Publicidad

Publicidad

 

Página principal
    Discursos académicos
     Juan Valera
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente


ArribaAbajo

Elogio de Santa Teresa

Contestación al discurso de recepción del excelentísimo señor conde de Casa Valencia en la Real Academia Española el 30 de marzo de 1879


SEÑORES:

Nada podría lisonjearme y agradarme más que el encargo que me habéis dado de contestar al bello discurso que acabamos de oír. Su autor, recibido hoy en el seno de esta Corporación, está unido a mí por lazos de parentesco, y, lo que es más estimable y grato, por amistad de mucho tiempo, jamás interrumpida hasta ahora y que promete no serlo nunca.

Si la disposición de ánimo, que de estu afecto nace, no tuerce mi juicio, inclinándome a la benevolencia, me atrevo a afirmar que la obra literaria que el nuevo académico nos ha leído corrobora las razones que para elegirle tuvisteis, siendo dichosa muestra de sobriedad, tersura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado de crítica juiciosa.

Pero, por mucho que valga su discurso, el conde de Casa-Valencia había exhibido antes otros títulos de más valer para aspirar a tomar asiento entre vosotros.

No pocas veces he discutido yo con él acerca de un punto importantísimo en la historia de toda literatura, y singularmente de la española, en nuestros días. Fundábase nuestra controversia en este aserto, que dábamos por sentado: en nuestra España apenas tiene el escritor el incentivo del lucro, o es tan ruin el incentivo que no debe suponerse que sea él y no el amor de la gloria quien a escribir estimule.

La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ineficacia o escasez de incentivo, era un bien o un mal para las letras.

Como yo no vengo aquí a hacer pública confesión de mis culpas, no diré si por carácter vacilo; pero sí confesaré que, salvo en ciertas cuestiones de primer orden, en que sostengo siempre la misma opinión, rayando en tenacidad mi consecuencia, suelo en muchas otras, que considero secundarias, vacilar con demasía y no acabar nunca de decidirme, fluctuando entre los más encontrados pareceres. Percibo o imagino que percibo cuantos argumentos hay en pro y en contra, y ya me siento solicitado por unos, ya atraído por otros, en direcciones opuestas.

En este asunto de las letras mal remuneradas, me ocurre, mil veces más que en otros, tan lastimosa fluctuación.

Prescindo del interés que como escritor me induce a desear que los libros se vendan a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganar la vida. Y libre mi criterio de esta seducción, diré en breves frases lo que en pro de ambos pareceres se presenta a mi espíritu.

Cuando yo era mozo, me encantaba la lectura de un tratado del célebre Alfieri, cuyo título es Del príncipe y de las letras. Nada me parecía más razonable que lo que allí se afirma. Todavía, en tiempo del autor, los poetas, los filósofos, los que componían historias, todos los escritores, en suma, contaban poco con el vulgo, y esperaban o gozaban remuneración por sus trabajos de algún magnate, monarca, tirano o señor espléndido, que los protegía. Contra esto se enfurece Alfieri, declama con severa elocuencia y se desata en invectivas y en raudales de indignación. Para complacer al príncipe, magnate o tirano, a quien se sirve y de quien todo se espera o teme, importa adular, encubrir a menudo las verdades más provechosas al género humano y emplear un estilo sin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime su misión en lo que vale, es menester que se sustraiga y emancipe de la protección y tutela del tirano, que aprenda y ejerza oficio manual para vivir independiente, y que, de esta manera, escribiendo sólo por amor a la gloria y por filantropía, esto es, por deseo santísimo y purísimo de adoctrinar a los hombres y de hacerlos más virtuosos, componga obras merecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generaciones futuras, a quienes sirve de guía y norte.

Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba gracias fervientes al cielo porque me había hecho nacer en una edad en que las cosas habían cambiado de tal suerte, que el escritor, contando con el público, para nada necesitaba de tirano a quien adular, ni a fin de no incurrir en su enojo se veía obligado a callar las más útiles y hermosas teorías.

Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que hoy se llama público y que en lo antiguo con vocablo menos respetuoso se llamaba vulgo, ¿no es tirano también? ¿No es menester adularle si queremos ganar su voluntad? ¿No conviene decirle cosas que le deleiten, para tenerle propicio? ¿No se necesita callar las verdades más sanas para que no se enfade?

Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, si el público y el pueblo fuesen la misma entidad, aún se podría sostener; que posee, si no reflexivo acierto para apreciar la bondad, la verdad o la belleza, instinto semidivino y casi infalible que le lleva a fallar sobre todo ello con justicia. Pero entre las muchedumbres que gozarán, a no dudarlo, de tan noble instinto, y el escritor que a ellas se dirige, siempre o casi siempre se interpone cierta capa social, aunque leve y sutil, muy tupida, donde la voz se embota y apaga o el escrito se detiene, sin llegar ante los ojos o sin penetrar en los oídos de ese vulgo o de ese pueblo, que exento de prejuicios y con certera candidez sabría decidir lo justo, si la voz o el escrito se pusiera a su alcance. Detenidos éstos en la mencionada capa social, sólo de ella pueden los escritores esperar hoy el galardón que apetecen. Lo malo es que las gentes que forman esta capa social son, a mi ver, poco a propósito para el fallo. Egoístas en grado sumo, se dejan arrastrar de la pasión o del interés del momento. Hasta lo más excelso y transcendental se subordina a la moda: ora por moda son creyentes, ora por moda son impíos. A la adulación se hallan tan propensos como el más engreído tirano. Y suelen carecer del buen gusto de que algunos tiranos, protectores de las letras, han dado pruebas brillantísimas. Bien puede ponerse en duda que haya habido jamás clase media bastante ilustrada para competir en tino, al proteger la poesía y las demás letras humanas, con Pericles, Augusto Mecenas, Bembo, León X, Lorenzo el Magnífico, Luis XIV de Francia y el duque de Weimar. Ni sé yo, si se ahonda y escudriña bien este negocio, qué cosas tan útiles al linaje humano se hubieron de callar los protegidos por no incurrir en el desagrado de sus egregios protectores. ¿Qué prohibiría decir, por ejemplo, el duque de Weimar a Herder, Wieland, Lessing, Goethe y Schiller? Yo me doy a entender que ellos dijeron todo lo que quisieron, y que, sin miedo de perder el favor del amable soberano que los hospedaba, y regalaba con generosa magnificencia, permítaseme lo familiar de la frase, se despacharon a su gusto.

No se opone esto a que Alfieri en general tuviese razón; pero es menester hacer extensivo su argumento, no sólo al escritor que se somete a un príncipe sino al escritor que al público se somete. Por donde vendrá a inferirse que la verdadera independencia y nobleza de quien escribe está en el propio ser de su alma y no en la circunstancia exterior de que viva asalariado por un príncipe o por un mercader de libros que le paga con lo que del público cobra.

Sea como sea, en el día, este segundo modo de ganar algo con las letras es el único posible. Los príncipes no son señores de vidas y haciendas; apenas se halla tirano, amable o no amable, que pueda disponer de la fortuna pública para proteger a los poetas y literatos; y lo más natural es que éstos se hagan pagar por el público su tra bajo, porque no se ha de confundir por ningún estilo el antiguo patrocinio de los príncipes con lo que hoy se llama protección oficial. Esto, por muchas garantías que se den y por más exquisitas precauciones que se tomen, tiene todos los inconvenientes de los otros dos modos de protección. En lo tocante a servilismo baja hasta lo ínfimo, pues no se trata ya de adular a los Médicis o al distinguido y simpático duque de Weimar, sino al ministro, tal vez zafio y oscuro; al director, tal vez lego, y acaso, al triste oficial del Negociado. Las elegancias cortesanas, los primores del estilo, la atildada compostura, que para ganar la protección de la Corte se requerían, están aquí de sobra. Por todo lo cual entiendo que de esta protección oficial, concedida en virtud de prosaicos expedientes, sólo nace una literatura enfermiza y enteca, como planta criada en invernáculo; libros de pacotilla, sin elevación ni libertad de espíritu en quien los escribe y desprovistos además de aquella distinción y de aquella pulcritud aristocráticas, que siempre son un mérito, no existiendo otros de más sustancia.

Así, pues, yo propendo a creer que es inútil, si no por todo extremo nociva, la protección oficial a la literatura, y en particular a la amena, y sólo comprendo que proteja y subvencione el Estado ciertas producciones tan hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda presumir razonablemente que no cuentan en una nación, medio culta siquiera, con un público que pase de cien personas, como, por ejemplo, un libro de matemáticas sublimes, erizado de fórmulas, signos y figuras, y atiborrado de cifras, misteriosas para el profano. Lo demás, o dígase novelas, versos, historia, política y hasta filosofía, el público debe pagarlo, y si no lo paga, mejor es que no se escriba o que se escriba de balde.

Casi se puede afirmar que tal es el caso de España.

Aquí renace la cuestión. ¿Esto es un mal o es un bien? Yo, a pesar de mis vacilaciones, y a pesar del interés personal que me lleva a creer lo contrario, creo que es un bien.

Todo el que tiene o imagina tener algo peregrino, bello y nuevo que decir, de seguro que no se lo calla; lo dice, aunque no se lo paguen. Por decirlo es muy capaz de pagarlo, si tiene dineros. ¿Hay mayor hechizo que el de que nos escuchen o nos lean? Fiado en este hechizo, trazó Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una compañía o sociedad de oyentes, que se haría pagar por oír a los autores. El filósofo que inventa un sistema, el vidente que percibe al numen agitando su alma, y el poeta a quien el estro hiere y aguija con invencible brío, escribirán sus filosofías, sus poesías y sus visiones, aunque nada les valgan. El escribir entonces será de veras sacerdocio: algo de devotísimo y sagrado que se tomará por oficio. Se escribirán pocos libros medianos. Sólo se escribirán algunos buenos.

Y se escribirán muchos pésimos, por los alucinados de la gloria; pero esto no obsta, porque el río del olvido los arrastrará en su corriente, a poco de haber salido a luz y sin dejar huella ninguna.

De que los libros no valgan dinero resultará que todos aquellos hombres de entendimiento, que sirven para algo, harán mil cosas útiles y no escribirán. Sólo escribirán los verdaderamente inspirados, los amantes de la gloria, los punzados o impelidos por el estro, los que tienen algo grande y nuevo que decir, o el que absolutamente no sirve para nada, y, como ha seguido carrera literaria, se hace escritor, desesperado de no poder hacer otra cosa y para consolación en su desventura.

Infiero yo de aquí que no reflexionan derechamente los que, llenos de terror de que haya tanto letrado en España, dicen que deben dificultarse las carreras a fin de que muchos tomen oficio o se empleen en más humildes menesteres, porque nuestras aficiones hidalgas o señoriles no lo consentirán nunca: y, si el que estudia algo, aunque sea poco, se convierte hoy en autor, cuando no estudie nada, y no espere regalo y favor de las musas, como ya hacen muchos que no han cursado en las Universidades, se convertirán en hacendistas, y las cosas empeoraran. Un poeta, por perverso que sea, es al cabo menos dañino que cualquier aspirante a ministro de Hacienda, o a banquero, o a director del Tesoro.

El argumento no vale, sin embargo, sino para probar que no son dañinos los muchos autores, y no para excitar a que se paguen sus obras.

Donde éstas se pagan bien, por lo rico y más próspero del pueblo para quien se escriben, hay que lamentar hoy cierta plétora. Así en Inglaterra, Tauchnitz, editor de Leipzig, hace una edición de autores ingleses, contemporáneos los más. Es de presumir que sólo publica lo mejor. Su biblioteca o colección, no obstante, consta ya de mucho más de dos mil volúmenes. Convengamos en que esto pone grima. ¿Es posible que el espíritu humano, por fértil que sea, tenga suficientes primores, novedades y lindezas que decir, para llenar tantos volúmenes, o habrá harto de repeticiones y de palabrería? Lo confieso: al ver esta viciosa lozanía, esta intrincada selva o matorral de libros, que nacen donde se pagan, casi me avengo a que no se paguen aquí o se paguen mal, a fin de que sólo escriban los que por ilusión sandia se creen genios, o los que tienen algo de genios y no pueden menos de escribir. Los libros de aquéllos pasarán y los pocos de éstos quedarán, como conviene que queden, sin confundirse en el fárrago insulso de tanto como por oficio se escribe.

Por otra parte, donde no valen dinero las obras literarias, los autores no suelen ser tan prolijos en escribir, y esto es gran ventaja. Aunque yo disto infinito de ser profundo, venero la profundidad, si bien me guardo de confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se peca gravemente en esto, donde los libros valen. Hay, verbigracia, una historia de Inglaterra que, se toma por modelo. No empieza la narración sino doscientos años ha. El autor murió dejando escritos, en uno ocho tomos de la citada edición del Tauchnitz, ocho años sobre poco más o menos de dicha historia. Para escribirla toda hasta hoy, hubiera sido menester en el autor la facilidad del Tostado y la vida de Matusalén, a fin de escribir doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia, uno que no leyese muy deprisa tendría que consumir lo mejor de su vida.

Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de escribir sea bien retribuido, no faltan razones desinteresadas para desear que lo sean. Y es una de gran peso el considerar que no se logra escribir bien y sacar a luz obras inmortales con larga meditación y estudio, sino que las mejores obras suelen brotar de repente, y el autor las produce como por milagro y caso divino, escribiendo veinte cosas malas o medianas antes de atinar con una buena.

En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cultiva bien, el trigo nace en abundancia; pero no dejan de nacer cizaña y otras hierbas perniciosas, y, sin embargo, no es razón que, a fin de evitar que la cizaña nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en él buena simiente. Ya vendrá en su día y sazón quien escarde el haza o sembrado y arranque lo que allí ha nacido de más, a fin de que el trigo crezca, medre y cunda sin ahogo.

Esto, en las letras, lo hace la crítica. Porque yo me figuro, pongo por caso, que había de haber un sinnúmero de cantos y narraciones populares sobre la guerra de Troya, y que sin duda algún sabio discreto desechó lo más y escogió lo menos y más hermoso, y enlazándolo entre sí con artificio y orden, compuso los maravillosos poemas de la Ilíada y de la Odisea. Y del gran moralista antiquísimo de los chinos, no ya por presunción se colige, sino que a ciencia cierta se sabe, que de fatigosa cantidad de sentencias, eliminando muchas, ya por vanas y frívolas, ya por repetidas, reunió lo mejor y más sustancioso, y esto le dio la fama, el crédito y la autoridad semidivina de que él goza entre los de su nación y casta, con provecho y bienandanza de todos.

Por este lado, pues, yo me inclino a desear que se escriba mucho, aunque se nos antoje que no es de mérito, porque sin tanta rapsodia no hubiera salido la Ilíada, y sin tanta sentencia no hubiera podido extraer las suyas el sabio Confucio. En España, dejando en suspenso el decir si es bien o mal, ya que en mi entender para todo hay razones, se escribe poco en proporción de lo que en otros países se escribe. Y aun de eso poco que se escribe en España, no suele ser lo peor lo que, por incuria o falta de estímulo, queda inédito o pasa ignorado.

Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes varones ilustres que ocuparon las sillas de esta Academia, cuyas obras, de gran importancia unas y otras de sabrosísima lectura, andan perdidas en los periódicos o existen manuscritas y expuestas a perecer, sin que nadie las imprima y publique en colección; así, por ejemplo, los escritos de don Agustín Durán, de don Antonio Alcalá Galiano, de don José Joaquín de Mora y de otros.

Los españoles son más aficionados al tumulto del espectáculo público que a la soledad y al retiro, y más se avienen con emplear los oídos en escuchar que los ojos en leer las creaciones del ingenio, por donde éste suele mostrarse, mejor que en el libro, en el teatro y en la tribuna. De aquí que nuestra Academia elija gran parte de sus individuos entre los autores dramáticos y los oradores.

De los últimos hay varios que apenas han dejado escritos, por faltarles tiempo y aliciente para escribir, si bien por lo poco que dejaron es fácil rastrear y columbrar cuánto hubieran acertado al hacerlo, si con afán hubiesen dedicado a tales tareas las altas prendas de escritores que los adornaban. Valga como muestra la bellísima cita, hecha por el conde de Casa-Valencia en el discurso a que contesto, de un artículo del señor Ríos Rosas, La mujer de Canarias, única producción en prosa que, a más del discurso de recepción aquí, confieso conocer, como trabajo meramente literario, de tan eminente repúblico y tribuno.

El nuevo académico, a quien tengo la honra de contestar, se cuenta entre aquellos que vienen principalmente aquí a título de oradores, como Pacheco, Olázaga, González Bravo y el citado Ríos Rosas.

Su elocuencia parlamentaria y didáctica es harto digna de este premio. Fácil y discreto en cuanto dice, une el conde a la elegancia de la frase, la nitidez, la corrección y el método, que valen tanto para hacerse comprender; la amenidad y la gracia, que atraen al auditorio y ganan las voluntades; la firmeza, que infunde el convencimiento, y la circunspección, la mesura y el sereno reposo, que cuadran y se ajustan tan bien con la índole del hombre de Estado.

Pero el nuevo académico no ha lucido sólo en las asambleas políticas las dotes que como orador le distinguen, sino que, durante tres años, ante numeroso y complacido concurso, ha dado en el Ateneo interesantes lecciones sobre La libertad política en Inglaterra, las cuales, con aplauso general y no escaso fruto de los que estudian seriamente la política, corren impresas en tres volúmenes. En ellos, a más de campear las excelencias que ya he encomiado, se atesoran no pocas noticias históricas, para la generalidad de nuestros compatriotas desconocidas, y muchas advertencias y máximas, sacadas con tino y agudeza de los mismos hechos que se refieren.

Entre otros trabajos del conde, es muy de alabar además uno, bastante extenso, publicado en la Revista de España, con el título de «La embajada de don Jorge Juan en Marruecos», en el cual no sólo se descubren excelentes condiciones del estilo propio para la narración histórica, sino la aptitud didáctica, sesuda y reflexiva de que el autor da tantas señales en las precitadas lecciones.

De su discurso de recepción sería petulancia en mí hacer aquí el panegírico, ¿Cuál mejor que vuestro aplauso? ¿Qué prueba más clara de su mérito que el deleite e interés incesante con que le habéis oído?

Grande es mi deseo de contestar dignamente a dicho discurso; pero ni la premura del tiempo, ni las dolencias y graves disgustos que en estos días me han aquejado, ni mi falta de serenidad y de paz interior habrían de consentirlo, aunque la pobreza de mi erudición y la cortedad de mi entendimiento no lo estorbasen.

El tema sobre que versa el discurso no puede serme más simpático; pero esto no basta.

Con ocasión de que las mujeres se complacen ahora en asistir a estas reuniones, encarece mi amigo y compañero la capacidad que hay en ellas para el cultivo de las letras, y cuán útil y conveniente es que las cultiven. En todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con la suya. Nada diría yo, aunque supiera decirlo, para invalidar sus razones. Lo poco que yo añada será para esforzarlas.

El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, igual al del hombre, sino radicalmente distinto. Lo que el espíritu de ellas concibe sería, a mi ver, monstruoso, si no diese señales de que es de mujer. Mas esta desigualdad no implica diferencia de valer, ni presupone inferioridad mucho menos. La diferencia está en las condiciones y calidades, en algo que se siente de un modo confuso y que es difícil de determinar y de expresar.

Pero la diferencia existe, y, aunque no sea más que por esta diferencia, deben escribir las mujeres. Si sólo escriben los hombres, la manifestación del espíritu humano se dará a medias: sólo se conocerá bien la mitad del pensar y del sentir de nuestro linaje.

En los pueblos donde la mujer vive envilecida en la servidumbre y no se la deja educarse y saber, la civilización no llega jamás a completo florecimiento: antes de llegar se corrompe o se marchita. Es como si al alma colectiva de la nación o casta donde esto ocurre se le cortase una de las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su organismo atrofiado o inerte por la parálisis.

Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, hasta en la operación más inmaterial debe notarse. Y yo creo justo y consolador sostener esta diferencia. Si yo cayese en la tentación de hacerme espiritista y de dar fe a la palingenesia, metempsícosis, o como quiera llamarse, imaginando que renacemos en otros astros y mundos de los que pueblan el éter insondable, entendería que la mujer siempre quedaba mujer, pues tendría yo una desazón grandísima si me volviese a hallar, en Urano o en Júpiter, con la linda señora a quien hubiese amado en nuestro planeta, aunque fuese de un amor más platónico que el de Petrarca por Laura, convertida en caballero o en algo equivalente, según los usos de por allá.

No puede ser mero accidente orgánico el ser de un sexo o de otro, sino calidad esencial del espíritu que informa el cuerpo.

Repito, no obstante, que no implica esto que se dé inferioridad en las mujeres, ni en el alma ni en los órganos que la sirven. Los españoles nos hemos inclinado siempre a creerlas superiores en todo. El sublime concepto que de ellas tenemos se cifra en cierta sentencia que Calderón, no una, sino arias veces, pone en boca de sus galanes:


Que si el hombre es breve mundo
la mujer es breve cielo.



Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto diálogo que escribió en laude de las mujeres, titulado Ginaecepaenos, se extrema en ponderar lo superiores que son en todo las mujeres, valiéndose para ello de las doctrinas escolásticas, de la Historia, de la teología y de los argumentos más raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con darvinismo profético y piadoso, que Dios sacó de lo menos acabado y perfecto lo más perfecto y acabado. Del hombre sacó a la mujer no sin menoscabo y detrimento, pues que le sacó una costilla; y de la mujer, sin detrimento ni menoscabo alguno, sacó un perfectísimo varón, en quien quiso humanarse. Otra observación no menos curiosa del Ginaecepaenos es que el hombre fue creado por Dios en cualquier parte, mientras que la mujer la creó Dios en el Paraíso.

Dejando a un lado estas cuestiones, sobrado profundas, digo que la mujer, aun cuando no escriba, influye benéficamente inspirando lo mejor de cuanto se escribe. ¿Qué poesía, qué drama, qué leyenda, qué novela, no tiene por asunto principal el amor de la mujer? Inspirado por su amor y deseoso de conquistar su amor, canta casi siempre el poeta. Mas no contentas las mujeres con tanta gloria, no satisfechas de inspirar sólo, han querido y debido escribir también, a fin de que una de las fases de nuestro espíritu, colectivamente considerado, no quede en la sombra, sin dejar rastro y sin dar razón permanente de sí.

El nuevo académico, concretándose a nuestra patria, ha hablado con elogio merecido y ha hecho el recuento de las mejores escritoras que enriquecen el idioma castellano con sus producciones.

Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha de extenderse demasiado, no puede esto hacerse por completo. España ha sido tierra fecundísima en escritoras, y el conde de Casa-Valencia ha tenido que hablar poco de las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas.

Con más reposo y tiempo que los que tengo ahora, no me sería difícil, ya que no completar, añadir algo, citando otras autoras de la época cristiana, y hasta hablando de las poetisas muslímicas, que las hubo en gran número y muy notables.

Un compañero nuestro, el académico correspondiente don Gumersindo Laverde, pronto, por dicha, llenará este vacío. Sé que reúne noticias con diligencia, y que escribe sobre el asunto. Yo espero que Dios mejore su quebrantada salud, así por lo mucho que estimo y quiero a tan laborioso, entendido y modesto amigo, como para que el público goce del libro que acerca de las escritoras españolas está componiendo, y que será de seguro bueno y provechoso, como toda obra suya.

Quisiera yo, no obstante, añadir aquí algo sobre lo que ha dicho el señor conde en alabanza de nuestra gran poetisa doña Gertrudis Gómez de Avellaneda; pero temo repetir lo que ya en algunos escritos míos, a que me remito, dije de sus obras líricas y de alguna dramática.

La premura del tiempo me incita además a no hablar de la gran poetisa, para consagrarme todo, en lo que puedo decir aún sin fatigar vuestra atención, a otra mujer, a otra poetisa harto más asombrosa, hija de nuestra España y una de sus glorias mayores y más puras, la cual, aun considerándolo todo profanamente, me atrevo a decir, sin pecar de hiperbólico, que vale más que cuantas mujeres escribieron en el mundo.

Mi pluma tal vez la ofenda por torpe e inhábil; pero mi intento es sano y de vivo entusiasmo nacido. Mi admiración y mi devoción son tales, que si respondiese mi capacidad a mi afecto, diría yo algo digno y grande en su elogio.

Bien pueden nuestras mujeres de España jactarse de esta compatriota y llamarla sin par. Porque, a la altura de Cervantes, por mucho que yo le admire he de poner a Shakespeare, a Dante y, quizá, al Ariosto y a Camoens; Fénelon y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando no se adelantan a ellos; pero toda mujer, que en las naciones de Europa, desde que son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun queda inmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa.

Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, como un fervoroso católico, como los santos, los doctores y los prelados sus contemporáneos la ensalzaban. No voy a hablar de ella impulsado por la fe poderosa que alentaba a San Pedro Alcántara, a San Francisco de Borja, a San Juan de la Cruz, al venerable Juan de Ávila, a Bañés, a fray Luis de León, al padre Gracián y a tantas otras lumbreras de la Iglesia y de la sociedad española, en la Edad de Oro de nuestra monarquía; ni con el candor con que la amaban y veneraban todos aquellos sencillos corazones que ella arrobó con su palabra y con su trato para dárselo a su Esposo Cristo; sino desde el punto de vista de un hombre de nuestro tiempo, incrédulo tal vez, con otros pensamientos, con otras aspiraciones, y, como ahora se dice, con otros ideales.

En verdad que no es éste el punto de vista mejor para hablar de la Santa; pero yo apenas puedo tomar otro. No hay método además que no tenga sus ventajas.

Para las personas piadosas es inútil que yo me esfuerce. Por razones más altas que las mías, comparten mi admiración. Y en dicho sentido, nada acertaría a escribir yo que ya no hubiesen escrito tantos teólogos y doctores católicos de España, Alemania, Francia, Italia y otras naciones, devotos todos de la admirable monja de Ávila, y que, en diversas lenguas y en épocas distintas elogiaron sus virtudes, contaron su vida y difundieron su inspirada enseñanza.

Aunque este escrito mío no fuese improvisado, aunque me diesen años y no horas para escribirlo, nada nuevo podría añadir yo de noticias biográficas, bibliográficas y críticas, después de la edición completa de las obras de la Santa, hecha por don Vicente de la Fuente con envidiable amor, con afanoso esmero y con saber profundo.

Véome, pues, reducido a tener que hablar de la Santa sólo como profano en todos sentidos.

Mis palabras no serán más que una excitación para que alguien, con la ciencia y el reposo de que carezco, no en breve disertación, sino en libro, exponga por el método que hoy priva aquella doctrina suya, que fray Luis de León llamaba la más alta y más generosa filosofía que jamás los hombres imaginaron.

Algo de esto ha hecho, para vergüenza nuestra, un escritor francés, Pablo Rousselot, en libro que titula Los místicos españoles, donde si deja mucho que desear, aún nos da más que agradecer, ya que ha sido el primero en tratar el asunto como filósofo, moviendo a algunos españoles, a par que a impugnarle y completarle, a imitarle y a seguir sus huellas. Tales son un distinguido compañero nuestro, que no nombro, porque está presente y ofendería su modestia, y el filósofo espiritualista de Béjar, don Nicomedes Martín Mateos, a quien me complazco en mentar aquí y con cuya buena amistad me honro.

La dificultad de decir algo nuevo y atinado de Santa Teresa, crece al considerar lo fecundo y vario de su ingenio y la multitud de sus escritos; y más aún si tenemos en cuenta que su filosofía, la más alta y más generosa, no es mera especulación, sino que se transforma en hechos y toda se ejecuta. No es misticismo inerte, egoísta y solitario el suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde y aniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poder en aquel abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del vino, donde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, porque Él le ordena la caridad, y es Marta y María juntamente; y embriagada con el vino suavísimo del amor de Dios, arde en amor del prójimo y se afana por su bien, y ya no muere porque no muere, sino que anhela vivir para serle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la actividad de su briosa y rica existencia.

Pero aun prescindiendo aquí de la vida activa de la Santa y hasta de los preceptos y máximas y exhortaciones con que se prepara a esta vida y prepara a los que la siguen, lo cual constituye una admirable suma de moral y una sublime doctrina ascética, ¡cuánto no hay que admirar en los escritos de Santa Teresa!

Divertida y embelesada la atención en tanta riqueza y hermosura como contienen, no sabe el pensamiento dónde fijarse, ni por dónde empezar, ni acierta a poner orden en las palabras.

A fin de decir, sin emplear muchas, algo digno de esta mujer, sería necesario, aunque fuese en grado ínfimo, poseer una sombra siquiera de aquella inspiración que la agitaba y que movía a escribir su mente y su mano; un asomo de aquel astro celestial de que las sencillas hermanas, sus compañeras, daban testimonio, diciendo que la veían con grande y hermoso resplandor en la cara, conforme estaba escribiendo y que la mano la llevaba tan ligera que parecía imposible que naturalmente pudiera escribir con tanta velocidad, y que estaba tan embebida en ello que aun cuando hiciesen ruido por allí nunca por eso lo dejaba ni decía la estorbasen.

No trajo aquí esta cita como prueba de milagro, sino como prueba candorosa de la facilidad, del tino, del inexplicable don del Cielo con que aquella mujer, que no sabía gramática ni retórica, que ignoraba los términos de la escuela, que nada había estudiado, en suma, adivinaba la palabra más propia, formaba la frase más conveniente, hallaba la comparación más idónea para expresar los conceptos más hondos y sutiles, las ideas más abstrusas y los misterios más recónditos de nuestro íntimo ser.

Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de las hermanas, a los ojos desapasionados de la crítica más fría, es un milagro perpetuo y ascendente. Es un milagro que crece y llega a su colmo en su último libro, en la más perfecta nota de sus obras: en El castillo interior o las moradas.

La misma santa lo dice: El platero que ha fabricado esta joya sabe ahora más de su arte. ¡En el oro fino y aquilatado de su pensamiento, cuán diestramente engarza los diamantes y las perlas de las revelaciones divinas! Y este diestro artífice era entonces, como dice el señor La Fuente, «una anciana de setenta y dos años, maltratada por las penitencias, agobiada por enfermedades crónicas, medio paralítica, con un brazo roto, perseguida y atribulada, retraída y confinada en un convento harto pobre, después de diez años de una vida asendereada y colmada de sinsabores y disgustos».

Así escribió su libro celestial. Así, con infalible acierto, empleó las palabras de nuestro hermoso idioma, sin adorno, sin artificio, conforme las había oído en boca del vulgo, en explicar lo más delicado y oscuro de la mente; en mostrarnos con poderosa magia el mundo interior, el cielo empíreo, lo infinito y lo eterno, que están en el abismo del alma humana, donde el mismo Dios vive.

Su confesor, el padre Gracián y otros teólogos, con sana intención, sin duda, tacharon frases y palabras de la Santa, y pusieron glosas y otras palabras; pero el gran maestro en teología, en poesía y en habla castellana, fray Luis de León, vino a tiempo para decir que se podrían excusar las glosas y las enmiendas, y para avisar a quien leyere El castillo interior «que lea como escribió la Santa Madre, que lo entendía y decía mejor, y deje todo lo añadido; y lo borrado de la letra de la santa délo por no borrado, sino fuere cuando estuviese enmendado o borrado de su misma mano, que es pocas veces». Y en otro lugar dice el mismo fray Luis, en loor de la escritora, y censurando a los que la corrigieron: «Que hacer mudanza en las cosas que escribió un pecho en quien Dios vivía, y que se presume le movía a escribirlas, fue atrevimiento grandísimo, y error muy feo querer enmendar las palabras, porque, si se entendiera bien castellano, vieran que el de la madre es la misma elegancia. Que, aunque en algunas partes de lo que escribe, antes que acabe la razón que comienza, la mezcla con otras razones, y rompe el hilo comenzado muchas veces con cosas que injiere, más injiérelas tan diestramente y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio le acarrea hermosura.»

Entiendo yo, señores, por todo lo expuesto, y por la atenta lectura de los libros de la Santa, y singularmente de El castillo interior, que el hechizo de su estilo es pasmoso, y que sus obras, aun miradas sólo como dechado y modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia en el decir, debieran andar en manos de todos y ser más leídas de lo que son en nuestros tiempos.

Tuve yo un amigo, educado a principios de este siglo y con todos los resabios del enciclopedismo francés del siglo pasado, que leía con entusiasmo a Santa Teresa y a ambos Luises, y me decía que era por el deleite que le causaba la dicción de estos autores; pero que él prescindía del sentido, que le importaba poquísimo. El razonamiento de mi amigo me parecía absurdo. Yo no comprendo que puedan gustar frases ni períodos, por sonoros, dulces o enérgicos que sean, si no tienen sentido o si del sentido se prescinde por anacrónico, enojoso o pueril. Y sin callarme esta opinión mía, y mostrándome entonces tan poco creyente como mi amigo, afirmaba yo que así en las obras de ambos Luises como en las de Santa Teresa, aun renegando de toda religión positiva, aun no creyendo en lo sobrenatural, hay todavía mucho que aprender y no poco de qué maravillarse, y que, si no fuese por esto, el lenguaje y el estilo no valdrían nada, pues no se conciben sin pensamientos elevados y contenido sustancial, y sin sentir conforme al nuestro; esto es, humano y propio y vivo siempre en todas las edades y en todas las civilizaciones, mientras nuestro ser y condición natural duren y persistan.

Pasando de lo general de esta sentencia a su aplicación de las obras de la santa, ¿qué duda tiene que hay en todas ellas, en la Vida, en El camino de perfección, en los Conceptos de amor divino y en las Cartas y en Las moradas, un interés inmortal, un valer imperecedero, y verdades que no se negarán nunca, y bellezas de fondo que las bellezas de la forma no mejoran, sino hacen patentes y visibles?

La teología mística, en lo esencial, y dentro de la más severa ortodoxia católica, tenía que ser la misma en todos los autores; pero ¿cuánta originalidad y cuánta novedad no hay en los métodos de explicación de la ciencia? ¿Qué riqueza de pensamientos no cabe y no se descubre en los caminos por donde la santa llega a la ciencia, la comprende y la enseña y la declara? Para Santa Teresa es todo ello una ciencia de observación, que descubre o inventa, digámoslo así, y lee en sí misma, en el seno más hondo de su espíritu, hasta donde llega, atravesando la oscuridad, iluminándolo todo con luz clara y estudiando y reconociendo su ser interior, sus facultades y potencias, con tan aguda perspicacia, que no hay psicólogo escocés que la venza y supere.

Rousselot concede a nuestros místicos, y sobre todo a Santa Teresa, este gran valor psicológico; la compara con Descartes; dice que Leibniz la admiraba; pero Rousselot niega casi la trascendencia, la virtud, la inspiración metafísica de la santa.

Puntos son éstos tan difíciles, que ni son para tratados de ligero, ni por pluma tan mal cortada e inteligencia tan baja como la mía.

Me limitaré sólo a decir, no que sé y demuestro, sino que creo y columbro en Las moradas la más penetrante intuición de la ciencia fundamental y trascendente, y que la santa, por el camino del conocimiento propio ha llegado a la cumbre de la metafísica y tiene la visión intelectual y pura de lo absoluto. No es el estilo, no es la fantasía, no es la virtud de la palabra lo que nos persuade, sino la sincera e irresistible aparición de la verdad en la palabra misma.

El alma de la santa es un alma hermosísima, que ella nos muestra con sencillo candor: ésta es su psicología; pero, hundiéndose luego la santa en los abismos de esa alma, nos arrebata en pos de sí, y ya no es su alma lo que vemos, sin dejar de ver su alma, sino algo más inmenso que el éter infinito, y más rico que el Universo, y más luminoso que un mar de soles. La mente se pierde y se confunde con lo divino; mas no queda allí aniquilada e inerte: allí entiende, aunque es pasiva; pero luego resurge y vuelve al mundo pequeño y grosero en que vive con el cuerpo, corroborada por aquél baño celestial y capacitada y pronta para la acción, para el bien y para las luchas y victorias que debe empeñar y ganar en esta existencia terrena.

Lo que la santa escribe como quien cuenta una peregrinación misteriosa, no que refiere como el viajero lo que ha visto, cuando vuelve de su viaje, no ganaría, a mi ver, reducido a un orden dialéctico: antes perdería, pero sería, sin duda, provechoso que persona hábil acertase a hacer este estudio para probar que hay una filosofía de Santa Teresa.

Yo, señores académicos, deseoso de responder pronto y lo menos mal que pudiera a mi pariente y amigo, me comprometí para hacerlo hoy, sin contar con los males y desazones que en estos días han caído sobre mí. He tenido poco tiempo de que disponer: tres días no más; por esto he sido más desordenado e incoherente que de costumbre. Vosotros, con vuestra indulgencia acostumbrada, me lo perdonaréis. Así me lo perdone también este escogido auditorio, y el público luego.

La misma prisa me ha hecho ser más extenso de lo que pensaba. Para decir algo sin escribir o hablar mucho, se requiere o tiempo y meditación o gran brío de la mente, y todo me ha faltado.

Por dicha, el conde de Casa-Valencia, con el discurso que leyó antes, recompensó, con paga adelantada y no viciosa, la paciencia que gastasteis en oírme; y no dudo que seguirá pagando este favor, auxiliándonos en nuestras tareas con la discreción y laboriosidad que le son propias y pon la erudición y el ingenio de que nos ha dado hoy gallarda muestra.




ArribaAbajo

Del misticismo en la poesía española

Contestación al discurso de recepción de don Marcelino Menéndez y Pelayo en la Real Academia Española el 6 de marzo de 1881


SEÑORES:

Fácil era de prever, señores académicos, y bien había yo previsto, la gran satisfacción que íbamos a tener en este día, al quedar completamente confirmado, por el bello discurso que acabamos de oír, el acierto con que procedimos en la elección del señor Menéndez y Pelayo para ocupar un puesto en esta Real Academia.

No era menester, ni para vosotros ni para cierto círculo grande ya en España por fortuna, de personas aficionadas a los estudios serios, que el joven que hoy se sienta entre nosotros diese de nuevo tan brillante prueba de su aptitud. La prueba convenía, no obstante, para que la convicción que nos ha movido a elegirle, a pesar de sus pocos años, penetrase en otro círculo más extenso, donde se discurre, se vota y se sentencia sobre méritos literarios; donde la discreción y el recto juicio abundan, sin duda; pero donde las ardientes contiendas de la política y el perpetuo afán de la industria y de los intereses materiales no dejan vagar ni reposo para examinar con detención el valer de las obras de ingenio, sobre todo si éstas requieren, por su índole, examen más profundo que somero.

La gente que pertenece a dicho círculo forma a veces equivocados juicios, porque falla algo a ciegas, salvo quizá sobre una clase de escritos cuya lectura se hace con rapidez y sin esfuerzo de atención, o sobre otra clase de escritos que no es necesario leer, porque se oyen y sirven de espectáculo: la novela y el drama.

Proviene de aquí que todo el que no es autor dramático o novelista tarde más en llegar con su nombre y con su gloria a ese círculo más extenso. Cuando lo consigue, suele ser en virtud de los continuados encomios y razones de aquellos sujetos de buen gusto que viven en el círculo más pequeño y que, apartados de la política y de otros negocios útiles, que distraen de estudios y lecturas, se paran a considerar y a pesar las excelencias de los trabajos de quien por primera vez sale a la palestra literaria.

Algo de esto ha ocurrido con el señor Menéndez y Pelayo, el cual goza ya de bastante popularidad, habiendo sido, al menos en parte, reconocido su mérito; pero no pocas personas tiran a rebajarle, fundándose en vulgarísimos errores, que será bueno desvanecer.

Con dificultad se concede el entendimiento. El entendimiento se escatima. ¿Quién no es avaro para darlo? Se diría que lo que da cada uno es como si a sí mismo se lo quitara. La memoria, en cambio, se prodiga sin pena, como si no hiciese falta, o como si no importase alta superioridad el poseerla. Hasta los mayores enemigos otorgan buena memoria a quien desean denigrar con sátira encubierta o implícita en la alabanza. Presumen que la cantidad de memoria que conceden la sustraen del entendimiento del alabado, cuyos triunfos se explican de manera menos honrosa, negándole originalidad y fantasía.

En lo expuesto me fundo para no admitir, sin reparos y restricciones, los desmedidos elogios que oigo hacer por ahí de la portentosa memoria de nuestro nuevo compañero.

Imposible es que alguien sea erudito, literato o sabio sin buena memoria. Calidad es ésta que se requiere para cualquiera de dichos oficios o profesiones; pero también se requiere buena voz para ser orador, y no sabemos que Estentor perorase más gallardamente que Ulises. Sin duda que el señor Menéndez y Pelayo tiene buena memoria; pero con su buena memoria se hubiera quedado si no poseyese otras facultades más altas, por cuya virtud su buena memoria le vale. El pintor necesita buena vista, y el músico buen oído; pero hay hombres que tienen vista de lince, y no pintan, o pintan mal, lo que es peor; otros que tienen oídos de tísico, y no cantan ni componen óperas ni sinfonías; y de la propia suerte he conocido y conozco gran número de personas que tienen muchísima más memoria que el señor Menéndez y Pelayo, y que ni llaman la atención, ni escriben hermosos libros y mejores discursos. La memoria de éstos es como la urraca, que roba de aquí y de acullá multitud de cosas inútiles, y las amontona en desorden, y para nada le sirven; y la memoria del señor Menéndez y Pelayo es como la abeja, que también toma, pero toma con discernimiento y buen tino, la más pura sustancia del cáliz de las flores; y ordenando luego lo que ha tomado, y prestándole no poco de su generosa y natural condición, lo convierte en miel, con la cual endulza y deleita el paladar de los hombres, y en cera, con cuyo resplandor los ilumina, y hace patente la misteriosa belleza del santuario y los altares.

Entendida así la memoria, ¿cómo negar que es nobilísima y utilísima facultad del alma? Tal memoria no es dable sin la energía de carácter, sin la constancia, sin la laboriosidad y sin otras virtudes. Y aun así, no bastaría todo ello para explicar cómo el señor Menéndez ha aprendido, ha escrito y ha enseñado tanto, siendo tan mozo, si no le concediésemos igualmente singular rapidez para comprender las cosas, y caro y ágil entendimiento para clasificarlas y ordenarlas, pues sólo lo bien comprendido, clasificado y ordenado se conserva allí, no se borra ni se confunde, y acude con prontitud cuando se necesita.

A fin de ser excelente escritor, se requiere además, sobre la memoria que conserva y el entendimiento que ordena otra facultad que crea la expresión y la imagen de que el pensamiento se reviste, y que concierta y enlaza las palabras, por arte no aprendido, para que tejan el discurso con nitidez, elegancia y fuerza.

Este don de la facundia lo posee en grado eminente el señor Menéndez y Pelayo. Todos sus escritos dan de ello irrecusable testimonio. Casi me atrevo a decir que pecan por lo fáciles. Tal vez si el señor Menéndez y Pelayo fuese premioso sería más sobrio, más enérgico, más original en su estilo.

Los escritores que tienen estilo propio no suelen ser los más disertos. En lo que se hace con extremada facilidad no se pone tanta parte del alma, no va tanto de lo hondo y esencial de nuestro ser, como en lo que cuesta trabajo y en lo que tenemos que emplear todo nuestro empuje y ahínco.

Por su facilidad, así como el grave cúmulo de sus conocimientos, el señor Menéndez ha puesto hasta hoy menos de lo que debiera de su ser en las obras que ha escrito. Yo tengo por seguro que, si bien las más son de erudición y de crítica, habría en ellas otra novedad de pensamiento, miras más singulares y teorías más propias, si el señor Menéndez no escribiese tan sin esfuerzo. Las ideas salen a buscarle en tropel, y la palabra adecuada para expresarlas acude ligera y solícita a su labio o a su pluma. Esto le impide buscar o hallar en su alma, o el manantial de donde brotan ideas nuevas, o el tesoro donde las más peregrinas y sublimes yacen escondidas y olvidadas.

Sin embargo, el señor Menéndez, a pesar de este abandono o descuido que de su misma facilidad dimana, da ya muestras de ser lo que llaman ahora un pensador. A través del conjunto de sus escritos, se distingue y señala su persona en la república de las letras con fisonomía propia y hasta con misión determinada, por donde acaso en la historia de nuestro desenvolvimiento intelectual llegue a marcar período.

En España, así como en Italia y en Francia, al nacer las respectivas lenguas romances, surgió una literatura propia y castiza, a mi ver, ni con mucho tan original como la de aquellos pueblos cuya cultura fue primordial y no derivada. La civilización del Lacio no se extinguió jamás por completo, ni aun en el más apartado rincón del que fue Imperio de occidente, dando origen a completa barbarie. Los siglos más tenebrosos de la Edad Media más parecen crepúsculos que noche. De aquí que toda literatura de los pueblos neolatinos, hasta en su más inicial desarrollo, asemeje renuevo, brote y reverdecimiento en el antiguo tronco, y no planta nacida de raíz, merced al espontáneo vigor de la Tierra: sea un reaparecer, un retoñar de la cultura antigua, nunca muerta del todo. Los más viejos cantares, los más populares romances y las más locales leyendas distan mucho de tener la nativa sencillez, el virginal hechizo y la vernal frescura de los himnos del Rig-Veda o de las rapsodias de la guerra troyana. Lo que se designa con el nombre de Renacimiento no es, pues, sino la prolongación de la antigua cultura, restaurada desde que empezó a escribirse algo en las lenguas vulgares neolatinas. Nuestras literaturas, lo mismo que nuestros idiomas, son vástagos de la literatura e idioma del Lacio.

Con el pleno Renacimiento se estudió, se comprendió y se imitó mejor lo antiguo. De aquí la distinción, más aparente que real, entre la poesía popular y la erudita; pero poco a poco pasó a lo popular todo lo bueno y hermoso que en lo erudito se había introducido, floreciendo allí y dando fruto cual bien logrado injerto. Hay quien sostiene que esta imitación de lo clásico, del siglo XVI en adelante, quitó originalidad al ingenio de los españoles. Yo entiendo lo contrario, y la historia literaria viene en mi apoyo. Nuestro teatro, nuestros mejores romances, nuestra más elevada poesía lírica y nuestra más bella prosa son posteriores al pleno Renacimiento. Posteriores son también ambos Luises, Cervantes, Tirso, Calderón y Lope. La imitación no les quitó las fuerzas y el ser propio. Es más: la imitación ya existía. Lo que puso en ella el pleno Renacimiento fue la habilidad que antes no se empleaba. La imitación no fue mayor, sino más juiciosa y feliz, por ser ya los modelos mejor estudiados. Este estudio, por último, y esta afición a lo antiguo, sirvieron de incentivo y aguijonearon la inspiración moderna.

De todos modos, nuestra literatura, aunque rica de elementos propios, está fundada y arraigada en el clasicismo latino. Tiene, además, de común con la de muchas naciones otro elemento esencial venido de fuera: la religión cristiana. El genio peculiar de cada pueblo ha prestado después rasgos diversos a es tos elementos importados, y ha creado cosas distintas; pero lo fundamental de la importación es idéntico siempre, sobre todo en los pueblos neolatinos. El mayor o menor valer de la cultura de cada uno dependerá, en primer lugar, del mayor o menor valer de su genio nacional, que algo añade de su condición y naturaleza, combina los elementos y organiza el conjunto. De esta cuestión de primacía no me incumbe disertar aquí. Supongamos que los genios de los tres pueblos son igualmente activos y creadores. En tal hipótesis, no se me negará que la mayor abundancia de elementos extraños que han concurrido a formar el habla, la literatura y la civilización en general de cualquiera de los tres pueblos ha de haber hecho esta civilización y, sobre todo, esta habla y esta literatura más ricas.

Miradas así las cosas, y comparando nuestra cultura con la de Italia y la de Francia, salta enseguida a los ojos una gran ventaja en la nuestra. En el habla y en la literatura de España entra un elemento que falta casi en los demás países del occidente de Europa: el elemento semíticooriental, traído por los judíos y por los árabes, y tal vez por los fenicios y cartagineses, en más remotas edades. Pero este elemento, si en la parte léxica es algo apreciable, pues acaso cuente con mil o mil quinientos vocablos, en la sintaxis y en el organismo gramatical apenas lo es, digase lo que se quiera. Nuestro idioma es ario, es latino, y propende a arrojar, y arroja de sí, no sólo formas, giros y frases sino palabras semíticas. La mayor parte de las que tienen esta procedencia van cayendo en desuso o anticuándose, y los que las miramos como primor, elegancia y riqueza del idioma, a quien prestan a la vez algo de peregrino y distinto de los otros romances, pugnamos en balde, o por traerlas a frecuente empleo, o por conservarlas en el habla del día. La ciencia rabínica o mahometana no pudo ejercer en la nuestra influjo superior sino en los siglos medios, durante los cuales nos hizo representar importante papel. Y en cuanto al influjo arábigo y judaico en nuestra bella literatura, bien puede afirmarse que, hasta por confesión de los más entusiastas arabistas y hebraístas de ahora, fue y es menor de lo que en otro tiempo se ha imaginado. No obstante, y aunque le quitemos importancia, es innegable que el elemento semítico, a más de que ha de formar parte de la sangre que corre por nuestras venas, ha entrado en nuestra lengua y en nuestra poesía por mucho más, que en las de Italia, y que en las de Francia. En cambio, Francia e Italia, cuentan con un elemento más rico, más fecundo y más afín, con el cual apenas hasta hoy contamos nosotros. Este elemento es asimismo más esencial y fundamental.

La lengua latina, de donde la francesa, la italiana y la española proceden, es tan antigua en su raíz o más que la helénica. El origen inmediato de nuestros idiomas está en el latín, y no hay para qué ir hasta el griego. Yendo hasta el griego, pasaríamos de una rama a otra en vez de acercarnos al tronco. Pero lo que acontece con el idioma no acontece con la literatura. En lo profano, en todo aquello que antes se designaba y comprendía bajo el título de Humanidades, esto es, en todo saber, arte y disciplina que no tienen algo de revelado y sobrenatural, Grecia es fecunda y casi única madre de la civilización europea. El mismo Lacio agreste recibió de ella todo saber, vencido y cautivo por las letras cuando la venció y cautivó por las armas. Salvo pocos gérmenes informes de indígena cultura, y salvo algo propio que pudo añadir el genio de los antiguos pueblos de Italia, griegos de origen muchos de ellos, todo fue allí imitación elegante y erudita, pero imitación al cabo del saber helénico: epopeya, teatro, lírica, filosofía, historia y hasta leyes.

Los helenistas españoles, sobre ser pocos, o no tuvieron disposición para ello, o no nacieron en ocasión propicia. Lo cierto es que su influjo y su gloria como tales helenistas se han encerrado dentro de límites harto mezquinos. Los más célebres lo son por otras aptitudes y trabajos. Así, Arias Montano, el Brocense, Gonzalo Pérez, el padre Scio de San Miguel, Castillo y Ayensa y Conde. El espíritu de Grecia jamás ha sido estudiado y comprendido bien en España sino a través de sus imitadores latinos. Las huellas del helenismo son, en toda edad, más hondas en Italia y en Francia que en España. Nuestro clasicismo español rara vez ha pasado del latín. Con frecuencia se ha contentado con estudiar a los italianos y a los franceses. Esto nos ha perjudicado mucho. No bebe agua limpia, quien la toma de la derivada corriente a la que se han mezclado el caudal de otros arroyos y tal vez la tierra removida de los bordes, sino aquel que aplica los labios al mismo manantial de donde brota la abundante vena con pureza no turbada. Por esto acaso, si bien nuestras letras brillan por la pompa, la lozanía y la gala de color y de adorno, carecen a menudo de aquella corrección y sobriedad y de aquella mesura llena de buen gusto y armonía que en raras ocasiones obtiene el propio instinto como gratuito don del cielo y que suelen adquirir y poner en sus obras los que estudian, contemplan y comprenden, con amor y entendimiento de hermosura, los inmortales y casi acabados modelos de la Grecia antigua.

Este estudio, lejos de destruir la originalidad o de menoscabarla, la ha aumentado y corroborado en Francia y en Italia, sobre todo desde principios de este siglo o fines del pasado, dando extraordinario impulso a la lírica, gracias a la inspiración de Andrés Chénier, de Hugo Foscolo y de Leopardi.

Lo mismo anhela hacer en España Menéndez y Pelayo. Para ello no basta, ni él posee sólo, la erudición. Nuestro nuevo compañero posee igualmente el sentido profundo de la belleza, la capacidad instintiva de percibirla y hacerla suya y el amor que infunde. Para ser amado de las Musas es menester amarlas con amor entrañable, y él las ama. Para que ellas inicien en sus santos y dulces misterios, y muestren los recónditos tesoros que ocultan al profano vulgo, es menester vencerlas con el afecto y con la devoción. Es menester que las Musas juzguen al mortal digno de su favor y confianza, y capaz de trasplantar al suelo patrio, con esmero y sin ajarlas, las delicadas y mágicas flores que ellas cultivan.

Lo único que para esto tal vez falta al señor Menéndez y Pelayo no es falta, sino sobra. Su prontitud de comprensión y de producción le perjudica. Comprende y expresa pronto, y de aquí algún desaliño. No hay en él aún aquella escrupulosidad respetuosa, aquel detenido afán que debiera. Su Pegaso pide, más que espuela, freno.

A pesar de estos lunares, los versos del señor Menéndez tienen notorio valor: hay en ellos carácter propio, y, sin dejar de ser españoles y castizos, traen a nuestra poesía nacional extrañas y primorosas joyas, con que nunca o rara vez antes se engalanaba.

Si como poeta no es popular aún el señor Menéndez, me atrevo a pronosticar que lo será con el tiempo. ¿Fueron por dicha, populares desde el principio, Boscán y Garcilaso? Así, Menéndez, que viene a aportar un nuevo elemento a nuestra patria, tiene que ser, al principio, tan poco popular como ellos. Andrés Chénier goza hoy de más fama que en vida y que poco después de su muerte, a pesar de que su intervención en la política, su oda contra Marat y su fin trágico debieron realzar su mérito literario y acrecentar su brillo.

Y no se diga que quien en cierto modo reproduce lo antiguo ni piensa ni siente como en el día y que su poesía es anacrónica. La belleza de la forma es inmortal, no pasa de moda nunca y por ella las antiguas imágenes, fábulas y alegorías renacen y cobran juvenil frescura y adquieren significación más alta cuando una fantasía valiente se hunde en el seno de las edades remotas y de allí las trae a la vida actual y a la luz del sol que hoy nos alumbra. No de otra suerte robó Fausto del seno de las madres a la hija de Leda, la cual apareció tan hermosa y deseable como en el momento en que desde los muros de Ilión enamoraba a cuantos la veían al ir a presenciar la lucha por su amor entre Paris y Menelao. El que tiene mente y corazón y mira el espectáculo del mundo, de la Historia en su largo proceso y de la vida humana con sus sentimientos y pasiones, se pone en medio del raudal de los siglos y del movimiento incesante de las inteligencias, y cuanto dice es tan nuevo como puede y debe ser, aunque se revista de forma antigua, si hemos de llamar forma antigua a la forma bella.

Para mí, pues, más que por erudito, más que por gramático, más que por humanista, aunque estas condiciones le hacían idóneo para ser académico, lo cual no sólo es premio y distinción honorífica, sino función o empleo, el señor Menéndez está aquí por poeta. Mientras que el vulgo le reconoce y proclama como tal, en lo que si tarda es por lo insólito o inaudito de su canto, justo es que le reconozca y proclame, no la Academia Española, que no debe imponer su autoridad ni comprometerla, sino un individuo de su seno, que espera no ser desmentido ni por el juicio de la posteridad ni por la opinión pública ilustrada de la edad presente. Yo no le califico declarándole superior a este o al otro compatricio y contemporáneo suyo. Digo sólo que, si escribe con más cuidado, será más, influirá más y valdrá más en España que en Francia Chénier y que Foscolo en Italia. Por lo pronto, de lo que menos carece es de inspiración. Su virtud poética, que no desmerece de la de aquellos dos ilustres extranjeros que he citado, campea y da clara razón de sí en traducciones, y también en obras propias, como la Epístola a Horacio, la Epístola a sus amigos de Santander, la Galerna y, sobre todo, los versos amorosos a Lidia. Si esta dama no es fantástica, y no creo que lo sea, porque no hay dama fantástica que infunda tan verdadera pasión, bien puede andar orgullosa de haber sido cantada con ternura, elegancia, sencillez y primor que rara vez se emplean.

Del género de estudios y gustos del señor Menéndez y Pelayo han salido ciertas opiniones que forman sistema, algo como embrión de una filosofía de la Historia. Para cifrar este sistema en una palabra, me atrevo a inventarla, aunque sea larguísima, y lo llamo el pangrecolatinismo. La soberbia de ingleses, franceses y alemanes; el desdén con que miran en el día a los pueblos del sur de Europa, considerándolos irremisiblemente decaídos, cuando no radicalmente inferiores, y conformidad ruin con este desdén de muchos sujetos descastados, que desprecian la tierra y la casta de que son por seguir la corriente y mostrarse como rarísima excepción de la regla, han contribuido también por espíritu de protesta, a que el señor Menéndez se haga pangrecolatino. El abatimiento, el desprecio de nosotros mismos, ha cundido de un modo pasmoso; y aunque en los individuos y en algunas materias es laudable virtud cristiana que predispone a resignarse y a someterse a la voluntad de Dios, en la colectividad es vicio que postra, incapacita y anula cada vez más al pueblo que lo adquiere.

Por reacción contra este vicio ha nacido en el alma del señor Menéndez cierto injusto y airado desdén hacia los pueblos del Norte y, sobre todo, hacia los alemanes, cuyos sabios, dicho sea de paso, son los que mejor nos tratan los que mejor nos estiman y hasta los que más a fondo conocen ya al señor Menéndez, y le celebran, y llegan a reírle como gracia paradójica e ingeniosa, y como sátira aguda, la crueldad con que suele tratarlos. Ha nacido también en el señor Menéndez la creencia de que los pueblos del mediodía de Europa son los hierofantes de la Humanidad, la raza civilizadora por excelencia; siendo extraño que coincida hasta cierto punto en tal creencia con un alemán y con un impío. Haeckel supone que las gentes alalas, antropiscas y negras como la tizne, que salieron en manadas de la Lemuria y del centro de África, no se hicieron parlantes, discretos y progresivas hasta que pisaron las orillas de este sagrado mar Mediterráneo, cuyo litoral y cuyas islas han creado las nobles castas que han traído la cultura, la libertad y el progreso; las cuales castas, antes de poner la hermosura en el mármol inerte y frío, la han puesto en sus mismos individuos, blanqueándoles la piel, afilándoles la nariz y haciéndoles euplocamos; esto es, quitándoles las pasas o los cabellos lacios y rizándoles natural y lindamente el pelo. Lo cierto es que las regiones de Europa que el Mediterráneo baña con sus ondas, y particularmente las tres penínsulas que avanzar en su seno, la tierra de Pelops y ambas Hesperias, son para el señor Menéndez la patria de la inteligencia, el foco de donde toda la civilización sana, fecunda y alta ha irradiado y se ha difundido por el mundo.

Todo otro foco de civilización, o vive de reflejo y de empréstito del legítimo foco, o, si tiene y vierte la luz propia, es bastarda y deletérea.

Nace de aquí el amor; nace de aquí la devoción fervorosa que consagra el señor Menéndez al gentilismo helénico y nace también de aquí su intolerante catolicismo desde que empieza la Edad Moderna. Desde entonces, el señor Menéndez pone sobre todo el ser católico. Nada bueno hay que no informe y funde esta religión. La Reforma luterana es un retroceso: algo, en lo espiritual, como lo que la invasión de los bárbaros y la caída del Imperio romano fueron, en lo temporal, siglos antes. El predominio de la filosofía alemana, en época más reciente, fue otra invasión, no menos funesta, contra el imperio filosófico de los pueblos latinos.

Con la independencia de su sistema, y por cima de él, quizá estará en el alma del señor Menéndez la fe religiosa. No me incumbe tratar aquí de ella ni examinar sus quilates. Baste la afirmación para mi propósito de bosquejar un retrato literario de que el ardiente catolicismo del señor Menéndez cuadra y se ajusta con su sistema.

Asimismo se ajusta con él la constante preocupación del señor Menéndez de incluir en libros y discursos, como parte de España, todo lo que a Portugal pertenece. Para el señor Menéndez, el genio de Portugal es el mismo que el de España. La ciencia y la literatura españolas no se comprenden por completo sin contar con la de Portugal. Por esto, en el libro del señor Menéndez sobre la ciencia en nuestro país, en su Historia de los heterodoxos, y en la obra titulada Horacio en España, que, bajo tan modesto epígrafe, es una excelente historia crítica de nuestra poesía lírica, entran sabios, heterodoxos y poetas portugueses.

En el concepto de Historia universal de nuestro joven compañero, Grecia se adelanta y funda el saber de Europa, en cuanto tiene de humano. Italia une luego a las naciones, les da lenguaje y leyes, las prepara para recibir el cristianismo, y después, en nombre del cristianismo, sigue civilizándolas y gobernándolas durante los siglos medios. El papel de España, esto es, de Aragón, Castilla y Portugal, no es, por último, menos brillante.

Hecha ya por Grecia e Italia la educación de Europa, españoles y portugueses, como si la Providencia hallase estrechos los límites de nuestro Continente para encerrar tan gran civilización, y a fin de ensancharlos o borrarlos los suscitase, abren caminos a distantes, inmensos e ignorados países, descubren otro mundo en que difundirla y la acreditan a la vez, poniendo la base de toda ciencia ulterior en el concepto del planeta que habitamos, magnificado y completo por el arrojo e inteligencia de nuestros gloriosos navegantes. Estos, al descubrir América, nos dan asimismo idea experimental de las sociedades primitivas, y al visitar Asia nos ponen en contacto con las antiquísimas civilizaciones y sociedades del Extremo Oriente, preparando la mente humana para que, así como ha agrandado en el espacio el mundo conocido, haga retroceder el término de lo no explorado en el tiempo. Nuestros misioneros, además son los primeros importadores de idiomas, poesía y saber de los pueblos asiáticos y americanos, y, sobre todo, los chinos, japoneses y arios de la India oriental, por donde ensanchan el horizonte de los conocimientos europeos, siembran la semilla de no pocas ciencias nuevas, como la etnografía y la lingüística, y enriquecen con exóticos elementos nuestra imaginación y nuestras artes.

La parte de España en empresa tan noble casi es superior a la de Grecia y a la de Italia, si sólo se atiende al primer impulso; pero el predominio de España es efímero. Su poder y su virtud pasan a otros pueblos. Lo que España empieza, Francia, Inglaterra y Alemania lo prosiguen y lo llevan hasta el punto que alcanza hoy. Ellas realizan la ciencia experimental que nosotros inauguramos; del conocimiento de este planeta pasan ellas al más completo conocimiento del sistema solar y el Universo todo; y ellas esclarecen y divulgan con método, precisión y copia de datos, el habla, las artes, la religión y la filosofía de los iranios, brahmanes y demás pueblos de Asia que nosotros visitamos antes. El imperio material pasa a sus manos también. La raza inglesa prevalece en América sobre la española y se enseñorea de la india. Por el centro de Asia se abren paso y llevan la civilización los rusos.

Nuestra primacía fue corta. En todo nos sucedieron; de casi todo nos despojaron los pueblos del Norte.

Si fuésemos a investigar aquí las causas de esta rápida decadencia, el señor Menéndez y yo estaríamos muy discordes. Para mí, la causa fue el fanatismo unánime (la unidad de fanatismo) que en hora mala se apoderó de nosotros. Los otros pueblos no eran quizá menos fanáticos; pero como el fanatismo tomó entre ellos diversas y opuestas direcciones, los hombres de distintas sectas se combatieron unos a otros y, no pudiendo destruirse, se allanaron a vivir en paz: primero, a tolerarse, y después, a tener la libertad, fuente y condición de todo progreso. En España en los siglos XVI y XVII, merced a lo casi unánime de las creencias, no hubo guerras civiles religiosas ni tanta sangre derramada; pero hubo una compresión larga y continua, que acabó por marchitarlo y matarlo todo. Si personificásemos a las naciones, yo me fingiría a Francia, Inglaterra y Alemania, en medio de sus furores religiosos, como a tres matronas que caen enfermas con fiebre agudísima, acompañada de violento delirio y de todo linaje de perversas erupciones, pero que al fin sanan, convalecen y desechan el mal humor y se ponen más robustas que nunca; y España me la representaría como otra matrona que no tiene más que una calenturilla lenta y suave (no puede hacerse más benigna apología del régimen inquisitorial); pero esta calenturilla persiste tan tenaz y tan sin tregua, que estraga la salud de la matrona y la enflaquece y desmedra, hasta que acaba por parecer un esqueleto. Así España al terminar la vida y el reinado de Carlos II. Verdad es que florecieron, en medio de aquel fanatismo, las letras y las artes; pero a la manera del tronco de un árbol, si se cubre de enredaderas, hiedra y otras plantas parásitas, parece más verde, lozano y vistoso, hasta que, oprimido por aquello mismo que tanto lo adorna, se seca y se consume. En aquella virtud que nos animaba y engrandecía iba el germen corruptor que había de perdernos. El señor Menéndez y Pelayo, con todo su ingenio y erudición, no nos demostrará que, en medio del resplandor de nuestras artes y amena literatura, no acabásemos por ser inertes para toda alta cooperación científica, y ciegos y sordos para ver y oír el movimiento de las ideas y el extraordinario progreso de aquellos siglos.

Si de esto se tratara, nuestros discursos serían una controversia. El mío sería, o procuraría ser, la más completa refutación del de nuestro joven compañero.

Por fortuna, el señor Menéndez ha elegido asunto dentro del cual estamos en perfecto acuerdo. No me toca más que ampliar y comentar ligeramente lo que él dice, corroborando sus afirmaciones.

En medio de aquella tiranía mental de los siglos XVI y XVII, cuando la razón de Estado y el fanatismo unánime, fiero sufragio universal, se aunaron para obligar a todos los españoles, a las vencidas minorías, a que creyesen, pensasen y sintiesen lo mismo, haciendo embusteros o hipócritas, o matando toda iniciativa de pensamiento, algo que está por encima de toda ley se eximió de la tiranía, y allí fue el hombre plenamente libre y dueño de sí: sus fueros, sus bríos, sus pragmáticas, su voluntad. En la práctica, este templo, este asilo, donde custodiaba el hombre lo que ahora llamaríamos sus derechos individuales e ilegislables, era la honra. El rey era señor de vidas y haciendas. Podía matar y podía confiscar. En lo temporal, la majestad humana era omnipotente, como en lo eterno la majestad divina; pero la honra se sustraía a su pleno poder. Como dice el poeta español espejo de su siglo, el poeta español por excelencia entonces, la honra


es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.



De la misma suerte, en lo especulativo, en la esfera del pensamiento, por cima del discurso, del raciocinio y de otras facultades, hay una potencia sublime, intuitiva, la inteligencia simple, que, movida por el entusiasmo y alzándose en alas del amor, busca en el alma misma, donde hay lampos sin término en que explayarse, lugar sacratísimo en que ser libre y soberana. Allí en el centro del alma, adecuado y único trono de esa elevadísima potencia suya asiste Dios, y allí el alma le halla, y, por inefable misterio, se transforma en Dios, sin dejar de ser el alma individual humana. Los espíritus libres de los españoles de aquella edad, huyendo de la compresión, tal vez sin darse cuenta, buscaban este refugio. Tal vez la misma compresión en que gemían les prestaba más fuerza, más alcance y más certera dirección para penetrar y ahondar en los abismos de la mente, como la bala que, mientras más forzada está dentro del tubo de hierro que la oprime, sale más rectamente disparada y va más lejos, no bien la pólvora se inflama, dilata el aire y la empuja. Por esto, la primera calidad que distingue al misticismo español es la de ser más intenso y penetrante que los otros. Vuela y ahonda más y se extravía menos. Se diría que toda la serena claridad del espíritu se guarda para él. Como hábiles acróbatas que fuesen por cuerda sutil, extendida sobre precipicios espantosos, así van nuestros místicos, llenos de confianza y denuedo, a buscar a Dios, a unirse con Él, a poseerle y a ponerle en todo lo creado, sin caer en el panteísmo egoteista o subjetivo, y sin quitar a Dios la personalidad, endiosando la Naturaleza. La realidad del Universo, la responsabilidad de nuestros actos, nuestro ser individual, nuestro libre albedrío, todo queda a salvo, hasta en los momentos de más intima unión del Creador y de la criatura. Nuestros grandes místicos jamás tienen el egoísmo negativo e inerte de los de otros países, en quienes el alma se aniquila, se pierde en la infinita esencia, y, absorbida en el Ser, en el Ser se reposa y aquieta como en la Nada. En nuestros grandes místicos, sólo en un instante inapreciable puede haber aparente aniquilamiento, completa efusión de lo finito en lo infinito. El metal en la fragua parece fuego, y no metal; pero sale de allí mejor templado y con propiedades de instrumento idóneo para mil operaciones útiles. Así también el alma de nuestros místicos sale de su unión con Dios más hábil e idónea para la vida activa. Y no se enfría como la herramienta cuando sale de la fragua, sino que guarda en sí aquel fuego de amor divino, y en todo lo pone. Dios no la abandona. El alma sigue llena toda de Dios, después que una vez le ha poseído, y le lleva y le siente en su centro, y le siente, además, en todos los seres, así semejantes suyos como no semejantes, animados e inanimados. Y este fuego, que saca el alma y que no pierde, es fuego de caridad, es el amor por amor de Dios, que vence en violencia y en útil actividad a todo otro amor de fundamento profano. Sin creer el alma que todo es Dios, cree que todo está en Dios, y que Dios está en todo, y lo respeta y lo ama todo, y aun en cierta manera lo adora como divino. Nada hay feo, ni deforme, ni inmundo. El sentimiento de la presencia divina hermosea la fealdad y limpia la material impureza, prestándoles aquella expresión que Murillo y Zurbarán sabían dar a sus frailes más rotos, sucios y demacrados.

En lo práctico de la vida se refleja este misticismo generoso y produce maravillosas obras. Así, nuestros misioneros y fundadores, entre los que descuellan Juan de Dios, Antonio de Padua, José de Calasanz, Íñigo de Loyola y Francisco Javier, apóstol de oriente. Estos hombres, que la Iglesia pone en el número de los santos y la más descreída filosofía no puede menos de contar entre los más ilustres bienhechores del humano linaje, no van sólo a difundir por el mundo la fe cristiana y a enseñar la religión a las gentes, sino a enseñarles también todas las artes, toda la superior civilización de los pueblos de Europa. Y en tan gigantesco propósito, que tanto ha influido en el progreso de la Humanidad, divulgando nuestro saber entre los pueblos bárbaros y salvajes, y trayendo de ellos a Europa cumplida noticia de sus lenguas, ideas, costumbres, usos y leyes, nadie se ha señalado más que la Compañía de Jesús, creación del genio español y una de sus mayores glorias. Los que yo juzgo extravíos de la Compañía, su guerra declarada al espíritu del siglo y su lastimosa alianza con los hombres del régimen absoluto, que tan tiránico y feroz fue contra ella en el siglo pasado, no han de impedirnos que en su empezar la ensalcemos. Para ponderar sus pacíficas y civilizadoras conquistas, que aun en vida de su fundador llegan a los últimos términos de la Tierra, no hay en la historia real encarecimiento que satisfaga, y tenemos que apelar, a fin de hallarlo, a la fábula vetustísima de la expedición triunfante y benéfica de Osiris.

Fundamento de todo ello fue el misticismo español, tan penetrante y tan hondo, y del cual sale el alma muy inflamada de caridad y muy apta y alerta para las luchas de la vida. Y no se entienda que sólo al llegar el alma a la perfección que anhela pasa de la contemplación a la actividad y es útil al prójimo. Antes al contrario, durante toda su peregrinación, la actividad exterior es necesaria, en esto se distingue la mística ortodoxa de otros misticismos que requieren o recomiendan la inercia. Es cierto que entre la vida activa y la contemplativa, Cristo prefirió la contemplativa, diciendo que «María escogió la mejor parte»; pero al decir la mejor parte, dio a entender que la vida consta de pensamiento y de acción, y así, la vida mixta, que abraza lo más perfecto que hay en la acción y en la contemplación, es la que nuestros autores ponen por encima de las otras, sosteniendo que la contemplación no llegará nunca a ser perfecta si el amor de Dios que en ella se emplea y ejercita no se difunde también en utilidad de nuestros semejantes. De aquí que, para distinguir la contemplación de buen espíritu de la falsa o de espíritu malo, haya una regla general infalible, dada por el divino Maestro: «Por los frutos se conocen los árboles donde nacen.» La piedra de toque, pues, que sirve de contraste y aquilata la bondad de la vida contemplativa está en las obras. Y no ya en la mera contemplación, pero ni en los grados más altos de este ascenso del alma hacia el Ser divino, la actividad y las obras se perdonan; antes, mientras más señalados son los dones del Cielo, hasta cuando se descorre el velo de la fe y viene a haber como un rompimiento de los muros de esta cárcel en que vivimos, y el alma ve cara a cara al bien infinito y se une a él con abrazo indisoluble, no es para que se aquiete y descanse en tanto regalo, sino para que tome fuerzas y prodigue en bien del prójimo todas las virtudes, sin lo cual el alma, a pesar de los favores recibidos, quedará desmedrada y con corto merecimiento, y por lo mismo que ya ha recibido favores, sería, con justicia tildada de ingrata.

Por otra parte, la contemplación, la visión intelectual infusa, el punto más sublime a que puede llegar el alma durante nuestra vida mortal por esta senda mística, no puede durar más que un pequeño momento como si de repente se abriera la secretísima puerta del abismo del alma y su luz la inundase e iluminase y viese ella las cosas todas con tal claridad como si en la propia esencia divina las viera. Y esta visión, aunque pasa, queda esculpida en la memoria y deja tan ilustrada al alma y con tales deseos de merecer nuevos favores, que la guía y la induce a hacer obras para merecerlos de nuevo y agradecer los ya recibidos.

Otra excelencia avalora también nuestro misticismo. El esfuerzo poderoso de la voluntad para buscar a Dios en lo más íntimo, en el ápice de la mente, lleva al alma a observar y penetrar sus ocultos senos, como los psicólogos más pacientes y sutiles tal vez no lo hacen; por donde se halla con frecuencia, por