  Entrevista con Jesús Campos
Realizada por María
Martín, transcripción de Mª Carmen Jerez
Entrevista realizada en la Universidad de Alicante el 20 de
noviembre de 2002 en el Salón de Actos del edificio Germán
Bernácer, durante el desarrollo de las actividades celebradas con motivo
de la X Muestra de Teatro de Autores Contemporáneos.
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MARÍA MARTÍN (M. M.).-
Jesús, me parece que para hablar de ti no hacen falta
demasiadas presentaciones, sobre todo con este auditorio de «gente de
teatro» y amantes del género que asiste a esta charla. Todos te
conocen perfectamente y conocen tu obra.
Sin duda, a más de uno, igual que a mí, le
llamará la atención un aspecto de tu biografía teatral y
es que has hecho casi de todo; eres un auténtico «hombre de
teatro», porque has sido actor, profesor, gestor teatral, dramaturgo...
¿Qué te falta por hacer dentro del mundo del teatro?
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JESÚS CAMPOS (J. C.).-
Pues... de taquillero.
(Risas.) De taquillero, no he
trabajado todavía. Conozco a algún director que lo hace; claro
que también es empresario, pero no es mi caso. Ahora, desde barrer el
escenario... En fin, de todo.
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M. M.-
Pero fundamentalmente te consideras autor de teatro.
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J. C.-
Es como empiezo. Bueno, como empecé fue de espectador. En
teatro, lo primero que hay que ser es espectador. El teatro es un lenguaje, y
hay que practicarlo; que se haga el oído. Yo lo he dicho siempre, porque
me parece importante. Y se lo digo muy especialmente a los que pretenden
escribir teatro y confiesan sin pudor que ellos no van, que a ellos el teatro
que se hace no les gusta. Como si eso importara.
Yo me inicié de niño, en Jaén, en un circo;
bueno, en una carpa que ponían todos los veranos. Los Arriola, creo que
se llamaban. Noventa estrenos al año. Todos los días estrenaban.
Ensayaban... o mejor, leían las obras por la mañana, y por la
tarde las decían... aproximadamente. Ya te puedes imaginar. Allí
conocí a Benavente, a los Quintero, a Arniches... en una carpa.
También iba al Cervantes, a ver los «Tenorios» y a la
zarzuela. Me veo viendo teatro desde que tenía cinco años. Y eso,
quieras que no, te va haciendo el oído, te afianza en el teatro que
existe, en el teatro que entienden los demás. Y a partir de ahí,
ya haces lo que quieras, todas las transgresiones que quieras. Verás, un
lenguaje no se inventa; se transforma. Y se transforma paulatinamente. Incluso
cuando crees que lo has puesto todo patas arriba, la verdad es que no has
inventado nada. Como mucho, reinventas. Puede, no te digo que no, que alguna
vez pongas algo de tu cosecha, pero son cosas tan mínimas... Nos pasamos
la vida descubriendo el Mediterráneo. Si te fijas, mi teatro no es
más que un cruce, un híbrido entre sainete y teatro del absurdo.
Ese es todo mi invento.
Pero volviendo a tu pregunta. Empecé como espectador. Luego
fui actor en el colegio, y maquillador. En la Universidad, fui ayudante del
regidor con Martín Recuerda. Eso fue Granada. Y a los veinte
años, me la jugué como empresario; al principio, participando en
la producción de
Un sombrero lleno de lluvia y de
La herida del tiempo, que se hizo en el
Eslava, pero de forma muy mínima; y luego ya, con producción
propia, puse en el Recoletos
Nacida ayer, de Garson Kanin. Allí
hice de ayudante de dirección y me encargué también de la
escenografía. En fin, tenía veinte años, o veintiuno, y no
digo que esa fuera la causa, pero me arruiné. Sin un duro, pero que sin
un duro; vamos, que me vi comiendo garbanzos tostados. Y dejé el teatro.
En diez o doce años no quise saber nada del teatro. Aunque, eso
sí, continué como espectador.
Y aquí ya sí, aquí enlazo con tu pregunta.
Cuando vuelvo, lo hago como autor. Escribiendo. Y a partir de ahí, a
veces por necesidad, a veces por gusto, me voy metiendo en todo. Eran cosas que
yo ya conocía, en otras me preparo. Y así hasta llegar a
percibirlo en su globalidad. Yo es que creo que el teatro debe hacerse de forma
global. La autoría, claro; la interpretación es otra cosa. Pero
la autoría, la propuesta es un todo. Hay quien prefiere subdividirla,
allá cada cual; ahora, yo es que lo entiendo así.
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M. M.-
O sea, que por eso se explica tu versatilidad en el mundo del
teatro, porque entiendes el proceso teatral como un todo y eso se ve en tu
dramaturgia...
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J. C.-
Yo creo que sí. Es como quien pinta un cuadro. No hace uno
la perspectiva, otro pone los rojos y otro los azules. Se pinta el cuadro y
punto. Y el teatro es igual, solo que con sonidos, imágenes, palabras...
A mí me gusta abarcar al máximo. Y no es que partiera de una idea
previa; vamos, que no es que pensara que mi teatro debía ser así,
sino que fue surgiendo. Ahora, visto el resultado, creo que hice lo que
tenía que hacer. O si no, a ver cómo solo escribiendo el texto
hubiera podido jugar a crear tensión entre imagen y palabras. Por
cierto, algo que está muy en la onda del teatro que se hace en el mundo.
Claro que lo que yo hago no es violentar la obra con la incorporación de
signos escénicos ajenos al texto, sino que utilizo los signos no
verbales dentro del discurso de la obra.
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M. M.-
Ahí es precisamente, Jesús, donde se ve el rasgo que
define tu obra, ¿no?, el que la caracteriza...
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J. C.-
Pues sí, a toro pasado, yo diría que sí, que
incluir los signos no verbales como parte integral de la obra es una
característica de mi teatro, creo que fundamental. Aunque claro, no solo
del mío, también de otros.
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M. M.-
Por eso esa mezcla de escenógrafo, director y... de todo
¿no?
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J. C.-
Sí, pero no por eso; quiero decir que no he utilizado ese
procedimiento para alcanzar ese resultado, sino que por utilizar ese
procedimiento es por lo que alcancé ese resultado; puede parecer lo
mismo, pero no lo es. Vamos, que si llego a hacer caso a los que me aconsejaban
que me dejara dirigir por otro, por aquello de que una mirada distinta
podía enriquecer mi obra, el resultado no hubiera sido ese. Y es muy
probable... probable no, seguro, que en lo de la riqueza tuvieran razón;
pero como yo no busco la riqueza, sino la expresión, a mí me
expresa más expresarme yo que no que me exprese otro.
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M. M.-
Y por eso ahora estás volviendo al escenario, a participar
en tus obras también como actor.
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J. C.-
Sí, bueno, yo ya había actuado antes. Aunque lo de
ser actor es cosa aparte. Ser actor es lo más. Quiero decir que el
teatro culmina con su expresión pública, por eso actuando es como
mejor te lo pasas. Si no fuera por lo difícil que es dirigirse uno a
sí mismo... Yo es que no sé; por eso siempre que he actuado lo he
hecho después de dirigirle el personaje a otro.
En
Nacimiento, pasión y muerte de... por
ejemplo: tú, que fue mi primer montaje, arrancamos con un trabajo
de taller en el que todos interpretamos todos los personajes. Era una obra
coral; de ahí que, al asignarme alguno de los papeles, yo ya
había podido perfilar el personaje en otros. En
Blancanieves y los 7 enanitos gigantes, el
«Espejito» lo monté con otro actor, pero tuvimos que
sustituirlo... Es lo que ha pasado en algún que otro montaje: en
7.000 gallinas y un camello sustituí a
Enrique Morente -muy fuerte, que me tuvo que enseñar a cantar-, claro
que en aquella ocasión fueron sólo dos días, y lo que
estoy haciendo ahora en
De tránsitos: ya lo monté en
Danza de ausencias; es el mismo texto, que
antes lo presenté con una puesta en escena más compleja, y que
ahora lo hacemos a la italiana, pero vamos, que el trabajo actoral ya estaba
resuelto.
Resumiendo, que no me veo autodirigiéndome. No digo que
algún día no lo haga, pero hoy por hoy... La verdad es que como
mejor te lo pasas es interpretando. Y bueno, que todo no va a ser trabajar.
(Risas.)
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M. M.-
Hay que aprovechar...
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J. C.-
Eso, hay que aprovecharse. Uno va asumiendo funciones, digamos que
ascendiendo hasta llegar a su nivel de incompetencia. Y ahí te quedas,
haciendo justamente lo que no sabes hacer. Mejor dejémoslo en pecado de
juventud que reverdece con la vejez.
(Risas.)
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M. M.-
Hombre, un poco de enchufe con el director ya lo tienes...
(Risas.)
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J. C.-
Claro, claro.
(Risas.)
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M. M.-
A lo largo de tu trayectoria has obtenido numerosos galardones,
hay algunos incluso en los que has repetido, es el caso, por ejemplo del Borne.
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J. C.-
Sí.
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M. M.-
Y ¿qué opinas de los premios?, ¿ayudan en la
carrera?
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J. C.-
Perjudicar, no perjudican. Mi opinión respecto a los
premios... Verás, tendríamos que remontarnos a cuando
existía la censura y no había modo de estrenar. Fue entonces
cuando sentí la necesidad de hacerme un currículo, por existir,
más que nada por existir. Así que puse en marcha una
pequeña industria: aprovechando que tenía secretaria, despacho y
multicopista, hice tiradas -casi ediciones- de todos mis libretos; y
presenté todas mis obras a todos los concursos. En muchos no me
premiaron; en la mayoría, pero en otros muchos, sí. Visto desde
fuera, podía parecer una carrera meteórica -alguien lo dijo
así-, cuando en realidad era el resultado de un buen trabajo de
promoción. Esto funciona así: existes, también por lo que
escribes, pero, sobre todo, por el invento de la multicopista.
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M. M.-
Bueno, tampoco hay que ser tan modesto porque la
culminación ha sido importante. Estamos hablando del Tirso de Molina y
del Nacional de Literatura Dramática el año pasado..., esto no
puede ser fruto de una mera promoción...
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J. C.-
Sí, pero fíjate como también eso tiene mucho
que ver con lo que te decía. Los dos premios, en sí, tienen su
importancia, pero ¿qué fue lo más importante? Que me los
dieron en la misma semana. Un martes uno, y al siguiente el otro; mira
tú qué pena no haberme presentado al Lope, que se falló el
jueves, y haber buscado el trío.
(Risas.) Aunque la pareja no
está nada mal. Como verás, me favoreció la coincidencia. Y
que no digo que no importe lo que escribes, claro que además tienes que
saber escribir, pero que importa más que seas capaz de generar noticia.
Y da igual si es como ahora, por casualidad, o porque te lo trabajas a base de
multicopista.
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M. M.-
Con más de veinte obras publicadas y con una trayectoria
(aunque digas que era cuestión de multicopista) con tantos premios, ha
habido una evolución a lo largo de todos estos años.
¿Dónde consideras que está esa evolución que se ha
visto y cuáles son los rasgos que todavía permanecen en tu obra?
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J. C.-
Más que la obra, yo creo que, lo que evoluciona es el
conocimiento que tienes de la obra. De hecho, lo que yo pueda teorizar hoy
sobre mi teatro, ya estaba en mi teatro cuando no era consciente de que estaba
allí.
Los signos no verbales que utilizo en
7.000 gallinas y un camello, por ejemplo. Y
no digo con esto que no supiera lo que hacía, sino que jamás se
me hubiera ocurrido analizarlo. La obra comenzaba con una orquesta de
cámara interpretando en vivo -en directo, que diríamos hoy-
La Primavera de Vivaldi. Una orquesta un poco
decadente con su sirena, un «Frankenstein», un maniquí
-inmóvil- o un mimo que tocaba sin violín, entre otros. Cuando
irrumpen las gallinas. Al principio, solo el cacareo, y la orquesta sale
despavorida. Sillas por el suelo, el director volando por los aires, y aparece
un muro de gallinas, jaulas atestadas de gallinas. 7.000 decíamos, pero
reales solo había 300, que las de atrás eran de gomaespuma.
¿Te imaginas el María Guerrero oliendo a gallina? ¡A
estiércol de gallina! Tres meses tardaron en sacarle el olor. Un signo
no verbal que ni te cuento. El olor y las gallinas. Porque es que era una
escenografía viva, que se movía. ¿Te imaginas? El actor
daba un grito, y las gallinas armaban tal alboroto que no veas cómo se
potenciaba la tensión dramática.
Era el marco ideal para una historia cotidiana. La obra, en su
bloque central, era eso, una historia cotidiana en la que, a fin de cuentas,
aunque había una intriga, no pasaba nada. Eso sí, ocurrían
cosas... con su intención. Cuando mataban la gallina -bueno, no es que
la mataran, que teníamos una trucada-,
(Risas.) le tirabas del cuello y
agitaba las alas; impresionante; pero no era real. Matar animales en el
escenario me parece una monstruosidad. Pues eso, elegían la menos
ponedora, y al puchero. Sin subrayarlo, con naturalidad. Decir que esto se
entendía como un alegato contra la pena de muerte, hoy resulta
desproporcionado, pero la época daba para eso y para más. La
función cuestionaba, sí, la productividad, con las jaulas, con la
música -la misma que interpretaba la orquesta de cámara, y que en
la granja, con un tocadiscos, se utilizaba para mejorar la puesta-. Y
había otras cuestiones: los paseos continuos subiendo cubos de agua, que
evocaban el mito de Sísifo, o el binomio camello-gallinas,
utopía-realidad. Pero ya te digo: la función que leías en
el texto era, en apariencia, un relato de la cotidianidad, sin aparente
contenido crítico. Y esa fue, sin duda, la causa de que la premiaran con
el Lope. Otra cosa, ya, fue cuando empecé a pedir, cuando
presenté el plan de producción. La exigencia de que las gallinas
fueran reales... no digamos ya el camello que utilizaríamos en la
promoción. Bueno, lo del camello levantó ampollas. O la orquesta,
la acotación decía que se oía una música, no que
tenía que ser interpretada en directo por una orquesta de
cámara.
Al final, pasaron por todo, y puede que, como no era evidente,
sino sugerido, pues ni se dieran cuenta, pero el verdadero discurso de la
función no estaba en el texto, sino en las jaulas, en los animales, en
el olor y en la música; sobre todo, en la música.
La Primavera, que al comienzo se interpretaba
en un entorno suntuario, y que en la granja se utilizaba para mejorar la
productividad de las gallinas, al final, cuando la cantaba Morente,
probablemente por las connotaciones del flamenco, te cogía y te
hacía mirar el futuro con esperanza. Te recuerdo que esto fue en el
75/76. Hubo algún crítico de la extrema derecha que dijo no haber
entendido nada. Lógico.
Y esto que te cuento de mi segundo montaje, podría decirlo
igual del primero. En
Nacimiento, pasión y muerte de... por
ejemplo: tú utilicé la música, los ruidos o las
imágenes para hacer fundidos que articularan las escenas. Y no es que
fuera un recurso de puesta, es que era el único hilo conductor que daba
unidad a una serie de situaciones que, aparentemente, no tenían nada que
ver las unas con las otras. Al final, sólo, era cuando se
entendía que estábamos representado la biografía de una
generación. De ahí la coherencia de que fuera el entorno de
signos lo que le diera unidad.
Sí, los signos no verbales siempre fueron
importantísimos en mi teatro. Yo diría que mi juego ha estado un
poco por ahí: golpear con la imagen y matizar con la palabra. Y si ha
habido alguna evolución, ha sido en su control, en la
dosificación. Y es que, al ser consciente, temes que puedan estar
ahí no porque lo demande la función, sino como un recurso...
¿cómo te diría?, la voluntad de estilo. Y bueno, que, al
final, siempre cabe el peligro de que te pases con el control.
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M. M.-
Además, la mayoría de tus textos sí que
tienen un aparato de actualidad... y precisamente, esa desconexión con
el mundo actual y sus preocupaciones es un aspecto que se le critica a menudo
al teatro contemporáneo, que parece al margen del bien y del mal (en
sentido metafórico, claro) ¿no?, se dice que hay poca
unión entre los temas del teatro y los temas de actualidad. Sin embargo
en los temas que tú estás comentando sí que existe esa
relación y un ejemplo puede ser
Naufragar en Internet, ¿no?
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J. C.-
Sí, en
Naufragar en Internet o en cualquier otra.
Ayer mismo representábamos aquí, en Alicante,
Danza de ausencias; bueno,
De tránsitos, que ya te he dicho que
es lo mismo. Pues bien, alguien que no la hubiera visto podría pensar
que, al ser una evocación de la danza de la muerte, pues que me estaba
dando una vuelta por el Medioevo. Y no: las piezas, tres monólogos,
tratan temas de hoy. El primero, el de la violinista -que, buscando
paralelismos con los personajes de las danzas originales, equivaldría a
la dama-, trata de la difícil convivencia del violín y el
revólver -ella estuvo casada con un militar-, o de esa implacable
fascinación dentro de la misma familia -o de la misma
civilización- por el arte y por la guerra. El que yo hago, que
sería el equivalente al leñador, trata de un chatarrero
internacional, un hombre de empresa hecho a sí mismo que va perdiendo el
control de su familia y de su negocio; que está perdiendo el control de
la realidad. La peripecia es la discusión, el lío que se arma
cuando la familia quiere comprar un coche reventado a precio de escultura, pero
esto es el pretexto; la función, de lo que trata, es de su
pérdida del control de la realidad. En el de la Marquesa, en cambio, el
tema podría parecer más intemporal; el personaje es el
equivalente al del rey. El poder perpetuándose o la muerte de una clase
social. Pero intemporal no tiene por qué significar alejado de la
realidad. El teatro, tal como yo lo entiendo, no tiene sentido si no se nutre
de la realidad, si no la expresa; luego uno puede reelaborarla -hay que
reelaborarla-, pero no hay más materia prima que las vivencias, nuestra
relación con el entorno.
Pero te cuento de
Naufragar en Internet, que es a la que has
hecho referencia. Cierto que trato un tema de rabiosa actualidad, el de
«la información» o el de «el exceso de
información», aunque, en esta ocasión, la Red no sea, como
pudiera parecer, el meollo de la cuestión, sino su metáfora.
Daniel dialoga consigo mismo, con su pasado, con los recuerdos que le vienen a
la memoria. Por teléfono, o en la pantalla del ordenador, trata de
convencerse a sí mismo de que la realidad no es la que fue. Pero los
cables surgen por todas partes. Cincuenta kilómetros de cable lo
enmarañan. Una imagen y una historia, la que cuenta al negar lo que
ocurrió. Y así hasta naufragar entre cables. La muerte como
culminación de la confusión. Como verás, Internet es solo
la metáfora. Aunque, claro, puede que sea al contrario.
La muerte es un tema recurrente en mi teatro. También tengo
obras en las que no se muere nadie, pero son las menos. Y es que la muerte es
la gran incógnita. La muerte es el misterio que necesitamos
desentrañar. Sin la muerte no existiría la religión, ni la
filosofía, ni el arte. La muerte es lo que genera nuestra mentalidad
simbólica. La muerte y nuestro deseo de trascender. Leí hace unos
días que los faraones, para asegurarse la inmortalidad, encerraban su
nombre en un cartucho. Y en cierta forma, es lo que hace Daniel cuando asume
que va a morir. «Entiérreme en un cederrón», dice,
que es tanto como decir: tome mi nombre, mi imagen, mis vivencias, y
guárdelo todo para la eternidad. Con lo que volvemos a lo mismo: somos
nuestras vivencias, y sólo las vivencias pueden expresarnos.
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M. M.-
Es decir, que realmente no estás de acuerdo con esa
crítica que se le hace al teatro contemporáneo sobre la falta de
actualidad en su temática, sobre el querer redundar siempre en los
mismos aspectos y en los temas más recurrentes...
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J. C.-
Yo... no sé. Me cuesta hablar de los compañeros.
(Risas.) No, de verdad, en serio,
no tengo ese juicio crítico, desapasionado, que considero imprescindible
para enjuiciar la obra de los demás. Ahora, como espectador, yo ese
problema no lo veo. Claro que las conexiones entre ficción y realidad
puede que no siempre sean lo suficientemente explícitas, pero quiero
pensar -es que no lo puedo entender de otra manera- que los temas, por oscuros
que nos puedan parecer, siempre han sido extraídos de la realidad. Yo es
que es así como trabajo; no sé cómo lo harán los
demás; ahora, a mí me gusta que sea la obra la que me elija a
mí, que sea el tema el que me salga al paso. Hay que estar atentos, pero
no es difícil, basta con detectar el material dramático, la
situación conflictiva y desarrollarla sin preocuparte de hacia
dónde va.
Así fue como escribí
Es mentira. Siempre lo he hecho así, o
casi siempre, pero probablemente esta sea la obra en la que mejor se ve, vamos,
la que me permite explicar mejor cómo trabajo. Bueno, antes
tendría que contarte... Verás, unos siete años antes de
escribir la obra -en aquella época es que ni escribía-, pues
había vivido una experiencia, digamos impactante. Estaba haciendo una
obra de decoración, y en el piso de arriba -no en el sótano, como
pongo en la obra, sino arriba-, hubo una fuga de agua, una avería, y al
subir a arreglarla, nos encontramos con que había una mujer... Estaba
sola, sin muebles; bueno, un colchón hecho trizas. Y un olor... Estaba
acurrucada en un rincón. Y bichos había... ratas, cucarachas,
chinches... qué sé yo. Por lo visto, era la hermana quien la
tenía encerrada. Decía que estaba loca. En fin, denunciamos el
caso, y la llevaron a un sanatorio, creo. Hubo que desinfectar, claro, y,
finalmente, los del local de abajo se quedaron con el piso para ampliar el
negocio. Que, por cierto, dicho sea de paso, la instalación
también la hice yo. Qué cosas, ¿no?
Pasado un tiempo, y después de haberlo olvidado, me
acordé. Algo, no sé, lo trajo a mi memoria. Y entonces sí
escribía. La situación era de una teatralidad total: una mujer
encerrada entre ratas. «¿Qué haría?», me dije.
Jugaría con ellas, ¿no? Y como quien se sienta en la butaca para
ver la representación, yo me senté a escribir a ver lo que
pasaba. Ella estaba junto al muro, atada a unas argollas; aunque eso lo
incorporé luego, en el ajuste, en la corrección. El arranque
tiene algo de patio de vecinas, o de niños jugando en el recreo. Y
cuando las ratas la chinchan, cuando la mortifican, ella se revuelve, pero, de
algún modo, también las acepta. Son su única
compañía. Y, sin saber por qué, me viene a la cabeza:
«Llama a Santa Teresa». «No puede ser», me digo. Y es
que si ya lo de las ratas era un rato complicado, lo de Santa Teresa era un
berenjenal. A mí es que me gustaría hacer teatro normalito. Pero
se te ocurre, y si se te ocurre, tiene que ser por algo. Quieres saber por
qué. Qué es lo que ha provocado la asociación de ideas.
Fue un momento... Ha habido otros. Pero fue un momento de los más
excitantes, de esos en los que sientes que escribir es una aventura. Y dices:
pues que baje, a ver qué es lo que pasa. Y baja. Del Cielo, claro,
sentada en una nube. Luego entiendes por qué; la situación
sórdida con las ratas estaba pidiendo a gritos una elevación,
probablemente con la misma lógica con la que en la vida real
establecemos la relación con Dios.
No voy a contar la obra con detalle, no es el momento, pero se
oyen disparos que las ratas dicen que son de caza, ella cohetes y la hermana
barrenos; los distintos modos de percibir la realidad, siempre en
relación con lo que esperamos de ella. Aunque el núcleo
dramático está en torno al enfrentamiento de las dos hermanas:
una mata a la otra por haberla encerrado, y la otra la encierra por haberla
matado. Es como un sinfín que nos remite al enfrentamiento de dos
mentalidades; alguien diría de las dos Españas. Pues eso. Ah, y
como todo lo contamina todo, según avanza... según la obra
avanza, las ratas se incorporan, caminan como personas; la hermana, cuando
entra, tiene cuerpo de rata, medio cuerpo de rata. Incluso Matilde llega a
decir: «rata soy, de las ratas espero, a las ratas me encomiendo».
Y se resuelve... La obra se resuelve con una ejecución: atada al muro,
como estaba al principio, con un juez rata, un sacerdote rata, un
pelotón de ratas y la hermana, vestida de funcionaria de prisiones,
también rata. «Preparados. Apunten. Fuego». Y los disparos
de caza, los cohetes, los barrenos, resultan ser el eco de otras ejecuciones,
con lo que finalmente la obra entra en razón. Bueno, en la
sinrazón de las pesadillas. Yo la obra la entiendo así, como
alucinaciones; lo que ocurre en la mente de Matilde momentos antes de su
ejecución.
Es meses después de acabar la obra cuando caigo en la
cuenta... No es que no lo supiera, que yo había estado en las
manifestaciones, vamos en las revueltas, pero hasta ese momento jamás lo
había relacionado. Y es que, unas semanas antes de ponerme a escribir,
fue cuando fusilaron a aquella pobre gente en Hoyo de Manzanares y en
Campamento; los últimos fusilamientos de la dictadura. Y aquella
presión que estábamos viviendo tenía que explotar por
algún lado. Ahora, en ningún momento se me pasó por la
cabeza escribir sobre una cosa así. Quiero decir que me hubiera parecido
una frivolidad: que maten a alguien y tú te pongas a escribir teatro.
Echarse a la calle es lo que había que hacer. Aunque luego, pues eso,
acabas escribiendo, que es lo que sabes hacer. En cualquier caso, y si
tenía que escribir, mejor así. Siempre es mejor dejar que las
cosas afloren; y si no afloran, pues será que no tenían que
aflorar. Procuro escribir lo que tengo necesidad de escribir, lo que no puedo
evitar escribir. Trabajar al margen de todo propósito y abierto, eso
sí, al más mínimo estímulo. Como
comprenderás, escribiendo así, es muy difícil hacer un
teatro que no tenga que ver con la realidad.
La clave está en poner de tu parte lo menos posible,
escribir relajado, lo que no tiene nada que ver con que la obra no tenga
tensión. Es, ¿cómo te diría? Una relajación
expectante. O mejor, una disposición receptiva. Dejar que lo que hay en
tu interior se manifieste. Yo esto lo aprendí... mejor sería
decir lo experimenté, haciendo ejercicios de expresión corporal,
cuando me preparaba como actor. Hay que dejar que la energía fluya sin
que nada condicione el resultado. Si mueves una mano, es fácil de
entender cuándo el movimiento llega hasta donde lo lleva la primera
energía y cuándo se detiene o continúa como resultado de
una rectificación de nuestra voluntad. Cuándo el movimiento es
orgánico y cuándo se modifica como consecuencia de una idea ajena
al movimiento. Entendido esto, lo fácil fue aplicarlo a la escritura.
Elijo la situación, es decir, lanzo la energía y dejo que sea la
función la que se escriba. Bueno, como comprenderás, esto es solo
una aspiración; que a la función, unas veces más, otras
menos, siempre hay que ayudarla. Ahora, entre lo que escribe ella y lo que
escribo yo, te puedo asegurar que siempre lo peor es lo que escribo yo.
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M. M.-
Entonces se podría decir que tu forma de crear parte de una
crítica subyacente, en principio inintencionada, de la que deriva una
asociación de ideas que se produce en el propio proceso creativo y es la
que te lleva al texto definitivo, ¿no?
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J. C.-
Sí, claro, abierto a lo que surja. Y que conste que a veces
me surgieron cosas bastante raritas. Ahora, fíjate, cuando pasa eso, yo
ya sé que voy por buen camino. Por un lado, me aterra, claro, pero por
el otro... En
A ciegas... Verás, te cuento lo que
pasó en
A ciegas. Yo había decidido no
escribir teatro, así, como suena. Es una decisión muy frecuente
entre los que escribimos. Porque no es que cueste estrenar, que cuesta; es que
cuando estrenas, entre que los medios nunca son los que debieran, y que la
profesión anda algo dispersa, no sé qué pasa, pero nunca
te quedas satisfecho. Y ni te cuento las dificultades a la hora de distribuir.
La verdad es que se te quitan las ganas.
Pero claro, como tienes esa necesidad, pues acabé haciendo
lo que todos: buscarle las vueltas a la decisión. Así que, sin
desdecirme de nada, me propuse escribir un guión de radio. Lo primero
que me planteé fue el espacio escénico -mi obsesión por
las imágenes-, y así fue como se me ocurrió que la obra
sucediera en la oscuridad, que era la única escenografía que
podía transmitir por radio. La oscuridad fue el punto de partida. Y es
entonces cuando se me ocurre que empiece con un grito. «¿Pero un
grito, de qué?». «De parto», digo. Y como si ya
hubiera oído su voz, yo mismo me extraño. «Pero si es un
hombre. ¿Un hombre de parto?». «Ya estamos». El
recuerdo de un par de películas que habían tratado el tema no era
un referente cultural... así, como para apetecer. Pero, por otra parte,
meter en cintura esa situación era un desafío. Y les puse a
dialogar. No había escrito ni cuatro intervenciones y ya tenía
claro que aquello era teatro. Y es que mandar la oscuridad por radio era un
modo de resolver que no hubiera escenario, pero situar al espectador en la
oscuridad y hacer que la obra ocurriera junto a él era una
tentación tan grande que me dejé de gaitas y me puse a escribir
teatro.
Una de las satisfacciones que me produjo esta función fue
que, eliminada la vista, pude redescubrir el valor de los otros sentidos. Salvo
el gusto, que no venía a cuento, el olfato, el tacto y, sobre todo, el
oído. Tenía tantos recursos... Podía hacer que vibrara el
suelo, o que un edificio se derrumbara. O cosas más sutiles: abrir un
cajón, romper un plato o barrer en la oscuridad, adquirían otra
dimensión. Hacer que salpique el agua; estás en medio del oleaje
y te salpica el agua. Y el viento. O, imperceptiblemente, sentir que huele a
mar. Lo de «imperceptiblemente» era fundamental. Todos los que
estábamos en la técnica lo teníamos muy claro: «en
cuanto el espectador piense en nosotros, estamos perdidos». Pero
volviendo a la historia: los ruidos de guerra acabaron por situar el parto en
el centro de un bombardeo, de una guerra endémica, la guerra de todos
contra todos. Y es que, ocurra donde ocurra, mientras haya una guerra, la
humanidad sigue estando en guerra. La obra, que había empezado de un
modo muy... concreto, se va convirtiendo así en una alegoría. Hay
un hombre que piensa, en el que se contienen todos los pensadores de la
humanidad, y hay un hombre que actúa, que es el que lleva a cabo las
aventuras de los hombres de acción. Y entonces llega la comadrona.
La llegada de la comadrona fue un momento realmente duro. Y es que
no más entrar me doy cuenta de que es un extraterrestre. Como si ya no
fuera bastante con el hombre embarazado. Pero esto es así; si te viene a
la mente, tiene que ser por algo. Y la función avanza entre remedos
filosóficos y coñas marineras. También sacándole
partido a la oscuridad; un espectador en la oscuridad daba mucho más
juego que un mero catálogo de efectos. Así que de sorprenderle
con el cambio de posición de los actores, o con los ruidos del cuarto de
baño, pasé a que la casa resbalara por la pendiente o a que
flotara en el mar en medio de un bombardeo. No había límites; un
espectador en la oscuridad, igual que hace el lector, ayudaría con su
imaginación, que fue lo que ocurrió.
Todo muy bonito: el agua, los dolores, y así hasta la
culminación del parto. Pero ¿para qué? Era una
función que no llevaba a ninguna parte. Yo siempre había dicho
que, trabajando así, si finalmente no cuajaba en nada, pues se tiraba y
listo. Y eso fue lo que hice. Lo guardé en un cajón y lo di por
perdido. Decepcionante. Por fortuna, año y medio después, vuelvo
a leerlo y veo que algo no encaja. Quiero decir con esto que todo lo que existe
en un texto debe existir en función de algo. Y, al volver a leerlo, todo
respondía a una lógica interna, excepto un pasaje, el de San
Agustín; que no es que estuviera mal, en sí, tenía su
gracia, pero que lo quitabas y no pasaba nada. Un fallo tan de bulto que era
como para preocupar.
La cosa era así: el hombre que piensa, que en ese momento
dice ser San Agustín, cuenta cuando estaba en la orilla del mar,
tratando de meter el agua del océano en un hoyito; el cuentecillo ese en
el que te explican cómo el hombre, tan pequeño, no puede
comprender el Misterio de la Santísima Trinidad. Recuerdas, ¿no?
Algo con demasiada entidad como para que no tuviera que ver con nada. Y fue
entonces cuando caí en la cuenta: «Son ellos. Qué
jodíos. Son ellos». Y toda la
función cobró sentido. Desmontando la historia, ellos mismos lo
explican; la Santísima Trinidad es una alegoría de la humanidad.
El Padre y el Hijo representan la sucesión de los cuerpos, y el
Espíritu Santo la sabiduría, o el conocimiento, la idea que se
transmite a través de los cuerpos: «¿Qué
creían, que la Santísima Trinidad era una paloma volando sobre
dos señores con barba sentados en una nube? Las artes plásticas
le han hecho mucho daño al mundo de las ideas». Y así, sin
proponérmelo, la obra acababa siendo un auto sacro -Calderón,
otro de mis juguetes de infancia:
El gran teatro del mundo, La cena del Rey
Baltasar-. «El hombre que piensa», que era el embarazado, era
sin duda el Padre, y «El Hombre que actúa», el Hijo. El
pensamiento, padre de la acción; hasta ahí estaba claro; lo del
extraterrestre, en cambio... La circunstancia de que fueran tres... Y que me
divertía tanto que apareciera con forma de paloma. Porque esa fue otra:
al final se les veía, fue entender lo que eran, y sentí la
necesidad de mostrarlos; por otra parte, nada más lógico que
resolver la oscuridad con la luz. Pero ya te digo, con lo del extraterrestre,
digamos que hice trampa; vamos, que tuve que mirar para otro lado, pero es que
era tan fuerte el que todo lo demás encajara, que me dije: tampoco hay
que ser perfectos. Y así quedó la cosa, hasta que, ya estrenada
la obra, un día vino a verla José María Torrijos, un
crítico teatral, que entonces supe que era padre agustino. Quedó
encantado y me explicó cosas sobre el pensamiento agustiniano y la
oscuridad que yo desconocía y que ni por asomo hubiera imaginado. Lo vi
tan entregado a la función que me sentí en la obligación
de confesarle la ligereza con que había convertido al extraterrestre en
Espíritu Santo. Me miró extrañado y dijo: «En
absoluto; es Pentecostés: llega y explica». Y efectivamente, es lo
que hace el extraterrestre: explicar la situación desde otro plano.
Así que yo, por mí, pues punto en boca. Me lo estaba diciendo un
agustino, que siempre sabrá de esto más que yo, ¿no?
(Risas.)
Probablemente, de mis obras, esta sea la más abstracta o la
menos realista. Nada que ver con que no se entienda, que se entendía
todo, que había que ver al público cómo seguía la
función en la oscuridad. A oscuras y hablándoles de Hegel, de
Platón, de Nietzsche. Tenemos una idea muy equivocada sobre qué
es lo que le puede interesar al público. Quisiera que hubieras visto las
representaciones que dimos en Manzanares, una ciudad fundamentalmente
agrícola y, sin embargo, con un público mucho más
receptivo que el de Zaragoza o Salamanca; que no es que allí no gustara,
que a quien fue le gustó; sólo que no fueron. ¡Ah!, y
decía que era abstracta por lo insólito de la peripecia, porque,
si te fijas, es una obra con carpintería; ya, ya sé que eso no
está de moda, pero mira, la carpintería es como decir... el
oficio, los saberes de la tradición. Yo entiendo a quienes renuncian a
ella porque no les interesa, porque la desconocen, o por las dos cosas a la
vez. Pero me molesta el tono despectivo con que la citan. Nuestro trabajo
consiste en construir ficciones, y eso, quieras que no, requiere una estructura
-la ordenación de las informaciones-. Pues bien, la carpintería
es eso, la estructura depurada por el uso. E insisto: entiendo que haya quien
no quiera escribir sonetos, pero... un respeto. Yo creo que lo importante es
utilizar lo que te exprese, que cada cual tire de su bagaje, pero sin
fundamentalismos. En cualquier caso, yo no tengo opción, porque es que a
mí las funciones me vienen construidas hasta cuando no quiero. Supongo
que será... -bueno, supongo, no; seguro- por los muchos miles de
representaciones que llevo en el cuerpo.
Perdona, que he vuelto a irme por las ramas. Te decía...
¿Qué te decía? Ah, sí, lo de la peripecia
insólita. ¿Y por qué insólita? Por las asociaciones
imprevistas, la inspiración, que diríamos si fuéramos
antiguos, pero al ser contemporáneos, pues tenemos que dar todos estos
rodeos. En fin, esas ocurrencias que te dejan frío y que te ponen a cien
de una tacada. Por cierto, ahora que sé que las ocurrencias ocurren,
ahora que espero que ocurran, me ocurren menos. Paciencia y a esperar.
Así, mientras, voy escribiendo funciones normalitas, de las que a
mí me gustan, y no estas cosas oscuras que te quedas a medias y no sabes
por dónde seguir.
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M. M.-
O sea, que lo más difícil no es pensar la obra sino
conseguir acabarla... y supongo que también cuando la tienes totalmente
terminada y la relees... tendrás que pensar cómo
vendérsela al teatro en el que quieres representar ¿no?
(Risa.)
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J. C.-
La verdad es que cortarme en seco y no tener ni idea de
cómo acabar, sólo me pasó en esta. Que el resto,
más o menos, pues lo vas intuyendo; quiero decir que, según las
escribes, entrevés el final y ya trabajas en esa dirección.
Ahora, quedarme en blanco y que sea la obra, ella solita, la que se resuelva,
sólo me pasó en esta, lo que me hace pensar que debe ser de las
mejores.
(Risas.) Si no la mejor. Porque, lo
que es yo, puse muy poco de mi parte.
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M. M.-
Los expertos teatrales te incluyen en la corriente que denominan
del Nuevo Teatro Español, ¿cómo definirías esta
corriente?
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J. C.-
De eso sí que es verdad que no te sabría decir lo
más mínimo. Y tú hablas de corrientes, que tiene otro
pasar, pero es que lo del Nuevo Teatro Español se vende como una
generación. Y a mí lo de las generaciones, como cualquier otro
sistema de etiquetado, puede tener utilidad pues... no sé, para el
manejo a la hora de investigar, pero en la práctica, lo de las etiquetas
sólo sirve para que te pongan fecha de caducidad. Es una
perversión del sistema: primero, el apoyo a la juventud -un regalo
envenenado, porque a la juventud hay que apoyarla con la exigencia, y no con el
halago-, y antes de que afiles tus uñas, te apuntan en la lista de los
prejubilados. Te pasan de «este chico promete» a
«lástima que no cuajara en nada» en un abrir y cerrar de
ojos. Y es el señuelo de la juventud como coartada, argucias para
quitarse de encima competidores en un oficio en el que sobran aspirantes y
apenas si hay plazas de ganador. A veces te tienes que reír cuando
alguien te dice que él es de otra generación porque ha estrenado
por primera vez tres meses después de que muriera el dictador, cuando
yo, en cambio, lo había hecho siete meses antes. Que se preparen mis
queridos compañeros los «bradomines», los más
crecidos ya lo van entendiendo: o se dejan de capillas fundamentadas en la edad
o acabarán segándoles la hierba bajo los pies.
Otra cosa, ya, son los troncos culturales, las corrientes, que
tú decías, pero no los compartimentos estancos. Corrientes que
fluyen, modos de hacer, influencias, y eso nada tiene que ver con la edad, ni
con cuándo empiezas, ni con la mesa del café en la que te
sientas. Mira tú los conceptistas y los culteranos: un siglo
peleándose y no sabían, los pobres, que todos juntos eran el
Barroco. Hoy avanzas y, mañana, pues retrocedes; esto es según te
pida el cuerpo. Fíjate, Mamet, tan asentado en el realismo; qué
digo en el realismo, en el hiperrealismo -por cierto, que las
Gallinas, que antes olvidé decirlo,
era hiperrealista, en el 75-; bueno, pues ahora yo veo en su teatro una cierta
tendencia al absurdo. Son flujos y reflujos. A mí me gusta pensar que
los recursos están ahí, al alcance de la mano, y que se cogen
según se necesitan. De hecho, lo ideal sería que cada obra
tuviera vida propia. Yo, es lo que pretendo, aunque luego venga un amigo y te
diga: «Se nota que es tuya». «Ah, pues yo creía que
no».
(Risas.) Nada me aterra tanto -por
eso mi rechazo a las etiquetas- como sentirme condicionado por un modo de
hacer, aunque sea el mío.
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M. M.-
¿Quieres decir que la evolución propia de cada autor
es la que hace incorporar novedades?
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J. C.-
Sí, claro, pero lo que te decía: cada obra tiene que
tener su propia expresión. No se dice lo mismo «Te quiero»
que «Te odio», y en la expresión artística, pues
ocurre lo mismo. Hay que estar más atento a lo que dices que a
cómo se espera que debes decirlo. Lo de la moda está bien para la
alta costura. Yo procuro que «lo que digo» y el «cómo
lo digo» se vayan conformando el uno al otro.
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M. M.-
A lo largo de toda esta trayectoria ¿cuáles son las
obras que consideras que han marcado los hitos en tu carrera?
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J. C.-
Furor fue la primera, una obra realista,
ingenua, si quieres, en algún momento, pero en la que puse mucha verdad.
El enfrentamiento brutal entre sexo y muerte; lo revolucionario y lo
conservador -no hay nada más conservador que un entierro-. Creo que es
una situación que merecería la pena rescatar, y he pensado
incluso en reescribirla, aunque nunca encuentro el momento; probablemente,
porque, a pesar de sus torpezas, esté bien como está. Y es que,
mira, se corresponde con una época y con una edad.
Ahora, la primera de cierta significación fue
En un nicho amueblado, que, por cierto,
ganó el Premio Arniches, de aquí, de Alicante.
En un nicho... fue la obra en la que, por
primera vez, vi que la escritura caminaba sola por lugares que yo no
había previsto. La obra parte de un sueño: van a enterrarla viva;
lo soñé; al parecer, se les murió en una excursión,
pero sigue viva. Esa era la situación. Que te entierren vivo es una
situación bastante dramática, ¿no? Ahora, según la
obra avanza, los preparativos del entierro más parecen los preparativos
de una boda. Aquí sí que están claras, donde más,
mis dos influencias principales: la carpintería del sainete y la
atmósfera del absurdo. La función se resuelve con un alegato
contra el matrimonio, o su significación social. La boda, para la mujer,
entonces, o el acceso a la profesión en el hombre, conducían al
entierro en vida, al entierro en un nicho -o en un hogar- amueblado.
Con independencia del valor que la obra pueda tener en sí,
para mí fue un trabajo de los que apuntan, de los que abren caminos.
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|
M. M.-
¿Qué otras destacarías?
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J. C.-
Yo te diría que
Patético jinete del «rock and
roll», que es con la que estoy ahora. Mi irrupción en el
teatro geriátrico; un género con mucho porvenir que
debería fomentarse desde el Ministerio de Asuntos Sociales. Sí,
sí. Al igual que el Injuve apoya a los bradomines, a nosotros nos
debería ayudar el Inserso.
Y también destacaría la que acabo de escribir:
La fiera corrupia, que, por cierto, junto a
Blancanieves y los 7 enanitos gigantes, son
mis dos únicas obras de teatro para niños: una escrita cuando mis
hijos estaban en edad, y esta, de ahora que tengo nietos. La demanda, supongo,
del espectador.
La fiera..., en cualquier caso, era una obra
que estaba cantado que la tenía que escribir. Verás, yo
también tuve un teatrito de cartón, un juguete muy común a
finales de los cuarenta, y en él representaba la leyenda de San Jorge y
el dragón. Una historia, por desgracia, de actualidad; que los dragones
aún siguen merodeando por las ciudades.
Ah, y me olvidaba el
Triple... Hay quien dice que
Triple salto mortal con pirueta es mi mejor
obra. Yo, la verdad, no sabría decir... Desde luego, fue escrita sin
ninguna pretensión. De hecho, la empecé como ejercicio, para
hacer mano. Lo suelo hacer a veces: cojo papel y boli, y los pongo a dialogar
para ver quiénes son por lo que dicen. Bueno, pues resultaron ser una
pareja, y mira, tenía cierto interés; es más,
llegué a pensar que podía haber función. Y en esto estaba
cuando, de repente, en el acaloramiento de la pelea, ella coge y lo mata.
¡A los veinte minutos! Me sentó mal, porque me cortó el
rollo, pero bueno, me dije: «Voy a seguir a ver si soy capaz de jugar la
situación a la inversa». Pues bien: antes de que ella lo matara a
él, ya tenía claro que había función y que
habría que estrenarla. Fue pensarlo, y no te puedes imaginar la
preocupación que me entró por el gasto que íbamos a tener
en tintorería. Mentalidad de empresario. Porque tenía que haber
sangre: le hinca unas tijeras; no podía no haber sangre. La verdad es
que me quedé un poco desconcertado. Hasta que pensé que lo mejor
sería «hacer del vicio virtud». Si tenía que haber
sangre, que la hubiera, que estuviesen siempre ensangrentados, desde el primer
momento. Y así fue como la sangre -una imagen-, se convirtió en
la pieza clave de la función. Estoy seguro de que esto a más de
uno no le parecerá serio, pero a mí me ayudó a entender no
sólo el contenido, sino, sobre todo, la estructura de la función.
El
Triple... es un soneto del que ya
tenía escritos los dos cuartetos -ella lo mata a él y él
la mata a ella-; me faltaban los tercetos en los que se matan
simultáneamente y el estrambote, la coda que cierra el ciclo. Y tras los
tres «saltos» mortales, la pirueta de volver a empezar. Eso era lo
que pasaba, que se estaban matando eternamente; lógico que estuvieran
ensangrentados. Visto el resultado, la obra parece que está escrita con
tiralíneas, por lo geométrica. Tiene algo de neoclásica.
Curioso, porque fue escrita justo en el tiempo en que interrumpo la escritura
de
A ciegas; la más barroca de mis obras.
Un psicoanalista, seguro que lo sabría explicar.
Como verás, cada obra tiene su aquel; ahora, de ahí
a convertirlas en «Camino de Damasco»... No digo que, con el
tiempo, no vea alguna de estas funciones como punto de inflexión en mi
trayectoria, pero ahora, sin distancia, no lo veo. No sé, me resulta
más fácil comentar obras más remotas, porque es como estar
hablando de otro, pero de otro del que estás seguro de que no se va a
mosquear. La verdad es que hitos, lo que se dice hitos... Bueno, mira, en
Matrimonio de un autor teatral con la Junta de
Censura ya se apunta algo de lo que luego desarrollaría en el
Nicho... de forma más
explícita: esa mezcla de carpintería, aunque en este caso
policíaca, con la atmósfera de las pesadillas. También
aquí la situación se origina en un sueño. Esta sí
que fue escrita en estado febril; la que más. La encajé en diez
horas; luego, en corregirla, debí tardar meses, pero la primera
escritura la arrojé como un vómito. De ahí viene eso que
suelo repetir de que «escribir es vomitar lo que la vida te
indigestó». La prohibición de
Furor por unanimidad del Pleno de la Junta de
Censura debió sentarme mal, y al meterme los dedos, salió
así, como una historia de asesinatos e hipocresías. Luego, cuando
fui consciente de lo que había escrito, la titulé con ese
título tan «comercial».
Sí, creo que sí;
Matrimonio autor-censura podría ser un
hito. Como el
Nicho. Y ya, a partir de ahí, fue
cuando empecé a saber hacia dónde iba. Dentro de lo que cabe.
(Risas.)
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M. M.-
El acto en el que nos encontramos, este Encuentro con Jesús
Campos, está dentro de la Muestra de Teatro de Autores
Contemporáneos en la que hemos podido asistir a
De tránsitos. ¿Qué nos
puedes decir de esta obra?
|
|
J. C.-
De tránsitos, como te dije, es la
versión reducida y a la italiana de
Danza de ausencias, una movida que
preparé para el Festival de Otoño con cuatro monólogos
elegidos entre siete, que algún día publicaré con ese
mismo título, y que con otros seis que no llegué a escribir, ni
escribiré, creo, hubieran sido trece, justo una serie de
televisión. ¡Uf! Te explico. Yo había decidido no volver a
escribir teatro. Te suena, ¿no? Aunque esta vez el motivo era otro.
Acababa de estrenar
Es mentira, una obra en la que se cuestionaba
continuamente la realidad. Creo que antes olvidé comentarlo. Todo era
mentira, y esto era algo que llegó a afectarme de tal modo que
acabé planteándome si mi teatro y yo mismo no seríamos
también mentira. Un callejón del que no era fácil salir.
Porque ya me dirás, pensando así, qué sentido tenía
seguir escribiendo.
Me hubiera gustado ser más original, pero, por lo visto,
algo parecido le debió ocurrir a cuarenta millones de españoles.
Un bachecillo de moral al que llamaron «El desencanto». Pero como
yo es que no me entero, pues me quedé traumatizado, como si fuera un
problema personal.
Las ganas de estrenar no me volvieron hasta el 90, diez
años después, y mira que en ese período estuve al frente
de los teatros del Círculo, vamos, que, de querer, hubiera podido
estrenar con facilidad, pero es que ni por esas. Bueno, en los últimos
años prácticamente me obligaron a que pidiera subvenciones, a ver
si así me animaba, pero, según me las daban, las devolvía.
Hasta que a la tercera, y ya fuera del Círculo, me decidí a
estrellarme con
Entrando en calor.
Pero a lo que iba, en volver a escribir tardo solo dos
años, porque me dije: la muerte, mentira, no es. Y comencé a
escribir sobre la muerte, o sobre la vida de la gente que se muere, que viene a
ser lo mismo. Al principio, para hacer mano; pero luego, vi el conjunto como un
frontispicio y me dije: «para televisión», que era el medio
que me permitía una visión, así, panorámica.
Aquí, como verás, el final no era el problema,
puesto que todas las historias conducían a un mismo fin. La
indagación, por tanto, no consistía en saber cómo acababa,
sino en qué es lo que acababa. Este nuevo sistema de trabajo -nuevo para
mí-, me fue muy útil luego, al escribir
La Cabeza del Diablo, una obra
histórica en la que, lógicamente, la peripecia argumental ya
venía dada, y en la que, por lo tanto, lo único que había
que desentrañar era cómo las escenas te conducían a los
pies forzados. También hubo una indagación, digamos, global. El
punto de partida era Gerberto: un personaje que roba la Cabeza del Diablo y
acaba siendo el Papa de Roma, ya, para empezar, parecía prometedor. Sin
embargo, lo que debió moverme a escribir, la razón oculta que me
atraía en aquella historia, lo que me la acercaba y por lo que la
utilicé para expresarme, es que Gerberto, para conseguir lo que quiere,
se ve obligado a traicionar lo que quiere. En eso consiste el pacto con el
diablo, y en eso todos somos «tentados» continuamente.
Perdona, me disperso. Te iba diciendo... Ah, sí, lo del
final forzado; pero hubo más: cuando ya tuve claro que iba a ser una
serie, establecí el cuadro de limitaciones: monólogos de veinte
minutos y surtido de personajes que, claro está, al final morían.
Lo de las limitaciones es algo que estimula la imaginación. Eso
también lo entendí haciendo ejercicios de improvisación. A
veces pienso que mis maestros, quienes más me ayudaron a entender los
mecanismos de la creación, fueron Marta Schinka (expresión
corporal) y José Estruch (improvisación).
Y con el trabajo ya planificado, me fui a televisión.
Además, les vendía en el mismo paquete un sistema de
producción que yo entendía que era hablarles en su propio idioma.
Contratar a trece primerísimos intérpretes, uno por
capítulo; o sea, mínimo coste y máxima promoción.
Debió gustarles, porque me lo copiaron. La serie aquella, infumable, en
la que salían los actores contando su vida e interpretando trocitos de
obras. Un horror. Que lo mismo podía haber estado bien, pero
generalmente los que copian suelen dejar en lo que hacen el sello de su falta
de imaginación.
Yo me decía: ¿pero cómo es posible que, en un
medio en el que muere gente continuamente no sea posible reflexionar sobre la
muerte? Hasta que lo entendí: las muertes en televisión son
muertes vacías de contenido, tanto las de ficción como las de los
telediarios; la propia dinámica del medio, que no te permite detenerte,
lo convierte todo en artificial, no en ficción, sino en artificial.
Sólo así es posible intercalar anuncios. Esa era la clave: como
siempre, tarde, pero lo entendí: la muerte en profundidad es
incompatible con el consumo. Si te fijas, hay una tendencia a negar la muerte,
a ocultarla como si fuera un fracaso. Y es que plantearse la muerte en
profundidad, que es tanto como plantearse la vida en profundidad, no casa con
salir de compras. Y así acabó mi aventura televisiva. Mira que he
cometido ingenuidades, pero como esta... Reflexionar sobre la muerte en
televisión. Todavía se deben estar riendo.
(Risas.)
Y bueno, hace unos años el Festival de Otoño me dio
la oportunidad de montar un espectáculo en el que presenté los
tres monólogos que antes te comenté, más un cuarto en el
que un viejo abandonado en un parque dialoga con un perro abandonado en el
parque, cosas del veraneo. El espectáculo que se montó en el
Museo del Ferrocarril comenzaba en los andenes, y desde allí el
público iba siendo conducido por las muertes (la folklórica, la
macabra y la espiritual), de un espacio a otro. Cuatro salas: una a la
italiana, otra en pasarela, la tercera en V y la última circular. Una
propuesta creo que interesante, pero imposible de mover. Tampoco es que fuera
imposible: siete intérpretes, cinco técnicos, dos
trailers de material, tres días de
montaje y uno de desmontaje, hay muchos festivales que lo podrían
soportar, pero para eso haría falta un
glamour que yo no he sabido cultivar.
Así que opté por hacer una versión más...
llevadera, que fue la que visteis ayer aquí.
|
|
M. M.-
Y también ha habido un cambio de título, ¿no
es cierto?
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|
J. C.-
Sí, porque había críticas muy positivas de
Danza de ausencias, pero que se
referían a esta otra puesta en escena, y mantener el título
podía confundir. Por eso le puse
De tránsitos, más que nada,
para no confundir.
|
|
M. M.-
Vamos a cambiar de tercio para hablar de la Asociación de
Autores de Teatro de España que actualmente presides.
¿Cuáles son tus objetivos al frente de la Asociación?
|
|
J. C.-
Como dicen sus estatutos, la Asociación defiende la
presencia y el reconocimiento social de los autores y mantiene y potencia su
función en el ámbito literario y escénico. Y eso,
¿qué significa? Pues que hay que estar ahí, defendiendo
nuestro derecho a existir. Algo que sistemáticamente se nos venía
negando. «No hay autores», se lamentaban los interesados en que no
los hubiera. Y, bueno, en el 90 nos convoca Miralles, y los autores que no
existíamos nos asociamos. Lauro Olmo fue el primer presidente, y Buero
es desde entonces nuestro presidente de honor. Un buen comienzo, y un aceptable
resultado, porque ya existimos, aunque seamos malos. Por eso nos tienen que
ayudar; digo yo que será para que seamos buenos. No se les cae de la
boca: «hay que ayudar a los autores españoles». Todo un
logro, aunque no pasan de ahí. Ahora sólo les falta hacerlo,
porque es que yo no veo ni una sola actuación defendida con
convencimiento. Y es que, en el fondo, siguen pensando que no hay necesidad,
que habiendo clásicos y autores extranjeros... Yo no digo que no seamos
malos, pero si cogemos la misma vara de medir y prescindimos de todo lo que
esté por debajo de nuestro nivel, tendríamos que cerrar el
país.
Aquí hay un problema real que tendremos que resolver entre
todos. Durante cuarenta años, el teatro ha sufrido el trauma de una
dictadura; también la sociedad. Los autores no pudimos decir, pero
tampoco los espectadores pudieron escuchar; fue una amputación. Y
tú no puedes cortar una pierna y decir: «Oye, perdona, que por
mí ya puedes andar». Es necesaria la rehabilitación. Se ha
roto el hábito, se han perdido las claves de la tradición. La
comunicación artística es un lenguaje que debe ser conocido por
quien lo emite y por quien lo recibe. De nada vale decir verdades perfectamente
expuestas si quien te escucha no habla tu mismo idioma. Y eso es lo que ha
pasado: mientras que los autores íbamos evolucionando más o menos
al hilo de lo que ocurría en otras partes del mundo, los espectadores no
tenían más opciones que las que le permitía la censura, en
su mayor parte, teatro de evasión. ¿Y qué pasa cuando se
recuperan las libertades? ¿Se trabaja por la normalización? No,
tras una breve operación rescate, nuestros políticos se ponen
estupendos y apuestan por un teatro de relumbrón. Descorazonador.
|
|
M. M.-
¿Lo que quieres decir es que hay una falta de
comunicación entre público y los autores? Entonces, ¿te
parece que habría que crear un camino de vuelta a la cultura del teatro,
un camino que ayudara a eliminar esos desfases?
|
|
J. C.-
Claro, y la mejor maneara de aprender a hablar inglés es
hablando inglés. Si lo que se pretende es tender puentes entre autores y
público, si de verdad queremos que se restablezca la
comunicación, reactivar el teatro español, la mejor manera...,
además que es que no hay otra: tenemos que producir, estrenar y
distribuir teatro español. Lo que no puede ser es que repases la
programación de los teatros, y que el autor español brille por su
ausencia; de nada valen los premios, las becas, los cursillos o los discursos
de buenas intenciones si esa es la realidad de la cartelera. La
Administración tiene medios más que suficientes para resolver
esta situación; los tiene, lo que no tiene es el convencimiento de que
deba hacerlo.
Y que conste que esto es general. Con el pretexto de la
internacionalización, o de la cultura única, se tiende a un
teatro de puesta en escena del repertorio o, como mucho, al teatro
físico, y no a un teatro de textos de nueva creación. Y no creo
que esto responda sólo a intereses gremiales. El teatro siempre estuvo
bajo sospecha, y de un modo u otro, se aprovecha cualquier circunstancia para
desactivarlo. Pero, vamos, que no es aquí sólo donde se
están dinamitando los puentes. Lo que pasa es que nosotros,
además, llevamos a la espalda cuarenta años de España
oscura; como para ver la luz. Pero en fin, ya sabíamos que esto iba a
ser duro, así que en eso estamos.
|
|
M. M.-
Y ¿qué puede hacer la Asociación de Autores
de Teatro para restablecer ese camino, ese hábito?
|
|
J. C.-
Poco. Y mucho. Yo tengo muy claro que lo importante es la aventura
personal, el esfuerzo y el logro de cada uno de nosotros. Nadie nos tiene que
decir, porque lo sabemos, que tenemos que ser los primeros en tratar de
restablecer la comunicación con la sociedad. Pero es que es muy duro;
escribir es un oficio solitario. ¿Quieres creer que muchos de nosotros
ni nos conocíamos? Por eso el primer objetivo de la Asociación ha
sido crear conciencia de grupo. Tenemos que tener muy claro que las
dificultades con las que nos enfrentamos no son un problema personal, sino
colectivo, y que sólo trabajando conjuntamente podremos superarlas.
Conseguido este punto, que, sin triunfalismo, yo diría que se ha
conseguido -ya pasamos, con mucho, de los doscientos asociados-, nuestra
actuación se divide en dos grandes áreas: de una parte, la
gestión política, presionar a las instituciones para que nuestra
opinión sea tenida en cuenta. Y de otra, las actividades, con las que
tratamos de estar presentes en la sociedad. Bueno, la presencia la
tendríamos que tener estrenando, pero eso es algo que, de momento, no
está a nuestro alcance. Ni tampoco creo que sea nuestra función.
Concretando el programa de actividades, te diré que editamos la revista
Las Puertas del Drama, el boletín
Entrecajas y varias colecciones de libros; se
organizan ciclos de lecturas dramatizadas, tertulias, talleres de dramaturgia,
el Salón del Libro Teatral, y mantenemos una presencia en la red, a
través de vuestro portal
cervantesvirtual.com o de nuestro
propio portalillo
aat.es. Vamos, que para no
existir, nos movemos bastante.
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M. M.-
Ya que has sacado el tema de la Biblioteca Virtual Miguel de
Cervantes y del portal que se ha creado para difundir la labor de la
Asociación y a sus autores, ¿qué te parecen las dos
iniciativas, por una parte que haya una Biblioteca Virtual al alcance de todo
el mundo de forma totalmente gratuita, con todas las secciones que la integran,
y por otra parte que le haya dedicado ese espacio a la Asociación de
Autores?
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J. C.-
La Biblioteca es un acierto indiscutible. Que, como todo lo
inabarcable, al principio, impone; pero que luego, cuando pasas del portal,
cuando te adentras por los vericuetos, enseguida percibes que es un
«sitio» cómodo. Cómodo y de una gran utilidad, tanto
para las obras a las que accedes como para los que podemos acceder a las obras.
Lo dicho: un acierto. Y bueno, el camarote que nos habéis brindado,
qué quieres que te diga; navegar en un transatlántico de esta
envergadura va a ser muy positivo para nuestros textos. Muy positivo. Y eso que
sólo estamos empezando, porque, aunque es mucho lo que se ha hecho, yo
diría que no es nada con lo que se puede llegar a hacer. Ya sé
que no soy muy original si digo que la Red es una herramienta de primer orden,
pero es así, y debemos servirnos de ella para difundir nuestra obra en
todo el mundo. Claro que antes tendremos que convencer a los compañeros,
que algunos están todavía en la era del bolígrafo.
(Risas.) Y que conste que yo
también escribo a mano, aunque luego se pasa a ordenador. No,
verás, lo que produce cierto rechazo es el temor a que te puedan copiar.
Como si no te pudieran copiar igual comprando el libro. Pero es lo que dicen:
«por lo menos, que lo pasen a máquina, porque así, es que
se lo descargan y con cambiarle el título y el nombre de los personajes
no tienen ni que teclearlo».
(Risas.) Y es que lo del plagio es
bastante frecuente; al menos, eso dicen. Yo es que no lo he sufrido. Que yo
sepa. Bueno, directores de escena a los que se les ha ocurrido lo mismo unos
años después, eso sí, y varias veces. Aunque igual ha
podido ocurrir a la inversa. A saber.
A mí lo que sí me pasó hace un año es
que encontré un texto mío en el portal de una universidad
mexicana:
Naufragar en Internet, firmado por mí,
eso sí, que, dentro de lo malo... aunque sin mi permiso. Claro que lo
peor no fue eso, sino que publicaron una versión intermedia. No
sé cómo la conseguirían, aunque me lo imagino. Y lo
más grave es que, por lo visto, la habían estrenado en Buenos
Aires. Alucinante. Digo yo que, puestos a montarla, podían haberme
avisado y les habría mandado la buena, y no estrenarla así, de
cualquier manera.
(Risas.)
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M. M.-
Ya que piratean que lo hagan bien, claro. ¿Pero conseguiste
que la descolgaran de la red?
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J. C.-
Claro, claro. Y bueno, la bajaron. La Sociedad de Autores hizo una
gestión y la universidad mexicana la bajó de la red.
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M. M.-
Bueno, el caso es que existen formas de proteger las obras del
pirateo pero, ya se sabe: hecha la ley...
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J. C.-
Claro, y estoy hablando de un texto que no estaba publicado;
imagínate si existe el libro o si está en la red. Y es que, por
mucho que se publiquen como PDF y por mucho que te blindes para que no lo
puedan imprimir, siempre habrá un informático capaz de levantarte
hasta el carné de identidad o de cargarte sus facturas en tu cuenta.
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M. M.-
Pero, por lo menos, tendrán que saber de nuevas
tecnologías, localizar la obra en internet..., vamos, que hay más
trabajo que llevar a fotocopiar la obra...
(Risa.)
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J. C.-
Anécdotas aparte, creo que la colaboración que hemos
iniciado es muy positiva, y ahora es responsabilidad nuestra darle contenido a
ese importantísimo medio de comunicación que habéis puesto
a nuestra disposición.
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M. M.-
Es cierto que, a pesar de que siempre puede hacerse mal uso,
también conseguiremos con estas iniciativas que el teatro llegue a un
público más amplio y diverso. Pero Jesús,
¿cuál es el camino por el que avanza en estos momentos la
Asociación?
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J. C.-
El Salón es, sin duda, la actividad que, con los
años, ha cobrado mayor relevancia; también la que requiere un
mayor esfuerzo. Para nosotros es muy importante porque nos permite promocionar
la literatura dramática como género. Vender la idea de que
«El teatro también se lee»; que hay un teatro imaginario en
el que, sólo con leer el texto, se representa nuestra particular puesta
en escena. Ya sé, siempre lo hemos dicho, que el soporte natural de la
literatura dramática es el escenario, pero eso no tiene por qué
impedir que leamos teatro. El texto ya de por sí, con sus contenidos y
con sus elementos formales, puede perfectamente transmitir ideas y emociones.
Además, que sólo así es posible acceder al global de la
producción dramática, que siempre será muy superior a la
oferta de la cartelera, y eso si vives en una ciudad con cierta actividad
teatral; no digamos ya... Pero no es sólo poner de relieve la
importancia de la literatura dramática. El Salón, además,
nos permite trabajar con otras asociaciones, con las editoriales, con las
instituciones del sector; no sé, sentir su apoyo e implicarles. Estamos
convencidos de que, a la larga, la defensa del texto redundará en
beneficio de todos. Y bueno, también es un excelente lugar de encuentro.
Las tres primeras ediciones se han hecho en la Casa de América, y eso ha
facilitado el encuentro con compañeros iberoamericanos, pero estamos
sopesando la posibilidad de trasladar la sede a un espacio más amplio,
más que nada, para dar cabida a la dramaturgia de otros países.
Siempre es bueno conocerse. Y conocer las obras, saber qué
se escribe y cómo se representa, si es que se representa. Estar al tanto
de lo que pasa por ahí, eso siempre ayuda a relativizar los problemas.
Pero es que, además, avanzamos hacia un modelo de sociedad en el que
muchas decisiones se van a tomar a un nivel superior al de los Estados. Y hay
que estar ahí. Por eso no es que sea conveniente conocerse; es que no
hay más remedio que coordinarse de algún modo. P | |