 
Poesías
Tomo I
Juan Meléndez Valdés
  Nota para esta edición
Esta edición de la obra poética de Meléndez Valdés se ha organizado sobre la versión póstuma Poesías (Madrid, Imprenta Real, 1820 [1821]), preparada por el escritor en el exilio y que editaron sus amigos y admiradores el académico
Martín Fernández de Navarrete y el vate Manuel José Quintana. A pesar de los avisos del autor para que no se publicara el
resto de la obra lírica no recogida en ella, se añaden en un Apéndice los poemas que, por razones de distinta naturaleza,
no fueron incluidos allí, respetando el mismo orden de géneros del texto original. Tengo también en cuenta la lectura que
hice de la misma en mi edición de Obras completas (Madrid, Fundación Castro, 1996-1997), en la que ocupaban los dos primeros de los tres tomos, de la que me aparto, sin embargo,
en algunas cosas. Sólo añadimos un poema nuevo no editado nunca, que me ha proporcionado generosamente el profesor Antonio
Astorgano Abajo (la oda «No es imperfecta en sus inmensos seres»). Modernizo el texto en lo referente a grafías, sintaxis
y puntuación para hacer más cómoda la lectura al lector actual, quien por otra parte podrá enfrentarse a las composiciones
primitivas en versiones manuscritas o impresas antiguas que acompañan a esta colección.
EMILIO PALACIOS FERNÁNDEZ
  Advertencia de los editores
(Procede de la edición de 1820)
Por los años de 1807 pensaba el autor, siguiendo el consejo de algunos de sus amigos y discípulos, hacer una edición de sus
poesías escogidas y fijar de este modo su nombre, no por la multitud de sus composiciones, sino por el mérito calificado de
las que se publicasen. Los sucesos de la revolución, que al fin le condujeron a Francia, no le proporcionaron realizar este
proyecto. Allí repasó y corrigió sus poesías, aumentó su número y las coordinó con intento de publicarlas en España. Para
esto formó los índices o guiones de las que entraban en cada clase o división, dándoles el orden que le pareció, y previniendo
al fin de cada uno de ellos lo siguiente: «Aunque tengo compuestos otros varios romances [lo mismo dice respecto a las letrillas,
anacreónticas, etc.], los anteriores me parecen los menos imperfectos, y así prohíbo que se impriman los demás bajo cualquier pretexto que para
ello se busque; se lo ruego así encarecidamente al editor de mis poesías, y espero de su probidad y buen gusto que cumplirá
en todo esta mi voluntad. Montpellier, a 2 de agosto de 1814. Juan Meléndez Valdés». La misma nota se halla en el índice o guión de las letrillas, firmado en Nîmes, a 8 de julio de 1815. Con una decisión tan terminante, los editores no han debido ni podido alterar el orden y elección
de las poesías que ahora se publican, cumpliendo y respetando la voluntad de su autor. El prólogo que tenía dispuesto para
la nueva edición que proyectaba es el siguiente.
  Prólogo del autor
Parece que la suerte se ha declarado siempre contra la edición de estas mis poesías, queriéndome acaso apartar así de la tentación
de publicarlas. Detenida en prensa muchos meses la primera impresión por haberse el manuscrito extraviado, y apuradas a poco
de su anuncio las dos que se hicieron en Valladolid a un mismo tiempo el año de 1797, tratándose ya de otra tercera, tuve
que dejar la corte precipitadamente y vivir retirado muchos años, sin que en ellos fuese posible emprender este trabajo tan
agradable como útil, ni la prudencia y mi seguridad me impusiesen otra ley que la del silencio y el olvido, por si a su sombra
lograba desarmar a la calumnia y el poder ensangrentado en mi daño.
Cuando cesó este estado, y yo y todos los buenos divisábamos la aurora de otro más feliz para la nación y las letras en el
reinado del señor Fernando VII, arrancándole de entre nosotros la más negra perfidia, nos arrojó en el mar turbulento de una
revolución, toda sangre y horrores, en que se abismaban la patria, las fortunas, las vidas de sus hijos; y yo mismo, a pesar
de mis principios y deseos, mi plan ignorado de vida y mis resoluciones, me vi arrastrado y envuelto entre sus olas en el
punto de perecer en la borrasca. La necesidad imperiosa y el derecho sagrado de la conservación me han detenido en ella hasta
su fin; pero en todos sus trances, ya entre el horror y peligrosa calma que un victorioso ejército a todos imponía, o corriendo
las penas y zozobras de una emigración de cuasi tres años, mi corazón y mis anhelos ni han sido ni podrán ser otros que los
del español más honrado, más fiel y más amante de su patria y sus reyes. En luces, instrucción y todo lo demás cederé sin
dificultad el lugar a cualquiera; pero en estas virtudes jamás consentiré que otro se me anteponga, porque las he mamado con
la leche, las consagró mi educación, las he fortificado con mi reflexión y mis estudios, y hacen y harán constantes la parte
más preciosa de mi triste existencia, y el solo patrimonio que me resta después de treinta y cinco años de servicios a mi
nación, y el celo más ardiente por su felicidad.
Por fortuna, en esta emigración, en que jamás pensé que pisaría otro suelo que el español, a pesar de mis inmensas pérdidas
traje conmigo, sin saberlo, los borradores de las más de las poesías con que va aumentada esta nueva edición, y que el ocio
y la necesidad de distraerme, y hacer así más llevaderos mi suerte y mis quebrantos, me han hecho corregir para darlas al
público menos imperfectas que al principio lo estaban. Pero, dígolo con dolor, tan deshecha y horrible tempestad, después
de haberme aniquilado con el robo y la llama cuanto tenía, y la biblioteca más escogida y varia que vi hasta ahora en ningún
particular, en cuya formación había gastado gran parte de mi patrimonio y toda mi vida literaria, también acabó con las copias
en limpio de mis mejores poesías en el género sublime y filosófico, un poema didáctico, El magistrado, una traducción muy adelantada de la Eneida, y otros trabajos en prosa sobre la legislación, la economía civil, las leyes criminales, cárceles, mendiguez y casas de
misericordia, que trataba de imprimir, y me hubieran sido de más honor, y al público de más provecho, que los versos y cantos
de esta colección. Los frutos de diez y más años de aplicación constante en mi retiro, de vigilias continuas, y la meditación
más grave y detenida, todo despareció y ha perecido para siempre, sin la esperanza aun más remota de poderlo ni descubrir
ni recobrar. Mis libros, mis reflexiones y trabajos me han enseñado a llevar mis desgracias con un ánimo igual, sin abatirme
ni desmayar en ellas; y si la lectura y el estudio no me pagasen hoy con este dulce premio, de nada ciertamente hubieran conducido
a mi felicidad y mi aprovechamiento.
De los versos publicados antes he suprimido algunos, haciendo en los demás varias enmiendas, cual me ha parecido para mejorarlos.
A veces son éstas tan ligeras que se cifran todas en la mudanza de una palabra, un giro, un consonante u otra cosa tal para
huir de algún defecto leve de estilo o locución; a veces son aumentos y mudanzas de estrofas en las composiciones, o vueltas
y correcciones de más bulto, que en mi entender les dan más alma y nueva perfección. En todas he usado de la libertad de dueño
de mis versos; mis lectores, si quieren cotejarlos, juzgarán si se han hecho con gusto y con acierto.
Los ahora añadidos, cuasi otros tantos como los antes publicados, van escogidos y castigados con la lima que me ha sido posible.
Son de todos los géneros, desde la letrilla delicada y alegre hasta lo sublime de la oda y lo grave y severo de la epístola,
porque en todos ellos me ha parecido hallar en mis borrones composiciones de algún precio, no indignas de la luz. Me hubiera
sido fácil aumentar muchas más, y hacer la colección más abultada; pero aun las publicadas son ya en demasía; y si de todas
ellas, con lisonja del amor propio, pudiese yo esperar que sobrevivan célebres, y queden al Parnaso pocos centenares de versos,
me tendré desde ahora por muy afortunado.
He cuidado de los romances, género de poesía todo nuestro, en que siendo tan ricos, y sonando tan gratos al oído español,
apenas entre mil hallaremos alguno corriente y sin lunares feos. ¿Por qué no darle a esta composición los mismos tonos y riqueza
que a las de verso endecasílabo? ¿Por qué no aplicarla a todos los asuntos, aun los de más aliento y osadía? ¿Por qué no castigarla
con esmero, y hacer lucir en ella todas las galas y pompa de la lengua? Yo lo he intentado, no sé si con acierto; pero el
camino es tan hermoso como vario y florido, y si los ingenios de mi patria lo quieren frecuentar y se convierten con ardor
hacia este género, nuestro romance competirá algún día con lo más elevado de la oda, más dulce y florido del idilio y de la
anacreóntica, más severo y acre de la sátira, y acaso más grandioso y rotundo de la epopeya.
Tal vez se notará que en mis versos hablo mucho de mí; compuestos los más como distracción de mis tareas, o hijos de mis desgracias
y mis penas para aliviarme en ellas de mis justos dolores, no es mucho que los pinte, y acaso los pondere. He bebido mucho
sin merecerlo en la amarga copa del dolor; mis años de sazón y de frutos de utilidad y gloria los sepultó la envidia en un
retiro oscuro y una jubilación; me he visto calumniado, perseguido, desterrado, confinado, y aun crudamente preso en el abatimiento
y la pobreza, en lugar de los premios a que mis méritos literarios, mi celo y mis servicios me debieran llevar; y por todo
ello no debe ser extraño que sienta y que me queje. Los que han tenido la dicha de encontrar siempre con caminos llanos y
floridos pueden haberlos frecuentado sin fatiga y con júbilo; yo, desde que dejé la quietud de mi cátedra y mi universidad,
no he hallado por doquiera sino cuestas, precipicios y abismos en que me he visto ciego y despeñado.
Ingrato sería si no me mostrase sensible a la buena acogida y los elogios que así de nacionales como extranjeros han seguido
teniendo las últimas ediciones de mis versos. Sin haber yo dado un paso para solicitarlo, se han celebrado con entusiasmo
por los literatos españoles de mejor nota. Entre ellos y recientemente, don Javier de Burgos, que hace hablar al culto y delicado
Horacio en metro castellano con tanta elegancia, y acaso más estro y más espíritu que él cantaba en latín; don Alberto de
Lista, sevillano, en quien veo renacida la musa del divino Herrera, y el ingenioso García Suelto, que tan bien hermana la
cítara de Apolo con la vara y profundos misterios de Esculapio; y todos tres me honran con llamarme su amigo y su maestro;
me han dirigido en este mi destierro tres composiciones, que ellas solas bastaran a endulzarme sus horrores y a satisfacer
la vanidad, si yo no viese bien mi medianía, o ellas no fuesen hijas del entusiasmo y el cariño. ¡Con cuánto gusto las copiara
yo aquí por sus bellezas, si la modestia no me lo estorbase!
Los papeles públicos extranjeros y las personas de mejor gusto han hablado en su tiempo con no menor aprecio. Los ex jesuitas
Andrés, Masdeu y Arteaga, la Década filosófica cuando se publicó la edición de Valladolid, el Mercurio extranjero, Mr. Simonde de Sismondi en su obra De la literatura del mediodía de la Europa, pero sobre todo el sabio y erudito alemán Mr. Bouterwek, profesor de Gotinga, en su Historia de la poesía y la elocuencia después del siglo XIII, dicen de mí lo que yo no merezco y me avergonzaría de referir. También se han traducido muchas de mis composiciones en inglés,
italiano y francés; aun se ha llegado en esta lengua a escribir una noticia de mi vida tan inexacta como lisonjera; y se han
impreso en París mis obras escogidas por los años de 1800, y en Parma de 812, según que entonces se me notició y vi anunciado
en un periódico de Milán que hoy no tengo a la mano.
Todo esto me ha puesto en la grata precisión de no admitir en mi nueva edición composición alguna que a mi parecer no lo merezca,
corrigiéndolas todas más y más; porque el modo mejor de responder, así a los elogios como a las críticas, es el de esmerarse
en los trabajos, fijos siempre los ojos en la posteridad, que nada disimula.
No, empero, quiero decir con esto que todas las composiciones son iguales, como ni en Virgilio lo son todas las Églogas o todos los libros de su divina Eneida, ni lo son las odas del ameno y escogido Horacio, ni lo es nada de cuanto los hombres ejecutan. Tiene cada cosa su mérito
adecuado y su belleza, de los cuales nunca es dado pasar; y el autor que los conoce y los alcanza arribó al punto de la perfección.
Yo no hice más, porque mis fuerzas no han llegado a más, y ya helaron los años mi genio y mi entusiasmo; amante de las musas
españolas, he procurado ataviarlas acaso con más gusto y aliño que las hallé vestidas, y hacerlas hablar el lenguaje sublime
de la moral y la filosofía; pero, lo vuelvo a repetir, nunca he pasado de un simple aficionado, llamado y ocupado siempre
en cosas de más monta. Mi ardiente afición al habla castellana, y la alta idea que de sus bellezas y número tengo formada,
me hicieran trabajar muchas veces con un ardor y un estro que sin ellas nunca hubiera tenido; mas desde mis bosquejos a cuadros
acabados, de lo que suena ahora a lo que puede y debe resonar un día, ¡qué inmensa distancia no alcanzan a ver el gusto y
la razón!
Juventud española, amante de tu patria y de las letras, a ti queda correr esta distancia y dar a nuestra lengua y poesía el
brillo y majestad de que tan dignas son, y están demandando, de justicia. Ahí tienes un Pelayo, un Colón, o la conquista de
Granada para la musa épica, argumento el primero en que pensé algún día, embebecido por su interés y su grandeza, de que me
retrajeron mis desgracias, y en que lloraré siempre no haberme ejercitado; ahí tienes en la historia cien hechos nacionales
insignes y terribles para la tragedia, y nuestras extravagancias y ridículos para la festiva Talía, con las voces más dulces,
más llenas y sonoras para el canto y la ópera; cosas todas en que estamos tan faltos cuanto debiéramos ser ricos, y competir,
si no vencer, lo más culto de Europa. Trabaja, pues, por tu gloria y la gloria nacional, que correrán a par; y déjame a mí
la pequeña, pero dulce y tranquila, de haber empezado cuasi sin guía, haber ido adelante entre contradicciones y calumnias,
y haber comprado al fin con mi reposo y mi fortuna el placer inocente de querer en la mía renovar los sones de las liras que
pulsaron un tiempo tan delicadamente Garcilaso y Herrera, Villegas y León.
Pero si en estos sones encuentran por dicha mis lectores una pequeña parte de los alivios, la calma y el recreo que al repetirlos
he probado yo; si les inspiran los gustos sencillos e inocentes del campo, la tranquilidad, la medianía; si los alejan de
la ambición funesta y la codicia, les hacen gratos su estado y sus hogares, y encienden en sus pechos el sagrado entusiasmo
de admiración a la naturaleza y amor a la patria y la virtud; si imprimen en los jóvenes los sentimientos del buen gusto,
las semillas del decir urbano, la agradable magia de la lengua y la dulce afición a nuestras musas, inflamando además con
sus cuadros y campestres escenas la imaginación de los artistas, para que nos repitan sus pinceles el siglo y los milagros
de los Velázquez, Canos, Juanes y Murillos, mis esperanzas quedarán satisfechas, mi amor a mi nación recompensado, y mis trabajos
ya no lo serán.
Pudiera esta colección haberse impreso y publicado en Francia, y haberme sido, entre sus literatos y los aficionados a nuestra
frase y nuestras musas, que hoy no son pocos, de nombre y de interés; alguno me lo propuso, y alguno lo aconsejó; pero español
por mis principios y todos mis deseos, he querido que mi patria tenga la primera, como un humilde feudo de mi amor, los últimos
frutos, sazonados o ingratos, de la musa de un hijo que ofreciéndole fino cuanto ha podido darle, de buen grado ansiara celebrarla
con títulos y timbres más ilustres, pero que envanecido con sus glorias, ni pensó jamás ni hizo cosa que creyese menguarlas
o mancillar su nombre esclarecido.
Nîmes, en Francia, a 16 de octubre de 1815.
A mis lectores
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 No con mi blanda lira
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serán en ayes tristes |
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lloradas las fortunas |
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de reyes infelices, |
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ni el grito del soldado |
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feroz en crudas lides, |
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o el trueno con que arroja |
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la bala el bronce horrible. |
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Yo tiemblo y me estremezco, |
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que el numen no permite |
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al labio temeroso |
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canciones tan sublimes. |
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Muchacho soy y quiero |
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decir más apacibles |
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querellas y gozarme |
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con danzas y convites. |
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En ellos coronado |
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de rosas y alhelíes, |
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entre risas y versos |
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menudeo los brindis. |
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En coros las muchachas |
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se juntan por oírme, |
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y al punto mis cantares |
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con nuevo ardor repiten. |
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Pues Baco y el de Venus |
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me dieron que felice |
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celebre en dulces himnos |
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sus glorias y festines. |
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  Odas anacreónticas
- I -
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De mis cantares
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 Tras una mariposa,
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cual zagalejo simple, |
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corriendo por el valle |
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la senda a perder vine. |
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Recosteme cansado, |
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y un sueño tan felice |
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me asaltó que aún gozoso |
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mi labio lo repite. |
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Cual otros dos zagales |
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de belleza increíble, |
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Baco y Amor se llegan |
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a mí con paso libre; |
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Amor un dulce tiro |
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riendo me despide, |
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y entrambas sienes Baco |
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de pámpanos me ciñe. |
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Besáronme en la boca |
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después, y así apacibles, |
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con voz muy más süave |
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que el céfiro me dicen: |
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«Tú de las roncas armas |
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ni oirás el son terrible, |
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ni en mal seguro leño |
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bramar las crudas sirtes. |
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La paz y los amores |
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te harán, Batilo, insigne; |
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y de Cupido y Baco |
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serás el blando cisne». |
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- II -
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El amor mariposa
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 Viendo el Amor un día
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que mil lindas zagalas |
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huían de él medrosas |
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por mirarle con armas, |
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dicen que de picado |
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les juró la venganza |
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y una burla les hizo, |
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como suya, extremada. |
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Tornose en mariposa, |
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los bracitos en alas, |
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y los pies ternezuelos |
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en patitas doradas. |
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¡Oh!, ¡qué bien que parece! |
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¡Oh!, ¡qué suelto que vaga, |
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y ante el sol hace alarde |
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de su púrpura y nácar! |
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Ya en el valle se pierde, |
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ya en una flor se para, |
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ya otra besa festivo, |
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y otra ronda y halaga. |
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Las zagalas, al verle, |
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por sus vuelos y gracia |
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mariposa le juzgan |
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y en seguirle no tardan. |
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Una a cogerle llega, |
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y él la burla y se escapa; |
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otra en pos va corriendo, |
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y otra simple le llama, |
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despertando el bullicio |
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de tan loca algazara |
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en sus pechos incautos |
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la ternura más grata. |
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Ya que juntas las mira, |
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dando alegres risadas |
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súbito Amor se muestra, |
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y a todas las abrasa. |
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Mas las alas ligeras |
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en los hombros por gala |
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se guardó el fementido, |
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y así a todos alcanza. |
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También de mariposa |
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le quedó la inconstancia: |
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llega, hiere, y de un pecho |
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a herir otro se pasa. |
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- III -
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A una fuente
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 ¡Oh, cómo en tus cristales,
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fuentecilla risueña, |
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mi espíritu se goza, |
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mis ojos se embelesan! |
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Tú de corriente pura, |
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tú de inexhausta vena, |
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transparente te lanzas |
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de entre esa ruda peña, |
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do a tus linfas fugaces |
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salida hallando estrecha, |
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murmullante te afanas |
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en romper sus cadenas, |
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y bullendo y saltando, |
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las menudas arenas |
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afanosa divides |
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que tus pasos enfrenan, |
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hasta que los hervores |
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reposada sosiegas |
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en el verde remanso |
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que te labras tú mesma. |
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Allí aun más cristalina |
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a un espejo semejas |
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do se miran las flores |
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que galanas te cercan. |
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Con su plácida sombra |
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tu frescura conserva |
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el nogal que pomposo |
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de tu humor se alimenta, |
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y en sus móviles hojas |
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el susurro remeda |
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de tus ondas volubles |
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que al bajar se atropellan. |
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En ti las avecillas |
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su sed árida templan, |
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sus plumas humedecen, |
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jugando se recrean. |
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Cuando abrasado sirio |
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aflige más la tierra |
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y el mediodía ardiente |
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su faz al mundo ostenta, |
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en ti grata frescura |
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y amable sueño encuentra |
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el laso caminante, |
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que tu raudal anhela. |
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Su benigna corriente |
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el seno refrigera, |
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la salud fortifica, |
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repara las dolencias. |
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En las almas alegres |
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el júbilo acrecienta, |
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y al que llora angustiado |
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le adormece las penas. |
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¡Oh!, nunca, fuente clara, |
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nunca menguados veas |
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los copiosos cristales |
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que tus márgenes llenan. |
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Nunca turbios la planta |
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del ganado los vuelva, |
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ni el pintado lagarto, |
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ni la ondosa culebra. |
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Nunca próvida ceses |
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en los giros y vueltas |
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con que mansa discurres |
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fecundando la vega, |
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mas alegre acompañes |
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murmullando parlera |
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de mi lira los trinos, |
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de mi labio las letras. |
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- IV -
|
El consejo del Amor
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 Pensativo y lloroso,
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contemplando cuán tibia |
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Dorila mi amor oye |
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por hermosa y por niña, |
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al margen de una fuente |
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me asenté cristalina, |
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que un rosal adornaba |
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con su pompa florida. |
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El voluble murmullo |
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de sus plácidas linfas, |
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de mis penas agudas |
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amainaba las iras; |
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y en sus ondas rientes |
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encantada la vista, |
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invisibles cual ellas |
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mis cuidados se huían, |
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cuando en torno una rosa |
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que besar solicita, |
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volar vi a un cefirillo |
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con ala fugitiva, |
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y entre blandos susurros, |
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en voz dulce y sumisa, |
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entendí que a la bella |
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cariñoso decía: |
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«¿Dó, insensible, te vuelves? |
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¿Por qué, injusta, te privas |
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en mis juegos vivaces |
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de mil tiernas caricias? |
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Mírame que rendido, |
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|
cuando humillar podría |
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con soplo despeñado |
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tu presunción esquiva, |
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|
que te tornes te ruego, |
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|
y a mis labios permitas |
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|
que los ámbares gocen |
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|
que en tus hojas abrigas. |
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|
No temas, no, que ofendan |
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|
con culpable osadía |
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|
su rosicler hermoso, |
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|
aunque blanda te rindas. |
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Aun más fino que ardiente, |
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|
|
a nada más aspiran |
|
|
|
que a un inocente beso |
|
|
|
las esperanzas mías. |
|
|
|
Por ti dejé en el valle, |
45
|
|
|
por ti, beldad altiva, |
|
|
|
con vuelo desdeñoso, |
|
|
|
mil lindas florecitas. |
|
|
|
Tú sola me embebeces, |
|
|
|
tú sola», repetía |
50
|
|
|
el céfiro, y más suelto |
|
|
|
en torno de ella gira, |
|
|
|
cuando súbito noto |
|
|
|
que la rosa rendida |
|
|
|
le presenta su seno, |
55
|
|
|
y él cien besos le liba, |
|
|
|
con los cuales mimosa |
|
|
|
de aquí y de allá se agita, |
|
|
|
otros y otros buscando |
|
|
|
que muy más la mecían. |
60
|
|
|
Y en aquel mismo punto |
|
|
|
escuché que benigna |
|
|
|
nueva voz me alentaba, |
|
|
|
nuncio fiel de mis dichas: |
|
|
|
«No de tímido ceses; |
65
|
|
|
insta, anhela, suplica, |
|
|
|
cefirillo incesante |
|
|
|
de tu rosa Dorila; |
|
|
|
y en sus dulces canciones |
|
|
|
delicada tu lira |
70
|
|
|
su tibieza y sus miedos |
|
|
|
cual la nieve derritan. |
|
|
|
Verás como a tus ansias |
|
|
|
cede al fin y propicia |
|
|
|
las finezas atiende, |
75
|
|
|
por ti ciega suspira, |
|
|
|
apurando en mi copa |
|
|
|
las inmensas delicias |
|
|
|
que a mis más fieles guardo, |
|
|
|
que mi afecto le brinda». |
80
|
|
|
Del Amor fue el consejo; |
|
|
|
y así luego entre risas |
|
|
|
vi a la esquiva en mis brazos |
|
|
|
como mil rosas fina. |
|
|
- V -
|
De la primavera
|
|
 La blanda primavera
|
|
|
|
derramando aparece |
|
|
|
sus tesoros y galas |
|
|
|
por prados y vergeles. |
|
|
|
Despejado ya el cielo |
5
|
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|
de nubes inclementes, |
|
|
|
con luz cándida y pura |
|
|
|
ríe a la tierra alegre. |
|
|
|
El alba de azucenas |
|
|
|
y de rosa las sienes |
10
|
|
|
se presenta ceñidas, |
|
|
|
sin que el cierzo las hiele. |
|
|
|
De esplendores más rico |
|
|
|
descuella por oriente |
|
|
|
en triunfo el sol, y a darle |
15
|
|
|
la vida al mundo vuelve. |
|
|
|
Medrosos de sus rayos |
|
|
|
los vientos enmudecen, |
|
|
|
y el vago cefirillo |
|
|
|
bullendo les sucede, |
20
|
|
|
el céfiro, de aromas |
|
|
|
empapado, que mueven |
|
|
|
en la nariz y el seno |
|
|
|
mil llamas y deleites. |
|
|
|
Con su aliento en la sierra |
25
|
|
|
derretidas las nieves, |
|
|
|
en sonoros arroyos |
|
|
|
salpicando descienden. |
|
|
|
De hoja el árbol se viste, |
|
|
|
las laderas de verde, |
30
|
|
|
y en las vegas de flores |
|
|
|
ves un rico tapete. |
|
|
|
Revolantes las aves |
|
|
|
por el aura enloquecen, |
|
|
|
regalando el oído |
35
|
|
|
con sus dulces motetes. |
|
|
|
Y en los tiros sabrosos |
|
|
|
con que el ciego las hiere, |
|
|
|
suspirando delicias, |
|
|
|
por el bosque se pierden, |
40
|
|
|
mientras que en la pradera, |
|
|
|
dóciles a sus leyes, |
|
|
|
pastores y zagalas |
|
|
|
festivas danzas tejen, |
|
|
|
y los tiernos cantares |
45
|
|
|
y requiebros ardientes |
|
|
|
y miradas y juegos |
|
|
|
más y más los encienden. |
|
|
|
Y nosotros, amigos, |
|
|
|
cuando todos los seres |
50
|
|
|
de tan rígido invierno |
|
|
|
desquitarse parecen, |
|
|
|
¿en silencio y en ocio |
|
|
|
dejaremos perderse |
|
|
|
estos días que el tiempo |
55
|
|
|
liberal nos concede? |
|
|
|
Una vez que en sus alas |
|
|
|
el fugaz se los lleve, |
|
|
|
¿podrá nadie arrancarlos |
|
|
|
de la nada en que mueren? |
60
|
|
|
Un instante, una sombra |
|
|
|
que al mirar desparece, |
|
|
|
nuestra mísera vida |
|
|
|
para el júbilo tiene. |
|
|
|
Ea, pues, a las copas, |
65
|
|
|
y en un grato banquete |
|
|
|
celebremos la vuelta |
|
|
|
del abril floreciente. |
|
|
- VI -
|
A Dorila
|
|
 ¡Cómo se van las horas,
|
|
|
|
y tras ellas los días, |
|
|
|
y los floridos años |
|
|
|
de nuestra frágil vida! |
|
|
|
La vejez luego viene, |
5
|
|
|
del amor enemiga, |
|
|
|
y entre fúnebres sombras |
|
|
|
la muerte se avecina, |
|
|
|
que, escuálida y temblando, |
|
|
|
fea, informe, amarilla, |
10
|
|
|
nos aterra, y apaga |
|
|
|
nuestros fuegos y dichas. |
|
|
|
El cuerpo se entorpece, |
|
|
|
los ayes nos fatigan, |
|
|
|
nos huyen los placeres |
15
|
|
|
y deja la alegría. |
|
|
|
Si esto, pues, nos aguarda, |
|
|
|
¿para qué, mi Dorila, |
|
|
|
son los floridos años |
|
|
|
de nuestra frágil vida? |
20
|
|
|
Para juegos y bailes |
|
|
|
y cantares y risas |
|
|
|
nos los dieron los cielos, |
|
|
|
las Gracias los destinan. |
|
|
|
Ven, ¡ay!, ¿qué te detienes? |
25
|
|
|
Ven, ven, paloma mía, |
|
|
|
debajo de estas parras |
|
|
|
do lene el viento aspira; |
|
|
|
y entre brindis süaves |
|
|
|
y mimosas delicias |
30
|
|
|
de la niñez gocemos, |
|
|
|
pues vuela tan aprisa. |
|
|
- VII -
|
De lo que es amor
|
|
 Pensaba cuando niño
|
|
|
|
que era tener amores |
|
|
|
vivir en mil delicias, |
|
|
|
morar entre los dioses. |
|
|
|
Mas luego rapazuelo |
5
|
|
|
Dorila cautivome, |
|
|
|
muchacha de mis años, |
|
|
|
envidia de Dïone, |
|
|
|
que inocente y sencilla, |
|
|
|
como yo lo era entonces, |
10
|
|
|
fue a mis ruegos la nieve |
|
|
|
del verano a los soles. |
|
|
|
Pero cuando aguardaba |
|
|
|
no hallar ansias ni voces |
|
|
|
que a la gloria alcanzasen |
15
|
|
|
de una unión tan conforme, |
|
|
|
cual de dos tortolitas |
|
|
|
que en sus ciegos hervores |
|
|
|
con sus ansias y arrullos |
|
|
|
ensordecen el bosque, |
20
|
|
|
probé desengañado |
|
|
|
que amor todo es traiciones |
|
|
|
y guerras y martirios |
|
|
|
y penas y dolores. |
|
|
- VIII -
|
A la Aurora
|
|
 Salud, riente Aurora,
|
|
|
|
que entre arreboles vienes |
|
|
|
a abrir a un nuevo día |
|
|
|
las puertas del oriente, |
|
|
|
librando de las sombras |
5
|
|
|
con tu presencia alegre |
|
|
|
al mundo, que en sus grillos |
|
|
|
la ciega noche tiene; |
|
|
|
salud, hija gloriosa |
|
|
|
del rubio sol, perenne |
10
|
|
|
venero a los mortales |
|
|
|
de alivios y placeres. |
|
|
|
Tú de eternales rosas |
|
|
|
ceñida vas las sienes, |
|
|
|
mientras tu fresco seno |
15
|
|
|
flores y perlas llueve; |
|
|
|
tú, de brillantes ojos; |
|
|
|
tú, de serena frente, |
|
|
|
y en cuya boca manan |
|
|
|
risas y aromas siempre. |
20
|
|
|
Cuando la hermosa lumbre |
|
|
|
de Venus desfallece, |
|
|
|
de ópalo, nácar y oro |
|
|
|
velada le sucedes; |
|
|
|
y el pabellón alzando |
25
|
|
|
en que su faz envuelve |
|
|
|
tu padre el sol, sus huellas, |
|
|
|
nuncia feliz, precedes. |
|
|
|
Tu manto purpurado, |
|
|
|
flotando al viento leve |
30
|
|
|
de las eoas plagas, |
|
|
|
del cielo se desprende, |
|
|
|
hinche el espacio inmenso, |
|
|
|
y de su grana y nieve |
|
|
|
las bóvedas eternas |
35
|
|
|
matiza y esclarece, |
|
|
|
en cuanto alegre cruzas |
|
|
|
por sendas de claveles, |
|
|
|
desde su excelsa cumbre |
|
|
|
al cárdeno occidente. |
40
|
|
|
El sol que en pos te sigue |
|
|
|
tus vivos rosicleres |
|
|
|
inflama, y retemblando |
|
|
|
por verlos se detiene |
|
|
|
hasta que entre sus llamas |
45
|
|
|
tú misma al fin te pierdes |
|
|
|
y en su torrente inmenso |
|
|
|
envuelta despareces; |
|
|
|
si no es que tan penada |
|
|
|
de tu Titón te sientes, |
50
|
|
|
que por sus brazos dejas |
|
|
|
ya la mansión celeste. |
|
|
|
Los céfiros fugaces, |
|
|
|
que en un letargo muelle |
|
|
|
las flores en su seno |
55
|
|
|
rendidos guardar quieren, |
|
|
|
con tu calor se animan, |
|
|
|
las prestas alas tienden |
|
|
|
y en delicioso juego |
|
|
|
las liban y las mecen, |
60
|
|
|
de do a las aves corren |
|
|
|
que aún en sus nidos duermen, |
|
|
|
con su vivaz susurro |
|
|
|
pugnando que despierten |
|
|
|
a darte, oh bella Aurora, |
65
|
|
|
los dulces parabienes |
|
|
|
y henchir con su alborada |
|
|
|
las auras de deleite. |
|
|
|
Tú, en tanto más graciosa, |
|
|
|
en luz y en rayos creces, |
70
|
|
|
que en transparentes hilos |
|
|
|
cruzando al viento penden. |
|
|
|
Las cristalinas aguas |
|
|
|
cual vivas flechas hieren |
|
|
|
y hacen de bosque y prados |
75
|
|
|
más animado el verde, |
|
|
|
a par que sus cogollos |
|
|
|
alzan las ricas mieses |
|
|
|
y abriéndose las flores |
|
|
|
sus ámbares te ofrecen, |
80
|
|
|
que a la nariz y al seno |
|
|
|
y al labio que los bebe |
|
|
|
de su fragancia inundan |
|
|
|
y a mil delicias mueven. |
|
|
|
Y todo bulle y vive |
85
|
|
|
y en regocijo hierve |
|
|
|
rayando tú, que al mundo |
|
|
|
la ansiada luz le vuelves. |
|
|
|
Haz, ¡ay!, purpúrea diosa, |
|
|
|
que como en faz riente |
90
|
|
|
un día fausto y puro |
|
|
|
benigna nos prometes, |
|
|
|
así en mi blando seno, |
|
|
|
sin ansias que lo aquejen, |
|
|
|
la paz y la inocencia |
95
|
|
|
por siempre unidas reinen. |
|
|
- IX -
|
De un baile
|
|
 Ya torna mayo alegre
|
|
|
|
con sus serenos días, |
|
|
|
y del amor le siguen |
|
|
|
los juegos y la risa. |
|
|
|
De ramo en ramo cantan |
5
|
|
|
las tiernas avecillas |
|
|
|
el regalado fuego |
|
|
|
que el seno les agita, |
|
|
|
y el céfiro jugando |
|
|
|
con mano abre lasciva |
10
|
|
|
el cáliz de las flores |
|
|
|
y a besos mil las liba. |
|
|
|
Salid, salid, zagalas; |
|
|
|
mezclaos a la alegría |
|
|
|
común en sueltos bailes |
15
|
|
|
y música festiva. |
|
|
|
Venid, que el sol se esconde; |
|
|
|
las sombras, más benignas, |
|
|
|
dan al pudor un velo |
|
|
|
y a amor nueva osadía. |
20
|
|
|
¡Oh, cuál el pecho salta!, |
|
|
|
¡cuál en su gozo imita |
|
|
|
los tonos y compases |
|
|
|
de vuestra voz divina! |
|
|
|
Mis plantas y mis ojos |
25
|
|
|
no hay paso que no finjan, |
|
|
|
cadena que no formen, |
|
|
|
y rueda que no sigan. |
|
|
|
Huye veloz burlando |
|
|
|
Clori del fino Aminta; |
30
|
|
|
torna, se aparta, corre, |
|
|
|
y así al zagal convida. |
|
|
|
¡Con qué expresión y juego |
|
|
|
de talle y brazos, Silvia, |
|
|
|
en amable abandono, |
35
|
|
|
su Palemón esquiva! |
|
|
|
De Flora el tierno amante |
|
|
|
o la mariposilla, |
|
|
|
la fresca hierbezuela |
|
|
|
con pie más tardo pisan. |
40
|
|
|
¡Qué ardiente Melibeo |
|
|
|
a Celia solicita, |
|
|
|
la apremia con halagos, |
|
|
|
y en torno de ella gira! |
|
|
|
Pero Dorila, ¡oh cielos!, |
45
|
|
|
¿quién vio tan peregrina |
|
|
|
gracia?, ¿viveza tanta? |
|
|
|
¡Cuál sobre todas brilla!, |
|
|
|
¡qué espalda tan airosa!, |
|
|
|
¡qué cuello!, ¡qué expresiva |
50
|
|
|
volverle un tanto sabe |
|
|
|
si el rostro afable inclina! |
|
|
|
¡Ay!, ¡qué voluptuosos |
|
|
|
sus pasos!, ¡cómo animan |
|
|
|
al más cobarde amante |
55
|
|
|
y al más helado irritan! |
|
|
|
Al premio, al dulce premio |
|
|
|
parece que le brindan |
|
|
|
de amor, cuando le ostentan |
|
|
|
un seno que palpita. |
60
|
|
|
¡Cuán dócil es su planta!, |
|
|
|
¡qué acorde a la medida |
|
|
|
va del compás! Las Gracias |
|
|
|
la aplauden y la guían, |
|
|
|
y ella, de frescas rosas |
65
|
|
|
la blonda sien ceñida, |
|
|
|
su ropa libra al viento, |
|
|
|
que un manso soplo agita. |
|
|
|
Con timidez donosa |
|
|
|
de Cloe simplecilla |
70
|
|
|
por los floridos labios |
|
|
|
vaga una afable risa. |
|
|
|
A su zagal incauta |
|
|
|
con blandas carrerillas |
|
|
|
se llega, y vergonzosa |
75
|
|
|
al punto se retira. |
|
|
|
Mas ved, ved el delirio |
|
|
|
de Anarda en su atrevida |
|
|
|
soltura; sus pasiones, |
|
|
|
¡cuán bien con él nos pinta! |
80
|
|
|
Sus ojos son centellas, |
|
|
|
con cuya llama activa |
|
|
|
arde en placer el pecho |
|
|
|
de cuantos, ¡ay!, la miran. |
|
|
|
Los pies, cual torbellino |
85
|
|
|
de rapidez no vista, |
|
|
|
por todas partes vagan |
|
|
|
y a Lícidas fatigan. |
|
|
|
¡Qué dédalo amoroso!, |
|
|
|
¡qué lazo aquel que unidas |
90
|
|
|
las manos con Menalca |
|
|
|
formó amorosa Lidia! |
|
|
|
¡Cuál andan!, ¡cuál se enredan!, |
|
|
|
¡cuán vivamente explican |
|
|
|
su fuego en los halagos, |
95
|
|
|
su calma en las delicias! |
|
|
|
¡Oh pechos inocentes!, |
|
|
|
¡oh unión!, ¡oh paz sencilla, |
|
|
|
que huyendo las ciudades |
|
|
|
el campo sólo habitas! |
100
|
|
|
¡Ah!, ¡reina entre nosotros |
|
|
|
por siempre, amable hija |
|
|
|
del cielo, acompañada |
|
|
|
del gozo y la alegría! |
|
|
- X -
|
De las riquezas
|
|
 Ya de mis verdes años
|
|
|
|
como un alegre sueño |
|
|
|
volaron diez y nueve |
|
|
|
sin saber dónde fueron. |
|
|
|
Yo los llamo afligido, |
5
|
|
|
mas pararlos no puedo, |
|
|
|
que cada vez más huyen |
|
|
|
por mucho que les ruego; |
|
|
|
y todos los tesoros |
|
|
|
que guarda en sus mineros |
10
|
|
|
la tierra, hacer no pueden |
|
|
|
que cesen un momento. |
|
|
|
Pues lejos, ea, el oro; |
|
|
|
¿para qué el afán necio |
|
|
|
de enriquecerse a costa |
15
|
|
|
de la salud y el sueño? |
|
|
|
Si más gozosa vida |
|
|
|
me diera a mí el dinero, |
|
|
|
o con él las virtudes |
|
|
|
encerrara en mi pecho, |
20
|
|
|
buscáralo, ¡ay!, entonces |
|
|
|
con hidrópico anhelo; |
|
|
|
pero si esto no puede, |
|
|
|
para nada lo quiero. |
|
|
- XI -
|
A un ruiseñor
|
|
 ¡Con qué alegres cantares,
|
|
|
|
oh ruiseñor, celebras |
|
|
|
tu dicha y de tu amada |
|
|
|
el tierno afán recreas! |
|
|
|
Ella del blando nido |
5
|
|
|
te responde halagüeña |
|
|
|
con pïadas süaves |
|
|
|
y se angustia si cesas. |
|
|
|
Las otras aves callan; |
|
|
|
y el eco tus querellas |
10
|
|
|
con voz aduladora |
|
|
|
repite por la selva, |
|
|
|
mientras el cefirillo |
|
|
|
de envidioso te inquieta, |
|
|
|
las hojas agitando |
15
|
|
|
con ala más traviesa. |
|
|
|
Tú cesas y te turbas; |
|
|
|
atento adonde suena |
|
|
|
te vuelves y cobarde |
|
|
|
de ramo en ramo vuelas. |
20
|
|
|
Mas luego, ya seguro, |
|
|
|
los silbos le remedas, |
|
|
|
el triunfo solemnizas |
|
|
|
y tornas a tus quejas. |
|
|
|
Así la noche engañas, |
25
|
|
|
y el sol cuando despierta |
|
|
|
aún goza la armonía |
|
|
|
de tu amorosa vela. |
|
|
|
¡Oh, avecilla felice!, |
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¡oh, qué bien la fineza |
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de tu pecho encareces |
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con tu voz lisonjera! |
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Ya pías cariñoso, |
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ya más alto gorjeas, |
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ya al ardor que te agita |
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tu garganta enajenas. |
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¡Oh!, no ceses, no ceses |
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en tal dulce tarea, |
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que en delicias de oírte |
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mi espíritu se anega. |
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Así el cielo, tu nido, |
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de asechanzas defienda, |
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y tu amable consorte |
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fiel por siempre te sea. |
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Yo también soy cautivo; |
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también yo si tuviera |
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tu piquito agradable |
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te diría mis penas, |
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y en sencillos coloquios |
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alternando las letras, |
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tú cantarás tus glorias |
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y yo mi fe sincera; |
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que los malignos hombres |
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burlan de la inocencia, |
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y expónese a su risa |
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quien su dicha les cuenta. |
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- XII -
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De los labios de Dorila
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 La rosa de Citeres,
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primicia del verano, |
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delicia de los dioses |
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y adorno de los campos, |
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objeto del deseo |
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de las bellas, del llanto |
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del Alba feliz hija, |
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del dulce Amor cuidado, |
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¡oh, cuán atrás se queda |
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si necio la comparo |
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en púrpura y fragancia, |
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Dorila, con tus labios!, |
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ora el virginal seno |
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al soplo regalado |
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de aura vital desplegue |
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del sol al primer rayo, |
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o inunde en grato aroma |
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tu seno relevado, |
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más feliz si tú inclinas |
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la nariz por gozarlo. |
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- XIII -
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De unas palomas
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 Un día que en la vega,
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bajo el nogal copado |
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que da a su fuente sombra |
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con los pomposos ramos, |
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cantaba entretenido |
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con inocente labio |
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de mi suerte la dicha, |
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las delicias del campo, |
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casi a mis pies seguras |
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se bañaban jugando |
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las sencillas palomas |
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en un limpio remanso. |
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Su bullicio y arrullos, |
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y sus besos y halagos |
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me cayeron absorto |
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la lira de las manos. |
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Libre yo y ellas libres, |
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y uno así nuestro estado, |
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por instantes se hacía |
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mi embeleso más grato. |
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Una en medio las aguas, |
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cual pequeñuelo barco, |
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ufanándose riza |
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su plumaje galano; |
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otra fija bebiendo |
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del vivo sol los rayos |
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y en el raudal se sume |
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para templar su estrago; |
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otra extiende las alas |
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cual dos móviles brazos |
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y al corriente se entrega |
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que la va en pos llevando; |
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y otra en plácido giro |
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revolante en el llano, |
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torna cien y cien veces |
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del uno al otro lado, |
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agitándose todas |
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y corriendo y saltando |
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y cruzando y tejiendo |
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mil revueltas y lazos, |
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cuando allá de las nubes, |
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cual flamígero rayo, |
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un milano sobre ellas |
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precipítase aciago |
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que en sus uñas agudas |
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para bárbaro pasto |
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de sus pollos, ¡ay!, roba |
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la más bella inhumano, |
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sin bastar a salvarla |
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en tan súbito caso |
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de mis palmas y gritos |
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el estrépito vano. |
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Derramado y sin orden, |
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con mortal sobresalto |
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del ladrón ominoso |
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huye el tímido bando. |
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Y yo, el alma cubierta |
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de amargura y espanto, |
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con la vista le sigo, |
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con mi voz le amenazo. |
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¡Desvalida inocencia, |
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siempre mísero blanco |
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del poder fiero, siempre |
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de sus iras estrago! |
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Poesías. Tomo I
Juan Meléndez Valdés ; edición de Emilio Palacios Fernández
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