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    Rimas
     Esteban Echeverría
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Rimas

Esteban Echevarría



     [Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Buenos Aires, Imprenta Argentina, 1837 y cotejada con la edición crítica de Antonio Lorente Medina (Madrid, Editora Nacional, 1984)].



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La cautiva

                                                                         Female hearts are such a genial soil
For Kinderfeelings, whatsoe'er their nation,
They naturally pour the «wine and oil»
Samaritans in every situation;
BYRON


                                                                       En todo clima el corazón de la muger es tierra fértil en afectos generosos: -ellas en cualquier circunstancia de la vida saben, como la Samaritana, prodigar el «óleo y el vino».

A ÉL...



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Parte I

Ils vont. L´espace est grand

HUGO

- I -

El desierto

                                  Era la tarde, y la hora
en que el Sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies 5           
se estiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
al crepúsculo nocturno
pone rienda a su altivez. 10
 
   Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista, en su vivo anhelo,
do fijar su fugaz vuelo,
como el pájaro en el mar. 15
Do quier campos y heredades
del ave y bruto guaridas,
do quier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas
que Él sólo puede sondar. 20
 
   A veces la tribu errante
sobre el potro rozagante,
cuyas crines altaneras
flotan al viento ligeras,
lo cruza cual torbellino, 25
y pasa; o su toldería
sobre la grama frondosa
asienta, esperando el día
duerme, tranquila reposa,
sigue veloz su camino. 30
 
   ¡Cuántas, cuántas maravillas,
sublimes y a par sencillas,
sembró la fecunda mano
de Dios allí!-¡Cuánto arcano
que no es dado al vulgo ver!- 35
La humilde yerba, el insecto,
la aura aromática y pura,
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer. 40
 
   Las armonías del viento,
dicen más al pensamiento,
que todo cuanto a porfía
la vana filosofía
pretende altiva enseñar. 45
¡Qué pincel podrá pintarlas
sin deslucir su belleza!
¡Qué lengua humana alabarlas!
Sólo el genio su grandeza
puede sentir y admirar. 50
 
   Ya el sol su nítida frente
reclinaba en Occidente,
derramando por la esfera
de su rubia cabellera
el desmayado fulgor. 55
Sereno y diáfano el cielo,
sobre la gala verdosa
de la llanura, azul velo
esparcía, misteriosa
sombra dando a su color. 60
 
   El aura moviendo apenas,
sus alas de aroma llenas,
entre la yerba bullía
del campo que parecía
como un piélago ondear. 65
Y la tierra contemplando
del astro rei partida
callaba, manifestando,
como en una despedida,
en su semblante pesar. 70
 
   Sólo a ratos, altanero
relinchaba un bruto fiero
aquí o allá, en la campaña;
bramaba un toro de saña,
rugía un tigre feroz: 75
O las nubes contemplando,
cómo extático y gozoso,
el yajá, de cuando en cuando
turbaba el mudo reposo
con su fatídica voz. 80
 
   Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
La silenciosa llanura
fue quedando más oscura,
más pardo el cielo, y en él, 85
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel. 90
 
   El crepúsculo entre tanto,
con su claroscuro manto,
veló la tierra; una faja
negra como una mortaja,
el Occidente cubrió: 95
Mientras la noche bajando
lenta venía, la calma
que contempla suspirando,
inquieta a veces el alma,
con el silencio reinó. 100
 
   Entonces, como el rüido,
que suele hacer el tronido
cuando retumba lejano,
se oyó en el tranquilo llano
sordo y confuso clamor; 105
se perdió... y luego violento,
como baladro espantoso
de turba inmensa, en el viento
se dilató sonoroso,
dando a los brutos pavor. 110
 
   Bajo la planta sonante
del ágil potro arrogante
el duro suelo temblaba,
y envuelto en polvo cruzaba
como animado tropel, 115
velozmente cabalgando;
víanse lanzas agudas,
cabezas, crines ondeando,
y como formas desnudas
de aspecto estraño y crúel. 120
 
   ¿Quién es? ¿Qué insensata turba
con su alarido perturba,
las calladas soledades
de Dios, do las tempestades
sólo se oyen resonar? 125
¿Qué humana planta orgullosa
se atreve a hollar el desierto
cuando todo en él reposa?
¿Quién viene seguro puerto
en sus yermos a buscar? 130
 
   ¡Oíd! -ya se acerca el bando
de salvages atronando
todo el campo convecino;
¡Mirad! -como torbellino
hiende el espacio veloz. 135
El fiero ímpetu no enfrena
del bruto que arroja espuma;
vaga al viento su melena,
y con ligereza suma
pasa en ademán atroz. 140
 
   ¿Dónde va? ¿De dónde viene?
¿De qué su gozo proviene?
¿Por qué grita, corre, vuela
clavando al bruto la espuela,
sin mirar al rededor? 145
¡Ved! que las puntas ufanas
de sus lanzas, por despojos,
llevan cabezas humanas,
cuyos inflamados ojos
respiran aún furor. 150
 
   Así el bárbaro hace ultraje
al indomable coraje
que abatió su alevosía;
y su rencor todavía
mira con torpe placer, 155
las cabezas que cortaron
sus inhumanos cuchillos,
esclamando: «ya pagaron
del cristiano los caudillos
el feudo a nuestro poder. 160
 
   Ya los ranchos do vivieron
presa de las llamas fueron,
y muerde el polvo abatida
su pujanza tan erguida.
¿Dónde sus bravos están? 165
Vengan hoi del vituperio,
sus mugeres, sus infantes,
que gimen en cautiverio,
a libertar, y como antes
nuestras lanzas probarán.» 170
 
   Tal decía; y bajo el callo
del indómito caballo,
crujiendo el suelo temblaba;
hueco y sordo retumbaba
su grito en la soledad. 175
Mientras la noche, cubierto
el rostro en manto nubloso,
echó en el vasto desierto,
su silencio pavoroso,
su sombría magestad. 180


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Parte II

                                                                                                     ...orríbili favelle,
Parote di dolore, accenti d'ira,
Voci alte e fioche, e suon di man con elle
Facévan un tumulto...

DANTE



- II -

El festín

                                  Noche es el vasto horizonte,
noche el aire, cielo y tierra.
Parece haber apiñado
el genio de las tinieblas,
para algún misterio inmundo, 5           
sobre la llanura inmensa,
la lobreguez del abismo
donde inalterable reina.
Sólo inquietos divagando,
por entre las sombras negras, 10
los espíritus foletos
con viva luz reverberan,
se disipan, reaparecen,
vienen, van, brillan, se alejan.
Mientras el insecto chilla, 15
y en fachinales o cuevas
los nocturnos animales
con triste aullido se quejan.
   La tribu aleve, entre tanto,
allá en la pampa desierta, 20
donde el cristiano atrevido
jamás estampa la huella,
ha reprimido del bruto
la estrepitosa carrera;
y campo tiene fecundo 25
al pie de una loma extensa,
lugar hermoso, do a veces
sus tolderías asienta.
Feliz la maloca ha sido;
rica y de estima la presa 30
que arrebató a los cristianos:-
caballos, potros y yeguas,
bienes que en su vida errante
ella más que el oro precia;
muchedumbre de cautivas, 35
todas jóvenes y bellas.
Sus caballos, en manadas,
pacen la fragante yerba;
y al lazo, algunos prendidos,
a la pica, o la manea 40
de sus indolentes amos
el grito de alarma esperan.
Y no lejos de la turba,
que charla ufana y hambrienta,
atado entre cuatro lanzas, 45
como víctima en reserva,
noble espíritu valiente
mira vacilar su estrella;
al paso que su infortunio,
sin esperanza, lamentan 50
rememorando su hogar,
los infantes y las hembras.
Arden ya en medio del campo
cuatro extendidas hogueras,
cuyas vivas llamaradas 55
irradiando, colorean
el tenebroso recinto
donde la chusma hormiguea.
En torno al fuego sentados
unos lo atizan y ceban; 60
otros la jugosa carne
al rescoldo o llama tuestan.
Aquél come, éste destriza,
más allá alguno degüella
con afilado cuchillo 65
la yegua al lazo sujeta,
y a la boca de la herida,
por donde ronca y resuella,
y a borbollones arroja
la caliente sangre fuera, 70
en pie, trémula y convulsa,
dos o tres indios se pegan,
como sedientos vampiros,
sorben, chupan, saborean
la sangre, haciendo mormullo, 75
y de sangre se rellenan.
Baja el pe<z>cuezo, vacila,
y se desploma la yegua
con aplauso de las indias
que a descuartizarla empiezan. 80
Arden en medio del campo,
con viva luz las hogueras;
sopla el viento de la pampa,
y el humo y las chispas vuelan.
A la charla interrumpida, 85
cuando el hambre está repleta,
sigue el cordial regocijo
el beberaje y la gresca,
que apetecen los varones,
y las mugeres detestan. 90
El licor espirituoso
en grandes vacías echan,
y, tendidos de barriga
en derredor, la cabeza
meten sedientos, y apuran 95
el apetecido néctar,
que bien pronto los convierte
en abominables fieras.
Cuando algún indio, medio ebrio,
tenaz metiendo la lengua, 100
sigue en la preciosa fuente,
y beber también no deja
a los que aguijan furiosos;
otro viene, de las piernas
lo agarra, tira y arrastra, 105
y en lugar suyo se espeta.
Así bebe, ríe, canta,
y al regocijo sin rienda
se da la tribu; aquél ebrio
se levanta, bambolea, 110
a plomo cae, y gruñendo
como animal se revuelca.
Éste chilla, algunos lloran,
y otros a beber empiezan.
De la chusma toda al cabo 115
la embriaguez se enseñorea,
y hace andar en remolino
sus delirantes cabezas,
entonces empieza el bullicio,
y la algazara tremenda, 120
el infernal alarido
y las voces lastimeras.
Mientras sin alivio lloran
las cautivas miserables,
y los ternezuelos niños 125
al ver llorar a sus madres.
Las hogueras entretanto,
en la oscuridad flamean,
y a los pintados semblantes,
y a las largas cabelleras 130
de aquellos indios beodos
da su vislumbre siniestra
colorido tan estraño,
traza tan horrible y fea,
que parecen del abismo 135
précita, inmunda ralea,
entregada al torpe gozo
de la sabática fiesta.
Todos en silencio escuchan;-
una voz entona recia 140
las heroicas alabanzas,
y los cantos de la guerra:-
     Guerra, guerra y exterminio
al tiránico dominio
del huinca; engañosa paz:- 145
devore el fuego sus ranchos,
que en su vientre los caranchos
ceben el pico voraz.
   Oyó gritos el caudillo,
y en su fogoso tordillo 150
       salió Brian;
pocos eran y él delante
venía, al bruto arrogante
dio una lanzada Quillán.
   Lo cargó al punto la indiada: 155
con la fulminante espada
       se alzó Brian;
grandes sus ojos brillaron,
y las cabezas rodaron
de Quitur y Callupán. 160
   
   Echando espuma y herido
como toro enfurecido
       se encaró,
ceño torbo revolviendo,
y el acero sacudiendo: 165
nadie acometerlo osó.
     Valichu estaba en su brazo;
pero al golpe de un bolazo
       cayó Brian
como potro en la llanura: 170
cebo en su cuerpo y hartura
encontrará el gavilán.
 
   Las armas cobarde entrega
el que vivir quiere esclavo;
pero el indio guapo, no: 175
Chañil murió como bravo,
batallando en la refriega,
de una lanzada murió.
     Salió Brian airado
blandiendo la lanza, 180
con fiera pujanza
Chañil lo e<nv>istió;
del pecho clavado
en el hierro agudo,
con brazo forzudo, 185
Brian lo levantó.
   
   Funeral sangriento
ya tuvo en el llano;
ni un solo cristiano
con vida escapó. 190
¡Fatal vencimiento!
Lloremos la muerte
del indio más fuerte,
que la pampa crió.
  Quiénes su pérdida lloran, 195
quiénes sus hazañas mentan.
Óyense voces confusas,
medio articuladas quejas,
baladros, cuyo son ronco
en la llanura resuena. 200
De repente todos callan,
y un sordo mormullo reina,
semejante al de la brisa
cuando rebulle en la selva;
pero, gritando, algún indio 205
en la boca se palmea,
y el disonante alarido
otra vez el campo atruena.
El indeleble recuerdo
de las pasadas ofensas 210
se aviva en su ánimo entonces,
y atizando su fiereza
al rencor adormecido,
y a la venganza subleva.
En su mano los cuchillos, 215
a la luz de las hogueras,
llevando muerte relucen;
se ultrajan, riñen, vocean,
como animales feroces
se despedazan y bregan. 220
Y asombradas las cautivas
la carnicería horrenda
miran, y a Dios en silencio
humildes preces elevan.
Sus mugeres entre tanto, 225
cuya vigilancia tierna
en las horas de peligro
siempre cautelosa vela,
acorren luego a calmar
el frenesí que los ciega, 230
ya con ruegos y palabras
de amor y eficacia llenas;
ya interponiendo su cuerpo
entre las armas sangrientas.
Ellos resisten y luchan, 235
las desoyen y atropellan,
lanzando injuriosos gritos;
y los cuchillos no sueltan
sino cuando, ya rendida,
su natural fortaleza 240
a la embriaguez y al cansancio,
dobla el cuello y cae por tierra.
Al tumulto y la matanza
sigue el llorar de las hembras
por sus maridos y deudos, 245
las lastimosas endechas
a la abundancia pasada,
a la presente miseria,
a las víctimas queridas
de aquella noche funesta. 250
Pronto un profundo silencio
hace a los lamentos tregua,
interrumpido por ayes
de moribundos, o quejas,
risas, gruñir sofocado 255
de la embriagada torpeza;-
al espantoso ronquido
de los que durmiendo sueñan,
los gemidos infantiles
del ñacurutú se mezclan; 260
chillidos, aúllos tristes
del lobo que anda a la presa.
De cadáveres, de troncos
miembros, sangre y osamentas,
entremezclados con vivos, 265
cubierto aquel campo queda,
donde poco antes la tribu
llegó alegre y tan soberbia.
La noche en tanto camina
triste, encapotada y negra; 270
y la desmayada luz
de las festivas hogueras
sólo alumbra los estragos
de aquella bárbara fiesta.


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Parte III



                                                                                                     Yo iba a morir, es verdad,
entre bárbaros crueles,
y allí el pesar me mataba
de morir, mi bien, sin verte.
A darme la vida tú
saliste, hermosa, y valiente.

CALDERÓN



- III -

El puñal

                                  Yace en el campo tendida,
cual si estuviera sin vida,
ebria la salvage turba,
y ningún ruido perturba
su sueño o sopor mortal. 5           
Varones y hembras mezclados
todos duermen sosegados:
sólo, en vano tal vez, velan
los que libertarse anhelan
del cautiverio fatal. 10
     Paran la oreja bufando
los caballos, que vagando
libres despuntan la grama,
y a la moribunda llama
de las hogueras se ve, 15
se ve sola y taciturna,
símil a sombra nocturna,
moverse una forma humana,
como quien lucha y se afana,
y oprime algo bajo el pie. 20
     Se oye luego triste aúllo,
y horrisonante mormullo,
semejante al del novillo
cuando el filoso cuchillo
lo degüella sin piedad; 25
y por la herida resuella,
y aliento y vivir por ella,
sangre hirviendo a borbollones,
en horribles convulsiones,
lanza con velocidad. 30
     Silencio;- ya el paso leve
por entre la yerba mueve,
como quien busca y no atina,
y temeroso camina
de ser visto o tropezar,- 35
una muger:- en la diestra
un puñal sangriento muestra,
sus largos cabellos flotan
desgreñados, y denotan
de su ánimo el batallar. 40
     Ella va.- Toda es oídos;
sobre salvages dormidos
va pasando, -escucha,- mira,-
se para,- apenas respira,
y vuelve de nuevo a andar. 45
Ella marcha, y sus miradas
vagan en torno azoradas,
cual si creyesen ilusas
en las tinieblas confusas,
mil espectros divisar. 50
     Ella va, y aun de su sombra
como el criminal se asombra;-
alza,- inclina la cabeza;
pero en un cráneo tropieza
y queda al punto mortal.- 55
Un cuerpo gruñe y resuella,
y se revuelve; mas ella
cobra espíritu y corage,
y en el pecho del salvage
clava el agudo puñal. 60
     El indio dormido espira;
y ella veloz se retira
de allí, y anda con más tino,
arrastrando del destino
la rigorosa crueldad. 65
Un instinto poderoso,
un afecto generoso
la impele y guía segura,
como luz de estrella pura,
por aquella oscuridad. 70
     Su corazón de alegría
palpita;- lo que quería,
lo que buscaba con ansia
su amorosa vigilancia
encontró gozosa al fin. 75
Allí, allí está su universo,
de su alma el espejo terso,
su amor, esperanza y vida;
allí contempla embebida
su terrestre Serafín. 80
     «-Brian, dice, mi Brian querido
busca durmiendo el olvido;
quizá ni soñando espera
que yo entre esta gente fiera
le venga a favorecer. 85
Lleno de heridas, cautivo,
no abate su ánimo altivo
la desgracia, y satisfecho
descansa, como en su lecho,
sin esperar, ni temer. 90
     Sus verdugos, sin embargo,
para hacerle más amargo
de la muerte el pensamiento;
deleitarse en su tormento,
y más su rencor cebar 95
prolongando su agonía,
la vida suya, que es mía,
guardaron, cuando triunfantes
hasta los tiernos infantes,
osaron despedazar, 100
     arrancándolos del seno
de sus madres -¡día lleno
de execración y amargura,
en que murió mi ventura,
tu memoria me da horror!-» 105
Así dijo, y ya no siente,
ni llora, porque la fuente
del sentimiento fecunda,
que el femenil pecho inunda,
consumió el voraz dolor. 110
     Y el amor y la venganza
en su corazón alianza
han hecho, y solo una idea
tiene fija y saborea
su ardiente imaginación. 115
Absorta el alma, en delirio
lleno de gozo y martirio
queda, hasta que al fin estalla
como volcán, y se esplaya
la lava del corazón. 120
     Allí está su amante herido,
mirando al cielo y ceñido
el cuerpo con duros lazos,
abiertos en cruz los brazos,
ligadas manos y pies. 125
Cautivo está, pero duerme;
inmoble, sin fuerza, inerme
yace su brazo invencible:
de la pampa el león terrible
presa de los buitres es. 130
     Allí, de la tribu impía
esperando con el día
horrible muerte, está el hombre,
cuya fama, cuyo nombre
era al bárbaro traidor 135
más temible que el zumbido
del hierro o plomo encendido;
más aciago y espantoso
que el valichu rencoroso
a quien acata su error. 140
     Allí está; -silenciosa ella,
como tímida doncella,
besa su entreabierta boca,
cual si dudara lo toca
por ver si respira aún. 145
Entonces las ataduras
que sus carnes roen duras
corta, corta velozmente
con su puñal obediente,
teñido en sangre común. 150
     Brian despierta; -su alma fuerte,
conforme ya con su muerte,
no se conturba, ni azora;
poco a poco se incorpora,
mira sereno, y cree ver 155
un asesino: -echan fuego
sus ojos de ira; mas luego
se siente libre, y se calma,
Y dice : «¿eres alguna alma
que pueda y deba querer? 160
     ¿Eres espíritu errante,
ángel bueno, o vacilante
parto de mi fantasía?»
«-Mi vulgar nombre es María,
ángel de tu guarda soi; 165
y mientras cobra pujanza,
ebria la feroz venganza
de los bárbaros, segura,
en aquesta noche oscura,
velando a tu lado estoi:- 170
     Nada tema tu congoja.-»
Y enagenada se arroja
de su querido en los brazos,
le da mil besos y abrazos
repitiendo «-Brian, Brian-». 175
La alma heroica del guerrero
siente el gozo lisongero
por sus miembros doloridos
correr, y que sus sentidos
libres de ilusión están. 180
     Y en labios de su querida
apura aliento de vida,
y la estrecha cariñoso,
y en éxtasis amoroso
ambos respiran así; 185
mas, súbito él la separa,
como si en su alma brotara
horrible idea, y la dice:-
«María, soi infelice,
ya no eres digna de mí. 190
     Del salvage la torpeza
habrá ajado la pureza
de tu honor, y mancillado
tu cuerpo santificado
por mi cariño y tu amor; 195
ya no me es dado quererte.»
Ella le responde: «-advierte
que en este acero está escrito
mi pureza y mi delito,
mi ternura y mi valor. 200
     Mira este puñal sangriento
y saltará de contento
tu corazón orgulloso;
diómelo amor poderoso,
diómelo para matar 205
al salvage que insolente
ultrajar mi honor intente;
para, a un tiempo, de mi padre,
de mi hijo tierno y mi madre
la injusta muerte vengar. 210
     Y tu vida, más preciosa
que la luz del sol hermosa,
sacar de las fieras manos
de estos tigres inhumanos,
o contigo perecer. 215
Loncoy, el cacique altivo,
cuya saña al atractivo
se rindió de estos mis ojos,
y quiso entre sus despojos
de Brian la querida ver, 220
     después de haber mutilado
a su hijo tierno; anegado
en su sangre yace impura;
sueño infernal su alma apura:
diole muerte este puñal. 225
Levanta, mi Brian, levanta,
sigue, sigue mi ágil planta;
huyamos de esta guarida
donde la turba se anida
más inhumana y fatal.-» 230
     «¿Pero adónde, adónde iremos?
¿Por fortuna encontraremos
en la pampa algún asilo,
donde nuestro amor tranquilo
logre burlar su furor? 235
¿Podremos, sin ser sentidos
escapar, y desvalidos
caminar a pie, ijadeando,
con el hambre y sed luchando,
el cansancio y el dolor?» 240
     «-Sí; el anchuroso desierto
más de un abrigo encubierto
ofrece, y la densa niebla,
que el cielo y la tierra puebla,
nuestra fuga ocultará. 245
Brian, cuando aparezca el día,
palpitantes de alegría,
lejos de aquí ya estaremos,
y el alimento hallaremos
que el cielo al infeliz da.-» 250
     «Tu podrás, querida amiga,
hacer rostro a la fatiga,
mas yo, llagado y herido,
débil, exangüe, abatido,
¿cómo podré resistir? 255
Huye tú, muger sublime,
y del oprobio redime
tu vivir predestinado;
deja a Brian infortunado,
solo, en tormentos morir.» 260
     «-No, no, tú vendrás conmigo,
o pereceré contigo.
De la amada patria nuestra
escudo fuerte es tu diestra,
¿y qué vale una muger? 265
Huyamos, tú de la muerte,
yo de la oprobiosa suerte
de los esclavos; propicio
el cielo este beneficio
nos ha querido ofrecer; 270
     no insensatos lo perdamos.
Huyamos, mi Brian, huyamos;
que en el áspero camino
mi brazo, y poder divino
te servirán de sostén.-» 275
«Tu valor me infunde fuerza,
y de la fortuna adversa,
amor, gloria, o agonía
participar con María
yo quiero, huyamos, ven, ven». 280
     Dice Brian y se levanta,
el dolor traba su planta,
mas devora el sufrimiento;
y ambos caminan a tiento
por aquella oscuridad. 285
Tristes van, -de cuando en cuando
la vista al cielo llevando,
que da esperanza al que gime,-
¿qué busca su alma sublime?
la muerte o la libertad. 290
   
   «Y en esta noche sombría
¿quién nos servirá de guía?»
«-Brian, ¿no ves allá una estrella
que entre dos nubes centella
cual benigno astro de amor? 295
Pues esa, es por Dios enviada
como la nube encarnada
que vio Israel prodigiosa;
sigamos la senda hermosa
que nos muestra su fulgor, 300
     ella del triste desierto
nos llevará a feliz puerto.-»
Ellos van; -solas, perdidas
como dos almas queridas,
que amor en la tierra unió, 305
y en la misma forma de antes,
andan por la noche errantes,
con la memoria hechicera
del bien que en su primavera
la desdicha les robó. 310
 
     Ellos van.- Vasto, profundo
como el páramo del mundo
misterioso es el que pisan;
mil fantasmas se divisan,
mil formas vanas allí, 315
que la sangre joven hielan:
mas ellos vivir anhelan.
Brian desmaya caminando,
y al cielo otra vez mirando,
dice a su querida así: 320
     «Mira, -¿no ves?- la luz bella
de nuestra polar estrella
de nuevo se ha oscurecido,
y el cielo más denegrido
nos anuncia algo fatal.» 325
«-Cuando contrario el destino
nos cierre, Brian, el camino,
antes de volver a manos
de esos indios inhumanos,
nos queda algo: -este puñal.-» 330


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Parte IV



                                                                                                     Gia la terra e coper t a duccisi;
Tutta e sangue la vasta pianura;...

MANZONI

                                                                                            Ya de muertos la tierra está cubierta,
Y la vasta llanura toda es sangre.



- IV -

La alborada

                                  Todo estaba silencioso.
La brisa de la mañana
recién la yerba lozana
acariciaba y la flor,
y en el oriente nubloso 5           
la luz apenas rayando,
iba el campo matizando
de claroscuro verdor.
     Posaba el ave en su nido;
ni del pájaro se oía 10
la variada melodía,
música que al alba da;
y sólo, al ronco bufido
de algún potro que se azora,
mezclaba su voz sonora 15
el agorero yajá.
     En el campo de la holganza,
so la techumbre del cielo,
libre, agena de recelo
dormía la tribu infiel; 20
mas la terrible venganza
de su constante enemigo
alerta estaba, y castigo
le preparaba crúel.
     Súbito al trote asomaron 25
sobre la extendida loma
dos ginetes, como asoma
el astuto cazador;
y al pie de ella divisaron
la chusma quieta y dormida, 30
y volviendo atrás la brida
fueron a dar el clamor
     de alarma al campo cristiano.
Pronto en brutos altaneros
un escuadrón de lanceros 35
trotando allí se acercó,
con acero y lanza en mano;
y en hileras dividido
al Indio, no apercibido,
en doble muro encerró. 40
  Entonces, el grito «Cristiano, Cristiano»
   resuena en el llano,
«Cristiano» repite confuso clamor.
La turba que duerme despierta turbada,
   clamando azorada, 45
«Cristiano nos cerca, cristiano traidor.»
  Niños y mugeres, llenos de conflito,
   levantan el grito;
sus almas conturba la tribulación;
los unos pasmados, al peligro horrendo, 50
   los otros huyendo,
corren, gritan, llevan miedo y confusión.
  Quién salta al caballo que encontró primero,
   quién toma el acero,
quién corre su potro querido a buscar; 55
mas ya la llanura cruzan desbandadas,
   yeguas y manadas,
que el cauto enemigo las hizo espantar.
  En trance tan duro los carga el cristiano,
   blandiendo en su mano 60
la terrible lanza, que no da cuartel.-
Los indios más bravos luchando resisten,
   cual fieras e<nv>isten:-
el brazo sacude la matanza crúel.
  El sol aparece; -las armas agudas 65
   relucen desnudas,
horrible la muerte se muestra do quier.
En lomos del bruto, la fuerza y coraje,
crece del salvaje,
sin su apoyo, inerme, se deja vencer. 70
  Pie en tierra poniendo la fácil victoria,
   que no le da gloria,
prosigue el cristiano lleno de rencor.-
Caen luego caciques, soberbios caudillos:
   los fieros cuchillos 75
degüellan, degüellan, sin sentir horror.
  Los ayes, los gritos, clamor del que llora,
   gemir del que implora,
puesto de rodillas, en vano piedad,
todo se confunde:- del plomo el silbido, 80
   del hierro el crujido,
que ciego no acata ni sexo, ni edad.
     Horrible, horrible matanza
hizo el cristiano aquel día;
ni hembra, ni varón, ni cría 85
de aquella tribu quedó.
La inexorable venganza
siguió el paso a la perfidia,
y en no cara y breve lidia
su cerviz al hierro dio. 90
     Viose la yerba teñida
de sangre, hediondo y sembrado
de cadáveres el prado
donde resonó el festín.
Y del sueño de la vida 95
al de la muerte pasaron
los que poco antes se holgaron,
sin temer aciago fin.
     Las cautivas derramaban
lágrimas de regocijo;- 100
una al esposo, otra al hijo
debió allí la libertad;
pero ellos tristes estaban,
porque ni vivo ni muerto
halló a Brian, en el desierto, 105
su valor y su lealtad.


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Parte V

                                                                                                     .........................e lo spirito lasso
Conforta, e ciba di speranza buona.

DANTE

......................y el ánimo cansado
de esperanza feliz nutre, y conforta;



- V -

El pajonal

                                  Así, huyendo a la ventura,
ambos a pie divagaron
por la lóbrega llanura,
y al salir la luz del día
a corto trecho se hallaron 5           
de un inmenso pajonal.
Brian debilitado, herido,
a la fatiga rendido
la planta apenas movía;
su angustia era sin igual. 10
Pero un ángel, su querida
siempre a su lado velaba
y el espíritu y la vida,
que su alma heroica anidaba,
la infundía, al parecer, 15
con miradas cariñosas,
voces del alma profundas,
que debieran ser eternas;
y aquellas palabras tiernas,
o armonías misteriosas, 20
que sólo emanan fecundas
del labio de la muger.
     Temerosos del Salvaje
acogiéronse al abrigo
de aquel pajonal amigo, 25
para de nuevo su viaje
por la noche continuar;
descansar allí un momento,
y refrigerio y sustento
a la flaqueza buscar. 30
     Era el adusto verano.
Ardiendo el sol como fragua
en cenagoso pantano
convertido había el agua
allí estancada, y los peces, 35
los animales inmundos,
que aquel bañado habitaban
muertos, el aire infestaban,
o entre las impuras heces
aparecían a veces 40
boqueando moribundos,
como del cielo implorando
agua y aire:- aquí se vía
al voraz cuervo, tragando
lo más asqueroso y vil; 45
allí la blanca cigüeña,
el pescuezo corvo alzando,
en su largo pico enseña
el tronco de algún reptil;
más allá se ve el carancho, 50
que jamás presa desdeña,
con pico en forma de gancho
de la espirante alimaña
<z>ajar la fétida entraña:-
y en aquel páramo yerto, 55
donde a buscar como a puerto
refrigerio, van errantes
Brian y María anhelantes,
sólo divisan sus ojos
feos, inmundos despojos 60
de la muerte.- ¡Qué destino
como el suyo miserable!
Si en aquel instante vino,
la memoria perdurable
de la pasada ventura, 65
a turbar su fantasía.
¡Cuán amarga les sería!
¡Cuán triste, yerma y oscura!
     Pero con pecho animoso
en el lodo pegajoso 70
penetraron, ya cayendo,
ya levantando, o subiendo
en pie flaco y dolorido;
y sobre un flotante nido
de yajá, (columna bella, 75
que entre la paja descuella,
como edificio construido
por mano hábil), se sentaron
a descansar o morir.
Súbito allí desmayaron 80
los espíritus vitales
de Brian a tanto sufrir;
y en los brazos de María,
que inmoble permanecía,
cayó muerto al parecer. 85
¡Cómo palabras mortales
pintar al vivo podrán
el desaliento y angustias,
o las imágenes mustias
que el alma atravesarán 90
de aquella infeliz muger!
Flor hermosa y delicada,
perseguida y conculcada
por cuantos males tiranos
dio en herencia a los humanos 95
inexorable poder.
     Pero a cada golpe injusto
retoñece más robusto
de su noble alma el valor;
y otra vez, con paso fuerte, 100
<h>olla el fango, do la muerte
disputa un resto de vida
a indefensos animales;
y rompiendo enfurecida
los espesos matorrales, 105
camina a un sordo rumor
que oye próximo, y mirando
el hondo cauce, anchuroso
de un arroyo que copioso
entre la paja corría, 110
se volvió atrás, exclamando
arrobada de alegría:
«¡-Gracias te doi, Dios supremo!
Brian se salva, nada temo.-»
     Pronto llega al alto nido 115
donde yace su querido,
sobre sus hombros le carga,
y con vigor desmedido
lleva, lleva, a paso lento,
al puerto de salvamento 120
aquella preciosa carga.
    Allí en la orilla verdosa
el inmoble cuerpo posa,
y los labios, frente y cara
en el agua fresca y clara 125
le embebe;- su aliento aspira,
por ver si vivo respira,
trémula su pecho toca;
y otra vez sienes y boca
le empapa:- en sus ojos vivos, 130
y en su semblante animado,
los matices fugitivos
de la apasionada guerra
que su corazón encierra,
se muestran.- Brian recobrado 135
se mueve, incorpora, alienta;
y débil mirada lenta
clava en la hermosa María,
diciéndola: «amada mía
pensé no volver a verte, 140
y que este sueño sería
como el sueño de la muerte;
pero tú, siempre velando,
mi vivir sustentas, cuando
yo en nada puedo valerte, 145
sino doblar la amargura
de su estraña desventura.»
«-Que vivas tan sólo quiero,
porque si mueres, yo muero;
Brian mío alienta, triunfamos, 150
en salvo y libres estamos.
No te aflijas; -bebe, bebe
esta agua, cuyo frecor
el extenuado vigor
volverá a tu cuerpo en breve, 155
y esperemos con valor
de Dios el fin que imploramos.-»
     Dijo así y en la corriente
recoge agua, y diligente,
de sus miembros con esmero, 160
se aplica a lavar primero
las dolorosas heridas,
las hondas llagas henchidas
de negra sangre cuajada,
y a sus inflamados pies 165
el lodo impuro; y después
con su mano delicada
las venda.- Brian silencioso
sufre el dolor con firmeza;
pero siente a la flaqueza; 170
rendido el pecho animoso.
     Ella entonces alimento
corre a buscar; y un momento,
sin duda el cielo piadoso,
de aquellos finos amantes, 175
infortunados y errantes,
quiso aliviar el tormento.

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    Rimas
     Esteban Echeverría
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