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«Tienes la lengua larga. Al hablar, la peinas, la pules, la afilas. Chorreante, la mueves con regocijo o miedo, y es un sol tragándose el mundo a gritos». |
| Octavio Armand, Piel menos mía, Los Ángeles, 1976, pág. 41. | ||
En varias ocasiones, la crítica ha planteado transiciones temáticas entre algún relato de El llano en llamas y Pedro Páramo43. Estas conexiones o puentes efectuados se basan, ante todo, en los aspectos anecdóticos de los relatos o en su estructura narrativa a un nivel sintagmático. El enfoque del presente trabajo se orienta, no obstante, hacia la organización de formas esenciales, paradigmáticas, que afloran a lo largo de «Macario». El relato se define como un texto dependiente cuyo sentido emerge una vez que se contextualiza dentro del sistema a que pertenece: los enlaces o conexiones se convierten en una red estructural y todos los hilos narrativos se anudan, se anastomosan, formando lo que se puede considerar el arte del autor. Una primera noción de trabajo podría ser, por lo tanto, la idea de que, invariablemente, todos los textos (caminos) llevan al arte de Juan Rulfo. Para comprobar lo anterior, aunque en forma parcial, demos enseguida la palabra a Macario.
Al iniciar una lectura de «Macario», emergen a primera vista por lo menos dos procesos de desmembración o selección analítica: uno de ellos consiste en estructurar el relato según divisiones narrativas (DN) separadas por los puntos suspensivos que indican los lapsos mentales de Macario; por otra parte, también se puede limitar la atención a los tres personajes del relato (Macario, madrina, Felipa) e identificar aquellas DN en que cada personaje funciona como figura preponderante. Como se verá en seguida, ambos procesos se complementan.
La estructuración narrativa rinde una suma de 19 DN que, posteriormente, se organizan de acuerdo a un plan temporal, dando por resultado la siguiente secuencia:
| Pasado 2-16 DN | Presente 1-17 DN | Futuro 18-19 DN |
Dentro de esta estructuración narrativa, efectuada por medio de categorías temporales, la narración muestra tener una marcada acentuación en el campo del recuerdo (quince de un total de diez y nueve DN), junto a una progresiva disminución del presente y porvenir. El presente, en efecto, funciona únicamente como indicador de la situación en que se encuentra Macario (esperando a que salgan las ranas), mientras que el futuro -notable en parte en 17 DN y explícito en 18-19 DN- es un tiempo de apetitos, proyección de deseos: la leche de Felipa que, en forma directa, es alimento para Macario mientras que, en forma figurada, equivale a una compañía apetecida y a un (contraproducente) resguardo en contra de lo sobrenatural. Hombre primigenio y gran comelón de lo ajeno y prohibido, Macario se condena por confiarse en Felipa y por sus proyectos de reincidencia (19 DN): formando una espiral, 19 DN vuelve a engarzarse en el contexto formado por 5-7 DN, haciendo del relato una articulación infinita, un círculo vicioso en potencia.
Aparte de esta desmembración narrativa en categorías temporales, se puede limitar la atención a los tres personajes del relato. Esta lectura distribuye las DN en la siguiente secuencia, según el personaje indicado y de mayor preponderancia en cada sección:
| Madrina 1-4 DN | Felipa 5-10 DN | Macario 11-16 DN | Madrina 17-18 DN | Felipa 19 DN |
Esta disposición de los tres personajes no deja de ser bastante significativa en tanto que Macario (ser vulnerable) se encuentra rodeado de dos mujeres (de signo inverso), quienes dependen de él, a la vez que subordinan a Macario. Este sirve a las dos (de aquí la dependencia de ambas); pero tanto Felipa como la madrina muestran ser necesarias para Macario: la madrina por razones de albergue y alimentación; Felipa por alimentación y «protección» contra lo sobrenatural (compañía nocturna/intermediaria con Dios). Como narrador, Macario aflora como presencia en cada una de las DN; la madrina, a la vez, se encuentra a lo largo del relato y su presencia, virtual o de hecho, equivale a una figura de Poder o Autoridad. La tensión u oposición se entabla -con respecto a Macario- entre la Madrina (autoritaria) y Felipa (maternal/seductora).
Las primeras DN sirven por consiguiente, como pantalla en la que se proyectan ambas figuras protegiendo a Macario (a su manera) y sirviéndose de él. Limitándonos a las DN que se refieran a la madrina y a Felipa, es evidente que en 1-4 DN la madrina muestra ser la suma autoridad («Pero, a todo esto, es mi madrina la que manda hacer las cosas»), mientras que Felipa funciona como fuerza «benéfica» en el sempiterno hambriento; es más, entre éste y aquélla se establece una complicidad que es tanto afectiva como social, dando por resultado un antagonismo (implícito) en conjunto en contra de la madrina. Los sirvientes se encuentran por sus afinidades, quizá más fuertes que sus oposiciones. La función de Felipa se caracteriza, sin embargo, por un signo bivalente: de cómplice o amiga (1-4 DN) se convierte en seductora (7-10 DN), estableciéndose la transición en 5-6 DN, divisiones narrativas de cabal perplejidad para el lector debido a que en ellas Felipa (amiga->madre->amante) se resiste a la consistencia. En estos segmentos de transición, se funden Naturaleza (flores y cuadrúpedos) y Humanidad (Mujer) a través de su función lactante, verdadero encuentro de luz y tinieblas en que no acertamos a distinguir entre lo inocente y lo pecaminoso. En 5 DN Felipa equivale a alimento supremo; en 6 DN, a madre metafórica. A partir de 7 DN, la astucia de Felipa la delata («luego se las ajuareaba...»): la seducción de Macario es implícita. La anterior desmembración narrativa, basada en la preponderancia de cada personaje, concuerda con el siguiente esquema:
| MADRINA Coerción I (1-4 DN) | ||
| FELIPA Seducción I (5-10 DN) | ||
| MACARIO Remordimiento (11-16 DN) | ||
| MADRINA Coerción II (17-18 DN) | ||
| FELIPA Seducción II (19 DN) |
Obsérvese que en este contexto Macario está en un laberinto del cual es casi imposible salir ileso. La única tregua que se le presenta a Macario es la imagen seductora de Felipa, imagen que le salva al mantenerle en vigilia, pero le pierde al satisfacerle el apetito.
Volviendo de nuevo a las primeras diez DN, notaremos que en las cuatro iniciales, en aquellas en las que hay una preponderancia de la madrina, rige un ser diurno, mientras que en 5-10 DN ocurre todo lo contrario: Felipa encuentra su preponderancia como ser nocturno. Por lo mismo, de día la madrina es símbolo de la autoridad y Felipa de la benevolencia; de noche, por otra parte, la madrina es la autoridad dormida (o queriendo dormir), un sujeto pasivo, mientras que Felipa es la seductora, es decir, un sujeto activo. Macario corre la misma suerte: es un ser nocturno, ya por sus «tinieblas mentales», ya por su restricción temporal en el relato. El poder de la madrina se basa en que ella posee el dinero «de la comedera»; esclaviza, pues, por conducto del hambre. Así, vemos que la restricción nocturna de Macario (1 DN) es exterior (fuera de casa y junto a la alcantarilla), aguardando a que salgan las ranas para apalcuacharlas (descanso para la madrina); la restricción diurna de Felipa (3 DN), es interior (en la cocina), preparando la comida (sustento para la madrina). La complicidad entre sirvientes es, consiguientemente, inevitable: el hambre, más que de locura, es en «Macario» sinónimo de subordinación social.
Hasta ahora la crítica ha tildado a Macario de loco, obedeciendo la máxima «dime cómo hablas y te diré quién eres». Pero a Macario lo define su apetito; de aquí que nuestro hilo conductor deba ser otra divisa ligada no tanto a lo que se dice sino a lo que se come. Y viéndolo bien, la economía alimentaria de Macario es de lo más natural que pueda haber: come ranas, sapos, flores de obelisco y leches «de chiva y puerca recién parida», amén de lo brindado por las manos de la madrina o los senos de Felipa. Esta ambigua proximidad a la naturaleza, en forma de «animal» o infante, induce al lector a ver en Macario la presencia de un (joven) idiota, o, en el mejor de los casos, el relato de un (noble) salvaje. Lo anterior es inevitable; tanto sus alimentos como su «limitada» lucidez sobreponen a Macario en un plano natural: ingiere comida anterior a la cocina (cruda o inaceptable por repugnante), y da expresión a una mentalidad infantil, anterior a la madurez.
En la lectura del relato descubrimos que pesan sobre Macario dos interdicciones, una (implícita) por parte de su madrina, y la otra (explícita) por parte de Felipa. Aquélla le prescribe que se siente junto a la alcantarilla y que, en cuanto salgan, mate cuanta rana pueda, ya que con su «gran alboroto» le espantan el sueño. El egoísmo de la madrina es cabal desde el principio (si se le ve como la madre metafórica de Macario/ahijado), y su poder es el de una autoridad absoluta (si se le interpreta como ama de Macario/sirviente). Siendo de noche, Macario también tiene sueño, sólo que no les es permitido dormir debido a que tiene que matar a las ranas. Con ello, el relato se convierte en una plática/monólogo cuya razón de ser es mantener despierto a Macario, quien habla para evitar la muerte: dormir(se) es morir. La interdicción implícita es, por consiguiente, «no te duermas para que puedas matar ranas y yo pueda dormir»; si quebranta esta prohibición, Macario, por instancias de su madrina, será destinado inmediatamente a la condenación eterna (17 DN). La interdicción de la madrina equivale, consecuentemente, a una prohibición de descanso, y es expresada mediante un código sobrenatural. Por otra parte, nos informa Macario que él suele comer ranas y sapos, aunque Felipa le tenga proscrito comerse a éstos o perjudicar a aquéllas. La prohibición es, por consiguiente, alimentaria y explícita, y dentro de un código natural; el castigo, si lo hubiere, se limitaría al cuerpo (y no al alma) de Macario, debido al posible malestar físico que causaría la ingestión de sapos (la rana, según parece, es vista por Felipa como un animalejo inofensivo; es más, no parece molestarle su «alboroto» nocturno).
Si al cariño le acompañase la obediencia, Macario respetaría las prohibiciones establecidas por Felipa, a quien confiesa querer más que a su madrina. Pero ocurre todo lo contrario: Macario come ranas y sapos y, obedeciendo a su madrina, se dispone a matar a aquéllas (sin fines alimenticios). Veamos porqué: las exigencias del cuerpo de Macario son dos: comida y descanso. En el relato se priva de ambos por temor a condenarse. Usualmente, Macario come para no morir (morir - ir al infierno: «Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno»)44. En el relato, habla para no dormir (dormir - ir al infierno). Macario habla, pero su monólogo no tiene como propósito la comunicación de ideas: la suya es una locución desesperada de un hablante -con temor a la muerte- sin interlocutor. Su monólogo es, por lo tanto, un infradiálogo.
En diferente situación, Macario satisfaría su apetito mediante las ranas y sapos, corriendo el riesgo de «envenenar» (enfermar) su cuerpo; en el transcurso del relato, se abstiene de satisfacer su «hambre» de sueño por miedo a «envenenar» (condenar) su alma. Resumiendo, observemos que entre la madrina y Felipa se establece el siguiente sistema de prohibiciones:
Entre la madrina y Felipa se configura, por medio del sistema de prohibiciones, una relación cuyas partes forman la siguiente oposición: una en contra y la otra a favor de la vida. Obviamente, ésta se subordina a aquélla, mostrándonos que en el relato, desde su principio y dentro del nivel sociológico, el acento se pone (1) en el egoísmo entre relaciones «filiales» (madrina: «no duermas/yo dormiré»); (2) en una voluntad impuesta por medio del terror (amenazas); y (3) en la ambivalencia del individuo jalonado por contradictorias prohibiciones («mata/no mates»). Notemos, a la vez, que entre la madrina y Felipa se presentan tres tipos de muerte: (1) la natural (batracios) y la humana, en su aspecto (2) físico (muerte del cuerpo) o (3) espiritual («muerte» del alma).
Lo que es patente es que para Macario, «niño» anterior al erotismo de carácter pecaminoso, sólo existe un código alimentario (ve en los pechos de Felipa fuentes de alimento, es todo), mientras que para Felipa existe un código moral. De hecho, la proximidad física es tal que aparentemente Felipa no puede decidirse si imaginar a Macario como si fuera su hijo (ausente), o su amante (presencia permutada), ambivalencia que pone a Felipa entre el incesto y el adulterio45. Debido a que Macario sólo posee un código (alimentario), en su relación con Felipa nunca titubeará. Una grafía que ilustre lo anterior nos daría lo siguiente:
| Reinos | Fuentes | Órganos | Campo Semántico |
| Humano | Felipa | Senos | Antropofagia (metonímica metafórica) |
| Animal | 1. Chiva o res 2. Puerca recién parida (metonímica) | Ubres | Zoofagia |
| Vegetal | Flor de Obel | Pezón (de flor) | «Herbifagia» (literal) |
La taxonomía anterior nos sugiere la presencia de tres actitudes (según posible perspectiva del lector) hacia el código alimentario que se infiere del relato. En primer lugar, confunde la conjunción de Macario y Felipa debido a su carácter ambiguo (amamantación/cópula); la antropofagia que se pueda inferir de esta relación sería, obviamente, metafórica en el plano sexual y metonímica en el plano alimentario. En segundo lugar, aceptamos la leche de chiva o de res debido a su domesticidad habitual (sociedades-metonímicas que en nuestra cultura usamos con fines alimenticios); no obstante, repugna la leche de «puerca recién parida» por dos razones: (1) la leche de puerca no es alimento para humanos (habitualmente), sino para consumo de las crías; (2) su contigüidad metafórica respecto a la oposición Felipa «puerca recién parida» incomoda por la confusión de reinos (humano/animal). Y es que, recordemos, Felipa también se puede considerar «recién parida» (período de lactancia). En tercer lugar, sorprende (no repugna) que Macario coma flores de obelisco (o su leche, la miel que de ellas escurre), debido a su lejanía silvestre a las verduras que usualmente consumimos. Aprobamos de su gusto por los arrayanes y granadas, pero en cambio sentimos asco en relación con el maíz y garbanzo de los puercos, a pesar de que sean a la vez alimento humano. El asco ocasionado proviene de su propósito original: son alimento, en este caso, para puercos (como la leche de «puerca recién parida») y no para humanos. Observemos, por último, que en el campo semántico de esta taxonomía alimentaria, se puede trazar una trayectoria constante del sentido literal (reino vegetal) a los sentidos metonímico y metafórico (reinos animal y humano); de aquí que la transición de la naturaleza a la cultura, dentro del contexto alimentario, no sea cabalmente realizada por Macario. Este queda, pues, circunscrito a la Naturaleza, sólo que, contrario a la imagen de un «noble salvaje», Macario se animaliza por conducto de una reducción metafórica (hombre-retardado mental-«animal»). La cocina de Macario es, en todos sus aspectos, una infracocina. Admitiendo que ésta equivale a un lenguaje, no será difícil notar que la sociedad que rodea a Macario es una infrasociedad, «repleta por dentro de demonios».
La oposición día/noche rige también el carácter y alternancia de las «sociedades» que habitan en el pueblo, sociedades cuyo sentido es literal o metafórico: la primera es mayormente diurna, mientras que las metafóricas son totalmente nocturnas46. Estas últimas se dividen en dos grupos: el natural y el sobrenatural. Este último grupo constituye la «comunidad» que tiene su aposento en el cementerio, es decir, el conjunto de ánimas del purgatorio que «viven» y gritan de noche. El grupo natural es formado por ranas, sapos, alacranes, chinches, cucarachas y grillos. Aparte de que a todas estas sociedades metafóricas, naturales o sobrenaturales, les caracteriza su nocturnidad, todas ellas, con excepción de la rana (que, no obstante, «molesta» a la madrina) y el grillo, repugnan o asustan al hombre (sociedad diurna).
Por otra parte, las ánimas del purgatorio marcan un tipo de «resurrección» nocturna de los ancestros locales («pueblos» del pasado, sobrepuestos sincrónica y anímicamente, y no topográficamente como ciudades de antaño (e. g., Troya)), brindándonos con su presencia un tajo de la historia regional. El atavismo en Rulfo es, por consiguiente, una presencia cuya fuerza e influencias transcienden el nivel genético47.
Las sociedades metafóricas de orden natural establecen una estructura cuaternaria que, debido tanto a su función semántica dentro del relato como a un sistema de relaciones que ellas establecen entre sí, excluyen a primera vista a la cucaracha «insecto ortóptero nocturno y corredor» que se esconde «en los sitios húmedos y obscuros, devora toda clase de comestibles y los inficiona con su mal olor»48. La obvia diferencia entre la cucaracha, por un lado, y los batracios, alacranes y grillos, por otro, es que éstos tienen su hábitat fuera del espacio doméstico, mientras que aquélla (junto con la chinche) se encuentra principalmente dentro de las casas. No obstante, esta usual diferenciación de hábitats se abolirá en una parte del relato ya que, con excepción de los batracios, todos estos animalejos se encontrarán en feliz compañía dentro del cuarto de Macario, quien, por reducción metafórica, se convierte en un animalejo más.
La estructura cuaternaria que se establece por conducto de los batracios (ranas y sapos), las cucarachas, alacranes y grillos, es una que se caracteriza por medio de una codificación visual, acústica, táctil o gustativa. Con respecto a los sentidos de Macario, los batracios ocupan tanto el código gustativo como el visual («las ranas son verdes de todo a todo menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos».) El código táctil es utilizado en relación con los alacranes y las cucarachas, y va acompañado de un comportamiento inverso: Macario se muestra pasivo junto a los alacranes («Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno...»), y activo con respecto a las cucarachas («en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto»). A la vez notamos que tanto los sapos como los alacranes repugnan por su aspecto, sólo que éstos son sumamente venenosos mientras que aquéllos lo son en apariencia. La creencia de Felipa (creencia popular), y base de la interdicción impuesta en Macario, es que «es malo comer sapos». Se cree que pueden «envenenar» a la persona que los ingiera. Envenenamiento, pues, ya sea por mediación de un aguijón (alacrán) o in(di)gestión directa (sapo).
Por último, el código acústico se forma a través de las ranas y los grillos. De su parte, la rana y el grillo, sin causar gran repugnancia, causan malestares por el ruido que emiten (en el relato, el ruido del grillo es tolerado). La rana no deja dormir a la madrina, mientras que el grillo, en un plano sobrenatural, «absorbe» con su chirrido la gritería de las ánimas del purgatorio, permitiendo, por consiguiente, que todo mundo duerma tranquilo.
«A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto». |
Las relaciones que se forman entre las ranas y los grillos son unas de afinidad y oposición: en el código acústico, el croar es intermitente mientras que el chirrido es continuo «para que no se liga al aire por asociación». Ambos, no obstante, sin limitaciones a su respectivo hábitat, pueden estar en la tierra (todas las se liga al aire por asociación). Ambos, no obstante, sin limitaciones a su respectivo hábitat, pueden estar en la tierra (todas las «sociedades», en efecto, convergen y se encuentran en ella). Volviendo a los grillos, leemos que su ruido natural absorbe o cancela uno sobrenatural (de aquí que el hombre debe, pues, estarle «agradecido» al grillo). Ahora bien, ¿qué función desempeña el croar de las ranas? Aparte de molestar a la madrina (objeto del ruido), y mantener en vigilia al temeroso Macario, las ranas anuncian con su croar la llegada del tiempo de lluvias; por lo mismo, marcan la periodicidad o alternancia de las estaciones. Lo discontinuo de su canto, consecuentemente, junto a la estación del año que la rana sugiere con su presencia, da expresión además a la temporalidad/mortalidad de toda la Naturaleza, incluyendo al hombre. Es decir, la rana anunciaría la «resurrección» de la naturaleza (y el grillo la «resurrección» de las almas en pena) -otra vida en el campo natural- y con ello la circularidad del tiempo que rige el cambio de las estaciones. Al marcar el compás de las estaciones anuales, la rana delimita lapsos breves que seccionan al año en fases cuyo sentido, en un nivel alegórico (Naturaleza/Hombre), significaría las edades del hombre desde la infancia (la primavera) hasta la muerte (el invierno).
La estación que anuncia la rana corresponde, en forma metafórica, al tiempo de Macario (mortal «inocente», infantil). Pero la «primavera» de Macario, lejos de ser límpida y paradisíaca, es poluta y degradada; es, de nuevo, un Paraíso invertido. El Macario «inocente» es transformado en un cuerpo «repleto por dentro de demonios»; las ranas, en vez de croar desde un estanque o río de aguas cristalinas, emergen del alcantarillado, de las inmundicias del pueblo. La rana, por consiguiente, representa un Tiempo de la Mortalidad, pero una mortalidad degradada.
Las ánimas en pena tienen varios puntos en común con la rana: ambas sociedades son nocturnas y emergen del suelo otónico (la rana, del agua; las ánimas, de la tierra), ambas «gritan» en la noche (grito discontinuo/continuo), y salen de la suciedad del alcantarillado y de cadáveres en descomposición (cuerpos y almas polutos). Por otra parte, tanto las ranas como las ánimas en pena son «sociedades» que están despiertas (sin descanso) de noche. Macario (sin descanso) se convierte metafóricamente tanto en rana como en ánima en pena, pues «habla» mientras se sienta junto a la alcantarilla (está en situación de batracio, emitiendo un infradiálogo); comparte el espacio nocturno con la sociedad nocturna (ánimas); y «sale» de su cuarto (suciedad) obedeciendo órdenes de la madrina, quien quiere descansar y callar de noche. Tenemos, por consiguiente, las almas en pena (sin descanso) y su «gritería»; la madrina (sin poder descansar) por la «gritería de las ranas»; y Macario (sin poder descansar) por tener que matar ranas. Deducción: todas las sociedades empiezan a cruzar barreras y a coexistir -sin el conocimiento de los vivos gracias al sonido continuo de los grillos. Las sociedades nocturnas empiezan a mostrar su preponderancia: pocos años más y el pueblo de Macario será otro Comala, pueblo en que la alternancia es reemplazada por la simultaneidad.
Comparado a la rana, el grillo escansiona un «tiempo largo», de la creación del mundo hasta el Día del Juicio, tiempo lineal que tiene su fundamento en la escatología cristiana. De esta manera, mientras la rana deslinda la vida del hombre dentro de la Naturaleza (hombre en su aspecto biológico), el grillo, cronómetro de más vastas manecillas, pone al Hombre frente al panorama de la vida penitente, es decir, de la Caída hasta el Día del Juicio. Resumamos: tres sociedades metafóricas sirven para marcar el tiempo del pueblo: (1) las almas del purgatorio (sociedad nocturna), quienes alternan diariamente con los vivos (sociedad diurna), establecen una periodicidad cotidiana entre el día y la noche; (2) el tiempo de la rana, heraldo de las estaciones, se circunscribe a la circularidad de los años y, con ello, a la mortalidad, (3) el grillo, por último, pone al hombre dentro de un tiempo más vasto, entre el Génesis y el Apocalipsis, entre el tiempo de lo finito y el de lo eterno.
Los nexos de correlación y oposición se afirman entre Macario, la rana y el grillo. En cuanto a Macario y la rana, ya los hemos comentado: se basan (los nexos) en la mortalidad (discontinuidad) y en la suciedad (física y moral). En el código acústico, el croar de las ranas es equiparable al «habla» (sin propósitos de diálogo) de Macario es «ruido». Y precisamente en este punto el grillo y Macario forman una simetría inversa: de noche, «los grillos hacen ruido, siempre sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio». Macario, de noche, no «respira», se queda quieto y no dice nada, por temor a que den con él «los pecados mirando que aquello está a oscuras». Tenemos, pues, que mientras el grillo chirría y no se para a respirar (continuo), Macario también no respira pero no dice nada. Hay una excepción: durante los tiempos de las ranas (animal barométrico). El grillo suponemos que chirría todo el año, puesto que las ánimas en pena «gritan» constantemente. De aquí que mientras la gritería de las ánimas es «amortiguada» por el chirrido de los grillos (es decir, un animal absorbe el sonido emitido por el «hombre»), el croar de las ranas promete ser «amortiguado» por Macario (las «apalcuachará» a tablazos). En este caso, un hombre «absorbe» el sonido emitido por un animal. En suma, antes de morir, el hombre (Macario) intenta silenciar animales para «descansar» (la madrina) de noche; después de morir, el hombre (todos) es «silenciado» por animales y no puede descansar de noche. Una división entre reinos y sonidos, nos daría el siguiente diagrama:
| Reinos | Sonidos | |
| Continuo | Discontinuo | |
| Humano | Ánimas en pena | Hombre |
| Animal | Grillos | Ranas |
Las cucarachas (junto con las chinches) y los alacranes no tienen una valencia temporal o acústica en el relato: su sentido es netamente metafórico, imbricándose dentro del campo fisiológico (alacrán: ponzoña), o moral (cucaracha: «suciedad» cerca de la cama; chinche: «suciedad» dentro de la cama). El valor metafórico de todas estas sociedades sólo adquiere su fuerza una vez que se contextualizan dentro del relato; la consecuencia es el siguiente sistema de categorías cosmológicas:
| CIELO (Zona Sobrenatural) | ||
| SUPERFICIE ATMOSFÉRICA | + Aire | (Grillos) |
| + Tierra | (Alacranes, Cucarachas + Hombre) | |
| SUELO OTÓNICO | + Agua | (Sapos, Ranas) |
| + Fuego | (Ánimas del Purgatorio) | |
| + Infierno | (Zona Sobrenatural) | |
Sirviéndonos de este diagrama, podemos ahora volver nuestra atención a las relaciones entre Felipa y Macario, especialmente cuando éste esperaba en su cuarto la visita de aquélla. Como aclarado previamente, la proximidad de sus cuerpos se convierte en índice de un comportamiento ambiguo -pero no por ello menos pecaminoso- por parte de Felipa, y de un infantilismo moral por parte de Macario. Esta conjunción «poluta» es magnificada por la contigüidad/promiscuidad de animales que hacen del cuarto de Macario su «hogar»; en insólita vecindad, encontramos en «la cama» (costales) de Macario insectos y arácnidos que se incorporan para formar un campo semántico cuyo sentido es el siguiente: la cucaracha (y por asociación la chinche) acentúa la «inmundicia» del contexto, tanto en su sentido literal (cuarto sucio) como en el metafórico (conjunción ilícita); el alacrán (por su ponzoña) se asocia con la vulnerabilidad o mortalidad del hombre a un nivel biológico; el grillo por otra parte, representa las fuerzas de la Naturaleza que nos mantienen «sordos» en relación al mundo sobrenatural (es decir, musa la vulnerabilidad del hombre en el nivel anímico). Dentro de este contexto, la Naturaleza, lejos de servir a la emancipación del hombre, lo limita y mantiene a la altura de su nivel. Es significativo el hecho de que los alacranes y las cucarachas se sitúan en el mismo nivel que el hombre, puesto que el hombre absorbe características de ambos animales: es metafóricamente un alacrán (hostil) y una cucaracha (moralmente vive en la «inmundicia»).
Las sociedades metafóricas, de carácter nocturno, convergen mayormente en el código acústico: las ánimas «gritan», las ranas croan, los grillos chirrían; pero, a la vez, las cucarachas «truenan como saltapericos cuando uno las destripa»; y suponemos que las ranas, en cuanto salgan «a dar de brincos» y las apalcuachee Macario, tronarán también. En vida y a punto de morir -e incluso después de la muerte-, estas sociedades emiten ruido(s). ¿Qué de los vivos, o sea, de la sociedad diurna? Su relación es simétrica a la nocturna: como los arácnidos y batracios, la gente es hostil (apedrea, amenaza, etc.), repugnante (en el sentido moral) y ruidosa (correlato implícito de la violencia).
«En la calle suceden cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada». |
Volvamos nuestra atención a la rana, con la que Macario tiene lógicos nexos de semejanza. En breve, Macario da expresión a las contradicciones que imperan en su pueblo; su «ruido» (plática), pues, es expresión metafórica de inmundicias sociales. De la misma manera, la rana, al emerger de la alcantarilla, nos obliga a interpretar su «alboroto» nocturno también como expresión metafórica de las mismas inmundicias. Por su parte, las almas en pena son expresión sincrónica de la misma inmundicia (sociedad anterior a la vigente), pero ahora acompañada de cadáveres (y almas) en putrefacción.
La red semántica se presta a una vuelta conceptual más, dándole al texto una coherencia mayormente integrada. Mientras que el grillo «absorbe» el estruendo («gritería») de las almas en pena (estruendo que es también sinónimo de suciedad social), Macario, por su parte, «absorbe» las inmundicias del pueblo (visto como recipiente repleto, es decir, como chivo expiatorio). El grillo se ocupa de la sociedad de los muertos y Macario de la correspondiente a los vivos. La absorción es íntegra49.
Volviendo a la relación entre la rana y Macario, observamos otros ejemplos de su homología semántica: ambos emiten «ruido» que es congruo con la suciedad social; pero, también, ambos se aproximan a la muerte por medio de golpes a la cabeza y Macario es objeto y sujeto en esta actividad. Como objeto (tambor/maraca), sus golpes de cabeza resultan ser autodestructivos; como sujeto, aparte de comerse a los batracios, en el relato se encuentra bajo la orden de apalcuachar a las ranas «con una tabla» (rana-tambor). Por conjetura lógica, el golpe (en la cabeza) destruiría la masa encefálica de la rana, causando la emisión de un sonido simétrico al del tambor: el sonido de éste hace propicia una conjunción apetecida (entre los mortales y Dios); el sonido causado por la muerte de aquélla (golpe en la cabeza), sería ocasión de una disyunción apetecida al permitir que los vivos durmiesen cuando despertara la sociedad de los muertos. Ahora bien, mientras las ranas continúen con su «gran alboroto» nocturno, ambas sociedades estarán despiertas durante la noche; con ello, la alternancia cederá a la simultaneidad, ocasionando una conjunción indeseable por parte de los vivos, entre éstos y los muertos. De lo anterior, se puede deducir lo siguiente:
| Instrumentos de Tinieblas | Función | Plano | Relación |
| Tambores | Invocan a Dios | Cosmológico | Conjunción vertical |
| Chirimías | Invocan a Dios | Cosmológico | Conjunción vertical |
| Campanas | Convocan al pueblo | Religioso | Conjunción horizontal |
| Grillos | Absorben gritos de las ánimas | Sobrenatural | Disyunción vivos/muertos |
| Ranas | Emiten gritos («inmundicia social») | Natural | Conjunción vivos/muertos |
En resumen, para satisfacer a la madrina, Macario se dispone a «sacarle los sesos» (silenciar) a las ranas; por otra parte, se arriesga a «sacarse los sesos» cuando se golpea contra los pilares o el suelo (permutación en instrumento de tinieblas), sólo por satisfacer (invocar) a Dios. Sabemos que a la madrina le disgusta el ruido de las ranas (dormir - disyunción apetecida); desafortunadamente, nunca sabremos si a Dios le place o disgusta el tum tum de Macario50.
Macario no es, para nosotros, meramente un loco: es un signo polivalente. Cada vez que lo situamos en determinado contexto, Macario adquiere un sentido correspondiente; por lo mismo, nos atrevemos a establecer relaciones simétricas entre Macario y (1) la cucaracha, (2) la rana, (3) el tambor y, en forma alegórica, (4) el hombre natural de América, según fue evaluado desde principios de la Colonia. En sentido figurado, y en el contexto de la historia de América, Macario es signo y cifra del indio: su «falta de razón» le sitúa en un estado de servidumbre; se le atribuye incapacidad de recibir la doctrina de Dios (a Macario se le niega la confesión; se le atan las manos en la iglesia, etc.); debido al supuesto estado servil, se justifica en principio una jerarquía social cuyos polos extremos son: casi humanos (sirvientes) plenamente humanos (amos). De aquí que para la gran parte de la intelectualidad de Occidente, a partir de la Colonia, el indio sea ejemplo del infrahombre, de una humanidad imperfecta. Esta idea del nativo del Nuevo Mundo se expresa singularmente en este texto de fray Tomás Ortiz:
«Que eran cobardes como liebres, sucios como puercos; comían piojos, arañas y gusanos crudos do quiera que los hallaban. No tenían arte, ni maña de hombre... Cuanto más crecían, se hacían peores. Hasta diez o doce años, parecía que habían de salir con alguna crianza y virtud, y de allí adelante se volvían como brutos animales. Y en fin, que nunca crió Dios gente más cocida en vicios y bestialidades sin mezcla de bondad o política, y que se juzgase para qué podían ser capaces hombres de tan malas mañas y artes»51. |
La supuesta falta de razón se convierte, más que en una cuestión religiosa, en un problema político: la naturaleza bestial tiene como correlato la imperfección humana del indio y su incapacidad de gobernarse políticamente; ¿resultado? La subordinación política y cultural del indio a un modelo de vida europeo. Tenemos, por lo tanto; que en la historia de América predomina una serie de binomios paradigmáticos: hombre/salvaje; racional/irracional; vida política/vida silvestre; etc. En estos binomios se encierra la conocida calumnia o denigración de América, además del fundamento principal de la polémica sostenida por el padre Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda52.
En la cosmología de Rulfo -según se logra sustraer en «Macario»-, el hombre está incomunicado de la zona divina, limitándose a la Tierra y al suelo otónico, a éste cuando muere y a aquélla mientras vive. La vida del hombre es anterior a la promesa de redención, y se distribuye ya en una vida de miserias y violencias o en una de eterno penar. Tanto en «Macario» como en demás relatos de El llano en llamas, el elemento sobrenatural sólo se encuentra en el nivel del discurso, como expresión de creencias populares, y nunca como dimensión del relato. Que Macario sostenga, siguiendo a Felipa, que los grillos absorben la gritería de las almas en pena, no pasa de ser una aserción no verificada en el relato. En Pedro Páramo, sin embargo, las situaciones narrativas cambian radicalmente, siendo ahora verdaderamente sobrenaturales: las ánimas en pena hablan, los cadáveres de Juan Preciado y la Cuarraca dialogan, mientras que Susana San Juan, en su tumba, recuerda. Tenemos, pues, que en «Macario» lo sobrenatural no existe a un nivel propio a la situación narrativa, limitándose a la narración en sí; Pedro Páramo, por lo contrario, tiene episodios netamente sobrenaturales, uniéndose a consecuencia al campo de lo que Todorov define como lo maravilloso.
Para leer Pedro Páramo, el lector se ve bajo la continua tentación de metaforizar lo sobrenatural; pero este aspecto del relato es explícito y no se escamotea fácilmente. En forma inversa, y pese a su proximidad a lo maravilloso, en El llano en llamas la maldad humana es una dimensión moral asociada implícitamente al demonio u otra fuerza sobrenatural, de rigor absoluto sobre los destinos humanos, todo ello sintomático -según su connotación socio-histórica- de determinadas contradicciones sociales, a saber: la venalidad de los que representan la justicia; la arbitrariedad de los poderosos; la inestabilidad económica, generadora de migraciones hacia el Norte; la falta de irrigación en los campos de agricultura y el desempleo general en la provincia. Por la vertiente de lo maravilloso, en El llano en llamas opera un determinismo absoluto manifestado por medio de relaciones ominosas: la relación entre la lechuza, ave de mal agüero, y don Esteban («En la madrugada») un camino (espacio de retribución) entre la parroquia y la casa de Euremio Cedillo («La herencia de Matilde Arcángel»); el río, espacio de retribución, y homicidas («El hombre»), etc.
En resumen, mientras que en El llano en llamas la fuerza determinante es la Naturaleza -en sus aspectos silvestre, humano o demoníaco-, en Pedro Páramo funciona una fuerza de mayor consistencia: lo explícitamente sobrenatural. Tanto en la novela como en la colección de cuentos, el hombre es anterior a la voluntad histórica, libre, y, por lo tanto, al margen de la responsabilidad e indefenso ante fuerzas superiores. En 1955, no obstante, Rulfo emerge a la realidad social al contextualizar su relato dentro del proceso histórico de México, relacionando los destinos del país -según se forjan en la Revolución de 1910- con los de Comala. Pedro Páramo, por consiguiente, encierra un problema de lectura que divide a la crítica: por un lado, ánimas en pena y una elaborada dimensión sobrenatural que son un día de fiesta para los que gustan de realismos mágicos y de lo real maravilloso; por otra parte, se plantea una realidad histórica, agazapada bajo una compleja estructura narrativa. Por sí sólo, «Macario» es un relato que se puede leer al margen de interpretaciones de lo sobrenatural; sin embargo, dentro del sistema narrativo a que pertenece, "Macario" abriga en su narración esta dualidad de perspectivas. ¿Será necesario añadir que la confusión de estos dos niveles de lectura ha dado la impresión de que en Rulfo hay una literatura de «protesta social»? Esta literatura, empero, mal encaja dentro de un mundo en el que la maldad y violencia humanas tienen su génesis en una voluntad sobrenatural o determinante.
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La Palabra [Publicaciones periódicas] : Revista de Literatura Chicana. Volumen IV-V, Nº 1-2, Primavera-Otoño de 1982 |
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