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    Historia del tribunal de la Inquisición de Lima : 1569-1820. Tomo II
     José Toribio Medina
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Capítulo XIX

El Rey ordena que los inquisidores devuelvan de bienes confiscados los salarios que tenían percibidos. -Estrados del Tribunal. -Producto de las canonjías. -Venta de familiaturas. -Procedimientos relativos a los bienes de los presos. -Síguense tramitando las causas de portugueses. -Información contra el Obispo de Tucumán. -Causa de Diego López de Lisboa. -Auto de fe de 17 de noviembre de 1641.

     Las noticias de estas ejecuciones contra personas de la calidad y fortuna que sabemos, traspasando los límites del virreinato, habían llegado hasta México y España. Las sumas confiscadas en esa ocasión por el Santo Oficio, sobre todo, se decía que eran enormes. Nuevas que llevadas hasta los pies del trono, motivaron la real cédula de 30 de marzo de 1637, en que Su Majestad agradeciendo a los Inquisidores el cuidado y desvelo que tuvieran para declarar la complicidad del judaísmo y encareciendo el celo con que se ejecutara, dándose por bien servido y ofreciendo guardar memoria de todo para hacerles merced, añadía (recordando la recomendación que le había insinuado el Conde de Chinchón) que le parecía justo que se restituyese a su real hacienda de lo confiscado a los reos, los dineros que se habían extraído de su real caja para el pago de sus salarios percibidos hasta entonces, y que se reservase también para lo de adelante lo necesario para el mismo efecto, en caso de que el producido de las canonjías no alcanzase a satisfacerlos. A que el Tribunal, acatándola, como era de su deber (aunque sólo en el nombre, como tantas veces acontecía) respondió con buenas palabras que se daría cuenta al Consejo y al Inquisidor General, cuyos eran los bienes; pudiendo anticipar desde luego que aquellos sólo estaban secuestrados, que sobre su propiedad se había presentado un sinnúmero de pleitos, y por fin, que habiendo resultado muchas personas inocentes [148] de aquellas que en un principio fueron reducidas a prisión y sus bienes confiscados, se habían visto en la necesidad de devolverlos (52).

     Posteriormente, el Rey, con acuerdo del Inquisidor General, resolvió en 6 de marzo de 1643, que el doctor Martín Real, del consejo de Inquisición, fuese a visitar «la hacienda y ministros y todo lo tocante y perteneciente al real fisco de ella, y vea y reconozca todos los secrestos hechos a los reos, inventario de sus bienes, pleitos y demandas que a ellos y con cada uno de ellos se hubiesen seguido [...] y los prosiga y fenezca y acabe los que no lo estuvieren, y vea, visite y reconozca los que estuvieren fenecidos». Y aunque se nombró notario que acompañase al visitador y se practicaron otras diligencias previas a su comisión, no aparece si ésta se llevó a cabo, o siquiera si se inició.

     La situación pecuniaria del Tribunal no podía, sin embargo, ser más brillante. Sin contar con lo embargado a los portugueses, resultaba que desde 4 de mayo de 1630, hasta fines de agosto de 1634, esto es, en poco más de cuatro años, habían entrado en sus arcas cuarenta y un mil doscientos setenta y ocho pesos, distribuidos en esta forma; mil cuatrocientos cuarenta y nueve pesos percibidos de penas y condenaciones, cuatro mil noventa y nueve, de donaciones, y treinta y cinco mil ochocientos veinte y nueve procedidos de quebrantamientos de escrituras de juego (53).

     No eran menos considerables las sumas percibidas de las canonjías. Hasta el año de 1635, la de Lima había contribuido con veinticinco mil ochocientos ochenta y tres pesos; la de La Plata con diez mil ochenta; [149] la de Arequipa con cuatro mil doscientos; la del Cuzco con seis mil; la de Quito con mil trescientos cuarenta, etc. (54).

     Las varas de alguacil mayor y menor, en todas las ciudades sujetas al distrito de la Inquisición, producían también una fuerte entrada, pues para no citar más de un hecho, bastará saber que la de Santiago se remató en 1641 en seis mil quinientos pesos; aunque según puede colegirse, por lo menos en algunas ocasiones, el producto de estos remates se enviaba al Inquisidor General (55).

     Para encarecer más todavía de lo que mandaban las instrucciones, la conveniencia de secuestrar los bienes de las personas que se prendían, el Consejo dispuso, con fecha de 21 de octubre de 1635, que en siendo alguna llevada a la cárcel, se le tomase declaración sobre la hacienda que tenía, haciendo juntamente información sobre ella, procediendo a la vez a las demás diligencias necesarias para su averiguación, entre las cuales sabemos ya cuan buen efecto surtía la de los edictos que se leían en las iglesias y se fijaban por carteles, conminando con censuras y las penas del Santo Oficio a los que no se presentasen a denunciar los bienes de los procesados. «Cosa es que inviolablemente se observa en esta Inquisición, decían los jueces a este respecto, y en respuesta a la orden indicada, tomarles declaración de sus haciendas, luego que se prenden, porque si en alguna parte conviene, es en esta, donde cuanto poseen estos hombres (refiriéndose especialmente a los mercaderes) es mueble, y tienen algunas raíces tan acensuasadas que solo les sirve de capa para sus engaños, porque con decir que tienen tal y tal posesión, persuaden a los miserables que contraten con ellos sus grandes riquezas y caudales, siendo todo trampa y embuste, y la hacienda la tienen siempre en confianza, esperando en todo caso la mejor y mayor parte della en salvo, con que son los secrestos ruidosos y de poca entidad. De estos ocultantes tenemos algunos presos en la cárcel pública, que tenazmente niegan» (56).

     En carta acordada de 22 de octubre de 1635 se mandó también que no se entregasen bienes algunos de los confiscados a los reos, aunque se presentasen escrituras, cédulas ni otros recaudos de cualquiera especie, sin previa consulta al Consejo, debiendo ordenarse al juez de [150] bienes confiscados que no ejecutase ninguna sentencia sin que primero apelase, trámites ambos que en 9 de noviembre siguiente se hicieron extensivos a las cantidades secuestradas.

     Con ocasión de las prisiones de tanto comerciante rico, los Inquisidores se vieron obligados a seguir largas tramitaciones para poner en cobro los bienes que pertenecían a aquellos; pero cuando en el país se notó que por cuenta de los presos se cobraba y no se cubrían aun los créditos más evidentes, estando próxima la salida de la armada en que debían enviarse los caudales necesarios para pagar las mercaderías compradas, se temió una quiebra general, pues las deudas de los detenidos ascendían a ochocientos mil pesos, suma en que se estimaba el caudal de toda la ciudad; viéndose por esta causa obligados los jueces a satisfacer algunas cantidades, exigiendo previamente fianzas, requisito sin el cual a nadie se pagaba (57).

     Prestando pues así la atención debida a los intereses materiales del Santo Oficio, siguieron los Inquisidores tramitando las causas que habían quedado pendientes a la fecha de la celebración del auto del año de 1639, mandando suspender la de Francisco Jorge Tavares, por judaizante, después de tres años de iniciada; y en idénticas circunstancias, la de Felipe Díaz Franco, Fernando de Fonseca, Pedro Fernández Cánones, que a la tercera vuelta del tormento declaró ser judío, desdiciéndose más tarde; Álvaro Rodríguez, Manuel de Pina y Francisco Arias; la de Pedro de Santa Cruz, remitida por el Obispo de Trujillo, por proposiciones heréticas, por haber sido declarado loco; la del licenciado Francisco de Almansa, abogado sevillano, que fue enviado desde el Cuzco, por dichos malsonantes, por haber satisfecho en gran parte a la acusación; Juan de Prado Brian, clérigo de menores, por proposiciones y desacatos contra el comisario de Huamanga; Antonio Gómez Portaces, madrileño, por sospechas de haberse comunicado con unos judíos, y Diego Pereira Diamante, que por igual motivo estuvo cinco años preso.

     Se denunciaron y fueron reconciliados: Juan Rodríguez Arias, en 15 de septiembre de 1639, que había sido preso por judaizante; y Juan Díaz, inglés, luterano, trompeta del Marqués de Mancera, y a quien, «por hablar muy cerrado», se le nombró intérprete.

     Fueron penitenciados Juan de Horta, alias de la Cruz, expulso de [151] la Orden de San Francisco, que preso por proposiciones heréticas, por los muchos disparates que dijo en las audiencias, fue condenado a que, vestido con un saco, sirviese por seis años en el hospital de San Andrés.

     Luisa Ramos, mulata, castigada antes por hechicera; Francisco de Quituera Melgarejo y Francisco de Ayala, por casados dos veces.

     Duarte de Fonseca, toledano, acusado de judaísmo y de haberse comunicado con los presos por medio de agujeros que practicaba en las paredes, salió a la capilla con insignias de penitente, recibió cien azotes y fue a servir a galeras por cinco años.

     Manuel Márquez Montesinos y Juan López Matos, acusados de judaizantes, fueron admitidos a reconciliación con confiscación de bienes y destierro.

     Meses más tarde se mandaban suspender las causas de Rodrigo López, que llegó siempre ser judío, y la de Luis de Cananas y Guzmán, preso en Trujillo por sospechoso de pacto con el demonio, a pesar de sus diecinueve años, y que al fin resultó ser un mero prestidigitador.

     De los negocios que por esta época se tramitaban en el Tribunal, hay dos que por la calidad de los personajes que en ellos figuran merecen especial mención.

     A fines del año de 1634, murió en Salta el doctor Fernando Franco de Rivadeneira, comisario del Santo Oficio en aquellas partes, que había ido allí a recibir al Obispo de Tucumán fray Melchor Maldonado. Hallándose muy enfermo, llamó al jesuita Lope de Mendoza para que le hiciese su testamento y se recibiese de ciertos papeles relativos a su oficio; mas, luego que expiró, cogió aquellos el Obispo y se los guardó. De aquí tomó pie Mendoza para escribir al Tribunal denunciando al Prelado, a lo que se creía obligado, según decía, por haber sido siempre un martillo contra los transgresores de la reformación de costumbres y entereza de la fe.

     Comenzaba en la carta que para el efecto escribió a Lima diciendo que cuantos bienes del comisario se encontraron habían sido embargados por el Obispo, que «en materia de cudicia, puedo decir con verdad que mi religión tiene la fama y este prelado los hechos»; y continuando la pintura del personaje, agregaba: «su común vestir es de un ordenante asufaldado (sic), pero muy galán y pulido; una media sotanilla con muchos botones, aunque desabotonada de la cintura abajo, de manera que se le descubre el calzón de terciopelo de color, con pasamano. Las medias de seda y con ligas, y zapatos muy justos y pulidos, sin jamás [152] ponerse roquete, ni mas hábito de su religión que la cinta de San Agustín. Anda tan oloroso que viendo yo a cierta persona volver las espaldas muy de priesa en una calle, le preguntaron que dónde iba tan apriesa, respondió, «voy así por no encontrarme con el Obispo, que como demuestra, con solo el olfato le he descubierto que viene por esa calle». -Un día entré yo a visitarle de las pocas veces que fui, y le hallé en la cama, aunque era harto tarde, y le hallé con pebetes y ramilletes de flores encima de una mesa, y en ella una escudilla de la China, llena de agua de olor, y de cuando en cuando metía los dedos y se rociaba con ella el rostro y narices, y rociándome a mí una vez, le dije (no sin misterio): «mas valiera, señor, que esta agua de olor tan olorosa fuera agua bendita que aprovechara para lo interior del alma, y para lo exterior del buen ejemplo y edificación»; pero él lo echó a placer, etc. Su cama es de damasco carmesí, con sábanas muy delicadas, cuatro almohadas muy bordadas en ella, con otros adornos, pulideras y olores que pudiera decir muy bien y aún más a proposito lo que el otro non bene olet, qui semper bene olet, y el dicho de San Crisóstomo, no fuera de propósito también: corporis fragantia arguit intus lateri animum inmundum.

     «Díceme persona que lo vio y oyó, que llegando a cierta casa desta ciudad donde estaba una doncella de buen parecer, la dijo que si se quería casar con él; lo mesmo le sucedió en la segunda visita: y después yéndose a despedir de ella, la esentó a su lado en un cojín que le habían puesto en que pusiera los pies, y la dijo que le abrazase, como lo hizo; y añaden los que lo vieron, que notaron que estaba tan inquieto allí como una persona que la quería arrebatar, o forzar, sin atreverse a ello, etc. Y que con esto se despidió, haciéndola mil ofertas a letra vista. Divulgádose ha entre algunos del pueblo, que una noche (estándole espiando con sospechas que tenían) le vieron escalar una casa pegada a la de su vivienda, y que había violado a una doncella honrada, a la cual sin ninguna previa amonestación ni preparación alguna, la casó otro día; y hallándola el marido, no tan entera como él pensaba, y llegando a su noticia lo que pasaba, la dejó al segundo día y se fue a dormir a otra casa, votando a Dios que la había de dejar, etc., hasta que el mismo obispo, con trazas y medios, apagó el fuego que se iba encendiendo.

     »De aquí, y de otras cosas semejantes, oí yo decir a muchos hombres, por tanto y cuantos, que no ha de entrar en mi casa ni visitar a mi mujer. Y otro bien principal y de brío le oí decir que la había enviado [153] a decir que no le atravesase los umbrales de su casa. Otro magnate desta tierra dijo en cierta ocasión; vaya el señor Obispo a Santiago, que yo le voto a tal, que si entra en tal casa, de echarle dos balas en el cuerpo.

     »Dicen que en toda su casa apenas se halla briviario, y que sino es en las órdenes que celebra, apenas dice misa en todo el año. Cuando ejerce el pontifical es de manera y con tiempo la gravedad, que causa más irrisión y escarnio de lo que está haciendo, que otra cosa.

     »Su confesor es un fraile mercenario, mozo indocto y sordo, y de tales costumbres y modestia, que alabándose de cosas, vino a decir que él tenía dos docenas de camisas, que cada una valía una barra; muestra, a mi ver, de su interior flaco y poco penitente.

     »Hácese servir de rodillas con tantas genuflexiones, reverencias y continencias, que espanta. Díceme quien lo ha visto y notado, que para despabilar las candelas que tiene en su aposento, se hincan los criados de rodillas tres veces antes de llegar a la candela, y otras tres al retirarse; a la manera que el viernes santo adoramos la Cruz en las iglesias, que por este modo me lo dijo la persona que lo vio.

     »Trata tan mal y tan de vos a boca llena a los clérigos teniéndolos en pie y descaperuzados, que se huyen y ausentan, y aun le aborrecen, anunciándole mil desventuras y daños.

     »Ha dicho que acá no tiene superior, y que qué le puede hacer a él el Rey, ni el Papa, que está exento, que dado caso que fuese hereje, ni la Inquisición podría conocer de sus causas, etc.

     »Sé decir por remate desta carta que en muchas tierras en que me he hallado no he visto ni oído tantas anatemas, ni descomuniones, como en solo estos dos meses, que ha entró en este obispado; de que está la gente y tierra muy temerosa y escandalizada» (58).

     A esta denuncia, vino luego a agregarse el de fray Francisco de Figueroa, del cual copiamos los párrafos siguientes:

     «Con la sinceridad y verdad, que a tan Sancto Tribunal se debe hablar denuncio de la persona del reverendo obispo de Tucumán, don fray Melchor Maldonado de Savedra, del cual he oído cosas gravísimas, sospechosas en nuestra sancta fe católica, y corren generalmente entre todo este Obispado, que en Salta, estando confirmando, llegó una niña de buen parecer y la dijo mejor es vuestra merced para tomada que para confirmada, y en Córdova este año pasado de 631, [154] llegó otra en presencia de mucha gente, y alzándosele la saya dijo, zape que no la he de confirmar para bajo sino para arriba, y con la primera se amancebó con publicidad. Oí decir al Vicario de Tucumán, Juan Serrano, que una persona que nombró y no me acuerdo de su nombre, se le quejó que le había revelado la confesión en un viaje que hizo de Santiago a Córdova, por la cuaresma de este año de 1637, comió carne todo el camino el Reverendo Obispo y toda su casa y criados, estando buenos y sanos, y no faltándole dinero para sustentarlos, de lo que la iglesia manda se coma en aqueste tiempo, y hasta el mismo miércoles sancto se la vi yo comer al dicho Reverendo Obispo, y oí decir al padre fray Alonso Vásquez, de la orden de San Francisco, que queriendo denunciar de esto, por ser caso contenido en los edictos generales de la fe, no le quiso admitir la denunciación el Comisario del Sancto Oficio, por cuya causa no le denunció» (59).

     Los Inquisidores, en vista de estos antecedentes, se dirigieron al Consejo, enviándole copia de las piezas más interesantes, a fin de que proveyese «lo que fuese servido», y en consecuencia, en Madrid se mandaron entregar a los calificadores del convento de Atocha para que se tomase la conveniente resolución (60).

     El otro proceso a que nos hemos referido fue hecho contra Diego López de Lisboa, portugués, que después de viudo, se hizo sacerdote, y que por entonces era mayordomo y confesor del arzobispo de Lima don Fernando Arias de Ugarte. Sucedió que una noche, a las doce, un tal Jerónimo de Ágreda, huésped del arzobispo, subía a las habitaciones de un sobrino suyo, que estaban contiguas a las de López de Lisboa, en el mismo palacio arzobispal, y como no lo encontrase, sintiendo ruido de azotes en el cuarto de López, se puso muy quedo a escuchar a la puerta y mirando por el agujero de la cerradura, vio luz y oyó una voz que decía «embustero, embaucador, por eso te pusieron a crucificar entre dos ladrones, y sonaban los azotes; y decía más, que si era justo, santo y bueno, hijo de Dios, como se decía, que por qué no se libró de aquella muerte que le dieron, etc.»; acertando en seguida a descubrir que estas palabras se las dirigía López a un crucifijo que [155] tenía debajo del dosel de su cama, que había descolgado de su sitio para propinarle la azotaina.

     Se decía también que el denunciado, en una ocasión, con motivo de la traducción de cierta palabra latina, había expresado su significado en hebreo, repitiendo «dos o tres vocablos no más, que sonaban en la misma lengua».

     Se añadía igualmente que el hijo del supuesto reo, el celebrado Diego de León Pinelo, uno de los más notables literatos de Lima durante el periodo colonial, cuando oía misa, al tiempo de alzar, se daba golpes en el pecho, pero que en lugar de adorar la hostia, tornaba la cara a otro lado, de lo cual se murmuraba mucho en la ciudad.

     Con tales precedentes, los Inquisidores se pusieron a rastrear luego la vida anterior del acusado, logrando descubrir de que a su padre y a un tío suyo habían quemado en Lisboa, por cuya razón se había escapado a Valladolid y pasado de allí a Buenos Aires y Córdoba del Tucumán; que en esta ciudad era voz pública que había azotado a un crucifijo, pues en una noche de las de la procesión de sangre, dos hombres habían penetrado a la casa en que estaba hospedado y le hablan oído que decía a los demás que le acompañaban «qué buena mano aquella», sin que existiese demostración alguna de que se hubiese estado jugando; y que en La Plata, con el objeto de ordenarse, había rendido una información falsa para acreditar que era cristiano viejo, etc. (61).

     A pesar de lo que los Inquisidores lograron acopiar en esta causa, el Arzobispo no retiró su confianza a López de Lisboa, y la Universidad de San Marcos premió el mérito de su hijo nombrándolo catedrático de Prima de Cánones, con cuyo motivo repetían aquellos al Consejo que «parecía cosa muy peligrosa confiar la interpretación de los sagrados cánones y materias eclesiásticas y de sacramentos a personas de raíz tan infecta y sospechosa por sí, y que podrá dar a beber ponzoña en lugar de buena doctrina a la juventud que le cursare» (62). [156]

     Poco a poco, sin embargo, fueron los jueces allegando algunos reos, resolviéndose al fin a celebrar un autillo en la capilla de la Inquisición el 17 de noviembre de 1641, en que fueron penitenciados:

     Francisco de Montoya o Méndez, confitero, cristiano nuevo, de treinta y seis años, que había ayunado cuarenta días continuos, no comiendo ni bebiendo hasta la noche, después de salida la estrella; se presentó con insignias de reconciliado, perdió sus bienes y fue enviado a la cárcel por dos años.

     Fernando de Heredia, portugués, residente en el Cuzco, también cristiano nuevo y sospechoso de judaísmo, logró que se le quitase el sambenito en el tablado.

     Félix Enríquez de Rivero, que había ayunado el ayuno de la Reina Ester, escapó lo mismo que el anterior, bien entendido que confiscándose a los dos sus bienes, prevía reconciliación.

     Bartolomé de Silva, Cristóbal y Matías Delgado, que habían practicado el ayuno «de la data de la ley», llevaron hábito y cárcel por un año; Juan y Francisco de la Parra, que celebraron la pascua de los cenceños, que por otro nombre llaman del cordero, durante siete días continuos; Gonzalo y Pedro de Valcázar, ambos mercaderes y el último de los cuales a la primera vuelta del tormento confesó ser judío Simón Correa, que lo dijo a la cuarta; Álvaro Rodríguez y Rodrigo Fernández, que fue puesto dos veces en la mancuerda, recibió cien azotes después del auto, se le confiscaron sus bienes y llevó hábito y cárcel perpetuos.

     Juan Florencio, de veintiocho años, por doble matrimonio; y doña María de la Cerda, natural de Buenos Aires, viuda de un abogado de Tucumán, acusada de haber dado polvos de ara consagrada, mezclada con sangre menstrual en el chocolate a diferentes hombres para que permaneciesen fieles a sus amores, después de abjurar de levi, recibió cien azotes por las calles.

     Además de los reos precedentes, había sido penitenciado entre año el negro Jorge de Illanes, a quien le costó el haberse casado dos veces cien azotes y cinco años de galeras; y se habían suspendido las causas de Pedro Jorge y Acuña y la del sargento Francisco de Silva, [157] por judaizantes, siendo el último condenado al tormento y mantenídose en él negativo a pesar de cinco vueltas que se le dieron.

     Las labores del Tribunal decayeron mucho desde entonces, pues hasta el auto siguiente que tuvo lugar en 1666, sólo se resolvieron los procesos de las personas expresadas a continuación:

     Enrique Jorge Tavares, de edad de dieciocho años fue puesto en la cárcel el 11 de agosto de 1635, con información de cinco testigos cómplices singulares, los dos menores y uno que después se retractó. En 5 de diciembre fue puesto en el tormento, recibiendo siete vueltas en la mancuerda y tres en el potro, persistiendo en negar el judaísmo de que se le acusaba. Le sobrevino después nueva acusación de algunos compañeros de cárcel, confesando sólo algunas comunicaciones con ellos y expresando que lo demás era testimonio que le querían levantar los castellanos. Después de varias revocaciones del reo, fue votado en 1639 a que se suspendiese su proceso por haber perdido la razón.

     Manuel Henríquez, preso en 8 de diciembre de 1635, puesto a tormento en 1637, a la segunda vuelta confesó de sí que era judío habiéndose acreditado durante el curso de su causa que antes había sido reconciliado en Coimbra. Por las muchas revocaciones en que incurrió y por otros hechos, entre ellos el de haber citado a juicio a los Inquisidores, se tuvo sospecha de que estuviese loco, lo que no impidió que en 3 de julio de 1647, esto es, doce años después de su encarcelación, fuese condenado a ser relajado, pena que no se había ejecutado aún en 1656 por falta de ocasión (63).

     Gaspar López Suárez, también preso por judío en 1642, en Potosí, estaba votado a tormento riguroso en 1647, el que se ejecutó al año siguiente sólo hasta la primera vuelta, porque el reo confesó el delito de que se le acusaba; siendo reconciliado ese mismo año, con cien azotes.

     Luisa Ramos, hechicera, viuda, de treinta años, castigada ya dos veces por el Santo Oficio, presa de nuevo en 1646, fue condenada el año siguiente a salir a la capilla con coroza y demás insignias, y a recibir por las calles doscientos azotes. [158]

     Ana María de Contreras, mulata, después de haber sido penitenciada anteriormente, fue de nuevo castigada en 1647.

     Francisca de la Peña, zamba, del Cuzco, y Bernabela de Noguera, limeña, fueron procesadas también por hechiceras.

     Salvador Díaz de la Cruz, de Chile, y Francisco Vaca de Sotomayor, desterrado a Valdivia por doble matrimonio.

     Fray Bartolomé de Sotomayor, sacerdote profeso de la Merced, que predicando un sermón en Ica dijo que aunque los hombres llegasen manchados al Santo Sacramento del Altar y le recibiesen, el mismo Sacramento les limpiaba, en cuya causa se sobreseyó por no descubrirse malicia en el reo.

     En carta de 11 de octubre de 1648 anunciaba al Consejo Juan de Izaguirre, secretario del Tribunal, que no existía en las cárceles otro reo que Manuel Henríquez. En efecto, Juan Fernández Darraña, gallego, carpintero, procesado porque aconsejaba a los indios recién bautizados que no fuesen a misa, había sido mandado poner en libertad; Diego Pérez Mosquera, presbítero expulso de la Orden de San Agustín, acusado de haber dicho que el ánima de San Ignacio estaba en los infiernos, y que si él quisiera, pudiera hacer a la Iglesia más daño que Lutero, por lo cual había sido reducido a prisión en Oruro, fue condenado a abjurar de levi y a una reclusión de seis meses; y los reos restantes, que eran Agustín de Toledo y Luis de la Barreda, que habían sido remitidos de Chile, estaban ya despachados.

     En 1651 fueron castigados por doble matrimonio, Juan Bautista, mestizo, de los Yauyos, y Juan Toribio Lara, mulato, del Callao.

     Desde 1655 hasta 1660, Lorenzo Sánchez, zapatero, de Cuenca; Gaspar Henríquez y Juan Pérez, que murió en el hospital, también por bígamos; Cristóbal de Toro, de Huamanga, blasfemo y que había además abusado de sus dos hijas, salió a la sala de audiencia, en forma de penitente, con coroza y soga a la garganta y mordaza en la lengua, y llevando puestas las insignias, se le dieron doscientos azotes por las calles.

     Fray Francisco Vásquez, natural de Quito, lego de San Agustín, que dijo misa, abjuró de vehementi, recibió azotes y fue destinado a galeras; y Alfonso Domínguez de Villafaña, también lego, preso por idéntica causa, recibió igual pena, sin los azotes, que le fueron remitidos.

     Rafael Vanegas, jesuita del colegio de Santiago de Chile, por solicitante. [159]

     Inés de Córdoba, en 3 de marzo de 1660, fue condenada a salir en hábito de penitente, con coroza, vela y soga, abjuró de levi y se le aplicaron cien azotes; Antonia Abarca, por mal nombre La Gaviota, que usaba de polvos para captarse el amor de los hombres; Luisa de Vargas, azotada por la justicia real, tambera de Pisco; Ana Vallejo, hija sacrílega, discípula de la Inés de Córdoba; y Antonia de Urbina, por hechiceras.

     El alcaide Cristóbal de Vargas Barriga, por abusar carnalmente de las presas.

     Luis Vela de los Reyes, sevillano, de veinte años, acusado de sostener que Lutero y Calvino no se habían condenado y de que era buena la doctrina de la predestinación, fue llevado a la cámara del tormento, y por haberse mantenido negativo, se le puso en libertad.

     Diego Martínez, natural de México, que decía que los jesuitas y frailes en general no eran sacerdotes sino mágicos, fue dado por loco.

     Ginés García, por doble matrimonio; Antón, negro, acusado de llevar recados de los presos, recibió cien azotes; doña Josefa de Baides, denunciada de ver en el lebrillo, fue dada por libre.

     Hasta 1666 fueron penitenciados: Simón Mandinga, negro, por adivino, que recibió cien azotes; fray Juan Sánchez de Ávila, que decía misa y solicitaba a las mujeres en el confesonario; Cristóbal de Castro, procesado en Chile; Juliana Gutiérrez, natural de Chuquisaca, acusada de mascar coca; Pedro Ganui, canónigo de Quito, por haber ocultado la persona y bienes de un reo del Santo Oficio, tuvo que pagar tres mil pesos; fray Miguel Melo, de Buenos Aires, lego de la Merced, que decía misa; fray Diego Bazán, donado de San Juan de Dios, que andaba disfrazado de mujer, se huyó de su convento y se casó en el Cuzco, trató de suicidarse con solimán; fray Cristóbal de Latorre, fraile agustino, por solicitante en confesión; fray José de Quezada, ordenado de diácono, que decía misa; Juan de Torrealba, que conjuraba la coca, y Úrsula de Ulloa, de edad de quince años hija de una pulpera, que se encerraba a mascar dicha yerba hasta después de medianoche; y las hechiceras Ana de Ayala, Petronila de Guevara, Josefa de Llevana, Juana de Estrada, Magdalena Camacho, Juana de Cabrales y Catalina Pizarro.

     Sebastián de Chagaray, mulato, libre, casado dos veces, y fray Jacinto de Herrera, sacerdote, natural de Granada, de cincuenta y tres años que en el juego votaba a la limpieza de la Virgen concebida entre demonios, y a Cristo, y pidiendo que le llevasen los diablos. [161]



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Capítulo XX

Encuentro con el Marqués de Mancera. -Id. con el Arzobispo. -Nuevos disgustos con el Marqués. -El Rey reprende al Conde de Alba por su conducta para con la Inquisición. -Choque con el Cabildo Eclesiástico. -Datos sobre los Inquisidores. -Auto de fe de 23 de enero de 1664. -Id. de 16 de febrero de 1666. -Id. de 28 de junio de 1667. -Relación de la causa de César Bandier. -Otros reos.

     Si los ministros del Santo Oficio no encontraban por los días que vamos historiando reos de importancia a quienes procesar, no escaseaban, en cambio, disgustos a las autoridades, comenzando por el Virrey y Arzobispo de Lima.

     Servía aquel encumbrado puesto el Marqués de Mancera, hombre muy devoto, que por los años de 1646 introdujo en la capital la costumbre de rezar el rosario a coros, en voz alta, para cuyo efecto todos los sábados en la tarde, asistido de su familia y de gran concurso de gentes, se trasladaba de su palacio a la iglesia de los dominicos. Los Inquisidores que miraban esta práctica como indebida, callaron durante algún tiempo, pero el 2 de febrero de 1648, día de la Purificación de la Virgen, que se celebraba con gran devoción del pueblo y asistencia de los virreyes, hicieron leer un edicto, en que, juntamente con prohibir varios libros, condenaban la devoción establecida por el Marqués; sin que por esto, ni él ni los religiosos y personas piadosas cesasen en la costumbre que se reprobaba, con manifiesto menosprecio de la autoridad de los ministros del Santo Oficio, por lo cual hubieron estos de dar cuenta al Consejo quejándose del Virrey (64). [162]

     Con relación al Arzobispo, he aquí lo que había pasado. Servía a su nombre en el Tribunal el oficio de juez ordinario en las causas de fe el doctor julio de Cabrera, tesorero de la catedral, que por haber tenido que ausentarse a España a negocios de su iglesia, hubo necesidad de nombrarle reemplazante en el cargo que desempeñaba cerca de los Inquisidores. Designó el prelado para sucederle, primero al canónigo Sebastián de Bustamante y Loyola; mas habiendo significado a éste los Ministros que su persona no les parecía idónea, se fijó en el doctor Fernando de Avendaña, poco después arcediano, y que había sido ya calificador del Tribunal durante algún tiempo, catedrático de mérito y rector de la Universidad, cura párroco de varios pueblos por más de treinta años, en cuyo puesto redujera a la fe gran número de gentiles (65), y por fin, visitador general del arzobispado. Presentose, en consecuencia, Avendaño al Tribunal, mas no sólo no se le permitió que ejerciera el cargo, sino que uno de los Inquisidores le trató ásperamente, y el otro se propasó hasta amenazarle; tramitándose las causas sin su intervención, e incurriéndose así por ello en manifiesta nulidad (66). Y como era de estilo siempre que los jueces se manifestaban disgustados con alguien, luego ocurrieron a indagar quién fuera el padre del doctor, descubriendo que había sido persona vilísima, sin obligaciones, y tan ridículo, que servía de truhán y bufón al inquisidor Gutiérrez de Ulloa, borracho público, de quien todos se reían, «siendo testigos de ello las paredes de la Inquisición, donde se hacían las burlas»; achacándole, además, al recomendado del Arzobispo costumbres escandalosas, que era teólogo y no canonista, etc., etc. (67). A estas acusaciones se añadieron aún en el Consejo las que dio el postergado Bustamante, que en verdad no se expresaba en mejores términos de su competidor (68).

     El secreto de esta resistencia por parte de los Inquisidores, que no había podido doblegar ni la amistad de cuarenta años que el Metropolitano conservaba con Gaitán, era, sin embargo, fácil de explicar. Cuando se propuso a Bustamante y se convino después en retirar su elección, el Tribunal significó al Arzobispo que sería conveniente se pasase sin nombrar juez ordinario, confiriendo su poder a los mismos [163] inquisidores, pretensión que como no tuviera efecto, le instaron en que por lo menos se fijase en don Pedro de las Cuentas, que acababa de ser promovido a la maestrescolía de la catedral, pero que aún no había tomado posesión de su oficio, esperando que se le diese reemplazante en un puesto semejante que servía en La Paz, donde residía. Las partes interesadas ocurrieron, en vista de esto, al Consejo, donde se resolvió que no se diese entrada en el Tribunal a ninguno de los propuestos.

     De más nota que el ya referido eran, sin duda, los encuentros que venían suscitándose con el Virrey. Había traído éste de España en su compañía a un caballero del hábito de Santiago, llamado don Luis de Sotomayor Pimentel, para confiarle la administración de las minas de azogue de Huancavélica, de cuyo lugar hubo de regresarse a Lima por orden del Marqués, y donde, a poco de llegar, fue preso por la Inquisición, porque siendo familiar de ella, se le acusaba de cierto atropello cometido en la misma capital del virreinato; prisión, decía el Virrey, que fue puramente simulada, y que al fin consiguió se alzase con el objeto de que le acompañase a las minas para donde estaba de partida.

     Decían, en cambio, los Inquisidores que el Marqués se había hecho reo para con ellos de haberles violado la correspondencia que les venía de España, como sostenían que ejecutaba también con la de particulares, a fin de cerciorarse de los que le eran o no afectos (69).

     Los tropiezos, con el Conde de Alba, sucesor del Marqués de Mancera, en que le acompañaban todos los oidores, se habían pronunciado muy desde el principio de su gobierno, desde que trataron de desaforar al contador Pedro de Zárate, y se habían ido continuando con la libertad que el Virrey hizo dar al general Pedro de Zamudio, a quien el Tribunal tenía asignada su casa por cárcel, en mérito de ciertos desacatos que se le imputaban contra ministros del Santo Oficio (70).

     Poco después solicitaba el Conde que el Tribunal contribuyese para un donativo que estaba colectando, y como con buenas razones aquel se negase, se enfureció públicamente, prorrumpiendo en amenazas [164] y ofreciendo dar cuenta de todo al Rey (71). Más tarde, sin darse por vencido con estas manifestaciones, pretendía el Conde que el alguacil mayor del Tribunal no entrase con vara a su palacio, o ya se avocaba causas en que, a juicio de aquél, aparecían de por medio intereses de sus ministros, por lo cual se quejaba al Consejo afirmando «que eran de tal calidad las acciones, palabras y acometimientos que el Virrey ha hecho, dicho e intentado que no buenamente se pueden referir, y sin violencia se conoce de ellas el poco o ningún afecto que tiene a esta Inquisición», citando en apoyo de estas afirmaciones lo que había referido el jesuita Leonardo de Peñafiel, su confesor, de que decía que apreciaba mucho a las personas de los Inquisidores, pero que del Tribunal no se le daba nada (72).

     Lo cierto del caso fue que un buen día el Conde recibía una carta de su soberano, que por ser muy característica de la época y de quien la enviaba, transcribimos a continuación.

     «El Rey. -Conde de Alva de Liste, primo, gentilhombre de mi cámara, mi Virrey, gobernador y capitán general de las provincias del Perú. Ya sabéis lo mucho que Dios nuestro Señor es servido y nuestra santa fe católica ensalzada por el Santo Oficio de la Inquisición, y de cuanto beneficio ha sido a la universal iglesia, a mis reinos y señoríos y naturales dellos, después que los señores reyes católicos de gloriosa memoria, mis rebisabuelos, le pusieron y plantaron en ellos, con que se han limpiado de infinidad de herejes que a ellos han venido con el castigo que se les ha dado en tantos y tan grandes e insignes autos de Inquisición como se han celebrado, que les ha causado gran temor y confusión, y a los católicos singular gozo, quietud y consuelo; y por carecer desta gracia otros reinos, han padecido y padecen grandes disturbios y inquietudes y desasosiegos, y damos muchas gracias a nuestro Señor, que así lo ha encaminado, haciendo tan gran bien a estos reinos, y así por todo esto como por habérmelo encomendado afectuosamente el Rey mi señor y padre, que esté en el cielo, como por lo que la estima, [165] devoción y afición que le tengo, y la obligación que a todos los fieles corre mirar por él y que sea amparado, defendido y honrado, mayormente en estos tiempos en que tanta necesidad hay, y ser una de las mas principales cosas que se os pueden encomendar de mi estado real, os encargo mucho que así a los venerables inquisidores apostólicos de esas provincias, como a todos los otros oficiales, familiares y ministros del dicho Santo Oficio, les honréis y favorezcáis, dándoles de nuestra parte todo el favor y ayuda que se os pidiere y fuere necesario, guardándoles y haciéndoles guardar todos los privilegios, exempciones y libertades que les están concedidas, así por derecho, cédulas reales, concordias, como de uso y costumbre, y en otra cualquier manera; de suerte que el dicho Santo Oficio se use y ejerza con la autoridad y libertad que siempre ha tenido, y yo deseo tenga, y no hagáis, ni permitáis que se haga otra cosa en manera alguna, que demás de que cumpliréis con lo que sois obligado, como católico cristiano, y que a vuestro ejemplo harán otros lo mismo, me tendré por muy servido, y a lo contrario no tengo de dar lugar. Nuestro Señor os guarde, como deseo, en Madrid a diez y ocho días del mes de marzo de mil y seiscientos y cincuenta y cinco años. -YO EL REY. -Por mandado del Rey nuestro señor, Don Felipe Antonio Mossa».

     Como si estas rencillas no fuesen bastantes, sobrevinieron bien pronto otras con el Cabildo eclesiástico. Los capitulares habían antes asistido en cuerpo a administrar el viático al inquisidor León de Alcayaga (73), y cuando murió Juan Gutiérrez Flores, cargaron su cuerpo en hombros hasta las puertas de la casa, sin que jamás hubiesen cobrado un centavo por las exequias de ningún miembro del Tribunal; pero habiendo fallecido García Martín Cabezas, les enviaron recado los inquisidores solicitando su asistencia para el acompañamiento; a que contestaron que como se les pagase el estipendio acostumbrado en semejantes casos, no tenían inconveniente para ello, en lo cual no habiendo venido los colegas del difunto, hubieron de enterrarle sin esta solemnidad (74). [166]

     A los 16 de mayo del año siguiente fallecía otro de los inquisidores, Luis de Betancurt y Figueroa, negándose igualmente a asistir a su entierro, dando en ambos casos por excusa de que como la Inquisición no había querido concurrir al de los capitulares, no tenían por qué no guardar ellos idéntica reciprocidad (75).

     El personal del Tribunal había sufrido notables cambios en los últimos tiempos: Gaitán se ausentaba en 1651, recibiéndose en Lima noticia de su fallecimiento a mediados del año siguiente; Antonio de Castro y del Castillo, que había servido el puesto durante veintiún años, después de rehusar el obispado de Huamanga, había aceptado el de La Paz, en 1648 (76). Bernardo de Izaguirre, que desempeñó su destino poco tiempo, fue enviado al obispado de Panamá en 1655 (77).

     De los dos inquisidores que quedaban en el Tribunal por la época que vamos historiando, era uno Cristóbal de Castilla y Zamora, hijo natural de Felipe IV, y el otro, Álvaro de Ibarra, que tomó posesión de su puesto en septiembre de 1659, era un limeño de talento y muy versado en materias de jurisprudencia. No debían de andar muy bien las relaciones entre ambos cuando el Consejo encargaba al primero que guardase paz y armonía con su colega; a que respondía Castilla su compañero que «había encaminado los negocios a su placer, sufriendo yo y callando;... la mayor parte del año se está en la cama con leves achaques y suele venir por las mañanas, quedándose en su casa las tardes;... pero no falta don Álvaro cuando falta negocio preciso, o firmar cartas para España».

     Llevando aún más allá sus denuncias, Castilla prevenía que hasta se le había insinuado que viviese con cautela, pues el día menos pensado podían envenenarlo, «untando el asiento del coche, un plato, una silla o estribo, que quita la vida a un mes, un día o un año, según lo [167] templan»; citando en apoyo de sus temores lo que le había ocurrido a fray Francisco de la Cruz, obispo electo de Santa Marta, que murió de repente estando ajustando las cosas de Potosí; a don Francisco Nestares Marín, que sorprendió a los que intentaron darle el veneno, y por ello «y lo demás» había dado garrote a un sujeto apellidado Rocha; al obispo de La Paz don Martín de Velasco, que murió apresurado»; a Gómez Dávila, corregidor de Potosí, que después de beberse una jícara de chocolate se había quedado yerto, y un criado con él; y recientemente al obispo de Huamanga, que habiendo un día salido a la visita, a la tarde le volvieron muerto.

     Por lo demás, alababa las buenas letras de su colega, y en cuanto a él, decía que cómo podría proceder mal, siendo que todas las noches se confesaba para acostarse, y todos los días de madrugada celebraba misa (78).

     Viéndose solos, acordaron solicitar del Consejo se les nombrase compañero, recomendando para el caso a Juan Huerta Gutiérrez, oidor de la Audiencia de Santiago, que, además de merecer el puesto, había indicado a Ibarra cuando estuvo en Chile, su deseo de obtenerlo.

     Era el recomendado de ambos jueces natural de Trujillo en el Perú, y después de haber estudiado en el colegio de San Felipe de Lima, había pasado a servir la cátedra de Decreto y Prima de Leyes en la Universidad de San Marcos, desempeñando además las funciones de asesor del Virrey Marqués de Mancera, abogado de la Inquisición, y que había invertido quince de los cincuenta años que contaba, en la Audiencia en que por entonces se hallaba ocupado (79); insinuación que aceptó el Consejo nombrando a Huerta, quien en el acto se ordenó y se fue a Lima a servir su nuevo destino, tomando posesión de él en septiembre de 1664 (80).

     No pasó mucho tiempo, sin embargo, sin que el nuevo inquisidor se viese solo en el Tribunal, habiendo partido Ibarra para Quito, con [168] cargo de presidente de la Audiencia, por abril de 1667, y dos años más tarde, Castilla para Huamanga, a cuyo obispado había sido promovido (81).

     Estaba reservado a Castilla ordenar un auto de fe, que no fue de los menos celebrados que hubo en la ciudad de Los Reyes. El 23 de enero de 1664, en efecto, se armaron los tablados en la plaza mayor, «y con grande lucimiento, decoro y devoción de los fieles, hubo tres quemados, uno en persona y dos en estatua, tres reconciliados, cuatro religiosos, que, siéndolo, se casaron, dos celebrantes sin ser sacerdotes, y nueve mujeres hechiceras, que por todos fueron veinte y tres» (82).

     «El Virrey y Real Audiencia, continúan los inquisidores, movieron tantas dificultades y competencias al Tribunal en el acompañamiento y modo de concurrir en el tablado, que casi nos impidieron la ejecución, porque siendo tan pocos los ministros, no dieron lugar a las disposiciones de que se compone una materia tan ardua como la celebración de un auto público, y lo más sensible y que ha causado gravísimo escándalo fue, que enviando el Tribunal a la Condesa de Santisteban veinte y cuatro fuentes de comida y un palillero muy curioso, estando presente mucha gente, especialmente las mujeres y familias de los oidores, con los mismos criados los hizo llevar a las cárceles de corte y de la ciudad, diciendo que nunca llegaba tarde el pan para los pobres, sentida de que el Tribunal se excusase de comer con su marido, porque quiso ponerse debajo de dosel en la testera de la mesa y poner por las bandas los inquisidores; lo que más puede haber lastimado en acción tan escandalosa, es que la ejecutó a las doce del día, al mismo tiempo que el Santo Oficio estaba haciendo castigo de los enemigos de la fe» (83).

     En 16 de febrero de 1666, volvía a celebrarse nuevo auto en la iglesia del hospital de la Caridad, a que asistió el Virrey detrás de una celosía, y en que salieron; Juan de León Cisneros, acusado de comprar [169] los viernes pescado sin escama, y de que sus hijos no iban el sábado a la escuela; por lo cual y otras cosas, salió como judaizante y abjuró públicamente en hábito penitencial.

     Juan Antonio de la Fuente, francés, hereje calvinista, que había venido de La Habana con un padre Valverde, quien afirmó que aunque el reo era hereje, en lo moral era hombre de buenas costumbres. Abjuró sus errores, fue absuelto y se le quitó el sambenito.

     Doña Josefa Tineo, comedianta, acusada de hechicerías para atraer a los hombres a su mala amistad, de veinticinco años, aunque ya viuda, natural de Huaraz, que confesó que por amor y celos, dijo una vez a las doce de la noche esperando a su amante en un balcón (84): «Demonio, ¿no vinieras a remediarme?» y luego oyó en las calles unos grandes pasos de que cayó desmayada, «sobreviniéndole una enfermedad de que estuvo muy apretada». Salió por las calles a la vergüenza, después de abjurar de levi.

     Fray Nicolás Mejía, lego agustino, que se metió a confesor, por lo cual apareció en hábito de penitente, descalzo, sin cinto ni capulla, con vela en la mano, a abjurar de levi.

     Don Pedro de Valdés Sorribas, que se había casado dos veces.

     Ana María de Ulloa, cuarterona de mulata, y su compañera doña Juana de Vega, casada, testificadas de hechiceras.

     En 28 de junio del año siguiente se verificaba otro auto con los tres reos que siguen:

     Antonio de Avendaño, clérigo, natural de Lima, de cincuenta y tres años, acusado de decir dos misas, y preso en 19 de septiembre de 1666.

     José de las Cuentas, natural de Lima, de cuarenta y cuatro, se denunció de lo mismo y fue desterrado perpetuamente del arzobispado.

     Fray Cristóbal Fernández de Aguilar, mercedario, fue testificado con cuatro testigos de haber almorzado un pastel y bebido vino en una pastelería del Callao y en el mismo día haber dicho misa.

     Después fue denunciado por su confesor, a instancias suyas, que desde que tuvo once años había comenzado a dudar de los misterios, resolviéndose siempre en que eran mentira, y otras cosas, como ser que cómo pudo padecer Jesucristo tanto como dicen los evangelistas, y que cómo podía estar en la hostia; de si la institución del Santísimo Sacramento fue en la noche de la cena; de si hubo tal cena; que cómo [170] puede ser en el valle de Josafat el juicio universal, etc. En atención a estar achacoso y enfermo de la cabeza, fue solo reprendido.

     No contentos con estas demostraciones, los inquisidores prepararon un nuevo auto para el 8 de octubre de 1667, muy interesante por las personas que en el figuraron, a saber:

     Fray César Pasani Bentíboli, natural de Módena, sacerdote carmelita, que afirmaba, siendo como era médico, que la Virgen María después del parto padeció el achaque de las demás mujeres. Se preciaba de fornicario y diciéndole un testigo que mirase que no le castigase Dios quitándole sus órganos genitales, respondió que primero le quitase la vida o ambos brazos. Y diciéndole que por qué no pedía a Dios misericordia, respondió en términos desvergonzados, que primero quería hartarse de la mujer y después lo pediría; que se jactaba de haber conocido carnalmente en La Paz más de trescientas sesenta mujeres, y que muchas veces revestido para decir misa, alzaba los ojos a un Santo Cristo y decía: «Dios mío, enviadme tal, que es el vaso púdico de la mujer; que estando en Turquía se había casado por fuerza, etc.». Su madre había sido prima de Maquiavelo, y éste le había ordenado.

     Había viajado por Italia, Francia, España, y después de haber sido preso de los ingleses en Santa Marta, pasó a Nueva Granada, Quito, La Paz. Cuando le prendieron por el Santo Oficio se encontraba en las minas de Puno.

     Salió sin cinto ni capulla, descalzo, en forma de penitente, con una vela de cera en las manos, con sambenito de paño amarillo de media aspa colorada, abjuró de sus errores y salió desterrado para ir a presentarse a Sevilla.

     Francisca de Bustos, natural de Cuenca del Perú, de cuarenta y ocho años, española, soltera, aunque madre de un hijo, fue testificada de decir que tenía gracia de Dios para curar; de que descubría algunas cosas secretas, diciendo se las revelaban ángeles; de que sacaba ánimas del purgatorio, como San Francisco, y de pecado mortal a los que estaban en él, por gracia de Dios, etc. Salió con coroza, hábito, insignias de penitente, abjuró de levi y fue destinada a servir cuatro años en un hospital.

     Era el tercer reo el preceptor del hijo del Virrey, el doctor don César de Bandier, alias Nicolás Legras, de edad de sesenta y siete años, «francés de nación, natural de Chancuela, pueblo del arzobispado de Sans, en Borgolla la Baja, en el reino de Francia, sacerdote y médico; [171] pasó a las Indias y vino a esta ciudad de Los Reyes el año de sesenta y uno, por médico, del virrey Conde de Santisteban. Ocultando era sacerdote, incorporose de doctor en esta real universidad, y se ha ocupado en la curación de los enfermos, y apostatando de nuestra santa fe católica, ha profesado la ley natural, teniendo por Dios a la misma naturaleza de las cosas criadas.

     «Han declarado contra este reo cinco testigos, el primero es un hereje calvinista que está reconciliado, inglés de nación, de más de veinte y cinco años; el segundo, un francés, de veinte y tres años, que asimesmo está reconciliado; éste vino voluntariamente y confesó sus delitos y los ajenos, en distintas audiencias, muy por extenso. El tercero es otro francés, de más de veinte y cinco años, que actualmente está en cárceles secretas; el cuarto, francés, de oídas, de más de veinte y cinco años; el quinto, de edad de diez y ocho años, persona de suposición y crédito, a quien el reo enseñó gramática.

     »Los tres primeros declaran latísimamente, y se reducen en sustancia sus dichos a los casos y proposiciones siguientes, y en muchas dellas contestes de un mismo acto.

     »La primera que ocultó mucho tiempo en su servicio, al inglés calvinista, y le decía que guardase su ley, pero que confesase y comulgase por disimularse a sí y porque a este reo no le viniese daño de tenerle en su compañía.

     »Que Calvino había sido gran hombre, pero que había errado en no haber hecho república aparte, como Olanda y Xinebra. Que los católicos romanos y los que no lo eran, estaban errados, porque no había cielo ni infierno, ni más Dios que la misma naturaleza de las cosas, que en ella se encerraba todo, y que muriendo los hombres, morían sus almas o paraban en la misma naturaleza y su eternidad.

     »Que si hubiera de haber infierno, había de ser para los reyes y poderosos, para clérigos y frailes, que sustentan del trabajo ajeno; que no se debía comer carne ni sangre, sino yerbas, como comen los demás animales, mientras no instase la necesidad y los achaques y enfermedades.

     »Decía de ordinario que para qué se ha de prohibir a hombre juntarse con la mujer, que Dios, la naturaleza, la crió para eso, y a cada uno dio su miembro para aquel efecto, explicando esto con palabras deshonestas.

     »Que era invención digna de reprobarse la sujeción al rey y al [172] papa, y el confesar a otro sus flaquezas, y que nuestra ley evangélica al principio era suave, pero San Pablo, con un espíritu de contradición, la echó a perder, prohibiendo la pluralidad de mujeres, y dando lugar a que hubiese monjas y frailes, con que se impide la procreación.

     »Hase declarado con estas tres personas en distintos tiempos y ocasiones, que no guarda la ley de Cristo nuestro Señor, ni la de Mahoma, ni la de Moysés, refiriendo al intento estos versos: quos vos est clamet porcus et Chistus asellus, his sat a principis, est tibi mundi salus (sic); que solo guarda la ley natural, persuadiendo la guardasen, porque no hay más Dios que la misma naturaleza, y que muere la alma con el cuerpo, y así dijo: Aristóteles, post mortem est quod fuit antea.

     »Que no hubo Adán ni diluvio, ni ha de haber resurrección de la carne, ni hay diablos, ni brujas, ni Cristo fue Dios, ni está en la hostia, ni su santísima Madre fue virgen, que Lázaro no resucitó, sino que fue un embuste que se hizo para engañar, y que la que llaman estrella de los magos fue un cometa de los ordinarios, y los cristianos han levantado el embuste de que era estrella, y por Cristo.

     »Que entre las leyes la menos mala era la de Mahoma, porque se llegaba más a la natural, permitiendo seis mujeres, y así se había de señorear de todo el mundo, que la fornicación era cosa natural, como el escupir, orinar y excrementar.

     »Decía de ordinario cuando se enojaba o quería asegurar algo, que renegaba de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo; y diciéndole uno destos testigos en una ocasión, que temía a Dios, le respondió que Dios, ¿qué te ha de hacer Dios? perro tonto, métete fraile.

     »Jactábase de que había sido amigo de Lucilo, un hereje que quemaron en Tolosa, de Francia, y que había leído sus escritos, que fue gran hombre, y que éste decía que la amistad que tuvo Cristo nuestro Señor con la Magdalena fue mala.

     »Decía que la mayor parte de este reino, y personas graves y religiosas creían lo que él creía, y que si lo prendiesen en la Inquisición, solo sentiría la prisión y molestia della, no la muerte, porque con ella cuerpo y alma acababan, y que tenía prevenida una salida, y era que lo que decía era como historia, refiriendo lo que Aristóteles decía y otros, pero que él no lo creía.

     »Trató de fundar nueva secta con título de religión cristiana, que así se había de llamar, y en ella todos serían médicos, para que curasen [173] por todo el mundo y en todas las naciones, y reducirlos por este medio a la ley natural; y de algunas de sus constituciones que se hallaron entre sus papeles, se infiere haber sido éste su intento, porque corresponden en sustancia a muchas destas proposiciones y casos referidos.

     »De ordinario procuraba apoyar lo que decía en detestación de nuestra santa fe católica, con algunos casos que fingía y se han expresado en la acusación, y con estas diligencias persuadió a los dos franceses a que se apartasen della, y se redujesen a la creencia de la ley de naturaleza, en que estuvieron mucho tiempo, como han confesado, hasta que uno de ellos vino voluntariamente a denunciar de sí mismo y de este reo, y el otro que actualmente está en cárceles secretas, en discurso de sus declaraciones lo tiene confesado.

     »Determinose su prisión a diez y nueve de mayo deste año de sesenta y seis por dos inquisidores, el ordinario y dos consultores, todos conformes»; fue preso en veinte de dicho mes y año, con secuestro de sus bienes, que alcanzaron a cerca de veinte mil pesos.

     «Primera audiencia se dio a este reo en 20 de marzo de 1666, juró en forma de decir verdad en éstas y en todas las demás que se tuvieren con él hasta la declaración de su causa, y declaró llamarse Nicolás Legras, habiéndose puesto en la pila juntamente el nombre de César, y demás del apellido de Legras, el de Baudier, por su agüela materna, y en diferentes provincias ha usado con diferencias de nombre y apellidos, que es natural de Chanquela, pueblo del arzobispado de Saur en Borgoña la Baxa, del rey de Francia, de edad de sesenta y siete años, sacerdote, profesor de medicina, doctor incorporado en esta Universidad de Lima; dio genealogía de padres y agüelos cristianos viejos, naturales de Chanquela, y que no es cierta una información que se hallara en sus papeles de ser natural de Rad, del condado de Borgoña del Rey de España, hecha con falsedad en Cádiz, con testigos ante un escribano, por librarse de pagar la farda y otras vejaciones, y que él y sus ascendientes trasversales no han sido castigados ni presos por el Santo Oficio; que es baptizado en la parroquia de Chanquela, y confirmado por el obispo de Trageasis, y como cristiano que es, confiesa y comulga cuando lo manda la Santa Madre Iglesia, y en pascuas y en días de su devoción, y últimamente por la pascua de resurrección próxima pasada, confesando en la Compañía con un padre que refirió, y comulgó en la Iglesia mayor; santiguose y no supo persignarse, por decir que en su tierra no se enseña sino solo santiguarse; dijo las cuatro [174] oraciones en latín bien, pero no los mandamientos, ni los artículos, y dio noticia de la doctrina cristiana, y que sabe leer y escribir, en griego, en latín, en italiano, en francés y en español; la lengua griega y la latina aprendió en Provenza de Francia, y en la Universidad de París, artes y medicina, y en horas extraordinarias curso dos años en teología en la Sorbona, colegió aparte, donde leyó Santo Thomás; curso un poco de jurisprudencia, siendo todos sus maestros católicos romanos; refirió las salidas que ha hecho de Francia juntas con el discurso de vida; que sus padres fueron labradores, con muchas haciendas, le alimentaron hasta los ocho años, que le enviaron a estudiar a Provenza, la lengua griega y latina y humanidad; pasó a Reims, donde en un colegio de los padres de la Compañía estudió retórica y poesía; fue a París y estudió dos años de filosofía, y dos años de medicina, y se graduó en ella; fue a Roma, llamado de Jacobo Lambino, francés, su amigo, para escribir en la dataría del Papa, donde se ejercitó dos años escribiendo bulas, y viendo que perdía sus estudios, dejo aquel ejercicio, y siendo de veinte años, pasó a Alemania, y se halló en ejército del Emperador contra el Palatino, donde recibió la herida, que tiene en la frente una señal, y comenzó a curar de medicina; vido de paso las universidades de Praga, Lipsio de Viena, pasó a Polonia, entró en Moscovia y estuvo en la corte del Gran Duque, donde son cismáticos todos y dicen la misa y horas canónicas en griego, tienen monjes y monjas basilios; la corte se llama Mosco y el duque emperador, tiene ochenta mil casas, y arma en las ocasiones seiscientos mil infantes, y doscientos mil caballos; entró éste arrimado al embajador de Polonia, porque de otro modo no le hubiesen dejado salir del reino; de allí a un año pasó a Suecia, y estuvo en la corte, que es algo mayor que Sevilla, llamada Utocol, puerto de mar, casi todos son herejes luteranos; a los cuatro meses entró en Dinamarca y estuvo en Copenhaden, la corte menor que Sevilla, son todos herejes; pasó a Olanda, vido las ciudades principales, la Haya y Abustandan, y otras, y las de Flandes; entró en Francia por Amiens, fue a su pueblo y halló difuntos a sus padres en su ausencia de siete años; y en su obispado fue ordenado de todas órdenes hasta el sacerdocio, a título de patrimonio, sin haberse acordado ni haberle parecido necesaria dispensación por haber curado como médico, hasta que pasaron catorce años, que sacó buleto, siendo capellán del duque de Orlienais; pasó a Marsella, donde se embarco con dos padres mercenarios que iban a redimir captivos, sabiendo [175] que éste era sacerdote, y ganó mucha plata en la medicina; desembarcaron en Ofir, y a dos jornadas entraron en Marruecos, corte como Sevilla, y el rey intentó que se quedase éste por su médico; pasaron por mar a Salas, y a seis jornadas por tierra, entraron en Fez, mayor dos veces que Sevilla; después a Argel, como Sevilla, y a Túñez, también como Sevilla; allí se arrimó éste a unos armenios, y juntas trescientas personas por la seguridad de los caminos, caminaron a Etiopía, más de doscientas leguas, en Dacan, corte del Preste Juan, como Madrid; es cismástico, y tiene más de cincuenta mujeres, y los clérigos y frailes son todos casados, dicen misa en lengua hebrea y caldaica, reconocen al patriarca de Alexandría, señor soberano, con más de cincuenta reinos, conocen a la Santísima Trinidad, a Cristo Nuestro Señor y a su Madre, tienen el evangelio de Santo Tomé; pero luego confunden la fe con decir que aunque obren mal se salvan por los méritos de Cristo, con otras herejías (85); allí curó dos años, y pasó dos jornadas para ver la mayor maravilla del mundo, que es el monte Amara, que es de peña cortada en redondo, tersa como jaspe, media legua de alto, y de circunferencia como de treinta a cuarenta leguas; no hay más subida que una escalera como caracol por lo interior de la peña, labrada a martillo, la cual puerta guardan cuatrocientos hombres, de más de otros cuatro mil en la parte alta; tiene los más hermosos árboles, frutas y géneros, y pájaros del mundo; caudalosos riachuelos que se despeñan desde aquello alto, dejando doscientos pasos de hueco; allí está el tesoro del Preste Juan, muchos palacios, y su entierro en un convento de dos mil monjas basilios; hecho de una sola piedra en todo él en contorno, labrado con pico y escoplo, y diferentes palacios donde están los hijos del Rey, detenidos porque no se levanten con el reino, y en muriendo el rey, traen el mayor a reinar, y los demás viven allí con sus familias hasta morir; dicen haber sido este sitio donde Adán fue criado. Pasado un año, se fue a la isla de Gormas, que fue de España, y ahora del persiano; entró en Arabia, tierra del turco, siendo en todas partes bien recibido, porque no tienen médicos y él los curaba, y se apartó del dicho monte Amara, que está debajo de la línea del sol, a la salida de Etiopía, tierra de África; se embarcó en el mar Bermejo, y aunque corrió por la Arabia, no le permitieron llegar treinta leguas en contorno de la ciudad de Meca, donde está el entierro de Mahoma, como ni a los demás cristianos, por indignos de pisar aquella tierra, sino es que renieguen; y caminando como doscientas leguas, entró en [176] Babilonia, ciudad como Sevilla, que la quitó el turco al persiano habrá cuarenta años, con lo que pertenecía a Babilonia, donde están los ríos Eúfrates y el Tigris, que se navegan con barcos y van al seno pérsico, y entró en Yspan, corte del persiano, dos veces mayor que Madrid, mahometano cismático; después pasó al mayor imperio, tan grande como el del turco, donde cae el río Gangues, es poderoso, que arma un millón de hombres, era gentil y ahora la mitad del reino, se ha hecho mahometano, y el emperador mayor tiene guerras con el persiano y el tártaro, y con otros príncipes que le confinan por el mar del oriente, que habitan en las provincias de Cochinchina, gentiles que adoran al sol; y pasó a la isla de Goa, ocupada por los portugueses, y allí dijo misa, y la había dicho en Ispan y otras provincias, en donde había cónsules de Francia; allí dijo a los padres el secreto del vomitorio y se embarcó para las Indias Orientales, y entró en las tierras del príncipe de Ceilán y Proruco, Sumatra y otras; estas islas, que son más de dos mil, con su príncipe y su gobierno, cada una, y juntas son mayores que la Europa, y algunas están ocupadas de ingleses, holandeses y portugueses, y aquellas naciones son de color loro, ágiles como monos, cobardes, cercanos a la China y después a Filipinas, y entró en el puerto Cantón, frontero de la China, que adoran al cielo, sin entrar dentro, porque no le dejaran salir, y allí conversó con muchos portugueses y otras naciones y médicos de la China, de donde salen muchos estudiantes médicos a curar a las dichas islas y se vuelven cuando quieren, y allí se juntó con dos padres carmelitas, que con unos mercaderes, por tierra, iban a Europa, y fueron atravesando toda la Cochinchina, más de mil leguas, y luego la Armenia cirquesia, de diferentes príncipes cristianos cismáticos, costeando el mar Muerto, muy profundo, sin olas, con cien leguas de diámetro, llegaron a Lepo, ciudad como Sevilla, reino de Turquía; entró en el puerto de Alexandría y se embarcó para Marsella, de Francia, gastando en ver las dichas tierras cerca de diez años; llegó a París como de edad de treinta y cinco años, y traía treinta mil pesos que había ganado; compró el oficio de capellán mayor del duque de Orliens, en diez mil pesos, tenía de renta ochocientos, comida y otros provechos, y le decía misa y a veces le confesaba y le entretenía refiriéndole de las dichas tierras, tratándole de las plantas que tenía en su jardín, de las más provincias del mundo; es Orliens como Madrid, treinta leguas de París, y le asistió seis años, y con la ayuda del Duque consiguió buleto para curar, y le significó el designio que tenía de [177] fundar una Academia francesa para enseñar en lengua vulgar de Francia la filosofía, matemática, artes liberales y los ejercicios necesarios para los caballeros, de esgrimir, subir a caballo, jugar las armas y todo lo militar, para bien de los hidalgos franceses y extranjeros que van a aquel reino del de Suecia, Polonia, Alemania, Inglaterra, Flandes y otras partes, como se enseña en otros reinos, en el tiempo antiguo en Grecia, en los árabes, en Roma, en sus lenguas vulgares, con que Florencia, más que otros el reino de Francia, y aunque pareció bien al Duque y al Consejo de Estado, donde lo propuso, no hubo efecto para fundar las cátedras y escuelas. En este tiempo el cardenal Rocheleu alcanzó del rey para fundar y tener una ciudad en un pueblo y castillo fuerte, donde nació, de su patrimonio, nombrado Rochileu, en que conservaba su antigua nobleza, está en medio de Francia, sesenta leguas de París; y en su obsequio, cien grandes y príncipes de Francia fundaron cien palacios en la nueva ciudad, que hoy poseen los duques de Rochileu, sus herederos; propuso éste su Academia al dicho Cardenal en la nueva ciudad, para grandeza de ella, y el cardenal lloró de contento y alcanzó del rey que una abadía de treinta mil ducados de renta se aplicase para los gastos de la Academia, y envió a Roma por la confirmación, y aunque se opusieron a ello los monjes benitos, vino un consejero de Estado y puso en posesión a los catedráticos, y a éste por director y intendente de la Academia, y se comenzó a enseñar en la lengua vulgar; pusiéronse en las caballerizas cincuenta caballos de la Andalucía y Barbaria, y el primer año hubo doscientos caballeros estudiantes que reconocieron la utilidad y el tiempo que perdieron en estudiar la lengua latina; el segundo año hubo cuatrocientos estudiantes, y los días de fiesta concurrieron cien estudiantes a caballo en la plaza, en que había cuarenta príncipes extranjeros, doscientos piqueros y doscientos mosqueteros, concurriendo a ver la escaramuza de diez y doce leguas en contorno, y aunque el cardenal tenía prevenido renta de imprentar, molinos de papel, con el privilegio de que no se pudiese fabricar en otra ciudad, se descompuso todo, y la abadía con la muerte del Cardenal, y este perdió cuarenta mil ducados que allí había gastado su patrimonio, que vendió, y lo que había ganado en sus dichas peregrinaciones. Pasó a Valencia, ciudad del Delfinado, y allí se graduó de doctor, y en el puerto de Marsella se embarcó con unos mercaderes franceses y fueron a Alexandría de Egipto, que después de su ruina tendrá cuatro mil vecinos y la posee el turco; a dos leguas desemboca [178] el Nilo en el mar, con doscientos pasos de ancho; allí se embarcó y subió el río cien leguas arriba hasta al gran Cairo, que tiene cuarenta mil valles, cuarenta mil templos, cuatro millones de almas, hablan arábigo, casi todos mahometanos, armenios, judíos y griegos, y otras naciones; vivió tres años en casa del cónsul de Francia, diciéndole misa; bajó a Alejandría con unos mercaderes arménicos, griegos y franceses, y allí por el mar Mediterráneo, por el puerto de Jope, y de allí por tierra catorce leguas a Jeruzalén, lugar como Córdova de España, cabeza de reino, con su rey; vivió con unos mercaderes franceses cristianos, dijo misa en el sepulcro, en una capilla del santo, en la Iglesia de la Resurrección que es mayor que la de San Pedro en Roma, allí estuvo un mes, y curó al bajá Mehemet, que después le envió a curar a un hermano suyo bajá de Damasco, distante treinta leguas; en medio está el Jordán, tan ancho como el Guadalquivir debajo de Córdova, y se bañó en él seis días, dos veces en cada uno, y el agua por lo suave y delgada obró con él un prodigio de enderezarle un dedo manco, y no le hubieran permitido bañarse si no fuera por el genícero que llevaba, porque los que concurren del Mogor Persia y otras partes se bañan una sola vez en el año, pagando un grande tributo al bajá; y estuvo cuarenta días en Damasco, ciudad como Madrid, y a una jornada, bajó al puerto de Cayde, y se embarcó para Estimirna, puerto de Éfeso, donde fue obispo San Juan Evangelista, es del turco y tiene padres capuchinos y jesuitas; después se embarcó con unos mercaderes para Constantinopla, ciudad mayor que Madrid seis o siete veces, corte del gran turco, con un admirable puerto; allí asistió tres años curando a los religiosos cristianos y a las soltans, que son más de seis mil, que hay en su palacio, que es, mayor que Lima, con más de cincuenta jardines, donde no entra otro hombre más que los eunucos que son negros todos, y aunque les cortan todas sus partes verendas no se mueren, mostrando la experiencia que los blancos se morían; curó al gran turco de la ceática, con purgas y una ventosa zagada; el cual le envió a curar al despote de Bodayna, reino de Grecia, su tributario, griego cismático, distante doscientas leguas, navegando el Danubio desde Constantinapla una jornada entra en el mar Negro con cuatro bocas, cada una de ancho de una legua; hizo la cura y volvió a Constantinopla, donde cansado de curar peste, que allí casi es continua, se embarcó de secreto en un navío inglés para Lisboa, llevando cincuenta mil pesos en diamantes, perlas y otras cosas, y presentó una lámpara a Nuestra Señora de la Peña de [179] Francia, que está quinientos pasos de Lisboa; curó un capitán español de Cádiz, que en un barco suyo trajo a Castilla más de doscientos mil pesos en ámbar, almizcle, algalia, canela, clavos, pimienta y otras drogas, y éste se embarcó con su caudal, oro y joyas; vinieron costeando, entrando el capitán en cada puerto que quería; llegaron a Arenas Gordas, donde tenía trato el capitán para entrar los dichos géneros en dos galeones holandeses, para que de noche los metedores entrasen los dichos géneros en la ciudad; no hallaron los navíos, porque habían ido a hacer aguada, causa de su ruina, porque el viento sur echó el barco a una ensenada a vista de San Lúcar, donde fueron dos barcos luengos del Consulado, y conociendo que eran de contrabando, lo rindieron, matando cuatro de doce que iban en él, y el reo quedó desconcertado la clavícula del hombro derecho, y de aquella riqueza levantaron las dos partes, echando a el mar cuantos papeles hallaron, porque no se pudiera probar el hurto, en que perdió el reo su caudal y treinta libros suyos manuscritos de los secreptos, gobierno, leyes, costumbres y medicamentos de las naciones referidas, que había visto sus títulos de sacerdote, y el dicho buleto, y solo pudo reservar algunos pocos libros, y entre ellos el de los rudimentos de la lengua francesa y la academia ruchilania, y a media noche les echaron a tierra, encargándoles que negasen que habían estado en Lisboa, porque les darían tormento; el reo pasó a Cádiz, donde se curó, y amparado del doctor Valenciano, en cuatro meses ganó cuatrocientos pesos, y hizo una fe falsa de su baptismo y una información de testigos supuestos de que era borgoñón, por librarse de pagar la farda y de la opresión de los españoles; pasó a Madrid, donde se revalidó y asistió cuatro años con Pedro Robledo, del orden del oratorio católico, capellán del hospital de los franceses, para con el común, de que el reo era sacerdote, y el capellán escribió a su general para que le sacase de Francia sus títulos de sacerdote y buleto para curar, y el reo se acomodó con el virrey Conde Alba para ir a México por su médico de cámara, y en el camino enfermo el reo en Córdova; pasó a Cádiz y a Canarias, donde estuvo dos años y medio, y se embarco con el maestro de campo Castrejón, que llevaba ochocientos soldados a Flandes, y encontrando los ocho navíos ingleses, los llevaron al general, que estaba en Dunas, el cual les dejó pasar a Burquerque, y unos pescadores de noche pasaron por seis pesos a este reo a Calez, donde fue descubierto y le quitaron cien doblones que llevaba en el cuerpo, y otros escapó que llevaba en una botijuela con [180] jarabe de retama; fue a Miens, donde estuvo enfermo cuatro meses, después a París, donde de cuatro meses los dos estuvo enfermo de terciana; buscó a Simón Pélope, amigo suyo, banco para Roma, y le halló, aunque con dificultad, por tener París tres millones de almas; le comunicó sus trabajos y como iba a buscar sus títulos de sacerdote y buleto, el cual le dijo, que les procuraría y pues que se volvía a Canarias se los remitiría, porque era su amigo de cuarenta años y también lo era del padre y la madre de Luis, su sobrino; y Pélope le dijo que se trujiese consigo a Luis, su sobrino, y aunque lo repugnó porque no descubriese al reo, que era sacerdote, hasta a tener sus títulos, lo venció Pélope con que dirían a Luis que el reo era un pasajero y que le llevaría su tío al Perú; así se ejecutó; pasaron a Ruán y se embarcaron en Abastardan y entraron a la isla de Tenerife, donde entregó las llaves de su casa a Luis y recibió carta de Pélope, en que refería haberle enviado por Absterjan y Cádiz los títulos de órdenes y buletos, y que por parecerle que los había recibido, se descubrió con su madre de Luis, de que el pasajero que le había recibido que le había llevado era su tío, y pareció se lo escribiría el mismo Luis, pero el reo nunca se ha declarado con Luis; y ambos vinieron, como vino, para la Habana, Cartagena, por haber tenido noticia que había mucha falta, y con ánimo de volver a España; allí comunicó al padre Herrada, de la Compañía de Jesús (que es el que vino por visitador de las Provincias del Perú), y absolvió al dicho Juan Antonio, calvinista, de la herejía, en confesión sacramental, sin embargo de la cual fue reconciliado, y el reo se confesaba con él, ocultándole ser sacerdote y que no rezaba oficio divino, pareciéndole que dejándole de rezar, no era culpa mortal, porque no decía misa, ni tenía beneficio eclesiástico, y porque María criada que él había traído de Canaria, y Luis, confederados, le robaban, acomodó el padre Valiere, de la Compañía, con él a Juan Antonio, apresado con otros calvinistas, a quienes predicaba para que le sirviesen, y el reo envió a María su criada a Canaria, pagándole su salario, y al despedirse dijo el reo que se guardase de Luis, porque algún día le picaría la víbora que tenía en el pecho, y queriendo el reo pasar al Perú, le dijo el padre Alarcón que trujase en su servicio a Juan Antonio, aunque era hereje, que el padre Herrada estaba en el Perú, y le reduciría a católico, y para este fin lo trujo y aportó a Payta, donde llegó el señor virrey Conde de Santisteban, y le curó de unas tercianas, y la niña doña Teresa, su hija, de lombrices, por lo cual le hizo su médico de cámara [181] y bibliotecario y maestro de gramática de don Manuel, su hijo, al cual ha enseñado muy bien la gramática, lógica, filosofía moral y cosmografía, y comunicó el reo con el dicho padre Herrada como era sacerdote, sin títulos ni testigos, el cual le respondió que ya había paces entre Francia y España, y que se fuese a España y que lo conseguiría fácilmente; y el dicho señor Virrey no le concedió licencia para ir ni salir de su casa, antes le dio el salario y curación del hospital de mi señora Santa Ana, y le ayudó a incorporarse de dotor en esta Universidad, y después le pidió licencia para ir a los pies de Su Santidad y fundar un orden, que había de llamar de los cristianos, y le mostró las constituciones (de que se puso una copia en la causa), cuyo instituto había de ser curar por Dios y de balde a todo prójimo, gentiles, judíos y moros, herejes, católicos, y en especial a los pobres, como doctrina de Christo y sus apóstoles, que así lo hicieron, convertiendo por este medio más gentes que con la predicación, y martirium et virtus ex illo exibat et sanabat omnes; pareciéndole que todas las naciones admitieran esta religión, por llevarles salud y en todas habría noticia de la ley cristiana, y en ellas sería alabado Dios nuestro Señor, y podría ser medio para que fuese unus pastor et unus obile, y éste lo ha visto en la experiencia, en diversidad de tantas naciones, que estiman más un medico o un cirujano que a los religiosos y sacerdotes; siendo así que en la iglesia de Dios, falta este instituto de la curación de balde, estando imitados los demás de pobreza y predicación, etc., y se hallará en sus papeles escrito este instituto y las razones de precepto de Christo: curate infirmos gratis acepistis gratis dater super egros manus imponens et bene habebunt (sic); y San Barttolomé convirtió a un rey y reino, curando al hijo del rey, sin querer recibir la paga; y habiéndolo entendido el Conde de Santisteban, por menor, leyéndose en presencia del padre Bartolomé Onesia y del padre Saavedra, que dieron parecer ser inspirado del Espíritu Santo, y que le amparase su Excelencia, porque no le pidiese Dios cuenta de ello; el Conde tomó a su cuidado favorecer este negocio, y escribió a su Santidad y a algunos señores cardenales, y al embajador de España, de que se guarda respuesta, y le dijo que no era necesario su viaje a Roma, y le permitió vestirse de hábito clerical, por la mayor decencia; vino cédula del Consejo de Indias, negando la fundación y resolución de ella, de haber escrito a Roma si haber primero permiso de su Majestad. Refirió este reo la entrada que tuvo en su casa el dicho Pedro, segundo testigo de su causa, con ocasión de [182] abrirle unas láminas, por razón de las dichas constituciones, comiendo y cenando con el reo, por ser pobre, y por el agasajo que el reo le monstraba, se malquistó con el Luis, su sobrino, y Pedro le reveló como Luis le robaba, y el reo no tenía de Pedro otro conocimiento más de haberle dicho algunos paisanos que era un mozo fuerte y peleador, y que no sabía cuál era la causa de su prisión».

     Habiéndose resuelto se le diese tormento, se le llevó a la cámara, y puesto el reo en la cincha, pareció tener una fuente en el brazo izquierdo (86), y comenzándole a dar la primera vuelta, respondió «quedándose el reo en la cincha y ligado los brazos», por espacio de tres cuartos de hora, o como decían los jueces, «durante cuatro credos», que le desatasen y que iría declarando, en lo que vinieron, dejándole sentado en el banquillo. Después de sus declaraciones, en otra audiencia, el reo «con humildad y de rodillas pidió misericordia».

     «Votose esta causa en definitiva por dos inquisidores, el Ordinario y dos consultores, en cinco de setiembre de 1667 años y todos fueron de parecer que este reo era apóstata, hereje de nuestra santa fe católica, observante de la ley natural de Aristóteles y de la perversa de Epicuro, fautor y encubridor de herejes, y estar incurso en su sentencia de excomunión mayor, y que sus bienes debían ser confiscados y aplicados desde el día que comenzó a hereticar, a quien de derecho perteneciesen, reservando su declaración a este Tribunal, y que el reo sea admitido a reconciliación y salga a auto público de fe, en cuerpo, sin cinto, ni bonete, descalzo, con sambenito de dos aspas coloradas y una vela de cera verde en la mano, y allí le sea leída su sentencia con méritos, abjure formalmente sus errores y toda especie de herejía, y hecha la abjuración, sea absuelto y restituido al gremio de la santa fe católica y sacramentos de ella, y que debe ser condenado en sambenito, cárcel perpetua, en degradación verbal, destierro perpetuo de estos reinos del Perú y villa de Madrid, y remitido a la Inquisición de Sevilla, y entre tanto que haya armada viva con reclusión en la cárcel de penitencia, oiga los días de fiesta misa y sermón, cuando le hubiere en la iglesia catedral de esta ciudad, y vaya los sábados en romería a la iglesia de San Francisco y rece cinco veces el Pater Noster y Ave María, credo y Salve Regina de rodillas, se confiese y reciba los sacramentos de la Eucaristía en las tres pascuas de cada año y quede inhábil para cualesquiera dignidades y oficios, y no traiga oro, seda, paño fino, armas, ni ande a caballo, ni cure en público ni en secreto, sin imponerle otras [183] penas de galeras y azotes por su edad y estado; y su sambenito, con el nombre y patria, sea colocado en la iglesia catedral.

     »Sentenciose esta causa en conformidad de los dichos votos en auto público particular en la iglesia de esta Inquisición, sábado por la mañana, ocho de octubre de seiscientos sesenta y siete años; hizo el reo la abjuración y fue absuelto en diez del mismo octubre; en audiencia se le volvió a leer la dicha abjuración, y fue advertido que volviendo a caer en algunas herejías, incurriría en las penas de relapso; hizo el juramento de secreto y aviso de cárceles, y amonestado, fue entregado al alcaide de las cárceles donde se hacía la penitencia.

     »La república y pueblo de Lima se inquietaron contra este reo, de forma que aun personas de virtud y capacidad se apercibían para quitarle la vida en saliendo a la calle, por lo cual parecía conveniente que él ni los demás de sambenitos saliesen a la calle en más de dos meses, y después salieron con el recato y resguardo necesario. El Arzobispo de Lima pidió las dos imágenes ofendidas (87) de Christo Nuestro Señor Crucificado y su gloriosa madre la Virgen María de la Soledad, de pintura y cuerpo entero, para colocarlas en el monasterio de Agustinos descalzos, donde tiene su entierro, y habiendo el Tribunal venido en ello, se reconcilió el grande aparato que prevenía el Prelado para recibir las santas imágenes, y pareció conveniente entregallas con toda veneración; pusieron el Santo Cristo en unas ricas andas de plata, y Nuestra Señora en otras andas de flores contrahechas, de grande estimación, con sus arcos, y en una solemne procesión muy devota y tierna, de muchas lágrimas, en que llevé el Santísimo Sacramento en un viril, en mis manos indignas (dice unos de los ministros) concurrieron todas las religiones, nobleza y numerosa plebe, despoblándose para venir a verla los lugares circunvecinos, se llevaron las imágenes desde la iglesia de nuestra capilla a la de Santo Domingo, en una tarde y día glorioso para la Inquisición, en que salieron los ministros con sus insignias y luces en la mano, como la numerosa multitud que llevaron las varas del palio; los calificadores cantando el Te Deun laudamus, himnos y salmos, las calles limpias, colgadas con tantas rosas, claveles y flores que arrojaban de las ventanas y techos, que parecían estar alfombradas; a tiempo iba cada uno de los Inquisidores a incensar al [184] Señor Sacramentado. El día siguiente volvió el Tribunal a Santo Domingo, cuya iglesia estaba maravillosamente aderezada con frontales, platas de martillo en los altares, con muchas colgaduras, adornos y muchas luces, donde se dijo una misa cantada y predicó el prior del colegio de Santo Thomás; a la tarde del mismo día fue el dicho Prelado, de pontifical, muy devoto, acompañado de los cabildos, y eclesiásticos y seculares, y en una solemne procesión, y llevó las santas imágenes desde Santo Domingo a la Catedral, donde las tuvo con muchas luces y les hizo tres fiestas con muchas misas y sermones, y después de una procesión más solemne que la del día del Corpus Christis, en que llevó en sus manos el Santísimo Sacramento, concurriendo a ella la Real Audiencia, que gobernaba por muerte del Virrey, los tribunales, cabildo y clerecía, religiones, cofradías y todo el pueblo, adornadas las calles con ricas colgaduras, muchas danzas y lo demás, y fuegos dignos de verse por sus artificios; y ser larga la distancia, y los muchos años del arzobispo, descansó en la capilla de la iglesia de la Inquisición cuando pasó por ella; puestas las santas imágenes en el monasterio, les celebraron personas devotas a porfía un octavario con sus misas y sermones, y las que no tuvieron lugar, se fueron a celebrar a otras iglesias donde había imágenes de Nuestra Señora de la Soledad. Digno es de referirse que en tanto gasto de cera y adorno, no se hizo ninguno en la Inquisición. Pareció referir este suceso por el placer que Nuestra Alteza tendrá, y para gloria de la Divina Majestad» (88).

     El cuarto reo era Luis Legras, alias Luis Grandier, sobrino del doctor y preso juntamente con él, al cual se declaró hereje, apóstata, observante de la ley natural, ateísta, fautor y encubridor de herejes, se le confiscaron sus bienes, y se condenó a que saliese en auto público, en cuerpo, descalzo, en forma de penitente, con sambenito de dos aspas coloradas, vela de cera verde, abjurase de vehementi y fuese reconciliado, desterrado perpetuamente, llevando el sambenito dos años, sin poder cargar en su persona, oro, seda, paño fino, ni andar a caballo.

     Poco después resolvieron también los Inquisidores las causas de Francisco Ramírez de los Olivos, natural de Lima, jesuita, de setenta anos, testificado de solicitante por seis de sus confesadas, a quienes pedía que le tratasen con mucha llaneza. Declaró que nunca había [185] conocido mujer y que si alguna vez había hecho levantarse los vestidos a algunas, había sido «para ver la naturaleza por donde paren los hombres, pero que fue por curiosidad y ver lo que no había visto».

     Juan Ruiz, mulato, por casado dos veces, y Francisco de Valbuena, mestizo, por lo mismo, los cuales salieron en auto público particular en la capilla de la Inquisición.

     Juan Ignacio de Atienza, de Sevilla, de cincuenta años, soltero, que andaba en hábito clerical, que se decía hijo de Felipe IV, profeta de Dios, que había de ser pontífice, y que había engendrado hijos sin conocer a sus madres por un modo que llamaba per noctambulos, al fin fue dado por loco.

     Entendían también por ese entonces en el proceso de fray de Juan de Vargas Machuca, natural de Sevilla, que había tomado el hábito de religioso franciscano en Panamá, y profesado en Lima, maestro por su General, de edad de sesenta años, que había ido tres veces a España y dos a Roma, yendo en la segunda preso por orden del Rey, quien, por cédula oficial lo había recomendado a la vigilancia del Conde de Santisteban como sospechoso de inteligencias con los enemigos de la real corona. Fue acusado por diez testigos, que depusieron contra él, entre otras cosas, que «decía públicamente que las reliquias que tienen los padres de la Compañía de Jesús son huesos de gallinas y de osarios y sepulturas, y que destos se venden muchos en Roma, y que el sancto lignum crucis que tenían dichos padres no era sino un pedazo de azabache, y las demás reliquias eran falsas. Que su vivir ha sido y es escandaloso, que no dice misa, ni la oye entre año, ni acude al coro, ni reza las horas canónicas, come carne los días prohibidos, está continuamente amancebado, con nota y escándalo de su religión, y a una amiga suya, en jueves santo, la prohibió no se confesase, diciéndola que quien lo quería a él, no se había de arrepentir».

     Mandado meter en cárceles secretas, con secuestro de bienes y papeles, fue después trasladado a la Recolección de su Orden en Lima.

     Pertenece también a esta época un ruidoso suceso ocurrido en Trujillo por los años de 1681. Había en aquella ciudad un convento de monjas, cuyos confesores eran los franciscanos, y como se dijese un día que algunas de aquellas estaban endemoniadas, ocurría el pueblo a verlas y sacerdotes a examinarlas. Allí era de ver las contorsiones, gestos y saltos que hacían las poseídas, y de cómo hablaban en latín y respondían por su boca los demonios tales y cuales. Pero no faltó un [186] jesuita travieso que persuadido de que todo aquello era una bonita farsa para encubrir hechos escandalosos, que bien pronto habían de traducirse en resultados... se presentase también a exorcizar a alguna de las endemoniadas. De paso para el convento, metió en una bolsita que llevaba de antemano preparada, un estiércol de caballo que encontró en el camino; hizo llamar a una de las monjas que parecía más atormentada, y colgándole al cuello la bolsita le dijo que bien pronto había de sentirse aliviada, pues allí se contenía una reliquia muy milagrosa que estaba destinada a obrar maravillosos efectos en casos semejantes; y así fue, en efecto, porque bien pronto la dama dijo sentirse muy mejorada.

     Con el informe que el jesuita hizo al Santo Oficio, se mandó prender a dos de las madres y se cambiaron los confesonarios (89). [187]



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Capítulo XXI

Relaciones de los Virreyes con los Inquisidores. -Miembros del Tribunal. -Retardos que sufren las causas. -Diferencias entre los Inquisidores. -Causas de poligamia. -Otros procesos. -Reos despachados en la Sala del Tribunal. -Causas de hechiceras. -Pedro Gutiérrez encausado por judaizante. -José de la Cruz intenta fundar nueva secta. -Otros procesos. -Reos penitenciados desde 1707 hasta 1713. -Causa del jesuita Martín Morante. -Id. de José de Buendía. -Procesos seguidos a otros religiosos. -Id. contra brujos o hechiceras. -Reos despachados desde 1713 hasta 1721.

     El virrey, Duque de la Palata, que llevara su desdén por el Santo Oficio hasta negar a sus ministros la visita que era de estilo, tuvo por sucesor al Conde de la Monclova, tan afecto, por el contrario, a las cosas de la Inquisición, que no contento con ir en persona a cumplir con aquella ceremonia, se hizo acompañar para ella de toda su familia, gastando largo tiempo en examinar las oficinas y salas que podían verse; deprimió en algunas ocasiones la autoridad de la Audiencia en obsequio del Tribunal y aún logró que mediante sus empeños, se leyesen en la Catedral los edictos de la fe, siendo que por las diferencias ocurridas con el Cabildo Eclesiástico, hacía cuarenta años a que no se cumplía con semejante formalidad.

     Veíase así, como bien lo reconocían los Inquisidores, que cuando contaban con el apoyo de los Virreyes, que por la suma de poder que investían dentro de los límites de los territorios colocados bajo su dirección, en nada inferior al del mismo soberano, luego cobraban vuelo; y que por la inversa, cuando la voluntad de aquellos les era desfavorable, estaban obligados a guardar más miramientos a todo el mundo y proceder en su oficio con más cautela. Por esto, decía Varela, y con razón, «cuánto crece y ha crecido en estos reinos la veneración a este [188] Tribunal, por providencia divina, para exaltación de nuestra santa fe, tanto ha crecido la envidia de los otros, y el escudo de todas nuestras defensas le hemos labrado de los auxilios de los Virreyes» (90).

     Por el mes de abril de 1701, falleció en el pueblo de Sinsicapa, del obispado de Trujillo, José de Burrelo, que venía como inquisidor, y en agosto del año siguiente, Varela, que hacía de más antiguo; quedando solos en el despacho Gómez Suárez de Figueroa, y como fiscal, Francisco de Ponte y Andrade, hallándose ambos en el más deplorable estado de salud. Suárez, desde 1697, en que había llegado de Cartagena, donde, como hemos dicho, había permanecido siete años a cargo de aquella Inquisición, además de su avanzada edad, solía sentirse tan apretado del asma, que en dos ocasiones estuvo sacramentado, sin encontrar más remedio a su enfermedad que abandonar la ciudad y salir a buscar en sus inmediaciones clima más favorable (91). La situación del fiscal era todavía peor. Desde que llegara a Lima le había postrado la gota de tal suerte que en noviembre de 1704 se contaban veintidós meses a que no salía a la calle y catorce a que no bajaba de sus habitaciones al Tribunal.

     Con esta situación de los ministros, el despacho de las causas no solo sufría retardos, sino que a veces se paralizaba por completo, y aunque las de fe no eran por entonces de consideración, con motivo de un breve de Alejandro VII y un auto del Consejo de 26 de diciembre de 1666, que radicaban el conocimiento, tanto de las fiscales como de las de patronatos de censos en la Inquisición, los negocios civiles sobrepujaban ya a los del mismo orden que se tramitaban en la Audiencia, siendo el valor de los censos en la ciudad y cinco leguas en contorno de cerca de millón y medio de pesos (92). Por estas circunstancias, manifestaba Suárez de Figueroa al Consejo que se requerían en lo de adelante ministros versados, de proporcionada edad, salud y fuerzas, que pudiesen aplicarse con eficacia al despacho de tantos asuntos.

     La resolución que esta advertencia mereció no fue, sin embargo, de las más acertadas, ascendiéndose a inquisidor a Ponte Andrade, y nombrándose en su lugar a Gaspar Ibáñez de Segovia, que había pasado al curato del Callao, después de servir él de Chilca, «donde me retiró, [189] contaba, el deseo de abandonar el arduo camino de escuelas y cátedras, que seguí por espacio de veinte años, vistiendo la beca de colegial mayor de San Felipe el Real de Lima, donde fui dos veces su rector, y desde donde obtuve la cátedra de Digesto viejo en esta Real Universidad, que regente por tiempo de más de diez años y dejé por lograr el estado sacerdotal que ansiosamente deseaba, en más quietud que permite la turbulenta fatiga de la palestra literaria».

     Junto con estos nombramientos entró la cizaña en el seno del Tribunal. Los títulos de los nombrados eran de igual fecha, pero Ibáñez recibió el suyo de manos de un pasajero y no por la vía ordinaria de los galeones, siendo admitido en el acto a jurar su cargo. Junto con esto, mandó Suárez de Figueroa que se quitase a Ponte Andrade su asiento en la sala y en la capilla, y que el receptor no le pagase su sueldo. Llegó al fin el título a Ponte, y como estaba tullido, hizo que como antes solía acostumbrarlo, le bajasen en una silla sus criados y que le colocasen al lado derecho del asiento que ocupaba Suárez, antes de que alguien llegase a los estrados para presenciar el espectáculo del mísero estado en que se hallaba, Suárez, que aquel día tenía anunciado que no asistiría a la audiencia, fue llamado en persona por Ibáñez, y entrando al parecer muy colérico en la sala, comenzó por decir que Ponte «se bajaba al Tribunal sin más ni más».

     Estos procedimientos de Suárez no tenían, sin embargo, más objeto que obtener para su amigo Ibáñez la antigüedad del título, que, además de las prerrogativas inherentes al cargo, le permitiría gozar de un aumento de mil cuatrocientos pesos de sueldo, de capellanías, limosnas, dotes de doncellas y de monjas, etc.

     Y una vez que Ponte Andrade se persuadió de los procedimientos de que era objeto, no tuvo ya interés alguno en callar al Consejo la conducta de sus compañeros, y así le refería: «Para que Vuestra Excelencia sepa qué letrados son los dos, digo el caso siguiente. El día 26 de agosto bajé al Tribunal, y sabiendo que estaba pendiente la causa de Alejandro de Vargas, pedí el proceso para tenerlo visto para el tiempo de la sentencia; hallé que don Gaspar Ibáñez había recibido las denunciaciones como inquisidor, por ausencia de don Gómez, y luego después pidió clamosa e hizo oficio de fiscal en la misma causa, y habiéndole dicho yo como había hecho aquello, pues habiendo hecho oficio de juez, no podía hacerlo de fiscal, me respondió que don Gómez le había dicho que no importaba. Si esto hallé en el primer proceso, ¡cómo estarán [190] los demás! El lugar está desesperado y los ministros del oficio de secuestros, porque no hay despacho de lo civil» (93).

     Las causas de fe, hemos referido ya, no asumían por este tiempo la gravedad de ocasiones anteriores, siendo las más importantes las de poligamia y superstición: «las de aquesta calidad son muchas, expresaba Suárez de Figueroa, y aunque por lo inconexo y singularidad de las testificaciones, no se hace aprecio de algunas para seguir hasta definitiva, todas son prolijas, multiplican las tareas y dan bastante que hacer a los ministros del secreto» (94).

     Estas últimas que apuntaba el Inquisidor, habían cundido especialmente en el distrito de Quito, de donde el Obispo escribía que después de tener origen en los indios, habían pasado a contagiar a los españoles por el comercio y comunicación que tenían con ellos; para cuyo remedio proponía que la jurisdicción del comisario de la capital se extendiese hasta proceder al castigo de los delincuentes, que siendo en la mayor parte pobres, no había medios con que costear su remisión hasta Lima (95).

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