Hablando de Cervantes [La Libertad 3-11-1934]
Su actitud verdadera
Azorín
Se han comenzado a publicar unos primorosos folletos de divulgación del «Quijote». En el primero se publica un breve, sencillo, claro, preciso ensayo de D. Francisco Rodríguez Marín. El trabajo del maestro es excelente. Sabemos, leyéndolo, lo que, en resumen, necesitamos saber de Cervantes y de su obra. ¿Se quiere mucho a Cervantes en España? Existen actualmente dos Sociedades cervantinas: una lleva por título Los Amigos de Cervantes; la otra se titula Los Amigos de Miguel. Es casi desconocida esta última; la componen solo siete admiradores de Cervantes. Cuando hay una vacante se cubre por elección; las vacantes son muy apetecidas. Nadie conoce esta reducida y selecta Asociación. No celebra sus sesiones con motivo de fechas señaladas en la vida de Miguel, ni de efemérides notables, ni de casos singulares. Cuando le place, un día al mes, y donde le place, en algún lugar cervantino, la Sociedad se reúne. Charlan los amigos de Miguel sosegadamente; discuten sin ardimiento; tal vez se lee algún trabajo que no pasa de seis u ocho cuartillas. Y eso es todo. En Alcalá de Henares, en Esquivias, en El Toboso, en Valladolid, en Castro del Río, en Sevilla, en Madrid mismo celebra sus sesiones esta sucinta Sociedad. La última se celebró en Alcalá de Henares. Al saber Cervantes, en los Campos Elíseos, que esa sesión se iba a celebrar, decidió presenciarla. Estaba en compañía -su habitual compañía- de fray Luis de Granada y de Garcilaso. Los tres, fray Luis, Garcilaso y Cervantes, son los escritores clásicos que más hondo han «sentido».
-¿Vas a hacer una asomada por el Mundo? -preguntó fray Luis.
-¿Y en qué forma te vas a presentar? -interrogó Garcilaso.
Y Miguel, sonriendo, contestó:
-Tenemos los moradores de los Campos Elíseos, bien lo sabéis, la facultad de poder visitar la tierra. Podemos hacernos visibles y podemos, invisibles, pasar inadvertidos. Haré yo las dos cosas; me verán y no me verán. Seré visible y seré invisible. Y en cuanto al atavío, ¿qué atavío voy a llevar sino el que, proporcionalmente, con arreglo al tiempo, pero según mi fortuna cuando vivía, me corresponde en los días actuales?
*
Los amigos de Miguel marcharon a Alcalá de Henares. Dieron un paseo por los alrededores de la ciudad, y como vieran una casita campesina, en ella se metieron. La casa era mitad venta y mitad masada. Tenía una anchurosa cocina de campana. Era invierno. En el hogar ardía una confortadora lumbrarada. En la casa solo había una mujer anciana que andaba de un lado para otro, trajinando en los menesteres domésticos. Fueron bien acogidos. Se sentaron frente al fuego, y Paco Helices, el fino y sensitivo poeta, presidente de la Sociedad, dijo:
-Señores: ábrese la sesión. El tema de hoy va a ser interesante. Nos hallamos en una casa rústica; lo mismo puede ser de hace veinte años que de hace cuatro siglos. La componen paredes rojizas y desnudas. Y la cocina es una cocina perenne. Perdurarán en Castilla estas cocinas en tanto que haya fuego. Figurémonos que Miguel, nuestro amigo, ha dado un paseo por la campiña y ha entrado en esta casa a reposar un poco. Lo tenemos allí, en aquel rincón, sentado en una silla de pino con asiento de esparto. ¿Cuál es, señores, la actitud de Miguel? ¿Cuál es su actitud verdadera?
-Entendámonos -dijo otro de los amigos-. ¿Se trata de Miguel joven o de Miguel viejo? ¿Es Miguel animoso, o es Miguel, rendido por la pesadumbre de los años y las decepciones?
-Creo -volvió a decir el presidente- que entramos, sin saberlo, en el fondo de la cuestión. Se ha dicho «rendido por los años y por las decepciones». Eso indica ya cierto estado de ánimo. En efecto, es de Miguel viejo de quien se trata; de Miguel a los sesenta años; de Miguel desengañado de la vida.
-¿De Miguel desengañado de la vida, querido presidente? ¿Acaso Miguel llegó a estar nunca desengañado? ¿No tuvo siempre esa ingenuidad noble, esa confianza infantil, esa espontaneidad cautivadora que tienen los niños y las mujeres y que le hacían ser lo que era?
-Estamos en pleno asunto -observó Paco Helices-. Precisemos, ante todo, la actitud física, material; tenemos a Miguel sentado en aquella silla del rincón. Y yo os digo: ¿cuál es su verdadera actitud?
-¿Su actitud en el continente todo, en la faz, en los ojos, en los labios, en los brazos, en las piernas?
-Exactamente, puesto que su actitud física ha de reflejar fielmente su personalidad espiritual. Su actitud física no expresará el estado de su espíritu, sus esperanzas, sus desengaños, sus alegrías, sus dolores.
-La actitud no puede ser, en Miguel, más que la de un perfecto reposo, una perfecta serenidad.
-Pero, ¿serenidad sin dejo de amargura? ¿Sin sabor de sarcasmo? ¿Sin arrequives de ironía?
-¿Y por qué sarcasmo, ironía y amargura? Miguel era un hombre extremadamente bondadoso. La vida le había vencido, es cierto; pero la bondad de su corazón le hacía conservar una serenidad inalterable.
-Además, señores, ¿es que cuando se ha perdido ya toda esperanza, cuando no se espera ya nada de nadie, no se tiene, siendo inteligente, como lo era Miguel, una suave, delicada, inefable indiferencia por el Mundo y por las cosas, que nos coloca por encima de toda pasión, de la ironía, del sarcasmo, del despecho, de la envidia, de la ambición?
-¡Exacto, exacto! -exclamó Paco Helices-. Nos vamos acercando a la solución del problema. Ese es Miguel. Ese es el Miguel que tenemos ahí, sentado, en actitud de reposo profundo, de maravillosa serenidad.
-¿Es que Miguel no tenía conciencia de su valer? ¿No supo él lo que había hecho al escribir el «Quijote»?
-Lo supo; tenía conciencia de su valer; sabía él que sin el prestigio de otros, sin el renombre entre los cultos de que gozaban otros, él valía más que esos otros.
-¿Y no habría amargura en su actitud?
-¿Y por qué amargura? Precisamente esa conciencia de su valer era lo que le daba la serenidad. Valiendo más que esos otros, él se veía mezclado a un mundo humilde, prosaico, de que otros se veían libres. Y él, entre las cosas prosaicas, vulgares, en el vivir rudo, grosero, se complacía a solas consigo mismo, en su profunda soledad, en poner serenamente en ese mundo un ambiente de espiritualidad, de comprensión piadosa, que los otros, los prestigiosos y afortunados, no podían poner. ¡Y esa es la clave de su serenidad!
-De su serenidad -corroboró el presidente- viéndose viejo, achacoso y sin amparo positivo de nadie.
Acabó la sesión. Se disponían a regresar a Madrid los amigos de Miguel. Habían hecho la excursión en automóvil. Paco Helices dijo:
-Yo os dejo. Voy a regresar en el tren. Ya sabéis que de cuando en cuando me gusta viajar en tercera. Voy a charlar un poco con labriegos y gente popular. Hasta la noche.
*
Por las noches se reunía la tertulia en casa del presidente. Estaban aquella noche reunidos, cuando Paco Helices habló así:
-Os voy a contar lo que me ha sucedido en el viaje de Alcalá a Madrid. No me ha salido mal la cuenta. He cosechado algo. La cosecha ha sido de observaciones curiosas. No hay como los labriegos españoles para hablar bien. ¡Qué castellano tan vigoroso y expresivo! Pero no es de esto de lo que os quiero hablar. He visto en un rincón del coche en que yo viajaba, coche de tercera, un tipo de señor de pueblo que me ha impresionado. Era como el mismo Miguel de Cervantes. La frente ancha, los bigotes gruesos y caídos, las barbas de plata, los ojos serenos, los dientes grandes y helgados... ¡Qué profundo reposo en su actitud! Habíamos estado toda la tarde discutiendo sobre la actitud verdadera de Miguel, y, lo que son las cosas, de pronto, sin esperarlo, se me presenta un caso de analogía tal, de tal parecido, que yo no podía apartar la vista de ese señor.
-¿Y no le hablaste?
-¡Ya lo creo! Todo el camino fui charlando con él.
-¿Y qué decía?
-No decía nada notable. Eran cosas como las que se le ocurren a todo el mundo. Lo singular era la manera de decirlas; un tono de placidez, de dulzura, de profunda simpatía, que hacía que las palabras más vulgares adquirieran un valor insospechado.
-¡Es curioso!
-¡Es raro!
-¿Y el traje?
-Ya podéis figurároslo: un traje pobre, negro, muy raído, pero limpio. Y el sombrero también raído y pobre.
-¿Y no te dijo nada, absolutamente nada notable?
-Solo poco antes de llegar a Madrid, hablando de las cosas de la vida, dijo: «Quien tema a la soledad no podrá nunca comprender el misterio profundo de la vida». Y a punto de despedirnos, en la estación, me dio su tarjeta. Con la precipitación de la despedida no la leí. aquí debo tenerla.
Rebuscó el poeta en sus bolsillos. Y al cabo de un momento sacó una tarjeta. Todos se acercaron para verla. El presidente de los amigos de Miguel, leyó: «El amigo de sus amigos».
-¡Raro!
-¡Curioso!
-¡Extraño!
Y como el presidente repitiera instintivamente, sin proponérselo, la frase «el que tema a la soledad no podrá comprender nunca el misterio profundo de la vida», todos se sintieron sobrecogidos. Experimentaban la sensación profunda y misteriosa de que alguien, invisible, estaba entre ellos. Y de pronto, con un solo movimiento, se pusieron en pie, e inmóviles, rígidos, extáticos, guardaron un minuto de silencio.
Azorín