  Trenes en el paisaje (1872-1901): Pérez
Galdós, Ortega Munilla, Pardo Bazán, Pereda, Zola, Alas
José Manuel González Herrán
Universidade de Santiago de Compostela
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A aquel pájaro cantor |
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lo espantó un ferrocarril |
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y su canto sin igual |
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no se pudo más oír... |
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Como ha explicado Lily Litvak en
El tiempo de los trenes, el ferrocarril,
elemento primordial en el progreso económico, industrial y social de los
pueblos, se convierte también en
símbolo de ese mismo progreso,
ampliamente utilizado por las artes y por la literatura del siglo XIX: la
irrupción del tren -tanto en pinturas y grabados como en novelas y
cuentos- constituye así una de las revoluciones más
significativas en la concepción paisajística del pasado
siglo.
En el tiempo de que dispongo me limitaré a presentarles
algunos textos que muestran diferentes maneras de tratar ese
motivo en relatos (sólo relatos en
prosa: por eso soslayaré algunos
poemas ferroviarios, como los de Campoamor o
Curros Enríquez), del realismo español (Ortega Munilla, Pereda,
Pérez Galdós, Pardo Bazán, Alas) y del naturalismo
francés (Zola), fechados entre 1872 y 1901. Confío que de la
consideración de esos textos podamos deducir alguna conclusión
significativa, tanto en lo ideológico como en lo
estético-literario.
Les ahorraré la introducción
histórico-artística, acaso necesaria y sin duda interesante,
acerca de cuándo y cómo comienzan los trenes a surcar nuestros
paisajes -vivos o pintados-, así como de las reacciones
ideológicas y estéticas que tal fenómeno despierta en los
coetáneos, especialmente pintores y escritores, pero también
intelectuales y políticos: el ya citado y hermoso libro de Litvak (con
el que mi comunicación reconoce una no pequeña deuda) contiene
abundantes noticias, testimonios y bibliografía al respecto. En todo
caso y sin necesidad de mayores explicaciones, recordemos que la
aparición y la pronta expansión del ferrocarril a partir de
mediados del pasado siglo fue un hecho tan impresionante para sus
contemporáneos, que inmediatamente pasó de la realidad a la
representación artística, de manera que la humeante locomotora
-pintada, grabada o fotografiada- se hizo frecuentísima en exposiciones,
revistas o álbumes, y comenzó a correr por las páginas de
los cuentos y novelas; casi siempre como elemento episódico, pero alguna
vez como elemento fundamental de la historia.
También es sabido que, según ocurre siempre con toda
innovación técnica, aquella sociedad se dividió
fuertemente a la hora de valorar las consecuencias de tal invento,
demoníaco para unos, venturoso para otros; la literatura de
ficción también se hizo eco del debate, y así, en la
narrativa decimonónica, el tren es más que un medio de transporte
que lleva a los personajes de aquí para allá (como antaño
hicieran caballos, carruajes o embarcaciones), para convertirse en un complejo
metafórico, de inequívoco simbolismo. Generalmente, el autor se
sirve de algún personaje (o de un narrador que asume sus puntos de
vista) para expresar esa visión, positiva o negativa, de lo que el
ferrocarril significa; y no es infrecuente que en tales juicios percibamos con
nitidez la opinión del mismo autor (quien, si es decididamente
contrario, hasta puede prescindir de subterfugios metafóricos para
declarar esa su aversión).
Así, en «El espíritu moderno», uno de los
artículos costumbristas recogidos por Pereda en sus
Escenas montañesas, leemos:
«allí donde el camino de hierro (...) ha penetrado, las costumbres
clásicas montañesas no existen ya» (1864: 347-348). En
Sotileza el narrador llama al ferrocarril
«emblema del espíritu revolucionario y transformador de las
modernas sociedades» (1888: 124); algo más sutil se muestra en
otro momento de esa misma novela cuando imagina la locomotora «tendidas
al aire sus largas, serpenteantes y blanquecinas guedejas, conduciendo en sus
entrañas de fuego los gérmenes de una nueva vida, y barriendo al
pasar los usos y costumbres que habían imperado aquí durante
tantos, tantísimos años de un no interrumpido y patriarcal
sosiego...» (1888: 206). Un par de años antes, en
Pedro Sánchez, el narrador-protagonista
(que tanto tiene del autor, según he explicado en mi edición
[González Herrán 1990: 11-20]) lo había dicho mejor:
«¡Y cuántos pueblos había en la provincia en igual
estado de patriarcal inocencia que el mío entonces, y aún muchos
años después!... hasta que, de repente, cual si fuera un reflujo
de lejana tempestad, allanáronse los montes, alzáronse los
barrancos, taladráronse las rocas y llegó el bufido de la
locomotora a confundirse con el bramar de las olas al estrellarse en la antes
desierta y ociosa playa...» (1883: 12). Notemos en los dos últimos
ejemplos peredianos una idea que reiteradamente vamos a encontrar aquí:
la locomotora arrasa en su
avance (y subrayo la palabra para evocar el
sentido histórico, no sólo físico, de tal movimiento) las
formas de vida tradicionales; de ahí ese
tópico tan decimonónico que hace
del tren un emblema del progreso.
Naturalmente, el símbolo tendrá una diferente lectura
según las actitudes ante lo que tal progreso significa. Así lo ve
un personaje tradicionalista del relato que Galdós escribiera en 1872
(cuyos materiales utilizó para la redacción de
Gloria y que Alan Smith ha editado y titulado
Rosalía): «Don Juan (...) estaba
inflamado en terrible ira contra aquellas abominables máquinas y
aquellos infernales coches (...) un instrumento atormentador (...) execrable
dragón de estos tiempos, forjado por la actividad perturbadora de la
civilización» (1983: 110-111). Notemos ese término,
dragón: son frecuentes las
imágenes que pintan la locomotora como un animal de aspecto monstruoso y
de amenazadoras formas, fácilmente sugeridas por los elementos de su
mecanismo: el único ojo de su linterna frontal, la negrura de su
férrea coraza, el blanco penacho de su humareda, el fuego de sus
calderas, los bufidos de sus chorros de vapor, el metálico estruendo de
su maquinaria, el estridente grito de su silbato... Fácil es imaginar la
reacción de quienes por primera vez se enfrentaban a tan infernal
visión: así lo contaba Ortega Munilla en su novela
El tren directo (1880):
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«El primero que vio la locomotora fue Lucas Berruelo, que
venía de visitar una de sus tierras. Trepidaba la arena del
terraplén, y un atroz estremecimiento se extendía por el suelo.
Era como si una manada de elefantes locos de terror galopasen hundiendo bajo
sus disformes manazas la corteza terrestre. Cuando tras de una revuelta del
camino, trazado entre la espesura de los matorrales, como una línea
blanca de un plano, apareció la locomóvil, el caballo de Berrueco
pegó un gran bote; como que fue milagro que no sacara al jinete de la
silla. Cuatro jumentos que pacentaban allí cerca levantaron la fea
cabeza, y mirando aquella columna de humo negro a trechos, blanco a veces y
resonante de continuo, manifestaron el mayor susto, y huyeron dando rebuznos
espantosos (...)
(...) De rato en rato pasaba a lo lejos, por la cueva de
Doñana, la locomotora de ensayos, trayendo y llevando material con gran
priesa, porque estaba cercano el día de la inauguración oficial
de la línea de Beimiel. Iba resoplando, humeando, pateando, escupiendo
bocanadas de humo rojizo por la chimenea y salivazos de blanco vapor por cada
uno de sus costados alternativamente. Encendido el fazolete azul en su frontal,
simulaba el ojo de cíclope miope que usase lente de
flint glass como
cualquier
gentleman de
Liverpool. Al respirar su aliento, sonaba ya como silbo de culebra ronca, ya
como lamento de niño enfermo de
crup, ya como
estertor de tráquea metalizada y rígida.»
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| (Ortega Munilla 1885: 163 y 179). |
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Algo semejante -aunque literariamente más conseguida- es la
versión clariniana en «Tirso de Molina», cuento recogido en
su último libro,
El gallo de Sócrates (1901); la
fantasía a que el subtítulo del
relato alude es la de varios escritores clásicos (Fray Luis, Lope,
Tirso, Quevedo, Calderón, Jovellanos), de regreso a la Tierra y
caídos junto a un túnel en el puerto de Pajares en el momento en
que pasa un tren; ello explica el tono irónico que tiene aquí la
imaginería
monstruosa, (ironía que no excluye una
actitud vagamente antiprogresista y que no debe sorprendernos -por lo que al
tren se refiere- si recordamos su tan conocido relato
«¡Adiós, Cordera!», del que luego nos ocuparemos):
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...y pasmó a todos un quejido terrible, intenso, que
sonó lejos; un silbido ensordecedor y poderoso, de monstruo
desconocido... Y de repente vieron a gran distancia un punto rojo de luz que se
acercaba; y oyeron estrépito de cadenas y mil infernales choques de
hierro contra hierro, bramidos horrísonos. Un monstruo inmenso, negro,
que se les echaba encima para devorarlos, les hizo, con el terror, caer en
tierra. Todos se pegaron, cuan largos eran, a la fría pared que sudaba
una asquerosa humedad (...) y vieron pasar, como un relámpago, inmenso
dragón negro, vomitando ascuas, rodeado de humo (...)
(...) Como inmenso gusano de luz, el monstruo tenía bajo la
panza bastante claridad para que por ella se pudiera distinguir la
extraña figura. Era un terrible unicornio, que por el cuerpo arrojaba
chispas y una columna de humo.
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En este repaso de visiones
monstruosas o
apocalípticas del tren, me
referiré a la que -si no me ciega la pasión de peredista- tengo
por más conseguida muestra; en
Nubes de estío (1891) encontramos
aquella imagen espléndidamente desarrollada en rica alegoría; y
téngase en cuenta, para mejor interpretar el sentido del texto, que el
narrador asume aquí el punto de vista de uno de sus personajes, un
provinciano deslumbrado por todo lo que venga de la Corte:
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Don Roque sintió también unos pitidos muy lejanos,
hacia el Oeste; luego, y más próximo, el son clamoroso de una
bocina; después, por encima de una peña, vio unas guedejas
flotantes de humo tan blanco como la nieve; y, por último, abocar a la
llanura de aquel lado la faz monstruosa, negra como la pez y con un ojo solo
hacia la frente, como los cíclopes de la fábula (...)
En esto, el monstruo se iba acercando, arrastrándose,
arrastrándose, con un fragor sordo y profundo, como si, por donde se
arrastraba, cayeran lluvias de peñascos en los abismos de la tierra;
crecía por momentos el diámetro de su cabeza enorme, coronada de
blancas y espesas crines; el ojo de la frente, dilatándose
también, rechazaba en manojos los rayos del sol, que le herían de
plano; y por la ancha hendidura de sus mandíbulas entreabiertas,
asomaban las llamas de sus fauces incandescentes. Ya se oía el
acompasado jadeo de su respiración de volcán, y el gotear
incesante de sus espumarajos de fuego sobre la senda tapizada de empedernidas
escorias (...) viéronse asomar racimos de cabezas por otros tantos
agujeros de la panza del reptil; resonó bajo la alta techumbre de
cristal el acompasado
clan-clan de la plataforma, al pasar sobre ella
los cien poderosos e invisibles pies; siguió el monstruo avanzando
lenta, descuidada y majestuosamente, como si aquellos ámbitos resonantes
fueran la caverna de su elección para descanso de sus fatigas; y sin
dejar de deslizarse todavía (...) fueron abriéndose las
portezuelas cuyos eran los agujeros por donde asomaban los racimos de cabezas,
y con ello quedaron a la vista las entrañas del endriago, henchidas de
gentes de todas cataduras, que empezaban a bullir y revolverse en sus
celdillas, como los gusanos en el queso.
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Por cierto que ese «tren en la estación» (en vez
de «en el paisaje») me permite aludir a un aspecto no tan marginal
como parece a nuestro propósito: las estaciones y su extraña
poesía. Adelantándose a la recomendación de Émile
Zola en 1877 («Nuestros artistas deben encontrar la poesía de las
estaciones, como sus padres encontraron la de los bosques y los
ríos»3), Galdós lo hacía en una notable
página de su novela inédita de 1872; notemos también
aquí el motivo del
monstruo dormido, otra vez desde la perspectiva
de ese personaje que ya conocemos como enemigo declarado del ferrocarril:
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Partió el tren y su ruido hirió aún por mucho
tiempo los oídos del desconsolado D. Juan en la soledad de la noche. Al
fin dejaron de oírse las pisadas del gigante, que poco antes
estremecían la tierra, y todo quedó en profundísimo
silencio (...) La locomotora, en cuya forma hallamos semejanza con la de un
cuadrúpedo, tal vez porque la vemos andar con el desembarazo y la
rapidez de un ser zoológico, está quieta en el apartadero, como
un monstruo dormido. Aún en estas horas, sentimos cierto temor al
acercarnos a ella y nos parece que si nos ve delante se nos echa encima,
aplastándonos con un ligero movimiento de su formidable musculatura. Al
verla sin el farol rojo que llevaba en su frente, nos parece que está
ciega o que ha bajado el párpado, velando la mirada que al mismo tiempo
ve e ilumina: ni aun así le perdemos el respeto y es preciso mucha
fuerza de voluntad para colocarse delante de ella.
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| (Pérez Galdós 1983: 108-109). |
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Aludí antes a Zola; hora es ya de que aparezca aquí su
anunciado nombre.
La bête humaine (1890) -la epopeya
del ferrocarril- nos proporciona un riquísimo muestrario de textos cuya
confrontación con los españoles hasta ahora citados sería
interesantísima; no puedo hacer aquí otra cosa que aludir a
algunos aspectos especialmente sugestivos para tal comparación.
La más notable diferencia que encontramos obedece a la
perspectiva -ideológica y argumental- con que en esta novela se presenta
el motivo que nos ocupa: no sólo como algo que se vea pasar o llegar,
sino como elemento básico de la historia, a la vez escenario, motor y
actante del relato4. Por ello en la novela se emplean diferentes
metáforas y símiles, según sea la perspectiva adoptada: a
los ojos de quienes contemplan hostiles o amedrentados su paso, el tren aparece
con la conocida imaginería
monstruosa (máquina infernal,
cíclope...) o con otras que remiten a fuerzas desbocadas de la
naturaleza (relámpago, trueno, vendaval, huracán,
tormenta...):
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On entendit le train, un express,
caché par une courbe, s'approcher avec un grondement qui grandissait. Il
passa comme en un coup de foudre, ébranlant, menaçant d'emporter
la maison basse, au milieu d'un vent de tempête (...)
Puis, il passa, dans le tonnerre de ses roues
et la masse de ses wagons, d'une force invincible d'ouragan
(...)
A ce moment, le train passait, dans sa
violence d'orage, comme s'il eût tout balayé devant lui. La maison
en trembla, enveloppée d'un coup de vent (...)
Un train, de nouveau, passa avec
l'éclair de ses feux, s'abîma en coup de foudre qui gronde et
s'éteint (...)
(...) il restait immobile, lorsque le
tonnerre d'un train sortant des profondeurs de la terre, léger encore,
grandissant de seconde en seconde, l'arrêta (...) Puis, dans le fracas
qu'elle apportait, ce fut la machine qui en jaillit, avec
l'éblouissement de son gros oeil rond, la lanterne d'avant, dont
l'incendie troua la campagne (...) c'était une apparition en coup de
foudre (...)
(...) le fanal blanc, à la base de la
cheminée, luisait dans le jour, comme un oeil vivant de cyclope
(...)
(...) au loin, avait paru une étoile,
un oeil rond et flambant, qui grandissait (...) L'oeil devenait un brasier, une
gueule de four dévorante. Aveuglée, elle avait sauté
à gauche, sans savoir; et le train passait, comme un tonnerre, et ne la
souffletant que de son vent de tempête.
(...) le train venait d'entrer dans le
tunnel, l'effroyable grondement approchait, ébranlant la terre d'un
souffle de tempête, tandis que l'étoile était devenue un
oeil énorme, toujours grandissant, jaillissant comme de l'orbite des
ténèbres (...) L'oeil se changeait en un brasier, en une gueule
de four vomissant l'incendie, le souffle du monstre arrivait, humide et chaud
déjà, dans ce roulement de tonnerre, de plus en plus
assourdissant.
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| (Zola 1970: 574, 575, 577, 582, 583, 641, 677, 687). |
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En cambio, para los que en ella trabajan, la locomotora es
presentada con imágenes de inequívoca simpatía:
así, en los primeros viajes, es como yegua joven, inexperta y rebelde, a
quien hay que cuidar, estimular y domeñar5:
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Sa nouvelle machine, la machine 608, toute
neuve, dont il avait le pucelage, disait-il, et qu'il commençait
à bien connaître, n'était pas commode, rétive,
fantasque, ainsi que ces jeunes cavales qu'il faut dompter par l'usure, avant
qu'elles se résignent au harnais (...)
Malgré l'étude qu'il faisait
d'elle depuis des semaines, il n'était pas maître encore de la
machine 608, trop neuve, dont les caprices, les écarts de jeunesse le
surprenaient. Cette nuit-là, particulièrement, il la sentait
rétive, fantasque, prête à s'emballer pour quelques
morceaux de charbon de trop.
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Avanzado ya el relato, cuando -en una de las secuencias que marcan
su
clímax- se produce el accidente en la
nieve, las heridas y sufrimientos de la locomotora son los de un animal que se
duele, pelea hasta la extenuación y queda malherido; luego
arrastrará sus lesiones en una dura convalecencia, hasta que, en el
accidente definitivo, asistimos a su dramática agonía: con las
palpitantes entrañas a la vista, derramados sus fluidos internos,
jadeante el aliento de su vapor y salpicando el suelo como manchas de sangre
las brasas de su caldera6:
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Elle parût débordée,
vaincue. Mais, d'un dernier coup de reins, elle se délivra,
avança de trente mètres encore. C'était la fin, la
secousse de l'agonie (...) la Lison s'arrêta définitivement,
expirante, dans le grand froid. Son souffle s'éteignit, elle
était immobile, et morte.
(...) Déjà, il avait
constaté, en examinant avec soin la Lison, qu'elle était
blessée là (...) Elle fut longue à s'ébranler,
comme une personne meurtrie par une chute, qui ne retrouve plus ses membres.
Enfin, avec un souffle pénible, elle démarra (...) C'était
dans cette neige qu'elle devait avoir pris ça, un coup au coeur, un
froid de mort, ainsi que ces femmes jeunes, solidement bâties, qui s'en
vont de la poitrine, pour être rentrées une soir de bal, sous une
pluie glacée (...)
La Lison, renversée sur les reins, le
ventre ouvert, perdait sa vapeur, par les robinets arrachés, les tuyaux
crevés, en des souffles qui grondaient, pareils à des râles
furieux de géante. Une haleine blanche en sortait, inépuisable,
roulant d'épais tourbillons au ras du sol; pendant que, du foyer, les
braises tombées, rouges comme le sang même de ses entrailles,
ajoutaient leurs fumées noires (...) les roues en l'air, semblable
à une cavale monstrueuse, décousue par quelque formidable coup de
corne, la Lison montrait ses bielles tordues, ses cylindres cassés, ses
tiroirs et leurs excentriques écrasés, toute une affreuse plaie
baillant au plein air, par où l'âme continuait de sortir, avec un
fracas d'enragé désespoir.
(...) La pauvre Lison n'en avait plus que
pour quelques minutes. Elle se refroidissait, les braises de son foyer
tombaient en cendre, le souffle qui s'était échappé si
violemment de ses flancs ouverts, s'achevait en une petite plainte d'enfant qui
pleure. Souillée de terre et de bave, elle toujours si luisante,
vautrée sur le dos, dans une mare noire de charbon, elle avait la fin
tragique d'une bête de luxe qu'un accident foudroie en pleine rue. Un
instant, on avait pu voir, par ses entrailles crevées, fonctionner ses
organes, les pistons battre comme des coeurs jumeaux, la vapeur circuler dans
ses tiroirs comme le sang de ses veines; mais, pareilles à des bras
convulsifs, les bielles n'avaient plus que des tressaillements, les
révoltes dernières de la vie; et son âme s'en allait avec
la force qui la faisait vivante, cette haleine immense dont elle ne parvenait
pas à se vider toute. La géante éventrée s'apaisa
encore, s'endormit peu à peu d'un sommeil très doux, finit par se
taire. Elle était morte. Et le tas de fer, d'acier et de cuivre, qu'elle
laissait là, ce colosse broyé, avec son tronc fendu, ses membres
épars, ses organes meurtris, mis au plein jour, prenait l'affreuse
tristesse d'un cadavre humain, énorme, de tout un monde qui avait
vécu et d'où la vie venait d'être arrachée, dans la
douleur.
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| (Zola 1970: 641-642; 647-648; 681; 684). |
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Sin llegar a tanto, también en algunos de los textos
españoles encontramos muestras de esas imágenes animalizadoras.
En la citada novela galdosiana veíamos cómo para un personaje el
tren era invención monstruosa e infernal; en cambio, el narrador
describe el esforzado discurrir de la benéfica bestia en términos
casi épicos, que no ocultan su admiración por ese instrumento del
progreso:
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El tren subía la cuesta de Orduña, aquella
áspera pendiente que los vizcaínos le obligan a echarse a pechos
como si quisieran poner a prueba su paciencia. Si éstos son tenaces,
aquél lo es más, y va por el camino que le señalan,
despreciando los obstáculos y peligros, trepando como las cabras y
revolviéndose como una culebra al través de las mil
irregularidades del camino. La máquina camina jadeante y sudorosa,
escupiendo sus pequeños torbellinos de humo y respirando con el
trabajoso aliento de un pulmón asmático. Siguen los coches paso a
paso, rechinando al describir las curvas y haciendo crujir la armazón de
sus ejes y frenos, como músculos de hierro que forcejean en fatigoso
esfuerzo.
|
Años más tarde, en
Fortunata y Jacinta (1887), de nuevo utiliza
como símil un animal doméstico: «El tren se lanzaba por
aquel campo triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a
la noche tarda» (Pérez Galdós, 1979: 180). Otra de las
comparaciones utilizadas en el citado texto de
Rosalía (obvia por la similitud de
aspecto y movimiento, a medio camino entre lo doméstico y lo monstruoso)
-el reptil-, la encontramos también en
Un viaje de novios, de Pardo Bazán:
«Ya oscilaba la férrea culebra (...) la escamosa sierpe del tren
revelose a lo lejos por una mancha oscura (...) el tren, con pérfida
lentitud de reptil, comenzaba a resbalar suavemente por los
raíles...». (Pardo Bazán 1881: 26-27)7.
Pero volvamos a Zola: en su novela, la
metaforización que hace de la locomotora
un ser vivo no se limita a la animalización: en este relato sobre la
bestia humana, el tren llega a ser un
ser humano8. Ya
en las páginas iniciales, las máquinas en la estación se
afanan como obreras hacendosas, se impacientan esperando la salida, se
engalanan para el paseo, se saludan y dialogan al encontrarse...9:
|
(...) la machine de manoeuvre (...) il
l'entendait seulement demander la voie, à légers coups de sifflet
pressés, en personne que l'impatience gagne. Un ordre fut crié,
elle répondit par un coup bref qu'elle avait compris.
(...) les petites machines de manoeuvre
allaient et venaient sans repos; et on les entendait à peine s'activer,
comme des ménagères vives et prudents (...) elle frôla une
machine venue seule du dépôt, en promeneuse solitaire, avec ses
cuivres et ses aciers luisants, fraîche et gaillarde pour le
voyage.
|
| (Zola 1970: 554-555; 564). |
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La humanización alcanza su más intenso grado en la
relación -amorosa, casi sexual- que el protagonista establece con su
locomotora,
la Lison, a la que cuida y mima, a quien
tolera (si no fomenta) sus golosos caprichos10, y cuyo amor no tiene inconveniente en compartir con el otro
maquinista, manteniendo lo que el propio narrador denomina
«un vrai ménage à
trois»:
|
Et, c'était vrai, il l'aimait d'amour,
sa machine, depuis quatre ans qu'il la conduisait. Il en avait mené
d'autres, des dociles et de rétives, des courageuses et des
fainéantes; il n'ignorait point que chacune avait son caractère,
que beaucoup ne valaient pas grand-chose, comme on dit des femmes de chair et
d'os; de sorte que, s'il l'aimait celle-là, c'était en
vérité qu'elle avait des qualités rares de brave femme.
Elle était douce, obéissante (...) Et il n'avait qu'un reproche
à lui adresser, un trop grand besoin de graissage: les cylindres surtout
dévoraient des quantités de graisse déraisonnables, une
faim continue, une vraie débauche. Vainement, il avait
tâché de la modérer. Mais elle s'essoufflait
aussitôt, il faillait ça a son tempérament. Il
s'était résigné à lui tolérer cette passion
gloutonne, de même qu'on ferme les yeux sur une vice, chez les personnes
qui sont, d'autre part, pétries de qualités; et il se contentait
de dire, avec son chauffeur, en manière de plaisanterie, qu'elle avait,
à l'exemple des belles femmes, le besoin d'être graissée
trop souvent.
(...) Eux deux et la machine, ils faisaient
un vrai ménage à trois, sans jamais une
dispute.
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Sin desdeñar otras razones de índole más
profunda (cfr. Possot 1983: 108-109), tal metaforización humanizadora
obedece a la connotación positiva que para el escritor francés
tiene el ferrocarril; como dice Baroli (1963: 246 y 258),
«la machine qui tourne et le train qui
avance signifient pour Zola la force de la vie et la fécondité de
l'activité humaine (...) le train est le symbole d'un progrès bon
en soi: il manifeste la puissance indéfinie qu'a l'humanité
d'aller toujours plus loin».
Pero hay también una importante dimensión social en el
ferrocarril; el narrador (adoptando el pensamiento de un personaje que intenta
entender qué es el tren) lo explica mediante un curioso símil:
«C'était comme un grand corps, un
être géant couché en travers de la terre, la tête
à Paris, les vertèbres tout le long de la ligne, les membres
s'élargissant avec les embranchements, les pieds et les mains au Havre
et dans les autres villes d'arrivée» (Zola 1970:
578)11; me parece que esa
alegoría manifiesta una sugestiva formulación de las
posibilidades
vertebradoras que los sectores más
progresistas de aquella sociedad supieron ver en los
caminos de hierro. Algo muy alejado, por
cierto, de los dictámenes cuasi apocalípticos que circulaban
entre los
tradicionalistas españoles, a tenor de
testimonios como los abundantes y significativos que aduce Vicente Garmendia en
La ideología carlista (1985:
240-245).
Por ello sorprenderá -a quien desconozca su compleja
personalidad- que alguien tan poco sospechoso de
tradicionalismo como Leopoldo Alas haya escrito
uno de los alegatos más bellos contra el ferrocarril (aunque no
sólo contra él) en «¡Adiós, Cordera!»,
cuento recogido en
El Señor y lo demás, son cuentos
(1893); cerraremos nuestro repaso con ese texto tan conocido, acaso el que
mejor podría representar la actitud ambigua -entre hostil y favorable-
que ciertos intelectuales sintieron ante el avance de las locomotoras: con
ellas vendría el progreso, pero acaso el mundo que traían no
fuese mejor que el que se llevaban.
|
Aquella paz sólo se había turbado en los días
de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la
Cordera vio pasar el tren, se volvió
loca (...) y el terror duró muchos días, más o menos
violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco
a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó
a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que
amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y mirar de frente,
con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no
hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y
desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera.
En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo
impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una
alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una
excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos,
pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave,
renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella
emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del
viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto
ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.
(...)
Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el
prao Somonte sola, esperaba el paso del tren
correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano.
Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la
trinchera, pasó como un relámpago (...) Con qué odio
miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los
alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la
Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo,
lo desconocido, que se lo llevaba todo.
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| (Alas 1893: 50-51, 65 y 67). |
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Como conclusión provisional me parece que, sin
desdeñar algunos hallazgos valiosos, no hay en los escritores
españoles que trataron este
motivo la riqueza ideológica y
estética que alcanzó Zola en su novela de 1890; como ha explicado
bien el citado Baroli,
«la locomotive sera donc, au centre de
La Bête humaine, la source de la
poésie et de l'émotion (..) Zola est le premier à nous
donner du train une image d'ensemble, à la fois concrète et
ordonnée; il souligne, d'autre part, la poésie que s'en
dégage, sans fausser sa description, en mettant simplement l'accent,
à certains moments, sur la grandeur épique que n'avaient pas
aperçu ceux qui avaient observé le train avec une tête trop
froide ou n'ayant d'attention que pour les détails précis et les
impressions momentanées». (Baroli 1963: 246 y
264).12

Trenes en el paisaje (1872-1901) : Pérez Galdós, Ortega Munilla, Pardo Bazán, Pereda, Zola, Alas
©
José Manuel González Herrán
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