Ildefonso-Manuel Gil: «Huella del linaje». Cadernos das Nove Musas. Portugale, ED. Oporto, 1950
Ricardo Gullón
La revista «Portugale», de Oporto, ha dedicado uno de sus «Cadernos» al poeta Ildefonso-Manuel Gil, confeccionando una pequeña antología de sus versos, titulada «Huella del linaje», que comprende cinco poemas dedicados a cantar el amor al hijo, el recuerdo al padre, el sentimiento de la existencia en la corriente de la sangre, adscrito el hombre a la cadena de vida que constituye la estirpe. Tema, como se ve, hondo y resonante, adecuado para ser dicho por la voz grave, viril y apasionada de Gil.
¡Pues qué gran voz viril la de este poeta! Su palabra viene impregnada de pasión clarividente, de amor sereno y de esperanza. Canta sencillamente los descubrimientos inefables realizados en el viaje de retorno a paraísos perdidos, y en los ojos del hijo descubre el sentido de su propia infancia. La imagen del niño que fue reaparece y se confunde -se funde- con la del que ahora corre y juega a su lado. El pretérito vibra y vive por vez primera en plenitud. Ahora, ya en la madurez, entiende, al fin, lo pasado, y sombras llegan, familiares, amigas, a reunirse con el poeta acompañándole en la penumbra del tiempo. Sus padres viven en él, como en los padres vivieron los abuelos y él cuenta vivir en los hijos: a través del recuerdo, que, semejante a un gran río, surca y fertiliza los linajes.
Poesía de reconocimiento, de invención del mundo (quiero decir del universo del alma), conseguida de modo directo, con pretensión de expresar sin veladuras la emoción inicial. Hace años afirmó Gil en su Poética que del verso le importa más el «humano temblor» que la corrección marmórea. No podría ser un parnasiano, ni un garcilasista, porque la retórica (cierta «retórica», claro) estorba a quien siente tan ardorosamente la necesidad de gritar sus descubrimientos. Inmerso en la vida, su poesía está tejida con sueño y sangre. José Manuel Blecua señaló el existencialismo de Gil, en cuyas obras la angustia no es sentimiento allegadizo, sino dolor verdadero con raíces y justificaciones bien prendidas en el sufrimiento.
Los versos fluyen con perfecta naturalidad, sin esfuerzo. Con su voz de cada día, sin ahuecarla ni deformarla, canta el poeta su serena alegría. El «dolor antiguo», de antaño, se ha hecho jubilosa conformidad, y en el segundo de los poemas recogidos en este cuaderno proclama su vibrante esperanza y su fe purísima. Entre los poetas actuales, pocos sabrían cantarla con acento más noble, con un lenguaje tan puro y sencillo como el empleado por Gil para decir cómo el hombre puede evadirse de la soledad por las soledades y hacia el sueño por caminos de realidad y de vida.