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Kenneth R. Scholberg Michigan State University El siglo XV produjo en España varias crónicas particulares, historias de individuos excepcionales, tales como el Condestable de Castilla don Álvaro de Luna, el Condestable Miguel Lucas de Iranzo y el Conde don Pero Niño. La historia de este último, llamada El Victorial, fue escrita por su alférez Gutierre Díez de Games, quien, además de narrar las actividades, tanto amorosas como guerreras, de su héroe, incluyó en su obra una doctrina de la caballería, varios cuadros de la vida de marineros y caballeros y una gran diversidad de asuntos históricos o legendarios. Gutierre Díez no era un escritor profesional sino un hombre militar, aunque parece haber leído bastante y era buen observador de cuanto ocurría alrededor de él. El propósito de este estudio es hacer resaltar algunos de los conceptos y actitudes del autor con respecto a su materia. En el capítulo V de El Victorial Gutierre Díez presenta un breve resumen de una parte de la materia legendaria sobre la pérdida de España debido a los moros, materia que era la aceptada historia peninsular desde hacía siglos. El capítulo está encabezado así: «De los yerros en que vibían los gentiles. E como el rey don Rodrigo hizo abrir las puertas de la cueva de Toledo, que çerrara Ercules» (29). Díez de Games tiene como propósito apuntar las diferencias en las creencias de los gentiles y las de los cristianos y la corta narración sobre la pérdida de España parece como un paréntesis en la materia principal. El escritor empieza con una discusión de las creencias erróneas que sobre la muerte tenían los paganos, entre las cuales incluye el concepto de reencarnación y dice que, debido a ello, algunos gentiles escondían sus riquezas antes de morir con la esperanza de encontrarlas de nuevo al volver a la vida en otro cuerpo. Esto le da la oportunidad de hablar de Hércules y Rodrigo:
Sigue narrando la leyenda, de cómo cada nuevo rey añadía nuevas cerraduras a las puertas, hasta que el rey Rodrigo, motivado por la codicia, hizo abrir las puertas y entró en el palacio. En general su narración conforma con otras versiones de la historia, hasta que llega a hablar de lo que Rodrigo halló dentro de la casa:
No queda del todo claro a quién se refiere Díez cuando escribe: «Dize aquí el autor», si a sí mismo o a algún autor que le servía de fuente informativa. Normalmente cuando habla del «autor» en su obra, se refiere a sí mismo, pero el hecho de que diga que la casa de Hércules «está oy en día» en Toledo podría hacer pensar que se tratara de alguna otra fuente. También las expresiones «dizen que» y «avn diz» sugieren que citaba a alguna otra obra. El hecho es que no
he podido encontrar otra versión de la historia que hable de las
En todo caso, después de relatar este episodio de la casa de Hércules, de las puertas cerradas y el anuncio fatídico de la invasión mora, Díez de Games lo rechaza rotundamente: «Esto creedlo vos si quisiéredes, mas yo non lo quiero creer; porque estas tales cosas no las sufre la ley, la razón non las consiente, otrosí el pasar de la mucha gente» (31). La destrucción de España no la causó el abrir de unas puertas, dice, sino que se produjo por la justicia de Dios, por los pecados de la gente. Tampoco quiere admitir que fuera causada porque el rey Rodrigo violó a la hija del conde Julián, ya que, según él, «no fue aqueste tan gravísimo pecado, en tomar el rey vna moça de su reyno, como las gentes lo notan, sin casada, sin desposada. E avn que podía ser quel Rey no hera conjugado; ansí quel pecado hera en mucho menor grado, e Dios non pena en particular sino por pecado vnibersal» (31). Vuelve a atribuir el desastre a los pecados de la gente de entonces. Explica, además, que el achacar la culpa al rey Rodrigo fue obra de los que querían exonerar al conde Julián, a quien Games maldice terminantemente: «como maldicho sea el que bien dél dixere, biendicho será quien le maldixere, maldígalo Dios, que maldicho es» (31). El trozo sobre el rey Rodrigo, insertado a modo de una amplificatio retórica del asunto de las creencias paganas, es bastante corto -sólo ocupa dos páginas-, pero demuestra cierto criterio independiente y sentido crítico por parte de Gutierre Díez en cuanto a la interpretación de la historia nacional. Claro está que no parece cuestionar la veracidad de la materia tocante al rapto de la hija del conde Julián. Acepta lo que le parece razonable.
La misma mezcla de aceptación y escepticismo que se ve en la reacción que le produjo la leyenda de la casa de Hércules en Toledo y la violación de la hija del conde Julián se revela en otras ocasiones. Unas veces Díez de Games se
muestra sumamente prudente en lo que cree, pero en otros casos parece bastante ingenuo. Ejemplo de lo último es su aparente aceptación incondicional de la fabulosa historia de Inglaterra. Repite en su crónica (142 y sigs.) la leyenda de Bruto,
el supuesto fundador de Britania (Brutania), basándose probablemente en algún texto romanceado, específicamente francés, de la historia de ese pais90. Aunque hace alguno que otro comentario sobre el comportamiento de los personajes en
esta historia, nunca pone en tela de juicio la veracidad de los hechos que va narrando. Tampoco lo hace cuando se trata de otra de sus fuentes de información, el Libro de Alexandre, del cual transcribe a veces versos completos. Es más bien cuando
escribe sobre sucesos vistos u oídos personalmente (y que se refieren a la vida de su admirado héroe Pero Niño) que se muestra algo más cauteloso. Considérese, por ejemplo, su actitud hacia las profecías. Relata con evidente aprobación que, cuando Pero Nieto era joven, un italiano, de regreso de un peregrinaje a Santiago, les predijo a los padres del niño que éste sería un famoso y honrado caballero, gracias a su habilidad en el ejercicio de las armas. Cuando la madre le
preguntó cómo lo sabía, el italiano, después de afamar que todo está en el poder de Dios, le dijo que «de vuestro hijo vos digo
El ayo también amonesta, en el capítulo siguiente, contra el confiar en los alquimistas, quienes pretenden saber hacer oro o plata de otros materiales. Estos tipos, dice, le harán una demostración engañosa para que crea que ellos tienen esta habilidad, pero «a la fin fallarvos yades pobre e gastado todo lo vuestro. Digo vos que para esto buscan ellos honbres covdiçiosos e livianos de seso, que pierden lo suyo e viben denostados e perfazados entre las gentes» (70).
Cuando se trata de fenómenos naturales Gutierre Díez también muestra actitudes contradictorias. Sigue usando, sin duda, su fuente informativa cuando escribe que la reina Dorotea, la mujer de Bruto, practicaba «nigromançia maçenítica» y que sabía hacer aparecer toda una escuadra de navíos para espantar a sus enemigos (170-71). Pero también da fe a lo que le dicen otros, de que los moros de su tiempo eran hechiceros. En la sección en que escribe sobre las aventuras
marítimas de su héroe en el Mediterráneo, dice que cuando las galeras de Pero Niño se acercaban a Málaga, un día de mayo con un cielo muy claro, se levantó de pronto una niebla tan densa que no se podía ver de una galera a otra.
El fenómeno ocurrió dos veces y duró media hora cada vez, pero todos los marineros se santiguaron y se pusieron a rezar a Dios y llegaron con seguridad al puerto de Málaga. El autor repite, y evidentemente cree, la explicación de algunos de los marineros, que dijeron que la niebla fue causada por los moros, que usaban magia para hacer perder las naves de los cristianos (102). Contrastando con este episodio es el caso de un eclipse del sol, que nos revela el sentido común del autor. Se trata de una de las aventuras de Pero Niño en el Canal de la Mancha, cuando luchaba con los franceses contra los ingleses. Las galeras en las que iban los españoles estaban para salir de Rouen cuando ocurrió el eclipse y los tripulantes quedaron atemorizados, creyendo que era un mal agüero, una señal de tormentas en el mar, mortandad de gente, etc. El capitán Pero Niño no sólo les exhortó a tener fe en Dios y no creer en señales, sino que también les explicó
(según la ciencia de la época) lo que era un eclipse: «El sol está alto e la luna vaja, e agora acaeçe que pasa la luna antel sol e estorba que non pase la claridad a nos, ca la luna de sí mesma es escura, e no á otra claridad sino la
que resçibe del sol...» (247). En cuanto a su significado, Pero Niño lo compara al caso de dos viajeros: «Nos es maravilla que dos honbres, vno de Chipre e otro de Pruza, andando por el mundo se encuentran, e non fazen por eso señal; fiçieron
curso, mas non señal. Ansí ficieron agora la luna e el sol, que andando cada vno con su çielo, se encontraron, e pasó la luna antel sol. Pasarse á el vno
Poco más tarde, en un vuelo de fantasía literaria, el autor imagina una conversación entre sí mismo y la Razón; la ocasión se le ofrece al describir otra aventura en el Canal de la Mancha, cuando el viento cambió de pronto y no era posible acabar una lucha naval contra los navíos de un corsario inglés, Harry Paye. El «autor» empieza su apóstrofe: «¡O biento e bentura, que tan de refez te trocas! Tan movile es el tu andar; non ay en ti estavilidad ni firmeza. Quien en ti fía, ayna es derrocado. ¿Qué es la fortuna sinó bentura?» (256). Mantiene la equivalencia de viento = fortuna, para hablar de los peligros y sinsabores que sufren los que se aventuran a navegar los mares, aunque incluye también los desastres que causa el viento, o fortuna, en la tierra (256-57). En el capítulo siguiente (LXXXVIII), hace que la Razón le conteste en nombre del viento y de la fortuna. Ella explica que Dios «fizo e hordenó las quatro naturas, que son el fuego, e el ayre, e el agua e la tierra, para que criassen e obrasen en el mundo con la su birtud, e enfluençia de los querpos çelestiales, andamiento e conjunçión de los signos e planetas» (259). Es decir, presenta el concepto de los cuatro ele mentos y explica sus cualidades, siguiendo creencias comunes de la época. Así dice que el viento es una combinación de la humedad del agua y la frialdad de la tierra. El lugar natural del hombre es la tierra y «andar el honbre en la mar contra natura es. Pues él demanda las cosas contra natura, razón es que cruelmente perezca» (260). El hombre tiene la responsabilidad de lo que le pasa, no la naturaleza. En cuanto a fuerzas externas a la vida humana, su actitud también parece ofrecer ambigüedades. No hay duda de que la influencia de las estrellas existe para él. Además de la mención de la influencia de los cuerpos celestiales sobre los cuatro elementos, da a entender que las estrellas influyen directamente en los humanos. Entre otros elogios que prodiga a los franceses -Díez de Games, sin duda siguiendo a su capitán en esto, era gran admirador de todo lo francés- dice que ellos «son muy corteses e graçiosos en su fablar; son muy alegres, toman plazer de buena mente, e búscanlo. Ansí ellos como ellas son muy henamorados, e préçianse dello» (217-18). Explica que «naturalmente son en ellos estas vondades e prezas, en ser alegres e amorosos, porque aquella tierra es en el clima de vna estrella que dizen Venus, e que aquel clima es sopuesta aquella planeta, que es amorosa e alegre» (218), pero en seguida su buen sentido le lleva a declarar que «bien sea así, que los naturales [i. e., los naturalistas] ponen estas cosas segúnd lo que alcanzan saver de aquel arte de Estrología, que es motus et efecti. La su arte es grande, e el juizio peligroso...» (218).
Tal vez el ejemplo más típico de las actitudes de Gutierre Díez sea la consideración de unos fabulosos animales ingleses. Lo mismo que admira todo lo bueno de Francia, parece dispuesto a creer todo lo raro de Inglaterra. En efecto, según él, el mismo «nombre Angliaterra quiere dezir, en otra lengua, "tierra de maravillas"» (279). Entre tales maravillas, dice que ha oído de unos pájaros llamados «vacares» que nacen de los árboles: «E quando es ya el tiempo que son de
sazón, como las otras frutas, caen de los árvoles, que están colgados del pico. E al arrancar del árbol, dá vn gran grito. E el que á bentura de caer en el agua, nada luego e bibe. E los otros que caen en tierra e non pueden alcanzar a la mar, sécanse allí e mueren» (280). Díez de Games dice que había oído muchas veces de aquellos pájaros, pero que dudaba que fuese posible que tuvieran tal manera de nacer de un árbol, ya que era contraria a la naturaleza. Por fin,
dice, pidió informes sobre el caso a un inglés «muy entendido», quien le explicó que en la costa de Cornwall había un tipo de ave que hacía su nido en cierto árbol pequeño que crecía a la orilla del mar, donde ponía sus huevos y
los pajaritos se sustentaban de aquella planta (280-81). Es decir, la «maravilla» tiene una explicación lógica y natural92. A esta maravilla sigue otra, la de un animal acuático «que llaman pexe rey, el qual nunca es fallado en ninguna otra
parte sinó allí. E diz que á todas figuras como honbre, e que es de ese estado, e que es qubierto de vnas escamas muy fuertes, todas fechas a façión de arnés de brazos, e de piernas e de pies e manos, a tantas e tales quanteas á menester vn hombre darmas bien armado» (281). Dice además que si alguien mata una de estas criaturas marinas, no puede pescar allí durante tres años. Fue
La diversidad en las actitudes de Gutierre Díez de Games ante varios aspectos de lo que narraba no deben sorprender. Como dijimos al principio, no era escritor de profesión sino compañero y cronista de su amo y, como éste, hombre de acción, aunque también era buen lector, sobre todo si uno considera lo agitada que debe haber sido su vida, ya que acompañó a Pero Niño en gran parte de sus aventuras. Parece quizás algo más dispuesto a aceptar como verdadero lo que encuentra en sus fuentes, pero aún en eso presenta a veces una buena dosis de escepticismo, como atestigua su denegación de la explicación de la pérdida de España debido al rey Rodrigo. En general, arguye contra toda clase de superchería y superstición, pero incluye un pronóstico halagüeño sobre el futuro del joven Pero Niño. La presentación de la reina Dorotea como practicante de la nigromancia se debe, sin duda, a su fuente; la aceptada explicación de la súbita tormenta en el Mediterráneo representaría una actitud dispuesta a creer lo peor de los enemigos del cristianismo. En cuanto a otros fenómenos naturales, su actitud es, por lo menos, ambigua. Esto es así especialmente respecto a dos animales fabulosos de Inglaterra de los que tenía noticia. En un caso necesita una explicación lógica y posible; en el otro, no insiste en que debe haber tal explicación. El apuntar estas contradicciones o, si se quiere, divergencias en las actitudes de Gutierre Díez de Games no se debe interpretar como crítica negativa de su obra. Todo lo contrario, son estas dicotomías precisamente lo que hace su historia una de las obras en prosa más atrayentes del siglo XV. OBRAS CITADAS
Alfonso X el Sabio. Primera crónica general de España. 2 tomos. Ed. Ramón Menéndez Pidal. Madrid: Editorial Gredos, 1958. Díez de Games, Gutierre. El victorial: crónica de don Pero Niño, Conde de Buelna. Ed. Juan de Mata Carriazo. Madrid: Espasa-Calpe, 1940. Escavias, Pedro de. Repertorio de príncipes de España. Ed. Michel García. Madrid: Instituto de Estudios Giennenses del C. S. I. C., 1972. Menéndez Pidal, Ramón. Floresta de leyendas heroicas españolas: Rodrigo el último rey godo. 3 tomos. Madrid: 1958. Valera, Diego de. Memorial de diversas hazañas. Ed. Juan de Mata Carriazo. Madrid: Espasa-Calpe, 1941.
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