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Algunos días hace no puede uno coger los periódicos de Madrid sin mancharse las manos de sangre. Inspirados en la lectura de ellos, estos párrafos, necesariamente han de estar ensangrentados. Hago esta salvedad al principio para que el Gobierno provisional, al ver tan rojas estas columnas, no las tome por republicanas y me pida un fusil, que ni por galantería me ha ofrecido. Fusil dije, y aquí me paro, supuesto que estoy con las manos en la sangre, digo, en la masa. Ya saben mis lectores lo que pasó en Cádiz y tampoco ignorarán lo que acaba de suceder en Málaga. Pero si no tienen noticias detalladas de lo uno ni de lo otro, quédense en mi ignorancia, pues estos detalles son más fuertes que mí voluntad, y aunque los conozco, tengo que callarlos. Coleando todavía dentro de Cádiz la profesión del Caballero de Rodas, estaba llamando a las puertas de Málaga, guardadas por los voluntarios de la Libertad. -¿Quién va? -gritaron los de adentro. -Gente de paz -respondieron los de afuera. -¿Qué buscan? -Vuestros fusiles. -Pues entren por ellos. Y los que llamaban entraron, y los que estaban dentro los recibieron a balazos, quizá al grito de «¡Viva la fraternidad!». Los recién llegados correspondieron, al saludo con idénticas demostraciones fogosas, añadiendo a fuerza de generosos -124- algunas grageas que repartieron la escuadra de Topete y el castillo de Gibralfaro. Figúrense ustedes lo demás. Para ayudar un poco a la imaginación, alúmbrense con este tizón que tomo de la Gaceta: «Posesionadas las tropas de toda la ciudad, y apagado el incendio que se produjo en dos casas en la mañana de ayer, se procedió a enterrar los cadáveres; se llevaron los heridos a los hospitales, se recogieron las armas y se publicó un bando para que todas fueran entregadas en el término de tres horas». ¿Es cosa de cuidado lo que ustedes han visto a la luz de estos incendios? Pues así y todo, me guardaré muy bien de echar sobre el pueblo de Málaga, ni sobre el Caballero de Rodas, la responsabilidad de la catástrofe. Dios, que los conoce más a fondo que yo, los juzgará. Pero me es imposible pasar sobre esos sucesos sin detenerme ante los cadáveres y los escombros humeantes que fueron su consecuencia inmediata, cuadro consolador digno en todo y por todo de los tiempos de Atila. «¿Y por qué tantos horrores?», me pregunto delante de ellos. A lo cual contesta el Caballero de Rodas con la siguiente alocución: «Soldados: La víspera del combate no he querido dirigiros la palabra, como es costumbre en la guerra, porque tratándoos de cerca con esta larga excursión que venimos haciendo en favor de la causa del orden y de la Libertad, sabía que no necesitabais estímulo para cumplir con vuestro deber; mucho esperaba de vosotros, pero en la memorable jornada de ayer habéis superado a todas mis esperanzas». La contestación, como se deja comprender, no me tranquiliza gran cosa. La busco más satisfactoria entre los vencidos, y responden por ellos los órganos de la idea... «Los héroes de Cádiz se han reproducido en Málaga... Así obran los pueblos dignos de ser libres; así se conquista la libertad». No me satisface tampoco esa respuesta; pero la pongo junto a la primera, y observo que las dos tienen la misma base. El Caballero de Rodas ametralla a Málaga en nombre de la Libertad, y los malagueños ametrallan al Caballero de Rodas en nombre de la Libertad. Esto me recuerda a Espartero arrasando a Barcelona y a Sevilla con igual disculpa. Y es claro: los hombres pasan, pero las ideas permanecen. Lástima que la lógica no pase también como los hombres. Porque entonces Cádiz y Málaga, Sevilla y Barcelona, bombardeadas por los españoles, tendrían algo que echar en cara a Zaragoza y a Gerona, y los liberales indígenas algún derecho para llamar bárbaro al extranjero Bonaparte. Entre tanto, la libertad es lo contrario de la tiranía, de la opresión, del atropello, del derecho del fuerte sobre el débil, de la barbarie... Esta contradicción me confunde más y más, y me decido a discurrir por cuenta propia. Entonces vislumbro a los hombres del Gobierno más allá de Alcolea, pidiendo, con arrullos y caricias, auxilio al pueblo para derrocar una situación «degradada y envilecida». Veo después triunfar la revolución y confundirse en un estrecho abrazo los entorchados, los fraques y las blusas que la consumaron; oigo a los primeros llamar soberano al pueblo, y veo que, en nombre de la razón y como símbolo de sus derechos, y como cetro de su soberanía, le dan un fusil en vez de darle unos zapatos nuevos y unas leyes paternales. Veo más acá a esos mismos hombres temblar ante su propia hechura y, como la pastora de la fábula, mentir amores y -125- caricias para limar los dientes al león. Pero el de la historia no es cándido, y responde a los golpes de la lima con arrullos de barricada. ¿Y qué menos ha de hacerse para corresponder dignamente a la admiración con que nos contempla la Europa? Si el comercio se lastima, si la moral se relaja, si las familias huyen aterradas si el hogar se atropella, si los pueblos se arruinan, ¿qué vale eso? ¿No quedan grados para los vencedores, presidios para los vencidos y presupuesto abundante para los adictos al Poder? -¡Oh, el estómago, el estómago! ¡Qué perspectiva dejan de ver los que le tienen sobre los ojos! Cádiz, cubierta de luto; Málaga, anegada en sangre; Córdoba..., ¿quién sabe lo que será de ella si su pueblo da en la manía de creer también que la libertad se conquista y se defiende a balazos? ¿Y qué será de España entera si se enamora de esa teoría y el triunfante ejército del Caballero de Rodas, cegado en la sangre de Andalucía, se echa a recorrerla toda? Porque hay graves motivos para temerlo. «La patria os debe por ello eterno reconocimiento y gratitud profunda vuestro general en jefe». Así concluye la alocución del Caballero de Rodas. Y quien dice por quinientos cadáveres más o menos, ¿qué no dirá por quinientos mil? Si la patria debe por ellos «eterna gratitud» a los matadores, ¿qué no les deberá cuando la conviertan en un vasto cementerio? ¿Y qué no serán capaces de hacer esos patriotas por merecerlo? La patria agradecida a sus propios hijos porque la inundan de sangre fratricida. Así se habla siempre de lo que no se conoce. La patria empobrecida, herida en sus más caros intereses, cubierta de luto, maldice desde lo íntimo de su corazón a sus hijos desnaturalizados que, con una u otra bandera, y so pretexto de redimirla, la ultrajan y la esclavizan y la arrastran sobre el fango de todas las malas pasiones al abismo de su ruina. A la patria la veréis cuando se haga la verdadera revolución: la que no se ha echado a la calle jamás; la de los hombres honrados contra las pandillas políticas; la de los que pagan y producen, contra los que absorben y devoran. (De El Tío Cayetano, núm. 10.) 10 de enero de 1869. Señor don Cayetano de Noriega. En consonancia de la güena receisión que el país liberal rindió al desamen y estipule de mis artos de esta, que usté tuvo la honra de dar al molde, repito la consiguiente angunos particulares con el mismo ojento, respective al caso. Señor don Cayetano: Aquí la tuvimos gorda en el ufragio último, motivao al remude de la josticia. Yo y los míos trabajamos bien, pero no nos valió delgún arbitrio, inclusen tres palizas -126- repartías a tiempo en lugares convinientes al efeuto, y angunos disparos de fosil en la Casa-Concejo, contra los serviles que nos acorralaban al reguedor de la mesa votante. El letrado hijo mío, de que ya tiene Vd. conocencia, estuvo a la altura de su magestá de secretario, y él es el único que se ha podido conservar de los nuestros en el monecipio, y eso a manera de correspondencia transitable, si a-ve-nio convencional. Motivao a estas y otras, hemos tenío los ensalraos angunas circunferiencias en la sacristía de la iglesia, como punto nacional y conviniente al caso; y en estas circunferiencias he echado cinco prediques a satisfacción de los concurrentes, sobre todo del letrado susodicho hijo mío que es una sinfonía, tocante a voz y palabra fina. Por conceuto de este y otros güenos liberales de mi bando, yo soy quien para a dá qué silla más reluciente que la de esta alcaldía, y como al mesmo tiempo me han informao de que la indereuta de mis anteriores relate, tocante a ser destituyente por ufragio nacional, ha tenío magnífica encarnación en ánimo liberal me he resinao al caso concerniente, esperando por amañar, con el auxilio del letrado infrascrito hijo mío, una soflama que va a retaporción para los efeutos consiguientes, y quiero que me de también el molde. Anto a ello le espongo en todo su auge y consonancia, digiendo: Don Patricio Rigüelta, natural de estos reinos nacionales y sus islas contingentes, hijo de padres naturales, ya difuntos; mayor de edá, natrío de carnes y no mal parecío; desasninao en sus infancias en ortografía gramatical y cuentas hasta medio partir y partir por entero, hoy día albitrante y con otras industrias saludables, pudientemente y de arraigo. A tó El Orbe Tirraqueo De La España. Digo al respetive: Que me ofrezco a dir, por mí y ante mí, según mis peculios, y sin el sustipendio de tanto más cuanto, a las Cortes del Congreso, por sufragio liberal al resultante de lo que estipulo al calce, imargen a continuación: Soy liberal ensalzao desde mis tiernas joventudes y espencé mi carrera a los seis años descalabrando al señor cura, y destrozándole seis cerojales y un camueso... Nunca aprendí en la escuela el catecismo; y por no comulgar por Pascua Florida me anunciaron con otros fieles a la puerta de la iglesia nueve años relativos, en los tiempos inominiosos de los serviles amoderaos y otros a igual respeuto. Han llovido sobre mis costillas muchísimos palos de la autoridad por prenunciamiento contra el mandato constituido no según mis indicaciones, y la cárcel me conoce mucho por delitos al respetive. No ha sío quién dengún alcalde servil para sacarme un real por contrebución que he sío el primero a pagar cuando han impezao los míos de nusotros; y por tirria a los tiranos, y no quisiendo que se beneficien ellos el sudor de los pobres, los de este pueblo y colindantes se han servío siempre en sales y tabacos de mano del letrado hijo mío, que se lo procuraban a medio precio, respetive al de los estancos y follimes. Así soy yo por lo que toca a endenantes y de presente. Por évate ahora para el día de mañana. Si me votáis con el ufragio, ya veréis lo que es canela. Si por vosotros llego a entrar en el Congreso de las Cortes, por darvos gusto seré capaz de votar por el mismo Pateta si le queréis. Po supuesto, ná de quintas, ná de curas, ná de Papa, ná de Rey, ná de enseñanza, ná de mortalización, ná de hipotecas, ná de comercio, -127- ná de trabajo, ná de garrote vil y ná de contrebución. Abajo con ella. Viva la libertad. El que sea más listo que más apande y buen probecho le haga, que así nos hizo Dios, y por eso los deos de la mano no son iguales. Ítem. Me comprometo a no pedir sustipendios nacionales, si no es pa mi persona, pa el letrado hijo mío, pa mis parientes cercanos, pa los ensalzaos de esta vecindá y pa los que me voten en el ufragio, que bien lo merecemos si triunfamos. Ítem. A la vera del Gobierno provisional seré un procuraor costante de too el reondel de la provincia liberal; y advierto que a emportuno y osiquioso denguno me echa la pata, pues ocho horas de una sentá apegao a una puerta, ya me costa a lo que saben: y porque valga la mía hago yo presa a un novillo si a mano viene. Ítem. Por toos estos trabajos no almitiré sustipendio de arancel, sino lo que güenamente quiera apurrir la fineza de los interesados. Ítem. Soy recio de voz, resisto hora y media gritando, y sé de memoria tres pedriques liberales que no tiene güelta anque les haga la contra el secula sinfinito. ¿Vos convengo así? Pus, en otro caso, pedir sin contedad, que yo a too me allano, porque me creo capaz de los imposibles. Y si no vos satisfacen promesas, tamién me comprometo a firmar un documento en que costen las mías, y a comérmele en el día de mañana si falto a ellas. En toas las maneras no vos aceleréis, y fijarvos bien en lo que semos unos y otros. Con hombres como yo, trunfaremos; con los otros nos perdimos. Al consiguiente de ello quiero que coste, y así lo firmo con esta fecha, presente el letrado hijo mío que dará fe en su día. Patricio Rigüelta. (De El Tío Cayetano, núm. 10.) 10 de enero de 1869. En medio de las amarguras más insoportables de la vida humana, se encuentra una gota de almíbar que endulza un poco las tragaderas. En el orden moral, esto es un axioma. En el revolucionario, lo comprueban también ciertos hechos como los entorchados autónomos, algunas enfermedades de La Iberia, la última revolución de las Novedades y la rifa de don Pascual Nador. Los que, como El Tío Cayetano, no tienen cuchara en el festín de la cosa pública, pueden sacar mucho partido, con un poco de filosofía, hasta del espectáculo que of recen los que en él se regodean. De festín hablé, y la palabra me apunta un recuerdo que puede conducirme con suma facilidad al fin que busco. Póngase el almuerzo de un dómine sobre la mesa de su cátedra; véase éste obligado a abandonarla repentinamente, y ya ustedes saben lo que allí sucederá. Yo lo sé por experiencia. El más atrevido se acerca a la cazuela y levanta la tapadera; otro, pellizca las tajadas; otro, moja el pan en la salsa, algunos las uñas, y no falta quien haga trizas el cacharro y hasta que lama después los cascos. En el primer instante, todo va a placer; pero bien pronto acometen a los -128- amotinados recelos y sobresaltos; el zumbido de una mosca les parece la voz del dómine; las pisadas, zurriagazos, y entre voces de alarma, huidas, tropezones y congojas por el temor a la infalible paliza que les aguarda cuando se descubra el desaguisado, presentan los chicuelos una perspectiva que no hace envidiar el atracón que se pegaron. Si licet exemplis in magnis parvibus uti, los hombres de la situación están ofreciendo más de un punto de semejanza con aquellos impúberes, cuyo recuerdo, al conducirme hasta la época más gloriosa de mi vida profesoral, es un fresquísimo rocío que suaviza y estira las arrugas de mis años. No peco de ingrato. Me reconozco deudor de tan raro beneficio a la Gloriosa de septiembre. Por ésta y otras razones soy yo ministerial. Los autores de la gorda, cebados, olim, en la cazuela nacional que estaba sobre la mesa del Poder, conocían por demás el exquisito punto culinario de los manjares que encerraba. A la septiembre, digo, a sazón, cursaban, por riguroso trámite académico, táctica revolucionaria, que es materia estimulante y aperitiva como ninguna; y estaba la cátedra que hervía de alumnos: chicos animosos, despreocupados y con un estómago de primera fuerza. Pero el dómine era cachazudo y apegado a la silla, y no la soltaba ni perdía de vista la cazuela; con lo que más y más se sublevaban los estómagos hambrientos. Al cabo llegó al paroxismo de la impaciencia, echó al dómine por la ventana y se apoderó de la mesa. No era la cazuela como la mía; parecíase más al sombrero de Macallister, porque era inagotable, y había en ella, entre mil zarandajas, mendrugos para el estómago, cintajos para las solapas, estrellitas para todo un cielo, fajas para la cintura y hasta bordados para las mangas. Cada cual de los amotinados pudo saciar su apetito conforme al deseo. Quién se adornó con un pavo real; quién, más positivo, se llenó los bolsillos de provisiones de boca; quién, iluso, más necesitado que nadie, escogió un fusil por todo consuelo, y gritando viva la Libertad y abajo la opresión, se dio a remedar a los soldados. Tremenda, asoladora, fue la primera embestida a la cazuela, que estuvo a punto de ser agotada, a pesar de su condición de inagotable. Por eso, los que allí mandaban impusieron un poco de orden y metodizaron el festín. Al efecto, echaron a la calle a los de los fusiles, quedáronse junto a la mesa los de los cintajos, y se colocaron como guardianes a la puerta los que, llamándose ecos de la opinión pública, cargaron de resmas de papel y de fardos de mazapán. Desde entonces acá se come con más holgura, pero no con más tranquilidad, porque se ve la mano del dómine en la sombra de cada brazo que avanza a la cazuela, y hasta el ruido de las mandíbulas y de las cucharas les parece el de las disciplinas. -¡Ojo! -grita a cada momento la vigilante Prensa, sin dejar de engullir. -¿Quién va? -responden los de la mesa, con la boca atascada. -La mano oculta -replican los guardianes. -Pues, leña -dicen los otros por la ventana a la gente armada. Y pasa un cura, se le abre en dos la cabeza, y ya se tranquiliza la situación. De cuando en cuando se oyen alarmantes rumores entre la gente de afuera, tal vez por hambre, tal vez por indignación. Entonces, uno de los de adentro pinta algunas libertades contrahechas -129- y las arroja a la muchedumbre, que las devora, a falta de pan. Pero al estómago no se le engaña con pinturas, y el del pueblo no tarda en pronunciarse en seguida que la vista se ha recreado. Crecen, pues, los rumores del principio y toman un carácter muy grave. -¡Ojo! -vuelve a gritar la Prensa. -¿Quién se menea ahora? -preguntan los jefes. -La mano del dómine. -Pues fuego en ella. Y como ya no es un cura el que pasa, sino dos pueblos armados, alguno de los de los cintajos se echa a la calle al frente de sus batallones y la siembra de cadáveres; proeza que proporciona al espectador de afuera el placer de contemplar después algunos huéspedes nuevos alrededor de la cazuela. Nueva emisión de libertades llueve desde las ventanas del gran salón. Los del banquete llevan su generosidad hasta el punto de dejar al pueblo que elija a su gusto algunos hombres que pasen a ajustar las cuentas del gasto, a tasar la cazuela y a poner otro dómine que sustituya al arrojado por la ventana. Ebullición espantosa, esta vez de entusiasmo, porque el pueblo es cándido y nunca sospecha menos que cuando se le está engañando más. -¡Ojo! -torna a gritar la Prensa, devorando su repuesto de mendrugos. -¿Quién pasa? -dicen los de la cazuela. -La mano oculta, que os arrebata el guisado. -Pues a la cárcel con ella. Y el pueblo, crédulo y sencillo, aporrea a cuatro curas acá, tres docenas de retrógrados allá; ayuda a encarcelar en el otro lado a algunas influencias reaccionarias, y no echa de ver que, entre tanto, los agentes de los hombres del festín llenan a su gusto las urnas ambicionadas de donde han de salir los jueces de la cuestión magna. A todo esto, sin dejar de mover las mandíbulas, no cesan los gritos de alerta en la Prensa, ni el fantasma de la mano oculta desaparece de junto a la cazuela. Y como el país que paga el gasto y no prueba la comida no ve ese coco por ninguna parte, por más que abre los ojos, pregunta muy caviloso ya: -¿En qué quedamos? Ese ojo avizor y esa mano oculta, ¿son una farsa para distraer nuestra atención y entretenernos el hambre, o son los gritos de vuestra conciencia, o un aviso misterioso de alguna felpa que os esté decretada? Yo recuerdo la situación de los alumnos que me devoraban el almuerzo, situación tan semejante en el fondo a la de los apostrofados así por el país, y tengo mi juicio formado acerca de la significación de esa mano y de ese ojo que van pegados a la situación como la sombra al cuerpo, como el delito a la expiación. Este juicio es la gota de almíbar que me endulza un poco las amarguras que me corresponden como a todo español que ha contribuido con su migaja a rellenar la cazuela de septiembre. Le ofrezco la mitad al Gobierno, en la seguridad de que, sirviéndole cuando menos de enmienda, le evitará una indigestión, y eso irá ganando si viene el dómine cuya sombra le espeluzna. (De El Tío Cayetano, núm. 12.) 24 de enero de 1869. -130- La situación estalló al fin... No se hagan ustedes ilusiones, porque me refiero a su primer embarazo. Digo, pues, que estalló la situación por un costado: en el que germinaban los flamantes padres de la patria; y ésta ha respirado fuerte, después de estar algún tiempo tragando el resultado y la saliva. También El Tío Cayetano salió del apuro en que se hallaba ocho días hace, y se encuentra en este instante lleno de alegría, porque hay una duda menos que le oscurezca el porvenir. La primera figura que he visto a la luz de este descubrimiento, por más señas, bailando al son del himno de Riego y saltando la alegría por todos los ojales de la casaca, ha sido la del Gobierno provisional, o, como si dijéramos, el comadrón del parto venturoso. Luego han sido de su gusto la operación y el recién nacido. Es indudable. El Gobierno y yo tenemos sobrados motivos para regocijarnos hoy. Uno y otro sabemos ya a qué atenernos. Uno y otro ignoramos el paradero que aguarda a España más allá de las Constituyentes; pero conocemos el camino por donde hemos de marchar todos a la salvación o al abismo, y ese camino no le conocíamos ocho días hace. El Gobierno lo sospechaba. Yo lo presumía. Pero entre poseer y creer que se posee hay una diferencia enorme. Que lo digan los imponentes de la Caja de Depósitos. Mi alegría no tiene otro motivo que el indicado. La del Gobierno, sí. Sus hombres dijeron en Cádiz: «Queremos que una legalidad común, Por Todos Creada, tenga implícito y constante El Respeto A Todos... Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito... con los amantes del orden, si quieren verle establecido sobre las firmísimas bases. De La Moralidad Y Del Derecho; con los ardientes partidarios de las libertades individuales..., con el apoyo de Los Ministros Del Altar, etc.». Y esta oferta ha debido de pesar como una losa sobre sus ánimos generosos tan combatidos por los enemigos de la libertad. La mano oculta de la reacción que ametralló a Cádiz y bombardeó a Málaga y apaleó a Ferrer, a Toro y a Pego, y quiso revelar los guardias del ministerio de la Gobernación, era de temer como nunca en las circunstancias por que acababa de atravesar España. Y los hechos confirman la razón de estos temores: En Toledo, en Cuenca, en Valencia, en León, en Burgos, en Navarra, en Lérida, en Santander y en otras muchas provincias, la mano fatídica se cernió sobre las urnas electorales, amenazando llenarlas de candidaturas para invadir mañana los escaños del Congreso. En una parte tomaba el color de la República; en otras, el de la monarquía católica; pero, afortunadamente, en todas ellas la vigilancia y el celo patriótico del Gobierno lograron sobreponerse a tanta calamidad. Sangre han costado también estos alardes, y en algunos puntos, como -131- Noja y Argoños, de esta provincia, hubo necesidad de que interviniera un piquete del Ejército, no, gracias a Dios, para contener ningún motín; sino para llevar a una fortaleza, como la de Santoña, a algunos individuos de las mesas, que olían a reaccionarios y estaban allí muy a gusto de sus convecinos, esperando pacíficamente la emisión de los sufragios de éstos. Pero ¿qué valen estas aparentes infracciones de los principios proclamados en el manifiesto de Cádiz y en todas las circulares de Sagasta; estos simulados atropellos de la ley; estas artificiales burlas de la credulidad del país; estos escarnios hacia uno de los derechos más ponderados por los hombres de la situación, entre todos los que, según ellos, deben los españoles al pronunciamiento de septiembre? El prestigio, la dignidad del Gobierno popular elegido por el sufragio nacional..., de la Junta Revolucionaria de Madrid, exigían estos y otros mayores sacrificios de la patria, que, si no es ingrata, tendrá que reconocer y remunerar con largueza. Porque sus excelencias, a trueque de salvar los venerandos principios de la revolución, no han temido aparecer a los ojos de los hombres inexpertos como los más dignos émulos del gran elector, y muy por cima de González Bravo en punto a tropelías y arbitrariedades. Merced a tan heroico sacrificio, tenemos ya unas Cortes ministeriales; más que ministeriales, progresistas, y, por añadidura, bien identificadas con el presupuesto; Cortes que no pondrán al Gobierno en un apuro en cada votación ni a España en un conflicto cada día. Porque la discusión no será turbulenta, los acuerdos se vendrán ellos solos y el desenlace final será de más efecto. Lo que causa verdadera lástima es la minoría vicalvarista que esta vez ha salido de las urnas. Decididamente, los años se siguen y no se parecen. A los hombres y a los sucesos les pasa lo mismo. Que lo digan, si no, mil ochocientos cincuenta y seis y mil ochocientos sesenta, y nueve: Madrid y Alcolea; O'Donnell y Serrano. Este desastre ofrece, por otro lado, sus ventajas, porque dando por sí solo una incógnita eliminada, facilita el despejo de la principal, a cargo de los algebristas de la escuela del señor Sagasta. Adelante, pues, Olózaga con sus principios. Ahora o nunca, señor diplomático. Ínterin, entre tanto, días y mientras que aprovecho yo toda la alegría que debo a la campaña electoral para cantar otra de las virtudes que reconozco en el Gobierno que preside el general Serrano, y no es la que menos ha contribuido a inspirarme cierto ministerialismo que ustedes habrán notado en mí hace días. El Gobierno provisional sabe que no tiene en España más amigos que los que comen del presupuesto. Se le acaba de presentar una ocasión en que pudo captarse algunas simpatías entre aquellos partidos que le son más hostiles y representan grandes intereses y no escasas fuerzas en el país. Sin embargo, ha preferido irritarlos más y más, hiriéndolos con inaudita saña en los puntos más sensibles de su dignidad y de su derecho. Esta conducta me prueba que sus excelencias libertadoras han previsto el fin de sus triunfos y eligen esa senda para llegar a él más pronto. A buen seguro que les cierra el paso quien de buen español se precie. (De El Tío Cayetano, núm. 12.) 24 de enero de 1869. -132- Está corrida la tela, y ofrezco a mis lectores un espectáculo tan interesante como el que ofreció Ginés de Pasamonte al famoso Caballero de la Triste Figura y demás huéspedes de la venta. Aquí no hay Melisendras, ni Gaiferos, ni moros, ni fortalezas; pero hay mucho pájaro de cuenta que puede dar tanto juego como los autómatas reducidos a polvo por la tizona del heroico manchego. La escena, como se ve, lo mismo puede representar una olla de grillos, que un patio de vecindad, que una plaza pública, que una nación en vías de reconstituirse. Elijan ustedes lo que más les cuadre, y miren si no están bien propias esas nueve figuras sentadas alrededor de una mesa. La del centro y la que le sigue por la derecha son dos generales; para el uno parece que se creó el dulce placer de no hacer nada; del otro, por el contrario, podría decirse que para él no se ha creado bastante todavía en el mundo, según la cara de ambición que la distingue. La tercera figurita zurce, con un espeque y un cable, una telaraña que ha cogido del sombrero de su a látere que dormita, y a cuyo débil tegumento ha dado en la manía de llamar honra nacional. La quinta, estruja, manosea y exprime con desesperación una bolsa vacía. La sexta, echa papelitos en una cuba desfondada, que amenaza desorganizarse en sus manos. La séptima se deleita en destruir con una piqueta pequeños templos y monasterios, cuyos escombros ofrece, entre zalemas y contorsiones, a un busto de Mahoma que tiene delante, después que el personaje que le sigue ha rebuscado entre las chinitas que figuran los sillares, pedacitos de pergamino, remedos de esculturas antiguas, monedas y relicarios, que apila y clasifica con afán. El último autómata se gasta la paciencia en escribir cuartillas, salvando en unas los errores que apunta en otras. Ese grupo que junto a la mesa agita incensarios, no tiene más incumbencia que ésa, a cambio de los mendrugos que, de cuando en cuando, les dan los nuevos señores. Los que escriben al otro lado y no comen, harto muestran en sus fisonomías de vinagre y rescoldo que no escriben alabanzas de los que devoran. Eso, multitud de monigotes que se agitan y manotean acá y allá figura el pueblo y los contribuyentes, que matan el hambre y el mal humor según el carácter de cada grupo, por lo cual más de dos de ellos se apalean. Repara cómo el señor de la bolsa se levanta, da un paseo por la escena y se la presenta, como un postulante, a cada figura que revela en su porte buena posición social. Pero todos le vuelven la espalda, encogiéndose de hombros. Otros la apedrean y nadie le da un cuarto. Los de los incensarios enseñan los puños a los desdeñosos. El de la bolsa, mustio y cabizbajo, llega hasta los incensarios, y dándoles a entender que no hay más por entonces, sacude encima de ellos el polvo que aquélla conserva entre sus pliegues, y por eso le inciensan de nuevo y le adoran postrados. Algunos grupos se amotinan al verlo y amenazan a los generales; pero éstos, con una presteza admirable, que -133- demuestra la frecuencia con que lo hacen, se cambian la casaca; el de la piqueta destruye una catedral y el de las cuartillas escribe media docena más. -Tranquilidad por un momento. -Aprovechémosla para acabar de explicar la situación. Se acaba de despedir el inquilino de la casona que se ve enfrente, y se trata de buscar otro de un carácter más adaptable a las exigencias de la vecindad, que, al efecto, tiene voz y voto. La elección ha de hacerse en la casa que aparece a la derecha. Ese que se presenta por aquella bocacalle con larga viveza y una rueda de amolar es un pretendiente a la casona. Al verle, los generales dan otra vuelta a la casaca y le saludan afectuosísimos. El grupo de al lado inciensa al recién venido. Éste presenta a los nueve unos papeles, que tienen más de recibo que de solicitud. Una especie de tití con largos bigotes de estopa, ayudado por un monigote algo carcomido y renqueando, sube sobre un guardacantón y hace que protesta contra el intruso y que arenga a los grupos, y los señala con el dedo, y después, a sí mismo, y después, a la casona, y después, a la otra casa. Y los grupos dicen que sí e injurian al de la rueda y a los de la mesa. Por eso cambian éstos otra vez la casaca, saludando al orador, y se va el de la rueda echando chispas. Ahora aparecen nuevos personajes: uno con organillo y un mono y otro muy finchado y desdeñoso, con grandes relumbrones. Ambos vienen asidos a los faldones de la casaca de un tercero, que los presenta a los nueve de la mesa. Reparen ustedes cómo en este asunto concurren los mismos lances que en el otro del de la rueda de amolar. En vista de ello, los de la mesa convienen en la necesidad de elegir unos pocos que representen a la vecindad la cuestión magna. Para que la elección sea más ordenada y legal se empieza por amarrar de pies y manos al grupo que escribe y no come y no aprueba, y por echar de la plaza a cuantos piensan como él. Elegido así el conclave, se dirige a la casa de la derecha, a cuya puerta aparecen los tres aspirantes. El del organillo toca el himno de Garibaldi a cada uno que pasa, y se descoyunta a saludos; el finchado no chista; el de la rueda brinda a los que entran con algo que no se distingue bien, pero que debe de valer mucho. Las turbas se aglomeran a la puerta. De pronto se detienen como movidas por un resorte; algunos de los de adentro salen, se reúnen a los grupos, y todos miran aterrados hacia un punto del horizonte. -Reparen ustedes también y verán ciertos bultos negros que crecen a medida que se acercan. -Ahora se reúnen en una sola mesa, que se estira y retuerce y cada vez se acerca más. Muge el huracán, desplómanse las chimeneas, rómpense los cristales y el monstruo se enrosca y serpentea y sigue aproximándose. Los grupos se deshacen, las tropas aparecen, los niños lloran y los perros aúllan. Cuando en este país se arma la gran culebra que es el monstruo que ustedes están viendo, sólo Dios alcanza a verle la cola. Nosotros la veremos en el segundo acto, por lo cual, acabado aquí el primero, echo el telón para disponer el retablo. (De El Tío Cayetano, núm. 15.) 14 de febrero de 1869. -134- La libertad se consolida indudablemente en España, si la libertad es más fuerte cuando es más ostensible, más lata y más inviolable hasta en sus excesos. Desde este punto de vista, la revolución de septiembre ha cumplido su palabra. El pueblo español de hoy no se parece en nada al pueblo español de agosto; ahora es libre, completamente libre. Las manifestaciones de esta libertad soberana se palpan a cada instante; y solamente los delegados de su soberanía, los que tienen los ojos en el plato del presupuesto y las manos sobre la nómina y los oídos en el sordo rumor de los trabajos reaccionarios son tan desgraciados, que no pueden admirar los frutos que a cada instante ofrece en la gran familia regenerada la empresa regeneradora de Cádiz y Alcolea. Se hundió para siempre aquella tiranía insoportable que, empuñando el lápiz rojo, o el bastón de doradas borlas, o la vara grosera del polizonte, refrenaba en la Prensa los ímpetus de una pluma vehemente y en la calle las expansiones fuertes de las masas. Hoy que el pueblo pasó de la categoría de esclavo a la de soberano, como soberano sigue su marcha triunfal. Nada hay vedado a su autoridad indiscutible, y allí donde reina el orden y la justicia se respeta, es por un favor que otorga, no por un deber que cumple. Las tradicionales instituciones, las que, como la religión católica, afectan al bienestar y al modo de ser de las familias morigeradas y trabajadoras, se pisotean y se escarnecen entre el fango de los basureros y el humo de las tabernas. Un pueblo ocupado en las rudas faenas del campo, o de la industria, o del comercio, atento sólo a procurarse el sustento que necesita, y dejando, por arduas y complicadas, ciertas cuestiones al criterio de los doctores, no es un pueblo digno de la época que alcanzamos. Está más en carácter revolviéndola de plano, supuesto que para entender en ellas no es un obstáculo la ignorancia. Un niño entretenido en recorrer las calles entonando a coro con otros camaradas los viejos romances de nuestras tradiciones religiosas, ofrecía a la imaginación de los hombres pensadores algo de penoso y desconsolador. Hoy los niños, a Dios gracias, juegan a la República y gritan: «¡Abajo los curas!». «¡Muera el Papa!». Y a la vez lo dicen en letras de molde, a la faz del mundo entero, correspondiendo denodadamente a los esfuerzos que los hombres, quizá con mejores formas, pero no con mejor intención, hacen en el propio terreno y en igual sentido. Conviene romper, aun con la leche en los labios, ciertas trabas con que el oscurantismo de las viejas épocas entorpecía la marcha de la Humanidad en la senda de su perfección. Y un pueblo que ofrece el espectáculo que el nuestro; un pueblo en que los niños, los braceros y las comadres toman parte activa en las grandes cuestiones públicas y rompen de un golpe con el pasado, y resuelven -135- en el club, en la plaza, en la taberna y en el periódico los problemas que han respetado los sabios de todos los siglos, promete bajo aquel aspecto grandes cosas para lo por venir. Empezar la regeneración española por arrancar a la ignorancia de las tinieblas que le son peculiares, fuera obra por demás lenta; es mejor sacarla de golpe a la claridad deslumbradora de todas las libertades imaginables, y dejarla que, loca y desatentada, choque con todos los objetos, incapaz de apreciar ni la índole de éstos ni la distancia que de ellos la separan. Si atropella, ¿qué importa? Si destruye, ¿qué más da? Para eso es libre. Algunos dicen: «Un hombre ofendido por otro en la Prensa o en la calle tiene el recurso de la defensa, aunque sea desesperada; pero las ofensas hechas al pudor con la pluma o con la lengua, las causadas al sentimiento religioso, las que escandalizan la conciencia de la sociedad entera, ¿quién las conjura? Si, como ahora sucede, es el soberano quien las produce, ¿quién le pone tasa, a qué tribunal se acude en demanda de la reparación que la justicia reclama?». Pusilánimes. El señor Sagasta sostiene que la libertad se limita y reglamenta por sí misma. Los que en Sevilla fusilaron a la Virgen; los que en Tortosa metieron un asno en el templo para que rebuznase en el altar mayor; los que, sin respeto a sus canas venerables, ya que no a su augusta investidura, escarnecen e injurian en la Prensa todos los días al Padre común de los fieles; los que en la misma acusaron sin descanso de ladrón al respetable prelado, sin haberse tomado el trabajo de reparar una parte del agravio cuando se hallaron las pruebas de la inocencia del acusado; los que desahogan su fervor patriótico con coros de insultos a la puerta de pacíficos ciudadanos; los que pasean triunfantes la obscenidad y la licencia por plazas, templos y cátedras, en condiciones, discursos y caricaturas, sin que se les oponga el menor obstáculo, sin que se les exija la responsabilidad que caería sobre ellos si el objeto de sus burlas fuera la diosa Razón o la estampa de la Libertad, son otras tantas pruebas evidentes de que no falla la máxima del señor ministro de la Gobernación. Por creerla a puño cerrado también es por lo que, sin duda, sus agentes se hacen los dormidos ante los sucesos que a la sombra de la libertad se cometen, con escándalo de esas familias oscurantistas que aun tienen en algo a Dios y a sus ministros, a la paz del hogar y a la conciencia pública. (De El Tío Cayetano, núm. 16.) 21 de febrero de 1869. El telégrafo continúa remitiendo a la Península, con una prodigalidad escandalosa, lo que va produciendo la última sementera del general Dulce. Admirable semilla. Asombroso terreno. Prodigiosa mano. «Las insurrecciones aumentan. -Suspendidas libertades. -Creados consejos de guerra para los delincuentes. -Se arbitran recursos». Dicen los últimos partes. En Plaza. -La cosecha es superior a -136- mis esperanzas. -El fruto no cabe en los graneros. -Se me cae la casa a cuestas y acudo a los viejos puntales que derribé a mi llegada, por lo mismo que eran los únicos capaces de resistir la pesadumbre de este edificio. Si esta proeza del célebre general de Vicálvaro no estuviera a punto de ocasionar la ruina de media España después de haber cubierto de luto a la Habana, casi me atrevería a cercenarle parte de la gloria que le corresponde por ella en beneficio del Gobierno provisional, a cuya iniciativa se debe la marcha del leal caudillo del Campo de Guardias a la isla de Cuba y hasta la implantación allí del árbol regenerador de septiembre. Otra parte, y no escasa, diera también a la Prensa liberalísima que se ha enronquecido, la pobre, a fuerza de pedir para nuestras Antillas las libertades que tan en paz nos tienen cuatro meses hace en la metrópoli, y merced a las que no se ha derramado una gota de sangre en Andalucía, ni se ha roto un cráneo en los colegios electorales, ni se ha encarcelado a ningún español, ni se ha decretado un empréstito, ni se ha dejado de pagar una sola obligación del Estado. Por otro lado, esa Prensa y ese Gobierno no necesitan para nada los jirones de gloria ultramarina que en esta ocasión pudieran adquirir. Una y otro cuentan ya con títulos sobrados para que la Historia, si no se pronuncia también, si es leal a su condición, les reserve un par de párrafos que no se borren a los primeros restregones. Por de pronto, convengamos en que es admirable el tacto y el desinterés con que en Madrid se estudian entre el uno y la otra las cuestiones que, como ésta, afectan al corazón de la patria. ¿Piden los contribuyentes soldados para Cuba, fuerzas para sofocar aquella rebelión? Pues se le dan libertades para fomentarla, porque lo exige la Prensa que no representa en España más interés que los de una legión de empleados o de cesantes. Nada es comparable, en opinión de los hombres que nos administran y en la de los que los aconsejan, a la perspectiva que presentaran en el Congreso nacional dos docenas de diputados con dril y jipijapa, entre los que ya, le adornan de frac y de chaqueta. El himno de Riego nos dejó sin las colonias de América, que hoy son las naciones que más cordialmente nos detestan. Pues tóquese en la isla de Cuba, por lo mismo que una rebelión estalla en ella al grito de «Independencia». Y por si esto es poco, lleve la música y los atriles el único hombre que, sin merecer por completo las simpatías de los rebeldes, se ha enajenado, la confianza de todo español que tenga en Cuba un palmo de terreno que defender. A los primeros acordes del himno libertador se tiñe de sangre el suelo que besó Colón antes de entregársele a Castilla; la propiedad se estremece y el pabellón nacional se abate, no sé si herido por la metralla o corrido de vergüenza. Sólo entonces se le ocurre al destructor de los símbolos borbónicos que su munificencia liberal le compromete, y aun así necesita ver la situación al fulgor siniestro que refleja el filo de un puñal que amenaza su vida; sólo entonces se decide a retirar una dádiva de que tan pródigo se mostró, porque sólo retirándola se puede contener por un instante la catástrofe. Saludable dádiva. Entonces se aperciben también los órganos de la Gloriosa de que la conservación de la isla de Cuba es cuestión de honra nacional; y como si no hubiera hecho todo lo posible por perder aquel rico pedazo de nuestra pasada -137- grandeza, cambian de rumbo y piden a gritos hombres y dinero para salvarle. El pueblo español, el anima vilis en todas las situaciones, sabiendo lo que tiene que esperar de sus gobernantes, se apresta a ir en auxilio de sus hermanos que luchan como héroes al otro lado del Atlántico. El día en que esta empresa se realice dirá esa misma Prensa que a ella, centinela constante de los intereses de sus conciudadanos, se le debe todo. Salud se le vuelva. Pero yo admiro mucho más que esos desvelos, la serenidad del Gobierno provisional. «Conmigo no va nada», dice muy impávido y desdeñoso, ante la augusta representación del sufragio, al tener noticia de la catástrofe de Cuba. «Todo esto se debe a las pasadas administraciones». En esta salida no hallo más que un lado censurable: la impunidad tras de la cual se guarece el Gobierno; la confianza que abrigan sus excelencias anormales de que el cargo que hacen a los pasados Gobiernos no podrán hacérselo a ellos los que los sucedan. Y se prueba fácilmente. El Gobierno actual está convencido de que en sus manos ha de perecer lo poco que España conserva aún que de algo le sirva. Los que vengan detrás, como nada heredarán, nada tendrán que perder, nada que pedirle..., como no le pidan una limosna para la infeliz España regenerada. (De El Tío Cayetano, núm. 16.) 21 de febrero de 1869. Si es verdad que el estilo revela el carácter del hombre, como corolario se desprende de esta máxima que los actos del hombre hacen adivinar el carácter de su estilo. Yo conocía los actos ministeriales y hasta los detalles fisonómicos y personales del señor Romero Ortiz, y me había imaginado un estilo que la Gaceta tuvo siempre buen cuidado de ocultar debajo de los secos articulados del ministro de Gracia y Justicia. De este modo, entre las sospechas del estilo y los datos evidentes de la personalidad física y política de su excelencia, había llegado a formarme esta especie de síntesis indolente del señor ministro revolucionario: «Ocupo este sitio para destruir, y destruiré todo aquello que no exija más complicaciones que arrimar el hombro y hacer un esfuerzo. »Ni diré por qué ni para qué. Nada de preámbulos, ni de explicaciones, ni de literatura». El estilo, y algo más relacionado con él, evidenciado por el señor Romero Ortiz en la sesión constituyente del día 24, me han demostrado que no me equivoqué en el juicio que me permití formar de su excelencia ejecutiva. No pudiendo hacerse el muerto por completo a las exigencias del banco azul, y después de haber hablado con todos sus compañeros y de haber sido provocado por la contundente oratoria del señor Vinades, se levantó el gracioso ministro, o ministro de la Gracia; pero como aquel que va a tomarse a pecho una azumbre de agua ruda o a sacarse un par de muelas. «Conozco -dijo- los grandes servicios que las instituciones religiosas; han prestado en nuestras posesiones de ultramar. -138- Sin embargo, yo las he perseguido, porque sabido es que han aumentado cuando estaban los moderados en el Poder y han disminuido cuando el Gobierno era liberal». Yo no sé qué admirar más aquí, si la fluidez y la hermosura de la frase o la fuerza de la argumentación. «No he decretado ya la libertad de cultos, porque no he podido saber la opinión verdadera del país acerca del particular», dijo también, cediendo quizá a la misma aprensión que los niños cuando se tapan los ojos para no ser vistos. «Además -añadió-, no suprimí de una plumada el presupuesto del clero, por no dejar sin comer a dieciséis mil curas párrocos». De pronto, parece como que en su excelencia cabe un asomo de humanidad y que, cediendo a él, se apiada; pero no es así, porque el período no concluye en aquella última palabra, sino con estas otras: «Los cuales (los curas) hubieran sido otros tantos soldados a pelear contra la revolución». Dando media vuelta a estas razones, se ve bien claro que al señor Romero Ortiz lo que menos le importa en sus plumadas (su excelencia no escribe, por lo visto, sino que plumea) es que de cada paliza, digo de cada plumada, tumbe sin vida, o sin pan, que es lo mismo, a dieciséis mil ciudadanos, sino que se rebelen contra la situación que a él le da coche y seis mil duros de sueldo. Acudiendo al reto del señor Vinades, dijo luego: «Se me pregunta por qué la contradicción de que se conceda a los judíos que vengan a establecerse en España y se les niega a los individuos del culto católico... La contestación está en la historia de los jesuitas, y no es éste el momento de entrar en la cuestión». A esta ingeniosa sobriedad, que pudiéramos llamar roma si el ministro se hubiera permitido el apócope de apellidarse Romo en vez de Romero, no le falta más que la novedad del fondo, pues en cuanto a la de forma, ocasión y accidentes, no conoce rival en los fastos parlamentarios. Sin embargo, ante un Tribunal de examen es probable que su excelencia, al examinarse de sabio, hubiera llevado calabazas si por toda respuesta se hubiera limitado a decir a cada pregunta: «En la biblioteca hay obras que tratan de eso mismo». Pero como no se hallaba ante una asamblea de sabios cuando lo dijo, sino de diputados constituyentes, estuvo a pique de ser llevado en triunfo. Más expansivo y razonador con respecto al exterminio de la Sociedad de San Vicente de Paúl, se aventuró a declarar que «ya diría más adelante las razones que tuvo para conducirse como se condujo con ella, haciendo saber, a buena cuenta, que en el asesinato de Burgos intervinieron tres paulistas». (Tempestades de aplausos en los bancos.) No negó que hubiese puesto un tenaz empeño en amontonar las monjas en un solo convento, mandándolas desalojar a escape los que ocupaban; pero esto lo hizo «en beneficio de ellas». Ni más ni menos. En cuanto a las exposiciones de las señoras implorando para aquellas inocentes la clemencia del ministro, tuvo por conveniente no hacerlas caso, porque las firmantes no se dieron por apercibidas cuando se expatriaban conspiradores o se fusilaban reos. De un hombre que tan poco se paga de las súplicas de las damas españolas; que no se conmueve ante el llanto de las inocentes vírgenes del claustro; que no detiene su pluma porque un solo rasgo de ella hunda en la miseria a millares de funcionarios; que ni siquiera se cuida de dar cuenta circunstanciada de sus actos -139- públicos a aquellos mismos en cuyo nombre los ejecuta; que se limita, en fin, como una catapulta, a aplicar su fuerza mecánica a aquello que intenta derribar, pudiera creer algún aprensivo que no era el mejor y más favorecido heredero de aquellos guerreros hidalgos castellanos cuya galantería y exquisita sensibilidad han hecho proverbial en Europa el tipo español. Protestó contra semejante aprensión, y protestó cargado de razones su excelencia, después de decirnos lo poco que se le daba por las lágrimas de las monjas y, las súplicas de las damas; añadió con todo el énfasis dramático de que es susceptible un estoico como él: «Desde que soy ministro he arrancado a diecisiete infelices condenados a muerte de las manos del verdugo (Aplausos.), no porque ninguna señora haya venido a pedir por ellos; lo ha hecho por sí solo el Gobierno provisional». Queda demostrado que la compasión, único detalle que yo desconocía en el carácter físico-político-ministerial del señor Romero Ortiz, no es del todo extraña a su excelencia, si bien en una forma originalísima, como corresponde a un gran hombre. Conviene dejar bien definido este detalle. Para merecer la compasión de Romero Ortiz se necesita, por lo visto: No ser monja ni pertenecer al clero católico. Ser un gran criminal y hallarse con un pie en el patíbulo. Que ninguna dama española solicite el perdón; y Encomendar la súplica al Gobierno de que forma parte Romero Ortiz. En resumen: el carácter de Romero Ortiz podrá ser más o menos excéntrico, más o menos anormal, más o menos incomprensible; pero no por ello absurdo o refractario a la lógica. Comprendiéndolo así el general Serrano, le ha ascendido a ministro ejecutivo desde provisional simple que era. La patria no sé si lo agradece; pero me consta que lo paga. (De El Tío Cayetano, núm. 18.) 7 de marzo de 1869. El Hijo de Dios se hizo hombre para redimir con su sangre a la Humanidad entera. La Iglesia católica, envuelta en negros crespones y entre los cánticos fúnebres de sus sacerdotes, conmemora hoy el término de aquel sublime sacrificio. El que de un soplo pudo destruir el Universo, no tuvo reparo en sufrir la muerte afrentosa de la Cruz, entre dos ladrones, por amor al hombre. El que lo era Todo no se desdeñó de encarnarse en la miserable naturaleza humana para sufrir todos los dolores inherentes a ella, por amor a ella misma. Diecinueve siglos han pasado desde entonces, y todavía hay corazones que sienten, agradecidos, la magnitud de tanta abnegación. Los redentores de septiembre no pueden explicársela. Verdad es que sus sacrificios no tienen punto de comparación con el del Calvario. El Hijo de Dios se condolía del destino de tantas almas manchadas con el pecado de Adán. Los emigrados de Canarias y París -140- tenían resuelto este problema mucho antes de su advenimiento, por lo cual se habían echado el alma a la espalda, como cosa inútil, a fuer de librepensadores; y se prometieron redimir de la esclavitud material a la madre patria, que aún tenía la debilidad de creer en los beneficios de la muerte del filósofo de Judea. Por eso, ni a Jesucristo le bastó, por recompensa de su martirio, el ver que ya era posible la salvación eterna de los mortales; los redentores de hogaño no podían conformarse con la admiración de Europa ni con un grado más en la milicia o un pingüe sueldo en la Administración; necesitaban darse humos de soberanos, y, al efecto, se tomaron motu proprio, las riendas de la suprema autoridad. Y una vez ejerciéndola, como un sabio de la revolución descubrió que esas dos redenciones eran incompatibles, los libertadores septembrinos se fueron con el sabio y no dudaron en posponer la Cruz del Calvario a la bandera de Alcolea. El sentimiento de la gratitud había levantado templos al Redentor crucificado. Romero Ortiz, el redentor ejecutivo, los derriba uno a uno. La gratitud congregó también a los hombres para rendir, en perpetua oración al Dios de las Misericordias, un tributo a la sangre vertida en el santo madero. El libertador de septiembre los dispersa en el cumplimiento del deseo de los que niegan la divinidad de Jesús y aclaman la religión de los que le crucificaron. Al grito de España católica responden los esbirros de la redención septembrina con solfa de garrotazos y contrapunto de grilletes y mordazas. Y no podía conducirse de otro modo un Poder que proclama la más amplia libertad de pensar. Por eso, cuando las turbas gritan: «¡Abajo los traidores y los curas! ¡Viva la República!», el Gobierno, aludido en las primeras palabras, humilla la cabeza ante la majestad del pueblo y le pide, como una gran merced, que le respete, en gracia de su buena intención, la vida ministerial. «Amaos los unos a los otros», dijo el Justo, como base de su doctrina perdurable. Y los redentores de España la acatan, imponiéndose a tiros a la voluntad de sus hermanos. «Mi reino no es de este mundo», decía también el que lo redimía todo con su sangre inocente. Los redentores de ahora, los justos de septiembre, y los hombres que aceptaron su bandera, salvadora, se destrozan entre sí por ejercer el mando sobre un palmo de terreno; o a título de una libertad fantástica que se quita, o de un ilusorio derecho que no se da, los pueblos se inundan en sangre fratricida, y el hogar se viste de luto, y el corazón se ahoga en lágrimas. Y España, aterrada, levanta entonces sus ojos al Cielo, y los hombres que la han regenerado conjuran el horrible conflicto abriendo nuevas cátedras a la predicación de todas las blasfemias y empeñándose más y más en arrancar de los corazones católicos la fe, que se presenta por los filósofos de la revolución como la única demora que impide a la Patria llegar a su regeneración, o, lo que es igual, coronarse dignamente la empresa redentora de los mártires septembrinos. Consummatum est!, exclamó Jesús con el último suspiro de la agonía. Lo mismo dirán algún día los hombres de septiembre, pues que en la senda están ya de su calvario. Pero Jesucristo lo decía cuando quedaba perfectamente realizado el objeto de su martirio, cuando la Humanidad rompía los hierros de su esclavitud y el -141- mundo se veía inundado de una nueva luz que le mostraba el verdadero destino del hombre. Cuando los héroes de la revolución española lo digan, ¡ay de ellos, ay de nosotros! Señal será evidente de que la santa revolución ha respondido a los móviles de que procede, de que la tempestad que ruge es digna de los vientos que la engendraron, de que en España no queda piedra sobre piedra, de que la hora es llegada, en fin, de repartirse esos escombros entre los más atrevidos o los más fuertes. Tras de la carnicería, los buitres. Tras el desenfreno de las libertades, las hordas de Atila. Es infalible. Entonces, y sólo entonces, lucirá en toda su claridad, como lució sobre las ruinas del Imperio romano, la antorcha de la fe cristiana, que en vano trata de apagar la flaca razón del moderno sensualismo, deslumbrada ante sus purísimos resplandores, luz inextinguible y perenne, ante la cual volverán los pueblos a constituirse y los hombres a buscar la verdad que hoy no encuentran, porque les ciega el vértigo de las pasiones que hoy engendra la falsa sabiduría. (De El Tío Cayetano, núm. 20.) 25 de marzo de 1869.
Al poder ejecutivo
Incautadoras, capitadoras, circuladoras, poéticas, silenciosas, demoledoras, venatorias, leales, entoisonadas y revolucionarias Excelencias: Erigido para conmemorar un hecho que los anales de la patria del Cid registran como título de gloria, y para, a la vez, guardar las cenizas de los perínclitos varones que le consumaron, júzgome por ello autorizado un tantico para distraer la alta consideración de Vuestras Excelencias con esta solicitud, que sólo a vueltas de largas cavilaciones me he atrevido a dirigirles. Quizá VV. EE. no ignoren que desde que se consumó la Gloriosa que, para bien del país, les colocó en las poltronas que tan gallardamente abruman, no se mueve una rata revolucionaria, ni se citan los patriotas, ni se prepara una manifestación pacífica, vamos al decir, que no se haga testigo y centro obligado del movimiento de la cita y de la congregación. Castelar y Orense buscan mi sombra para echar rayos y centellas contra los reyes, los tronos, la unidad católica, la fe de los viejos españoles y el oscurantismo de las pasadas épocas. Se arrastran por el suelo las armas pontificias, se pide a gritos el exterminio de todos los ministros del culto católico, se chamusca el Concordato y se me obliga a que yo presencie la chamusquina y oiga los gritos sediciosos y hasta que me haga cómplice de tamañas fechorías. Las amazonas del Rastro acuden a mí también, y los paladines que las capitanean, para que sea testigo de sus maldiciones a las Constituyentes y a VV. EE. mismas, porque decretan las quintas y no decretan el matrimonio civil, y no se cuelgan un general de cada farol y un cura de cada reja. En todos estas y otras muchas y muy análogas ocasiones, digo, se me busca desde septiembre acá, y se me -142- invoca con dramática entonación, y se me abraza, y se me soba por gentes, ejecutivas Excelencias, y para cosas que así las conozco y me competen, como ahora llueven ochentinas (que no le vendría mal a la excelencia financiera). Quizá VV. EE., en el círculo de atenciones que los abruma, no hayan podido fijarse nunca en lo que es motivo de que yo les dirija hoy este canto, que, aun dada ni natural insensibilidad, no debe extrañarles en esta tierra en que es cosa muy admitida que hay cosas (desde septiembre acá, sobre todo) capaces de hacer llorar a una piedra, lo cual implica la necesidad de una sensación profunda, fenómeno que en este instante evidencio yo de un modo irrefutable. Por si en tal ignorancia se hallaban VV. EE. ejecutivas, voy a permitirme recordarles que los héroes cuyas cenizas guardo, y ante las cuales se postra España entera, fueron realistas neos de la más pura raza. Murieron peleando contra un extranjero que pretendió llevarles un Rey que, por apéndice, era Borbón y absoluto, y lo mismo hubieran hecho contra cualquiera que hubiese derribado los templos del Crucificado para levantar en sus escombros mezquitas a Mahoma o sinagogas a Judas Iscariote, o hubiese hecho público alarde de renegar de la religión de sus abuelos, pretendiendo establecer, como una ley del Estado, el concubinato. Ahora bien, perínclitas excelencias: lo que a mí se me dice desde septiembre acá por la gente que me busca es que no hay más Dios que la razón humana, ni más rey que las masas, ni más ley que sus manifestaciones tumultuosas; se me invoca para que solemnice y sancione toda clase de rebeliones contra el Poder, contra el Trono, contra Dios mismo, contra la Historia y el sentido común; y todo ello en la mayor confianza, y ni más ni menos que si esas gentes y yo y los hombres cuyos restos guardo hubiéramos sido y fuéramos lobos de una misma camada. Entre tanto, ya ven VV. EE. que mi causa y la causa de tales alborotos no pueden verse juntas sin darse de bofetadas. ¿A qué, pues, ese empeño en sobarme los sillares a todas horas? ¿En qué se parecen Pierrad a Velarde, ni Topete a Daoíz? ¿En qué Castelar, ni mucho menos el pertinaz Orense, al último de los oscurantistas creyentes que aquí fenecieron? ¿En qué, por último, el 2 de mayo al 29 de septiembre? ¿No conocen VV. EE., no conocen ya que no las masas inconscientes, sus discretos e inspirados mentores, que si estos héroes resucitaran hoy, al ver a su Patria sin altares, sin Trono, sin Hacienda, sin orden ni concierto, se volverían a morir de vergüenza y de indignación? Y esto me consta porque siento esparcirse sus cenizas y rugir de ira sus espíritus cada vez que las turbas los invocan como herederos de sus glorias; siento con cuánta saña y con qué valor desenvainarían el ya roñoso sable para romper todo círculo de parentesco con un pueblo iluso y deslumbrado que pisa y profana lo que ellos más veneraron; con unos próceres que hacen de la deslealtad y de la sedición un título de gloria y arrojan e insultan al Dios y al monarca propios, para brindar la nación entera a los derviches de Mahoma y a un príncipe extranjero, que la desdeñan porque la desprecian. ¿A qué, pues, repito, ese afán de querer emular, con la rebelión de Cádiz, las glorias del Dos de Mayo? Diametralmente opuestas ambas empresas, en el fondo y en el fin, si los patriotas de septiembre quieren honrarse con el parentesco de los que yo guardo, -143- piensen como ellos y como ellos obren, o, lo que es lo mismo, dejen las cosas como estaban muchos años ha, y no se metan en dibujos liberales que aquellos heroicos varones ni de oídas conocían. Si el realismo y la ciega fe de los mismos son para los libres ciudadanos de hoy, como ellos dicen y a ello me atengo, ignominioso sambenito, huyan a cien leguas de mis sillares, que tumba son y no otra cosa, de huesos realistas, de leales vasallos y de ciegos creyentes. De otro modo, revolucionarias Excelencias, y si aún insiste Castelar en llamarse, a mis verjas, pariente de los que ellas y yo guardamos, y el pueblo, obcecado en que por el camino que aquél le muestra se llega a la gloria de Daoíz y Velarde, no respondo de no desplomarme un día sobre las masas congregadas en rededor de mí y mucho menos de no descalabrar a media docena de ciudadanos libres. A VV. EE. suplico interpongan con las masas inconscientes todo su valimiento, si alguno les queda, al fin indicado, en lo cual rendirán de paso un alto servicio a la patria, dejando dormir en paz, ya que no a los vivos, siquiera a los que por ella se inmolaron en el Campo de la Lealtad, en los tiempos ominosos y deshonrados en que este, virtud reinaba, como en su casa propia, en la España que produjo a Guzmán..., el de Tarifa. (De El Tío Cayetano, núm. 22.) 11 de abril de 1869. Mis lectores saben, y de tan sabido lo querrán olvidar, que su majestad lusitana, ex viudo y ex joven, se dignó decir por vigésima vez a los hombres guardadores de la honra de España que rehusaba la corona de San Fernando y de Carlos V, que aquéllos le ofrecieron con la timidez consiguiente a toda persona modesta que brinda con una fruslería a un señor de mucha monta. Pero la cosa no ha parado aquí, y de ello me alegro, porque de ese modo las palabras del señor Ríos Rosas en la sesión de las Cortes del día 9, al defender este orador la parte que le cupo en la elaboración del archicélebre proyecto de ley fundamental, tiene un apoyo digno de la incorruptible integridad del Machuca de todos los ministros. «Llamaremos -dijo- la dinastía que mejor nos parezca; excluiremos las ramas que nos plazca, y cuando un individuo de la familia adoptada se haga acreedor a ello, la excluiremos también». Y esto lo decía el señor Ríos Rosas cuando sabía que, rehusada por el Coburgo portugués la Corona de España, andaban los hombres del Poder ejecutivo echando las asaduras por conseguir del regio marido de la bailarina de Lisboa que, ya que se negase a honrar con su presencia y la de su apacible familia el sabio de los Alfonsos y Felipes, y con su mando soberano al pueblo del «2 de mayo», nos lo dijera, al menos, de una manera no tan depresiva, y que dejase la puerta abierta a fin de que Olózaga y otros patriotas no menos progresistas pudieran entrar por ella cargados de nuevas súplicas y repetidas humillaciones; cuando toda la diplomacia del autor de la clave no alcanzaba, según un periódico ministerial, a redactar una nota que digna fuese de ofrecer al embajador -144- portugués, en respuesta a la regia negativa del desdeñoso segundón; cuando periódicos como La Nación se atrevían a llamar «resabios del carácter español» a las explosiones de repugnancia y de indignación con que el país acogió al famoso telegrama de Lisboa, y nos aconsejaba que no nos apurásemos, porque aún el caso no era desesperado, ni podía darse por fracasada la combinación proyectada con la Casa de Braganza; cuando diarios como La Política lo confirmaban, asegurando, para consuelo de la ultrajada dignidad castellana, que si bien era cierta la negativa del rey digno, debía tenerse presente que a ello le obligaban altas consideraciones de Estado, meramente portuguesas. Estas y otras muchas cosas no menos halagüeñas para la proverbial altivez española sabía mejor que yo el señor Ríos Rosas cuando negaba que la Constitución que se discutía respondía a las exigencias más imperiosas del país, sobre todo en lo relativo al monarca. Y así se comprende que el hombre de los escrúpulos y de las disidencias, el acusador de todos los Poderes, el inexorable fiscal de los degradantes acontecimientos del «1 de abril», se sienta orgulloso de una y otra, según la cual puede someterse a un Estado con honra a semejantes negociaciones. Y sólo con obsequio de favorecidos beneficios se concibe también que un patriota como el vehemente caudillo de todos los disidentes pueda hacer «el sacrificio de sus opiniones en dos o tres puntos», como, según propia confesión, le hizo su señoría. Como si fueran pocos estos fundamentos de su razón, aunque a la ligera, las diferentes formas de soberanía, parándose en la nacional, a cuyas exigencias responde el plan de Constitución, y yo, lo creo. Por eso añadía también el célebre orador, contra el parecer del señor Cánovas, en lo relativo al monarca: «Nosotros no hemos quitado al poder real nada de lo que compete al ejercicio de sus funciones, nada de lo que necesita, nada de lo que es menester para que conserve todo su debido prestigio». Dios me libre de desmentir al irascible constituyente. Y dificilillo fuera, por otra parte, hasta intentarlo. No sé si en las futuras gestiones en demanda de un rey que aceptar quiera la herencia de la Septembrina, éste llegaría a verse desprestigiado en su soberanía, jurando la Constitución de Ríos Rosas y cómplices. Pero es evidente que si lo que sucede hoy con don Fernando de Coburgo es la fiel traducción práctica de los preceptos constitucionales de la recién nacida, imposible será, bajo ningún sistema monárquico, hallar un rey más acatado... Ni una nación más prostituida. Pero eso no es ahora «de la comedia», como diría Corila, ni importa un rábano a los hombres que a todo trance quieren y deben asegurar las conquistas de septiembre para remembranza eterna de los nietos de aquellos estúpidos envilecidos varones de antaño que se dedicaban a conquistar Estados extranjeros para ofrecérselos luego a su señor natural, en vez de entretenerse, como la honra patria aconseja y nuestros prohombres lo practican, en desorganizar y reconstruir el propio país para brindárselo entero, o a pedazos, al primer reyezuelo tronado que les dispense el honor de despreciar la oferta. Artillero (De El Tío Cayetano, núm. 23.) 19 de abril de 1869. -145- No tengo noticia alguna de que, a esta fecha, se haya desplomado el techo del augusto santuario de las leyes, bajo el cual se elabora meses hace la felicidad de los españoles. Algunas almas sencillas creyeron que esa catástrofe se verificaría durante la sesión del día 26, como una protesta, sobrenatural contra las blasfemias de un par de ciudadanos libres, que, «en uso de su derecho», trataban de descatolizar al pueblo español; por lo menos, esperaron que al día siguiente amanecería montón de escombros lo que anocheció ostentoso palacio. Graduaban la venganza por la magnitud de la ofensa, y éste era su error. La planta humana no aplasta siempre al insecto que la muerde al pasar. El Supremo Hacedor, infinitamente más distante del hombre que éste del insecto, no fulmina los rayos de su cólera sublime sobre una miserable criatura que, loca o desatentada, lleva la soberbia hasta el punto de negarle sus divinos atributos. Antes bien, la compadece, prueba su pequeñez y su miseria haciéndole sentir el más liviano achaque inherente a su flaca naturaleza, y cuando, deshaciéndose entre el polvo de que procede, tiemble, y cree, la divina misericordia le perdona y le recibe en su mano. La revolución de septiembre nos ha ofrecido ya más de un ejemplar de esta especie, y desde este punto de vista es también admirable la revolución. Nunca fe católica, la fe que profesan dieciséis millones de españoles, se vio más escarnecida, más hollada, más combatida que hoy; pero, en cambio, tampoco se vio más arraigada en el pecho de los verdaderos creyentes; jamás éstos alzaron la frente más serenos, más tranquilos, más orgullosos que ahora para decir a la faz del mundo, con el corazón en los labios: CREO. Ruiz Zorilla, el ministro revolucionario por excelencia, el hombre de las incautaciones, el secularizador de todos los objetos que la piedad, que la fe de los españoles había consagrado al culto divino en templos y monasterios; el que, como sus demás colegas de Gobierno, hizo decir al general Serrano ante las Cortes Constituyentes: «Toda opinión que se funde en la razón y en la controversia es para mí respetable»; el mismo Ruiz Zorrilla, digo, oye, al republicano Suñer negar a Jesucristo, denigrar hasta la honra de la Virgen María, y, protestando que «tiene familia» que puede oírlo, pide a la Presidencia que haga enmudecer a la blasfema boca. Ríos Rosas, el mismo Ríos Rosas que pocos días ha, en su afán de liberalizar la Constitución, a cuya obra ha contribuido, manifestaba que había hecho tres o cuatro veces en ella el sacrificio de sus opiniones particulares, se apresura a alegar este mérito a fin de que, imitándoles el racionalista catalán, cese en sus ataques escandalosos a la religión del Crucificado. Por supuesto, que ni Ruiz Zorrilla, ni Ríos Rosas, ni Rivero, ni Serrano, ni cuantos indirectamente contribuyeron a que callase el impío, tuvieron el valor de decir a la faz de la Cámara: «Te imponemos silencio porque blasfemas, porque atacas lo que más amamos en el fondo de nuestros corazones, porque nos injurias»; en una palabra: lo que hubieran dicho si los ataques hubieran sido a sus hijas o a sus esposas..., ¿qué digo?, a -146- la diosa Libertad, a las conquistas de septiembre. Pero sus excelencias y señorías recordaban, sin duda, que venían de la revolución por la revolución y para la revolución; que ellos y nadie más que ellos, proclamando todas las libertades y todos los derechos, habían abierto la puerta a todas las blasfemias y a todas las inmundicias filosóficas y racionalistas; que no podían, sin renegar de su origen, sin hacer traición a sus fines, mostrar sus conciencias escandalizadas ante semejantes pequeñeces; poner, en fin, sobre los derechos de la revolución, ni siquiera a la Omnipotencia Divina, y de aquí que no fueran tan explícitos como la conciencia quizá y el deber sobre todo se lo aconsejaban. Por eso, sin duda, y emulando las hazañas de su digno camarada, en la misma sesión, filósofos, sabios de la talla de García Ruiz, se levantaron incontinente a decir, por su parte, que el misterio de la Santísima Trinidad era una monserga. Admirable sabio... palentino. Y, bien mirado, ¿por qué había de poner cortapisa a las lenguas de estos dos ciudadanos anticatólicos? Sus osadas y sacrílegas afirmaciones eran más escandalosas, sí, pero no de distinto género que otras muchas que se habrán hecho ya en aquel recinto, en los clubs y en la Prensa poco antes, todas ellas como consecuencia natural de los primeros actos de la revolución. A las demoliciones de los centros católicos, autorizadas por el Gobierno provisional; a la disolución de colegios, comunidades y asociaciones que a catolicismo trascendiesen, sucedió la profesión pública de descreencia del ex místico y ex dulce Castelar; la propaganda protestante y racionalista inundó a España de periódicos, libros y folletos después; un constituyente se jactó en las Cortes de no haber hallado señales de alma en ningún cuerpo humano; otro, el señor Quintero, aseguró que, por no relacionarse con ninguna religión, ni siquiera era ateo; otro, el señor Robert, acaba de manifestar que ni es católico ni consiente que lo sea su familia... Y en esta puja de descreencias, en estos alardes de herejía y de irreligiosidad, los prohombres de la revolución, los que la hicieron al grito de «honra, dignidad, justicia y respeto a la voluntad nacional»; los que, por lo mismo, han desairado millones de firmas que pedían la unidad católica para España, ni han protestado con una sola palabra, ni con un acto, en contra de tan inauditos desbordamientos..., ni había para qué... Quédase esto sólo para oscurantistas como el señor obispo de Jaén, como el clerizonte Manterola, que, con la frente altiva y el corazón sereno, responden en la Asamblea a las blasfemas teorías de los desdichados Suñer y García Ruiz, confesando la fe católica, como la cree y confiesa la Iglesia de que son tan dignos ministros. No hará menos, por cierto, el viejo Cayetano, que, hoy más que nunca, se siente orgulloso de abrigar puras en su pecho las creencias que adquirió en la cuna, y así, sin miedo a los farsantes de la política, ni a los ilusos del racionalismo, ni a los sabios de la revolución, declara con la frente erguida que cree en Dios omnipotente, en el misterio augusto de la Santísima Trinidad, en la divinidad de Jesucristo, en la pureza de María, siempre virgen, y en cuanto cree y confiesa la Iglesia, en cuya fe tura vivir y a cuya defensa ofrece toda su sangre. (De El Tío Cayetano, núm. 25.) 2 de mayo de 1869. -147- Como el actor famoso que, a fuerza de ser malo, no salía a escena sin recibir una tempestad de silbidos del público, y, por lo mismo, se empeñaba en menudear las salidas hasta hacerse aplaudir una vez siquiera, don Salustio, el obrero diplomático, no se da punto de reposo para hallar un monarca a quien regalar el Trono de España, y en su patriótico afán ni le asustan calabazas, ni desaires le intimidan, ni silbidos le espantan. De París a Vico, de Vico a Portugal, de Portugal a Italia, de Italia a Londres, de Londres a Alemania, no cesa el desdichado un instante. Cargado con el organillo, anda, anda; y a esta puerta toca el Himno de Riego; en la otra, La Marsellesa; en la de más allá, las Habas verdes, y en todas partes, y al fin de cada sonata, pone el cazo, mirando tierno a los regios balcones, y ni un mal príncipe le cae dentro que aceptar quiera la asendereada herencia de Recaredos e Isabeles. Entre tanto, como si el juego fuera de las cuatro esquinas, llámanle a Madrid sus apasionados para ocupar el primer puesto en la Asamblea Constituyente; cuando llega, hállalo ya ocupado; quiere volverse a su embajada y devorar el despecho con los cuarenta mil del sueldo, y ya no merece la confianza de la situación para cargo de tal valía. Quédase mustio y cariacontecido entre Vico y el cargo de mero contribuyente; y, después de enjugarse las sempiternas lágrimas con la servilleta de los Elíseos Campos, opta por el Congreso y se dedica a confeccionar, in partibus, un proyecto de Constitución. Parecía tan natural que un hombre tan desengañado y tan combatido en sus patrióticos intentos se limitara al tranquilo papel de mero espectador de sus propias hazañas progresistas, arrellanando su corrida, pero bien oronda humanidad, en el respectivo escaño de las Constituyentes. Y esto llegó a creer el país de buena fe cuando pasaban días y semanas sin oír la voz del ilustre salvista, perdida en las oscuridades del silencio de su colega de embajada... y de desaires, Posada Herrera. Pero, como decía antes, hay naturalezas refractarias a todo género de desazones...; más aún: propensas a sobreexcitarse con ellas, y la de Olózaga es una de tantas. Bien claro acaba de demostrarlo, diciendo pocos días ha, cuando nadie se acordaba de él en España, a raíz de las célebres calabazas del Coburgo ex viudo: «Caballeros, ya tengo otro; pero no digo quién es, porque aspiro a dar una agradable sorpresa a la nación». Lectores de mi alma, el otro era un príncipe, porque Olózaga tiene la monomanía de ellos. «Bueno será él -me atreví a decir para mi capote-, cuando tú le ofreces, y aun así no te atreves a nombrarle». Pero, en honor de la verdad, debo decir también que admiraba al hombre que, con sus carnes y todo, es susceptible de tanta actividad. ¿Y qué tendría de particular el nuevo candidato para que su posible advenimiento al Trono de España produjese una agradable sorpresa a los españoles que no ven una hace siete meses? Esta es la cuestión. -148-Afortunadamente, y para calmar un poco la impaciencia, hasta el más nervioso se paraba lo necesario en el recuerdo del desatino de don Salustiano en sus recientes mangoneos, y nadie se apuraba por resolver la incógnita. Pero así y todo, la curiosidad es el pecado capital de los descendientes de Adán; bastaba que Olózaga se empeñase en callar, para que en el país no faltasen deseos de que se aclarase el misterio. Y vea usted, qué demonio: esta vez ha Sido la única en que Olózaga no se engañaba al asegurar que el nombre de su elegido había de Producir en España una sorpresa agradable..., y a la prueba me remito. Se llama el príncipe favorecido últimamente por la perspicacia infatigable de don Salustiano «don Gustavo, Eduardo, Leopoldo, Esteban, Antonio, Basilio de Hohenzol-Sern Sigmaringen», y otras fechorías por el estilo. Ahora dígase me si con lo escrito no hay bastante para que el que lo lleva sea recibido con «palmas y jaleo flamenco» en esa patria del Tío Canigitas y de la «flor de la canela». Desgraciadamente para el señor Olózaga, también esta vez van a quedar sus esfuerzos sin la merecida recompensa. Pero conste que no será por culpa suya ni por la de sus copartícipes revolucionarios. Hay que hacerles la justicia de que de día en día van poniendo la ación que no la conociera ninguno de sus difuntos y buenos hijos si a verla volvieran. Se comprende que todavía en los primeros meses de la revolución hubiese príncipes que creyeran algo expuesto aceptar este Trono de Carlos V; pero hoy no cabe ya ese recelo: el león de Castilla está tan desprestigiado, abatido y manso, gracias al trato que le vienen dando de poco acá, que el más ciego lo ve y el más tímido puede mostrarlo sin el menor riesgo. Repito, desde este punto de vista: los hombres de septiembre merecen bien todos los príncipes extranjeros, pues han logrado poner a España más bajo de todos ellos. La gorda está en España, aunque muy tarde va viendo algo más claro, y está dispuesta a hacer de su desgarrada capa mangas y caperuzas, o lo que le acomode, sin permiso del señor Olózaga y comparsa. (De El Tío Cayetano, núm. 25.) 2 de mayo de 1869. Aunque me llamen pesado, vuelvo a mis trece. Cuando un pillo expira en un patíbulo, todas las personas honradas que llevan su apellido se apresuran a decir que el del difunto era de otra rama y aun de distinto tronco. Cuando muere un héroe, sucede todo lo contrario. No aludo en este caso al espeluznador de la condesa de Reus, pero sí me refiero, en lo de codiciada, a la gloria nacional del «2 de mayo de 1808». Ya he dicho más de dos veces que los campeones de la nueva idea están haciendo, meses hace, su tabernáculo del obelisco del Campo de la Lealtad. Hoy necesito añadir que la revolución -149- de septiembre también aspira a identificar su gloria con la que aquel montón de piedras simboliza. Sugiéreme esta observación el bando del alcalde popular de Madrid y el sinnúmero de periódicos liberalísimos que he visto enlutados en la pasada semana, al hablar de las victorias del «2 de mayo», lanzando el gemido y el sollozo, que no parece sino que los llorones son de la casa mortuoria. ¿Calculan ustedes el efecto que les haría a ustedes mismos ver en un entierro, e inmediatamente detrás del cadáver, gimiendo y llorando, a su médico de cabecera? Pues ese mismo efecto me produce a mí la revolución de septiembre presidiendo el duelo en un aniversario de la muerte de los heroicos varones del 2 de mayo. Justificaré esta aprensión: ¿Qué nombre, qué castigo darían los liberales de hoy al desdichado que en la Puerta del Sol enarbolase la bandera abatida en Alcolea y la defendiera a cintarazos al grito de «¡Viva Isabel II! ¡Abajo los intrusos!»? ¿Cómo calificarían al ciudadano que, poniéndose a su lado, gritase por su parte: «¡Mueran los blasfemos! ¡Abajo las Constituyentes, en donde se niega a Dios y se insulta a la Virgen!»? Pues una cosa idéntica hicieron los hombres a cuya tumba acudió la revolución septembrina vestida de luto y haciendo que lloraba. Se batieron por un rey, que les quitaban, contra otro rey, extranjero, que se les quería imponer; debiendo advertir que el rey expatriado se llamaba don Fernando VII, cuya memoria es mucho más odiada por los septembrinos que el nombre de su hija doña Isabel. Pero lo mismo da para el caso que el rey por quien luchaban se llamase Fernando VII que Isabel II, y que el intruso fuese Pepe Botellas; que Antonio de Orleáns o Fernando de Coburgo. Todos son extranjeros; y con respecto a los españoles, tanto los soldados de Napoleón, o los generales de la Unión liberal, o la camarilla de don Salustiano, o las legiones de don Juan Prim. El hecho es que, dados los puntos de semejanza que existen entre los enemigos de Daoíz y Velarde y los hombres de la actual situación, con respecto a aquel suceso memorable, todavía comprendo mejor al médico en el entierro de su asistido que a la revolución de septiembre de duelo en la solemnidad del 2 de mayo, al lado de la familia de los mártires. Al primero puede salvarle la intención, pero a la segunda... ¿Qué va a ofrecer Serrano, qué el general Prim, qué Topete, qué Izquierdo...; qué tantos otros que deben cuanto son a la inconcebible munificencia de su víctima, la dinastía por ellos derrocada; qué van a ofrecer, digo, sobre la tumba de los que murieron por su rey? ¿Qué va a hacer el blasfemo Capdevila, y el presuntuoso impío García Ruiz y otros tales sobre las cenizas de los que expiraron con el nombre de Jesús entre los labios? ¿Qué hay de común entre estos hombres ambiciosos, volubles, ingratos y descreídos y aquellos dechados de fe y de lealtad? ¿Aceptáis su grito de Dios, rey y patria en el sentido en que ellos le dieron? No, cuando en vuestro credo político, cuando en vuestra ley fundamental apenas se menciona a Dios sino lo necesario para dar ocasión a que los vuestros le nieguen y le injurien; y en vuestros actos ofrecéis la patria, que no os pertenece, a un reyezuelo extranjero que la ultraja despreciándola. -150-¿Admiráis, sin embargo, su gloria? Pues obrad como ellos para merecerla, y, al efecto, empezad por combatiros a vosotros mismos como a los mayores enemigos de los patricios de 1808. Entre tanto, ya que no justos con la patria, sedlo cuando menos con la lógica; declarad neos a Daoíz y Velarde y huid de su sepulcro con la sublime repugnancia con que, en vuestra alta flamante sabiduría, huís de la vieja religión de vuestros padres y de las rancias preocupaciones tradicionales que sin cesar socavan la piqueta de Romero Ortiz y el azadón de Ruiz Zorrilla, para ofrecer sus escombros en los altares que alzó la revolución de septiembre a las nuevas creencias, cuyos apóstoles más inspirados son Quintero, García Ruiz y Capdevila. (De El Tío Cayetano, núm. 26.) 9 de mayo de 1869. No asustarse, caballeros, que no se le ha roto cosa alguna integrante a la situación. Es un ligero obstáculo que se ha interpuesto en la vía por donde aquélla marcha, al decir de Figuerola, «serena y majestuosa», ante la admiración del mundo, al fin que se propuso la revolución de septiembre. Es, para que de una vez lo sepan ustedes, un fardo de consolidado que ha detenido un instante el carro de que van tirando meses hace Ruiz Zorrilla y demás señores ejecutivos. Porque en todas partes hay almas ruines que pagan un favor con un agravio, y el señor Figuerola, no obstante su ciencia, su experiencia de oposicionista veterano y su intachable liberalismo, ha caído entre las uñas, no de una sola de aquellas almas ingratas, sino de varias, especie de cuadrilla hebrea perteneciente, sin duda, al bando de los judíos a quienes, según reciente declaración de su excelencia, se ha visto precisado, en sus últimas sesiones financieras, a arrojar del templo. Figúrense ustedes que Figuerola dice, verbigracia: «Necesito una millonada de libras esterlinas, y al que me las proporcione le doy la necesaria garantía en títulos de la Deuda interior, porque, como los de la exterior no están aún estampados, la falta de este requisito podría retrasar algún tiempo la consumación del ventajoso negocio. Mera casualidad, como ustedes comprenden». Y dicen los ingleses A y B, o los judíos X y Z: «Vengan los títulos y ahí van las libras en letras sobre Londres a tales y cuales fechas, verbigracia, a cincuenta, sesenta y noventa días». Como se deja entender fácilmente, estos negociantes pueden ser muy ricos, o no poseer un céntimo; y, por tanto, pueden guardarse en la cartera la garantía y atenerse al interés que les proporcione legalmente la operación, o sacar los títulos a la plaza para hacer fondos con que pagar las letras en Londres, o para largarse con ellos de España sin acordarse más de las letras ni del ministro, y... ¡agur, morena! Sentados estos antecedentes, el lector puede deducir el resultado que más se adapte a sus cálculos. Yo sólo puedo ilustrarlos advirtiéndole -151- que lo que hasta hoy existe de cierto, como dato positivo, es que el consolidado bajó pocos días hace a 25 ½, es decir, casi hasta el valor del papel de estraza, porque inesperadamente cayó sobre la Bolsa una lluvia consolidada que valía centenares de millones; lluvia procedente de la consabida garantía, sobre cuyo asunto, al ser acosado el señor Figuerola por una granizada de banqueros, se encerró en las elocuentes reservas, fundándose, sin duda, como también dijo en las Cortes al ser interpelado, en que si los carlistas e isabelinos oían lo que estaba pasando, se llevaría el diablo el empréstito de los mil millones. Admirable financiero. Ahora bien: el citado bajón es lo que produjo el crujido que ustedes oyeron más arriba. Y como sucede siempre que un carro se pone a pique de volcar, ni el carro ni el conductor, ni el de la situación, ni el ministro han sufrido lesiones graves; pero sí los conducidos incautos tenedores de los que, los menos desgraciados, amaneciendo orondos y regalados el 1 de mayo, quizá presenciaron en forzoso ayuno el esplendor de la Septembrina presidiendo la cívica solemnidad del día siguiente. Y, después de todo, el suceso me parece muy natural. Aquí y en Flandes el que tiene los monises ha de soltarlos, y la revolución de septiembre, al arruinar a estos nuevos ciudadanos, no hace nada que pueda abochornarla. Más aún: es casi seguro que la mayor parte de ellos son reaccionarios, y bajo este solo aspecto el bajón de la Bolsa colma la mayor aspiración de su excelencia financiera. Según sus propias, repetidas manifestaciones, lo mismo el día en que nos dijo que España se había salvado porque estaba realizando ya, con condiciones ventajosísimas, el empréstito último, que el día en que volvió a decir que el mismo empréstito podía fracasar, el objeto de sus afanes eran los carlistas e isabelinos. En el primer caso, ya no había por qué temerlos; en el segundo, todos debemos temblarlos. Por cierto que yo, que tanto admiro a su excelencia, estoy recelándome que algún chusco, al ver la insistencia del señor ministro en subordinar todas las peripecias de su empréstito al temperamento de la reacción, le encaje el día menos pensado aquel texto famoso del fosforero Lirasbe:
Pero, si tal sucediera, yo me pondría al lado de la Prensa ministerial para defender otra vez a su excelencia, y entonces, como ahora, insistiría en lo dicho. ¿Está o no está tronada la situación? Es evidente que sí. Pues a costa de los que tienen se ha de salvar. ¿Son o no los isabelinos y carlistas los mayores enemigos de la situación? Es innegable que sí. ¿Es o no reaccionario hoy en España todo español que tenga dos cuartos que perder? Sin duda que lo es. Luego arruinados los tenedores de papel, no solamente se asegura el empréstito, sino que se desarma a una gran parte de la reacción. Este es el caso. Por lo demás, ¿se quiere una prueba de que el Gobierno, consecuente con su credo, respeta los principios, aunque con ellos se hunda la nación? Parece Providencia. Al mismo tiempo que bajaba la Bolsa se leía en el Congreso un proyecto de amnistía... para los republicanos exclusivamente. -152-Con el primero se hundía en la miseria un sinnúmero de especuladores; con el segundo podían volver a sus hogares, si los tienen, los que fueron la causa de que Cádiz, Málaga y Jerez se inundara de sangre. Este contraste da la medida más exacta de la equidad revolucionaria de septiembre. ¡Viva Topete! (De El Tío Cayetano, núm. 26.) 9 de mayo de 1869. Ya lo saben ustedes: el escudo de armas del ministro de la Guerra contiene las palabras honor y lealtad, y su excelencia, para no hacer traición a tan preclaro lema, «no tiene un hecho en su vida que se pueda creer desleal». Así lo ha dicho el conde de Reus a la faz de las Constituyentes en la sesión del día 8, respondiendo al señor Balaguer, que se atrevió a preguntar al marqués de los Castillejos qué había de cierto en los rumores que circulaban respecto a las últimas ambiciones y regias miras de don Juan Prim y Prats, que traía conmovida a Barcelona. Declaro a mi vez que mi admiración se halla perpleja entre la pregunta del señor Balaguer y la respuesta del ministro de la Guerra. La primera es osada e irreverente como ella sola, dado el carácter irascible, fogoso y, hasta cierto punto, olímpico del interpelado. La segunda no tiene igual, por sobria y contundente. Verdad es que los grandes hombres no se valen de otro estilo, y que un heredero de la respetabilidad sublime del héroe de Tarifa no debe ni puede despilfarrar los conceptos y las pruebas como un mortal de poco más o menos. No lo comprendió así la Cámara, que cometió el sacrilegio de reírse cuando don Juan Prim apeló al mote de su linaje para confundir al profano que quería presentar como sospechoso a la revolución el brazo más fuerte de ella, ni más ni menos que si los constituyentes maliciosos dudasen de la lealtad del conde de Reus. Por eso creo yo que si el general Prim estuvo a la altura de su ilustre progenie al descolgar su escudo de armas para ofrecérselo al país como la mejor garantía de su lealtad, anduvo no poco desacertado en desconocer que el Congreso, representación genuina de la idea nueva, está más que flojo en heráldica, resabio de bárbaras costumbres de ominosos tiempos en que apenas se hablaba de nebulosas y tal vez hubiera algún sabio capaz de confundir los residuos humanos de un quemadero de herejes con la barredura y los escombros de una fábrica de hules. Y no digo que el marqués de los Castillejos debiera haber sido más explícito en lo referente a su lealtad, dando allí mismo una lección de heráldica a su atrevido paisano, porque yo respeto mucho hasta las aprensiones de los héroes, como el flamante Guzmán; pero es lo cierto que, examinada la cuestión con el criterio de los hombres vulgares, como yo, parecía indicada en ella una serie de pruebas que no le faltaban al general Prim, y con las cuales, y un poco de -153- la mucha bilis de que dispone siempre el ministro de la Guerra, anonadando de paso al interpelante, habría cuajado la sonrisa burlona de la Cámara en los labios de los constituyentes. Repito que el general ex popular estuvo sublime al decir: «Soy leal y no puedo ser otra cosa, porque en mi escudo de armas están las palabras honor y lealtad». Pero yo, en su pellejo, hubiera añadido: «Y lo pruebo». Y en el acto hubiera hecho la siguiente exposición de razones de Historia: «Siendo todavía Juan Prim a secas, pero muy liberal, me pronuncié contra el general Espartero, cuyo acto me valió, por influjo del tirano Narváez, el título de conde de Reus. »Como prueba de la confianza que en mí tenía este reaccionario, me nombró después capitán general de Puerto Rico, y Dios y todos ustedes saben que nada tuvo que reprocharme en los actos de mi cargo el duque de Valencia, si no fue la crueldad en que rebosaban mis célebres bandos, referentes a la gente morena, en los que mandaba mutilar a un hombre por menos de un alfiler. »Merced a estos y otros ensayos, merecí la altísima honra de que el polaco Sartorius me enviase más tarde a Constantinopla, a ver lo que pasaba por allí durante la guerra de Crimea. »Vino en esto el año 16, y la recién nacida Unión Liberal, enemiga mortal y exterminadora del partido de mis protectores, echó la zancadilla a los progresistas, mis antiguos cofrades, con los cuales mandé dos años. Hallábame yo a la sazón en el extranjero muy desocupado, y viendo que en Barcelona no se las arreglaba bien el general zapatero para desarmar la milicia nacional, por orden de O'Donnell, jefe de los unionistas, por probar de todo pasé inmediata y espontáneamente a aquella capital y ofrecí mi espada al citado general Zapatero. »Más tarde, y medio afiliado ya a la bandera unionista, fui con ella a la guerra de África, y a la vuelta dije en un convite en Alicante que no había en España más que un español digno de mandarla: el general O'Donnell, y que honni soit qui mal y pense. »En éstas y otras, la ingrata, la indigna Isabel de Borbón, me nombra marqués de los Castillejos, haciéndome grande de España, con cuyo motivo «juré por la cruz de mi espada» derramar hasta la última gota de mi sangre en defensa de la dinastía que así me trataba. »Poco después comía con mis antiguos correligionarios los progresistas en los Campos Elíseos, y también juré allí ante las lágrimas de Olózaga acabar con los unionistas, que ya no me gustaban, y con algo más si se ponía por delante. »Y como soy leal a mis promesas y consecuente, en 1866 me pronuncié contra O'Donnell al frente de algunos escuadrones, teniendo que refugiarme en Portugal por falta de eco en el país. »Desde entonces no me vio el pelo la madre patria hasta el último mes de septiembre, en que volví a pisarla hecho un demócrata y aliado de los unionistas, que me habían echado de ella por rebelde, para derribar la dinastía ingrata que me dio todos los honores y grados que ostento, menos el tercer entorchado, que me puse yo mismo en uso de las facultades que me competían como ministro de la Guerra de un Gobierno provisional». Todo esto y mucho más que el país conoce pudo haber agregado el general Prim, a manera de orla, al escudo de familia que exhibió ante el Congreso como garantía de su lealtad. -154- Un país que sólo con saberlo lo admira, ¿qué no hubiera hecho al oírlo de boca del consecuente liberal de los tres jamases y otros tantos nuncas? Insisto, pues, en que yo, en pellejo del conde de Reus, hubiera exhibido a las barbas del Congreso toda esta edificante exposición de hechos para hacer más ruidosa y solemne la declaración a secas de mi lealtad..., y aún hubiera hecho más: recordando que me rodeaban los Serranos, los Topetes, los Izquierdos y todos mis generales beneméritos y no pocos paisanos, condiscípulos míos en mi carrera política, hubiera dicho muy recio: -Esta es mi hoja de servicios, caballeros. Punto más, punto menos que la vuestra, porque aquí todos somos unos. Conque el que se crea más guapo que yo, que alce el dedo. Y estoy seguro de que el mismo Congreso que recibió su aserción de leal... porque sí con una sonrisa sospechosa, le hubieran aclamado entre tempestades de alaridos, como cuando evoca Ruiz Zorrilla las indignidades de la reacción. Pero insisto también en que don Juan Prim, a fuer de grande hombre, estuvo en carácter al asentar con pasmosa sequedad que no había hecho en la vida traición al lema de sus armas; máxime teniendo en cuenta que también añadió que si hubiera querido hacerla se hubiera valido de sus generales Izquierdo y compañía..., lo cual no tiene vuelta de hoja, y prueba hasta la evidencia que el ministro de la Guerra tampoco es ambicioso. Y si alguno dedujese lo contrario del dicho mismo de «MIS GENERALES», que no le usaron más soplado Federico II o Napoleón el Grande, observe el malicioso que si tiene el marqués de los Castillejos generales como puede tener perros de aguas o tenacillas de fumar, bien los necesita, a fuer de demócrata que caza con telégrafo y zanguanete, y para ir desda su oficial poltrona al Consistorio le siguen y le preceden escuadrones enteros de Caballería. En vista de todo lo cual, no hay por qué escandalizarse de las serenas afirmaciones del general Prim desde el momento que las hizo sin miedo a la respuesta del país, que le conoce y le escuchaba. Aquí, seamos francos, si alguno escandaliza no es el pariente de Guzmán: es ese mismo país que oye a Prim, y se hace el escandalizado y le sufre y no resuella... y, además, le paga. (De El Tío Cayetano, núm. 27.) 16 de mayo de 1869. Don Laureano Figuerola podrá ser, como ministro, la mayor calamidad que haya caído sobre España. Podrá no entender una jota en lo que trae por los suelos, por no decir entre manos, que esto equivaldría a mentir; podrá haber hecho los empréstitos más ruinosos y haber creado el impuesto más absurdo e impopular. Podrá, en fin, ser el financiero más rutinario y más ramplón del orbe. Pero negarle que es el catalán de más frescura y de mayor desparpajo, fuera notoria injusticia. La Prensa periódica de Madrid y de -155- provincias, que desde septiembre acá parece una olla de grillos; que individual ni colectivamente no han logrado ponerse de acuerdo ni con su misma sombra, ha ofrecido el sin igual fenómeno de levantarse perfectamente unísona y concertada para pedir la separación de Figuerola para la gestión de Hacienda; para silbarle estrepitosamente y para renegar de sus impuestos, de sus liquidaciones y de sus empréstitos a cencerros tapados. Los proteccionistas le han exorcizado como al mismo Satanás; los economistas le han excomulgado y el país en masa ha querido conjurarle, como a las tempestades, hasta con rogativas públicas y clamoreo de las campanas que ha dejado útiles la clerofobia de Romero Ortiz, su dignísimo colega. Figuerola, impertérrito, ha respondido a cada invectiva con una nueva torpeza; a cada súplica, con un descenso en la Bolsa. Pero nunca con una dimisión formal, ni con una sincera confesión de su incapacidad. «La revolución -ha dicho- gasta a los hombres». Y nada más. En cuyo laconismo lo mismo puede haber querido significar una remota esperanza de que algún día la rueda de septiembre llegará también a gastarle a él, que lo de Sancho: «Si buenos azotes me dan, bien caballero me iba». Así las cosas y los ánimos, hizo el empréstito de los mil millones, y Dios, él y media docena de amigos saben lo que en el negocio ha pasado. El país sólo sabe que tiene que pagar el pato, amén de verse desplumado. Pero lo cierto es que no parece dable a la humana razón formular unos cargos ni fraguar unas tempestades de maldiciones semejantes a los que don Laureano acaba de sufrir de toda casta de contribuyentes y de todo género de ciudadanos con este motivo. Parecíame a mí imposible también que hubiera uñas de ministro capaces de resistir tales embestidas sin soltar el banco ministerial y eso que ya me eran conocidas las de sus excelencias ejecutivas en otras pruebas análogas, aunque no tan rudas; creía que, después del bajón a 26 de la subsiguiente acometida de los banqueros y del comunicado del señor Indo, don Laureano se habría muerto, o, cuando menos, aparentando contrición y murmurando el confiteor, presentaría su dimisión a las Cortes, en la seguridad de que una súplica de las que tanto prodiga el general Serrano a la Montaña Roja, le mantendría en su puesto por ahora. Pero que si quieres. El impávido financiero, siguiendo su edificante costumbre, hizo frente a la bramadora tempestad y se propuso dominarla echandola más vientos. Y la dominó, porque en España somos así. Todos ustedes conocerán el proyecto de presupuestos que su excelencia presentó a las Cortes pocos días ha. Documento sublime. Yo he tenido la paciencia de leerlo de cabo a rabo, y no me pesa. Allí se encuentra de todo, menos dinero. Allí se habla de la corrupción de las pasadas administraciones; allí se demuestra que todos los presupuestos anteriores han sido falsos, como si no hubieran dicho lo propio de los suyos Barzanallana y otros; allí se decantan las economías que se han hecho en éste y en el ramo de más allá; allí se ofrecen leyes de tal y de cual que en lo sucesivo arreglarán el desarreglo de estas y de las otras clases, como si en España no se hubieran hecho bastantes, si cada Gobierno que entra respetara lo bueno de los que salen; allí no se presenta el menor vestigio de plan financiero para lo sucesivo, -156- al paso que se da como imposible el cercenamiento de los capítulos más gravosos del presupuesto actual, y, sin embargo, se promete la nivelación de los gastos con los ingresos para dentro de tres años, si se tiene ciega fe en la palabra del ministro que suscribe; allí se llama grande y admirable a la revolución, sabios, poderosos y soberanos a los constituyentes, y se saca en limpio que los gastos para el próximo año económico ascienden a la suma de tres mil millones; que hay un déficit de ochocientos y que el presupuesto de Figuerola excede en más de cuatrocientos al más alto de los presentados por los Gobiernos inmorales, cuyos estragos ha venido a curar la revolución de septiembre. Cualquiera pensará que un mortal que presenta semejante cuadro de la Hacienda española y que, además, añade: «ésta es mi obra», o está dejado de la mano de Dios o queda pulverizado por la de los hombres que le escuchan. Pues vean ustedes ahora la realidad. De la misma Asamblea ante la cual exhibió don Laureano su paisaje de ruinas, salió una proposición de algunos diputados sensibles que, con lágrimas en los ojos, pidieron que se procesara a los hombres que de catorce años a esta parte, han intervenido en la administración de la Hacienda española. ¿No parte el alma esa sensible indignación de los señores proponentes? Desgraciado del que movido de un sentimiento de severa justicia, quizá antirrevolucionaria, hubiera presentado una enmienda a la proposición pidiendo que se añadiera a ésta: «y a don Laureano Figuerola, desde luego». Volviendo a mi tema: ¿hay nada comparable a la frescura del ministro catalán que nos desadministra? Una sola cosa: la mansedumbre de los contribuyentes. (De El Tío Cayetano, núm. 28.) 27 de mayo de 1869. Poco después de septiembre se dejó ver hasta claro que los partidos coligados para hacer la revolución, una vez sobre el terreno de su conquista, lejos de marchar de acuerdo, se hostilizaban entre sí. Pero a nadie se le ocurría que esta dificultad se hubiera tocado en el momento supremo del gran empuje regenerador. La patria estaba «deshonrada, agonizando de vergüenza y de humillación». El pueblo arrastraba las cadenas del esclavo, las ciencias dormían y las artes expiraban. Algunos hombres, modelos de abnegación y patriotismo, como Serrano, Topete y Dulce, en primera fila, y en segunda el duque de Montpensier, que no podían contemplar el desastroso cuadro con ojos enjutos, acudieron al heroico pueblo del Dos de Mayo, a la altiva raza de los Guzmanes y Padillas, sin más excitación que el magnetismo de una mirada; España entera se levantó «como un solo hombre» contra el mismo poder que la arrastraba al abismo. ¿No es ésta la lección que se recitaba todos los días al pueblo español -157- por los hombres de septiembre durante el primer período del triunfo de la Gloriosa? ¿Y hubo, por ventura, un solo ciudadano que estuviese autorizado para dudar de la verdad de tan tierna y conmovedora declaración? Pero, como dicen en mi tierra, riñen los pasiegos y descúbrese el contrabando. Poco a poco hemos ido sabiendo algo acerca de la revolución, porque donde entra el vil ochavo no se puede guardar silencio, sobre todo si el que lo da no es un modelo de desinterés. Los fogonazos de Cádiz alumbraron no poco esta cuestión de fe para los creyentes liberales, porque el asador de don Antonio, si no sirvió para hacer un rasguño en Alcolea, fue más que suficiente algunos meses después para revolver los trapos de los que allí se hallaban. Y así, de descubrimiento en descubrimiento, hemos llegado, gracias a Dios, a la votación de la monarquía, con cuyo motivo hemos sabido, de labios muy autorizados, lo que los maliciosos jamás dudaron. El señor don Adelardo López de Ayala, ministro de Ultramar, para romper el silencio que desde su exaltación a la poltrona viene observando, acaba de decir a la faz de los constituyentes cosas muy peregrinas a este propósito. Según su excelencia, mientras los generales libertadores salían desterrados a Canarias desde el puerto de Cádiz, aquel pueblo, tantas veces llamado, después acá, cuna de la Libertad y baluarte de qué sé yo qué, aplaudía frenético en la plaza de toros la corrida de la tarde, en tanto lloraba el señor Ayala desde la playa la marcha de los desterrados, y si otro día pudo creerse que los mismos gaditanos se disponían a protestar con la fuerza contra los decretos del Gobierno referentes a los mismos proscritos, porque el gobernador de la plaza tomaba serias precauciones militares, las apariencias mentían. Todo el aparato tremebundo tenía por objeto prevenirse contra los acontecimientos que podían seguir de la efervescencia que necesariamente había de causar en el pueblo gaditano la rivalidad de dos toreros que iban a trabajar juntos en el mismo redondel. Con todo lo cual quería demostrar el autor de El tejado de vidrio que en el pueblo soberano no solamente no halló simpatías la revolución, sino que ni siquiera se dio cuenta de ella, con rarísimas excepciones, hasta que la hubo hecho Topete, a quien su excelencia atribuye todo el mérito de ella. Esto ya es algo. Pues salta Topete y dice: «Conste que yo no me rebelé contra doña Isabel II; conste que mi plan no alcanzaba a tanto; conste que a semejante extremo me condujeron las exigencias de mis aliados, presentándome la conservación de la dinastía incompatible con el bienestar de la patria, y conste, por último, que el destronamiento de la reina será para mí un tormento que me acompañará hasta el sepulcro». Estas declaraciones, hechas a raíz de tantos manifiestos oficiales; después de tan repetidas protestas de concordia, de unidad de miras y de sentimientos de adhesión a los principios proclamados en letras de molde por las Juntas revolucionarias, no podían menos de escandalizar a la minoría republicana, en quien reside por derecho natural y lógico la representación de las masas maltratadas por el ministro de Ultramar y contrariadas en su más sublime aspiración por el de Marina. Así fue que tuvo que intervenir el -158- duque de la Torre para decir, con esa energía que le caracteriza: «-Ubinan gentium, sumus? ¿Qué es eso, señor Ayala? ¿A qué conduce esa inesperada salida de tono... ministerial? Pues ha de saber usted que yo siento en el alma no pensar como mis queridos republicanos, que es tanto como asegurar que no estoy muy convencido de la excelencia de mi propio credo político. Sí, señor; los amo y los admiro, especialmente desde que he visto la mesura (sic) con que han hecho la oposición al proyecto constitucional que se discute. Así, pues, yo ruego a la Cámara que dé al olvido las palabras del señor Ayala y que no vuelva a hablarse de este asunto, que puede lastimar a un partido a quien tanto debe la revolución...». ¿No es admirable esta cordialidad, esta armonía, esta inteligencia, no ya entre los partidos coligados, sino entre los miembros de un poder en el cual están representados los antecedentes, el carácter y las tendencias del glorioso levantamiento nacional de septiembre? Pero todavía hay en estas circunstancias otra consideración más consoladora aún: Estos hombres han hecho redactar y discutir y aprobar la Constitución que ha de regirnos. Más consuelo todavía: Para esa Constitución, y amoldado al gusto de esos mismos hombres, ha de ser el rey que tenga España con honra. (De El Tío Cayetano, núm. 27.) 27 de mayo de 1869. Cinco meses hace que no me llega la camisa al cuerpo siguiendo las evoluciones de la gente que lleva la batuta en el actual desconcierto político. Que habrá Regencia; que será una; que será con Serrano; que será con Prim; que ya no hay Regencia; que si la mayoría; que si la minoría; que si tumba y que si dale. Háceme muchísima de la gracia en este asunto la formalidad con que algunos periódicos oficiales y oficiosos aseguran que la resolución urge porque la interinidad es insostenible por más tiempo. Pues qué, ¿la Regencia es una solución? Regencia, ¿para qué? ¿De quién? ¿Una Regencia no implica la necesidad de una minoría? ¿Dónde está aquí el menor? ¿Habrá venido a parar en eso el pueblo después de habérsele llamado, soberano, majestad, y potente, y no sé qué más? Dada la Regencia en una situación como la actual de España, ¿qué sería un regente más que una máquina de decir amén a todo lo que le propusiera el Gobierno de acuerdo con las Cortes? En suma: el general Serrano, regente, no haría más ni menos que lo que hace hoy, presidente del Poder ejecutivo. Verdad es que cambiaría su modesta morada por un palacio con guardia pretoriana, y tendría tratamiento de alteza y seis o siete millones de sueldo. Pero ¿y qué? ¿Sería él el primer reyezuelo que vamos viendo en España desde septiembre acá? ¿Y se calman los ánimos, se refrenan los odios o se conjuran los desencadenados elementos -159- que hoy conmueven a la situación porque se instale en Madrid un magnate más o menos? ¡Bah! Por otro lado irá el agua. La situación tiene que darnos un rey conforme a la Constitución que acaba de votar, y ese rey, por más que diga el señor Olózaga, no ha de causarnos agradable sorpresa, porque todos le conocemos meses hace. Su futura majestad podrá agradar a los señores o proporcionarles un nuevo disgusto. Sus excelencias quizá temen lo último, y, como saben agarrarse, marchan con parsimonia en todo lo que al asunto se refiere. Cuando le van a sacar a uno una muela, el dentista le habla primero de los sudores que pasa el paciente con aquel apéndice podrido en la boca; después, se la reconoce y le asegura que la muela está cayéndose ella sola; después le arregla el sillón en que le ha sentado, y le atusa el pelo, y ofrece a su vista una multitud de enjuagues que han de refrescarle las encías una vez hecha la operación; después coge un gatillo y lo deja, y toma otro, y hace que opta por una pequeña palanca, por lo mismo que la muela no ofrecerá resistencia; y habla del vecino de enfrente o de la política del día; de todo, menos de la muela. Al cabo, tentando la quijada y preguntando «¿es ésta?», veinte veces, engancha inesperadamente el acero fatal en el cariado apéndice, lanza la víctima un rugido, suelta tres lagrimones y un duro, y se acaba la tragedia. No pretendo calificar de sacamuelas a los hombres que no se dan punto de sosiego a fin de conjurar ahora la interinidad de una Regencia. Pero no puedo excusarme de hacerme a cada instante preguntas tan sencillas como éstas: -Si los hombres de la situación tienen in mente nuestro futuro rey, ¿para cuándo le guardan? Si la exhibición de esa majestad no ha de dolernos; si, como es de creer, llena las aspiraciones de la patria, en cuyo nombre se hizo la revolución que nos lo trae, ¿para qué tantos trámites y ensayos preliminares? ¿Tan abundantes han sido la satisfacciones desde septiembre acá, que sea necesario, para no engolosinarnos, encarecer esa que se nos tiene reservada? Vamos, ilustres y denodados patricios; menos modestia; basta de abnegación, no más desvelos, y venga... lo que Dios quiera; que, al cabo, ésa es la que ha de valer, y no la vuestra ni la mía. (De El Tío Cayetano, núm. 27.) 27 de mayo de 1869. Érase éste un pueblo llanote de carácter y a la buena de Dios, capaz de pelear con su sombra si se trataba de la negra honrilla; pero tan poco ambicioso, que, vencedor en el combate, se conformaba con ocupar el campo del enemigo para tenderse en él a la bartola. Así vivió siglos, acometiendo las más inauditas empresas por su Dios, su patria y su dama. Refractario a todo lo que fuera innovar, vivía en su cascarón, embozado en la manta de abolengo, sin necesitar otra cosa, atento sólo, para romperle el bautismo, a los intrusos que -160- trataran de asomar la jeta dentro, con el fin de imponerles sus leyes, sus hábitos o sus costumbres. Así era feliz. Pero como al más cauto se la pegan, no pudo evitar que algunas indígenas excepciones, ambiciosas y turbulentas, le fueran seduciendo poco a poco, pintándole la belleza de sus vecinos: de los unos, porque eran rubios; de los otros, porque eran altos; de los de allá, porque eran gordos, y, lo que es más asombroso, haciéndole creer que él, que había nacido para ser moreno y refecho y muelle, podía llegar, con la costumbre, a ser rubio y estirado y activo. Para llegar a este fin era preciso, ¡pásmense ustedes!, según aquellos doctos novadores, romper la crisma al señor del pueblo y al cura de la parroquia; a éste, porque predicaba que no había más amo que Dios, y al otro, porque obligaba a cumplir las máximas que predicaba el señor cura, amén de la ley por que se regía el pueblo escrita y promulgada por él, con la aquiescencia de todos los regidores del concejo. Para dar más encanto a la seducción, los hombres que en ella se afanaban aseguraban al pueblo que él era el rey por derecho natural y el único legislador, y que no tenía obligación de ir a misa ni de creer en Dios. El hombre es tonto de suyo, y aun cuando se esté muriendo de hambre, es capaz de creerse un emperador como haya un perdis que sepa pintárselo a lo vivo. Así lo hicieron los ambiciosos del cuento, que, por más señas, de comer a la mesa del señor y de vestir de sus roperos, estaban tan gordos y tan relumbrantes que no había más que ver. Un día se armó la gorda, y el señor, más de miedo que a la fuerza, abandonó su palacio y huyó a remotas tierras, dejando la suya en poder de los traidores, que, para mostrar a los incautos que sólo el deseo de su bienestar los animaba a la empresa, quedáronse por de pronto por señores ellos, y como tales se trataron, y como tales exigieron al pueblo impuestos que jamás había satisfecho, amén de obligarle a derribar la iglesia parroquial y a fusilar al cura. Como quiera que el ensayo de estos varios reyes demostró que daban peor resultado siete que uno, se dedujo prudentemente que setenta o setecientos gobernarían peor que siete; y esto evitó la ejecución del proyecto discutido en el concejo de proclamar por soberanos del pueblo a todos y a cada uno de los vecinos. Pero como no podía volverse a lo pasado y se había llegado ya a una situación eminentemente liberal, en la que se permitían las tabernas abiertas de día y de noche, y eran lícitas las blasfemias en todas partes, y al más rudo no podía prohibírsele decidir de plano las cuestiones más peliagudas en todos los ramos del saber, escribióse una especie de Constitución, según la cual habría un rey, traído de fuera, que sería el primer vecino del pueblo, con el deber de firmar todo lo que el concejo acordara, por lo cual, y nada más, se le daría un sueldo arregladito, con que pudiera comer y vestir decentemente. Y allí fueron de ver los mangoneos del fiel de pechos, del boticario, del herrador y otros notables del lugar. Todos y cada uno de ellos se daban a buscar reyes por los pueblos vecinos, como quien busca malvas en los camberones para un dolor de barriga. Pero el que estaba bien por su casa, no quería sufrir las desazones que da el arreglar la ajena, y el que nada tenía que perder no era aceptado por las intrigas de cada uno de los otros -161- agentes, que trabajaban por los que habían buscado. En esto, los hombres poderosos que habían revuelto el cisco vieron que el pueblo se les venía encima, falto de los cimientos que ellos le habían socavado, y se decidieron a proclamar por soberano a cierto amolador, vecino del mismo pueblo, aunque ausente de él tiempo hacía, por revoltoso, el cual vecino les había anticipado algunos maravedises para preparar la conjuración contra el desterrado señor, en cuyo palacio tenía entrada y mesa, por ser el amolador de todas las herramientas de su majestad. Preparáronse hasta tres docenas de cohetes, dos arcos triunfales y una fuente de rioja, y seguido de todos los alguaciles y empleados del concejo, a cuyo frente iban los hombres del pronunciamiento, entró una tarde el amolador en el pueblo sobre una mula torda, con corona de similor sobre la frente y una caña en la mano, a manera de rey de bastos, y en esta guisa y después de apearse a las puertas del palacio tomó asiento en el trono que habían venido ocupando todos los señores de aquel pueblo. Como su majestad era democrática, tuvo que estrechar con las suyas cada una de las manos que le fueron pre-sentando sus convecinos, a quienes preguntaba, de paso, por las respectivas parientas y familias, ceremonial ajustado a los consejos de sus prohombres. Instalado ya como señor, pusiéronle cuatro menestrales para asistirle en su gabinete particular y una guardia de honor, de zapateros, a las puertas exteriores del palacio, pues el de advertir que, como el país era tan soberano como él, si bien se prestaba a jugar a los soldados, en manera alguna quería serlo de verdad, por lo que se suprimió el pequeño ejército que antes había, a excepción de los generales, que se aumentaron en número y ascendieron todos en graduación. Pasábasele el tiempo a su majestad en conversar con los curiosos que se le presentaban: unos, a pedirle un pitillo, y otros, un empleo; en firmar como en barbecho cuanto le presentaban los señores concejales, y en estudiar el santo y seña que cada día le daban sus protectores, con el fin de que desagradase al pueblo con alguna torpeza. Por lo demás, comía lo que le daban, vestía conforme al gusto y presupuesto que al efecto le señalaban los concejales, se acostaba a la hora que se le permitía, y tenía cuanta libertad se le antojaba, con tal que no molestase con su presencia las reuniones y motines pacíficos que celebraba a cada paso el vecindario, en uso de su nuevo derecho. Como no se divertía gran cosa su majestad con este sistema de vida, un tanto parecida a la de un colegial, un día pidió un periódico para distraerse un rato; porque es de advertir que en aquel pueblo también había Prensa periódica. Echóse a los ojos el papel su majestad, y tuvo la satisfacción de ver en él que se le llamaba amolachifre, gabacho, intruso, inexperto, gandul y otras lindezas por el estilo; y a la institución que él representaba en su trono, guillotina de los pueblos y oprobio de la Humanidad. Quemále un poco la sangre a su majestad esta franqueza democrática con que se le trataba, y llamó a sus consejeros con el fin de que se pusiera un correctivo a tales desacatos. -Es imposible, señor -le contestaron. -Pero se me insulta. -No hay tal. Es que se ejerce la absoluta libertad de escribir, consignada -162- en la Constitución que su majestad ha jurado. -Pues entonces, a ella me agarro, y voy a responder en otro periódico a esas atrocidades. -Jamás, señor. Eso equivaldría a influir con vuestra autoridad sobre los ánimos libres del pueblo, y sería anticonstitucional-democrático. Todo lo cual convenció a su majestad de que con una Constitución tan libre como la que había aceptado, siendo él el rey, era el único esclavo del pueblo. Un día, cansado ya de vivir ajustado a las exigencias de todo bicho viviente, se escapó del Palacio con el fin de explayarse un poco por el pueblo, y, a merced del incógnito, se introdujo por de pronto en un club formado por los hombres más exaltados de la vecindad. Allí oyó expresarse a los oradores en términos semejantes a los que había leído en el periódico, con la diferencia de que en el club se excitaba a romper la crisma a su majestad por todos los medios legales y a pegar fuego al trono en que se sentaba. No creyéndose muy seguro allí, echóse de nuevo a la calle, y apenas encontró una esquina en que no leyese alguna tempestad contra los señores de su categoría y la institución que representaban, ni una tienda en que no se exhibiesen sus propias caricaturas y profusión de folletos, demostrando que una nación que acepta por soberano a un amolador ni tiene vergüenza ni merece perdón de Dios. Tomó acta de todos estos primores, y a su vuelta a Palacio trató con sus consejeros de ponerles un correctivo; pero tuvo que desistir de su propósito, porque se le dijo que estaban dentro del derecho concedido por la Constitución. -Pues enmendaré la Constitución -dijo, muy fresco, su majestad-, porque ella y yo no cabemos juntos en el pueblo. -Aprensiones de vuestra majestad. -Aprensiones. ¿Me quieren decir ustedes si el pito que yo toco en esta orquesta no puede tocarlo el guardacantón de la esquina? Firmar lo que otros hacen, cargar con la ociosidad de lo malo y no disfrutar de la gloria de lo poco bueno que se me obliga a hacer; oír perradas de todo el mundo y no tener derecho para replicar a nadie, cuando todos tienen el de ponerme de vuelta y media y el de conspirar contra mí. -Es que vuestra majestad es un monarca democrático. -Por lo mismo; o me sobra lo de monarca o lo de democrático. Los dos títulos no caben juntos en el trono. -Pues vuestra majestad lo quiso así. -Me retracto, y, al efecto, quiero reformar la Constitución. -Es imposible. -Yo buscaré quien me ayude... Mi ejército... -Lo poco que queda de él somos nosotros y nuestros amigos, y nos opondremos resueltamente, so pena de cine el pueblo nos devore. -Luego es decir... -Que no hay más remedio que llevar adelante esta cruz con que cargamos voluntariamente. Y en esto trascendieron los propósitos de su majestad hasta los clubs más rabiosos: llamósele traidor por haber intentado cercenar los derechos declarados en la Constitución; levantáronse barricadas en las calles; ardió Palacio por las cuatro esquinas, y la intrusa majestad huyó por el tejado, en chancletas y muy contenta porque salvaba la pelleja, bien al revés de sus consejeros y protectores, que morían arrastrados por las masas, que, aunque antes los habían aclamado, desconfiaban ya de ellos por lo mismo que una deslealtad los había encumbrado. -163-Alguno que pasó muy cerca del fugitivo amolador, le oyó decir, rascándose una oreja: -Para adquirir y conservar un trono no basta la garantía de una ley ni la voluntad de un partido; se necesita el corazón de un pueblo. (De El Tío Cayetano, núm. 29.) 6 de junio de 1869. «Cada maestrillo tiene su librillo», dice el refrán, y es la pura verdad. Por eso han hecho muy mal los que, sin más que observar atentamente la marcha que lleva la situación septembrina, han dicho resueltamente: «Esto va al abismo». Aprensiones. Yo tengo muy presente siempre el atinado parecer de aquel que, viendo rodar a un prójimo por la escalera, se abstuvo intencionadamente de tenderle una mano que pudo haberle salvado. -Él se entenderá -decía inalterable. Eso mismo he dicho yo con respecto a los traspiés de la revolución, aun enfrente de los desaciertos de Figuerola, o séase a dos dedos de la bancarrota. -Ellos se entenderán. Y, felizmente, no he tenido que arrepentirme. Los destinos más importantes han andado a merced de una esquelita de recomendación para tal o cual ministro; haberse batido en una barricada, o siquiera haber estado en ella, constituía el mejor título de capacidad para el desempeño del cargo más delicado; se ha visto hacer un juez de un boticario, y si no se han fabricado obispos con madera de voluntarios de la Libertad, es porque la carrera de la Iglesia no anda en boga entre la gente revolucionaria; se ha visto a un padre de la patria hacer un héroe de un corruptor de la disciplina militar, y pedir una pensión para la familia que dejó huérfana a aquel ser sorprendido en flagrante delito; otro ha pedido últimamente a las Cortes que se abone a los sargentos y cómplices que asesinaron a los valientes y leales jefes del cuartel de San Gil las pagas correspondientes al tiempo que estuvieron en la emigración a consecuencia de su hazaña; se ha visto...; hombre, lo que es por ver, puede haberse visto, como diría Caltañazor, a Montpensier comiendo pisto, si se ha querido mirar desde septiembre acá; no contando el tercer entorchado y la cruz de San Hermenegildo del general Prim, ni la liquidación de la Caja de Depósitos, ni la capacitación decapitada, ni los bolsistas arruinados por la claridad de los empréstitos de Figuerola, ni las declaraciones ortodoxas de Súñer y comparsa..., ni el proyecto de presupuesto de 3.000 millones, presentado a las Cortes por el hacendista de la revolución. «Ellos se entenderán». Y así era. Tras de tantos desaciertos, se escribió un proyecto de Constitución, que así se ajustaba al carácter del país como a los cerros de Úbeda. El proyecto se discutió, y, aprobado casi ad pedem literae, llegó a ser tan Constitución como la más soplada de sus seis hermanas. A pesar de esto, no se traslucía mayormente la solución que el pueblo español -164- aguarda para salir de apuros y de necesidades. Yo, sin embargo, seguía diciendo: «Ellos se entenderán». Y, al cabo, se descubrió el misterio y la luz se hizo. Parece ser que se están confeccionando unas plumitas de plata con cabos de marfil, con el objeto de dar una de ellas a cada diputado constituyente para que firme la Constitución y guarde después el regalo como un tesoro que pueda legarse de padres a hijos. Esto ya es algo de luz. Después, se guardarán tres días de fiesta para solemnizar el acto de la promulgación. Esto no deja tampoco de ser luminoso. Y acudirán a Madrid los presidentes de las diputaciones provinciales. Y un individuo de cada Ayuntamiento. Y un oficial de cada batallón de voluntarios. Y muchos más señores. Tantos, que no han de hallarse con holgura en las estrecheces de la ex coronada. Los ferrocarriles, que no deben ser menos patriotas que los diputados constituyentes, bajarán las tarifas para el transporte de las comisiones, a cuyos pueblos no se preguntará antes si están muriéndose de hambre, o si tienen obligaciones inexcusables que llenar con lo que han de gastarse en Madrid y en el camino los invitados para la solemnidad nacional. Esto no es poco. Y se inaugurará un Panteón de hombres grandes, por iniciativa de Ruiz Zorrilla, que ya es autoridad en la materia. Esto es magnífico. Pero lo más grande es la fórmula decretada para jurar la Constitución aquellos señores y cuantos tengan el deber o la voluntad de hacerlo. Lo mismo que de sus templos, de esa fórmula se ha arrojado a Dios. Y no podía suceder otra cosa habiendo concurrido a la obra magna doctores como Garía Ruiz y Capdevila, que están cordialmente reñidos con semejante monserga. Cada individuo jurará por su conciencia y por su honor, y por su religión el que la tenga, acatar los preceptos constitucionales; y si falta a su juramento, se lo demandarán la práctica y la conciencia, y no Dios, como antes sucedía. Aparte de la deferencia a los materialistas del Congreso que esta prudente distinción revela, la fórmula es admirable desde otro punto de vista. Por la cruz de su espada y por los Santos Evangelios han jurado muchas veces defender y conservar lo que luego han atropellado más de dos personajes que han tomado parte en la flamante obra constitucional, no obstante haber consentido en que se lo demandase Dios si llegasen a ser perjuros. Sabios de la talla de Robert y Díaz Quintero nos han demostrado después acá que eso de Dios es una patraña. Nada más justo, por tanto, que sustituirle con otro juez más respetable: la conciencia y la práctica; porque es evidente que deben pagarse mucho de ambas cosas los que en menos tienen a Jesucristo y consideran a su Eterno Padre como una plaga semejante a la tisis. Así, pues, cuando el país vea que Prim, que Serrano, que Topete, que Olózaga y tantos otros juran según la nueva fórmula guardar la Constitución que ha de regirnos, si Dios no lo remedia, no podrá menos de exclamar: -Ahora va de veras. Porque ya no temerá que este juramento se infrinja como tantos otros. Y echando luego una mirada sobre las bases constitucionales, según las -165- que se hace de un golpe casi rey al pueblo, aunque enfrente se halle con un Figuerola, que es tanto como si se hallara con la estampa de la miseria y de la anarquía, creerá a puño cerrado que ha caído sobre la franja y que le llueven ochentinas y tortas de mazapán. Para que la ilusión sea más completa y permanente, la sabia previsión del Poder ejecutivo ha dispuesto ya que todas las lápidas que antes decían «Plaza de la Constitución» a secas, digan en adelante «Plaza de la Constitución democrática de 1869», con lo que se demuestra, además, que no era tan descabellado el apéndice del Toboso que ponía Don Quijote a cada Dulcinea que trazaba su dedo sobre la arena en las estrofas que dedicaba en sus austeras soledades a la señora de sus pensamientos. Conque ¿no tenía razón de decir, al ver a los hombres septembrinos darse de cabezadas por la escalera del Poder: «Ellos se entienden»? Y vaya si se entienden los angelitos. La lástima será que no les dure. (De El Tío Cayetano, núm. 29.) 6 de junio de 1869. Se confirma la noticia de que el Caballero de Rodas va a la Habana a relevar al general Dulce. Algo significa la marcha a la isla de Cuba del pacificador de Cádiz y Málaga, para mayor tranquilidad de los peninsulares que tienen todavía algunos cuartos que perder en aquellas regiones. Pero significa y vale mucho más la venida del general Dulce. La lástima es que con este relevo no se concluye de exterminar a los insurrectos y que, si ustedes me apuran un poco, con la ida del Caballero de Rodas queda la cuestión en el punto en que se hallaba con la presencia en Cuba del general Dulce. Para que los peninsulares residentes en la isla de Cuba respiraran tranquilos era preciso que a la salida del general vicalvarista y a la entrada del Caballero de Rodas acompañase el relevo de otros muchos jefes militares y civiles que, a pesar de sus incesantes desvelos en pro de la causa española, han tenido la desgracia de parecer más simpáticos a los rebeldes que a los leales de Cuba. Ello no pasa de ser una casualidad desdichada para los desfavorecidos; pero es lo cierto que los heroicos voluntarios peninsulares que allí se baten como leones, y que parecen ser el único sostén de la isla, se empeñan en no pronunciar con entera confianza otros nombres que los de Valmaseda, La Torre, Espinar y Clavijo, callando los de una multitud de brigadieres y coroneles, amén de varios capitanes, a quienes están encomendados los puestos y cargos más comprometidos de la empresa. Ellos sabrán por qué hacer esas distinciones tan graves. Yo sólo sé que la insurrección, que al decir del Gobierno es cosa nuestra, colea aún muy viva en las jurisdicciones de Cinco Villas, Puerto Príncipe y Nuevitas y en otros muchos puntos del departamento oriental, donde no operan Valmaseda y La Torre, que, por lo visto, son más temibles para el enemigo que otros muchos jefes de la confianza del general -166- Dulce, y, por consiguiente, de la más completa desconfianza de los voluntarios y demás peninsulares interesados en la conservación de la isla. A propósito de los voluntarios de Cuba. Sin contar la sangre que han vertido, en ocho meses de campaña llevan gastados de su propio peculio los de la Habana solamente un millón de pesos. Sin duda en agradecimiento a estos actos de patriotismo, tan raros en la Península, deben aquellos héroes las atenciones que les ha dispensado el general Dulce en el reglamento con que acaba de organizarlos. Verdad es que entre los insurrectos y los voluntarios que los van destruyendo no puede haber nada de común, ni a los dos se les puede medir con un mismo rasero; y, por consiguiente, nada más natural en el hombre que protege la retirada de ciertos jefes de los primeros con salvoconductos especiales que la conducta desdeñosa que observa con los segundos, aun cuando éstos peleen bajo su bandera. Y cuenta que no inculpo con esto al general Dulce, pues bien me consta que en ello se separa de la táctica que observa el Gobierno de la metrópoli, su inmediato jefe, en el propio asunto. Sólo los que quieren ignorarlo no saben que una de las esperanzas más halagüeñas de los rebeldes es que el desaliento llegue a enervar los bríos de los voluntarios, sus implacables perseguidores, y no es el hecho que menos se la alimenta la semi amnistía que se ha dado a los desterrados a Fernando Poo con la fundada presunción de que mañana esa amnistía será completa y general. Por eso decía yo que al presentarse el marqués de Castelflorite tan blando con la insurrección, no tenía nada que echarle en cara el Gobierno que le nombró para desempeñar tan comprometido cargo. Y, si no, apelo al testimonio del señor Pérez Calvo, que, con el doble carácter de consejero privado e inspirador del general Dulce, y conocedor de todos los intríngulis de la insurrección, apenas sabe a qué palo quedarse, en su buen deseo de sacar toda la leña, posible de aquella guerra para el mayor bien o el menor mal de la madre patria o de sus gobernantes, que a ella le mandaron con un destino civil de los más morrocotudos. A propósito de civiles: insisten los obcecados propietarios peninsulares de la Habana en que otra de las plagas que están devorando el producto de sus afanes es la nube que, a virtud de una plumada del señor Ayala, descargó sobre aquella Hacienda pública, de manera, según ellos, que desde septiembre acá el menor enemigo de la isla de Cuba ha sido la insurrección. Por eso decía yo al empezar que muy bueno era el relevo del general Dulce por un hombre tan ejecutivo como el Caballero de Rodas, pero que no bastaba esto para tranquilizar a los españoles en Cuba, que se empeñan en no reconocer los sacrificios que en pro de sus intereses están haciendo otros muchos funcionarios de recién emisión, en cuyas manos, más que en las del capitán general, puede decirse que están las llaves de la isla. No he citado a humo de pajas los sacrificios personales y pecuniarios de los peninsulares de Cuba en la campaña que vienen sosteniendo nueve meses hace. Creo que bien valen la pena de que el Gobierno se los remunere con un poco de tranquilidad y de confianza. A este fin, me permito aconsejarle que los oiga con entera fe, y que cuando le digan: «Ese es sospechoso; ése es un traidor», ponga fuera de combate al uno y al otro, y en su -167- lugar otros dos hombres sin tacha en su fama ni tilde en su conducta. Para poder obrar así debe el Caballero de Rodas llevar el necesario repuesto de funcionarios aptos y honrados. Pero si, como se lee en los periódicos, no lleva más que sus ayudantes, los españoles de Cuba volverán a sus trece, crecerá la esperanza consabida de los rebeldes, y los afanes de Miláns del Bosch se verán satisfechos al cabo. Por si tal sucede, me apresuro a enviar la enhorabuena al segundo cubano, ya que el primero quiere serlo el general Dulce, según propia confesión en su inolvidable brindis de antaño, al hallarse entre la gente a quien su posición, más tal vez que sus ideas, obliga a perseguir con las balas de sus batallones y los salvoconductos de su puño y letra. (De El Tío Cayetano, núm. 29.) 6 de junio de 1869. Es para perder el sentido la tarea de seguir paso a paso en los periódicos a todos los que van, y vienen, y entran, y salen estos días de los ministerios a la Asamblea, de la mesa de Serrano a los pasillos del Congreso, de Olózaga a Posada Herrera, de Prim a Rivero, de los notables a los vulgares, de la futura Regencia al presunto Gobierno... Porque sucede en este lance que no solamente marean los movimientos, por ser incesantes, sino porque son unos hombres los que andan en escena con los recados, tan extraños, tan nuevos y tan insignificantes, que para tomarles la filiación y orientarse entre ellos se necesita una fuerza de atención de doscientos mil... Súñeres. Verdad es que eso le está sucediendo a uno nueve meses hace en el teatro de la política española. Todo se vuelven partes de por medio, ora en la Embajada de aquí, ora en el Gobierno de allá, ora en las grandes dependencias, ora en la privanza del ministro tal o cual, ora en la Comisión X... Así anda uno..., y así va ello. Y no lo digo precisamente por la situación septembrina, que bien sabe Dios que la reverencio tanto como la admiro. Es que, sin saber cómo, se me ha venido a las mientes un caso muy común en los centros civilizados, caso que quiero citar para que ustedes vean que no envuelve malicia alguna con respecto a los personajes de la situación mi dicho de «así va ello». Actúa en un teatro una compañía de ópera de primo cartello, como dicen los aficionados. Concluida la temporada, se largan las partes principales y se quedan en la población, regularmente muertos de hambre, el cuerpo de coros y los partiquinos: beneficio al canto para socorrer a estos menesterosos artistas. Habrán ustedes notado que cuanto más malo es un actor, más pretensiones tiene, en cuya debilidad se funda la razón del hecho palmario de que las compañías de la legua tengan por repertorio los dramas más peliagudos de Zorrilla o Bonchardy. Lo que digo de los cómicos sirve para los cantantes. Por eso, los de mi ejemplo imprimen un cartelón de veinte colores, y por él sabe el público que se va a -168- cantar la mismísima ópera Hernani desde el brindis del ilustre bandido hasta el puñal de Silva, es decir, desde la cruz a la fecha. El artista que nunca pudo entonar el A la porta d'il castello... sin que le siseara el público, se atreve a encargarse del papel de Hernani; otro partiquino de no menor talla canta el papel de Carlos V, y otro que tal representa a Silva. Elvira está a cargo de una corista muy guapa que sabe bracear un poco. Las demás partes secundarias están a la altura de estas principales. Para colmo de perfección, la orquesta ha quedado también en cuadro, y tiene que suplir un figle el canto del violonchelo en las catacumbas, y así lo demás. Llegado el momento de la función, como los trajes corresponden a los actores y el carácter de ellos no se deja conocer por el canto en fuerza de florearlo, entran las perplejidades de los espectadores, que confunden a Silva con Hernani y a Carlos V con cualquiera de los dos; y así las cosas y perdida la serenidad del público, éste recompensa cada gallo con un carraspeo y con sendos restregones cada brazada. Antes de acabarse el primer acto bosteza ya la concurrencia, y se abren las puertas de la calle al segundo para que entren los muchachos a ocupar gratis las localidades que abandonan sus propietarios. Entonces se arma el gran escándalo y la sublime rechifla, y tienen que venir los polizontes a echar a la calle a la patulea y una multa a los artistas, que la pagan gustosos a cambio del último acto, que se les prohíbe, y mucho antes del cual estarían todos jadeantes y sin chispa de voz, al paso que iban evaporándose sus pobres facultades. Repito que no traigo a debate este caso porque lo halle aplicable en ninguno de sus detalles a la situación política que atravesamos. Insisto en que se me vino de golpe y porrazo a la mollera, y de porrazo y golpe también lo he soltado, porque yo soy así. Que el caso no venga el caso, ya es otro cuento, y no diré por lo contrario..., ni tampoco me opondré a que Figuerola lo negocie, si cree que puede sacarlo de un apuro financiero. Que todo podría ser, porque de menos nos hizo Dios, con permiso de García Ruiz. (De El Tío Cayetano, núm. 29.) 6 de junio de 1869. La tarea del señor Súñer y Capdevila no concluyó en las Cortes con sus discursos tristemente célebres. El grito de indignación de la España, católica que respondió a ellos no acabó con el blasfemo: no hizo más que aturdirle. Las víboras no mueren generalmente a los primeros pisotones, y es muy común verlas levantar la cabeza en la agonía para destilar el veneno que les queda sobre el primer objeto que hallan a sus alcances. Aunque parezca mentira, en la Prensa llamada española ha habido un periódico que ha ofrecido terreno y sostén para las postrimerías ponzoñosas de ese viborezno catalán. La Igualdad es el periódico a que aludo, y bueno es que se sepa, para -169- que nadie le dispute en buena ley la gloria que le cabe en la empresa del constituyente ateo. El objeto primordial de la serie de cartas que éste viene publicando en aquel diario se explica bien en las siguientes palabras que constan al principio de la primera: «Uno de mis mayores gustos es no cejar un punto en la guerra a muerte que tengo declarada a Dios». En esta manifestación hay algo que espanta y mucho que hace reír. Espanta la impunidad con que se blasfema a la faz de la conciencia española, y es risible hasta el ridículo la osadía del desdichado constituyente. Pero del hombre que así se expresa, después de conocer el éxito de sus discursos en la Cámara, hay derecho a esperar algo extraordinario en lo que se propone discutir: su habilidad, ya que no su inteligencia, debe estar a la altura de su atrevimiento. Pues he aquí las pruebas más fuertes que aduce en apoyo de su tesis cuando entra en materia: «Mateo y Lucas -dice- narran este hecho (la concepción milagrosa de la Virgen); pero ni Marcos ni Juan hablan de él una palabra». Esta peregrina manera de argüir no tiene ni siquiera el mérito de la novedad, porque es ya muy viejo el cuento de aquel reo que, diciéndole el juez que el hurto de que se le acusaba estaba comprobado con la declaración de diez personas que lo habían presenciado, respondió: «Contra esos diez que me han visto, señor juez, puedo yo presentar diez mil que no me vieron». Y por si aquella razón fuera poco convincente, la amplifica en estos términos: «Me importa poco lo que digan Mateo y Lucas...; me importa la alusión que creéis encontrar en las palabras de Isaías -si queréis, os doy toda la Biblia-; me importa poco vuestra afirmación y la afirmación de todos los católicos habidos y por haber». Es decir, lo dijo Capdevila, y basta... ¿Y cómo dudar de la autoridad de un hombre que habla de la cosmogonía china y cita a Loni Tru, y Chao-Hao, y a Hon-Su? Pero, en esta erudición y todo, Capdevila se anticipa a la réplica de los católicos y supone que le dicen: «Esa concepción que te sorprende y niegas porque se opone a las leyes de la naturaleza que tú has estudiado como médico, en el cuerpo humano es posible y verdadera, como obra que fue del único Dios que puede cambiar cuando le plazca las leyes del Universo». Por lo visto, Súñer no es hombre que gusta de abusar de las armas invencibles que posee. Admírese ahora su respuesta: «Yo os probaré que vuestro Dios es una quimera. Por de pronto, os anuncio que los milagros no caben en la ciencia, esto es, en la sana razón..., y ese milagro a que aludís no se explica en ninguna cátedra ni en ningún libro de Tocología». Aquí hace punto, sin dar más luz, y continúa echando el resto: «Yo estoy por lo real, y vosotros por lo imaginario; yo, por la física; vosotros, por la metafísica... Entre nosotros no hay conciliación posible, porque vosotros partís del milagro, del poder de Dios, y yo parto de la fatalidad». Y de aquí que, sin querer, ha demostrado otra vez más el cínico ateo, no lo que se proponía, que eso no está para sus fuerzas, sino que cuando la soberbia humana más se hincha se hace más pequeña. Capdevila declara que tiene a mengua conceder que hay una inteligencia superior a la suya, capaz de crear lo que él mismo, después de estudiarlo -170- toda la vida como médico, no ha podido comprender ni siquiera en las leyes por que se rige, y a renglón seguido se hace esclavo y adorador absurdo de la casualidad; viene el debate con ánimo de derribar de un linternazo la fe de diecinueve siglos, y confiesa al primer golpe que él y sus adversarios están separados por un abismo que hará imposible siempre el que se entiendan unos y otros. Entonces, ¿para qué la discusión, si la discusión es la luz? ¡Ah! Quizá para lo que tantas otras que vienen ilustrando a la ignorancia desde septiembre acá. «Para los hombres que creen por convencimiento -pensaría Capdevila-, cuanto yo pueda decir es poco; para los sabios que no creen y me admiran y han de seguirme, me sobra la mitad de lo que he dicho». Todo lo cual no impide al desdichado catalán alardear de bondadoso y antisanguinario, como si sólo fuera cruel el hombre que mata a otro con un puñal; como si no mereciera la cadena del presidiario más el que roba la paz del alma que el que arranca la vida al cuerpo. Pero si estas declaraciones no sirven para seducir a los cautos, prueban más y más que Súñer y Capdevila no es, por dondequiera que se le mire, otra cosa que una vulgaridad miserable que ha elegido la blasfemia y el escándalo por arma para hacerse célebre, como a imitación de otro racionalista francés de triste memoria, pudo en haber dado en comerse arañas crudas en salones y corrillos; un loco que se entretiene en escupir al cielo, sin reparar en que le mancha el rostro su propia saliva... Me equivoco: esa saliva y otras como ella afrentan, más que a los que lo, arrojan, a los patricios ilustres que han hecho de España un corral inmundo para que le escupan impunemente hombres como Súñer y Capdevila. (De El Tío Cayetano, núm. 30.) 13 de junio de 1869. Vaya si tengo yo buen olfato. La publicación de mis últimas reflexiones acerca del estado de la isla de Cuba coincidió con un telegrama de la Habana en que se decía al Gobierno de la metrópoli: «Allá va Dulce, arrojado de la isla por los voluntarios peninsulares». Luego por allá pasaba algo grave; luego mis observaciones estaban muy lejos de ser mal fundadas. Y esto demostrado así, para mayor tranquilidad de mi conciencia, séame permitido discurrir un poco sobre tan extraordinario acontecimiento. El Poder ejecutivo se ha quedado estupefacto al tener noticia de él; la Prensa liberal, meditabunda. Dejemos por ahora el primero y hagámonos cargo de la actitud de la segunda. «Es preciso que se averigüe lo que ha pasado allí -dice ésta-, porque es innegable que ha pasado algo grave cuando los voluntarios han tomado una medida semejante. ¿Qué ha pasado, pues?». Algo por el estilo, amados colegas; y si me equivoco en una tilde, consiento que me aspen. Lo que se llama en Cuba voluntarios son los españoles que tienen algo que -171- perder allí. Cuando fue Dulce, a instancias de ustedes, cargado de salvadoras libertades para aquellos criollos, nuestros dignísimos y cariñosos hermanos, dijeron los voluntarios: «Ese hombre es una calamidad aquí, y con las armas que ahora trae por toda garantía de que esto no se lo llevará Pateta, equivale a diez calamidades». Y vosotros gritasteis entonces porque Dulce tardaba en liberalizar al país, que sudaba la gota gorda por contener la insurrección que quería desbordarse. Y al cabo lo liberalizó, arrojando patrioterilmente por los suelos los símbolos borbónicos, y la insurrección se desbordó, y los voluntarios de la isla apenas pudieron refrenarla a fuerza de ímprobos sacrificios. El general Dulce tuvo, en vista de tamaña catástrofe, que recoger parte de lo que había sembrado para no perder tan pronto y bajo su mando aquel pedazo de nuestra pasada grandeza. Fuéronle tropas y más tropas, generales y más generales, brigadieres y más brigadieres; y así y todo la insurrección creciendo siempre, y el prestigio de Dulce y los suyos siempre menguando. Y como a las reclamaciones de los peninsulares de allá contra la conducta de esos personajes respondían acá los partes oficiales asegurando que la insurrección agonizaba; y como la pérdida de la isla de Cuba es para los españoles que la ocupan no solamente cuestión de horas, sino también de vida y de hacienda, acordáronse un día de que tenían la sartén por el mango, dieron la media vuelta... y nada más. Tómelo bien en cuenta la Prensa liberal, máxime si, como espero, piensa decir también ahora que la conservación de la isla de Cuba se debe a sus incesantes desvelos. Volvamos al Gobierno. Este, en su estupor, no ha podido decir más que estas palabras, dirigidas a su paño de lágrimas, la Asamblea: «Señores, yo os suplico que, después de conocer el parte que habéis oído, no se hable más del asunto hasta hallarnos mejor enterados». Quiero suponer que de las investigaciones gubernamentales que se practiquen resulta que los voluntarios, al arrojar a Dulce ignominiosamente de la isla no obedecieron a la exigencia de una verdadera necesidad, sino a la pasión de una idea. Por otra idea destronaron en septiembre a su reina los que enviaron a Dulce a la Habana. Quedan, pues, en el mismo caso, ante los derechos revolucionarios de septiembre, los voluntarios de allá y los ilustres libertadores de acá. Nada tienen que echarse en cara. Pero supongamos que la presencia de Dulce en la Habana fuera incompatible con la conservación de la isla. Entonces, así por la razón indicada como por la de la salud de la madre patria, ésta debe declarar tres veces perínclitos a los voluntarios de la Habana, máxime teniendo en cuenta que el Gobierno de acá no desconocía los antecedentes ultramarinos del general Dulce ni la falta de simpatías de que gozaba entre aquellos españoles. Todo esto es lógica pura y justicia seca. En vista de lo cual el Poder ejecutivo se propone castigar al general Dulce en cuanto llegue, haciéndole... ministro de Ultramar y capitán general de los Ejércitos españoles. De modo que si llega a perderse la isla bajo su mando, lo menos llena con él un hueco que aún existe en la Monarquía de la Constitución democrática de 1869 que acaba de promulgarse con sin igual entusiasmo. Y corolario: si hubiera sido capaz de sofocar por completo la rebelión, le -172- habrían quitado el mando inmediatamente y enviado de cuartel el último rincón de la Península... ¿Que exagero, dicen ustedes? No dirá otro tanto el general Lersundi. (De El Tío Cayetano, núm. 30.) 13 de junio de 1869. -Vecino..., vecino..., el de Sevilla... -¿Quién va? -El de Alcalá. -¡Ah!, sois vos, eminentísimo... Perdonad, creí que eran los de septiembre. -De ellos se trata... ¿Por ventura le han removido ya los huesos, hermano? -Todavía, no; pero cerca le andan. Y los vuestros, reverendísimo, ¿cómo se hallan? -En paz a la presente. -Vaya, pues me alegro mucho. -Parece que las buenas gentes de este pueblo se oponen al desentierro, en gracias siquiera de la Universidad que les di, aunque luego se la quitaron, y me temo que han de dar un disgusto a Ruiz Zorrilla si este patriota insiste en no dejarme en paz, ni más ni menos que si yo hubiera militado bajo las banderas de Narváez. -Eso me gusta. Yo, hasta la fecha, me encuentro sin protector. -¿Y por qué no acude a la influencia de su pariente? -¿De qué pariente, si le place? -De Guzmanillo, el de la Guerra. -¡Qué pariente mío ni qué calabazas! ¡Pues bonita es mi sangre para engendrar una cosa por el estilo! -Pues él lo ha asegurado poco hace. -Ha dicho tanto que ha salido grilla... Y ya que estamos sobre el terreno, ¿me quiere decir vuestra eminencia, que tanto sabe, qué tenemos que ver nosotros con eso que llaman por el mundo la revolución de septiembre? -Lo mismo que con la carabina de Ambrosio. -Pues entonces, ¿a qué conduce el propósito de solemnizar con nuestros huesos la obra más estimada de esas gentes? -Porque andan así las cosas y los hombres por allá arriba. -Pero yo soy la más legítima, encarnación de los tiempos bárbaros a que pertenezco, y vuestra eminencia recordará, por la Historia que leyó en vida, antes de entregar la plaza que se me había encomendado por el rey mi señor a mi lealtad, consentí que sacrificasen los moros a mi hijo, por lo cual me ha llamado cafre más de dos veces la sensiblería industrial del siglo que corre..., y si vuestra paternidad eminente ha oído algo de lo que últimamente ha pasado por arriba, sabrá que los hombres que ahora mangonean una nación han hecho todo lo contrario que yo para llegar a los puestos que ocupan. Al uno le había encomendado el soberano las naves; al otro, los soldados, y a todos los había colmado de honores, de riquezas y de distinciones; y llegó un día en que el otro vendió los soldados y el uno los buques, y toda la confianza depositada en ellos, a la revolución que destronó al monarca. Y una de dos: o yo obré mal, en cuyo caso no puede mi recuerdo servir de cosa buena a esta gente, o esta gente no ha obrado bien, en cuyo caso deben huir de mis huesos como el diablo de la cruz. Quiero decir que por cualquier lado que se mire este -173- asunto, todos los partidos tienen más título que el que hoy impera en España para adjudicarse la gloria que me corresponda por mis hechos. -Pues hágase, hermano, la cuenta de que me hallo en igual caso. Ministro del monarca más absoluto del orbe, y más absolutista que el monarca, mi señor, el crucifijo fue mi única bandera. Con ella gané a Orán, en África, y bajo ella sostuve en España la Inquisición. Ahora dígame si los huesos de un hombre así son los más a propósito, por ilustres, para festejar con su presencia la promulgación de una ley por la cual se declara ateo el Estado y se otorgan a las masas los derechos que se le quitan a Dios... Pero cállese un instante y perdone: ¿no oyó un ruido así como de ¡Brrruuummm!? -Sí que lo oigo..., y me suena como hacia Burgos... -¿Apostamos algo a que es el dulcísimo don Rodrigo, porque quizá le están sacudiendo también el polvo...? -¡Voto a cien legiones de agarenos! -¿No lo dije?... ¡Eh, don Rodrigo, don Rodrigo!... Cálmese vuesa merced un tantico, que ha de convenirle, y tome lo del desentierro a broma, como nosotros. -¿Quién me habla? -Fray Francisco Jiménez de Cisneros. -Don Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno. -Agradezco el consejo; pero pónganse en mi caso... -Ya lo estamos. -¡Qué han de estar, santos varones! Reparen que hace tres meses me limpiaron el cofre que tenía en la catedral, o me lo incautaron, que tanto monta, y ahora me quieren barrer el polvo de los huesos. -Pues cómo ha de ser. -¿Y por qué ha de ser, digo yo? ¿Quién es ese letradillo ramplón para hacer esas cosas conmigo, ni qué tengo yo que ver con él ni con todos los de su ralea? ¿De cuándo acá somos de una mesnada ellos y nosotros, ni en qué bodegón hemos comido juntos para que se me trate como de familia? ¿De dónde deducen esos héroes de similor que pudieran ponerse delante del Cid, Ruy Díaz, sin sacar los huesos molidos, como mi Colada? ¿Qué tienen de parecidas mis empresas con las de los voluntarios de la Libertad?... ¿A que salgo de aquí y, molido como estoy, me los como todavía de una dentellada?... ¡Juro a Dios una y mil veces...! Pero, Señor, ¿no es cosa que irrita considerar que esos hombrecillos no han de mencionar nuestros siglos sino para llenarlos de oprobio y de barbarie, y que cuando llega el caso de tener que honrar algo de lo que intentan hacer, necesitan acudir a esas mismas épocas para buscar los nombres y las virtudes de que ellos carecen? -Eso es hablar como un libro, don Rodrigo. -Eso es la pura verdad, fray Francisco. -Casualmente tratábamos de eso mismo don Alonso y yo cuando vuesa merced se dejó sentir. -¿Y habrá muchos en nuestro caso? -Sospecho que todas las celebridades históricas. -¿Y se resistirán? -¿Cómo hacerlo? -¡Ira de Dios! Con los dientes que nos queden sueltos, y nos sobra. -Una idea me ocurre. Está muy en boga ahora el derecho de petición. -No entiendo otro derecho que el de moler las costillas al que se separe de la ley de Dios, que es la única justicia. -Ahora han variado los tiempos y ya no se guerrea: se discute. -Pues bien se desbandullan a cada -174- triquitraque, según el ruido que se oye por arriba. -Es verdad; pero... oigan mi parecer. Debemos hacer una reverente solicitud a las Cortes... -¿Y cómo escribirla? -La gritaremos recio, y quizá no falte un alma caritativa que la oiga y la copie a la vez. -Pues vaya gritando, fray Francisco, y que se asocien a ella los compañeros que nos oigan desde sus sepulcros. -¡Ea!, pues mucha atención, que allá va: «Los que suscriben, moradores de las tumbas que eligieron, o que les cupieron en suerte, al rendir el alma a su Hacedor, declaran: »Que no conocen, ni quieren conocer a los héroes del motín de septiembre; »Que rechazan toda participación que quiera dárseles en el actual estado de cosas, diametralmente opuesto sus ideas y aspiraciones; »Que protestan contra los propósitos sacrílegos del ministro que pretende atropellar el sagrado de las tumbas en que yacen, como católicos y creyentes a puños cerrados, para amontonarlos en un lóbrego rincón semipagano, por rendir culto a una ridícula pretensión revolucionaria. »Y, finalmente, protestan también contra cualquier acto contrario a esta manifiesta voluntad a que pudiera ser conducido alguno de sus descendientes por una vanidad mal entendida». Ahora las firmas por el orden en que vayan llegando: F. Francisco Jiménez de Cisneros, Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno; El Cid Campeador..., Quevedo, Alfonso X, el Sabio; Murillo, Gravina, Churruca, Ercilla, Juan de Herrera, Lope de Vega, Pelayo, Mariana, Moreto, Calderón, Hernán Cortés, etc., etc. De cuyo acuerdo participa El Tío Cayetano (De El Tío Cayetano, núm. 30.) 13 de junio de 1869. Hace algunos años, y durante una situación política muy semejante a la actual, oí decir a un amigo mío: -Un mal arquitecto está diez años mirando a una casa, con el fin de reformar su distribución interior; y un día, sin encomendarse a Dios ni al diablo, derriba los tabiques, precisamente los más indispensables para el sostén del edificio, y ¡cataplún! «¡Ay, que se me viene la casa encima!», grita el desdichado entonces al conocer su imprevisión. Y corre de aquí para allá, y busca puntales, y proyecta estribos, y amontona escombros, y peor lo pone cuanto más apuntala. Tratábase a la sazón nada más que de la contribución de Consumos y del derecho de puertas, suprimido de un voleo por dar una dedada de miel a la gente del bronce, y no sustituidos previamente con otros recursos equivalentes. Pues ese mismo arquitecto parece haber sido el que dispuso el gran derribo de septiembre, a juzgar por los sudores que los albañiles que asisten a la obra pasan a cada instante por evitar las descalabraduras con que los amenaza la viga de acá, el tabique de allá y el arco de acullá que se desploma. «Este edificio es muy malo -dijeron -175- los hombres de Canarias y de Alcolea-, y, sobre malo, caro y sofocante, o bochornoso; es preciso darle más holgura, más ventilación, más condiciones higiénicas para la gente que lo habita». Y acto continuo, no lo acometieron por los tabiques interiores, como en el ejemplo de mi amigo, sino por la base, por los cimientos; y cuando la mole se desplomó casi entera, fue cuando conocieron sus moradores que los señores arquitectos no tenían ni un pedrusco nuevo con que empezar a reponer todo lo destruido. Dejando ya la ficción, y llamando a las cosas por su nombre, en nada se ha visto la torpeza y la falta de plan de los ilustres libertadores como en la cuestión del monarca. Verdad es que, según repetidas declaraciones de Topete, no se creyó en Cádiz que las cosas llegarían al extremo a que llegaron después de Alcolea..., lo cual evidencia más y más que, al estallar el motín, en todo se pensó, menos en la honra de España, o no es cierto que esto que ahora tenernos sea, como dicen sus autores, «España con honra». No hay para qué citar las cuestiones y mangoneos de los notables en busca de rey. Todos ustedes saben que se han mendigado en ambos continentes con tanto afán como puede Figuerola buscar prestamistas para salir de un apuro. Las repulsas de los unos y la escasa importancia de los otros han demostrado perfectamente que sólo se había pensado en ellos in articulo mortis. El único con quien parecía haberse contraído algún compromiso a priori ha tenido la fortuna de ser cordialmente antipático a toda España, a lo cual se debe hoy el fracaso de su candidatura. -Pero bien -decían los capataces-; esto es ahora por vía de tanteo. Dejen ustedes que se vote la Constitución, y ya verán si parece un rey como unas perlas. -Y que le tengo yo para ese caso que ni mandado hacer -añadió don Salustio, el hombre que sacaba príncipes del bolsillo todos los días, como un muchacho puede sacar libras de pan. -Pero es que, entre tanto, se nos cae la casa -clamaban los trabajadores. -¿Cómo que se cae? -respondía Prim-; no en mis días. Y, para fortificar los ánimos, llevaba a comer a la suya a medio Congreso y a todos los oficiales de la guarnición de Madrid. Y, por si esto no era bastante, comenzaba a agitarse en las regiones políticas la idea de un suplemento de monarquía, una especie de pantalla o monarca transitorio. Con este proyecto, los muchachos tenían que trabajar como ganapanes, y sudaban la gota gorda, hasta que sus fuerzas se debilitaban. -A comer a mi casa todo el mundo -decía entonces el general Serrano, presunto regente de la nación. Y su excelencia daba un banquete que podía competir con los de Baltasar o los de Heliogábalo. Y así, de este modo, hoy Prim y mañana Serrano, y hoy Serrano, mañana Prim, y otro día este personaje y al siguiente el de más allá, Madrid ha sido durante muchos meses un festín y continuo jolgorio... para los insignes trabajadores que se afanan en la reconstrucción de la nacionalidad española. El proyecto de Regencia ofrecía la dificultad del nuevo Ministerio que había de mostrarse una vez realizado aquél; y entonces comenzaban a sentirse los efectos del puro patriotismo de que están saturados los tres partidos de la coalición. Los unionistas no hallaban bastantes -176- para sí dos carteras que se les ofrecían; a los progresistas les parecían demasiadas, y los republicanos querían otras tantas, o, mejor dicho, no querían Regencia. Crisis al canto, nuevos afanes, nuevas embajadas, nuevos desmayos; y, por ende, nuevos banquetes, no tanto por la necesidad física que se dejaba sentir en los obreros cuanto porque, según miss Fanny, en la mesa es donde mejor se hacen las amistades. Y la casa, entre tanto, desplomándose poco a poco, y por toda esperanza en el horizonte, el remate de la Constitución. Diósele a ésta, al cabo, la última mano; pero como la Regencia no se había acordado aún ni el monarca asomaba por ninguna parte, para entretener la impaciencia de los de afuera y los desmayos de los de adentro, a quienes no aliviaban ya los banquetes, por sobrado frecuentes, decretáronse fiestas nacionales, y salió Rivero, el demócrata, a la calle, en lujoso carruaje, precedido de cuatro batidores, seguido de una escolta de honor y llevando al estribo al capitán general de Madrid; formaron los voluntarios en la plaza de las Cortes, se leyó desde un andamio la nueva Constitución, y se le dieron los vivas de ordenanza a duras penas, mientras el general Prim despilfarraba el oro para instalarse regiamente en el palacio del ministerio de la Guerra. Pero ya teníamos Constitución y era preciso tener el monarca ofrecido para este caso. Nadie como Olózaga debía apresurarse a satisfacer la natural ansiedad del país, pues él era no sólo el que más candidatos había buscado, sino el que se comprometió últimamente a presentar uno a gusto del más exigente. Y, en efecto, se presenta Olózaga en las Cortes, y dice: «Caballeros, toda vez que no parece un rey por ninguna parte, debemos apresurarnos a votar la Regencia con Serrano». Consternación general, nueva crisis, las consabidas embajadas, los susodichos sudores y los desmayos de siempre. Vuelta a las comilonas y, por delicada variante, un espléndido baile en la Casa de la Moneda, dispuesto por el diputado señor Muñiz. Y en éstas estamos; es decir, España, sin Gobierno; la Hacienda, sin un cuarto; los españoles, muertos de hambre y de intranquilidad; los partidos salvadores, disputándose a greña tendida el número de carteras que se les ha de dar en el nuevo Gobierno, y Ruiz Zorrilla, cada semana, en las Cortes, y La Iberia, todos los días en su papel, llamando ladrones a los moderados porque daban comidas y vivían con ostentación y gobernaban mal. Y yo, convenciéndome más a cada instante, en vista de estos y otros cuadros no menos desastrosos sufridos en santa calma por los contribuyentes, de que dijo muy bien aquel que dijo que «ningún pueblo tiene otro Gobierno que el que merece». (De El Tío Cayetano, núm. 30.) 13 de junio de 1869. Ha de permitir la revolución europea que la humilde pluma de El Tío Cayetano le dé el más sincero pésame por la carta que acaba de perder al jugar su última partida en el Imperio francés, y después tampoco ha de ofenderse -177- si, en vista de lo visto en las calles de algunas poblaciones importantes de Francia, incluso la capital, me echo a discurrir sobre la calidad de eso que piden allí ciertos grupos al son de La Marsellesa, hoy porque se les ha contrariado en los comicios y ayer... por la carabina de Ambrosio. Me he preguntado muchísimas veces: «¿Qué entienden por libertad los que piden hoy en Francia a gritos, los que se conceptúan oprimidos bajo el cetro de Napoleón III?». Y para hallar la respuesta más adecuada a esta pregunta me he dado a buscarla sobre el terreno, en las mismas calles de París. «¿Será la libertad de pensamiento la que se necesita aquí?», me he dicho. Y una nube de libros, casi de balde, en los que se discute todo, desde la existencia de Dios hasta los donaires de Polichinela, y un enjambre de periódicos, y un aluvión de caricaturas, que no abarcan menos terreno que los libros, me han demostrado que no es en Francia esclavo el pensamiento. ¿Lo serán las bellas letras? Y he visto en seguida para cada capricho, para cada extravagancia, para cada género dramático un templo suntuoso, y unos artistas especialísimos, y un público animado, numeroso y espléndido que devora, entusiasmado, lo que los autores producen, ejecutan los artistas y decoran los especuladores, todos en la más perfecta inteligencia. Lo mismo he visto honrado casi en apoteosis el busto del desterrado Víctor Hugo que el del más acérrimo poeta imperialista; lo mismo se vende allí la novela del disolvente Sue, que la del peregrino Octavio Feuillet; lo mismo pasea en coche y tiene hotel y quintas de recreo, a expensas de su pluma, Alejandro Dumas, que Victoriano Sardou. ¿Serán esclavas las bellas artes? Hay un pintor en cada esquina, un escultor en cada calle, un museo en cada barrio, una exposición cada quince días y diez compradores para cada obra. ¿Lo será la industria? Apenas puede concebir la imaginación más extravagante un capricho que no lo encuentre ejecutado a su medida no en la tienda de un especulador avaro, sino en la fábrica, montada exclusivamente para elaborar esa clase de productos. ¿Lo será el bracero por falta de trabajo en que emplearse? Todos los días se abren enormes vías públicas y se levantan colosales monumentos, en cuya construcción se emplean millares de brazos. ¿Lo serán las costumbres? París es la sima en que arroja sus tesoros el sensualismo de todo el orbe; y al paso que en Mabille y en el Casino Cadet se exhibe el impudor en toda su desnudez, protegido por los sargents de Ville, autorizados por el Gobierno en los severos salones del faubourg Montmartre, viven los legitimistas a todas sus anchas, como en plena Restauración. ¿Lo será el sentimiento nacional, ambicioso de influencia y de poder? El de Francia se deja sentir en todas las naciones de Europa, y su espada decide casi siempre las contiendas del viejo continente. ¿Lo será la propiedad, agobiada bajo el peso de esa influencia? Cuando en Francia toca a gloria el Ejército, hasta el bracero se apresura a ofrecer la mitad de sus jornales para llevar a cabo la empresa militar más dispendiosa. La gloria de sus soldados es la gloria del Imperio, la gloria de la nación. ¿Será que un Gobierno tan ávido de poder es egoísta con respecto a las demás naciones? Junto al busto de Racine se admira el de Cervantes; junto al de Auber, el de Rossini, y de París han hecho su patria adoptiva multitud de artistas y literatos españoles -178- que aquí desfallecían en el olvido y acaso en la miseria; los buques franceses surcan todos los mares del mundo y los puertos de Francia están abiertos a todos los pabellones. ¿Apetece ese pueblo enseñanza que no le dan, ciencia que no halla? Sus escuelas, sus universidades son las más acreditadas del mundo, y en cada calle de París hay una conferencia diaria, en que el público oye a los primeros oradores, publicistas y hombres de ciencia, que son su orgullo. ¿Carece el pueblo francés de aquellos derechos políticos que más ambicionan los que se llaman libres? Tiene el sufragio universal, y en la Cámara se oye la voz del republicano Fabre, lo mismo que la del orleanista Thiers y que la de los más ardientes partidarios del Imperio o de la ligitimidad. ¿Se opone algún dique a la libertad de su conciencia religiosa? Desde la humilde sinagoga, hasta la capilla rusa de dorada cúpula, todas las religiones tienen allí su templo, todas las sectas su culto libre. ¿Es el espíritu francés exclusivamente católico y se encuentra huérfano en medio de tanta religión extraña? En la catedral de Nuestra Señora resuena, sin cesar, la sublime oratoria del jesuita padre Félix y del carmelita padre Jacinto, dignos herederos de Lacordaire... ¿Qué libertad es entonces esa que piden los franceses tan a menudo al son de La Marsellesa? No me atrevo a definirla tal cual yo me la imagino; pero les sobra a ustedes con saber cómo la piden siempre y cómo la han pedido ahora para saber tanto como yo en la materia. «Los grupos -dice uno de los últimos partes- recorrían el bulevar al son de La Marsellesa, y rompían los faroles y los cristales de las tiendas». Yo, se deja entender bien claro que ninguno de los agrupados que tal se conducían tenían que perder en su casa el valor de un farol ni el de un cristal de las tiendas, que maldita la culpa que tenían de su derrota en los comicios. Pues a estos hombres es a lo que se llama por el sentimentalismo revolucionario la Francia libre; libertad de la misma catadura que la de los españoles que se reparten la propiedad en Andalucía y gritan por esas calles de Dios y sin venir a pelo: «¡Mueran los neos! ¡Abajo el Papa!». Los mismísimos que in illo tempore gritaban: «¡Vivan las caenas! ¡Muera la nación!». Y más acá: «¡Viva la reina!». Sin embargo, en Francia se ha hallado fuerza bastante para contener los desastres que la amenazaban estos días. ¡Desdichada Francia el día en que en su Ejército haya media docena de generales libertadores! ¡Desgraciada de ella el día en que las semillas de los Dulces y de los Izquierdos fructifiquen en el seno de aquellos leales y aguerridos batallones! (De El Tío Cayetano, núm. 31.) 20 de junio de 1869. La discusión del proyecto, hoy realizado, de Regencia, nos ha hecho saber, de boca del diputado Navarro y Rodrigo, que no hay más solución racional, y conveniente para las complicaciones actuales de la política española -179- que aceptar a Montpensier para rey de España. Según el general Prim, tal nos hallamos hoy, después de lo hecho por el marqués de los Castillejos y compañía, que no hay un mal príncipe por tronado que sea, que quiera aceptar la Corona de los Alfonsos; pero que más adelante ya será otra cosa, y que, en prueba de ello, el Gobierno tiene ya hecha su elección. «Más adelante», según el general Prim, es más allá de la Regencia de Serrano, con la cual supone su excelencia que el desbordamiento se encauzará y adquirirá el crédito que hoy no tiene el Trono desocupado en septiembre a impulsos de una revolución hecha en nombre de la dignidad nacional. No quiero averiguar el secreto que en este sentido se alberga en la inspirada mente del Poder ejecutivo, aunque, si por la muestra se conoce el paño, la calidad del monarca en fermentación no puede ser una incógnita de imposible resolución, dado que conocemos otras varias candidaturas regias, hijas de la propia madre. Pero no dejaré de llamar la atención de mis lectores hacia una coincidencia que me parece providencial. Mientras en el Congreso de las Constituyentes se vuelve a tocar, aunque incidentalmente, la cuestión del monarca; mientras los señores diputados examinan las calidades de los que han sido y son aspirantes al Trono de España, o propuestos para ocuparlo por el patriotismo de Olázaga y otros agentes no menos activos; mientras aparentan convenir todos los partidos en que el hombre más conveniente para tan elevado puesto parecía ser el Coburgo portugués, un telegrama de Lisboa nos hace saber que S. M. T. acaba de casarse con madama Henzler, con la que se había dicho que vivía don Fernando, no sé si unido en secreto o secretamente unido. De todas maneras, yo no puedo menos de felicitar una y mil veces a los gigantes políticos, a esos denodados patriotas que, en nombre del pudor y de la dignidad nacional, arrojan del Trono a una señora que «lo deshonraba con sus liviandades» y se apresuran a sustituirla con... una ilustre bailarina, que ni siquiera tenía derecho a llamarse esposa del rey, aunque partía con él el tálamo. Esto es lo que se llama mirar por la honra y por la dignidad de un Trono que han hecho célebre y temido en todo el mundo mujeres tan despreciables como Isabel la Católica. El telegrama de Lisboa, pues, parece decirnos a los que no hicimos coro a los mangoneos del demócrata Orense y los vítores del republicano Castelar, antes de la revolución, ni después de ella a las súplicas de los agentes reales: «¡Qué ganga os habéis perdido, estúpidos, con la solemne bofetada que os di en otro telegrama famoso, de reciente fecha! Madama Henzler..., examinándolo bien, ¡qué reina más guapetona y sandunguera para ese Trono deshonrado y carcomido por los vicios y la disipación!». Pero no quería referirme en este artículo precisamente al casamiento de don Fernando de Coburgo. Vuelvo al discurso del diputado señor Navarro y Rodrigo, y necesito citar a este propósito otra coincidencia que tampoco deja de ser notable. Mientras el diputado unionista asegura que Montpensier es el único candidato aceptable para el Trono, y el general Prim contesta que el Gobierno tiene ya in mente un monarca, se anuncia la llegada a Sanlúcar de Barrameda de don Antonio de Orleáns y Borbón, el supuesto candidato de la Unión Liberal y declarado contribuyente de la nebulosa septembrina. De manera que cualquier malicioso podría, en vista de estos datos, interpretar -180- de este modo las palabras del general Prim, cuando respondió al señor Navarro y Rodrigo. «Mire usted, señor Navarro: el candidato de usted, y el mío, así como el de mis compañeros de Gobierno, es uno mismo; pero usted y nosotros disentimos en la ocasión de traerle. Si viene hoy de sopetón, excitados como se hallan los ánimos, nos le van a dar una paliza, que le puede desgraciar, porque la futura majestad puede gloriarse de ser cordialmente antipática a todos los Partidos independientes y a todos los hombres sin partido. Además, pasar de golpe y porrazo de una situación tan libre como la actual a una monarquía es exponernos a mucho con esa gente, que tiene la república entre las muelas de algún tiempo a esta Parte. Votemos como por vía de paso preparatorio, una regencia, démosla a un hombre de toda nuestra confianza, incapaz de jugarnos una mala pasada por su escasa fuerza de zancadilla, pero al mismo tiempo docilote y sufrido para cargar con todos los palos que merezcan los actos de su Gobierno, y cuando el pueblo se haya acostumbrado otra vez a los resplandores del trono y a la alteza, ya que no a la majestad de la monarquía, será ocasión oportuna para proclamar de veras no digo a Montpensier, sino al misma Caín, que allá le va». Pero he dicho que no quiero penetrar con mis conjeturas en la mente del Gobierno, y he de cumplirlo entrando de una vez en el verdadero asunto de este artículo. La Unión Liberal está de pláceme con el nombramiento del general Serrano; tiene a su jefe verdaderamente en candelero; poco importa que no alumbre. El puesto vale algunos millones y ropa limpia. Cuando llegue Dulce, será, ministro y capitán general, y lo de las carteras de la combinación ministerial para su alteza, no dejará de arreglarse. Por de pronto, aliquid, chupatur, que es lo que queríamos demostrar... en septiembre. Lo demás se hará a su tiempo, para lo cual están en el Poder con los de la Unión los progresistas, con su candor de abolengo y su perspicacia históricos. El resto, que es la gorda, ya veremos quién lo echa. (De El Tío Cayetano, núm. 31.) 20 de junio de 1869. Señor don Cayetano de Noriega: Repito tercera deligencia en letra de molde en su ilustre papel, para que del auto tenga conocimiento el vecindario de toa la provincia y sus islas alicientes; ítem, de cómo con esta fecha dirijo al Menisterio de Madrí, con el ditamen del letrado hijo mío que le manipuló, un memorial que copio al calce y se verá el consiguiente. Repito la salú y la libertá que se desea, con Patria y Costitución impopular. Patricio Rigüelta, «Señor Menistro de Fomento del Menisterio ejecutivo: »Enterado de los patrióticos ánimos de V. E. excelentísima al premulgar con el afeuto de las Cortes del Congreso -181- el Pantaleón nacional pa toas las víctimas defuntas de angún lustre y pertinencia, el susodicho letrado hijo mío, de quien V. E excelentísima debe tener da que noticia, reflexione de pronto que un mayor escendiente, proviniente en línea reuta de nuestra carta liberal, había fenecío en encuentro de mayor gravedá con faiciosos de la faición de Saur, y que dicho escendiente debía de hallarse eisistente en hueso en el camposanto que fue declarado pasto de aprovechamiento común en mi anterior dominio, el año liberal de 1854. A auto de esto, el letrado hijo mío platicó con su saber toas las imestigaciones del caso, auxiliado, con perdón de V. E. excelentísima, de un menistro de su confianza, del padre del actual enterrador y del sacristán de la parroquia, viejo de por suyo y muy impuesto de toos los sucesos futuros de otros tiempos relative al pueblo; y todos juimos contestes y conciertos en que en el punto lindante de norte a sur con sepolturas desconocías, y de derecha a esquierda con otras dos tamién ignorantes, radicaba el ascendiente liberal de mi familia para los efeutos de la ley sobre el infrascrito Pantaleón nacional de hombres de lustre. »Pero como resulta de que habiéndose dejado a pasto de común aprovechamiento el susodicho camposanto, como llevo estipulado, ha habido casos postiriores de soterrarse en él angunas reses mayores y menores, a mis primeras indicatorias sobre el desentierre del infrascrito pariente liberal de mi familia, echóse encima el monecipio mi sucesor, que es realista, y, con respeto de V. E. excelentísima, neo por todos los cuatro remos, sostuviendo su derecho de que se dejara intanta la sepoltura, por respeto a los huesos, que asina juesen de varón humano como de animal cuadrúpedo, no eran los llamados a residir en el Pantaleón de ésa, hecho para gente de muchas campanillas, como V. E. excelentísima en el día de mañana que fenezca. -Sostuve yo con el letrado hijo mío que los primeros concurrentes al Pantaleón de lustre habían de ser los que finaran en el servicio de la causa liberal de los ensalzaos que mandamos ahora. Afírmó el monecipio que no había tal cosa, y en esto llegó el dómine de la escuela y aseguró que tenía costancia y esistencia de que en la sepoltura señalada por nusotros no podía haber otra cosa que el telar, o calavera en hueso puro y líquido de un rocín de cría; que por más señas el rocín fue suyo y se le desgració rondando con una cargo, de maíz que llevaba al molino en compañía de su sobrina Nestasia, por mal mote la Polida, a causa de estar en pocas carnes siempre y algo baja de color. »En estas y otras declaraciones, y pa cortar por lo sano, determinóse por el monecipio que se regolvieran los huesos del defunto y que se desaminaran por competente autoridá para el efeuto al ojeuto. »Consiguientemente, procedióse al desentierro delante del cerujano asalariado, siendo testigos el susodicho letrado hijo mío, el señor maestro infrascrito de la escuela, los concejales del ayuntamiento y los vecinos de mayor edá. »Salieron los primeros huesos, y desaminados por el desaminante, dijo pertenecer a los remos de traseros de la bestia del dómine; salió luego la calavera y a nadie más que a mí y al letrado hijo mío dejó duda de que ésta era perteneciente a la mesma bestia. Lo mesmo dijo el desaminante de un cuadril y de la paletilla esquierda. »Pero yo, que no me mamo el deo, y recordaba la semelitura de mi pariente, declaré en el auto que habiendo sido en vida hombre de mucha espalda sobre cargao de ella hacia los -182- hombros, estevao de patas y muy sacao de morros, bien podía aquel esqueleto ser el suyo tamién como del rocín del dómine. Y, en efeuto, a ello otorgó el susodicho letrado hijo mío, y no declararon menos los vecinos de mayor edá que habían conocido al defunto y fueron de ditamen de que si el telar de huesos no era de mi pariente, podía muy serlo lo mismo que del rocín infrascrito. »Con esta declaración, que fue ditamen de mayoría por ocho votos, toos de mayor edá y primeros contribuyentes, cargué los huesos en un saco y los mandé a carro-ferril acompañados del susodicho letrado hijo mío, que los hacía salva cinco minutos con una escopeta de dos cañones que al efeuto llevaba, siguiéndoles hasta esa con el efeuto de hacer la entrega competente y hacer certificar con satisfación de todos los honores que a la llegada los destipulen los voluntarios de la libertad; no dudando que V. E. excelentísima, al recibo de los mesmos huesos, sabrá tratarlos como a cosa propia. »De paso recomiendo a V. E. excelentísima el susodicho letrado hijo mío, que, como podrá ver, es mozo de arte, con güena pluma y mejor genial, auto para el servicio de la libertá o dá que empleo que se le quiera dar a la vera de V. E. excelentísima. »Por los huesos no pido ná, que soy, gracias a Dios, hombre pudiente y desprendío, y si se me dan las gracias y la tesorería de este ayuntamiento, con la cruz que tengan por ahí más de sobra quedaré tan campante como unas pascuas. »Aquí se ha jurao la costitución como si no se jurara. La juremos yo y el letrado hijo mío, y por eso me costó el libro real y medio, que el monecipio no quiso comprarle ni meterse en juramentos de ninguna clase... Se me feúra que estos pícaros concejales la van a hacer tan aína como se levanten los realistas. No lo digo por chisme ni mal querer; pero si a mí no se me hubiera arrancao el mando de este pueblo, otro gallo nos cantara a los ensalzaos. »Y con esto no cansa más la atención de V. E. excelentísima el que se ofrece finamente de V. E. excelentísima con Pantaleón, Libertá y Costitución reciente, y a sus pieses se homilla para los efeutos de la ley, Patricio Rigüelta». (De El Tío Cayetano, núm. 31.) 20 de junio de 1869. Apenas los ilustres libertadores dieron por terminada la gran obra de septiembre, con un desinterés y una abnegación que partían el alma, se adjudicaron, auctoritate propria, los primeros puestos de la nueva situación, repartiendo todos los sobrantes entre media docena de amigos de confianza. Al producto de esta trabajosa continuación se llamó Gobierno provisional. Cada uno de los nuevos individuos que le componían protestaba a todas horas del sacrificio que hacía en cada mordisco que tiraba al mendrugo del Presupuesto. Ninguno de ellos llevaba la cartera sino por deferencia al nuevo orden de cosas. Y el grupo de alborotadores que dieron -183- en llamarse, con no menos modestia, el país, hacía como que lo creía de buena fe. Un mes más tarde, sus excelencias provisionales no tenían en toda España más defensores de sus actos que los bizarros periodistas agregados al Presupuesto. «Sacrifíquese usted por la patria -decían a eso los abnegados ministros de la revolución-. Pero afortunadamente no está lejos el día que las Cortes constituyentes se reúnan, y entonces sacudiremos la pesada carga que hoy sufrimos por puro patriotismo; ya verá España enfrente de nuestras infalibles dimisiones hasta dónde llega el desinterés del Gobierno provisional». Y se reunieron las Cortes, y se autorizó al general Serrano para que nombrara un nuevo Ministerio, y los mismísimos nueve hombres del Gobierno provisional volvieron a aparecer, propuestos para las ocho carteras y la Presidencia; pero con la protesta de que ninguno de ellos levantaría los ojos del suelo por duras que fueren las palabras con que las Cortes los tratasen». A esta segunda edición del Gobierno provisional se le llamó Poder ejecutivo, y este título fue lo único en que varió la obra al darse a luz por segunda vez. Porque si malos y silbados fueron de provisionales, de ejecutivos, no hubo en el diccionario constituyente y periódico perrada que no oyeran ni maldición que no llevaran. No hubo desatino que en la provisionalidad intentasen que no consumaran bajo su nueva investidura. Figuerola y Ruiz Zorrilla, especialmente, tuvieron la honra de conquistarse la animadversión más cordial y unánime de toda España. Pero aún no se había constituido la nación, y sus excelencias ejecutivas aguardaban este solemne momento para designar sus cargos respectivos en manos del nuevo Poder. Entre tanto, seguían sacrificándose patrióticamente. Hízose al cabo una Constitución, vamos al decir, y, a falta de un rey que meter en ella, invitóse al duque de la Torre con alta dignidad de regente, y llegó la hora de que su alteza nombrase un ministro. Durilla parecía la empresa, porque es de advertir que hacía un mes que se estaba tratando del reparto de las carteras entre los tres elementos revolucionarios, para cuando llegara esta ocasión, y no se hallaba modo de que los aspirantes se entendieran. Prim fue esta vez el encargado de formar el Ministerio, y con él en el bolsillo, como quien dice, presentóse a las Cortes, asegurando que la voluntad de su alteza era que continuasen... los de marras, si se exceptúan un par de ellos que sustituían a Lorenzana y Romero Ortiz, por haber éstos cometido la imprudencia de decir más de una vez que dimitían sus cargos respectivos. Tenemos, pues, la tercera edición del Gobierno provisional, reformada en dos capítulos e incorregibles en los demás. Y al testimonio del general Prim me agarro: «No necesito -dijo a las Cortes el nuevo presidente del Consejo hacer la apología de mis dignos compañeros de Ministerio, porque aquí todos nos conocemos ya...». Vaya si se conocen. Después añadió, con una modestia comparable sólo a la sinceridad de que era hija: «No choque a nadie la osadía (sic) con que he aceptado el cargo de presidente del Consejo de ministros, porque desde que salí de Londres sabía lo que me esperaba (como si alguno lo dudara). Además, mi puesto de hoy es lógico y tan natural, que en la mente de todos los liberales está la idea de que a nadie más que a mí le corresponde, una vez elevado a regente el general Serrano». -184-Y como casualmente acababa su excelencia de enviar a Canarias al conde de Cheste, que se había presentado en Madrid fiado en que no era conspirador ni tampoco militar ya, por obra y gracia del general Prim, sino un ciudadano español como otro cualquiera, continuó el conde de Reus, por vía de programa: «El Gobierno dará el ejemplo de respeto y obediencia a la Constitución y a las leyes, y espera con fundamento que el país seguirá tan saludable ejemplo». En seguida echó en cara a los Gobiernos pasados la arrogancia con que habían querido imponerse a las repúblicas hispanoamericanas, y prometió que él haría todo lo posible por borrar los malos efectos de aquella política y conseguir la más cordial armonía en nuestras relaciones con aquellos apreciables republicanos. Nada dijo su excelencia de recompensas al general Dulce por sus últimos servicios en Cuba; pero mostrada esa clase de política internacional, ya se deja comprender que, según ella, el tercer entorchado no es ninguna prim-ada, tratándose de un hombre que sale de la Habana con la pompa y el solfeo que el marqués de Castelflorite. En cuanto a economías, no negó el general Prim que fuesen necesarias; pero añadió, para consuelo, que no entendía una palabra en el asunto, ni había hallado a su lado un hombre que entendiera mucho más, a lo cual era debido el desaliento que frecuentemente se apoderaba de su excelencia. «Pero -continuó (textuales)- como mi naturaleza se enardece en presencia de las dificultades, pronto me rehago, sacudo el desaliento y digo: vamos adelante, que como hemos salvado la nave política de tanto escollo, también salvaremos la financiera». -¿Quién con esta cuenta, que no es otra cosa que la cuenta del perdido, no se tranquiliza, aun viendo a Figuerola terne que terne en el banco azul? -Pues ese programa, y en los mismos términos, es lo que ofrece al país el Gobierno provisional al presentarse en él en su tercera edición. De modo que el país, que le ha oído en boca del general Prim, cuando pierda la última pluma que le queda, podrá tirarse de narices o de coronilla contra la esquina de enfrente, pero no llamarse a engaño. Y esto siempre es un consuelo a estas alturas; es decir, cuando había tonto que negaba que la regencia del general Serrano era una solución del conflicto en que nos hallábamos así en política como en Hacienda. (De El Tío Cayetano, núm. 32.) 27 de junio de 1869. Buscando en mi imaginación algo con que festejar al general Serrano en su exaltación a la regencia del reino, por obra y gracia de la revolución de septiembre, tropecé esta semana en el día 22, y como si obedecieran al impulso de un resorte mágico, en el acto se me presentaron delante de la memoria, entre otros muchos, los nombres de Balansat, Escano, Martorell y Henestrosa. «¿Qué nombres son éstos?», me dije, oprimiéndome las sienes furiosamente, como aquel que desea ver claro algo que le enturbian el ruido y la percalina de una revolución gloriosa. -185-Y cuando dudaba del éxito de mis tentativas, otra aparición súbita me hizo la necesaria luz. Era un impreso del año 1867, que contenía estas palabras puestas en boca del general Serrano, siendo presidente del Consejo de ministros el general Narváez: «Pues qué, ¿cree el señor ministro que no están siempre presentes en mi memoria el coronel Balansat, mi querido amigo; mi hermano Puig, Escano, Cadoval, Martorell, Henestrosa y otros tan inhumanamente ASESINADOS»; que he olvidado a aquellas víctimas, a aquellos «mártires del honor más exaltado»? NO; yo pongo por ejemplo a todos, y aun a los generales más distinguidos del Ejército, para que, cuando se subleven las tropas que tengan a sus órdenes, SEPAN MORIR COMO AQUELLOS VALIENTES... Sí, señor ministro, aconsejo a todos que sigan la conducta de aquéllos, que, CUMPLIENDO CON SU DEBER, murieron dando ejemplo a la generación presente y a las venideras...». Cuando, por la noche, supe la muerte de Balansat y de sus valientes cuanto infortunados compañeros, exclamé: «Gracias, Dios mío, por no haberlo sabido hasta ahora. Si lo sé al entrar en San Gil, NO HUBIERA DADO CUARTEL A LOS SETECIENTOS PRISIONEROS». Y como si este documento fuera poco, otro impreso también, apareció en seguida, de fecha de 29 de junio de 1866, que dice así: «Queriendo recompensar los eminentes servicios que ha prestado el capitán general del Ejército don Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre, conde de San Antonio, senador del reino y presidente del Senado, vengo en nombrarle caballero de la insigne Orden del Toisón de Oro. -Dado en Palacio..., etc., etc.». Ahora bien: los eminentes servicios a que se alude en este real decreto son los prestados por el general Serrano en el cuartel de San Gil, apoderándose de los setecientos asesinos de Balansat y de sus valientes compañeros citados más arriba. De estos asesinos y de otros compañeros suyos de rebelión decía tres días después de los asesinatos al general O'Donnell, a cuyas órdenes entró en San Gil el general Serrano: Hace mucho tiempo que el Gobierno tenía noticias de trabajos constantes que se empleaban, no solamente para trastornar «las bases fundamentales de la sociedad» y atacar LO QUE TANTO QUEREMOS TODOS LOS ESPAÑOLES: «el trono de nuestra Reina y su dinastía...». Hoy puede asegurar el Gobierno lo que ya dijo en otro tiempo: que si el hecho primitivo ha empezado por una sublevación militar, «los partidos progresistas y democráticos» son los que han sostenido esta conspiración y la han llevado a cabo. «Hoy no pueden esconderse detrás de la cortina»; hoy han hecho actos públicos que HAN ESCANDALIZADO al país y que los hacen responsables «ante los tribunales y la opinión pública INDIGNADA». A estos datos se me reunió el siguiente, que no es menudo, suministrado por El Diario Español, órgano entonces, como ahora, el más legítimo del general Serrano y demás unionistas: ¿Puede creer nadie que los sediciosos del 22 son hombres que obedecen a otra cosa que AL PUÑADO DE ORO que les dan los turbulentos ambiciosos, «que explotan su miseria y sus malos instintos para satisfacer sus RUINDADES?». Atando luego todos estos cabos sueltos a los últimos hechos del general serrano, quise hacer de todo ello una soga, en la forma siguiente: Un año después de pronunciado por el duque de la Torre el discurso mencionado al principio, se aliaba aquél a -186- los asesinos de San Gil; a los progresistas y demócratas, que, según el general O'Donnell, «merecieron la indignación pública» por ser los instigadores de los asesinatos; a los «miserables y malvados», en fin, según El Diario Español, y derribaba con ellos EL TRONO DE SU REINA Y SU DINASTÍA, «lo que tanto queremos TODOS LOS ESPAÑOLES», al decir del duque de Tetuán en 1866. A esta empresa se la llamó por el mismo general Serrano «Gloriosa revolución de septiembre»; es decir, a la misma combatida por él y por sus admiradas víctimas heroicas, Balansat y compañeros, en su primera tentativa. Y dejándome llevar ya de mi memoria, recordé que pocos días después del triunfo septembrino, el general Serrano acudía a la Fuente Castellana a rendir un tributo de respeto y de admiración a los mismos asesinos del cuartel de San Gil, que fueron fusilados allí y no en el cuartel mismo, porque su excelencia no tuvo conocimiento de los asesinatos hasta por la noche del día en que se cometieron. Y anduvo el tiempo, y el general Serrano llegó a ocupar casi el mismo trono del cual arrojó a la señora que le condecoró con el Toisón de Oro por haber vencido a los asesinos de San Gil, cuyos instigadores le han llevado hoy hasta la alteza por sus eminentes servicios prestados bajo la bandera de los asesinos de Balansat, Puig, Escano, Martorell y Henestrosa. «He aquí un párrafo -dije- que, aunque es historia pura, marea al más sereno y al de más fuerte estómago». Y es que la historia de algunos hombres públicos tiene ese triste privilegio. Así se explica también cómo proponiéndome hacer una soga, como dije más atrás, con los datos apuntados allí, me salió un charco de cieno y sangre en que mi ofuscada fantasía vio a la revolución de septiembre agonizar con el fango hasta la boca. Este espectáculo acabó con las pobres fuerzas de mi estómago, y me obligó a abandonar el propósito que tuve de felicitar al general Serrano por su elevación a la Regencia, con algo que fuese digno de su alteza. Por eso le ofrezco hoy estos retales de mis buenos deseos, aunque en la consoladora confianza que no ha de faltar al señor duque quien le dé mucho más..., hasta el pago que merecen sus servicios a la causa de la revolución, ya que los que prestó a la contraria el 22 de junio de 1866 le fueron largamente remunerados en su día. (De El Tío Cayetano, núm. 32.) 27 de junio de 1869. Supongamos que se trata de un periódico que ayer fue de oposición y hoy es ministerial; supongamos también que yo conservo una porción de recortes de ese periódico en las dos épocas, y supongamos, por último, que los publico ordenados por asuntos. He aquí el resultado que me daría la operación: Ayer Las palabras orden y moralidad en boca de un Gobierno de represión como el que nos rige, son sinónimas de -187- tiranía. «No hay orden ni moralidad posible sin libertad». Hágase al pueblo libre, concédansele los derechos que en justicia se le deben, y lo demás vendrá ello solo. Hoy Las palabras derechos y libertad son una quimera, si no van acompañadas de los deberes correlativos. «No hay libertad posible sin orden y sin moralidad». Hágase el pueblo juicioso y morigerado, y entonces podrán entregársele todos los derechos que para él conquistó la revolución de septiembre. Mientras tanto, no se pierda de vista que sin orden no hay Gobierno posible. Ayer Para los gobiernos que, como el que desgraciadamente nos rige, no se apoyan en principios francamente liberales, toda la fuerza estriba en el presupuesto: los que de él comen son los únicos ciudadanos que le defienden. De aquí que no se encuentre un liberal en las oficinas del Estado, porque los ministros tienen buen cuidado de sustituirlos con empleados completamente identificados con la situación, sacrificando frecuentemente la probidad y la inteligencia al favoritismo y a la intriga. Entre tanto, si España ha de verse bien administrada, es preciso que cese ese sistema funesto. Los funcionarios públicos no deben tener más títulos a la consideración de los ministros que su aptitud, que su probidad, que sus buenos servicios... Vergüenza nos causa pasar la vista por las largas columnas de nombres propios que estos días publica la Gaceta, con motivo, sin duda, de la última modificación ministerial. ¡Pobre España! Hoy
Sus excelencias se ocupan activamente del cambio de personal de sus respectivos departamentos. Quince días lleva la Gaceta publicando nombramientos y las cesantías correspondientes, y aún tiene tarea para tres semanas. La necesidad de esta medida no puede ocultarse a nuestros lectores. Las oficinas del Estado estaban llenas de reaccionarios, mientras los buenos liberales perecían de hambre. Aconsejamos a sus excelencias que no cejen un punto en su empresa, hasta que logren ver todos los puestos, por insignificantes que sean, ocupados por los hombres completamente identificados con la situación. Antes que todo, la idea. Ayer
Se nos asegura que el brigadier A va a ser ascendido a mariscal de campo, en premio a los méritos que ha contraído apaleando a los liberales de B, que se habían sublevado pidiendo economías. ¡Pobre España! ¡Pobre Hacienda! ¡Desdichados contribuyentes! Hoy Por más que quieran calumniar a la situación los periódicos de la oposición reaccionarios, no son setenta y uno, sino setenta, los jefes y oficiales que recibirán el empleo inmediato con motivo de la solemnidad de pasado mañana. Tampoco son tres los propuestos para capitanes generales, sino dos. En cuanto al motivo de estos ascensos, no puede ser más atendible ni más justo, pues militan en abono de los agraciados, no solamente la circunstancia de sus muchos servicios a la causa de la Libertad, sino la de haberse dado pocos días hace un ascenso general, es decir, a todo el Ejército. Desengáñense los reaccionarios: no son estas larguezas, -188- que al cabo refluyen sobre buenos liberales, las que siente la nación, sino los despilfarros de los pasados gobiernos, que se fueron para no volver. ¡Viva España con honra! Ayer Hay actos tan repugnantes y tan odiosos que siempre se resiste a creerlos la razón de los hombres honrados y dignos. Por eso no hemos querido prestar fe a los rumores que circulan estos días, según los cuales el destierro del general X, acusado de conspirador, y la cesantía del dignísimo y probo funcionario Z, reconocen por origen la delación de un periódico ministerial. Repetimos que no damos crédito a semejantes rumores, porque, por lo mismo que somos honrados, no concebimos que haya hombres capaces de olfatear como sabuesos las huellas de otros hombres para ponerlos al alcance del amo a quien sirven miserablemente los delatores. Pero si fueran ciertos los rumores, no hallaríamos en el diccionario palabras bastante fuertes para expresar la indignación que semejante conducta nos causara. Nada decimos de las vejaciones ocasionadas al desterrado; pero ¿qué diremos del pobre funcionario depuesto, cuya familia quizá no tenga otro sostén que su sueldo? Hoy Infatigables centinelas de la causa liberal, no cesaremos de aconsejar al Gobierno que acabe de limpiar sus oficinas de todos los empleados que aún quedan en ellas de la pasada dominación; por de pronto, sépase que el portero de la Dirección de *** fue nombrado por el Poder inmoral que hemos derrocado. De la procedencia de este funcionario existen otros varios de mayor categoría, cuyos nombres publicaremos, si el Gobierno sigue haciéndose el sordo. Nos consta también que un personaje que a él perteneció tiene la osadía de pasearse por Madrid a ciertas horas de la noche desde la calle A a la plazuela de B, y se le conoce por el cuidado con que se recata, a fuer de criminal, de todo transeúnte. No decimos más. Y ya que de este asunto tratamos, trasladamos al Gobierno la noticia que nos acaba de suministrar un consecuente y honrado liberal. Parece ser que en la habitación que ocupó una querida de uno de los hombres de la anterior situación existen cuatro camisas, tres pares de medias y una papalina, todo perfectamente empaquetado y como en disposición de expedirse por ferrocarril al extranjero. Esperamos que también de estos objetos se incautará la nación, a la cual pertenecen. Ayer Los periódicos ministeriales vienen hoy llenos de pomposas descripciones de la recepción que tuvo lugar anoche en casa del presidente del Consejo de ministros. También nos hablan mucho de la fiesta dada por los marqueses de A y de las que disponen los duques de B y los condes de T. Magnífica perspectiva para la nación. Sabroso manjar para el pobre pueblo que se muere de hambre. Y a todo esto, ¿cómo va la discusión del escandaloso presupuesto de 2.000 millones presentado a las Cortes por el ministro de Hacienda? Hoy Anoche dio el general Prim un espléndido banquete a todos los oficiales de la guarnición. -El general Serrano ha dado una comida suntuosa a los diputados de la mayoría. -Los diputados de la fracción A han comido hoy en la fonda Lhardy. -El general Prim -189- llevará a la cacería que ha dispuesto en los montes de Toledo una escolta de dos escuadrones de Caballería, un piquete de Guardia Civil, veinte carruajes, ochocientos perros, cuarenta batidores, etc., y, además, se pondrá un telégrafo entre aquellas agrestes soledades y esta capital. -Esta noche se clara un baile en la Casa de la Moneda. -Ayer dio un banquete a sus amigos el bizarro general M, uno de los hombres más importantes de la situación. -La disidencia surgida entre la mayoría con motivo de la cuestión R se arreglará definitivamente en la comida que dará a los miembros de aquélla el señor presidente del Poder ejecutivo. -La discusión de los presupuestos será reñida. -La cifra de 3.000 millones a que se elevan los gastos no debe asustar a ningún patriota, si, libre de toda pasión, se fija en los despilfarros de los Gobiernos reaccionarios y en las atenciones que acarrea una revolución tan gloriosa como la nuestra. -Aconsejamos a la fracción republicana que no se oponga con sus votos a la aprobación del proyecto, pues sin él es imposible la salvación de la Libertad. -Dentro de breves días serán promovidos a generales cuarenta brigadieres más, muy acreedores a esa recompensa por sus muchos servicios a la revolución. En plata
AYER. -¡Qué hambre tengo! HOY. -Ya comen los míos. Ya como yo también. ¡Viva el presupuesto y húndase la patria! (De El Tío Cayetano, núm. 32.) 27 de junio de 1869. Un ciudadano pacífico marcha, como diría Figuerola, «sereno y majestuoso», por un angosto sendero abierto entre dos abismos; no lleva otras armas que su corazón ni otra herramienta que una caja de fósforos y una colilla. De pronto, y por desgracia, de uno de esos sacudimientos imprevistos de la Naturaleza se abre a sus pies un tercer abismo, en el cual se precipitaría irremisiblemente si diera un paso más hacia adelante. ¿Qué hace ese ciudadano en semejante situación? ¿Retroceder? No, porque el viaje es urgentísimo, y si no lo fuera, no habría acometido la empresa de echar por tan difícil y arriesgada senda. Sin embargo, todas las demás salidas le están cortadas y no tiene a sus alcances el más leve recurso para salvar en el acto ninguna de las tres dificultades que se oponen a que siga adelantando en su marcha. Un cobarde, en trance tan apurado, mordería el suelo por agarrarse más firme a los morrillos; un temerario, intentando salvar de un brinco el inesperado obstáculo, perecería en él; un estoico -indiferente al éxito de su primer intento-, un hombre prudente, se detendría a meditar sobre su situación, con el fin de arbitrarse recursos para vencer poco a poco los obstáculos que, por de pronto, se le presentaban como insuperables. Háganse ustedes ahora la cuenta de que a El Tío Cayetano le ha llovido sobre la espinosa senda que, como periodista, recorría desde noviembre acá, uno de esos obstáculos tan inesperados como indestructibles; uno de esos -190- inconvenientes que están fuera de los alcances de la humana previsión; uno de esos repentinos estorbos que no se vencen en el acto, ni con dinero, ni con sacrificios de ninguna especie, y díganme qué le toca hacer en tan supremo instante, no siendo, en su concepto, ni de los cobardes, ni de los temerarios, ni de los estoicos, sino de los prudentes del ejemplo citado. En presencia, pues, de ese tan imprevisto como, por el momento, invencible contratiempo, El Tío Cayetano se detiene, bendice a Dios, que pudo haberle sepultado en el abismo, reflexiona con serenidad y espera. Si el contratiempo puede conjurarse, seguirá su interrumpida marcha; si, por el contrarío, aquél es más fuerte que todo el poder de su reflexión, abandonará la empresa y renunciará a recorrer el camino que le falta. Que el inopinado suceso le contrista y le aflige, ¿a qué decirlo? Cuando, movido sólo de su patriotismo y de su española hidalguía, se echó a recorrer el sendero, no podía imaginarse en sus modestas ambiciones que de todos los puntos de la Península habían de acudir espontánea y generosamente protestas de adhesión a su difícil empresa, formándole una corte de honor que jamás tuvieron los mismos generales libertadores, y eso que han pagado bien caras las que han podido agenciarse desde octubre acá. Rodeado, pues, de simpatías, y en el colmo, vamos al decir, de la popularidad y de la fortuna, ¿cómo no lamentarse amargamente de la contrariedad que detiene sus pasos, aunque sea por breves momentos? Porque El Tío Cayetano no se pertenecía ya a sí propio, sino a la multitud de conciudadanos que, con más empeño cada día, solicitaban su trato y su amistad. Concibo en este instante las ventajas de una popularidad como la de Figuerola: el odio de los contribuyentes podrá perturbarle un tanto las funciones digestivas del pan del presupuesto, pero no le amargarán seguramente con la dulzura de su recuerdo la hora feliz de la caída. Otra circunstancia contribuye no poco a su afición en tan crítico momento: el objeto principal de su viaje era llegar a tiempo a los funerales de la situación; y precisamente cuando el estado de ésta es gravísimo cuando el estertor de la agonía ha comenzado ya, cuando las narices se le afilan y se le encandilan los ojos y los dedos se le crispan, se ve obligado a detenerse. ¿Estaría escrito que yo, que reaparecí al estrépito de su nacimiento, no he de concurrir personalmente a su entierro? Esta, duda es la que ha de aclararse cuando termine el alto que voy a, hacer en mí jornada. Pero salud me dé Dios, y yo le prometo a la situación que, ausente o presente, no le han de faltar mis votos para que la losa que cubra su sepulcro se coloque de modo que no se la levanten a tres tirones las hienas que desean regodearse con su cadáver. Y por si ni este consuelo me es dado, porque Dios me llame a sí antes del trueno gordo; por si, por esta razón, tampoco me es permitido el placer de volver a reanudar el interrumpido trato con mis queridos suscriptores, quiero que conste de la manera más solemne que ansío volver a la madre tierra envuelto en la honrada bandera que desplegué al renacer al mundo, en testimonio de que El Tío Cayetano, como los héroes de Cambronne, MUERE, PERO NO SE RINDE. (De El Tío Cayetano, núm. 33.) 4 de julio de 1869. -191- El café X, tan concurrido y animado a las tres de la tarde, tan bullicioso y resplandeciente a las ocho de la noche, presentaba a la hora en que vamos a entrar en él -las diez de la mañana- una perspectiva bien distinta. Los suelos, acabados de barrer; las banquetas y los cachivaches del mostrador, colocados con más simetría que los soldados en parada; en el fondo, algunos mozos, en mangas de camisa, desgreñados y con el mandil muy sucio, limpiando tazas y cafeteras o apilando terroncitos de azúcar sobre los platillos ad hoc; los marmitones entrando y saliendo por la puerta de la cocina, cargados de bandejas, o conduciendo cacharros, y por, último, la figura del amo, inspeccionando y dirigiendo todo al paño. Ni un grito, ni una carrera, ni ruido de monedas, ni golpes a las puertas, ni humo de tabaco, ni olor de gas. Todos estos detalles juntos prestan al cuadro un aspecto monótono y triste. Parece un absurdo, pero es la verdad que estos establecimientos sólo están apetecibles cuando reinan en ellos el desorden, el calor, la bulla y todo género de incomodidades; es decir, cuando debiéramos huir de ellos. El salón, sin embargo, no está completamente solo: hay en él cuatro personajes. El uno es alto, delgado y corto de vista; se pasea sin hacer ruido y se detiene de cuando en cuando para dar golpecitos con el índice sobre la caja de un barómetro que está colgado en la pared. Llámase don Zacarías, y ya cumplió medio siglo. Otro, gordo y rechoncho, condenado a perpetua corbata blanca, doceañista, furibundo y que frisa en los sesenta, está recostado en un diván, con notoria delectación; se llama don Tadeo. El tercero, don Agapito, de edad indescifrable, es regordete, colorado, bajito, muy risueño; se sienta siempre lo menos que puede para conservar mejor los pantalones, y por eso está, delante de don Tadeo. El cuarto, don Pancracio, hombre de poquísimas palabras y de menos iniciativa, doceañista también, lee en un rincón apartado, pero de a luz, una Iberia atrasada, a falta de otra más fresca. -Mucho tarda hoy el correo -dice de pronto don Agapito, volviéndose en seguida a don Zacarías, que pasa a su lado. -Habrá nevado arriba -contesta el aludido, volviéndose en seguida a dar un par de golpecitos al barómetro-. Bueno para los cazadores, que habrán entrado muchas sordas. -Según los que fueron el domingo al monte -dice don Agapito-, no es cosa mayor. -¿Cómo está el barómetro, don Zacarías? -pregunta el almidonado don Tadeo. -Desde ayer, a las siete de la tarde -responde el interpelado, metiendo los ojos por el aparato-, baja tres cuartos de milímetro. -No es mucho que digamos: pero así y todo, se me figura que vamos a tener un invierno rigurosísimo... Mozo, mozoo, mozooo... -Mándeme usted, don Tadeo -responde un camarero ya entrado en años que acude andando con más flema que un alemán. -Hombre, ¿acaba de llegar ya el correo? -Están a buscarlo hace más de una -192- hora; pero yo le diré a usted: con motivo de la nevada que ha caído es fácil que se haya retrasado. -Pues parece que el tren ha llegado a la hora. -Pero si el Norte no enlazó a tiempo en Alar con él...; la nieve, es mucha la nieve que hay. Ayer dijo un señor que se pone siempre en esta mesa, que es paisano mío, de junto a mi pueblo... ¿Sabe usted cuál es mi pueblo? -No, ni me importa. -Pues soy de... -Oye, Venancio: échame una cerilla -grita desde su asiento don Francisco. Y Venancio, que así se llama el camarero, deja en problema, bien a pesar suyo, el lugar de su nacimiento para ir a la cocina a buscar los fósforos, pues es de advertir que el tal Venancio nunca tiene a mano lo que se le pide. -¿Y cómo no habrá venido don Teodoro? -exclama el risueño don Agapito. -Ayer tarde -responde don Tadeo le encontré yo junto a Bezana: venía de Torrelavega; después no he vuelto a verle. -¿Y a qué irá a Bezana? -De paseo. -¿A caballo? -No; no, señor; a pie. -A pie. ¿Y no se fatigaba usted? -¡Ca, hombre! Y si no llegué a San Mateo fue porque mi amigo Pancracio se cansó. Don Francisco, el que lee La Iberia atrasada, es el inseparable amigo de don Tadeo, con quien ha llegado a identificarse tanto en gustos, que ya no tiene ninguno propio. Don Tadeo habla por él, piensa por él y hasta juega al tresillo por él. Una sola cosa le disputa: su incansabilidad en las marchas. Por eso, al oírse acusar de no haber podido llegar a San Mateo, separa sus ojos del periódico y rompe su habitual silencio, diciendo con viveza: -No hagan ustedes caso, que si no pasamos de Bezana fue porque iba a llover. -De todas maneras -añade don Zacarías-, de aquí a Bezana es mucho paseo: son dos leguas de ida y otras tantas de vuelta. -Eso no vale nada -responde don Tadeo. - Cuando yo salgo de casa jamás reparo en distancias. «Vamos andando», le digo a Pancracio, y andando vamos hasta que anochece. -No me negarás -dice don Pancracio con cierto resentimiento- que ha habido ocasión en que llegarnos así hasta Carandia. -No negaré tal. -Y sin que yo diera la menor muestra de cansancio. -Luego mal podría cansarme por una chapucería como es ir de aquí a Bezana. -Claro. -Es que como dijiste antes que no llegamos ayer a San Mateo porque yo me cansé... -No has de ser aprensivo, Pancracio; si ayer te cansaste, sería porque no estabas bueno, o porque no tenías ganas de pasear..., o qué sé yo. Pues qué, ¿todos los días se encuentra uno, con los mismos ánimos, con la misma salud? -Es que no me cansé. -Corriente, hombre. Al llegar aquí el altercado, promovido por el incansable y susceptible lector de La Iberia, aparece Venancio, gritando: «¡El correo!», esgrimiendo, varios periódicos en una mano y trayendo en la otra los fósforos, de que nadie se acuerda ya. El grito de «¡Tierra!» dado en la carabela de Colón no produjo entre los audaces navegantes una impresión tan grata como el del correo en nuestros cuatro personajes. -193-Lo primero que hace cada uno de ellos es ir a ocupar una mesa que esté completamente sola. La pasión por el periódico es como la del gastrónomo: necesita mucha holgura, mucho espacio. Cada lector debe abstraerse, sin que ruido alguno que no sea el del papel llegue a sus oídos. Al volver la hoja, su brazo ha de jugar libremente. Entonces el olor de la tinta de imprenta le embriaga, y un artículo de fondo, sea del color político que quiera, le entusiasma. Y no se crea por eso que carece de opinión; antes al contrario, es quizá el único ciudadano que la posee fija e inquebrantable. Pero los monomaníacos de esta clase tienen dos grandes ocasiones al día: una, cuando llega el correo, en cuyo caso no tratan más que de leer cuanto les vaya a las manos, y otra, cuando, agrupados en el café o paseando en el ala, disertan sobre lo leído. Esta es la ocasión en que se manifiestan las simpatías hacia tal o cual partido, hacía este o hacia el otro periódico, momentos críticos y solemnes en los cuales los comentaristas, atropellando miramientos, riñen, juran y vocean, sosteniendo cada uno las teorías de un diario favorito, como si ellas fueran la única salvación de la patria. Por demás estará decir que la mejor noticia que puede darse a semejantes personajes es que dos grandes potencias están a pique de romperse el alma, o que su misma nación se halla a dos deditos de una guerra sangrienta y ruinosa. De ese modo el telégrafo jurará sin cesar; la Prensa se atestará de partes y últimas horas; los partidos elegirán entre los beligerantes su protegido y su víctima; se entablarán las subsiguientes polémicas, y los artículos de fondo rechispearán. Ociosos, solterones por lo común, egoístas hasta la pasión, sin otro afecto que el que constituye su monotonía, estos hombres, que no sueltan de la boca la palabra patria y que dejan un momento en paz a los Gobiernos que rigen sus destinos, sólo la aman por lo que les entretienen los disturbios que la agobian. Si todas las naciones llegaran a ser completamente felices y en España no se publicasen periódicos de oposición -cosa bien increíble- y no dieran los otros más que noticias científicas y literarias, la vida de esos fanáticos cesaría de repente. Por eso no hay lectura más desagradable para ellos que las bases de armisticio o la de unos preliminares de paz. Nuestros cuatro individuos llevan cerca de dos horas esperando en el café. El objeto de tanto madrugar es satisfacer el gusto de romper las fajas a los periódicos para vanagloriarse de que nadie antes que ellos recogió sus noticias. Verdad es que el tren tiene una hora marcada, antes de la cual nunca ha llegado; pero así como se retrasa tan frecuentemente, ¿no puede un día darle la gana de adelantarse? Además, un aficionado de este calibre no se satisface con llegar, coger el periódico y ponerse a leerlo: necesita siquiera media hora de prólogo para reposarse y hacer boca entre sus camaradas; para hablar de lo que en su concepto debe venir en el correo que se espera, por tal Ministerio, o lo que debe publicarse por cual otro, en vista de lo leído el día anterior, para continuar el debate que entonces quedó pendiente, o para discutir sobre las cucarachas. No bien llega Venancio con los fósforos y los periódicos, pasan éstos, como por encanto, a las manos de don Tadeo, don Agapito y don Pancracio. Para don Zacarías no alcanza más que uno que se cayó al suelo en el momento de la distribución. -Bueno serás tú cuando aquí te han dejado -exclama con amargura y echándole la zarpa el pobre señor. Efectivamente, es el Galignani's Manager, -194- y don Zacarías no conoce el idioma de John Bull. -¿Y dónde está La Época y La Discusión? -pregunta indignado a Venancio. -En la otra sala. ¿No ve usted que también allí hay quien quiere leer? -Buena alhaja me han dejado aquí. Pero no importa: yo no me quedo sin leer. Tráeme inmediatamente el diccionario que le proporcionaste el otro día a don Teodoro. -Usted dirá el del amo. -No sé de quién es; pero tráemelo. -Y ahora que me acuerdo: don Teodoro sabe inglés y usted no. -¿Y a ti qué te importa, borrico? Anda y tráelo. -Bueno, bueno; por traerlo, nada se pierde; pero usted verá cómo es lo mismo que si le trajera el misal. Y dicho esto, se va Venancio contoneándose pausadamente, mientras don Zacarías abre el periódico y se pone a hojearlo, buscando las secciones cuyos epígrafes tengan las letras más gordas, creyendo que así comprenderá mejor la materia. -Es mucha torpeza la de estos ingleses -exclama con cierto coraje después de haber recorrido medio periódico con la vista sin haber entendido una sola palabra-; yo no sé por qué no han de poner en español siquiera lo más notable -leyendo con suma dificultad-. The circular of the minister of Interior inspires to The Times these remarks. Vea usted un encabezamiento de artículo que promete mucho. Y el caso es que yo lo comprendo, pero no me lo puedo explicar. ¡Por vida de...! Pues, señor, ¿para cuándo es la paciencia y la fuerza de voluntad? Animo, Zacarías; golpe al diccionario, y desentrañemos ese guirigay del demonio. -Aquí está -dice al mismo tiempo Venancio, poniendo sobre la mesa de don Zacarías el libro que éste le pidió. -Venga. -Pero ¿de veras va usted a empeñarse en traducir eso? -¿Se quiere usted ir, señor don Venancio, más allá de donde fue mi dinero? -¡Bah, bah; tarea tiene para un rato! -añade el flemático camarero, retirándose a paso de tortuga y restallando la rodilla de limpiar como si fuera un látigo. Don Zacarías agarra el diccionario y vuelve a deletrear el párrafo en que antes se fijó. -The circular... Vamos por partes y veamos qué quiere decir The, aunque, desde luego, apostaría a que es esa bebida que tanto gusta a los ingleses. Pero, con gran sorpresa suya, averigua que aquella palabra no significa, como esperaba, «perla», o «pecóo», sino «el», «la», «lo», «los», «las». -¡Malo!-exclama con desaliento-. Cuando los artículos están tan disfrazados, ¿qué harán los verbos? En cuanto a circular, no me cabe duda que es lo mismo en castellano. Veamos si en otro párrafo soy más feliz. ...It is generaly understood that this circular attestes vexation acts of inquisition. «¡Diablo!... Se me figura que esto lo comprendo bien: la circular de arriba y la inquisición de abajo..., ciertos son los toros». «¡Señores! -grita a sus amigos-, parece que en Inglaterra se va a establecer la Inquisición!». -No diga usted eso -exclaman todos juntos. -El Times lo asegura. -¡El Times! -replica don Agapito, que se las echa de saber un poco de inglés-. ¡Imposible! -Véalo usted. Y don Zacarías señala con el dedo -195- las palabras del Galignani's Manager que tanto le han alarmado. -¿Qué Inquisición ni qué niño muerto? Hombre, usted sueña. -¿Pues qué dice, si no? -Ahora lo verá usted -responde don Agapito, deletreando el párrafo This... understood... No me acuerdo precisamente del significado de esta palabra en este instante; pero sé que no tiene que ver con lo que usted dice. -Bueno va. ¿Y más adelante? -Aguarde usted... Acts of inquisition... Claro, alude a ciertos actos de inquisición, pero no a que este Tribunal famoso se vaya a crear allí. Ya decía yo. -Pues me saca usted de buena duda -murmura don Zacarías, volviéndose al Manager con la mejor buena fe. Los demás lectores, tranquilos con la rectificación de don Agapito, continúan su interrumpida tarea, no sin reírse antes de la candidez de don Zacarías. En esto entra en el café don Teodoro, a quien don Tadeo halló en Bezana. Envuelto en los anchos pliegues de una inmensa capa verde con fiadores de seda, saluda a todos en general con un «¡Adiós, señores!», y con gran sorpresa de don Zacarías, pues los demás no separan la vista de lo que están leyendo, siéntase en otra meso, sin preguntar siquiera por un periódico. -Amigo, se ha descuidado usted mucho; todo está ocupado. -Ya me lo esperaba yo, don Zacarías, y por eso vengo prevenido. -¿Trae usted algún periódico? -Sí, al pasar ahora por la platería me he tomado La España para entretenerme ínterin desocupan aquí toda la correspondencia, porque ya sabe usted que yo no leo un papel solo, ni dos..., ni tres... -Ya, ya; me consta. Hoy ha venido tarde el correo. -No hay tal. -Pues aquí llegó hace un momento. -Es porque el chico se entretiene en la calle. Acabo de estar en la barbería, y me he leído La Esperanza, El Reino, La Correspondencia y El Diario Español de cabo a rabo. ¡Figúrese usted si hará tiempo que se repartió el correo! -¿Y qué trae de interesante? Pero don Zacarías no halla respuesta a esta pregunta, porque don Teodoro se ha apoderado de una columna de La España y, en semejante situación, no oye, ni ve, ni entiende a nadie. Reina en el salón un silencio sepulcral, que de cuando en cuando se interrumpe por el ruido del papel o por un «¡Bravo!» entusiasta que lanza don Tadeo leyendo una sesión de Cortes o un artículo de fondo. Entre tanto, el pobre don Zacarías se aburre de traducir sin fruto alguno, palabra por palabra, los párrafos del Galignani's Manager, y llama estrepitosamente a Venancio. -¿Es posible -le dice- que no haya en el café ningún periódico libre, aun cuando sea viejo? Yo necesito leer aunque sea la bula. -No hay más que La Iberia, que tenía antes don Pancracio. -Me la sé de memoria. -Aquí tiene usted, si no, La Tertulia última. -La Tertulia, un periodiquillo local. ¿Y qué trae La Tertulia? -Pues, trae, primeramente, una carta con muchos latinajos. -Tomados de algún misal. -Después, unos versos... del Oriente, y un artículo muy majo sobre una costumbre que hay en mi pueblo... -Vamos; estará escrito por... -Por el señor de... -Sí, hombre, sí; si le conozco mucho, no me digas quién es... Valiente... -196--Como si fuera una gran habilidad hablar de lo que todos conocemos. -¿Sabe usted, don Zacarías, que el día menos pensado nos saca a usted y a mí en La Tertulia? Como él es así... -No le faltaba más, a bien que nada malo podrá decir de nosotros. -Eso mismo digo yo... Pues mire usted: tendría que ver, por un lado. -Y por el otro, también. Conque no seas majadero y dame La Tertulia, que a falta de pan... -Ahí va La Tertulia. -¡Cuerno! -refunfuña don Zacarías, tirando con rabia el periódico lejos de sí. -¡Otra! ¿Qué fue? -Que me he quemado. -¿Con La Tertulia? -O con el demonio; pero el hecho es que me quemé. -Lo cogería usted mal. -Si tú hubieras retirado el cigarro al dármelo... -Ahí la tiene usted otra vez. -Ya no quiero leerlo. Y, levantándose de la banqueta, salió a la calle como un cohete. «Cualquiera que oiga a esta gente -murmura Venancio, viéndole marchar y señalando a los que se quedan-, pensará que son el mejor apoyo del establecimiento. Veinte años llevo en él, y todavía no les he servido el valor de dos reales». Después se da un par de palmaditas sobre el estómago, se va a tomar el sol a la puerta del café y vuelve a reinar en la sala el más profundo silencio. (De la revista La Tertulia, segunda serie.) 1876.
(Del Álbum de Eulogia Montero.) Santander, mayo de 1879. -197- Una línea de costa al norte de España, en la región..., ¿qué más da una que otra? Figúrese el lector el pedazo de esa línea más áspero e irregular, el más avanzado y expuesto a los furores y embestidas del Cantábrico; el de más extensos horizontes marinos; una docena de casucas dispersas y como arrojadas allí por el oleaje de una tempestad, en un repliegue del terreno menos indócil a los trabajos del cultivo; la casuca más vieja de todas ellas, sobre el punto más elevado de aquel perfil, casi en el vértice mismo del ángulo que está parte de la costa forma con la mar, y un ancho brazo de ella que se introduce en la tierra; al otro lado de este brazo, otra como barriada semejante a la primera; después, a derecha e izquierda, la línea prolongándose, hasta perderse de vista, y serpenteando caprichosamente, formando senos y puntas, y en todas partes descubriendo su esqueleto desnudo y carcomido por el azote de la fiera en sus tremendas acometidas; bajando por el escabroso sendero que arranca de la casuca solitaria y se une en el entrellano con otras semejantes, que proceden de las dispersas, se llega a una ensenadita que, por la situación y forma, viene a ser como la axila de aquel brazo, en la cual se guarecen unas cuantas embarcaciones de pesca sujetas con sendas amarras de esparto a otros tantos pilotes clavados a la orilla del rincón más abrigado. Huertos mal cerrados por paredillas transparentes de piedras toscas y desiguales, contiguas a las casitas; anchos retales de braña verde, un poco más lejos, donde picotean patos y gallinas y hozan puercos de recría; alguna cabra en la sierra que asciende poco a poco hacia el Sur, lo bastante para que desde la barriada no se vea, por aquel lado, otra porción de mundo que la comprendida entre la loma y el mar. Al primer pueblo que hay a la parte de allá de la loma no se llega, a buen andar, en menos de tres cuartos de hora, la mitad que a la villa ribereña, bogando dos personas de buenos puños. A la vera del último con los de esta serie, con ellos en el centro de un reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se veían surgir, reborbollando, los copiosos manantiales del famoso río que, después de formar breve remanso, como para orientarse en el terreno y adquirir alientos entre los taludes de su propia cuna, escapaban de allí a todo correr, a escondidas de la luz, siempre que podían, como todo el que obra mal, para salir pronto de su tierra nativa, llevando el beneficio de sus aguas a extraños campos y desconocidas gentes y pagando, al fin de su desatentado curso, el tributo de todo su caudal a quien no se le debe en buen derecho. Y a fe que o mis ojos me engañaron mucho, o seria obra bien fácil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de sus fuentes, y en castigo de su deslealtad despeñarle monte abajo, no dando punto de... -198-ría, arriba, ría arriba, en un barquichuelo desde la ensenada. Del aire y del tipo de los pocos seres que de ordinario rebullen entre las casucas en la barriada, de los objetos que se ven arrimados a sus muros, o tendidos en el suelo, o sobre las paredillas de los huertos, y del abandono en que están las inmediatas tierras laborables, aun sin fijarse en el dato concluyente de las barquillas que huelgan en la ensenada, deduciría bien pronto el observador menos lince que, sin la excepción de uno solo, todos los habitantes de la barriada son pescadores o viven de la sustancia de este arriesgado oficio. El origen de aquella mínima colonia no es, seguramente, de los que se pierden en la noche de los tiempos. En la villa ribereña que se ha mencionado hubo un matrimonio que, después de perder varios hijos, sacó de la Casa-Cuna de la ciudad un niño, no se sabe bien si por la golosina del pobre estipendio que valía a la mujer el trabajo de amamantarle a sus pechos, o por el noble deseo de reemplazar con él el pedazo de sus entrañas, muerto a las pocas semanas de nacido. Lo cierto es que, andando los meses, el incluserito fue llenando en la casa y en los corazones de sus habitantes el vacío que en ellos había dejado la muerte del hijo verdadero, y que cuando pasó el tiempo de la lactancia y cesó con tal motivo la mezquina retribución a que daba derecho aquel augusto trabajo, en todo pensó la honrada mujer menos en devolver a la Inclusa aquel rollo de manteca formado con el jugo de su sangre. -Ni aunque Dios nos diera otros diez hijos, ¿no es verdad? -decía en una ocasión, manoseando al chiquitín y mirando a su marido. -Ni con otros veinte encima -le respondió el buen hombre, pasando también su manaza callosa dulcemente por los rizos encrespados del incluserillo, que, tendido en el regazo de su madre, los miraba a los dos con los ojos dormilentos, chupándose el dedo pulgar y perneando a diestro y siniestro. Pero ni veinte, ni diez, ni un solo hijo volvió a tener aquel matrimonio, por lo que el apego de éste al niño inclusero fue creciendo de día en día, hasta llegar al amor paternal más extremado. El hombre era medio labriego y medio pescador, y el rapaz, que resultó fornido y cariñoso, se arrimaba cuanto podía al trabajo de su padre, pero con preferencia al de la mar. Como si sospechara su procedencia, andaba muy temeroso en todas partes, y no se mostraba exigente con nadie ni para nada, lo cual se traducía por cortedad de genio en su casa, único sitio en que se le veía expansivo y descuidado. Bien seguro estaba él de que allí se le quería de veras: se lo decía, se lo afirmaba su corazón agradecido. Siete años contaba apenas cuando llegó por primera vez a sus oídos la palabra inclusero. El motivo de ello fue bien insignificante: un choque, muy poco más que un rozamiento involuntario, con otro niño que jugaba cerca de él. Inclusero. Jamás había oído aquel vocablo, ni sabía lo que significaba; pero el tono de la voz, el ademán de ira, el son de afrenta y menosprecio con que le había sido lanzado, como una piedra con honda... Se puso rojo de vergüenza; después se echó a llorar amargamente, y, por último, corrió a referir el caso a su madre y a pedirle la respuesta que necesitaba; pero la buena mujer se guardó muy bien de dársela, y salió del compromiso echando pestes contra el deslenguado rapaz. Con el padre, a quien acudió en consulta después el inconsolable incluserito, le sucedió lo propio: indignaciones y truenos y rayos contra el difamador, y nada en limpio -199- para el difamado..., hasta que éste dio un poco más tarde con una vecina de lo más charlatana, entremetida y oficiosa que había en el pueblo, y se lo aclaró todo a su manera, acabando, para que lo entendiera mejor, por ponerle a él mismo por ejemplo de la cosa. Cegó con ello el infeliz y se quedó como si le hubiera partido un rayo. Se calló como un muerto, y ni en su misma casa volvieron sus labios a pronunciar una sola palabra que tuviera la más remota conexión con aquella idea que le quitaba el sueño y las ganas de comer. Admiró a su modo a aquellos protectores que, pudiendo plantarle en medio del arroyo, continuaban amándole como a un hijo verdadero, y se maravillaba de que fueran tan generosos que una vez siquiera no le echasen en cara su infamante condición. En este ambiente de tristeza y cavilaciones, siempre sobresaltado y receloso, fue creciendo, sin otra distracción que el trabajo ni otro estímulo que el de aliviar del suyo al hombre a quien tenía por padre. Era forzudo y valiente, y andaba en la ría y en el mar, como en las tierras de labor. Sólo le daban miedo las miradas de las gentes, y, sin embargo, de nadie pensaba mal, sino de aquellos..., de aquellos desnaturalizados que le habían arrojado a él desde el seno de su madre al boquetón del torno de la Inclusa, si no es que le habían abandonado en un cesto, entre cuatro pingajos miserables; porque sobre estos particulares nada había querido averiguar él después de oír los relatos de la palabra ignominiosa que continuaba resonando en sus oídos. «Señor -se decía siempre que caía en estas cavilaciones-, ¿por qué hay en el mundo hombres... y mujeres, con entrañas más duras que las mismas piedras, que no abandonan a sus hijos y hasta dan la vida por ellos? Pícaros, desalmados». Así pasaron meses y años; estuvo tres de ellos en el servicio de la Armada por su condición de matriculado, y pensó que con esta ausencia tan larga y un cambio tan radical de costumbres se olvidaría todo en el pueblo; pero tampoco le salió bien ajustada esta cuenta, pues cuando volvió a él se encontró con los de siempre: la sospecha de que le miraban de mal ojo y en la actitud recelosa y huraña en que estas no bien fundadas aprensiones le ponían continuó siendo, como siempre, el primero en el trabajo, pero de propio intento él último y el más callado en las filas o en los corrillos de la Hermandad de mareantes a que pertenecía. Además, cayó enfermo el hombre que le llamaba hijo, y se murió en cuatro días. A los tres meses le siguió al otro mundo la mujer a quien él llamaba madre, y al verse solo en la casa, aunque era ya de su propiedad, por voluntad expresa de los finados, como toda la pobreza que a éstos había pertenecido, y considerándose solo también en el mundo, acabó de amilanarse, y no hizo entonces la barbaridad de tirarse de cabeza a la ría con un rizón al pescuezo, porque era hombre de fe bien remachada y no se creyó con derecho a disponer de lo que no era suyo. Pero ¿qué pito tocaba ya en la tierra ni en la mar? ¿Para quién y para qué trabajaba en la una y en la otra? Entonces pensó en algo en que había recreado muchas veces el pensamiento. Bien cerca de su casa vivía lo que podía llenar el desamparo de la suya y hasta el vacío de su corazón: una moza como unas perlas y con un genial afable y compasivo. Era pobre de bienes, porque sus padres vivían de prestado, al paso que él ya no lo era con lo heredado de sus bienhechores; no tenía vicios ni le hacía ascos al trabajo, y de estampa, aunque le estuviera mal el decirlo, andaba bastante bien. No -200- abundaban en el pueblo los novios de esas condiciones para las mozas como ella... ¿Por qué no intentar una salida de su negra situación por esa puerta? Peor que corrían las cosas para él no habían de ponerse, y el no consigo lo llevaba. Atrevióse un día, y se lo dijo con el corazón en la mano. -¡Qué lástima, hombre -le respondió ella, sinceramente condolida-, qué lástima que seas... lo que eres, porque, fuera de esa tacha, no tienes otra! FIN DE LOS «ESCRITOS DE JUVENTUD»
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