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El Pozo Amargo

Amapola (seudónimo)





Frente al clasicismo severo de la puerta Llana del Templo Primado, se abre una calleja oscura. En un principio, recta y cómoda, con una invitación a pasar. Luego una calzada pina que simula un rincón abierto, como si quisiera ocultar la sorpresa de una vuelta inesperada. Y otra vuelta luego, y otra después. Una tortura que se baja al río a buscar en las aguas calinas, el sedante a su dolor...

Un milagro femenino hace crecer a los geranios verdinegros en los tiestos pálidos. Solo un beso de mujer, y de mujer enamorada, es capaz de abrir flores rojas en los botones verdes.

Solo un milagro del mimo y un beso de amor, porque el sol niega siempre su sonreír dorado a las flores de la calle estrecha. Tan torcida y tan estrecha es...

Si acaso, acaso, en la hora meridiana en la que el mundo como un sacerdote pagano, alza hacia el cenit la hostia luminosa... Sólo entonces el astro rey enfaja los aleros de los tejados grises, como la madre novicia al recién nacido querube.

Calleja sin sol y sin alegría, sin golondrinas y sin esperanzas. Calleja torturada siempre por el recuerdo trágico de la leyenda amorosa. Calleja hecha para el latido de los que sufren y para la tortura de las que aman...

A esa calle no acuden los amadores, porque temen la traición aleve de los indiferentes. No hay reja que preste su cuadrícula al dibujo fino de la niña romántica, si no es para copiar una «Dolorosa». Dolorosa de amor ante la cruz donde la clavara el olvido.

Tan estrecha es la calle, que los tejados parecen confundirse, posarse uno sobre otro, como escalones del cielo. Calleja silente y triste, hecha para que el misterio teja su urdimbre y para que las lechuzas preparen sus nidales.

Es un encanto recorrerla en noche de luna; recorrerla despacio, con paso rítmico de procesión. La luz de plata copia en los muros viejos el festón de los tejados veladizos. De vez en cuando un pequeño demonio volador cruza su silueta felina rasgando, como una estrella fugaz, la bóveda inmensa.

El astro de la noche reverbera en los cristales de los balcones semiabiertos y entra, como un enamorado audaz, a besar en la frente alba de la niña dormida; a contemplar el delicioso sonreír que un sueño de ventura cuaja, como una flor de nieve, en sus labios de grana...

Luego, pasa revista a la alcoba diminuta, lee los trozos hirvientes de la carta traidora y se despide lentamente, para que no se trunque el sueño delicioso de la niña olvidada.

En su ascensión hacia los espacios, se detiene un momento en el pentagrama de los cables, como si tanteara la nota que cantara a un tiempo misterio y dolora, ilusión y desamor.

Calleja abajo, al doblar un recodo, se abre una ventana carcelera. Unas madreselvas perfumadas, sostenidas por la hiedra rapaz. Se empeñan en llorar lágrimas verdes sobre el empedrado moruno. Parece enmarcar aquella ventana el poema de la niña pálida que perdiera la frescura y la juventud que se llevan cada minuto y cada beso...

Después, casi al final, un cobertizo húmedo y viejo; un espacio abierto a los cielos para cortar la sombra con un rayo de luz, y un balconcito con plantas anémicas que alargan sus tallos endebles ansiando la caricia del sol.

Y más a los hondo, oscuridad de gruta. Ni risa de niño ni cantar de pájaro. Silencio de tumba, paz de cementerio. Ni la hiedra ni el jaramago triunfan del musgo. Parece imposible que la vida hile su existencia en aquel rincón pavoroso.

Pero a nuestra derecha, una pequeña plaza regala luz a nuestro pensamiento y aire a nuestro pulmón. Y en ese descanso inesperado del espíritu inquieto, cerramos los ojos y abrimos, bien abiertas, las alas de la fantasía, para vivir el encanto de la más hermosa leyenda de amor.

La leyenda del «Pozo Amargo»...

Dice la leyenda que en ese sitio se alzaba, con la majestad de sus lujos y de sus vanidades, un suntuoso palacio, que era maravilla insuperable en medio de la pompa de unos jardines espléndidos.

Un palacio como para despertar la envidia de los reyes moros que gobernaban la ciudad. Mármoles y jaspes, cuajados por los arabescos de herraje artístico. Filigranas increíbles conseguidas del ladrillo rojo por la habilidad mudéjar. Ajimeces1 de elegancia sin par; y tras los ajimeces, el vidrio hecho estampa polícroma y hecho belleza soberana.

Parecía el palacio de un magnate de esos que se pasan el día maquinando los placeres de la noche, que no conocen el rubor de la aurora sino cuando el vino y el hastío ponen término a la bacanal...

Sin embargo, era la mansión de un usurero que vivía el goce más íntimo contando el oro de sus arcones y repasando la cuenta de los vencimientos. Un usurero que rehuía el contacto social para que no se alterara la cifra exacta de su presupuesto raquítico.

Era la mansión del judío Leví, el hombrecillo encorvado siempre sobre sus tesoros, olfateando con su nariz aguileña y fina el imaginario peligro de que se los arrebataran, acariciando con el hilo sedeño de su barbilla nevada el oro viejo de sus arcas antiguas...

No concebía más ventura que la que el dinero brinda, ni más amor que el que el dinero compra, ni más arte que el que el dinero tasa. Pasaba indiferente ante las flores que querían rendirse ante a su paso con caricias coloradas. Jamás se le ocurría levantar la mirada hacia la maravillosa tricromía de los artesonados. Jamás alentó en su alma el vuelo azul de unos amores...

Todo lo rendía al dios pagano de las riquezas, a la obsesión de acumularlas para robar al tiempo todas sus horas y a la aritmética todas sus cifras. 

Y hubiera sido totalmente esclava de la avaricia la vida de Leví, si no hubiese alterado el ritmo lento de aquel ambiente sin emociones la risa cascabelera de la adolescencia feliz. Si no hubiese caldeado los salones inmensos y fríos la vida inquieta de la hija amada.

...Raquel era el encanto y la alegría de aquel hogar. Era la luz y la esperanza, la sonrisa y la flor. Paloma que en cada rincón preparaba un nido y en cada sitio dejaba un arrullo. Raquel sonaba a algo cristalino y argénteo; a canción de arroyuelo humilde y a sonata de fuente generosa.

Era un dechado de gracia inimitable la hebrea gentil. Era un trasunto luminoso de celestial belleza, porque el cielo prestara sus estrellas a sus ojos, y el sol a su alma, y la noche a sus cabellos, y la aurora a su sonrisa, y a sus pensamientos el azul... Era una divina copia de ese cuadro inmenso en que el color se abre en el abanico del iris y la belleza logra su definitiva interpretación. Un trozo de felicidad arrancado a la gloria de un éxtasis de amor...

Las calles toledanas se hacían lienzo albo para recoger en verso dulce su paso rítmico. El empedrado moruno se volvía terciopelo blando para recibir la caricia de sus pies diminutos. Las ventanas estrechas abrían sus postigos agrietados, a la curiosidad, por verla pasar. Era una escultura maestra rematada por una maravilla de nácar y rosa donde asomaba el alma bella bajo el dosel azabache brillante.

Su padre la idolatraba con pasión. Era tal vez el único contrapeso a sus ansias de avaricia. La única que, en su pecho, acorazado a todo sentimiento, daba una nota de amor.

Raquel era hija única, la prenda divina que la hebrea pálida le dejara en la hora sublime de la maternidad, al caer marchito el rosal cuando daba la primera y última flor.

Leví tenía que quererla, por la flor que vivía y en recuerdo de la que se agostara. Por eso, sobre la montaña dorada de su avaricia, elevaba la gloria de los cariños paternales. Raquel era, por encima de todo, su consuelo y su esperanza, su ilusión y su felicidad.

A ese afecto paternal, tan entrañable y tan intenso, correspondía la linda hebrea haciendo amable y haciendo felicísima la vida huraña de Leví. ¡Cuántas veces se acercaba de puntillas, al padre, atareado barajando cifras y ponía ante sus ojos diminutos la venda blanca de sus dedos exquisitos! ¡Cuántas colgaba a su cuello, con sus brazos de nácar, la dulce cadena del amor!

Para Leví el oro era una obsesión, pero Raquel era su alegría, la más plena justificación de su vivir. Seguramente hubiera dado la mitad de sus tesoros, los hubiera dado todos, si en trance de peligro para la hija amada, ellos constituían su salvación. Sin embargo..., sin embargo algo ocurría en el alma de la hermosa hija de Israel; algo que dejaba en los afectos filiales tibieza; y algo que los relegaba, poco a poco, a segundo lugar. Y Leví sufría el dolor de verla triste, de creerla enferma, de hallar la distancia da de su cariño cada vez más. Aquella deliciosa sonrisa de antes, se helaba en los labios bellos en una apariencia de desdén. La luz de aquellos ojos abismales tomaba tintes melancólicos. Ya no hilaba su voz de plata ninguna canción. Los brazos alabastrinos que inscribían en el aire perfumado elegancias caligráficas, caían lánguidos como lirios marchitos. Todo decía que algo raro escribía un poema doloroso en el pecho de la niña casta. Todo indicaba que aquella rosa de los dieciséis abriles por algo trocaba su grana por la palidez...

Tarde primaveral, perfumada y blanda. Tarde luminosa, de bello morir. El sol se tornaba ascua en el cristal de los aljibes y llenaba de oro  viejo la pompa de los jardines. Y jugueteaba con sus colores en el surtidor de plata y regalaba tonos áureos a la canción de cristal.

La tarde moría; moría como una virgen de quince primaveras que ansía por mortaja todas las flores. En el festón irregular de los cerros fronteros se encendían los blandones de llama oscilante y dorada... La tarde moría entre el silencio y la emoción. La campana parlera del convento próximo tocaba su sonata campesina y alegre por un tañido funeral.

Tarde primaveral, perfumada y blanda...

Todo era silencio en el jardín pagano; todo era paz. Pero en uno de los aljibes trazaba su silueta grácil la hermosa hija de Israel. Contemplaba la agonía lenta de aquella tarde calma y sus ojos, sus grandes y bellos ojos de hurí, regalaban su mirar melancólico al maravilloso espectáculo de la pugna brava entre la tiniebla y la luz. En el alma de la niña de los dieciséis abriles, una emoción rara escribía un poema profundo. Raquel estaba triste sin penar; estaba alegre sin sonreír. Ante sus ojos de noche serena, pasaban, como niebla sutiles, las gasas de la emoción. A veces la brisa tibia las condensaba en lágrimas. Y la recogía la nieve de un pañuelo diminuto, en su regazo perfumado. Perfumes que evocaban los jazmines de Arabia, las rosas de Alejandría, los tulipanes de Ceylan...

No se adivinaba, ni ella misma sabía, si era alegría o era pena lo que anidaba en su corazón; si su sonrisa rezumaba mieles o disfrazaba amargores; si su silencio era de aplanamiento o de íntimo gozar. En vano lo preguntaba la campanilla del convento frontero, y el sol, al recoger melancólicamente su luz. En vano se lo preguntaba ella misma. Solo sabía que el cantar de los pájaros tenía otro tono; que sonaba a dulzor extraño la voz de los surtidores saltarinos; que la tarde era más blanda que nunca; que el crepúsculo se vestía con los velos de rosa de la aurora; que todo decía a su alma ansias de vivir...

No sabía la niña bella de los dieciséis abriles que en su alma se había entrado el amor con la figura gallarda del galán apuesto, de aquel caballero cristiano, que sin darse ella cuenta, se le había prendido en los velos del corazón.

Por eso, su silencio era meditación y era nostalgia; era dulcedumbre y zozobra; era escalofrío y ansia; sobresalto y ansia; vida y enfermedad... la dulce, la romántica, la santa enfermedad del amor...

Ya habían terminado para la bella israelita las horas plácidas y los sueños tranquilos; las alegrías serenas y los pensamientos blancos. Ya cantaban en su alma la marcha lánguida de la despedida, la muñeca mimada, el recuerdo de los cuentos bellos, los aros ligeros, y aquellas palomitas tiernas que todas las mañanas, al conjuro de sus caricias suaves, volaban a sus hombros, se posaban en la cuenca de nieve de sus manos cerúleas, arrullándola con su ru ru amoroso y envolviéndola en un nimbo de paz.

Raquel estaba enamorada.

Desde el instante en que el amor entró furtivamente en su pecho, su corazón latía a un ritmo más fuerte y desigual. El mundo para ella se reducía a un pequeño círculo rebosante de amor. Todo le cantaba la serenata lírica de sus deseos; las estrellas del cielo, los peces de los surtidores, las frondas del jardín; el convento; el vuelo ligero de las mariposas; el rumor del río; la tiniebla confidente y la luz encendida; la luna clara y el sol brillante... Todo cantaba en su alma niña la divina melodía del querer.

El caballero apuesto que se prendió en su alma era su anhelo y su obsesión, su ilusión y su vida. Era quien alteraba la paz de sus sueños blancos y escribía en lienzo de sus fantasías misterios azules. Era su alegría y su esperanza, su bien y su todo; la prenda más segura de su felicidad.

Su padre se debatía en la impotencia al querer inquirir la causa de tanta indiferencia, de tanta desazón en la hija amada. Eran inútiles todos sus esmeros, todas sus inquietudes, todos sus mimos. No le faltaban a Raquel ni las comodidades ni distracciones. Para ella eran los afectos paternales, el canto de los pajarillos, el murmurar de las fuentes, la sonrisa de las flores, todo lo que es invitación constante y grata a un dichoso vivir.

Sin embargo, Raquel estaba abstraída; no prestaba atención a los afectos, no agradecía las caricias, no corría, como antes, un poco loca por los salones y galerías, palmoteando en un íntimo e inocente gozar.

Tenía más serenidad de mujer que gracia de niña; más amistad con las soledades tristes que con la animación bulliciosa.

El amor hacía la misteriosa transformación en su alma sin que el padre, preocupado, dolorido, adivinara la verdad.

Hasta que un día, un amigo fiel se la llevó en alas de un buen deseo, aunque impulsada por el odio de su baja acción.

Rubén, el hebreo amigo, descifró el penoso enigma con una revelación horrible. Su hija estaba alejada de sus cariños por la fuerza del amor; del amor que había encendido villanamente en su pecho un cristiano desalmado, que todas las noches saltaba las tapias del jardín para irle robando, poco a poco, la prenda única de su felicidad...

Siempre es doloroso para el paternal afecto ver el desvarío incomprensible de lo que más se quiere. Siempre es cruel ver cómo la astucia o la audacia ajena se llevan la vida propia con el tesoro de la hija querida. Pero en esa ocasión el dolor tomó acentos de tragedia, y la crueldad invitó diabólicamente a la desesperación.

Por eso Leví sintió en aquellos momentos el hervor de su sangre judía; sintió en su pecho el incendio del rencor instinto y no hallo más consuelo que la seguridad de la venganza.

Dio las gracias al amigo fiel y se retiró para la terrible meditación de los pormenores con que había de satisfacer sus infernales deseos.

Ya sabía Leví que todas las noches, cuando las lámparas de su palacio morían al beso helado de sus labios sin color, cuando el silencio se hacía soberano y triunfaba la sombra en su contienda con la luz... ya sabía que un doncel apuesto saltaba las tapias de los jardines dormidos y que presto Raquel volaba a su encuentro, tímida y nerviosa, como gacela enamorada...

Ya sabía que la luna era confidente de aquellos idilios y que las estrellas velaban aquella felicidad; que el hilo de plata de los surtidores regalaba su música al poema del amor imposible. Imposible, porque para el viejo israelita el odio de la raza era más fuerte que el amor. Y antes la hubiera deseado muerta que venturosa al lado del cristiano aborrecible, a la Raquel idolatrada.

Ya no sería aquella noche cuando, como tantas, a la vera del pozo, bajo el dosel esmeraldino de las parras triunfales, los enamorados se jurarían promesas de felicidad. El acceso vigilante y fiero daría cima al rencor profundo...

De pronto se agitan levemente las hiedras de los tapiales. Una mano tantea apoyos y un cuerpo se desliza ligero. Unos pasos, tan cautos, que apenas si dejan huella, ritman un verso de silencio buscando el consonante amado.

¡Cómo ignora el cristiano que, oculta entre unos evónibus espesos, acecha la muerte traidora!

Giran en torno de su pensamiento las mariposas de la ilusión dorada; sus pupilas se hacen espejo grande para copiar la imagen viva de Raquel; jadeante siente el palpitar acelerado de un deseo infinito de querer.

Y así recreaba su alma en el paraíso de tanto el sueño, cuando un puñal agudo corta bruscamente el hilo áureo de la felicidad soñada.

Y un hilo rojo brota de la fuente trágica. Luego, un cuerpo que se desploma; un aliento que se queja; la muerte que triunfa...

Y después una niña que avanza saltarina y sonriente; que ruega silencio el silencio mismo, como el índice en cruz sobre la escarlata de sus labios húmedos; que abre los brazos en ala  como para llegar más presto al bien amado.

Y por fin, un gesto de espanto y grito de terror... la ilusión marchita, la vida rota...

Hasta la luna, estremecida de dolor, se cubre con el velo de una nube densa. No puede contemplar impasible aquel cuadro trágico del amor vencido por la muerte.

En el palacio del judío avariento suenan risas sin ton ni son; un cantar de cristal roto irrumpe con estrépito en la garganta alabastrina de la niña desilusa; sus trenzas de azabache se agitan y enmarañan; sus ojos abismales, de hurí, están abiertos y fijos, como si buscaran afanosamente una ilusión perdida. Y sin embargo no buscan nada. Ni la risa suena alegría, ni es reflejo del alma aquella canción. Ni las trenzas son nimbo a la belleza soberana. Todo lo más, todo lo más, son el recuerdo vago de la aventura muerta. Son el recuerdo que ahoga tristemente la locura piadosa. Todo murió para la bien amada.

El cielo desplegó los velos fúnebres de sus piedades infinitas y apagó con ellos las luces del pensamiento en la niña infeliz.  Los apagó para que no viera jamás toda la magnitud de su infortunio.

Dice la leyenda que Raquel, todas las noches de luna, desde aquella en que la hiciera el destino fatal, acudía a la vera del pozo, con la ilusión de seguir hilando su ventura, de seguir cantando el bellísimo dúo del amor imposible.

Y que una de aquellas noches quiso a descender una estrella a brindarle el consuelo de su luz. Y la luz alumbra un pensamiento. Y el pensamiento abrió en su alma la espita del dolor...

Lloró muchas lágrimas la infeliz hebrea. Lloró tantas y tan amargas, que las aguas del pozo tomaron de ellas su amargor...

Por eso se conoce todavía el Pozo Amargo, en aquellos restos cubiertos por una piedra a guisa de losa funeraria, en medio de la plaza tranquila. La losa no lleva ninguna inscripción. No necesita llevarla, porque los espíritus románticos saben leer en ella el epitafio mudo que escribiera la más triste leyenda de amor.

Por eso, viajero que viene a Toledo a sentir arte y a beber ensueño, no dejes de aceptar la invitación constante que te ofrece esa calleja oscura que se abre fronteras a la puerta Llana de la Catedral.



FUENTE

Leyendas toledanas, por «Amapola», El Heraldo de Toledo, del 19-1-1930 al 23-2-1930.



Edición: Lorena Valera Villalba.





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