  Elogio de Santa Teresa
Contestación al discurso de recepción
del excelentísimo señor conde de Casa Valencia en la Real
Academia Española el 30 de marzo de 1879
SEÑORES:
Nada podría lisonjearme y agradarme más que el encargo
que me habéis dado de contestar al bello discurso que acabamos de
oír. Su autor, recibido hoy en el seno de esta Corporación,
está unido a mí por lazos de parentesco, y, lo que es más
estimable y grato, por amistad de mucho tiempo, jamás interrumpida hasta
ahora y que promete no serlo nunca.
Si la disposición de ánimo, que de estu afecto nace,
no tuerce mi juicio, inclinándome a la benevolencia, me atrevo a afirmar
que la obra literaria que el nuevo académico nos ha leído
corrobora las razones que para elegirle tuvisteis, siendo dichosa muestra de
sobriedad, tersura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado de
crítica juiciosa.
Pero, por mucho que valga su discurso, el conde de Casa-Valencia
había exhibido antes otros títulos de más valer para
aspirar a tomar asiento entre vosotros.
No pocas veces he discutido yo con él acerca de un punto
importantísimo en la historia de toda literatura, y singularmente de la
española, en nuestros días. Fundábase nuestra controversia
en este aserto, que dábamos por sentado: en nuestra España apenas
tiene el escritor el incentivo del lucro, o es tan ruin el incentivo que no
debe suponerse que sea él y no el amor de la gloria quien a escribir
estimule.
La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ineficacia o
escasez de incentivo, era un bien o un mal para las letras.
Como yo no vengo aquí a hacer pública confesión
de mis culpas, no diré si por carácter vacilo; pero sí
confesaré que, salvo en ciertas cuestiones de primer orden, en que
sostengo siempre la misma opinión, rayando en tenacidad mi consecuencia,
suelo en muchas otras, que considero secundarias, vacilar con demasía y
no acabar nunca de decidirme, fluctuando entre los más encontrados
pareceres. Percibo o imagino que percibo cuantos argumentos hay en pro y en
contra, y ya me siento solicitado por unos, ya atraído por otros, en
direcciones opuestas.
En este asunto de las letras mal remuneradas, me ocurre, mil veces
más que en otros, tan lastimosa fluctuación.
Prescindo del interés que como escritor me induce a desear
que los libros se vendan a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganar
la vida. Y libre mi criterio de esta seducción, diré en breves
frases lo que en pro de ambos pareceres se presenta a mi espíritu.
Cuando yo era mozo, me encantaba la lectura de un tratado del
célebre Alfieri, cuyo título es
Del príncipe y de las letras. Nada me
parecía más razonable que lo que allí se afirma.
Todavía, en tiempo del autor, los poetas, los filósofos, los que
componían historias, todos los escritores, en suma, contaban poco con el
vulgo, y esperaban o gozaban remuneración por sus trabajos de
algún magnate, monarca, tirano o señor espléndido, que los
protegía. Contra esto se enfurece Alfieri, declama con severa elocuencia
y se desata en invectivas y en raudales de indignación. Para complacer
al príncipe, magnate o tirano, a quien se sirve y de quien todo se
espera o teme, importa adular, encubrir a menudo las verdades más
provechosas al género humano y emplear un estilo sin nervio. El
escritor, pues, que se respete y que estime su misión en lo que vale, es
menester que se sustraiga y emancipe de la protección y tutela del
tirano, que aprenda y ejerza oficio manual para vivir independiente, y que, de
esta manera, escribiendo sólo por amor a la gloria y por
filantropía, esto es, por deseo santísimo y purísimo de
adoctrinar a los hombres y de hacerlos más virtuosos, componga obras
merecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generaciones futuras, a
quienes sirve de guía y norte.
Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba
gracias fervientes al cielo porque me había hecho nacer en una edad en
que las cosas habían cambiado de tal suerte, que el escritor, contando
con el público, para nada necesitaba de tirano a quien adular, ni a fin
de no incurrir en su enojo se veía obligado a callar las más
útiles y hermosas teorías.
Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que
hoy se llama público y que en lo antiguo con vocablo menos respetuoso se
llamaba vulgo, ¿no es tirano también? ¿No es menester
adularle si queremos ganar su voluntad? ¿No conviene decirle cosas que
le deleiten, para tenerle propicio? ¿No se necesita callar las verdades
más sanas para que no se enfade?
Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, si el
público y el pueblo fuesen la misma entidad, aún se podría
sostener; que posee, si no reflexivo acierto para apreciar la bondad, la verdad
o la belleza, instinto semidivino y casi infalible que le lleva a fallar sobre
todo ello con justicia. Pero entre las muchedumbres que gozarán, a no
dudarlo, de tan noble instinto, y el escritor que a ellas se dirige, siempre o
casi siempre se interpone cierta capa social, aunque leve y sutil, muy tupida,
donde la voz se embota y apaga o el escrito se detiene, sin llegar ante los
ojos o sin penetrar en los oídos de ese vulgo o de ese pueblo, que
exento de prejuicios y con certera candidez sabría decidir lo justo, si
la voz o el escrito se pusiera a su alcance. Detenidos éstos en la
mencionada capa social, sólo de ella pueden los escritores esperar hoy
el galardón que apetecen. Lo malo es que las gentes que forman esta capa
social son, a mi ver, poco a propósito para el fallo. Egoístas en
grado sumo, se dejan arrastrar de la pasión o del interés del
momento. Hasta lo más excelso y transcendental se subordina a la moda:
ora por moda son creyentes, ora por moda son impíos. A la
adulación se hallan tan propensos como el más engreído
tirano. Y suelen carecer del buen gusto de que algunos tiranos, protectores de
las letras, han dado pruebas brillantísimas. Bien puede ponerse en duda
que haya habido jamás clase media bastante ilustrada para competir en
tino, al proteger la poesía y las demás letras humanas, con
Pericles, Augusto Mecenas, Bembo, León X, Lorenzo el Magnífico,
Luis XIV de Francia y el duque de Weimar. Ni sé yo, si se ahonda y
escudriña bien este negocio, qué cosas tan útiles al
linaje humano se hubieron de callar los protegidos por no incurrir en el
desagrado de sus egregios protectores. ¿Qué prohibiría
decir, por ejemplo, el duque de Weimar a Herder, Wieland, Lessing, Goethe y
Schiller? Yo me doy a entender que ellos dijeron todo lo que quisieron, y que,
sin miedo de perder el favor del amable soberano que los hospedaba, y regalaba
con generosa magnificencia, permítaseme lo familiar de la frase, se
despacharon a su gusto.
No se opone esto a que Alfieri en general tuviese razón; pero
es menester hacer extensivo su argumento, no sólo al escritor que se
somete a un príncipe sino al escritor que al público se somete.
Por donde vendrá a inferirse que la verdadera independencia y nobleza de
quien escribe está en el propio ser de su alma y no en la circunstancia
exterior de que viva asalariado por un príncipe o por un mercader de
libros que le paga con lo que del público cobra.
Sea como sea, en el día, este segundo modo de ganar algo con
las letras es el único posible. Los príncipes no son
señores de vidas y haciendas; apenas se halla tirano, amable o no
amable, que pueda disponer de la fortuna pública para proteger a los
poetas y literatos; y lo más natural es que éstos se hagan pagar
por el público su tra bajo, porque no se ha de confundir por
ningún estilo el antiguo patrocinio de los príncipes con lo que
hoy se llama protección oficial. Esto, por muchas garantías que
se den y por más exquisitas precauciones que se tomen, tiene todos los
inconvenientes de los otros dos modos de protección. En lo tocante a
servilismo baja hasta lo ínfimo, pues no se trata ya de adular a los
Médicis o al distinguido y simpático duque de Weimar, sino al
ministro, tal vez zafio y oscuro; al director, tal vez lego, y acaso, al triste
oficial del Negociado. Las elegancias cortesanas, los primores del estilo, la
atildada compostura, que para ganar la protección de la Corte se
requerían, están aquí de sobra. Por todo lo cual entiendo
que de esta protección oficial, concedida en virtud de prosaicos
expedientes, sólo nace una literatura enfermiza y enteca, como planta
criada en invernáculo; libros de pacotilla, sin elevación ni
libertad de espíritu en quien los escribe y desprovistos además
de aquella distinción y de aquella pulcritud aristocráticas, que
siempre son un mérito, no existiendo otros de más sustancia.
Así, pues, yo propendo a creer que es inútil, si no
por todo extremo nociva, la protección oficial a la literatura, y en
particular a la amena, y sólo comprendo que proteja y subvencione el
Estado ciertas producciones tan hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda
presumir razonablemente que no cuentan en una nación, medio culta
siquiera, con un público que pase de cien personas, como, por ejemplo,
un libro de matemáticas sublimes, erizado de fórmulas, signos y
figuras, y atiborrado de cifras, misteriosas para el profano. Lo demás,
o dígase novelas, versos, historia, política y hasta
filosofía, el público debe pagarlo, y si no lo paga, mejor es que
no se escriba o que se escriba de balde.
Casi se puede afirmar que tal es el caso de España.
Aquí renace la cuestión. ¿Esto es un mal o es
un bien? Yo, a pesar de mis vacilaciones, y a pesar del interés personal
que me lleva a creer lo contrario, creo que es un bien.
Todo el que tiene o imagina tener algo peregrino, bello y nuevo que
decir, de seguro que no se lo calla; lo dice, aunque no se lo paguen. Por
decirlo es muy capaz de pagarlo, si tiene dineros. ¿Hay mayor hechizo
que el de que nos escuchen o nos lean? Fiado en este hechizo, trazó
Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una compañía o
sociedad de oyentes, que se haría pagar por oír a los autores. El
filósofo que inventa un sistema, el vidente que percibe al numen
agitando su alma, y el poeta a quien el estro hiere y aguija con invencible
brío, escribirán sus filosofías, sus poesías y sus
visiones, aunque nada les valgan. El escribir entonces será de veras
sacerdocio: algo de devotísimo y sagrado que se tomará por
oficio. Se escribirán pocos libros medianos. Sólo se
escribirán algunos buenos.
Y se escribirán muchos pésimos, por los alucinados de
la gloria; pero esto no obsta, porque el río del olvido los
arrastrará en su corriente, a poco de haber salido a luz y sin dejar
huella ninguna.
De que los libros no valgan dinero resultará que todos
aquellos hombres de entendimiento, que sirven para algo, harán mil cosas
útiles y no escribirán. Sólo escribirán los
verdaderamente inspirados, los amantes de la gloria, los punzados o impelidos
por el estro, los que tienen algo grande y nuevo que decir, o el que
absolutamente no sirve para nada, y, como ha seguido carrera literaria, se hace
escritor, desesperado de no poder hacer otra cosa y para consolación en
su desventura.
Infiero yo de aquí que no reflexionan derechamente los que,
llenos de terror de que haya tanto letrado en España, dicen que deben
dificultarse las carreras a fin de que muchos tomen oficio o se empleen en
más humildes menesteres, porque nuestras aficiones hidalgas o
señoriles no lo consentirán nunca: y, si el que estudia algo,
aunque sea poco, se convierte hoy en autor, cuando no estudie nada, y no espere
regalo y favor de las musas, como ya hacen muchos que no han cursado en las
Universidades, se convertirán en hacendistas, y las cosas empeoraran. Un
poeta, por perverso que sea, es al cabo menos dañino que cualquier
aspirante a ministro de Hacienda, o a banquero, o a director del Tesoro.
El argumento no vale, sin embargo, sino para probar que no son
dañinos los muchos autores, y no para excitar a que se paguen sus
obras.
Donde éstas se pagan bien, por lo rico y más
próspero del pueblo para quien se escriben, hay que lamentar hoy cierta
plétora. Así en Inglaterra, Tauchnitz, editor de Leipzig, hace
una edición de autores ingleses, contemporáneos los más.
Es de presumir que sólo publica lo mejor. Su biblioteca o
colección, no obstante, consta ya de mucho más de dos mil
volúmenes. Convengamos en que esto pone grima. ¿Es posible que el
espíritu humano, por fértil que sea, tenga suficientes primores,
novedades y lindezas que decir, para llenar tantos volúmenes, o
habrá harto de repeticiones y de palabrería? Lo confieso: al ver
esta viciosa lozanía, esta intrincada selva o matorral de libros, que
nacen donde se pagan, casi me avengo a que no se paguen aquí o se paguen
mal, a fin de que sólo escriban los que por ilusión sandia se
creen
genios, o los que tienen algo de
genios y no pueden menos de escribir. Los
libros de aquéllos pasarán y los pocos de éstos
quedarán, como conviene que queden, sin confundirse en el fárrago
insulso de tanto como por oficio se escribe.
Por otra parte, donde no valen dinero las obras literarias, los
autores no suelen ser tan prolijos en escribir, y esto es gran ventaja. Aunque
yo disto infinito de ser profundo, venero la profundidad, si bien me guardo de
confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se peca gravemente en
esto, donde los libros valen. Hay, verbigracia, una historia de Inglaterra que,
se toma por modelo. No empieza la narración sino doscientos años
ha. El autor murió dejando escritos, en uno ocho tomos de la citada
edición del Tauchnitz, ocho años sobre poco más o menos de
dicha historia. Para escribirla toda hasta hoy, hubiera sido menester en el
autor la facilidad del Tostado y la vida de Matusalén, a fin de escribir
doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia, uno que no leyese muy
deprisa tendría que consumir lo mejor de su vida.
Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de escribir sea
bien retribuido, no faltan razones desinteresadas para desear que lo sean. Y es
una de gran peso el considerar que no se logra escribir bien y sacar a luz
obras inmortales con larga meditación y estudio, sino que las mejores
obras suelen brotar de repente, y el autor las produce como por milagro y caso
divino, escribiendo veinte cosas malas o medianas antes de atinar con una
buena.
En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cultiva bien, el
trigo nace en abundancia; pero no dejan de nacer cizaña y otras hierbas
perniciosas, y, sin embargo, no es razón que, a fin de evitar que la
cizaña nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en él
buena simiente. Ya vendrá en su día y sazón quien escarde
el haza o sembrado y arranque lo que allí ha nacido de más, a fin
de que el trigo crezca, medre y cunda sin ahogo.
Esto, en las letras, lo hace la crítica. Porque yo me figuro,
pongo por caso, que había de haber un sinnúmero de cantos y
narraciones populares sobre la guerra de Troya, y que sin duda algún
sabio discreto desechó lo más y escogió lo menos y
más hermoso, y enlazándolo entre sí con artificio y orden,
compuso los maravillosos poemas de la
Ilíada y de la
Odisea. Y del gran moralista antiquísimo
de los chinos, no ya por presunción se colige, sino que a ciencia cierta
se sabe, que de fatigosa cantidad de sentencias, eliminando muchas, ya por
vanas y frívolas, ya por repetidas, reunió lo mejor y más
sustancioso, y esto le dio la fama, el crédito y la autoridad semidivina
de que él goza entre los de su nación y casta, con provecho y
bienandanza de todos.
Por este lado, pues, yo me inclino a desear que se escriba mucho,
aunque se nos antoje que no es de mérito, porque sin tanta rapsodia no
hubiera salido la
Ilíada, y sin tanta sentencia no hubiera
podido extraer las suyas el sabio Confucio. En España, dejando en
suspenso el decir si es bien o mal, ya que en mi entender para todo hay
razones, se escribe poco en proporción de lo que en otros países
se escribe. Y aun de eso poco que se escribe en España, no suele ser lo
peor lo que, por incuria o falta de estímulo, queda inédito o
pasa ignorado.
Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes varones
ilustres que ocuparon las sillas de esta Academia, cuyas obras, de gran
importancia unas y otras de sabrosísima lectura, andan perdidas en los
periódicos o existen manuscritas y expuestas a perecer, sin que nadie
las imprima y publique en colección; así, por ejemplo, los
escritos de don Agustín Durán, de don Antonio Alcalá
Galiano, de don José Joaquín de Mora y de otros.
Los españoles son más aficionados al tumulto del
espectáculo público que a la soledad y al retiro, y más se
avienen con emplear los oídos en escuchar que los ojos en leer las
creaciones del ingenio, por donde éste suele mostrarse, mejor que en el
libro, en el teatro y en la tribuna. De aquí que nuestra Academia elija
gran parte de sus individuos entre los autores dramáticos y los
oradores.
De los últimos hay varios que apenas han dejado escritos, por
faltarles tiempo y aliciente para escribir, si bien por lo poco que dejaron es
fácil rastrear y columbrar cuánto hubieran acertado al hacerlo,
si con afán hubiesen dedicado a tales tareas las altas prendas de
escritores que los adornaban. Valga como muestra la bellísima cita,
hecha por el conde de Casa-Valencia en el discurso a que contesto, de un
artículo del señor Ríos Rosas,
La mujer de Canarias, única
producción en prosa que, a más del discurso de recepción
aquí, confieso conocer, como trabajo meramente literario, de tan
eminente repúblico y tribuno.
El nuevo académico, a quien tengo la honra de contestar, se
cuenta entre aquellos que vienen principalmente aquí a título de
oradores, como Pacheco, Olázaga, González Bravo y el citado
Ríos Rosas.
Su elocuencia parlamentaria y didáctica es harto digna de
este premio. Fácil y discreto en cuanto dice, une el conde a la
elegancia de la frase, la nitidez, la corrección y el método, que
valen tanto para hacerse comprender; la amenidad y la gracia, que atraen al
auditorio y ganan las voluntades; la firmeza, que infunde el convencimiento, y
la circunspección, la mesura y el sereno reposo, que cuadran y se
ajustan tan bien con la índole del hombre de Estado.
Pero el nuevo académico no ha lucido sólo en las
asambleas políticas las dotes que como orador le distinguen, sino que,
durante tres años, ante numeroso y complacido concurso, ha dado en el
Ateneo interesantes lecciones sobre
La libertad política en Inglaterra, las
cuales, con aplauso general y no escaso fruto de los que estudian seriamente la
política, corren impresas en tres volúmenes. En ellos, a
más de campear las excelencias que ya he encomiado, se atesoran no pocas
noticias históricas, para la generalidad de nuestros compatriotas
desconocidas, y muchas advertencias y máximas, sacadas con tino y
agudeza de los mismos hechos que se refieren.
Entre otros trabajos del conde, es muy de alabar además uno,
bastante extenso, publicado en la
Revista de España, con el título
de «La embajada de don Jorge Juan en Marruecos», en el cual no
sólo se descubren excelentes condiciones del estilo propio para la
narración histórica, sino la aptitud didáctica, sesuda y
reflexiva de que el autor da tantas señales en las precitadas
lecciones.
De su discurso de recepción sería petulancia en
mí hacer aquí el panegírico, ¿Cuál mejor que
vuestro aplauso? ¿Qué prueba más clara de su mérito
que el deleite e interés incesante con que le habéis
oído?
Grande es mi deseo de contestar dignamente a dicho discurso; pero ni
la premura del tiempo, ni las dolencias y graves disgustos que en estos
días me han aquejado, ni mi falta de serenidad y de paz interior
habrían de consentirlo, aunque la pobreza de mi erudición y la
cortedad de mi entendimiento no lo estorbasen.
El tema sobre que versa el discurso no puede serme más
simpático; pero esto no basta.
Con ocasión de que las mujeres se complacen ahora en asistir
a estas reuniones, encarece mi amigo y compañero la capacidad que hay en
ellas para el cultivo de las letras, y cuán útil y conveniente es
que las cultiven. En todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con la
suya. Nada diría yo, aunque supiera decirlo, para invalidar sus razones.
Lo poco que yo añada será para esforzarlas.
El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, igual al del
hombre, sino radicalmente distinto. Lo que el espíritu de ellas concibe
sería, a mi ver, monstruoso, si no diese señales de que es de
mujer. Mas esta desigualdad no implica diferencia de valer, ni presupone
inferioridad mucho menos. La diferencia está en las condiciones y
calidades, en algo que se siente de un modo confuso y que es difícil de
determinar y de expresar.
Pero la diferencia existe, y, aunque no sea más que por esta
diferencia, deben escribir las mujeres. Si sólo escriben los hombres, la
manifestación del espíritu humano se dará a medias:
sólo se conocerá bien la mitad del pensar y del sentir de nuestro
linaje.
En los pueblos donde la mujer vive envilecida en la servidumbre y no
se la deja educarse y saber, la civilización no llega jamás a
completo florecimiento: antes de llegar se corrompe o se marchita. Es como si
al alma colectiva de la nación o casta donde esto ocurre se le cortase
una de las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su organismo atrofiado
o inerte por la parálisis.
Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, hasta en la
operación más inmaterial debe notarse. Y yo creo justo y
consolador sostener esta diferencia. Si yo cayese en la tentación de
hacerme espiritista y de dar fe a la
palingenesia, metempsícosis, o como
quiera llamarse, imaginando que renacemos en otros astros y mundos de los que
pueblan el éter insondable, entendería que la mujer siempre
quedaba mujer, pues tendría yo una desazón grandísima si
me volviese a hallar, en Urano o en Júpiter, con la linda señora
a quien hubiese amado en nuestro planeta, aunque fuese de un amor más
platónico que el de Petrarca por Laura, convertida en caballero o en
algo equivalente, según los usos de por allá.
No puede ser mero accidente orgánico el ser de un sexo o de
otro, sino calidad esencial del espíritu que informa el cuerpo.
Repito, no obstante, que no implica esto que se dé
inferioridad en las mujeres, ni en el alma ni en los órganos que la
sirven. Los españoles nos hemos inclinado siempre a creerlas superiores
en todo. El sublime concepto que de ellas tenemos se cifra en cierta sentencia
que Calderón, no una, sino arias veces, pone en boca de sus galanes:
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Que si el hombre es breve mundo |
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la mujer es breve cielo. |
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Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto
diálogo que escribió
en laude de las mujeres, titulado
Ginaecepaenos, se extrema en ponderar lo
superiores que son en todo las mujeres, valiéndose para ello de las
doctrinas escolásticas, de la Historia, de la teología y de los
argumentos más raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con darvinismo
profético y piadoso, que Dios sacó de lo menos acabado y perfecto
lo más perfecto y acabado. Del hombre sacó a la mujer no sin
menoscabo y detrimento, pues que le sacó una costilla; y de la mujer,
sin detrimento ni menoscabo alguno, sacó un perfectísimo
varón, en quien quiso humanarse. Otra observación no menos
curiosa del
Ginaecepaenos es que el hombre fue creado por
Dios en cualquier parte, mientras que la mujer la creó Dios en el
Paraíso.
Dejando a un lado estas cuestiones, sobrado profundas, digo que la
mujer, aun cuando no escriba, influye benéficamente inspirando lo mejor
de cuanto se escribe. ¿Qué poesía, qué drama,
qué leyenda, qué novela, no tiene por asunto principal el amor de
la mujer? Inspirado por su amor y deseoso de conquistar su amor, canta casi
siempre el poeta. Mas no contentas las mujeres con tanta gloria, no satisfechas
de inspirar sólo, han querido y debido escribir también, a fin de
que una de las fases de nuestro espíritu, colectivamente considerado, no
quede en la sombra, sin dejar rastro y sin dar razón permanente de
sí.
El nuevo académico, concretándose a nuestra patria, ha
hablado con elogio merecido y ha hecho el recuento de las mejores escritoras
que enriquecen el idioma castellano con sus producciones.
Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha de extenderse
demasiado, no puede esto hacerse por completo. España ha sido tierra
fecundísima en escritoras, y el conde de Casa-Valencia ha tenido que
hablar poco de las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas.
Con más reposo y tiempo que los que tengo ahora, no me
sería difícil, ya que no completar, añadir algo, citando
otras autoras de la época cristiana, y hasta hablando de las poetisas
muslímicas, que las hubo en gran número y muy notables.
Un compañero nuestro, el académico correspondiente don
Gumersindo Laverde, pronto, por dicha, llenará este vacío.
Sé que reúne noticias con diligencia, y que escribe sobre el
asunto. Yo espero que Dios mejore su quebrantada salud, así por lo mucho
que estimo y quiero a tan laborioso, entendido y modesto amigo, como para que
el público goce del libro que acerca de las escritoras españolas
está componiendo, y que será de seguro bueno y provechoso, como
toda obra suya.
Quisiera yo, no obstante, añadir aquí algo sobre lo
que ha dicho el señor conde en alabanza de nuestra gran poetisa
doña Gertrudis Gómez de Avellaneda; pero temo repetir lo que ya
en algunos escritos míos, a que me remito, dije de sus obras
líricas y de alguna dramática.
La premura del tiempo me incita además a no hablar de la gran
poetisa, para consagrarme todo, en lo que puedo decir aún sin fatigar
vuestra atención, a otra mujer, a otra poetisa harto más
asombrosa, hija de nuestra España y una de sus glorias mayores y
más puras, la cual, aun considerándolo todo profanamente, me
atrevo a decir, sin pecar de hiperbólico, que vale más que
cuantas mujeres escribieron en el mundo.
Mi pluma tal vez la ofenda por torpe e inhábil; pero mi
intento es sano y de vivo entusiasmo nacido. Mi admiración y mi
devoción son tales, que si respondiese mi capacidad a mi afecto,
diría yo algo digno y grande en su elogio.
Bien pueden nuestras mujeres de España jactarse de esta
compatriota y llamarla sin par. Porque, a la altura de Cervantes, por mucho que
yo le admire he de poner a Shakespeare, a Dante y, quizá, al Ariosto y a
Camoens; Fénelon y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando no se
adelantan a ellos; pero toda mujer, que en las naciones de Europa, desde que
son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun queda inmensamente por
bajo, comparada a Santa Teresa.
Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, como un fervoroso
católico, como los santos, los doctores y los prelados sus
contemporáneos la ensalzaban. No voy a hablar de ella impulsado por la
fe poderosa que alentaba a San Pedro Alcántara, a San Francisco de
Borja, a San Juan de la Cruz, al venerable Juan de Ávila, a
Bañés, a fray Luis de León, al padre Gracián y a
tantas otras lumbreras de la Iglesia y de la sociedad española, en la
Edad de Oro de nuestra monarquía; ni con el candor con que la amaban y
veneraban todos aquellos sencillos corazones que ella arrobó con su
palabra y con su trato para dárselo a su Esposo Cristo; sino desde el
punto de vista de un hombre de nuestro tiempo, incrédulo tal vez, con
otros pensamientos, con otras aspiraciones, y, como ahora se dice, con otros
ideales.
En verdad que no es éste el punto de vista mejor para hablar
de la Santa; pero yo apenas puedo tomar otro. No hay método
además que no tenga sus ventajas.
Para las personas piadosas es inútil que yo me esfuerce. Por
razones más altas que las mías, comparten mi admiración. Y
en dicho sentido, nada acertaría a escribir yo que ya no hubiesen
escrito tantos teólogos y doctores católicos de España,
Alemania, Francia, Italia y otras naciones, devotos todos de la admirable monja
de Ávila, y que, en diversas lenguas y en épocas distintas
elogiaron sus virtudes, contaron su vida y difundieron su inspirada
enseñanza.
Aunque este escrito mío no fuese improvisado, aunque me
diesen años y no horas para escribirlo, nada nuevo podría
añadir yo de noticias biográficas, bibliográficas y
críticas, después de la edición completa de las obras de
la Santa, hecha por don Vicente de la Fuente con envidiable amor, con afanoso
esmero y con saber profundo.
Véome, pues, reducido a tener que hablar de la Santa
sólo como profano en todos sentidos.
Mis palabras no serán más que una excitación
para que alguien, con la ciencia y el reposo de que carezco, no en breve
disertación, sino en libro, exponga por el método que hoy priva
aquella doctrina suya, que fray Luis de León llamaba
la más alta y más generosa
filosofía que jamás los hombres imaginaron.
Algo de esto ha hecho, para vergüenza nuestra, un escritor
francés, Pablo Rousselot, en libro que titula
Los místicos españoles, donde si
deja mucho que desear, aún nos da más que agradecer, ya que ha
sido el primero en tratar el asunto como filósofo, moviendo a algunos
españoles, a par que a impugnarle y completarle, a imitarle y a seguir
sus huellas. Tales son un distinguido compañero nuestro, que no nombro,
porque está presente y ofendería su modestia, y el
filósofo espiritualista de Béjar, don Nicomedes Martín
Mateos, a quien me complazco en mentar aquí y con cuya buena amistad me
honro.
La dificultad de decir algo nuevo y atinado de Santa Teresa, crece
al considerar lo fecundo y vario de su ingenio y la multitud de sus escritos; y
más aún si tenemos en cuenta que su filosofía,
la más alta y más generosa, no es
mera especulación, sino que se transforma en hechos y toda se ejecuta.
No es misticismo inerte, egoísta y solitario el suyo, sino que desde el
centro del alma, la cual no se pierde y aniquila abrazada con lo infinito, sino
que cobra mayor aliento y poder en aquel abrazo; desde el éxtasis y el
arrobo; desde la cámara del vino, donde ha estado ella
regalándose con el Esposo, sale, porque Él le
ordena la caridad, y es Marta y María
juntamente; y embriagada con el vino suavísimo del amor de Dios, arde en
amor del prójimo y se afana por su bien, y ya no
muere porque no muere, sino que anhela vivir
para serle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la
actividad de su briosa y rica existencia.
Pero aun prescindiendo aquí de la vida activa de la Santa y
hasta de los preceptos y máximas y exhortaciones con que se prepara a
esta vida y prepara a los que la siguen, lo cual constituye una admirable suma
de moral y una sublime doctrina ascética, ¡cuánto no hay
que admirar en los escritos de Santa Teresa!
Divertida y embelesada la atención en tanta riqueza y
hermosura como contienen, no sabe el pensamiento dónde fijarse, ni por
dónde empezar, ni acierta a poner orden en las palabras.
A fin de decir, sin emplear muchas, algo digno de esta mujer,
sería necesario, aunque fuese en grado ínfimo, poseer una sombra
siquiera de aquella inspiración que la agitaba y que movía a
escribir su mente y su mano; un asomo de aquel astro celestial de que las
sencillas hermanas, sus compañeras, daban testimonio, diciendo que la
veían con grande y hermoso resplandor en la cara, conforme estaba
escribiendo y que la mano la llevaba tan ligera que parecía imposible
que naturalmente pudiera escribir con tanta velocidad, y que estaba tan
embebida en ello que aun cuando hiciesen ruido por allí nunca por eso lo
dejaba ni decía la estorbasen.
No trajo aquí esta cita como prueba de milagro, sino como
prueba candorosa de la facilidad, del tino, del inexplicable don del Cielo con
que aquella mujer, que no sabía gramática ni retórica, que
ignoraba los términos de la escuela, que nada había estudiado, en
suma, adivinaba la palabra más propia, formaba la frase más
conveniente, hallaba la comparación más idónea para
expresar los conceptos más hondos y sutiles, las ideas más
abstrusas y los misterios más recónditos de nuestro íntimo
ser.
Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de las
hermanas, a los ojos desapasionados de la crítica más
fría, es un milagro perpetuo y ascendente. Es un milagro que crece y
llega a su colmo en su último libro, en la más perfecta nota de
sus obras: en
El castillo interior o las moradas.
La misma santa lo dice:
El platero que ha fabricado esta joya sabe ahora
más de su arte. ¡En el oro fino y aquilatado de su
pensamiento, cuán diestramente engarza los diamantes y las perlas de las
revelaciones divinas! Y este diestro artífice era entonces, como dice el
señor La Fuente, «una anciana de setenta y dos años,
maltratada por las penitencias, agobiada por enfermedades crónicas,
medio paralítica, con un brazo roto, perseguida y atribulada,
retraída y confinada en un convento harto pobre, después de diez
años de una vida asendereada y colmada de sinsabores y
disgustos».
Así escribió su libro celestial. Así, con
infalible acierto, empleó las palabras de nuestro hermoso idioma, sin
adorno, sin artificio, conforme las había oído en boca del vulgo,
en explicar lo más delicado y oscuro de la mente; en mostrarnos con
poderosa magia el mundo interior, el cielo empíreo, lo infinito y lo
eterno, que están en el abismo del alma humana, donde el mismo Dios
vive.
Su confesor, el padre Gracián y otros teólogos, con
sana intención, sin duda, tacharon frases y palabras de la Santa, y
pusieron glosas y otras palabras; pero el gran maestro en teología, en
poesía y en habla castellana, fray Luis de León, vino a tiempo
para decir que se podrían excusar las glosas y las enmiendas, y para
avisar a quien leyere
El castillo interior «que lea como
escribió la Santa Madre, que lo entendía y decía mejor, y
deje todo lo añadido; y lo borrado de la letra de la santa délo
por no borrado, sino fuere cuando estuviese enmendado o borrado de su misma
mano, que es pocas veces». Y en otro lugar dice el mismo fray Luis, en
loor de la escritora, y censurando a los que la corrigieron: «Que hacer
mudanza en las cosas que escribió un pecho en quien Dios vivía, y
que se presume le movía a escribirlas, fue atrevimiento
grandísimo, y error muy feo querer enmendar las palabras, porque, si se
entendiera bien castellano, vieran que el de la madre es la misma elegancia.
Que, aunque en algunas partes de lo que escribe, antes que acabe la
razón que comienza, la mezcla con otras razones, y rompe el hilo
comenzado muchas veces con cosas que injiere, más injiérelas tan
diestramente y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio le
acarrea hermosura.»
Entiendo yo, señores, por todo lo expuesto, y por la atenta
lectura de los libros de la Santa, y singularmente de
El castillo interior, que el hechizo de su
estilo es pasmoso, y que sus obras, aun miradas sólo como dechado y
modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia en el decir, debieran
andar en manos de todos y ser más leídas de lo que son en
nuestros tiempos.
Tuve yo un amigo, educado a principios de este siglo y con todos los
resabios del enciclopedismo francés del siglo pasado, que leía
con entusiasmo a Santa Teresa y a ambos Luises, y me decía que era por
el deleite que le causaba la dicción de estos autores; pero que
él prescindía del sentido, que le importaba poquísimo. El
razonamiento de mi amigo me parecía absurdo. Yo no comprendo que puedan
gustar frases ni períodos, por sonoros, dulces o enérgicos que
sean, si no tienen sentido o si del sentido se prescinde por anacrónico,
enojoso o pueril. Y sin callarme esta opinión mía, y
mostrándome entonces tan poco creyente como mi amigo, afirmaba yo que
así en las obras de ambos Luises como en las de Santa Teresa, aun
renegando de toda religión positiva, aun no creyendo en lo sobrenatural,
hay todavía mucho que aprender y no poco de qué maravillarse, y
que, si no fuese por esto, el lenguaje y el estilo no valdrían nada,
pues no se conciben sin pensamientos elevados y contenido sustancial, y sin
sentir conforme al nuestro; esto es, humano y propio y vivo siempre en todas
las edades y en todas las civilizaciones, mientras nuestro ser y
condición natural duren y persistan.
Pasando de lo general de esta sentencia a su aplicación de
las obras de la santa, ¿qué duda tiene que hay en todas ellas, en
la
Vida, en
El camino de perfección, en los
Conceptos de amor divino y en las
Cartas y en
Las moradas, un interés inmortal, un
valer imperecedero, y verdades que no se negarán nunca, y bellezas de
fondo que las bellezas de la forma no mejoran, sino hacen patentes y
visibles?
La teología mística, en lo esencial, y dentro de la
más severa ortodoxia católica, tenía que ser la misma en
todos los autores; pero ¿cuánta originalidad y cuánta
novedad no hay en los métodos de explicación de la ciencia?
¿Qué riqueza de pensamientos no cabe y no se descubre en los
caminos por donde la santa llega a la ciencia, la comprende y la enseña
y la declara? Para Santa Teresa es todo ello una ciencia de observación,
que descubre o inventa, digámoslo así, y lee en sí misma,
en el seno más hondo de su espíritu, hasta donde llega,
atravesando la oscuridad, iluminándolo todo con luz clara y estudiando y
reconociendo su ser interior, sus facultades y potencias, con tan aguda
perspicacia, que no hay psicólogo escocés que la venza y
supere.
Rousselot concede a nuestros místicos, y sobre todo a Santa
Teresa, este gran valor psicológico; la compara con Descartes; dice que
Leibniz la admiraba; pero Rousselot niega casi la trascendencia, la virtud, la
inspiración metafísica de la santa.
Puntos son éstos tan difíciles, que ni son para
tratados de ligero, ni por pluma tan mal cortada e inteligencia tan baja como
la mía.
Me limitaré sólo a decir, no que sé y
demuestro, sino que creo y columbro en
Las moradas la más penetrante
intuición de la ciencia fundamental y trascendente, y que la santa, por
el camino del conocimiento propio ha llegado a la cumbre de la
metafísica y tiene la visión intelectual y pura de lo absoluto.
No es el estilo, no es la fantasía, no es la virtud de la palabra lo que
nos persuade, sino la sincera e irresistible aparición de la verdad en
la palabra misma.
El alma de la santa es un alma hermosísima, que ella nos
muestra con sencillo candor: ésta es su psicología; pero,
hundiéndose luego la santa en los abismos de esa alma, nos arrebata en
pos de sí, y ya no es su alma lo que vemos, sin dejar de ver su alma,
sino algo más inmenso que el éter infinito, y más rico que
el Universo, y más luminoso que un mar de soles. La mente se pierde y se
confunde con lo divino; mas no queda allí aniquilada e inerte:
allí entiende, aunque es pasiva; pero luego resurge y vuelve al mundo
pequeño y grosero en que vive con el cuerpo, corroborada por
aquél baño celestial y capacitada y pronta para la acción,
para el bien y para las luchas y victorias que debe empeñar y ganar en
esta existencia terrena.
Lo que la santa escribe como quien cuenta una peregrinación
misteriosa, no que refiere como el viajero lo que ha visto, cuando vuelve de su
viaje, no ganaría, a mi ver, reducido a un orden dialéctico:
antes perdería, pero sería, sin duda, provechoso que persona
hábil acertase a hacer este estudio para probar que hay una
filosofía de Santa Teresa.
Yo, señores académicos, deseoso de responder pronto y
lo menos mal que pudiera a mi pariente y amigo, me comprometí para
hacerlo hoy, sin contar con los males y desazones que en estos días han
caído sobre mí. He tenido poco tiempo de que disponer: tres
días no más; por esto he sido más desordenado e
incoherente que de costumbre. Vosotros, con vuestra indulgencia acostumbrada,
me lo perdonaréis. Así me lo perdone también este escogido
auditorio, y el público luego.
La misma prisa me ha hecho ser más extenso de lo que pensaba.
Para decir algo sin escribir o hablar mucho, se requiere o tiempo y
meditación o gran brío de la mente, y todo me ha faltado.
Por dicha, el conde de Casa-Valencia, con el discurso que
leyó antes, recompensó, con paga adelantada y no viciosa, la
paciencia que gastasteis en oírme; y no dudo que seguirá pagando
este favor, auxiliándonos en nuestras tareas con la discreción y
laboriosidad que le son propias y pon la erudición y el ingenio de que
nos ha dado hoy gallarda muestra.
  Del misticismo en la poesía
española
Contestación al discurso de recepción de
don Marcelino Menéndez y Pelayo en la Real Academia Española el 6
de marzo de 1881
SEÑORES:
Fácil era de prever, señores académicos, y bien
había yo previsto, la gran satisfacción que íbamos a tener
en este día, al quedar completamente confirmado, por el bello discurso
que acabamos de oír, el acierto con que procedimos en la elección
del señor Menéndez y Pelayo para ocupar un puesto en esta Real
Academia.
No era menester, ni para vosotros ni para cierto círculo
grande ya en España por fortuna, de personas aficionadas a los estudios
serios, que el joven que hoy se sienta entre nosotros diese de nuevo tan
brillante prueba de su aptitud. La prueba convenía, no obstante, para
que la convicción que nos ha movido a elegirle, a pesar de sus pocos
años, penetrase en otro círculo más extenso, donde se
discurre, se vota y se sentencia sobre méritos literarios; donde la
discreción y el recto juicio abundan, sin duda; pero donde las ardientes
contiendas de la política y el perpetuo afán de la industria y de
los intereses materiales no dejan vagar ni reposo para examinar con
detención el valer de las obras de ingenio, sobre todo si éstas
requieren, por su índole, examen más profundo que somero.
La gente que pertenece a dicho círculo forma a veces
equivocados juicios, porque falla algo a ciegas, salvo quizá sobre una
clase de escritos cuya lectura se hace con rapidez y sin esfuerzo de
atención, o sobre otra clase de escritos que no es necesario leer,
porque se oyen y sirven de espectáculo: la novela y el drama.
Proviene de aquí que todo el que no es autor dramático
o novelista tarde más en llegar con su nombre y con su gloria a ese
círculo más extenso. Cuando lo consigue, suele ser en virtud de
los continuados encomios y razones de aquellos sujetos de buen gusto que viven
en el círculo más pequeño y que, apartados de la
política y de otros negocios útiles, que distraen de estudios y
lecturas, se paran a considerar y a pesar las excelencias de los trabajos de
quien por primera vez sale a la palestra literaria.
Algo de esto ha ocurrido con el señor Menéndez y
Pelayo, el cual goza ya de bastante popularidad, habiendo sido, al menos en
parte, reconocido su mérito; pero no pocas personas tiran a rebajarle,
fundándose en vulgarísimos errores, que será bueno
desvanecer.
Con dificultad se concede el entendimiento. El entendimiento se
escatima. ¿Quién no es avaro para darlo? Se diría que lo
que da cada uno es como si a sí mismo se lo quitara. La memoria, en
cambio, se prodiga sin pena, como si no hiciese falta, o como si no importase
alta superioridad el poseerla. Hasta los mayores enemigos otorgan buena memoria
a quien desean denigrar con sátira encubierta o implícita en la
alabanza. Presumen que la cantidad de memoria que conceden la sustraen del
entendimiento del alabado, cuyos triunfos se explican de manera menos honrosa,
negándole originalidad y fantasía.
En lo expuesto me fundo para no admitir, sin reparos y
restricciones, los desmedidos elogios que oigo hacer por ahí de la
portentosa memoria de nuestro nuevo compañero.
Imposible es que alguien sea erudito, literato o sabio sin buena
memoria. Calidad es ésta que se requiere para cualquiera de dichos
oficios o profesiones; pero también se requiere buena voz para ser
orador, y no sabemos que Estentor perorase más gallardamente que Ulises.
Sin duda que el señor Menéndez y Pelayo tiene buena memoria; pero
con su buena memoria se hubiera quedado si no poseyese otras facultades
más altas, por cuya virtud su buena memoria le vale. El pintor necesita
buena vista, y el músico buen oído; pero hay hombres que tienen
vista de lince, y no pintan, o pintan mal, lo que es peor; otros que tienen
oídos de tísico, y no cantan ni componen óperas ni
sinfonías; y de la propia suerte he conocido y conozco gran
número de personas que tienen muchísima más memoria que el
señor Menéndez y Pelayo, y que ni llaman la atención, ni
escriben hermosos libros y mejores discursos. La memoria de éstos es
como la urraca, que roba de aquí y de acullá multitud de cosas
inútiles, y las amontona en desorden, y para nada le sirven; y la
memoria del señor Menéndez y Pelayo es como la abeja, que
también toma, pero toma con discernimiento y buen tino, la más
pura sustancia del cáliz de las flores; y ordenando luego lo que ha
tomado, y prestándole no poco de su generosa y natural condición,
lo convierte en miel, con la cual endulza y deleita el paladar de los hombres,
y en cera, con cuyo resplandor los ilumina, y hace patente la misteriosa
belleza del santuario y los altares.
Entendida así la memoria, ¿cómo negar que es
nobilísima y utilísima facultad del alma? Tal memoria no es dable
sin la energía de carácter, sin la constancia, sin la
laboriosidad y sin otras virtudes. Y aun así, no bastaría todo
ello para explicar cómo el señor Menéndez ha aprendido, ha
escrito y ha enseñado tanto, siendo tan mozo, si no le
concediésemos igualmente singular rapidez para comprender las cosas, y
caro y ágil entendimiento para clasificarlas y ordenarlas, pues
sólo lo bien comprendido, clasificado y ordenado se conserva
allí, no se borra ni se confunde, y acude con prontitud cuando se
necesita.
A fin de ser excelente escritor, se requiere además, sobre la
memoria que conserva y el entendimiento que ordena otra facultad que crea la
expresión y la imagen de que el pensamiento se reviste, y que concierta
y enlaza las palabras, por arte no aprendido, para que tejan el discurso con
nitidez, elegancia y fuerza.
Este don de la facundia lo posee en grado eminente el señor
Menéndez y Pelayo. Todos sus escritos dan de ello irrecusable
testimonio. Casi me atrevo a decir que pecan por lo fáciles. Tal vez si
el señor Menéndez y Pelayo fuese premioso sería más
sobrio, más enérgico, más original en su estilo.
Los escritores que tienen estilo propio no suelen ser los más
disertos. En lo que se hace con extremada facilidad no se pone tanta parte del
alma, no va tanto de lo hondo y esencial de nuestro ser, como en lo que cuesta
trabajo y en lo que tenemos que emplear todo nuestro empuje y
ahínco.
Por su facilidad, así como el grave cúmulo de sus
conocimientos, el señor Menéndez ha puesto hasta hoy menos de lo
que debiera de su ser en las obras que ha escrito. Yo tengo por seguro que, si
bien las más son de erudición y de crítica, habría
en ellas otra novedad de pensamiento, miras más singulares y
teorías más propias, si el señor Menéndez no
escribiese tan sin esfuerzo. Las ideas salen a buscarle en tropel, y la palabra
adecuada para expresarlas acude ligera y solícita a su labio o a su
pluma. Esto le impide buscar o hallar en su alma, o el manantial de donde
brotan ideas nuevas, o el tesoro donde las más peregrinas y sublimes
yacen escondidas y olvidadas.
Sin embargo, el señor Menéndez, a pesar de este
abandono o descuido que de su misma facilidad dimana, da ya muestras de ser lo
que llaman ahora un
pensador. A través del conjunto de sus
escritos, se distingue y señala su persona en la república de las
letras con fisonomía propia y hasta con misión determinada, por
donde acaso en la historia de nuestro desenvolvimiento intelectual llegue a
marcar período.
En España, así como en Italia y en Francia, al nacer
las respectivas lenguas romances, surgió una literatura propia y
castiza, a mi ver, ni con mucho tan original como la de aquellos pueblos cuya
cultura fue primordial y no derivada. La civilización del Lacio no se
extinguió jamás por completo, ni aun en el más apartado
rincón del que fue Imperio de occidente, dando origen a completa
barbarie. Los siglos más tenebrosos de la Edad Media más parecen
crepúsculos que noche. De aquí que toda literatura de los pueblos
neolatinos, hasta en su más inicial desarrollo, asemeje renuevo, brote y
reverdecimiento en el antiguo tronco, y no planta nacida de raíz, merced
al espontáneo vigor de la Tierra: sea un reaparecer, un retoñar
de la cultura antigua, nunca muerta del todo. Los más viejos cantares,
los más populares romances y las más locales leyendas distan
mucho de tener la nativa sencillez, el virginal hechizo y la vernal frescura de
los himnos del
Rig-Veda o de las rapsodias de la guerra
troyana. Lo que se designa con el nombre de Renacimiento no es, pues, sino la
prolongación de la antigua cultura, restaurada desde que empezó a
escribirse algo en las lenguas vulgares neolatinas. Nuestras literaturas, lo
mismo que nuestros idiomas, son vástagos de la literatura e idioma del
Lacio.
Con el pleno Renacimiento se estudió, se comprendió y
se imitó mejor lo antiguo. De aquí la distinción,
más aparente que real, entre la poesía popular y la erudita; pero
poco a poco pasó a lo popular todo lo bueno y hermoso que en lo erudito
se había introducido, floreciendo allí y dando fruto cual bien
logrado injerto. Hay quien sostiene que esta imitación de lo
clásico, del siglo XVI en adelante, quitó originalidad al ingenio
de los españoles. Yo entiendo lo contrario, y la historia literaria
viene en mi apoyo. Nuestro teatro, nuestros mejores romances, nuestra
más elevada poesía lírica y nuestra más bella prosa
son posteriores al pleno Renacimiento. Posteriores son también ambos
Luises, Cervantes, Tirso, Calderón y Lope. La imitación no les
quitó las fuerzas y el ser propio. Es más: la imitación ya
existía. Lo que puso en ella el pleno Renacimiento fue la habilidad que
antes no se empleaba. La imitación no fue mayor, sino más
juiciosa y feliz, por ser ya los modelos mejor estudiados. Este estudio, por
último, y esta afición a lo antiguo, sirvieron de incentivo y
aguijonearon la inspiración moderna.
De todos modos, nuestra literatura, aunque rica de elementos
propios, está fundada y arraigada en el clasicismo latino. Tiene,
además, de común con la de muchas naciones otro elemento esencial
venido de fuera: la religión cristiana. El genio peculiar de cada pueblo
ha prestado después rasgos diversos a es tos elementos importados, y ha
creado cosas distintas; pero lo fundamental de la importación es
idéntico siempre, sobre todo en los pueblos neolatinos. El mayor o menor
valer de la cultura de cada uno dependerá, en primer lugar, del mayor o
menor valer de su genio nacional, que algo añade de su condición
y naturaleza, combina los elementos y organiza el conjunto. De esta
cuestión de primacía no me incumbe disertar aquí.
Supongamos que los genios de los tres pueblos son igualmente activos y
creadores. En tal hipótesis, no se me negará que la mayor
abundancia de elementos extraños que han concurrido a formar el habla,
la literatura y la civilización en general de cualquiera de los tres
pueblos ha de haber hecho esta civilización y, sobre todo, esta habla y
esta literatura más ricas.
Miradas así las cosas, y comparando nuestra cultura con la de
Italia y la de Francia, salta enseguida a los ojos una gran ventaja en la
nuestra. En el habla y en la literatura de España entra un elemento que
falta casi en los demás países del occidente de Europa: el
elemento semíticooriental, traído por los judíos y por los
árabes, y tal vez por los fenicios y cartagineses, en más remotas
edades. Pero este elemento, si en la parte léxica es algo apreciable,
pues acaso cuente con mil o mil quinientos vocablos, en la sintaxis y en el
organismo gramatical apenas lo es, digase lo que se quiera. Nuestro idioma es
ario, es latino, y propende a arrojar, y arroja de sí, no sólo
formas, giros y frases sino palabras semíticas. La mayor parte de las
que tienen esta procedencia van cayendo en desuso o anticuándose, y los
que las miramos como primor, elegancia y riqueza del idioma, a quien prestan a
la vez algo de peregrino y distinto de los otros romances, pugnamos en balde, o
por traerlas a frecuente empleo, o por conservarlas en el habla del día.
La ciencia rabínica o mahometana no pudo ejercer en la nuestra influjo
superior sino en los siglos medios, durante los cuales nos hizo representar
importante papel. Y en cuanto al influjo arábigo y judaico en nuestra
bella literatura, bien puede afirmarse que, hasta por confesión de los
más entusiastas arabistas y hebraístas de ahora, fue y es menor
de lo que en otro tiempo se ha imaginado. No obstante, y aunque le quitemos
importancia, es innegable que el elemento semítico, a más de que
ha de formar parte de la sangre que corre por nuestras venas, ha entrado en
nuestra lengua y en nuestra poesía por mucho más, que en las de
Italia, y que en las de Francia. En cambio, Francia e Italia, cuentan con un
elemento más rico, más fecundo y más afín, con el
cual apenas hasta hoy contamos nosotros. Este elemento es asimismo más
esencial y fundamental.
La lengua latina, de donde la francesa, la italiana y la
española proceden, es tan antigua en su raíz o más que la
helénica. El origen inmediato de nuestros idiomas está en el
latín, y no hay para qué ir hasta el griego. Yendo hasta el
griego, pasaríamos de una rama a otra en vez de acercarnos al tronco.
Pero lo que acontece con el idioma no acontece con la literatura. En lo
profano, en todo aquello que antes se designaba y comprendía bajo el
título de Humanidades, esto es, en todo saber, arte y disciplina que no
tienen algo de revelado y sobrenatural, Grecia es fecunda y casi única
madre de la civilización europea. El mismo Lacio agreste recibió
de ella todo saber, vencido y cautivo por las letras cuando la venció y
cautivó por las armas. Salvo pocos gérmenes informes de
indígena cultura, y salvo algo propio que pudo añadir el genio de
los antiguos pueblos de Italia, griegos de origen muchos de ellos, todo fue
allí imitación elegante y erudita, pero imitación al cabo
del saber helénico: epopeya, teatro, lírica, filosofía,
historia y hasta leyes.
Los helenistas españoles, sobre ser pocos, o no tuvieron
disposición para ello, o no nacieron en ocasión propicia. Lo
cierto es que su influjo y su gloria como tales helenistas se han encerrado
dentro de límites harto mezquinos. Los más célebres lo son
por otras aptitudes y trabajos. Así, Arias Montano, el
Brocense, Gonzalo Pérez, el padre Scio
de San Miguel, Castillo y Ayensa y Conde. El espíritu de Grecia
jamás ha sido estudiado y comprendido bien en España sino a
través de sus imitadores latinos. Las huellas del helenismo son, en toda
edad, más hondas en Italia y en Francia que en España. Nuestro
clasicismo español rara vez ha pasado del latín. Con frecuencia
se ha contentado con estudiar a los italianos y a los franceses. Esto nos ha
perjudicado mucho. No bebe agua limpia, quien la toma de la derivada corriente
a la que se han mezclado el caudal de otros arroyos y tal vez la tierra
removida de los bordes, sino aquel que aplica los labios al mismo manantial de
donde brota la abundante vena con pureza no turbada. Por esto acaso, si bien
nuestras letras brillan por la pompa, la lozanía y la gala de color y de
adorno, carecen a menudo de aquella corrección y sobriedad y de aquella
mesura llena de buen gusto y armonía que en raras ocasiones obtiene el
propio instinto como gratuito don del cielo y que suelen adquirir y poner en
sus obras los que estudian, contemplan y comprenden, con amor y entendimiento
de hermosura, los inmortales y casi acabados modelos de la Grecia antigua.
Este estudio, lejos de destruir la originalidad o de menoscabarla,
la ha aumentado y corroborado en Francia y en Italia, sobre todo desde
principios de este siglo o fines del pasado, dando extraordinario impulso a la
lírica, gracias a la inspiración de Andrés Chénier,
de Hugo Foscolo y de Leopardi.
Lo mismo anhela hacer en España Menéndez y Pelayo.
Para ello no basta, ni él posee sólo, la erudición.
Nuestro nuevo compañero posee igualmente el sentido profundo de la
belleza, la capacidad instintiva de percibirla y hacerla suya y el amor que
infunde. Para ser amado de las Musas es menester amarlas con amor
entrañable, y él las ama. Para que ellas inicien en sus santos y
dulces misterios, y muestren los recónditos tesoros que ocultan al
profano vulgo, es menester vencerlas con el afecto y con la devoción. Es
menester que las Musas juzguen al mortal digno de su favor y confianza, y capaz
de trasplantar al suelo patrio, con esmero y sin ajarlas, las delicadas y
mágicas flores que ellas cultivan.
Lo único que para esto tal vez falta al señor
Menéndez y Pelayo no es falta, sino sobra. Su prontitud de
comprensión y de producción le perjudica. Comprende y expresa
pronto, y de aquí algún desaliño. No hay en él
aún aquella escrupulosidad respetuosa, aquel detenido afán que
debiera. Su Pegaso pide, más que espuela, freno.
A pesar de estos lunares, los versos del señor
Menéndez tienen notorio valor: hay en ellos carácter propio, y,
sin dejar de ser españoles y castizos, traen a nuestra poesía
nacional extrañas y primorosas joyas, con que nunca o rara vez antes se
engalanaba.
Si como poeta no es popular aún el señor
Menéndez, me atrevo a pronosticar que lo será con el tiempo.
¿Fueron por dicha, populares desde el principio, Boscán y
Garcilaso? Así, Menéndez, que viene a aportar un nuevo elemento a
nuestra patria, tiene que ser, al principio, tan poco popular como ellos.
Andrés Chénier goza hoy de más fama que en vida y que poco
después de su muerte, a pesar de que su intervención en la
política, su oda contra Marat y su fin trágico debieron realzar
su mérito literario y acrecentar su brillo.
Y no se diga que quien en cierto modo reproduce lo antiguo ni piensa
ni siente como en el día y que su poesía es anacrónica. La
belleza de la forma es inmortal, no pasa de moda nunca y por ella las antiguas
imágenes, fábulas y alegorías renacen y cobran juvenil
frescura y adquieren significación más alta cuando una
fantasía valiente se hunde en el seno de las edades remotas y de
allí las trae a la vida actual y a la luz del sol que hoy nos alumbra.
No de otra suerte robó Fausto del seno de las madres a la hija de Leda,
la cual apareció tan hermosa y deseable como en el momento en que desde
los muros de Ilión enamoraba a cuantos la veían al ir a
presenciar la lucha por su amor entre Paris y Menelao. El que tiene mente y
corazón y mira el espectáculo del mundo, de la Historia en su
largo proceso y de la vida humana con sus sentimientos y pasiones, se pone en
medio del raudal de los siglos y del movimiento incesante de las inteligencias,
y cuanto dice es tan nuevo como puede y debe ser, aunque se revista de forma
antigua, si hemos de llamar forma antigua a la forma bella.
Para mí, pues, más que por erudito, más que por
gramático, más que por humanista, aunque estas condiciones le
hacían idóneo para ser académico, lo cual no sólo
es premio y distinción honorífica, sino función o empleo,
el señor Menéndez está aquí por poeta. Mientras que
el vulgo le reconoce y proclama como tal, en lo que si tarda es por lo
insólito o inaudito de su canto, justo es que le reconozca y proclame,
no la Academia Española, que no debe imponer su autoridad ni
comprometerla, sino un individuo de su seno, que espera no ser desmentido ni
por el juicio de la posteridad ni por la opinión pública
ilustrada de la edad presente. Yo no le califico declarándole superior a
este o al otro compatricio y contemporáneo suyo. Digo sólo que,
si escribe con más cuidado, será más, influirá
más y valdrá más en España que en Francia
Chénier y que Foscolo en Italia. Por lo pronto, de lo que menos carece
es de inspiración. Su virtud poética, que no desmerece de la de
aquellos dos ilustres extranjeros que he citado, campea y da clara razón
de sí en traducciones, y también en obras propias, como la
Epístola a Horacio, la
Epístola a sus amigos de Santander, la
Galerna y, sobre todo, los versos amorosos a
Lidia. Si esta dama no es fantástica, y no creo que lo sea, porque no
hay dama fantástica que infunda tan verdadera pasión, bien puede
andar orgullosa de haber sido cantada con ternura, elegancia, sencillez y
primor que rara vez se emplean.
Del género de estudios y gustos del señor
Menéndez y Pelayo han salido ciertas opiniones que forman sistema, algo
como embrión de una filosofía de la Historia. Para cifrar este
sistema en una palabra, me atrevo a inventarla, aunque sea larguísima, y
lo llamo el
pangrecolatinismo. La soberbia de ingleses,
franceses y alemanes; el desdén con que miran en el día a los
pueblos del sur de Europa, considerándolos irremisiblemente
decaídos, cuando no radicalmente inferiores, y conformidad ruin con este
desdén de muchos sujetos descastados, que desprecian la tierra y la
casta de que son por seguir la corriente y mostrarse como rarísima
excepción de la regla, han contribuido también por
espíritu de protesta, a que el señor Menéndez se haga
pangrecolatino. El abatimiento, el desprecio de
nosotros mismos, ha cundido de un modo pasmoso; y aunque en los individuos y en
algunas materias es laudable virtud cristiana que predispone a resignarse y a
someterse a la voluntad de Dios, en la colectividad es vicio que postra,
incapacita y anula cada vez más al pueblo que lo adquiere.
Por reacción contra este vicio ha nacido en el alma del
señor Menéndez cierto injusto y airado desdén hacia los
pueblos del Norte y, sobre todo, hacia los alemanes, cuyos sabios, dicho sea de
paso, son los que mejor nos tratan los que mejor nos estiman y hasta los que
más a fondo conocen ya al señor Menéndez, y le celebran, y
llegan a reírle como gracia paradójica e ingeniosa, y como
sátira aguda, la crueldad con que suele tratarlos. Ha nacido
también en el señor Menéndez la creencia de que los
pueblos del mediodía de Europa son los hierofantes de la Humanidad, la
raza civilizadora por excelencia; siendo extraño que coincida hasta
cierto punto en tal creencia con un alemán y con un impío.
Haeckel supone que las gentes
alalas, antropiscas y negras como la tizne, que
salieron en manadas de la Lemuria y del centro de África, no se hicieron
parlantes, discretos y progresivas hasta que pisaron las orillas de este
sagrado mar Mediterráneo, cuyo litoral y cuyas islas han creado las
nobles castas que han traído la cultura, la libertad y el progreso; las
cuales castas, antes de poner la hermosura en el mármol inerte y
frío, la han puesto en sus mismos individuos, blanqueándoles la
piel, afilándoles la nariz y haciéndoles
euplocamos; esto es, quitándoles las
pasas o los cabellos lacios y rizándoles natural y lindamente el pelo.
Lo cierto es que las regiones de Europa que el Mediterráneo baña
con sus ondas, y particularmente las tres penínsulas que avanzar en su
seno, la tierra de Pelops y ambas Hesperias, son para el señor
Menéndez la patria de la inteligencia, el foco de donde toda la
civilización sana, fecunda y alta ha irradiado y se ha difundido por el
mundo.
Todo otro foco de civilización, o vive de reflejo y de
empréstito del legítimo foco, o, si tiene y vierte la luz propia,
es bastarda y deletérea.
Nace de aquí el amor; nace de aquí la devoción
fervorosa que consagra el señor Menéndez al gentilismo
helénico y nace también de aquí su intolerante catolicismo
desde que empieza la Edad Moderna. Desde entonces, el señor
Menéndez pone sobre todo el ser católico. Nada bueno hay que no
informe y funde esta religión. La Reforma luterana es un retroceso:
algo, en lo espiritual, como lo que la invasión de los bárbaros y
la caída del Imperio romano fueron, en lo temporal, siglos antes. El
predominio de la filosofía alemana, en época más reciente,
fue otra invasión, no menos funesta, contra el imperio filosófico
de los pueblos latinos.
Con la independencia de su sistema, y por cima de él,
quizá estará en el alma del señor Menéndez la fe
religiosa. No me incumbe tratar aquí de ella ni examinar sus quilates.
Baste la afirmación para mi propósito de bosquejar un retrato
literario de que el ardiente catolicismo del señor Menéndez
cuadra y se ajusta con su sistema.
Asimismo se ajusta con él la constante preocupación
del señor Menéndez de incluir en libros y discursos, como parte
de España, todo lo que a Portugal pertenece. Para el señor
Menéndez, el genio de Portugal es el mismo que el de España. La
ciencia y la literatura españolas no se comprenden por completo sin
contar con la de Portugal. Por esto, en el libro del señor
Menéndez sobre la ciencia en nuestro país, en
su Historia de los heterodoxos, y en la obra
titulada
Horacio en España, que, bajo tan modesto
epígrafe, es una excelente historia crítica de nuestra
poesía lírica, entran sabios, heterodoxos y poetas
portugueses.
En el concepto de Historia universal de nuestro joven
compañero, Grecia se adelanta y funda el saber de Europa, en cuanto
tiene de humano. Italia une luego a las naciones, les da lenguaje y leyes, las
prepara para recibir el cristianismo, y después, en nombre del
cristianismo, sigue civilizándolas y gobernándolas durante los
siglos medios. El papel de España, esto es, de Aragón, Castilla y
Portugal, no es, por último, menos brillante.
Hecha ya por Grecia e Italia la educación de Europa,
españoles y portugueses, como si la Providencia hallase estrechos los
límites de nuestro Continente para encerrar tan gran
civilización, y a fin de ensancharlos o borrarlos los suscitase, abren
caminos a distantes, inmensos e ignorados países, descubren otro mundo
en que difundirla y la acreditan a la vez, poniendo la base de toda ciencia
ulterior en el concepto del planeta que habitamos, magnificado y completo por
el arrojo e inteligencia de nuestros gloriosos navegantes. Estos, al descubrir
América, nos dan asimismo idea experimental de las sociedades
primitivas, y al visitar Asia nos ponen en contacto con las antiquísimas
civilizaciones y sociedades del Extremo Oriente, preparando la mente humana
para que, así como ha agrandado en el espacio el mundo conocido, haga
retroceder el término de lo no explorado en el tiempo. Nuestros
misioneros, además son los primeros importadores de idiomas,
poesía y saber de los pueblos asiáticos y americanos, y, sobre
todo, los chinos, japoneses y arios de la India oriental, por donde ensanchan
el horizonte de los conocimientos europeos, siembran la semilla de no pocas
ciencias nuevas, como la etnografía y la lingüística, y
enriquecen con exóticos elementos nuestra imaginación y nuestras
artes.
La parte de España en empresa tan noble casi es superior a la
de Grecia y a la de Italia, si sólo se atiende al primer impulso; pero
el predominio de España es efímero. Su poder y su virtud pasan a
otros pueblos. Lo que España empieza, Francia, Inglaterra y Alemania lo
prosiguen y lo llevan hasta el punto que alcanza hoy. Ellas realizan la ciencia
experimental que nosotros inauguramos; del conocimiento de este planeta pasan
ellas al más completo conocimiento del sistema solar y el Universo todo;
y ellas esclarecen y divulgan con método, precisión y copia de
datos, el habla, las artes, la religión y la filosofía de los
iranios, brahmanes y demás pueblos de Asia que nosotros visitamos antes.
El imperio material pasa a sus manos también. La raza inglesa prevalece
en América sobre la española y se enseñorea de la india.
Por el centro de Asia se abren paso y llevan la civilización los
rusos.
Nuestra primacía fue corta. En todo nos sucedieron; de casi
todo nos despojaron los pueblos del Norte.
Si fuésemos a investigar aquí las causas de esta
rápida decadencia, el señor Menéndez y yo
estaríamos muy discordes. Para mí, la causa fue el fanatismo
unánime (la unidad de fanatismo) que en hora mala se apoderó de
nosotros. Los otros pueblos no eran quizá menos fanáticos; pero
como el fanatismo tomó entre ellos diversas y opuestas direcciones, los
hombres de distintas sectas se combatieron unos a otros y, no pudiendo
destruirse, se allanaron a vivir en paz: primero, a tolerarse, y
después, a tener la libertad, fuente y condición de todo
progreso. En España en los siglos XVI y XVII, merced a lo casi
unánime de las creencias, no hubo guerras civiles religiosas ni tanta
sangre derramada; pero hubo una compresión larga y continua, que
acabó por marchitarlo y matarlo todo. Si personificásemos a las
naciones, yo me fingiría a Francia, Inglaterra y Alemania, en medio de
sus furores religiosos, como a tres matronas que caen enfermas con fiebre
agudísima, acompañada de violento delirio y de todo linaje de
perversas erupciones, pero que al fin sanan, convalecen y desechan el mal humor
y se ponen más robustas que nunca; y España me la
representaría como otra matrona que no tiene más que una
calenturilla lenta y suave (no puede hacerse más benigna apología
del régimen inquisitorial); pero esta calenturilla persiste tan tenaz y
tan sin tregua, que estraga la salud de la matrona y la enflaquece y desmedra,
hasta que acaba por parecer un esqueleto. Así España al terminar
la vida y el reinado de Carlos II. Verdad es que florecieron, en medio de aquel
fanatismo, las letras y las artes; pero a la manera del tronco de un
árbol, si se cubre de enredaderas, hiedra y otras plantas
parásitas, parece más verde, lozano y vistoso, hasta que,
oprimido por aquello mismo que tanto lo adorna, se seca y se consume. En
aquella virtud que nos animaba y engrandecía iba el germen corruptor que
había de perdernos. El señor Menéndez y Pelayo, con todo
su ingenio y erudición, no nos demostrará que, en medio del
resplandor de nuestras artes y amena literatura, no acabásemos por ser
inertes para toda alta cooperación científica, y ciegos y sordos
para ver y oír el movimiento de las ideas y el extraordinario progreso
de aquellos siglos.
Si de esto se tratara, nuestros discursos serían una
controversia. El mío sería, o procuraría ser, la
más completa refutación del de nuestro joven
compañero.
Por fortuna, el señor Menéndez ha elegido asunto
dentro del cual estamos en
perfecto acuerdo. No me toca más que
ampliar y comentar ligeramente lo que él dice, corroborando sus
afirmaciones.
En medio de aquella tiranía mental de los siglos XVI y XVII,
cuando la razón de Estado y el fanatismo unánime, fiero sufragio
universal, se aunaron para obligar a todos los españoles, a las vencidas
minorías, a que creyesen, pensasen y sintiesen lo mismo, haciendo
embusteros o hipócritas, o matando toda iniciativa de pensamiento, algo
que está por encima de toda ley se eximió de la tiranía, y
allí fue el hombre plenamente libre y dueño de sí:
sus fueros, sus bríos, sus
pragmáticas, su voluntad. En la práctica, este templo, este
asilo, donde custodiaba el hombre lo que ahora llamaríamos sus derechos
individuales e ilegislables, era la honra. El rey era señor de vidas y
haciendas. Podía matar y podía confiscar. En lo temporal, la
majestad humana era omnipotente, como en lo eterno la majestad divina; pero la
honra se sustraía a su pleno poder. Como dice el poeta español
espejo de su siglo, el poeta español por excelencia entonces, la
honra
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es patrimonio del alma, |
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y el alma sólo es de Dios. |
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De la misma suerte, en lo especulativo, en la esfera del
pensamiento, por cima del discurso, del raciocinio y de otras facultades, hay
una potencia sublime, intuitiva, la inteligencia simple, que, movida por el
entusiasmo y alzándose en alas del amor, busca en el alma misma, donde
hay lampos sin término en que explayarse, lugar sacratísimo en
que ser libre y soberana. Allí en el centro del alma, adecuado y
único trono de esa elevadísima potencia suya asiste Dios, y
allí el alma le halla, y, por inefable misterio, se transforma en Dios,
sin dejar de ser el alma individual humana. Los espíritus libres de los
españoles de aquella edad, huyendo de la compresión, tal vez sin
darse cuenta, buscaban este refugio. Tal vez la misma compresión en que
gemían les prestaba más fuerza, más alcance y más
certera dirección para penetrar y ahondar en los abismos de la mente,
como la bala que, mientras más forzada está dentro del tubo de
hierro que la oprime, sale más rectamente disparada y va más
lejos, no bien la pólvora se inflama, dilata el aire y la empuja. Por
esto, la primera calidad que distingue al misticismo español es la de
ser más intenso y penetrante que los otros. Vuela y ahonda más y
se extravía menos. Se diría que toda la serena claridad del
espíritu se guarda para él. Como hábiles acróbatas
que fuesen por cuerda sutil, extendida sobre precipicios espantosos, así
van nuestros místicos, llenos de confianza y denuedo, a buscar a Dios, a
unirse con Él, a poseerle y a ponerle en todo lo creado, sin caer en el
panteísmo
egoteista o subjetivo, y sin quitar a Dios la
personalidad, endiosando la Naturaleza. La realidad del Universo, la
responsabilidad de nuestros actos, nuestro ser individual, nuestro libre
albedrío, todo queda a salvo, hasta en los momentos de más intima
unión del Creador y de la criatura. Nuestros grandes místicos
jamás tienen el egoísmo negativo e inerte de los de otros
países, en quienes el alma se aniquila, se pierde en la infinita
esencia, y, absorbida en el Ser, en el Ser se reposa y aquieta como en la Nada.
En nuestros grandes místicos, sólo en un instante inapreciable
puede haber aparente aniquilamiento, completa efusión de lo finito en lo
infinito. El metal en la fragua parece fuego, y no metal; pero sale de
allí mejor templado y con propiedades de instrumento idóneo para
mil operaciones útiles. Así también el alma de nuestros
místicos sale de su unión con Dios más hábil e
idónea para la vida activa. Y no se enfría como la herramienta
cuando sale de la fragua, sino que guarda en sí aquel fuego de amor
divino, y en todo lo pone. Dios no la abandona. El alma sigue llena toda de
Dios, después que una vez le ha poseído, y le lleva y le siente
en su centro, y le siente, además, en todos los seres, así
semejantes suyos como no semejantes, animados e inanimados. Y este fuego, que
saca el alma y que no pierde, es fuego de caridad, es el amor por amor de Dios,
que vence en violencia y en útil actividad a todo otro amor de
fundamento profano. Sin creer el alma que todo es Dios, cree que todo
está en Dios, y que Dios está en todo, y lo respeta y lo ama
todo, y aun en cierta manera lo adora como divino. Nada hay feo, ni deforme, ni
inmundo. El sentimiento de la presencia divina hermosea la fealdad y limpia la
material impureza, prestándoles aquella expresión que Murillo y
Zurbarán sabían dar a sus frailes más rotos, sucios y
demacrados.
En lo práctico de la vida se refleja este misticismo generoso
y produce maravillosas obras. Así, nuestros misioneros y fundadores,
entre los que descuellan Juan de Dios, Antonio de Padua, José de
Calasanz, Íñigo de Loyola y Francisco Javier, apóstol de
oriente. Estos hombres, que la Iglesia pone en el número de los santos y
la más descreída filosofía no puede menos de contar entre
los más ilustres bienhechores del humano linaje, no van sólo a
difundir por el mundo la fe cristiana y a enseñar la religión a
las gentes, sino a enseñarles también todas las artes, toda la
superior civilización de los pueblos de Europa. Y en tan gigantesco
propósito, que tanto ha influido en el progreso de la Humanidad,
divulgando nuestro saber entre los pueblos bárbaros y salvajes, y
trayendo de ellos a Europa cumplida noticia de sus lenguas, ideas, costumbres,
usos y leyes, nadie se ha señalado más que la
Compañía de Jesús, creación del genio
español y una de sus mayores glorias. Los que yo juzgo extravíos
de la Compañía, su guerra declarada al espíritu del siglo
y su lastimosa alianza con los hombres del régimen absoluto, que tan
tiránico y feroz fue contra ella en el siglo pasado, no han de
impedirnos que en su empezar la ensalcemos. Para ponderar sus pacíficas
y civilizadoras conquistas, que aun en vida de su fundador llegan a los
últimos términos de la Tierra, no hay en la historia real
encarecimiento que satisfaga, y tenemos que apelar, a fin de hallarlo, a la
fábula vetustísima de la expedición triunfante y
benéfica de Osiris.
Fundamento de todo ello fue el misticismo español, tan
penetrante y tan hondo, y del cual sale el alma muy inflamada de caridad y muy
apta y alerta para las luchas de la vida. Y no se entienda que sólo al
llegar el alma a la perfección que anhela pasa de la
contemplación a la actividad y es útil al prójimo. Antes
al contrario, durante toda su peregrinación, la actividad exterior es
necesaria, en esto se distingue la mística ortodoxa de otros misticismos
que requieren o recomiendan la inercia. Es cierto que entre la vida activa y la
contemplativa, Cristo prefirió la contemplativa, diciendo que
«María escogió la mejor parte»; pero al decir
la mejor parte, dio a entender que la vida
consta de pensamiento y de acción, y así, la vida mixta, que
abraza lo más perfecto que hay en la acción y en la
contemplación, es la que nuestros autores ponen por encima de las otras,
sosteniendo que la contemplación no llegará nunca a ser perfecta
si el amor de Dios que en ella se emplea y ejercita no se difunde
también en utilidad de nuestros semejantes. De aquí que, para
distinguir la contemplación de buen espíritu de la falsa o de
espíritu malo, haya una regla general infalible, dada por el divino
Maestro: «Por los frutos se conocen los árboles donde
nacen.» La piedra de toque, pues, que sirve de contraste y aquilata la
bondad de la vida contemplativa está en las obras. Y no ya en la mera
contemplación, pero ni en los grados más altos de este ascenso
del alma hacia el Ser divino, la actividad y las obras se perdonan; antes,
mientras más señalados son los dones del Cielo, hasta cuando se
descorre el velo de la fe y viene a haber como un rompimiento de los muros de
esta cárcel en que vivimos, y el alma ve cara a cara al bien infinito y
se une a él con abrazo indisoluble, no es para que se aquiete y descanse
en tanto regalo, sino para que tome fuerzas y prodigue en bien del
prójimo todas las virtudes, sin lo cual el alma, a pesar de los favores
recibidos, quedará desmedrada y con corto merecimiento, y por lo mismo
que ya ha recibido favores, sería, con justicia tildada de ingrata.
Por otra parte, la contemplación, la visión
intelectual infusa, el punto más sublime a que puede llegar el alma
durante nuestra vida mortal por esta senda mística, no puede durar
más que un pequeño momento como si de repente se abriera la
secretísima puerta del abismo del alma y su luz la inundase e iluminase
y viese ella las cosas todas con tal claridad como si en la propia esencia
divina las viera. Y esta visión, aunque pasa, queda esculpida en la
memoria y deja tan ilustrada al alma y con tales deseos de merecer nuevos
favores, que la guía y la induce a hacer obras para merecerlos de nuevo
y agradecer los ya recibidos.
Otra excelencia avalora también nuestro misticismo. El
esfuerzo poderoso de la voluntad para buscar a Dios en lo más
íntimo, en el ápice de la mente, lleva al alma a observar y
penetrar sus ocultos senos, como los psicólogos más pacientes y
sutiles tal vez no lo hacen; por donde se halla con frecuencia, por
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