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El castillo del hambre

Antonio San Martín

I

Hace pocos años, caminando a caballo desde Betanzos1 a Puentedeume, vi en la cima de una montaña contigua al camino real una torre y algunos lienzos de muralla deteriorados por el tiempo.

-¡Cuántas injusticias! -pensaba yo-, ¡cuántos crímenes y tropelías se habrán cometido, a no dudarlo, tras esos negros paredones en los dramáticos y rudos siglos del feudalismo!

Detuve el paso de mi caballo, y remontando el pensamiento a los apartados días en que aquellas ruinas debían estar habitadas, vi pasar en torno mío, con los ojos de la fantasía, caballeros cubiertos de hierro de pies a cabeza, trovadores con el laúd pendiente de una banda y la daga al cinto, hermosas damas seguidas de apuestos pajes, y multitud de guerreros que corrían al son de las trompas de caza o, cual alud despeñado, bajaban de la montaña pendón al viento y en son de guerra.

El criado que me acompañaba, al verme con los ojos fijos en las ruinas, queriendo, a no dudarlo, darme una prueba de su erudición, me dijo gravemente:

Ese es El Castillo del hambre!

Nombre tan fatídico me hizo estremecer a pesar mío, despertando al mismo tiempo mi curiosidad, la cual me propuse satisfacer a toda costa, averiguando el por qué se llamaban así aquellas ruinas.

Quise verlas de cerca, y después de trepar largo tiempo por la montaña, me encontré al pie de la torre principal.

Esta, gracias a su robustez, se conserva en bastante buen estado, y aún pueden verse algunas saeteras y claraboyas, en cuyas piedras existen carcomidos y mohosos barrotes de hierro.

Paredones derruidos, enormes sillares caídos por el suelo y medio cubiertos de zarzas y ortigas; otra torre agrietada y sin techumbre y un arco inmenso con un enorme escudo de armas, adornado con una corona condal, es lo único que resta de una de las más altivas y poderosas fortalezas de la Edad Media en Galicia.

Estas ruinas pertenecen actualmente al duque de Berwick y Alba, y en tiempos remotos era la ordinaria vivienda de los célebres y turbulentos condes de Andrade.

El Castillo del hambre tiene una tradición horrible; de aquellas ruinas, a las cuales la mano del tiempo ha dado un tinte fúnebre y melancólico, se cuenta un dramático suceso que voy a referir.

Helo aquí:

II

Terminaba el verano del año de 1401.

Las melancólicas auras de otoño soplaban fuertemente en la montaña, arrebatando en sus alas las amarillentas hojas de los árboles y las mustias flores silvestres que pendían abatidas de sus tallos.

Era de noche.

La luna vertía sus rayos débiles al través de las apiñadas nubes, que impelía un viento norte sumamente fuerte.

El castillo de los condes de Andrade yacía sumido en el mayor silencio.

Ni un vigía en sus almenas, ni un guerrero que, para hacer más llevaderas las horas del plantón2, pasease rezando o entonando algún romance amoroso sobre las plataformas de sus torres.

Todo parecía estar muerto o dormido en la imponente fortaleza, Y sin embargo, alguien velaba.

III

Velaba a la entrada del puente levadizo Pero López, el alcaide del castillo.

Sus pasos, unas veces precipitados, contenidos otras, el afán con que apoyado en la gruesa cadena del puente aplicaba el oído para percibir entre los mil rumores de la noche alguna señal convenida de antemano, o para distinguir en la semioscuridad que reinaba alguna cosa, denotaban su impaciencia.

Velaba también, rondando por las orillas del profundo foso que circundaba el castillo, un negro horrible y repugnante; un esclavo africano, cuyo traje colorado y la pequeña horca y cuchilla de metal que brillaba en su pocho daban a conocer en él a un verdugo señorial.

Aquel negro se llamaba Zaid y era mudo.

Pero, ¿qué esperaban aquellos dos hombres?...

IV

No tardó en oírse muy a lo lejos, medio perdido entre los silbidos del viento, el galopar de un caballo.

Zaid llevó dos dedos de su mano derecha a la boca y produjo un agudo silbido.

Pero López lanzó una exclamación do gozo, y atravesando rápidamente el puente levadizo salió al campo.

Una vez allí, se llevó una mano sobre el corazón cual si quisiera contener sus violentos latidos, y se acercó a Zaid que sonreía estúpidamente mostrando sus blancos dientes, mientras señalaba extendiendo la mano hacia el lugar en dónde sonaba el galopar del caballo.

Este se iba acercando por momentos.

El camino que desde el castillo conducía a la villa cercana de Puente de Eume serpenteaba la montaña entre zarzas y matorrales.

Por aquel camino subía poco tiempo después un caballero montando un arrogante corcel de batalla, y llevando a la grupa un bulto informe de grandes dimensiones.

El caballero, o mejor dicho su caballo, se acercaron al alcaide, el cual, anhelante, palpitando de emoción, tartamudeó algunas palabras ininteligibles.

El caballero, tomando con gran cuidado el bulto que conducía, dijo con voz entrecortada por efecto de la rapidez de su marcha:

-Aquí tenéis a Elvira, señor Pero López. ¡Dios sabe el trabajo que me ha costado el conducirla hasta vos!

En aquel momento, un débil rayo do luna desprendiéndose de las nubes alumbró a nuestros personajes.

El caballero depositó en manos del alcaide del castillo de Andrade una mujer, al parecer desmayada, y cual si le hubieran aliviado dar un peso enorme respiró ruidosamente.

-¡Gracias! -dijo Pero López, en cuyo rostro brilló una sonrisa de inmenso gozo- En pago de vuestro trabajo, amigo Gil Pérez -continuó- ahí tenéis lo prometido. Y esto diciendo, le entregó una bien repleta bolsa, que el del caballo guardó cuidadosamente en su escarcela.

-Ahora partid -prosiguió el alcaide-. ¡Ya sabéis!

-Sí, sí -dijo interrumpiéndole Gil Pérez-, por la cuenta que me tiene no me detendré en Galicia más tiempo que el necesario para salvar sus límites, y sólo al verme en Castilla podré estar tranquilo. ¡Oh!, ¡perded cuidado! ¡Habéis de saber, señor Pero López, que las gentes del palacio me persiguen!… Y a Dios quedad… Ahí están a no dudarlo.

En electo, a lo lejos se escucharon nuevamente pisadas de caballo.

Gil Pérez aplicó al suyo los acicates3 y partió como alma que lleva el diablo, perdiéndose en seguida en las tortuosas veredas de la montaña.

Pero López, seguido de Zaid, penetró en el castillo, del cual no tardó en alzarse el puente levadizo.

V

Media hora después, algunos ballesteros llegaron a él.

Contuvieron el ardor de sus caballos, estimulados por una veloz carrera, y uno de los ballesteros llevó a sus labios una pequeña trompa, que produjo un sonido agudo y ronco, que repitieron los ecos de aquellas eminencias.

El puente volvió a caer con estruendo, y Pero López apareció en él soñoliento, al parecer, fingiendo admiración por que a tales horas llegasen gentes al castillo.

-¿Quién va? -preguntó deteniéndose a corta distancia de los ballesteros.

-Somos nosotros, señor alcaide -dijo uno apresuradamente-; somos gentes del palacio de la señora condesa.

-¿Pues qué sucede? -volvió a preguntar Pero López. —101—

-Sucede que han robado a Elvira.

-A la doncella de la señora condesa -contestó otro ballestero.

-Y yo creo -añadió el que había hablado primero-, que el traidor Gil Pérez tiene participación en este rapto.

-¡Es extraño lo que acontece! -exclamó el alcaide después de haber meditado un momento- Habéis de saber, amigos míos, que también falta del castillo, desde esta tarde, Mauro, el paje favorito del señor conde. Yo creo -prosiguió de allí a un rato- que a quien debéis perseguir es a Mauro y no a Gil Pérez, que todo lo más sería un mero instrumento de que se ha valido el paje. Ya sabéis; éste y Elvira parecían estar muy enamorados.

-¡Sí, sí, tiene razón! -exclamaron los ballesteros- Persigamos a Mauro, busquemos al paje del señor conde.

-Bien me parece ese celo, amigos míos -dijo Pero López-; y para indicaros el camino que debéis seguir, os diré que hace poco más de media hora que, rondando yo por las murallas, percibí a lo lejos el galopar de un caballo.

-¿Y hacia dónde?, ¿hacia dónde? -preguntaron los ballesteros interrumpiéndole.

-Hacia allí -dijo el alcaide señalando un camino opuesto al que había tomado Gil Pérez.

-¡Corramos! -gritaron los ballesteros.

-¡Sí, corred, hijos míos! -continuó Pero López con sesgada sonrisa- De todos modos, prendáis o no al raptor, os prometo en nombre del señor conde una buena recompensa.

Los ballesteros, sin esperar más razones, tomaron a escape el camino que se les había indicado, y el alcaide penetró otra vez en el castillo frotándose las manos alegremente.

Sigámosle.

VI

Pero López subió de dos en dos y rápidamente los peldaños de la estrecha escalera de una de las torres del castillo, a pesar de la lobreguez que en ella reinaban.

Al fin de aquella escalera existía una pequeña estancia abovedada, a la entrada de la cual, de pie y con su eterna sonrisa en los labios, se hallaba Zaid.

-Retírate -le dijo el alcaide con voz melosa- y espérame abajo. Allí encontrarás vino de Amaudes. Te doy permiso para que bebas cuanto quieras.

El negro lanzó un gañido4 como pudiera hacerlo una fiera, y descendió rápidamente.

Pero López entró en la estancia. En ella, y tendida sobre las losas, estaba la mujer que había traído de Puente de Eume Gil Pérez.

Parecía estar desmayada.

El alcaide alzó con mano trémula el manto que la cubría el rostro y quedó estático contemplándola.

Era una mujer joven y hermosa, ricamente vestida con un traje de paño azul bordado de seda, gran lujo en aquellos tiempos.

El rostro, un tanto pálido y moreno, de la joven, era ovalado y perfecto como el de una estatua antigua, y las negras cejas que se alzaban sobre sus cerrados parpados presentaban dos arcos sumamente perfectos, sedosos, admirables.

Su cabello, también negro, caía en leves ondulaciones a lo largo de su cuerpo. No podía darse nada más gracioso ni seductor. Aquella hermosa joven con su hechicero abandono estaba encantadora.

Pero López, después de haberla contemplado largo rato, movió la cabeza precipitadamente como sí quisiera rechazar alguna idea tenaz.

Sus labios dieron salida a un entrecortado suspiro.

-¡Pronto volverá en sí! -murmuró lentamente- El narcótico no era de los más poderosos... Terminemos.

Y tomó a la joven entre sus brazos.

Los cabellos de aquella hermosa joven rozaron levemente el atezado rostro del alcaide, el cual se estremeció evitando su contacto.

Entonces tornó a mirarla, quizá a pesar suyo.

Algún impuro pensamiento debió cruzar por la mente de Pero López, pues al cabo de corto rato de muda contemplación su pecho se agitó fuertemente, acercó más a sí a la aletargada joven, y mirándola con unos ojos que parecían querer devorarla, estampó un prolongado y ruidoso beso en sus labios.

Elvira se estremeció.

Cual si quisiera rechazar las caricias de aquel hombre, un tenue, quejumbroso suspiro que lanzaron sus labios entreabiertos vino a acariciar el rostro de Pero López.

Este dulcificó la dureza de su mirada.

-¡Oh! ¡Elvira, Elvira! -dijo moviendo la cabeza lentamente y con expresión melancólica-; ¡qué felices hemos podido ser todos!...

Pero tú has labrado tu propia desgracia y la mía, y tan solo nos queda un porvenir de desesperación. ¡Oh! sí, de desesperación!...

¡Y qué hermosa es, Dios mío! -exclamó con un enternecimiento que hacía notable contraste con sus duras y marcadas facciones-, ¡qué hermosa!... Pero no, no quiero ceder a este instante de ternura; primero es mi venganza. Zaid -continuó alzando la voz-, Zaid, ven.

El horrible negro no tardó en aparecer en el dintel de la puerta. En sus ojos brillaba a alegría que precede a la embriaguez.

-Coge esa mujer y sígueme -le dijo el alcaide.

Zaid recibió en sus brazos a Elvira y siguió a Pero López, que con paso rápido descendía ya por las estrechas escaleras de la torre.

El castillo continuaba solitario al parecer y mudo como una sepultura.

El alcaide y el negro llegaron después de haber cruzado tres o cuatro aposentos lóbregos y abandonados a un estrecho corredor de suave pendiente, al fondo del cual había una angosta puerta cerrada con una tranca de madera y una llave enorme.

Enfrente de esta puerta, y pendiente de una cadenilla de hierro mohoso, ardía débilmente una pequeña lámpara de metal, que Pero López desprendió de la cadena que la sostenía.

Sacó el alcaide en seguida la tranca y abrió no sin algún trabajo, la maciza puerta, apareciendo tras ella los primeros peldaños de una escalera húmeda y medio derruida que se pierda en la oscuridad.

Pero López volvió la cabeza para mirar al negro. Sus ojos brillaban cual si fueran dos ascuas, y con una brutal carcajada contestó a la estúpida sonrisa del verdugo señorial.

-¿Comprendes ahora?... -le preguntó señalando a Elvira.

El negro volvió a sonreírse.

-Pues adelante -dijo el alcaide.

Y comenzó a descender por la escalera.

Después de bajar veinte escalones a cual más ruinosos, Pero López encontró frente a si una pared verdinegra y húmeda, formada por enormes sillares, por los que huían algunos reptiles asustados con la luz de la lámpara.

Cualquiera se hubiera admirado, si después de bajar por una escalera se encontrase bruscamente detenido a una distancia solamente de una a dos varas5 por un muro, sin ver a derecha ni a izquierda salida alguna.

¿Con qué objeto se había construido aquella escalera si a ningún lugar conducía?

El alcaide no mostró admiración alguna por esto.

Bajase hasta el suelo, y en uno de los sillares que encajaban en las losas que componían el pavimento tocó a no sabemos qué oculto resorte.

La piedra giró con un ruido sordo, presentando un boquerón de poco más de media vara en cuadro, por el cual salió un olor fétido y nauseabundo.

Pero López introdujo por aquel boquerón la lámpara, depositándola en el suelo, y después, rastreando como una culebra, se introdujo él también.

El verdugo no tardó en seguirle, después de haber metido a Elvira, que continuaba aletargada, por aquel agujero.

Penetremos nosotros también por tan extraña puerta.

Tras ella, y en una corta extensión de terreno y bajo una bóveda achatada, negra y horrible, hay un hombre sentado en un poyo de piedra, un hombre amordazado, cargado de cadenas que no le permiten hacer el más leve movimiento.

Enormes y mohosas argollas de hierro sujetan su cuello, sus pies y sus manos al muro en que se respalda.

Aquel hombre, a pesar de la demacración de su rostro y de sus desordenados cabellos, parece joven y hermoso.

-¡Hola, Mauro! -le dijo el alcaide sonriéndose ferozmente-; ¿cómo estamos?... Bien, ¿eh?..., pues me alegro.

El prisionero le lanzó una feroz mirada, y tan poderoso fue el esfuerzo que hizo que sus cadenas rechinaron vivamente.

-Aquí te traigo una compañera -continuó el alcaide-; tu bien amada. Creo que no te quejarás de mí.

Esto diciendo, cogió entre sus brazos a Elvira y la sentó en otro poyo de piedra que había enfrente del que ocupaba el preso.

Este hizo un nuevo esfuerzo como sí quisiera desembarazarse de las cadenas que le sujetaban, y convencido de su impotencia cerró los ojos.

Por sus flacas mejillas corrieron entonces algunas lágrimas de amarga desesperación.

Entre tanto, Pero López, ayudado de Zaid, sin consideración alguna a la delicada hermosura de Elvira, sujetaba a esta también con argollas y cadenas.

-¡Perfectamente! -exclamó el alcaide- Voy, amado Mauro, a dejarte solo, solo enteramente con tu amada; y para que veas que no soy tan malo como seguramente me juzgarás, también tendrás luz desde hoy.

Elvira está aletargada y ya no tardará en volver en sí.

¡Dichoso Mauro! ¡Solo, enteramente solo con esta mujer hechicera!...

Voy a dejarte, y Zaid no tardará en volver a daros de comer. ¿Qué más podéis desear?...

Hasta otra vez, hijo mío, y que seas dichoso; te lo deseo de todo corazón.

Y al decir esto, el feroz Pero López lanzó una carcajada nerviosa y prolongada, que murió sin ecos en aquella estrecha mazmorra.

Después salió seguido del negro, y la piedra de entrada volvió a cerrar tan horrible sepultura.

VIII

Trascurrió algún tiempo.

El conde de Andrade, que se hallaba en la corte, tornó a su castillo.

Grande fue su pena al saber la desaparición de Mauro, su paje favorito.

Era el desventurado joven hijo natural del conde y este, solo enteramente, sin más familia que algunos deudos ambiciosos y turbulentos que sólo codiciaban sus inmensos estados, sintió en su corazón un gran vacío, el deseo de amar a alguno.

Pero López, tan bárbaro como hipócrita, logró acrecentar el amistoso afecto que le profesaba su señor, y con fingidas protestas de cariño le prodigaba consuelos en su doloroso abandono.

-Pensad, señor conde -le decía-, que Mauro es muy joven, casi un niño, y que no tardarán en encontrarlo vuestros emisarios. —102— Ya sabéis, señor, que la desaparición de Elvira coincide con la suya; eso es asunto de amores, y tengo confianza en que hallaremos a nuestros queridos jóvenes.

El conde suspiraba al oír esto, y aun cuando su traidor alcaide conseguía infundirle algunas esperanzas, era, sin embargo inmenso su dolor.

¡Oh!, ¡cuál no sería este si conociese la horrible verdad!

IX

Una mañana trajeron a Pero López al castillo de Andrade herido mortalmente.

En la villa inmediata, un escudero de otro noble le había herido en desafío.

Al reprender dulcemente el conde a su escudero, lloraba como un niño viéndole en tan lamentable estado.

-¡Si supierais, noble señor, lo poco que merezco esas tiernas demostraciones! -dijo con voz apagada Pero Lope.

-¡No comprendo! -exclamó el conde.

-Pues oíd la confesión del que dentro de breves momentos va a comparecer ante el tribunal de Dios, la confesión del criminal a quien tortura el remordimiento. Escuchadme:

Yo amaba a Elvira.

Mis repetidas pruebas de amor no conseguían rendir su corazón, y no tardó en convencerme de que jamás lo obtendría porque Elvira amaba a otro, a Mauro, vuestro hijo.

¡Malhadado amor! Una tarde me encontraba yo en Puente de Eume, en el palacio de la señora condesa vuestra prima, cuando pude observar que Elvira, que cuchicheaba con vuestro hijo, me miraba de soslayo, sonriéndose al mismo tiempo.

Nunca me había parecido tan bella como entonces, entonces que a no dudarlo se burlaba de mi profundo amor en compañía de un rival dichoso.

Lleno de odio y desesperación, juré exterminar a ambos amantes, y durante algún tiempo maduré en mi pensamiento un terrible plan de venganza.

Esta venganza, que me era tan necesaria, fue llevada a cabo al poco tiempo!

Oídme bien, señor -continuó mirando al atónito conde a quien el asombro tenía mudo y estático-. Yo suministré un narcótico a vuestro hijo, y lo sepulté en uno de los calabozos secretos de este mismo castillo.

-¡Infame! -exclamó el conde con voz potente.

-Dejadme concluir -prosiguió el alcaide-. Yo hice también dar otro narcótico a Elvira, a la cual un traidor condujo hasta aquí una noche, durante la cual nuestros soldados dormían bajo el peso de la embriaguez.

Elvira tuvo la misma suerte que su amante; es decir, que fue conducida al horrible calabozo.

-¡Infame! -repitió el señor feudal desenvainando la daga.

Pero López le detuvo trabajosamente la mano, y prosiguió con débil voz:

-¡Oídme, por Dios hasta el fin!... Largo tiempo estuvieron presos los dos amantes.

Zaid, el verdugo, en quien yo tenía una entera confianza, les llevaba la comida; más un día no volvió, y entonces me determiné a bajar al calabozo. ¡Qué espectáculo tan aterrador se presentó a mi vista!...

-¡Prosigue! -exclamó el conde con una mezcla de rabia y de curiosidad, que le hacía suspender los golpes de su daga que oprimía convulsivamente.

-Vuestro hijo -continuó Pero López- había conseguido romper las mohosas cadenas que lo sujetaban, y al entrar Zaid en su prisión le había dado de puñaladas con la misma arma que el negro llevaba a la cintura.

Mauro experimentaba por Zaid un odio profundo, porque el vil esclavo solía acariciar a su amada todas las veces que iba al calabozo.

El negro, aun cuando herido de muerte, tuvo bastante ánimo para interponerse entre Mauro y la entrada secreta del encierro. Reuniendo entonces todas sus fuerzas, dejó caer la enorme piedra que convierte el calabozo en una sepultura.

Sospechando algo de lo que acontecía, tuve más cautela que Zaid y no penetré en el calabozo, contentándome solamente con alzar la piedra.

Cuando llegué a ver al negro tendido en tierra y a Elvira y a vuestro hijo libres de sus cadenas, cerré apresuradamente la entrada secreta, y desde entonces no volví a bajar al calabozo ni me atreví a contar a nadie mi terrible secreto.

-¿De modo que mi infeliz hijo ha perecido de hambre? -preguntó el conde alzando su daga.

-¡Misericordia, Dios mío!

-¡Maldito seas mil veces, infame asesino!

-¡Perdón!, ¡perdón! -imploró el alcaide.

-¡Toma el perdón, malvado!

Y así diciendo, el conde sepultó su daga en el pecho del asesino de su hijo, que expiró en aquel mismo instante.

El conde de Andrade bajó apresuradamente al calabozo secreto de su castillo derramando lágrimas de desesperación.

En aquella lóbrega estancia halló los tristes restos de Mauro estrechamente abrazados a los de Elvira.

A partir desde aquel día, el desventurado conde no tuvo un momento de sosiego, y víctima de una melancolía profunda que nada podía mitigar, no tardó en ir a ocupar una tumba en el panteón de sus mayores.

El castillo de Andrade, convertido hoy en una ruina, como dije al principio de esta leyenda, es un lugar de espanto para los moradores de los pueblos circunvecino, que dieron en llamarle el Castillo del hambre desde tiempos muy remotos.

Nadie pasa por enfrente de aquellas ruinas sin rezar un Padre nuestro por el descanso eterno de los desventurados amantes, muertos tan horriblemente.

ANTONIO DE SAN MARTÍN.

FUENTE

San Martín, Antonio, «El castillo del hambre», El Periódico para todos, Madrid, 7 de enero de 1871, n.º 7, año I, pp. 100-102.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.

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