 Antología poética
José Antonio Muñoz Rojas
 Ardiente jinete

XV
|
| Amor, es necesario desear algo, | | | | aunque sea la lluvia o la escarcha; | | | | lo que no puede ser | | | | es permanecer ante las montañas | | | | sin dirigirles palabras cariñosas, | | | | ver los ríos viajar continuamente | | | | sin desearles buen viaje. | | |
|
| Hay que ser complaciente con todas las cosas, | | | | las que existen y las que no existen. | | |
|
| No olvidar cuando salgamos | | | | que no sabemos cuándo será el retorno, | | | | y que puede presentarse la ocasión | | | | de convidar a migajas de pan a los gorriones, | | | | a pan y sal a los borregos, | | | | que podemos ir a parar a la Arabia, | | | | donde los camellos se mueren de sed, | | | | y les salvaríamos la vida | | | | si con la cartera y el portamonedas | | | | hubiéramos puesto en nuestro bolsillo | | | | un vaso, | | | | que el agua ya se encargarán los cielos | | | | de que no falte. | | |
|
 XVII
|
|  Yo quiero que seas todas las cosas, | | | | y te confundo frecuentemente con los recuerdos. | | |
|
| Amor, ¿cómo vas a alejarte, | | | | si no tienes dónde ir? | | |
|
| ¿Crees que todos compartirán contigo un lecho, | | | | y que todos te esperan a cenar? | | |
|
| Amor, ¡no seas inocente! | | | | Lo más que te quieren es como quieren a las aves, | | | | lo más que te recuerdan es como a los recuerdos. | | |
|
| ¿Qué has hecho, amor, qué has hecho? | | | | ¿Pero otra vez te has ido? | | | | ¡No tardes! ¡Ven! | | |
|
 Canciones
 La madre
|
|  Y la madre soñaba oscuramente: | | | | será rubio, tendrá estos ojos mismos. | | | | Le amarán las muchachas. Una tarde, | | | | de pronto, llorará junto a una rosa. | | |
|
| Le crecerá la angustia sin saberlo, | | | | y cada nuevo umbral será una herida. | | | | Temblará al traspasarlos, hijo mío, | | | | acaso una paloma, acaso nada. | | |
|
| El viento por la frente, las caídas | | | | hojas que se acumulan, los rumores | | | | del corazón callados. Nadie sabe | | | | las formas repentinas de la dicha. | | |
|
| Yo lo siento aquí hondo en mis entrañas | | | | el río de tus años que me deja | | | | una nostalgia antigua, una dulzura | | | | vieja en mi corazón como la sangre. | | |
|
| Me hace toda ribera, toda muro, | | | | donde lamen las aguas de tu vida. | | | | Torno otra vez a ser niña jugando, | | | | corriendo como niña entre las rosas. | | |
|
| ¡Oh sueño en mis entrañas!¡Oh río alto, | | | | resonando de siempre en mis entrañas! | | |
|
 [A mí me ha sucedido muchas veces]
|
|  A mí me ha sucedido muchas veces | | | | ir caminando y encontrarme | | | | de pronto una palabra que había dicho | | | | hace tantos amores a estas horas, | | | | hace tantos latidos y amarguras, | | | | cuando la adolescencia. Ella tenía | | | | aproximadamente dieciocho | | | | años, y unos cabellos que las brisas | | | | adoraban, diciéndole al oído: | | | | nunca los tuve iguales en mis dedos. | | |
|
| Vivir no se medía, se gozaba | | | | asomado a un pretil de donde el mundo | | | | era un suelo extendido de hermosura | | | | que rodeaba el júbilo, y el gozo | | | | se llamaba José como me llamo, | | | | urgía con los latidos de aquí dentro | | | | un millón de esperanzas por minuto. | | |
|
| A mí me ha sucedido muchas veces | | | | encontrarme con sombras y decirles: | | | | sois las mismas, acaso conocéis | | | | este viejo aposento, y verlas irse | | | | como un poco de humo, como un poco | | | | de hermosura. La vida es eso, sombra. | | |
|
| A mí me ha sucedido muchas veces | | | | buscarme inútilmente, no encontrarme | | | | aunque estaba citado en la esperanza | | | | a una ternura fija, y ver pudrirse | | | | las rosas que llevaba entre las manos. | | |
|
| Y hallar que la palabra no servía, | | | | que era inútil el canto, derrotada | | | | la palabra en los labios, miel sin nadie, | | | | en busca de su labio. Duramente | | | | el corazón aprende sus congojas | | | | para saber un poco. No es alegre | | | | llegar a esta certeza del vocablo | | | | inútil casi siempre, casi nunca. | | |
|
| Claro que no son sólo estas orillas. | | | | Las hay sin amargura, aunque se acaban | | | | en apariencia, pero no se acaban | | | | porque se miden con la sangre. Tienen | | | | nombres que apenas tienen nombre. Dicen | | | | al corazón dulzura, nos derraman | | | | generosos al mundo, nos reviven. | | |
|
| A mí me ha sucedido muchas veces | | | | ir caminando y olvidarme | | | | de todo en la esperanza. Dios sin duda | | | | nos coge de la mano. ¿No es su mano? | | |
|
| A merced de las horas, sin derecho | | | | más que a un poco de aire, de hermosura, | | | | nacemos, y es bastante. A veces sobra. | | | | Todo en fin es amor. Me ha sucedido | | | | encontrarme a menudo que no peso, | | | | que esto que llaman por llamar no tiene | | | | más que un nombre, querencia. Va a lo alto | | | | inevitablemente. Va a lo alto | | | | como el chopo y el bien. Sigue a lo alto. | | |
|
 Elegía
| | 
No puedo negar amor a estos cabellos perecederos, | | | |
aunque los sepa detenidos un punto en el oro | | | |
en su camino hacia las nieves eternas. | | | |
Ni a estos perfiles al sol, con el sol acabando, | | | |
ni a estos cuellos o tallos pendientes de un estío. | | | |
Sin mi voluntad | | | |
cae el peso de mi amor sobre tallos cabellos, | | | |
a pesar de la brevedad de la flor de la aurora, | | | |
de la rosa o paloma que en las manos me dejas, | | | |
de los arroyos o cabellos que desencadenas en mis brazos; | | | |
a pesar de lo negra y lo honda | | | |
que se hace la noche sin ti; | | | |
a pesar de los espejos extraños | | | |
que dondequiera se forman al dejarte; | | | |
a pesar de lo eterno, | | | |
o tal vez porque lo eterno es tu fuga. | | |
 Al dulce son de Dios
 [¡Qué hermoso nacer para esto que nacemos!]
|
|  ¡Qué hermoso nacer para esto que nacemos! | | | | Para entregarle cada día al sol nuestros cuerpos, | | | | y los cabellos al mensaje que la lluvia les trae; | | | | para escuchar alternativamente a la esperanza y los pájaros. | | |
|
| ¡Qué hermoso nacer entre praderas, | | | | o entre collados que nos dicen: «Recuéstate»; | | | | ir con el indolente pie dudando | | | | si usar de la oferta de sombra que la nube y el árbol, | | | | a una con su belleza, nos brindan! | | | | O entre ríos que sólo tienen palabras de dulzura. | | |
|
| ¡Qué hermoso nacer para entregarse a los hermosos cabellos | | | | que, extendidos, son ríos que de pronto se callan, | | | | dejando ardiendo los deseos renovados del aire, | | | | y los hombros, remansos del cuerpo, | | | | donde la pasión se reclina y refresca, | | | | y las cinturas y las piernas como saetas! | | |
|
| ¡Qué hermoso nacer y darse al gran amor de la tierra, | | | | y ofrecerle materia y lugar de expresarse; | | | | qué hermoso escucharlo cuando el sol se nos pierde, | | | | y saber que sólo se trata de un viaje pasajero, | | | | que continuamos y continuamos, que somos expresiones, | | | | que el agua está entendiendo lo que digo | | | | tan bien como tú a quien mi canción se dirige! | | |
|
| ¡Qué hermoso pensar que el mar es dondequiera, | | | | extensión dondequiera, de aguas convocadas, | | | | que en azul o que en verde le contestan al cielo, | | | | como tus ojos, que responden con color a los míos! | | | | Y si digo «Tierra», pienso lo que piensas, | | | | lo que todos sentimos, compañía | | | | y morada donde el amor tuvo nombre, | | | | lugar que nunca rehusó asilo | | | | a miembros humanos por cansados que fueran. | | |
|
| Y entre tantas cosas que de amor son motivo, no hay sitio | | | | para nada que el amor no proclame; | | | | que todo lo que se nombra tiene belleza en nombrarlo, | | | | incluso esta canción que a ti va como un ave. | | | | Hermoso, por la virtud que confiere a las cosas, | | | | el nombre, con sólo rozarlas, | | | | las saca a la vida donde no hay resquicio | | | | para nada sin nombre o belleza. | | |
|
| ¡Qué hermoso nacer y sacarle a los pechos de nuestras | | | | madres esa leche de tan blanca hermosura, | | | | y amarla, y a las cosas, e irse diciendo: | | | | «Esta es la lengua del amor, y no hay otra; | | | | y quien no hable de amor no ha nacido, | | | | que sólo al amor se nos dio nacimiento». | | | | Decir amor y perderme es lo mismo, | | | | mas no decirlo es peor que la muerte; | | | | que en un instante abre el sentido a todas las hermosuras. | | |
|
| ¡Qué hermoso nacer para morir, | | | | y repentinamente ver la claridad que el agua y la llama llevan en sí mismas, | | | | y ver la contenida hermandad de muerte y belleza, | | | | la obra de Dios entre las obras! | | |
|
| ¡Oh, qué gran rosa en las manos la muerte! | | | | ¡Oh sombra que aclara las sombras! | | | | Esta gran rosa, la muerte, nos fue dada | | | | porque entre tanta hermosura vamos a ciegas, | | | | porque los ojos son chicos y el mar inmenso, | | | | y el tiempo de ver reducido sin tino, | | | | y las cosas con un revés que no alcanzamos. | | |
|
| Mas con esta rosa, Señor, ya no hay duda, | | | | sino hermosura doquier que es tu nombre. | | |
|
 El Cristo de Velázquez
|
|  Inmóvil y perfecto, estás clavado. | | | | Nuestra mortal angustia se estremece | | | | cuando ni sombra de dolor parece | | | | donde todo el dolor se ha consumado. | | |
|
| Grita, Señor. Retuércete. ¿El costado | | | | no atravesó una lanza? ¿No te mece | | | | el dolor en su cuna? ¿Qué flor crece | | | | en tu frente, que así te ha coronado? | | |
|
| ¿No es tu sangre de hombre la que vierte | | | | el cuerpo, ni sudor el que derramas, | | | | ni peso humano el que te tiene inerte? | | |
|
| ¿Por qué, entonces, Señor, hombre, no clamas? | | | | ¿O es que te tiene en pie frente a la muerte | | | | la fuerza de lo mucho que nos amas? | | |
|
 Paso de Dios
|
|  Señor, ¡cómo has venido azul sobre la tierra, | | | | tras tantos días oculto tras tu lluvia y tu viento! | | | | Difícil como un monte, Señor, te vela a veces | | | | tu propio poderío. Y vamos ciegos, lentos, | | | | lo mismo que un camino borrado por las yuntas. | | | | Mas hoy tu sol, tu azul, el aire de tu paso, | | | | un temblor que decía, Señor, que te acercabas, | | | | hacía todo vibrante, el tronco y el renuevo, | | | | orlaba las veredas con la flor, la esperanza, | | | | y un calor que venía de lo hondo de tus hornos | | | | calentaba la tierra. ¡Qué vaso rebosante | | | | la tarde, derramándote, Señor, en su dulzura | | | | sobre tus mismas cosas! Mi corazón estaba, | | | | como siempre, al acecho, y temblaba en la espera, | | | | siempre espía de tus pasos. | | |
|
| Esto es largo y oscuro. | | | | La palabra no sirve. La palabra se quiebra. | | | | A veces te balbuce la lengua, y queda todo | | | | en silencio y tiniebla. A veces, la mirada | | | | de un niño te recoge: una luz repentina | | | | que remata los árboles; la hierba que suspende | | | | una gota que tiembla: haces de nuestra carne | | | | espejo de un instante, y luego todo sigue. | | | | Se siente tu ruido, tu terror, tu belleza. | | |
|
 Sonetos de amor por un autor indiferente
 Esta adivinación de tu figura
|
|  Esta adivinación de tu figura, | | | | esta impresión del alma que enternece | | | | el cristal, esta sombra que parece | | | | un recuerdo que sale en la espesura | | |
|
| donde están los recuerdos y apresura | | | | al verlo el corazón, y que estremece | | | | el mundo en una luz que crece y crece, | | | | hasta donde el temblor no tiene altura, | | |
|
| comparación no admite con aquella | | | | imagen que yo llevo dibujada | | | | dentro del corazón en que te siento, | | |
|
| que donde va mi sangre va su huella, | | | | y donde van mis ojos su mirada, | | | | y donde va mi voz, pone su acento. | | |
|
 Yo te daría, amor, yo te daría
|
|  Yo te daría, amor, yo te daría | | | | la viña y el almendro y el olivo, | | | | la tapia que le sirve de recibo | | | | a tanta madreselva y lozanía. | | |
|
| Y luego con mis brazos le daría | | | | descanso a tanto pensamiento esquivo, | | | | y luego con mis ojos, a lo vivo | | | | de tu alma hiriendo en gozo, llegaría. | | |
|
| Porque en la tarde tengo tan contenta | | | | una brisa que sabe lo que quiere, | | | | y le habla al hueso con ternura tanta, | | |
|
| que el puro hueso en dicha se acrecienta, | | | | y no sabe si vive ya, si muere, | | | | la voz o la delicia en la garganta. | | |
|
 Abril del alma
 XII
|
|  Como el viento en los trigos por abril, tu recuerdo | | | | va removiendo olas de dulzura en mi frente. | | | | ¡Qué tierno se hace el mundo, y qué razón recobra! | | | | ¡Qué resonancia clara sale de las cavernas | | | | donde tienen su fuente los sueños más remotos, | | | | y qué dulce se extiende por miembros y campiñas! | | |
|
| Dejadme a mi ternura, que, rey de mi ternura, | | | | no hay frontera en el mundo ni mar que no traspase. | | | | ¿Eres tú abril, o abril es ese espejo hondísimo | | | | que se forma en mi alma cuando me asomo a ella? | | | | ¿Quién más abril que tú, que eres la primavera | | | | del alma con la sola razón de haber vivido, | | | | que sales como abril del campo sin trabajo, | | | | lo mismo que la alondra de los trigos recientes, | | | | con raíces tan fuertes como troncos de encinas, | | | | y con flores tan frágiles como flores de encinas; | | | | que poco a poco vas quitando a la esperanza | | | | sus últimos rincones y se los das al gozo, | | | | que en trance tal de júbilo colocas al espíritu | | | | que pierde la razón del tiempo en su existencia? | | |
|
 [Ya no sé desear más que la vida]
|
|  Ya no sé desear más que la vida, | | | | porque entre las victorias de la muerte | | | | nunca tendrá la grande de tenerte | | | | como una de las suyas merecida. | | |
|
| Y porque, más que a venda y más que a herida, | | | | está mi carne viva con quererte, | | | | e, igual mi corazón que un peso inerte, | | | | halla su gravedad en tu medida. | | |
|
| ¡Qué temblor no tenerlo en ningún lado, | | | | ni en el pecho, la vena o la palabra, | | | | y a lo mejor en valle, fuente o roca! | | |
|
| ¡Corazón prisionero y emigrado, | | | | que con cada latido el hierro labra, | | | | y que convierte en sueño cuanto toca! | | |
|
 Dedicatorias y divertimentos
 Miguel
| |  Tú, mejor que nadie, a tus alturas, | | | | sabes que no, Miguel, sabes que no. | | | | Mientras mordiste el ajo vivo | | | | y la almendra amarga y las collejas, | | | | y te agarraste a la esteva, y fue el silbido | | | | tu palabra; mientras bañaste | | | | en tus ojos la luz del campo, y no cubriste | | | | sino con cáñamo tus pies, y acariciaste | | | | tu libertad para ti mismo. | | | | Mientras mordiste los ásperos limones | | | | y el barro, Miguel, que era tu nombre, fue tu tierra, | | | | y hablaste con silbidos los diálogos | | | | de la tierra, la madre, fue en tus labios | | | | fiel clavel de la tierra, la palabra. | | |
 A mi hermano Juan
|
|  Querido Juan, el tiempo que nos tiene | | | | cogidos en sus horas, que nos lima | | | | la ocasión de gozar, la breve cima | | | | en que el vivir se colma y se entretiene | | |
|
| en júbilo la sangre y se nos viene | | | | la palabra mejor, y nos anima | | | | a lo bueno del mundo, el alto clima | | | | de Dios que nos calienta y nos mantiene; | | |
|
| para los días de la gente, el tedio, | | | | la inclinación oscura donde quiera, | | | | el bien huido, el mal necio y sin tino. | | |
|
| Que Dios nos tenga, Juan, de medio a medio, | | | | nos dé la paz de dentro y la de fuera, | | | | la gracia de ver claro en el camino. | | |
|
 Cancionero de la Casería
 Altos mayos. VII
|
|  ¡Si no tuviera la voz | | | | como la tengo, perdida! | | | | ¡Si no tuviera la vida | | | | como la tengo! | | | | Tu hoz, | | | | antes de la luz primera, | | | | entre la rama y la rama. | | | | Tu palabra se derrama, | | | | agua, fuego. La caricia | | | | de tu mano. La delicia | | | | en tus labios la sembré, | | | | y luego nació. Se hizo | | | | árbol alto, muerte, rizo. | | | | Con un suspiro, con una | | | | gacela (no digas pena, | | | | aunque mordía). La luna | | | | no ha visto otra. Caballo | | | | de hermoso cuello, los remos | | | | brillantes, listos. ¿No subes | | | | sobre la grupa? Iremos | | | | más arriba de las nubes, | | | | entre los ojos, por esa | | | | llanura, no digas frente, | | | | hombros que llaman ternura, | | | | labios de prisa y dulzura, | | | | despacio, deprisa, aprisa. | | | | ¡Viene sola y de repente! | | |
|
 Olivos
|
|  Vosotros sin olor, duros olivos, | | | | qué árbol no llamaré, que diré hermanos, | | | | tan amorosos, aunque tan sin manos, | | | | y tan serenos, aunque tan esquivos, | | |
|
| que bajáis las cañadas fugitivos | | | | y coronáis en paz los altozanos, | | | | vosotros, cuya flor os vuelve canos, | | | | cuyo ejemplo nos torna pensativos; | | |
|
| vosotros, cuyo tronco es lumbre luego, | | | | y cuyo fruto aceite que acompaña | | | | al hombre por su muerte y por su vida: | | |
|
| oíd con bendición mi justo ruego, | | | | y derramad sobre la vasta España | | | | vuestra flor, toda en fruto convertida. | | |
|
 Las cosas del campo
 Tierra eterna
Sola y eterna, tierra de arados, de sementeras y de olivar, mil veces regada con sudores de hombres, con cuidados, con maldiciones, con desesperaciones de hombres, hermosura diaria, espejo y descanso nuestro. Nunca cansas, siempre lista, inscrita una y otra vez por hierros y por huellas, volcada por rejas al sol y a la lluvia, a todo tempero, siempre con la dádiva conforme al trabajo, medida a nuestros huesos. ¡Ay de los que te olvidaren, de los que en su piel y en sus ojos pierdan tu recuerdo, de los que no se refresquen contigo, de los que te pierdan de alma!
 Cantos a Rosa
 Rosa de siempre
|
|  Tú de verdad, y para ti mi vida. | | | | Rosa de siempre, lo mortal te sabe | | | | de memoria y amor. ¿Qué en ti no cabe? | | | | Mi verso para ti. Tú, su medida. | | |
|
| Pedazo de mi tiempo, de mi herida, | | | | me llevas y te llevo, mar y nave; | | | | ¡oh Rosa!, ¿qué hará el labio que te alabe | | | | más que alabarte? Lo fugaz se olvida, | | |
|
| pero nunca la luz. El viejo río | | | | seguirá su camino al mar, la nada. | | | | Por los aires de Dios la primavera | | |
|
| seguirá proclamando el poderío | | | | de lo que pasa, ¡oh, Rosa!, condenada | | | | por dentro a florecer, morir por fuera. | | |
|
 XII
|
| 
Rosa, mi corazón, mi latifundio, | | | |
mi campo de amapolas, mi arroyuelo, | | | |
mi torreón de mirlos, mi rocío, | | | |
mi noche de verano, mi proyecto
| | | |
al fresco de la tarde, mi ola,
¡salta, | | | |
salta a mis brazos! Deja que revuelva | | | |
un poco tu cabello, mientras pienso | | | |
en la colmena oscura, con las mieles | | | |
ya colmadas de agosto, y el murmullo | | | |
de las abejas. Corazón, mi Rosa, | | | |
te adoro simplemente.
¿Te lo he dicho? | | |
|

XXX
|
| 
¡Oh, no te muevas, Rosa! Queda siempre, | | | |
siempre tranquila en tallo y en belleza, | | | |
como te veo, olor y sentimiento. | | | |
Tranquila en transcurrir, mas sin moverse; | | | |
tranquila en respirar sin perder vida; | | | |
tranquila en apariencia, mas creciendo | | | |
en tu ser mismo de belleza y gracia, | | | |
de nave eternamente y sin arribo, | | | |
de dulzura en aumento y sin llegada, | | | |
de esperanza subiente y sin cansancio, | | | |
de ternura voraz y con sosiego, | | | |
de Rosa eterna en corazón crecida. | | |
|
 Consolaciones
 [Decir es siempre hermoso]
|
|  Decir es siempre hermoso. | | | | Poder decir, cantar: | | | | o irse por jardines | | | | la primavera y luego | | | | dejar la primavera | | | | y encontrar aquel niño | | | | que acaso fuimos. Irnos | | | | con él, irle contando | | | | lo que fuimos. Oírle: | | | | igual que yo, lo mismo. | | |
|
 Lugares del corazón en nueve sonetos que lo celebran
 [Tengo el recuerdo aquí. La luz aquella]
|
|  Tengo el recuerdo aquí. La luz aquella | | | | del jardín por la tarde en el estío, | | | | y los vencejos en el ancho río | | | | de la tarde tranquilamente bella. | | |
|
| ¡Oh Señor, oh terror!, tu amor lo sella, | | | | y el instante no pasa. En el sombrío | | | | jardín, el agua, el tiempo, sigue. Mío | | | | sigue el instante aquel, sigue la huella | | |
|
| de su paso en el alma. La memoria | | | | va escribiendo la tarde y el relente | | | | y el frescor del jardín recién mojado. | | |
|
| Alguien se acerca. Y es la misma historia. | | | | Alguien que llega. Tú. Precisamente | | | | hablábamos de ti cuando has llegado. | | |
|
 Oscuridad adentro
 Tiempo y hombre
|
|  Va siendo ya para la voz cansada | | | | disperso el recordar, loca la hora, | | | | pasando más deprisa y más señora | | | | de este río sin tregua. Encadenada | | |
|
| la acción al desear, y la mirada | | | | sin romper en lo oscuro, y sin demora | | | | empujando la mano destructora | | | | ¿de quién y para quién?, ¿hacia qué nada? | | |
|
| ¡Oh tiempo!, Dios te suelta con el aire, | | | | respiración, latido, pobres gentes | | | | que han de labrar con tiempo sus asuntos. | | |
|
| Araña inútil, hombre, tú donaire | | | | del tiempo, entre las manos inclementes | | | | del tiempo, tiempo y hombre siempre juntos. | | |
|
 Espejo interior
| |  A lo de siempre vuelvo desde siempre: | | | | a la mano primera y a la casa, | | | | al mayo de celindos y gayombas, | | | | a las ruedas del tiempo en los umbrales, | | | | tras la paz albergada, a aquellos ojos | | | | de ternura conmigo, a los silencios | | | | escogidos. | | | | El corredor de losas relucientes, | | | | la escalera subiendo a la ventura | | | | del sabido calor, y los serones | | | | de la Alhajuela rebosando frutos. | | | | Y luego mayo, loco en la Ribera, | | | | los ruiseñores locos en el Huerto | | | | de Perea, cantando locos, mientras, lentas, | | | | las ruedas del trabajo y de la lana | | | | las aguas de la sierra iban moviendo | | | | bajo murallas nobles. | | | | Los ojos, aves locas, se escapaban | | | | en vuelos de miradas, al prodigio | | | | del agua y de la rueda, a los olores | | | | de gayomba y culantro, a los colores | | | | de malvas y amapola, a los vencejos | | | | zurciendo en el azul blancos retazos. | | | | ¡Oh, este espejo interior, donde aparece | | | | el de hoy, el de ayer, el siempre niño! | | |
 Tu oficio, poeta...
| |  Para que algo quede de este latir, | | | | para que, si alguien quiere mirarse, pueda; | | | | para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga | | | | «a mí me pasó algo semejante». | | | | Los poetas estamos para eso: | | | | para ofrecerles tránsito a los demás, | | | | para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen | | | | un poco más allá, en medio | | | | de tanta oscuridad como nos circunda. | | | | A veces nada tiene sentido, ni siquiera | | | | que me des la mano o ese | | | | limón redondo tan bello en la vereda. | | | | A veces lo que tiene sentido no tiene sangre, | | | | ese poco de sangre por la cual se muere. | | | | Todo es ganas de morir de otra manera, | | | | ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea | | | | que hay otras aguas y otras penas, y los cielos | | | | contemplen misericordiosamente | | | | nuestras peregrinaciones. | | | | Tu oficio, poeta, es contemplar, | | | | que todo se te escriba dentro; luego, | | | | quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros | | | | lo que allí mismo, escrito, tú lees. | | |
 Olor a jazmines
| | 
He entrado en la casa deshabitada de todo, | | | |
salvo de un extendido olor a jazmines | | | |
que la llenaba. Me he quedado | | | |
como vestido de su olor, como penetrado | | | |
de ese mundo fuera de mí, parte de
él, | | | |
con tantas sombras que participan de este olor, | | | |
aire hoy sólo animado por el aroma de los jazmines, | | | |
a quien setiembre saca su blanco más profundo, | | | |
como
a
una vieja arpa su mejor sonido | | | |
una mano antigua, o a unos huesos cansados | | | |
su quejido, el amor. | | | |
Errabundo por la vieja casa me he perdido, | | | |
buscándome a mí
mismo, | | | |
a ver si por fin me encuentro. El errabundo | | | |
olor de los jazmines me persigue. | | |
 Objetos perdidos
 IV
| |  Ahora que tantas cosas están perdiéndoseme, | | | | ahora que tantas cosas están olvidándoseme, | | | | ahora que tantas cosas aparecen en rincones perdidos, | | | | un pañuelo olvidado, la flor aquella, | | | | un olor, el nombre de este rostro? El nombre? | | | | Por Dios, dónde está el nombre? | | | | El nombre, el nombre. Tiene barba y mujer. | | | | Me habla cariñosamente, pero sin nombre. | | | | Seguro que es el mismo, con barba y sin nombre, | | | | una mirada dulce y sin ponerle nombre. | | | | Lo malo no es que se nos pierdan | | | | sino que no sabemos dónde se nos pierden, | | | | tantos objetos perdidos como se nos pierden, | | | | un montón de objetos perdidos es la vida. | | | | Y la memoria trabajando en lo oscuro, | | | | buscando incesante, escarbando en lo oscuro, | | | | un animalillo escarbando por dentro, | | | | buscando por dentro. Y nada, nada. | | | | Una mirada dulce con barba y sin nombre. | | | | Y por fin y de pronto: se llama «Montaña». | | |
 XVII
|
|  Hay palabras que se unen y crean. | | | | Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga | | | | de huéspedes en el alma será salvo. | | | | Decirlas es perderlas. Viven dentro. | | | | Sus nombres son Silencio y Soledad. | | | | Y su fruto la paz. A veces nuestra. | | |
|
 XXIII
| |  Una vez más, Señor, me condenas perdiéndome | | | | las gafas; una vez más me pones en trance | | | | de maldición y pecado. Por favor, devuélvemelas. | | | | No es, Señor, que me las pierdas, es que me las escondes | | | | y me dejas sin ver. Es que nos quieres ciegos? Que no veamos | | | | el horror que nos rodea, tantas cosas terribles | | | | como hay que ver cada día? Es una muestra de tu misericordia | | | | dejarnos sin ver? Por qué no te llevas | | | | la mirada, esa ave? De todo nos priva nuestra | | | | desesperación de ciegos, hasta de ese olor | | | | del jazmín vespertino, de la escapada de puntillas | | | | de la tarde, de aquellos que tú bien sabes | | | | su nombre, porque tú eres su invención, | | | | tú le pusiste nombre, amor, | | | | y aquí ando las veinticuatro horas del morir de cada día | | | | sin ver, hasta donde lleguen los hastas, | | | | hasta que un toque en el hombro y una voz diga: | | | | «No busques más lo que tienes delante». | | |
 Entre otros olvidos

[De puntillas ha entrado en mi alma]
| | 
De puntillas ha entrado en mi alma
| | | |
sin sentirlo, ni si el alma tiene puertas, | | | |
aunque he sentido pasos, y calor, | | | |
y ese silencio que sucede. | | | |
No hay silencio como el de la soledad, | | | |
que no es tan fácil como se dice | | | |
eso de estar solo (pero eso es otra cosa, | | | |
siempre todo es otra cosa). Pero vuelvo | | | |
a la soledad que tan bien se lleva, | | | |
con ese silencio que se hace | | | |
en la soledad, y desvanece las compañías | | | |
que no son soledad, y nos hace | | | |
andar por dentro, sintiendo las resonancias | | | |
del silencio en la soledad, las olas | | | |
de la soledad en el silencio. | | |
 [Siempre está
lo inexpresable]
|
| 
Siempre está
lo inexpresable | | | |
en su pugna con la palabra | | | |
ofrecida inútilmente, | | | |
rumor de ola insistiendo | | | |
en la orilla. Como quiera | | | |
que lo es, es, lo dejamos | | | |
por si acaso quedara | | | |
en la mano alguna vez | | | |
ese grano de sal | | | |
que lleva oculto. | | |
|
 La voz que me llama

[Jugando con palabras siempre estoy]
| | 
Jugando con palabras siempre estoy | | | |
sin saber dónde terminan por llevarme, | | | |
sabiendo que son nada y en nada quedan | | | |
salvo que la verdad, que es suya, las pronuncie. | | |
 [Siempre espero que se abra la ventana]
|
| 
Siempre espero que se abra la ventana,
| | | |
como si abriéndose se abriera | | | |
a un fulgor completo, como si | | | |
la ventana no fuera sólo | | | |
sino iluminación total | | | |
de la explosión de la esperanza | | | |
que llevamos dentro y que por fin | | | |
nos inunda, la inundamos, | | | |
y cesamos de ser lo que somos para ser | | | |
lo que es y por siempre será
dentro. | | |
|

[Quiero las anchas tardes]
|
| 
Quiero las anchas tardes | | | |
para estarme contigo. | | | |
Quiero estarme contigo simplemente, | | | |
si sabes que estar contigo significa | | | |
quedarse como no estando, | | | |
como sintiendo esos chorros de vida | | | |
que es lo tuyo y llámalo | | | |
como quieras y déjalo estar, | | | |
estando contigo. | | |
|
 Rescoldos
Sueño adentro
| | Hoy ya que sólo queda la sombra y el recuerdo, | | | | la sombra de los árboles saliendo entre la brisa | | | | de aquel jardín en donde las horas iban lentas, | | | | como un cielo de noche, sin noche y sin orillas. | | | | Hoy ya que sólo llevo tantos pozos a donde, | | | | si me asomo, contemplo las cosas que me miran, | | | | la mano vieja, el tacto, la estancia grande y clara, | | | | el silencio y la voz cantándome tranquila | | | | mientras me voy perdiendo sueño adentro. En la calle | | | | un silbido, unos pasos, un vuelo. No se olvida | | | | lo que escriben los sueños en la sangre. Revive | | | | por la noche y a veces nos hace por el día | | | | tornar la cara. Llaman. Ay qué sombra tu sombra | | | | en las paredes blancas, tu falda fugitiva | | | | entornando postigos, dejándome embargado | | | | riberas de los sueños, aguas del sueño arriba. | | | | Hoy que todo se hace transparente y tranquilo | | | | como el mar cuando está muy cerca de la orilla, | | | | y latido a latido el corazón devuelve | | | | la ternura hecha sangre que parecía perdida. | | | | Todo torna a lo mismo. ¿No son las sombras sabias | | | | guardando los espejos, donde se vio algún día | | | | aquella cara joven, aquella forma dulce, | | | | aquel calor de ave en la mano? Prendida | | | | de paso y para siempre clavado, para siempre | | | | haciendo aquel instante. En lo hondo, a lo lejos, | | | | ¿este cuarto, este instante tus ojos no veían? | | |
Antología poética
José Antonio Muñoz Rojas
|






|
|