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Civilización, costumbres y política en la literatura de viajes a España en el siglo XVIII1

Mónica Bolufer Peruga


Universitat de València



En 1787, el agrónomo y hombre de letras Arthur Young cruzó los Pirineos para iniciar una breve incursión por España en el transcurso de su viaje por Francia e Italia. Comenzaba así su corta estancia atravesando el valle pirenaico de Arán, una zona montañosa, aislada y pobre que defraudó sus expectativas sobre Cataluña, tierra que, de acuerdo con los relatos de otros viajeros, debía imaginar próspera e industriosa. Su desilusión se hace patente en sus reiteradas observaciones sobre las míseras condiciones de vida de los campesinos pirenaicos, la aridez de sus tierras y la pobreza de sus casas, meras cabañas carentes de cristales o chimeneas, y se plasma de manera todavía más vivida en sus comentarios sobre el aspecto de las mujeres, descalzas y vestidas con telas ásperas. En cambio, a medida que desciende hacia terrenos más llanos, el paisaje se suaviza, los cultivos se muestran más ricos, las viviendas mejor acondicionadas, produciéndole la sensación de alcanzar por fin tierras civilizadas, una impresión que refuerza la agradable visión de una mujer joven y bien vestida «galantemente acompañada por dos frailes», antes de que, más al Sur, la mejora de los caminos y el dinamismo del tráfico señalen la proximidad de una gran urbe, Barcelona, que el viajero admirará, comparando su animación con la de París2. El contraste entre el atraso y la miseria de muchas zonas rurales españolas y los refinamientos de la vida urbana en las ciudades más activas halla así en la diferencia entre la indumentaria y las actividades de las mujeres una representación gráfica que resume bien la imagen de la España del siglo XVIII transmitida por muchos viajeros extranjeros.

Apartada de las rutas del Grand Tour, España, un país cuyos tiempos de esplendor quedaban ya muy lejos, constituyó un destino poco frecuente que parecía, por ello, prometer ciertas dosis de aventura y exotismo sin salir de Europa. Sin embargo, obligados en muchos casos por el desempeño de un cargo diplomático o militar, ocupados en otros en actividades comerciales, o bien buscando experimentar las emociones de un itinerario menos trillado, un puñado de viajeros, sobre todo británicos, cruzaron el país a lo largo del siglo, dejando testimonios literarios de su experiencia que circularon ampliamente por Europa.

La investigación histórica y literaria se ha ocupado con insistencia de las impresiones dejadas por estos viajeros, tratando de dilucidar hasta qué punto fueron presa de ideas preconcebidas o bien actuaron como observadores objetivos tanto de las inercias y los atrasos como de los indicios de cambio en la España del siglo XVIII: los signos de crecimiento económico, las reformas emprendidas por los gobiernos borbónicos, las tendencias de renovación intelectual o las transformaciones en los ámbitos de la sociabilidad y la vida cotidiana. Sin embargo, con frecuencia se tiende a parcelar las observaciones de estos visitantes en compartimentos estancos, separando su visión del gobierno y la vida política, la economía o la actividad intelectual de sus comentarios acerca de las costumbres, la sociabilidad y la existencia cotidiana y concediendo, implícitamente, a estas últimas un lugar secundario.

Nuestro objetivo es algo distinto. Más que juzgar la mayor o menor exactitud con que los viajeros extranjeros, concretamente los ingleses, levantaron acta de los cambios acaecidos en la sociedad española del siglo XVIII, nos interesa indagar en las categorías a través de las cuales construyeron su imagen de España, explorando para ello dos cuestiones interrelacionadas: el lugar que nuestro país ocupaba en la geografía imaginaria de la civilización europea en el siglo XVIII y el papel que en esa valoración desempeñaban las impresiones acerca de las «costumbres» del país, particularmente la condición de las mujeres y las relaciones entre los sexos.

Esta forma de abordar el análisis de los relatos de viajes conecta con las orientaciones más recientes de la historia cultural en un doble sentido. Por una parte, entronca con los estudios sobre la configuración de la identidad europea y sus conflictos, análisis que, iniciados tras la Segunda Guerra Mundial, en paralelo al comienzo del proceso de construcción europea, dieron sus primeros frutos en los estudios clásicos de Lucien Febvre o Federico Chabod3. Estos trabajos han revelado el modo en que, desde la Antigüedad hasta nuestro tiempo (con hitos significativos en la época del humanismo, los descubrimientos, las guerras religiosas o la Ilustración), se fue configurando la noción de una identidad común4. Sinónima de Cristiandad latina en la Edad Media, se identificó desde el Renacimiento con la idea de una civilización europea unitaria, fundada en el pasado clásico y superior a otras culturas e incluso paradigma de civilización. En las últimas décadas, estas indagaciones han acusado la influencia del célebre estudio de Edward Said Orientalismo, que en 1978 abordó el análisis de la creación europea del «Oriente» como un mecanismo de hegemonía cultural que acompañó y apoyó la empresa colonial en el siglo XIX5. Siguiendo su estela, numerosas investigaciones han revelado hasta qué punto la construcción de una identidad europea durante la modernidad se sustentó en la oposición respecto del «Otro» (oriental o «salvaje»), cuyo contraste con la civilización occidental constituye el subtexto común a los relatos de viajes y exploraciones y a la reflexión filosófica sobre las diferencias entre las sociedades humanas6. Sólo de forma más reciente, trabajos como los de Larry Wolff o Brian Dolan han extendido el análisis de las divisiones culturales percibidas en términos de separación entre «civilización» y «barbarie» desde los confines remotos del mundo conocido y dominado por los europeos hasta las fronteras más próximas. Así, han mostrado la forma en que se fueron definiendo los límites de esa «Europa cultural» que en el Siglo de las Luces se extendió dubitativamente hacia el Este, observando la conflictiva conceptualización de las líneas (ambiguas y móviles) que separaban a Europa de sus vecinos más cercanos o que marcaban fronteras interiores, dentro de las propias sociedades europeas, entre la población «civilizada» y las clases populares, en particular campesinas, contempladas con frecuencia por viajeros y filósofos como «salvajes» o «bárbaras»7.

Al mismo tiempo, en otra vertiente historiográfica, nuestro estudio es deudor de los trabajos que en tiempos recientes han venido desvelando la complejidad y las tensiones del concepto de «civilización» como noción clave en el pensamiento y la cultura de las Luces8. En particular, de los análisis que han puesto de relieve el carácter central que el juicio sobre las costumbres públicas y privadas tenía en la reflexión filosófica, moral, económica y política de la Ilustración, y el modo en que la relación entre los sexos, tanto en el ámbito «público» de la sociabilidad como en el terreno «privado» de la moral, los sentimientos y los vínculos amorosos y familiares, funcionó como un indicador esencial de civilización9. Aspectos todos ellos que, como los anteriores, pueden rastrearse de forma reveladora en la literatura británica de viajes a España en el siglo XVIII.




España en la frontera meridional de Europa

En efecto, en el proceso de configuración de las fronteras imaginarias de Europa y de reflexión sobre los aspectos comunes y las diferencias nacionales, la experiencia del viaje, real o imaginario, vivido, narrado o leído, ejerció un papel fundamental, como ha venido mostrando una amplísima nómina de estudios literarios e históricos10. Son, sin duda, los pasos aventurados de los viajeros británicos los que han merecido una mayor atención, porque fueron ellos quienes en mayor medida, a partir del siglo XVIII, cruzaron continentes y océanos, y porque sus recorridos han servido para estudiar tanto las implicaciones culturales de la construcción imperial británica como, más recientemente, las conflictivas relaciones de Inglaterra con el resto de Europa11. Disponemos, así, de numerosos trabajos sobre la literatura de viajes inglesa de los siglos XVIII y XIX y sobre las visiones del mundo y del continente europeo que estos textos a la vez encarnaron y contribuyeron a popularizar. Ciñéndonos a los recorridos continentales, los estudios recientes han puesto de relieve el amplio alcance social del viaje en la Inglaterra hannoveriana. Si durante mucho tiempo tendió a identificarse de forma casi exclusiva con el Grand Tour, el itinerario por algunos destinos escogidos (Francia, Italia, en ocasiones Alemania) que desde finales del siglo XVII solía completar la educación del gentleman británico, siendo contemplado como un rito de paso para su aprendizaje social y su incorporación a la vida adulta, hoy sabemos que esa fue sólo la manifestación más selecta y elitista de una experiencia, la del viaje, mucho más variada en sus formas, sus motivaciones y sus protagonistas12. Además de aristócratas imberbes, recorrieron las rutas de Europa diplomáticos, hombres de negocios, mujeres de la nobleza y la burguesía, universitarios de clase media a la caza de ruinas y monumentos y, más tarde, de pintoresquismo paisajístico y humano, y fueron ellos, en mayor medida que los primeros, quienes publicaron sus relatos, lo que imprimió a la literatura de viajes británica, en su conjunto, un marcado carácter antiaristocrático13. Así puede apreciarse en los relatos de viajeros ingleses por España: desde un capellán de embajada como Edward Clarke, a miembros de dinastías mercantiles como Richard Twiss o William Beckford, militares como Philip Thicknesse, William Dalrymple o Alexander Jardine, un eclesiástico y médico como Joseph Townsend o nobles católicos como John Talbot Dillon y Henry Swinburne.

Desde la perspectiva de la Europa avanzada, España constituía en el siglo XVIII un país periférico y atrasado14. Los ilustrados de mayor renombre, en particular franceses, construyeron y transmitieron de él una imagen sombría, que ponía el acento en el despotismo político, el oscurantismo religioso (encarnado sobre todo en la Inquisición, tribunal cuyos procedimientos despertaron una morbosa curiosidad), la crueldad de sus actividades colonizadoras en América y el arcaísmo y pobreza de su vida intelectual15. Bien conocido es el desprecio de Voltaire, que en su Essai sur les moeurs et l'esprit des nations trazó una breve historia de la decadencia española desde tiempos de Felipe II, y en carta al viajero inglés Sherlock en 1766 sentenció: «Es un país del que sabemos tan poco como de las regiones más salvajes de África, pero no vale la pena conocerlo»16. Más complejo es el caso de Montesquieu, que dedicó amplias reflexiones a la monarquía hispánica en muchas de sus obras, desde las Lettres personnes (1721; cartas 78 y 136), en las que difundió una imagen tenebrosa e hiperbólica del atraso español, a El espíritu de las leyes (1748) y otros textos impresos e inéditos17. Los historiadores de América, en particular G. T. Raynal (Histoire philosophique et politique des établissements dans les deux Indes, 1770) y William Robertson (History of America, 1777) contribuyeron también, a través de su crítica a la conquista española y su comparación desventajosa con la colonización francesa o británica, a construir esa imagen sombría que culminaría en el artículo «¿Qué se debe a España?» de Masson de Morvilliers, cuya publicación en la Encyclopédie méthodique (1782) desató un intenso debate sobre la contribución del país a la cultura europea, generando reacciones qué fueron desde la más rancia apologética a la aceptación matizada de las críticas.

En este sentido, puede argumentarse que España formaba parte, en la percepción de los foráneos, de aquellos territorios alejados (tanto geográfica como culturalmente) de lo que desde el siglo XVII se había venido configurando como el centro político, económico y cultural de Europa: las potencias mercantiles de Inglaterra y las Provincias Unidas, la Francia de Luis XIV y más tarde de los philosophes, o bien aquellos territorios que, como Italia o los principados alemanes, mantenían el prestigio de su tradición cultural, y hacia los que confluían las rutas más frecuentadas. España, por el contrario, constituía un destino raro, algo de lo que fueron conscientes los viajeros al encaminar sus pasos hacia nuestro país y, sobre todo, al presentar los frutos literarios de su periplo, tratando de obtener alguna ventaja, en el disputado y lucrativo mercado de la literatura de viajes, del hecho de ofrecer descripciones más novedosas y susceptibles de despertar el interés del público y la crítica. Así, frente a la saturación de los caminos y de los relatos sobre Francia o Italia, en los años 1770-80 los recorridos de los viajeros y sus relaciones escritas se ampliaron a territorios menos usuales, como los Países Bajos, Suiza, Grecia o España, renovación que fue celebrada por la prensa literaria18. En este sentido, el patriarca de las letras inglesas Samuel Johnson felicitó a Giovanni Baretti por su estancia en España, lamentando, sin embargo, la brevedad de su visita a un país que, por desconocido, suscitaba la mayor curiosidad19. Y los propios viajeros, al dar a la prensa las descripciones de su itinerario español, se ufanaron de adentrar a sus lectores en tierras ignotas, como en el caso de Richard Twiss en 1773: «Después de haber dedicado varios años a viajar por Inglaterra, Escocia, Holanda, Flandes, Francia, Suiza, Italia, Alemania, Bohemia, etc., el gusto por la variedad, o la curiosidad de ver cosas nuevas, seguían todavía tan vivos que tomé la decisión de visitar España y Portugal»20. «Albergaba», afirma, años más tarde, Henry Swinburne, «un vivo deseo de seguir un camino apenas hollado por los viajeros, con el fin de comprobar cuánto crédito podía concederse a los relatos anteriores»21. Haciéndose eco de ellos, también escritores y filósofos subrayaron el desconocimiento de «un país», en palabras del médico escocés William Alexander, «con el que, pese a su cercanía, estamos menos familiarizados, y menos capacitados para dar cuenta del verdadero carácter de sus habitantes, que con los hotentotes, o los indios de las riberas del Ganges»22.

A la altura de 1779, esa constituía ya, en buena medida, una exageración literaria. Hoy sabemos que los viajes británicos a nuestro país, muy escasos hasta mediados de siglo, se incrementaron rápidamente a partir de 1760, alcanzando su máximo en vísperas de la guerra de independencia de las colonias norteamericanas, para vivir una segunda oleada en los últimos decenios del siglo, interrumpida por el estallido de la revolución francesa y de la invasión de 1808, y culminar en el frenesí de los viajeros románticos en el siglo XIX23. La imagen del país, fosilizada todavía a principios del Setecientos en los tiempos del Barroco, fue actualizándose, por tanto, a medida que la amplia divulgación de los nuevos relatos difundía por Inglaterra impresiones más ajustadas de la sociedad española contemporánea.

En la visión de los viajeros ingleses, España representaba, hasta cierto punto, una frontera cultural que marcaba por el Sur el límite de la civilización europea, en sentidos distintos pero análogos a como lo hicieron las fronteras nórdicas y orientales. Así, Wolff ha argumentado que la Europa del Este ocupaba en el imaginario de la Ilustración el espacio de una transición cultural entre el mundo europeo y Asia: Rusia, en particular, ofrecía la atracción de un imperio inmenso de fuertes contrastes, que el empeño occidentalizador de sus gobernantes (de Pedro I a Catalina II) había acentuado todavía más y que produjo en los viajeros occidentales impresiones opuestas de familiaridad y extrañamiento24. Por su parte, los territorios escandinavos, según Dolan, suscitaron interés tanto por la presencia en sus confines de poblaciones con hábitos «exóticos» (como la lapona) que permitían reflexionar sobre los límites entre salvajismo y civilización, como por las peculiaridades de su historia política, en especial el rápido ascenso y declive de Suecia en el panorama internacional y sus oscilaciones constantes entre autoritarismo monárquico y tradición parlamentaria25. El límite sudoriental representado por Grecia y Oriente próximo (el «Levante») constituyó, a su vez, una «frontera arqueológica» de creciente interés para Francia e Inglaterra, que compitieron por apropiarse (tanto de forma material como simbólica) de la herencia de la Antigüedad, a la vez que manifestaban su desprecio por los habitantes contemporáneos de aquellos territorios26.

Resulta sintomático, sin embargo, que en la historiografía sobre la construcción de las fronteras imaginarias de Europa a través del viaje, en el doble plano de contraste con el mundo extraeuropeo (a través de la empresa de colonización, exploración y dominio) y de reflexión sobre las diferencias internas, la literatura sobre España brille por su ausencia. La fértil tradición de estudios sobre viajeros europeos en nuestro país, circunscrita al ámbito especializado del hispanismo, apenas ha entrado en diálogo con las recientes investigaciones sobre la configuración de la identidad europea o sobre las relaciones de la literatura de viajes con las teorías ilustradas de la «civilización», aspectos en los que pretendemos centrar nuestro estudio27.

No está de más puntualizar que la visión de España en los viajeros del siglo XVIII no aparece todavía encuadrada bajo el prisma orientalizante que se haría tan común en las versiones románticas. Sería en el siglo XIX cuando se generalizase el tópico que interpretaba todo el pasado y presente del país desde la herencia islámica, convirtiéndolo en destino y evocación preferida de los escritores y viajeros románticos que buscaban al sur de los Pirineos, como en Asia o en África, la emoción de lo «primitivo» o lo exótico, opuesto a la Europa mercantil y civilizada de la que procedían28.

Cierto es que en algunos de los viajeros ilustrados pueden hallarse elementos que alimentarían, con el tiempo, el tópico de España como una suerte de África o Asia en Europa. No olvidemos que en el siglo XVIII, e incluso a finales del XVII, radican los orígenes del orientalismo tanto en su dimensión de interés erudito por el estudio de las lenguas y culturas orientales (egipcia, persa, árabe, india, china...) como en su vertiente más extendida de tendencia cultural que impregnó desde la literatura a la moda o las artes decorativas29. Esa fascinación explica la insistencia de algunos viajeros por España, franceses como el barón de Bourgoing o ingleses como William Dalrymple, y muy en especial Henry Swinburne, en buscar la huella árabe en muchas de las costumbres españolas y en casi todas las manifestaciones artísticas, que les conduce a pretender detectarla incluso en el arte barroco («Moorish», a sus ojos)30. En el caso de William Beckford, adinerado comerciante y coleccionista de gustos exquisitos, cuya afición por lo oriental le llevó a reunir antigüedades y objetos exóticos y a publicar en 1785 un poema en francés de temática árabe, Vathek, el relato de su viaje a España en 1787 muestra una inclinación muy consciente, e incluso cultivada con ciertas dosis de ironía, por admirar la herencia islámica, que culmina en su fascinado encuentro con el embajador de Turquía y su séquito en los jardines del palacio del Buen Retiro31. Esos «rescoldos orientalistas» que Beckford admitió albergar se aprecian también en el modo en que otros viajeros suscriben ciertos tópicos que se remontan al menos al siglo XVII. Entre ellos, la consideración de la crueldad (rasgo habitualmente atribuido a los orientales por el pensamiento europeo, desde Aristóteles a Montesquieu) como característica colectiva del carácter nacional (sobre todo a propósito de comentarios sobre la fiesta de los toros) o la descripción orientalizante de algunas actitudes y formas de sociabilidad, en particular las reuniones femeninas, aspecto este último que revela tanto el influjo de los relatos de viajeros del siglo anterior como el vínculo establecido por los ilustrados entre separación de los sexos, incivilidad de la vida social y despotismo político, tal como analizaremos más adelante32.

Sin embargo, lo oriental no constituye el prisma dominante a través del cual los ilustrados contemplaron España, de cuya enorme diversidad geográfica y cultural, que dificultaba una caracterización única o apresurada, se mostraron conscientes los viajeros mejor informados. Su plena adscripción a las fronteras geográficas e imaginarias del mundo europeo resultaba en el siglo XVIII una evidencia. Incluso Voltaire, a pesar de sus sarcásticos juicios, la incluyó, en su Essai sur les moeurs, dentro de esa Europa situada, «desde Petersburgo a Madrid», en un camino de progreso: «más poblada, más civilizada, más rica, más ilustrada». Como él, los viajeros describieron España como un país situado en los escalones más bajos de la pirámide europea del progreso, que apenas había iniciado la recuperación de una larga decadencia y cuyas estructuras sociales, económicas y políticas requerían de profundos cambios para poder alcanzar el grado de desarrollo que otros territorios (implícitamente, Inglaterra) habían conseguido. Un país en el que advirtieron signos (prometedores para algunos, insuficientes para otros) de vitalidad social y cultural (por ejemplo, en la actividad de Sociedades Económicas, Academias e instituciones científicas y artísticas) y reseñaron (aun considerándolas, en muchos casos, poco eficaces) las mejoras emprendidas por los gobiernos reformistas33.




De la política a la «policía»: gobierno y costumbres en el camino del progreso

Los tópicos seculares sobre los «caracteres nacionales» entendidos a modo de rasgos colectivos predeterminados e inamovibles, como el que asignaba a los españoles un talante grave, reservado, orgulloso, fiel, apegado al honor, celoso y caritativo, fueron revisados en el siglo XVIII34. En ese contexto, la discusión sobre las causas del atraso español vino a implicarse, de forma más o menos explícita, en el amplio debate, propio de la época, sobre la forma en que debían interpretarse las diferencias en las costumbres, talante y tendencias políticas de los distintos pueblos, bien como distinciones naturales, determinadas por el clima y la geografía, como en Montesquieu (L'esprit des lois, 1748), o, a la manera de Hume («Of National Characters», 1742), en clave sociológica, restando importancia a los factores físicos en favor de la influencia del trato y la comunicación mutua35. Para algunos viajeros franceses y, más raramente, británicos, la razón última de la decadencia española residía en la calidez del clima, que determinaba en sus habitantes una natural indolencia36. Participaban de ese modo del lugar común, bien establecido en el pensamiento político y la cultura del siglo XVIII, que consideraba a las regiones cálidas más propicias al despotismo, a la pereza y al desarreglo de las pasiones, atribuyendo, en cambio, a los países templados las virtudes de la temperancia moral y la moderación política. Ese principio climático servía para distinguir a los pueblos de Asia, América, África o el Pacífico respecto de Europa, y cuajó en la defensa de la superioridad de la civilización y los sistemas políticos europeos frente al «despotismo oriental», encarnado fundamentalmente en el siglo XVIII en la imagen literaria de los imperios turco o persa, y en una justificación de la actividad colonizadora. Sin embargo, en ocasiones fue invocado también, de forma más o menos explícita, para producir una jerarquización entre los distintos territorios de Europa o incluso entre regiones de un mismo país (como el Norte de España, caracterizado según Bourgoing por el apego a sus libertades y la austeridad de sus costumbres, con respecto al Sur indolente y propenso al servilismo).

Para la mayoría de los viajeros, sin embargo, la responsabilidad del atraso español recaía sobre factores históricos: las desigualdades sociales, el poder de la Iglesia y, en especial, la monarquía absoluta, calificada, con escasos matices, de «despótica». En ese pecado original, junto con el del fanatismo religioso, radicaba, a juicio de muchos entre ellos, la causa profunda de todos los males que afligían al país, desde la despoblación y la decadencia económica a la pobreza de su vida intelectual y universitaria y los escasos avances científicos37. Así, para Jardine, la autoridad monárquica, lejos de adaptarse a las peculiaridades del carácter nacional, como afirmaba Montesquieu en sus Lettres personnes que debía hacer un buen gobierno, lo habría violentado hasta apagar, en palabras de Dalrymple, «la ardiente llama de la libertad que antaño anidaba en el pecho de cada español»38.

La monarquía de los Austrias y, más todavía, de los Borbones habría ido arrumbando, según los viajeros, el sistema de equilibrios y libertades propio de la constitución medieval (de la que ofrecen una imagen idealizada) y vaciando de significado tanto las instituciones representativas de los reinos (Cortes) como los Consejos consultivos, hasta configurar un sistema «despótico», en la enfática expresión de Townsend, o una «monarquía arbitraria», en palabras de Clarke. Algunos estudios han apreciado en la literatura inglesa de viajes por Europa durante la segunda mitad de siglo la emergencia de una actitud conciliadora hacia regímenes políticos distintos del parlamentario, en particular una ambivalencia hacia los absolutismos continentales, de los que los viajeros aprecian su capacidad para mantener el orden social a la vez que rechazan de forma programática la tendencia a oprimir a sus súbditos39. Sin embargo, en el caso de España apenas se manifiesta tal ambigüedad, en la medida en que el tema del despotismo borbónico (en unos más que en otros) se convierte en el leitmotiv explicativo que permite articular en un esquema coherente sus observaciones sobre la realidad del país en los más diversos ámbitos, de la agricultura, el comercio, las manufacturas o el urbanismo a las costumbres y la moral40.

Desde el Renacimiento, la monarquía hispánica había sido, por sus enormes dimensiones, su heterogeneidad cultural, su compleja estructura política y su papel hegemónico en el panorama internacional, objeto de interés en el pensamiento político europeo y ejemplo privilegiado para la reflexión sobre los grandes temas de la política: el auge y decadencia de los Imperios, las bondades relativas de las diversas formas de gobierno o los efectos de la opulencia y la expansión colonial41. En el siglo XVIII, encarnó ante todo las amenazas del absolutismo y del poder clerical y se erigió (en cierto sentido como lo sería Moscovia en la periferia europea) en uno de los máximos exponentes europeos del gobierno despótico y ejemplo, como afirmara Jardine, de los «perniciosos efectos de un mal gobierno». Así, en El espíritu de las leyes, España forma, junto con Francia e Inglaterra, un triángulo conceptual en la discusión de las distintas formas políticas, representando el exceso de tiranía e intolerancia religiosa, como Inglaterra encarna el exceso de libertad y tolerancia, ambas opuestas a Francia, presentada como el justo medio en el que el poder monárquico estaría idealmente contrapesado por el papel político de la nobleza42. Si bien Montesquieu limita el régimen despótico propiamente dicho al mundo asiático, advierte en la monarquía hispánica un proceso de deslizamiento hacia él, en virtud de la gran extensión y rápida formación de su Imperio.

Del mismo modo que en la tratadística política, en los relatos de los viajeros, en particular ingleses, España aparece como una rémora del pasado («historia viva», muestra del «verdadero espíritu de los viejos sistemas europeos de política y religión», en palabras de Jardine), un contramodelo del sistema británico, considerado por los ingleses y por muchos ilustrados europeos «el más cercano a la perfección» y uno de los pocos «suficientemente liberados»43. Y los obstáculos para su progreso, a pesar de las reformas emprendidas por ministros como Ensenada, Aranda, Campomanes o Floridablanca, demostraban, a juicio de los viajeros, la inutilidad de todo empeño que no incluyera la transformación de los principios del gobierno («creo que nada puede restaurarla, sin que logre primero una constitución de gobierno sabia y libre», sentenció Jardine)44.

En cualquier caso, bien asumieran que los «caracteres nacionales» traducían diferencias naturales e inmutables, bien los considerasen tan sólo resultado del devenir histórico, los viajeros participaban de la idea, sólidamente asentada en el pensamiento ilustrado, de que el gobierno, la vida económica, intelectual y artística y las «costumbres» públicas y privadas de un país guardaban una estrecha relación. Articulada de manera sincrónica en la obra de Montesquieu, esta noción sería desarrollada en una perspectiva histórica por Turgot y por los historiadores escoceses de la segunda mitad del siglo XVIII en el concepto de «progreso» o evolución general de las sociedades en un sentido de desarrollo económico, perfeccionamiento de los sistemas políticos y refinamiento de la cultura, la moral y las costumbres45. Así, en una serie de obras publicadas a partir de los años 1760, autores como Adam Ferguson, Lord Karnes, John Millar, William Robertson o William Alexander trataron de dar cuenta de lo que Millar llamó «la mejora gradual de la sociedad» en términos evolutivos, desde el «salvajismo» a la «civilización». Interpretaban la historia de la humanidad como un movimiento ascendente a través de diversos niveles de desarrollo, de los cuales el modelo más famoso (aunque no el único) lo constituyó la teoría de los «cuatro estadios», que resumía el avance desde las sociedades cazadoras-recolectoras a las modernas sociedades comerciales, pasando por el descubrimiento del pastoreo y la agricultura46.

Sin embargo, esta dimensión material no debe hacer olvidar el hecho de que sus reflexiones sobre el proceso de civilización (sistematizadas por la historiografía anglosajona como «conjectural history») pretendían establecer una conexión estrecha e indisociable entre el desarrollo social y el perfeccionamiento moral del individuo, así como entre el avance productivo y el progreso de los sistemas políticos, de las ciencias y artes y de la moral y las costumbres. Frente a la tradicional interpretación economicista de las teorías ilustradas del «progreso» (particularmente de sus versiones escocesas), cabe insistir en que el refinamiento de los modales, las formas de sociabilidad y los sentimientos se consideraban, junto con el desarrollo material, componentes esenciales en la definición de una sociedad civilizada. Los relatos de viajes participan de estos principios al emitir juicios acerca de los países visitados, y a la vez fueron utilizados por los filósofos, junto con los testimonios de la Historia, como evidencias del progreso general de la humanidad y del grado que en él habían alcanzado las distintas sociedades47. Por ejemplo, en sus Sketches of the History of Man (1774) Henry Home, Lord Kames, ofrece una descripción e interpretación, más que un juicio moral, sobre las costumbres («manners»), a modo de un esquema evolutivo: «la intención de este esbozo es trazar las costumbres de las naciones en los distintos estadios de su progreso, desde la infancia a la madurez»48. La oposición al determinismo climático de Montesquieu (a cuyo debate con Hume a propósito de los «caracteres nacionales» alude Kames) constituye el leitmotiv de una obra que apuesta claramente por una explicación historicista y contingente49. El ejemplo español, sobre el que Kames aparece relativamente bien informado a través de los relatos de viajes (así como de escritores económicos españoles como Luis Valle de la Cerda, Bernardo de Ulloa o Jerónimo de Uztáriz) le sirve para apoyar su tesis de que los «caracteres nacionales» no se originan en los condicionantes inmóviles del clima o la riqueza del suelo, sino en los avatares de la historia. Por ello, si bien reitera los tópicos acerca de la indolencia de los españoles, la suciedad de sus ciudades y la crueldad y fanatismo de la Inquisición, no atribuye tales rasgos a determinación material alguna, sino que, por el contrario, utiliza la historia de España para ilustrar hasta qué punto un gobierno inadecuado y «tiránico» puede destruir el potencial de desarrollo de un país bendecido por sus riquezas naturales y la suavidad de su clima50. El descubrimiento de América, la expulsión de los moriscos, la progresiva imposición del absolutismo monárquico en detrimento de las instituciones representativas y, ante todo, la rapacidad fiscal de los gobernantes le parecen, en un análisis probablemente inspirado en los textos de los viajeros, las causas últimas de la decadencia del país. Como muchos de ellos, finaliza, precisamente, haciendo votos por que España, perseverando en las reformas iniciadas en el siglo XVIII, recupere su condición de país civilizado51.

En este marco intelectual cobra sentido la nueva importancia concedida a partir de los años 1760 a la observación de las costumbres («manners and customs») en los relatos de viajes, que, desviándose del interés prioritario antes concedido a la descripción de monumentos, ruinas y antigüedades, tendieron a ofrecer visiones más amplias de la economía, gobierno y hábitos sociales de los territorios visitados. Una evolución que cabe relacionar también con el más amplio alcance que adquirió a lo largo del siglo la experiencia del viaje y la procedencia social de sus lectores, desde los selectos círculos educados en los cánones elitistas del clasicismo que se identificaban con los relatos de signo anticuario, al público heterogéneo que consumía las narraciones de corte costumbrista52. En este sentido, las observaciones sobre las costumbres, componente ineludible de la literatura de viajes ilustrada según la tratadística, no deben considerarse como un aspecto anecdótico, curioso o menor de los relatos, sino como un ingrediente esencial que permitía a los viajeros, a sus lectores y a los filósofos que en ellos se inspiraron ubicar al país visitado en una escala de progreso y medir su grado de «civilización». Al mismo tiempo, los viajeros más lúcidos fueron conscientes de la dificultad de enjuiciar de forma justa e imparcial los hábitos de sociedades ajenas (algunos de los cuales, como admite Swinburne, si bien extraños a primera vista, se revelaban, en función de las circunstancias, «proper and rational»), introduciendo así en sus relatos un componente de relativismo cultural53.

Por todo ello, los juicios relativos a las formas de sociabilidad, las costumbres y los estilos de vida, comparados, implícita o explícitamente, con los hábitos y usos ingleses, sirven para confirmar otras apreciaciones sobre el estado del país. A este respecto, las opiniones de los viajeros acerca de España son, por lo común, matizadas. Muchos transmiten la impresión de una cierta incivilidad en la vida cotidiana. Lamentan, por ejemplo, la escasa elegancia y confort de las viviendas, incluso entre la alta nobleza, cuya extrema magnificencia en las grandes ocasiones, combinada con el descuido de las formas en el trato diario, se les antojan reliquias de un lujo suntuoso y arcaico. «Las personas de condición, en general», afirma exasperado Thicknesse, «no tienen ni idea de servir sus mesas con elegancia, o comer con delicadeza, sino que más bien, al estilo de nuestros antepasados, lo hacen usando los dedos, sin cuchara o tenedor [...]. En verdad, Señor, un inglés acostumbrado a comer en casas refinadas es, de todos los hombres del mundo, el menos preparado para viajar por otros países, y en particular por España»54. Junto a las repetidas quejas por las incomodidades del viaje, la precariedad de las comunicaciones y los alojamientos, no pocos, acostumbrados al nuevo urbanismo de la Inglaterra georgiana, de signo clasicista y uniforme, deploran la mala «policía» de las ciudades españolas: la estrechez y suciedad de las vías públicas y la irregularidad de las edificaciones55. Quienes visitaron nuestro país en las últimas décadas del siglo se hicieron eco tanto de las mejoras en los saneamientos urbanos o las vías de comunicación como de las transformaciones en las costumbres56. Muchos, sin embargo, siguen juzgando con poca complacencia unas formas de sociabilidad que les parecen más formales y ceremoniosas que auténticamente civilizadas y que consideran indicio de arcaísmo social y de la pobre educación de las élites españolas57.

En este sentido, resulta particularmente interesante la visión de Giovanni Baretti, italiano que residió largo tiempo en Gran Bretaña y se interesó por la cultura española58. Verdadero cosmopolita, el relato de su viaje, emprendido en 1760 desde Londres a su Piamonte natal, testimonia de un genuino interés por conocer y comprender costumbres distintas de las propias y aplica una gran flexibilidad de criterio a la hora de enjuiciarlas. Su actitud parece producto tanto de su experiencia vital de extranjero bien adaptado a la vida inglesa y que, en su condición de católico y buen conocedor del castellano, no muestra incomodidad o extrañeza en nuestro país, como de su convicción de que no existen caracteres nacionales fijos e inmutables, ni cualidades esenciales distintas de las comunes a toda la humanidad59. Con fina ironía, a través de los personajes, muchos de ellos probablemente ficticios, de sus interlocutores españoles, critica los relatos de viajes, a los que acusa de sembrar el odio entre naciones, y ridiculiza los estereotipos negativos por ellos difundidos como falsedades ajenas a la realidad. Así, en su diálogo con un supuesto canónigo de Sigüenza (carta LIX) fustiga los tópicos de la indolencia, rechazo al trabajo y obsesión por la genealogía atribuidos a los españoles, y en sus observaciones sobre el baile o los toros elude insistir, al modo habitual, en el apasionamiento y crueldad del carácter nacional. Asimismo, la amistad con «D.ª Paula» (carta LVIII) le permite desmentir la idea del encierro de las mujeres y la rígida separación entre los sexos con una evocación literaria de la vida cotidiana entre las élites urbanas, que presenta presidida por la misma sociabilidad amable y elegante de sus homologas europeas: tertulias, paseos, bailes, visitas a las damas, cortejo, juegos de sociedad, no incompatibles con la misa diaria60.

Baretti no carga las tintas en la rudeza o incivilidad de los españoles. Por el contrario, insiste en el trato cortés y atento recibido en los hogares acomodados que retrata, los de una élite ilustrada de costumbres refinadas, que habla francés, cultiva la conversación y ofrece a sus huéspedes comidas selectas y exquisitamente servidas, y cuya hospitalidad, civil a la vez que desenvuelta («sin torpeza, gazmoñería, descaro ni falsa modestia»), contrasta con la etiqueta grave y ceremoniosa que los tópicos tendían a atribuir a los españoles61. Asimismo, elogia los festejos públicos organizados por las autoridades (en particular, los célebres bailes de Carnaval establecidos por el conde de Aranda en el coliseo de los Caños del Peral) como fiestas brillantes en las que reina la «policía» propia de una sociedad que, al tiempo que cultiva los placeres del trato, sabe mantener el orden social62. Invirtiendo las imágenes más habituales, Baretti equipara las costumbres españolas con las de la buena sociedad de Francia e Italia en el gusto por la sociabilidad y la compañía mixta, al tiempo que las diferencia de los hábitos ingleses. Son éstos los que, en abierto contraste con la visión más frecuente en los viajeros, reciben su censura. La reticencia a la mezcla de los sexos en la vida social británica resulta, implícitamente, caracterizada de «incivil», en función de los criterios que consideraban la «mixité» un rasgo ineludible de civilización63. Comentario que parece revelar, tanto o más que los usos sociales en España, la actitud matizadamente crítica de Baretti hacia Inglaterra, su país de adopción, visible también en su escepticismo hacia la constitución política británica64.

Años más tarde, viajeros como Twiss, Townsend o Beckford fueron también sensibles a los nuevos usos, más hedonistas, difundidos entre las capas altas e intermedias de la sociedad española, manifiestos en la extensión de hábitos como el paseo, las tertulias, los espectáculos públicos y reuniones privadas, que consideraron signo de incipiente refinamiento en las costumbres. Sus relatos testimonian de la activa sociabilidad de las élites no sólo en la capital y en los Reales Sitios (como Aranjuez) donde la nobleza acompañaba a la Corte en sus desplazamientos, sino también en otras ciudades españolas, de Valencia a Cádiz y de Granada a Barcelona, en cuyas reuniones los viajeros gustaron de participar y de las que dieron cuenta en sus relatos65.

Los viajeros, en síntesis, supieron oponer a los tópicos seculares que presentaban a los españoles como seres graves y taciturnos, huraños e incluso sombríos, la evidencia de una realidad social más compleja y sujeta a cambios sustanciales en el siglo XVIII, sobre cuya escala y efectos sociales y morales, no obstante, divergen sus valoraciones. «Los Pirineos son para ellos una barrera impenetrable para las costumbres de las otras naciones», había dictaminado en 1765 el anónimo autor francés de un Estado político, histórico y moral del reino de España, uno de los relatos de viajes más severos en su juicio sobre el país66. Sin embargo, en las décadas siguientes viajeros de todas las procedencias tendieron más bien a expresar la opinión contraria. Así, Edward Clarke, en 1762, contrapone una imagen tradicional del país al cambio radical y el «afrancesamiento» generalizado que, a su juicio, habría traído consigo el cambio de dinastía a principios de siglo:

Incluso las costumbres de los pueblos más inflexibles, como son los españoles, experimentan alguna alteración en las distintas épocas. Los arrebatos lunáticos de la caballería y las galanterías extravagantes de los antiguos españoles ya no existen [...]. Las costumbres más refinadas de Francia atravesaron los Pirineos con la casa de Borbón. Hasta la lengua española lucha hoy sus últimas batallas contra el idioma francés, más insinuante [...]: la politesse francesa ha insuflado un nuevo aire y suavizado los rasgos feroces de aquel país67.



«Se ha producido un cambio tan completo», afirmaría Beckford, entre sorprendido y decepcionado, en 1795, al comprobar la distancia entre los relatos novelescos y la realidad de la sociedad española de finales del siglo XVIII, «que las antiguas costumbres nacionales han desaparecido casi del todo»68.

En general, los viajeros, como los ilustrados y moralistas españoles, tendieron a asociar las transformaciones de las costumbres en un sentido de mayor libertad y refinamiento a la influencia extranjera. Consideraron la presencia de extranjeros en el país un elemento dinamizador de la vida social, representando las residencias, familias y círculos de sociabilidad de sus compatriotas asentados en España como islotes de civilización, y apreciaron por encima de todo la vida en ciudades cosmopolitas como Cádiz, cabecera del comercio con Indias y habitada por una amplia colonia europea69. Los visitantes ingleses fueron particularmente susceptibles a los signos del influjo francés en las modas y hábitos sociales, que interpretaron, por lo común, de forma negativa, como signo de pérdida del auténtico carácter español y de corrupción de las costumbres, en la medida en que confirmaba a sus ojos, en el orden de la vida cotidiana, el estrecho vínculo político de la monarquía española con Francia, enemiga de Gran Bretaña. De ese modo, la imagen de Francia reviste, como fue habitual en la cultura británica del siglo XVIII, dividida entre la galofilia y el rechazo hacia lo francés, el carácter de símbolo de los efectos perniciosos y enervantes del exceso de civilización. Por el contrario, el caso de España funciona, de forma casi invariable, como ejemplo de un estadio ya superado por la civilización inglesa que permite precisamente afirmar y medir la superioridad alcanzada por los británicos tanto en el orden político como económico y cultural; así, para Kames los españoles son «tan sucios como lo eran los ingleses hace tres siglos»70. No obstante, la comparación se desliza en ciertas ocasiones en sentido opuesto, hacia la evocación de un pasado mítico, el de la antigua Inglaterra, con su franca hospitalidad y costumbres sencillas, erosionadas de forma ya inevitable por los refinamientos y peligros de una economía comercial y una sociedad hedonista. Visión levemente nostálgica que resulta apreciable en el relato de Townsend, quien, pese a saludar con optimismo y simpatía los progresos de la nación española, no puede menos que contemplar esporádicamente sus arcaísmos con una mirada añorante de la Arcadia rural irreversiblemente transformada por la revolución agraria e industrial en la Inglaterra de su tiempo71.




Las mujeres, signo y medida de la civilización

Ese modelo descriptivo y valorativo del progreso, del que participaron los relatos de los viajeros, asignaba un papel relevante a las relaciones entre los sexos y la situación de las mujeres. En efecto, junto a la línea que tendió a identificar a las mujeres con el espacio privado y los sentimientos, atándolas al orden de la naturaleza, atraviesa la Ilustración otra corriente de pensamiento que las relacionaba, por el contrario, con la civilización. Para los ilustrados, la condición de las mujeres y su relación con los hombres, tanto en el orden de la sociabilidad como en el de la vida privada, formaban parte esencial de los criterios con que se enjuiciaba el progreso social, hasta el punto de que la figura de la mujer se utilizó como símbolo, positivo o negativo, de la civilización de las costumbres y los nuevos valores del capitalismo comercial (así, «commerce», tanto en inglés como en francés, significaba a la vez intercambio económico y sociabilidad mixta). Los ilustrados franceses apreciaban el trato y la conversación entre los sexos en la buena sociedad como inherente a las prácticas de una sociedad civilizada e indicativa del superior refinamiento de las costumbres alcanzado, a su juicio, por la Francia de su tiempo72. David Hume, en sus ensayos «Sobre el ascenso y progreso de las artes y las ciencias» y «Sobre el género ensayístico», considera que en el estadio de la civilización comercial «ambos sexos se relacionan de forma fluida y sociable», «conversando y contribuyendo uno al placer y entretenimiento del otro», y elogia el ejemplo francés, en el que «las damas son, en cierto modo, las soberanas del mundo de las letras y de la conversación»73. Una noción de la cultura opuesta al ideal erudito, de raíz monástica, del intelectual apartado del mundo, que considera el saber una disciplina fundamentalmente social, en la medida en que contribuye a pulir y refinar las costumbres y requiere del trato y la conversación mixta.

Esta idea aparece especialmente desarrollada en una obra francesa que alcanzó gran éxito tanto en su versión original como en sus traducciones inglesa, española e italiana, el Essai sur les moeurs, l'esprit et le caractère des femmes dans les différents siècles (1772) del académico Antoine-Léonard Thomas74. El libro presenta una panorámica histórica y sociológica de la condición de las mujeres en las diferentes sociedades, partiendo de una doble idea rectora. Por una parte, la situación de las mujeres obedece a las cambiantes circunstancias políticas y sociales: por ello, su autor se propone indagar «hasta dónde puede ensalzarlas y elevarlas tanto el gobierno, las circunstancias y las leyes como los enlaces secretos de la política con sus costumbres»75. Por otra parte, y al mismo tiempo, las propias mujeres desempeñan un papel determinante en la evolución histórica en el sentido de la civilización, pues a través de sus cualidades particulares y de la influencia que ejercen en la sociedad facilitan los intercambios y la convivencia: «las mugeres corrigen muchos excesos que la dureza de las pasiones es capaz de introducir en el trato de los hombres: su mano delicada alisa, como quien dice, y pule los muelles de la sociedad»76. El recorrido subsiguiente de la obra por la historia y la antropología sigue el esquema tripartito, clásico en la teoría política y el pensamiento ilustrado, que establece una distinción básica entre tres estadios: salvajismo, despotismo y civilización. En el primero, sostiene Thomas, las mujeres están sometidas, por la ley del más fuerte, a los hombres, rudos y primitivos e incapaces por ello de desarrollar una conciencia moral77, mientras que en los más refinados países de Asia su situación apenas resulta más ventajosa, en la medida en que el encierro de las mujeres es el correlato doméstico del despotismo político característico de aquellas sociedades78.

Frente a la indignidad de los pueblos «salvajes» y «despóticos», medida en función del trato que otorgan a sus mujeres, Thomas considera la relación más equilibrada entre los sexos como un signo distintivo de las sociedades occidentales, inherente a su superioridad política y moral79. Dentro de esa caracterización común, Thomas señala importantes diferencias entre los diversos países europeos. Para explicarlas, echa mano de ideas ampliamente extendidas en el pensamiento político de la época, que contraponían la tradición grecorromana de separación entre público y privado y retiro doméstico de las mujeres al mito de las «libertades germánicas» o los nuevos aires aportados por los invasores del Norte, entre quienes la mezcla de los sexos y la participación femenina en la política irían parejas con el apego a la libertad80.

Fueron, sin embargo, los ilustrados escoceses quienes acuñaron la versión más refinada y mejor desarrollada teóricamente del vínculo entre mujeres y civilización. Su idea de la historia como una línea de progreso hacia estadios más avanzados de desarrollo social y económico, perfeccionamiento de las fórmulas de gobierno y refinamiento de las costumbres, formas de cultura y sentimiento incorpora una valoración evolutiva de las relaciones entre los sexos en el matrimonio, la convivencia familiar y el trato social81. Todos ellos parten de la idea de que en las sociedades «primitivas» las mujeres son tratadas con dureza y crueldad: así, en su Historia de América, William Robertson sentencia que «despreciar y degradar al sexo femenino es un rasgo común del estado salvaje en todos los lugares del globo»82. Por el contrario, su condición mejoraría en las sociedades más avanzadas, a medida que el establecimiento de la propiedad privada y, con ella, del matrimonio estable les otorgaba mayor seguridad en sus personas y medios de subsistencia y el trato continuado entre los sexos redundaba en el refinamiento de los afectos, la moral y las costumbres83. De ese modo, se entiende que las cualidades «femeninas» (modestia, refinamiento, decencia, suavidad de maneras, sensibilidad) contribuyen de manera sustancial al desarrollo de las artes y el perfeccionamiento de la civilización, domando la natural rudeza del hombre para propiciar la delicadeza de los sentimientos y la felicidad familiar y conyugal.

Así, el desarrollo histórico se representa, en cierto sentido, como un proceso de «feminización» de la sociedad, tendencia deseable a la vez que amenazante, en la medida en que puede comprometer la autoridad masculina a causa del «imperio» que las mujeres ejercen por el deseo y la seducción. A su vez, la condición de las mujeres (su status en las leyes que regían el matrimonio y la propiedad y la consideración que merecían a los hombres) funciona como indicador del estadio de civilización que había alcanzado una sociedad, considerándoselas a la vez beneficiarías y protagonistas de ese desarrollo. De ese modo, para William Alexander, la posición de las mujeres puede servir como medida del progreso de las naciones, o, como lo expresó John Millar, la movilidad social y el refinamiento en el trato propios de una sociedad civilizada requieren el desarrollo de la sociabilidad mixta, que ejerce «una influencia general sobre el comercio de la sociedad»84.

Esa forma de entender el papel de las relaciones entre los sexos en la evolución de las sociedades explica la importancia que la reflexión sobre esos aspectos tiene en la obra de los ilustrados. En particular, permite comprender el interés con que éstos examinaron de forma comparativa tanto la posición de las mujeres a través de la Historia como su estado presente en distintos países, movilizando con tal fin informaciones extraídas de los relatos históricos, la literatura de viajes y la naciente etnografía. Es el caso de la obra de John Millar The Origin of the Distinction of Ranks (1771), una de las más difundidas entre las de los ilustrados escoceses85. Se trata de un texto de carácter especulativo, ampliamente apoyado en los relatos de los viajeros (desde la Histoire général des voyages al recorrido de Antonio Ulloa por Sudamérica) y organizado en seis grandes bloques temáticos, el primero de los cuales se titula, precisamente, «Of the Rank and Condition of Women in different Ages». Junto a las referencias a España, más bien escasas (sobre el éxito de la literatura caballeresca y su sátira en el Quijote), los testimonios de viajeros españoles sobre los «salvajes» americanos le sirven como evidencia poderosa de que la «libertad» de las mujeres guarda relación, como efecto a la vez que como causa, con la «opulencia» económica, la civilización de las costumbres y el desarrollo de la cultura. Un principio que el caso de un país atrasado y sometido a recientes cambios le permite ratificar:

Incluso en España, donde, sea por causa de los defectos del gobierno o de otras razones, las artes han estado por mucho tiempo casi totalmente abandonadas, los mismos efectos de refinamiento se comienzan a percibir ampliamente, a partir de la admisión de las mujeres a la libertad de que gozan en otros países de Europa86.



Partiendo de una perspectiva similar, en 1774 Lord Kames dedicó un extenso capítulo de sus Sketches of the History of Man a trazar «The Progress of the Female Sex», partiendo de la idea de que «el progreso del sexo femenino constituye una rama principal de la historia de la humanidad», aunque, por lo que respecta a España, se limite a una referencia tópica a la alegría y vivacidad de sus mujeres («Fuentes fidedignas me informan de que las mujeres españolas se pasan el tiempo bailando, cantando, riendo y hablando»87).

El proyecto más extenso y detallado en este sentido lo constituye, dentro de la historiografía ilustrada británica, la obra de William Alexander History of Women88. Este médico escocés pretende ofrecer una perspectiva histórica de la evolución de las costumbres y el carácter de las mujeres desde la Antigüedad al presente, apoyándose en las obras de sus predecesores escoceses, de filósofos franceses como Raynal, Buffon o Montesquieu, historiadores clásicos y medievales y textos de viajes de los siglos XVII y XVIII. La obra, siguiendo las tesis extendidas en su época, tiene como eje significativo el contraste entre la sumisión de las mujeres en los pueblos «salvajes» o en las sociedades «despóticas» de Oriente, y el respeto de que dice gozan en Europa, con el fin de ratificar la superioridad de la civilización occidental, también en el orden de la moral y las costumbres89. Al mismo tiempo, el análisis comparativo de su status en los diversos territorios europeos le lleva a reconocer importantes matices y distintos niveles de evolución.

En el modelo de Alexander, como en otros de sus contemporáneos, Inglaterra constituye el fiel de la balanza, el referente del lugar que las mujeres deben ocupar en una sociedad «civilizada» (como lo es, en el orden político, de la moderación y libertad que han de presidir el gobierno)90. En contraste con este ideal, Alexander traza un mapa esquemático de Europa en el que asigna a los distintos países grados relativos de civilización, medidos de acuerdo con ese criterio. Así, si la situación de las mujeres en una sociedad como la rusa, periférica y fronteriza, le parece menos ventajosa que la que poseen en cualquier otro país europeo, ello no hace sino confirmar el carácter apenas civilizado de aquellas tierras remotas y marginales, recientemente incorporadas al panorama internacional91. Pero tampoco el caso de España le merece un juicio positivo, en la medida en que, como Francia e Italia, representa a sus ojos el imperio de la galantería o la excesiva deferencia hacia las mujeres. En una visión obviamente influida por la novela de caballería y muy en especial por la crítica cervantina, presenta la galantería española como un ejemplo extremo de indebida veneración a las mujeres e, implícitamente, como una pervivencia arcaica, herencia de los tiempos medievales, felizmente superados en sociedades más avanzadas como la británica:

En Francia, Italia y España, la deferencia que se tributa a las mujeres es todavía mayor que en Inglaterra, y procede en general de varios motivos. Aquí los honores que les rendimos brotan de una mezcla de amor hacia sus personas y de estima de sus virtudes, mientras que allí surgen, en su mayoría, de una especie de galantería rutinaria, que parece más dirigida hacia su sexo en general que hacia la persona [...]. El español va todavía un paso más allá: para él, todo el sexo es un objeto de poco menos que adoración. Todavía retiene algo del espíritu del caballero andante en todo lo relativo a las mujeres, y arriesgará alegremente su vida por salvar a cualquiera de ellas de problemas o peligros. El objeto de su amor no es menos que una diosa, a la que siempre menciona con toda la extravagancia que la metáfora y la hipérbole pueden dictar, y nunca dejará de arrodillarse ante cualquier mujer, con tal que sea algo más que una campesina92.



La adoración hacia la dama por parte del caballero andante, presentado como prototipo del español, constituye, a juicio de Alexander, el signo de sociedades atrasadas en las que, lejos de valorar en su justa medida las cualidades de las mujeres «virtuosas» (como en su opinión sucede en Inglaterra), se coloca de forma indiscriminada («cualquiera de ellas») a su sexo en un altar. En el otro extremo, el desprecio y crueldad hacia las mujeres le parecen la marca de las sociedades primitivas, a las que es deber de los europeos, en especial de aquellas naciones titulares de imperios coloniales, inculcar los hábitos de la civilización: a este respecto, retoma las tesis, habituales en su época, sobre la crueldad, salvajismo y libertinaje de los conquistadores españoles y portugueses para cuestionar, en el plano político, su autoridad en América, desautorizando, en el orden moral, su actuación colonizadora93. En síntesis, reaparecen aquí los dos componentes básicos de la imagen de España más difundida entre los intelectuales británicos: la que deriva de su rivalidad con Inglaterra como potencia colonial y la que, a través de los relatos de viajes y de la literatura castellana del Siglo de Oro, en particular del Quijote, fijó la idea de un país anclado en valores y comportamientos medievales, ejemplificados en el ritualismo y rigidez de las costumbres amorosas y las relaciones entre los sexos. Y subyace en el fondo el temor secular, compartido por tantos intelectuales del siglo, al «imperio» de las mujeres, entendido como un poder ilegítimo que su sexo, sometido por las leyes y las costumbres, ejerce subrepticiamente a través de su influjo moral y amoroso sobre los hombres y de sus artes de seducción.

La lectura de obras que, como las anteriores y tantas otras, intentaban formalizar de manera teórica el nexo entre mujeres y civilización influyó ampliamente sobre viajeros y filósofos españoles y extranjeros94. La mayor parte de los viajeros, aun cuando no hagan del carácter y condición de las mujeres un tema de reflexión tan detenida, consideran las costumbres, el matrimonio, la moral sexual y el trato social entre hombres y mujeres criterios definitorios del grado de progreso de la sociedad española. En particular, participando de la idea según la cual la existencia de espacios y prácticas de sociabilidad mixta constituía un requisito imprescindible de la civilización, algunos, como Dalrymple o Swinburne, deploraron el carácter frívolo y convencional de ese tipo de encuentros en España, atribuyéndolo a la pobre educación de las élites y, en particular, de sus mujeres95. Por el contrario, viajeros más tardíos o más favorables a consignar el nuevo dinamismo de los hábitos sociales, como Twiss en 1773, Townsend en 1786 o Beckford en 1787, describen con aprobación la agradable sociabilidad y refinadas maneras de las tertulias y el protagonismo que en ellas ejercían las damas de la gran nobleza cortesana, como las duquesas de Berwick, Alba y Osuna o la condesa del Carpio, así como mujeres de la burguesía96. De ese modo, Townsend hace constar su sorpresa por el hecho de que, según los usos de la civilidad, fuese a las damas a quien hubiera que rendir visitas, y éstas llevasen una activa vida social relativamente independiente de sus maridos, tanto en los círculos nobiliarios más selectos como en las tertulias burguesas de ciudades como Granada.

Sin embargo, el testimonio más elocuente de esta forma de entender la evolución histórica y el papel de las mujeres en la estructura y el progreso social lo constituyen las Letters from Spain, Portugal and Barbary (1788) de Alexander Jardine, uno de los relatos más interesantes y originales entre los publicados por viajeros europeos en nuestro país97. Producto de las largas estancias en España de este militar y diplomático entre 1762 y 1799 (como oficial de artillería en Gibraltar primero, espía después, y cónsul en La Corana a partir de 1793), que le llevó a desarrollar fuertes vínculos personales con un país del que procedía su esposa y en el que trabó amistad íntima con personajes como Jovellanos, el texto sugiere el perfil intelectual de un ilustrado de simpatías radicales y democráticas. Jardine fue lector asiduo de los ilustrados escoceses, muy en particular de William Robertson, y perteneció a la corriente de la disidencia religiosa unitaria (dissenters), de signo racionalista y demócrata, así como a los círculos radicales y jacobinos representados, entre otros, por William Godwin, con quien colaboró en la fundación de un club de discusión filosófica, la Philomatic Society.

Siempre presto a la reflexión sobre las pasiones y las variaciones de la condición humana y sobre las consecuencias y las bondades relativas de los diversos regímenes de gobierno, el interés de Jardine en el relato del viaje a España se centra principalmente en analizar las causas de su decadencia. La atribuye, fundamentalmente, a la existencia de una relación de dependencia y subordinación política y militar del país con respecto a Francia, en virtud de los vínculos familiares entre ambas monarquías, que habría venido a agravar de manera determinante un proceso ya marcado por la erosión de las libertades tradicionales de los reinos por parte del autoritarismo regio, el descubrimiento de América o la expulsión de los moriscos.

Junto a la severidad de sus juicios sobre el «despotismo» monárquico (que traduce un intenso sentimiento antiborbónico y antiautoritario), otro aspecto que singulariza el relato de Jardine es su particular sensibilidad hacia las mujeres. A las españolas les dedica frecuentes elogios por su belleza y gracia, vivacidad, agradable conversación, ingenio y talento musical, hasta considerarlas «una raza distinta y, según la mayoría de nosotros, superior incluso» a las francesas98. Sus apreciaciones, sin embargo, encierran algo más que mera galantería, sentimiento antigalo, un guiño afectuoso hacia su esposa española o la herencia de los tópicos amables, frecuentes en la literatura de viajes desde el siglo anterior, sobre el atractivo de las mujeres españolas. Cuando afirma que las cualidades sociales de las mujeres y el trato con ellas constituyen una experiencia particularmente grata en un país marcado por el atraso y la ignorancia, sus palabras, por más que excesivas y un tanto galantes, remiten también a toda una forma de valorar las relaciones sociales y amorosas entre los sexos ampliamente compartida por los ilustrados europeos. Esta noción reviste en él un énfasis muy especial y algunas particularidades. En primer lugar, Jardine resulta más explícito y tajante que cualquier otro viajero al afirmar que la situación de las mujeres constituye un indicador de civilización y como tal debe situarse idealmente en un «justo medio». Es decir, en una posición distante tanto de los defectos de los países «primitivos» (en los que, según una extendida idea, eran esclavas de los hombres por la fuerza) como de los civilizados en «exceso» (implícitamente, Francia), donde Jardine, como muchos de sus contemporáneos, considera que ejercen un dominio subrepticio sobre los hombres a través del deseo:

Podrá medirse el grado de civilización de casi todos los países por el respeto que se les muestra y el puesto que se le asigna a la parte femenina de la sociedad. En la vida salvaje, las mujeres permanecen en el estado de esclavitud más laborioso y servil, y en el estado más elevado de la civilización parecen gobernar el mundo. En uno, trabajan y portan cargas para sus tiranos los hombres; en el otro, se sienten tranquilas y les dirigen como humildes esclavos99.



Se aprecia aquí el eco de la que fue una de las influencias determinantes en la formación y personalidad intelectual de Jardine, la de la Ilustración escocesa, en la que, sin embargo, su obra introduce una dimensión distinta y disonante. En efecto, ilustrados como Ferguson, Smith, Millar, Kames o Alexander (así como la mayor parte de los viajeros), cuando se refieren al papel de las mujeres como criterio de medida de la civilización, asignan a ambos sexos cualidades e inclinaciones diferenciadas, poniendo como horizonte deseable una sociedad en la que las virtudes «femeninas» (sensibilidad, delicadeza, complacencia) contribuyan tanto a moralizar el ámbito privado y familiar como a facilitar la civilidad de los contactos sociales. Al identificar tal objetivo con la sociedad inglesa de su tiempo, los relatos de viajes tienden a legitimar, de forma más o menos explícita, la supremacía internacional británica apelando a la moralidad de sus costumbres y a la posición más ventajosa de sus mujeres. De ellas se afirma que gozan de mayor respeto que las mujeres de cualquier otro país europeo, signo tanto de su particular virtud como del carácter civilizado de la sociedad en la que viven100. Los ejemplos del resto de naciones sirven así, a modo de contraste, para ilustrar las desviaciones con respecto a ese patrón ideal, desde el «despotismo» doméstico atribuido a Asia, a la excesiva galantería asignada al trato entre los sexos en Italia, Francia o España. En este sentido, los testimonios de la literatura de viajes fueron utilizados con frecuencia por autores de obras morales, relatos históricos o textos de antropología comparada para celebrar la «libertad» y moralidad de las mujeres inglesas como prueba de la excelencia de todo un sistema sociopolítico y como advertencia contra los peligros tanto de la carencia como del «exceso» de civilización101.

La visión de Jardine, en cambio, es menos complaciente y más polémica. Aunque participa del ideal de complementariedad, expresado en la noción de un «justo medio» o un equilibrio en las relaciones entre los sexos, y teme, como tantos de sus contemporáneos, el «imperio» de las mujeres, se distancia del optimismo de los ilustrados escoceses acerca de las consecuencias del proceso de civilización, entendido como un desarrollo autónomo y armónico de las fuerzas económicas y sociales, para llamar a la intervención del Estado en un sentido corrector:

Un gobierno sabio debería procurar un justo medio entre esos extremos, el cual deberá consistir, en mi opinión, en la más perfecta igualdad posible entre los sexos, en el disfrute de los derechos personales, la eminencia y la educación; y el grado de aproximación a esa igualdad puede servir de indicativo de la perfección de la sociedad y del gobierno.



La apuesta de Jardine por la igualdad de hombres y mujeres ante la educación y los derechos civiles le sitúa lejos de las perspectivas conformistas de los filósofos escoceses, y, más ampliamente, de las corrientes más extendidas en la Ilustración europea, para aproximarlo al lenguaje del radicalismo inglés de las últimas décadas de siglo, desvelando así el otro pilar de su formación y de sus perspectivas políticas. Como se ha indicado anteriormente, Jardine estuvo vinculado al mundo de los dissenters y también, a través de su amistad con Godwin (hasta la ruptura de su relación en 1793), al radicalismo de signo jacobino y democrático muy ligado a la disidencia religiosa. La historiografía inglesa ha puesto de relieve que la disidencia puritana unitaria fue, por su convicción en la perfectibilidad humana a través de la educación, el esfuerzo, la sobriedad y el autocontrol individual, especialmente sensible a las ideas radicales e ilustradas, y, si bien no abogaba por la igualdad de los sexos, sino que concebía sus responsabilidades sociales y religiosas en términos de esferas complementarias, proporcionó un ambiente propicio para que las mujeres vinculadas a estas comunidades desarrollaran con alguna libertad un cierto sentido de sí mismas y de su capacidad para pensar de forma independiente102. Fue en estos círculos en los que se formó Mary Wollstonecraft, ilustrada radical y autora de la célebre Vindicación de los derechos de la mujer (1792), unida en lo intelectual y político, y desde 1796 en lo personal, a William Godwin103. Y algunas de estas influencias pudieron contribuir a forjar el inusual acento igualitario de las propuestas sociales y políticas de Jardine, también en el terreno de la igualdad entre los sexos.

Los engranajes entre la arquitectura teórica y las observaciones empíricas no están exentos de paradojas, dudas y contradicciones en los juicios de Jardine sobre la posición que ocupa España en el mapa cultural europeo y, más ampliamente, en sus valoraciones sobre el significado y sentido de la civilización. Paradojas visibles en el modo en que su texto oscila entre los lamentos sobre el atraso presente del país (en particular la indignación por la pobreza de sus habitantes, a la que fue especialmente sensible), el diagnóstico de sus causas y la propuesta de remedios, por un lado, y la evocación romántica, por otro, de la sublime belleza del paisaje agreste y de las emociones que un territorio distante y exótico evocaba en el viajero, real o imaginario104. Esa tensión constante entre el rechazo y la atracción, entre la identificación y el extrañamiento, se aprecia, entre otros aspectos, en su esfuerzo por explicar y valorar la posición de las mujeres en la sociedad española. Así, en un pasaje de la carta III subraya la igualdad que preside su relación con los hombres, en referencia al hecho de que en zonas como Galicia realicen en el campo tareas consideradas masculinas, particularidad que, a tenor de sus ulteriores reflexiones, parece dudar si concebir como un signo de atraso o de dinamismo social105. En otro lugar, en cambio, a propósito de una reflexión sobre la cultura y la sociedad islámica, caracterizada a su juicio por cierta falta de aptitud para la actividad económica, incapacidad para la vida política y rígida separación entre los sexos, sugiere el peso que esta herencia islámica habría tenido sobre el atraso español («esto es lo que más puede haber contribuido a otorgarle el mismo cariz al gusto y el carácter de los españoles, sus vecinos y sucesores, que tanto ha durado y que sólo recientemente está empezando a desaparecer»)106. El uso de los tópicos sobre la indolencia, el despotismo y la sensualidad asiáticas, de fuerte arraigo en el imaginario occidental, aplicados a la descripción de la realidad española, forzando así, en un sentido orientalista, la historia y la cultura del país, se convertiría, como ya se ha indicado, en un recurso intelectual y literario frecuente entre los viajeros románticos. Sin embargo, a finales del siglo XVIII este marco de análisis todavía no era el dominante, como muestra el hecho de que Jardine, viajero por España y por el Magreb, no extienda sus sugerencias en este sentido ni convierta el peso retardatario del legado islámico, como harían muchos de sus sucesores, en eje explicativo de la «diferencia» española.

En última instancia, la ambigüedad de fondo que planea sobre las Cartas de Jardine parece remitir a las propias contradicciones del concepto ilustrado de civilización. Una tensión moral que recorre el Siglo de las Luces, expresada de forma particularmente severa en la condena rousseauniana, pero de la que no está exento todo el pensamiento de la época, incluso el de los más entusiastas apologistas de la civilización, los ilustrados escoceses, que compartían con la mayoría de sus contemporáneos la inquietud sobre los posibles efectos corruptores del progreso y opulencia de las sociedades sobre la moral pública y privada107. Preocupación a la que no es ajeno Jardine, como se aprecia en sus comentarios acerca del efecto de los cambios sociales en la condición de las mujeres:

Aunque vemos que en este país queda actualmente poco más que el esqueleto, por así decirlo, del carácter, orgullo y paciencia españolas, quizá debamos exceptuar la parte femenina de la sociedad. Es probable que el carácter femenino haya mejorado en toda la Europa moderna, al tiempo que el masculino ha empeorado. Las mujeres mejoran en sociedad, incluso aunque las mantengamos apartadas del saber, y poseen ahora aquí más virtudes domésticas, sociales y útiles que las que tenían anteriormente, cuando estaban más apartadas del mundo108.



Al contrastar el pasado y el presente, la imagen de una sociedad que mantenía sus hábitos arcaicos de separación entre los sexos y los nuevos usos que contemplaban el intercambio mixto en el terreno de la sociabilidad, Jardine se muestra ampliamente optimista y, si bien coincide con la mayoría de sus contemporáneos en advertir de los peligros morales que arrostra el hombre civilizado, valora, sin reserva alguna, el progreso de la civilización como favorable para las mujeres. A este respecto, se sirve del ejemplo español como prueba indiscutible de las indudables ventajas que la modernización de las costumbres tendría para las mujeres y, a través de ellas, para la sociedad en su conjunto:

Estaban sujetas entonces a una mayor indolencia y timidez, a una indiferencia despreocupada y a vicios positivos, y sólo poseían en el mejor de los casos unas pocas virtudes negativas. Ahora las encontramos dotadas de toda la atención y bondad, ternura y humanidad que tanto favorecen a su sexo, y que ellas otorgan a todos los que las rodean.



Jardine finaliza haciendo votos por que las mujeres españolas sepan eludir los riesgos morales del desarrollo económico y social y de la difusión de valores más hedonistas (en el lenguaje del siglo, del «enervamiento» y «corrupción» asociados a la opulencia). Las invita a adoptar nuevos hábitos más «útiles», afirmación que resultaría perfectamente convencional en un ilustrado si no fuese porque Jardine acentúa, de forma poco frecuente, su apoyo a una educación igualitaria:

Varias de las damas españolas muestran aún una excesiva inclinación a la indolencia y, de algún modo, se han echado a perder con falsas delicadezas y refinamientos; las otras, que han tenido sentido común y resolución para romper las limitaciones de la ociosidad tan en boga, se han vuelto fuertes y activas, y ahora pueden cabalgar, cazar y trabajar en el jardín mejor que muchos de nosotros; y me enteré de que algunos caballeros aragoneses han educado a sus hijas de esta manera.



Sus palabras, excesivas por optimistas, parecen revelar un genuino interés por las transformaciones en la educación y los usos sociales de las mujeres, pero también, y sobre todo, presentan una figura moral que remite a sus propias inquietudes como filosofo y reformador. La mujer española, tal como Jardine la dibuja y la idealiza, a la vez que encarna la esperanza de regeneración de una sociedad contra cuyas instituciones políticas y «supersticiones» religiosas formuló graves acusaciones, simboliza una aspiración social y moral referida a su propio país: el de un equilibrio entre los progresos de la civilización y sus amenazas.




Progreso y moral amorosa: una teoría de las pasiones

La descripción y valoración de la moral sexual, los sentimientos y las prácticas amorosas constituye otro lugar común en la reflexión sobre las costumbres y su relación con las formas de gobierno contenida en la literatura de viajes. Resuenan en ella ecos de referencias librescas, a veces declaradas, que permiten apreciar, en este tema mejor que en otros, hasta qué punto la imagen de España ofrecida por los viajeros estaba condicionada por la imaginación literaria109. En efecto, por mucho que algunos, tan lúcidos como Clarke, admitiesen que «las descripciones novelescas de España han tenido sobre nosotros el efecto pernicioso de infiltrarse en nuestras ideas acerca del país», la mayoría (incluido él mismo) tomaron esas descripciones a modo de retratos fidedignos de las costumbres españolas del Barroco, que contrastaron con sus propias impresiones acerca de la vida cotidiana en el siglo XVIII110. Por una parte, se percibe en las descripciones del encierro de las damas, las formas de galanteo o las violencias desencadenadas por cuestiones de honor el poderoso influjo de obras como la Relation du voyage en Espagne (1691) y las Mémoires de la cour d'Espagne de Mme. d'Aulnoy, de inmensa y prolongada popularidad tanto en su país como en el resto de Europa, cuajadas de historias breves de corte novelesco y temática amorosa111. Por otro lado, la literatura castellana de los Siglos de Oro, bien conocida en Inglaterra a través de la novela caballeresca, la obra cervantina o el teatro de Lope o Calderón, con sus intrigas amorosas y su insistencia en cuestiones de honor, contribuyó también a apuntalar la imagen de un país de pasiones desatadas, doncellas guardadas con siete llaves e ingeniosos recursos para sortear la vigilancia de padres y ayas y procurar la reunión de los amantes.

Condicionados, en buena medida, por esas poderosas imágenes literarias, los viajeros tienden a situar las costumbres amorosas del país, en cierto sentido, a medio camino en el proceso de civilización. Las presentan bajo el signo de las pasiones desbocadas, subrayando la lascivia de ambos sexos («la fuerza romántica de sus pasiones», según Jardine), definiendo el gusto por la galantería, junto con la danza, como «las dos pasiones dominantes del país» y reiterando el añejo tópico de los celos y el carácter posesivo de los españoles112. Fueron sobre todo los viajeros franceses en la primera mitad del siglo quienes destacaron la «reclusión» de las mujeres en España como un rasgo de arcaísmo social, frecuentemente asimilado a la influencia árabe113. La descripción de las mujeres encerradas en sus casas, bajo la celosa vigilancia de sus padres o maridos, evocaba en el imaginario europeo toda la carga simbólica del harén turco o persa, objeto de fascinadas descripciones en relatos de viajes a Oriente y de innumerables recreaciones artísticas y literarias, desde las Embassy Letters de Lady Montagu (1717-25) a las Cartas persas de Montesquieu o la ópera mozartiana El rapto del serrallo. Y ello porque simbolizaba a la vez el «despotismo» político y doméstico y la sensualidad, ambos considerados rasgos intrínsecos de las sociedades orientales, por contraposición a la moderación del gobierno y la autoridad marital y a la contención amorosa que se atribuían a los países europeos verdaderamente civilizados.

Las descripciones de los viajeros franceses del Barroco y el primer XVIII forjaron un verdadero mito acerca de las costumbres amorosas de los españoles y pesaron fuertemente sobre el modo en que los philosophes las consideraron prueba de cargo para perfilar la imagen de un país sombrío, arcaico y poco civilizado, aun cuando rodeado, por ello mismo, de cierta aura romántica. En su Ensayo sobre las costumbres, Voltaire clasifica sin dudarlo a España entre esas naciones en las que la separación de los sexos revelaba falta de civilización: «Las mujeres, casi tan encerradas como en África, comparando aquella esclavitud con la libertad de Francia, se sentían más desgraciadas», desde la premisa de que el progreso social requiere de forma inexcusable del trato mixto («La sociedad depende de las mujeres. Todos los pueblos que tienen la desgracia de mantenerlas encerradas son insociables»)114. Por su parte, Thomas participa del lugar común que atribuye a los españoles amores ardientes y formas extremas de galantería, y las explica tanto por la influencia del clima sobre las pasiones como por el peso del legado islámico115. En uno y otro autor, como, de forma más velada, en la literatura de viajes, subyace una cierta asimilación implícita entre España y Oriente, desde la idea de que la calidez del clima unida a la separación de los sexos, al despertar las pasiones a la vez que dificulta su satisfacción, enerva la sensualidad e induce formas más elaboradas de contentar los deseos116.

Entre los viajeros británicos de la segunda mitad del siglo XVIII, algunos subrayan también, como signo de unos usos sociales fuertemente segregados, la pervivencia en las prácticas de la sociabilidad cultivada del estrado, plataforma elevada donde en el siglo XVII se reunían las damas, sentadas en cojines en el suelo, y que todavía a principios del XVIII marcaba su espacio, distinto aunque contiguo al masculino. Recrean, asimismo, las argucias y estratagemas por las cuales se decía que la fuerza de las pasiones burlaba la estrecha vigilancia de la honra y el encierro femenino, para desembocar en amores apasionados y en violentas venganzas. Se refieren también a la iniciativa amorosa de las mujeres y a su ingenio y atrevimiento para aprovechar cualquier posibilidad de traspasar los muros domésticos (por ejemplo, con motivo de la asistencia a la iglesia), a los equívocos que producía la costumbre de cubrirse el rostro con el manto (las famosas «tapadas»), al erotismo asociado a la ocultación de los pies femeninos o a la facilidad de los españoles para resolver por las armas las menores ofensas al honor, aspectos todos ellos reiterados en la novela y la comedia del Barroco castellano, así como en los relatos de viajeros del siglo anterior117.

Estas apreciaciones remitían a ideas extendidas sobre la influencia del clima en la moral y los usos nacionales, que cristalizaron en El espíritu de las leyes de Montesquieu en una teoría de las pasiones, su relación con el clima y su regulación por los diversos sistemas políticos para producir el orden de las costumbres, y que incluso Hume admitió, con ciertas reservas, como el único aspecto en que podía existir alguna forma de determinación climática118. De los climas cálidos como el español se suponía que inflamaban las pasiones amorosas, así como las pulsiones violentas que favorecían la resolución de los conflictos por las armas119. Se pensaba que esa exacerbada sensualidad, falta de autocontrol, imponía el encierro de las mujeres y el ejercicio despótico de la autoridad conyugal, en el esfuerzo vano de preservar la honra. Asimismo, se creía que el exceso sensual disminuía la capacidad procreadora de los hombres y los sometía, a través del deseo, al «imperio» de las mujeres. Tales nociones se integraban en el esquema evolutivo que consideraba signo de progreso el progresivo refinamiento de los sentimientos amorosos. Así, John Millar inicia el primer capítulo de su Origin of Ranks con este juicio acerca de la diversidad de las costumbres amorosas en las distintas sociedades:

De todas nuestras pasiones, parece que la que une a los sexos es la que se ve más afectada por las circunstancias peculiares en las que se desarrolla, y la más sensible a la influencia del hábito y la educación. Por esta razón, ofrece una maravillosa variedad de aspectos y, en las distintas épocas y países, ha producido la mayor diversidad de costumbres y hábitos120.



La evolución de estos sentimientos y el refinamiento del deseo amoroso, desde los «meros apetitos sensuales» a las «pasiones del sexo» son para Millar, como para muchos de sus contemporáneos, signo de una mayor complejidad social, que interpone obstáculos a la gratificación inmediata de los instintos, estimulando así la imaginación. Un proceso jalonado por diversas fases: característico de los estadios «salvajes» sería la satisfacción automática e indiscriminada de los deseos, que, en lugar de orientarse hacia un sujeto en particular, se dirigiría sin distinciones al conjunto del sexo opuesto121. En las sociedades agrícolas, el sedentarismo y la aparición de la propiedad privada de los bienes y las mujeres favorecería el desarrollo de formas de deseo más selectivas, que culminaría en las formas refinadas del amor cortés y la caballería medieval, marcadas por la idealización de la amada y la extrema pleitesía hacia las damas. Finalmente, signo definitivo del progreso en las sociedades avanzadas sería el triunfo de un sentimiento amoroso moderado y orientado a las cualidades útiles o agradables del espíritu más que al mero atractivo físico. El propio Rousseau, severo crítico de la interpretación de la historia y la evolución social en términos de progreso, concedió gran importancia, en su Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), a la diferencia entre el amor «físico», que se dirige hacia el sexo opuesto sin distinción, y el amor «moral», sentimiento elevado, en virtud de la imaginación, por encima del mero placer de los sentidos y orientado hacia un objeto estimable por sus virtudes122.

Esas ideas, como hemos venido indicando, condicionaban la representación que los viajeros ofrecieron de las costumbres amorosas y el carácter de los españoles, asemejándolas a los rasgos de despotismo político y sensualidad desmedida con que el imaginario europeo invistió al mundo oriental, particularmente al Imperio turco, y anticipando los relatos orientalizantes de los viajeros románticos del siglo XIX por España. Sin embargo, la imagen literaria de las mujeres recluidas, celosamente guardadas por padres y maridos del asedio de los hombres, que los viajeros tomaban como descripción realista de la sociedad española del Barroco, chocaba con los nuevos usos, más libres, que comenzaban a definir en el siglo XVIII la relación entre los sexos entre la buena sociedad. Contraste del que muchos viajeros se hacen eco, sorprendidos, y que traducía tanto las transformaciones experimentadas por el país desde finales del Seiscientos como también, en cierta medida, la disparidad entre sus expectativas, forjadas a partir de referentes novelescos, y la complejidad de la vida real. La mayoría, en ese sentido, señalan el progresivo desvanecimiento de lo que se consideraba un rasgo constitutivo del carácter nacional: «Los celos, desde el advenimiento de la casa de Borbón, descansan en paz», sentencia Clarke ya en 1763123.

Las nuevas formas de trato social y amoroso entre los sexos tenían su máximo ejemplo en el «cortejo», la relación galante y asidua entre una dama casada y un caballero (a la que éste visitaba en su casa y acompañaba en bailes, paseos y espectáculos), de la que muchos sospechaban que constituía una forma encubierta y refinada de adulterio124. Emparentada con la costumbre del cicisbeo, propia de la Italia del Norte, se había introducido en España desde inicios del Setecientos con el nombre de «chichisveo» y simbolizaba los nuevos hábitos de civilidad extendidos entre las élites urbanas del Siglo de las Luces. Tanto viajeros europeos como moralistas e ilustrados españoles la asocian, con grados variables de severidad, con la transformación de las costumbres, poniéndola en relación con los nuevos hábitos hedonistas de consumo y vida cotidiana, y éstos, a su vez, con la influencia extranjera, en particular francesa e italiana, más visible en España desde principios del siglo XVIII125. Sin embargo, los juicios que les merece tal práctica son diversos.

Así, por ejemplo, Baretti opone su visión de la sociedad española a la imagen novelesca más habitual, que ridiculiza: nada de duelos de espada, ni de amantes apasionados rondando a sus damas, de engaños para eludir la vigilancia paterna, de reclusión y celos o de erotismo fetichista. Pero también la contrasta explícitamente con el escándalo manifestado por algunos viajeros ante las nuevas y excesivas libertades que, a juicio de muchos, habrían sustituido a la antigua gravedad y decoro. Como hombre de mundo acostumbrado a las formas del trato galante entre los sexos, no se sorprende ante el cortejo, que vincula explícitamente al cicisbeo de las ciudades norteitalianas, presentándolo como una relación cortés, asidua y estrecha entre dama y caballero, sin sobrepasar, salvo excepciones censurables, los límites de la decencia ni entrar en contradicción con la devoción religiosa o el sentido del honor126. Por el contrario, viajeros como Dalrymple o Townsend se muestran mucho más severos al enjuiciar el cortejo, que consideran un lamentable ejemplo de libertinaje y corrupción de las costumbres, atribuido por este último a la influencia de las costumbres extranjeras en la Corte de Carlos III, a las imposiciones antinaturales del celibato religioso entre los católicos y a la incompetencia de predicadores y moralistas para producir la reforma de los hábitos sociales en un sentido moral127.

En cualquier caso, las nuevas costumbres amorosas y sociales se presentan en los relatos de viajes como el extremo opuesto, igualmente reprobable a los ojos de sus autores, de la reclusión de las mujeres y la obsesiva vigilancia de la castidad, propias, a su juicio, de la España de los siglos anteriores. En ese sentido, los cambios suscitan en ellos juicios ambivalentes. Por una parte, dentro de una lógica que relacionaba el progreso de la civilización con la suavización de las pulsiones y el desarrollo de formas más civiles de relación, el declive de las pasiones violentas y el refinamiento del amor eran signo de progreso moral y social, como dictamina Clarke: «a medida que las costumbres se hacen más civilizadas, esa furiosa pasión [los celos] siempre pierde fuerza»128. Sin embargo, la mayoría de los viajeros consideraba que las nuevas libertades comprometían los principios sacrosantos del decoro e incluso de la fidelidad conyugal. Las costumbres sociales y amorosas más libres simbolizadas por el cortejo representaban, a sus ojos, los excesos y desórdenes de la civilización, tanto como el encierro de las mujeres y la separación entre los sexos encarnaban su falta. Y ambos venían a oponerse a un modelo que, idealmente, aunaba progreso y virtud: el del matrimonio monógamo, fiel y sentimental, unido por un moderado y racional afecto. Filósofos británicos como David Hume (en sus ensayos «Sobre el amor y el matrimonio» y «Sobre la poligamia y el divorcio») o Adam Smith (en las lecciones de jurisprudencia dictadas desde su cátedra de Filosofía moral en la Universidad de Glasgow) presentaron esta forma de unión entre los sexos como la más acorde con la necesidad de regular la convivencia y domesticar las pasiones para producir la estabilidad social y la economía psíquica individual propias de la civilización, y la identificaron, implícitamente, con las costumbres moderadas y decorosas de su país, alejadas tanto de la «corrupción» francesa como del arcaísmo propio de sociedades más primitivas129.

La reflexión sobre las costumbres, y en particular sobre los hábitos amorosos, se revela así como elemento clave en las teorías del progreso compartidas por viajeros y filósofos. Y en ellas el caso de España desempeñó un papel importante en términos de comparación evolutiva. Las supuestas peculiaridades de los usos amorosos españoles en el siglo XVII (creadas, o al menos magnificadas, por una poderosa tradición literaria), la posición periférica del país en esa época, y las notables transformaciones experimentadas en el siglo XVIII, entre ellas la creciente influencia extranjera, convertían a nuestro país en un modelo atractivo para teorizar sobre los progresos de la civilización y sus efectos sociales y morales. Un ejemplo interesante de ello es la obra de Christoph Meiners (1747-1810), profesor de Filosofía en Göttingen, adversario de Wolff y Kant, admirador de Rousseau y autor de una serie de tratados histórico-comparativos sobre la evolución de las costumbres a través de los tiempos, entre ellos una extensa Historia del sexo femenino: visión de los hábitos, costumbres e influencia de las mujeres en todas las naciones, desde los tiempos más antiguos a nuestros días (Geschichte das Weiblichkeit), editada entre 1788 y 1800 y traducida al inglés en 1808130. La obra constituye una refutación explícita del modelo ilustrado de comprensión del progreso de las sociedades, con su interpretación en clave fundamentalmente sociológica de los caracteres nacionales y su énfasis en el papel civilizador de las mujeres y de la sociabilidad y el trato entre los sexos. Frente a él, Meiners sostiene una visión más esencialista de las diferencias culturales y, como muchos de sus contemporáneos, defiende tesis rousseaunianas sobre la conveniente y natural circunscripción de las mujeres a la esfera privada de la moral y la familia.

Meiners jamás viajó a España, pero utilizó ampliamente los relatos de los viajeros europeos de los siglos XVII y XVIII, franceses (Mme. d'Aulnoy, Mme. de Motteville, Brunei, Labat, Bourgoing), ingleses (Clarke, Townsend) e italianos (Caimo), así como la literatura de ficción (Brantôme, Duelos), para apoyar su propia tesis de interpretación de las diferencias nacionales en clave racial, que tiene en el triángulo constituido por Francia, la Europa central y nórdica y España un eje conceptual básico. Frente a Francia, símbolo de los excesos de la civilización, y a los países septentrionales, en los que encarna un ideal de costumbres morigeradas y contenidas, la España de los siglos XVI y XVII aparece en su texto como una anomalía en el panorama europeo, condicionada por la mezcla de sangre árabe y judía y singularizada por el encierro de las mujeres y la obsesión por la honra131. En cambio, en el siglo XVIII, afirma a partir de los relatos de viajes, el afrancesamiento de las costumbres, general a Europa, habría sustituido en España la reclusión femenina a la musulmana, en un movimiento pendular hacia el otro extremo, por la libertad excesiva del trato entre los sexos, el imperio de la moda y la tiranía del cortejo132. En cualquier caso, sometida bien a perpetuar los arcaísmos de la herencia islámica, desempeñando, de algún modo, el papel de Asia en Europa, o bien a remedar de forma frívola los usos extranjeros, España habría desempeñado en el proceso de civilización europeo, a su juicio, un papel marginal. Quedaría lejos de la moderación de las costumbres propia de un país verdaderamente avanzado, de la que el mayor indicador sería la modestia femenina.

En definitiva, describir e interpretar las costumbres amorosas del país visitado permitía a viajeros y filósofos plantear un tema con amplias implicaciones morales y políticas: el de la relación entre costumbres y sistemas políticos o, de acuerdo con las categorías de los viajeros, entre moralidad y libertad. Al despotismo político y el fanatismo religioso, eje de sus observaciones sobre los males de la sociedad española, se atribuía también una gran responsabilidad por la corrupción de las costumbres. Y ello desde la idea de que la reclusión de las mujeres y la condena religiosa de cualquier forma de trato entre los sexos sólo servía para intensificar las pasiones y agudizar los recursos para satisfacerlas por encima de todas las prohibiciones. Un tema desarrollado por viajeros y filósofos protestantes o librepensadores, cuyo anticatolicismo encuentra poderosos argumentos en las figuras de los sacerdotes corruptos y corruptores o de las mujeres entregadas con tanto apasionamiento a la devoción como a los placeres amorosos133. Ampliamente explotado por la literatura anticlerical y escandalosa, tanto española como europea, de los siglos XVIII y XIX (desde La Religiosa de Diderot a las Cartas de España de Blanco-White o El jardín de Venus de Samaniego), ese tópico conectaba con el de la sensualidad imperante tras los muros de los serrallos orientales. La idea de que la combinación del natural apasionamiento propio de los climas cálidos con la severa represión religiosa enardecía los impulsos amorosos estimuló en los viajeros protestantes por países católicos, entre ellos los ingleses, cierta fascinación, no exenta de curiosidad morbosa, por los conventos de monjas, que muchos imaginaron literariamente como cárceles de jóvenes bellas y sensuales134.

De todo ello se deducía un argumento más para la descalificación del sistema de gobierno absoluto y de la omnipresencia y poderoso influjo de la Iglesia católica en la vida social y cultural del país. La idea central es que la excesiva represión no constituye una garantía contra los vicios, sino más bien un estímulo, en la medida en que, al acostumbrar a las personas a un control externo tan supuestamente severo como ineficaz en la práctica no fortalece el propio sentido moral, favoreciendo, por el contrario, la hipocresía y el disimulo: «Es natural el preguntar lo que es la conciencia en un país católico donde reina una moral tan depravada y si es que existe alguna conciencia moral»135. De ahí el contraste, que viajeros como Townsend consideran característico de la sociedad española, entre los modales o maneras externas y las «costumbres» (entendidas aquí como manifestación de la moralidad interna), que permiten la coexistencia entre la piedad más rancia y el más frívolo galanteo136. A los ojos de este clérigo anglicano y médico ilustrado, un sistema autoritario, basado en la vigilancia moral a través de las leyes gubernamentales y de la intervención inquisitorial no sólo en cuestiones de heterodoxia religiosa, sino también de comportamiento social, no parece eficaz para garantizar la pureza de las costumbres137. Juicio que compartiría ampliamente su compatriota Jardine:

Allí donde encontramos habilidades tan refinadas y tan buen sentido natural unidos a tanta ignorancia y mal gusto, así como unos modales tan relajados y unos vicios tan desenfrenados junto a una gran severidad inquisitorial en la observancia religiosa, está claro que la Iglesia, su única escuela, no pretende la mejora de la moralidad o del saber, sino del poder; mejor dicho, creo que las naciones más supersticiosas son las más depravadas y corrompidas, y casi podemos medir su grado de vicio por el fervor aparente de su devoción138.



La implicación política de estas reflexiones es clara. Los viajeros defienden la libertad, identificada con el sistema inglés, como la mejor garantía de moralidad. Su idea de virtud es la de un sentido moral asumido e incorporado activamente por el sujeto, una práctica de la libertad responsable, que no degenere en «anarquía» o «libertinaje», que desde los enfoques actuales de la Historia y la Sociología puede conceptualizarse como una forma internalizada de control social. En este aspecto, y de forma previsible, los juicios de los viajeros ingleses que recorrieron nuestro país tienden a coincidir con los de sus compatriotas que, sin haber pisado jamás su suelo, lo utilizaron como ejemplo ilustrativo de los escasos o contraproducentes efectos de la coacción directa de las costumbres, como en el caso de William Alexander:

Hemos de observar aquí que las virtudes de la modestia y la castidad no florecen en mayor medida donde son impuestas a las mujeres a través de candados, nudos y ayas, como en España; tampoco donde la civilidad y la libertad indiscriminada se llevan al exceso, como en Francia e Italia, sino donde, sin ninguna otra presión sobre su libertad personal que la que requiere el decoro, no han llevado los refinamientos de la civilidad al extremo de considerar cualquier restricción de sus deseos como un signo de rusticidad o mala educación139.





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En síntesis, la valoración de un sistema político y el juicio acerca del refinamiento y moralidad de las costumbres y de la condición de las mujeres configuran un todo interrelacionado en la mirada que viajeros y filósofos ilustrados vierten sobre España. Los tres criterios contribuyen a perfilar una imagen que sitúa a nuestro país en los escalones inferiores del progreso, en la periferia cultural de Europa, y reafirma la superioridad inglesa, medida tanto en términos políticos como morales140. Sin embargo, las descripciones y juicios de los visitantes extranjeros interesan no sólo por aquello que cuentan sobre España, sino por el modo en que en el viaje y su narración se proyectan las obsesiones del país de procedencia: en el caso de los ingleses, la preocupación por asegurar el orden social y el acatamiento de los valores morales en un sistema político parlamentario y en el seno de una sociedad comercial y cosmopolita. Y de forma más amplia, los relatos de viajes, que tanto influyeron sobre el imaginario europeo de la Ilustración, sugieren inquietudes ampliamente compartidas en la cultura de las Luces. Muy en especial, la tensión y la duda sobre el significado profundo, el desarrollo y consecuencias de la civilización, entendida como un proceso inexorable y en última instancia positivo, a la vez que profundamente ambiguo en sus implicaciones sociales y morales. Debate filosófico y moral sobre el cual el ejemplo de España, presentado ora como el de un país anclado en el pasado, ora como un caso particular de brusca y traumática transición a la modernidad, proporcionó particulares elementos para la reflexión.





 
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