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Julius en tiempos de pandemia

Cecilia García-Huidobro McAuliffe

- I -

-¿Por qué se llama Bryce? -pregunté mientras el perro de dudoso abolengo me saltaba encima e intentaba darme lengüetazos al boleo.

-En honor a mi escritor favorito, obvio -respondió mi amiga antes de darle un manotón a Bryce para que se calmara un poco y yo pudiera entrar a su casa.

-¿Quién?

-Bryce Echenique. No me digas que no lo has leído.

Salí de ahí un par de horas después, con varias cervezas en el cuerpo y en las manos el ejemplar bastante ajado de Un mundo para Julius que mi amiga me había prestado para que enmendara la falta. Durante las primeras copas no paraba de decirme que esto era un despiste grandazo, no, peor que eso, era una omisión impresentable. A medida que avanzaba la tarde y aumentaban las botellas vacías, mi pecado terminó siendo calificado como ignominia contra la humanidad. Mi amiga, claro, ya había leído La vida exagerada de Martín Romaña, quizás eso la hacía proclive a la hipérbole. Bryce (el perro, se entiende) parecía reafirmar esa actitud con ladridos ocasionales.

Así llegó el primer libro de Bryce a mis manos, que fue precisamente su opera prima, pues antes solo había publicado Muerto cerrado, un volumen de cuentos. Un regalo del azar ya que pude leerlo de manera más o menos cronológica.

Se podría decir que su obra se me apareció como un ladrido, un genuino ladrido con algo de esa cuestión entrañable y alertadora que tienen los perros. «Todo el conocimiento, la totalidad de las preguntas y respuestas se encuentran en el perro», solía decir Kafka. Y la ternura, agregaría yo sin querer retocar al gran escritor checo. ¿O tendría que decir más bien que se convirtió en ladrido después de la lectura? Un gruñido amoroso (perdón por el oxímoron) cargado de requiebro, desazón y protesta.

Anduve con la cola entre las piernas varios días hasta que me aventuré a leerlo. Entonces me convertí en un remedo de Bryce (el perro, se entiende). Tan fascinada andaba, que estuve tentada de perseguirme mi propia cola. Quería dar saltos -al menos imaginarios y lengüetazos ídem- todo para exteriorizar lo que había sentido al zambullirme en Un mundo para Julius, que son de esos libros que uno quiere que jamás concluyan. Mal que mal, como está dicho en La esposa del Rey de las Curvas, «el arte de contar historias no tiene principio ni fin». El de Bryce, ¡ni hablar!

Yo diría que uno de los más graves inconvenientes de esta novela es precisamente que aunque tenga 500 páginas, se acaba. Un detrimento que casi no ocurrió ya que Bryce (el escritor, se entiende) en sus antimemorias cuenta que la novela «seguía crece que crece porque me encantaba escribir ese libro y hasta hoy seguiría escribiéndolo si no es porque llegó el caluroso mes de julio y tuve que cerrarlo por vacaciones» (Bryce Echenique, 1993: 114). Un punto final que resulta demoledor para quienes desde las primeras páginas son atrapados por esa atmósfera construida a través de una escritura charlada (esta vez el oxímoron es de Julio Ortega) que a poco andar consigue una estrecha complicidad entre narrador y lector. Digamos que muy prontamente comenzada la novela se adquiere carta de ciudadanía de Bryceopolis. Si el comedor de Julius era un pedacito de Disneylandia criolla donde «las paredes eran puro Pato Donald, Caperucita Roja, Mickey Mouse, Tarzán, Chita, Jane bien vestidita, Superman sacándole la mugre probablemente a Drácula, Popeye y Olivia muy muy flaca» (Un mundo para Julius, 2010: 13), mientras leía la novela supe que Vilma, Susan linda, El Gordo Martinto, Nilda la selvática, siempre cuchillo en ristre, o Gumersindo con su mano vieja, negra, arrugada, poblarían para siempre las paredes de mi imaginario.

Por fortuna, luego vinieron otras muchas novelas que permiten que nosotros, sus lectores, habitemos progresivamente el planeta bryceano. Porque Un mundo para Julius fue un título que me inició en una sintonía que posteriores novelas del autor solo vendrían a reforzar: confrontarme con lo más íntimo de mí y, al mismo tiempo, con las más candentes preguntas respecto de mi entorno. En Un mundo para Julius Bryce parece preguntarse qué es ser peruano y lo hace de manera tal que impulsa a sus lectores a preguntarse qué es ser, así sencillamente. Acaso la madre de todas las preguntas. ¡GUAU!

- II -

Transformada en fan, grupi o como se llame después de haberme puesto al día con la lectura de su obra, vino una nueva ilusión. Conocerlo. Mi objetivo fue poder reemplazar el placebo canino de mi amiga por el auténtico Bryce. Para eso nada mejor que echar mano a una coartada perfecta: soy periodista, una entrevista.

Eso ocurrió en 1989. Luego de una pesquisa atenta, y un nervioso llamado telefónico, la entrevista quedó concertada. Era cosa ele tocar el timbre de su apartamento en la calle Francisco de Rojas N.º 3 de Madrid al que Alfredo recién se había trasladado desde Barcelona luego de años en París y otro tanto en Montpellier. Así que ahí estaba yo, en su residencia recién estrenada y vestida para la ocasión, como Juan Lucas.

En el suelo del salón donde nos instalamos estaba su celebérrimo retrato pintado por Herman Braun-Vega que ilustró la portada del primer volumen de Permiso para vivir donde se le ve con un manuscrito en la mano, impecablemente vestido como siempre y la mirada llenecita de asombro. Casi no había muebles y nada para beber ni para él ni para mí, lo que con el tiempo entendí fue una ocasión muy inusual. Muchos años después, me enteré de que había vivido una depresión en ese departamento y que no encontró nada mejor que recluirse debajo de la cama. «Recuerdo que la que era entonces mi esposa solía dejarme la comida al pie de la cama, por si acaso me asomaba, aunque sin gran esperanza...».

Fue emocionante tenerlo al frente, aunque fuera en un apartamento casi desamoblado que a ratos hacía olvidar que nos encontrábamos en medio de la agitada capital española. Claro que cuando dos tímidos se encuentran puede pasar cualquier cosa. Cualquier cosa desastrosa me refiero. Que nadie hable por ejemplo o que los rostros se sonrojen.

En esto, como en casi todo, Alfredo Bryce Echenique, el gran tímido, es la excepción. Porque en este departamento con todo el menaje embalado que hasta un poco de eco tenía de lo desocupado que estaba, el autor de Un mundo para Julius trataba de llenar cualquier vacío. Hacía todo lo posible por colaborar con mis preguntas, contando anécdotas, hablando de su historia de vida, describiendo cómo se convirtió en escritor pese a la negativa de su padre, compartiendo la cocinería de muchos de sus apreciadísimos personajes. O riéndose de sí mismo, uno de sus pasatiempos más queribles. Recuerdo que en esa entrevista me dijo que los latinoamericanos «nos reímos para no llorar, pero nos reímos mucho, captamos tristezas, bailamos tristezas. Esto no lo siento en La muerte de Artemio Cruz, no lo siento en La ciudad y los perros, no lo siento en Carpentier, no lo siento en mis maestros» (García-Huidobro, 1993).

Tal vez por eso, prontamente transformó el humor y la ironía en el sello de su escritura. Porque si hay algo que se siente leyendo Un mundo para Julius es una desbordante sorna que puede cultivar en nuestro interior la más afligida de las carcajadas. Su creación está llena de amor y humor que es la misma palabra para él. No creo que Bryce advierta que pueda haber un cambio de letra o una falta de ortografía entre una y otra... para él son lo mismo. Ambos han sido sus antídotos para conocer el mundo y el mejor mecanismo para sobrevivir al espanto de la realidad.

Conversar con él resultó ser algo parecido, muy parecido, a leer sus novelas. Como si fuera imposible fijar dónde termina el escritor y dónde empiezan sus escritos. Es de esos infrecuentes casos en los que la admiración que se tiene como lector se traspasa rápidamente al autor como persona. Se dice que a los escritores muchas veces es mejor leerlos que conocerlos, y probablemente sea verdad, aunque Bryce, de nuevo, sea una excepción.

Porque cuando una periodista entrevista a Alfredo Bryce Echenique con la secreta ilusión de pedirle que le autografíe sus novelas, que además de tenerlas en la mochila las lleva incrustadas en su paisaje interior, la situación puede llegar a activar todo tipo de inseguridades y chascarros. Rara vez me ha ocurrido que mi presa -como lo hubiera llamado Janet Malcolm-, hable hasta por los codos, a punto incluso de hacerse preguntas a sí mismo para que todo saliera bien. Touché.

A partir de ese momento, nuestra conversación se extendió en el tiempo. Tengo que decir que se cultivó con gran generosidad de su parte. Cartas van, cartas vienen. Las suyas manuscritas, escritas con su angulosa y característica letra temblorosa (Bryce debe haber sido el último ser en esta tierra en abandonar el formato de la carta tradicional en sobres con bordes con ribetes rojos y azules), encuentros aquí o allá y la interacción mediante amigos comunes.

Durante estos treinta años de amistad, he observado muchos cambios en Alfredo. Desde luego, terminó con su sempiterno bigote, ese con el que llegó a París tratando de huir de la horrorosa Lima en 1964 y de la que, en el fondo, nunca ha salido del todo. Desde que se rasuró, su rostro es otro y todavía extraño que el característico titubeo de su conversación -eh, eh, eh- ya no esté acompañado de un casi imperceptible temblor de su mostacho.

Más impresionante que verlo sin bigote fue descubrir que ya no fuma... ¿podrán creerlo quienes lo conocieron cuando agitaba sin cesar esas manos finas de pianista inhabilitado por culpa de un dedo meñique torcido con un cigarrillo encendido? Vuelo de manos y cenizas a medio quemar puesto que el sujeto, ya está dicho, fumaba más que Humphrey Bogart en sus mejores películas. Con todo, esos cambios que he percibido a través del tiempo se dan sobre el escenario inamovible de la sensibilidad, ternura y timidez que se mantiene constante en el paisaje emocional de Alfredo Bryce.

Nunca le he preguntado cómo surgen los títulos de sus libros, que siempre me han parecido muy buenos. Tal vez por eso los periodistas hemos usado y abusado de ellos a la hora de escribir sobre el autor: «Tantas veces Alfredo» parodiando su novela Tantas veces Pedro o «La mudanza de Bryce Echenique» en vez de La última mudanza de Felipe Carrillo y, de seguro, el que se lleva el premio es «La vida exagerada de Alfredo Bryce». No quiero ni pensar cómo quedarían títulos inspirados en La amigdalitis de Tarzán o Reo de nocturnidad en manos de estos creativos colegas. Lo que es común a todos es que están construidos sobre la topografía de los afectos. Uno de sus últimos libros de ensayos se llama Entre la soledad y el amor y, para quienes lo conocemos, nos parece una verdadera declaración de principios. Más si ese título va acompañado de un desolador epígrafe de François George: «si me he quedado solo, es por falta de maldad».

Bryce Echenique ha sabido llevar el ethos de la timidez a sus novelas y son parte constitutiva de sus personajes. Ale atrevería a decir que el conjunto de su obra conforma una verdadera estética de la timidez. No en vano sus miles de lectores nos identificamos con esos relatos suyos poblados de estos antihéroes que tratan de acomodarse a Ja extrañeza que causa el mundo, asegurándonos así, como bien dijo el mismo Alfredo Bryce alguna vez, «que duela menos».

- III -

1970, el año que se publicó Un mundo para Julius. Por esos días la gente se mostraba atónita con la separación de Los Beatles, noticia que causó casi más consternación que el horror de los asesinatos de Charles Manson ocurridos meses antes en el glamoroso corazón de Hollywood. Habíamos pisado recientito la luna; Salvador Allende era candidato a la Presidencia de Chile; el general Velasco remecía al Perú con el inicio de la Reforma Agraria en tanto el Caudillo en España dejaba la impresión que estaba dispuesto a vivir para siempre.

La canción «El cóndor pasa» se transformó en el tema más tocado en radios y arrasó en el ranking de discos más vendidos en 1970. Sobrevolando lo latinoamericano (favor leerlo con la entonación correspondiente): «I'd rather be a sparrow than a snail / Yes I would, if I could, I surely would», la melodía reforzaba lo que estas latitudes son y han sido para Occidente. Una contribución andina donde volver a proyectar sus propias fantasías. Según Bryce Echenique:

«[...] un millón de tristes y solitarias quenas entonaron por media Europa, deformándola siempre y sacándola también siempre de su real contenido y contexto, pues entre otras cosas fue creada en París por un afrancesado peruano, Daniel Alomía Robles, como aria o movimiento inicial nada menos que de una ópera pretendidamente italiana. La confusión, pues, estaba servida, y Europa inventaba una vez más América sin necesidad de alejarse de su eterna visión eurocentrista del mundo».

(Bryce Echenique, 2009)



Por años nunca faltó un mochilero sudamericano que la entonara con una quena y ojalá un poncho en los más diversos bares, plazas y esquinas del Viejo Continente a cambio de unas monedas. Hasta Alan García lo hizo, décadas antes de ser presidente del Perú, como es obvio. En Permiso para retirarme, Bryce relata un gracioso incidente vivido con Julio Ramón Ribeyro que luego tendría sorprendentes consecuencias para nuestro escritor.

En lo literario, en 1970 el Premio Nobel recayó en Alexander Solzhenitsyn, una elección celebrada unánimemente. Y es que el ruso es considerado un autor insoslayable que, como pocos, indaga en las acuciantes cuestiones éticas de la sociedad contemporánea. Bueno, unánimemente con excepción de los soviéticos, en realidad. De hecho, el escritor prefirió no viajar a Suecia a recogerlo por temor de no poder regresar a su país.

En tanto, otro galardón mantiene al campo literario de habla hispana en una efervescente expectación: el premio «Biblioteca Breve» organizado por la Editorial Seix Barral. Desde la década del sesenta, este trofeo se había vuelto un verdadero oráculo para la literatura sobre todo de Latinoamérica. Es verdad que reconoció a importantes autores hispanos como Luis Goytisolo, Caballero Bonald, Juan Marsé o Juan Benet. Pero el mayor énfasis estaba dirigido a poner en valor escritores del otro lado del charco que hasta hace poco solían subordinarse a un canon dictado en la «Madre Patria». De algún modo, todo empezó en 1962 con el sorpresivo reconocimiento a un joven peruano de 26 años por su novela La dudad y los perros. Al año siguiente, lo obtuvo el mexicano Vicente Leñero. En 1964, fue el turno de Cabrera Infante con Tres tristes tigres, publicada un tiempo después debido al lío montado por la censura. En 1965, año que ganó ÚItimas tardes con Teresa de Juan Marsé, Manuel Puig fue finalista con La traición de Rita Hayworth, mientras Carlos Fuentes se lo llevó en 1967 por su novela Cambio de piel. Indiscutiblemente grandes creaciones entre los galardonados. Desde una mirada de género, en cambio, sus resultados son cuestionables. En las trece versiones realizadas en su primera etapa, solo una mujer lo obtuvo: la cubana Nivaria Tejera, poco leída por estos días, con una novela todavía menos editada: Sonámbulo del sol. Y entre los más de 1'7 finalistas se reconocieron a dos: Carmen Martín Gaite y Ana Mairena. ¿Y Recuerdos del porvenir de Elena Garro, por mencionar solo un emblema de lo que quedó tras las sombras? ¿O Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska?

Como sea, en 1970 el prestigio del premio estaba por las nubes. En el ámbito literario crecían las expectativas respecto de quién lo recibiría ese año. Se rumoreaba que El obsceno pájaro de la noche, la novela que José Donoso había terminado por fin luego de diez años de escritura llevaba la delantera, mientras otros preferían poner sus fichas a Un mundo para Julius del joven Bryce Echenique. Todo parecía indicar que se produciría una suerte de careo entre el oligárquico Jerónimo de Azcoitía y el burgués Juan Lucas.

¿Es imaginable siquiera que un jurado estuviera enfrentado a escoger entre esas dos novelas? ¿Precisamente esas dos novelas? Es difícil concebir en la literatura latinoamericana dos obras cuyo tono narrativo sea más contrapuesto. Al menos a primera vista.

El obsceno pájaro de la noche es una novela esperpéntica con una compleja estructura donde se problematizan los pilares sobre la que está construida la sociedad, llegando a poner en duda desde la identidad de lo latinoamericano hasta la condición humana misma. Según ha dicho el propio Donoso, las reglas que gobiernan la novela son la duda, la inseguridad, no solamente como una realidad sicológica sino como espacio literario, un viaje por los laberintos de lo inconsciente (Donoso, 2017). Un mundo para Julius, a cambio, es un relato que se despliega con fluidez en un entorno cotidiano que, sin embargo, deja entrever el brutal clasismo de un grupo social privilegiado cuyo patrón de conducta es la hipocresía. Una realidad reflejada a través de la mirada atenta, pero candorosa, de un niño más bien solitario y sensible.

Demás está decir que estas novelas interpelan de manera muy diferente a sus lectores. Si El obsceno pájaro de la noche es una lectura exigente y compleja, Un mundo para Julius agarra y no suelta. Famosa es la anécdota de Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes, la Gaba, como le dicen todos. Ambos estaban fascinados leyendo la novela de Bryce de la que tenían un solo ejemplar de modo que terminaban peleándose. Como ninguno quiso ceder su turno, la solución fue radical. García Márquez leía una página que luego arrancaba para dársela a su mujer y de esta manera los dos pudieron leerla al mismo tiempo.

Menudo problema para el jurado, entonces, hubiera sido decidir a cuál novela otorgarle el Premio Biblioteca Breve. Y digo hubiera porque ese momento nunca ocurrió puesto que el destino hizo una de sus jugarretas. Justo antes del fallo, se produjo la ruptura de Carlos Barral con la editorial. Una pelea muy bullada. Barral era el creador del premio y en buena medida el editor que había dado prestigio a esa casa editorial, de modo que el jurado decidió en forma intempestiva suspender el galardón y emitir una escueta declaración:

«Reunidos en Barcelona el 3 de marzo de 1970, José María Castellet, Salvador Clotas, Juan García Hortelano, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, miembros del Jurado del premio Biblioteca Breve 1970, y ausente Félix de Azúa, declaran: [...] Que el premio, en su origen, historia y continuidad, está indisolublemente vinculado a la persona de Carlos Barral. Por todo ello, estiman en conciencia, y por el compromiso moral contraído con los escritores concursantes, que no deben otorgar el premio hasta que se defina la situación de la editorial y la de Carlos Barral».

El obsceno pájaro de la noche y Un mundo para Julius se enfrentaron al público sin ese aval. Pero no necesitaron de las parafernalias marketeras que rodean a los concursos, su influjo se esparció como una pandemia. Desde ese día también, José Donoso y Alfredo Bryce Echenique compartirán cierta dosis de infortunio frente a los premios literarios que, mal que mal, tiene algo de albur. Como dice el tango: ¡Mala suerte!

Aquí empiezan las coincidencias y similitudes entre ambas novelas. Pese a las muchas oposiciones que es posible plantear, hay sorprendentes sintonías incluso desde lo anecdótico. Porque, quién lo hubiera pensado, José Donoso -como Julius que se entretenía disparándoles a los indios apaches que veía camuflados en los sirvientes de su casa desde una antigua carroza- cuenta en Conjeturas con la memoria de mi tribu que de niño practicaba un juego parecido: «Recuerdo muy bien que en mi infancia solía jugar en el esqueleto de un coche trompa arrumbado en el rincón de una bodega del campo, detrás de sacos de papas» (Donoso, 1996: 23). Entre ellos habría un imaginario que se entrelaza, y muy especialmente, hay una sensibilidad que se hace cargo de una memoria construida por retazos de códigos sociales desayunados desde la infancia.

De hecho, las dos novelas cuentan con niños en roles protagónicos. En la de Donoso se trata de un infante nacido deforme, Boy, cuyos rasgos monstruosos metaforizan la sociedad que representa. El relato de Bryce Echenique, en cambio, se estructura en torno a un chico curioso, inquieto, simpático cuyas observaciones van retratando las aberraciones de su medio. Alfredo alguna vez afirmó que el hecho de contar desde el niño protagonista le había permitido encontrar la manera más candorosa y sutil de penetrar en el mundo adulto. Tal vez por eso, Julius está siempre en movimiento, se desplaza por los diversos espacios como si fuera una cámara que va mostrando ese mundo con un cierto delay, un inevitable desfase producido por la mirada infantil que termina por ser elocuente1. No hay denuncias en Un mundo para Julius porque «ese mundo se denuncia a sí mismo con solo describirse, se viene abajo por su propio peso», dijo el autor.

A Boy, en cambio, su padre lo encierra en una casona de campo rodeado solo de personas y animales desfigurados para crear una falsa normalidad. Un espacio asfixiante que institucionaliza lo grotesco reflejado en ese espejo deformante del relato. La importancia y valor simbólico de la casa es probablemente uno de los aspectos más importantes en estas dos novelas. Por una parte, los espacios son elementos claves de significación que se constituyen en caja de resonancia que representa y encarna la historia del país. Un mundo para Julius anticipa la decadencia que está por sobrevenir a ciertos grupos sociales de Perú, mientras en El obsceno pájaro de la noche asistimos a los estertores finales de una sociedad revenida en su declive. Dos momentos, dos tonos -el de la degradación y el de la ironía- para un mismo fenómeno. Digamos que en un mundo donde triunfa Juan Lucas no hay espacio para Jerónimo de Azcoitía. El cinismo se vuelve aquelarre.

Sin embargo, en este juego de confrontaciones, me quedo con la que me parece la similitud más decisiva y decidora: la notable vigencia de El obsceno pájaro de la noche y Un mundo para Julius. Estamos hablando de novelas, que cincuenta años después de su publicación y su frustrada carrera por el premio Biblioteca Breve, ejercen una influencia particular ya sea porque «se imponen por inolvidables», ya sea porque «se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual» para usar palabras de Italo Calvino.

- IV -

2020, el año que Un mundo para Julius cumple 50. Cuando una persona nombra a su mascota como Bryce, estamos frente a un escritor que se ha instalado en esos pliegues de la memoria de los que habla Calvino. En otras palabras, bien podríamos establecer que ha llegado a la categoría de clásico. Porque el mayor desafío y el verdadero reconocimiento para cualquier obra de arte es sobrevivir al paso del tiempo, ese implacable evaluador que suele dejar en evidencia hierros flagrantes de tantos premios literarios, Nobel incluido. O desenmascara autores de moda cuyos bestsellers terminan arrinconados en librerías de segunda mano en el mejor de los casos. Como ya habrán adivinado, la referencia de Calvino está tomada de Por qué leer a los clásicos, una colección de ensayos sobre los libros que marcaron su vida, donde el italiano juega con posibles definiciones para ese concepto. Probablemente la más citada sea la que afirma que «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir». Eso es precisamente lo que ocurre al revisitar Un mundo para Julius, gracias a ese niño cuya candidez le otorga la libertad de no entender, de equivocarse, de imitar, de hiperbolizar la vida, parafraseando a Bajtin2.

Porque ahora que el planeta entero está -estamos- confinado en casa luego de habernos creído una aldea global, sin poder compartir lecturas, cervezas y ladridos con los amigos, estamos obligados a volver a la riqueza que cada uno ha acumulado con los libros que nos habitan. Y ahí está Un mundo para Julius con tanto que decirnos. Ahí está Alfredo Bryce Echenique empachado de curiosidad.

Mientras estamos encerrados volvemos forzosamente a mirar nuestro entorno: los objetos más cotidianos que descansan sobre una mesa o cuelgan de los muros, fotos amarillentas en cajones abandonados. Un ejercicio que nos recuerda lo que Un mundo para Julius nos hizo advertir magistralmente hace cincuenta años: la familia es un cosmos cerrado donde se replican las pasiones más nobles y las bajezas más ignominiosas de los seres humanos. Allí se desarrollan todas las variantes de las relaciones de poder. Y de servidumbre. En más de un sentido, la parentela es como el universo, una totalidad de espacio y tiempo. Lo familiar, que equivale a decir lo más cercano, de pronto puede significar lo anómalo y turbador. Fallas geológicas que conforman realidades vividas como ficción y ficciones vividas como realidades. Rendijas que fluyen solapadas y terminan por ordenar y desordenar. Como el magistral final de Un mundo para Julius.

Para mí, un clásico es un libro que produce un terremoto interior cuando se lee por primera vez, y réplicas en cada relectura. Los que viven en países sísmicos saben de lo que estoy hablando. Y los que han releído Un mundo para Julius con ocasión de cumplirse cincuenta años de su aparición, también. Porque estamos ante una novela -quién podría ponerlo en duda- de una actualidad vertiginosa, y una vigencia abrumadora.

Obras citadas

  • BRYCE ECHENIQUE, Alfredo
    • 1968 Huerto cerrado. La Habana: Casa de las Américas.
    • 1977 Lautas veces Pedro. Lima: Libre-1.
    • 1981 La vida exagerada de Martín Romaña. Barcelona: Argos Vergara.
    • 1988 La última mudanza de Felipe Carrillo. Barcelona: Plaza & Janés.
    • 1993 Permiso para vivir (antimemorias). Barcelona: Anagrama.
    • 1997 Reo de nocturnidad. Lima: Peisa.
    • 1998 La amigdalitis de Tarzán. Lima: Alfaguara/Peisa.
    • 2005 Entre la soledad y el amor. Lima: Peisa.
    • 2008 La esposa del Rey de las Curvas. Lima: Peisa.
    • 2009 «En los márgenes del boom». Revista Dossier, (11), 7-13.
    • 2010 Un mundo para Julius. Edición conmemorativa. Lima: Alfaguara.
  • CALVINO, Italo
    • 1993 Por qué leer a los clásicos. Barcelona: Tusquets.
  • DONOSO, José
    • 1996 Conjeturas de la memoria de mi tribu. Santiago: Alfaguara.
    • 2017 «Claves de un delirio: Los trazos de la memoria en la gestación de El obsceno pájaro de la noche». En El obsceno pájaro de la noche (pp. 457-484). Santiago: De Bolsillo.
  • FERREIRA, César
    • 2010 «Julius cumple cuarenta años». En Un mundo para Julius. Edición conmemorativa (pp. XXI-XLIV. Lima: Alfaguara).
  • GARCÍA-HUIDOBRO, Cecilia
    • 1993 «Alfredo Bryce Echenique: Un antihéroe en el reparto de la vida». En Portarretrato. Pensamiento y creación en América Latina. Trece entrevistas de Revista Universitaria (pp. 89-108). Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile.
  • MOSCA, Stefania
    • 2004 «Bryce ante Bryce». En Julio Ortega (ed.), Alfredo Bryce Echenique ante la crítica (pp. 349-363). Caracas: Monte Ávila.