud y el lenguaje
del señor Marqués eran de pontifical, según
el rito inglés parlamentario y economista. «Lo que
más me duele -añadió-, es que nuestro
buen amigo, en vez de poner un freno a estas que califico
benignamente llamándolas extravagancias, les haya
dado calor y apoyo con su autoridad...». Al oír esto,
una onda de sangre subió del corazón al cerebro
del sacerdote, y la ira, que era en él, por índole
y por costumbre, sentimiento casi desconocido, se encendió
en su corazón súbitamente. Al querer expresarla,
las palabras se le atropellaron en la boca, su rostro enrojeció,
sus ojos se avivaron. Con lengua torpe pudo decir tan sólo:
«¿Tú qué sabes?... ¡Eres un necio!». Y salió,
como huyendo de sí mismo, arrastrando el manteo, la
teja echada hacia atrás, murmurando incoherentes frases
por la escalera abajo. Iba por la calle dando tumbos, sosteniéndose
por un desmedido esfuerzo de la voluntad, y al llegar a su
casa, agotado bruscamente el esfuerzo, cayó redondo
en el portal. Entre el
-173-
portero y dos vecinos que bajaban,
levantáronle del suelo, y como cuerpo muerto le condujeron
al cuarto segundo, donde vivía. El ama y la sobrina,
dos mujeres simplicísimas, ambas entradas en años,
que le querían entrañablemente, rompieron en
estrepitoso llanto al verle entrar en tan mísero estado,
y la sobrina exclamaba: «¡Virgen de la Valvanera! Ya lo dije
yo. Mi tío venía mal desde la semana pasada».
Acostáronle, y como una media hora tardó en
recobrar el conocimiento; mas la palabra no. El buen señor
quería decir algo, y su lengua inerte no le obedecía.
Acudió el médico, fuéronle aplicados
los remedios elementales, y ya muy entrada la noche, después
de algunas horas de reposo, pudo expresarse con mediana claridad:
«No seáis tontas -dijo al ama y la sobrina, que una
a cada lado del lecho le contemplaban atribuladas-, ni deis
ahora en la manía de asustaros... Esto no es más
que un aire. Lo cogí al salir de casa de Feramor.
Ya me encuentro mejor, y con la ayuda de Dios Misericordioso
y de la Virgen Santísima, mañana podré
echarme a la calle. Y en caso de que determinen que ya estoy
de más en este mundo inicuo, ¿qué hemos de
hacer más que conformarnos todos, yo con irme a donde
mi Padre Celestial me destine, según mis méritos
o mis culpas, vosotras con que me vaya y os deje en paz?».
-174-
Dispuso el doctor que no se le diera conversación
y se le dejara descansar toda la noche, ordenando diversas
medicaciones internas y externas. A la mañana siguiente,
la mejoría era bien clara, y desde muy temprano acudieron
a la casa multitud de personas. Una de las primeras fue Urrea;
a poco llegaron Consuelo Feramor y la de Monterones, y otras
muchas señoras y caballeros de distintas categorías.
Todos prodigaron al enfermo consuelos cariñosos, deseando
su salud como la propia. Iban entrando en la alcoba por tandas,
y reunidos después en la sala, lamentaban el repentino
accidente del simpático sacerdote. Consuelo llevó
aparte a José Antonio para decirle: «Sospecho que
tú y Catalina no tenéis poca responsabilidad
en este arrechucho de nuestro amigo. ¡Ah!, su enfermedad
arranca de la parte moral... ¿Qué... te haces el tonto?
¿No comprendes tu parte de culpa y la de mi cuñadita,
esa loca que no andaría suelta si no llevara el nombre
que lleva? ¿Ahora caes en la cuenta de que habéis
desprestigiado a este santo varón, de que le habéis
puesto en ridículo a los ojos del clero, de todos
sus amigos y relaciones?». Contestación enérgica
pensó darle Urrea; pero prefirió callarse por
no alborotar en casa ajena. A poco, entró Catalina
de Halma, vestidita
-175-
de negro, con humilde y severísimo
porte, y su hermana y cuñada la saludaron con frialdad
compasiva. Ella no les hacía ningún caso, ni
se cuidaba de que le manifestaran este o el otro sentimiento.
Cuando todos se retiraban, la Condesa expresó al ama
y la sobrina su deseo de ayudarlas día y noche en
aquel penoso trajín de enfermeras. Conociendo la sinceridad
de la buena señora, la familia del sacerdote aceptó
tan noble ofrecimiento, felicitándose de que pronto
sería innecesario, porque D. Manuel mejoraría,
con la ayuda de Dios. Pasó a verle Catalina, y él,
regocijándose de su presencia, se excitó un
poquito, presentando síntomas vagos de trabazón
de lengua y de vaguedad en la ideación: «Señora
mía -le dijo-, muy malito tiene usted a su limosnero.
Ha sido un aire, nada más que un aire... He soñado
con el recogimiento de Pedralba en que estaríamos
tan bien... ¡oh, tan bien! Estos aires... son aires muy malos...
La vida social... este vértigo, este bullicio, este
mentir continuo... mal aire, señora... ¡Destrucción
de los cuerpos, perjuicio de las almas!... Dios quiere llevarme
ya. Ha visto que no sirvo... que he llegado a la vejez sin
hacer en el mundo nada grande, ni hermoso, ni saludable para
las almas. Mi conciencia habla y me dice: 'no hay en ti y
derredor de ti más que vanidad de vanidades...'. Usted
es grande, señora Condesa, yo soy pequeño
-176-
tan pequeño, que me miro y no veo mayor que un grano
de arena. Un aire me trae, otro me lleva... ¡Ah, la soledad
de Pedralba...! Pero no, no soy digno... El señor
Marqués me mira desde la altura de su necedad, y me
humilla todo lo que yo merezco. ¿Qué he sido yo? Un
fantasmón... No hay que desmentirme. ¿Qué hice
por la salvación de las almas? Nada... ¡Y usted, que
es santa, se digna venir a consolarme en mi tribulación...!
¡Cuánta bondad, cuánta grandeza! Porque nadie
mejor que usted conoce mi insignificancia... Dios me dice:
'no eres nada... eres el vulgo cristiano, lo que es y no
es... Vas bien vestido, y calzas bonito zapato con hebillas
de plata... ¿Y qué? Eres atento en el hablar, obsequioso
con todo el mundo; respetuoso de mí; pero sin amor.
El fuego del amor divino es en ti un fuego pintado, con llamaradas
de almazarrón como las de los cuadros de Ánimas.
Llevas y traes limosnas como la Administración de
Correos lleva y trae cartas... pero tu corazón...
¡ah! Yo que lo veo todo, lo he visto, lo he sentido palpitar,
más que por la miseria humana, por la elegancia de
tus hebillas de plata...'. Luego viene un aire... ¡Hermosa
debe de ser la muerte para los que mueren en el Señor!
Yo también quiero morir en Él, yo quiero, ¡yo
quiero!...». Vivamente alarmada, la Condesa se retiró
-177-
de la alcoba, pensando que la mejoría del bendito
D. Manuel había sido engañosa. Y firme en su
propósito de desempeñar en la casa los menesteres
más humildes, mientras estuviese enfermo su amigo
del alma, concertó con el ama y sobrina las faenas
a que debía consagrarse, resolviendo entre las tres
que, pues la presencia de la señora excitaba al enfermo,
sin duda por el cariño que este le profesaba, no era
conveniente que entrase en la alcoba sino en los casos de
absoluta precisión. Desembarazada de su mantilla,
tan pronto trabajaba en la cocina, como se personaba en la
sala, para recibir visitas de seglares y clérigos.
Comió con las mujeres de la casa, y no quiso que le
preparasen cama, pues con descabezar un sueño sentadita
en una silla le bastaba. La enfermedad de su amado esposo
había sido pana ella educación cumplida en
aquellos trabajos y desazones, y el no dormir, el no comer,
la vigilancia constante no la afectaban lo más mínimo.
Muy bien pasó la tarde D. Manuel, y a la noche llamó
a sus domésticas para que le acompañasen y
diesen parola, pues la costumbre, segunda naturaleza, le
pedía trato social, conversación, amenidad.
Catalina se escondió tras de la puerta para oírle,
temerosa de que volviese a desvariar. Dijéronle Constantina
y Asunción, que así se nombraban el ama y sobrina,
-178-
que ya podía darse por restablecido de aquel arrechucho,
y que le bastaría media semanita de descanso para
poder entregarse nuevamente a sus habituales quehaceres.
A lo que respondió el clérigo con serenidad:
«Puede que tengáis razón; pero por sí
o por no, yo me pongo en lo peor, y si me apuráis
mucho, digo que en lo mejor, o sea la muerte, fin de esta
vida miserable y principio de la eterna». Como ellas dijeran
que siendo él un santo, nada podía temer, ahuecó
la voz para contestarles: «Ni yo soy santo, ni ustedes saben
lo que se pescan, pobres rutinarias, pobres almas sencillas
y vulgares. Estoy a vuestro nivel... no, digo mal, a un nivel
más bajo. Porque vosotras habéis padecido:
tú, Constantina, con la mala vida que te dio tu marido;
tú, Asunción, con tus enfermedades y achaques
dolorosos. Vosotras habéis tenido ocasión de
perdonar agravios, yo no. Vosotras habéis sufrido
escaseces cuando no estabais a mi lado; yo he vivido siempre
en mi dulce y cómoda modestia, sin carecer de nada,
bien quisto de todo el mundo, niño mimoso y predilecto
de la sociedad. Vosotras habéis luchado, yo no, porque
todo me lo encontré hecho. No me llaméis santo,
porque hacéis befa de la santidad aplicándola
a quien tan poco vale». Echáronse a llorar las dos
mujeres, y le invitaron
-179-
a variar de conversación,
pues aquella no era la más propia de un enfermo de
la cabeza. «No, no -dijo Flórez, encalabrinándose-.
De esto precisamente quiero hablar yo. Soy una pobre medianía;
pero abdicando en este trance mis ridículas pretensiones,
y pisoteando delante de vosotras, y delante del mundo entero,
mi orgullo, me entrego a la misericordia de mi Padre Celestial,
para que haga de mi insignificancia lo que quiera. Mi alma
no se ennegrece con pecados infames, ni se abrillanta con
heroicas virtudes. Soy lo que el lenguaje corriente llama
un buen hombre. Soy... simpático... ¡ja, ja!, simpático.
En el mundo no quedará rastro de mí, y lo mismo
que es hoy la sociedad, habría sido si Manuel Flórez
y del Campo no hubiera existido en ella. ¿Cómo llamáis
santo a un hombre que se enfada, aunque no mucho, cuando
alguien le molesta? ¿A ti, Constantina, no te he reñido
alguna vez porque la sopa estaba fría, o el chocolate
muy caliente, o el arroz pegado, o el café poco fuerte?
Ya ves: ¡qué santidad es esa, ni qué...! Y
tú, Asunción, ¡buenas roncas te has llevado...,
porque las hebillas de mis zapatos no estaban bien relucientes!
Ya ves: ¡como si el que relucieran o no las hebillas importara
algo!... Si os apuráis mucho por lo que os estoy diciendo,
os confesaré que en mi
-180-
esfera, una esfera que parece
amplísima y es muy reducida, he hecho todo el bien
que he podido, y que mal, lo que es mal, no lo hice nunca
a nadie a sabiendas. Pero de eso a que yo sea nada menos
que santo, como vosotras creéis, pobres tontas, hay
mucho camino que andar... Los santos son otros, el santo
es otro... Y de eso que dice el vulgo de que ahora no hay
santos, me río yo... Los hay, los hay, creedlo porque
os lo afirmo yo... Pero no me tengáis a mí
por tal, grandísimas babiecas; y si no, contestadme:
¿qué méritos extraordinarios veis en mí?...
¿qué infortunios y trabajos han templado mi alma,
qué injurias he tenido que sufrir y perdonar, qué
grandes campañas por el bien humano y por la fe católica
han sido las mías? ¿Acaso fui perseguido por la justicia,
y tratado como los malhechores? ¿Por ventura me han ultrajado,
me han escarnecido, me han llenado de vilipendio? ¿Es tribulación
andar de casa en casa, festejado y en palmitas, aquí
de servilleta prendida, allá charlando de mil vanidades
eclesiásticas y mundanas, metiéndome y sacándome
con achaque de limosnitas, socorros y colectas, que son a
la verdadera caridad lo que las comedias a la vida real?
¡Ah!, si lloráis por verme rebajado de esa categoría
en que vuestra inocencia quiso ponerme, llorad, sí,
llorad conmigo, lloremos juntos, para que el Señor
tenga piedad de vosotras
-181-
y de mí, y nos iguale a
los tres en su santa gracia». No dijo más, porque
el ama y sobrina, limpiándose el moco, y sobreponiéndose
a su acerba pena, le exhortaron para que callase y no pensara
cosas que al Divino Jesús y a la Virgen habían
de serle desagradables. Buena era la humildad; pero no tanto,
Señor...
 - V -
También lloraba la sin par Catalina oyendo los gritos
de la conciencia de su buen amigo, y las tres convinieron
luego en que mientras más se humillara el bonísimo
D. Manuel al prosternarse ante el Dios de Justicia, más
le ensalzaría este, dándole el premio que por
sus virtudes merecía. A las once de la noche, ya levantados
los manteles de la frugal cena, hallándose la Condesa
en el comedor, embebecida en la lectura de sus devociones
ante una lampara con pantalla de figurines, entró
José Antonio. No pudiendo pasarse un día entero
sin verla y hablar con ella (tal era su adhesión ardiente,
que más parecía de perro que de persona), agarrábase
a la obligación de informarse del estado del enfermo
para entrar en la casa y aproximarse a su bienhechora. «Nuestro
D. Manuel está mal -le dijo Halma,
-182-
cerrando su libro
y marcando la página con un dedo-. Tenemos que pedir
a Dios con toda nuestra alma que nos conserve esa vida tan
preciosa, tan necesaria. Hay que rezar, rezar sin tregua,
Pepe, y tú también... Pero sin duda no sabes;
lo has olvidado... Si yo quisiera enseñarte, ¿aprenderías
tú?». -Tú conseguirás de mí
cuanto quieras, y nada tengo por imposible si tú me
lo mandas -replicó el joven con alegría-. Soy
hechura tuya; soy un hombre nuevo, que has formado entre
tus dedos, y luego me has dado vida y alma nuevas... -Entre
paréntesis, dime una cosa: ¿nos critican mucho por
ahí? -Horriblemente. Pero tu grande alma me ha enseñado
lo que me parecía, más que difícil,
imposible, despreciar esas infamias, y no castigarlas inmediatamente.
-Dios es nuestro juez, y nos acusa o nos absuelve, por medio
de nuestra conciencia. Vete fijando en lo que te digo, y
asegúralo en tu pensamiento. Eres un niño,
y como a tal te instruyo. -Y yo lo aprendo todo. No tendrás
queja de mí. Pero yo quisiera, mi buena Halma, que
me mandaras cosas difíciles, muy difíciles,
para que probaras mi obediencia ciega. -Por ejemplo, que
te arrojes a un horno encendido, o que te tires por la ventana.
-183-
-No es eso, aunque también eso haría si me
lo mandaras. Cosas difíciles digo, de las que ponen
a prueba la voluntad de un hombre. Mientras tú no
me mandes eso, y yo te obedezca, no me creo digno de lo que
estás haciendo por mí. Tú eres extraordinaria,
increíble, inverosímil. Mi amor propio se pica,
y también quiero salirme un poquitín de lo
común. -Descuida, que todo se andará. Como
inverosímil, tú, que desde que empezamos a
curar tu alma con una medicina de que todo el mundo se burlaba,
te has desmentido a ti mismo. Hasta ahora parece que voy
triunfando, y que mi extravagancia llevaba y lleva en sí
algo de eficacia divina. Pero aún falta mucho, José
Antonio, y si te cansas en lo peor del camino, me dejarás
mal. -No me cansaré. Voy contigo al fin del mundo,
ya me lleves tirando de mí por un fino hilo de seda,
ya por un dogal muy fuerte. Tira sin miedo, que no haré
nada por soltarme. -Te advierto que, aunque te sueltes,
aunque al tirar de la cuerda me hieras y lastimes, no me
arrepentiré de lo hecho. -Porque tú eres...
no diré una santa, ni un ángel, expresiones
vagas que han desacreditado los poetas y los predicadores...,
sino una mujer superior a cuantas andan por el mundo, la
mejor, la única, el femenino en grado sublime.
-184-
-Eh...
basta. Allí tienes otra maña que he de quitarte,
la lisonja. A los motivos de gratitud que subyugaban al
parásito corregido haciéndole esclavo de la
Condesa de Halma, habíase añadido últimamente
uno, que era sin duda el más fuerte eslabón
de su cadena. A la penetración de la reformadora no
podían ocultarse las recónditas miserias y
envilecimientos de la vida de Urrea, úlceras morales
que por su calidad indecorosa no podían ser mostradas.
Pero la sagaz doctora las conocía por inducción,
y creyendo, en conciencia, que para la completa cura había
que atacar aquel secreto desorden, antes que corrompiera
la parte del ser que iba paulatinamente sanando, incitó
al enfermo, en buena ley de moral médica, a la confesión
o sinceridad más radicales. Él se resistía,
creyendo que cuanto a tal asunto se refiriese no podía
ni siquiera mentarse en presencia de la santa y pura señora,
como no es lícito decir en la iglesia palabras indecentes,
ni fumar, ni cubrirse. Pero ella, valerosa y serena, como
santa Isabel de Turingia poniendo sus manos en la cabeza
de los tiñosos, le abrió camino para la explicación
que deseaba, rompiendo el secreto en esta forma: «No es
menester ser zahorí, querido Pepe, para saber que
en tu vida de pobreza vergonzante, angustiada y vil, ha de
haber, además de
-185-
los sapos que ya hemos sacado del
fango, culebras que necesitamos extraer para sanarte por
entero. Es inútil que me lo niegues. ¡Ah, tonto, como
se ven los gusanos que se alimentan de la putrefacción,
veo en derredor tuyo enjambre de mujeres, a quienes sólo
llamaré desgraciadas, porque no hay mayor desdicha
que perder el pudor!». -Es cierto. ¿Cómo negarte
nada, si tú lo sabes todo? -Tienes que limpiarte
de esa podredumbre, Pepe, pues de lo contrario, estás
expuesto a corromper de nuevo el mejor día. -Sí,
sí. -Pero pronto, pronto. Adivino que esto no es
fácil, y que para romper con todo ese pasado vergonzoso
hay obstáculos materiales. Confiésamelo, dímelo
todo, ten conmigo la franqueza que tendrías con un
camarada de tu sexo. La vida humana ofrece tantas anomalías,
que aun para librarse de la ruina se necesita tener dinero,
y que del mismo vicio no puede huirse sin mostrarse con él
caballeresco y dadivoso. -Es verdad. Eres la ciencia humana
y divina -replicó Urrea con viva emoción.
-Más claro: para cortar tus lazos viles con esa infeliz
gente, necesitas dinero. Al hacer la cuenta de tus ahogos
y de los compromisos que amargaban tu vida, has ocultado
esta por delicadeza,
-186-
por respeto hacia mí. ¿No es
verdad? -Sí. -Quizás te encuentras obligado
y sujeto por favores recibidos. -Sí. -Quizás
has contraído deudas... en común. No te apures.
Hablaremos de esto lo menos posible, para ahorrarte la vergüenza
que el caso entraña. Prométeme cortar en absoluto
y para siempre, con propósito de no reincidir, esas
relaciones infames, y yo te doy el dinero que necesites para
tu completa liberación. Así, así, las
cosas se dicen clarito, y se hacen con valor. -¡Oh, Halma!
-exclamó anonadado el calavera, arrodillándose
ante su prima, e intentando besarle las manos-. Si no te
digo que te tengo por criatura sobrenatural, no expreso todo
lo que siento. -Levántate. Hoy mismo te ocuparás
de eso. Dímelo todo: no ocultes nada. Mañana
liquidas tus deudas de ignominia. Si sintieras duda, o escrúpulo,
porque hubiese algún lazo dificilillo de cortar, aun
con tijeras de oro, vienes y me lo cuentas, y yo te daré
ánimos, razones... y veremos de arreglarlo. Alentado
por tan poderoso estímulo, Urrea cortó relaciones
indecorosas, algunas que le estorbaban horrorosamente, llenando
su alma de hastío, otras que, si afectaban algo a
su corazón,
-187-
no tenían raíces tan hondas
que no pudieran arrancarse con mediano esfuerzo. ¡Y qué
libre, qué ancho, qué desahogo se sintió
después! ¡Con qué placer veía las caras
bonitas y risueñas perderse en la bruma que precede
a las tinieblas del olvido! Uno solo de los tirones que tuvo
que dar le produjo dolor. Pero acordándose de su prima,
lo sufrió valeroso, y aun lo hubiera resistido con
heroísmo si fuera de los hondos y lacerantes. Pero
ello se redujo a un poquitín de pena o desconsuelo,
y dos días bastaron para que la mundana figura que
motivaba aquel estado psíquico, se desvaneciera también
con las otras en una neblina de indiferencia. Al terminar
esto, la Condesa de Halma tomó ante su aplacado espíritu
proporciones enteramente divinas. Lo que sintió Urrea
no podía compararse sino al júbilo inenarrable
del náufrago que pisa tierra después de angustiosa
lucha con las olas. Le salvaba aquella luz, faro, o estrella
del mar, y ante ella hacía la ofrenda de su vida futura.
No satisfecho con informarse por la noche del estado de
D. Manuel Flórez, José Antonio iba también
por las mañanas. Comúnmente, entre nueve y
diez, Catalina había vuelto de misa, y estaba barriendo
y limpiando la sala y gabinete, mientras el ama y sobrina
atendían al enfermo. Cubría la Condesa su talle
con un
-188-
mandil de Constantina, y manejaba la escoba con rara
habilidad. ¡Quién había de decirlo, viendo
aquellas manos aristocráticas, finas, blancas como
azucenas, de forma bonitísima, largos, gordezuelos
y puntiagudos los dedos, verdaderas manos de Santa Isabel
de Murillo, que ni en las cabezas plagadas de miseria perdían
su virginal pureza y pulcritud! Urrea no se atrevió
a pedirle permiso para besarle las manos, por no profanarlas
con su labio pecador. No merecía tan grande honra.
Verdaderamente, aquellos dedos que cogían la escoba
eran dignos de tomar la hostia consagrada. «¿Y D. Manuel,
cómo sigue?». -Mal. La noche ha sido intranquila.
No ha podido dormir; sufría mucho de la cabeza. No
ha desvariado, antes bien, habla como un santo que es. Hoy
se le administra el Santo Sacramento. Prepárase a
recibirlo con unción y alegría. ¿Sabes en qué
conozco que nuestro buen D. Manuel se nos muere? En que su
alma es toda candor. Piensa y habla como un niño.
Tanta simplicidad demuestra que su alma se ha despojado de
todo lo terreno. ¡Qué hermosura morir así!
Aprende, primo mío, aprende, y para que mueras como
un justo, vive en la justicia y la verdad. -Yo vivo donde
tú me mandes -dijo el parásito apartándose
para no estorbarle en su barrido-.
-189-
Donde me pongas allí
me estaré. Y ahora, déjame que te pregunte
una cosa. Dicen en tu casa que te vas a vivir a Pedralba.
-Eso había determinado; pero la falta de este incomparable
amigo perturba mis planes, y aún no sé lo que
haré. -¡Y yo me quedo aquí! -observó
Urrea con pena-. Yo aquí solo. Verdad que no estamos
lejos, y puedo ir a verte con frecuencia. Pero no sé
si tú lo consentirás. Debo seguir en Madrid,
para evitarte disgustos, para que no se ceben en ti la envidia
y la malignidad. -Esa razón no es razón. Ya
sabes que no me afectan los dichos de la gente frívola
y vana. La calumnia misma, que a otros aterra, puede venir
a mí, y acometerme y destrozarme. De sus ataques saldré
más fuerte de lo que soy. Es la forma civilizada del
martirio, ahora que no tenemos Dioclesianos que persigan
al Cristianismo, ni sectarios furibundos que corten cabezas
de creyentes... Pero si la calumnia no es motivo para que
aquí te quedes -añadió, dejando la escoba,
y poniendo los muebles en su sitio, después de restregarles
la madera con un paño, tarea en que gustosamente la
ayudó su protegido-, en Madrid continuarás
solito, por razón de tus trabajos. No olvides la segunda
parte de nuestro convenio. Has de hacerte un hombre útil,
que viva honradamente, sin depender de nadie.
-190-
-Sí,
sí. Yo realizaré tu hermosa idea. Eres como
una madre para mí, y debo venerarte, porque me das
el ser. -Y debo creer que este hijo mío es ya crecidito,
con fuerza suficiente para no necesitar andadores, y juicio
para gobernarse por sí solo. -Así será,
si tú lo quieres. ¿Y ahora qué me mandas? ¿Me
retiro? -Sí, tenemos mucho que hacer. Luego hemos
de preparar la cama y adornarla para recibir al Divino Visitante,
que hoy tendremos aquí. Márchate, y vuelve
esta tarde a la hora del Viático. No quiero que faltes.
-No faltaré -dijo Urrea, y besando la orla del delantal
grosero que ceñía el cuerpo de la noble dama,
se retiró triste... ¡Partir Halma, quedarse él!
¡Enorme consumo de voluntad exigiría esta separación
del hijo y la madre, del discípulo aún muy
tierno y la santa y fuerte maestra!
 - VI -
No faltó aquel día el Marqués de Feramor
que sólo cruzó con su hermana palabras secas.
En su atildado lenguaje inglés, parlamentario y económico,
dijo que los hombres temen la muerte como temen los niños
entrar en un cuarto obscuro. Esto lo había escrito
Bacon, y él lo
-191-
repetía, añadiendo que
las penas que ocasiona la pérdida de seres queridos,
tienen el límite puesto por la Naturaleza a todas
las cosas. El mundo, la colectividad, sobreviven a las mayores
desdichas personales y públicas. No debemos entregarnos
al dolor, ni ver en él un amigo, sino un visitante
inoportuno, a quien hay que negar todo agasajo para que se
despida lo más pronto posible. La ceremonia religiosa
fue hermosa y patética, acudiendo un gran gentío
eclesiástico y seglar, de lo más distinguido
que en una y otra esfera contiene Madrid. Recibió
el enfermo el pan eucarístico con cristiana unción
y mansedumbre, mostrando gratitud inefable al Dios que penetraba
en su humilde morada, y se mantuvo tan sereno y dueño
de sí mientras duró el acto, que parecía
repuesto de su grave mal. Después habló con
entusiasmo a sus amigos del gozo que sentía, y de
las esperanzas que la santa comunión despertaba en
su alma. Por la noche, tras un ratito de tranquilo sueño,
llamó al ama y sobrina, y les dijo: «Ya sé
que está en casa la señora Condesa, y en verdad
no sé por qué se oculta. Su presencia es gran
consuelo para mí. Que entre, pues a las tres tengo
algo que decirles». Besó Catalina la mano del sacerdote
y se sentó junto al lecho, quedando las otras en pie:
-192-
«De veras os digo que estoy tranquilo. Me prosterné
ante mi Dios, y llorando amargamente, le ofrecí la
confesión de toda mi vida pasada, la cual, por mi
incuria, por mi egoísmo, por mi insubstancialidad,
no ha sido muy meritoria que digamos. Lo que poseo es para
vosotras, Constantina y Asunción: ya lo sabéis.
Atended a vuestras necesidades, reduciéndolas a la
medida de una santa modestia, y lo demás empleadlo
en servicio de Dios; socorred a cuantos menesterosos estén
a vuestro alcance, sin reparar si lo merecen o no. Todo necesitado
merece de serlo. Y a usted, señora Condesa de Halma,
nada le digo, porque a quien es más que yo y vale
más que yo, y me gana en saber de lo espiritual y
lo temporal, ¿qué ha de decirle este pobre moribundo?
He concluido con toda vanidad, y tan sólo le ruego
que encomiendo a Dios a su buen amigo. El que a mí
me ha iluminado no está presente; si lo estuviera,
yo le diría: compañero pastor, quisiera cambiar
por tu cayado robusto el mío, que no es más
que una caña, adornada de marfil y oro. Tú
pastoreas, yo no; tú haces, yo figuro...». Siguió
murmurando en voz baja expresiones que las tres mujeres no
entendían. No cesaban de recomendarle el silencio
y la tranquilidad. Poco después rezaban los cuatro,
llevando la de Halma el rosario. Antes de terminar, el enfermo
pareció aletargarse.
-193-
Quedó Asunción
de guardia, y Constantina y la Condesa salieron de puntillas.
Tenían de guardia en el recibimiento a la chiquilla
de la portera, para que abriese al sentir pasos de visitas,
precaución indispensable por haber sido quitada la
campanilla. A poco de salir de la alcoba, el ama dijo a la
Condesa: «Ha entrado una mujer que quiere hablar con la señora.
Debe de ser una pobre... de estas que acosan y marean con
sus petitorios. Yo que vuesencia, le daría medio panecillo
y la pondría en la calle, porque si nos corremos demasiado
en la limosna, esto será el mesón del tío
Alegría, y nos volverán locas. Trae una niña
de la mano, y me da olor a trapisonda, quiero decir, a sablazo
de los que van al hueso. Con que póngase en guardia
la señora Condesa, que en eso de dar o no dar con
tino esta el toque, como dice nuestro pobrecito D. Manuel,
de la verdadera caridad». Ya sabía Catalina quién
era la visitante, y sin decir nada se fue a la sala, donde
aguardaban en pie una mujer con mantón y pañuelo
a la cabeza, y una niña como de seis años,
arrebujada en una toquilla. «Beatriz -dijo Halma, muy afectuosa,
entregándoles sus dos manos, que mujer y niña
besaron con amor-, ya me impacientaba yo porque no venías
a verme. ¿Te dijo Prudencia que vinieras aca?».
-194-
-Sí
señora; pero yo no quería venir, por no ser
molesta -replicó Beatriz, sentándose en el
borde de una silla-. Por fin, esta noche me determiné,
y he traído a esta noche me determiné, y he
traído a esta para que me enseñe las calles,
que no conozco bien. Rosa sabe al dedillo todos estos barrios,
porque ayudaba a sus padres a repartir la leche, cuando tuvieron
la cabrería... ¡ah!, negocio malísimo, en que
se metió mi prima con los vecinos del bajo derecha,
por ayudar a Ladislao, que con la afinación de pianos
no sacaba para dar de comer a la familia. El pobre Ladislao
ha pasado amarguras horribles, persiguiendo el garbanzo,
y soñando siempre con la ópera que tenía
a medio componer, dentro de su cabeza. Todo lo probó:
tocaba el trombón en un teatro, y repartía
prospectos por las calles. La cabrería les empeñó
más de lo que estaban. Yo he visto la miseria de aquella
casa, miseria negra, como hay tanta en Madrid, sin que nadie
la vea ni la socorra, porque no es posible, Señor,
no es posible... Bien lo sabe la señora, que la ha
visto con sus propios ojos, porque con la señora entró
Dios en aquella casa... Y puedo decirle que sus palabras
cariñosas las han agradecido aquellos infelices más
aún que el socorro que les ha dado para comer y abrigarse...
La señora es... no tan sólo la caridad, sino
también la esperanza.
-195-
-¿Y el pobre Ladislao está
contento? -Tan contento, que de puro alegre no pega los
ojos. Dice que su desiderato sería la plaza de maestro
de capilla; pero que si la señora no tiene capilla
en sus estados, lo mismo la servirá de cochero que
para traer leña del monte, si a mano viene... -Que
no piense en eso, y espere -dijo la Condesa, impaciente por
tratar de otro asunto-. Bueno, Beatriz, ¿y qué...?
-Nada, es cosa resuelta. He venido acá, para que
la señora Condesa no tarde en saber que hoy fueron
a verle al hospital dos señores curas, que parece
son del Tribunal eclesiástico. Dijéronle que
Su Ilustrísima le proponía dos maneras de asistirle
y curarle, en el suponer de que está enfermo. O bien
darle un vale perpetuo para el Asilo de señoras sacerdotes,
o bien ser recogido en una casa honestísima de persona
principal y muy cristiana. Diéronle a escoger, y,
por de contado, escogió lo segundo. Lo he sabido por
él mismo: esta tarde fui allá, y me encontré
en la celda al señorito de Urrea, que le aconsejaba
salir de aquel encierro, pues ya está libre. Mas no
quiere el bendito D. Nazario gozar de libertad mientras no
le dé licencia la persona que le toma bajo su amparo,
y le diga cuándo, cómo y a qué lugar
ha de ir con sus pobres huesos.
-196-
-Pues mira lo que has de
hacer, Beatriz, y pon atención a lo que te ordeno.
Mañana llegará un carro con tres mulas que
he mandado venir de Pedralba. Al amanecer del día
siguiente, lo tendrás en tu calle, y el carretero,
que es un viejo llamado Cecilio, un poco hablador y refranero,
pero buen hombre, subirá a tu casa para avisarte.
Metes en el carro a Ladislao y a Aquilina con sus tres chicos,
y a Nazarín, y tú misma de añadidura.
Cabréis perfectamente, y si vais estrechos, los hombres
pueden ir algunos ratos a pie... En fin, arreglaos del mejor
modo posible. No llevéis muebles, ni ropas de cama.
Repartid todo eso entre los vecinos que sean más pobres.
Ropa de vestir podéis llevar... ¡Ah!, se me olvidaba
el piano de Ladislao. Dile que es mi deseo se lo regale al
ciego, también afinador, que vive en el cuartito próximo.
Puede meter en el carro aquella balumba de papeles de música
que tiene encima de la cómoda. Todo el día
emplearéis en el viaje, porque las mulas irán
al paso, para que puedan hacer un poco de ejercicio los que
se cansen de la estrechez del carro, y meterse en él
un rato los de infantería, para descansar de la caminata.
Cecilio os llevará hasta mi casa, y en ella os dará
alojamiento hasta que, pasados unos días, cuando yo
avise, vuelvan Cecilio y las tres mulas por mí.
-197-
-¡En carromato la señora! -exclamó Beatriz
llevándose las manos a la cabeza. -Como vais vosotros,
iré yo. ¿Qué más da? Si es hasta más
cómodo, y más alegre. No veas en esto un mérito,
ni menos afectación de pobreza: no gusto de hacer
papeles. Además, establezco en mi pequeño reino
toda la igualdad que sea posible. No me atrevo aún
a decir, antes de que la práctica me lo enseñe,
a qué grado de igualdad llegaremos. -Reino ha dicho
la señora -afirmó la nazarista con gozo-, y
aunque así no lo llamara, reina y señora nuestra
será siempre. -Tampoco sé aún qué
grado de autoridad tendré sobre vosotros. Quizás
no pueda tenerla, o la abdique desde el primer momento. Pero
no pensemos aún en lo que será, y ocupémonos
tan sólo de lo presente. Con el dinero que te di,
y que conservarás en tu poder... -Sí señora,
menos lo que, por encargo de la señora, gasté
en el vestidito de Aquilina y en las botas de Ladislao.
-Pues aún te queda para comprar zapatos y alpargatas
a los tres chicos, y para lo que gastéis por el viaje,
que será bien poco. No necesito decirte que economices,
porque sé que sabes hacerlo. Como la hija de Cecilio
cuidará de daros de comer mientras yo llegue, ten
bien cerrada la bolsa, Beatriz, y no gastes ni un céntimo
-198-
de lo que en ella te quedare al llegar allá; no olvides
que somos pobres, pobres verdaderos... No creas que nuestro
reino es una pequeña Jauja. -Si lo fuera, no nos
tendría la señora por vasallos... -¿Te has
enterado bien? -Sí señora -dijo Beatriz levantándose-;
descuide, que todo se hará, punto por punto como la
señora desea. Despidiéronse besándole
la mano; la Condesa las besó en el rostro, y al despedirlas
en la puerta, cuando ya habían bajado algunos peldaños,
las llamó para hacerles una advertencia. «Oye, Beatriz.
Mi buen Cecilio padece de una maldita sed que no se le quita
sino con vino. Ya está tan cascado el pobre, que sería
crueldad privarle de satisfacer su vicio. Durante el viaje,
le permitirás que tome una copa en alguna de las ventas
por donde pasen, no en todas... Fíjate bien: con tres
o cuatro copas de pardillo en todo el camino tiene bastante;
pero nada más, nada más... Ea, adiós,
y buen viaje».
 - VII -
Llegó poco después un señor eclesiástico,
amigo íntimo de Flórez, D. Modesto Díaz,
que goza fama de predicador excelente, uno de los
-199-
primeros
de Madrid. Tres o cuatro veces al día iba a enterarse
del estado del enfermo, a quien entrañablemente quería,
pues se conocieron desde la infancia, y en Madrid vivieron
luengos años en cordialísimas relaciones, aunque
cada cual actuaba en esfera distinta dentro de lo eclesiástico,
pues si Flórez era relativamente rico, y no tenía
que discurrir para proveer decorosamente a la existencia,
Díaz, obrero incansable, trabajó toda su vida
propter panem. De joven, tuvo que ganarlo para su madre,
y en edad madura crió y educo sin fin de sobrinos
huérfanos, que debían de padecer hambre canina,
según lo que el pobre cura bregaba para mantenerlos,
pues él daba lecciones de latín y moral, en
colegios y casas particulares, de retórica y poética
en un instituto, traducía del francés obras
religiosas para un editor católico, y con esto y la
celebración y sus sermones, que llegaron a constituirle
un ingreso de cuenta, salió el hombre adelante con
todo aquel familiaje, y algo le quedaba para socorrer a un
pobre. La diferente atmósfera en que Díaz
y Flórez vivían, y el distinto camino de cada
cual, no impidieron que se juntaran en el terreno de una
amistad tan antigua como cariñosa. Eran vecinos: muchas
tardes paseaban juntos, y perfectamente acordes en ideas
y gustos, nunca
-200-
surgió entre ellos disputa ni desavenencia
por cosa dogmática ni temporal. Ambos eran buenos
y estimados de todo el mundo; ambos piadosos y bienavenidos
con su conciencia. Hasta se parecían un poco en lo
físico; sólo que Díaz no se arreglaba
tan bien como el otro, ni era tan pulcro, o si se quiere,
tan elegante. Con expresiones de sincero dolor se condolió
D. Modesto de la gravedad de su amigo, manifestándose
confuso por aquel repentino mal, que había venido
como un escopetazo. «¡Pero si hace tres semanas estaba Manuel
vendiendo vidas! Una tarde que fuimos de paseo hacia la Moncloa,
hicimos recuento de los años que tenemos a la espalda,
y calculando lo que podríamos vivir si el Señor
nos conservaba nuestra salud, nos corríamos tan frescos
hasta los ochenta. De buenas a primeras, Manuel da este bajón
tremendo... ¿Pero por que? Las últimas tardes que
paseamos, le notó muy metido en sí, cosa rara,
pues era hombre tan social, que siempre le veía usted
el alma revoloteando alegre fuera de la jaula... En fin,
Dios lo quiere así. Cúmplase su santa voluntad».
Con un hondo suspiro nada más comentó la Condesa
estas expresiones, y el buen sacerdote, después de
enjugarse una lágrima, cambió de tono para
decir: «Entre paréntesis, señora, Condesa,
sé que se va usted a su finca de Pedralba,
-201-
próxima
a San Agustín, y conviene que sepa que el cura de
esta villa es mi sobrino Remigio, a quien escribiré
para que se ponga a las órdenes de usted, y la sirva
en cuanto guste ordenarle. ¡Buen muchacho, señora,
que sabe su obligación, y tiene además un don
de gentes que ya lo quisieran más de cuatro! Yo le
crié; es mi hechura, y a mí me debe su doble
carrera, pues a más del grado en teología y
cánones, es licenciado en derecho. Alguna guerra me
dio cuando estudiaba, porque en la Universidad por poco me
le tuercen. Le tiraba más la filosofía que
la teología, y su comprensión fácil,
su talento flexible le encariñaron más de la
cuenta con los estudios de materias filosóficas y
sociales novísimas. Bueno es saber de todo, y conocer
toda la extensión de las ideas humanas; pero yo dije:
'para, hijo'. Él obstinado en doblárseme, y
yo en que había de ponerle derecho como un huso. Naturalmente,
gané yo: el chico era dócil, respetuoso, y
me quería con locura. Cantó misa diez años
ha, día de la Candelaria, y ahí lo tiene usted
hecho un sacerdote modelo, obscurecido, es verdad, en una
villa de corto vecindario, pero con esperanzas de pasar a
una parroquia de la Corte, o a una canonjía». Contestó
Halma con las expresiones urbanas que el caso requería,
y la conversación, por su propio peso, recayó
en D. Manuel, y en la
-202-
dificultad de sacarle adelante, si
Dios no hacía un milagro. «Para mí -dijo Díaz
con hondísima tristeza-, es una pérdida irreparable,
pues no tengo ningún amigo que pueda comparársele
en lo afable, en lo cariñoso y servicial. Siempre
que yo necesitaba una tarjeta de recomendación, él
a dármela. Sus buenas relaciones con gente principal
eran una bendición de Dios para los que estamos en
esfera más baja. ¡Cómo le quería toda
la grandeza! Y ahí tiene usted a un hombre que hubiera
podido ser obispo. Pero lo que él decía con
toda la modestia de Dios: «No sirvo, no sirvo: es mucho trabajo
para mí». Cada lobo en su senda, y la de Manuel era
fomentar la piedad en las clases elevadas, y dirigirlas en
sus campañas benéficas... Era hombre de tan
extraordinario don de gentes, que su trato lo mismo cautivaba
al rico que al pobre, y con su ten con ten, a todos les enseñaba
la buena doctrina... ¡Dios sabe cuán solo y triste
me quedo sin Manuel en este valle de lágrimas!...
¡Pues apenas tiene fecha nuestra amistad! Él es natural
de Piedrahita, yo de Muñopepe, en el mismo partido.
Juntos nos criamos, juntos fuimos a la escuela, juntos recibimos
la sagrada investidura. Él era casi rico, yo pobre;
él vivía de sus rentas, yo de mi trabajo rudo.
Siempre que necesité de algún auxilio, porque
hay meses crueles,
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señora mía, sobre todo
en verano, cuando se despuebla Madrid, a él acudía...,
¡ay!, y le encontraba siempre. ¡Qué excelente amigo!
Me facilitaba cortas cantidades, sin ningún interés...
¡Ave María Purísima, ni hablarse de ella siquiera!
Me habría pegado. ¡Entro amigos...! Llegaba el invierno,
y yo le pagaba religiosamente. Por Navidad, de los infinitos
regalos que recibe, participo yo. El Señor le premia
tanta bondad, pues sus tierras de Piedrahita siempre le dan
buenas cosechas... Así es que, viviendo con decoro
y sin boato, como un buen sacerdote, tiene sobrantes, con
los cuales pudo costear una excelente escuela en Piedrahita.
Sí señora, una lápida de mármol
dice a la posteridad el nombre del fundador. Pues con estas
esplendideces, aún le sobra, y no hay año que
no compre alguna tierra limítrofe con su heredad.
Propietario generoso, y buen cristiano, no apura a sus renteros,
ni escatima jornales en tiempo de miseria. En fin, que hombres
como este hay pocos. El Señor le quiere para sí;
acatemos su voluntad suprema, y reconozcamos que todas las
grandezas terrenas son ceniza, polvo, nada». Manifestose
doña Catalina conforme con todo esto, y seguían
platicando sobre la vanidad de las grandezas humanas, cuando
el enfermo dio una gran voz, diciendo: «¿Ha venido Modesto?...
Que entre aquí. ¡Modesto, Modesto!».
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Acudió
el Sr. Díaz, y los dos amigos se abrazaron con ardiente
cariño. El sano no podía contener las lágrimas;
el enfermo, debilitado y con el cerebro inseguro, perdiendo
y recobrando a cada momento el sentido y la palabra, no hacía
más que darle palmetazos en el hombro, y sus ojos
extraviados, tan pronto reconocían a don Modesto,
como le miraban con extrañeza y estupor. «Mi buen
amigo -le dijo en un momento lúcido-, te sentí,
y quise que entraras para darte la gran noticia. Ya siento
un gran alivio en mi alma. A mi conciencia le han nacido
alas, y mírame cómo subo hasta los cielos.
¿No sabes? ¡Ay, Modesto, qué alegría! Acabo
de decidir que mi viña del Barranco de Abajo, la mejor
que tengo, sea para ti. Ya es tiempo de que descanses, hombre.
¡Qué león para el trabajo...! Ahora, con tu
viña, que puede darte tus mil cántaras, que
te echen sobrinos. Bastante tienen estas tontas con lo demás
de Piedrahita, y yo nada necesito ya, pues quiero ser pobre
lo que me quede de vida... No te vayas, Modesto, acompáñame,
pues me dan más congojas... y me parece que me he
muerto, y que me han enterrado vivo, y... No, no... que no
me entierren vivo... Yo soy pobre... muy pobre, no quiero
mausoleos, ni que pongan sobre mí una de esas piedras
enormes con letras de oro... No, no quiero
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letras de oro,
ni hebillas de plata. Y en cuando a mi gran cruz de Isabel
la Católica, os digo que no me la pongáis,
cuando me amortajéis... el día de mi muerte.
No quiero más cruz que la de mi Redentor... a quien
no me parezco nada, pero nada... Él era todo amor
del género humano, yo todo amor de mí mismo.
¿Verdad, Modesto, que no me parezco nada... pero nada?».
Procuraban calmarle; pero ni aun podían, con la ayuda
del Sr. Díaz, sujetarle en el lecho, pues dos o tres
veces se quiso arrojar de él, desarrollando una fuerza
nerviosa increíble en su extenuación. «Dejadme
-decía-, no seáis pesadas. Huyo de lo que fui...
No quiero verme, no quiero oírme. Hay un hombre, que
en el siglo se llamó Manuel Flórez. ¿Sabéis
cómo le llamaría yo?, el santo de salón.
Yo no soy él; yo quiero ser como mi Dios, todo amor,
todo abnegación, todo caridad... No entiendo de intereses.
Aquel hacía cuentas, yo las deshago; aquel vivió
en mil vanidades, yo corro detrás de la verdad, ya
la toco, y vosotras, ruines cócoras, no me dejáis...».
El médico, que en mitad de esta crisis apareció,
dispuso remedios que no tenían más objeto que
hacerle menos dolorosa la agonía. La parálisis
de la parte inferior del cuerpo era absoluta. El derrame
se había iniciado sobre la médula, dejando
libre el cerebro. D. Modesto
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Díaz resolvió
quedarse allí toda la noche. Después de las
doce, el moribundo, inmóvil, rígido, descompuesto
el rostro, honda y débil la voz, entornados los ojos,
llamó a su amigo y le dijo: «Modesto, hazme el favor
de leerme aquel capítulo de los Soliloquios de nuestro
Padre San Agustín... Confesión de la verdadera
Fe». -No necesito leértelo, querido Manuel -dijo
D. Modesto, con sus manos en las manos del moribundo-, pues
me lo sé de memoria: «Gracias os hago, luz mía,
porque me alumbrasteis y yo os conocí. Conocíos
Criador del Cielo, y de todas las cosas visibles e invisibles,
Dios verdadero, todopoderoso, inmortal, interminable, eterno,
inaccesible, incomprensible, inconmutable, inmenso, infinito,
principio de todas las criaturas visibles e invisibles, por
el cual todas las cosas son hechas, y todos los elementos
perseveran en su ser, cuya Majestad, así como nunca
tuvo principio, así jamás tendrá fin...».
Y siguió recitando de memoria largo trecho, hasta
que Flórez, que como extasiado escuchaba, repitiendo
algunas palabras, lo interrumpió diciéndole:
«Más adelante, más adelante, Modesto, donde
dice... ¡Ah!, yo lo recuerdo: 'Tarde os conocí, lumbre
verdadera, tarde os conocí, porque tenía delante
de los ojos de mi vanidad una gran nube obscura y tenebrosa,
que no me dejaba ver el sol de justicia, y la
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lumbre de
la verdad. Como hijo de tinieblas...'. Lo restante no se
entendió. Fue tan sólo un murmullo ininteligible,
un pegar y despegar de labios, como si algo saboreara. Doña
Catalina y D. Modesto rezaban, y el ama y sobrina habrían
hecho lo mismo si su copioso llanto se lo permitiera. Llegaron
muchos amigos, y a la madrugada, conservando el enfermo su
conocimiento, aunque turbado, se le dio la Extremaunción.
Pronunció después conceptos incoherentes, sin
conocer a nadie; pero cuando ya era día claro, como
si la luz solar alentase la última chispa del pensamiento
que se extinguía, miró y conoció a la
señora Condesa, y alargando lentamente el brazo hasta
tocar la manga del vestido con su mano temblorosa, le dijo
con voz apagada: «No me olvide en sus oraciones, mi buena
y santa amiga. Dios tendrá misericordia de mí,
el más inútil soldado de la cristiandad militante.
Nada hice de gran provecho: entrar, salir, saludar, consejos
vanos... charla, etiqueta, buena vida, sonrisas... bondad
pálida... ¿Sufrir?, nada... ¿Sacrificio?, ninguno...
¿Trabajos?, pocos. ¡Ah, señora mía y hermana,
de lo mucho y grande que usted hará en la vida mística
que emprende, pídale al Señor que me aplique
a mí alguna parte, por la buena fe con que servía
sus ideas, figurando que las inspiraba! Yo no he inspirado
nada, nada grande...
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Todo pequeñito, todo vulgar...
No fui bueno, no fui santo; fui... simpático... ¡ay
de mí!, simpático. Válgame ahora, Redentor
mío, mi simplicidad, esta pena de no haber sabido
imitarte, de no haber sido como tú, sencillo, amoroso,
manso, de no haber sabido labrar con el bien propio el bien
ajeno, ¡el bien ajeno!, único que debe regocijar a
un alma grande; la pena de no haber muerto para toda vanidad,
y vivido solamente para encenderme en tu amor, y comunicar
este fuego a mis semejantes». Esta llamarada de elocuencia
fue la última, y precedió a la extinción
tranquila y lenta de la vida, sin sufrimiento. Diversas cláusulas
fluctuaron en sus labios, como burbujas: una invocación
a la Virgen, y la idea, la tenaz idea que no quería
soltarle hasta el dintel mismo de la eternidad, que quizás
lo seguiría más allá, haciéndose
también eterna: «No soy nada, no he hecho nada...
Vida inútil, el santo de salón, clérigo
simpático... ¡Oh, qué dolor, simpático,
farsa! Nada grande... Amor no, sacrificio no, anulación
no... Hebillas, pequeñez, egoísmo... Enseñome
aquel... aquel, sí...». Acercándose
mucho a su rostro, pudo el buen Díaz percibir estas
expresiones... La vida se apagó tan mansamente, que
no pudieron los doloridos circunstantes determinar el momento
preciso en que entregó su alma al Señor el
virtuoso
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D. Manuel Flórez; pero aquella diminuta
porción de tiempo, punto de escape hacia la misteriosa
eternidad, se escondía entre los quince minutos que
precedieron a las nueve de la mañana.
Halma
Benito Pérez Galdós
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