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Raza chilenaNicolás Palacios Nació el autor de Raza chilena el año 1854, en Santa Cruz, aldea colchagüina, y fueron sus padres don Faustino Palacios y doña Jesús Navarro, ambos chilenos, siendo Nicolás el mayor de seis hermanos, tres de ellos mujeres. Cobijó su cuna un modesto hogar donde cantaba el grillo en el dulce sosiego de una mansión campesina. Pero era digna de respeto la casa paterna y grande como un solar antiguo, con un delicioso huerto a orillas del estero Guirivilo. Su padre se dedicaba al comercio y trabajos agrícolas de escasa importancia, cultivando su viña y su potrero de siembra. Fue un niño sano y muy rubio, cuyos bucles de oro conservó una de sus tías, mostrándolos, años después, a los que dudaban viéndole su pelo negrísimo como el ala de un cóndor de nuestras montañas. Era el predominio racial en su primera infancia de la herencia paterna, de estirpe goda casi pura. Más tarde comenzó a predominar en él la herencia materna, más rica en sangre araucana. Representaba, por consiguiente, el tipo netamente chileno, mestizo, producto étnico de la fusión de dos razas, la conquistadora con la conquistada. A los diez años (y de esa edad lo veo a través de mis recuerdos más remotos) descollaba por su gentil apostura y una precoz inteligencia. Con desbordante alegría de niño travieso y sin miedo se entregaba a mil ejercicios temerarios, saltando acequias, trepándose a los árboles más altos, montando potrillos indómitos o toreando vacas bravías, con grave peligro y riéndose a toda boca. A veces a campo traviesa rompiendo cercos y corriendo por los potreros, llegaba a los márgenes del caudaloso Colchagua, y desnudándose en un instante, se arrojaba desde algún barranco a lo más profundo y ancho para cruzarlo a nado. Aquella vida libre como el viento, en pleno ambiente campesino, desarrolló su temperamento vigoroso, haciendo germinar en su alma juvenil un amor entusiasta por las bellezas de su propia tierra, a las que tributó enseguida ese culto noble y grande que los hombres de sentimiento rinden a la naturaleza trocándose más tarde en amor fanático a su patria. Su imaginación inquieta le arrastraba a oír con gran interés, expresando la más viva emoción en el semblante, los cuentos que se contaban alrededor del brasero, gustando más de aquellas relaciones estupendas en que aparecía la Calchona, Pedro Urdemales o el Diablo. Aprendió el silabario e hizo sus primeras letras en la escuela del pueblo, saliendo siempre victorioso en aquellas famosas luchas entre «Roma y Cartago». Durante los recreos nadie jugaba mejor a la chueca, en cuyo ejercicio era diestro como un araucano, ni nadie daba un salto más atrevido, una carrera más rápida, ni una bofetada más fuerte... Por esa época murió nuestra madre, tan dulce y tan buena, dejando a sus hijos en una semiorfandad; circunstancia que influyó poderosamente en la educación de Nicolás, privándole del calor del regazo materno, de la mirada amante de infinita dulzura y del beso en la frente, de toda esa influencia femenina, en suma, que pone una nota de poesía en las dichas del hogar. Falto de aquella influencia bienhechora, se resintió toda la vida de cierta rudeza varonil. Contribuyó poderosamente a ello el quedar desde entonces bajo la exclusiva dirección del padre, que siendo hombre dominante y severísimo, educado a la antigua, y del tiempo en que los hijos trataban de su merced al propio padre, besándole la mano en señal de vasallaje, excluía del trato familiar las intimidades cariñosas, creyéndolas halagos mujeriles, propias tan sólo para afeminar el carácter y exigía, en cambio, una obediencia y un respeto absolutos. No obstante, sus hijos vivían seguros de su cariño, viéndolo palpitar en el fondo de sus pequeños y penetrantes ojos zarcos cuando en silencio se detenía a contemplarlos. Por lo demás era persona instruida y gustaba por las noches explicar a Nicolás el movimiento de los astros, enseñándole (en latín, como lo aprendiera en la Recoleta Domínica donde hizo sus estudios) el nombre de las constelaciones y acostumbrándole desde niño a leer en ese gran libro del firmamento, que desarrolla sus páginas como un grandioso cinematógrafo en el silencio solemne de la noche. A su lado y bajo ese régimen comenzó Nicolás a ejercitar la atención, elevando su pensamiento en meditaciones de un orden superior, y acentuándose su energía moral y su independencia altiva, demasiado altiva quizás, pues era soberbio y levantisco a veces, por cuyo motivo su padre, a fin de domarlo, le propinó más de un zurriagazo. Llegó por fin el día en que fue necesario mandarle a estudiar a Santiago. Entraba en sus 14 años de edad y había aprendido en la escuela cuanto ahí podían enseñarle. Ese viaje fue la realización de un deseo largo tiempo acariciado por aquel muchacho impresionable, que partió a la capital como a un mundo maravilloso, lleno de alegría, pero llevándose en el alma el cariño de los suyos y en el fondo de sus ojos la risueña imagen de su pueblo. La casa quedó como vacía con su ausencia. Ingresó de externo al Instituto Nacional, regentado a la fecha por don Diego Barros Araña, el famoso e inolvidable Palote, tan querido y respetado de sus discípulos. Desde el primer día sentó plaza de guapo, poniendo a raya, gracias a sus puños, a los muchachos diablos que intentaron tomarle la oreja, al verle el pelo de la dehesa colchagüina. Cuando regresó por vacaciones trayendo los certificados de sus exámenes, fue grande el gusto que tuvo mi padre al estrecharlo entre sus brazos, no fue menor el nuestro, sus hermanos; pero más grande fue la alegría ruidosa de Nicolás al verse entre los suyos, respirando a pulmones llenos el aire del terruño. A nuestras preguntas de cómo era Santiago, se puso a contarnos cosas prodigiosas, diciéndonos que la torre de San Francisco era más alta que un álamo (cosa que nosotros pusimos en duda) y que el Portal Sierra Bella era una casa más grande que la Plaza de Santa Cruz (lo que no creímos jamás). ¡Qué vacaciones aquéllas y todas las de su adolescencia dichosa! Con cuánta alegría regresaba cada año, divisando a la distancia los cerros de la comarca y el viejo campanario de la iglesia confundido con los álamos, y el río y las casas del pueblo con sus huertas, todo alumbrado por un radiante sol, todos amigos; y qué repique de alborozo en el corazón al ver los pañuelitos blancos de las hermanas, agitados desde lejos en señal de bienvenida cariñosa! Por esa época, comenzó a dar señales de una cosa inusitada en él, de un mal extraño. Su alegría locuaz se trocaba por instantes en silencioso recogimiento, y como la imagen de la melancolía, quedaba mustio y pensativo, mirando el suelo. O bien, se detenía a mirar, entre risueño y triste, a Teresa, una jovencita vecina nuestra, siguiéndola embelesado con la vista. Un día, a la caída de la tarde, les vi con las manos enlazadas. Otra vez le sorprendí abrazándola debajo de los naranjos, y al notar mi presencia, ella huyó veloz llena de vergüenza, y él me miró con enojo. En otra ocasión le encontré sólo en la viña, tumbado de espaldas sobre el césped, las manos cruzadas bajo la cabeza y mirando en silencio el cielo inmenso. -¿Qué tienes? -le pregunté, cuando sigilosamente estuve a su lado. -¡Na, hombre, na! -me contestó. Y poniéndose de pie de un salto me tomó de la mano y nos fuimos corriendo a ver el lazo que para cazar pájaros tenía armado bajo los manzanos. Aquello que a mí me parecía un mal extraño, llenándome de una especie de terror, era inquietud del adolescente al sentir los primeros ensueños de amor, que como implacable ley de la naturaleza lo atormentaba de un anhelo confuso y del más grande y poderoso atractivo que iba a tener la vida para él durante su juventud. Por la misma época se le despertó el gusto por los libros de imaginación, devorando cuanto encontraba a mano y lo que pudo conseguir en la Biblioteca Nacional de Santiago, burlando la mirada escrutadora y vigilante del director (don Briche), fiscal autoritario que sólo quería permitir a los jóvenes la lectura de obras ejemplares, recomendando al efecto la vida de los santos y el Año Cristiano. Un día que Nicolás pidió Las Ruinas de Palmira, le fue negado el libro y se lo tuvo por un joven peligroso. Ruidosa fue su vida de estudiante en el Instituto, establecimiento que tuvo influencia grande y perdurable en su educación. Ahí adquirió cierto espíritu positivo y científico, y bebió el germen de un escepticismo religioso que hizo de él un libre pensador, sin que nunca, empero, fuese un sectario, porque ya de hombre se inclinó siempre respetuoso ante las creencias ajenas. No fue de esos alumnos regalones o distinguidos que se llevaban los premios. Impedíaselo aquella su altivez casi montaraz que no le permitía adular, ni le cuadraba tampoco el sistema de castigos brutales que los profesores practicaban como un sport, sacándole los pedazos de las manos a los alumnos, como único medio de estimularlos. Una vez que un profesor le dio un coscacho, le arrojó el libro a la cara acompañado de un insulto, y salió indignado puerta afuera. Era arrebatado en sus actos y temerario en sus palabras. Desde muchacho quiso tener la independencia de un hombre, sin más guía que la voz vigilante de su conciencia, ni nunca fue experto en el arte de adular a los poderosos, lo que le cerró más tarde las puertas de la fortuna fácil; ni cedía jamás a lo que creyera una injusticia, ni fue intrigante, ni sabía de dobleces y disimulos, desconociendo ese don de gentes que no supo asimilarse, ni quiso aprender tampoco, despreciándolo como un don de esclavitud. En cambio, era de ver el entusiasmo con que asistía a las riñas y bofetadas que se trababan entre bandos de colegios rivales. Se le encendía toda la sangre araucana que llevaba en las venas, esa sangre del roto belicoso y guerrero que bulle a borbotones cuando tocan a pelea. No le tenía miedo a nada ni a nadie. No era díscolo ni pendenciero, más, le seducían por temperamento de raza aquellas luchas que aquilatan las fuerzas y el coraje de los hombres. Sus compañeros le idolatraban y juntos hacían la cimarra, largándose en alegres excursiones por los alrededores de Santiago, a Renca, Apoquindo, El Resbalón o San Bernardo, haciendo mil diabluras, escalando tapias y merodeando huertos. No perdían fiesta pública, cívica o religiosa. En las del 18 eran de los primeros en llegar al Campo de Marte el día del fogueo de las tropas. Se enardecía Nicolás con el estruendo de las armas, el olor a pólvora y el fiero aspecto de los soldados rompiendo cartuchos con los dientes; y se sentía electrizado con la famosa carga de caballería que daban los Paperos, quienes arrancaban chivateando como los araucanos, blandiendo sus largas lanzas de coligüe, ornadas en la punta de rojas banderolas y haciendo retemblar el suelo. -¡Viva Chile! ¡Viva la Patria! -gritaban los colegiales lanzando sus gorras al aire. En la procesión del Viernes Santo, acompañaban las andas llevando velas encendidas y rezando con voz gangosa y lastimera las oraciones del Señor de la Agonía. A los 18 años de edad era un arrogante mozo de espaciosa frente reflexiva y escaso bigote negro, siendo el rasgo dominante la amplitud y firmeza de su mandíbula, signo de una voluntad enérgica casi impulsiva. Cursaba sus últimos años de humanidades haciendo vida de estudiante en casa de pensionistas, jóvenes provincianos como él y sus compañeros de estudios, diversiones, amoríos y de polémicas acaloradísimas que armaban por cualquier motivo, discutiendo, con la exageración propia de la edad sobre la ciencia, religión, política, artes, gritando mucho y arrebatándose la palabra. Nicolás terciaba en ellas con su vehemencia acostumbrada. Nunca fue hombre de fácil palabra ni capaz de improvisar medianamente en público, supliendo su falta de elocuencia con el gesto enérgico, la expresión mordaz y el acopio de ideas de que tenía bien nutrido su cerebro. Casi todos eran libres pensadores, discípulos de las ideas democráticas de Bilbao en política y de Darwin en ciencias naturales, cuyos apóstoles militantes en Santiago eran el Patriarca Matta y don Diego Barros Araña. Algunos se hicieron espiritistas con Basterrica o positivistas con Lastarria. Mi hermano pasó por todas esas evoluciones antes que su poderosa mentalidad encontrara su verdadero camino. En ese tiempo comenzó a ejercitarse en las letras, escribiendo verso y prosa, producción que destruyó por parecerle desposeída de mérito literario. En 1874 obtuvo su título de bachiller en humanidades, acontecimiento al cual se daba gran importancia, creyéndose que aquel pomposo título abría las puertas poco menos que a la celebridad. Conforme a las ideas de esa época, quiso mi padre que siguiese una carrera profesional, dejándole libertad de elección. Optó por la de médico. No pudo cometer error más grande. No encontró en la medicina la verdad científica y exacta que se había imaginado, como en las matemáticas, siendo, como era en esos años, empírica y rutinaria, con muchas de las añejeces y aforismos en latín del tiempo de Galeno, tan ridiculizados por Le Sage en el Gil Blas y por Molière en El Médico a Palos. La nueva escuela bacteriológica no había echado aún las bases verdaderamente científicas de la medicina del porvenir, y de la cual la cirugía y la higiene moderna son ramas del saber que honran a la humanidad. A medida que se afirmaba la madurez de su talento iba seleccionando las obras de su lectura. Las ideas atrevidas de Darwin sobre el origen de las especies lo apasionaron de un modo indecible. El Quijote, que celebra con grandes carcajadas, se lo sabía casi de memoria. De La Araucana recitaba en alta voz las estrofas viriles que cantan los hechos heroicos de la raza indomable. La Academia Literaria, de la que no perdía sesión, organizó certámenes literarios en los cuales obtuvo Nicolás varios premios, siendo uno de ellos en el tema: «Una novela científica» género literario puesto en boga por Julio Verne. Su actividad era asombrosa: estudios de medicina, lecturas interminables, pintura, escultura, trabajos literarios en prosa y en verso y partidas de ajedrez y de billar en el que llegó a ser una notabilidad; y sus amores... que fueron infinitos como las estrellas del cielo, siempre apasionado jamás cautivo, pues no se casó nunca. Era el hombre más desarreglado para vivir, haciéndolo todo a escape o a la diabla. Se rapaba en medio minuto, de dos pasadas rápidas de la navaja (tenía pocos pelos, es cierto) muchas veces sin jabón, y en seco, le daba lo mismo. Iguales eran sus hábitos en el arreglo de su persona, pues jamás iba a la moda, ni uso cadena de reloj, corbata vistosa, ni chirimbolo de ninguna suerte. Tampoco era de los que llevan cuenta prolija del dinero que invierten, y gastaba con mano abierta a la generosidad lo poco que tenía. Caballeroso siempre, solía usar formas delicadísimas y originales para ayudar con dinero a sus amigos. Uno de éstos, joven muy pobre y pundonoroso, andaba en grandes apuros. Lo supo mi hermano y en el acto se fue a verlo y le dijo: -¿Podría prestarme unos 20 pesos, compañero? El otro clavó los ojos al cielo y con cara de lástima y algún sonrojo le confesó que no tenía ni para cigarros, pero que si los tuviera, gustoso se los prestaría. -Acéptemelos entonces a mí, porque ando en fondos -le dijo sonriendo, y le pasó el dinero. Así era él. La avaricia y la cobardía fueron los vicios que más detestó. Una desgracia de familia, la muerte de una hermana en la primavera de la vida, lo hizo pasar por una terrible crisis de dolor que puso de relieve la sensibilidad de su alma, dejándole en un estado vecino al sonambulismo. Era una sombra y el pobre andaba ocultándose para llorar. Mi padre, temeroso de una doble desgracia, se lo llevó a Santa Cruz. Se aproximaba el año de 1879, y pronto estalló la guerra del Pacífico, sacudiendo a Chile entero en una explosión de patriotismo que corrió de uno a otro extremo como un reguero de fuego, encendiendo el alma nacional en un ardor bélico, que bien pronto se tradujo en una campaña memorable. Nada puede dar una idea de la emoción profunda que produjo aquella noticia inesperada, ni de la excitación creciente a medida que los acontecimientos se desarrollaban. Era una efervescencia que tenía algo de locura, rumores recogidos y comentados por un público impaciente, nervioso, gente que interrogaba ansiosa, personas que se arrebataban los diarios, la población entera en las calles, una multitud enorme pechando frente a los balcones de la Moneda y a las puertas de los cuarteles, pidiendo las gloriosas banderas. Nicolás, enfermo y débil, asistía al espectáculo conmovedor de la nación levantada en guerra, oía los toques del clarín llamando a los chilenos y vio partir de Santiago a las primeras tropas que a tambor batiente desfilaron por la Alameda en medio de una multitud delirante, en su mayoría gente del pueblo, que acompañándolas les daban sus adioses diciéndoles: -¡Hasta luego, hermanitos, de atrás nos vamos nosotros! Quiso Nicolás partir de los primeros, más, se lo impidió mi padre, viéndole aún tan enfermo. En el episodio que voy a referir hay algo que mi padre calificó siempre de providencial por la forma en que mi hermano me salvó la vida. Y al relatarlo, pido excusas por verme obligado a hablar de mi persona. Partí a la guerra sin avisarlo a mi familia, sabiéndolo sólo cuando desde el campamento escribí que formaba parte del batallón Atacama, ya famoso. Poco faltaba para que se diese la batalla de Tacna y vivía mi padre con la ansiedad consiguiente, pensando en la suerte que pudiera correr el menor de sus hijos. Lo instaba Nicolás a fin de que lo dejara partir y se oponía él aduciendo toda suerte de razonamientos para hacerlo desistir, hasta llegar a decirle un día, medio en serio, medio en broma, ambos paseándose en los corredores de nuestra casa de campo: -¡Qué vas a hacer tú a la guerra, allá no necesitan tísicos!... A lo que respondió Nicolás, deteniéndose y mirándole fijamente a los ojos: -¿Y si hieren a Senén, quién lo cuidará? Palideció mi padre, y en silencio se puso a liar un cigarrillo, muy trémulo de manos, lo que se notó (según me contaron los de casa) al tratar de encenderlo. Dio enseguida, pausadamente, algunos paseos por el corredor, pensativo, mirando al suelo. Bruscamente, arrojó el cigarro, se detuvo frente a mi hermano, que observaba atentamente las tribulaciones del pobre viejo, y le dijo con voz rápida y tono persuasivo: -Mañana mismo te vas, el corazón me avisa que has de llegar a tiempo... Partió Nicolás a mediados de mayo. El 26 se dio la batalla de Tacna contra todas las fuerzas reunidas de la Alianza Perú-boliviana, y una hora después de empezada, una bala me hirió en la mitad del pecho, dejándome atravesado de parte a parte y tendido de espaldas en la arena. Y ahí quedé todo el día entre numerosos muertos y heridos, muy cerca de uno que intentaba incorporarse apoyándose fatigosamente en una mano, para caer muerto con la cabeza hundida en la arena, mientras ruidosos vivas anunciaban la toma de un reducto y el triunfo de los nuestros. Y ahí pasé toda la noche en un silencio pavoroso y habría exhalado mi último aliento si no me socorre y auxilia oportuna y misericordiosamente mi hermano. Quién, llegado la víspera misma de la batalla, toma parte en ella como cirujano de «Cazadores del Desierto», y terminada la acción y cumplido sus deberes profesionales con los heridos de su regimiento, corre al vivac del Atacama, ya cerrada la noche. Sabe mi mala suerte por el comandante del cuerpo, el bravo coronel Martínez (que llora la pérdida de sus dos únicos hijos, muertos en la batalla). Prorrumpe en gritos de dolor mi pobre hermano y murmurando palabras que nadie puede comprender, sale en mi busca desatentado y resuelto a encontrarme en aquella noche oscura, envuelto en las tinieblas de su espesa camanchaca, que como un sudario de muerte cubría aquel extenso campo de batalla. Llámame por mi nombre en altas y desesperadas voces, y oye estertores de agonía y va tropezando a cada instante con los muertos, extraviado y perdido, pero resuelto a encontrarme a toda costa y siempre llamándome a gritos por mi nombre. Y así anduvo toda la noche, sin encontrar más que muertos, muertos y más muertos, ya medio enloquecido pensando quizás en la cuenta que irá a dar al pobre viejo abandonado, que sin duda no duerme allá lejos meditando en sus amantes hijos. Empezaron, entre tanto, a disiparse las tinieblas de aquella tristísima noche y apareció por fin radiante el sol del nuevo día. Pero más radiante y hermoso que el esplendor del cielo azul me pareció el rostro de mi hermano y fue más grande y luminosa mi alegría cuando ambos con el aliento suspendido en silencio nos miramos un instante. Me sería imposible referir aquella escena y nuestra emoción intensa, en mí la dicha, en él la dicha también, pero velada por la sorpresa, la duda y cierto espanto al ver mi rostro desfigurado por una máscara de sangre; duda disipada al fin cuando con cariñosa voz lo nombré por su nombre y alcé mis brazos para echárselos al cuello. Recuerdos ya tan lejanos palpitan vivos en mi corazón, donde mi reconocimiento consagra un culto casi sagrado a la memoria de mi hermano. Después de recogerme en una camilla y de prestarme por varios meses los cuidados que sólo las madres prodigan a sus hijos, se embarcó conmigo hacia el sur, entregándome en los brazos de mi padre, como se lo tenía prometido. Cumplida su misión regresa al norte, toma parte en las batallas de Chorrillos y Miraflores y entra a la capital del país vencido a celebrar el triunfo, gozándolo con locuras juveniles. Terminada la guerra, volvió a Chile con el ejército victorioso, el que hizo su entrada triunfal por la Alameda de Santiago, conduciendo en alto los estandartes de la patria, testigos elocuentes de la bravura de los soldados, porque las gloriosas insignias venían acribilladas a balazos y teñidas con su sangre; atronando el aire con los bronces sonoros y las músicas guerreras, en medio de una multitud inmensa que, llorando de alegría, arrojaba flores a su paso, bombardeándolo de rosas desde las tribunas tendidas a lo largo de la Alameda, desde los balcones de las casas y hasta de los tejados, donde una concurrencia pintoresca y loca de entusiasmo agitaba sombreros y pañuelos. Siguió para Nicolás un largo período de dos o tres años, durante el cual, quizás cansancio o falto de un aliciente poderoso, parecía como hastiado de la vida y era su humor sombrío, viviendo de recuerdos, con crisis de tristezas y sin ánimos ni para terminar sus estudios de medicina. Así siguió hasta el año de 1886, fecha en que un amigo minero le propuso que se fuese de médico al mineral de «Las Condes». Aceptó el puesto, y como aquel servicio era muy extenso para un solo médico, me habló a mí para que fuésemos juntos. Y una hermosa mañana de noviembre nos largamos de a caballo cuesta arriba a ejercer la profesión en plena cordillera, a 4.000 metros de altura, seguro de ganarnos una fortuna, según nos afirmaban. Aquella vida llena de peligros entre nevascas y vendavales y abismos que daban miedo, fue como un latigazo que despertó el alma adormecida de mi hermano. Pronto se acostumbró a ella y le fue tomando gusto a la minería. Yo aguanté un año aquella vida de perros, y él se quedó cuatro, haciéndose, por último, un minero en toda regla y dueño de una pertenencia que explotó con las ilusiones del minero, creyendo hacerse millonario con un buen golpe de suerte. De regreso a Santiago en 1890, pobre y desengañado, consintió, a instancias de mi padre, en recibirse de médico. Mas, no quiso ejercer su profesión y volvieron para él los días de abatimiento, tanto más sombríos cuanto que comenzaba a declinar su juventud, contando a la fecha 36 años de edad. Y aunque a la mitad de la carrera de la vida y en el vigor de sus fuerzas físicas y la plenitud de su talento, andaba, no obstante, sin rumbo fijo, como extraviado caminante que busca su camino, sin que de nada le sirvieran su experiencia, el claro juicio y su cordura. Alma que no sabía doblegarse a las exigencias de un convencionalismo práctico, no formaba parte de ninguna sociedad, logia o agrupación humana, con cuyo apoyo saben abrirse paso tan fácilmente las mediocridades audaces. Buscaba o esperaba no sé qué, algo desconocido y más allá del mundo real en que vivía, quizás soñaba en algún ideal elevado y noble, forjado con el poder de ilusiones de que era rica su fantasía. Leía mucho, meditaba más aún y fue adquiriendo un gran caudal de cultura intelectual y el sello peculiar a los hombres de vida interior. De esa época data su admiración por el filósofo Spencer, autor que tuvo influencia poderosa en la orientación de sus ideas, haciéndole un convencido individualista, enemigo del socialismo, al que condenó siempre. No obstante, por estimar que la supervivencia de los más aptos es la ley fundamental biológica del progreso humano, se sentía arrastrado hacia las clases proletarias, interesándose por la suerte y el destino de los desheredados de la fortuna. Eran los síntomas de un nuevo amor que iría creciendo con el tiempo y echando raíces muy hondas, el cual se exteriorizaba en forma dolorosa o irritable cuando le tocaban un punto muy sensible que simultáneamente fue apareciendo en su alma: la triste condición del pueblo, en el que creía encontrar las más grandes cualidades y virtudes. Pudiera referir numerosos hechos que comprueban este sentimiento. Citaré uno. Al recogernos a casa una noche fría de invierno encontramos refugiado en la puerta de calle al policial del punto. Condolido de la infeliz suerte de aquel pobre roto, que mal vestido y que tal vez con hambre, estaba ahí defendiéndonos vida y hogar, mi hermano le puso cariñosamente una mano en el hombro, preguntándole si tenía frío: -Un algo, porque está helando -contestó el Paco. -¿No te vendría mal, entonces, comerte un buen bocado? -¡Me pareuse! -contestó sonriéndose el policial. -¿Y un trago de vino también? Creyendo que esta vez querían burlarse de él, un representante de la autoridad, se puso serio el Paco, y sacando un largo pito de hueso, que se metió en la boca por entre los bigotes hechos unos carámbanos en deshielo, largo; inflando mucho las mejillas, un pitazo agudo y lastimero, terminándolo en un requiebro, a fin de hacerse presente a su cabo. Como intentara irse, le detuvo mi hermano, diciéndole que se esperara un momento; y entró a casa, volviendo luego con cuanta cosa de comer y de beber encontró a mano. Quiso también pasarle un poncho que el policial dijo no podía aceptar, dando las gracias por lo demás. En este estado de ánimo, lo encontraron los trastornos políticos del 91. Desde el primer día hizo causa común con los revolucionarios, convencido de que en aquella lucha de principios la razón y el bien público estaban de parte de quiénes luchaban por los ideales de un gobierno parlamentario y la libertad electoral, base de toda democracia. No pudo embarcarse para el Norte, pero trabajo para levantar la opinión pública en Santiago, exponiéndose en más de una ocasión a ser víctima de su imprudencia temeraria. Una noche que en la estación tomaban el tren tropas del gobierno, custodiadas por numerosos agentes de la Dictadura, lanzó un sonoro: «¡Viva la revolución!», que heló de espanto a las personas que lo rodeaban. Triunfante el partido del Congreso volvió a sus lecturas favoritas, encerrado en su cuarto. Él no era hombre para sacar partido de aquella lucha entre hermanos que habían ensangrentado el suelo de la patria. Pero iba a franquear una nueva etapa en el camino de la vida, donde dejaría un hondo surco y el rastro luminoso de su nombre. Cerca de 40 años contaba de edad cuando abandonó la vida estrecha y sedentaria de Santiago, yéndose de médico a las oficinas salitreras, con residencia en el Alto de Junín. Aquella nueva vida, en un medio social de aspecto exótico y cuyo escenario era un desierto, exigiendo una salud de fierro, la afrontó con un entusiasmo que recordaba sus mejores días. Trabajar es vivir, es la fuerza que lo engendra todo en el deseo ardiente de subir, de ir más allá y más lejos. Con el alba, obscuro a veces, ya estaba en pie tomando su caballo para la abrumadora jornada diaria, visitando las oficinas salitreras a su cargo, ubicadas a largas distancias en la pampa. Andaba siempre afanado, corriendo al sol y al viento, envuelto en nubes de polvo y bajo una reverberante luz de fuego. Jamás dejaba de llevar algún libro en la mano, cuando no eran revistas asomándoseles por los bolsillos. Pronto fue popular entre los trabajadores y se hizo querer de todo el mundo, jefes y empleados, en su mayoría extranjeros, y en particular de los rotos, sus paisanos, que por instinto reconocieron en él un amigo, algo semejante en su rudeza y porte altivo al otro paisano, el espino. Era el alma de aquella sociedad cosmopolita y el iniciador de sus fiestas sociales o deportivas, que animaba con su charla, practicando el inglés con ellos, idioma que alcanzó a hablar, como hablaba en francés y podía traducir el italiano y un poco el latín. No había persona que mejor supiese escuchar e interesarse en la conversación. Sus exclamaciones vivas, sus gestos animados y su aire de buen muchacho en el que se transparentaba el alma de un hombre de bien, predisponían en su favor, invitando a las confidencias íntimas, en la certeza de que se depositaban en quien sabría interesarse por ellas. Cuando hablaba de ciencias, de arte, de heroísmo, de lo que eran sus ideales, conmovía por la sinceridad y vehemencia con que expresaba sus emociones propias de hombres superiores que saben sentir y expresar las nobles alegrías espirituales. A veces iba hasta la exageración. En su charla familiar usaba del lenguaje del pueblo, gustando de los chascarros en que el roto luce su gracia picaresca. El dinero que ganaba lo prodigaba a manos llenas, sosteniendo escuelas, sociedades obreras, aparte de sus dádivas secretas. Si un empleado caía en desgracia o un jornalero se inutilizaba por accidente en el trabajo, dejando familia en la miseria, allá estaba corriendo para tenderles la mano y socorrerles. Poseía un elevado concepto de justicia y de indomable equidad, y al través de esos sentimientos encauzaba sus actos por el camino recto. Siempre reñido con el convencionalismo de que son esclavas las multitudes y ajeno a las vanidosas ostentaciones que tanto satisfacen al egoísmo humano, no entendía de frases cortesanas hipócritas que encubren los sentimientos, ni de genuflexiones elegantes, usando por el contrario una franqueza ruda. Esa carencia de hábitos cortesanos le hacía el hombre menos a propósito para vivir en un círculo mundano o en una sociedad galante. Sus hábitos llevaban el sello de su carácter y de un hombre de trabajo, modesto, sencillo y sobrio, pudiendo afirmar que jamás se embriagó. Así fueron transcurriendo los primeros años de su permanencia en la pampa y fue adquiriendo un gran prestigio, debido a su vasta ilustración y a la originalidad de su carácter y de sus ideas expresadas con una independencia de opinión poco común. Contribuyeron a ese prestigio muchos actos realizados por él, que acusaban su belleza moral y su grandeza de alma. Un libro pudiera llenarse con estas acciones. Citaré algunas. Un día, el vapor en que regresa del Sur choca contra una roca, quedando en gran peligro de naufragar. El pánico y la confusión son enormes, y se oye el: «¡sálvese quien pueda!»; sugerido por el miedo de los cobardes. Nicolás corre a la cubierta y grita: -¡Las mujeres y los niños a los botes!. Y armado con lo primero que encuentra a mano y una resolución que le relampaguea en los ojos, se opone al paso de los hombres, consiguiendo hacerse respetar. Todos los pasajeros llevan puestos sus salvavidas, menos él. Viéndolo, le grita un inglés, salitrero de Tarapacá: -¡Doctor, póngase su salvavidas! Conjurado el peligro se encierra bajo llave en su camarote, huyendo de manifestaciones que le desagradan. Estando de visita una noche en los altos de una casa, en Pisagua, se hunde repentinamente y con grandes estrépito, el piso del comedor, arrastrando a dos muchachas de la servidumbre que se ocupaban del arreglo de la mesa. A los gritos despavoridos que dan, pidiendo socorro viéndose entre los escombros y amenazadas por el fuego que las lámparas encendidas habían comunicado. Nicolás no vacila un segundo, y de un salto se arroja a salvarlas, sacándolas al poco rato en sus brazos. Otro día lee en los diarios, que recibe de Valparaíso, la noticia de que un guardián a ejecutado un acto de arrojo, exponiendo su vida por salvar a un compañero. Acostumbrado de niño a considerar el heroísmo como el único fin de la vida del soldado, se apresura a enviarle, junto con sus calurosas felicitaciones, una gruesa suma de dinero. Al dar cuenta de ese acto, la prensa tuvo frases elogiosas para el autor de aquella generosidad poco común. En otra ocasión le muestran en los cerros de Valparaíso el sitio desde el cual O’Higgins, viendo partir la escuadra libertadora, pronunció aquellas célebres palabras: «De esas cuatro tablas penden los destinos de América». Inmediatamente concibe la idea de consagrar aquel lugar histórico con algún signo visible que perpetúe su recuerdo a las generaciones futuras. Y al efecto hace tallar una placa conmemorativa, que con el nombre de «Miradero de O’Higgins» coloca allí, inaugurándola con una gran fiesta costeada de su bolsillo, a la que invita a los jefes de la Armada y a numeroso pueblo1. Su actividad, que era grande, la dedicó también al estudio del problema industrial del salitre, viendo modo de abaratar su costo de producción y aprovechar los terrenos de baja ley. Inventó al efecto, asociado a un amigo, un procedimiento para el que pidió privilegio e hizo venir de Inglaterra las máquinas necesarias. Pero se estrelló con los hábitos rutinarios de los salitreros, que no quisieron prestarle su apoyo. Más tarde escribió en la prensa una serie de artículos ardientes de patriotismo, encaminados a nacionalizar la industria, resguardándola del trust o monopolio que con el nombre de «Combinación Salitrera» perseguían los productores, ahogando su libre expansión en contra de los intereses del Estado. Quería defender esta riqueza, decía, de la voracidad de los extranjeros que ahí llegan como los amos, desalojando a los chilenos u ocupándolos como bestias de carga y arrebatándoles lo que conquistaron con su sangre y legítimamente les pertenece como premio a su heroísmo. En esos escritos sensacionales iba apareciendo el fanático defensor de su patria y el paladín de su raza. Fruto de sus meditaciones y estudios, surgía lentamente en su cerebro una idea genial y se acentuaba su perfil de apóstol de una causa santa, de una causa nacional. Y en esa obra, otra faz tuvo su actividad mental mientras permaneció en el desierto de Tarapacá. Hacía años que venía ocupándose de un problema al que dedicaba todo el tiempo que le dejaban libre sus tareas profesionales: el problema interesantísimo del origen étnico del pueblo chileno. Sus lecturas prodigiosas habían preparado el terreno. El contacto diario con los trabajadores de la pampa y la observación atenta del carácter de los chilenos en general y la especialísima del roto, su aspecto fisonómico, costumbres y psicología, en todo tan diverso del tipo, modo de ser, de pensar y de sentir de los demás trabajadores de otras nacionalidades que ahí habían, ya sudamericanos, ya europeos del mismo origen latino, fueron generando en su pensamiento una concepción nueva, una idea original respecto de los chilenos, quienes, a su juicio, formaban una entidad racial bien definida y única, con caracteres propios, entidad que era la base étnica de la nación. Muchas veces había oído decir a los extranjeros que nos visitan, o la había leído en autores como Darwin y otros, que «en Chile hay una raza particular distinta de todas las demás del mundo». Convencido de la verdad de aquellas observaciones y deseando explicárselas y comprobarlas, se echó a rastrear con una paciencia de benedictino los orígenes de nuestra sangre, leyendo todos los historiadores de Chile, desde sus fuentes primitivas, las cartas de Pedro Valdivia al rey de España y las actas del Cabildo de Santiago, y se hizo venir de Europa cuanto libro tratase de antropología, etnología, biología, psicología étnica, lingüística, filología, como asimismo las historias de los pueblos que habitaron a España desde los tiempos más remotos: íberos, celtas, fenicios, vascos, romanos, godos, árabes y bereberes africanos; y cuanta obra tratase de razas, mestizaje, y de todo aquello, en suma, que pudiera aclararle el problema que investigaba. Había tomado con tal apasionamiento aquellos estudios que eran como una obsesión y tema único de su pensamiento y de sus conversaciones. Cuando nos veíamos, que era con frecuencia, no me hablaba de otra cosa: era su idea fija. A medida que leía y estudiaba, una luz iba apareciendo ante sus ojos asombrados, llenándole de orgullo y alegría, porque iba convenciéndose, sin dejarle dudas, de que ciertamente éramos una raza aparte, digna de respeto por la nobleza de su sangre, un pueblo llamado a grandes destinos por las virtudes y el heroísmo de sus progenitores. El padre de la raza, según sus investigaciones, era el conquistador godo, de filiación germana y psicología varonil o patriarcal, diametralmente opuesta a la latina, descendiente de aquellos bárbaros rubios y guerreros que en sus migraciones por Europa destruyeron el imperio romano de Occidente, y más tarde invadieron la España, de donde partieron a la conquista de Chile. La madre de la raza era la araucana, hija de la tierra como la flor del copihue y botín preciado del conquistador (que no trajo mujeres) en aquella lucha secular y homérica en la cual el araucano defendió sus lares y sus tierras hasta morir en la contienda:
Sólo así pudo explicarse Nicolás, el tipo tan común en nuestro pueblo, principalmente en los campos, de esos rucios carantones y patilludos, de mostachos colorines y ojos zarcos, que parecen germanos con poncho y ojota. Y así pudo explicarse también muchos rasgos de la psicología del chileno, su energía moral, su carencia de maneras cortesanas que le impiden ser sonriente y zalamero, siendo por el contrario arisco y fiero; sus aptitudes militares y su genio belicoso, herencia ancestral de sus mayores, el godo y el araucano que en viril contienda esmaltaron nuestra historia de grandes hechos memorables y episodios heroicos cantados por la poesía épica. Sus convicciones a este respecto fueron finalmente absolutas y comprobadas con razones y argumentos sacados hasta del modo de hablar de nuestro pueblo. Su admiración por la raza se trocó en amor fanático, ligándose para siempre al destino y a la suerte del roto con un lazo más fuerte que la muerte. Le apellidó «El Gran Huérfano», diciendo que era «el desheredado y paria dentro de su propia patria, a la que tanto ama, cuyas glorias han sido adquiridas al precio de su sangre, y por la cual está en todo momento pronto a dar alegre su vida». Y lo amó con cariño fraternal y compasivo al verle sudar sangre en aquel desierto (que a la larga no es sino su cementerio), quizás soñando, sin esperanzas, en adquirir un pedazo de suelo de los fértiles campos de Chile, y viviendo resignado a su suerte perra entre aquellos extranjeros, donde no es otra cosa que la fuerza bruta que los enriquece, aceptando paciente, demasiado paciente, el mendrugo de pan que le arrojan de las sobras de aquel banquete colosal. Entonces emprendió una campaña en favor del pueblo con toda la fe del nuevo culto que ardía en su alma, sembrando sus ideas a los cuatro vientos. Se puso en correspondencia con el Congreso Social Obrero de Santiago, con Diputados y hombres dirigentes del Partido Demócrata, directores de diarios, sin distinción de colores políticos y con numerosas personas de reconocido patriotismo, golpeando a todas las puertas, pidiendo cooperación y ayuda en bien de los intereses nacionales y de la clase proletaria que defendía. Leía cuanto diario o revista se publicaba en el país y pasaba atento al rumor de la opinión pública. Pocos respondieron a su llamado. Estaba triste. Así lo encontré un día que fui a visitarlo. Se hallaba a la caída de la tarde, de pie y sin sombrero, sobre el promontorio de rocas que en el Alto de Junín, al borde de una profunda barranca, domina el mar 800 metros de altura. El sol, ocultándose con resplandores de incendio le iluminaba la faz y meditaba en el porvenir de su raza y en la suerte del roto. Así me lo dijo y noté que tenía la mirada perdida en la inmensidad del océano, el desaliento en el rostro y la boca dolorosa. Al comenzar el siglo emprendió viaje a Europa, estudiando en las fuentes mismas de los países que visitaba cuanto pudiera servirle a reforzar la tesis que sostenía. En Londres escribió artículos en defensa de Chile. A su regreso volvió a sus duras tareas de médico en el desierto. Pero asimismo, y con mayor apasionamiento que nunca, a su tema favorito, el origen del pueblo chileno y de su representante más genuino, el roto, tomando ahora la cosa con tal exaltación que rayaba en virulencia. No toleraba palabra o concepto ni veladamente ofensivo a Chile, irguiéndose en el acto como un quisco espinudo. Y cuando le tocaban a su roto gruñía y mostraba los dientes, saltando como un tigre a su defensa. Los extranjeros, entre quienes vivía, tan dados a maldecir del país que explotan (y del cual los ingleses se creen los amos) tenían que refrenar su lenguaje. Un día que un emigrante buhonero le ofreció en venta un libro pornográfico, de grabados obscenos, le molió a bofetadas. Entre tanto, su orgullo de chileno estaba pasando por una dura prueba. La desmoralización y el desgobierno había comenzado en los hombres dirigentes del país, y la corrupción en las clases llamadas superiores, debido, sin duda, a la intromisión de una casta de advenedizos sin escrúpulos, cuyas aptitudes mentales y morales no correspondían a la situación social ocupada. Había ansia de dinero fácil, vida social escandalosa y un lujo insultante, desconocido en nuestras austeras costumbres: síntomas inequívocos de una profunda decadencia moral, de que la prensa venía informando a diario al dar cuenta de numerosos desfalcos, falsificaciones, sustracción de documentos oficiales y otros crímenes perpetrados por personas de apellidos nuevos en la familia chilena. Para muchos aquello era la consecuencia inevitable de la riqueza del salitre, colosal presente griego que estaba corroyendo las conciencias y perturbando la tradicional probidad de la República, tan varonil y tan sana hasta entonces en su pobreza espartana. Nicolás estaba lleno de indignación y de vergüenza. Indignación que se trocó en asombro al ver la campaña emprendida en nuestro desprestigio por algunos diarios de Santiago. Y lo que era aún más grave, por publicaciones oficiales enviadas a profusión al extranjero. Los Anales de la Universidad de Chile publicaban una Historia encaminada a probar que los araucanos (nuestros progenitores) ¡eran una horda de salvajes cobardes! ¡La Estadística Carcelaria nos presentaba ante el mundo civilizado como un país de criminales! La Sinopsis daba unas tablas horrorosas de mortalidad. Los diarios hablaban del «roto inmundo y degenerado», aconsejando la conveniencia de arrojarlo del país y de reemplazarlo por emigrantes, porque «bien merecida se tenía su suerte perra...» (textual). Pues bien, mi hermano comprobó que todas esas historias y estadísticas eran falsas, absolutamente falsas, plagadas de crasos errores y escritas con una ignorancia suma o con mala fe manifiesta. En esas publicaciones, costeadas con fondos de la nación, sus autores, que no parecían chilenos sino sus mayores enemigos, se habían dado un trabajo de cuervos rebuscando cuanto pudiera degradar a la raza araucana, haciendo hasta citas truncas, con la villanía de quien reniega de su sangre y envilece a su propia madre. Infamias que para mi hermano eran como otras tantas puñaladas que le asestaron en las entrañas. Tomaba nota de todo y pronto adquirió el convencimiento de que se trataba de una campaña mercantil emprendida por agentes extranjeros de colonización (ayudados, es cierto, por gestores administrativos chilenos) y sin otros fines que apropiarse de los terrenos de la nación, so pretextos de que sobraban tierras, faltaban brazos y era beneficioso para el país reemplazar al araucano cobarde y al roto inmundo por italianos y españoles. No creía que aquello pudiera realizarse tan fácilmente, confiando en el patriotismo y buen sentido de los chilenos honrados que aún había en el Gobierno. Mas, pronto tuvo que convencerse ante la evidencia de los hechos. Había comenzado la radicación de indígenas. A los araucanos se les quitaban sus tierras con la fuerza de las armas. Luego siguió el éxodo de miles de chilenos que se expatriaban conduciendo de la mano a sus esposas e hijitos. Los gendarmes los expulsaban a balazos, empujándolos con las puntas de las bayonetas. Se necesitaban sus tierras para entregárselas a los inmigrantes que iban llegando: andaluces, napolitanos, calabreses, bohemios, gitanos, zíngaros. Y con ellos iban llegando también los churreros, los carlistas fanáticos, los vagos cubiertos de llagas, los anarquistas, los criminales contratados en las puertas de las cárceles, los rufianes a la alta escuela (caftens); y como novedades patológicas desconocidas en el país, iban apareciendo la lepra, el tracoma, la bubónica y todas las plagas repugnantes de las multitudes famélicas de los últimos estratos sociales del viejo mundo latino. Los Cónsules chilenos del Neuquén y de San Luis comunicaban que millares de chilenos con sus familias trasmontaban la Cordillera pidiendo albergue y una nueva patria a la Argentina. Su número pasó de 20.000 en poco tiempo. En su guarida del Alto de Junín, como felino en acecho, pasaba Nicolás con el oído atento pareciéndole oír el ruido de las armas y las voces pidiendo auxilio en aquella batida o cacería de araucanos y chilenos. De súbito, con rugidos de león que defiende a sus cachorros, saltó en defensa del roto, y tocando las campanas a rebato en un acceso de revuelta furiosa, se lanza a la prensa de Iquique anunciando el peligro, arrancando máscaras, despertando las conciencias, sacudiendo los egoísmos, soplando en los corazones el inextinguible amor a la patria, en una serie de artículos firmados «Un roto». En ellos expresaba la exasperación de su alma con un acento de fiera grandeza, digno de los mejores profetas bíblicos. Consciente de su fuerza, de su derecho y de la misión que le corresponde en aquella causa, como un grande apostolado a que le llamara el destino, fue un feroz fustigador de los detractores de su raza y de su patria, asestando golpes de maza a la hipocresía de aquellos fariseos que traficaban con lo más sagrado de la nación, sin miramiento alguno por la situación oficial de los hombres de gobierno. Fueron sensacionales esos artículos. El elemento extranjero de Tarapacá se sintió alarmado y el chileno profundamente conmovido, porque a ellos les hablaba el lenguaje del sentimiento. No obstante, allá en la legendaria Araucanía continuaba el lanzamiento inicuo de los chilenos, despojándolos a balazos de sus tierras. Entonces poniendo a Dios por testigo de aquella horrenda injusticia y maldad, escribió su folleto: «¡Alza chilenos!», «¡Alerta, chilenos!», en el cual condensaba sus ideas sobre colonización, repartiéndolo profusamente en el país. Y su rostro tomo un sello sombrío. Andaba con la cerviz abatida y la mirada ardiente del iluminado, casi de un loco. Infundía lástima o miedo. Iba solo y la gente se hacía a un lado a su paso o se lo mostraban con la mano. Recogió en silencio aquellos artículos en los que había vaciado su alma, les agregó algo más y se fue a Valparaíso, donde los hizo imprimir en un libro que tituló Raza Chilena. Libro escrito por un chileno y para los chilenos. Y sin firmarlo siquiera, porque no buscaba gloria personal, lo entregó al público y regresó al Alto de Junín. Venía hecho una ruina, enfermo y deshecho. Bajo el ala de su sombrero hongo, hundido hasta las cejas, se veía su rostro envejecido, sus ojos secos y seniles, ya marcados por el dedo de la muerte. Al descubrirse mostraba un semicírculo de cabellos caídos en la frente en forma de aureola, dando la impresión dolorosa de un mártir coronado de espinas. En este triste estado, casi moribundo, reanudó sus tareas de médico en el desierto, sin querer aceptar ayuda de nadie. Le quedaba la energía de su voluntad indomable. El oficio de decir la verdad ha sido siempre ingrato y peligroso. Había puesto el fierro candente sobre muchas llagas, provocando gritos de dolor y se le tuvo por un hombre brutal, peligrosísimo para mucha gente. En su gran amor al pueblo que sufre, los potentados y aristócratas vieron una amenaza y lo trataron de anarquista. Su patriotismo exaltado fue motivo de alarma para los extranjeros dueños del salitre, quiénes le miraban de reojo, tratándole de bóxer, y gustosos le hubieran arrojado de la provincia y del país, a fin de no tener quien debelara sus abusos. Se contentaron con quitarle su puesto de médico de las salitreras. Y quedó sin empleo, enfermo, abatido, desilusionado, perseguido de burlas, tratado como un demente o un loco. Su libro no pasaba de ser la obra de un visionario iluso, el romance en prosa de un mistificador. Quedaba en la miseria, sin más bienes de fortuna que sus libros y una bandera chilena que, oculta en la maleta, llevaba siempre consigo, rogando a sus amigos que al morir envolvieran su cuerpo en ella, sirviéndole de mortaja. Cuanto había ganado con su rudo trabajo (una fortuna) lo había repartido a manos llenas entre sus paisanos menesterosos. No podía verlos sufrir. Huyendo de la jauría de sus perseguidores, se refugió en un hotel de Iquique, viviendo encerrado en su cuarto como un anacoreta que se retira del trato de los hombres malvados e ingratos. Mas, no había recorrido aún todo su calvario, ni apurado todo el cáliz de amargura que el destino cruel le reservara; que sólo lo apuró hasta las heces viendo fusilar en masa a los pobres trabajadores de las salitreras reunidos en una plaza pública de Iquique para exponer sus justas quejas a sus patrones, los millonarios dueños del salitre. Cuando oyó el horrible estrépito de las ametralladoras sembrando la muerte entre aquellos infelices rotos, sus hermanos, que por centenares quedaron palpitando en su agonía, dio un grito y se cubrió el rostro con las manos... Y ya su alma desgarrada quedó triste hasta la muerte. Su libro, quizás el más audaz que se hubiese publicado en Chile, supo crear una agitación que repercutió en todo el país como la encarnación de un anhelo nacional. Sus ideas tuvieron influencia poderosa en la orientación del criterio público. Hubo otra manera de apreciar muchas cuestiones de vital importancia. Abrió nuevos horizontes a nuestro orgullo nacional, dándole una base de nobleza étnica. Su atrevida concepción marcó una nueva era, porque su pensamiento arraigó muy hondo y como un alto faro alumbró con vastas proyecciones, y desde entonces, y sólo desde entonces, nuestros escritores comenzaron a hablar de una raza chilena, de nuestra raza. Y vive y vivirá siempre su influencia, despertando el alma nacional y nuestro espíritu cívico. Aquel autor anónimo creía que un pueblo que tiene motivos para enorgullecerse de sus progenitores, debe velar porque no se bastardee su sangre, debe respetar sus tradiciones y seguir el ejemplo de probidad de sus mayores; porque lo que constituye la verdadera grandeza de una nación es su grandeza moral, y atributos inseparables son de ella el orgullo de raza, la honradez pública, las virtudes domésticas, el honor militar y la voluntad inquebrantable de alcanzar gloria en el mundo. Y terminaba gritando: «Dennos escuelas. Instruyamos al pueblo». Se podía admitir que hubiese algunas exageraciones en su obra y que no se la pudiera aceptar en su integridad sino bajo beneficio de inventario. Pero era forzoso reconocer un grande, bien grande escritor, que escribiéndola había querido cumplir, una misión, dándonos a los chilenos un alto concepto de nacionalidad y de un elevado destino que cumplir. Su estilo personalísimo, impregnado de un sentimiento singularmente conmovedor, a veces irónico; su gran erudición, la exactitud de sus observaciones sagaces, la lógica irresistible de su argumentación, y el calor de sus convicciones, presentaban a su autor, que nadie conocía, como el regenerador más formidable, con no sé qué de caballero errante, iluso y temerario, blandiendo su lanza en defensa de su raza, levantando los cargos de los detractores de su patria, a la que amaba sobre todas las cosas, fustigando vicios, apuntando errores, destilando la amargura de su corazón arrastrado en su piedad por la infeliz suerte del roto: su amor y su quimera. Dícese que al leerlo nuestro gran poeta, don Eusebio Lillo, exclamó entusiasmado: -¡Hacía falta este libro en Chile! Pocos años más vivió en Santiago, retirado en medio de sus libros, compañeros inseparables de su triste soledad, haciendo vida modestísima y ocultándose de todo el mundo, salvo de contados amigos, sus admiradores, que le habían permanecido fieles en la desgracia. La enfermedad que le minaba el corazón le había dado una sensibilidad extrema. Iba con la marca de su incurable desconsuelo y era su vida tristísima y atormentada, sin otras alegrías que la paz de su conciencia y la dulce amistad disfrutada en el seno de una familia amiga, la familia de la Maza, que había tenido la gentileza de ofrecerle su honrado y apacible hogar. Su paseo favorito era el cerro de Santa Lucía. Lo subía fatigosamente, con algún libro en la mano, revolviendo el aire con el sombrero y aspirando el húmedo aroma de las hierbas, que le traían el recuerdo remoto de su infancia dichosa y de su juventud ya tan distante. En su ascensión se detenía siempre frente al «Caupolicán», aquel bronce que tan admirablemente simboliza la indómita fiereza araucana. Y ya casi en la cumbre, se sentaba a descansar frente a don Pedro de Valdivia, el otro progenitor de la raza, que ahí está en su pedestal con las armas que le dieran el triunfo, contemplando el pueblo que él creó, pueblo que (bien lo sabe el godo) jamás nadie ha vencido, ni espera hacerlo. Un día le pidieron que leyese algún trabajo en una sesión del Ateneo. Le costó resolverse; no le gustaba exhibirse. Leyó su trabajo Decadencia del Espíritu de Nacionalidad. Fue una ovación estruendosa, interminable. La concurrencia, de pie, aplaudía al autor de Raza Chilena, proclamándolo el más chileno de los chilenos, emblema vivo del patriotismo nacional. Por esa época escribió su Demografía Gótica y la Revisión en América de la Historia del Viejo Mundo, obras aún inéditas y que venía preparando desde tiempo atrás, destinadas a reforzar sus teorías sobre etnología chilena y a refutar las críticas hechas a Raza, de la que preparaba una segunda edición. Pero sus días estaban contados. La muerte le seguía de cerca. Algo sospechaba él. Hacía tiempo que venía notando una extraña sensación de ahogo, como si el corazón, demasiado grande, no le cupiera en la cavidad del pecho. Andaba taciturno cavilando tristemente. Sentía frío en el cuerpo y una inquietud particular del alma una sed de afectos, un deseo de consuelo compasivo para su tristeza, que iba a buscar refugiándose en el seno de las personas de su familia, al calor de los suyos, que tanto le querían. No creíamos que su fin estuviese tan cercano. La implacable muerte, al derribarlo de un golpe súbito le engañó traidoramente dándole una mentida apariencia de salud. Aquel día fatal (11 de Junio de 1911), se sintió casi sano y andaba muy contento. Después de visitar a una hermana, lo pasó conmigo todo el día y estuvo espiritual y alegre, retirándose después de comida, sin querer aceptar nuestra invitación a quedarse a dormir en casa, donde solía hacerlo en la pieza que le teníamos reservada. Abrazó a mi esposa, me estrechó la mano y nos dijo: «¡Adiós!». Fue la última palabra que oímos de sus labios. Se acostó a las diez y una hora más tarde se oyeron en el silencio de la noche las angustiadas voces de mi pobre hermano pidiendo socorro, gritando: «¡Favorézcanme!... ¡Auxilio!... ¡Vengan pronto, que me muero!». En un instante y a medio vestir acuden las personas de la casa. ¡Qué cuadro más desgarrador fue el que presenciaron! Nicolás, ya casi exánime y sosteniéndose trabajosamente en el marco de una ventana, arrojaba sangre a borbotones por la boca. Luego se empañó su vista y doblegando la cabeza exhaló su último aliento. Se le había roto un grueso vaso arterial (un aneurisma) desgarrado a impulsos de las palpitaciones de su gran corazón. ¡Ah! La tristeza de sus pobres funerales en aquella fría y nebulosa tarde de invierno. Media docena de parientes, otros tantos fieles amigos, algunas palabras de adiós y desapareció para siempre envuelto en la bandera de su patria, abrazado a ella, su único bien, en la noche obscura de su tumba. Y yacen sus tristes despojos en el más abandonado rincón del cementerio, azotado por el viento y por las lluvias, como si gimieran y lloraran el triste fin de los buenos3. SENÉN PALACIOS. Como me tomaré la libertad de enviar el presente libro a algunas personas, les debo una explicación. Este prólogo es para ellas. Empezado por simples cartas por la prensa a un distinguido periodista nacional escritas con el fin de contrarrestar la opinión adversa al pueblo chileno que desde algún tiempo atrás venía difundiéndose en el público por algunos diarios y revistas, este estudio tomó las proporciones de un libro, en vista de que aquella campaña de desprestigio trajo como consecuencia el que el Gobierno haya puesto una invencible resistencia al cumplimiento de la ley de colonización nacional, y que esté entregando las tierras de la Nación a familias de raza extraña a la nuestra. Algunas de las partes en que está dividido este libro conservan su forma epistolar primitiva con la sola adición de algunos documentos. Escrito durante el escaso tiempo que me dejan libres mis ocupaciones y en períodos separados unos de otros por largos meses, la obra que ofrezco contiene algunas faltas de composición y de redacción, sin importancia y que no ha sido posible subsanar por falta de tiempo. Así imperfecta la entrego a la meditación de los chilenos, porque, aunque descuidado en la forma, este libro es el fruto de largos estudios y porque algunas de las materias en él tratadas requieren urgentemente ser conocidas por el público. Para llamar la atención sobre problemas viejos, he tenido que contemplarlos por una faz poco acostumbrada, lo cual, añadido a las pequeñas novedades que en el libro se contienen me hace temer que hubiera sido necesario una prueba más numerosa y mejor ordenada que la que me ha sido posible aducir para llevar el convencimiento al ánimo del lector. Ruego que no se me censure la dureza del lenguaje empleado en algunas ocasiones, hasta después de haberse impuesto de las últimas partes del libro. Si alguna de las personas a quienes me permito mandar esta obra se sintiera lastimada por las ideas de moral y otras que en ella se tratan, le ruego me disculpe. En sus manos está arrojar el libro. Agosto de 1904.
Etnogenia. Orígenes de la sangre chilena.
Nacimiento
1.- La raza chilena es mestiza. Su precoz aparición. Fe de bautismo de la raza. 2.- El padre de la raza. 3.- Uniformidad física y psíquica de la raza, su causa y su importancia. La raza chilena no es latina. 4.- Funestos resultados de la mezcla de las razas desemejantes. No debe traerse colonos de raza latina a Chile. 5.- Cómo se forman las razas mestizas. Una de las condiciones favorables de la génesis de la raza chilena. Indios de Boroa. Crecida descendencia de los conquistadores. 6.- La madre de la raza chilena. Primeras madres. Su gran número. Su paralelismo mental con el conquistador. 7.- Rapidez con que nació la raza mestiza. Mecanismo de su formación. Cálculos sobre el número de chilenos de la 1.ª generación. Número probable de los de la 2.ª y 3.ª generaciones. 8.- Primeros sacerdotes chilenos. Nombres de algunos chilenos de la 1.ª generación. 9.- Rasgo dominante de la psicología del mestizo. Rapidez con que nacía la 2.ª generación. 10.- Principales condiciones biológicas y psicológicas que favorecieron la uniformidad y la estabilidad de nuestra raza. Distinguido señor: He tenido el gusto de leer los escritos en los cuales usted con íntima satisfacción, anota los beneficios que ya se dejan ver en la campaña emprendida contra el alcoholismo en Chile. En ellos hay un acápite que, por haber llamado mucho mi atención, me voy a permitir comentar. Es el siguiente: Copia usted enseguida, para justificar la suya, la opinión de otro autor, tan encomiástica del roto chileno, que no me atrevo a reproducirla aquí, por temor de parecer exagerado. Ante todo creo necesario manifestarle mi opinión respecto de quién es, como entidad humana, el roto chileno, cuáles son los orígenes de su sangre, y cuál la causa de la uniformidad de su pensamiento, condición las más importante en sociología para caracterizar los grupos humanos llamados «razas». Poseo documentos numerosos y concluyentes, tanto antropológicos como históricos, que me permiten asegurar que el roto chileno es una entidad racial perfectamente definida y caracterizada. Este hecho de gran importancia para nosotros, y que ha sido constatado por todos los observadores que nos han conocido, desde Darwin hasta Hancock, parecen ignorarlo los hombres dirigentes de Chile. La raza chilena, como todos saben, es una raza mestiza del conquistador español y del araucano, y vino al mundo en gran número desde los primeros años de la conquista, merced a la extensa poligamia que adoptó en nuestro país el conquistador europeo. 1.- La raza chilena es
mestiza. Su precoz aparición. Fe de bautismo de la raza.
Voy a copiar algunos de los documentos que poseo sobre la aparición de las primeras generaciones del roto, o «mestizo» como lo llaman los escritores de aquellos tiempos. Esos documentos son la fe de bautismo de nuestra raza. El más antiguo documento en que se habla de la existencia de mestizos, de conquistador y araucana da a entender que eran ya numerosos. En las actas del Cabildo de Santiago, de fecha 13 de octubre de 1549, ocho años solamente después de la fundación de esa ciudad, los cabildantes tomaron algunas medidas para que los vecinos no eludieran el cumplimiento de una ordenanza sobre cierta contribución de guerra dictada poco antes. Dice el acta: La ordenanza aludida mandaba a los vecinos pagar una yegua de cada diez, y cinco pesos a los que poseyeran nueve o menos. Como las yeguas valían mucho más de esa suma, el que tenía diez, v. g., ponía a nombre de su hijo mestizo las necesarias para esquivar la entrega de un animal, dando en cambio cinco pesos de contribución. El Cabildo resolvió:
Esos mestizos podían tener hasta siete años de edad, y no serían en escaso número cuando sus padres podían causar a la real hacienda «gran perjuicio» donándoles algunas yeguas. Antes de esa fecha el conquistador Valdivia se refiere a los hijos que tenían en Chile sus soldados. En carta al rey de España Carlos V, fechada en la Serena el 4 de septiembre de 1545, cuatro años solamente después de la fundación de Santiago, entre otras cosas le dice que sus hombres están «trabajados, muertos de hambre y frío, con las armas a cuestas, arando y sembrando por sus propias manos para la sustentación suya y de sus hijos». En carta escrita ese mismo día a Hernando Pizarro, refiriéndose al número de hijos que les nacían a los conquistadores, dice Valdivia que este reino de Chile es «nativo» (Colección de documentos inéditos para la Historia de Chile, J. T. Medina, tomo 8, páginas 101 y 91). El número de esos primeros mestizos debió ser grande desde los primeros años como podrá colegirse de los testimonios que citaré más adelante. 2.- El padre de la
raza.
El descubridor y conquistador del nuevo mundo vino de España, pero su patria de origen era la costa del mar Báltico, especialmente el sur de Suecia, la Gotia actual. Eran los descendientes directos de aquellos bárbaros rubios, guerreros y conquistadores, que en su éxodo al sur del continente europeo destruyeron el Imperio Romano de Occidente. Eran esos los Godos, prototipo de la raza (Teutónico, germana o nórdica, que conservaron casi del todo pura su casta gracias al orgullo de su prosapia y a las leyes que, por varios siglos, prohibieron sus matrimonios con las razas conquistadas). Por los numerosos retratos o descripciones que conozco de los conquistadores de Chile, puedo asegurar que a lo sumo el diez por ciento de ellos presentan signos de mestizaje con la raza autóctona de España, con la raza íbera; el resto es de pura sangre teutona, como Pedro de Valdivia, cuyo retrato es tan conocido. Como en Chile no cesó de pelearse sino por breves espacios durante los primeros tiempos de la llamada conquista y como, por otra parte, esta región del continente no producía ninguno de los ricos artículos de comercio en que abundaban las demás colonias españolas, sólo vinieron a nuestro país los individuos de la casta aventurera y belicosa de la península. Los comerciantes, los industriales, los artesanos, los letrados, etc., ocupaciones desempeñadas en España por los naturales, no tenían a que venir a Chile, ni vinieron, salvo uno que otro secretario u oidor, hasta mediados del siglo XVIII, después de las paces selladas con el toqui araucano Ailla-Vilu; pero esos Íberos fueron en número escaso para que su influencia étnica se dejara sentir en una población de 500.000 habitantes, de los cuales los cuatro quintos eran mestizos. Además sólo se establecieron en las ciudades algo populosas. A principios del siglo pasado vinieron soldados íberos, pero se sabe que no quedaron aquí sino los muertos. Sólo en estos últimos años la colonia íbera ha sido numerosa en nuestro país; pero, como es sabido, sus relaciones de sangre con nuestro pueblo son sin importancia. El roto chileno es, pues, Araucano-Gótico. Hacer la demostración antropométrica y etnográfica de este aserto, no es de una carta pero si se formara polémica sobre este tema, como sobre cualquiera de las afirmaciones que pueda hacer más adelante, estoy listo a probarlo. Sólo exigiré en el contendor una preparación científica suficiente, pues estas materias no pueden tratarse con declamaciones ni con el mero auxilio de la literatura. 3.- Uniformidad
física y psíquica de la raza. Su causa y su importancia. La raza
chilena no es latina.
Esta mezcla de sólo dos elementos étnicos en nuestra raza imprime a la fisonomía del chileno ciertos rasgos comunes a todos, aun a los de rostros más desemejantes, lo que hace decir a los extranjeros observadores que en Chile hay una raza particular, distinta de todas las demás del mundo. Esto mismo puede apreciarlo el chileno cuando pisa nuevamente las playas de la patria después de haber visto otros pueblos. Pero si la fisonomía física del chileno posee algunos rasgos comunes característicos, su fisonomía moral presenta tal uniformidad en sus líneas principales, que es éste uno de los fenómenos más interesantes de nuestra raza. Toda la gama que va del roto rubio de ojos azules y dolicocéfalo, con 80% de sangre gótica, hasta el moreno rojizo de bigotes escasos, negros y cerdosos, de cabello tieso como quisca, y braquicéfalo con 80% de sangre araucana, todos sentimos y pensamos de idéntica manera en las cuestiones cardinales, sobre las que se apoyan y giran todas las demás, referentes a la familia o a la patria, a los deberes morales o cívicos: es uno mismo nuestro criterio moral y social. Esta condición de nuestra psicología, cuya alta importancia parecen desconocer nuestros hombres dirigentes, puesto que pretenden perturbarla, se explica por la singular similitud de las almas de nuestros progenitores. Efectivamente, los Godos y los Araucanos, tan diferentes en su aspecto físico, poseían ambos, con la misma nitidez y fijeza, todos los rasgos característicos de lo que los entendidos llaman psicología varonil o patriarcal, en la que el criterio del hombre prima en absoluto sobre el de la mujer en todas las esferas de la actividad mental. No tengo para que recordar la altísima importancia que los sociólogos atribuyen a la directriz patriarcal en psicología étnica. El perfecto patriarcado de la raza germánica es bien conocido por todos, pero el de nuestro antepasado indígena sólo parecen apreciarlo los sabios extranjeros, como H. Spencer, que lo pone como tipo, o Smith Hancock, que lo encomian en grado sumo. Los conquistadores notaron esa semejanza de los Araucanos con ellos desde los primeros momentos. Valdivia mismo los compara a los tudescos en su arte de pelear y en la hidalguía absoluta con que se conducían en la lucha. Los cronistas de aquellos tiempos los comparan a menudo a los antiguos romanos o a los Germanos que derribaron el imperio. En repetidas ocasiones los capitanes generales de Chile no desdeñaron batirse personalmente, de caballero a caballero, en palenque cerrado, con los toquis araucanos, como lo hizo el orgulloso Sotomayor, Godo emparentado con la casa reinante de la Península, lo que no habría hecho jamás con un villano o plebeyo. Uriel Hancock, el sabio escritor norteamericano antes nombrado, los compara con los highlanders escoceses y agrega: El inmortal Ercilla sintetizó en su poema la admiración que esta raza cobriza y bárbara del nuevo mundo hacía nacer en el alma de aquellos insignes conquistadores. Eran, pues, dos razas de corazón y de cerebro semejantes, las que en su choque de dos siglos, con una epopeya por epitalamio, dieron el ser al roto chileno. De allí la uniformidad de sus pensamientos. De allí también la naturaleza de su ser moral y mental. «Yo quiero al roto», dice usted, y su opinión es un dato más para mis apuntes sobre psicología chilena, porque ha de saber, señor, que los chilenos no somos queridos sino por los extranjeros o por chilenos de la nueva generación que llevan apellidos como el suyo, germano, comprendiendo con esta palabra todas las estirpes dólico-blondas originarias del norte de Europa. Por lo demás, estamos pagados; los chilenos, a pesar de nuestro vivo sentimiento de raza, también queremos a ustedes y las mezclas de nuestra sangre han sido en todo tiempo, desde O’Higgins, Mackenna, Miller, O’Brien, etc., hasta Mac-Iver, Walker, Lynch, Boonen, Thomson, König, Williams, Tupper, Clark, Holley, etc., credencial segura de llegar a los más altos puestos en nuestra patria, sea cualquiera el campo en que ejerciten su actividad. Hubo Senado en Chile que ha contado con el 25% de apellidos germanos, siendo que la colonia de esa raza es relativamente exigua en nuestro país. Por el contrario, la colonia de raza latina o mediterránea, con ser ya muy numerosa, no ha producido sino rarísimos hombres superiores en su cruza con la chilena. Es que el chileno legítimo no tiene sangre latina en su venas, por más que hable romance y lleve apellidos castellanos. Las buenas o malas cualidades de los mestizos tienen en biología una significación muy elocuente respecto a las relaciones de naturaleza de los progenitores. El mismo fenómeno que aquí observamos respecto a la calidad de los productos de dos razas, según sean éstas afines o no podemos observarlo en otra parte en altísima escala y con resultados probatorios definitivos. Me refiero a los Estados Unidos. En ese gran país, de base étnica germana, el elemento latino llega a cerca de 6.000.000 de individuos, y sin embargo ni en las industrias, ni en las artes, ni en la banca, ni en la política ni en ninguna parte espectable se oye sonar un apellido latino, siendo que allí no hay ninguna preocupación que estorbe la elevación del más apto. | ||||