  Los caballeros de Bois-Doré
Jorge Sand
Novela
  Tomo I
Los Caballeros de Bois-Doré
  - I -
Entre los numerosos protegidos del favorito Concini, uno de los que menos llamaron la
atención, a pesar de ser de los más notables, por su ingenio, su cultura y la distinción de sus
maneras, fue don Antonio de Alvimar, un español de origen italiano, que se firmaba Sciarra de
Alvimar. Era realmente un lindo caballero, que por su rostro no representaba más de veinte años,
aunque en aquella época declarase tener treinta. Más bien bajo que alto, robusto sin parecerlo,
ágil en todos los ejercicios, tenía que interesar a las mujeres por el brillo de sus ojos vivos y
penetrantes y por el encanto de su conversación, tan frívola y amena con las bellas damas, como
nutrida y llena de enjundia con los hombres serios; hablaba, casi sin acento, los principales
idiomas europeos, y no estaba menos enterado de las lenguas antiguas.
A pesar de todos estos aparentes méritos, Sciarra de Alvimar no tramó, entre las numerosas
intrigas de la corte de la regente, ninguna intriga personal; al menos, las que pudo soñar no se
realizaron. Más tarde, y en confidencia íntima, declaró que hubiera deseado conquistar nada
menos que a María de Médicis y reemplazar en los favores de esta reina a su propio señor y
protector, el mariscal de Ancre.
Pero la balorda -como la llamaba Leonora Galigai- no prestó la menor atención al joven
español, y no vio en él más que un insignificante oficial de fortuna, un subalterno sin porvenir.
¿Diose cuenta, al menos, de la pasión real o fingida del señor de Alvimar? La historia no lo dice,
y el mismo Alvimar no lo supo nunca.
No es aventurado suponer que aquel hombre hubiera podido gustar, por su gracia y por los
encantos de su persona, en el caso de que Concini no hubiera ocupado los pensamientos de la
regente. Concini había partido de más bajo y no poseía la mitad de su inteligencia. Pero Alvimar
llevaba en sí un obstáculo para alcanzar la elevada fortuna de los cortesanos, un obstáculo que
su ambición no lograba vencer.
Era un católico exaltado y tenía todos los defectos de los malos católicos de la España de
Felipe II. Era desconfiado, inquieto, vengativo, implacable; sin embargo, poseía la fe; pero era
una fe sin amor y sin luz, una creencia falseada por los odios y las pasiones de una política que
se identificaba con la religión, «para disgusto de un Dios bueno e indulgente, cuyo reino es
menos de este mundo que del otro». Si comprendemos bien el pensamiento de un autor
contemporáneo de esta historia, al cual consultamos de vez en cuando, esto se refiere al Dios
cuyas conquistas deben hacerse en el mundo moral, por la caridad, y no en el mundo físico, por
la violencia.
No sabemos si Francia no hubiera sufrido un poco el régimen de la Inquisición en el caso de
que el señor de Alvimar se hubiera apoderado del corazón y del espíritu de la regente; pero no
ocurrió tal cosa, y Concini, cuyo crimen fue el no haber nacido bastante gran señor para tener
derecho a robar y a saquear tanto como un verdadero gran señor de aquellos tiempos, siguió
siendo hasta su trágica muerte el árbitro de la política indecisa y venal de la regente.
Después del asesinato del mariscal de Ancre, Alvimar, que se había comprometido
gravemente sirviéndole en el asunto del Sargento de París, se vio obligado a desaparecer, para
no verse envuelto en el proceso de la Leonora.
Bien hubiera querido introducirse poco a poco en el servicio del nuevo favorito, el favorito
del rey, monsieur De Luynes; pero no supo arreglárselas para ello. Aunque no era más
escrupuloso «que cualquier cortesano de su tiempo», comprendió que no se podría doblegar a los
usos de la política regia, que quería y debía hacer grandes concesiones a los calvinistas, siempre
que pudiera esperarse con ello comprar la sumisión de los príncipes que explotaban la religión
de los reformados para la conveniencia de su ambición.
Cuando la reina María cayó en desgracia, Sciarra de Alvimar creyó conveniente mostrarse fiel
a su causa. Pensaba que los partidos no quedan nunca sin recursos y que a todos les llega su día.
Además, la reina, aun desterrada, podía hacer la fortuna de sus fieles. Todo es relativo, y tal era
la pobreza de Alvimar, que los dones de una persona real, por muy arruinada que estuviera,
hubieran sido una gran ventura para él.
Por lo tanto, se decidió a desempeñar un cargo en la evasión del castillo de Blois, así como
unos años antes se había encargado de misiones secundarias en las diversas comedias políticas
suscitadas, unas veces por la diplomacia de Felipe II y otras por la de María, con objeto del dar
cima al asunto de los casamientos.
Aquel señor de Alvimar era generalmente bastante hábil cuando trabajaba para los demás; era
discreto y apto en el trabajo; pero censurábasele la manía de dar su parecer, «cuando hubiera
debido atenerse a seguir el de los demás», y de ostentar una capacidad cuyo mérito debe uno
resignarse a dejar a «sus superiores, cuando no se es aún más que un sujeto de escasa
importancia».
No consiguió, pues, a pesar de su celo, llamar la atención de la reina madre, y cuando María
se retiró a Angers, quedó confundido entre los oficiales subalternos, más bien tolerado que
aceptado.
Alvimar se dolió de sus numerosos fracasos. Nada le valía, ni su linda cara, ni sus maneras
distinguidas, ni su estirpe bastante noble, ni su cultura, ni su penetración, ni su valentía, ni su
conversación amena o instructiva. «No le querían.» Al principio agradaba; pero la gente se
cansaba pronto del fondo de amargura que se transparentaba en su carácter, o desconfiaba del
fondo de ambición que descubría inoportunamente. No era ni bastante español, ni bastante
italiano, o acaso era demasiado lo uno y lo otro. Un día era comunicativo, persuasivo o flexible,
como un joven veneciano; otro día era altivo, testarudo y sombrío, como un viejo castellano.
A todos sus desengaños se añadía cierto remordimiento secreto, que no reveló hasta su última
hora, y que los acontecimientos de esta historia se encargarán -como veremos- de sacar del olvido
en que él lo quería sepultar.
A pesar de nuestras investigaciones, le perdemos de vista más de una vez en los años que
pasaron entre la muerte de Concini y el último año de la vida de Luynes. A no ser algunas
palabras que contiene nuestro manuscrito acerca de su presencia en Blois y en Angers, no
encontramos en su historia obscura y torturada ningún hecho digno de mención hasta el año
1621; entonces, mientras que el rey hacía tan defectuosamente el sitio de Montauban, el joven
Alvimar estaba en París en el séquito de la reina madre, reconciliada con su hijo después del
asunto de los «Ponts-de-Cé».
Alvimar había renunciado ya a la esperanza de agradarle, y acaso en el fondo de su corazón,
«lleno de hiel», la trataba de palurda. Y, sin embargo, por primera vez en su vida, María había
dado prueba de buen sentido al otorgar su confianza y, según dicen, su corazón a Armando
Duplessis; era éste un rival al que Alvimar no podía tener mucha esperanza de suplantar.
Además, la reina, aconsejada por Richelieu, dirigía su política en el mismo sentido que Enrique
IV y Sully. En aquel momento combatía la influencia española en Alemania, y Alvimar se veía
ya casi en desgracia cuando, para colmo de desdichas, le ocurrió una mala aventura.
Tuvo una disputa con otro Sciarra, un Sciarra Martinengo, a quien María de Médicis prefería
y que se negaba a reconocerle como pariente. Se batieron; el Sciarra Martinengo fue gravemente
herido. Llegó a oídos de María que el señor Sciarra de Alvimar no había observado estrictamente
las leyes del duelo que regían en Francia.
Le mandó llamar y le reprendió con mucha brutalidad; Alvimar contestó con la acritud que
desde hacía tiempo se acumulaba en él. Consiguió marcharse de París antes de que pudiesen
detenerle, y en los primeros días de noviembre llegó al castillo de Ars, en el Berry, en el ducado
de Chatearoux.
Debemos exponer las razones que le hicieron escoger aquel refugio con preferencia a ningún
otro.
Unas seis semanas antes de su desgraciado duelo, el señor Sciarra de Alvimar habla entablado
relaciones de cortesía con Guillermo de Ars, un joven simpático y rico, descendiente en línea
directa del bravo Luis de Ars, que hizo la hermosa retirada Venouze en 1504 y fue muerto en la
batalla de Pavia.
Monsieur de Ars se había dejado seducir por el ingenio de Alvimar y por la gran amabilidad
de que éste era capaz «en sus buenos ratos». No había tenido tiempo de conocerle lo bastante para
experimentar esa especie de antipatía que el desdichado personaje inspiraba casi fatalmente, al
cabo de algunas semanas, a los que le trataban.
Además, monsieur de Ars era un joven sin gran experiencia de la vida, y es de suponer que
tampoco tenía mucha perspicacia. Había sido educado en provincias; se lanzaba por primera vez
a la vida de sociedad, en París, cuando encontró a Alvimar y se entusiasmó con él por sus
conocimientos en equitación, en montería y en el juego de pelota. Generoso hasta la prodigalidad,
Guillermo puso su brazo y su bolsa a la disposición del español, y le invitó calurosamente a que
fuese a visitarle a su castillo del Berry, adonde le llamaban algunas ocupaciones.
Alvimar se portó discretamente con su nuevo amigo. Tenía muchos defectos; pero nadie podía
reprocharle el haber faltado a la dignidad aceptando ofertas de dinero; y, sin embargo, Dios sabe
que no era rico y que los cuidados de su vestir y de sus caballos absorbían por completo sus
modestas rentas. No se permitía dispendios, y «por gran sabiduría de ahorro lograba parecer tan
bien equipado y montado como otros que estaban mucho mejor provistos de dinero».
Pero cuando se vio amenazado por un proceso criminal recordó las ofertas y las invitaciones
que le había hecho el hidalgo del Berry, y tomó la prudente resolución de ir a solicitar su
hospitalidad.
Según lo que Guillermo le había contado de su país, era, en aquella época, la provincia más
tranquila de Francia.
El señor príncipe de Condé la gobernaba, y, muy satisfecho del fortunón que había ganado
vendiéndose al rey, «vivía unas veces en su castillo de Montrond, en Saint-Amand, y otras en su
buena sociedad de Bourges, donde se había dedicado con gran celo al servicio del rey, y más
todavía al de los jesuitas».
Esa tranquilidad del Berry la consideraríamos hoy como un estado de guerra civil, pues
ocurrían allí muchas cosas que ya contaremos a su tiempo y lugar; pero, al fin y al cabo, era un
estado de paz y de orden si lo comparamos con lo que sucedía en otras partes y, sobre todo, con
lo que había ocurrido allí mismo en el siglo anterior.
Por lo tanto, Sciarra de Alvimar podía abrigar la esperanza de no ser molestado en el interior
de uno de aquellos castillos del bajo Berry, contra los cuales, desde hacía algunos años, los
calvinistas no intentaban ya ataques, y donde los señores partidarios del rey, antiguos ligueros,
antiguos políticos y demás, no tenían ya la ocasión o el pretexto de ir a alimentar a sus soldados
a expensas de los vecinos, amigos o enemigos.
Alvimar llegó al castillo de Ars un día de otoño, hacia las ocho de la mañana, acompañado
por un solo criado, un viejo español que también se decía noble, pero a quien la miseria había
reducido a la servidumbre. Su carácter no parecía propicio para descubrir los secretos de su amo,
pues a veces no pronunciaba ni tres palabras en una semana.
Los dos iban montados, y aunque sus caballos llevaban pesadas maletas, habían llegado de
París en menos de seis días.
La primera persona a quien vieron «en el patio del castillo» fue a Guillermo, el joven señor,
con el pie en el estribo, dispuesto para marchar; tratábase, sin duda, de algo más que un paseo,
pues iba escoltado por algunos servidores, preparados para partir con él; es decir, cargados con
maletas de viaje.
-¡Ah! ¡Llegáis oportunamente! -exclamó precipitándose para abrazar a Alvimar-. Me marcho
a ver los festejos que el príncipe da en Bourges con motivo del nacimiento del señor duque de
Enghien, su hijo. Habrá bailes y comedias, tiro de arcabuz, fuegos artificiales y mil otras
diversiones. Ya que habéis venido, retrasaré mi marcha unas horas para que me podáis
acompañar. Venid a mi casa a descansar y a tomar alimento. Me ocuparé de proporcionaros un
caballo fresco, porque el que montáis, a pesar de su buen aspecto, no debe estar muy dispuesto
a andar diez y ocho leguas más.
Cuando Alvimar se vio a solas con su huésped, le confió que, lejos de conducirle a ninguna
diversión ni tratar de festejos, era necesario ocultarle en su castillo por algunas semanas. Este
breve tiempo bastaba en aquella época para que se olvidase un asunto tan sencillo y tan frecuente
como la muerte o las heridas ocasionadas a un enemigo en duelo o de otra manera. Sólo hacía
falta encontrar un protector en la corte, y Alvimar contaba con la próxima llegada a París del
duque de Lerma, de quien se creía o pretendía ser pariente. Era aquél un personaje bastante
considerable para obtener su perdón y hasta para hacer que su fortuna tomase mejor rumbo que
antes.
Guillermo de Ars no examinó muy detenidamente la manera cómo nuestro español le refirió
su duelo con Sciarra Martinengo y las explicaciones que le dio por no haber seguido las reglas
del duelo en su ataque; dijo que había sido calumniado sobre este particular tanto cerca de la
reina madre como de monsieur de Luynes. Como de Ars era un hidalgo leal, no desconfió de
Alvimar, que le había fascinado. Tenía más deseos de irse que de quedarse, y se hallaba en mala
disposición para discutir un asunto cualquiera.
Por lo tanto, trató ligeramente el fondo del asunto y sólo se preocupó de la posibilidad de
verse detenido un día más lejos de las fiestas de la capital del Berry. Sin duda, tenía algún amorío
oculto.
Viendo su perplejidad, Alvimar le suplicó que no cambiara nada en sus proyectos y que sólo
le indicase algún pueblo o alguna granja de sus dominios donde pudiese permanecer en
seguridad.
-No os quiero alojar y ocultar en un pueblo ni en una granja, sino en mi propio castillo
-contestó Guillermo-. Pero temo que os pese una reclusión semejante y, reflexionándolo bien,
encuentro un recurso mejor. Comed y bebed; luego os conduciré yo mismo a casa de un amigo
y pariente mío, que vive a una hora de camino de aquí, a lo sumo, y en cuya casa os encontraréis
tan seguro y tan a gusto como es posible en nuestro país del bajo Berry. Dentro de cuatro o cinco
días iré a recogeros allí.
Alvimar hubiera preferido quedarse solo; pero Guillermo insistía, y la cortesía le obligó a
aceptar. Se negó a comer o beber, tornó a montar a caballo y siguió a Guillermo de Ars, que se
llevó consigo a su gente, equipada para el viaje, puesto que aquella diligencia no le apartaba
mucho del camino de Bourges.
  - II -
Salieron del castillo por el conejar, y por el atajo llegaron a la carretera de Bourges, que
dejaron inmediatamente a su izquierda, volviendo a encaminarse por senderos para llegar a la
carretera de Château Meillant; quedó a su derecha la ciudad baronal de La Châtre, y al final
abandonaron este camino para descender a campo traviesa al castillo y aldea de Briantes, que era
el término de su viaje.
Como el país era realmente apacible, los dos hidalgos se habían adelantado a su pequeña
escolta a fin de poder conversar con libertad. He aquí los informes que el joven Guillermo de Ars
dio a Alvimar:
-El amigo a cuya casa os llevo -dijo- es el personaje más singular de la cristiandad. Junto a
él os veréis en el caso de contener la risa muy a menudo; pero la tolerancia que tengáis con los
defectos de su carácter os será bien recompensada por la gran bondad de alma que os demostrará
en todas las ocasiones. Ésta es tan notoria, que si, olvidando su nombre, preguntáis al primer
transeunte que pase, noble o campesino, por la casa del «buen señor», os la designará, sin
confundirla con ninguna otra. Pero esto requiere una explicación, y como vuestro caballo no tiene
muchas ganas de correr y son las nueve, a lo sumo, os voy a obsequiar con la historia de vuestro
huésped. Empiezo. Escuchad:
-Historia del buen señor de Bois-Doré. Como sois extranjero, y sólo hace unos diez años que
llegasteis a Francia, no le habéis podido conocer, porque él vive en sus tierras desde ese tiempo
aproximadamente. De no ser así, en cualquier lugar que lo hubieseis visto os hubierais fijado en
el viejo, en el bravo, en el loco, en el noble marqués de Bois-Doré, hoy señor de Briantes, de
Guinard, de Validé y demás lugares, e incluso abad fiduciario de Verennes, etc., etc.
A pesar de todos estos títulos, Bois-Doré no pertenece a la alta nobleza del país, y nuestro
parentesco con él es sólo por alianza. Es un simple gentil hombre, a quien el difunto rey Enrique
IV hizo marqués por pura amistad, y que se ha enriquecido en las guerras del Bearnés, no se sabe
de qué manera. Es de suponer que habrá habido algo de exacción en sus negocios, según
costumbre del tiempo y usando el derecho de la guerra de partidos.
No os contaré ahora las campañas de Bois-Doré; tardaría demasiado. Sabed solamente su
historia familiar. Su padre, monsieur de...
-Un momento -interrumpió Alvimar-. El tal monsieur de Bois-Doré, ¿es hereje?
-¡Ah, diablo! -exclamó su compañero riendo-. Se me había olvidado que sois un celoso, un
verdadero español. Nosotros, los de aquí, no tomamos tan a pecho las disputas religiosas. Por
causa de ellas, esta provincia ha sufrido demasiado, y ansiamos que la Francia no sufra más.
Tenemos la esperanza de que el rey acabará en Montauban con todos los fanáticos del Mediodía;
les deseamos una buena paliza, pero no como hacían nuestros padres, el dogal ni la hoguera. En
nuestros días, toda vehemencia se emplea en partidos políticos. Pero advierto que mi discurso
os molesta, y me apresuro a participaros que monsieur de Bois-Doré es hoy tan buen católico
como otros muchos que no han dejado nunca de serlo. El día en que el Bearnés reconoció que
París bien valía una misa, Bois-Doré pensó que el rey no podía equivocarse, y abjuró sin
ostentación, pero creo que con sinceridad, de las doctrinas de Ginebra.
-Volved a la historia de la familia de monsieur Bois-Doré -dijo Alvimar, que no quiso dejar
ver la desdeñosa desconfianza que sentía hacia los nuevos convertidos.
-Muy bien -dijo el joven-. El padre de nuestro marqués fue el más rudo liguero de estos
contornos. Fue el ciego instrumento de Claudio de la Châtre y de las Brabanzones; con esto está
dicho todo. Había en su castillo principal un arsenal delicado de instrumentos de tortura,
destinado a los hugonotes que lograba atrapar, y no tenía inconveniente en poner a sus propios
vasallos sobre el potro cuando no le podían pagar sus diezmos.
Era tan temido y detestado por todo el mundo, que se le llamaba, y con razón, «El mal señor».
Su hijo Silvio, el hoy marqués de Bois-Doré, sufrió tanto con aquel carácter perverso, que
desde muy joven se dio a proceder en la vida en un sentido opuesto al de su padre, tratando a los
prisioneros y a los vasallos con una dulzura y una condescendencia acaso excesivas por parte de
un hombre de guerra hacia rebeldes y por parte de un noble hacia sus inferiores; sus maneras, que
hubieran debido granjearle afecto, hicieron que se le despreciase, y los campesinos, que son gente
ingrata y desconfiada, decían de él y de su padre: «El uno pesa más de lo debido, y el otro no
pesa nada.»
Consideraban al padre como hombre duro, pero inteligente, bravo y, después de haberlos
estrujado y atormentado, capaz de protegerlos debidamente contra las exacciones del fisco y los
saqueos de los guerrilleros; en cambio, pensaban que el joven Silvio los dejaría atropellar y
devorar por falta de valor y de cabeza.
No sé qué idea le pasaría por las mientes a Silvio un buen día en que estaba excesivamente
aburrido; el caso es que se escapó del castillo de Briantes, donde su señor padre se avergonzaba
de él, y, considerándole como un imbécil, no le hubiera consentido nunca pasar de paje, y fue a
reunirse con los católicos moderados, a quienes llamaban entonces el «tercer partido». Bien
sabéis que este tercer partido dio bastantes veces la mano a los calvinistas; tanto es así, que, de
concesión en concesión, Silvio se encontró otro buen día siendo hugonote y servidor predilecto
del rey de Navarra. Su padre, al enterarse, le maldijo, y para hacerle una mala partida ideó, a
pesar de su edad madura, volverse a casar y darle un hermano.
Así reducía a la mitad la herencia, ya bastante menguada, de Silvio, el cual, como hugonote,
podía perder el derecho del mayorazgo. «El mal señor» no tenía gran fortuna, y sus tierras habían
sido devastadas repetidas veces por los calvinistas.
¡Pero juzgad del buen fondo del joven! Lejos de enfadarse o, al menos, de dolerse por el
casamiento de su padre y el nacimiento del niño que le acortaba la mitad de sus futuros escudos,
se enorgulleció al saber la noticia.
¡Mirad, señores! -dijo hablando a sus compañeros-. Mi señor padre ha pasado de los sesenta,
y vedle engendrando un hermoso chico. Es una buena raza, y espero ser digno de ella.
Era tan bonachón, que llegó aún más lejos; cuando, siete años más tarde, su padre se ausentó
del Berry para marchar contra monsieur de Alençon, en unión del Balafré, nuestro amable Silvio,
habiendo oído que su madrastra había muerto, dejando al niño casi sin protección en el castillo
de Briantes, volvió secretamente al país para defender a su hermano, en caso de necesidad, y
también, según decían, por el gusto de verle y besarle.
Pasó un invierno entero con el chiquillo, jugando con él y llevándole en brazos, como lo
hubiera podido hacer una nodriza o un aya. Esto hizo reír mucho a las gentes de los alrededores,
y les hizo pensar que era demasiado simple y casi un «inocente», según dicen para hablar de un
hombre privado de razón.
Cuando el mal padre volvió, después de la «Paz de Monsieur», disgustado, como supondréis,
por ver a los rebeldes mejor recompensados que a los aliados, se enfureció contra todo el mundo
y contra Dios mismo, que había permitido que su joven esposa muriese de la peste en su
ausencia. Luego, no sabiendo en quién vengarse, inventó que su hijo mayor había vuelto a su casa
con el solo objeto de causar, valiéndose de brujerías, la muerte del hijo de su vejez.
Aquello era una gran maldad del viejo pirata, pues nunca estuvo el niño en mejor estado de
salud ni mejor cuidado, y el pobre Silvio era tan incapaz de un mal designio como lo fuera un
niño recién nacido...
Guillermo de Ars se hallaba en este punto de su relato en el momento que daban vista a
Briantes, cuando observó que una especie de damisela burguesa, vestida de negro, de rojo y de
gris, con la falda recogida y el alzacuello levantado, se dirigía a su encuentro y, acercándose a
su estribo, después de hacerle un sin fin de reverencias, le dijo:
-¡Ay, señor! ¿Veníais, sin duda, a almorzar con mi noble amo, el marqués de Bois-Doré? No
le encontraréis. Ha ido a pasar el día a la Motte Seuilly y nos ha dado permiso hasta la noche.
Esta noticia contrarió profundamente al joven Guillermo; pero tenía demasiada educación
para dejarlo entrever, y, resignándose en el acto, se descubrió cortésmente y contestó:
-Está bien, dama Belinda; iremos hasta la Motte Seuilly. Buenos días.
Luego, para disimular su contrariedad, dijo a Alvimar, invitándole a volver riendas con él:
-¿Verdad que esta ama de llaves es muy apetitosa, y que su buen aspecto da sabrosa idea de
la casa de mi amigo Bois-Doré?
Belinda, que oyó esta reflexión, hecha en voz alta y con tono jovial, se pavoneó, sonrió y,
sacando de sus amplias mangas dos perritos blancos, llamó a un lacayito que la escoltaba a modo
de paje y le mandó que los colocase suavemente sobre el césped, como para pasearlos, pero, en
realidad, para permanecer vuelta hacia los caballeros y hacerlos apreciar por mayor tiempo su
vestido de rica sarga y su talle redondito.
Era una mujer de treinta y cinco años, de tez coloreada, y cuyos cabellos tiraban al rojo; esto
no era desagradable a la vista, porque los tenía abundantes y los llevaba rizados bajo su toquita,
con gran disgusto de las damas del país, que le reprochaban el querer sobrepasar su condición.
Pero tenía un aire de maldad, aun cuando quería mostrarse amable.
-¿Por qué la llamáis Belinda? -preguntó Alvimar a Guillermo-. ¿Es un nombre en este país?
-¡Oh, no! Su nombre es Guillette Carcat; pero monsieur de Bois-Doré la ha bautizado, según
su costumbre. Es una manía que os explicaré luego. Primero tengo que acabar de contaros su
historia.
-Es inútil -dijo Alvimar, deteniendo su caballo-. A pesar de vuestra amabilidad y cortesía, ya
veo que soy para vos un estorbo considerable. Lleguemos hasta ese castillo de Briantes, y allí me
escribiréis una carta de recomendación para monsieur de Bois-Doré. Puesto que debe volver esta
noche, le esperaré descansando.
-¡No! ¡No! -exclamó Guillermo-. Preferiría renunciar a los festejos de Bourges, y ya lo
hubiera hecho de no haber dado mi palabra a unos amigos de que estaría allí esta noche. Pero
ciertamente no os abandonaré sin haberos recomendado yo mismo a un amigo amable y fiel. La
Motte Seuilly no dista una legua de aquí, y no hay necesidad de cansar nuestros caballos.
Tenemos el tiempo necesario, y aunque llegue a Bourges una o dos horas más tarde, en esta
época de festejos encontraré las puertas todavía abiertas.
Y prosiguió la historia de Bois-Doré, que Alvimar escuchó apenas.
Su seguridad le preocupaba, y el país que estaba recorriendo no le parecía propicio a su
designio de permanecer oculto.
Era un país llano y descubierto, en el que, en caso de un mal encuentro, era imposible
resguardarse al amparo de un bosque ni aun de un bosquecillo. La tierra laborable es allí
demasiado buena para que jamás se haya tolerado sombra de árboles sobre ella. Fina y roja, se
extiende al sol sobre las anchas ondulaciones de una inmensa llanura, de aspecto triste, aunque
esté limitada por hermosas colinas y sembrada de elegantes castillos.
Sin embargo, Briantes, del que nuestros viajeros se hallaban ya próximos, ofrecía a Alvimar
un aspecto más tranquilizador.
A diez minutos del castillo, la llanura desciende bruscamente, y conduce, por pendientes
suaves, hacia un vallecito estrecho y convenientemente sombreado.
El castillo no se ve hasta que «se está encima» -como dicen en el país-, y la palabra es justa,
porque el campanil apizarrado de su torre principal apenas se eleva sobre la meseta, y cuando,
desde la llanura, se le ve brillar bajo los rayos del sol poniente, parece un fino farol dorado,
colocado al borde de la torrentera.
Ocurre casi otro tanto con el castillo de la Motte Seuilly, situado más bajo que la llanura del
Chaumois; pero menos agradablemente que Briantes, pues, en vez de estar en un vallecito
encantador, está tristemente situado en una región llana y sin extensión.
Antes de llegar al atajo que conduce a este castillo, Guillermo había contado sucintamente a
su compañero las demás vicisitudes de la vida de Silvio, de Bois-Doré; de cómo su padre había
querido encerrarle en una torre para impedirle que volviese con los hugonotes; de cómo el joven
se había escapado saltando los muros y había ido a reunirse con su amado Enrique de Navarra,
con el cual había guerreado nueve años después de la muerte del rey Enrique III, y, en fin, de
cómo después de contribuir lo mejor que pudo a colocarlo en el trono, había vuelto a vivir en sus
tierras, donde su tirano padre había dejado de existir y de hacer rabiar a todo el mundo.
-¿Y qué fue de su hermano? -preguntó Alvimar, que se esforzaba en interesarse por esta
historia.
-Su hermano ha muerto -contestó Ars-. Bois-Doré le conoció poco, porque su padre le había
alistado, cuando aun era muy joven, al servicio del duque de Saboya, y murió de una manera...
Aquí Guillermo fue interrumpido por un accidente que pareció contrariar mucho a Alvimar,
fuese porque empezasen a interesarle los informes de su compañero o porque, en calidad de
español, sintiese repugnancia por los que causaban la interrupción.
  - III -
Era una partida de gitanos tumbados en una zanja, y que se levantaron como una bandada de
gorriones al acercarse los jinetes, haciendo dar una huida al caballo del señor de Alvimar.
Pero eran gorriones demasiado bien domesticados, y en lugar de volar a lo lejos, se arrojaron
casi entre las patas de los caballos, saltando, gritando y pordioseando de una manera lastimosa
y gestera.
Guillermo se contentó con reírse de aquellas maneras extrañas y les dio limosna con
generosidad; pero Alvimar les gritó con singular brusquedad y amenazándoles con su látigo:
-¡Largo, largo, largo de aquí, chusma!
Llegó hasta querer pegar a un muchacho que se agarraba a su bota con el aire burlón y
suplicante a la vez de los niños acostumbrados al oficio de pordioseros en las carreteras. El niño
esquivó el látigo, y Guillermo, que se hallaba un poco atrás, le vio coger una piedra, que habría
lanzado a Alvimar si otro mozalbete de la banda no le hubiera sujetado, regañándole y
amenazándole.
Pero el incidente no quedó en esto. Una mujercita bastante hermosa, aunque marchita y mal
vestida, cogió al niño, le habló como si hubiera sido su madre y le empujó hacia Guillermo;
luego, a su vez, empezó a correr tras Alvimar: tendiéndole la mano, pero mirándole como si
hubiera querido no olvidar nunca su cara. Alvimar, cada vez más irritado, lanzó su caballo contra
la mujer, y la habría arrojado al suelo si ella no se hubiera apartado rápidamente; incluso llevó
la mano a la culata de una de sus pistolas de arzón, como dispuesto a disparar sobre aquellas
malas bestias idólatras.
Los gitanos se miraron entre sí y se juntaron como para consultarse.
-Avanti! Avanti! -gritó Guillermo a Alvimar.
Gustaba de pronunciar palabras italianas, para hacer ver que había estado en la corte de la
reina madre; acaso se imaginaba que una i añadida al final de las palabras bastaba para que
aquellos egipcios no las comprendiesen.
-¿Por qué avanti? -preguntó Alvimar, sin querer apresurar la marcha de su caballo.
-Porque habéis enojado a esos pajarracos. Mirad: se reunen como grullas apuradas. ¡Diablo!
Ellos son unos veinte y nosotros no somos más que siete.
-¡Cómo! Mi querido Guillermo, ¿teméis algo de esos débiles y cobardes animales?
-No tengo mucha costumbre de temer -contestó el joven, algo picado-; pero me sería muy
desagradable tener que disparar contra esos pobres harapientos, y me sorprende que os hayan
puesto de tan mal humor, puesto que os era fácil deshaceros de ellos con algunas monedas.
-No doy jamás a estas gentes -dijo Scierra de Alvimar con un tono breve y seco, que
sorprendió al benévolo Guillermo.
Comprendió que su amigo estaba nervioso, como diríamos hoy, y se abstuvo de censurarle.
Pero insistió en acelerar el paso, porque la banda de gitanos, andando más de prisa que los
caballos, los seguía y se aproximaba a ellos, repartida en dos bandas, que bordeaban los lados del
camino.
Y, sin embargo, la actitud de aquellas gentes no era hostil, y era difícil adivinar cuál era su
intención al escoltar de tal guisa a nuestros jinetes.
Se hablaban entre ellos en un idioma ininteligible y aparentaban no preocuparse más que de
la mujer que iba a su vanguardia.
El niño al que el señor Alvimar había querido golpear con su látigo iba al lado de monsieur
de Ars, como si se hubiera puesto bajo su protección, y parecía tener mucho interés en aquella
extraordinaria expedición. Guillermo advirtió que aquel niño era menos sucio y menos negro que
los demás, y que el tipo de sus facciones, finas y agraciadas, no ofrecía ninguna semejanza con
el de los gitanos.
Si hubiera prestado la misma atención a la mujer a quien Alvimar había ofendido y
amenazado, hubiera notado que, sin parecerse en nada al niño, tampoco se parecía a sus demás
compañeros de miseria. Tenía un aire más noble y más dulce. Y tampoco era de raza europea,
a pesar de llevar el traje montañés de los Pirineos.
Lo sorprendente era que, a pesar de haber comprendido perfectamente el gesto que había
hecho Sciarra para coger su pistola, y a pesar de la naturaleza temerosa de los mendigos y
saltimbanquis de aquella especie, marchaba resueltamente junto a él, sin intentar molestarle, sin
aparentar amenazarle, pero mirándole siempre con un excesivo cuidado.
Aquello le pareció a Alvimar un verdadero descaro, y de buena gana habría obedecido a las
sugestiones de su genio antojadizo y violento.
Guillermo lo advirtió, y temiendo algún desaguisado y verse forzado a tomar el partido del
hidalgo altivo en contra de la chusma inofensiva, colocó su caballo entre Sciarra y la mujercita,
hizo seña a ésta de que se detuviese y, medio en serio, medio en broma, le habló en la forma
siguiente:
-¿Haríais la merced de decirnos, reina de las retamas y de los brezos, si nos seguís para
hacernos burla u honor y si debemos tomar en agrado o en disgusto la ceremonia que nos hacéis?
La egipcia -entonces se trataba indistintamente de egipcios o de gitanos a los que componían
aquellas hordas errantes de origen desconocido- movió la cabeza e hizo una seña al mozalbete
que había arrebatado la piedra de las manos del niño.
Éste se acercó, y con un tono dulzón y un gesto insolente, dijo, hablando el francés sin acento
alguno y designando a la mujer, que estaba silenciosa:
-Mercedes no entiende el idioma de vuestras señorías. Yo soy quien habla por aquellos de los
nuestros que no saben expresarse.
-Bien -dijo Guillermo-; eres el orador de la cuadrilla-. ¿Cómo te llamas, señor descarado?
-La Fleche, para serviros. Tengo el honor de haber nacido francés, en la ciudad cuyo nombre
llevo.
-El honor lo tiene Francia, indudablemente. Pues bien, maese La Fleche, di a tus compañeros
que nos dejen tranquilos. Para ir, como voy, de camino, ya os he dado bastante, y no sería
agradecérmelo cual es debido hacernos tragar vuestro polvo. Adiós, y, dejadnos, o, si tenéis
alguna nueva petición que presentarme, hacedla pronto, porque tenemos prisa.
La Fleche tradujo rápidamente las palabras de Guillermo a la que él llamaba Mercedes, y que
parecía ser, por su parte y por parte de los demás, objeto de una deferencia especial.
Ella le contestó algunas palabras en español, y La Fleche dijo, dirigiéndose a Ars:
-Esta buena muchacha pide humildemente los nombres de vuestras señorías, a fin de rezar por
ellas.
Guillermo se echó a reír.
-¡Vaya una petición graciosa! -dijo-. Amigo La Fleche, aconseja a esta buena muchacha que
rece por nosotros sin nombrarnos. Dios nos conoce perfectamente, y no podríamos decirle nada
de nosotros que no supiese mejor que nosotros mismos.
La Fleche saludó humildemente con su gorro mugriento, y nuestros viajeros, espoleando sus
monturas, no tardaron en dejar atrás a los gitanos.
-¡Ah! -dijo Alvimar a Guillermo al ver que apuntaban en el horizonte, bajo y cercano, las
torrecillas de la Motte Seuilly-. No me habéis dicho adónde vamos. ¿Pertenece este castillo a otro
amigo vuestro, a quien acaso mi presencia sea inoportuna?
-Este castillo es el de una dama joven y bella, que vive en él con su padre, y ambos os
recibirán cortésmente. Os detendrán hasta la noche, no sólo por no verse privados de la compañía
de monsieur de Bois-Doré, a quien aprecian mucho, sino también para probaros que en estos
pobres campos no somos unos salvajes y que sabemos practicar la hospitalidad a la antigua
usanza francesa.
Alvimar contestó que no lo dudaba, y supo decir a su compañero frases llenas de amabilidad,
pues no había hombre que le ganase en cuanto a buena educación. Pero su espíritu amargado
tomó pronto otra dirección:
-A juzgar por lo que me habéis contado de ese Bois-Doré, mi futuro huésped, ¿es un viejo
fantoche, del cual los vasallos se mofan a su antojo?
-¡Ah, no! -contestó monsieur de Ars-. Los gitanos no me han dejado terminar. Iba a deciros
que cuando regresó a su país, enriquecido y enmarquesado, la gente se sorprendió al ver que, a
pesar de su aire benigno, era bravo como un león y que, si bien tenía maneras ridículas, tenía
también virtudes cristianas que podían beneficiarle grandemente.
-¿Consideráis entre las virtudes cristianas la templanza y la castidad?
-¿Por qué no?
-Porque aquella ama de llaves de ardiente cabellera, a quien hemos visto a la entrada de sus
dominios, me ha parecido fruta algo verde para un hombre tan maduro.
-Honni soit qui mal y pense! -dijo Guillermo sonriendo-. No juraría que nuestro marqués haya
permanecido insensible a los encantos de las damas de honor de la reina Catalina; pero ya hace
tiempo de eso. Creo que podríais cortejar a la tal Belinda sin causar a monsieur de Bois-Doré ni
pena ni perjuicio. Pero ya hemos llegado. No necesito deciros que semejantes conversaciones
estarían aquí fuera de lugar. Nuestra hermosa viuda madame de Beuvre no es una gazmoña; pero
a su edad y en su posición...
Nuestros caballeros atravesaron el puente levadizo, que, en razón de la tranquilidad del país,
permanecía bajado todo el día; el rastrillo estaba levantado.
Llegaron, pues, sin obstáculo y sin cumplidos al patio del castillo, donde echaron pie a tierra.
-¡Un momento! -dijo Sciarra de Alvimar a Guillermo en el instante de entrar-. Os ruego que,
a causa de los criados, no deis mi nombre aquí.
-Ni aquí ni en otra parte -contestó monsieur de Ars-. No tenéis acento extranjero; de modo que
no hay necesidad siquiera de decir que sois español. ¿Por cuál de mis amigos de París deseáis que
os haga pasar?
-Me violentaría mucho representar el papel de un personaje distinto a mí; prefiero ser yo, poco
más o menos, y limitarme a tomar uno de los apellidos de mi familia. Seré, si os parece bien, un
Villarreal, y tomaré como pretexto para mi huida de París...
-Vos mismo hablaréis confidencialmente al marqués y arreglaréis las cosas según os plazca.
Yo no tengo que hacer más que decirle lo muy amigo mío que sois, que andáis perseguido y que
le ruego os cuide como a mí mismo.
  - IV -
El castillo de la Motte Seuilly -éste es el nombre que ha prevalecido -está aún hoy día en pie
y casi intacto; es una mansión de reducidas proporciones, compuesta de una torre hexagonal y
completamente feudal, y de un cuerpo de edificio liso, con ventanas muy espaciadas y con dos
cuerpos más, enfrente de los cuales, uno está flanqueado por un torreón. En el pabellón de la
izquierda están las caballerizas, abovedadas, con gruesas nervaduras; las cocinas y las
habitaciones de la servidumbre. En el de la derecha, la capilla, con ventana ojival, y que data del
tiempo de Luis XII, está situada encima de una galería corta y descubierta, sostenida por dos
pilares rechonchos, rodeados de nervaduras en relieve, cual gruesos troncos estrechados por
enredaderas.
Esta galería conduce al torreón, que data, como la torre de la entrada, del siglo XII. Hay en
él habitaciones redondas, sobrias, pero elegantemente adornadas, con columnas incrustadas en
zócalos con garras. En una torrecilla adosada al torreón, una escalera de caracol termina en una
de esas antiguas armazones, de construcción sabia y atrevida, que son verdaderas obras de arte.
En el centro de esta armazón hay un caballo de madera o potro, instrumento de tortura, cuya
aplicación hasta fue fríamente reglamentada por un decreto del año 1670. Este horrible aparato
data desde la construcción del edificio, puesto que hace cuerpo con la armazón.
En este pobre y triste castillo, la bella Carlota de Albret, esposa del siniestro César Borgia,
pasó quince años, y murió en plena juventud, tras de una vida de dolor y de santidad.
Sabido es que el infame cardenal, el bastardo del Papa, el incestuoso, el depravado, el
sanguinario, el amante de su propia hermana Lucrecia y el asesino de su propio hermano y rival,
abandonó un día las dignidades de la Iglesia para ir a Francia en busca de mujer y fortuna.
Luis XII quería romper su enlace con Juana, la hija de Luis XI, para casarse con Ana de
Bretaña. Necesitaba el consentimiento del Papa, y lo consiguió a cambio de ceder el Valentinois
y la mano de una princesa al bastardo, al cardenal condottiere.
Carlota de Albret, bella, erudita y pura, fue sacrificada; algunos meses después fue
abandonada y considerada como viuda.
Compró este triste castillo, y vino a educar a su hija en él. Su única distracción era el ir a
Bourges a visitar a su mística compañera de infortunio, Juana de Francia, la reina repudiada,
convertida en «la buena duquesa de Berry», fundadora de la Orden religiosa de la Anunciata.
Pero Juana murió, y Carlota, que tenía entonces veinticuatro años, vistió de luto para siempre,
y no volvió a salir de la Motte Seuilly hasta su muerte, que tuvo lugar nueve años más tarde, en
1514.
Su cuerpo fue transportado a Bourges y enterrado junto al de Juana; medio siglo más tarde,
los calvinistas lo desenterraron, lo profanaron y lo quemaron, como el de la otra pobre santa. Su
hija había hecho edificar en la rústica capilla de la Motte Seuilly un lindo monumento, en el que
su corazón pudo, por largo tiempo, descansar en paz.
Pero ningún vestigio terrestre de aquel triste destino había de ser respetado. En 1793 los
aldeanos, transmitiendo a aquella tumba el odio que sentían hacia su señor, rompieron el
mausoleo, y sus restos elegantes yacen hoy todavía esparcidos sobre las losas. La estatua de
Carlota, en pie contra el muro, está partida en tres pedazos. La iglesia, abandonada, se hunde. El
corazón de la víctima estaba, sin duda, encerrado en alguna valiosa arqueta de oro o de plata.
¿Qué habrá sido de él? Acaso la arqueta fue vendida a vil precio, o acaso fue, sencillamente,
escondida y enterrada por miedo o por piedad, y aquel pobre corazón yace tal vez en alguna
cabaña de pueblo, sin que lo sepa su nuevo dueño, bajo la piedra del hogar o las zarzas del
vallado.
Hoy, el castillo, restaurado, tiene cierta alegría bajo el sol que la desaparición de un gran trozo
de muro permite entrar hasta su patio enarenado. El agua de los antiguos fosos, alimentada, según
parece, por un manantial cercano, discurre, formando un riachuelo encantador, por el jardín
inglés, recientemente dibujado.
El gigantesco árbol, que data del tiempo de Carlota de Albret, descansa sus venerables ramas
sobre soportes de roca piadosamente colocados para sostener su monumental decrepitud. Algunas
flores y un cisne solitario ponen como una sonrisa melancólica en la tristeza del castillo.
El horizonte es continuamente sombrío; el paisaje, desolador, y la torre, siniestra; pero nuestro
siglo artista gusta de estas moradas sombrías, de estas viejos nidos tristes, que son construcciones
de un pasado duro y amargo, que el pueblo de hoy no conoce y que ya en el año 1793 no
comprendía, puesto que destruía la tumba de la humilde Carlota y dejaba en pie el triunfante
potro de la Motte Seuilly.
En la época en que acontece nuestra historia, este castillo, cerrado por todos los lados, era a
la vez más lúgubre y más confortable que hoy. Si la gente vivía en la sombra glacial, de estas
pequeñas fortalezas, es que sabía disponerlas para vivir cómodamente.
Las grandes chimeneas, completamente revestidas de hierro en el interior del hogar, esparcían
un calor fuerte en las vastas habitaciones. El entapizado se reemplazaba ya en las paredes por
unos papeles de fieltro, notablemente gruesos y hermosos; en lugar de nuestras lindas cortinas
de tela persa, que oscilan ante el aire colado de la ventana, se usaban los damascos de pesados
pliegues o, en las habitaciones más modestas, las aducas, que duraban cincuenta años. Alfombras
de nueva fabricación, que eran mezclas de lana, de algodón, de lino y de cáñamo, cubrían los
ladrillos de gres de los pasillos y de los salones.
Se hacían hermosísimos entarimados de marquetería, y en nuestras provincias del centro se
comía en la hermosa loza de Nevers, mientras que los trincheros ostentaban los singulares
cubiletes de cristal de color, que no servían más que para los días de gala, y que representaban
monumentos, plantas, buques o bichos fantásticas. De suerte que, a pesar del aspecto mediocre
de la pared del edificio habilitada para las habitaciones de los dueños -porque ya los señores no
vivían en las alturas de sus viejos torreones feudales-, el señor de Alvimar halló un hogar
agradable, limpio y en cierto modo elegante, y que revelaba, si no la riqueza, al menos un
verdadero bienestar.
-Cuando el casamiento de Luis Borgia, la Motte Seuilly pasó a ser propiedad de la familia de
La Tremouille, a la cual monsieur de Beuvre estaba aliado por su madre.
Era un hidalgo rudo y bravo, que manifestaba con mucha franqueza sus opiniones y creencias.
Su hija única, Lauriana , se había casado a los doce años con su primo Helyon de Beuvre, que
tenía diez y seis.
Se tuvo separados a los dos niños, y esto había sido fácil porque la provincia sufría el rechazo
de una agitación en la que los caballeros de Beuvre no podían dejar de tomar parte. Partieron de
la Motte el mismo día de la boda para acudir al auxilio de la duquesa de Nevers, que se había
declarado partidaria del príncipe de Condé y se hallaba situada en su buena ciudad por monsieur
de Montigny (Francisco de la Grange).
El joven Helyon fue muerto al intentar osadamente penetrar en Nevers a la vista de los
católicos. Al regresar de aquella campaña, monsieur de Beuvre tuvo el dolor de anunciar a su
amada hija que pasaba sin transición del estado de virgen al de viuda.
Lauriana lloró mucho a su primo; pero ¿puede el llanto ser eterno a los doce años? Además,
¡su padre le había regalado una muñeca tan hermosa! ¡Una muñeca que tenía una falda de tisú
de plata y zapatos de terciopelo rojo, en forma de cola de cangrejo! ¡Y al cumplir los catorce años
le trajo de Bourges un caballo tan gracioso, que provenía de las caballerizas del señor príncipe!
En fin, Lauriana, niña pálida y fina al casarse, se tornó a los quince años una rubita fresca, tan
elegante y tan amable, que no corría mucho riesgo de permanecer viuda.
Se hallaba tan tranquila junto a su padre y tan completamente dueña de todo en el castillo que
monsieur de Beuvre le había dado en dote, que no tenía la menor prisa de contraer segundas
nupcias. ¿No se llamaba señora? ¿Y no es el deseo pueril de ser llamadas de esta manera una de
las mayores razones que impulsan a las jóvenes al matrimonio? ¿Y no había tenido también los
regalos y el atavío de la boda?
Lauriana decía ingenuamente:
-He tenido ya todos los placeres y todas las penas del matrimonio.
Monsieur de Beuvre tenía una fortuna bastante considerable, que administraba con prudencia,
y que su vida retirada le permitía ir redondeando; pero, a pesar de esto, no le era fácil realizar
para su hija nuevas proyectos de casamiento.
Había tomado el partido de la Reforma en el momento en que ésta, agotada de hombres y de
dinero, no tenía más recurso en nuestras provincias que permanecer tranquila y conseguir ser
tolerada.
En torno suyo todo era católico o fingía serlo, porque en Berry el calvinismo no tuvo más que
un momento de poderío y una sola plaza fuerte verdadera. Pero «El año mil quinientos sesenta
y dos», cuando «Bourges no tenía ni curas ni mendigos», había pasado, y Sancerre, la enojosa
montaña, tenía ya sus murallas arrasadas hasta el nivel del suelo.
Los habitantes del Berry no son fanáticos; durante algún tiempo, las pasiones exteriores
habían embriagado al pueblo y a la burguesía; pero después de pasado este momento de sorpresa
y de excitación, la provincia había vuelto a caer bajo el imperio del miedo a la nobleza, que
constituye el fondo de su política habitual.
Los nobles, por su parte, sigudendo su invariable costumbre, habían vendido su sumisión.
Condé se había tornado un católico celoso; monsieur de Beuvre, que había servido al padre y
luego había perdido a su yerno sirviendo la causa del hijo, estaba, naturalmente, en completa
desgracia y no parecía ya por Bourges.El príncipe le había enviado unos jesuitas con el fin de
incitarle a abjurar con toda solemnidad.
Monsieur de Beuvre no era un exaltado en materia religiosa. Al adoptar la fe de Lutero había
cedido a pasiones políticas, y ahora se daba perfecta cuenta de que aquello había sido una
equivocación en cuanto se relacionaba con sus intereses. Se había convertido demasiado tarde
para que tuviesen ya necesidad de comprar su abjuración, y se limitaban a intimidarle, dándole
hábilmente a entender que no podría casar a su hija en el país si persistía en la herejía. Después
de haber fieramente levantado la cabeza ante las amenazas, el temor de que Lauriana no pudiese
casarse y de que su patrimonio cayese en manos femeninas, le había conmovido.
Pero Lauriana no le había dejado ceder. Educada bastante fríamente por su padre en la religión
protestante, en la que tenía una mediocre instrucción, solía mezclar en su corazón las prácticas
y los rezos de ambos cultos.
Su celo protestante no era tan grande que la hiciese recorrer los interminables y malos
caminos de Issoudun o de Linières para ir al sermón, y cuando pasaba junto a una iglesia, el
sonido de la campana no le producía indignación. Pero a veces su dulzura sonriente y pueril
dejaba traslucir los gérmenes de una gran fiereza; y cuando vio que la humillante idea de una
abjuración pública hacía sufrir a su padre, acudió en su ayuda con una energía sorprendente,
diciendo a los jesuitas de Bourges:
-Perdéis vuestro tiempo queriéndome convertir con tal idea; he jurado en el fondo de mi
corazón que antes pertenecería a un mal marido de mi comunión que a un católico perfecto.
  - V -
Pocas semanas después de la visita de los jesuitas a la Motte Seuilly llegó la del señor Sciarra
de Alvimar, presentado por Guillermo de Ars.
Fueron recibidos por el padre y la hija; monsieur de Bois-Doré había ido a correr una liebre
con el guarda de monsieur de Beuvre.
Esta circunstancia contrarió vivamente a Guillermo, que veía su viaje retrasarse de hora en
hora y comenzaba a perder la esperanza de ir aquel día a Bourges.
Sciarra de Alvimar se prestó con galantería, y monsieur de Beuvre, que era muy entendido en
la materia, no porque hubiera estado mucho en París, sino porque había frecuentado las cortes
de provincias, en las que reinaba tanta hidalguía como en la del rey, comprendió desde las
primeras palabras que tenía ante él a un hombre de la mejor sociedad.
El encanto y la juventud de Lauriana sorprendieron a Alvimar, quien seguía esperando que
le presentasen a la viuda, de quien le había hablado monsieur de Ars.
Al cabo de un cuarto de hora comprendió que la hermosa niña era la señora de la casa.
En aquella época se comía a las diez de la mañana, y Guillermo, que había recorrido el prado
en busca del marqués, volvió a despedirse.
-Ya he avisado al marqués -dijo a Sciarra-; ahora vendrá. Me ha jurado que será vuestro
huésped y amigo hasta mi regreso. Os dejo bien acompañado, y yo voy a procurar ganar el tiempo
perdido.
Insistieron en vano para que se quedase a comer. Partió, después de besar la mano de la bella
Lauriana, de estrechar la de su buen vecino monsieur de Beuvre y de abrazar a Alvimar, a quien
juró que, antes de que terminase la semana, iría a buscarle a Briantes para conducirle a su castillo
de Ars, donde le retendría el mayor tiempo posible.
-Ahora -dijo monsieur de Beuvre a Alvimar-, ofreced vuestra mano a la castellana y
sentémonos a la mesa. No os sorprenda el que no aguardemos a nuestro amigo Bois-Doré.
Después de una cacería, aunque sea de unos minutos, suele hacerse un tocado de una hora, y por
nada en el mundo consentiría en presentarse ante una dama, ni aun ante ésta, que es para él como
una hija, puesto que la ha visto nacer, sin haberse aseado, perfumado y mudado de pies a cabeza.
Encuentra gusto en ello, y, después de todo, la manía es inocente. No gastamos cumplidos con
él, y le hubiéramos causado verdadera violencia al retrasar nuestra comida para esperarle.
-¿Acaso -dijo Alvimar, a quien habían hecho sentarse en el sitio de honor- hubiera yo debido
ir a ofrecer mis respetos a monsieur de Bois-Doré en su habitación antes de empezar el
almuerzo?
-¡No! -exclamó Lauriana riendo-; le hubierais apenado sorprendiéndole en su tocado. No nos
preguntéis por qué; ya lo comprenderéis vos mismo al verle.
-¡Además -añadió monsieur de Beuvre-, no le debéis más atenciones que las debidas a un
viejo por un joven. En su cualidad de huésped fiduciario, es él quien os debe toda suerte de
deferencias. Y monsieur de Ars me ha confiado el encargo de presentaros a él.
Al hablar de la juventud de Alvimar, monsieur de Beuvre participaba del error que producía
al verle por primera vez.
Aunque tenía cerca de cuarenta años, Alvimar no aparentaba tener treinta, y acaso, en su fuero
interno, monsieur de Beuvre comparaba el hermoso rostro de su huésped temporal con el de su
querida hija Lauriana. Su preocupación constante era el deseo de encontrar para su hija, fuera del
país, un marido que no exigiese la abjuración solemne.
El buen hidalgo ignoraba que los jesuitas reinaban ya en todas partes, y que el Berry era
precisamente una de las provincias en las que su propaganda era menos activa.
También ignoraba que Alvimar era, en cuerpo y alma, un perfecto caballero de la Santa
Inquisición.
Guillermo, queriendo proporcionar a su amigo una acogida cordial, se había guardado mucho
de pintarle como un ortodoxo excesivamente puntilloso. Él también era católico; pero como era
tolerante y hasta poco creyente, ni al presentar a Alvimar al dueño de la casa, ni al recomendarle
a monsieur de Bois-Doré había hablado de la cuestión religiosa, a la cual estas personas no daban
tampoco mucha importancia en sus relaciones. Pero hablando aparte con monsieur de Beuvre,
le había asegurado, en pocas palabras, que el señor Villarreal -tal era al nombre convenido por
Alvimar- era de buena familia y se hallaba en camino de hacer fortuna. Guillermo lo creía así,
porque Alvimar ocultaba su pobreza con todo el orgullo de que es capaz un español sobre este
particular.
El primer servicio se efectuó con toda la calma peculiar de los criados del Berry, y fue
saboreado con la lentitud metódica de las personas bien educadas que no quieren aparentar
glotonería.
El lento comer, las pausas prolongadas entre bocado y bocado, los relatos del anfitrión entre
plato y plato, son aún artículos del código de la buena educación para los ancianos del Berry.
Los aldeanos modernos extreman este principio de urbanidad, y quien come con ellos puede
tener la seguridad de que permanecerá tres horas seguidas en la mesa, aunque no sea más que
delante de un pedazo de queso y una botella de aguapié.
Alvimar, cuyo espíritu inquieto y activo no se adormecía en los placeres de la comida, se
aprovechó de la majestuosa masticación de monsieur de Beuvre para hablar con su hija, que
comía poco y de prisa, y se ocupaba más de su huésped y de su padre que de ella misma.
Sorprendiole encontrar ingenio en una muchacha que vivía en el campo y que, salvo una o dos
escapadas a Bourges o a Nevers, no había salido de las tierras de sus dominios.
Lauriana no tenía gran cultura, y acaso hubiera sido incapaz de escribir una carta de extensión
sin hacer alguna falta gramatical. Pero su conversación era agradable, y a fuerza de oír a su padre
y a sus vecinos hablar de la política de la época, conocía y juzgaba sanamente la Historia desde
el reinado de Luis XII y las primeras guerras de religión.
Sin embargo, como veneraba el recuerdo de Carlota de Albret y se enorgullecía de descender
de ella, no tuvo ocasión de dejar ver a Alvimar que era hereje. Además, la cortesía de aquel
tiempo prohibía hablar inútilmente de las propias creencias, aun entre personas de la misma
comunión, porque había muchos matices religiosos y la controversia surgía en cualquier parte.
Lauriana, además de poseer una gran delicadeza y muy buen juicio, tenía una mezcla de
sinceridad y de malicia peculiar del carácter del Berry, y esta alianza de dos cosas opuestas
produce una manera de ver y de hablar bastante original. Era del país en el que se sabe decir las
verdades riendo y sin necesidad de reñir.
Alvimar, que era más déspota que irónico y más rencoroso que sincero, se sintió, sin saber por
qué, algo cohibido ante aquella niña.
A ratos le parecía que Lauriana adivinaba su carácter, su vida o su reciente aventura, y que
le daba a entender:
«A pesar de todo, no por eso dejamos de ser unas buenas gentes, dispuestas a ayudarle.»
Cuando llegó el momento de servir el asado, monsieur de Bois-Doré hizo su aparición, en
medio de un gran ruido de puertas y de platos, precedido por un criadito lujosamente ataviado,
al que ocultamente daba el nombre de paje, como para justificar este verso, que más tarde señaló
análogas ridiculeces:
Todo marqués quiere tener pajes.
y obedeciendo a los edictos, que ya no permitían tener pajes más que a los príncipes y a los
hidalgos de alto rango.
Ante la aparición de su huésped, Alvimar tuvo que contener la risa, a pesar de su melancolía
habitual y de su malestar presente.
Silvio de Bois-Doré había sido uno de los hombres más hermosos de su tiempo: alto, bien
formado, de cuerpo robusto y ágil, con cabellos negros, piel blanca, ojos magníficos y facciones
perfectas; había gustado a muchas mujeres, pero, a causa de su ligereza y de su frialdad
estudiada, no había inspirado nunca una pasión violenta o duradera.
Para encarnar el tipo de héroe apasionado que gustaba en los tiempos de la juventud de Bois-Doré no bastaba con una bondad sin límites, ni con una lealtad extraordinaria, dada su época y
su ambiente, ni con una esplendidez regia en los momentos de suerte y de fortuna o una filosofía
perfecta en las horas de desgracia; en una palabra, no bastaba con las cualidades fáciles y
simpáticas de los aventureros campeones del Bearnés.
En aquella época, exaltada y sanguinaria, la galantería necesitaba un poco de ferocidad para
llegar a la pasión romántica, y, fuera de los combates, en los que se portaba con valentía, Bois-Doré tenía una mansedumbre irritante. No había asesinado a ningún marido ni a ningún hermano;
no había degollado a ningún rival entre los brazos de una amante infiel; se consolaba fácilmente
con Javotte o con Nanette de las traiciones de Diana o de Blanca. Por aquel entonces Bois-Doré,
a pesar de su afición a las novelas pastorales y de caballería, pasaba por tener un espíritu
mezquino y un corazón poca ardiente.
Pero se consolaba de que las mujeres le engañasen o se riesen de él, tanto más cuanto que
nunca se había dado cuenta de ello. Era hermoso, liberal y valiente, y lo sabía; sus aventuras eran
breves, pero numerosas; su corazón necesitaba más amistad que pasión, y, por su discreción y
la dulzura de sus costumbres, había merecido el afecto de todo el mundo. Por lo tanto, se había
encontrado feliz sin preocuparse de despertar pasiones, y, en realidad, había amado un poco a
todas las mujeres sin adorar a ninguna.
Se le hubiera acusado de egoísmo si este reproche se hubiera podido conciliar con el de ser
demasiado bueno y humano. Era, en cierto modo, la caricatura del buen Enrique, a quien muchos
llamaban ingrato y traidor, pero a quien, sin embargo, todos amaban después de haberle tratado.
Pero el tiempo había pasado, lo que tampoco se había dignado notar monsieur de Bois-Doré.
Su cuerpo flexible se había tornado rígido y duro; sus hermosas piernas se habían secado; su
frente noble se había desguarnecido, y las arrugas rodeaban sus ojos como los rayos rodean al sol.
Lo único que había conservado de su juventud perdida eran los dientes algo largos, pero blancos
y bien alineados; en los postres cascaba avellanas con afectación para que todo el mundo se
fijase. Sus vecinos afirmaban que se molestaba si se olvidaban de ponerle avellanas en la mesa.
Al decir que monsieur de Bois-Doré no había notado los ultrajes del tiempo, queremos
expresar la satisfacción que seguía causándose así mismo; pero indudablemente se dio cuenta de
que envejecía, y combatió los estragos con un valor obstinado. Creo que empleó en esta batalla
la mayor energía de que era capaz.
Cuando vio que sus cabellos empezaban a blanquear y caer, hizo un viaje a París sólo para
encargarse una peluca en la mejor casa. La peluquería era ya un arte; los historiadores detallistas
dicen que las pelucas con las rayas de seda blanca y los cabellos minuciosamente colocados
costaban, por lo menos, sesenta pistolas.
Pero monsieur de Bois-Doré, que ya era rico y no tenía inconveniente en gastar mil doscientos
a mil quinientos francos de nuestra moneda en una indumentaria corriente y cinco o seis mil en
un traje de gala, no se detuvo ante aquella pequeñez. Corrió a probarse pelucas; al principio se
encaprichó de una guedeja rubia que, según opinión del peluquero, le sentaba maravillosamente.
Bois-Doré empezaba a creerlo, a pesar de que en su vida se había visto de rubio; pero se probó
una color castaño que -siempre según la opinión del vendedor- le sentaba tan bien como la otra.
Las dos costaban lo mismo; pero Bois-Doré se probó una tercera que costaba diez escudos más
y que llevó a su colmo el entusiasmo del peluquero; aquélla era verdaderamente la única que
ponía de relieve los atractivos del señor marqués.
-Este peluquero debe de tener razón -pensó Bois-Doré, recordando el tiempo en que las
señoras se maravillaban por ver una cabellera tan negra como la suya con una piel tan blanca.
Sin embargo, permaneció unos momentos ante el espejo, sorprendiéndose de que aquella
guedeja sombría le diese un aire duro y violento.
-Es extraordinario cómo me cambia la expresión -pensó-. Y sin embargo, éste es mi color
natural-. Tenía en mi juventud el aire tan dulce como lo tengo ahora. Mi abundante cabellera
negra no me daba este aspecto de maldad.
No se le ocurrió pensar que las operaciones de la Naturaleza se efectúan siempre con perfecta
armonía, lo mismo al hacernos como al deshacernos, y que sus cabellos grises le daban el aire
que le correspondía.
Pero tantas veces le repitió el peluquero que con la hermosa peluca no aparentaba más de
treinta años, que la compró, y en el acto se encargó otra por economía -dijo él-, para que la
primera durase más tiempo.
Sin embargo, al día siguiente volvió sobre su acuerdo; encontraba que su cabeza tan joven le
hacía parecer más viejo que antes, y todas las personas a quienes consultó fueron del mismo
parecer.
El peluquero le explicó que las cejas y la barba tenían que hacer juego con la cabellera, y le
vendió un tinte. Pero Bois-Doré se encontró entonces tan pálido en medio de tantas manchas de
tinta, que el peluquero hubo de explicarle también la necesidad del colorete. Bois-Doré le
preguntó:
-¿Dicen que cuando se empieza a usar artificios ya no es posible detenerse?
-Tal es la costumbre -contestó el rejuvenecedor-; escoged entre ser o parecer.
-¿Pero es que yo soy viejo?
-No, puesto que con la ayuda de mis recetas podéis todavía parecer joven.
Desde aquel día Bois-Doré gastó peluca; llevó las cejas, la barba y los bigotes pintados y
llenos de cosmético; el hocico, embadurnado; colorete en las mejillas; polvos olorosos en todas
las arrugas de la cara; además, esencia y saquitos de perfume sobre su persona; tanto es así, que
cuando salía de su cuarto se le olía desde el corral, y bastaba con que pasase por delante de la
perrera para que sus galgos corredores se quedasen estornudando y haciendo muecas durante una
hora.
Cuando hubo conseguido transformarse de un hermoso anciano que era en un viejo muñeco
grotesco, pensó en estropear también su parte que tenía la dignidad correspondiente a sus años:
hizo forrar sus calzones y sus justillos con dobles hojas de acero, y tomó la costumbre de andar
tan derecho, que todas las noches se metía en la cama con agujetas.
Afortunadamente para él, la moda cambió, sin lo cual se hubiera muerto.
Los justillos rígidos y apretados de Enrique IV se ensancharon sobre el pecho de los favoritos
de Luis XIII, formando ligeras casacas. Los calzones amplios y flotantes, obedientes a todas las
inflexiones del cuerpo, reemplazaron a las bragas con armadura.
A Bois-Doré le costó trabajo admitir estas innovaciones y separarse de sus inflexibles
gorgueras afolladas para disfrutar de mayor comodidad con las ligeras rotondas. Lamentó
hondamente la desaparición de los pasamanos; pero poco a poco las cintas y los encajes le
sedujeron, y después de un breve viaje que hizo a París volvio vestido a la moda de los jóvenes
de buen tono, afectando su desenvoltura indolente y fatigada, tumbándose en los butacones con
posturas cansadas y levantándose en tres tiempos cuando estaba sentado; en una palabra: con su
alta estatura y sus rasgos acentuados reproducía el tipo de marquesito ñoño que treinta años más
tarde Molière encontró completamente transformado en su ridiculez y a punto para la sátira.
Con este disfraz, que hacía de él una especie de cómico fantasmón, Bois-Doré tenía más
facilidad para ocultar el peso real de sus años.
A primera vista, Alvimar le encontró espantoso. La profusión de bucles de ébano sobre
aquella faz arrugada; las cejas tupidas y terribles sobre aquellos ojos tan dulces; el colorete
resplandeciente, que parecía una careta disparatadamente colocada sobre una cara respetable y
bondadosa, le desconcertaban.
La indumentaria, exageradamente esmerada, con su abundancia de galones, de bordados, de
lazos y de penachos, resultaba de lo más ridículo que puede darse de día y para el campo;
añadiéndose a ello que los matices pálidos y desmayados que nuestro marqués prefería
contrastaban mucho más con el aspecto leonino de su bigote erizado y de su guedeja postiza.
Pero la acogida que le hizo el viejo hidalgo destruyó agradablemente en Alvimar el efecto
repulsivo de su disfraz carnavalesco.
Monsieur de Beuvre se había levantado para presentar al marqués el amigo de Guillermo y
recordarle que estaba a su cargo por varios días.
-Si me encontrase en mi propia casa -dijo monsieur de Beuvre-, reclamaría para mí mismo
este placer y este honor; pero no debo olvidar que estoy en casa de mi hija. Además, mi querido
Silvio, esta morada es menos rica y menos lujosa que la vuestra, y no queremos privar a monsieur
de Villarreal de los agrados que en ella le esperan.
-Acepto esta hipérbole -dijo Bois-Doré-, si tiene la facultad de deslumbrar a monsieur de
Villarreal hasta el punto de hacerle permanecer largo tiempo bajo mi techo.
Y abriendo sus grandes brazos, cubiertos de encajes hasta los codos, abrazó al supuesto
Villarreal, diciéndole con una risa llena de bondad que mostraba sus grandes dientes blancos:
-Aunque fueseis el diablo, señor, del momento que me habéis sido confiado, sois para mí un
hermano.
Se guardó mucho de decir «como un hijo»; porque hubiera temido revelar el número de sus
años, que creía misterioso para los demás, desde que él mismo lo había olvidado.
Villarreal de Alvimar hubiera fácilmente prescindido del abrazo de un católico tan reciente;
tanto más, cuanto que los perfumes de que el marqués estaba impregnado le quitaron el ya escaso
apetito que tenía, y que, después de abrazarle, Bois-Doré le oprimió vigorosamente las manos
entre sus dedos secos y cubiertos por enormes sortijas. Pero Alvimar debía pensar, ante todo, en
su propia seguridad, y sintió, por el acento cordial y decidido del marqués, que se hallaba en
manos fieles y leales.
Por lo tanto, se resignó a agradecer la doble hospitalidad de la que era objeto, mostrándose
bajo su más amable aspecto, y cuando se levantó de la mesa, los dos ancianos hidalgos estaban
encantados con él.
Sin embargo, hubiera deseado descanso; pero el castellano le desafió para un partido de
ajedrez y luego para uno de billar, con Bois-Doré, quien se dejó vencer.
A Alvimar le gustaba el juego, y la ganancia de algunos escudos de oro no le era indiferente.
Las horas pasaban en una intimidad en cierto modo malgastada, puesto que aquellas
diversiones no provocaron ninguna conversación bastante seguida para facilitar el conocimiento
de los tres personajes.
Madame de Beuvre se había retirado después de la comida; reapareció hacia las cuatro, al ver
que se hacía en el patio los preparativos para la marcha de sus huéspedes.
Les propuso tomar el aire en los jardines antes de separarse.
  - VI -
Era hacia fines de octubre. El veranillo de San Martín se había prolongado y los días más
cortos eran todavía claros y templados. Los árboles, desnudos, dibujaban su hermosa silueta
sobre el sol rojo, que se ponía detrás de las negras zarzas que resaltaban sobre el fondo del
horizonte.
Una capa de hojas secas cubría los paseos, de bojs y de tejos cuajados, que daban a los
jardines de aquella época una seriedad limpia y digna.
En los fosos, hermosas y viejas carpas, acostumbradas a recibir las migas de pan que les
echaba Lauriana, seguían a los paseantes.
Un lobito domesticado acompañaba a Lauriana como un perro; estaba dominado y maltratado
por el gran podenco predilecto de monsieur de Beuvre; este podenco, joven y retozón, no
manifestaba aversión alguna hacia su compañero y le arrollaba y le mordisqueaba con la
brusquedad llena de soberbia de un niño noble dignándose jugar con un villano.
En el momento en que Alvimar se disponía a ofrecer su brazo a la bella Lauriana, se detuvo
al ver que monsieur de Bois-Doré se acercaba a ella con la misma intención.
Pero el cortés hidalgo retrocedió a su vez.
-Este derecho os pertenece -dijo-; un huésped como vos debe estar antes que todos los amigos;
pero sabed el valor del sacrificio que os hago.
-Aprecio todo el mérito que tiene -contestó Alvimar, en cuyo brazo Lauriana apoyó
ligaramente su manita-, y de cuantas bondades tenéis para conmigo, estimo que ésta es la mayor.
-Veo con placer -dijo Bois-Doré, caminando a la izquierda de madame de Beuvre- que
entendéis la galantería francesa a la manera del difunto rey, nuestro Enrique, de grata memoria.
-Espero entenderla mejor.
-¡Oh!, eso sería prometer ya demasiado.
-Al menos nosotros, los españoles, la entendemos de distinta manera. Pensamos que la
fidelidad en el cariño hacia una sola mujer es preferible a la galantería hacia todas.
-¡Oh! Entonces, mi querido conde... ¿Sois conde, verdad, o duque?... Dispensad; pero sois
grande de España; lo sé, lo veo... ¿Caéis en la perfecta fidelidad de la novela? Nada más
hermoso, mi querido huésped, nada más hermoso. ¡A fe mía!
Monsieur de Beuvre llamó a Bois-Doré a poca distancia para enseñarle no sé qué árbol recién
plantado, y Alvimar aprovechó la interrupción para preguntar a Lauriana si monsieur de
Bois-Doré se había querido burlar de él.
-De ninguna manera -contestó ella-; debéis saber que la novela de monsieur de Orfé es la
lectura favorita de nuestro querido marqués, y que se la sabe casi de memoria.
-¿Cómo pueden conciliarse estos gustos de gran pasión con los de la antigua corte?
-Es muy sencillo. Cuando nuestro amigo era joven, dícese que se enamoraba de todas las
damas. Al envejecer, su corazón se ha enfriado; pero pretende ocultarlo, como cree ocultar sus
arrugas fingiendo haber sido convertido a la virtud de los grandes sentimientos por el ejemplo
de los héroes de Astrée. Tanto es así, que para disculparse de no cortejar a ninguna bella se jacta
de permanecer fiel a una, a quien no nombra y que nadie ha visto nunca ni verá jamás, por el
excelente motivo de que sólo existe en su imaginación.
-¿Es posible que a sus años se crea obligado a fingir amor?
-Es natural, puesto que quiere pasar por joven; si confesase que las mujeres le tienen ya sin
cuidado las unas como las otras, ¿por qué había de tomarse el trabajo de embadurnarse la cara
y de gastar peluca?
-¿Entonces creéis que no es posible ser joven sin estar enamorado de alguna mujer?
-Eso no lo sé -contestó alegremente madame de Beuvre-; no tengo experiencia y no conozco
el corazón de los hombres; pero lo he oído decir, y, según parece, monsieur de Bois-Doré debe
estar convencido de ello. Y vos, ¿qué opináis?
Yo creo -dijo Alvimar, que sentía curiosidad por conocer las ideas de la dama- que se puede
vivir largo tiempo con el recuerdo de un amor pasado, en espera de un amor futuro.
Lauriana no contestó, y sus hermosos ojos azules miraron al cielo.
-¿En qué pensáis? -le preguntó él, con una familiaridad acaso demasiado tierna.
La indiscreta pregunta pareció sorprender a Lauriana.
Le miró con un aire que parecía decir: «¿Qué os importa?» Pero desechó de sus palabras toda
dureza inútil, y contestó sonriendo:
-No pensaba en nada.
-Es imposible -prosiguió Alvimar-; se piensa siempre en algo o en alguien.
-Se piensa vagamente, tan vagamente, que al minuto siguiente ya no se recuerda.
Lauriana no decía la verdad. Había pensado en Carlota de Albret, y vamos a traducir lo que
había pasado en su breve meditación.
Aquella pobre princesa se le había como aparecido para inspirarle la contestación que Alvimar
solicitaba; esta contestación era: «A veces una joven que no ha amado nunca y que siente
impaciencia por amar acepta ligeramente el cariño que se le ofrece, y a veces cae entre los brazos
de un malvado, que la martiriza, la deshonra y la abandona.»
Alvimar estaba lejos de suponer la extraña advertencia que esta alma virgen acababa de
recibir; creyó que se trataba de un poco de coquetería, y aunque su alma era como el mármol, el
juego le agradó.
Insistió:
-Apuesto -dijo- que habéis pensado en un amor más real que la pasión de la cual monsieur de
Bois-Doré os da la parodia; en un amor que pudierais, si no sentir, al menos inspirar a un perfecto
caballero.
Tan pronto como hubo pronunciado estas palabras de provocación trivial, pero que supo
matizar con una emoción que se le figuró persuasiva, sintió que el brazo de Lauriana se
estremecía y se separaba del suyo, y al mismo tiempo la vio palidecer y retroceder.
-¿Qué os sucede? -exclamó intentando recuperar el brazo.
-Nada, nada -contestó Lauriana esforzándose en sonreír-. He visto una culebra ahí, entre los
juncos, y he sentido miedo; voy a llamar a mi padre para que la mate.
Y echó a correr hacia monsieur de Beuvre, mientras que Alvimar, buscando al maldito bicho,
batía con su bastón los juncos de la escarpa.
Pero no apareció ningún bicho, ni bonito ni feo, y cuando los ojos de Alvimar buscaron a
madame de Beuvre, la vieron abandonar el jardín y entrar en el patio.
«Es una sensitiva -pensó viéndola alejarse-; sea porque haya tenido miedo de la serpiente, sea
porque mis palabras hayan causado su repentina turbación... ¡Ah! ¿Por qué no tendrán las reinas
y las princesas, que llevan en sus manos los altos destinos, el amoroso candor de las damitas
campesinas?»
Mientras que su vanidad explicaba de esta manera la emoción de Lauriana, la joven había
subido a la capilla de Carlota Albret, no para rezar, pues no solía frecuentar este oratorio católico,
ordinariamente cerrado como santuario de una memoria respetable, sino para cerciorarse de un
hecho que acababa de trastornarla.
Había en la capillita un retrato, ya muy ennegrecido y ahumado por el tiempo, que no se
enseñaba nunca a nadie, pero que se conservaba en el sitio en que se había hallado, por respeto
hacia la disposición de las cosas que fueron del uso de la santa familia.
Lauriana no había visto este retrato más que dos veces en su vida. La primera, por casualidad,
porque una viejecita encargada del aseo de la capilla había abierto, para limpiarlo, una especie
de armario que lo encerraba.
Lauriana era entonces una niña. Sin que supiese por qué, el retrato la había asustado.
La segunda vez era bastante reciente; su padre, al contarle con ciertos detalles de tradición la
historia de la pobre duquesa, le había dicho:
-Y, sin embargo, nuestra santa abuela no aborrecía aquel monstruo. Acaso porque le hubiese
amado antes de conocer los crímenes que le mancillaban; acaso únicamente impulsada por la
caridad cristiana, se impuso como un deber el rezar por él, y guardaba su retrato en la capilla.
Lauriana había comprendido de quién era la espantosa imagen del viejo cuadro y había
deseado volverle a ver. Lo había mirado con atención y sangre fría, y se había jurado a sí misma
no casarse nunca con un hombre que tuviese el menor parecido con aquel terrible rostro.
A pesar de la serenidad de su examen, el espectro había permanecido por algún tiempo ante
sus ojos, y cada vez que se le presentaba una fisonomía siniestra la comparaba instintivamente
con el tipo aborrecido. Pero como era por temperarnento alegre, tranquila, y tan valiente como
la mayoría de las jóvenes castellanas de aquel tiempo de disturbios y de peligros recientes, había
acabado por olvidar su preocupación.
Por lo tanto, al ver a Alvimar no se le había ocurrido establecer la menor aproximación, y aun
en el jardín, al darle el brazo, al conversar alegremente con él, al mirarle frente a frente, tampoco
había sentido temor alguno. Sin embargo, ¿por qué había pensado en Carlota de Albret mientras
que él hablaba? No lo sabía, y al principio no le concedió mucha importancia.
Pero Alvimar había insistido para conocer sus pensamientos; casi le había hablado de amor;
al menos, él, a quien veía por primera vez, le había dicho más en dos palabras que lo que nunca
se atrevió a decirle ninguno de los amigos, jóvenes o viejos, que la rodeaban.
Sorprendida por tanta audacia, había vuelto a mirarle; pero esta vez le había mirado a
hurtadillas, y, sobre el rostro encantador, había sorprendido una sonrisa pérfida; al mismo tiempo,
el perfil, que se dibujaba sobre el fondo rojizo del cielo bajo, le había arrancado un gesto de
terror.
¡El hermoso joven que parecía provocar los primeros latidos de su corazón se parecía a César
Borgia!
Fuese realidad o ilusión, le había sido imposible permanecer un insitante más junto a él.
Había inventado un pretexto a su terror, había huido y venía a mirar el retrato, para borrar o
confirmar sus dudas.
  - VII -
Como anochecía rápidamente, y la parte del patio estaba ya sombría, Lauriana volvió sobre
sus pasos, para buscar una luz en su alcoba, situada en el pabellón que daba a la galería de la
capilla.
El armario que contenía el retrato era una de esas arcas incrustadas en la pared, en las que, en
las iglesias de aldea, se guardan los estandartes de las procesiones. Le abrió con rapidez, y,
colocando convenientemente la bujía, contempló la imagen del infame.
La pintura era hermosa; César y Lucrecia Borgia fueron contemporáneos de Rafael y de
Miguel Ángel, y aquel retrato, algo secamente pintado, tenía el estilo primero de Rafael.
Pertenecía a la misma escuela.
El rostro del duque de Valentinois no ostentaba las manchas lívidas ni las horrendas pústulas
que los historiadores han descrito, ni los ojos bizcos, «que brillaban con tal fulgor infernal, que
ni aun sus compañeros ni sus íntimos podían soportar». Fuese porque el artista le hubiese
favorecido, fuese porque le hubiese pintado en una época de su vida en que el vicio y el crimen
no «sudaban» todavía en su rostro, el caso es que no resultaba feo. El pintor había presentado al
cardenal-bandido de perfil, y el ojo que había copiado miraba recto ante él.
La faz era pálida, atrozmente pálida y delgada; la nariz, estrecha y afilada; la boca parecía no
tener labios -tan incoloros y finos eran-; el mentón era anguloso; el tipo, distinguido; las
facciones, bastante puras; el bigote y la barba, rojos y delicadamente colocados. Pero visto de esta
manera, bajo su aspecto más favorable, aquella cabeza de malvado resultaba acaso aún más
repelente que si hubiese estado roída por la lepra.
Estaba serena y pensativa, y la frente no recordaba en nada a la cabeza aplastada de la víbora.
No, no; era mucho peor; era una cabeza bien conformada, con todas las facultades de la
inteligencia admirablemente desarrolladas para el mal. El ojo, alargado y apenas entreabierto,
parecía estar absorto en la meditación placentera de una maldad, y la imperceptible sonrisa de
la boca tenía la somnolienta dulzura de la ferocidad saciada.
No se sabía exactamente en qué consistía el horror de la expresión; estaba en todo.
Contemplar aquella fisonomía imprudente y cruel producía frío en el cuerpo y en el alma.
«He soñado -pensó Lauriana al detallar las facciones-. No es ni la frente, ni la boca, ni el ojo
de ese español. Por mucho que mire, no encuentro aquí ningún parecido como él.»
Cerró los ojos, para recordarle sin ver el rostro. Le imaginó de frente; estaba encantador, con
una sonrisa de melancolía resignada y orgullosa. Le imaginó de perfil: sonreía. Pero tan pronto
como hubo recordado aquella sonrisa volvió a ver el perfil del infame César, y como si las dos
huellas se hubiesen unido, le fue ya imposible separarlas.
Cerró el armario y miro al púlpito de madera tallada, al reducido altar y al cojín de terciopelo,
negro, blanqueado y usado por las rodillas de Carlota. Dobló las suyas y rezó sin pensar en si
estaba en una iglesia o en un templo, si era protestante o católica.
Invocó al Dios de los débiles y de los afligidos, al Dios de Carlota de Albret y de Juana de
Francia.
Luego, sintiéndose ya tranquilizada y viendo los caballos dispuestos para la marcha de sus
huéspedes, bajó a la sala para recibir su despedida.
Halló a su padre muy animado.
-Venid acá, señora, mi querida hija -le dijo cogiéndole una mano, para que se sentara en la
butaca que Bois-Doré y Alvimar se apresuraban a acercarle-; nos traes la concordia. Cuando las
mujeres dejan a los hombres solos, se tornan adustos y hablan de política o de religión, que son
puntos acerca de los cuales nadie se puede poner de acuerdo. Sed la bienvenida vos, que tenéis
la dulzura de las palomas, y habladnos de las vuestras, que sin duda acabáis de acostar.
Lauriana confesó que se había odvidado de sus tórtolas. Sentía sobre ella la mirada clara y
penetrante de Alvimar. Se atrevió a mirarle. Decididamente, se parecía al Borgia tanto como
pudiera parecerse el buen monsieur Silvain mismo.
-¿Es que otra vez habéis disputado con vuestro vecino? -preguntó a su padre abrazándole,
mientras que alargaba la mano al viejo marqués-. ¿Pero qué importa, puesto que confesáis que
un poco de controversia os es necesaria para la digestión?
-No. ¡Pardiez! -contestó monsieur de Beuvre-. Si hubiese sido con él, no tendría por qué
lamentarme; el pecado hubiese sido el de costumbre. Pero me he dejado arrastrar por mi humor
contradictorio contra monsieur de Villarreal, y eso está contra todas las reglas de la hospitalidad
y de la cortesía. Poned la paz, mi querida hija, y decidle, vos que me conocéis, que soy un viejo
hugonote testarudo y disputador, pero leal como el oro, y que estoy, a pesar de todo, a su entera
disposición.
Monsieur de Beuvre se alababa. No era un hugonote muy feroz, y las ideas religiosas estaban
confusas en su cerebro. Pero tenía odios y rencores políticos bastante vivos, y no podía oír hablar
de ciertos adversarios sin dar rienda suelta a su ruda franqueza.
Alvimar le había ofendido al tomar la defensa del ex gobernador del Berry, el señor duque de
La Châtre, cuyo nombre había surgido en el azar de la conversación.
Lauriana, enterada del tema de la discusión, pronunció dulcemente su fallo:
-Os absuelvo a los dos -dijo-; a vos, mi señor padre, por haber reconocido en monsieur de La
Châtre el valor y el ingenio; a vos, monsieur de Villarreal, por haber abogado en pro de un
hombre que ya no puede defenderse.
-¡Bien juzgado! -exclamó Bois-Doré-, y hablemos de otra cosa.
-Eso es; no hablemos más de aquel tirano -repuso el viejo hidalgo-; no hablemos más de aquel
fanático.
-Vos podréis tratarle de fanático -prosiguió Alvimar, que no sabía ceder-; en cuanto a mí,
habiéndole conocido mucho en la corte, el único reproche que me hubiera podido atrever a
dirigirle hubiera sido el de no amar bastante la verdadera religión y no considerarla más que
como un medio de dominar la rebelión.
-Es verdad, es verdad -dijo Bois-Doré, que detestaba las discusiones y deseaba concluir,
mientras que monsieur de Beuvre, agitándose en su silla, demostraba claramente que la cosa no
había terminado para él.
-Después de todo -concluyó Alvimar, esperando acabar-, ¿no ha servido con todo celo y
fidelidad la causa del rey Enrique, a cuya memoria me parecéis todos completamente adictos
aquí?
-¡Y con razón, señor! -exclamó monsieur de Beuvre-. ¡Con razón, pardiez! ¿Dónde hallaréis
rey mas sabio y más humano? ¿Pero cuánto tiempo le ha estado combatiendo vuestro fanático
liguero La Châtre? ¿Y cuántas veces le han hecho traición? ¿Y cuántos escudos ha habido que
darle para que se estuviese quieto? Vos sois joven y sois un hombre de mundo; no conocisteis
más que al cortesano y al hombre de bellas palabras; pero nosotros, los viejos provincianos,
conocemos muy bien a nuestros tiranuelos de provincia. Quisiera que monsieur de Bois-Doré os
contase de qué modo aquel gran guerrero hizo, con embustes y traiciones, la gloriosa conquista
de Sancerre.
- ¡Pobre de mí! -exclamó Bois-Doré algo malhumorado-.¿Cómo queréis que recuerde
semejante cosa?
-¿Y por qué no habéis de poderla recordar? -repuso Beuvre, sin prestar atención al despecho
del marqués-. ¡No supongo que estuvierais en mantillas!
-Al menos, era tan joven que no me acuerdo de nada -dijo Bois-Doré.
-Pues yo sí me acuerdo -exclamó Beuvre impacientado por la defección de su amigo-, y, sin
embargo, tenía diez años menos que vos, y no estaba presente; era paje del valiente Condé, el
abuelo del actual, y que os juro que valía bastante más que éste.
-Vamos -dijo Lauriana, que aventuró una malicia para sosegar a su padre y desviar la disputa
de su motivo principal-, nuestro marqués tiene que confesar que asistió al sitio de Sancerre y que
se portó valientemente en él, porque eso lo sabe todo el mundo; es por modestia por lo que no
quiere acordarse.
-Bien sabéis que no estaba -prosiguió Bois-Doré-, puesto que me hallaba aquí con vos.
-¡Oh!, no hablo del último sitio, el del mes de mayo último, el que no duró más que
veinticuatro horas y no fue más que el golpe de gracia; hablo del grande, del famoso sitio del año
1572.
Bois-Doré aborrecía las fechas; tosió, se agitó, arregló en la chimenea el fuego, que no estaba
desarreglado; pero Lauriana se hallaba resuelta a inmolarle bajo las flores de la lisonja.
-Ya sé -dijo- que erais muy joven, pero ya os batíais como un león.
-La verdad -prosiguió Bois-Doré es que mis amigos realizaron proezas maravillosas y que el
asunto fue rudo; pero, a pesar de mi buena voluntad, no pude hacer gran cosa a la edad que tenía.
-¡Pardiez! ¡Vos mismo hicisteis dos prisioneros! -exclamó Beuvre golpeando el suelo con el
pie-. En verdad que siento rabia cuando veo un hombre de guerra y de corazón, como vos, negar
sus buenas proezas antes de confesar su edad.
Bois-Doré se sintió hondamente herido y su cara se entristeció; era su única manera de
manifestar enojo a sus amigos.
Lauriana vio que había ido demasiado lejos; quería sinceramente a su viejo vecino, y cuando
él dejaba de reírse de sus malicias, se le quitaban a ella también las ganas de reír.
-No, señor -dijo a su padre-; permitid que vuestra hija os diga que bromeáis. El marqués
estaba lejos de los veinte años y su acto fue, por lo tanto, más hermoso.
-¡Cómo! ¿No tenía veinte años? -tornó a exclamar monsieur de Beuvre-. ¿Es que yo me he
vuelto de pronto el más viejo?
-No se tiene más edad que la que se representa -repuso Lauriana-, y basta con mirar al
marqués...
Se detuvo, sintiéndose sin valor para pronunciar tal mentira a guisa de consuelo; pero la
intención bastó, pues Bois-Doré se contentaba con poco.
Le dio las gracias con una mirada, y su frente se esclareció; Beuvre se echó a reír; Alvimar
admiró la gentileza de Lauriana, y la borrasca quedó desviada.
  - VIII -
Hablaron sosegadamente unos instantes más.
Monsieur de Beuvre rogó a Alvimar que no tomase en cuenta sus salidas y que volviese a los
dos días, con Bois-Doré, que solía almorzar todos los domingos en la Motte; luego vinieron a
anunciar que la carroza del señor marqués estaba dispuesta.
La carroza de monsieur de Bois-Doré era una enorme y pesada berlina, valientemente
arrastrada por cuatro percherones fuertes y hermosos, acaso demasiado gordos, porque en casa
del buen monsieur Silvain todo estaba bien nutrido, bichos y gentes.
Este respetable vehículo, destinado a afrontar las carreteras transitables, y aun las no
transitables tenía una solidez a toda prueba, y si la flexibilidad de su marcha dejaba algo que
desear, al menos el enorme mullido del interior ofrecía a los viajeros la seguridad de no partirse
excesivamente los huesos, aun en caso de vuelco.
Debajo del forro de damasco había un espesor de seis pulgadas de lana y estopa; de suerte que
se gozaba en el vehículo, si no de toda clase de comodidades, al menos de una especie de
seguridad.
Era un hermoso coche, completamente forrado de cuero adornado con clavos, que formaban
cenefas ornamentales alrededor de los tableros. Para subir y bajar había una escalerita, que se
retiraba y se colocaba en el interior cuando el coche se ponía en marcha.
En esta ciudadela ambulante se veía un arsenal, compuesto de pistolas y espadas, sin olvidar
la pólvora y las balas; de suerte que, llegado el caso, podía sostenerse un sitio en regla.
Dos criados a caballo abrían la marcha llevando antorchas; otros dos portaantorchas iban
detrás del coche con el criado de Alvimar, que llevaba el caballo de éste sujetándole por la
rienda. El pajecito del marqués subió al pescante al lado del cochero.
Todo esto se efectuó con un gran estrépito, al que se unió el ruido del puente levadizo al
levantarse tras la cabalgata, y los ladridos alegres de los perros sueltos por el patio, produciendo
tal algarabía, que se oyó hasta en la aldea de Champillé, situada a un cuarto de legua de distancia.
Alvimar creyó deber dirigir a Bois-Doré algunas alabanzas sobre su hermosa carroza, que era
un objeto de lujo y confort poco corriente en provincias y que, particularmente en el país, pasaba
por ser una maravilla. -No esperaba -dijo- encontrar en el interior del Berry las comodidades
de las grandes ciudades, y veo, señor marqués, que lleváis aquí la vida de un perfecto noble.
Nada podía ser más halagador para el marqués que esta última expresión. Era un simple
gentilhombre, y, a pesar de su título, no era, no podía ser, un noble.
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