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Raza chilenaNicolás Palacios Nació el autor de Raza chilena el año 1854, en Santa Cruz, aldea colchagüina, y fueron sus padres don Faustino Palacios y doña Jesús Navarro, ambos chilenos, siendo Nicolás el mayor de seis hermanos, tres de ellos mujeres. Cobijó su cuna un modesto hogar donde cantaba el grillo en el dulce sosiego de una mansión campesina. Pero era digna de respeto la casa paterna y grande como un solar antiguo, con un delicioso huerto a orillas del estero Guirivilo. Su padre se dedicaba al comercio y trabajos agrícolas de escasa importancia, cultivando su viña y su potrero de siembra. Fue un niño sano y muy rubio, cuyos bucles de oro conservó una de sus tías, mostrándolos, años después, a los que dudaban viéndole su pelo negrísimo como el ala de un cóndor de nuestras montañas. Era el predominio racial en su primera infancia de la herencia paterna, de estirpe goda casi pura. Más tarde comenzó a predominar en él la herencia materna, más rica en sangre araucana. Representaba, por consiguiente, el tipo netamente chileno, mestizo, producto étnico de la fusión de dos razas, la conquistadora con la conquistada. A los diez años (y de esa edad lo veo a través de mis recuerdos más remotos) descollaba por su gentil apostura y una precoz inteligencia. Con desbordante alegría de niño travieso y sin miedo se entregaba a mil ejercicios temerarios, saltando acequias, trepándose a los árboles más altos, montando potrillos indómitos o toreando vacas bravías, con grave peligro y riéndose a toda boca. A veces a campo traviesa rompiendo cercos y corriendo por los potreros, llegaba a los márgenes del caudaloso Colchagua, y desnudándose en un instante, se arrojaba desde algún barranco a lo más profundo y ancho para cruzarlo a nado. Aquella vida libre como el viento, en pleno ambiente campesino, desarrolló su temperamento vigoroso, haciendo germinar en su alma juvenil un amor entusiasta por las bellezas de su propia tierra, a las que tributó enseguida ese culto noble y grande que los hombres de sentimiento rinden a la naturaleza trocándose más tarde en amor fanático a su patria. Su imaginación inquieta le arrastraba a oír con gran interés, expresando la más viva emoción en el semblante, los cuentos que se contaban alrededor del brasero, gustando más de aquellas relaciones estupendas en que aparecía la Calchona, Pedro Urdemales o el Diablo. Aprendió el silabario e hizo sus primeras letras en la escuela del pueblo, saliendo siempre victorioso en aquellas famosas luchas entre «Roma y Cartago». Durante los recreos nadie jugaba mejor a la chueca, en cuyo ejercicio era diestro como un araucano, ni nadie daba un salto más atrevido, una carrera más rápida, ni una bofetada más fuerte... Por esa época murió nuestra madre, tan dulce y tan buena, dejando a sus hijos en una semiorfandad; circunstancia que influyó poderosamente en la educación de Nicolás, privándole del calor del regazo materno, de la mirada amante de infinita dulzura y del beso en la frente, de toda esa influencia femenina, en suma, que pone una nota de poesía en las dichas del hogar. Falto de aquella influencia bienhechora, se resintió toda la vida de cierta rudeza varonil. Contribuyó poderosamente a ello el quedar desde entonces bajo la exclusiva dirección del padre, que siendo hombre dominante y severísimo, educado a la antigua, y del tiempo en que los hijos trataban de su merced al propio padre, besándole la mano en señal de vasallaje, excluía del trato familiar las intimidades cariñosas, creyéndolas halagos mujeriles, propias tan sólo para afeminar el carácter y exigía, en cambio, una obediencia y un respeto absolutos. No obstante, sus hijos vivían seguros de su cariño, viéndolo palpitar en el fondo de sus pequeños y penetrantes ojos zarcos cuando en silencio se detenía a contemplarlos. Por lo demás era persona instruida y gustaba por las noches explicar a Nicolás el movimiento de los astros, enseñándole (en latín, como lo aprendiera en la Recoleta Domínica donde hizo sus estudios) el nombre de las constelaciones y acostumbrándole desde niño a leer en ese gran libro del firmamento, que desarrolla sus páginas como un grandioso cinematógrafo en el silencio solemne de la noche. A su lado y bajo ese régimen comenzó Nicolás a ejercitar la atención, elevando su pensamiento en meditaciones de un orden superior, y acentuándose su energía moral y su independencia altiva, demasiado altiva quizás, pues era soberbio y levantisco a veces, por cuyo motivo su padre, a fin de domarlo, le propinó más de un zurriagazo. Llegó por fin el día en que fue necesario mandarle a estudiar a Santiago. Entraba en sus 14 años de edad y había aprendido en la escuela cuanto ahí podían enseñarle. Ese viaje fue la realización de un deseo largo tiempo acariciado por aquel muchacho impresionable, que partió a la capital como a un mundo maravilloso, lleno de alegría, pero llevándose en el alma el cariño de los suyos y en el fondo de sus ojos la risueña imagen de su pueblo. La casa quedó como vacía con su ausencia. Ingresó de externo al Instituto Nacional, regentado a la fecha por don Diego Barros Araña, el famoso e inolvidable Palote, tan querido y respetado de sus discípulos. Desde el primer día sentó plaza de guapo, poniendo a raya, gracias a sus puños, a los muchachos diablos que intentaron tomarle la oreja, al verle el pelo de la dehesa colchagüina. Cuando regresó por vacaciones trayendo los certificados de sus exámenes, fue grande el gusto que tuvo mi padre al estrecharlo entre sus brazos, no fue menor el nuestro, sus hermanos; pero más grande fue la alegría ruidosa de Nicolás al verse entre los suyos, respirando a pulmones llenos el aire del terruño. A nuestras preguntas de cómo era Santiago, se puso a contarnos cosas prodigiosas, diciéndonos que la torre de San Francisco era más alta que un álamo (cosa que nosotros pusimos en duda) y que el Portal Sierra Bella era una casa más grande que la Plaza de Santa Cruz (lo que no creímos jamás). ¡Qué vacaciones aquéllas y todas las de su adolescencia dichosa! Con cuánta alegría regresaba cada año, divisando a la distancia los cerros de la comarca y el viejo campanario de la iglesia confundido con los álamos, y el río y las casas del pueblo con sus huertas, todo alumbrado por un radiante sol, todos amigos; y qué repique de alborozo en el corazón al ver los pañuelitos blancos de las hermanas, agitados desde lejos en señal de bienvenida cariñosa! Por esa época, comenzó a dar señales de una cosa inusitada en él, de un mal extraño. Su alegría locuaz se trocaba por instantes en silencioso recogimiento, y como la imagen de la melancolía, quedaba mustio y pensativo, mirando el suelo. O bien, se detenía a mirar, entre risueño y triste, a Teresa, una jovencita vecina nuestra, siguiéndola embelesado con la vista. Un día, a la caída de la tarde, les vi con las manos enlazadas. Otra vez le sorprendí abrazándola debajo de los naranjos, y al notar mi presencia, ella huyó veloz llena de vergüenza, y él me miró con enojo. En otra ocasión le encontré sólo en la viña, tumbado de espaldas sobre el césped, las manos cruzadas bajo la cabeza y mirando en silencio el cielo inmenso. -¿Qué tienes? -le pregunté, cuando sigilosamente estuve a su lado. -¡Na, hombre, na! -me contestó. Y poniéndose de pie de un salto me tomó de la mano y nos fuimos corriendo a ver el lazo que para cazar pájaros tenía armado bajo los manzanos. Aquello que a mí me parecía un mal extraño, llenándome de una especie de terror, era inquietud del adolescente al sentir los primeros ensueños de amor, que como implacable ley de la naturaleza lo atormentaba de un anhelo confuso y del más grande y poderoso atractivo que iba a tener la vida para él durante su juventud. Por la misma época se le despertó el gusto por los libros de imaginación, devorando cuanto encontraba a mano y lo que pudo conseguir en la Biblioteca Nacional de Santiago, burlando la mirada escrutadora y vigilante del director (don Briche), fiscal autoritario que sólo quería permitir a los jóvenes la lectura de obras ejemplares, recomendando al efecto la vida de los santos y el Año Cristiano. Un día que Nicolás pidió Las Ruinas de Palmira, le fue negado el libro y se lo tuvo por un joven peligroso. Ruidosa fue su vida de estudiante en el Instituto, establecimiento que tuvo influencia grande y perdurable en su educación. Ahí adquirió cierto espíritu positivo y científico, y bebió el germen de un escepticismo religioso que hizo de él un libre pensador, sin que nunca, empero, fuese un sectario, porque ya de hombre se inclinó siempre respetuoso ante las creencias ajenas. No fue de esos alumnos regalones o distinguidos que se llevaban los premios. Impedíaselo aquella su altivez casi montaraz que no le permitía adular, ni le cuadraba tampoco el sistema de castigos brutales que los profesores practicaban como un sport, sacándole los pedazos de las manos a los alumnos, como único medio de estimularlos. Una vez que un profesor le dio un coscacho, le arrojó el libro a la cara acompañado de un insulto, y salió indignado puerta afuera. Era arrebatado en sus actos y temerario en sus palabras. Desde muchacho quiso tener la independencia de un hombre, sin más guía que la voz vigilante de su conciencia, ni nunca fue experto en el arte de adular a los poderosos, lo que le cerró más tarde las puertas de la fortuna fácil; ni cedía jamás a lo que creyera una injusticia, ni fue intrigante, ni sabía de dobleces y disimulos, desconociendo ese don de gentes que no supo asimilarse, ni quiso aprender tampoco, despreciándolo como un don de esclavitud. En cambio, era de ver el entusiasmo con que asistía a las riñas y bofetadas que se trababan entre bandos de colegios rivales. Se le encendía toda la sangre araucana que llevaba en las venas, esa sangre del roto belicoso y guerrero que bulle a borbotones cuando tocan a pelea. No le tenía miedo a nada ni a nadie. No era díscolo ni pendenciero, más, le seducían por temperamento de raza aquellas luchas que aquilatan las fuerzas y el coraje de los hombres. Sus compañeros le idolatraban y juntos hacían la cimarra, largándose en alegres excursiones por los alrededores de Santiago, a Renca, Apoquindo, El Resbalón o San Bernardo, haciendo mil diabluras, escalando tapias y merodeando huertos. No perdían fiesta pública, cívica o religiosa. En las del 18 eran de los primeros en llegar al Campo de Marte el día del fogueo de las tropas. Se enardecía Nicolás con el estruendo de las armas, el olor a pólvora y el fiero aspecto de los soldados rompiendo cartuchos con los dientes; y se sentía electrizado con la famosa carga de caballería que daban los Paperos, quienes arrancaban chivateando como los araucanos, blandiendo sus largas lanzas de coligüe, ornadas en la punta de rojas banderolas y haciendo retemblar el suelo. -¡Viva Chile! ¡Viva la Patria! -gritaban los colegiales lanzando sus gorras al aire. En la procesión del Viernes Santo, acompañaban las andas llevando velas encendidas y rezando con voz gangosa y lastimera las oraciones del Señor de la Agonía. A los 18 años de edad era un arrogante mozo de espaciosa frente reflexiva y escaso bigote negro, siendo el rasgo dominante la amplitud y firmeza de su mandíbula, signo de una voluntad enérgica casi impulsiva. Cursaba sus últimos años de humanidades haciendo vida de estudiante en casa de pensionistas, jóvenes provincianos como él y sus compañeros de estudios, diversiones, amoríos y de polémicas acaloradísimas que armaban por cualquier motivo, discutiendo, con la exageración propia de la edad sobre la ciencia, religión, política, artes, gritando mucho y arrebatándose la palabra. Nicolás terciaba en ellas con su vehemencia acostumbrada. Nunca fue hombre de fácil palabra ni capaz de improvisar medianamente en público, supliendo su falta de elocuencia con el gesto enérgico, la expresión mordaz y el acopio de ideas de que tenía bien nutrido su cerebro. Casi todos eran libres pensadores, discípulos de las ideas democráticas de Bilbao en política y de Darwin en ciencias naturales, cuyos apóstoles militantes en Santiago eran el Patriarca Matta y don Diego Barros Araña. Algunos se hicieron espiritistas con Basterrica o positivistas con Lastarria. Mi hermano pasó por todas esas evoluciones antes que su poderosa mentalidad encontrara su verdadero camino. En ese tiempo comenzó a ejercitarse en las letras, escribiendo verso y prosa, producción que destruyó por parecerle desposeída de mérito literario. En 1874 obtuvo su título de bachiller en humanidades, acontecimiento al cual se daba gran importancia, creyéndose que aquel pomposo título abría las puertas poco menos que a la celebridad. Conforme a las ideas de esa época, quiso mi padre que siguiese una carrera profesional, dejándole libertad de elección. Optó por la de médico. No pudo cometer error más grande. No encontró en la medicina la verdad científica y exacta que se había imaginado, como en las matemáticas, siendo, como era en esos años, empírica y rutinaria, con muchas de las añejeces y aforismos en latín del tiempo de Galeno, tan ridiculizados por Le Sage en el Gil Blas y por Molière en El Médico a Palos. La nueva escuela bacteriológica no había echado aún las bases verdaderamente científicas de la medicina del porvenir, y de la cual la cirugía y la higiene moderna son ramas del saber que honran a la humanidad. A medida que se afirmaba la madurez de su talento iba seleccionando las obras de su lectura. Las ideas atrevidas de Darwin sobre el origen de las especies lo apasionaron de un modo indecible. El Quijote, que celebra con grandes carcajadas, se lo sabía casi de memoria. De La Araucana recitaba en alta voz las estrofas viriles que cantan los hechos heroicos de la raza indomable. La Academia Literaria, de la que no perdía sesión, organizó certámenes literarios en los cuales obtuvo Nicolás varios premios, siendo uno de ellos en el tema: «Una novela científica» género literario puesto en boga por Julio Verne. Su actividad era asombrosa: estudios de medicina, lecturas interminables, pintura, escultura, trabajos literarios en prosa y en verso y partidas de ajedrez y de billar en el que llegó a ser una notabilidad; y sus amores... que fueron infinitos como las estrellas del cielo, siempre apasionado jamás cautivo, pues no se casó nunca. Era el hombre más desarreglado para vivir, haciéndolo todo a escape o a la diabla. Se rapaba en medio minuto, de dos pasadas rápidas de la navaja (tenía pocos pelos, es cierto) muchas veces sin jabón, y en seco, le daba lo mismo. Iguales eran sus hábitos en el arreglo de su persona, pues jamás iba a la moda, ni uso cadena de reloj, corbata vistosa, ni chirimbolo de ninguna suerte. Tampoco era de los que llevan cuenta prolija del dinero que invierten, y gastaba con mano abierta a la generosidad lo poco que tenía. Caballeroso siempre, solía usar formas delicadísimas y originales para ayudar con dinero a sus amigos. Uno de éstos, joven muy pobre y pundonoroso, andaba en grandes apuros. Lo supo mi hermano y en el acto se fue a verlo y le dijo: -¿Podría prestarme unos 20 pesos, compañero? El otro clavó los ojos al cielo y con cara de lástima y algún sonrojo le confesó que no tenía ni para cigarros, pero que si los tuviera, gustoso se los prestaría. -Acéptemelos entonces a mí, porque ando en fondos -le dijo sonriendo, y le pasó el dinero. Así era él. La avaricia y la cobardía fueron los vicios que más detestó. Una desgracia de familia, la muerte de una hermana en la primavera de la vida, lo hizo pasar por una terrible crisis de dolor que puso de relieve la sensibilidad de su alma, dejándole en un estado vecino al sonambulismo. Era una sombra y el pobre andaba ocultándose para llorar. Mi padre, temeroso de una doble desgracia, se lo llevó a Santa Cruz. Se aproximaba el año de 1879, y pronto estalló la guerra del Pacífico, sacudiendo a Chile entero en una explosión de patriotismo que corrió de uno a otro extremo como un reguero de fuego, encendiendo el alma nacional en un ardor bélico, que bien pronto se tradujo en una campaña memorable. Nada puede dar una idea de la emoción profunda que produjo aquella noticia inesperada, ni de la excitación creciente a medida que los acontecimientos se desarrollaban. Era una efervescencia que tenía algo de locura, rumores recogidos y comentados por un público impaciente, nervioso, gente que interrogaba ansiosa, personas que se arrebataban los diarios, la población entera en las calles, una multitud enorme pechando frente a los balcones de la Moneda y a las puertas de los cuarteles, pidiendo las gloriosas banderas. Nicolás, enfermo y débil, asistía al espectáculo conmovedor de la nación levantada en guerra, oía los toques del clarín llamando a los chilenos y vio partir de Santiago a las primeras tropas que a tambor batiente desfilaron por la Alameda en medio de una multitud delirante, en su mayoría gente del pueblo, que acompañándolas les daban sus adioses diciéndoles: -¡Hasta luego, hermanitos, de atrás nos vamos nosotros! Quiso Nicolás partir de los primeros, más, se lo impidió mi padre, viéndole aún tan enfermo. En el episodio que voy a referir hay algo que mi padre calificó siempre de providencial por la forma en que mi hermano me salvó la vida. Y al relatarlo, pido excusas por verme obligado a hablar de mi persona. Partí a la guerra sin avisarlo a mi familia, sabiéndolo sólo cuando desde el campamento escribí que formaba parte del batallón Atacama, ya famoso. Poco faltaba para que se diese la batalla de Tacna y vivía mi padre con la ansiedad consiguiente, pensando en la suerte que pudiera correr el menor de sus hijos. Lo instaba Nicolás a fin de que lo dejara partir y se oponía él aduciendo toda suerte de razonamientos para hacerlo desistir, hasta llegar a decirle un día, medio en serio, medio en broma, ambos paseándose en los corredores de nuestra casa de campo: -¡Qué vas a hacer tú a la guerra, allá no necesitan tísicos!... A lo que respondió Nicolás, deteniéndose y mirándole fijamente a los ojos: -¿Y si hieren a Senén, quién lo cuidará? Palideció mi padre, y en silencio se puso a liar un cigarrillo, muy trémulo de manos, lo que se notó (según me contaron los de casa) al tratar de encenderlo. Dio enseguida, pausadamente, algunos paseos por el corredor, pensativo, mirando al suelo. Bruscamente, arrojó el cigarro, se detuvo frente a mi hermano, que observaba atentamente las tribulaciones del pobre viejo, y le dijo con voz rápida y tono persuasivo: -Mañana mismo te vas, el corazón me avisa que has de llegar a tiempo... Partió Nicolás a mediados de mayo. El 26 se dio la batalla de Tacna contra todas las fuerzas reunidas de la Alianza Perú-boliviana, y una hora después de empezada, una bala me hirió en la mitad del pecho, dejándome atravesado de parte a parte y tendido de espaldas en la arena. Y ahí quedé todo el día entre numerosos muertos y heridos, muy cerca de uno que intentaba incorporarse apoyándose fatigosamente en una mano, para caer muerto con la cabeza hundida en la arena, mientras ruidosos vivas anunciaban la toma de un reducto y el triunfo de los nuestros. Y ahí pasé toda la noche en un silencio pavoroso y habría exhalado mi último aliento si no me socorre y auxilia oportuna y misericordiosamente mi hermano. Quién, llegado la víspera misma de la batalla, toma parte en ella como cirujano de «Cazadores del Desierto», y terminada la acción y cumplido sus deberes profesionales con los heridos de su regimiento, corre al vivac del Atacama, ya cerrada la noche. Sabe mi mala suerte por el comandante del cuerpo, el bravo coronel Martínez (que llora la pérdida de sus dos únicos hijos, muertos en la batalla). Prorrumpe en gritos de dolor mi pobre hermano y murmurando palabras que nadie puede comprender, sale en mi busca desatentado y resuelto a encontrarme en aquella noche oscura, envuelto en las tinieblas de su espesa camanchaca, que como un sudario de muerte cubría aquel extenso campo de batalla. Llámame por mi nombre en altas y desesperadas voces, y oye estertores de agonía y va tropezando a cada instante con los muertos, extraviado y perdido, pero resuelto a encontrarme a toda costa y siempre llamándome a gritos por mi nombre. Y así anduvo toda la noche, sin encontrar más que muertos, muertos y más muertos, ya medio enloquecido pensando quizás en la cuenta que irá a dar al pobre viejo abandonado, que sin duda no duerme allá lejos meditando en sus amantes hijos. Empezaron, entre tanto, a disiparse las tinieblas de aquella tristísima noche y apareció por fin radiante el sol del nuevo día. Pero más radiante y hermoso que el esplendor del cielo azul me pareció el rostro de mi hermano y fue más grande y luminosa mi alegría cuando ambos con el aliento suspendido en silencio nos miramos un instante. Me sería imposible referir aquella escena y nuestra emoción intensa, en mí la dicha, en él la dicha también, pero velada por la sorpresa, la duda y cierto espanto al ver mi rostro desfigurado por una máscara de sangre; duda disipada al fin cuando con cariñosa voz lo nombré por su nombre y alcé mis brazos para echárselos al cuello. Recuerdos ya tan lejanos palpitan vivos en mi corazón, donde mi reconocimiento consagra un culto casi sagrado a la memoria de mi hermano. Después de recogerme en una camilla y de prestarme por varios meses los cuidados que sólo las madres prodigan a sus hijos, se embarcó conmigo hacia el sur, entregándome en los brazos de mi padre, como se lo tenía prometido. Cumplida su misión regresa al norte, toma parte en las batallas de Chorrillos y Miraflores y entra a la capital del país vencido a celebrar el triunfo, gozándolo con locuras juveniles. Terminada la guerra, volvió a Chile con el ejército victorioso, el que hizo su entrada triunfal por la Alameda de Santiago, conduciendo en alto los estandartes de la patria, testigos elocuentes de la bravura de los soldados, porque las gloriosas insignias venían acribilladas a balazos y teñidas con su sangre; atronando el aire con los bronces sonoros y las músicas guerreras, en medio de una multitud inmensa que, llorando de alegría, arrojaba flores a su paso, bombardeándolo de rosas desde las tribunas tendidas a lo largo de la Alameda, desde los balcones de las casas y hasta de los tejados, donde una concurrencia pintoresca y loca de entusiasmo agitaba sombreros y pañuelos. Siguió para Nicolás un largo período de dos o tres años, durante el cual, quizás cansancio o falto de un aliciente poderoso, parecía como hastiado de la vida y era su humor sombrío, viviendo de recuerdos, con crisis de tristezas y sin ánimos ni para terminar sus estudios de medicina. Así siguió hasta el año de 1886, fecha en que un amigo minero le propuso que se fuese de médico al mineral de «Las Condes». Aceptó el puesto, y como aquel servicio era muy extenso para un solo médico, me habló a mí para que fuésemos juntos. Y una hermosa mañana de noviembre nos largamos de a caballo cuesta arriba a ejercer la profesión en plena cordillera, a 4.000 metros de altura, seguro de ganarnos una fortuna, según nos afirmaban. Aquella vida llena de peligros entre nevascas y vendavales y abismos que daban miedo, fue como un latigazo que despertó el alma adormecida de mi hermano. Pronto se acostumbró a ella y le fue tomando gusto a la minería. Yo aguanté un año aquella vida de perros, y él se quedó cuatro, haciéndose, por último, un minero en toda regla y dueño de una pertenencia que explotó con las ilusiones del minero, creyendo hacerse millonario con un buen golpe de suerte. De regreso a Santiago en 1890, pobre y desengañado, consintió, a instancias de mi padre, en recibirse de médico. Mas, no quiso ejercer su profesión y volvieron para él los días de abatimiento, tanto más sombríos cuanto que comenzaba a declinar su juventud, contando a la fecha 36 años de edad. Y aunque a la mitad de la carrera de la vida y en el vigor de sus fuerzas físicas y la plenitud de su talento, andaba, no obstante, sin rumbo fijo, como extraviado caminante que busca su camino, sin que de nada le sirvieran su experiencia, el claro juicio y su cordura. Alma que no sabía doblegarse a las exigencias de un convencionalismo práctico, no formaba parte de ninguna sociedad, logia o agrupación humana, con cuyo apoyo saben abrirse paso tan fácilmente las mediocridades audaces. Buscaba o esperaba no sé qué, algo desconocido y más allá del mundo real en que vivía, quizás soñaba en algún ideal elevado y noble, forjado con el poder de ilusiones de que era rica su fantasía. Leía mucho, meditaba más aún y fue adquiriendo un gran caudal de cultura intelectual y el sello peculiar a los hombres de vida interior. De esa época data su admiración por el filósofo Spencer, autor que tuvo influencia poderosa en la orientación de sus ideas, haciéndole un convencido individualista, enemigo del socialismo, al que condenó siempre. No obstante, por estimar que la supervivencia de los más aptos es la ley fundamental biológica del progreso humano, se sentía arrastrado hacia las clases proletarias, interesándose por la suerte y el destino de los desheredados de la fortuna. Eran los síntomas de un nuevo amor que iría creciendo con el tiempo y echando raíces muy hondas, el cual se exteriorizaba en forma dolorosa o irritable cuando le tocaban un punto muy sensible que simultáneamente fue apareciendo en su alma: la triste condición del pueblo, en el que creía encontrar las más grandes cualidades y virtudes. Pudiera referir numerosos hechos que comprueban este sentimiento. Citaré uno. Al recogernos a casa una noche fría de invierno encontramos refugiado en la puerta de calle al policial del punto. Condolido de la infeliz suerte de aquel pobre roto, que mal vestido y que tal vez con hambre, estaba ahí defendiéndonos vida y hogar, mi hermano le puso cariñosamente una mano en el hombro, preguntándole si tenía frío: -Un algo, porque está helando -contestó el Paco. -¿No te vendría mal, entonces, comerte un buen bocado? -¡Me pareuse! -contestó sonriéndose el policial. -¿Y un trago de vino también? Creyendo que esta vez querían burlarse de él, un representante de la autoridad, se puso serio el Paco, y sacando un largo pito de hueso, que se metió en la boca por entre los bigotes hechos unos carámbanos en deshielo, largo; inflando mucho las mejillas, un pitazo agudo y lastimero, terminándolo en un requiebro, a fin de hacerse presente a su cabo. Como intentara irse, le detuvo mi hermano, diciéndole que se esperara un momento; y entró a casa, volviendo luego con cuanta cosa de comer y de beber encontró a mano. Quiso también pasarle un poncho que el policial dijo no podía aceptar, dando las gracias por lo demás. En este estado de ánimo, lo encontraron los trastornos políticos del 91. Desde el primer día hizo causa común con los revolucionarios, convencido de que en aquella lucha de principios la razón y el bien público estaban de parte de quiénes luchaban por los ideales de un gobierno parlamentario y la libertad electoral, base de toda democracia. No pudo embarcarse para el Norte, pero trabajo para levantar la opinión pública en Santiago, exponiéndose en más de una ocasión a ser víctima de su imprudencia temeraria. Una noche que en la estación tomaban el tren tropas del gobierno, custodiadas por numerosos agentes de la Dictadura, lanzó un sonoro: «¡Viva la revolución!», que heló de espanto a las personas que lo rodeaban. Triunfante el partido del Congreso volvió a sus lecturas favoritas, encerrado en su cuarto. Él no era hombre para sacar partido de aquella lucha entre hermanos que habían ensangrentado el suelo de la patria. Pero iba a franquear una nueva etapa en el camino de la vida, donde dejaría un hondo surco y el rastro luminoso de su nombre. Cerca de 40 años contaba de edad cuando abandonó la vida estrecha y sedentaria de Santiago, yéndose de médico a las oficinas salitreras, con residencia en el Alto de Junín. Aquella nueva vida, en un medio social de aspecto exótico y cuyo escenario era un desierto, exigiendo una salud de fierro, la afrontó con un entusiasmo que recordaba sus mejores días. Trabajar es vivir, es la fuerza que lo engendra todo en el deseo ardiente de subir, de ir más allá y más lejos. Con el alba, obscuro a veces, ya estaba en pie tomando su caballo para la abrumadora jornada diaria, visitando las oficinas salitreras a su cargo, ubicadas a largas distancias en la pampa. Andaba siempre afanado, corriendo al sol y al viento, envuelto en nubes de polvo y bajo una reverberante luz de fuego. Jamás dejaba de llevar algún libro en la mano, cuando no eran revistas asomándoseles por los bolsillos. Pronto fue popular entre los trabajadores y se hizo querer de todo el mundo, jefes y empleados, en su mayoría extranjeros, y en particular de los rotos, sus paisanos, que por instinto reconocieron en él un amigo, algo semejante en su rudeza y porte altivo al otro paisano, el espino. Era el alma de aquella sociedad cosmopolita y el iniciador de sus fiestas sociales o deportivas, que animaba con su charla, practicando el inglés con ellos, idioma que alcanzó a hablar, como hablaba en francés y podía traducir el italiano y un poco el latín. No había persona que mejor supiese escuchar e interesarse en la conversación. Sus exclamaciones vivas, sus gestos animados y su aire de buen muchacho en el que se transparentaba el alma de un hombre de bien, predisponían en su favor, invitando a las confidencias íntimas, en la certeza de que se depositaban en quien sabría interesarse por ellas. Cuando hablaba de ciencias, de arte, de heroísmo, de lo que eran sus ideales, conmovía por la sinceridad y vehemencia con que expresaba sus emociones propias de hombres superiores que saben sentir y expresar las nobles alegrías espirituales. A veces iba hasta la exageración. En su charla familiar usaba del lenguaje del pueblo, gustando de los chascarros en que el roto luce su gracia picaresca. El dinero que ganaba lo prodigaba a manos llenas, sosteniendo escuelas, sociedades obreras, aparte de sus dádivas secretas. Si un empleado caía en desgracia o un jornalero se inutilizaba por accidente en el trabajo, dejando familia en la miseria, allá estaba corriendo para tenderles la mano y socorrerles. Poseía un elevado concepto de justicia y de indomable equidad, y al través de esos sentimientos encauzaba sus actos por el camino recto. Siempre reñido con el convencionalismo de que son esclavas las multitudes y ajeno a las vanidosas ostentaciones que tanto satisfacen al egoísmo humano, no entendía de frases cortesanas hipócritas que encubren los sentimientos, ni de genuflexiones elegantes, usando por el contrario una franqueza ruda. Esa carencia de hábitos cortesanos le hacía el hombre menos a propósito para vivir en un círculo mundano o en una sociedad galante. Sus hábitos llevaban el sello de su carácter y de un hombre de trabajo, modesto, sencillo y sobrio, pudiendo afirmar que jamás se embriagó. Así fueron transcurriendo los primeros años de su permanencia en la pampa y fue adquiriendo un gran prestigio, debido a su vasta ilustración y a la originalidad de su carácter y de sus ideas expresadas con una independencia de opinión poco común. Contribuyeron a ese prestigio muchos actos realizados por él, que acusaban su belleza moral y su grandeza de alma. Un libro pudiera llenarse con estas acciones. Citaré algunas. Un día, el vapor en que regresa del Sur choca contra una roca, quedando en gran peligro de naufragar. El pánico y la confusión son enormes, y se oye el: «¡sálvese quien pueda!»; sugerido por el miedo de los cobardes. Nicolás corre a la cubierta y grita: -¡Las mujeres y los niños a los botes!. Y armado con lo primero que encuentra a mano y una resolución que le relampaguea en los ojos, se opone al paso de los hombres, consiguiendo hacerse respetar. Todos los pasajeros llevan puestos sus salvavidas, menos él. Viéndolo, le grita un inglés, salitrero de Tarapacá: -¡Doctor, póngase su salvavidas! Conjurado el peligro se encierra bajo llave en su camarote, huyendo de manifestaciones que le desagradan. Estando de visita una noche en los altos de una casa, en Pisagua, se hunde repentinamente y con grandes estrépito, el piso del comedor, arrastrando a dos muchachas de la servidumbre que se ocupaban del arreglo de la mesa. A los gritos despavoridos que dan, pidiendo socorro viéndose entre los escombros y amenazadas por el fuego que las lámparas encendidas habían comunicado. Nicolás no vacila un segundo, y de un salto se arroja a salvarlas, sacándolas al poco rato en sus brazos. Otro día lee en los diarios, que recibe de Valparaíso, la noticia de que un guardián a ejecutado un acto de arrojo, exponiendo su vida por salvar a un compañero. Acostumbrado de niño a considerar el heroísmo como el único fin de la vida del soldado, se apresura a enviarle, junto con sus calurosas felicitaciones, una gruesa suma de dinero. Al dar cuenta de ese acto, la prensa tuvo frases elogiosas para el autor de aquella generosidad poco común. En otra ocasión le muestran en los cerros de Valparaíso el sitio desde el cual O’Higgins, viendo partir la escuadra libertadora, pronunció aquellas célebres palabras: «De esas cuatro tablas penden los destinos de América». Inmediatamente concibe la idea de consagrar aquel lugar histórico con algún signo visible que perpetúe su recuerdo a las generaciones futuras. Y al efecto hace tallar una placa conmemorativa, que con el nombre de «Miradero de O’Higgins» coloca allí, inaugurándola con una gran fiesta costeada de su bolsillo, a la que invita a los jefes de la Armada y a numeroso pueblo1. Su actividad, que era grande, la dedicó también al estudio del problema industrial del salitre, viendo modo de abaratar su costo de producción y aprovechar los terrenos de baja ley. Inventó al efecto, asociado a un amigo, un procedimiento para el que pidió privilegio e hizo venir de Inglaterra las máquinas necesarias. Pero se estrelló con los hábitos rutinarios de los salitreros, que no quisieron prestarle su apoyo. Más tarde escribió en la prensa una serie de artículos ardientes de patriotismo, encaminados a nacionalizar la industria, resguardándola del trust o monopolio que con el nombre de «Combinación Salitrera» perseguían los productores, ahogando su libre expansión en contra de los intereses del Estado. Quería defender esta riqueza, decía, de la voracidad de los extranjeros que ahí llegan como los amos, desalojando a los chilenos u ocupándolos como bestias de carga y arrebatándoles lo que conquistaron con su sangre y legítimamente les pertenece como premio a su heroísmo. En esos escritos sensacionales iba apareciendo el fanático defensor de su patria y el paladín de su raza. Fruto de sus meditaciones y estudios, surgía lentamente en su cerebro una idea genial y se acentuaba su perfil de apóstol de una causa santa, de una causa nacional. Y en esa obra, otra faz tuvo su actividad mental mientras permaneció en el desierto de Tarapacá. Hacía años que venía ocupándose de un problema al que dedicaba todo el tiempo que le dejaban libre sus tareas profesionales: el problema interesantísimo del origen étnico del pueblo chileno. Sus lecturas prodigiosas habían preparado el terreno. El contacto diario con los trabajadores de la pampa y la observación atenta del carácter de los chilenos en general y la especialísima del roto, su aspecto fisonómico, costumbres y psicología, en todo tan diverso del tipo, modo de ser, de pensar y de sentir de los demás trabajadores de otras nacionalidades que ahí habían, ya sudamericanos, ya europeos del mismo origen latino, fueron generando en su pensamiento una concepción nueva, una idea original respecto de los chilenos, quienes, a su juicio, formaban una entidad racial bien definida y única, con caracteres propios, entidad que era la base étnica de la nación. Muchas veces había oído decir a los extranjeros que nos visitan, o la había leído en autores como Darwin y otros, que «en Chile hay una raza particular distinta de todas las demás del mundo». Convencido de la verdad de aquellas observaciones y deseando explicárselas y comprobarlas, se echó a rastrear con una paciencia de benedictino los orígenes de nuestra sangre, leyendo todos los historiadores de Chile, desde sus fuentes primitivas, las cartas de Pedro Valdivia al rey de España y las actas del Cabildo de Santiago, y se hizo venir de Europa cuanto libro tratase de antropología, etnología, biología, psicología étnica, lingüística, filología, como asimismo las historias de los pueblos que habitaron a España desde los tiempos más remotos: íberos, celtas, fenicios, vascos, romanos, godos, árabes y bereberes africanos; y cuanta obra tratase de razas, mestizaje, y de todo aquello, en suma, que pudiera aclararle el problema que investigaba. Había tomado con tal apasionamiento aquellos estudios que eran como una obsesión y tema único de su pensamiento y de sus conversaciones. Cuando nos veíamos, que era con frecuencia, no me hablaba de otra cosa: era su idea fija. A medida que leía y estudiaba, una luz iba apareciendo ante sus ojos asombrados, llenándole de orgullo y alegría, porque iba convenciéndose, sin dejarle dudas, de que ciertamente éramos una raza aparte, digna de respeto por la nobleza de su sangre, un pueblo llamado a grandes destinos por las virtudes y el heroísmo de sus progenitores. El padre de la raza, según sus investigaciones, era el conquistador godo, de filiación germana y psicología varonil o patriarcal, diametralmente opuesta a la latina, descendiente de aquellos bárbaros rubios y guerreros que en sus migraciones por Europa destruyeron el imperio romano de Occidente, y más tarde invadieron la España, de donde partieron a la conquista de Chile. La madre de la raza era la araucana, hija de la tierra como la flor del copihue y botín preciado del conquistador (que no trajo mujeres) en aquella lucha secular y homérica en la cual el araucano defendió sus lares y sus tierras hasta morir en la contienda:
Sólo así pudo explicarse Nicolás, el tipo tan común en nuestro pueblo, principalmente en los campos, de esos rucios carantones y patilludos, de mostachos colorines y ojos zarcos, que parecen germanos con poncho y ojota. Y así pudo explicarse también muchos rasgos de la psicología del chileno, su energía moral, su carencia de maneras cortesanas que le impiden ser sonriente y zalamero, siendo por el contrario arisco y fiero; sus aptitudes militares y su genio belicoso, herencia ancestral de sus mayores, el godo y el araucano que en viril contienda esmaltaron nuestra historia de grandes hechos memorables y episodios heroicos cantados por la poesía épica. Sus convicciones a este respecto fueron finalmente absolutas y comprobadas con razones y argumentos sacados hasta del modo de hablar de nuestro pueblo. Su admiración por la raza se trocó en amor fanático, ligándose para siempre al destino y a la suerte del roto con un lazo más fuerte que la muerte. Le apellidó «El Gran Huérfano», diciendo que era «el desheredado y paria dentro de su propia patria, a la que tanto ama, cuyas glorias han sido adquiridas al precio de su sangre, y por la cual está en todo momento pronto a dar alegre su vida». Y lo amó con cariño fraternal y compasivo al verle sudar sangre en aquel desierto (que a la larga no es sino su cementerio), quizás soñando, sin esperanzas, en adquirir un pedazo de suelo de los fértiles campos de Chile, y viviendo resignado a su suerte perra entre aquellos extranjeros, donde no es otra cosa que la fuerza bruta que los enriquece, aceptando paciente, demasiado paciente, el mendrugo de pan que le arrojan de las sobras de aquel banquete colosal. Entonces emprendió una campaña en favor del pueblo con toda la fe del nuevo culto que ardía en su alma, sembrando sus ideas a los cuatro vientos. Se puso en correspondencia con el Congreso Social Obrero de Santiago, con Diputados y hombres dirigentes del Partido Demócrata, directores de diarios, sin distinción de colores políticos y con numerosas personas de reconocido patriotismo, golpeando a todas las puertas, pidiendo cooperación y ayuda en bien de los intereses nacionales y de la clase proletaria que defendía. Leía cuanto diario o revista se publicaba en el país y pasaba atento al rumor de la opinión pública. Pocos respondieron a su llamado. Estaba triste. Así lo encontré un día que fui a visitarlo. Se hallaba a la caída de la tarde, de pie y sin sombrero, sobre el promontorio de rocas que en el Alto de Junín, al borde de una profunda barranca, domina el mar 800 metros de altura. El sol, ocultándose con resplandores de incendio le iluminaba la faz y meditaba en el porvenir de su raza y en la suerte del roto. Así me lo dijo y noté que tenía la mirada perdida en la inmensidad del océano, el desaliento en el rostro y la boca dolorosa. Al comenzar el siglo emprendió viaje a Europa, estudiando en las fuentes mismas de los países que visitaba cuanto pudiera servirle a reforzar la tesis que sostenía. En Londres escribió artículos en defensa de Chile. A su regreso volvió a sus duras tareas de médico en el desierto. Pero asimismo, y con mayor apasionamiento que nunca, a su tema favorito, el origen del pueblo chileno y de su representante más genuino, el roto, tomando ahora la cosa con tal exaltación que rayaba en virulencia. No toleraba palabra o concepto ni veladamente ofensivo a Chile, irguiéndose en el acto como un quisco espinudo. Y cuando le tocaban a su roto gruñía y mostraba los dientes, saltando como un tigre a su defensa. Los extranjeros, entre quienes vivía, tan dados a maldecir del país que explotan (y del cual los ingleses se creen los amos) tenían que refrenar su lenguaje. Un día que un emigrante buhonero le ofreció en venta un libro pornográfico, de grabados obscenos, le molió a bofetadas. Entre tanto, su orgullo de chileno estaba pasando por una dura prueba. La desmoralización y el desgobierno había comenzado en los hombres dirigentes del país, y la corrupción en las clases llamadas superiores, debido, sin duda, a la intromisión de una casta de advenedizos sin escrúpulos, cuyas aptitudes mentales y morales no correspondían a la situación social ocupada. Había ansia de dinero fácil, vida social escandalosa y un lujo insultante, desconocido en nuestras austeras costumbres: síntomas inequívocos de una profunda decadencia moral, de que la prensa venía informando a diario al dar cuenta de numerosos desfalcos, falsificaciones, sustracción de documentos oficiales y otros crímenes perpetrados por personas de apellidos nuevos en la familia chilena. Para muchos aquello era la consecuencia inevitable de la riqueza del salitre, colosal presente griego que estaba corroyendo las conciencias y perturbando la tradicional probidad de la República, tan varonil y tan sana hasta entonces en su pobreza espartana. Nicolás estaba lleno de indignación y de vergüenza. Indignación que se trocó en asombro al ver la campaña emprendida en nuestro desprestigio por algunos diarios de Santiago. Y lo que era aún más grave, por publicaciones oficiales enviadas a profusión al extranjero. Los Anales de la Universidad de Chile publicaban una Historia encaminada a probar que los araucanos (nuestros progenitores) ¡eran una horda de salvajes cobardes! ¡La Estadística Carcelaria nos presentaba ante el mundo civilizado como un país de criminales! La Sinopsis daba unas tablas horrorosas de mortalidad. Los diarios hablaban del «roto inmundo y degenerado», aconsejando la conveniencia de arrojarlo del país y de reemplazarlo por emigrantes, porque «bien merecida se tenía su suerte perra...» (textual). Pues bien, mi hermano comprobó que todas esas historias y estadísticas eran falsas, absolutamente falsas, plagadas de crasos errores y escritas con una ignorancia suma o con mala fe manifiesta. En esas publicaciones, costeadas con fondos de la nación, sus autores, que no parecían chilenos sino sus mayores enemigos, se habían dado un trabajo de cuervos rebuscando cuanto pudiera degradar a la raza araucana, haciendo hasta citas truncas, con la villanía de quien reniega de su sangre y envilece a su propia madre. Infamias que para mi hermano eran como otras tantas puñaladas que le asestaron en las entrañas. Tomaba nota de todo y pronto adquirió el convencimiento de que se trataba de una campaña mercantil emprendida por agentes extranjeros de colonización (ayudados, es cierto, por gestores administrativos chilenos) y sin otros fines que apropiarse de los terrenos de la nación, so pretextos de que sobraban tierras, faltaban brazos y era beneficioso para el país reemplazar al araucano cobarde y al roto inmundo por italianos y españoles. No creía que aquello pudiera realizarse tan fácilmente, confiando en el patriotismo y buen sentido de los chilenos honrados que aún había en el Gobierno. Mas, pronto tuvo que convencerse ante la evidencia de los hechos. Había comenzado la radicación de indígenas. A los araucanos se les quitaban sus tierras con la fuerza de las armas. Luego siguió el éxodo de miles de chilenos que se expatriaban conduciendo de la mano a sus esposas e hijitos. Los gendarmes los expulsaban a balazos, empujándolos con las puntas de las bayonetas. Se necesitaban sus tierras para entregárselas a los inmigrantes que iban llegando: andaluces, napolitanos, calabreses, bohemios, gitanos, zíngaros. Y con ellos iban llegando también los churreros, los carlistas fanáticos, los vagos cubiertos de llagas, los anarquistas, los criminales contratados en las puertas de las cárceles, los rufianes a la alta escuela (caftens); y como novedades patológicas desconocidas en el país, iban apareciendo la lepra, el tracoma, la bubónica y todas las plagas repugnantes de las multitudes famélicas de los últimos estratos sociales del viejo mundo latino. Los Cónsules chilenos del Neuquén y de San Luis comunicaban que millares de chilenos con sus familias trasmontaban la Cordillera pidiendo albergue y una nueva patria a la Argentina. Su número pasó de 20.000 en poco tiempo. En su guarida del Alto de Junín, como felino en acecho, pasaba Nicolás con el oído atento pareciéndole oír el ruido de las armas y las voces pidiendo auxilio en aquella batida o cacería de araucanos y chilenos. De súbito, con rugidos de león que defiende a sus cachorros, saltó en defensa del roto, y tocando las campanas a rebato en un acceso de revuelta furiosa, se lanza a la prensa de Iquique anunciando el peligro, arrancando máscaras, despertando las conciencias, sacudiendo los egoísmos, soplando en los corazones el inextinguible amor a la patria, en una serie de artículos firmados «Un roto». En ellos expresaba la exasperación de su alma con un acento de fiera grandeza, digno de los mejores profetas bíblicos. Consciente de su fuerza, de su derecho y de la misión que le corresponde en aquella causa, como un grande apostolado a que le llamara el destino, fue un feroz fustigador de los detractores de su raza y de su patria, asestando golpes de maza a la hipocresía de aquellos fariseos que traficaban con lo más sagrado de la nación, sin miramiento alguno por la situación oficial de los hombres de gobierno. Fueron sensacionales esos artículos. El elemento extranjero de Tarapacá se sintió alarmado y el chileno profundamente conmovido, porque a ellos les hablaba el lenguaje del sentimiento. No obstante, allá en la legendaria Araucanía continuaba el lanzamiento inicuo de los chilenos, despojándolos a balazos de sus tierras. Entonces poniendo a Dios por testigo de aquella horrenda injusticia y maldad, escribió su folleto: «¡Alza chilenos!», «¡Alerta, chilenos!», en el cual condensaba sus ideas sobre colonización, repartiéndolo profusamente en el país. Y su rostro tomo un sello sombrío. Andaba con la cerviz abatida y la mirada ardiente del iluminado, casi de un loco. Infundía lástima o miedo. Iba solo y la gente se hacía a un lado a su paso o se lo mostraban con la mano. Recogió en silencio aquellos artículos en los que había vaciado su alma, les agregó algo más y se fue a Valparaíso, donde los hizo imprimir en un libro que tituló Raza Chilena. Libro escrito por un chileno y para los chilenos. Y sin firmarlo siquiera, porque no buscaba gloria personal, lo entregó al público y regresó al Alto de Junín. Venía hecho una ruina, enfermo y deshecho. Bajo el ala de su sombrero hongo, hundido hasta las cejas, se veía su rostro envejecido, sus ojos secos y seniles, ya marcados por el dedo de la muerte. Al descubrirse mostraba un semicírculo de cabellos caídos en la frente en forma de aureola, dando la impresión dolorosa de un mártir coronado de espinas. En este triste estado, casi moribundo, reanudó sus tareas de médico en el desierto, sin querer aceptar ayuda de nadie. Le quedaba la energía de su voluntad indomable. El oficio de decir la verdad ha sido siempre ingrato y peligroso. Había puesto el fierro candente sobre muchas llagas, provocando gritos de dolor y se le tuvo por un hombre brutal, peligrosísimo para mucha gente. En su gran amor al pueblo que sufre, los potentados y aristócratas vieron una amenaza y lo trataron de anarquista. Su patriotismo exaltado fue motivo de alarma para los extranjeros dueños del salitre, quiénes le miraban de reojo, tratándole de bóxer, y gustosos le hubieran arrojado de la provincia y del país, a fin de no tener quien debelara sus abusos. Se contentaron con quitarle su puesto de médico de las salitreras. Y quedó sin empleo, enfermo, abatido, desilusionado, perseguido de burlas, tratado como un demente o un loco. Su libro no pasaba de ser la obra de un visionario iluso, el romance en prosa de un mistificador. Quedaba en la miseria, sin más bienes de fortuna que sus libros y una bandera chilena que, oculta en la maleta, llevaba siempre consigo, rogando a sus amigos que al morir envolvieran su cuerpo en ella, sirviéndole de mortaja. Cuanto había ganado con su rudo trabajo (una fortuna) lo había repartido a manos llenas entre sus paisanos menesterosos. No podía verlos sufrir. Huyendo de la jauría de sus perseguidores, se refugió en un hotel de Iquique, viviendo encerrado en su cuarto como un anacoreta que se retira del trato de los hombres malvados e ingratos. Mas, no había recorrido aún todo su calvario, ni apurado todo el cáliz de amargura que el destino cruel le reservara; que sólo lo apuró hasta las heces viendo fusilar en masa a los pobres trabajadores de las salitreras reunidos en una plaza pública de Iquique para exponer sus justas quejas a sus patrones, los millonarios dueños del salitre. Cuando oyó el horrible estrépito de las ametralladoras sembrando la muerte entre aquellos infelices rotos, sus hermanos, que por centenares quedaron palpitando en su agonía, dio un grito y se cubrió el rostro con las manos... Y ya su alma desgarrada quedó triste hasta la muerte. Su libro, quizás el más audaz que se hubiese publicado en Chile, supo crear una agitación que repercutió en todo el país como la encarnación de un anhelo nacional. Sus ideas tuvieron influencia poderosa en la orientación del criterio público. Hubo otra manera de apreciar muchas cuestiones de vital importancia. Abrió nuevos horizontes a nuestro orgullo nacional, dándole una base de nobleza étnica. Su atrevida concepción marcó una nueva era, porque su pensamiento arraigó muy hondo y como un alto faro alumbró con vastas proyecciones, y desde entonces, y sólo desde entonces, nuestros escritores comenzaron a hablar de una raza chilena, de nuestra raza. Y vive y vivirá siempre su influencia, despertando el alma nacional y nuestro espíritu cívico. Aquel autor anónimo creía que un pueblo que tiene motivos para enorgullecerse de sus progenitores, debe velar porque no se bastardee su sangre, debe respetar sus tradiciones y seguir el ejemplo de probidad de sus mayores; porque lo que constituye la verdadera grandeza de una nación es su grandeza moral, y atributos inseparables son de ella el orgullo de raza, la honradez pública, las virtudes domésticas, el honor militar y la voluntad inquebrantable de alcanzar gloria en el mundo. Y terminaba gritando: «Dennos escuelas. Instruyamos al pueblo». Se podía admitir que hubiese algunas exageraciones en su obra y que no se la pudiera aceptar en su integridad sino bajo beneficio de inventario. Pero era forzoso reconocer un grande, bien grande escritor, que escribiéndola había querido cumplir, una misión, dándonos a los chilenos un alto concepto de nacionalidad y de un elevado destino que cumplir. Su estilo personalísimo, impregnado de un sentimiento singularmente conmovedor, a veces irónico; su gran erudición, la exactitud de sus observaciones sagaces, la lógica irresistible de su argumentación, y el calor de sus convicciones, presentaban a su autor, que nadie conocía, como el regenerador más formidable, con no sé qué de caballero errante, iluso y temerario, blandiendo su lanza en defensa de su raza, levantando los cargos de los detractores de su patria, a la que amaba sobre todas las cosas, fustigando vicios, apuntando errores, destilando la amargura de su corazón arrastrado en su piedad por la infeliz suerte del roto: su amor y su quimera. Dícese que al leerlo nuestro gran poeta, don Eusebio Lillo, exclamó entusiasmado: -¡Hacía falta este libro en Chile! Pocos años más vivió en Santiago, retirado en medio de sus libros, compañeros inseparables de su triste soledad, haciendo vida modestísima y ocultándose de todo el mundo, salvo de contados amigos, sus admiradores, que le habían permanecido fieles en la desgracia. La enfermedad que le minaba el corazón le había dado una sensibilidad extrema. Iba con la marca de su incurable desconsuelo y era su vida tristísima y atormentada, sin otras alegrías que la paz de su conciencia y la dulce amistad disfrutada en el seno de una familia amiga, la familia de la Maza, que había tenido la gentileza de ofrecerle su honrado y apacible hogar. Su paseo favorito era el cerro de Santa Lucía. Lo subía fatigosamente, con algún libro en la mano, revolviendo el aire con el sombrero y aspirando el húmedo aroma de las hierbas, que le traían el recuerdo remoto de su infancia dichosa y de su juventud ya tan distante. En su ascensión se detenía siempre frente al «Caupolicán», aquel bronce que tan admirablemente simboliza la indómita fiereza araucana. Y ya casi en la cumbre, se sentaba a descansar frente a don Pedro de Valdivia, el otro progenitor de la raza, que ahí está en su pedestal con las armas que le dieran el triunfo, contemplando el pueblo que él creó, pueblo que (bien lo sabe el godo) jamás nadie ha vencido, ni espera hacerlo. Un día le pidieron que leyese algún trabajo en una sesión del Ateneo. Le costó resolverse; no le gustaba exhibirse. Leyó su trabajo Decadencia del Espíritu de Nacionalidad. Fue una ovación estruendosa, interminable. La concurrencia, de pie, aplaudía al autor de Raza Chilena, proclamándolo el más chileno de los chilenos, emblema vivo del patriotismo nacional. Por esa época escribió su Demografía Gótica y la Revisión en América de la Historia del Viejo Mundo, obras aún inéditas y que venía preparando desde tiempo atrás, destinadas a reforzar sus teorías sobre etnología chilena y a refutar las críticas hechas a Raza, de la que preparaba una segunda edición. Pero sus días estaban contados. La muerte le seguía de cerca. Algo sospechaba él. Hacía tiempo que venía notando una extraña sensación de ahogo, como si el corazón, demasiado grande, no le cupiera en la cavidad del pecho. Andaba taciturno cavilando tristemente. Sentía frío en el cuerpo y una inquietud particular del alma una sed de afectos, un deseo de consuelo compasivo para su tristeza, que iba a buscar refugiándose en el seno de las personas de su familia, al calor de los suyos, que tanto le querían. No creíamos que su fin estuviese tan cercano. La implacable muerte, al derribarlo de un golpe súbito le engañó traidoramente dándole una mentida apariencia de salud. Aquel día fatal (11 de Junio de 1911), se sintió casi sano y andaba muy contento. Después de visitar a una hermana, lo pasó conmigo todo el día y estuvo espiritual y alegre, retirándose después de comida, sin querer aceptar nuestra invitación a quedarse a dormir en casa, donde solía hacerlo en la pieza que le teníamos reservada. Abrazó a mi esposa, me estrechó la mano y nos dijo: «¡Adiós!». Fue la última palabra que oímos de sus labios. Se acostó a las diez y una hora más tarde se oyeron en el silencio de la noche las angustiadas voces de mi pobre hermano pidiendo socorro, gritando: «¡Favorézcanme!... ¡Auxilio!... ¡Vengan pronto, que me muero!». En un instante y a medio vestir acuden las personas de la casa. ¡Qué cuadro más desgarrador fue el que presenciaron! Nicolás, ya casi exánime y sosteniéndose trabajosamente en el marco de una ventana, arrojaba sangre a borbotones por la boca. Luego se empañó su vista y doblegando la cabeza exhaló su último aliento. Se le había roto un grueso vaso arterial (un aneurisma) desgarrado a impulsos de las palpitaciones de su gran corazón. ¡Ah! La tristeza de sus pobres funerales en aquella fría y nebulosa tarde de invierno. Media docena de parientes, otros tantos fieles amigos, algunas palabras de adiós y desapareció para siempre envuelto en la bandera de su patria, abrazado a ella, su único bien, en la noche obscura de su tumba. Y yacen sus tristes despojos en el más abandonado rincón del cementerio, azotado por el viento y por las lluvias, como si gimieran y lloraran el triste fin de los buenos3. SENÉN PALACIOS. Como me tomaré la libertad de enviar el presente libro a algunas personas, les debo una explicación. Este prólogo es para ellas. Empezado por simples cartas por la prensa a un distinguido periodista nacional escritas con el fin de contrarrestar la opinión adversa al pueblo chileno que desde algún tiempo atrás venía difundiéndose en el público por algunos diarios y revistas, este estudio tomó las proporciones de un libro, en vista de que aquella campaña de desprestigio trajo como consecuencia el que el Gobierno haya puesto una invencible resistencia al cumplimiento de la ley de colonización nacional, y que esté entregando las tierras de la Nación a familias de raza extraña a la nuestra. Algunas de las partes en que está dividido este libro conservan su forma epistolar primitiva con la sola adición de algunos documentos. Escrito durante el escaso tiempo que me dejan libres mis ocupaciones y en períodos separados unos de otros por largos meses, la obra que ofrezco contiene algunas faltas de composición y de redacción, sin importancia y que no ha sido posible subsanar por falta de tiempo. Así imperfecta la entrego a la meditación de los chilenos, porque, aunque descuidado en la forma, este libro es el fruto de largos estudios y porque algunas de las materias en él tratadas requieren urgentemente ser conocidas por el público. Para llamar la atención sobre problemas viejos, he tenido que contemplarlos por una faz poco acostumbrada, lo cual, añadido a las pequeñas novedades que en el libro se contienen me hace temer que hubiera sido necesario una prueba más numerosa y mejor ordenada que la que me ha sido posible aducir para llevar el convencimiento al ánimo del lector. Ruego que no se me censure la dureza del lenguaje empleado en algunas ocasiones, hasta después de haberse impuesto de las últimas partes del libro. Si alguna de las personas a quienes me permito mandar esta obra se sintiera lastimada por las ideas de moral y otras que en ella se tratan, le ruego me disculpe. En sus manos está arrojar el libro. Agosto de 1904.
Etnogenia. Orígenes de la sangre chilena.
Nacimiento
1.- La raza chilena es mestiza. Su precoz aparición. Fe de bautismo de la raza. 2.- El padre de la raza. 3.- Uniformidad física y psíquica de la raza, su causa y su importancia. La raza chilena no es latina. 4.- Funestos resultados de la mezcla de las razas desemejantes. No debe traerse colonos de raza latina a Chile. 5.- Cómo se forman las razas mestizas. Una de las condiciones favorables de la génesis de la raza chilena. Indios de Boroa. Crecida descendencia de los conquistadores. 6.- La madre de la raza chilena. Primeras madres. Su gran número. Su paralelismo mental con el conquistador. 7.- Rapidez con que nació la raza mestiza. Mecanismo de su formación. Cálculos sobre el número de chilenos de la 1.ª generación. Número probable de los de la 2.ª y 3.ª generaciones. 8.- Primeros sacerdotes chilenos. Nombres de algunos chilenos de la 1.ª generación. 9.- Rasgo dominante de la psicología del mestizo. Rapidez con que nacía la 2.ª generación. 10.- Principales condiciones biológicas y psicológicas que favorecieron la uniformidad y la estabilidad de nuestra raza. Distinguido señor: He tenido el gusto de leer los escritos en los cuales usted con íntima satisfacción, anota los beneficios que ya se dejan ver en la campaña emprendida contra el alcoholismo en Chile. En ellos hay un acápite que, por haber llamado mucho mi atención, me voy a permitir comentar. Es el siguiente: Copia usted enseguida, para justificar la suya, la opinión de otro autor, tan encomiástica del roto chileno, que no me atrevo a reproducirla aquí, por temor de parecer exagerado. Ante todo creo necesario manifestarle mi opinión respecto de quién es, como entidad humana, el roto chileno, cuáles son los orígenes de su sangre, y cuál la causa de la uniformidad de su pensamiento, condición las más importante en sociología para caracterizar los grupos humanos llamados «razas». Poseo documentos numerosos y concluyentes, tanto antropológicos como históricos, que me permiten asegurar que el roto chileno es una entidad racial perfectamente definida y caracterizada. Este hecho de gran importancia para nosotros, y que ha sido constatado por todos los observadores que nos han conocido, desde Darwin hasta Hancock, parecen ignorarlo los hombres dirigentes de Chile. La raza chilena, como todos saben, es una raza mestiza del conquistador español y del araucano, y vino al mundo en gran número desde los primeros años de la conquista, merced a la extensa poligamia que adoptó en nuestro país el conquistador europeo. 1.- La raza chilena es
mestiza. Su precoz aparición. Fe de bautismo de la raza.
Voy a copiar algunos de los documentos que poseo sobre la aparición de las primeras generaciones del roto, o «mestizo» como lo llaman los escritores de aquellos tiempos. Esos documentos son la fe de bautismo de nuestra raza. El más antiguo documento en que se habla de la existencia de mestizos, de conquistador y araucana da a entender que eran ya numerosos. En las actas del Cabildo de Santiago, de fecha 13 de octubre de 1549, ocho años solamente después de la fundación de esa ciudad, los cabildantes tomaron algunas medidas para que los vecinos no eludieran el cumplimiento de una ordenanza sobre cierta contribución de guerra dictada poco antes. Dice el acta: La ordenanza aludida mandaba a los vecinos pagar una yegua de cada diez, y cinco pesos a los que poseyeran nueve o menos. Como las yeguas valían mucho más de esa suma, el que tenía diez, v. g., ponía a nombre de su hijo mestizo las necesarias para esquivar la entrega de un animal, dando en cambio cinco pesos de contribución. El Cabildo resolvió:
Esos mestizos podían tener hasta siete años de edad, y no serían en escaso número cuando sus padres podían causar a la real hacienda «gran perjuicio» donándoles algunas yeguas. Antes de esa fecha el conquistador Valdivia se refiere a los hijos que tenían en Chile sus soldados. En carta al rey de España Carlos V, fechada en la Serena el 4 de septiembre de 1545, cuatro años solamente después de la fundación de Santiago, entre otras cosas le dice que sus hombres están «trabajados, muertos de hambre y frío, con las armas a cuestas, arando y sembrando por sus propias manos para la sustentación suya y de sus hijos». En carta escrita ese mismo día a Hernando Pizarro, refiriéndose al número de hijos que les nacían a los conquistadores, dice Valdivia que este reino de Chile es «nativo» (Colección de documentos inéditos para la Historia de Chile, J. T. Medina, tomo 8, páginas 101 y 91). El número de esos primeros mestizos debió ser grande desde los primeros años como podrá colegirse de los testimonios que citaré más adelante. 2.- El padre de la
raza.
El descubridor y conquistador del nuevo mundo vino de España, pero su patria de origen era la costa del mar Báltico, especialmente el sur de Suecia, la Gotia actual. Eran los descendientes directos de aquellos bárbaros rubios, guerreros y conquistadores, que en su éxodo al sur del continente europeo destruyeron el Imperio Romano de Occidente. Eran esos los Godos, prototipo de la raza (Teutónico, germana o nórdica, que conservaron casi del todo pura su casta gracias al orgullo de su prosapia y a las leyes que, por varios siglos, prohibieron sus matrimonios con las razas conquistadas). Por los numerosos retratos o descripciones que conozco de los conquistadores de Chile, puedo asegurar que a lo sumo el diez por ciento de ellos presentan signos de mestizaje con la raza autóctona de España, con la raza íbera; el resto es de pura sangre teutona, como Pedro de Valdivia, cuyo retrato es tan conocido. Como en Chile no cesó de pelearse sino por breves espacios durante los primeros tiempos de la llamada conquista y como, por otra parte, esta región del continente no producía ninguno de los ricos artículos de comercio en que abundaban las demás colonias españolas, sólo vinieron a nuestro país los individuos de la casta aventurera y belicosa de la península. Los comerciantes, los industriales, los artesanos, los letrados, etc., ocupaciones desempeñadas en España por los naturales, no tenían a que venir a Chile, ni vinieron, salvo uno que otro secretario u oidor, hasta mediados del siglo XVIII, después de las paces selladas con el toqui araucano Ailla-Vilu; pero esos Íberos fueron en número escaso para que su influencia étnica se dejara sentir en una población de 500.000 habitantes, de los cuales los cuatro quintos eran mestizos. Además sólo se establecieron en las ciudades algo populosas. A principios del siglo pasado vinieron soldados íberos, pero se sabe que no quedaron aquí sino los muertos. Sólo en estos últimos años la colonia íbera ha sido numerosa en nuestro país; pero, como es sabido, sus relaciones de sangre con nuestro pueblo son sin importancia. El roto chileno es, pues, Araucano-Gótico. Hacer la demostración antropométrica y etnográfica de este aserto, no es de una carta pero si se formara polémica sobre este tema, como sobre cualquiera de las afirmaciones que pueda hacer más adelante, estoy listo a probarlo. Sólo exigiré en el contendor una preparación científica suficiente, pues estas materias no pueden tratarse con declamaciones ni con el mero auxilio de la literatura. 3.- Uniformidad
física y psíquica de la raza. Su causa y su importancia. La raza
chilena no es latina.
Esta mezcla de sólo dos elementos étnicos en nuestra raza imprime a la fisonomía del chileno ciertos rasgos comunes a todos, aun a los de rostros más desemejantes, lo que hace decir a los extranjeros observadores que en Chile hay una raza particular, distinta de todas las demás del mundo. Esto mismo puede apreciarlo el chileno cuando pisa nuevamente las playas de la patria después de haber visto otros pueblos. Pero si la fisonomía física del chileno posee algunos rasgos comunes característicos, su fisonomía moral presenta tal uniformidad en sus líneas principales, que es éste uno de los fenómenos más interesantes de nuestra raza. Toda la gama que va del roto rubio de ojos azules y dolicocéfalo, con 80% de sangre gótica, hasta el moreno rojizo de bigotes escasos, negros y cerdosos, de cabello tieso como quisca, y braquicéfalo con 80% de sangre araucana, todos sentimos y pensamos de idéntica manera en las cuestiones cardinales, sobre las que se apoyan y giran todas las demás, referentes a la familia o a la patria, a los deberes morales o cívicos: es uno mismo nuestro criterio moral y social. Esta condición de nuestra psicología, cuya alta importancia parecen desconocer nuestros hombres dirigentes, puesto que pretenden perturbarla, se explica por la singular similitud de las almas de nuestros progenitores. Efectivamente, los Godos y los Araucanos, tan diferentes en su aspecto físico, poseían ambos, con la misma nitidez y fijeza, todos los rasgos característicos de lo que los entendidos llaman psicología varonil o patriarcal, en la que el criterio del hombre prima en absoluto sobre el de la mujer en todas las esferas de la actividad mental. No tengo para que recordar la altísima importancia que los sociólogos atribuyen a la directriz patriarcal en psicología étnica. El perfecto patriarcado de la raza germánica es bien conocido por todos, pero el de nuestro antepasado indígena sólo parecen apreciarlo los sabios extranjeros, como H. Spencer, que lo pone como tipo, o Smith Hancock, que lo encomian en grado sumo. Los conquistadores notaron esa semejanza de los Araucanos con ellos desde los primeros momentos. Valdivia mismo los compara a los tudescos en su arte de pelear y en la hidalguía absoluta con que se conducían en la lucha. Los cronistas de aquellos tiempos los comparan a menudo a los antiguos romanos o a los Germanos que derribaron el imperio. En repetidas ocasiones los capitanes generales de Chile no desdeñaron batirse personalmente, de caballero a caballero, en palenque cerrado, con los toquis araucanos, como lo hizo el orgulloso Sotomayor, Godo emparentado con la casa reinante de la Península, lo que no habría hecho jamás con un villano o plebeyo. Uriel Hancock, el sabio escritor norteamericano antes nombrado, los compara con los highlanders escoceses y agrega: El inmortal Ercilla sintetizó en su poema la admiración que esta raza cobriza y bárbara del nuevo mundo hacía nacer en el alma de aquellos insignes conquistadores. Eran, pues, dos razas de corazón y de cerebro semejantes, las que en su choque de dos siglos, con una epopeya por epitalamio, dieron el ser al roto chileno. De allí la uniformidad de sus pensamientos. De allí también la naturaleza de su ser moral y mental. «Yo quiero al roto», dice usted, y su opinión es un dato más para mis apuntes sobre psicología chilena, porque ha de saber, señor, que los chilenos no somos queridos sino por los extranjeros o por chilenos de la nueva generación que llevan apellidos como el suyo, germano, comprendiendo con esta palabra todas las estirpes dólico-blondas originarias del norte de Europa. Por lo demás, estamos pagados; los chilenos, a pesar de nuestro vivo sentimiento de raza, también queremos a ustedes y las mezclas de nuestra sangre han sido en todo tiempo, desde O’Higgins, Mackenna, Miller, O’Brien, etc., hasta Mac-Iver, Walker, Lynch, Boonen, Thomson, König, Williams, Tupper, Clark, Holley, etc., credencial segura de llegar a los más altos puestos en nuestra patria, sea cualquiera el campo en que ejerciten su actividad. Hubo Senado en Chile que ha contado con el 25% de apellidos germanos, siendo que la colonia de esa raza es relativamente exigua en nuestro país. Por el contrario, la colonia de raza latina o mediterránea, con ser ya muy numerosa, no ha producido sino rarísimos hombres superiores en su cruza con la chilena. Es que el chileno legítimo no tiene sangre latina en su venas, por más que hable romance y lleve apellidos castellanos. Las buenas o malas cualidades de los mestizos tienen en biología una significación muy elocuente respecto a las relaciones de naturaleza de los progenitores. El mismo fenómeno que aquí observamos respecto a la calidad de los productos de dos razas, según sean éstas afines o no podemos observarlo en otra parte en altísima escala y con resultados probatorios definitivos. Me refiero a los Estados Unidos. En ese gran país, de base étnica germana, el elemento latino llega a cerca de 6.000.000 de individuos, y sin embargo ni en las industrias, ni en las artes, ni en la banca, ni en la política ni en ninguna parte espectable se oye sonar un apellido latino, siendo que allí no hay ninguna preocupación que estorbe la elevación del más apto. No simpatizan, pues, con el chileno los pueblos latinos, porque no somos de la misma naturaleza y por lo tanto no nos comprenden. Usted sabe que el roto «es mucho mejor de lo que se le supone»; pero eso sólo llegan a saberlo los que como usted pueden penetrar nuestro pensamiento. El chileno carece de la viveza y brillo de la imaginación, cualidad meridional en Europa y que sirve de cartabón al criterio latino para medir la talla intelectual de los hombres y de las razas. El ingenio que usted encuentra en el roto no lo halla el español, ni el italiano, ni el francés meridional. El humor del roto está todo en el concepto, y le basta y aún busca el menor número de palabras para expresarlo, dejando al oyente el cuidado de comprender el chiste, al revés del latino, que busca la gracia más en la forma que en el fondo. Por eso a las exageraciones del andaluz, a los retruécanos del castellano, a los calembours de los franceses o a los concettini del italiano, el chileno les encuentra apenas un simple ingenio constructivo. A propósito de la dificultad de comprendernos, le confesaré que el motivo principal de la alegría con que vi promulgarse la ley de servicio militar obligatorio fue el de que los jóvenes de nuestra clase aristocrática pudieran conocernos de cerca en el trato íntimo del cuartel, para que en su roce diario con el camarada del pueblo pudieran aquellos apreciar la firmeza y corrección de los instintos del hijo del pueblo, a quien un día mandarán, velados sólo por su falta de cultura y por la reserva natural de su carácter, como oculta su pobre traje la fibra de sus músculos, porque estoy convencido de que la causa principal del desvío que desde algún tiempo a esta parte se nota en nuestra aristocracia respecto de nosotros, se debe a que no nos conocen con la precisión necesaria para la acertada dirección de nuestros destinos. «Todo consiste en alejarlo del vicio del licor», dice usted, y yo me permito anteponer un «casi» a su pensamiento. La embriaguez es un vicio que compartimos con la raza del norte de Europa. El meridional es sobrio. Sería superfluo ponderar los males que acarrea la embriaguez habitual; pero es conveniente repetir, cada vez que se presenta la ocasión, lo que usted recuerda en su escrito: que el alcohol envenena el germen de la vida y trae la degeneración de las razas, porque es ésa la más funesta de sus múltiples consecuencias. Desde antiguo es conocida esa terrible propiedad del infame alcohol. Tácito aconsejaba discretamente a sus compatriotas que trataran de dominar a los Germanos suministrándoles licores embriagantes, a los que eran muy aficionados, ya que las legiones se mostraban incapaces de vencerlos. Creo por mi parte, que hay también, a propósito de esta grave cuestión del alcoholismo, otra verdad que debe recordarse siempre que se pueda, y es que ninguna ley ni ninguna propaganda ha producido buenos resultados si no ha conseguido disminuir el número de tabernas. Esta verdad, que está en la conciencia de todo el mundo, es olvidada, discutida y hasta negada por los dueños de viñas y alambiques y sus agentes, por lo cual hay que estar sobre aviso respecto al desinterés de la dialéctica de estos industriales. El roto es agradecido, y desde el fondo de su pensamiento anublado por la embriaguez, conoce quien lo quiere de veras, si el que amablemente lo invita a tomar otra copita, o el que con ruda franqueza le afea su vicio fatal. Así, pues, los abnegados filántropos que hoy dedican sus esfuerzos a combatir entre nosotros esa plaga social deben contar con la gratitud eterna de nuestros corazones. 4.- Funestos resultados
de la mezcla de razas distintas. No debe traerse colonos de raza latina a
Chile.
El «casi» antepuesto es para recordar que, además del alcoholismo, existe otro modo de bastardear y aun de destruir una raza, el cual se quiere implantar en Chile y al que es necesario oponerse con la misma energía con que se combate aquel vicio. Aludo a la propaganda que desde algún tiempo se viene haciendo por una parte de la prensa de la capital, por artículos de revistas y aun por algunos hombres públicos chilenos sobre la conveniencia de fomentar en gran escala la inmigración de familias de la raza latina del viejo continente. Mis inveteradas aficiones a los estudios de biología me permiten atribuir a esos proyectos toda la gravedad que encierran, y prever las funestísimas consecuencias que su realización acarrearían inevitablemente para el porvenir de nuestra raza. No es posible en una carta entrar en detalles de doctrinas extensas y complejas que justifiquen mi anterior afirmación, por lo que he de limitarme a recordar una de las conclusiones más sólidamente establecidas de la ciencia moderna. Ya recordé la mediocridad de los vástagos de dos razas desemejantes; pues bien, cuando se insiste con fines experimentales en cruza de esa naturaleza, aparecen más o menos pronto las degeneraciones, los atavismos y la infecundidad, que traen por fin la desaparición de la casta mestiza. Estas experiencias, que en gran número se han llevado a cabo en animales y plantas, se han visto plenamente confirmadas por la observación de lo que acontece en los países en que se mezclan varias razas humanas. Las cruzas de dos razas de psicologías diversas, no hablo de distintos grados de cultura, traen asimismo el desequilibrio de las relaciones nerviosas periféricas con los centros receptores y moderadores cerebrales. Los reflejos se hacen de preferencia espinales, sin que la corriente nerviosa centrípeta alcance a los órganos encefálicos que las convierten en ideas, permitiendo sólo la reflexión que el entendimiento juzga necesaria. Carecen esos mestizos de lo que se llama control cerebral, y constituyen la carga social de los apasionados, de los impulsivos, de los atávicos, de los instintos pervertidos, de los degenerados morales de toda especie, con los que no es dable formar sociedad alguna, y a los que el lenguaje corriente llama con razón «desequilibrados». Esto justifica la observación de la sabiduría popular, que considera al zambo como más malo que el negro fino. La inmigración en grande escala, a granel y forzada, de familias latinas, se ha tentado ya en nuestro país hace unos diez o doce años. Se gastaron en la tentativa más de dos millones y medio de pesos y el resultado fue completamente nulo, como era lógico que fuera. Una parte de dichos inmigrantes se quedó en Montevideo, ahorrándose la vuelta por Magallanes, pues los que no tuvieron ese acuerdo, hubieron de atravesar la cordillera para ir a reunirse con sus paisanos en las márgenes del Plata. Aquí no quedaron sino algunos taberneros de confeti, que no quisieron seguir las huellas de sus compañeros. La colonia de raza latina que entre nosotros existe ha sido seleccionada por las mismas dificultades que el europeo encuentra para llegar a nuestro remoto país, sin ayuda extraña y con sus propios recursos, costeando un pasaje caro, trayendo algún dinero o alguna industria y, lo que vale más que todo, animado de la voluntad decidida de crearse un campo para su actividad en medio de la libre concurrencia que en Chile, encuentran nacionales y extranjeros. Muy otras serán las cualidades de los inmigrantes a quienes se fuerza a venir a nuestro país, ya sea costeándoles un pasaje nuestro gobierno, los gobiernos de origen o las sociedades encargadas en Europa de descargar del elemento pobre y sin ocupación aquellos países, o ya ofreciéndoles aquí un puesto que ellos no habrían conquistado por su solo esfuerzo. Esa gente vendría aquí a trabajar de jornalero y entrar en concurrencia con el roto, por lo que no es aventurado asegurar que también trasmontaría los Andes como sus antecesores. Allá, al oriente de la cordillera, hay ancho campo y falta de brazos, lo contrario precisamente de lo que aquí sucede, donde al par de ser el país más pequeño de Sudamérica en terrenos de labranza, con excepción del Uruguay, poseemos un sobrante de población que se ve forzado a emigrar por miles a las naciones vecinas y aun a las remotas. Si se pensara atraer esa emigración creándole aquí una situación privilegiada, como dándole nuestras tierras o prefiriéndola en los trabajos públicos, o de cualquiera otra manera que estableciera un privilegio en su favor, se cometería una injusticia y una falta. Las protestas del roto chileno serían unánimes, tanto de los analfabetos como de los que hemos alcanzado algunas letras. La misma colonia latina establecida entre nosotros estaría empeñada en evitar una situación que no podría traer ventajas a la tranquilidad con que hoy labra su fortuna y contribuye, en la medida de sus fuerzas, al progreso de este libre país americano. Noto que discurro sobre una suposición gratuita. Nuestro respetado presidente a prometido en varias ocasiones solemnes traer, si lo cree necesario, sólo inmigrantes escogidos, y como la ley que rige esta materia lo faculta ampliamente para darle cumplimiento en la forma que crea más conveniente a los intereses de la nación, no querrá seguramente cometer una injusticia con este pueblo que tanto lo respeta y quiere. Estimo también conveniente desvanecer una ilusión muy común a propósito de la inmigración latina. Hay personas que se imaginan que entre los inmigrantes de aquella raza puede venírsenos en persona o en germen algún Catón o algún Miguel Ángel, o bien un Cervantes o un Gonzalo de Córdoba. Nada más destituido de fundamento que esa esperanza. Las razas que produjeron esos genios eran muy distintas de las que a la fecha pueblan el mediodía de Europa. Me he extendido tal vez más de lo preciso sobre este punto porque, como he dicho, el problema de la inmigración tiene para los países, especialmente los de corta población como el nuestro, más importancia de la que generalmente se le acuerda pues no siempre se contempla bajo el punto de vista de las razas. «Yo quiero al roto», dicho con la llaneza y espontaneidad con que usted lo publica en escritos que reproducen muchos diarios del país y que son leídos con tanto agrado por la sensatez de sus juicios, por la ilustración que revelan, por su estilo sencillo y ameno y por su espíritu tan chileno, manifiesta en usted buena dosis de valor en los tiempos que corren. El pueblo pobre de Chile, ese roto de quien usted no se avergüenza de publicar que lo quiere, es hoy el Gran Huérfano, desheredado dentro de su propia patria, a la que tanto ama, cuyas glorias han sido adquiridas al precio de su sangre y por la cual está en todo momento pronto a dar alegre su vida. Las pruebas de la orfandad del roto, sus causas, sus consecuencias y algunos otros comentos a su generoso artículo, serán materia de otra carta, si esta merece su aceptación, pues la presente es ya demasiado extensa. Concluyo, pues, señor, dándole en mi nombre y en el de mis hermanos que no han leído su cariñoso artículo, por falta de ocasión o por no saber leer, los más ardientes agradecimientos desde el fondo de mi alma: «Un Roto Chileno». 5.- Cómo se forman
las razas mestizas. Una condición favorable de la génesis de la
raza chilena. Indios de Boroa. Crecida descendencia de los
conquistadores.
Distinguido señor: Prometí a usted en mi anterior justificar el nombre de «Gran Huérfano» que di al roto chileno, exponer las causas de esa orfandad y analizar sus consecuencias, esto es, tratar un poco de psicología chilena. Dicha promesa no puedo cumplirla hoy sino en parte, porque he creído necesario primeramente levantar los cargos que se nos hace, tal vez como justificación del tratamiento que se nos da, y para emprender por orden esa tarea me he visto obligado a empezar por levantar los que se dirigen contra nuestros progenitores, pues la campaña de desprestigio ha comenzado también por ellos. Antes de tratar esa materia deseo insistir un poco en los orígenes de nuestra raza y en el mecanismo de su formación. El fenómeno del mestizaje entre la raza conquistadora y la conquistada es universal e inevitable, puesto que una de las más codiciadas presas del vencedor es en todas partes y ha sido en todos los tiempos la mujer del vencido. En el caso nuestro, las condiciones de producción del vástago intermediario han sido las mejores posibles. La distancia entre la patria de origen de los conquistadores y la nuestra, y las dificultades que en aquel tiempo presentaba el viaje, obligaron a éstos a venir sin sus mujeres, y la prolongación indefinida de la lucha, con la inseguridad y escasas comodidades de la vida consiguientes, prolongó por muchos años ese estado de cosas. Por otra parte, las pocas mujeres que arribaron a estas lejanas playas en las tres o cuatro primeras generaciones, eran en su mayoría miembros de las familias de los conquistadores y, por tanto, de su misma raza. La circunstancia de que en la producción de los mestizos sea una sola de las razas progenitoras la que aporte el elemento masculino y la otra el femenino, tiene en biología grande importancia para la uniformidad y estabilidad de la casta mestiza. Para no citar más que un caso bien conocido de este fenómeno, recordaré el de la producción del mulo, híbrido del burro y de la yegua, mientras que de la conjunción del padrón y de la burra nace el burdégano o macho mohíno, tan diferente del primero, a pesar de tener la misma mezcla de naturaleza, que parecen animales de razas distintas. En Chile se produjo el mestizo de indio y española, pero sólo en una región bien circunscrita del territorio. La toma de Valdivia, Imperial y otras posesiones de los invasores en 1599 por los Araucanos dejó a éstos entre las presas una considerable cantidad de mujeres. Sólo de la primera de las ciudades nombradas tomaron más de cuatrocientas «mujeres rubias». De ellas descienden los indios rubios de Boroa, bien diversos del chileno rubio, tanto física como intelectualmente. El atribuir a origen holandés las familias rubias y de ojos azules de los Araucanos de esa región proviene de que se cree generalmente que el conquistador tenía el cabello y los ojos negros, como el español de hoy día. Los holandeses fueron escasísimos en número y su estadía pasajera. Los signos germánicos de esos indígenas son mantenidos y reforzados por una verdadera selección, pues son mirados por ellos como rasgos de hermosura y nobleza, y no contraen matrimonio con los que no los presentan. En el resto del país, especialmente al norte del Bío-Bío, la cruza fue en todas partes de conquistador y araucana. Los guerreros indígenas fueron cediendo lentamente el terreno de las provincias del norte al extranjero y retirándose a ultra Bío-Bío, pero dejaban atrás sus mujeres, ancianos y niños. Éstos, en cuanto su edad lo permitía, corrían a prestar su concurso a sus hermanos del sur. A los prisioneros araucanos no se les daba ocasión de reproducirse, pues se les manejaba encerrados y amarrados con cadenas. En cuanto al caudal de sangre gótica vertida en nuestro país debe recordarse que mientras el resto del continente fue dominado en poco tiempo y por algunos centenares de hombres, Chile continuaba indefinidamente, con la fama de su guerra, atrayendo de todas partes al español guerrero, dejando en las otras comarcas al íbero, tranquilo y laborioso, explotando las riquezas naturales en que abundaban las demás colonias. Del Perú, de Bolivia, de Nueva Granada, de México, de toda la América llegaban a nuestro país «a probar mano» con nuestros antepasados indígenas. De España, de Flandes, de Italia, y hasta de Londres, como Ercilla, corrían presurosos a este rincón del mundo, en el que sabían que continuaba la «función». Así llegaron a Chile durante las cinco primeras generaciones más de 25.000 Godos. En las postrimerías de su vida Felipe II se quejaba de que la más pobre de sus colonias americanas le consumía la flor de sus guzmanes (Córdoba y Figueroa, Colección de Historiadores, tomo 2, página 29). Carvallo y Goyeneche, en diversas partes de su Descripción histórico geográfica del Reino de Chile, tomos 8 y 9 de la misma Colección, habla de los numerosos soldados venidos a Chile hasta fines del siglo XVII. Aquí peleaban hasta morir o «reformarse», esto es, retirarse del servicio activo, cuando ya los achaques de la vejez o de su dura vida los imposibilitaban para la lucha, dejando larga descendencia. Es tradicional que el Godo Aguirre «el adelantado», compañero de Valdivia, dejó en sus dominios de Coquimbo cincuenta hijos varones reconocidos, fuera de las mujeres, de los por reconocer y de su familia legítima. El caso no era, ni con mucho, inusitado en aquella época en Chile. El padre Ovalle refiere que conoció vivos a ochenta y siete descendientes del hidalgo Cristóbal de Escobar y Villarroel. Agrega que en el número de descendientes, Escobar aventajó a «muchos» otros nobles de Chile, lo que indica que había otros con mayor número. Se trata sólo de la descendencia legítima. 6.- La madre de la raza
chilena. Primeras madres. Su gran número. Su paralelismo mental con el
conquistador.
La sangre araucana era aportada por las innumerables mujeres que dejaron los indios en las provincias del norte y por el gran número de «piezas» femeninas que cogían a los Araucanos en sus continuas «guasábaras» o expediciones. Las primeras madres de la raza chilena de que queda constancia en la historia fueron unas «quinientas mujeres solteras y doncellas, todas de quince a veinte años», que el wulmen Michimalonco, señor del valle del Mapocho, entregó a Valdivia como precio de su rescate y en prueba de paz y amistad en 1541 «para que trabajaren en aquel oficio de labrar y sacar oro» (Mariño de Lovera, «Crónica del Reino de Chile», Colección, tomo 6, página 55). Este autor agrega en la misma página: «Esta costumbre de beneficiar oro las mujeres de esta edad quedó después por muchos años». Se comprende fácilmente lo que debía suceder, y que daba razón a Valdivia para afirmar, cuatro años más tarde, que este reino era «nativo». En repetidas ocasiones los gobernadores prohibieron el empleo de mujeres en las minas, pero luego se vieron forzados a dejar sin efecto sus decretos, pues hombres no había para otra ocupación que la guerra. Las inmensas estancias eran en realidad cultivadas también por mujeres; los lavaderos y minas, cuyos desmontes y trapiches en ruinas se ven hoy en gran número esparcidos por todo el país, fueron asimismo trabajados por la hacendosa y sufrida mujer araucana. Centenares, millares de mujeres eran empleadas por los encomenderos en esas faenas, hasta que el mestizo nació en número suficiente para formar las milicias y sustituir en sus trabajos a la mujer indígena. La humilde mujer araucana se hizo tan indispensable a los conquistadores, que no sólo la poseían en gran número en sus faenas agrícolas y mineras, sino que la llevaban consigo en sus expediciones guerreras. Todos los historiadores o cronistas de aquellos tiempos hablan de ello, y a estar a lo que dicen cada soldado se hacía acompañar por varias de las más jóvenes y robustas de las que tenían a su servicio. El cronista Tribaldos de Toledo (Colección, tomo 4, página 79) dice que los soldados salían de Santiago en expedición a la frontera llevando cuatro o seis mujeres cada uno «con las que van... haciendo vida marital». Esa gran cantidad de mujeres en una tropa en marcha constituía, como puede comprenderse, grave impedimenta, por lo que los gobernadores trataron de suprimir dicha costumbre, apelando al rey de España para vencer la resistencia que a dejarla oponían los conquistadores. En un informe que don Alonso de Sotomayor pasó desde México a Felipe III sobre el estado de las cosas en Chile, le decía a este propósito:
Sotomayor fue gobernador de Chile desde 1583 hasta 1592. Los inconvenientes que resultarían de prohibir en absoluto la compañía de mujeres en el ejército eran que no había hombres que quisiesen quedarse sin tomar parte activa en la guerra. El maestre de campo del gobernador Lazo de la Vega, don Santiago Tesillo, refiriéndose a este mismo asunto, lo justifica con las siguientes razones:
Tesillo se refiere al primer tercio del siglo XVII, cuando él era el jefe del ejército de Chile. Muchos cronistas hablan de la «chusma de las mujeres y niños» que habitaba en los fuertes de la frontera araucana con los soldados que los guarnecían, chusma que era un grave inconveniente, pues consumían gran parte de las escasas provisiones de dichos fuertes, y hacían además muy difícil la movilización de su tropa. Por estos motivos los jefes del ejército de operaciones reprimían esa costumbre cuanto podían, sin embargo, usaban de una discreta tolerancia. El cronista antes citado, Mariño, en la misma obra, páginas 100 y 101, refiere sin ninguna extrañeza que, habiendo sido comisionado por Lazo de la Vega para trasladar la guarnición del fuerte de San Felipe de Angol, que se acababa de repoblar, condujo con felicidad dicha guarnición, compuesta de cincuenta soldados y «más de doscientas mujeres, las más indias», lo que hace más de cuatro por soldado. Por lo que sucedía en el ejército en marcha podrá colegirse lo que pasaría en las haciendas, en las minas y en las poblaciones. Los historiadores están contestes en afirmar una poligamia numerosísima en todo el país. Álvarez de Toledo dice que la pérdida de la ciudad de Valdivia en 1559 se debió a que los soldados que defendían esa plaza, a pesar de ser todos guzmanes, o descendientes de nobles, «estaban más dados a Venus que a Marte», y que los hombres casados tenían hasta treinta concubinas (Purén Indómito, página 351). Por lo que veremos luego, puede afirmarse que en Chillán, recién fundada, la proporción de mujeres respecto de los hombres no era muy diversa de la de Valdivia, lo que, por lo demás, debió suceder en todas las poblaciones del país, especialmente en las inmediatas a la frontera. La desproporción entre el número de hombres y de mujeres subsistió en Chile mucho tiempo. Los cálculos anteriores se refieren desde el comienzo de la conquista, mediados del siglo XVI, hasta la medianía del siguiente. Un siglo más tarde, esto es, a mediados del siglo XVIII, aquel estado de cosas no había variado. En el informe que fray Joaquín de Villarroel pasó a Fernando VI sobre la mejor manera de dominar a los Araucanos, dice que uno de los motivos de la rebeldía de éstos y de su extinción en una gran parte del país, eran los vejámenes que sufrían de parte de los españoles, especialmente de los estancieros, quiénes les quitaban sus mujeres. En comprobación, cita una carta del obispo de la Concepción escrita en 1739 al rey Felipe V, refiriéndose a ella dice: El anterior documento sólo nos deja comprender que el número de mujeres de aquellos señores feudales debió ser muy crecido; pero existe otro en que queda constancia de ese número, por lo menos en las ciudades, donde el control social debía poner alguna valla a esa poligamia. Por lo que en esas ciudades acontecía podemos colegir lo que pasaba en los campos. En un informe sobre el estado de esta colonia pasado por el presidente don Domingo Ortiz de Rozas al rey de España Fernando VI, le decía entre otras cosas: «En los cálculos formados en 1746, en la ciudad de la Concepción y Santiago por algunos curiosos corresponden a cada varón más de diez mujeres»; o sea el 9,9% de varones (Colección, tomo 10, página 219). Como los niños nacen hombres y mujeres en número casi igual, y los impúberes forman la mitad de toda población normal, la desproporción anotada por Ortiz de Rozas debió existir entre los adultos de esas ciudades, lo que da menos de un 5% de varones en la población adulta del país en aquella fecha. Esto explica otro hecho curioso de nuestra sociabilidad colonial: bastaba conocer el apellido de una persona para saber a punto fijo la provincia y aun el departamento donde había nacido. Hoy todavía, a pesar de las facilidades de locomoción y de la mezcla de las familias de todo el país, no es aventurado decir de dónde son los Andrade, los Mancilla, de donde los Agüero, los Molina; de dónde los Lama, los Castellón; de dónde los Donoso, los Vergara, los Silva, los Loyola, los Urzúa; de dónde los Correa, los Calvo, los Cuadra; de dónde los Aguirre, etc. A fines del siglo XVII don Ambrosio O’Higgins intentó formar una población con la sola descendencia de un inglés que, abandonando su apellido, se firmaba Ibáñez, pero no alcanzó a realizarlo por haberse ido de virrey al Perú. Un hecho tan singular en el mundo sólo podrán explicárselo los que conozcan nuestra historia patria, que bajo muchos respectos es también única en el mundo. Durante dos siglos, puede decirse sin exageración, no cesaron en nuestro suelo las batallas. Aquella guerra permanente entre dos de las razas más belicosas de la humanidad, consumía un número incalculable de hombres adultos de los dos bandos. Sus combates eran siempre a muerte, y rara vez cedía un contendor antes de haber sufrido el 50% de bajas, sucediendo muy a menudo que quedaba en el campo casi la totalidad del vencido. Chile era conocido en España con el nombre de «cementerio de los españoles». De allí ese increíble y permanente exceso de mujeres adultas. No es sensato censurar tan duramente como se acostumbra al conquistador por su intemperancia genésica. Nunca fue lascivo, y ninguno de los cronistas que le vituperan su licencia le enrostra otra cosa que la falta de respeto a la monogamia consagrada. Salvo uno que otro caso aislado, no hubo entre ellos depravación de las costumbres. Tener el mayor número posible de descendientes era uno de sus más vivos deseos. La monogamia se establece en los pueblos patriarcales a ruego de la mujer y en su beneficio, y es sostenida por el control social. El Godo, que había sido polígamo algunas centurias antes de su venida a América, se encontró en Chile con mujeres de raza patriarcal en plena poligamia, mujeres sumisas y fieles, sin el menor asomo de celo sexual, y las circunstancias que hemos visto las pusieron en gran número bajo su mano. Representaban, además, esas mujeres un botín de guerra, esto es, el más abonado título de propiedad. Lo que sucedió es, pues, completamente lógico dentro de la naturaleza humana. Recuérdese también que un extenso concubinaje fue la regla durante toda la edad media en los países conquistados por los bárbaros, y que la barraganía, como la llaman los antiguos autores españoles, fue sancionada por la ley, sin que ésta limitara el número de concubinas. Los escritores de la Edad Media, especialmente los eclesiásticos, truenan contra dicha costumbre, vituperándola en nombre de la religión y de la moral; pero en ninguno de ellos se verá que inculpan a los bárbaros de lúbricos, de torpes, como eran los hombres que ello vencieron, sino de intemperantes, de brutales, como los llaman algunos. No era el placer de los sentidos su fin principal, sino el natural y correcto de la perpetuación. A esos hechos debe nuestra raza una de las más preciosas condiciones de su génesis: la de que naciera en gran número desde los primeros tiempos, cuando el conquistador poseía más pura su naturaleza teutónica. Tampoco debemos dolernos demasiado de la condición de la mujer indígena al pasar del poder de los hombres de su raza al de sus vencedores extranjeros. La mujer de las razas varoniles no es esquiva con el vencedor en buena lid; por otra parte los araucanos acostumbraban hacer trabajar a las mujeres jóvenes solteras «para que no anduviesen barraganas», según un cronista. Si los trabajos pesados de la incipiente agricultura indígena, como labrar la tierra, construir canales de regadío, cortar y acarrear leña y otros incumbían por completo a los hombres, sembrar, regar, cuidar las siembras y cosechar eran faenas propias de la mujer araucana. Además, ésta cuidaba la casa y la familia, tejía telas y confeccionaba la ropa. Jamás estaba desocupada, desde su baño matutino y diario al rayar el sol hasta la hora de recogerse. La nueva faena de lavar arenas para sacar oro no debió ser para ellas tarea pesada. Ningún cronista ni historiador, aun de los que más duramente censuran la conducta de los conquistadores, como los jesuitas, por ejemplo, les reprochó jamás un tratamiento despiadado con sus operarias. Para el que conozca el espíritu del Godo, esa conducta es la natural, es parte del carácter germano el amor y la compasión por la mujer; no el mimo ni el regalo, sino el amor correcto del varón por la débil compañera a quien debe gratitud y amparo. Entre la conducta con ellas de sus antiguos naturales y la de estos extranjeros, las araucanas no encontraron diferencia. Es bien explicable el que los cronistas no hablen directamente del tratamiento que los conquistadores daban a sus esposas o amantes indígenas; pero de muchos pasajes históricos se desprende que sentían por las madres de sus hijos verdadera ternura. Góngora Marmolejo refiere que don Gonzalo Mejía se ahogó en un río «por socorrer a una mujer de su servicio que se ahogaba» (Colección, tomo 2, página 183), y hay muchos otros hechos que indirectamente prueban que el Godo sentía estimación y amor por las mujeres de aquella raza, cuyos hombres se mostraban tan dignos de ellos. Nació, pues, nuestra raza como deben haber nacido, todos los grupos humanos llamados razas históricas: de la conjunción del elemento masculino del vencedor con el femenino del vencido, cumpliéndose así la sentencia bíblica de que la mujer vengará a su raza, perpetuándose por ella la sangre de la estirpe vencida. En el nacimiento de la raza chilena se realizó aquel tributo de vírgenes que refieren los poetas que cantan el origen de los pueblos. Sólo la raza germana y algunas de las mestizas de su sangre han alcanzado el insigne honor de la chilena, de que sus orígenes fueran cantados por la epopeya, la más alta manifestación literaria de la poesía. 7.- Rapidez con que
nació la raza mestiza. Mecanismo de su formación. Cálculos
sobre el número de chilenos de la 1.ª generación.
Número probable de los de la 2.ª y 3.ª generaciones.
Los mestizos de ambos sexos fueron por lo tanto muy numerosos desde los primeros tiempos, y las conjunciones se verificaron de mestizo a mestiza, de mestizo a india, de Godo a mestiza y de Godo a India, produciéndose así la raza intermedia con las más variadas proporciones de ambas sangres que es posible imaginar. Cuando la cruza se perseguía en un solo sentido, esto es, cuando el Godo se reproducía en una mestiza de media sangre, que daba nacimiento a una cuarterona, luego en una cuarterona, que producía una octavona, etc., aparecía, desde la cuarta generación, el chileno rubio con caracteres germanos casi tan puros como en el europeo. Por el contrario, cuando la cruza tomaba la línea araucana, aparecía el chileno con signos marcadamente indígenas. Es un hecho comprobado en biología que una raza no recupera jamás sus primitivos caracteres una vez modificados por su alianza con otra, por lo que ni el Godo ni el Araucano pueden reaparecer, por más que se extreme la conjunción unilateral. El poder de absorción de las razas gótica y araucana parece ser el mismo. Esta amplia conjunción de las dos razas produjo luego un tipo intermedio, con caracteres variables dentro de límites estrechos y trasmisibles a la prole en las mismas proporciones, un tipo mestizo, equilibrado, sin reversión atávica hacia ninguna de las razas componentes, una raza, en fin, definitiva mestiza. Los escritores de los primeros tiempos de la colonia hablan de los mestizos sin extrañarse de su existencia y como si su número fuera limitado. Dada la fecundidad de la mujer araucana y su grandísimo número, es fácil imaginarse la rapidez con que la nueva raza pobló el territorio. No hay constancia directa del número de mestizos, pero por lo que sabemos y por lo que puede deducirse de algunos documentos, debemos estar seguros de que los chilenos de la primera generación sumaban muchos miles. Ya en 1551 fue necesario dictar una ordenanza para reprimir el juego de los muchachos en las calles de Santiago: «A ningún género de juegos, entiéndase de naipes e otros juegos que ellos saben» («Cabildo de 31 de julio de 1551», Colección, tomo 1). Diez años solamente después de la prenda de paz del cacique del Mapocho, ya los primeros rotos salían a la calle, en número que estorbaba, a lucir esa afición a la sota heredada de sus padres. Ninguno de esos muchachos podía tener más de nueve años: «E los otros juegos que ellos saben». No sería extraño que fueran las chapitas, la rayuela y la chueca, que son antiguas entre los niños chilenos. En 1585 más o menos, el gobernador don Alonso de Sotomayor «mandó al sargento mayor a hacer las mayores reclutas que pudiese en las poblaciones españolas y éste le condujo dos mil de a caballo y un número considerable de infantería» (Gómez de Vidaurre, Colección, tomo 15, página 158). Esos 2.000 de a caballo eran españoles criollos y mestizos pues a los indios auxiliares que los acompañaban en sus campañas no se les daba cabalgadura. Según don Diego Barros Arana la población de pura sangre europea del país a fines de ese siglo, esto es, quince años después de esa recluta ordenada por Sotomayor, era de unas 800 almas. Ahora bien, el total de hombres capaces de tomar las armas se estima en 12% de una población; pero como no es posible que todos vayan de soldados, pues deben quedar en los servicios dispensable civiles, agrícolas, etc., algunos varones adultos, se estima como el máximo de la tropa que en un momento dado puede suministrar un pueblo el 10% del total. Esos 2.000 reclutas del año 1585 dan por consiguiente como población no indígena en el país la cifra de 20.000. La población de pura sangre europea en ese tiempo debía ser algo menor que la de fines de ese siglo, por lo que no es aventurado suponer que los mestizos en 1585 eran el doble más numerosos que los de pura raza europea. Pero la población blanca y mestiza de Chile debía ser mucho más numerosa en esa fecha que lo que arrojan los anteriores cálculos. Sotomayor había empezado su campaña en Arauco con más de 2.000 hombres, muchos de ellos mestizos (Gómez de Vidaurre, Colección, tomo 15, página 154) Don Alonso llegó a Chile sólo con 400 españoles. Téngase además en cuenta que parte del «número considerable de infantería» sería asimismo compuesta de chilenos mestizos, pues el contingente de indios auxiliares no se obtenía por reclutas, sino que se exigía a los caciques aliados, y esto en los campos, no en las «poblaciones españolas», como dice el historiador citado. Otra consideración de grande importancia que no debe olvidarse es la enorme desproporción que en esa época existía entre los hombres y las mujeres en Chile, lo que elevaría mucho la cifra de la población mestiza, aceptando para la de origen europeo el cómputo de don Diego. Por la fecha de aquella recluta debe tenerse a aquellos guerreros mestizos como nacidos antes de 1570, es decir, que formaban parte de la primera generación de la raza chilena. No he encontrado en ningún documento calculo alguno sobre la proporción en que estaban los mestizos respecto de los europeos durante las dos primeras generaciones; pero existen algunos que se refieren a la segunda y a la tercera generaciones, aunque en ellos sólo consta que los primeros eran más numerosos que los segundos, v. g., un acápite de la carta que el Obispo de Santiago don Francisco de Salcedo escribió al rey Carlos II de España sobre «la relajación de las costumbres» de sus feligreses: El mismo hecho se desprende de lo que dice Coroleu (América, tomo 1, página 255), respecto del gran aumento de los mestizos en Chile en la segunda mitad del siglo XVII. En su «Historia de los Jesuitas en Chile», Colección, tomo 7, página 187, refiere el padre Olivares que el apóstol de la paz con los araucanos, el padre Valdivia, consiguió con Felipe III una real orden terminante para que no se hiciera la guerra a los indígenas no sólo con las tropas españolas sino que tampoco con los mestizos. Valdivia temía que los partidarios de la guerra eludieran las órdenes anteriores del monarca español en el sentido de la paz que deberían respetar sus tercios castellanos continuando la campaña con sólo tercios chilenos. Como esto sucedía en 1616, los soldados que habrían podido seguir solos aquella guerra, según Valdivia, muy conocedor del país en ese tiempo, habían nacido en el siglo anterior, eran pues de la segunda generación de la raza chilena. 8.- Primeros sacerdotes
chilenos. Nombre de algunos chilenos de la primera generación.
Desde su advenimiento a la vida, la raza chilena tuvo sacerdotes de la religión de sus padres, lo cual es como la consagración de su existencia. El Obispo Medellín, tercer prelado de la diócesis de Santiago, confirió las órdenes mayores del sacerdocio a varios mestizos (tres o cuatro, según don Diego Barros Arana), hecho que debió tener lugar antes de 1585; por lo cual, teniendo presente la edad requerida para poder ser consagrado sacerdote, esos primeros ministros del Dios de sus mayores debieron pertenecer a la primera generación de nuestra raza. Pocos son los nombres propios de mestizos de aquella primera generación que nos han dejado los cronistas, pero hay algunos, y entre ellos tal vez de los hijos del tributo de doncellas del señor Mapocho. Así conozco, entre otros, a Jerónimo Hernández, «gran arcabucero», que se pasó a los indios y más tarde (1586) fue hecho prisionero por los conquistadores. Diego Díaz, pasado asimismo a los indios y que, según parece, fue el primero que les enseñó a manejar el caballo en 1583. Alonso Díaz, nacido entre 1545 y 1550, y que llegó a ser toqui general de los Araucanos con el nombre de Paine-Ñamcu (azul aguilucho), siendo el terror de las huestes españolas por varios años. El mestizo «don Esteban de la Cueva», hijo de don Cristóbal de la Cueva, «mancebo señalado» por su coraje y su puño y que encontramos prisionero del wulmen Tipantue en 1579. Juan Fernández, «mestizo platero» descontento con un oficio al que no tenía gusto instintivo, trató de sobornar a la tropa de la guarnición de Angol para capitanearla e ir de su cuenta a conquistar tierras al oriente de los Andes. Fue descubierto y ejecutado en esa misma plaza el año 1570 más o menos. Estaba casado y con hijos, por lo que debe haber nacido antes de 1550. Es el primer artesano mestizo que nombran las crónicas. El primer mestizo que se pasó al partido de su madre, y de cual queda memoria, fue uno de que habla el cronista Góngora Marmolejo, aunque sin dar el nombre. Militaba ya ese roto en las filas araucanas en tiempo del primer gobierno de Rodrigo de Quiroga, en 1566 más o menos. El tal mestizo debió nacer antes de 1545. En varias crónicas y memorias de aquella época se habla de artesanos indios, como también se llama «chinas» a las sirvientas domésticas. Creo que muchos de tales indios y «chinas» serían mestizas, porque es común hasta hoy llamar chinas en los campos a las domésticas, aunque sean rubias y zarcas. Mariño de Lovera habla de la mestiza Catalina Miranda, esposa de Bernabé Mejía, la cual fue asesinada estando encinta el año 1569 más o menos, por lo que es de presumir que había nacido antes de 1550. El mismo cronista habla de la mestiza María Sánchez, casada con Antonio Díaz, al cual su esposa pasaba armas en un ataque a los Araucanos a Cañete en 1566, lo que hace presumir que esta mestiza era de las primeras de nuestra raza. Este autor no muestra extrañeza alguna de que en esos años hubiera ya mestizas casadas, por lo que el hecho debía ser frecuente. Mariño vivió en esos tiempos en Chile. 9.- Rasgo dominante de la
psicología del mestizo. Rapidez con que nacía la 2.ª
generación.
Desde que estuvieron en estado de cargar armas, los hombres de la naciente raza se enrolaron en el ejército, a cuyas honrosas filas los impulsaban las dos naturalezas que unió el destino para formar la suya. Las aptitudes militares del roto chileno fueron unánimemente reconocidas desde que apareció en la escena del mundo. Uno de los cronistas de aquel tiempo, que escribió con el propósito deliberado de denigrar a los Araucanos y a sus mestizos, Gonzalez de Nájera, no puede menos que reconocer esa cualidad del roto primitivo, tan evidente para todos los lectores de su escrito. Dice: Este autor conoció y mandó a los mestizos de la segunda generación, nacidos después de 1570. Esta segunda generación nacía en tanta abundancia como la primera y como las que siguieron, pues los hábitos de los conquistadores no se modificaron hasta mucho después y en cambio los mestizos seguían las costumbres de sus padres. Pero es conveniente recordar siempre que esa rapidez con que se estableció la amplia base de nuestra raza no tiene comparación en la historia de ningún pueblo. Un hecho como prueba, de los muchos que recuerdan las crónicas: en Chillán, recién fundada por Ruiz de Gamboa en 1580, había una guarnición de 210 hombres, cincuenta de los cuales estaban recién llegados de España. El número de mujeres que acompañaba a esos hombres debía ser muy crecido, pues que el cronista Mariño de Lovera, capitán de ejército en esa misma fecha, refiere que «hubo semana que dieron a luz sesenta indias de las que estaban a su servicio, aunque no en el de Dios» («Crónica del Reino de Chile», Colección, tomo 5, página 395). Es la primera fe de bautismo del roto chillanejo. Por la relación de este cronista, se comprende que ese caso no era aislado sino un ejemplo entre muchos de la manera de vivir de los conquistadores. Habiendo cesado desde tres o cuatro generaciones atrás la afluencia de las sangres primordiales, son sólo los mestizos entre sí los únicos que han continuado reproduciéndose, de modo que el mestizo equilibrado, el prototipo de la raza, que describiré más adelante, es cada vez más numeroso, hasta formar a la fecha, según mis cálculos, el 70% de la población del país. Dos o tres generaciones más y Chile podrá contar con una de las razas más uniformes del mundo entero. Para ello es necesario que estos conocimientos se difundan entre los que dirigen el porvenir del país y que les den la trascendental importancia que encierran. 10.- Principales
condiciones biológicas y psicológicas que favorecieron la
uniformidad y la estabilidad de nuestra raza.
Cuatro principales son las afortunadas condiciones que han hecho posible el caso feliz para nuestra patria y tan raro en la historia de las razas humanas, de la formación de una raza mestiza permanente. La primera es la que acabamos de analizar: el que un número de los elementos componentes haya estado reducido al mínimum, esto es a sólo dos, hasta que la raza era ya numerosa, lo que ha hecho relativamente fácil hallar la proporción en que el poder vital de los elementos étnicos conjugados se equilibran. La segunda es que dichos elementos poseyeran psicologías semejantes, lo cual ha impedido que el proceso llamado por el sociólogo Lapouge «selección social» tendiera a la separación de las naturalezas originales. La tercera, que cada una de las razas aportara durante todo el tiempo que duró el mestizaje un solo elemento sexual, lo que ha contribuido grandemente a la rápida uniformación de ser intermedio. La cuarta, que las dos razas primitivas fueran lo que se llama razas puras, esto es, poseyeran cualidades estables y fijas desde gran número de generaciones anteriores. La única raza que mostraba algunos signos de impureza era la europea, pero, como he recordado, sólo un 10 u 11% de sus individuos tenía mezcla con raza extraña a la germana. Siento no tener más espacio para dar más latitud a estos interesantísimos puntos. Especialmente hoy que se trata de colonizar el país, estas materias deberían ser conocidas detalladamente por los encargados de realizarlo. Desgraciadamente parecen ignorarlas del todo. Debo también recordar que nunca hubo en Chile esclavos negros empleados en las faenas agrícolas o mineras. Los escasos africanos que fueron traídos al país quedaron en las ciudades, de caleseros o domésticos en las casas ricas. Sólo los jesuitas, poco antes de su expulsión, habían empezado a traer negros para ocuparlos en el campo. Cuando se decretó su salida del país, se encontraron en sus numerosas haciendas algunas centenas de esclavos de esa raza, los que fueron vendidos en el extranjero por cuenta del real tesoro. Además, desde el principio los conquistadores pusieron atajo a la impulsividad genésica de sus esclavos negros con penas más terribles que el linchamiento que emplean los norteamericanos con igual propósito: Es por eso que las poquísimas familias chilenas en que aún es dable notar indicios de sangre africana pertenecen a las ciudades, los campos están en absoluto indemnes de ella. No estará demás recordar aquí que la sangre negra tiene un poder de absorción mucho mayor que la blanca. Así, mientras del blanco no queda ningún rastro a la cuarta generación unilateral con el negro, esto es, cuando aún queda en el mestizo un 6.255 de sangre blanca, la naturaleza del negro es posible constatarla hasta la sexta generación, cuando sólo está representada en el mestizo por el 1.05% del total; y las cualidades cerebrales propias del negro: la falta de control mental, el predominio de la imaginación y la poca elevación de ideales, persisten aún mucho más. Por el modo como usted habla del roto, parece que participara de la idea, muy común a la fecha, de creer que el roto chileno es algo como una raza aparte, inferior en Chile, como si nuestra patria encerrara dos razas distintas, rotos y no rotos. Felizmente no hay nada de eso. Desde el chileno más infeliz al más encumbrado, todos poseemos, en proporciones diversas, las mismas sangres europea y americana que hemos visto. El cálculo de los cuatro quintos de mestizos de que hablé en mi anterior, refiriéndome a la época del siglo XVIII en que llegaron al país algunas familias latinas, debe tenerse como el más moderado. Desde entonces acá especialmente después de la independencia, no hay familia que no haya incorporado en sus venas algo de sangre genuinamente chilena. Lo que ordinariamente llaman roto, esto es, la clase pobre de Chile, es lo que los entendidos llaman base étnica de una nación, y que no poseen sino las que tienen suerte de contar con raza propia. Es de esa base, la más numerosa, sana y prolífica de los países, de donde se elevan por selección las clases media y superior de la sociedad, pero sin que exista una línea determinada de separación entre una y otra clase, pues tal división es ideada solamente para procurarse facilidades descriptivas. Ese fundamento de las razas ha merecido en todos los tiempos y en todos los países especiales atenciones de los verdaderos estadistas, pues la miran, con razón, como la base de todo el edificio social, y tienen por ella igual solicitud y el mismo cuidado que presta el arquitecto a los cimientos de sus construcciones. Entre nosotros, generalmente es el inquilino el que produce el pequeño propietario y luego el agricultor; del jornalero nacen el artesano que llega a poner taller y hacerse industrial, o el pequeño mercachifle, el buhonero, el comerciante, el dueño de almacén; y son los agricultores, los industriales, los comerciantes los que logran educar a sus hijos, herederos de sus aptitudes, que adquieren títulos profesionales, son jueces, diputados, ministros, presidentes. Lo que obscurece estas investigaciones es el tiempo en que los hechos se efectúan. Muchas veces no bastan una ni dos generaciones para que se realice la evolución completa; en otras la evolución comenzada se detiene y aun retrocede; pero para el aficionado a la comprobación experimental de estos problemas, aquél no es un inconveniente. En Chile, donde por nuestra corta historia de raza y escasa población, las estirpes que han producido hombres superiores son todavía poco numerosas, y donde la documentación histórica es abundantísima, ese trabajo es relativamente fácil. Aquí, como dicen, todos nos conocemos. Pero es efectivo que hay personas que se creen de raza privilegiada y superior a la chilena. Ambas creencias son erróneas. Hay otros que para creer en esa selección gradual que he diseñado, y que vincula por la sangre la clase inferior a la superior, necesitarían ver a un chileno con una pala en una mano y una cartera de ministro en la otra. Es a éstos a los que principalmente me dirijo, por lo que ha de disculparme que haga a menudo observaciones que serán para usted bien sabidas. Y con ser tan corta nuestra historia, hemos tenido el hermoso hecho social de la elevación del mismo individuo desde la clase desheredada a los más altos puestos, merced a su talento y patriotismo esclarecidos. A los mestizos se les miró desde los primeros tiempos con cariño y consideración, por más que algunos se «pasaron a los indios» como hemos visto. Mestizos fueron los primeros hombres ricos de Chile: eran éstos los «lenguas» o «faraute», como llamaban los conquistadores a los interpretes entre ellos y los Araucanos, los cuales supieron sacar gran partido de su situación, según un cronista que los conoció personalmente, el cual dice «se ve que están ricos de esclavos, ganados, posesiones y alquerías, y sobre todo de tejos y barras de oro, al tiempo que casi en todos los españoles de aquel reino se ha acabado por haber perdido las tierras de las minas». Añade que los tales «lenguas» se dejan para sí las mejores «piezas» femeninas, y que el oficio resulta más importante y lucrativo que el de gobernador. Sólo se hacía distinción entre mestizo legítimo e ilegítimo en los primeros años, antes que la primera generación proporcionara mestizas para esposas. Cuando las hubo en abundancia y los matrimonios se hicieron frecuentes, los hijos de la segunda o tercera generación eran considerados como los europeo y europea, como «criollos»; y usaban el don y títulos paternos sin que a nadie le causara extrañeza. En 1591 el capitán general de Chile don García Hurtado de Mendoza publicó el Real Decreto de Felipe II en que, atendiendo el clamor general de sus lejanos y fieles súbditos, permitía legitimar a los hijos naturales mestizos. Además, al lado de los hijos ilegítimos crecían numerosos los de las uniones matrimoniales desde los primeros años, estimulados por los sacerdotes y por los mismo gobernadores. El gobernador don José de Garro se ocupó especialmente de que sus hombres contrajeran relaciones legítimas:
Es sabido que el capitán Gómez, compañero de Valdivia, se casó con una hija del wulmen de Talagante, de cuya noble estirpe quedan a la fecha numerosos vástagos en Chile. La raza chilena nacía así sin obstáculos, sin prevenciones, y se desarrollaba a través de los tiempos sin desmentir ni una sola vez sus orígenes, hasta nuestros días. Porque sólo desde ayer se nota cierto alejamiento de la clase dirigente respecto del pueblo. ¿Cuál es la causa de fenómeno tan extraño? ¿Qué influencia ejercieron, si es que hubo alguna, en nuestra clase superior, aquellos Íberos llegados a mediados del siglo XVIII? ¿Han tenido alguna culpa en esta disociación del alma chilena alianzas de nuestras familias distinguidas con personas de raza de sicología diferente de la nuestra, efectuadas durante las últimas generaciones? ¿O es sólo una consecuencia de fracaso moral de nuestra clase dirigente producido por las riquezas de Tarapacá, como cree Mac-Iver? ¿O son estas causas aunadas? Poseo al respecto documentos muy interesantes.
La verdad histórica
1.- Detractores de los Araucanos. Su mala fe. 2.- Dotes militares de los Araucanos. No eran sólo heroicos, sino también hábiles guerreros. 3.- El Huentrún araucano. 4.- Épico. 5.- Documentos probatorios. 6.- Una estrofa de don Alonso de Ercilla. 7.- Las calumnias en contra de los Araucanos alcanzan directamente a los chilenos. 8.- Los Godos. Algunos de los rasgos de su cuerpo y de su alma. Su espíritu es opuesto al latino. 9.- Rasgo culminante del Godo conquistador de América. ¿Está extinguida la raza gótica? 10.- Roto, apodo nacional chileno. Fue aplicado sólo a los conquistadores desde los primeros tiempos. Sólo hoy se aplica a la clase pobre y esto sólo por algunos chilenos. 1.- Detractores de los
araucanos. Su mala fe.
Como he dicho, el disfavor en que se nos tiene en la actualidad proviene en gran parte del desconcepto en que ha ido cayendo nuestra raza indígena ante una parte de la opinión, debido a una larga e insensata campaña de desprestigio emprendida en su contra por algunos diarios, revistas y hasta por publicaciones oficiales. Como se pretende que sólo el chileno iletrado tiene en sus venas sangre indígena, se cree que únicamente a él alcanza el descrédito. Respecto a la sangre europea que poseemos, es cierto que no todos conocen su verdadera procedencia, pero como en estas cartas establezco su legítimo origen, he creído asimismo necesario levantar los cargos que desde antiguo se formula contra ella. Tanto más necesario he considerado dedicar un párrafo a restablecer la verdad respecto a esa noble familia germana, cuanto que en Chile su nombre nos recuerda las resistencias que encontró nuestra nación para alcanzar su independencia. Aquí seguíamos llamando Godos, por costumbre tradicional, a los soldados que envió España a principios del siglo pasado, cuando en realidad la tropa, reclutada por quintas, pertenecía a la raza indígena de la península. Apenas si algunos jefes u oficiales mostraban signos germanos dignos de tomarse en cuenta. También llamamos Godos, por insulto, a los españoles que vinieron en 1864, que eran en su totalidad íberos o latinos. La cruzada contra los Araucanos, que está haciendo pensar a algunos en la conveniencia de suprimir de nuestro himno patrio los versos en que nos gloriamos de llevar su sangre, ha encontrado su más ardiente paladín en los Anales de la Universidad de Chile. Desde unos cuatro años se está publicando en dichos Anales una Historia de la civilización de la Araucanía, en la cual se trata a nuestros antepasados indígenas como a indios salvajes, crueles, depravados, sin moralidad alguna, sin dotes guerreras, e interpretando como cobardía de su parte algunos ardides de combate. Sólo uno de los innumerables cronistas e historiadores que han escrito sobre las legendarias guerras de Arauco, González de Nájera, tuvo la villanía de llamar cobardes a los Araucanos; pero confiesa que tomó «a cargo» escribir su libro (página 248 de su obra), pues se trataba en esa fecha de desprestigiar a nuestros indígenas, con el propósito de conseguir del monarca español permitiera tomar prisioneros araucanos para cambiarlos por esclavos negros en los mercados de Lima o Buenos Aires, por lo que asienta en una de sus páginas: «aún para esclavos son de ánimos los más serviles y abatidos que tiene el mundo». Así interpreta la acción de un joven noble araucano que con su mano izquierda se cortó de un hachazo la derecha y se la mandó a su captor para que la hiciera trabajar en sus minas. Por lo demás, el tal cronista, en las relaciones que hace de las peripecias de aquellas guerra, se desmiente a cada paso con una candidez inconcebible. Tocaba a la revista oficial de nuestra Universidad continuar, después de tres siglos, continuar la campaña emprendida por aquel cronista desvergonzado. Pero los Anales han ido más lejos. No sólo han imputado a nuestros indígenas costumbres contrarias a las suyas, describiendo como tales las de los Pehuenches y Huilliches arrojados por los argentinos hacia nuestro territorio, sino que han llegado hasta exhibir citas maliciosamente truncas de autores respetabílisimos, como Núñez de Pineda, con el propósito manifiesto de atacar la más pura de las virtudes domésticas araucanas: la castidad y recato de sus esposas. Núñez de Pineda y Bascuñán era chileno, nacido en Chillán en 1607, descendiente de estirpe gótica de la Península. Fue militar desde niño, y cayó prisionero de los indios en la batalla de las Cangrejas, en 1629. Después de rescatado, siguió en el ejército de Chile, del cual llegó a ser jefe o maestre de campo. Su obra, Cautiverio Feliz, es, por tanto, uno de los documentos más autorizados que poseemos sobre las costumbres araucanas de aquel tiempo. Su estilo sencillo refleja la más perfecta sinceridad del noble cronista. En diversas partes de su obra alaba la castidad de la mujer araucana, que él conoció íntimamente. He aquí un acápite:
Y más adelante, página 357, añade: Relatando este cronista una borrachera indígena, dice que duró varios días con sus noches, que los indios pasaron cantando, bailando y bebiendo hasta caer rendidos. A dicha fiesta no concurrían sino los de la última clase, lo cual repite en varias ocasiones, pues se trataba de una ceremonia «inmoral», llamada hueyelpurun, o baile de los hueyes o machis, ceremonia de origen indudablemente huilliche, como lo probaré en otra ocasión. Claro está, dice Núñez, refiriéndose a esa escena, «que adonde quiera se diferencia la plebe y el común de la particular y de la nobleza». La tal fiesta termina en una embriaguez general y completa, en medio de la cual podían olvidarse las reglas de la honestidad que regían las costumbres domésticas indígenas, por lo que el autor dice:
Pues bien, los Anales, después de citar opiniones de historiadores eclesiásticos, que siempre miraron como vicio y lujuria la poligamia sancionada por las instituciones sociales y religiosas de los Araucanos, y la del mentiroso Gonzalez de Nájera, agregan en acápite separado. El cronista Núñez de Pineda dice acerca de esto: «Acontece en semejantes fiestas y concursos las mujeres de unos revolverse con otros». (Anales de la Universidad, tomo 1 de 1899, página 775). Los Anales no dicen la página donde han tomado esa cita. Suprimiendo el «tal vez» del autor aludido y la parte final que explica la posibilidad de un hecho inusitado, los Anales convierten en absolutamente afirmativa la mera suposición ocasional de Núñez de Pineda. Todo el que haya leído la obra de aquel ilustre cronista chileno, comprenderá cuánta maldad se encierra en ese fraude de la revista universitaria, que hace decir al noble Núñez lo contrario de lo que en cada página afirma sobre la corrección de las costumbres araucanas, que él pone de ejemplo a sus compatriotas. Pues con esa honradez está escrita toda la llamada Historia de la Civilización de la Araucanía, y los fines perseguidos en estos escritos oficiales, concordantes con otros que citaré después, los iremos evidenciando más adelante. Hoy día los estudios de etnografía y de psicología etnográfica están tomando una importancia inmensa en el mundo sabio porque sus informaciones, una vez bien establecidas, son fuente segura de inducciones de vastísimo alcance y de luces nuevas para la interpretación de todos los fenómenos sociales de un pueblo cualquiera; y la antropología biológica, basada en aquellas ciencias, ha producido un trastorno completo en la manera de explicar el desarrollo de las naciones y los vaivenes de su fortuna a través de los tiempos. La tal Historia, inserta en la única revista oficial de ciencias generales de nuestro país, editada por nuestras Facultades universitarias y que mantiene canjes con las revistas análogas de los principales países, debe haber sido leída, de seguro, con detenimiento por el gran número de hombres que a la fecha se dedican a estos estudios. Por ella habrán visto con sorpresa que los famosos Araucanos de la historia y la epopeya, que hasta hoy eran considerados por los pensadores y los sociólogos más eminentes, como una de las familias humanas más admirables, no son en realidad, o más bien no fueron, sino unos salvajes vulgares, sin mérito ninguno, sin poseer siquiera organización militar: «las hordas salvajes atacaron», «las hordas salvajes huyeron», etc., son las expresiones con que describe los movimientos de las tropas indígenas ese escrito oficial. 2.- Dotes militares de
los araucanos. No eran sólo heroicos sino también hábiles
guerreros.
Ya algunos cronistas, reprochando la parcialidad interesada con que otros referían los sucesos de la guerra araucana, habían dicho que la verdad de las cosas sólo se conocería cuando los indios escribieran sus anales. Aunque soy Araucano sólo a medias, he de recoger el guante en próxima ocasión, en que estudiaré no sólo las guerras sino también la psicología araucana, su organización política y social, especialmente su religión y la constitución de su familia. Por hoy sólo recordaré en forma sumaria sus notables dotes militares y aduciré unos pocos ejemplos probatorios de que los «salvajes» chilenos no peleaban en «hordas». Recuérdese, pues, aquellos escuadrones de filas correctísimas y unidas que Valdivia, que acababa de conocerlos en Flandes, comparaba con los tudescos; los movimientos de sus batallones, sus evoluciones, sus dispersiones y concentración rapidísimas, ordenadas tanto durante el combate como en sus ejercicios doctrinales, a toques de silbatos hechos de canillas; la admirable disposición de sus tropas para entran en batalla; el acierto y serenidad con que era dispuesta y ejecutada la acción, aprovechando los menores descuidos de sus enemigos, los accidentes del terreno, la posición del sol, la dirección del viento y cuanto recurso se presentaba en su favor, y esto con tal rapidez de concepto y seguridad de ejecución, que dejaba pasmados a los aguerridos y experimentados capitanes europeos, la disposición de sus reservas, los servicios de seguridad de sus ejércitos alojados o en marcha, con gran guardia y descubiertas que en ocasiones cubrían un radio de tres y más leguas; sus servicios anexos, como el de los honderos de fuego, el de los encargados de retirar del campo los muertos y los heridos, el que debía rellenar los fosos de los reductos enemigos; sus escuadrones de varias filas de lanceros, con que resistían a pie firme los ataques de la caballería forrada en acero de los conquistadores; sus retiradas en falso, que ordinariamente convertían en victorias; su habilidad para apropiarse cuanto les pareció útil de los conocimientos guerreros de sus enemigos; la inteligencia con que cambiaron de táctica y adoptaron armas nuevas frente a las nuevas necesidades del arte, provocadas por el enemigo extranjero; el caudal inagotable por fin, de ardides y estratagemas con que burlaban a diario a los invasores. El inmortal Ercilla, nuestro primer historiador, escribió para sus contemporáneos, por lo que es completamente fidedigno en todo lo que asevera respecto de las aptitudes guerreras de los Araucanos, a quienes conoció en cien combates, y su gran fidelidad histórica y descriptiva es reconocida por todos los críticos de su poema épico. De su canto 23 son estas octavas:
Creo inútil seguir citando autores para probar lo que sólo los Anales niegan. El mismo González de Nájera, que trata de cobardes a los Araucanos, confiesa que pelean por vicio y que son temerarios, concluyendo por contradecirse, pues dice del coraje con que atacaban los reductos españoles:
Es verdad que a los chilenos no se nos enseña en la escuela ni en ninguna parte la historia patria durante el tiempo que formó nuestra raza siendo como es la más maravillosa de todas las historias del mundo, sin excepción alguna en cuanto a hechos heroicos. Si se nos enseñara desde la escuela, como debería hacerse, no tendrían que recurrir los maestros de nuestra juventud a ejemplos de civismo tomados de la historia griega o romana ni de ningún otro pueblo, porque en nuestro propio suelo y llevados a cabo por nuestros antecesores directos se encuentran a millares y de los más hermosos. Varios historiadores, especialmente los militares, dijeron como Ercilla que los españoles podía tomar «doctrina» del ejército indígena, de la táctica de sus generales y de la estrategia desplegada en sus acciones de guerra. Uno de los servicios anexos al ejército araucano, y que nunca supieron implantar los conquistadores, a pesar de comprender la desventaja en que quedaban por esa causa respecto de los indígenas, fue el del telégrafo. El semáforo o telégrafo por medio de señales fue usado por los Araucanos tal vez desde antes de la conquista española; pero durante esta dieron tal impulso y organización a ese servicio que sería increíble si no quedara de ello plena constancia por relatos escritos durante los acontecimientos, y por personas entendidas y que presenciaron esos hechos. El semáforo araucano consistía en señales hechas con ramas de árboles disimuladas entre el bosque de los cerros, y sólo visible para los que sabían su situación. De noche se servían de antorchas. El significado de las señales fue guardado siempre en el más absoluto secreto. Por los años 1771 y 1771 custodiaban las márgenes del Bío-Bío, ese Rhin de Chile, como dice Hancock, el comandante O’Higgins y el toqui Ailla-Pagui (nueve leones); el primero guardaba la ribera derecha y la izquierda el segundo. Ambos bandos se hacían todo el mal posible, enviando partidas al campo enemigo; pero la ventaja que los Araucanos tenían sobre los conquistadores era grandísima, merced al telégrafo de los primeros, que los españoles se contentaban con maldecir. El historiador Carvallo y Goyeneche era teniente de las fuerzas españolas, y estaba a cargo de uno de los fuertes de la ribera norte del Bío-Bío. En esta situación sufrió directamente las consecuencias del semáforo araucano, desquitándose con insultar al hábil toqui Aylla-Pagui, y fue el indio más ladrón que se conoció en aquellos tiempos. Enviaba con frecuencia dos o tres partidas por diferentes partes, y apostaba sus centinelas en los cerros más elevados que tienen sobre el Bío-Bío, para observar los movimientos de los españoles y avisar de ello a sus partidarios por medio de las señales que les daba, y le salió tan bien esta operación, que no daba golpe en vago (Colección, tomo 9, página 372). Por las noticias de las incursiones de las tropas araucanas dadas por el mismo Carvallo, se puede ver que Ailla-Pagui tenía su servicio telegráfico extendido en más de treinta leguas de la ribera encargada a su cuidado. Él residía de ordinario en Angol, centro de sus operaciones. En cuanto a las falanges o escuadrones de varias filas armadas de lanzas con que los Araucanos se defendían de la caballería en pleno llano, y de la rapidez con que formaban esos cuadros, hay muchos ejemplos. He aquí uno de ellos, que refiere Mariño de Lovera. Estando una división de tropa escogida de caballería en un llano llamado Tomé, vieron venir a la carrera y en desorden un gran pelotón de indios. Los españoles no creyeron que se atreviesen a atacarlos, «pero viendo que iba de veras», se aprontaron al combate saliéndose al encuentro:
Esto sucedía en 1570 más o menos. Para apreciar el mérito de esa acción, relatada con tanta sencillez por ese cronista, oficial de ejército de Chile de ese tiempo, hay que saber algo de cosas de milicia, pero aparece claro para cualquiera que allí no hubo salvajes en hordas, ni mucho menos. 3.- El
huentrun araucano.
Cuando los Araucanos tuvieron caballería, solían combatir dispersos, en hordas, como dicen los Anales; pero esto sólo cuando una pequeña partida de Araucanos atacaba a un ejército, lo que sucedió varias veces. En esas circunstancias cada soldado indígena peleaba de su cuenta contra varios enemigos, sin que fuera posible orden ninguno, pero conservando organización. Carvallo y Goyeneche refiere uno de esos encuentros, sucedido en su tiempo. Don Ambrosio O’Higgins, padre del prócer don Bernardo, y el comandante Freire dirigían una expedición en el centro de Arauco, a la cabeza de dos mil hombres escogidos de caballería y con gran cantidad de caballos de repuesto. El 23 de febrero de 1770 llegó la expedición a la confluencia del río Tolpán con el Vergara:
En «guerrilla», dice Carvallo, no en horda. Los guerrilleros van organizados, obedecen a los jefes, se prestan ayuda, etc. Por eso pudieron retirarse organizados y peleando. El abate Gómez de Vidaurre refiere (tomo 15, página 225) otro de esos combates desiguales:
Nótese la interpretación que el buen abate da del coraje de esos Araucanos: «Irritados contra su mismo temor». Es corriente en los cronistas e historiadores de Chile desconocer o interpretar erradamente las acciones de nuestros antepasados americanos. El mismo autor refiere que a don Alonso de Córdoba, que iba con 550 hombres, le salieron al frente provocándolo «ocho araucanos que con temerario empeño se pusieron en defensa por no darse prisioneros» (tomo 15, página 212). Hay de esto innumerables casos. No había año en que no se presentaran. Los cronistas llamaban a esos héroes de su patria con el nombre de «valentones». Los Araucanos los llamaban huentrún, varonil, esforzado, González de Nájera dice de ellos:
De ordinario los valentones pertenecían al wulmenato de Purén, habitado por la tribu más noble de Arauco. Refiere Carvallo y Goyeneche otra acción de esos «gallos de Purén», que tiene de antecedente una batalla que puede recordarse como muestra de las que se libraban en nuestro suelo entre Godos y Araucanos. Un teniente Muela, hidalgo, con 600 hombres, dio una sorpresa a los de Purén en pleno invierno, tomándoles varios prisioneros:
Este mismo teniente hizo poco después otra excursión en las cercanías de Purén con 500 hombres y fue atacado por dos Araucanos, lucha que Carvallo refiere, con los comentarios acostumbrados, de esta manera:
4.- Épico.
Pero el hecho más admirable de éstos, único en el mundo, no imaginado siquiera por la fantasía de los poetas, absolutamente increíble si no hubiera de él constancia inconcusa, es el robo de un hombre vivo de un batallón de infantería formado en medio de un llano, rifle al brazo y bala en boca, y llevado a cabo por un valentón a caballo en pelo y a medio día. Revela ese hecho, no sólo la falta completa de límites a la audacia araucana, sino también por los detalles de su ejecución, el conocimiento más perfecto del carácter del enemigo, y el concepto clarísimo de la sucesión lógica de todos los incidentes de aquel hecho extraordinario. La serenidad imperturbable del héroe y la precisión y seguridad matemáticas de todos los movimientos necesarios a su realización, que tal hecho suponen, podrán parecer excepcionales, inusitados, inverosímiles en cualquier país, no en Arauco. Sucedió así: En un ancho prado limitado por la selva virgen de la «Frontera», descansaba de sus ejercicios doctrinales un batallón de infantería, con sus armas en pabellones, y tropa y oficiales, tendidos en la yerba, fumaban o charlaban recobrando fuerzas para continuar los ejercicios. El bosque distaba seis o siete cuadras, por lo que podían estar tranquilos. De repente, alguien vio aparecer un indio en la ceja de la selva, y todos se pusieron de pie y en observación. Luego apareció otro indio, y después otro y otros sucesivamente; a nadie quedó dudas de que se trataba de un escuadrón de caballería indígena oculto en las sombras del bosque y que se preparaba para el ataque. «¡A formar!», tocó el corneta del comandante. Y en un momento el batallón estuvo en línea, con sus fusiles en descanso, la pequeña banda de cornetas y tambores a la cabeza. Al frente estaba el bosque, en el que seguía asomando y perdiéndose algunos indígenas montados. Todas las miradas estaban fijas en ellos; todos los pensamientos penetraban al fondo de la espesura tratando de adivinar el número de enemigos. En verdad que el peligro no podía ser grande: estaba lejos la época de los arcabuces y de los fusiles de chispa, que se cargaban en catorce tiempos; a la fecha el soldado poseía el fusil Minié, de fulminante y carga rápida, con una zona de muerte mucho más extenso y con tiro seguro de más de tres cuadras, lo que había hecho muy prudente a los indios para agredir a campo raso; pero una larga experiencia había enseñado al ejército de Chile que al frente del Araucano hay que estar siempre listo, por lo que nunca se alejaban de los reductos sin llevar bien provistas las cartucheras. -¡Viene uno! -exclamó el ayudante, apuntando al frente con su mano. Así es, uno solo. Todos lo veían. A galope tranquilo se desprendió del bosque un indio en línea recta al batallón. Su silueta se agrandaba por momentos. ¿A qué vendrá? No trae banderola de parlamento ni rama de canelo. Viene desarmado: ni lanza ni macana. ¿A qué vendrá? «¡Atención: Firme!», tocó el corneta. Y el comandante pasó al frente de su batallón, colocándose en su medianía hacia donde se dirigía el indio. Y todos esperaron tranquilos. El indio se acercaba al mismo suave galope. A cincuenta pasos se detuvo. Inmóvil, paseó su mirada de un extremo a otro de la tropa. Como los guerreros, tenía el cabello cortado hasta cubrir la oreja y sujeto en la frente por un cintillo adornado con plumas rojas de loica, como los guerreros, venía desnudo de la cintura arriba, luciendo su piel color ladrillo y sus formas atléticas, descalzo, calzón negro a media pierna, y atado a la cintura un poncho listado. Pero realmente no traía arma alguna, ni penca, ni estribos: Llegaba inerme ante seiscientas bocas de fuego. ¿A qué vendrá? «¡Descansen!», sonó la corneta. Grande era el caballo, y negro como un azabache. Sólo un instante permaneció en observación; dio un cuarto de vuelta y se dirigió al mismo galope calmado paralelo al batallón, hacia su extremo. -¡Qué hermoso animal! -exclamó el comandante- Vendrá a lucirlo. -Debe venir a venderlo. Cómpreselo -añadió el ayudante. El indio llegó frente al extremo del batallón, dio unas cuantas revueltas, se acercó más a las filas y volvió al trote, pasando a unos treinta pasos. De trote reposado y garboso, era animal sin tacha: nudillos enjutos, pupila centelleante, oreja chica y viva, de formas acabadas, nuevo, airoso, fuerte, dócil, negro-tordo, sin mancha, cola y crines crecidos y copiosos. Por todo jaez, una cincha y cabezadas flamantes. -Hermosísimo bruto -volvió a decir el jefe-. Es caballo para el general. Llegado a la cabeza del batallón, frente a la banda, el indio revolvió nuevamente en caballo en todas direcciones, luciendo su habilidad de jinete y la agilidad de su animal, y emprendió su regreso a buen galope, hasta el otro extremo, en que repitió sus pruebas de destreza. Volvió, a galope tendido ahora y a quince pasos de las filas. Lucía esta vez su agilidad maravillosa, bajándose y subiéndose de su caballo, tendiéndose sobre el lomo, echándose a uno u otro costado de su bestia, de modo que a veces mostraba todo su cuerpo, a veces sólo un pie y una mano. Al pasar frente al centro, tomó actitud natural del jinete irreprochable, erguido y firme. Lleno el pecho, alzada la cabeza, el indio pasó mirando al batallón. Iba sonriente, con la sonrisa luminosa del triunfo. Su cintillo de plumas rojas brillaba sobre su cabeza como una aureola de fuego. Sin pestañear mirada el comandante el brioso corcel, que iba pidiendo riendas, cola y crines, flotando al libre viento. -¡Lindísimo! Me quedo con él. A la vuelta, hágalo hacer alto. -Perfectamente, mi comandante. Y el jefe seguía con mirada complacida el garboso animal, que aceleraba por momento su carrera. Llegó a la cabeza del batallón. Y súbito como el rayo, de un salto de tigre se metió entre los cornetas, atropellando a varios, y con puño de hierro, tomándolo de las ropas de la espalda, arrebató el indio a un muchachón. Un grito de espanto y luego: «¡agárrenlo!». Los más próximos se abalanzaron como gatos: pero el indio no dio tiempo. Su acción fue rápida como la de un animal de presa; el primer instante de estupor le fue sobrado para echarse el muchacho a la espalda y emprender la retirada por el flanco del batallón, tendido hacia adelante y mirando a sus perseguidores por debajo del brazo. Un tropel de hombres, soldados, clases, oficiales, los que pudieron, seguían a un paso, casi tocando al indio audaz. El sargento de la banda, un hombronazo, alcanzó a tomar la cola del caballo, otros se tomaron del sargento, que gritaba: -¡Agarren al corneta! ¡A las patas del indio! Pero nadie alcanzaba, por más que el caballo llevara una carrera mediana, comprimida. Detrás del primer grupo seguían otros, a lo que daban las piernas, y desbandados muchos más, esperando llegar a tiempo de auxiliar a los primeros cuando lograran detener al indio. El batallón se había corrido hacia la cabeza, y los que iban persiguiendo miraban ansiosos esperando el resultado. -¡Lo agarraron! -gritó alguien, y todos corrieron. -¡Nada!, ¡se les va! -exclamó el comandante, y se empinaban a ver- ¡Se les fue! ¡Tírenle! Pero por sobre los perseguidores sólo se divisaban las piernas del corneta haciendo en el aire contorsiones desesperadas. -¡Háganse a un lado!, ¡a un lado! -gritaban varios, al mismo tiempo que otros llamaban a voces a los mejores tiradores: -¡Sargento Contreras! ¡Cabo Peñaloza! Los oficiales arrebataban sus armas a los soldados, y todos, con el fusil a la cara, esperaban la ocasión de disparar. -¡Háganse a un lado! -gritaban a todo pulmón. Los más próximos se apartaban, pero el sargento y su grupo estaban ya muy lejos, e iban ensordecidos por la cólera, hasta que el comandante, haciendo bocina de sus manos, gritó con voz de trueno: -¡Háganse un laaao! Oyeron, comprendieron y se apartaron, el sargento con un manojo de crines en la mano. Pero ya el indio se había alejado más de doscientos metros. Además, el caso estaba previsto. En cuanto se apartaron sus perseguidores, se pegó el indio al lomo de su caballo, alargó su presa hacia atrás para cubrir las ancas y le soltó las riendas. El inteligente bruto partió como una tórtola. -¡Tiren a las patas! ¡A las patas del caballo! Sonó un tiro, otro, varios. Algunos corrían y disparaban. No había tiempo que perder. -¡A las patas! -gritaba desesperado un oficial de gran voz, que veía lo que todos: al muchacho dando frente atrás, cubriendo toda el anca del animal y haciendo desesperados esfuerzos por desprenderse de las garras del indio que apretaban como muelas de bigornia, y por debajo las patas del caballo que volaban devorando el espacio. -¡A las patas! ¡Qué patas ni patas! -gritó colérico el comandante, jurando crudo- ¡A buen tiempo! ¡Tiren al medio! Y él mismo arrebató un fusil y lo descargó a toda alza. En el acto sonaron tiros de aquí, de allá, de todas partes. Pero el valentón estaba ya fuera de la zona de acción más o menos segura del Minié, por lo que es de creer que el corneta fue llevado ileso por su captor. Un grueso pelotón de indios salió a escape de aquella parte del bosque a recibir a su huentrún victorioso, a quien llevaron en triunfo, internándose en la selva en medio de un formidable chivateo que atronó el espacio. Atónitos, mudos, con la vida espantada y la boca entreabierta quedaron todos: jefes, oficiales y tropa, permaneciendo largo espacio mirándose las caras entontecidas de idiota asustado. La formación se había deshecho, todos estaban revueltos, los oficiales conservaban un fusil humeante en una mano y la baqueta en la otra. Pasado el primer momento, el comandante, que había desenvainado su espada, se paseaba furioso preguntando con la voz turbado por la cólera: -¿Han visto... han visto indio más bribón? Pero han vis... ¡Qué indio tan bribón! Y los oficiales se preguntaba como autómatas unos a otros si alguien había visto un indio más bribón. Un soldadillo de cara araucana se ocultaba tras un cabo tapándose con ambas manos la boca y las narices para contener un acceso irresistible de risa que le había cogido. Miró hacia atrás el cabo y, al ver al soldadillo, se contagió, lanzando la primera explosión de una carcajada; pero con un esfuerzo poderoso de voluntad, se tragó el resto, y, volviéndose de frente con las mandíbulas comprimidas y los ojos muy abiertos, esperó inmóvil. La tropa recobraba su formación, mientras el jefe miraba nuevamente hacia el bosque. Allá venían dispersos, volviéndose a veces inquietos a mirar hacia atrás, los perseguidores del indio. El sargento mostraba en alto a guisa de trofeo, un manojo de crines. Se quedó el comandante un rato inmóvil, hablando consigo mismo en tono sentencioso: -Sí. Si en lugar de decir... «agárrenlo»... ¡hubiera dicho... mátenlo! Es claro... Pero el maldito caballo... Algo me decía al corazón que este indio venía a jugarnos alguna. Permaneció un momento pensativo y luego, alzando la cabeza, preguntó con ansiedad: -¿Me saludó el indio cuando llegó? -No saludó a nadie -contestó el ayudante con un gesto desesperado de rabia. -Ahí está! ¿Y cómo dijo usted que el indio venía a vender el caballo? -Yo no afirmé... Y el ayudante cortó en seco su réplica ante la mirada de reproche airado con que el comandante lo midió de alto a bajo. Y ahora yo pregunto a mi vez a los que han leído en los poetas, en los romancistas, en los historiadores, los hechos heroicos de los hombres, aquellos hechos de que la humanidad guarda solícita el recuerdo, porque son su honor, su orgullo, su gloria, les pregunto si conocen un hecho humano más hermoso. Este acápite de nuestra historia no pertenece a ningún cronista, a ningún historiador. En las noches de vivac de la guerra del Pacífico tuve la dicha de oírlo, entre otros muchos episodios contemporáneos de la guerra de la frontera, de los labios del entonces comandante Adolfo Holley, hoy nuestro ilustre general, quien, como Canto, Pinto, los Wood y tantos otros, templó su alma y su espada en las postrimerías de aquella epopeya viva. 5.- Documentos
probatorios.
Los Anales se han dado un trabajo de cuervos, rebuscando entre cronistas e historiadores todo lo que pudiera dañar la reputación de los Araucanos. No puedo seguirlos en su tarea; pero deseo desvanecer uno de los cargos que más a menudo les hacen: el de que eran los indígenas los que rompían las paces que de cuando en cuando daban tregua a la guerra secular. La lealtad, el cumplimiento de la palabra empeñada fue uno de los más nobles rasgos del carácter araucano. Jamás fueron ellos los que faltaron a los pactos establecidos. Jamás atacaron a traición. Las sorpresas fueron su sistema más frecuente y terrible de ataque, pero sólo en estado de guerra. Declarada ésta expresamente o por la violación de lo acordado en anterior parlamento, como acostumbran los conquistadores, los indios se creían desligados del deber de una declaración formal de guerra, y aun durante ésta, jamás se valieron de engaños cobardes, de fingimientos para atacar. No tengo espacio para recordar hechos, por lo que me concretaré a citar la opinión de algunos autores que los conocieron personalmente, por los cuales se verán asimismo algunas otras de las cualidades morales de nuestros antepasados indígenas:
Refiere el autor los mil ardides de que se valen los indios para conocer el carácter del que se les da por amigo y agrega:
Como consejos para atraérselos dice que no hay que herirlos en sus costumbres sino con la razón por delante, ni representarles los males de la guerra, de que no se curan. Especialmente no debe herírseles «en el punto más sensible de su reputación, que es el guardar la palabra dada»:
El autor citado es un misionero jesuita que vivió entre los indios muchos años, fray Felipe Gómez de Vidaurre, del cual dice el historiador Juan Ignacio Molina, que pintó las costumbres araucanas «con suma inteligencia y acierto». El abate Gómez escribió a fines del siglo XVIII:
Después de comparar a los Araucanos con los bátavos mandados por Claudio Zuul en su resistencia a las legiones de Vespasiano, añade:
El autor ascendió desde soldado a maestre de campo y corregidor de Concepción. Escribió en la primera mitad del siglo XVII:
El autor, Góngora Marmolejo, primer cronista de Chile, peleó aquí desde poco después de empezada la conquista. Escribió a fines del siglo XVI:
Esta reflexión, con que termina la relación de una larga serie de atenciones y favores que recibió de los Araucanos durante su cautiverio. Escribió a mediados del siglo XVII:
El autor, Luis Tribaldos de Toledo, fue cronista de Indias, bajo Felipe IV, en 1625. Tuvo a su disposición todo el Archivo de Indias:
Aunque este autor no cree en más virtud que las religiosas cristianas, por lo que censura la poligamia indígena y otras costumbres del admapu araucano, dice que observando de cerca la familia indígena puede verse que posee «un gobierno doméstico tan cristiano y prudente que será arrogancia si los españoles se atribuyen más»:
Y más adelante (página 334), a propósito de lo que los indignaba el que los conquistadores obligaran a trabajar de esclavos a los prisioneros de guerra, añade:
El autor de estas citas, Miguel Olivares, fue padre misionero en Arauco más de treinta años. Escribió a mediados del siglo XVIII. El mentado González de Nájera (obra citada, página 93), con su inquina por encargo, dice que los Araucanos han peleado tanto con los españoles «hasta venir a tener por deleite y vicio el ejercicio de la guerra. Todo lo cual, finalmente, ha bastado para habérseles convertido en naturaleza tal profesión, cuando no los inclinara a ella particular influencia del planeta, como entiendo que los dispone»:
Y en la página 136, refiriéndose a la elocuencia de los jefes indígenas, dice:
Y en la página 48:
Así se contradice a cada paso este autor. En parte llama cobardes a los Araucanos y luego pondera su coraje; dice en alguna página que son ateos y filisteos y después habla de su dios y de sus sacerdotes. Los Anales tienen donde escoger, y a fe que lo han hecho con acierto. Como muestra ahí van algunos párrafos de esos archivos de nuestra Universidad:
Los malones eran verdaderas guerras entre ellos:
Es ésta, como muchas otras, una invención universitaria. Ya vimos que Valdivia afirma que formaban escuadrones cerrados. Cerca de un siglo antes se presentaron a las huestes peruanas mandadas por Yupanqui a conquistar a Chile «aformados», no en pelotones, según refiere Garcilaso de la Vega («Comentarios reales del Perú», página 248). Los Anales pretenden establecer que los Araucanos tomaron de los españoles lo poco que entendían en cosas de guerra. Afirman que la batalla en que los indios vencieron y mataron a Valdivia fue dispuesta y dirigida por Lautaro, indio al servicio de los conquistadores y de los cuales había aprendido el arte de pelear. Invención. Lautaro se pasó al partido de sus paisanos cuando vio que los caballos de los conquistadores estaban rendidos y próximos a inutilizarse, cosa que Caupolicán el verdadero organizador de aquella victoria, podía tal vez ignorar; así fue que la noticia llevada por Lautaro les hizo cobrar nuevos bríos y finalizar la batalla:
Afirmación verdaderamente audaz de los Anales. Precisamente lo que más admiraba a los conquistadores, y de que dejan constancia todos los cronistas, es que las armas de fuego, que en todo el continente habían producido el espanto de los indígenas, no hicieran mella alguna en el alma de acero de los Araucanos. Ya recordé algunos hechos que lo prueban y cite la opinión del mismo González de Nájera, Córdoba y Figueroa, que fue maestre de campo del ejército, refiriéndose a unas de las batallas del Hurtado de Mendoza con los araucanos dice:
Y más adelante, página 106, refiere el ataque de Caupolicán a Cañete, recién fundada, ataque que el toqui emprendió a la hora de la siesta, en que creía durmiendo a los conquistadores, según falsamente se lo había dicho un yanacona. Las descargas de todas las armas de fuego que llevaba don García causaron una terrible carnicería:
No se oponían a las balas de «puro» vicio guerrero, como dice González de Nájera, sino porque no había más remedio. En un tiempo idearon unos tablones que llevaban disimulados y que se ponían delante al tiempo de la primera descarga, que era la más terrible, arrojándolos enseguida y marchando a la carrera a trabarse mano a mano con el adversario; pero el estorbo de llevar cargado tal escudo los decidió a dejarlo, prefiriendo arrojarse rápidamente al suelo en cuanto divisaban moverse el rastrillo de los arcabuces o humear la cazoleta:
Los araucanos usaron en diversas ocasiones los arcabuces y hasta los cañones que quitaron a los invasores; pero nunca pudieron procurarse pólvora, aunque supieron fabricarla. El salitre necesario no pudieron conseguirlo. Si su situación aislada del resto del mundo no hubiera sido siempre un obstáculo insuperable a la provisión de la pólvora, aquella guerra habría tomado un aspecto bien diverso, como dice González de Nájera. En la afirmación de que «jamás dejaron de aterrarse», etc., los Anales no citan autores; pero más abajo añaden: «En la batalla de las Cangrejeras, al oír las descargas de arcabuces uno se aterraban y otros saltaban al aire»; y aquí citan a Córdoba y Figueroa, con la buena fe de siempre. Córdoba toma la descripción de esa batalla de la relación de Nuñez de Pineda, actor y prisionero en ella, hecho bien sabido por los Anales. Nuñez refiere realmente que los indios se les vinieron encima muy ordenados y, «por desmentir las balas, cosiéndose con el suelo» (obra citada, página 19): «Por desmentir las balas», no por miedo, pues esa acción de guerra fue una victoria completa de las armas indígenas, como que mataron a 64 enemigos, se llevaron 32 prisioneros y lograron pasar 2.000 caballos y gran cantidad de ganado vacuno, presa que los conquistadores pretendieron arrebatarles defendiendo el desfiladero que dio su nombre a esa batalla (Carvallo y Goyeneche, tomo 8, página 316). Los Araucanos habían introducido en su táctica la manera de llenar las bajas que las balas hacían en la primera fila de sus escuadrones:
Antes de empezar una batalla, salían de a uno o en pequeños grupos a desafiar a igual número de enemigos a combate singular. Estos «insolentes valentones» jugaban con lanza o macana corriendo, saltando y haciendo variadas pruebas de agilidad y destreza en su manejo, ya lanzando al aire su lanza, y cogiéndola al vuelo, o bien arrastrándola por tierra:
Como parangón copio después de esta descripción de un fraile misionero de aquellos tiempos, lo que de esos mismos valentones dice la revista universitaria:
Todas las citas anteriores de los Anales son del número correspondiente a noviembre de 1899, páginas 1013, 1014 y 1022. Quedo con el lápiz afilado para en otra ocasión barajar los golpes aleves que la Universidad del Estado dirige en su revista a las virtudes domésticas de nuestros antepasados chilenos. Para terminar por hoy con los Araucanos y sus costumbres guerreras, recordaré que para ellos la guerra era un negocio muy grave, que meditaban seriamente, discutiéndolo en una asamblea pública en la que tomaban parte todos los hombres en estado de cargar armas y los ancianos experimentados. Una vez acordada se nombraba al general que debía dirigirla, nombramiento que se hacía por votación directa, pudiendo recaer el cargo en cualquiera de los presentes, sin distinción de rango social. El general o buta toqui quedaba autorizado plenamente para disponer todo lo necesario al buen éxito de la campaña, debiéndole todos obediencia absoluta. La guerra tenía para los Araucanos cierto carácter sagrado. El general se hacía acompañar siempre por un sacerdote, no por un machi o médico divino, que para los Anales eran los sacerdotes indígenas, sino por un nüngue, con la investidura de supremo sacerdote o nüngue toqui, el cual como los augures romanos, consultaba la voluntad divina en el vuelo de ciertos pájaros o en el aspecto de sus extrañas, antes de decidir una batalla. Todos los individuos del ejército desde el buta-toqui hasta el último cona o soldado, casados o no, se preparaban para entrar en campaña, guardando la más severa abstinencia. Los que morían en el campo de batalla tenían asegurado un puesto en la mansión celeste, campo permanente de grandes y divinas batallas como el empíreo escandinavo, que había sido por tanto el cielo de la religión de los Godos en su etapa de barbarie, cuando tenía a Odín por suprema divinidad. La perorata de sus jefes antes de entrar en acción impresionaba y hacia derramar abundantes lágrimas a los combatientes. 6.- Una estrofa de don
Alonso de Ercilla.
Los jefes araucanos combatían a la cabeza de sus tropas durante el ataque y a su retaguardia cuando había precisión de retirarse. En esa protección de un ejército en derrota que conduce sus muertos y heridos, como lo hacían los araucanos, es donde puede aquilatarse mejor la energía y la serenidad de aquellos hombres. Hay de ello ejemplos brillantísimos y numerosos; pero el espacio me falta, por lo que sólo recordaré la protección del ejército araucano por Rengo en la derrota de las Lagunillas, aprovechando esta ocasión para engalanar mi escrito con la más hermosa octava real del castellano, escrita en Chile y por el inmortal cantor de nuestra raza, aunque esa joya inimitable venga aquí como diamante engastado en plomo. El literato y crítico francés J. Ducamín, en su estudio de nuestra epopeya nacional (1900), comparando a Ercilla con Homero, encuentra que el autor de la Araucana iguala y aun sobrepasa al príncipe de los poetas en la energía, precisión y sobriedad de algunas de sus descripciones:
La copia y después añade:
He aquí la octava:
7.- Las calumnias contra
los araucanos nos alcanzan directamente a los chilenos.
A pesar de lo aseverado unánimemente por todos los distinguidos militares, aun por el mismo González de Nájera, que mandó el monarca español a esas campiñas, respecto a las dotes guerreras de los Araucanos, y que los obligaron más de una vez a declarar que ellos no tenían nada que enseñar en la materia a esos bárbaros y sí mucho que aprender, como he recordado, y que indujo al capitán general don Alonso de Sotomayor a profetizar en el siglo XVI que los Araucanos nunca serían conquistados cuando obtuvieran caballos, a pesar de eso, digo los que lean el malhadado escrito de los Anales tendrán por fabuloso lo asegurado sin discrepancia por los historiadores, pues es imposible que se imaginen que nosotros mismos estemos empeñados en denigrar a una raza cuya sangre llevamos con orgullo en nuestras venas. Y que es una realidad el que llevamos esa sangre y por tanto su pensamiento, sólo en Chile hay quien lo duda. Por las líneas que antes cité del historiador Hancock podrá verse como dicho autor pasa de la psicología araucana a la chilena sin que crea necesario explicar la transición. Sin embargo, abrigo la esperanza de que las apreciaciones falsas, los errores y hasta las citas truncas de esa desgraciada Historia, sólo sean hijos de la ignorancia de su autor, e inadvertencia de los decanos, pues la revela incompleta en Psicología moderna, indispensable de todo punto para dilucidar cuestiones relativas a la civilización de una raza. Así se le ve en cada página mostrarse incapaz aun de distinguir la falta de cultura de la falta de entendimiento. De todas maneras el mal está hecho, y el descrédito que a los chilenos nos traerá esa publicación es de mucho más entidad que el que pueden acarrearnos, las publicaciones de la prensa extranjera o las circulares de alguna de las colonias latinas establecidas entre nosotros, porque aquélla nos desconceptúa en nuestro origen étnico, es decir, en nuestras cualidades instintivas, inmodificables por la educación, y cuya importancia he recordado. Además ese desprestigio es ante las personas sabias y dirigentes de los grandes países, especialmente los del norte de Europa y los Estados Unidos, donde esos estudios se cultivan con preferencia. Es descrédito que puede traernos la prensa empeñada en esa tarea ante las naciones latinas podrá cuando más detener la inmigración de esa raza en nuestro país, lo cual no creo un mal, pues la colonia es ya demasiado numerosa en Chile. En cuanto a nuestras relaciones comerciales con los países del sur de Europa, aquellas publicaciones no nos produce ningún daño: el alto comercio europeo tiene fuentes de información mucho más seguras y fidedignas que los artículos de diarios. 8.- Los godos. Algunos de
los rasgos de su cuerpo y de su alma. Su espíritu es opuesto al
latino.
Respecto a nuestra línea ancestral europea, puede decirse que el denigrarla imputándole toda clase de vicios y crímenes ha llegado a ser un lugar común entre los escritores chicos y grandes, tanto de Chile como de España y demás países latinos. La sicología del latino, tan profundamente diversa de la del teutón, se muestra incapaz de penetrar en el alma del Godo. Cuando hablo del criterio latino debe entenderse que lo digo en términos generales, que no excluyen las excepciones numerosas, sobre todo en Francia, donde la sangre germana alcanza todavía a un 15% de la población, especialmente en las ciudades derivadas de las estirpes goda, franca, burgunda y otras. Del brillante paso por el mundo de aquella virtuosa y audaz familia germánica, que fue el prototipo y núcleo de toda su raza; que bajo el cetro de Hermanrico, el Alejandro godo, como lo llaman los historiadores, logró formar una sola nación de todo el norte de Europa que no era romano; que produjo escritores y sabios como Jordanes, Wulfila, Isidoro de Sevilla, Villena, Alfonso X, etc., estadistas como Teodorico el Grande, tenido como uno de los organizadores de naciones más esclarecidos de la humanidad; héroes como Teya, del cual dice Procopio que «ninguno de los héroes de Homero llevó a cabo mayores prodigios de valor»; que prestó su elevado espíritu religioso al admirable estilo arquitectónico que lleva su nombre; que descubrió y conquistó para su monarca de España un imperio en el cual no se ponía el sol; que con su fonética particular contribuyó en gran parte a la formación del idioma italiano, del provenzal, del español, del catalán y del portugués o gallego; que con los últimos vástagos de su raza, pronta a extinguirse, dio a la Península Ibérica aquel lustre pasajero, pero altísimo, que en las letras y las artes la llevó a la cumbre de su gloria intelectual; de esos hombres, los escritores de criterio latino sólo recuerdan sus sangrientas guerras y sus devastaciones de las provincias del Imperio Romano. Los Godos fueron «absorbidos por los pueblos por ellos conquistados» dice Henry Bradley, uno de sus historiadores, y más adelante añade:
Como la creencia en el desaparecimiento de esta estirpe germánica es general, los autores que se ceban en su memoria están seguros de dar y no recibir. A los Godos se les tilda de crueles y sanguinarios. No se gozaban en la contemplación de los sufrimientos ajenos, y si en realidad fueron sanguinarios, debe entenderse esto sólo en el sentido de que sus guerras eran a muerte; su lema fue siempre «vencer o morir». Batalladores seculares, llegaron a mirar con suprema indiferencia la sangre y la vida propia y ajenas. Debe tenerse presente para juzgarlos que las demás familias de su raza, que hoy forman las naciones más civilizadas de la tierra, en su estado de barbarie fueron acreedoras al mismo reproche. De los Anglo-Sajones dice el filósofo Taine:
Y según el historiador inglés antes nombrado, eran estos bárbaros los más próximos congéneres de los Godos. Los Escandinavos, que son en realidad, según creo, los más próximos parientes de nuestros antepasados europeos y que forman a la fecha una de las naciones más cultas y bondadosas de Europa, sin desmedro de su energía moral, tuvieron sacrificios humanos hasta el siglo XII de nuestra era. Las piraterías y depredaciones de los Normandos se han hecho legendarias. Los Vándalos han enriquecido el vocabulario de las lenguas europeas con el adjetivo que recuerda sus costumbres. Lo que explica que los Godos permanecieran durante mayor tiempo en estado de semi-barbarie que sus hermanos, es el hecho histórico de que a aquéllos no les fue dado dejar de la mano la espada sino por cortos intervalos. Mientras sus otros parientes formaban naciones y se ejercitaban en las artes de la paz, suavizando su genio, el Godo guerreaba sin cuartel con el moro de España durante siglos. Vencido al fin el agareno y presa Granada, su último baluarte, aquellos guerreros tuvieron un respiro, aunque en verdad no muy extenso: sólo siete meses después de aquel triunfo dejaba Colón el puerto de Palos con sus marinos godos y se lanzaba, en la más audaz de las aventuras de que se tenga recuerdo, al descubrimiento de un nuevo mundo. Y lo descubrieron, y lo conquistaron, con una sola excepción: la parcela perdida en este inmenso continente, llamada Chili-mapu por sus aborígenes. Antes de seguir levantando cargos, quiero detenerme un momento en ese hecho memorable, porque da ocasión a poner de relieve un rasgo saliente de la psicología goda, que la historia no anota con el cuidado que merece. Que Cristóbal Colón, gran navegante y astrónomo profundo, estuviera plenamente convencido de la redondez de la tierra y de la posibilidad de darle la vuelta navegando siempre en la misma dirección, no es de extrañar, pues había muchos que pensaban como él; que estuviera pronto a exponer su vida en comprobación de sus doctrinas, es prueba de un heroísmo científico digno del más alto renombre; pero que los Godos de España, que no entendían una jota de las astronomías del sabio marino, se hayan peleado por acompañarlo, es algo que no acertarán a explicarse jamás los que no conocen hasta que grado de alteza es capaz de llegar el corazón del hombre. Así los autores no lo comentan. Con qué agrado notaría Colón la diferencia entre el recibimiento que le dispensaron estos hombres y el que había merecido de los poderosos del resto de Europa. Mientras que en otras partes, aunque eran admitidas sus doctrinas científicas, cuando hablaba de realizar la prueba y se empeñaba en desvanecer, temores, afirmando que era hacedero y fácil navegar inclinándose más y más para rodear el gran vientre del océano, luego navegar cabeza abajo por el meridiano de las antípodas, y, por fin, remontar las ondas para asomar por el lado opuesto del mundo, los más ardientes partidarios de la teoría lo habían tomado por loco peligroso; en España, donde las teorías no gozaban de gran predicamento en las academias y universidades, y aun habían sido declaradas heréticas, había encontrado una casta de hombres que no ponían inconvenientes en arriesgar sus vidas tentando esa prueba. Me figuro la alegría con que el heroico sabio vería iluminarse la faz del primer Godo a quien se hubiera avocado para explayarle su plan, en cuanto este oyera lo de las «riquezas del fabuloso Catay», «islas Afortunadas», «aventuras», «descubrimientos», «conquistas», «nuevos mundos», y la dulce satisfacción con que habría cortado su discurso, mil veces repetido, ante la mano prudentemente alzada del Godo que, queriendo ahorrar trabajo inútil al sabio, se habría apresurado a decirle, en el castellano de aquel tiempo y con su fonética particular que lo obligaba a suprimir la d en ciertas posiciones y pronunciar la s como h aspirada: «No me igaih mah, heñor, conta vos conmigo ende agora mehmo». En mi próxima explicaré ese peculiar modo de hablar de los conquistadores de Chile. La historia debe, por tanto, dejar establecido que si Colón no encuentra una reina goda que empeñe sus joyas para ayudarlo y corazones godos que lo acompañen, el audaz genovés se queda sencillamente sin realizar su magna hazaña. Ya lo había intentado en vano con otras gentes. Y volviendo a los cargos que se formulan contra esos hombres, trataré de alzar el más grave de todos, según los literatos e historiadores latinos y chilenos, el de que aquellos bárbaros odiaban las artes y las letras y de que hasta se jactaban de no saber ni firmarse «en su calidad de nobles». Y se deleitan esos escritores refiriendo anécdotas y mofándose de lo que consideran el colmo de la petulancia y de la necedad. Supremo es el desdén con que los escritores de oficio llaman «ignorantes», así en general, al que no sabe leer ni escribir, y de ignorante a palurdo no es costumbre hacer gran diferencia. Parece que hubiera algún interés en los literatos, tanto de aquí como de otras partes, en que las gentes confundieran la literatura con el talento. Son cosas que pueden ir juntas, pero esto sucede más rara vez de lo que ordinariamente se cree. Espero que por esta reflexión no se me tenga por enemigo de las letras. Apena en realidad ver que hombres eruditísimos no hayan atinado a explicarse correctamente ese rasgo del pensamiento godo, el cual tampoco era privativo de ellos, sino de toda su raza. Tal vez tenga mucha culpa en esa falta de criterio el desconocimiento que, por regla general, tienen dichos escritores de las doctrinas modernas aplicadas a esta clase de investigaciones. Sigue la casi totalidad de los autores latinos creyendo que estos problemas se dilucidan con los clásicos recursos de la psicología pura, de la lógica abstracta y de las verdades absolutas. La herencia, la selección, la variación, la adaptación, etc., han quedado entre ellos como simples divagaciones de gabinete, sin los caracteres de ciencia positiva con aplicaciones inmediatas a la vida real. Y no es porque los chilenos pensemos así que nuestros escritores imitan a los latinos, sino por la tenacidad que se emplea en inculcarnos una educación y un criterio que no son nuestros, que están en pugna con nuestra naturaleza mental y que está produciéndonos ya graves males, porque la falta de correspondencia entre nuestro pensamiento íntimo y lo que se nos enseña como verdad trae fatalmente la desconfianza en nuestros propios juicios, la indecisión de nuestra voluntad, la anarquía mental y, por fin, el escepticismo corruptor y disolvente. La raza latina muestra realmente una singular predisposición a permanecer inmóvil en los antiguos métodos y cierta repugnancia en apropiarse el último paso dado en la evolución mental por la especie humana. Digo que los chilenos no pensamos así porque tengo muchas pruebas de ello en múltiples investigaciones con toda clase de personas. Aun las conclusiones más recientes de la biología, como la transmisión por herencia del alma de los hombres y de los pueblos, o del funcionamiento especial del órgano sobre el que aquella acciona, que da lo mismo, y que han encontrado tantos incrédulos en otras partes, no he visto que entre nosotros sean resistidas. Nunca olvidaré el agrado con que en una ocasión oí al distinguido general don Salvador Vergara explicar la existencia del roto rubio de ojos azules con caracteres germánicos al parecer exclusivos, siendo como es, hijo de araucana. Su explicación, perfectamente ajustada a la biología, era dictada sólo por un buen sentido. Es el conocimiento que tengo de nuestro criterio lo que me ha decidido a adoptar el método moderno de raciocinio en estas cartas, sin miedo de que, por falta de estudios especiales en algún lector, quede sin ser comprendido. Después de esta divagación, vuelvo a los Godos, que se entran como legión de bárbaros desatados en la histórica Grecia, «cuna del arte», llevándolo todo a sangre y fuego, destrozando con especial ensañamiento estatuas y relieves, templos y bibliotecas, y que hacen arrojar a huascazos por sus soldados a una procesión de retóricos que venían, muy humildemente, a solicitar, no se supo qué, del jefe godo. ¿Por qué esa rabia particular de estos guerreros con las esculturas griegas?, ¿por qué profanaron los templos?, ¿por qué trataban tan cruelmente, sin oírlos, a los maestros de la juventud de todo el mundo romano? ¿Era odio al arte, odio a la divinidad, odio a la sabiduría y a las letras el de estos ignorantes contumaces, como me enseñaron en el Instituto Nacional y siguen enseñando a nuestros jóvenes? No, absolutamente. La cólera terrible que armaba su brazo destructor, el desprecio, o más bien el asco que sentían por los letrados, sacerdotes y dioses del mediodía, tenían una sola, justa y santa causa: era el horror invencible, inmenso, a la corrupción sin freno ni límites que invadía hasta la médula a todo el mundo meridional entregado a su espada vengadora. Antes de su invasión al imperio romano, los Godos habían vivido largo tiempo en el sur de Rusia, desde las márgenes del Danubio hacia el oriente. Allí supieron por los comerciantes, por los viajeros, etc., la gangrena que corroía a sus vecinos del sur, por lo que siempre tomaron sus medidas para que la juventud goda no intimara con sus habitantes. Cuando formaron sus ejércitos y decidieron la invasión, venían penetrados de su papel de vengadores de la moral y del Todopoderoso, vilmente ultrajados por esa raza inferior de hombres afeminados y corrompidos. «No puedo detenerme, es Dios quien me impulsa hacia adelante», contestó Alarico a un santo ermitaño que le salió al paso a suplicarle que no avanzara. Pero cuando contemplaron de cerca el cuadro de aquella civilización tan decantada, su indignación no tuvo límites. El alma castísima y profundamente religiosa de los Godos sufrió el más amargo y rudo choque a la vista de las esculturas de impudor repugnante y de hombres-animales que llenaban los sitios públicos y los destinados a la oración, y las cuales se les decía eran de los dioses. No es sensato exigir que esos hombres hubieran ido fijándose, para respetarlas, en las obras firmadas por Fidias, para que las edades futuras se deleitaran en su contemplación. De los sacerdotes y sacerdotisas de tales dioses, los Godos tenían noticias antiguas y seguras. Mujeres meridionales en gran número emprendían continuamente viaje a la patria de estos bárbaros, a donde llegaban con aire misterioso, diciéndose adivinas, descifrando runas y leyendo la suerte en las rayas de la mano. Los jóvenes guerreros, de formas apolíneas, de cutis albísima, surcada de venas azules como su iris, de cabeza semejante a un cesto desbordado de anillos de oro, que se ruborizaban como una virgen por una nonada y que habían de ser más tarde el terror de las legiones romanas, no intimidaban a esas mujeres de ojos negros, de cutis pálida y de mirar sugestivo. Pero llegó un día en que aquellos bárbaros descubrieron que las tales adivinas estaban introduciendo en sus familias costumbres impúdicas y corrompiendo a su juventud, por lo que el rey godo Filimer las hizo expulsar ignominiosamente de todos sus estados. En su marcha al sur, encontraron a estas mismas mujeres interpretando la palabra divina en los templos griegos y dictando la ley a los hombres. Si a uno le dijeran estas cosas en el Instituto, tendría que juzgar de otra manera a esos bárbaros y le ahorrarían el que, para conocer la verdad, tenga uno que empezar de nuevo, después de viejo, a estudiar historia; pero nuestros libros son latinos y no pueden dar importancia a lo que se les antoja detalles nimios, y así resulta latina la interpretación de los acontecimientos y su juicio sobre los hombres. No eran los Godos individuos que se pagaran de discursos; al contrario, por befa llamaban a los meridionales «lengua sin brazos», por lo que las peroraciones de los retóricos, cuyas costumbres conocían, servirían más bien para exasperarlos, y así debe tenerse por un acto de moderación de su parte el que se hubieran limitado a echarlos a azotes de su presencia. Ni tampoco les imponían gran respeto la gravedad, la prosopopeya, la énfasis que gastaban los académicos latinos o griegos, a los cuales llamaban «adornos de bancos», gente sólo «buena para mover los brazos en tiempo de paz y las piernas durante la guerra». Olvidan de ordinario los que tratan de estas cosas que la Grecia de esos tiempos eran muy otra que la de Pericles; que los sofistas representaban muy mal a Sócrates, Platón y Aristóteles, y que ya no había en Atenas un Alcibíades que saliera de noche a mutilar con su bastón las estatuas desnudas de ciertos dioses a que los griegos eran muy devotos, y así las efigies del gran dios Prp. habían surgido nuevamente enhiestas y respetadas por plazas y templos. Por lo que hace a los famosos pedagogos griegos, antes de enseñar gramática y retórica a sus discípulos, empezaban por iniciarlos en los ejercicios de que habla Petronio en su Satiricón. Creo que no obran discretamente nuestros profesores al hacerse solidarios de aquellos maestros y dolerse tanto de los zurriagazos que les propinaron los Godos. De la honestidad inmaculada de las costumbres domésticas de los Germanos, Tácito, que los conoció de cerca, habla lleno de asombro. No acierta a explicarse cómo unos bárbaros rudos, feroces y ebrios consuetudinarios poseyeran hábitos de tan perfecta pureza. Han pasado muchos siglos antes que la ciencia moderna explicara ese fenómeno, haciéndolo entrar en el cuadro de la psicología de las razas patriarcales. Hoy se sabe que es el dominio del criterio varonil el que hace nacer y desarrollarse el pudor y la castidad en la familia humana. No es el acaso el que ha hecho que vir y virtus tengan la misma radical etimológica. Los Godos encontraron en todas las comarcas meridionales que recorrieron, desde Anatolia a España, siempre unidos en los mismos hombres, las letras y los vicios, la cultura y la corrupción, por lo que no es de extrañarse que aquellas ideas llegaran a confundirse en su espíritu. Noble, iletrado y virtuoso llegaron a ser para ellos distintivos de raza, y dejaban de ello constancia cada vez que se presentaba la ocasión. Cuando pudieron darse cuenta de que estaban en un error, repararon con creces el tiempo perdido: de estirpe hidalga fueron Ercilla, Cervantes y los más grandes escritores y artistas anteriores y contemporáneos a ellos en España. Otro de los cargos que se les dirige es que eran fanáticos en religión. Error. Todos los actos de los Godos que se interpretan como fanatismo tienen fácil explicación examinando la situación política en que se produjeron. Baste recordar que al hacerse católico el rey Recaredo, con una sinceridad que lo honra; quiso y obtuvo que se dejara constancia en las actas del tercer concilio de Toledo, en mayo de 589, de que «motivos terrenales» habían contribuido a su conversión. Sólo las mujeres godas eran algo fanáticas. Dahn cree fanáticos a los Godos, y la autoridad de este escritor alemán es de mucho peso. No es esta la ocasión de analizar por extenso esta materia; pero debo hacer presente que el fanatismo religioso que se atribuye a los Godos es ilógico ante el hecho histórico de sus frecuentes cambios de religión. De idólatras a adoradores de sus divinidades germánicas, se hicieron cristianos arrianos con Wulfila, después católicos con Recaredo, más tarde una gran parte de ellos abrazaron el islamismo con los Árabes, haciéndose nuevamente católicos a su expulsión. En Chile, varios conquistadores de los primeros tiempos se resistían a bautizar a los niños araucanos que cogían, porque estaban seguros de que huirían una vez mozos a reunirse con sus compatriotas, y que si eran nuevamente apresados en alguna acción de guerra, habrían sido castigados como apóstatas. Otros Godos conquistadores aceptaron la constitución familiar araucana y se negaban a bautizar a sus hijos mestizos. Atendiendo a esos múltiples cambios de creencias, algunos autores tildan a los Godos de indiferentes en materias religiosas, lo que también es erróneo. La verdad es otra. Los sacerdotes cronistas del coloniaje se quejan también unánimemente de la impiedad de los conquistadores manifestada en sus juramentos. No tuvieran nunca los Godos, como tampoco los tienen las demás familias de su raza, reniegos ni juramentos deshonestos, que son exclusivamente meridionales en Europa, sino sucios o impíos. El más común en ellos, después del combroniano, era el de jurar por la salvación de su alma, diciendo «me condeno si no cumplo tal cosa», o bien reduciendo la frase a la palabra «mecón», como el damn inglés, y que horrorizaba a los cronistas. Esa palabra ha seguido mirándose en Chile como impía y pecaminosa. Recuerdo haberme confesado cuando muchacho del pecado de decir «mecón», y lo llevaba entre los mortales. Otras tachas menores suelen ponérseles a los Godos, pero no vale la pena de ocuparse en refutarlas, como aquélla que les dirige un ilustre historiador nacional, de que eran muy aficionados al oro, y que hace sonreír. Sometida durante larguísimos siglos a la más dura selección, esa raza humana, que en dotes intelectuales produjo individuos que están a la altura de los más ilustres, fue en dotes físicas y morales el ejemplo más brillante de lo que es capaz de alcanzar el procedimiento selectivo en el perfeccionamiento de los seres orgánicos. Su esbelta talla hizo que noble y grande fueran sinónimos en los países del sur. «Hidalgo», o «hijodalgo», como se decía antiguamente, «hijo del Godo» (hi. del, got) significa, en todos los idiomas modernos de Europa, noble por naturaleza, por linaje; y para explicar la significación de la palabra hidalguía, los diccionarios acumulan frases y sustantivos como «acción de alma noble», «corazón magnánimo», «sinceridad», «generosidad», etc., y se quedan cortos. 9.- Rango moral
culminante del conquistador de América. ¿Está extinguida
la raza gótica?
El noble carácter de los Godos conquistadores de América se evidencia en cada una de las brillantes páginas que escribieron con sus propios actos. Sus defectos son precisamente los de su raza germana, defectos muchos de ellos que eran en realidad sólo manifestaciones de una energía moral digna del más alto encomio. Es la energía moral el primer factor de la grandeza de las naciones de raza germana, energía puesta hoy al servicio de los nuevos rumbos de la civilización moderna. Los Godos conquistadores de Chile dieron infinitas muestras de esa culminante virtud en su batallar incesante con nuestros indígenas. Tomo de González de Nájera, por ser este cronista el autor que posee el estilo más animado y pintoresco de cuantos han escrito sobre la colonia, un acápite que pinta los sufrimientos de aquellos hombres en este extremo del mundo. La página 189 de su obra citada está dedicada a relatar aquellos padecimientos. Cuenta que en los fuertes ubicados en medio del país enemigo, la guarnición quedaba sin misa años enteros (él era hombre observante), casi sin ropa, de puro remendada y rota, con cuatro celemines de harina de trigo o cebada al mes por cabeza, sin sal ni ningún otro condimento; el demás sustento había que buscarlo en los alrededores del fuerte, arcabuz en mano:
González estaba destacado en uno de los muchos reductos del Bío-Bío, lejos de Concepción, que era el centro de recursos. No estaba directamente sitiado, pero no podía, con sus dos compañías, alejarse mucho de su fuerte sin caer en manos de esa «peste de Chile», como llama a los Araucanos, así es que esperaba el socorro de víveres, que debía traer el ejército entero. Durante los sitios sostenidos, a los padecimientos del hambre se unían los ataques de los indios, que el mismo autor refiere con gran colorido. Antes de dejar de escribir sobre estos hombres, que he llegado a querer y respetar cuando me he echado a conocerlos por mi cuenta, olvidando lo que de ellos me enseñaron, y la canción del «trágala, trágala, Godo insensato» que me hacían cantar cuando niño, he de decir algunas palabras sobre lo que pienso respecto a su extinción. Todos los escritores modernos creen que aquella estirpe germánica ha desaparecido para siempre de la faz de la tierra. Yo con el temor que se comprende fácilmente, me atrevo a dudar de la opinión de esos autores. Me fundo para pensar así, en primer lugar, en que no encuentro razón que me convenza de que un pueblo entero abandone su patria sin que queden, aunque sea en lugares apartados del país, algunas familias que perpetúen su linaje. Jordanes dice que los Godos abandonaron la Scancia (Escandinavia) y se trasladaron al sur, pero no creo que deba tomarse al pie de la letra su afirmación. Además este autor Godo escribió en Italia en el siglo VI y refiere el éxodo de su raza, fundándose solamente en algunas tradiciones que se perpetuaban entre ellos sobre aquel acontecimiento. En segundo lugar está el hecho de que es en las tierras que baña el Kattegat donde viven a la fecha los hombres más parecidos a las esculturas, dibujos y retratos que representan a los Godos que invadieron el Imperio romano, y que quedan esparcidos en los distintos países que habitaron. Los más importantes de estos recuerdos son los que quedan de la columna de Teodosio, los del sepulcro de Teodorico el Grande en Ravena y las numerosas estatuas y relieves de las iglesias góticas antiguas de España, especialmente el pórtico de la catedral de León, cuyas estatuas de santos godos se conservan admirablemente y son del año 1200 y tantos. Estudiando esas representaciones de la fisonomía goda, he llegado a convencerme de que el tipo dominante entre ellos era el de cara ovalada corta, nariz ondulada o recta, pequeña, y cabellos muy crespos; el simplemente ondeado o liso era la excepción. La faz alargada con nariz prominente algo corva es excepcional. La nariz corva en pico de águila no existía entre los Godos: es íbera, berberisca o árabe. Es ese tipo común gótico el que existe a la fecha en el norte de la Jutlandia y en la parte sur de Escandinavia, con los caracteres más netamente diseñados. Tengo, pues, por góticas esa y otras estirpes que a la fecha viven en la primitiva patria de los Godos, en una área de alguna extensión. La persistencia de las fisonomías de las razas a través de larguísimos tiempos fue ya señalada por Heródoto a propósito de los colcos; pero la observación más interesante es la del antropólogo inglés E. B. Tylor respecto a la semejanza completa de la cara de estatuas y dibujos del antiguo Egipto con la de sus habitantes actuales, conservada a través de más de cinco mil años. Hoy es un hecho comprobado que la extremada lentitud con que se modifican los caracteres físicos de las razas alcanza también a su idiosincrasia intelectual y moral. No es sólo la forma de la cabeza la que perdura a través de los siglos, sino también el funcionamiento particular del órgano maravilloso que aquélla encierra, el cerebro. Aunque fuera verdad que el Godo, como linaje en estado de pureza hubiera desaparecido del mundo, la humanidad no olvidará por eso su nombre, ni sus virtudes guerreras, ni su energía indomable, ni las glorias de sus héroes, ni la fama de sus gobernantes, ni sus maravillosas aventuras, porque el genio poético del hombre las recordará eternamente en cuatro epopeyas: los Nibelungen, los Edda, el Cid Campeador y la Araucana. Señor, encuentro a usted sobrada razón si piensa que al ensalzar a mis progenitores no peco de modesto; pero he creído llegado el momento de hacerlo, como verá usted en mis próximas, sin detenerme en consideraciones secundarias. Si en una familia seria y de antecedente honorables nace un vástago torcido, degenerado, incapaz de procurarse por sí solo el rango y consideraciones sociales que a su familia corresponden, sus parientes lo ayudan y encubren como pueden sus quiebras y flaquezas, y todo queda en casa. Pero si el muy bellaco, para justificar su incapacidad y sus torpezas, se sale a la calle a gritar que su inepcia es una fatalidad sin remedio, debida al origen ruin de sus padres, y la calumnia es creída y empieza a traer las naturales consecuencias a la familia, ésta tiene el deber moral de sacudir un tanto el polvo a sus pergaminos, y de ahuyentar al tunante. 10.-
Roto, apodo nacional chileno. Fe aplicado a
los conquistadores desde los primeros tiempos. Sólo hoy se aplica a la
clase pobre, y esto sólo por algunos chilenos.
Para terminar alguna vez la presente, voy a permitirme, señor, recordar el origen y significado de nuestro apodo, que hoy se toma en mala parte o con el solo significado de pobreza, y que nosotros admitimos en su acepción original. Desde los primeros cronistas puede verse que hablan de los conquistadores como hombres pobrísimos de traje, y algunos autores anotan la palabra «roto» para expresar aquella escasez de indumentaria. La palabra debía por tanto ser común en el lenguaje corriente de aquellos tiempos. Aislados de todo centro de recursos por el mar, la cordillera y el desierto, aquellos hombres que, cuando no peleaban, se veían obligados a vivir con la barba sobre el hombro, según la gráfica expresión de Mariño de Lovera, para no ser víctimas de las sorpresas de los indios, se habituaron a no curarse gran cosa de su traje. Refiriéndose a esa falta de ropa en el ejército conquistador, dice el historiador Carvallo y Goyeneche, que ella «ha sido siempre la piedra de toque con que se ha probado la obediencia y subordinación de la tropa de Chile». El cronista Mariño, tratando sobre lo mismo, dice:
De la relación de Francisco Bilbao a S. M. Felipe II en 1574, se lee que después de las «campeadas» o expediciones contra los indios, los conquistadores quedaban «pobres, ROTOS, desarrapados» (Colección de documentos, tomo 9, página 470). González de Nájera (obra citada, página 173) dice asimismo que los conquistadores volvían de sus expediciones «descalzos rotos y casi desnudos». Góngora Marmolejo refiere que don Manuel de Velasco se quejó a la Audiencia, recién establecida, de que sus hombres estaban «rotos y muy pobres» (obra citada, página 161). Usado como apodo de personas sólo lo he hallado en Cervantes. Este autor emplea el vocablo no sólo en sentido de «raído», «pobre», «remendado», sino también en el de «extravagante», de «risible», como debió ser el de cuero de perro que llevaban los conquistadores, según Mariño. Cervantes llamó «Roto» a don Quijote, con cuyo traje, más que roto era extravagante, y aplicó el mismo modo al loco de Sierra Morena, el cual realmente llevaba un traje raído. Véase el siguiente pasaje del capítulo XXIII del tomo que refiere el encuentro del roto de Sierra Morena con el caballero de la Mancha:
Era, pues, muy común el empleo de la palabra «roto» aplicada a los conquistadores. Del Perú venían las armas y la ropa, al Perú enviaban de continuo los gobernadores de Chile comisionados a traer elementos bélicos, hombres y género para sus trajes, los tres elementos que más consumo tenían en este «reino». Creo por tanto que fue en aquel país, donde sus pobladores de origen europeo eran ya elegantes, donde se propagó primero ese calificativo aplicado a los soldados de la guerra de Arauco, y del Perú pasó a las demás colonias españolas de América; no en el sentido de pobre de dinero, puesto que aquellos enviados llevaban de recomendación a la corte de los virreyes algunas talegas de pepitas de oro, ni menos en el sentido de gente de la última esfera, ya que allí era bien conocida la nobleza de tales guerreros. «Roto» era sinónimo de militar de la guerra de Chile, y como aquí todos lo eran, pasó a significar «chileno». En este sentido es empleado hasta la fecha en aquel país y en el resto del continente. Hay además antecedentes históricos de que los Godos no se preciaban de lujosos en el vestir, cualidad que era de raza: Tácito lo dice en general de todos los Germanos. Los Godos tuvieron siempre como signo de afeminación y de superficialidad de carácter el gusto por los perfumes, las joyas y los trajes elegantes de los meridionales europeos. Una de las razones que daban los Godos de España que se rebelaron contra el rey don Rodrigo era que este príncipe se presentaba en público vestido de seda y cargado de joyas, lo que para ellos era signo evidente de corrupción. Sabido es que el emperador Teodosio contuvo por algún tiempo la invasión de estos bárbaros pactando alianza con ellos, dándoles puestos en su ejército, en el senado, etc., y tratándolos con grandes miramientos. Pues bien, lo que más indignaba a los bizantinos contrarios a esa política del hábil emperador era el desprecio de los Godos por la majestuosa toga romana. Véase lo que decía a este propósito el orador Sinesio:
Aun parece que también hacían alarde de su desaliñado traje como de su ignorancia literaria y de todo lo que significara apariencia engañosa. Recimiro, el Godo, que durante diecisiete años fue todopoderoso en Italia, nombrando y destituyendo emperadores de occidente -en aquel tiempo en que estos personajes se sucedían en el trono de los césares casi con la frecuencia conque aquí se cambian ministerios- sin que se dignara ni una sola vez quitarse el traje de pellejo para vestir la púrpura imperial, así lo dejó comprender al tener conocimiento de que el emperador Antemio «se lamentaba en público de haber dado su hija como esposa a un bárbaro aun vestido de pieles». Este Antemio era un señor que tenía una hija muy hermosa, y como Recimiro no quisiera casarse con plebeya, lo nombró emperador. El suegro creyó que en realidad era el soberano de Italia y abusaba de la paciencia de su hijo político; pero cuando se permitió tenerlo en menos por su traje este antecesor de los rotos conquistadores de Chile montó en cólera, se trasladó a Roma, depuso al elegante Antemio y lo hizo decapitar. No estará de más recordar que fueron los bárbaros los que enseñaron a los meridionales el uso del honesto pantalón, que el Godo llevaba tan largo como los nuestros y abrochados sobre la cadera. La costumbre de reforzar la ropa con piel duró en Chile hasta hace pocos años; eso sí que en los últimos tiempos tratábamos de encubrir el verdadero objeto de esa medida económica dando al parche pretensiones de adorno, recortando el cuero o charol en forma de corazón de naipe para coserlo en las partes del casimir más expuestas al roce. Las grandes polainas de cuero de perro que usan algunos huasos, recuerdan el traje del mismo material usado por sus abuelos. Aquellos mensajeros se presentaban en la ciudad de los virreyes con los trajes más extraños que es dable imaginar gastados, descoloridos, llenos de zurciduras y remiendos de todo género y reforzados aquí y allá con trozos de piel de oveja, hasta con calzones de indio y «capa de cuatro puntas», como llamaban al poncho indígena. Ufanos llegaban pues a Lima los conquistadores con sus extravagantes trajes, que debieron seguramente hacer reír a las limeñas a carcajadas de los «rotos» de Chile. Las propagadoras del vocablo conservan a éste su significado primitivo, como lo prueba el que cuando en 1881 fuimos a verlas, a pesar de no ir a lo pobre y de haber entrado a la capital en traje de parada, como era de rigor, «rotos» nos decían. El roto iletrado da también al apodo nacional ese mismo alcance, como colegirse de la ocurrencia que va enseguida, de esa al vuelo y sin molde; un trabajador extranjero de esta provincia dijo a un chileno: «vea usted pues, hombre, yo también soy roto», y le mostraba un desperfecto de sus pantalones. Le dio una mirada el roto auténtico y le replicó con calma: «rotoso herih, que pa roto te falta mucho», y añadió tras corta pausa: «y te sobra». Olvidados del mundo y de sí mismo aquellos ilustres conquistadores, atentos únicamente a cumplir lo mejor posible sus deberes para con su lejana patria, sin sueldo, semidesnudos y hambrientos, sostenidos sólo por su alma heroica, recibieron un sobrenombre que era la expresión de sus virtudes. Para ellos parece haber sido escrito el proverbio latino: «non est cicatrix turpis quam virtus parit». Hemos heredado, como se ve, con su sangre, su apodo elocuente. Y «quien lo hereda no lo hurta». Un Roto Chileno. Marzo de 1903.
El pueblo chileno y su lengua. En defensa de la
raza
1.- Ecos en el extranjero de la difamación de los Araucanos. 2.- Quién es roto en Chile. 3.- Campaña en contra del pueblo chileno. 4.- Ilustración e inteligencia. 1.- Ecos en el extranjero
de la difamación de los auracanos.
Señor: Cuando en mi anterior le decía que la publicación denigrante para la raza indígena de Chile, y por lo tanto para su raza actual, sería leída con detención en los países que se ocupan del capital problema de las razas, estaba seguro de lo que afirmaba, porque hojeo revistas científicas de todos los países y estoy al corriente de la gran importancia que está tomando en todas partes el estudio de la etnografía. No tardaron en cumplirse mis temores. El correo me trajo los dos últimos tomos de las Mémoires de la Société d’Antropologie de París, y en el tomo 3.º, serie 5.ª, se inserta un estudio de Mr. G. de Rialle sobre la edad de la piedra en Chile, en el cual se cita el desgraciado escrito de los Anales de la Universidad de Chile. A propósito de las piedras agujereadas, tan comunes entre los Araucanos, entra el autor de este estudio en eruditas consideraciones respecto de su probable uso. Parece que en la Universidad le insinuaron la idea de que tales piedras podrían ser un fetiche araucano que representaría alguna divinidad femenina, un lingan chileno. Felizmente Mr. Rialle sabe más que nuestra revista universitaria sobre el significado de un dios femenino en una raza, por lo que dice: «Je passe sur la thêorie qui en fait des fétiches reprêsentat le sexe fémenin, celle-ci étant en contradiction avec ce que l’on connait des croyances des anciens Araucans». Pero por desgracia acepta, seguramente la falta de conocimiento personal del asunto, que la raza araucana se extendía al oriente de los Andes, como afirman los Anales, error que no puede dejar que se propale sin mi protesta. El Araucano de pura raza sólo existió entre los ríos Aconcagua y Toltén. Al norte y sur de esos límites los indígenas eran sólo mestizos del chileno. La frontera oriental fue siempre la cordillera hasta el Itata, y de allí al sur los valles occidentales de los Andes estaban habitados por los Pehuenches al norte y por los Huilliches al sur, familias cuya base étnica estaban en las pampas argentinas, siendo únicamente mestizos de Araucanos las tribus colindantes con los chilenos. El huilliche es dolicocéfalo o sub-dolicocéfalo, mientras que el araucano es braqui o sub-braquicéfalo. El Pehuenche, mestizo de Patagón, tiene una talla media de 1.68 metro, siendo la del Araucano de 1.62 metro únicamente. Muy poco importaría que el hombre fuera blanco, negro o amarillo ni que su cráneo fuera más o menos ovalado o que sus huesos estuvieran algunos centímetros de más o de menos, si no fuese que esos signos externos de las razas corresponden a almas diversas, y son las cualidades morales e intelectuales lo que establece la jerarquía entre las razas humanas. Mientras que nuestros antepasados indígenas eran, como he dicho, una de las familias más netamente patriarcales de toda la especie, los Huilliches eran y son una casta matriarcal típica, con todos los estigmas morales correspondientes. Baste recordar que entre ellos la poliandria ha subsistido hasta que los argentinos tomaron posesión de sus tierras. Una mujer se casaba de ordinario con cuatro hombres y tenía sobre ellos un dominio despótico. Los Pehuenches eran matriarcales atenuados, por lo menos los vecinos de los Araucanos; sin embargo, sus mujeres eran altaneras y licenciosas, saliendo a la guerra cabalgando a horcajadas y lanza en ristre. No sólo Mr. Rialle ha sido inducido en error por los Anales a este respecto, sino también uno de los más laboriosos e ilustrados profesores alemanes de Santiago ha tomado por Araucanos a los indígenas nombrados porque hablan dialectos del idioma araucano, y describe ídolos huilliches y dioses patagones con hijas envueltas en líos amorosos, como pertenecientes a la religión de nuestros antepasados, que tenían una religión sin ídolos de ninguna especie, sencilla y elevada. Zaballos y otros escritores argentinos son los inventores de la especie de que todos los indios de sus pampas son de estirpe araucana, teoría aceptada por nuestra Universidad. Ilusiones. Tomar por araucanas a todas las tribus indígenas que hablan Chilidugu es lo mismo que creer que son franceses los negros de la Martinica, y Anglo-Sajones los once millones de africanos que hay en Estados Unidos. 2.- Quién es
roto en Chile.
Como los defectos y vicios que han aparecido o han sido motados en estos últimos tiempos en la población de nuestro país sólo atañen, según se dice y publica, al roto chileno, ésta y las siguientes cartas se referirán especialmente a él. Pero antes de entrar en materia es conveniente precisar el significado del término «roto», es decir, ver quiénes somos rotos en Chile. Hay en el país unas seis o siete familias que se creen ellas solas exentas de ese calificativo, teniendo por «rotos» a todos los demás pobladores de la República. Pero existen otras cuarenta y tantas extirpes que no aceptan por nada de este mundo el exclusivismo de las primeras. «Déjense de título», dice enfadado alguno de sus miembros si se le promueve la cuestión, y metiéndose el índice y el pulgar en el bolsillo del chaleco, los sacan y muestran haciendo con ellos un movimiento muy expresivo, como de quien cuenta chauchas, al mismo tiempo que guiñan disimuladamente un ojo. Eso sí que, salvo ellas, tienen por verdad de fe que sus demás compatriotas son, sin duda alguna, «puros rotos». Entre esos demás compatriotas están la inmensa mayoría de los ricos, de los hacendados, de los mineros, de los industriales, de los rentistas, de los empleados, del ejército y marina, emparentados con los de arriba y demás arriba, pero que rechazan el mote porque lo toman al pie de la letra. Del bodegonero, del artesano abajo, comprenden el apodo, pero ¿a ellos?... y se contemplan el traje. Esta categoría de paisanos es la que sonríe con un extremo de la boca cuando ve pasar a su lado a un artesano elegante. No es que defienda el traje raído, sino simplemente que tengo empeño en que no se tome el hábito por el monje, porque en las tres categorías anteriores andan muy ufanos algunos desgraciados a quienes tienen miserablemente engañados el sastre, por lo que hay que disculparlos de que no le paguen sus cuentas. El mismo artesano que ha logrado comprarse un trajecito dominguero y que en el taller saca el año con el mismo terno, hablan también de «rotos» como de algo que no le atañe y con la satisfacción con que el cabo habla del soldado raso, porque he notado que los cabos nunca hablan de soldado a secas. El artesano llama «roto» al conciudadano que vive a jornal del trabajo de sus músculos. Este último es el único es, si se le pregunta si es roto, contesta: «Roto chileno soy, y d’ey?»... Y le mira al preguntón las pupilas. Con éste me quedo, señor; en nombre de él escribiré principalmente hoy, porque es el más débil, el más indefenso, nuestro hermano menor, «los niños»,como ellos se llaman, y lo son realmente de nuestra raza, los cuales están entregados con toda la buena fe de sus varoniles corazones a los que deben guiar sus destinos, a sus hermanos ilustrados, ricos, que han aceptado la tarea de gobernarlos. ¿Deben condenarse el orgullo del cabo por su jineta, el del artesano por su traje o el del magistrado por su posición distinguida? De ninguna manera. El chileno, especialmente aquel cuyos sentimientos no han sido perturbados por una falsa educación, tiene asentados en lo íntimo de su ser los más correctos instintos individualistas. Tiene, pues, el roto, aunque no sepa explicárselo en detalle, ni sienta la necesidad de saberlo, el convencimiento de que es la dulce satisfacción que experimenta el hombre que ha salido victorioso en la eterna lucha de la selección, el más eficaz estímulo del perfeccionamiento, y tiene esa convicción porque él siente vivísimo el orgullo del ascenso. 3.- Campaña en
contra del pueblo chileno.
Tengo aquí al frente algunos ejemplares del diario santiaguino en que aparecen los más hirientes escritos en contra del roto chileno, esa base de nuestra raza. Son varios números desde agosto del año pasado hasta el que me trajo el último vapor. Su tarea es pues sistemática y como es el órgano oficial de un partido político que aspira naturalmente a gobernarnos, es de temer que esa propaganda forme parte de programa de dicho partido. Con ocasión de los preparativos que se hacían en la capital para recibir dignamente a la comisión argentina que nos visitó en celebración de los tratados de paz, aquel diario toma nota de tal motivo, después de enrostrarle los más denigrantes epítetos que se le vinieron a la pluma, concluye con esta exclamación de su deseo: «Bien merecida se tiene su suerte perra». A pretexto de analizar el primer año de la actual administración, otro diario de Santiago estuvo publicando un programa de buen gobierno para nuestro país, y en dicho programa se encomienda la necesidad de apresurar la inmigración de artesanos extranjeros «para ir reemplazando a los chilenos» son sus palabras. El último número que me llega de ese mismo diario da cuenta alborozado de la llegada de colonos boers para reemplazar a nuestra raza «corrompida y degenerada». Ha hecho ese diario una incesante campaña en contra de la colonización del sur con familias chilenas, y hay que confesar que ha ganado la partida, a lo menos por ahora. Sólo un diario de provincia, pertenenciente a una colonia latina de Valparaíso, el que ha extremado sus epítetos sangrientos en contra del pueblo que lo hospeda, acompaña a esos representantes de la prensa de la capital en su tarea malsana. Dichos diarios santiaguinos están redactados en la sección hostil por personas de raza que no podrá jamás comprender el alma chilena, y así se les ve predicar a diario, tanto los de Santiago cono el de Valparaíso, el socialismo y el feminismo como panaceas de regeneración social, y esto con la mejor buena fe del mundo. Los diarios no nos desprestigian en el extranjero, porque esos artículos no son leídos fuera del país, sólo sirven para extraviar el juicio a la fecha vacilante en Chile sobre materia de tanta trascendencia, por lo que precisa salirles al paso. Pero no sucede lo mismo con los estudios publicados en revista como los Anales universitarios que tienen el doble prestigio de ser revista científica y oficial de nuestro Gobierno. Ya le he dado una prueba de que son leídos por los hombres de estudio extranjeros. En dicho periódico oficial habrán leído en Europa y Norteamérica las condiciones morales e intelectuales del pueblo chileno, apreciadas por los que mejor deben conocerlo, por sus propios gobernantes, los que declaran así su opinión en el número correspondiente a octubre de 1901, págs. 491 y 492. Se refieren los Anales a los fines del siglo XVIII:
Haciendo alusión a los defectos que en números anteriores encontró a Godos y Araucanos, añade la revista, a propósito de la casta mestiza, y con el tono decisivo del matemático que después de largos cálculos encuentra la regla y la anuncia con un «que era lo que queríamos demostrar», añade, digo, lo siguiente:
Como Ud. ve, el «defecto» de ser valientes sólo nos viene por el conquistador, el cual, después de pasearse victorioso por dos mundos, no pudo conquistar en más de tres siglos, con toda clase de armas y de recursos, a los cobardes Araucanos, que peleaban casi desnudos, sin más auxilios que los de sus montes y con una maza de pellín y un coligüe aguzado por principales armas. ¿Si será un signo de los tiempos que alcanzamos lo de elevar a virtud la condición opuesta al valor? Puede ser que esta novedad abra los ojos de los lectores europeos respecto a la sabiduría de nuestra revista y ponga en duda el que sea posible la existencia de una casta humana con tantos y tan graves defectos innatos como se nos atribuye. Aunque es más lógico que piensen, en vista de esa muestra intelectual, que el autor se hace ilusiones al decir que sólo «en parte» estaban los chilenos embrutecidos. No he podido averiguar cómo llegó a saber el redactor de esa Historia con tanta certidumbre y con detalles tan completos el estado moral de los rotos del siglo antepasado, pues ninguno de los cronistas e historiadores de aquel siglo dice algo parecido; muy al contrario, el mestizo fue desde que nació el mejor soldado de la colonia, como lo dice hasta el mismo González de Nájera, difamador interesado en todo lo que no era godo. El historiador Felipe Gómez de Vidaurre, que vivió precisamente en ese siglo y que conoció personalmente a los mestizos chilenos, dice en su «Historia Geográfica, natural y civil del Reyno de Chile», inserta en el tomo 15 de la Colección de Historiadores de Chile, y en la pág. 284, refiriéndose a los mestizos: «Cuanto a los dotes del ánimo, se dicen en una sola palabra, y es que aquellos sacaron todo lo bueno de ambas naciones». Se ve claro que no es éste el autor consultado por el escritor universitario. Como preparación para abordar el problema de nuestra raza, tengo hecha mucha lectura sobre etnografía y puedo asegurarle, señor, que sólo en una que otra tribu salvaje de las más atrasadas del mundo, en el centro del África, en Oceanía, en Indostán, tribus pequeñas, aisladas, errantes en climas insoportables para razas de mediana organización social, he encontrado un cúmulo de defectos y vicios tan afrentosos para la humanidad. Los que han estudiado aquellos seres infelices no pueden ocultar el horror, el desconsuelo que causa a un hombre superior el espectáculo tristísimo de la contemplación de seres tan desgraciados y abyectos pertenecientes a la misma especie natural que ellos. Está anunciada una comisión francesa que viene a Sud-América a estudiar sus razas, la que de seguro estará ya impuesta de la declaración oficial del Gobierno de Chile, lo que facilitará grandemente su tarea en la parte más difícil y delicada de la etnografía, la parte psicológica; lo demás es cuestión de manejar compases, reglas y números, tarea casi mecánica para los que tienen práctica. Tal vez con el fin de extender la propaganda, se encuentran baratísimos en las librerías, tomos de algunas de las partes ya publicadas de dicha Historia, con el mismo formato y el mismo material de los Anales, no sé si por cuenta del tesoro universitario o como gaje al redactor. Después de esta enumeración de nuestras cualidades, los Anales se muestran muy optimistas respecto al poder oculto de la instrucción sobre «nuestras clases populares», para cambiar con ella los instintos heredados; pero como entre los sabios de todas partes la ilustración es tenida a la fecha como incapaz de modificar el carácter y las cualidades morales innatas de las razas, mirándolas sólo como un velo que las encubre, haciéndolas por lo mismo más peligrosas, las esperanzas de nuestro gobierno al respecto serán tenidas como una utopía pueril. De modo que, descartando lo de valientes, sumando ambas sábanas y aclarando términos, tenemos que el gobierno que nos hemos dado declara que el pueblo a quien tiene la desgracia, creo que debo decir, de gobernar, es, por naturaleza hereditaria, intemperante, imprevisor, supersticioso, flojo, ladrón, pendenciero, fanático, fatalista y vagabundo. ¡Sea todo por el amor de Dios! 4.- Ilustración e
inteligencia.
No voy a ocuparme en ésta de demostrar que son injustos estos cargos; los apunto porque son ellos los que se invocan en la campaña sistemática de eliminación de la raza chilena que se está llevando a cabo en nuestra propia patria, como tendré ocasión de probarlo más adelante, campaña que encontrará seguramente aplausos en las naciones extranjeras que viven atareadas buscando plaza en el mundo para sus hijos, y que encuentra compatriotas nuestros que la llevan a la práctica con la satisfacción de quien realiza una obra benéfica, sencilla y sin resistencia ni peligros. Andan por allí muy acreditados tres cargos hechos al pueblo chileno, y aunque no figuran en la lista oficial, de ellos me ocuparé con preferencia, porque los considero de mayor verosimilitud, y son: 1.º El que estamos convirtiéndonos en socialistas peligrosos, condición moral, que no intelectual, tenida por la ciencia moderna como signo seguro de inferioridad étnica, por lo cual urge refutar; 2.º Que somos una casta de criminales que debiéramos estar en presidio perpetuo. 3.º El de que con nuestra rudimentaria inteligencia hemos corrompido la galana habla de Castilla, convirtiéndola en una jerga ininteligible que es una vergüenza nacional. He de principiar por este último número, pues que a ser cierto indicaría realmente una deficiencia mental que justificaría los otros cargos y haría inútil el ocuparse en defender una casta de imbéciles. Creo también urgente refutar este error porque, siendo el habla del pueblo iletrado de Chile esencialmente diversa de la parte culta de su población, ha contribuido sin duda a difundir la creencia de que existen dos razas en nuestro país; error funesto que debemos destruir de raíz llegando a su extirpación total el concurso de todos los que algo sepan o puedan, en la convicción de que sus esfuerzos son empleados en una obra de trascendental importancia. Entre los extraños desvíos de criterio que de algún tiempo a esta parte trabajan el sentido común del público en Chile, debe contarse el olvido de la gran diferencia que la ilustración y la cultura establecen entre las personas; ese olvido es el que lleva a la generalidad a despreciar y ridiculizar a la población chilena inculta, tomando su modo de ser por signo inequívoco de estupidez. No hay aquí, como en todas partes, ilustrados e ignorantes, ciudadanos y campesinos, educados y rústicos, sino inteligentes y estúpidos. Dos razas con potencias cerebrales bien diversas. Esto me ha hecho pensar muchas veces en que la ilustración con sus inmensos beneficios tiene sin embargo su reverso: el de que se la confunde con el entendimiento, y el de que se crea que puede reemplazarlo y suplantarlo, invirtiendo la jerarquía verdadera en cuestión la más importante de todas. Indudable es que la facilidad que presta la ilustración de permitir al hombre abarcar con su pensamiento el número casi infinito de hechos que a él mismo se refieren y al medio en que se han desarrollado, en la larga serie de siglos cuya historia conocemos, proporciona al criterio un número de datos sobre que basar sus juicios incomparablemente superior al que puede recoger un individuo con su experiencia personal. La discusión e interpretación de esos hechos por los hombres de talento que ha producido la especie humana en los diferentes países y siglos, abre al espíritu un campo nuevo e inmenso de luz, extendiendo la vida cerebral en espacio, tiempo e intensidad de una manera imposible siquiera de ser imaginada por el ignorante. Pero ese poder maravilloso de la ilustración es incapaz de crear el talento, de hacer que un cerebro mal dotado forme juicio exactos de la comparación entre diversas impresiones mentales. El poder de comparar y de juzgar con acierto, esto es, el criterio, el juicio, es cualidad del espíritu y depende de la constitución material del encéfalo, y mientras más datos tenga a la vista un cerebro incapaz, mayores serán la indecisión y el embrollo de sus determinaciones. El mal está, pues, en que se confunde a menudo la memoria con el juicio, y esa confusión halaga a los ilustrados, porque el enriquecer la retentiva es más o menos fácil y hasta facilísimo para algunos, mientras que nacer con un cerebro bien constituido es un don de la naturaleza, desgraciadamente raro. Uno de los caracteres del pensamiento latino que nos está invadiendo es precisamente el de tomar la apariencia por la realidad, la forma por el fondo de las cosas, y para poner en evidencia la falsedad de esa manera de pensar fue que me detuve en los pellejos de carnero de los Godos, y por lo mismo me dilato en este párrafo, y me extenderé, señor, calculando al máximum su paciencia, en el lenguaje del roto. Ni el traje, ni las maneras, ni el lenguaje producen una ilusión tan engañosa como la memoria feliz y en enriquecida de un individuo de escaso meollo, ni ninguna puede traer más graves y desgraciadas consecuencias. Un tonto ilustrado, especialmente si tiene facilidad de expresarse y modales distinguidos, puede llegar a ser una calamidad nacional en un pueblo que dé en la flor de tomar a los letrados por estadistas y a los cortesanos por diplomáticos. Con este triunfo de la forma externa está sucediendo en nuestro país que ya nadie sabe o cree saber algo que para decirlo no adopte un continente solemne, ahueque la voz y estire el pescuezo, porque decirlo sencillamente, a la llana, a la chilena antigua, no convence a nadie. Los tiempos de Domeyko, Barros Arana, Philippi, Amunátegui, Cood, Fabres, etc., sencillos y sabios de verdad, son del siglo pasado. Vamos con demasiada rapidez por esta pendiente y pronto llegaremos a tomar por barra tallada de metal fino lo que no sea sino moldura dorada sin un quilate de ley, dejando a otros menos ciegos la riqueza cierta. Si hay hombres a quienes perjudique esta manera superficial y afeminada de aquilatar su valer, esos hombres son los rotos chilenos. El roto ni es de facciones finas, ni es zalamero, ni se paga de adornos y afeites; no es hombre lindo ni lo desea. Su exterior tiene algo de la rigidez opaca del espino, mientras que la plebe europea con la que se pretende reemplazarlo posee el exterior liso y relumbrón de la caña. Hija legítima de este culto a la apariencia es esa gravedad estirada de grandes y chicos, que adoptan a la fecha nuestros paisanos de las ciudades, y que va siendo una curiosidad para los viajeros que visitan chile. En Estados Unidos e Inglaterra he visto muchas veces hombres verdaderamente superiores por su ilustración, su posición social y su riqueza, tomar parte en los juegos de sport, darse costaladas en el pasto y reír a toda boca de los incidentes de la partida, cosas que parecerían indecorosas en Santiago a un simple candidato a cualquier puesto. Hay hombres serios y graves por carácter en todas partes; pero la asombrosa cantidad y preciosidad que se ven hoy aquí son signos latinos de los tiempos: es que muchos de esos hombres graves explotan el falso criterio reinante. El chileno no tiene por qué ser grave. El Araucano era, sólo, serio porque daba a todos los actos de su vida cierto carácter religioso; el Godo, con su alma abierta a todo lo grande, era de genio expansivo y alegre en su trato familiar, listo para poner un mote y celebrar un dicho agudo, como para dar y recibir las bromas más pesadas. El chileno que está a mucha altura sobre los demás hombres de estado que ha producido el país, Portales, godo fino de cuerpo y alma, con su carácter alegre, sus bromas legendarias y su afición a puntear la vihuela, es probable que hubiera quedado desconocido en estos tiempos de tanta gravedad aparente y liviandad real.
Lenguaje
1.- Advertencias preliminares.- 2. Razas y lenguas de España. a) Del éuscaro al latín. b) Del latín al romance. c) El castellano no es el latín corrompido. d) Número de Germanos que invadió la Península. e) ¿Qué fue de los Godos a la llegada de los Árabes? f) Godos e Íberos.- 3. a) Cómo se modificó el latín. b) El verbo en latín y en gótico; un verbo gótico en el lenguaje chileno. c) El plural en castellano. d) Los apellidos patronímicos en español. e) Influencia del gótico en la formación del castellano; algunos ejemplos. f) El latín rústico.- 4. Influencia de los Godos en la formación de los romances meridionales. a) Italiano. b) Provenzal. c) Lucha de razas.- 5. a) El dialecto chileno es el lenguaje de los conquistadores godos de Chile. b) El valor de la d en chileno.- 6. a) Pérdida de palabras de origen gótico en el español moderno. b) Chilenismos de origen gótico.- 7. a) La d en español arcaico. b) Pruebas documentales. c) Empleo de la d en chileno.- 8. a) El valor de la s. b) La s en latín. c) La s en gótico. d) La s en castellano. e) La s en chileno.- 9. a) La h aspirada en español y en chileno. b) Influencia del lenguaje araucano (chilidugu) en el chileno.- 10. a) La l y la r en chileno y en castellano. b) Pruebas documentales.- 11. a) De los grupos consonánticos pt, ps, kt, ks, en gótico. b) De los mismos en castellano. c) Del grupo gn. d) Eufonización de esos grupos en chileno.- 12. a) Reminiscencias del gallego en el chileno. b) Palabras castellanas de origen alemán. c) Los conquistadores de Chile vinieron de todas partes, pero de todas partes sólo los que tenían sangre y espíritu gótico.- 13. a) Sobre la b y la v castellana y la w gótica. b) Del uso de vos en español antiguo y en chileno. c) la voz hombre en chileno. d) Vocales en chileno. e) Preposiciones. f) Negativo de persona. g) Cambios de forma de algunas palabras. h) Consonante Echeverría. 1.- Advertencias
preliminares.
La creencia arraigada y general de que el pueblo chileno ha corrompido el idioma español es antigua en el país y tuvo por sus principales y primeros sostenedores a dos autoridades tan esclarecidas como J. J. de Mora y el sabio A. Bello. No es extraño, por lo tanto, que los habilistas nacionales hayan seguido sosteniendo lo mismo, ni que uno de nuestros profesores extranjeros lo haya dado como un hecho cierto y esté empeñado en buscar la causa de dicha corrupción. Antes de abordar esta materia, debo recordarle que en una carta por la prensa es muy difícil tratarla convenientemente. La filología es una ciencia moderna que posee su terminología técnica particular y signos especiales para representar los diversos sonidos del lenguaje hablado, términos y signos que no pueden emplearse sin entrar en largas explicaciones, por lo que en la presente me veré forzado a emplear términos de uso corriente y los signos ortográficos del castellano, escribiendo asimismo los diptongos con la vocal castellana que percibe el oído o con la que más se asemeje. Estas dificultades me impedirán apuntar las palabras de otros idiomas correspondientes a la que cite, y que tanto ilustran una disertación sobre la filología. Pido a Ud. que disculpe esta deficiencia. De todos modos creo fácil llenar mi tarea de probarle que no hay tal corrupción y que si Chile tuviera algo de que avergonzarse no sería de nuestra manera de expresarnos. Otra advertencia preliminar es la que hoy por hoy no es posible tratar ningún problema social sin ahondar algo en sus orígenes, por lo que me será necesario dar una rápida ojeada a la formación del castellano, cuestión en la que corren admitidas por peninsulares y americanos muchas ideas inexactas que necesito rectificar para desenvolver mi tesis. En un tema tan escaso de interés para los que no son aficionados como éste de las lenguas, aunque tan hermoso para sus cultivadores, no pondré gran empeño en detener mi lápiz cuando se desvíe siguiendo una idea lateral asociada, pero manteniéndome siempre dentro del tema general que con mis cartas me he propuesto. 2.- Razas y lenguas de
España.
a) Del éuscaro
al latín:
Es opinión admitida que los primitivos pobladores de la Península Ibérica hablaban una lengua aglutinante, como el vasco actual, si es que no era este mismo vasco o éuscaro el usado por todos sus pobladores. Este pueblo fue invadido en tiempos prehistóricos por otro pueblo, de idioma de flexión, los Celtas; pero su lengua no dejó rastros conocidos en España. G. de Humboldt cree que los nombres geográficos terminados en briga son de origen céltico. Unas pocas palabras que quedan en castellano de ese mismo origen parecen haber venido posteriormente. La misma escasa influencia sobre le idioma íbero tuvieron los griegos y los fenicios, que poseyeron algunas factorías o estaciones marítimas en las costas de ese país varios siglos antes de J.C., y los cartagineses, de lengua fenicia, que alcanzaron a emprender la conquista de España, pero de donde fueron luego arrojados por los romanos. Más de un siglo antes de nuestra era y más de cuatro después de ella, Roma fue dueña de toda la Península. La cultura en todos sentidos implantada por los romanos dominadores, colonizadores e ilustradores de ese país, trajo como consecuencia el cambio de idioma en todos sus pobladores, siendo el latín el único hablado por todos los Íberos, con excepción de los vascuences, que hasta hoy conservan su idioma y reclaman sus fueros. Era, pues, el latín, desde varios siglos atrás el lenguaje de la Península cuando empezaron a llegar a ella en el siglo V pueblos de sangre y lengua completamente diversas: los bárbaros. Algunos años antes varias partidas de estos hombres habían recorrido el norte de España, pero con el solo objeto del pillaje. Esta vez llegaban en grandísimo número, trayendo sus familias en grandes carros tirados por bueyes. Venían a establecerse en el país, abandonando para siempre sus moradas del sur de Alemania, donde habían vivido varios siglos. Era el éxodo de las familias góticas llamadas Suevos y Vándalos y algunas otras menores, las que venían a tomar posesión de esta provincia romana y a multiplicar en ella su estirpe (406 antes de J. C.). Los vándalos se establecieron en el noroeste de la Península, en lo que hoy es Aragón y Cataluña y los Suevos asentaron sus dominios en parte de Castilla la Vieja, en León, Asturias y Galicia. Los jefes edificaron sus residencias en las alturas que dominaban los valles escogidos de su nueva patria, en los que se establecieron sus súbditos. Los romanos estaban en esa fecha muy desorganizados y decadentes para resistir estas invasiones; pero conservaban una cualidad de que sacaron gran partido en esos apuros: su habilidad para la intriga, arma que no sabían esgrimir los invasores. Hicieron, pues, luchar a los bárbaros unos con otros y de este modo se defendieron algún tiempo. En 413 llegaron los Visigodos a España y atacaron y vencieron a los Vándalos en Barcelona, ciudad en la que el rey visigodo Ataulfo asentó su trono. Los vencidos se corrieron a Andalucía y de allí pasaron en gran número al África. Pero los dominios de los Visigodos estaban principalmente al norte de los Pirineos; su reino se extendía desde el Loira al sur y desde el Ródano al océano, por lo que luego hicieron de la ciudad francesa, Tolosa, la capital de sus estados. En 418 Walia, rey Visigodo de Tolosa, con anuencia de Roma, emprendió la conquista del reino suevo de España, pero sin resultados satisfactorios. En 455 Teodorico II, después de larga campaña venció por fin a sus hermanos suevos, quedando sólo Galicia en poder de éstos, aunque pagando tributos, y siendo el resto de sus dominios gobernados por jefes visigodos. Esa situación se prolongó hasta 507, año en que Clodoveo y sus francos, auxiliados por los indígenas católicos, del reino de Tolosa, arrebataron a los Visigodos sus dominios de Francia, obligándolos a refugiarse en España, conservando sólo en aquél la provincia de Septimania. Estos recuerdos históricos son indispensables para darse cuenta cabal de la formación del romance castellano. La filología es sólo una rama de la antropología, y por haber olvidado esta verdad, queriendo hacer del lenguaje humano una ciencia separada de las demás que al hombre se refieren, la filología ha visto perturbado su desarrollo por mucho tiempo. Es a ese olvido al que debe atribuirse el que los estudios sobre el origen del idioma castellano sean a la fecha tan deficientes. Suevos, Vándalos, Visigodos, Hérulos, Jépidos, Alanos, etc., eran sólo tribus de la misma familia gótica y hablaban todos el mismo idioma, según San Isidoro; pero hay a este propósito una observación muy importante que hacer: los Visigodos y Ostrogodos habían morado entre el Dnieper y el Danubio probablemente desde el primer siglo de la era cristiana y sólo en el siglo IV emprendieron su marcha al occidente, mientras que los Suevos, Vándalos y Alanos permanecieron en Alemania, de la Alta Alemania o de Alemania del Sur emprendieron su marcha directamente a España. Estuvieron pues separados los primeros de los segundos por algunos siglos, lo que hace verosímil que hubiera entre unos y otros algunas diferencias dialectales, suposición que veremos reforzada más adelante. Todos los bárbaros germanos adoptaron el idioma de las provincias por ellos conquistadas, esto es el latín, al principio en los documentos escritos, en sus códigos, ya que ellos no sabían escribir y que en latín estaban las leyes porque se regían los aborígenes de sus nuevos estados. Así aparecieron en lengua romana el Edictum Teodorici, el Breviarum de Alarico, el Fuero Juzgo, etc. Los mismos jefes y autoridades de todas categorías pertenecientes a la raza dominante debieron verse precisados a aprender el lenguaje de sus nuevos súbditos latinos, y las relaciones múltiples de ambos pueblos trajeron al fin la adopción del idioma latino, que era el más cultivado y literario por todos los conquistadores. Es un hecho conocido que del contacto suficiente de dos pueblos, el menos letrado toma con el tiempo el lenguaje del que lo es más, aunque aquél sea el dominante: los romanos impusieron su idioma en las provincias del imperio que retuvieron por espacio suficiente, menos en Grecia, que era más ilustrada, la cual dio su lengua a la Corte del Imperio romano establecida en Constantinopla. Pero el latín de las provincias romanas ocupadas por los bárbaros sufrió luego un cambio tan considerable, que se transformó en idiomas distintos, llamados romance en general, y español, francés, provenzal, italiano, rumano, portugués y otros, según la región del imperio en que se les vio nacer. Estos romances aparecieron en los primeros siglos de la ocupación por los bárbaros de dichas provincias. Por tanto la influencia de esos Germanos en la formación de las nuevas lenguas no debería ponerse en duda; sin embargo, ha quedado hasta aquí desconocida su gran importancia, hasta ser negada por algunos, especialmente en el castellano. Más adelante demostraré cuánto desconocimiento manifiestan, esas opiniones. b) Del latín al
romance:
Dos son las causas principales de la transformación que sufrió el latín con la invasión gótica en España, que sólo del romance español me ocuparé en la presente, aunque lo que de él diga es aplicable casi en todo a las otras lenguas hermanas. La primera es psicológica, debida al ordenamiento de las ideas en el cerebro de la raza forastera, y que reformó la sintaxis del idioma latino e introdujo alteraciones en su morfología y aun en la estructura de sus voces. La segunda fue una causa fisiológica, funcional, debida a la diferente estructura de los órganos vocales de los Teutones y que produjo alteraciones considerables en la pronunciación de las palabras latinas. A esta causa se refiere Max Müller cuando dice que «los romances son el latín en bocas tudescas». De las modificaciones sufridas por las palabras en su pronunciación, pasaron a escribirse con su nueva forma. El romance que surgió en España debió iniciar sus primeros pasos desde el establecimiento de las tribus góticas en el país, sino antes, aunque no nos queden documentos escritos en él, ya que era el latín el que se empleaba en la escritura. En esa lengua naciente debían alternar palabras góticas con romanas, como es lógico suponer, alteradas las latinas por los Godos, y las de éstos por los íberos. San Isidoro se refiere en muchos pasajes de sus obras a ese lenguaje hablado, al lenguaje vulgar, que estaría ya formado desde mucho tiempo antes de la fecha en que él escribió, que fue en el mismo siglo en que los Visigodos se trasladaron de Francia a España. J. E. Hartzenbusch cita documentos anteriores en los que se deslizaban a los escritores latinistas algunas palabras castellanas, y otras latinas que se habían hecho indeclinables, supliéndose los casos con preposiciones. Nació, pues, la lengua en que le escribo la presente antes de la invasión de los árabes y siguió desarrollándose en el centro y norte de la Península, fuera de toda influencia semítica. Es también sabido que en las mismas posesiones de los sarracenos los pobladores españoles continuaron hablando su lengua romance sin que sus nuevos señores los incomodaran por ese motivo. c) Del latín al
romance:
Es opinión corriente en España y América que el castellano es sólo el latín corrompido por la desaparición de la cultura que fue consecuencia de la invasión germana de ese país, sin que en la formación del romance español haya tenido el lenguaje de los señores de la Península, en el tiempo en que apareció allí esa nueva lengua, más influencia que la de dejar en él unas cincuenta voces. Desde que el filólogo alemán Friedrich Diez dijo que la lengua gótica sólo había contribuido con cincuenta palabras a enriquecer el idioma castellano, los etimologistas de todas partes han seguido creyéndolo, sin que nadie se haya tomado el trabajo de ratificar esa opinión. Monlau hace subir ese número a cien, agregándole los nombres propios de personas. A ninguno de los etimologistas que se han ocupado en averiguar el origen de las palabras castellanas se le ha ocurrido imponerse del idioma que hablaban los Godos, para ver si en su lengua se encuentra alguna voz de que puedan derivarse las innumerables palabras españolas, cuya etimología no se conoce o se hacen derivar de lenguas con las cuales nada tuvo que ver el castellano. Díez escribió sus principales obras en la primera mitad del siglo pasado, y es después de él que el estudio del gótico ha tomado la grande importancia que hoy tiene, como que es el idioma germano del cual la ciencia posee documentos más antiguos. Varios autores han supuesto que los germanos deben haber contribuido en gran parte a la formación de los romances meridionales; pero hasta aquí no han presentado pruebas como las que le daré más adelante y por las que podrá juzgar de la grande influencia en todos sentidos que el idioma de los Godos ejerció en el castellano. En un cálculo hecho a la ligera para esta carta he anotado más de doscientas voces españolas que derivan de aquella lengua en la sola letra G del diccionario español. d) Número de
Germanos que invadió la Península:
Una de las causas de que se desconozca la influencia de los Godos en la formación de los romances de la Península es la idea errónea que se tiene respecto al número de ellos y al lugar que ocuparon en la sociabilidad de ese país. La ocupación de España por los Godos «fue casi puramente militar» dice Monlau para explicar la ninguna influencia del idioma de éstos que este autor, como los demás peninsulares, no conoce, en la formación del castellano. No es ésa la verdad de los hechos. La tribu de los Vándalos cruzó el Rin en dirección a España en grandísimo número. El ejército que custodiaba a la tribu se componía de 50.000 hombres. Es verdad que la mayor parte pasó al África, quedando el resto en Andalucía; pero del África volvieron a España después de ser derrotados por el general romano Belisario en 533. Los Suevos salieron de Alemania en cantidad asimismo numerosa, pues sus guerreros solamente eran 30.000. Los Visigodos eran los más numerosos de todos, pero no he encontrado cifras sobre el número en los libros que he leído; sólo aproximadamente puedo calcularlo, como asimismo el de los Alanos. Durante la estadía de estas dos últimas tribus en el sur de Francia, cuando poseían el llamado reino de Tolosa, tuvo lugar la gran batalla de Chalons (451), que, como se sabe fue uno de los hechos de armas más grande de la historia y en el que pelearon los bárbaros unos contra otros, con gran contento de los romanos. En el ejército invasor, mandado por Atila, venían los Hunos, los Ostrogodos y otras gentes menos numerosas. El ejército que se le opuso, a las órdenes del general romano Aecio, estaba dividido en tres cuerpos: el de los Visigodos, con su rey Teodorico el Visigodo a la cabeza, formaba el ala izquierda, el de los Alanos el centro, y el ala derecha la componían legiones romanas, en las que venían bárbaros de todas estirpes que peleaban a su sueldo del Imperio. Cálculos moderados hacían subir el ejército del Aecio a 50.000 hombres, de los cuales podrá suponerse que los Visigodos y Alanos formarían a lo menos los tres quintos, esto es 300.000 soldados. En 553 los Ostrogodos abandonaron la Italia con sus familias, suministrándoles Narses, dinero y todo lo necesario para su traslación. Salieron de esa península por el noroeste, pero no se sabe a punto fijo a donde fueron a establecerse, aunque es probable que lo hicieran en las posesiones de sus hermanos los Visigodos, pues la Francia estaba en esa fecha en poder de los Francos, enemigos de los Godos. A propósito de la incógnita histórica del paradero de los Ostrogodos, he de decirle que poseo un dato que me permite opinar, con todo el temor que Ud. comprenderá, que esa tribu se unió por lo menos en gran parte a las que habitaban en España. El dato es el siguiente: En mis investigaciones sobre la fisonomía de los Godos de España, registrando cuadros antiguos o descripciones de aquellos hombres, me he encontrado con algunos, raros en verdad, que tenían el pelo negro, talla elevada y los mostachos caídos y lisos como el cabello. Por la talla esos hombres no eran Íberos y por el color del pelo no eran Germanos ¿de qué raza eran entonces? En el poema del Edda se habla de algunos nobles del ejército de Etzel, nombre que se da en ese poema a Atila, los cuales encendían el amor de las heroínas con su hermosa cabellera negra y su elevada y elegante talla. Ahora bien, es sabido que la nobleza ostrogoda contrajo múltiples alianzas de sangre con la nobleza tártara que mandaba la invasión asiática en Europa en el siglo IV, y que juntos, Ostrogodos y Hunos, emprendieron la conquista del Imperio Romano, empresa que concluyó con la derrota de Chalons, después de la cual los Ostrogodos se separaron de sus aliados asiáticos. Creo por lo tanto de origen ostrogótico-tártaro los escasos nobles godos españoles de cabello negro y liso que he hallado en la Península entre algunas de las más nobles familias como las de los Hurtado de Mendoza por ejemplo. Hay, sin embargo, autores que afirman que los Ostrogodos se establecieron en la Provenza y en ella quedaron como súbditos de los Francos, cuando los Visigodos emigraron a España. Y volviendo a los cálculos sobre la cantidad de Germanos que se estableció en España, le recordaré que los ostrogodos eran por lo menos tan numerosos como los Visigodos. Pero sólo contando aquéllos cuya entrada a la Península se sabe de cierto y haciendo las rebajas necesarias, tendríamos que el número de soldados que arribó a ese país podría estimarse así: suevos 30.000, la mitad de los vándalos 25.000, visigodos y alanos 200.000, lo que da un total de 255.000 soldados, los cuales, repito, traían a sus ancianos, mujeres y niños en grandes carretas con toldo, tiradas por largas filas de yuntas de bueyes. Pérez Pujol, autor entendido en esta materia, en su obra Instituciones Sociales de la España goda, calcula en 300.000 el número de la tropa goda de España y sur de Francia en esa fecha. La proporción de los hombres de 18 y 45 años, capaces de cargar las armas en uso en aquel tiempo, puede estimarse en un octavo de la población, esto es, el máximo que arrojan las estadísticas, lo que daría como número total de Germanos la cifra de 2.040.000. Por lo demás concuerda con la proporción que los historiadores bizantinos dan a la tribu visigótica que atravesó el Danubio en 376: el ejército de Fritigerno era de cerca de 200.000 guerreros, y su pueblo lo componían más de un millón de mujeres, niños y ancianos. Por más de trescientos años estos Germanos fueron señores de España, ocupando, como ese lógico suponer, sus valles más ricos y sanos, por lo que al arribo de los Árabes deberían sumar varios millones de Godos de pura sangre, pues, como he recordado, su ley les prohibía casarse con los íberos. Se sabe que se dejaron para su uso exclusivo los dos tercios de las tierras de labranza, en las que habitaron separados de los naturales. e) ¿Qué
fue de los Godos a la llegada de los Árabes?:
Pero estos hombres, que llenaban el reino, ¿qué se hicieron después del desastre de Guadalete? Los historiadores españoles dicen que se refugiaron en las montañas de Asturias, desde donde con su rey, Pelayo, emprendieron la reconquista. Eran, pues, en escaso número si esas montañas fueron suficientes para albergarlos. La verdad histórica es muy otra, y si los peninsulares no han rectificado la historia de su patria a este respecto es sólo por descuido, porque en su misma casa tienen los documentos de que habría menester para ello; pero a mí me es necesario para mi tema poner esto en claro, aunque no pueda darle aquí todas las pruebas que poseo. Los Árabes, aunque llevaron a cabo algunas expediciones al norte de la Península, no la conquistaron jamás, y como desde un principio fue esa parte de España el principal asiento de los Godos, hacia ella corrieron los que no quisieron sujetarse al dominio de la media luna: pero quedaron en todas partes de la Península, en sus propias posesiones, innumerables familias godas sin que por su sangre, ni por su religión, ni su lengua fueran molestadas en lo más mínimo por los sarracenos, que adoptaron aquí, como en todas partes, una política conciliadora. Los Árabes se mantuvieron como dueños de gran parte de España mediante la alianza con un partido político godo del país. Los parciales de la dinastía derrocada de Witiza llamaron a los Árabes sólo como auxiliares para vencer al usurpador Rodrigo, sin que creyeran que habían de quedarse allí de señores: «En cuanto a esos extranjeros en lo que menos piensan es en establecerse en el país; lo único que desean es el botín, y en cuanto lo obtengan se marcharán», dice el historiador árabe Ajbar Machmua, que era como discurrían los Witiza. Los Godos no contaban con la habilidad diplomática de esos extranjeros. El general sarraceno Muza, jefe de los invasores, comprendió luego que los partidarios de Rodrigo eran la gran mayoría y que sólo habían sido vencidos merced a su ayuda y a la traición, por lo que fue con éstos con los que se alió después de su triunfo, afirmando la alianza por medio de matrimonios entre sus jefes y las mujeres godas, dando él mismo el ejemplo con el matrimonio de su hijo con la viuda del rey Rodrigo. Los rodriguistas como diríamos nosotros, prefirieron que gobernaran los árabes, antes que los traidores que habían llamado extranjeros al país para mezclarlos en una contienda civil, y además porque los separaban antiguas rivalidades con sus hermanos witicistas. Los Árabes no traían sus familias ni gente para poblar. Mantenían un buen ejército de berberiscos mandados por Árabes, y merced a las rivalidades de los partidos naturales, hábilmente aprovechadas, pudieron cimentar al fin su poder, ilustrado, progresista, justiciero y tolerante; pero se valieron desde un principio de los Godos aliados para encomendarles los más altos puestos en la administración, como hay de ellos numerosos ejemplos en los historiadores y cronistas árabes traducidos por Dozy. Lo que ha engañado a los historiadores peninsulares es que estos Godos aliados de los agarenos se hicieron mahometanos, y al amparo del islamismo fundaron reinos independientes de los que surgieron desde las montañas de Asturias, pero que eran tan góticos como éstos. Hoy se sabe que el reino moro de Aragón era tal, sólo en el nombre, pues sus reyes y nobles eran godos, y sus súbditos eran los mismos que allí había antes Guadalete, unos convertidos a la ley del profeta y otros persistiendo en su antigua fe, por lo que los ejércitos de aquellos soberanos nos los dan las crónicas como compuestos de moros y de cristianos, lo que ha sido entendido por de españoles y árabes. La dinastía aragonesa de los Beni-Casi, que dio tantos reyes y generales a todos los pequeños estados que se formaron en el Nor-este de España, era goda de alta alcurnia, según los historiadores árabes, y lo dice también el Alberdense. Godos eran asimismo los Beni-Hachia, los Beni-Somadhi, los Todhbidas. Muza II, llamado «el tercer rey de España», era de la casa de los Beni-Casi; al amparo de Abderrahman II se hizo todopoderoso en esas regiones de la Península, y por fin, desconoció la autoridad de su protector, combatiendo por su cuenta un día a los verdaderos Árabes, otro a los cristianos españoles y otro a los franceses. Sus proezas en toda España fueron famosas y sus correrías se extendían desde Francia hasta Portugal, en donde venció a los Normandos que en el siglo (IX) trataron de establecerse en sus costas. El rey de Francia Carlos el Calvo compró su alianza merced a magníficos regalos y atenciones. Son los nombres de esos Godos los que han engañado por tanto tiempo a los historiadores. Algunas de las más nobles familias pseudo-árabes conservaban, sin embargo, algunos de los apellidos primitivos, como las de Mohamed-Ibn Lope, Abdallah Pedro-Seco, Beni-Gómez, Beni-Fernando, etc. Fue después la escisión de la familia germana que dominaba y poblaba España después de la destrucción de la monarquía de Rodrigo, escisión favorecida por la diplomacia morisca, la que permitió a los Árabes conservar sus dominios, y no su número, que nunca fue crecido. En las postrimerías del reino de Granada, los verdaderos árabes o berberiscos eran en número tan reducido que formaban una mínima parte de la población de la capital morisca. Hernando del Pulgar, en su Tratado de los reyes de Granada y su origen, cita a Hernando de Baeza, individuo de la corte de Boabdil, el cual aseguraba «que de doscientas mil almas que habían en la ciudad de Granada, aún no eran las quinientas de la nación africana, sino naturales españoles y godos que se habían aplicado a la ley de los vencedores». Ve Ud. que ese escritor no confundía a los «naturales españoles» o Íberos con los Godos, y que esto sólo unos cuantos años antes del descubrimiento de América, puesto que Boabdil fue el último rey moro de Granada, vencido en 1491 por Fernando e Isabel. Tal confusión entre esas dos razas es creación de los historiadores hispanos del siglo XVI adelante. Sin duda que la catástrofe de Guadalete, más moral y política, que material, produjo en los Godos una impresión profunda, formádose numerosos rivales de los girones de la antigua monarquía, obligándolos a dirigir sus actividades por rumbos nuevos y a olvidar sus antiguas tradiciones. «Los españoles no quisieron ser tenidos por Godos desde que se perdió España», dice acertadamente Mayans y Siscar. Así fue; los reyes de los diversos estados que desde aquella fecha comenzaron a formarse en el norte y centro de la Península ya no se titulaban godos sino españoles; pero no por eso había cambiado su sangre ni ellos olvidaron su raza original: eran españoles de origen gótico. No sólo los reyes y los nobles de su raza conservaron siempre vivo el recuerdo de su prosapia, sino que también la plebe goda, los vilis Gothus, como se les llamaba en los tiempos de la antigua y única monarquía, los cuales vivían en las tierras de sus nobles, de sus condes como clientes o encomendados. Esa plebe hidalga si era respetuosa y obediente respecto de sus señores naturales, era al mismo tiempo orgullosa de su linaje respecto a los íberos, orgullo que conservó intacto hasta su extinción. f) Godos e
Íberos:
No conozco en la historia ejemplo más elocuente de la superioridad del carácter, aun sin cultura literaria, sobre la sola inteligencia cultivada que el que presentó España en los últimos años de la coexistencia en su suelo de aquellas dos razas. La pintura tan viva que Hurtado de Mendoza, Mateo Alemán, Vicente Espinel y demás novelistas del género picaresco que florecieron en el siglo XVI, nos hacen de la sociabilidad española de su tiempo, muestran tan de relieve aquel contraste que es él sin duda el aspecto más interesante de esas obras. Se ve en ellas al hidalgo engreído pasar las mayores estrecheces por no rebajarse a trabajar en oficios que él tenía como propios sólo de gente mal nacida. Con sus pergaminos y su tizona toledana por todo caudal y sin conocer ni la o por lo redonda, miraba por sobre el hombro a los ricos comerciantes íberos y a sus bachilleres de Salamanca, los cuales, por lo demás, miraban ese fenómeno como la cosa más natural, aceptando sus consecuencias. Los hidalgos que no lograban enrolarse en los tercios del rey que peleaban en Europa o embarcarse con rumbo a este continente, se quedaban allá rumiando en silencio sus proezas y soñando en aventuras arriesgadas y generosas en las que hubiera que exponer la vida, o paseando su hidalguía en busca de alguna rica heredera plebeya que con los escudos de su dote contrapesara los blasones del pretendiente y acallara la indignación de los de su clase por esa alianza desigual. Mientras llegaba la hora en que lo llamaba el clarín o la boda deseada, sus lacayos, que nunca les faltaban, les suministraban algún dinerillo y les escribían los memoriales que de cuando en cuando elevaban a S. R. M. o a algún duque su protector y pariente lejano. De seguro era de la misma casta de los peninsulares aquellos descendientes de los conquistadores de Chile que en el siglo XVIII se refugiaron en Talca a esconder su pobreza, porque allí la vida eras muy barata, según refiere un historiador, los cuales se empecinaban en no trabajar en nada sino en la agricultura, y como sus padres, por atender a la espada descuidaron la caja, se veían a solas con sus pergaminos, hasta que el rey de España Carlos III, según creo, publicó un edicto declarando compatibles el comercio con la nobleza. Sólo entonces se vio en aquella mediana aldea de aquel tiempo a hidalgos chilenos midiendo bayeta de Castilla, mogador, casineta y quimón, pesando charqui, vendiendo relbun, y cachanlagua de la «Frontera», chupallas de Curepto y bonetes de Maule, mientras la señora de la casa, con sus delicadas manos, preparaban las hojas de choclos de Colín para cigarrillos, con gran escándalo de los linajudos de Santiago. No olvidaron, pues, nunca los Godos de España que su sangre era muy diferente de la de los naturales. No sólo tenían eso muy presente, sino que sabían perfectamente en que país de Europa tenían consanguíneos. En su obra Literatura castellana y portuguesa, F. Wolf, recuerda que los españoles del tiempo de la reconquista de España se saludaban con los alemanes que allí llegaban a ejercitar el puño con los moros, con la frase «¡Somos hermanos!». Los conquistadores de Chile también se decían españoles, pero la casta particular española a que pertenecían no la olvidaron jamás. Durante un sangriento combate con los Araucanos cerca de Yumbel, algunos oficiales españoles manifestaron a su jefe Rodrigo de Quiñones, que la resistencia de la tropa estaba agotada, a lo que contestó Quiñones «que mueran o venzan, pues son Godos». Y fueron aquí en Chile tan delicados en conservar la pureza de su raza como lo habían sido en todas partes. El abate historiador antes citado, Gómez de Vidaurre, lamentando algunas nobles familias chilenas a mediados del siglo XVIII, esto es, en sus tiempos, dice:
Todavía la alta nobleza española, con justificado orgullo, remonta el entroncamiento de su linaje hasta arribar a la cepa goda. Hubo, pues, en España no sólo jefes germanos, como se cree generalmente, sino un pueblo numeroso de ese origen, y su influencia moral e intelectual, grandísima en ese país es un capítulo que está por escribirse. En cuanto a su influencia en la formación del habla española, le daré enseguida algunas pruebas, y más adelante, al tratar del lenguaje chileno, le señalaré la influencia de la fonética del idioma gótico en las alteraciones que sufrieron las palabras latinas al convertirse en castellano. 3.-
a) Cómo se
modificó el latín:
La característica general de las modificaciones que experimentó el latín al convertirse en romance castellano fue la de su simplificación. Las voces se acortaron y perdieron algunas consonantes de pronunciación dura; su morfología se redujo perdiéndose casi del todo sus declinaciones y simplificándose su conjugación, y su sintaxis perdió la rigidez y el ordenamiento obligado de las palabras en la oración, adquiriendo las voces gran libertad de colocación. En la pérdida de las declinaciones de los nombres latinos creo que debe haber influido el idioma de los Godos, porque en él los ocho casos primitivos estaban reducidos a sólo tres, pues el vocativo de que hablan las gramáticas eran siempre de la forma del nominativo, supliéndose todos los demás casos con preposiciones, de que hacía un uso frecuente, mientras que el latín conservaba seis casos y el empleo de partículas prepositivas era relativamente menos frecuente. La tendencia ya antigua del gótico a reemplazar el cambio de formas de sus sustantivos y adjetivos por preposiciones se extendió y generalizó en aquella época hasta perderse el idioma que nacía, auxiliada por la dificultad que a los bárbaros presentaba la compleja declinación de las palabras que tomaban de la lengua romana. b) El verbo en
latín y en gótico. Un verbo gótico en el lenguaje
chileno:
El verbo gótico es muy simple en su conjunción están reducidos al presente y al pretérito, expresando la idea de futuro con el infinitivo del verbo y un auxiliar; sin embargo, la acción por venir estaba en el cerebro de los Godos más dividida, más especializada que en los romanos. Así el simple futuro lo significaban con el auxiliar «hablan»-haber, la idea de necesidad u obligación de que se cumpliera la acción del verbo la expresaban con «skulan», y la de principiar a verificarse la acción, con el auxiliar «duginnan»-comenzar. En español tenemos tres futuros: el así llamado, que formamos con el presente del infinitivo del verbo que se conjuga y con el presente de haber: «ama-hé», «ammar-hás», etc., como en gótico; el futuro de pretérito o pospretérito, que formamos de un modo análogo aunque con terminaciones alteradas: «amar-es», etc., en gótico se emplea de regla el presente del verbo, que se conjuga sin ponerle auxiliar siempre que la idea de futuro esté expresada por alguna otra palabra o por el contexto de la frase, como en español: «si no llueve salgo»-«si no lloviere saldré»; «mañana voy». Las simplificaciones que sufrió el verbo latino son numerosas, sin que dejen de poder ser expresadas en castellano las más sutiles modificaciones de tiempo y modo de la acción verbal, pues que se suplen las formas perdidas con auxiliares, como se hace en el gótico. La conjugación latina perdió desde luego la forma pasiva o sea la mitad de su conjugación, la que se suple con el verbo ser en español y con su equivalente «wisan» en gótico. El infinitivo de los verbos góticos termina en n como en alemán y en araucano. En idioma gótico existe además otro auxiliar para la significación pasiva, «weran»-llegar a ser. Se perdieron, además, el futuro de indicativo latino (amabo), los dos pretéritos de subjuntivo (amarem, amaverim), del infinitivo sólo quedó el presente, olvidándose el perfecto y el futuro pasado (amavisse), (amaturus esse), se perdieron asimismo los supinos (amatum-u). Se olvidaron también las conjugaciones de gerundio, los verbos deponentes, de forma pasiva y de significado activo, engorro inútil de ese idioma. En cambio crearon los Godos los futuros a su manera, las oraciones impersonales y la pluralidad ficticia de segunda persona, modo ordinario de hablar en gótico, e hicieron del verbo haber el uso amplio y general que daban a su auxiliar «haban» y que los latinos sólo empleaban en algunos tiempos. Con los números siguientes podrá formarse una idea más exacta de la reducción en formas que la nueva conjugación representa respecto de la antigua. Un verbo regular tiene en latín entre 150 y 160 voces diferentes, sin contar las formas compuestas de la voz pasiva; un verbo español regular sólo tiene 52 palabras diferentes, y uno gótico, para el singular y plural, 32. El gótico tiene además el número dual, que perdió al romancearse esa lengua. El verbo inglés es el más simple de todos, pues sólo tiene cinco variaciones para todos sus modos y tiempos: to love-amar varía sólo love, loved, loving, loves, lovest; esta última forma casi no se usa. Con el empleo de auxiliares y de pronombres no necesita de más desinencias. La suposición de que el verbo gótico influyó en la formación del verbo castellano se refuerza no sólo por esa reducción considerable de voces en su conjugación y con el uso amplio de los auxiliares, sino también con la subsistencia en español de voces muy poco adulteradas de uno de los auxiliares más empleados en gótico. Ha sido siempre una dificultad insuperable para los etimologistas castellanos averiguar el origen de las tres personas del singular del presente de indicativo y todas las del de subjuntivo del verbo haber; «he», «has», «ha» o «hay»; «haya», «hayas», «haya», «hayamos», «hayáis», «hayan», las cuales no tienen semejanza con las del latín «habeo», «habes», «habet». El habere latino no tiene presente de subjuntivo. Con el empeño de hacer venir este verbo del latín, no han parado mientes en el auxiliar gótico «aigan»-tener, cuyo presente de indicativo forma las tres primeras personas «aih», «aihs», «aih», escrita también «aig». La segunda no está documentada en Wulfila porque, como he dicho, los Godos empleaban la segunda del plural; pero por analogía puede conjeturarse que tenía esa forma o bien «aigas». Esas formas del gótico se parecen más a la del español arcaico «hay», «has», «ha» o «hay» escritas también sin h. La forma hay para la primera persona del indicativo se perdió en el siglo XV en la escritura castellana, siendo reemplazada por el actual «he»; pero debió subsistir en el lenguaje hablado y por ella llegó a Chile, donde la usamos al par que «hey». El escribir esas voces con h inicial en castellano proviene del error respecto a su origen. En cuanto a las formas del presente de subjuntivo castellano pueden venir del indicativo de «aigan» que pasara a emplearse en preposiciones subordinadas, como pasó el pluscuamperfecto latino del indicativo al subjuntivo castellano o bien ser las formas del subjuntivo de «aigan» algo alteradas, del cual sólo se conocen tres personas: 3.ª de singular «aigi» (g- al sonido que tiene en «hago»), 2.ª de plural «aigiz», 3.ª de íd. «aigina». El presente de subjuntivo en chileno es, el indicativo del gótico, como puede verse comparándolas:
La segunda a de las inflexiones góticas no es precisamente la a castellana sino un sonido intermediario entre la a y la e, como suena la u de la palabra inglesa gun-fusil. Tampoco la z de «aigaz» es la castellana, pero era muy parecida. La s del chileno «aigas» es una aspiración suave. Ni el gótico ni el chileno emplean la segunda de singular porque usan pluralidad ficticia. En Andalucía tienen el mismo verbo gótico que nosotros en ese tiempo. Los etimologistas conjeturan que en el latín vulgar de los siglos en que empezaron a formarse los romances existiría algún verbo extraño del cual procederían esas formas castellanas. Vemos que han acertado. La forma literaria de presente de subjuntivo de haber, «haya», «hayas», etc., parece ser una síncopa de «aiga», «aigas», etc., con pérdida de la g, cosa muy común en la romancización del latín y del gótico, como veremos más adelante, y es muy común verla escrita «aia», «aias», «haia», «haias», en escritos antiguos, de donde pasó a escribirse como en la actualidad. En el empleo de los tiempos y modos verbales como en su regímenes en castellano es también grande la influencia del pensamiento de los Godos expresado por la palabra, pero su demostración es difícil aquí, porque alargaría demasiado esta carta, y tendría que entrar en polémica. Sólo le recordaré que el verbo haber arcaico tenía el significado del «aigan» gótico, esto es tener, poseer, cuando no era auxiliar. Así decía el poeta viendo marchar a injusto destierro al Cid: «Dios que buen vasallo, ¡si oviese buen Señor!». Y lo ve Ud. sin h como el verbo gótico. Aunque esto del empleo de la h es capítulo aparte. Como el habere era verbo incompleto y de uso limitado como auxiliar, es probable que el haber castellano sea sólo el «haban» gótico, cuyas inflexiones son muy semejantes a las latinas y españolas, y en el singular del indicativo presente y en todo el de subjuntivo lo sea de «aigan». c) El plural en
castellano:
Es opinión aceptada que la terminación en s de los plurales castellanos viene del acusativo latino, que ordinariamente termina en s. Yo, señor, no lo | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||