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Cartas Finlandesas. Hombres del Norte.


Ángel Ganivet


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Granada, Tip. Vda e Hijos de Sabatel, 1898, cotejada con la edición de Antonio Gallego Morell (Madrid, Espasa Calpe, 1998).]




ArribaAbajoCartas Finlandesas


ArribaAbajo- I -

Después de celebrar como merece el cosmopolitismo de los granadinos, el corresponsal declara sus propósitos


Varios amigos míos granadinos, miembros de la tan ilustre como desconocida Cofradía del Avellano, me han escrito pidiéndome noticias de estos apartados países, en la creencia de que las tales noticias, aparte de los atractivos con que yo pudiera engalanarlas, tendrían de fijo uno muy esencial, el de ser frescas; porque la imaginación meridional, reforzada por el desconocimiento, no ya meridional, sino universal, que de este rincón del mundo se tiene, concibe a su antojo cuadros boreales, en que figuran los hombres enterrados debajo de la nieve y saliendo de vez en cuando para respirar al aire libre y fumar un cigarro en agradable conversación con los renos, los osos y las focas.

No soy yo hombre capaz de negarme a satisfacer los deseos de mis amigos, singularmente cuando lo que me piden es razonable y poco trabajoso; así es que me decidí a escribir varias cartas, hablando a cada uno de los peticionarios de lo que más pudiera interesarle y gustarle, y abrazando en conjunto desde la constitución geológica, etnográfica y política, artes, cocina o indumentaria, hasta los procedimientos que se emplean para encender el fuego y hacer las camas. Pero después, pensándolo mejor, caí en la cuenta de que no era justo reservar en beneficio de unos pocos un trabajo que, malo o bueno, había de contener tantas noticias nuevas y curiosas, y formé el propósito de callarme hasta el día 1.º de octubre, que es el de la apertura de los centros docentes, y ese día abrir mi cátedra como el más pintado, y explicar un curso libre por medio de cartas dirigidas en particular a mis amigos, y en general a todo el que quisiera matricularse en la administración de El Defensor de Granada. Ese día es el de hoy, y lo que pensé va a convertirse en hecho visible y palpable.

El procedimiento es un tanto revolucionario; pero los usos no nacieron todos a la vez: el mundo es una Universidad donde hay cátedras y bancos de sobra, y lo que falta son maestros y discípulos: yo no soy maestro, lo reconozco; pero en caso de apuro puedo ejercer de suplente, auxiliar o supernumerario, no tan mal como muchos que he conocido en mi vida estudiantil, dicho sea sin ofensa de nadie. Y por lo que hace a mis discípulos, lo serán muy a gusto, aunque por culpa mía con escaso provecho, todos los granadinos de buena casta, los cuales son por naturaleza cosmopolitas y muy aficionados a conocer países extranjeros. He notado que, en los años juveniles, a todos nosotros se nos mete en el cuerpo, juntamente con los primeros sobresaltos eróticos, una pasión violenta por conocer nuevas gentes y nuevos climas, sin duda para sacudir el yugo del amor y de las prosaicas complicaciones que acarrea. Y si muchos, casi todos, se mueren sin haber logrado más que dar una escapadita a Málaga para ver lo que es el mar, recaiga toda la culpa sobre el mal servicio de ferrocarriles y sobre la «crisis por que atraviesan las tres fuerzas vivas del país: la agricultura, la industria y el comercio».

Hallábame yo un día paseándome por el Grao de Valencia, y se me ocurrió entrar en cierto burdel a mano derecha yendo hacia el puerto, para saborear la legítima paella valenciana, que a la puerta estaba anunciada en un cartelillo tan sucio como falto de ortografía; y una vez dentro de aquel tugurio o cuadra, y en posesión de mi apetecido plato de paella, de exquisita paella, vi que en el centro del comedor, entre las mesas, comenzaba a perorar un hombre joven y simpático, que de frente parecía un tribuno y de perfil un banderillero, a causa de lo largo de sus brazos y de lo desmedrado de su chaqueta; y lo que me llenó de admiración fue oírle hablar de Granada, de la grandeza mayestática de nuestra Sierra, de la hermosura de nuestra Vega y de la umbrosidad apacible de los bosques de la Alhambra. Todos los comensales, que eran muchos, estaban suspensos y como colgados de la palabra del orador, y entre los platos y las bocas, las cucharas hacían varias estaciones. Yo no quise interrumpir tan bella disertación, por no cortar los vuelos a mi paisano (más que paisano, puesto que luego declaró ser nativo del Campo del Príncipe y, por tanto, greñudo auténtico), quien, dicho sea entre paréntesis, se despachaba a su gusto, es decir, que entre cada dos verdades metía un embuste como una piedra de molino; pero pensaba que, si las manos del disertante no denunciaran su oficio de sombrerero, cualquiera le tomaría por un bardo popular, famélico y errabundo, inspirado por la musa granadina, ingrata doncella que se hace amar a fuerza de desdenes.

Y en verdad, aunque el progreso de los tiempos haya transformado los laúdes en planchas u otros instrumentos de trabajo y las estrofas rítmicas en prosa hinchada e hiperbólica, yo creo que el espíritu popular no ha cambiado; que en él se conserva perenne el sentimiento de la belleza natural, renovador y purificador del arte. El pobre cantor del Grao de Valencia no es solo: en muchas ciudades y pueblos de España, donde yo menos podía imaginármelo, he encontrado granadinos, casi todos del gremio de sombreros, que sea por la crisis por que suele pasar, sea por lo «socorrido» del oficio, es el que da más aliento a la emigración; algunos establecidos decentemente; los más en míseros portales con un mostrador, un escaparate y dos sillas, todo de lance, amén de los moldes, planchas y sombrereras. En estos humildes centros, que a veces son terribles focos políticos, está depositada la representación del pueblo granadino en las «cortes extranjeras». ¿Y quién sabe todavía si nuestros sombrereros no se decidirán a aprender idiomas y a derramarse por todo el mundo, con gran provecho para nuestra fama?

Parecería más lógico que Granada, ciudad morisca, estuviese representada por vendedores de babuchas, que no que lo esté principalmente por artífices de una prenda que los moros jamás usaron ni quieren, con excelente acuerdo, usar, no obstante el empeño con que los paladines de la civilización pretenden adornarlos, no ya con sombreros, sino hasta con camisas almidonadas, corbatas y guantes. Pero las cosas son así: no seamos exigentes y conformémonos con que haya en España quien sea vocero de nuestro renombre y quien demuestre prácticamente que somos un pueblo amante de la expansión, de ver mundo, de sacudirnos el polvo, sin olvidar la tierra nativa, por más malos tratos que en ella hayamos recibido.

Para que nadie tenga nada que agradecerme, diré que yo vivo en este país a costa de España, y que aunque no haya ningún artículo de reglamento que me obligue a escribir a mis paisanos, no hay tampoco ninguno que me lo prohíba; de suerte que soy libre para pensar como pienso que estoy obligado, y, con el sueldo que me pagan, pagado. -Otro uso nuevo, dirán mis discípulos. -No tan nuevo, contestaré yo, puesto que los célebres agentes políticos que las repúblicas italianas enviaban al extranjero, los tan decantados venecianos y florentinos, no eran más que corresponsales de periódico, habilísimos gacetilleros, injertados en políticos sutiles, que escribían sobre todas las cosas con la mayor libertad y desenfado, y nos dejaron cuadros admirables de los países en que habitaban, mientras que los diplomáticos que se consideraban «seres superiores» escribían despachos apelmazados y hueros, útiles sólo, en general, para que los roan los ratones en los archivos. Nada hay más hermoso en el mundo que la llaneza y la naturalidad, y en gran error viven los que se rodean de misterios, que el tiempo se encarga de aclarar y de presentar ante nuestros ojos como envoltura de ridículas vulgaridades. Las ideas que los hombres tenemos deben ser como piedras, y los cargos que ejercemos como cántaros: ocurra lo que ocurra, debe romperse el cántaro. Cargos hay muchos e ideas pocas; respetemos la pureza de nuestras ideas y no la alteremos en beneficio de los fugaces intereses de nuestro medro personal, exagerado o mal comprendido.

No me gusta imitar a nadie; mas, si lo pretendiera, vemos que no faltan modelos, y de los mejores, y, a mucho apurar la materia, yo podría ser tan florentino como el mismísimo Maquiavelo, porque no nací en ningún villorrio, sino en una gran ciudad, que, por tener entre sus nombres históricos el de Florentia, da derecho a sus hijos a que usen el sobrenombre de florentinos, aunque sean más romos que un colchón.

A fuer de hombre honrado, he de declarar que el deseo de ser útil a mis conciudadanos no me ha forzado hasta el punto de obligarme a hacer cosas distintas de las que hubiera hecho en cualquiera ocasión; no se crea que escribo entre promontorios de libros y papeles: el único libro que tengo a mano es el de Adressbok o Guía de la ciudad. No trato de hacer un estudio científico: voy sencillamente a exponer las «ideas que se le ocurren a un español que por casualidad habita en Finlandia». Hablo de lo que veo y lo que oigo, o de lo que «semiveo» y «semioigo»: porque en cuanto al oír, como me hablan en varias lenguas, es posible que entienda muchas cosas al revés, y en cuanto al ver, como tengo la desgracia de distraerme con frecuencia, no veo las cosas por todos sus aspectos, y a veces no las veo por ninguno, porque imito a los gatos del tío Marcos, famosos gatos granadinos de quienes cuenta la tradición que cerraban los ojos por no ver los ratones.

No es esto decir que no lea libros: leo muchos, así como revistas y periódicos y cuantos papeles caen en mis manos, pero no tomo nunca notas; y en cuanto leo un libro, estoy deseando darlo. Algunas personas me han preguntado: -¿Cómo, si cree usted que este libro es tan bueno, me lo da y se queda sin él? -Porque lo he leído -contesto yo-, y ya no me hace falta. -Pero ¿y si desea después consultarlo para recordar algún detalle que se le olvidó? -Lo que se olvida se debe olvidar -afirmo yo, con un fatalismo estético que a las personas tímidas las descorazona-. Y esto no es una «salida»: es un axioma, algo indiscutible, permanente e inmutable. Si de las ideas de un libro las unas se me quedan y las otras se me van, es porque las unas son concordantes con mi espíritu y las otras no, o porque, según mi modo de ver, las unas son más importantes que las otras. Si por un esfuerzo de la voluntad mantengo todas las ideas con el mismo relieve ante mis ojos, cometo un atentado contra mi inteligencia. Un hombre que pretendiera mover un objeto pesado por medio de la meditación, en vez de acudir al empleo de la fuerza, sería desde luego tenido por grandísimo loco, y, en cambio, se admira a quien pretende crear obras de la inteligencia apoyándose sobre la voluntad, y se acepta como verdad inconcusa que un hombre de genio debe llevar tras de sí tres o cuatro mozos de cuerda.

Las obras humanas han de ser creadas humanamente por procedimientos humanos. Cambian las ideas porque cambian las cosas y los hombres, pero la naturaleza del enlace del hombre con las cosas no cambia. Un sabio puede componer un muñeco perfectísimo que parezca un niño de verdad, y que, por medio de una corriente eléctrica y de un aparatito fonográfico, gesticule y hable como un gracioso orador; pero, si quiere ser padre efectivo, no tiene más remedio que resignarse y hacer lo que hace el más rústico ganapán. El que quiera hacer algo humano no tiene que andarse en quebraderos de cabeza: que diga lo que piensa como lo piensa, y esté seguro de que, por muy malo que sea lo que haga, no será peor que lo que haría violentándose. Yo no soy escultor; pero si cojo el cincel y esculpo en una piedra una figura a mi capricho, saldré más airoso que si comprase varios fragmentos de estatua y a fuerza de paciencia llegara a formar con ellos una estatua de artificio.

Puesto que voy a hablar de cosas de Finlandia, nada más natural que decir que este Gran Ducado tiene tal extensión y tantos habitantes, y que su capital, Helsingfors, es población de tantos miles de almas. No sería difícil hacerlo así, porque he tenido necesidad de buscar esas cifras y aun las conservo en la memoria; pero no haya temor: no las escribiré. No quiero inaugurar mis explicaciones llenando la cabeza de mis alumnos de cifras inútiles. Yo he preguntado aquí a personas de diferentes categorías sociales, y ninguna las conocía con exactitud: así, pues, no he de ser más papista que el Papa; si las gentes que aquí viven y que de aquí son no quieren molestarse en retener en la memoria esos datos, no veo la necesidad que tengan de conocerlos mis compatricios, que viven a tan larga distancia. Baste saber que este país es grande, mayor que Italia y menor que España; pero muy poco poblado. En el Sur, o sea en la verdadera Finlandia, viven con holgura unos dos millones y medio de individuos, y en el Norte, en la Laponia, habitan los lapones, que no pasan de seis mil. En cuanto a Helsingfors, es capital moderna, que ha crecido como la espuma, y tiene, según unos, de sesenta a setenta mil habitantes, y, según otros, de setenta a ochenta mil, indicando esta vaguedad que se confía en ir subiendo y en llegar a la cifra a que hoy no se llega. Para resolver la duda, he llamado a mi staerdeska, una vieja muy lista y experimentada, y le he preguntado: «A su juicio de usted, ¿cuántos habitantes tiene Helsingfors?». Y mi criada, después de sacar los labios hacia afuera en forma de trompa, sin duda para concentrar la atención, me ha dicho: «Jag tror omkring sjuttiotusen». Lo cual, vertido al cristiano, quiere decir: «Me parece que setenta mil, poco más o menos». Sospecho que esta buena mujer me va a prestar grandes servicios, aparte de los que me presta limpiándome la casa. Desde ahora mismo la nombro pasante de mi escuela.




ArribaAbajo- II -

Vistazo general a los más importantes grupos étnicos de europa, y en particular al grupo escandinavo, y más en particular todavía al pequeño núcleo finlandés


Cuando yo vivía en Madrid, concurría asiduamente al Ateneo. La noticia de seguro no le interesa a nadie; pero a mí sí, porque conviene saber que yo nací refractario a la asociación, y que ni en Granada ni fuera de Granada he formado parte de ninguna sociedad. En Madrid llegué a inscribirme en algunas y a pagar las cuotas, pero a nada más; a la Academia de Jurisprudencia fui dos o tres veces, y me retiré por incompatibilidad de humores con la parva de ministros en agraz que por allí pululaba. El único hombre de talento a quien oí discurrir entre tantos abogados era y es -cosas de España- un médico, el doctor Jaime Vera, que luego se pasó «sin armas ni bagajes» a las filas del socialismo. Así, pues, el ser yo concurrente asiduo del Ateneo, aunque no llegara a leer el Reglamento ni a intervenir en votaciones ni discusiones, revela que el Ateneo es la única sociedad de España que encaja en mis gustos, declaración previa que me autoriza para decir, sin que nadie piense que soy enemigo de tan famosa institución, que lo bueno que allí hay es el espíritu amplio, tolerante, familiar y protector que supieron crear con su presencia y adhesión desinteresada algunos hombres superiores, que ya se murieron o tardarán poco en morirse. En cuanto a la juventud que entra de refresco, «peor es meneallo».

Un ateneísta joven, pues, profundo conocedor de la política europea, explicaba un día ante numerosos circunstantes boquiabiertos el mecanismo de la política continental, mediante un sistema curioso; por lo visto, andaba escaso de nutrición, pues todo lo arreglaba con «pan». Panamericanismo, panlatinismo, pangermanismo, paneslavismo y panescandinavismo. Según él -y lo peor es que aquel día formó un plantel de hombres de Estado-, los hombres se habían decidido ya a formar núcleos superiores a las nacionalidades: «cada oveja con su pareja»; ya que no podamos ser todos hermanos, unámonos por lo menos en grupos similares y sepamos a qué atenernos. Yo estaba que un sudor se me iba y otro se me venía, porque pensaba en mis adentros: «Si a este hombre, o lo que sea, se le ocurre catarme la sangre, de seguro que me incorpora a la cabila de Mazuza».

Todos sabemos, porque nos llega más de cerca, lo que es el panlatinismo: es una idea generosa que viene a los postres de los banquetes, al ruido de los taponazos que lanza el vino espumoso, cuando los hombres, bien comidos y bien bebidos, se sienten hermanos de todos sus semejantes, aunque sean de raza negra, y aun de los monos antropomorfos. Pues bien; como el panlatinismo es todo lo demás. No existen naciones de raza única, ni hay para qué atender a tan ridículos exclusivismos. Si se habla de pueblos latinos, ¿qué hacemos con Bélgica donde hay flamencos que son del grupo germánico, y valones que son latinos, con iguales títulos que los «galos»; qué con Suiza, donde hay alemanes, franceses e italianos; qué con los flamencos franceses, tan apegados a su lengua tradicional como los belgas, y qué con los vascos, que ni siquiera pertenecen al tipo general con el que Haeckel formó su homo mediterraneus?

Así también, para llegar al pangermanismo habría que deshacer media Europa. Alemania tendrá que prescindir de sus provincias polacas y de los franceses de Lorena, y Austria se descoyuntaría en grupos alemán, húngaro, polaco, latino, eslavo, servio y hasta turco, y alguno de estos grupos, el húngaro, tendría que comunicarse por un túnel subterráneo con los finlandeses, que son sus hermanos de raza. Pues, oyendo hablar de paneslavismo al disertante de mi cuento, se ponía la carne de gallina. Veía uno venir a los rusos, no ya por las Ventas de Alcorcón: por la misma calle del Prado, y entrar al galope por las puertas del Ateneo, como aquellos temibles cosacos a quienes el calenturiento Espronceda decía: «La sangrienta ración de carne cruda, bajo la silla, sentiréis hervir». Y he visto soldados rusos, y creo que lo que desean, como todos los de Europa, es concluir sus años de servicio para marcharse a sus casas a vivir en paz con sus familias, o a casarse con sus novias y contribuir en la medida de sus fuerzas a la propagación de nuestra especie.

Cuando se habla de los escandinavos, se cree comúnmente que desean formar también un núcleo político superior en que quedaran comprendidas Suecia y Noruega, Dinamarca y Finlandia; y al leer que Rusia ha adoptado medidas enérgicas para «rusificar» a los finlandeses, se piensa que todos los escandinavos entrarán en efervescencia y montarán en cólera contra las medidas de opresión. Nada más lejos de la realidad: los dinamarqueses, noruegos y suecos, que vistos desde lejos parecen hermanos, de cerca son menos que primos; hasta las lenguas que hablan, que parecen poco diferentes y que de hecho difieren poco al leerlas, son muy distintas al pronunciarlas.

Y la pronunciación no es grano de anís, pues con ella se llega a destruir la unidad lingüística, como por la influencia del territorio y de los cruces se llega a destruir la unidad de las razas. Los dos Estados escandinavos unidos actualmente, Suecia y Noruega, no dan ningún espectáculo que permita pensar en la decantada fraternidad, pues hoy con un pretexto, mañana con otro, viven en perpetua discordia, poco más o menos como viviríamos en nuestra Península españoles y portugueses si llegáramos a constituir la unidad ibérica. En España hay pocas personas que sepan que hay cónsules y para qué sirven; razón sobrada para creer que se puede gozar de perfecta salud sin averiguarlo: entre Suecia y Noruega la cuestión consular, esto es, la de conceder o negar a Noruega la facultad de tener cónsules propios, ha estado a punto de ocasionar una ruptura. Cuando se sacan las cosas de quicio y se busca ocasión de disgustarse, no hay duda: los sentimientos de fraternidad andan por lo menos resfriados.

He llegado de un modo gradual a la determinación del grupo etnográfico en que «aparentemente» figura Finlandia, porque todo el mundo sabe que la raza finlandesa o carelia es en absoluto distinta de la escandinava; pero todo el mundo cree que esa raza está como anulada o metamorfoseada por la influencia civilizadora de Suecia. Las apariencias favorecen esta opinión, puesto que al primer contacto con este país se nota que la lengua, legislación, cultura y gran parte de la población son suecas.

Finlandia no es una casa de la que se pueda decir: aquí vive don Fulano de Tal; es una casa de pisos; viven muchos en ella: en el principal viven los rusos, que, aunque son muy pocos, son los amos; en el segundo y tercero, los suecos o los finlandeses sometidos a la cultura sueca y olvidados de su lengua y costumbres nativas; en los sótanos y buhardillas, es decir, en el interior del país, viven los verdaderos, los legítimos finlandeses. Nótanse, pues, en el país curiosas superposiciones: los finlandeses fueron privados del litoral, cuyos puertos se convirtieron en ciudades suecas, hoy poco cambiadas aún, y luego en estas ciudades los suecos fueron sometidos a la autoridad rusa.

Además, como la posesión de Finlandia dio origen a varias guerras entre Rusia y Suecia, antes de la conquista total formaba ya parte de Rusia una parte de Finlandia, el distrito de Wiborg, en el cual la influencia rusa es muy visible; hay muchos adeptos de la religión cismática griega; se habla más el ruso, y fuman bastantes mujeres. El detalle de fumar es característico, pues la finlandesa no fuma por regla general: cuando alguna señora o señorita finlandesa me ha ofrecido un pitillo, y poniéndose otro en los labios ha comenzado a echar humo, he pensado que por allí andaba la mano de Rusia, y así era la verdad: o había por medio noviazgo o parentesco con rusos, o largas residencias en Rusia, o algo por el estilo. Por el contrario, la parte occidental de Finlandia, que está más inmediata a Suecia, es casi sueca: hay puertos, como Abo o Hangoe, donde casi todo se recibe por vía de Suecia, empezando por los periódicos, que vienen de Estocolmo, y que son leídos con más interés que los del país. Hay, pues, una serie de gradaciones imperceptibles producidas por el distinto modo de combinarse las tres razas dominadoras o dominadas del país: la rusa, la sueca y la finlandesa.

Pero, pasado el primer momento de confusión, comienza a distinguirse, y al cabo se distingue con claridad, que aquí lo esencial es lo finlandés de raza, la gente del interior, fran landet. Para hacer visible la idea, y salvando la diferencia de tiempo y cultura, diré que suecos y finlandeses están en la misma relación que estaban en España los colonizadores fenicios y griegos, dueños del litoral, y los iberos, celtas y celtíberos del interior. Entonces también la vida exterior de España parecía ser fenicia o griega para los que desde fuera miraban, y, sin embargo, fenicios y griegos pasaron, y quedó la raza indígena como base para constituir el tipo hispanorromano. Siempre que la amalgama no sea completa, que se deje en estado puro un fuerte núcleo de raza indígena, esta concluye por anular a todas las razas extrañas o mixtas que pretendan dominarla, porque tiene de su parte el amor al territorio, la compenetración con el alma del país, la tenacidad y la fe, que sólo pueden tener los hombres que asientan los pies muy firmes sobre «su terruño»; así la raza pura finlandesa: su evolución es lenta y retrasada, pero es vigorosa e intensa, y en su día dará frutos abundantes.

A poco de llegar yo aquí, pregunté a un conocido si no había literatura propiamente finlandesa; algo típico, engendrado por el territorio más bien que por los habitantes; algo que no fuera sólo artículo de comercio, sino como una Biblia poética del país.

Entonces tuve la primera noticia de la existencia del Kalevala o epopeya de los carelios, de los «hijos de Kaleva» o legítimos finlandeses. Y ahora que acabo de leer el formidable poema popular, que tiene nada menos que 50 runor o cantos y 22.300 versos, y comparo este monumento con las producciones literarias que figuran en los escaparates de las librerías, como en los de las tiendas de comercio las botellas de vino, cajas de frutas y prendas de vestir, esto es, como artículos de venta, me afirmo más en mi idea de que aquí lo que existe con existencia real, y pudiera decirse sustancial, es lo finlandés. Los habitantes del país que no son extranjeros se creen todos finlandeses: tanto los que hablan sólo sueco, como los que hablan sólo finlandés, como los que hablan los dos idiomas; realmente el idioma no es bastante para destruir las cualidades de la raza; pero no es sólo el idioma lo que diferencia: es la compensación total de la vida, que con el idioma ha sido aceptada. No hay sólo dos lenguas: hay dos vidas diferentes: la una, la de los finlandeses «asuecados», si me es lícito inventar tan fea palabra; y la otra, la de los finlandeses tradicionales. Los primeros ocupan lugar preeminente en la sociedad; los segundos ya dije que vivían en los sótanos y buhardillas, puesto que o están en el interior del país o forman «las clases bajas» en las ciudades, bien que en estos últimos tiempos se note una tendencia social muy marcada a levantar el espíritu finlandés y a hablar en el idioma patrio. Comparando estas vidas, digo yo, pues, que los que están en lo firme son los que hasta aquí figuran debajo, los cuales están destinados a quedarse encima como amos y señores absolutos de la situación. La autoridad rusa es conveniente; la lengua sueca podrá quedar como medio supletorio de comunicación intelectual; pero el espíritu del país sólo puede llegar a su máxima altura recogiéndose sobre sí mismo y «pensando en su natural idioma», fijado ya y ennoblecido por creaciones de tan subido valor como el Kalevala, según podrá verse más adelante cuando explique el asunto y dé idea de las bellezas de este poema épico, y en cierto sentido étnico.




ArribaAbajo- III-

Donde se aplican al Gran Ducado de Finlandia las diversas teorías inventadas acerca de la constitución de las nacionalidades, y se demuestra que todas esas teorías son completamente inútiles


Los disturbios y guerras que perturban la paz interior de las naciones y ponen en armas a las unas contra las otras nacen casi siempre de la cuestión tan debatida de las nacionalidades, porque no ha habido medio de organizar las naciones de tal suerte que cada una comprenda sólo una nacionalidad, es decir, un núcleo perfectamente caracterizado por rasgos propios: raza, lengua, religión, tradiciones y costumbres. Cada nación tiene el problema planteado dentro de casa, y si sus fronteras no están muy bien marcadas, en las fronteras, y si tiene colonias, en las colonias, las cuales, en sus relaciones con la metrópoli, se inspiran en ideas y sentimientos poco diferentes de los que rigen la acción de las nacionalidades en la lucha contra el poder unificador que se empeña en anularlas. Júzguese, pues, si sería útil tener reglas fijas para arreglar pacíficamente estas cuestiones, y si hay que estar agradecidos a los hombres generosos que se calientan los cascos en idear teorías enderezadas hacia tan humanitarios fines.

Yo he estudiado muchas de esas teorías, por no decir todas, y no contento con analizar los argumentos con que sus autores las sostienen, he hecho una aplicación práctica de ellas -práctica sólo en hipótesis- para resolver la gravísima cuestión de la nacionalidad finlandesa; he supuesto que las naciones habían cerrado y hasta tapiado sus cuarteles; que había llegado la hora de pensar y de hablar sin temor, y que cada nacionalidad podía adoptar la postura que le pareciese más cómoda. Veamos lo que en esa situación paradisíaca podría hacerse en bien del país en que habito, aplicando una a una las diversas teorías inventadas, defendidas y recomendadas por los doctores del derecho internacional.

Se trata de ventilar si hemos de ser suecos o rusos; y me incluyo, como se ve, entre los finlandeses, no porque piense abandonar la nacionalidad española, sino porque en un sentido general yo me considero indígena de todos los territorios que piso; y si llegara el caso de que estas gentes abandonasen a Rusia para hacerse suecos, yo me haría también sueco. Y el primer punto de apoyo que encontramos, la primera teoría, es la que se funda en la situación geográfica. Echamos una ojeada sobre el mapa de Europa, y vemos a la derecha el Coloso del Norte, como llaman a Rusia los estadistas aficionados a poner motes, y a la izquierda, allá en lo alto, la península escandinava, a la que ciertos geógrafos, que deben de ser parientes de los citados estadistas, comparan con un león abalanzándose sobre las naciones que están debajo, y entre el coloso y el león está metida Finlandia sin saber a qué carta quedarse. Porque como quiera que la Escandinavia no es una península bien definida; como no tiene un istmo que la separe del continente, ni siquiera una muralla natural como los Pirineos, sus límites son arbitrarios: pueden ser los que son, quedando excluida Finlandia; pueden ser tres líneas que corten los tres istmos formados entre el golfo de Finlandia y el Ladoga, entre el Ladoga y el Onega y entre este y el mar Blanco, y pueden ser otros intermedios que partan a Finlandia por la mitad, como quien dice por el eje. La geografía, pues, triste es confesarlo, no sirve en este caso para nada.

La segunda teoría se va a fijar en la raza; y, sin necesidad de averiguaciones, se sabe que la raza finlandesa no tiene conexión especial ni con la eslava ni con la escandinava. Como derivada de esta teoría, la que se funda en el idioma no será tampoco aplicable, puesto que, si el sueco está muy extendido y es la lengua corriente en el litoral, es al fin lengua importada como el ruso, que hoy se estudia forzosamente en las escuelas, y llegará a ser otra lengua «de relación». Enfrente de una y otra está la lengua nacional, la indígena, absolutamente distinta de todas las de Europa, excepto la magiar, que, aunque adulterada bajo la dominación turca, conserva aún, según me asegura quien las ha comparado, todo el aire de familia. Y en cuanto a la teoría histórica, su suerte no será mucho mejor, porque, si la dominación sueca pudo crear intereses históricos, la rusa lleva ya cerca de un siglo y también los ha creado. El renacimiento de la literatura finlandesa, la constitución política de Finlandia, la formación del partido nacionalista o finlandés, son obra de la dominación rusa, la cual, no pudiendo aspirar a una asimilación rápida de este país a la metrópoli, se mantiene neutral entre las dos fuerzas constitutivas, la nacional y la sueca, y permite así que la primera se haga dueña de la situación.

No es cosa de apurar todas las teorías, porque sería el cuento de nunca acabar. Dése por averiguado que si las fundamentales no dan juego, con las secundarias no avanzaríamos una línea en el peliagudo problema que estudiamos. No obstante, queda una solución que no sólo es fundamental, sino que es en nuestro tiempo la que está más en boga, el referéndum. Póngase a votación el asunto, y decida la mayoría absoluta o relativa; y no habrá más que hablar. ¿Quién mejor que los interesados para saber si han de ir hacia la derecha o hacia la izquierda, hacia el coloso o hacia el león?

No quiero ahora discutir la bondad del sistema, y lo acepto como si fuera lógico y sensato; y concedo además que la votación se haga con limpieza, para lo cual no estaría de más que hicieran venir con alguna anticipación varios profesores españoles que instruyesen a los funcionarios encargados de dirigirla. Se pensará seguramente que las fuerzas opuestas lucharían con encarnizamiento para adherirse a esta o aquella de las dos naciones que tienen intereses creados en el país: si así fuera, no habría motivo sino para alegrarse. Lo peor es que esas fuerzas se unirían por el momento y que es probable que saliera de las urnas la independencia nacional. No hay pueblo, por muy incapaz que sea de gobernarse, que no aspire a ser amo de su casa, y con más razón querrían ser amos de la suya los finlandeses, que son gobernantes habilísimos, como quizá no haya otros en Europa.

Pero estos gobernantes no pueden cambiar la naturaleza de su país. Finlandia tiene muy poca población: es un país pobre. Faltan medios naturales de vida, y no es fácil crearlos artificialmente por la industria, como en Bélgica o Suiza, por la gran distancia a que se encuentran los centros de consumo. Las naciones situadas en el centro de Europa tienen a su favor algo que es decisivo en la lucha económica: la rapidez y baratura de los transportes. Así, pues, Finlandia se encuentra en el mismo caso que si España tuviese sólo tres o cuatro millones de habitantes. ¿Cómo va a hacer frente con sus solas fuerzas al sostenimiento de ejército y marina de guerra para proteger su extenso litoral y defender su marina mercante, representación en el extranjero y demás organismos que exige la vida independiente de una nación? Y luego, la misma extensión del territorio es causa de que los dos grupos antagónicos que constituyen la nacionalidad no puedan fundirse por el contacto, como ocurre en Suiza o Bélgica (para hablar sólo de naciones pequeñas y neutrales), y sería ocasionada a mantener en el país una división irreducible y peligrosa, una vez que faltara el poder moderador que ahora conserva el equilibrio. En suma, la vida de Finlandia independiente no sería tan ordenada ni tan próspera como lo es hoy, regida autonómicamente e incorporada a Rusia para cuanto atañe a su vida exterior. La solución lógica es la actual, a la que se llegó por medio de la guerra y de la que no se puede salir con auxilio de ninguna teoría. Por esta vez, y no será la última, las armas han valido más que las letras.

Si algún federal ilustrado lee esto que acabo de escribir, pensará: «Este es de los míos: sin querer o queriendo, este buen señor ha llegado a donde llegó en su libro de Las nacionalidades mi «ilustre jefe» don Francisco, quien, después de echar abajo las teorías, estableció como regla general para la organización de las nacionalidades el sistema federativo. Finlandia no es miembro de una federación; pero en el fondo, si disfruta de su autonomía y está supeditada a Rusia sólo en aquellos asuntos que son superiores al interés regional o que afectan a todo el imperio, el resultado práctico viene a ser el mismo que en el régimen federal».

Sin embargo, nada hay más opuesto a mis deducciones que la teoría federativa del Sr. Pi y Margall. Este reputado escritor está en lo firme cuando destruye los sistemas caprichosos, arbitrarios, de gabinete, los cuales hemos visto que carecen de valor en el caso de Finlandia -y quizá en los otros también-, pero cae en el error de fundar él otro sistema. Porque en política «todo sistema es falso»; la realidad es demasiado grande y bella para que se deje aprisionar en un molde salido de la estrechez de un cerebro. Lo profundo en política es conocer el espíritu de cada nación y desembarazarle el camino para que avance con mayor seguridad; es trabajar como servidores y no empeñarse en ejercer de «amos de la situación». Yo veo que en todo el mundo las nacionalidades fuertes luchan por asimilarse las débiles: Inglaterra en Irlanda; Rusia en Polonia o Finlandia; los austríacos contra los húngaros, y los húngaros contra los rumanos, etc. Y en vez de protestar sin reflexión, pienso: es posible que esa tendencia al predominio sea algo tan natural como el amor del hombre a la mujer; quizá este amor no sea más que una condición de existencia de las especies -quizá sea verdadera la idea de Schopenhauer de que en los más puros arrebatos de amor hay siempre en lontananza un bebé que se ríe de los amantes-; quizá, por último, las luchas entre el espíritu de unas o otras nacionalidades sean una condición de la existencia de ese espíritu, y en el término de las luchas que nos espantan haya un nuevo y más brillante florecimiento espiritual.

Para mí, la federación no debe ser una organización estática, sino dinámica; no propia de un cementerio, sino hecha para que podamos vivir y movernos; no inmutable, sino transitoria y encaminada hacia la «unidad». Ciertamente que yo no voy a justificar los medios violentos empleados para imponerse: para que no haya violencia es para lo que yo acepto la federación. ¿Qué culpa tiene la sociedad de que haya individuos vanos y pretenciosos que pretendan forzar la máquina para conseguir la unificación en breve plazo y llevarse la gloria y los honores? Las ideas tienen la vida larga y necesitan del concurso de muchas generaciones; pero lo largo de la obra no importa: lo esencial es que exista la acción del fuerte sobre el débil (y a veces el fuerte es el que parece débil, y el dominador queda dominado). Si las varias nacionalidades que coexisten en una nación viven en perfecto equilibrio, sin mirarse las unas a las otras, o la máquina social está parada y es inútil, o está parándose y la disolución se aproxima. La acción debe encaminarse, pues, a la unidad, y una vez allí, unificadas todas las energías, habrá llegado el momento de realizar otras funciones más elevadas, reflexivas pudiera decirse, a las que no puede atenderse mientras la nación no esté unificada, mientras hay que consagrar a la unificación los esfuerzos que más tarde podrán ser dirigidos a establecer un régimen social más justo y benéfico. Mi federación va a la unidad, mientras que la federación sistemática y permanente no va a ninguna parte, puesto que, si las nacionalidades llegaran a fundirse contra la voluntad de los partidarios de la federación, habría que separarlas a cañonazos para que la confederación no desapareciera. Y no se piense que esto es exagerado, pues unida está ya Francia y casi lo está España, y hay quien pretende volver a la Edad Media para andar el camino dos veces.

En Madrid tenía yo un amigo cuyo solo defecto era la manía de adornarse con etiquetas y rótulos de los más llamativos y chillones: librepensador federal sinalagmático, propagandista revolucionario, ex emigrado por delitos políticos y qué sé yo qué más; y aparte de esto, excelente persona, y por añadidura, cargado de familia. Alguna vez, en broma, le dije yo: «¿Sabe usted lo que pienso cuando le veo venir de lejos? Pues pienso que no es usted un hombre, sino un quiosco de anuncios que ha echado a andar». Este amigo trataba siempre de convencerme de la bondad del federalismo; y le ocurrió que vino por lana y salió trasquilado, como se va a ver.

-Yo no comprendo -me decía- por qué usted acepta la libertad individual y la de las ciudades, hasta acercarse a la autonomía administrativa, y se niega a reconocer la autonomía de las regiones. A lo cual le contestaba yo: -La razón es muy sencilla: un hombre y una ciudad son algo que existe siempre y por separado; tienen vida propia, y, si saben usar medianamente de su libertad, marcharán mejor que sometidos a tutela; pero las regiones son organismos accidentales que cambian con el tiempo. Si usted quiere reconstruir, por ejemplo, a Cataluña, Aragón, Valencia, Murcia y Andalucía alta y baja, yo pediré que se vaya más lejos y que tengamos Tarraconense, Cartaginense y Bética; y así en las demás. Y si se me dice que esto es absurdo, yo demostraré que mi plan es absurdo como cuatro y el de usted como dos; pero tan absurdo el uno como el otro, porque en ambos se da un salto atrás, siendo así que lo que interesa es dejar que las cosas sigan su camino, y tener fe en que no nos llevarán a nada peor que lo que tenemos. Lo que usted y los suyos se proponen es lo mismo que si en un banquete, cuando todo el mundo está sentado a la mesa y se dispone a comer con mejor o peor apetito, la cocinera, con pretexto de que los garbanzos han salido un poco duros, vuelca la olla por la ventana y deja a los invitados sin comer.

Mentira parecerá; pero a mi amigo le impresionó tanto el ejemplo de los garbanzos que algún tiempo después vino a decirme que cambiaba de política. -¿Y qué piensa usted hacer ahora? -le pregunté yo-. Lo mejor sería que se declarase usted de mi bando, que es el de los neutrales o neutros, que se contentan con ser españoles a secas y no dicen nunca esta boca es mía. -No sé, no sé -me dijo mi amigo-: estamos reunidos varios correligionarios disidentes y quizá formemos un partido nuevo, cuyo principio fundamental será la unidad ibérica, realizada por medio de un sistema federal orgánico, cuyas bases están en período de gestación. Ya le pondré a usted al corriente, para ver si al fin se decide a entrar en política. Y yo no le contesté nada; pero pensé: -Estos no se contentan ya con tirar los garbanzos: quieren tirar hasta la olla.




ArribaAbajo- IV -

En la que el corresponsal, sin saber gran cosa de política, da una lección de política finlandesa, y, si se quiere, de política general y española


Estamos en pleno período electoral. -¿Cómo es eso -exclamará el lector-; pues no escribe usted desde Rusia, donde todas las clases sociales «gimen bajo el ominoso poder de un autócrata»? -En efecto, escribo desde Rusia; pero Rusia, como ya sabemos, es un coloso: comprende muchas provincias y estados vasallos y autónomos; y uno de estos es Finlandia, donde puedo decir que, no obstante tener mis orejas en estado completamente normal, no he oído hasta ahora ningún gemido; antes, me parece que todo el mundo vive muy contento en este riguroso y despiadado clima. Hay, pues, elecciones, y hay un poder ejecutivo que gobierna muy bien, y hay un poder legislativo, representado por un Landtdag o Dieta, que se reúne cada tres años y que comenzará a funcionar en el próximo mes de enero. -¿Y cómo se ha llegado a tan despejada situación? ¿Han degollado ahí a algún rey, o al menos, ya que reyes no los hay, a algún gran duque; ha habido revoluciones, motines o pronunciamientos? -Aquí no ha pasado nada, mis queridos discípulos. Hubo largas guerras entre Suecia y Rusia, motivadas por la posesión de Finlandia. El emperador Alejandro I, después de vencer en toda la línea a Gustavo Adolfo, no el Grande, otro que llevaba el número IV, se alzó con el dominio de este país; y comprendiendo que no era posible tratarlo como a las demás provincias de su Imperio, porque aquí había una nacionalidad muy bien definida y muy capaz de gobernarse, le concedió una carta constitucional que después ha sufrido modificaciones, pero sin tocar a lo esencial el régimen autonómico y distinto del Imperio ruso. Se ha llegado a conceder que el Arancel de Aduanas de Finlandia sea distinto; que se acuñe moneda finlandesa; hasta que sean distintos los sellos de Correos. Porque los emperadores del género autocrático son hombres tan discretos como los reyes constitucionales y saben someterse a la autoridad del sentido común, que, tengo para mí, es una constitución que rige con más eficacia que todas las demás constituciones.

En San Petersburgo existe una Secretaría de Estado, Ministerio o Delegación para los asuntos de Finlandia; y en Helsingfors reside un gobernador general, que tiene el mando supremo de las tropas y preside el Gobierno finlandés o Senado, constituido por funcionarios nombrados por el emperador. Este Senado consta de dos Ministerios o departamentos, de Justicia y de Hacienda, los cuales deliberan y deciden en pleno en los asuntos de gran interés, y por separado bajo la dirección de su vicepresidente o viceordfoerande, en los de su exclusiva competencia; y los departamentos tienen varias expediciones o Direcciones generales para asuntos judiciales, civiles, militares, económicos, eclesiásticos, agrícolas, etc. El Senado es un Gabinete sin ministros, esto es, un Ministerio ideal; así es que todo marcha como una seda. No faltará quien extrañe que haya sólo dos departamentos, y no ocho o diez como en los demás países. Se comprende que no haya departamentos de Estado ni de Marina, porque estos asuntos corren a cargo del Imperio; y más fácilmente aun que no lo haya de Ultramar, por no haber colonias; pero, ¿y los otros? Si no hay Gobernación, ¿quién gobierna? Y si no hay Fomento, ¿quién fomenta? Yo creo que estas dificultades se resuelven con buena voluntad. Así como nosotros tenemos agrupados en un centro la instrucción pública, los ferrocarriles y carreteras, aquí han ido un poco más lejos y todas las funciones gubernamentales las han fundido en dos grandes grupos, por vía de simplificación, y no seré yo quien ponga reparos a tan excelente acuerdo.

El Landtdag, he dicho, se reúne de tres en tres años. El emperador lo convoca con la debida anticipación, y los distritos o agrupaciones que tienen derecho a elegir representantes los eligen cuando a bien lo tienen. No hay día ni hora fijos, y, por lo tanto, la elección carece del saborcillo teatral que le presta entre nosotros el acudir la nación en masa a las urnas electorales, o, en caso de que los electores no concurran, el abrirse todos los colegios a una hora convenida, salvo en aquellos casos en que el meridiano local se trastorna un poco por alguna de las causas que las leyes no pueden prever ni evitar. Pero, en uno y otro sistema, lo esencial es que los diputados, ya sea con actas limpias como aquí, ya con actas limpias y sucias como en España, quedan elegidos e investidos de la augusta representación nacional.

Y ahora empiezan las diferencias capitales. En Finlandia no funciona el Landtdag como un Parlamento a la moderna; el Landtdag tiene cuatro brazos o estados llamados Stander: el clero, la nobleza, la burguesía y el estado llano o campesino. De estos cuatro brazos, el de la nobleza tiene su palacio propio, y los otros tres se reúnen en un mismo edificio: el palacio de la Dieta. Los acuerdos son sometidos luego a la aprobación del emperador y promulgados con el refrendo senatorial. Tiene, por lo tanto, el Landtdag tres caracteres que lo diferencian de los Parlamentos: se reúne trienalmente; no es elegido por sufragio universal, y no delibera en masa, sino por estados; es, por lo tanto, una asamblea representativa, calcada sobre el modelo de las Cortes medievales. Y el país disfruta de tanta libertad práctica como si existiera el parlamentarismo puro, y está perfectamente gobernado.

No quiere esto decir que yo aconseje a los países de sistema parlamentario que vuelvan a la organización de la Edad Media. Así como de las uvas sale el vino, pero del vino no pueden salir uvas, así también de las antiguas Cortes se ha venido a dar en las modernas, pero de las modernas no se puede volver a las antiguas. Lo que yo pienso es que hay muchos modos de servir a Dios, y que debemos desechar el concepto ridículo de que el buen Gobierno esté vinculado en esta o en aquella forma, en este o en aquel régimen. Lo que yo pienso es que nosotros, y como nosotros muchos otros, no hemos querido caminar por lo llano, sino por las trochas, ni pasar el río por la puente, sino tirándonos a él de cabeza, y que cuando llegamos al fin de la jornada con la ropa hecha una lástima y calados hasta los huesos, nos encontramos que otros han llegado al mismo punto caminando muy a gusto por el camino real.

La transformación de los sistemas políticos no depende de los cambios exteriores, sino del estado social: un pueblo culto es un pueblo libre; un pueblo salvaje es un pueblo esclavo, y un pueblo instruido a la ligera, a paso de carga, es un pueblo ingobernable. Las libertades las tenemos dentro de nosotros mismos: no son graciosas concesiones de las leyes. ¿Qué importa que la ley nos declare libres si estamos poseídos por vulgares ambiciones, y sacrificamos nuestra libertad y aun nuestra dignidad por satisfacerlas? Hemos adquirido el derecho de insultar las más respetables instituciones, y hemos perdido el derecho de usar una faja que, aparte de servirnos para meter en ella todos los objetos que llevamos diseminados por innumerables bolsillos, nos serviría también para conservar bien abrigado el estómago. A cambio de la libertad de las ideas, nos dejamos despojar de una libertad más bella y más noble: la de la forma; y nuestra aspiración parece hoy por hoy cifrarse en que todos los hombres, unidos en coro inmenso y fraternal, entonen un himno a la libertad, puestos previamente de frac y corbata blanca.

Hay muchos que creen que si en la actualidad todos los pueblos de Europa, o casi todos, disfrutan de un régimen político liberal, hay que buscar la explicación en las revoluciones. Si no hubiera habido pueblos que sacudieran el yugo y comenzaran la obra de liberación, no habríamos adelantado un paso. Esos otros pueblos que disfrutan hoy del nuevo régimen sin necesidad de haber acudido a la violencia deben agradecerlo a los que lucharon por implantarlo. Yo recuerdo haber leído un discurso del general Serrano, en el que, sintiéndose por un instante erudito, decía para justificar la revolución de septiembre: «Si en el mundo no hubieran existido revolucionarios, estaríamos aún adorando el caballo de Calígula». Y yo pensé entonces que la afirmación era un poco aventurada, porque los Calígulas tienen la vida corta y los caballos la tienen más corta aún, y el gobierno de una nación pasa prontamente de las manos de un Calígula o de un Nerón a las de un Trajano, un Tito o un Marco Aurelio. Para los que no se aturden ante el éxito; para los que no someten su juicio a la brutalidad del hecho consumado, sino que miden las cosas por la fuerza ideal que en sí contienen, la revolución de septiembre es un pronunciamiento afortunado; y la mayor parte de las revoluciones son engendros de la ambición o de la vanidad de los hombres, que, no contentos con seguir la evolución natural de las cosas, se precipitan a dirigirlas, para cargar con la gloria de haber salvado a la Humanidad. El verdadero revolucionario no es el hombre de acción: es el que tiene ideas más nobles y más justas que los otros, y las arroja en medio de la sociedad para que germinen y echen fruto, y las defiende, si el caso llega, no con la violencia, sino con el sacrificio.

Pero volvamos al Landtdag finlandés, un poco olvidado con estas divagaciones. Aunque ya he dicho que satisface admirablemente las necesidades de este país, no basta la afirmación sin pruebas. El hecho es evidente, y el que dude no tiene más que venirse por acá para convencerse de que no le engaño. Pero no estará de más apoyarlo con algunos razonamientos, ya que en España se suele dar más importancia a los razonamientos que a la realidad. La primera ventaja de la Dieta finlandesa es la de reunirse sólo cada tres años. Si un comerciante de medio pelo hace su inventario una vez al año, una nación no pierde nada con fijar un período de tres o de cinco años para deliberar acerca de la marcha de sus negocios, formar su balance general y ver si conviene introducir algún cambio en el rumbo que hasta entonces se ha seguido. Una nación no debe vivir al día, y las instituciones no deben funcionar sin descanso, porque el desgaste puede ser excesivo. Cuando nos habituamos a ver las cosas, les perdemos el respeto y concluimos por menospreciarlas; viéndolas de tarde en tarde, nos interesan más, nos aparecen con más prestigio y nos inspiran más confianza. Un Parlamento que funciona constantemente ha de dar por fuerza algunos tropezones y hasta puede caer en descrédito; y si se presenta una ocasión en que tenga que resolver un asunto grave, se acude a él con incertidumbre y hasta con temor. En fuerza de trabajar en asuntos pequeños, se incapacita para resolver cuestiones grandes. Si el poder legislativo, que por su función es más alto, está a un andar con los otros, pierde su principal carácter, que es el de ser un refugio supremo en las grandes crisis por que pueda pasar un país. Podría, pues, formularse un axioma político, diciendo que «la bondad de una Asamblea deliberativa está en razón directa del tiempo que media entre sus reuniones». Cuanto más de tarde en tarde, tanto mejor, y si no tuviera que reunirse nunca, se habría llegado a la perfección, porque el hecho indicaría que ya no hacía ninguna falta.

El segundo carácter del Landtdag finlandés es el de ser elegido por clases y no por sufragio universal; y sólo la consideración de los buenos resultados prácticos que da aquí el sistema me retiene y me impide manifestar mi disconformidad. En nuestro tiempo comienza a estar de moda hablar mal del sufragio, y los espíritus más distinguidos hablan de él con grandísimo desdén. Ibsen, en su Enemigo del pueblo, ha lanzado el gracioso apotegma de que «siendo la mayoría de los hombres una caterva de imbéciles, la minoría es la que lleva la razón». Idea que ya había leído en el Teatro crítico, del P. Feijoo, quien pensaba que todas las piedras del mundo reunidas no pueden formar una estatua, y que un águila ve mucho más que una bandada de gorriones. Por su parte, Taine, que era un profundo político, se negó a ser elegido por sufragio universal, sin duda porque creía que la acumulación de varios millares de votos sobre su nombre no había de añadir nada a la gloria que él por su solo esfuerzo había conquistado.

Yo no estoy conforme con estas ideas: yo veo en el sufragio un pequeño reflejo de la Divinidad, un medio que la Providencia ha puesto en manos del hombre para que cree en el sentido estricto de la palabra crear, es decir, sacando las cosas de la nada. Hay una porción de gentes sin una idea en la cabeza ni en otra parte del cuerpo que se morirían sin haber sido nada real y concreto en el mundo si no existiese el sufragio. Con el sufragio, a un quídam de esos se le echa encima una pila de papeles y se le transforma en todo lo que sea menester. Reconozcamos que esto, como diría el ilustre D. Juan Valera en su estilo acicalado, no deja de ser muy bonito. Yo soy ardiente partidario del sufragio universal, con una limitación: la de que no vote nadie. Y no se crea que mi afirmación es una broma de mal gusto: es otro axioma de política trascendental, como demostraré ahora mismo, ya que en nuestros días hay que demostrar hasta los axiomas. Todos los argumentos expuestos en contra del sufragio se reducen a este: la verdad no surge del concurso de muchos hombres, sino del esfuerzo de las inteligencias; si entregamos los intereses de la sociedad en manos de la mayoría de sus miembros, no contamos con un criterio verdadero, ni justo, ni prudente, ni constante. Todo marchará al azar. Sin embargo, este razonamiento no ataca a la esencia del sufragio: va sólo contra su aplicación, y si a eso fuéramos, no existiría nada en el mundo. Para ser padre de familia se necesita, creo yo, más inteligencia que para depositar un voto en las urnas, si el padre de familia ha de cumplir a conciencia sus deberes. ¿Cuántos hay que los cumplen? Uno de cada mil. ¿Y vamos por eso a suprimir la familia? Aunque quisiéramos, no podríamos. No nos queda más recurso que resignarnos, y a lo sumo, cuando vemos que un hombre es decididamente incapaz para constituirse en familia, aconsejarle que no lo haga y esforzarnos por persuadirle. Este es mi criterio en la cuestión del sufragio: a mi juicio, todos los hombres que viven en sociedad tienen derecho estricto a intervenir en el arreglo de los asuntos de interés común. Antes que reconocerles a unos el derecho y a otros no, sería preferible volver al derecho divino, y resumir todos los derechos parciales en el derecho de un autócrata. Si después notamos que la mayoría no sabe hacer uso de su derecho, cabe aconsejarla y persuadirla a que no use de él. Y en España no habrá que molestarse mucho, porque el pueblo, reconociéndose sin inteligencia bastante para intervenir, no vota sino cuando le espolean. Pero no se piense que es lo mismo no votar porque no se puede que no votar porque no se quiere. Yo salgo a la calle con cinco duros en el bolsillo y vuelvo a casa sin haber gastado un céntimo, y vuelvo alegre porque he ido por todas partes con la seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda ocurrir; en cambio, salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor; porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido viendo, y he temido verme en un compromiso que me obligara a declarar mi precaria situación. Así, pues, el Landtdag finlandés, que sin duda alguna supera a las Asambleas elegidas por sufragio universal, sería teóricamente más perfecto si existiese el voto universal y no votasen más que los que hasta aquí vienen votando. En este punto reconozco de buen grado que nosotros, teóricamente también, estamos a mayor altura que los finlandeses.

Queda aún un tercer extremo: la deliberación por brazos, como natural consecuencia de la elección por clases. Los acuerdos del Landtdag exigen el concurso de tres Stander por lo menos, y de los cuatro para ciertos asuntos de gran interés, como las modificaciones de carácter constitucional, el servicio y cualesquiera reformas que afecten a los derechos de clase, las que no podrán ser admitidas sin el concurso de la clase interesada. También este sistema de deliberar por separado está hoy muy en baja, y se considera más perfecto el puramente parlamentario. Y es seguro que, si una Asamblea fuese representación íntegra de una nación, se habría dado un gran paso hacia el ideal político: la fusión de los diversos grupos sociales; pero bien a las claras vemos que en nuestros días vuelven a levantar la cabeza nuevos partidos de clase que, con razón o sin razón, no se consideran representados suficientemente en los Parlamentos del sufragio universal; y más claro se ve todavía que esos Parlamentos no pueden andar solos, que hay que ponerles detrás, a modo de niñera, un Senado que los vigile y que les dé unos cuantos azotes cuando sus travesuras pasan más allá de lo que permite la prudencia. La Dieta finlandesa es a la vez Congreso y Senado, y sus varias representaciones se corrigen mutuamente, cuando el caso así lo exige: es un organismo basado sobre la realidad de los intereses colectivos, no en una concepción arbitraria; su composición no es homogénea, pero tiene el gran mérito de ser franca y de no cubrir la diversidad real de los intereses bajo la etiqueta de una unidad artificiosa.

En resumen: yo acepto todos los progresos políticos de «mi siglo», y me enorgullezco de haber nacido en un país donde la democracia ha llegado a encarnar con tanta pureza y perfección; pero reconozco que el país mejor gobernado que he visto hasta el día es este de Finlandia, donde todos esos progresos han sido hasta aquí letra muerta. Y ya que nosotros no podamos sacar otra enseñanza de esta observación, convenzámonos al fin de que nuestras luchas por cuestiones fantásticas deben cesar; que con un sistema u otro se va donde se quiere ir, si no faltan inteligencia ni buenos propósitos. Los que desean aún derramar su sangre generosa por introducir un cambio en las exterioridades del Gobierno, que tengan la bondad de reservarla para empresas más nobles, en las que se ventile el interés de «toda la nación»; y si la sangre les bulle tanto que no pueden aguantar más, que llamen a un sangrador y que se sangren y dejen en paz a sus conciudadanos.




ArribaAbajo- V -

Reflexiones psicológicas que le sugiere al corresponsal la lectura de la guía de la ciudad de Helsingfors


El que quiera hacer descubrimientos notables que no se gaste el dinero en comprar telescopios ni pierda el tiempo en revolver archivos y bibliotecas: que se vaya a lo ancho de la calle, y allí donde note un movimiento espontáneo de mucha gente en una misma dirección estará seguro de hallar el principio de una investigación trascendental para la ciencia. El verdadero y profundo saber brota de las muchedumbres inconscientes: un pueblo que acude a votar a los comicios no da ninguna luz sobre sus propias aspiraciones, porque ha pensado de antemano lo que va a hacer y acaso ha formado artificialmente su criterio oyendo o leyendo disparates ilustrados; ese mismo pueblo se congrega en la plaza pública para oír a un ciego cantar romances, y es seguro que hará o dirá algo por donde vengamos a descubrir sus ideas íntimas tradicionales.

Oigamos al ciego entonar el romance de los nombres de las mujeres, donde se declaran los méritos y defectos, vicios y virtudes de las Juanas y las Petras, las Marías, las Tomasas y las Manuelas. Para los perezosos, para los que se contentan con juzgar sumariamente por impresión rápida y superficial, el ciego es un mendigo que dice unas cuantas tonterías a cambio de unos cuantos ochavos; yo creo que es un artista utilísimo, un cultivador del arte más fecundo, el que se desarrolla al aire libre y sirve de pasto ideal a las clases pobres, que no tienen medios ni capacidad para conocer otras formas artísticas más cultas; y creo también que lo que el ciego dice son tonterías con un gran fondo de verdad. -Ya ve usted -se dirá-: asegura que las Marías son muy frías, y yo conozco precisamente cuatro, de las cuales una, es cierto, es fría como agua de aljibe; pero de las otras tres una es más que templada, otra es como un brasero y otra arde en un candil. Ese ciego no debía tocar la guitarra, sino el violón. Sin embargo, si la gente lo oye y le compra los romances, no dejemos en este punto nuestras observaciones: ahí hay, como suele decirse, gato encerrado.

Es innegable que los nombres tienen una fisonomía propia adquirida por el uso, aparte de la que algunos poseen ya por su significación. Don Juan es un conquistador de corazones, don José un señor muy patriarcal y don Pedro un hombre adusto. La religión, la historia o el arte dan a los nombres ese carácter sugestivo, que no puede ser desvirtuado por los hechos: si un hombre se conduce de un modo incongruente con el nombre que lleve, no por eso variamos nuestro concepto sobre el nombre, sino que decimos que este está mal empleado. Jamás convendremos en que a un tunante le encaje bien el nombre de Homobono, o a un nombre discreto el de don Hermógenes. Mas, para que un nombre tenga fuerza expresiva, es necesario que se le agregue algún rasgo que determine el estado social de la persona: si don Juan es el Tenorio, el tío Juan no es más que un pobre hombre, rudo y tosco, y Juan a secas es un infeliz, y, por otra parte, los nombres de los dos sexos no son iguales en este punto, porque los de mujer están menos usados que los de hombre. El papel de las mujeres ha sido y es principalmente doméstico, y, por lo tanto, sus nombres sólo tienen expresión en la vida íntima y familiar, salvo contadas excepciones; son advocaciones de la Virgen; nombres poéticos, y en algunos casos formas femeninas de nombres de santos, las cuales no pueden conservar su significación originaria: doña Juana no puede echar sobre sí las glorias de don Juan.

El error del ciego procede, pues, de que, obligado a componer para su clientela, formada principalmente por mujeres pobres, tiene que concretarse a los nombres femeninos que son los menos característicos, y a emplearlos sin añadidura, tales como los usan las mujeres del pueblo; pero esto no debe impedir que reconozcamos la verdad de la idea generadora del romance, de la cual se deducen después consecuencias de mucha mayor importancia, puesto que, así como existen nombres característicos de las personas, con estos nombres se forman después nombres característicos de las naciones.

Este preámbulo viene aquí a cuento porque, como creo haber dicho ya, el único libro de que dispongo para escribir estas cartas es el Adressbok och Yrkeskalender, o Guía de la ciudad, y a fuerza de mirarlo me ha venido la idea de sacarle el jugo que contiene, que no es poco: voy, pues, a hablar de los nombres de los finlandeses y a deducir de ellos algunos rasgos psicológicos muy interesantes del pueblo finlandés.

Recorriendo las listas de apellidos, nótase la variedad de procedencias de la heterogénea población de Finlandia, particularmente de las ciudades del litoral. Hay algunos apellidos rusos cuya desinencia más común y conocida es en off: Matrosoff, Baranoff, Pletschikoff, y bastantes polacos en sky: Doubitsky, Galetsky, Baltschefsky. Vienen después los suecos, cuya estructura es análoga a la de los alemanes o a la de los ingleses, como Lindberg, Bergstroem, Eklund, Ekholm, Lindfors, Nyholm, Suellman, Wasenius, Oesterman, Johansson, Carlsson, Thomasson, Danielsson, etc. Y los más típicos y extraños para nuestra vista son los finlandeses: Touminen, Saastamoinen, Haemaelainen, Raatikalnen, Pikkarainen, Niinimaeki, Nikkilae, Aeyraepaeae, Jaeaeskelaeinen, Kokkonen, Kaekikoski, Kaeraejaemies, etc. Estos nombres tan extraños, como ya lo indica la abundancia de vocales, se pronuncian con gran dulzura.

Los apellidos finlandeses son, por regla general, largos; hay también algunos breves, pero menos corrientes, como Erköo, Aho, que pertenecen a dos distinguidos periodistas de la localidad; el finlandés es tan armonioso como el italiano; mucho más que el sueco, bien que este posea la soltura y elegancia de la lengua francesa, y en muchas palabras la plenitud y sonoridad de la española.

En relación con los apellidos, los nombres pertenecen a diversos santorales o se escriben de distinto modo: hay John, Johan, Juhani, Karl, Kaarlo; un nombre que me gustó la primera vez que lo leí en la Princesse Meleine, de Maeterlinck, Hjalmar, es aquí corriente, así como Axel, Arvid, Eoro, Jaako, Uno, Aino, Edvin, Gunnar, Sigrid, Frithiof, Haral, Erik. En nombres de mujeres los hay preciosos, y no dejaré tampoco de dar varios de los que más me agradan, por si alguna de mis lectoras se halla en estado interesante y preocupada por el nombre que le ha de poner «a lo que nazca»; Olga, Dagmar, Hilda, Ida, Lida, Gerda, Lidya, Aina, Selma, Sainaa, Sanny, Mia, Alma, Thyra, Ada, Dina, Air, Hulda, Edla, Ebba, Elsa. Algunos nombres de mujer tienen estructura masculina: por ejemplo, Aino, nombre de una heroína del Kalevala, que andando el tiempo será dado a conocer en Europa y en España por una distinguida cantante de aquí, que ahora empieza su carrera: Aino Achté. Sin embargo, los nombres más usados son los de la antigua Iglesia católica, los cuales se escriben exactamente igual que en España: aquí, pues, abundan las Amelias, Natalias, Rosas, Olivias, Amandas, Paulinas, Carolinas, Cristinas, Gustavas, Elviras, Junias, Julias, Emilias, Augustas, Sofías, Auroras, Paulas, Ineses, Josefinas, Jacobinas y cien por el estilo.

Ya que estamos en posesión de los nombres, vamos a lo más importante: al modo de usarlos. Aquí el nombre propio tiene muy poco uso: los hombres y las mujeres firman con su inicial y el apellido, y a veces con sólo el apellido. Si en España recibimos una carta firmada por J. Petersson, o su equivalente J. Pérez, pensamos que quien escribe es un hombre, y nos extraña que no haya firmado con su nombre entero; aquí ese nombre puede ser de una señorita joven y guapa, y hasta si se quiere íntimamente conocida. Como la mujer trabaja como el hombre, ha perdido el calor sentimental y se ha convertido en una entidad útil: así, pues, el nombre propio, que es el afectivo, va camino de desaparecer. En España sería ridículo decir a una señorita: «Buenos días, Rodríguez»: aunque no se tenga confianza, se emplea el nombre propio, porque a la idea de una mujer acompaña siempre la de amor o delicadeza. Aquí me ofrece su tarjeta una señorita que se llama H. Lindroos: después de tratada mucho tiempo como Froeken Lindroos, preguntaré por curiosidad qué significa la H., y se me dirá que Hanna; y este nombre ¿qué es? ¿Es lo mismo que Anna, Ana? No. Es una forma abreviada de Johanna, Juana; pero después seguiré diciendo Lindroos a secas, pues el empleo del nombre propio sería una gran inconveniencia, por estar reservado para las expansiones íntimas. En toda Europa se observa que, conforme avanza la idea de emancipación de la mujer, decae la importancia del nombre propio; pero al menos las muchachas gustan de lucir sus nombres, en particular si son bonitas; aquí es donde he notado mayor desprecio por el nombre personal y sentimental.

En Finlandia los dos sexos usan el nombre de igual manera, porque su función social es también análoga, y el empleo predominante del apellido marca asimismo el carácter de esta sociedad. El nombre de una nación está representado por la forma usual del nombre de sus individuos. N. Koskinen es un finlandés (varón o hembra); Louis Dupont es un francés; José Pérez y Gómez es un español; y no se crea que la diferencia está en la significación de las palabras, puesto que lo mismo diríamos que es francés Félix Martín y que es español Félix Martin Martin (sin acento). Donde los franceses dan un golpe, nosotros damos dos. Aquí hay un apellido español, Riego, cuyos usufructuarios no sé si descenderán del general que dio su nombre al himno de la libertad; si así fuera, habría que convenir en que el oficio de proclamador de Constituciones es un tanto azaroso. Pues bien; T. Riego será finlandés y Rafael del Riego español, y aun recuerdo haber leído algunas veces el nombre de Riego con su segundo apellido, no obstante ser tan celebrado y popular.

El nombre propio es el que marca la individualidad; el apellido, las relaciones sociales. Así, pues, el nombre típico, usual de una nación, revela su carácter predominante. Hay nombre individualista y socialista, aristocrático y democrático. Los nombres griegos son individualistas y democráticos, porque se componen de un solo elemento: Solón, Sócrates, Platón, Aristóteles, Pericles; en España hay también nombres de expresión análoga, los únicos que acaso existen en el mundo, los de nuestros toreros: la exterioridad ofrece algo chocante; pero, vistas las cosas de cerca, Costillares, Cúchares, el Tato, Pepe-Hillo, Frascuelo y Lagartijo son nombres esencialmente helénicos y expresan el fondo de individualismo que aún conserva nuestra raza, bien que no se muestre en obras maestras de ciencia y arte, sino en formas artísticas rudimentarias, como tienen que ser siempre los juegos públicos.

Roma es un pueblo de organizadores, constituido aristocráticamente sobre un patriciado; y el nombre romano es complejo, porque tiene que expresar no sólo la personalidad, sino también el abolengo. Comparando estos dos nombres, Demóstenes y Marco Tulio Cicerón, se tiene la clave de dos historias y de dos civilizaciones. Los pueblos modernos conservan en gran parte el espíritu romano; pero el equilibrio, representado hoy por el uso simultáneo del nombre y del apellido, es inestable. Inglaterra es quizá la nación que se aproxima más a la organización romana; en Francia el nombre propio pierde mucho terreno, lo cual indica muy a las claras que las tendencias colectivas lo van ganando.

En Finlandia encontramos el nombre típico de una nación democrática y socialista, cuyo individuo ideal no tendría nombre propio, sino el apellido, es decir, el rótulo social. Un pueblo donde se diga D. José, D. Manuel, D. Antonio, no puede ser socialista jamás; el hombre del colectivismo tiene que ser Fernández, Martínez, Rodríguez, García; y así se llaman aquí, cambiados sus nombres por otros. No faltan aristócratas sueltos, pero son la excepción: para convencerse de que este país es democrático, basta fijarse en que un apellido vulgar, por ejemplo, Johansson, Juánez, es usado por todos como si fuera el más distinguido, sin buscar medios de diferenciación. Se desean diplomas, cruces y todo cuanto sea distinción personal y proporcione ventajas materiales, pero sin sacar nunca a relucir los pergaminos. En España un hombre no querría llamarse J. Fernández, y acudiría a mil artificios para tener su nombre bien marcado, ya poniéndose un nombre propio muy raro, ya colocando tras el Fernández uno o dos apellidos más. Los finlandeses, antes que hombres, son miembros del organismo social, y tienen, como veremos en mil detalles, aptitudes sobresalientes para vivir libres dentro de las organizaciones y reglamentaciones en las que nosotros no podríamos movernos siquiera.

Entonces, se dirá, ¿España no es una nación democrática? De ningún modo; somos el pueblo más aristocrático de Europa: así como en otros pueblos se ha debilitado el nombre propio, nosotros lo conservamos, porque conservamos nuestro amor al individualismo; pero hemos agregado un apellido más para señalar nuestro entronque, nuestra ascendencia. Yo soy el único que tiene aquí dos apellidos; y varias personas me han preguntado ya qué significa el segundo, y muchas más son las que han pegado los dos y los han transformado en uno solo; yo contesto siempre que en España la mujer, socialmente, es menos que aquí, pero que en casa lo es todo; que hasta conserva su nombre de familia y lo transmite a sus hijos con el del padre. Lo cierto es que en España Juan Fernández y García firma con más humos que D. Juan Fernández de Córdoba y García de Zúñiga. Hemos llegado a la igualdad haciéndonos todos hidalgos, esto es, siendo todos aristócratas. Por eso, hablar de democracia en España es música celestial; no podemos ser demócratas, porque queremos demasiado a nuestra familia. En la actualidad vivimos en plena democracia, y estamos asistiendo al espectáculo interesante de la formación de un nuevo patriciado, de una aristocracia política, constituida por la aglomeración en los cargos públicos de gentes enlazadas por vínculos familiares. No gritemos contra los yernos, los sobrinos, los cuñados y los primos, porque ahí está nuestra salvación, en ese plantel de aristócratas de nuevo cuño que en el porvenir han de dar muchos días de gloria a la patria, o por lo menos a sus respectivas familias.




ArribaAbajo- VI -

Donde se descubre el amor de los finlandeses al progreso y se explica la causa de este amor


La pereza intelectual que a todos nos domina nos induce a inventar fórmulas convencionales que nos ahorren el trabajo de estudiar a fondo las cosas. Así, para dar idea del carácter general de una nación, hay etiquetas o muletillas muy usadas que dejan completamente satisfecha nuestra curiosidad: «ese país es refractario a la cultura»; «este es amante del progreso», y «aquel avanza de un modo visible por la senda de la civilización». Con arreglo a esta fraseología, es lícito decir que Finlandia es un país que ama el progreso y avanza a galope tendido por todas las sendas que a él conducen. Ahora lo que falta saber es lo principal, es decir, lo que aquí entienden por progreso; porque, si interpretaran la palabra al revés que nosotros, caminando hacia el progreso irían a dar en donde nosotros menos pudiéramos figuramos.

La idea corriente hoy por hoy sobre el progreso es, por desgracia, demasiado material: no se da apenas importancia a lo que es en cada pueblo la vida de familia, las relaciones amorosas, el trato entre amigos, la unión de las diversas clases sociales, y en particular de amos y criados; se atiende principal y casi exclusivamente a la extensión de la red de ferrocarriles, estado de las carreteras, servicios de correos, telégrafos, estadística comercial y cotización de los fondos públicos. Un pueblo cuyos valores se cotizan a la par puede sin reparo degradarse y vivir en la corrupción más escandalosa; siempre será más culto que aquel otro cuyas cotizaciones anden entre el 70 y el 80 por 100. Como la familia existe desde el origen del mundo, y los adelantos mecánicos son cosa fresca, estamos aún en el período de la novedad, y no queremos convencernos de que los tan celebrados adelantos sólo traen servicios útiles para la vida y que lo esencial continúa siendo la vida en sí: una vez que la familia se desorganiza, que las relaciones sociales se resquebrajan, que la vida colectiva se corrompe, el progreso material no sirve más que para cubrir las apariencias y para engañar a las gentes superficiales; es un progreso hipócrita y menguado, que sirve sólo para prolongar indefinidamente la existencia infructuosa, y a veces nociva, de los pueblos que a él se acogen.

En punto a progreso material, aquí en Finlandia existe cuanto puede apetecer el más descontentadizo; más que progreso, hay ensañamiento por el progreso y por muchas cosas que no lo son. Tienen, por ejemplo, la manía de rapar los jardines, y no dejan que la hierba levante una pulgada del suelo: concepción democrática mala. En cuanto un tallo verde asoma, tímido, entre dos piedras, viene una mujer con un gancho y lo arranca, como si se temiera que con el tiempo interceptara las atarjeas o la vía pública. Y lo mismo pudiera decirse del adoquinado, del arrecifado y de los demás servicios de urbanización. A mí no me gustan estos excesos; y, si por mí fuera, la hierba crecería a sus anchas hasta que le llegara la hora de agostarse, y las vías públicas tendrían muchos altibajos. En Atenas no fue conocido el entarugado, y andaban por las calles personas de más viso que las que hoy se echa uno a la cara: quizá, si allí se hubieran dedicado a afeitar jardines y a adoquinar calles, hubieran desaparecido sin dejar rastro.

La psicología tiene sus misterios, y no es fácil ver así, de golpe, la influencia que en nuestro espíritu ejercen las formas exteriores que habitualmente nos rodean y nos moldean sin que nos demos cuenta de su sorda labor. Nuestro orgullo nos hace creer que estamos sólo sometidos al influjo de los objetos en que voluntariamente fijamos nuestra atención; pero acaso sea más enérgico el influjo de lo imperceptible y de lo despreciable. Un hombre que habita en una ciudad desigual, con calles quebradas, con jardines semisalvajes, circundado por la belleza natural que la tierra da de balde, es un hombre apto (si se decide a trabajar, justo es decirlo) para la creación de obras originales: por lo menos es un hombre llano, natural, sin artificio; ese mismo hombre habita en otra ciudad muy bien entarugada, alineada, arrecifada, barrida y fregada, e insensiblemente comienza a perder los rasgos más salientes de su personalidad: comienza él también a alinearse, a recortarse, a pelarse, a afeitarse y a engomarse; en una palabra, a estropearse por fuera y por dentro, y quizá al encontrar un amigo en la calle no sepa ya saludarle familiarmente, sino haciendo varios movimientos mecánicos y ofreciendo, en vez de toda la mano, como antes se hacía, el dedo índice, que parece apuntar como cañón de revólver. Estas y otras bellezas nos trae el progreso mal entendido, y nos las trae por nuestra ignorancia, porque no vemos el enlace que las cosas entre sí, a la callada, mantienen.

Una señora finlandesa me preguntaba cierto día: -¿Es verdad que en España, cuando pasa una mujer bonita, los hombres le echan a los pies la capa y el sombrero? -Sí señora: es verdad -contesté yo-; pero desgraciadamente la costumbre se va perdiendo. -¿Y cómo explica usted ese cambio? ¿Es que se vuelven ustedes más calmosos, menos enamorados y galantes? -No es eso, señora mía; es que ha decaído mucho la capa; hoy se usa con preferencia el gabán, y la nueva prenda no sirve para el caso. La capa va suelta sobre los hombros, y en menos que se piensa, en un abrir y cerrar de ojos, está extendida en el suelo: el movimiento es elegante y artístico. En cambio, el gabán es una prenda sin gracia: no hay modo de quitárselo en medio de la calle, pues parecería que se iba uno a desnudar; si se le extiende sobre el suelo, tomará mil figuras, y todas ellas serán antiestéticas, y hasta sería posible que la beldad a quien se pretendía rendir homenaje tropezara y cayera por nuestra culpa. Y, en cuanto al sombrero, como ahora se gastan de casco duro, al tirarlo al suelo iría botando como una pelota y se llenaría de bollos y piquetes. Los españoles somos, pues, como éramos; pero el traje ha cambiado y no nos deja hacer lo que antes hacíamos.

Hechas estas salvedades, para que conste al menos que a mí los adelantos no me turban hasta el punto de cegarme y entontecerme por completo, no tengo inconveniente en reconocer las ventajas del progreso material y en guiarme por este, como signo ulterior, para descubrir el progreso efectivo de las naciones; pero tengo que separarme de nuevo de la corriente general y decir que no me bastan los hechos; que yo doy más importancia que a los hechos a la forma en que se presentan.

Lo característico de Finlandia es el entusiasmo con que se aceptan todas las innovaciones de utilidad práctica, la rapidez y perfección con que todo el mundo se las asimila. En España tenemos ferrocarriles; pero no sólo los tenemos de mala manera, sino que en algunos casos hemos llevado nuestra mala voluntad hasta el extremo de que el tren sea derrotado por la diligencia. En nuestra provincia existe ese raro fenómeno. Aquí los ferrocarriles son del Estado finlandés, y, a pesar de lo escaso de la población, dan ingresos muy lucidos; en cuanto al servicio, casi compite con el alemán, que es el más perfecto de Europa. -El teléfono es aquí tan usual como los trastos de cocina; es una persona más en cualquier conversación. Muchas veces ocurre una duda que puede ser resuelta por alguien que está ausente: al minuto se tiene la respuesta, casi como si el consultado se hallara en la reunión. -No conozco ciudad donde existan, proporcionalmente al número de almas, más carruajes que en esta: están distribuidos por toda la población y en constante movimiento; son muy ligeros y baratos, y los usan hasta las clases pobres. -Por el velocípedo hay verdadero delirio, y las mujeres lo han aceptado como instrumento de emancipación; no se da un paso sin topar con una señorita montada en su bicicleta: si os fijáis por detrás, veréis que de esa parte del organismo que sirve, entre otras cosas, para sentarse, pende en forma humorística un cartelito donde se lee un número, que quizá pase del cuatro mil: ese número, que es el del registro velocipédico, indica a las claras el abuso que se hace del pedal. Porque aquí no se fijan más que en el ahorro de fuerzas, y, en cuanto una novedad es útil, todo el mundo la acepta en masa, sin que a nadie se le ocurra criticar ni dárselas de refractario.

Yo hice un día ciertos reparos al hecho de que una señora vieja y horriblemente voluminosa fuese también dando tumbos en una angustiada bicicleta (por cierto que ese día sentí por primera vez algo nuevo: la compasión por un aparato mecánico), y la persona a quien me dirigía sólo me contestó: «Yo lo encuentro bien; es útil». -Finlandia es el país de los lagos: casi todas las ciudades y pueblos del interior están unidos por vías navegables surcadas continuamente por vapores; y no es extraño el caso de que un campesino se encargue durante una travesía de dirigir una embarcación con la seguridad de un marino práctico. Y como estos hay mil hechos curiosos que revelan la satisfacción rústica con que son aquí acogidos todos los adelantos y la prontitud y perfección con que se los introduce en la vida vulgar y corriente.

Mas no se crea que tan ardiente amor al progreso es signo de energía espiritual; es todo lo contrario. La opinión irreflexiva ve en la actividad febril de un hombre que se pasa la vida rodando por los trenes, dando órdenes por telégrafo y por teléfono o yendo como una centella en velocípedo, una prueba de robustez cerebral extraordinaria; cuando en realidad lo que debe verse en todo eso es un desequilibrio orgánico: la exaltación de la fuerza muscular y la atrofia del sistema nervioso. He aquí la causa de que los pueblos meridionales sean por temperamento refractarios a las innovaciones mecánicas e incapaces de resistir el ajetreo excesivo de los novísimos medios de locomoción.

El tipo perfecto del hombre activo es el norteamericano; hoy es ya popular en Europa la idea del yankee a lo Bourget: un hombre vulgar de alma y cuerpo poseído por la manía de reunir muchos millones; posee alguna línea de ferrocarriles, y, si llega el caso, alguna ciudad entera, que fundó por su cuenta y riesgo o que ganó en una jugada de Bolsa; trabaja día y noche en su bufete, con un aparato telefónico en cada oreja, el telégrafo enfrente y un expreso de propiedad particular silbando a la puerta, por si los negocios exigen de repente un viaje de cuatro o seis mil kilómetros; y, por último, el pobre hombre cae un día muerto sobre su escritorio a consecuencia de un ataque cerebral, mientras su mujer da un baile en París o en Cannes, o juega fuerte en Montecarlo. Hay sin duda en estos rasgos exageraciones de tipo novelesco; mas lo novelesco difiere poco de lo real: en el estudio de Bourget, Outre-Mer, aparecen figuras semejantes a la que yo he indicado en cuatro líneas, y Outre-Mer no es un libro humorístico, aunque a ratos lo parezca.

Tan extraordinario derroche de actividad no podría prolongarse mucho tiempo si estuviera alimentado por la inteligencia: yo he visto funcionar grandes empresas comerciales, y he comprendido sin gran molestia la marcha de los negocios; y, una vez dominada esta primera dificultad, he visto que todo se reduce a una rutina para la que sólo se requieren facultades de resistencia. La gente profana, que no ve más que la complicación aparente de las operaciones, piensa que el que las dirige es un hombre de genio: una vez en el secreto, se convencería de que aquel trabajo está al alcance de cualquier burro de carga. Yo encuentro un gasto mucho más grande de energía en el que crea una obra de arte; y, si se quiere un ejemplo de actividad material, diré que más fortaleza física se requiere para ser matador de toros que para ser millonario al estilo yankee. No hay que ir a América para hallar hombres fuertes; para lo que hay que ir es para encontrar temperamentos que resistan la tensión pasiva a que nos condena el progreso mecánico.

A un amigo mío, lagartijista entusiasta, le oí referir una anécdota muy significativa sobre el insigne maestro cordobés. Se hablaba de lo malo y de lo bueno que tienen las profesiones y oficios, y se llegó a tocar el toreo; y alguien le preguntó a Lagartijo qué era lo que más le disgustaba de su profesión, a lo cual el interpelado, con una concisión digna de Tácito, contestó: «Er tren». En estas dos palabras, mejor o peor dichas, hay más sustancia psicológica que en todos los tratados de Psicología que sirven de texto en los Institutos. Un torero de raza se halla en su elemento mientras lucha, mientras su actividad libre e inteligente está enfrente del toro, y se fatiga de ir incrustado en un vagón, prueba evidente de que para resistir el traqueteo de los innumerables vehículos de nuestra época la energía natural del temperamento es más bien un obstáculo; lo que el vulgo toma por actividad es inercia: ese hombre que va cincuenta horas en tren no va, sino que lo llevan; él no hace más que aguantarse.

He presentado estos dos tipos de actividad para hacer ver, por medio de ejemplos conocidos, lo que son los finlandeses. El finlandés se aproxima al tipo yankee: no tiene campo de acción para ejercitarse en empresas de alto vuelo, pero en su esfera funciona como un organismo libre, adaptado a una función mecánica; es calmoso hasta un extremo desesperante, pero tiene una constancia a prueba de bomba; su entusiasmo progresista nace, propiamente hablando, de su pereza, del deseo de economizar tiempo y de molestarse lo menos posible. La primera advertencia que me hicieron a mí al llegar, cuando di mi ropa blanca a la lavandera, fue que tardarían en lavarla, según es costumbre, de dos a tres semanas; y como en el lavado ocurre con muchas cosas más. Aquí no quieren trabajo extraordinario ni apresuramientos; gustan de la regularidad, y dan a cada obra su plazo marcado e inflexible. Yo hace ya muchos años que no tengo reloj, y lo suprimí después de tenerlo otra porción de años parado. En España esto sería una dificultad, y fuera de España también he caído en faltas graves por no saber nunca la hora; aquí he resuelto el problema, porque cada ciudadano es un aparato de relojería: la muchacha que enciende las estufas, las ocho; la mujer de la leche, las ocho y media; mi staederska, las nueve; el correo de la mañana, las diez; el almuerzo, las once; la joven que viene del kontor, las doce; segundo correo, la una; la chica que vuelve de sus clases, las dos; mi vecina, una joven pintora, va a comer, las tres; la doktorinna pasa en bicicleta, las cuatro. De aquí en adelante ya no se distinguen los bultos; hay un intervalo hasta las nueve, en que mi criada viene a hacerme la cama. Porque aquí, dicho sea de paso, las camas son duras como piedras y las hacen cuando se va a dormir.




ArribaAbajo- VII -

El corresponsal traza un inesperado y curioso paralelo entre la manteca finlandesa y los jamones de Trevélez


En una de las innumerables revueltas estudiantiles que agitaron la vida escolar de mi tiempo, no recuerdo en cuál, en una que sería provocada, como de costumbre, por las reacciones gubernativas en vísperas de Nochebuena, se reveló, salió a luz un nuevo orador, que desde lo alto de una reja nos arengó, nos entusiasmó y nos inflamó a los incipientes revolucionarios: era el joven tribuno un prodigio en el arte de escalar rejas y de enardecer a sus semejantes. En la reunión se hallaban dos señores viejos atraídos por la curiosidad, y tengo muy presente que el uno dijo: -Ese muchacho llegará a ministro; me lo da el corazón. -¿En qué te fundas? -repuso el otro-, porque yo creo que lo que está diciendo es una sarta de disparates. -No importa: dice disparates, pero los dice bien, y además tiene una agilidad sorprendente para encaramarse en sitios altos; repito que ministro tenemos.

Muchas veces he recordado la profecía (que se realizará, no cabe la menor duda), y he pensado que aquel flamante tribuno tenía una cualidad muy recomendable: la de ser siquiera hombre franco. Aspiraba a salvar el país, y lo decía para que nos enterásemos. ¡Cuán diferente es Fernández! Fernández ha publicado un tomo de poesías con el título de Rugidos de un loco: las ha dedicado a un personaje influyente de la situación, y ha recibido una credencial de ocho mil reales en el Ministerio de Hacienda; ya es poeta distinguido, y cuando ascienda a doce mil será poeta inspirado; si llegase a jefe de sección, sería eminente; y genial si consiguiera el nombramiento de Consejero de Estado: aún le queda que rugir para que sea verdad tanta belleza. -Gómez es un autor dramático. Ha compuesto un drama en que figura un genio falto de recursos y, lo que es peor, enamorado de una señorita de buena casa; pero el genio lucha y logra un acta de diputado y se casa a seguida, sin dificultad; y, al caer el telón, el público piensa que el genio es el mismo Gómez, y que el drama es una indirecta; y el público está en lo firme. -Pérez ha llegado a concejal. Pérez es un joven de provecho que desea ser útil a sus conciudadanos: ha estudiado a fondo todas las «cuestiones vitales» de la vida municipal y tiene en cartera un plan completo de reformas: ocho grandes vías cruzadas, y en los cruces plazas muy grandes con monumentos muy pequeños, para que no haya estorbos, y un red de tranvías que circularán con gran rapidez. Y algunas personas respetables que conocen el pie de que cojea la Humanidad en general, y Pérez en particular, piensan que a Pérez, como a Gómez, habrá que darle un acta para que vaya a desahogarse al Parlamento, porque si no es capaz de echar la ciudad abajo. Si fuéramos a multiplicar los ejemplos, tendríamos un volumen de caracteres como los de La Bruyère, hasta tal punto nuestra sociedad abunda en tipos de nuevo cuño, forjados todos en el yunque de las necias y vulgares ambiciones. Pero no puedo olvidar un tipo que rebosa interés por los cuatro costados; un amigo y antiguo condiscípulo: González. González es un alpujarreño, de familia bien acomodada, y aspira a ser el representante de su distrito natural. Ha creído descubrir la causa de los males que afligen a sus electores, y ha comenzado una campaña de propaganda enérgica; lleva pronunciados más de doscientos discursos, cuya síntesis se halla en el siguiente silogismo: «Todos nuestros males provienen de no tener medios fáciles de comunicación; para tenerlos hace falta un hombre que se mueva donde hay que moverse; pues bien; yo me ofrezco a ser ese hombre». El argumento, como se ve, no admite réplica. Yo, sin embargo, creí que no estarían de más algunas aclaraciones, y, apoyado en la antigua amistad que me une con González, le escribí la siguiente carta:

«Estimado amigo: Leo con sumo interés las noticias que da la prensa sobre tu brillante campaña política, y encuentro en ellas un buen agarradero para reanudar nuestras viejas y un tanto olvidadas relaciones. El mundo es demasiado grande, y cuando dos amigos se separan no saben cuándo ni cómo se volverán a encontrar: lo más que puede hacerse es tener confianza en la firmeza de la amistad y en el servicio de correos. Así, pues, me daré por contentísimo si esta carta que te escribo desde las cercanías del Polo Norte llega a tu poder, y te suena a consejo de amigo verdadero y desinteresado. Y ahora empieza mi cuento.

»No hallo nada que censurar en tus aficiones políticas; sé que dispones de recursos sobrados para vivir, y que sólo te espolea el pícaro deseo de colocarte en un sitio visible y en el que te sea fácil trabajar por el bien común. Tú no vas a ensuciarte, estoy seguro de ello, y eres una 'fuerza sana' de nuestra política. Pero a mi ver equivocas el camino, y porque creo que te equivocas es por lo que molesto tu atención.

»Desde que llegué a este país, habré leído hasta cuatrocientos artículos referentes a la manteca; yo, que soy poco amigo de grasas, estoy, sólo de leer, empachado. Todos los días traen los periódicos algo sobre la manteca; smoerfragan es el epígrafe general de los trabajos que se publican sobre 'la cuestión de la manteca'; debe de haber redactores especiales que conozcan a fondo tan sustanciosa materia, y luego hay otros epígrafes como smoerexport, exportación de mantecas; smoerrnoteringar, notas de precios del artículo; smoerprofningarna, o sea, ensayos y análisis, etc.

»Es decir, que aquí hay una porción de personas distinguidas que se consagran principal y acaso exclusivamente al estudio de las mil cuestiones que afectan a la preparación y exportación de manteca. Después de la madera en bruto o labrada, artículo que ocupa el primer lugar en la exportación, viene la manteca, que compite en calidad y precio con la más celebrada de Holanda o Dinamarca; y como es necesario aumentar constantemente la exportación para adquirir otros muchos artículos indispensables para la vida, los trabajos de quienes en estos asuntos se ocupan son patrióticos y celebrados con igual título que los de la política, las ciencias o las artes.

»Viendo lo que aquí ocurre y leyendo lo que tú dices sobre la necesidad urgente de construir carreteras en tu distrito, se me ha ocurrido pensar que tienes un medio más seguro de extender tu influencia y de conseguir el triunfo de tu candidatura. Si mal no recuerdo, tu abuelo amasó la fortuna de que tú ahora disfrutas negociando en jamones alpujarreños, en los jamones famosos y celebrados urbi et orbi bajo la advocación de Trevélez. ¿Por qué no reanudas tú los negocios con los medios e inteligencia que posees, y 'creas una fuente de riqueza' que con el tiempo abriría ella sola sus propios caminos? Tú me dirás que antes de trabajar hacen falta medios de comunicación, y caeremos, como siempre ocurre, en el insoluble problema de qué fue lo primero: el huevo o la gallina. Yo tengo vehementes sospechas de que lo primero fue la gallina, y de que lo primero que debe haber en tu distrito es una gran exuberancia de jamones. Si pusieras manos en el asunto, tendrías materia para no acabar nunca: 1.º, mejoramiento de la raza porcina por medio del cruce y de la alimentación apropiada: libros hay escritos sobre el particular, y tú podrás hacer observaciones y ensayos por cuenta propia y escribir un nuevo tratado; y si te sientes poeta, componer un poema épico con el título de la 'Cerdada'; 2.º, preparación y conservación de jamones hasta conseguir que los de Trevélez, no sólo sean muy buenos, sino que sean los mejores del globo, y dejen tamañitos a los de Westfalia; 3.º, lanzamiento del artículo con arreglo al arte comercial moderno, para aumentar el consumo hasta donde lo permitieran los medios de producción. Hay, pues, tela cortada para rato. No creo que tengas impedimento alguno para trabajar en tan bella obra; hoy no deshonra ningún oficio, y si quedan aún algunas preocupaciones ridículas, hay que echarlas abajo con hechos contundentes. Ya sé que tú desciendes en línea recta, según los genealogistas más autorizados, nada menos que del conde Fernán González. Pero hoy trabajan también los aristócratas, pues en algo han de entretener el tiempo. No ha mucho hice yo un viaje a Hangoe, y fui todo el camino hablando con un noble finlandés, el barón Hisinger, dueño de una gran fábrica de instrumentos agrícolas, establecido en Bilnaes; y todas sus preguntas iban encaminadas a averiguar los derechos de importación de herramientas en España, precios, estado de nuestra industria metalúrgica, etc. La idea de mi interpelante es fabricar más barato aún que los alemanes y crear un nuevo ramo de exportación, y todo podría ser que lo consiguiera. No dejes de contestarme, diciéndome con franqueza qué te parece mi consejo, y cuenta siempre con la buena amistad de tu antiguo condiscípulo y amigo invariable, etc.».

A esta carta mía contestó a vuelta de correo mi amigo con otra, que copio a la letra, no sin sentir cierto escozorcillo por el abuso de confianza que a sabiendas cometo:

«Mi muy estimado amigo: Ante todo, un millón de gracias por tu carta, que me ha llenado de satisfacción. Al cabo de cinco años de silencio, lo que yo menos podría esperarme era una carta tuya, y una carta escrita desde donde la escribes. ¿Cómo podía yo figurarme que te acordaras aún de mí, y que estuvieras tan al tanto de las idas y venidas de este pequeño átomo social? Te repito que tu carta ha sido para mí una verdadera sorpresa.

»En efecto, amigo mío: me picó la moscarda política, y más que por vanidad, como supones, por compromisos, ando en estos belenes, de los que acaso salga con las manos en la cabeza. La verdad es que me aburría sin hacer nada, y que ahora por lo menos me distraigo; la política, cuando se le toma el gusto, tiene grandes atractivos, que compensan ampliamente los disgustos y quebrantos que proporciona.

»Pero, aun así y todo, dichoso tú que huyes como un filósofo de estas miserias humanas, y que no te tomas ni el trabajo de comprenderlas. Y digo esto, porque tu carta revela un desconocimiento tal de lo que es nuestra nación, que parece que escribes, no ya desde Finlandia, sino desde la Luna. Si yo siguiera tus consejos, no sería flojo el regocijo que daría a mis adversarios; hoy me ponen reparos, porque mi fortuna viene del negocio que a ti te entusiasma; si yo reanudara la tradición familiar, me llamarían el marqués de los Jamones y habría concluido mi vida política. Hay dos o tres negocios que están de moda y en los que se puede trabajar sin peligro: por ejemplo, la fabricación de azúcar. Cuando se habla de un ingenio, el público se figura algo muy grande, en que el amo es como un reyezuelo o un señor a la antigua; se recuerda que en los ingenios había antes esclavos a quienes apalear, y la imaginación, recogiendo estos y otros detalles, forma su caramillo y encubre la parte vulgar que puede haber en ese género de industria. Pero en la de jamones no hemos dado aún un paso, y todo el que la toque se ensucia.

»Yo no quiero aumentar mi caudal: quiero vivir sin preocupaciones; y para no estar completamente ocioso, me he metido en la política. Y como hay necesidad de hablar, hablo sobre el tema que más interesa ahora: sobre los medios de comunicación. El tema es inagotable, y una vez que se le domina se pueden improvisar bellos discursos, en que se habla de las carreteras como lazos de unión entre los hombres, como red de arterias y venas por donde circular la riqueza, es decir, la sangre de los pueblos. Esto gusta y a esto hay que atenerse.

»Quizá en el fondo tú llevas la razón; pero en mi distrito soy yo quien está en lo firme. Esto no es Finlandia, y yo creo que es mejor que Finlandia; porque aquí queda aún fantasía, y no estamos aún subyugados por el materialismo ni por el utilitarismo. Por lo demás, yo te aseguro, con la consiguiente reserva, que si salgo adelante con mis planes, no he de hacer nada para que construyan vías de comunicación: hay que ir dando largas y dejando el trabajo a los que vengan detrás, porque las gentes nunca están satisfechas, y si se les da lo que ahora piden, no tardarán en pedir algo nuevo.

»Dispénsame la excesiva franqueza con que te hablo; examina con imparcialidad mis razonamientos, y creo que comprenderás el error en que te hallas; y que esto no sea ocasión para que se interrumpan de nuevo nuestras relaciones, que desearía estrechar con una correspondencia continuada y frecuente, tu amigo, etc.».

Después de leer esta carta he pensado: «González es un pícaro; pero González lleva toda la razón».



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