Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice

La ermita de Cabezón (Liébana)

Ildefonso Fernández Llorente

Continuamos nuestro viaje, y a los pocos pasos descubrimos toda la graciosa torre de la iglesia parroquial de CABEZÓN, pueblo cabeza de distrito municipal y que está edificado a los dos lados de la carretera. La iglesia es de reciente construcción, y ha sido hecha en el punto más bajo del pueblo, cerca del río, con los fondos de una Obra-pía, según creo, y suministrados para ello por Don Jerónimo Roiz de la Parra, que la administraba; cuyo señor, aunque originario de este pueblo, era uno de los más acaudalados comerciantes de Santander y murió en fines de 1880, siendo Senador del Reino por las Sociedades Económicas de Amigos del País de León y de aquí de Liébana. El exterior de la iglesia, que es de forma octagonal, pareció bastante bello a mi amigo, a quien no pude por entonces invitar a que bajase para ver el interior, pues teníamos que seguir nuestro camino.

Luego que pasamos de aquel pueblo y dije a mi amigo que en el barrio de Aciñana hay una Obra-pía, servida por un capellán; deseó saber si había de particular alguna cosa respecto a dos ermitas que hay en Cabezón, una a la parte arriba de la carretera, y otra a la parte abajo.

-De la primera solo te podré decir -le contesté- que pertenece a parientes próximos del conocido diputado provincial, mi apreciable amigo D. Laureano de las Cuevas, a quien Liébana debe mucho afecto y gratitud por sus servicios a estos valles; y de los mismos parientes del mencionado señor es también la última casa, que viste a la izquierda según veníamos. Respecto a la ermita de abajo, era yo muy niño cuando me contaron la siguiente leyenda:

-Hace siglos que en el antiguo camino, por donde a —134— este pueblo se venía desde Castilla, resonaron a las altas horas de una bella noche de estío los precipitados pasos de dos caballos, sobre los que, oculto el rostro en los embozos de sus capas de seda, iban sendos jinetes, llevando el uno delante y sostenida en su brazo izquierdo una dama, cuyo semblante no podía verse, a causa del manto en que iba rebujada.

En las primeras casas del pueblo llamaron, golpeando con el pomo de una espada en la puerta; y como saliera un mozo a ver quiénes llamaban, hicieron que les guiase a la morada del párroco. Poco después los dos jinetes y la dama fueron recibidos por el sacerdote en una sala, pobre de adornos, pero espaciosa. Uno de los caballeros pidió al párroco que oyera en confesión a la dama, la cual con voz muy débil repitió la misma súplica. Se retiró el sacerdote a un rincón del aposento, junto a un crucifijo colgado en la pared; oyó la confesión de la señora; y cuando aquel acto misterioso concluyó, el antes dicho caballero, dando al párroco una grande bolsa, dijo: «Tomad estas monedas, para sufragios por el alma de esta joven infeliz». Y al mismo tiempo la dama, que estaba de rodillas, dio un suspiro y cayó muerta. Quedó como espantado el sacerdote; salieron los caballeros, aprovechando aquel grande estupor; montaron en sus caballos, que estaban a la puerta de la casa, y partieron a galope, sin que haya sido posible averiguar más acerca de ellos.

En cuanto al cura del pueblo, celebró solemnes exequias por la difunta, y procuró a toda prisa edificar la mencionada ermita, a la cual hizo trasladar, cuando fue tiempo, los restos de la incógnita dama; sin que nadie se atreviese a pedirle explicaciones, comprendiendo que las negaría, fundado en el secreto de la confesión.

-¡Vaya una leyenda extraña! -dijo mi amigo.

-Pues extraña, o como sea, la voy a publicar escrita en verso, y sin meterme a indagar lo que hay en ella de —135— verdad y lo que hay de ficción, contentándome con referir lo que se me ha referido.

FUENTE

Llorente Fernández, Ildefonso, Recuerdos de Liébana, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1882, pp. 133-135.

Indice