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Mi querido amigo: Anteayer se celebró aquí una gran fiesta, a la cual estuvo convidado y asistió todo el Cuerpo diplomático. Era el aniversario de la fundación del club inglés, que cuenta ya ochenta y siete años de vida. Este aniversario se solemnizó con un gran banquete de doscientas cincuenta a trescientas personas. Tuvimos sopa de sterlet, del Volga, el plato más caro y suculento que se puede presentar a un gastrónomo. Traen vivos los sterlets, y cuestan tanto, que, según me aseguraron, la sopa que aquel día comimos había costado más de mil rublos de plata (16.000 reales de nuestra moneda). Fuera de este primor, no hubo otra cosa notable en aquel banquete, si no es la alegría y el gran número de los convidados. El general Tolstoi, que presidía la mesa, brindó cinco veces, y todos respondimos a su brindis con hurras prolongados y repiqueteo atronador de los cuchillos en los platos y vasos. El primer brindis fue a la salud del emperador; el segundo, a la salud de la emperatriz y de toda la augusta familia; el tercero, por la prosperidad de Rusia, y éste fue el más estrepitoso de todos; el cuarto, por la Marina y el Ejército de los rusos, que fue poco menos alborotador que el tercero; y el quinto brindis fue filantrópico: bebimos a la felicidad de los pueblos todos, y, como la gente estaba ya cansada de brindar, no se hizo gran caso de la felicidad de los pueblos. Después de la comida nos pusimos todos a fumar, y se armó una de humo, que no nos veíamos los unos a los otros. Hubo café, licores, té más tarde, y ponche por último, y con el ponche varios interesantes speeches. El primero que tomó la palabra fue el conde de Morny, embajador de Francia, y allí nos dijo, entre otras cosas, lo mucho que se querían ambos emperadores, que habían nacido para amarse, y que de este amor y mutua correspondencia de afectos dependía, en gran manera, la felicidad de los pueblos y la paz del mundo. Lo que dijo Morny fue corto y bien parlado, y con aquella seguridad y desparpajo que generalmente gastan los franceses, y que obtiene encomio cuando no se atrae la envidia. Habló después lord Woodehouse, que, menos acostumbrado a hablar en público, y teniendo que hablar en otra lengua que la propia, estuvo algo difuso y vacilante; pero la naturalidad con que se expresaba y su modo elegante y aristocrático, y hasta en el timbre de la voz se muestra, le ganaron el auditorio. Del contenido del discurso de lord Woodehouse resultaba que la paz del mundo dependía también, en gran manera, de Inglaterra y de otras grandes potencias, como, por ejemplo, la Cerdeña, que, gracias, sin duda, a los veinte mil hombres que envió a Sebastopol, ha merecido de milord mención tan honorífica. El general Tolstoi contestó dando las gracias al embajador de Francia y al ministro de la Gran Bretaña. Durante toda esta fiesta una gran banda de música militar nos llenó los oídos de armonía. Se me va quitando la gana de escribir a usted cartas, y ya usted notará que ahora no menudean tanto como antes. En primer lugar, usted no me contesta a ninguna, ni, como antes, me anima a seguir escribiéndolas, prueba de que le va fastidiando el recibirlas, y, en segundo lugar, mis cartas, publicadas en los periódicos, merecen, cada día más, la completa reprobación del duque, el cual me ha hecho decir, por medio de Quiñones, que no se publiquen bajo el epígrafe de cartas de un caballero que le acompaña en su dilatadísima misión extraordinaria. Yo he contestado muy humildemente a Quiñones que ya he escrito a usted rogándole muy encarecidamente que no las siga publicando de ningún modo, y que espero que usted lo hará así. Esto no quita que mis cartas, aunque chabacanas y absurdas, hayan servido de estímulo, y aun de ejemplo, para que se escriban cosas mejores sobre la misma materia, lo cual me sirve de consuelo y recompensa mi trabajo de haberlas escrito. Quiñones está componiendo una larga descripción del Ejército ruso, y ya engolfado en esto, se ha metido, sin saber cómo, en las más recónditas regiones de la balística y de la pirotécnica, y se ha dado a inventar una nueva pólvora fulminante y unas bombas de percusión tan singulares y exquisitas, que ni las inglesas, ni las francesas, ni las rusas, valdrán un comino al lado de ellas. Fuerza es confesar que nuestra inventiva científica ha tomado un vuelo portentoso en estos últimos años, y que nos vamos despabilando, hasta el extremo de producir, en nada de tiempo, no sólo estas nuevas bombas de percusión, sino el arte aerodragante del Dédalo Montemayor, el sistema de numeración de Pujals de la Bastida, la cuadratura del círculo del gran Novoa y otras ingeniaturas y artificios de la misma laya. No es sólo Quiñones quien escribe sobre Rusia. Todavía hay en esta casa otra persona que está escribiendo muy por extenso sus impresiones de viaje. Hablo del señor Benjumea, secretario particular del señor duque, y ya conocido del público por sus obras políticas y sociales. El señor Benjumea es un decidido demócrata y fourierista, lo cual no obsta para que se precie de muy linajudo y me haya dicho, con disculpable jactancia, que él desciende, por línea recta de varón, de aquel famosísimo y glorioso que se escapó, como por milagro, del horrible festín de Damasco, o que, después de haber hecho las más románticas peregrinaciones, y después de haber corrido más aventuras que Ulises y que el piadoso Eneas, cesse tudo o que a musa antigua canta, fundó el califato de Córdoba. Y, con efecto, la palabra Benjumea y la palabra Ben-Humeya son la mismísima e idéntica palabra. ¿Quién había de decir que el último vástago de los Abdel-Ramanes había de estar ahora en San Petersburgo, codeándose con los Bragat, que reinaron en Georgia, con los sucesores de los Kanes de la horda de oro y de Crimea, y con los nietecitos de Gengis Kan y de Tamerlán, que andan por esas tertulias y que saludan a uno a cada paso? ¿Quién había de decir que este Ben-Humeya había de haber escrito y publicado ya un librito, que salió a luz en julio de 1854, en aquel período organogenesíaco, como le llamaba La Discusión? Este librito, que Ben-Humeya me ha dado a leer, tiene un título sonoro y significativo de la doctrina y del maravilloso simbolismo que encierra. Se titula La mitología de la revolución, y no tengo más que añadir. Ben-Humeya, viendo por mis cartas publicadas en los periódicos, que yo soy tan literato y filósofo como él, me ha tomado cierta amistad y me ha traído con mucho recato el susodicho aborto de su magín. Por esto y porque acaso el tal librito anónimo no sea obra suya, aunque él así lo supone, suplico a usted que no diga a nadie, y mucho menos al señor duque, que su secretario particular es tan mitológico. Ben-Humeya es un inocente, a pesar de toda su mitología. Quiñones, sin embargo, ha averiguado, por las conversaciones que ha tenido con Ben-Humeya, que es un moro rebelde, y no ha dejado de poner en conocimiento del señor duque cuáles son las peligrosas doctrinas de este monstruo democratasocialmitológico. Por fortuna, el duque es lo más bondadoso que puede imaginarse, y la revelación de Quiñones no le ha perjudicado a Ben-Humeya en lo más mínimo, si bien el duque estuvo horrorizado por espacio de una semana. En fin: yo sospecho, aunque no lo sé de fijo, que no somos solamente Quiñones, Ben-Humeya y yo los que tratamos por escrito las cosas de Rusia. El correo del señor duque, que hace ahora las veces de mayordomo y más que nunca su negocio, es, al mismo tiempo, un alemán muy leído, y casi se puede afirmar que compone también una obra sobre todas las cosas que vamos viendo. En Alemania todo bicho viviente escribe por las noches sus impresiones, y no pocos suelen luego publicarlas. En Dresde conocí yo, y traté bastante, al barón Fabrice, que estuvo en España de ministro de Sajonia, y que, como buen oficial de Caballería, arrogante mozo y rico por haberse casado con una linda señora que lo es de veras, más se parecía al capitán Febo de Chateaupers que a Claudio Frollo, y más se empleaba en cortejar a las comediantas, bailarinas y otras amazonas errantes, que en profundizar ninguna ciencia, ni arte, ni doctrina. Pero, en cambio, y para que nada faltase en su casa, tenía este señor un cocinero que, a más de guisar como pocos, y de ello doy fe, era, asimismo, un sabio notable, sobre todo en Astronomía, Química y Antropología. Apenas acababa de dar de comer a sus amos, venían a buscarle uno y hasta a veces dos académicos de Dresde, y se salían con él a dar paseos filosóficos. Todos los años tenía este docto cocinero un mes de licencia para ir a París, conversar con los sabios de aquella moderna Atenas y ponerse al corriente de los últimos descubrimientos científicos. Para consolar a sus señores, traía también de París dos o tres platos de nueva invención. El barón Fabrice le llevó consigo a España, y mientras este cocinero estuvo entre nosotros, lo averiguó y escudriñó todo, así de leyes y costumbres como de monumentos y literatura, y compuso un libro precioso, al cual estaba dando los últimos toques y golpes de luz, cuando yo estuve en Dresde, donde dicho libro debió de publicarse poco después de mi salida. Este libro, ya sea por los muchos y diversos puntos de que trata, ya por la profesión de quien lo ha escrito, ya para darle cierto color local en todo, ya, en fin, por estas tres razones juntas, se titula Puchero, y es tan sustancioso como agradable al paladar del alma. Cuando pase por Dresde compraré algunos ejemplares y los llevaré conmigo a Madrid. Por el estilo de este Puchero imagino yo que el mayordomo interino del señor duque está condimentando otro sobre la Rusia, que deberá titularse Kwas. Ya ve usted entre qué gente me hallo y qué epidemia gráfica y benéfica reina entre nosotros. Bien se puede asegurar que esta Misión extraordinaria no será inútil para la ciencia. Ayer recibí una epístola del barón de Korv, director de esta Biblioteca Imperial, en la cual me decía que acababa de poner en orden las Biblias y Nuevos Testamentos existentes en dicho establecimiento, y que había hallado una gran colección de dobles, en treinta y seis lenguas diversas, y que me suplicaba se los recomendase al duque, por si quería comprarlos. Con la carta me remitía el catálogo y el precio, que ascendía sólo a ciento setenta y siete rublos de plata. Esta baratura me dio tentación de guardarme yo los libros y no decir nada al duque; pero luego consideré que, en conciencia, no podía hacer esto, pues a él y no a mí se proponía la compra; y así fue que le leí la carta, y el duque ha comprado los libros. Los hay impresos en San Petersburgo y en Astracán, y escritos en muchas de las lenguas que se hablan en este vasto Imperio. Hay algunos, no menos curiosos, en otras lenguas del Asia. Termina la colección con un buen ejemplar del Léxico heptogloton, de Castelli (Londres, 1669). No hay en esta Biblioteca Imperial ninguna Biblia castellana impresa en España, y el barón de Korv dudaba de que nosotros hubiésemos nunca impreso la Biblia en castellano. Yo le he dicho que tenemos varias traducciones, y que la mejor y más leída es la del padre Felipe Scio de San Miguel. Le prometí hacerle venir un ejemplar de la mejor colección, y dejo al arbitrio de usted el escogerlo, y le suplico que lo mande. Lo que el barón de Korv me dé, en cambio de este presente, será para usted, y si usted no lo quiere, yo le pagaré a usted el gasto que haga como mejor a usted le parezca. El señor duque ha caído en la más honda melancolía porque no vienen los toisones. Las damas conocen su aflicción y le preguntan con interés quare tristis est anima sua . Él responde con una sonrisa llena de dolor, y casi estoy por decir que de lágrimas. Hombre, por Dios, que envíe usted los toisones pronto. Gortchakov sigue de monos y nos huye como a la peste. Los raouts, los conciertos más o menos sagrados, los convites y las posturas plásticas, ya de aficionados, ya de profesores, se suceden con rapidez y nos divierten, a pesar de la Cuaresma. Adiós. Suyo afmo., J. Valera. Anoche hubo raout en casa del príncipe Galitzin. En Rusia hay más de mil príncipes Galitzin. El que dio anoche el raout tiene una casa divina. ¡Qué jardines de invierno, iluminados con lámparas de colores! ¡Cuánta fuente en ellos! ¡Cuántas pinturas y estatuas de Mármol! ¡Qué salones, qué escalera, qué buen gusto y qué lujo en todo! Fuerza es confesar que estos hiperbóreos saben vivir. Van a Italia y no sólo se traen sus artes a Rusia, sino hasta su clima y las producciones de su clima, que meten en sus palacios como por encanto. El amigo Baudin, primer secretario de la Embajada de Francia, me ha dicho, con mucho misterio y rogándome que a nadie más que a ustedes lo diga, que habrá rebaja en los derechos que aquí paga el vino y rebaja grande. Los nuevos aranceles acaso se publiquen para la apertura de la navegación. Tendré cuidado de enviar un ejemplar. La rebaja de derechos a favor de los vinos húngaros y de los principados del Danubio será suprimida. Querido amigo mío: Ya se rompió el encantamiento y ya nos dieron las grandes cruces para el marqués y para el general Serrano. Para usted no la han dado aún, porque hubo un quid pro quo y se la concedieron al señor Díaz Canseco. Esto se enmendará, y el señor Díaz Canseco se contentará con una encomienda. Después que se celebre la convención, habrá otra hornada de condecoraciones. Aquí las desean tanto o más que nosotros. Yo, entre tanto, deseo largarme, porque no puedo sufrir, ni a Quiñones ni al duque, ni ellos pueden sufrirme. Creen que yo he sido quien ha detenido el envío de los tolsones, y en verdad que si yo he contribuido a este retardo me aplaudo de ello, porque al cabo soltaron por él las otras grandes cruces. Muy bien me hubiera yo llevado con el duque a no haber sido por este majadero de Quiñones. Me parece que le ha hecho creer al duque mil perrerías de mí, y, entre otras, que usted atiende a lo que yo digo y no a lo que el duque dice. El duque está muy alborotado con esto, consulta a Quiñones para todo, y hasta los despachos que escribo a usted y que el duque firma han de pasar por la previa censura del Estado Mayor. Como en el negocio del arreglo comercial no entienden jota, ni el uno ni el otro, se han ido a consultar al vicecónsul, señor Kap-herr. En fin: esto es estúpido, y, sin embargo, casi lo llevaría con gusto si se me lograse cierta pretensión que tengo entre manos. Empiezo a estar enamorado o cosa parecida. Mi amor, como el amor del duque, está en el Teatro francés. Pero acaso gaste también calzoncillos tan impenetrables como los que gasta el amor del duque. Dicen que esta última ninfa, después de haber recibido infinidad de presentes, no se quita ni se rasga los indicados púdicos calzoncillos, que han venido a transformarse en la piel de cabrito con que las mujeres de Circasia envuelven lo más recóndito y deseable de sus lindas personas: piel de cabrito que les cosen sus padres cuando llegan a ser viripotentes, y que el marido rompe sólo y desata la noche de bodas: piel de cabrito, en fin, que se suspende luego como trofeo en el más conspicuo y honrado lugar de la casa. Ello es que el pobre duque se da con esto a todos los diablos, como yo me daré, si también para mí hay calzoncillos o piel de cabrito, y detesta las costumbres circasianas adoptadas por las artistas de París. No sé ya qué hacer para amansar los corazones de estos descendientes de los Borjas y de los don Suero. Si por dicha lograse yo mi pretensión y don Suero llegase a entenderlo, tendría un sofoquín y se pondría más en mi contra. Ben-Humeya, don Suero y el mayordomo siguen escribiendo sus impresiones. En buenas manos está el pandero, y se me quitan las ganas de repicarle, habiendo ya quien tan bien le repique. Básteme la gloria de haberles mostrado el camino. Vita mostrata via est, como dijo el profano de Venusa. Tengo once Nuevos Testamentos en once lenguas diversas de las habladas en este Imperio. El señor marqués de Pidal puede disponer de ellos, si este género de libros son de los que él colecciona. Cuando no, me los guardaré. El señor Muralt, que es un sabio inocente, como hay muchos en Alemania y algunos por aquí, ha venido a verme y me ha regalado todas sus obras. También el señor Obrescov, economista, que se cae, pero que se ha roto los cascos recogiendo noticias sobre el oro y la plata y careciendo absolutamente de estos metales preciosos, me ha regalado un ejemplar de su libro y le he ofrecido hacer de él un artículo crítico para los periódicos de España. Veremos si tengo paciencia para enjaretar este artículo. Entre tanto, él envía también un ejemplar a su majestad y otro al ministro de Hacienda, con la esperanza, que tímidamente me ha manifestado, de que le den una cruz. El duque ha querido que el ídem de Valencia disfrute también del señor Obrescov, y así va otro ejemplar para él. Todos están encuadernados de una manera simbólica, pues como tratan de oro y de plata, van encuadernados en un papelón en apariencia, aunque leve, de dicha sustancia. En fin: pocas veces he visto sabio más mentecatus que este señor Obrescov. Y, sin embargo, el Allgemeine Zeitung, el Journal des Économistes y el yo no sé cuántos, han hablado de él con elogio. Para que se vea que la gloria es la recompensa de los que se afanan por adquirirla, aunque sean unos topos. El señor Muralt desea saber si el Evangelio de San Bernabé, de que envío adjunta la descripción hecha por él, existe en España, o se conoce en original. Suponen que acaso sea dicho Evangelio obra de moros o de moriscos en favor del Islam. Adiós. No puedo ser más extenso, y para lo que usted me escribe, dándome a entender con sus desvíos, que ya le cansan mis cartas, harto larga es ésta. Suyo afectísimo, J. Valera. Mi querido amigo: Dios me ha castigado muy severamente por las burlas que he hecho de los calzoncillos de mademoiselle de Théric, y de la cómica desesperación del duque. Algo peor que los calzoncillos he encontrado yo, y más desesperado y triste estoy ahora que su excelencia. Yo me creía ya un filósofo curtido y parapetado contra el amor; pero me he llevado un chasco solemne. Estoy en un estado de agitación diabólico, y es menester que le cuente a usted mi desventurada aventura. Si no la cuento, voy a reventar. Es menester que me desahogue, que me quite este peso de encima. Nada podría escribir a usted si no escribiese de este amor. No pienso más que en este amor, y me parece que voy a volverme loco. Ríase usted, que harto lo merezco. No tengo más consuelo que hacer de todo esto una novela. Magdalena Brohan está aquí rodeada de galanes. Los jóvenes del Cuerpo diplomático la adoran rendidos; los inmortales del emperador la siguen cuando ella sale a la calle; las carnes de seis o siete docenas de boyardos y de príncipes y de stolnikos rebuznan por ella; en el teatro es aplaudida a rabiar y una lluvia de flores cae a menudo a sus plantas; el príncipe Orlov se pirra por sus pedazos, y el duque de Osuna, a quien no le parece tampoco saco de paja, va a verla a menudo y le escribe billetitos tiernos. Pero ninguno de estos triunfos, ni el haberla visto representar lindamente, ni el oír de continuo hablar en su alabanza a mis compañeros, nada, digo, había movido mi ánimo, ni por curiosidad tan sólo, a ha que me presentasen a ella. Mi distracción se puede confundir a veces con el desdén o con la indiferencia, y no sé si picada de esta indiferencia mía o deseosa de tener uno más que la requebrara y pretendiera, Magdalena pidió a Baudin, secretario de la Embajada de Francia, que me llevase a su casa. Digo que ella lo pidió, porque a Baudin de seguro no se le hubiera ocurrido llevarme allí tan espontáneamente, si no lo hubiese pretendido ella. Baudin me dio una cita en su casa para que fuésemos a ver a la Brohan. Falté a la cita, me excusé y no se volvió a hablar de la presentación en algunos días. Mas hará dos semanas, sobre poco más o menos, Baudin comió en casa y, acabada la comida, me dijo de nuevo si quería yo ir a ver a Magdalena. Le dije que sí y fuimos juntos. Ni la más remota intención, ni el más leve pensamiento tenía yo entonces de pretender a esta mujer. Todas las hermosas damas de Petersburgo, coronadas de flores, deslumbradoras de oro y piedras preciosas, elegantes en el vestir, aristocráticas y amables en el trato y los modales, hablando siete u ocho lenguas y disertando sobre Metafísica y Pedagogía, habían ya pasado por delante de mí
Pero donde menos se piensa, salta la liebre, y nadie hasta lo último debe cantar victoria. Magdalena estaba en la cama, porque se había dislocado un pie haciendo un papel muy apasionado en el teatro. Ella, según afirma, se exalta por tal extremo cuando representa, que no sabe lo que hace, y llora y ríe, y se enfurece de veras, y el día menos pensado será capaz de matarse o de morirse sobre las tablas. Ya, poco ha, se hirió una mano, y en verdad que las tiene preciosas y bien cuidadas, y siguió representando sin advertir, hasta que el público lo notó, por la sangre que derramaba y que le manchaba el vestido. En fin, ella estaba en la cama, muy cucamente aderezada para recibir a sus admiradores. Sus ojos tienen una dulzura singular y a veces cierta viveza y resplandor gatunos. La boca grande, los labios frescos y gruesos y dos hileras de dientes como dos hilos de perlas, que deja ver cuando se ríe, que es a cada instante. Canta como un jilguero y se sabe de memoria todas las cancioncillas francesas más alegres. Ha leído muchas novelas; tiene ideas extrañas y romancescas, y charla como una cotorra, y se entusiasma al hablar, y se anima, y se pone pálida y colorada, y todo parece natural, sin que se vea en ella artificio. Todas estas gracias me hicieron desde luego notable impresión, entusiasmándome, más que nada, la naturalidad de bonne fille de esta comedianta, que verdaderamente hace contraste con la afectación de las damas rusas. Pero mi admiración y mi entusiasmo eran más bien de observador curioso que de enamorado, más de artista que de galanteador rendido. La idea que tenía yo meses ha en la cabeza de que ya no era yo Cándido, sino el doctor Pangloss; de que toda la ternura de mi alma debía ya dedicarse a Dios, a la Humanidad entera, o a la patria, o a la filosofía, y no a una individua de carne y hueso, a un ser caduco y lleno de faltas y debilidades, me quitaba todo el deseo de cortejar, y hasta toda esperanza de conseguir algo cortejando, porque yo me imaginaba viejo y para poco. Así es que de la primera entrevista con Magdalena salí sin cariño alguno en el alma y sin apetito en los sentidos. De este modo fui aún a verla tres o cuatro veces, y si no recuerdo mal, no noté hasta la quinta vez la ternura con que ella me miraba con aquellos ojos de gato, y lo que celebraba mis ojos, haciendo que me acercase a ella con la luz de una bujía para ver si eran negros o verdes y compararlos con los suyos, que yo también hube de mirar con atención y más espacio del que conviene. Todo esto delante de personas que allí estaban y que debían divertirse poco con estos estudios sobre el color de los ojos. Aquella misma noche me dijo Baudin que había hecho la conquista de Magdalena; y como Baudin es un francés hugonote, serio y formal, y no un bromista y amigo de pullas, como los franceses son por lo común, yo entendía que algo había de cierto en lo que decía. Y entonces, muy hueco de mi conquista y agradecido a Magdalena, empecé a cobrarla cariño, aunque tibio, y a pensar en aprovecharme pronto de la buena ventura que el Cielo o el infierno me deparaba, y con la cual tendría muy cumplido y airoso fin mi estancia en esta gran capital, llevando conmigo un dulcísimo recuerdo de ella, a trueque de que al partir me llamasen cruel Vireno y fugitivo Eneas. Suspendido en estos agradables pensamientos, dormí de muy dichoso sueño aquella noche, y a la mañana siguiente me encontré fresco como una rosa al mirarme al espejo, y tuve por sandez y desidia mía el haber andado tan tímido y retraído de galanteos en San Petersburgo, porque yo consideraba entonces que así como Magdalena se había enamorado de mí, quince o veinte princesas pudieran haberse enamorado de mí del mismo modo, por poco pie que yo hubiese dado para ello, que hay grande aliciente en un forastero galán y bien hablado, venido de tierras lejanas, de la patria de Don Juan y Don Quijote, como quien no quiere la cosa, y que, lejos de ser feo y viejo, era yo lindo muchacho, y otras necedades por el estilo. Con lo cual llamé a un criado y le ordené que inmediatamente me comprase el más hermoso ramillete de flores que pudiera hallar. Vino el ramillete y se lo remití a la señora de mis hasta entonces agradables y desvanecidos pensamientos. Aquella noche estaba allí Baudin cuando fui a verla. Mi ramillete sobre la cama. De cuando en cuando ella lo miraba, le olía o se comía una hoja. La camelia más encendida la había arrancado del ramillete y la tenía colocada sobre el pecho. Dos o tres veces me tiró a las narices hojas a medio comer, despidiéndolas de sí con un capirotazo. El día antes había hablado de una novela de Mérimée titulada Carmen, en la cual don José empieza de este modo a enamorarse de la gitana. Ella, Magdalena, había dicho a Baudin que no sabía de quién venía el ramillete, pero harto bien que lo sabía. Yo no caí en esto, y cuando Baudin se dirigió a mí y me preguntó si era yo quien había enviado el ramillete, contesté que sí, pero sin ponerme colorado y con grande aplomo. «¿A propósito de qué?», me dijo ella. «Por capricho», le contesté. Me dio las gracias y no se habló más del asunto. A la noche siguiente volví a verla y me la encontré sola. En un vaso, y sobre la mesa, había otro ramillete más fresco, doble mayor y más rico que el que yo había enviado. No se había arrancado de él camelia alguna para ponerla en el pecho, ni se había mordido una sola hoja. Yo, sin embargo, me encelé al verla, y di celos antes de hablar de amor. Di celos elogiando la hermosura del nuevo ramillete, tan superior al mío. «La idea se ha de estimar en esto -dijo ella-, y la idea es de usted; este otro galán no ha hecho más que imitarle.» Este otro galán era el excelentísimo señor duque de Osuna y del Infantado. Ella me lo confesó, y si no me lo hubiera confesado, lo hubiera yo reconocido, aunque no tenía antecedente alguno de los galanteos del duque con ella. Yo había visto aquel ramillete, por la mañana, entre las manos del mayordomo del duque. En fin: estábamos solos, y ella en la cama, más bonita que nunca. Nos miramos de nuevo a los ojos, nos acercamos, se encendieron nuestros ojos y llegué a darle un beso en la frente. Se incomodó, o fingió incomodarse, y me rechazó. A todo esto, no se había hablado ni una palabra de amores. Entonces, sentado a la cabecera, y casi inclinado sobre la cama, me puse a mirarla en silencio y muy fijamente, y a ella se le adormecieron los ojos y se le humedecieron, y me dijo que la magnetizaba y que se iba a dormir; que si sabría yo desmagnetizarla luego. Con la mayor inocencia y candidez del mundo la contesté que no. «Pues entonces, por Dios, no me mire», me dijo ella. Obedecí humildemente y dejé de mirarla; me eché sobre el sillón, me puse a suspirar como enamorado y a callar como en misa. Magdalena se incorporó entonces y me miró a su vez, con ojos tan cariñosos y provocativos, que me levantó en peso del sillón, y diciéndola: «Te amo», me eché sobre ella, y la besé, y la estrujé, y la mordí, como si tuviese el diablo en mi cuerpo. Y ella no se resistió, sino que me estrechó en sus brazos, y unió y apretó su boca a la mía, y me mordió la lengua y el pescuezo, y me besó mil veces los ojos, y me acarició y enredó el pelo con sus lindas manos, diciendo que tenía reflejos azules y que estaba enamorada de mi pelo; y me quería poner los besos en el alma, según lo íntima y estrechamente que me los ponía dentro de la boca, y nos respiramos el aliento, sorbiendo para muy dentro muy unidos, como si quisiéramos confundirnos y unimismarnos. En fin: fue una locura de amor que duró hasta las dos de la noche, desde las nueve. Pero nunca consintió ella, por más esfuerzos que hice, en hacerme venturoso del todo. Y siempre que lo intenté se resistió como una fiera; por donde, rendido y lánguido y borracho, me dejé al cabo caer sobre ella como muerto, y como muerto me quedé más de una hora, y ella también pâmée, y uniendo boca con boca, como palomitas mansas. Dafnis y Cloe, antes de saber el último fin del amor, no se abrazaron nunca tan prolongada y amorosamente. Varios coloquios, si coloquios pueden llamarse estos ejercicios andróginos, tuve con Magdalena desde aquel día; esto es, desde aquella noche. Estaba yo fuera de mí y se diría que me habían dado un filtro. Adiós libros, estudios, filosofía; ya no había para mí más estudios que Magdalena. Ella se fingía enferma; no recibía a los amigos y me recibía a mí solo. Siempre las mismas ternuras, los mismos extremos, la misma resistencia y el mismo rendimiento y desmayo para terminar la función. Cuando no me hallaba a su lado, o la escribía cartas, que no sé por qué no se inflamaban y saltaban por el aire, como las bombas de percusión de Quiñones, o me recitaba a mí mismo cuantos versos propios y ajenos guardo en la memoria, poniéndoles comentario más poético aún y sublime que la poesía. Cuando me acercaba a ella y empezaba los ejercicios mencionados, se me armaba una música en el cerebro, tan estruendosa como la que hubo en Moscú durante la coronación, con cañones y todo, y tan armoniosa como las sinfonías de Beethoven. En fin: era un frenesí continuo, que no podía durar. Ella, entre tanto, estaba incomodadísima con asuntos antiguos y nuevas consecuencias de ellos. Su marido, el poeta Uchard, de quien está separada, acaba de componer una comedia autobiográfica, en la que pinta a ella como un monstruo y él se pinta como un santo mártir. Los periódicos todos han hablado de esta comedia encomiándola mucho y tratando malamente a Magdalena. Entre tanto, su amante, no sé su nombre, ni quiero saberlo; su amante, aquel, digo, por quien se separó de Uchard, está arruinado, y ella supone que se ha arruinado por seguirla, abandonando sus negocios. Este maldito amante está en París, y ella sostiene que, a pesar de todos los stolnikos, diplomáticos, atamanes, príncipes y bovardos, se ha conservado intacta y fiel hasta el día en que cayó entre mis brazos. ¡Vea usted qué triunfo! Por desgracia, no ha sido completo, y, a pesar de mis arremetidas, me he quedado a media miel. Una noche fui a su casa y no me quiso recibir, porque el duque, Baudin y otros estaban allí y sospechaban ya nuestros amores. Volví a este palacio de la señora Balerma con un corazón más marchito que el de Durandarte, y lloré de rabia, y me di de calamochadas, y me burlé de mí mismo, y me enfurecí y enternecí, y tuve un dolor de estómago espantoso, y los nervios, y en toda la noche no dormí una hora. El rey Asuero se hacía leer la crónica de su reinado cuando no podía dormir; yo, que no reino en ninguna parte, ni en su corazón, me puse a leer el Teatro de Clara Gazul para distraerme. Aquellas historias diabólicas, aquellos amores espantosos inventados por Mérimée, me calentaron más la cabeza. Me levanté de la cama, y al amanecer, pálido y melancólico, me puse a escribirle una nueva carta. Le decía que era mejor que me dejara, que yo era un galán de alcorza, suave como un guante, y no como aquellos terribles enamorados del Teatro de Clara Gazul que me había prestado ella; que la fe, que había hecho tan grande a los españoles de otros siglos, nos faltaba ahora, a mí sobre todo, y que nunca el diablo, aunque fuese por intercesión de ella, sacaría de mí fruto alguno, por más que se esmerase; que, sin embargo, aunque me faltaba capacidad para las cosas grandes, aborrecía de muerte las cosas vulgares; que nuestro amor era vulgar e indigno de nosotros y que debíamos ahogarle, con otras tonterías y disparates del mismo género. Viniendo a terminar la carta con arrepentirme de todo lo dicho y con repetirle que la adoraba y que no dejase de amarme, y que si había dicho blasfemias y desatinos, era porque tenía la fiebre, como creo que era verdad; pero que a la noche volvería a verla, más apasionado y sumiso que nunca, contentándome con lo que me diera, sin pedirle más lo que con tanto recato se guarda para aquel señor que está en París. A todo esto trajo el criado por contestación que no fuese aquella noche a su casa, sino que fuese a la una del día siguiente. Ni una palabra sobre mi enfermedad, ni un «me alegraré que usted se alivie». La pena que me causó esta contestación no sabré ponderarla. Estuve por dejarme caer de espaldas con la silla en que estaba sentado, dar en el suelo con el occipucio, vulgo colodrillo, y morir como el pontífice Helí, cuando le anunciaron la muerte de sus hijos queridos. ¿Qué hijos más queridos de mi corazón que estos amores apenas nacidos y ya muertos y asesinados bárbaramente? Pero me contuve y quedé quieto, sin echarme hacia atrás, guardándome para mayores cosas y riendo en mi interior de la idea estrambótica que se me había ocurrido de imitar al pontífice Helí. Antes bien, me propuse hacer del indiferente y del desdeñoso, y plantarla y desecharla de mí, diciéndole que todo había sido broma, a lo cual mis cartas anteriores daban indudablemente ciertos visos de certeza, porque más estaban escritas para reír que para enternecer, si no es que al través de las burlas acertaba ella a descubrir las lágrimas y la sangre con que estaban escritas. Porque es de notar que los hombres descreídos que tenemos el corazón amoroso, solemos amar entrañablemente cuando amamos, poniendo en la mujer un afecto desmedido que para Dios debiera consagrarse, y viendo en ella, aunque sea una mala pécora,
Temblando me puse a escribir mi carta, pero de despedida; con tanta, con tanta cólera como el moro Tarfe, por manera que emborronaba o rasgaba el delgado papel y la carta no salía nunca de mi gusto, y al cabo, después de escribir siete u ocho, determiné no enviar ninguna, tomando la honrada y animosa determinación de despedirme de ella de palabra, conservando en su presencia una dureza pedernalina y una frialdad de veinticinco grados bajo cero. Dormí mejor aquella noche, acaso con la esperanza, que yo no osaba confesarme a mí mismo, de que en cuanto le dijese «Se acabó», se echaría al cuello y me pediría que no la abandonase, y que entonces se olvidaría de las obligaciones que debe al de París y se me entregaría a todo mi talante. Y ahora sí que encaja bien lo del antiguo romance:
Ello es que, a pesar de mi terrible determinación de dejarla para siempre, me puse, para ir a verla, hecho un Medoro. Tomé un baño, no sé si para que se me calmasen los nervios y estar más sereno en aquella grande ocasión, o si para estar más limpio y oloroso; me afeité más a contrapelo que nunca, dando a mis mejillas la suavidad de una teta de virgen; me limpié los dientes y perfumé la boca, haciendo desaparecer todo olor de cigarro, con polvos de la Sociedad Higiénica y elixir odontálgico del doctor Pelletier; me eché en el pañuelo esencia triple de violetas de míster Bagley en Londres, y, en fin, me atildé como Gerineldo cuando fue por la noche en busca de la infantina, que deseaba tenerle dos horas a su servicio. Llegué, llamé, estaba sola, me anunciaron y entré resplandeciente de hermosura, pulcritud y elegancia. Pero no estaba ella menos pulcra, elegante y hermosa. Tota pulchra est amica mea, et macula non est in te, le hubiera yo dicho si ella supiese latín. No se lo dije porque no lo sabe y porque venía yo dispuesto a desecharla de mí y no a requebrarla. Me senté, pues, a su lado con gran seriedad, pero sin dejar de admirarme y alegrarme de verla levantada y puesta de veinticinco alfileres. Seda, encajes, brazaletes, cabello luciente y peinado con arte; qué sé yo cuánto primor y ornato en su persona, que me la tornaba más bonita y me ponían en el corazón deseo y hasta esperanza de ajar aquellas galas, de enredar aquel pelo, de aplastar aquel miriñaque y de hacer caer aquella cabeza tan viva y tan alta entonces, pálida, con la boca entreabierta y con los ojos traspuestos y amortecidos, entre mis brazos. A pesar de estos pensamientos retozones, predominó en mí la vanidad, y aunque no dije, desde luego, «Se acabaron los amores», tampoco dije «Te amo todavía». Verdad es que ella no me dio tiempo; ella me despidió antes que yo la despidiera, como si yo me hubiera atrevido nunca a despedirla. Ella me dijo: «Olvidémoslo todo» (espantosa amnistía), y me tendió la mano de amigo, como en estos casos se usa, y me dijo con cierta ternura compasiva e irritante: Ne m'en voulez pas. Entonces tuve yo un momento de inspiración. Tomé su mano, la estreché con amistad y le dije que distaba tanto del lui en vouloir por lo que acababa de decirme, que venía dispuesto a decirle lo propio y que ella se me había adelantado: que nuestros amores no habían sido ni podían ser más que un sueño, la ilusión de un instante, y que yo me alegraba de que acabasen, porque, dentro de tres semanas a más tardar, debía salir para España, y la separación hubiera sido dolorosísima si nos hubiéramos querido de otra suerte. En todo esto, entró un actor francés, compañero suyo, y hablamos del calor y el frío y de que ella estaba ya decidida a contratarse en este teatro Imperial por otros cuatro años, y pensaba permanecer en Petersburgo, sin ir a París, donde sólo le aguardaban disgustos y murmuraciones y escándalo con la tal maldita comedia de La Fiammina, que tanto ruido ha hecho, y de la que ella es la mal disimulada heroína. A poco rato me levanté, saludé con mucha desenvoltura y cortesanía y me planté en la calle a tomar el fresco. Pensé ir a la Biblioteca a ver los manuscritos españoles; pero no estaba yo para darme a manuscritos, sino a perros. Todo se me volvía pasear y pasear, sin poder pararme en ningún sitio La cabeza se me iba. Vi pasar las tropas: Caballería, Artillería, Infantería, que volvían de una gran parada, a la que el duque y Quiñones habían asistido, y no vi nada verdaderamente. Todo esto era sobre la Perspectiva Nevski; pero nunca, por más que caminaba yo, me alejaba mucho de la plaza Miguel, donde vive Magdalena Brohan. A cada paso se me antojaba volver allí, echarme a sus pies de rodillas y pedirle, por amor de Dios, que me quisiera. A vueltas andaba yo con este indigno y bajo pensamiento, cuando me tocaron, por detrás, en el hombro. Así tocó Minerva a Aquiles, asiéndole por la cabellera, en ocasión en que ya sacaba el poderoso estoque para dar cruda muerte al anax andron16 Agamenón. Volví a cara, y no reconocí a la diosa al resplandor de los ojos zarcos, sino al pobre marqués de Oldoini, famoso por padre de Castiglione. Ille pater est, quem justae demostrant nuptiae. Este buen señor está aquí de secretario de la Legación de Cerdeña; aunque ya es abuelo, pretende aún a las damas; ha sido patito de la Bossio, y lo es ahora, como yo, de la Brohan. Es cuanto me quedaba que ser: compañero de desgracias de Oldoini. Me resigne, sin embargo, a ser su compañero de desgracias, y aun de paseo, y le seguí a donde quiso llevarme. Al cabo de mucho andar, vinimos a encontrarnos en la Embajada de Francia; entramos y fumamos un cigarro con Baudin y los otros secretarios. Yo charlé alegremente, como si nada me hubiera pasado. Conocí que me creían dichoso, porque en San Petersburgo, aunque tan gran ciudad, nada se ignora en cierto círculo. Ya se habrán desengañado, probablemente. Esto fue anteayer. Cuando volví a casa me entró calentura y la aguanté, y me senté a la mesa, aunque comí poco. Luego fui a una tertulia y estuve en ella más animado y decidor que de costumbre. Pero cuando entré de nuevo en mi cuarto a las dos de la noche y me vi solo conmigo mismo, se me figuró que estaba en el infierno. Imaginé que había estado cinco o seis días en el Cielo, que había probado todas sus glorias y que en lo mejor de ellas había venido San Pedro y de un puntapié me había plantado en la calle. Me entraron ganas de matarme; pero no me maté, como ya usted supondrá al leer esta larguísima carta. Acaso fue flaqueza de corazón o la razón fría, algo risueña y burlona, que no me abandona nunca, ni en los momentos de más pasión, y que mezcla siempre lo cómico a lo trágico. Figúrese usted que me reía de mí mismo al verme tan desesperado, y no por eso dejaba de desesperarme, ni, al desesperarme, de reírme. He comprado aquí un puñal de allá, de Georgia o de Persia, ancho, grande, damasquinado y truculento. Con él se puede cortar a cercén la cabeza de un buey. Tiene este puñal una canal profunda en el centro de la hoja, sin duda para que la sangre corra por allí, y la adornan engastes de oro, donde lucida, si no propiamente, se aparecen el monte Ararat, el Arca de Noé reposando sobre su cima y una paloma con la rama de oliva en el pico. Esto y más observé yo anteanoche en mi puñal georgiano o persa, porque no cesaba de sacarlo de la vaina y pensar en la muerte teatral y aparatosa que pudiera darme con él:
la gentileza del morir comprende. Por último, en vez de pensar que era una gentileza, vine a tener por cierto que era una tontería el matarse por tan poca cosa, y que, a quererme matar, no habían de faltarme mejores ocasiones en el futuro, y que ya las había tenido y las había desperdiciado. Porque, al fin, si uno tuviera que matarse cada vez que el suicidio viene a propósito, se ajusta a la acción y termina bien el drama, plaudite cives, sería menester tener seis o siete vidas al año para irlas sacrificando cuando conviene, sin quedarse a lo mejor sin vida y sin poder trucidarse cuando el caso más lo requiera. Cuando voy a un baile y me aburro, me quedo en el baile hasta lo último, a ver si por dicha a lo último me divierto. Y en este pícaro mundo, que es también un baile, me va a acontecer lo propio, y con la esperanza de divertirme algún día, voy a vivir más que Matusalén, pero aburrido siempre, esto es, desesperado, porque yo no puedo aburrirme mientras haya que observar este hermoso y variado espectáculo del mundo. Cuando yo me muera, aunque esté hecho una momia, creo que voy a cantar, como la Traviata: Gran Dio, morir si giovane!, sintiendo siempre no poder gozar ni de la esperanza de gozar algo después de muerto, por donde conviene, para arrostrar decididamente la muerte, creer en la inmortalidad. Leyendo el Fedón, convencido de lo que dice Sócrates, teniendo motivo y no queriendo vitam preferre pudori, puede cualquier pagano beber, sin reparo alguno, la cicuta. Pero yo, por no ser nada de veras, ni pagano soy. Momentos tengo en que soy católico ferviente y siento arranques de meterme fraile y de irme a predicar el Evangelio a la Oceanía o al centro de África. En resolución: yo pasé anteanoche una noche espantosa, y con pocas como ésta, sobre todo si vinieran precedidas de ejercicios andróginos, que fatigan más que los deleites naturales, por vivos que éstos sean, sospecho que daría al traste con mi consunta personita. Ayer no podía tenerme en pie, e imaginaba que estaba aniquilado de espíritu y de cuerpo. Pasé por la última humillación. Escribí a Magdalena Brohan una carta ternísima pidiéndole aún que me amase y prometiéndole quedarme aquí los cuatro años que ella se quedase. ¿Con qué impaciencia no esperé su contestación? Si hubiera sido favorable, enseguida le hubiera escrito a usted suplicándole encarecidamente que me dejase aquí de secretario de la Legación y diese a quien gustase mi puesto en esa Primera Secretaria. Pero la respuesta a tanta ternura, a lo mejor de mi alma, que iba envuelto en aquel papel como un ochavo de especie, fueron sólo estas crueles palabras: C'est impossible. Il faut partir. Adieu. Me puse peor de salud. Llamé al médico; me tomó el pulso y me miró la lengua; me dijo que lo que yo tenía era un grande empacho bilioso, y me recetó una purga bastante activa. Hágase usted cargo de qué manera tan prosaica me estoy curando el amor. Estoy a dieta; la pócima hace su efecto, y se me figura que voy sanando. ¡Dios lo quiera! De tanto cariño, de tantos momentos de abandono, sólo me queda el recuerdo. Le rogué, pero ella no quiso, que me mordiese en el cuello hasta dejarme una cicatriz, como la del rey Haroldo, por donde Alix, la de la garganta de cisne, le descubrió entre los muertos de Hastings, a pesar de lo desfigurado que estaba. Ella no quiso aceptar un anillo que yo le presenté como recuerdo mío. Lo compré en el Almacén Inglés, y me costó setenta y ocho rublos de plata. Vale poco, porque en el dicho almacén son unos ladrones; pero, como recuerdo, siempre valía... Ella, sin embargo, no lo tomó; me cortó con los dientes un mechón de mis cabellos y se lo guardó como relicario. Ya lo habrá tirado, quién sabe dónde. Estamos en Semana Santa, según el estilo griego. Hoy es lunes, día pintiparado para estarse metido en casa, purgándose, haciendo penitencia y hasta confesión general, porque esta carta no es otra cosa. Aquí confieso mil culpas y necedades y me arrepiento de ellas, y hallo algún consuelo en confesárselas a usted y arrepentirme. Nunca, sin embargo, me persuadiré de que Magdalena Brohan es une coquine, sino que entenderé que es buena amante y sublime, aunque yo no sé por qué extravagancias o aprensiones inexplicables de mujer ha hecho de mí una víctima, cuando debiera haberme dejado tranquilo, como yo lo estaba. Adiós. Esta carta no debe formar parte de la colección de mis cartas de Rusia. Esta carta está fechada en el país du tendre. Soy su amigo afectísimo, Juan Valera. Mi muy querido amigo: ¿Qué habrá usted pensado y dicho de mí al leer la carta que le escribí hace dos días? Por lo menos, que yo, estaba loco. Loco estaba yo, en efecto; pero ya me he sosegado y vuelto a mi acuerdo. Menester es que una mujer tenga malas entrañas, y Magdalena Brohan no las tiene malas, o que sea harta singular y excéntrica, como ahora se dice, para sacar de sus casillas a un hombre pacífico y filósofo y hacerle tomar un baño ruso de amor. Yo he pasado, con rapidez increíble, de lo más ardiente a lo más frío, de um quebranto d'amor melhor que a vida a las contorsiones y convulsiones de la rabia. Dios se lo pague, pues aunque mal trago, siempre es bueno probar de todo en este mundo. Durante mi enfermedad, mientras yo estaba
se ha verificado la débâcle del Neva. Desde los balcones de esta casa he visto los hielos que se ponían en movimiento, como tocados por una varita de virtud; que se separaban, y rompían y bajaban, con majestad, a perderse en el Báltico. Consigo han arrastrado no pocas barcas y otros objetos que descuidadamente dejaron los dueños a su paso, sin tomar precaución alguna. Pero la fiesta ha sido magnifica, y algo debe de costar. El raudal caudaloso que estos hielos encubrían ha quedado ahora descubierto. Ya lo cruzan mil ligeros botes, y los buques de vela y de vapor, que yacían inmóviles y aprisionados, se mecen ahora sobre las ondas cristalinas. La misma corriente y un ligero viento primaveral rizan y encrespan suavemente la superficie de las aguas. Los innumerables palacios que coronan ambos lados del río se retratan en ellas y parecen más soberbios y pagados de su hermosura al volverse a mirar al espejo después de tanto tiempo. El tiempo es inmejorable. Un sol meridional derrama su luz sobre los edificios todos, y parece que los besa enamorado y que engendra otros tantos soles en las agujas, cúpulas y campanarios dorados de las iglesias y monasterios griegos. El día se dilata ya hasta las ocho de la tarde. Al despedirse el sol para ir a iluminar otras regiones, se queda en el horizonte por muchas horas y tiende sus rayos oblicuos sobre el río y se baña en él y lo llena de luz, de colores, de tornasol y de reflejos. Los peces deben de alegrarse, en el fondo del agua, de esta visita que el sol les hace después de tan larga separación. Todo vuelve a la vida, jam redit et virgo; la primavera va a venir. Aún no cantan las aves ni se ven en los árboles los primeros pimpollos verdes; pero cantarán y se verán pronto. Cristo no ha resucitado aún; los rusos siguen haciendo penitencia; ahora están en lo más fuerte de ella, y pronto se hará el milagro. Por desgracia, no hay milagro, por benéfico que sea, que no tenga sus contras. El Señor le saca los malos al energúmeno, y éstos se meten en el cuerpo de los cochinos y los cochinos se ahogan. Vendrá la resurrección, y el pueblo ruso, que tiene el estómago vacío, se atracará de jamón y de huevos duros y de ensaladas, y se emborrachará de gusto. Mi médico pronostica que con estas atraquinas se desarrollará el cólera, que nunca abandona estas regiones. Dios quiera que no se cumpla su pronóstico. Entre tanto, apenas anteayer se vio el Neva libre de hielos, cuando salió de la fortaleza el señor gobernador y atravesó el río con gran prosopopeya y en una lancha aparatosa y brillante. Su excelencia llevaba en la mano un vaso lleno de agua del río, y con este vaso en la mano entró en Palacio y se lo presentó al emperador. La costumbre antigua era que el zar devolviese el vaso lleno de monedas de oro; pero como el vaso crecía cada año en magnitud y amenazaba transformarse en una tinaja, la costumbre ha tenido que modificarse, y el emperador, en vez de las monedas, ahora da una rica joya. Tengoborski ha muerto. Dos días ha que lo enterraron con gran pompa en la iglesia católica. Era católico y polaco y el más distinguido economista ruso. Su obra de las Fuerzas productivas de Rusia lo acredita. Personaje de tanta cuenta por su saber y por su posición, pues era del Consejo del Imperio, debía ser muy solemnemente honrado en sus funerales, y así es que asistieron a ellos los ministros de la Corona, el Cuerpo diplomático, los grandes señores, los stolnikos, que así llamamos de aquí en adelante a la servidumbre de Palacio, porque esta palabra es graciosa y significativa, y, en fin, hasta el mismísimo zar ortodoxo Alejandro II. Tengoborski se había empleado, en estos últimos días, en la reforma de aranceles. Todo el trabajo está hecho, y no hay más que publicarlo. Mucho sienten los partidarios del sistema restrictivo, que no son pocos en Rusia, que Tengoborski no haya muerto tres meses antes. Se quejan principalmente de que los fabricantes de telas de algodón van a arruinarse, y a quedar sin trabajo los obreros, y a morir la industria. Dicen, además, que Inglaterra no ofrece ventaja alguna en cambio, y que los aguardientes, de que puede hacerse aquí gran exportación, pagan en aquel país tan exorbitantes derechos de Aduanas y de consumo, que no es posible llevarlos. Los más liberales, y a éstos creo, sostienen que la exportación de aguardientes no es más considerable por las trabas que pone el Gobierno. Figúrese usted que aquí han hecho un monopolio de la destilación y que para poner un alambique y quemar para fuera del Imperio es menester licencia. La industria algodonera de por aquí debe de parecerse algo a la de España. Así es que a los liberales, a los mercaderes y a los diplomáticos extranjeros no se les cuece el pan, como suele decirse, aunque sea expresión chabacana, hasta que se publiquen los aranceles, y acusan, a la sordina, al Gobierno de ruinmente interesado, porque retarda la publicación hasta que entren y paguen los derechos las muchas mercaderías que hay ahora en depósito en estas Aduanas. Volviendo a Tengoborski, se anuncia que ha dejado escrito el quinto tomo de su obra, que debe de tratar, sin duda, de la Hacienda pública y de las vías de comunicación, puntos importantísimos que deja de tratar en los primeros tomos. Gran curiosidad inspira este tomo quinto, sobre todo por lo que puede decir de la Hacienda imperial. Aquí se hace aún de muchas cosas un secreto de Estado, y en punto a intereses es donde conviene y cabe más misterio. El señor Obrescov, que es un bendito, pero gran estadista (la estadística es una de aquellas ciencias que Dios ha permitido que inventen los hombres para que ni a los tontos les falten ciencias que estudiar y puedan ser útiles estudiando las ciencias); el señor Obrescov, digo, acaba de publicar un opúsculo donde muy menudamente enumera cuánto pan, cuántos carneros, cuánta pólvora, cuántas balas, etc., etc., han consumido en Crimea los aliados; pero ni una palabra dice de lo que han consumido los rusos. Todo se lo sabe él al dedillo, según me ha afirmado; pero no dirá nada para que el Gobierno no se enfurruñe. Según el señor Obrescov, hubo en Crimea un ejército enemigo de 195.000 hombres; de ellos murieron o fueron heridos 100.000, y gastaron en la guerra 2.332 millones de francos. Hubo en el sitio, sólo de parte de los sitiadores, 2.300 cañones de todos calibres, y 110 millones de cartuchos de fusil y dos millones y medio de cargas de cañón. No sé si se consumió toda esta pirotécnica; pero lo dudo. Y para completar la función, tuvieron también los aliados unos nuevos cohetes que incendian cuanto tocan y que caminan de ocho a diez kilómetros, casi tanto como las flechas del príncipe indio, amor del hada Parabanú. El librito del señor Obrescov está en ruso; pero él mismo me ha traducido lo más sustancial y admirable, acsiologótaton. De su libro sobre el oro y la plata hablaré en otra ocasión. Aquí ha habido últimamente un acontecimiento espantable. La nobleza se ha reunido para elegir los jueces y magistrados que elige. Estas elecciones tienen lugar cada tres años, y así como el pueblo elige sus starostas o ancianos que le gobiernan, así la nobleza elige ciertos funcionarios. Tiene, además, el derecho de tratar, en estas asambleas, de todos sus negocios, y como quiera que los negocios de la nobleza pueden ser y son los del Imperio, la nobleza puede tratar de los negocios del Imperio todo. El Gobierno puede hacer o no hacer caso de lo que diga la nobleza; pero siempre es un precioso derecho el de poder discutir y poner en tela de juicio los actos del Gobierno. Tiempo hacía que la nobleza no usaba de este derecho; pero este año ha usado de él, y ha hablado de la inmoralidad de los empleados, de los desórdenes de la Administración y de otros asuntos de no menor importancia. Acaso aspire a una libertad y predominio políticos, fundados en esta libertad municipal de que ahora goza; y acaso se cree con el tiempo en este país una forma de gobierno liberal, muy diferente de los gobiernos representativos que por ahí se usan. La gran cuestión que preocupa más a estas gentes es la emancipación de los siervos. Los nobles aseguran que les convendría más que fuesen libres, y que la servidumbre es para ellos una carga más que una ventaja; pero que el emancipar a estos hombres causaría una perturbación inmensa. La servidumbre no viene en Rusia de muy antiguo, como vulgarmente se cree. Se extendió en la época del zar Boris Godunov. Las invasiones de los suecos y polacos, las guerras del falso Demetrio, que por aquel tiempo acontecieron, y, la peste y el hambre y la inseguridad de la vida, que trajeron consigo, abatieron de tal suerte los ánimos, que pueblos enteros se vendieron, por decirlo así, a los señores en cuya tierra vivían, y contrataron solemnemente con ellos no abandonar nunca la tierra, si él les mantenía y sacaba de la miseria en que se hallaban. Antes sólo eran siervos los prisioneros de guerra y los tártaros sometidos; desde entonces lo fueron también los eslavos; pero fueron siervos de la tierra y no de la persona. Toda otra servidumbre que más tarde se haya introducido es por abuso, no por ley. Boris Godunov legalizó, a principios del siglo XVII, la servidumbre de la tierra, porque, habiéndose, por una parte, obligado muchos a no abandonarla, y siendo, por otra, peligrosísimas en aquellos días de trastornos las emigraciones y cambios que antes había, porque los rusos son y han sido siempre algo dados a la vida errante, prohibió que nadie abandonase su tierra. De este modo se explica la actual servidumbre. Sólo los nobles tienen el derecho de poseer siervos. Este privilegio y el de no poder ser fustigados o recibir el knut son los más importantes que tienen. Ninguna pena corporal aflictiva puede aplicarse a un noble, salvo la de muerte, y ésta no tiene en el día aplicación alguna en el fuero común sino en dos casos, a saber: si se atenta a la vida del soberano o se trata de cambiar la forma de gobierno. A ir a Siberia de este modo o del otro, y en los modos hay mucho que decir, o a recibir el knut, si es uno villano, están reducidos los castigos todos. Tengo el Código penal que promulgó Nicolás I en 1846, y que está traducido en lengua alemana. El Código civil no está traducido. Las provincias del Báltico se rigen por leyes especiales. Creo que este Código civil no es más que un extracto, hecho según cierto sistema, bajo la dirección del célebre jurisconsulto Speranki y sancionado por el mismo grande emperador, en el año de 1832, si no me equivoco. Códigos anteriores, o cosa parecida a un código, sólo ha habido dos: uno en el siglo X, titulado La verdad rusa; otro, publicado por el segundo de los Romanov, que se titula Constitución del zar Alexis. Lo que sí hay es un inmenso cúmulo de leyes, de las cuales Speranki sacó un extracto, y que el mismo Speranki reunió y publicó en cuarenta o cincuenta volúmenes, donde se contienen los más importantes documentos para escribir la historia de la civilización, de las costumbres y de la vida de esta nación poderosa. Ya se hará usted cargo de que el haberse abolido aquí la pena de muerte para casi todos los delitos es cosa muy moderna. Antes quedaba al arbitrio del juez el imponerla, y la imponía a menudo, fundado en la consideración de que toda infracción de la ley era oponerse a la voluntad del zar, y oponerse a la voluntad del zar, oponerse a la voluntad divina. Estas noticias las digo tan someramente, que acaso no se entere usted de nada; pero bueno es apuntar ahora, que si más adelante hay tiempo, paciencia y fuentes donde beber, ya podremos dilatarnos. Mis desabrimientos y el tiempo santo en que estamos me conducirán, probablemente, a los brazos de Muraviev, que me llevará a ver alguna función de iglesia. Así, Marramaquiz, abandonado por Zanaquilda, buscó consuelo a sus penas en los coloquios que tuvo con Garfinando,
Confieso, sin embargo, que Sobolevski es un hombre, aunque profano, mucho más divertido y discreto que Muraviev, y que su conversación vale diez veces más. Botkin ha tiempo que está en Moscú, o no sé dónde, y no he podido entregarle las obras del duque de Rivas. Entre tanto, Sobolevski las lee y se admira de sus bellezas, aunque las halla, y francamente tiene razón, algo palabreras: defecto común de toda o de casi toda nuestra literatura y quizá de la lengua. Adiós, y créame suyo afectísimo, Juan Valera. Mi querido amigo: Gracias a Dios que ya estamos en Sábado Santo y Cristo resucita dentro de poco. ¡Terrible semana hemos pasado! No hay medio de hablar ni de ver a nadie en estos días. Los rusos harán penitencia o no la harán; pero ello es que no consienten en ver a nadie. Y lo más triste de todo es que la clase elevada no hace estas cosas corde bono et fide non ficta, sino por ser muy ceremoniosa y estar bien regimentada. No sé si hay un general del culto; pero debía haberlo, así como hay un general de los teatros. Una persona comm'il faut se persignará aquí siempre al levantarse de la mesa, tan maquinalmente como un soldado que se cuadra al ver un oficial que pasa, y del mismo modo, aunque en su vida haya pensado en Dios, se encerrará durante la Semana Santa, y aun una o dos semanas más durante la Cuaresma, y meditará o hará como que medita en los divinos misterios. Por último, si es rico, no sólo tendrá cocinero, mayordomo y lacayos, sino también capilla, y en ella dos o tres popes y unos cuantos cantores. Esto hace que los actos religiosos no sólo no sean aquí verdaderamente católicos, esto es, universales e interesantes a la Humanidad entera, que eleva al Cielo su plegaria y con la plegaria los corazones en la misma comunión, sino que no son siquiera nacionales y patrióticos. El pueblo, acaso con fe sincera, aunque grosera, acude estos días a los templos, a vísperas y maitines. La nobleza, separada del pueblo, celebra en sus casas las ceremonias religiosas que representan o recuerdan el temeroso misterio de la Redención. En las capillas y en las iglesias se cantan versículos de los evangelios, de las epístolas de los apóstoles y de otros pasajes de las sagradas letras que directa o simbólicamente aluden a la pasión de Cristo. Los hermosos cantos que la ensalzan se deben principalmente a dos eminentes poetas y santos de la Grecia cristiana: Cosme de Maimma y Andrés de Creta. Las fiestas de Semana Santa no son aquí populares ni solemnes. El Jueves y el Viernes Santo, a no ser porque no le reciben a uno de visita, no se distinguen de los demás días del año. Las tiendas están abiertas, cada cual se ocupa de sus negocios y los carruajes circulan libremente por la ciudad. La religión ortodoxa acaso entusiasme aún al pueblo; mas para la gente ilustrada no es más que una religión oficial. El arte no ha hermoseado el culto ortodoxo, y las imágenes son feísimas. El canto sólo es hermoso, y las damas y caballeros rusos se entusiasman con él como con una gloria nacional. Religión, lo que verdaderamente se llama religión, no creo que haya mucha; mas, en cambio, hay mucho patriotismo. El ruso no es filántropo ni teófilo, sino filorruso. El que quiera amar a Dios y a los hombres, ora encubierta, ora descubiertamente, se hace católico, o se hace filósofo incrédulo, o se hace protestante, y fácil es descubrir en ellos estas inclinaciones, a pesar del viejo oficial de la ortodoxia. Sin embargo, en cuanto se toca la cuerda del patriotismo o del odio a los polacos, el ruso más incrédulo o más católico se vuelve más ortodoxo, como ellos se llaman, que Focio mismo. La dominación de los polacos en Rusia ha engendrado un odio inmenso inextinguible contra los polacos. Ahora la están pagando los pobres. Para un buen ruso o para una buena rusa no hay caballero polaco que no sea falso, traidor, tramposo, etc., ni dama polaca que no sea deshonesta y liviana. Las crueldades y tiranías de los polacos de hace dos siglos las cuentan aquí como si fuesen recientes y cometidas este mismo año. No hay maldad que no les atribuyan. Los jesuitas, que durante la dominación polaca trataron de civilizar y hacer católicos a los rusos, son aún más aborrecidos. Este odio retrospectivo es lo que detiene más en Rusia los progresos del catolicismo. Porque si a la verdad sería utilísimo, políticamente considerado este negocio, que la Iglesia y el Estado, suponiendo a la Iglesia viva, enérgica y grande, estuviesen íntimamente unidos, como aquí lo están, todavía, creyendo, según creo y es lo cierto, que esta Iglesia está muerta, me parece gran pena para el Estado llevarla colgada y hacer un solo cuerpo con ella, como los gemelos de Siam, muriendo el uno y quedando vivo el otro. Digo que está muerta, porque nada hace más que hacer que canten los sochantres y, sobre todo, porque nada piensa. Los unidos de Lituania y de otros puntos, dominados en lo antiguo por la Polonia, y que en 1839 volvieron a ser rusos de religión, fueron movidos por temor o por esperanzas carnales; y ¿quién duda que la coacción del emperador Nicolás, más que la persuasión de sus apóstoles, tuvo parte en este milagro? ¿Qué civilización o qué cultura económica tienen los rusos? Ninguna, porque su religión no se presta a que la tengan. La civilización y la cultura vienen aquí, desde los tiempos de Pedro el Grande, de las regiones del Occidente, y vienen empapadas, páseme usted la palabra, en una religión diferente o como elemento extraño a la religión. De aquí el desprecio mal encubierto por el clero que hasta el vulgo siente, a pesar de su fanatismo. Y no sólo desprecio, sino hasta repulsión. No hay nada de peor agüero para un mujik que encontrarse en la calle con un clérigo. ¿Y qué hacen éstos para rehabilitarse? Nada, no hacen nada, por más que se diga. Los rusos siempre nos salen con que no conocemos sus cosas ni la lengua que hablan; si tuviesen grandes escritos y grandes acciones, ¿quedarían encubiertos? Presumen de más desdeñosos de lo que son, y dicen que nada les importa que no los conozcamos; pero lo que quieren es que no conozcamos sino lo que vale algo, no lo que no vale nada. Pagan el Nord, en Bruselas; han pagado a Haxthausen para que escriba; han dado a Karansin 50.000 francos anuales de renta por haber escrito la historia de Rusia, 50.000 francos de que aún gozan sus hijos, y todavía se obstinan en darse tono de que quieren guardar el incógnito. Ello es que no tienen ningún escritor de nota, ningún Santo Padre de su Iglesia, cuando no lo conocemos. No hay más que Muraviev, que es seglar, y, aunque amigo mío, magis amica veritas, fuerza es confesar que vale poquísimo. Yo leo a Muraviev para enterarme de asuntos que sin leerlos no sabría. Pero aquí ¿quién lee? Él dice que la clase media (el pueblo no sabe leer); yo creo que no le lee nadie. La nobleza, sin embargo, y hasta las damas, que, como he dicho a usted, ya son aquí muy licurgas, suelen pensar en las cosas santas y leer libros de religión. Y los libros que leen son católicos, y si algún sentimiento religioso tienen en el alma es un sentimiento católico. Chateaubriand, Lacordaire, Augusto Nicolás, el cardenal Wisman, el padre Ventura, Genonde, Bautin, Ozanan y tantos otros novísimos, elocuentes y sabios y entusiastas defensores de la verdad de nuestra fe son aquí leídos y admirados, y, como contraposición, en favor de la religión ortodoxa no hay más que Muraviev y los cantos de los sochantres. Hay también en contra de esos autores la filosofía volteriana, la vita bona y alegre y las novelas de Paul de Kock. Pero la severidad de costumbres de este emperador, y de su esposa sobre todo, se oponen a estas ligerezas y devaneos. En el día, la Corte de Rusia, en apariencia al menos, es bastante severa. Se cuentan poquísimos escándalos, y la mayor parte de ellos causados u originados en el extranjero, como si al salir por ahí estas señoras se dejasen en casa las obligaciones como incómodo e inútil bagaje. Usted habrá leído o habrá oído hablar de La dame aux perles, de Alejandro Dumas, hijo. Esta dama de las perlas es la mujer del heredero de Nesselrode. Repito, sin embargo, que lo que es aquí, en el día de hoy, se vive muy morigeradamente o por lo menos con gran recato. Del emperador, que da el ejemplo, sólo se susurra vagamente que adora y que, naturalmente, es adorado por una princesita más docta que la misma reina Libusa. Pero esto está bien disimulado, y pensando piadosamente, se puede dudar que sea cierto. En los buenos tiempos del emperador Nicolás era muy diferente. La sangre de Catalina II hervía en las venas y turbaba la serena majestad del autócrata.
Así es que la gente se divertía más que ahora y hasta se cuenta, aunque yo no doy crédito a las malas lenguas, que aquí abundan, que una princesa imperial iba a cenar al restaurante, en partie carrée, con la Woronzov y dos amigos. ¡Cómo, en el día, han mejorado las costumbres! Apenas manent sceleris vestigia. Los antiguos y muchachos servidores del zar difunto son los que dan peor ejemplo, empezando por el conde de Adlerberg, que tiene su coima mantenida, aunque más está ya este buen señor para mandado recoger que para otra cosa. Entre estos personajes que rodean el trono, más bien nota uno cortesanía y extrema elegancia, como para disimular que son bárbaros, que capacidad y, sobre todo, lo que ahora se llama genio. Adlerberg ya he dicho que no es más que un buen señor: Orlov es cuco y vulgarote, pero entiende su negocio; Gortchakov es el más potable de todos. Gortchakov la da de bel esprit. Ha jugado mucho al secretario y juega todavía, y tiene sus puntas y ribetes de coplero y ha sido gran amigo de Puschkin. Es un causeur admirable; las damas todas lo dicen y se entusiasman de oírle, y ponen por las nubes sus donaires y sutilezas y discreciones. En las notas y despachos que Gortchakov escribe, y le gusta escribirlos para lucir su ingenio, entra por más la presunción de literato que la del hombre político, y se fina y desperece por compaginar frases peinadas o por faire des bons mots, aunque no tengan sentido alguno o tengan otro del que debieran tener; por ejemplo: la que se ha hecho famosa de la Russie se recueille et ne boude pas. Parece que su idea política capital es no hacer política de simpatías; no intervenir en los asuntos de Europa para defender el principio del orden, de la legitimidad, del despotismo o como quiera llamarse, sino para defender y mejorar los intereses de Rusia. Esto tiene de bueno que no habrá en adelante ingratitudes como la de Austria, pero tiene de malo que se pierde la influencia y el prestigio de la idea y que sólo el de la fuerza o el de la conveniencia queda en pie. Verdad es que, distraída la atención un tanto de los negocios exteriores, se podrá reconcentrar en los internos y mejorar la administración, en extremo viciosa, y hacer ferrocarriles y mejorar la industria y las artes, y fomentar el comercio y la riqueza pública, con la cual podrá Rusia, en pocos años, sin hacer conquistas, aumentar tan maravillosamente su poder, que las potencias occidentales tengan que recelar de él más que ahora. Entonces podrá este Gobierno, con más eficacia, volver a ser el propugnador de los principios que más le acomoden. Entre tanto, me aseguran que florecen y se desarrollan notablemente las artes de la paz. La Exposición de pintura y escultura está abierta y ya hablaré a usted de ella otro día. La literatura prospera, si hemos de creerlos. Cinco rublos (ochenta reales de nuestra moneda) es el precio ordinario que recibe un literato por cada página de impresión de una revista, y en Rusia se publican muchas revistas. Libros se escriben también en abundancia, pero poco notables. De las novelas de Turgueniev es de lo que más se habla, y ya la Revue des Deux Mondes ha dado en francés algunas traducciones de ellas. He notado que las personas cultas de por aquí, esto es, los príncipes y boyardos, porque la burguesía no la conozco, no se fían mucho de los autores rusos, y no los leen sino después de haber pasado por el crisol de la crítica francesa, y cuando los franceses han dicho que son buenos et vidit Deus quod17 esse bonum. Mas esto no impide que todo ruso trate de probarle a usted que sus autores son intraducibles y que sus hermosuras y primores son incomunicables y divinos, como la lengua en que escribieron. Por donde Puschkin y Liermontov, que yo he leído en alemán, y algo de Gogol, que he leído en francés, debo tener por cierto, si quiero estar bien con estos señores, que valen mil veces más en la lengua propia, y que en otra lengua sólo queda un glóbulo homeopático de la bondad de ellos; algo de infinitesimal, microscópico e imperceptible, si se atiende a la verdadera grandeza de que están dotados. Hasta ahora el hombre de más talento que he conocido en Rusia, traducido también, puesto que tiene que hablarme francés para entenderse conmigo, es el señor don Sergio Sobolevski, poeta faceto, gran bibliófilo y amigo de Mérimée, Serafín Estébanez Calderón y Gayangos. Sobolevski me dará cartas para Moscú, adonde iré en cuanto llegue Diosdado y entoisonemos al gran duque heredero. De vuelta de Moscú me embarcaré e iré a Stettin; de allí, a Berlín, Dresde, Praga y Viena, y luego, a París y a Madrid por último. Aquí es imposible copiar un manuscrito español, como yo mismo no lo copie, y ya, ni hay tiempo ni paciencia; pero en Viena podré copiar lo que el señor marqués de Pidal desee. Llevaré para Wolv cartas de recomendación de Sobolevski. Por todas estas ciudades podré, además, recoger algo curioso en punto a libros viejos españoles, sobre todo en Francfort, donde está establecido el judío Baer, a quien he conocido aquí, y me parece un águila bibliópola. Si el marqués o usted no tienen La primavera y flor de romances, el Cancionero de Resende, publicado en Stuttgart, u otros libros nuevos por este orden, y desean tenerlos, los llevaré conmigo. Adiós. Suyo afectísimo. J. Valera. Querido amigo mío: En mi última carta dije a usted una infinidad de picardías contra la religión de este pueblo, y hoy me arrepiento y retracto de haberlas dicho. Aquí se escribe y se lee menos, pero se cree mucho más que en Francia y en Italia. Estoy no sólo dispuesto a cantar mil veces la palinodia, sino maravillado y enternecido, además, de cuán religiosos son los rusos, y de las bellas cosas que he visto en estos días. El Sábado de Gloria se lloraba aún en todas las iglesias la muerte del Señor. El simulacro de su Santo Sepulcro estaba expuesto a la adoración de los fieles. Los sacerdotes entonaban en torno cánticos fúnebres. Sólo de cuando en cuando se dejaba oír un himno fatídico, alguna palabra poética llena de esperanza y alegría. Los profetas de Israel anunciaban la resurrección del Crucificado, y no sólo su gloriosa epifanía, sino la resurrección de toda carne. Confiando, sin duda, en estas promesas, empezó el pueblo a regocijarse apenas llegó la noche, y por toda la ciudad aparecieron ardientes luminarias que dejaban ver, con claridad igual a la del día, las fachadas de los templos y palacios: ardientes luminarias que se duplicaban reflejando en las aguas, ya libres de hielo, del grande y del pequeño Neva y de los cien canales. Cerca de medianoche acudió a las iglesias infinito pueblo, y a las capillas del Palacio Imperial y de los magnates personas más encopetadas. Yo fui a la capilla del conde Chemeretiev. Pero ¿qué digo a la capilla? Todo el gran palacio de este poderoso boyardo se había convertido en un magnífico templo. Lámparas de plata, arañas y candelabros de cristal y de bronce lo iluminaban por dondequiera; gran copia de flores lo embalsamaban y engalanaban. Manibus date lilia plenis; y Dios me perdonará si en ocasión tan santa cito a un poeta que, aunque pagano, tuvo mucho de católico en el fondo del alma, y fue maestro de Dante y vaticinador de la venida del Verbo. Como yo siempre llego tarde adondequiera que voy, llegué también tarde a casa del conde Chemeretiev. Antes de subir la escalera, comencé a oír un canto, melodioso, dulce y sumiso, que aparentaba venir hacia mí. Subí la escalera, y, no hallando criado ni persona alguna que me guiase, caminé hacia el punto de donde el canto venía. A poco andar hube de detenerme embebecido, y vi adelantarse por una extensa galería una pausada y solemne procesión, que con notable majestad y recogimiento discurría por todo el palacio, que de seguro pudiera tomarse entonces por un palacio encantado.
Aquella procesión asemejaba a la que el altísimo poeta florentino vio en la cima del purgatorio, cuando Beatriz, sotto candido vel cinta d'olivo, vino por él para llevárselo al Cielo. Iba delante un sacerdote vestido de blanco, con una cruz de oro levantada, como para servir de guía; y en pos de él, otros con estandartes de brocado, bordados de pedrería resplandeciente. Enseguida coros de niños, de jóvenes y de ancianos. Luego familiares de la casa y otras personas de cierto respeto con sendos mantos de damasco encarnado, guarnecido de anchas franjas de oro, y llevando muy devotamente sobre el pecho las reliquias preciosas, las santas imágenes y los libros sagrados, que, cubiertos de perlas, diamantes, esmeraldas y rubíes, se guardan en el oratorio del conde. Seguían después muchos caballeros, muy condecorados y vistosos, y no pocos de uniforme. En fin: las damas, las criadas de la casa, las mujeres todas iban allí también con vestiduras blancas, como las de aquel joven extraño, como las de aquel ángel hermoso que vieron las tres Marías sobre la tumba del muy Amado, y que les dijo: «¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos? Id a anunciar que ha resucitado.» Cada uno de los que asistían a la procesión llevaba en la mano una vela encendida. Yo me quedé absorto viéndolos pasar, y cuando hubieron pasado, los seguí a la capilla. Al llegar a la puerta, la hallamos cerrada. El coro, sin embargo, cantó con un presentimiento dichoso: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha vencido a la muerte con la muerte. Cristo ha vuelto a la vida a los que yacían en la tumba.» Entonces se abrieron de par en par las puertas del santuario y apareció en ellas el primer sacerdote con un ropaje flotante y lujosísimo: en la diestra, la cruz, y en la siniestra mano, un turíbulo. Xristos vascrés, dijo tres veces, bendiciéndonos con el crucifijo, y, exclamando todos: Va istina vascrés, entramos en la iglesia como si entrásemos en el Cielo, ya redimidos y benditos. «¡Oh pueblos! ¡Oh naciones! -dijo entonces el coro-, iluminemos la Pascua del Señor, la Pascua. De la muerte a la vida, desde la Tierra al Cielo nos ha traído Cristo |