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La fuente de Montal. Leyenda alcoyana

Augusto Ferrán

Saliendo de la ciudad de Alcoy por el puente de Cristina1, y siguiendo la carretera que hoy se llama de Valencia, queda el forastero sorprendido al contemplar un paisaje que, por lo ameno y pintoresco, recuerda las tan celebradas descripciones que varios escritores hacen de la Suiza.

Empinadas montañas que bajan casi hasta el borde del camino en verdes y risueñas colinas, multitud de labor y de recreo rodeadas de frondosos árboles entre los que descuellan alguna esbelta y elevada palmera, el río que en una hondonada se aleja murmurando, huertas que con su esmerado cultivo ostentan la riqueza de nuestro suelo; en fin, todo aquello que constituye un paisaje verdaderamente bello por su pintoresca variedad, encanta la vista del que por primera vez tiene ocasión de visitar sitio tan delicioso.

Siguiendo el camino de Valencia y entre el puente de San Roque2 y el de Benisayó3 hay a mano derecha un sendero que baja hasta el río Barchell.

Antes de llegar a la mitad de este estrecho camino, óyese como un leve murmurio, indicio que no muy lejos de allí brota alguna fuente.

En efecto, en una especie de recodo que forma el sendero, sale a borbotones por entre unas peñas gran cantidad de agua cristalina, que, cayendo en un pilón fabricado no con mucho esmero y casi al nivel del suelo, va a perderse murmurando en el río Barchell.

Esta fuente donde acuden las noches de verano algunas personas que desean respirar el aire libre y puro del campo y calmar la sed con agua fresca y trasparente, se llama fuente de Montal.

Pocos son los alcoyanos que ignoran que acerca de dicha fuente se cuenta desde remotos tiempos una historia triste.

Pero hasta ahora, nadie se ha propuesto averiguar si la tradición popular que de boca en boca corre, tiene una sombra siquiera de verdad y cuál es su desenlace natural.

Yo, que siempre he tenido especial predilección a las leyendas populares, he tratado de indagar cuánto tiene relación con la que voy a referir, y no con poco trabajo he conseguido reunir todos los datos, a mi entender, necesarios donde he encontrado tales noticias no os lo puedo, o más bien, no os lo quiero decir; algún derecho ha de reservarse el autor.

Mi pobre imaginación me tiene prohibido ser hablador en semejantes casos. Antes de entrar en materia, solo quiero rogaros que seáis indulgentes y me perdonéis si mi pobre y desaliñado relato no responde al asunto: escribir leyendas es más difícil de lo que parece, si han de recordar siquiera el estilo sencillo y brillante a la par que emplea el pueblo en sus poéticas y melancólicas tradiciones: el pueblo, que es el verdadero poeta.

Dicho esto, queridos lectores, doy principio a mi cuento, sin molestaros más con difusas digresiones, rogándoos solamente que me concedáis unos momentos para coordinar mis recuerdos y dar a mi humilde escrito la forma y conexión convenientes.

I

Montados en dos hermosos caballos, iban al caer de la tarde, un día de primavera de mil quinientos y pico, un apuesto y ricamente vestido caballero y su escudero, quienes se dirigían lentamente por una senda bastante ancha hacia el castillo de Margall4, situado en lo alto de una roca a no muy larga distancia de la villa de Cocentaina.

Tiempo hacía que caminaban silenciosamente, cuando el caballero, al divisar los torreones del almenado castillo, echó una mirada imperiosa al escudero, moviendo ligeramente la cabeza, lo cual fue bastante para que el servidor acercara su caballo todo lo posible al de su buen señor y amo.

-Pedro -dijo de pronto el caballero con acento nada cariñoso-, es preciso que antes de terminar la semana se encuentre María en mi castillo; es preciso ¿lo oyes?

-Pero, señor -contestó en tono humilde el escudero-, yo no respondo de que mi plan tenga buen éxito. Ya sabéis con cuanto cuidado la vigila su padre, y también sabéis, porque vos mismo lo habéis visto, que la defiende su virtud, y la virtud es un enemigo muy temible, invencible muchas veces.

-Pedro, no me hables de su virtud; la misma resistencia que a mis deseos opone es causa de que sea mayor mi anhelo, de que mi empeño en ganar un corazón tan rebelde sea ya para mí una fuerza irresistible ante la cual no hay obstáculos insuperables... ¡Su padre! ¿Y qué me importa su padre?... Ella tiene virtud; yo tengo voluntad, y ésta, cuando es de hierro, triunfa siempre de aquella. Mañana estará María en mi castillo.

Y señor y escudero, dando espuelas a los caballos, se perdieron por la tortuosa y empinada senda que conducía a una puerta falsa del castillo de Margall.

El eco repitió un momento el sonoro galope de los corceles, y luego el silencio, un instante interrumpido, volvió a reinar en aquellos solitarios contornos.

Al pie de la sierra Mariola, en el campo que hoy se conoce por el nombre de Riquer, había en los tiempos a que me refiero, una casa de dos cuerpos y de modesta apariencia, en la que vivía un honrado labrador, tributario de un señor muy rico de Alcoy, a quien había servido durante las guerras contra los moros, retirándose después con sus dos hijas a aquella modesta y apartada vivienda.

Jorge Pérez no vivía más que para sus dos hijas María y Rosa, conocidas en toda la comarca por su hermosura, y más aún por su incomparable virtud.

Como buen padre las quería con ese amor inalterable y un tanto egoísta, que hace del objeto amado un ídolo, junto al cual no hay personas ni cosas que tengan el menor precio. Jorge quería a sus hijas casi con religión5, y como era natural María y Rosa correspondían con usura a tan generoso y entrañable cariño.

El honrado labrador, que tanto había aprendido en la guerra, disfrutaba en la paz del hogar doméstico la quietud y verdadera tranquilidad, digno premio a sus fatigas pasadas.

Su nombre, su honradez, su caridad y su buen trato le hacían no solamente querer, sino también respetar de todos los habitantes de Alcoy y sus cercanías, siendo de extrañar que en unos tiempos en que tan postergada estaba la clase pobre, hubiera un hombre humilde de todos tan respetado y hasta querido de su mismo señor. Tal es la fuerza de la virtud, que siempre, aún en las épocas más remotas, ha ejercido su inmenso dominio. —164—

Pero cierto es también que la virtud, perseguida sin cesar en todos tiempos, expuesta siempre al furor y a las tribulaciones del mundo, combatida por el vicio, su enemigo implacable, ha sostenido una lucha aun no terminada, en la cual, si bien nunca vencida, ha sufrido y sufre las contrariedades y los dolores que padece quien ha de triunfar sin armas, por medio de la raza y la nobleza de sentimientos.

Por eso la paz que reinaba en la modesta casa de Jorge Pérez, la dicha que hacía algunos años favorecía con sus envidiables dones a aquella humilde familia, la tranquilidad, único bien de aquellas dos inocentes jóvenes, todo desapareció en un momento, trocándose en penas y sinsabores, con que el cielo quiso probar aquellas almas virtuosas. Triste cosa es el mundo, puesto que en el mundo el dolor es como la sombra que proyecta la alegría: siempre la signe de cerca. (Se continuará.)

(Conclusión) —178—

II

Nada hay sobre la tierra más variable, nada más inconstante que la fortuna.

La fortuna que tan fácil como caprichosamente eleva en un momento a ciertos hombres que, sin su poderoso auxilio, no hubieran nunca llegado a sobresalir entre la muchedumbre que pasa, sin dejar la más ligera huella tras sí, se cansa a menudo de prodigar sus favores y con la misma facilidad con que le ha rodeado de un esplendor deslumbrante, pero engañoso, hunde por siempre en el polvo al hombre a quien se ha dignado elevar. —179—

La luz demasiado intensa ciega al que se empeña en mirarla, y al cegar produce una oscuridad espesa y duradera; la fortuna que ilumina de pronto con irresistible brillo un nombre oscuro, suele robarle en breve su pasajero resplandor, dejándole sumido en densas y silenciosas tinieblas.

Los condes de Margall, en las sangrientas guerras contra los sarracenos, habían adquirido en pocos años fama, títulos y riquezas, y por uno de esos caprichos de la fortuna, en muy corto tiempo, de la más baja esfera se habían elevado, consiguiendo el título de conde, a tan alto rango que, señores de pueblos, castillos y extensas tierras, eran respetados y a veces temidos, muchas leguas en torno de su castillo, situado en lo alto de una roca no muy lejos de la villa de Cocentaina, , en el cual tenían de costumbre su residencia.

Don Félix, segundo conde de Margall, padre de don Enrique, el caballero que al principio de este relato cabalgaba hacia el castillo de aquel nombre, había muerto legando a su hijo un título rodeado de todo el brillo con que la fortuna, más que la virtud y el honor, se había complacido en adornarlo.

Pero un momento de oprobio basta en el mundo para deslucir el nombre más ilustre, y las sombras del crimen oscurecen súbitamente la radiante claridad del título más glorioso; así los densos vapores que se elevan de entre las aguas fétidas, detenidas en el profundo barranco, van formando una nube espesa que sube y oculta, al caer de la tarde, el disco resplandeciente del sol.

El nombre de Margall debía desaparecer aborrecido, maldecido de todos.

Don Enrique que a la muerte de su padre contaba unos treinta años, al verse dueño y señor de tantos dominios, no reparó en que él era esclavo de las tumultuosas pasiones que reinaban en su corazón. Dio desde un principio amplia libertad a sus desordenados instintos, y por la rápida pendiente del vicio fue cayendo en el abismo profundo del desorden y la orgía, de la maldad y el deshonor.

Su alma, despreciando toda nobleza, toda virtud, se había entregado a esos sentimientos impuros que hacen del hombre un ser terrible que, impelido por la violenta fuerza del mal, deja por donde pasa desolación y ruina, luto y eterno llanto.

Cinco años habían transcurrido desde la muerte de don Félix, y durante este tiempo don Enrique, cuyas pasiones cada día más desatadas, más insaciables, no encontraban obstáculos para ellas invencibles, se había entregado completamente a los horribles furores del vicio, y el vicio le había conducido al abismo del crimen.

¡Cuán insondables son los designios de la Providencia!

Un crimen horroroso debía marcar el fin de dos existencias tan diferentes en su esencia, tan distintas en sus aspiraciones, en sus deseos, en sus sentimientos.

María, la virtuosa hija del honrado Jorge Pérez; María, noble, candorosa e inocente, iba a ser víctima de un hombre infame, inicuo, en cuyo corazón se había arraigado la maldad.

¡Cuán a menudo se encuentran frente a frente la virtud y el vicio, y tienen que luchar, y aquella que combate siempre con nobleza y sin encono se ve vencida por su artero e implacable enemigo que emplea en la lucha la astucia y la maldad!

¡Insondables son los designios de la Providencia!

Solía don Enrique bajar algunas tardes al castillo de Alcoy y recorrer las cercanías acompañado de su escudero Pedro, en quien tenía depositada su confianza, y quien era servidor fiel y leal, en toda la extensión de la palabra, de tan buen señor.

Y era tal la fama de hombre sin conciencia y libertino que entre el pueblo gozaba el conde de Margall, que en cuanto se acercaba a Alcoy, hasta los muchachos se escondían, diciendo por lo bajo: «ya viene el diablo que vive en el Monte alto», sin duda porque su castillo estaba situado sobre una elevada roca.

En una de estas excursiones, dos meses antes del día en que principia este relato, al volver una tarde a su castillo, vio don Enrique sentada junto al camino a una joven labradora que, al parecer, por las continuas e impacientes miradas que dirigía hacia Cocentaina, estaba esperando a alguien que tardaba en llegar.

Aquella joven era María que había salido al camino a esperar a su hermana Rosa, que de vez en cuando iba a Cocentaina a vender la fruta del huerto que rodeaba la modesta casa de Jorge.

La sencilla hermosura de la joven llamó la atención del conde, quien, no acostumbrado a desperdiciar las ocasiones, y dispuesto siempre, aunque no fuera más que para distraer su mal humor, a acometer nuevas aventuras, detuvo su caballo y dirigió a María algunas frases galantes.

No sabiendo ella que contestar, temerosa y avergonzada en presencia del caballero, se levantó precipitadamente y huyó presurosa a su casa.

Prosiguió el conde su camino, pero no sin advertir antes a su escudero que tratara de averiguar quién fuera la linda joven, y no le ocultara que el señor de Margall, cuyo poderío y riquezas debía conocer, había quedado sorprendido al contemplar su belleza, deseando ardientemente que se llegara a su castillo, donde él mismo quería ofrecerla un presente digno de tanta hermosura.

Hizo Pedro cuanto su señor le había mandado, cuidando siempre de hallar a la joven sola; pero todo fue inútil.

Asustada María al escuchar el nombre de Margall, despreciando cuantas promesas le hiciera el escudero, y amenazándole con que, si continuaba persiguiéndola, daría parte a su padre y si era preciso al señor de Alcoy, cuidó de no salir nunca sola de su casa, ruborizándose al pensar solamente en cuán poco aprecio tenía aquel noble señor la virtud y tranquilidad de una familia.

Pasaron los días: don Enrique, que en medio de su desordenada vida tan solo hastío encontraba sin ver nunca colmados sus deseos, por lo mismo que fácilmente alcanzaba cuanto deseaba no podía borrar de su mente la imagen de aquella joven humilde que tan fuerte resistencia oponía a su anhelo.

Aquella misma resistencia insuperable avivaba más y más sus deseos, y sus pasiones y su voluntad se rebelaban al tropezar en el camino con un obstáculo difícil de vencer.

Al corto tiempo, lo que en un principio fue un deseo leve, un pensamiento halagüeño, se trocó en un empeño pertinaz y constante, en una idea fija, que arrebataban al conde toda alegría, toda quietud.

Las almas acostumbradas a fáciles victorias gozan, por decirlo así, una tranquilidad, una dicha prestada, que desaparecen con la más ligera contrariedad.

Las almas verdaderamente nobles buscan la lucha y en la lucha se engrandecen. El reposo para ellas es nada; el combate, la inquietud son la vida! —180—

Por eso el alma despreciable de don Enrique, antes tan altanera, tan orgullosa, se envileció desde el momento en que tuvo que luchar para vencer, y no encontrando en sí misma un resto de nobleza, tuvo que emplear la fuerza contra la débil virtud, toda su inicua fuerza contra un corazón débil y candoroso.

El empeño pertinaz del conde en hacerse a todo trance dueño de María fue ya una pasión devoradora, horrible.

Pocos días antes de la tarde en que con su escudero caminaba hacia Cocentaina, don Enrique le había ordenado que a todo precio fuera preciso que robara a María de su casa y con el mayor sigilo la condujera al castillo. Desde entonces el fiel servidor hizo todo lo posible por llevar a cabo su fatal proyecto.

Día y noche rondó con gran precaución la casa de Jorge Pérez, más nunca consiguió hallar sola a María. Por fin, el día siguiente al en que principia esta leyenda, tuvo Pedro noticia de que Rosa y María debían ir aquella misma tarde a la villa de Cocentaina.

El escudero se disfrazó de mendigo y se salió al camino a esperar que llegaran las dos jóvenes.

Pasado algún tiempo, divisó a las dos hermanas que lentamente se fueron acercando al punto en que él estaba.

Por fin llegaron, y Pedro, dirigiéndose humildemente a ellas, les pidió una limosna, acercándose más y más a María.

Y antes que las jóvenes tuviesen tiempo de contestarle, se lanzó sobre ella, la levantó entre sus fuertes brazos, y a través del campo echó a correr rápidamente, desapareciendo entre las malezas y sinuosidades de un barranco próximo.

Rosa se quedó sin aliento: se oyó un grito horrible, y el eco repitió lejano: ¡padre mío!

III

En un aposento, cuyo alto y artesonado techo, cuyas paredes cubiertas de cuadros, en su mayor parte religiosos, cuyos costosos, aunque escasos muebles, indicaban la riqueza del señor de Margall, estaban, a la caída de la tarde, María y don Enrique de pie y a corta distancia de dos magníficos sitiales.

El rostro de la desventurada joven, pálido como la muerte, sus miradas atónitas, sus manos trémulas, revelaban la angustiosa zozobra, la penosa inquietud, el terrible miedo que oprimía su antes tranquilo corazón.

Don Enrique, por el contrario, con el ardiente fuego de sus ojos, con la provocativa animación de su rostro, con la insolente altivez de sus ademanes, daba a entender cuán miserables pasiones agitaban su alma y la cruel satisfacción que sentía al ver a su víctima, indefensa, temblorosa y débil ante sus violentos caprichos.

Reinaba en aquella estancia un silencio profundo, un silencio que oprimía el corazón, que lo llenaba de espanto, y la débil claridad que penetraba por una estrecha y alta ventana, al anunciar que iba a expirar el día, parecía como un presagio de muerte, como un último y tenue resplandor que debía iluminar una vida brillante y alegre.

Largo tiempo estuvo don Enrique contemplando ávidamente a María, que, inmóvil, permanecía como sujeta por una fuerza irresistible en el mismo sitio.

Por fin, el conde, acercándose a ella, le dijo con acento rudo:

-Siéntate, María, y desecha todo temor. Olvida cuanto ha pasado, y a nadie culpes, sino a ti propia, de que haya sido preciso emplear la fuerza para conducirte a mi castillo. Tu loca resistencia, tu altivo desprecio me han obligado a usar contigo la violencia. Nada temas; reina serás de mi castillo y de cuanto yo poseo, pero es preciso que calmes este devorador anhelo que, desde el funesto día en que te vi, me persigue por todas partes, me consume sin cesar el corazón.

Y al pronunciar estas palabras se acercó a la joven y quiso asirle las manos.

Lanzóse María hacia la ventana que estaba entreabierta, como impelida por una fuerza invisible, y volviéndose pronta hacia el conde con los brazos extendidos, permaneció clavada en aquel sitio, muda, inmóvil y sin aliento.

Mas al ver que el conde se acercaba de nuevo a ella, lanzó un grito tan agudo, tan penetrante, tan desgarrador, que don Enrique lo oyó resonar en lo más profundo del pecio, y, atemorizado un momento, se detuvo a corta distancia de María, indeciso, temeroso y agitado.

Transcurrido un momento, haciendo la desdichada joven un esfuerzo supremo sobre sí misma, y quedando en la misma actitud, exclamó con voz trémula:

-¡Tened piedad de mí!... -Y reuniendo todo su valor, añadió-: Si dais un paso más, ¡me arrojo sobre esas peñas!

Turbóse don Enrique al ver la firmeza con que la joven pronunciara aquellas palabras, y permaneció un instante fijos los ojos en ella.

Mas pronto desapareció su sorpresa, y recobrando toda la serenidad, sintió de nuevo agitarse sus violentas pasiones, que le representaban cuán débil y temerosa era su voluntad, al retroceder ante tan pequeño obstáculo.

La ira se apoderó de su corazón, al verse detenido en su empeño, y entregándose ciego a la fuerza impetuosa que le arrastraba al mal, dijo con furibundo acento, apretando convulsivamente el pomo de la daga que de su cintura pendía:

-No estoy acostumbrado a suplicar, y hasta hoy nadie se ha atrevido a oponerse a mi voluntad. No quiero perder tiempo en vanas palabras y tampoco quiero emplear contigo la violencia: no sé qué poder maldito ejerces sobre mí, pero, aunque todas las fuerzas del cielo y de la tierra contrarrestaran mi empeño, es preciso que se calme este fuego abrasador que, cerca o lejos de ti, consume, devora mi inquieta vida. Es preciso que te postres sumisa a mis pies, y que seas esclava obediente a mi voluntad.

Podría en este momento hundirte mi daga en el corazón, pero no acostumbro a tomar venganza por mí mismo, y tengo fieles servidores, para quienes son leyes hasta mis miradas...

Yo te quiero sumisa..., sola te dejo con tus locos pensamientos, dentro de una hora vendrá mi escudero a preguntarte si el conde de Margall, tu señor, puede esperar de ti la obediencia y sumisión que a él le debes.

Dos caminos tienes; obedecer a mi voluntad, o morir.

Si tu insano orgullo cede, serás feliz; si no, mi escudero se encargará dentro de una hora de abatir con su puñal la altivez de tu ingrato pecho.

Y pronunciadas tan terribles palabras desapareció don Enrique, cerrando tras si la puerta del aposento, cuyo cerrojo produjo un ruido seco, que cesó momentáneamente.

Al verse sola María, se dejó caer en el suelo, y llevando ambas manos a su frente, prorrumpió en abundantes lágrimas y en angustiosos suspiros.

Pasado algún tiempo, fue calmándose su agitación.

¿Cómo relatar cuan tristes y desconsoladores fueron los pensamientos que se agolpaban a su mente? —181—

En medio del silencio y la oscuridad, permaneció María inmóvil, sin exhalar siquiera un suspiro, sumida en la más profunda meditación.

Y pasó lentamente el tiempo, y pasó una hora.

Y a los pocos momentos se oyó descorrer el cerrojo de la puerta, que se abrió, penetrando en el aposento el escudero Pedro con una linterna que arrojaba una luz pálida.

Dejó la linterna en el suelo, y cerró por dentro la puerta.

La imaginación se espanta al pensar, siquiera momentáneamente, en la escena horrible que pasó entre María y el cruel escudero de don Enrique.

Corramos un espeso velo sobre tan repugnante, tan espantoso cuadro; apartemos los ojos, lector amigo que me sigues en mi relato, de aquella estancia maldita, de aquel castillo, donde el crimen tenía su morada, de aquel hombre feroz e inhumano; apartemos pronto los ojos de la desventurada María, víctima inocente de un malvado, que cumplía alevosamente las órdenes dictadas por el crimen mismo, de la infeliz María, que, antes de postergar su virtud, prefirió la muerte; que antes de doblegar siquiera un momento sus nobles sentimientos, prefirió entregar a aquel verdugo una vida tan candorosa, tan pura, tan alegre, tan llena de risueñas esperanzas.

Apartemos los ojos de aquellos lugares, habitados por el espíritu del mal, porque el alma se estremece horrorizada ante crimen tan horrendo, tan repugnante, tan inaudito.

¡Pobre María!...

Profunda tristeza ha de guiar ya mi pluma hasta concluir este penoso relato.

Sígueme, lector amigo, hasta el fin, y no nos detengamos antes de llegar al término, a fin de no prolongar la honda pena que se ha apoderado de nuestras almas en las últimas horas de la desdichada María.

Abandonemos para siempre el funesto castillo y volvamos a la casa de Jorge Pérez. No te separes de mi lado, porque necesito tu compañía para alejar de mi imaginación los melancólicos pensamientos que el postrimero ¡ay! de María ha despertado en ella.

IV

Oscura está la noche, oscura y silenciosa, y en torno reina un reposo que infunde pavor, triste imagen de la muerte. Hasta la naturaleza parece haberse vestido de luto, al ver que se ha marchitado aquella flor pura, y el cielo se ha despojado de su tenue brillo por no iluminar con la suave claridad de sus estrellas una escena de horror, último acto de un crimen inaudito.

Sígueme, lector, por el camino que conduce desde el castillo de Margall hacia la casa de Jorge Pérez, y llena de receloso pavor el alma, detente conmigo a corta distancia de la casa, al oír un ruido de pasos que por un momento interrumpe el silencio de la noche.

A pesar de la densa oscuridad que en torno reina, no muy lejos se distingue un bulto que se mueve, que se acerca, que por fin llega.

Llenos de espanto, apartémonos del camino, ocultándonos detrás del recio tronco de una alta encima que se eleva en el sitio que hoy ocupa la Fuente de Montal.

Pero el miedo se aumenta; el bulto, en vez de continuar el camino de Alcoy, se separa de él, parece seguirnos, y apenas escondidos detrás del corpulento tronco, llega junto a él, se para y arroja al suelo un fardo pesado que, al caer, produce un ruido sordo, pero momentáneo. Y luego, a muy corta distancia de nosotros, principia a moverse de una manera extraña.

Imposible es al pronto distinguir lo que el bulto hace; pero, mirándole fijamente, y al oír el ruido que produce el hierro al chocar contra las piedras, comprendemos en breve que está cavando con una azada.

Y al poco tiempo, al escuchar de sus labios una maldición que sin duda le arranca el despecho, notando que de las piedras brotan chispas, reconocemos en aquel acento rudo y bronco, la voz de Pedro, el escudero de don Enrique de Margall.

Él sigue cavando, y los ecos repiten secamente los golpes de la azada.

Y sigue cavando largo tiempo, hasta que por fin se para, arroja la azada a un lado y da dos o tres pasos hacia el bulto que antes ha dejado caer en el suelo.

Se baja, lo levanta entre sus fuertes brazos, se dirige al sitio donde ha cavado, y arroja el bulto en el hoyo.

La tierra parece estremecerse un momento con un ruido sordo; el escudero vuelve a coger la azada y a echar en el hoyo la tierra y las piedras que había sacado.

Y al punto se dirige hacia el camino, pronunciando estas terribles palabras:

-Todo está concluido. Ahora, María, si te encuentran enterrada tan cerca de tu casa, nadie sospechará quién te dio la muerte. Bien servido queda mi señor.

Y desaparece entre las sombras.

¡Pobre María!... Huyamos de aquel sitio lóbrego, y dando un adiós a aquella tumba, donde yacen la virtud y la nobleza escarnecidas, dejemos pasar el tiempo, y transportémonos al día en que la justicia divina debía manifestarse con todo su poder, con toda su grandeza.

El dedo de Dios marca a menudo con una señal indeleble la frente del malvado, que temprano o tarde recibe el castigo merecido, y la justicia divina se manifiesta casi siempre bajo una forma incomprensible al hombre, de una manera sobrenatural y terrible.

Cuatro años se pasaron desde el funesto día en que fue arrebatada María por el escudero Pedro, del lado de su buena hermana, hasta el en que se descubrió el horrible crimen que había puesto fin a su existencia.

En cuanto Jorge Pérez recibió la triste noticia de la desaparición de su hija, acudió desesperado al señor de Alcoy en demanda de justicia, y no cesó de buscarla por todos los medios imaginables.

Hizo cuanto pudo para indagar su paradero, y registró con gente armada hasta los más apartados rincones de las montañas y bosques pertenecientes al señor de Alcoy.

Mas todo fue inútil, y después de largos días abandonó su empeño en la creencia de que, según las palabras de Rosa, el mendigo que se había llevado a María, era sin duda algún ladrón que pertenecía a una de las numerosas bandas que a la sazón recorrían toda España.

Ni la más leve sospecha se despertó respecto al conde de Margall, porque nadie día imaginarse que su maldad llegara hasta tal punto.

Imposible es describir cuán inmensa fue la tristeza que reinó de continuo en la casa del honrado labrador. Desde la desaparición de María, Jorge y su hija Rosa no volvieron a gozar ni un momento de alegarla, ni un instante de reposo. —182—

Y así trascurrieron cuatro años.

Un día de San Juan fue Rosa a Cocentaina con algunas frutas del huerto, y entreteniéndose en la venta más que de costumbre, no pudo volver a casa hasta el mediodía.

Tanto aceleró el paso la joven, y era tan sofocante el calor de aquel día, que poco antes de llegar a su casa sintió una sed devoradora, y a trueque de tardar unos minutos más, se dirigió hacia el río con intención de apagar la sed.

Apenas se había separado del camino, cuando le pareció oír el murmurio6 de una fuente próxima.

Adelantó algunos pasos más, miró en derredor, y vio en efecto que, no muy lejos, brotaba agua trasparente por entre unas piedras, a la sombra de una elevada y robusta encina.

Se acercó, y arrodillándose se inclinó a beber.

Más de repente quedó suspensa, creyendo oír entre el murmurio del agua una voz conocida que la llamaba.

Permaneció un momento sin respirar, escuchó atentamente, pero nada oyó. Volvióse a bajar a beber, y ¡cuál fue su sorpresa, al ver que entre el agua flotaba una cinta blanca que salía de la fuente!

Cogió la cinta, movida por la curiosidad, tiró de ella, y al ver que oponía alguna resistencia, tiró con más fuerza, arrancándola por fin. Un ¡ay! fuerte, distinto, salió como del centro de la tierra, y la pobre Rosa asustada, echó a correr hacia su casa, adonde llegó sin aliento.

Contó a su padre cuanto le había sucedido, y éste, tranquilizándola, tomó la cinta y la miró atentamente.

¡Oh, justicia divina! ¡Oh, milagro hecho por la mano de Dios! Aquella cinta blanca era de María; en aquella cinta había escritas con sangre unas palabras que decían: Enrique de Margall asesinó a tu hija.

Jorge quedó sobrecogido, sin aliento, sin voz...

Al día siguiente se divulgó la noticia de que ya se sabía quién era el asesino de María, descubierto milagrosamente.

El señor de Alcoy dispuso que fuera gente armada al castillo, y a todo trance condujera al conde a su presencia.

Jorge Pérez, recobrando su antiguo valor, entró el primero en el castillo de Margall, cuyas puertas se abrieron sin resistencia alguna.

Penetró por fin en un aposento donde yacía don Enrique tendido y ensangrentado, con un puñal clavado en el pecho.

El conde había sido asesinado aquel mismo día, y sus servidores todos habían huido, llevándose cuantas riquezas encontraron.

La justicia divina estaba vengada en la tierra.

El cielo, por medio de un milagro, había revelado el nombre de aquel asesino, para que fuese odioso a los hombres, y se había servido del agua cristalina que hace correr por las entrañas de la tierra, para lavar la mancha de sangre inocente que un malvado había vertido.

La virtud quedaba más limpia, más pura, más resplandeciente que nunca; el vicio, más repugnante, más horrible, más aborrecido de todos.

La fuente que lavaba la herida abierta en un pecho candoroso y puro, mostró a los hombres entre sus límpidas aguas la sangre derramada por el crimen.

¡Cuán inmenso es el poder de la Providencia!

Desde aquella época dio el pueblo en llamar a la fuente misteriosa, Fuente de Montal, sin duda porque al conde se le conocía entre el vulgo por ese nombre...

Adiós, lector amigo que me has acompañado hasta el fin de este relato; guarda para ti, si en él hallas alguna, las máximas que puedan hacerte amar la virtud y aborrecer el vicio, y déjame a mí toda la tristeza de la humilde leyenda que te he contado.

AUGUSTO FERRAN.

FUENTE

Ferrán, Augusto, «La fuente del Montal», Museo de las Familias, 1866, Tomo XXI, pp. 162-164; 178-182.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.

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