Pedro
III, I de Valencia y II de Cataluña. (Valencia, 1240-1285/1276-1285).
Llamado el Grande. Nació en Valencia en el verano de 1240, siendo
el primer hijo varón de Jaime I y de su segunda esposa, Violante de Hungría.
Era, por tanto, el segundo heredero, ya que la corona correspondía al
primogénito Alfonso. Pero las malas relaciones de Jaime I con Alfonso
y la ambición de Violante acabaron favoreciendo a Pedro, al que ya en
1241 Jaime I, en el primero de los repartos que desmembraron la Corona de Aragón,
le reservó Valencia, Mallorca y los señoríos al norte de
los Pirineos.
Tras la muerte de la reina Violante en 1251, la formación del infante Pedro quedó en manos
de los nobles, en particular los catalanes Jazberto y Guillem de Castelnou, Gilabert de Cruilles,
y el aragonés Ato de Foces, que lo instruyeron en el manejo de las armas -fue experto en el
manejo de la maza-, de la caza y de las letras, siendo de destacar la influencia de la cultura
trovadoresca, en particular Guillem de Cervera, que permitió al rey escribir poemas
trovadorescos durante su vida. Ningún retrato gráfico o escrito ha quedado sobre sus rasgos
físicos, y en 1257 Jaime I le nombró Procurador General del Principado de Cataluña, lo que le
permitió adquirir un importante peso político, sobre todo frente a su hermano Alfonso,
Gobernador de Aragón, que era incapaz de defender de forma adecuada su causa y sus derechos.
Son años en los que forma su personalidad, que estará caracterizada, como destacó F. Soldevila
por la rapidez en las decisiones y movimientos; su resistencia a la intemperie e inclemencias del
tiempo, que lo ponían al nivel de sus almogávares; persistente en sus acciones, sin dar tregua al
adversario; actuaba con juicio, pero sin desdeñar el arrojo y la osadía, aún a costa del peligro.
Muntaner dijo de él que no era ángel ni demonio, sino hombre.
Tras la muerte de Alfonso sin descendencia, Pedro se convirtió en el heredero principal, y en
1262 quedó como futuro rey de Aragón y Valencia, y conde de Barcelona, quedando para Jaime,
el hermano menor, Mallorca, Rosellón, Cerdaña y otros señoríos al norte de los Pirineos. En
Montpellier, en 1262, cuando tenía veintidós años, tuvo lugar, tras dos años de contactos, la boda
con la princesa siciliana Constanza Staufen, hija del rey Manfredo y nieta del emperador alemán
Federico II, que sería fuente de complicaciones internacionales, pero que abrió el Mediterráneo
central a la expansión de la Corona de Aragón. El infante Pedro comenzó a desarrollar su propia
política, aún a riesgo de enfrentarse con su padre. Disponía de una modesta Casa y Corte, de
escasos recursos, de la que vivía el joven matrimonio. Con Constanza tuvo cuatro hijos y dos
hijas. Fueron los hijos: Alfonso, el sucesor; Jaime, que fue rey de Sicilia y luego de Aragón
(Jaime II); Fadrique, también rey de Sicilia, y Pedro, casado con Guillermina de Montcada, hija
de Gastón, vizconde de Verán, que murió sin hijos en 1296. Las hijas fueron: Santa Isabel, reina
de Portugal al casar con don Dionís, y Violante, esposa de Roberto, rey de Nápoles. Pedro III,
gran amante extra-conyugal, tuvo otros hijos naturales. De una joven llamada María nacieron
tres hijos: Jaime Pérez, señor de Segorbe; Juan y Beatriz, casada con Ramón de Cardona. Hacia
1275-1280 tuvo amoríos con Inés Zapata, su amante oficial, a la que dio las villas de Llíria y
Alzira en el reino de Valencia, de la que tuvo cuatro hijos: Fernando, señor de Albarracín; Pedro,
que casó en Portugal; Sancho, que fue Castellán de Amposta, y Teresa, casada con los
aragoneses García Romeo, luego con Artal de Alagón y con Pedro López de Oteiza. Es posible
que Blanca, mujer del vizconde de Cardona Hug Ramón Folch el Viejo, fuera hija de Pedro III.
A esta lista habría que añadir, según Dexclot, los amores que tuvo con Elisenda de Montesquiu,
del Rosellón, y durante su estancia en Sicilia, con la esposa del destacado personaje Alaimo de
Lentini, luego asesinado por orden de Jaime II. Otra mujer, una siciliana llamada Lisa, parece
que tuvo amores con el rey, que fueron recogidos por Bocaccio y otros autores, aún cuando no
parecen estar muy claros históricamente.
Al morir Jaime I (1276) y tras su ascenso al trono, Pedro III, con más de 30 años, tenía ya una
amplia experiencia política y guerrera, pues conocía bien sus reinos, así como los vecinos, y se
había entrevistado con su cuñado, el rey de Castilla Alfonso X, y en París había visitado a Felipe
III, viudo de su hermana Isabel, extendiendo su gestión diplomática hacia los ámbitos del
Mediodía francés, Castilla y el Mediterráneo, donde cosecharía sus mejores frutos.
Pedro III, tras haber firmado una tregua de tres meses con los mudéjares sublevados en el
reino de Valencia, a los que estaba combatiendo, se coronó en Zaragoza en noviembre de 1276
y dejó de utilizar el título de infante, aunque no juró los fueros y privilegios tradicionales de la
nobleza. Regresó al reino de Valencia, sometió diversos castillos y tuvo que rendir a la fuerza
el de Montesa, terminando la revuelta en septiembre-octubre de 1277, antes de que granadinos
y norteafricanos pudieran socorrer a los mudéjares. En el futuro ya no hubo más levantamientos.
Los problemas para Pedro el Grande estaban en el interior de sus Estados y se derivaban de
los continuos choques que había tenido con la nobleza feudal, pues desde joven fue un celoso
defensor de la dignidad real frente a la oligarquía aristocrática, deseosa de someter a la
monarquía. A veces sus acciones chocaron incluso con los deseos de su padre e incluso
estuvieron dotadas de cierta crueldad. Los nobles catalanes, que en muchos casos eran
bandoleros, como nos cuenta el cronista Desclot, no querían al infante Pedro, porque era el
encargado de reprimir las banderías y los desmanes de tales nobles, y así intervino en la
contienda desarrollada en el condado de Urgel; capturó, hacia 1271, al noble catalán Ramón
Guillem de Odena y lo hizo ahogar en el mar, mientras que el río Cinca fue el escenario donde
pereció ahogado el bastardo real, Fernando Sánchez de Castro, por orden del infante Pedro.
La pacificación del reino
de Valencia provocó el descontento de los catalanes, cuyos privilegios
no había jurado. A ello se añadió la cuestión del
impuesto del bovaje, pagado solo en Cataluña, que el rey necesitaba con
urgencia para sofocar la revuelta. Llevado de su autoritarismo, exigió
el pago de este servicio sin respetar la costumbre de solicitarlo en las Cortes,
como era preceptivo. Era un problema constitucional, ya que el rey actuaba como
si el tributo fuera una cosa debida y no una graciosamente concedida, como señaló
F. Soldevila. Aceptar su pago era reconocer que el rey estaba por encima de
la ley y el bovaje de impuesto extraordinario pasaba a ser un gravamen ordinario.
Los catalanes se negaron a pagarlo y una parte de la nobleza se rebeló
contra el rey (1277-1278), encabezada por el conde Roger Bernat de Foix, al
que se unió el conde de Urgel, el de Pallars, el vizconde de Cardona
y otros. Pedro III reunió a los nobles fieles de Valencia y Cataluña,
y sitió a los rebeldes en Balaguer, que se rindió el 11 de julio
de 1280. Los vencidos, presos un año y castigados con fuertes multas,
colaboraron con lealtad en el futuro en las empresas exteriores de la monarquía.
Ello no quiere decir que desapareciera la fuerza política de la nobleza,
ya que esta aprovecharía las dificultades de la Corona para obtener,
por medios legales a través de las Cortes, parcelas de poder. Lo cierto
es que la pacificación interior permitió a Pedro el Grande
dedicar sus esfuerzos hacia el exterior y preparar concienzudamente la empresa
de Sicilia.
Quedaba por resolver la situación jurídica del rey de Mallorca con respecto al rey de Aragón,
al que se resistía a prestar homenaje. Pedro III fue a Perpiñán, habló con su hermano Jaime II de
Mallorca, cuñado del conde de Foix, y el monarca mallorquín se avino a reconocer que tenía sus
estados en feudo del rey de Aragón, prometiendo entregarle, cuando fuera requerido, las
ciudades de Mallorca, Puigcerdá y Perpiñán, ayudarle contra cualquier enemigo, que en el
condado del Rosellón se guardarían los Usatges y leyes de Cataluña y no circularía otra moneda
que la catalana. Pedro III reconoció, por su parte, la donación hecha por el padre de ambos,
Jaime I, a su hermano (20 de enero de 1279). Este tratado de Perpiñán, fruto del desequilibrio
de poder entre la Corona de Aragón y el reino de Mallorca, condicionó las futuras relaciones
entre ambos, manteniendo el control político-económico sobre el reino de Mallorca y
restableciendo la unidad jurisdiccional de la Corona de Aragón, rota por el testamento de Jaime
I.
En su política peninsular, al poco de comenzar su reinado, su hermana doña Violante, reina
de Castilla, con su nuera doña Blanca, viuda de Fernando de la Cerda, y sus nietos Alfonso y
Fernando, se refugiaron en Aragón, tras el nombramiento del infante Sancho como sucesor al
trono donde fueron bien recibidos por Pedro III y los infantes retenidos en el castillo de Xàtiva
como prenda para futuras negociaciones. En septiembre de 1279, entre Requena y Buñol, Pedro
III se entrevistó con el infante don Sancho, acordándose que doña Violante regresara al lado de
su marido, Alfonso X, pero Pedro III retenía a los infantes. El 27 de marzo de 1281 en las vistas
que tuvieron lugar en el Campillo, entre Ágreda y Tarazona, con asistencia de Alfonso X y del
infante Sancho, Pedro III reconoció a Sancho como heredero de Castilla y se acordó la conquista
y el reparto del reino de Navarra -que no se realizó-, mientras que el infante Sancho atacaría a
Juan Núñez de Lara, que tenía Albarracín por su mujer Teresa Álvarez, le quitaría la ciudad y
se la entregaría al rey de Aragón.
La entrevista realizada en enero de 1281 en Toulouse con el rey de Francia, Felipe III, Carlos
de Salerno, hijo de Carlos de Anjou y Jaime II de Mallorca, no tuvo los resultados previstos, ya
que se produjo un acercamiento entre franceses y mallorquines.
Dentro de este apartado de alianzas internacionales cara a la ofensiva mediterránea hay que
referirse al matrimonio de la infanta Isabel de Aragón -santa Isabel de Portugal- con el rey
Dionís 81281). Con Inglaterra el 15 de agosto de 1282 se pactó la promesa de matrimonio del
primogénito Alfonso de Aragón -futuro rey- con la princesa Leonor, hija del monarca inglés.
Por lo que respecta a la política
exterior, señalemos que al comienzo de su reinado, en 1276, Aragón
tenía cerradas sus posibilidades de expansión peninsular a costa
del Islam y por el Mediodía de Francia, fruto de la política internacional
de Jaime I, que había generado un aislamiento, contra el que Pedro III
iba a luchar, de acuerdo con sus planteamientos políticos. El nuevo rey
era consciente de las necesidades de expansión, tanto de la Casa de Aragón
como de la incipiente burguesía mercantil y marinera de sus Estados.
En adelante, el eje de la política exterior durante su reinado sería
la cuestión siciliana, a partir de 1282, fruto del matrimonio en 1262
del heredero a la Corona, el futuro Pedro III, con Constanza Hohenstaufen, hija
de Manfredo, rey de Sicilia. Muerto este y decapitado el heredero Conradino
por Carlos de Anjou, conde de Provenza, en 1268, la isla pasó a poder
del francés al serle concedida por el papa en calidad de feudo pontificio.
De este modo Pedro III heredó los derechos de la familia Hohenstaufen.
Ante el enfrentamiento que se avecinaba con los Anjou, Pedro III desplegó su habilidad
diplomática para hacer valer sus derechos, exigiendo al rey de Mallorca vasallaje, reteniendo en
su poder a los infantes de la Cerda, sobrinos del rey de Francia y legítimos herederos del trono
castellano, y negociando las ya citadas alianzas matrimoniales con Portugal e Inglaterra.
También fue clave en el desarrollo de las futuras operaciones la política desplegada por Pedro
el Grande en la orilla meridional del Mediterráneo, donde combinó la diplomacia y la guerra.
Este es el sentido que tienen las embajadas enviadas a Granada, Fez y Tremecén en 1276,
buscando establecer buenas relaciones con las potencias musulmanas norteafricanas, para evitar
que ayudaran a los mudéjares valencianos. Pero el ataque a Andalucía del sultán merinida Abu
Yusuf en 1277 rompió la paz, y la flota de Pedro III atacó Algeciras. En 1278 el rey de Aragón,
dado que no tenía intereses políticos en la zona, evitó comprometerse en la alianza de Castilla,
Granada y Tremecén contra los merinitas, trabajando por la paz, lo que benefició las actividades
mercantiles de sus súbditos, intensificándose el comercio con el Magreb central, donde se
buscaba el oro, conseguido en buena parte mediante el sistema de parias, a través del pago a la
milicia cristiana al servicio del sultán.
En Ifriqiya, gobernada por los sultanes hafsidas, la situación era diferente, pues su proximidad
a Sicilia hizo que Pedro III le prestara la máxima atención, y en 1279 envió como embajador a
Túnez al marino siciliano Conrado Lanza, almirante de Aragón, para exigir tributo al sultán, pero
con el deseo oculto de preparar la posible anexión de Ifriqiya a la Corona de Aragón, buscando
una excusa para intervenir militarmente en Túnez y convertirlo en base de ataque a las
posiciones angevinas en Sicilia y Nápoles. La gestión diplomática fracasó y Conrado Lanza
recorrió con las naves del rey de Aragón las costas de Túnez y Tremecén, obteniendo
importantes victorias y ganando prestigio para su monarca en la zona y en Sicilia, donde el
descontento contra los angevinos iba en aumento. Pedro III anunció que preparaba una
expedición contra Túnez y en diciembre de 1281 solicitó del papa Martín IV la bula de cruzada,
que le fue negada.
Cuando la flota estaba a punto de zarpar le llegó la noticia de que el 31 de marzo habían
estallado en Palermo unos tumultos, que se extendieron al resto de la isla y que duraron cerca
de un mes, episodio que la historiografía conoce como las «Vísperas sicilianas» o «Vespro». El
levantamiento de los sicilianos provocó una gran mortandad de angevinos, que fueron
desalojados de la isla, aunque Carlos de Anjou trató en vano de sitiar Mesina por mar.
Cuando Pedro III se hizo a la mar con su flota en junio se dirigió a Túnez, donde las tropas
catalanas hicieron algunas cabalgadas por el interior. Es evidente que la revolución interna de
la isla fue la que abrió las puertas al monarca aragonés. De lo contrario, es posible que la
expedición no hubiera pasado de Túnez. El papa se negó por segunda vez a ofrecer los subsidios
solicitados por el rey de Aragón, que en agosto de 1282 aceptó la corona de Sicilia que le
ofrecieron los sicilianos. El 30 de agosto desembarcó en Trapani, dirigiéndose a Palermo, donde
se coronó, y luego a Mesina, levantando el asedio de Carlos de Anjou, al que venció en la batalla
naval de Nicotera. Pedro III estableció posiciones en Regio y Seminara, al otro lado del Estrecho,
mientras que Roger de Lauria era nombrado almirante de la flota, logrando en junio de 1283 un
gran éxito con la ocupación de las islas de Malta y Gozzo, así como la de Djerba, frente a la
costa tunecina.
La conquista de Sicilia se hizo por intereses dinásticos más que por la voluntad de los
súbditos del rey de Aragón, y contó con más apoyo catalán que aragonés, ya que los catalanes
eran los más beneficiados en la misma en función de sus actividades comerciales, pero provocó
un importante cambio en las fuerzas políticas del Mediterráneo, al pasar a jugar un papel clave
Aragón, lo que complicó enormemente su política exterior, pues tuvo que enfrentarse con los
Anjou, Francia y el papado, y a sus propios Estados, en particular Aragón, que contemplaba la
empresa siciliana como algo ajeno a sus intereses, de la que no veía qué ventajas podía obtener.
Las Vísperas Sicilianas son el momento culminante de la política mediterránea de la Corona
de Aragón, a la vez que ponía fin a la idea de una restauración del Imperio latino de Oriente por
obra de Carlos de Anjou. Sicilia, en manos del rey de Aragón, era una formidable base contra
sus enemigos, y, sobre todo, junto con Túnez permitía el control de las principales rutas del
Mediterráneo, era la clave de la ruta de Levante, muy potenciada tras el movimiento cruzado.
El comercio catalán recibió un gran impulso, gracias a los privilegios obtenidos de inmediato,
a la creación de una red de consulados y a la exportación de cereales, casi en régimen de
monopolio.
Pero Aragón se encontraba
solo en el plano internacional, sin la posible alianza de Castilla, los gibelinos
italianos, el Imperio de Oriente, Inglaterra o el emperador de Alemania, todos
ellos empeñados en mantener la paz con Francia o el papado. El 9 de noviembre
de 1282 el papa excomulgaba a Pedro III y en enero de 1283 le desposeía
formalmente de su reino, que sería entregado, como vasallo de la Santa
Sede, a quien esta creyera oportuno. La lucha contra el rey de Aragón
adquiría el carácter de cruzada. Carlos de Anjou propuso resolver
la cuestión mediante un duelo judicial y le desafió, aceptando
Pedro III: cien caballeros de cada parte se encontrarían el 1de junio
en un palenque en Burdeos, territorio neutral bajo la jurisdicción de
Eduardo I de Inglaterra. Carlos de Anjou abandonó el sur de Italia, dejando
en Nápoles a su hijo Carlos de Salerno. El 22 de abril llegó a
Mesina doña Constanza de Suabia, la reina de Aragón, para asumir
el gobierno de la isla. El Parlamento acordó que Sicilia no se incorporara
a la Corona de Aragón y el segundogénito, el infante don Jaime,
fue jurado sucesor y heredero del reino de Sicilia. El rey abandonó la
isla, cuyo gobierno encomendó a la reina, ayudada por un consejo, aunque
pronto el partido angevino empezó a conspirar y a provocar revueltas,
que fueron sofocadas. El desafío entre Carlos de Anjou y Pedro III, que
ha sido duramente criticado por los autores catalanes, no sirvió para
nada, ya que no se llevó a efecto, pues ambos contendientes comparecieron
por separado e hicieron constar por escrito que la victoria les correspondía
a cada uno.
El paso siguiente fue la guerra entre Aragón y Francia, en base a la excomunión papal de
Pedro III y la donación de la Corona de Aragón a Carlos de Valois, hijo de Felipe III de Francia,
que fue investido el 27 de febrero de 1284. Para estimular la intervención del monarca francés,
el papa Martín IV dio a la guerra el carácter de cruzada. La situación se tornó muy grave para
el rey de Aragón ya que, ante sus necesidades financieras para sufragar la guerra -el bovaje en
Cataluña y las questias en Aragón-, sus súbditos se dispusieron a hacer valer sus exigencias, en
una guerra en la que no veían beneficios tangibles. Los grupos dirigentes aragoneses no se
oponían a la guerra, pero se desentendieron de ella, ya que se había emprendido sin contar con
ellos, no veían que pudiera incrementar su patrimonio personal y la consideraban una cuestión
dinástica y no nacional. Es posible que el rey ni siquiera los consultara, lo que produjo una
situación de descontento similar a la actuación de Jaime I en el reino de Murcia veinte años
antes. La excomunión del monarca y la separación legal del trono y de toda su Casa, y el
enfrentamiento armado con el rey de Francia provocaron la explosión de rebeldía nacional en
Aragón, generando un clima de desobediencia civil y de violencia desconocidos hasta entonces.
Los privilegiados buscaban compartir la responsabilidad política del reino, tratando de arrebatar
parte del poder político del monarca y participar en las decisiones exteriores. La exaltación de
Cataluña, a su vez, propició el recelo de los aragoneses, que buscaron defender sus privilegios
y peculiaridades, generando la primera revuelta nacionalista en Aragón: la Unión, aunque, como
señala E. Sarasa, la sedición «ocultaba la escasa relación de la aristocracia con el resto del
conjunto social emergente y la poca capacidad de adaptación de la caballería militar a una época
en que la guerra contra el moro había pasado a un segundo plano frente a la política internacional
con los otros estados de la Cristiandad».
Los llamamientos al ejército feudal para rechazar el ataque francés fueron desobedecidos y
en la asamblea de Tarazona de 1283 los nobles y milicias ciudadanas confabuladas presentaron
al rey sus reivindicaciones, en forma de agravios y reclamaciones, que si no eran atendidas
supondrían el abandono de la campaña. Las peticiones eran: mantenimiento de los privilegios,
imposibilidad de exigir nuevos impuestos y un cambio en las formas de gobierno del rey que «no
se aconsejaba de ellos, como los reyes pasados». Los juramentados se comprometían a ayudarse
mutuamente si el rey procedía contra ellos. Es lo que se llamó Unión a fuero de Aragón.
Pedro III se da cuenta pronto que ha de enfrentarse con un amplio movimiento, dirigido por
la nobleza feudal, pero que englobaba a muchas villas y ciudades, y que ha sido interpretado
como una explosión de aragonesismo frente al carácter catalanista del rey. En las Cortes de
Aragón, reunidas en Zaragoza en 1283, Pedro III tuvo que conceder el «Privilegio General»,
cuyos 31 puntos González Antón resume en seis apartados: problemas de la nobleza y de las
relaciones entre estamentos, buscando los nobles de mantener sus honores, regular el servicio
militar, etc.; administración central y local: se concretan las distintas competencias; sistema
económico: en contra del intervencionismo de la Corona y el establecimiento de monopolios;
ataques al sistema fiscal, reclamando exención de impuestos y la imposibilidad de crear otros
nuevos; confía al Justicia de Aragón los pleitos que llegaran a la corte; el Privilegio impulsaba
tres instituciones fundamentales: el Justicia de Aragón, el Consejo del reino, integrado por
representantes de todos los estamentos, y las Cortes. También se incluyó la petición de la
extensión del Fuero de Aragón en el reino de Valencia, olvidando que Jaime I ya había dado sus
Furs propios a este reino. El Privilegio General presenta pocas novedades y básicamente era una
confirmación del derecho antiguo, pero tiene el gran interés de ser el primer ensayo para fijar
legalmente la relación del rey y el país e instaurar una serie de instituciones políticas que
marcarán el futuro político de Aragón, como fue la obligación del monarca de reunirse
periódicamente con los aragoneses en Cortes.
A pesar de estas concesiones
los barones no estaban dispuestos a defender al rey y reforzaron la Unión,
reconocida oficialmente en Tudela (28 de septiembre de 1284). Pedro III se les
opuso con la ayuda de los valencianos, y en las Cortes celebradas en Valencia
en 1283, haciendo caso omiso de lo concedido en Zaragoza, confirma y concede
a los valencianos fueros adaptados a la realidad social y económica del
país, de fuerte contenido romanista, que potencian la personalidad jurídica
de Valencia frente a los otros reinos, aunque la vigencia de los fueros aragoneses
en parte del territorio mantuvo largo tiempo la pugna foral en estas tierras.
También creó el tribunal del Consolat de Mar de Valencia en 1283,
autorizando a los prohombres de mar a elegir dos cónsules para juzgar
sus pleitos. En diciembre de 1283 convocó cortes catalanas en Barcelona
para conseguir ayuda militar, que le fue concedida, aunque el rey hubo de conceder
la constitución «Una vegada a l'any», por la que, entre otras concesiones,
las Cortes se reunirían en Cataluña anualmente; confirmó
los Usatges catalanes y abolió el bovaje.
Mientras, en aguas sicilianas, la situación era favorable para las armas aragonesas, gracias a
los triunfos navales del almirante Roger de Lauria. En junio de 1284 Carlos de Salerno fue hecho
prisionero tras una derrota naval de los angevinos frente a Nápoles. Carlos de Anjou murió el
7 de enero de 1285, viendo como fracasaba su obra, mientras que Pedro III se fortalecía con las
alianzas de Castilla y de Eduardo I de Inglaterra.
En la intervención armada
de Felipe III de Francia pesó mucho la situación del reino de
Navarra, en manos de su hijo, ya que Pedro III se había apoderado en
1284 de la región de Tudela y podía hacer lo mismo con el resto
del reino, por lo que se dispuso a la guerra. Contaba con la ayuda del rey de
Mallorca, Jaime II, que entregó al francés las más importantes
fortalezas del Rosellón. Mientras tanto, en marzo de 1285, estalló
en Barcelona una grave insurrección popular, que se enmarcaba en los
movimientos sociales que por entonces se estaban dando en otras ciudades del
Occidente europeo, siendo su protagonista Berenguer Oller. La historiografía
tradicional, desde Zurita a Soldevila, siguiendo al cronista Desclot, atribuyen
esta revuelta a la preparación de la cruzada contra Felipe III, considerándolo
como un movimiento favorable a los franceses y traidor a Pedro III. La historiografía
actual considera que la insurrección se debió a problemas sociales
internos, de enfrentamiento del poble menut contra el patriciado urbano. Oller
dominó la ciudad, impuso su voluntad a los oficiales reales y municipales,
y desposeyó a los rentistas de sus rentas. El objetivo político
era romper el monopolio del gobierno municipal por el patriciado -ciudadanos
y mercaderes. Pedro III, que estaba presidiendo Cortes aragonesas en Huesca,
se dirigió con rapidez a Barcelona, detuvo a Berenguer Oller y lo hizo
ahorcar el 25 de marzo, poniendo fin a la revuelta.
La cruzada contra el rey de Aragón estaba a punto de lanzarse contra Cataluña, y para hacerle
frente Pedro III colocó sus fuerzas en el Coll de Panisars y él esperó en Figueres al francés (abril
de 1285). La flota aragonesa que operaba en Sicilia regresó a Cataluña para oponerse a la de
Felipe III, quien, sobrepasando el flanco aragonés, pasó a sitiar Gerona el 25 de junio. La ciudad
resistió el duro asedio, permitiendo que llegara la flota de Roger de Lauria, que derrotó a la
francesa en las islas Formigues. Gerona se rindió, pero la mortandad, atribuida a las moscas
salidas del sepulcro de san Narciso profanado por los franceses, y las dificultades de
aprovisionamiento obligaron a Felipe III a retirarse, falleciendo en Perpiñán, a causa de las
penalidades. En octubre de 1285 Cataluña estaba libre. El siguiente paso de Pedro el
Ceremonioso era confiscar el reino de Mallorca, feudo de un vasallo traidor, Jaime II, tarea que
encargó a su hijo, el infante Alfonso, pero la muerte el 11 de noviembre de ese año en Vilafranca
del Penedés le impidió ver consumado su triunfo. El rey manifestó su deseo de morir en el seno
de la Iglesia y, con el fin de obtener el perdón, ordenó que se devolviera al papa el reino de
Sicilia, orden que no se cumplió y que no tenía otro objetivo que no morir excomulgado. Ese año
habían fallecido todos los protagonistas de esta primera etapa de la empresa siciliana: el papa
Martín IV, Carlos de Anjou, Felipe III y Pedro III. Era el comienzo de la expansión mediterránea
de la Corona de Aragón y el fin de los sueños imperialistas de los Anjou y los teocráticos del
papado, ratificados en Anagni.
Pedro III fue sepultado en el monasterio cisterciense de Santes Creus, por el que había
mostrado particular predilección durante su vida, manifestando su deseo de ser enterrado allí.
De momento fue depositado en una tumba provisional, hasta que se realizó el proyecto
definitivo, una urna de pórfiro, que se supone traída desde Sicilia por Jaime II, donde aún
reposan sus restos.
En el terreno de la administración
hay que señalar el importante papel que la minoría judía
desempeñó durante buena parte del reinado de Pedro el Grande,
siguiendo la trayectoria de su padre, Jaime I, con el que se había iniciado
el auge de los funcionarios judíos. A pesar de las prohibiciones eclesiásticas
dictadas en el IV concilio de Letrán en 1215, que prohibía que
los judíos desempeñaran cargos públicos y de gobierno,
Jaime I y Pedro III no dudaron en utilizar a personajes de esta religión
para el ejercicio de funciones político administrativa. Si en tiempos
de Jaime I destacaron los miembros de la familia zaragozana de los Caballería,
será ahora, entre 1276 y 1283 cuando estos funcionarios alcancen su apogeo.
Personajes destacados fueron: Jucef Ravaya (m. 1282), que fue tesorero de la
Corona; su hermano Mossé Ravaya, baile general de Cataluña; Muça
de Portella, que administró diversas merindades aragonesas, recaudador
de impuestos, etc; y Aarón Abinafia, baile general de Teruel y sudeste
de Aragón, inspector de cuentas, etc., a los que se añaden numerosos
bailes locales en Cataluña o Valencia, donde les fueron encomendadas
además labores de repoblación de algunas localidades y comarcas.
También fueron recaudadores y arrendadores de impuestos, médicos
reales, o embajadores y traductores, dado su conocimiento de la lengua árabe.
Toda esta «edad del oro» judía se terminó cuanto Pedro III en
1283-1284 se vio obligado a aprobar el Privilegio General de Aragón y
el Recognoverunt proceres de Barcelona, donde se contenían disposiciones
legislativas prohibiendo a los judíos ejercer cargos de gobierno, en
particular bailes, lo que supuso su separación de las funciones de gobierno
en los Estados de la Corona de Aragón.
En el campo de la cultura literaria
señalemos que Pedro el Grande tuvo fama de ser un excelente trovador,
y su extraordinaria personalidad ha hecho que pasara a la historia con el calificativo
de «Grande», y de ella se hicieron eco los propios cronistas de la época,
quienes llevados por su admiración hacia el personaje no dudaron en calificarlo
como «lo segon Alexandre per cavaleria e per conquista», como hizo Bernat Desclot
en su Crònica, y para Ramón Muntaner era, nada menos, que
el hombre que había nacido con más gracias después de Jesucristo.
El orgullo hacia el Casal de Aragón se traslucía en estas alabanzas.
Las gestas del monarca generaron un ciclo poético que duró hasta
el Romanticismo, siendo objeto de multitud de poemas, de alabanza o denigratorios,
por parte de los trovadores, mientras que Dante dijo de él: «de todo
valor estuvo ceñido su corazón»; apareciendo en la famosa novela
de caballerías «Curial y Güelfa» y hasta el mismo Shakespeare se
hace eco de sus gestas.