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[443] La Imprenta en Guadalajara[445] La fecha de la introducción de la imprenta en Guadalajara ha merecido disquisiciones de cierta valía a algunos escritores mexicanos. Don Agustín Rivera, el primero que trató de la materia, la refería a los años de 1795 (439). Don Alberto Santoscoy, partiendo de la base de que obras de escritores radicados en Guadalajara habían sido impresas fuera de la ciudad, especialmente en México, aún en 1792, y de que los Elogios fúnebres del obispo Alcalde pronunciados en la Catedral en principios de noviembre de ese año, fueron dados a luz allí en 1793, dedujo que la imprenta debió haberse establecido a fines de noviembre o principios de diciembre de 1792, y, a más tardar, en los comienzos del año inmediato siguiente (440). Posteriormente, habiendo descubierto la fe de matrimonio del primer impresor, don Mariano Valdés Téllez Girón, de la que aparecía haberse éste avecindado en Guadalajara a mediados de diciembre de 1792, llegaba a la conclusión de que esa debía considerarse como la fecha de la introducción de la imprenta, que así venía casi a coincidir con la de la fundación de la Universidad, abierta el 3 de noviembre de aquel año (441). Como se ve, ninguno de estos escritores ha llegado a conclusiones definitivas y comprobadas. Y ello se explica, porque careciendo de los documentos del caso, han debido proceder por meras conjeturas. Vamos a expresar ahora lo que al respecto sabemos. [446] Es un hecho que antes de 1792, autoridades y particulares de Guadalajara habían solicitado de algunos impresores de México que fundasen allí una imprenta, y que ninguno había aceptado, «sin embargo de las ofertas que se les hicieron» (442). Por fin, don Manuel Antonio Valdés, que en México editaba la Gaceta, resolvió tomar la empresa de su cuenta. Al efecto encargó a Madrid, valiéndose de don Gabriel de Sancha, sin duda deudo del famoso impresor don Antonio, fundiciones nuevas y todo lo necesario, que envió a Guadalajara a cargo de su hijo don Mariano Valdés Téllez Girón, para que estableciese la imprenta en aquella ciudad (443) . Una vez con su material allí, Valdés se presentó a la Audiencia en solicitud de que se le permitiese abrir su taller, -autorización que obtuvo por decreto de 7 de febrero de 1792- y, junto con eso, privilegio perpetuo y exclusivo para que ningún otro pudiera imprimir en la ciudad sin su autorización. El fiscal, a quien se dio vista de todo, manifestó que las atribuciones del Presidente de la Audiencia no se extendían a tanto, y, en conformidad a este parecer, se dijo a Valdés que ocurriese a la Corte en demanda de lo que pretendía. En esta virtud, Valdés presentó al Rey, por medio de apoderado, la siguiente solicitud: «Señor: -Don Mariano Valdés y Girón, vecino de la ciudad de México, a los reales pies de Vuestra Majestad, expone: Que deseando ser útil a la nación y contribuir con todas sus fuerzas a la felicidad pública con el uso y fomento de la imprenta, careciendo de este beneficio la ciudad de Guadalajara, en Indias, se propuso el objeto de establecerla y fomentarla con primor llevando fundiciones nuevas y todo lo necesario desde esta Corte para su surtido; pero haciéndolo a su costa y siendo imponderables los gastos que es indispensable hacer, no siendo al mismo tiempo justo que consumiese sus caudales sin esperanza probable de alguna utilidad o recompensa, ocurrió al Presidente de la Real Audiencia de aquella ciudad, solicitando la licencia correspondiente con privilegio perpetuo y exclusivo para que ningún otro pudiese imprimir. »El Presidente, con lo expuesto por el fiscal, a quien se pasó, conoció desde luego la utilidad de este proyecto y dio licencia para su establecimiento, pero no teniendo facultades para conceder el privilegio referido, señaló al que expone el término de tres años para que implorase esta gracia de V. M., como aparece del testimonio que acompaña. »La imprenta, señor, es uno de los mejores inventos que conoce la humanidad y facilita la instrucción. La provincia de Guadalajara no ha llegado a conocer este beneficio. El suplicante ofrece establecerla a su costa. Es bien notoria la utilidad que resultará a aquella población y sus vecinos, pero es necesario invertir crecidas cantidades, y no debiendo consumir su [447] patrimonio sin alguna seguridad, tampoco podrá verificarse sin el privilegio exclusivo que ha propuesto. De este modo conseguirán sus moradores un beneficio de que no han gozado jamás; el que lo proporciona no se expondrá a perder sus caudales con la plantificación de otras imprentas, y no llegará a seguirse perjuicio al público, hallándose por este medio bien surtido y a precios cómodos, según los aranceles que gobiernan en México, u otros que se aprobasen por aquella Audiencia o su Presidente. »El costo excesivo de este proyecto y la franqueza y liberalidad con que el exponente ofrece proporcionarlo, le hacen acreedor a esta gracia por vía de recompensa o de seguridad a los fondos que invierte; y por lo mismo, suplica rendidamente a Vuestra Majestad que, en vista del referido testimonio y demás que se ha expuesto, se digne de concederle privilegio perpetuo y exclusivo para que, poniendo imprenta nueva y bien surtida en dicha ciudad de Guadalajara, ninguna otra persona pueda imprimir papel alguno en ella sin consentimiento expreso del suplicante. Así lo espera de la inalterable bondad de V. M., en que recibirá merced. »Madrid, 4 de Julio de 1792. -Señor, a los reales pies de Vuestra Majestad-. En virtud de poder. -Gabriel de Sancha-. (Con su rúbrica)». Pasose el pedimento en vista al fiscal del Consejo de Indias, el cual fue de opinión que el privilegio se concediese a Valdés por diez años a lo más, y en esta conformidad se dictó la real cédula que sigue: «El Rey. -Presidente de mi Real Audiencia de la provincia de la Nueva Galicia, que reside en la ciudad de Guadalajara. Por parte de don Mariano Valdés y Girón, vecino de México, se me ha representado con documento, en cuatro de julio de mil setecientos noventa y dos, haber ocurrido ante vos solicitando establecer en esa ciudad una imprenta a su costa, fomentándola con primor y fundiciones nuevas y todo lo necesario, llevándolo de esta Corte, para lo cual había pedido privilegio perpetuo y exclusivo, a cuya primera parte condescendisteis, conformándoos con lo expuesto por el fiscal de lo civil, en decreto de nueve de febrero del citado año, debiendo, en cuanto a la segunda, acudir a mi Real Persona, concediéndole, a este efecto, el término de tres años; y en su consecuencia, descendiendo a manifestar que la imprenta era uno de los mejores inventos de la humanidad para facilitar la instrucción, ofreciendo establecerla en bien y notoria utilidad de esa población, y que siendo necesario invertir crecidas cantidades, y no debiendo consumir su patrimonio sin alguna seguridad, no podría verificarlo sin el privilegio exclusivo que se había propuesto y sin perjuicio del público, a quien ofrecía surtir a precios cómodos, según los aranceles que gobernaban para México u otro que aprobarais o esa Audiencia, cuya gracia concluyó pidiéndola. Visto en mi Consejo de las Indias, con lo expuesto por mi fiscal y consultándome sobre ello en veinte y ocho de febrero de este año, he resuelto conceder al enunciado don Mariano Valdés y Girón la facultad de establecer imprenta en la nominada ciudad de Guadalajara, con privilegio exclusivo por término de diez años, pero con tal de que no haya en ella otra imprenta establecida, por ser así mi voluntad. »Fecha en Madrid, a diez de Agosto de 1793. -Fecha por duplicado-. Refrendada del secretario don Antonio Ventura de Taranco.» [448] Valdés, a pesar de que, como queda dicho, había obtenido autorización para abrir la imprenta en los primeros días de febrero de 1792, no llegó allí, con su taller hasta principios de 1793 (444) y lo estableció en la plaza de Santo Domingo. El trabajo que le llegó fue muy poco. Convites, «conclusiones para actos de licenciatura y de borla», y quizá alguna novena, era todo lo que se le había encargado», de tal manera, decía, que en muchas ocasiones están las prensas sin ejercicio y los oficiales sin tener en qué ocuparse» (445). El desencanto resultaba tanto mayor, cuanto que para dotar mejor el establecimiento, había hecho llevar de México, a mediados de 1795, un encuadernador instruido en todo género de pastas y un abridor de láminas y sellos. (446) En esas circunstancias le llegó la real cédula de 10 de agosto de 1793. Con vista de ella, Valdés se presentó a la Audiencia en 5 de enero de 1795 exponiendo la condición precaria en que se hallaba, que estaba muy lejos de corresponder a los gastos crecidos que había hecho y al poquísimo trabajo que tenía, solicitando, en conclusión, que el privilegio se extendiese a las cartillas, catecismos y añalejos del rezo: lo que, después de los informes del caso, se aprobó y comunicó al Rey por el gobernador don Jacobo de Ugarte y Loyola en 17 de septiembre de aquel año. Tramitado el asunto, se resolvió que, en vista de hallarse interesados en esos privilegios varias corporaciones y particulares, y que de otro modo no podría subsistir la imprenta en Guadalajara, el Virrey Iturrigaray propuso, en carta de 27 de diciembre de 1804, que se adoptase el temperamento de que Valdés pagase «una corta pensión en señal y reconocimiento de los derechos recibidos», y así se resolvió por real orden de 7 de julio de 1807, para que los interesados se compusiesen amistosamente. (447) [449] Poco antes, en 1795, había obtenido el título de impresor del Consulado; mas, cuando llegó la real orden que acabamos de citar, Valdés había sido atacado de tan violenta epilepsia que, hallándose imposibilitado para el trabajo, su padre hubo de llevárselo, junto con su familia, a México (448). Ocurría esto a fines de 1807, según parece (449). El taller continué durante algunos meses del año siguiente, sin nombre de impresor, hasta que en ese mismo año pasó a poder de don José Fructo Romero, no sabemos si por compra o en qué términos (450). Romero falleció de un ataque repentino y fue enterrado en la iglesia de San Felipe el 22 de febrero de 1820. Había nacido en Torrecampo de los Pedroches, en Castilla. A su muerte la imprenta siguió a cargo de sus herederos y de su viuda, doña Petra Manjarrés y Padilla, de cuya exclusiva cuenta quedó, según resulta de los pies de imprenta, en el mismo año de 1820, y la tuvo a su cargo hasta marzo del siguiente, en que creemos pasó a poder de D. Mariano Rodríguez (451). [451] La Imprenta en Veracruz[453] No hay hasta ahora antecedentes positivos para determinar con precisión cuándo y por quién se introdujo la Imprenta en Veracruz. El primer trabajo tipográfico de esa ciudad que, tanto el doctor D. Nicolás León como nosotros, hayamos visto, es de 1794. Hay, sin embargo, un dato que pudiera, a ser exacto, adelantar en diez años por lo menos aquella fecha. En efecto, en las páginas 38-40 de la Gazeta de México correspondiente al 25 de febrero de 1784, se ha insertado la Copia de una carta escrita por un tratante residente en la plaza de Argel, etc., que lleva al pie la siguiente nota: «Es copia a la letra de la que corre impresa en la Plaza de Veracruz». Queda por averiguar cómo debe entenderse esta última frase. ¿Se trataba de una pieza impresa efectivamente allí, o la reproducción se hacía en la Gazeta, de la carta que impresa corría en Veracruz? Nosotros nos inclinamos a esta última interpretación, porque en realidad sería un hecho muy singular que no hubiese llegado hasta nosotros una sola muestra del arte tipográfico veracruzano de los diez años transcurridos desde 1784 a 1794, y eso suponiendo que la Carta de la fecha indicada fuese la primera pieza publicada allí, cuando poseemos no pocas impresas desde 1791, algunas de bien pocas páginas y de tamaño diminuto. El hecho es que el primer impresor veracruzano conocido es don Manuel López Bueno, a quien Beristain llama «natural y vecino de la ciudad y puerto de Veracruz, benemérito allí de las bellas artes». Palabras del bibliógrafo mexicano que acaso indiquen que López Bueno, además de impresor, fue también grabador y pintor. [454] De lo que no puede caber duda es de que en 1795 obtuvo el título de impresor del Consulado, y que en 1805 se hizo periodista, editando e imprimiendo a la vez el Jornal de Veracruz. Con esto se está dicho que no era hombre vulgar, y que tomaba bastante interés en la cosa pública lo acredita el hecho de que años más tarde interpuso recurso de nulidad de la elección hecha para oficios del Ayuntamiento. López Bueno ejerció allí su arte por lo menos hasta 1812, último año en que aparece su nombre al pie de algún impreso, y como esa fecha coincide con su instancia para anular las elecciones capitulares, es de sospechar que por causas políticas hubo de salir de Veracruz, o al menos abandonar las tareas de impresor. ¿O falleció acaso en aquella fecha, y por esa circunstancia no se puso su nombre en los pies de imprenta? No sabríamos decirlo. Es de notarse a este respecto que en los años posteriores hasta el de 1820, en las portadas se ve simplemente «impreso en Veracruz». El hecho es que en aquel año se ven salir de las prensas de Veracruz folletos en los cuales se leía: «Imprenta Constitucional» e «Imprenta de Priani y Quintana», que quizás fuesen una misma. Respecto de esta última, sólo sabemos que los tipógrafos a quienes pertenecía estaban asociados. [455] La Imprenta en Santiago de Cuba[457] «En el Redactor de Cuba de 22 de junio de 1844 se dice que el primer periódico que se publicó en la ciudad de Cuba fue en 1796, y aún antes otro que redactó don José Villar: en el artículo citado se asegura que el primer papel se llamó el Amigo de los Cubanos y que lo redactaron don José Villar y don Joaquín Navarro en 1805. De todos modos, el nombre del señor Villar está reconocido por ser el primero que dotó a la parte oriental con un papel periódico. »Parece, no obstante, que la imprenta se introdujo en la parte oriental por don Matías Alqueza y que fue en 1792 cuando lo hizo. Como en La Habana, las primeras publicaciones se redujeron a novenas de santos y algunos sermones, entre los que se citan con distinción los del presbítero don Félix Veranes, el cual fue uno de los primeros redactores de las Memorias de la Sociedad Patriática de La Habana y mereció aplauso de elocuente y buen patricio. Tenemos sermones del mismo presbítero impresos en Puerto Príncipe y pronunciados ante el Real Acuerdo, recién establecido en esa ciudad, capital del centro de la Isla (452). »En la página novena del tomo segundo de esta obra se dijo lo siguiente, con referencia a datos de un periódico de Santiago de Cuba: «Parece no obstante que la imprenta se introdujo en la parte oriental por don Matías Alqueza y que fue en 1792 cuando lo hizo». No he olvidado que mi amigo y apreciado discípulo don Ambrosio Valiente, en la página 30 de su interesante «Tabla cronológica de los sucesos ocurridos en la ciudad [458] de Santiago de Cuba» (453), dice: «Introducción de la imprenta, 1698. -Introdúcese la imprenta en esta ciudad, primera que se establece en la Isla.» Y, sin embargo, cuando se escribió el capítulo XXVII de mis Apuntes no se había publicado la obra de Valiente, ni he visto impreso alguno anterior a 1792, ni tenía dato que demuestre que existía otra que la llevada por don Matías Alqueza. »Don Félix Veranes, natural de Santiago de Cuba y el primer redactor de las Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, servía en la armada como capellán, y fue uno de los socios más laboriosos y activos: a él se supone el empeño de hacer que Alqueza se decidiera a llevar una imprenta a Cuba, en la que se imprimió un sermón del mismo Veranes, y fue la primera obra que imprimió dicha oficina: el mismo Valiente lo consigna en estas palabras, página 34: «1792. Junio, don Matías Alqueza introduce una (no dice la, ni otra) imprenta: imprímese en ella un sermón del doctor don Félix Veranes, natural de esta ciudad de Santiago de Cuba.» «La nota cronológica que se acaba de copiar indica que si la imprenta se introdujo en 1698, no pudo sostenerse, porque en 1792 la llevó Alqueza: sería conveniente ratificar este punto, que, demostrado, daría a Cuba el honor de ser una de las primeras provincias americanas en que se conociera el arte de imprimir» (454). Tal es lo que los autores cubanos que conocemos han dicho acerca de la introducción de la imprenta en Santiago. A nuestro juicio, carece de fundamento la aserción de Valiente de haberse fundado allí la primera imprenta en 1698. Ese aserto no está basado en hecho o papel alguno que lo compruebe. La escasa importancia de aquella ciudad en ese entonces, fines del siglo XVII, hace, por lo demás, inverosímil semejante aserto. Bachiller, que se inclina también manifiestamente a sostener la negativa, avanza en las palabras que hemos transcrito un antecedente digno de tomarse en cuenta, pero que es lástima no lo haya justificado, cuando expresa que no había visto impreso alguno hecho en Santiago anterior a 1792. ¿Por qué, tratándose de semejante discusión, no citó el título de alguno de esos papeles? Circunstancia tanto más de extrañar cuanto que en su libro hace la enumeración cronológica de los impresos cubanos. No sabemos cómo disculpar semejante omisión, pero sin duda que aquella afirmación tiene mucho de probable. El redactor del Catalogue Andrade, al mencionar bajo los números 1827 y 1828 dos Pastorales del obispo de Santiago don José de Echavarría y Elguesúa, dadas a luz sin lugar ni año, declara que fueron impresas allí en 1771: dato que es a todas luces falso, como que ambos documentos salieron de las prensas de La Habana. [459] Queda, pues, en pie la aserción de Bachiller y Morales de que la introducción de la imprenta en aquella ciudad no tuvo lugar antes de 1792. Nosotros estamos en posesión de un dato que nos permite aseverar ese hecho como indubitable. En efecto, el obispo de Santiago don Joaquín Oses de Alzúa publicó allí una pastoral sobre la vacuna y en la carta con que la acompañó al Rey, que lleva fecha 4 de enero de 1804, dice que la hizo imprimir «de letra que llevó de estos reinos (España) con el fin de que la hubiese en aquella ciudad» (455). Es evidente, por lo tanto, que antes no había en la ciudad imprenta alguna. Queda por saber cuándo llegó el prelado al asiento de su diócesis. Su antecesor don Antonio Feliú y Centeno falleció a mediados de 1791 (456), pero el autor de quien tomamos esta noticia no expresa el día en que Oses se posesionó de su silla, que no pudo ser antes de principios del año inmediato siguiente. La imprenta, agregaremos, se estableció en el Colegio Seminario, y estuvo a cargo de don Matías Alqueza, cuyo nombre aparece en las portadas de los impresos santiagueños por lo menos hasta 1808. [461] La Imprenta en Montevideo[463] Los Ingleses ocupan a Montevideo el 3 de febrero de 1807. -Establécese una imprenta en la ciudad. -Corta duración que alcanza. -Venta de esa Imprenta a la Casa de Expósitos de Buenos Aires. -Alarmas que producen entre los oidores las publicaciones inglesas. -Bando que se dicta prohibiendo su circulación. -Causas que para ello influyeron, Carlota Joaquina de Borbón resuelve enviar una imprenta a Montevideo. -Oficio con que la remite al Cabildo. -Contestación de éste. -Cortas noticias que se tienen del personal de ese establecimiento tipográfico. Montevideo caía en poder de los ingleses, después de heroica resistencia, en la madrugada del 3 de febrero de 1807. En el séquito de comerciantes, y hasta poetas que acompañaba a la expedición de Sir Sarmiel Auchmuty, venía cierto individuo que luego de ocupada la plaza se propuso poner en movimiento una imprenta que había hecho embarcar en Inglaterra. Auchmuty no sólo le concedió autorización para ello, sino que desde luego se manifestó decidido a prestarle la protección oficial; pero fueron tantos los inconvenientes y dificultades con que se tropezaba para que pudiera iniciar sus tareas el establecimiento, que iban corridos más de cuatro meses desde que la ciudad estaba bajo el dominio inglés y aún no se podía comenzar la impresión de los avisos que el comercio reclamaba con urgencia, ni siquiera la de las piezas oficiales más indispensables. El industrial inglés instaló, por fin, su taller en la casa que llevaba el número 4 de la calle San Diego, y en los primeros días de mayo de ese año de 1807 tenía el público la satisfacción de ver circular el primer impreso dado a luz en la ciudad. Continuó sus tareas el impresor hasta el 11 de julio, en que hacía repartir el último extraordinario de la Estrella del Sur, de que era redactor [464] Mr. T. Bradford (457), anunciando la capitulación celebrada por Whitelocke después de la derrota de Buenos Aires, ratificada el 7 de aquel mes, y en virtud de la cual, como es sabido, debían las tropas inglesas evacuar a Montevideo en el preciso plazo de dos meses. En consecuencia de este pacto, el 9 de septiembre se embarcaron los últimos marineros de la escuadra inglesa con dirección a Spithead. En virtud de la capitulación a que nos hemos referido, las propiedades inglesas fueron respetadas por los españoles. El propietario de la Imprenta, a quien de ninguna manera convenía llevar a su patria la que tuvo establecida en la ciudad, no logró fácilmente encontrar comprador; pero al fin se puso al habla con los directores de la Casa de Expósitos de Buenos Aires y convino en venderles el establecimiento con todo lo que encerraba, prensa, tipos y utensilios en la suma de cinco mil pesos, que debían pagársele en cascarilla, a razón de doce reales cada libra. Ajustado el negocio en esa forma, procediose a desarmar la prensa y a encajonar los tipos, y ya el 29 de septiembre, cuando iban transcurridos sólo veinte días desde que los últimos buques de la escuadra británica se alejaban de su fondeadero, se procedía a embarcar en la balandra «Copiango», con destino a Buenos Aires y a cargo de don Francisco Trelles, la Imprenta que se llamó de la Estrella del Sur por la más importante y conocida de sus producciones (458). La existencia del establecimiento tipográfico inglés no había podido ser más efímera, pues apenas si enteró dos meses cabales, a contar desde el 11 de mayo de 1807 hasta el 11 de julio del mismo año, primero y último día, según puede verse en el texto de esta bibliografía (459), en que vieran la luz pública sus producciones. Es probable que en el negociado de la compra del establecimiento por los Expósitos hubiese mediado una razón de estado. Las autoridades españolas de Buenos Aires y especialmente la Audiencia, habían observado con la más profunda alarma el movimiento del taller tipográfico inglés de Montevideo. Comprendían perfectamente que la imprenta era una arma terrible en manos extranjeras, que podía, poco a poco, pero con seguridad instruir a los colonos del abatimiento en que vivían, hacerles conocer sus derechos y su fuerza, incitándoles, más o menos descubiertamente, a la [465] revuelta. A tanto llegaron las alarmas suscitadas en la Audiencia, que ésta, en 12 de junio de 1807, es decir, cuando no habían circulado más que tres números de la Estrella del Sur, hacía imprimir y publicar con gran aparato en Buenos Aires el bando siguiente: «Por cuanto, decía, desde que los enemigos de nuestra santa religión, del rey y, del bien del género humano emprendieron la conquista de la plaza de Montevideo trayendo tropas de los puertos de Inglaterra, escogieron: entre todas sus armas, como la más fuerte para el logro de sus malvados designios, la de una imprenta, por medio de la cual les fuese fácil difundir entre los habitantes de esta América especies las más perniciosas y seductivas...; y siendo cierto que habiendo establecido dicha imprenta, han empezado ya a dar al público papeles difusos, llenos de noticias falsas y comprensivos de ideas las más abominables, hasta el extremo de suponer su infame y herética secta poco o nada diferente de la sagrada religión que profesamos, incluyendo otras no menos injuriosas a nuestro gobierno... [466] Por tanto, y sin embargo de la segura confianza que tiene el Gobierno de que ningún vasallo católico, amante de su religión y de su rey, pueda dejar de mirar sin la mayor indignación, como lo han hecho siempre los habitantes de esta capital, unas máximas que bajo las fingidas apariencias de felicidad, envuelven nuestra ruina espiritual y temporal; se prohíbe a toda clase de personas, sean del estado o condición que fuesen, el que puedan introducir en esta capital, ni en otro pueblo del distrito de este virreinato las gacetas inglesas de Montevideo; leerlas en público o privadamente, ni retenerlas el más corto espacio de tiempo, debiendo todas las que por cualquier modo o arbitrio llegaren a introducirse entregarse inmediatamente en esta capital al señor Regente; en las cabeceras de provincia, a los señores Intendentes, y en los demás pueblos a los jueces y justicias de ellos, cuidándose por todo de su remisión a este Tribunal; en la inteligencia de que si alguno no lo ejecutase, será tratado como traidor al Rey y al Estado, y se le impondrán irremisiblemente las penas correspondientes a este atroz delito, conminándose con la misma a todas las personas que teniendo noticia de que alguno conserva en su poder, lee o manifiesta dichas gacetas, no lo denunciase prontamente». Se ve, pues, que el celoso Tribunal calificaba nada menos que de reos de delito atroz y de traidores al Rey y al Estado a los individuos que guardasen, circulasen o leyesen, pública o privadamente, cualquiera de los impresos ingleses de Montevideo. Cierto era que tales escritos provenían de súbditos de una nación enemiga en aquellas circunstancias, herejes por añadidura; pero no lo es menos que, en el fondo, bien se dejaba comprender que los oidores no temían tanto a las sugestiones del enemigo o del sectario, cuanto a la propaganda revolucionaria que esos escritos podían levantar o fomentar siquiera en el espíritu de los criollos del virreinato. Había, pues, razones sobradas para considerar de conveniencia indisputable la adquisición de una arma poderosa y temible a la vez, como había sido y podía en parte continuar siéndolo aquella imprenta. A estas razones veníase a agregar que el surtido de tipos con que contaba el taller de los Expósitos estaba distante de ser considerable, ni siquiera medianamente capaz de bastar a las necesidades que en él se hacían cada día sentir: doble fundamento que servirá para explicarnos aquella compra hecha a los ingleses por una institución oficial. Veamos ahora cómo tuvo lugar la fundación de la segunda imprenta con que contó Montevideo antes de finalizar el año de 1810, límite a que alcanza la presente bibliografía, y para ello oigamos el testimonio de uno de los principales actores en aquel hecho. «Desde el momento en que los disidentes de Buenos Aires se apoderaron del mando y establecieron su Junta Suprema, cuenta don José Presas, decretaron también la libertad de imprenta, por cuyo medio, no sólo propagaron las ideas que creyeron más propias para realizar su sistema, sino que llenaban de dicterios, de calumnias e invectivas al Gobierno y habitantes de Montevideo. Entonces fue necesario también hacer frente a este género de guerra, tan terrible algunas veces como la que puede hacerse con las armas. Estuvieron por algún tiempo sin que se les pudiese contestar, [467] porque en Montevideo no había imprenta, ni en el Janeiro existían más prensas que las que había en la Imprenta Real: circunstancia que puso a la Princesa (Carlota Joaquina de Borbón) en la necesidad de comisionarme para que viese de lograr por medio del Conde Linares este recurso, para desvanecer los planes, intrigas y cavilaciones de los demagogos de Buenos Aires. «El Conde de Linares, como Ministro de Negocios Extranjeros, se veía precisado, así como todos los demás ministros, a prestar gran deferencia a las insinuaciones del Embajador Inglés residente cerca de S. A. R. el Príncipe Regente, y esto era un gran obstáculo para que yo pudiese negociar sobre este asunto con acierto. Sin embargo, obtuve la gracia de que se trataría con brevedad y reserva, y que aquel mismo día vería el Conde de alcanzar del Príncipe una orden para que se concediese a la Princesa lo que deseaba. A los dos días ya tuve aviso del mismo Conde para que pasase a la Real Imprenta, donde se me entregaría por su director una prensa con seis cajones de caracteres, para que lo embarcase todo en el primer buque. Después de anunciar a la Princesa el feliz resultado de esta comisión, pasé inmediatamente a realizar el embarque, que verifiqué aquel mismo día, y el buque salió entre nueve y diez de la mañana del siguiente. Dos horas después de la salida del buque, ya el Conde Linares había recibido una nota del embajador inglés Lord Strangford, oponiéndose decididamente al envío de la imprenta, pero aquella llegó tarde; y aunque por virtud de la misma nota se me comunicó orden para que demorase su remisión, ya no estaba en mi mano el cumplirla. Así fue que la Princesa frustró las intrigas del Ministro Inglés, y proporcionó a Montevideo el medio de eludir los ataques continuos con que pretendían los de Buenos Aires hacer vacilar y extinguir con sus papeles incendiarios la felicidad con que se mantenían constantes por la metrópoli los habitantes de la Banda Oriental del Río de la Plata» (460) . Había doña Carlota Joaquina acompañado a su importante regalo la nota siguiente, que se insertó al frente del primer número de la Gaceta de Montevideo, del 13 de octubre de 1810. «Mereciendo mi especial consideración y cuidado todo cuanto puede contribuir a la defensa de los dominios del Rey mi hermano, no puedo menos que atender la justa solicitud del Marqués de Casa-Irujo, relativa a la gran necesidad que teníais de una Imprenta, para evitar los males que seguramente causaría en esas provincias la pérfida impostura con que esa cábala de facciosos pretende alucinar a los pueblos y hacer gemir a sus habitantes y familias con las miserias y desgracias que no puede ver sin estar penetrada, como ellos mismos, del dolor que los aflige. »Recibid, pues, como un testimonio de la verdad con que os hablo, la Imprenta que mi augusto esposo, haciendo justicia a vuestra fidelidad, a vuestra constancia, ha tenido a bien darme; y que yo os remito para que uséis de ella con el decoro y prudencia que os caracteriza. »No dejéis siempre de indicarme vuestras necesidades, y estad seguros de que cuanto dependa de mí, ejecutaré con entereza, con actividad y con el singular amor que os profeso, lo que sea conveniente a la conservación de los dominios de mi muy querido hermano y a la de nuestra común felicidad. [468] »Dios os guarde muchos años. Dada en el Real Palacio del Río de Janeiro, a los 4 de septiembre de 1810. -Vuestra Infanta CARLOTA JOAQUINA DE BORBÓN-. Al muy ilustre Cabildo. Gobernador y Comandante de Marina de la Ciudad y puerto de Montevideo». He aquí ahora la contestación de los Cabildantes de Montevideo: «Señora: -Hemos recibido la Imprenta que se ha dignado V. A. enviar a esta ciudad con el loable fin de cimentar la opinión pública sobre sus verdaderas bases, deshaciendo las maquinaciones artificiosas con que, la Junta de Buenos Aires pretende alucinar los pueblos para apagar el fuego santo del patriotismo y desviarlos de la carrera de sus deberes. »Este nuevo rasgo de la generosidad de V. A. es el objeto de la gratitud de este fidelísimo vecindario, y será uno de los primeros asuntos que ocupará la prensa, para que la América, la nación entera y su Gobierno Supremo rindan a V. A. el tributo de su admiración y reconocimiento por vuestro ardiente empeño en la conservación de los derechos sagrados de Vuestra Augusta Hermana y nuestro amado monarca el señor don Fernando VII sobre este continente: derechos que sostendrá Montevideo con vuestra poderosa protección, mientras exista uno solo de sus fieles moradores. »Quiera V. A., Señora, tener la dignación de admitir las más tiernas expresiones del eterno agradecimiento de esta ciudad, y todas las consideraciones de estimación y respeto de los que tenemos la suerte de presidirla. -Dios guarde a V. A. R. muchos años-. Sala Capitular de Montevideo, 28 de septiembre de 1810. -Serenísima Señora. -A. L. R. P. de V. A.- Cristóbal Salvañac. -Pedro Vidal. -Jaime Illa. -José Manuel Ortega. -Juan Bautista de Aramburu. -Damián de la Peña. -Félix Más de Ayala. -León Pérez. -Juan Vidal y Benavides». Resulta del oficio de Carlota Joaquina que la Imprenta fue embarcada en Río Janeiro en los primeros días de septiembre de 1810, y no se había enterado todavía un mes desde esa fecha cuando aparecía en Montevideo, el 8 de octubre, el prospecto del periódico intitulado Gazeta de Montevideo, tiempo en verdad muy corto si se consideran los días que han debido pasarse antes de la llegada del buque que conducía la Imprenta, y del que forzosamente ha debido gastarse en armar la prensa y en todos los preparativos indispensables para que el nuevo establecimiento quedase en situación de comenzar a funcionar. No quiere decir esto que el periódico saliese correctamente impreso; por el contrario, como era de esperarlo, en un principio estaba plagado de faltas tipográficas que su director era el primero en reconocer, pidiendo se disculpasen esas faltas en atención a lo nuevo de la empresa. En el número segundo, declaraba, en efecto: «El público habrá notado en la impresión de la Gaceta anterior muchas erratas y descuidos que procurarán cortarse en lo sucesivo; pero deberá hacerse cargo de las dificultades, que hay que vencer para la plantificación de un establecimiento y de los pocos medios que tenemos para remediar las faltas que se observan»-. Mas, al fin, [469] mal que mal, la ciudad contaba otra vez con una Imprenta, y eso era lo que importaba. Tal es, contado a grandes rasgos, el origen de la segunda Imprenta que tuvo Montevideo. Sus materiales debieron ser, naturalmente, muy escasos en vista de la noticia que sobre la cantidad de tipos de que pudo disponer nos indica Presas. En cuanto al personal de sus primeros empleados sólo se sabe que su primer director fue don Nicolás de Herrera. [471] La Imprenta en Puerto Rico[473] Respecto de la introducción de la Imprenta en Puerto Rico, sabemos que en 7 de marzo de 1807, un ciudadano francés llamado Delarue, residente en la capital de la isla, solicitó del gobernador don Toribio Montes permiso para poner en venta, por el precio de mil doscientos pesos, una imprenta que había introducido de los Estados Unidos. Montes resolvió entonces comprarla con fondos del Estado, y ocho días después puso al cargo de ella, mediante recibo otorgado a los ministros de Real Hacienda, a don Juan Rodríguez Calderón, oriundo de la Coruña (461). [477] La Imprenta en CaracasSentimos tener que confesar que en el Archivo de Indias no logramos encontrar antecedente alguno relativo a la introducción de la Imprenta en Caracas. Tampoco hemos sido más afortunados en el examen que hicimos de los libros venezolanos en que pensamos poder hallar el dato que buscábamos. Lo único, pues, que al respecto sabemos es lo que refieren don Rafael María Baralt y don José Manuel Restrepo. El primero de estos historiadores, al hablar del gobierno del presidente don Juan de Casas, expresa: «En su tiempo se estableció la imprenta en Caracas, y la primera Gaceta, se publicó el 24 de octubre de 1808, por Mateo Gallagher y Jaime Lamb, ingleses venidos de la isla Trinidad.» (462) El segundo dice, a, su vez: «... Habían llegado a Venezuela noticias exageradas de las ventajas que los patriotas españoles consiguieron sobre los franceses en los primeros meses de su heroica revolución. Para circular estas noticias y excitar por su medio el entusiasmo de los pueblos, el capitán general Casas permitió el establecimiento de la primera imprenta que hubo en Caracas, concurriendo el intendente don Juan Vicente de Arce y otros empleados a remover los obstáculos y dificultades que algunas autoridades superiores oponían. Casualmente, los empresarios don Mateo Gallagher y don Jaime Lamb compraron en la isla de Trinidad la misma imprenta que trajo el general Miranda, para promover la independencia de su patria, cuando atacó la provincia de Coro. »En sus prensas se publicó el primer papel tirado en las provincias de Venezuela donde antes no lo permitía el Gobierno español, a pesar de que repetidas veces se había solicitado licencia para establecer una imprenta; licencia concedida a otras capitales de sus colonias de América. Una Gaceta de Caracas fue la primera publicación que se hizo en 24 de octubre.» (463) [478] Gallagher y Lamb, ingleses, al decir de Baralt, fueron, pues, los primeros impresores que hubo en Caracas. No podríamos precisar hasta qué fecha siguieron a cargo del taller en que editaban La Gaceta; pero sin duda alguna ya habían cesado de imprimir a mediados de 1811, como que en esos días la imprenta de la capital venezolana aparece regentada por Juan Baillío y Compañía. Carecemos, asimismo, de antecedentes para determinar hasta cuándo duró esa sociedad, si bien, mediado el año de 1813, el nombre de Baillío es el único que se registra al pie de los impresos caraqueños que han llegado a nuestra noticia, con la circunstancia de que en algunos de ellos agregó a su nombre el de «impresor del Gobierno», calificativo que demuestra que, sin duda por aquellos días, obtuvo ese nombramiento. En los primeros meses de 1814 desaparece, a su vez, el nombre de Baillío en los pies de imprenta, y es reemplazado por el de don Juan Gutiérrez y Díaz, que se intitulaba igualmente «impresor del Gobierno». Respecto de Baillío y de Gutiérrez, debemos observar que ambos tuvieron también taller tipográfico en la Nueva Valencia. Gutiérrez firmó allí sus impresos, sin su segundo apellido, durante los meses de mayo de 1812 hasta abril de 1813; de modo que ha debido trasladarse a Caracas en la primera mitad de 1815, pues hay trabajos suyos datados allí en 19 de julio de aquel año. A pesar de que las fechas resultan concordantes, como se ve, nos queda, sin embargo, alguna duda sobre si el Juan Gutiérrez de Nueva Valencia sería el mismo tipógrafo Juan Gutiérrez Díaz, de Caracas. En cuanto a Baillío, hay también un antecedente deducido de las fechas de sus trabajos que se presta a cavilaciones. Consta, en efecto, que en 20 de septiembre de 1813 imprimió allí una Exposición de Bolívar, y que en 8 de agosto y en 16 de octubre del propio año subscribía en Caracas dos impresos suyos. ¿Cómo se explican estas circunstancias? ¿Se trasladó en fines de agosto o principios de septiembre a Nueva Valencia? ¿Regresó a la capital en los últimos días de aquel mes? El hecho es que en febrero de 1814 cesa de imprimir en Caracas, y que Gutiérrez Díaz siguió allí en funciones hasta 1821, fecha en que aparece un nuevo impresor, don Juan Pey, sin que podamos afirmar si sucedió a Díaz o si estableció de su cuenta otro taller tipográfico. Tal es lo único que sabemos respecto de libros e impresores caraqueños durante el corto período que abarca el presente estudio. Toca a los escritores venezolanos, que disponen de mayores elementos que los que nosotros hemos podido reunir, completar y adelantar nuestros datos respecto de tan interesante punto del desarrollo intelectual de aquel país, patria del más ilustre de los literatos y sabios americanos. [479] La Imprenta en Cartagena de Indias[481] Un impresor «ejercitado», con tan escasa letra que apenas podía alcanzar para papeles sueltos, y ésa, gastada y defectuosa, vivía en Cartagena de Indias en el año de 1776 (464). ¿Quién era aquel impresor? ¿De dónde procedía? ¿Cuándo había llegado allí? Los documentos que a este asunto se refieren guardan silencio sobre el particular; pero no falta algún antecedente que nos permita dar a conocer por lo menos el nombre de ese primer tipógrafo. En efecto, de las comunicaciones de Moreno y del virrey Flores que hemos indicado, aparece que el impresor que había en Cartagena recibió orden, en el año recordado de 1776, de trasladarse a Santa Fe, capital del virreinato (465). Queda, pues, por ver si en los impresos de aquella ciudad y época se registra su nombre. Las primeras impresiones hechas allí en 1776 y 1778 no están firmadas, desgraciadamente. Pero ya en 1782, en el pie de imprenta se lee el nombre de don Antonio Espinosa de los Monteros. De ahí a concluir, de modo que no deje lugar a dudas, de que este era el impresor que vivía en Cartagena en 1776, nos parece cosa sumamente fácil. D. Antonio Espinosa de los Monteros se llamaba, pues, el primer impresor que hubo en Cartagena de Indias. Más difícil, aunque no imposible, es deducir de dónde procedía. [482] Cuando sabemos que en 1764 había habido en Nueva Valencia, ciudad perteneciente también al antiguo virreinato de Santa Fe, un impresor, de quien no se conoce más que un solo libro (466) publicado ahí, nos sentimos inclinados a pensar que acaso pudo ser el mismo Espinosa de los Monteros, que, no encontrando ocupación bastante en aquella ciudad pobre y algo apartada de la costa, se trasladase con su taller a un puerto, donde las necesidades del comercio, ya que no las producciones literarias, le proporcionasen trabajo suficiente para vivir ejercitando su arte. Si ese impreso estuviese firmado, nuestra sospecha no tendría razón de ser. Desgraciadamente, no se nombra en la portada tipógrafo alguno. En todo caso, lo que no puede ofrecer duda alguna es que, ya se hubiese establecido primero en la Nueva Valencia y trasladándose más tarde a Cartagena, o que llegase allí en derechura, la procedencia de ese taller y de su dueño ha debido ser la Península. ¿De qué parte? Para nosotros, o de Madrid o de Cádiz, con preferencia de esta última. En efecto, hemos visto impresiones madrileñas de mediados de la segunda mitad del siglo XVIII ejecutadas en la capital española por un impresor del mismo nombre y apellido del de que tratamos, aunque sin el segundo de Espinosa. En cambio, entre las que conocemos, las hay de Cádiz y de Manuel Espinosa de los Monteros, de 1768 y 1778 (467). Tenemos, además, otras circunstancias que hacer valer para atribuir a Espinosa de los Monteros un origen gaditano, sin la que anotamos de la familia que llevaba allí aquellos apellidos: primero, que Cádiz es puerto y el único frecuentado entonces para la carrera de las Indias Occidentales; y segundo, que los impresores gaditanos firmados por Espinosa corresponden a cosas y autores americanos. ¿Pudiera parecernos extraño, por ejemplo, que fray Clemente de Sala, que había viajado por aquellas regiones de América, u otro de los muchos hispano-americanos que aportaban al puerto andaluz, indujese a algún miembro de la familia Espinosa de los Monteros a que se trasladase con algún pequeño taller tipográfico a fin de ganarse con más facilidad el pan en América? Cualquiera que sea la verdad que encierren nuestras conjeturas, es lo cierto que Espinosa abandonó a Cartagena y se trasladó a Santa Fe llamado por el virrey Flores (468). Cuando sabemos la pobreza de ese primer taller tipográfico, que apenas daba abasto para imprimir facturas, guías de embarque y otras piezas de esta índole, puede parecer pretensión inútil encontrar hoy alguna de [483] esas piezas, las cuales, por lo demás, como se comprende, no podían revestir importancia bibliográfica de ninguna especie. Después de este primer ensayo de establecimiento de la imprenta en Cartagena, medió un cuarto de siglo casi cabal antes de que se pensase en implantarla otra vez allí. Tocó esta honra al Real Consulado de aquella plaza. El desarrollo del comercio, derivado especialmente del sistema que se llamó libre, el aumento de la población y las necesidades de la vida social y mercantil; la falta de cartillas y de otros libros de precisa importancia para poder fomentar la instrucción pública, manifestaban que no era posible dilatar por más tiempo la fundación de una imprenta en la ciudad. Fue lo que desde el primer momento comprendió el Consulado. Creado por real cédula de 14 de junio de 1795 (469), no sabemos a punto fijo cuándo entró en funciones, pero sí que aún no había finalizado el siglo XVIII cuando aquel Cuerpo comisionó a su tesorero D. Manuel de Pombo, para que, por su cuenta, hiciese venir de España una imprenta que fuese completa. Y, en efecto, en julio de 1800 (470) llegaba una de cerca de cuarenta y nueve arrobas -de letras de cinco cuerpos, una prensa grande de imprimir, otra para hacer libros y cortar papel, dos mesas de mármol, y los respectivos componedores, galeras, tinta, y demás instrumentos r utensilios del arte (471). Lo singular fue que precisamente a ese tiempo se hallaba en la ciudad un impresor «instruido» a quien no le fue difícil, como se comprenderá, entenderse desde un principio con la Junta del Consulado. Ofreció imprimir por un precio equitativo los papeles de la Corporación, enseñar a dos oficiales hasta dejarlos perfectamente al corriente en las cosas del oficio, y pagar en cuatro años, por anualidades iguales, los 1168 pesos 4 reales a que, con el valor de los seguros, había ascendido el costo total de la imprenta. Pudo, pues, por un momento lisonjearse el Consulado con que vería logrados sus anhelos de dotar a la ciudad de un taller tipográfico; y al intento de que éste comenzase a funcionar sin pérdida de tiempo, en la misma sesión en que se había llegado a un arreglo con el impresor, acordó avisar el fausto acontecimiento al prelado y al gobernador de la plaza, a fin de que, dentro de sus esferas respectivas, prestasen su licencia para dar a luz los trabajos que se encomendasen a la imprenta. Contestó el prelado dando las gracias a la Corporación por el beneficio que con el establecimiento de la imprenta iba a proporcionar a los habitantes de Cartagena. Desgraciadamente, los buenos propósitos y anhelos del Consulado iban a estrellarse contra la terquedad, ignorancia y suspicacia de las autoridades, comenzando por el gobernador y siguiendo en orden jerárquico hasta el Virrey, [484] el Consejo de Indias y el monarca mismo. ¡Qué triste y menguada nos parece hoy la conducta de aquellos hombres! Pero vamos al hecho. -Conforme a lo que decíamos, el Consulado participó al gobernador que, en cumplimiento de los deberes de su cargo, y conociendo que «por medio de la prensa se difunden en todas las clases los conocimientos necesarios a la mayor ilustración, al adelantamiento de las ciencias, perfección de las artes», etc., había hecho conducir a sus expensas la imprenta que iba a establecerse en la ciudad. Pasose la nota en vista al asesor, quien sostuvo que si por las leyes se requería especial licencia para una impresión cualquiera, con mucha más razón debía exigirse para la fundación de una imprenta. Fue inútil que el Consulado rebatiera en el terreno legal y hasta del buen sentido aquella pobre argumentación, porque el Gobernador se mantuvo firme en su negativa; fue también inútil que el síndico procurador general manifestara que la imprenta era un arte como cualquier otro, que contribuía al adelanto de las ciencias, que era útil no sólo a la gente de letras, sino también al agricultor y al comerciante, etc., etc. Lo único que se obtuvo de aquel funcionario, al fin de cuentas, fue condescender en que se participase el hecho al Virrey para que lo decidiese. Pasose después de esto año y medio sin que en Santafé se resolviese el punto, y mientras tanto, con aquel clima y el curso de los meses, los útiles tipográficos empezaban, como era natural, a deteriorarse; y, más que eso, semejante silencio del Virrey implicaba de hecho un desaire al Consulado, el cual se resolvió, por fin, a poner en noticia del Ministro de Estado lo que le pasaba. Mientras tanto, ¿qué era lo que había ocurrido en la capital? Enviose el expediente en vista al fiscal, quien desde un principio aprobó francamente el proyecto, pero habiendo pedido que se agregasen las actuaciones obradas anteriormente con ocasión de la imprenta que allí existía, y como no pareciesen, a no ser la noticia de que la Patriótica de aquella capital se había fundado de orden verbal del virrey Ezpeleta; dejése dormir el asunto y ni siquiera se contestó a un atento oficio del Consulado en el que pedía se resolviese su instancia. Hallábanse las cosas en este estado cuando se recibió en Santafé la real orden en que se exigía al Virrey diese su parecer sobre aquélla. Siguiose, al efecto, una corta tramitación, y, por fin, en 19 de julio de 1806, don Antonio Amar pasó su informe a la Corte. Dijo en él que los habitantes de Cartagena eran simples cajeros de los comerciantes gaditanos, gentes, por lo demás, tan ignorantes que ni siquiera se daban cuenta de las producciones de la provincia en que vivían; que Cartagena carecía también de literatos, y que por su vecindad a las colonias de otras naciones era fácil que se introdujesen allí papeles y escritos peligrosos; y que, por lo demás, en la capital existían dos imprentas, a las cuales podrían los cartageneros ocurrir cuando lo necesitasen. [485] ¿Para qué seguir en este camino? Baste saber que el fiscal del Consejo de Indias, y éste mismo, opinaron por que «las reflexiones del Virrey eran bastantes para que no se permitiese el establecimiento de la imprenta que solicitaba el Consulado», y aún se insinuó la idea de que habiendo sido hecho el gasto en un objeto diverso del de su instituto, debía hacerse responsable con su peculio a los miembros de la Corporación que lo habían acordado. El 2,de julio de 1807 Carlos IV aceptó la opinión del Consejo. ¡Y a todo esto iban trascurridos cerca de siete años desde que la imprenta había llegado a Cartagena! No sabemos, a punto fijo, por qué motivo no se cumplió, afortunadamente, con la resolución del monarca, pues, como vamos a ver, a más tardar en principios de 1809, en las calles de Cartagena se vendían las Noticias públicas. No es difícil sospechar, sin embargo, que la guerra que había estallado entre España y Francia, la necesidad de dar a conocer los triunfos alcanzados en un principio contra los franceses, y la conveniencia de inspirar al pueblo el odio al invasor, fueron las causas que dejaron sin efecto la resolución del soberano español. Tal es la historia del segundo establecimiento de la Imprenta en Cartagena de las Indias. Como se verá de las descripciones de los impresos hechos en aquella ciudad, sólo en 1811 aparece por primera vez el nombre del tipógrafo que tenía a su cargo el taller del Consulado, don Diego Espinosa de los Monteros. Parece que la imprenta, ya sea por compra o por algún contrato que no conocemos, pasó a poder de Espinosa en 1813 pues, al menos en ese año, hay papeles en los que al pie se lee «en la imprenta del C. Diego Espinosa.» Todavía es más digno de notarse que en los mismos días en que se registraba el hecho que apuntamos, veían la luz pública en Cartagena algunas piezas a cuyo pie se estampaba: «En la Imprenta del Gobierno por el ciudadano Manuel González y Pujol.» Hubo, pues, un tiempo en que funcionaban a la vez dos imprentas en Cartagena. Y si bien el hecho parece poco probable, dada la cortedad de la población de aquella ciudad y los escasísimos elementos literarios que allí podía haber para mantener a un tiempo dos establecimientos tipográficos, menos se explica la diferencia substancial que se nota en los pies de imprenta a que aludimos. ¿Se dirá, acaso, que la imprenta era la misma, y que los impresores eran dos, González Pujol y Espinosa de los Monteros? Pero, en tal caso, no habría sido posible que este último hubiese puesto al pie de sus trabajos que se hacían en imprenta de su propiedad, ni el Gobierno lo hubiera consentido a ser suyo el taller tipográfico. [486] Parece, pues, que las conjeturas más aceptables son, en este caso, o que la Imprenta del Consulado fue vendida a Espinosa de los Monteros, al menos en parte, y que la otra lo fue al Gobierno, o que éste estableció una de su cuenta. El hecho es que desde mediados de 1813 desaparece el nombre de aquel impresor, ya sea porque hubiera muerto, o, lo que es más probable, porque en vista de la competencia que le hacía la Imprenta del Gobierno, cerró su taller. Resulta, asimismo, que la del Gobierno comenzó a trabajar en 1812, regentada por González Pujol, quien la tuvo a su cargo quizás hasta 1817, en cuya fecha al menos comenzó a dirigirla D. Ramón León del Pozo, reemplazado, a su vez, en 1819, por D. Juan Antonio Calvo. En cuanto a datos biográficos de estos impresores, nada de cierto podemos aseverar. Tenemos por casi seguro, sin embargo, que Espinosa debía ser hijo de D. Bruno y nieto de Antonio Espinosa de los Monteros, ambos impresores en Bogotá, a cuya ciudad probablemente regresó aquél en 1813 para seguir imprimiendo allí no podríamos decir si por su cuenta o al lado de su padre, pues el impreso de Bogotá de 1821 que conocemos, aparece con el apellido de Espinosa solo, sin su nombre de pila. Puede también ser, y es lo más probable, que fuese hermano de D. Bruno, y, por consiguiente, hijo de D. Antonio. Lo que debe sí afirmarse es que en 1794, hallándose a cargo de la imprenta que en Bogotá tenía D. Antonio Nariño, fue procesado junto con éste por haber impreso en dos cuartillas de papel el opúsculo intitulado los Derechos del hombre y del ciudadano, y condenado a servir por tres años en las fábricas o arsenales de Cartagena, en destierro perpetuo de la capital del virreinato y en inhabilitación para el ejercicio de su arte (472). ¿Llegó a cumplir en todas sus partes esta sentencia? Olvidado quizás después de más de diez años el hecho que la había motivado, y en vista, sin duda, de no haber otro tipógrafo en la ciudad cuando tanto se necesitaba de sus servicios, el caso fue que D. Diego Espinosa de los Monteros volvió a empuñar el componedor en Cartagena y siguió ejerciendo allí su arte, como queda dicho, hasta mediados de 1813. Respecto a D. Juan Antonio Calvo, tenemos, asimismo, por verosímil que pertenecía también a una familia de impresores, pues debía ser hijo de D. Nicolás Calvo y Quijano, que en 1811 regía la «Imprenta Patriótica, de Bogotá. [487] Documentos[489] I.- El Consulado de Cartagena de Indias remite a Su Majestad el expediente promovido por aquel Gobernador oponiéndose al establecimiento de una imprenta que iba a hacer el Consulado a sus expensas; y el cual hace diez y ocho meses tiene suspendido, aguardando la determinación del Virrey, a cuya decisión mandó el Gobierno el expediente. Excmo. Señor: En representación de 30 de agosto de 1800 número 31, dimos cuenta a vuestra excelencia que deseando la Junta de Gobierno de este Consulado promover, en cumplimiento de su instituto, todo género de industria en el país, había hecho venir a sus expensas e iba a establecer en la plaza, una imprenta; y a esta fecha se ve en la necesidad de manifestar a vuestra excelencia que aún no ha tenido efecto este útil establecimiento. Desde el momento en que la Junta dispuso se diese anticipadamente aviso al gobernador de la plaza y juez ordinario, no con otro fin que con el de que se nombrasen censores para cuanto se hubiese de imprimir, se promovió, por parte del Gobernador el expediente que acompañamos a vuestra excelencia, acerca de tener o no tener facultades la Junta para hacerle sin licencia, a lo menos, del Excelentísimo señor Virrey del reino. Y aunque el Consulado manifestó estar competentemente facultado por Su Majestad para cuanto corresponde a su instituto, con inhibición de todos los jefes y tribunales y derogación de las leyes y demás soberanas disposiciones anteriores a la real cédula de su erección y cuyo espíritu no sea conforme a ella, según lo expresa el artículo 53, se desestimó todo y se resolvió remitir el expediente original a la decisión del Virrey. Diez y ocho meses hace, Excmo. señor, que el Consulado aguarda, con desdoro de sus regalías y facultades, la determinación del Virrey para establecer la imprenta que, conforme a ellas, pudo y debió haber llevado a debido efecto desde entonces. Pero su moderación y la paz y buena armonía que desea guardar con los jefes, hicieron que la Junta difiriese a la determinación del Gobierno por entonces, y se haya limitado en tan dilatado tiempo a sólo recomendar el pronto despacho de vuestra excelencia, como lo hizo en 20 de octubre del año próximo pasado. Vuestra excelencia conoce muy bien cuán perjudicial es al bien público el entorpecimiento de negocios como éste, que le son tan interesantes. Sin duda que la morosidad no consiste en el jefe superior sino en los demás tribunales o ministerios que han de intervenir para la decisión. Pero el Consulado, [490] Excmo. Señor, no podrá francamente promover nada en beneficio de los objetos del instituto, si a cada paso se le disputan sus facultades, y con este motivo se entorpecen los asuntos, con tan conocido perjuicio del Estado y causa pública. Para evitar en lo sucesivo estos inconvenientes y que libremente ejerza sus funciones, la Junta de Gobierno ha acordado se suplique a vuestra excelencia (como lo ejecutamos en su nombre) se sirva vuestra excelencia elevarlo a noticia de Su Majestad para que se digne dictar la providencia que exigen y fuere de su soberano real agrado. Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Cartagena, 6 de enero de 1802. Excmo. Señor.- Teodoro María de Escobar.- (Con su rúbrica).- Manuel Martínez de Aparicio.- (Con su rúbrica).- Excmo. Señor Secretario de Estado y del Despacho de Real Hacienda. II.- El Consulado de Cartagena de Indias suplica a Su Majestad que para evitar la pérdida total de la Imprenta de que dio cuenta en representación de 30 de agosto de 1800 y 6 de enero de 1802, números 31 y 44, y que continúe por 12 años los atrasos de los ramos de su instituto por la falta de aquel establecimiento que no ha podido verificar desde 1800, se digne mandar se lleve a puro y debido efecto el establecimiento de su imprenta en Cartagena, bajo las reglas de policía con que se establecen todas. Excmo. Señor:-En representación de 30 de agosto de 1800 y de 9 de enero de 1802, números 31 y 34, dio cuenta a vuestra excelencia este Consulado, que habiendo hecho venir una completísima imprenta, a efecto de que por su medio se difundan fácilmente en todas las clases los conocimientos y noticias necesarias para los adelantamientos de la agricultura, industria y artes, se había formalizado, a consecuencia de haberse opuesto el Gobierno al establecimiento de dicha imprenta, un expediente que, después de diez y ocho meses de remitido por el mismo Gobierno a la decisión del Virrey, no le había resuelto aquel jefe, sin embargo de las instancias de este Cuerpo y de lo infundado de aquella oposición. Con este motivo, y con el de saber que, aunque el Rey se digné pedir el expediente respectivo al Virrey de Santa Fe, no se ha remitido aún, y temiendo la Junta de Gobierno que aunque se remita puede ser perdido o extraviado por las contingencias de la guerra, ha acordado se haga presente a vuestra excelencia, como lo ejecutamos, primero: que la traída de dicha imprenta por el Consulado tiene por objeto el adelantamiento de la agricultura, industria y artes de un reino como éste, el más feraz y rico de los tres de la naturaleza, especialmente en el vegetal y mineral, cuyos ramos están sumamente atrasados, y que, por consiguiente, necesitan mucha luz por medio de la imprenta y una continuada protección soberana para que prosperen en bien de la causa pública y del Estado. Segundo: que ha seis años se trajo dicha imprenta con tan benéficas miras, que por la oposición del Gobierno, fundada en leyes anticuadas y derogadas por el nuevo sistema de comercio de Indias, y, mucho más, por la cédula de erección de este Consulado, no se ha establecido hasta esta fecha. Tercero: que siendo el arte de imprenta igual a los demás, no parece que se ha debido prohibir su uso, sino velar por medio de los censores se imprima papel alguno que no sea conforme al dogma católico, sistema y máxima de nuestro sabio Gobierno. Cuarto: que muchos de los útiles de dicha imprenta, como mesas, prensa, tinta y otros, están ya casi perdidos por el clima y por la falta de uso. Quinto: que, perdido el expediente, e ínterin se sabe aquí para [491] de nuevo remitirle, es también probable pasen cuatro o seis años, y, en su consecuencia, que se dilate un establecimiento tan útil la serie de doce años, con perjuicios incalculables de los ramos de industria, agricultura y artes del reino. Sexto: que la América e islas están llenas de imprentas, y no hay ciudad capital y puertos de mar donde, por tan justa causa, no se hallen establecidas, especialmente después de la erección de los nuevos Consulados. Séptimo: que en esta ciudad de Cartagena la ha habido antes, cuando su comercio era mucho menor, y sin más extracción que la del oro, en moneda o barras, y por cuya causa no pudo subsistir aquel establecimiento. Y, últimamente, que debiendo esperarse hoy todo lo contrario, sabe este Consulado que acaba de establecerse en Santiago de Cuba una imprenta, sin duda con los mismos interesantes fines de adelantar y perfeccionar aquellos ramos, y con cuyo objeto ha mandado Su Majestad posteriormente se suscriban los Consulados al periódico Semanario de Agricultura, y recomendado la importancia del Diccionario también de agricultura, traducido del francés por don Juan Alvares Guerra, y aún al Diccionario de Física de Brisson. Sírvase vuestra excelencia de elevar estas consideraciones a la soberana noticia de Su Majestad, para que, si fuese de su real agrado, se digne mandar se establezca aquí dicha imprenta, como la ha habido antes, bajo las reglas de policía en que se establecen todas. Dios guarde la vida de vuestra excelencia muchos años. Cartagena de Indias, 24 de abril de 1806. Excmo. Señor.- Matías Rodríguez Torices.- Nicolás del Villar y Coronado.- Juan Vicente Romero Campo.- (Con sus rúbricas).- Excmo. Señor Secretario de Estado y del Despacho Universal de Hacienda. Debiendo este Consulado, en cumplimiento de su instituto, promover todo género de industria en el país, y conociendo que por medio de la prensa se difunden fácilmente en todas las clases los conocimientos necesarios a la mayor ilustración, al adelantamiento de las ciencias, perfección de las artes, manufacturas, labranza y comercio, ha hecho venir a sus expensas, y va a establecer una imprenta en esta plaza, y para que V. S. tenga el debido conocimiento, ha acordado la Junta de Gobierno se noticie a V. S. (como lo ejecutamos) este útil establecimiento. Dios guarde a V. S. muchos años.- Cartagena, diez y nueve de agosto de mil ochocientos.- Esteban Baltasar Amador.- Diego Guerra Calderón.- Señor Gobernador comandante general de la plaza. Cartagena, veinte de agosto de mil ochocientos.- Pase al señor asesor general de este Gobierno.- Espínola.- Antonio Francisco Merlano. Señor Gobernador comandante general: Yo no sé que el Consulado, ni Junta de Gobierno tenga facultad para establecer la prensa en esta plaza sin la correspondiente licencia de quien deba darla, ni considero al Gobierno autorizado para el efecto, ni menos para permitirla sin expresa orden del excelentísimo señor Virrey del reino, pues aunque la tenga para promover todo género de industria en el país, comprendo debe entenderse sin perjuicio de aquellas cosas que necesitan especial, real o superior facultad. En el auto acordado treinta, título séptimo, libro primero de la Recopilación de Castilla, se previene al ministro de imprenta haga notificar a los impresores se abstengan de imprimir papeles, relaciones, ni otra cosa alguna, por corta que sea, sin las aprobaciones y licencias que conviniere, bajo las penas y multas que prescriben las leyes veinte y tres, veinte y cuatro, veinte y siete, veinte y nueve, treinta y dos y treinta y tres del mismo [492] título y libro, y las cuarenta y ocho, título cuarto, libro segundo de dicha Recopilación; y si para las impresiones se requiere especial licencia, con doble razón se necesita para el establecimiento de la prensa, que es el fundamento y origen de las impresiones. Además de esto, el auto acordado treinta y dos, del citado título séptimo, libro primero, ordena que las impresiones que se hubieren de hacer tocantes a comercio, fábricas, maniobras, &c., de las cosas respectivas a Indias, necesitan la aprobación de este Supremo Consejo, cuyas reales disposiciones me hacen creer que no hay facultad para permitir la prensa ni la impresión de papeles a que se dirige. En este concepto soy de sentir que con copia de este dictamen, si fuere de la aprobación de V. S., puede contestar a los señores del Tribunal del Consulado que, meditando este Gobierno con madura reflexión cuanto va expuesto, con el fundamento y prohibición de las leyes, se sirva manifestarle la facultad que tenga para el establecimiento de dicha prensa y reglas a que debe sujetarse, para evitar los graves inconvenientes que en perjuicio de nuestra sagrada religión, del Estado y causa pública han cautelado las órdenes de Su Majestad, y que entre tanto no se haga novedad. Sobre todo V. S. proveerá lo que le parezca más acertado. Cartagena, agosto veinte y dos de mil ochocientos.- Josef Munive y Moxó. Cartagena, agosto veinte y dos de mil ochocientos.- Me conformo con el dictamen que antecede.- Espínola.- Leandro Josef Carrisosa, escribano mayor de Gobierno y de Cabildo. En veinte y tres de agosto de dicho año saqué testimonio del dictamen y auto de su conformación para remitir con el oficio de estilo a los señores del Tribunal del Consulado. Y para que conste, lo anoto y firmo.- Carrisosa. Las leyes y autos acordados que se citan en el dictamen con que V. S. se ha servido conformar, disponen, como allí se expresa, que nada se deba imprimir sin las correspondientes licencias, bajo graves penas. Este siempre ha sido el sentir de la Junta de Gobierno de este Real Consulado, y, con arreglo a él, acordó se pasasen a V. S. y al ilustrísimo señor Obispo de esta diócesis los correspondientes avisos del establecimiento de la prensa, para que en uso de sus facultades nombren los censores necesarios, a fin de que aprueben o nieguen la licencia a lo que se haya de imprimir. Pero ninguna de aquellas leyes y autos acordados manda que para el establecimiento de una o muchas prensas se ocurra para verificarlo por facultad expresa al Soberano ni a los virreyes en América. Y la consecuencia que para esto se saca en el dictamen sobre las referidas leyes con que se ha cautelado por el Gobierno el mal uso de imprenta no se infiere de modo alguno y está deducida de menor a mayor. No es lo mismo prohibir las leyes bajo graves penas la libertad de la prensa y el abuso de ella, que prohibir su establecimiento, ni prohibir a los gobernadores y obispos que en las provincias y diócesis de su jurisdicción puedan admitir las prensas que se establezcan, ni conceder licencias para que se imprima todo aquello que no sea subversivo del orden social opuesto al gobierno, a la religión católica y buenas costumbres. Manifestaremos a V. S. mejor esto con dos ejemplos. Prohíben las leyes, bajo gravísimas penas, el que se haga moneda falsa, que se disminuya de su peso la corriente, y el que se omita dar a las obras de joyería los dineros o quilates que disponen las mismas leyes. ¿Pero de esto se puede inferir acaso que para establecer una platería se ha de ocurrir por expresa facultad al Rey o a los virreyes, ni que de otro modo puedan los gobernadores permitir en su respectiva jurisdicción? Disponen las mismas leyes, con las penas correspondientes, que en las fábricas (verbi [493] gracia) de tafetanería, de cintas y terciopelos se usen de tintes fijos y no falsos, que sea igual la trama de la tela en todas las vueltas de la pieza, que sea exacta la medida, &c. Pero de esto tampoco se puede ni debe inferir que para establecerse en alguna ciudad de España una fábrica, por ejemplo de listonería, como las de Granada, se ha de ocurrir por expresa facultad al Soberano, ni que a la justicia o jefe que mande en lo político en dicha ciudad le sea prohibido permitirla, nombrando los censores correspondientes que la cautelen y eviten cualquier fraude o abuso en ella. Pero supóngase que hubiese alguna ley, aún de las mismas municipales de Indias, que ésta se contrajese, no a cautelar los abusos de la imprenta, como los de la Recopilación de Castilla que se citan en el dictamen, sino que mandase terminantemente que para el establecimiento de una prensa en cualquiera ciudad de América se hubiere de ocurrir a los virreyes por expresa facultad para ello. Esta ley, desde luego, tendría su vigor en el caso de que algún particular quisiese establecer una prensa, pero no lo tendría cuando la Junta de Gobierno de un Consulado la mandase establecer por sí, en cumplimiento de su especial instituto para fomentar las artes, industria, economía, &c., y en uso de las amplias facultades que para ello se le conceden en el artículo cincuenta y tres de sus ordenanzas, y en el del mismo número del Reglamento de comercio libre, bajo la inmediata real autoridad y soberana protección de Su Majestad, y con absoluta inhibición de todos los jueces, magistrados, jefes políticos y militares, y expresa derogación de cualesquiera leyes, ordenanzas, decretos y resoluciones que se opongan al referido instituto, como lo previene Su Majestad en dicho artículo cincuenta y tres. Por todas estas reflexiones y soberanas disposiciones se convencerá V. S. de que no hay prohibición alguna para el establecimiento de la prensa, ni para que V. S. no pueda permitirlo sin expresa orden del excelentísimo señor Virrey, aún cuando la tratase de establecer un particular, y que no lo hiciese la Junta de Gobierno de este Real Consulado, que se halla revestida de las mayores facultades para establecer e introducir cuanto sea conducente al beneficio de las artes, industria y comercio del país, como aparece de sus ordenanzas y hemos expresado a V. S. En esta virtud, y la de la evidente utilidad y necesidad de la prensa en beneficio del Estado y causa pública, mayormente en las actuales circunstancias de faltar en esta plaza aún las cartillas para la enseñanza en las escuelas de primeras letras, espera la Junta que, hecho cargo V. S. de cuanto queda expuesto, se servirá franquear por su parte las correspondientes licencias para que se pueda imprimir todo aquello que sea arreglado a nuestro Gobierno, católica religión y buenas costumbres. También quiere la Junta, en cumplimiento de su instituto, supliquemos a V. S. se sirva franquear por su parte cuantos auxilios pueda para las impresiones que se quieran hacer de papeles conducentes al fomento y adelantamientos del comercio activo, agricultura y artes en este reino. Y, finalmente, de orden de dicha Junta expresamos, para la debida inteligencia de V. S., que la instrucción que se comunica al impresor para su respectivo gobierno, está reducida a que observe exactamente, bajo de responsabilidad en la persona y bienes, cuanto disponen las leyes sobre las impresiones, y principalmente que no pueda dar a la prensa papel alguno sin previa licencia de V. S. como jefe político de esta plaza, y del ilustrísimo señor Obispo como juez ordinario de ella, exceptuando únicamente las esquelas de convites, pólizas o conocimientos de cargas y de seguros, estados militares y otras menudencias de esta clase, que por su misma naturaleza, [494] por ley y por costumbre, no necesitan de licencia para imprimirse. Y es cuanto por acuerdo de la Junta de Gobierno de esta fecha debemos contestar al oficio de V. S. de veinte y tres del corriente, y dictamen que en él se sirvió V. S. acompañarnos. Dios guarde a V. S. muchos años.- Cartagena de Indias, veinte y seis de agosto de mil ochocientos.- Juan de Francisco Martín.- Esteban Baltasar Amador.- Señor Gobernador comandante general interino de la plaza. Cartagena, veinte y seis de agosto de mil ochocientos.- Agréguese a los antecedentes y pase al señor asesor general de este Gobierno.- Espínola.- Antonio Francisco Merlano. Cartagena, agosto veinte y nueve de mil ochocientos.- Vista al síndico procurador general.- (Hay dos rúbricas).- Carrisosa.- En primero de Septiembre de dicho año pasé este expediente al síndico procurador general don Josef de Arrazola y Ugarte.- Doy fe.- Carrisosa. Señor Gobernador y comandante general: El Síndico procurador general, por la parte que tiene relación con su ministerio el proyecto del Real Consulado, de establecer una prensa en esta ciudad, dice:-Que el de la imprenta es un arte como los demás, con la ventaja de que por ella se comunican las noticias y conocimientos necesarios para establecer o perfeccionar todas y para adelantar en las ciencias, muy útil a la gente de letras, tal vez al agricultor, y necesario al negociante, porque, por su medio, da y recibe con más facilidad y prontitud las noticias mercantiles que le interesan, y las políticas que tienen relación con éstas; y, por último, también trae utilidad respectiva para toda clase de gentes, como que es el más seguro medio de llegar al fin de su instrucción, y sobre cuyo punto se pudiera decir mucho fundado en razón y en el ejemplo de la Península. Aunque no es de mi precisa incumbencia, añado que el Consulado se halla autorizado, en mi concepto, para el establecimiento que intenta, con noticia del jefe político; que el abuso de la imprenta es muy raro, a lo menos en España, y mucho más en sus Américas; pero que no por ello están prohibidas, ni deben estarlo, como no lo están varias profesiones y multitud de cosas, aunque se abusa de ellas a cada paso. Por todo esto, y por lo que ilustrará al país el proyecto de que se trata, pido a V. S. por mi ministerio se sirva, no sólo no formar oposición, sino que, al contrario, lo fomente y auxilie por su parte en cuanto pueda.- Cartagena y Septiembre dos de mil ochocientos.- Josef de Arrazola y Ugarte. Cartagena, Septiembre dos de mil ochocientos.- Autos.- Espínola.- Munive.- Leandro Josef Carrisosa. En el mismo día, mes y año hice saber lo proveído al síndico procurador general.- Doy fe.- (Hay una rúbrica).- Carrisosa. Cartagena, Septiembre cuatro de mil ochocientos.- Vistos: No considerándose autorizado el Gobierno para permitir el establecimiento de la prensa e impresión de papeles de comercio y cartillas para la enseñanza en las escuelas de primeras letras, sin transgresión, en cuanto a lo primero, del auto acordado treinta y dos, título séptimo, libro primero de los de Castilla; y en cuanto a lo segundo, del privilegio exclusivo concedido por Su Majestad a la iglesia Catedral de Valladolid; deseando este Gobierno dar prueba de que su objeto no se dirige a impedir un establecimiento que consideran los señores del Tribunal del Consulado y su Junta de Gobierno de necesidad y utilidad, sino a allanar estas dificultades, y que en lo futuro no se impruebe su condescendencia, dese cuenta al Excmo. señor Virrey [495] del reino con el expediente de esta solicitud, para que, en su vista, se digne resolver lo que fuere de su superior aprobación, y compulsándose testimonio de estas diligencias, contéstese a los señores de dicho Tribunal con copia de esta providencia.- Manuel de Espínola.- Josef Munive y Mozo.- Leandro Josef Carrisosa, escribano de cabildo mayor de gobernación. En dicho día hice saber lo decretado a don José de Arrazola y Ugarte, síndico procurador general de la ciudad.- Doy fe.- (Hay una rúbrica).Carrisosa. En cinco de dicho mes y año saqué el testimonio prevenido del auto anterior en una foja de papel correspondiente, y con el oficio de estilo que se ordena se pasó al Real Tribunal del Consulado de la plaza. Y para que conste su cumplimiento, lo anoto y firmo, de que doy fe.- Carrisosa. Excelentísimo señor:-No habiendo imprenta alguna en esta ciudad de Cartagena, y deseando la Junta promover este arte utilísimo y propagar por su medio cuantas luces pueda en beneficio del comercio y agricultura, acordó comisionar al tesorero don Manuel de Pombo, para que, por cuenta del Consulado, hiciese venir una que fuese completa. En consecuencia de este acuerdo presentó la referida imprenta en el mes próximo pasado, y se halla compuesta de cerca de cuarenta y nueve arrobas de letras, cinco diversas clases, en todo semejantes a los caracteres con que está impreso el Reglamento de comercio libre, la Cédula de erección del Consulado, la leyes de Indias, del Mercurio de Madrid y la Guías de forasteros de esta corte. Y asimismo presentó una mesa de mármol con su marco para labrar las letras, una prensa grande de imprimir, con mesa también de mármol, otra prensa para hacer libros y cortar papel, un barril de tinta humo pez, los componedores, galeras y demás instrumentos y utensilios del arte. Fue muy agradable a la Junta dicha presentación, y deseando que el público se utilice de la imprenta a la mayor brevedad, acordó en la misma sesión se entregue a un impresor instruido que se halla en esta plaza y que la solicitó bajo las principales condiciones de imprimir con alguna equidad los papeles que se ofrezca al Consulado, de enseñar el arte a dos oficiales dándoles perfectos impresores, y de reintegrar a los fondos del Consulado, en cuatro años, los mil ciento sesenta y ocho pesos cuatro reales a que ha ascendido con los seguros el total importe de la referida imprenta, pagando dicho impresor una cuarta parte en cada año. Asimismo acordó la Junta en la propia sesión pasar al Gobernador y reverendo Obispo de esta ciudad los correspondientes avisos de este útil establecimiento de la prensa, para que en uso de sus respectivas facultades, concedan o nieguen la licencia a cuantos papeles se traten de imprimir. Suplicamos a vuestra excelencia se sirva poner en noticia de Su Majestad todo lo referido para su soberana aprobación. E igualmente suplicamos se sirva consultar el real ánimo de Su Majestad, a fin de que se declare si la referida imprenta, los tornos de hilar, máquinas, herramientas de labranza y demás instrumentos que de la Península y países extranjeros encargue la Junta en cumplimiento del artículo veinte y dos de sus ordenanzas, se hallan sujetos o no a la contribución del real derecho de alcabala y almojarifazgo cuando se introducen en este puerto de Cartagena. Dios, nuestro señor, guarde la vida de vuestra excelencia muchos años.- Cartagena de Indias, treinta de agosto de mil ochocientos.- Excelentísimo señor.- Juan de Francisco Martín.- Esteban Baltasar de Amador.- Diego Guerra Calderón. [496] Excelentísimo señor Secretario de Estado y del Despacho de Real Hacienda de Indias. Es copia.- Juan Guillermo Ros. Por el decreto y oficio de V. S., de cuatro y cinco del corriente, se ha enterado la Junta de Gobierno de este Real Consulado de que el aviso que pasó a V. S. sobre la prensa que ha resuelto establecer la Junta en beneficio público, se sirve V. S. consultar al excelentísimo señor Virrey para allanar las dificultades que V. S. dice encuentra sobre permitir la impresión de papeles de comercio y cartillas, sin transgresión del auto acordado treinta y dos, título séptimo, libro primero de los de Castilla, y al privilegio exclusivo de la santa Iglesia Catedral de Valladolid. Pero como hasta ahora no se haya solicitado por alguno en el Gobierno el referido permiso, ni la Junta lo haya pedido para establecer la prensa; y, además de esto, dichas dificultades no puedan suspender de modo alguno el referido establecimiento de que ha dado ya la Junta, como lo verá V. S. por la adjunta copia, la correspondiente cuenta al Soberano en el mes próximo pasado, como lo observa y ejecuta de todo lo demás que emprende de sus fondos y resuelve en beneficio de la causa pública. Y como por otra parte la Junta no puede prescindir de sus funciones y facultades y cualquiera demora u oposición en el particular le sería indecorosa, desagradable a Su Majestad y cedería en detrimento inmediato de los utensilios y herramientas de la imprenta, porque se tomarían muchísimos, y en daño de todo lo demás que se halla preparado en el establecimiento referido, el cual, como V. S. sabe, ha habido ya en esta plaza de Cartagena y lo hay en otras muchas ciudades y lugares de menos población y proporciones. En esta virtud, y en la de cuanto anteriormente expusimos a V. S. sobre las facultades y exempciones de la Junta en el ejercicio de sus funciones e instituto, espera la Junta que luego que se concluya dicho establecimiento se servirá V. S. conceder por su parte los permisos que se le pidan por los particulares y cuerpos para imprimir (siendo corrientes los papeles que exhiban) exceptuando, si fuere del agrado de V. S., los referidos papeles que traten de comercio y las cartillas, en que V. S. halla la dificultad expresada, no obstante que a la Junta le parece y lo acredita la práctica general, que el auto acordado del Consejo de Castilla, que V. S. cita en el decreto, no tiene vigor alguno en las Indias, y que, además, comprende sólo a las imprentas de la Corte pero no a las innumerables que se hallan establecidas en Toledo, Alcalá de Henares, Valladolid, Santiago, Pamplona, Bilbao, San Sebastián, Cádiz, Valencia, Barcelona, Córdoba, Zaragoza, Sevilla, México, Puebla, Guadalajara, Guatemala, Habana, Santo Domingo, Arequipa, Lima, Quito, Santa Fe y otras muchas ciudades, villas y lugares, así de España como de América, donde no sólo se imprimen generalmente los referidos papeles sobre comercio de Indias, sin necesidad de ocurrir por licencia al Consejo de estos dominios, sino también las cartillas o silabarios para las escuelas de primeras letras, aunque no se observa la escasez de ellos, que ahora ocurre en Cartagena, pues el privilegio exclusivo concedido para esta impresión a la santa Iglesia de Valladolid, entiende también la Junta que abraza sólo a aquel obispado, o se extiende únicamente al reino de las dos Castillas; pero no a todos los dominios de la Corona de España y mucho menos a estos de América e Islas Filipinas, que tal vez no se habrían descubierto cuando Su Majestad concedió el referido privilegio. Y es cuanto de orden de la Junta en la sesión de once del corriente debemos contestar al expresado decreto oficio de V. S. de cuatro y cinco del corriente. [497] Dios guarde a V. S. muchos años. Cartagena, trece de Septiembre de mil ochocientos.- Josef Izquierdo.- Esteban Baltasar Amador. Señor Gobernador comandante general. Cartagena, catorce de Septiembre de mil ochocientos.- Agréguese a los antecedentes de su asunto y pase al señor asesor.- Espínola.- Antonio Francisco Merlano. Cartagena, Septiembre diez y siete de mil ochocientos.- Debiendo permanecer las cosas en el estado en que se hallan hasta el resultado del excelentísimo señor Virrey del reino, a quien se ha mandado dar cuenta con las diligencias, contéstese a los señores del Tribunal del Consulado que, deseando este Gobierno proceder con el permiso que le exige para el establecimiento de la prensa con la superior aprobación, y que a un mismo tiempo se dicten por Su Excelencia las reglas que su justificación tenga a bien prescribir para la impresión de papeles, a fin de no exceder sus límites y evitar todo abuso en la materia, se sirva ponerlo en noticia de los señores de su Junta de Gobierno y esperar dicho resultado, en el concepto que ningún perjuicio pueden recibir los útiles de dicha prensa en el corto tiempo que intermedie, conservándolos con las precauciones que se acostumbran, ni menos estimarse indecorosa esta demora a las facultades de su instituto, ni desagradable a Su Majestad el que se proceda en estos términos.- Manuel de Espínola.- Josef Munive y Moxó.- Leandro Josef Carrisosa, escribano mayor de Gobierno y de Cabildo. En el mismo día, mes y año hice saber lo decretado en el auto que antecede al síndico procurador general don Josef de Arrazola y Ugarte. Doy fe.- Arrazola.- Carrisosa. En diez y nueve de dicho mes y año saqué testimonio del auto que antecede para pasar con el oficio de estilo a los señores del Real Tribunal del Consulado, cumpliendo con lo mandado. Y para que conste, lo anoto y firmo, de que doy fe.- Carrisosa. Excelentísimo señor:-Dirijo a vuestra excelencia el expediente promovido por el Tribunal del Consulado de esta Plaza, en que por disposición de su Junta de Gobierno ha acordado el establecimiento de una prensa y el que se me diese conocimiento de ello, a que no he condescendido sin primero ponerlo en noticia de vuestra excelencia, no sólo para su superior aprobación, sino también para que en vista de lo expuesto por el asesor de este Gobierno, se digne vuestra excelencia, en caso que lo estime conveniente, dictar las reglas que deban observarse para la impresión de papeles y clase de los que se han de admitir, a fin de evitar todo abuso en la materia y efectos perjudiciales. Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Cartagena, Septiembre veinte de mil ochocientos.- Excelentísimo señor.- Manuel de Espínola. Excelentísimo señor don Pedro Mendinueta y Musquiz. Santa Fe, quince de octubre de mil ochocientos.- Al señor asesor con el expediente que incluye.- (Hay una rúbrica).- Leyva. Santa Fe y octubre diez y seis de mil ochocientos.- Al señor fiscal.- (Hay dos rúbricas).- Cayzedo. Excelentísimo señor:-El fiscal de Su Majestad dice: que en su concepto es útil y conocidamente ventajoso el pensamiento del Consulado de Cartagena sobre establecimiento de una prensa e impresión de los papeles de dicho Consulado y de las cartillas para la enseñanza de primeras letras en las escuelas públicas, y por este principio debería desde luego aprobarse por vuestra excelencia; pero para que la providencia se dicte con mayor instrucción [498] y conocimiento, se ha de servir vuestra excelencia mandar que se agreguen los expedientes que se actuaron para establecerse en esta capital las dos imprentas que ha habido, y de las cuales subsiste una con la denominación de Patriótica, y que, fecho, se vuelva todo a la fiscalía. Santa Fe y octubre veinte y uno de mil ochocientos.- Berrío. Santa Fe, octubre veinte y dos de mil ochocientos.- Como lo pide el señor fiscal.- (Hay dos rúbricas).- Cayzedo. En la escribanía, ni se han hallado ni hay noticia de que por ella hayan corrido.- (Hay una rúbrica). En la secretaría no hay noticia de los antecedentes que se piden; pero se sabe que la imprenta Patriótica se estableció por orden verbal del señor Ezpeleta.- (Hay una rúbrica). Excelentísimo señor:- El fiscal de Su Majestad dice: que tiene noticia de que para establecerse la imprenta que estuvo al cuidado de don Antonio Espinosa de los Monteros, antecedió una real orden, que se recibió y obedeció por esta Superioridad; su presencia puede contribuir para lo que se deba pedir y proveer acerca de la disposición acordada por la Junta de Gobierno del Consulado de Cartagena sobre el establecimiento de una prensa en aquella plaza, y así se ha de servir vuestra excelencia mandar que se solicite y agregue y que, fecho, se vuelva a la fiscalía.- Santa Fe y abril trece de mil ochocientos uno.- Blaya. Santa Fe, abril quince de mil ochocientos uno.- Como lo pide el señor fiscal.- (Hay dos rúbricas).- Cayzedo.- En la escribanía no lo hay.- (Hay una rúbrica). Santa Fe, once de noviembre de mil ochocientos uno.- Al señor asesor con el expediente u noticia del estado que tenga.- (Hay una rúbrica).- Leyva. Es el de haberse pasado ha más de un año para que por ella se agregase alguno de los ejemplares que hubiese respecto de las concedidas aquí, y no se ha devuelto hasta hoy doce de noviembre de mil ochocientos uno. (Hay una rúbrica). Santa Fe, doce de noviembre de mil ochocientos uno.- Venga con el expediente del asunto.- (Hay dos rúbricas).- Cayzedo.- Está en secretaría desde diez y siete de abril último, número ciento veinte y seis.- (Hay una rúbrica). Excelentísimo señor:- No habiendo imprenta alguna en esta ciudad de Cartagena y deseando la Junta de Gobierno de este Consulado promover este arte utilísimo y propagar por su medio cuantas luces pueda en beneficio de la agricultura, industria y comercio de este reino, hizo traer a sus expensas una muy buena con todos sus utensilios. En el acto de establecerla para el beneficio público, dio los correspondientes avisos al señor Gobernador e ilustrísimo señor Obispo de esta ciudad para que, en uso de sus respectivas facultades, examinasen los papeles que se hubiesen de imprimir. El ilustrísimo señor Obispo, contestó su conformidad, dando también las gracias al Consulado por tan útil establecimiento; pero el Gobernador interino respondió pasando por el dictamen que le había dado el asesor general; en él opinaba que no tenía facultad la Junta para hacer dicho establecimiento, ni el Gobierno para permitirlo. La Junta inmediatamente manifestó al citado jefe lo irregular e infortunado de las opiniones y consecuencias del citado asesor en su dictamen, y no hallando éste qué responder a lo expuesto por la Junta, salió diciendo que la santa iglesia Catedral de Valladolid tenía privilegio exclusivo para imprimir cartillas, y [499] que, en esta virtud, no se podía admitir la imprenta por el Gobierno sin consultar primero a vuestra excelencia A pesar de esta salida tan desproporcionada e irregular, a pesar de estar inhibida la Junta en el uso de sus funciones y facultades de la jurisdicción y de todos los tribunales, jefes políticos, magistrados, por el artículo cincuenta y dos de las Ordenanzas y bajo la protección inmediata de S. M., y, finalmente, a pesar de haber dado cuenta a S. M. a su debido tiempo de tan útil establecimiento, resolvió, sin embargo, la Junta (en obsequio de la buena armonía) suspenderlo hasta que vuestra excelencia se sirviese decidir la consulta del señor Gobernador. Y en efecto, de consentimiento de la misma Junta dirigió a vuestra excelencia aquel jefe, con fecha veinte de Septiembre del año próximo pasado, el expediente de la materia; pero como en tan dilatado tiempo vuestra excelencia no se ha servido decidir el punto, en su virtud el perjuicio que se sigue al bien público y el notable deterioro que padecen con el clima por falta de uso las herramientas y utensilios de la imprenta, ha dispuesto la Junta se recuerde a vuestra excelencia este asunto, y se le suplique (como lo ejecutamos) se sirva tener a bien el celo e integridad de vuestra excelencia determinarlo para evitar los citados inconvenientes, si lo permitiesen las muchas y graves ocupaciones de ese Superior Gobierno.- Dios guarde la vida de vuestra excelencia muchos años.- Cartagena, veinte de octubre de mil ochocientos uno.- Excelentísimo Señor.- Teodoro María de Escobar.- Manuel Martínez de Aparicio. Excelentísimo señor Virrey del reino.- Excelentísimo señor:- El Consulado de Cartagena ha hecho presente al Rey que habiendo determinado establecer allí una imprenta para contribuir a la instrucción pública, especialmente en las materias de comercio y agricultura, se opuso el Gobernador de aquella plaza, fundado en que era indispensable el permiso de vuestra excelencia, y que a este fin se había remitido el expediente mucho tiempo hace, suplicando el Consulado que S. M. se digne tomar sobre este asunto la providencia que tenga a bien; y en su virtud ha resuelto que vuestra excelencia remita el citado expediente, informando al mismo tiempo lo que se le ofreciere y pareciere.- Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.- Aranjuez, doce de febrero de mil ochocientos tres.- Soler.- Señor Virrey de Santa Fe.- Es copia. Santa Fe, veinticuatro de mayo de mil ochocientos tres.- Tejada.- Santa Fe, veinticuatro de mayo de mil ochocientos tres.- Únase la antecedente copia al expediente del asunto a que se contrae, y pase al señor asesor.- (Hay una rúbrica).- Tejada. En esa solicitud se citó el ejemplar de don Antonio Nariño para el establecimiento de una Patriótica en esta capital, según quiere hacerse memoria, y no lo habiendo en escribanía, pasó para su agregación a secretaría desde aquel tiempo, y no ha vuelto hasta hoy a la escribanía.- mayo veinte y seis de mil ochocientos tres.- (Hay una rúbrica).- Santa Fe, mayo veintisiete de mil ochocientos tres.- Hágase por secretaría la agregación prevenida, y con el expediente del asunto o razón de lo que allí resulte sobre lo que expresa la nota de la escribanía, al señor Fiscal.- (Hay dos rúbricas).- Cayzedo. -En secretaría se ha buscado la real orden para el establecimiento de la imprenta que estuvo a cargo de don Antonio Espinosa, y no se encuentra en ninguno de los legajos respectivos.- enero treinta de mil ochocientos seis.- (Hay una rúbrica). Excelentísimo Señor:- El Fiscal de lo civil dice: que la detención de este expediente ha consistido en no encontrarse la real orden que se creyó haber precedido al establecimiento de imprenta en esta capital, lo que [500] según consta de la nota de la Secretaría de treinta de enero que acabó, aunque se ha buscado, nada se ha conseguido. Por lo que, y estando mandado por S. M. en real orden de doce de febrero de ochocientos tres, que se remita este expediente con informe de vuestra excelencia acerca de lo que se ofreciere y pareciere, se ha de servir vuestra excelencia mandar se ejecute así con la mayor brevedad. Es justicia.- Santa Fe, febrero primero de mil ochocientos seis.- Frías. Santa Fe, febrero cuatro de mil ochocientos seis.- Obedécese la real orden de doce de febrero de mil ochocientos tres, en cuyo cumplimiento se haga como lo dice el señor Fiscal.- (Hay dos rúbricas).- Rojas. En seis del mismo, yo, el receptor, pasé noticia del superior decreto que antecede al señor don Diego Frías, fiscal de lo civil.- (Su rúbrica).- Doy fe.- (Hay una rúbrica).- Mateus. Concuerda con el expediente original de su asunto, de donde se sacó, corrigió y concertó este traslado, que está cierto y verdadero, a que en lo necesario me remito. Y para efecto de evacuar el informe a S. M., conforme a lo mandado en el último superior decreto, yo, el doctor don Domingo Cayzedo, vecino de esta ciudad, y en ella escribano mayor de Gobernación del reino, hice compulsar el presente, que firmo en la ciudad de Santa Fe de Bogotá, a diez de junio de mil ochocientos seis años.- Domingo Caizedo.- (Hay una rúbrica).- Corregido.- (Hay una rúbrica). III.- El Virrey de Santa Fe remite el expediente del Consulado de Cartagena, sobre el establecimiento de una imprenta en aquella plaza. Nº 455.- Excmo. señor:- En conformidad de la real orden que vuestra excelencia se sirvió comunicar a este Virreinato en 12 de febrero de 1803, paso a sus superiores manos el testimonio adjunto del expediente del Consulado, de Cartagena de Indias, acerca del establecimiento de una imprenta en aquella plaza, para promover y difundir por su medio los conocimientos y luces concernientes al progreso y adelantamiento de los ramos de su cargo. Su resultado es, que habiendo el Consulado ocurrido al Gobernador, manifestándole su determinación de verificar el mencionado establecimiento, para lo cual había costeado y tenía prontos todos los utensilios necesarios, este jefe creyó y dispuso, con acuerdo de su asesor, que era de obtenerse antes el permiso del Virrey, y habiendo, en su consecuencia, dado cuenta del asunto a mi inmediato antecesor, para resolver lo correspondiente, se corrió vista al ministerio fiscal, quien pidió la agregación de varios antecedentes, cuya solicitud en las oficinas donde pudieran existir ocasionó una demora extraordinaria, sin haberse al fin hallado, recibiéndose en el intermedio la citada soberana disposición, que desde luego he obedecido con precedente audiencia del mismo ministerio fiscal y acuerdo del asesor general, disponiendo la compulsa y remesa del mencionado testimonio, con el informe que juntamente se previene. Cumpliendo, pues, con este último requisito, lo que creo debo exponer, en el particular es, que siendo las imprentas expuestas a abusos de muy perjudiciales consecuencias, mayormente en parajes como Cartagena, que sin haber copia de literatos, está rodeada de colonias y posesiones extranjeras de todas clases, de donde es fácil la introducción de papeles y escritos peligrosos, no parece tan extraño, como el Consulado se lo figuró, la cautela de impetrar el permiso del jefe principal del reino para un establecimiento [501] de esta naturaleza, que allí nunca podrá ser útil para los fines que propone el Consulado. Los comerciantes en aquel puerto son de ordinario cajeros de los de Cádiz, que hacen en ese lugar su residencia para expender sus comisiones. Ellos, por lo común, carecen, no sólo de los conocimientos precisos de lo interior del reino y sus producciones, sino también de los de aquella provincia, que en la mayor parte es estéril. Por esto, con fecha de 19 de Septiembre del año próximo pasado, núm. 343, expuse a vuestra excelencia que para el fomento del comercio, agricultura y minería seria conveniente que se trasladara a esta capital el Consulado, quedando en Cartagena una diputación; pero cuando se considerase a aquellos comerciantes con los conocimientos necesarios para proponer los arbitrios y medios oportunos al adelantamiento del comercio, siempre sería necesario que lo consultasen a esta Superioridad, y habiendo en esta capital dos imprentas, podrían muy bien imprimirse, sin el riesgo de abuso que acaso se originarían de una imprenta a cargo del Consulado, en un puerto frecuentado de extranjeros y distante de la principal Superioridad. Tal es el juicio que me merece el asunto, según el cual, o el que vuestra excelencia con mejor discernimiento formase para la instrucción del real ánimo de S. M., su soberanía se dignará determinar lo que sea de su mayor agrado y más conforme a su real servicio. Nuestro Señor guarde a vuestra excelencia muchos años. Santa Fe, 19 de julio de 1806.- Excmo. señor.- Antonio Amar.- (Con su rúbrica). Excmo. señor don Miguel Cayetano Soler. Número 2.- Respuesta del señor fiscal, de 1º de abril de 1807. El ministro que hace de fiscal dice: que con real orden de 18 de diciembre del año próximo pasado se ha remitido, para que el Consejo informe lo que se le ofreciere y pareciere, una carta del virrey de Santa Fe, don Antonio Amar, y dos representaciones del Consulado de Cartagena sobre que se le permita establecer una imprenta en aquella plaza, acompañando a la primera testimonio del expediente instruido en su razón. Según resulta de éste, habiendo resuelto el Consulado verificar el referido establecimiento, lo manifestó así al gobernador, y que para ello había costeado y tenía prontos todos los utensilios necesarios; pero habiendo estimado dicho jefe que debía preceder permiso del Virrey, remitió a éste el expediente, que no llegó a determinar, porque con motivo de haberse quejado el propio Consulado a Su Majestad de la dilación que sufría este asunto en medio de su urgencia, se expidió real orden, en cuya virtud lo ha remitido con la expresada carta. En ella se hace presente que, siendo las imprentas expuestas a abusos de muy perjudiciales consecuencias, mayormente en parajes como Cartagena, que sin haber copia de literatos, está rodeada de colonias y posesiones extranjeras de todas clases, de donde es fácil la introducción de papeles, y escritos peligrosos, no era extraña la cautela de obtener el permiso del jefe principal del reino para un establecimiento que nunca podrá ser útil para los fines que se propone el Consulado, atendiendo a que los comerciantes en aquel puerto son de ordinario cajeros de los de Cádiz, que, por lo común, carecen, no sólo de los conocimientos precisos de lo interior del reino, sino también de los de aquella provincia, cuya mayor parte es estéril. Y que aunque se le considerase con ellos para proponer los arbitrios y medios oportunos al adelantamiento del comercio, siempre sería necesario [502] lo consultasen a aquella Superioridad; y habiendo en Santa Fe dos imprentas, podían imprimirse sin el riesgo de abusos, que acaso se originarían de la que se pretende establecer en un puerto frecuentado de extranjeros y distante de la capital. Estas reflexiones del Virrey son bastante poderosas para que no se permita el establecimiento de la imprenta en Cartagena, cosa que, además de ser extraña del instituto del Consulado, tampoco se considera necesaria para el adelantamiento de la agricultura, industria y artes que debe promover, como quiere persuadir. Lejos de esto, parece muy extraño que aquel Cuerpo, destine los caudales que deben servir para los usos que le están indicados en objetos tan extraños, sin que aparezca la facultad con que lo ha ejecutado, ni si la tiene para ello. La especie de que muchos de los útiles de la imprenta, como mesas, prensas, tinta y otros, están ya casi perdidos por el clima y por la falta de uso, no debe tener, cuando, al parecer, no ha debido hacerse este gasto ni gravarse con él los caudales del Consulado; y menos es oportuna la otra relativa a que la América e islas están llenas de imprentas, cuando en donde se hayan establecido habrá habido razones para ejecutarlo, y en Cartagena las hay para lo contrario, particularmente cuando, según expone el propio Consulado, la hubo en otro tiempo y no pudo subsistir, y aunque se dice fue por ser su comercio mucho menor, ni consta si concurrió alguna otra causa para que cesase, ni hay pruebas de que el aumento que se supone del comercio, aún en dicho caso, sea suficiente para que no venga a suceder lo mismo; y de todos modos se inutilicen unos gastos que no pueden dejar de ser cuantiosos, con perjuicio de otras atenciones propias del Consulado. Por último, ni una ni otra cosa merece darse a la imprenta. Hay para esto dos, según expone el Virrey, en la capital de Santa Fe; y por todo, al ministro que hace de fiscal parece que no sólo no se debe conceder el permiso que solicita el Consulado de Cartagena para establecimiento de una imprenta en aquella ciudad, sino que en el caso de que para el gasto de los utensilios que se hicieron llevar con dicho objeto no precediesen los requisitos que previenen las ordenanzas del propio Consulado y demás prevenciones que se le tengan hechas en este punto, no deben sufrir este desfalco sus caudales, sino lastarlo aquellos individuos que concurrieron al acuerdo en que se tomó semejante determinación. El Consejo se servirá hacerlo así presente a S. M. en cumplimiento de la real orden citada al principio, o como tenga por más conveniente y acertado. Madrid, 1º de abril de 1807.- (Hay una rúbrica). Señor:- Con real orden de 18 de diciembre del año último se remitió al Consejo para que informe lo que se le ofreciere y pareciere, una carta del Virrey de Santa Fe, de 19 de julio del mismo año, con que ha acompañado el expediente seguido a instancias del Consulado de Cartagena, solicitando se le permita establecer una imprenta en aquella plaza, y dos representaciones del mismo Cuerpo, relativas al asunto. De dicho expediente resulta que, habiendo el enunciado Consulado ocurrido al Gobernador de Cartagena manifestándole, en oficio de 20 de agosto de 1800, su determinación de verificar el establecimiento, mandó por auto de 4 de Septiembre siguiente, con dictamen de asesor, se diese cuenta al Virrey de Santa Fe con el expediente, para que resolviese lo correspondiente, lo que, ejecutado en 20 del mismo mes, y dada vista al [503] fiscal en 15 de octubre del propio año, pidió éste la agregación de varios antecedentes. En este estado, y a queja de dicho Consulado, por la dilación que sufría este asunto en medio de su urgencia, se mandó, en real orden de 12 de febrero de 1803, al actual virrey de Santa Fe don Antonio Amar, remitiese el citado expediente, informando al mismo tiempo lo que se le ofreciese y pareciese, como lo ha hecho, manifestando en su referida carta de 19 de julio de 1806 que, siendo las imprentas expuestas a abusos de muy perjudiciales consecuencias, mayormente en parajes como Cartagena, que, sin haber copia de literatos, está rodeada de colonias extranjeras de todas clases, de donde es fácil la introducción de papeles y escritos peligrosos, no parece tan extraña, como el Consulado se lo figuró, la cautela de impetrar el permiso del jefe principal del reino para un establecimiento de esta naturaleza, que allá nunca podrá ser útil para los fines que propone el Consulado. Que los comerciantes en aquel puerto son de ordinario cajeros de los de Cádiz, que hacen en él su residencia para expender sus comisiones, quienes, por lo común, carecen no sólo de los conocimientos precisos de lo interior del reino y sus producciones, sino también de los de aquella provincia, que en la mayor parte es estéril; por cuya razón, dice el Virrey, expuso a Su Majestad por el Ministerio de Hacienda, con fecha de 19 de Septiembre de 1805, que para el fomento del comercio, agricultura y minería sería conveniente que se trasladara a aquella capital el Consulado, quedando en Cartagena una diputación; y cuando se considerase a aquellos comerciantes con los conocimientos necesarios para proponer los arbitrios y medios oportunos a el adelantamiento del comercio, siempre sería necesario que lo consultasen a la Superioridad de Santa Fe, pues habiendo en aquella capital imprentas, podrían muy bien imprimirse, sin el riesgo de abusos que acaso se originarían de una imprenta a cargo del Consulado en un puerto frecuentado de extranjeros y distante de la principal Superioridad. El Consulado en dichas representaciones expone que, con el objeto de difundir en todas las clases los conocimientos y noticias necesarias para los adelantamientos de la agricultura, industria y artes de un reino el más feraz y rico de los tres de la naturaleza, especialmente en el vegetal y mineral, cuyos ramos están sumamente atrasados, y, por consiguiente, necesitan mucha luz, hizo llevar a aquella ciudad una completísima imprenta, para que, por su medio y la protección de V. M., prosperen, en bien de la causa pública y del Estado; pero que no se ha establecido por oposición del Gobernador, fundada en leyes anticuadas y derogadas por el nuevo sistema de comercio de Indias, y mucho más por la cédula de erección del Consulado, cuyos útiles, como mesas, prensas, tinta y otros están casi perdidos por el clima y por falta de uso, que parece al Consulado no ha debido prohibirse, sino celar por medio de los censores se imprimiese papel alguno que no fuese conforme al dogma católico, sistema y máximas del Gobierno. Que la América e islas están llenas de imprentas, y no hay ciudad capital y puertos de mar donde por tan justas causas no se hallen establecidas, especialmente después de la erección de los nuevos Consulados; que en Cartagena la ha habido antes, cuando su comercio era mucho menor y sin más extracción que la del oro en moneda o barras, y por cuya causa no pudo subsistir aquel establecimiento; y que, debiendo esperarse hoy todo lo contrario, sabe dicho Consulado que acaba de establecerse en la [504] ciudad de Santiago de Cuba una imprenta, sin duda con los mismos interesantes fines de adelantar y perfeccionar aquellos ramos, y con cuyo objeto tiene mandado V. M. posteriormente se subscriban los Consulados al periódico Semanario de Agricultura, traducido del francés por don Juan Álvarez Guerra, y aún el Diccionario de Física de Brisson. Por todo lo cual concluye el Consulado con la súplica de que se establezca dicha imprenta en aquella ciudad, como había habido antes, bajo las reglas de policía con que se establecen todas. El Consejo, en su vista y de lo expuesto por el fiscal en su adjunta respuesta, conformándose con su dictamen, hace presente a V. M. que las reflexiones, del Virrey de Santa Fe en su referida carta son bastantes para, que no se permita el establecimiento de la imprenta que solicita el Consulado de Cartagena, pues, además de ser extraña de su instituto, tampoco se considera necesaria para el adelantamiento de la agricultura, industria y artes que debe promover, como quiere persuadir; y, lejos de esto, no parece regular que dicho Cuerpo destine los caudales que deben servir para los usos que le están indicados en objetos tan extraños, sin que aparezca la facultad con que lo ha ejecutado, ni si la tiene para ello; no, debiendo de tener la especie de que muchos de los útiles de la imprenta, como mesas, prensa, tinta y otros están ya casi perdidos por el clima y por la falta de uso, cuando al parecer no ha debido hacerse este gasto, ni gravarse con él los caudales del Consulado; y menos es oportuna la otra relativa a que la América y las islas están llenas de imprentas, pues en donde se hayan establecido habrá habido razones para ejecutarlo, y en Cartagena las hay para lo contrario, particularmente cuando, según expone el propio Consulado, la hubo en otro tiempo y no pudo subsistir; y aunque, se dice fue por ser su comercio mucho menor, ni consta si concurrió alguna otra causa para que cesase, ni hay pruebas de que el aumento que se supone del comercio, aún en dicho caso, sea suficiente para que no venga a suceder lo mismo, y de todos modos se inutilicen unos gastos que no pueden dejar de ser cuantiosos, con perjuicio de otras atenciones propias del Consulado; pues si una cosa u otra merece darse a la imprenta, hay para esto dos, según expone el Virrey, en la capital de Santa Fe. Por todo lo cual parece al Consejo que, no sólo debe servirse Vuestra Majestad denegar la solicitud del Consulado para el establecimiento de imprenta, sino que, en el caso de que para el gasto de los utensilios que se hicieron llevar con dicho objeto no precedieron los requisitos que previenen las ordenanzas y demás prevenciones que se le tengan hechas en este punto, se digne declarar no deben sufrir este desfalco sus caudales, sino lastarlo aquellos individuos que concurrieron al acuerdo en que se tomó semejante determinación. Vuestra Majestad resolverá lo que sea de su real agrado.- Madrid, etc. En la cubierta se halla lo siguiente:-En cumplimiento de una real orden de V. M. acerca de la solicitud del Consulado de Cartagena sobre que se le conceda establecer una imprenta en aquella ciudad, expone su dictamen acompañando la respuesta del fiscal, reducido a que, por las razones que se manifiestan, no conviene acceder a dicha solicitud, y que puede hacerse la declaración que se expresa.- Visto:- Resolución de Su Majestad: «Como parece, y así lo he mandado.»- Fecha: Consejo, de 3 de julio de 1807.- Publicada. (Archivo de Indias. Sevilla, Papeles por agregar. Santa Fe, 120-3, legajo titulado «Consultas y reales resoluciones»). [505] La Imprenta en Yucatán[507] La necesidad de establecer una imprenta en Mérida de Yucatán estaba en el pensamiento de algunos de sus habitantes en los albores del siglo XIX. (473) [508] Están, sin embargo, de acuerdo los escritores mexicanos, en que la Imprenta no se introdujo en esa ciudad hasta el año de 1813 (474). El historiador Ancona dice que don Francisco Bates, uno de los más ardientes liberales yucatecos, «hizo venir de Europa una imprenta; pero como las comunicaciones eran entonces muy tardías, ésta no hubo de llegar a Mérida sino hasta principios de 1813. «Entonces se abrió una nueva era para la antigua colonia, en donde antes todo respiraba silencio y una sumisión absoluta a la autoridad real. En la antigua T-hó, donde los bárbaros mayas tributaban en otros tiempos un culto especial a sus dioses inmundos, en la ciudad de Mérida, fundada por Francisco de Montejo, para el mejor servicio de la Iglesia y del Rey, apareció entonces el primer periódico que hubo en la provincia, y que debía de contribuir poderosamente a la tercera evolución que se ha desarrollado en su suelo. Diose a la publicación el nombre de El Aristarco.» (475) La imprenta la puso su propietario bajo la dirección de don José Fernández Hidalgo. (476) Don José Clemente Romero asegura que en ese mismo año de 1813 se fundaron en Yucatán cuatro establecimientos tipográficos más: los de don José Tiburcio López y hermano, el de don Andrés Martín Marín, y el de don Manuel Anguas, que tenía el carácter de oficial, porque en él se imprimían los trabajos de la gobernación; y el de don Domingo Cantón. (477) De los impresos y documentos que conocemos, resulta, sin embargo, que esta aseveración del escritor yucateco no es del todo exacta. En efecto, por primera vez en 1814 se ve aparecer, la «Imprenta del Gobierno a cargo de don Manuel Anguas», y en 1815 la oficina a cargo de don Andrés Martín Marín», y no antes de 1820 la de don Domingo Cantón. Sólo hasta 1814 se exhibe en los pies de imprenta el nombre: de Bates. ¿Pasó el taller de su propiedad a poder del Gobierno? Así lo creemos. La del Gobierno comenzó a llamarse «Constitucional» en 1814, sin el aditamento de hallarse a cargo de Anguas; en 1818 aparece el nombre de éste, y sigue en 1820 siempre a su cargo y con el título de «Patriótica Constitucional». De los pies de imprenta en que se ve figurar a Marín en 1815 y l820, consta que él era simplemente quien dirigía el taller, pero de ninguna manera su propietario. En ese último año la «Patriótica Constitucional» estuvo regentada por Anguas y por Marín. [509] Otro tanto decimos de la «Patriótica liberal», en que se presenta en ese mismo año el nombre de Cantón. De estos antecedentes resulta, en nuestro concepto, que no fueron cinco las imprentas que hubo a la vez en Mérida de Yucatán, no diremos en 1813 sino aún en 1821, fecha a que alcanzan las presentes Notas bibliográficas. En realidad de verdad, la imprenta era una sola, que se presenta con nombres diferentes y a cargo de distintos tipógrafos. Por lo demás, bien se deja comprender que la importancia de la ciudad en aquel entonces no podía en manera alguna proporcionar trabajo a cinco talleres a un tiempo. Pero no necesitamos seguir en este camino de las hipótesis para llegar a la conclusión que indicamos. Poseemos, en efecto, documentos que establecen de una manera que no deja lugar a dudas, que hasta mediado el año de 1821 no existía más de una imprenta en Mérida. El jefe político D. Juan María Echeverri escribía, con fecha 30 de enero, que no había allí sino una sola tipografía, de propiedad del alcalde D. Pedro José Guzmán, por la que se publicaba el único periódico de la localidad, en el que se insertaban las reales órdenes, decretos de las cortes, reglamentos, etc., «copiando cuanto bueno traían los papeles públicos de esa corte (Madrid) y otros puntos.» Unos cuantos meses después volvía a dirigir al Ministerio un nuevo oficio relativo al mismo asunto, que copiamos íntegro, por lo que interesa al punto que dilucidamos. «Excmo. señor:- En toda esta provincia sólo hay una imprenta, aunque bien corta y escasa de sirvientes, que es la que tiene en esta ciudad a su cargo don Domingo Cantón, circunstancia que le ha proporcionado vender caro su trabajo. Sin embargo, el Gobierno Provincial se vio en la necesidad de valerse de ella para circular con la conveniente celeridad las órdenes de Su Majestad y decretos del Congreso, pactando dar a la oficina quinientos pesos anuales de los fondos provinciales, cantidad que, haciendo apenas el tercio de lo que le producía igual trabajo en imprimir otros papeles, hacía preferir éstos y dilatar la publicación de aquellos, con notable perjuicio del público en la demora con que se le comunicaban las disposiciones superiores y en el atraso de los negocios de este Gobierno. «Deseando la Diputación Provincial remediar este daño y también esparcir por toda la provincia, para ilustración de sus habitantes, privados generalmente hasta estos tiempos aún de escuelas de primeras letras, discursos y reflexiones instructivas de sus obligaciones y derechos, acordó, en sesión de 2 de febrero último, se celebrase contrata con dicha imprenta para que llenase los objetos referidos, comisionando para el efecto a su secretario. En su consecuencia, se obligó la Imprenta a publicar semanalmente cuatro periódicos de aquella clase y a entregar de cada número doscientos ejemplares para distribuir entre los ciento setenta y ocho ayuntamientos de la provincia y otras corporaciones y autoridades, por un mil y quinientos pesos anuales: gratificación moderada, si se compara con los cuarenta y un mil y seiscientos impresos de a pliego que por ella debe entregar, y si se reflexiona que sería necesario duplicarla para pagar plumistas que desempeñasen esta obligación, sin la celeridad necesaria en las presentes circunstancias. [510] «Sin embargo, habiéndose pedido por un vecino de esta ciudad otra Imprenta, que debe llegar muy en breve, se espera que su concurrencia proporcionará luego alguna ventaja en el precio. Todo lo cual participo a vuestra excelencia para su superior conocimiento. «Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.- Mérida de Yucatán, 12 de junio de 1821. Excmo. señor.- Juan María Echeverri.- (Con su rúbrica). «Excmo. señor Secretario de Estado y del despacho de la Gobernación de Ultramar.» (Archivo de Indias, 91-2-13). Muy pocos días después, en 28 de agosto de dicho año, anunciaba Echeverri que la imprenta que se esperaba había llegado; pero lejos de resultar beneficiosa a sus planes de economía, aquel nuevo taller pasó a ser un tremendo ariete contra la autoridad del Gobernador. «Desde entonces, decía, el abuso de la libertad empezó a indisponer los ánimos, viéndose atacadas corporaciones y autoridades.» Lo cierto era que, según el mismo Gobernador lo confesaba, el escritor de ese periódico revolucionario había conseguido al cabo de muy pocos meses «desterrar la mayor parte de aquella fuerza moral con que yo podía apoyar mi mando.» Se quejaba de los letrados que no le ayudaban, y especialmente porque habiéndose pedido al que hacía de fiscal que delatase el papel Indio triste, publicado allí, «se limitó a quejarse de las expresiones contra el Obispo.» Después de esto nos parece fuera de cuestión que hasta julio o agosto de 1821 no hubo más de una imprenta en Mérida de Yucatán (478). [511] La Imprenta en Santa Marta[513] El gobernador de Santa Marta don Francisco de Montalvo, en carta de 6 de noviembre de 1813 escribía al Ministro de Ultramar diciéndole que había procurado establecer una imprenta en aquella ciudad, pero «la estrechez y miseria en que nos hallamos aquí», agrega, «no me ha permitido aún realizar el proyecto.» (479) Según consta de la portada del único impreso que conocemos, tres años después de aquella fecha estaba en funciones una imprenta en el Colegio Seminario de dicha ciudad. [515] La Imprenta en Arequipa, El Cuzco, Trujillo y otros pueblos del Perú durante las campañas de la independencia[517] Las notas bibliográficas que van en seguida se refieren a las piezas que hemos logrado ver salidas de las prensas de Arequipa, el Cuzco, Trujillo, y de las de los Ejércitos Libertador y Realista durante las campañas de la independencia del Perú en los años de 1820 a 1825. (480) Nuestros esfuerzos para averiguar algunas noticias biográficas de los tipógrafos que las compusieron han resultado infructuosas. Sentimos, por lo tanto, tenernos que limitar a los escasísimos datos que resultan de las portadas de esos mismos impresos. Al Cuzco llevó imprenta el virrey D. José de la Serna en enero de 1822. Llamose del «Gobierno legítimo» o «del Gobierno», simplemente. En Trujillo la costeó, como en Arequipa, la Municipalidad, y empezó a funcionar con su nombre en julio de 1824, a cargo de don José Paredes. Llamose, también, «Imprenta de la Ciudad». Casi a la vez se estableció la del Estado, regentada por D. J. González. Como es sabido, en el parque del Ejército Libertador se incluyó una pequeña imprenta, de la cual salieron sus Boletines, impresos en distintos pueblos y parajes del Perú. Los nombres de los tipógrafos que la tenían a su cargo, que han llegado a nuestro conocimiento, son: D. José Rodríguez, de la que se tituló del «Ejército Libertador del Sur», (diciembre de 1822); de la del «Ejército Unido» el capitán Andrés Negrón (1824), quien, junto con empuñar la espada y manejar el componedor, solía ser visitado de las musas; y don Fermín Arévalo en 1825. [518] La imprenta de los realistas llamose simplemente «Volante», en 1821; de la «División libertadora del Sur» (1822), a la cual, parece se agregó la de los patriotas que en Calamarca cayó en poder del general Canterac y que se nombró entonces «Imprenta que fue de la División enemiga del Sur»; y, por fin, la designada con el título de «Imprenta de la División de la Costa de Lima», que trabajaba en 1824 en el Callao, bajo la dirección de D. José Masías. No necesitamos decir que los talleres tipográficos de uno y otro ejército apenas si bastaban para publicar hojas sueltas, y, cuando más, dos páginas en folio. Llevados a lomo de mula fueron transportados por todo el interior del antiguo virreinato, desde Jauja a Chuquisaca, y sus productos venerandos son hoy rarísimos; y aunque muchos de ellos figuran en el día en colecciones posteriores, las presentes notas servirán, aunque más no sea, para darlos a conocer con todos sus caracteres bibliográficos (481). Los historiadores han enumerado prolijamente los cañones y fusiles de los beligerantes durante aquellas memorables campañas: nuestro propósito ha sido inventariar, a medida de nuestras fuerzas, esos impresos, que en ocasiones fueron armas de combate aún más poderosas que los fusiles y los cañones. Complemento indispensable de nuestra Imprenta en Lima, hemos creído que, deficientes, como tienen que ser, han de dar, por lo menos, margen a investigaciones posteriores, que permitan formar el catálogo completo de tan interesantes producciones tipográficas. [519] Las obras de la bibliografía hispanoamericana[521] Advertencia (482) sobre las obras de bibliografía hispano-americana.- Bibliografías generales: Nicolás Antonio y su Bibliotheca hispana nova.- Alfonso Lasor de Varea.- Barbosa Machado; noticias de su Biblioteca Lusitana.- El Ensayo, de Gallardo.- El cronista González Dávila.- Bibliografías especiales hispano-americanas:- González de Barcia y su Epítome.- La Biblioteca Americana, de Alcedo. - Eguiara y Eguren y Beristain de Sousa.- El libro de Ternaux-Compans.- Nota crítica acerca de la Bibliotheca Americana Vetustissima.- Rasgos biográficos de su autor.- Tirada aparte de las páginas referentes a libros impresos en América descritos en ella.- El Dictionary of Books, etc., de Sabin y la Historia de la literatura en Nueva Granada, de Vergara.- Bibliografías de lenguas americanas.- El libro del Conde de la Viñaza.- La Real Academia de la Historia y el cuarto centenario de Colón.- Catálogos de bibliotecas públicas y particulares.- Catálogos de libreros referentes a la América.- Bibliografías españolas de materias determinadas.- Id. de provincias y ciudades de la Península.- Las crónicas y bibliografías de las Órdenes religiosas.- Conclusión. Si hubiéramos de limitarnos en la reseña bibliográfica que nos hemos propuesto hacer a las obras de esa índole que se refieren exclusivamente a la América, nuestra tarea sería tan sencilla como breve. Pero como en realidad de verdad obras y escritores hispano-americanos se encuentran citados con más o menos extensión en bibliografías de carácter general, en las crónicas de órdenes religiosas, en monografías de la Imprenta de muchas ciudades españolas, y no pocos en catálogos de bibliotecas públicas, de particulares y de libreros, nos ha parecido que de una manera sumaria debíamos siquiera mencionar esas obras, pues que de todas ellas hemos tenido que tomar, aunque más no haya sido, una referencia. [522] Comenzaremos, pues, por las bibliografías generales. El puesto de honor corresponde en este orden a Nicolás Antonio para su obra Biblioteca Hispana, impresa por primera vez en Roma en 1672 y de la cual se hizo segunda edición en Madrid durante los años de 1783-1788, bajo la dirección de D. Antonio Sánchez y D. Antonio Pellicer, correspondiente a los autores que florecieron desde el año 1500, o sea la llamada Hispana nova. (483) En esa obra escrita en latín se dan noticias de muchísimos autores americanos en el sentido más lato de esta palabra, y se indican los títulos de las obras más o menos abreviados, pero siempre con exactitud, añadiendo el lugar y años de la impresión y el tamaño. Revélase en ella el autor como hombre eruditísimo y escrupuloso en las noticias que da de los libros y autores, a tal punto que, salvo contadísimos descuidos, la Biblioteca Hispana nova es un guía seguro para el bibliógrafo. Las condiciones de la edición española son hermosísimas, y los índices en extremo copiosos que la enriquecen facilitan sobremanera su consulta, contrapesando así el error en nuestro concepto cometido de haber seguido en el cuerpo de la obra el orden de los nombres propios de los autores y no el de los apellidos, único sistema, es cierto, adoptado durante siglos por los escritores españoles en sus índices. Don Nicolás Antonio y Bernal nació en Sevilla el 28 Julio de 1617. (484) Hizo sus primeros estudios en el Colegio de Santo Tomás de Sevilla y en otros de esa ciudad, hasta que en 1636 fue enviado a la Universidad de Salamanca, en la que tres años más tarde se graduó de bachiller en leyes, a cuyo estudio se dedicó con ardor bajo la dirección del egregio jurisconsulto don Francisco Ramos del Manzano. En 1645 se trasladó a Madrid a impetrar el hábito de la orden de Santiago, que obtuvo, (485) y donde probablemente permaneció hasta 1659, fecha en que Felipe IV le envió a Roma, ordenado ya de sacerdote, según es de creer, como procurador general del reino, y en cuya corte permaneció diez y ocho años, hasta el de 1678, en que fue llamado a Madrid para servir la fiscalía del Consejo llamado de Cruzada, que desempeñó hasta su muerte, ocurrida allí el 13 de Abril de 1684. (486) [523] Más general que la de Antonio, como que abarca a los escritores de todas las ciudades del mundo (al menos según reza el título de la obra) es la que publicó Rafael Savonarola en 1713, en dos volúmenes en folio, bajo el seudónimo de Alfonso Lasor a Varea, que en ocasiones hemos tenido oportunidad de citar, pero que en realidad es de un escasísimo valor bibliográfico para los americanistas. Por supuesto que como monumento bibliográfico es infinitamente superior la Biblioteca Lusitana de Diego Barbosa Machado, y aunque, como es de suponerlo, se refiere casi en su totalidad a obras portuguesas, se ocupa cuando se ofrece la ocasión de autores que interesan a la América. El tomo I de esa obra, verdaderamente notable por sus investigaciones biobibliográficas e impresa con gran lujo tipográfico, se publicó en Lisboa en 1741 y fue dedicada por el autor al rey don Juan V. A pesar de esto y por circunstancias que no es fácil de explicar, el II lo dedicó al obispo de Oporto; pero habiéndose dado cuenta de semejante inconveniencia le hizo después arrancar la portada y dedicatoria, por cuya razón son hoy rarísimos los ejemplares que las conservan. El III es muy raro. Cuéntase que fastidiado porque no se vendía y por las críticas que se le dirigían, destruyó todos los ejemplares que conservaba en su poder. El 4º lo publicó en 1759. «El abad Barbosa, dice Silva, fue, como no podía dejar de ser por la naturaleza de sus estudios, un celoso y apasionado bibliófilo. A costa de muchos sacrificios y gastos consiguió reunir una selecta y copiosa biblioteca, la cual ofreció al rey D. José para reemplazar la biblioteca real destruida en el terremoto de Lisboa de 1755. Trasladada por Juan VI al Brasil cuando se retiró allí, constituye ahora el fondo principal de la Biblioteca Nacional de Río Janeiro.» (487) Barbosa Machado nació en Lisboa el 31 de Mayo de 1682 y fue hijo del capitán Juan Barbosa Machado y de Catalina Machado. Fue abad de la iglesia parroquial de San Adriano de Sever en Oporto y uno de los [524] primeros cuarenta académicos de la Academia Real de la Historia de Portugal. Falleció el 9 de Agosto de 1772. (488) Volviendo a España, es necesario que dejemos pasar siglos enteros antes de lograr la suerte de encontrar una bibliografía general; pero esa tardanza encuentra cierta compensación en la calidad de la obra que se nos presenta; nos referimos al Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, cuyo primer volumen salió a luz en Madrid en 1863, y que por ser de todos conocido no tenemos para qué describir en este lugar. Ese magnífico monumento de la bibliografía peninsular, formada tomando por base los apuntamientos del erudito y diligentísimo investigador don Bartolomé José Gallardo por don Manuel Remón Zarco del Valle y don José Sancho Rayón, contiene muchos títulos que interesan al americanista, tanto más interesantes cuanto que algunos de ellos son de extraordinaria rareza y todos descritos de mano maestra con cuantos detalles puede apetecer la curiosidad más exigente. Pero, como se comprenderá, todas estas bibliografías generales cualquiera que sea su mérito, no interesan al investigador de libros americanos sino muy secundariamente al lado de las que aparecen consagradas por entero a las obras que tratan del Nuevo Mundo. Lástima es que hasta ahora hayan sido tan pocas, aún contando entre ellas las obras que por incidencia se han ocupado de ese tema. Hemos dicho que el antecesor de León Pinelo en el cargo de cronista de Indias había sido el maestro Gil González Dávila, quien en su Teatro eclesiástico de las Indias tuvo ocasión de mencionar, aunque sin detalles bibliográficos, las obras escritas y publicadas por los obispos cuyas biografías iba escribiendo. Pero no necesitamos decir que bajo el punto de vista de que nos ocupamos, su obra apenas si vale la pena de citarla. Ni esos descarnados apuntes, ni los que se registran en algunas crónicas religiosas por lo relativo a los escritores americanos de las diversas Órdenes, de que más adelante hablaremos, pueden, pues, no diremos compararse sino apenas sumar en conjunto uno solo de los títulos del Epítome de León Pinelo, que con todas sus deficiencias y a pesar del largo transcurso de los años, continuaba siendo la obra capital de consulta para la bibliografía de América. Estaba reservado a un hombre tan laborioso como aquél, el emprender la tarea de aumentar el catálogo bibliográfico de los escritores de Indias. Fue este don Andrés González de Barcia Carballido y Zúñiga, nacido [525] en Madrid (489) hacia los años de 1673, (490) precisamente en los días en que Nicolás Antonio publicaba en Roma su gran Biblioteca Hispana. Poco en realidad, es lo que se sabe de la vida de tan meritorio literato y bibliógrafo, debido en parte a que sus descendientes negaron a su biógrafo, según éste refiere, «las correspondientes noticias, como si les hubiera pedido en préstamo, dice, algunas cantidades.» «Sirvió, pues, al señor D. Felipe V desde el año de 1706 en diferentes comisiones y juntas,
desempeñando su obligación con el mayor celo y desinterés. Fue superintendente del real
aposento de corte y juez particular y privativo de quiebras, intervenciones, alcances y fianzas de
rentas reales y millones y de los negocios pendientes en la Junta de la Visita de la Real Hacienda,
ministro del Supremo Consejo y Cámara de Castilla, y asesor en el de Guerra, y en el año de
1734, gobernador de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. En 6 de Julio de 1713 asistió en la casa
del excelentísimo señor D. Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, como uno de
los once sujetos a quienes, y al esfuerzo y protección de este sabio señor, se debió la fundación
de la Real Academia Española. Tuvo trato y comunicación con los sujetos más sabios del reino,
cuyas cartas y papeles darían muchas luces para su vida, si no han fenecido a manos de algún
ignorante. Murió en Madrid a 4 de Noviembre del año 1743, a los 70 de su edad.» (491)
González de Barcia, que era un trabajador infatigable y que se había propuesto colectar cuantos libros y papeles impresos y manuscritos le fuese posible respecto a las cosas de Indias y después de haber vulgarizado algunos no poco importantes, de que hemos dado noticias en el curso de esta Biblioteca, hallándose empeñado en una nueva reimpresión de los Hechos de los Castellanos, etc., de Antonio de Herrera, se propuso aumentar en cuanto le fuese posible la lista de «los autores impresos y de mano que han escrito cosas particulares de las Indias Occidentales», que precede a la edición príncipe de la obra. Al intento se propuso dar con el paradero de la obra grande de León Pinelo, de que era un extracto el Epítome, y habiendo fracasado sus investigaciones, para reemplazarla, hubo de echar mano de su preciosa y abundantísima colección de obras americanas en tantos años de afanes reunida, llevando siempre por norma el trabajo de su antecesor en esa tarea y completándolo naturalmente con los títulos publicados o escritos en el transcurso del siglo que mediaba desde la aparición de aquél, que había podido tener a la vista o que tomó de compilaciones, tanto españolas como extranjeras, publicadas hasta su tiempo. Tal fue el origen de la Biblioteca oriental y occidental impresa en 1737, que hemos descrito bajo el número 3071. (492) [526] Queda allí consignado el juicio que la obra mereció a un bibliógrafo tan notable como Salvá, el cual, por desgracia, es completamente exacto. «Muchos de los errores que deslustran el mérito de bibliografías posteriores, añade a ese respecto el señor Harrisse, (493) deben atribuirse a González de Barcia». Así como éste habla tomado por modelo para su trabajo a León Pinelo, el suyo había de servir a su vez de base a don Antonio de Alcedo, el autor del notable Diccionario histórico geográfico de las Indias Occidentales, para componer en 1807 su Biblioteca Americana. Catálogo de los Autores que han escrito de la América en diferentes idiomas, y noticia de su vida y patria, años en que vivieron y obras que escribieron, citada por primera vez por Rich en su Biblioteca americana nova (494) y que consta de VI-1028 hojas manuscritas. «Esta abultada compilación, nos informa el señor Harrisse, parece hallarse totalmente basada sobre Pinelo-Barcia, con el agregado de unas pocas notas bibliográficas, que sólo son de interés cuando se refieren a modernos autores americanos. Los títulos aparecen en orden alfabético, compendiados, y escogidos con muy poco criterio.» (495) Mas, cualesquiera que sean los méritos (496) y defectos de esa obra, que de unos y otros debe tener sin duda alguna, la circunstancia de no haberse dado a luz en nada hizo adelantar los estudios bibliográficos relativos a la América. Mejor suerte que la anterior, aunque no tan completa como hubiera sido de desear, corrió la Bibliotheca Mexicana de don Juan José de Egulara y Eguren, cuyo tomo I, que comprende las tres primeras letras del alfabeto, se publicó en México en 1755, si bien el manuscrito alcanzaba hasta la J. La muerte del autor, ocurrida en 1763, le impidió terminar su obra, que debía comprender las noticias bio-bibliográficas de todos los escritores nacidos en Nueva España. Aunque distante bajo este punto de vista de abarcar lo relativo a toda la América, y si bien la circunstancia de haber sido escrita toda en latín (incluso los títulos de las obras) y cierta falta de criterio del autor, que le lleva a engolfarse a veces en largas disertaciones, le hacen perder gran parte del mérito a que pudo aspirar concebida bajo mejor plan, todavía las noticias acumuladas en ella la constituyen en parte superior a la que con propósito semejante realizó don [527] José Mariano Beristain de Sousa con su Biblioteca hispano-americana septentrional, (497) que no alcanzó a ver impresa antes de morir y cuya redacción le había demandado no menos de veinte años de su vida. El vastísimo caudal de noticias que encierra no ha sido aún superado en parte por los bibliógrafos que le han sucedido (498) y a pesar de todos sus defectos, entre los cuales «debemos considerar en primera línea, como lo reconoce García Icazbalceta, (499) la libertad que se tomó de alterar, compendiar y reconstituir los títulos de las obras que cita, hasta haber quedado algunas inconocibles», resulta libro de indispensable consulta para el bibliógrafo americano, y del cual, más que de ningún otro de su especie, hemos tenido que aprovecharnos en el curso de nuestro trabajo. Obra más general y exclusivamente dedicada a la bibliografía de América pero sin más mérito que el haber agrupado en orden cronológico los libros en todos los idiomas a ella referentes hasta el año de 1700, es la Bibliothèque Americaine de Henry Ternaux-Compans, dada a luz en París en 1837. El autor, en la parte española, pudo utilizar su propia colección de libros y para no pocos títulos el Pinelo-Barcia; pero a veces con tal descuido que al mismo libro le señala dos y tres fechas diferentes. Los títulos, en número de 1153, se dan en compendio y van acompañados de su traducción al francés, y de cuando en cuando de alguna nota de escasísimo valor. Esta bibliografía resultó así plagada de errores y ha sido fuente fecunda de otros en que han incurrido por seguirla no pocos bibliógrafos. Y con esto llegamos al verdadero fundador de la bibliografía moderna americana, nos referimos, ya se habrá adivinado, a Mr. Henry Harrisse, y a su obra Bibliotheca Americana Vetustissima, cuyo primer volumen se imprimió en 1866 con tal lujo tipográfico, por las muestras de fragmentos de los libros descritos que contiene y por sus demás condiciones externas, que implicaban un no imaginado adelanto en ese orden. Bien es cierto que las apariencias de la obra apenas si correspondían a la labor minuciosa, a la prolijidad de las descripciones, a lo profundo de la investigación, a la ciencia que en cada una de sus páginas derrama a manos llenas su autor. Ese primer tomo fue seguido en 1872 de la publicación de otro con las Additions a los títulos ya enunciados, abarcando en ambos un total de 304+186, tocantes a obras relativas o con meras referencias a la América, [528] impresas en cualquier país y en cualquiera idioma, durante los años de 1493 a 1500. A pesar de tan magna labor y de las circunstancias excepcionales de que el autor disfrutó para acopiar los materiales de su trabajo, no por eso logró incluir en él cuanto se halla escrito sobre el asunto de que trata, -cosa, por supuesto, bien explicable- ni dejó tampoco de escapársele algún error; y como es de suponerlo, punto menos que imposible tendrá que ser intentar siquiera tratar en adelante en su conjunto un tema ya agotado para la más paciente investigación. Hasta aquí nosotros. Dejamos ahora la palabra a Mr. Growoll: «El nombre de Henry Harrisse está ligado a una de las bibliografías más eruditas que jamás se hayan publicado; en verdad, conforme a lo que dice Nicolás Trübner, la Bibliotheca Americana Vetustissima de Harrisse es «una obra sin rival por su extensión, esmero y precisión. El hecho es tanto más notable cuanto que Harrisse no se había dedicado a la bibliografía, y porque la obra de que se trata fue un primer ensayo en ese campo. Antes de emprender el trabajo de la Bibliotheca Americana, se había dedicado exclusivamente a estudios artísticos y críticos y a la historia de la filosofía, traduciendo al inglés y anotando todas las obras metafísicas de Descartes. No habiendo podido encontrar en América editor para esa clase de libros, dirigió su atención a otras materias. Por esa época, hacia 1864-65, entró en relaciones con Samuel Latham Mitchill Barlow, el generoso coleccionista a cuya munificencia la ciencia bibliográfica le es deudora de aquella espléndida publicación. Mr. Barlow había comprado hacía poco la biblioteca del coronel Aspinwall, la cual pereció en el incendio de un edificio de la calle Broadway en que se hallaba depositada transitoriamente. Por fortuna, pocos días antes de ese desastre, había llevado a su casa gran parte de los más valiosos tesoros de la colección. Harrisse se tentó, a la vista de la rica mina de tan valiosísimas obras, para escribir una historia de los comienzos, de la decadencia y de la caída del Imperio español en el Nuevo Mundo. Al hacer sus selecciones entre tantas obras, Harrisse, naturalmente, realizó un trabajo preliminar de bibliografía, comenzando por Colón... Esos estudios se incluyeron en el volumen titulado Notes on Columbus, New York, 1866, folio... «Estas investigaciones decidieron a Harrisse a preparar un estudio de todos los hechos auténticos relativos al descubrimiento, a la conquista y a la historia de América hasta mediados del siglo XVI. Los datos bibliográficos colectados en el curso de estas investigaciones formaron el núcleo de la Bibliotheca Americana Vetustissima.... «Si Mr. Harrisse no hubiese hecho más que lo dicho en ese orden (refiriéndose a la manera como están descrito los títulos en aquella obra), habría excedido los deberes del bibliógrafo; pero ha ido más lejos, habiendo añadido a cada descripción una lista de obras en las cuales pueden hallarse noticias de los libros que describe. Además, sabiendo cuan importante es para el historiador y otros consultar las obras originales en las cuales se basan opiniones y deducciones, señala cuidadosamente referencias a cada uno de los hechos que establece: así, en su descripción de la primera de las cartas de Colón, apunta no menos de noventa y nueve notas, en su mayoría referentes a obras que ha consultado. Las bibliografías [529] son muy a menudo meros catálogos descarnados, copias de portadas y nada más. El volumen de que se trata no debe clasificarse entre semejantes publicaciones. De hecho, es una historia, sin la cual ningún futuro historiador americano podrá desempeñar con eficacia su tarea. Mejor dicho, es una enciclopedia de hechos relativos a la primitiva historia de América, sin la cual ninguna gran biblioteca puede considerarse completa. En su introducción, escrita de igual manera, se halla una admirable defensa de la bibliografía como ciencia; el autor enumera los trabajos de sus predecesores en el mismo campo, describiendo sus obras y dando una breve noticia de su historia.» (500) «Harrisse nació en París en 1830. Siendo muy joven pasó a Estados Unidos a reunirse con su familia, y se fue al Sur, donde enseñó idiomas modernos para ganarse su vida mientras estudiaba leyes. Recibió el grado de bachiller del South Carolina College, leyó a Blackstone con el Hon. W. W. Boyce, y se preparó para el foro en la Universidad de North Carolina. El honorable Stephen H. Douglas le indujo a establecerse en Chicago; pero después de varios años de ejercer la profesión sin el éxito que era de esperar, se trasladó a Nueva York, donde ingresó al bufete de uno de los abogados más distinguidos del foro. Harrisse está aún autorizado para alegar en nuestros tribunales. Hace treinta años que se estableció en París. Desilusionado por la manera cómo habían sido recibidas sus obras por el público americano, escritas todas con el fin de iniciar y promover el conocimiento documental de la historia de nuestro país, Harrisse se dejó de cosas de América. Durante dos años estudió egiptología en el Louvre bajo la dirección de su amigo el profesor Maspero... Ante las premiosas instancias de Mr. Barlow, abandonó esos estudios para volver a los temas americanos, trabajando desde entonces sin descanso y sin remuneración pecuniaria, como siempre, en la tarea de poner en claro las obscuridades que aún quedan del período del descubrimiento de América, que comprenden los viajes de Colón, Vespucio, los Caboto y Cortereal. A pesar de hallarse domiciliado en Francia retiene su soberanía de norteamericano. Con ocasión del cuarto centenario de Colón, Harrisse fue nombrado Caballero de la Legión de Honor por el Gobierno francés. A contar desde 1854, ha publicado sesenta y nueve volúmenes y folletos en inglés, francés, español y varios otros idiomas.» (501) [530] De algunas páginas de la obra del señor Harrisse, las relativas a los libros impresos en América desde 1540 a 1600, se hizo una tirada por separado en número de sólo 125 ejemplares. Los bibliógrafos españoles Zarco del Valle y Sancho Rayón, a quienes hemos tenido ya oportunidad de citar, tradujeron libremente esas páginas y añadiéndoles notas, descripciones, y observaciones de su cosecha, las dieron a luz en Madrid en 1872 en un hermoso volumen de 59 páginas y tres hojas de facsímiles, que por su corta tirada se ha hecho hoy sumamente raro. En los años de 1868-1892 se ha ido publicando en Nueva York A Dictionary of books relating to America from its discovery to the present time by Joseph Sabin, que alcanza hasta la letra S, en la cual se interrumpió la obra. En realidad de verdad, bien pocos son los títulos aprovechables para el bibliógrafo hispano-americano que en ella se encuentran, y ésos, copiados de ordinario de catálogos de libreros y sin las especificaciones bibliográficas indispensables. No corresponde, pues, en manera alguna a lo que al respecto que nos interesa podía esperarse de su título. En cambio, en un libro de modestísima apariencia, pero escrito con verdadera crítica y no poca erudición, la Historia de la literatura en Nueva Granada de don José María Vergara y Vergara, Bogotá, 1867, 8º, se encuentran datos y referencias a obras y autores hispano-americanos que no figuran en otra parte. [531] Atención especial ha merecido a los bibliógrafos el estudio de las lenguas americanas. No hablaremos aquí de la obra del abate D. Lorenzo Hervás impresa en los albores del siglo XIX; ni del Mithridates de Adelung; ni del Index Alphabeticus de Juan Severino Vater; ni de la Monographie de Squier; ni de los Apuntes de García Icazbalceta, ni de otras muchas obras que contienen listas más o menos extensas de escritores en lenguas indígenas de América, para concretarnos al libro de Hermann E. Ludewig, cuya biografía nos ha dado en sus grandes rasgos el señor Harrisse: se intitula The literature of american aboriginal languages, London, 1868, 8º, adicionado y corregido, según reza la portada, por el profesor Wm. W. Turner, que forman un compendio valioso sobre el tema de que se trata, con referencias a los autores que se han ocupado por incidencia de la materia, sin que, por descontado, carezca de errores y omisiones. El interés del libro en la parte relativa a la bibliografía española ha desaparecido, sin embargo, casi en absoluto con la publicación del trabajo del Conde de la Viñaza, (502) que no carece también de omisiones, pero que supera enormemente al de su predecesor en los detalles y en el número de obras catalogadas. «En ella hemos colacionado, dice su autor, cuantas gramáticas, vocabularios y listas de palabras y frases, catecismo de la doctrina cristiana y manuales para administrar los Santos Sacramentos, sermonarios, libros piadosos y todo linaje de trabajos, así impresos como manuscritos, que dicen relación a los idiomas indígenas de América, y han sido compuestos por los castellanos, portugueses y ciudadanos de la América latina, desde el siglo XVI hasta nuestros días. Titulamos el libro Bibliografía española, así porque española se llamará siempre la literatura de todos aquellos pueblos que hablen la lengua de Cervantes y de Camoens, como porque Portugal y la América latina han vivido por largo tiempo sometidos a la corona de nuestros reyes, en los tiempos más gloriosos de nuestra historia. Inclúyense también las obras escritas en nuestra edad clásica por algunos misioneros, que, aunque nacidos en Italia, Alemania o Flandes, pasaron gran parte de su vida entre españoles, y españoles fueron en verdad y llegaron a poseer el idioma castellano con mayor perfección y elegancia que el propio y nativo.» Con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América, la Real Academia de la Historia comisionó a algunos de sus miembros para que redactasen una Bibliografía Colombina, esto es, la de los documentos impresos y manuscritos, obras artísticas, etc., que de un modo u otro se refiriesen al descubridor del Nuevo Mundo, y salió en efecto a luz a debido tiempo en un volumen en cuarto mayor de cerca de 700 páginas. Esta vasta compilación, útil al investigador en algunas de las materias que abraza, es sumamente pobre bajo todo punto de vista en cuanto se refiere a la parte propiamente bibliográfica, que ha motivado con justicia amargas críticas dentro y fuera de España. [532] Bajo apariencias más modestas que las bibliografías, pero en ocasiones de resultados más prácticos, por cuanto se trata de títulos cuya existencia no se afirma por meras referencias, son los catálogos de obras americanas, de bibliotecas o corporaciones y aún de simples libreros. Así, por ejemplo, nadie podrá negar la importancia que para la bibliografía americana tiene el Catálogo de la Biblioteca de Salvá, escrito por don Pedro Salvá y Mallén y publicado en Valencia, en dos gruesos volúmenes en 4º, el año de 1872, con facsímiles, retratos, escudos de impresores, etc., en el cual, sin contar los numerosos títulos de obras que por algún motivo interesan al americanista, hay una sección entera consagrada a libros de las Indias, descritos con verdadero lujo de detalles, con referencias a sus diversas ediciones y con espíritu crítico acertado. (503) El catálogo de The Huth Library, London, 1880, 5 vols. en 4º mayor, impreso con todo lujo, ofrece también algunos títulos dignos de la consideración del bibliógrafo americano. De Estados Unidos, donde existen por lo menos cuatro grandes bibliotecas exclusivamente americanas (504) de propiedad particular, conocemos el Catalogue of books relating to North and South American of John Carter Brown, con notas de John Russell Bartlett, publicado en 1866, que a juicio de persona competente, «no puede dejar de producir la admiración de los estudiosos y la envidia de los coleccionistas europeos.» En 1888 comenzose a publicar en Sevilla el Catálogo de los libros impresos de la Bibioteca Colombina, con notas bibliográficas de don Simón de la Rosa y López, pero después de haber salido a luz el segundo volumen en 1891, ha quedado en suspenso la publicación, lo que es una verdadera lástima, porque si bien, ya Harrisse nos dio a conocer (505) lo que había sido y lo que al presente es aquella famosa biblioteca, era necesario que se supiese una vez por todas lo que encerraba, lo cual por lo relativo al americanista, dada la época en que fue reunida, no podía ser mucho, como en efecto no lo es. Don Gabriel René-Moreno ha publicado (506) también en Santiago de Chile su Biblioteca Boliviana, 1879, y últimamente (1896) su Biblioteca Peruana, en la que se han consignado todos los libros peruanos existentes en la Biblioteca y en el Instituto Nacional: bibliografía, sobre todo esta última, en las que el erudito boliviano ha descrito de visu todos los títulos [533] catalogados, derramando a veces atinadas observaciones en el estilo que le es peculiar. Últimamente se ha dado también a luz el Catálogo de la Biblioteca Museo de Ultramar, Madrid, 1900, 4º mayor, que contiene la transcripción fiel de muchas portadas de libros americanos, pero en el cual faltan, cosa digna de lamentarse, las demás indicaciones bibliográficas, aún las más primordiales. Entre los catálogos de libreros merecen recordarse los de Obadiah Rich, y sobre todos su Bibliotheca Americana Nova, London, 1835-1846, 2 vols. 8º, que enumera libros relativos a América impresos desde el año 1700 a 1844, en varios idiomas; la Bibliothèque Américaine redigé par Paul Trômel, impresa en Leipzig, 1861, 8º, que es la descripción detallada de obras relativas al Nuevo Mundo dadas a luz, hasta el año de 1700; la Bibliotheca Americana que Henry Stevens, su autor, llamó Historical Nuggets, publicada en Londres en 1861, 8º menor, y en la que la mayoría de las obras aparece descrita con abundantes detalles. Pero de todos esos catálogos para la venta de libros americanos el mejor sin duda por el número de obras que comprende, por la minuciosidad de los detalles y por los datos biográficos de autores que en él se hallan, es el redactado por Ch. Leclerc, París, 1878, 8º mayor. Tócanos ahora entrar a enunciar, aunque más no sea, las bibliografías españolas de materias determinadas y las de provincias y ciudades peninsulares, que aunque no interesan de cerca al americanista, necesitan, sin embargo, consultarse, y a fe que en ocasiones con harto provecho. Sentimos que lo estrecho del cuadro que trazamos no nos permita entrar en detalles respecto de obras y autores de los cuales puede con razón enorgullecerse la España. En el orden de las bibliografías especiales corresponde sin duda el primer lugar al libro del franciscano fray Pedro de Alba y Astorga, intitulado Militia Inmaculatae Conceptionis Virginis Mariae impreso en Lovaina en 1663, folio. (507) En esta obra, que revela un trabajo inmenso, Alba y Astorga ha mencionado más de cinco mil autores, en cualquier idioma que hayan escrito, que se ocuparon del tema que se propuso tratar, citando los libros con las indicaciones del lugar y año de impresión y su tamaño. Como muestra de su erudición basten las citas que hemos hecho de su trabajo al hablar de los de Antonio de León Pinelo. Sólo un siglo más tarde se ve aparecer en España otra bibliografía especial, que por sus diminutas proporciones tipográficas forma un verdadero contraste con la que acabamos de enumerar: la Bibliografía Militar [534] Española de don Vicente García de la Huerta, impresa en Madrid en 1760, 8º menor, que es una enumeración sumaria de los títulos de obras que tratan de re militari, entre las cuales figuran unas cuantas de escritores americanos, que hemos recordado en su respectivo lugar. Seis años después de aquélla, el Marqués de Alventos daba a luz en dos tomos en folio su Historia del Colegio Mayor de San Bartolomé, en el segundo de los cuales insertó un catálogo de los escritores de los seis Colegios, sin expresión de indicaciones bibliográficas y con algunas omisiones de bulto. Salvar estas deficiencias fue lo que se propuso el regente de la Real Audiencia de Chile don José de Rezabal y Ugarte en su Biblioteca de los escritores que han sido individuos de los seis Colegios Mayores, impresa en Madrid, en un hermoso volumen en 4º mayor, en 1805, (508) entre los cuales se contaba el autor, que insertó en ella su autobiografía. En más de una ocasión hemos debido ocurrir a las noticias que en esta obra se encuentran relativas a escritores hispano-americanos, sobre todo por lo relativo a sus patrias y carreras públicas y literarias. Durante los años de 1842-1852 se dio a luz en Madrid en siete tomos en 8º la Historia bibliográfica de la medicina española, obra póstuma de don Antonio Hernández Morejón, precedida de un elogio histórico-bibliográfico del autor. En este trabajo, notable bajo muchos conceptos, se citan con exactitud los títulos de las obras, se hace de ellas un juicio crítico y se acompañan noticias biográficas de sus autores, las cuales hemos podido utilizar no pocas veces en nuestra Biblioteca, (509) siendo de advertir que aquéllas habrían podido ser muchas más si no hubiéramos temido alargarnos demasiado. (510) De índole parecida a la anterior, pero naturalmente más modestos por su alcance, aunque no menos apreciable por sus noticias, son los estudios bibliográficos y biográficos acerca de La Botánica y los botánicos de la Península hispano-lusitana por don Miguel Colmeiro, Madrid, 1858, folio. Por de contado muy superior a ambas por el interés que reviste para la historia americana es la Biblioteca marítima española de don Martín Fernández de Navarrete, obra asimismo póstuma, impresa en Madrid en 1851, en dos volúmenes en 4º. [535] Su mérito consiste, no sólo en la investigación bio-bibliográfica de los libros y autores que se mencionan, sino que se deriva también de los documentos que a cada paso se citan en ella. De menos alcance, pero que a veces el americanista necesita consultar, es el Diccionario bibliográfico de los antiguos reinos, provincias, ciudades, etc., de España, por don Tomás Muñoz y Romero, obra que como la de Colmeiro fue publicada en 1858, premiada por la Biblioteca Nacional de Madrid e impresa a sus expensas. Bibliografías especiales de índole muy variada, pero también útiles al que estudia libros y hombres que interesen a la América son las de Barrera y Leirado. Catálogo del teatro antiguo español, Madrid, 1860, folio; la de Maffey y Rúa Figueroa. Apuntes para una Biblioteca española de libros, folletos, etc., relativos a las riquezas minerales concernientes a la Península y ultramar, Madrid, 1871 2 vols. en 4º; la Bibliografía numismática española de Rada y Delgado, Madrid, 1866, folio; y, por fin, la Biblioteca científica española del siglo XVI de don Felipe Picatoste y Rodríguez, Madrid, 1891, folio. Durante los años de 1785-1789, don Juan Sempere y Guarinos dio a luz los seis tomos de su Ensayo de una Biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, en los cuales se hallan noticias biográficas y bibliográficas de no pocos escritores de cosas de América. (511) En esos mismos años también don Juan Antonio Pellicer y Saforcada publicó su Ensayo de una Biblioteca de traductores españoles (Madrid, 1788, 4º) en laque se encuentran igualmente algunos datos aprovechables de escritores del Nuevo Mundo. Acaso más importancia que las bibliografías especiales revisten las de regiones o ciudades de la Península, las cuales comienzan a presentarse desde mediados del siglo XVIII. Así, en el año de 1747 Fr. José Rodríguez dio a luz su Biblioteca Valentina, en folio, y don Vicente Ximeno sus Escritores del reino de Valencia, en dos volúmenes también en folio: obras ambas que en 1827 fueron completadas con la publicación de la Biblioteca Valenciana de don Justo Pastor Fuster. (512) [536] Bastante interesante por los datos que encierra para nuestro propósito son los Hijos ilustres de Madrid (Madrid, 1789-1791, 4 vols. en 4º) de Álvarez y Baena, para cuya redacción en la parte biográfica el autor practicó numerosas investigaciones en los libros parroquiales de aquella ciudad y en otras fuentes no menos dignas de fe. La Biblioteca nueva de escritores aragoneses de don Félix Latassa sigue en orden cronológico, como que los seis tomos de que consta fueron impresos en los años de 1798 a 1802, que comprende los autores que florecieron desde el año de 1500 hasta esa última fecha, como continuación a la Biblioteca antigua publicada en 1796. Ambas obras del docto aragonés, aumentadas y refundidas en forma de diccionario bibliográfico-biográfico por D. Miguel Gómez Uriel, han sido reimpresas en Zaragoza en 1884, en tres gruesos volúmenes en 4º mayor. A esta serie «de trabajos bibliográficos de regiones y provincias de España pertenecen el Catálogo de los libros, etc., que tratan de Extremadura, publicado en 1865, y diez años más tarde el Aparato bibliográfico para la historia de Extremadura de D. Vicente Barrantes, interesantes sobre todo por lo relativo a Hernán Cortés, a los Pizarros y a otros extremeños que figuraron en América o que con sus hechos dieron tema a no pocos escritores. Al mismo orden de libros de que venimos ocupándonos corresponden la Biblioteca del Bascófilo (Madrid, 1887, folio) de D. Ángel Allende Salazar; el Intento de un diccionario biográfico y bibliográfico de autores de la provincia de Burgos de don Manuel Martínez Añibarro; la Bibliografía española de Cerdeña (1890) por D. Eduardo Toda y Güell; y, por fin, la Colección bibliográfico-biográfica de la provincia de Zamora (1891) del benemérito americanista español don Cesáreo Fernández Duro: obras todas en las cuales se encuentran notas de libros y noticias biográficas apreciables. A un orden semejante pertenece el Catálogo razonado biográfico y bibliográfico de autores portugueses que escribieron en Castellano (1890) de don Domingo García Peres. De sabor bibliográfico más acentuado, y, por lo tanto, más estimables para el que estudia libros americanos son las obras especiales destinadas a catalogar las producciones de la imprenta en alguna ciudades de la Península. La primacía en orden cronológico y ¿por qué no decirlo? en cuanto a su mérito, corresponde en este orden a don Cristóbal Pérez Pastor, que en 1887 inició la serie a que nos referimos con la publicación de su Imprenta en Toledo y que después ha enriquecido la literatura de su patria con libros análogos, referentes a Medina del Campo y a Madrid durante el siglo XVI. Ha sido seguido de cerca por don Juan Catalina García por lo relativo a la Imprenta en Alcalá de Henares y a los Escritores de Guadalajara (1889-1899) y por don José María Valdenebro y Cisneros con su Imprenta en Córdoba. Debemos también mencionar, aunque pobrísima bajo todos [537] conceptos, la Tipografía Hispalense de Escudero y Peroso, libro que vendrá a dilatar quizás por muchos años la publicación de uno digno de los monumentos tipográficos salidos de las prensas de aquella ciudad. Es sensible que las modernas bibliografías españolas hayan prescindido de las citas de los escritores que han mencionado antes que ellos los libros que describen (excepción hecha del Conde de la Viñaza) y que no hayan añadido algunos datos biográficos de los autores de las obras de que tratan. Para terminar con la revista de los trabajos que hemos podido utilizar en la presente Biblioteca, (513) debemos todavía hacer una sumaria revista de las Crónicas y bibliografías de las Órdenes religiosas, bien entendido que no nos ocuparemos de las dadas a luz en América, por referirse casi en absoluto a libros publicados allí, ni tampoco de todas las impresas en Europa, ya porque las referencias bibliográficas que contienen son de poca monta y de ordinario muy vagas, como porque de otro modo nos extenderíamos mucho más de lo que los límites de este estudio lo permiten. A los jesuitas corresponde, en nuestro concepto, el honor de haber iniciado la bibliografía de las Órdenes religiosas con la publicación que el P. Pedro de Ribadeneira, toledano, hizo en Amberes en 1608, en un pequeño volumen en 8º, de su Catalogus Scriptorum Religionis Societatis Jesu, que se reimprimió al año siguiente y luego en 1613, en el cual comienzan a encontrarse noticias de escritores americanos. Su obrita, breve como era y no podía menos de serlo, dado el poco tiempo de la fundación de la Orden, sirvió más tarde de base a otra harto más extensa, redactada por el P. Felipe Alegambe, natural de Bruselas, que la dio a luz también en Amberes, en 1643, en un volumen en folio a dos columnas; la cual a su vez aumentó con la noticia de los escritores de la Orden que habían florecido hasta 1675, el P. Nataniel Southwell, nacido en Norfolk en Inglaterra, libro que lleva el mismo título que aquellos y que se imprimió en Roma en un grueso volumen en folio de más de mil páginas, en 1676. Durante el siglo XVIII, la bibliografía de la Orden, por lo relativo a nuestro tema, fue aumentada de manera incidental por dos jesuitas mexicanos, el P. Clavijero, de cuyo libro, impreso en 1780, hemos dado ya alguna noticia, y en el cual se encuentran dos listas de escritores de América; y el P. Juan Luis Maneiro que en 1791 dio a luz en Bolonia, a donde se había radicado después de la expulsión de la Orden de los dominios hispano-americanos, su obra De vitis aliquot Mexicanorum, etc., en la cual se hallan noticias bibliográficas de interés. A estudiar la vida y obras de esos jesuitas expulsados de España y América y que se establecieron en Italia, están destinados los dos Suplementa Bibliotecae Scriptorum Societatis Jesu de Raimundo Diosdado Caballero, que la imprimió en Roma en los años de 1814-1816 en dos volúmenes [538] en 4º mayor y que son de singular interés para estudiar los trabajos de aquellos jesuitas en una época tan azarosa para ellos y en la que tantos ocultaron los frutos de su inteligencia con el velo del anónimo. En todas esas bibliografías, sin embargo, las noticias de libros se dan de manera sumaria y sólo con las indicaciones más indispensables para distinguirlos. Tanto bajo este punto de vista como por lo respectivo a su amplitud en todo orden, esas bibliografías fueron sobrepasadas por la Bibliothèque des Ecrivains de la Compagnie de Jésus de los PP. Augustín y Alois de Backer, que comenzaron a darla a luz en 1855 y la terminaron en 1861. Inferior a ella, a pesar de estar reducida a los límites de la parte histórica, es la que en 1864 imprimió el P. Augusto Carayon. La sección más interesante para nosotros es el capítulo IV de la Tercera Parte, que trata de las Misiones de América y que comprende cerca de doscientos títulos, casi todos indicados de manera sumamente compendiosa. Superior por la investigación que revela es el Dictionnaire des ouvrages anonymes et pseudonymes de los escritores de la Orden, que estampó en París el P. Carlos Sommervogel, natural de Estrasburgo. Poco, sin embargo, es lo que el americanista puede aprovechar de esa obra. Harto más útil y en parte completamente digno de fe es el libro que con el título de Los antiguos jesuitas del Perú publicó en Lima en 1882 don Enrique Torres Saldamando, escritor sumamente laborioso y diligente y que para la redacción de su trabajo pudo consultar los documentos originales de la Orden que se conservaban en aquella ciudad. El autor nos da extensas noticias biográficas y bibliográficas de los escritores de los siglos XVI y XVII en número de 157, y, según su plan, que no pudo realizar por causas varias, esas noticias debían comprender, hasta completar el resto de la bibliografía de aquel último siglo y del XVIII, más de otros trescientos autores. La bibliografía americana perdió con la prematura muerte de Torres Saldamando, fallecido en un hospital en Santiago de Chile, un auxiliar de primer orden, cuya falta lamentamos más que otros los que fuimos sus amigos. A los jesuitas siguieron los dominicos en la publicación de noticias de sus escritores. En efecto, ya en 1611, Fr. Alonso Fernández en su Historia eclesiástica de nuestros tiempos, impresa en Toledo, dedicaba dos capítulos a libros y autores del Nuevo Mundo, capítulos que sirvieron, a León Pinelo para la compaginación de su Epítome. Pero esas noticias resultan insignificantes comparadas con las que se encuentran en los Scriptores Ordinis Proedicatorum de los franceses Fr. Jacobo Quetif y Fr. Jacobo Echard, cuyo segundo volumen impreso en París en 1721 y consagrado a los escritores de la Orden en los siglos XVI y XVII constituye un verdadero monumento de investigación bio-bibliográfica, cuya consulta es indispensable cuando se trata de autores y libros americanos. [539] ¡Cuán menguado y mísero resulta al lado de la anterior el «ensayo de una biblioteca de dominicos españoles» que se halla en La Orden de Predicadores de Fr. Ramón Martínez Vigil, publicada en Madrid en 1884! Fr. Tomás de Herrera inició la obra bibliográfica de la orden de San Agustín con su Alphabetum Augustinianum impreso en 1644, que contiene sólo algunas cuantas noticias de escritores de América (514); pero, en cambio, Fr. Juan Martín Maldonado con la publicación de su Breve suma de la Provincia del Perú, que dio a luz en Roma en 1651, las dio muy amplias respecto a los escritores de aquella parte de la América. En el tomo IV de la Chronica espiritual Augustiniana, escrito por Fr. Sebastián Portillo y Aguilar, en el mismo año en que Maldonado daba a luz su trabajo, pero que sólo se publicó en 1732, se encuentra un catálogo de 983 escritores de la Orden, pero con indicaciones sumarísimas, de tal modo que habríamos podido decir que la bibliografía de los agustinos estaba todavía por hacer sin el Catálogo de escritores agustinos españoles, portugueses y americanos que Fr. Bonifacio Moral comenzó a insertar en 1882 en la revista intitulada La Ciudad de Dios, llenando así, al menos en parte, aquel vacío. Ese trabajo, que según creemos no llegó a salir en la tirada por separado que preparaba su autor, es bastante apreciable, sobre todo en lo que respecta a las Filipinas. Los franciscanos comenzaron desde temprano la tarea de anotar las producciones de sus escritores. Sin contar con el libro de Fr. Francisco Gonzaga De origine Seraphioe Religionis, impreso en Roma en 1587, folio, y cuya parte IV está consagrada a las Misiones de América, en la cual se encuentra alguno que otro dato bibliográfico; ni tampoco con los Scriptores Ordinis Minorum de Fr. Lucas Wading, escrito en 1650 y que contiene los nombres de algunos autores americanos entre los dos mil que menciona; es necesario llegar a 1732 para dar con la Bibliotheca universal Franciscana del salmantino Fr. Juan de San Antonio y hallarnos con una fuente abundante y segura de información relativa a libros y escritores americanos. Son muchos, en efecto, los nombres de éstos que en ella figuran, y si bien los títulos de sus obras no aparecen descritos ni catalogados in extenso, ofrece, en cambio, la ventaja de decirnos cuáles de esos libros son los que nuestro bibliógrafo ha tenido en sus manos, detalle precioso para aquella época sobre todo, y que permite desechar toda duda respecto a la existencia de algunos que son hoy de gran rareza. Los franciscanos cuentan en el día con el Saggio de Bibliografía de la Orden, por Fr. Marcelino da Civezza, publicado en 1879, con títulos de los libros copiados al pie de la letra, acompañado de una compendiosa descripción bibliográfica y en ocasiones de trascripciones de los pasajes que se han considerado interesantes. Es, sin duda, trabajo de cierto valer, pero muy incompleto. Los mercedarios cuentan con la Biblioteca de la Orden de Fr. José Antonio Garí y Siumell, impresa en Barcelona en 1875, 4º en la que se mencionan 874 autores, algunos de ellos americanos; pero, aparte de que se trata en su parte bibliográfica casi de una simple enunciación de títulos de libros, carece de investigación propia. Tales son, enunciadas en breves rasgos, las fuentes principales de la Bibliografía americana: muchas otras podríamos haber recordado todavía, sobre todo algunos catálogos de libreros, en los cuales de tarde en tarde se ve aparecer algún folleto desconocido; pero para establecer el génesis de la presente Biblioteca, (515) diremos así, nos parece que ya es tiempo de terminar este prólogo, al cual séanos lícito poner punto final con lo que de una de sus obras decía el iniciador de la Bibliografía de América: «... Salgo de un laberinto adonde otros de más aventajadas fuerzas y caudales han entrado, y no sé que ninguno haya llegado en esta obra al estado en que la ofrezco, sin haber tenido más guía que mi propio motivo y trabajo.» (516) Sin olvidar tampoco lo que otros bibliógrafos dijeron de un estudio de esta índole: sed unus in hisce non omnibus sufficil. (517) Santiago, 8 de Septiembre de 1902. Este tomo II de la Historia de la Imprenta en América y Oceanía terminó de imprimirse el 30 de Mayo de 1958, en la Imprenta y Litografía Universo, fundada en 1858. Tuvieron a su cargo la ejecución de esta obra: Eduardo González Vera, Luis Ferré Guerrero, tipógrafos; Julio Parga Dinamarca, Luis Herrera Torres, Raúl Briceño Rojas, linotipistas; Victor Herrera Almuna, Braulio López Navarrete, Osvaldo, Carvajal Jones, correctores; Juan Latoja Bravo, blancos tipográficos e imponedor de formas; Luis Mestre Allende y Omar Benavides Cádiz, prensistas, Santiago Rebolledo F., jefe encuadernador. Laus Deo!
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