|
||||
|
-[80]- Disposiciones de los Superiores de la Compañía en favor de los indios SUMARIO: 1. Instrucción de San Francisco de Borja. 2. Prescripciones de los Padres Generales y de las Congregaciones Provinciales. 3. Estudio de la lengua; catecismos; los curatos. 4. Instrucciones del padre Aquaviva; defensa de los indios. ARCHIVO S. J. ASTRÁIN, o. c. IV, lib. 2, c. 7. 1
La Compañía había aceptado por medio de san Francisco de Borja el encargo de evangelizar a los indios de la América española que le hiciera el rey don Felipe II. ¿Cómo cumplieron nuestros padres el sagrado compromiso que habían adquirido? Puede decirse que hemos contestado en parte a esta pregunta en los capítulos anteriores, al referir los trabajos, y afanes de nuestros operarios en favor de la raza conquistada. El cariño extraordinario que les cobraron los naturales es el argumento más convincente del amor y solicitud con que la Compañía se consagró a la evangelización de los indios americanos. Más adelante trataremos por extenso de la obra estupenda realizada por nuestros misioneros entre las tribus ribereñas del alto Marañón y de sus afluentes. Allí podremos apreciar los quilates del celo y de la caridad con que los padres de la Compañía trabajaron por ganar para la Iglesia y para la civilización a millares de indios desparramados por aquellos bosques impenetrables y de clima mortífero para el europeo. En este punto de nuestra historia, queremos detenernos un momento a considerar las normas prudentísimas y llenas de espíritu evangélico, que los Superiores de la Compañía dieron a las provincias de América en orden a promover los ministerios con la raza indígena cuyo mejoramiento material y moral siempre tuvieron ante los ojos. Daremos principio a esta materia con la Instrucción de san Francisco de Borja al padre Jerónimo Ruiz del Portillo, primer provincial del Perú, en la parte que se refiere a los indios «Donde quiera que los Nuestros fueren, dice, sea su primer cuidado de los [indios] ya hechos cristianos, usando diligencia en conservarlos y ayudarlos en sus ánimas, y después atenderán a la conversión de los demás que no son bautizados». Añade luego que procedan en todo «con prudencia, -81- y no abracen más de lo que puedan apretar y así no tengan por cosa expediente discurrir de una en otras partes para convertir gentes, con las cuales después no puedan tener cuenta; antes vayan ganando poco a poco y fortificando lo ganado; que la intención de Su Santidad, como a nosotros lo ha dicho, es que no se bauticen más de los que se pueden mantener en la fe. Para este efecto servirá, en las regiones no del todo conquistadas ni ganadas, procurar hacer su residencia donde tiene la suya el Gobernador, o donde haya presidio que de seguridad. Allí edifiquen su iglesia, y consigan lo necesario para administrar los sacramentos y ocuparse en la predicación. Aunque salgan a una parte y a otra, cuando es menester, tornen a su residencia firme. Tengan mucho cuidado en conocer qué gente es aquella en cuyo provecho trabajan, qué errores y sectas de gentilidad siguen, qué inclinaciones y vicios tienen, si hay doctos o personas de crédito entre ellos, para que éstos se procuren ganar como cabezas de los otros; y qué remedios, conforme a estas cosas se les puedan y deban aplicar; y con los de más entendimiento, procuren más bien con suavidad de palabras y ejemplos de buena vida aficionarlos al verdadero camino que por otros medios de rigor»87. Los misioneros tuvieron siempre muy presentes estas advertencias del santo general; y de un modo particular, la de no usar de rigor con ellos, sino más bien de blandura y compasión. Sobre la manera de proceder con los indios infieles, dice el Santo: «No se pongan en peligro notable de la vida entre gente no conquistada, porque, aunque sea provechoso para ellos el morir en esta demanda del divino servicio muy presto, no sería útil para el bien común, por la mucha falta que hay de obreros para aquella viña, y la dificultad que tendría la Compañía en enviar otros en su lugar». No prohíbe sin embargo que se hagan entradas a las tierras de los infieles; todo lo contrario, sino que se deben hacer cuando convenga, y con la condición de que «cuando hubieren de hacer salidas peligrosas, no sea sin orden del Superior»88. 2 Los Padres Generales siguieron en todo la línea de conducta trazada por san Francisco de Borja, y sus instrucciones no hacen sino explicar o corroborar lo que éste dejó establecido. Así el padre Everardo Mercurián en su carta de 25 de junio de 1577, dirigida a los padres y hermanos de la provincia del Perú, les recuerda la obligación que tienen de ocuparse en la salvación de las almas. Vuelve a repetir la misma recomendación en otra carta de 1.º de octubre de 1578, en la que escribe: «Esta empresa [la conversión de los indios] es propia de la vocación de nuestra Compañía, que ha sido instituida para socorrer estas necesidades de almas tan desamparadas y para atender a la propagación de la fe». En los mismos sentimientos abunda el padre Aquaviva, en carta al Padre Provincial, Juan de Atienza, de 15 -82- de junio de 1584. «Aunque en otra escribo a Vuestra Reverencia cuánto importa el ocuparse nuestros operarios con los naturales de esas partes; he querido con todo eso repetirlo en la presente, así para que entienda Vuestra Reverencia lo mucho que yo lo deseo y como cosa tan encomendada, tome a su cargo la ejecución, como para que viéndose la importancia del negocio, no se pase por ello como por aviso común, ni se contente Vuestra Reverencia con solo el general cuidado que da a lo demás, antes lo tenga siempre muy ante los ojos. Porque es negocio de que Su Santidad ha sido avisado; y como Pastor y Padre, que atiende al inconveniente y perjuicio que se puede seguir a esa tan necesitada gentilidad, de darse los Nuestros al trato de los españoles en tal manera, que poco o nada puedan atender a los naturales, me lo advirtió, mandándome que en ello pusiese remedio. Para gente como nosotros, que profesa obediencia al Papa, basta plenamente esta significación de la divina voluntad manifestada por la voz de su Supremo Vicario». Nuevas instancias en 1591 al mismo Padre Provincial, Juan de Atienza: «Deseo y con todas veras encargo a Vuestra Reverencia que sea único cuidado suyo procurar eficazmente que los Nuestros totalmente, en cuanto se pudiere, se apliquen a los ministerios para con los indios; que a los españoles no les faltan otros muchos operarios». De todas estas citas se deduce claramente que los Padres Generales, y aun el mismo Soberano Pontífice, consideraban como obligación primaria y principal de los jesuitas en América, el que se dedicasen sin reserva al cultivo espiritual de los indios. De hecho así lo entendieron ellos y nadie dudaba que fuese ésta la obligación de todos y cada uno de los miembros de la Compañía, así superiores como inferiores. Esta persuasión era tan íntima, que, cuando se trató de abrir un colegio en Panamá, una de las razones que se pusieron en contra fue que allí no había indios. Por el contrario todos favorecieron mucho las misiones a Quito y la fundación del colegio, entre otras razones, porque allí había muchos indios, muy bien dispuestos para recibir el Evangelio y en quienes se podía hacer mucho fruto89. 3 Estando como estaban los jesuitas plenamente persuadidos que debían dedicarse con el mayor empeño al cultivo espiritual de la raza indígena, era natural que adoptasen los medios necesarios o convenientes para salir felizmente con esta empresa. Apenas llegó al Perú la primera expedición en abril de 1568, tanto el Padre Provincial como los demás padres echaron de ver que, si querían hacer algún bien duradero en los indios, era indispensable aprender su lengua. Aprovechando la circunstancia de haber entrado en el noviciado un sacerdote que dominaba bien la lengua del país, le tomaron por maestro. Se abrió una clase, cuyos primeros discípulos fueron aquellos primeros padres, entre los cuales había ya algunos de edad bastante avanzada, tanto que, como dijimos, no poca admiración causó esto a los españoles de Lima, poco acostumbrados a ver que se tomase tanto -83- trabajo por unos pobres indios: No fue éste un fervor pasajero; el cuidado y solicitud de nuestros Superiores para que cualquiera de los sacerdotes pudiera entenderse en su lengua con los naturales no decayó en lo sucesivo, como lo prueban las muchas normas y preceptos que se dieron sobre este particular. Ya el padre visitador, Juan de la Plaza, en 9 de setiembre de 1578 dejó ordenado «que todos los padres que venían de España, los seis primeros meses después de llegados al Perú, los pasasen en el estudio de la lengua de los indios; pues estudiando con cuidado, se puede alcanzar mucho de ella en este tiempo... Que los que vienen de estudiantes la aprendan durante sus estudios; y que los novicios la estudien por espacio de medio año antes de pasar, a los colegios. Y como no basta la teoría, que todos se ejerciten en las doctrinas; y a este fin que los neo-sacerdotes sean enviados a las doctrinas o curatos de indios, en seguida que terminen sus estudios, para que puedan ejercitarse». Ya indicamos en otro capítulo cómo la Congregación Provincial, tenida en Arequipa en setiembre de 1594, había propuesto algunas providencias muy estrechas para urgir el cumplimiento de estas disposiciones, como la de que ninguno se ordenase sin haber aprendido antes la lengua del país y la de no proponer para cargos de gobierno, sino a los que hubieran adquirido la suficiente soltura en el uso de la lengua indígena. No fueron únicamente los Superiores de la provincia del Perú los que se interesaron por el estudio de la lengua de los indios, sino que los Padres Generales tomaron de una manera eficaz cartas en el asunto. Así, por ejemplo, decía el padre Everardo Mercurián en carta de 25 de junio de 1577: «La segunda cosa que recomiendo es que ya que no puede enseñar el que no sabe hablar, los que serán destinados a la enseñanza de los indios, se esfuercen cuanto más pudieren en aprender las lenguas de aquellas tierras, porque de esta manera el bien será tanto más divino cuanto fuere más universal. Se evitarán muchos inconvenientes, que de otra manera se seguirían, atenta la poca seguridad y eficacia que tienen los intérpretes y la dificultad, y aun imposibilidad, de administrar por medio de ellos los sacramentos como por ejemplo el de la Penitencia. La tercera es que, si se cumple con las Constituciones de nuestro padre San Ignacio de santa memoria por las cuales manda aprender la lengua de la india, es muy probable que Dios Nuestro Señor concurrirá con mayor influjo de su gracia a nuestras obras...». En carta de 1 de octubre de 1578, volviendo a tratar el mismo asunto, añade: «Siendo, como lo es, medio necesario para la conversión de los indios el aprender su lengua, nos hemos consolado y edificado mucho de entender que algunos se dan a se estudio tan de veras; y deseo ver en todos universalmente esta aplicación para corresponder de su parte, a lo que se pretende con enviarlos a la América»90. -84-En abril de 1591, el padre Claudio Aquaviva da la siguiente respuesta a una pregunta que le hacía en su Memorial el procurador del Perú: «Si convendrá que no se dé la profesión sino al que supiere la lengua para ayudar a los indios». «Días ha, responde el Padre General, que para significar la obligación que los Nuestros tienen de aprender esas lenguas, y nuestro deseo de que las aprendan, dimos orden a otras Provincias ultramarinas, y creemos la tendrán también en esa, que ninguno se ordene de Orden sacro, sin saber alguna de las lenguas de los naturales para el fin que aquí se dice. Mas con todo eso, ni entonces nos pareció, ni ahora nos parece, dar la misma orden para los que han de hacer la profesión; no porque no deseemos que los sacerdotes que están más obligados que los demás por el orden que tienen de aprender la lengua, sino porque en algunos sacerdotes puede haber causas que podrán justamente excusar de no saber la lengua o absolutamente, o por lo menos no tan presto como merecen de ser profesos». En 1591, al dar algunos avisos al padre provincial, Juan de Atienza, vuelve el padre Aquaviva a insistir sobre este punto. «Deseo y con todas veras encargó a Vuestra Reverencia que los Nuestros totalmente se apliquen a los ministerios para con los indios... y para ello que haya más cuidado de aprender la lengua y se vea en esto que los Nuestros andan con fervor. Sería bien que en cualquiera de los colegios donde hubiese comodidad; se leyese una lección de lengua; y que entiendan todos, según el orden que ya se escribió y nuevamente renuevo e intimo, que no se han de ordenar hasta que la sepan»91. La Congregación General quinta en 1593, en su decreto sesenta y siete dio fuerza de ley a todas estas ordenaciones y estableció para siempre la obligación de aprender la lengua de los indios con la suficiente perfección para predicar en ella y administrar los sacramentos y declaró cuál era el fin único, o por lo menos principal, por el cual los Nuestros eran enviados a América: «Supuesto que el conocimiento perfecto de las lenguas es sumamente necesario a los que se hallan en las Provincias de Indias para atender a la salvación de los indios, lo que constituye el fin único o principal porque son enviados nuestros operarios a esa parte de la viña del Señor; ha parecido a toda la Congregación mandar seriamente a todos los Superiores y demás Padres y Hermanos que se hallan en esas regiones, que, cumplan con exactitud lo que muchas veces han encargado los Padres Generales sobre el estudio y ejercicio de la lengua de los indios; y que los Superiores con todo cuidado y diligencia, y aun precediendo con el ejemplo, promuevan, estimen y hagan tener en mucha estimación este ministerio de la salvación de los indios, que es de tanto precio a los ojos del Señor»92. -85-Para promover más eficazmente los ministerios con los indios, y a manera de comentario del decreto de la Congregación general quinta, el padre general Claudio Aquaviva envió, el 11 de diciembre de 1607, al padre Gonzalo de Lira, provincial del Nuevo Reino, la instrucción que había dado ya en 2 de abril de 1603, para que desde el principio de su gobierno tuviese normas seguras y fijas con que dirigirse en la evangelización de los indios. La copiamos aquí íntegramente por ser un documento de grandísima importancia. Dice así:
A la verdad, no podía hacer más el Padre General a fin de promover la predicación del Evangelio a los indios, y puede decirse que a estas normas se atuvieron en adelante los Superiores en América y los Prepósitos Generales en Roma. En tiempo posterior, se añadió que el conocimiento perfecto de una lengua indígena, a juicio de los entendidos, podía constituir un título supletorio para conceder la profesión de cuatro votos94. Fruto inmediato de esta obligación de estudiar la lengua de los naturales fue la composición y la publicación de muchas obras destinadas a facilitar este estudio, como gramáticas y diccionarios en quichua, en aymará, en lengua muisca y en otras muchas. Ya desde los primeros tiempos de la Compañía en América, abundaron esta clase de obras y se fueron multiplicando a medida que la labor evangélica -87- de los misioneros se extendía a naciones nuevamente descubiertas y catequizadas. Para terminar este punto, diremos algo sobre los curatos o Doctrinas de indios. El 9 de setiembre de 1578 en la consulta que el Padre Visitador, Juan de la Plaza, tuvo con el padre provincial José de Acosta y sus Consultores, se trató detenidamente sobre los diversos ministerios, que se habían de ejercitar en la provincia del Perú para la conversión de los indios y su conservación en la fe cristiana. Viniendo al punto de si convenía que los religiosos de la Compañía tomasen a su cargo Doctrinas, o sea curatos de indios, todos fueron de unánime parecer, que no se debían admitir por los gravísimos inconvenientes que había en ese ministerio. Temíase que estas doctrinas constituyesen un grave peligro de disipación y aun de relajación para el religioso doctrinero, por la mayor libertad en que se había de encontrar, no estando sujeto a la disciplina de una casa religiosa. Veíanse también peligros para la pobreza religiosa por causa de los derechos parroquiales y de las donaciones y servicios a que los indios estaban obligados a título de retribución. Otro inconveniente, mayor todavía, era la dependencia y sujeción del doctrinero al vicepatrono, por las disposiciones del Real Patronato. Por fin eran de preveer frecuentes desavenencias con los prelados, que en aquellos tiempos no se contentaban con visitar las cosas, sino que pretendían visitar las personas. Sin embargo, a pesar de todos estos inconvenientes, algunos de los cuales habían ya experimentado, de parte del Virrey, don Francisco de Toledo, en su calidad de vicepatrono, confiando que el Padre General, con su acertada dirección lograría quitar o por lo menos disminuir muchas de estas dificultades, determinaron admitir una que otra parroquia de indios, siempre que constase, que era no sólo conveniente, sino hasta necesario para su evangelización y provecho espiritual. Debidamente informados de todo los Padres Generales, hicieron en favor de los indios una como excepción de la regla de no admitir parroquias, y permitieron que los nuestros formasen doctrinas de indios, pero con tales condiciones, que casi venían a transformarse estas doctrinas, en residencias de la Compañía entre indios. 4 Hemos dicho más arriba que la causa de que el Virrey, don Francisco de Toledo se malquistase con la Compañía fue el no admitir nuestros padres doctrinas o curatos de indios en la forma que él pretendía, esto es imponiéndolas, en virtud de los derechos del Real Patronato. Consultado el padre Mercurián sobre este punto, dio permiso a los Superiores del Perú para que admitieran algunas doctrinas, aunque siempre con las restricciones y cautelas que eran del caso. Pero como ocurriesen de continuo nuevas dificultades, el padre Aquaviva envió al Perú la Instrucción que copiamos a continuación:
Como por las disposiciones anteriores, aún no desaparecían todas las dificultades que solían presentarse en la admisión de parroquias de indios, el mismo padre Aquaviva envió el 1º de junio de 1608 le siguiente Instrucción acerca de «Cómo se han de haber los Nuestros -89- en tomar y regir Doctrinas de indios». La reproducimos aquí por las cosas notables que en ella se contienen.
De todo lo dicho hasta aquí, se infiere que la obra de los jesuitas en favor de los indios fue sobremanera benéfica, así en el orden espiritual como en el temporal. Por ellos se sacrificaron a fin de defenderlos, y los muchos trabajos que hubieron de sufrir a menudo no tuvieron otra causa que su empeño en librar a los indios de injustas vejaciones. Tendremos ocasión en esta historia de comprobar esta afirmación. Aquí sólo diremos algo sobre las disposiciones de los Padres Generales, y la consiguiente conducta de sus súbditos, acerca de dos puntos algo más que espinosos en sí: las «entradas» a las tierras de indios infieles y las «reparticiones» de los mismos indios. El padre visitador Juan de la Plaza, que llegó a Lima en 1574, traía en su Instrucción normas dadas por el padre Mercurián sobre las «entradas» o expediciones a tierras de infieles. El Padre General distinguía dos casos: Si estas «entradas» eran de soldados y gente armada que iban simplemente a acometer y aun a matar a los indios infieles, con el único fin de esclavizarlos, so pretexto de reducirlos a nuestra santa fe y al servicio del rey, abuso muy común entonces, el Padre General prohibía a los misioneros que tomasen parte en esa clase de expediciones. Pero si se trataba de «entradas» sin armas, emprendidas por algunos seglares por razón de sus granjerías el Padre General mandaba que se examinase bien el motivo por el cual se emprendía la expedición, y que los padres tomasen parte en ella o se abstuviesen, según que éste fuese o no injusto. Para formar su juicio en esta materia debían atenerse a lo ya decretado por los Prelados en los Sínodos, o por los Superiores. En cuanto a las «reparticiones» de indios que solían hacer los Virreyes, los Padres Generales mandaron a sus súbditos que se negasen a tener la menor parte en ellas. -[91]- Régimen interno del colegio de Quito SUMARIO: 1. Nuevos sujetos; la Congregación Provincial; visita del padre Esteban Páez en Quito. 2. División de la Provincia del Perú; la Provincia del Paraguay y la Viceprovincia del Nuevo Reino. 3. Destino del colegio de Quito; el noviciado; la nueva iglesia de la Compañía; disciplina religiosa. GONZÁLEZ SUÁREZ, o. c. lib. 3. c. 2. ASTRÁIN, o. c. IV, I. 3. c. 8. Archivo S. J. 1 Los padres provinciales del Perú tuvieron especial cuidado en proveer el colegio Quito de sujetos aventajados en letras y virtud. Como ya dijimos, en 1588 vinieron cuatro religiosos, y entre ellos el fervoroso apóstol de los indios, padre Onofre Esteban; en 1589 fueron enviados otros cuatro y con ellos el eminente escritor ascético, padre Diego Álvarez de Paz, y así sucesivamente, casi cada año venía algún nuevo refuerzo, sobre todo, cuando llegaban al Perú nuevas remesas de misioneros enviados desde Europa por el Padre General. En una de estas expediciones llegaron a Quito, en 1597, los padres Alonso de Rojas, Juan Pedro Severino y en su compañía el padre Rafael Ferrer celoso misionero, apóstol de las cofanes, que murió años adelante, mártir de Jesucristo. Con la ayuda de estos y otros operarios pudo el colegio, desde 1594, establecer cátedras de todas las facultades que se solían entonces enseñar. En 31 de julio de 1599, tomaban tierra en el Callao el padre Esteban Páez, que venía en calidad de Visitador, y el padre Rodrigo de Cabredo que había sido nombrado Provincial. Determinaron hacer ambos la visita de la Provincia a un mismo tiempo, aunque en colegios diferentes. El padre Rodrigo de Cabredo fue a visitar el colegio de Quito, y el padre Páez emprendió la visita de los colegios del Perú principiando por el del Cuzco. Pronto, sin embargo, tuvo que suspender la visita el Padre Provincial, Rodrigo de Cabredo por tener que convocar y presidir la quinta Congregación provincial que se tuvo en Lima el 18 de diciembre de 1600. Llevó en su compañía, como vocales de la Congregación, al padre Diego Álvarez de Paz, Rector del colegio, y al padre Juan de Frías -92- Herrán, Maestro de teología. No pudieron asistir a aquella Congregación los padres Onofre Esteban y Juan de Alba, aunque ambos, como profesos, tenían voto en ella, por hallarse ocupados en una de las ordinarias misiones que solían hacer entre los indios. Entre tanto, terminada la visita de los colegios del Perú y de las misiones del Tucumán, el padre Esteban Páez volvió a Lima, para de ahí encaminarse a Quito y visitar aquel colegio. Estando en Lima despachó a Roma al padre Diego de Torres, nombrado Procurador en la Congregación de 1600 con los papeles de la parte de la visita que ya había terminado. Envió asimismo su parecer y el de otros padres acerca de la división de la provincia del Perú, que todos juzgaban absolutamente necesaria. Despachados estos asuntos, emprendió su viaje a Quito, adonde llegó el 7 de julio de 1601. Era el primer Visitador que había venido a estas tierras, y fue recibido de todos con mucho amor y entusiasmo. Encontró en el colegio una Comunidad bastante crecida, pues el número de religiosos ascendía a veintidós: diez sacerdotes, dos estudiantes y diez coadjutores. Según consta de las Actas de su Visita, el padre Páez quedó muy satisfecho del modo de proceder que todos tenían, así dentro como fuera de casa. Había notable fervor y aprovechamiento en los estudios tanto de parte de los Seminaristas como de los demás colegiales, teniéndose a sus debidos tiempos aquellos ejercicios literarios que la Compañía acostumbraba entonces, con mucho provecho de los alumnos. Quedó así mismo muy consolado y edificado del buen espíritu religioso que se notaba en todos. La observancia regular era exacta, aunque se había tenido que lamentar, de vez en cuando, alguna falta más notable. Es característico de la época el que tuviese el Visitador que quitar algunos usos piadosos, que poco a poco se habían introducido, y que no eran tan conformes al espíritu de la Compañía100. En cuanto a los ministerios con los prójimos, halló que todos estaban en el orden en que debían hallarse. Estaban nombrados dos predicadores para solos españoles, y los indios tenían también designados los suyos así como confesores especiales para ellos solos. Atendían con gran fervor nuestros padres a la explicación, de la doctrina cristiana y a las diversas Congregaciones, destinadas a fomentar la piedad. No tuvo, pues, el Padre Visitador otra cosa que hacer sino corregir algunas ligeras faltas particulares, y exhortar a todos; para que prosiguiesen con el mismo afán en los ministerios que habían emprendido con provecho de los prójimos101. -93- 2 Concluidos los arreglos referentes a la buena marcha del colegio y al aprovechamiento en los estudios, vino a ocupar la atención del Padre Visitador uno de los puntos principales, si no el principal que le había traído hasta Quito, cual era la división de la provincia del Perú, pues en aquella época abarcaba todos los territorios que poseía España en la América del Sur, desde Panamá hasta el cabo de Hornos. Este asunto se había tratado ya en la Congregación Provincial de 1600, que la había declarado sumamente necesaria, y pedido con instancia al Padre General, aunque con la siguiente reserva; «Los habitantes del Nuevo Reino de Granada han pedido muchas veces que la Compañía funde alguna casa en sus tierras, y ahora parece hacen nuevas instancias e interponen la autoridad de muchas personas y hasta de Príncipes. Siendo esto así, la Congregación toda juzgó que se debía representar al Padre General, caso que condescienda a sus ruegos, que aquel Reino dista tanto del Perú, por su posición geográfica y por razón de la poquísima comunicación que hay entre ambos países, que los Padres que estuviesen en el Nuevo Reino de Granada, de ningún modo podrían ser dirigidos, ni gobernados por el Provincial de esta Provincia del Perú. Pero, si Nuestro Padre juzgase que se debe fundar una nueva Provincia en aquellas regiones, la Congregación con todo ahínco le pide, que no separe de esta Provincia del Perú la Residencia de Panamá para adjudicarla a la Provincia que se ha de fundar, porque esto redundaría en grave daño nuestro»102. Se trataba en efecto de dividir la provincia del Perú en tres, una Provincia o Viceprovincia al norte con Quito, Panamá y las casas que de nuevo se fundasen en el Reino de Nueva Granada, y otra al sur, con Santa Cruz de la Sierra, Chile y las misiones del Tucumán. Algunos opinaban que fuesen Provincias independientes de la del Perú, otros Viceprovincias dependientes, por no tener todavía los elementos necesarios para una Provincia. Este era el sentir del padre Juan de Alba, rector de Quito, cuando escribiendo al Padre General el 7 de abril de 1601 observaba «que no parecía pudiese formarse una Provincia con el colegio de Quito como cabeza y el colegio de Panamá que todavía no se podía llamar colegio, pues no era sino una Residencia». El padre Esteban Páez que conocía perfectamente todas las razones favorables a la división de la Provincia, después de examinar el asunto, en el lugar mismo, escribió al Padre General que en una forma u -94- otra; era necesario que la división se efectuase, aunque no fuera más que por la imposibilidad en que se hallaba el Padre Provincial de dirigir y gobernar a sus súbditos esparcidos en tan grande extensión de territorio. La formación de la Viceprovincia del sur no ofrecía mayores dificultades; con todo la última determinación del Padre General fue un poco diferente de lo que los padres de Lima le habían propuesto, y de lo que él mismo se inclinaba a adoptar en un principio, que era formar una Viceprovincia con nombre de Santa Cruz de la Sierra, a la que correspondiesen todos los territorios situados al sur del Perú. Mientras estaba deliberando sobre lo que era más conveniente, llegaron a Roma cartas de los misioneros del Tucumán, y en vista de lo que en ellas se decía, se determinó a erigir una nueva Provincia con el nombre de provincia del Paraguay. Así lo ejecutó en efecto, y en carta de 9 de febrero de 1604 dirigió la patente de primer Provincial de la provincia del Paraguay, al padre Diego de Torres Bollo, el cual habiendo desempeñado su cometido de Procurador de la provincia del Perú, se hallaba todavía en Valladolid de vuelta para Lima. No fue tan fácil para el padre Aquaviva constituir la Viceprovincia del norte, a causa sobre todo de la posición geográfica del colegio de Quito. Como viese razones poderosas por una parte y otra, estuvo indeciso por algún tiempo. Según el plan primitivo del Padre General, el colegio de Quito debía ser cabeza de la nueva Viceprovincia, y residencia del Padre Viceprovincial. Pero contra esta disposición existía siempre una gravísima dificultad, casi la misma, puede decirse que había para Lima; la enorme distancia que mediaba entre Quito, Panamá, Santa Fe, y las demás casas que se fuesen fundando en el Nuevo Reino de Granada. ¿Qué facilidad de comunicaciones podía tener el Superior que residiese en Quito con sus súbditos desparramados por el Nuevo Reino? En el libro segundo de esta Historia expondremos de propósito los pasos que se dieron en este asunto hasta quedar constituida la Provincia del Nuevo Reino de Granada, a la que fue adjudicado el colegio de Quito103. 3 La Provincia del Perú sintió mucho la separación del colegio de Quito que ella había fundado y levantado a tan alto grado de prosperidad. Por esto, en su sexta Congregación Provincial, (15 de agosto de 1606) convocada por el padre Esteban Páez, que había sido Visitador en Quito, y en la cual entraban como vocales, dos antiguos Rectores de Quito, los padres Baltasar Piñas y Diego Álvarez de Paz, formuló la siguiente petición en su primer postulado al Padre General:
Las razones por las cuales el colegio de Quito debía ser otra vez reunido a la provincia del Perú, las trae el padre Menacho, secretario de la Congregación, en una hoja aparte que dice así: Por estas razones que daba la Congregación y por las relaciones del padre procurador del Perú, padre Alonso de Mesía, el padre Aquaviva bien enterado de las dificultades que aquellos caminos y distancias ponían a la comunicación entre súbditos y superiores, separó nuevamente el colegio de Quito de la viceprovincia del Nuevo Reino por decreto de 3 de febrero de 1609, en que notificaba su decisión al padre viceprovincial Gonzalo de Lira, dándole por razón: «lo largo y dificultoso del camino, lleno de toda clase de peligros y privaciones». De este modo volvió el colegio de Quito a pertenecer a la provincia del Perú hasta el 3 de noviembre de 1617, en que otra vez fue adjudicado a la provincia del Nuevo Reino, formando parte de esta provincia hasta el 21 de noviembre de 1696, en que esta Provincia fue Dividida en dos por el padre Tirso González. Todos estos cambios, como se puede echar de ver, provenían únicamente de la dificultad de comunicaciones, y como existían casi -96- las mismas para comunicar con Lima, la suerte del colegio de Quito no mejoraba mucho con pertenecer a una u otra Provincia. Por esto, de hecho y en la práctica, el colegio de Quito vino a vivir una vida casi independiente hasta 1696, en que se erigió la provincia de Quito. Por esto mismo, el rector de Quito tenía ordinariamente las facultades de Viceprovincial. En estos años en que el gobierno del colegio de Quito y de la Provincia toda, sufría tantas vicisitudes y cambios tan esenciales, el colegio no experimentó ningún entorpecimiento, ni en su marcha ordinaria, ni en sus ministerios, antes bien, con la bendición de Dios, pudo registrar nuevos progresos importantes. El primero y de más trascendencia fue la fundación del noviciado en el edificio del mismo colegio. Hasta el año de 1605 se habían admitido en el colegio, por concesión especial, pero el noviciado no se había inaugurado oficialmente. Dio principio a éste el padre Diego de Torres, cuando llegó a Quito de paso para Santa Fe, a donde iba a fundar la provincia del Nuevo Reino de Granada. El número de novicios desde el principio no fue muy crecido, por el cuidado, y aun la severidad que había para la admisión, de modo particular de los que pretendían ser admitidos como estudiantes. Su número era de ocho, cuando el padre Rafael Ferrer se hizo cargo del noviciado en 1608, dejando por algún tiempo su querida misión de los cofanes. También a impulsos del padre Diego de Torres se empezó la construcción de la iglesia de la Compañía en el sitio donde se halla actualmente. El solar fue comprado el 25 de enero de 1605 por el padre rector del colegio Nicolás Durán Mastrilli105, quien inmediatamente procedió a la colocación de la primera piedra, continuándose con grande animación y fervor los trabajos, de suerte que en 1613 la nueva iglesia pudo abrirse al culto divino, aunque no todavía terminada, pues solamente las tres naves estaban concluidas. Hacen notar las Cartas Anuas, que tan rápida construcción, en sólo el espacio de ocho años, se pudo conseguir gracias a las abundantes limosnas de muchos y generosos bienhechores de la ciudad de Quito, que dieron para terminarlo, y para su adorno y embellecimiento. Los indios por su parte concurrieron de muy buena voluntad, y fueron los principales trabajadores de toda la obra. Al nuevo templo se le dio por Patrono a San Ignacio de Loyola. La antigua iglesia de San Jerónimo que nuestros padres habían levantado para ejercitar en ella sus ministerios, cuando dejaron Santa Bárbara en 1589, pasó después en 1613, a ser propiedad del seminario de San Luis, conforme a la permuta de terrenos hecha en 1597 entre el Seminario y el Colegio Máximo de la Compañía. Escasas son las noticias que nos quedan acerca del colegio de Quito desde su nueva incorporación a la provincia del Perú hasta -97- su separación y agregación definitiva a la provincia del Nuevo Reino de Granada y Quito, nombre que dio a la nueva Provincia el padre Mucio Vitelleschi, al erigirla el 3 de noviembre de 1617. Las Congregaciones siguieron siempre florecientes en nuestra iglesia de san Jerónimo, y contribuyeron eficazmente a que se edificase la nueva iglesia de San Ignacio, a la que se trasladaron en 1613. Réstanos ahora decir algo de la disciplina religiosa. En este punto se puede decir que la observancia regular era floreciente. El gran maestro de espíritu, padre Diego Álvarez de Paz, había dejado no sólo muy buenas enseñanzas, pero, lo que es más, muy buenos ejemplos de toda virtud durante los diez u once años, que como súbdito o como Superior, había vivido en el colegio de Quito. Para evitar faltas de pobreza y otros graves inconvenientes, el Padre General había prohibido ya con todo rigor que nadie pudiese enviar dinero a España, directa ni indirectamente, por sí ni por otra persona. Por su parte, los Superiores de la Provincia y de la casa tenían grande cuidado de que no se faltase en esta materia. La Comunidad no bebía vino, ni otra bebida artificialmente preparada. En cuanto al vestido, estaba mandado que las medias fuesen de estameña parda o negra en tierra fría, y en tierra caliente de crea teñida, el manteo y sotana eran de paño negro en tierra fría, y en caliente de estameña negra. No se usaban medias de punto, ni paño de Castilla. Por lo que toca a los viajes, el padre provincial Diego Álvarez de Paz ordenaba el 22 de febrero de 1616: «que los vestidos de viaje fuesen conformes a la pobreza que profesamos, que no se usasen capotes de "chumbi" muy finos, ni capotillos de piel de tigre». El ajuar de los aposentos no podía ser ni más pobre, ni más sencillo: Una imagen de papel, dos o tres sillas los sacerdotes, y una sola los demás, y para la cama, un colchón, una almohada, una frazada, un cobertor de paño negro o pardo, dos sábanas, la una de tocuyo, una cortina de manta o de estameña negra o parda los sacerdotes, los demás ninguna. Y como ejercicio público de humildad y mortificación, toda la Comunidad, menos el Padre Ministro, pero con el Superior a la cabeza, bajaba todos los sábados, por la tarde, a barrer la iglesia. Si era de edificación ver a toda la Comunidad barriendo la iglesia el sábado por la tarde, no lo sería menos ver el cuidado con que los padres atendían al bien y provecho de las almas. Todos los sábados y vísperas de fiestas, los domingos y días festivos, en especial los de comunión general o de grande concurso, todos los sacerdotes incluso el Superior, bajaban a la iglesia para oír las confesiones, de donde nadie se levantaba hasta haber oído al último penitente. Para atender a las confesiones de los enfermos, había siempre, en el colegio dos mulas preparadas, de suerte que así los pobres como los ricos eran siempre socorridos al punto. Si el enfermo estaba para morir, el confesor no le dejaba hasta que el moribundo hubiese entregado el alma a Dios, ayudándole en este último trance. -[98]- Ministerios apostólicos y martirio del padre Rafael Ferrer SUMARIO: 1. El padre Rafael Ferrer y sus misiones. 2. Su entrada a los Cofanes; frutos de su apostolado; sus compañeros. 3. Persecución provocada por los encomenderos; es llamado a Quito. 4. Vuelve a los Cofanes y recibe la palma del martirio. ARCHIVO S. J. MANUEL RODRÍGUEZ, El Marañón y Amazonas, lib. I, c. 10; ASTRÁIN, o. c. lib. 3, c 7. VELASCO, Historia... Crónica... año de 1609, siguientes; TANNER, Societas Jesu usque ad sanguinis et vitae profusionem militans; FELIPE ALEGAMBE, Mortes illustres... padre 269, MENDIBURU, Diccionario histórico-biográfico del Perú, III, padre 337; PABLO MARONI, Noticias auténticas del famoso río Marañón, Apéndice V. CHANTRE, Historia de las Misiones de la Compañía de Jesús en el Marañón español, lib. 1, c. 9. GONZÁLEZ SUÁREZ, o. c. lib. 5, c. 3. ANNUAE PERUVIANAE. 1
Desde un principio nuestros padres pusieron los ojos en la conversión de los muchos infieles que vagaban en las selvas de la región oriental. Con la noticia, aunque algo confusa que se tenía de la nación de los cofanes, juzgaron los Superiores que la Compañía podía emprender sin más tardanza la evangelización de los gentiles. El padre Rafael Ferrer fue el escogido para dar comienzo a esta gloriosa empresa. Era este padre natural de Valencia, insigne por sus letras y sobre todo por su acrisolada virtud. Había entrado en la Compañía en la provincia de Aragón, el 8 de abril de 1587, siendo de veintiún años de edad. Terminado su noviciado, pasó al Nuevo Mundo con el fin de consagrarse enteramente a la conversión de los infieles. A esta ocupación le inclinaba fuertemente junto con su grande amor de Dios y celo ardiente de las almas, la esperanza de poder alcanzar algún día la corona del martirio. Apenas llegado a Quito por 1597, aprendió muy pronto la lengua quichua, y se entregó luego por completo a los ministerios, así con los españoles como con los indios. Para satisfacer a una petición del señor Obispo y de la Real Audiencia, el padre Ferrer fue enviado a la ciudad de Pasto en compañía del padre Diego de Cuenca. Es increíble lo que tuvieron que sufrir los dos misioneros en aquel largo camino, en varios puntos completamente intransitable, empleando siete días entre pantanos y malezas para recorrer un espacio de cinco leguas. En algunas ocasiones, aun la -99- propia vida estuvo en peligro, pues el padre Ferrer al pasar un puente, formado de varios palos mal unidos entre sí, dio tal caída que se tuvo por milagro que ahí no pereciese106. Durante todo el trayecto, a pesar de la fatiga, los dos misioneros iban ejerciendo el sagrado ministerio con los españoles y con los indios de las poblaciones por donde pasaban, las que por la escasez del clero se hallaban en grave necesidad espiritual. Llegaron finalmente a Pasto donde con su celo y predicación fervorosa cosecharon fruto abundante en las almas. Terminada allí la misión, fueron llamados a Cali por el señor obispo de Popayán. Grandes eran las necesidades espirituales de la ciudad de Cali, debido, como en otras partes, a la escasez de clero. Dieron principio a su predicación contra los pecados y vicios así privados como públicos, pero según se colige de las «Relaciones» con fruto bastante escaso. Hacían fuerte oposición algunos a quienes la enmienda general de las costumbres, no convenía a sus intereses temporales. Para apartar al pueblo de las instrucciones de los misioneros, se les ocurrió organizar algunas representaciones teatrales, de asuntos más o menos piadosos, y escogieron para este fin la iglesia por no haber otro local de suficiente capacidad. Conoció el padre Ferrer, el daño que de ahí podía originarse para el fruto de la misión, y procuró con todas sus fuerzas estorbar el mal intencionado propósito, pero nada obtuvo ni con ruegos, ni con reconvenciones. Estando, pues, todo dispuesto y reunida la gente, un poco antes que la representación empezase, salió de improviso el padre Ferrer al escenario, crucifijo en mano; y predicó con tanto fervor contra aquella diversión y sobre la necesidad de hacer penitencia; que su auditorio, asombrado primero y aterrado después, prorrumpió en copioso llanto, volviendo los asistentes a sus casas con firme propósito de oír la palabra del santo misionero y de reformar sus costumbres. Desde el día siguiente, fueron numerosas las confesiones, con tan grande mudanza de vida, que la ciudad parecía totalmente otra, habiendo desaparecido los escándalos que la desdoraban. Este caso nos da claramente a conocer el celo y fervor de este varón apostólico. De Cali los misioneros volvieron a Quito, ejercitando su sagrado ministerio en todo el trayecto; así como lo habían hecho a la ida. Como el padre Ferrer no podía avenirse con el descanso, siguió con el ordinario trabajo de sus misiones, por lo cual en 1602 lo hallamos predicando, y con mucho fruto en Sevilla del Oro, ciudad hoy enteramente destruida107. 2 Aunque el padre Ferrer trabajaba muy gustoso en favor de los indios ya bautizados, su empeño principal era ir a llevar la luz del Evangelio a los gentiles que yacían en las sombras de la infidelidad. Una de las naciones de indios que por aquellos tiempos más atraían la atención de los habitantes de Quito era la llamada de -100- cofanes, tanto por su barbarie como por su gran valor militar, habiendo causado mucho daño a varios pueblos de españoles. Estaba situado el país de los cofanes al este de Quito, a unas sesenta leguas; de distancia, extendiéndose su territorio, como medio grado al norte y medio grado al sur de la línea ecuatorial, en los descensos orientales de la Cordillera de los Andes. Los gobernadores y encomenderos de Quijos al Sur, y de Sucumbíos al Norte, nunca se atrevieron a conquistar el país de los cofanes, tanto por la grande aspereza de aquellas tierras, como por la ferocidad de sus moradores. Este fue el glorioso campo de acción del padre Rafael Ferrer a quien Dios tenía escogido para llevar la luz de la fe a aquella gentilidad y sufrir inmensas penalidades por causa de la codicia de los encomenderos, hasta ver destruida su obra, y perder él mismo la vida en la demanda. Designado por sus superiores para tan gloriosa empresa, el padre Ferrer se aprestó inmediatamente para el viaje, cuyos preparativos se redujeron a tomar el Santo Cristo, que siempre llevaba al pecho en sus excursiones evangélicas, la Biblia, el breviario y lo necesario para escribir. Provisto de la autorización de la Real Audiencia en lo temporal, y de amplísimas facultades del señor Solís en lo espiritual, se dirigió a la provincia de Imbabura, y por el pueblo de Pimampiro, atravesó la Cordillera oriental de los Andes, yendo a parar, después de innumerables penalidades y rodeos a la región que entonces tenía el nombre de provincia de los yumbos, en el gobierno de Quijos. Se detuvo ahí algún tiempo, tomando las mejores informaciones que pudo haber acerca de los cofanes, y a fines de 1602 o principios de 1603, hizo su entrada en aquella nación, solo, sin armas ni provisiones, fiado únicamente de la divina Providencia. Mucho podía temer por su vida de parte de aquellos bárbaros, que aborrecían a los españoles y los querían exterminar a todos; mas no por esto se acobardó su animoso corazón y con valor e intrepidez se presentó entre ellos en nombre del Señor108. Los cofanes, al verle solo y desarmado, entendieron que los iba a buscar de paz, y reprimiendo su fiereza, la recibieron con buena voluntad. Inmediatamente dio el padre principio a la evangelización de aquellos pobrecitos, y como el Cielo le había dotado de especiales aptitudes para aprender las lenguas, aun las más difíciles, pronto los pudo instruir directamente. Principió por ganarse la voluntad de los infieles, sobre todo de los caciques, antes de hablarles mucho de religión. Conseguido esto, pasó a explicarles las verdades de nuestra santa fe, con la seguridad de que penetrarían fácilmente en el corazón de sus oyentes. Su buen trato, su carácter dulce y afable, le conquistaron muy pronto los corazones de todos y en breve tiempo quedó ganada para el Evangelio gran parte de la nación de los cofanes. No tenían los indios ninguna población formal, sino que sus casas estaban desparramadas por todas partes en una grande extensión -101- de terreno por lo cual nuestro misionero se veía obligado a tolerar grandes fatigas para catequizar a las varias agrupaciones de sus neófitos. Confiando en el ascendiente que ya tenía sobre ellos, les propuso que se juntasen en un solo puesto, tanto para facilitar la enseñanza de la doctrina cristiana, como para ayudarse mutuamente, y aun defenderse, en caso que fuesen acometidos por algún enemigo. Como ya le habían cobrado mucho cariño los cofanes, pronto se dejaron persuadir y accedieron a su propuesta. El padre Ferrer puso inmediatamente su proyecto por obra, y convidó a algunas parcialidades de infieles vecinos para que se juntaran en el mismo pueblo, con los cofanes. Pero faltábanle los instrumentos necesarios para el desmonte y fábrica de la iglesia y casas del pueblo. Para obviar esta dificultad, y al mismo tiempo para proveerse de lo necesario para celebrar el santo Sacrificio, de la misa, acudió al padre rector de Quito, dándole cuenta de lo hecho hasta entonces y pidiéndole al mismo tiempo un compañero que le ayudase. Con este fin escogió a varios yumbos de la nación vecina, prácticos en esta clase de viajes, por haber acompañado al padre Onofre Esteban en sus entradas y salidas, y juntó con ellos algunos cofanes en número suficiente para traer las muchas cosas que hacían falta en la misión. El informe que juntamente enviaba sobre la iniciada conversión de los cofanes y las mayores esperanzas que había para lo futuro, llenaron de júbilo no sólo a los jesuitas de Quito, sino a toda la ciudad. Fueron tantas las personas piadosas que en alguna manera quisieron concurrir a esta conquista espiritual, que los indios pudieron regresar con gran cantidad de herramientas, ornamentos sagrados y campanas para la futura iglesia109. Recibido tan oportuno auxilio, prosiguió el padre Ferrer con mayor fervor en la conversión de los infieles y en la formación del pueblo. Convidó a las naciones vecinas, las cuales, si no del todo, en algo correspondieron a su llamamiento, con lo que logró en espacio de un año y cuatro meses, formar un pueblo de varios miles de almas con los indios ya convertidos y con las familias de las naciones vecinas que quisieron agregarse. Aunque no estaban todavía del todo terminadas ni la iglesia, ni las casas, de los vecinos, el padre Ferrer resolvió hacer la inauguración de la nueva población el día 29 de junio de 1604 dándole el nombre de San Pedro de los cofanes. Viendo las cosas en tan próspero estado y conociendo por otra parte que él solo ya no bastaba para recoger tanta mies como se presentaba, juzgó que le era necesario salir en persona a Quito para pedir algún refuerzo de operarios. Allí informó de cuanto se había hecho hasta entonces e instó vivamente para que los superiores le diesen algún compañero. No se le pudo dar por entonces ningún sacerdote, sino tan sólo a un buen hermano coadjutor llamado Martín Antón. Muy gustoso admitió el padre Ferrer, porque además de servirle de alivio y consuelo en aquella soledad, le había de ser de grande ayuda para la construcción del pueblo y sobre todo de la iglesia, ya -102- que para esta clase de obras no se podía contar con los indios por su notoria ineptitud. De vuelta a su misión, pudo cerciorarse con especial consuelo que durante su ausencia no se había echado a perder el bien comenzado sino que los indios a pesar de su volubilidad, habían permanecido fieles a sus encargos, y que con fundamento se podía prometer nuevos adelantos. Los indios, en efecto, correspondieron a los desvelos de su misionero, y la nueva cristiandad iba creciendo de día en día con nuevas familias que se agregaban al pueblo recién formado; y todo este aumento se conseguía por vía de paz y de amor y sin el estruendo de las armas110. Persuadido ya por completo el padre Ferrer que sin la ayuda de otro sacerdote le era del todo imposible atender al bien espiritual de tantas almas, salió por segunda vez a Quito en busca de nuevos auxiliares, aprovechando la circunstancia de estar haciendo la visita del colegio de Quito el padre viceprovincial, Diego de Torres. Esta vez se le concedió como compañeros, al padre Fernando Arnolfini, italiano111, y a otra que según el padre Juan de Velasco, se llamaba Esteban Páez. Volvió el padre Ferrer con este refuerzo a su amada misión, donde los tres, además de atender con toda solicitud al pueblo de San Pedro de los cofanes, fundaron otros dos, Santa María y Santa Cruz con el fin de facilitar la reducción de las tribus más apartadas, que no se avenían a reunirse en San Pedro. Con estos dos nuevos pueblos, el uno al sur y el otro al norte de San Pedro, el trabajo de los tres padres era inmenso. Mas el padre Ferrer sin poder contener su celo dentro de estos límites, meditaba planes más vastos para bien de las almas. Había oído decir muchas veces a los cofanes, que no muy lejos de su territorio; hacia el Oriente, existían numerosas tribus de indios gentiles. Deseoso de ganarles a nuestra santa fe, dejó encomendada la Misión al cuidado del padre Arnolfini, y emprendió un largo viaje de exploración al río Marañón para él totalmente desconocido. Salió de los cofanes a fines de 1605, sin más avío que el crucifijo, el breviario y recado de escribir, llevando consigo los remeros necesarios para la navegación. Se embarcó en el río de los cofanes, vecino al pueblo de San Pedro, y navegando por varios días río abajo, entró al Ahuarico, cuyo curso siguió hasta desembocar en el río Napo. Según relaciones dignas de toda fe, recorrió todo el río Napo hasta el Marañón o Amazonas, que exploró y navegó por algún espacio de tiempo, siendo uno de los -103- primeros que surcaron sus aguas. En todo este largo itinerario, iba notando las varias tribus de indios, que habitaban en las orillas o afluentes de estos caudalosos ríos, procurando al mismo tiempo darles algún conocimiento de Dios; según que se lo facilitaban a las circunstancias. Entre las diversas naciones que descubrió y visitó, las principales eran los coronados, los omaguas y los avishiras112. Gastó el padre Ferrer cerca de un año en esta gloriosa expedición, volviendo a su amada misión, donde halló que durante su ausencia todo había procedido con orden y concierto, habiéndose aumentado considerablemente el número de los neófitos bajo la dirección del padre Arnolfini y de su compañero. Todo hasta aquí había sido paz, y bonanza en la misión de los cofanes; pero la hora de la persecución que todo lo había de arrasar había sonado ya. Provino ésta de la insaciable codicia de los encomenderos. Unos veinte años antes, las tribus de los cofanes, ahora tan humildes y sumisas a los misioneros, habían hecho varias irrupciones a las provincias de Sucumbíos y de Mocoa, destruyendo por completo la ciudad de Écija habitada por españoles y otros pueblos vecinos. Era tanto el temor que se les tenía, que deseando la Real Audiencia que esas provincias se reconstituyesen, nadie se había atrevido a hacerse cargo del gobierno, para no perder inútilmente el tiempo, el dinero y aun quizá la propia vida. Pero una vez que el padre Ferrer hubo reducido a vida cristiana y civilizada a los cofanes, no teniendo ya sus irrupciones, surgieron pretendientes a porfía, no sólo para Sucumbíos y Mocoa, sino también para la provincia de los Cofanes. El gobierno de Sucumbías, fue concedido, a un caballero de Quito, el cual se puso inmediatamente a reedificar la ciudad de Écija; con el nombre de San Miguel de Sucumbíos. Puso en ella una guarnición de cien soldados españoles, los que empezaron a hacer correrías por todas partes, cautivando a los indios y llevándolos a la nueva ciudad para hacerlos trabajar en provecho, propio y de sus habitantes. Entre los cautivos se encontraban algunos neófitos del padre Ferrer. Al punto se dieron cuenta el padre Ferrer y su compañero del gravísimo peligro que corría la misión porque aborreciendo de muerte los cofanes a los españoles, jamás consentirían que los soldados entrasen en sus tierras para cautivarlos. Los temores de los misioneros no tardaron en realizarse. El capitán del presidio de San Miguel envió a dos soldados al pueblo, de San Pedro de los cofanes, con el aviso de que él en persona luego vendría para pasar lista de los indios cristianos y hacer que reconociesen el dominio del Rey y pagasen el tributo a su Majestad. El padre Ferrer se opuso resueltamente a las pretensiones del capitán, enviándole a decir que, siendo la cristiandad tan nueva en la fe, si los cofanes veían entrar soldados con armas y conocían que se trataba de sujetarlos al servicio personal, todo se perdería sin remedio. -104-Llevó muy a mal el capitán esta respuesta y con él hicieron causa común los encomenderos, que se creían defraudados del trabajo de los indios. Llevaron sus quejas a la Real Audiencia de Quito, acusando al padre Ferrer de impedir el Real servicio y asegurando que los indios se someterían a cuanto se les mandase. Alegaban además que eran necesarios los soldados para guardar la vida de los misioneros, solos y abandonados enmedio de tanta gentilidad; sin que de nada sirviesen las representaciones en contrario del padre Ferrer, entraron los soldados a los cofanes, cometiendo muchas tropelías y como se había formulado una acusación contra el padre Ferrer, la Real Audiencia le mandó comparecer para que diese razón de su conducta. Obedeció inmediatamente el santo varón, y presentó un informe a la Real Audiencia, en el que demostró victoriosamente que los misioneros no necesitaban para nada de soldados, ya que llevaban cerca de ocho años de vivir entre los cofanes sin haber corrido el menor peligro de la vida. Hizo además ver el riesgo inminente de que se perdiese la misión fundada y acrecentada con tanto trabajo. Pero tanto hicieron los encomenderos y tanto ponderaron las necesidades del Real servicio y la ayuda que se podría sacar para el Real Erario de la sumisión de los cofanes, que la Real Audiencia resolvió al fin que los soldados entrasen al país de los cofanes para someterlos al Rey113. Al tener conocimiento de la sentencia, entendió claramente el padre rector de Quito que no se podía ya esperar fruto espiritual entre los cofanes, y determinó sacar a los dos misioneros. Con todo, antes de abandonar a tantos cristianos, y de exponer la misión a una ruina completa, quiso enviar a dos padres en calidad de visitadores, para que en el lugar mismo, y examinadas todas las circunstancias, resolviesen si se debía abandonar o no la misión. Escogió para ello dos sujetos de mucha autoridad, a los que encargó se quedasen como misioneros entre los cofanes, si había sólida esperanza de que la Misión pudiese seguir y prosperar. De lo contrario, debían volver trayendo consigo a todos los padres que hasta entonces habían trabajado entre estos indios. Partieron los dos visitadores en compañía del padre Ferrer, y llegados con felicidad a la misión, examinaron despacio el asunto, exploraron el ánimo y disposición actual de los indios así cristianos como gentiles. Después de maduro examen todos convinieron que nada se podía esperar estando como estaban los encomenderos resueltos a apoderarse de los indios y de sus tierras. Por su parte los indios estaban muy alborotados contra los españoles, y aun contra los misioneros, a quienes falsamente acusaban de haber llamado a los soldados a sus tierras114. 4 Salieron pues los cuatro misioneros, el corazón traspasado de dolor al ver perdido el fruto de tantos años de continuos afanes y -105- trabajos. Al padre Ferrer sobre todo no le sufría el corazón dejar destituidos de todo auxilio espiritual a tantos pobres cristianos, a los que con imponderables fatigas había él arrancado de su gentilidad. Dando vueltas a estos pensamientos, se le ocurrió, un arbitrio digno de su corazón de apóstol. Propuso a los Superiores volver a visitar a los cofanes en compañía del sacerdote secular que había de encargarse de aquella cristiandad en calidad de párroco. Después de arreglar lo mejor que pudiese los asuntos de la misión, pensaba encaminarse al río Napo y al Amazonas, a fin de evangelizar las naciones que había descubierto en la expedición que reseñamos anteriormente. Con este fin, salió de Quito por diciembre de 1609 y habiendo llegado a Baeza, tuvo tan malas noticias de su querida misión, que de puro pesar enfermó gravemente. Al tener noticia de lo sucedido, el padre rector de Quito envió inmediatamente a Baeza al padre Luis Vázquez para que cuidase del enfermo y lo trajese al colegio; añadiendo que si no lo encontraba en aquella población que se volviese sin hacer ulteriores diligencias, ni intimar al padre Ferrer la orden de volver. Así aconteció, en efecto, porque al llegar a Baeza, el padre Vázquez vino a saber que aquel mismo día muy de madrugada, el padre Ferrer había emprendido el viaje a los cofanes, bastante enfermo todavía; en hombros de algunos indios y solo y sin compañero; porque el clérigo nombrado para párroco no se había atrevido a seguirle. Después de algunos días de viaje penosísimo llegó el padre Ferrer a San Pedro de Cofanes, halló todo muy cambiado en los pocos meses que había durado su ausencia. Se puso, con todo, a predicar con grandes alientos a los españoles y a los indios, exhortando a estas últimos a que se sujetasen al dominio del Rey, ya que la cosa no tenía remedio. No lo pudo conseguir; antes bien conoció claramente que los indios iban perdiendo el entrañable afecto que antes le habían tenido, por haberse extendido el siniestro rumor de que el padre era el causante de su desgracia y esclavitud. Un cacique de una tribu vecina se distinguía principalmente entre los que atizaban el odio contra el padre. Este cacique se había convertido a la religión cristiana pocos meses antes de que saliesen los padres de la misión, y como no tuviese desde entonces quien le fuese a la mano, había vuelto al antiguo vicio de la poligamia. El padre Ferrer le reprendió severamente y le obligó a vivir como cristiano. Muy resentido el cacique, no perdía ocasión ninguna de fomentar el encono de los demás contra el misionero, achacándole la entrada de los españoles al pueblo. Resuelto a retirarse a los bosques para vivir allí a sus anchas, trató de arrastrar consigo a otros indios de su parcialidad; mas como el padre se lo impidiese, el indio malvado determinó darle la muerte115. No fue tan secreta la conjuración, que no la supiesen algunos cristianos fieles al padre Ferrer, quienes le avisaron varias veces de lo que se tramaba, y le rogaron que saliese de sus tierras, porque de lo -106- contrario sus enemigos le habían de matar. El padre, sin embargo, no hizo caso de esos avisos, En los primeros meses de 1610, otros aseguran de 1611, el padre Ferrer emprendió un viaje a la provincia de los Pastos para confesarse y proveerse de lo necesario para celebrar la misa. Le acompañaban algunos indios y entre ellos el cacique que había jurado su muerte. Llegaron a un punto donde el río Cofanes, estrechándose, entre dos peñones, a sólo unos veinte pies de ancho, ofrecía comodidad para atravesarle en un puente. Este era el sitio escogido por los asesinos para darle la muerte. El puente consistía en dos palos, no asegurados entre sí y echados sobre el abismo. Dejaron que el padre se adelantase solo sobre el puente, y movieron los maderos para precipitarle al fondo de la arrebatada corriente. Al caer el padre pudo asirse de uno de los maderos y pidió auxilio. Uno de los indios que le acompañaba se adelantó como para prestárselo, pero fue para soltarle inmediatamente al profundo. Cayó el padre sobre los peñascos y fue arrebatado por el ímpetu de las aguas haciéndose pedazos en pocos instantes, de suerte que su sagrado cuerpo nunca pudo recobrarse. Aconteció su martirio por marzo o junio de 1610, o como quieren otros, de 1611. Temerosos los indios de que los españoles castigasen con rigor el crimen cometido, huyeron los más a los bosques. Así quedó destruida para siempre la floreciente misión de los cofanes. Los encomenderos en castigo de su codicia perdieron cuanto habían pretendido ganar apoderándose de los indios y de sus tierras. En 1622, el señor obispo de Quito, don fray Alonso de Santillán, mandó que se hiciese una información jurídica sobre el martirio del padre Ferrer; sólo existen de ella algunos fragmentos que trae el padre Maroni en su libro Noticias auténticas sobre el río Marañón116. -[107]- Los padres Baltasar Piñas y Onofre Esteban SUMARIO: 1. El padre Baltasar Piñas funda los colegios de Sassari y Cagliari en Cerdeña. 2. Es nombrado provincial del Perú; pasa a fundar el colegio de Quito; funda el colegio de Santiago de Chile. 3. El padre Onofre Esteban; sus ministerios con los indios; cargos que tuvo en la Religión; sus virtudes. AGNELIO OLIVA, Historia del Perú y Varones insignes de la Compañía de Jesús, lib. 2, c. 3. RODRÍGUEZ, El Marañón y Amazonas, lib. I, c. 12. VELASCO, Historia Moderna del Reino de Quito y Crónica de la Provincia de la Compañía de Jesús del mismo Reino, año de 1587 y siguientes. ARCHIVO S. J. 1 Por remate y corona de este primer libro de nuestra Historia, presentaremos una breve semblanza de dos hombres insignes, que, junto con el padre Rafael Ferrer, ilustraron a la Compañía durante el primer período de su existencia en el antiguo Reino de Quito. El primero es el padre Baltasar Piñas, fundador y primer rector del colegio de Quito; el segundo, el padre Onofre Esteban, operario incansable y apóstol celosísimo de los indios. Nació el padre Baltasar Piñas en el pueblecito de Sarrahoya del obispado de Urgel, el año de 1530. Fue admitido en la Compañía en la provincia de Aragón siendo de edad de veintidós años y ya graduado en Artes. Terminados sus estudios de Teología, san Francisco de Borja le destinó con otros varios padres y hermanos al colegio de Zaragoza y en él se hallaba cuando ocurrió el grande alboroto contra la Compañía del 27 de julio de 1555, en que los Nuestros tuvieron que abandonar la ciudad. Poco tiempo duró este destierro, porque fueron llamados otra vez y recibidos con mayores honores y aplausos el 9 de setiembre del mismo año. Después de permanecer en Zaragoza, unos tres años ejerciendo nuestros ministerios como celoso operario, el padre Piñas fue escogido por san Francisco de Borja para pasar a Cerdeña, con el encargo de tratar de la fundación de un colegio en la ciudad de Sassari. Partió con su compañero el padre Francisco Antonio para su nuevo destino, y desembarcó en Cerdeña el 16 de noviembre de 1559. Los dos padres fueron muy bien recibidos por los habitantes, quienes les proporcionaron desde luego una casa, una iglesia y abundantes limosnas. Ellos por su parte correspondieron a esta generosidad con el fiel desempeño de los ministerios de la Compañía. Predicaban -108- con mucha frecuencia en las iglesias y en las calles, enseñaban la doctrina a los niños, acudían al consuelo de los enfermos y visitaban con frecuencia las cárceles y los hospitales. De esta manera, con el auxilio de nuevos sujetos que llegaron de la provincia de Aragón, quedó fundado el colegio de Sassari en 1561. Pronto se esparció la fama del notable fruto conseguido en Sassari, y Cagliari la capital, quiso también tener un colegio de la Compañía. Trató la ciudad el asunto con el padre Piñas, quien en vista de su gravedad e importancia, juzgó conveniente ir en persona a Roma para conferenciar con el Padre General, Diego Laínez, e informarle de lo que se había hecho entonces en Cerdeña. A su regreso de Roma llevaba consigo diez sujetos entre padres y hermanos con lo que dio principio al colegio de Cagliari en 1564. Permaneció algún tiempo todavía en Cerdeña, afianzando los dos colegios que había fundado, hasta que tuvo que asistir como vocal a la Congregación General tercera, en la que fue elegido General el padre Everardo Mercurián. Terminada la Congregación, el padre Piñas se restituyó a su provincia de Aragón, y siendo ya de 50 años de edad, se ofreció por compañero del padre Juan de la Plaza nombrado visitador de la provincia del Perú. Se embarcaron en Cádiz con otros trece religiosos de la Compañía, pero con tan mala suerte, que después de muchos días de mar, casi náufragos, volvieron a anclar en el puerto de donde habían salido. Repuestos algún tanto de las fatigas, se hicieron segunda vez a la vela, llegando con felicidad a Lima el 31 de mayo de 1575. El padre Visitador que tenía muy conocidas las dotes de gobierno del padre Piñas, le nombró rector del colegio de Lima, el 1.º de enero de 1576. Aquel mismo año asistió a la primera Congregación Provincial del Perú, celebrada en el Cuzco el 8 de octubre de 1576, y en ella salió elegido por procurador a Roma, a fin de informar al Padre General del estado de la Provincia, para que pudiese desempeñar mejor su cometido. Quiso la Congregación que antes de embarcarse, recorriese personalmente todas las casas existentes ya en el Perú. Cumplió el padre Piñas esta orden que acrecentaba notablemente sus trabajos, y por mayo de 1577 al año poco más o menos de haber llegado al Perú con tantas penalidades, volvió a emprender la molesta navegación hacia Europa. 2 Llegó a Roma víspera del Espíritu Santo; del año de 1578, como consta de la carta que el padre Murcurián escribía al padre José de Acosta, provincial del Perú, el 23 de mayo de aquel mismo año. Habiendo tratado con el Padre General todos los asuntos de la Provincia, tomó su bendición para pasar a España y recoger ahí los sujetos que se sintiesen con ánimo para pasar a las Indias. Diez y siete fueron los religiosos que se ofrecieron y con el padre Piñas se embarcaron con rumbo al Perú. Esta navegación fue muy difícil por las muchas tempestades que experimentaron en el mar y otros graves trabajos hasta llegar a Panamá, donde a las calamidades anteriores vino a añadirse la muerte del padre Suárez uno de los diez y siete de la expedición. Al llegar a Lima se abrieron los despachos del Padre General en los -109- que venía la patente de Provincial para el padre Piñas. Durante su Provincialato tuvo el consuelo de ver suficientemente dotados por generosos bienhechores los colegios |