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Me he explayado extensamente sobre este y otros tópicos en la «Introducción» a la novela Lucía Miranda, en prensa en la editorial Iberoamericana-Vervuert.

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Existía una nutrida actividad periodística femenina, en publicaciones independientes. La primera fue La Aljaba, en 1830, dirigida por Petrona Rosende de Sierra, que cerró al poco tiempo, desalentada por ataques y burlas, y continuó a partir de 1852, luego de la caída de Rosas. Pero las mujeres no percibían dinero por este trabajo (las más de las veces les resultaba muy difícil sostener la continuidad de las publicaciones) y en general, tenían cerrado el acceso al periodismo profesional en los grandes diarios. (Sosa de Newton 2003).

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Lea Fletcher (1990, 91-101) y Hebe B. Molina (1993, 80-100) encuentran una posición más bien conservadora, sostenedora del orden patriarcal, en la concepción y descripción de la vida hogareña articulada en El médico de San Luis. Sin embargo, entendemos que sucede aquí lo mismo que en otra novela escrita por una mujer: Uncle Tom's Cabin, y que también fue considerada «conservadora». Como lo señala agudamente Jane Tompkins (1985, 123-146) apunta, empero, a una crítica profunda de las estructuras económicas y sociales estadounidenses y su manejo por parte de los varones.

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«Sólo he intentado producir en español, lo que creo no existe aun original en ese idioma: es decir el género literario de Andersen. ¿Cuál ha sido mi objeto al componer estos cuentos? Debo confesarlo, aun cuando la pretensión parezca superior a mis fuerzas. Vivir en la memoria de los niños argentinos! [...] La acogida benévola que obtuvo Chinbrú, publicado en folletín, acentuó en mí la idea que desde Europa me atormentaba tiempo há, cuando mis hijitos que adoran á Andersen, devoraban ávidos las obras de la Condesa de Segur, tan popular en Francia. Casi con envidia veía el entusiasmo con que esas inteligencias, esos corazones que eran míos, se asimilaban sentimientos e ideas que yo no les sugería; y más de una vez traté de cautivar a mi turno con mis narraciones, al grupo infantil.» (Mansilla E., 1880, V-VII)

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La Autobiografía de Victoria Ocampo, los diarios de Delfina Bunge (publicados por su nieta Lucía Gálvez) han dejado testimonio de las limitaciones de ese dorado gineceo, aun en las familias más cultas y volcadas hacia el cultivo de las artes y las ciencias, como la de Bunge.

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La clase alta argentina (sobre todo la porteña) de la época alimenta un decidido desdén por la cultura española: «En nuestro caso debemos de tener en cuenta, por añadidura, una especie de desdén latente hacia lo que venía de España [...] Además, debido a otro fenómeno, que sería curioso analizar, nos volvíamos al francés por repugnancia a la afectación. La penuria del español que aceptábamos nos lo tornaba imposible. Rechazábamos su riqueza; rechazábamos esa riqueza como una cursilería.» (Ocampo 1981, 29). Ver también en este sentido, el testimonio de María Rosa Oliver, perteneciente también al «patriciado» argentino «[...] descubrí la literatura francesa antes que la española (aunque aprendí versos del Martín Fierro y del Fausto de Estanislao del Campo al mismo tiempo que los mandamientos de la ley de Dios) porque pertenecía a un sector social influido por el liberalismo de los enciclopedistas y formado por él,...» «solo cuando ya estaba mentalmente formada pude apreciar a Cervantes (¡y cómo!), a Quevedo, Lope, Calderón, y entonces lamenté no haberlos leído antes. No haber descubierto antes el esplendor y la fuerza del idioma que me había tocado en suerte hablar...» (Oliver 1970, 336).

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«Muchos de nosotros empleábamos el español como esos viajeros que quieren aprender ciertas palabras en la lengua del país por donde viajan, porque esas palabras les son útiles para sacarlos de apuros en el hotel, en la estación y en los comercios, pero no pasan de ahí.» (Ocampo 1981, 28)

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El estado de la educación femenina en las clases altas fue admirablemente descrito en la novela Stella (1905) de Emma de la Barra de Los Llanos, que la firmó con el seudónimo de César Duayen. La vacuidad y el hastío de las señoritas argentinas contrastan con la energía y la sólida formación de Alexis, hija de una argentina y de un científico escandinavo, que ha hecho estudios académicos, y que no es comprendida por las mujeres de su familia materna.

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Había dicho Lucio: «no hay nación que yo ame más que la España ni lengua que me guste más que la española; porque es tan clara y tan precisa como la lengua inglesa, y tan armoniosa y tan bella como el mismo italiano. La primera vez que yo dije "Te amo" fue en esta lengua.» (Mansilla, Lucio V. 1963, 485).

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Otro modelo femenino muy valioso para V. O. fue la educadora española María de Maeztu, a la que conoció en 1926 y a la que admiraba especialmente por sus dotes oratorias. Después de Ortega, Maeztu le demuestra que se puede pensar tanto en castellano como en femenino. (Vázquez 2002, 129-130).

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