  El Cautiverio Feliz
Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán
  El cautiverio
(Narración)
  Primera parte
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... «Cuando volví en mí y cobré
algunos alientos, me hallé cautivo
y preso de mis enemigos.» |
Considerándome preso, se me vino a la memoria ser mayor el peligro y riesgo en que me
hallaba si me conociesen por hijo del Maestre de Campo General Álvaro Núñez de Pineda, por
el aborrecimiento grande que mostraban a su nombre y la aversión que lo habían tomado por los
daños recibidos. Por cuya causa me pareció conveniente y necesario usar de cautelosas
simulaciones, fingiéndome de otras tierras y lugares, y, aunque moderadamente lo común y
ordinario de su lenguaje entendía, más ignorante me hice en él de lo que la naturaleza me había
comunicado.
Con esta advertencia estuve, habiéndome preguntado quién era y de dónde. A esto respondí
ser de los reinos del Perú y haber poco que asistía por soldado en estas partes. Y esto fue en su
modo de hablar, conforme los bisoños chapetones suelen pronunciar su lengua. Creyolo por
entonces el dueño de mil libertad, mostrándose apacible, alegre y placentero, a cuyos agasajos
me mostré con acciones y semblante agradecido.
Y estando con algún sosiego después del susto mortal que me tuvo un buen rato sin sentido,
llegó a nosotros un indiecito ladino, quien había guiado la junta y traído el ejército enemigo a la
estancia y heredad de su amo encomendero y a otras comarcas. Este indio, pocos días antes del
suceso, se había ausentado de nosotros y agregado a los enemigos por algunos malos tratamientos
y vejaciones que había recibido, que lo cierto es que las más de las veces somos y hemos sido el
origen de nuestras adversidades y desdichadas suertes. Éste, con otros amigos y compañeros
suyos, a quienes había manifestado quién yo era, llegó al sitio y lugar donde me tenían despojado
de las armas y de la ropilla del vestido, diciendo en altas voces:
-Muera..., muera luego este capitán sin remisión alguna, porque es hijo de Álvaro
Maltincampo -que así llamaban a mi padre-, que tiene nuestras tierras destruidas y a nosotros
aniquilados y abatidos; no hay que aguardar con él, pues nuestra suerte y buena fortuna nos lo
han traído a las manos.
Y a estas razones y alaridos se agregaron otros muchos, no menos enfurecidos y rabiosos, que,
levantando en alto las lanzas y macanas, intentaron descargar sobre mí muchos golpes y quitarme
la vida. Mas, como su Divina Majestad es dueño principal de las acciones, y las permite ejecutar
o las suspende, quiso que las de estos bárbaros no llegasen a la ejecución de sus intentos, y, como
padre de misericordia, tuvo por bien su Divina Clemencia que, de en medio de mis rabiosos
enemigos, sacasen los cielos de los diamantinos pechos, en pedernales duros convertidos,
ardiente fuego de caridad piadosa. (!)
Y al tiempo que aguardaba de sus manos la privadora fiera de las vidas, llegó a dilatármela,
piadoso, uno de los más valientes capitanes y estimados guerreros que en su bárbaro ejército
venían, llamado Lientur. Por haber sido su nombre respetado entre los suyos y bien conocido
entre los nuestros, le traigo a la memoria agradecido y porque las razones y palabras que
pronunció, discreto, no son para omitirlas.
Antes de repetirlas, manifestaré algunas circunstancias de que se originó el mirarme con píos
ojos y dolerse de mis trabajos y desdichada suerte.
El tiempo que este valeroso caudillo asistió entre los nuestros, fue de los mejores amigos y
más fieles que en aquellos tiempos se conocían, por cuya causa le hizo grandes agasajos y
cortesías el Maestre de Campo General Álvaro Núñez de Pineda, mi padre, mientras gobernó
estas fronteras. Y aunque el común tratamiento que a los demás hacía era conocido y constante
entre ellos de que se originaron los felices sucesos y aventajados aciertos que fue Dios servido
de darle en esta guerra, acudiendo con todas veras a la ejecución de sus órdenes y mandatos -que
es nación que se deja llevar de la suavidad de las palabras y del agasajo de las acciones, y al
trocado, siente el mal agrado, verificándose en ellos la parábola del sabio-, con este guerrero
parece que quiso, más humano, efectuar sus agasajos, sacándole de pila a uno de sus hijos y
llamarle compadre: acción que la tuvo tan presente y de que hizo tanto aprecio y estimación,
cuanto se echará de ver en las razones de adelante, mostrándose amigo verdadero de aquel en
quien conoció apacible condición y natural afecto, aunque después enemigo feroz de las obras
y tratos de otros superiores ministros, que fueron los que le obligaron a rebelarse y dejar nuestra
comunicación y trato.
Llegó, como queda dicho, y con resolución valerosa se entró en medio de los demás, que en
altas voces estaban procurando mi desastrada muerte. Con su presencia, pusieron todos silencio
a sus razones. Y haciéndose lugar por medio de ellos, se acercó más al sitio adonde mi amo y
dueño de mis acciones, con un amigo y compañero suyo, me tenían en medio, con sus lanzas y
adargas en las manos, dando a entender que solicitaban mi defensa con efecto, pues no
respondían palabra alguna a lo que aquella turbamulta con ímpetus airados proponía.
Cuando al capitán Lientur -caudillo general de aquel ejército- vi entrar armado desde los pies
a la cabeza, sobre un feroz caballo armado de la propia suerte, que por las narices echaba fuego
ardiente, espuma por la boca, pateando el suelo con el suelo de las cajas y trompetas, y no podía
de ninguna suerte estar un punto sosegado, sin duda colegí que el personaje referido llegaba de
refresco a poner en ejecución la voz del vulgo y llevar adelante con su apoyo la dañada intención
de sus clamores y que, con efecto, venía a poner término a mis días. Más atemorizado que antes,
volví al cielo los ojos, y a nuestro Creador benigno, como a padre de misericordia, pude decir en
mi alma, después de oídas sus razones, lo que el profeta cantó afligido en el mayor aprieto y en
las mayores tribulaciones: «invoqué a mi Dios y su Divina Majestad se sirvió de oírme»; y en otra
parte: «clamé con todo mi corazón y con mi espíritu». Así me sucedió en esta ocasión, pues
cuando aguardaba ver de la muerte el rostro formidable, me hallé con más seguras prendas de la
vida.
Acercose a nosotros Lientur -guerrero, capitán, como piadoso- y razonó de la suerte que diré:
lo primero con que dio principio fue con preguntarme si yo era el contenido hijo de Álvaro, a que
respondí turbado que yo era el miserable prisionero. Porque lo que a todos era ya patente, no
podía ocultarlo más,... en cuyas razones y apacible rostro... eché de ver la aflicción y pesar con
que se hallaba por haberme conocido en aquel estado, sin poder dar alivio a mis trabajos, por no
ser, para librarme, absoluto dueño. Volvió con esto los ojos a Maulicán mi amo, diciéndole las
palabras y razones siguientes: «Tú solo, capitán esforzado y valeroso, te puedes tener en la
ocasión presente por feliz y el más bien afortunado, y que la jornada que hemos emprendido se
ha encaminado sólo a tu provecho, pues te ha cabido por suerte llevar al hijo del primer hombre
que nuestra tierra ha respetado y conocido. Blasonar puedes tú solo y cantar victoria por nosotros;
a ti solo debemos dar las gracias de tan buena suerte como con la tuya nos ha comunicado la
fortuna: que aunque es verdad que habemos derrotado y muerto gran número de españoles y
cautivado muchos, han sido todos los más «chapecillos» (que así llamaban a los soldados
bisoños, sin oficio y desarrapados), que ni allá hacen caso de ellos, ni nosotros tampoco. (Repito
lo que formalmente fue diciendo.) Este capitán que llevas es el fundamento de nuestra batalla,
la gloria de nuestro suceso y el sosiego de nuestra patria. Y aunque te han persuadido y
aconsejado rabiosos que le quites luego la vida, yo soy y seré de contrario parecer, porque con
su muerte ¿qué puedes adquirir ni granjear, sino es que con toda brevedad se sepulte el nombre
y opinión que con él puedes perpetuar? Esto es en cuanto a lo primero. Lo segundo que os
propongo es que, aunque este capitán es hijo de Álvaro, de quien nuestras tierras han temblado
y nosotros le soñamos (sólo con saber que vive, aunque cojo, viejo e impedido), y de quien
siempre que se ofreció ocasión fuimos desbaratados y muertos muchos de los nuestros, fue con
las armas en las manos y peleando, que eso (es de) valerosos soldados, que lo mesmo ha ...
nosotros. Mas a mí me consta del tiempo que asistí con él en sus fronteras, que, después de
pasada la refriega, a sangre fría a ningunos cautivos dio la muerte; ante sí, les hizo siempre buen
pasaje, solicitando a muchos el que volviesen gustosos a sus tierras, como hay algunos que gozan
de ellas libres y asistentes en sus casas con descanso, entre sus hijas, mujeres y parientes, por su
noble pecho y corazón piadoso. Y lo propio debes hacer generoso con este capitán, tu prisionero,
que lo que hoy miramos en su suerte, podemos en nosotros ver mañana».
Y, volviendo las ancas del caballo, dejó a los circunstantes mudos y suspensos, con que cada
uno por su camino se fueron dividiendo y apartando de nosotros, y yo quedé a tamaño beneficio
fino correspondiente y tan obligado a sus razones que, sin encarecer mi agradecimiento, podré
asegurar que fueron para mí más estimadas y su intención y celo muy bien admitidos, que lo que
pudo ser en él mi afecto... Desde aquel punto y hora dio principio el Señor de mi voluntad a
tratarme con amor, con benevolencia y gran respeto; pues, habiendo empezado a despojarme del
vestido, no pasó más adelante con su intento, dejándome como estaba; antes me puso un capotillo
que él traía y un sombrero en la cabeza, a causa de que el tiempo, con sus lluvias continuas,
obligaba a marchar con toda prisa y a más andar, apresurar el paso hacia sus tierras, si bien hasta
llegar al río caudaloso de Bío-Bío fueron en un cuerpo y con cuidado.
Prosiguiendo nuestra derrota, nos fuimos acercando al río Bío-Bío, como dije, en un cuerpo
hasta llegar a sus orillas, si bien al pasarle unos se adelantaron más que otros, porque con
ferocidad notable sus precipitadas corrientes se venían «aumentando a cada paso a causa de que
el temporal con vientos desaforados y aguaceros desechos nos atribulaban, de manera que
parecían haberse conjurado contra nosotros dos los elementos. En quince días que nos dilatamos
en llegar a sus tierras, no gozamos del sol ni de sus rayos dos horas continuas.
Faltó el sol y ausentose de nosotros porque las densas nubes se ocupasen en remover los cielos
y enturbiarlos, para que con sus continuas y descolgadas aguas fuese a los mortales el invierno
grave, pesado y molesto. Llegamos, como queda dicho, los últimos de la tropa, al abrochar la
noche sus cortinas -al caudaloso río referido-, diez indios compañeros (y) un soldado de mi
compañía, llamado Alonso de Torres, que también iba cautivo, como yo, en esta ocasión.
Pasamos el primer brazo a Dios misericordia -como dicen-, con grande peligro y riesgo de
nuestras vidas. Cuando fuimos a querer vadear el otro que nos restaba, no se atrevieron a
esguazarle, porque en aquel instante se reconoció bajar de arriba con gran fuerza la avenida. Y
por ser el restante brazo más copioso de agua, más dilatado y más apresurada su corriente,
determinaron quedarse en aquella pequeña isla, que tendría muy cerca de una cuadra de ancho
y dos de largo, adonde había algunos matorrales y ramones de que poder valernos para el abrigo
y reparo de nuestras personas y para el alimento, aunque débil, de las bestias. Hiciéronlo así,
porque la noche había ya interpuesto sus cortinas, presumiendo que al día siguiente se cansaría
el tiempo porfiado y nos daría lugar a pasar con menos riesgo y con más comodidad el proceloso
piélago espantoso que nos restaba. Mas fue tan continuado el temporal deshecho y abundante de
penosas lluvias, que cuando Dios fue servido de amanecernos, hallamos que el restante brazo,
multiplicadas sus corrientes, venía con más fuerza y con más ferocidad creciendo, a cuya causa
nos detuvimos y quedamos aquel día entre los dos ríos aislados, por ver si el siguiente nos quería
dar lugar a proseguir nuestro viaje.
Y entretanto que aguardamos oportuno tiempo, permítaseme hacer un breve paréntesis que
puede ser de importancia para la proposición de este libro.
Poco lugar o ninguno tenían los antiguos pareceres y consejos, pues a los que con buen celo
e intención los daban, les respondían que era muy a lo viejo, como lo hizo el gobernador con mi
padre en ocasión que le rogó que reparase nuestro tercio, porque habían certificado que estaban
nuestras fuerzas muy disminuidas por la falta de gente que había en las fronteras. Y por no haber
asentido con su parecer y consejo, nos sucedió nuestra sangrienta ruina. Al instante que tuvo el
aviso del suceso y derrota de nuestro tercio, se partió el gobernador con la más gente que pudo
sacar de la ciudad de la Concepción para el tercio de San Felipe de Austria, adonde halló el
ejército derrotado, con cien hombre menos, entre ellos tres capitanes y otros oficiales de cuenta.
Afligiose grandemente de haber reconocido el mal afortunado suceso, y por dar algún alivio y
consuelo a mi amado padre, que en tal ocasión estaría con el pesar y sentimiento que se puede
colegir, por la pérdida de un hijo solo que tenía para ayuda de sus trabajos, de su vejez y de los
achaques que de ordinario le asistían, determinó escribirle la siguiente carta consolativa,
considerando que por no haberle querido dar crédito ni seguir su parecer, había experimentado
en nuestro daño tamaña pérdida:
«Señor Maestre de Campo General Álvaro Núñez de Pineda: Aquí he llegado a este tercio
de San Felipe de Austria con harto sentimiento y pesar mío por la desgracia y pérdida que en él
he hallado de más de cien hombres, y entre ellos el señor capitán don Francisco de Pineda, que
no aparece, aunque se ha hecho particular diligencia de buscarle entre los cuerpos muertos; por
lo que se presume que irá vivo, y si lo va, tenga V. M. por cierto que haré todas cuantas
diligencias fueren posibles para que V. M. le vuelva a ver a sus ojos: que la desgracia suya es la
que más he llegado a sentir por lo que le estimaba y quería; y por el pesar tan justo que V. M.
tendrá, no hay sino que encomendarlo a Dios; que yo de mi parte no cesaré de hacer mis poderíos
por saber si va vivo y poner todo mi esfuerzo por librarle antes que deje este gobierno; y tome
V. M. esta palabra de mí, a que no faltaré con todas veras, poniéndolo principalmente en las
manos de Nuestro Señor, el cual guarda a V. M. muchos años y le dé el consuelo que deseo» etc.
RESPUESTA DE ESTA CARTA
«Señor Presidente:
Cuando puse a servir al Rey nuestro señor a mi hijo Francisco, en tiempo de tantos infortunios
y trabajos, fue con esa pensión, y yo no puedo tener más gloria que el haber muerto en servicio
de S. M., a quien desde mi niñez he servido con todo amor y desvelo. No he llegado a sentir tanto
su pérdida, cuanto que en la ocasión que a V. S. dije y supliqué que reparase ese tercio para lo
sucedido, me respondió que era muy a lo viejo: paréceme que no va sucediendo muy a lo mozo.
Guarde Dios a V. S. como puede», etc.
Esta resuelta carta fue el total instrumento de mi bien y origen principal de mi rescate; porque
atendiendo el gobernador a la sobrada razón de mi padre, y que por no haber hecho caudal de su
consejo y parecer le había sucedido tan considerable pérdida, tuvo por bien el callar y disimular
esta carta, que sentido y lastimado de lo uno y de lo otro (mi padre) escribió resuelto. Con esto,
desde entonces puso mayor cuidado y solicitud en librarme de los trabajos y peligros de la vida
en que me hallaba.
No sé si en estos tiempos lastimosos se pasara por alto carta semejante y se disimularan sus
razones con prudencia, porque sobra ya en los que gobiernan la majestad, la soberbia, o mejor
decir, la tiranía, y a los que bien sirven, el temor y el recelo los acorta. En otros antiguos tiempos,
en que el valor y el esfuerzo tenían su lugar y asiento merecidos, aconteció a mi padre siendo
capitán de caballos, el hallarse en grande empeño solo con su compañía. Habiendo salido con ella
a una escolta algo distante de donde quedaba el gobernador y lo restante del ejército, le salió al
encuentro una poderosa junta de enemigos; y habiendo divisado que para él se encaminaba
resuelta, despachó el instante persona de toda satisfacción a que diese aviso al gobernador del
empeño en que se hallaba, y que para salir de él con aventajado crédito le enviase algún socorro
de soldados, los más que pudiese. Y aunque estuvo resuelto el gobernador a hacerlo así,
remitiendo el socorro que le pedían, nunca faltan mal intencionados sátrapas que al oído y lado
de los que gobiernan, intentan envidiosos deslucir las acciones de los que valerosamente sirven
a S. M. Así, en esta ocasión, evitaron y contradijeron su intento y resolución, enviándole a decir
que, pues se había puesto en tamaño empeño, que procurase salir de él como pudiese. Con esto
se vio obligado a decir a los suyos estas razones: «Señores soldados, amigos y compañeros: lo
que me vieron hacer lo hagan todos, y consideremos en esta ocasión que no hay más hombres en
el mundo que nosotros, y que el favor divino es nuestro amparo y fuerte escudo contra esta
muchedumbre y bárbara canalla. Cien varones somos para más de mil; si bien nuestro valor y
esfuerzo es invencible cuando la fe divina es nuestro blanco y la reputación de las armas de
nuestro Rey y Señor, con que podemos estar ciertos que ha de estar muy de nuestra parte la
victoria y nuestro desempeño». A esto respondieron todos esforzados que primero perderían mil
vidas (si tantas tuviesen) que faltar a la obligación de soldados de tal caudillo y capitán, que con
sólo saber que los gobernaba y regía su esfuerzo y valor (de cuyo nombre se estremecían y
temblaban estos bárbaros), se prometían muy feliz acierto en la ocasión urgente en que se
hallaban. Con esta respuesta y valerosa resolución, dispuso sus soldados con el mejor orden que
pudo para embestir al enemigo, que habiendo reconocido la determinación de los nuestros tenía
ya su infantería dispuesta, con la cual marchaba en orden junto con su caballería a encontrarse
con la nuestra; y llegando a ajustarse los unos con los otros, descargaron sobre los enemigos una
famosa carga de arcabucería, con cuyos efectos murieron más de cien indios y, atropellando la
infantería, abrieron camino por medio de ellos, y con gran orden dispararon por sus turnos los
arcabuceros, y se fueron retirando poco a poco, acercándose a su cuartel, con pérdida sólo de tres
soldados que les mataron: si bien los más de ellos maltratados y heridos juntamente con su
capitán, a cuya causa tuvo ocasión de entrar con la espada en la mano, bañado en sangre y
colérico de haber visto que por la omisión que tuvo el gobernador en enviarle el socorro de
soldados que envió a pedir, se había perdido y frustrado la mejor ocasión que en aquellos tiempos
pudiera desearse. Y estando a caballo de la suerte referida, llegó adonde el gobernador estaba con
sus consejeros y aliados, y le dijo en altas voces que cómo se regía y gobernaba por gente tan
cobarde, pues le habían hecho perder la victoria más considerable que pudiera buscar y apetecer
en todo el discurso de su gobierno; que todos los que le habían aconsejado que no le enviase el
socorro de soldados que le había enviado a pedir eran unos gallinas y le harían creer que las
yerbas que tenía bajo sus plantas, eran enemigos: dentro de aquellas estacas, aun les parecía no
estar seguros, y que con la espada que traía en las manos les daría a entender que sabía empeñarse
y salir de sus empeños, cuando no sabían ni aun a lo largo mirarlos. Y volviendo las ancas a su
caballo, le encaminó para sus tiendas, dejando a los circunstantes admirados de su temeraria
resolución, aunque justificada. A estas razones respondió prudente el gobernador, diciendo: «Para
semejante precipitación es muy necesario el sufrimiento, pues los que bien sirven a S. M. tienen
permiso tal vez para hablar con denuedo y desenvoltura en presencia de sus superiores».
Amanecimos en la referida isla con las penalidades y trabajos que pueden imaginarse,
cansados de una noche oscura y tenebrosa, acompañada con copiosas y abundantes aguas
despedidas del cielo con violencia, y sacudidas de furiosos vientos, mezcladas con relámpagos,
rayos, truenos y granizos; siendo tan formidable a los mortales, que pareció desabrochar el
firmamento sus más ocultos senos y rincones.
Presumiendo que nos daría lugar el tiempo a esguazar lo restante que nos quedaba del río,
sucedió nuestro pensar muy al contrario, porque con lo mucho que había llovido sin cesar del
antecedente día y de la noche, se aumentaron sus corrientes de tal suerte, que nos obligaron a que
con toda prisa desamparásemos la isla y solicitásemos camino o modo de salir aquel día de los
riesgos y peligros que nos amenazaban, pues a más andar, con paso apresurado las procelosas
aguas se iban apoderando del sitio y lugar que poseíamos. Determináronse a desandar lo andado
y volver a pasar hacia nuestras tierras el esguazado brazo del río con harto peligro y temor de
encontrar con algunos de los nuestros, juzgando por posible haber salido en su seguimiento y
rastro alguna cuadrilla española, si bien les aseguraba lo borrascoso del tiempo y lo continuo del
agua. Esta resolución y acuerdo que eligieron fue porque lo restante del piélago que para sus
tierras nos faltaba por pasar era más caudaloso, más ancho, de más precipitada corriente y de más
conocido riesgo. Habiendo intentado arrojarse a él a nado, echaron por delante a un compañero
alentado y que se hallaba en el mejor caballo que en la tropa se traía; a pocos pasos que entró,
lo arrebató la corriente, y aunque fue nadando gran trecho sin desamparar el caballo, se le ahogó
en medio del río, y él salió a la otra parte por gran dicha y porque en el agua parecía un peje. Con
esta prueba se resolvieron llevar adelante su primer acuerdo. Y para ponerle en ejecución, me
ordenó mi amo como dueño absoluto de mi libertad que me desnudase y pusiese más ligero, por
si cayese en el río no me sirviese de embarazo la ropa que llevaba; a que le respondí que lo
propio era caer desnudo que vestido, porque de ninguna suerte sabía nadar ni sustentarme en el
agua poco ni mucho. «Con todo eso -me respondió- te hallarás con menos estorbo y más ligero
para todo acontecimiento.» Por obedecerle, más que por mi gusto, me desnudé del hato que traía
y sólo quedé con la camisa; de esta suerte me puse a caballo en un valiente rocín maloquero que
traía de toda satisfacción, el cual para más seguridad me lo ensilló, diciéndome: «Subid en él, y
no hagáis más que asiros de la silla fuertemente, o de la crin del caballo, que él os sacará afuera».
Subió él a otro rocinejo flaco, a cuya grupa o trasera del fuste puso mis armas (o por mejor decir
suyas) y el vestido; de esta suerte caminamos los diez indios que quedaron, el soldado Alonso
Torres y yo en demanda del paso que se reconoció ser el más angosto y nos arrojamos, con pocas
esperanzas de salir con bien de las corrientes rápidas del río, y yo sin ningunas, pues al entrar en
ellas nos arrebataron de tal suerte y con tanta velocidad, que en muy breve tiempo nos
desaparecimos los unos de los otros, y tan turbado mi ánimo y espíritu, que no supe si estaba en
el agua, en el cielo o en la tierra: sólo cuidé de aferrarme en la silla o en el fuste lo mejor que
pude, y de encomendarme a nuestro Dios y Señor con todas veras, y a la Virgen Santísima del
Pópulo, a quien desde mis tiernos años he tenido por devota; y repitiendo su dulce himno de «Ave
maris stella»; cuando llegaba a aquellas amorosas palabras de «monstra te esse matrem», era con
tantos suspiros y sollozos y lágrimas que ya no cuidaba de mi vida, sino era sólo de volver los
ojos al cielo y de pedir perdón de mis culpas al Señor de todo lo creado.
En medio de estas tribulaciones y congojas, me vi tres o cuatro veces fuera de la silla y sin el
arrimo del caballo, y levantando las manos al cielo, cuando menos pensaba, me volvía a hallar
sobre él y apoderado del fuste; porque la fuerza de la corriente era tan veloz y precipitada, que
no sabré significar ni decir de la suerte que me sacó el caballo a la otra banda del río, cuando a
los demás, que juntamente se echaron con nosotros, se los llevó más de tres cuadras abajo de
adonde salimos el otro soldado, mi compañero, y yo, con otro indio que se halló en un alentado
caballo.
Cuando me vi fuera de aquel tan conocido peligro de la vida (que aun en la sangrienta batalla
no tuve tanto recelo ni temor a la muerte), no cesaba de dar infinitas gracias a nuestro Dios y
Señor por haberme sacado con bien de un tan rápido elemento, adonde, con ser hijos del agua
estos naturales, se ahogaron dos de ellos, y los demás salieron por una parte ellos y sus caballos
por otra.
Cuando el soldado mi compañero consideró que estaban de nosotros más de tres cuadras los
indios el río abajo, después de haberme sacado de diestro el caballo en que venía de una gran
barranca que amurallaba sus orillas, me dijo determinado:
-Señor capitán: ésta es buena ocasión de librarnos y de excusar experiencias de mayores
riesgos, y pues se nos ha venido a las manos, no será razón que la perdamos; porque estos
enemigos no pueden salir tan presto del peligro y riesgo en que se hallan, y en el entretanto
podemos ganar tierra, de manera que por poca ventaja que les llevemos no se han de atrever a
seguir nuestras pisadas por el recelo que tienen de que los nuestros hayan venido en sus alcances
hasta estas riberas, pues todavía son tierras nuestras.
El pensamiento no fue mal encaminado, y a los primeros lances su resolución me pareció
acertada. Pero me acobardaron grandemente los discursos que hice sosegado; lo uno
principalmente fue el haber salido del agua tan helado y frío, que no podía ser dueño de mis
acciones, ni de mover los pies ni las manos para cosa alguna por haberme arrojado al río sólo con
camisa. Y era tanto el rocío helado que del cielo nos caía, movido de una travesía helada y
penetrante, que cuando llegué a la orilla fue tan sin fuerzas, tan yerto y tan cortado, que para
haber de subir a lo alto de la barranca (como queda dicho) fue necesario que mi compañero el
soldado me sacase de diestro y tirándome el caballo. Lo otro, consideré que el indio que salió
justamente con nosotros estaba a la mira y alerta a nuestras razones, y con la lanza en la mano,
que a cualquier movimiento que quisiéramos hacer para nuestras tierras, había de seguirnos, y
dándonos alcance, peligrar las vidas. Y habiéndole significado a mi compañero todos estos
peligros y no conocidas dificultades, se mostró tan alentado que me respondió no me diese
cuidado, que él se allegaría a él muy poco a poco y le quitaría la lanza y el caballo, dejándolo
muerto. Y pareciéndome lo que él proponía dificultoso, no permití lo pusiera en ejecución,
porque el indio, aunque no entendía lo que hablábamos, nos miraba con gran cuidado, porque nos
vio en secreto razonando. Yo le consolé diciendo:
-Amigo y compañero en mis trabajos, no faltará más segura ocasión en que nos podamos ver
libres de estas penalidades y desdichas, que pues Dios Nuestro Señor ha servido de habernos
librado de tantos riesgos en que nos hemos visto y sacado con bien de este raudal horrendo, ha
de permitir, por su gran misericordia, que con más seguridad y gusto nos veamos en descanso
entre los nuestros.
Estando en estas pláticas, en que se me pasó un gran cuarto de hora, vimos venir para nosotros
un indio que había salido a nado, como los demás, sin su caballo, por habérsele ahogado. Le
preguntamos por nuestros amos, si acaso los había visto fuera del río, y nos respondió que mi
amo juzgaba haberse ahogado, porque vio ir dos indios muertos la corriente abajo. Diome
grandísimo cuidado haberle oído tal razón, considerando pudiera haber algunas diferencias entre
ellos por quién había de ser el dueño de mi persona, y entre estas controversias quitarme la vida,
que era lo más factible, porque no quedasen agraviados los unos ni los otros. Con estas
consideraciones, fuimos el río abajo caminando en demanda de nuestros amos, por donde
encontramos otro indio que nos dio razón de que iban saliendo algunos y de que mi amo había
aportado a una isla pequeña, adonde estaba disponiendo su caballo para arrojarse tras él a nado.
Fuimos caminando con este aviso, ya poco trecho le divisamos en la isla con otros compañeros
que habían aportado a ella; y habiendo echado sus caballos por delante, se arrojaron tras ellos.
Luego que conocí el de mi amo, sacando fuerzas de flaqueza, le fui a coger y se le tuve de
diestro, y compañero con el de su amo hizo lo propio. Cuando el mío me vio con su caballo de
diestro, me empezó a abrazar y decir muy regocijado:
-Capitán, ya yo juzgué que te habías vuelto a tu tierra; seas muy bien parecido, que me has
vuelto el alma al cuerpo; vuelve otra vez a abrazarme, y ten por infalible y cierto, que si hasta
ahora tenía voluntad y fervorosa resolución de rescatarte y mirar por tu vida, con esta acción que
has hecho me has cautivado de tal suerte, que primero me has de ver morir a mí, que permitir
padezcas algún daño. Y te doy mi palabra, a ley de quién soy, que has de volver a tu tierra, a ver
a tu padre y a los tuyos con mucho gusto.
Gran consuelo recibí con estas razones de mi dueño, mostrándome agradecido a sus promesas,
diciéndole, con halagüeño semblante, lo que la obligación pudo ofrecerme:
-«Muy bien muestra tu valer y tu generoso pecho la noble sangre que encierra, pues ostentas
piedades con clemencia en mis penalidades y desdichas, que ya no las tengo por tales cuando me
ha cabido por suerte el ir debajo de tu dominio y mando...» ...con mi amo, que en la tropa y
cuadrilla que hallamos en aquel alojamiento tenía algunos amigos y parientes, de los cuales supo
con evidencia cómo se estaban convocando y disponiendo todos los caciques arriba citados y los
demás capitanejos para ir a nuestro alojamiento, resueltos a comprarme entre todos para quitarme
la vida luego que llegásemos a sus tierras, y con mi cabeza hacer un gran llamamiento y volver
a nuestras fronteras con grande ejército a destruirlas y acabarlas. Y porque el siguiente día lo
pusieron en ejecución con una ceremonia a su usanza, notable y de grande horror y espanto,
acabaré este capítulo dejando a la consideración de mis lectores lo que pasaría un triste y
desdichado cautivo aquella noche, por una parte de los elementos de agua y viento combatido,
y por otra atribulado por la esperada muerte que ansiosamente le solicitaban sus enemigos.
Después de haber amanecido con mejor semblante del que nos había demostrado el cielo en
el discurso del viaje, nos quisimos disponer para nuestra marcha y porque... detenernos y alentar
aquel día algún tanto los caballos, al paso que mis cortas esperanzas minoraron y crecieron mis
males y tormentos con la presencia y vista de tantos fariseos hambrientos de nuestra sangre y
vidas y emponzoñados con la envidia de ver que a ninguno de los de sus parcialidades les hubiese
cabido por suerte el llevarme preso y a su disposición sujeto, habiendo ellos sido los que el gasto
para el llamamiento hicieron y para la comunicación de la junta que en entrata tuvo tan feliz
acierto.
Bien manifestaron estos bárbaros la desmedida ira y rabia que les roía el alma, siendo con
extremo codiciosos, pues les obligaba a exponerse a cuantos peligros y riesgos de la vida pueden
ponérseles delante por adquirir la menor alhaja que tenemos y andar de ordinario con las armas
en las manos inquietos y desasosegados...
Grande fue el susto y pesar que recibí cuando vi venir una procesión tumultuosa de demonios
en demanda de nuestro alojamiento, con sus armas en las manos y a un pobre soldado mozo de
los que llevaban cautivos, en medio de ellos, liadas para atrás las manos, tirándole un indio de
una soga que llevaba al cuello.
Llegaron de esta manera al ranchuelo que habitábamos, aunque mi amo excusó salir de él,
conociendo la intención con que venían. Habiendo hecho alto todos juntos en un pradecillo que
sobre una loma rasa era lo más enjuto, fueron enviados dos de los más principales a llamarle. Y
como en las juntas de parlamentos no se puede excusar ninguno, que son a modo de consejos de
guerra, le fue forzoso acudir al llamamiento y llevarme a su lado, adonde con harto dolor de mi
alma fui, poniéndola bien con Dios y ajustándome a la obligación de cristiano lo mejor que pude.
Y en verdad que en aquel trance estaba bastantemente animado a morir por la fe de Nuestro Dios
y Señor como valeroso mártir, juzgando en aquel tiempo que en odio de la fe santa obraban con
nosotros sus inclemencias o rigurosos castigos, siendo así que no es esto lo que les llevaba a
ejecución de sus acciones.
Seguimos a los dos caciques mensajeros y llegamos al lugar donde nos aguardaban los demás
ministros y soldados, y luego se fueron poniendo en orden según el uso y costumbres de sus
tierras. Ésta era más ancha que la cabecera, adonde asistían los caciques principales y capitanes
de valor. En medio pusieron al soldado que trajeron liado para el sacrificio, y uno de los
capitanejos cogió una lanza en la mano, en cuyo extremo estaban tres cuchillos a modo de un
tridente bien liado; otro tenía un «toque» que es una insignia de piedra, a modo de una hacha
astillera, que usan los «regues» y está en poder siempre del más principal cacique, a quien llaman
toqui, que es nada más que cacique en su parcialidad, que, como queda dicho, es lo que llaman
«regue». Esta insignia a modo de hacha sirve en los parlamentos de matar españoles, teniéndola,
como he significado, al que de derecho le toca, y es el primero que toma la mano en hablar y
proponer lo que le parece conveniente. Y si este tal gobernador o toqui es muy viejo o poco
retórico, suele sustituir sus veces y dar la mano a quien le parece entendido, capaz y discreto, que
adonde quiera tiene su lugar el buen discurso. Y entre estos bárbaros se apropia el orador insigne
el nombre de encantador suave, cuyo título dieron a los predicadores las antiguas letras, que en
algo se asemejan estos naturales a los pasados siglos. Cogió en la mano el toque o, en su lugar,
una porra de madera que usaban entonces, sembrada de muchos clavos de herrar, el valiente
Butapichún, como más estimado cacique por soldado de buena disposición y traza en la guerra,
y en lenguaje veloz y discreto. Y haciendo la salva a todos los compañeros, habiéndose puesto
en pie en medio de la plazoleta o calle referida, se acercó a donde (a) aquel pobrecito soldado le
tenían sentado, y desatándole las manos, le mandaron coger un cuchillo, y que de él fuese
quebrando tantos cuantos capitanes valientes y de nombre se hallaban en nuestro ejército. Y
como el desdichado mozo era novel en la guerra, no tenía noticia de los que en aquel tiempo
tenían opinión y nombre entre los enemigos, y le mandaron los fuese nombrando. Dijo que no
conocía a los valientes, a que replicó Butapichún diciéndole:
-¿Pues no conocéis a Álvaro Malticampo?
-Sí, conozco y tengo muchas noticias de él -respondió el desdichado.
-Pues, cortad un palito, y tenedlo en una mano.
-¿Al apo no lo conocéis? -le volvió a preguntar el toqui.
-Muy bien le conozco -dijo.
-Cortad otro palito.
-Al Maltincampo y sargento mayor también los conozco -repitió el soldado.
-Pues id cortando palitos.
De esta suerte fue nombrando hasta diez o doce de los más nombrados y conocidos y le
mandó cortar otros tantos palitos, los cuales los hizo tener en una mano, y le dijo:
-Tened en la mano a todos los que habemos nombrado y haced un hoyo para enterrar esos
valientes.
Y habiéndole dicho de la suerte que lo había de hacer, lo puso luego en ejecución.
Acabada esta ceremonia, fueron tres capitanejos a sacar cada uno un cuchillo de los que
estaban liados en la lanza que al principio dije, que significaban los «utammapos», que son
parcialidades de que se compone toda la tierra que habitan desde la costa hasta la cordillera, la
cual se reparte en tres caminos que se llaman «rupus». La una parcialidad es de la costa, la otra
la parte de la cordillera y la tercera de en medio: cada una de estas parcialidades tiene su distrito
conocido y su jurisdicción señalada. Sacaron les cuchillos por su orden, y con él mismo lo fueron
entregando al que tenía el toqui, que lo puso en la mano izquierda y recibió los cuchillos con la
derecha. Con esto se fueron a sus lugares y asientos, y quedó solo Butapichún, que fue el que
recibió los cuchillos y el que estaba con el toqui de pie en medio de la calle. Dio principio a su
parlamento con grande arrogancia y energía, como acostumbraban, hablando con cada uno de los
circunstantes, principiando por los más antiguos y por los que tienen adquirida por sí mayor
estimación y aplauso, diciendo en alta voz:
-¿No es verdad esto fulano?
A lo que responde el nombrado el «veillicha» que se usa entre ellos, que es como decir: es
verdad, o es así, o tenéis razón. Y si alguno más retórico o presumido quiere con otras razones
dilatar sus respuestas y apoyar las del orador, lo hace con elegancia. De esta suerte fue hablando
con todos y concluyó su plática con decir a Maulicán, mi amo, lo que se sigue:
«Esta junta de guerra y extraordinario parlamento que hemos dispuesto en este despoblado
camino los caciques Antegüeno, Lincopichún y Nailicán (y los demás que fue nombrando), no
se han encaminado a otra cosa que a venir mancomunados a comprarte este capitán que llevas.
Y porque no imagines que lo queremos sin que tengas el precio de tu trabajo y no puedas
excusarte ni hacer repugnancia alguna a nuestra justa petición, te ofrece el cacique Antegüeno
dos caballos buenos, una oveja de la tierra y un collar de piedras ricas (que ellos tienen por
preciosas, como nosotros los diamantes); Lincopichún ofrece dos ovejas de la tierra y un caballo
bueno ensillado y enfrenado, con una silla labrada que fue de los españoles, y Nailicán, ofrece
un español de los cautivos que llevamos; Namoncura, dos collares y dos ovejas de la tierra (éstas
son de mucha estimación entre ellos porque se asemejan a los camellos y sirven de cargar la
chicha a las borracheras y parlamentos; y a falta de algún español o cautivo a quien quitar la vida
en ellos, en su lugar matan una de estas ovejas).
Butapichún, el que hacía el parlamento, dijo:
-Yo te ofrezco una hija, y mi voluntad con ella, y entre todos los demás circunstantes ofrecen
cien ovejas de Castilla: con todas estas pagas se pueden comprar entre nosotros más de diez
españoles y quedar con algún remanente. Nuestro intento no es otro que engrandecer nuestros
nombres y afijar los toques e insignias antiguas de nuestra amada patria con la sangre de
opinados españoles, y solicitar con esfuerzo echarlos de nuestras tierras. Hoy parece que nuestro
Pillán (que así llaman al demonio o a su dios) nos es favorable y propicio, pues la buena fortuna
nos ha seguido en estas dos entradas que hemos hecho, en las cuales han quedado muertos y
cautivos más de 150 españoles, quemadas más de 30 estancias, cautivado y muerto en ellas un
número de más de 300 almas y traído más de 2.000 caballos. Y para seguir nuestra feliz suerte
y dicha conocida, es necesario hacer un gran llamamiento con la cabeza de ese capitán que te
pedimos, que es hijo de Álvaro, cuyo nombre está derramado y esparcido por toda la redondez
de nuestra tierra, y su dicha y fortuna han sido conocidamente en gran daño y perjuicio nuestro.
Éste el que hemos menester para alentar y mover a los más retirados, y para que no se excusen
de acudir a nuestros llamamientos; y porque este «cojau» que hemos hecho, sea con la
solemnidad acostumbrada, tenemos este «huinca» (que quiere decir soldado o español) para
sacrificarle a nuestro Pillán por los buenos aciertos que nos ha dado. Y tú has de ser el dueño de
esta militar acción, como valeroso capitán y caudillo.
Acabadas de decir estas razones, los tres cuchillos que tenía en la mano los clavó en triángulo
a la redonda del hoyo que había hecho aquel desdichado soldado, que asentado junto a él estaba,
con los palillos que le habían hecho cortar antes en la mano. Llegose luego al sitio y lugar donde
mi amo asistía en medio de dos amigos suyos, de aquellos que llegaron juntamente con nosotros,
y lo sacó al lugar adonde él estaba razonando. Al salir del suyo y de donde los demás asistían,
me dejó encargado a los dos sus amigos y compañeros; salió al palenque y ocupó el puesto de
Butapichún, más por la obligación y empeño en que le pusieron, que por la voluntad que tenía
de ejecutar cosa que no deseaba. Salieron otros dos ministros de ceremonias, que es imposible
poderlas significar y decir de la suerte que ellos las hacen. El maestro de ellas era Butapichún,
con el toque en la mano, el que habienido puesto a los sacrificadores en medio, le entregó a mi
amo una porra de madera sembrada toda de clavos de herrar, las cabezas para afuera, y el cuchillo
que
había puesto hincado en medio de los dos, el cual representaba la parcialidad de Maulicán, mi
amo, y de los suyos; los otros dos cuchillos, mandó a los acólitos o ministros que las cogiesen
en las manos cada uno el que le tocaba, siendo el uno de la parcialidad de la cordillera y el otro
de la costa. Con ellos y sus lanzas arboladas se pusieron a los lados del sacrificante, el cual se fue
acercando al lugar adonde aquel pobre mancebo estaba o lo tenían asentado, despidiendo de sus
ojos más lágrimas que las que en los míos sin poder detenerse se manifestaban.
Con que cada vez que volvía el rostro a mirarme, me atravesaba el alma. Y
correspondiéndome con unos suspiros y sollozos desmedidos, sin podernos ir a la mano, muchos
de los ministros circunstantes daban muestra de hallarse condolidos. Porque algunos entre ellos
hay que se duelen y lastiman de los miserables que en tales casos y ocasiones tienen mala fortuna,
como lo manifestaba Maulicán, mi amo, en el sacrificio que le obligaron a hacer (como después
lo significó a sus amigos). Llegose al desdichado mancebo y díjole:
-¿Cuántos palillos tienes en la mano?
Contolos y respondió que doce; hízole sacar uno, preguntándole que quién era el primer
valiente de los suyos. Estuvo un rato suspenso sin acertar a hablar palabra ya con la turbación de
la muerte que le aguardaba, o ya porque no se acordaba de los nombres que dijeron; a cuya
suspensión el maestro de ceremonias que con su toque asistía al ejecutor del sacrificio, habló de
donde estaba y le dijo:
-Acaba ya de hablar, soldadillo. El miserable, turbado, pareciéndole que seguía el orden como
se debía, respondió diciendo.
-Éste es el gobernador.
Replicole el Butapichún:
-No es sino Álvaro, que aquí solamente los valientes conocidos se nombran primero.
Échalo en ese hoyo -y él dejó caer el palillo como se lo ordenaron.
-Sacad otro -le dijo mi amo.
Y habiéndolo hecho así, le preguntó quién era el segundo. Respondió que el apo gobernador.
-Échalo en el hoyo y sacad otro -le dijo.
Así fue por sus turnos sacando desde el maestre de campo general y sargento mayor hasta el
capitán de amigos llamado Diego Monje, que ellos tenían por valiente y gran corsario de sus
tierras. Acabados de echar los doce palillos en el hoyo, le mandaron fuese echando la tierra sobre
ellos, y los fuese cubriendo con la que había sacado del hoyo. Estando ocupado en esto, le dio
en el cerebro un tan gran golpe, que le echó los sesos fuera con la macana o porra claveteada, que
sirvió de insignia. Al instante, los acólitos que estaban con los cuchillos en las manos le abrieron
el pecho y le sacaron el corazón palpitando y se lo entregaron a mi amo, a quien después de
haberle chupado la sangre le trajeron una quita de tabaco y cogiendo humo en la boca lo fue
echando a una y otra parte, como incensando al demonio a quien había ofrecido aquel sacrificio.
Pasó el corazón de mano en mano, y fueron haciendo con él la propia ceremonia que mi amo.
Entretanto, andaban cuatro o seis de ellos con sus lanzas corriendo a la redonda del pobre
difunto, dando gritos y voces a su usanza y haciendo con los pies los demás temblar la tierra.
Acabado este bárbaro y mal rito, volvió el corazón a manos de mi amo, y haciendo de él unos
pequeños pedazos, entre todos se los fueron comiendo con gran presteza. Con esto se volvieron
a poner en sus lugares y persuadieron con instancia a Maulicán los caciques que respondiese o
hablase lo que decía en la razón de mi compra o venta, pues reconocían lo que importaba mi
cabeza para la quietud y sosiego de sus tierras. A esto respondió el astuto guerrero que todos en
sus sitios se asentasen para hacer, su razonamiento y dar a su proposición respuesta conveniente.
Hiciéronlo así los circunstantes, y después de sosegados y atentos, se quedó solo en pie en medio
del concurso, con la porra que sirvió de toque en la mano y el cuchillo que por razón de su
parcialidad le tocaba; y razonó de esta suerte:
-Ya sabéis, amigos y compañeros, que ha muchos años que os acompaño y sigo, sin haber
faltado a ningún llamamiento y juntas de guerra que habéis hecho, con todos los soldados de mi
regue o parcialidad, y en algunas ocasiones he salido mal herido y maltratado sin haber tenido
dicha de llevar a mi tierra o a ojos de mi padre (que es toqui principal de Repocura) una pequeña
alhaja de españoles. Al cabo de tantas entradas y salidas en que me he hallado con vosotros, ha
querido mi fortuna que me haya tocado llevar a este capitán que me pedís. Vuestra demanda es
muy justo y vuestra intención muy conforme al bien y reparo de nuestra amada patria, y claro está
que yo no he de faltar a lo que es encaminado a su mayor provecho y conciencia. Y si el quitarle
la vida lo es, siempre lo tendré dispuesto para la ejecución en mi parcialidad o donde vosotros
tuviereis gusto. Mas no será razón que estando tan cerca de mi padre y de los demás caciques de
mi tierra y comarcanos, me vaya sin él. Dejad que le lleve a vista de los de mi casa, de los demás
toquis y caciques principales para que reconozcan y vean que soy persona de todo valor y
esfuerzo, acreditando con él en esta ocasión lo que en otras escaseó la fortuna. Dentro de breves
días de mi llegada, os lo remitiré o llevaré en persona para que donde tuviereis gusto, dispongáis
el parlamento para la ejecución de vuestros intentos y los míos.
A estas razones que acabó de pronunciar el astuto y magnánimo gentil, se levantó Antegüeno,
cacique de los más principales de la junta, y dijo con arrogancia y energía el «mupicha», que
quiere decir: «tiene mucha razón», agregando:
-«Y no fuera justo ni bien mirado que fuese a su tierra y parcialidad sin el despojo adquirido
por sus puños, y con la continuación de sus entradas y salidas, que sus padres ni los demás
caciques de su distrito lo tuvieran a bien; antes que pudiera ser, fuese lo contrario, causa de
disgustarse los toquis, de manera que en las demás ocasiones que se nos ofrezcan falten a
nuestros llamamientos y no quieran acompañarnos como lo han hecho hasta aquí. Ha dicho muy
bien Maulicán, y todos debemos apoyar su causa».
A estas razones se levantaron los demás y llevaron adelante las propuestas de Antigüeno,
aplazando a mi amo para dentro de quince días; que le enviarían las pagas ofrecidas sin que
faltase alguna, para que en su retorno se remitiese a sus tierras, adonde se había de hacer el
«cojau» con toda solemnidad y junta de contornos. Con esto se despidieron los unos de los otros
muy contentos, después de haber dejado la cabeza de aquel desdichado mancebo clavada en una
estaca gruesa y levantada, y el cuerpo en suelo o campo raso, ofrecido a las bestias por sustento.
Nosotros nos quedamos en nuestro alojamiento entretenidos en el reparo de nuestras pequeñas
chozas; luego salimos en demanda de alguna leña seca para repararnos aquella noche de los
hielos y fríos que nos prometía el tiempo. Y aunque eran en extremo sus afectos, yo me hallaba
sudando, con el fuego de las congojas y aflicciones que me oprimían el alma, de haber visto aquel
triste espectáculo y lastimoso fin de mi compañero, y por la sentencia de muerte que en mi
presencia me promulgaron.
Salimos por allí cerca en demanda de la leña, mi amo, otro compañero y yo, y al descuido,
cuidadoso me entré en un bosquecillo de «coleales», que nosotros llamamos «cañas bravas», y
como llevaba el corazón tan tierno y oprimido de los pasados lances y sucesos, considerando los
infortunios y desdichas que a cada paso se iban disponiendo, me hinqué de rodillas en la más
oculto de sus ramas y levanté los ojos para el cielo, desaguando por ellos el caudaloso mar que
anegaba mis sentidos y aumentaba mis pasiones, ofreciendo a su Divina Majestad mis trabajos
y aflicciones por medio de la Sacratísima Virgen del Pópulo, Señora Nuestra. Estando de esta
suerte entretenido y muy cerca de hallarme sin atiento, llegó Maulicán, mi amo, que al descuido
cuidaba de mis pasos y me dijo con semblante alegre y cariñoso:
-¿Qué haces aquí capitán, metido en este bosque?
Volví el rostro a sus razones y levanteme del suelo, bañados los ojos en lágrimas, y le dije:
-Aquí me habéis hallado encomendando a Dios, pues con tanto rigor me has prometido
entregar a estos caciques, mis enemigos, no acordándote de la promesa y palabra que me diste,
cuando pude con poca diligencia haberte dejado, y libertado mi vida de estos lances y peligros.
Y esto fue con tan tierno y lastimoso llanto, que le obligó a enternecerse, de manera que
echándome los brazos sobre el cuello, se le cayeron las lágrimas sin poderlas reprimir ni detener
en los ojos, y me respondió, afligido y lastimado de verme de aquella suerte, las siguientes
razones:
-Capitán, no te dé cuidado la promesa y palabra que a estos feroces caciques en tu presencia
he dado, porque ha sido a más no poder, por haber tenido aviso de un amigo mío que habían
venido resueltos a matarte o llevarte sin mi gusto si yo no respondiese a propósito de su
propuesta, y con su petición no conformase. Déjame poner con bien en los distritos de mi tierra,
que allá yo soy también principal cacique como ellos y tengo muchos parientes y amigos; con que
puedes tener por sin duda que no he de faltar a la palabra que he dado, pues primero me has de
ver morir a mí que dejar de cumplir lo que te digo: que por haberme visto en esta ocasión solo
y haberme hallado sin compañeros entre tantos enemigos, prometí lo que no he de hacer; así, no
te desconsueles por tu vida, que me da mucha pena verte lastimado y afligido. Porque me has
obligado con tu agrado y fidelidad, y naturalmente me has llevado el afecto y el corazón.
Y esto fue volviéndome a abrazar con amor y ternura.
Gran dicha fue la mía que me cupiese por suerte ir sujeto a un hombre noble y cacique
principal, pues lo mostró con veras en esta ocasión y en otras, ostentando con su piedad lo ilustre
de su sangre y la magnanimidad de su generoso pecho.
Retirámonos a nuestro alojamiento con nuestras carguillas de leña, a tiempo que se acercaba
la noche y el frío se aumentaba con el aire y viento presuroso, y a la puerta de la choza hicimos
una buena candelada para el abrigo nuestro y para asar algunos pedazos de carne de caballo, que
no había otra cosa de que valernos. En otra ocasión tengo significado que no podía de ninguna
suerte arrostrarla ni aun llegarla a los labios, por cuya causa me acomodaba con los hígados bien
lavados, los cuales puestos en las brasas, se ponen tiesos y gustosos. Así, al amor del fuego, en
buena conversación comimos lo que cada uno pudo de aquel género. Y después nos echamos a
dormir con algún gusto y consuelo por el que me había dado mi amo con las promesas que me
había hecho, y por el amor y agasajo que me mostraba. Con esta consideración quedé aquella
noche con algún descanso, hallando algún desquite al tormento que había padecido.
Después que Dios, Nuestro Señor, se sirvió de echar su luz, aunque turbada y con algunas
amenazas de volver a continuar el tiempo sus rigores por haber sido el antecedente día razonable,
el río se nos mostraba más apacible, si bien peligroso por ser rápido y de crecidas piedras. Con
todo eso se determinaron a esguazarle por las muestras que daba el cielo de continuar sus
húmedos rocíos. Dejamos que pasase delante aquella turbamulta de fariseos, y quedamos atrás,
mi amo y yo, el soldado, mi compañero, su amo y otro hermano suyo, gran guerrero y amigo de
españoles -siempre me hizo muy buen tercio y me consolaba de ordinario con agasajos y buenas
razones-, y otros tres compañeros de aquéllos que tenían sus ranchos en esta parcialidad de la
cordillera. Pasamos con bien aquel raudal, después, de haber visto cómo los demás abrían camino
y les esguazaban sin riesgo, y a muy buen paso aquel día nos pusimos muy cerca del río de
Cactén, que así llaman par arriba al que pasa por La Imperial, habiendo descabezado todos les
otros esteros o afluentes como son Coipo, Curalaba y otros, que en el rigor del invierno son más
tratables por arriba, cerca de su nacimiento. Alojamos aquella noche a la orilla de un estero que
estaba cerca de unos ranchos, según nuestros compañeros lo aseguraron, aunque no se veían
desde el lugar en que habíamos alojado. Y sin duda debió ser así, porque en aquellos contornos
encontramos algunas tropillas de vacas muy domésticas y mansas con algunas crías. Las arrearon
fácilmente a un «guape», las encerraron y cogieron dos terneras, que llevamos a nuestro
alojamiento y con gran gusto con unos aquella noche de ellas y en un copioso fuego nos secamos,
porque volvieron las preñadas nubes a descargar sobre nosotros sus penosas aguas. Y habiendo
dispuesto nuestras pequeñas chozas, dimos al descanso nuestros fatigados cuerpos.
Apenas se ausentaron las tinieblas, recogimos los caballos. Con el día, el agua con más fuerza
se descolgaba. Y porque el río de La Imperial no nos impidiese el paso al aumentarse con las
lluvias sus corrientes, nos apresuramos en dar rienda a los brutos, que en breves horas nos
pusieron en sus pedregosas orillas. Allí nuestros compañeros rogaron a mi amo que pasase con
ellos a sus casas a descansar y holgarse tres o cuatro días, pues tan cerca se hallaban de sus
humos. Habiendo aceptado el partido que se la hacían porque de allí a su tierra había otros dos
días de camino y los caballos se hallaban fatigados, sin dilación alguna nos dispusimos a
enguazar el río, aunque por partes a volapié salimos. Y cogiendo un galope apresurado, dentro
de breve tiempo nos pusimos en el rancho de Colpoche -que así se llamaba el hermano del otro
indio, amo de mi compañero el soldado-, cuyo alojamiento y casa estaban vecinas con otras seis
o siete de parientes y amigos. Y en contornos de un cuarto de legua poco más o menos había
otros muchos comarcados. Con la llegada de los soldados guerreros y la noticia que tuvieron de
la mía con el nombre de hijo de Álvaro, se juntaron aquella noche más de cien indios a visitar
a los recién venidos. Y todos tratan sus cornadillos de muchos géneros de chicha, terneros,
carneros, aves y perdices. En el rancho de Colpoche, que era el mayor y más desocupado para
el efecto de holgarse y entretenerse en comer, beber y bailar, nos alojamos arrimados a un fogón
de tres copiosos que habían en el distrito de la casa. Parecionos muy bien el abrigo por haber
llegado bastante mojados, y, habiendo entrado nuestros fustes y entregado los caballos a quien
ordenó el dueño que los guardase, nos arrimamos al fuego mi amo y yo con otros caciques viejos.
Al punto nos trajeron unos cántaros de chicha y mataron una oveja de la tierra a nuestro
recibimiento, que es acción ostentativa y de grande honor entre ellos. A mí me trajeron
juntamente tres cántaros de chicha y un carnero, haciéndome la misma honra y cortesía que hacen
a los principales huéspedes y caciques de importancia, como lo hicieron con mi amo. Y a
imitación de los otros, fui haciendo lo que los demás hacían: que unos me brindaban a mí y yo
brindaba a los otros.
Así, en este entretenimiento alegre, fueron poniéndonos por delante para que cenásemos
algunos guisados a su usanza: tortillas, platos de papas, envoltorios de maíz y porotos. Trajeron
además muchos asadores de carne gorda y aquello me pareció lo más acomodado al gusto,
porque un muchacho iba dando vueltas con los asadores acabados de sacar del fuego, vertiendo
el jugo por todas partes, y los iba poniendo frente a cada uno para que cortara por su mano lo que
le pareciera lo más acomodado y mejor asado. Los volvían a poner al fuego y traían otros, dando
la vuelta a todos los circunstantes. Lo propio hacían de los demás asadores, de capones, gallinas
perdices y longanizas. De esta suerte comimos y bebimos muy a gusto, desquitado el ayuno que
en el trabajoso viaje padecimos. Fuéronse alegrando los espíritus con la continuación de
diferentes licores. En otro fogón del rancho, uno de los músicos más diestros cogió un tamboril
templado, y, dando principio al canto, siguieron otros muchos la tonada. Dentro de breve tiempo
al son del instrumento y de las voces, dando saltos, bailaban a su usanza las indias y muchachas
que allí estaban. Alborotados ya con el ruido, se fueron encaminando a nuestro fogón a convidar
a los viejos que en él asistía en mi compañía y llevaron a mi amo a la rueda del baile; a mí me
llevó el dueño del rancho. Llegamos a la rueda donde estaban bailando los indios y las indias, que
no quitaban los ojos de los míos, diciendo los unos a los otros, así indios como muchachos y
muchachas:
-Éste es el hijo de Álvaro; muy niño es todavía...
Y llegaban a brindarme con mayor amor y agasajo diciéndome que bailara también con ellas,
cosa que no pude hacer de ninguna manera. Porque aunque me mostraban buena voluntad y
agrado, tenía muy frescas las memorias de mi desdichada suerte. A mi compañero que lo fue
hasta aquel paraje pidieron que se armase y bailase con su mosquete a cuestas y de cuando en
cuando saliese a la puerta a dispararle.
De esta suerte, estuvieron toda la noche comiendo, bebiendo y bailando. Yo pedí licencia al
dueño del rancho para recogerme a un rincón a descansar. Me la concedió luego y se fue en
persona conmigo y me hizo la cama con unos pellejos limpios y peinados, cosidos unos con
otros, que, como colchones nosotros, usan los principales caciques. Y en lugar de sábanas echan
unas mantas blancas y encima la frazada y sobrecama. Dispuesta ya en la forma referida, me dijo
el camarada:
-Bien puedes descansar y dormir a tu gusto aquí. Y si quieres levantarte a ver bailar y
calentarte, podrás ir donde yo estoy, que toda la noche no hemos de pasar holgando en nuestros
entretenimientos. Y no estés triste, que presto has de volver a ver a tu padre y gozar de tu libertad
en tu tierra, Yo le he dicho a Maulicán, tu amo, que no te deje de la mano y que mire por ti con
todo desvelo porque estos caciques de mi parcialidad han de hacer grandes diligencias por
matarte. Y aunque yo no puedo ir en contra de lo que propusieron, lo que podré hacer por ti será
dar avisos a tu amo de todo lo que trataren y quisiera disponer, para que pueda esconderte y
guardarte. Porque yo naturalmente me inclino a querer bien a los españoles y a tu padre, porque
es amable y querido de todos, que le conozco mucho y el tiempo que fui amigo reconocí en él
muy buen corazón y trato para con nosotros; que si todos los que nos gobiernan fuesen de su
calidad y agrado, no nos obligaran a dejar su comunicación y trato.
Le rendí las gracias con sumisas y amorosas razones y, habiéndole visto tan agradable y jovial
sentarse en la misma cama donde pretendía dar descanso al fatigado cuerpo, le pregunté que por
qué causa, mostrando tanta voluntad a los españoles como refería, se había vuelto «auca» y contra
nosotros. A lo que me respondió:
-Muy bien me preguntas, capitán. Y porque lo sepas y no sea mi acción culpada, te diré lo que
me pasó:
«Yo fui leal amigo de los españoles en el fuerte y reducción de Cayuguano, donde estuve con
mucho gusto el tiempo que gobernaba aquella frontera tu padre Álvaro, quien con todo desvelo
solicitaba saber si nos hacían algunos daños, molestias o agravios, y con severidad y rigor
castigaba a los lenguas, cabos y oficiales que nos asistían, cuando, aun en cosas muy leves,
éramos molestados. Tu padre, en fin, nos faltó, porque le enviaron a Tucapel a que asistiese y
gobernase aquel ejército y reducciones. Por su ausencia, quedaron otros a gobernarnos, los cuales
no tenían aquel desvelo y cuidado de nuestras conveniencias que tenía Álvaro. Con esto se fueron
libertando los soldados de tal suerte, que ya no había rancho seguro de sus manos. Si a los
principios robaban lo que podían, después, con atrevido descoco, quitaban por fuerza lo que
poseíamos. Y si alguno de nosotros se quejaba, a bien librar, no nos oían y escuchaban, cuando
de palabra o de obra no nos maltrataban. Creció este abuso, de suerte que nos hallábamos
descontentos, desabridos y aun desesperados, sin tener a quien poder volver los ojos. Callábamos
y disimulábamos todo lo que podíamos, en la espera de que tu padre había de volver a visitar
nuestras reducciones, como nos lo enviaba a decir con algunos compañeros. Los capitanes y
tenientes que nos asistían, debiendo defendernos y ayudarnos, eran los primeros que nos vendían
y maltrataban.
«Tocome por suerte o turno salir a registrar los pasos con otros compañeros que también
estaban, como yo, disgustados: a uno de ellos le había forzado la mujer un teniente, por lo que
estaba hecho una ponzoña y muy lastimado. Estando pues a solas, tratando de lo que usaban con
nosotros los españoles, hallé a mis compañeros -que eran seis- resueltos a venirse al enemigo.
Por apaciguarlos, les dije que tenían sobrada razón; que yo estaba de la propia suerte vestido,
pero que aguardásemos algunos días a ver si venía Álvaro, el cual sin duda pondría remedio en
semejantes excesos y templaría nuestros disgustos. Parecioles bien a los compañeros, y con esto,
al cabo de dos días, nos fuimos a nuestro fuerte y casas. Lo que hallé de refresco fue a mi mujer
afligida, triste y llorosa. Y al preguntarle la causa, me respondió que el teniente que nos
gobernaba (que era el mismo que más arriba queda referido) la envió a buscar con su criada.
Juzgando que sería para otra cosa, fue con ella. Entrando a su casa, la entregó a un soldado amigo
suyo y la rogó que le hablase y que hiciera su gusto, que lo estimaría, además de que la paga sería
muy a su satisfacción. Y habiendo excusado ella a sus ruegos e intercesiones, la encerró con él
en su aposento o en un rincón de su rancho, donde la anduvo forzando hasta que por las voces
y gritos que dio -porque al ruido se juntaron muchas personas- se vio obligado a dejarla.
«Al punto que oí estas razones a mi mujer, acabado de llegar con mis amigos a quienes había
desvelado de sus intentos, les fui a buscar a cada uno de por sí y les referí lo que queda dicho,
diciéndoles que ya no teníamos que aguardar más, pues con tanta disolución y desvergüenza nos
quitaban las mujeres para hacer de ellas lo que se les antojaba, y que al instante se dispusiesen,
porque aquella noche, con sus hijos y mujeres los que las tuviesen, se habían de ir al enemigo,
y que al cuarto del alba, se aguardasen los unos a los otros en tal paraje de la empalizada o
muralla de madera que tenía el fuerte, para que todos juntos saliesen a un tiempo convoyados.
Tenían éstos de la liga otros amigos también disgustados, los cuales en otras ocasiones habían
manifestado sus designios. Tocándoles a leva, nos aunamos unos catorce o quince, con sus
mujeres los más. Al alba salimos con nuestras armas en las manos, llevando por delante nuestra
chusma y familia, y nos pasamos el río Bío-Bío, que estábamos muy cerca de su orilla. Cuando
amaneció, nos hallábamos a más de cuatro leguas de nuestro fuerte.
«Ésta fue, capitán y amigo, la causa de mi transformación y mudanza de amigo vuestro a
enemigo declarado. Mirad ahora por vuestra vida si tuve razón o no.»
Toda esta conversación tuvimos con muy buena comodidad, porque en el discurso de ella nos
trajeron de refresco unos pollos muy bien aderezados, con mucha pepitoria de zapallo, ají y otros
compuestos, con un plato de sabrosas papas y un cántaro de chicha de frutilla -que es de las más
cordiales que se beben-, con lo que nos fuimos brindando con mucho gusto y volvimos a cenar
aquel bocado después de haberlo hecho con los compañeros.
Muy atento estuve a lo que me refirió mi camarada y amigo, a quien respondí que no tenía que
decirle sino que su acción había sido muy justificada, porque tales excesos y maldades eran
insufribles.
Llegó en esta ocasión Maulicán, que con los demás había estado bailando y, de haber bebido
varios licores y chichas, traía la cabeza algo pesada. Le brindé con la frutilla que me había
quedado en el cántaro y mi amigo se levantó diciendo:
-Vamos a bailar, capitán, un rato y luego te vendrás a dormir.
Y mí amo, con notable amor y cariño, dijo.
-Vamos, hijito.
Y cogiéndome del brazo, medio cayéndose, me levantó. Yo les obedecí por darles gusto,
aunque a costa del sueño venía rendido. Llegamos al baile, donde me brindaron con una chicha
de manzanas tan desabrida, que pasé luego el jarro a otro. Dentro de breve rato, habiendo dejado
a mi amo entretenido en medio del concurso jovial y alegre, le dije a mi amigo que no podía
tenerme ya en los pies y que me diera licencia para ir a descansar. Él, con grande voluntad y
agrado, me dijo:
-Vamos, capitán, que quiero yo llevarte y a mi hijo para que te acompañe. -Éste era un
muchacho de hasta doce o trece años, a quien llamó y le dijo-: Échate aquí con el capitán y le
acompañarás porque ninguno llegue a molestarlo.
Y el propio indio nos cubrió con una frazada y se fue a su baile. Quedamos solos yo y el
muchacho, que era muy agradable y jovial. Le pregunté cómo se llamaba y me respondió que
Neculante, y él me preguntó otras cosas a las que respondí brevemente y le dije que
descansásemos porque me hallaba con la cabeza cargada. Me pidió licencia para volver al baile,
diciendo que luego volvería porque aun no le había venido a molestar el sueño. Con esto me dejó
solo y, aunque medio dormido, no podía quitar de la memoria la razones que me dijo aquel
bárbaro discreto, las que me causaron gran desvelo.
Además ayudaban a esto con los gritos y voces que habían en el rancho, porque, como se
hallaban ya calientes algunos y otros privados de sus juicios, cantaban con desmedidas voces los
unos, otros lloraban y reían, y los más, riéndose, bailaban. Como mi experiencia era limitada -por
ser muchacho en aquel tiempo, sin conocimiento de lo que en las reducciones de estos indios se
acostumbra-, estuve la mayor parte de la noche suspenso y admirado, considerando los agravios
que aquellos naturales padecían. Estando allí recogido, recordé sobresaltado de un sueño que me
afligió el corazón y perturbó el ánimo: veía venir para mí aquellos caciques y soldados que en
el alojamiento pasado dejaron efectuado el trato de mi venta, armados con diversos géneros de
armas, los cuales, acometiendo unos por una parte y otros por otra, solicitaban rabiosos hallar al
hijo de Álvaro. En breves lances, daban conmigo y entre dos alguaciles de aquéllos me sacaban
arrastrando a la campaña. Al ruido y voces que yo daba, salía Maulicán a defenderme y quitarme
de las garras de aquellos fariseos. Estando en esta contienda, lo habían muerto sobre mí y caía,
revolcándose en su sangre y a mis pies. En esto recordé despavorido y bañado en el sudor de la
congoja que me oprimía. Me levanté a dar gracias a N. S. y a ver el semblante que nos mostraba
el día: entre nublados algo denso se descubrían los rayos del sol.
Mi compañero, el soldado, a quien habían hecho bailar toda la noche, había estado cuidadoso
por verme. Luego que me descubrió, al salir por la puerta del rancho, salió anheloso en mi
demanda, y encontrándome afuera, me abrazó y dio los buenos días algo alegre, porque como le
habían obligado a beber más de lo que acostumbraba, no dejaban de salirle a la cara los colores
y el regocijo interior a las palabras. Consoleme de haberlo visto gustoso en medio de sus trabajos,
y preguntándole por mi amo, me respondió que estaba durmiendo la borrachera por haber estado
toda la noche cantando y bailando.
Salió en esta ocasión mi amigo Colpoche como si no se hubiese desvelado ni bebido, tan
entero en su juicio que me admiré de verle. Me saludó con mucho amor y me dijo que fuésemos
a bañarnos al estero -que es costumbre de todos el hacerlo de mañana- como lo habían hecho ya
algunas indias que volvían frescas del abundante arroyo que a la vista de los ranchos se esparcía.
Para él nos encaminamos el soldado, mi compañero, y yo, el indio y dos muchachos, hijos suyos.
Apenas llegamos a sus orillas, cuando se arrojaron al agua los muchachos y tras ellos su padre.
Aunque a mi compañero y a mí nos persuadían a que hiciésemos lo propio, no nos ajustamos al
consejo ni nos atrevimos a imitarlos, contentándonos sólo con lavarnos las manos y los rostros.
Volvimos con los compañeros de este baño al abrigo del rancho, y, como dueño y señor, mi
amigo nos mandó dar de almorzar con todo gusto, estando al amor de un fogón bien atizado,
gozando de sus llamas apacibles. En conversación deleitosa estuvimos a la vista de unos asadores
de carne gorda de corderos, pollos y gallinas. Muchos de los que en el baile estaban entretenidos
agregáronse a los asadores y en breve rato dimos cuenta y fin de ellos. Sacaron un cántaro de
chicha clara y me lo pusieron delante para que fuese bebiendo y brindando a los demás
circunstantes, como lo hacían otros dos caciques principales. Después de haber concluido con
ellos, se levantaron y se volvieron al baile y mi compañero el indio me convidó que por un breve
rato fuésemos a asistirle. A mi compañero el soldado lo llevó un hijo de su amo, y por darles
gusto, bañaba entre les otros y cantaba, o por decir mejor, gritaba al son de los tamboriles. Y
aunque no eran difíciles las mudanzas, porque no tenían más compases que dar saltos para arriba,
no me pude aplicar jamás a acompañarles, y así procuraba luego desasirme de la rueda del baile,
como 1o hice en esta ocasión. Salí afuera a tiempo que el sol comunicaba más apacible sus rayos,
por ser ya más de medio día, y, al amparo del rancho, me senté a la resolana por divertirme y
apartarme de aquel bullicio confuso de la gente.
Salió en ese momento el muchacho hijo de mi amigo y camarada con otros tres o cuatro de
su ahillo, que se andaban tras sí como admirados, diciendo los unos a los otros:
-Éste es pichi Álvaro; éste es Álvaro chiquito.
Todos estaban deseosos de comunicarse conmigo, porque como mis años eran entonces poco
más o menos los que ellos podían tener, se inclinaban a mirarme con amor.
Llegó el hijo de mi amigo diciéndome:
-Capitán, yo no pude volver a acompañarte por haber estado bailando y cantando toda la
noche.
Le respondí con mucho agrado y cariño que había deseado con extremo tenerle cerca para
contarle un poderoso sueño que me había recordado despavorido y con gran congoja. Allegáronse
los demás chicuelos con deseos de oír mi sueño y el hijo de mi camarada me pidió que se lo
contase. Repetiles mi sueño y después les conté algunas patrañas y ficciones, como fue decirles
que había visto venir un toro bravo y feroz, echando fuego y centellas por la boca, y encima de
él uno como «huinca», que quiere decir español. El toro embravecido procuraba echarlo abajo
con los cuernos, haciendo muchas diligencias por matarlo, dando vueltas por una y otra parte y
espantosos bramidos, y el que estaba encima de él, con gran sosiego y humildad, firme como una
roca se mantenía.
Quedaron admirados los muchachos de haber oído sueño tan notable, y el hijo de mi camarada
me preguntó cuidadoso:
-¿Quién era, capitán, el «huinca» que estaba encaramado sobre el toro?
-Andad, amigo, vos -respondí entre chanza y burla,- y pregúntaselo al toro que lo traía a
cuestas, que yo no lo pude conocer ni saber quién era.
Celebraron los muchachos mi respuesta, y estando ociosos en este entretenimiento, salió mi
compañero el soldado a llamarme de parte de Maulicán, que había despertado ya de su profundo
sueño. Junto con los muchachos que habían estado conmigo a la resolana, entré al rancho. El
indio, mi amigo, dueño del festejo que estaba sentado con Maulicán, y otros seis o siete caciques
a la redonda del fuego, como lo hicimos los que llegamos, me llamó al instante que me vio.
Después de esto me arrimaron un cántaro de chicha de frutilla de buen porte, que mi amigo
encareció haber hecho guardar para mí. Comimos y bebimos espléndidamente y con grande
abundancia, porque mi amigo anduvo bastante cumplido en el empeño en que se puso en
habernos convidado y llevado a su casa.
Después de haber dado fin a nuestros cántaros de chicha, pedí licencia para largarme un rato
por aquellas campiñas y valles, que a la vista se mostraban alegres y apacibles con los rayos del
sol que los hermoseaban. Habiéndomela concedido mi amo de buena gana, me dijo que fuese con
los hijos de nuestro amigo y huésped, quien les ordenó que me acompañasen, y a mi compañero
el soldado que así mismo me asistiese. Salimos gustosos, deseoso yo de divertir algo mis
cuidados, que con varios pensamientos a ratos se me aumentaban.
Dejamos el baile en su punto y fervor, aunque no con el concierto que a los principios, porque
ya los pleitos, ruidos, llantos y sollozos de las mujeres borrachas, maltratadas de sus maridos y
algunas descalabradas, eran más que sonoros ecos ni alegres cánticos, pues los que sustentaban
el baile se hallaban tan fuera de sus juicios y enronquecidos, me parece que sus perversas voces
salían del infierno. Agregáronse a nosotros algunos muchachos más de buen gusto y humor
alegre que estaban ejercitándose en el juego de la pelota a su usanza... Mis compañeros fuéronme
llevando al estero abajo por unas vegas apacibles y chacras antiguas de legumbres, de las que los
muchachos sacaban algunas papas de las que habían quedado de rebusco. Poco más allá se
descubrían dos vistosísimas y hermosas copas de unos árboles frondosos, tan verdes y poblados
de tupidas ramas y de verdes y anchas hojas, que obligaron al deseo a pedir con súplica a nuestros
guiadores que nos acercásemos a ellos, pues la distancia de donde nos hallábamos era corta. A
esta petición me respondieron placenteros que me alegraría con extremo ver aquella casa vistosa
y agradable, donde en verano se iban todos los sus vecinos y compañeros a dormir, entre día
después de haberse refrescado en el copioso estero que, esparcido, bañaba aquellas vegas.
Llegamos a aquel deleitable lugar y di una y otra vuelta a aquellas copadas ramas. Reparando con
curiosidad en su nacimiento, hallé que de dos árboles grandísimos se formaban aquellos
chapiteles que servían de techo a la caza. Un cristalino arroyo los regaba y por entre peñas y
sendas escabrosas descendía a lo profundo del hueco que con arte formaba. En suma, parecía un
aposento bien obrado por una y otra parte de niveladas paredes de piedra. Descendimos a lo bajo,
deseosos de ver el hueco de las peñas, y antes de poner el pie en sus umbrales, pasamos por un
hermoso valle cultivado, ceñido por una parte de una canal honda y ahocinada y por la otra
margenaba sus confines el abundante estero que se paseaba por cerca de las casas y ranchos.
Entramos en aquel espacioso hueco y dentro de él hallamos algunos altos y levantados catres y
barbacoas en que ponían las legumbres de porotos y maíces al tiempo de la cosechas. Alegreme
infinito con la vista de aquel aposento agradable y digno de admiración, y aun más por estar en
lugar donde no sabían hacer estimación de ese recreo ni contemplar las grandes maravillas de
Dios.
Divertido y suspenso en mis tristes pensamientos me hallaron los muchachos en compañía del
soldado, que se quedó a asistirme en el entretanto que fueron a bañarse y a sacar algunas papas
y legumbres de los camellones, de las que venían los más bien cargados y deseosos de volver al
rancho. Con esto, nos volvimos, entreteniendo y haciendo grandes recuerdos de aquel tan
apacible sitio. Llegamos a la posada a tiempo que el sol nos iba ya ocultando sus lucientes rayos
y el aire, delicado y fresco, nos obligaba a buscar abrigo. Hallé a Maulicán retirado en un rincón
de la casa, desechando la embriaguez con un pesado sueño, lo mismo que todos los demás
caciques principales. Colpoche, como dueño y señor de aquel festejo, estaba sentado al fogón,
con tal templanza y sosiego que me admiré. Luego que entré, me llamó placentero y cariñoso,
y, sentándome a su lado, me preguntó cómo me habían llevado al rancho o casa de recreo que
tenían en la campaña para el verano. Con grande encarecimiento respondiéndole que sí, alabé
aquel paraje. Y de verdad, que por mucho que pudiera decir de él, no sabré significar la
hermosura de los árboles, lo copado de sus cumbres, lo alineado de las piedras, lo acompasado
del sitio y lo deleitable del arroyo con las demás circunstancias de amenidad vistosa.
Algún tiempo más nos dilatamos en varias conversaciones, y, después de haber cenado con
la misma abundancia, considerándome cansado, mi camarada me envió con un hijo suyo a
descansar y dormir cerca de donde estaba Maulicán. Una de las mujeres, madre del muchacho
que me llevaba, fue a buscar la cama, en la que gustosamente nos acostamos.
Algunas horas antes de amanecer, me recordó Maulicán con grande regocijo y alegría,
diciéndome:
-Capitán, ya es tiempo de que vamos disponiendo de nuestro viaje, porque estoy con grandes
deseos de volver a ver a mi amado padre, a mis hijos y a mi tierra.
Poco después, las mujeres del dueño del rancho dispusieron el fuego, las ollas y asadores para
darnos de almorzar con toda ostentación y espléndido aparato. Levantose Colpoche, cuidadoso
de nuestro viaje, para lo cual envió a buscar los caballos, que ya habían cobrado algunos
esfuerzos. Llegose después a darnos los buenos días con repetidos «mari maris», diciéndonos
juntamente que el tiempo estaba alborotado y revuelto, de manera que le parecía que había de
volver el cielo a rociar las campañas con sus continuadas y prolijas lluvias. Quería que mi amo
se quedara en su casa -que era la suya- otros dos o tres días a entretenerse con ellos.
-Mucho estimo -respondió Maulicán- vuestro amor y cortesía. Mas, por lo mismo que llueva
y amenaza temporal, me es forzoso hacer el viaje y pasar el Imperial antes que coja fuerza la
corriente.
-¡Ea, pues, amigo! -nos respondió nuestro huésped-, ya que tan resueltos estáis en no
quedaros, vamos primero a confortar nuestros estómagos y después cogeréis vuestro camino.
Salimos a ver nuestra cabalgaduras y a tratar de ensillarlas, ayudándonos a hacerlo algunos
muchachos y el soldado, enternecido ya de ver que nos habíamos de separar, quedándose él en
aquella parcialidad y caminar yo con el mío a la suya. Consolámonos mutuamente y entramos
con los demás a almorzar. Nos sentamos todos a la redonda del fuego y detrás de nosotros se
formó otra rueda de mujeres, chinas y muchachos. Dieron principio por ponernos por delante
unos «menques» de chicha, para que los unos a los otros nos fuésemos brindando. En breve rato,
sacaron diferentes guisados con la misma abundancia que a los principios; y por prisa que
quisimos damos en concluir nuestro almuerzo, no pudimos hasta las dos de la tarde.
Cerca de las tres serían cuando Maulicán trató de despedirse, dejando a los demás amigos en
grande fiesta entretenidos. Nos despedimos de nuestros amigos, principalmente de nuestro
huésped, quien me abrazó con demostraciones de pesar y sentimiento, y rogó a mi amo que
mirase por mí y (le dijo) que si quería, librarme de las traiciones de sus compañeros, que no me
tuviese en su casa, que él avisaría en todo lo que tratasen los de su «regue».
Yo me aparté a un lado a despedirme y a abrazar a mi compañero el soldado. Durante un rato,
no pudimos hablarnos palabra el uno al otro: nos faltaba ya el consuelo de comunicarnos y
lamentar juntos nuestros trabajos y desdichas. Así, en presencia de muchos que estaban
atendiendo a nuestras acciones, estuvimos abrazados.
Se hincó (luego) de rodillas el pobre soldado y, hechos arroyos sus ojos, lastimados con
grande ternura, me dijo:
-Señor capitán y padre mío, acuérdese V. M. de mí, que soy un desdichado, hombre de tierras
extrañas, sin deudos ni parientes que puedan hacer memoria de mis trabajos. V. M. es mi capitán;
duélase usted de mí cuando esté en su casa, fuera de estas miserias y penalidades, que yo espero
en Dios y en su Bendita Madre ha de ser muy breve. Yo soy el que tengo de perecer en estas
desdichas y en este penoso cautiverio, el que tengo que morir sin consuelo entre mis enemigos.
Yo soy el que no ha de llegar a tener la dicha de volver a ver tierra de cristianos, ni ver a mis
amigos y compañeros, si V. M. no sa acuerda de mí, que soy su soldado, cuando haya ocasiones
de rescates.
Tanto me lastimaron las razones y llantos de este pobre soldado abrazado a mis pies, que no
pude contestarle en mucho rato, si no fue con palabras que salían por los ojos de lo más íntimo
del corazón, tan copiosas que le bañaron el rostro levantado hacia mí.
Y fue tanto lo que se enternecieron los circunstantes que los muchachos hijos del indio
nuestro amigo lloraban con nosotros y el P.e, que era hermano del amo del soldado, se acercó
enternecido diciéndome:
-Capitán, amigo, no tengas tanta pesadumbre y desconsuelo. Tu buena fortuna y agradable
semblante te han de ayudar y ser propicios para que con brevedad llegues a tu tierra.
Con esto nos desenlazamos y volví a abrazar a este valeroso amigo, encomendándole aquel
pobre soldado en su presencia, que no le diesen malos tratamientos, ni le quitasen la vida, ya que
su fortuna le había permitido encontrar tan principales amos, de tan generosos ánimos y
corazones piadosos. Prometiome entonces, con juramento, que le tratarían con mucho amor y
cortesía, por habérselo yo pedido y porque naturalmente se inclinaba a querer bien a los
españoles. Volví a abrazar a mi soldado y compañero y lo consolé mucho repitiéndole lo que el
indio me había prometido y diciéndole que tuviera buen ánimo, que en los trabajos y desdichas
se experimentaban el valor y esfuerzo de los hombres.
Y volvimos luego hacia donde mi amo, que, enternecido también, se había apartado a
despedirse de sus otros amigos. Colpoche, nuestro huésped, le dijo:
-¡Ea!, Maulicán, ya podéis subir a caballo, que es tarde. Procurad daros prisa para coger la
vereda que os he dicho; luego encontraréis un estero y al otro lado veréis unos ranchos que son
del cacique Inailicán. Mis hijos van con vos a pasaros el río de La Imperial y os enseñarán el
camino. Lo que os encargo es a ese capitán que lleváis. Os ruego por su vida y que hagáis con
él lo que os tengo pedido, porque os ha de importar mucho su rescate. Advertid que es hijo de
buen padre, de buen corazón e inclinado a hacer bien a todos. Y este capitán, que es ahora niño,
andando el tiempo se ha de acordar de lo que con él hiciéremos y no podrá dejar de ser
agradecido.
Prometiolo otra vez mi amo y subimos a caballo, dándonos unos a otros repetidos «mari
maris»:
(-Quedáos con Dios, amigos; o,
-Idos en paz.)
Salimos como a las tres o cuatro de la tarde, el tiempo revuelto, turbio, y apresurado el Norte.
Dios muchachos por guía fueron a encaminarnos al estero, que estaría poco más o menos a media
legua de los ranchos. Llegamos allí a buen paso, y con toda brevedad, los guiadores por delante,
arrojámonos a él. Y aunque por aquella parte traía menos agua el caudaloso río, la corriente era
precipitada y peligrosa. Al atravesarle, me encomendé a Dios, porque realmente temí la furia que
llevaba con crecidas piedras, en las que a menudo tropezaban los caballos y daban hocicadas a
cada instante. Cayendo y levantando lo pasamos, aunque bien mojados de las continuas sacudidas
que dábamos.
Cuando nos hallamos de la otra banda, seguros de aquel peligro, mi compañero preguntó a
los muchachos que por dónde nos habíamos de encaminar. Respondieron ellos que, en subiendo
la loma que ya se divisaba cerca, tomase una vereda que salía entre otras y se apartaba a mano
derecha. Ella nos llevaría a un estero que estaba a la vista del cacique Inailicán. Dijeron además
que no se guiara por los cerros de Elol, porque si quería tirar derecho a ellos, se encontraría con
muy malos pasos, esteros, barrancas, pantanos y atolladeros, sin acertar a salir de ellos.
-¡Ea, pues, amigos! -les dijo-. Yo saldré al camino que decís y no me apartaré de la vereda que
habéis señalado.
Con esto, nos despedimos con les acostumbrados «mari maris» y enviando muchas
encomiendas (saludos) a los amigos.
Quedamos solos mi amo y yo. El Norte iba, apresurado, haciendo su oficio despidiendo
tupidas saetas de nevadas aguas. A medida que se acercaban las tinieblas y se aminoraba el día,
creciendo el viento y aumentando el temporal desecho, fuimos caminando a muy buen paso para
llegar al sitio que nos habían indicado nuestros guías. Según la oscuridad que nos seguía, me
parece que sería ya el sol puesto. En la parte señalada hallamos tres o cuatro veredillas mal
trilladas que parecían ser de vacas o de yeguas cimarronas. Con ello se halló Maulicán todo
confuso y me dijo:
-Capitán, no sé por qué vereda debemos encaminar nuestros pasos. ¿Qué te parece a ti?
-Según lo que nos dijeron los guías-, le respondí, la de la mano derecha es la que debemos
seguir.
-Esa se aleja mucho y se extravía de aquellos cerros altos de Elol que allá se divisan. Esa
veredilla más se encamina a tierra de españoles que a las nuestras. Esa otra de mano izquierda
sube hacia La Imperial, y así, me parece que es mejor que cojamos la de en medio.
No le quise replicar porque no creyese que me inclinaba a la que enderezaba a nuestras tierras.
Cogimos la de en medio y por ella fuimos marchando. Dentro de breve tiempo se nos
desapareció el día con el más terrible y espantoso temporal. Sin saber a dónde nos encaminaba,
seguimos aquella vereda por más de una hora de la noche, que ya no nos veíamos el uno al otro.
Al poco rato me dijo mi compañero que le parecía ir fuera de camino. Apeose del caballo,
comprobándolo, y díjome atribulado:
-¡Capitán, estamos perdidos! No sé dónde estoy ni adónde vamos. Apéate tú también, y
rastrearemos el camino, que no puede estar lejos.
Malísima era la gana que tenía entonces de apearme, porque el temporal crecía; el viento
bramaba; la tierra, convertida en mar, nos anegaba; el cielo con heladas saetas nos combatía; los
truenos y relámpagos continuos nos causaban espanto, aunque a veces algún consuelo, ya que
sus resplandores ardientes nos servían de lúcidas antorchas para podernos divisar. Así, le
respondí que quién nos arrearía los caballos, pues, aun estando sobre ellos, no querían dar paso
adelante si no eran muy oprimidos de las espuelas.
-Tenéis razón -respondió mi amo-. Id vos a caballo y arrearéis el mío, que yo quiero buscar
a pie la veredilla.
Habiendo visto que en tan largo tiempo ni en tanto trecho no le topaba ni podía palpar,
determinó Maulicán volver hacia el Norte, y como el agua y el viento eran tan recios y
desaforados que los caballos les volvían las ancas y a nosotros parece que nos quería volar, le dije
a mi amo que más acertado sería arrimarnos a alguna montaña espesa y abrigada donde
pudiésemos pasar tan tenebrosa noche y repararnos de temporal tan deshecho. Le pareció bien
mi consejo y marchamos en demanda de algún bajo y montuoso sitio. Marchamos más de una
legua sin poder encontrar lo que buscábamos, cayendo y levantándonos en los pantanos,
quebradas y zanjones. Con la última resolución, mi compañero había montado a caballo y, como
iba adelante guiando, cayó de hocicos, con caballo y todo, en un zanjón. El ruido de la porrada
del caballo me detuvo y él, caído en el suelo, me dijo:
-Teneos allá, capitán; no paséis acá hasta que no reconozcas si hay otro paso más arriba o más
abajo.
Dio vuelta por una y otra parte, y como los relámpagos y rayos eran continuos, con su
resplandor divisó cerca de sí una veredilla.
A todo esto, estaba yo detenido, sin atreverme a dar paso por donde había visto caer al
compañero, que es sobrada inadvertencia no huir del peligro en que se ha visto despeñarse a otro.
Pasó por otra parte y descubrió más arriba mejor pasada, por la cual me llevó sin impedimento
alguno. Seguimos la vereda poco más de una legua y al descender por una loma rasa, cuyo fin
era un hondo valle donde no batía con tanta fuerza el viento, porque estaba sembrado de espesos
arbolitos de «culenes», que nosotros llamamos «albahaquillas del campo», dimos en él con
nuestros cuerpos. Corría por en medio un estero que parecía no poder perjudicarnos...
Traíamos nuestras sillas sobre la cabeza y de algún reparo nos servían para que el agua no nos
entrase por arriba y saliese por los pies. Fuimos el estero abajo en demanda de nuestros animales,
a ver si habían salido de aquel arrebatado piélago, y volvimos a subir a un alto de aquel cerro
para divisar la campiña más a lo largo desde la cumbre. Y en toda ella no se descubrían, con lo
que nos convencimos de que las aguas del estero habían dado fin a sus vitales alientos. Sin
esperanza ya de topar con nuestras bestias, perdidos en aquella campiña, sin saber por dónde
encaminarnos ni pasar el estero embravecido, divisando al otro lado los cerros de Elol, que era
donde llevaba la mira puesta mi amo, nos hallamos suspensos y confusos.
Entramos en acuerdo para determinar lo que habíamos de hacer, y yo fui de parecer que
hiciéramos, como la noche pasada, una choza o toldeta de las frezadillos y mantas, porque me
parecía desesperada cosa marchar a pie, cayendo y levantando por pantanos y lomas con los
fustes a cuestas. Mi compañero respondió que el dilatarnos más era esperar otra noche peor; que
a orillas de aquel estero no podíamos dejar de encontrar algunos ranchos, pues nos faltaba ya el
sustento y era forzoso que el hambre también nos fatigase.
-¿Hacia dónde caminaremos -le repliqué- si no sabéis el camino ni el paraje en que nos
hallamos?
-Tiremos el estero abajo -dijo-, que sería peor que nos estuviésemos sin hacer ninguna
diligencia.
-Vamos, pues, luego -le respondí-, que me parece muy bien vuestra resolución y así no
debemos dilatarnos.
Cogimos nuestros fustes, que habíamos dejado un rato al reparo de un frondoso árbol, y
marchamos, ensillados como bestias, deseosos de encontrar algunos ranchos o chozas en que
albergarnos aquella noche. A cabo de caminar cerca de tres leguas, encontramos una vereda que
infaliblemente era la que habíamos dejado a mano derecha y la que nos habían indicado los guías.
Tomándola, nos llevó al estero, desde donde divisamos de la otra orilla cinco o seis ranchos
distante más de seis cuadras, por estar arrimados al abrigo de una loma y ceja de la montaña. Era
ya muy cerca de la noche. Llegamos al paso del estero, que por esta parte venía ceñido, y dimos
voces, repetidas con fuerza porque el temporal de agua y viento no las dejaba oír de los
habitantes de aquel valle. Tantas voces continuas, confusas y tristes dimos, que envió el cacique
un muchacho a ver quiénes con tan extraño tiempo caminaban desesperados.
Respondió mi amo su nombre y la causa de nuestra peregrinación:
-¡Ea, pues, amigo!, por vuestra vida, enviadnos a esta banda dos buenos caballos y alentados
para que pasemos antes de que cierre la noche sus cortinas. Id con prisa y decid al cacique
Inailicán que soy yo el que ando extraviado y perdido por llegar a mi tierra y a mi casa.
Fuese el muchacho con toda prisa y avisó al cacique, significándole la necesidad que teníamos
de caballos, pues veníamos a pie y con los fustes a la cabeza Enviolos luego con el propio criado
y otro hijo suyo, los cuales los echaron a nuestra banda, donde los recibimos, ensillamos y
enfrenamos. Una vez que subimos a ellos, nos guiaron (los muchachos) el estero abajo. Llegamos
así al paso que nos señalaron, por donde el estero iba más esparcido y ancho. Salimos con bien
de aquel empeño, y a paso más que moderado nos pusimos en la casa del cacique, que ya nos
tenía prevenida una buena candelada y un carnero vivo (que ésta es la honra que unos a otros se
hacen, para que el huésped lo mate o degüelle y lo entregue después a otro que lo desuelle y
beneficie). De buena gana desmontamos de los caballos y, una vez desensillados, los entregamos
a los muchachos. Entramos con nuestros fustes al rancho, donde nos recibió con mucho amor y
agasajo el cacique, haciendo que nos sentásemos al fuego y secásemos el hato. Luego que nos
quitamos las mantas y las colgamos al amor del fuego, nos trajeron a cada uno un cántaro de
chicha y a mi amo el carnero para que lo degollase, lo que hizo, y abriéndole el pecho, sacó los
hígados y riñones y tal como salieron, los echó sobre las brasas, diciendo:
-Mucha hambre traemos mi español y yo, que no nos hemos desayunado sino con un puño de
harina.
-Ya están haciendo de cenar -respondió el huésped-, y mientras se ajusta, podéis comer unas
papas y un plato de mote.
El cual mandó traer al instante, y entre mi amo y yo dimos fin a la porción muy brevemente,
porque estábamos templados como alcones, y (aun) más, entreveramos los riñoncillos e hígados
que había puesto sobre las brasas cuando degolló el carnero. Pusieron dos o tres asadores de él
al fuego y en el entretanto nos brindaron a menudo los unos a los otros, de manera que con
mucha brevedad concluimos con el licor de los cántaros, por lo que nos trajeron otros y nos los
pusieron por delante. Como me hallaba ya con el estómago acomodado, dije a mi amo que quería
quitarme los calzones (los cuales, como de aquellos antiguos que se usaban estofados, aunque
los había secado en otras ocasiones, siempre quedaban frescos y mojados), y de la propia suerte
estaban el armador y coleto de gala que traía; y que en el ínterin que se secaban, me pondría la
manta que servía de capa sobre el vestido. Respondiome que le parecía muy bien y él me ayudó
a secar el hato, el vestido y la camisa muy brevemente porque había extremado fuego y
abundante.
Con la noticia que tuvieron los demás vecinos y compañeros de aquel cacique, se fueron
juntando diez o doce indios de los que tenían sus ranchos cerca y en su contorno y trajeron
muchos cántaros de chicha para la bienvenida al recién venido huésped y holgarse aquella noche
bebiendo, cantando y bailando. Ésta es una de las más perversas costumbres que se puede
imaginar. Porque, al llegar un pasajero a la jornada, mojado, molido y hecho pedazos de caminar
a pie todo un día por pantanos, quebradas y riscos, muerto de hambre y aliento, darle luego por
descanso no dormir y estarse parados bailando y quebrándose la cabeza con gritos y voces
desmedidas, no sé qué puede haber peor entretenimiento ni costumbre más usada.
-Sacáronnos de cenar de los guisados que acostumbran: asadores de carne, platos de papas,
porotos, maíces y otras cosas. Después de haber cenado y secado mi vestido, camisa y jubón, me
los puse y me volví a abrigar con los demás.
Este cacique Inailicán era uno de los que ofrecieron pagas para comprarme en el parlamento
que para el efecto se hizo en el camino y de los que más apretaban en que con mi cabeza se
hiciese parlamento general para la convocación de toda la tierra. Aunque luego que entré en su
rancho lo reconocí, no quise manifestar el disgusto grande que me había producido el haberlo
visto, porque el espíritu es fiel y leal al corazón, pues su presencia me perturbó el ánimo de
manera que desasosegado no cabía ya en el pecho, leyendo en profecía la dañada intención que
en el suyo estaba escrita. Saqué fuerzas de flaqueza para mostrarme placentero, alegre y gustoso,
encubriendo con el semblante lo que el alma interiormente padecía.
Poco me valió en esta ocasión la que fingí, que hay adulaciones desgraciadas cuando se
encuentran con personas privadas del juicio. Fuéronse continuando los brindis y calentándose con
ello las molleras y juntamente mi contrario poniéndose más furioso.
Luego que vi el alboroto y la contienda de palabras que se iban armando entre Inailicán y mi
amo, se me puso el corazón entre dos piedras, recelando en mí los males que de ordinario se
originan de semejantes concursos entre estos bárbaros enemigos. Aparteme algo del fuego y a
las espaldas de Maulicán me puse recostado a su sombra, haciendo que dormía, pero nunca más
despierto, porque con el recelo y temor en que me hallaba, atendía a las razones de los unos y de
los otros para ver en qué paraban sus litigios. El cacique Inailicán decía enfurecido a mi amo que
era amigo de españoles y que no entendiese que le había de durar mucho su español, con quien
pretendía granjear crédito, nombre y opinión. (Mi amo) como también estaba alborotado de lo
que había bebido, le respondió enfadado que ¿quién había de llegar a su español sin su
consentimiento y gusto? Con esto, se enfureció más el cacique y se levantó de su asiento, dando
traspiés, diciendo:
-Yo te lo quitaré y le mataré aquí luego.
A esto se entraron de por medio dos caciques de su parcialidad y le apartaron y llevaron a otro
fogón de los que había en el rancho. Maulicán se estuvo asentado sin hacer caudal de lo que el
otro había dicho. Yo estaba a sus espaldas con gran recelo y temor, encomendándome a Dios y
pidiéndole favor en aquellos aprietos y trabajos.
Luego que se sosegó algún tanto el colérico cacique, me asió de la mano Maulicán, me sacó
fuera de la casa y me llevó a un ranchuelo que estaba algo distante de ella, a sus espaldas, entre
unos «coleales», que llamamos cañas bravas, el cual servía de gallinero, roto y abierto por
muchas partes. Y en él me entró diciendo que me estuviese quieto y sosegado, de manera que si
acaso oyese algún ruido y a él dar voces y gritos, que saliese del ranchuelo y me fuese a emboscar
en la montaña que estaba arrimada a las cañas o coleal. Sus voces serían la seña de que
solicitaban mi persona. Dejome otra manta suya para que me abrigase y defendiese de noche tan
tempestuosa y me consoló diciéndome que aquel cacique estaba borracho y sin juicio, y que no
quería que me sucediese con él alguna mohína, por lo cual le parecía más conveniente apartarme
de su vista hasta que se le pasase la furia. Con esto, me entró por un agujero o boquerón que entre
otros tenía la chozuela, que era lo propio o peor entrarse en ella para abrigo que estarse en la
campaña. Quise arrimarme a lo que me pareció más enjuto y abrigado, y me encontré con unas
gallinas que empezaron a gritar y a hacer ruido, obligándome a que me sentase en medio donde
combatían el viento y el agua. Fuese mi amo dejándome de la suerte referida en aquel gallinero,
donde, por una parte el agua, el viento y el frío me molestaban, y por otra el estiércol de las
gallinas que sobre mi cabeza muy de ordinario caía. Y sin intentaba mudarme a alguna parte más
adentro, se alborotaban, de manera que me vi o |