Según el último arreglo hecho por Garrick
para el teatro de Drury Lane (Lon.) | ||||
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(ROMEO y PARIS se baten.) | ||||
| PARIS..- (Cayendo.) ¡Ah! ¡Muerto soy! Si hay piedad en ti, abre la tumba y ponme al lado de Julieta. (Muere.) | ||||
ROMEO..- Sí, por cierto, lo haré. -Contemplemos su faz. -¡El pariente de Mercucio, el noble conde Paris! Tú, lo mismo que yo, inscrito en el riguroso libro de la adversidad. Voy a sepultarte en una tumba esplendente. ¿Una tumba? ¡Oh! No, una gloria, asesinado joven; pues en ella reposa Julieta. (Desencaja la puerta del monumento.) ¡Oh amor mío, esposa mía! La muerte, que ha extraído la miel de tu aliento, no ha tenido poder aún sobre tu hermosura; no has sido vencida; el carmín, distintivo de la belleza, luce en tus labios y mejillas, do aún no ondea la pálida enseña de la muerte. -¡Oh, Julieta!, ¿por qué luces tan encantadora todavía? -Aquí, aquí voy a establecer mi eternal permanencia, a sacudir del yugo de las estrellas enemigas este cuerpo cansado de vivir. (Se apodera del pomo.) ¡Ven, amargo conductor, ven, repugnante guía! ¡Piloto desesperado, lanza ahora de un golpe, contra las pedregosas rompientes, tu averiado, rendido bajel! ¡Basta! -¡Por mi amor! (Apura el veneno.) ¡Una postrer mirada, ojos míos! ¡Brazos, estrechad la vez última! Y vosotros, ¡oh labios!, sellad las puertas de este aliento con un ósculo legítimo. (Despierta JULIETA.) ¡Poco a poco! -¡Respira y se mueve! | ||||
JULIETA.- ¿Dónde estoy? ¡Amparádme, espíritus celestes! | ||||
ROMEO.- ¡Habla, vive! Sí, ¡aún podemos ser felices! Mi buena, propicia estrella, me indemniza al presente de todos los pasados sufrimientos. -Levántate, levántate, Julieta mía, deja que de este antro de muerte, de esta mansión de horror, te trasporte sin demora a los brazos de tu Romeo, que en ellos infunda en tus labios vital aliento y te vuelva mi alma a la vida y al amor. (La levanta.) | ||||
JULIETA.- ¡Dios mío! ¡Qué frío hace! -¿Quién está ahí? | ||||
ROMEO.- Tu esposo, tu Romeo, Julieta; vuelto de la desesperación a una inefable alegría. Deja, deja este lugar y huyamos juntos. (La saca de la tumba.) | ||||
JULIETA.- ¿Por qué así me violentáis? - Jamás consentiré, pueden faltarme las fuerzas, pero es invariable mi voluntad. -No quiero casarme con Paris. ¡Romeo es mi consorte! | ||||
ROMEO.- Romeo es tu consorte; ese Romeo soy yo. Ni todo el contrario poder de la tierra o de los hombres romperá nuestro vínculo, ni te arrancará de mi corazón. | ||||
JULIETA.- Yo conozco esa voz; su mágica dulzura despierta mi suspenso espíritu. -Ahora recuerdo bien todos los pormenores. ¡Oh! ¡Mi dueño, mi esposo! (Yendo a abrazarlo.) ¿Huyes de mí, Romeo? Deja que toque tu mano y que guste el cordial de tus labios. -¡Me asustas! Habla. -¡Oh! Que oiga yo otra distinta voz que la mía en este lúgubre antro de muerte, o perderé el sentido. -Sostenme. | ||||
ROMEO.- ¡Oh! No puedo; estoy sin fuerzas; por el contrario, necesito tu débil apoyo. -¡Cruel veneno! | ||||
JULIETA.- ¡Veneno! ¿Qué dices, dueño mío? Tu balbuciente voz, tus labios descoloridos, tu errante mirada... -¡En tu faz está la muerte! | ||||
ROMEO.- Si lo está: lucho al presente con ella. Los trasportes que he sentido al oírte hablar, al verte abrir los ojos, han detenido un breve instante su impetuoso curso. Todo mi pensamiento era ventura, estaba en ti; mas ahora corre el veneno por mis venas... -No tengo tiempo de explicarte. -El destino me ha traído aquí para dar un último, último adiós a mi amor, y morir a tu lado. | ||||
JULIETA.- ¿Morir? ¿Era el monje traidor? | ||||
ROMEO.- No sé de eso; te creía muerta. Fuera de mí al contemplarte... -¡Oh!, ¡fatal prontitud! -Apuré el veneno, -besé tus labios, y hallé en tus brazos un sepulcro precioso. -Pero en ese instante... -¡Oh! | ||||
JULIETA.- ¡Y me he despertado para esto! | ||||
ROMEO.- Extenuadas están mis fuerzas. Entre la muerte y el amor, disputado vaga mi ser; pero la muerte es más fuerte. -¡Y tengo que dejarte, Julieta! -¡Oh cruel, cruel destino! En presencia del Paraíso- | ||||
JULIETA.- Tú deliras; apóyate sobre mi seno. | ||||
ROMEO.- Los padres tienen corazones de piedra, no hay lágrimas que les enternezcan; -la naturaleza habla en balde. Los hijos tienen que ser infelices. | ||||
JULIETA.- ¡Oh! ¡Se me parte el corazón! | ||||
ROMEO.- Es mi esposa; -nuestras almas nacieron gemelas. -Detente, Capuleto. -Suéltame, Paris; no tires así las fibras de nuestros corazones, -crujen, -se rompen. -¡Oh! ¡Julieta! ¡Julieta!
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(Muere. JULIETA se desmaya sobre el cuerpo de ROMEO.) | ||||
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(Entra FRAY LORENZO, con una linterna y una barra de hierro.) | ||||
FRAY LORENZO.- ¡San Francisco, sea mi auxiliar! ¡Cuántas veces esta noche han tropezado contra tumbas mis añosos pies! -¿Quién está ahí? -¡Ay!, ¡ay!, ¿qué sangre es ésta que mancha el pétreo umbral de este sepulcro? | ||||
JULIETA.- ¿Quién está ahí? | ||||
LORENZO.- ¡Cielos! ¡Julieta en sí! ¡Y Romeo muerto! -¡Y también Paris! ¡Ah! ¿Qué desapiadada hora es culpable de este lamentable suceso? | ||||
JULIETA.- Ahí está aún y yo le tengo bien; no le arrancarán de mis brazos. | ||||
FRAY LORENZO.- ¡Cordura, señora! | ||||
JULIETA.- .¡Cordura! ¡Ah! Padre maldito. ¡Hablas de cordura a una tal desventurada! | ||||
FRAY LORENZO.- ¡Oh, error fatal! Alza, bella infeliz, y abandona esta escena de muerte. | ||||
JULIETA.- No te me acerques; -o este puñal va a vengar la muerte de mi Romeo. (Saca un puñal.) | ||||
| FRAY LORENZO.- No me admira; el dolor te vuelve loca. (Voces fuera que gritan: ¡Venid, venid!) ¿Qué ruido es ése? -Huyamos, querida Julieta. Un poder superior, al que no podemos resistir, ha desconcertado nuestros designios. Ven, huyamos. Desgraciada mujer, yo te haré entrar en una comunidad de santas religiosas. (Voces fuera: ¿Por dónde? ¿por dónde?) Basta de querellas; la ronda llega. -Ea, ven, querida Julieta. -No me atrevo a permanecer más tiempo. (Escapa.) | ||||
JULIETA.- Sal, aléjate de aquí; pues yo no quiero partir. -¿Qué es esto? ¡Ah! ¡El prematuro fin de Romeo! -¡Avaro! Tomárselo todo, sin dejar ni una gota amiga para ayudarme a ir tras él! Quiero besar tus labios; ¡acaso exista aún en ellos un resto de veneno! (Voces fuera: Condúcenos, PAJE; ¿por dónde?) ¡Ruido aún! Apresurémonos pues. -¡Oh, dichoso puñal! Esta es tu vaina; reposa ahí y déjame morir. (Se clava el puñal y muere.) | ||||
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(Entran BALTASAR y el PAJE rodeados de guardias. Enseguida el PRÍNCIPE y sus acompañantes con antorchas.) | ||||
BALTASAR.- Éste es el sitio, señor. | ||||
PRÍNCIPE.- ¿Qué infortunio ocurre a tan primera hora, que nos arranca de nuestro matinal reposo? | ||||
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(Entran CAPULETO y otros señores.) | ||||
CAPULETO.- ¿Qué es lo que pasa, que así alborotan por fuera? Unos gritan en las calles, ¡Romeo! otros, ¡Julieta! otros, ¡Paris! y todos corren con gran vocería hacia el panteón de nuestra familia. | ||||
PRÍNCIPE.- ¿Qué alarma es ésta que ensordece nuestros oídos? | ||||
BALTASAR.- Augusto señor, el conde Paris yace asesinado ahí; Romeo sin vida, y Julieta, de antemano muerta, caliente aún y acabada segunda vez. | ||||
CAPULETO.- ¡Ay de mí! Este cuadro mortuorio es campana que llama al sepulcro mi vejez. | ||||
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(Entran MONTAGÜE y otros señores.) | ||||
PRÍNCIPE.- Acércate, Montagüe: temprano te has puesto en pie para ver a tu hijo y heredero más temprano caído. | ||||
MONTAGÜE.- ¡Ay! Príncipe mío, mi esposa ha muerto esta noche; el pesar del destierro de su hijo la dejó inánime. ¿Qué nuevo dolor conspira contra mi vejez? | ||||
PRÍNCIPE.- Mira y verás. | ||||
MONTAGÜE.- ¡Oh, hijo degenerado! ¿Qué usanza es ésta de lanzarte en la tumba antes de tu padre? | ||||
PRÍNCIPE.- Tened, sellad el ultrajante labio hasta que hayamos podido esclarecer estos misterios y descubrir su origen, su esencia, su verdadera progresión. Hasta entonces, reprimíos y avasallad a la paciencia el infortunio. Haced que avancen los individuos sospechosos. | ||||
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(Entra FRAY LORENZO.) | ||||
FRAY LORENZO.- Yo soy el principal. | ||||
PRÍNCIPE.- Di, pues, sin retardo, todo lo que sabes acerca de esto. | ||||
FRAY LORENZO.- Apartémonos de esta lúgubre, mortal escena, y os lo contaré todo. Si en lo presente ha ocurrido desgracia por mi falta, que mi vieja existencia, algunas horas antes de su plazo, sea sacrificada al rigor de las leyes más severas. | ||||
PRÍNCIPE.- Siempre te hemos tenido por un santo varón. -Que el criado de Romeo y este paje nos sigan. Vamos a salir y a informarnos bien de este triste desastre. -Prudentes demasiado tarde, lamentad al presente, ancianos, las trágicas consecuencias de vuestros mutuos odios. ¡Cuántas desgracias terribles ocasionan las discordias privadas! Sea la causa cualquiera, el inevitable efecto es una calamidad1339. | ||||
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(Retíranse todos.) | ||||
Durante la época en que el señor de la Escala gobernaba a Verona había en la ciudad dos familias, que se distinguían sobre las demás por razón de su lustre y riquezas, una de las cuales se apellidaba de los Montescos y la otra de los Capuletos; mas entre ambas casas, como siempre acontece respecto de los que se hallan en un idéntico grado de honor, se levantó cierta enemistad que, si bien ligera y bastante mal fundada, fue tomando cuerpo con los años, hasta el extremo de ocasionar tramas que acabaron con la vida de muchos. El Sr. Bartolomé de la Escala, viendo tal desorden en su república, trató por cuantos medios estaban en su mano de reducir y conciliar los opuestos partidos; pero todo fue en vano: el rencor de aquéllos se había hecho tan fuerte que nada podía ya obrar la prudencia ni el consejo. Preciso fue, pues, dejar en esta lucha a las dos casas, y aguardar una oportunidad más propicia para poner fin a tales reyertas.
Mientras se pasaban así las cosas, uno de los Montescos, que se llamaba Romeo, de edad de veinte a veintiún años, el más bello y más apuesto hidalgo de toda la juventud de Verona, se enamoró de cierta noble doncella del mismo punto1340, y en pocos días se dejó arrastrar tanto de sus gracias que, olvidándose de todo, dedicó a ella exclusivamente sus atenciones, remitiéndola al efecto cartas, mensajes y presentes continuos. Determinado al fin a confiarle sin reserva sus sentimientos, hízolo en la primera ocasión; pero la doncella, educada en los más rectos principios de virtud, contestó de un modo tal a sus declaraciones y puso semejante coto a sus vehementes afectos, que acabó con toda futura esperanza, sin hacer gracia de una sola mirada. Sin embargo, cuanto más esquiva la contemplaba el joven, más crecía su ardor, y por esto, después de haber continuado así por algunos meses, sin poder reprimir ni hallar remedio a su pasión, determinó al fin salir de Verona, en la idea de que un cambio de sitio pudiera en algo variar sus sentimientos. «¿De qué me vale -se decía- amar a una ingrata que de tal modo me desdeña? A todas partes la sigo, y no hace más que huírseme; yo no me siento bien sino cuando estoy a su lado, y ella no halla contento sino ausente de mí. Quiero no verla más en lo adelante; pues, no viéndola, quizás este fuego mio, que toma alimento y sostén de sus ojos, se amortiguará poco a poco.» Pero todos estos planes quedaban en un segundo deshechos, y así, no sabiendo el joven por qué resolverse, pasaba noches y días en quejumbres extraordinarias; pues Amor le había tan bien impreso en el alma la hermosura de la doncella, le estrechaba tan fieramente, que, no pudiendo resistirle, sucumbía bajo su peso y se acababa insensiblemente, como la nieve al sol.
Sus padres y deudos, que esto veían, lamentaban hondamente su desastre; pero, sobre todo, un íntimo compañero suyo, de alguna más edad y experiencia, el cual tanto le amaba que se hacía partícipe de su martirio1341; por lo cual, viéndole así entregado a sus desvaríos amorosos, le dijo:
-Romeo, me admira en gran manera que consumas los mejores años de tu vida en solicitar una persona que te excusa y menosprecia, sin hacerse cuenta de tus excesivas dilapidaciones, sin cuidarse de tu dicha, de tus lágrimas, ni de la vida miserable que llevas, capaz de mover a piedad los más duros corazones; ruégote, por lo tanto, en nombre de nuestra antigua amistad y por tu propio bien, que aprendas a dominarte en lo futuro y a no entregar tu corazón a persona tan ingrata; pues, a lo que puedo inferir por las cosas que han pasado entre vosotros, o ella tiene amor por alguno, o ha formado el propósito de no querer a nadie. Eres joven, rico en bienes de fortuna, de mejor parecer que ningún otro hidalgo de la ciudad, tienes instrucción, eres hijo único. ¡Qué angustia para tu pobre, anciano padre, para tus demás parientes, el verte así lanzado en este abismo de vicios, en la edad precisamente en que debieras hacerles esperanzar en ta virtud! Empieza a reconocer el error en que has vivido hasta aquí, aparta ese amoroso velo, que te tapa los ojos y que te impide seguir la recta senda por que han marchado tus progenitores; y si en amar te empeñas, pon tu afecto en persona distinta, elige una mujer que lo merezca y no siembres más tus penas en fructífera. La época en que las damas de la ciudad se reúnen se halla próxima: quizás en medio de esa sociedad pueda tu vista fijarse tan agradablemente en alguna, que te haga al cabo olvidar tus precedentes pasiones.
Habiendo escuchado el joven atentamente las persuasivas palabras de su amigo, comenzó a moderar su ardor y a conocer que las exhortaciones hechas no tendían sino a buen fin, disponiéndose, por lo tanto, a asistir a todas las concurrencias y festines de la ciudad, sin conservar preferencia determinada por ninguna dama. Y pensado que lo hubo, lo puso en planta por dos o tres meses consecutivos, creyendo de este modo extinguir las chispas de su antigua llama.
Llegó a poco tiempo de esto la fiesta de Navidad, en que, según costumbre, se daban bailes de máscaras; y como Antonio Capuleto era el jefe de su casa y uno de los más encumbrados señores de la ciudad, concertó un festín, convidando, para mejor solemnizarlo, a toda la nobleza de ambos sexos, en la que se hallaba comprendida la mayor parte de la juventud de Verona. La familia de los Capuletos, como se ha dicho al principio de esta historia, se hallaba en desavenencia con la de Montescos, razón por la cual ninguno de los de ésta asistió a la fiesta, exceptuando el adolescente Romeo, que, disfrazado de máscara, entró después de la cena, en unión de otros jóvenes caballeros. Mantuviéronse todos por algún rato con la faz cubierta, mas luego se desenmascararon, y Romeo, vergonzoso, colocose en un rincón de la sala, donde, sin embargo, por la claridad de las bujías que iluminaban la estancia, fue al punto notado, especialmente por las damas, a quienes, no sólo cautivaba su natural belleza, sino la seguridad y atrevimiento de verle penetrar con tal privanza en la mansión de los que tan mal debían quererle. Y como los Capuletos, bien por su propia respetabilidad o por consideración a las personas que les rodeaban, disimulando su odio, no le hiciesen reproche de especie alguna, Romeo, que a su sabor podía contemplar a las damas todas, lo hizo con tan cumplida gracia, que no quedó una sola que no recibiera placer de verlo allí.
Después que el mancebo, siguiendo la corriente de sus inclinaciones, hubo formado juicio particular de todas las jóvenes, se fijó en una, no vista hasta entonces, que por su extrema belleza vino a ocupar el primer puesto en su corazón; y esta nueva llama, que destruyó por completo la antigua, tomó tan colosales proporciones que jamás pudo extinguirse en lo futuro sino por la muerte, como vais a saber por una de las más extrañas narraciones que ha podido el hombre imaginar.
1342La joven de quien Romeo se apasionó tan perdidamente se llamaba Julieta, y era hija de Capuleto, señor de la casa donde tenía lugar la fiesta. Sus miradas, paseándose de un extremo a otro, habían tropezado con el mancebo y fijándose en su belleza singular, y Amor, que estaba en acecho y nunca antes de allí tocara el tierno corazón de la doncella, lo punzó tan a lo vivo que, por más resistencia que quiso oponer, no pudo contrarrestarle en fuerza; resultando de aquí que la pompa del festín comenzó a serle indiferente, y que el único placer de su pecho vino a cifrarse en contemplar a Romeo y en que éste clavase sus ojos en ella. En tal disposición de sentimientos, los dos amantes, en cuyas almas ya había la pasión abierto una ancha brecha, buscaban con ansia la ocasión de reunirse y platicar juntos, lo cual les ofreció la propicia fortuna; pues viendo Romeo que Julieta había sido invitada al baile de La Antorcha1343, en el que por cierto sobrepujó a todas las jóvenes de Verona, calculó el puesto en que debía quedar, y tomó tan bien sus medidas que a la conclusión, vuelta Julieta al punto de que había partido, se encontró sentada entre el mancebo y otro llamado Mercucio1344, cortesano muy estimado y bien recibido de todos, a causa de sus chistes y galanteos, y sobre todo, atrevido con las vírgenes como un león con las ovejas.
Viendo Romeo que el dicho Mercucio (cuyas manos lo propio en verano que en invierno se hallaban heladas) se había apoderado de la derecha de la joven, tomó la izquierda de ésta y apretándola un poco, se sintió tan favorablemente correspondido que perdió el habla. Notándolo Julieta, ya deseosa de escucharle, volviose para mirarle y le dijo: «¡Bendita sea la hora de vuestra llegada a este sitio!» Y como el mancebo, suspirando y tembloroso, le preguntase la causa de semejante manifestación, prosiguió la doncella, algún tanto más repuesta: «No os asombre que de ello me felicite, pues el frío glacial que me ha comunicado la mano de Mercucio me lo ha quitado felizmente la vuestra».
A lo cual contestó inmediatamente Romeo:
-Señora, si el cielo me ha favorecido hasta el punto de poderos brindar un servicio por haberme casualmente acercado aquí, lo estimo bien empleado, no deseando otra fortuna, para colmo de mis contentos en el mundo, que honraros y serviros durante el resto de mi vida. Si el calor de mi mano os ha confortado algún tanto, puedo aseguraros que su fuego es harto insignificante en comparación con las chispas que despiden vuestros bellos ojos, fuego que ha inflamado de tal modo todas las partes sensibles de mi ser, que, si no le asiste vuestra divina gracia, va a verse pronto reducido a cenizas.
Apenas pronunciadas estas frases, dio fin el juego, y Julieta, que en puro amor se encendía, sólo tuvo ocasión de decir por lo bajo a su celebrador:
-No sé qué más cierto testimonio podéis desear de mi afecto que el de aseguraros que soy tan vuestra como vuestro propio individuo, hallándome pronta a obedeceros en cuanto el honor permita. Es todo lo que al presente puedo manifestaros, suplicando que ello os baste hasta que una ocasión propicia nos proporcione la dicha de hablar privadamente.
Viéndose, pues, obligado Romeo a partir con sus compañeros, sin saber de qué medio valerse para tornar al lado de la que era su vida y su muerte, ignorando hasta su nombre, inquirió de un amigo y por él supo que la joven era hija de Capuleto, el señor de la casa en que había tenido lugar el festín. Julieta, por su parte, anhelosa igualmente de conocer al que tanto la había obsequiado, al que ya ocupaba en su alma un preferente lugar, yéndose a una anciana camarera, la dijo: «Madre, ¿quiénes son esos dos hidalgos que llevan antorchas y salen los primeros?» Y como el aya la indicara el nombre de sus familias, añadió la doncella: «¿Qué joven es aquél que lleva un antifaz en la mano y va cubierto con una capa de damasco?» «Es Romeo Montesco -contestó el ama-, hijo del capital enemigo de vuestro padre y sus parientes todos».
El solo nombre de Montesco bastó para sumir a la joven en una confusión extrema, comprendiendo toda la distancia que le apartaba de su bien amado; sin embargo, supo tan bien disimular su descontento que la nodriza, sin concebir la menor sospecha, la instó a recogerse. Hízolo así la joven; pero, ya en su lecho, un millar de pensamientos diversos surgieron en su mente y comenzaron a atormentarla de tal modo que le era imposible conciliar el sueño. Vagando entre la idea halagadora que daba fomento a su pasión y el temor de obrar indiscretamente, que tendía a cortar el vuelo de aquella, no sabía qué partido adoptar, y exclamaba deshecha en llanto, reprochándose a sí misma: «¡Ah! Infeliz y miserable criatura, que pierdes el reposo sin saber cómo te vienen estos desusados trastornos que en el alma sientes, ¿sabes acaso si te ama ese joven, si te ha dicho verdad? Quizás, usando de melosas palabras, trata él de arrebatarte el honor, de vengar en tus parientes las ofensas que han recibido los suyos, de inferirte una infamia eterna, haciéndote la fábula y el ludibrio de Verona».
Variando luego de sentido, condenaba su conducta y se decía: «¿Cabe en lo posible que, bajo formas tan bellas, bajo una tan completa apariencia de dulzura, se alberguen la deslealtad y la traición? Si la faz es la fiel mensajera de las concepciones del espíritu, segura estoy de que me ama, pues sus mutaciones de color al hablarme, sus repentinos trasportes son ciertos augurios de pasión. Quiero, pues, persistir en este afecto, hacerle el constante ídolo de mi existencia. Nuestra alianza, concluyendo la desunión de las dos familias, traerá a ellas una paz inextinguible».
Fija en esta determinación, cuantas veces pasaba Romeo por la puerta de su casa se presentaba con alegre rostro y le seguía con los ojos hasta verle desaparecer; mas esto duró solo por espacio de algunos días, siendo la causa que el mancebo, habiendo atisbado cierta vez a su adorada en la ventana de su aposento, que daba a una calle muy estrecha limitada en la acera opuesta por un jardín, comenzó desde entonces a pasearse por allí de noche, cubierto con una capa y bien provisto de armas, excusando pasar por la puerta y abrir camino a las sospechas.
Julieta, que no se explicaba la ausencia del joven, mantenía una continua impaciencia, la cual, llevándole al sitio de que hemos hablado, se lo hizo descubrir a favor de la claridad de la luna, casi tocando a su ventana. Alarmada al par que conmovida viéndole tan cerca, preñados de lágrimas los ojos y con voz interrumpida por los suspiros, se dirigió a él y le dijo:
-Señor Romeo, paréceme que prodigáis mucho vuestra vida, aventurándola en tal hora a la merced de los que mal os aman1345, de los que, a encontraros, os harían pedazos y comprometerían mi honor, que estimo más que la vida.
-Señora -contestó Romeo-, mi vida está en manos de Dios, y él sólo puede disponer de ella. Si alguno intentase quitármela, le haría entender en vuestra presencia cómo sé defenderla, sin que por decir esto la estime en tanto que, en caso de necesidad, no la sacrificara gustoso por vos. De perderla aquí, no me pesaría otra cosa que haber perdido con ella el medio de haceros comprender cuánto os amo y deseo serviros. Para rendiros sólo homenaje de adoración y respeto hasta el último suspiro la quiero, no para otra cosa.
Conmoviose hondamente Julieta al escuchar estas palabras, y dando entrada en su pecho a la piedad, apoyada la cabeza en la mano1346 y bañado el rostro en lágrimas, dijo a Romeo:
-Señor, os suplico que no me recordéis el peligro de que habláis, pues la sola idea de él me hace estar entre la vida y la muerte. Mi corazón se halla tan unido al vuestro, que el menor sinsabor que recibierais se haría extensivo a mí: en gracia, pues, de nuestro bien común, decidme en pocas frases lo que tratáis de hacer. Aguardar privanza alguna contraria al decoro sería manteneros en un error; si, por el contrario, es santa la voluntad que os anima, si el afecto que me confesáis se halla basado en la virtud y arde en deseos de hacerme esposa vuestra, tan amante y dispuesta me encontraréis que, sin tener en cuenta la obediencia y respeto que debo a mis padres, ni la antigua enemistad de nuestras familias, os haré dueño y señor perpetuo de mi persona y de cuanto la atañe, y me hallaréis pronta y dispuesta a seguiros a donde quiera que os plazca.
Romeo, que no aspiraba a otra cosa, elevando las manos al cielo y en medio de un indefinible contento, respondió:
-Pues que me hacéis el honor de aceptarme por esposo, estoy pronto a serlo, y mi corazón, que ardientemente lo anhela, os quedará en prenda y como seguro testimonio de la palabra empeñada hasta que Dios me permita mostrarlo con la evidencia. Para dar, pues, comienzo al asunto, ir mañana a consultar con Fray Lorenzo, quien, no sólo es mi padre espiritual, sino mi consultor ordinario en negocios de interés privado, y tan pronto como le hable (si no lo lleváis a mal) acudiré a este propio sitio y a idéntica hora, a fin de instruiros de nuestros planes.
Y esto dicho y convenido, se apartaron los dos amantes sin que Romeo, a excepción del consentimiento prestado, hubiera alcanzado otro favor.
Fray Lorenzo, de quien más adelante se hará amplia mención, era un antiguo doctor en teología, de la orden de religiosos menores, el que además de su vasta instrucción canónica era muy versado en filosofía, escudriñador profundo de los secretos de la naturaleza, y hasta tenido, en tal concepto; como inteligente en materias de magia y en otras ciencias reservadas, lo que en nada realmente atacaba su reputación. Y se había, por su discreto proceder y sus bondades, tan bien ganado la voluntad de los ciudadanos de Verona, que era casi el único confesor de ellos. Chicos y grandes le reverenciaban y querían, los altos magnates le pedían su voto en las circunstancias difíciles y le dispensaban entero favor, especialmente el señor de la Escala y las familias de los Montescos y los Capuletos.
El joven Romeo, según queda dicho, desde su más tierna edad profesaba una gran afección a Fray Lorenzo y le hacía depositario de sus menores secretos; así es que, tan pronto como dejó a Julieta, se fue derecho a San Francisco y puso en noticia del buen padre cuanto pasado y convenido había, añadiéndole, por conclusión, que, antes de faltar a su promesa, se hallaba dispuesto a elegir una muerte vergonzosa. Enterado el digno religioso, hizo al joven cuantas observaciones el caso requería exhortándole a pensar con más detenimiento; mas vencido por su pertinacia y, por otro lado, halagando la idea de que el tal matrimonio pudiera quizás concluir la desunión de las dos familias, accedió al fin a sus instancias bajo condición de tomarse un día para convenir el medio de llevarlo a cabo.
Mientras así obraba Romeo, Julieta, por su parte, no se descuidaba, y como, a excepción de su nodriza que en clase de camarera la acompañaba de continuo, no tenía otra persona a quien abrir su corazón, confió a la expuesta todo su secreto, viniendo al fin a alcanzar que le prometiese su ayuda y fuese a inquirir de Romeo lo convenido entre él y Fray Lorenzo1347. El enamorado joven, que otra cosa no deseaba, la informó al instante de lo resuelto; díjola que el padre había remitido para el día en que estaban la decisión del caso; que, en consecuencia de ello, hacía apenas una hora acababa de verle, y que el proyecto era, en resumen, que la joven pidiese permiso a su familia para ir a confesar el sábado próximo a cierta capilla de la iglesia de San Francisco, donde debía quedar secretamente celebrado su matrimonio.
Instruida Julieta de todo, se condujo con tal discreción que alcanzó el permiso de su madre, y sólo acompañada de la nodriza y de una joven amiga suya1348 se fue a la iglesia el día convenido, haciendo avisar su llegada a Fray Lorenzo. Éste, que se hallaba a la sazón en el confesonario, vino al instante en su busca, y bajo pretexto de confesarla se la llevó a su celda, donde estaba Romeo. Una vez allí, cerró tras sí la puerta y dijo a la doncella:
-Montesco, aquí presente, me ha dicho que deseáis tomarle por esposo y que él también quiere haceros su mujer; ¿persistís ambos en dicho propósito?
Y como los dos amantes contestasen de acuerdo, viendo conformes sus voluntades y previas las competentes recomendaciones, pronunció las sacrosantas palabras, invitando a los nuevos esposos a que conferenciasen libremente si tenían algo que decirse. Romeo, precisado a salir, aprovechose del permiso que le daban, y después de pedir a Julieta que le enviase al ama por la tarde, la previno que iba a proveerse de una escala de cuerdas a fin de penetrar en su habitación a través de la ventana y poder comunicarle a solas sus pensamientos.
Arregladas así las cosas, separáronse los dos amantes, llena el alma de increíble contento y de la más dichosa esperanza. Tan pronto como Romeo llegó a su casa, contó cuanto se deja dicho a un servidor suyo, llamado Pedro1349, en cuya experimentada fidelidad tenía confianza extrema, mandándole hacerse de una escala de cuerdas, provista a los extremos de fuertes garfios de hierro; y Julieta, por su parte, cuidó de enviar la nodriza a la hora convenida, la que pudo así recoger el utensilio citado y traer con él a su señora la seguridad de la próxima visita del mancebo.
Preciso es creer, por lo que otros en idéntica situación han sentido, que la distancia del tiempo debió parecer en extremo larga a los apasionados, que cada minuto se trocó para ellos en una hora, y que, si hubiesen podido mandar al cielo, como Josué al sol, la tierra se habría instantáneamente cubierto de las más oscuras sombras.
Llegado el instante, engalanose Romeo con su más suntuoso traje, y favorecido por su buena estrella, se sintió poseído de tal vigor al acercarse al sitio que daba aliento a su alma que, sin el menor embarazo, franqueó la muralla del jardín, y hallando ya pendiente de la ventana la escala consabida, subió por ella a la habitación de Julieta1350. Ésta, que con tres cirios de cera virgen había puesto su estancia como el día para mejor distinguir, se arrojó incontinenti al cuello de Romeo, e incapaz de proferir palabra, toda suspirante y siempre unidos sus labios a los de su bien, quedó como desfallecida en brazos de éste, enviándole tiernas miradas que le hacían vivir y morir a un propio tiempo. Al cabo, volviendo de su éxtasis, dijo al joven:
-Romeo, ejemplo de virtud y gallardía, sed bien venido a este sitio en que, por causa de vuestra ausencia, temiendo por vos, he derramado tantas lágrimas que casi se ha agotado su manantial. Puesto que ahora os tengo en mis brazos, por satisfecha me doy de lo que he sufrido, y dispongan como quieran sobre el porvenir la muerte y la fortuna.
A lo cual, todo enternecido, contestó Romeo:
-Señora, aunque no alcance a comprobaros la influencia y poder que ejercéis sobre mí, si puedo asegurar que los tormentos sufridos por vuestra ausencia me han sido mil veces más dolorosos que la muerte, la cual, a no haberme esperanzado de continuo en esta hora venturosa, habría tronchado el hilo de mis días. El presente instante compensa, empero, mis pasadas aflicciones, y me hace más feliz que si fuera señor del mundo. Sí, olvidemos las antiguas miserias; demos expansión a nuestras almas, y obremos con tal discreción y prudencia que nos sea dable continuar por siempre en reposo y tranquilidad, sin ofrecer ventaja alguna a nuestros enemigos.
A este punto habían llegado cuando, presentándose la nodriza, les dijo:
-Quien malgasta su tiempo en balde, demasiado tarde lo recobra. Uno y otro os habéis proporcionado sinsabores, y he ahí, prosiguió señalando a determinado punto de la habitación, el sitio en que podéis desquitaros. Los amantes no desperdiciaron el consejo, y redoblando los dulces agasajos, arribaron al colmo de su felicidad1351.
Habiendo amanecido, apartose Romeo del lado de Julieta jurándola antes que no dejaría pasar dos días sin visitarla, en tanto que la suerte le impidiera proclamar su matrimonio a la faz del mundo. Y cumpliéndose esto así, los dos esposos continuaron viéndose y gozando de un contento increíble hasta que la fortuna, envidiosa de tal prosperidad, tornose en adversa y los llevó a un abismo en que pagaron con usura las dichas pasadas, como lo vais a ver en el curso de esta relación.
Según queda ya dicho, el señor de Verona no había podido llevar a tal punto la reconciliación de los Montescos y Capuletos que hubiera hecho desaparecer las chispas de su antiguo rencor, y por esta causa sólo aguardaban las dos familias un ligero pretexto para atacarse. Las fiestas de Pascua proporcionaron esta ocasión, pues que, habiéndose encontrado cerca de la puerta de Bursari, delante del viejo castillo de Verona, dos partidas de las casas ya mencionadas, sin entrar en palabras comenzaron a acuchillarse, instigados y movidos los Capuletos por un tal Tybal, primo hermano de Julieta, el que hacía las veces de jefe, siendo en extremo atrevido y diestro en el manejo de las armas. Esparcido bien pronto el rumor de la contienda por los cantones de la ciudad, empezó a acudir gente de todas partes; el propio Romeo, que a la sazón se paseaba con algunos amigos por la población, no tardó en presentarse en el sitio de la riña, y viendo el desastre que se operaba entre sus allegados, no pudiendo reprimirse, dijo a sus compañeros: «Separémosles, señores, pues unos y otros se hallan tan ciegos que va a hacerse general la pelea». Y dando el ejemplo, precipitose en medio de los combatientes y, sin hacer otra cosa que parar los golpes que le asestaban, exclamaba sin interrupción: «Basta, amigos; tiempo es ya de que acaben nuestras rencillas; con ellas ofendemos a Dios grandemente, escandalizamos al mundo entero o introducimos el desorden en la república». Pero era tal la acritud de los contendientes que, sin oír la voz de paz, sólo trataban de herirse y descuartizarse. Los espectadores, viendo cubierta la tierra de brazos, piernas y miembros ensangrentados, se llenaban de terror, no acertando a darse cuenta de semejante coraje ni a juzgar de qué parte se inclinaba la victoria. De improviso, encontrándose Tybal con Romeo, le asesó una furiosa estocada, creyendo atravesarle de parte a parte; mas librado Romeo por la cota de malla, que a precaución usaba siempre, sin mostrarse agraviado, le dijo:
-Tybal, comprenderás por la paciencia que hasta el presente he guardado que no me ha traído aquí el afán de combatir y sí sólo el de mediar entre vosotros, y si a otra cosa atribuyeras mi falta de acción, harías gran injusticia a mi renombre. Créeme, existe otro particular respeto que me impone abstención en las actuales circunstancias, y te ruego así que no abuses, que te des por conforme con la sangre derramada, con la mucha más que antes de ahora se ha vertido, y que no traspases los límites de mi buen deseo.
-Cobarde, respondiole Tybal, te equivocas si crees que tu lengua ha de servirte de escudo; procura defenderte o, si no, te arrancaré la vida.
Y esto diciendo, le asestó tan tremenda cuchillada que, a no pararla su contrario, le hubiera separado la cabeza de los hombros. Indignado éste y sintiendo sobre sí la injuria, empezó a su vez el ataque, y lo hizo con tal empuje y presteza que, al tercer golpe, atravesó a Tybal por la garganta, derribándole muerto a tierra. La caída del jefe puso fin a la pelea, y como el finado descendía de una casa encumbrada, el podestá destacó tropas para prender a Romeo, el cual, viéndose perdido, se dirigió presuroso a la celda de Fray Lorenzo, quien, enterado del lance, le proporcionó secreto asilo en el convento.
Mientras esto pasaba, se hizo público en la ciudad el accidente sucedido a Tybal, y los Capuletos, para mejor reclamar justicia, cerrados de luto y llevando el cadáver de su deudo, se presentaron al señor de Verona, ante el cual también acudieron los Montagües, ansiosos de justificar a su pariente y de probar la agresión de su contrario. Reunido el Consejo, mandó que al punto se depusieran las armas, y en cuanto al hecho de Romeo, como había tenido lugar en defensa propia, la sentencia dictada fue la de perpetuo destierro.
Estas determinaciones no calmaron, empero, la general pesadumbre. Los unos, viendo en Tybal al más diestro de sus campeones, llamado a gozar de una posición brillante, lamentaban sin rebozo su pérdida; los otros, especialmente las damas, se dolían de la ruina de Romeo, el que, además de una gracia exquisita, tenía el natural privilegio de atraerse los corazones. Sin embargo, ninguno de éstos sentía pesar tan hondo como la infortunada Julieta, que, noticiosa de la muerte de su primo y del destierro de su marido, se mostraba inconsolable. Dejándose a veces arrastrar por el imperio de su extrema pasión, se arrojaba en el lecho, y allí, con lloros y lamentos extraordinarios, rendía los ánimos de todos; otras, en medio de súbito trasporte, mostrándose inquisidora, al divisar la ventana por la que solía entrar su marido, exclamaba:
-¡Oh ventana infeliz! ¡A través tuyo se han urdido las fatales tramas de mis primeras desventuras! ¡Ah! Si en otro tiempo me ofreciste un leve placer, una felicidad transitoria, ¡con cuánta usara me haces pagar ahora! ¡Mi débil cuerpo, incapaz de resistencia, sucumbirá irremisiblemente, libertando al espíritu de la pesada carga que le abruma! ¡Romeo, Romeo! cuando, principiada nuestra intimidad, di oídos a tus dobladas promesas confirmadas por tantos juramentos, ¡cuán lejos estaba de pensar que, en vez de mantener el afecto y apaciguar a los míos, habías de romper aquel lazo de un modo tan vil y reprensible, desprestigiando para siempre tu nombre y dejándome sin consorte! Si tan sediento estabas de la sangre de los Capuletos, ¿por qué no has derramado la mía en las mil ocasiones que secretamente me he hallado a merced tuya? ¿No tenías por bastante el haber triunfado de mí, para así poner el sello a tu victoria, sacrificando a mis parientes? Anda, prosigue engañando a otras infelices, sin tratar de encontrarme, sin que ninguna de tus excusas llegue a mis oídos. Mi triste vida se pasará en medio de lloro tan continuo que, agotada al fin toda la humedad del cuerpo, buscará en breve su refugio en la tierra.
Y así produciéndose, lleno de apretura el corazón, quedaba un instante sin llanto ni palabra, hasta que, poco a poco reponiéndose, continuaba con exhausta voz:
-¡Ah! Lengua que matas el honor ajeno, ¿cómo osas infamar al que rinden elogios los propios enemigos? ¿Cómo insultas a Romeo, a quien nadie defiende? ¿Qué refugio tendrá en lo adelante, cuando la que ser debiera su único amparo le persigue y le disfama? ¡Oh, Romeo, recibe, como expiación de mi ingratitud, el sacrificio que estoy pronta a hacerte de mi propia vida; así se ostentará evidente la falta que he cometido contra la lealtad, así serás vengado y yo castigada!1352
Y tratando de continuar su discurso, perdió las fuerzas, viniendo a quedar como muerta.
Mientras Julieta se entregaba de tal suerte a su dolor, la buena nodriza, inquieta de su larga ausencia y recelosa de lo mucho que sufría, la buscaba sin descanso por todo el palacio de su padre, hasta que, habiendo penetrado al fin en el aposento de la joven, la halló tendida en su lecho, yerta y rígida como un cadáver. Creyéndola muerta al principio, comenzó a gritar fuera de sí; mas notando en breve que respiraba, llamándola repetidamente, la hizo volver de su éxtasis. Esto alcanzado, la dijo:
-No sé en verdad por qué obráis de este modo, ni por qué os dais a tan inmoderada tristeza. Viéndoos ha poco, he pensado morir.
-¡Ah! Mi excelente amiga -contestó la desolada Julieta-, debéis fácilmente comprender con cuán justa razón me lamento, pues que he perdido en un segundo los dos seres que me eran más caros.
-Paréceme -replicó la buena anciana-, que, tomando en cuenta vuestra honra, obráis mal llegando a tal extremo, porque en la hora del conflicto debe predominar la prudencia. ¿Pueden acaso nuestras lágrimas volver la vida al señor Tybal? Su temeridad excesiva es solo la causa del accidente. ¿Hubiérais querido que Romeo, haciendo afrenta a su raza, sufriera el ultraje de un igual suyo? El que viva debe ser para vos un consuelo. Además, siendo como es persona de rango, bien emparentado y querido de todos, puede más adelante ser llamado de su destierro. Armaos, pues, de paciencia: si la fortuna lo aleja de vos por algún tiempo, al devolvéroslo, estad cierta que os hará experimentar una dicha más grande, un contento mayor del que hasta aquí habéis sentido1353. Vaya, dadme palabra de no afligiros así, e iré a la celda del padre, a saber de vuestro esposo y a inquirir el sitio en que se oculta.
Accedió la joven, y la buena ama, habiéndose encaminado a San Francisco, supo por boca del mismo Fray Lorenzo que Romeo iría, cual de costumbre, a ver a Julieta y a enterarla de lo que pensaba hacer en lo futuro.
Las horas que ésta pasó esperando fueron horas de inquietud y ansiedad, horas iguales a las del marino que ve la calma después de la tormenta, y sucederse otra vez al tiempo bonancible, que le tranquilizaba, un nuevo y más furioso huracán.
Llegado el momento convenido, se presentó Romeo en el jardín, y hallando ya dispuesto lo necesario, hizo su habitual ascensión, cayendo en brazos de Julieta, que, conmovida, le esperaba. Y uno y otro amante, sin poder pronunciar palabra, deshechos en lágrimas y mezclando con ellas sus besos, permanecieron así largo rato, hasta que, apercibiéndolo el joven, dijo a su compañera:
-Amiga mía, no entra ahora en mi pensamiento haceros relato de los mil extraños accidentes de la frágil, inconstante fortuna, que tan pronto eleva al hombre al pináculo de su favor como le sumerge en las mayores miserias. En un solo día se sufre por lo gozado en cien años, y esto precisamente me pasa a mí, que, siempre objeto de la contemplación de mis parientes y favorito de la fortuna, esperaba llegar al colmo de la felicidad reconciliando, por medio de una dichosa unión, el encono de nuestras dos familias. Todo mi propósito ha venido a tierra, todo me ha salido contrario, y de hoy en adelante tendré que vagar por extrañas provincias, sin tener seguro asilo. Ésta es mi situación, y sólo me resta pediros que soportéis con resignación mi ausencia hasta que Dios se digne terminarla.
Al llegar a este punto, Julieta, sin dejarle seguir adelante, deshecha en llanto, le dijo:
-¡Cómo! Romeo, ¿tendréis tan duro el corazón, seréis tan despiadado, que me dejéis aquí sola, rodeada noche y día por miserias que me presentan sin cesar la muerte, sin consentir que la alcance? La desgracia quiere conservarme la vida, a fin de recrearse en mi pasión y triunfar con mi pena, y vos, como ministro y tirano de su crueldad, después de haberme alcanzado, no tenéis, por lo que veo, reparo alguno en abandonarme. Prueba evidente de que han decaído las leyes del afecto es lo que sucede; esto es, que aquel en quien cifraba mi mayor confianza, y por quien me he hecho enemiga de mí misma, me desdeñe y desprecie. No, no, Romeo, fuerza es que optéis por uno de estos extremos: o el de verme arrojar por la ventana, a fin de seguiros, o el de permitirme que os acompañe a todas partes. Mi corazón se ha identificado a tal punto con el vuestro, que a la sola idea de separación me siento morir. Sólo ansío la vida para estar junto a vos y ser partícipe de vuestros infortunios. Así, pues, Romeo, si el hidalgo pecho fue una vez albergue de la piedad, recibidla ahora en el vuestro y acordadme seguiros. Si el traje femenil es un inconveniente, mudaré de vestido; otras de mi sexo lo han hecho ya por huir de la tiranía familiar. ¿Creéis que Pedro, vuestro criado, os sirva mejor que yo? ¿Será acaso más fiel? Mi belleza, que tanto habéis ponderado, ¿no tiene poder alguno? Mis lágrimas, mi afecto, las satisfacciones que os he dado, ¿no se tomarán en cuenta?
Viéndola Romeo que tanto se exaltaba, y temeroso de que fuera a más, la tomó en sus brazos y, besándola tiernamente, la dijo:
-Julieta, única dueña de mi corazón, ruégoos en nombre de Dios y del ferviente cariño que me profesáis que desechéis tal intento, si no queréis la completa ruina de entrambos. Sí, en cuanto vuestro padre os eche de menos, nos hará perseguir por todas partes y, descubiertos, como es fuerza que seamos, nos hará castigar, a, mí como raptor, y a vos como hija rebelde y desobediente. Venid a razón; yo prometo obrar de tal modo en mi destierro que, antes de cuatro meses lo más tarde, será alzado, y si así no sucede, resulte lo que quiera, vendré aquí y, auxiliado de mis amigos, os sacaré de Verona, no con disfraz alguno, sino como a mi esposa y eterna compañera. Moderad, pues, vuestra pena y vivid en la persuasión de que tan sólo la muerte podrá apartarme de vos.
Las razones de Romeo hicieron tal fuerza en Julieta, que ésta respondió:
-Mi eterno amigo, sólo deseo lo que sea de vuestro agrado; id donde quiera; siempre mi corazón os permanecerá fiel. Lo que os pido es que no dejéis de comunicarme, por conducto de Fray Lorenzo, el estado de vuestros asuntos y el lugar de vuestra residencia.
Y sin más, los dos pobres amantes permanecieron juntos hasta que la luz natural les obligó a separarse, poseídos de una profunda tristeza. Romeo se fue en derechura a San Francisco, y después de haber enterado a Fray Lorenzo de lo que importaba, partió de Verona, disfrazado de mercader extranjero. Llegado a Mantua sin el menor inconveniente, despachó a Pedro, su criado y acompañante, a casa de su padre, para que permaneciese al servicio de éste, y él, por su parte, alquiló una casa, donde por espacio de algunos meses hizo vida ejemplar, tratando de vencer el disgusto que le atormentaba.
No así la infeliz Julieta. Incapaz de vencer su dolor, palidecía notablemente, y con hondos, continuados suspiros revelaba su pena. Notándole, pues, su madre, la dijo:
-Querida mía, si continuáis de tal suerte, atraeréis antes de tiempo la muerte de vuestro buen padre y la mía; tratad, pues, de consolaros y esforzaos por estar alegre, sin pensar más en la desgracia de vuestro primo Tybal. ¡Dios se ha servido llamarle! ¿Pensáis contrariar su voluntad por medio del lloro?
Pero la pobre criatura, no hallando fuerzas contra su mal, la respondió:
-Señora, tiempo hace que he vertido mis últimas lágrimas por Tybal, y tan deseco se halla el manantial de ellas, que no brotará otras.
No comprendió la madre el verdadero sentido de estas palabras y calló, por temor de entristecerla; pero viendo pocos días después que continuaban sus tristezas y angustias, trató de inquirir, no sólo de la paciente, sino de los criados de la casa, lo que podía ser motivo de semejante duelo. No acertando a conseguirlo, la pobre madre, apesarada al extremo, formó lo resolución de comunicarlo al señor Antonio, su marido, y con esta idea, yendo hacia él un día, le dijo:
-Señor, si habéis observado el comportamiento de nuestra hija después de la muerte de Tybal, su primo, notaréis con sorpresa que se ha operado en él una rara mutación; pues no contenta con privarse de beber, comer y dormir, ni se ejercita en otra cosa que en llorar y lamentarse, ni tiene más gusto y deleite que mantenerse reclusa en su alcoba, entregada tan profundamente a su dolor que, si no ponemos remedio, dudo que pueda vivir. Inútiles han sido mis indagaciones; por más que he inquirido el origen de su mal, permanece aún secreto, pues si bien juzgué al principio que fuera la muerte de su primo, pienso ahora lo contrario; habiendo oído de su propia boca que ya había derramado por ella las últimas lágrimas. No sabiendo qué pensar de todo esto, he venido a figurarme que la causa de su tristeza es el despecho de ver establecidas a la mayor parte de sus compañeras y la convicción que se ha formado quizás de que deseamos conservarla soltera. En tal virtud, por vuestro reposo y por el suyo os pido encarecidamente que tratéis en lo futuro de proporcionarla un enlace digno de nuestra casa.
A lo cual, mostrándose anuente, contestó el señor Antonio:
-Muchas veces he pensado en lo que me proponéis, habiéndome sólo decidido a dar largas el no haber cumplido nuestra hija los diez y ocho. Hoy, empero, que las cosas están a punto, me daré tal prisa de hacerlo, que motivo habrá para que vos quedéis contenta y ella se recobre de las desmejoras sufridas. Sin embargo, conveniente me parece que indaguéis si se halla apasionada de alguno para, en tal caso, no pretender altas alianzas, sin mirar primero por su salud, tan cara para mí, que prefiriera morir pobre y desheredado a dar m i hija a quien mal pudiera tratarla.
Hecha pública la decisión del señor Antonio, no tardaron en presentarse muchos hidalgos, conocedores de la belleza, virtudes y linaje de Julieta, solicitándola en matrimonio; pero entre todos ellos ninguno pareció tan ventajoso como el joven Paris, conde de Lodronne, a quien desde luego fue acordada la mano de aquélla. Gozosa la madre de haber encontrado tan excelente partido para su hija, la hizo llamar en privado, y después de referirla cuanto había tenido lugar precedentemente, le hizo larga y detallada relación de la belleza y gracias del conde, exaltándole, por conclusión, sus exquisitas prendas e inmensos bienes de fortuna. Julieta, que antes hubiera sufrido ser descuartizada que consentir en tal enlace, revistiéndose de una audacia no habitual en ella, dijo a su madre:
-Señora, me admira que con tanta franqueza me deis a un extraño sin consultar antes mi parecer; obrad, si os place, así, mas estad segura que no es a gusto mío. En cuanto al conde Paris, primero que ser suya perderé la vida, y causa de que la pierda seréis vos, que me entregáis a quien ni puedo, ni quiero, ni sabré amar. Pensad en esto, os lo suplico, y dejadme en completa libertad hasta que la cruel fortuna disponga de mí.
La doliente madre, que no sabía qué juicio formar de la respuesta de su hija, toda confusa y fuera de sí se fue en derechura a su marido, a quien sin reserva alguna contó el caso; siendo consecuencia de ello que el buen anciano previniese la inmediata presentación de Julieta. Obedeciendo ésta al punto, comenzó por echarse a las plantas de su padre y bañarlas con sus lágrimas; luego, queriendo implorar gracia, la ahogaron los gemidos, y quedó sin poder articular palabra. Pero el anciano, sin moverse en lo más mínimo a compasión, la dijo con cólera:
-Hija desobediente e ingrata, ¿has olvidado ya lo que tantas veces me has oído contar en la mesa acerca del poder que los antiguos padres romanos tenían sobre sus hijos? Lícito les era venderlos, darlos en prenda, traspasarlos a su antojo en caso de necesidad; mas aún, tenían sobre ellos el derecho de vida y muerte. ¿Con qué prisiones, con qué tormentos, con qué ataduras no te castigarían esos padres de Roma, si resucitasen y viesen la ingratitud, la felonía y la desobediencia que usas con el tuyo? Él te ha proporcionado uno de los más grandes señores de esta provincia, uno de los más renombrados por sus virtudes, uno del cual tú y yo somos indignos, atendidas sus esperanzas y lo alto de su alcurnia, y, sin embargo, ¡te haces la delicada y rebelde, y quieres contrariar mi voluntad! Juro por el Dios que te ha hecho venir al mundo que si en todo el día del martes no te pones en aptitud de presentarte en mi castillo de Villafranca, a donde debe acudir el conde Paris, y no das a éste allí palabra de esposa, según lo convenido, no sólo te desheredaré de cuanto tengo, sino que te encerraré en una estrecha y solitaria prisión, que te hará mil veces maldecir la hora en que naciste1354. Y cuenta ser más cauta en lo futuro; porque sin la promesa que tengo empeñada al conde, ahora mismo te haría sentir todo lo que pesa la cólera de un padre indignado1355.
Y esto dicho, sin esperar ni querer oír cosa alguna, salió el anciano, dejando a su hija de rodillas en el aposento. Ésta, penetrada de la gran irritación en que ardía su padre, temerosa de que fuese a más, se encerró en su alcoba, y toda llorosa, pasó la noche sin pegar los ojos. Venida la mañana, saliose a la calle, acompañadla de su camarera, y bajo pretexto de ir a misa, se fue a los Franciscos en busca de Fray Lorenzo, a quien, en símil de confesión, hizo relato de todo lo ocurrido, concluyendo con estas frases:
-Señor, pues sabéis que no puedo casarme dos veces, y que sólo tengo un Dios, un esposo y una creencia, me hallo resuelta, al salir de aquí, a dar fin con estas dos manos que unidas veis ante vos a mi dolorosa existencia, para que mi espíritu testifique al cielo y mi sangre a la tierra la fe y lealtad que he guardado.
Sorprendido a lo sumo Fray Lorenzo, y leyendo en el feroz continente de Julieta, en sus errantes miradas, que algo de siniestro maquinaba, para disuadirla de su propósito, la dijo:
-Hija mía, os suplico en nombre de Dios que moderéis vuestro enojo y os mantengáis tranquila en este sitio hasta que yo haya tomado providencia, segura que antes de marcharos os daré tal consuelo y pondré tal remedio a vuestras angustias que quedaréis satisfecha y contenta.
Y habiéndola así tranquilizado, salió de la iglesia y se fue a su celda, donde comenzó a proyectar diversas cosas, fluctuando siempre entre su conciencia, que le imponía estorbar el matrimonio del conde Paris, y el peligro de llevar a cabo una empresa dificultosa por mano de una joven sencilla e inexperta, cuya menor falta de ánimo habría de traer por resultado la publicación del secreto, la deshonra de su nombre y el castigo de Romeo. Por fin, después de pensarlo mucho, comprendió que triunfaba el deber de su conciencia y que era fuerza evitar a todo trance el adulterio de Julieta, desposada por él mismo. Firme, pues, en esta resolución, abrió su gabinete, tomó un frasco, y viniendo en busca de la joven, que yerta esperaba su sentencia de vida o muerte, la preguntó:
-¿Qué día es el señalado para la boda?
-El fijado para prestar mi consentimiento al matrimonio acordado por mi padre es el miércoles próximo; pero la celebración de los desposorios no debe verificarse hasta el dos de setiembre.
-¡Hija mía -dijo entonces el religioso-, levanta el espíritu; el Señor me ha abierto un camino para librar, tanto a ti como a Romeo, de la cautividad que les amenaza! Conocí a tu esposo en la cuna, he sido el depositario de sus más íntimos secretos, le amo cual si fuera mi hijo, y nunca permitirá mi corazón que sufra daño en lo que pueda intervenir mi experiencia. Siendo tú su esposa, debo amarte también y tomar empeño en sacarte del martirio y la angustia que te oprimen; así, pues, hija mía, entérate del secreto que voy ahora a descubrirte, y guárdate bien de revelarlo a persona alguna, porque tu vida depende de ello. No debes ignorar, por lo que aquí se dice y por el renombre de que gozo en general, que he viajado por casi todos los puntos habitables del globo; durante veinte años consecutivos he mantenido el cuerpo en movimiento perenne, exponiéndolo en los desiertos a merced de las brutas fieras; en las ondas, al azar de los piratas; y así en la tierra como en el mar a mil otros peligros y contratiempos. Estas peregrinaciones, no te creas, no, que me han sido inútiles: aparte del increíble contento que han hecho sentir a mi espíritu, me han proporcionado otro particular provecho, del que, mediante la gracia de Dios, tendrás pruebas en breve. Es el de haber aprendido las propiedades secretas de las piedras, metales y otras cosas ocultas en las entrañas de la tierra, aprendizaje que me sirve de auxiliar (contra la común ley de los hombres) cuando la urgencia lo pide, y comprendo que no hay ofensa contra el cielo; pues estando, como estoy, al borde de la tumba, y debiendo dar pronto cuenta de mis actos, me cuido más de los juicios de Dios que cuando bullía en mi cuerpo la ardorosa sangre juvenil. Uno de los tantos frutos alcanzados consiste en la preparación de una pasta, ya probada, que hago de ciertos soporíferos, y la cual, reducida a polvo y tragada en un líquido, adormece de tal modo al que la toma, y paraliza sus sentidos y espíritus vitales tan altamente, que no hay médico, por excelente que sea, que dé por vivo al que se halla sometido a su influjo; siendo lo extraño del caso que no produce el más simple dolor y que el paciente, después de un sueño dulce, torna a su primitivo ser así que ha terminado la operación. Desecha, pues, todo femenil temor; ármate de brio, porque solo en la fuerza de tu alma estriba la salvación o la muerte. Escucha mis instrucciones. He aquí este frasco; guárdalo cual si fuera tu vida, y en la tarde, víspera de tus esponsales, o en la madrugada del mismo día, llénalo de agua y bebe su contenido. Un sopor agradable te invadirá en el acto, y extendiéndose insensiblemente por las partes todas de tu cuerpo, las dominará con tal vigor que quedarán inmóviles, sin visos de sensibilidad. En ese éxtasis permanecerás, por lo menos, cuarenta horas; sorprendidos los que te cerquen, juzgándote muerta, según la inveterada costumbre de la ciudad, te harán llevar al cementerio, que está cerca de la iglesia, y te colocarán en la tumba do reposan tus antepasados los Capuletos. En el intermedio, por persona de nuestra devoción se dará aviso en Mantua al señor Romeo, que no dejará de acudir aquí la noche subsecuente, y entre él y yo, abriendo el sepulcro, te sacaremos de él, y tu esposo, terminado el éxtasis, podrá llevarte consigo sin que lo recelen tus parientes, y guardarte a su lado hasta el instante feliz en que, lograda la armonía, todos reciban contento del caso.
Terminado el discurso de Fray Lorenzo, del que Julieta llena de atención no había perdido una sola frase, dio ésta entrada en su alma a una nueva alegría y contestó a aquél:
-Padre, no temáis que me falte valor al poner en práctica lo que me habéis ordenado; pues, aunque fuese una terrible droga, un veneno mortal lo que me dais, preferiría apurarlo a caer en las manos de quien no puede poseerme. A más de esto, es deber mío armarme de fortaleza y arriesgarme a todo, a fin de acercarme a la persona de quien depende completamente mi vida y toda la ventura que espero en la tierra.
-Anda, pues, hija mía, bajo la guarda de Dios, la repuso el buen padre. Yo le pido que sea tu guía y que te mantenga en la firmeza que muestras, durante la ejecución de tu obra.
Separada Julieta de Fray Lorenzo, se volvió cerca de las once al palacio de su familia, donde a la entrada se vio con su madre, que la aguardaba impaciente, para preguntarle si continuaba en sus primeros errores; pero la joven, anticipándose a la pregunta y mostrando un semblante más alegre que de ordinario, la dijo:
-Señora, vengo de San Francisco, donde, si bien me he demorado más de lo conveniente, no ha sido sin fruto ni sin alcanzar, por conducto de nuestro padre espiritual, un gran reposo de conciencia. He hecho a éste una franca confesión de lo ocurrido, y el buen religioso me ha ganado tan bien con sus santas advertencias y dignas exhortaciones que, a persistir aún en mi repugnancia al matrimonio, me veríais dispuesta a obedeceros en todo lo que tuvierais a bien mandarme. En tal virtud, señora, os suplico que impetréis la gracia de mi padre y le digáis, si no os enoja, que, de acuerdo con sus prescripciones, me hallo dispuesta a reunirme en Villafranca con el conde Paris y a aceptarle allí, en presencia vuestra, por señor y esposo. En prueba de que lo siento así, me voy a mi alcoba a elegir el más precioso traje, para, presentándome en tal atavío, proporcionarle mayor contento.
Regocijada altamente la buena madre, y sin hallar palabras con que responder, se fue presurosa a buscar al señor Antonio, a quien contó punto por punto el buen sentir de su hija y el completo cambio que en ella había operado Fray Lorenzo. Oído esto por el anciano, se llenó de placer extremo y dijo bendiciendo a Dios:
-Amiga mía, no es éste el primer bien que hemos recibido de este santo varón y, de seguro, no existe un ciudadano en esta república que no le sea deudor de algo. ¡Así hubiera querido el Señor rebajarlo veinte años a costa de un tercio de mi vida; tanto me apesara su mucha vejez!
Incontinenti fue a ver el señor Antonio al conde Paris, a quien trató de persuadir que viniese a Villafranca; pero éste, no considerándolo oportuno, propuso por el pronto y como más conveniente hacer una visita a Julieta, lo cual se llevó a efecto. Advertida la madre, hizo prevenir a su hija, quien se mostró lo más complaciente posible y supo desplegar tales gracias, que su futuro, ya antes de partir, sintió cautivo el corazón, y no cesó de instar a los padres de su prometida por la pronta realización del matrimonio. Y así como este día se pasaron otros y otros más hasta la víspera de los desposorios, para los cuales se había preparado tan en grande la madre que nada faltaba de lo que pudiera dar lustre y realce a su casa. Villafranca, como ya lo hemos dicho, era un sitio de placer, a una o dos millas de Verona, donde el señor Antonio acostumbraba ir a solazarse, sitio en el que debía darse el convite de bodas, así que éstas se celebrasen en Verona.
Sintiendo Julieta que su hora se acercaba, fingía lo mejor que podía y, llegado el momento, dijo a su inseparable camarera:
-Mi excelente amiga, sabéis que hoy es la víspera de mi casamiento, y como deseo por esta causa pasar la mayor parte de la noche en oración, os suplico me dejéis sola y que mañana, sobre las seis, vengáis a ayudarme a vestir1356.
A lo que asintió sin dificultad la buena anciana, bien ajena de lo que trataba de hacer.
Sola en su estancia la joven, tomó agua de una vasija que estaba sobre la mesa, llenó el frasco que le había dado el religioso, y hecha la mistión, puso el todo sobre el travesero de su cama. Acostándose enseguida, comenzaron a asaltarla nuevos pensamientos y a hacerla sentir tal recelo de muerte que, no pudiendo con su irresolución, se quejaba sin cesar, diciendo:
-Sí, soy la más desventurada e infeliz mujer que ha venido al mundo. Para mí no hay en la tierra sino desgracia, miseria y mortal angustia; pues el hado me ha reducido a tal extremidad que, para poner en, salvo mi honor y mi conciencia, necesito apurar aquí un brebaje cuya virtud desconozco. ¿Quién me asegura que estos polvos no operen con más presteza o retardo de lo preciso y que, descubierta por ello mi falta, no se me convierta en la fábula del pueblo? ¿Quién me responde de que las serpientes, de que otros venenosos reptiles, huéspedes cotidianos de los sepulcros y las mazmorras, no me ofendan, teniéndome por muerta? ¿Cómo soportar la fetidez de las pudriciones y osamentas de mis antepasados, a cuyo lado estaré? ¿Y si es que me despierto antes que Romeo y el padre vengan en mi auxilio?
Y así influida por estas ideas, fue tan adelante su imaginación que se la figuró ver el aspecto o fantasma de su primo Tybal, herido y chorreando sangre, pronosticándole que iba a ser enterrada viva en medio de cadáveres y descarnados huesos. Su cuerpo delicado comenzó entonces a estremecerse, sus blondos cabellos a erizarse, y presa del miedo, empapada en copioso sudor, se contempló ya entre infinitos muertos, que la daban tirones por do quiera, desgarrándole las carnes. En tal aberración de espíritu, sintiendo que las fuerzas la abandonaban poco a poco y que por exceso de debilidad iba a fallar en su empresa, como furiosa y arrebatada, conteniendo la mente, apuró el líquido del pomo y, cruzados los brazos, se dejó caer sobre el lecho.
Un instante después el éxtasis la invadió completamente.
Llegada la hora, su camarera, que la había encerrado bajo llave, abrió la puerta y, creyendo despertarla, comenzó a decirla en voz alta: «Señorita, señorita, basta de sueño; el conde Paris vendrá a levantaros». Pero la pobre mujer gritaba en balde; pues, aunque los más horribles y tempestuosos ruidos del mundo hubieran sonado en los oídos de la joven, sus espíritus vitales se hallaban de tal modo adormecidos, que no la hubieran hecho incorporar.
Sorprendida la infeliz anciana, comenzó a tocarla, notando que estaba fría como el mármol; luego, percibiendo que no respiraba, le vino a la mente que se encontraba muerta. Fuera entonces de sí, corrió en busca de la madre, la cual, frenética; como un tigre que ha perdido sus cachorros, se precipitó en el cuarto de su hija y al verla en tan lastimoso estado, juzgándola sin vida, prorrumpió de este modo:
-¡Ah! Muerte cruel, que has puesto fin a toda mi alegría y felicidad, acaba de cebar tus iras, a fin de que no se aumente mi martirio viviendo en tristeza el resto de mis días.
Dicho esto, se puso a gemir de tal modo que parecía iba a deshacérsele el corazón, y en fuerza de sus clamores, el padre, el conde y gran número de señores y damas que habían llegado para honrar la fiesta se enteraron del caso y movieron semejante duelo que, a ver sus semblantes, hubiera creído cualquiera que era el día del Juicio Final. El señor Antonio, sobre todos, sentía tan oprimida el alma que le faltaban llanto y voz, y no sabiendo qué hacer, mandó por los más expertos doctores de la ciudad, los cuales, enterados del pasado de la joven, declararon unánimemente que había muerto de melancolía. Si hubo, pues, en algún tiempo mañana triste, lamentable, desgraciada y fatal, ninguna ciertamente lo fue tan en alto grado como la que se publicó en Verona la muerte de Julieta; tan sentida fue de grandes y chicos que, en vista de la común lamentación, se hubiera creído, y no sin fundamento, que estaba en peligro la república.
Y causa había para ello, porque la joven, además de su esplendente belleza y de las muchas virtudes de que la había dotado naturaleza, era tan dulce, prudente y modesta que reinaba en los corazones de todos.
En tanto que estas cosas se pasaban, Fray Lorenzo había despachado diligentemente un buen religioso de su convento, llamado Fray Anselmo1357, con una expresa carta para Romeo, en la cual, después de referirle cuanto había tenido lugar entre él y Julieta, le hablaba de la virtud del brebaje y le recomendaba venir la noche próxima, en que debía terminar la operación de aquél, para que recogiese a su esposa y al abrigo de un disfraz la llevase a Mantua, conservándola a su lado hasta que ocurriese un cambio de fortuna.
Diose prisa el monje, y llegó en breve a su destino; mas como es costumbre de Italia que los franciscos se acompañen de un hermano de su orden para andar por la ciudad, el de que hablamos se fue a buscarlo a su convento, encontrándose con que no podía salir después de haber entrado, en razón de que pocos días antes había muerto un religioso, de peste según se decía, y los diputados de la sanidad habían prevenido al guardián de los Franciscos que no permitiese a ninguno de éstos comunicarse con las personas de fuera en tanto que los señores de justicia no diesen permiso. Causa fue esto de un gran mal, como después veréis; pues el portador de la carta, que ignoraba el contenido de ella, no pudiendo entregarla personalmente, prefirió aguardar al día siguiente para hacerlo.
Esto acontecía en Mantua, mientras en Verona tenían lugar los funerales de Julieta. De acuerdo con la antigua usanza del país, que da abrigo en un propio sepulcro a los parientes más cercanos, la joven fue llevada al común panteón de los Capuletos, erigido en un cementerio inmediato a la iglesia de los Franciscos, el mismo en que Tybal reposaba.
Terminados en toda forma los fúnebres obsequios, se retiraron los concurrentes, siendo uno de tantos Pedro1358, servidor de Romeo, el que, como ya antes dijimos, había sido enviado de Mantua a Verona para servir a Fray Lorenzo y comunicar a su amo cuanto pasara en su ausencia. Habiendo, pues, este fiel criado visto poner en la fosa a Julieta, y creyéndola muerta a ejemplo de los demás, tomó la posta en el acto y se presentó en casa de su señor, a quien dijo, todo deshecho en lágrimas:
-Amo mío, os ha sucedido un tan extraordinario accidente que, si no os armáis de fortaleza, me temo ser el ministro de vuestra muerte. Sí, señor, sabedlo; desde ayer mañana, salida del mundo, reposa en paz la señorita Julieta. Yo la he visto enterrar en el cementerio de San Francisco.
Al oír tan triste nueva, no conoció límites el dolor de Romeo, pues tal parecía que iba a abandonarle la vida. Su acendrado amor, tomando creces en tal extremidad, le sugirió de pronto la idea de que muriendo él junto a su amada, no sólo alcanzaría más glorioso fin, sino que aquélla (a tal punto llegaba su delirio) se mostraría más complacida. Firme en esto, después de haberse enjugado el rostro para extinguir las huellas de su pesar, se salió de casa, prohibiendo seguirle a su criado, y se puso a recorrer los barrios de la población en busca de remedios para su mal. Y habiéndole, entre otras, llamado la atención la tienda de un boticario, por lo mal provista de pomos y otros adherentes del oficio, pensando entre sí que la suma pobreza del dueño le haría prestarse a lo que proyectaba, le llamó aparte y le dijo en secreto:
-Maestro, he aquí cincuenta ducados: dadme por ellos un tósigo violento, que mate al que lo tome en un cuarto de hora.
Vencido por la avaricia, el desgraciado le acordó lo que pedía y; fingiendo preparar ante los que se hallaban presentes una droga ordinaria, compuso el veneno y dijo por lo bajo al comprador:
-Os doy más de lo que necesitáis, pues sólo la mitad de la poción haría morir en una hora al hombre más robusto del mundo1359.
Recibido el veneno, fuese Romeo a su casa, y habiendo manifestado a su servidor que pensaba partir inmediatamente para Verona, le mandó hacer provisión de velas, yesqueros e instrumentos propios para abrir el sepulcro de Julieta, recomendando especialmente que fuese a esperarle al cementerio de San Francisco, sin hablar a nadie de su desgracia, bajo pena de la vida. Obedeció Pedro religiosamente y anduvo tan listo que llegó en breve al sitio designado y tuvo tiempo de prepararlo todo.
Romeo, por su parte, abrumada el alma de mortales pensamientos, se hizo traer tinta y papel, y después de consignar sucintamente por escrito la historia de sus amores, los detalles de su matrimonio, los auxilios prestados por Fray Lorenzo, la compra del veneno, hasta su futura muerte, y de cerrar, sellar y poner sobre las cartas la dirección de su padre, encerró el todo en la bolsa, montó a caballo y llegó en breve, a través de las densas tinieblas de la noche, a la ciudad de Verona, a tiempo suficiente para reunirse con su criado, que ya le esperaba en San Francisco1360 provisto de linternas y los demás utensilios recomendados.
-Pedro -dijo Romeo a su servidor-, ayúdame a abrir este sepulcro, y así que lo esté, bajo pena de muerte, ni te acerques a mí ni pongas estorbo a lo que quiero ejecutar. Toma esta carta, haz que mi padre la reciba al levantarse, pues quizás le sea más agradable de lo que imaginas.
No acertando a comprender el criado la intención de su amo, se mantuvo a la distancia necesaria para observarle. Ya abierto el sepulcro, bajó Romeo dos escalones, alumbrándose él mismo, y después de contemplar dolorosamente el cuerpo de la que era el órgano de su vida, de estrecharle mil veces contra sí, de cubrirlo de lágrimas y besos, sin poder apartar de él un instante la vista, puso las temblorosas manos sobre el frío estómago de Julieta, pasolas por sus yertos miembros y, no hallando el menor síntoma de vida, sacó de su bolsa el veneno y, habiéndolo apurado casi todo, exclamó:
-¡Oh Julieta! Mujer que el mundo no merecía, ¿cuál más grata muerte pudiera elegir mi corazón que la que sufre a tu lado? ¿Cuál más glorioso sepulcro que tu propia tumba? ¿Cuál más digno, más sublime epitafio para conservar la memoria de lo presente que este mutuo, lastimoso sacrificio de nuestras vidas?
Y así afanado en su pena, palpitándole el corazón por la violencia del tósigo que le acababa, errantes los ojos, descubrió a Tybal, que aún no corrupto yacía cerca de Julieta, y hablándole cual si estuviera vivo, le dijo:
-Primo Tybal, sea cualquiera el sitio en que estés, imploro ahora tu perdón por haberte privado de la vida. Si estás sediento de venganza, ¿qué otra más grande o cruel satisfacción pudieras esperar que ver al que mal te ha hecho envenenado por su mano propia y sepulto contigo?
Expresado así su pensamiento, sintiéndose desfallecer poco a poco, se puso de rodillas y, con voz casi extinta, murmuró:
-¡Señor Dios, que para redimirnos bajaste del trono de tu Padre y te encarnaste en el vientre de la Virgen, yo te pido que tengas compasión de esta pobre alma afligida, pues harto conozco que el cuerpo es tierra únicamente!
Y, presa de un dolor terrible, se dejó caer con tal ímpetu sobre el cuerpo de Julieta que el ya extenuado corazón, incapaz de resistir ese violento y último esfuerzo, le flaqueó de una vez, haciendo volar el alma1361.
Fray Lorenzo, conocedor del período fijo en que debía efectuarse la operación de su narcótico, sorprendido de no tener respuesta a la carta enviada a Romeo por el hermano Anselmo, salió de San Francisco y, con instrumentos a propósito, se dirigió a abrir la tumba de Julieta. La claridad que en ésta brillaba despertó, empero, su terror, detúvose instintivamente, y entonces, presentándosele Pedro, le aseguró que su amo se hallaba en el sepulcro y que no había cesado de lamentarse en dos horas. Recelosos, ambos penetraron en el panteón y, encontrando sin vida a Romeo, se entregaron a tan profundo duelo cual pueden sólo comprender los que han sentido verdadera amistad por alguno.
En tanto que esto hacían, terminó el éxtasis de Julieta, y vuelta en sí, dudosa por el esplendor que la rodeaba de si era sueño o sombra lo que miraba, reconoció a Fray Lorenzo, y le dijo:
-Padre, ruégoos en nombre de Dios que me habléis, pues no sé lo que me pasa.
Temiendo el monje verse sorprendido en el cementerio si prolongaba en él su estancia, no ocultó nada a la joven y la hizo un fiel relato de todo. Contola cómo había mandado a Mantua al hermano Anselmo, con una carta para Romeo; cómo éste la había dejado sin respuesta, y cómo, al venir él a libertarla, se había dado con su muerto esposo en la propia tumba. Mostrándoselo entonces, la exhortó a sufrir con paciencia el infortunio acaecido, prometiéndola, si era de su agrado, conducirla a un privado convento de monjas, donde quizás alcanzaría con el tiempo moderar su pena y dar reposo a su alma. Pero nada de esto último oyó Julieta: fuera de sí al distinguir el cadáver de su bien querido, hecha un torrente de lágrimas, sin poder casi respirar en fuerza del inmenso dolor que la oprimía, se arrojó sobre aquél y, teniéndole abrazado, parecía querer reanimarle con su aliento y sus sollozos. Por fin, después de haberle besado y rebesado un millón de veces, exclamó:
-¡Ah! Dulce reposo de mis pensamientos y de todos los placeres que he sentido, al fijar aquí tu cementerio entre los brazos de tu fiel amante, al concluir por su causa la existencia en la flor de tus años y cuando el vivir debía serte caro y deleitoso, ¿no dudó un ápice tu corazón? ¿Cómo pudo afrontar ese tierno cuerpo la imagen de la muerte? ¿Cómo permitir tu juventud que te confinases en este lugar inmundo y fétido, para servir de pasto a viles gusanos? ¡Ay, ay! ¿qué necesidad había al presente de que se renovasen en mí estos dolores, que el tiempo y la resignación debían extinguir y sepultar! ¡Ah!, ¡cuán ruin y miserable soy! ¡Ansiosa de poner fin a mis males, agucé el cuchillo causante, sí, de la cruel herida que en homenaje se me ha ofrecido! ¡Dichosa, desgraciada tumba! ¡Tú testificarás a los siglos futuros la extrema unión de los dos más infelices amantes que han existido! ¡Recibe hoy los últimos suspiros y accesos del más cruel de todos los crueles agentes de ira y de muerte!
En tal actitud se hallaba de continuar sus quejumbres, cuando vino Pedro a advertir a Fray Lorenzo que se oía ruido cerca del murallón; siendo esto causa de que uno y otro se alejaran. Viéndose entonces Julieta sola y en plena libertad, se abalanzó de nuevo sobre el cuerpo de Romeo, lo cubrió otra vez de besos, cual si ninguna otra idea que la pasión imperara en su mente, y habiendo tirado la daga que aquél llevaba al cinto, se dio de puñaladas en el corazón, exclamando lastimeramente:
-¡Ah! Muerte, fin del infortunio y principio de la felicidad, sé bien venida. No temas herirme en este instante; no prolongues mi vida un segundo si no quieres que mi espíritu se afane en buscar el de mi adorado entre ésos que ahí yacen. Y tú, mi dueño querido, Romeo, mi leal esposo, si es que aún sientes lo que digo, recibe a la que has amado fielmente y ha sido causa de tu fin violento. ¡Yo te ofrezco gustosa mi alma para que nadie goce después de ti del amor que supiste conquistar, y para que ella y la tuya, fuera de este mundo, vivan juntas por siempre en la mansión de la eterna inmortalidad!
Y esto dicho, rindió el último suspiro.
A tiempo que estas cosas se sucedían, pasaban por los contornos del cementerio los guardias de la ciudad, y notando el resplandor que despedía el panteón de los Capuletos, temerosos de que algunos nigromantes le hubiesen abierto para usos de su arte, penetraron en él y se hallaron abrazados a los dos amantes, cual si aún diesen testimonio de vida. Pronto, empero, se convencieron de la evidencia; pusiéronse a inquirir y, en su afán de sorprender a los que juzgaban autores del hecho, dieron tantas vueltas que, detrás de un banco de coro, hallaron al fin al buen Fray Lorenzo y a Pedro, servidor del difunto Romeo, a los cuales redujeron inmediatamente a prisión, dando parte de lo sucedido al señor de la Escala y a los magistrados de Verona.
Publicado el caso en la población, no hubo alma viviente que no abandonase su techo para contemplar el lastimero cuadro de que hablamos. Los magistrados, por su parte, queriendo que todos tuviesen conocimiento de la indagación y que nadie pudiera alegar ignorancia en lo futuro, dispusieron que los dos cadáveres, en la misma disposición en que fueron vistos, se colocasen en un tablado público, y que Pedro y el buen religioso vinieran allí a producir sus descargos. Presente en él Fray Lorenzo, luciendo su blanca barba, toda llena de gruesas lágrimas, mandáronle los jueces que declarase el nombre de los homicidas; pues que a indebida hora, armado de herramientas, había sido sorprendido junto al sepulcro. Y el venerable hermano, hombre ingenuo y franco de palabra, sin aparecer inmutarse por la acusación que se le hacía, dijo con voz segura:
-Señores, no hay uno entre todos vosotros que, si piensa en mi pasada vida, en mi anciana edad y en el triste papel que me hace hoy representar mi desgraciada suerte, no se admire grandemente de la inesperada mutación que contempla; pues que en setenta o setenta y dos años que llevo en la tierra experimentando las vanidades del mundo, jamás antes de ahora he sido acusado, ni menos convencido de falta alguna que me haya hecho enrojecer, no obstante creerme ante Dios el más grande y abominable pecador de la grey. Raro es, por tanto, que sea, ya tocando a mi fin, cuando los gusanos, el polvo y la muerte me llaman sin cesar a comparecer ante la justicia del cielo, cuando haya venido a labrar el desprestigio de mi vida y de mi honor. Quizás son estas gruesas lágrimas que corren en abundancia por mi faz las que han hecho germinar en vuestros corazones esta siniestra opinión de mí; pero olvidáis que Jesucristo, movido de piedad y compasión humana, también lloró, y que el llanto es a menudo fiel pronóstico de la inocencia de los hombres. Quizás, y es lo más creíble, son la hora sospechosa y los hierros hallados los que me acusan como autor del crimen; pero no reflexionáis que el Señor hizo iguales las horas, que, al mostrarnos ser doce en el día, nos ha hecho ver que no hay excepción de minutos, que en todo tiempo se ejecuta el mal y el bien, y que sólo de su divina asistencia o su abandono estriba el bien o mal obrar de la persona. Por lo que atañe a los hierros, no es necesario deciros para qué uso se crearon primero, ni menos que ofenden por la maligna voluntad del que los usa. Comprenderéis, en vista de esto, que ni lágrimas, hierros ni horas pueden hacerme delincuente ni volverme otro distinto de lo que soy, y sí sólo el testimonio de mi propia conciencia, que, en caso de ser culpable, me serviría de acusador, testigo y verdugo. Gracias a Dios, no siento ningún gusano que me coma, ningún remordimiento que me labre por lo que hace al hecho que os tiene consternados. Y a fin de tranquilizar vuestros espíritus y extinguir los escrúpulos que pudieran quedaros, sin omitir lo más mínimo, lo juro por mi salvación, voy a referiros la historia de esta lastimosa tragedia.
Y dando a ello principio el buen padre, les explicó el origen de los amores de Romeo y Julieta, el tiempo que habían durado y las mutuas promesas que se empeñaron los amantes, todo sin que él tuviera el menor conocimiento. Contoles cómo aquéllos, aguijoneados por su pasión, vinieron a confesarle sus cuitas y a pedirle que solemnizase ante la Iglesia el matrimonio que de alma habían contraído, so pena de ofender a Dios y obligarles a vivir en concubinato. Cómo, temeroso de esto, teniendo en cuenta la igualdad de su riqueza, alcurnia y posición y en la esperanza de alcanzar un día la reconciliación de las dos casas enemigas, juzgando a Dios propicio, dio a los amantes la bendición nupcial. Haciendo luego mención de la muerte de Tybal y del castigo y marcha de Romeo, trayendo a capítulo lo del matrimonio proyectado con el conde Paris, refirió la venida de Julieta a San Francisco y el cómo, prosternada a sus pies, llena de indignación, le había ésta jurado poner fin a sus días si no le daba auxilio y consejo; agregando el religioso que, si bien se hallaba resuelto (a causa de una aprensión de vejez y de muerte) a dar al olvido todo el misterioso aprendizaje que le había ocupado en su juventud, movido de compasión y por temor de que Julieta ejerciese alguna crueldad contra sí misma, acallando su conciencia y prefiriendo dañar en algo su alma a consentir que la joven, en perjuicio de la suya, maltratase su cuerpo, se había decidido a emplear sus conocimientos y a darla un narcótico que la hiciese pasar por muerta. Hecha esta declaratoria, contó el monje el envío de la letra por conducto de Fray Anselmo, su asombro en no recibir la esperada respuesta, el inexplicable hallazgo de Romeo, ya sin vida, en el panteón de los Capuletos, la muerte, en fin, que se había dado la propia Julieta con la daga de su amante, sin que a él le fuese posible salvarla por la imprevista aparición de los guardas.
Y terminada así su relación, pidió Fray Lorenzo al señor de Verona y a los jueces, no sólo que enviasen a Mantua para inquirir sobre el retraso de Anselmo y el tenor de su misiva, sino que se hiciera declarar a la criada de Julieta y a Pedro, el servidor de su marido.
Éste, que se hallaba allí presente, sin aguardar otra orden, dijo al punto a los jueces:
-Señores, al entrar mi amo en el sepulcro me dio este paquete (escrito, a lo que pienso, de su mano), con prevención de entregarlo a su padre.
Abriose el rollo y se vio que contenía la completa historia del suceso; hasta el nombre del boticario que había vendido el veneno, el precio de la droga y la ocasión en que se había usado. Todo quedó tan bien comprendido, tan fuera de duda que, para ver el caso idéntico, sólo hacía falta una cosa, haber estado presente.
En razón de lo cual, el señor Bartolomé de la Escala (que en esa fecha mandaba en Verona), después de haberse asesorado con los jueces, dispuso que la asistenta de Julieta, por haber ocultado a sus amos el matrimonio clandestino de aquélla y quitar la ocasión de un bien, fuese desterrada; y que Pedro, en consecuencia de haber sólo obedecido a su señor, fuese puesto en libertad. El boticario, preso, sometido a tormento y declarado convicto, sufrió la horca. El buen Padre Lorenzo, en atención a los antiguos servicios que había hecho a la república de Verona y al justo renombre de su vida, fue dejado en paz, sin nota alguna de infamia; pero él, de propia voluntad, se encerró en una pequeña ermita, a dos millas de la población, donde aún vivió cinco o seis años, haciendo ruegos y oraciones continuas. Por lo que hace a los Montescos y Capuletos, derramaron tantas lágrimas a consecuencia de este desgraciado accidente que, desahogada con ellas su cólera, vinieron al fin a reconciliarse, alcanzando así la piedad lo que nunca pudo la prudencia ni el consejo.
Y para inmortalizar la memoria de esta firme conciliación, ordenó el señor de Verona que los cuerpos de los dos infelices amantes fuesen colocados juntos en el sepulcro que les vio morir, erigido en columna de mármol y cubierto de inscripciones. Así, pues, entre las raras excelencias que se muestran en la ciudad de Verona, ninguna tan célebre existe como el monumento de Romeo y Julieta.
FIN