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István
Berszan
Universidad Babeş - Bolyai (Cluj) En una famosa obra llamada Durée et simultanéité ([1922] 1923), Henri Bergson se propone un intento filosófico de la teoría de la relatividad elaborada por el físico Einstein. El filósofo considera inevitable semejante análisis, porque rechaza la posibilidad de la interferencia directa entre física y metafísica. En el prefacio del libro se critica cualquier intento de aceptar la física de Einstein como una filosofía. El iniciador del concepto de duración (concepto que puede ser compatible con un tiempo que lo contiene todo) examina en la teoría de la relatividad las paradojas temporales: los tiempos múltiples que no corren de la misma manera, la simultaneidad que se transforma en sucesión, y la sucesión que se transforma en simultaneidad. Lo que va a ser importante desde nuestro punto de vista no es la rehabilitación del tiempo real, sino la negación bergsoniana de la posibilidad de sustitución entre filósofo y físico.
La teoría de la relatividad ha sido creada conforme a la exigencia científica de establecer las leyes de la física (concretamente de la electromagnética) de tal manera que ellas sean válidas para cualquier punto de vista de cualquier observador. La simultaneidad de un sistema R, observada desde el sistema R que tiene una velocidad v en relación con R, se transforma en sucesión por esta exigencia. También por ella el tiempo se debe dilatar, y achicar las distancias del sistema en movimiento. Así los universos, descritos desde distintas perspectivas, se organizan en base a las mismas relaciones, y con este resultado el físico está contento, porque está interesado sólo en las relaciones de los datos de medida. El filósofo, sin embargo, está interesado en «le concret, tout chargé de qualité» (Bergson, [1922] 1923: 87)75, es decir, lo que dura y se mantiene en los intervalos de los datos de medida. Por eso, para él no son obligatoriamente idénticos los fenómenos que, en base a los datos de medida, respectivamente en base a la relación de estos datos con otros, pueden ser situados a la derecha, respectivamente a la izquierda de una ecuación matemática. Entre los tiempos posibles matemáticamente el filósofo de Bergson acepta solamente uno como tiempo real, todos los demás son convencional-simbólicos o imaginarios. En otras palabras, si en una continuidad espacio-temporal cuadridimensional es correcto suponer que los fenómenos como cantidades se pueden medir, filosóficamente hablando, esta suposición es un grave error producido por la espacialización del tiempo. La problemática de la multiplicación del tiempo puede ser ilustrada por el experimento Michelson-Morley, en su fórmula en la que, siguiendo a Einstein, excluimos la existencia del éter estático. En un sistema
R un rayo de luz atraviesa una pantalla de
vidrio inclinada a 45 grados, y de esta manera se divide en dos. Uno de ellos
avanza en la dirección del rayo de origen como una continuación
de éste, «su pareja» en cambio se refleja desde la
superficie de la pantalla en una dirección perpendicular sobre la
línea seguida por el primero. Los dos rayos se encuentran con un espejo
perpendicular sobre su dirección; los espejos están situados a la
misma distancia del punto donde el rayo de origen se ha dividido; de esta forma
los espejos reflejan los rayos sobre las mismas líneas a lo largo de las
cuales éstos han llegado. El rayo que en el momento de la
división del rayo de origen ha variado 90 grados, al volver a la
pantalla de vidrio se va a dividir de
Si en un medio en el que la luz se desplaza en todas las direcciones con la misma velocidad, el sistema Michelson-Morley es estático, entonces el tiempo necesario para el desplazamiento de la luz de la pantalla de vidrio hasta uno de los espejos y al revés es igual al tiempo del desplazamiento de la luz de la pantalla de vidrio hasta el otro espejo y al revés:
Pero si tenemos en cuenta que el aparato se mueve al mismo
tiempo que la Tierra (supongamos que, durante la medición, a una
velocidad constante sobre una línea recta y en la dirección en la
que aquella continuación del rayo de origen que atraviesa la pantalla de
vidrio), entonces la luz no debería «comportarse» igual
sobre el brazo del aparato que apunta en la dirección del movimiento que
sobre el brazo que es perpendicular sobre esta dirección. Porque sobre
el brazo perpendicular el desplazamiento ida y vuelta del rayo no se ve
influido por el movimiento del sistema ni en cuanto a las relaciones entre las
dos distancias recorridas, ni en cuanto al tiempo necesario para recorrerlas:
por tanto las dos distancias, es decir, los tiempos
La teoría de Einstein excluye la existencia de un sistema privilegiado que se encuentra en reposo absoluto, por eso, el movimiento de la Tierra no se relaciona con un éter fijo, sino, por ejemplo, con el Sol que, en relación con la Tierra, también se encuentra en movimiento, y es elegido como sistema de referencia de manera arbitraria. Aunque no hay reposo absoluto, desde el momento en el que hemos elegido un sistema de referencia, con este gesto lo hemos sacado del movimiento. Supongamos que, al igual que su compañero de la Tierra,
un físico instala el aparato Michelson-Morley en el Sol. El
físico de la Tierra, si elige la Tierra como sistema de referencia, y
por esta decisión la fija en reposo, puede desarrollar su experimento
sin ninguna dificultad. Pero cuando se entera de que el físico que
está en el Sol mide la misma velocidad de luz, interpretará este
resultado con la ayuda de los cálculos de transformación de
Lorentz. Dicho de otra manera, según él, el físico que
está en el Sol, que se encuentra en movimiento, ha llegado al mismo
resultado porque, después del movimiento de la luz en la
dirección del desplazamiento del sistema, se ha producido un
achicamiento de la distancia recorrida, es decir según los
cálculos de Lorentz la longitud
l del brazo del aparato será
l
está por debajo de
l, y por eso el resultado de la
fórmula será más bajo que el multiplicado
l. También, donde el reloj del Sol
ha medido
t segundos, en realidad han pasado
solamente
segundos, por lo tanto el tiempo se
ha dilatado. Finalmente, si los relojes situados en el Sol a distancias iguales
l en la dirección del movimiento de
éste mostrarán la misma hora para el físico de
allí, que no es consciente de su movimiento, el físico de la
Tierra debe tener en cuenta que al arreglar estos relojes, las señales
que circulaban entre ellos no han recorrido el mismo camino allí y
allá y por eso en el lugar donde estos relojes muestran simultaneidades
para el físico del Sol, en realidad se trata de instantes sucesivos a
una distancia de
segundos, según el reloj del
físico del Sol y
segundos según el reloj del
físico de la Tierra: por lo tanto las simultaneidades se alejan.
Sólo que también el físico del Sol afirmaría lo mismo sobre las mediciones del compañero de la Tierra. Se consideraría igual de inmóvil y acordaría el calificativo correcto a los datos medidos en su propio sistema, y los datos del físico de la Tierra irían a ser corregidos por las fórmulas de Lorentz. Así tenemos dos representaciones matemáticas del universo que son diferentes en cuanto a las cifras que figuran en ellas, pero corresponden en cuanto a las relaciones internas de los fenómenos descritos, es decir, en cuanto a «las leyes de la naturaleza». Y si imaginamos no solamente dos, sino n sistemas, todos los físicos actuarían de la misma forma, tomando en cuenta a los demás en función de su velocidad en relación con el propio sistema, y corregirían sus datos según las diferencias de velocidad. Por consiguiente constatarían n tiempos según el número de sistemas. El filósofo del que habla Bergson no se conforma con los
cálculos de Lorentz en cuanto a la diferencia entre los tiempos, sino
que distingue entre la duración real del tiempo medido, la simultaneidad
percibida de la simultaneidad indicada por los relojes, es decir, el tiempo
La duración es el tiempo interior, percibido de manera no mediada, una continuidad que no contiene una cosa cualquiera que continúa, y tampoco estados por los cuales pasa: «cette transition, seule naturellement experimentée, est la durée même» (Bergson [1922] 1923: 54-55). La condición indispensable de este tiempo interior es la memoria que ejerce su efecto en transformación a través de la percepción del momento precedente en el momento que le sucede a éste, es decir, no permite la descomposición de lo que hubo antes y lo que será después en puntos cerrados en sí que aparecen y desaparecen en nuevos y nuevos momentos del presente. En la concepción de Bergson el tiempo significa para nosotros, ante todo, esta transición sin interrupción, es decir, una multiplicidad indivisible, una sucesión sin interrupción, que a lo que más se parece es a la música. El tiempo de las cosas «duraderas» es considerado secundario, relacionado con la transición permanente de la conciencia por percepción: «A chaque moment de notre vie intérieure correspond ainsi un moment de notre corps, et de toute la matière environnante, qui lui serait "simultané": cette matière semble alors participer de notre durée consciente» (Bergson [1922] 1923... 55-56). Este «participer» (participación) se refiere al hecho de que la materia misma, al pertenecer al ámbito de la experiencia, es vivida en nuestra duración interior. El tiempo interior está relacionado con la conciencia en la que participan también las cosas percibidas que son consideradas duraderas. La duración es indivisible porque cualquier momento marcado que intentaría dividirla en períodos, al mismo tiempo detendría también su paso por esta fijación, y de este modo la duración no podría seguir siendo lo que es: una transición sin interrupción. Y si es indivisible, en consecuencia tampoco se puede medir, dado que medir significa división y superposición, sin embargo las duraciones estrictamente sucesivas no se pueden sobreponer en vista de su comparación. Los períodos en los que la duración es dividida, en realidad no son partes de la duración, sino secciones del espacio en las que la huella de la duración puede ser marcada. Aunque, mientras se mide, las secciones de esta línea son identificadas con las unidades de la duración, nunca se puede dividir el desarrollo indivisible, sino solamente el tiempo pasado. La primera es el movimiento puro en sí, y la última es una trayectoria unida al movimiento como una representación espacial, es decir un símbolo de ésta. Sin un desarrollo continuo no sería más que un espacio que nunca más pudiera representar el tiempo.
El paso de la duración que no se puede medir del desarrollo al tiempo pasado mesurable significa añadir una nueva dimensión al espacio dado, independientemente de si éste es un punto o un espacio uni-, di- o tridimensional. Sólo una nueva dimensión hace posible que la multiplicidad indivisible de la sucesión se convierta en una fila, es decir, una multiplicidad divisible. En un espacio punto la duración significa un cambio cualitativo infinito de este punto. Pero si la velocidad de esta sucesión es considerada infinita, entonces los puntos sucesivos se van a dar simultáneamente, es decir, se van a situar en una línea. Pero, a partir de este momento no estamos ante un punto, sino ante un espacio unidimensional. Vamos a actuar de la misma manera con una sucesión cualitativa de una línea, si con añadir la segunda dimensión, creamos un espacio plano, o si transformando la sucesión de las imágenes planas por una velocidad de cambio infinita, creamos una superposición tridimensional. Una vez que en nuestro mundo tridimensional fijamos el tiempo pasado y lo calculamos sólo por simultaneidades, sin tener acceso a la duración de los intervalos, no hacemos otra cosa que añadir a nuestro espacio una cuarta dimensión virtual. En el espacio obtenido de esta manera el pasado, el presente y el futuro se suceden en una fila. Esta espacialización en física se debe a que no podemos percibir el tiempo por medio de las matemáticas, podemos solamente sustituirlo por simultaneidades que se pueden contar. Estos momentos contables ya no tienen duración, son símbolos creados por nuestra mente que marcan el movimiento incesante de la sucesión temporal por detenimientos virtuales con la ayuda de los puntos prestados del espacio. Esta espacialización puede ser llamada tiempo porque, gracias a la percepción, somos capaces en cualquier momento de volver de la trayectoria dividida en secuencias desarrolladas a la sucesión del desarrollo. En estas ocasiones la simultaneidad de los momentos es cambiada por flujos simultáneos. La simultaneidad de los momentos difiere de la simultaneidad de los flujos. El flujo se refiere siempre a la duración interior. «Nous appelons alors simultanés deux flux extérieurs qui occupent la même durée parce qu'ils tiennent 1'un et 1'autre de la durée d'un troisième, le nôtre» (Bergson, [1922] 1923: 68). El vuelo de un pájaro y el paso de las nubes son percibidos conforme al flujo incesante de la vida interior, independientemente de si nuestra atención se orienta hacia los tres en una sola percepción, o está dividida entre exterior e interior. En todo caso, el vuelo y el paso están incluidos en nuestra duración, y esto constituye para nosotros la simultaneidad primordial o natural.
La simultaneidad de los momentos se relaciona con el tiempo espacializado, es decir, de medición. Sólo a través de ella es posible registrar la simultaneidad entre un acontecimiento exterior y una posición cualquiera del índice del reloj, y percibir «les simultaneités de ces moments avec des moments de notre durée» (Bergson, [1922] 1923: 70), es decir mirar el valor de esta medición como una medida de tiempo. La física (o la ciencia, en general) opera en exclusividad con datos de medición y, en el caso del tiempo, esto significa contar los momentos y la constatación de las simultaneidades. Pero los intervalos medidos muestran a la ciencia solamente un punto de las dos cabezas, por consiguiente lo que dura o pasa en estos intervalos se escapa a la medición y al contar. Si los movimientos del mundo (incluidos los utilizados para medir el tiempo, es decir el movimiento de los relojes) se dieran prisa o si fueran despacio de repente, para la ciencia nada cambiaría. Sólo para la percepción significaría un cambio, porque la percepción es capaz de comparar la duración de las cosas con el flujo de la vida interior. Bergson no hace la distinción entre «los tiempos» de la misma manera que el físico, sino que nos llama la atención sobre la diferencia entre el tiempo percibido en una experiencia y el tiempo convencional-simbólico. En su proyecto de acercamiento filosófico a la teoría de la relatividad, intenta por medio de esta distinción resolver la confusión que se debe a las tentativas de «avanzar» a la física al rango de metafísica. Las paradojas no resultan del hecho de que el tiempo se simboliza por una línea, sino del error de designar esta línea utilizando el término «tiempo», incluso cuando la puesta en fila de sus puntos ya no puede ser transformada en sucesión por medio de una percepción. O, si utilizamos (porque resulta más cómodo) también en estas situaciones la palabra «tiempo», no debemos olvidar que ésta es totalmente arbitraria, pura convención, absolutamente independiente del tiempo que percibimos en una experiencia. Si, utilizando estas consideraciones, reexaminamos la multiplicación del tiempo en la teoría de la relatividad, llegamos a conclusiones diferentes de las obtenidas por el físico. Tengamos en cuenta dos sistemas que se mueven, el uno
dependiendo del otro, a una velocidad constante sobre una línea recta y
los nombramos
R y respectivamente
R'. Un físico mide en los dos
sistemas el tiempo del desplazamiento del rayo de luz de la pantalla de vidrio
hasta el espejo y de vuelta, sobre aquel brazo del aparato Michelson-Morley
De esta manera, en sentido filosófico, no se trata de la multiplicación del tiempo, dado que para nosotros sólo el tiempo vivido es real, el que coincide cada vez con el tiempo del sistema de referencia. Todos los demás «tiempos» no tienen duración; son tiempos en los que no es posible una sucesión de acontecimientos, el deterioro de las cosas o el envejecimiento de la gente. A pesar de que estos tiempos pueden ser útiles a la hora de expresar la perspectiva matemática, respectivamente física, no son otra cosa que unas convenciones en cuya denominación se ha mantenido el término «tiempo» referente (también) a la duración vivida. Los físicos que están en sus sistemas con velocidades distintas no comparten el mismo punto de vista, pero precisamente esta diferencia les une como físicos. Mantienen estrictamente su propia perspectiva, porque han llegado al acuerdo de que la representación matemática del universo es posible solamente desde un punto fijo con el que se relacionan todos los demás, de forma que las leyes de la electromagnética sean idénticas para cada posición. Cada físico procedería de la misma forma que cualquiera de sus compañeros, es decir, mediría de la misma manera, y calcularía igual las simultaneidades medidas, porque todos se inscriben en la misma física. Sin embargo, el filósofo de Bergson no puede ser
sustituido por el físico. No porque no se encuentre en una
relación recíproca, sino porque esta reciprocidad no es
simétrica como en el caso de los físicos. La
espacialización del tiempo tampoco
le es ajena al filósofo, porque
«la recette en est
déposée dans le langage» (Bergson, [1922]
1923: 70). Si no
espacializáramos el tiempo, no
sólo que no lo podríamos medir sino que tampoco podríamos
hablar de él. El filósofo, sin embargo, es capaz de distinguir el
tiempo real del
espacializado porque no mide sólo
contando, sino cualitativamente; «teniendo en cuenta» no
sólo los datos mesurables, sino también la duración
indivisible y no-mesurable. El físico, precisamente por ser
físico, excluye todo lo que no es mesurable para obtener expresiones
matemáticas de las leyes constantes. Y el físico percibe, y por
consiguiente vive, una duración por medio de su sistema de referencia,
pero registra sólo los datos medidos y las simultaneidades de los
momentos de éstos. Así, la duración para él se
convierte en equivalente de los tiempos calculados, no vividos por nadie,
atribuidos a los sistemas representados recurriendo a la perspectiva. La
teoría de la relatividad considera el tiempo vivido o real sólo
como una instancia posible de los virtuales, dado que para el físico
todos son datos del tiempo medido. Por lo tanto, la multiplicación del
tiempo se basa en una identificación convencional, y el tiempo
único real del filósofo se
Bergson se ha visto impedido en la investigación del carácter etológico del tiempo-duración por el hecho de que, gracias a la presión ejercitada por el propio sistema de pensamiento, al igual que gracias a la epistemología positivista, ha separado lo percibido de su percepción. Sobre la relación gnoseológica entre estos polos, Bergson ha podido identificar sólo dos maneras de comportamiento: la práctica del físico, es decir la ciencia, y la práctica del filósofo, es decir la metafísica. La primera trata de llegar a la multiplicidad del movimiento y a la equivalencia entre las constataciones y los símbolos estables, y la última, todo lo contrario, se adapta al movimiento a través de la intuición, para llegar luego a constataciones «conceptualmente apenas expresables». Incluso en estas dos prácticas distintas, Bergson atribuye tiempo real sólo a la percepción, a la que considera única sucesión verdaderamente común al filósofo y al físico. Al mismo tiempo, separando la continuidad externa de las cosas del flujo interior de la conciencia, mantiene la unidad de la duración a través de la afirmación que los movimientos externos participan en el flujo interior. Esta expresión platónica oscura esconde una aporía sin resolver, al igual que la filosofía del antiguo pensador:
La participación es «de naturaleza desconocida» porque, en su investigación, Bergson retrocede en cuanto a su propio radicalismo. Aunque reconoce que las cosas no pueden durar temporalmente, se niega a aceptar lo que resulta de esta afirmación: que las cosas son puros símbolos, que solamente el filósofo les atribuye duración real, por lo tanto tienen la misma naturaleza que los tiempos ficticios del físico. Dado a que Bergson trata a cualquier precio de otorgarle al «ámbito material» cualidades objetivas, independientes de nuestras prácticas, y al mismo tiempo sabe que este deseo es contradictorio, formula sus hipótesis con una conciencia poco clara:
Trataremos de ofrecer una resolución más aceptable. Después de las investigaciones fenomenológicas, hermenéuticas y desconstructivistas, es decir, el redescubrimiento de las obras de Nietzsche y Freud por los adeptos de estas corrientes, nos encontramos en una situación mucho más ventajosa que Bergson, por lo tanto no deseamos para nada considerar lo que viene a continuación como una demostración de una genialidad vencedora. De hecho, se trata de seguir una dirección de investigación que no sólo que ha sido iniciada por el autor de la obra Durée et simultanéité, sino incluso preparada, más o menos conscientemente, para ser continuada.
El sostener la realidad del mundo material en las investigaciones de Bergson conduce a una aporía que, al mismo tiempo, puede ser también muy productiva. Si alguna vez, de modo hipotético, hemos atribuido duración a las cosas y a los fenómenos que nos rodean, ¿por qué no podrían tener éstos duraciones distintas? Pero eso, seguramente, pondría en peligro la singularidad del universo por multiplicación. Se le puede reprochar a Bergson que, en cuanto a este problema, no ha pensado en términos temporales. La multiplicación del ámbito material durable es concebida por el filósofo como una división del universo en mundos separados, es decir, de manera completamente espacial, lo que es una idea anacrónica, pre-bergsoniana. Resulta increíble que ni siquiera aparezca en este libro la posibilidad de seguir el flujo cualitativo de estos mundos, consultar «el mundo» como un movimiento cambiante. ¿O quizá haya aparecido sin embargo, pero ha sido prohibida de inmediato, porque parecía poner en peligro la concepción completa de duración? Porque el flujo de la vida interior puede convertirse en una sucesión pura, es decir memoria que mantiene el precedente en lo ulterior solamente por falta de objeto. Incluso en la melodía escuchada con los ojos cerrados «il faudrait effacer d'abord la différence entre les sons, puis abolir les caractères distinctifs du son lui-même [...] pour retrouver enfin le temps fondamental» (Bergson, [1922] 1923: 55). En otras palabras, la duración se define en relación con las cosas sin conciencia, concebida con esbeltez en contraste con la rigidez y la espacialidad de las cosas. Al igual que los símbolos cobran cuerpo en la inmovilidad en la semejanza de las cosas. Aunque el capítulo titulado
De la nature du temps empieza así:
«Il n'est pas douteux que le temps
ne se confonde d'abord pour nous avec la continuité de notre vie
intérieure» (Bergson [1922] 1923: 54), a lo largo
de toda la obra se mantiene el dualismo clásico interior / exterior. El
investigador del tiempo descubre el impulso interno del movimiento, pero no
tiene el valor de entregarse a él, sino que mantiene la prioridad
natural del mundo material, intenta, incluso a pesar de la
contradicción, relacionar todo con esta referencia. En realidad la
duración se mide con cosas, como si fuera mesurable. Por lo tanto, la
realidad no se reduce al tiempo, como lo esperaríamos en el caso de la
consecuencia bergsoniana, es decir, cosas que sin ser tiempo son sin embargo
realidad. Si nuestra única experiencia real es la duración, y los
símbolos con los que dividimos el flujo de ésta en estructuras
espaciales, son imaginarios, ficticios o virtuales, entonces es
problemática la introducción de una tercera categoría, que
debe participar en la duración para poder adquirir una naturaleza
temporal y como consecuencia
Sin embargo, de alguna manera la realidad del mundo material, «los flujos exteriores» supuestos, pueden cobrar mayor importancia a la hora de abordar la problemática del tiempo, porque, aunque de manera misteriosa, participan en el flujo de la percepción, al mismo tiempo, de una manera no menos misteriosa, sobrepasan la percepción. Por su culpa -aunque sólo por un instante- se plantea el problema de la multiplicidad de lo que se encuentra fuera de la percepción, es decir, la posibilidad de los diferentes ritmos de duración. Parece que este enigma bergsoniano es la proyección de una sospecha rechazada. La insinuación de la multiplicidad, basada en una «relatividad» no-física del tiempo, se ve impedida en su clasificación y formulación por una exigencia científica. En cuanto a ésta, voy a citar de nuevo el pasaje sobre la separación metodológica de la realidad temporal:
El reconocimiento del carácter etológico del
tiempo se ve impedido por esta estricta exclusión y sus consecuencias.
La coordinación (coincidencia) de la realidad del tiempo con la
regularidad lógica común a
Bergson habla, muchas veces, del mundo «de nuestra vida interior», del «gruñido incesante» de los pasos continuos, pero si examinamos a fondo sus explicaciones, descubrimos que ellas se limitan a un solo aspecto de este gruñido: sólo a la duración de la percepción. Cualquier cambio cualitativo es interpretado a través de una psicología elementar que se somete a la lógica de observación de las cosas, aún cuando se acentúa la exclusión de los objetos y de los estados subjetivos de la duración pura. Esta psicología, aunque, según toda la teoría de Bergson, lleva dentro la posibilidad de la multiplicidad del tiempo no físico, es más bien el proceso mental de observación de las cosas purificado por la abstracción, que una duración de la vida vivida conteniendo también las posibles alternancias de la percepción. Al abordar este «proceso primario» Bergson pasa por alto las cosas (realidades que tienen el mismo rango que el tiempo) en base a unas consideraciones metodológicas. La mejor vía, la más «satisfactoria», la podemos encontrar, si no proyectamos estas realidades diferentes en las cosas del mundo material, para excluirlas luego de la duración por un acto típico de la percepción, es decir, por abstracción, sino que aceptamos el carácter temporal de «las demás realidades» y empezamos a investigar las prácticas que siguen un ritmo de duración distinto del ritmo de la percepción. La teoría de Bergson distingue variantes en la
jerarquía dentro de la misma duración, definiéndolas como
peldaños de la conciencia «en la escalera de la
evolución». ¿Será justo llamar estos peldaños
«duraciones con ritmos diferentes»? En la medida en que se trata
solamente de peldaños, es decir, proporciones en las que ciertas
especies, situadas en distintas posiciones en la jerarquía
evolucionista, participan en la percepción humana; sería
más justo hablar de distintos
tempo de un solo ritmo. Bergson constata
diferencias cuantitativas entre duraciones de «más o menos alta
tensión» dentro de la misma percepción. Por estas
«frecuencias» no se cambia el ritmo de la duración, porque
conforme con esta concepción influyen sólo en la medida de la
intensidad del esfuerzo mental o la capacidad espiritual. La hipótesis
de las frecuencias
Esta deducción lógica muy regular y totalizadora
nos muestra los límites de la concepción de Bergson sobre el
tiempo. Parte de la suposición de que no hay tiempo real (vivido) fuera
de la percepción. Cualquier práctica humana o de un animal se
basa de este modo en la duración de la percepción, es decir en un
solo ritmo que permite posiblemente tiempos distintos. El argumento principal
es esta hipótesis compartida por cada «experto» (sostenida
entre otras por la teoría de la relatividad) en una medida más o
menos consciente, que hace posible la percepción del otro y de las cosas
materiales. En un universo en el que sólo la percepción es real,
es decir, lo que participa en la percepción en forma de experiencia, no
puede existir un ritmo diferente al ritmo de la percepción. De este modo
el universo se descompondría en mundos independientes entre los cuales
dejaría de existir cualquier relación. Bergson comprende la
naturaleza del tiempo como un principio unitario y absolutamente estable,
excluyendo de esta manera, desde un principio, la posibilidad del cambio del
ritmo de duración. Supongamos que su lógica admite la misma
duración en el caso de
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