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El salto de la Reina mora. Año 1089

(Época de Berenguer Ramón II, el «Fratricida», décimo conde soberano)

Antoni Bofarull i Broca

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

Hay en Ciurana una montaña, de extraña forma e inconcebible altura, que se levanta con asombro de la naturaleza, y en cuya cima se distingue todavía un castillo árabe con su compuerta y torre de homenaje.

La montaña es el extremo de una larga cresta, y a su borde está el castillo, que queda aislado de la cordillera por una ancha cortadura abierta a pico, y de una profundidad inmensa, la cual sirve de foso y separa la montaña, haciendo inexpugnable el fuerte.

Las murallas parece que forman un mismo cuerpo con la montaña, pues vienen en línea con la cortada peña del extremo, tan lisa y perpendicular que puede igualarse a la pared mejor formada. Inmediato al castillo, y a cuatro pulgadas solamente del precipicio, se halla en la peña un hueco semejante al que dejaría la pata de un caballo al pisar el barro.

Sin embargo, cuando el castillo estaba entero y se veían tras de sus aspilleras cabezas de moros que siempre tenían la vista fija en la compuerta, entonces no se conocía aún la señal del caballo junto al precipicio, ni menos podía creerse que jamás osara acercarse allí ni ningún caballo perdido, ni ningún jinete buscador.

Ni aún el caballo de la Reina mora que habitaba el castillo, pudiera señalarse como capaz para asomar a la cima sin espantarse. Y esto que el caballo de la Reina mora era fuerte, valiente y atrevido, sobre todo cuando su carga consistía en llevar a su señora1.

Resuelta y atrevida era también la Reina por su carácter altivo y malicioso, pero no dejaba por esto de vivir muy confiada en su esposo, que no volvía nunca de sus algaradas sin traerle tesoros y hermosas prendas, arrebatadas sin duda a los partidarios de Amat de Claramunt, vizconde de Tarragona.

Pero la Reina tenia además otra confianza especial y extraña en su caballo, y hubiera dado todas las alhajas de su esposo por no perder al dócil animal que, con tanto orgullo, se dejaba sujetar por su señora, y tantos esfuerzos había hecho para salvarla más de una vez2.

Un día, mientras se daba una batalla en el valle que sirve de pie a la montaña, la Reina se ocupaba en celebrar los triunfos de su esposo, y para ello había dispuesto una abundante comida, que debía repartirse entre sus más allegados servidores. En uno de los vastos salones del castillo se veía una larga y adornada mesa, y en uno de los extremos presidia la Reina mora, rodeada de galanes y doncellas, que con afán procuraban complacer a su señora, a pesar de la angustia que causaba el ruido de las armas y los gritos de la batalla, cuyo eco resonaba hasta por la cima de la excelsa montaña.

-¿Por qué no respondéis a mis saludos? ¿Por qué no osáis probar lo que yo pruebo? -preguntó la Reina, observando que sus convidados suspendían las copas al asomarlas a los labios, a causa de haber entrado por la ventana una flecha perdida que se clavó trémula en medio de la mesa.

-¿Una arma pone rojo a un caballero y amarilla a una dama...? ¡Feliz arma...!

Aquí suspendió la Reina sus palabras, como habían suspendido sus copas los convidados, y las mejillas de estos se mostraron en seguida con los dos colores confundidos que poco antes y particularmente había notado la Reina en los rostros de las damas y de los caballeros. Lo único que había afectado a la Reina, era, no el ruido de voces y armas que se oía en torno del castillo, sino un grito de: «¡Viva Ramón de Canagó!», a cuyo nombre entraron por la ventana espesas nubes de piedras y viras, y resonaron por el castillo sendos golpes de mazas y hachas que destrozaban las puertas y barreras. En vano gritó la Reina: «¡A caballo!», dirigiéndose al lugar donde guardaban el suyo sus negros pajecillos, pues, a pocos momentos, no quedó en el castillo una cabeza de hombre, ni de bruto que antes hubiese estado al servicio de la Reina mora. Solo ésta, montada en su atrevido caballo, era la única que había podido escaparse de la matanza3.

-«Me basta mi caballo» -gritaba la Reina, penetrando al través de las compañías de peones que formaban frente la puerta, y dejando atrás la briosa caballería de los conquistadores.

-«Te perdiste» -decían los jinetes, pasando del escape al trote por juzgar ya segura la presa de la real señora que, ciega de cólera se dirigía hacia el borde del inmenso despeñadero.

-Hoy perderás la vida o la corona... -Hoy perderás tus joyas... -Y tu nombre.... -repetían alternativamente algunos soldados, mientras iban formando círculo en torno de la prófuga, cuyos adornos y belleza juzgaban ya como despojo de la conquista.

-Pues no será, si mi caballo quiere... -respondió con orgullo la osada Reina, apretando aún más a su caballo para que diera el salto.

-Antes que vuestra sombra me alcanzare, he de salvarme yo de tal manera, que no pueda olvidarse aquí mi nombre.

 Al soltar la Reina estas palabras, el caballo retrocedió asegurándose sobre la peña, en la que hendió con fuerza la herradura, y, dando un fuerte relincho, se lanzó con su estimable carga al vasto precipicio, donde le esperaban algunos de los que antes habían sido súbditos del vencido Rey moro.

El afán y la confianza de la Reina, fueron tales como siempre había sentido su corazón. A pesar de haber ondeado desde entonces la cruz santa en el castillo; a pesar de haberse cambiado en templo la mezquita de Ciurana; a pesar de haber perdido los moros todos sus castillos desde Prades a Tarragona; a pesar de haber quedado casi desmantelado el mismo castillo y lugar de la hazaña; ni los hombres, ni los siglos, ni las tempestades han sido bastantes para borrar o extinguir el hueco o señal que dejó estampado con la pata, desde la juntura al sobrepié, el caballo de la excelsa fugitiva. Hasta los niños respetan la piedra de la señal, que está al borde de la montaña, al llegar a cuyo punto no hay quien se atreva, sin horror, a asomar el rostro, y mirar el inmenso despeñadero que sirvió para el salto de la Reina mora.

FUENTE

Bofarull y de Brocá, Antonio de, Hazañas y recuerdos de los Catalanes: o, Colección de leyendas relativas a los hechos más famosos, a las tradiciones más fundadas, y a las empresas más conocidas que se encuentran en la historia de Cataluña..., Barcelona, Oliveres, 1846.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.

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