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ArribaAbajo El niño predestinado. Los tres pelos de oro del diablo

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Cuentos del 1024 al 1025


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1024. El zonzo y los tres pelos del diablo

SAN LUIS

Había una estancia de un Rey, y tenía la estancia un mayordomo. El Rey, cuando venía a marcar la hacienda, desde el pueblo a la estancia, echaba tres años de camino. Cuando vino el Rey a la estancia, venía un viejito a pedir un pedazo de carne, y como el Rey no quería que le dieran carne a nadie, le preguntó al mayordomo qué andaba haciendo ese viejito. Le dijo el capataz qu'era un viejito que adivinaba la suerte. El Rey le dice:

-Llameló para acá.

Le llamó el mayordomo al viejito. El mayordomo le dice al viejito que s'hiciera el adivino.

-¿Qué anda haciendo? -le dijo el Rey.

-Yo soy uno que anda adivinando la suerte -le dijo el viejito.

-Bueno, adivine con quién se va a casar m'hija.

-Su hija se va a casar con el hijo del mayordomo.

El hijo del mayordomo era tonto. Entonce el Rey le dijo al tonto que se aprontara para llevar una carta a la Reina. Bueno, él contestó que no sabía pa dónde quedaba el pueblo. Palabra 'e Rey no puede faltar, usté se va no más. Y el tonto tuvo que salir no más a buscar al pueblo. Tanto andar sin rumbo, buscando el pueblo, por fin vido un juego, en los disiertos del campo. Y era el juego de la casa de una diabla, madre de tres diablos, y le dice la diabla al tonto cuando llegó:

-¿Quí andás haciendo m'hijito, que si vienen mis hijos te van a comer?

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Entonce el tonto se cayó de cansancio y se durmió. Había andado tres años comiendo raíces y pasto, como animal.

Llegando al día ya, vinieron los tres diablos y le dijieron a la diabla:

-Mamita vieja, ¿qué es lo qui hay acá?

-Es un pobre hombre que va a la casa de la Reina mandado por el Rey y lleva una carta para la Reina.

Y uno de ellos dijo:

-Chey, bolsiquiemoló -y le sacaron la carta. En la carta decía: «inmediatamente que llegue el portador, echeló al sótano con agua».

Un diablo dijo:

-Chey, ¿llevemoló al pueblo?

Y otro dijo:

-Güeno, y le vamos a falsificar la carta.

Le falsificaron la carta y le pusieron: «inmediatamente que llegue el portador, hagaló casar con m'hija. Palabra de Rey no puede faltar». Y le dejaron la firma del Rey. Y los diablos lo llevaron al pueblo y lo dejaron dormido en la puerta del palacio.

Cuando el tonto se recordó, preguntó adónde era el palacio de la Reina, y entonces le dijeron que era ahí. Y ya entró y le dio la carta a la reina y la reina leyó la carta y dijo:

-'Tará loco el Rey que manda decir esto. No puede ser esto, hija -le dice a la niña-, pero ésta es la firma del Rey, así que no hay más caso, hija, que casarse.

El tonto iba sucio, rotoso y con todo el pelo crecido. Así que lu hicieron asiar y cortar el pelo.

Al año y medio llegó el Rey al palacio. Encontró la hija casada y con una nieta. Entonce tuvo un gran dijusto con la Reina. La Reina justificó con la carta firmada por el Rey. Entonce el Rey l'hizo un pedido al yerno. Le pidió que fuera a buscar tres pelos del diablo, pelos de oro, para que saliera y se mandara cambiar. Palabra de Rey no puede faltar. Pongasé en marcha. Y el tonto no tuvo más remedio que salir en marcha. Desde el momento que salió, la hija del Rey y la nena, se enfermó. El tonto, tanto andar, divisó muy lejo un árbol. Era un peral seco que lo cuidaba un vigilante.

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-¡Me deja pasar por acá! -dijo el tonto.

-Si me dice porque hace diez años daba peras di oro este peral y hoy no da, lo dejo pasar.

El tonto le dijo:

-A la vuelta le traigo la repuesta. Y pasó.

A los muchos días, llegó ande había un pozo con agua que lo cuidaba un vigilante:

-¿Me deja pasar por aquí? -le dijo.

-Sí, si me dice porque el agua hace diez años era remedio y ahora es veneno, lo dejo pasar.

-A la güelta le traigo la repuesta -le dijo el tonto.

Y pasó.

Al mucho andar encontró un mar. En el mar andaba un hombre remando, y lo llamó el tonto y le dijo:

-Señor, ¿me puede pasar para el otro lau del mar?

-Lo paso si me dice porque hace diez años que tengo los remos pegados en las manos.

-Si me pasa, a la güelta le traigo la repuesta.

Tanto andar llegó al ranchito ande había una viejita muy vieja.

-¿Qué andás haciendo hijito, que si llega m'hijo te come?

-¿Y quién es su hijo?

-Es el diablo pelo di oro. ¿Y qué andáis haciendo?

-Ando mandau del Rey en busca de tres pelitos del diablo, pelos di oro.

Y le contó todo lo que había andado y le había sucedido. Y entonce, le dice:

-Allegate por acá, m'hijito. Vas a tomar mucha atención en lo que te voy a pedir, porque en seguida va a venir m'hijo que sabe todo lo que pasa en todos lados. Te voy a hacer volver una hormiguita de las más chiquitas, y te voy a meter en las jaretas de las naguas128, y que no te vayas a asustar cuando venga el diablo, y poné atención en todo lo que diga.

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Llegó el diablo por la mañana:

-Mama vieja, aquí hay gusanío de la tierra.

-Hijo, no hay nada.

-¡Cómo no va haber!

La agarró a la vieja de la mano y la tiró lejísimo, y la volvió a agarrar y la tiró ajuera 'el rancho. La hormiguita estaba quietita. Ya se quedó quieto, y la vieja le dijo:

-Vení hijo, te voy a espulgar.

Y el diablo puso la cabeza en la falda de la vieja, se dejó espulgar, y 'staba tan cansado que se durmió. La vieja lo siguió espulgando, y le arrancó un pelo y se lo echó al seno. Y se recordó el diablo, enojado. La viejita le dijo:

-¿Estaré loca o me estaré por morir? Hi soñau que en tal punto hay un peral seco que lo cuida un vigilante.

Contestó el diablo:

-Sí hay, que ahora diez años daba peras di oro y que ahora no da. Solamente yo lo sé. Hay una serpiente a siete metros enterrada que le come las raíces, y solamente con la espada mía puede morir. Basta de pincharla y entonces el árbol dará fruta por los diez años que no ha dado.

Se volvió a quedar dormido el diablo en las faldas de la viejita. Y lo siguió espulgando, y le arrancó otro pelo. Y se recordó el diablo, la agarró de una pata y la tiró lejísimo, y di áhi la volvió a tráir.

-Bué... Este día muero -dijo la viejita-. Fijate -le dijo-, hi soñau que en tal punto hay un pozo con agua que hace diez años qu'era remedio y ahora es veneno.

Dijo el diablo:

-Sí, porque hace diez años se cayó una piedra y apretó un sapo. Por eso hay que ver de sacar la piedra y pinchar el sapo con mi espada, y lavar bien el pozo, y el agua vuelve a ser remedio.

Vuelve a quedar dormido el diablo, y, ¡otro pelito al seno de la vieja! La agarró, otra vez, el diablo y la tiró lejísimo y la volvió después al rancho.

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Le vuelve a decir la viejita:

-Fijesé, hijo, hoy muero o estoy loca. Hi soñau que en tal punto hay un mar, y hay un hombre remando, que tiene los remos pegaus.

-Los tiene pegaus por zonzo, porque una vez venía de pasajero él y el que remaba le dijo:

-¿Quiere hacerme el servicio de tenerme los remos para armar un cigarrillo? -y él dijo bueno y se pegó. El que estaba con los remos pegaus era un castigau.

El diablo ya tenía qu'irse, y se jue. Entonce, la viejita lu hizo volver cristiano al tonto.

-¿Has oído lo que dijo el diablo? -le dijo.

-Sí, mamita vieja. Dijo que el peral no daba peras di oro porque una serpiente le comía las raíces; que en el pozo había un sapo aplastado por una piedra y que sólo con la espada d'él se puede matar a la serpiente y al sapo. Que el hombre de los remos está pegau por zonzo, que le tiene que decir a otro que le tenga los remos y que va a quedar pegau.

La viejita le dio los tres pelos di oro y le regaló una espada vieja del diablo. El tonto le dio las gracias y se jue.

En esto, el Rey no había dejau médico que no había visto para que curara la hija y la nieta, y no sanaban nunca.

Llegó el tonto al mar, y le dijo al remador:

-Pasemé.

-¡Cómo no! ¿Me da la repuesta?

-Al otro láu le voy a decir.

En cuanto lo bajó le dijo:

-Usté está pegau por zonzo. Usté tiene qui hacer lo mismo qui han hecho con usté, pedirle por servicio al que venga que le agarre los remos un momento, y ése quedará pegau.

Llegó al pozo con agua.

-¿Me trae la repuesta? -le dice el hombre que lo cuidaba.

-Sí, l'agua es veneno hoy, porque 'stá un sapo apretau con una piedra. Yo voy a sacar la piedra y voy a pinchar el sapo con la espada. Voy a desaguar el pozo. Y así lu hizo y volvió   —282→   l'agua a ser remedio. Le ofertaron toda l'agua que quiso llevar. Llevó sólo un frasquito muy chiquito.

Llegó ande 'staba el peral.

-¿Me deja pasar? -le dice al hombre que lo cuidaba.

-Va a pasar si me trae la repuesta.

-Sí, la traigo -le dice. Acá en el tronco hay una serpiente, distancia siete metros y sólo yo la puedo matar.

Hizo un pozo al pie del peral, hasta descubrir la serpiente y apena la pinchó con la espada, murió. Si no sale tan ligero, lo tapan las peras di oro. En seguida el árbol se puso a dar tantas peras, como que debía haber dau en diez años. Quedó el montón más alto qu'el peral. Le quisieron dar todas las que quisiera, pero llevó tres no más, y se jue.

Después de andar mucho llegó a un pueblo que había muchísimos enfermos, familias enteras. Llegó el tonto, y les daba a oler el frasquito di agua. Enfermos que 'staban al cortarse129, se volvían sanitos y todos creían que era médico, y tomó fama y siguió curando enfermos. Los reyes de todas partes lo mandaban a llamar para que los curara. Hasta que llegó a oídos del Rey suegro, que había un médico que curaba todo. Lo mandó llamar que juera inmediatamente, que le pagaría lo que quiera.

Y cuando jue le dijo el Rey:

-Lo he llamado para que me cure esta hija y esta nieta, que ningún médico me las puede curar. Estaban estéricas las dos, secas.

En cuanto pasó, la chica dijo:

-¡Papá!

Y entonces llegó ande 'staba la señora y les hizo oler la botellita, y al momento se volvieron sanitas y gordas como habían sido. El Rey, de contento, no sabía que hacer con él, por la hazaña que había hecho. Le dio pieza y le dijo que de ahí no se moviera. Hasta que un día, le dijo el Rey:

-Yo quisiera ponerlo de Rey a usté.

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Contestó el tonto:

-¿Para ser Rey y tener el castigo que hi teníu de mi suegro que me mandó a buscar tres pelitos del diablo, pelos di oro?

El Rey recién lo conoció y le pidió disculpas.

-Y acá le traigo el pelo di oro que me mandó a buscar, y le traigo una pera di oro, de regalo, y le regaló otra a la mujer.

Entonce el Rey contestó:

-Desde hoy usté va ser el Rey.

-Yo seré Rey si es que usté me va a traer un pelo del diablo, pelo di oro. Y siga viaje.

Y el Rey siguió viaje. No tuvo más remedio.

Ya lejo divisió una parva de peras di oro.

-¡Ah! -dijo-, por aquí ha pasau éste, voy bien.

Y siguió. Llegó ande había un letrero del agua que es remedio.

-¡Ah! -dijo-, por aquí ha pasau éste.

Al mucho andar encontró un mar, y que andaba uno remando, y le hizo seña que si arrimara a la costa.

-Si me puede pasar para el otro lado -le dijo.

-Como no, con mucho gusto -le dijo el hombre. Y subió el Rey.

-Señor, ¿me puede tener los remos un momento para armar un cigarrillo?

Y el Rey tomó los remos y se le pegaron en las manos y áhi quedó castigau hasta hoy.

Epifanio Becerra, 48 años. Chischaquita. La Capital. San Luis, 1948.

Muy buen narrador.



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1025. El cuento de los pelos de oro del diablo

CATAMARCA

Éste que era un viejito que tenía tres hijas. Una de las hijas había tenido un niño que había nacido con un letrero en la frente que decía que iba a ser yerno del Rey.

Y bueno, no ha faltau quién le diga al Rey que había nacido esta criatura con un letrero que decía que iba a ser yerno de él. Entonce el Rey no ha querido que haiga este hijo de esta gente, como eran gentes humildes, de que sea yerno de él. Y ahí lo decide, y se va a ver al viejito y le dice que él había sabido que una de sus hijas había tenido un niño que había nacido con un letrero en la frente que iba a ser yerno de él, y que él no quería que ese chico se críe como quiera. Que él lo iba a llevar para criarlo como corresponde, al chico. Entonces, como era un rey, el viejito no ha podido decirle que no. Y lu ha llevado el Rey, al niño.

Lejos de criarlo como corresponde lu ha llevado al campo, lu ha echau en un cajoncito y lu ha mandado al campo, a donde se muera por ahí, al bosque, a dejarlo lejos.

Y bueno... Y dice que como a los tres días que lo ha mandado a botar al niño, lu ha mandado al negro que tenía en la casa que vaya al campo a traír leña en un carro.

Ha ido derechito. Ha ido, lu ha encontrado a la criatura. Que 'taba llorando el chiquito. Entonces el negro, en lugar de trair la leña, di áhi no más si ha vuelto traendo el chiquito. Y le dice al Rey qui había encontrau una criatura, que 'taba en un desierto llorando.

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-¡Ay! -dice el Rey-, cualquier otro lo va hallar y se va criar este niño. Mejor que lo haga echar a la mar.

Entonce lo pone bien en un cajoncito y lu hace arreglar bien, y lu echa a la mar, pa que lo lleve l'agua.

Y qué, ni bien lo ha echau al cajoncito, las olas rápido, dice que lu han llevado para otra ciudá. Y áhi, un viejito pescador, que andaba pescando, que tenía muchos hijos, que pasaba la vida solamente pescando, dice que lu había encontrado al cajón. Y lu había sacado. Y viene y le dice a la señora:

-Mirá, yo hi encontrau este cajoncito, tiene que ser joya, tiene que ser dinero. Tal vez Dios nos ha ayudado.

Lu abren, que 'taba el chiquito vivito, que no si había muerto. Y ella tenía leche. Que tenía muy muchos hijos. Entonce ella li ha dau de mamar, y lu ha criado al chiquito. Pero, siempre lo tenían con la frentecita atada, al chiquito. Tenía el letrero. Y lo crió. Y lo querían igual que a los demás hijos.

Y ya tenía 18 años el chico éste. Y ya si había anoticiado el Rey que en tal ciudá había un niño que tenía un letrero en la frente que decía que iba a ser yerno del Rey. Entonce, dice:

-Seguramente tal vez alguien lo ha sacado y si ha criado éste. Me voy.

Y si ha ido a la ciudá. Ha ido al campo. Ha ido a los ranchos donde había muchachos. Y ha ido derechito. Claro, ya taban todos los hijos del viejito, también ya mozos. Que le ayudaban mucho en la pesca. Y le dice el Rey al viejito que quería que le preste uno de los hijos para mandarle a dejar una carta para la Reina, para la señora de él, porque tenía mucha necesidá. Y le dice el viejito:

-Mis hijos no conocen ninguna parte, más que aquí donde vivimos.

-No, pero dandolé las señas va ir derechito allá. Para mandarle una carta pa mi familia. Me lo va a ceder a éste.

Lo señalaba al que tenía la cabeza atada. Y le dice:

-No -dice-, que vaya cualquiera de los demás. Ellos siempren salen lejos, andan por ahí más lejos. Se van a orientar más. Este chico no sale pa ninguna parte.

-Y no, no, qu'este me gusta. Éste parece muy de confianza.

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Y como era Rey, nu ha podido negarseló el viejito y li ha dicho que lo mande.

Lu ha mandado con la carta a dejarle a la Reina. Y se ha ido. Iba a pie por el bosque, por el campo. Iba, se iba, se iba caminando este niño. Ya ha quedau muy tarde. Ya 'taba internau muy lejos del bosque, cuando divisa un fueguito que ardía. Y es que dice:

-Allá, tal vez haiga gente, voy a ir.

Y se va. Y justo había siu un fueguito que tenían los que le llamaban los saltiadores, ¿no? Que vivían en el campo. Y va al campo y el que hacía de jefe de los demás, le dice:

-¡Oh, niño lindo! ¿Qué andas haciendo por acá?

-Me voy para tal ciudá, que me manda el Rey con una carta para la Reina.

-Bueno, vení aquí y dormí. Mañana te voy a mandar yo a dejar cerca por lo menos. Ahora te tengo aquí.

Y bueno, se queda el niño áhi. Lu han atendíu bien, le han dau de comer y le han dau que duerma. Y le dice:

-Trai la carta.

Y le da la carta.

Entonce, el jefe que hace de los saltiadores, la abre a la carta y ve que decía en la carta:

Inmediatamente, si en caso llegara el niño, que inmediatamente llegue lu haga matar -decía en la carta.

Entonces él la hace pedazo y escribe otra en que dice que inmediatamente llegue el niño, lu haga casar con la Princesa.

Bueno...

Y al otro día le da dehayuno, y lu hace comer bien, y le dice:

-Lo van a ir a dejar cerca de la ciudá. Di áhi se va orientar, y va llegar.

Y lo mandó con la carta.

Y si ha ido el niño. Y ha ido preguntando pa llegar al palacio de la Reina. Y entregó la carta que mandaba el Rey. Entonce ella luego que ha recibido la carta, ha comenzau los preparativos y lu ha hecho casar con la Princesa.

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Y el Rey si ha dejau estar allá pasiando, divirtiendosé en la otra ciudá. Dice que como a los dos meses ha vuelto otra vez. Y que dice:

-¿Y, que cómo llegó el niño aquí?

-Sí, sí, ha llegado.

-¿Lo mataste?

-Si cómo lo vuá hacer matar, si mi has hecho decir que ni bien llegue lu haga casar con la Princesa. Ya lu hi hecho casar.

-Pero... ¡Cómo voy a decir eso!

-Pero si aquí 'tá la carta que mi has mandau, ve.

Y la lee él a la carta y era cierto. Que inmediatamente que llegue lu haga casar, decía la carta.

-¡Ay! -dice-. ¡Cómo había pasau esto!

Como ya si había casau, nu ha podíu hacer nada.

-Bueno -le dice-, ahora, si querés vos que te entregue la señora, la esposa, te la voy a dar. Si en caso vas vos y me traís los tres pelos di oro del diablo, que tiene en la cabeza. Entonces, cuando vuelvas de allá vamos a festejar la boda y vamos hacer las relaciones.

Y al momento si ha ido. Ha tomau otra vez el niño al campo, y si ha ido a lo de Dios que es grande.

Qui ha caminau y ha caminau muy mucho por un bosque y llega al mar. Y va y da con un señor que 'taba cuidando un buque. Y le dice:

-¡Oh!, ¡niño lindo! ¿Para dónde vas?

-Me voy en busca del diablo.

-¡Ah!, mi hace el favor de decile al diablo si cómo puedo hacer pa dejar de cuidar este buque, que 'toy aquí penando, porque no puedo salir.

-Bueno -le dice, y se va.

Ha caminau muy mucho otra vez y ha ido y ha dau con un hombre que 'taba cuidando -dice- una palangana. Y le dice si pa dónde se va...

-Me voy en busca del diablo.

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Bueno, hombre, me va hacer el favor de decimelé al diablo si porque esta palangana ante daba vino y ahora da agua.

-Bueno -le dice, li ha dicho.

Y se va. Sigue el camino.

Que había caminau muy lejo y va y encuentra otro que estaba pelando naranjas.

-¡Oh!, ¡niño lindo!, ¿pa dónde va?

-Voy en busca del diablo.

Y le dice:

-Oiga, porque no mi hace el favor, digamelé al diablo si porque esta planta de naranja, que antes daba naranjas di oro, ahora ya no da nada.

-Bueno... -y se va. Y como Dios lu había guiado al pobre, había ido y había llegau cerca de donde ya era la casa del diablo.

Y llega. Entra no más ahí. Y 'taba la diabla no más, el diablo no 'tá.

-¡Ay!, ¡niño lindo! -le dice-, qui anda haciendo por acá. Ahorita viene mi marido y lo come.

Y le cuenta que iba en busca de los tres pelos di oro del diablo. Y li ha contau los encargues que tenía.

Y bueno... Y en eso...

-¡Ay!, ¡ahorita va venir mi marido y lo va a comer! -es que dice-. ¡Venga!

Que habían hecho un hoyo en el suelo y lo ha hecho que se ponga ahí y después lu ha tapau a él, y ha puesto un cuero encima.

Ya qui ha llegau el diablo.

-Hi andau por acá cerca no más -que dice-. Ya voy a volver a salir otra vez. Preparame el dehayuno.

Y le dice:

-¡Puf! ¡Puf! ¡Puf! ¡Carne humana hiede aquí!

-Pero, quién va andar. Aquí no sabe venir nadie.

-No. No. ¡Carne humana hiede aquí! -que decía el diablo.

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Y dice:

-¡Cómo, si aquí nunca viene nadie!

Y le dice:

-Vení...

Li ha preparau el dehayuno, li ha dau, y le dice:

-Vení, te voy a espulgar.

Y le ha comenzau a hurgar la cabeza, así. Y esque ha comenzau a tener sueño el diablo. Y en eso que está, que le pega el tirón, le saca un pelo, un pelo del diablo.

-¡Ay! ¡Que no me chuciés tan fuerte!

-¡Ay! -esque le dice-, ve, mi hi quedau dormida y he estau soñando que 'taba un hombre cuidando un buque y que mi había preguntau cómo se podrá hacer pa dejar de cuidar ese buque.

-Nadie sabe, sólo yo -dice el diablo.

-Qué, cómo, decime... cómo se podrá hacer.

-Que consiga a otro que cuide el buque, y lo deja de cuidar, y se lo deje al otro y se vaya.

Bueno...

Y que sigue hurgándole la cabeza ella, así, hasta que le va y le pega el tirón y le saca el otro pelo.

-¡Ay!, ¡que no me chuciés tan fuerte!

Y dice:

-Ve, me había quedau dormida. 'Taba soñando que 'taba un hombre cuidando una palangana y que me decía que cómo se podrá hacer, que esa palangana antes daba vino y ahora da agua no más.

-Nadie sabe, sólo yo.

-Y cómo, cómo se puede hacer para que vuelva a dar.

Y le dice:

-Ve, bajo la palangana, hay un sapo, y sacandoló, cavando y sacandoló al sapo, va a volver a dar el vino, como antes, esa palangana.

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Y bueno... Y le sigue hurgando otra vez la cabeza y le saca el otro pelo.

-¡Ay!, ¡no me chuciés tan fuerte!

-¡Ay!, me había quedado dormida y 'taba soñando que un hombre 'taba cuidando una planta de naranjo y que mi había dicho, porque esta planta de naranjo ante daba naranjas di oro y ahora no da más, no da nada.

Y dice:

-Nadie sabe, sinó yo.

Y dice:

-Cómo, deque manera, ¿pórque?

-Es que bajo la raíz de la planta de ese naranjo hay un ratón y sacandoló a ese ratón, y matandoló, va a volver a dar otra vez naranjas di oro como antes, esa planta. Bueno, dejame, ya me estás chuciando muy mucho. Ya me voy.

Y se levantó y dice:

-Bueno...

Y el otro ya 'taba oyendo tamén, que 'taba áhi cerca no más, 'taba encerrado y tapado.

Cuando se ha ido el diablo, le dice la diabla que se vaya inmediatamente antes que vaya a volver éste, que lo va a comer. Y lu ha sacau y li ha dicho lo qui habían dicho de la planta de naranjo, de la palangana, y el buque y todo, y li ha dau los tres pelos di oro. Y si ha ido.

Y él li ha dau las gracias y si ha ido.

Cuando ha vuelto de allá, le dice el de las naranjas:

-¿Cómo le va amigo? ¿Y el encargue que l'hi hecho?

-Si, m'ido bien. Y dice que bajo de la planta de naranjo hay un ratón y que sacandoló a ese ratón, va a volver a dar naranjas di oro ese naranjo, como di antes.

-¡Ay!, ¡hombre, no se vaya, quedesé. Ayudamé a sacarlo! Vea, yo le voy a dar diez cargas de naranjas di oro, con madrino130 y todo, pa que lo lleve a su tierra.

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Bueno, si ha quedau. Esa tarde han cavau y han hallau el ratón, lu han sacau, lu han muerto. Al otro día esqui había amanecíu la planta caéndose de naranjas di oro. Y li ha dau, como li ha prometíu, al otro, las naranjas, con los madrinos, con todo pa que vuelva, pa que lleve hasta la tierra de él.

Y ya venía pasando por donde 'taba la palangana. Y le dice:

-¿Ya vuelve, amigo?

-Ya.

-¿Cómo l'ido con mi encargue?

-Bien. Dice que bajo de esa palangana hay un sapo. Y que cavando y sacandoló al sapo va volver a dar vino, como di antes, esa palangana.

Y le dice:

-No se vaya, hombre, quedesé. Ayudemé a sacar el sapo. Yo le voy a dar diez cargas de vino, con madrinos, con todo pa que lo lleve pa su tierra.

Y bueno... Si ha quedau. Y esa tarde han sacau el sapo, lu han muerto. Y al otro día había amanecíu la palangana derramandosé de vino. Y li ha dau tamén como li ha prometíu.

Ya s'iba con diez cargas de naranjas di oro y diez cargas de vino.

Y bueno, y que llega al del buque. Que dice:

-¿Cómo le va amigo? ¿Ya vuelve?

-Ya. Mi ha ido bien. Dice que buscando otro quién cuide el buque, puede dejar de cuidar usté.

-Bueno, amigo, muchas gracias.

Y llega allá con el cargamento de las naranjas y con el vino. Y entonce el Rey ya nu ha podido hacerse pa atrás y ha dicho que l'iba dar la niña ahora. Dice qui habían hecho una boda ¡de grande! Que han invitado toda clase de personas de las mejores. Tres meses qui habían bailau, celebrando la boda. Y lu han coronado de Rey a él, al niño que si había casau con la Princesa. Y cuando salía a bailar la Princesa con él, ya les había enseñáu él a los piones qui había llevau, que cuando salga él a bailar con ella, saquen en el poncho unas ponchadas de naranjas di oro y tiren en la cancha. Y así hacían. Cuando ya   —292→   'taba en la cancha él con la señora ya se tiraban naranjas di oro. Y los mosqueteros131, a cual primero pillando las naranjas. Y el Rey entre medio, que se caía por pillar las naranjas di oro.

Bueno, después qui ha pasau... Como había llevau un vino esquisito, así que tenían mucho vino para festejar mucho.

Después que ha pasau la fiesta y todo, y que el Rey le dice:

-Decime, hombre -que le dice-, de cuando has traído tantas naranjas di oro.

-¡Ay! -que le dice-, por ese campo por donde yo hi ido, habían sido unas quintas tan grandes de naranjas di oro, y áhi hi juntado esas que hi traído.

-¡Ay! -dice-, yo me voy a ir a juntar naranjas di oro.

Y había ordenado preparar las mulas, diez mulas cargadas con bolsas y con todo, que iba a trair las naranjas di oro.

Y se va. Ya lu había coronau de Rey al joven que li había traído los pelos.

Y bueno, el Rey derechito que había ido a verlo al que 'taba cuidando el buque. Y que le dice:

-Yo soy un Rey -que le dice- que ando buscando unas quintas. ¿Ande hay unas quintas de naranjas di oro por acá, por este campo?

-¡Ay! -que le dice-, vea por allá, por aquella costa que se ve, por áhi hay unas quintas tremendas de naranjas di oro, pero, que va ir usté, señor Rey, a juntar las naranjas. Vea, quedesé usté cuidandomeló al buque, yo ahorita le voy a ir a juntar. Yo voy a llevar las mulas y todo. Y le voy a juntar ahorita, le voy a trair, quedesé usté aquí. Hasta que había arriado las mulas. Si había mandau a cambiar en la mula qui había ido el Rey. Éste se había mandau a cambiar, éste, y nu había vuelto más, y lu ha dejau cuidando al Rey el buque. Y áhi estará todavía.

Y el otro ha quedau de Rey en la casa, el joven que nació predestinau a ser Rey.

Mercedes Castro, 80 años. Santa Rosa. Tinogasta. Catamarca, 1970.



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ArribaAbajoNota

Nuestros relatos pertenecen al conocido cuento del niño que nace predestinado a ser yerno del Rey. El Rey conoce la profecía y ordena diversas medidas destinadas a hacerlo desaparecer, como la de exponerlo a las aguas. El niño se salva siempre. Tienen el antiguo motivo de la carta que lleva el niño en la que el Rey manda a la Reina que lo haga matar, pero que es cambiada en el camino dando la orden de que lo haga casar con la hija del Rey, cumpliéndose así la profecía. El Rey le encomienda entonces tareas muy difíciles como la de traer tres pelos de oro de las barbas del diablo; lo hace y cumple muy difíciles tareas que le proporcionan grandes recompensas. El Rey envidioso quiere imitarlo y queda pegado a los remos del bote o al barco que lleva al mundo desconocido.

Corresponden a los Tipos 461 y 930 de la Clasificación de Aarne-Thompson.





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4 versiones y variantes


Cuentos del 1026 al 1029


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1026. Las almas del purgatorio

CATAMARCA

Era una niña con la madre. No eran muy pobres. Tenían un regular pasar. La niña era muy linda pero muy floja, y cuando jue grande, la madre le dijo un día:

-Vos no te vas a conchabar porque no sabís trabajar. Pero, mejor recemos pa las almas del purgatorio. Ellas nos van a ayudar en todo y nos van a dar de comer. Las ánimas ayudan mucho, a los que son devotos de ellas.

Un día, un mozo muy rico, pensó en aquella niña. Preguntó a la gente qué hacía la niña, que enque si ocupaba. Y se dispuso a ir a ver qué hacía. Al otro día bien temprano se jue, y al llegar a la casa y golpiar la puerta, salió la señora. Entonce el mozo le preguntó que qué hacen, porque no salen y enque trabajan. Y ella le contestó que vivían pobremente. Entonce el joven le dice que porque no hace trabajar a la niña, que él podía ayudarla. Entonce la madre le dice que sí, que la niña sabía trabajar de todo, muy bien. Entonce le dice que él le iba a mandar lana pa que hile y teja, y todo lo que les hacía falta a las dos, madre y hija. Entonce la madre la llamó a la hija, y como la hija no sabía ni hilar ni tejer, le dice:

-Mañana le voy a contestar, y si me agrada, le voy a decir y voy a tomar el trabajo.

Se jue el mozo muy intrigado.

Esa noche la niña se puso a llorar porque tenía vergüenza que ese mozo viera que era tan floja. La madre le decía que   —298→   probara a ver si podía hacer algo. Áhi 'taban, cuando sintieron unos golpes en la puerta y preguntó la niña quién era, y de fuera le contestaron:

-Somos las almas del purgatorio que venimos a decirte que hagás el trato con el mozo que vino esta mañana, que nosotros te vamos a hilar y a tejer la lana. Pero todas las noches tienen que rezar.

Bueno, al otro día la señora le hizo avisar al joven que mande el material en la cantidá que quiera para trabajarlo. Inmediatamente el joven mandó a la casa de la niña una gran cantidá de lana, montones de lana pa que hile y teja, y comida de toda clase. Él pensaba que la niña no era capaz de hacer nada.

Llegada la noche, las almas del purgatorio se presentaron en la casa de la niña, golpiaron la puerta y llevaron cada una un montón de lana para hilar y tejer, y les dijeron que ellas recen siempre por ellas.

Bueno, cuando pasó un mes, están llegando las almas con una carga de telas de toda laya pa que las entregue la niña al mozo rico.

Al otro día bien tempranito le manda a avisar que venga pa entregarle las telas. Grande jue la sorpresa del joven al ver las telas, y preguntó si quién había trabajado tantas telas y tan hermosas. Le dijeron que la niña, y áhi no más se interesó en ella.

Bueno... Pasó unos cuantos días y se presentó a buscarla pa novia porque era tan enteramente guapa. Pero ella le dijo que no podía darle ningún contesto hasta que no converse con unas cumitas132 que tenía.

Bueno... A la noche se presentaron las almas del purgatorio y le han dicho que acete, y que ellas la iban a ayudar, que no tenga miedo de nada.

Ya se realizó el casamiento y la niña invitó a todas las cumitas. Vinieron tres. Eran muy feas, así que al final las hizo pasar solas, a las almas, y las presentó al marido. Había una que tenía un brazo muy largo y caído. El mozo le preguntó porque tenía ese brazo así, caído y largo, y ella le dijo:

-Mi marido mi ha hecho planchar y hilar tanto, que se mi ha estirao, y se mi ha caído el brazo.

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Entonce él, dandolé dinero, li ha dicho:

-Mi señora jamás en la vida va a planchar ni va a hilar paque no se le caigan los brazos.

Luego jue a ver a la segunda, que tenía los ojos salidos, y le preguntó porque tenía así los ojos. Y ella le dijo:

-Mi marido me mandaba a hacer juego y a que tejiera telas y d'eso se mi han salíu los ojos.

Entonce él, dandolé dinero, le dijo:

-Mi señora jamás va a hacer juego ni va a tejer telas.

Jue a la tercera que tenía una joroba y 'taba con las piernitas duras. Cuasi era una mitadita, no más. Y cuando el joven le dijo que porque 'taba así, ella dijo:

-Mi marido mi hacía bordar muchas telas y tenía que andar mucho al sol y al calor y se mi hizo esta joroba, y se me secaron las piernas.

Entonce el joven dijo:

-Mi señora nunca andará por el sol, ni va a bordar ni a trabajar en nada -y le dio plata pa que se juera.

Bueno, entonce las almitas le entregaron a la señora, a la madre, la plata pa que les haga decir misas. Luego se hicieron unas palomitas blancas y se jueron volando al cielo.

Y así la dejaron a la niña, que era devota de ellas, bien asegurada. Y áhi 'tará tuavía.

Edelmira Contreras, 78 años. Belén. Catamarca, 1951.

Lugareña rústica. Buena narradora.



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1027. Las ánimas protectoras

LA RIOJA

Había una vez una señora que tenía criando a una sobrina. Esta niña estaba ya algo crecida y la tía tenía interés en hacerla casar. La chica no quería casarse, pero la tía lo veía muy conveniente de hacerla casar con un señor muy rico del pueblo. Este señor quería casarse con una niña que fuera muy habilidosa. Entonce la tía lo engañó, le dijo que su sobrina sabía hacer bordados muy hermosos, que hilaba muy finito, lindo; en fin, que era una niña que sabía muchas cosas. Que cortaba a las mil maravillas las ropas para hombre. Entonce, un día, este señor va a visitarla a la viejita, para ver, de paso, a la sobrina. Entonce la viejita ha presentado a la sobrina y él hizo que la sobrina le hiciera unos chalecos bordados. Entonce la tía le dice:

-Cómo no, traigalós no más que mi sobrina se los va hacer.

Entonce, el señor, más tarde volvió trayendolé las telas y los hilos para que le hiciera unos chalecos bordados. Entonce la chica se vio en mucho apuro porque no los sabía bordar. No hallaba qué hacer. Entonce la tía le dijo:

-Dejate llevar. Hacelo como puedas, que te saldrá bien.

Entonce, en la noche, la chica se fue a su pieza con los cortes de tela y los hilos de bordar y no sabía qué hacer. Era tal su desesperación que la chica empezó a rezar, a invocar a las almas, a las ánimas, que ella siempre sabía ponerles velas, rezarles. Entonces acudieron en seguida tres ánimas, y le decían que no se aflija, que deje todo en manos de ellas y que se vaya a descansar.

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Al día siguiente, a la mañana, encontró la niña ésta, la sobrina, encontró los chalecos cosidos y bordados, muy bien. Entonce la tía, contenta, le hizo entrega al señor éste que quería que sea su futuro sobrino. Y estaban muy hermosos los chalecos bordados. Entonce, después, el señor quiso traerle también una lana para que le hiciera un hilo finísimo. Entonce también trajo. La señora le dijo:

-Tá muy bien, traiga no más.

Cuando le trajieron la lana a la niña, también la niña sufrió mucho porque no sabía hilar, no sabía hacer el trabajo. Y lo mismo a la noche, cuando se fue a la pieza con la lana y con el huso y todo para hilar, ha hecho un pedido a las ánimas. Entonce de nuevo acudieron las almas a ayudarla y le dijieron:

-Vete a dormir tranquila que nosotros te vamos hacer el hilo.

A la mañana siguiente cuando se levanta la niña, va y estaba todo el hilo hilado y ovillado, hermoso. Entonce la tía hizo entrega al señor de este hilo y inmediatamente el señor quiso casarse con la niña. Prepararon la fiesta, la boda. El señor presentó de su casa muchos animales para matarlos, chanchos, gallinas. En fin, hicieron una fiesta muy linda, invitaron a la gente del pueblo. Pero la chica le pidió un favor, que, cuando invitaran, dejaran que ella hiciera una invitación especial a tres tías viejísimas que ella tenía. Pero, estas tales tías no existían, eran las ánimas. Y este trato tenían con ella, ya que ella había salido tan bien, que las invitara a la boda. Entonces la tía aceptó que se las invitara y el señor también.

Cuando ya estaban en lo mejor de la fiesta, llegaron estas tías. Las hicieron pasar, pero, ¡eran tan feas! Les pusieron asiento y entonces vino el señor que acababa de casarse con la niña, vino a saludarlas. Y le causó almiración verlas tan feas. Y le dice a una de ellas que tenía los ojos muy rojos, muy feos, y siempre con lágrimas:

-¿Qué le pasa, señora, en la vista?

-¡Ah, es de tanto bordar! Así se me ha cegado la vista de tanto bordar.

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Y entonces pensó para sus adentros: a mi señora no la voy a dejar bordar.

Bueno. Entonces va y le pregunta a la otra:

-¿Qué le pasa, señora, que usté tiene un bracito encogido y el otro tan largo?

Y dice:

-¡De tanto hilar, señor! Como siempre este brazo está estirado para llevar el hilo, se me ha hecho este brazo largo, y el otro, encogido, de tanto hilar.

Entonce el esposo pensó: yo a mi señora no la voy a dejar hilar más, para que no se le deformen los brazos.

Y la otra tía, también la vista toda roja, muy enteramente achacosa. Le dice el señor:

-¿Por qué está así, señora?

-Y, de tanto coser y cortar. Como hago tanto esfuerzo así, al estar cosiendo, se me ha criado esta joroba en la espalda.

Entonce él pensó: a mi señora no la voy a dejar cortar ni coser. Y sacó de la casa todo, todo lo que fuera implemento para bordar, para hilar, para coser, para que ella no los usara y siempre se conservara su figura linda. Y de esa forma la chica se salvó de hacer esos quehaceres que no sabía.


Y vivieron felices,
comieron perdices,
y a mí no me las dieron,
porque yo no las quise.



Antonia Díaz de Páez, 46 años. Los Sarmientos. Chilecito. La Rioja, 1968.

La narradora es maestra. No ha salido de su región. Aprendió éste y otros cuentos de la madre, que era una gran narradora.



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1028. Las ánimas milagrosas

LA PAMPA

Dice que había un joven muy rico y güen mozo.

Y dice que había una señora que tenía una chica. Esta chica era muy bonita, pero muy holgazana; no sabía hacer nada, nada, nada.

Dice que pasó este joven por áhi afuera y la vio a la niña y se enamoró de ella. Dice que él creía que era trabajadora y que le dice a la madre:

-¿No sabe hilar esa chica?

Dice que le dice la señora vieja:

-¡Que no ha de saber!

Y dice que le dice:

-¿No sabe tejer?

-Pero, ¡como no!, si es un primor lo que hila y lo que teje.

-Y ¿bordado? -le pregunta.

-¡Qué no ha de saber, mi señor!

Dice que la chica 'taba escondida escuchando lo que decía esta señora, y no sabía qué hacer.

Este joven, entonce, le dio lana para que le haga un chaleco con la tela muy finita y que 'sté todo bordado.

Entonce dice que la chica se puso a llorar lo que la señora había dicho eso de ella. Y le dice que paque había dicho eso. Entonce la señora le dice:

-No tengás cuidado vos. Algunos ti han de ayudar.

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El joven le mandó un poco de lana para que le haga un chaleco con la recomendación que el tejido tenía que ser muy finito y bien bordado. Le dio un plazo pa que lo entregara.

A la noche, cuando la chica 'taba durmiendo, golpiaron la ventana. Entonce cuando ella abrió si aparecieron tres mujeres. Eran ánimas. Ellas le dijieron que una hilaba, la otra tejía y la otra bordaba. Entonce le dijieron que no tuviera miedo porque ellas le iban a ayudar, y que ella rezara por ellas.

Al tiempo, cuando se cumplió el plazo, las tres vinieron a traerle a la chica la prenda, a la noche, por la ventana. Era una cosa maravillosa. Un chaleco que nunca si había visto. Un hilo hilado finito, finito. Un tejido que no parecía hecho a mano. Un bordado que parecía una pintura. La niña les dijo que ella 'taba perdida si la hacían hacer a ella ese hilado, ese tejido y ese bordado. Entonce le dijieron que les tenía que rezar y que ellas la salvarían siempre.

Al otro día lo llamaron al joven. Cuando la niña le entregó el chaleco se quedó encantado de ver esa obra nunca vista. Se quedó prendado de la niña y le pidió que se casara con él. Y ya se hizo el casamiento.

La noche antes de casarse la niña, las ánimas le golpiaron la ventana. Entonce le dijieron que tenía que invitarlas a la fiesta de boda.

Al otro día, le dice la niña al joven que le tenía que pedir un favor. Entonce que él le dice que le pida cualquier cosa, y que hable no más. Entonce le dice que tenía tres tías viejas, muy feas, y que las quería invitar. Entonce le dijo que cómo no. Entonce le dijo que como eran tan feas que quería preparar una piecita para que las viera él no más. Él le dijo que las invite con mucho gusto.

Bueno... Se hizo el casamiento. Y esa noche la niña lo sacó al joven y lo llevó a donde tenía a las tres tías. Cuando él las vio, las saludó. La niña se las presentó. Una tenía un brazo muy largo. La otra unos dedos de la mano largos y gruesos. La otra tenía los ojos salidos, estropeados, que daba pena verla. Entonces las despidió él muy amable y ellas se jueron. Entonces él se quedó solo con la niña y le dice:

-Che, ¿pórque tu tía tiene el brazo tan largo?

-Y, de tanto tirar el huso para hilar -le dice.

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-Y la otra, ¿pórque tiene los dedos tan largos y gruesos?

-Y, de tanto pasar y torcer el hilo en el telar para tejer.

-Y la otra, ¿pórque tiene los ojos tan salidos? ¡Ay, qué cosa!

Y ella le dice:

-De tanto bordar. Eso es de tanto fijar la vista en el bordado.

-Bueno -que le dice- desde hoy, de este mismo momento, te vas, agarrás los husos, las agujas y los hilos, y los vas a tirar. Yo no quiero que quedés como tus tías.

Y así la niña quedó libre por el milagro de las ánimas y muy bien casada.

Y fueron felices di áhi en adelante.

Ramona Torres de Gil, 71 años. Pellegrini. Toay. La Pampa, 1964.

Aprendió el cuento de una criolla vieja que era una gran narradora.



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1029. Las ánimas milagrosas

LA PAMPA

Cuentan que una vez vivió una pobre vieja que tenía una sobrina. Esta vieja no sabía cómo hacer para que la muchacha se casara. De por medio ella hacía unas visitas a la casa de una comadre, y allí siempre encontraba a un caballero rico. Entonces la vieja empezó hablar de la sobrina y de las buenas cualidades de la muchacha. Ella decía que era muy habilidosa, que sabía coser y bordar...

De resulta que este caballero, muy entusiasmado, fue a visitarla y preguntó a la muchacha si sabía hilar, pero la tía rápidamente contestó:

-¡Claro que sabe hilar, y lo hace con tanta rapidez y habilidad!...

El caballero entonces dejó tres madejas de lino para que las hilase. Ahora bien, la niña no sabía hilar, y a la noche se fue a su cuarto llorando y se encomendó a las benditas ánimas. Mientras rezaba se aparecieron tres ánimas y le dijeron que no llorase, que ellas la ampararían en pago del bien que les hacía con las oraciones, y al momento quedaron las tres madejas hiladas. Pero resulta que al otro día volvió el caballero y preguntó si la muchacha sabía coser.

-¡Cómo no ha de saber! -dijo la tía.

Entonces dejó género para que le hiciera tres camisas. La niña no sabía coser, pero esa noche las ánimas trabajaron por ella. Al tercer día se presenta el caballero con un chaleco de raso para que se lo bordase. Tampoco sabía bordar, y a la noche   —307→   cuando estaba encomendándose con mucho fervor, aparecieron las tres ánimas, y una dijo:

-Te vamos a bordar el chaleco, pero con una condición: tenés que convidarnos a tu boda.

Así sucedió, y cuando el caballero vio tan bien bordado el chaleco, le dijo a la tía que quería casarse con la sobrina. La vieja estaba contentísima, pero la muchacha pensaba: ¡qué va a ser de mí cuando se entere que no sé hacer nada!

Llegó el día de la boda y las ánimas invitadas por la muchacha fueron al casorio.

Al entrar en la sala tres viejas muy feas, pues, una tenía un brazo corto y otro tan largo que lo arrastraba, la otra era muy jorobada y la tercera tenía ojos saltones y muy colorados, preguntó el caballero:

-¿Quiénes son esas viejas?

-Unas tías de mi padre -respondió la muchacha.

Entonces el señor se encaminó hasta ellas y le preguntó a la primera:

-¿Por qué tiene un brazo tan largo?

-Porque he hilado mucho -respondió.

A la segunda le preguntó:

-¿Por qué es tan jorobada?

-De tanto bordar, hijo mío -respondió ésta.

A la tercera le preguntó:

-¿Por qué tiene los ojos tan reventones?

-De tanto coser y agachar la cabeza sobre la costura -contestó.

Entonces el caballero dijo a su esposa:

-Quema tu huso, y que no te vea jamás hilar. Quema tu bastidor, y que en la vida de Dios te vea bordar. Agarra los hilos y las agujas y tíralas al pozo.

Y así la pobre muchacha se salvó y fue muy feliz con su esposo.

Nicasia Giménez, 45 años. Trenel. La Pampa.

La narradora es maestra de escuela. Oyó el cuento muchas veces a una mujer del pueblo, en su infancia.



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ArribaAbajoNota

Nuestras versiones son variantes del cuento tradicional europeo. Una niña haragana es obligada a realizar tareas difíciles de hilado, tejido y bordado para asegurarle el casamiento con un rico pretendiente. Ante el compromiso imposible invoca a las Ánimas del Purgatorio. Ellas se presentan en forma de tres viejas muy feas y defectuosas. Realizan obras maravillosas y le piden a la niña que las invite el día de la boda.

A la boda llegan las tres viejas, que la niña presenta al esposo como tías muy queridas. El joven les pregunta sucesivamente a cada una, por qué tiene el brazo tan largo, los ojos salidos y una abultada joroba. Ellas responden que por causa de haber hilado, tejido y bordado tanto. El esposo declara que su esposa no hilará, no tejerá ni bordará nunca.

Es el cuento N.º 14 de Grimm y está dentro de los Tipos 500 y 501 de Aarne-Thompson.

En este caso, como en otros, las hadas nórdicas europeas son reemplazadas por espíritus milagrosos como las ánimas, de acuerdo con las creencias de nuestro pueblo.





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ArribaAbajoEl muerto agradecido

2 versiones


Cuentos 1030 y 1031


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1030. El ratón

El muerto agradecido


CATAMARCA

Dice que había una vez un Rey que había quedado ciego. Era ciego. Tenía tres hijos. Y había mandado al mayor a que buscara la vista. Porque una vecina curandera, de las de cuanta, li había dicho que no iba conseguir cura. Que uno de sus hijos tenía que salir a rodar tierra, y a buscarla lejos.

Mandó al mayor con tres cargas de plata, arrieros, mulas, pa que fuera a buscarle la vista.

Fue este niño y en la ciudá vecina si había dedicado al folklore133 y a la juerga y había gastado la plata y había quedado pobre sin tener qué comer. Trabajaba, que hacía unas changas para vivir.

Al año nu había vuelto y el Rey lo manda al hermano menor. Le dice:

-Andá, hijo, la curandera mi ha dicho que voy a recobrar la vista, dice, si me sopás los huecos del ojo con las lágrimas del pájaro que llora y canta.

-Muy bien, voy a irme -dice.

Había ido y llegado a la ciudá ésa; casualidá, el hermano andaba en esa zona.

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-¡Oh!, hermano -dice-, ve la desgracia, che -dice-. Hi venido acá, mi han robado todo.

En fin, le echó una mentira y lo convidó a divertirse. Y dice que ya gastaron toda la plata y todo lo que traía al vender mulas, arrieros, y todo. Terminaron. Y se quedaron tan pobres como mendigos los dos.

Al año siguiente lo mandó al más chico. Le dice:

-Andate, vos, hijo. Tal vez vos hagás la diligencia, ya que tus hermanos han corrido tan mala suerte.

Si había ido el chico.

Había llegau a la ciudá, y al entrar se sentía mal olor. Había preguntado:

-¿Por qué, qué es ese olor? -dice.

-Es un pobre que si ha muerto y los acredores no permiten que se lo sepulte. Mientras no paguen las deudas, áhi va 'star -dice- hasta que se pudra.

Había llegado al lugar ande iba a parar.

Era muy religioso, el joven. Había ido a la iglesia. Había hablado con el sacerdote, que llame para el otro día bien temprano a todos los acredores. Había hecho venir las mulas, había descargado la plata y había pagado al que le debía y al que no le debía, hasta el último centavo. Si había sepultado ese difunto. La señora del difunto, en agradecimiento, había ido y le dice que Dios li hai de pagar porque si ella no podía, que vaya con Dios.

Había seguido.

En eso si había quedau el hombre, en las alforjas, con poco avío. Y había seguido por los caminos de Dios, y iba, iba, iba, iba. En una de esas -dice-, se li había cruzao por adelante de la mula, un ratón grande, coludo. Al rato, otra vez y otra vez.

-¿Qué tiene este animal?

Ya se le sienta adelante y le dice:

-¡Llevame!

-Y páque te guá llevar, hom -que dice-, ¿pa que me comás los lazos?

  —313→  

-No -dice-, llevame, yo te guá ayudar. Te guá entretener por lo menos.

-¿Y cómo te guá llevar?

-Largame un lazo trenzau.

Le larga un lazo trenzau y áhi había subíu el ratón por sobre el lomo y si había sentau en las ancas de la mula y de allá se li había puesto en el hombro. Y ha sacau una tabaquera y dice:

-Pite, señor.

-No, hombre, yo no sé pitar -dice-. Nunca hi pitau.

-No, no, pite, señor.

Ya li había armau un chala134 -dice-, y li había dau.

-¿Pa dónde va?

-Voy -dice- a buscar -dice- el pájaro que llora y canta, para ver si le salvo la vista a mi padre.

-¡Ay! -que dice-, ¡es tan difícil conseguir eso, pero si hace lo que yo le digo va andar bien!

Habían llegado, ya se les estaba haciendo la tarde, habían hecho ronda cerca di una casa. Si habían bajado y había atado la mula, había dehensillado, había hecho fuego, la había maníado. Y que dice:

Voy a buscar alguna achura di allá, de la casa de los amigos.

Si había ido el ratón, y si había devuelto con las alforjas -dice- con pan, azúcar, yerba y churrasco. Y había hecho un churrasco y había comido y li había hecho pitar un cigarro.

Al otro día, al alba, ya había 'stau el ratón -dice- con la mula ensillada, el mate cocido listo y el churrasquito chico, pero para que alimente.

Había salido, así. Así habían hecho muchas jornadas, muchas jornadas, hasta que un día le dice:

-Bueno. Vea -que le dice-. Yo me voy a quedar aquí. Usté se va ir -dice- a la boca di aquella quebrada. 'Tán dos   —314→   piedras grandes dandosé botes. Ésas son las malas comadres. Eran -comadres di obligación -dice- y que eran peliadoras y por eso Dios las ha puesto que se den calabazazos. Cuando si abran las piedras, es cuando va a pasar. Va ir áhi a la ciudá de los moros. Va ir y si los moros están hablando, dentre con toda seguridá. Deje la mula áhi y entre. Y si están callados -dice-, quedesé hasta que ellos se muevan, porque los moros, si están hablando, están dormidos; y si están callados, están despiertos. Entre -dice- y va ir unos cien metros. Dé la vuelta a la derecha. Está una sala grande -dice-. Áhi hay pájaros de todos colores, jaulas. Levante una jaula vieja que está con un pajarito -dice- desplumau, feo. Ésa, levantelá y dése la vuelta callado la boca, ojala que lu hablen, que lu hable su padre, que lu hable su madre, no conteste nada, vuelvasé. Áhi 'tá el caballo de siete colores que usté tiene que subir y una princesa robada que usté tiene que salvar.

Había hecho así el joven. Había ido y si había alzau la jaula del pájaro que 'taba pelajiau, y de vuelta, al ver las jaulas tan hermosas y pájaros tan lindos, se le dio por llevar otra que era di oro y tenía un pájaro hermoso. Y allá, al salir, lu había pisau en el pie a un moro y lu había levantado en el aire. Había ido y lu había puesto en una prisión calzada con espadas en todas partes. Se quería mover y lu hincaban las espadas, dice, y había sentiu que rascuñaban el techo. Rascuñaban el techo, quería mirar, dice, y li hincaban las espadas por todas partes. Hasta que al último que le dicen:

-¡Niño!, ¡niño! -el ratón-. ¿Qué hacé áhi?

-Aquí estoy. No me puedo mover. Mi han pillau los moros -dice-, y mañana me van a matar. Ya mi han leido la sentencia.

-¿Ha visto? -que le dice-. Nu ha hecho lo que yo li hi dicho. Por eso se ve así.

Ya si había largau, dice, del techo en el suelo. Ya si había subíu por las espadas. Y le dio un cigarro pa que pite.

-No, qué voy a pitar.

-No, pite, yo le voy a prender el cigarro. Y pite, y pite. Vea, tome esa cortapluma.

Y le da una cortapluma vieja medio chueca.

  —315→  

Lo había puesto en el bolsillo.

-Aquí mismo lo van a matar, lo van a querer botar los moros. Pero tienen, dice, norma de concederle la gracia, el último pedido a todo el tipo que va a morir. Cuando lo quieran matar, usté digalés que quiere que le ensillen el caballo de siete colores, que le pongan la jaula del pájaro que llora y canta en la mano, y la niña la hija del Rey presa, en las ancas del caballo. Y que dé una vuelta a las cuatro esquinas de la plaza.

Li había dau las instrucciones, al empezar, comu que así había hecho el joven.

Al otro día, dice, lo llevaban con una cadena más de cien moros, teniendoló al caballo, que era un caballo que parecía que iba a volar. Al llegar, dice, a la última esquina, como li había dicho el ratón había sacado la cortapluma.

-¡Qué va cortar esta cadena, esta cortapluma! -una cadena gruesa.

Dice que cuando iba llegando a la última esquina, había sacau la cortapluma y li había pegau un tajo a la cadena y había caído la cadena. Y había rajau el caballo a toda carrera, con el joven, con el pájaro y la niña.

Los moros, dice, qui habían quedau una sola gritería...

En fin, si habían ido. Los seguían, los seguían, dice. Y el ratón, ya que había estado afuera del límite de la ciudá. Que a la mula la castigaba, preparandolá a la mula. La cola parando, si había rajau con él.

-¡Y apure! -dice- que el moro nos sigue. ¡Apure, que el moro nos sigue!

Ya se sentía la albaría135 de los moros que venían.

Le dice el ratón:

-Bueno, ya 'stamos a salvo de los moros. Ahora -dice sus hermanos si han ido y han cavau un pozo en el desierto. Áhi 'tán vendiendo agua para los viajeros. No se confíe de sus hermanos, sus hermanos no le quieren el bien.

  —316→  

Habían llegado al pozo. Dice:

-¡Hola, hermano! ¡Dichoso de vos que ti ha ido bien! -dice-. Himos cavan este pozo para vender l'agua y aquí vivimos -dice-. Vení, mirá.

Si había arrimau a mirar y li habían pegau un empujón, lu habían tumbau de cabeza dentro del pozo. De casualidá, dice, a más de la mitá que había quedau un raigón de árboles atravesados. Y viene y si había dado unas cuantas vueltas y había quedado agarrado.

Los hermanos habían subido al caballo, y con la niña y el pájaro si habían ido.

La niña si había enmudecido, el pájaro no cantaba y el caballo no relinchaba, y no sabían ni cómo iban hacer la medicina para salvar al Rey padre.

Áhi 'taba en el pozo y que lo ve asomado al ratón en el bordo del pozo.

-¿Qué hace?

-Y aquí 'toy. Mis hermanos mi han tirau.

-¡Ha visto! -que le dice-. ¡Que no li hi dicho que no se confíe!

Ya si había largau el tipo.

-Fijesé, no se largue y vaya y escape y se vaya al fondo. Que se vía el brillo del agua.

-Que no.

Lu había hecho pitar.

-Bueno -li había dicho-, agarresé de mi cola yo lo voy a sacar.

-Que no, hom... -dice-. Si yo mi agarro de la cola y se me zafa el cuero...

-Que no, hombre -dice-, cómo creís.

-Agarrate.

Si había agarrau del ocote y todo, y con la cola si había envuelto la mano. Bueno... Habían ido subiendo y él es que iba ayudandoló con las manos, el ratón.

-Ya que estás aquí hasta estas horas, pitá -le dice el ratón.

-Oh, no, hom... yo no puedo.

-Que vas a pitar diez -que le dice.

  —317→  

-No -dice-, yo no puedo.

Y es que si había agarrau con una mano el ratón, dice, y había sacau la chuspa136 y había armau uno.

-Pitá -le dice.

Lu hizo pitar. Y ya el niño le pegaba unas chupadas que pasaba de la linia.

-Bueno, vamos hacer la última jornada...

Ya había puesto la mano el joven en la tierra y había salíu el ratón.

-Pitá -li había dicho.

-Que no.

Lu había hecho pitar y le dice:

-Bueno, tus hermanos ya van llegando al palacio. Al llegar allá, le van arrancar las plumas al pájaro, no va hablar la niña, ni va relinchar el caballo. Usté va hacer -dice- lo que yo le diga. Y se han ido.

Ni bien había llegado, los hermanos le dicen:

-¡Oh, hermano! -dicen-, nosotros te hemos dejau porque no tenemos lazo pa sacarte. Qui ha sido la desgracia que ti has escapau pal pozo -dicen.

-Sí -que dice.

Dice que ya la niña hablaba, que cantaba y lloraba el pájaro y relinchaba el caballo de siete colores.

Que le dice el ratón:

-Al pájaro arranquelé una pluma del ala derecha y cuando el pájaro cante, va llorar. Va a caerle una lágrima del ojo derecho. Sope la pluma y va a pasarle a su padre y digalé: Por la virtú que Dios te dio, recobra la vista padre mío.

Así lu ha hecho.

Li había dicho el ratón:

-No se vaya equivocar, le vaya a poner los ojos cambiados.

  —318→  

Lu había curado y había recobrado la vista el padre. Contento y gozoso si había enderezado y había abrazado al hijo. Li había dado las gracias.

Y li había contado él lo que le habían hecho los hermanos.

Entonce que le dice el padre que pida la pena que él quiera.

Dice el hermano que pedía que se les dé una provincia o una estancia para que vivan tranquilos y si arrepientan de sus pecados.

El hombre si había casado con la niña y estaba gobernando su casa, su estancia. El padre lu había dejado dueño de todo. Un buen día, cuando más feliz estaba, que viene el ratón y le dice:

-Bueno, niño, yo ya me voy a ir.

-Pero, para dónde, hombre -que le dice-. Te van a matar.

-No -que le dice-, yo no soy ratón. Yo soy un alma, que Dios, Nuestro Señor, me ha mandado que lo salve de los peligros porque usté es un hombre bueno y recto. Soy el alma de ese hombre que usté lu ha salvado allá, de que se pudra por las deudas. Y como no tuve con qué pagarle, con esto le he pagado.

-¡No! ¡No!...

-Adiós.

Si hizo una paloma y se jue pal cielo volando.

Perfecto Bazán, 49 años. Belén. Catamarca, 1968.

Al motivo fundamental del muerto agradecido se amalgaman otros como el de Los malos hermanos.



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1031. El muerto agradecido

Los tres hijos


SAN LUIS

Ésta era una viejita que tenía tres hijos, llamados, el mayor, José, el segundo Pedro y el menor, Juan. Esta señora se encontraba enferma. En poder d'ella tenía cuarenta pesos. Cuando ella se sintió mal, llamó a sus tres hijos y les dio a conocer que en poder d'ella tenía cuarenta pesos.

-Bueno, mis hijos -les dice-, yo m'encuentro mal y pienso darles lo que les pertenece. Tomá, José, diez pesos; vos, Pedro, tomá diez pesos y vos, Juan, diez pesos. Yo me quedo con diez pesos. Vos, José -le dice-, tomó estos lentes y te vas al monte. De ande me alcancís a ver con los lentes plantá un lindero, y de esta distancia que me hais visto, cuadró a todos vientos que esto será tuyo. Vos, Pedro, lo hacís igual y cuadró igualmente, que esto será tuyo. Y vos, Juan, lo hacís lo mismo, y cuadró a todo viento que esto será tuyo. La parte miya queda al sur, y yo la cuadraré si Dios me da vida.

Ellos se fueron contentos con lo que ella les había dado.

Ella siempre seguía enferma y llegó momento que ella seguía mal. Entós lo llamó a su hijo Juan:

-Vení, m'hijo, andá decile a José que me siento muy mal y que me preste los diez pesos, que yo le voy a dejar dos amigos para que le paguen.

José le contestó que él no le prestaba ni cinco centavos, y que si arregle ella. Igualmente le contestó Pedro. Juan le dio todo lo que tenía.

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La madre siguió mal y lo llamó a su hijo Juanito:

-Mire, m'hijo -le dice-, si yo muero, me echáis adentro de la petaca por nueve meses, y me cerrás la puerta. A los nueve meses abrí la puerta y será el pago que te dejo por tus finezas y güen corazón, pidiendoté que hagás, m'hijo, lo que yo te pido.

Pasaron cuatro días. Ella murió. Juan jue a pedir a los hermanos que lo ayudaran para el velorio y el entierro; los hermanos lo sacaron a punta di azotes y patadas.

Él se vino ande 'staba su madre muerta, y con resina de los molles veló a su madre, qu'hizo como velitas.

Después de muerta l'echó dentro de la petaca cumpliendo el pedido de la madre. Le cerró la puerta y se largó a comer pasto como un caballo, y a tomar agua. Se llenaba y se venía a su casita. Así pasó los nueve meses. A los nueve meses abrió la puerta y se encontró con dos caballos, uno tordillo y uno plateado, ensillados y con herrajes.

Él dijo:

-Agora, ¿qué hago acá? Agora me voy ande Dios mi ayude.

Salió de su casa y pasó por frente de la casa de su hermanos. Cuando lo vieron, lo llamaron con cariño. Era para matarlo y quitarle los caballos. Él no hizo caso y se retiró galopiando juerte y siguió su destino. Y se jue muy lejo. Siguió no más. Él, ande se le hacía la noche, no tenía más comida que pastiar al lado de sus caballos. Anduvo tres días y s'encontró al frente di un portón ande 'staba un letrero que decía: El que pase adentro d'este campo, será muerto. Él pensó:

-Para pasar la vida que paso, voy a entrar no más. Más bien que me maten para dejar de sufrir.

Al poco andar divisó dos jinetes que venían al frente d'él. Llegaron, lo saludaron y le dijieron qu'eran los hijos del dueño del campo. Le preguntaron los mozos si no lo había visto al letrero que había en el portón adonde él entró.

-Sí, lu hi visto, pero para pasar la vida que voy pasando, espero de que ustedes dispongan de mí.

Y entós contestaron los dos mocitos:

-Amigo, nunca l'himos pedido un favor a nuestro padre, pero agora pa salvarle su vida le vamos a pedir este favor a   —321→   nuestro padre. Lo querimos a usté para hermano, lo que le vimos tan bien puesto en su persona y en su caballo, y lo que los gusta usté. Amigo, siga con nosotros.

Se dirigieron a la casa del padre qu'era un rey y lo dejaron a Juan en la calle; se bajan los dos hermanos y pasaron a consultar con el padre.

-Mire, papá, nosotros hasta la edá que tenimos nunca l'himos pedido un favor, y agora himos encontrado un mocito en nuestro campo, y lo querimos tener como hermano, para salvarle la vida.

-M'estraña, m'hijos -dijo el padre-, el pedido de ustedes-. Traigamelón, quero verlo.

Jueron y lo trajeron. Él lo saludó muy bien al padre de los mocitos.

-¿Usté es el que queren mis hijos para salvarle la vida?

-Sí, señor -le contestó él.

-Mire, m'hijo, yo le voy a apreciar como si juera hijo mío. Por el pedido de mis hijos, usté estese tranquilo acá junto con ellos.

En esos momentos entró la señora y a la señora le preguntó si 'staba conforme. Y la señora contestó:

-Estoy dispuesta a lo que usté ordene, como marido miyo y dueño de casa.

Y ya quedó el mozo como hijo de estos reyes.

Vivieron así tranquilos hasta la edá de veinte años. Un día le dijo el padre a Juan:

-Mirá, hijo, te voy a poner una tienda pa que aprendás a trabajar para vos, porque yo no tengo necesidá.

Jue y le puso una tienda. Juan ganó muchísimo y s'hizo millonario.

Un día jue a la casa del padre, le pidió la bendición y le dijo:

-Papá, vengo a rendir cuenta del dinero que se ha hecho en mi casa, y que usté lo debe saber como padre.

Y él le dijo:

-Yo no necesito m'hijo. Eso te lo di para vos, y vos sabrás disponer, y si algo más te hace falta, yo te lo voy a dar.

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Él 'staba tranquilo en su tienda cuando vido pasar un viejito que gritaba:

-¿Quén si anima a pagar dos cargas de plata para enterrar este muerto en sagrado?

Como dos o tres veces pasó y contestó Juan:

-Vayan, entierrelón en sagrado y vengan a llevar las dos cargas de plata.

Y ya lu enterraron al muerto y Juan les dio la plata.

Al otro día llegaron los hermanos de Juan a la casa d'él, hechos un telar de inmundicia y de desdichas, y le dijieron:

-Juan, ¿esto es tuyo?

-Sí, hermanos -les contestó él.

-Ustedes 'stesen tranquilos en mi casa -les contestó Juan-. Yo voy a ver si les salvo la vida del padre que me ha criado.

Se jue Juan a la casa del padre y le dijo:

-Mire, papá, han venido dos hermanos miyos y se ha penetrado ande usté me ha dado.

-'Ta bien, m'hijo, te los salvo por vos. Si vos les querís dar, dales de lo que es tuyo.

Se jue Juan a la casa d'él y les salvó la vida, y les dijo:

-Hermanos, dientren a mi tienda. Elijan trajes de lo que ustedes gusten de mi casa.

Él se jue, llamó un peluquero, los hizo pelar, los hizo bañar y los hizo aparecer a la par d'él. Y les dijo:

-Hermanos, mañana les doy una tienda ajuera del campo de mi padre de crianza pa que se busquen la vida.

Y así lo hizo.

A la casa de los hermanos no iba nadies a comprarles, y en la casa de Juan no se daba tiempo para despachar todos sus clientes. Entós entraron en envidia Pedro y José.

-Mirá, che -le dice un hermano al otro hermano-. ¿Cómo haremos para hacerlo matar a Juan?

En aquellos momentos que ellos 'staban en consulta para hacerlo matar a Juan, llegó una vieja bruja y les dijo qu'era una cosa lo más fácil.

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-Si ustedes me dan comestibles de su tienda para comer y vestirme, yo les diré cómo van a hacer para matar a Juan -ella les dijo.

Y ellos le dijieron que sí, que como no.

Y entós ella les dijo:

-Miren, al Rey le robaron una niña, un loro y una bola di oro. Y el Rey 'stá muy triste, nu es nada sin la hija y sin el loro y sin la bola di oro. Usté vaya mañana temprano y le dice al Rey que se ha dejau decir Juan que él es capaz de tráir la niña.

La hija del Rey 'staba en encanto en la casa de los moros.

Jue José, y le dijo al Rey:

-Permitamé una palabra, señor. ¿Usté sabe que Juan se dejó decir qu'él sabe ánde 'stá su hija, y qu'él es capaz de tráila?

Y se retiró José a la casa d'él.

Inmediatamente lo mandó a llamar el Rey a Juan. Jue Juan.

-Vengo obedeciendo sus órdenes -que le dijo.

-Vos te hais dejau decir que sois capaz de trairme m'hija y que sabís ande s'encuentra. Palabra de rey no puede faltar. Te pongo tres días de plazo, y si no la tráis a m'hija te corto el cogote. Vaya, agarre ese perro, elija caballo y vaya.

Juan lloraba sin consuelo porque era una cosa qu'él no sabía y que nu había dicho. Andaba él por agarrar caballo cuando se le apareció una yegüita flaca, al lado d'él, que dijo:

-Poneme el freno a mí no más, y te vas a tu casa y buscás una bolsita y la llenás de plata. Yo te voy a llevar ande s'encuentra la niña. Antes de llegar te van a encontrar los moros y te van a decir:

-¿Qué andás haciendo, gusanillo de la tierra?

Y vos les vas a decir:

-Vengo a correrles una carrera.

Y ellos te van a decir:

-¿Cuál es tu parejero? ¿Tráis plata?

Y vos les contestás:

-Esta yegüita flaca es mi parejero y traigo una bolsa de plata.

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Y ya se jueron y todo pasó como dijo la yegüita.

Cuando vieron la yegüita, tan flaca, se consultaron que l'iban a ganar sin rebenque. Y se dispusieron de correr la carrera, y empezaron las partidas. Corrieron unas cuantas veces. En vista que no l'alcanzaban a la yegüita de Juan, les pidió éste que más bien la corriera la niña, l'hija del Rey que andaba áhi. Los moros con tal de no dejarlo ir con plata, la dejaron correr a la niña. Partieron dos veces. Largaron y en el medio de la cancha, sin que nadies se diera cuenta, desapareció la niña y Juan en la yegüita, sin saber los moros el rumbo que tomaron. Siguieron ellos, y por fin llegaron a la plaza del pueblo del Rey, y áhi le dijo la yeguita a Juan:

-Mirá, m'hijo, soy tu madre la que ti ha veníu a salvar. Ya me voy y que Dios ti ayude.

Se jueron a la casa del Rey y golpiaron las puertas. Salió el Rey y se puso contentísimo, abrazó a la hija y le dijo a Juan:

-¿Cómo dijistes que no sabías ánde estaba m'hija?

-Y Juan se jue a su casa y la niña quedó con su padre.

Al día siguiente la vieja bruja les dijo a los hermanos que alguien lu ayudaba a Juan. Que jueran y le dijieran al Rey que se había dejado decir que él sabía ánde 'staba el loro y qu'era capaz de tráilo. Y ya jue José y le dijo al Rey. El Rey lu hizo llamar a Juan y le dijo:

-Qué es que vos ti hais dejau decir que vos sabís ánde 'stá el loro y que sois capaz de trailo. Inmediatamente agarrá ese freno, elegí caballo y me lo vas a trair, sinó ti hago cortar el pescuezo. Palabra de Rey no puede faltar.

Jue, agarró caballo y tomó rumbo al norte. Galopió todo ese día hasta la noche, ande alcanzó a ver una lucesita que vía a una distancia lejo, y se dirigió a ella. Cuando llegó s'encontró con un viejo muy barbudo, que cuidaba una ollita muy chiquita, llenita de comida. Le dijo el viejito:

-Bajesé, amigo, yo sé que usté no ha comido.

-No, señor. Sí, he comido y para mejor decirle, no como porque se la voy acabar.

-¡Coma, amigo! Agora le pregunto, ¿en qué trabajos anda?

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-Ando en busca del loro del Rey, que se lo han llevado los moros, y yo no sé ánde s'encuentra.

-Usté no si apure, amigo, usté suba en mi caballo. Tome esta varita. El caballo lo llevará ánde s'encuentra el loro. Ofertelé pan y cuando grite, aquí anda uno, peguesé tres veces con la varita en el medio de la cabeza y quedará hecho un tronco usté y el caballo.

Ya llegó y lo vido al loro y le dijo:

-Loro, ¿querís pan?

Y el loro gritó:

-Acá anda uno.

Vinieron los moros, y no vieron nada más que un tronco que 'staba áhi.

-Loro, ¿querís pan?

-Acá anda uno -volvió a decir el loro.

Vinieros los moros y creidos de que el loro se réiba d'ellos, lo voltiaron di un azote.

Volvió a levantarse Juan con el caballo y le dice:

-Loro, ¿querís pan?

-Güeno -le dice el loro.

Juan lo agarró al loro despacito pa que n'oyeran los moros y se jue a la casa del amigo barbudo.

-¿Cómo le jue, amigo? -le dice el viejo-. ¿Consiguió lo que buscaba?

-Sí, señor.

-Agora usté va en mi caballo no más, pal palacio del Rey. Áhi le saca el freno y se lo acomoda en los tientos del recau, y me lo larga.

Y se jue. Ya cuando llegó golpió la puerta. Salió el Rey y l'entregó el loro.

-¿Y cómo dijo que no sabía ánde 'taba? -le dijo el Rey.

Bué... Salió callado y se jue a su casa, Juan.

Al otro día cayó la vieja bruja y le dijo a los hermanos:

-¿Ya vino Juan? Yo no sé quén lu ayuda, pero tuavía le falta la bola di oro. Ya va a morir.

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Y ya vino José y le dijo al Rey que Juan se había dejáu decir qu'él sabía ánde 'staba la bola di oro, y la ropa de la niña hija del Rey.

Al día siguiente, bien temprano, el Rey lo mandó a llamar a Juan y le dijo:

-Vos ti hais dejáu decir que vos sabís ánde 'tá la bola di oro y la ropa de m'hija. Palabra de Rey no puede faltar. Si no me tráis todo, te hago matar mañana a primera hora. Agarra ese freno, elija caballo y salga.

Juan, siempre llorando, jue, agarró caballo y tomó los mismos rumbos di antes.

Esa misma noche llegó a la casa del viejo barbón. Cuando le dijo el viejo:

-¿Qué le pasa, amigo, que me visita tan pronto?

-Vengo con otro trabajo que no sé cómo lo voy a hacer.

-Eso no es nada, amigo. Aquí 'stá su amigo para ayudarlo en lo que pueda. Largue ese caballo pa qu' engorden los zorros, y suba en mi caballo y tome esta varita. Usté va a encontrar dos puertas. Deje su caballo, bajesé y toque las puertas con la varita.

Cuando si abran las puertas, dentre, y dentrando, sobre la derecha, áhi va a encontrar la ropa y la bola di oro.

Juan hizo las cosas tal cual le decía el viejo, sacó la ropa y la bola di oro, subió a caballo y volvió.

Ya cuando vino le dijo el viejo:

-¿Cómo le jue, amigo?

-Bien, señor -le dijo él.

-Mire, amigo, yo soy aquel que usté dio dos cargas de plata pa que m'enterraran en sagrado, y por su favor, amigo, lo vengo a ayudar. Agora, usté, amigo, va a hacer lo que yo le digo. Usté, cuando llegue a la casa del Rey y l'entregue la ropa de la niña y la bola di oro, él le va a decir que cobre lo que quera. Usté le pide unas cargas de plata. Cuando se las dé cargue el tordillo y siga en el platiau. Usté le va a decir que lo deje dar tres güeltas en el jardín del Rey, con la niña en las ancas, el loro y la bola di oro, pero no se vaya a juntar para nada con sus hermanos.

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Así lo hizo todo, Juan.

A las tres güeltas, en l'última, s'hizo un remolino y se levantaron. El Rey había hecho rodiar el jardín con doble escolta, pero el caballo salió por los aires.

El Rey gritaba:

-¡Tiren a ese pícaro, matelón!

Pero no vían a nadies.

Juan y la niña se jueron lejo, lejo, de viaje. Ya lejo s'encontraron con mucha sé, y se dirigieron a un pozo 'e balde que se devisaba áhi cerca. Llegaron, y 'staban en consulta si sacarían u no agua para tomar, cuando devisaron que venían dos, y habían síu los hermanos de Juan. Ya se juntaron.

-¿Cómo te va, hermano? -le dijieron-. ¿Qué estáis haciendo?

-'Stoy por ver si saco agua pa tomar -les dijo.

-Entós -le dijo Pedro-, dentrate vos que sois más chico, y nosotros te vamos a ayudar a sacar, después que tomemos agua.

Juan se dentró al pozo, y cuando todos tomaron agua lo dejaron adentro, y se jueron. Juan tuvo como medio día, cuando en un redepente, el viejo barbón si asomó, y le preguntó a Juan:

-¿Qué 'stá haciendo amigo, áhi? ¿Qué le dije yo de sus hermanos?

Güeno, ya lo sacó el viejo y le dijo:

-Lo saco, amigo, pero va a hacer lo que yo le diga. Tiene que matar a sus hermanos, hacerlos quemar y aventar sus cenizas. ¿Lo va hacer, amigo?

-Sí, señor, lo voy a hacer.

-Vaya ande 'stá aquel hombre cuidando aquella majada y cambielé la ropa.

Y ya lo hizo Juan.

Y jue y le dijo al hombre:

-Vengo a cambiarle la ropa, amigo.

-No, amigo, ¡qué le voy a cambiar las hilachas que tengo por su ropa tan linda!

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Y le dijo Juan:

-Hagamé este servicio, amigo.

-Bueno, amigo, le cambio la ropa.

Y lu hicieron, y Juan siguió con el amigo barbón y se dirigieron al pueblito.

El viejo le dijo:

-Agora lo voy a llevar a la casa di un carpintero, áhi yo no me voy a hacer presente pero voy a 'star siempre a su lado. Usté tiene que saber la guitarra -le dijo.

-No, señor, yo no sé, pero voy a tocar lo que pueda.

Cuando agarró la guitarra y la empezó a igualar y empezó a tocar, el carpintero de ver que tocaba tan lindo, le dijo que tenía que acompañarle a un baile. No era Juan el que tocaba la guitarra, era el viejo barbón, pero pal carpintero era invisible.

Ya el carpintero le dijo a Juan qu'eligiera de los trajes qu'él tenía, pero Juan le dijo que no, que iba a ir con el qu'él tenía.

Le dijo que iban a ir unos novios, y estos novios eran Pedro y la niña hija del Rey, que Pedro la obligaba a casarse con él.

El carpintero jue a pedir permisio para dar una música137, y le contestaron que sí, con mucho gusto. Y entós empezó a tocar la guitarra y a cantar Juan. Cuando sintió la música, el caballo de Juan relinchó, el loro empezó a hablar, y la bola di oro empezó a andar de hombro en hombro, y dijo la niña:

-Éste va a ser mi marido porque éste es el que me salvó. Y ya toda la gente se almiró, y ya la niña dijo todo lo que había pasado, y Juan contó todo lo que los hermanos le habían hecho pasar.

Entós los agarró la polecía a los hermanos, y le preguntaron a Juan que qué hacían con ellos. Juan dijo que jueran muertos y quemados, y le aventaran la ceniza. Y así lo hicieron.

Juan se casó con la niña y se jueron a vivir muy felices.

Cayetano Cuello, 76 años. Merlo. Junín. San Luis, 1948.

Buen narrador. Muy buen guitarrista y cantor.



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ArribaAbajoNota

El tema fundamental de nuestras dos versiones es el de la ayuda sobrenatural del alma de un muerto, al héroe piadoso, que hizo sepultar cristianamente su cuerpo abandonado por la gente. Como motivo, figura en numerosos cuentos de la narrativa occidental.

Entra en los Tipos 506 y 507 de la clasificación de Aarne-Thompson.

El motivo figura también en otros cuentos de esta colección.

Las dos versiones que aquí damos han asimilado los motivos del cuento de los hermanos malos: los dos hermanos mayores infieren, por envidia, terribles castigos al hermano menor que es noble y generoso. Lo salva, en todos los casos, el alma milagrosa del muerto que ha hecho sepultar cristianamente.