  - XIV -
¿Qué se hizo de la brillante
posición de don Pedro Polo bajo los auspicios de las señoras
monjas de San Fernando? ¿Qué fue de su escuela famosa, donde eran
desbravados todos los
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chicos de aquel barrio? ¿A
dónde fueron a parar sus relaciones eclesiásticas y civiles, el
lucro de sus hinchados sermones, el regalo de su casa y su excelente mesa? Todo
desapareció; llevóselo todo la trampa en el breve espacio de un
año, quedando sólo, de tantas grandezas, ruinas lastimosas.
¡Enseñanza grande y triste que debieran tener muy en cuenta los
que han subido prontamente al catafalco de la fortuna! Porque si rápido
fue el encumbramiento de aquel señor, más rápida fue su
caída. Se desquició casi de golpe todo aquel mal trabado edificio
bien pronto ni rastro, ni ruido, ni polvo de él quedaron, siendo muy de
notar que no se debió esta catástrofe a lo que tontamente llama
el vulgo
mala suerte, sino a las asperezas del mismo
carácter del caído, a su soberbia, a sus desbocadas pasiones,
absolutamente incompatibles con su estado. Pereció como Sansón
entre las ruinas de un edificio, cuyas columnas derribara él mismo con
su estúpida fuerza.
Está averiguado que antes de la
muerte de Doña Claudia empezó el desprestigio de la escuela. El
contingente de chicos disminuía de semana en semana. Alarmados los
padres por los malos tratos de que eran objeto aquellos pedazos de su
corazón, les retiraban de la clase, poniéndoles en otra de
procedimientos más benignos. Y en la misma calle se estableció
otro maestro que propalaba voces absurdas sobre los
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horrores que
hacía Polo con los muchachos, descoyuntándoles los brazos,
hendiéndoles el cráneo, despegándoles las orejas y
sacándoles tiras de pellejo. Más tarde, la gente que pasaba por
la calle vio que por una de las ventanas bajas salía volando una
criatura como proyectil disparado por una catapulta. Otras cosas se
referían igualmente espantables; pero no todo lo que se dijo merece
crédito. Los pasantes contaban que algunos días estaba el maestro
como loco furioso, dando gritos y echando por aquella boca juramentos y
voquibles impropios de un señor sacerdote.
La muerte de Doña Claudia, acaecida
inopinadamente, fue como una prolongación de aquel sueño
pesadísimo que le entraba después de comer y de cenar. Sobre esto
se hablaba más de lo regular. El tabernero de enfrente parece que vio
con disgusto el acabamiento de aquella dama por la buena parroquia que
perdía. Desde que sucedió esta desgracia, las
señoras y don Pedro empezaron a ponerse
de punta como dos sustancias que rechazan la combinación. Todos los
días cuestiones, rozamientos, recados importunos, disgusto aquí y
allá, ellas muy tiesas, él más estirado aún. Cuenta
la mandadera, mujer de gran locuacidad digna de ser llevada a un parlamento,
que un día tuvieron las señoras y D. Pedro un
coram vobis en el locutorio, del cual
resultó, tras muchos dimes y diretes, que
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el
capellán mandó a las monjas al... (al infierno no debió de
ser), en las propias barbas de la madre abadesa. Con esto y otras cosas, D.
Pedro se vio obligado a desocupar la casa y a dejar el capellanazgo a otro
clérigo de temperamento más dócil. Él había
nacido para domar salvajes, para mandar aventureros, y quizás
quizás para conquistar un imperio como su paisano Cortés.
¿Cómo había de servir para
afeitar ranas, que esto y no otra cosa era
aquel menguado oficio?... Se marchó contento y renegando de las monjas,
a las cuales ponía de tal manera, que no había en verdad por
dónde cogerlas.
Instalose en casa propia, hacia la calle
de Leganitos, y allí la incompatibilidad de su carácter con el de
su hermana empezó a ser de tal naturaleza, que la existencia
común se hizo difícil. Marcelina Polo, que en vida de su madre
había tenido paciencia, mucha paciencia y desprecio de sí misma,
se había hecho el cargo de que pudiendo ganar el cielo con la
oración, no había necesidad de conquistarlo con el martirio.
Cuenta la criada que por entonces tuvieron, segoviana, astuta y chismosa, que
el hallazgo de no sé qué papeles hizo descubrir a Doña
Marcelina debilidades graves de su hermano, y que enzarzados los dos en agria
disputa, sobrevino la ruptura. «Todo lo paso -decía-; paso que me
tire los platos a la cabeza; paso que me diga palabras mal sonantes; pero un
pecado tan
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atroz y sacrílego, eso sí que no se lo
paso». Y se fue a vivir con una tal Doña Teófila,
señora mayor, que se le parecía como una gota a otra gota. Poco
después embaucaron a Doña Isabel Godoy (que había perdido
a su fiel criada), y la trajeron a vivir consigo, instalándose en una
casita que tomaron en la calle de la Estrella. Cada una de las tres
tenía su especial demencia: la Godoy consagraba sus horas todas a las
prácticas de un aseo frenético; el desvarío de Doña
Teófila era la usura, y el de Marcelina la devoción
contemplativa, con más un cierto furor por la lotería, que
heredó de su madre.
Las relaciones de esta señora con
su hermano fueron desde entonces muy frías. Rara vez le visitaba para
informarse de su salud, y no le prestaba servicio alguno doméstico ni le
cuidaba en sus enfermedades. Creía sin duda cumplir con su conciencia
rezando por él a troche y moche y pidiendo a Dios que le apartase de los
malos caminos. Casi todo el día se lo pasaba en las iglesias,
asimilándose su polvo, impregnándose de su olor de incienso y
cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visita de ella,
ponía muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a
sacristía. Hazme el favor de apartarte un poco».
Desde que se malquistó con su
hermana fuese a vivir Polo a los barrios del Sur. Era ya tan visible su
decadencia, que no lograba disimularla.
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Ya no había
parroquia ni cofradía que le encargasen un triste sermón, ni
tampoco él, aunque se lo encargaran, tenía ganas de predicarlo,
porque las pocas ideas teológicas que un día extrajo, sin
entusiasmo ni calor, de la mina de sus libros, se le habían ido de la
cabeza, donde parece que estaban como desterradas, para volverse a las
páginas de que salieron. Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvo
intento de volver a cogerlas. Su mente, ávida de la sencillez y
rusticidad primitivas, había perdido el molde de aquellos hinchados y
vacíos discursos, y hasta se le habían olvidado las
mímicas teatrales del púlpito. Era un hombre que no podía
prolongar más tiempo la falsificación de su ser y que
corría derecho a reconstituirse en su natural forma y sentido, a
restablecer su propio imperio personal, a hacer la revolución de
sí mismo y derrocar y destruir todo lo que en sí hallara de
artificial y postizo.
Cuentan que en la sacristía de las
iglesias a donde solía ir a celebrar misa armaba reyerta con los
demás curas, y que un día él y otro de carácter
poco sufrido hablaron más de la cuenta y por poco se pegan. Hubo de
manifestar en cierta ocasión ideas tan impropias de aquellos lugares
santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o insensibles
se ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales
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le dijo que no volviera a poner los pies allí.
Algún tiempo rodó de sacristía en sacristía,
malquistándose con toda la sociedad eclesiástica y dando motivo a
maliciosas hablillas. Su peculio, que ya venía sufriendo considerables
mermas, entró en un período de verdadero ahogo. La pobreza
enseñole su cara triste, anunciándole la miseria, más
triste aún, que detrás venía. Aún pudo haber
encontrado su salvación; pero su alma no tenía fortaleza para
arrancar de raíz la causa de trastorno tan grave y profundo. Las grandes
energías que su alma atesoraba y que le habrían valido para ganar
épicos laureles en otros días, lugares y circunstancias, no le
valieron nada contra su desvarío. Todas las armas se embotaban en la
dureza de aquella sangre y vida petrificadas, que protegían su
pasión como una coraza inmortal a prueba de razones morales y
sociales.
Sobrevinieron entonces el desaliento, el
malestar, la despreocupación y una pereza invencible. Levantábase
tarde; huía espantado de la iglesia que creía profanar con su
sola presencia; pasaba semanas enteras encerrado como un criminal que a
sí mismo se condenara a reclusión perpetua. Otras veces
salía, esquivando a sus pocos amigos, y se pasaba el día solo,
vagando por las afueras, mal vestido de paisano, con empaque tal que se le
habría tomado por presidiario que acaba de romper sus cadenas.
-139-
En la clase eclesiástica no conservaba más que un
amigo, el padre Nones, quien con dulzura le exhortaba a enmendarse y a
restablecer la vida normal. La querencia de este buen sacerdote llevole a vivir
a la humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo hizo
tímidos esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraron
las licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad
al cuerpo robusto de la Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y
cayó en abismos de perdición, ruina, miseria. Vivía
estrechamente, apurando los pocos dinerillos que tenía, haciendo
esfuerzos por cobrar las cantidades que le adeudaban algunas personas desde los
tiempos de su prosperidad. Repartiendo cartitas y recados iba cobrando
lentamente de sus deudores sumas mezquinas. Concertó la venta del
material de la escuela, que era suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo
prisa para posesionarse de lo comprado, no la tuvo para pagar.
Por ser desgraciado en todo, fuelo
también D. Pedro en la elección del ama de llaves que lo
servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sin malicia, pero que no
sabía gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre de sacristanes,
tía y abuela de monaguillos, y había desempeñado la
portería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años.
Sabia de liturgia más que muchos curas, y el almanaque
eclesiástico lo tenía en la
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punta de la uña.
Sabía tocar a fuego, a funeral y repique de misa mayor, y era autoridad
de peso en asuntos religiosos. Pero con tanta ciencia, no sabía hacer
una taza de café, ni cuidar un enfermo, ni aderezar los guisos
más comunes. Su gusto era callejear y hacer tertulia en casa de las
vecinas.
Estos hechos y circunstancias, el
extravío de Polo, su falta de dinero, la incapacidad doméstica de
Celedonia, llevaron la tal casa al grado último de tristeza y desorden.
Pero cierto día entró inopinadamente en ella alguien que
parecía celestial emisario, y aquel recinto muerto y lóbrego
tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa sonrisa de las
cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa, y quien
con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulce
caricia era el doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.
  - XV -
Al cual le retozaba el alma en el cuerpo
cuando vio entrar a Tormento con el cesto de la compra bien repleto de
víveres.
«¡Qué opulencia!
-exclamó con alegres fulguraciones en sus ojos-. Parece que vuelven los
buenos tiempos... Parece que ha entrado en
-141-
mi choza la
bendición de Dios en figura de una santa...».
Detúvose aquí, cortando el
hilo de aquel concepto que se le salía del alma. Tormento nada dijo y se
internó en la casa. Pronto se sintieron los fatigados pasos de Celedonia
y luego los del carbonero y del aguador. Movimiento y vida, el delicioso
bullicio del trajín doméstico reinaban en la poco antes
lúgubre vivienda. Era agradable oír el rumor del agua, el repique
del almirez, el freír del aceite en la sartén. Siguió a
esto un estruendo de limpieza general, choque de pucheros y cacharros, azotes
de zorro y castigo del polvo. De improviso entró la joven en la sala con
un pañuelo liado a la cabeza, cubierta de un delantal y con la escoba en
la mano. Ordenó al enfermo que se metiese en la pieza inmediata, lo que
él hizo de muy buena gana, y abiertas de par en par las ventanas de la
sala, viose salir en sofocante nube traspasada por rayos de sol la suciedad de
tantos días. Infatigable, no permitía Tormento que le ayudase
Celedonia, la cual entró renqueando para ofrecer su débil
cooperación.
«No es preciso -le dijo la otra-.
Váyase usted a la cocina a cuidar del almuerzo».
-Para todo hay lugar, -replicó la
vieja-.Voy a llevarle agua tibia a ver si quiere afeitarse. Dos semanas hace
que no lo hace, y está que parece el Buen Ladrón.
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Cuando la sala quedó arreglada,
Tormento volvió a la cocina, y entonces se oyó el tumulto del
agua revolcándose en el fregadero entre montones de platos. Con los
brazos desnudos hasta cerca de los hombros, la joven desempeñaba aquella
ruda función, deleitándose con el frío del agua y con el
brillo de la loza mojada. Sin descansar un momento, en todo estaba y no
abría los labios más que para reprender a Celedonia su pesadez.
La reumática sacristana más bien servía de estorbo que de
ayuda. Luego acudió Tormento a poner la mesa en la sala. El sol entraba
de lleno, haciendo brotar chispas de las recién lavadas copas. Los
platos habrían lucido como nuevos si no tuvieran los bordes
desportillados y en todas sus partes señales de la mala vida que
llevaban en manos de Celedonia.
D. Pedro, bien afeitado y vestido de
limpio, volvió a ocupar su sillón, y se reía, se
reía, henchido de un contento nervioso que le hacía parecer
hombre distinto del que poco antes ocupara el mismo lugar.
«Me parece -decía tocando el
tambor con los dedos sobre la mesa-, que de golpe se me ha renovado el apetito
de aquellos tiempos... ¡Poder de Dios! ¡Qué día tan
dichoso! He aquí los domingos del alma».
Tormento entraba y salía sin
descanso. Hablaba poco y no participaba de la alegría del buen
-143-
Polo. En la cocina faltaba aún mucho que hacer, por causa
del abandono en que había encontrado todo. Así pues, el almuerzo,
que pudo haber sido dispuesto a las once, tardó aún tres cuartos
de hora más. D. Pedro se asomaba de cuando en cuando a la puerta de la
cocina para dar broma y prisa, y ningún contraste puede verse más
duro y extraño que el que hacía su semblante tosco y amarillo, de
color de bilis, de color de drama, con su reír de comedia y el
júbilo pueril que le dominaba. Sus bromas inocentes eran así:
«¿Pero no se almuerza en esta
casa? Señora fondista, ¿en qué piensa, que así deja
morir de hambre a los huéspedes?».
Y luego prorrumpía en triviales
carcajadas, que sólo hallaban eco en la candidez de Celedonia.
Terminados los preparativos del almuerzo, quitose Tormento el pañuelo de
la cabeza y el delantal, diciendo:
«Vamos, ya es hora».
Cuando empezó a almorzar, Polo
parecía el mismo de marras, con la diferencia del peor color y de la
pérdida de carnes. Pero su espíritu discretamente jovial, su
cortesía un poco seca a estilo castellano, su mirar expresivo y su
apetito reproducían los dichosos días pasados. Tormento
comía al otro extremo de la mesa, y ya era comensal ya sirviente,
atendiendo unas veces a su plato, otras al servicio del amigo, para
-144-
lo cual se levantaba, salía y entraba con diligencia.
Incapaz de prestar ninguna ayuda, Celedonia no hacía más que
charlar de la función religiosa del día, del Oficio Parvo que se
preparaba para el siguiente y de lo mal que cantaba el padre Nones, a quien
remedó con bastante fidelidad. D. Pedro la mandó varias veces a
la cocina, sin ser obedecido.
Quería Polo entablar con la joven
conversación larga; pero ella se defendía contra ese
empeño, cortando la palabra del misántropo con su brusco
levantarse para traer alguna cosa. No quería de ningún modo
entrar en materia; se consideraba como visita, como persona extraña a la
casa, que había entrado en ella con propósitos de un orden
semejante a los de la Beneficencia Domiciliaria. Batallaba en su mente por
convencerse de que había ido a socorrer a un enfermo, a consolar a un
triste, a dar de comer a un hambriento; y compenetrándose del
espíritu que dictó las Obras de Misericordia, se atrevía a
crear una nueva: la de
Limpiar el polvo y barrer la casa de los que lo
hayan menester... Había encontrado allí tanta miseria, tanta
basura, que no podía verlo con indiferencia. Agregaba a estas ideas,
para tranquilidad completa de su conciencia por el momento, el propósito
de que tal visita sería la última, y un adiós definitivo y
absoluto a la nefanda amistad que era el mayor tropiezo y la única
mancha de su vida.
-145-
Tormento sabía hacer muy bien el
café. Aprendió este arte difícil con su tía
Saturna, la mujer de Morales, y aquel día puso gran esmero en ello.
Cuando Polo miraba delante de sí la taza de negro y ardiente licor, la
joven, acordándose de algo muy importante, sacó un paquetito del
bolsillo de su traje:
«¡Ah! También he
traído cigarros. Me había olvidado de sacarlos. Puede que se
hayan roto. Peseta de escogidos... Este de las pintitas debe de ser
bueno».
Cuando mostraba el abierto envoltorio de
papel con los puros, D. Pedro, traspasado el corazón de un dardo de
gratitud inefable, no sabía qué decir. Si fuera hombre capaz de
llorar con lágrimas, las habría derramado ante aquel ejemplar de
previsión, de dulzura y delicadeza. Volvió a pensar en la
Providencia, de quien él antaño había dicho tantas cosas
buenas en el púlpito; pero no gastando de asociar ninguna idea religiosa
al orden de ideas que entonces reinaba en su espíritu, creyó
más del caso acordarse de las hadas, ninfas o entidades invisibles que
tenían el poder de fabricar en un segundo encantados palacios, y de
improvisar comidas suculentas, como él había leído en
profanos libros.
Con grandísima tristeza vio, cuando
aún no había concluido de apurar la taza, que Tormento se
levantaba, cogía su mantón y su velo, disponiéndose para
marchar. De este modo se desvanecen
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en el aire y en el
sueño las ninfas engendradas por la fantasía o por la fiebre.
«¡Cómo!...
¿qué es eso?... ¿ya?» -balbució
angustiado.
-Me voy. Nada tengo ya que hacer
aquí. Hago falta en mi casa.
-¡En tu casa! ¿Y cuál
es tu casa? -murmuró severamente, no atreviéndose a decir:
«tu casa es esta».
-¡Por Dios!... Esa no es la mejor
manera de agradecerme el haber venido.
-Siéntate, -ordenó el
misántropo imperiosamente, hablando conforme a su carácter.
-Me voy.
-¿Que te vas? Es temprano. La una y
media. Si insistes, saldré contigo, ¡ea!.. ¿Vas para
arriba?, yo detrás. ¿Vas para abajo?, detrás yo... No te
dejaré a sol ni sombra.
Tormento, asustadísima, no tuvo
fuerzas para protestar de aquella persecución. El peso que sentía
sobre su alma debía de ser bastante grande para gravitar también
sobre su cuerpo, porque se desplomó sobre la silla con los brazos
flojos, la cabeza aturdida.
«No creas que vas a hacer lo que se
te antoje -manifestó Polo entre festivo y brutal-. Aquí mando
yo».
-Hay personas con quienes no valen los
propósitos buenos... -replicó ella tratando de mostrar
carácter-. Yo recibí una carta que decía:
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«moribundo» y vine... Yo quería consolar a un pobre enfermo,
y lo que he hecho es resucitar a un muerto que me persigue ahora y quiero
enterrarme con él... Por débil me pasó lo que me
pasó. Esto de la debilidad no se cura nunca. Hoy mismo, al querer venir,
una voz me decía aquí dentro: «no vayas, no vayas».
Dichosos los que han nacido crueles, porque ellos sabrán salir de todos
los malos trances... Dios castiga a las personas cuando son malas, y
también cuando son tontas, y a mí me castiga por las dos cosas,
sí, por mala, y por necia... ¡Cuántos delitos hay que, bien
mirados, son una tontería tras otra! Haber venido aquí
¿qué es?... Sospecho que Dios me ha de castigar mucho más
todavía. Yo vivo en medio de la mayor congoja. Mi vida es una zozobra,
un susto, un temblor continuo, y cuando veo una mosca me parece que la mosca
viene a mí y me dice...
No pudo seguir. El llanto la sofocaba otra
vez.
«No llores, no llores -dijo Polo un
poco aturdido, mirando al mantel-. Cuando te veo tan afligida no sé
qué me da. Verdaderamente, sobre nosotros pesa una
maldición...».
Y echando de su pecho un suspiro tan
grande que parecía resoplido de león, meditó breve rato,
apoyando la cabeza en la mano. Tanto le pesaba una idea que tenía.
-148-
  - XVI -
«Tengo una idea, Tormento; tengo una
idea -murmuró con voz semejante a un quejido-. Te la diré, y no
te rías de ella. Es una idea nacida en mi soledad, criada en mi
tristeza, y por tanto te parecerá un poco salvaje... Es que como no hay
remedio para mí en esta sociedad, como soy menos fuerte que mis pasiones
y he tomado en tan grandísimo horror mi estado, se me ha venido a las
mientes poner tierra, pero mucha tierra, entre mi persona y este país y
se me ha ocurrido dar con mis huesos allá en lo último del mundo,
en una isla del Asia, o bien en la California o en alguna colonia inglesa...
Hay tierras hermosas por allá, tierras que son paraísos, donde
todo es inocencia de costumbres y verdadera igualdad; tierras sin historia,
chica, donde a nadie se le pregunta lo que piensa; campos feraces, donde hay
cada cosecha que tiembla el misterio; tierras patriarcales, sociedades que
empiezan y que se parecen a las que nos pinta la Biblia. Sueño con
romper por todo y marcharme allá, olvidando lo que he sido y matando de
raíz el gran error de mi vida, que es haberme metido donde no me
llamaban y haber engañado a la sociedad y a Dios, poniéndome una
máscara para hacer el bu a la gente».
Al oír esto, relámpago de
alegría brilló en
-149-
los ojos de Tormento, que en
aquel propósito de emigrar veía solución fácil al
terrible problema que entorpecía su vida y su porvenir. Mas pronto se
trocó su alegría en repugnancia, cuando Polo añadió
esto:
«Sí, esa es mi idea... irme
allá; pero llevándote conmigo... ¿Qué?, ¿te
asustas? ¡Pusilánime! Miras demasiado las cosas que están
cerca y tienes miedo hasta de las moscas. El mundo es muy grande, y Dios es
más grande que el mundo... ¿Vendrás?».
-¡Yo! -exclamó la joven
haciendo esfuerzos por disimular su horror y negando con la cabeza.
-Dame una razón.
-Que no.
-Pero una razón...
-Que no.
-Yo te contestaré con mil
argumentos que de fijo te convencerán. ¡He pensado tanto en
esto!... ¡he visto tan clara la pequeñez de lo que nos rodea!...
Instituciones que nos parecen tan enormes, tan terribles, tan universales, se
hacen granos de arena, cuando con el pensamiento rodamos por esta bola y nos
vamos a donde ahora está siendo de noche. ¡Cuidado que es grande
el planeta, cuidado que es grande, y hay en él variedad de cosas, de
gente!... Échate a pensar...
Tormento no se echó a pensar nada,
y si algo pensaba no lo quería decir. Silenciosa, miraba sus propias
manos cruzadas sobre las rodillas.
-150-
«Dame alguna razón
-repitió Polo-; dime algo que a ti se te haya ocurrido. ¿No
tienes tú una idea?... ¿cuál es?».
-Arrepentimiento...
-Sí, pero... ¿nada
más?
-Arrepentimiento -volvió a decir la
Emperadora, sin mirarle ni moverse.
-Pero di una cosa; ¿a ti no te
molesta esta sociedad, no te ahoga esta atmósfera, no se te cae el cielo
encima, no tienes ganas de respirar libremente?
-Lo que me ahoga es otra cosa...
-La conciencia, sí... Pero la
conciencia... te diré... también se ensancha saliendo a un
círculo de vida mayor.
-La mía no.
-Me parece -dijo D. Pedro en un arrebato
de mal humor cercano a la ira-, me parece que eres algo egoísta.
-¿Quién lo será
más?
-Bueno, soy egoísta... y tú
una piedra -manifestó él exaltándose-. Sí, eres una
piedra, un pedazo de hielo. Vale más ser criminal que insensible; y de
mí te puedo decir que prefiero ir al infierno a ir al limbo.
La joven discurría los medios de
llevar la conversación a otro terreno. Su espíritu se
compartía entre el arrepentimiento de haber hecho aquella visita
(achacando este mal paso a su debilidad bondadosa), y el propósito de
decir a
-151-
Polo: «Sí, váyase, váyase en
buen hora a esa isla del África y déjeme en paz». Pero su
misma falta de carácter le impedía ser tan cruel y
explícita... ¡Problema insoluble el suyo, dado el temple tenaz y
vehemente de aquel hombre!... Los sentimientos de Amparito hacia él
habían venido a ser los más contrarios a la incomprensible
fragilidad de que provenía su desdicha; eran sentimientos de horror
hacia la persona, extrañamente mezclados con cierto respeto a la
desgracia; eran lástima confundida con la repugnancia.
En el corazón tenía la
desventurada joven tanta dosis de arrepentimiento como en la conciencia, y no
podía explicarse bien el error de sus sentidos ni el desvarío que
la arrastró a una falta con persona que al poco tiempo le fue tan
aborrecible... Mas no se atrevía a expresar estas ideas por miedo a las
consecuencias de su franqueza, siendo de notar que si la caridad tuvo alguna
parte en su visita, grande la tuvo también aquel mismo miedo, el recelo
de que su desvío exacerbara a su enemigo y le impulsase por caminos de
publicidad y escándalo. Sobre todas las consideraciones ponía
ella el interés de encubrir su terrible secreto. Pero ya que estos
motivos la llevaron a aquella casa funesta, era urgente pensar cómo
salía de ella.
«Para muchos días -dijo- he
dejado provisiones en la casa».
-152-
-¡Qué buena eres!
-replicó Polo, volviendo a ser benigno y humilde, cual si le acometiera
de nuevo la enfermedad-. Te vas, y ya me estoy yo muriendo. El mejor
día, si no emigro, me verás pidiendo limosna por esas calles. Mi
pobreza, hija, se va acumulando a interés compuesto... La suerte
será que me moriré antes.
Amparo tuvo ya entre sus labios esta
observación: «¿por qué no enmendarse y procurar
recibir otra vez las licencias para ganarse la vida en la iglesia?». Pero
tanto le repugnaba la intromisión de cualquier idea religiosa en aquel
tristísimo orden de ideas, que se tragó la frase. Todo recuerdo
de cosas eclesiásticas, toda alusión o referencia a ellas la
hacían temblar con escalofríos, como si le pusieran un silicio de
hielo. Entonces era cuando su conciencia se alborotaba más, cuando su
sangre ardía y cuando el corazón parecía subírsele
a la garganta, cortándole el aliento. Apartando aquellas ideas,
habló así:
-No hay que ver las cosas tan negras. Y
ahora me acuerdo... usted...
Hasta entonces había hablado en
impersonal; mas obligada a emplear un pronombre, antes se hubiera cortado la
lengua que pronunciar un
tú.
«Usted tiene deudores...».
-Sí... y de ellos voy cobrando poco
a poco. Pero ya se va agotando esa mina.
-153-
-Yo conozco un deudor que podrá
socorrerle a usted, devolviéndole una mínima parte de los
beneficios que ha recibido...
Lo decía de tal manera, que Polo
comprendió al instante.
«No seas tonta. Me enfadaré
contigo...».
-Es el caso que... -dijo Tormento
revolviendo con su mano en el hueco del manguito-. Yo había pensado al
venir aquí... No es esto pagar una deuda, pues si fuera a pagar...
La infeliz no sabía encontrar la
fórmula, que deseaba fuese lo más delicada posible, y por querer
emplear la más sutil y discreta, usó la más necia de
todas, diciendo, al poner un billete sobre la mesa:
«Si más tuviera, más
daría».
-Dios mío, ¡qué tonta
eres!...
-Vamos, que no está usted tan
sobrado de recursos... Y me enfadaré de veras si se empeña en ser
Quijote.
A D. Pedro le repugnaba el recibir una
limosna; pero lo que esta tenía de prueba de confianza acalló sus
escrúpulos.
«Si yo pudiera ser tan generosa como
deseo -indicó ella, dando un gran suspiro y acordándose, con
nuevas angustias, de la procedencia de aquel dinero-, no consentiría que
pasara escaseces ninguna persona que a mí me ha favorecido en
días muy malos. Cuando murió mi padre, ¿quién nos
socorrió?, ¿quién costeó el entierro?
-154-
Y después, cuando nos vimos tan mal, ¿quién vendió
su ropa para que no nos faltara qué comer?».
-Cállate, tonta; eso no hace al
caso. Cuando tengo la suerte de hacer un beneficio no quiero que me lo
recuerden más, no quiero que me lo nombren, y mira tú lo que soy,
me gustaría que la persona favorecida lo olvidase. Yo soy
así.
Mientras esto decía él, ella
sentía mil turbaciones, dudas y escrúpulos horribles. Sus
sentimientos caritativos no podían manifestarse tranquilos, temerosos de
hacer traición a algo muy respetable que había llegado a tener
lugar de preferencia en su mente.
¡Extrañas simpatías
las del espíritu! Como se comunica el fuego de un cuerpo combustible a
otro que está cercano, las zozobras del alma prenden y se propagan
fácilmente si encuentran materia en qué cebarse, materia
preparada. Así la turbación que removía el espíritu
de la Emperadora se propagó, como un incendio que corre, al de D. Pedro,
el cual se vio súbitamente acometido de punzantes sospechas.
Púsose de un color tal, qué no habría pincel que lo
reprodujera, como no se empapase en la tinta lívida del
relámpago; y mascando una cosa amarga, dijo lentamente esta frase:
«Muy rica
estás...».
Bien sabía ella interpretar la
ironía que el
-155-
ex-capellán empleaba alguna vez para
manifestar sus ideas. Comprendió la sospecha, supo leer aquella
coloración de luz eléctrica y aquel mirar indagador, y se hizo la
distraída, afectando recoger y limpiar el manguito que se había
caído al suelo. Tan amante de la verdad era ella, que abría dado
días de vida por poderla decir claramente; ¿pero cómo
decirla, Santo Dios? Y la verdad se removía cariñosa en su
interior, diciéndole:
dime... ¿pero cómo y con
qué palabras? Por todo lo que encierra el mundo no saldría de su
boca la verdad aquella. Y siéndole tan aborrecible la mentira, no
había más remedio que soltar una, y gorda. Polo le
facilitó el embuste, diciendo: «¿Trabajáis
mucho?».
-Sí, sí... Hemos hecho una
obra... Hace un mes que yo vengo ahorrando y guardando todo lo que puedo,
escondiendo el dinero, porque Refugio, si lo coge, me lo gasta todo.
Y se levantó, decidida a marcharse,
más que por el deseo de salir, porque no se volviese a hablar del
asunto.
Otra mentira. Dijo que Rosalía de
Bringas le había encargado ir sin falta aquella tarde para sacar los
niños a paseo. ¡Pues se pondría poco furiosa la tal
señora... con aquel genio!...
Inútiles fueron los esfuerzos de
él por retenerla. Por fin se escapó. Bajando la escalera
sentía un descanso, un alivio tan grande, como cuando se despierta de un
sueño febril.
-156-
«Ya no me llamo Tormento, ya recobro
mi nombre -decía para sí, andando muy a prisa-. No volveré
más aunque se hunda el mundo. Procuraré no volver a ser
débil; sí, débil, porque esa es mi culpa mayor, ser buena
y tener mucho miedo... Esto se acabó. Suceda lo que quiera, no le
veré más... Pero si se irrita y me escribe cartas y me persigue y
descubre... ¡Señor, Señor, déjalo ir a esa isla de
los antípodas, o llévame a mí de este mundo!».
  - XVII -
Al encontrarse solo, entregose D. Pedro,
con abandono de hombre desocupado y sin salud, a las meditaciones propias de su
tristeza sedentaria, figurándose ser otro de lo que era, tener distinta
condición y estado, o por lo menos llevar vida muy diferente de la que
llevaba. Este ideal trabajo de reconstruirse a sí propio, conservando su
peculiar ser, como metal que se derrite para buscar nueva forma en molde nuevo,
ocupaba a Polo las tres cuartas partes de sus días solitarios y de sus
noches sin sueño, y en rigor de verdad, le tonificaba el espíritu
beneficiando también un poco el cuerpo, porque activaba las funciones
vitales. Aunque forzada y artificiosa, aquella vida, vida era.
Sepultado en el sillón, las manos
cruzadas en la frente, formando como una visera sobre los
-157-
ojos,
estos cerrados, se dejaba ir, se dejaba ir... de la idea a la ilusión,
de la ilusión a la alucinación... Ya no era aquel desdichado
señor, enfermo y triste, sino otro de muy diferente aspecto, aunque en
sustancia el mismo. Iba a caballo, tenía barbas en el rostro, en la mano
espada; era, en suma, un valiente y afortunado caudillo. ¿De
quién y de qué? Esto sí que no se metía a
averiguarlo; pero tenía sospechas de estar conquistando un
grandísimo imperio. Todo le era fácil; ganaba con un
puñado de hombres batallas formidables y ¡qué batallas! A
Hernán Cortés y a Napoleón les podría tratar de
tú.
Después se veía festejado,
aplaudido, aclamado y puesto en el cuerno de la luna. Sus ojos fieros
infundían espanto al enemigo, respeto y entusiasmo a las muchedumbres,
otro sentimiento más dulce a las damas. Era, en fin, el hombre
más considerable de su época. A decir verdad, no sabía si
el traje que llevaba era férrea armadura o el uniforme moderno con
botones de cobre. Sobre punto tan importante ofrecía la imagen, en el
propio pensamiento, invencible confusión. Lo que sí sabía
de cierto era que no estaba forrado su cuerpo con aquella horrible funda negra,
más odiosa para él que la hopa del ajusticiado.
Y dejándose llevar,
dejándose llevar, dio con su fantasía en otra parte.
Mutación fue aquella que parecía cosa de teatro. Ya no era el
tremebundo
-158-
guerrero que andaba a caballo por barranqueras y
vericuetos azuzando soldados al combate; era, por el contrario, un señor
muy pacífico que vivía en medio do sus haciendas, acaudillando
tropas de segadores y vendimiadores, visitando sus trojes, haciendo obra en sus
bodegas, viendo trasquilar sus ganados y preocupándose mucho de si la
vaca pariría en Abril o en Mayo. Veíase en aquella facha
campesina tan lleno de contento, que le entraba duda de si sería
él efectivamente o falsificación de sí mismo. Se recreaba
oyendo como resonaban sus propias carcajadas dentro de aquella rústica
sala, con anchísimo hogar de leña ardiendo, poblado el techo de
chorizos y morcillas, y viendo entrar y salir muy afanada a una
guapísima y fresca señora... No se confundían, no,
aquellas facciones con las de otra. ¡Y qué manera de conservarse,
mejorando en vez de perder! A cada pimpollo que daba de sí, aumentando
con dichosa fecundidad la familia humana, parecía que el Cielo,
entusiasmado y agradecido, le concedía un aumento de belleza. Era una
Diosa, la señora Cibeles, madraza eterna y eternamente bella... Porque
nuestro visionario se veía rodeado de tan bullicioso enjambre de
criaturas, que a veces no le dejaban tiempo para consagrarse a sus ocupaciones,
y se pasaba el día enredando con ellas...
«¿En qué piensa usted?
-le dijo de golpe con
-159-
palabra punzante y fría, cual si le
metiera una barrena por los oídos, la señora Celedonia que se
apareció delante de la mesa con las manos en la cintura-. ¿En
qué piensa, pobre señor? ¿No ve que se está secando
los sesos? ¿Por qué no pasea, si está bueno y sano, y no
tiene sino mal de cavilaciones?...».
El soñador la miró
sobresaltado.
«¿Qué?...
¿estaba durmiendo? ¿No ve que si duermo de día
estará en vela por las noches? Échese a la calle, y váyase
a cualquier parte, hombre de Dios; distráigase, aunque sea montando en
el tiovivo, comiendo caracoles, bailando con las criadas o jugando a la
rayuela. Está como los chiquillos, y como a los chiquillos hay que
tratarle».
D. Pedro la miró con odio. La tarde
avanzaba. El rayo de sol que entraba en la habitación al medio
día, había descrito ya su círculo de costumbre alrededor
de la mesa y se había retirado escurriéndose a lo largo de la
pared del patio, hasta desvanecerse en las techumbres. La sala se iba quedando
oscura y fría. Destácabase Celedonia en su capacidad como la
parodia de una fantasma de tragedia tan vulgar era su estampa.
-«¿Quieres irte con
doscientos mil demonios y dejarme en paz, vieja horrible?» -le dijo Polo
con toda su alma.
-Vaya unos modos -replicó la
sacristana
-160-
riendo entre burlas y veras-. ¡Qué modo
de tratar a las señoras!... Aquí donde me ve, yo también
he tenido mis quince...
-¿Tú... cuándo?
-Cuando me dio la gana... Con que a ver.
¿Qué quiere que le traiga?, ¿quiere cenar?, ¿le
traigo el periódico?
Hechas estas preguntas, que no tuvieron
contestación, la fantasma salió despacio, cojeando y echando por
aquella boca dolorosos ayes a cada paso que daba. D. Pedro se arrojó
otra vez en el lago verdoso y cristalino en cuyo fondo se veían cosas
tan bellas. Bastábale dar dos o tres chapuzones para transfigurarse...
Vedle convertido en un señor que se paseaba con las manos en los
bolsillos por sitios muy extraños. Era aquello campo y ciudad al mismo
tiempo, país de inmensos talleres y de extensos llanos surcados por
arados de vapor; país tan distante del nuestro, que a las doce del
día dijo el buen hombre: «Ahora serán las doce de la noche
en aquel Madrid tan antipático». Sentado luego con joviales amigos
alrededor de una mesilla, echaba tragos de espumosa cerveza; cogía un
periódico tan grande como sábana... ¿En qué lengua
estaba escrito? Debía de ser en inglés. Fuera inglés o no,
él lo entendía perfectamente leyendo esto: «Gran
revolución en España; caída de la Monarquía;
abolición del estado eclesiástico oficial; libertad de
cultos...».
-161-
«El periódico, el
periódico» -gritó la espectral Celedonia poniéndole
delante un papel húmedo, con olor muy acre de tinta de imprimir.
-¡Qué casualidad!
-exclamó él, encandilado, porque la luz que puso Celedonia sobre
la mesa le hería vivamente los ojos.
-¿Pero no ve que se va a consumir
en ese sillón? -observó el ama de llaves-. ¿No vale
más que se vaya a un café, aunque sea de los que se llaman
cantantes? ¿No vale más que se ponga a bailar el zapateado? Lo
primero es vivir. Márchese de jaleo y diviértase, que para lo del
alma tiempo habrá. Hombre bobo y sin sustancia, ya le podía dar
Dios mi reuma para que supiera lo que es bueno.
Empezó el tal a leer su
periódico con mucha atención. Desgraciadamente para él, la
prensa, amordazada por la previa censura, no podía ya dar al
público noticias alarmantes, ni hablar de las partidas de Aragón,
acaudilladas por Prim, ni hacer presagios de próximos trastornos. Pero
aquel periódico sabía poner entre líneas todo el ardor
revolucionario que abrasaba al país, y Polo sabía leerlo y se
encantaba con la idea de un cataclismo que volviera las cosas del revés.
Si él pudiese arrimar el hombro a obra tan grande, ¡con qué
gusto lo haría!
La noche la pasó mejor que otras
veces, y al día siguiente, en vez de permanecer clavado en el
sillón, paseaba muy dispuesto por la sala,
-162-
como hombre que
acaricia el sabroso proyecto de echarse a la calle, en el sentido
pacífico de la frase. Poco después del medio día le
visitó el mejor de sus amigos, D. Juan Manuel Nones, presbítero,
hombre bondadosísimo, ya muy viejo, del cual es forzoso decir algunas
palabras.
Era este señor tío carnal de
nuestro amigo el notario Muñoz y Nones, por quien le conocimos en
época más reciente. En la que corresponde a esta relación,
era ecónomo de San Lorenzo, y vivía, si no nos engaña la
memoria, en la calle de la Primavera, acompañado de un hermano seglar y
de dos sobrinas, una de las cuales estaba casada. Creo que ya se ha muerto (no
la sobrina, sino el padre Nones), aunque no lo aseguro. Tengo muy presente la
fisonomía del clérigo, a quien vi muchas veces paseando por la
Ronda de Valencia con los hijos de su sobrina, y algunas cargado de una
voluminosa y pesada capa pluvial en no recuerdo qué procesiones. Era
delgado y enjuto, como la fruta del algarrobo, la cara tan reseca y los
carrillos tan vacíos, que cuando chupaba un cigarro parecía que
los flácidos labios se le metían hasta la laringe; los ojos de
ardilla, vivísimos y saltones, la estatura muy alta, con mucha
energía física, ágil y dispuesto para todo; de trato llano
y festivo, y costumbres tan puras como pueden serlo las de un ángel.
Sabía muchos cuentos y anécdotas
-163-
mil, reales o
inventadas, dicharachos de frailes, de soldados, de monjas, de cazadores, de
navegantes, y de todo ello solía esmaltar su conversación, sin
excluir el género picante siempre que no lo fuera con exceso.
Sabía tocar la guitarra, pero rarísima vez cogía en sus
benditas manos el profano instrumento, como no fuera en un arranque de inocente
jovialidad para dar gusto a sus sobrinas cuando tenían convidados de
confianza. Este hombre tan bueno revestía su ser comúnmente de
formas tan estrafalarias en la conversación y en las maneras, que muchos
no sabían distinguir en él la verdad de la extravagancia, y le
tenían por menos perfecto de lo que realmente era.
Un santo chiflado llamábale su
sobrino.
Era extremeño. Su padre fue
pastelero y él había sido soldado en su mocedad. Estaba de
guarnición en Sevilla cuando el alzamiento de Riego, y lo contaba con
todos sus pelos y señales. Después formó en el cuadro
cuando fusilaron a Torrijos. Había sido también un poquillo
calavera, hasta que tocado en el corazón por Dios, tomó en
aborrecimiento el mundo, y convencido de que todo es vanidad y humo, se
ordenó. Nunca tuvo ambición en la carrera eclesiástica, y
siendo ministro de Gracia y Justicia el marqués de Gerona,
despreció el arcedianato de Orihuela. Curtido en humanas desdichas,
sabía presenciar impávido las más atroces, y auxiliaba
-164-
a los condenados a muerte, acompañándoles al
cadalso. El cura Merino, los carboneros de la calle de la Esperancilla, la
Bernaola, Montero, Vicenta Sobrino y otros criminales pasaron de sus manos a
las del verdugo. En sus tiempos había sido gran cazador; pero ya no le
quedaba más que el compás. En suma, había visto Nones
mucho mundo, se sabía de memoria el gran libro de la vida,
conocía al dedillo toda la filosofía de la experiencia y
(¡cuántas veces lo decía!) no se asustaba de nada.
Sobre Polo tenía tal ascendiente,
que era quizás el único hombre que podía sojuzgarle, como
se verá en lo que sigue. Había sido Nones amigo de su padre; a
Pedro le conoció tamañito y se permitía tutearle y echarle
ásperas reprimendas, que el desgraciado ex-capellán oía
con respeto. Luego que este le vio aquel día, y se estrecharon las manos
con extremeña cordialidad, entrole al misántropo una ansiedad
vivísima; deseo repentino, apremiante y avasallador de vaciar de una vez
todas las congojas de su alma en el pecho de un buen amigo. Este anhelo no lo
había sentido nunca Polo; pero aquel día, sin saber por
qué, lo acometió con tanta furia que no podía ni
quería dejar de satisfacerlo al instante. Y no se confesaba al
sacerdote; se confiaba al amigo para pedirle, no la absolución, sino un
sano y salvador consejo...
«D. Juan, ¿tiene usted
qué hacer?... ¿No?
-165-
Pues voy a retenerle toda la
tarde, porque le quiero contar una cosa... una cosa larga...».
Decía esto con decisión
inquebrantable. Su afán de descubrirse era más fuerte que
él. Había en su alma algo que se desbordaba.
«Pues a ello -replicó Nones
sentándose y sacando la petaca-. Empecemos por echar un
cigarrito».
Polo declaró todo con sinceridad
absoluta, no ocultando nada que le pudiera desfavorecer; habló con
sencillez, con desnuda verdad, como se habla con la propia conciencia.
Oyó Nones tranquilo y severo, con atención profunda, sin hacer
aspavientos, sin mostrar sorpresa, como quien tiene por oficio oír y
perdonar los mayores pecados, y luego que el otro echó la última
palabra, apoyándola en un angustiado suspiro, volvió Nones a
sacar la petaca y dijo con inalterable sosiego:
«Bueno, ahora me toca hablar a
mí. Otro cigarrito».
  - XVIII -
Mediano rato empleó el
clérigo en dar fuego al cigarrito, en chuparlo, en soplar la ceniza...
Después, sin mirar a su amigo, empezó a exponer ampliamente su
pensamiento con estas palabras:
«La verdad más grande que se
ha dicho en el mundo es esta:
Nihil novum sub sole. Nada
-166-
hay nuevo debajo del sol. Por donde se expresa que ninguna aberración
humana deja de tener su precedente. El hombre es siempre el mismo y no hay
más pecados hoy que ayer. La perversidad tiene poca inventiva, hijo, y
si tuviéramos a mano el libro de entradas del Infierno, nos
aburriríamos de leerlo; tan monótono es. Quien como yo ha estado
barajando por tantos años conciencias de criminales y extraviados no se
asusta de nada. Y dicho esto, vamos al remedio.
»Dos males veo en ti: el pecado
enorme y la enfermedad del ánimo que has contraído por él.
El uno daña la conciencia, el otro la salud. A entrambos hay que atacar
con medicina fuerte y sencilla. Sí, Perico, sí
(voz alta y robusta) es indispensable cortar
por lo sano, buscar el daño en su raíz, y ¡zas!... echarlo
fuera. Si no, estás perdido. ¿Que esto te dará un gran
dolor?...
(voz aflautada y blanda). Pues no hay
más remedio que sufrirlo. Luego vendrán los días a
cicatrizarte, los días, sí, que pasarán uno tras otro sus
dedos suaves y amorosos, y cada uno te quitará un poco de dolor, hasta
que se te cierre la herida. Si tienes miedo y en vez de cortar por lo sano
quieres curarte con cataplasmas, el mal te vencerá, llegarás a
convertirte en una bestia, y serás el escándalo de la sociedad y
de nuestra clase.
»Porque mira tú
(voz insinuante), esas cosas,
-167-
si
bien se las mira, son niñerías para el que tenga un poco de
fuerza de voluntad y aprenda a dominarse. Sucumbir a una borrasca de esas es
vergonzoso para cualquiera, y más aún para quien lleva encima
siete varas de merino negro. Y no hay aquello de decir
(voz alta y estrepitosa), llevándose las
manos a la cabeza: '¡Dios mío, qué desgraciado soy!
¡Cómo erré la vocación!...'. Pues haberlo pensado
antes, porque harto se sabe
(voz muy familiar) que en este nuestro estado
no hay que pensar en boberías. ¡A dónde iríamos a
parar si el Sacramento se pudiera romper cuando se le antoja a un boquirrubio,
y volver al mundo y dale con
hoy digo misa y mañana me caso!... Nada,
nada; al que le toca la china se tiene que aguantar. Es lo mismo que cuando se
pone a clamar al cielo uno que se ha casado mal: 'Pues amigo, qué quiere
usted... hubiéralo pensado antes...'. ¿Y los que después
de elegir una profesión encuentran que no les va bien en ella? El mundo
está lleno de equivocaciones. Pues si acertáramos siempre,
seríamos ángeles. Lo que yo digo; al que le toca la china
(voz sumamente pedestre y familiar), no tiene
más remedio que rascarse y aguantar. Con que amigo, fastidiarse,
resignarse, y volverse a fastidiar y a resignar».
Dijo esto enfáticamente,
acompañando el gesto a la palabra. Después, inspirándose
con otro par de chupadas, prosiguió su sermón:
-168-
«Aquí estamos dos amigos uno
frente a otro. Hablemos de hombre a hombre primero. Hay cosas que parecen
dificilillas y peliagudas cuando no se las mira de cerca, hay sacrificios que
parecen imposibles cuando no se prueba a hacerlos. Pero cuando una voluntad
resuelta apechuga con ellos se ve que no son un arco de iglesia. Amigo
(voz terrible), batallas más bravas y
espantosas que las que te aconsejo han ganado otros. ¿Y cómo? Con
paciencia, nada más que con paciencia. Esta virtud se cultiva, como
todas, con auxilio de la fe y de la razón. Y tú puedes volver
sobre ti mismo y decir: 'Pues hombre, yo estoy faltando, pero faltando
gravemente. Yo tengo que mirar por mi decoro, por mi salud, por mi
salvación; yo no soy un chiquillo'. Créeme, una vez que hagas
propósito de vencerte, llamando en tu auxilio a Dios y ayudándote
de tu entendimiento, empezarás a sentir fuerzas para la gran obra y esas
fuerzas crecerán como la espuma. En eso, como en lo contrario, hijito,
todo es empezar. Luego que digas 'esto se acabó'
(voz formidable), si lo dices con
propósito valiente, verás cómo cada día te nace en
el alma una nueva ligadura con que atarte, y vas poco a poco sujetando las
innúmeras extremidades de la bestia que te patalea en las
entrañas. Y no te digo que te des disciplinazos ni que te abras las
carnes, no. Esto es bobería. Confíate a la fe, a la voluntad y al
tiempo.
-169-
»¡Ah!, ¡el tiempo!
(voz patética.) ¡No sabes bien los
milagros que hace este caballerito! Y con los que coge talludos como tú,
hace mejores y más radicales curas. Porque no vengas echándotelas
de pollo
(voz festiva...) No tienes canas; pero el
día menos pensado te llenas de ellas, y vendrá este achaque,
luego el otro; hoy se cae un diente, mañana la mitad del pelo; que hoy
el reuma, que mañana el estómago... Y estas, amiguito, son las
farmacias que usa el gran médico. Las enfermedades del cuerpo son las
medicinas de los males de la mocedad en el espíritu. Te lo dice quien ha
visto mucho mundo y chubascos más grandes que el tuyo y trapisondas
más horrorosas. Resumiendo mi consejo, amigo Perico, oye mi receta:
Primero cortar por lo sano, sacrificio completo, extirpación de la
maleza en su origen; después horas, días, meses, el agua tibia
del tiempo, amigo querido. Cuando pasen algunos años, todo habrá
terminado, y te encontrarás con que ha caído sobre tu cabeza la
bendición de Dios, esta lluvia blanca, esta nevada que todo lo tapa,
emblema del olvido y de la paz».
Polo, sin decir cosa alguna,
extendió sus miradas por la venerable cabeza de Nones,
blanquísima y pura como el vellón del cordero de la Pascua.
«Y ya que hemos hablado de hombre a
hombre -prosiguió el cura en tono más severo-,
-170-
voy
a despacharme a mi gusto como sacerdote. Pero antes de entrar en ello, hazme el
favor de decir a esa tarasca de Celedonia que traiga una copita de vino: eso
es, si la tienes, que si no, venga de agua para refrescar las
predicaderas».
Traído el vino, D. Juan Manuel se
fortificó con él los espíritus para seguir su
plática:
«El papel ignominioso que haces ante
el mundo, pues los curas te despreciarán por perdido, y los perdidos por
cura; el atentado contra tu salud y los demás perjuicios temporales son
bobería en comparación de la ofensa que haces a Dios, a quien has
querido engañar como a un chino... permite este modo vulgar de
expresarme. Estás en pecado mortal, y si ahora te murieras, te
irías al Infierno tan derechito como ha entrado en mi estomago este vino
que acabo de beber. En eso sí que no hay escape, hijo; en eso sí
que no hay tus-tus; en eso sí que no hay quita y pon. Es solución
redonda, terminante, brutal. Demasiado lo comprendes. Pues bien, desgraciado
Periquillo
(voz afectuosa.); hablándote como amigo,
como sacerdote, como ex-cazador, como extremeño, como lo que gustes, te
pregunto: '¿Quieres salvarte de la deshonra, de la muerte y de las
llamas eternas?'».
-Sí.
-¿Respondes con sinceridad?
-Sí.
-Pues si quieres curarte y salvarte, lo
primero
-171-
que tienes que hacer es ponerte a mi disposición,
abdicar tu voluntad en la mía y hacer puntualmente todo lo que yo te
mande.
-Estoy conforme.
-Bueno. Pues vas a empezar por salir de
Madrid. Mi sobrino político, el marido de Felisa, la mayor de mis
sobrinas, ha comprado una gran dehesa en la provincia de Toledo, entre el
Castañar y Menasalvas. Allí está él; quiere que yo
vaya, pero mis huesos no están ya para traqueteos. Tú eres el que
vas a empaquetarte para allá, antes hoy que mañana. Te mando,
como primer remedio, al yermo; ¡pero qué yermo delicioso! Hay
sembradura, ganado, un poco de viña, y para que nada falte, hay
también un monte que ahora están descuajando en parte. Tú
les ayudarás, porque el manejo del hacha es la mejor receta contra
melindres que se podría inventar. En esa finca, en ese paraíso te
estarás hasta que yo te mande. Y cuidadito con las escapadas
(voz familiar y expresiva; admonición con el
dedo índice); cuidadito con las epístolas. Debes hacer
cuenta de que la tal persona no existe, de que se la ha llevado Dios... Y no te
mando que estés allí mano sobre mano mirando a las estrellas, que
holganza y pecado son dos palabras que expresan una misma idea. Harás
toda la penitencia que puedas, y fíjate bien en el plan de
mortificaciones que te impongo: levantarte muy temprano, y cazar todo lo que
encuentres
-172-
andar de Ceca en Meca por llanos, breñas y
matorrales; comer cuanto puedas, mientras más magras mejor; beber buen
vino de Yepes; ayudar a Suárez en sus tareas; tomar el arado cuando sea
menester o bien la azada y el hacha; llevar el ganado al monte y cargar un haz
o leña si es preciso; en fin, trabajar, alimentarte, fortalecer ese
corpachón desmedrado. Quiero que empieces por ponerte en estado salvaje;
y si sigues mi plan, serás tal que al poco tiempo de estar allí,
si te varean, soltarás bellotas... Desde que logres esta felicidad,
serás otro hombre, y si no se te quitan todas esas murrias del
espíritu, me dejo cortar la mano. Cuando pase cierto tiempo, iré
a verte o me escribirás diciéndome cómo te encuentras. Te
someteré a un examen, y si estás bien limpio de calentura, se te
devolverán las licencias, y con ellas...
(voz muy cariñosa). Aquí viene la
segunda parte de mi plan curativo. Atención. Mientras tú
estás allá...
civilizándote, yo en Madrid me ocupo de
ti, y te consigo por mediación de D. Ramón Pez, mi amigo, un
curato de Filipinas...
D. Pedro hizo un movimiento de sorpresa,
de sobresalto.
«Qué... ¿te
encabritas? Es que no confío yo en tu salvación completa si no
ponemos mucha tierra y mucha agua de por medio. Patillas es listo, y
podría suceder que mi convaleciente... Las recaídas son siempre
mortales, hijo. Última
-173-
palabra. Si no aceptas mi plan
completo, te abandono a tu desgraciada suerte. ¿Qué tienes que
decir? ¿Vacilas?».
En efecto, el enfermo vacilaba, dejando
ver la irresolución en su semblante. Levantose entonces bruscamente D.
Juan Manuel, cruzó el manteo, tomó con aire decidido la canaleja,
y poniéndosela de golpe como un militar se pone el sombrero de tres
picos, dijo así:
«Ea... bastante hemos hablado.
Quédate con todos los demonios, y no cuentes conmigo para
nada».
Alzando la voz, que de afectuosa se
trocó en severa, sacudió por un brazo a Polo
diciéndole:
«De mí no se ríe
nadie... ¡ya sabes que tengo malas pulgas, y si me apuras, todavía
soy hombre para cogerte por un brazo y hacerte cumplir, que quieras que no, con
tu obligación, badulaque, mal hombre, clérigo
danzante!».
Tembló este al oír tan
airadas palabras, y retuvo a su amigo, agarrándole por el manteo. De
esta manera le quería indicar que se sentara para seguir hablando.
Así lo hizo el célebre Nones, y tales cosas humildes y
compungidas le dijo el penitente, que el anciano se aplacó y ambos
celebraron su concordia con otro cigarrito.
Al día siguiente D. Pedro se fue al
Castañar.
-174-
  - XIX -8
Cuando Amparo llegó a su casa, era
ya tan tarde que no quiso ir a la de Bringas. Intentó recordar el
pretexto con que, según lo convenido consigo misma, debía
explicar al día siguiente su falta de asistencia; mas la mal preparada
disculpa se le había ido del pensamiento. Era preciso inventar otra, y a
ello consagró por la noche los breves ratos que le dejaban libre sus
cavilaciones sobre asunto más grave. «Seguramente -pensaba al
acostarse- hoy que yo he faltado, habrá ido él».
Así era. Agustín
había ido a la casa de sus primos muy temprano, en aquella matutina hora
en que la viva imagen de Thiers recorría en mangas de camisa los
pasillos, con la jofaina en las manos, para trasportar a su cuartito el agua
con que se había de lavar; en aquella hora en que Rosalía, no
bien dejadas las perezosas plumas, se dedicaba a menesteres y trabajos
impropios de quien la noche antes había estado en la tertulia de la
Tellería hecha un brazo de mar, respirando aires de protección
por las infladas ventanillas de su nariz. Como en Madrid todo el mundo se
conoce y no había forastero en la reunión, a nadie se le
ocurrió decir: «Pero esta señora de tantos humos, tan
elegantona y tan perdona-vidas, será esposa de algún
prócer considerable
-175-
o de cualquier rico negociante».
En la eterna mascarada hispano-matritense no hay engaño, y hasta la
careta se ha hecho casi innecesaria.
Estaba la Bringas en tal facha aquella
mañana, que se la hubiera tomado por una patrona de huéspedes de
las más humildes. ¡Qué fatiga la suya y qué andrajos
llevaba sobre sí! La criada estaba en la compra, y la señora,
después de dar muchas vueltas por la cocina, arreglaba a los
niños para mandarlos al colegio.
«Hola, Agustín... ¿por
aquí tan temprano? -dijo a su primo, cuando este entró en el
comedor-. Anoche, en casa de Tellería, alguien, no recuerdo
quién, habló de ti... Dijeron que te ibas despabilando, y que
eres de los que las matan callando... Si tendrás tú algún
trapicheo por ahí. Todavía, todavía hemos de buscarte una
novia, y el mejor día te casamos».
Diciéndolo, Rosalía miraba
con tristeza a su niña, mientras le ataba el delantalito y le
ponía el sombrero. Hubiera querido la ambiciosa mamá que, por la
sola virtud de sus amantes miradas, diera Isabelita milagroso estirón y
llegara a casadera antes que Agustín se pusiese viejo.
«Mira tú, primo
-díjole en una variante del mismo pensamiento-; no es por adularte; pero
cada día parece que estás más joven y mejor parecido...
Así, aunque esperaras cinco o seis años más, no
perderías nada».
-176-
-No, Rosalía. Si me caso ha de ser
el año que viene.
-¿De veras?
-Digo que podrá ser. No lo
aseguro.
Bringas llamó a su primo para
hacerle leer un suelto del periódico que acababa de llegar.
«Mal, muy mal va esto
-observó con tristeza D. Francisco, empeñado en la faena de dar
lustre a sus botas-. Otra vez partidas en el alto Aragón... Esa pobre
señora...».
Amparo entró; entraron el
carbonero, el panadero, la criada, el alcarreño de las castañas y
nueces; y la estrecha morada, con el tráfago matutino, convidaba a huir
de ella. D. Francisco, cuando dejó sus botas como espejos,
echándoles el vaho y frotándolas después, se las puso.
«¡Qué vida más
trabajosa! -dijo a su primo, mientras sacaba del cajoncillo los mezquinos
dineros para la casa-. Y ahora tenemos un compromiso mayúsculo. Hemos de
ir al baile de Palacio, y un baile de Palacio nos desnivela para tres meses.
Pero Su Majestad se empeña en que vayamos, y quítaselo de la
cabeza a Rosalía. Es preciso ir. Quien vive de la nómina no puede
hacer un desaire al poder supremo».
No se sabe lo que a esto dijo Caballero;
pero sin duda debió de hacer observaciones sobre los infortunios de la
clase media en España. Luego que almorzó Bringas, salieron ambos
primos, y Rosalía fue más tarde a la casa de su modista a
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empezar el estudio económico que tenía que hacer
para procurarse un bonito vestido de baile. Aunque contaba con los regalitos de
la Reina, que quizás le mandaría alguna falda en buen uso, el
arreglo de ella siempre ocasionaría gastos, y era preciso reducirlos
todo lo más posible para alivio del espejo de los comineros, el santo D.
Francisco Bringas.
Caballero volvió a la casa por la
tarde, cuando contaba encontrarla vacía de importunos testigos. Y fue
como él lo pensaba, porque los niños no habían vuelto
aún de la escuela, la criada había salido, y los oradorcillos
estaban tan enfrascados en su retórico juego dentro de la reducida
asamblea de Paquito, que no ofrecían estorbo. Entró, pues,
Agustín en el cuarto de la costura, seguro de encontrar allí lo
que buscaba. Así fue. Callada y como medrosa, Amparo cuando le vio
entrar se puso pálida. Él se sonrió y palideció
también. Era ya un poco tarde, y uno a otro no se veían lo
bastante para observar su emoción respectiva. Pensaba ella que no
debía desperdiciar ocasión tan buena de dar las gracias por la
merced recibida; pero no encontraba la forma. ¡Pues si la encontrara,
qué cosas diría! Todo lo que su mente daba de sí,
cruelmente exprimida por la voluntad, resultaba frío, trivial, tonto y
cursi. Cuando él dijo:
«No creí que estaba usted
aquí», a ella no se le ocurrió más que:
«Sí señor, aquí estaba».
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-¿Para qué cose usted
más? Ya no se ve.
-Todavía se ve un poquito...
Estos sublimes conceptos eran el
único producto de aquellos dos cerebros henchidos de ideas y de aquellos
corazones en que el sentimiento rebosaba. Mas Caballero, sintiéndose
espoleado por la impaciencia, pensó: «Ahora o nunca», y una
frase brilló en su mente, una frase de esas que o se dicen o revienta el
oprimido molde que las encierra. Más fuerte era el concepto contenido
que la timidez del continente, y de aquella discreta boca salieron estas
palabras, como sale un disparo por la boca del cañón:
«Tengo que hablar con
usted...».
-Sí, sí, estoy tan
agradecida... -balbució ella, con un nudo en la garganta.
-No, no es eso. Es que esta mañana
hablamos Rosalía y yo de usted, y de si entra o no en el convento. Yo
estoy en darle la dote; pero, entendámonos, con una condición:
que no se ha de casar usted con Jesucristo, sino conmigo.
¡Ah!, ¡pillín!, bien
preparado lo traías; que si no ¡cómo había de salir
tan redondo! Caballero, en horrible batalla con su timidez, había
pensado al entrar: «o lo digo palabra por palabra, o abro la ventana y me
tiro al patio». Siguió a la frase triunfal un silencio...
¡chas!, a Amparito se le rompió la aguja. Las miradas del indiano
observando el bulto de su amada en la penumbra,
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bastarían
a suplir la luz solar que rápidamente mermaba. Sonó la
campanilla.
«Perdóneme usted -dijo ella
levantándose casi de un salto-. Voy a abrir... Es Prudencia, que
salió por mineral».
Pero Agustín le interceptó
la puerta, y tomándole las manos y apretándoselas mucho...
«¿No me contesta usted
nada?».
-Perdóneme un momento... Tocan otra
vez.
La Emperadora salió a abrir.
Prudencia pasó hacia la cocina con duro pisar de corcel no domado. Poco
después Amparo y Caballero se encontraban en el pasillo, junto al
ángulo del recibimiento, oscuro como caverna. Las manos del
tímido tropezaron en las tinieblas con las manos de la medrosa, y las
volvió a cazar al vuelo. Apoyándose en la pared, ella no
decía nada.
«¿Qué es eso?...
¿Llora usted? -preguntó el americano oyendo una
respiración fuerte-. ¿No me contesta usted a lo que he
dicho?».
Ni una palabra, gemidos nada
más.
«¿No le agrada mi
proposición?».
Oyó Caballero las siguientes
palabras que sonaban con gradual rapidez como primeras gotas de una lluvia que
amenaza ser fuerte:
«Sí... yo... yo...
sí... no... veré... usted...».
-Hábleme con toda franqueza. Si a
usted le desagrada...
-No... no... diré... Usted es muy
bueno... Yo agradecida.
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-¿Pero esos lloros, por qué
son?
Parecía que se calmaba un tanto,
enjugándose las lágrimas rápidamente con el
pañuelo. Después se dirigió al cuarto de la costura,
haciendo una seña al indiano para que la siguiera.
«¡Si Rosalía entra y me
ve llorando...!» -manifestó la joven con mucho miedo, ya dentro
del cuarto aquel.
-No se cuide usted de Rosalía, y
responda.
-Usted es muy bueno: usted es un
santo.
-Pero se puede ser santo y no
gustar...
-¡Oh!... no... sí... estoy
muy agradecida... Pero tengo que pensarlo... Desde luego yo...
-Vamos -dijo Agustín con cierta
amargura- no le gusto a usted...
-¡Oh!, sí... mucho,
muchísimo -replicó ella con expansivo arranque-. Pero...
-Pero ¿qué...? Usted no
tiene parientes que se puedan oponer...
-No... pero...
-Usted es libre. Ahora, si tiene usted
algún compromiso...
-Yo... sí... no... no... no es eso.
No tengo nada que oponer -repuso ella con vivacidad-. Soy una pobre, soy libre,
y usted el hombre más generoso del mundo, por haberse fijado en
mí que no tengo posición ni familia, que no soy nada... Esto
parece un sueño. No lo quiero creer... Pienso si estará usted
alucinado, si se arrepentirá cuando lo medite...
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El respetuoso, el encogido Caballero le
habría contestado con un abrazo, expresando así, mejor que con
frías palabras, la ternura de sus afectos tan contrarios al
arrepentimiento que ella suponía. Pero en aquel instante entró en
la habitación un testigo indiscreto. Era una claridad movible que
venía del pasillo. Prudencia pasaba con la luz del recibimiento en la
mano para ponerla en su sitio. Ambos esperaron. La claridad entró,
creció, disminuyendo luego hasta extinguirse, remedo de un día de
medio minuto limitado dentro de sus dos crepúsculos. Callaban los
amantes, esperando a que fuera otra vez de noche; pero como Amparo sospechase
que la moza había mirado hacia el interior de la oscura estancia,
salió y le dijo:
«¡Cuánto tarda la
señora!».
-¿Enciendo la del comedor?
-preguntó la tarasca.
-¿Todavía?... Es muy
temprano.
Cuando Prudencia volvió a la
cocina, acercose la Emperadora a la puerta del cuarto de la costura, y el
tímido oyó este susurro, que sonaba con timbre de dulce
confianza:
«Pst... venga usted para acá,
caballero Caballero...».
Uno tras otro llegaron al comedor,
débilmente alumbrado por dos claridades, la que venía de la
cercana cocina y la que asomaba por el tragaluz de la asamblea
parlamentario-infantil.
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Se oía muy bien la voz de
Joaquinito Pez profiriendo estas precoces bobadas: «Yo |