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Aunque Capmany considera que la desigualdad de situaciones sociales es una exigencia para el sostenimiento del orden social, adopta en varias de sus obras los temas centrales del racionalismo ilustrado: estimación positiva de las Luces, del trabajo, crítica de la nobleza ociosa, arrogante (Elorza, 1970, p. 63). En sus Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona, en 1779, se refiere a «la configuración de un 'carácter nacional' entre los catalanes de amor al trabajo y a su oficio, en contraste con las irracionales estimaciones de ociosidad, honor y nobleza en el resto de la península» (Elorza, 1970, p. 67). También es de señalar a finales del XVIII, más precisamente los años 1780, la corriente de pensamiento crítica acerca del funcionamiento de la sociedad española y más concretamente el cuestionamiento de la nobleza. Desde la revista El Censor (1781-1787) el abogado Luis García del Cañuelo denuncia la arbitrariedad de un sistema social en el que la nobleza ociosa que goza de una riqueza heredada es uno de los estamentos más perjudiciales (Elorza, 1970, pp. 215-216).

 

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Véase el estudio colectivo Nobleza y sociedad III: las noblezas españolas, reinos y señoríos en la Edad moderna bajo la dirección de Carmen Iglesias, Madrid, Ediciones Nobel, 1989.

 

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En un esclarecedor artículo sobre «Literatura e historia, ética y estética de la novela», Yvan Lissorgues caracteriza la novela del «gran realismo» del siglo XIX como «producto a la vez del deseo de representación artística, en un lenguaje personal, de la realidad no literaria y de una voluntad ética de influir, en una dirección o en la otra, en la conciencia colectiva» (Lissorgues, 2002, p. 425).

 

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En otras novelas, no incluidas en este estudio, aparece el espacio social en el que se mezclan la aristocracia y la alta burguesía. En Fortunata y Jacinta (1881), casamientos entre nobleza y burguesía enganchan «a la aristocracia antigua y al comercio moderno» (Lissorgues, 2002, p. 437). Torquemada, el prestamista cínico de La de Bringas y otras novelas galdosianas, llegará a ser senador del reino después de conseguir el título de nobleza. El ascenso de la burguesía de provincias está retratado en Su único hijo (1890) de Clarín, novela en la que Emma Valcárcel, descendiente de hidalgos rurales, invierte en las nuevas industrias asturianas.

 

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Desde una visión moralizadora y un compromiso religioso que no admite otra postura que la de un catolicismo íntegro. Coloma fustiga la corrupción política y el reblandecimiento moral de la aristocracia de sangre: «Barrer para adentro era la política de Butrón, como si la basura sirviera en alguna parte para otra cosa que para infestar el recinto que la encierra» (Coloma, 1975, p. 325).

 

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El único protagonismo de esta aristocracia de costumbres disolutas se reduce a saraos, fiestas y paseos. Estas celebraciones suntuosas en el ambiente cosmopolita de la gran ciudad ilustran la ociosidad y la ostentación de una clase parasitaria dispuesta a aceptar la Unión Católica de Pidal y a transigir con la sociedad moderna: «En el gabinete más próximo al vestíbulo, el marqués y la marquesa de Butrón recibían a sus convidados, viendo desfilar con la misma amable sonrisa grandes nombres y grandes vergüenzas, inocencias completas y malicias refinadas, honras sin tacha y reputaciones escandalosas, barajadas y confundidas en aquella casa, sin disputa alguna noble y honrada, por la impúdica y funesta tolerancia de las grandes sociedades modernas» (Coloma, 1975, p. 151).

 

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En la introducción de la edición crítica de La espuma, Guadalupe Gómez Ferrer analiza la postura de Palacio Valdés frente a la moral social y política de la Restauración: «En cuanto a su temática, La espuma se inscribe en la llamada novela antiburguesa propia del naturalismo. El autor realiza una crítica feroz de la clase dirigente. La obra responde al clima de inquietud que afecta a distintos sectores intelectuales de la sociedad española que cuestionan desde diversos ángulos ideológicos algunos de los problemas que afectan al país» (Gómez Ferrer, 1990, pp. 31-32).

 

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El comportamiento de Rosalía ilustra esta fascinación por un estamento social que sigue siendo una referencia a pesar de su corrupción. Los disparates de la reina Isabel II a los que alude Galdós corroen el mundo de la Corte: su falta de discernimiento, sus frivolidades, su indulgencia culpable con respecto a los cortesanos y nobles son críticas que acompañan el retrato desvalorizante de la reina. Rosalía, como otros protagonistas de la novela, se dirige a Isabel II para conseguir privilegios y ayudas financieras: «Si al menos fueran unos chitas a la Granja, donde su Majestad les proporcionaría algún desván en que meterse y donde podrían darse un poco de lustre...» (Galdós, 1975, p. 235). Isabel II que vendió parte del patrimonio de la nación para subsanar las deudas de España representa de manera paradigmática el desmoronamiento económico y moral de toda una clase: «Ya estaban descuajadas las famosas alamedas de castaños de Indias, quitada la verja y puestos a la venta los terrenos, operación que se llamó rasgo. Esta palabra fue funesta para la monarquía, árbol a quien no le valió ser más antiguo que los castaños, porque también me lo descuajaron e hicieron leña de él» (Galdós, 1975, p. 128).

 

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En una de las descripciones de la nobleza hechas por Rosalía aparecen los representantes de esta oligarquía: «Vio al marqués de Fúcar, que había vuelto ya de Biarritz, orondo, craso, todo forrado de billetes de Banco; a Onésimo, que solía mirar como suyo el Tesoro Público; a Trujillo, el banquero; a Mompous, al agente de bolsa don Buenaventura de Lantigua» (Galdós, 1975, p. 259).

 

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En su prólogo a Pequeñeces, Rubén Benítez subraya las técnicas pictóricas de Coloma y el mundo esperpéntico y expresionista revelado por el jesuita: «La alegoría de Coloma se inserta en la corriente del grotesco español» (Benítez, 1975, p. 40).