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    Historia general de Chile. Tomo segundo
     Diego Barrios Arana
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Capítulo XXI


Hurtado de Mendoza: administración financiera; fin de su gobierno (1559-1561)


1. Brillante perspectiva que el descubrimiento de América abría a la industria española; estado desastroso de la hacienda pública a mediados del siglo XVI. 2. Las cortes de Castilla, para poner remedio a la pobreza creciente de España, piden al Rey que prohíba la exportación a América de los productos manufacturados. 3. Prohibición impuesta a los extranjeros de establecerse en América; trabas creadas al libre comercio. 4. La primera población española en América se consagra principalmente al trabajo de las minas; las perlas y los metales preciosos suministran a la Corona sus principales entradas. 5. Los reyes de España se apoderan con frecuencia de los tesoros de particulares que iban de las Indias; influencia de estas violencias en la colonización de América. 6. Empeño de los reyes por incrementar las entradas que les producían las Indias; concesiones hechas a los encomenderos de Chile, e instrucciones dadas a Alderete para aumentar el producto de las minas. 7. Administración financiera de don García; los ingentes gastos de la guerra le impiden enviar a España socorros de dinero. 8. Imposición de donativos forzosos a los encomenderos y comerciantes; vida ostentosa del Gobernador y su pobreza al dejar el mando. 9. Al saber la muerte de su padre, don García se marcha al Perú. Sus trabajos para comprobar sus servicios y para obtener la remuneración a que se creía merecedor. 10. Juicio de residencia seguido en Chile contra don García Hurtado de Mendoza; el Rey aprueba su conducta. Noticias acerca del licenciado Hernando de Santillán (nota).



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1. Brillante perspectiva que el descubrimiento de américa abría a la industria española; estado desastroso de la hacienda pública a mediados del siglo XVI


El descubrimiento y la conquista de América coincidieron con una época de grandeza política para España, y abrieron un halagüeño porvenir para su industria y para su riqueza. Ocupada durante largos siglos en su guerra contra los moros, había llamado muy poco la atención de Europa, pero constituida en esta época en una monarquía compacta, tomó de repente una preponderancia incontestable entre los estados del Viejo Mundo. La fundación de su vasto imperio colonial vino a consolidar y a fortalecer el prestigio de su grandeza. «En los dilatados dominios del rey de España, se decía a mediados del siglo XVI, no se pone el sol jamás»284.

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La creación de este imperio colonial iniciaba también para la metrópoli una era de prosperidad industrial. España iba a tener un vasto mercado para sus manufacturas, y a obtener, en cambio, los ricos productos de las Indias occidentales. En efecto, después de los grandes descubrimientos, y sobre todo, después de las conquistas de México y del Perú, afluían a España abundantes y repetidas remesas de oro, de plata, de perlas y de piedras preciosas. Las fábricas españolas, que gozaban de la reputación de ser las primeras de Europa, se vieron tan recargadas de pedidos de mercaderías manufacturadas, que con seis años de anticipación tenían vendidos sus productos para la exportación a las nuevas colonias285. La ciudad de Sevilla, que pasó a ser el centro de este movimiento comercial, alcanzó al grado de la más asombrosa riqueza. «Sevilla, dice un escritor español del siglo XVI, es la puerta y puerto principal de toda España... De sesenta años a esta parte que se descubrieron las Indias occidentales, se le recreció una ocasión tan oportuna para adquirir grandes riquezas que convidó y atrajo a algunos de los principales a ser mercaderes, viendo en ello cuantísima ganancia. Así de este tiempo acá, los mercaderes se han aumentado en número. Así el trato de ella es uno de los más célebres y ricos que hay el día de hoy o se sabe en todo el orbe universal; es como centro de todos los mercaderes del mundo. Por lo cual todo lo mejor y más estimado que hay en las otras partes antiguas, aun de Turquía, viene a ella, para que por aquí se lleve a las nuevas, donde todo tiene tan excesivo valor»286.

En medio de esta era de prosperidad se elaboraba lentamente la decadencia y la postración de España que, sin embargo, no vinieron a ser visibles sino muchos años más tarde. Contra lo que era de esperarse, el oro y las perlas de América no enriquecieron a la metrópoli. A mediados del siglo XVI, el pueblo español soportaba una situación miserable, vivía encorvado bajo el peso de enormes impuestos que no podía cubrir y pagaba un doloroso tributo a todos los errores económicos y políticos de la época. El tesoro real había llegado al último grado de pobreza, y reducía a los reyes, en medio del brillo aparente de la monarquía, a una situación casi vergonzosa.

América había comenzado a producir ingentes entradas al erario real, pero ellas habían llegado a ser insuficientes para las premiosas necesidades de la Corona. Envuelto en costosas e incesantes guerras políticas y religiosas que tenían por teatro una gran parte de Europa, apremiado, además, por los gastos de representación de la dignidad imperial y real, Carlos V consumía indiscretamente esos tesoros, estaba siempre urgido por la escasez de fondos, no reunía las cortes o asambleas de sus estados más que para pedir nuevos subsidios, y vivía, según su propia expresión, «con el agua hasta encima de la boca»287, contrayendo deudas que no podía pagar, reclamando nuevos impuestos, y echándose en muchas ocasiones sin el menor escrúpulo sobre los bienes de sus súbditos.

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Esta situación, lejos de experimentar un cambio favorable, se agravó considerablemente desde los primeros días del reinado de Felipe II. La renovación de las guerras en Francia y en Italia, y los gastos de la Corte más considerables e inmoderados todavía, mantenían al tesoro en un estado de déficit que se agravaba cada año. Nada pinta mejor sus angustias que las reformas propuestas para remediarlas. El consejo de hacienda del soberano propuso entre otras medidas que se vendiesen hasta mil cartas o patentes de hidalguía a personas de cualquier rango, «sin excepción ni defecto de linajes ni otras máculas», sacándolas al mercado gradualmente, y al precio de cinco mil ducados cada una, para que la abundancia de patentes ofrecidas en venta, no rebajaran su valor. Se propuso igualmente la venta de jurisdicciones perpetuas, de terrenos baldíos de los municipios y de nuevos cargos de regidores y de escribanos que se crearían en las ciudades principales, la imposición de empréstitos forzosos a los prelados y a los particulares, la venta de varios pueblos a grandes señores de la monarquía, a quienes se traspasaba el derecho de imponer y de percibir sus contribuciones, la prohibición bajo pena de confiscación de extraer dinero para Roma, la suspensión de pago a los acreedores del Estado y la legitimación por dinero de los hijos de los clérigos, dándoles, además, por precios módicos cartas de hidalguía288. Todos estos arbitrios, en su mayor parte contrarios a la moral y opuestos a los buenos principios de gobierno, merecieron la aprobación del Rey, y se plantearon activamente, pero no dieron el resultado que se esperaba de ellos.




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2. Las cortes de Castilla, para poner remedio a la pobreza creciente de España, piden al Rey que prohíba la exportación a América de los productos manufacturados


Sería largo y fuera de nuestro propósito el señalar aquí todas las causas que crearon este estado de cosas, y que frustraron las esperanzas que el descubrimiento de América había hecho nacer. Pero hay algunas de ellas ligadas con nuestro asunto, y que debemos tomar en consideración.

Hemos dicho que en los primeros tiempos de la colonización, la industria española apremiada por una gran demanda de sus productos, no alcanzaba a satisfacer los pedidos del comercio. Una situación semejante habría estimulado en nuestro tiempo la producción y con ella la riqueza pública. Pero la España del siglo XVI no se halló en estado de resolver esa situación por un aumento de trabajo. Las guerras incesantes habían desarrollado un espíritu militar como no se había manifestado nunca en ningún otro pueblo, y alejaba de las pacíficas ocupaciones industriales a muchos millares de hombres útiles. Se ha dicho sin exageración que toda la inteligencia del país que no estaba empleada al servicio de la Iglesia, se consagró al servicio de las armas289. Los jurisconsultos y los literatos eran en su mayor parte militares de oficio o de circunstancias, y se batían como tales así en América como en   -180-   Europa. Aun los mismos eclesiásticos peleaban como soldados o mandaban como generales, y tenían a honor el distinguirse en las batallas. «Las guerras santas contra los infieles, dice un célebre historiador, perpetuaron en España el indecoroso espectáculo de los eclesiásticos militantes, hasta una época muy moderna, y mucho después de haber desaparecido del resto de la Europa civilizada»290.

Esta sola causa habría bastado para debilitar el poder industrial de España; pero había, además, otras que influyeron considerablemente. Las inclinaciones aristocráticas del pueblo español, la aspiración de todos a ser tenidos por hidalgos y la facilidad de obtener una patente, sea por servicios militares, sea por compra, habían engendrado el desdén por los trabajos industriales, que se dejaban a cargo de la gente más miserable, de los moriscos y de los extranjeros. Los errores del sistema de gremios industriales complicaban el trabajo libre e impedían toda competencia. La abundancia de días festivos en que era prohibido el trabajo, estimulaba la ociosidad y limitaba la producción. Así, pues, la demanda extraordinaria de artículos manufacturados que había creado la colonización de América, sin aumentar la producción en una escala correspondiente, dio por resultado inmediato una alza alarmante en el valor de las cosas, que enriquecía a unos pocos, pero que abrumaba al mayor número de los consumidores.

Se trató de buscar el remedio contra esta situación. Los arbitrios propuestos revelan los sufrimientos del pueblo español y las ideas económicas de la época. En vez de estimular la producción que habría enriquecido a la nación, se trató de impedir que se exportaran a América las manufacturas fabricadas en España. Ocupáronse de este asunto las cortes de Castilla reunidas en Valladolid en 1548. «Vemos, decían las cortes, que alza el precio de los víveres, paños, sederías, cordobanes y otros artículos que salen de las fábricas de este reino, siendo necesarios a sus naturales. Sabemos también que esa carestía no consiste sino en la exportación de géneros a las Indias... Tan grande ha llegado a ser el mal, que no pueden ya los habitantes con lo caro de los víveres y de todos los objetos de primera necesidad. Notorio es e incontestable que las Indias abundan en lana superior a la de España, ¿por qué no se fabrican los indianos sus paños?... Muchas de sus provincias producen seda... ¿por qué no hacen terciopelos y rasos?... ¿No hay en el Nuevo Mundo bastantes pieles para su consumo y aun para el de estos reinos? Suplicamos a Vuestra Majestad prohíba se exporten estos artículos»291.



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3. Prohibición impuesta a los extranjeros de establecerse en América; trabas creadas al libre comercio


Carlos V desoyó estas representaciones; pero él, así como sus antecesores y sucesores, cayeron en el error opuesto que consistía en mantener a las nuevas colonias dependientes del comercio de España. Buscaban en este sistema la protección de la industria de la metrópoli y el aumento de las entradas de la Corona. Sujetándose a las ideas económicas de su siglo, los reyes crearon en breve un sistema de administración que no impidió el empobrecimiento de España, y que fue fatal para el progreso y prosperidad de las colonias y contrario a los mismos intereses del tesoro real.

Desde los primeros días del descubrimiento de América, los reyes habían prohibido a los extranjeros no sólo comerciar sino residir, aunque fuera accidentalmente en estas regiones. Esta prohibición, natural en una época en que se creía que las riquezas y el comercio de un territorio sólo podían ser explotados por los súbditos del soberano del país, había sido sancionada por la autoridad espiritual de la Santa Sede. Alejandro VI, por su célebre bula de donación, imponía la pena de excomunión latæ sentenciæ a cualquier persona que sin permiso de los Reyes de Castilla viniese a negociar a las Indias292; y ampliando pocos meses más tarde esta prohibición, la hizo extensiva no sólo a los comerciantes sino a los que únicamente pretendiesen navegar, pescar o descubrir nuevas tierras293. Como si esta medida no fuese bastante para limitar la población europea en las nuevas colonias, los monarcas pusieron desde el principio numerosas trabas a los mismos españoles que querían pasar a América. Sólo el Rey y en ciertos casos la Casa de Contratación de Sevilla, podían dar este permiso que era, a lo menos, largo y engorroso obtener. Al que no cumplía con este requisito, se le condenaba a la pena de expulsión del país y a la confiscación de sus bienes, la quinta parte de los cuales debían darse al denunciante294. Aun en los principios, estos permisos se daban sólo a los castellanos. La reina Isabel, recordando que el descubrimiento de las Indias se había hecho a costa de los reinos de Castilla y de León, recomendaba en su testamento que sólo a los naturales de estos reinos se les permitiera negociar en los países recién conquistados.

Pero esta exclusión no podía ser tan absoluta. Fernando el Católico, originario y rey de Aragón, permitió a sus nacionales, mientras fue regente de Castilla, negociar y establecerse en América295. Bajo el reinado de Carlos V se relajó algo más todavía la observancia de las primeras leyes. Este soberano permitió con frecuencia a sus súbditos no españoles, esto es, a los flamencos, alemanes e italianos, el pasar a América y el tomar parte en las conquistas296. Las cortes de Castilla, alarmadas con estas concesiones, reclamaron en 1523 y en   -182-   1548 contra estos permisos, pidiendo que no se permitiese a los extranjeros el comercio en las Indias. Así, pues, estas restricciones tan contrarias al desarrollo de la prosperidad industrial, y tan desfavorables a los verdaderos intereses del Rey y de sus colonias, no eran, como podría creerse, una organización artificial creada por la ley, sino la expresión genuina de las ideas económicas de la época. Felipe II, sometiéndose a estos principios, que también eran los suyos, sancionó estas prohibiciones297.

La reglamentación de las operaciones comerciales obedecía al mismo sistema. En los principios, los españoles viajaban a las Indias y comerciaban con ellas en naves sueltas a su riesgo y ventura. La Casa de Contratación establecida en Sevilla por los Reyes Católicos, tenía la supervigilancia de todo lo que se relacionaba con el comercio y con la navegación a las Indias. En su doble carácter de tribunal y de oficina de administración, ejercía jurisdicción privativa sobre todos los mercaderes, capitanes o maestres de naves y marineros, y cuidaba del cumplimiento de las ordenanzas de navegación y de comercio en las colonias. Tan amplia fue la jurisdicción que el Rey dio a esa oficina que, aunque por cédula de 15 de enero de 1529 concedió a varios puertos de España el derecho de despachar buques a las Indias, impuso a todos ellos la obligación de volver a Sevilla para que sus operaciones estuviesen vigiladas por la Casa de Contratación298.

Esta limitada libertad de navegación no duró largos años. Cuando esas naves comenzaron a llegar cargadas con los tesoros del Nuevo Mundo, se suscitó un grave temor. Se vio que estaban expuestas a ser presa de las expediciones piráticas o de las escuadras de las naciones enemigas de España. Surgió entonces la idea de limitar el tráfico, de reunir las naves en flotas, que harían los viajes en períodos determinados y defendidas por buques de la marina real. Pero si estas precauciones fueron útiles para la seguridad de las mercaderías, el régimen que ellas crearon, tan opuesto a la libertad de comercio, era un golpe terrible a la prosperidad y desarrollo de la industria en la metrópoli y en las colonias.



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4. La primera población española en América se consagra principalmente al trabajo de las minas; las perlas y los metales preciosos suministran a la Corona sus principales entradas


Todas estas causas contribuyeron a limitar la población europea en América. Por otra parte, los colonos españoles en su inmensa mayoría, tenían las ventajas y los inconvenientes de su raza, de sus costumbres, de sus preocupaciones y de sus instituciones sociales y políticas. Se ha creído descubrir en su sistema colonial un plan artificiosamente elaborado para fundar y mantener nuevas provincias condenadas a vivir bajo la sumisión perpetua y la explotación duradera de la metrópoli. Nada, sin embargo, está más lejos de la verdad, sobre todo en los primeros tiempos. España daba a sus colonias todo lo que podía darles: su espíritu, su sangre, sus instituciones; y si su colonización no fue más fecunda, la culpa no es de un sistema fríamente meditado sino de la propia educación y de las propias ideas del pueblo colonizador299.

Vigorosos y enérgicos para soportar los mayores sufrimientos, dispuestos a acometer las más arriesgadas empresas para adelantar la conquista eran, en cambio, poco constantes para los trabajos industriales, o tenían por ellos una marcada aversión. Es cierto que desde el principio importaron las semillas y los animales útiles de Europa para propagarlos en América, que tuvieron algunos artesanos para satisfacer las necesidades más premiosas de los colonos; pero en general desdeñaban la cultura agrícola y el ejercicio de las artes manuales, prefiriendo a todo la explotación de las minas en que esperaban hallar espléndidos beneficios mediante el trabajo forzado de los indios. Aquí, como en España, el espíritu militar de la mayoría de la población, y el desdén aristocrático por el trabajo industrial, eran causa de atraso y de empobrecimiento cuando no de alteraciones de la tranquilidad pública. Así, se ve a los gobernadores españoles, aun a los más sagaces e inteligentes, empeñados no en aumentar la población europea en las colonias, sino en disminuirla enviándola a lejanas expediciones o haciéndola volver a Europa por un motivo o por otro. Esto es lo que se llamaba «descargar» o «desaguar la tierra». El virrey del Perú, marqués de Cañete, se felicitaba en una de sus cartas al soberano de que aparte de la gente que enviaría a expediciones lejanas, iba a echar fuera de ese país «por lo menos más de trescientos hombres». Y para demostrar al Rey qué clase de gente era la que hacía falta en América, le agregaba más adelante: «Vuestra Majestad mande que gente llana, con sus herramientas y aderezos para labrar y sembrar, y no con armas para entrar en las batallas como hasta aquí, puedan pasar»300. En efecto,   -184-   consumada la conquista, América no necesitaba de capitanes y soldados, ni de hidalgos arrogantes, desdeñosos de los trabajos de la paz, sino de labradores e industriales.

Se comprende que bajo semejante estado de cosas, con una población diminuta y poco inclinada a los trabajos pacientes de la agricultura, con un comercio limitado y sometido a tantas trabas, las rentas de la Corona debían ser muy escasas. Lo eran en verdad; pero el Rey reclamaba para sí la quinta parte de los metales preciosos sacados de las minas, o de las perlas cogidas en el mar, y del oro o joyas quitados a los indios en las expediciones militares. Este quinto, que llegó a ser muy considerable después de los descubrimientos de México y del Perú, formaba casi la única entrada que las nuevas conquistas proporcionaban al soberano a mediados del siglo XVI.




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5. Los reyes de España se apoderan con frecuencia de los tesoros de particulares que iban de las Indias; influencia de estas violencias en la colonización de América


Si los reyes se hubieran limitado a percibir el quinto de esos productos, no habrían hecho más que ejercer un derecho legítimo de soberanía. Pero envueltos en guerras interminables, y queriendo sostener un fastuoso tren para dar prestigio a su majestad, esas rentas legales se hacían nada; y Carlos V, primero, y Felipe II enseguida, recurrieron a medidas que importaban el más violento e injustificable despojo, y un daño enorme para los capitanes y soldados que dilataban sus dominios en el Nuevo Mundo. Por cédula de 17 de septiembre de 1538, Carlos V mandaba tomar en Sevilla todos los tesoros que hubiesen llegado en la última flota de las Indias, cualesquiera que fuesen sus dueños, para satisfacer, decía, las gravísimas necesidades de la guerra del turco. En esa ocasión se arrebataron a la esposa de Pedro de Valdivia doscientos mil maravedises (cerca de cuatrocientos pesos de oro) que éste le enviaba del Perú para su sustento. Aunque el Rey anunciaba allí que esas cantidades serían pagadas al cabo de seis años, la experiencia había enseñado a los españoles cómo se cubrían en esa época las deudas de la Corona301.

Estos actos siguieron repitiéndose bajo el reinado de Carlos V. Se había esperado que la elevación del nuevo soberano pondría término a estos vergonzosos expedientes que despojaban a los conquistadores y al comercio, del fruto de sus sacrificios y de su trabajo. Pero uno de los primeros actos de Felipe II reveló que no había nada que esperar de los reyes. En 1556 la flota de Indias había llevado a Sevilla cerca de mil quinientos cincuenta millones de maravedises, de los cuales sólo doscientos sesenta y uno pertenecían a la Corona, y los restantes a mercaderes, particulares y difuntos. Por orden de Felipe II, la Princesa gobernadora escribió con fecha de 1 de marzo de 1557 a los oficiales de la Casa de Contratación lo que sigue: «Yo vos mando que luego que ésta recibáis, sin que haya dilación alguna deis y   -185-   entreguéis a Hernán López del Campo, mi factor general, y a Francisco de Vega en su nombre, todo el oro, y plata, y barras, y tejuelos, y monedas que hubieren quedado y al presente estuvieren en esa casa, así para mí como para mercaderes y pasajeros y de bienes de difuntos, sin descontar ni sacar cosa alguna para cumplir ni pagar cualesquiera cédulas y libranzas y otras cosas que os hayamos mandado pagar y cumplir por cualesquiera cédulas o libranzas». El Rey, como de costumbre, debía dar a los particulares bonos o certificados por el dinero que se les quitaba, para pagarles más tarde sus valores.

Sin embargo, los mercaderes de Sevilla, influyentes y empeñosos, prefiriendo su oro a los bonos del Rey, que no se les pagaban nunca, se hicieron entregar sus tesoros por los oficiales de la Casa de Contratación. Nada explica mejor el extravío del criterio moral de la monarquía absoluta que las quejas de los reyes por esta desobediencia. Felipe II la calificó de «atentado no sólo contra la fortuna del soberano, sino contra su honor y su reputación», y a sus autores de «enemigos de su país». Pero el anciano Carlos V, asilado entonces en el monasterio de Yuste, fue más lejos todavía. Lleno de cólera escribió a su hija la Princesa gobernadora para pedirle el más ejemplar castigo de los llamados culpables. «En verdad, le decía en carta de 1 de abril de 1557, si cuando lo supe yo tuviera salud, yo mismo fuera a Sevilla a ser pesquisidor de dónde esta bellaquería procedía, y pusiera a todos los de la Contratación en poste, y los tratara de manera que yo sacara a luz este negocio, y no lo hiciera por tela ordinaria de justicia, sino por lo que convenía por saber la verdad, y después por la misma juzgara los culpados, porque al mismo instante les tomara toda su hacienda y la vendiera, y a ellos les pusiera en parte donde ayunaran y pagaran la falta que habían hecho. Digo esto con cólera y con mucha causa». En los despachos que hacía escribir al secretario de Estado, Carlos V, como si todavía fuera Rey, le ordenaba la prisión de los denominados culpables y el secuestro de sus bienes. «En verdad, decía su secretario particular al transmitir estas órdenes, la indignación del Emperador es tan grande y me dicta expresiones marcadas de violencia tan sanguinaria, que me perdonaréis si mi lenguaje no es tan medido como debiera ser».

El castigo de los infractores de aquella orden de despojo fue puntualmente ejecutado. Los funcionarios que habían cometido el delito de entregar a sus propios dueños el dinero que había llegado de las Indias, fueron destituidos de sus cargos y encerrados en la fortaleza de Simancas, donde uno de ellos murió víctima de los malos tratamientos que le había infligido el populacho. Sin embargo, toda la severidad desplegada por la Corte no alcanzó a obtener la devolución del dinero. Carlos V, temeroso de que el año siguiente los comerciantes de Sevilla repitiesen el mismo acto, redobló sus cartas a la Princesa gobernadora para que se tomasen con anticipación todas las precauciones del caso. Tanto celo se puso, que se despachó una nave a las islas Azores a comunicar a la flota que venía de las Indias, las instrucciones bajo las cuales debía efectuar el desembarco del tesoro302. En 1557, la Corona entró en posesión de la remesa anual del oro que se enviaba de América.

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Pero si estos vergonzosos expedientes suministraban valiosos auxilios al erario real, empobrecían al comercio y producían una violenta indignación. En 1558, cuando llegó a Sevilla la flota de las Indias, Carlos V acababa de morir, y Felipe II se hallaba en Flandes preocupado en la terminación de la paz con Francia, y en medio del múltiple duelo que le creaban la muerte de su padre, de su esposa, la reina de Inglaterra, y varias otras personas de su familia. La Princesa gobernadora, no queriendo echar sobre sí la responsabilidad de un nuevo despojo, dispuso que el tesoro de las Indias fuese entregado ese año a sus verdaderos dueños. Justificando su conducta ante los ojos del Rey, tuvo que explicar las razones que había tenido para dictar esta medida. Esas razones, consignadas en su correspondencia, eran simplemente «los grandes inconvenientes que de tomar y detener estos dineros resultan, y el agravio y gravísimo daño que se les hace (a los mercaderes y particulares), el cual sería en lo presente muy mayor por venir sobre habérseles tomado tantas veces y tan gran suma, y estar los mercaderes tan quebrados, y las personas y vecinos de las Indias tan escandalizados, y en términos que sería acabarlos de destruir, principalmente no habiendo, como en efecto no hay, cómo satisfacerles y darles juros, por no los haber en ninguna manera, y que así sería tomarles su hacienda sin esperanza de la poder cobrar»303.

Por obvias que fueran las razones en que se apoyaba la Princesa, y por grandes que fueran los daños que estos injustificables despojos irrogaban al comercio, Felipe II siguió usando este expediente cada vez que lo creía justificado por la situación siempre precaria del tesoro real. En 1570, las cortes reunidas en Córdoba, representaron enérgicamente al Rey los males inmensos que se seguían de este sistema. Parece que entonces se puso límite a aquel escandaloso abuso; pero ya el comercio y la industria de España, heridos por todos lados, entraban en un período de decadencia de que no habría podido salvarlos sino un cambio radical en todo el sistema financiero, hecho en nombre de los principios de la libertad que nadie comprendía en esa época.

Los hechos que acabamos de referir, quizá con más extensión de la que conviene al asunto especial de nuestro libro, merecen, sin embargo, ser conocidos, y tienen una importancia capital en nuestra historia. Ellos explican las violencias con que Pedro de Valdivia se apoderaba del dinero de sus gobernados, y explicarán los hechos análogos de don García Hurtado de Mendoza que vamos a contar más adelante. Estos escandalosos despojos de los bienes acumulados con tanto trabajo por algunos de los conquistadores, tuvieron mucha influencia en la colonización de estos países. Hemos dicho que casi en su totalidad los capitanes de la conquista no pensaban en establecerse definitivamente en estos países. Querían hacer fortuna con la mayor rapidez posible y volverse a España a disfrutar de sus riquezas. Esto fue lo que sucedió en los primeros tiempos; pero desde que los reyes comenzaron a apoderarse arbitrariamente de los capitales que los conquistadores llevaban a la metrópoli, nació naturalmente la idea de establecerse para siempre en estos países y de fundar en ellos casas y familias que pasaron a ser el fundamento y la fuerza de las nuevas colonias. La emigración de los conquistadores o, más propiamente, su vuelta a España, fue casi insignificante desde que el gobierno de la metrópoli puso en ejercicio estas medidas con que los despojaba del dinero que habían acumulado.



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6. Empeño de los reyes por incrementar las entradas que les producían las Indias; concesiones hechas a los encomenderos de Chile, e instrucciones dadas a Alderete para aumentar el producto de las minas


Si apremiados por la escasez de dinero para hacer frente a tantas guerras y a tan urgentes gastos de representación, los reyes de España no trepidaban en recurrir a arbitrios que reprueban el honor y la moral, en la percepción de los impuestos legales, debían manifestar, como es fácil comprenderlo, el empeño más interesado y decidido, y no habían de detenerse ante consideración alguna para solicitar auxilios y donativos extraordinarios.

Los documentos que nos quedan revelan sobre este particular los hechos más curiosos. La emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, no trepidaba en escribir a Francisco Pizarro una carta autógrafa para pedirle que le enviase esmeraldas del Perú304. En 1556, Felipe II anunciaba a los gobernadores de América su exaltación al trono de España. Al comunicárselo al virrey de México, le recomendaba que aprovechase «esta ocasión para pedir de nuestra parte a los españoles, vecinos, conquistadores y pobladores y otras personas que tuvieren comodidad y posibilidad, que nos ayuden sin hacerles premia ni torcedor». Con la misma fecha el Rey despachaba a ese virreinato a un fraile de su confianza para que estimulase a los españoles y a los indios a contribuir con sus dineros a fin de que el donativo pedido fuese bueno, y de que llegase a España con toda brevedad305.

La recaudación de los impuestos en Indias estaba a cargo de los empleados del tesoro, u oficiales reales, cuyas funciones determinadas rigurosamente por la ley, los ponían en la obligación de dar la cuenta más estricta y escrupulosa, y los sometían a la más compromitente responsabilidad por cualquiera falta. A cargo de ellos estaban, como hemos dicho, las fundiciones del oro y de la plata; y en el momento de practicar esta operación debían apartar el quinto del Rey. Los monarcas, sin embargo, además de los visitadores que solían enviar para someter a examen las operaciones de los oficiales reales, empleaban con frecuencia las misiones secretas o disimuladas que acostumbraban confiar a algunos eclesiásticos. En 1535 pasó a Lima don fray Tomás de Berlanza, obispo de Panamá, a arreglar las primeras diferencias que se habían suscitado entre Pizarro y Almagro por la limitación de sus gobernaciones. Ese prelado llevaba, además, el encargo profundamente reservado de levantar una información secreta para investigar cómo había sido administrada y beneficiada la hacienda real en el reparto de los cuantiosos tesoros que produjo la conquista y, en efecto levantó un largo proceso acerca del cual no dio conocimiento a Pizarro sino cuando, recogidas cavilosamente las declaraciones de muchos testigos, fue necesario oír los descargos del   -188-   Gobernador y de los guardadores del tesoro306. Don fray Vicente Valverde, primer obispo del Cuzco, tenía encargo reservado del rey de velar por la administración del tesoro real y de informar al soberano sobre todo lo que a este punto se refiriera307. El Rey creía que estos agentes secretos, especie de espías de la codiciosa política de la Corte, defendían bien sus tesoros de la rapacidad verdadera o supuesta, o de los descuidos de sus propios empleados.

La administración de la hacienda real en Chile estaba sometida a estos mismos principios, es decir, a buscar, antes que todo, en las nuevas colonias los recursos para satisfacer las grandes y premiosas necesidades de la corte de España. Pero Chile no era un país que ofreciera las expectativas de riqueza que habían hecho concebir México y el Perú. En Chile no había una población indígena que desde muchos siglos atrás hubiese extraído de la tierra y conservado en los templos, en los palacios y en los enterratorios las grandes cantidades de metales preciosos que desde los primeros días hicieron tan productiva la conquista de aquellos países. Así, pues, el arribo a España de Jerónimo de Alderete en los últimos meses de 1553, fue para los reyes una verdadera decepción. Después de doce años de guerra y de infinitas diligencias, Alderete llevaba apenas poco más de sesenta mil pesos de oro, cantidad pequeña en comparación de los productos de otras colonias, y que en España pareció casi insignificante.

Esta primera impresión fue confirmada por los informes del mismo emisario que iba de Chile. Alderete tenía gran confianza en la riqueza futura de este país, pero demostraba que la guerra no había permitido explotar las minas, y que mantenía a los conquistadores en el estado más lastimoso de pobreza, cargados de deudas y con la expectativa de grandes trabajos para consumar la reducción del país. El Príncipe gobernador, después de oír estos informes, hizo dos concesiones a los españoles de Chile. Mandó que no se les pudiera reducir a prisión por deudas, ni quitarles sus armas, sus caballos, tres de sus esclavos, sus casas, ni los muebles más indispensables para la vida308. Dispuso igualmente, en vista de las dificultades que era necesario vencer en el trabajo de las minas, que durante cinco años los encomenderos de Chile no pagasen a la Corona más que la décima parte de los productos que recogiesen en los lavaderos en vez del quinto a que estaban obligados. «Y cumplidos los dichos cinco años, agrega la cédula, se pagará el noveno, y así descendiendo en cada un año hasta llegar al quinto; pero del oro que hubiere de rescate y cabalgadas (campeadas), o en otra cualquier manera, desde luego habéis de cobrar el quinto de todo ello, y si hubiere oro de sepulturas habéis de cobrar el cuarto»309.

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Pero el Rey no perdía la esperanza de sacar de Chile mayores tesoros que los que hasta entonces había producido este país. Así, cuando nombraba a Alderete gobernador de Chile, en mayo de 1555, la Princesa gobernadora le daba un pliego de instrucciones de lo que debía hacer al recibirse de su gobierno. Recomendábale el buen trato de los naturales; pero le encarecía sobre todo el mayor cuidado en el beneficio de las minas, «de manera que se ponga mucha diligencia en la labor de las dichas minas, lo más presto que se pueda; avisándome de lo que en ello hiciéredes, y proveyendo que todo el provecho que de ellas se pudiere haber y sacar, venga a estos reinos con la mayor presteza que se pueda, para ayuda a las necesidades que, como veis, tengo. Y también tendréis cuidado de saber si en aquellas provincias habrá otras algunas cosas de que se pueda sacar provecho para socorro de mis necesidades»310. Según el espíritu de éste y de los demás documentos que versan sobre la misma materia, los mejores gobernadores de las provincias americanas, eran los que procuraban más oro para el erario real.




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7. Administración financiera de don García; los ingentes gastos de la guerra le impiden enviar a España socorros de dinero


Desde este punto de vista, don García Hurtado de Mendoza fue un mal Gobernador, porque no satisfizo las aspiraciones y deseos de la corte de España. En nombre del servicio público y de los intereses de la conquista y de la pacificación del país, gastó sumas considerables del tesoro de los reyes y no envió a la metrópoli los auxilios y socorros que se pedían con tanta urgencia.

Como se recordará, las conquistas se hacían en América por cuenta y riesgo de los conquistadores. El Rey o sus delegados, en su carácter de propietarios titulares de todo el territorio de las Indias en virtud de la donación del Papa, les daban una patente o autorización para conquistar, en que se les reconocía el derecho de gobernar y de explotar las provincias que hubiesen sometido; pero los conquistadores no sólo debían arriesgar sus personas sino también hacer los gastos de la empresa, reconocer la soberanía del Rey y repartir con éste los productos. Los monarcas españoles habían inventado el sistema más barato y más fructífero de conquista; y, sin embargo, siempre hallaron capitanes que, halagados con la esperanza de enriquecerse en poco tiempo, se disputaban esas concesiones. Sólo cuando la conquista estaba consumada, solía el Rey asignar a los gobernadores una renta que debía pagar el tesoro.

El marqués de Cañete, virrey del Perú, teniendo que atender a la conquista de Chile, se apartó por completo de estas prácticas. Al disponer la expedición de don García, quiso que todos los gastos de la empresa fuesen hechos por la hacienda real311. En vez de la renta de dos mil pesos que el Rey había asignado a Valdivia y a Alderete con el cargo de Gobernador,   -190-   el Virrey fijó a su hijo un sueldo de veinte mil pesos312. En el equipo de las tropas, en la compra de caballos, armas y municiones, y en la dotación de los frailes que debían acompañar a don García, gastó también el Virrey sumas considerables. Aparte de esto, el Gobernador quiso traer un copioso surtido de ropa y de chaquiras para obsequiar a los indios, y todos estos objetos, que entonces tenían un valor subido en el Perú, fueron pagados por el tesoro real. El Virrey, además, creyendo que en Chile no hubiera disponible dinero para los gastos de la guerra, resolvió que don García trajese algunas sumas; y, por una combinación que probablemente surtió buenos resultados, pero que también dio origen a las más graves inculpaciones, ese dinero fue invertido en artículos de comercio para ser vendidos en Chile. Para cubrir estos gastos, las cajas reales de Lima tuvieron que desembolsar más de treinta y ocho mil pesos de oro313. El equipaje personal de don García, sus lujosos vestidos, su suntuosa vajilla de plata labrada, fueron costeados con su propio peculio.

Desde que el Gobernador llegó a La Serena, comenzó a disponer de los pocos fondos que allí tenían reunidos los tesoreros del Rey. La imperiosa voluntad de don García no se sujetaba a las formas legales ni a consideración alguna. Bastábale creer que un gasto estaba autorizado por las necesidades de la guerra o de la administración, para que lo decretase y lo hiciese ejecutar. Al prepararse para abrir la campaña del sur, dispuso, como se recordará, que su caballería marchase por tierra, y que unida a los refuerzos que pudieran juntarse en Santiago, fuera a reunírsele a Concepción. Estos aprestos exigían desembolsos de dinero; y era de temerse que los oficiales reales de Santiago se negaran a entregarlo. La ley autorizaba a esos funcionarios a desobedecer en estos casos, haciéndolos personalmente responsables por cualquiera entrega de fondos que no estuviese estrictamente arreglada a las ordenanzas dictadas por el Rey. Para evitar toda resistencia a sus mandatos, don García, como contamos en otra parte, nombró juez de cuentas al capitán Jerónimo de Villegas, y mandó que los tres oficiales reales marchasen al sur a prestar sus servicios en el ejército314.

Estas medidas violentas allanaron las dificultades. El capitán Villegas sacó todo el oro que había en las cajas reales; y los tesoreros provisorios que puso, no se atrevieron a rechazar en adelante ninguna orden de pago dictada por el Gobernador. «Libraba en la caja real lo que le parecía, a lo cual por los oficiales no se osaba replicar ni pedir lo que convenía a la real hacienda. Los gastos que el dicho don García dice que se hicieron en la guerra de los   -191-   indios, fue sin orden de oficiales, porque no había más razón de librar el dicho Gobernador por las razones que a él le parecían, y los oficiales dar el oro»315. Durante más de dos años, el Gobernador dispuso libremente y sin contrapeso alguno del tesoro real para todos los gastos de la guerra, para premiar a sus servidores, para la construcción de iglesias y para cubrir las pensiones a los clérigos y frailes que formaban su séquito.

Pero este orden de cosas no podía durar indefinidamente bajo el régimen de fiscalismo que el Rey había implantado en América. Cuando la audiencia de Lima tuvo noticias de estos hechos, trató de ponerles término resueltamente. Se sabía entonces que el marqués de Cañete estaba en desgracia en la Corte, y que un nuevo Virrey venía de España a reemplazarlo en el mando del Perú. La Audiencia avisó a los oficiales reales de Chile que el Gobernador no tenía facultad para disponer de los dineros de la real hacienda y que, por tanto, esos funcionarios debían no sólo poner atajo a tales gastos sino tomar cuenta estricta por los que se habían hecho anteriormente. Este mandato venía a crear los mayores problemas a don García, desprestigiando su autoridad y sometiendo sus actos a un juicio que lastimaba su orgullo, y que lo comprometía ante el Rey.

Parece que Villegas se había conducido con poca delicadeza en la gestión de estos negocios. Después de tomar el dinero de las cajas reales, había partido para el sur en 1557, había repoblado Concepción, y quedó mandando en esta ciudad durante dos años. Riñó con el Gobernador porque éste no le daba los repartimientos a que se creía merecedor; y don García lo mandó trasladarse a Santiago y someterlo a juicio. Sobre él pesaba, además, la responsabilidad directa por la mayor parte de los gastos hechos, por cuanto era él quien había tomado el oro de las arcas reales y quien había recibido el valor de las libranzas giradas por don García a favor de algunos particulares, y que Villegas había comprado a sus dueños por un precio inferior. Los oficiales reales se dirigieron contra él; pidieron la entrega de los libros de la real hacienda y la exhibición de los títulos en virtud de los cuales había intervenido en estos asuntos. Amenazado por este proceso, Villegas pensó en irse al Perú, sin duda, a buscar el amparo del Virrey; pero arraigado por los oficiales reales, «se escondió y huyó. Y hanse hecho todas las diligencias posibles para le hallar, dicen esos funcionarios, y hasta ahora no ha parecido»316. Todos estos incidentes formaban una situación llena de complicaciones para don García.

De antemano había comprendido el Gobernador los inconvenientes de esta situación, y sobre todo el desprestigio que debía acarrearle ante el Rey la circunstancia de no haber enviado durante su gobierno ninguna remesa de oro para la Corona. A mediados de 1559, trataba de justificarse de esta grave omisión. «Yo he tenido grandísimo deseo de enviar a   -192-   Su Majestad algún socorro para ayuda a los grandes y continuos gastos que se ofrecen, escribía don García al Consejo de Indias; y lo he procurado hacer por todas las vías a mis posibles. No se ha podido juntar ninguna cosa, porque con algunos gastos que se han ofrecido en la población y pacificación y estar los naturales y españoles sin comidas, no se ha podido en estos dos años que ha que yo entré más que asentarlos y hacer sementeras y casas y heredades en los pueblos de españoles y en ponerles la demora pasada para esta que entra de aquí a dos meses, (lo) que acá no se tiene por poco según que en las tierras nuevas se suele tardar en venir a hacer esto. Y también los quintos y rentas de Su Majestad después que yo entré en este reino valen la mitad menos por haber Su Majestad hecho merced a los vecinos de ella que como quintaban el oro lo diezmasen por cinco años, y otros cinco adelante lo fuesen bajando al noveno y octavo hasta llegar a dejarlo en el quinto. De esta demora adelante enviaré siempre a Su Majestad la más cantidad que fuese posible, sin que acá se retenga ninguna cosa, porque como está hecha la pacificación y población ha más de siete meses, que ni en sustento ni en otras cosas no gasto un peso de la hacienda real, ni le gastaré si sólo en pagar clérigos y sacristanes y proveer de vino y cera a las iglesias a cuentas de los diezmos de ellas»317. El Gobernador no decía toda la verdad en estas comunicaciones porque no estaba en su interés el especificar los costos de la guerra que él había dirigido, y que según los documentos contemporáneos pasaban de doscientos mil pesos. Pero se lisonjeaba con la ilusión de que el territorio chileno quedaba pacificado para siempre y sometidos definitivamente los indomables indios araucanos. Don García creía leal y confiadamente que en pocos años más, Chile sería una de las colonias más ricas y florecientes del rey de España, y que podría suministrar cuantiosos tesoros a la Corona. Entonces mismo se hablaba de nuevos descubrimientos de terrenos auríferos al norte de Santiago, en el valle de Choapa, en las ciudades del sur y en varios otros puntos del territorio. Todos soñaban que iban a entrar en una era de prosperidad y de abundancia de metales preciosos.




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8. Imposición de donativos forzosos a los encomenderos y comerciantes; vida ostentosa del Gobernador y su pobreza al dejar el mando


Don García no miró con más respeto la fortuna de los particulares. En este punto el Gobernador profesaba los mismos principios que los reyes de España; y cada vez que creyó que la guerra o los intereses públicos exigían una requisición o un despojo, los decretó con la más imperturbable tranquilidad. En Santiago y en el sur, él y sus capitanes exigieron como contribución de guerra considerables donativos: de trigo, de maíz, de ganado de cerda y de caballos. Las cantidades recolectadas con este objetivo revelan cómo, a pesar de los constantes   -193-   trabajos de la guerra y la poca afición de los conquistadores por las laboriosas faenas de la agricultura, el suelo feraz de Chile había correspondido a los primeros cultivos318.

Estas contribuciones pesaban sobre los encomenderos, y podían ser consideradas como una simple retribución por los repartimientos de tierras y de indios que se les habían dado. Pero don García no se detuvo allí. Cuando necesitó más oro que el que había en la caja real o los artículos de comercio que habían importado a Chile algunos mercaderes, no vaciló en quitárselos por medio de la violencia. Nosotros, dicen los oficiales reales de Santiago, «veíamos que por su mandado, el teniente gobernador, Pedro de Mesa, tomaba las llaves de las tiendas a los mercaderes, y les tomaba sus haciendas y mercaderías, echándolos presos y agravándoles las prisiones si no se las querían dar»319. Se estiman en más de quince mil pesos de oro las cantidades obtenidas de esta manera, suma enorme si se considera la pobreza del reducido y miserable comercio de Chile en esa época.

Pero en lo que demostró el Gobernador menos respeto por la fortuna de los particulares, fue en la distribución y en la reforma de los repartimientos. Legalmente, don García, que no tenía un nombramiento directo del Rey, carecía de atribuciones especiales para entender en estos asuntos. Sin embargo, la arrogancia orgullosa de su carácter y el deseo de premiar a sus servidores, lo llevó no sólo a dar nuevos repartimientos a muchos de los capitanes que había traído del Perú sino a quitar los que tenían algunos de los viejos conquistadores para favorecer con ellos a sus parciales. El Gobernador y sus panegiristas han dicho que en esta distribución procedía movido por un sentimiento de la más estricta justicia, premiando no la antigüedad sino el mérito verdadero, y con el acuerdo de personas graves y de los frailes y clérigos de quienes se aconsejaba en los asuntos de gobierno. Lo cierto es, sin embargo, que esas medidas, con que lastimaba los intereses de antiguos soldados, para favorecer a sus adeptos, produjeron una gran perturbación en la colonia, y provocaron en el mismo ejército quejas y murmuraciones que pudieron tomar un carácter de sedición320. Llegó a tal punto el desdén de don García por los caudillos y soldados que habían comenzado la conquista, que la infeliz viuda de Pedro de Valdivia, aunque amparada por una cédula del Rey para entrar en posesión de los repartimientos que fueron de su esposo, se vio desatendida en sus legítimas   -194-   pretensiones, y tuvo que recurrir de nuevo a la Corte para pedir reparación321. Don García, por lo demás, como hemos referido, no había disimulado su altanero desprecio por la mayor parte de los viejos compañeros de Villagrán y de Valdivia.

Estos despojos arbitrarios, este favoritismo en el reparto de los beneficios de la conquista, habían de acarrear más tarde a don García las más tremendas acusaciones. Los damnificados y los ofendidos dijeron que el Gobernador había introducido en la administración la más espantosa inmoralidad, que daba mejores repartimientos al que le pagaba más dinero, que se guardaba el producto de los donativos y de las contribuciones de guerra, y que disponía del tesoro real y de los bienes de los particulares en provecho suyo y de sus parciales y allegados, incluso su hermano natural don Felipe de Mendoza. Nosotros no hemos hallado la comprobación precisa de esas acusaciones. Hemos reconocido en don García un mandatario violento, arrebatado, autoritario, dispuesto a imponer sobre todo su voluntad, sin miramiento por los hombres ni por las formas legales a que debía sujetarse. Pero no hemos encontrado en él al traficante indigno de los favores que podía dispensar.

Don García había introducido en torno suyo esos hábitos de lujo, de ostentación y de derroche de la nobleza castellana del siglo XVI, que pretendía competir con el fausto de los reyes. Su renta de veinte mil pesos anuales que le pagaban las cajas reales, lo que le producían los valiosos repartimientos de tierras y de indios que su padre le asignó en el Perú, y los auxilios pecuniarios que le enviaba su familia, todo era gastado por él en la especie de Corte que había formado a su alrededor, y en socorrer largamente a muchos de sus servidores. No era extraño que quien disponía pródigamente de lo suyo, gastase también sin miramiento la hacienda real cuando creía que esos gastos redundaban en provecho de la conquista, en premio de los hombres que creía buenos servidores o en pagar frailes y clérigos por los cuales tenía tan gran veneración. Menos extraño es todavía que al terminar su gobierno se encontrase escaso de recursos, no sólo sin una fortuna propia sino cargado de deudas.

En efecto, desde mediados de 1559, ya don García representaba al Rey su pobreza, y reclamaba los mismos premios que pedía el vulgo de los conquistadores, es decir, los hidalgos pobres o los oscuros aventureros que después de grandes sacrificios no habían podido enriquecerse en las Indias. «Con los grandes gastos que hice en caballos y armas y cosas para esta jornada y con los socorros que ha sido necesario hacer a los soldados de esta tierra y otros muchos que no se han podido excusar, escribía al Consejo de Indias, he gastado de más del salario que con el cargo se me señaló, más de treinta mil castellanos que debo a personas particulares en esta tierra y en Perú, sin otros muchos que cada día me voy empeñando por servir a Su Majestad, y sustentar esta tierra, sin que de todo ello me hayan quedado ni unos manteles en que comer. Y por ser todo hecho en servicio de Su Majestad y pensar que el marqués de Cañete, mi padre, lo pagará de su hacienda por mí, lo daba por bien empleado. Y ahora con la merced y favor que Su Majestad le ha hecho de darle licencia para irse a su casa y (por) hallarse con alguna necesidad, no acude a la mía, y quedo en esta tierra cargado de deudas, y sin remedio de poderlas pagar, ni entretenerme ni poder salir de estas partes a suplicar a Su Majestad me haga merced. Suplico a Vuestra Señoría que pues por mi persona y servicios no   -195-   merezco menos que los demás a quien Su Majestad la hace cada día, me haga merced de conceder a lo que de mi parte se le suplicare que con ello podré mejor servir a Su Majestad que con la proveza que ahora tengo. Y los servicios hechos por mi padre en el Perú y los míos y de nuestros pasados que siempre han hecho y haremos a la corona real de España, son dignos de remuneración con que pueda pasar conforme a mi calidad»322. Más tarde, sus exigencias eran más premiosas todavía.




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9. Al saber la muerte de su padre, don García se marcha al Perú. Sus trabajos para comprobar sus servicios y para obtener la remuneración a que se creía merecedor


Hemos dicho en el capítulo anterior que desde mediados de 1560 estaba don García listo para partir al Perú. Las noticias que recibió antes de fines de ese año vinieron a confirmarlo en esta determinación. Supo primero que Felipe II había nombrado virrey del Perú a don Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, y que éste debía llegar en breve a hacerse cargo del gobierno. Algunos meses más tarde, probablemente en enero de 1561, recibió una noticia más grave todavía. Su padre, el marqués de Cañete había fallecido en Lima323. Esta noticia, aparte del natural sentimiento que debía producirle la pérdida de su padre, le hizo comprender que le faltaba la poderosa protección que aquel alto funcionario habría podido dispensarle. Don García no quiso permanecer más largo tiempo en Chile, desde que su situación comenzaba a hacerse embarazosa. Francisco de Villagrán, nombrado por el Rey para sucederle en el gobierno, podía volver a Chile de un día a otro; y era de temerse que   -196-   queriendo vengarse de los ultrajes que había recibido, infiriese a don García desaires y ofensas que serían muy aplaudidas por todos los que quedaban descontentos. El Gobernador, que tenía la más triste idea del carácter y de los sentimientos de la mayor parte de los capitanes de la conquista, no quiso exponerse a ser víctima de sus venganzas. Su orgullo aristocrático no podía someterse a soportar tales humillaciones de los mismos hombres a quienes había tratado con el más altanero desprecio.

Para sustraerse a este peligro, el Gobernador dispuso su partida con toda reserva. A fines de enero de 1561 salió de Santiago a visitar las faenas de lavaderos de oro que los españoles tenían establecidas en Quillota. Desde allí comunicó al Cabildo de la capital, con fecha de 3 de febrero, que se marchaba al Perú, y que, en virtud de un nombramiento que él mismo había firmado en junio del año anterior, el capitán Rodrigo de Quiroga debía tomar el mando de toda la provincia hasta que llegase el Gobernador nombrado por el Rey. Hurtado de Mendoza se trasladó enseguida al puerto que ahora se conoce con el nombre de Papudo. Había allí un buque pequeño, propiedad de Pascual de los Ríos, encomendero de La Ligua. El Gobernador, acompañado por algunos servidores de confianza, tomó posesión de ese barco y mandó soltar velas para el Callao. Al partir, dejó una orden para que un comerciante de Santiago pagase ochocientos pesos de oro al dueño de la embarcación324.

Al marcharse de Chile de esta manera, Hurtado de Mendoza desobedecía expresamente la real cédula de Felipe II, que hemos dejado copiada en el capítulo anterior. No había esperado a su sucesor para entregarle el mando, como lo quería el Rey; y si esta falta podía estar justificada por la inesperada muerte de su padre, su desobediencia era menos explicable en los otros puntos. Don García, en efecto, no dejaba fiadores que respondiesen por los cargos que contra él pudieran resultar en el juicio de residencia. Al partir, parecía protestar altamente contra tales procedimientos. La arrogancia natural de su carácter y de su alcurnia no le permitían someterse a juicio ante los oscuros letrados de esta pobre colonia. Creía, además, que la importancia de sus servicios era tan evidente, que todas las malas pasiones de sus acusadores no podrían oscurecerla. Confiaba sobre todo en que en España el prestigio y los antecedentes de su familia acallarían en todo caso cualesquiera quejas que se formulasen en América.

Llegado al Perú, don García se ocupó ante todo en justificar su conducta. Escribió o, más propiamente, hizo escribir por alguna persona más versada que él en esta clase de trabajos, un memorial al Rey que contiene una reseña sumaria, pero muy bien hecha de su gobierno. Enumera allí sus servicios, y concluye con estas palabras: «De manera que con estas cosas   -197-   se pacificó toda la tierra de Chile y se puso sacramento en las iglesias, que nunca lo había habido, y se fundaron muchos monasterios y hospitales, y iglesias, y con la gran diligencia que hice poner se han descubierto muchas minas las cuales labran los indios con gran contentamiento, y viendo que se les paga su trabajo con la orden que puse en sus tasas; y así comienzan a estar ricos y contentos; y los españoles ni más ni menos. Y, finalmente, de la tierra más pobre y perdida de las Indias, y de la gente más descontenta y sin esperanza de remedio, está ahora al presente una de las buenas de ella, y cada día irán en crecimiento. En la cual dicha jornada, demás de los trabajos que he pasado, he gastado más de ciento y cuarenta mil pesos, todos en servicio de Su Majestad y de ellos debo más de sesenta mil»325. No podía presentarse un cuadro más lisonjero de los resultados de la administración de Hurtado de Mendoza, ni más halagüeño para el rey de España. Desgraciadamente, distaba mucho de ser la copia fiel del original. Ni Chile quedaba pacificado ni las riquezas de que allí se hablaba eran reales y efectivas. El tiempo se encargó en breve de desvanecer las ilusiones que hicieron concebir los informes de don García.

Comprendiendo que esta reseña de sus servicios, como hecha por él mismo, podía infundir alguna desconfianza, quiso, además, presentar en su favor otras pruebas más convincentes. A petición suya, la real audiencia de Lima levantó una información o probanza a que fueron llamadas a declarar muchas personas que, como testigos o por noticias seguras, estaban al corriente de la campaña de Chile y de los sucesos de la administración de don García. Parece que todos los testimonios recogidos le eran altamente favorables, y que en esta ocasión no se formuló ninguna queja contra su conducta. La Real Audiencia, al remitir esa información al Rey en 21 de agosto de 1561, hizo, en virtud de los hechos que aparecían comprobados, un resumen compendioso si bien lleno de noticias, que constituye el documento más honorífico para Hurtado de Mendoza, pero que, sin embargo, no revela más que una faz de su gobierno326.

Estas informaciones no tenían por único objetivo el satisfacer un sentimiento de simple vanidad, o el deseo de desvirtuar los cargos que pudieran formularse contra su conducta. Don García buscaba, además, algo más positivo que eso; y como el mayor número de los conquistadores, solicitaba la gratificación pecuniaria de sus servicios. El Virrey, su padre, le había asignado en el Perú los valiosos repartimientos de Callapa, Hayo-Hayo, Chuquicota y Machaca (situados en los distritos de Arequipa y del Cuzco) que debían producirle una renta anual de veinte mil pesos. El nuevo Virrey, conde de Nieva, había anulado las concesiones hechas por su antecesor. Don García, perjudicado por esta resolución, pretendía que se le dejara en el goce de aquellos repartimientos, y para ello hacía valer sus servicios en las   -198-   campañas de Chile. «En todo lo cual, decía con este motivo, yo trabajé y gasté mucho, de manera que consumí en aquella tierra más de ciento cincuenta mil pesos. Y porque yo soy una de las personas beneméritas, y en quien puede caber la merced que se me hizo, y la que Vuestra Alteza fuere servido de hacerme, con que me pueda sustentar y pagar mis deudas, a Vuestra Alteza suplico sea servido de declarar no deberse entender conmigo el dicho auto; y si fuere necesario, de nuevo me haga merced o confirmación de los dichos indios, pues para ello tengo calidad y méritos»327. A pesar de estas representaciones, don García se volvía a España a principios de 1562 sin haber obtenido la confirmación de los repartimientos que le había dado su padre.




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10. Juicio de residencia seguido en Chile contra don García Hurtado de Mendoza; el Rey aprueba su conducta. Noticias acerca del licenciado Hernando de Santillán (nota)


Mientras tanto, se seguía en Chile el juicio de residencia según los antiguos usos jurídicos de España. Los mandatarios españoles, fueran virreyes, gobernadores o simples corregidores de las provincias o de los pueblos, estaban obligados a respetar las leyes o fueros, absteniéndose de toda violencia o extorsión, y debían al terminar su gobierno, contestar en juicio a todas las acusaciones que les hicieren los que se creyesen ofendidos328. Los reyes habían querido que esta práctica se introdujese en las Indias, no sólo como una garantía en favor de sus vasallos sino como una salvaguardia de los derechos de la Corona, puesto que las acusaciones podían recaer sobre toda clase de faltas y muy especialmente sobre las que se referían al manejo del tesoro real. Felipe II, como hemos visto, al separar a don García del gobierno de Chile, le había ordenado que nombrase procuradores para responder en juicio, y fiadores que diesen garantía por las resultas.

Era ésta la primera vez que en Chile se iba a abrir un juicio de residencia. El licenciado Juan de Herrera, asesor letrado de Villagrán, nombrado por la real audiencia de Lima, tuvo el encargo de tramitar este proceso. Examinó detenidamente los libros de cuentas de los oficiales reales, y recogió todas las declaraciones que podían ilustrar su juicio. Los enemigos de don García acudieron presurosos a hacerle todo género de acusaciones, y antes de mucho se formó un voluminoso expediente público, fuera de una información secreta en que se tocaban los puntos concernientes a su vida privada. Reprochábasele haber malgastado a su antojo la hacienda real, haber cometido todo género de injusticias en la distribución de los repartimientos, haber negociado en ventas y contratos, y recibiendo dinero por favorecer a algunos individuos, haber cometido actos de violencia contra muchas personas, haber despojado a otras de sus bienes, y no haber guardado en su conducta el recato y la gravedad correspondientes a su cargo. El licenciado Herrera refundió estas acusaciones en doscientos quince cargos, graves unos, ligeros e infundados los otros, y muchas veces referentes a unos mismos hechos; y el 10 de febrero de 1562 dio su sentencia en la ciudad de   -199-   Valdivia. Don García no había tenido defensores ni había hecho oír sus descargos. La sentencia, absolviéndolo en algunos puntos, lo condenaba en los más; pero dejaba a cargo de la real audiencia de Lima el fallar definitivamente la causa. Según esa sentencia, don García debía ser detenido allí, dándole la ciudad por cárcel, hasta que se justificase de todas las acusaciones o pagase las penas pecuniarias a que fuese condenado329.

Pero don García no se hallaba ya en el Perú. Había partido para España a dar personalmente cuenta al Rey y al Consejo de Indias de sus campañas y de su gobierno en Chile. El prestigio de su familia, la información de sus servicios levantada por la audiencia de Lima y las recomendaciones que comenzaban a llegar de Chile escritas por algunos capitanes que le quedaron siempre fieles, hicieron que se mirasen con desdén y que se echasen al olvido las acusaciones forjadas por sus enemigos. Don García Hurtado de Mendoza fue considerado en la Corte el verdadero conquistador de un país que debía ser muy rico y muy productivo para la Corona, pero cuyos habitantes habían opuesto una resistencia heroica y de muchos años a toda dominación extranjera. Felipe II le confió honrosas comisiones; y cuando después de prestar nuevos servicios a la Corona, don García fue nombrado virrey del Perú en 1588, el soberano tuvo cuidado de recordarle en los términos más honrosos los servicios que había prestado en Chile, «que gobernastes loablemente, decía la real cédula, acabando por entonces aquella guerra, mediante la victoria que nuestro Señor fue servido daros en siete batallas que tuvistes con los indios, entre los cuales poblastes nueve ciudades». Estas palabras demuestran claramente que la conducta de don García había merecido la más amplia aprobación del monarca330.





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Capítulo XXII


Historiadores primitivos de la conquista de Chile331


1. Falta absoluta de noticias seguras sobre Chile, impresas antes de 1569. 2. La Araucana de don Alonso de Ercilla es la primera historia de Chile en el orden cronológico. 3. Valor histórico de esta obra. 4. La continuación de La Araucana por Santisteban Osorio no es una obra histórica, y ha servido sólo para hacer caer en los mayores errores a los historiadores y cronistas que le han dado crédito. 5. Góngora Marmolejo: su Historia de Chile. 6. Mariño de Lobera: no conocemos su crónica primitiva. 7. El padre jesuita Bartolomé de Escobar: su revisión de la crónica de Mariño de Lobera. 8. Pedro de Oña: valor histórico de su Arauco domado. 9. El doctor Suárez de Figueroa: sus Hechos de don García. 10. La crónica perdida de Jerónimo de Vivar.



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1. Falta absoluta de noticias seguras sobre Chile, impresas antes de 1569


Treinta y tres años después del descubrimiento de Chile por don Diego de Almagro, y veinte después de que los conquistadores estaban en tranquila posesión de la mayor parte de su suelo, no se tenían en España más que las ideas más vagas y extrañas sobre la naturaleza de este país y sobre las peripecias de su ocupación. El Rey había recibido las valiosas relaciones de los jefes de la conquista; habían llegado a la Corte algunos capitanes que le suministraron prolijos informes; pero todo eso quedaba reservado en las oficinas de gobierno, de tal suerte que el pueblo español, incluyendo en esta denominación a los hombres más ilustrados de la metrópoli, no tenía conocimiento alguno exacto acerca de una colonia que la opinión del vulgo se empeñaba, sin embargo, en representar como extraordinariamente rica. Dos distinguidos cronistas que en América habían recogido buenos informes sobre los primeros sucesos de nuestra historia, Gonzalo Fernández de Oviedo y Pedro Cieza de León, murieron, el primero en 1557 y el segundo en 1560, sin haber alcanzado a publicar más que una parte del fruto de sus investigaciones.

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Las noticias que por esos años se publicaban acerca de Chile revelan el más completo desconocimiento acerca de nuestro país. La Historia jeneral de las Indias por Francisco López de Gómara, impresa en Zaragoza en 1552, aunque generalmente prolija y exacta, no consagra a la expedición de Valdivia más que algunas líneas de ningún valor, seguidas de las palabras siguientes como descripción de Chile: «Con todo este trabajo y miseria, descubrieron mucha tierra por la costa, y oyeron decir que había un señor dicho Leuchén Golma, el cual juntaba doscientos mil combatientes para ir contra otro Rey vecino suyo y enemigo que tenía otros tantos; y que Leuchén Golma poseía una isla, no lejos de su tierra en que había un grandísimo templo con dos mil sacerdotes; y que más adelante había amazonas, la reina de las cuales se llamaba Guanomilla, que suena cielo de oro, de donde argüían muchos, ser aquella tierra muy rica; mas pues ella está, como dicen, cuarenta grados de altura, no terná mucho oro; empero ¿qué digo yo, pues aún no han visto las amazonas, ni el oro, ni a Leuchén Golma, ni la isla de Salomón, que llaman por su gran riqueza?»332. Agustín de Zárate que publicó en Amberes en 1555 su Historia del descubrimiento i conquista del Perú, amplió estas noticias con algunos datos más o menos vagos e