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«Ordinariamente. Clementina salía del brazo de su amante. Charlaban largo rato en el foyer, a presencia de todos, esperando el coche. Entraba al fin en éste. Antes de partir todavía cambiaban en tono confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas. La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos después a juntarse en el dulce retiro de un gabinete particular» (Palacio Valdés, 1990, p. 160).

 

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Pereda, carlista convencido y fiel al ideario tradicionalista, denuncia con aguda ironía la corrupción y «pillería» política, la obsesión de ciertos aristócratas por meterse en asuntos políticos. Expresa este desprecio por boca del abuelo de Verónica: «Tu papá es un majadero a quien nunca le cupieron en la cabeza dos ideas juntas. Desde que dejó de pensar en su hijo, en cuanto se convenció de que no le servía para representar dignamente el papel de príncipe heredero de su augusta dinastía, se enamoró de los papelones de político» (Pereda, 1996, p. 499)

 

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Las alegaciones de la marquesa de Montálvez a favor del matrimonio; de conveniencia de su hija con un representante de la oligarquía financiera, el rico banquero Mauricio Ibáñez, constituyen un compendio ejemplar del cinismo y de la doble moral de una aristocracia oportunista: «Serías tú la primera mujer joven y hermosa y aún noble y rica, casado con un creso feo y hasta vicioso... y hasta ridículo [...]. Don Mauricio es hombre del día: entiendo sus conveniencias, y por ello respetaría las tuyas porque tú no habías de pretender nada que no fuera usual y admitido entre las mujeres de tu rango; y como no le amas y no puedes amarle, no hay que temer en ti los desencantos ni las terribles consecuencias que éstos traen en los matrimonios por amor. Por añadidura serías libre y considerada y tendrás quien guarde y prospere tu hacienda, y te mantenga en la abundancia para vivir sin contrariedades ni privaciones» (Pereda, 1996, p. 601).

 

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«El medio, la raza, el momento son elementos de los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la política que en las sociedades de recreo» (Palacio Valdés, 1990, p. 228).

 

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En La espuma, La Montálvez y Pequeñeces aparecen los arquetipos y ritos propios a esta clase: consumismo de objetos suntuarios, recepciones y banquetes magníficos, fascinación por la moda extranjera y Francia, con la consiguiente profusión de términos franceses y a veces ingleses que reflejan la abdicación de una clase con respecto a sus valores propios, la frivolidad de sus costumbres. En el caso de Pequeñeces, la aristocracia exiliada en París en el año 1873 se integra en una jet set marginada cuyos usos y comportamientos se asemejan a los cié la nobleza europea carente de identidad propia. Véanse las descripciones de fiestas y recepciones en las novelas citadas: La espuma, capítulo XI, Baile en el palacio de Requena, el baile del marqués de Butrón, capítulo IX en Pequeñeces y en La Montálvez el capítulo III, en el que se describe el ambiente refinado y cargado de sensualidad de los salones aristocráticos cuyo lujo contrasta con la descomposición pútrida y el amoralismo de la nobleza.

 

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Véase la introducción de Rubén Benítez en Pequeñeces, pp. 40-41.

 

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Véanse la excelente introducción de Guadalupe Gómez-Ferrer y las notas de su edición de La espuma, 1990.