Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790
Antonio de León y Gama


Parecer del reverendo padre doctor fray Joseph Rafael Olmedo, catedrático propietario del sutil doctor Escoto en la Real Universidad de México
La atenta reflexión sobre la Historia de la América produce a cada paso problemas, que no menos que el de su población, merecen el renombre de grandes. El del cálculo del tiempo para ordenar su calendario, concordar el año civil con el trópico solar, y este con el de la Luna, es uno de aquellos que la multitud y variedad de opiniones ha mantenido hasta ahora envuelto en un caos de tinieblas, sin percibirse sino lo bastante para admirar el tino de la nación indiana sobre materia tan ardua e impenetrable a muchas otras naciones gentiles, y celebradas como sabias. El sabio autor de este opúsculo manifiesta hasta la evidencia el verdadero rumbo para comprehender el sistema indiano sobre punto tan obscuro: prevenido de grandes conocimientos astronómicos; poseyendo el idioma mexicano en toda su pureza; adornado del conocimiento de antigüedades mexicanas, y a más de tanto, dotado de un exacto discernimiento, de tesón infatigable, y con ocasión de las dos piedras descubiertas en las excavaciones hechas en la plaza principal de esta ciudad, expone el sistema verdadero acerca del calendario antiguo mexicano, con tal precisión, claridad y evidencia, que nada deja que desear, sino que a más de este, vea también la luz pública el otro cuaderno citado en el presente, que muchas veces ha tenido la bondad de manifestármelo, y que tiene trabajado con el título de Cronología indiana. Obras ambas de primer orden, que ilustrarán a muchos, desengañarán a otros, y desvanecerán las tercas y ciegas preocupaciones con que por un prurito de obscurecer las gloriosas conquistas de la España, han llegado a colocar a la nación indiana en la clase muy inmediata a la de las fieras y brutos más estúpidos el abate Raynal, el doctor Robertson, monsieur Buffon, Paw y otros de los filósofos ilustrados. Este solo rasgo de la cultura indiana desvanece del todo errores tan groseros, hace a esta obra acreedora a la luz pública, pues a más de tanto nada contiene opuesto a la fe, buenas costumbres y regalías de Su Majestad. Este es mi dictamen. Convento de San Francisco de México y enero 31 de 1792 años.
Fray Joseph Olmedo
El excelentísimo señor don Juan Vicente de Güemez Pacheco de Padilla Horcasitas y Aguayo, Conde de Revilla Gigedo, Barón y Señor territorial de las villas y baronías de Benillova y Rivarroja, Caballero Comendador de Peña de Martos en la Orden de Calatrava, Gentil Hombre de Cámara de Su Majestad con ejercicio, Teniente general de sus Reales Ejércitos, Virrey, Gobernador y Capitán general de Nueva España, etc., visto el parecer que precede concedió su licencia para la impresión de este cuaderno por decreto de 1 de febrero de 1792.

Parecer del reverendo padre don Joseph Pichardo, presbítero del oratorio de San Felipe Neri de México
En obedecimiento del decreto de Vuestra señoría leí con mucha atención un cuaderno que tiene por título: Descripción histórica y cronológica de las Piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la Plaza principal de México se hallaron en ella el año de 1790, y hallé que su autor don Antonio León y Gama expone en él claramente, y en una manera en nada deja que desear, lo que quisieron significar los indios amigos en estos caos preciosos monumentos que describe y que declara. Las dificultades que se pudieran encontrar en la inteligencia de ellos, están plenamente decididas en esta obra. El docto Anticuario que la compuso, hace recurso en todo a las antiguas pinturas y manuscritos que posee, y que por ser de autores de la misma nación tienen toda autoridad en la materia; y a lo que dejaron estampado los eruditos españoles y extranjeros que se dedicaron a explicar lo concerniente a la cultura y extraordinaria instrucción en las artes y ciencias con que florecieron los indios, y demuestra los errores en que cayeron los escritores que le precedieron, y los corrige con una modestia que encanta. El que leyere esta obra entrará en los mismos sentimientos que tenía de nuestro autor el célebre doctor Bartolache, aquel grande hombre que nos quitó la muerte poco ha, y de quien escribió a Vuestra Señoría en la aprobación que dio a su opúsculo guadalupano el doctísimo Señor Deán de esta Santa Iglesia: que era autor bien conocido, y creía que se hallarían muy pocos, aunque se extendiera la vista fuera de estos reinos, tan generalmente versados como él en ciencias y artes. A este erudito oí decir más de una vez, que don Antonio Gama era un sabio de primer orden, y que resplandecían en sus escritos una grande sabiduría, y una finísima crítica. ¿Y qué hubiera dicho del presente? ¡Cómo admiraría la destreza y tino con que desenvuelve los lienzos con que estaban cubiertas estas antigüedades tan remotas, y de que no tuvieron noticia, no digo los autores europeos, pero aun los mismos indios escritores que ha podido examinar este diligente anticuario! ¡Y cómo desearía que para la común utilidad publique las obras que asegura haber trabajado sobre estos mismos asuntos, y dé a luz los escritos de los indios con que ha enriquecido su biblioteca, añadiéndoles una versión de su mano, y si fueren necesarios, algunos comentos marginales que aclaren las dificultades del texto! Finalmente, en esta obra reconocerán los sabios la solidez de las razones con que el autor prueba lo que asienta; los menos versados en las antigüedades indianas aprenderán con facilidad muchos puntos de que se quedarán ignorantes por más que revuelvan otros libros; y los que hasta a hora han visto las piedras con tedio y poca afición, porque nada han entendido de sus curiosas e importantes significaciones, sabrán los fines para que fueron labradas, harán ellos mismos su explicación y apología, y alabarán como es debido a los dos sabios y respetables cuerpos que se procuraron la posesión de estos apreciables monumentos, dando en ello nuevas pruebas de su bello gusto y amor a la literatura. A esto se allega el que esta obra no contiene cosa alguna contraria a la pureza de la fe y de la moral cristiana, ni a las regalías de Su Majestad. Por tanto Vuestra Señoría siendo de su agrado, podrá conceder la licencia que se solicita para su impresión. Así lo siento, salvo meliori. Real Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de México y febrero 22 de 1792.
Joseph Pichardo
El señor licenciado don Juan Cienfuegos, Juez provisor y Vicario general de este arzobispado, visto el parecer que precede, concedió su licencia para la impresión de este cuaderno por su decreto de 23 de febrero de 1792.
—1→
Siempre he tenido el pensamiento de que en la plaza principal de esta ciudad, y en la del barrio de Santiago Tlatelolco se habían de hallar muchos preciosos monumentos de la Antigüedad mexicana, porque comprehendiendo la primera una gran parte del templo mayor de México, que se componía de 78 edificios entre templos menores, capillas y habitaciones de sus sacerdotes y ministros, donde se guardaban no solamente tantos falsos dioses que adoraba su ciega idolatría (los cuales, como es constante, eran de piedra dura y de excesiva magnitud y peso, y por esta razón difíciles de transportar a otros lugares); sino también muchos instrumentos con que ejercitaban sus artes y oficios, y noticias históricas y cronológicas, que se conservaban grabadas en grandes lápidas por aquellos mismos sacerdotes a cuyo cargo estaba cuidar de la memoria de los hechos de sus mayores; de la ordenación del tiempo; de las fiestas que celebraban; y de todo lo demás que conducía a su gobierno político y religioso; y habiendo sido la segunda plaza de Tlatelolco el último lugar donde se retiraron y mantuvieron los indios hasta el día de la toma de la ciudad, es de creer que allí hubieran ido conduciendo así sus penates, o ligeros idolillos, que de todas materias (aun de las más preciosas, según las facultades de sus dueños fabricaban y guardaban dentro de sus propias casas, como todas —2→ las alhajas y tesoros que poseían; otras que servían de adorno a los mismos ídolos; y todas las riquezas que perdieron los españoles la noche que salieron fugitivos de México, que no pudieron después recobrar, sin embargo de las muchas diligencias y solicitudes con que lo procuraron, hasta bucear casi toda la laguna, donde dijeron los indios haberlas echado. Es, pues, de creer, que todo esto, o la mayor parte de ello, esté debajo de la tierra de Tlatelolco. Si se hicieran excavaciones, como se han hecho de propósito en la Italia para hallar estatuas y fragmentos que recuerden la memoria de la antigua Roma, y actualmente se están haciendo en la villa de Rielves, tres leguas distante de Toledo, donde se han descubierto varios pavimentos antiguos, ¿cuántos monumentos históricos no se encontrarían de la Antigüedad indiana? ¿Cuántos libros y pinturas que ocultaron aquellos sacerdotes de los ídolos, y principalmente el Teoamoxtli, en que tenían escrito con sus propios caracteres su origen; los progresos de su nación desde que salieron de Aztlan paja venir a poblar las tierras de Anahuac; los ritos y ceremonias de su religión; los principios fundamentales de su cronología y astronomía, etc.? ¿Y cuántos tesoros no se descubrirían?
La contingencia fue la que en pocos días nos dio luces para conocer lo que fueron los indios en tiempo de su gentilidad, en dos preciosos monumentos que demuestran su cultura e instrucción en las ciencias y artes. De ellos se debe estimar como un particular hallazgo el que se descubrió últimamente, por ser un documento original e instructivo, que manifiesta mucha parte de la historia de la cronología, y el modo exacto que tenían de medir el tiempo los mexicanos para celebrar sus fiestas, y para su gobierno político; principalmente habiendo perecido lo mejor de sus historias entre las llamas, por no tenerse conocimiento de lo que significaban sus pinturas: ¡pérdida lamentable, que han sentido los hombres de buen gusto que se dedicaron a cultivar el estudio de la literatura anticuaria de estas naciones!
Con ocasión, pues, de haberse mandado por el gobierno que se igualase y empedrase la plaza mayor, y que se hiciesen —3→ tarjeas para conducir las aguas por canales subterráneos; estando excavando para este fin el mes de agosto del año inmediato de 1790, se encontró, a muy corta distancia de la superficie de la tierra, una estatua curiosamente labrada en una piedra de extraña magnitud, que representa uno de los ídolos que adoraban los indios en tiempo de su gentilidad. Pocos meses habían pasado cuando se halló la otra piedra, mucho mayor que la antecedente, a corta distancia de ella, y tan poco profunda que casi tocaba la superficie de la tierra, la que se veía por encima sin labor alguna; pero en la parte de abajo que asentaba en la tierra, se descubrían varias labores. Sacadas ambas, se condujo la primera a la Real Universidad, y la segunda se mantuvo algún tiempo en el mismo lugar donde se halló; pero ya en su natural situación vertical, pudiendo así registrarse con facilidad todo lo que hay en ella grabado. Luego que yo la vi, quedé lleno de gusto, por haber hallado en ella un testimonio fiel, que comprobaba lo que a costa de tantos trabajos y estudio tenía escrito sobre el sistema de los calendarios mexicanos, contra las falsas hipótesis con que los han desfigurado y confundido los escritores de la historia indiana que han pretendido explicarlos, como lo demuestro en mi Cronología indiana, y se manifestará en algunos lugares de este papel lo más notable de sus errores.
Como tenía ya mucho tiempo antes hechas tantas combinaciones, así de manuscritos de los mismos indios en su idioma mexicano, como de relaciones de nuestros españoles, con las pinturas que tengo en mi poder, y cito en aquella obra; me fue fácil comprehender luego lo que significaban las más de las labores y figuras grabadas en esta segunda piedra, recorriendo todos los días por ella misma las especies que se hallan tan confusas, dispersas y truncadas en los escritos de los propios indios, y de ningún modo tocadas por los autores españoles. Y aunque conseguí, a costa de gran trabajo, entender otras que no habían llegado a mi noticia; restan aun algunas de sus figuras, cuyos jeroglíficos envolvían en sí muchas alegóricas significaciones, por interpretar enteramente.
Por estar expuesta al público, y sin custodia alguna, —4→ no se pudo preservar de que la gente rústica y pueril la desperfeccionase, y maltratase con piedras y otros instrumentos, varias de sus figuras, a más de las que padecieron al tiempo de levantarla; por lo que antes de que la maltrataran más, o que se la diese otro destino, como ya se pensaba, hice sacar, a mi vista, copia exacta de ella, para mantenerla en mi poder, como un monumento original de la Antigüedad, y formé solamente unos apuntes de lo que significaban sus labores. Pero habiéndolo sabido varias personas curiosas, me han instado a que publique su explicación; y conociendo yo que de omitirla, y no dar a luz su estampa (si por algún acontecimiento se demolía, o daba el destino que se había pensado, perecía lo labrado, y no quedaba ejemplar ni noticia de lo que contenía tan bello monumento) padecería la historia antigua de México el mismo infortunio que ha padecido en tantos años, con la pérdida de otros que se arrojaron al fuego, por no haberse hecho el debido aprecio de ellos, y de los que de propósito se ocultaron en la tierra; determiné publicar la descripción de ambas piedras, para dar algunas luces a la literatura anticuaria, que tanto se fomenta en otros países, y que nuestro católico monarca el señor don Carlos III (que de Dios goce) siendo Rey de Nápoles, promovió con el célebre museo que, a costa de inmensas sumas de dinero, hizo fundar en Portici, de las excavaciones que mandó hacer en descubrimiento de las antiguas ciudades de Herculano y Pompeyana, sepultadas tantos siglos entre las cenizas, piedras y lavas de las erupciones del Vesubio.
Me movió también a ello el manifestar al orbe literario parte de los grandes conocimientos que poseyeron los indios de esta América en las artes y ciencias, en tiempo de su gentilidad, para que se conozca cuán falsamente los calumnian de irracionales o simples los enemigos de nuestros españoles, pretendiendo deslucirles las gloriosas hazañas que obraron en la conquista de estos reinos. Por la narración de este papel, y por las figuras que se presentan a la vista, se manifestará el primor de los artífices que fabricaron sus originales, pues no habiendo conocido el fierro ni el acero, grababan con tanta perfección en las duras piedras las estatuas que representaban —5→ sus fingidos simulacros, y hacían otras obras de arquitectura, sirviéndose para ellas, en lugar de templados cinceles y acerados picos, de otras piedras más sólidas y duras.
En la segunda piedra se manifiestan varias partes de las ciencias matemáticas, que supieron con perfección. Su volumen y peso dan muestras de la mecánica y maquinaria, sin cuyos principios fundamentales no podrían cortarla y conducirla, desde el lugar de su nacimiento hasta el en que fue colocada. Por la perfección con que están formados los círculos; por el paralelismo que guardan estos entre sí; por la exacta división de sus partes; por la dirección de las líneas rectas al centro; y por otras circunstancias que no son comunes a los que ignoran la geometría, se conocen las claras luces que de esta ciencia tuvieron los mexicanos. De la astronomía y cronología, los mismos usos que hacían de esta piedra que vamos a explicar, darán a conocer cuán familiares eran entre ellos las observaciones del Sol y las estrellas, para el repartimiento del tiempo, y la distribución de él en períodos, que tenían cierta analogía con los movimientos de la Luna, de que formaban un año lunisolar, que les servía de arreglar sus fiestas a ciertos y determinados días, que no podían variar del tiempo prefinido por sus ritos arriba de 13 días en el dilatado intervalo de 52 años, al fin de los cuales reformaban su año civil.
La variedad con que hablan nuestros historiadores españoles acerca de la magnitud y materia de que fabricaban los indios las estatuas de sus falsos dioses, y la preocupación en que incurrieron los primeros religiosos que les predicaron el santo Evangelio, de que cuanto veían grabado en piedras, o figurado en lienzos o papel, era objeto de su idolatría, ocasionó la confusión en que se hallaron todos, sin saber discernir cuáles eran las figuras que pertenecían puramente al culto de sus dioses, y cuáles las que se referían a sus historias. Estas regularmente se grababan en grandes lápidas: en las portadas de los palacios de los señores se figuraban las hazañas de sus ascendientes: no había ciudad o pueblo que no contuviera grabado en las piedras de sus muros, o en los peñascos de sus montes el año de su fundación; el origen de su nombre; quiénes —6→ fueron sus fundadores, y los progresos que en ellos habían hecho: todo representado con símbolos y caracteres que no entendían otros que los mismos indios, sin cuya interpretación no era fácil que los comprehendieran los españoles. Y como ignorantes de lo que significaban semejantes figuras, demolieron muchos monumentos que pertenecían a la historia, creyéndolos objetos de sus supersticiosos ritos. Los indios, temerosos unos de que los calumniasen de reincidentes en la idolatría, ocultaron todo lo que pudieron; y maliciosos otros, callaron su verdadera significación, y llenaron de fábulas y despropósitos no solo a los españoles, sino también a los mismos de su nación, que procuraban instruirse de ellos, como lo refiere don Fernando de Alva Ixtlilxuchitl al fin de la Sumaria relación de todas las cosas que han sucedido en la Nueva España.
Esto es en cuanto a los sucesos históricos y políticos; pero mucho más silencio guardaron en lo perteneciente a las cosas de su antigua religión. Ninguno hay que en sus escritos haga mención particular de todos sus dioses; de las formas en que los figuraban; de los diversos atributos que les suponían; de sus transformaciones, y advocaciones con que los distinguían; y del modo de culto que les daban, y aunque uno u otra dio una ligera idea de ello, y algunos curas y ministros supieron mucho; fue tan poco y tan obscuro lo que sobre este asunto dejaron escrito, que nos puede formar de ello un concepto cabal de su mitología. No obstante, combinando algunos manuscritos de autores anónimos, con sus antiguas pinturas anteriores a la Conquista, y con lo que después de ella les predicaban los religiosos y curas, se puede saber mucho, aunque con bastante trabajo. De esta manera he conseguido noticias ciertas de su historia, que andan tan equivocadas en los autores impresos. Las de estos dos monumentos cuya descripción vamos a dar, tienen la fortuna de poder en mucha parte comprobarse con expresas relaciones y autoridades de personas del más distinguido carácter, así en cuanto a su literatura, como en orden a sus circunstancias, debiéndoseles dar mayor crédito por su mucha antigüedad: (que no es poco en materia tan obscura, como la historia de los indios, hallar autoridades impresas —7→ que confirmen lo que con tanto trabajo se ha conseguido saber)1. Las relaciones manuscritas en lengua mexicana, de que también me he servido, son las más fieles y verdaderas, como que no se encuentran en ellas las contradicciones que se hallan en otras, así en la substancia, como en el modo de referir los hechos: por cuya razón han tenido siempre el debido aprecio entre los españoles instruidos que las han poseído2. Pero en algunas están tan escasas las noticias, que se sabe por ellas poco o nada de la mitología indiana, y de su cronología y astronomía.
De unos y otros escritos, y de las pinturas antiguas, —8→ he deducido la significación de las dos piedras; pero como para su inteligencia es necesario saber todo lo que pertenece a la división que hacían los mexicanos del tiempo, y a sus calendarios y Tonalamatl, principalmente para poder comprehender con perfección todo lo que contiene la segunda; dividiremos su explicación en cuatro parágrafos o partes: la primera contendrá una idea general del método que observaban de distribuir el tiempo en períodos constantes de cielos, años, meses y días, y en partes alícuotas de estos, con lo perteneciente a sus semanas, o más bien, trecenas, de que se componía el Tonalamatl, en el cual tenía lugar la primera de las dos piedras halladas. La segunda parte será la explicación de esta. En la tercera se contendrá por menor la cuenta con que se gobernaban dependiente de los movimientos del Sol y de la Luna, para la celebración de sus fiestas, y para sus comercios, y demás usos civiles y políticos: se establecerá el verdadero sistema de sus calendarios, refutando como falsos, erróneos y absurdos todos los demás sistemas que han inventado algunos autores, por ser enteramente opuestos a lo que consta de las relaciones de los mismos indios, y a la naturaleza y método invariable que observaban en todas las cosas tocantes a su gobierno. Se concordarán sus dos especies de calendarios entre sí, y con el nuestro; y se establecerá el principio de su año con otras particulares noticias tocantes a su cronología. Y finalmente la cuarta parte será una exacta explicación de las labores y figuras contenidas en la segunda piedra, y de los principales usos para que se servían de ella los mexicanos. Pero porque después de la conclusión de este papel se han tenido otras noticias, y circunstancias que satisfacen más la curiosidad del público; por no privarlo de ellas, ha parecido conveniente insertarlas en la siguiente.
Cuando se anunció en la Gaceta de México del martes 16 de agosto de este año 1791 estar ya concluida esta obra, convidando para la subscripción de ella a las personas curiosas, ignoraba yo las providencias interiores dadas —9→ por el excelentísimo señor virrey Conde de Revilla Gigedo, y por el señor corregidor intendente coronel don Bernardo Bonavía y Zapata, conducentes a la perpetua conservación de estas estatuas, y a la permanencia de la memoria de ellas, como monumentos preciosos que manifiestan las luces que ilustraban a la nación indiana en los tiempos anteriores a su conquista; de que no se había tenido cuidado en los inmediatamente posteriores a ella, por convenir entonces ocultar a los indios todo cuanto pudiera inducirlos a recordar sus pasadas idolatrías: con lo cual había quedado la historia antigua de esta nación, si no del todo, a lo menos en la mayor parte, exhausta de documentos originales, que declararán haber sido una de las más bien civilizadas y políticas del Nuevo Mundo, para poder defenderla, de las calumnias con que siempre la han sindicado las naciones extranjeras. El mismo día que se publicó la noticia me hizo llamar el propio señor Corregidor, y guiado de su gran benignidad, no solo me comunicó todas las providencias que se habían tornado, promovidas por su celo, solicitud y eficacia con que procede en los asuntos que tiene a su cuidado; sino que me hizo entrega de las diligencias jurídicas que sobre la invención de estas piedras se practicaron, para que por ellas supiese también el público las circunstancias, de los días, horas y lugares en que fueron halladas. Su afecto a la literatura anticuaria, y el deseo de ilustrar la historia de México, se manifiesta bastante por el oficio con que participó al Excelentísimo Señor Virrey la noticia de este hallazgo, haciéndole presente la providencia que le parecía deberse tomar para que se perpetuase y mantuviese siempre con seguridad la primera estatua, cuya providencia aprobó Su Excelencia en los mismos términos propuestos en el expresado oficio, que a la letra dice así:
Exmo. Señor. En las excavaciones que se están haciendo en la Plaza de Palacio para la construcción de tarjeas, se ha hallado, como se sabe, una figura de piedra de un tamaño considerable, que denota ser anterior a la Conquista. La considero digna de conservarse, por su antigüedad, por los escasos monumentos que nos quedan de aquellos tiempos, y por lo que pueda contribuir a ilustrarlos. Persuadido que a
—10→
este fin no puede ponerse en mejores manos que en las de la Real y Pontificia Universidad, me parece convendrá colocarse en ella, no dudando la admitirá con gusto; quedando a mi cargo, si a V. E. le parece bien, el hacerla medir, pesar, dibujar y grabar, para que se publique con las noticias que dicho cuerpo tenga, indague o descubra acerca de su origen. Dios guarde a V. E. muchos años. México 5 de septiembre de 1790».
A este oficio contestó el Excelentísimo Señor Virrey el siguiente día 6, manifestando su complacencia, como denotan estas expresiones:
«Convengo gustoso en que se conduzca a la Real y Pontificia Universidad la figura de piedra hallada en las excavaciones de la Plaza de este Palacio, y se coloque en el paraje de aquel edificio que se contemple el más a propósito; cuidando V. S. como me propone, de hacerla medir, pesar, dibujar y grabar, a fin de publicarla, con las noticias
que aquel ilustre cuerpo tenga o pueda indagar acerca de su origen».
Posteriormente hizo esta misma pretensión el Señor Rector; y por otro billete de 22 del propio septiembre lo avisa Su Excelencia al Señor Intendente, para que participase al referido Señor Rector la noticia auténtica del hallazgo, lo que así ejecutó con el siguiente oficio: «En cumplimiento de lo que el Exmo. Señor Virrey se sirvió prevenirme en oficio de 22 del mes último,
paso a V. S. testimonio que acredita el hallazgo de la figura de piedra, al parecer gentílica, encontrada en las excavaciones de la Plaza mayor: la que desde luego puede V. S. disponer se traslade a la Real Universidad, con el fin propuesto de que se conserve, y que con las luces de los documentos de la Biblioteca, se forme la disertación correspondiente; quedando a mi cuidado, en estando allí, hacerla pesar, medir y grabar, para que al mismo tiempo se dé noticia al público con su estampa, peso y dimensiones. Dios guarde etc. México 29 de octubre de 1790»
. En vista de este billete se trasladó efectivamente
a la Real Universidad, donde se halla colocada en uno de los ángulos de su atrio; pero las dimensiones, peso, dibujo y grabado que ofreció el Señor Intendente, no han tenido hasta ahora efecto, por las muchas
—11→
y graves ocupaciones que le son de la primera atención; y acaso suspendió el que se practicarán, por haber tenido noticia de que yo tomaba el trabajo de dar al público su descripción.
Por las diligencias jurídicas consta, que el día 13 de agosto de 1790, día memorable por haber sido el mismo en que se tomó posesión de la ciudad por el Rey de España el año 1521 (aunque dos de los testigos equívocamente dicen que fue el día 14); estando excavando para formar el conducto de mampostería por donde deben caminar las aguas, se halló inmediata a los cajoncillos que llaman de señor San Joseph, a distancia de 5 varas al Norte de la acequia, y 37 al Poniente del Real Palacio, la estatua de piedra, cuya cabeza estaba a la profundidad de vara y tercia, y el otro extremo, o pie, poco menos de una vara. Que el día 4 de septiembre, a la media noche, se suspendió y puso en situación vertical, por medio de un aparejo real a doble polea: y que a la misma hora de la noche del día 25, se extrajo de aquel lugar, y se colocó enfrente de la segunda puerta del Real Palacio, desde donde se condujo después a la Real Universidad.
Poco tiempo había pasado de su conducción, cuando con ocasión del nuevo empedrado, estándose rebajando el piso antiguo de la plaza, el día 17 de diciembre del mismo año 1790 se descubrió, a sola media vara de profundidad, y en distancia de 80 al Poniente de la misma segunda puerta del Real Palacio, y 37 al Norte del portal de las flores, la segunda piedra, por la superficie posterior de ella, según consta del oficio que en 12 de enero de este año 1791 remitió al Señor Intendente uno de los maestros mayores de esta nuestra congregación don Joseph Damián Ortiz, comunicándole la noticia de su hallazgo. Esta segunda piedra, que es la mayor, la más particular e instructiva, se pidió al Excelentísimo Señor Virrey por los señores doctor y maestro don Joseph Uribe, canónigo penitenciario, y prebendado doctor don Juan Joseph Gamboa, comisarios de la fábrica de la Santa Iglesia Catedral: y aunque no consta haberse formalizado este pedimento por billete, o en otra manera jurídica, ni decreto de donación; se hizo entrega de ella de orden verbal —12→ de Su Excelencia a dichos señores comisarios, según me ha comunicado el Señor Corregidor Intendente, bajo de la calidad de que se pusiese en parte pública, donde se conservase siempre como un apreciable monumento de la antigüedad indiana.
Mas no solamente fueron halladas estas dos piedras en la área que contiene lo que se ha empedrado hasta ahora de la plaza mayor; se descubrió también otro antiguo monumento, que por no haberse manifestado al público, como los antecedentes, nada supe de él, hasta que el mismo Señor Intendente me comunicó la noticia, dando orden al teniente coronel de ingenieros don Miguel Costanzó para que me informase de todo lo que contenía, quien con efecto lo hizo en los términos que se pondrán después a la letra. Este nuevo descubrimiento confirma lo que antes tengo dicho sobre lo mucho que se puede hallar de antigüedades en esta plaza mayor: pues si en un corto recinto, y a tan poca profundidad, se han encontrado tres apreciables piezas de la más remota antigüedad mexicana; debemos creer, que así en lo que falta por empedrar, como en excavaciones más profundas, se descubrirán otras que den nuevas luces a su historia. El descubrimiento fue un sepulcro, que contenía la osamenta de un animal, que no se conoció, no obstante de mantener la cabeza sus dientes y colmillos: caracteres por los cuales se distinguen regularmente las especies de cuadrúpedos. Con él estaban varias ollas, y otras piezas de barro bien fabricadas, unos cascabeles grandes de metal, y otras cosas de lo mismo. Yo no he podido ver alguna de ellas, por estar todo en poder del capitán don Antonio Pineda, quien actualmente se halla en la ciudad de Guanaxoato: por lo que no me atreveré a decir lo que signifiquen, si no es por presunciones deducidas de lo que me informó el expresado Teniente Coronel de Ingenieros, y del apunte que me dio, que es el siguiente.
Combinando el hallazgo de este animal, introducido en un sepulcro tan bien fabricado en el lugar que comprehendía el recinto del templo mayor, con los cascabeles, dijes, y demás cosas que se hallaban juntamente enterradas con él, con lo que refieren el doctor Hernández y el padre Torquemada describiendo los templos, capillas y demás partes que se contenían dentro del mayor de México, se deduce que este animal era uno de los dioses que adoraban los mexicanos con la denominación de Chantico, que, según el propio Torquemada, significa Cabeza de Lobo3. Habiendo preguntado a dicho Teniente Coronel, si le parecía que fuese Lobo, me contestó, diciendo, que la hechura de los colmillos y su disposición convenían con los de este animal. Sabemos que entre la multitud de ridículos dioses que adoraban los mexicanos, había algunos animales, como el tigre, con el nombre Tlatocaocelotl; la águila, con insignias de pavo, vestida de rica pluma, nombrada Quetzalhuexoloquauhtli; la culebra o cihuacohuatl, y otros. Este dios Lobo tenía particular templo dentro del cuadro del mayor de México con el nombre Tetlanman: en él se le hacía fiesta, con sacrificio de cautivos, cuando dominaba el signo Ce Xochitl. Tenía por compañera otra diosa llamada Cohuaxolotl, según Torquemada4; —14→ y Quaxolotl, según el doctor Hernández, a cuyo honor se celebraba también aquella fiesta. Estaban destinados para el servicio y culto de este dios Chantico varios sacerdotes, que tenían habitación separada en forma de convento, con el nombre Tetlacmancalmecac. Todo lo cual declaran los referidos autores, aunque Hernández equívocamente llama diosa a Chantico5. De donde no se puede dudar, que la osamenta que se encontró era de este animal, a quien por algún acontecimiento particular que ignoramos, darían adoración, y lo colocarían en el número de sus dioses.
1. Desde que la nación Tolteca (de quien descienden los mexicanos) en su antigua patria nombrada Huehuetlapallan, corrigió su año, y reformó sus calendarios, quedó establecida la división del tiempo en periodos constantes y uniformes, que nunca variaron substancialmente, aunque en el orden de contarlos tuvieron algunas diferencias, según las circunstancias que concurrieron, relativas a las peregrinaciones, a los ritos, y a los actos religiosos y políticos de las naciones que, en los sucesivos tiempos, vinieron a poblar estas tierras de Anahuac. Los mejicanos, que fueron los últimos que se establecieron en ellas, no olvidaron la fórmula que aprendieron de sus mayores, y observaban en Aztlan su patria: mas habiendo salido de ella, les fue preciso variar su cuenta, por las razones que se dirán adelante, pero siempre mantuvieron su época constante, variando sola el principio de su ciclo.
2. Dividían el día natural en cuatro partes principales, que eran desde el nacimiento del Sol, hasta el mediodía: desde el —15→ mediodía, hasta el ocaso del Sol; desde este tiempo, hasta la medianoche; y desde ella, hasta el orto siguiente del Sol. Llamaban a este principio del día Yquiza Tonatiuh; al mediodía Nepantla Tonatiuh; al ocaso Onaqui Tonatiuh; y a la medianoche Nepantla Tonatiuh. Subdividían también cada intervalo de estos en dos partes iguales, que correspondían próximamente a las 9 de la mañana, 3 de la tarde, 9 de la noche y 3 de la mañana, cuando suponían estar el Sol en su media distancia, entre los puntos de su orto y mediodía; del mediodía y el ocaso; de este y la medianoche; y de esta y el orto del siguiente día. Estos medios intervalos no tenían nombre particular, ni las demás horas del día, y solo señalaban los lugares del cielo donde se hallaba el Sol, cuando querían expresar la hora, diciendo: iz Teotl, aquí el Dios, o el Sol. Las horas de la noche las regulaban por las estrellas; y tocaban los ministros del templo que estaban destinados para este fin, ciertos instrumentos como bocinas, con que hacían conocer al pueblo el tiempo en que había de concurrir a los sacrificios y demás ridículas ceremonias de sus festividades nocturnas.
3. El agregado de 20 de estos días naturales componía cada uno de sus meses, que se dividía en cuatro quintidúos, en los cuales se hacían las ferias que llamaban Tianquiztli. De 18 de estos meses constaba su año común, o de 360 días útiles, a los cuales añadían otros cinco días, al fin del último mes, que nombraban Nemontemi, que tanto suena como vanos e inútiles, porque en ellos ni trabajaban ni se empleaban en cosa alguna, manteniéndose siempre ociosos y temerosos de que les viniesen en cualquiera de ellos muchas desgracias; creyendo, por un delirio de sus supersticiones, que en el último de aquellos días se había de acabar el mundo. Tenían por infelices a las criaturas que nacían dentro de este quintidúo, y les acordaban siempre su desgracia con los nombres que les ponían, pues al varón le llamaban Nemoquichtli, y a la hembra Nencihuatl, que quiere decir hombre, o mujer infeliz. No obstante de ser estos días inútiles para toda especie de trabajos y ocupación política, se tenía gran cuenta con ellos, añadiéndolos al último de sus meses, para completar el año civil de 365 días, del mismo —16→ modo que los egipcios para ajustar el suyo a un igual número de días, añadían al fin del mes último, otros cinco días, que llamaban Epagomenas.
4. Representaban los 18 meses de su año en forma circular, con otras tantas divisiones o casillas donde figuraban los símbolos respectivos con que se conoció cada uno de los dichos meses. Llamaban a esta especie de rueda, Xiuhtlapohualli, o cuenta del año, y en el centro de ella figuraban la imagen del Sol. En la misma forma circular representaban su ciclo, que era un período de 52 años, que nombraban Xiuhmolpilli y significa, atadura de años: algunas veces pintaban dos ruedas concéntricas, la una que contenía los 18 meses, y la otra que estaba encima de ella era el período de los 52 años. Circunscribían a este período de años una culebra que hacía cuatro inflexiones o vueltas, una en cada cuadrante del círculo, empezando desde la cabeza, en cuya boca entraba la extremidad de la última inflexión; denotando con esto, que donde terminaba un ciclo allí comenzaba el otro; en esta forma está la estampa que trae el doctor Gemelli Carreri en el tomo 6 de su Giro del mundo. Dos de estos períodos componían el ciclo máximo de 104 años, que llamaban Ce huehuetiliztli, esto es, una edad o una vejez; mas esta edad no tenía peculiar representación en sus pinturas, y siempre la dividían en dos períodos o círculos de 52 años. Cada período de estos se subdividía en cuatro triadecaeterides de años, que señalaba cada vuelta de la culebra circunscrita.
5. Con cuatro símbolos solamente que figuraba trece veces, se completaba este período de años, o Xiuhmolpilli, los cuales eran Tecpatl, pedernal; Calli, casa; Tochtli, conejo; y Acatl, caña; pero con tal disposición, que siendo solamente cuatro los símbolos que se distinguían por sus figuras y representación, no podían equivocar un año con otro del mismo símbolo en el decurso de los 52 que contenía este período, o Xiuhmolpilli, por distinguirse con los caracteres numéricos que correspondían a cada uno de ellos en el orden de contarlos, aunque se figuraba también en todo el período un mismo número cuatro veces, en esta forma. Comenzaban a contar, por ejemplo, —17→ los mejicanos su ciclo, o Xiuhmolpilli por el símbolo Tochtli con el número uno6, al cual seguía Acatl con el número dos, después Tecpatl con tres, y luego Calli con cuatro; y continuando los mismos cuatro símbolos por este orden, daban ya a Tochtli el número cinco, a Acatl el seis, a Tecpatl el siete, y a Calli el ocho: y así proseguían la cuenta de los 52 años, pero sin contarlos todos progresivamente desde uno hasta cincuenta y dos; sino interrumpiéndola cuando llegaban al número 13, y de esta manera quedaba decidido el ánulo o rueda del ciclo en cuatro trecenas de años, cuyos símbolos y números figuraban por el orden inverso del que nosotros observamos en nuestras escrituras, comenzando ellos por la mano derecha, y siguiendo hacia la izquierda: método que acostumbraban en todas sus pinturas. A cada una de estas cuatro indicciones o trecenas de años llamaban Tlalpilli.
6. Aunque este método de contar los años por períodos de a cincuenta y dos era general en todos los reinos y provincias de este Imperio Mexicano, y los símbolos y orden de figurarlos eran también unos mismos; no todos comenzaban a contar el ciclo por un mismo año: los tultecos lo empezaban desde Tecpatl; los de Teotihuacan desde Calli; los mexicanos desde Tochtli; y los tezcocanos desde Acatl: con lo cual había alguna diferencia entre unos y otros en cuanto al tiempo en que hacían la corrección, con que igualaban los años civiles con los solares trópicos, de que se hablará después; y por consiguiente, no siendo uno mismo el tiempo en que todos ataban el ciclo, había variedad de algunos días en la cuenta de unas naciones respecto de la de otras; mas todos sabían bien cuánta era la diferencia, y la computaban en sus tratos y comercios. El ciclo de los mexicanos se contaba de esta manera.
—18→| Ce Tochtli | 1 | Conejo |
| Ome Acatl | 2 | Cañas |
| Yei Tecpatl | 3 | Pedernales |
| Nahui Calli | 4 | Casas |
| Macuilli Tochtli | 5 | Conejos |
| Chicuacem Acatl | 6 | Cañas |
| Chicome Tecpatl | 7 | Pedernales |
| Chicuei Calli | 8 | Casas |
| Chicuhnahui Tochtli | 9 | Conejos |
| Matlactli Acatl | 10 | Cañas |
| Matlactli ozce Tecpatl | 11 | Pedernales |
| Matlactli omome Calli | 12 | Casas |
| Matlactli omey Tochtli | 13 | Conejos |
| Ce Acatl | 1 | Caña |
| Ome Tecpatl | 2 | Pedernales |
| Yei Calli | 3 | Casas |
| Nahui Tochtli | 4 | Conejos |
| Macuilli Acatl | 5 | Cañas |
| Chicuace Tecpatl | 6 | Pedernales |
| Chicome Calli | 7 | Casas |
| Chicuei Tochtli | 8 | Conejos |
| Chicuhnahui Acatl | 9 | Cañas |
| Matlactli Tecpatl | 10 | Pedernales |
| Matlactli ozce Calli | 11 | Casas |
| Matlactli omome Tochtli | 12 | Conejos |
| Matlactli omey Acatl | 13 | Cañas |
| Ce Tecpatl | 1 | Pedernal |
| Ome Calli | 2 | Casas |
| Yei Tochtli | 3 | Conejos |
| Nahui Acatl | 4 | Cañas |
| Macuilli Tecpatl | 5 | Pedernales |
| Chicuace Calli | 6 | Casas |
| Chicome Tochtli | 7 | Conejos |
| Chicuei Acatl | 8 | Cañas |
| Chicuhnahui Tecpatl | 9 | Pedernales |
| Matlactli Calli | 10 | Casas |
| Matlactli ozce Tochtli | 11 | Conejos |
| Matlactli omome Acatl | 12 | Cañas |
| Matlactli omey Tecpatl | 13 | Pedernales |
| Ce Calli | 1 | Casa |
| Ome Tochtli | 2 | Conejos |
| Yei Acatl | 3 | Cañas |
| Nahui Tecpatl | 4 | Pedernales |
| Macuilli Calli | 5 | Casas |
| Chicuace Tochtli | 6 | Conejos |
| Chicome Acatl | 7 | Cañas |
| Chicuei Tecpatl | 8 | Pedernales |
| Chicuhnahui Calli | 9 | Casas |
| Matlactli Tochtli | 10 | Conejos |
| Matlactli ozce Acatl | 11 | Cañas |
| Matlactli omome Tecpatl | 12 | Pedernales |
| Matlactli omey Calli | 13 | Casas |
De suerte, que en la primera indicción el símbolo Tochtli se halla acompañado de los caracteres numéricos 1, 5, 9 y 13; en la segunda, de 4, 8 y 12; en la tercera, de 3, 7 y 11; y en la cuarta, de 2, 6 y 10. Lo mismo acontece con los demás símbolos que principian las otras tres indicciones, de donde se deducen las siguientes reglas. Cada indicción acaba con el mismo símbolo que empieza; y este se halla cuatro veces en ella, y en las otras solas tres veces. Siempre que el carácter numérico que acompaña al símbolo fuere 1, 5, 9 ó 13, el año será de aquella misma indicción del símbolo; pero será de otra, si el número fuere diferente, el cual comparado con los que quedan asentados, dará a conocer la que fuere. Y así será fácil conocer cualquier año que se cite separadamente a cual indicción pertenezca, y por consiguiente cuantos iban corridos desde el principio del ciclo mexicano.
7. Aunque los mexicanos comenzaban su ciclo por el símbolo ce Tochtli, no lo ataban en él, sino hasta el siguiente año ome Acatl, en el cual hacían la gran fiesta del fuego, que celebraban en honor de los dioses seculares, y duraba 13 días, como se dirá adelante. En todas sus pinturas se ve el jeroglífico de la atadura del ciclo sobre el símbolo ome Acatl: y en —21→ todos sus anales y relaciones manuscritas expresamente refieren sus autores, que en este año lo ataban, y sacaban el fuego nuevo. Mucho tiempo pasó sin que yo pudiera encontrar la razón de esta mutación, hasta que llegó a mis manos la Crónica mexicana escrita por don Hernando de Alvarado Tezozomoc, por ella se viene en conocimiento de la causa que tuvieron para variar el orden de la cuenta que aprendieron de sus mayores; los tultecas (quienes comenzaban el ciclo por el símbolo ce Tecpatl), y de haber transferido la celebración de la fiesta secular al año ome Acatl. La Época de los mexicanos fue la salida que hicieron de Aztlan su patria para venir a poblar las tierras de Anahuac; y esta fue el año ce Tecpatl, correspondiente al 1604 de la Era Cristiana; mas como había corrido ya la mayor parte de este año, y los subsecuentes gastaron en sus peregrinaciones, sin hacer asiento hasta el año II Acatl, 1087, que llegaron a Tlalixco, por otro nombre Acahualtzinco, donde estuvieron nueve años, en los cuales se incluyó el ce Tochtli, que era principio de indicción; corrigieron el tiempo, y comenzaron a contar desde él su ciclo, por orden de Chalchiuhtlatonac, que era entonces su conductor; pero por respecto a su principal caudillo Huitzilopochtli, que después adoraron por Dios de la guerra, transfirieron la fiesta del fuego, y la atadura de sus años, o xiuhmolpia, al siguiente ome Acatl, que era el en que había nacido Huitzilopochtli, en el día ce Tecpatl de él, como asienta el referido autor7. Y en este lugar de Tlalixco, o Acahualtzinco, fue donde ataron de nuevo, y la primera vez la cuenta de sus años, como lo expresan también Chimalpain, y otros8: y en los subsecuentes ciclos y lugares donde los completaron, se figura en sus pinturas el jeroglífico de la atadura de ellos, que es un manojo de yerbas atado, —22→ con los caracteres numéricos que demuestran los que habían corrido, o las fiestas del fuego nuevo que habían celebrado desde la que hicieron en Acahualtzinco, o Tlalixco, el año ome Acatl, correspondiente al 1091 de la Era Cristiana9, de la misma manera lo asientan los autores indios en sus manuscritos.
8. La época de los mexicanos, como se ha dicho, fue el año ce Tecpatl; pero el principio de su ciclo es el ce Tochtli, por ser principio de indicción, aunque por una especie de acto religioso consagraban a honor de Huitzilopochtli el año —23→ siguiente ome Acatl, celebrando en él la fiesta secular o xiuhmolpia, de que resultan dos cosas, que es necesario advertir para el perfecto conocimiento de los tiempos que citan en sus historias. La primera es, que no habiéndose completado un ciclo cuando hicieron la primera fiesta en Acahualtzinco, y contando ellos en sus relaciones el número de ciclos o Xiuhmolpille desde esta fiesta (que fue el tiempo en que corrigieron sus años, y determinaron contar los períodos de ellos desde el ce Tochtli); para hallar exactamente el número de años en sus —24→ historias, se rebajará una unidad del número de ataduras de años que refieren, y multiplicando el residuo por 52, se tendrán exactos los años corridos desde la primera fiesta hasta el último xiuhmolpilli; a cuyo número se añadirán los que hubieren corrido posteriormente. La segunda cosa es, que por haber comenzado a contar su primer ciclo cuando ya habían corrido 26 años de la salida de Aztlan, que es su época; para tener en cualquier tiempo el año cierto que se refiere en sus historias de algún suceso particular, al producto de ciclos completos, contados desde ce Tochtli, se añadirán a más de los años corridos del siguiente ciclo, los 26 que habían pasado desde la salida de Aztlan, y será la suma el número de años contados desde su época: como por ejemplo en el año ce Acatl, en que entraron en México los españoles, que fue el primero de la segunda indicción después de la novena xiuhmolpia, se sabrá los que iban hasta él corridos desde su época, si al producto 416 de los ocho ciclos completos, se añaden 13 también completos de la primera indicción siguiente, y los 26 que habían pasado desde la salida de Aztlan, hasta la primera xiuhmolpia, que componen 455 años, los cuales habían corrido de la época mexicana cuando entraron las españoles, los que rebajados del año 1519 que contaban; resulta haber sido la salida de Aztlan el 1064 de la Era Cristiana, como se ha dicho.
9. Cada año de los de este período era civil, y se componía de solos 365 días, a distinción del año solar trópico, que consta de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 50 segundos; por lo que este exceso de casi 6 horas, hacía que en cada cuadrienio retrocediese un día el principio del año, y al fin de los 52 importara este retroceso casi 13 días: lo que conocían bien; y para corregirlo, los añadían al último año; pero no completos, sino doce días y medio, como evidentemente pruebo en la Historia de su cronología; y por consiguiente 25 completos, al fin del ciclo máximo de 104 años, cuya corrección parece la más exacta de cuantas se han inventado para reducir los años civiles a los solares; pues el corto exceso de 4 horas, 38 minutos, 40 segundos que hay de más de los 25 días en el período de 104 años, no puede componer un día entero hasta que pasen —25→ más de cinco de estos períodos máximos, a 538 años, en cuyo caso retrocederá su año civil solamente un día respecto del año solar. Algunos historiadores, convencidos de la correspondencia próxima10 que tenían los días de los mexicanos con los nuestros, en los años posteriores a la Conquista, pensaron, que añadían ellos un día en cada cuadrienio, como nosotros el bisexto, fundados en la fiesta particular que celebraban de cuatro en cuatro años; pero es un error manifiesto, pues esta fiesta se hacía en honor del fuego todos los años, al cual daban especial veneración, con el título de Xiuhteuctli, señor del año; se celebraba con mayor solemnidad, cuando volvía a regir el mismo símbolo con que comenzaba la primera trecena de su ciclo, que era, como se ha visto, de cuatro en cuatro años; tenían, no obstante, buen conocimiento de que en cada uno de estos intervalos, iban perdiendo un día (como se manifiesta por la misma piedra que vamos a describir); pero la corrección no se hacía hasta el fin del ciclo, en que se intercalaban juntos los 13 días, que gastaban en fiestas, en honor de los dioses seculares, de los cuales era uno el mismo Xiuhteuctli Tletl.
10. Cada mes de los 18 de que constaba el año, se componía, como hemos dicho, de 20 días, que contaban sucesivamente desde uno hasta veinte; y para referir alguna data, decían, el día tantos de tal mes, como nosotros decimos, por ejemplo, el día 13 del mes de mayo, sin nombrar el día de la semana a que corresponde; pero cada uno de aquellos veinte —26→ días tenía su símbolo y nombre particular, incluyéndose entre ellos los mismos cuatro símbolos con que se distinguían los años. De estos veinte símbolos se formaba otra especie de calendario de que hacían un uso particular los sacerdotes y personas principales, por no ser de fácil inteligencia para la gente vulgar. El primer calendario que contenía los 18 meses (que llamaban Tonalpohualli, esto es, cuenta del Sol, o de los días, o Cempohualilhuitl, fiestas de veinte días, por celebrarse una fiesta particular al fin de cada uno de estos meses) era puramente solar; pero el segundo, en que se figuraban los símbolos de los días, correspondía al movimiento visto de la Luna, y le nombraban Metztlapohualli, esto es, cuenta de la Luna. Mas porque también se servían de él para las fiestas que diariamente celebraban; para sus adivinaciones y pronósticos genetliacos; y para otros usos supersticiosos, le daban otros varios nombres; y así, uno de estos mismos calendarios se llamaba Cemilhuitlapohualliztli, cuenta de las fiestas rituales; y otro, que era el más supersticioso, nombraban Tonalamatl, que literalmente no significa otra cosa, que papel del Sol, o de los días; pero tenía alusión a las influencias de los astros; aunque esta especie de calendario se figuraba y disponía de distinta manera.
11. Eran varios los nombres que daban a los 18 meses del primer calendario, aplicándolos al efecto a que se disponían, o al tiempo en que concurrían, o a la costumbre de otros pueblos sujetos al Imperio Mexicano; y la variedad de nombrarlos ocasionó la gran confusión que se encuentra en los escritores que han tratado de ellos, así en cuanto al orden de colocarlos, como en sus legítimos y primitivos nombres; y por consiguiente, en cuanto a las figuras en que los simbolizaban, de que se han originado algunas pinturas apócrifas de este primer calendario, y las dudas, sobre cuál era el primer mes del año; en que no nos detendremos por ahora, reservando para después el desatarlas todas; y solo advertiremos de paso, que uno de los calendarios apócrifos es el que se halla al principio, de las cartas de Cortés, que se imprimieron en México el año 1770 con el título de Historia de Nueva España escrita por su esclarecido —27→ Conquistador Hernán Cortés, en cuya estampa se figuran también los cinco días nemontemi, contra el método que observaban los mexicanos, quienes ni se servían de ellos, si no era para la corrección del tiempo, ni los podían figurar en sus calendarios, sin interrumpir el orden invariable de sus meses, y por esta razón algunos de los historiadores expresamente dicen, que no se incluían en sus calendarios. El verdadero y legítimo es el que se halla estampado por el doctor Gemelli en el tomo 6 de su Giro del mondo, copiado, aunque mal, del original que le comunicó don Carlos de Sigüenza, como veremos en su lugar.
12. Los símbolos o jeroglíficos que tenían los veinte días, eran los siguientes.
- Cipactli. Animal marino11.
- Ehecatl. Viento.
- Calli. Casa.
- Cuetzpalin. Lagartija.
- Cohuatl. Culebra.
- Miquiztli. Muerte.
- Mazatl. Venado.
- Tochtli. Conejo.
- Atl. Agua.
- Itzcuintli. Perro.
- Ozomatli. Mona.
- Malinalli. Cierta yerba torcida12.
- Acatl. Caña.
- Ocelotl. Tigre.
- Quauhtli. Águila.
- Cozcaquauhtli. Ave de hermosas plumas, que llaman Aura13. —28→
- Ollin. Movimiento del Sol14.
- Tecpatl. Pedernal.
- Quiahuitl. Lluvia15.
- Xochitl. Flor.
De estos 20 días se componía el segundo calendario, con tal disposición, que formaban de ellos un período de 260, no contándoles desde uno hasta veinte, como en los meses del primer calendario, sino desde uno hasta trece; y comenzando otra vez la cuenta, ponían el número uno al que en la serie de los veinte correspondía el número 14, y de esta manera dividían los 260 días en 20 trecenas, que eran a modo de nuestras semanas; pero con la diferencia que cada día de aquellos llevaba consigo su carácter numérico, para distinguir los símbolos de una trecena, de los de las demás, en que concurrían unos mismos. Estas trecenas representaban los movimientos diarios de la Luna, de Oriente a Poniente, desde que aparecía después de la conjunción, hasta pocos días después del plenilunio; a cuyo intervalo de tiempo, en que se veía de noche sobre el horizonte, llamaban Ixtozoliztli, o desvelo; y desde que comenzaba a desaparecer de noche, hasta cerca de la conjunción, en que se veía de día en el cielo, nombraban Cochiliztli, o sueño, por suponer que entonces dormía de noche. Con el artificio de estas trecenas, y el ciclo solar de 52 años, formaban un período lunisolar exactísimo para la astronomía; al fin del cual volvían a verificarse los mismos fenómenos celestes que dependen de los movimientos del Sol y de la Luna, como son las conjunciones, cuadraturas, oposiciones y eclipses de ambos planetas, cuyo período se contiene en la especie de calendario que trae el padre fray Diego Valadés, aunque no explica cosa alguna de él. En mi citada obra manifiesto el primor de este período, y doy una extensa explicación de él, comprobada con eclipses, así observados —29→ en los años pretéritos, como calculados para los futuros.
13. Como el año solar común constaba de 365 días, y este calendario no contenía más que 260, pensaron algunos autores, y entre ellos el padre Torquemada, que era puramente supersticioso; pero los que llegaron a penetrar el primor que contiene, y supieron algo de su uso, que fueron los que el mismo Torquemada dice, que alabaron su cuenta por ingeniosa, lo tuvieron por un calendario astronómico y cronológico. El uso de él no era, como hemos dicho, para la gente vulgar; lo tenían solamente los hombres instruidos y los sacerdotes, quienes se servían de él para sus ritos, y para anunciar al pueblo los días en que se celebraban sus principales fiestas. Su disposición era en la forma siguiente.
| 1. | Ce Cipactli. | 1. | Ce Ocelotl. |
| 2. | Ome Ehecatl. | 2. | Ome Quauhtli. |
| 3. | Yei Calli. | 3. | Yei Cozcaquauhtli. |
| 4. | Nahui Cuetzpalin. | 4. | Nahui Ollin. |
| 5. | Macuili Cohuatl. | 5. | Macuili Tecpatl. |
| 6. | Chicauce Miquiztli. | 6. | Chicuace Quiahuitl. |
| 7. | Chicome Mazatl. | 7. | Chicome Xochitl. |
| 8. | Chicuei Tochtli. | 8. | Chicuei Cipactli. |
| 9. | Chicuhnahui Atl. | 9. | Chicuhnahui Ehecatl. |
| 10. | Matlactli Itzcuintli. | 10. | Matlactli Calli. |
| 11. | Matlactli on ce Ozomatli. | 11. | Matlactli on ce Cuetzpalin. |
| 12. | Matlactli omone Malinalli. | 12. | Matlactli omone Cohuatl. |
| 13. | Matlactli omey Acatl. | 13. | Matlactli omey Miquiztli. |
Y de esta manera se van continuando las demás trecenas de días, hasta completar las veinte, sin que en todas ellas se encuentre repetido un mismo símbolo con igual número. Y como el primero de estos símbolos, que es Ce Cipactli, concurría siempre con el día primero del año solar común16; en los —30→ primeros trece meses de él, que componen los 260 días de este período, no tenían necesidad las personas instruidas, de referirse en sus datas al número de días de ninguno de aquellos meses; sino señalar el número y símbolo de la trecena que le correspondía. Y en esta forma tengo una Historia en lengua mexicana, con sus figuras y caracteres numéricos, de la peregrinación que hicieron los toltecas Icxicohuatl y Quetzaltehueyac, copiada de la que refiere Boturini en capítulo I del catálogo de su Museo; donde se señalan los años con sus propias figuras y los símbolos de los días en que acontecieron los sucesos que allí se refieren, con los caracteres numéricos que les corresponden.
14. Como las 20 trecenas no contienen más que 13 meses del primer calendario, o 260 días; para completar el año de 365, volvían a comenzar la cuenta en el decimocuarto mes con —31→ el mismo símbolo y número Ce Cipactli, y corrían los otros cinco meses y cinco días, o 105 días restantes, repitiendo los mismos símbolos y números de las primeras ocho trecenas, concurriendo el último de los cinco Nemontemi con el carácter ce Cohuatl, primero de la nona trecena. Pero como la repetición de unos mismos símbolos y números debía causar confusión, por no saberse si se referían a los 13 primeros meses del año solar, o a los 5 últimos, en que se volvían a contar aquellos mismos símbolos y números de las primeras ocho trecenas; distinguían ingeniosamente los últimos 100 días útiles, añadiéndoles otros símbolos, que llamaban Acompañados, los cuales se expresaban juntamente con los de los días corrientes: y de esta suerte nunca se podían equivocar, ni dudarse a qué tiempo del año correspondían los símbolos y números semejantes de los días que citaban con el orden de su segundo calendario, o ciclo lunar.
15. Para inteligencia de esto es necesario advertir, que a cada uno de los símbolos de los días suponían los indios especial dominio en aquel día que le tocaba; le hacían particular fiesta; y le atribuían peculiar influjo en las cosas sublunares, como signos y planetas que colocaron en su sistema astrológico, mas no eran solos los símbolos de los días a quienes atribuyeron este dominio; lo dividieron también en otros signos nocturnos, de los cuales algunos tenían el mismo nombre, y la misma figura que los de los días; pero los distinguían con cierta divisa que denotaba estar elevados a mayor dignidad. Suponían a los primeros el gobierno, desde el mediodía, hasta la medianoche; y a los segundos, desde la medianoche, hasta el siguiente mediodía, y a las figuras que representaban a estos segundos daban el título de Acompañados, o Señores de la noche. Estos eran nueve, y se iban distribuyendo sucesivamente, por el orden que se referirá, en toda aquella serie de 260 días, o 20 trecenas; a ellos no se les fijaba carácter alguno numérico, y solo se distinguían por el orden que guardaban (que nunca se alteraba en este calendario, si no era en el Tonalamatl, en que los sacerdotes solían transferir alguna fiesta, o hacían concurrir en otra, por algún motivo particular, otro de estos símbolos; pero pasada esta interrupción, volvían a continuar —32→ por el mismo orden con que comenzaban); y por el número que llevaban consigo los símbolos de los días. Hacían los indios tanto aprecio de los nueve Acompañados, que les daban, por antonomasia, el título de Quecholli, nombre de un pájaro de rica y hermosa pluma, que era entre ellos de mucha estimación, y tenían dedicado un mes entero a su nombre: era símbolo de los amantes; y lo invocaban en los casamientos con epitalamios, como los antiguos romanos a Himeneo. Los nombres y orden de estos nueve Acompañados eran los siguientes.
- Xiuhteuctli Tletl. El fuego, Señor del año.
- Tecpatl. Pedernal.
- Xochitl. Flor.
- Cinteotl. Diosa de los maíces, o Ceres.
- Miquiztli. La muerte.
- Atl. La agua, simbolizada en la diosa Chalchiuhcueye.
- Tlazolteotl. Diosa de los amores, o Venus.
- Tepeyototli. Una deidad, que fingían habitar en el centro de los montes.
- Quiahuitl. Lluvia, simbolizada en el dios Tlaloc, a quien la atribuían.
16. De estos Señores de la noche tuvo noticias, aunque confusas, el caballero Boturini, y los equivocó con otra serie de igual número de Acompañados, que añadían los astrólogos judiciarios en el Tonalamatl: y es de admirar, que habiendo tenido un original de esta especie de calendario supersticioso, que él llama Ritual, y cita en el capítulo 30, número 2 del Catálogo de su Museo, donde se hallan las dos series de Acompañados a los días de las trecenas, no hubiera sabido distinguir cuáles eran los Señores de la noche, y cuáles aquellos signos de que se servían para sus falsas adivinaciones, y pronósticos genetliacos, y hubiera confundido tanto su inteligencia; aunque es bastante difícil comprehender perfectamente esta especie de calendario, por contenerse en él no solamente el catálogo de sus fiestas idolátricas, sino también una multitud de supersticiones, de que tratan muy poco los historiadores indios. En mi citada obra doy alguna explicación de lo más substancial que contiene, con la puntual copia, que hice sacar de él, a la cual —33→ añadí las dos planas que faltaban en el original. Los nombres y orden de los nueve Acompañados son los mismos que refiere don Christóval del Castillo, indio que escribió la erudita historia en lengua mexicana de la venida de los de esta nación y de la Conquista hecha por los españoles17, el cual los coloca como aquí se expresan, y corresponden a los que están figurados en la primera serie después de los jeroglíficos de los días, en el Tonalamatl.
| Tonali ce semana. | Quecholli. | |
| 1. | Cipactli. | Xiuhteuctli Tletl. |
| 2. | Ehecatl. | Tecpatl. |
| 3. | Calli. | Xochitl. |
| 4. | Cuetzpalin. | Cinteotl. |
| 5. | Cohuatl. | Miquiztli. |
| 6. | Miquiztli. | Atl. |
| 7. | Mazatl. | Tlazolteotl. |
| 8. | Tochtli. | Tepeyollotli. |
| 9. | Atl. | Tlalloc Quiahuitl. |
| 10. | Itzcuintli. | Tletl. |
| 11. | Ozomatli. | Tecpatl. |
| 12. | Malinalli. | Xochitl. |
| 13. | Acatl. | Cinteotl. |
| etc. | etc. |
De esta manera se van acompañando los días de este calendario con los símbolos nocturnos; los cuales sirven para hacer conocer a qué mes del año corresponden los días de las primeras 8 trecenas que se repetían; porque cuando referían algún día que se contuviera en los trece primeros meses del primer calendario, esto es, dentro del período de 260 días de este segundo, no tenían necesidad de citar su acompañado, sino solamente el nombre absoluto del día; pero cuando la data pasaba de los 260, o que hacía relación a los últimos cinco meses del calendario solar, en que se repetían los mismos símbolos y números de los 260, entonces aplicaban, por distintivo, el Acompañado que en aquellos últimos cinco meses le correspondía: y de esta suerte se sabía puntualmente cuál era el día del mes solar que le tocaba, sin necesidad de nombrarlo. Mas: como los Acompañados eran solamente 9, y los días de este segundo calendario 260, no podían completar el período, y sobraba 1, que era Quiahuitl, el cual en la nueva cuenta que se formaba para arreglarlo al solar, venía ya a acompañar a Cipactli, quien en el principio del año había tenido por compañero a Tletl. Y así, aunque eran unos mismos los símbolos y caracteres numéricos de los días que se repetían; eran diferentes los Acompañados que les correspondían en los últimos cinco meses del año común. Y por esta razón no dejaban algunos indios de citar en sus historias, por elegancia de su narración, los símbolos de los —35→ días, juntos con sus Acompañados, ya fueran en las ocho primeras trecenas, que se referían a los primeros cinco meses solares; y ya en las últimas con que completaban el año, como lo hace repetidas veces Christóval del Castillo.
17. A más de las figuras que representaban los días, y los Señores de la noche, se ven en el Tonalamatl (y hace de ellas particular mención el mismo Castillo, tratando de este segundo calendario) otras figuras que colocaban en los ángulos superiores de él, de mayor magnitud, y pintadas de cuerpo entero, las cuales refiere Boturini en el citado capítulo 30, número 2 del catálogo de su Museo. Estas representaban a los dioses que adoraban los mexicanos, y les daban lugar preferente entre sus planetas y signos celestes, atribuyéndoles mayor y más extenso dominio que a los demás, por no limitárselo a solo un día, o una noche, sino a toda la trecena, que respectivamente les correspondía; o solos, o acompañados con otros de los mismos planetas; figurándoles también todos aquellos atributos que les suponían. Uno de estos signos celestes era la estatua o ídolo que pasamos ya a explicar.